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Teorías Éticas en Bioética

El documento presenta un análisis de diversas teorías éticas que justifican las conductas humanas desde perspectivas morales. Se agrupan en éticas teleológicas, que buscan la felicidad como fin; éticas deontológicas, que fundamentan la moral en el deber; y se discuten figuras clave como Aristóteles, Kant y Sartre. Cada teoría ofrece un marco diferente para entender la moralidad y la vida buena, destacando la importancia de la razón y la autonomía en la acción moral.

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Teorías Éticas en Bioética

El documento presenta un análisis de diversas teorías éticas que justifican las conductas humanas desde perspectivas morales. Se agrupan en éticas teleológicas, que buscan la felicidad como fin; éticas deontológicas, que fundamentan la moral en el deber; y se discuten figuras clave como Aristóteles, Kant y Sartre. Cada teoría ofrece un marco diferente para entender la moralidad y la vida buena, destacando la importancia de la razón y la autonomía en la acción moral.

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REPÚBLICA BOLIVARIANA DE VENEZUELA

UNIVERSIDAD NACIONAL EXPERIMENTAL “RÓMULO GALLEGOS”

DECANATO DE POSTGRADO

ECOSONOGRAFÍA DIAGNÓSTICA

ASIGNATURA: BIOÉTICA

SAN JUAN DE LOS MORROS, ESTADO GUÁRICO

TEORÍAS ÉTICAS

INTEGRANTES:

Pereira, Hildelmar C.I: 16.804.990

Solórzano Witness C.I: 19.985.180

Soria, Carlos C.I: L925073

Tovar, José C.I: 25.573.394

Docente:

Dr. MISAEL PÉREZ

10 Junio 2024
Las conductas humanas pueden ser justificadas desde el punto de vista moral acudiendo
a distintas teorías éticas. Cada una de estas teorías parte de una determinada concepción
de lo que es el bien, de lo que es bueno. Desde diversas perspectivas, las diferentes teorías
éticas tratan de ofrecer una justificación de las actitudes morales y del carácter moral,
ofreciendo también un modelo ideal de moralidad, un ideal de la buena vida, de la vida
acorde con los valores morales.

Las éticas más significativas se pueden agrupar en alguno de estos tres modelos:

Éticas teleológicas
Éticas deontológicas
Éticas dialógicas
Éticas teleológicas

Los que defienden este tipo de ética sostienen que la vida humana tiene una finalidad:
por ello se llaman “teleológicas”, que quiere decir que se orientan hacia la consecución de
un fin. Y este fin es la búsqueda de la felicidad. Todo lo que hacemos los seres humanos
tiene una meta, alcanzar la felicidad, pues eso es lo que perseguimos con todos nuestros
actos. En consecuencia, la vida buena consiste en hallar los medios adecuados para lograr
ese fin, que es nuestro bien máximo. Las normas morales se justifican entonces por su
contribución al logro de la felicidad humana: “debo seguir aquel código moral que me ayuda
a alcanzar la felicidad”.

Modelos de éticas teleológicas:

La felicidad no significa lo mismo para todos, sino que hay muchas maneras diferentes
de entender en qué consiste la felicidad y cuáles son los medios para alcanzarla. Por ello,
existen diferentes tipos de éticas teleológicas:

• El Eudemonismo

El término “eudemonismo” proviene del griego eudaimonía que significa “felicidad”, la


cual consiste en el ejercicio, la actividad y la perfección de las capacidades y disposiciones
propias del ser humano. Ser feliz, en suma, consiste en autorrealizarse ejercitando las
disposiciones con las que estamos dotados.

El creador y representante más significativo del eudemonismo es el filósofo griego del


siglo IV a.C. Aristóteles. Para Aristóteles, la actividad más propiamente humana es lo que
los griegos llamaban “contemplación” (teoría) que no es sino el ejercicio de las actividades
intelectuales: el pensamiento y la argumentación: el ser humano es un “animal racional” y,
por tanto, su felicidad está en el uso de su facultad más propia, la razón.

Pero nuestra vida no se reduce sólo a la contemplación, sino que actuamos


constantemente en otras áreas vitales y con otras motivaciones (económicas, deportivas,
laborales, sentimentales, etc.): estas actividades también influyen en la felicidad humana y,
por ello, es necesario escogerlas y realizarlas con sumo cuidado. La virtud que nos guía en
la correcta elección es lo que Aristóteles llamó PRUDENCIA y, según él, consiste en la
moderación y elección del “término medio” rechazando los extremos (el exceso y el defecto
o insuficiencia).
• El hedonismo:

El hedonismo mantiene que la felicidad consiste en el placer. Por ello, la máxima moral
hedonista se puede resumir en la afirmación: “debes buscar el placer y rechazar el dolor”.
Ahora bien, por placer no entienden los hedonistas meramente el placer sensible, sino
también y fundamentalmente otro tipo de placeres conectados con la amistad, el uso del
intelecto, los sentimientos y la autorrealización del individuo.

El hedonismo aparece como teoría ética en la obra del filósofo griego Epicuro (341- 270
a .C.) y será luego continuada por el filósofo romano Lucrecio (96- 55 a .C.) y desde
entonces por diversos pensadores a lo largo de la historia de la filosofía.

 La ética estoica:

El estoicismo, que surge en la antigüedad en Grecia y se desarrolla sobre todo en la


Roma imperial, es una de las doctrinas morales más importantes de la historia del
pensamiento.

Para los estoicos el primer imperativo ético es vivir conforme a la naturaleza, lo cual
equivale a decir conforme a la razón, pues la naturaleza es racional, es un orden justo.

Como el orden universal es justo, la aceptación del destino se convierte en la actitud


debida. El hombre virtuoso es el que no se rebela contra el destino, el que acepta lo que le
pasa porque comprende que estaba determinado a pasar. Todos los seres obedecen
necesariamente al destino, unos por la fuerza y otros de buen grado. Allá donde el bueno va
voluntariamente, el malo va por la fuerza. "Non pareo Deo sed assentior" (No obedezco a
Dios, sino que me adhiero a lo que Él establece), dice Séneca. Ahí radica toda la dignidad y
la libertad del hombre: conocer el orden necesario del mundo y ser parte consciente del
mismo. Esta es la ventaja del sabio sobre el ignorante, lo que le da el estado de
imperturbabilidad, que es el estado de felicidad para los estoicos: que sabe que todo está
determinado.

Ahora bien, estando todo determinado, ¿en qué queda la libertad humana? En
conciencia de la necesidad, la cual tiene un rendimiento práctico: la imperturbabilidad.

Todo obedece necesariamente al destino, como hemos dicho, pero el hombre puede
resistirse a él, porque la razón del hombre puede extraviarse y oponer al bien universal un
bien propio ficticio: salud, riqueza, honor, etc.

La naturaleza humana, como parte congruente con el todo de la naturaleza cósmica, es


la norma de conducta, y toda tendencia natural es, por tanto, buena. Pero la naturaleza
humana puede desorientarse, proponiéndose aquel bien ficticio, y entonces surge la pasión
(pathos). Crisipo distingue cuatro tipos de pasiones:

-dolor, ante el mal presente


-temor, ante el mal futuro
-placer, ante el bien presente
-deseo, ante el bien futuro
Las pasiones separan al hombre de su felicidad y le hacen correr detrás de falsos bienes
materiales; a medida que el hombre se afana en la consecución de esos bienes materiales,
mayor es la necesidad (ficticia) de ellos. Frente a la pasión, la virtud consiste en el
autodominio y en la apatheia (impasibilidad).

El desorden pasional proviene del error del juicio (de la inteligencia) y de una falsa
opinión. La razón es culpable de este falso juicio.

Veamos. Todos los seres poseen un impulso instintivo a su propia conservación. En los
seres inorgánicos, en los vegetales y en los animales ese impulso es inconsciente. Pero el
hombre se distingue por poseer razón, con lo cual se eleva el impulso natural a volición
racional, es decir, a elección. Por ello, en todo lo que hace el hombre hay un asentimiento
de la razón. Si la pasión se origina, por tanto, es con el asentimiento de la razón. Los
estoicos intentan mostrar hasta qué punto las pasiones dependen de nosotros. El mismo
Crisipo habla del prejuicio que nos hace creer que es bueno y apropiado entregarnos a la
tristeza cuando muere un pariente.

Siendo un efecto causado por un mal juicio, la pasión debe ser corregida atajando éste.
Los estoicos pretenden apartar al individuo de las pasiones no por una resistencia -ascética-
directa a ellas, sino por una corrección del juicio mediante máximas o sentencias razonadas
(y este es el papel de la filosofía).

-La indiferencia de los bienes exteriores.-

Sólo la virtud es un bien. Todo lo que no sea ni virtud ni vicio, tampoco será bueno ni
malo, sino indiferente. Salud, enfermedad, riqueza, pobreza, suerte o infortunio, en tanto no
dependen de la virtud o el vicio, son indiferentes. Todo es nada, salvo la disposición interior
que es la sabiduría. En lo que nos sucede no hay bien ni mal: es lo mismo a efecto moral
(que es la índole interior del hombre) ser rico que pobre, la enfermedad que la salud. Lo que
distingue al sabio del hombre imperfecto es que no tiene más apego a lo uno que a lo otro;
o, por lo menos, que no tiene un apego incondicional. (Crisipo ridiculiza, consecuentemente,
los mitos platónicos sobre las recompensas y castigos de la otra vida, precisamente porque,
según Crisipo, la virtud es autosuficiente y nunca deseable por otra cosa que ella misma).
La virtud es lo único que debe perseguirse.

-El Cosmopolitismo

Los estoicos consideran un dictado de la razón el vivir en sociedad y participar en los


asuntos públicos. Todos los hombres tienen una naturaleza común, que es la razón. De ahí
que sólo deba haber una ley para todos los hombres y que todos ellos tengan una sola
patria. El hombre (el sabio) no es ciudadano de este o aquel Estado particular, sino del
mundo.

• El utilitarismo: El utilitarismo como corriente ética aparece fundamentalmente en la obra


de Jeremy Bentham (1748-1832) y de John S. Mill (1806-1876).

Según estos autores, el móvil de la conducta humana está en la búsqueda del placer,
pero su adquisición no se entiende como un logro del individuo singular, sino de la
sociedad: la felicidad consiste en el bienestar de los muchos .Así pues, el criterio racional
que hemos de utilizar para apreciar la moralidad de un acto es la consideración de las
consecuencias que se derivan de él para la felicidad humana.
Éticas deontológicas

Las éticas deontológicas son éticas que fundamentan la acción moral en el deber: Es
buena moralmente aquella acción que se efectúa sólo porque es un deber el realizarla y no
por otro motivo (utilidad, miedo a las consecuencias, esperanza de un premio, placer…)

• Los defensores de esta concepción han criticado de modo radical a las éticas teleológicas
por su carácter heterónomo:

• « Heteronomía » significa recibir de otro la ley. Desde un punto de vista moral con este
concepto se alude a que la normas moral se recibe de una instancia distinta de la persona
misma: yo acato una norma moral que, aunque pueda encontrarla en mí, procede de algo
externo, ya sea la sociedad con sus normas y costumbres, la religión con sus creencias y
dogmas o la propia naturaleza con sus instintos e inclinaciones. En todos estos casos es la
moral heterónoma porque su fuente no es el propio individuo.

Frente a la heteronomía está la « autonomía moral »: la norma moral no sólo la


encuentro e n mí sino que además procede de mí: yo me doy a mí mismo mi propia norma
moral estableciéndola desde mi racionalidad: el origen y fundamento de la norma moral
reside en la razón (práctica). Los defensores de la autonomía moral suponen que e l ser
humano sólo adquiere dignidad cuando se sustrae al orden natural y es capaz de dictarse a
sí mismo sus propias leyes, cuando es legislador autónomo, cuando las normas nacen de sí
mismo, cuando al obedecer, se obedece a sí mismo.

Así pues, los defensores de la felicidad o del placer como principios de la vida moral
quitan al ser humano su dignidad, pues aunque sea cierto que el ser humano tiende a
buscar su bienestar y su felicidad, esto es algo que también hacen los animales y, por tanto,
si queremos que nuestra vida no se reduzca al nivel de lo puramente animal no podemos
reducirla a algo que no supera las tendencias instintivas y naturales, como es la utilidad, el
placer o la felicidad.

• Las éticas deontológicas, por tanto, sostienen que el deber que motiva la acción moral
proviene de la norma moral que, a su vez, encuentra su origen y fundamento en la propia
razón humana.

A lo largo de la historia ha habido diversas doctrinas éticas deontológicas, pero la más


importante es la ética del filósofo alemán I. Kant (1724-1804):

• La ética kantiana se estructura en torno al principio de actuar conforme al deber, el cual


se determina en función de criterios estrictamente racionales.

Esta ética no dice lo que hay que hacer en cada momento o situación sino que nos
proporciona la FORMA (la estructura racional) que debe tener cualquiera de nuestros actos
para que sean morales: sólo se indica un motivo formal a la voluntad, válido para todo
hombre y para cualquier ocasión.
La ética de Kant pretende, por tanto, ser universal y necesaria: en ella no cabe el interés
propio ni el egoísmo, sino sólo la buena voluntad de actuar de acuerdo con el deber.

A esta ética llama Kant «formal» y «autónoma», mientras que considera que las
restantes son «materiales» y «heterónomas», por cuanto en ellas la voluntad humana se
determina a obrar por motivos prácticos y no por motivos estrictamente morales.

Así, si queremos una ética universal que valga para todos y para todo tiempo, una ética
para la cual lo que es bueno o malo no depende del momento o de las circunstancias o del
interés individual, entonces tenemos que fundamentarla en un principio al que Kant
denomina IMPERATIVO CATEGÓRICO y que formula del siguiente modo:

« Obra sólo según aquella máxima que puedas querer que se convierta, al mismo tiempo,
en ley universal ».

« Procede de modo que trates a la humanidad, tanto en tu persona como en la de los


demás, siempre como un fin en sí mismo y nunca como un medio ».

La ética de J.P Sartre

El punto de partida de la ética sartreana es la afirmación de que en el hombre la


existencia precede a la esencia. Para explicarlo con claridad, Sartre nos ofrece una serie de
ejemplos: supongamos un objeto fabricado (una silla). Es evidente que este objeto ha sido
fabricado por un artesano que se ha inspirado en una idea sobre cómo es este objeto. Por
lo tanto, podríamos decir que el conjunto de recetas y de cualidades que permiten producir y
definir, por ejemplo, una silla, son la esencia; y que tal esencia precedería a su existencia ya
que, antes de existir, fue una idea en la mente del artesano que lo produjo.

Contrariamente, el hombre empieza a existir, es decir, se encuentra y surge en el


mundo, y, después, es cuando se define y se hace, el hombre comienza por no ser nada.
Sólo será después y será tal como se haya hecho. Como decía Antonio Machado:
caminante no hay camino, se hace camino al andar. Del mismo modo, para el
existencialismo de Sartre no hay naturaleza humana porque no existe ningún Dios que la
haya concebido en su esencia. Esto implica que será lo que él quiera ser.

El hombre es un proyecto que se tiene que vivir subjetivamente y, en este sentido, es


totalmente diferente a otras realidades que también existen, como, por ejemplo, un árbol,,
una podredumbre o una coliflor, ya que éstas realidades en ningún momento pueden
proyectar su vida en un porvenir. El hombre, por tanto, dado que existe como un proyecto a
realizar, será ante todo lo que habrá proyectado ser. Pero, además, desde el momento en
que el hombre es un proyecto a realizar, él mismo se constituye en el RESPONSABLE total
de su existencia. Y cuando, según Sartre, el existencialismo afirma que el hombre es
responsable de su existencia no lo es únicamente de la suya individual sino que también es
responsable de todos los hombres.

Según Sartre, el hombre está condenado a ser libre. Condenado, porque no se ha


creado a sí mismo, y sin embargo, por otro lado, es libre, porque una vez arrojado al mundo
es responsable de todo lo que hace y está obligado a hacerse a sí mismo.

Lo que elegimos es siempre lo que consideramos un bien para nosotros y, al elegirlo,


nada puede ser bueno para nosotros sin serlo para todos. Por todo ello, nuestra
responsabilidad es mucho mayor de lo que podríamos suponer, pues compromete a la
humanidad entera. Para explicar lo que acaba de decir, Sartre, hace referencia a una serie
de ejemplos: habla de obrero que elige adherirse a un sindicato cristiano en lugar de a uno
de clase. Pues bien, según Sartre, con esta elección, se estaría afirmando que la
resignación es lo que conviene no solamente a él, que ha elegido esa opción, sino a todo
hombre. Con su acto, el obrero ha comprometido a toda la humanidad. Del mismo modo, si
decido casarme, tener hijos, etc, no me encamino yo solamente, sino que encamino a la
humanidad en la vía de la monogamia. Sartre piensa que eligiéndose uno a sí mismo, elige
también al hombre.

Y esta elección la realiza cada hombre en el más completo desamparo, pues no valen
los preceptos generales y universales de que hablaba Kant. La moral ha de ser una
invención nuestra, que arranca de la situación concreta en la que el hombre se halla y en la
que la norma se ajusta a la situación y a la realidad particular. Pero aunque la elección es
radicalmente individual el hombre es responsable ante lo demás hombre de sus elecciones.

Éticas dialógicas

• Las éticas dialógicas sostienen que las normas morales han de ser fruto de un acuerdo
basado en el diálogo argumentativo en condiciones de igualdad entre personas racionales y
libres. Las éticas dialógicas son, por tanto, éticas de la comunicación, del discurso, que
sitúan los mandatos que constituyen el deber en las normas que resultan del acuerdo al que
hayan llegado después de haber argumentado racionalmente cada uno de ellos en defensa
de su posición.

A diferencia de Kant, los filósofos de esta corriente, fundamentalmente K. O. Apel


(1922-) y J. Habermas (1929-), entienden que no es una sola persona quien ha de
comprobar si una norma es universalizable, sino que han de comprobarlo todos los
afectados por ella, utilizando la razón discursiva , es decir, el diálogo racional. En este
sentido, hablan de una “comunidad ideal de diálogo” como un espacio de discusión que no
admite la represión o la desigualdad.

Habermas propone como reglas del discurso las siguientes:

• Cualquier sujeto capaz de lenguaje y acción puede participar en el discurso.


• Cualquiera puede problematizar cualquier afirmación.
• Cualquiera puede introducir en el discurso cualquier afirmación.
• Cualquiera puede expresar sus posiciones, deseos y necesidades.
• No puede impedirse a ningún hablante hacer valer sus derechos, establecidos en las
reglas anteriores, mediante coacción interna o externa al discurso.

En las éticas dialógicas el hombre moralmente bueno es aquel que se halla dispuesto a
resolver las situaciones de conflicto mediante un discurso argumentado, un diálogo
encaminado a lograr un consenso y se haya dispuesto asimismo a comportarse como se
haya decidido en ese consenso.
La justificación de las normas morales proviene, por tanto, del acuerdo racional y se
establece en función de dos principios:

• Universalización: una norma será válida cuando todos los afectados por ella puedan
aceptar libremente las consecuencias y efectos secundarios que se seguirían,
previsiblemente, de su cumplimiento general para la satisfacción de los intereses de cada
uno.

• Ética del discurso: sólo pueden pretender validez las normas que encuentran (o podrían
encontrar) aceptación por parte de todos los afectados, como participantes en un discurso
práctico.

Así pues, una norma es aceptable sólo en el caso de que todos los afectados por ella estén
de acuerdo en darle su consentimiento porque satisface intereses universalizables (y no
meramente los intereses de un colectivo o de un individuo).

Teorías Éticas:
Deontologismo y Consecuencialismo.

Deontología:

Es una rama de la ética que estudia los deberes y el comportamiento ético en el ejercicio
profesional. Como disciplina filosófica, estudia las obligaciones morales, así como la teoría
de la ética normativa que determina que acciones se deben realizar y cuáles no.

La palabra “DEONTOLOGIA” viene de los términos griegos “deon” (obligación o deber) y


logos (conocimiento o estudio). La deontología es el estudio del deber.

Un Código ético o deontológico: es un conjunto de normas y principios morales que rigen


el ejercicio de una profesión determinada.

TIPOS DE DEONTOLOGIA:

1- Deontología Aplicada: se centra en la aplicación práctica de la ética en la vida cotidiana.


Determina que es lo correcto y lo incorrecto en una situación y es la base para crear los
códigos deontológicos profesionales.

2- Deontología Prescriptiva: estudia el comportamiento moral y se centra en las normas o


reglas necesarias para vivir pacíficamente. A veces se le llama Deontología teórica, ya que
no juzga problemas concretos.

Por lo tanto el deontologismo es la Ciencia o estudio del deber, por el deber mismo.
Es un marco normativo cuyo objetivo es decirnos las acciones que debemos hacer y las
acciones que no debemos realizar.

Uno de los representantes históricos del Deontologismo es Immanuel Kant, que tiene su
teoría deontologista llamada Deontologismo Kantiano, en donde refleja en una de sus ideas
que: NINGUN FIN JUSTIFICA USAR MEDIOS ETICAMENTE INCORRECTOS, por eso
Kant decía que nunca debemos mentir, aunque mentir fuera
necesario para salvar la vida de alguien.

Kant distinguía 3 tipos de acciones:

1- Acciones contrarias al deber. (Llamadas por Kant acciones inmorales).

2- Acciones conformes al deber.

3- Acciones por deber.

Para Kant el Deber es la Necesidad de una acción por respeto a la Ley (Imperativo
categórico), que es una ley completamente Irracional que exhorta a la Autonomía, que cada
uno sepa cómo hay que actuar aun antes de ver cada caso en particular. O sea tomar a los
demás como fines y no como medios. Es decir si nuestras acciones están motivadas por
una perspectiva a los demás como medios para alcanzar otros fines , entonces nuestra
acción es totalmente contraria al deber , pero si en cambio actuamos pensando que los
demás son fines en sí mismos y no importa que vamos a lograr actuando bien con ellos ,
entonces es una acción totalmente por deber.

CONSECUENCIALISMO:

Es una clase de teorías éticas normativas y teleológicas que sostienen que las
consecuencias de la conducta de una persona son la base ultima para juzgar si esa
conducta es correcta o incorrecta. Por lo tanto desde un punto de vista consecuencialista,
un acto moralmente correcto es aquel que producirá un buen resultado. Por lo tanto
sostiene en general que un acto es correcto si y solo si el
acto producirá o tiene la intención de producir, un mayor equilibrio de bien sobre mal que
cualquier alternativa disponible.
Es una teoría ética que juzga si algo es bueno tomando en cuenta sus consecuencias. Por
ejemplo mentir está mal, pero si decir una mentira ayuda a salvar una vida, pues el
consecuencialismo dice que es lo correcto.

TIPOS DE CONSECUENCIALISMO:

1- Utilitarismo: es la teoría según la cual la mejor acción es aquella que produce las
mejores consecuencias para la mayor cantidad de personas.
2- Altruismo Moral: Sostiene que la mejor acción es aquella que produce las mejores
consecuencias para todos menos para el agente.

3- Egoísmo Moral: Sostiene que la mejor acción es aquella que produce las mejores
consecuencias para el agente.

El principialismo:
El principialismo o bioética médica, también conocidos como principialismo bioético o
bioética principialista, es la teoría más difundida y con mayor aceptación en el entorno de
las ciencias de la salud. Representa una corriente de pensamiento que pretende promover
el bien íntegro de la persona humana y de las acciones de quienes trabajan en el ámbito
sanitario.
Se considera hoy en día que el trabajo de la bioética como disciplina comienza en 1979 con
la propuesta de principialismo de Tom Beauchamp (filósofo e investigador estadounidense
nacido en 1939) y James Franklin Childress (filósofo y teólogo de [Link].,1940), dominante
en la década siguiente, cuestionada posteriormente, y actualmente vigente.
El enfoque principialista dentro de la bioética fue presentado en el libro Principles of
Biomedical Ethics, o Principios de ética biomédica en castellano, de Tom Beauchamp y
Childress. Con él se da inicio a la corriente del principialismo, de amplia difusión en la
bioética, convirtiéndose en consecuencia en un “paradigma” moral para aquellos
profesionales de la salud, una referencia con la que poder contar en la práctica, pero
también en el ámbito conceptual ante determinadas situaciones.
El principialismo ve fundamental que algunos principios generales de la ética biomédica
sean respetados en las situaciones del día a día de un profesional sanitario y,
concretamente, sean posible objeto de conflictos éticos, tanto en el área de la investigación
como en el de la práctica clínica. De esta manera, muchas decisiones médicas se toman de
acuerdo con la evidencia y con los principios de calidad en la medicina, basadas en
una argumentación biomédica que recurre al principialismo.
Además, los principios del principialismo son prima facie, esto quiere decir que teóricamente
son equivalentes, obligan siempre y cuando no supongan un conflicto para quienes
presenten normas morales. De esta forma, el principialismo se constituye como
una herramienta para la toma de decisiones en bioética, aunque la aparición de conflictos o
dilemas morales haga necesaria una mayor deliberación de cada situación o controversia
particularmente compleja.
El principal objetivo del principialismo es servir de referencia o marco moral ante
determinadas situaciones de conflicto, así como a la hora de prevenirlos durante la práctica
clínica.

Principios de la bioética de Beauchamp y Childress

El principialismo defiende que existen algunos principios generales descubiertos en el ámbito de la


ética biomédica y que deben ser respetados cuando se plantean conflictos éticos en la investigación
o en la práctica clínica.

En Principles of Biomedical Ethics, Tom L. Beauchamp y James F. Childress, defienden los


siguientes cuatro principios:
Respeto de la autonomía

La palabra «autonomía» proviene del griego y significa «autogobierno». Se usa por primera vez para
referirse a la capacidad de autogobierno de las ciudades-estado griegas independientes.

Para Beauchamp y Childress, el individuo autónomo es el que «actúa libremente de acuerdo con un
plan autoescogido»4. Según afirman estos autores, todas las teorías de la autonomía están de
acuerdo en dos condiciones esenciales: a) la libertad, entendida como la independencia de
influencias que controlen, y b) la agencia, es decir, la capacidad para la acción intencional.

Que un ser es autónomo no significa meramente que sigue sus propios deseos o inclinaciones. El
alcohólico que quiere vencer su dependencia al alcohol siente deseos de beber pero trata de guiarse
no por esos deseos inmediatos, sino por otros más acordes con los valores sobre la idea que tiene
de sí mismo. Si recogemos el significado que algunas teorías dan a la persona autónoma
encontramos los siguientes rasgos: excepcionalmente auténtica, autoposeída, consistente,
independiente, autogobernada, resistente al control por autoridades, y fuente original de los valores,
creencias y planes de vida personales. Beauchamp y Childress entienden que ese ideal de
autonomía es muy alto y que muy pocos pueden aspirar a alcanzarlo.

La autonomía es un concepto que admite grados, por eso, a Beauchamp y Childress, para tomar
decisiones en casos clínicos, no les interesa tanto el concepto de autonomía como la noción de
acción autónoma. Para estos autores, una acción es autónoma cuando el que actúa lo hace a)
intencionadamente, b) con comprensión y c) sin influencias controladoras que determinen su acción.
La intencionalidad no admite grados, la comprensión y la coacción sí. Para poder determinar si una
acción es autónoma, tenemos que conocer si es o no intencional y, además, comprobar si supera un
nivel substancial de comprensión y de libertad de coacciones, y no si alcanza una total comprensión
o una total ausencia de influencias. A estas acciones se las llama substancialmente autónomas, pero
no completamente autónomas.

La autonomía de una persona es respetada cuando se le reconoce el derecho a mantener puntos


de vista, a hacer elecciones y a realizar acciones basadas en valores y creencias personales. El
respeto por la autonomía del paciente obliga a los profesionales a revelar información, a asegurar la
comprensión y la voluntariedad y a potenciar la participación del paciente en la toma de decisiones.

Beauchamp y Childress nos dan algunas reglas para tratar a las personas de manera autónoma:

1. «Di la verdad».
2. «Respeta la privacidad de otros».
3. «Protege la confidencialidad de la información».
4. «Obten consentimiento para las intervenciones a pacientes».
5. «Cuando te lo pidan, ayuda a otros a tomar decisiones importantes».

No-maleficencia

El principio de no-maleficencia hace referencia a la obligación de no infringir daño


intencionadamente. Este principio se inscribe en la tradición de la máxima clásica primum non
nocere («lo primero no dañar»). Aunque la máxima como tal no se encuentra en los tratados
hipocráticos, sí que existe una obligación de no maleficencia expresada en el juramento hipocrático.
Así, sobre el uso del régimen para el beneficio de los pacientes, este juramento dice: «si es para su
daño (...) lo impediré».
Algunos filósofos consideran a la no-maleficencia y la beneficencia como un mismo principio. Para
Beauchamp y Childress la obligación de no dañar a otros, por ejemplo, no robar, no lastimar o no
matar, es claramente distinta a la obligación de ayudar a otros, por ejemplo, ofrecer beneficios,
proteger intereses o promover bienestar.

Este principio solicita «no dañar». Una persona daña a otra cuando lesiona los intereses de ésta.
Estos intereses pueden considerarse de manera amplia como son los referidos a la reputación, la
propiedad, la privacidad o la libertad. Definiciones más estrechas se refieren a intereses físicos y
psicológicos, como la salud y la vida. Beauchamp y Childress en el diseño del principio de no-
maleficencia se concentran en «los daños físicos, incluyendo el dolor, la discapacidad y la muerte, sin
negar la importancia de los daños mentales y las lesiones de otros intereses». En particular enfatizan
las acciones que causan o que permiten la muerte o el riesgo de muerte.

Reglas típicas referidas al principio de no-maleficencia son las siguientes:

1. «No mate».
2. «No cause dolor o sufrimiento a otros».
3. «No incapacite a otros».
4. «No ofenda a otros».
5. «No prive a otros de aquello que aprecian en la vida».

Beneficencia

Si la no-maleficencia consiste en no causar daño a otros, la beneficencia consiste en prevenir el


daño, eliminar el daño o hacer el bien a otros. Mientras que la no-maleficencia implica la ausencia de
acción, la beneficencia incluye siempre la acción. Beauchamp y Childress distinguen dos tipos de
beneficencia: la beneficencia positiva y la utilidad. La beneficencia positiva requiere la provisión de
beneficios. La utilidad requiere un balance entre los beneficios y los daños.

En el lenguaje habitual, la beneficencia hace referencia a actos de buena voluntad, amabilidad,


caridad, altruismo, amor o humanidad. La beneficencia puede entenderse, de manera más general,
como todo tipo de acción que tiene por finalidad el bien de otros. Si la benevolencia se refiere a la
voluntad de hacer el bien, con independencia de que se cumpla o no la voluntad, la beneficencia, en
cambio, es un acto realizado por el bien de otros. Pero cuando Beauchamp y Childress hablan
del principio de beneficencia 8. no se refieren a todos los actos realizados para hacer el bien, sino
sólo a aquellos actos que son una exigencia ética en el ámbito de la medicina. Según estos autores,
antes de realizar un tratamiento sobre un paciente, estamos obligados a hacer un balance de sus
beneficios y riesgos.

Algunos ejemplos de reglas de beneficencia son las siguientes:

1. Protege y defiende los derechos de otros.


2. Previene el daño que pueda ocurrir a otros.
3. Quita las condiciones que causarán daño a otros.
4. Ayuda a personas con discapacidades.
5. Rescata a personas en peligro.

Los autores dicen que el principio de beneficencia es una exigencia y no una mera invitación a la
acción, por ello es importante distinguir en qué circunstancias hacer el bien es una exigencia. Según
ellos, asumiendo que la persona X es consciente de los hechos relevantes, entonces X tiene la
obligación de beneficencia hacia la persona Y si y sólo si se satisfacen cada una de las siguientes
condiciones:

a) Y está en peligro de perder la vida o recibir un daño significativo en su salud o en algunos


otros intereses importantes.
b) La acción de X se necesita, de modo singular o en unión con otros, para prevenir esta
pérdida o daño.
c) La acción de X, de modo singular o en unión con otros, tiene una alta probabilidad de prevenir
esta pérdida o daño.
d) La acción de X no representa riesgos, costes o cargas significativas para X.
e) El beneficio que se puede esperar que gane Y sobrepasa a todos los daños, costes o cargas
que pueden afectar a X.

Cuando la beneficencia se practica sin considerar la opinión del paciente, se incurre en


el paternalismo.

Justicia

Las desigualdades en el acceso al cuidado de la salud y el incremento de los costes de estos


cuidados han ocasionado en el ámbito de la sanidad el debate sobre la justicia social. La máxima
clásica de Ulpiano dice que la justicia consiste en «dar a cada uno lo suyo». De un modo similar,
Beauchamp y Childress entienden que la justicia es el tratamiento equitativo y apropiado a la luz de
lo que es debido a una persona. Una injusticia se produce cuando se le niega a una persona el bien
al que tiene derecho o no se distribuyen las cargas equitativamente.

El término relevante en este contexto es el de justicia distributiva que, según estos autores, se refiere
a «la distribución imparcial, equitativa y apropiada en la sociedad, determinada por normas
justificadas que estructuran los términos de la cooperación social. Sus aspectos incluyen las políticas
que asignan beneficios diversos y cargas tales como propiedad, recursos, privilegios y
oportunidades. Son varias las instituciones públicas y privadas implicadas, incluyendo al Gobierno y
al sistema sanitario.

Los problemas de la justicia distributiva aumentan bajo condiciones de escasez y competición. Se


han propuesto varios criterios de distribución:

a) A cada persona una participación igual,

b) A cada persona de acuerdo con sus necesidades individuales,

c) A cada persona de acuerdo a sus esfuerzos individuales,

d) A cada persona de acuerdo a su contribución social, y e) a cada persona de acuerdo con sus
méritos.

Sobre el principio de justicia en ética biomédica un autor especialmente relevante es Norman


Daniels. Este autor nos dice que existe un conflicto de intereses entre los que precisan servicios de
salud y los que soportan sus gastos, pero incluso en Estados Unidos, que no es un Estado de
bienestar, se piensa que los cuidados de la salud deben distribuirse más igualitariamente que otros
bienes. Daniels se pregunta qué tiene de especial el cuidado de la salud. Daniels entiende que la
sociedad tiene la obligación de proteger la igualdad de oportunidades de todos sus miembros. Por
eso hay que examinar las implicaciones que se siguen para las instituciones sanitarias, pues han de
reformarse si no son capaces de garantizar esa igualdad de oportunidades, que viene potenciada por
el acceso igualitario a los cuidados de la salud.

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