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Blanco

En un escenario de batalla en el Palacio Imperial de Kioto, un misterioso guerrero en una túnica carmesí enfrenta a los guardianes del shogun, quienes intentan protegerlo tras un intento fallido de escape. A pesar de sus feroces ataques, el guerrero demuestra habilidades sobrehumanas, eludiendo todos los golpes y derrotando a los maestros de la espada con una facilidad asombrosa. Al final, el guerrero revela su verdadera identidad como una mujer de piel clara, dejando al shogun con la única palabra: 'Blanco'.

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Efrain Ramos
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Blanco

En un escenario de batalla en el Palacio Imperial de Kioto, un misterioso guerrero en una túnica carmesí enfrenta a los guardianes del shogun, quienes intentan protegerlo tras un intento fallido de escape. A pesar de sus feroces ataques, el guerrero demuestra habilidades sobrehumanas, eludiendo todos los golpes y derrotando a los maestros de la espada con una facilidad asombrosa. Al final, el guerrero revela su verdadera identidad como una mujer de piel clara, dejando al shogun con la única palabra: 'Blanco'.

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“BLANCO”

Por Efraín Ramos

Japón. Final de la era “Tokugawa”. Palacio imperial de Kioto. Sala de ceremonias del palacio.
11:32 a.m.

Aunque la batalla en la sala de ceremonias había terminado, la sed de sangre de los tenaces
guerreros que protegían al shogun era palpable incluso para el mismo protegido. Este hecho
era algo imposible de ignorar ya que, tras haber intentado escapar con la ayuda de sus más
confiables vasallos, su vía de escape había sido comprometida, por lo que, los mismo debieron
bloquear fuertemente el acceso a ella para evitar conflictos sangrientos, impidiéndole al alto
mando eludir la confrontación principal en aquella área.

Aunque la batalla resultó ser extensa, el ejército del gobernante pudo controlar a los
adversarios. Más allá de las importantes bajas en ambos bandos, los mejores y más hábiles
combatientes y maestros de la espada, por parte del Shogun, no tuvieron que combatir, por
ende, la mayor brecha a atravesar por parte de los que buscaban un nuevo paradigma social,
estaba intacta y fuertemente armada.

Tras media hora de sonidos de choque de espada, gritos y otros efectos de lucha, aunque el
salón estaba sumido en una calma inquietante, vio emerger del umbral de sus puertas, a una
persona cubierta en un manto con capucha que cubría su rostro, más, dicho manto estaba
cubierto del sanguíneo carmín, producto del derramamiento del líquido vital de aquellos que
ya no podrían proteger más el acceso al lugar. El shogun vio al individuo que ingresó con ellos,
sin temor a lo que tuviere frente a él, aunque, sí percibió una inquietud que evitaba que la
tranquilidad imperase.

Los combatientes de élite, ya descansados, desenvainaron sus espadas y se aproximaron hacia


su contrincante que, tan solo se mantenía de pie, llevando su mano a su cadera opuesta,
donde descansaba una espada envainada.

Una vez el único recién llegado tomó la empuñadura de su arma, los adversarios se lanzaron
en su busca, espada en mano, lanzando muerte sobre la túnica vestida por aquel que, para
sorpresa de todos, pasó a través de ellos como un fantasma, o así pareció a simple vista,
especialmente para el shogun que, boquiabierto, se dio cuenta de cómo la sangre se escurría
del manto del individuo, casi antes de que las heridas abiertas de los recién fallecidos se
derramara de sus cuerpos, algo simplemente verosímil a ello.

La impresión trajo sonrisas, ceños fruncidos y curiosidad entre los maestros de la espada que
encontraban interesante la situación y, aunque fuere descuidado, decidieron a suerte, en qué
orden procederían a atacar al recién llegado.

De los seis maestros que estaban protegiendo al alto mando, el primero en recibir al enemigo
fue uno con un espadón que, para muchos, sería imposible sostener sin una fuerza
descomunal, más éste la movía con la facilidad con la que se podía mover un pincel entre los
dedos de una mano.

Acercándose al espadachín de la túnica carmesí, movió grácilmente el espadón creando


ráfagas de aire que agitaban la tela teñida en sangre, no obstante, cuando el hombre dirigió
una mirada seria hacia el oponente, el arma cortó el aire, así como el ruido que éste producía a
razón de un movimiento a la altura del cuello de su oponente, dando origen a un arco de luz
creado por el reflejo de las llamas de las velas de un candelabro sostenido en el techo.

La sorpresa no se hizo esperar cuando aquel movimiento tuvo como resultado la amputación
del brazo del guardián del shogun.

El asombro fue entonces transformado en un sudor frío por parte de los protectores al explicar
que, en el momento en el que su compañero blandiere su espadón hacia su oponente, éste
cerró su propia postura al colocar su espada en forma vertical, como si orara frente a él, y al
momento de suscitarse el contacto con su cuello, en vez de eso, en juego de manos y una
ridículamente enorme fuerza y control, hizo un rápido, eficaz y preciso corte en la hoja de la
espada, cortando el arma de un tajo, sin interrumpir su propio movimiento que, tras sujetar
con la empuñadura con la extensión del filo hacia su antebrazo, blandió su propia arma,
cortando la extremidad de su oponente en menos de un segundo. El tiempo de respuesta del
cerebro no se hizo esperar y tanto la sangre como el dolor brotaron del hombre que, pronto se
vio ahogado en sangre al segundo siguiente tras ser atravesado en el corazón por la túnica
andante.

Los otros cinco guardianes sospecharon de que se trataba de alguien a quien temer realmente
como para enfrentarlo en un uno a uno, por lo que decidieron enfrentarlo todos a la vez, así
que, el kunai con cadena, la alabarda, el arco y flecha, el escudo y la espada, y la katana,
atacaron los flancos de su enemigo, poniendo en jaque al adversario, no obstante, la inquietud
en ellos se volvió ira, la ira se volvió estupor, y luego, el estupor se volvió terror. A pesar de sus
ataques eran feroces y precisos, para el sujeto de la túnica fue como una danza que atravesaba
solo la tela que se discurría por su exceso, descubriendo así un tono de piel tan claro que
asemejaba a la nieve.

Ni un rasguño. Tan cerca y tan lejos. Ningún arma podía dañarle. Ninguna técnica podía
alcanzarle, tan solo dejaba que un arma cancelara a otra, que un paso eludiere una embestida,
y que su espada jugara con las armas de los homicidas. Creyeron que estaban cerca de asestar
el primer impacto, siendo que el kunai viajó en una elipse hacia la cabeza del oponente, la
capucha descendió de su posición, y reveló un velo negro que se deshilachaba y golpeaba el
aire a medida que descendía con elegancia, al tiempo de la pierna ascendía por detrás del
kunai, tan solo para impulsarla hacia una nueva trayectoria hacia el escudo, no obstante,
cuando la alabarda se precipitó sobre el cabello negro azabache del misterioso guerrero, una
mano sujetó una flecha que entraba en la misma trayectoria y con su propia fuerza, golpeó la
hoja de la alabarda, poniéndola en posición para cortar la cadena y quitándole el control a su
usuario. El golpe fue, entonces, acompañado por una patada doble tras un salto dado ante los
inminentes ataques eludidos. Una vez hecho, giró su espada en su mano y como si fuere de
papel, atravesó el escudo por el mismo punto donde había golpeado el kunai, matando al
guardián al instante.
Este escenario, solo fue el principio, ya que, unos veinte minutos más tarde, la túnica había
desaparecido, igual que los guardianes, solo quedó el shogun delante de ella, una mujer de piel
tan clara como el sol a pleno día.

- Blanco – fueron sus últimas palabras.

BLANCO
Consigna número 3 del Campeonato Internacional de Escritura “Consignas”

Autor: Efraín Ramos

Grupo Fénix

Color Blanco

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