LAS
AVENTURAS DE
PINOCHO
de Carlo Collodi
Adaptación de Marcelo Andiñach
SANTILLANA y los autores
ceden los derechos de la reproducción parcial
de la obra en el marco de
la cuarentena por el Coronavirus.
MIS LIBROS
DE TERCERO
ESTE LIBRO PERTENECE A
ILUSTRACIONES DE ALEJANDRA KARAGEORGIU
MIS LIBROS
DE TERCERO
LAS AVENTURAS
DE PINOCHO
de Carlo Collodi
Adaptación de Marcelo Andiñach
Con la colaboración de Cinthia Kuperman, Mirta
Torres y María Elena Cuter
La novela Las aventuras de Pinocho se entrega gratuitamente con
El libro de 3.° Lengua. Prácticas del lenguaje y no puede venderse por separado.
El libro de 3.° Lengua. Prácticas del lenguaje es un proyecto
realizado por el siguiente equipo:
Coordinación pedagógica: Cinthia Kuperman
Lectura crítica: Mirta Torres
Asesoría literaria: María Elena Cuter
Edición: Marcelo Andiñach
Corrección: Andrea Gutiérrez
Jefa de edición: Gabriela M. Paz
Diagramación: Silvina Gretel Espil
Ilustraciones: Alejandra Karageorgiu
Gerencia de arte: Silvina Gretel Espil
Gerencia de contenidos: Paticia S. Granieri
Collodi, Carlo
Las aventuras de Pinocho / Carlo Collodi ; adaptado por Marcelo Andiñach.
- 2a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Santillana, 2020.
64 p. ; 20 x 14 cm. - (El libro de)
ISBN 978-950-46-5985-3
1. Literatura. 2. Escuela Primaria. I. Andiñach, Marcelo, adap. II. Título.
CDD 372.4
Obra Completa 978-950-46-5986-0
© 2020, Ediciones Santillana s.A.
Av. Leandro N. Alem 720 (C1001AAP),
Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina.
ISBN: 978-950-46-5667-8
ISBN de obra completa: 978-950-46-5668-5
Queda hecho el depósito que dispone la Ley 11.723.
Impreso en Argentina. Printed in Argentina.
Primera edición: agosto de 2018.
Segunda edición: diciembre de 2019.
Todos los derechos reservados.
Este libro no puede ser reproducido total ni parcialmente en ninguna forma, ni
por ningún medio o procedimiento, sea reprográfico, fotocopia, microfilmación,
mimeógrafo o cualquier otro sistema mecánico, fotoquímico, electrónico,
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Este libro se terminó de imprimir en el mes de enero de 2020 en Triñanes Gráfica S.A.,
Charlone 971, Avellaneda, Buenos Aires, República Argentina.
LAS AVENTURAS
DE PINOCHO
de Carlo Collodi
Adaptación de Marcelo Andiñach
Con la colaboración de Cinthia Kuperman, Mirta
Torres y María Elena Cuter
ÍNDICE
CAPíTULO 1................................................................................................7
El Maestro Cereza, el carpintero, encontró un trozo de madera
que lloraba y reía como un niño y se lo regaló a su amigo Gepeto.
CAPíTULO 2..............................................................................................11
El Maestro Gepeto decide construir un muñeco
maravilloso y le pone por nombre Pinocho.
CAPíTULO 3..............................................................................................14
De lo que sucedió a Pinocho con Grillo Parlante, en lo cual se
ve que los niños malos no se dejan guiar por quien les da buenos
consejos.
CAPíTULO 4..............................................................................................17
Pinocho tiene hambre y encuentra un huevo que pensó preparar
para comérselo. Cuando menos lo esperaba, vio que salía volando
por la ventana.
CAPíTULO 5..............................................................................................19
Pinocho se duerme junto al brasero y al despertarse se encuentra
con los pies carbonizados.
CAPíTULO 6..............................................................................................23
Gepeto vende su chaqueta para comprarle una cartilla a Pinocho,
pero él la vende para ver una función en el teatro de títeres.
CAPíTULO 7..............................................................................................27
Los títeres reciben a Pinocho como a un hermano. El dueño
de los muñecos aparece y Pinocho y su amigo Arlequín
corren peligro de terminar de mala manera.
CAPíTULO 8..............................................................................................32
Comefuego le regala a Pinocho cinco monedas de oro para que
se las lleve a Gepeto. Pinocho se deja engañar por la Zorra
y
el Gato y se marcha con ellos.
CAPíTULO 9..............................................................................................36
Pinocho siembra sus monedas. Un papagayo le cuenta la verdad
acerca de la Zorra y el Gato.
CAPíTULO 10............................................................................................39
Pinocho llora porque desea encontrar a Gepeto. Llega a
una playa donde una bondadosa señora le asegura que él y
su padre se reencontrarán.
CAPíTULO 11............................................................................................44
Pinocho descubre quién es la señora de largos cabellos. Pierde
la oportunidad de convertirse en niño y parte con su amigo Palito
al País de los Juegos.
CAPíTULO 12............................................................................................48
Tras unos meses de diversión en el País de los Juegos, a
Pinocho y a Palito les crecen orejas y se convierten en
burros.
CAPíTULO 13............................................................................................53
Pinocho, convertido en burro, es vendido a un circo. Allí
aprende a hacer piruetas. Finalmente, vuelven a venderlo y
termina siendo arrojado al mar.
CAPíTULO 14............................................................................................58
Una enorme ballena traga a Pinocho. Pero encuentra a
alguien y juntos logran salvarse.
CAPíTULO 15............................................................................................63
Pinocho deja de ser un muñeco y se convierte en un niño
de verdad.
Capítulo 1
El Maestro Cereza, el carpintero, encontró un trozo
de madera que lloraba y reía como un niño y se lo regaló a su
amigo Gepeto.
Escuchen, mis pequeños lectores.
Había una vez un pedazo de madera. Un simple trozo de leña
de esos con que en el invierno se encienden las estufas y
chimeneas para calentar las habitaciones.
Pues, niños, es el caso que el trozo de leña de mi cuento fue a
parar cierto día al taller de un viejo carpintero llamado Maestro
Antonio, a quien todo el mundo llamaba Maestro Cereza, porque
la punta de su nariz, siempre colorada y reluciente, parecía una
cereza madura.
Cuando el Maestro Cereza vio aquel trozo de madera se puso
muy contento. Comenzó a frotarse las manos, mientras decía:
–¡Con esta madera voy a hacer la pata de una mesa! Tomó el
hacha para comenzar a quitar la corteza. Pero,
cuando iba a dar el primer hachazo, oyó una vocecita muy fina
que decía con acento suplicante: “¡No me pegues fuerte!”.
¡Se imaginarán la sorpresa del Maestro Cereza! Sus ojos
asustados recorrieron la habitación para ver de dónde podía salir
aquella vocecita. Miró debajo del banco, y nadie;
7
Las aventuras de PINOCHO
miró dentro de un armario, y nadie; en el cesto del aserrín, y
nadie; abrió la puerta del taller, salió a la calle, y nadie tampoco.
¿Quién podría ser, entonces?
–Ya comprendo –dijo rascándose la peluca–, esta vocecita ha
sido una ilusión mía. ¡Seguiré trabajando!
Tomó de nuevo el hacha y pegó un formidable hachazo al
pedazo de madera.
–¡Ay! ¡Me has hecho daño! –se quejó la misma vocecita. Esta
vez el Maestro Cereza quedó como si fuera de piedra, con los
ojos espantados, la boca abierta y la lengua afuera, colgando
casi hasta su barba. Cuando pudo hablar, dijo temblando:
–Pero ¿se habrá escondido alguien dentro de la madera? Agarró
entonces el leño con las dos manos y empezó a golpearlo contra
las paredes del taller. Después se quedó inmóvil tratando de
escuchar nuevas quejas. Pero no escuchó nada.
Como tenía miedo, el Maestro Cereza se puso a canturrear y
siguió con el trabajo. Dejó el hacha y tomó el cepillo para cepillar
y pulir el leño. Cuando lo estaba cepillando por un lado y por
otro, oyó la misma vocecita que le decía riendo:
–¡Detente, detente! ¡Me estás haciendo cosquillas!
El Maestro Cereza se desmayó del susto. Cuando volvió a
abrir los ojos, se encontró sentado en el suelo. La punta de la
nariz ya no estaba colorada; del susto se le había puesto azul.
8
CAPíTULO 1
En aquel momento llamaron a la puerta.
–¡Adelante! –contestó el carpintero sin fuerzas para pararse.
Entonces entró al taller un viejecillo muy vivara- cho que se
llamaba Maestro Gepeto. Los niños de la vecindad, para hacerlo
rabiar, lo llamaban Maestro Fideos, porque su peluca amarilla
parecía que estaba hecha con fideos finos. Como Gepeto tenía
muy mal genio y le daba rabia que lo llamasen así, ¡pobre del
que se lo dijera!
–Buenos días, Maestro Antonio –dijo al entrar–, ¿qué hace
usted en el suelo?
–¡Ya ve usted! ¡Estoy enseñando a leer a las hormigas!
–¡Es una buena idea!
–¿Qué lo trae por aquí, compadre Gepeto?
–Maestro Antonio, he venido para pedirle un favor.
–Pues aquí me tiene –respondió el carpintero.
–Esta mañana se me ha ocurrido una idea. He pensado hacer
un magnífico muñeco de madera; una marioneta maravillosa
que sepa bailar y dar saltos mortales. Con ese muñeco podría
viajar por el mundo y ganarme la vida.
¿Qué le parece?
–¡Bravo, Maestro Fideos! –gritó aquella vocecita que no se
sabía de dónde salía.
Al oírse llamar de esa manera, Gepeto se puso rojo como un
tomate y volviéndose hacia el carpintero le dijo furioso:
–¿Por qué me insulta usted?
9
Las aventuras de PINOCHO
–¿Quién lo insulta?
–¡Usted! ¡Me ha llamado Fideos!
–¡Yo no he sido!
–¡Digo y repito que ha sido usted!
–¡No!
–¡Sí!
Furiosos los dos, pasaron de las palabras a las manos, se
arañaron, se mordieron y se dieron una paliza. Cuando terminó
la batalla, el Maestro Antonio se encontró con la peluca amarilla
de Gepeto en las manos y Gepeto tenía en la boca la peluca gris
del carpintero.
–¡Devuélvame mi peluca! –gritó el Maestro Antonio.
–¡Devuélvame usted la mía y hagamos las paces!
Los dos viejecillos se entregaron las pelucas y se dieron las
manos prometiendo ser buenos amigos toda la vida.
–Veamos qué favor tiene que pedirme, compadre Ge- peto –
dijo el maestro carpintero.
–Quisiera un trozo de madera para hacer ese muñeco del que
le he hablado. ¿Puede usted dármela?
El Maestro Antonio, contentísimo, se apresuró a tomar el leño
que le había hecho pasar tan mal rato y se lo entregó a su
amigo. Gepeto tomó bajo el brazo el famoso trozo de madera y,
dando las gracias al Maestro Antonio, se marchó a su casa.
10
.
Capítulo 2
El Maestro Gepeto decide construir un muñeco maravilloso
y le pone por nombre Pinocho.
Gepeto vivía en una casa muy modesta, en la planta baja,
con una única ventana. Los muebles no podían ser más
sencillos: una silla medio rota, una cama bastante incómoda y
una mesa desvencijada. Apenas entró a su casa, Gepeto tomó
las herramientas y se puso a tallar.
Mientras trabajaba pensaba: “¿Qué nombre le pondré? Voy a
llamarlo Pinocho. Sí, ese nombre le dará suerte”. Y cuando le
encontró nombre a su marioneta se puso a trabajar firmemente.
Le hizo el pelo, luego la frente y después los ojos. Una vez
hechos los ojos, imaginen la sorpresa al ver que se movían y lo
miraban fijamente. Irrita- do, Gepeto les dijo:
–Ojos de madera, ¿por qué me miran así? Pero
nadie respondió.
Después de los ojos, le hizo la nariz. Pero en cuanto estuvo
hecha, empezó a crecer. Y creció y creció tanto que en unos
minutos se convirtió en una terrible nariz. Y cuanto más Gepeto
la recortaba, más seguía creciendo.
11
Las aventuras de PINOCHO
Después de la nariz le hizo la boca. Y ahí sí, la madera
comenzó a reírse y a hacerle burlas.
–¡No te rías! –dijo Gepeto. Pero fue como decírselo a la
pared–. Te digo que no te rías –gritó con voz amenazadora.
Entonces la boca dejó de reír, pero le sacó la lengua. Para no
arruinar su trabajo, continuó con la talla haciendo como si nada
pasara: le hizo la barbilla, el cuello, los hombros, el tronco, los
brazos y las manos. Allí Gepeto notó que la peluca se le
separaba de la cabeza. Miró hacia arriba y ¿qué vio? Vio su
propia peluca amarilla en las manos de la marioneta.
–¡Pinocho! ¡Devuélveme ahora mismo la peluca!
Gepeto, ante esa conducta insolente y burlona, se puso un
poco triste.
–¡Qué hijo más ingrato! ¡Aún no está terminado y ya le está
faltando el respeto a su padre!
Cuando terminó de hacerle las piernas, Gepeto puso a la
marioneta en el piso y, en un santiamén, salió corriendo por toda
la habitación; luego, cruzó la puerta de la casa, salió a la calle y
se dio a la fuga.
El pobre Gepeto salió corriendo tras él, pero no podía
alcanzarlo.
–¡Atrápenlo! ¡Atrápenlo! –gritaba Gepeto. Pero la gen- te, al
ver esa marioneta corriendo como un galgo, no paraba de reír.
12
CAPíTULO 2
Finalmente, un policía logró atraparlo por la nariz y lo puso
en manos de Gepeto.
–Vamos a casa. Y puedes estar seguro que de que cuan- do
lleguemos ajustaremos las cuentas.
Ante esa amenaza, Pinocho se tiró al suelo y comenzó a
hacer tal berrinche que los que pasaban comentaban:
–Pobre marioneta, hace bien en no querer volver a casa.
–¡Gepeto es un buen hombre pero tiene poca paciencia con
los niños!
Tanto insistieron los vecinos que el policía puso en libertad a
Pinocho y se llevó preso a Gepeto. El pobre caRpintero no sabía
ni qué decir para defenderse de tanta injusticia y mientras se lo
llevaban a la cárcel se puso a llorar y balbuceaba:
–¡Qué desgracia! ¡Con lo que he
trabajado para hacer una marioneta
bien educada! ¡Debería haberlo pensado
antes!
Lo que sucedió después es una
historia increíble que les contaré en
los siguientes capítulos.
13
Capítulo 3
De lo que sucedió a Pinocho con Grillo Parlante, en lo cual
se ve que los niños malos no se dejan guiar por quien les da
buenos consejos.
Mientras al pobre Gepeto lo llevaban a la cárcel sin ser
culpable de nada, el pícaro Pinocho seguía por allí saltando y
brincando por el pueblo. Luego retornó a la casa y encontró la
puerta de la calle entreabierta; entró y en cuanto puso el
cerrojo de la puerta se sentó en el suelo, dejando escapar un
suspiro de alivio.
Sin embargo, la tranquilidad duró poco porque de pronto
escuchó una voz pequeña que le decía:
–Cri-cri-cri.
–¿Quién me llama? –preguntó Pinocho asustado.
–Soy yo.
Pinocho miró hacia arriba y vio un enorme grillo que subía
lentamente por la pared.
–¿Y quién eres?
–Soy Grillo Parlante. Vivo en esta casa hace más de cien
años.
–Si quieres hacerme un favor de verdad –dijo Pinocho vete
rápido de aquí. Ahora esta es mi casa.
14
CAPíTULO 3
–Me iré, pero antes debo decirte una gran verdad
–contestó el grillo.
–Dímela y lárgate.
–¡Ay de los niños caprichosos y de los que se rebelan contra
sus padres! Nunca encontrarán la paz en este mundo y, más
tarde o más temprano, se arrepentirán.
–¡Bah! Deja de decir pavadas, Grillo. Canta lo que se te
antoje. Ya tomé la decisión de irme cuando amanezca, antes de
que me pase lo que les sucede a todos los niños, es decir, me
mandarán a la escuela y no tengo ninguna ganas de estudiar. Es
mucho más divertido cazar mariposas y treparse a los árboles.
–Pobre bobalicón, ¿no sabes que, si no vas a la escuela, de
mayor serás un burro y todos se burlarán de ti?
–¡Cállate Grillo! –gritó furioso Pinocho.
Pero Grillo, que era sabio y tranquilo, en vez de enojar- se
continuó diciéndole:
–Si no te gusta ir a la escuela, puedes aprender un oficio.
–De todos los oficios que existen, solo hay uno que me gusta –
respondió Pinocho.
–¿Y cuál es ese oficio?
–El de comer, beber, dormir, divertirme y llevar de la noche a
la mañana la vida de vagabundo.
–Pues te advierto que todos los que se dedican a ese oficio
terminan mal en la vida. ¡Pobre Pinocho, qué pena
15
Las aventuras de PINOCHO
me das! Eres una marioneta y, para peor, tienes la cabeza de
madera.
Pinocho se enojó tanto con Grillo Parlante que le arrojó uno
de los martillos que había por allí y que fue justo a darle en
medio de la cabeza, de manera que el pobre Grillo apenas pudo
decir cricri antes de quedar tieso y aplastado contra la pared.
16
Capítulo 4
Pinocho tiene hambre y encuentra un huevo que pensó
preparar para comérselo. Cuando menos lo esperaba, vio que
salía volando por la ventana.
Ya empezaba a anochecer y Pinocho comenzó a sentir
apetito. Ese apetito se transformó en hambre, cada vez más y
más hambre. Un hambre atroz.
Entonces se puso a dar vueltas por la casa registrando todos
los cajones y todos los armarios tratando de encontrar algo para
comer. Aunque fuera un hueso que hubiera dejado algún perro,
un mendrugo de pan duro, un carozo de cereza. Pero nada de
nada. Gepeto era muy pobre y no tenía nada por ningún lado.
Entretanto, el hambre aumentaba y lo único que lo aliviaba
era bostezar. Daba unos bostezos tan grandes que la boca le
llegaba al lugar de las orejas. Y después de bostezar notaba
como si el estómago se le saliera por la boca.
Llorando de desesperación decía:
–¡Grillo Parlante tenía razón! ¡Si me hubiera portado bien, mi
papá ahora estaría aquí y saciaría mi hambre! –repetía sin parar
de llorar–. ¡Ay, qué enfermedad más horrible es el hambre!
17
Las aventuras de PINOCHO
Pero de repente le pareció ver entre un montón de
desperdicios algo redondo y blanco que bien podía ser un huevo
de gallina. ¡Y era un huevo de verdad!
Imagínense la alegría de Pinocho. Había encontrado algo para
comer.
–¿Cómo lo voy a preparar? ¿Hago una tortilla? ¿Y si solo lo
hiervo y lo como con un poco de sal?… ¿No sería más sabroso si
lo hago frito en la sartén? ¡Tengo muchas ganas de comerlo!
Dicho y hecho. Colocó la sartén con un poco de agua sobre el
brasero y cuando el agua estuvo bien caliente, cascó el huevo.
Pero, para su sorpresa, en vez de salir la clara y la yema, un
hermoso pichón de pajarito salió muy feliz de adentro del huevo.
–¡Muchas gracias por haberme ahorrado el trabajo de romper
la cáscara, señor Pinocho! –dijo el pichón, que abrió sus alas y
salió volando por la ventana.
La pobre marioneta quedó patitiesa y con los ojos desorbitados,
la boca entreabierta, la cáscara de huevo en la mano y el hambre
en la panza. Y mientras otra vez lloraba, decía:
–¡El Grillo tenía razón! ¡Si mi papá estuviera ahora aquí yo no
tendría hambre! ¡Qué horrible es tener hambre!
Pero como las tripas le gruñían y el hambre aumentaba, se le
ocurrió salir de la casa e ir hasta el pueblo vecino con la
esperanza de que alguien se apiadara de él y le diera un poco de
pan.
18
Capítulo 5
Pinocho se duerme junto al brasero y al despertarse se
encuentra con los pies carbonizados.
Cuando Pinocho quiso salir, se dio cuenta de que era una
noche infernal. Tronaba tan fuerte y relampagueaba de tal modo
que parecía que el cielo fuera a incendiarse. Al muñeco le daba
mucho miedo la tormenta pero el hambre era más fuerte que el
miedo. Así que echó a correr y llegó al pueblo vecino.
Imagínense que, debido a esa tremenda tormenta, en las
calles del pueblo no había ni un alma. Todo estaba desierto y
oscuro. Entonces, Pinocho, presa del hambre y la desesperación,
se colgó de la campanilla de una casa con la esperanza de que
alguien se asomara. Y, efectivamente, así fue.
Un viejito con gorro de dormir en la cabeza se asomó por la
ventana y gritó muy enfadado:
–¿Qué quieres a estas horas?
–¿Podría darme un poco de pan?
–Espera que vuelvo enseguida –respondió el viejo creyendo
que se trataba de uno de esos chicos que se
19
Las aventuras de PINOCHO
dedican a molestar por las noches en las casas de la gente que
descansa.
Medio minuto más tarde volvió a asomarse por la ven- tana y
gritándole a Pinocho le dijo:
–¡Ven, acércate a la ventana y abre bien tu sombrero! Pinocho
hizo lo que el viejo le decía y, mientras acomodaba su sombrero
para recibir el pan, le cayó una enorme palangana de agua fría
que lo empapó de pies a cabeza.
Pinocho se puso a llorar y regresó a la casa mojado y agotado
por el cansancio y el hambre. Como ya no tenía fuerzas, apoyó
sus pies en eL brasero y se quedó dormido.
Así pasó la noche hasta que al amanecer escuchó que
golpeaban la puerta.
–¿Quién es? –preguntó la marioneta.
–Soy yo –respondió una voz. Esta vez era la voz de Gepeto.
Al escuchar la voz de su papá, Pinocho se levantó velozmente
para ir a abrir la puerta, pero al querer dar un paso cayó al piso.
–¡Abre la puerta! –le gritaba Gepeto.
–¡No puedo!
–¿Por qué no puedes?
–Porque me han comido los pies.
–¿Quién te los ha comido?
–El Gato –dijo Pinocho al ver que el Gato se divertía con unas
virutas de madera.
20
CAPíTULO 5
–¡Basta, Pinocho, y abre la puerta de una vez! No me hagas
enojar de nuevo.
–No puedo tenerme en pie. Te lo digo de verdad.
Gepeto, que cada vez le creía menos a su hijo, decidió no
esperar más y trepó por la pared hasta que logró entrar a la
casa por la ventana. Al principio estaba muy enojado, pero al ver
a Pinocho tendido en el piso, lo tomó entre sus brazos y comenzó
a hacerle miles de mimos y caricias, mientras unos lagrimones
caían por sus mejillas.
–¡Pinocho mío! ¿Cómo te has quemado así los pies? Pinocho
comenzó a contarle a Gepeto todo lo que le había pasado.
Comenzó con la historia de Grillo Parlante, el huevo con el
pajarito, el hambre atroz que sentía, el agua que le arrojó el
viejo de otro pueblo y finalmente dijo:
–Luego volví a casa y como todavía tenía hambre y frío,
apoyé los pies en el brasero y entonces llegaste tú. Ahora me
acabo de dar cuenta de que tengo los pies quemados.
De todo el largo discurso de Pinocho, Gepeto solo entendió
que la marioneta estaba muerta de hambre, así que sacó las
tres peras que tenía para su desayuno.
–Estas tres peras son mi desayuno –dijo– pero con mucho
gusto te las doy.
–Si quieres que me las coma, haz el favor de pelarlas.
–¿Pelarlas? –replicó atónito Gepeto–. Hijo, nunca pensé que
fueras tan delicado. Eso no es bueno. Desde
21
Las aventuras de PINOCHO
pequeño hay que acostumbrarse a comer de todo. La vida puede
dar muchas vueltas.
–Quizá tengas razón –contestó Pinocho–, pero jamás comeré
fruta que no esté pelada.
El bueno de Gepeto, armándose de paciencia, sacó un
cuchillo, peló las tres peras y dejó las cáscaras en una esquina
de la mesa.
Cuando Pinocho se hubo comido de dos bocados la primera
pera, hizo ademán de tirar el corazón, pero Gepeto lo agarró del
brazo y le dijo:
–No lo tires. En este mundo todo puede servir.
Después de haberse comido las tres peras, Pinocho le dijo a
Gepeto:
–Aún tengo hambre.
–No tengo nada más que las cáscaras de estas tres peras.
–¡Qué le vamos a hacer! –dijo Pinocho, y se comió las
cáscaras. Continuó luego con los corazones y, cuando terminó,
se frotó la barriga con las manos y dijo:
–¡Ahora sí que estoy satisfecho! Menos mal que no tiraste ni
las cáscaras ni los corazones.
–¿Ves cómo tenía razón –observó Gepeto– cuando te decía
que todo se puede aprovechar en el mundo? ¡La vida da muchas
vueltas!
22
Capítulo 6
Gepeto vende su chaqueta para comprarle una cartilla a
Pinocho, pero él la vende para ver una función en el teatro
de títeres.
Tan pronto como a Pinocho se le pasó el hambre, comenzó a
refunfuñar y llorar porque quería unos pies nuevos. Pero Gepeto,
para castigarlo por sus travesuras, lo dejó llorisquear toda la
mañana. Luego le dijo:
–¿Por qué debería hacerte pies nuevos? ¿Quizá para ver cómo
te escapas nuevamente?
–Te prometo que de ahora en adelante seré bueno.
–Todos los niños dicen lo mismo para conseguir lo que
quieren, pero luego vuelven a portarse mal.
–Te prometo que seré bueno, iré a la escuela y seré el mejor
alumno…
–No sé si debo creerte –le dijo Gepeto–. Al fin de cuenta eres
un niño como todos.
–¡Pero yo no soy como los demás niños! ¡Soy bueno y
siempre digo la verdad! Te prometo que aprenderé un oficio y
seré tu bastón cuando llegues a ser muy viejito.
Gepeto, a pesar de que parecía un señor muy severo, tenía los
ojos llenos de lágrimas y lo apenaba mucho ver a su hijo
23
Las aventuras de PINOCHO
en ese estado. Así que tomó las herramientas y se puso a
construir dos piececitos muy bien hechos. Cuando la marioneta vio
que ya podía caminar, loco de contento, comenzó a hacer miles de
cabriolas y vueltas carnero por toda la habitación.
–Ahora verás que me portaré muy bien –le dijo Pinocho a su
padre– y seré un niño bueno y estudioso. Ya mismo quiero ir a la
escuela.
Gepeto, con un poco de papel floreado, confeccionó un traje
para su hijo. Le hizo los zapatos con corteza de árbol y, para
hacerle el gorro, usó miga de pan. Pinocho estaba muy feliz con
su ropa nueva.
–Parezco todo un señor. Ahora solo me falta una cartIlla
nueva. ¿Me das una?
–Pero yo no tengo una cartilla –repuso Gepeto.
–Eso no es problema, vamos a la librería y la compramos.
–Pero no tengo dinero para eso –contestó Gepeto.
Y a pesar de que Pinocho era un niño muy alegre, se
entristeció. Porque cuando la pobreza es pobreza de ver- dad,
todos la sufren; incluso lo niños.
–Ya veré qué puedo hacer –dijo Gepeto–. Espérame aquí.
Habría pasado una media hora cuando Gepeto volvió a la
casa con una cartilla nueva bajo el brazo. El pobre viejo estaba
en mangas de camisa aunque en la calle estaba lloviendo.
24
CAPíTULO 6
–¿Y tu chaqueta, papá?
–La he vendido porque me daba calor.
Pinocho comprendió en el acto lo que había sucedido, así que
no pudo reprimir el impulso y se lanzó a los brazos de Gepeto y
comenzó a comerle la cara a besos.
Apenas paró la lluvia, Pinocho con su cartilla nueva partió
bien temprano para la escuela. Mientras caminaba hablaba solo:
–Hoy en la escuela aprenderé a leer y mañana aprenderé a
escribir. Y pasado mañana, a contar; y al día siguiente haré las
primeras sumas y restas. Y con todo lo que aprenda ganaré
mucho dinero que me servirá para comprarle una chaqueta
nueva a mi papá, una chaqueta de paño que tenga bordados de
oro y plata y botones de brillantes. El pobre se merece que le
regale lo mejor.
Mientras caminaba distraído en sus pensamientos, le pareció
oír a lo lejos una música de flautas y bombos.
–¿Qué será esa música? ¡Qué lástima que tenga que ir a la
escuela y no pueda averiguar de qué se trata!
Se detuvo en la esquina a pensar, y finalmente se decidió:
“Hoy iré a escuchar esa música y mañana iré a la escuela. Al fin
de cuentas, siempre hay tiempo para aprender”.
Dicho y hecho, se lanzó a correr por la calle a toda velocidad y
llegó a una plaza repleta de gente que rodeaba una gran carpa
de tela pintada de colores.
25
Las aventuras de PINOCHO
–¿Qué es esta carpa? –preguntó Pinocho a un niño.
–Lee el cartel y te enterarás. Ahí lo dice.
–Con gusto lo leería, pero aún no aprendí a leer.
–¡Qué burro! Entonces te lo leeré yo. En estas letras rojas
dice: “GRAN TEATRO DE MARIONETAS”.
–¡Quiero entrar! ¿Cuánto cuesta la entrada?
–Cuatro monedas.
–¿Me las prestas?
–Con gusto te las daría, pero no las tengo.
–¿Te vendo mi chaqueta?
–De nada me servirá ni tu chaqueta de papel, ni tu gorro de
miga y, mucho menos, esos zapatos que solo sirven para hacer
fuego.
Entonces, un vendedor ambulante que escuchaba la
conversación entre los niños le ofreció a Pinocho comprarle su
cartilla nueva por cuatro monedas. De ese modo, Pinocho
consiguió el dinero para la entrada.
¡Y pensar que el pobre Gepeto había vendido su chaqueta
para comprarle la cartilla a su hijo!
26
Capítulo 7
Los títeres reciben a Pinocho como a un hermano. El dueño
de los muñecos aparece y Pinocho y su amigo Arlequín corren
peligro de terminar de mala manera.
Cuando Pinocho entró al teatro, la función de títeres ya había
comenzado. El público moría de risa viendo cómo las marionetas
Arlequín y Polichinela se insultaban y se daban bofetadas uno al
otro. Pero de repente, Arlequín dejó de actuar y señalando con
su dedo hacia el fondo del teatro, comenzó a gritar:
–¡Miren quién está allí! ¿Estoy soñando o estoy despierto? ¡Es
nuestro amigo Pinocho!
–¡Es verdad! –exclamó Polichinela–. Es nuestro amigo Pinocho.
Las demás marionetas comenzaron a los gritos, locas de
alegría: “¡Es Pinocho! ¡Es nuestro hermano Pinocho!”
–¡Pinocho, ven aquí, sube a abrazar a tus hermanos de
madera! –le gritó Arlequín.
Pinocho saltó desde atrás de las butacas a las primeras filas,
de allí se lanzó a la cabeza del director de la orquesta y, por
último, dio un salto hasta el escenario.
27
Las aventuras de PINOCHO
Imagínense los apretujones, abrazos, pellizcos amiStosos y
coscorrones de auténtica hermandad que recibió Pinocho de
parte de los actores y actrices de aquella compañía de
marionetas. Pero el público comenzó a impacientarse porque se
daba cuenta de que la obra de títeres no iba a continuar.
–¡Que siga la función! ¡Que sigan los títeres! –exclamaban.
Tanto era el lío, el griterío y el alboroto que por detrás del
escenario apareció el titiritero, un hombre tan feo que daba
miedo. Tenía una barba negra como una mancha de tinta, tan
larga que se la pisaba; su boca era grande como un horno y sus
ojos parecían dos faroles de vidrios rojos con luces adentro. La
presencia del titiritero hizo que todos enmudecieran. Las pobres
marionetas temblaban como hojas.
–¿Por qué has venido a armar todo este alboroto en mi
teatro? –gruñó con voz de ogro acatarrado–. Tráiganme esa
marioneta. A la noche arreglaremos cuentas.
EL titiritero dio un par de gritos más y todo volvió al
orden. Finalmente, Comefuego (que así se llamaba el dueño de
las marionetas) en cuanto terminó la función se fue para la
cocina donde asaba un enorme carnero para la cena. Como el
fuego era escaso y la carne no se había cocinado del todo,
Comefuego se dirigió a Arlequín y Polichinela y les ordenó:
28
CAPíTULO 7
–Tráiganme a ese muñeco que dejé colgado de un clavo. Es
de buena madera seca y me servirá para avivar el fuego del
asado.
Arlequín y Polichinela no querían hacerlo, pero el miedo a
Comefuego era más grande que todo. Al poco tiempo, volvieron
con Pinocho, que se retorcía como una anguila fuera del agua y
chillaba desesperado:
–¡Papá, sálvame! ¡No quiero morir, no quiero morir!
Comefuego parecía un hombre terrible pero en el fondo no
era malo. La prueba de ello es que cuando vio a Pinocho
desesperado comenzó a conmoverse y no pudo evitar un
estornudo.
–¡Achís! –estornudó Comefuego.
Al oír ese estornudo atronador, Arlequín se acercó a Pinocho
y le susurró:
–Tranquilízate. Comefuego estornuda cuando se emociona
por algo. Te has salvado.
–¡Deja ya de llorar! –gritó el titiritero haciéndose el malo–.
Tus lamentos me han producido un dolor de estómago que…
¡achís!, ¡achís! –Comefuego estornudó dos veces más.
–¡Salud! –dijo Pinocho.
–Gracias. ¿Y tu papá y tu mamá están vivos? –le preguntó
Comefuego.
–Mi papá, sí; a mi mamá no la he conocido.
–¡Quién sabe el disgusto que le daría a tu padre si te
29
Las aventuras de PINOCHO
mandara ahora al fuego! ¡Pobre hombre! ¡Achís! ¡Achís!
–exclamó el hombrón y siguió estornudando.
–¡Salud! –volvió a decir Pinocho.
–Gracias. Ya ves, a mí también hay que compadecerme
porque no me queda leña para cocinar mi cena. Pero ya me he
compadecido de ti. Así que tiraré al fuego a una marioneta de mi
compañía. ¡Eh, guardias, tráiganme a Arlequín! ¡Átenlo y
arrójenlo al fuego!
¡Imagínense cómo se puso Arlequín al escuchar esa orden! La
marioneta se asustó tanto que se tiró al piso y comenzó a pedir
piedad por su vida de madera.
Pinocho, también desconsolado de pensar que harían leña de
Arlequín, se arrodilló frente a Comefuego pidiéndole por la vida
de su amigo.
–¡Piedad, señor Comefuego!
–Aquí no hay ningún señor –replicó con dureza el titiritero.
–¡Piedad, caballero!
–Aquí no hay ningún caballero.
–¡Piedad, Excelencia!
Al oírse llamar Excelencia, Comefuego puso cara de
satisfacción. Pinocho notó el cambio de gesto del titiritero, y
continuó:
–No tiren a mi amigo al fuego. En tal caso, prefiero ser yo la
leña. Arrójenme a mí a las llamas. No es justo que mi amigo sufra
lo que debo sufrir yo.
30
CAPíTULO 7
Estas palabras conmovieron tanto a Comefuego que comenzó
a estornudar tanto que le perdonó la vida a ambas marionetas.
–Eres un buen chico, ven aquí y dame un beso. Hoy me
resignaré a comer el cordero medio crudo, pero la próxima vez…
¡que se prepare!
Ante la buena noticia, todas las marionetas comenzaron a
saltar y gritar de alegría.
31
Capítulo 8
Comefuego le regala a Pinocho cinco monedas de oro para que
se las lleve a Gepeto. Pinocho se deja engañar por la Zorra y el
Gato y se marcha con ellos.
Al día siguiente, Comefuego llamó a Pinocho para que le
hablara de su padre. Pinocho le contó que era un carpintero muy
pobre pero de gran corazón; que había vendido su único abrigo
para comprarle la cartilla y le confesó que él la había vendido
para pagar la entrada del teatro.
–¡Pobre hombre! Me da mucha lástima tu padre. Aquí tienes
cinco monedas de oro. Ve a llevárselas enseguida y salúdalo de
mi parte.
Pinocho le agradeció a Comefuego de mil maneras y salió
corriendo por la calle rumbo a su casa. No había recorrido ni
medio kilómetro cuando se cruzó con una Zorra renga y un Gato
ciego que caminaban ayudándose mutuamente.
–Buenos días, Pinocho –lo saludó la Zorra amablemente.
32
CAPíTULO 8
–Buenos días –respondió Pinocho–. ¿Cómo sabes mi nombre?
–Porque conozco a tu papá. Lo vi ayer en la puerta de su
casa. Estaba en mangas de camisa muerto de frío.
–Muerto de frío –agregó el Gato.
–¡Pobre papá! Por suerte, ya no volverá a tener frío porque
el titiritero me dio unas monedas con las que le compraré un
abrigo nuevo. Además, quiero ir al colegio.
–¿Ir al colegio? –dijo la Zorra–. Por ir al colegio perdí una
pata.
–Una pata –dijo el Gato–. ¡Y yo quedé ciego de los dos ojos!
Mientras continuaban conversando, los tres seguían camino
hacia la casa de Gepeto. Pinocho les contaba acerca de los
planes que tenía y cómo pensaba invertir esas monedas que le
había regalado Comefuego.
Habían hecho más de la mitad del camino cuando la Zorra
se detuvo de repente y le dijo a Pinocho:
–¿Te gustaría duplicar esas monedas de oro? Tal vez más
que duplicarlas, ¡centuplicarlas!
–¡Centuplicarlas! –agregó el Gato.
–¡Ojalá pudiera! ¿Pero cómo se puede hacer eso?
La Zorra le contó que no muy lejos de allí estaba el País
de los Cabeza Hueca, donde existe un terreno llamado el
Campo de los Milagros en el que si se plantan monedas
de oro, a la mañana siguiente
33
Las aventuras de PINOCHO
brotan árboles que, en pocas horas, se llenan de mi- les de
monedas.
Pinocho quedó pensativo frente a esa propuesta
verdaderamente tentadora. En lugar de llegar con cinco
monedas podría entregarle a su papá cientos o miles de
monedas de oro y así nunca más tendrían ni hambre ni frío.
Luego de pensarlo, decidió acompañar a la Zorra y al Gato hasta
ese lugar maravilloso.
–Cuando haya centuplicado mis monedas, les daré también a
ustedes –prometió Pinocho.
–¿A nosotros? ¡No digas tonterías! –dijo la Zorra haciéndose
la ofendida.
–¡No digas tonterías! –repitió el Gato.
–A nosotros no nos interesa el dinero, solo la felicidad de los
demás –prosiguió la Zorra.
Pero como el camino era un poco largo, la Zorra propuso
detenerse a comer y descansar un rato en la posada del
Cangrejo Rojo y así lo hicieron. A medianoche, cuando Pinocho
estaba listo para continuar la marcha, el posadero le informó
que sus amigos habían partido hacía una hora y que le habían
pedido que le dijera que lo esperaban al amanecer en el Campo
de los Milagros.
–¿Y mis amigos pagaron su habitación y la cena? –le preguntó
Pinocho al posadero.
–¿A usted qué le parece? Son personas demasiado educadas y
no querrían ofender a un señor como usted.
34
CAPíTULO 8
Así fue cómo Pinocho pagó con una de sus monedas y
continuó solo el camino que iba desde la posada hasta ese lugar
maravilloso que le permitiría hacer crecer su fortuna sin ningún
esfuerzo. Era de noche y la oscuridad le daba miedo. Mientras
caminaba, vio en el tronco de un árbol un animalito que brillaba
con luz tenue.
–¿Quién eres? –preguntó Pinocho.
–Soy la sombra de Grillo Parlante.
–¿Y qué quieres de mí? –respondió el muñeco.
–Solo vine a darte este consejo: vuelve atrás y llévale las
cuatro monedas que te quedan a tu padre, que llora
desesperadamente porque aún no has vuelto.
–Mañana mi papá será un gran señor porque convertiré estas
cuatro monedas en miles.
–Pinocho, no te confíes de los que prometen hacerte rico de
la noche a la mañana.
–Aun así, yo quiero seguir adelante –respondió Pinocho.
–Los niños que siempre se quieren salir con la suya, acaban
arrepintiéndose.
–¡Tú siempre con la misma canción!
Nada más pronunciar estas palabras, Grillo Parlante se
apagó, como se apagan las velas de un soplo y el camino quedó
nuevamente a oscuras.
35
Capítulo 9
Pinocho siembra sus monedas. Un papagayo le cuenta la
verdad acerca de la Zorra y el Gato.
“Hay que ver lo desgraciados que somos los niños –pensaba
Pinocho mientras proseguía camino hacia el Campo de los
Milagros–. Todos los adultos nos retan, nos dicen lo que tenemos
que hacer y nos dan consejos. Si los dejáramos, se creerían con
la autoridad de ser nuestros papás y nuestras mamás. ¡Hasta los
Grillos Parlan- tes! Y nos dicen cosas horribles, como que
tenemos que desconfiar de todos, ser más prevenidos, tener
cuidado. Nos dicen cosas horribles acerca de lo que nos va a
pasar y de lo que debemos hacer. Todos se creen con derecho a
decirnos y darnos órdenes.”
Caminando con esas ideas en la cabeza, Pinocho llegó al País
de los Cabeza Hueca donde se reencontró con la Zorra y el Gato.
–Tenemos que ir ya mismo a sembrar tus monedas, antes de
que el nuevo dueño no permita a nadie sembrar más dinero –
propuso la Zorra.
–¡Sembrar dinero! –repitió el Gato.
36
CAPíTULO 9
Después de atravesar la ciudad, llegaron al Campo de los
Milagros. Pinocho hizo un hoyo en el suelo, colocó las cuatro
monedas que le quedaban y las cubrió nuevamente con tierra.
Luego, tomó un balde con agua y regó la tierra que cubría las
monedas.
–Ahora –dijo la Zorra– hay que esperar a que broten y den sus
frutos.
–¿Y cuánto tardarán en brotar? –preguntó Pinocho.
–Vuelve aquí en veinte minutos y te encontrarás con un
pequeño arbolito cargado de monedas –respondió la Zorra.
–Vuelvan conmigo –les propuso Pinocho–, así les daré la parte
que les he prometido.
–¡De ninguna manera! –exclamó la Zorra–. Nosotros no
hacemos esto por interés.
–Por interés –agregó el Gato.
Dicho esto, se despidieron y la marioneta regresó a la ciudad.
Pinocho contaba los minutos y cuando le pareció que ya había
pasado tiempo suficiente regresó adonde había sembrado su
dinero, pero no encontró el arbolito cargado de monedas. Buscó
por todas partes, por cada rincón del campo y no encontró
ningún indicio de su tan ansiado arbolito. De pronto, una
risotada le traspasó los oídos. Pinocho miró hacia arriba y se
encontró con un colorido papagayo
que lo miraba.
37
Las aventuras de PINOCHO
–¿De qué te ríes?
–Me río de los cabeza hueca que creen todas las tonte- rías
que les dicen.
–¿Te refieres a mí? ¡Yo no soy ningún cabeza hueca!
–protestó Pinocho.
–Sí, me refiero a ti. Eres tan ingenuo como para creer que las
monedas crecen de los árboles.
–No te entiendo.
–Debes saber que mientras estabas en la ciudad, la Zorra y el
Gato regresaron, tomaron las monedas que habías plantado y se
marcharon.
Pinocho se quedó con la boca abierta y, como no podía creer
lo que el papagayo le contaba, comenzó a excavar el terreno por
todas partes, hasta que se dio por vencido y aceptó que lo
habían engañado.
38
Capítulo 10
Pinocho llora porque desea encontrar a Gepeto. Llega a una
playa donde una bondadosa señora le asegura que él y su
padre se reencontrarán.
Pinocho lloraba desconsoladamente sentado en el suelo. No
podía creer que una vez más las cosas le salieran tan mal.
Entonces pasó por el aire una gran paloma que se detuvo cerca
de él:
–Dime niño, ¿por qué lloras?
–Lloro porque me han engañado y me robaron las monedas
que tenía para mi padre –contestó Pinocho alzando la cabeza y
secándose los ojos con la manga de su camisa.
–¿Y por casualidad no conocerás a una marioneta llamada
Pinocho?
–¿Pinocho has dicho? ¡Pinocho soy yo!
–Entonces conocerás a Gepeto, ¿no?
–Claro que lo conozco. Es mi papá. ¿Qué sabes de él?
–Lo dejé hace tres días en la playa. Desesperado por- que no
tenía noticias tuyas se lanzó al mar a buscarte en la otra orilla.
39
Las aventuras de PINOCHO
–Pobre mi papá, con un hijo tan desobediente –se la- mentó
Pinocho–. ¿Podrías llevarme hasta él?
–¡Por supuesto! Sube a mi lomo y volaremos hasta la playa.
Ojalá lleguemos a tiempo.
Pinocho y la paloma volaron todo el día hasta que llega- ron a
la orilla del mar. Allí se encontraron con una gran cantidad de
gente que se lamentaba y gritaba mirando el mar.
–¿Qué pasó? –preguntó Pinocho.
–Un pobre padre ha perdido a su hijo y se ha embarca- do
para ir a buscarlo. Pero el mar está muy agitado por la tormenta
y la barca está a punto de zozobrar.
–¡Es mi papá! ¡Es mi papá! –comenzó a gritar Pinocho
desesperado mientras veía cómo la barquita aparecía y
desaparecía entre el oleaje furioso, los truenos y los relámpagos.
Desde la orilla, Pinocho le hacía señas y agitaba su sombrero
con la esperanza de que Gepeto lo viera y regresara a la playa.
El viejo lo reconoció y también le hizo señas a su hijo, pero el
mar estaba embravecido y por más que intentaba, Gepeto no
lograba regresar a la playa. Desde la costa, la gente preocupada
veía cómo la barca se alejaba cada vez más, hasta que luego de
una gran ola y un trueno ensordecedor la barca desapareció de
la vista de todos.
Pinocho, desesperado por la suerte de su padre, se arrojó al
mar. Como era de madera flotaba liviano sobre el agua. Con la
esperanza de ayudar a su padre, Pinocho
40
CAPíTULO 10
nadó toda la noche, pero no logró encontrar a Gepeto por
ninguna parte.
El muñeco empezaba a sentirse agotado por el esfuerzo.
Desde la ventana de una casa cerca de la costa, una señora de
largos cabellos lo observaba. Cuando soplaba el viento que venía
del mar, sus cabellos se agitaban y mostraban reflejos azules.
Al salir el sol, Pinocho vio la playa a lo lejos. La tormenta había
pasado y logró llegar a la orilla.
En esos momentos, la señora que lo había visto llegar hasta
la playa se acercó a él; llevaba un cántaro de agua en cada
mano.
–¿Eres tú el muñeco llamado Pinocho? –lo interrogó con voz
suave.
–¡Sí! –respondió la marioneta temerosa.
–¿Es verdad que eres desobediente y mentiroso y que no
escuchas los consejos de tu padre? –preguntó la señora.
–¡Eso es mentira! –exclamó Pinocho–. Soy un chico estudioso y
cariñoso con Gepeto.
Mientras respondía, el muñeco se tocó la nariz y notó que le
había crecido tanto como la palma de su mano.
–¿No eres tú quien sale a hacer travesuras con tus amIgotes
en vez de ir a la escuela? –volvió a interrogarlo la señora en
cuya cara se asomaba una leve sonrisa.
–¡Nunca haría semejante cosa! –volvió a mentir Pinocho y la
nariz le creció aún más.
41
Las aventuras de PINOCHO
La señora lo miraba y se reía; su cabello se veía del color del
mar.
–¿De qué te ríes? –preguntó el muñeco preocupado porque
su nariz no paraba de crecer.
–Me río de las mentiras que me has contado. Pinocho no
sabía dónde meterse de la vergüenza.
–Vamos, muchacho –dijo la buena señora–. Si me ayudas a
llevar estos cántaros a mi casa, te daré un pedazo de pan,
coliflor y un pastel relleno de crema.
Pinocho levantó los pesados cántaros. Ya en la casa, comió
todo lo que la señora le había ofrecido. Cuando no tuvo más
hambre, la miró, vió sus largos cabellos y le pareció una
persona muy especial. Entonces le contó de sus deseos de ser
un niño bueno y obediente.
–Pero tú eres una marioneta, no puedes ser un niño
–repuso la señora.
–¿Por qué no puedo? –preguntó Pinocho.
–Porque las marionetas no crecen. Nacen marionetas, viven
marionetas y mueren marionetas.
–Es muy aburrido ser una marioneta –exclamó PinOcho–. Ya
es hora de que me convierta en un niño.
–Y te convertirás si haces lo necesario para merecerlo.
–¿De verdad? ¿Y cómo hago para merecerlo? –pre- guntó
Pinocho.
–Muy fácil. Debes acostumbrarte a ser bueno.
–¿No soy bueno, acaso?
42
CAPíTULO 10
–¿Tú qué crees, Pinocho? –preguntó la señora–. Los niños
buenos no mienten, no desobedecen, ni se escapan de la
escuela.
–Tienes razón –respondió la marioneta avergonzada–. Yo
siempre hago lo que quiero, digo mentiras y la escuela me da
dolor de cabeza.
Al decir estas palabras, la nariz de Pinocho se encogió y volvió
a su tamaño normal. Al darse cuenta, dijo:
–De ahora en adelante cambiaré de vida.
–¿Me lo prometes?
–Te lo prometo. Voy a convertirme en un niño bueno.
–Pues entonces, a partir de mañana irás a la escuela y en
poco tiempo podrás reencontrarte con tu papá. Es mi promesa.
43
Capítulo 11
Pinocho descubre quién es la señora de largos cabellos. Pierde
la oportunidad de convertirse en niño y parte con su amigo
Palito al País de los Juegos.
Al día siguiente, Pinocho fue a la escuela. Imagínense a los
demás chicos cuando vieron entrar a una marioneta al aula. Las
carcajadas eran interminables. Le hacían bromas, se reían de él,
le sacaban el sombrero, le tiraban del saco y hasta intentaron
pintarle un bigote debajo de la nariz.
Durante un rato hizo como si no le importara toda esa burla,
pero llegó un momento en que comenzó a perder la paciencia y
les dijo a sus compañeros:
–¡Cuidado, chicos! Yo no he venido aquí para ser el centro de
las burlas de nadie. Yo respeto a los demás y pretendo que me
respeten a mí.
–¡Bravo! Has hablado como un libro abierto –gritaron los
niños burlándose de él.
Pinocho prosiguió como si no escuchara a nadie y se
esforzaba día a día. Sin embargo la escuela y aprender no era
algo que le gustara demasiado.
44
CAPíTULO 11
Como la señora de largos cabellos veía que Pinocho
progresaba día a día, una tarde lo llamó y le dijo:
–Pinocho, veo que estás progresando en la escuela.
Pronto podrás convertirte en un niño.
–Sí –dijo Pinocho–, estoy aprendiendo mucho y también estoy
siendo bueno. ¿Pero cómo haré para convertir- me en niño?
¿Quién puede hacer que eso suceda?
–Yo puedo –respondió la bella señora.
–¿Cómo? ¿Acaso eres un hada buena? –se asombró la
marioneta.
–Puede ser… –dijo la señora y agregó–: invita a algunos de tus
amigos a merendar mañana y te convertiré en un niño como
todos los demás.
Resulta difícil imaginar la alegría de Pinocho ante esa noticia.
Todos sus amigos serían invitados a una gran me- rienda en
casa del hada y ella lo convertiría en un niño de carne y hueso.
En ese mismo momento, Pinocho le pidió permiso al hada
para salir por la ciudad a invitar a sus amigos para la merienda
del día siguiente. De todos los chicos de la escuela, Palito era su
mejor amigo. Su nombre era Romeo, pero le decían así porque
era delgado y larguirucho. Pino- cho lo buscó por todos lados y,
finalmente, lo encontró en la puerta de la casa de unos
campesinos.
–Por fin te encuentro –le dijo Pinocho–. ¿Qué haces aquí?
45
Las aventuras de PINOCHO
–Me voy lejos, a otro país –respondió Palito.
–No puedes irte justo ahora. Mañana dejaré de ser una
marioneta porque el hada buena me convertirá en un niño de
verdad.
–Pues que te aproveche, pero yo me largo de aquí. Me voy al
País de los Juegos. ¿Por qué no vienes tú también?
–No puedo. Le prometí al hada que nunca más desobedecería
y en recompensa ella me transformará en un niño de carne y
hueso.
–Como quieras –respondió Palito–, pero yo me quedo aquí a
esperar la carreta que me llevará al País de los Juegos. Allí todo
es diversión, no hay que aprender nada. Es el mejor lugar del
mundo.
Una vez más, a Pinocho comenzó a picarle el bichito de la
desobediencia. Le prometió a Palito que se quedaría con él hasta
que pasara la carreta, solo para hacerle compañía. Luego de
varias horas, cerca de la medianoche, una luz tenue apareció en
el camino. Cuando llegó hasta don- de estaban Palito y Pinocho
pudieron ver que se trataba de un carruaje tirado por seis pares
de burros lleno de niños que hacían gran barullo. El conductor
del carruaje, un enano barrigón y risueño, invitó a los niños a
subir. Palito rápidamente se hizo un lugar entre los demás niños.
–¿Y tú, marioneta, vienes con nosotros? –preguntó el
conductor a Pinocho.
–Yo me quedo –respondió Pinocho–. Me espera mi
46
CAPíTULO 11
nueva mamá en mi casa. Quiero estudiar y lucirme en la
escuela, como hacen los niños buenos.
–Te lo pierdes. Si vinieras la pasarías de maravillas y luego
podrías retornar con tu mamá –le propuso el con- ductor.
–¡Ven con nosotros! Ya verás cuánto nos divertiremos
–gritaron los chicos desde el carruaje.
Pinocho dudó, pensó y finalmente dijo:
–Háganme un lugar, yo también quiero ir.
Como el carruaje estaba lleno de niños y ya no entraba
ninguno más, Pinocho viajó montado sobre el lomo de uno de los
burros. Todo era diversión, risas y cantos.
Sin embargo, en medio de todo ese barullo a Pinocho le
pareció escuchar una voz que decía:
–¡Pobre marioneta! Te arrepentirás.
Pinocho asustado miró a todos lados y no vio a nadie. Pero
verdaderamente sintió terror cuando notó que uno de los burros
lloraba.
–¡Eh, señor enano! Este burro está llorando –le dijo al
conductor del carruaje.
–Déjalo llorar que ya le llegará la hora de reír –le respondió él
desde su lugar.
47
Capítulo 12
Tras unos meses de diversión en el País de los Juegos, a
Pinocho y a Palito les crecen orejas y se convierten en burros.
Luego de andar toda la noche, al despuntar el día llegaron al
País de los Juegos. Este país no se parecía a ningún otro del
mundo. Todos sus habitantes eran niños, los mayores tenían
catorce años y los más pequeños, apenas ocho. Había grupos de
chicos por todas partes, unos ju- gaban a las bolitas, otros a la
rayuela, otros a la pelota. Los niños hacían lo que querían sin
preocuparse de que ningún adulto les dijera nada.
Pinocho, Palito y los demás niños que habían viajado juntos,
apenas pusieron un pie en el piso se incorporaron a los juegos y
rápidamente se hicieron amigos de todos.
–¡Qué vida tan maravillosa! –decía Pinocho cada vez que se
encontraba con Palito.
–¿Ves cómo yo tenía razón? –replicaba el amigo.
Así pasaron los días y pasaron los meses. Pinocho pasaba el
día entero jugando, comiendo, bebiendo y durmiendo a su
antojo. Ya se había olvidado del hada buena,
48
CAPíTULO 12
de Gepeto, de la escuela y de su sueño de ser un niño de
verdad.
Pero una mañana, al despertar, Pinocho recibió una
desagradable sorpresa. Al sentarse en la cama y rascarse la
cabeza notó que le habían crecido las orejas. La marioneta
siempre había tenido orejas tan pequeñitas que apenas se le
veían. Enseguida fue a buscar un espejo, pero como no encontró
ninguno, llenó una palangana con agua y al reflejarse en ella vio
lo que nunca hubiera querido ver: un par de orejas de burro bien
grandes le salían a los lados de su cabeza. Pinocho comenzó a
llorar. Lloró tan fuerte que una marmota que vivía en el piso de
arriba acudió a su habitación.
–¿Qué pasa que lloras tan fuerte? –preguntó la marmota.
–Estoy enfermo, muy enfermo. Mira las orejas que me
crecieron –dijo Pinocho y no paraba de llorar–. Fíjate si tengo
fiebre.
La marmota puso su pata delantera en la frente de Pinocho y
dijo:
–Efectivamente, estás enfermo de fiebre.
–¿De qué fiebre se trata? –preguntó Pinocho preocupado.
–De la fiebre del asno. Es muy grave. En dos o tres horas te
convertirás en un burrito como esos que tiran de los carruajes.
49
Las aventuras de PINOCHO
–¡Ay pobre de mí! –lloraba Pinocho–. ¿Y de verdad me pasará
eso?
–Es irremediable –respondió la marmota–. Está escrito en el
libro de la sabiduría que los niños desobedientes y haraganes,
más tarde o más temprano, terminan con- vertidos en burro.
–¡Esto me pasa por haberle hecho caso a Palito! –decía
Pinocho mientras seguía llorando–. Si me hubiera quedado con el
hada buena que me quiere y me cuida como una mamá esto no
me habría pasado –se lamentaba Pinocho–. Ya mismo voy a
buscar a Palito ¡y pobre de él cuaNdo lo encuentre!
Cuando hizo ademán de salir de la habitación, Pino- cho
recordó que tenía orejas de burro, así que tomó un gran bonete
y se lo puso para que nadie viera esas orejas. Cuando encontró a
Palito vio que su amigo también tenía puesto un bonete.
–¿Por qué tienes ese bonete? –preguntó Pinocho.
–Me lo recetó el médico porque me lastimé la rodilla.
¿Y tú? –respondió Palito.
–A mí también me lo recetó el médico porque me pica la nariz.
Tras estas palabras se hizo un largo silencio. Se mira- ron
fijamente hasta que ambos comenzaron a reírse.
–Aclárame una duda, querido Palito, ¿has sufrido alguna enfermedad en las
orejas? –dijo Pinocho en voz muy baja.
50
CAPíTULO 12
–Nunca, ¿y tú? –contestó Palito.
–¡Jamás! Aunque desde esta mañana me pican de una
manera tremenda.
–A mí me pasa lo mismo –repuso Palito–. ¿Me mues- tras tus
orejas?
–Solo si tú me muestras las tuyas –retrucó Pinocho.
–A la cuenta de “tres” los dos nos sacamos los gorros,
¿te parece? –propuso Palito.
Pinocho empezó a contar en voz alta:
–¡Uno…, dos… y… tres!
Entonces, sucedió una escena desopilante. Ambos niños, al
ver que sufrían de la misma enfermedad, empezaron a mover
las orejas y a burlarse uno del otro. Se reían a carcajadas con
todas sus ganas. De repente, Palito se puso serio y le dijo a su
amigo:
–¡Socorro, Pinocho, ayúdame! ¡No logro sostenerme derecho
sobre las piernas!
–¡Yo tampoco! –respondió el muñeco.
Mientras decían esto, sus piernas se transformaron en patas
de burro, les brotó una cola, se les dobló la espalda. Y mientras
corrían hacia la casa sus brazos se transformaron en patas, sus
caras se alargaron y les creció un hocico y sus espaldas se
cubrieron de un pelaje gris y negro. Pero lo peor llegó cuando
quisieron hablar y de sus bocas, en vez de palabras salieron
unos horribles rebuznos:
–Hi-hoooo, hi-hoooo, hi-hooo.
51
Las aventuras de PINOCHO
En ese momento tocaron a la puerta.
–¡Abran! Soy el enano que conduce el carruaje. Sé que ya
están preparados.
52
Capítulo 13
Pinocho, convertido en burro, es vendido a un circo. Allí
aprende a hacer piruetas. Finalmente, vuelven a venderlo y
termina siendo arrojado al mar.
El enano empujó la puerta y entró en la habitación, acarició el
lomo de los burritos y mientras les cepillaba el pelaje les habló:
–¡Buenos chicos! Rebuznan muy bien. Reconocí sus voces
desde afuera.
Luego les colocó un cabestro a cada uno y los llevó al
mercado para venderlos. Eran tan hermosos ambos burros que
rápidamente fueron vendidos. Un campesino compró a Palito y
el dueño de un circo se llevó a Pinocho. Cuando llegaron al
establo, el dueño del circo le preparó a Pinocho agua y heno
para que comiera y lo dejó solo. Él no quiso ni probar el heno,
pero al cabo de un rato le dio hambre y se comió todo lo que
había en el establo. Al día siguiente empezó una vida muy dura
para Pinocho.
–¡Buenos días, burro! –gritó el amo–. Te he comprado para
que trabajes y me hagas ganar dinero, así que vamos a
ponernos en acción. Ven conmigo al circo que allí
53
Las aventuras de PINOCHO
te enseñarán a saltar por el aro, romper parches con la cabeza y
a bailar el vals y la polca en dos patas.
El pobre Pinocho tuvo que aprender todas esas mone- rías,
pero para hacerlo necesitó tres meses de entrena- miento,
azotes, latigazos y montones de maltratos.
Finalmente, el dueño del circo pudo anunciar en un cartel:
GRAN NOCHE DE
ESPECTÁCULO. PRIMERA
APARICIÓN EN PÚBLICO DEL
BURRO PINOCHO.
SALTOS, DANZAS Y PIRUETAS.
Las gradas del circo estaban llenas de niños y niñas
acompañados por sus padres. Acabada la primera parte del
espectáculo, el director del circo anunció:
–¡Señoras y señores! ¡Niñas y niños! ¡Damas y caballeros!
Démosle la bienvenida con un fuerte aplauso a…
En ese momento se abrió un cortinado y entró el burrito al
centro de la arena. Los niños gritaban y aplaudían tanto que al
muñeco le dio cierto orgullo que lo aclamaran así. El director
hizo una reverencia y dirigiéndose al burrito le dijo:
–¡Ánimo Pinocho! Antes de comenzar los ejercicios, saluda a
este respetable público.
54
CAPíTULO 13
Él se inclinó obediente con sus patas delanteras hasta tocar el
suelo con las rodillas. Enseguida, el director hizo res- tallar el látigo
y el burrito, erguido en sus dos patas traseras, comenzó a bailar
dando vueltas al compás de la música.
Pinocho hizo cientos de piruetas: bailó vals y polca, anduvo al
trote y a la carrera. En un momento, el director levantó el brazo
y disparó una pistola. Al oír el disparo, Pinocho cayó al suelo
fingiéndose herido.
Cuando se levantó, en medio de una explosión de aplausos y
de gritos, alzó la cabeza y mirando hacia uno de los palcos vio a
una bella señora de largo cabellos. “Es el hada buena” pensó
reconociéndola al instante. Con una incontenible alegría, intentó
llamarla. Pero en vez de palabras, de su boca salieron unos
rebuznos horribles que hicieron reír a todo el público. Cuando
volvió a mirar, el hada buena ya no estaba. Pinocho se sintió
morir, los ojos se le llenaron de lágrimas y comenzó a llorar
desconsoladamente, pero nadie se dio cuenta. El director nueva-
mente hizo restallar su látigo y gritó:
–Ahora, mi burro le mostrará a este público cómo salta a
través de los aros. ¡Vamos!
Pinocho hizo dos o tres intentos, pero cada vez que corría y
llegaba al aro, en lugar de saltar pasaba por de- bajo. Al final
logró atravesarlo, pero cuando cayó al piso una de sus patas se
lastimó y ya no pudo seguir con la función.
55
Las aventuras de PINOCHO
A la mañana siguiente, el veterinario examinó al burrito y
declaró:
–Quedará rengo para toda la vida.
Entonces el dueño del circo ordenó que llevaran a Pinocho al
mercado para venderlo.
–¿Para qué quiero un burro que no camina bien? Solo me
traería gastos –dijo el dueño.
Ya en el mercado, un campesino preguntó:
–¿Cuánto quieres por ese burro? Te ofrezco veinte monedas,
ni una más. Solo lo quiero para sacarle el cuero.
Apenas el comprador pagó sus monedas, llevó al burro a lo
alto de un acantilado, ató una soga con una pesada piedra al
cuello de Pinocho y lo arrojó al mar. Con seme- jante piedra, el
burro se hundió en el agua y el comprador se sentó a esperar
que se ahogara.
Cuando pasaron unos cincuenta minutos, el comprador
comenzó a tirar de la soga para sacar del agua el cuerpo del
burro, pero en vez de un burro apareció atada a la soga una
marioneta vivita y coleando. Al verla, el hombre creyó que
soñaba.
–¿Y el burro que tiré al mar? –preguntó asombrado.
–¡Ese burro soy yo! –respondió Pinocho.
–¿Pero cómo es posible?
–¡Fue fácil! –dijo Pinocho–. Ha sido el hada buena.
–¿Qué hada? –gritó el hombre, furioso.
–Mi mamá. Cuando usted me arrojó al mar, ella vio
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CAPíTULO 13
que yo corría peligro de ahogarme y mandó a los peces para que
se comieran todo lo que me cubría, de la cabeza a los pies,
hasta llegar a los huesos, o mejor dicho, hasta llegar a la
madera. ¡Y aquí estoy!
–Pero a mí no me hace ninguna gracia tu historia –señaló el
comprador–. ¿Quién me repondrá las veinte monedas que pagué
por ti?
–No lo sé, ese no es mi problema –respondió Pinocho.
Y, al mismo tiempo que decía esto, dio un gran salto y volvió
a arrojarse al mar. Mientras se alejaba de la playa, gritaba:
–Adiós, tengo que ir a buscar a mi papá.
En un abrir y cerrar de ojos, Pinocho ya se había perdido en el
horizonte.
57
Capítulo 14
Una enorme ballena traga a Pinocho. Pero encuentra a
alguien y juntos logran salvarse.
Mientras Pinocho nadaba, vio en medio del mar un peñón muy
pequeño y sobre él, un cabra que balaba indicándole que se acercara
a ella. La cabrita tenía cabellos largos y brillantes que recordaban a
los del hada buena. El corazón de Pinocho comenzó a latir cada vez
con más fuerza y eso le dio energía para nadar hasta el peñón.
Pero de pronto, emergió del agua una enorme ballena que
comenzó a perseguirlo. La pobre marioneta, por más que se
esforzaba, no lograba alejarse de esa tremenda boca.
–¡Date prisa, Pinocho! ¡Apúrate! –balaba la cabra–. ¡El
monstruo va a comerte!
Pinocho nadaba desesperadamente, ya estaba a punto de
llegar al peñón y escapar del monstruo marino; la cabra ex- tendió
una de sus patas para ayudarlo, pero fue tarde, la ballena lo había
alcanzado. El monstruo abrió aún más su enorme boca y absorbió
a Pinocho como si fuera un huevo de gallina. En los primeros
momentos, el muñeco no se daba cuenta de dónde estaba. A
su alrededor había una oscuridad
58
CAPíTULO 14
profunda. Luego de unos minutos, descubrió que se encontraba en
el estómago de la ballena. Se las ingenió para darse ánimos y
pensó algunas maneras de salir de allí. Pero cuando vio que
cualquier intento era en vano, se puso a llorar.
–Llorar no tiene sentido. Nadie vendrá a salvarte –dijo una
voz en medio de la oscuridad.
–¿Quién habla? –preguntó Pinocho.
–Soy yo, un pobre atún que se tragó la ballena al mismo
tiempo que a ti. Solo nos queda esperar a que la ballena nos
digiera.
–¡Pero yo no quiero ser digerido, quiero salir de acá! –gritó
Pinocho y volvió a llorar.
–Yo tampoco quiero ser alimento de esta ballena, pero como
nací atún me consuelo pensando que es más digno morir bajo el
agua que frito en una sartén –dijo el atún.
Mientras conversaban a oscuras, a Pinocho le pareció ver a lo
lejos una tenue claridad.
–Mira –dijo Pinocho–, allí hay una luz. Debe de ser algún compañero
de desventura. Iré a buscarlo. A lo mejor conoce alguna forma de
salir.
–Ojalá pueda ayudarte, marioneta.
–Voy a investigar. Adiós, atún. Espero volver a verte –saludó
Pinocho.
Mientras avanzaba por el vientre de la ballena hacia la luz sentía
un olor cada vez más penetrante a pescado frito. A la vez, la luz se
hacía más resplandeciente. Cuando por fin llegó,
59
Las aventuras de PINOCHO
Pinocho no podía creer lo que veían sus ojos. Sentado a una mesa
estaba Gepeto comiendo a la luz de una vela.
–¡Papá! –gritó lleno de alegría y emoción–. ¡Soy yo, Pino- cho!
Gepeto reconoció a su hijo inmediatamente, saltó de la silla y
se abalanzó para abrazarlo.
–¡Hijo querido! ¡No sabes todo lo que te busqué! ¡Qué alegría
volver a verte! –decía lleno de emoción Gepeto mientras no paraba
de darle besos.
Cuando los dos se calmaron un poco, cada uno comenzó a
contar todas las peripecias que habían vivido desde la última vez
que se habían visto. Pinocho le contó de la Zorra y el Gato, de la
paloma que lo llevó hasta la playa, del hada buena y también todo
lo desobediente que había sido.
–No importa Pinocho. Todo eso ya pasó –dijo tiernamente Gepeto–.
Mi alegría es saber que estás bien y que ya estamos juntos otra
vez.
–¿Y ahora qué haremos? –preguntó Pinocho.
–Ahora nos quedaremos a oscuras –respondió Gepeto.
–¡No papá! –replicó Pinocho–. Debemos encontrar la manera de
salir de aquí.
–¡Deja de soñar, hijo!
–Hagamos esto –prosiguió Pinocho–, caminemos juntos hasta la
boca de la ballena y en algún momento encontraremos la manera
de escapar. Sígueme y no tengas miedo.
Caminaron tomados de las manos un buen trecho hasta
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CAPíTULO 14
61
Las aventuras de PINOCHO
que llegaron a la garganta de la ballena. Allí se detuvieron para
esperar el momento oportuno para la fuga.
La ballena era muy vieja y sufría de asma y palpitaciones, por eso
debía dormir con la boca entreabierta. Así que Pino- cho se asomó y
pudo ver fuera un claro cielo nocturno lleno de estrellas.
–Este es el momento –dijo Pinocho–. La ballena duerme y tiene la
boca abierta.
Y sin soltar a Gepeto de la mano comenzaron a caminar en
puntas de pie por la lengua. La ballena era tan grande que la
lengua parecía una ancha avenida. Cuando ya estaban a punto
de dar el salto, la ballena estornudó y arrojó a Pinocho y a Gepeto
al mar.
Por suerte era una noche de luna llena y mar calmo.
–¡Ven papá! ¡Súbete a mis hombros! –propuso Pinocho– de lo
demás me encargo yo.
Pinocho nadó hasta que llegaron a la playa y una vez allí
comenzaron a caminar hacia el pueblo. No habían dado ni cien
pasos cuando vieron al costado del camino a dos individuos pidiendo
limosna.
–¡Oh, Pinocho! Dale una limosna a estos dos enfermos.
–¡ Enfermos! –repitió el muñeco.
Se volvió hacia la Zorra y el Gato que tendían su mano y les
dijo:
–¡Adiós, farsantes! Ya me engañaron una vez, pero no
volverán a hacerlo –exclamó Pinocho.
62
Capítulo 15
Pinocho deja de ser un muñeco y se convierte en un niño
de verdad.
El carpintero y su hijo caminaron hasta que llegaron al
pueblo. Hacía tanto tiempo que se habían ido de allí que todo
estaba cambiado. Sin embargo, los vecinos que los reconocían
salían a saludarlos con gran alegría y les ofrecían comida y
ayuda.
Los dos avanzaron entre los abrazos de la gente hasta que
llegaron a su casa. Al día siguiente, Pinocho se levantó temprano
para ir a la escuela y al volver ayudó a Gepeto en su trabajo.
Pasaron los días, las semanas y los meses. Pinocho ya no era
el mismo niño desobediente de antes: se levantaba temprano,
preparaba el desayuno para Gepeto, iba a la escuela y hasta
había aprendido a hacer canastas de junco que vendía en el
mercado y con la venta de su trabajo compraba todo lo
necesario para vivir diariamente. Además, por las noches
practicaba lectura y escritura.
Una noche mientras la marioneta dormía se le apareció en
sueños el hada buena. Y en el sueño le decía:
–¡Muy bien, Pinocho! Por tu buen corazón te perdono todas
las travesuras que has hecho hasta hoy. Los niños
63
Las aventuras de PINOCHO
que ayudan cariñosamente a sus padres merecen ser re-
compensados.
Él se despertó repentinamente. Se levantó y fue corriendo
a mirarse al espejo. ¡Imaginen su sorpresa cuando se vio
transformado en un niño de carne y hueso! Ya no estaba la
imagen de la marioneta de madera, sino la de un muchacho con
el cabello castaño, los ojos azules y una expresión alegre en el
rostro.
Miró a su alrededor y vio su dormitorio sencillo pero cómodo;
junto a la cama encontró un traje, un gorro nuevo y un par de
botas que le calzaban perfectamente.
Pinocho se sentía confundido frente a todas esas maravillas.
Corrió a buscar a su papá para mostrarle lo que había sucedido.
–Esto es mérito tuyo, Pinocho –le dijo Gepeto.
–¿Por qué?
–Porque cuando los niños desobedientes se vuelven buenos
suceden milagros –respondió el carpintero, que se veía sano y
de buen humor.
–¿Y qué se ha hecho del viejo Pinocho de madera?
–Míralo ahí –respondió Gepeto señalando a una marioneta
apoyada contra una silla con la cabeza caída, los brazos colgando y
las piernas dobladas a la altura de las rodillas.
Pinocho miró la marioneta y pensó: “¡Qué cómico me veía
cuando era un muñeco! ¡Y qué feliz estoy de haberme convertido
en un niño de verdad!”
64
Carlo (1826-
Collodi
Es el autor de Las 1890)
aventuras
Pinocho. de en Italia en
Nació
1826. diversos libros pero llegó
Publicó
a ser
reconocido por su gran obra
infantil.
En 1883 publicó Le
avventure
Pinocchio. di di un burattino.
Storia
¿Qué
significa “burattino” en
italiano?La historia apareció
¡Títere!
acapítulo
capítulo en el diario Il Giornale
dei
Bambini, es decir, El diario de los
niños.
Collodi murió en 1890.
Nunca
llegó a pensar que las
aventuras
de su “burattino” seguirían
siendo
disfrutadas por los chicos de
todo
mundo el durante más de cien
años.
MIS LIBROS
DE
TERCERO
978-950-46-5986-0
9 789504 659860