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El concepto socialismo ha sido cargado de sentido desde una amplia gama de orientaciones
ideológicas y políticas, durante más de un siglo y medio. Sin duda, esto dificulta el trabajo con él
desde una perspectiva de ciencia social, pero es preferible, en vez de lamentarlo, partir de esa
realidad, que es casi imposible separar del concepto. Lo más importante es que desde el siglo XIX y
en el curso del siglo XX la noción de socialismo auspició a un amplísimo campo de demandas y
anhelos de mejoramiento social y personal, y después de 1917 llegó a asociarse a las empresas de
transformación social y humana más ambiciosas y profundas que ha vivido la Humanidad,
constituyendo a la vez el reto más grave que ha sufrido la existencia del capitalismo, en todas sus
variantes, a escala mundial.
Socialismo y socialista han sido denominaciones utilizadas por muy disímiles partidos y movimientos
políticos, Estados, corrientes ideológicas y cuerpos de pensamiento, para definirse a sí mismos o para
calificar a otros. Esas posiciones pueden considerar al capitalismo su antinomia, y trabajar por su
eliminación, o limitarse a intentar cambiarlo de manera evolutiva, o ser apenas su conciencia crítica.
Por otra parte, la tónica predominante al tratar el concepto en la literatura divulgativa –incluidas
enciclopedias--, y en gran parte de la especializada, ha sido la devaluación intelectual,
simplificaciones, distorsiones y acusaciones morales y políticas. Pocos conceptos han confrontado
tanta hostilidad, que aquí registro solamente como un dato a tener en cuenta. Las relaciones entre
los conceptos socialismo y comunismo –a las que me referiré más adelante-- no sólo pertenecen al
campo teórico y a las experiencias prácticas socialistas; el cuadro de hostilidad mencionado ha
llevado muchas veces a preferir el uso exclusivo de la palabra socialismo para evitar las
consecuencias de incomunicación o malos entendidos si se utiliza también la palabra comunismo.
Esto fue agravado durante una gran parte del siglo XX por la connotación que le dio a “comunismo”
la tendencia que fue más fuerte dentro de las experiencias, organizaciones e ideas socialistas, es
decir, la integrada por la URSS, el llamado movimiento comunista internacional y la corriente
marxista llamada marxismo leninismo.
No pretendo criticar, o siquiera comentar, las muy diversas definiciones y aproximaciones que
registra el concepto socialismo, ni el océano de bibliografía con que cuenta este tema. Intentar
apenas esa valiosa tarea erudita ocuparía todo el espacio de esta entrada, y no sería lo apropiado. A
mi juicio debo exponer aquí de manera positiva lo que entiendo básico en el concepto, los problemas
que confronta y la utilidad que puede ofrecer para el trabajo intelectual, desde mi perspectiva y
desde nuestro tiempo y el mundo en que vivo.
Dos precisiones previas. Una, todo concepto social debe ser definido también en relación con su
historia como concepto. En unos casos puede parecer más obvio o provechoso hacerlo, y en otros
más dispensable, pero entiendo que en todos es necesario. La otra, en los conceptos que se refieren
a movimientos que existen y pugnan en ámbitos públicos de la actividad humana, es necesario
distinguir entre los enunciados teóricos y las experiencias prácticas. Tendré en cuenta ambos
requerimientos en este artículo.
En la Europa del medio siglo siguiente se desplegó la mayor parte de las ideas centrales del
socialismo, y sucedieron experiencias muy radicales, pero sobre todo la adecuación de la mayoría de
los movimientos socialistas al sistema de hegemonía capitalista. El triunfo del nuevo tipo de
desarrollo económico, capitalista, ligado a la generalización del mercado, la industria, las nuevas
relaciones de producción, el papel del dinero y el colonialismo, unido a la caída del antiguo régimen y
los resultados políticos e ideológicos de las revoluciones burguesas, fueron entendidos también
como los procesos de creación de condiciones imprescindibles para que la humanidad contara con
medios materiales y capacidades suficientes para abolir con éxito la explotación del trabajo, las
opresiones sociales y políticas, el poder del Estado y la enajenación de los individuos. El mismo
proceso de auge del capitalismo en Europa creaba una nueva clase –el proletariado--, capaz de llevar
a cabo esa labor y destinada a hacerlo; su trabajo, igual que el de la burguesía, tendría alcance
mundial, pero con un contenido liberador. El nacionalismo, ahora triunfante, sería superado por el
proletariado paneuropeo, que conduciría finalmente al resto del mundo a un nuevo orden sin
fronteras. Las ideologías burguesas del progreso y de la civilización podían ser aceptadas y tornadas
en contra del dominio de ellos: el socialismo sería la realización de la racionalidad moderna. Aún
más, el auge y el imperio de la ciencia, con su positivismo y su evolucionismo victoriosos, podían
brindar la clave de la evolución social, si se hacía ciencia desde la clase proletaria.
Una concepción se abrió paso entre las ideas anticapitalistas, en franca polémica con el anarquismo
en torno a los problemas del poder del Estado futuro y del autoritarismo, aunque coincidiendo con él
en cuanto a la oposición radical al sistema y la abolición de la propiedad privada. Esta fue la
concepción de Carlos Marx (1818-1883) –pronto llamada marxismo--, que ha sido el principal
oponente al capitalismo desde entonces hasta hoy, como cuerpo teórico y como ideología; además,
se han proclamado marxistas innumerables movimientos políticos y sociales anticapitalistas y de
liberación en todo el mundo, y prácticamente todas las experiencias socialistas. La producción
intelectual, su historia de siglo y medio y las diferentes tendencias del marxismo están
profundamente vinculadas a todo abordaje que se haga del concepto de socialismo. No me es
posible sintetizar ese conjunto, por lo que me limito a presentar un sucinto repertorio del marxismo
originario, tan abreviado que no tiene en cuenta la evolución de sus ideas. Más adelante añadiré
algunos comentarios muy parciales.
Marx intentó desarrollar su concepción a través de un plan sumamente ambicioso, que sólo en parte
pudo realizar; pero además es erróneo creer que estuvo elaborando un sistema filosófico acabado,
como había sido usual en el medio en que se formó inicialmente. Marx fue un pensador social, lo que
sucede es que puso las bases y construyó en buena medida un nuevo paradigma de ciencia social, en
mi opinión el más idóneo, útil y de mayores potencialidades de los existentes hasta hoy. También
entiendo que existe ambigüedad en ciertos puntos importantes de su obra teórica, y además ella
adolece de ausencias y contiene algunos errores, exageraciones y tópicos que hoy son insostenibles.
A pesar de su radical novedad, la concepción de Marx no podía ser ajena a las influencias del
ambiente intelectual de su época, aunque fue capaz de mantener su identidad ante él, y
contradecirlo. No puede decirse lo mismo de la mayor parte de sus seguidores, lo cual ha tenido
consecuencias muy negativas. En general, Marx resultó demasiado chocante en el terreno
intelectual, y la unión de la calidad subversiva de su teoría, su intransigencia revolucionaria y su ideal
comunista concitó rechazos, simplificaciones, distorsiones y exclusiones. Apunto algunos rasgos de
su pensamiento que considero básicos:
1) el tipo capitalista de sociedad fue su objeto de estudio principal, y a su luz es que hizo
postulaciones sobre otras realidades o planteó preguntas acerca de ellas. Tanto por su método como
a través de la investigación de la especificidad del capitalismo, Marx produjo un pensamiento no
evolucionista, cuando esa corriente estaba triunfando en toda la línea. Para él, lo social no es un
corolario de lo natural;
3) superó críticamente los puntos de partida de los sistemas filosóficos llamados materialistas e
idealistas, y la especulación filosófica en general, colocándose en un terreno teórico nuevo;
4) su teoría del modo de producción capitalista resultó válida como modelo para estudiar
sociedades "modernas" como sistemas de relaciones entre grandes grupos humanos, un modelo que
busca las contradicciones internas a esas sociedades, distingue y jerarquiza niveles de las realidades y
procesos sociales, e investiga siempre el origen y las tendencias de esos procesos;
5) la lucha de clases moderna es para Marx la dinámica social fundamental, a partir de la cual
se constituyen del todo las clases sociales, se despliegan sus conflictos y tienden a resolverse
mediante el cambio revolucionario. Este el núcleo central de su concepción;
6) la historia es una dimensión necesaria para su teoría, dados sus preguntas fundamentales y
su método. Su concepción de la historicidad y del movimiento histórico de las sociedades trata de
conjugar los modos de producción y las luchas de clases. Por qué y cómo cambian y se transforman
las sociedades, podría ser una formulación general para comprender los procesos históricos desde la
posición de Marx, que elaboró hipótesis y dejó expresiones interesantes relativas a la ampliación de
su teoría a otros ámbitos históricos;
El ápice de los movimientos anticapitalistas del siglo XIX fue la Comuna de París, primera experiencia
de poder proletario. Aunque efímera y aplastada a sangre y fuego, la Comuna dejó un legado muy
valioso: hechos y enseñanzas, identidad rebelde con símbolos propios, insurrección heroica con
democracia participativa, y la Internacional, una canción que ha alcanzado significado a escala
mundial. Pero aunque la represión y la negación de ciudadanía plena al pueblo habían sido arma
común de principes y de liberales, mientras la democracia, la autonomía local, la soberanía popular y
las cuestiones de género eran banderas socialistas, en 1871 ya estaba en marcha la construcción de
un nuevo sistema en los Estados nacionales, con parlamentos, masas de votantes, estado de
derecho, constituciones y predominio de la instancia nacional, un orden que cedió en materia de
ciudadanía, y de organización y representación de sectores subordinados, en una Europa imperialista
y de renovado colonialismo. El socialismo encontró un lugar en ese sistema y participó en la
elaboración de su hegemonía, reduciéndose progresivamente de antinomia a diversidad.
La “bella época” del imperialismo desembocó en una horrorosa guerra mundial. En 1917 logró
triunfar una revolución anticapitalista en la quebrantada Rusia zarista, dirigida por un partido ajeno a
la posición de la II Internacional, el bolchevique que dirigía Vladimir I. Lenin. Esto cambió a fondo la
situación del concepto de socialismo, porque primero en Rusia Soviética-URSS, y después en otros
países del mundo, se intentó crear y desarrollar sociedades socialistas a lo largo del siglo XX. El
bolchevismo produjo un gigantesco impulso práctico y teórico en este campo, multiplicando las
capacidades humanas y políticas de millones de personas; también puso a prueba las ideas previas
sobre el cambio social y el socialismo, y las nuevas ideas que surgieron en aquella experiencia. Se
opacaron temas como el “derrumbe” forzoso del capitalismo a partir de sus propias contradicciones,
o la evolución natural del capitalismo al socialismo de la ortodoxia socialdemócrata, mientras se
desarrollaron otros como el del poder obrero, la actualidad de la revolución, la creación de formas
socialistas de vida cotidiana, la nueva educación, la revisión de conceptos fundamentales desde la
nueva realidad y las perspectivas del socialismo. Después de 1919 la mundialización de las ideas
socialistas recibió nuevos impactos, sobre todo a través de la Internacional Comunista y su red de
organizaciones. Se pretendió que un mismo cuerpo ideológico-teórico fuera compartido por los
revolucionarios de todo el mundo, y que su influencia se tornara determinante en los proyectos y las
concepciones de cambio en todas partes. Los partidos comunistas que se fueron creando en docenas
de países debían ser agentes principales de esa labor.
El concepto de socialismo del marxismo originario sufrió adaptaciones a prácticas que fueron más o
menos lejanas a sus postulados teóricos, por dos razones principales: a) para aquel, la revolución y el
nuevo régimen previsto debían ser victoriosos a escala mundial, la escala alcanzada por el
capitalismo. Al no suceder así, ambos tipos de sociedad quedaron como poderes enfrentados, pero
cada vez más instrumentos, relaciones, formas de reproducción de la vida social y de dominación del
capitalismo estuvieron presentes y ganaron fuerza en el interior de los regímenes socialistas; b) el
predominio de intereses parciales y la apropiación del poder por ciertos grupos en esas sociedades
en transición, con la consiguiente expropiación de los medios revolucionarios, la participación
democrática y la libertad necesarios para la formación de personas y relaciones socialistas.
El proceso de la transición socialista debía ser diferente y opuesto al capitalismo –y no sólo opuesto a
él--, y sobre todo debía ser un conjunto y una sucesión de creaciones culturales superiores, obra de
contingentes cada vez más numerosos, más conscientes y más capaces de dirigir los procesos
sociales. En vez de esto sucedió una historia de deformaciones, detenciones, retrocesos e incluso
desafueros. Durante ese proceso el socialismo fue referido a necesidades e intereses del poder en la
URSS –“el socialismo en un solo país”--, convertido en sinónimo de metas civilizadoras y demagogias
--“construcción del socialismo”, “régimen social superior”--, referido a una competencia entre
potencias --“alcanzar y superar”--, e incluso llegó a ser un apelativo de consuelo: “el socialismo real”.
En 1965, Ernesto Guevara escribió en un texto clásico acerca del socialismo: “…el escolasticismo que
ha frenado el desarrollo de la filosofía marxista e impedido el tratamiento sistemático del período”2.
La gran experiencia de la URSS y de otros países de Europa degeneró en un bloque de poder en la
geopolítica de una época, y sufrió procesos de corrosión paulatina que la fueron extinguiendo.
Finalmente, aquel socialismo de las fuerzas productivas y la dominación de grupos fue vencido por
las fuerzas productivas y por la cultura del capitalismo. Su desenlace, tan rápido e indecoroso, le
infligió un daño inmenso al prestigio del socialismo en todo el mundo.
Sería un grave error, sin embargo, reducir la historia del concepto y las experiencias del socialismo al
ámbito de aquellos poderes europeos. En la propia Europa la cuestión del socialismo registró
numerosos aportes; algunos de ellos –como los de Antonio Gramsci-- han sido muy trascendentes
para la teoría. En América Latina y el Caribe, las necesidades y las ideas relacionaron a la libertad y el
anticolonialismo con la justicia social, desde los primeros movimientos autóctonos. La cuestión social
fue pensada por radicales durante las gestas independentistas y en las nuevas repúblicas; el
socialismo, como otras concepciones, fue valorado sobre todo en relación con los objetivos y las
posiciones que se defendían o promovían. El caso de José Martí (1853-1895) es paradigmático. El
cubano fue a mi juicio el pensador y el político más subversivo de su tiempo en América, respecto al
colonialismo, a las clases dominantes del continente y al naciente imperialismo norteamericano.
Martí conoció ideas marxianas y anarquistas, y admiró a Marx y a los luchadores obreros de Estados
Unidos, pero fijó su distancia política e ideológica respecto a ellos. Su lucha y su proyecto eran de
liberación nacional, una guerra revolucionaria para conseguir la formación de nuevas capacidades en
un pueblo colonizado y la creación de una república democrática en Cuba, la detención del
expansionismo norteamericano en el Caribe y el inicio de un nuevo ciclo revolucionario que cambiara
el sistema vigente entonces en las repúblicas latinoamericanas.
Hace más de un siglo que las ideas socialistas existen en América, y las organizaciones que las
proclaman o tratan de llevarlas a cabo. Una gran corriente ha sido la que se inscribió, fue fundada o
influida por la Internacional Comunista, y sus sucesores. Otras han sido las de pensadores y
movimientos, muy diversos entre sí, pero identificables por su inspiración en los problemas y la
situación latinoamericana, que han solido ser anticolonialistas para ser anticapitalistas y socialistas;
también pensaron esa nueva sociedad rebeldes extraordinarios, como Augusto César Sandino y
Antonio Guiteras3. El socialismo sigue vivo en el pensamiento latinoamericano actual --que es tan
vigoroso--, y en movimientos sociales y políticos cuya capacidad de proyecto acompaña a su
actividad cotidiana.
La historia del concepto de socialismo en Asia y África ha estado ligada al desarrollo de las
revoluciones de liberación nacional y social, y a la emergencia y afirmación de Estados
independientes. Han sido muy valiosos los aportes de China y Vietnam, pero también los de Corea,
los luchadores de las colonias portuguesas y Argelia, y otros africanos y asiáticos. En África, cierto
número de Estados se calificaron de socialistas en las primeras décadas de su existencia como tales, y
también movimientos políticos que deseaban unir la justicia social a la búsqueda de la liberación
nacional.
La historia de las experiencias de socialismo en el siglo XX ha sido satanizada en los últimos quince
años, y tiende a ser olvidada. Es vital impedir esto, si se quiere comprender y utilizar el concepto,
pero sobre todo para examinar mejor las opciones que tiene la humanidad ante los graves peligros,
miserias y dificultades que la agobian en la actualidad. El balance crítico de las experiencias
socialistas que ha habido y existen es un ejercicio indispensable para manejar el concepto de
socialismo. Contribuyo a ese examen con algunas proposiciones. Poderes que aspiraban al socialismo
organizaron y desarrollaron economías diferentes a las del capitalismo, basadas en su origen en
satisfacer las necesidades humanas y la justicia social; los Estados las articularon con muy amplias
políticas sociales y con cierto grado de planeamiento. Pueblos enteros se movilizaron en la defensa y
el despliegue de esas sociedades, lo cual aumentó sus capacidades, la calidad de la vida y la condición
humana. Esas experiencias y las luchas de liberación y anticapitalistas involucraron a cientos de
millones de personas; ellas, y la acumulación cultural que han producido, constituyen el evento social
más trascendente del siglo XX. Pero a pesar de sus enormes logros, los poderes socialistas
acumularon descalabros y graves faltas en cuanto a elaborar un tipo propio de democracia y
enfrentar los problemas de su propio tipo de dominación, no le dieron cada vez más espacio y poder
a la sociedad, y en síntesis se mostraron incapaces de echar las bases de una nueva cultura, de
liberación humana y social. La victoria del capitalismo frente a este socialismo ha sido reabsorberlo a
mediano o largo plazo, lo cual forma parte de su extraordinaria cualidad de absorber los
movimientos y las ideas de rebeldía dentro de su corriente principal. Pese a ser esta la línea general,
Cuba, un pequeño país de Occidente, ha logrado mantener su tipo de transición socialista durante
casi medio siglo. En cuanto se habla de socialismo aparece la necesidad de distinguir entre las
propuestas y el deber ser del socialismo, por una parte, y las formas concretas en que ha existido y
existe en países y regiones, a partir de las luchas de liberación y los cambios profundos en las
sociedades que han emprendido transiciones socialistas. Las ideas, la prefiguración, los ideales, la
profecía, el proyecto, constituyen el fundamento, el alma y la razón de ser del socialismo, y brindan
las metas que inspiran a sus seguidores. Las experiencias son, sin embargo, la materia misma de la
lucha y la esperanza; mediante ellas avanza o no el socialismo, y por ellas suele ser medido.
Esa distinción es básica, pero no es la única importante cuando se reflexiona acerca del socialismo.
En cuanto se aborda una experiencia socialista, se encuentran dos problemas. Uno es interno al país
en cuestión: cómo son allí las relaciones entre el poder que existe y el proyecto enunciado; y el otro
es externo: se refiere a las relaciones entre aquel país en transición socialista y el resto del mundo.
En la realidad ambos problemas están muy relacionados: las prácticas que se tengan en cuanto a
cada uno de ellos afectan al otro, y en alguna medida lo condicionan.
Las cuestiones planteadas por las experiencias socialistas no existen separadas, ni en estado “puro”.
Hay que enfrentarlas todas a la vez, o están mezcladas o combinadas, ayudándose, estorbándose o
confrontándose, exigiendo esfuerzos o sugiriendo olvidos y posposiciones que pueden ser fatales.
Sus realidades propias, y cierto número de situaciones y sucesos ajenos, condicionan cada proceso.
Enumero algunas cuestiones centrales. Cada transición socialista debe conseguir cambios
“civilizatorios” a escala de su población, no de una parte de ella, y debatirse entre ese deber y el
complejo formado por los recursos con que cuenta; pero a la vez se debatirá con la exigencia de
cambios de liberación que debe ir conquistando, o todo el proceso se desnaturalizaría. Las
correlaciones entre los grados de libertad que tiene y las necesidades que la obligan son cruciales,
porque la creación del socialismo depende básicamente del desarrollo de la actividad calificada que
sea superior a las necesidades y constricciones. Cómo combinar cambios y permanencias, relaciones
sociales e ideologías que vienen del capitalismo –y que son muy capaces de rehacer o generar
capitalismo-- con otras que están destinadas a formar personas diferentes, nuevas, y a producir una
sociedad y una cultura nuevas. Cómo aprovechar, estimular o modificar las motivaciones y actitudes
de los individuos --que son los que pueden hacer realidad el socialismo--, cuando el poder socialista
es tan abarcador en la economía, la política, la formación y reproducción ideológica y la vida
cotidiana de las personas, y tiende a hacerse permanente. Cómo lograr que prevalezca el
proyecto sobre el poder, cuando este suma a los ámbitos referidos la defensa del país frente al
imperialismo y los enemigos internos. Hacer que prevalezca el internacionalismo sobre la razón de
Estado. Y hay muchos más dilemas y problemas.
Es necesario que el pensamiento se ocupe de los problemas centrales, como los citados y otros,
porque él debe cumplir una función crucial en la realización práctica del socialismo. No hay retórica
en esta afirmación, es que para toda la época de la transición socialista el factor subjetivo está
obligado a ser determinante, y para ello debe desarrollarse y ser muy creador. Algunas cuestiones
teóricas más generales, ligadas a los problemas que cité arriba, resultan de utilidad permanente en el
trabajo con este concepto. También poseen ese valor proposiciones estratégicas del marxismo
originario, como la de la necesidad de la revolución a escala mundial --frente al ámbito nacional de
cada experiencia socialista y frente a un capitalismo que ha sido cada vez más profundamente
mundializado--, o el problema de decidir qué es lo fundamental a desarrollar en las sociedades que
emprenden el camino de creación del socialismo.
Paso a exponer mi concepto de transición socialista, que intenta precisar y hacer más útil para el
trabajo intelectual el concepto de socialismo4. La transición socialista es la época consistente en
cambios profundos y sucesivos de las relaciones e instituciones sociales, y de los seres humanos, que
se van cambiando a sí mismos mientras se van haciendo dueños de las relaciones sociales. Es muy
prolongada en el tiempo, y sucede a escala de formaciones sociales nacionales. Es ante todo un
poder político e ideológico, para realizar el proyecto revolucionario de elevar a la sociedad toda y a
cada uno de sus miembros por encima de las condiciones existentes, y no para adecuarse a ellas. El
socialismo no surge de la evolución progresiva del capitalismo; este ha sido creador de premisas
económicas, de individualización, ideales, sistemas políticos e ideológicos democráticos, que han
permitido postular el comunismo y el socialismo. Pero de su evolución sólo surge más capitalismo. El
socialismo es una opción, y existirá a partir de la voluntad y de la acción que sean capaces de crear
nuevas realidades. Es el ejercicio de comportamientos públicos y no públicos de masas organizadas
que toman el camino de su liberación total. La práctica revolucionaria de los individuos de las clases
explotadas y dominadas, ahora en el poder, y de sus organizaciones, debe ser idónea para trastornar
profundamente las funciones y resultados sociales que hasta aquí ha tenido la actividad humana en
la historia. En este proceso debe predominar la tendencia a que cada vez más personas conozcan y
dirijan efectivamente los procesos sociales, y sea real y eficaz la participación política de la población.
Sin esas condiciones el proceso perdería su naturaleza, y sería imposible que culmine en socialismo y
comunismo.
Nacida de una parte de la población que es más consciente, y ejercitada a través de un poder muy
fuerte y centralizador en lo material y lo ideal, la transición socialista comienza sustituyendo la lucha
viva de las clases por un poder que se ejerce sobre innumerables aspectos de la sociedad y de la vida,
en nombre del pueblo. Por tanto, su factibilidad y su éxito exigen complejas multiplicaciones de la
participación y el poder del pueblo, que serán muy diferentes y superiores a los logros previos en
materia de democracia. Desatar una y otra vez las fuerzas reales y potenciales de las mayorías es la
función más alta de las vanguardias sociales, que va preparando su desaparición como tales. El
predominio del proyecto sobre el poder es la brújula de ese proceso de creaciones, que debe ser
capaz de revolucionar sucesivamente sus propias
relaciones e invenciones, a la vez que hace permanentes los cambios y los va convirtiendo en
hábitos. Todo el proceso depende de hacer masivos la conciencia, la organización, el poder y la
generación de cambios: el socialismo no puede crearse espontáneamente, ni puede donarse.
Entre tantos problemas que porta el concepto de socialismo, he seleccionado sólo algunos para esta
exposición.
La vertiente interpretativa del marxismo originario que privilegió la determinación de los procesos
sociales por la dimensión económica fue la más influyente a lo largo de las experiencias socialistas
del siglo XX. Entre sus corolarios teóricos fueron centrales los de la “obligada correspondencia entre
las fuerzas productivas y las relaciones de producción”, la cuantificación “técnico-material” de las
bases de la “construcción del socialismo” y la supuesta ley de “satisfacción creciente de las
necesidades”. La llamada Economía Política del Socialismo llegó a codificar en un verdadero
catecismo estos y otros preceptos de mayor o menor generalidad. Pero el tema del desarrollo, que
floreció y tuvo un gran auge en el tercer cuarto del siglo, replanteó la cuestión al pensar la relación
entre socialismo y desarrollo desde la situación y los problemas de los países que se liberaban en el
llamado Tercer Mundo. Entre polémicas y aportes, se avanzó en el conocimiento del formidable
obstáculo al desarrollo constituido por el sistema imperialista mundial, el neocolonialismo y el
llamado subdesarrollo. En cuanto a la relación desarrollo – socialismo, la concepción que aplicaba los
principios
citados entendió que el primero debía preceder al segundo, es decir, que el desarrollo de la “base
económica” sería la base del socialismo. Fidel Castro y Che Guevara estuvieron entre los opuestos a
esas ideas, desde la experiencia cubana y como parte de una concepción de la revolución socialista
que articulaba la lucha en cada país, la especificidad del Tercer Mundo y el carácter mundial e
internacionalista del proceso5. Guevara desarrolló un análisis crítico del socialismo de la URSS y su
campo, y de su producción teórica, como parte de una posición teórica socialista basada en una
filosofía marxista de la praxis, y en experiencias en curso.
Ha habido dos maneras diferentes de entender el socialismo en el mundo del siglo XX. Ellas han
estado muy relacionadas entre sí, han solido reclamarse del mismo origen teórico, y no han sido
excluyentes. Pero atiendo aquí a las diferencias entre ellas, porque son las que permiten asomarse a
lo esencial.
En el ambiente del primer socialismo se privilegia la significación burguesa del Estado, la nación y el
nacionalismo: se les condena como instituciones de la dominación y la manipulación. En el ambiente
del segundo, la liberación nacional y la plena soberanía tienen un peso crucial, porque la acción y el
pensamiento socialistas han debido derrotar al binomio dominante nativo-extranjero, liberar las
relaciones y las subjetividades de sus colonizaciones, y arrebatarle a la burguesía el control del
nacionalismo y el patriotismo. Para el segundo socialismo es vital combinar con éxito las ansias de
justicia social con las de libertad y autodeterminación nacional. El poder del Estado le es
indispensable, sus funciones aumentan fuertemente y su imagen crece mucho, a veces hasta grados
desmesurados. Las profundas diferencias existentes entre el socialismo elaborado en regiones del
mundo desarrollado y el producido en el mundo que fue avasallado por la expansión mundial del
capitalismo han conducido durante el siglo XX a grandes desaciertos teóricos y políticos, y a graves
desencuentros prácticos.
La explotación del trabajo asalariado y la misión del proletariado tienen lugares prioritarios en la
ideología del primer socialismo; para el segundo, lo central son las reivindicaciones de todos los
oprimidos, explotados, marginados o humillados. Este es otro lugar de tensiones ideológicas,
contradicciones y conflictos políticos entre las dos vertientes, en la comprensión del socialismo y en
establecer sus campos de influencia, con una larga historia de confusiones, dogmatismos,
adaptaciones e híbridos. Sin embargo, las construcciones intelectuales influidas por la centralidad de
la explotación capitalista y de la actuación proletaria han contribuido sensiblemente a la asunción del
necesario carácter anticapitalista de las luchas de las clases oprimidas en gran parte del mundo
colonizado y neocolonizado. Pero para el segundo modo de socialismo, el cambio profundo de las
vidas de las mayorías es lo fundamental, y no puede esperar, cualquiera que sea el criterio que se
tenga sobre las estructuras sociales y los procedimientos utilizados para transformarlas, o los
debates que con toda razón se produzcan acerca de los riesgos implicados en cada posición. Y esto es
así, porque la fuerza de este tipo de revolución socialista no está en una racionalidad que se cumple,
sino en potenciales humanos que se desatan.
La libertad social --pongo el acento en 'social'-- es priorizada en este socialismo, como una conquista
obtenida por los propios participantes, más que las libertades individuales y la trama lograda de un
estado de derecho. Es una libertad que se goza, o que le hace exigencias a su propio poder
revolucionario en los planos sociales, y es la que genera mejores autovaloraciones y más expectativas
ciudadanas. La legitimidad del poder está ligada a su origen revolucionario, a un gran pacto social de
redistribución de las riquezas y las oportunidades que está en la base de la vida política, y a las
capacidades que demuestre ese poder en campos diversos, como son encarnar el espíritu libertario
que se ha dejado encuadrar por él, guiarse por la ética revolucionaria y por principios de equidad en
el ejercicio del gobierno, mantener el rumbo y defender el proyecto.
El segundo modo de socialismo no puede despreciar el esfuerzo civilizatorio como un objetivo que
sería inferior a su proyecto liberador. Debe proporcionar alimentación, ropa, zapatos, paz, empleo,
atención de salud e instrucción a todos, pero enseguida todos quieren
leer diarios, y hasta libros, y en cuanto se enteran de que existe el internet, quieren navegar en él. Se
levantan formidables contradicciones ligadas íntimamente al propio desarrollo de esta sociedad. Cito
sólo algunas. La disciplina capitalista del trabajo es abominada mucho antes de que una cultura
productiva y una alta conciencia del papel social del trabajo puedan sustituirla. La humanización del
trabajo y el auge de la calificación de las mayorías no son respaldadas suficientemente por los niveles
técnicos y tecnologías con que se cuenta. Los frutos del trabajo empleado, el tesón y sacrificios
conscientes y el uso planeado de recursos pueden reducirse mucho por las inmensas desventajas del
país en las relaciones económicas internacionales. Los individuos son impactados en sus
subjetividades por un mundo de modernizaciones que cambian sus concepciones, necesidades y
deseos, y están dedicados conscientemente a labores cuya retribución personal es más bien indirecta
y de origen impersonal. El sistema puede aparecer frente a ellos entonces como un poder externo,
dispensador de beneficios y dueño del timón de la sociedad, que conduce con benévolo arbitrio.
Porque la cultura “moderna” implica también individualismo exacerbado, y cada uno debe vivir en
soledad la competencia, los premios o castigos, el interés y el afán de lucro, el éxito o el fracaso. La
mundialización del incremento de las expectativas –entre otras tendencias homogeneizadoras sin
bases reales suficientes, que no puedo tratar aquí—es muy rápida hoy, y suele constituir un arma de
la guerra cultural mundial imperialista.
La transición socialista de los países pobres devela entonces lo que a primera vista parecería una
paradoja: el socialismo que está a su alcance y el proyecto que pretende realizar están obligados a ir
mucho más allá que el cumplimiento de los ideales de la razón y la modernidad, y de entrada deben
moverse en otro terreno. Su camino exige negar que la nueva sociedad sea el resultado de la
evolución del capitalismo, y negar la ilusión de que la sola expropiación de los instrumentos del
capitalismo permitirá construir una sociedad que lo “supere”. Es decir, a este socialismo le es
ineludible trabajar por la creación de una nueva concepción de la vida y del mundo, al mismo tiempo
que se empeña en sus prácticas más inmediatas.
Y entonces aparece también otra cuestión principal. Del mismo modo que todas las revoluciones
anticapitalistas triunfantes desde fines de los años 40 del siglo XX sucedieron en el llamado Tercer
Mundo, es decir, fuera de los países con mayor desarrollo económico --sin hacer caso de la doctrina
que postulaba lo contrario--, el socialismo factible no depende de la evolución progresiva del
crecimiento de las fuerzas productivas, su “correspondencia con las relaciones de producción” y un
desarrollo social que sea consecuencia del económico, sino de
un cambio radical de perspectiva. La transición socialista se enfrenta aquí a un doble enemigo. Uno
es la persistencia de relaciones mercantiles a escala internacional y nacional, que tiende a perpetuar
los papeles de las naciones y los individuos basados en el lucro, la ventaja, el egoísmo y el
individualismo, y sus consensos sociales acerca de la economía, el dinero, el consumo y el poder. El
otro es la insuficiencia de capacidades de las personas, relaciones e instituciones, resultante de la
sociedad preexistente, para realizar las grandes y complejas tareas necesarias. El subdesarrollo
tiende a producir un socialismo subdesarrollado; el mercantilismo, un socialismo mercantilizado. Las
combinaciones de ambos son capaces de producir frutos peores. Es forzoso que en este tipo de
transición socialista las “leyes de la economía” no sean determinantes; al contrario, la dimensión
económica debe ser gobernada por el poder revolucionario, y este debe ser una conjunción de
fuerzas sociales y políticas unificadas por un proyecto de liberación humana.
Es preciso calificar desde esa perspectiva los factores necesarios para emprender la transición
socialista y avanzar en ella, y manejarlos de manera apropiada. Brindo ejemplos. Derribar los límites
de lo posible resulta un factor fundamental, y que se torne un fenómeno masivo la confianza en que
no existen límites para la acción transformadora consciente y organizada. Dentro de lo posible se
consiguen modernizaciones, pero la transición que se conforma con ellas sólo obtiene al final
modernizaciones de la dominación y nuevas integraciones al capitalismo mundial. Los procesos
educativos tampoco se pueden "corresponder" con el nivel de la economía: deben ser, precisamente,
muy superiores a ella, y muy creativos. Esta educación socialista no se propone formar individuos
para obedecer a un sistema de dominación e interiorizar sus valores; al contrario, debe ser un
territorio antiautoritario a la vez que un vehículo de asunción de capacidades y de concientización,
una educación que está obligada a ser superior a las condiciones de reproducción de la sociedad,
precisamente porque debe ser creadora de nuevas fuerzas para avanzar más lejos en el proceso de
liberación.
Sintetizo preguntas sobre cuestiones principales: ¿el desarrollo económico es un presupuesto del
socialismo, o el socialismo es un presupuesto de lo que hasta ahora hemos llamado desarrollo
económico? ¿Qué objetivos puede y debe tener realmente la “economía” de los regímenes de
transición socialista? ¿Qué crítica socialista del desarrollo económico es necesaria en este siglo XXI?
¿Cómo puede ser manejada con efectividad la conflictividad de las relaciones con los recursos y el
medio natural por una posición ambientalista socialista? En otro campo de preguntas: ¿a través de la
profundización de la democracia se marcha hacia el
socialismo, o a través del crecimiento del socialismo se marcha hacia la profundización de la
democracia? ¿Cómo pasar de la dictadura revolucionaria que abre caminos a la liberación humana, a
formas cada vez más democráticas que con sus nuevos contenidos y procedimientos aseguren la
preservación, continuidad y profundización de aquellos caminos? ¿Cómo evitar que el subdesarrollo,
las relaciones mercantiles, el burocratismo, los enemigos externos, tejan la red en la cual el proceso
sea atrapado y desmontado? ¿Cómo lograr y asegurar que la transición socialista incluya sucesivas
revoluciones en la revolución?
No quisiera terminar sin expresar mi posición, a la vez que reconocer la difícil situación en que se
encuentra el ideal socialista, y por tanto su concepto, en la coyuntura actual. La palabra socialismo se
utiliza poco, incluso en medios sociales avanzados; algunos prefieren aludir a su contenido sin
mencionarla expresamente, sobre todo cuando quieren ser persuasivos. Una pregunta pertinente es:
¿qué tiene que ver hoy el socialismo con nosotros? Opino que la única alternativa práctica al
capitalismo realmente existente es el socialismo, y no la desaparición o el “mejoramiento” de lo que
llaman globalización, que suele ser una vaga referencia al grado en que el capitalismo transnacional y
de dinero parasitario ejerce su dominación en el mundo contemporáneo. Tampoco considero una
alternativa suficiente el fin del neoliberalismo, palabra que hoy sirve para describir determinadas
políticas y la principal forma ideológica que adopta el gran capitalismo. Esos conceptos no son
inocentes, el lenguaje nunca lo es. Cuando se acepta que “la globalización es inevitable” se está
ayudando a escamotear la conciencia de las formas actuales de la explotación y la dominación
imperialista, es decir, el punto a que ha llegado en su larga historia de mundializaciones, en una
gama de modalidades que va del pillaje abierto a los dominios sutiles; a la vez, se da categoría de
fenómeno natural a una despiadada forma histórica de aplastar a las mayorías, como si se tratara del
clima. En su guerra cultural mundial, el capitalismo intenta imponerle a todos -incluidos sus críticos--
un lenguaje que condena a los pensamientos posibles a permanecer bajo su dominación.
El rechazo al neoliberalismo expresa un avance muy importante de la conciencia social, y puede ser
una instancia unificadora para acciones sociales y políticas. Pero el capitalismo es mucho más
abarcador que el neoliberalismo; incluye todas las ventajas ‘no liberales’ que obtiene de su sistema
de expoliación y opresión económica, sus poderes sobre el Estado, la política, la información y la
formación de opinión pública, la escuela, el neocolonialismo, sus instrumentos internacionales, su
legalidad y su terrorismo, la corrupción y la “lucha” contra ella, etc. Es por su propia naturaleza que
este sistema resulta funesto para la mayoría de la población del planeta y para el planeta mismo, y
no por sus supuestas aberraciones, una
malformación que puede ser extirpada o un error que pueda enmendarse. El capitalismo ha llegado a
un momento de su desarrollo en que ha desplegado todas sus capacidades con un alcance mundial,
pero su esencia sigue siendo la obtención de su ganancia y el afán de lucro, la dominación,
explotación, opresión, marginalización o exclusión de la mayoría de las personas, la conversión de
todo en mercancía, la depredación del medio, la guerra y todas las formas de violencia que le sirven
para imponerse, o para dividir y contraponer a los dominados entre sí. Lo más grave es el carácter
parasitario de su tipo de expansión, centralización y dominación económica actual, y el dominio de
Estados Unidos sobre el sistema. Ellos están cerrando las oportunidades a la propia iniciativa y
competencia capitalistas, a su capacidad de emplear a las personas, a su democracia y su
neocolonialismo, y le cierran a la vez las oportunidades de satisfacer sus necesidades mínimas a más
de la cuarta parte de la población mundial, y a la mayoría de los países el ejercicio de su soberanía
plena, de vida económica y social propia y de proyectos nacionales.
Es cierto que en la etapa reciente las luchas populares han sufrido numerosos descalabros en el
mundo, y la dominación parece más poderosa que nunca, aunque en realidad porta también grandes
debilidades y acumula elementos en su contra. El mayor potencial adverso a la dominación es una
enorme cultura acumulada de experiencias de contiendas sociales y políticas --y de avances
obtenidos por la Humanidad--, cultura de resistencias y rebeldías que fomenta identidades, ideas y
conciencia, y deja planteadas inconformidades y exigencias formidables y urgentes. Todo eso
favorece la opción de sentir, necesitar, pensar y luchar por avances y creaciones nuevas. Los
principales enemigos internos de las experiencias fallidas de transición socialista han sido la
incapacidad de ir formando campos culturales propios, diferentes, opuestos y superiores a la cultura
del capitalismo -y no solamente opuestos--, y la recaída progresiva de esas experiencias en los modos
capitalistas de reproducción de la vida social y de la dominación. Mientras, el capitalismo desplegó la
paradoja de lograr un colosal y muy cautivador dominio cultural, y al mismo tiempo ser cada vez más
centralizado y más excluyente, producir monstruosidades y monstruos, ahogar sus propios ideales en
un mar de sangre y lodo, y perder su capacidad de promesa, que fue tan atractiva. Por eso trata hoy
de consumar el escamoteo de todo ideal y toda trascendencia, y reducir los tiempos al presente, sin
pasado ni futuro, para impedirnos recuperar la memoria y formular los nuevos proyectos, esas dos
poderosas armas nuestras.
Sólo podrá salvar a la humanidad la eliminación de ese poder, y un trabajo creador, abarcador y muy
prolongado contra la pervivencia de su naturaleza. La única propuesta capaz de impulsar tareas tan
ineludibles y prodigiosas es el socialismo.
Pero esta afirmación del socialismo es una postulación, que debe enfrentarse a un fuerte grupo de
preguntas y desafíos. El socialismo, ¿es una opción realizable, es viable? ¿Puede vivir y persistir en
países o regiones del mundo, sin controlar los centros económicos del mundo? ¿Es un régimen
político y de propiedad, y una forma de distribución de riquezas, o está obligado a desarrollar una
nueva cultura, diferente, opuesta y más humana que la cultura del capitalismo? Por su historia, ¿no
está incluido también el socialismo en el fracaso de las ideas y las prácticas “modernas” que se
propusieron perfeccionar a las sociedades y las personas? No hay que olvidar ni disimular ninguno de
esos desafíos, precisamente para darle un suelo firme a la idea socialista, sacar provecho a sus
experiencias y tener más posibilidades de realizarla.