Violencia en instituciones
carcelarias de mujeres:
orígenes, dictadura y actualidad
Sol Deboli1
SUMARIO: I.- Introducción; II.- Las cárceles de mujeres en sus orígenes; III.- ¿Qué
sucedió en las cárceles durante la última dictadura militar?; IV.- Situaciones de
violencia en la actualidad; V.-Conclusión; VI. - Referencias bibliográficas.
RESUMEN: El presente trabajo tiene por objeto el estudio de las prácticas violentas
en espacios de privación de libertad de mujeres en nuestro país. Se propone un
análisis basado en tres momentos de la historia carcelaria argentina: los inicios del
sistema penitenciario femenino (1890/1970), la última dictadura cívico-militar y la
actualidad. Se constata que ciertas prácticas instaladas en los orígenes han tenido
continuidad y terminaron por arraigarse, y que dichas prácticas se fundan en una
concepción androcéntrica y arcaica de la (in)moralidad femenina y de los roles
socialmente asignados a las mujeres, a saber, el rol de madre y el rol de ama de casa.
PALABRAS CLAVE: Dictadura militar – Violencia contra las mujeres – Iglesia y Estado
– Estereotipos de género
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Abogada (UBA). Especialista en Derecho Penal (UTDT). Maestranda en Derecho Penal (UTDT).
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Revista Pensamiento Penal (ISSN 1853-4554), Abril de 2024, No. 501
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Sol Deboli
I.- Introducción
El presente trabajo tiene por objeto el estudio de las prácticas violentas en
espacios de privación de libertad de mujeres en nuestro país. Propongo un análisis
que se basa en tres momentos de la historia carcelaria argentina: los inicios del
sistema penitenciario femenino (entre los años 1890 y 1970), la última dictadura
cívico-militar y la actualidad. Examinaremos si ciertas prácticas instaladas en los
orígenes del sistema penitenciario argentino tuvieron continuidad en su proceso
evolutivo –y en su caso, de qué manera– y si terminaron por arraigarse.
En este sentido, caben dos comentarios preliminares. Por un lado, algunas de
las prácticas instaladas en los orígenes del sistema carcelario se encuentran
estrechamente vinculadas con una mirada particular sobre la mujer que delinque y
con lo que la cárcel pretende reformar u obtener de este sujeto social. Por el otro,
durante la última dictadura militar el Servicio Penitenciario mantuvo una estrecha
vinculación con el régimen represivo y luego los mismos operadores del sistema
continuaron su labor en las unidades carcelarias. De ese modo es probable que
ciertas conductas violentas habituales en el trato a las presas políticas se hayan
arraigado y formen parte de los problemas actuales en torno a la violencia en los
establecimientos de encierro.
En cualquier caso, una mirada histórica sobre estos problemas permitirá
entender mejor los conflictos actuales. Para ello, se estudiarán dos casos
paradigmáticos sobre cómo se desarrollaron y cuáles fueron las particularidades de
las cárceles de mujeres inicialmente, sobre la base de las experiencias en “El Asilo
del Buen Pastor” y “El Asilo San Miguel”. Luego, en la sección destinada a estudiar
los espacios de privación de libertad durante la dictadura, primero se tomarán en
cuenta las experiencias comunes –tanto de hombres como de mujeres– en el Servicio
Penitenciario, para adentrarnos luego en las situaciones de violencia vividas
particularmente por las presas políticas. Por último, se abordarán las problemáticas
actuales en las prisiones de mujeres sobre la base de investigaciones de organismos
públicos y ONG afines a la temática, así como también una entrevista a una
operadora del sistema.
II.- Las cárceles de mujeres en sus orígenes
Entre 1890 y mediados de la década de 1970, el sistema carcelario femenino
argentino estuvo en manos de la congregación religiosa Nuestra Señora de la Caridad
del Buen Pastor, la cual había sido fundada en 1835 por María Eufrasia Pelletier, en
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Francia, para luego trasladarse al Cono Sur: primero a Chile y luego a Uruguay,
Argentina, Brasil y Paraguay. Semejante empresa solo fue posible con la ayuda de
familias católicas. En este sentido, se observa que la influencia de la religión católica
en cuestiones vinculadas a la delincuencia femenina, la niñez y la salud se dio en
forma generalizada en toda América del Sur en las últimas décadas del siglo XIX
(Caimari, 2007). Además, se confirma la tendencia a la asociación entre las religiosas
y la Sociedad de Beneficencia en la medida en que la subsistencia de estas
instituciones necesitaba del apoyo mutuo.
El modelo de la cárcel de mujeres se estableció a partir de una primera
experiencia con las “casas de arrepentidas”. El propósito no era meramente el castigo
sino también explotarlas económicamente y “enmendarlas con un encierro que permitiera
apartarlas de la vida pública y ejercitarlas en oficios y labores de mujeres y en la salvación de sus
almas” (Maqueda Abreu, 2014, pp. 27-28). El régimen implementado en las prisiones
en sus orígenes estaba vinculado con la imagen o el concepto que se tenía de la
criminalidad femenina. Distintos autores (Almeda, 2002; Maqueda Abreu, 2014) dan
cuenta de la orientación moralizadora de los establecimientos de encierro que
buscaban corregir la desviación en la que estas personas habrían caído.
Las mujeres que eran objeto de persecución solían ser vagabundas, mendigas,
prostitutas e infanticidas. La cárcel tenía una doble función: por un lado, funcionaba
como castigo y, por el otro, las apartaba de la vida pública, porque parte de la
preocupación se centraba en el mal ejemplo de comportamiento que estas pudieran
darles a otras mujeres. También tenía un rol transformador en tanto que allí las
reclusas aprendían labores domésticas.
Maqueda Abreu (2014) alude a la cárcel como una fábrica de hombres2(p. 29),
concepto sumamente interesante que estimo también se aplica al caso de las mujeres,
ya que ingresaban siendo sujetos “inútiles” o “inmorales” para la sociedad y, a través
2
Caimari (2007) también hace alusión a este concepto: “Un modelo civilizatorio y disciplinador,
una máquina de transformar transgresores en ciudadanos industriosos, una prisión-fábrica
concebida para un sujeto masculino. Sobre esta utopía se sobreimprimió, en los años del entre
siglo, la renovación de las nociones sobre el origen y tratamiento del delito nacidas de la
criminología. El crimen ya no era una aberración fruto de la maldad del delincuente –explicaban
autores italianos y franceses ávidamente leídos en Buenos Aires– sino el resultado de una
compleja red de determinaciones sociales y psicobiológicas de las que el transgresor era víctima.
Esta patología llamada "crimen" podía ser corregida si se determinaba científicamente su origen
y se aplicaban los métodos de profilaxis y regeneración prescriptos para los delincuentes o
potenciales delincuentes” (p. 247).
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de las tareas de aseo, cocina y demás labores vinculadas a lo doméstico, se pretendía
que salieran de allí pudiendo ser amas de casa, esposas, madres o empleadas de casas
particulares. Haré hincapié en estas cuestiones más adelante.
Siguiendo esta línea, Maqueda Abreu (2014) refiere que los establecimientos de
encierro ejercieron un “control de género”, destinado a garantizar la vigencia y
continuidad de los roles femeninos tradicionales vinculados al espacio privado y a
los dictados de una estricta moral católica que ha persistido históricamente en el
ámbito de la justicia criminal (p. 30). A su vez, esto se vincula con el concepto que
tenían los pensadores de la época con relación a la criminalidad de las mujeres, en
tanto consideraban que actuaban en contra de la ley, en base a su naturaleza desviada
o depravada moralmente (Almada, 2002, p. 45).
En los años 30 el proceso reformista llegó a nuestro país. El Patronato de
Recluidas y Liberadas tuvo como tarea actualizar el tratamiento penitenciario de las
reclusas, en espejo al sistema carcelario masculino. “La competencia entre el personal de
una antigua congregación religiosa y las dirigentes del Patronato, imbuidas de ideas secularizadoras
sobre la rehabilitación de mujeres, provocó conflictos que expusieron la solidez del proyecto religioso
en el sistema carcelario” (Caimari, 2007, p. 2)3. Lo cierto es que el reformismo carcelario
fue implementado en nuestro país en forma muy tardía. Caimari explica que había
poco interés político y, por otro lado, la cantidad de mujeres encarceladas no
justificaba la gestión de instituciones de encierro, de modo que la cuestión continuó
por mucho tiempo a cargo de particulares y órdenes religiosas (p. 5).
3
Caimari (2007) explica que hacia 1911 una comisión encargada de aconsejar al gobierno sobre las
reformas que requería el sistema penitenciario recomendaba alojar a las mujeres reclusas en
forma temporal en la prisión nacional, lo cual fue resistido por la Congregación del Buen Pastor:
“Nadie esperaba que las hermanas del Buen Pastor concibieran su misión según los mandatos
de las terapias penitenciarias por entonces universalmente aceptadas. El éxito o fracaso de la
empresa era medido en cantidad de ex recluidas o menores asiladas que formaban hogares
cristianos, que tomaban la comunión, eran bautizadas o confirmadas. Una vez ganadas a la vida
cristiana, algunas podían incluso ser reclutadas para la vocación religiosa. Ese fue el caso de
setenta de ellas entre 1890 y 1923. Las detalladas historias de casos ejemplares de conversión en
el encierro, reproducidas en los anales de la congregación, también nos hablan del perfil de la
egresada ideal de estas instituciones correccionales, modelo de humildad, sumisión y bondad”
(p. 7).
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a. El Asilo del Buen Pastor
El Asilo del Buen Pastor fue creado en 1860 por damas provenientes de las
clases dominantes, con el financiamiento de actividades de caridad. El gobierno de
la provincia de Santa Fe delegó en el año 1882 la gestión y administración del Asilo
del Buen Pastor a la Sociedad de Beneficencia de la ciudad de Santa Fe. Luego, se
sumó la ayuda de las Hermanas de María Santísima del Huerto. Las funciones se
concentraban en la escuela de niñas y la atención de enfermos.
La Sociedad de Beneficencia y las Hermanas de María Santísima del Huerto
celebraron un convenio para “proteger de la inmoralidad y el mal ejemplo” a las
mujeres indigentes, a través de la instrucción religiosa y “ocupaciones útiles”.
Estaban excluidas aquellas que estuvieran casadas, al menos que su alojamiento fuera
voluntario y con el consentimiento del marido. En la institución se procuraba la
instrucción laboral y religiosa por medio de la “lectura, escritura, catecismo, costura, trabajos
domésticos como lavado, planchado, cocinar, etc.” (Guala, 2016, pp. 58-59) y, si resultaba un
producto económico de las tareas el mismo era destinado a la manutención de las
reclusas y su vestuario.
En cuanto a la vida en el interior del asilo, las mujeres eran estrictamente
vigiladas, mantenían poco contacto con el exterior y se les supervisaba la
correspondencia epistolar. También se sancionaba una serie de actos de indisciplina:
negarse a realizar la limpieza de la institución o la propia, desobedecer al personal,
faltar a clase, utilizar lenguaje incorrecto para dirigirse al personal, guardar en forma
clandestina cartas, libros o alimentos, insultar o ejercer violencia sobre las
compañeras.
La gestión conjunta entre la Sociedad de Beneficencia y las Hermanas se
mantuvo hasta el año 1952, momento en el que el establecimiento se trasladó a la
órbita de la Dirección de Institutos Penales. Sin embargo, las Hermanas se
mantuvieron en la gestión interna y ese traslado no tuvo ningún impacto en la vida
de las reclusas.
Luego, en el año 1977 se creó el Servicio Penitenciario de la provincia de Santa
Fe. Se dictaron por primera vez los cursos de oficiales y suboficiales para el ingreso
a la carrera y el personal que trabajaba en la institución fue incorporado en la
categoría de oficiales, dentro de la nueva estructura. En cuanto al reglamento interno,
Guala (2016) explica:
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“El trabajo y la formación eran obligatorios, y comprendían tareas como la limpieza del
Instituto, lavado y planchado de ropas y preparación y cocción de alimentos. Si se negaban a
participar en las mismas se preveían sanciones, que consistían en llamados de atención o pérdida de
“beneficios” de acuerdo a la gravedad de la falta, que sería determinada por el director en cada caso
previo informe de la jefa de vigilancia. Estas sanciones se incluían en un legajo personal de la
“interna-menor” y se consideraban en la evaluación de su conducta que se realizaba trimestralmente.
“ (p. 60)
b. El Asilo San Miguel
El Asilo San Miguel, fundado en 1898 y ubicado en la ciudad de Buenos Aires,
de manera similar al Asilo del Buen Pastor y otras instituciones semejantes de la
época, estuvo en manos de la congregación de Nuestra Señora de la Caridad del
Buen Pastor hasta el 23 de agosto de 1968, cuando pasó a manos de la Policía
Federal.
En este caso también el trabajo de las internas dentro de la institución era
utilizado como una forma de corregir las desviaciones morales, pero sin pretender
insertarlas en el mercado laboral sino como empleadas domésticas, ya que las tareas
que se enseñaban estaban orientadas a ello: limpieza, cocina, costura y planchado.
En el Asilo se alojaban mayormente las detenidas por contravenciones. Con el
pasar del tiempo se sumaron las presas por motivos políticos y luego las que estaban
a disposición del Poder Ejecutivo. A fines del siglo XIX y principios del XX se puso
en marcha un fuerte control policial sobre la prostitución mediante edictos policiales.
Los edictos y ordenanzas servían para aplicar un castigo sin intervención del sistema
de justicia. El objetivo era controlar a las prostitutas, ebrios, mendigos, vagos y otros
causantes de desorden social, en sintonía con las tradiciones culturales de higienistas
y criminólogos para quienes la vigilancia estaba asociada a la salubridad social. Fue
una época marcada por la fuerte masa de inmigrantes con ideas socialistas y
anarquistas, identificados por el gobierno como sujetos peligrosos (Rodríguez
López, 2020).
En cuanto a la rutina dentro del asilo, Caimari (2007) señala:
“Las internas eran sometidas a una rutina de ejercicios religiosos, instrucción escolar y trabajo
manual. La jornada comenzaba con oraciones, aseo y misa diaria, seguida de las clases de primer
y segundo grado –recordemos que muchas internas eran inmigrantes extranjeras–. Había
abundantes lecturas morales y enseñanza del catecismo, intercalados por momentos de recreación y
una última serie de oraciones. El día culminaba con las oraciones finales. Los valores religiosos eran
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promovidos en otras actividades: confesiones, catecismo semanal, prédica, ejercicios espirituales, etc.
A pesar de que el estado seguía financiando a la institución y de que la superiora se quejaba
continuamente de la falta de medios y personal (un rasgo en común con la historia del resto del
sistema carcelario, y de tantas reparticiones estatales), las religiosas no aceptarían ninguna ayuda
que pudiese mediatizar su influencia sobre las internas.” (pp. 7-8).
En relación con el reglamento, no se permitían los encuentros con personas
consideradas sospechosas y siempre se daba bajo supervisión de alguna religiosa; un
tipo de sanción consistía en la privación de estas visitas. De lo que producían, cuando
salían del Asilo, solo les entregaban la mitad y la otra parte era destinada a los gastos
de la institución. Las mujeres con hijas se mantenían separadas de las demás internas
(Rodríguez López, 2020, p. 29).
En el Asilo también había reclusas menores en estado de abandono. Si bien se
desconoce el motivo por el cual eran arrestadas, se sospecha que la causal era la
prostitución. La situación resultaba problemática para las hermanas, ya que entraban
y salían de la institución, lo cual no era propicio para concretar un tratamiento
terapéutico como se pretendía (Rodríguez López, 2020, p. 38).
Ahora bien, de acuerdo con las experiencias en el Asilo del Buen Pastor y Asilo
San Miguel, se puede observar que las medidas de disciplinamiento implementadas
en sus orígenes en los espacios de privación de libertad para mujeres consistían en
la reglamentación de la vestimenta, la forma de hablar, la postura corporal. La
instrucción estaba orientada a convertir a las presas en buenas amas de casa o, en su
defecto, en empleadas de casas particulares. Como se verá a continuación,
particularmente en el texto de Guillermina Laitano (2018), surgen datos relevantes
sobre cómo era la vida de las presas políticas en la cárcel de Devoto. Los relatos que
se exponen en esa investigación tienen gran similitud con la reglamentación y las
medidas de disciplinamiento, implementadas en los modelos originarios de
encarcelamiento.
En este sentido, también me interesa destacar otro punto de unión relacionado
con el rol de la mujer como ama de casa y madre, dedicada a lo doméstico, cuestión
que también gravitó en las detenciones clandestinas durante la dictadura.
III.- ¿Qué sucedió en las cárceles durante la última dictadura
militar?
Durante la última dictadura militar el gobierno de facto tuvo a su disposición
las Fuerzas Armadas, las fuerzas policiales y el Servicio Penitenciario en su lucha
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contra la “subversión”. Si bien el plan conglobaba el desempeño de todas las fuerzas,
se adjudicó al Ejército la responsabilidad en todo el territorio nacional sobre las
tareas de inteligencia y el control operacional de la Policía Federal, policías
provinciales y servicios penitenciarios. En ese contexto, se realizaron detenciones
ilegales de personas que permanecieron desaparecidas en centros clandestinos de
detención. Estos funcionaron en distintas dependencias de las fuerzas como Campo
de Mayo, ESMA, etc., pero también se instalaron en algunas comisarías como es el
caso de la 4ta de Santa Fe4 , la 4ta de Mar del Plata5 (junto con el Centro Clandestino
de Detención “La Cueva”), la 1ra de Santa Fe, la Subcomisaría Villa Díaz Vélez de
Necochea6 y unidades penitenciarias7.
En los Centros Clandestino de Detención (CCD) las personas eran sometidas
a interrogatorios bajo torturas de los cuales muchas veces no sobrevivían. El destino
final de los detenidos desaparecidos en la mayoría de los casos fue la muerte. En
otros casos sus detenciones fueron blanqueadas poniéndolos a disposición del Poder
Ejecutivo (PEN) y alojándolos en centros carcelarios; otros tuvieron esa suerte sin
pasar a disposición del PEN. La situación vivenciada por los sobrevivientes que
fueron alojados en las Unidades Penitenciarias da cuenta de una continuidad con
respecto al trato inhumano y degradante padecido en los centros clandestinos de las
Fuerzas Armadas ([Link].).
Si bien el tema de este trabajo se centra en la situación particular de las mujeres,
no es posible escindir absolutamente su análisis respecto de la situación general de
las cárceles.
Un caso paradigmático sobre la continuidad de los tormentos y las prácticas
para la eliminación física de los detenidos-desaparecidos es analizado en la causa
“Margarita-Belén” del Tribunal Oral en lo Criminal Federal de Resistencia8.
Consistió en el traslado de detenidos varones que estaban alojados en la Unidad
Penitenciaria nº 7 de la provincia de Formosa, quienes fueron ejecutados luego de
una feroz golpiza. En este punto, el Tribunal concluyó que: “no fue un enfrentamiento
sino un fusilamiento de presos políticos” y que “la muerte de los detenidos trasladados, que se
4
Causa n° 208/11, caratulada: “Brusa-Víctor Hermes-Ramos Campagnolo, Eduardo Alberto-
Perizzotti, Juan Calixto-Aebi, María Eva-S/Inf. Art. 210 del C.P.”, sentencia del 13/6/2014.
5
Causas n° 2278, 2301, 2380 y 2405.
6
Sentencia del 29/11/2012.
7
Causa “Bayon” Unidad Penal n°4 del Servicio Penitenciario Bonaerense, causa “Dupuy” Unidad
Penal n°9 de La Plata, causa “Pateta”, etc.
8
Causa n° 1074/10, sentencia del 11/7/2011.
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hallaban en total estado de indefensión, estuvo a cargo del personal del ejército responsable de su
custodia”. En cuanto al tipo de proceder, se sostuvo que “de las pruebas del debate, surge
que la comisión de traslado utilizó un ‘modus operandi’ habitual para la época de clandestinidad
que se vivía, utilizando una técnica (ley de fuga) para enmascarar las muertes ilegales de prisioneros,
especialmente teniendo en cuenta hechos similares que habían ocurrido, como por ejemplo ‘Palomitas’
y ‘Fátima’ entre otros”.
En torno a las condiciones en el establecimiento carcelario, el testigo Aníbal
Ponti rememoró en el debate que los detenidos permanecían “en aislamiento”, sin
visitas ni vínculos con el exterior ni con los demás internos, en función de una
“política de aniquilamiento físico y psíquico”. Otro testimonio en la misma línea fue
el de Jorge Belzor Miño, quien hizo referencia a un “régimen inhumano, de
incomunicación y tortura” que debilitaba la resistencia física y psicológica. En
definitiva, en el juicio se dieron a conocer las condiciones de aislamiento, la
prohibición de visitas, de material de lectura, cartas y paquetes.
Otro caso paradigmático que solo involucra a víctimas varones se dio en la
Unidad Penitenciaria nº 9 (UP 9) de La Plata. Allí se condenó al jefe de la Unidad,
Abel David Dupuy, a otros miembros de las máximas jerarquías y a tres médicos que
prestaban funciones en el penal. Es decir que el tribunal juzgó la represión ilegal
instaurado en la UP 9 por parte del personal penitenciario, estableciendo que "en
dicha cárcel coexistió a la par del régimen penitenciario formal, un régimen de represión ilegal el cual
se caracterizó por la práctica sistemática de imposición de tormentos a los presos políticos, con el fin
de quebrar su resistencia física y moral y de lograr su despersonalización". En cuanto a lo
operacional, el sistema penitenciario bonaerense había sido intervenido por el
Ejército y se encontraba subordinado a la Jefatura del Área Militar 113 con asiento
en el Regimiento de Infantería 7 “Coronel Conde” de La Plata.
En el caso de la Unidad Penal nº4 (UP 4) del Servicio Penitenciario Bonaerense,
ubicado en la ciudad de Bahía Blanca, estos hechos fueron condenados por el
Tribunal Oral Criminal Federal de esa ciudad en la causa “Bayón”, sentencia que
luego fue confirmada por la Sala II de la Cámara Federal de Casación Penal9. La UP4
formó parte de la estructura represiva, ya que el Servicio Penitenciario de la provincia
de Buenos Aires se encontraba bajo el control operacional del Ejército10 y estaba
subordinada operacionalmente al Comando del V Cuerpo de este organismo.
9
Causa n° FBB 93000982/2009/T01/41/CF10, caratulada “Bayón, Juan Manuel y otros s/
recurso de casación”.
10
Directiva 1/75 del Consejo de Defensa y Directiva 404/75 del Comandante General del Ejército.
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La UP 4 funcionaba como una instancia intermedia para “legalizar o blanquear”
las detenciones ilegales realizadas por las fuerzas militares, sin embargo, esto no
implicaba una mejora en la situación de los detenidos, pues continuaban las requisas,
tormentos e interrogatorios, así como un continuo control sobre ellos por parte de
las autoridades militares. De hecho, el personal del Servicio Penitenciario trabajó en
forma articulada con los militares a cargo de “La Escuelita”. Por ejemplo, el traslado
de los presos y las presas se hacía bajo la misma modalidad empleada al momento
de su captura: encapuchados, maniatados y bajo malos tratos. Sobre este punto, en
la sentencia se señaló que los traslados efectuados entre el V Cuerpo del Ejército y
la Unidad Penal 4 “solían efectuarse con los detenidos vendados, lo que los colocaba en una
situación de miedo, temor e inseguridad respecto de su destino”. En esa línea, uno de los
imputados perteneciente al Servicio Penitenciario especificó que “no se les quitaban las
vendas hasta el efectivo ingreso a la Unidad, porque así les era indicado por las autoridades
militares”.
Ahora bien, respecto del trato particular brindado a las mujeres, en la sentencia
de la causa “Bayón” se destacó el testimonio de Graciela Iris Juliá, quien estuvo
detenida en la UP 4 y describió las condiciones de vida en el penal como una
situación de mucha angustia y stress porque eran amenazadas con ser trasladadas al
CCD “La Escuelita”. También eran sometidas a simulacros de fusilamiento o a
requisas personales que incluían revisaciones vaginales, así como en algunos casos
fueron expuestas a torturas. La señora Juliá calificó estas situaciones como una
verdadera tortura psicológica, también relató que durante los traslados las celadoras
mujeres golpeaban a las detenidas constantemente. Los malos tratos no se limitaban
a las presas políticas, sino que también sus familiares fueron víctimas de vejaciones,
testimonios también recogidos en esa sentencia.
Resulta de interés que, entre el material de prueba recogido en el juicio, se
hallaron las notas y constancias de notificación de los internos donde se los ponía a
disposición del PEN. En ese contexto las mujeres privadas de su libertad debían
firmar un documento tipo “plancha” en el que se daba cuenta de no haber sufrido
ningún tipo de tortura ni vejación durante su detención. Esto evidencia, por un lado,
que la situación de las presas provenientes de los CCD era clara y que no se trataba
de un caso aislado sino, por el contrario, de una situación recurrente. Demuestra,
asimismo, hasta qué punto el Servicio Penitenciario formó parte del entramado de
la tortura sistemática: el propio sistema en el aspecto administrativo funcionaba de
manera articulada a los fines de lograr la impunidad de estos hechos.
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A continuación, se verán, algunas particularidades de la cárcel de Devoto,
donde el régimen claramente fue diferente ya que funcionaba como una “cárcel
vidriera”, al tratarse de uno de los espacios de privación de libertad donde el Comité
de la Organización de Estados Americanos (OEA) y el Comité Internacional de la
Cruz Roja (CICR) hacían visitas. De esta manera, Devoto era acondicionado y las
prisioneras recibían mejores tratos, todo con el objetivo de simular una situación de
“normalidad” y ocultar el régimen de secuestro, asesinato y desaparición de personas
que al momento de esas visitas aún permanecía en vigencia. De hecho, en la causa
antes mencionada (“Bayón”) se recogieron testimonios de mujeres que
permanecieron allí provenientes de “La Escuelita”, quienes relataron que las
prácticas de torturas continuaron al ser trasladadas a este establecimiento y, con
motivo de las visitas del CICR, se adoptaban las medidas necesarias para dar una
imagen de normalidad.
Guillermina Laitano (2018), en base a la colección “Cartas de la Dictadura” de
la Biblioteca Nacional, describe el régimen de gobierno carcelario implementado por
el Servicio Penitenciario y las Fuerzas Armadas en la cárcel de Devoto (Unidad N°
2 del Servicio Penitenciario Federal) durante la última dictadura militar. A partir de
las misivas, la autora reconstruye el disciplinamiento al que eran sometidas las presas
políticas, además del maltrato físico directo:
“Fueron la desinformación, la ignorancia de la presa acerca de su situación futura –
inmediata– y de la de sus compañeras; la aislación entre ellas para evitar posibles estrategias
colectivas; los traslados abruptos de pabellones o celdas (conocidos como la “calesita”) para impedir
y coartar los lazos afectivos entre las presas; la aplicación de sanciones que consistían en retiro de
“beneficios”, aislamiento en la propia celda o estadías en los calabozos de castigo (“chanchos”); la
realización de las visitas sólo a través de un vidrio, de modo de impedir todo contacto físico con los
familiares –incluyendo a sus hijos–, la censura de las cartas, alteraciones en el modo de ingreso y
permanencia de libros y revistas, entre otros.” (p. 8)
En definitiva, todos los movimientos de la vida cotidiana estaban reglados, ya
sea en cuanto al horario o la forma en que debían realizarse. Las presas políticas
vestían uniforme y el comportamiento corporal también se encontraba regulado, por
ejemplo, al salir al recreo debían caminar con la cabeza mirando al piso y las manos
hacia atrás. Con motivo de relatar esta situación Laitano cita la correspondencia de
una presa que había sido sancionada por no llevar las manos como debía y el temor
por las posibles sanciones, las que podían consistir en verse privada del recreo, estar
parada durante un tiempo prolongado con las manos hacia atrás (plantón) o que la
privaran de la visita de su hijo. En este sentido, una situación semejante surgió del
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trabajo de Guala (2016) al describir la situación carcelaria actual de la Unidad
Penitenciaria nº 4 de la ciudad de Santa Fe (donde funcionaba antiguamente el Asilo
del Buen Pastor) y en donde refiere que las internas viven con mucha angustia el
hacinamiento y las estrictas rutinas para realizar las actividades más banales del día a
día.
Algunas de estas cuestiones guardan similitud con las situaciones de encierro
actuales, en ese sentido la cárcel política y los centros clandestinos de detención
inauguraron modalidades de represión, que continúan vigentes en la actualidad.
Muchos de los dispositivos desplegados por los militares y por los servicios
penitenciarios en las cárceles de la dictadura, representaron innovaciones en las
formas de exterminio, dominación y opresión. Sin embargo, muchos de ellos siguen
estando presentes en los espacios de privación de libertad, aun en democracia. El
“enemigo interno” es otro y por eso mismo la estrategia represiva muta. No
obstante, son muchos los investigadores que hoy problematizan la temática de los
derechos humanos en estas instituciones, develando que se trata de derechos que
son sistemáticamente violados por las condiciones de detención, las torturas y los
vejámenes que se practican en los penales, donde los “chanchos” y las “calesitas”
siguen constituyéndose en dispositivos útiles y disponibles para el gobierno de las
cárceles.
El Comité de América Latina y el Caribe para la Defensa de los Derechos de la
Mujer (CLADEM) y el Instituto de Género, Derecho y Desarrollo (INSGENAR)
realizaron en el año 2010 un trabajo de investigación, a través del cual recogieron los
testimonios de mujeres de todo el país, que permanecieron detenidas en centros
clandestinos y padecieron distintos hechos de violencia, abusos sexuales y torturas.
La publicación se titula “Grietas en el silencio” y a partir de estos testimonios se
elaboraron distintos artículos, donde el denominador común son las problemáticas
jurídicas del delito de abuso sexual, en el contexto de la desaparición forzada de
personas, tanto en el ámbito local como internacional, poniendo énfasis en cómo la
violencia sexual durante la dictadura fue silenciada por los distintos operadores del
sistema de justicia. En los trabajos reunidos en esa publicación se concluye que la
violencia sexual consistía en un patrón, particularmente en el caso de las mujeres,
por su masividad y repetición. Este tipo especial de violencia luego continuó con
matices en las cárceles.
En concreto, allí se propone el reconocimiento de la violencia sexual cometida
en los centros clandestinos como un delito de lesa humanidad, diferenciado del delito
de torturas, es decir subrayando su autonomía, lo que permitiría la visibilización de
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los delitos sexuales. Si bien el trabajo mencionado no aborda, en forma específica las
problemáticas que se dieron en los establecimientos de encierro carcelario, cuando
las detenidas pasaban a disposición del PEN, algunas de ellas sí narraron cómo
fueron las condiciones de detención en esos lugares.
En la publicación mencionada, se detalla que hubo un particular ensañamiento
con las mujeres en lo relativo a su rol de madres y como mujer-objeto. Los
testimonios extraídos en esa publicación expresan que muchas veces en las sesiones
de tortura no se formulaba ningún tipo de interrogatorio. El objetivo era meramente
impartir dolor y había un particular ensañamiento con la vagina y los pechos de las
mujeres que eran objeto de descargas eléctricas, mientras les decían que no iban a
poder tener más hijos. Predominaba entre los militares la calificación de “mala
madre” a las mujeres que habían sido separadas de sus hijos, en algunos casos
mientras aún amamantaban, lo cual era objeto de particular crueldad.
En base a la información hasta aquí relevada, se puede destacar que, aunque los
detenidos desaparecidos pasaran a estar alojados en una cárcel común, no
necesariamente dejaban de estar detenidos en forma ilegal y clandestina porque era
frecuente la no formalización judicial de esas detenciones. En los casos donde
pasaron a disposición del PEN, al momento de ser alojados en un establecimiento
del Servicio Penitenciario, eran identificados como presos políticos y separados de
los presos comunes.
Luego, los relatos sobre las torturas padecidas por las mujeres están marcados
por el ensañamiento de los militares con relación al concepto de mala madre que
tenían sobre las detenidas desaparecidas y el alejamiento del rol reservado para la
mujer, de acuerdo con su ideología, fuertemente influenciada por la religión católica.
Lo cierto es que cuando las mujeres fueron alojadas en establecimientos del Servicio
Penitenciario, en muchos casos, las torturas continuaron y, como mínimo, el solo
hecho de ser identificadas como presas políticas habilitó la implementación de un
estricto reglamento, que las aislaba del exterior y reglaba al extremo su expresión
corporal. En esta línea también se inscribe el trato a los familiares de las presas
políticas y las requisas que comúnmente eran un pretexto para implementar prácticas
abusivas e intrusivas en el cuerpo de las mujeres.
Ahora bien, muchas de estas prácticas también fueron advertidas en las
investigaciones que se mencionarán en el apartado siguiente, al estudiar la situación
actual de los establecimientos de encierro carcelario. Persiste un particular conflicto
con respecto al rol maternal de las presas y los familiares siguen padeciendo abusos
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en las requisas, procesos incómodos y desalentadores para el mantenimiento del
vínculo familiar.
IV.- Situaciones de violencia en la actualidad
En relación con las prácticas violentas sobre las mujeres en las cárceles en la
actualidad, entrevisté a Valeria Salerno, Prosecretaria Letrada del Programa de
Violencia Institucional del Ministerio Público de la Defensa. Si bien cada institución
penitenciaria tiene sus particularidades, se pueden identificar a grandes rasgos, las
que se comentan a continuación.
Mientras que las situaciones de abuso sexual al interior de las unidades
carcelarias resultan la forma de violencia más habitual entre las poblaciones
masculinas (cis u homosexuales), en el caso de las mujeres, las formas de ejercer
violencia implementadas por el personal del Servicio Penitenciario se centran
principalmente en el destrato a los familiares en las visitas, situación sobre la que
resulta difícil trabajar por la falta de registro de estos hechos. Por otra parte, Salerno
refiere que suelen ser los casos de violencia obstétrica una forma de tortura y de trato
inhumano, los cuales fueron expuestos en forma amplia en la publicación Parí como
condenada (2019) –que se mencionará más abajo–. También destaca que otra forma
de ejercer violencia se da cuando los miembros del servicio filtran información a
otras internas sobre el delito que las llevó a estar privadas de su libertad, sobre todo
cuando estos hechos están vinculados con la niñez y su rol de madres, cuestión que
es particularmente reprobada por las propias reclusas.
Salerno señala que, en algunos casos, cuando una interna tiene un problema
con el personal del Servicio Penitenciario, una forma de disciplinamiento es
trasladarla a los “pabellones villa”, pabellones comunes donde las presas son alojadas
con otras mujeres caracterizadas por su conflictividad. Allí suelen perder sus
pertenencias y también ser “aleccionadas” a modo de “bienvenida”.
Otra modalidad de adoctrinamiento que se utiliza sobre la población femenina
está relacionada con el traslado a las unidades psiquiátricas donde permanecen
sedadas todo el día. En la entrevista surgió que estas situaciones no son masivas y
remiten a casos particulares en algunas unidades penitenciarias.
En este sentido, es elocuente el siguiente pasaje de la publicación Patear la Reja
(2014) de la Comisión Provincial de la Memoria y el Grupo de Estudios sobre el
Sistema Penal y Derechos Humanos (GESPYDH) del Instituto Gino Germani de la
Facultad de Ciencias Sociales de la UBA:
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“En contextos de encierro es posible visualizar la violencia ejercida por parte del Servicio
Penitenciario en las distintas prácticas que conforman la vida cotidiana de las mujeres detenidas.
Las requisas constituyen un claro ejemplo de esta violencia. Las mismas aparecen en la totalidad
de los testimonios de las entrevistadas como una práctica inherente a la cotidianeidad de la cárcel.
Las mujeres –a diferencia de los varones privados de la libertad– denuncian abiertamente aquellas
requisas del cuerpo que además del “desnudo total” incluyen flexiones, las cuales tienen como objetivo
el registro de la zona genital y resulta una práctica humillante … Si bien creemos que todas las
requisas implican un trato degradante sobre las personas, sus cuerpos, incluso sobre sus pertenencias,
en el caso de las mujeres encontramos que se intensifica el trato vejatorio infligido por el Servicio
Penitenciario, agravándose en los casos donde se registra personal de requisa masculino.” (pp. 75-
76)
En ese trabajo surge también que el concepto y la conducta, términos contemplados
por la ley de ejecución tanto la federal como la provincial11, son manipulados por
parte del personal penitenciario en función de una evaluación basada en el
desempeño de las mujeres en su rol de madres y el trato que brindan a sus hijos/as,
evaluación que suele estar impregnada de la subjetividad del agente estatal. Por otra
parte, en esa investigación también se expone que muchas veces las presas no pueden
mantener el vínculo familiar por el gasto que significa el traslado de la familia hacia
el penal, lo que lleva a privilegiar el uso de ese dinero para el propio mantenimiento
de la familia, sobre todo cuando son las madres de las reclusas quienes se hacen
cargo de sus nietos.
La conclusión de ese trabajo señala que la cárcel, institución social
completamente androcéntrica, aparece para las mujeres como doblemente
estigmatizante. Por un lado, por vivir en condiciones degradantes, sin
reconocimiento ni garantías de sus derechos (al igual que el total de la población
privada de su libertad) y, por otro, porque desde el Servicio Penitenciario y la Justicia
se imparten acciones hacia las mujeres con lógicas atravesadas por la violencia de
género, intensificándose en aquellos casos donde el encierro implica la convivencia
con sus hijos/as o cuando las mujeres detenidas están embarazadas. En estas
situaciones, los roles, los límites y las estrategias se desdibujan imperando el rol de
“madre” por sobre cualquier otro.
Luego, en otra publicación Mujeres en prisión (2011) realizada por el Centro de
Estudios Legales y Sociales (CELS) se expusieron una serie de situaciones de
maltrato hacia las mujeres en situación de encierro. Como primera cuestión se
11
Leyes 24.660 y 12.256.
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mencionan las condiciones en las que se realizan los traslados, naturalizados y
legitimados por todas las autoridades intervinientes. De forma casi unánime, las
entrevistadas relataron que la mayor parte del tiempo permanecen encerradas en los
móviles y en las leoneras de las unidades o en las unidades de los tribunales, en varias
ocasiones, por períodos de más de veinticuatro horas. Estos viajes se realizan en
móviles deteriorados y carentes de higiene, y las mujeres no reciben alimentos ni
bebidas. Asimismo, deben viajar esposadas a los asientos o a unas cadenas sujetas al
piso, junto con varias/os detenidas/os y en un ambiente con escasa circulación de
aire. Al respecto, las mujeres comentaron: “Los traslados son inhumanos, no nos
suministraron bebidas ni comidas, éramos siete personas, nos faltaba el aire” (p. 83).
En cuanto a la particular situación de violencia obstétrica vivenciada por las
reclusas que se encuentran en situación gestante, en Parí como una condenada, se destaca
que:
“Atravesar el embarazo desde la prisión contiene una dificultad estructural vinculada con la
imposibilidad de disponer del acompañamiento de un ser querido. De esta forma, el embarazo y el
parto son experimentados con sentimientos de soledad, ansiedad y angustia, sin perjuicio de los lazos
afectivos que pueden articularse entre las propias compañeras detenidas.” (p. 96)
Allí también se refiere que las demoras encontradas al momento de acceder al
hospital extramuros dan cuenta de la multiplicidad de intermediarios que
burocratizan una experiencia vital como es el parto. Estos circuitos burocráticos
exponen a las mujeres gestantes a situaciones de mayor riesgo. Por el contrario, tener
presente las necesidades especiales de las mujeres embarazadas implicaría la
disposición de móviles adecuados y aptos para el traslado oportuno, y el debido
acompañamiento médico en caso de ser necesario.
Asimismo, se destaca la falta de acceso a la información con respecto al
desarrollo del embarazo y el parto, situación que impide que las mujeres tomen
decisiones en forma independiente. Un caso particularmente grave fue la referencia
a una ligadura de trompas sin el consentimiento de la mujer involucrada. Lo mismo
ocurre con el caso de las roturas artificiales de bolsa de líquido amniótico, la
realización de maniobras sobre el útero durante el parto, las cesáreas innecesarias, o
el suministro de leche de fórmula a los/as bebés. En este sentido, es importante el
alto porcentaje de mujeres que indica no haber prestado su consentimiento al
momento de llevar adelante estas intervenciones.
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Los relatos también exponen formas de trato caracterizadas por la
discriminación y la despersonalización, como en el caso de muchas entrevistadas que
señalan la presencia del personal penitenciario uniformado durante la atención
hospitalaria, lo que las individualiza y las posiciona de manera diferente frente al
resto de las mujeres presentes en los establecimientos sanitarios:
“Dentro del trato dispensado, la práctica más extrema de violencia detectada,
tanto obstétrica como institucional, puede encontrarse en la dimensión de vigilancia
y seguridad. Es alarmante que en la actualidad se continúen aplicando medidas de
sujeción sobre mujeres embarazadas.” (p. 97).
Por último, en ese trabajo se relevan algunas dificultades en el cumplimiento de
los derechos de la madre y el/la recién nacido/a: ya sea desde el contacto temprano
entre ambos hasta el hecho de que, en muchas ocasiones, las mujeres no cuentan
con lo necesario para la higiene y el cuidado personal, ni con los elementos
fundamentales para el recién nacido (pañales, ropa, etc.).
Ahora bien, me interesa retomar el trabajo de investigación de Guala (2016),
mencionado en el segundo capítulo de este texto, porque allí la autora traza un
paralelismo entre el Asilo San Miguel y la situación actual de la cárcel de mujeres de
la provincia de Santa Fe, en tanto destaca la continuidad de varias prácticas arraigadas
en los orígenes del sistema carcelario.
En primer lugar, se da un factor con un fuerte carácter simbólico, porque el
edificio donde funciona la actual cárcel de mujeres es el mismo donde estaba
instalado el Asilo. Si bien el lugar sufrió algunas adaptaciones, no fue construido bajo
el concepto de cárcel, tal como se lo conoce. Esto conlleva algunos problemas
vinculados a la infraestructura. Pero, además, se destacó el empleo de un mecanismo
de disciplinamiento, a través de una estricta rutina que consiste en horarios muy
precisos para realizar las tareas cotidianas, cuestiones que fueron señaladas también
en los orígenes de esta institución. Por cierto, los trabajos que pueden realizar dentro
del penal están ligados a la labor doméstica (limpieza, cocina, costura) y todas las
entrevistadas coincidieron en que está muy mal remunerado, no llegando a ser un
salario, sino tan solo un peculio para estimular el cumplimiento de las tareas.
Estos factores ponen en evidencia la continuidad de las prácticas instaladas en
los orígenes decimonónicos de esta cárcel, en cuanto a la infantilización de las
reclusas a través de un estricto régimen basado en trabajos no profesionalizados, mal
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remunerados y que no deja margen para la toma de decisiones sobre su rutina.
Además, refiere Guala:
“La evaluación de la conducta es una presión fuerte para la participación, independientemente
del interés y la relevancia que esas tareas tengan efectivamente para lograr el fin propuesto. En este
sentido, la progresividad del régimen es ficcionada en un esquema contradictorio en que, al tiempo
que se pide de las mujeres que muestren iniciativa y rendimiento laboral, se les impide la propia
autonomía.” (p. 68)
V.- Conclusión
En sus orígenes, las cárceles fueron concebidas con una finalidad
transformadora, objetivo estrechamente ligado a una imagen sobre la criminalidad
femenina y las problemáticas sociales en juego. En ese sentido, se identificaba a la
prostitución como el factor delincuencial femenino por excelencia, y esto determinó
el carácter moralizador de las cárceles. El objetivo era que las mujeres salieran de los
institutos carcelarios convertidas en amas de casa, esposas, madres o, en su defecto,
empleadas de casas particulares. Las cárceles eran gestionadas por comunidades
religiosas de instrucción católica, lo cual está estrechamente ligado con las cuestiones
señaladas. A partir de los casos analizados (Asilo del Buen Pastor y Asilo San Miguel)
se observa que el reglamento era muy estricto en cuanto a las rutinas del día a día.
Además, las reclusas eran vigiladas en forma permanente, habiendo muy poco
espacio para la espontaneidad y el desarrollo personal.
Durante la dictadura militar, el trabajo del Servicio Penitenciario fue articulado
con las fuerzas conjuntas en el marco del plan de represión ilegal, lo que significó
una continuidad con respecto a las prácticas de tortura a las detenidas. Entre las
múltiples situaciones extremas que pude relevar a lo largo de este trabajo, identifiqué
que ciertos dispositivos propios de ese momento nefasto de nuestra historia se han
instalado como una modalidad habitual en la forma en la que el Servicio
Penitenciario se vincula con las presas más conflictivas: la requisa y el traslado.
También se mencionaron otros procedimientos, como las mudanzas de celdas, que
se utilizaban como forma de disciplinamiento durante la dictadura y que persisten
en la actualidad, destruyendo el precario arraigo que la reclusa logró construir a través
de sus pertenencias y de sus vínculos con otras mujeres en situación de encierro.
A modo de conclusión, podemos afirmar que en los orígenes del sistema
carcelario la inmoralidad femenina era caracterizada como la razón u origen de la
delincuencia. Luego ese paradigma estuvo muy presente en el ensañamiento y el trato
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extremadamente cruel para con las mujeres durante la dictadura militar,
manifestándose en las frecuentes alusiones a su fallido rol materno y en el abuso
sexual permanente en los CCD. En la actualidad, esta mirada sobre el rol de la mujer-
madre sigue siendo la misma y se verifica, por ejemplo, en los casos de violencia
obstétrica. Es posible entonces identificar un elemento común a los tres momentos
de la historia del sistema carcelario analizados, que posiblemente sea el más
importante (en algún sentido, determinante) en relación con el trato dispensado a las
mujeres: el carácter moralizante de la cárcel, desde una mirada androcéntrica y tradicional
sobre la maternidad, que el paso del tiempo no habría debilitado. Los espacios de
encierro parecen ser particularmente refractarios a los cambios sociales, políticos y
culturales.
VI.- Referencias bibliográficas
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