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02 - Pasión en Wild Creek - Valerie Nash

Pasión en Wild Creek es una novela que narra la historia de Grace Montgomery, una mujer de ciudad que hereda un rancho en Colorado y se enfrenta a un mundo opuesto al que conoce. Allí, se encuentra con Caleb Warner, un cowboy que desafía sus expectativas y despierta sentimientos inesperados en ella. A medida que ambos lidian con sus diferencias y la atracción que sienten, deben decidir si están dispuestos a luchar por lo que realmente importa en medio de sus conflictos personales.

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02 - Pasión en Wild Creek - Valerie Nash

Pasión en Wild Creek es una novela que narra la historia de Grace Montgomery, una mujer de ciudad que hereda un rancho en Colorado y se enfrenta a un mundo opuesto al que conoce. Allí, se encuentra con Caleb Warner, un cowboy que desafía sus expectativas y despierta sentimientos inesperados en ella. A medida que ambos lidian con sus diferencias y la atracción que sienten, deben decidir si están dispuestos a luchar por lo que realmente importa en medio de sus conflictos personales.

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Índice

Pasión en Wild Creek


Sinopsis
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Epílogo
Nota de la autora
Mis otras novelas
Pasión en
Wild Creek
Serie Cowboys de Colorado, 2
VALERIE NASH
Sinopsis
Pasión en Wild Creek
Un enemies to lloverá lleno de pasión entre un
cowboy y una chica de ciudad
Grace Montgomery nunca imaginó que heredar un rancho en las

montañas de Colorado cambiaría su vida para siempre. Acostumbrada al


lujo y el ritmo imparable de Manhattan, su llegada a Wild Creek la

enfrenta a un mundo completamente opuesto: paisajes imponentes, silencios


que intimidan y, sobre todo, un cowboy con una mirada verde que desafía

todo lo que creía saber.

Caleb Warner es un hombre de raíces profundas, que ha dedicado su vida a


cuidar el rancho como si fuera parte de él. La llegada de Grace no solo

amenaza con desmoronar todo lo que ha construido, sino también con

desenterrar sentimientos que creía enterrados. Ella, decidida a vender

Wild Creek cuanto antes y regresar a la ciudad, no se imagina que este


lugar guarda más que recuerdos; guarda secretos, pasión y una conexión

que desafiará su resistencia.

Entre desafíos, choques culturales y una atracción imposible de ignorar,


Grace y Caleb descubrirán que a veces lo que más temes es exactamente lo
que necesitas. Pero cuando los intereses enfrentados y el orgullo amenacen

con separarlos, ¿serán capaces de luchar por lo que de verdad importa?

En esta emocionante y sensual historia, Pasión en Wild Creek te llevará a

un viaje donde el amor se mezcla con paisajes inolvidables, caballos


salvajes y un rancho difícil de olvidar.

¡Te espero a lomos de mi caballo!


Prólogo
Grace
El timbre agudo del teléfono irrumpe en medio del silencio que reina en mi
apartamento de Manhattan. Sentada en el sofá, hojeo las revistas de diseño
que tengo a mi alrededor. Dejo la taza de té en la mesa baja y me inclino
hacia el aparato, que parece fuera de lugar en este espacio decorado al
milímetro.
—¿Diga? —pregunto con cierta curiosidad, consciente de que,
en plena era digital, cualquier llamada al teléfono fijo solo puede traer
malas noticias o algún tipo de problema.
—¿Grace Montgomery? —La voz masculina, que me habla
desde el otro lado, tiene un tono grave, casi ceremonial.
—Sí, soy yo. —Frunzo el ceño. Repaso mentalmente lla lista
de cosas pendientes que tengo por confirmar: el contrato con los nuevos
clientes, la cena que pospuse dos veces a Emily, el viaje a los Hamptons del
próximo fin de semana…
—Le llamo del bufete de abogados MacIntyre & Asociados.
Lamento informarle que su tía abuela Margaret Montgomery ha fallecido.
La noticia me deja inmóvil por unos segundos, no porque
sienta una conexión profunda con ella, sino porque no esperaba oír su
nombre después de tantos años. Margaret Montgomery es poco más que una
sombra en mi memoria, una figura de la que apenas se hablaba en las cenas
familiares, ni siquiera en las de Navidad ni en Acción de gracias.
—Lo siento mucho. —Las palabras salen automáticas y vacías
de entre mis labios.
—Es usted su única heredera directa y, por ese motivo, nos
gustaría programar una reunión para hablar con usted sobre los detalles del
testamento de la señora Montgomery.
—¿Heredera? —repito, perpleja.
—Así es. Ha heredado el rancho Wild Creek, en Colorado.
El rancho. Un lugar que existe en mi mente como un escenario
lejano y polvoriento, y del que mis padres solían hablar con cierto
desprecio. «Margaret y sus vacas», decían, como si aquello fuera una
excentricidad más de la tía abuela. Me aprieto el puente de la nariz con la
punta de dos dedos, intentando procesar lo que implica esta noticia.
—¿Cuándo sería esta reunión? —le pregunto, pensando en
cómo encajarlo en mi agenda.
El abogado menciona una fecha y una hora que, por supuesto,
coinciden con la presentación de uno de mis proyectos más importantes.
Acepto sin pensarlo demasiado, anotando los detalles en un post-it que pego
en el borde de mi portátil.
Cuando cuelgo, me quedo observando la ciudad que se
extiende más allá de las ventanas de mi salón. Nueva York es todo lo que
conozco y aquí está la vida que me he construido con mucho esfuerzo.
¿Qué voy a hacer yo con un rancho en medio de la nada?
La respuesta es evidente: venderlo. Sí, sin duda, debo
tomármelo como una oportunidad financiera, nada más. Un cheque con
demasiados ceros, que podría liquidar algunos proyectos personales que he
pospuesto.
Me levanto y recojo la taza de té, que ahora ya se ha quedado
frío, y me digo que esto será solo un trámite rápido y que le va a venir de
perlas a mi cuenta bancaria.
Capítulo 1
Grace
El motor del coche alquilado emite un leve ronroneo mientras me adentro
en las carreteras desiertas de Colorado. Es un modelo sencillo, práctico, y
muy alejado del lujo funcional al que estoy acostumbrada en Nueva York.
El aire acondicionado apenas consigue contrarrestar el calor del sol que
parece apoderarse de todo, y que hace que el interior del coche tenga un
leve aroma a plástico recalentado.
Por la ventanilla se extiende un paisaje que parece sacado de
una postal. Las montañas se alzan como gigantes al fondo, con sus cumbres
cubiertas de nieve incluso en esta época del año, y con un cielo de un azul
vibrante. A lo lejos, los campos secos se pierden en una línea casi
interminable, con alguna que otra granja desperdigada como si hubiera sido
ubicada allí por error.
—Increíble —murmuro para mí misma, aunque no sé si lo
digo con admiración o incredulidad.
El GPS del coche anuncia con voz metálica las indicaciones
para llegar a Bear Creek, mi destino final. A medida que las indicaciones se
simplifican, siento cómo la civilización se disuelve poco a poco. Las
señales de tráfico son menos frecuentes, los coches con los que me cruzo se
cuentan con los dedos de una mano y las estaciones de servicio escasean de
un modo que empieza a incomodarme.
«Esto no es Manhattan», pienso mientras ajusto los ojos al
brillo del sol, que lo invade todo. Aquí no hay edificios que compitan por el
protagonismo del horizonte, ni el constante claxon de los taxis que
convierten las calles en una sinfonía urbana. Todo es un espacio abierto e
inabarcable. Y aunque parte de mí le gustaría sentirse intimidada por tanta
inmensidad, otra parte, más pequeña, no puede evitar sentirse curiosa. Es un
lugar tan alejado de mi realidad que casi parece que sea de otro mundo.
Paso junto a una gasolinera que parece haber sido sacada de
una película de los años cincuenta. Dos hombres apoyados en una
camioneta levantan la vista al verme pasar, con sus rostros curtidos por el
sol y las arrugas de la experiencia. No sé por qué, pero su gesto me
incomoda. Quizá sea porque aquí nadie parece tener prisa. Todo tiene un
ritmo más lento. Respiro hondo e intento ignorar el nerviosismo que se
instala en mi pecho.
—Son solo unos días, Grace. —Hablo en voz alta para
convencerme a mí misma.
El trayecto se alarga, y el camino, que en el mapa parecía muy
sencillo, empieza a volverse serpenteante. A ambos lados de la carretera, los
árboles se alzan como guardianes silenciosos y con sus ramas entrelazadas
forman un techo natural, que filtra la luz en parches caprichosos. Mis
manos se aferran con más fuerza al volante, y el silencio del coche parece
intensificar los sonidos del exterior: el canto de un pájaro, el crujir de una
rama que cae al suelo e incluso el eco de mis propios pensamientos.
El contraste con Nueva York no podría ser más evidente. Allí,
cada segundo parece tener un propósito; aquí, en cambio, el tiempo parece
deslizarse sin prisa, como si los minutos no tuvieran dueño. Aunque intento
concentrarme en el camino, no dejo de preguntarme cómo alguien puede
vivir en un lugar tan aislado. ¿Qué hacía Margaret aquí, tan lejos de todo?
¿Qué encontraba en este aislamiento que la hacía quedarse y no regresar
cuanto antes a la civilización? La verdad, no tengo ni idea…
La última curva del camino me regala una vista panorámica de
Bear Creek, un pequeño núcleo de edificios de baja estatura desperdigados
que parecen haber sido plantados allí por casualidad. Desde la distancia, se
pueden distinguir las casas de madera, la estación de tren, que
probablemente ya no funcione, y una única calle principal. Reduzco la
velocidad y siento un nudo en el estómago que no sé si atribuir al hambre o
al nerviosismo.
Mi móvil, que lleva horas sin recibir una sola notificación,
descansa en el asiento del copiloto. Es extraño no escuchar el incesante
zumbido que indica que me están llegando un sinfín de correos
electrónicos, mensajes y llamadas. Aquí, la desconexión no es un lujo, sino
una imposición. Me doy cuenta de que llevo demasiado tiempo
acostumbrada a la urgencia de la ciudad, a esa necesidad constante de estar
haciendo algo, de ser productiva y este silencio, aunque opresivo al
principio, empieza a parecerme como una especie de alivio. Pero no estoy
dispuesta a admitirlo, ni siquiera para mí misma.
Cuando paso frente al cartel que anuncia «Bienvenido a Bear
Creek», respiro hondo y bajo un poco la ventanilla. El aire huele a algo
desconocido, me recuerda a algo parecido a una mezcla de tierra, hierba y
un toque sutil de madera. Es distinto al aroma metálico y cargado del metro
de Nueva York. Sin duda, este es... más limpio.
—Esto solo es un trámite rápido —me recuerdo en voz baja
mientras giro a la izquierda hacia lo que parece ser el centro del pueblo.
Me detengo un momento, observando el entorno antes de
seguir. Bear Creek es el tipo de lugar que nunca habría imaginado que
visitaría y, mucho menos, que lo haría por decisión propia. Pero aquí estoy
y, por primera vez en años, siento que no tengo ni idea de lo que me espera.
El coche avanza lentamente por la calle principal de Bear
Creek, un lugar que parece suspendido en el tiempo. Las casas de madera,
con porches descoloridos por el sol y tejados que suplican una reparación,
se suceden a ambos lados de la calzada. Hay una pequeña tienda con un
letrero oxidado que apenas se lee, un bar cuyo rótulo anuncia orgulloso
«Saloon» y una gasolinera, que parece más decorativa que funcional. Todo
en este lugar grita aislamiento, como si el progreso se hubiera detenido
antes de cruzar sus límites.
Algunos rostros se giran a mi paso, y eso me hace sentir
incómoda. No sé si es por el coche, que lleva claramente la etiqueta de la
empresa de alquiler, o por el hecho de que mi aspecto contrasta con el de
los lugareños, vestidos con ropa funcional y sombreros que parecen más
accesorios de trabajo que de moda. No me queda la menor duda de que mis
gafas de sol de diseñador y mi blazer beige ajustado no encajan demasiado
por aquí. Bajo el cristal de la ventanilla y siento cómo el aire, cálido y seco,
acaricia mi cara, pero incluso ese gesto parece atraer miradas.
En la esquina de la calle, un hombre mayor está sentado en
una silla de mimbre. Su barba grisácea es tan tupida que casi oculta la
expresión de su cara. Me sigue con los ojos mientras paso por delante, y
aunque su mirada no es hostil, tampoco es demasiado amigable. Siento una
punzada de inseguridad al imaginar lo que debe de estar pensando. «La
chica de ciudad ha llegado», me digo con un toque de sarcasmo.
Decido detener el coche frente al bar. Tal vez debería
preguntar indicaciones para llegar al rancho o, al menos, comprobar si
tienen algo de beber. El calor y el viaje me han dejado más cansada de lo
que me gustaría. Así que sin pensármelo mucho más, apago el motor y
recojo mi bolso del asiento del copiloto. Cuando bajo, mis tacones hacen un
ruido seco contra el pavimento polvoriento. Esa es otra mala decisión: los
tacones aquí parecen más fuera de lugar que un rascacielos en mitad del
desierto.
Cruzo la puerta del bar con la intención de pasar
desapercibida, pero parece imposible. El tintineo de la campana sobre la
puerta anuncia mi entrada, y varias cabezas se giran para mirarme. En el
interior, el ambiente es fresco gracias a un ventilador que cuelga
precariamente del techo. Las paredes están decoradas con fotografías en
blanco y negro y cabezas de ciervos disecadas, algo que me parece un
contraste casi cómico con la máquina de refrescos moderna que parpadea en
la esquina.
—¿Qué desea? —me pregunta una mujer desde el otro lado de
la barra. Tiene el cabello recogido en un moño desordenado y, su rostro,
bronceado y ligeramente arrugado, delata una vida al aire libre.
—Un agua sin gas, por favor. —Dejo mi bolso sobre el
taburete más cercano y me apoyo ligeramente en la barra, intentando
aparentar más comodidad de la que siento realmente.
La mujer asiente sin sonreír y se gira para servirme. Mientras
lo hace, noto cómo alguien se me acerca. Me tenso automáticamente,
girando apenas la cabeza para encontrarme con un hombre que debe rondar
los sesenta años. El individuo en cuestión lleva una camisa de cuadros y un
sombrero que parece haber sobrevivido más aventuras de las que estoy
dispuesta a preguntar.
—No se ven muchos coches con matrícula de Nueva York por
aquí —me dice con voz grave, aunque no parece querer entablar una
conversación, sino solo hacer notar mi presencia.
—Estoy de paso —respondo con una sonrisa educada.
Él asiente, aunque su expresión no cambia. Se queda un
momento más observándome antes de dar un paso atrás, como si me
hubiera catalogado y ya no necesitara más información. La mujer de la
barra regresa con mi botella de agua y me la entrega sin demasiadas
ceremonias. Pago con un billete, que saco rápidamente de mi monedero,
deseando terminar nuestra interacción lo antes posible.
Cuando salgo, el sol me golpea de nuevo la piel. Me siento
aliviada por regresar al coche, mi pequeño refugio frente a las miradas
curiosas que ahora mismo me rodean. Mientras cierro la puerta y arranco el
motor, mi mente divaga sin permiso hacia recuerdos que creía haber
enterrado hace años. Los veranos en los que mis padres, ocupados con sus
viajes y compromisos sociales, me dejaban a cargo de mi tía abuela
Margaret. La verdad es que aquellos no eran días particularmente
memorables para mí, pero hay detalles que vuelven ahora con una nitidez
inesperada a mi cabeza: el olor del heno bajo el sol, las noches estrelladas
en las que la tía me señalaba constelaciones que no entendía y, sobre todo,
la sensación de libertad que me ofrecía el rancho. Un espacio sin horarios y
sin las estrictas normas que marcaban mi vida en la ciudad.
Sacudo la cabeza, como si eso pudiera desvanecer los
recuerdos que me invaden. Nada de eso importa ahora. La tía Margaret está
muerta y el rancho no es más que una propiedad que debo vender y
quitarme de encima cuanto antes. No estoy aquí para revivir el pasado, sino
para asegurar mi futuro. La nostalgia no tiene cabida en mis planes.
Mientras conduzco hacia las afueras de Bear Creek, el paisaje
cambia. Los edificios desaparecen, y las praderas abiertas comienzan a
dominar el terreno. Sé que el rancho no está lejos, pero cada milla que
avanzo me hace sentir más lejos de todo lo que conozco. La incomodidad
crece dentro de mi pecho, pero también mi curiosidad. ¿Qué voy a
encontrar al llegar? ¿Será tan sencillo como recuerdo o estoy a punto de
enfrentarme a algo que no había previsto?
El coche reduce la velocidad al entrar de nuevo en Bear Creek,
después de dar vueltas sin que mi GPS logre encontrar la ruta correcta hacia
el rancho. Estoy de vuelta en la calle principal donde siguen en el mismo
sitio el mismo puñado de edificios de madera desgastados, con carteles que
se balancean perezosamente al compás del viento. No hay asfalto, solo
tierra apisonada que cruje bajo las ruedas. A ambos lados del camino, unas
cuantas personas me observan. No hay disimulo en sus miradas. Siento
cómo recorren cada detalle, desde el brillo impecable del coche de alquiler
hasta mi ropa, que probablemente consideran inapropiados para un lugar
como este.
Una sonrisa tensa se dibuja en mis labios mientras avanzo. «La
forastera», deben estar pensando, y no les culpo. En un pueblo tan pequeño,
mi presencia destaca como un grito en mitad del silencio. Estaciono frente a
lo que parece una tienda de comestibles. Tiene un porche amplio y
desvencijado, decorado con macetas llenas de flores marchitas. Mientras
apago el motor, mi mirada se cruza con la de una mujer mayor que se
encuentra a un lado, meciéndose en una silla de madera. Sus ojos son
pequeños, pero penetrantes, y su expresión me resulta imposible de
descifrar.
Cuando bajo del coche, el calor seco me golpea como un
recordatorio de que aquí todo es diferente. El aire no lleva el peso del
bullicio de la ciudad, sino el de la tierra y la hierba seca. Camino hacia la
tienda con paso decidido, tratando de no pensar en las miradas que siento
clavadas en la espalda.
—Buenas —digo al entrar, esforzándome por sonar más
segura de lo que realmente me siento.
El interior de la tienda es pequeño y oscuro, con estanterías
llenas de latas y productos que parecen estar ahí desde hace décadas. Detrás
del mostrador, un hombre con sombrero de ala ancha me mira con una
mezcla de curiosidad y desconfianza.
—¿Qué puedo hacer por usted? —me pregunta sin moverse de
su sitio.
—Estoy buscando el rancho Wild Creek. —Mi voz suena más
neutra de lo que esperaba, como si ese nombre no significara nada para mí.
El hombre asiente lentamente, como si estuviera evaluando si
realmente merezco su ayuda.
—Está a unos quince kilómetros hacia el oeste. Solo tiene que
seguir el camino principal hasta que vea un cartel que dice Wild Creek
Ranch. —Su tono no es hostil, pero tampoco cálido. Es más bien una
invitación que me anima a marcharme cuanto antes.
—Gracias —respondo, asintiendo con una leve sonrisa antes
de darme la vuelta para salir.
El peso de sus ojos me sigue hasta la puerta y, cuando vuelvo
a la calle, la misma mujer del porche sigue observándome, pero ahora,
decide hablar.
—¿Es usted familia de Margaret? —me pregunta sin
molestarse en levantarse.
—Sí. Era mi tía abuela. —Me detengo a mitad de camino,
obligándome a mantener la compostura. Hay algo en su tono que me pone a
la defensiva.
—Entonces habrá venido a vender el rancho. —No es una
pregunta, sino una afirmación, como si ya supiera la respuesta antes de que
yo pueda negarlo o confirmarlo.
No sé qué responder, así que simplemente asiento. Ella ladea
la cabeza, como si eso fuera exactamente lo que esperaba escuchar. Decido
que no tengo por qué justificarme ante nadie, mucho menos ante una
desconocida que cree conocer mis intenciones, por lo que continúo mi
camino. Subo al coche y respiro hondo antes de arrancar. Mientras vuelvo
al camino principal, los recuerdos empiezan a asomar en mi mente, no
porque los busque, sino porque este lugar parece tener la capacidad de
invocarlos sin mi permiso.
Recuerdo los veranos en los que mis padres decidieron que las
vacaciones en Europa no eran adecuadas para una niña de diez años. En
lugar de eso, me enviaron al rancho de Margaret, un lugar que entonces me
parecía un mundo aparte, lleno de cosas que no entendía. Mi tía abuela era
una mujer fuerte, con manos endurecidas por el trabajo y un carácter tan
sólido como el roble. Aunque nunca fui capaz de comprender por qué había
elegido quedarse aquí, recuerdo la calma que emanaba, como si todo en su
vida tuviera un propósito que yo no alcanzaba a ver.
Pero con los años, esas imágenes se desdibujaron, convertidas
en poco más que anécdotas sin importancia. El rancho nunca fue mi hogar,
solo una estación de paso en una vida que siempre perteneció a la ciudad.
«Es solo una propiedad más», me digo mientras avanzo por el
camino que lleva al Wild Creek Ranch. No estoy aquí para revivir el
pasado, ni para buscar conexiones emocionales. La tía Margaret hizo su
vida aquí, pero la mía está en otra parte a cientos de millas de distancia.
Esto no es más que un trámite, una transacción que me permitirá volver a
Nueva York con la cuenta bancaria más llena y una preocupación menos.

El paisaje se transforma lentamente a medida que me acerco al rancho. Las


montañas se hacen más visibles, como si me dieran la bienvenida y me
desafiaran al mismo tiempo. No sé qué voy a encontrar cuando llegue, pero
tengo claro que no dejaré que este lugar, ni los recuerdos, me afecten más
de lo necesario.
El camino de tierra se extiende ante mí, flanqueado por vallas
de madera que parecen haber resistido demasiados inviernos sin
mantenimiento. Mi coche avanza despacio, levantando una nube de polvo
que se pierde en el aire caliente. A medida que me acerco, el rancho
comienza a revelarse, y lo que veo supera con creces lo que había
imaginado. Wild Creek no es una simple propiedad rural, sino una extensión
imponente de terreno que parece fundirse con el paisaje. Las colinas que lo
rodean, lo abrazan como un anfiteatro natural, y en el centro se alza la casa
principal. Es más grande de lo que esperaba, con una estructura de madera
que, a pesar de los años, mantiene un aire majestuoso. Los porches amplios,
las ventanas altas y las contraventanas descoloridas le dan un carácter casi
melancólico, como si estuviera esperando que alguien volviera a llenarla de
vida.
Algunos detalles, sin embargo, evidencian el tiempo que ha
pasado desde que alguien se preocupó realmente por este lugar. La pintura
está agrietada, y las macetas que cuelgan de los postes del porche son un
recordatorio de los días en los que alguien cuidaba de la casa. Aun así, hay
algo en el rancho que me resulta acogedor, aunque no me permito admitirlo.
Estaciono junto a lo que supongo que debe ser el granero.
Apago el motor y dejo que el silencio del entorno me envuelva. Bajo del
coche y siento el crujido de la grava bajo mis zapatos, y doy unos pasos
hacia la casa principal. La puerta de madera tiene una pátina de desgaste,
pero su marco robusto deja claro que fue diseñada para durar. Una ligera
brisa mueve los árboles cercanos, y el aire huele a algo que aunque no sé
qué es, me resulta familiar. Tierra mojada, tal vez, mezclada con el perfume
dulce de alguna flor cercana.
—Vamos allá —murmuro para mí misma, intentando reunir el
valor para cruzar el umbral.
Al abrir la puerta, me encuentro con un recibidor amplio que
parece haberse congelado en el tiempo, porque está prácticamente igual a
cuando venía en verano cuando era una cría. Hay un mueble de madera
oscura con cajones tallados, sobre el cual descansa una carta. Mi nombre
está escrito con una caligrafía elegante, aunque temblorosa. «Grace
Montgomery», leo en silencio, y algo en mi pecho se encoge de repente. La
tomo con cuidado en mis manos, como si temiera que pudiera romperse
entre mis dedos. La reconozco de inmediato. Es la letra de la tía Margaret,
una que recuerdo de las notas que solía dejarme en la cocina cuando era
niña. Respiro hondo antes de abrir el sobre y dejo que el papel se deslice
entre mis manos.
El mensaje es breve, casi telegráfico:
Querida Grace,
Si estás leyendo esto, significa que he partido. Espero que encuentres en
Wild Creek algo más que una propiedad. Este rancho tiene una historia,
una vida y quizás, también, algo que aún no sabes que necesitas.
Con cariño,
Margaret.
Mis ojos recorren la página una vez más, buscando algo nuevo que se me
haya escapado en mi primera lectura. Quizás alguna instrucción, un detalle
práctico que me explique por qué decidió dejarme este lugar a mí. Pero no
encuentro nada nuevo. Solo esas palabras que, de alguna manera, me dejan
con una sensación incómoda. Doblo la carta y la dejo sobre el mueble, junto
al sobre vacío.
—No tiene importancia —me digo en voz baja, intentando
convencerme de que esto no significa nada.
Camino por el recibidor, inspeccionándolo con la mirada.
Aunque el lugar está limpio, hay una capa de polvo que se ha asentado en
los rincones y sobre los muebles. La luz entra a raudales por las ventanas
altas, iluminando el suelo de madera desgastada. En las paredes hay
fotografías en blanco y negro, paisajes y retratos que probablemente
pertenecieron a generaciones anteriores. Reconozco a Margaret en una de
ellas, joven y sonriente, con un vestido sencillo y un sombrero de ala ancha.
Parece tan diferente de la mujer que recuerdo, siempre seria y ocupada con
algo.
Avanzo hacia lo que parece ser el salón, una estancia amplia
con sofás de cuero envejecido y una chimenea central que domina la
habitación. Hay una manta doblada cuidadosamente sobre el respaldo de
uno de los sillones, y un reloj de péndulo marca el paso del tiempo con un
sonido hipnótico. Todo aquí parece estar esperando algo, pero no sé muy
bien el qué.
Me detengo en medio de la estancia y me giro despacio,
dejando que el silencio del lugar me envuelva. Durante un segundo, casi
puedo imaginar a Margaret entrando por la puerta con su sombrero
polvoriento, dejándolo sobre el perchero antes de comenzar a dar órdenes.
Pero el recuerdo se disuelve tan rápido como aparece, y me encuentro sola
de nuevo enfrentando la realidad de que ahora este lugar es mío.
La idea me parece extraña. No sé qué esperaba al llegar aquí,
pero esta casa es más que una simple propiedad. Tiene un peso, una historia
que parece observarme desde cada rincón. Sin embargo, no puedo
permitirme quedarme atrapada en sentimentalismos. Wild Creek no es más
que una herramienta, un medio para un fin. Venderlo será lo mejor, tanto
para mí como para este lugar, que claramente necesita a alguien que lo
cuide de verdad.
Doy unos pasos hacia la ventana que da al exterior. Desde
aquí, puedo ver los pastos que se extienden hasta donde me alcanza la vista,
ondulados ligeramente con el viento. A lo lejos, un grupo de caballos pastan
junto a un cercado, sus movimientos son tan naturales que parecen formar
parte del paisaje. El sol empieza a descender y el cielo comienza a teñirse
de un azul más profundo y, en ese momento, me doy cuenta de que llevo
más tiempo aquí del que pensaba.
Respiro hondo y lleno los pulmones con el aire del rancho, y
me doy cuenta de que este lugar tiene un aroma único. No es solo tierra y
hierba, hay algo más, que no sé qué es, pero que me resulta extrañamente
reconfortante. Tal vez sea la promesa de algo nuevo, aunque no sé si estoy
lista para aceptar esa posibilidad.
Miro de nuevo la carta sobre el mueble de la entrada y siento
un leve impulso de volver a leerla. Pero lo descarto con rapidez. No tiene
sentido darle vueltas a unas palabras que, en el fondo, no cambiarán nada.
Margaret está muerta, y este rancho es ahora una responsabilidad que debo
quitarme de encima cuanto antes y sacar el mayor beneficio posible.
Recojo mi bolso del sofá y camino hacia la puerta, dejando
atrás el silencio del interior de la casa. Afuera, el aire ahora es más fresco y
los sonidos del campo llenan el espacio. Aunque me prometí a mí misma no
dejarme influenciar por este lugar, algo dentro de mí sabe que no será tan
sencillo como esperaba.
Cuando salgo de la casa, mis tacones se hunden ligeramente
en la grava suelta. Respiro hondo mientras recorro con la mirada de nuevo
el paisaje que se extiende frente a mí. El rancho Wild Creek es aún más
impresionante a la luz del atardecer, pero algo en su inmensidad me resulta
desafiante, como si me estuviera retando a demostrar que puedo con esto.
De repente escucho un sonido nítido, acompasado, que rompe la quietud del
lugar. Me giro hacia la dirección de donde proviene y compruebo que es el
sonido de un caballo, que no tarda en aparecer frente a mí.
Al principio solo distingo la silueta de un hombre montado a
caballo, que se mueve con una seguridad que parece innata. El animal es
impresionante, un ejemplar musculoso y negro como la noche. A medida
que se acercan, empiezo a distinguir más detalles del jinete. Lleva un
sombrero de ala ancha, que cubre parte de su rostro, pero cuando se inclina
ligeramente para tirar de las riendas, puedo ver unos ojos verdes y
penetrantes que parecen analizarlo todo con precisión.
Se detiene a unos metros de mí y, durante un segundo, solo
hay silencio. Él no dice nada, pero su mirada lo dice todo: soy una intrusa, y
no tiene intención de ocultar lo que piensa de mí. Yo tampoco estoy
dispuesta a dejarme intimidar, aunque algo en su postura, en la facilidad con
la que controla al animal, me pone los nervios de punta.
—¿Qué se supone que estás haciendo aquí? —pregunta al fin
con la voz grave y cargada de un sarcasmo que no se molesta en disimular.
Me cruzo de brazos, obligándome a mantener la calma.
—Este es mi rancho. No creo que tenga que explicarte nada.
—Mi tono es firme, pero me esfuerzo por no sonar tan irritada como me
siento.
Él arquea una ceja, como si acabara de escuchar la mejor
broma del día.
—¿Tu rancho? —Repite las palabras con un matiz burlón,
como si fueran absurdas—. No me hagas reír.
—¿Y tú quién eres? —pregunto, intentando devolverle el
golpe con una indiferencia calculada.
Baja del caballo con una agilidad que me sorprende para
alguien de su tamaño. Ahora que está frente a mí, puedo verlo bien. Es alto,
mucho más que yo, de complexión fuerte, con una camisa de cuadros que
deja ver unos brazos trabajados. Su mandíbula está cubierta por una barba
incipiente, y sus ojos verdes tienen un brillo que parece desafiar al mundo.
Es, sin lugar a dudas, el hombre más atractivo que he visto en mucho
tiempo. Pero su actitud arruina cualquier atractivo que pudiera haber tenido.
—Soy Caleb. Trabajo aquí. —Su respuesta es tan seca como
su expresión—. Al menos, lo hacía hasta que tú decidiste aparecer para
arruinarlo todo.
—¿Arruinarlo todo? —repito, incrédula—. No he hecho nada.
Acabo de llegar.
—Sí, y ya estás pensando en vender todo esto, ¿verdad? —Su
mirada es tan directa que me incomoda.
Me quedo en silencio un instante, porque tiene razón, pero no
pienso admitirlo.
—Lo que haga con esta propiedad no es asunto tuyo —
respondo al final, ajustándome el bolso en mi hombro.
Él da un paso hacia mí y, aunque no lo hace de forma
amenazante, hay algo en su proximidad que me pone alerta.
—Si piensas vender este lugar, más vale que estés preparada
para pelear por ello. —Su tono es tan firme que me deja sin palabras por un
momento.
No sé qué esperaba al venir aquí, pero esto no era. Lo observo,
tratando de entender si habla en serio o si solo intenta intimidarme. Por un
segundo, nuestras miradas se cruzan, y la tensión es casi palpable. Hay algo
en él que no sé qué es, pero que me mantiene inmóvil, como si estuviera
esperando que dijera algo más.
—¿Pelear? —Consigo recuperar mi voz—. Esto no es un
duelo del oeste, Caleb. Es una propiedad privada, y soy la heredera
legítima. No tengo que pelear con nadie.
Él sonríe, pero no es una sonrisa amable. Es de esas que te
dicen que estás subestimando lo que tienes delante.
—Ya veremos cuánto dura tu seguridad, señorita de ciudad.
—Sin más, da media vuelta y comienza a guiar al caballo hacia el establo,
dejándome ahí, con el corazón latiendo más rápido de lo que me gustaría.
Lo observo marcharse, y no sé si quiero gritarle algo más o
simplemente darme la vuelta e ignorarlo. En su lugar, me quedo quieta,
mirando cómo desaparece en la distancia. Respiro hondo y me obligo a
centrarme. Este lugar es mío, y no voy a dejar que alguien como él me haga
sentir que no debería estar aquí.
Capítulo 2
Caleb
El sonido de las pezuñas de los caballos resuena contra el suelo seco
mientras conduzco al grupo hacia el cercado sur. La brisa trae consigo el
aroma familiar del heno y la tierra húmeda por el riego de primera hora de
la mañana. Todo aquí tiene un ritmo que conozco bien, un orden que se ha
mantenido igual desde que tengo memoria. Wild Creek no es solo un lugar
donde trabajar, es también mi casa y cada rincón tiene algo mío. No me
imagino en otro sitio.
Tiro suavemente de las riendas y River, mi caballo, responde
al instante. Es un animal noble, fuerte y ambos nos entendemos con poco
más que un gesto. Me quedo unos segundos observando el terreno que se
extiende hasta donde me alcanza la vista. El sol empieza a inclinarse y tiñe
el horizonte de un tono más cálido. Este rancho es todo, no solo para mí,
sino para muchos que dependen de él. Y ahora, esa mujer sin raíces ha
venido desde la otra punta del país a decidir su destino, como si pudiera
entender lo que significa.
El ruido de un motor interrumpe mis pensamientos. Giro la
cabeza hacia el camino de entrada que veo a lo lejos, y ahí está: un coche
reluciente que parece recién salido del concesionario. Ni siquiera necesito
preguntar quién es, porque lo sé de sobra. Grace Montgomery ha llegado.
Espoleo a River para acercarme hasta ella sin prisa, manteniéndome a una
distancia desde la que puedo observar sin que me vea de inmediato. El
coche se detiene frente a la casa principal, y la puerta del conductor se abre.
La primera impresión casi me hace reír.
Primero veo el pie. Un tacón alto que apenas roza el suelo
antes de hundirse ligeramente en la grava. Suspiro y niego con la cabeza.
«No tiene ni idea de dónde está», pienso mientras el resto de ella aparece.
Grace Montgomery. No hay duda. Todo en su postura grita que no
pertenece a este lugar. Lleva un vestido ajustado, elegante, que debe de
haber costado más que todo mi vestuario junto, y unas gafas de sol que
reflejan la luz con un brillo que casi resulta ofensivo en un sitio como este.
Se mueve con cuidado, como si temiera que algo pudiera dañarla, y sujeta
un bolso, que parece más un accesorio para lucir que algo práctico, donde
llevar sus cosas. Todo en ella grita ciudad, desde la postura hasta la manera
en que mira a su alrededor, como si este lugar fuera un zoológico.
«No tiene ni idea de dónde se ha metido», pienso mientras me
cruzo de brazos, esperando a ver qué hace.
La observo en silencio, intentando decidir si me provoca más
irritación o curiosidad. Es bonita, no hay otra forma de decirlo. Tiene unos
rasgos que llaman la atención, de esos que se quedan grabados en la
memoria. Pero su aspecto es tan... incorrecto para este lugar que casi parece
una caricatura. Como si alguien hubiera intentado representar a una chica
de ciudad en una película sobre ranchos.
Respiro hondo y aprieto los labios. No quiero que me afecte,
pero algo en ella me desconcierta. Hay una parte de mí que le gustaría saber
lo que debe estar pensando. ¿Sabe siquiera lo que significa este lugar?
¿Tiene alguna idea del trabajo, la historia y la vida que hay aquí? ¿Ve un
lugar lleno de historia y trabajo o solo un montón de tierra que puede
convertir en dinero rápido? Por la forma en que sus tacones resbalan sobre
la grava, diría que no.
Mientras la sigo observando, me viene a la cabeza una conversación
que tuve hace años con Margaret, su tía abuela. Fue durante una tarde en la
que arreglábamos una de las vallas del cercado norte. Margaret siempre
tenía historias que contar y, aunque no solía hablar mucho de su familia, de
vez en cuando mencionaba a Grace. Decía que era especial, una palabra que
usaba con cuidado, como si tuviera más peso del que parecía. Había algo en
su tono cuando hablaba de ella, una mezcla de orgullo y tristeza, como si
lamentara que la distancia hubiera convertido a su sobrina nieta en un
recuerdo más que en una presencia.
—Es una niña lista, pero vive en otro mundo —dijo una vez,
mientras se limpiaba el sudor de la frente con la manga de la camisa—. No
sé si alguna vez llegará a entender lo que este lugar puede ofrecerle.
Margaret tenía una forma peculiar de expresar las cosas y,
aunque entonces no le di mucha importancia, ahora esas palabras resuenan
en mi cabeza. Miro a Grace, que se ajusta el bolso en el hombro y da un
paso hacia la casa principal con una mezcla de duda y determinación, que
casi me resulta divertida. Me pregunto si algo de lo que Margaret vio en ella
sigue ahí o si esa conexión se perdió con los años.
Sus movimientos son precisos, casi calculados, como si
quisiera dar una impresión concreta, pero no estoy seguro de cuál. ¿Está
nerviosa? Es difícil de decir. Su cara, enmarcada por un cabello rubio
perfectamente peinado, no muestra mucho más que una ligera tensión en los
labios. Si está impresionada por el tamaño del rancho o por el paisaje que la
rodea, no lo deja ver.
«Es bonita, sí», admito de nuevo para mí mismo, aunque en
voz baja, como si no quisiera darle demasiada importancia. Pero con ser
bonita no va a tener suficiente para estar aquí. Grace puede ser todo lo
sofisticada y atractiva que quiera, pero si no entiende lo que significa Wild
Creek, no servirá de nada.
No quiero pensar en lo que Margaret diría si pudiera ver que la
persona a la que más quería ha llegado para vender el rancho y convertir
todo lo que ella construyó con tanto esfuerzo en una simple transacción
financiera. Me frustra mucho pensar en eso. Además, no es la primera vez
que Wild Creek está bajo amenaza, pero esta vez es diferente. Esta mujer
tiene derecho a hacer lo que quiera con el rancho, aunque Margaret confiara
en que no lo haría y solo pensar en esa idea, siento como algo me quema
por dentro.
Me acerco con River al trote, sin disimular el ruido de sus
pezuñas contra el suelo. Quiero que sepa que estoy aquí y que no le va a
resultar nada fácil deshacerse de este lugar.
El sonido de los tacones contra la grava se detiene de golpe
cuando me acerco al porche. Cuando estoy a unos metros de ella, se quita
las gafas de sol y me observa con unos ojos azules que analizan todo con
frialdad. No hay rastro de emoción, ni siquiera de sorpresa en sus ojos.
Cuando nuestras miradas se cruzan, no aparto la mía y la atravieso con ella.
Si espera que la reciba con una sonrisa y un apretón de manos, va lista.
Su postura rígida, la manera en que ajusta el bolso en su
hombro y cómo levanta ligeramente la barbilla son señales claras de que
está a la defensiva. Bien. Eso me dice que no es tan ingenua como parece,
aunque, por el aspecto de su ropa y esos zapatos ridículos, está claro que no
tiene ni idea de lo que significa estar aquí.
La dejo esperar unos segundos más de lo necesario, mientras
me acerco montado sobre River. Mi caballo, tan tranquilo como siempre, se
mueve con una elegancia natural, que solo refuerza la impresión que quiero
causarle. Sé que no tiene ni idea de lo que este animal puede hacer y,
aunque no pretendo intimidarla con eso, tampoco voy a dar el primer paso
para suavizar las cosas. Ella es quien ha irrumpido aquí, no yo.
—¿Qué se supone que estás haciendo aquí? —le pregunto al
fin, tirando suavemente de las riendas para detener a River a unos metros de
ella. Mi tono es seco, casi áspero, y no hago nada por disimularlo. No tengo
por qué ser simpático.
Ella se cruza de brazos y aunque su postura es desafiante,
alcanzo a notar la tensión en sus labios y la forma en que sus ojos me
recorren con rapidez, como si estuviera evaluando si soy una amenaza real
o solo un hombre molesto montado en un caballo.
—Este es mi rancho. No creo que tenga que explicarte nada.
—Su voz es firme, pero hay algo en su forma de hablar que no me encaja
del todo. Parece segura, pero no tanto como para convencerme.
Por un segundo, casi me río. No de ella, sino de la idea de que
alguien como Grace Montgomery piense que este lugar le pertenece. Wild
Creek es mucho más que una propiedad que pueda considerar suya. Es
historia, trabajo y sacrificio. Cosas que dudo que ella entienda.
—¿Tu rancho? —repito, dejando que el sarcasmo se cuele en
mi pregunta—. No me hagas reír.
Ella me lanza una mirada que podría helar el agua en pleno
verano. Es interesante, lo admito. Tiene más carácter del que esperaba.
—¿Y tú quién eres? —pregunta, y aunque intenta sonar
despreocupada, pero hay algo en su tono que me deja entrever que no está
acostumbrada a que nadie le cuestione.
Decido desmontar del caballo. Si voy a hablar con ella,
prefiero estar a su altura y mirarla directamente a los ojos, para dejarle claro
que no pienso ceder ni un centímetro. River se queda quieto a mi lado
mientras doy unos pasos hacia ella, lo justo para que sienta mi presencia,
pero sin invadir su espacio personal.
—Soy Caleb. Trabajo aquí. —Me cruzo de brazos, igual que
ella—: O al menos, lo hacía hasta que tú decidiste aparecer para arruinarlo
todo.
Su ceño se frunce de inmediato al escucharme y puedo ver
cómo intenta procesar lo que acabo de decirle. Su silencio dura apenas unos
segundos antes de que responda, con una mezcla de incredulidad y enfado.
—¿Arruinarlo todo? —me dice como si la idea fuera absurda
—. Ni siquiera he hecho nada. Acabo de llegar.
Sonrío, aunque mi sonrisa no es amable. Es de esas que suelen
irritar más que tranquilizar.
—Sí, y ya estás pensando en vender, ¿verdad? —Lanzo la
pregunta como si no fuera más que una afirmación, porque sé que tengo
razón. Todo en ella lo confirma, desde la forma en que se mueve hasta la
falta de conexión con este lugar.
Sus ojos se entrecierran y, por un momento, parece buscar la
respuesta adecuada. Pero no dice nada. No tiene que hacerlo. Su silencio lo
dice todo.
—Lo que haga con esta propiedad no es asunto tuyo —
responde finalmente y, aunque intenta sonar firme, hay algo en su tono que
me dice que empieza a perder la paciencia.
Doy un paso más hacia ella, inclinándome ligeramente, lo
justo para que sienta la intensidad en mis palabras.
—Si piensas vender este lugar, más vale que estés preparada
para pelear por ello. —Dejo que la frase quede en el aire, sin suavizarla.
Al escucharme, me mira con esos ojos azules que, por un
segundo, parecen chispear de rabia. Hay una tensión palpable entre los dos,
algo que no esperaba. Es fuerte, lo admito, pero no estoy seguro de si esa
fuerza es real o si solo está intentando mantener el control de una situación
que claramente no comprende.
—¿Pelear? —replica—. Esto no es un duelo del oeste. Es una
propiedad privada, y soy su heredera legítima. No tengo que pelear con
nadie.
Sonrío de nuevo sarcástico.
—Ya veremos cuánto dura tu seguridad, señorita de ciudad.
—Me doy la vuelta antes de que pueda responder, guiando a River hacia el
establo. No voy a continuar con una conversación que sé que no va a ir a
ninguna parte.
Mientras camino, puedo sentir su mirada clavada en mi
espalda. Hay algo en ella que no esperaba encontrar, algo que me irrita y, al
mismo tiempo, me intriga.
Cuando llego al establo, desensillo a River y le acaricio el
cuello. Me tomo mi tiempo y trato de ordenar mis pensamientos. Este lugar
ha sobrevivido a muchas cosas, pero Grace Montgomery podría ser la más
peligrosa de todas, no porque quiera destruirlo, sino porque no entiende lo
que tiene entre manos.
Mientras dejo a River en su box, me prometo una cosa: no voy
a permitir que esta señorita de ciudad convierta a Wild Creek en un
recuerdo. Este rancho tiene vida propia y no pienso permitir que, alguien
como ella, lo arranque de raíz sin tener ni la más remota idea de lo que está
haciendo.
Al salir del establo, veo a Grace aún en el porche, con los
brazos cruzados y una expresión que no sé si es de estar molesta o
desafiante. Aunque acabo de girarme hacia el establo, algo me detiene.
Quizás sea la manera en que ha soportado la discusión, sin dar muestras de
flaqueza a pesar de todo. Es diferente a lo que esperaba. No se ha
derrumbado, ni ha intentado justificarse. Y aunque sigue siendo evidente
que no entiende nada sobre este lugar, tampoco es tan frágil como había
imaginado. Suspiro, resignado. Si quiero que comprenda lo que significa
Wild Creek, tendrá que ver el trabajo que este lugar requiere. Así que me
vuelvo, ajustándome el sombrero mientras cruzo los pocos metros que nos
separan.
—Ven conmigo. —Le hago un gesto con la cabeza hacia la
puerta de la casa, sin esperar a que responda.
Ella parpadea, sorprendida por el cambio de mi tono, pero no
dice nada. Me sigue, aunque lo hace con la cabeza alta y ese aire que parece
decir que no le intimido. Una actitud me irrita y me divierte a partes
iguales.
Empujo la puerta y dejo que pase primero. Su fragancia, un
perfume caro que contrasta con el aire terroso del rancho, se cuela en mis
sentidos mientras cruza el umbral. El interior de la casa está como siempre:
amplio, funcional y con muebles que han visto más días de trabajo que de
descanso. Grace avanza con cautela, y sus tacones resuenan contra el viejo
suelo de madera, un sonido que nunca había escuchado en este lugar. Parece
fuera de lugar como una mancha en una tela que ha sido blanca durante
generaciones.
—Esto no es un hotel de lujo —comento sin mirarla,
avanzando hacia el recibidor donde Margaret solía dejar sus notas.
—No esperaba que lo fuera —responde con una calma que no
esperaba, aunque su mirada sigue recorriendo cada rincón como si intentara
descifrar qué hace allí.
Me detengo junto al mueble, donde todavía está la carta de
Margaret. La vi cuando entré en la casa días después de que Margaret
muriera, pero no la toqué. No era para mí. La recojo y se la doy.
—Esto es para ti. —Mi tono es seco, casi indiferente, pero hay
algo en la forma en que se la entrego que la hace mirarme fijamente antes
de tomarla.
Grace no dice nada. Sostiene la carta entre sus manos, pero no
la abre. En su lugar, la deja sobre el mueble de nuevo, como si no tuviera
tiempo ni interés en leer lo que su tía abuela tenía que decirle.
—¿No vas a leerla? —le pregunto, arqueando una ceja.
—Ya lo he hecho. —Su respuesta es breve, y su tono tiene ese tono
afilado que ha usado desde que llegamos.
—Vaya, eres una caja de sorpresas.
Respiro hondo y empiezo a caminar hacia el salón, esperando
que me siga. Mientras lo hace, sus ojos no dejan de moverse, deteniéndose
en los muebles, en las fotografías enmarcadas en las paredes y en los
pequeños detalles que conforman esta casa. La noto muy observadora, pero
su expresión intenta disimular, como si no quisiera darme la satisfacción de
mostrar interés.
—Esto es lo que dejó Margaret —digo mientras señalo el
salón con un gesto amplio—. Aquí los muebles, los cuadros y cada rincón
de esta casa cuenta una historia. Y no, no son historias de lujo ni de grandes
fiestas en la ciudad. Son historias de trabajo, de familia y de vida. Algo que
parece que no entiendes.
—¿Y por qué das por hecho que no lo entiendo? —me
pregunta, cruzándose de brazos de nuevo. Sus ojos azules se clavan en los
míos, desafiantes.
—Porque no veo a alguien que quiera cuidar de este lugar —
respondo con franqueza—. Veo a alguien que solo piensa en cuánto dinero
puede sacar de él.
Ella frunce los labios, pero no me responde de inmediato. Es
una reacción diferente a la que esperaba. No se enfada, pero tampoco
intenta defenderse. En lugar de eso, se acerca a una de las fotografías que
hay colgadas en la pared. Es una imagen antigua de Margaret junto a uno de
los primeros caballos que crió en el rancho. Grace la observa con
curiosidad.
—¿Siempre fuiste así de... protector con el rancho? —me
pregunta de repente, sin apartar la vista de la foto.
—Alguien tiene que serlo —respondo, manteniéndome firme.
Ella gira la cabeza hacia mí y me estudia por un momento. La
intensidad de su mirada me descoloca, pero no permito que se dé cuenta.
Hay algo en sus ojos que me inquieta, como si intentara encontrar un punto
débil en mi armadura para atacarme por ahí.
—No he dicho que vaya a venderlo —me dice al fin, aunque
su tono suena más a una táctica defensiva que a una afirmación.
—Y tampoco has dicho que vayas a quedártelo —replico.
Grace respira hondo y, por un instante, parece que va a decir
algo más, pero se detiene. En lugar de eso, sigue explorando la habitación
con la mirada. Hay algo en su postura que me hace pensar que esto no es
tan fácil para ella como intenta aparentar.
—Esto es más que una casa, Grace —digo al fin con tono bajo
y serie—. Es un rancho que alimenta a familias, que mantiene tradiciones y
que tiene raíces más profundas de lo que puedes imaginar. Si decides
venderlo, no solo estarás vendiendo una propiedad, estarás arrancando de
cuajo algo que ni tú ni nadie podrá reemplazar.
Me mira de nuevo y esta vez no veo desafío en sus ojos. Hay
algo diferente, que me hace pensar que tal vez mis palabras le han calado
hondo.
—Vamos. —Le hago un gesto para que me siga hacia la
cocina—. Te enseñaré qué implica realmente mantener este lugar.
Grace me sigue hasta la cocina, con los brazos cruzados y ese
aire de autosuficiencia, que parece haberse tatuado en su expresión. Intento
ignorar la incomodidad que me provoca su actitud. Pero es difícil. Este
lugar ha sido mi vida y verla aquí, moviéndose como si todo esto fuera un
trámite más en su interminable lista de cosas que hacer cuanto antes, me
enfurece.
—¿Cuánto tiempo llevas pensando en vender? —suelto de
golpe, girándome hacia ella.
Ella arquea una ceja, sorprendida por la pregunta directa que
le acabo de hacer, pero no retrocede.
—No he dicho que vaya a vender. Pero tampoco estoy aquí
porque sienta nostalgia.
—Claro que no —respondo, dejando caer la palabra como si
fuera muy pesada—. Porque para ti esto no es más que un pedazo de tierra.
Un lugar que ni siquiera recuerdas, pero que ahora está en tus manos por
carambolas del destino. ¿Sabes lo que significa este rancho? ¿Lo que
representa para la gente que vive aquí?
Grace inspira hondo y endereza la espalda. Su mirada azul es
fría, calculadora, pero hay algo detrás de esa capa de control que me intriga.
No sé si es inseguridad o un intento de convencerse a sí misma de que tiene
razón.
—No me culpes por haber heredado algo que no pedí —me
dice, clavándome esos ojos que parecen capaces de desarmar a cualquiera
menos a mí—. No soy responsable de lo que tú o cualquier otra persona
esperara de Margaret. Si este lugar es tan importante, ¿por qué no se lo dejó
a otra persona? ¿A alguien como tú, por ejemplo?
Sus palabras me golpean con fuerza. No porque me afecten,
sino porque en el fondo tiene razón. Margaret siempre me dejó claro que
Wild Creek era suyo, pero nunca entendí por qué decidió que Grace fuera
su heredera. Al verla ahora, más preocupada por proteger sus zapatos, que
por lo que hay fuera de estas paredes, todo tiene menos sentido aún.
—No tengo ni idea de por qué lo hizo —respondo con
sinceridad, avanzando un paso hacia ella—. Pero te dejó algo más que una
propiedad. Te dejó una responsabilidad. Y venderlo sería lo peor que
podrías hacer, no solo para este lugar, sino para toda la gente que
dependemos de él.
Al escucharme, se cruza de brazos, pero no me dice nada y esa
falta de respuesta solo alimenta mi rabia.
—¿Sabías que este rancho está bajo amenaza? —pregunto,
manteniendo mi tono firme, casi desafiándola a negarlo.
Grace parpadea, confundida por un instante, pero pronto
recupera su gesto de indiferencia.
—¿Amenaza? —repite arrastrando la palabra—. No, no lo
sabía. Pero tampoco entiendo qué tiene que ver eso conmigo.
—Tiene que ver contigo, porque ahora es tuyo —respondo,
acercándome otro paso más hacia ella hasta quedar a menos de un metro—.
Hay una deuda acumulada. Margaret siempre lo llevó bien, pero en los
últimos años las cosas se complicaron. Si decides vender, todo este lugar se
convertirá en una ruina, y las familias que trabajan aquí lo perderán todo.
Eso incluye a los animales, las tierras y el futuro de un lugar que ha estado
aquí durante generaciones.
Por un segundo, creo que mis palabras le han afectado, porque
sus labios se tensan y su mirada vacila. Pero entonces, algo en ella cambia.
Baja los brazos y me mira con una frialdad que casi me corta el aliento.
—Eso no es mi problema —dice al fin, con un tono tan firme
que me deja inmóvil.
Esas cinco palabras me atraviesan como un puñal. Mi
mandíbula se tensa y siento cómo la rabia se acumula en mi pecho. No
porque esté sorprendido por su respuesta, sino porque confirma todo lo que
temía. No le importa este lugar, ni tampoco Margaret. Lo único que le
importa es ella misma.
—Claro que no lo es —respondo en voz baja y cargada de un
enfado que no disimulo—. Porque para ti esto no es más que un número en
una cuenta bancaria. No tienes ni idea de lo que está en juego.
Ella me observa, pero no dice nada, aunque tampoco espero a
que diga nada más. Me doy la vuelta y camino hacia la puerta, con el sonido
de mis botas resonando contra el viejo suelo de madera.
—¿Adónde vas? —me pregunta, aunque no me molesto en
girarme.
—A recordar por qué no debería perder más tiempo intentando
que entiendas lo que significa este lugar —respondo y salgo al porche.
El aire fresco me golpea la cara y, por un segundo, cierro los
ojos para calmarme. Pero no funciona. Todo lo que puedo pensar es en lo
lejos que está esta mujer de comprender lo que está en juego. Wild Creek no
es solo un pedazo de tierra.
Voy hacia el establo y mientras ajusto las riendas de River, una
idea cruza mi mente, una que se queda ahí, como un recordatorio que se
repite en mi cabeza una y otra vez.
—Esta mujer no tiene ni idea de lo que está en juego —
murmuro, más para mí mismo que para el caballo.
Me monto y lo espoleo suavemente. El sonido de sus cascos
sobre la tierra me acompaña mientras me alejo de la casa, dejando atrás a
Grace y su indiferencia. Pero en el fondo sé que no puedo apartarme por
completo. Si alguien debe proteger este lugar, soy yo. Aunque eso
signifique pelear con alguien como ella.
Capítulo 3
Grace
Despertar en un lugar nuevo siempre trae consigo una sensación extraña,
como si por un momento olvidaras dónde estás. Así me siento al abrir los
ojos y encontrarme con el techo de madera envejecida y marcado por el
paso del tiempo. El sol aún no ha salido del todo, pero la claridad se cuela
tímidamente por las cortinas, iluminando apenas la habitación. La ausencia
del ruido habitual de la ciudad me resulta desconcertante. Aquí no hay
coches, ni voces que atraviesen las paredes, ni tampoco el zumbido
constante de la vida ajetreada de Nueva York. Aquí solo hay silencio.
Me incorporo de la cama despacio, dejando que mis pies
toquen el suelo de madera viejo y frío. La textura es distinta al parquet
pulido de mi apartamento en Manhattan; aquí todo parece más auténtico y
menos calculado. Respiro hondo y me lleno los pulmones de un aire que
tiene un aroma diferente, es una mezcla entre madera, tierra y un leve toque
de hierba.
—Es solo un lugar temporal —me digo en voz baja, como si
necesitara reafirmarlo dentro de mi cabeza.
Sin embargo, hay algo en esta casa que me produce una
sensación que no sé si llamar nostalgia o incomodidad. Las paredes parecen
guardar recuerdos, como si observaran con ojos invisibles a quien cruza el
umbral. Intento quitarme de la cabeza esas ideas absurdas mientras me
levanto y me pongo un jersey antes de salir de la habitación.
El pasillo está en penumbra, pero no necesito mucha luz para
orientarme. Recuerdo los veranos que pasé aquí, aunque solo conservo
imágenes fragmentadas de aquellos años. Mientras avanzo, me doy cuenta
de que nada parece haber cambiado desde entonces. Los mismos cuadros
cuelgan de las paredes, paisajes en blanco y negro, y retratos de
desconocidos, que siempre me resultaron misteriosos.
Entro al salón y, por un momento, me quedo quieta. Es un
espacio amplio, con muebles antiguos y robustos, que parecen haber sido
diseñados para durar generaciones. Hay una manta doblada sobre el
respaldo de un sillón y un reloj de péndulo que marca el tiempo con su
ritmo constante. Me acerco al mueble que ocupa el rincón junto a la
chimenea y dejo que mis dedos recorran su superficie áspera, salpicada de
pequeñas imperfecciones.
Un libro de tapa dura descansa en el centro. Lo abro con
cuidado y me encuentro con algo que no esperaba: un álbum de fotos.
Reconozco la portada al instante, aunque no la había visto en años. Suspiro,
como si el simple hecho de volver a verlo removiera algo dentro de mí, y
me siento en el sofá para abrirlo. Las primeras imágenes que encuentro en
él son retratos en blanco y negro de Margaret cuando era joven, con el
mismo semblante decidido que siempre la caracterizó. Pero lo que
realmente me impacta es encontrar fotografías mías. Mi tía abuela me hizo
una serie de instantáneas durante los veranos que pasé aquí, y las había
guardado aquí con un cuidado que me resulta desconcertante.
Hay una en particular que me llama la atención. Aparezco en
el porche, con un vestido blanco y las sandalias llenas de polvo. Sonrío,
aunque evidentemente no recuerdo por qué. La tía Margaret aparece a mi
lado, sosteniendo un sombrero que le daba ese aire de matriarca del viejo
oeste. Mi expresión, despreocupada y casi feliz, me resulta ajena, porque
hace mucho, quizás demasiado, que no me siento así. Paso las páginas
despacio, como si cada imagen necesitara su propio momento. En una de
ellas, estoy junto a un caballo. Recuerdo que la tía insistió en que
aprendiera a montarlo, pero yo tenía más miedo de ensuciarme que de
caerme. Al recordarlo, una sonrisa se dibuja en mis labios mientras niego
con la cabeza. Otra de las imágenes, muestra una tarde en la que me enseñó
a identificar las estrellas. Reconozco el cielo de fondo, tan inmenso y
despejado como solo puede ser en este lugar. Cierro el álbum y lo dejo
sobre mis rodillas, sintiendo una mezcla de emociones que no esperaba.
Estos recuerdos no deberían significar nada para mí, porque ni este lugar y
ni esta vida nunca fueron realmente míos. Y, sin embargo, hay algo en estas
imágenes que me hace sentir una punzada en el pecho.
Mientras dejo el álbum sobre la mesa, comparo este lugar con
mi vida actual. En Nueva York todo lo tengo cuidadosamente organizado,
desde mi apartamento minimalista hasta mi agenda, repleta de
compromisos, que me aseguran estar siempre ocupada. Allí no hay espacio
para nada que no sea productivo. Pero aquí, en cambio, en este rincón
perdido del mundo, el tiempo parece dilatarse, como si los minutos no
tuvieran dueño. Lanzo un hondo suspiro, me levanto del sofá y vuelvo a
caminar por la casa. Cada rincón parece guardar un pedazo de la vida de tía
Margaret. La cocina, con sus estantes llenos de tarros etiquetados a mano,
huele a algo familiar, aunque no sé decir a qué. En la despensa hay una caja
de madera que reconozco. Dentro, encuentro un conjunto de cartas. Algunas
tienen mi nombre en el sobre, aunque parece que la tía nunca llegó a
enviarlas. Leo una de ellas. La tía me escribía sobre las cosas cotidianas del
rancho, sobre los caballos que nacían cada primavera y las reparaciones que
siempre parecían necesitar más tiempo del que tenía. Al final del texto
también decía que siempre esperaba que volviera algún día. Lanzo otro
hondo suspiro, doblo la carta con cuidado y la devuelvo a su sitio. Me
siento dividida, como si una parte de mí quisiera volver a Nueva York y
olvidarse de todo esto, mientras otra empieza a preguntarse si tía Margaret
sabía algo que yo no. ¿Qué vio en este lugar que yo soy incapaz de
entender?
El sonido de los cascos de un caballo me saca de mis
pensamientos. Me acerco a la ventana y veo a Caleb montado en su caballo
negro, mientras cruza el campo con una soltura que parece innata en él. Su
presencia me irrita tanto como me desconcierta. Es obvio que no quiere que
esté aquí, pero hay algo en él que no puedo dejar pasar como si no me
importara. «No es mi problema», me digo de nuevo, aunque esas palabras
cada vez que las repito, suenan más huecas dentro de mi cabeza. Este lugar,
con todos sus defectos, empieza a dejar una marca en mí que no esperaba.
Decido que necesito salir a explorar, dejar de pensar tanto y
centrarme en lo que vine a hacer aquí: cerrar este capítulo lo antes posible.
Pero mientras abro la puerta y siento el aire fresco de la mañana en mi cara,
una idea cruza mi mente, una que no quiero admitir en voz alta. Quizás la
tía Margaret tenía razón. Quizás este lugar tiene algo que aún no entiendo.
Pero descrubir eso, por ahora, tendrá que esperar.

El aire exterior es fresco y está cargado con una humedad ligera, que se
adhiere a mi piel sin llegar a ser incómoda. Desde el porche, el paisaje se
despliega como una postal viva: colinas que se ondulan hacia el horizonte,
salpicadas de pastos verdes y cercados que se extienden como líneas
dibujadas a mano. Me cruzo de brazos, intentando decidir por dónde
empezar. El rancho es tan grande que resulta abrumador, un contraste
absoluto con el orden cuadriculado y predecible de Manhattan.
Mis tacones los he dejado en el dormitorio; no son nada
prácticos para el terreno que tengo por delante. Ahora, en cambio, llevo
unas deportivas de lona, que al menos me permiten caminar sin el temor
constante de torcerme un tobillo. Empiezo a andar con curiosidad, pero
también con cautela, por un sendero que serpentea entre los campos. A
medida que avanzo, me entretengo en escuchar los ruidos del rancho: el
canto de los pájaros, el crujir de la madera de las vallas al viento y un leve
relincho a lo lejos que me hace detenerme. Observo a mi alrededor y veo a
mi derecha, un grupo de caballos que se mueve con una elegancia que
parece coreografiada. Son animales imponentes, con músculos visibles bajo
el brillo de su pelaje, y la forma en que sus colas se mueven con suavidad
añade un toque casi majestuoso a la escena. Uno de ellos, un ejemplar negro
con una presencia, que no me pasa desapercibida, se separa del grupo y se
acerca a la valla. Por un momento, me quedo paralizada. Es demasiado
grande e imponente y no me atrevo a acercarme, aunque tampoco puedo
apartar la mirada de él.
Recuerdo las pocas veces que la tía Margaret intentó
enseñarme algo sobre estos animales. Yo era pequeña y obstinada, y estaba
mucho más interesada en los libros ilustrados que en montar a caballo. «Son
criaturas nobles», me decía ella. Pero para mí siempre fueron enormes y eso
hacía que les tuviera un poco de miedo. Ahora, sin embargo, hay algo en su
quietud, que me intriga más de lo que me asusta.
Me acerco despacio al animal, consciente de cada paso que
doy. No quiero hacer un movimiento en falso que lo espante, o peor, que lo
haga reaccionar de una manera que no sabría cómo controlar. Pero cuando
estoy a un par de metros, una voz rompe la calma y me sobresalta.
—¿Vas a saludar o sólo estás pensando en hacerle un
reportaje?
Me giro y ahí está él, Caleb, apoyado en una de las vallas, con
los brazos cruzados y una expresión que mezcla diversión y exasperación.
Lleva la camisa de cuadros arremangada hasta los codos, dejando al
descubierto unos antebrazos que parecen haber trabajado más horas de las
que yo he pasado fuera de una oficina. Sus ojos verdes, brillantes bajo la luz
del día, me observan como si ya supieran lo que le voy a responder.
—¿Te diviertes interrumpiendo a la gente? —le pregunto,
intentando no sonar tan tensa como me siento.
—Solo cuando es tan fácil —responde con una sonrisa
ladeada, que tiene más de burla que de amabilidad. Luego señala al caballo
—. Ese es River. Es el más tranquilo del grupo, pero si sigues mirándole
como si fuera a morderte, se va a aburrir y se va a ir.
—No le estoy mirando como si fuera a morderme.
—Claro que no —dice, arrastrando las palabras como si me
diera la razón solo para no discutir.
Siento el calor subirme a las mejillas, pero me niego a ceder
terreno. Respiro hondo y vuelvo la vista hacia el caballo, que ahora parece
más interesado en el suelo que en mí.
—No estoy acostumbrada a esto, ¿vale? —admito al fin, sin
mirarle.
—Eso es evidente —me responde con una risa suave, aunque
no percibo malicia en su tono esta vez—. ¿Quieres aprender a montar o
prefieres seguir admirándolos desde lejos?
Le miro de reojo, intentando descifrar si realmente me está
ofreciendo ayuda o si solo busca otra excusa para burlarse de mí de nuevo.
Pero su expresión, aunque seria, parece real.
—¿Qué propones, maestro del rancho? —pregunto, sin poder
evitar el sarcasmo.
—Para empezar, que te acerques con calma a él. River no
muerde, pero no le gustan las personas inseguras y con miedo.
Lo observo mientras se endereza y se acerca al caballo. Sus
movimientos son seguros, casi como si formara parte del paisaje. Le
acaricia el cuello con una mano firme pero suave, y el animal responde
inclinando ligeramente la cabeza.
—Ves, no es tan difícil. Solo hay que entenderlos.
—¿Y cómo se supone que se hace eso?
Él da un paso atrás y me hace un gesto para que me acerque.
Vacilo, pero al final doy unos pasos hacia ellos. Caleb se queda a un lado,
observándome con los brazos cruzados como si estuviera evaluando mi
desempeño. Cuando estoy lo suficientemente cerca, extiendo una mano
hacia el animal. Mi pulso se acelera al sentir el calor de su piel bajo mis
dedos. Es suave y firme al mismo tiempo, una combinación que me
sorprende.
—Así está mejor —me dice Caleb y, por un momento, creo
notar un rastro de aprobación en su voz.
Me quedo ahí unos segundos más, intentando acostumbrarme
a la sensación. Hay algo extrañamente relajante en el contacto con el
animal, como si todo lo demás se desvaneciera por un momento.
—¿Contento? —pregunto, volviéndome hacia él.
—Veremos cuánto dura.
Su respuesta, como siempre, tiene ese tono entre desafío y
diversión que empieza a irritarme. Pero antes de que pueda responder, él ya
está caminando hacia otro de los caballos, dejándome con River y con la
extraña sensación de que estoy aprendiendo algo nuevo.

El desafío en los ojos verdes de Caleb me irrita tanto como me intriga.


Llevo un buen rato intentando ignorarlo, pero la forma en la que me ha
retado de manera tan indirecta, con apenas una palabra, me resulta
insoportable. No sé si quiere que me asuste, que me rinda o que me quede
en este rincón del rancho como una figurita inútil. Pero si hay algo que me
cuesta más que adaptarme a este lugar, es darle la razón a alguien como él.
—¿Qué pasa? ¿Crees que no soy capaz? —le pregunto,
cruzándome de brazos mientras le sostengo la mirada.
Caleb arquea una ceja, con esa media sonrisa que parece ser su
sello personal. Su sombrero proyecta una sombra sobre su rostro, pero
puedo ver perfectamente la expresión de diversión que no hace nada por
disimular.
—No he dicho nada. —Levanta las manos, como si se
defendiera de una acusación falsa—. Pero si insistes en demostrarme que
puedes, adelante.
Miro al caballo que ha elegido para mí. Es de un tono marrón
claro, con una crin larga y sedosa que se mueve con el viento. Aunque no es
tan imponente como River, sigue siendo un animal enorme y musculoso.
Dudo por un momento, pero no pienso echarme atrás.
—Perfecto. ¿Por dónde empiezo?
Caleb se acerca al caballo y le acaricia el cuello con esa
seguridad que parece grabada en sus movimientos. Luego me mira y señala
la montura con un gesto.
—Primero, subes. Y no lo hagas como si te estuvieras
montando en un sofá de diseño. Esto requiere algo más de esfuerzo.
Me acerco al caballo con pasos firmes, aunque el pulso me
late con fuerza. Suspiro y levanto una pierna, intentando alcanzar el estribo.
Es más complicado de lo que parece; la altura me intimida más de lo que
esperaba.
—¿Así? —pregunto, esforzándome por no parecer ridícula
mientras intento encontrar el equilibrio.
—No exactamente. —Caleb suelta una carcajada suave que
me pone los nervios de punta—. Ven aquí.
Se acerca por detrás y, antes de que pueda protestar, coloca sus
manos firmes en mi cintura. El contacto me sobresalta y estoy a punto de
decir algo, pero entonces me levanta con tanta facilidad que me deja sin
palabras.
—Relájate. No muerde.
—¿Hablas del caballo o de ti? —respondo, más para recuperar
algo de dignidad, que porque realmente quiera discutir.
Caleb suelta una risa corta y me coloca sobre la montura. Su
cercanía es desconcertante; puedo sentir el calor de su cuerpo detrás de mí
mientras ajusta los estribos y coloca mis pies en la posición correcta.
—Bien, ahora agarra las riendas —indica, como si fuera lo
más sencillo del mundo.
Sus manos rozan las mías mientras me ayuda a sujetarlas, y la
intensidad del momento me hace mirar hacia otro lado, fingiendo que estoy
concentrada en el caballo.
—¿Y ahora qué?
—Ahora, intenta no caerte.
No sé si lo dice en serio o solo quiere provocarme, pero antes
de que pueda responder, el caballo se mueve ligeramente y pierdo el
equilibrio. Mis manos se aferran a las riendas con fuerza, pero mi cuerpo se
inclina hacia un lado. Caleb reacciona rápido, agarrándome por el brazo
para evitar que caiga de golpe.
—¿Siempre eres tan torpe o solo cuando intentas impresionar?
—pregunta mientras me ayuda a volver a sentarme derecha.
—No intento impresionar a nadie —respondo, tratando de
ignorar el rubor que me sube a las mejillas.
—Claro que no.
El tono irónico de su voz me hace apretar los dientes, pero
decido concentrarme en el caballo en lugar de seguir su juego. El caballo
empieza a caminar con un ritmo pausado, y aunque al principio estoy
rígida, poco a poco empiezo a relajarme. Es extraño, pero hay algo en el
movimiento que resulta casi terapéutico. Por un momento, me olvido de
Caleb, del rancho y de todo lo que me ha traído hasta aquí. Pero, como era
de esperar, la paz no dura demasiado. El caballo da un pequeño salto al
tropezar con una piedra, y mi cuerpo se tambalea hacia un lado. Esta vez,
no tengo tiempo de reaccionar. y me caigo al suelo en un movimiento torpe,
aterrizando sobre el polvo con más dignidad de la que esperaba. Me quedo
ahí, parpadeando, mientras intento procesar lo que acaba de pasar.
—¿Estás bien? —pregunta Caleb, que ya está junto a mí,
aunque la sonrisa en sus labios traiciona cualquier atisbo de preocupación.
—Perfectamente. Esto es... parte del aprendizaje, ¿no? —
respondo, sacudiéndome el polvo de las manos.
Caleb se ríe y aunque su risa debería irritarme, hay algo en ella
que me hace sonreír también.
—Definitivamente, no eres como esperaba.
—¿Y eso es bueno o malo? —le pregunto.
—Aún no lo sé.
Me tiende una mano para ayudarme a levantarme y, aunque mi
primer instinto es rechazarla, acepto. Su agarre es firme y, por un momento,
nuestras miradas se cruzan. Hay algo en sus ojos que no puedo descifrar,
pero que me deja con la sensación de que, quizá, Caleb Warner no es tan
simple como aparenta ser.
—Vamos a intentarlo de nuevo —me dice volviendo al caballo
con una seguridad que me exaspera y me fascina al mismo tiempo.
—¿Otra vez? ¿Acaso quieres matarme?
—No. Pero si voy a enseñarte algo, será a hacerlo bien.
No sé si reír o resoplar, pero mientras vuelvo a subir al
caballo, me doy cuenta de que estoy disfrutando del reto. Y aunque nunca lo
admitiré, algo me dice que Caleb tiene mucho más que enseñarme.
La tierra bajo mis pies parece más firme de lo que sentí al llegar. Quizá sea
por las horas que llevo aquí o por la discusión que acabo de tener con
Caleb. Todavía puedo notar el eco de sus palabras resonando en mi cabeza.
Su tono, entre burlón y severo, me exaspera tanto como su manía de
tratarme como si fuera una niña perdida. No lo soporto. Pero lo peor de
todo es que tiene razón. No entiendo nada de este lugar. Este rancho es
como un planeta diferente, con reglas que desconozco y un ritmo que no
tiene nada que ver con la vida que llevo en Nueva York. Sin embargo, algo
dentro de mí, una pequeña chispa de orgullo herido, me empuja a
quedarme.
—¿Y si no quiero vender? —le digo de repente, alzando la voz
lo suficiente para que Caleb, que se aleja hacia el establo, me oiga.
Él se detiene en seco, pero no se gira de inmediato. Solo
cuando estoy a punto de creer que me ha ignorado, se vuelve despacio y sus
ojos verdes me atraviesan, llenos de una mezcla de sorpresa y desafío.
—¿Qué has dicho? —pregunta, avanzando unos pasos hacia
mí.
Respiro hondo, intentando que mi voz suene más firme de lo
que me siento.
—He dicho que no voy a tomar una decisión sin saber lo que
realmente significa este lugar. No pienso venderlo así como así.
Sus labios se curvan en una sonrisa que no es del todo amable.
Es la sonrisa de alguien que sabe que está ganando una partida que ni
siquiera he empezado a jugar.
—¿Y qué vas a hacer? —Su tono es tan irónico que me dan
ganas de girarme y marcharme—. ¿Quedarte aquí para aprender a cuidar un
rancho?
—Exacto.
La palabra sale antes de que pueda pensarla demasiado, pero
una vez dicha, no hay marcha atrás. Caleb parpadea, sorprendido, y yo me
obligo a no apartar la mirada de él.
—¿Quieres quedarte aquí? —pregunta, como si la idea fuera
tan absurda que no pudiera procesarla.
—Sí. Me quedaré un tiempo, el necesario para entender cómo
funciona este lugar y qué implica mantenerlo. Después decidiré qué hacer
con él.
Caleb suelta una carcajada baja, llena de incredulidad. Es un
sonido que debería molestarme, pero que, en el fondo, me da fuerzas para
seguir.
—¿Y cómo piensas hacerlo? —inquiere, cruzándose de brazos
y clava su mirada en mí de nuevo.
—Aprendiendo. —Levanto la barbilla, intentando parecer más
segura de lo que realmente me siento—. Tú puedes enseñarme.
La expresión de su cara cambia. Ya no parece divertido, sino
serio. Sus ojos me observan con una intensidad que me pone nerviosa, pero
no me dejo intimidar.
—¿Estás pidiéndome ayuda? —pregunta, dando un paso hacia
mí.
—Estoy proponiéndote un trato.
—¿Un trato? —repite y, por primera vez, noto un destello de
curiosidad en su mirada.
—Si me enseñas cómo funciona este lugar, me comprometo a
no vender el rancho hasta que esté segura de que es la decisión correcta.
Caleb me observa en silencio durante lo que me parecen
siglos. Luego, sus labios vuelven a curvarse en esa media sonrisa que no sé
si detesto o me intriga.
—¿De verdad crees que puedes hacer esto? —insiste con un
tono que parece más una advertencia que una burla.
—Sí —le respondo, sin dudar.
—Está bien. —Asiente, aunque su expresión sigue siendo
escéptica—. Pero esto no es un juego. Si te quedas, tendrás que ensuciarte
las manos.
—Lo haré.
—No, no lo entiendes. —Da un paso más hacia mí, hasta que
puedo ver cada detalle de su rostro—. No es cuestión de querer. Es cuestión
de aguantar. Este lugar no es para cualquiera y, si piensas quedarte, tendrás
que trabajar de verdad.
—Ya lo he dicho. Estoy dispuesta.
Por un segundo, creo ver algo parecido a respeto en sus ojos,
aunque desaparece tan rápido como ha llegado.
—Muy bien. —Su voz es casi un susurro—. Pero no vengas a
quejarte cuando descubras que esto es más duro de lo que crees.
Me tiende la mano y yo la tomo sin dudar. Su agarre es firme,
cálido y, por un momento, la tensión que hay entre nosotros parece
transformarse en algo diferente.
—Bienvenida a Wild Creek, Grace —dice, soltándome la
mano y girándose hacia el establo—. Espero que estés preparada.
Lo sigo con la mirada mientras se aleja, sintiendo una extraña
mezcla de emoción y nerviosismo. No sé si acabo de cometer el mayor
error de mi vida o si esto es el comienzo de algo que ni siquiera puedo
imaginar. Pero una cosa está clara: no pienso rendirme.
Capítulo 4
Caleb
Wild Creek tiene una forma de marcarte si le perteneces. No es algo que se
vea a simple vista, pero está ahí, en las manos curtidas por el trabajo, en la
forma en que respiras el aire limpio al empezar el día y en cómo entiendes
el ritmo del lugar. Grace Montgomery no tiene nada de eso. La veo caminar
por el patio con esos zapatos que no son más adecuados que un jarrón de
cristal arrastrado por un huracán. Se esfuerza por mantener la compostura,
pero este sitio se la come viva. Y, sin embargo, sigue intentándolo.
Apoyo un brazo en la valla del corral, mientras observo cómo
se adentra en la zona de los establos. Lleva una camiseta sencilla y unos
vaqueros que parecen nuevos, como si acabara de comprarlos para este
experimento rural. A pesar de que se ve claramente que es una persona de
ciudad, hay algo en la forma en que aprieta los labios y en esa mirada que
lanza al interior del establo, que me hace pensar que realmente quiere
intentarlo. Resoplo y me giro hacia River, que me observa como si
entendiera lo que estoy pensando.
—¿Tú qué opinas, compañero? —le digo mientras le acaricio
el cuello—. ¿Cuánto crees que aguantará antes de que tire la toalla? —. Él
relincha suave, como si tuviera más confianza en Grace de la que yo estoy
dispuesto a admitir.
Me acerco al establo justo cuando ella intenta abrir el portón
de uno de los compartimentos. El ruido de las bisagras oxidadas es como un
grito en mitad del silencio y Grace da un paso atrás, sobresaltada.
—¿Qué haces? —le pregunto apoyándome en el marco de la
puerta con los brazos cruzados.
Ella gira la cabeza hacia mí, visiblemente irritada.
—Estoy intentando abrir esto.
—¿Para qué? —inquiero arrugando el entrecejo.
—Para hacer lo que me dijiste. Alimentar a los caballos,
¿recuerdas?
Alzo una ceja, sorprendido por su respuesta. No esperaba que
lo intentara tan pronto, y menos que se pusiera manos a la obra sin que yo
estuviera encima para recordárselo.
—¿Sabes siquiera lo que comen? —pregunto, sin molestarme
en ocultar el sarcasmo.
Ella me lanza una mirada llena de rabia y me doy cuenta de
que tiene un puñado de heno en las manos, aunque parece más preocupada
por no mancharse que por alimentar al animal que hay al otro lado del
portón.
—Heno, ¿no? —responde, levantando la barbilla como si
retarme fuera su nueva misión en la vida.
—Por lo menos has acertado con eso. —Me acerco y le quito
el heno de las manos con un movimiento rápido—. Pero no lo hagas así. Lo
vas a desperdiciar todo antes de que llegue al comedero.
—¿Siempre eres así de insoportable o es algo personal
conmigo?
Su comentario me hace reír, una carcajada corta, que suena
más por sorpresa que por diversión.
—Un poco de ambas, supongo —le digo y me encojo de
hombros.
Al escucharme, ella rueda los ojos, pero no dice nada más. La
observo mientras intenta imitar lo que le he mostrado. Su postura es torpe y
cuando consigue meter el heno en el comedero, una nube de polvo se
levanta y le cubre la cara. Grace se queda quieta, parpadeando mientras se
limpia los ojos con una mano.
—Perfecto —murmura con sarcasmo, mientras se sacude el
polvo de los pantalones.
—Eso te pasa por querer parecer una experta de repente. —Me
acerco y, antes de que pueda detenerme, limpio con el dorso de mi mano
una mancha de polvo que tiene en la mejilla.
Se queda inmóvil y, durante un segundo, nuestras miradas se
cruzan. Sus ojos azules tienen algo que no había notado antes, una
intensidad que parece retarme tanto como su actitud.
—¿Qué haces? —me pregunta, con la voz algo más baja de lo
habitual.
—Quitarte la mancha. —Doy un paso atrás, intentando
recuperar la compostura.
Ella se cruza de brazos, claramente incómoda, pero no dice
nada. Se limita a mirarme como si estuviera intentando descifrar algo que
no entiendo ni yo mismo.
—Bueno, no está tan mal para ser tu primer intento —le digo
finalmente.
—¿Eso ha sido un cumplido? —me pregunta desconcertada.
—No te acostumbres.
Grace resopla y se aparta un mechón de pelo de la cara. Tiene
algo en su forma de moverse, algo a medio camino entre la fragilidad y la
obstinación, que me resulta desconcertante. No sé si quiero reírme de ella o
si admiro que siga intentándolo a pesar de no tener ni idea de lo que está
haciendo.
—¿Qué toca ahora, jefe? —pregunta, con un tono burlón que
deja claro que no me toma en serio.
—Ahora toca ensuciarse más —respondo, señalando el establo
—. Vamos a limpiar esto.
—¿Limpiar?
—Sí, limpiar. Este lugar no se mantiene solo, ¿lo sabías?
Grace me lanza una mirada que deja claro que preferiría estar
en cualquier otro sitio, pero no se queja. Coge la pala que le tiendo con una
mueca de disgusto y se adentra en el establo como si estuviera entrando en
un campo de batalla. La observo mientras empieza a trabajar, torpe pero
decidida, y no puedo evitar sonreír para mí mismo. Quizá Grace
Montgomery no sea tan frágil como pensaba. Quizá haya algo en ella que
pueda aprender a sobrevivir aquí. Aunque todavía queda mucho camino por
delante. Y yo voy a asegurarme de que lo recorra entero.
Grace está inclinada sobre el comedero, con mechones de su
pelo desordenados pegándosele a la cara. Parece totalmente fuera de lugar
y, al mismo tiempo, algo en esa imagen me hace detenerme. La mujer que
ayer parecía tan segura, con su porte urbano y su aire distante, ahora está
cubierta de polvo y sudor, peleando con una tarea que para cualquiera aquí
sería rutinaria. Y sigue adelante, como si estuviera decidida a demostrarme
algo.
Me acerco hasta ella con un par de palas y un cubo. El olor a
heno, madera y el leve toque metálico de los establos es familiar para mí,
pero por su expresión, parece estar luchando por acostumbrarse.
—Vas a necesitar algo más que esa cara de enfado para
llevarte bien con ellos —comento mientras señalo al caballo que mastica
tranquilamente a su lado.
—¿Llevarme bien? —pregunta, echándome una mirada rápida
antes de volver a centrarse en lo que está haciendo—. No creo que les
importe mucho cómo me lleve con ellos mientras tengan comida.
—Eso demuestra lo poco que sabes de caballos. —Dejo las
palas apoyadas en la pared y me cruzo de brazos. El animal ladea la cabeza,
como si estuviera observándola con la misma curiosidad que yo.
Grace deja el heno en el comedero y se limpia las manos en
los vaqueros, aunque el gesto no consigue eliminar del todo las marcas de
polvo en su piel.
—¿Qué más debería saber, maestro? —pregunta con un tono
cargado de sarcasmo, aunque algo en su mirada me dice que está esperando
a que le responda.
—Cada caballo tiene su propia personalidad —le cuento
mientras me acerco al compartimento donde está River, que observa la
escena con su calma habitual—. Algunos son testarudos, otros son dóciles,
y otros como este —le acaricio el cuello con suavidad— saben
perfectamente cómo aprovecharse de ti si no les prestas atención.
—¿Aprovecharse? —quiere saber, alzando una ceja.
—Claro. Si no muestras que tienes el control, te dominarán.
No importa que seas más grande o más fuerte. —Hago una pausa, dejando
que las palabras calen en ella antes de continuar—. Pero si les tratas con
respeto y firmeza, confiarán en ti.
Grace da un paso hacia el caballo, observándolo con más
atención. Por primera vez, parece realmente interesada.
—¿Y este? —pregunta, señalando a River—. ¿Cómo es?
—Astuto —mi respuesta es inmediata, casi automática—. Es
inteligente y sabe cuándo puede probarte. Pero también es leal, si te ganas
su respeto.
Ella asiente lentamente, como si estuviera procesando la
información. Luego se cruza de brazos y se apoya contra la pared del
compartimento.
—Parece que le entiendes bastante bien.
—Llevamos años juntos. Con el tiempo, aprendes a
conocerlos.
River ladea la cabeza hacia Grace, como si estuviera
examinándola, y ella retrocede un poco, insegura.
—¿Me está mirando? —pregunta, con un leve nerviosismo en
la voz.
—Claro que sí. Te está evaluando.
—¿Para qué?
—Para saber si puede confiar en ti. —La observo y, por un
momento, nuestras miradas se cruzan—. Igual que haces tú con la gente.
Grace nome responde de inmediato. Sus ojos azules se fijan
en el caballo, y hay algo en su expresión que cambia, como si estuviera
bajando una barrera invisible.
—¿Y si no confía en mí?
—Eso depende de ti —respondo mientras acaricio el hocico de
River—. Si le demuestras que estás aquí para algo más que posar para una
foto, tal vez te dé una oportunidad.
Ella se queda en silencio un momento, observando cómo el
caballo me sigue con la mirada. Parece más tranquila ahora y más dispuesta
a dejarse llevar por el momento.
—¿Qué hace que te fíes de alguien? —inquiere de repente,
con un tono más serio de lo que esperaba.
Su pregunta me toma por sorpresa. Me apoyo en la puerta del
compartimento y pienso un momento antes de responder.
—Las acciones. No las palabras. —Dejo caer la frase con
firmeza, sin apartar la mirada de ella—. Al final, no importa lo que digas
que harás. Lo que cuenta es lo que haces.
Grace asiente lentamente, como si estuviera dándole vueltas a mis
palabras. Algo en su expresión me hace pensar que tal vez está intentando
aplicarlas a sí misma.
—Bueno, entonces supongo que tendré que demostrarlo, ¿no?
—Eso espero.
Su respuesta es tan inesperada como el leve destello de
determinación en sus ojos. Tal vez Grace Montgomery no sea solo una
chica de ciudad perdida en el campo. Tal vez haya algo más en ella que
todavía no he visto. Le tiendo una pala y señalo el compartimento del
siguiente caballo.
—Hora de seguir trabajando. Este rancho no se mantiene solo.
Ella toma la pala y, por primera vez, veo una sonrisa dibujada
en su cara, pequeña pero sincera.
—¿Crees que este confiará en mí? —quiere saber, señalando
al caballo con la cabeza.
—Averígualo —la animo mientras veo cómo se adentra en el
compartimento. La sigo con la mirada y compruebo que, aunque todavía
tiene un largo camino por recorrer, ha dado un pequeño paso en la dirección
correcta.
Un rato después, veo que Grace está junto al corral,
concentrada en un caballo que no le quita la vista de encima. Parece como
si le estuviera hablando, aunque no puedo oír lo que dice desde donde estoy.
Me quedo a una distancia prudente, apoyado contra la cerca, observándola
en silencio. Es como ver a alguien intentando resolver un puzzle sin saber
que le falta una pieza. La expresión de Grace es todo un espectáculo. Está
decidida, pero hay una pizca de frustración en la forma en que frunce los
labios cada vez que el caballo mueve la cabeza para esquivarla. Es un
animal paciente, pero no va a ponérselo fácil. Por un momento, pienso en
acercarme y darle algún consejo. Pero, ¿por qué debería hacerlo? Esto es
algo que tiene que aprender por sí sola. Wild Creek no es un sitio donde
alguien pueda esperar que le sirvan todo en bandeja de plata. Aquí el
respeto se lo debe ganar cada uno, tanto de las personas como de los
animales.
Cuando Grace intenta poner el pie en el estribo por primera
vez, casi me río. Su movimiento es torpe, como si estuviera calculando la
distancia con una regla imaginaria. El caballo se mueve ligeramente, lo
justo para desestabilizarla. Ella tropieza y deja escapar un gruñido bajo,
aunque se recompone rápido.
—Vas a tener que hacerlo mejor que eso, princesa —murmuro
para mí mismo, con una sonrisa que no puedo evitar.
El segundo intento es algo más exitoso. Grace consigue
sujetarse al borde de la silla y, haciendo un esfuerzo que parece
monumental, sube al caballo. Los vaqueros que lleva se ajustan a sus
piernas largas y firmes. Mis ojos se desvían sin permiso y una parte de mí
se maldice por no ser capaz de mirar hacia otro lado.
Cuando finalmente se sienta derecha en la silla, se toma un
momento para acomodarse. Su espalda está recta, los hombros tensos, como
si intentara demostrar que tiene todo bajo control. Pero entonces, el caballo
da un paso hacia delante, y la forma en que se tambalea me deja claro que
no tiene idea de lo que está haciendo.
—Esto va a ser interesante —murmuro para mí.
Ella tira de las riendas con fuerza, como si el caballo fuera una
máquina que respondiera a botones. Pero él se limita a mover la cabeza y a
seguir caminando a su ritmo, ignorándola por completo. La escena es tan
absurda que tengo que apretar los labios para no reírme. Mis ojos vuelven a
posarse en ella cuando el caballo comienza a trotar suavemente. El
movimiento hace que sus pechos se muevan de una manera que no puedo
evitar mirar. Intento apartar la mirada, pero hay algo en la forma en que su
cuerpo se mueve, en esa mezcla de torpeza y esfuerzo, que me resulta
fascinante. «Concéntrate, Caleb», me digo, aunque mi cuerpo parece tener
otras intenciones.
Grace, ajena a mi mirada, sigue intentando controlar al
caballo. Lo que me sorprende es que no se rinde. Cada vez que el animal se
desvía o se detiene, ella insiste, tira de las riendas y ajusta su postura. Hay
una tenacidad en ella que no esperaba. Cuando el caballo finalmente se
detiene, Grace se inclina hacia delante para acariciarle el cuello. Su pelo cae
sobre un lado de su cara y, durante un instante, parece relajada, incluso en
paz. Hay algo en esa imagen, algo vulnerable y auténtico, que me hace
sentir incómodo. Pero ese momento dura poco. El caballo mueve la cabeza
bruscamente, y Grace pierde el equilibrio. Cae al suelo con un sonido sordo,
que me hace apretar los dientes.
—Ay, joder... —murmura, sentada en el suelo mientras se frota
el trasero.
No puedo evitarlo. La risa me sale antes de que pueda
detenerla. Grace levanta la cabeza al oírme, con los ojos entrecerrados y
una expresión que podría derretir el acero.
—¿De verdad te parece gracioso? —me grita desde el suelo.
—Mucho. —Me acerco a ella, todavía riendo—. Aunque
tengo que admitir que lo has hecho mejor de lo que esperaba.
Ella frunce el ceño y aparta un mechón de su cara con un gesto
brusco.
—¿Eso se supone que es un cumplido?
—Tómalo como quieras, princesa. —Le tiendo la mano y,
aunque parece dudar por un momento, finalmente la acepta.
Cuando se pone de pie, está cubierta de polvo. Su pelo está
desordenado, su camisa tiene una mancha en el hombro, y hay un brillo de
sudor en su frente. Aun así, hay algo en su aspecto que no me pasa
desapercibido. Es como si todo ese caos le sentara bien, como si le añadiera
una capa de autenticidad que no había visto antes.
—Bueno, al menos lo has intentado —le digo mientras le doy
una palmada en el hombro, ignorando la electricidad que siento al tocarla.
—Intentarlo no es suficiente, ¿verdad? —responde,
mirándome directamente a los ojos.
Su pregunta me pilla por sorpresa. No hay sarcasmo en su
tono, ni desafío. Solo una curiosidad que me desarma un poco.
—No. Aquí no lo es. —Mi respuesta es honesta, sin adornos.
Grace asiente lentamente, como si aceptara el desafío
implícito en mis palabras. Y, por primera vez, pienso que tal vez esta mujer
tiene lo necesario para estar aquí.

Grace camina hacia mí, con la cara enrojecida por el esfuerzo y la


frustración. Su respiración es pesada, sus pasos algo inseguros y sus manos
están cubiertas de polvo. Incluso a pesar de su evidente cansancio, mantiene
esa postura erguida y desafiante que parece decir que no va a ceder.
—Esto es una locura. —Su voz, aunque firme, deja entrever el
cansancio que siente.
La observo sin moverme. Estoy apoyado en la valla del corral,
con los brazos cruzados, viendo cómo intenta controlar su frustración. Por
dentro, me sorprende que haya aguantado tanto, pero no lo demuestro. Aquí
no se gana nada con gestos amables o palabras fáciles.
—¿Qué esperabas? —le respondo con un tono más áspero de
lo que probablemente debería—. Esto no es un spa ni una oficina con aire
acondicionado. Es un rancho. Aquí las cosas se ganan trabajando, no con
quejas.
Ella se detiene a unos metros de mí y me mira fijamente. Hay
algo en su mirada que me hace apretar los dientes: esa mezcla de rabia y
vulnerabilidad que me irrita más de lo que debería.
—¿Crees que no lo sé? —Su tono es cortante, casi hiriente—.
Pero tampoco soy una experta en caballos ni en el campo. ¿Cómo pretendes
que aprenda si lo único que haces es mirarme desde lejos?
Sus palabras me pillan por sorpresa. No esperaba que se
encarara conmigo de forma tan directa. Normalmente, las personas que
vienen de fuera no tardan en rendirse o en buscar excusas. Pero ella no.
Grace está aquí, con la espalda recta, la barbilla alta y una mirada que me
desafía a responder.
—No soy tu niñero, princesa —le digo mientras me enderezo,
cruzando el corral para acercarme a ella—. Si realmente quieres aprender,
entonces aprende. Pero no esperes a que te lleve de la mano.
Ella da un paso hacia mí, eliminando el poco espacio que
quedaba entre nosotros. Sus ojos azules chispean de rabia, pero hay algo
más detrás de ese brillo, aunque aún no sé demasiado bien qué es.
—¿Sabes qué, Caleb? —Su voz baja un poco, pero no pierde
intensidad—. Podrías intentar, solo intentar, ser menos... insoportable.
Por un instante, siento el impulso de echarme a reír, pero me
contengo.
—¿Insoportable? —repito, dejando que la palabra cuelgue
entre nosotros como un reto.
—Sí. Te encanta hacerme sentir que no pertenezco aquí, como
si todo esto fuera un concurso que ya tengo perdido.
Su acusación me golpea más fuerte de lo que esperaba. Es
cierto que he sido duro con ella, pero este lugar no tiene tiempo para
delicadezas. Wild Creek exige esfuerzo, y ella debe demostrar que puede
conseguirlo.
—Esto no es un concurso. —Mi tono es más bajo y serio—.
Es la vida real. Y aquí, o aprendes rápido, o te quedas atrás.
Ella frunce el ceño y cruza los brazos sobre el pecho,
adoptando esa postura desafiante que empieza a resultarme familiar.
—¿Por qué te importa tanto si me quedo o no? —pregunta con
la voz cargada de algo más que simple curiosidad—. ¿Qué más te da si
vendo este lugar y me marcho?
—Porque esto no es solo un lugar. —Mis palabras salen antes
de que pueda detenerlas, cargadas de una intensidad que no esperaba. Me
acerco un poco más, lo suficiente para que sienta la fuerza que hay detrás de
mis palabras—. Este rancho es vida, historia ys familia. Y no voy a
quedarme de brazos cruzados mientras alguien que no lo entiende lo
destruye.
Por un momento, Grace parece dudar. Sus labios se entreabren
como si fuera a responderme, pero no dice nada. En cambio, su mirada se
suaviza, aunque sigue cargada de emociones que no sé aún cuales son.
—¿Y crees que no lo sé? —Su voz es casi un susurro ahora,
pero no pierde firmeza—. No pedí esto. No pedí heredar este lugar ni
enfrentarme a alguien como tú. Pero aquí estoy, intentando hacerlo lo mejor
que puedo.
Sus palabras me hacen retroceder, aunque solo sea
mentalmente. Hay algo en su tono que me recuerda a Margaret, a esas
conversaciones en las que ella hablaba de las cosas que más le importaban
con esa mezcla de orgullo y nostalgia.
—Si realmente quieres quedarte —le digo al fin, con un tono algo
más bajo, pero no menos firme—, tendrás que demostrarlo.
Ella me sostiene la mirada, sus ojos azules fijos en los míos. Hay un
silencio entre nosotros, pero no es incómodo. Es tenso, lleno de cosas no
dichas.
Cuando finalmente se aparta, lo hace con un suspiro cansado,
pero sin rendirse.
—Lo haré. Pero no porque me lo digas tú —me responde,
empezando a caminar hacia la casa—. Lo haré porque quiero.
Mientras la veo alejarse, no puedo evitar murmurar para mí
mismo:
—Si va a quedarse, tendrá que demostrar algo más que
orgullo.
Y sé que, aunque no lo diga en voz alta, espero que lo haga.
Porque, por alguna razón que no entiendo del todo, quiero que lo consiga.
Capítulo 5
Grace
Bear Creek sigue siendo tan pequeño como lo recordaba, aunque el tiempo
parece haberle añadido una capa de desgaste que no recuerdo de cuando era
niña. Las casas de madera pintadas en tonos claros, la plaza principal con su
fuente desgastada y las calles de grava, por donde los coches pasan
despacio, como si el tiempo aquí transcurriera a otro ritmo. Todo parece
igual y, al mismo tiempo, tan distinto.
Cuando era pequeña, este lugar me parecía un mundo lleno de
posibilidades. Venir al mercado con la tía Margaret era casi una aventura: el
bullicio de los puestos, el olor a frutas maduras y el tacto áspero de los
sacos de grano me fascinaban. Ahora, sin embargo, siento una extraña
desconexión, como si caminara por un decorado que alguien dejó
abandonado hace años.
Me detengo frente a la tienda general. Su letrero colgante cruje
con el viento, y las letras descoloridas aún anuncian «Suministros de Bear
Creek». Respiro hondo antes de entrar, consciente de que cada uno de mis
pasos atrae las miradas de los lugareños. Al cruzar el umbral, un breve
silencio se apodera del lugar. Los murmullos habituales de los clientes se
apagan y siento cómo las miradas de varias personas se clavan en mí. Es un
escrutinio palpable, como si pudieran leer en mi cara los motivos de mi
visita. Me enderezo, intentando ignorar la incomodidad que siento y hacer
ver que no me doy cuenta.
El interior de la tienda es un caos organizado: estanterías
repletas de productos enlatados, sacos de harina apilados, tarros de miel con
etiquetas escritas a mano y herramientas de jardín colgadas en una esquina.
Todo parece estar diseñado para resistir una vida de trabajo duro, algo que
no encaja del todo conmigo. Camino hacia el mostrador, intentando
concentrarme en mi lista mental de cosas que necesito, pero los murmullos
me alcanzan antes de que pueda concentrarme.
—Es la sobrina de Margaret.
—Dicen que quiere vender el rancho.
—Margaret nunca lo habría permitido.
Mi mandíbula se tensa. Aunque intento aparentar indiferencia,
cada palabra que escucho me atraviesa como un alfiler. Es difícil no
sentirme como un intruso en este lugar que, según ellos, nunca será mío.
Me giro lentamente hacia las voces. Dos mujeres están de pie cerca de los
sacos de patatas, fingiendo estar ocupadas, pero es evidente que me están
mirando. Una de ellas, la más joven, desvía la mirada en cuanto nuestras
miradas se cruzan, pero la otra, una anciana con el pelo recogido en un
moño, me sostiene la mirada sin pestañear.
—¿Hay algún problema? —le pregunto, esforzándome por
mantener la voz firme y tranquila.
La mujer mayor no se inmuta. Da un paso hacia mí, dejando la
cesta que llevaba en el suelo. Su cara está surcada de arrugas que no
esconden ni un ápice de desdén.
—El problema no es nuestro, querida. Es tuyo. —Su tono es
afilado, como una hoja de navaja, que no ha perdido su filo a pesar de los
años.
Intento no mostrar debilidad, pero el peso de sus palabras me
hace tambalearme por dentro.
—No sé a qué se refiere.
Ella me observa en silencio durante unos segundos que se
alargan como una eternidad antes de darme una nueva estocada.
—Tu tía habría odiado lo que estás planeando hacer.
—No estoy planeando nada —respondo, con más dureza de la
que pretendía.
—No mientas, muchacha. Todos sabemos que estás aquí para
vender. —La mujer entrecierra los ojos, analizándome con una intensidad
que me hace sentir pequeña—. A Margaret le avergonzaría.
Su acusación me golpea más fuerte de lo que esperaba. No por
lo que dice, sino porque, en el fondo, una parte de mí teme que tenga razón.
—Usted no sabe nada sobre mí, ni sobre mi relación con mi
tía. —Mi voz tiembla ligeramente, pero me obligo a mantenerme firme.
—Sé lo suficiente —replica ella, dando media vuelta como si
su sentencia ya estuviera dictada.
Los murmullos vuelven a llenar el ambiente de la tienda a
medida que la anciana se aleja, y siento que todas las personas que hay en el
establecimiento están de acuerdo con ella. No sé qué hacer. Parte de mí
quiere darse la vuelta y salir corriendo de aquí, pero otra parte, la más
testaruda, me obliga a quedarme. Así que camino hacia el mostrador, donde
un hombre mayor con un delantal sucio me observa con expresión
inescrutable. Su mirada no tiene la misma hostilidad que las demás, pero
tampoco muestra simpatía.
—Buenos días. —Intento sonar neutral, como si todo lo que
acaba de pasar no me hubiera afectado.
—Buenas, ¿qué necesitas? —Su voz es grave y monótona,
como si estuviera acostumbrado a mantenerse al margen de los dramas del
pueblo.
Le doy mi lista de la compra y él asiente antes de desaparecer
entre las estanterías para buscar lo que necesito. Mientras espero, siento
cómo mi corazón sigue latiendo con fuerza, como si mi cuerpo no
entendiera que la confrontación ha terminado. Miro a mi alrededor,
intentando distraerme mientras espero. En una esquina, hay un tablón de
anuncios lleno de papeles arrugados: ofertas de empleo, clases de costura,
venta de huevos frescos… Uno de los papeles, más viejo y desgastado que
los demás, tiene una foto de la tía Margaret. Es un homenaje a su memoria,
con un texto que habla sobre su dedicación al rancho y su papel en el
pueblo.
Mi garganta se cierra al leer las palabras. Margaret era más
que una tía abuela; era una figura que representaba estabilidad, tradición y
una conexión con algo más grande que yo misma. Saber que su legado está
ahora en mis manos me llena de una mezcla de orgullo y culpa.
—Aquí tiene. —La voz del tendero me saca de mis
pensamientos cuando coloca una caja de madera sobre el mostrador con
todos los artículos que le he pedido.
—Gracias. ¿Cuánto le debo?
Él murmura una cifra y saco mi cartera para pagar. Mientras
cuento el dinero, siento su mirada sobre mí.
—Margaret hablaba mucho de usted —me dice de repente.
Levanto la cabeza, sorprendida.
—¿De verdad?
Asiente lentamente, como si estuviera eligiendo sus palabras
con cuidado.
—Siempre decía que tenía un espíritu fuerte, pero que vivía en
un mundo muy diferente al nuestro.
No sé si eso es un cumplido o una crítica, pero me aferro a la
parte positiva.
—Margaret era una mujer increíble. —Mi voz es más suave
ahora y está cargada de unas emociones, que no esperaba mostrar frente a
un extraño.
El tendero asiente de nuevo antes de entregarme el cambio.
—Lo era. Por eso muchos aquí la respetaban tanto. —Hace
una pausa antes de añadir—: Espero que esté a la altura de ese respeto.
Sus palabras, aunque no las ha dicho con mala intención, las
recibo como un recordatorio del peso que llevo sobre los hombros. Tomo la
caja y me despido antes de salir de la tienda, consciente de que cada mirada
sigue acompañándome hasta que cruzo la puerta.
El aire fresco del exterior me golpea la cara y respiro hondo,
intentando calmarme. Mientras camino hacia el coche, me prometo una
cosa: si voy a quedarme aquí, necesito encontrar una manera de ganarme el
respeto de esta gente. No por obligación, sino porque sé que la tía Margaret
lo habría querido así.

El mercado del pueblo está lleno de vida. El bullicio de las conversaciones,


el crujir de las cestas llenas de productos frescos y el aroma de pan recién
horneado me rodean mientras intento encontrar un rincón donde no llamar
tanto la atención. Sin embargo, parece imposible. Cada mirada con la que
me cruzo está cargada de curiosidad y juicio.
—Mira, ahí está Caleb. —Una voz femenina, llena de
admiración, me saca de mi concentración.
Levanto la mirada instintivamente y lo veo. Está en el centro
de la plaza, inclinado sobre el remolque de una camioneta, ayudando a un
hombre mayor a cargar un saco enorme. Lleva una camiseta gris que se
ajusta a sus hombros y un sombrero de ala ancha que le protege del sol. Se
mueve con una facilidad que parece innata, como si el esfuerzo físico, que
está haciendo, fuera una extensión natural de su ser. A su alrededor, varios
lugareños le saludan y le lanzan comentarios amistosos. Hay risas,
palmaditas en la espalda y, por un momento, el centro de atención no soy
yo, sino él. Me quedo observando, tratando de descifrar ese magnetismo
que parece rodearle. Es evidente que es alguien importante para este pueblo,
una figura que inspira respeto y quizá algo más.
—Siempre está dispuesto a ayudar —comenta una mujer
mayor a mi lado, con un tono que bordea la devoción. Su voz me sobresalta
y ella me mira con curiosidad antes de añadir—: Tú eres la sobrina de
Margaret, ¿verdad?
—Sí, soy Grace. —Intento sonar segura, pero el juicio en sus
ojos me hace sentir como si tuviera que justificarme.
—Margaret hablaba mucho de Caleb —continúa la mujer,
como si mi respuesta hubiera sido una invitación para seguir hablando—.
Decía que tenía un don con los caballos y un corazón de oro.
—Vaya, parece toda una celebridad local. —Mi comentario
pretende sonar inocente, aunque sé que no consigo ocultar del todo la
mezcla de ironía y desconcierto en mi tono.
La mujer no parece notar mi incomodidad. Su mirada sigue
fija en él, como si hablara de un héroe en lugar de un simple hombre.
—Y con razón. —Asiente, casi para sí misma, antes de
despedirse con un gesto amable y desaparecer entre los puestos.
Me giro de nuevo hacia Caleb, que ahora está de pie junto a un
grupo de hombres, intercambiando bromas que arrancan sonoras carcajadas.
Aunque intento no dar demasiada importancia a lo que acabo de escuchar,
hay algo en mí que se remueve, como si la sombra de su presencia
empezara a pesar más de lo que esperaba. Cuando parece que termina de
cargar el remolque, se despide de los hombres con un apretón de manos y
empieza a caminar en dirección al mercado. Me vuelvo hacia el puesto más
cercano, fingiendo interés en un montón de manzanas, que parecen
demasiado brillantes para ser reales.
—¿Pensabas pasar desapercibida? —Su voz, grave y con ese
tono burlón que empieza a resultarme demasiado familiar, me alcanza antes
de que pueda prepararme.
Levanto la cabeza lentamente y me encuentro con sus ojos,
que parecen saber siempre más de lo que deberían.
—No sabía que tenía que avisarte de todos mis movimientos.
—Intento mantener la compostura, pero su cercanía y esa media sonrisa,
que siempre lleva, me ponen más nerviosa de lo que me gustaría.
—Bear Creek no es tan grande. Aquí nadie puede pasar
desapercibido. —Se inclina ligeramente hacia mí, bajando la voz como si
fuera un secreto—. Especialmente alguien como tú.
—¿Qué quieres decir con eso? —Cruzo los brazos sobre el pecho, más
como un acto reflejo que como una defensa real.
Él se encoge de hombros, con esa despreocupación que
siempre parece irritarme.
—Que no todos los días llega alguien de la ciudad con intenciones
de vender una parte importante de este lugar.
Su comentario, aunque dicho con un tono ligero, me golpea
más fuerte de lo que esperaba. Miro a mi alrededor y noto que algunas
personas nos observan, fingiendo interés en las frutas y verduras, mientras
estiran el cuello para no perderse nada.
—No he decidido nada todavía. —Mi respuesta suena más
firme de lo que siento, pero necesito dejar claro que no voy a dejarme
intimidar.
—Eso díselo a ellos. —Asiente en dirección a los curiosos,
antes de mirarme de nuevo con una ceja alzada—. Aunque no te preocupes,
les encanta hablar. Les darás tema para semanas.
Aprieto los labios, intentando no perder la paciencia.
—¿Siempre disfrutas siendo el centro de atención? —le
pregunto, cambiando el tema en un intento de desviar el foco de mí misma.
—No es algo que busque. —Se cruza de brazos, imitando mi
postura, pero en él parece un gesto mucho más natural, casi casual—. Pero
aquí todos saben que pueden contar conmigo.
—Qué noble. —Mi sarcasmo se escapa de entre mis labios
antes de que pueda evitarlo.
Para mi sorpresa, él no se ofende. En lugar de eso, su sonrisa
se amplía ligeramente, como si disfrutara viendo cómo intento mantener el
control.
—¿Y tú? —pregunta de repente, con un brillo en los ojos que
me pone en alerta—. ¿Qué estás buscando aquí, Grace?
La pregunta, aunque sencilla, me deja sin respuesta. Porque,
en realidad, ni yo misma lo sé.
—Suministros —respondo finalmente, señalando la bolsa que
llevo en la mano como si eso lo explicara todo.
Él suelta una risa breve, esa que parece venir más de la
garganta que del pecho.
—Claro. Suministros. —Su tono deja claro que no se cree ni
una palabra, pero no insiste. En lugar de eso, señala el puesto de al lado—.
Si buscas algo que realmente valga la pena, prueba con las tartas de Helen.
Son las mejores de todo Bear Creek.
—No creo que eso esté en mi lista de prioridades.
—Pues debería. —Sus ojos se fijan en mí durante un segundo
más de lo necesario, y algo en su expresión cambia, aunque no sé
exactamente qué es. Luego, se inclina hacia adelante y añade en un susurro
—: Aquí, las cosas pequeñas son las que importan.
Antes de que pueda responder, se da la vuelta y se pierde entre
la multitud, dejando tras de sí una mezcla de desconcierto y algo que no sé
muy bien qué es, pero que me incomoda. Miro hacia el puesto que ha
señalado y, casi sin pensarlo, me acerco. La mujer que lo atiende me recibe
con una sonrisa cálida, como si no hubiera oído ninguno de los rumores que
me persiguen desde que llegué.
—¿Qué te pongo, cariño?
—Una tarta de manzana, por favor.
Mientras la envuelve con cuidado, no puedo evitar pensar en
las palabras de Caleb. Quizá tenga razón. Quizá este lugar no sea tan simple
como parece, y las cosas pequeñas sean las que realmente importan.
Cuando regreso al coche, con los suministros en una mano y la
tarta en la otra, me detengo un momento para mirar alrededor. El mercado
empieza a vaciarse poco a poco. El bullicio inicial se ha convertido en un
murmullo tranquilo, roto solo por el crujido de las bolsas de papel y el
tintineo de las monedas en las cajas registradoras. Estoy de pie junto a la
camioneta, con la tarta de manzana que compré en una mano y el peso de
las palabras de Caleb todavía resonando en mi cabeza.
—Esa ha sido una buena elección. —Una voz suave y cálida
me saca de mis pensamientos.
Me giro y veo a una mujer mayor, con el pelo blanco recogido
en un moño flojo y unos ojos marrones que desprenden una mezcla de
sabiduría y bondad. Lleva un vestido de algodón claro, sencillo pero
elegante, y un cesto de mimbre colgado del brazo.
—¿Perdón? —le pregunto, algo desconcertada.
—La tarta de Helen. —Señala la caja que tengo en la mano—.
Siempre es un acierto. Tu tía era una gran fan.
El comentario me toma por sorpresa, pero antes de que pueda
responder, la mujer sonríe y da un paso hacia mí.
—Soy Betty Harper. Tu tía Margaret y yo éramos muy amigas.
La echo de menos todos los días. —Su tono es dulce, pero hay un atisbo de
tristeza en su voz que me afecta más de lo que esperaba.
—Yo también la echo de menos. —Mi respuesta sale casi
como un susurro de entre mis labios y, por un momento, nos quedamos en
silencio, compartiendo esa pérdida que parece unirnos.
—¿Podemos sentarnos un momento? —me pregunta,
señalando un banco de madera cerca de uno de los puestos.
Asiento y la sigo, agradeciendo la oportunidad de escapar un
poco de las miradas curiosas que todavía noto a nuestro alrededor.
Cuando nos sentamos, Betty deja su cesto a un lado y se gira
hacia mí con una expresión que mezcla amabilidad y algo más profundo,
como si estuviera evaluándome.
—Margaret amaba este lugar, ¿sabes? No sólo el rancho, sino
todo Bear Creek. —Sus palabras son pausadas, como si estuviera
recordando cada detalle mientras habla—. Cuando llegó aquí por primera
vez, era tan diferente... tan llena de vida.
La escucho en silencio, sin saber muy bien qué decir. Hay algo
en su tono y en la forma en que pronuncia el nombre de mi tía, que hace
que me sienta pequeña, como si nunca hubiera entendido del todo quién era
Margaret.
—Ella siempre decía que Wild Creek no era solo un lugar. Era
un hogar para cualquiera que lo necesitara. —Betty sonríe, pero sus ojos
reflejan una nostalgia que no puede ocultar—. Hubo un invierno
especialmente duro, hará unos veinte años. Una familia recién llegada
perdió todo en un incendio. Margaret les acogió en el rancho durante meses,
hasta que pudieron reconstruir su casa.
La historia me sorprende, no porque no crea que mi tía fuera
capaz de algo así, sino porque nunca me lo contó. Siempre pensé que
Margaret era una mujer reservada, incluso algo distante, pero las palabras
de Betty pintan una imagen completamente diferente.
—No sabía nada de eso. —Mi voz suena más baja de lo que
pretendía, casi como si estuviera admitiendo una culpa que no entiendo del
todo.
—Hay muchas cosas que probablemente no sabes. —Betty
coloca una mano suave sobre la mía—. Pero no es culpa tuya. Margaret no
era de las que hablaban mucho de sí mismas. Prefería actuar y dejar que sus
acciones hablaran por ella.
Miro la mano de Betty sobre la mía y siento un nudo
formándose en mi garganta. No sé por qué estas palabras y estas historias,
me afectan tanto, pero lo hacen. Es como si estuviera viendo a mi tía por
primera vez, a través de los ojos de alguien que realmente la conocía.
—Ella amaba mucho este lugar —continúa Betty—. No solo
el rancho, sino todo Bear Creek. Ayudó a construir el centro comunitario,
donó materiales para la escuela local... Siempre estaba buscando formas de
devolver al pueblo lo que ella sentía que había recibido.
—Parece que era mucho más generosa de lo que imaginaba.
Betty suelta una risa suave, casi musical.
—Era una fuerza de la naturaleza. Todos aquí la respetaban.
Por eso, cuando se enteraron de que planeabas vender el rancho... bueno,
fue un golpe bajo para muchos.
Sus palabras son directas, pero no hay juicio en su tono, solo
una tristeza que se refleja en sus ojos.
—No he tomado ninguna decisión aún. —Mi respuesta suena
defensiva, incluso para mis propios oídos.
—Lo sé. —Betty me observa con una expresión tranquila,
como si pudiera ver a través de mí—. Y creo que Margaret estaría orgullosa
de que estés aquí, intentando entenderlo.
Sus palabras me sorprenden. Es la primera vez desde que
llegué, que alguien me dice algo positivo sobre mi presencia en Bear Creek,
y aunque no estoy segura de merecerlo, siento una pequeña chispa de alivio
dentro de mí.
—¿Qué crees que debería hacer? —La pregunta sale de mis
labios antes de que pueda detenerla, y cuando me doy cuenta de lo que he
dicho, siento un rubor subiendo por mis mejillas.
Betty sonríe, como si hubiera estado esperando esa pregunta.
—Eso depende de ti, querida. Pero te diré una cosa. Wild
Creek no es solo un lugar. Es un legado. Y los legados no se heredan solo
con papeles. Se cuidan, se nutren y, a veces, incluso se reinventan.
Miro a Betty, tratando de procesar sus palabras. Hay algo en
su tono, en la firmeza tranquila con la que habla, que me hace sentir como
si estuviera delante de alguien que entiende cosas que yo ni siquiera sé que
necesito entender.
—Gracias por decírmelo. —Mi voz es sincera, aunque todavía
estoy digiriendo todo lo que he escuchado.
—Gracias a ti por escuchar. —Betty se levanta con una gracia
que no parece corresponder a su edad—. Y recuerda, siempre puedes
encontrarme aquí si necesitas hablar.
La observo alejarse, con su cesto colgado del brazo y una ligera sonrisa en
los labios. Cuando desaparece entre la multitud, me quedo sentada en el
banco, mirando la tarta de manzana en mi regazo y sintiendo, por primera
vez, que quizá hay algo en este lugar que necesito descubrir, algo que va
más allá de la tierra y los edificios.

El trayecto de vuelta al rancho es silencioso, pero mi mente está llena de


todo lo que he escuchado en el pueblo. Las palabras de Betty resuenan una
y otra vez dentro de mi cabeza, entrelazándose con los murmullos que capté
de los lugareños. No puedo evitar pensar en todo lo que desconocía de
Margaret y en el impacto que tuvo en este pueblo.
Los caminos de tierra se alargan delante de mí, salpicados de
piedras y pequeños arbustos que parecen más vivos bajo el cielo despejado.
El aire huele a pino y algo dulce que no identifico y, por primera vez desde
que llegué, siento una especie de conexión con este lugar, aunque sea tenue,
como un hilo fino que podría romperse con el más mínimo tirón.
Cuando finalmente llego al rancho, el sol ya está
descendiendo, tiñendo el horizonte con un brillo cálido que, contra mi
voluntad, me resulta reconfortante. Apago el motor de la camioneta y me
quedo unos segundos con las manos en el volante, mirando la casa principal
como si fuera la primera vez que la veo. La estructura, con su madera
desgastada pero firme, parece desafiarme a descubrir sus secretos, a
entender qué hace que este sitio sea tan especial para tantos.
Recojo la tarta y las bolsas del mercado antes de entrar en la
casa. El interior está tranquilo, solo el crujido de las tablas bajo mis pies
rompe el silencio. Dejo las cosas en la cocina y, sin pensarlo demasiado,
empiezo a deambular por la casa, guiada por mi curiosidad. Las
habitaciones tienen un aire de nostalgia. Cada rincón parece susurrar
historias de Margaret, de su vida aquí y de todo lo que significó para Bear
Creek. Paso los dedos por un marco de fotos que descansa sobre una
estantería en el salón. La imagen muestra a mi tía de joven, rodeada de
gente que parece tan feliz como ella. Reconozco a Betty entre ellos, con un
rostro mucho más joven, pero la misma sonrisa amable. En el despacho de
Margaret, el ambiente es diferente, más pesado, como si los años de trabajo
y responsabilidad todavía impregnaran las paredes. Me acerco al escritorio,
donde un par de carpetas se apilan ordenadamente. No quiero hurgar
demasiado, pero algo me detiene: un sobre amarillo que sobresale
ligeramente de una de las carpetas. Lo saco con cuidado y lo abro. Dentro
hay una foto que no recordaba haber visto nunca. En ella, estoy yo, con no
más de siete u ocho años, sentada en el porche del rancho con la tía
Margaret a mi lado. Mi pelo está revuelto y llevo un vestido que,
claramente, ha sobrevivido a un día lleno de juegos. La tía, en cambio, está
impecable, con una sonrisa tranquila y una mirada que parece decir que
todo está bajo control. Lanzo un hondo suspiro y me siento en la silla del
despacho, sosteniendo la foto entre las manos, y dejo que los recuerdos
empiecen a emerger, uno a uno. Margaret siempre fue una figura firme en
mi vida, alguien en quien podía confiar, aunque nunca fue particularmente
expresiva. Ahora me pregunto cuántas veces escondió sus propias
emociones para asegurarse de que yo estuviera bien. ¿Cuántas veces
sacrificó algo que quería por el bien de este lugar o de las personas que lo
rodeaban?
Vuelvo a observar la foto, intentando recordar qué estaba
pensando en ese momento, qué sentía. Pero solo me viene a la cabeza una
sensación cálida, un recuerdo vago de sentirme segura, como si todo el
mundo estuviera en su sitio. Respiro hondo y dejo la foto sobre el escritorio,
incapaz de apartar los ojos de ella. Es la primera vez desde que llegué que
realmente siento el peso de este lugar, no como una carga, sino como algo
más profundo.
El sonido de pasos en el porche me saca de mis pensamientos.
Me levanto y cruzo el salón para abrir la puerta y entonces es cuando me
encuentro con Caleb al otro lado, que lleva un cubo de herramientas en una
mano y un ceño fruncido que parece permanente.
—¿Qué haces aquí dentro? —pregunta con un tono directo
que empieza a resultarme familiar.
—Solo… estaba revisando algunas cosas. —Mi respuesta es
vaga, pero no puedo evitar que mi voz suene un poco a la defensiva.
Él me observa durante unos segundos, como si estuviera
evaluándome, antes de asentir ligeramente.
—Vamos. Necesito ayuda con algo en el establo.
—¿Qué clase de ayuda? —le pregunto, cruzándome de brazos.
—De la que ensucia las manos. ¿Vas a venir o no?
No respondo de inmediato, pero su mirada me resulta
desafiante. Dejo la puerta abierta y lo sigo, sintiendo que, aunque nuestras
interacciones suelen estar llenas de choques, hay algo en Caleb que empieza
a resultarme menos molesto y más intrigante.
Mientras caminamos hacia el establo, mi cabeza regresa a la
foto en el despacho. Algo en ella, en la forma en que Margaret me miraba,
me hace cuestionarme todo lo que creía saber sobre este lugar, sobre ella e
incluso sobre mí misma. Tal vez Caleb tenga razón. Si voy a quedarme
aquí, no puedo hacerlo solo como una espectadora. Tendré que descubrir
qué significa realmente Wild Creek y si estoy dispuesta a formar parte de su
historia. Porque, de alguna manera, siento que esta historia también es mía.
Capítulo 6
Caleb
Desde el establo veo cómo las nubes oscuras empiezan a extenderse por el
cielo como una mancha de tinta, arremolinándose en el horizonte. Dejo la
herramienta que tengo en la mano y observo cómo el viento agita cada vez
más fuerza los árboles, como si estuvieran avisando de lo que viene. Pienso
en Grace. La vi hace rato dirigirse hacia la cerca con más ganas que
habilidad, cargando una herramienta que parecía pesarle más de la cuenta.
Por un momento me digo que no es mi problema. Si ella quiere demostrar
que puede hacerlo todo sola, que lo haga. Pero el maldito instinto de
protección me traiciona y, antes de darme cuenta, estoy caminando hacia la
salida del establo.
Cada paso que doy hacia la cerca me hace preguntarme por
qué estoy haciendo esto. Grace Montgomery no es mi responsabilidad. Ella
quiso venir aquí, quiso quedarse y demostrar algo que ni yo mismo
entiendo. Pero, por alguna razón, no puedo evitar pensar en lo que puede
pasarle si la tormenta la alcanza antes de que regrese. Cuando llego, la
encuentro inclinada sobre uno de los postes, con la llave inglesa en la mano,
luchando por ajustar algo que claramente no sabe cómo manejar. Sus
movimientos son torpes y el viento le agita el pelo, pegándole mechones a
la cara. El cielo sobre ella se oscurece más con cada minuto que pasa y las
primeras gotas de lluvia empiezan a caer.
—¿Qué estás haciendo aquí? —le pregunto aún a unos pasos
de distancia de ella, intentando que mi voz se escuche por encima del
viento.
Al escucharme, se gira hacia mí con el ceño fruncido y una
expresión que combina frustración y desafío.
—¿Qué te parece que estoy haciendo? —responde, volviendo
a centrarse en la cerca como si mi presencia no le importara lo más mínimo.
—Parece que estás intentando que te parta un rayo —le digo,
avanzando hacia ella con las manos en los bolsillos.
—Estoy terminando lo que empecé —replica, con esa
testarudez que empieza a resultarme demasiado familiar.
—Eso puede esperar. —Señalo el cielo, que ahora parece una
masa de sombras arremolinadas. Las gotas de lluvia se vuelven más
constantes, salpicando la tierra de pequeños charcos—. Vámonos antes de
que empeore.
Grace se endereza y me mira directamente a los ojos con la
llave inglesa todavía en la mano.
—No. Necesito terminar esto.
Me acerco un paso más hacia ella, acortando la distancia entre
nosotros.
—No seas cabezota. No hay nada en esta cerca que no pueda
esperar hasta mañana.
—No estoy siendo cabezota. —Su tono es firme, pero sus ojos
reflejan algo más, que no sé si es miedo o simple orgullo—. Solo quiero
hacer las cosas bien.
El primer trueno retumba en la distancia, y eso es suficiente
para que mi paciencia se agote. Sin decir nada más, le quito la herramienta
de la mano.
—¿Qué haces? —exclama, intentando recuperarla.
—Te estoy sacando de aquí antes de que te pase algo.
—¡Dámela, Caleb! —insiste, agarrando mi brazo.
Antes de que pueda responder, el cielo se ilumina con un
relámpago que corta el aire, seguido de un trueno que hace temblar el suelo
bajo nuestros pies. Aprovecho su momento de distracción para pasar un
brazo por detrás de sus rodillas y levantarla del suelo.
—¡Bájame ahora mismo! —grita, golpeándome el hombro
mientras intento mantener el equilibrio en el suelo cada vez más
resbaladizo.
—Deja de patalear o te voy a soltar en el barro.
—Eres un... ¡imbécil!
Su cuerpo está tenso contra el mío y aunque me grita insultos
entrecortados, no hace mucho por liberarse. El contacto es incómodamente
íntimo, pero no puedo permitirme pensar en eso ahora. El viento arrecia, y
las gotas de lluvia empiezan a caer con más fuerza, mojándonos antes de
llegar al porche.
Cuando finalmente la dejo en el suelo, Grace se aparta de mí
de un tirón, alisándose la ropa con movimientos bruscos.
—No hacía falta que me cargaras como si fuera un saco de
grano.
—No me has dado otra opción. —Cruzo los brazos,
observándola mientras se sacude el barro de los vaqueros.
Grace me lanza una mirada que podría derretir hielo, pero no
dice nada más. La lluvia golpea el tejado con fuerza y, por un momento, el
único sonido que queda entre nosotros es el de la tormenta desatada a
nuestro alrededor.
—Te lo dije. —Rompo el silencio, con una sonrisa que sé que
la irritará.
—No siempre tienes razón.
—Hoy sí.
Ella resopla y se gira hacia la puerta de la casa, claramente
harta de mí. La sigo con la mirada mientras entra, dejando tras de sí un
rastro de agua y barro en el suelo. Por alguna razón, verla así, luchando por
mantener el control en medio del caos, me resulta más intrigante de lo que
debería.
La tormenta sigue rugiendo, pero yo me quedo en el porche,
preguntándome por qué esta mujer tiene la capacidad de poner mi mundo
patas arriba con tan solo estar cerca. El viento golpea las ventanas como si
quisiera arrancarlas del marco. Las ráfagas hacen crujir la madera de la
casa, y cada trueno que estalla parece sacudir las paredes. Entro en la
cabaña detrás de Grace, con las botas dejando un rastro de agua y barro en
el suelo. Ella camina hacia el salón con pasos rápidos, casi como si
intentara escapar de algo, aunque no estoy seguro de si es de la tormenta o
de mí.
—¿Siempre son así las tormentas aquí? —pregunta sin girarse.
Su voz suena tranquila, pero noto la tensión en sus hombros. Me
quito el sombrero y lo dejo sobre la silla más cercana antes de responder.
—A veces son peores.
Grace se da la vuelta y cruza los brazos, mirando hacia la
ventana. Las gotas de lluvia caen con fuerza, y el viento las empuja en todas
direcciones, creando una cortina casi impenetrable. Ella se muerde el labio,
un gesto que empieza a resultarme familiar cuando está nerviosa.
—No me gustan las tormentas. —Lo dice en voz baja, casi
como si no quisiera admitirlo.
—¿Por qué no me sorprende? —replico con un tono que
intento hacer más ligero, aunque por la expresión de su cara, no parece
haber surtido efecto.
Grace me lanza una mirada que podría partir un roble.
—No es algo que controle. No todo el mundo crece en un
rancho como tú.
No le respondo de inmediato. Hay algo en su tono, una mezcla
de incomodidad y orgullo herido, que hace que me arrepienta un poco de mi
comentario. Me acerco al salón y me dejo caer en el sofá, dejando espacio
suficiente por si decide unirse.
—No es tan malo, ¿sabes? —le digo, señalando las ventanas
que tiemblan bajo la fuerza del viento—. Cuando era niño, solía quedarme
despierto durante las tormentas solo para ver los rayos. Me fascinaban.
Margaret decía que tenía que ser valiente, que no había nada que temer si
estabas dentro de casa.
Grace frunce el ceño, como si no entendiera qué tiene de
fascinante algo que suena como el fin del mundo.
—¿Y si estabas fuera?
—Ahí la cosa cambiaba. —Sonrío ante el recuerdo—. Una vez
me pilló una tormenta mientras estaba con los caballos. Tendría unos diez
años. Me dio tanto miedo que me escondí en el granero y no salí hasta que
Margaret vino a buscarme. Recuerdo que me dijo que incluso las cosas más
aterradoras tienen su belleza.
Grace parece pensar en lo que le cuento. Finalmente, se sienta
en el otro extremo del sofá, manteniendo cierta distancia, aunque su postura
no es tan rígida como antes.
—Margaret parecía saberlo todo. —Su tono es más suave ahora, y
está cargado de una nostalgia que no esperaba.
—Lo sabía. —Asiento, observando cómo la luz de un
relámpago ilumina su rostro por un instante. Sus ojos azules parecen más
brillantes, y hay algo en su expresión que me hace querer decir algo más,
pero no encuentro las palabras adecuadas.
Un trueno retumba, haciendo que Grace se sobresalte
ligeramente. Su reacción es mínima, pero suficiente para que me dé cuenta
de lo tensa que está.
—¿Sabías que los caballos también odian las tormentas? —le
pregunto, intentando distraerla.
Ella alza una ceja, claramente confundida por el cambio de
tema.
—¿De verdad?
—Claro. Son animales grandes y fuertes, pero el ruido y las
luces los ponen nerviosos. Igual que a ti.
Grace me lanza una mirada que mezcla irritación y algo que
parece un intento de sonrisa.
—Gracias por la comparación. Muy amable.
Me encojo de hombros.
—Solo digo que incluso los más fuertes tienen sus momentos
de debilidad.
Ella parece querer replicarme, pero otro trueno la interrumpe,
esta vez más cercano. Grace se aparta un mechón de pelo mojado de la cara
y, por un momento, parece más vulnerable, como si estuviera luchando
contra algo que no quiere mostrarme.
—Cuando era niña, había una tormenta fuerte cada verano —dice de
repente, sin mirarme—. Una vez, mi madre me llevó al sótano, porque no
quería que estuviera cerca de las ventanas. Decía que era peligroso. Me
quedé allí sola durante horas mientras ella subía a revisar la casa. Creo que
por eso me ponen tan nerviosa.
No sé qué responder. Es la primera vez que Grace comparte
algo tan personal conmigo y, aunque no tengo idea de cómo manejarlo,
siento que no puedo dejarlo pasar sin decir algo.
—No todas las tormentas son malas. Algunas solo limpian el
aire.
Ella me mira y, por un momento, parece que va a decir algo,
pero se lo piensa mejor y, en lugar de eso, se acomoda en el sofá, y se
envuelve con una manta que había doblada sobre el respaldo.
—Espero que esta termine pronto.
El viento sigue rugiendo afuera, pero dentro de la cabaña todo
parece más calmado. Me recuesto un poco, observándola mientras mira
hacia la ventana, y me pregunto por qué esta mujer, con toda su testarudez y
sus inseguridades, está empezando a importarme más de lo que debería.
El crepitar del fuego llena el silencio incómodo que se ha instalado entre
nosotros. Grace está ahora sentada en el suelo, envuelta en una manta, con
las rodillas recogidas y la mirada fija en las llamas. La luz rojiza baila en su
rostro, suavizando los ángulos de su expresión y dándole un aire casi irreal.
Me apoyo en el brazo del sofá, observándola desde mi posición. Parece
perdida en sus pensamientos, como si el sonido de la tormenta fuera solo un
murmullo lejano.
—No parece que vaya a parar pronto. —anuncio, más por
decir algo que porque espere una respuesta.
Ella asiente sin mirarme, jugueteando con el borde de la
manta. Hay algo en su postura, en la forma en que se encoge ligeramente
sobre sí misma, que me llama la atención. Grace, con toda su actitud altiva
y su sarcasmo afilado, parece ahora tan… frágil.
—¿Te asustan mucho las tormentas? —pregunto, dejando que
mi tono sea más suave de lo habitual.
Ella levanta la mirada y sus ojos azules brillan a la luz del
fuego. Por un momento, pienso que va a burlarse de mi pregunta, pero en
lugar de eso, suspira.
—No es miedo. Es más… incomodidad. Siempre me han
puesto nerviosa. De niña, solía esconderme bajo las sábanas cuando
escuchaba truenos como estos. Supongo que algunas cosas no cambian.
Hay algo que me desarma en su sinceridad. Me inclino hacia
delante, apoyando los codos en las rodillas mientras trato de no fijarme
demasiado en cómo la manta se desliza, dejando al descubierto un hombro
desnudo. Su piel tiene un brillo cálido, y la tensión en mi pecho crece antes
de que pueda controlarla.
—Aquí las tormentas son habituales. —Mi voz suena más
grave de lo que esperaba—. Aprendes a convivir con ellas. Aunque
reconozco que siempre es más fácil si tienes algo que te distraiga.
—¿Y tú qué haces para distraerte? —pregunta, inclinando la
cabeza con curiosidad.
Sonrío de medio lado. Esa pregunta tiene más respuestas de
las que estaría dispuesto a compartir con ella, pero elijo la más neutral.
—Normalmente, trabajo. Cuando estás en un rancho, siempre
hay algo que hacer, incluso con una tormenta encima.
—Suena agotador. —Grace deja escapar una risa suave, pero
sus labios se curvan en una sonrisa que parece más real de lo habitual.
—Lo es. Pero también tiene su recompensa. —Mis ojos se
detienen un instante que se alarga demasiado en su rostro y, cuando me doy
cuenta, desvío la mirada hacia las llamas—. Hay algo en este lugar que no
puedes entender hasta que lo vives.
Ella guarda silencio y, por un momento, pienso que el tema se
ha agotado. Pero entonces, Grace se mueve, apoyando la espalda contra el
borde del sofá mientras se estira ligeramente. La manta se desliza un poco
más y mi atención se fija, sin querer, en la curva de su clavícula y en el
ligero movimiento de su pecho al respirar.
—¿Qué recompensa? —pregunta al fin, con un tono que
mezcla curiosidad y un desafío implícito.
—Paz. —La respuesta sale antes de que pueda detenerla de mi
garganta. La palabra se siente extraña en mi boca, como si no la usara a
menudo, pero no hay otra que describa mejor lo que le intento explicar—.
Saber que todo lo que haces tiene un propósito, que hay algo real que
puedes sostener con tus manos al final del día.
Ella asiente lentamente, como si intentara comprenderlo, pero
no digo nada más. Hay un peso en el aire, algo que va más allá de las
palabras, y me pregunto si Grace también lo siente. El silencio vuelve, pero
esta vez no es incómodo.
—No sé si yo podría acostumbrarme a eso. —Su voz
interrumpe mis pensamientos. Tiene un tono más bajo, casi introspectivo.
—¿Por qué no? —pregunto, mirándola directamente.
Ella se encoge de hombros, pero el gesto no tiene la misma
indiferencia que normalmente muestra.
—Supongo que nunca he tenido que trabajar por algo que
realmente me importara. —Hace una pausa, como si estuviera eligiendo sus
palabras con cuidado—. Siempre he estado… de paso. Nunca he tenido un
lugar que sintiera realmente mío.
Algo en su confesión me golpea más fuerte de lo que
esperaba. Grace, la mujer que parece tener siempre una respuesta rápida y
mordaz, parece diferente ahora. Vulnerable. Real.
—Eso puede cambiar. —Mis palabras salen antes de que
pueda pensarlo. Ella me mira y, por un momento, el tiempo parece
detenerse.
—¿De verdad crees que puedo encajar aquí? —Su tono no es
sarcástico ni defensivo, sino honesto, como si estuviera pidiendo una
respuesta que ni ella misma sabe.
—No lo sé. —Mi respuesta es igual de honesta—. Pero estás
aquí, ¿no? Eso ya significa algo.
Grace sonríe, pero no dice nada. Su mirada regresa al fuego y
yo hago lo mismo, intentando ignorar la tensión que crece entre nosotros.
Pero es difícil. Cada movimiento suyo, cada pequeño gesto, parece captar
mi atención de una forma que no esperaba.
Cuando otro trueno retumba, ella se sobresalta ligeramente, y
antes de que pueda detenerme, mi mano se mueve, rozando la suya. No es
más que un gesto instintivo, pero cuando nuestras pieles se tocan, siento un
calor que no tiene nada que ver con el fuego.
Grace me mira y en sus ojos hay algo que no había visto antes.
No sé si es agradecimiento, curiosidad o algo más profundo, pero no aparto
la mano. No puedo.
—Gracias —susurra.
No respondo. No sé qué contestarle. Pero mientras ella se
relaja ligeramente, dejando que nuestras manos permanezcan juntas, siento
que, por primera vez, las tormentas pueden ser algo más que ruido y caos.
El cielo continúa rugiendo con una fuerza que retumba hasta
en mis huesos. Afuera, la lluvia golpea con una intensidad que no parece
tener fin. Estoy apoyado en la ventana del salón, mirando cómo el viento
azota los árboles del prado cercano. Grace está a mi espalda, junto al fuego,
todavía envuelta en la manta. Pero algo no me cuadra. Desde hace un rato,
los caballos están inquietos. Sus relinchos resuenan, mezclándose con el
estruendo de la tormenta. Y entonces, un destello blanco ilumina el paisaje.
Apenas un segundo después, un trueno ensordecedor sacude el aire, tan
fuerte que parece que la casa se tambalea. Mi cuerpo reacciona antes de que
mi cabeza pueda procesarlo.
—Quédate aquí. —Mi tono es cortante, casi brusco, mientras
me dirijo hacia la puerta.
—¿Qué pasa? —Grace se levanta de golpe, dejando caer la
manta al suelo.
—Un rayo. —Me detengo un instante y la miro—. No voy a
arriesgarme a que los caballos se descontrolen.
Ella me observa con el ceño fruncido, pero no digo nada más.
No hay tiempo para explicaciones. Salgo al porche y, de inmediato, el agua
fría cala mi camisa. La tormenta no da tregua. A lo lejos, un árbol yace
derribado junto a la valla del cercado. Su tronco roto está envuelto en humo
y astillas. El sonido de los cascos golpeando el suelo me confirma lo que
temía: los caballos están alterados. No puedo permitirme perder el control
ahora. Empiezo a bajar los escalones cuando escucho pasos rápidos detrás
de mí. Me giro y veo a Grace, sujetándose el pelo con una mano mientras
corre hacia mí.
—¿Qué crees que haces? —le espeto levantando la voz para
que me oiga por encima del viento.
—No voy a quedarme ahí sentada mientras tú haces todo. —
Su tono tiene esa mezcla de desafío y resolución que ya empiezo a
reconocer demasiado bien.
—Esto no es un juego, Grace. —Mi mandíbula se tensa
mientras intento ignorar el impulso de mandarla de vuelta al interior.
—¿Te parece que estoy jugando? —responde, cruzándose de
brazos bajo la lluvia.
La frustración me consume, pero no tengo tiempo para
discutir. Sin decir más, le hago un gesto para que me siga, sabiendo que
intentar detenerla sería una pérdida de tiempo. Cruzamos el patio hacia el
establo, mientras el barro salpica nuestras botas con cada paso que damos.
La lluvia nos empapa al instante, y el aire huele a tierra mojada y a madera
quemada. Los caballos están intranquilos, pateando las puertas de sus
compartimentos. Uno de ellos, el más joven, relincha con fuerza, como si
quisiera escapar.
—Coge esas cuerdas —le digo a Grace mientras señalo un
banco cercano. Mi voz es firme, casi militar, porque sé que cualquier duda
en este momento puede costarnos caro.
Ella no responde, pero veo que sus manos se mueven rápidas,
recogiendo las cuerdas mientras me sigue hasta el establo. Cuando
llegamos, el desastre es evidente. Parte de la valla está destrozada, y uno de
los caballos ya ha salido al prado. El viento arrastra las ramas caídas, y el
barro hace que cada paso sea una lucha.
—Tú quédate aquí y sujeta esta parte de la valla. No dejes que
los otros salgan. —Le lanzo la cuerda y corro hacia el caballo que se ha
escapado. El animal trota en círculos, nervioso y sus ojos brillan con un
miedo que siento en mi propio pecho.
Grace no dice nada, pero cuando la miro de reojo, veo que está
siguiendo mis instrucciones al pie de la letra. Sujeta la cuerda con fuerza,
enfrentándose al viento y a la lluvia con su cuerpo pequeño, como si no
pensara ceder.
—Eh, chico, tranquilo… —mi voz es baja, calmada, mientras
me acerco al caballo. Cada movimiento es medido, cada paso un intento de
transmitirle seguridad. Finalmente, logro sujetar las riendas y el animal se
queda quieto, temblando bajo mi mano.
De vuelta al establo, Grace me ayuda a asegurar al caballo,
mientras yo trabajo en improvisar una barrera para cubrir el hueco en la
valla. Nuestras manos se rozan al atar las cuerdas y el contacto, aunque
breve, es suficiente para enviarme un escalofrío que no tiene nada que ver
con el frío.
—¿Listo? —pregunta con la voz aún entrecortada por el
esfuerzo.
Asiento, atando el último nudo. El viento sigue rugiendo
fuera, pero al menos los caballos están seguros por ahora. Me vuelvo hacia
Grace y, por primera vez, noto lo agotada que parece. Su pelo está pegado a
su cara, su respiración es rápida y su ropa está cubierta de barro. Aun así,
hay algo en su postura que me hace sentir un extraño respeto.
—Vamos. Necesitamos volver antes de que esto empeore. —
Le tiendo una mano para ayudarla a levantarse del suelo.
Ella me mira durante un segundo, como si estuviera
pensándose si rechazar mi oferta, pero finalmente la acepta. Su mano es
pequeña y fría en comparación con la mía, pero su agarre es firme.
Caminamos juntos hacia la casa, la lluvia todavía nos golpea con fuerza.
Cuando finalmente cruzamos el umbral, cierro la puerta con un golpe,
dejando que el silencio del interior nos envuelva. Grace se quita los zapatos
empapados y los deja junto a la puerta antes de mirarme. Su pelo gotea
sobre sus hombros y sus labios están ligeramente morados por el frío, pero
en sus ojos hay un brillo desafiante.
—No creí que fueras capaz de aguantar algo así —le digo
finalmente.
—No me conoces tanto como crees —me responde con una
sonrisa.
Y, por primera vez, le sonrío yo también.
Capítulo 7
Grace
El aire huele a tierra mojada y madera, un rastro de la tormenta que ha
dejado el cielo despejado. Desde el porche observo el desastre que el viento
ha sembrado en el terreno. La cerca está en parte destrozada y en el barro
están las huellas que los caballos dejaron al escapar. Me cruzo de brazos,
intentando ignorar el cosquilleo que me provoca sobre la piel la camiseta
húmeda que llevo puesta. Con cada uno de mis movimiento, la tela se pega
a mi cuerpo, recordándome que no he tenido ni tiempo de cambiarme tras el
caos que hemos vivido esta noche. En ese momento, veo a Caleb pasar
junto a mí, cargando herramientas sin apenas mirarme. Va con las mangas
remangadas y el pelo todavía algo revuelto por la humedad. Hay un leve
brillo en sus brazos debido al esfuerzo, pero aparto la vista antes de que mi
mirada se quede pegada donde no debería.
—Si piensas quedarte ahí, no servirás de mucho —dice
mientras se detiene al pie del porche. No hay burla en su voz, pero tampoco
simpatía.
—Estaba esperando instrucciones, jefe —respondo, dejando
caer la última palabra con intención, aunque en lugar de molestarse, suelta
una breve risa nasal antes de girarse hacia la cerca.
Mientras me acerco al establo para recoger cuerdas y clavos,
siento el calor subiendo por mis mejillas. No puedo evitar que mi mente
viaje a esta noche pasada. La forma en que Caleb me miró cuando ambos
estábamos empapados por el agua de la tormenta no puedo olvidarla. No lo
admitiría en voz alta, pero había algo en sus ojos que me hizo sentir
vulnerable y, a la vez, más viva que nunca. Sacudo la cabeza para sacarme
esa imagen de encima. Es ridículo. Él no es más que un tipo cabezota que
tiene una idea muy clara de lo que es y lo que no es este lugar. Y yo… , en
cambio, soy alguien que todavía no sabe qué hacer aquí.
Cuando regreso con las herramientas, Caleb ya está de pie
junto a la valla rota, inspeccionándola con esa expresión seria que parece
llevar siempre.
—Esto no va a arreglarse solo —dice sin mirarme, mientras
sostiene una estaca rota en la mano.
—Eso lo he deducido yo solita —replico, aunque él no parece
notar mi sarcasmo.
Empiezo a clavar con fuerza una de las nuevas estacas en el
suelo, mientras Caleb sostiene la valla con una mano para estabilizarla. A
pesar del silencio que hay entre nosotros, tenerlo cerca me provoca algo que
no sé si me irrita o me atrae.
—No tienes mucha práctica con esto, ¿verdad? —pregunta
después de un rato, sin levantar la mirada de lo que está haciendo.
—¿Por qué lo dices? —le pregunto con un tono que suena un
poco más a la defensiva de lo que pretendo.
—Por cómo sujetas el martillo. —Señala con la barbilla mi
mano, que efectivamente no está en la posición correcta.
—Me gusta hacer las cosas a mi manera —respondo,
ajustando el agarre sin mirarle.
Él deja escapar una risa breve, pero no dice nada más. A pesar
de su comentario, no me corrige. Simplemente sigue trabajando a mi lado,
como si estuviera acostumbrado a hacer las cosas sin depender de nadie.
El silencio vuelve y, aunque al principio me resulta incómodo,
poco a poco empieza a parecerme menos opresivo. Decido que, si vamos a
trabajar juntos, lo mínimo que puedo hacer es intentar saber algo más de él.
Quizá eso ayude a que el clima entre nosotros sea menos tenso.
—¿Siempre has vivido aquí? —le pregunto mientras sujeto
una de las tablas en su sitio.
Caleb se detiene un momento, como si estuviera pensando si
responderme o no, hasta que finalmente se decide.
—Nací aquí y, desde entonces, nunca he tenido razones para
irme.
—¿No te ha apetecido conocer otros lugares? —insisto.
—No es que no quiera. —Se encoge de hombros—.
Simplemente, alguien tiene que quedarse aquí y ocuparse de esto.
Hay algo en su tono que me hace pensar que esa
responsabilidad no siempre fue su elección, sino que fue algo que le
impusieron. Me quedo en silencio, dándole vueltas a sus palabras mientras
clava otra estaca en el suelo.
—¿Y tú? —pregunta de repente, girando la cabeza para
mirarme.
El cambio en la conversación me toma por sorpresa y, por un
momento, no sé qué responder.
—He vivido en muchos sitios, pero nunca por mucho tiempo
—digo finalmente, intentando sonar natural.
—Eso explica por qué pareces tan incómoda aquí. —Su
comentario no tiene malicia, pero aun así me molesta.
—No estoy incómoda —respondo rápidamente y él levanta
una ceja, como si no se creyera ni una palabra de lo que le acabo de decir.
—Claro. Por eso llevas todo el tiempo ajustándote esa
camiseta.
El calor sube a mi cara al instante. Miro hacia abajo y maldigo
para mis adentros. La tela húmeda sigue pegándose a mi piel y, aunque
estoy haciendo lo posible por ignorarlo, no le ha pasado desapercibido.
—Hace calor —murmuro, evitando mirarle a los ojos mientras
sigo trabajando.
Caleb no dice nada, pero cuando me atrevo a levantar la
mirada, veo la sombra de una sonrisa en sus labios antes de que se gire
hacia otro lado.
Seguimos trabajando en silencio durante un rato. Aunque
intento concentrarme en la tarea, me fijo una y otra vez en la forma en que
sus músculos se tensan cada vez que golpea las estacas en el suelo o en
cómo el sol empieza a secar su pelo, dejándolo más claro en las puntas. Es
absurdo que alguien que me saca tanto de quicio pueda, al mismo tiempo,
tener ese efecto en mí.
—¿Siempre eres tan callado? —le pregunto finalmente, más
para llenar el silencio que por otra cosa.
—¿Siempre hablas tanto? —replica él, lanzándome una
mirada rápida que me desarma.
Le sostengo la mirada, intentando no dejar que su comentario
me afecte.
—Solo intento ser amable.
—Pues no hace falta. Esto no es un café en la ciudad. Aquí no
se espera que mantengas ningún tipo de conversación, solo que trabajes y
acabes cuanto antes.
—Ya veo. Entonces, ¿debo asumir que tu especialidad es el
silencio incómodo?
Él se ríe, una risa breve y baja que resuena en el aire.
—Para mí no es incómodo.
No sé si responderle o no, porque parece que cada palabra que
le digo se convierte para él en un juego de tira y afloja. Pero hay algo en su
tono y en la forma en que sus ojos me miran de reojo, que me hace sentir
que, tal vez, el silencio con él no tiene por qué ser algo malo.
A medida que avanzamos con el trabajo, empiezo a darme
cuenta de que quizá no es tan tosco como pretende aparentar. Es eficiente,
metódico y parece saber exactamente lo que es necesario hacer en cada
momento. Y aunque su actitud sigue siendo distante, hay una calma en él
que me intriga, una especie de seguridad que admiro, aunque eso nunca lo
admitiría delante de él.
—Creo que ya está —me dice finalmente, levantándose y
limpiándose las manos en los vaqueros.
—No ha quedado tan mal, ¿verdad? —pregunto, observando
nuestro trabajo con las manos en la cintura.
—Podría haber quedado mejor si no hubieras insistido en
hacerlo todo a tu manera.
—Siempre tan amable —le respondo alzando una ceja.
Él me lanza una mirada que no puedo descifrar antes de
empezar a recoger las herramientas. Por un momento, pienso en decir algo
más e intentar romper esa barrera que parece rodearle. Pero me detengo, no
hay que forzar las cosas.
Mientras caminamos de vuelta hacia el establo, con el sol
ahora brillando alto sobre nuestras cabezas, siento que algo ha cambiado
ligeramente entre nosotros. No sé si es una tregua o simplemente un respiro,
pero, por primera vez desde que llegué a este lugar, no me siento
completamente fuera de lugar. Y aunque Caleb no lo sabe, algo en su forma
de ser, en su mezcla de rudeza y quietud, me hace pensar que tal vez este
lugar tiene más que ofrecerme de lo que creí al principio.

El aire del establo es fresco, con ese aroma a heno y tierra húmeda, que me
recuerda lo lejos que estoy de cualquier lugar al que haya llamado hogar. El
sonido de los cascos golpeando el suelo y los resoplidos de los caballos
llenan el espacio mientras camino hacia los box de los animales. Caleb está
al fondo, ajustando algo en la montura de uno de los caballos. Su
concentración es total, con movimientos firmes y precisos como si cada
hebilla y cada cuerda fueran parte de un ritual, que conoce a la perfección.
—¿Siempre trabajas con tanta seriedad? —le pregunto,
deteniéndome a unos pasos de distancia de donde está él.
—¿Siempre haces tantas preguntas? —responde sin levantar la
mirada y con tono seco, aunque no ofensivo.
Me apoyo en la barandilla, mientras observo cómo su atención
está completamente centrada en el caballo. El animal, un ejemplar marrón
claro con una mancha blanca en la frente, parece tranquilo a su lado.
—Quiero probar. —La frase sale de mi boca antes de que
pueda detenerla.
Caleb se gira hacia mí, alzando una ceja.
—¿Probar qué?
—Montar. —le digo cruzándome de brazos e intentando
parecer más segura de lo que realmente me siento.
—¿A caballo?
—Claro —le contesto asintiendo con la cabeza.
—¿Sabes lo que dices? —pregunta, apoyándose en la montura
y mirándome con una mezcla de curiosidad y escepticismo.
—No. Pero puedo aprender. —le respondo con suficiencia e
intentado no parecer tan inexperta como me siento.
Él me observa durante unos segundos más antes de asentir,
como si hubiera llegado a una decisión.
—Pues primero, elige un caballo que no te mate al primer
movimiento. —Su tono es práctico, pero hay algo en su forma de decirlo
que me arranca una sonrisa.
—¿Qué me sugieres, experto? —Lo digo con una pizca de
sarcasmo, aunque él parece inmune a cualquier intento de provocación por
mi parte.
—Ven. —Hace un gesto con la cabeza hacia uno de los
compartimentos.
El caballo que señala es más pequeño que el resto y tiene un
pelaje dorado y ojos grandes y expresivos. Parece tranquilo, pero aun así mi
estómago se encoge por el respeto que me da. Caleb abre la puerta y me
mira por encima del hombro.
—Ella se llama Lucy. Es la más dócil de todas. Si no puedes
con ella, será mejor que lo dejes.
—Vaya, qué motivador —le respondo poniendo los ojos en
blanco mientras me acerco al animal.
Lucy me observa con curiosidad mientras extiendo una mano
hacia su cuello. Su pelaje es suave, y el calor de su cuerpo me resulta
reconfortante.
—¿Qué te parece? —pregunto más para mí que para él.
—Ella estará bien. El problema eres tú.
Su comentario me hace girar la cabeza, pero cuando veo la
media sonrisa dibujada en sus labios, me doy cuenta de que está disfrutando
con esto.
—¿Siempre eres tan encantador? —replico, aunque sé que no
voy a ganar esta batalla verbal.
Caleb da un paso hacia mí y se queda tan cerca, que puedo
sentir el leve calor que emana de su cuerpo.
—Vamos, sube.
Se pone junto a Lucy, sujetando las riendas con una mano,
mientras con la otra me señala la montura. La distancia entre nosotros se
reduce y el nerviosismo que sentía hace un momento se multiplica hasta el
infinito.
—¿Qué hago primero? —pregunto, intentando concentrarme
en la tarea y no en el hecho de que Caleb está ahora a escasos centímetros
de mí.
—Apoya el pie en el estribo. Yo te ayudo con el resto.
Sus palabras son simples, pero la idea de que me toque,
aunque sea para ayudarme, me hace sentir un cosquilleo en el estómago,
que intento ignorar, aunque no lo consigo. Respiro hondo y sigo sus
instrucciones, levantando una pierna para colocarla en el estribo. Antes de
que pueda hacer nada más, siento su mano firme en la cintura.
—Relájate —me ruega en voz baja, y el peso de la palma de
su mano sobre mi cuerpo me deja un segundo sin aire.
Con un movimiento fluido, me ayuda a impulsarme y de
repente estoy sentada en la montura. La perspectiva desde arriba me marea
un poco, pero lo que realmente ocupa mi mente es el calor de sus dedos,
que todavía continúa presente en mi cintura.
—¿Todo bien ahí arriba? —pregunta, mirándome desde el
suelo.
—Perfecto. —Intento que mi tono suene relajado, pero siento
que mi voz tiembla ligeramente.
Lucy se mueve y, por un momento, me agarro con fuerza a las
riendas, olvidando que Caleb sigue sujetándolas desde abajo.
—No te pongas nerviosa o ella lo notará. —Su consejo es
directo, pero su tono tiene una dosis de paciencia que no esperaba.
—No estoy nerviosa —miento, enderezándome en la montura
mientras intento parecer más segura de lo que realmente me siento.
Caleb suelta una breve risa antes de dar una palmada en el
cuello de Lucy.
—Bien, veamos qué tal te va.
Empieza a caminar, guiando al caballo con pasos firmes y
seguros. Lucy lo sigue sin dudar y, aunque durante los primeros segundos
me siento rígida, poco a poco empiezo a relajarme.
—Esto no está tan mal —digo, más para mí que para él.
—No cantes victoria todavía. —Caleb se detiene y me mira—.
Ahora intenta guiarla tú.
—¿Qué?
—Tira de las riendas con suavidad. No necesitas fuerza, solo
firmeza.
Sigo sus instrucciones, aunque mi mano tiembla ligeramente.
Lucy responde al movimiento, girando la cabeza en la dirección que le
indico y una pequeña chispa de orgullo se enciende en mí.
—Eso es. —Caleb asiente, con esa mirada seria que parece
tener siempre, pero hay un atisbo de algo más en su rostro.
—Creo que lo estoy logrando.
—Por ahora. —Su tono es lo suficientemente neutral como
para que no sepa si es un cumplido o una advertencia.
El momento se alarga y, aunque intento concentrarme en Lucy,
soy consciente de que Caleb está a mi lado. Su presencia es intensa y tiene
una combinación de fuerza y calma que resulta desconcertante.
—¿Tú montas mucho? —le pregunto por no estar en silencio
demasiado rato.
—Siempre que puedo. —Su respuesta es breve, pero hay algo
en su voz que indica que montar es más que una simple actividad para él.
—¿Te relaja?
Él me mira, como si mi pregunta le resultara extraña.
—Algo así. Aunque aquí siempre hacemos las cosas por algo,
con un objetivo. Por cierto, cuando estás montando a caballo, no puedes
pensar en otra cosa. Solo en lo que tienes delante.
Asiento, entendiendo lo que quiere decir, aunque no me lo
diga directamente. En ese momento, Lucy se detiene, y antes de que pueda
reaccionar, Caleb levanta una mano para sujetar las riendas.
—Es suficiente por hoy.
—¿Tan pronto? —pregunto decepcionada.
—Sí. No quiero que te caigas el primer día.
Me mira con una media sonrisa que, por alguna razón, hace
que mi estómago se contraiga. Baja las riendas y alarga una mano hacia mí.
—Vamos, baja.
El calor de la palma de su mano vuelve a envolver mi cintura
mientras me ayuda a desmontar. El movimiento es rápido, pero la cercanía
entre nosotros hace que me quede sin palabras. Cuando mis pies tocan el
suelo, estoy demasiado cerca de él, tan cerca que puedo ver el brillo en sus
ojos.
—¿Te ha gustado? —me pregunta, sin apartar la mano de mi
cintura.
—Sí. —Mi respuesta es un susurro, y cuando me doy cuenta,
aparto la mirada de él, intentando recuperar el control.
Caleb asiente y suelta mi cintura, dejando tras de sí un vacío
en mi cuerpo, que no esperaba sentir.
—Buen comienzo, aunque no cantes victoria, porque aún te
queda mucho por aprender.
Su tono vuelve a ser neutral, como si este rato no hubiera
significado nada para él. Pero mientras se gira para llevar a Lucy de vuelta
al establo, no puedo evitar fijarme en la forma en la que su hombro roza
ligeramente el mío al pasar. Me quedo quieta, con el corazón latiendo más
rápido de lo que debería. Este hombre, con toda su rudeza y su inexplicable
forma de calar en mí, está empezando a convertirse en un problema, aunque
por ahora será mejor que no piense demasiado en ello.

Mis botas se hunden ligeramente en el camino de tierra mientras seguimos


avanzando, Caleb va unos pasos por delante de mí. No sé por qué lo estoy
siguiendo exactamente. Tal vez sea curiosidad o ese leve gesto suyo, casi
imperceptible, que me ha parecido una invitación.
—¿Vamos a algún sitio en particular o solo estás intentando
cansarme? —pregunto, dejando que mi voz resuene entre los árboles que
nos rodean.
Él se gira ligeramente, con una ceja alzada y la expresión
impasible de siempre.
—Deja de quejarte y sigue caminando.
—No me estoy quejando. Solo intento entender por qué llevas
rato sin decir ni una palabra. —Acelero el paso hasta quedar a su altura.
—A veces no hace falta hablar para disfrutar de algo —
responde, señalando con la barbilla hacia el horizonte.
El paisaje empieza a cambiar. Los árboles con sus ramas
densas y las colinas verdes se abren poco a poco hasta revelar un espacio
más amplio, bañado por una brisa suave que huele a hierba fresca y a tierra
húmeda. La sensación es casi irreal, como si el mundo se hubiera detenido
en este rincón del rancho. Caleb se detiene en un punto donde el suelo
parece elevarse ligeramente. Desde allí, el valle se extiende en toda su
magnitud, con campos ondulantes, que parecen no tener fin, y un río que
serpentea en la distancia. Me detengo a su lado, en silencio, porque la vista
es impresionante.
—Es… precioso. —Las palabras se escapan de mis labios
antes de que pueda detenerlas.
—Lo es. —Caleb cruza los brazos frente a su pecho, mientras
contempla el paisaje con esa expresión tranquila que parece tan natural en
él.
El silencio que nos rodea es distinto al que suele
incomodarme. Aquí no hay tensión, solo el sonido del viento moviendo las
hojas y el suave murmullo del agua en el río lejano.
—¿Vienes mucho hasta aquí? —pregunto, incapaz de ocultar
mi curiosidad.
—Siempre que necesito desconectar. —Se encoge de hombros
y me lanza una breve mirada antes de añadir—: Este era el lugar favorito de
Margaret.
Algo en su tono cambia al mencionar su nombre. Hay una
mezcla de nostalgia y respeto, que no esperaba de él.
—No sabía que mi tía te importaba tanto.
—Era imposible no quererla. —Su respuesta es sencilla, pero
cargada de significado.
Al escuchar lo que me acaba de decir, no sé qué responderle.
La figura de la tía Margaret parece más grande y compleja cada vez que
alguien la menciona. No solo era la dueña del rancho; por lo que parece,
también era el corazón de este lugar, algo que estoy empezando a entender
poco a poco.
—¿Por qué me has traído aquí? —Mi pregunta suena más
directa de lo que pretendía.
Caleb se gira hacia mí, con los brazos todavía cruzados, y me
mira durante unos segundos que parecen alargarse más de lo necesario.
—Porque creo que necesitas ver esto —Hace un gesto hacia el
valle—. Antes de tomar cualquier decisión.
—¿Te refieres a vender? —pregunto, cruzándome de brazos.
—Me refiero a todo —me responde con tono calmado.
Bajo la mirada hacia el suelo, porque no estoy segura de cómo
responderle. Parte de mí sabe que tiene razón, que este lugar es más que un
pedazo de tierra, pero la otra parte, la que siempre ha huido de
compromisos, se resiste a aceptarlo.
—Es mucho más de lo que esperaba —admito finalmente, con
la mirada todavía fija en el valle.
Caleb no dice nada, pero puedo sentir sus ojos fijos en mí.
—No todo en la vida viene con un manual, Grace. A veces
tienes que dejar de pensar tanto y simplemente sentir. —Su voz es más
suave ahora y, por primera vez, sus palabras parecen dirigidas a mí y no a
una versión de mí que él ha creado en su cabeza.
Alzo la mirada y me encuentro con sus ojos. Hay algo en ellos
que no había visto antes, una especie de calidez que contrasta con su
habitual rudeza. La brisa sopla entre nosotros y, durante un breve instante,
parece que el mundo entero desaparece.
—¿Siempre eres tan filosófico? —le pregunto, intentando
romper la tensión que empieza a formarse entre nosotros.
Me sonríe de lado antes de responderme.
—Solo cuando estoy inspirado.
—Vaya, no sabía que podía inspirarte.
Su risa breve rompe el momento, y aunque no dice nada, su
mirada habla mucho más de lo que estoy preparada para escuchar.
Nos quedamos allí un rato más, en silencio, cada uno perdido en sus
propios pensamientos, y, por primera vez desde que llegué a este lugar,
siento que quizás no estoy tan fuera de lugar como creía. Y aunque no lo
admitiré en voz alta, estoy agradecida de que Caleb haya compartido este
rincón conmigo.
El aire fresco acaricia mi cara mientras mis ojos recorren la
belleza del paisaje que tenemos frente a nosotros. Es como si el mundo
hubiera decidido detenerse por un instante para mostrarme una versión más
serena de sí mismo. El valle se extiende hasta donde alcanza la vista, los
tonos verdes y marrones se funden con el río que serpentea como un lazo de
plata. No sabía que algo tan simple pudiera ser tan impresionante.
—Nunca había visto algo tan hermoso. —Las palabras se
escapan de mi boca antes de que pueda detenerlas.
Caleb, a mi lado, no me responde de inmediato, pero cuando
lo hace, su tono es bajo, casi íntimo.
—Es fácil verlo cuando no tienes prisa por irte.
Su comentario me golpea con más fuerza de la que debería.
Cierro los ojos un momento, como si el acto de hacerlo pudiera alejar el
peso de sus palabras. Pero no sirve. Las imágenes del valle siguen ahí,
mezclándose con el eco de su voz y el recuerdo de todo lo que me han
dicho sobre este lugar desde que llegué.
—No sé qué voy a hacer. —Mi voz suena más suave de lo que
pretendía.
—Eso es algo que solo tú puedes decidir. —Caleb no me mira,
sus ojos permanecen fijos en el horizonte. Pero hay algo en su postura, en la
manera en que sus hombros parecen menos tensos, que me hace pensar que
no todo lo que dice está lleno de certezas.
El silencio se instala de nuevo entre nosotros, pero no es
incómodo. Es como si el lugar se encargara de llenarlo con sus propios
sonidos: el murmullo del río, el susurro del viento entre los árboles y el
canto lejano de algún pájaro que se resiste a la tarde.
Empiezo a bajar por el sendero sin esperar a Caleb. Mis botas
resbalan un poco en la tierra suelta, pero consigo mantenerme en pie.
Escucho sus pasos detrás de mí, más firmes y seguros que los míos, y me
pregunto cómo puede moverse con tanta facilidad incluso en los terrenos
más difíciles.
—Cuidado —me dice de repente, y no sé si es una advertencia
o una instrucción.
—Estoy bien —le respondo con un tono que pretende sonar
firme, pero sé que no lo consigo del todo.
Y entonces ocurre. Un pequeño resbalón, un movimiento en
falso y siento que mi cuerpo pierde el equilibrio. Todo pasa en un segundo.
El pie que debería encontrar apoyo en el suelo no lo hace, y un leve grito se
escapa de mi garganta mientras intento agarrarme a algo, cualquier cosa,
para evitar la caída. Antes de que pueda procesarlo, unas manos fuertes me
sujetan por la cintura. Caleb me atrapa justo a tiempo, y el impacto de su
agarre me corta la respiración. Estoy tan cerca de él que puedo sentir el
calor de su cuerpo, su respiración acelerada contra mi cabello y el firme
agarre de sus manos, que parecen hechas para sostener mucho más que
vallas y herramientas.
—¿Estás bien? —me pregunta con voz grave y cargada de
preocupación.
Levanto la mirada y me encuentro con sus ojos, que están más
cerca de lo que nunca los he tenido, y en ellos no veo rastro de la frialdad
que suele mostrar. Hay algo más, algo a lo que no me atrevo a ponerle
nombre.
—Sí… sí, estoy bien. —Mi voz suena entrecortada, como si
cada palabra se atascara en mi garganta.
Pero no se aparta. Sus manos siguen en mi cintura firmes, pero
con una suavidad que no esperaba de él. Mi pecho sube y baja rápidamente
y, aunque intento centrarme en la sensación del viento frío contra mi piel,
todo lo que siento es el calor que emana de Caleb.
—Deberías tener más cuidado. —Sus palabras son un susurro,
como si estuviera hablando para sí mismo más que para mí.
—Y tú deberías dejarme caer la próxima vez. —Intento sonar
despreocupada, pero el temblor en mi voz me delata.
Una sonrisa leve asoma en sus labios, apenas perceptible.
—No creo que pudiera hacer eso.
El tiempo parece detenerse. La distancia entre nosotros es tan
pequeña que podría contar cada una de sus pestañas y cada línea de su piel.
Mis manos, que de algún modo han terminado en su pecho durante el
forcejeo, sienten el latido de su corazón bajo la tela de su camisa.
—¿Grace? —su voz me saca de mis pensamientos, aunque no
me mueve ni un milímetro.
—¿Qué? —respondo en un murmullo, incapaz de apartar la
mirada de él.
—Si sigues mirándome así, voy a pensar que te has hecho
daño de verdad.
La frase me toma por sorpresa y me hace reír. Es una risa
nerviosa, claro, pero es suficiente para romper el momento. Me aparto
rápidamente y noto cómo el calor sube por mi cuello hasta mis mejillas.
—Gracias por… salvarme. —Murmuro mientras me enderezo
y sacudo la ropa.
—De nada —me responde con naturalidad, aunque cuando lo
miro de reojo, todavía está observándome con esa intensidad que parece
atravesarme.
Seguimos bajando por el sendero, esta vez en silencio. Pero
algo ha cambiado entre él y yo. El aire entre nosotros parece más denso,
cargado de palabras no dichas y miradas que duran un segundo más de lo
necesario. Cuando llegamos al final del camino, me detengo un momento
para mirar hacia atrás, hacia el lugar donde todo ha empezado. El mirador
sigue allí, sereno y eterno, como si nada de lo que acaba de pasar pudiera
afectarle. Pero yo sé que no es cierto. Algo ha cambiado y no es solo el
paisaje.
Capítulo 8
Caleb
Mientras cruzo el patio en dirección al establo, el aire frío de la mañana me
impacta en la cara. Todavía no ha amanecido del todo, pero las primeras
luces empiezan a teñir el horizonte. Me gusta este momento del día, cuando
todo está en calma, es como si el rancho pudiera respirar tranquilo antes de
que comience el ajetreo. Aunque hoy, esa calma tiene algo que me parece
extraño, aunque no sé muy bien qué es.
Cuando llego al establo, los caballos están inquietos,
moviéndose más de lo normal en sus compartimentos. Sus resoplidos se
mezclan con el crujir de mis botas contra la madera. Dejo el cubo que llevo
en las manos y me acerco al box de Lucy. Ella parece más tranquila que los
demás, pero algo en su mirada me pone alerta.
—¿Qué pasa, chica? —murmuro mientras le acaricio el cuello.
Los otros caballos siguen agitados y ese cosquilleo en la nuca,
que siempre me avisa de que algo no va bien, se intensifica. Salgo del
establo y me dirijo hacia las vallas. El camino está húmedo por el rocío y el
suelo blando se hunde ligeramente bajo mis botas. Todo parece normal
hasta que llego al tramo más alejado del rancho. Allí, entre el barro y las
huellas de pezuñas, algo destaca: los postes están rotos, pero no de forma
accidental. Las marcas en la madera son demasiado precisas, como si
alguien hubiera utilizado herramientas para dañarlas. Me agacho para
inspeccionar los postes más de cerca. Paso los dedos por las astillas afiladas
y siento como la rabia crece en mi interior. No es la primera vez que ocurre
algo así. Durante las últimas semanas ya he encontrado señales de que
alguien estaba entrometiéndose en el rancho, pero esto... esto es diferente.
Es intencionado y calculado.
Me pongo en pie, apretando los puños mientras mis
pensamientos empiezan a encajar las piezas. Alguien quiere causar
problemas y tengo muy claro por qué: Grace. Su nombre aparece en mi
cabeza como un relámpago. Si esto sigue así, no solo habrá daños en el
rancho, sino probablemente también acabe afectándole a ella. A pesar de
que lleva poco tiempo aquí, Grace no está preparada para enfrentarse a este
tipo de problemas. Inhalo profundamente, intentando calmar la furia que
amenaza con desbordarme. Debo relajarme y pensar con claridad. Así que
decido que primero tengo que arreglar esta valla y, después, hablaré con
ella.
Cuando regreso a la casa, Grace está en la cocina, con una taza
de café en las manos y el pelo revuelto cayéndole sobre los hombros. Lleva
una camiseta que claramente no es para trabajar y unos pantalones de
pijama, que apenas le llegan a los tobillos. Se gira al oírme entrar, con la
expresión adormilada de alguien que no está acostumbrado a madrugar.
—Buenos días —murmura, aunque su tono sugiere lo
contrario.
—No tan buenos, me temo —respondo mientras dejo mi
sombrero sobre la mesa.
Su ceño se frunce ligeramente al escucharme. Sé que tengo el
rostro endurecido por la tensión y barro todavía en las botas, pero no puedo
preocuparme por eso ahora.
—¿Qué pasa? —pregunta, dejando la taza en la encimera.
—Tenemos un problema. —Cruzo los brazos sobre el pecho,
intentando contener el mal humor que arrastro desde que he visto la cerca
—. Alguien ha dañado la valla otra vez.
Por un segundo, su expresión pasa de la curiosidad al
desconcierto.
—¿Otra vez?
Asiento, observando cómo procesa lo que acabo de decir.
—No es un accidente. Alguien lo está haciendo a propósito.
Ella deja escapar una risa breve, incrédula.
—¿A propósito? Caleb, ¿quién iba a querer sabotear un rancho
en medio de la nada?
—Eso es lo que quiero averiguar. Pero no podemos hacer
como si no ocurriese nada. —Mi tono es más firme de lo que pretendo,
aunque no hago nada para suavizarlo.
Grace se cruza de brazos, claramente molesta.
—¿No crees que estás exagerando un poco? Quizá ha sido un
animal, o simplemente... no sé, el viento —me suelta encogiéndose de
hombros.
—El viento no usa herramientas para cortar madera. —Mis
palabras suenan secas, pero no puedo evitarlo.
Ella abre la boca para responder, pero algo en mi expresión
debe de detenerla, porque finalmente, suspira y coge su chaqueta.
—Está bien. Enséñamelo.
—¿Piensas ir vestida así? —le digo mirándola de arriba abajo.
—Tienes razón, dame un minuto —me dice dejando la taza de
café a medio beber en la encimera de la cocina para salir corriendo hacia su
habitación a ponerse algo más adecuado para salir al exterior.

La acompaño hasta el tramo dañado de la valla, caminando en silencio


mientras intento ordenar mis pensamientos. Grace sigue[1] mis pasos,
aunque puedo sentir su reticencia en cada movimiento. Cuando llegamos,
me agacho para mostrarle las marcas en la madera.
—¿Ves esto? —le indico señalando las astillas—. Esas son
marcas de herramientas. Alguien ha cortado los postes.
Ella se inclina para mirarlo más de cerca. Puedo ver cómo su
expresión cambia lentamente, pasando de la incredulidad al
reconocimiento.
—Esto... —empieza, pero se detiene, como si no quisiera
admitir que tengo razón.
—Te lo dije. Esto no es un accidente.
Grace se endereza, cruzando los brazos mientras mira
alrededor. Por primera vez, parece darse cuenta de la magnitud del
problema.
—¿Y qué hacemos ahora? —pregunta con un tono en su voz
más serio que antes.
—Primero, arreglamos esto. Después, averiguaremos quién
está detrás.
Ella asiente y, aunque no dice nada, puedo ver que su cabeza
está trabajando tan rápido como la mía. Por primera vez, parece estar
empezando a comprender lo que significa vivir en este rancho. Y aunque no
lo diga en voz alta, sé que esta situación también le afecta.
Mientras trabajamos en reparar la valla, el silencio entre
nosotros es distinto al de otras veces. No hay tensión, pero tampoco la
comodidad de las bromas que hemos compartido en otras ocasiones. Grace
está concentrada, clavando los postes con más fuerza de la necesaria, como
si estuviera descargando su rabia en cada golpe que da con el martillo.
—¿Crees que ha sido alguien del pueblo? —pregunta de
repente.
Me detengo para mirarla.
—Podría ser. Pero no tengo pruebas.
—¿Por qué alguien haría algo así? —insiste, con el ceño
fruncido.
—Porque algunos no están contentos con que este lugar siga
funcionando. —Mis palabras son directas, pero la realidad detrás de ellas
me pesa más de lo que querría.
Grace no dice nada, pero puedo ver cómo procesa lo que
acabo de decirle. Finalmente, deja caer el martillo y se limpia las manos en
los vaqueros.
—Si necesitas ayuda para averiguarlo, cuenta conmigo.
Su ofrecimiento me toma por sorpresa y esto... esto es mucho
más de lo que esperaba.
—Gracias. —Mi respuesta es simple, pero sincera.
Por un momento, nuestros ojos se encuentran y siento una
conexión con ella, que va más allá de las palabras. En ese instante, me doy
cuenta de que, aunque no lo sepa, Grace ya es parte de este lugar, de su
lucha y de todo lo que significa protegerlo.
Grace permanece en silencio mientras terminamos de reparar
la valla. Sus movimientos son rápidos y precisos, aunque la tensión en sus
hombros delata lo que intenta ocultar. Cuando clava el último poste, se
endereza y se limpia las manos en los vaqueros, lanzándome una mirada
que parece ser una mezcla de preocupación y curiosidad.
—¿De verdad crees que esto no ha sido un accidente? —me
pregunta.
Dejo caer el martillo en el suelo y la miro fijamente.
—Sin duda. Esto no es obra de un animal ni del viento. Ya te
lo he dicho antes, hay marcas de herramientas.
Grace frunce el ceño, apartando la mirada hacia la línea de
árboles que rodea el rancho. El sol empieza a asomar entre las copas, pero
su luz no logra disipar el malestar que llevo arrastrando desde que vi los
daños al amanecer.
—¿Quién haría algo así? —insiste, cruzándose de brazos.
Es una buena pregunta, pero también una que no tiene una
respuesta sencilla. Respiro hondo antes de responder, eligiendo las palabras
con cuidado.
—Hay varias posibilidades. —Recojo las herramientas del
suelo mientras hablo, intentando mantener un tono calmado—. Desde hace
tiempo, algunos compradores han mostrado interés en este terreno. La
mayoría ofrecieron cantidades absurdas, esperando que Margaret estuviera
desesperada por vender.
Grace levanta una ceja, claramente intrigada.
—¿Y por qué no lo vendió?
—Porque este lugar era su vida. —La miro de reojo,
intentando medir su reacción—. Margaret sabía que ceder la tierra sería el
principio del fin. Aquí no se trata solo de dinero. Es una cuestión de
mantener algo que lleva generaciones en la familia.
Ella guarda silencio durante unos segundos, procesando lo que
acabo de contarle. Finalmente, suspira y sacude la cabeza.
—¿Crees que alguno de esos compradores podría estar detrás
de esto?
—Es posible. —Me encojo de hombros, aunque la rabia que
siento en el pecho no es tan fácil de disimular—. Cuando Margaret rechazó
sus ofertas, no se lo tomaron bien. Algunos incluso llegaron a amenazarla.
—¿La amenazaron? —pregunta con un tono que mezcla
incredulidad y alarma.
—No lo hicieron directamente, pero sí que dejaron caer
comentarios como «no será fácil mantener esto en pie» o «nadie puede
resistir para siempre» y cosas por el estilo.
Grace se apoya en uno de los postes recién clavados, con el
ceño fruncido. Sus ojos recorren el terreno, como si esperara encontrar una
pista que lo explique todo.
—¿Y no hiciste nada?
—¿Qué iba a hacer? —respondo, dejando las herramientas a
un lado y apoyándome también en la valla—. No puedes acusar a alguien
solo por unas palabras. Además, Margaret no quería problemas. Decía que
enfrentarse a ellos solo les daría más razones para volver.
Grace asiente lentamente, pero no parece convencida.
—¿Y qué pasa con los vecinos? ¿Hay alguien que podría estar
interesado en este terreno?
Su pregunta me pilla por sorpresa, aunque no debería. Es
evidente que no conoce bien la dinámica de este lugar, pero su instinto no
está del todo desencaminado.
—Algunos vecinos han tenido roces con nosotros en el
pasado, pero nada que llegara a este extremo. —Hago una pausa,
recordando las tensiones que han surgido a lo largo de los años—. Aunque
ahora que lo mencionas, hubo un caso hace tiempo.
—¿Qué tipo de caso? —pregunta, inclinándose ligeramente
hacia mí, como si temiera perderse algún detalle.
—Un tipo del pueblo intentó reclamar parte del terreno que
colindaba con el suyo. Decía que los límites no estaban claros y que el río
debería ser la frontera. Margaret le cerró la puerta en las narices y, desde
entonces, no ha vuelto a pisar el rancho.
—¿Crees que podría ser él? —pregunta, alzando una ceja.
—No lo sé. —Me paso una mano por el pelo, frustrado—.
Pero no lo descarto.
El silencio se instala entre nosotros de nuevo, roto solo por el
canto lejano de los pájaros y el crujir de la madera mientras el viento sopla
suavemente. Grace parece perdida en sus pensamientos, con la mirada fija
en el horizonte.
—Esto es una locura —murmura finalmente, volviéndose
hacia mí—. Estamos hablando de sabotaje, Caleb. No es algo que debamos
ignorar.
—Y no pienso ignorarlo. —Mi tono es firme y veo cómo sus
ojos se agrandan ligeramente al oírme.
—¿Entonces qué hacemos? —pregunta, su voz más suave
ahora.
—Primero, arreglamos lo que [2] se ha roto y después,
empezaré a hacer preguntas en el pueblo. Si alguien sabe algo, lo
averiguaré.
Ella asiente, aunque la preocupación sigue presente en su
gesto. Por primera vez, parece comprender el peso de lo que significa este
lugar y las luchas que conlleva mantenerlo en pie.
Después de recoger las herramientas, regresamos hacia el granero. Cada
paso deja un leve crujido en la grava del camino, pero Grace parece inmersa
en sus pensamientos, y yo tengo demasiado con los míos como para romper
la calma que se ha instalado después de nuestra conversación.
—¿Qué podemos hacer para evitar que vuelvan a causar
daños? —pregunta de repente, deteniéndose justo antes de entrar al granero.
Su voz tiene un tono serio que no suele ser propio de ella. Me
apoyo contra el marco de la puerta y me cruzo de brazos mientras pienso en
su pregunta.
—Podemos reforzar las vallas y revisar cada mañana y cada
noche que todo esté en su sitio. —Hago una pausa, observándola—. Pero
eso no servirá de nada si no descubrimos quién está detrás de esto.
Ella asiente, mordiéndose ligeramente el labio inferior,
mientras sus ojos se desvían hacia el horizonte.
—No puedo creer que alguien llegue a estos extremos por un
pedazo de tierra. —Su tono es más bajo, casi como si hablara consigo
misma.
—No es solo tierra… —Me enderezo, apartándome del marco
de la puerta—. Es poder, es control. Para algunos, eso vale más que
cualquier cantidad de dinero.
Grace no responde de inmediato, pero veo cómo su mandíbula
se tensa ligeramente. Me doy cuenta de que está tratando de entender lo que
todo esto significa, no solo para el rancho, sino también para ella.
—Ven conmigo. —Le hago un gesto para que me siga hacia la
parte trasera del granero, donde guardamos algunos materiales que podrían
servir para reforzar la seguridad.
Ella me sigue sin protestar, algo que todavía me sorprende de vez en
cuando. Grace no es del tipo de personas que acepta órdenes fácilmente,
pero parece haber entendido que esto no se trata de egos, sino de proteger lo
que ambos, de formas distintas, queremos mantener en pie.
Cuando llegamos al rincón donde se acumulan tablones de madera,
cuerdas y herramientas más pesadas, me agacho para inspeccionar lo que
tenemos disponible.
—Vamos a necesitar más alambre. —Saco un rollo que está a
medio usar y lo dejo a un lado—. Y estas tablas servirán para reforzar los
postes.
Grace se arrodilla a mi lado, observando los materiales con
atención. Sus manos rozan las mías cuando alcanza uno de los tablones y,
aunque es un contacto breve, siento el calor de su piel como si fuera una
chispa que atraviesa el aire entre nosotros.
—¿Esto será suficiente? —pregunta, levantando la vista hacia
mí.
—De momento, sí. Pero necesitaré ir al pueblo mañana para
comprar más cosas. —Le devuelvo la mirada, notando cómo sus ojos
parecen más claros a la luz tenue que entra por las rendijas del granero.
Ella asiente y se pone de pie, sacudiéndose los vaqueros. Yo
hago lo mismo, cargando los tablones y el alambre en brazos.
—Te toca cargar el martillo y los clavos. —Le digo con una
media sonrisa mientras me adelanto hacia la puerta.
—Qué considerado. —Su tono sarcástico me arranca una
breve risa, algo que no sucede con frecuencia.
Trabajar juntos para reforzar las vallas es un ejercicio de
paciencia. Grace tiene fuerza de voluntad, pero no tanta práctica y, aunque
intento no señalar cada error que comete, hay momentos en los que no
puedo evitarlo.
—Ese clavo no está recto. —Le digo con la barbilla, mientras
intento mantener el equilibrio en el poste que estoy ajustando.
—¿Y qué más da? —responde, levantando la mirada hacia mí
con el martillo todavía en la mano.
—Da que si no está recto, la valla no aguantará.
Grace me lanza una mirada que podría partir una roca antes de
girarse hacia el clavo y golpearlo con más fuerza de la necesaria.
—¿Así está mejor, jefe?
—Mucho mejor. —Me bajo del poste con cuidado y recojo
una cuerda para sujetar una de las tablas.
Noto que Grace está aprendiendo rápido. Su insistencia por
hacer las cosas a su manera empieza a ceder y, aunque no lo admitirá en voz
alta, parece dispuesta a escuchar y a aprender cuando le doy instrucciones.
—¿Qué opinas de todo esto? —inquiere de repente, mientras
asegura una tabla con los clavos.
—¿De qué? —Respondo sin dejar de trabajar.
—De que alguien quiera sabotear el rancho. —Hace una
pausa, como si estuviera buscando las palabras adecuadas—. ¿No te asusta?
La pregunta me toma por sorpresa. Levanto la mirada hacia
ella y veo algo en su cara que no esperaba: vulnerabilidad. No la suficiente
como para que parezca débil, pero sí un destello que me hace darme cuenta
de que esto no es solo una tarea más para ella.
—Claro que me asusta. —Respondo finalmente, con más
honestidad de la que pretendía—. Pero no tengo tiempo para preocuparme
por eso. Hay demasiado en juego como para dejar que el miedo me paralice.
Grace asiente lentamente, como si mis palabras le dieran algo
en lo que apoyarse.
Cuando terminamos de asegurar todo el cercado, el sol ya ha
desaparecido tras las colinas y el cielo se ha teñido de un azul profundo
salpicado de las primeras estrellas. Me paso una mano por la frente para
secarme el sudor y observo nuestro trabajo con satisfacción.
—No está mal para un primer intento —comento, girándome
hacia Grace.
Ella me lanza una mirada cansada, pero satisfecha.
—Lo que quieres decir es que no he estropeado nada
irreparable.
—Algo así. —Le devuelvo la sonrisa y, por un instante, el
peso de todo lo que hemos hecho parece menos abrumador.
El sol ya está bajo, dejando un tono apagado en el cielo,
mientras caminamos por el sendero que lleva al terreno más alejado del
rancho. Grace sigue mis pasos, aunque no dice nada. Su silencio no es
extraño, pero hoy parece diferente, más cargado. Tal vez esté reflexionando
sobre todo lo que ha visto esta mañana. Yo lo hago constantemente.
El aire tiene ese olor inconfundible de los campos al caer la
tarde: una mezcla de tierra y hierba, con un toque de humedad que anuncia
el rocío. Este lugar siempre ha sido mi refugio y nunca me había detenido a
pensar que alguien pudiera desear destruirlo solo para sacar provecho. Pero
ahora no tengo la menor duda.
—¿Por aquí han causado más daños? —pregunta Grace
sacándome de mis pensamientos.
Asiento, señalando hacia una de las vallas más antiguas, donde
el alambre parece haber sido cortado intencionadamente.
—Aquí. —Le hago un gesto para que se acerque, mientras me
inclino para inspeccionar los cortes. Son limpios y precisos, parece que los
han hecho con alguna herramienta afilada.
Grace se agacha a mi lado, observando de cerca. Sus ojos
azules se entrecierran ligeramente, como si estuviera tratando de captar algo
más allá de lo evidente.
—Esto no lo ha hecho el viento ni un animal. —Su afirmación
es directa.
—Exacto. —Me levanto y apoyo las manos en las caderas,
dejando escapar un suspiro que se pierde en el aire tranquilo.
Grace se pone de pie y cruza los brazos, mirando la valla
como si pudiera encontrar en ella las respuestas a todo lo que está pasando.
—¿Qué crees que buscan exactamente? —pregunta, volviéndose
hacia mí.
—Si consiguen que todo esto parezca incontrolable, que el
rancho no pueda mantenerse… —Hago una pausa, midiendo mis palabras
—. Esperan que vendas.
Grace frunce el ceño, y puedo ver cómo sus pensamientos
comienzan a girar rápidamente.
—¿Quién se beneficiaría de algo así?
—Los posibles compradores…
Ella asiente lentamente, como si mis palabras confirmaran
algo que ya sospechaba.
—Y tú, ¿siempre has tenido que lidiar con esto? —Su
pregunta parece más curiosa que acusatoria, pero no puedo evitar que cierta
amargura se cuele en mi respuesta.
—No siempre. Pero desde que Margaret murió, las cosas han
cambiado. Este lugar ya no es solo un rancho. Es un objetivo para muchos.
Grace guarda silencio, sus ojos se pierden en el horizonte. Me
pregunto qué está pensando, si finalmente entiende lo que este lugar
significa, no solo para mí, sino para todos los que han pasado por aquí.
—Debemos reforzar esta zona también —digo, rompiendo el
momento antes de que se alargue demasiado—. No quiero darles otra
oportunidad.
—Está bien. —Grace asiente, pero hay algo en su tono, una
especie de convicción nueva, que me hace mirarla por un segundo más de
lo necesario.
El trabajo es lento, meticuloso. Mientras ajusto los nuevos
alambres, puedo escuchar a Grace detrás de mí, asegurando las tablas con la
misma intensidad con la que parece afrontar todo últimamente. La observo
de reojo mientras sujeta una cuerda con ambas manos con la expresión
concentrada y con movimientos más seguros que hace unos días.
—¿Siempre te ha importado tanto este lugar? —pregunta de
repente, sin levantar la vista de lo que está haciendo.
—Siempre. —Mi respuesta es automática.
Ella se detiene por un momento, como si estuviera procesando
mis palabras.
—¿Por qué?
No sé si su pregunta busca una respuesta profunda o si
simplemente quiere llenar el silencio, pero me detengo, apoyando el
martillo contra el poste y volviéndome hacia ella.
—Porque este rancho no es solo tierra y madera. Es mi hogar,
Grace. Es donde aprendí todo lo que sé, donde crecí y donde entendí lo que
significa trabajar para algo que realmente importa.
Grace levanta la mirada y me observa y, por un instante,
parece que está viendo más allá de mis palabras.
—Debe ser bonito tener algo así. —Su voz es suave, casi un
susurro, pero hay una tristeza en ella que no había notado antes.
—¿Nunca lo has tenido? —pregunto, más curioso que crítico.
Ella se encoge de hombros y, aunque intenta disimular, hay
algo en su expresión que me dice que mi pregunta le ha tocado más de lo
que esperaba.
—Siempre he estado de paso. —Se inclina para recoger un
clavo del suelo, evitando mirarme directamente—. Nunca he tenido un
lugar que pudiera llamar realmente mío.
Sus palabras me golpean de una forma que no esperaba.
Grace, con toda su fuerza y su actitud, está más perdida de lo que deja ver.
—Tal vez… —digo, eligiendo mis palabras con cuidado—.
Tal vez aún no has encontrado el lugar adecuado.
Ella me mira, y en sus ojos hay algo que parece oscilar entre la
incredulidad y la esperanza.
—Quizá. —Su respuesta es breve, pero el tono con el que la
dice se queda resonando entre nosotros.
Cuando terminamos de reforzar la zona, el sol ya se ha
escondido completamente, dejando el cielo teñido de un azul profundo. Las
estrellas comienzan a aparecer tímidamente, y el aire es más fresco.
Grace se sacude las manos y se cruza de brazos mientras
observa nuestro trabajo.
—No está mal para un día de trabajo.
—No está mal para alguien que nunca ha clavado un clavo en
su vida. —Mi comentario busca provocarla, pero en lugar de enfadarse,
sonríe levemente.
—Supongo que siempre hay una primera vez.
Asiento, devolviéndole la sonrisa. Por primera vez, parece que
estamos en la misma sintonía, como si trabajar juntos hubiera eliminado
parte de las barreras que siempre han estado presentes entre nosotros.
Mientras caminamos de vuelta hacia la casa, la miro de reojo.
Grace tiene algo, una mezcla de fuerza y vulnerabilidad, que no había visto
antes en nadie. Y mientras sus pasos resuenan en el suelo junto a los míos,
una idea comienza a formarse en mi cabeza.
Tal vez ella también tenga algo por lo que luchar, aunque aún
no lo sepa.
Capítulo 9
Grace
La tarde tiene un aire perezoso que se cuela por las ventanas de la casa
principal. Estoy sola, algo raro últimamente, así que aprovecho para
curiosear. Busco algo para leer, pero las estanterías están llenas de libros de
temas prácticos: agricultura, manuales de veterinaria y guías para reparar
casi cualquier cosa, algo que no me llama nada la atención. La tía Margaret
no era una mujer de novelas, eso está claro. Abro una pequeña puerta junto
a la chimenea y descubro un armario lleno de cajas. Por puro impulso,
escojo una de las que están más arriba y la bajo con cuidado al suelo. La
tapa está algo desgastada, con el cartón blando en las esquinas, y el polvo
cubre mis dedos al levantarla. Dentro hay un revoltijo de papeles, cuadernos
y pequeñas bolsas, que contienen quién sabe qué recuerdos.
Comienzo a sacar los objetos y a examinarlos uno a uno:
cartas con una caligrafía cuidadosa, tarjetas de cumpleaños amarillentas,
pequeños adornos sin mucho valor… Todo tiene ese olor a tiempo detenido
que acompaña a las cosas olvidadas. Pero lo que me detiene es una foto,
atrapada entre las páginas de un cuaderno. La imagen, algo descolorida,
muestra a una niña con trenzas y un vestido sencillo. La niña soy yo y en la
fotografía aparezco abrazando a un caballo frente al rancho, supongo que en
una de las temporadas que pasaba aquí en verano, aunque no recuerdo con
exactitud cuando me tomaron esta foto. La escena es idílica, con el cielo
despejado detrás de mí y el animal apoyando su hocico contra mi mejilla.
Me quedo observándola, incapaz de apartar la mirada. La sensación que me
invade es extraña, una mezcla de ternura y un leve nudo en la garganta.
El caballo de la foto tiene un pelaje oscuro y brillante, y algo
en su expresión me transmite una calidez inesperada, como si aquel
momento hubiera sido importante, aunque yo no lo recuerde. Paso los dedos
por el borde de la foto y siento una punzada de nostalgia, una conexión que
no entiendo del todo, pero que parece susurrarme algo importante.
—Margaret… ¿qué más me escondías? —murmuro, sin
esperar una respuesta.
El silencio de la casa parece envolverme, pero no me
incomoda. Miro la foto una vez más y decido que necesito respuestas.
Salgo al porche con la foto todavía en la mano, el viento
acaricia mi cara mientras mis botas pisan el camino que lleva hacia el
establo. Supongo que Caleb estará allí, como siempre, con su eterna
concentración y su habilidad para parecer imperturbable. Cuando llego, lo
veo inclinado sobre un cajón de herramientas, revisando algo con la
paciencia de quien conoce cada tornillo y clavo como si fueran viejos
amigos. Se levanta al oírme y me lanza una mirada curiosa.
—¿Qué pasa? —pregunta, directo como siempre.
—Esto. —Levanto la foto para que la vea mientras me acerco.
Caleb deja las herramientas a un lado y la toma con cuidado
entre sus manos, como si pudiera romperse. Sus ojos verdes se detienen en
la imagen y, por un instante, su expresión cambia. Es sutil, casi
imperceptible, pero noto algo parecido a la sorpresa mezclada con
nostalgia.
—Este caballo… —murmura, como si hablara consigo mismo.
—¿Lo reconoces? —le pregunto, incapaz de ocultar la
curiosidad en mi voz.
—Claro. —Me mira y su tono adquiere un matiz más suave—.
Este era Thunder, el caballo favorito de Margaret.
Thunder. El nombre me resulta extraño y familiar al mismo
tiempo, como si hubiera estado enterrado en algún rincón de mi memoria.
—¿Por qué estaba yo aquí? —insisto, señalando la foto.
—Margaret solía invitar a la familia durante el verano. Decía
que quería que todos entendieran lo que significaba este lugar, aunque no
siempre funcionara. —Hace una pausa, devolviéndome la foto—. Tú
debiste venir en una de esas ocasiones.
—No lo recuerdo. —Mi voz sale más baja de lo que esperaba,
como si admitirlo me pesara de alguna manera.
—Eras muy pequeña. Es normal. —Caleb se apoya en la
barandilla del establo, cruzando los brazos mientras me observa.
—Recuerdo venir los veranos a pasar largas temporadas con la
tía, pero cuando era más mayor que en esta foto…
Me quedo mirando la fotografía de nuevo. Thunder parece
majestuoso, pero también hay algo en su mirada que me resulta
profundamente cálido. Como si fuera más que un simple caballo para la tía
Margaret y, de alguna manera, también para mí.
—¿Thunder era especial para Margaret? —pregunto,
levantando la mirada hacia Caleb.
—Mucho. —Asiente, y su tono se vuelve más serio—.
Thunder fue uno de los primeros caballos que ella crió aquí. Decía que
simbolizaba lo que el rancho significaba para ella: trabajo duro, lealtad y…
—hace una pausa, como si buscara las palabras adecuadas— algo que no
puedes explicar, pero que sientes.
Sus palabras me dejan pensativa. Vuelvo a mirar la foto,
intentando encontrar en ella algo que me ayude a entender esa conexión que
parece estar más allá de lo evidente.
—Es curioso… —empiezo, aunque no sé muy bien cómo
terminar la frase.
—¿El qué? —Caleb inclina ligeramente la cabeza, con esa
mezcla de paciencia y curiosidad que parece reservar solo para momentos
como este.
—Nunca pensé que este lugar podría tener algo que ver
conmigo. Siempre lo vi como… algo ajeno… Un lugar donde vine a pasar
el verano durante una época de mi infancia. Pero ahora… —me callo,
incapaz de encontrar las palabras correctas.
—Ahora empieza a parecer diferente, ¿verdad? —completa él
en voz baja pero cargada de significado.
Asiento, aunque no estoy segura de lo que estoy aceptando.
Hay algo en este rancho que me hace sentir que, quizás, tiene más que
ofrecerme de lo que pensé al principio.
—Margaret siempre decía que este lugar tenía una forma de
atrapar a la gente —me dice sonriendo levemente, pero hay un brillo en sus
ojos que delata la sinceridad que hay detrás de sus palabras—. Tal vez sea
cierto.
Lo miro y, por un instante, nos quedamos en silencio solo
mirándonos. El aire huele a heno fresco y tierra, y el sonido de los caballos
resuena suavemente a nuestro alrededor.
—Quizás… —murmuro, aunque no estoy segura de lo que
quiero decir.
Caleb me observa durante un momento más antes de volver a
su trabajo, dejándome con mis pensamientos y con la fotografía entre las
manos.
Mientras regreso a la casa principal, siento que algo ha
cambiado. No sé si es el rancho, la forma en que Caleb me ha hablado de
Margaret o simplemente esa imagen que sigue resonando en mi mente.
Pero, por primera vez, tengo la sensación de que este lugar es más que una
simple herencia. Es un pedazo de algo que podría llegar a ser mío, si me
atrevo a descubrirlo.

El sonido de los caballos en el establo acompaña mis pasos mientras sigo a


Caleb. Sus botas resuenan con un ritmo constante contra el suelo de tierra,
mientras yo intento mantener el equilibrio con el aire frío cortándome las
mejillas. Tiene algo en su andar que transmite una calma que yo no poseo,
como si el simple hecho de estar aquí le bastara para sentirse completo.
No me dice adónde vamos, pero el brillo en sus ojos cuando le
mostré la fotografía de mi tía me intriga mucho. Caleb no es alguien que
muestre sus emociones fácilmente, pero algo en esa imagen y en el nombre
de Thunder, parece haber removido una parte de él, que normalmente
mantiene oculta.
—¿Siempre haces esto? —le pregunto mientras esquivamos
una rama caída.
—¿El qué? —responde sin girarse.
—Guardarte las cosas. Actuar como si supieras algo que los
demás no.
Suelta una breve risa, baja y apenas perceptible.
—No siempre. Solo cuando creo que alguien puede aguantar
la curiosidad el tiempo suficiente para descubrirlo por sí mismo.
Le lanzo una mirada, aunque él no puede verla desde su
posición.
—Eres frustrante, ¿lo sabías?
—Es un talento —contesta, con esa seguridad suya que
siempre parece rozar la arrogancia, pero sin llegar a caer en ella.
El trayecto se alarga, con el paisaje cambiando a nuestro
alrededor. Dejamos atrás el camino principal y nos adentramos en una zona
más abierta, donde la hierba alta se mueve con el viento y el cielo parece
más amplio. Caleb no dice nada, y aunque me irrita su silencio, decido no
insistir. Algo me dice que, si hablo demasiado, podría romper el momento.
Finalmente, se detiene y señala un claro en el que se alza un
establo de madera, desgastado por los años, pero aún firme. Dentro, el
terreno está cubierto de tierra suave, casi como si fuera un pequeño
escenario preparado para algún espectáculo.
—Este era el lugar favorito de Margaret para entrenar a los
caballos —dice, con la mirada fija en el establo.
Me acerco lentamente, sintiendo cómo el ambiente parece
cargado de una energía distinta, como si los recuerdos de lo que ocurrió
aquí todavía flotaran en el aire.
—¿Entrenar? —pregunto, aunque la palabra parece quedarse
corta para describir lo que intuyo que significaba este lugar.
—Ella no solo montaba. Para Margaret, los caballos eran una
extensión de sí misma. Aquí les enseñaba a confiar y a entenderse con las
personas. Decía que este corral era su pequeño santuario.
Sus palabras, pronunciadas con un respeto que no suele
mostrar por casi nada, me dejan sin saber qué decir. Camino hasta la valla y
apoyo las manos en la madera, mirando al interior como si pudiera ver a la
tía Margaret allí, con Thunder, moviéndose en perfecta sincronía.
—¿Y tú? ¿Solías venir aquí con ella? —le pregunto, volviendo
la cabeza hacia él.
Él asiente, aunque sus ojos permanecen observando el establo.
—Cuando era niño, solía sentarme allí. —Señala un tronco
que sobresale del suelo junto a la valla—. Pasaba horas viéndola trabajar.
Ella decía que no bastaba con entender a los caballos. Había que dejar que
ellos también te entendieran a ti.
Sus palabras me llegan más de lo que esperaba. Hay algo en su
voz, en su postura, que me hace verlo de una manera distinta. Caleb no es
solo el hombre rudo que siempre parece estar a cargo de todo, también hay
una parte de él profundamente ligada a este lugar, una parte que parece tan
vulnerable como fuerte.
Entro en el establo y la tierra bajo mis pies es suave y, por un
momento, me imagino que la tía Margaret está aquí, dándome instrucciones
como solía hacer con sus caballos.
—¿Qué hacían aquí exactamente? —pregunto, aunque mi voz
suena más como un susurro.
—De todo. Margaret creía en enseñar a los caballos a confiar
sin usar la fuerza. Thunder era especial para ella, porque parecía entenderlo
todo sin necesidad de palabras.
Miro alrededor, intentando imaginarlo. Es fácil visualizar a mi
tía, una mujer fuerte, con una mirada decidida, moviéndose con gracia
mientras un caballo la seguía como una sombra. Algo en esa imagen me
hace sentir que, quizás, este lugar no me resulta tan ajeno como pensaba.
—Debía de ser increíble —digo, sin mirarle.
—Lo era. —Caleb está apoyado en la valla, observándome
con los brazos cruzados. No puedo ver sus ojos desde aquí, pero siento su
atención, como si estuviera evaluando cada uno de mis movimientos.
Camino hasta el centro del corral y me agacho, dejando que
mis dedos se hundan en la tierra. Está fría y suave, pero también tiene algo
más que no puedo describir con palabras.
—¿Qué piensas? —su voz llega desde la valla, tranquila, pero
con un toque de curiosidad.
Me levanto despacio, sacudiéndome las manos.
—Pienso que esto significa más de lo que imaginé. —Me giro
hacia él, sosteniendo su mirada—. Para ti, para la tía Margaret… y tal vez
incluso para mí.
Caleb no me responde de inmediato. En lugar de eso, sujeta la
valla con ambas manos y se inclina ligeramente hacia delante.
—Siempre pensé que este lugar tenía algo especial —dice,
finalmente—. Pero es curioso. Nunca pensé que alguien como tú pudiera
verlo también.
Su comentario debería molestarme, pero no lo hace. En lugar
de eso, me hace sonreír.
—Tal vez hay más en mí de lo que crees, Caleb.
—Tal vez. —Su sonrisa es leve, casi imperceptible, pero está
ahí.
—¿Por qué me has traído aquí? —le pregunto, girándome
hacia él.
Sus ojos verdes me sostienen la mirada, intensos y profundos
como siempre, pero esta vez hay algo más en ellos.
—Porque quería que entendieras lo que significa este lugar.
No solo para mí, sino para todos los que han pasado por aquí.
Sus palabras me llegan al corazón. Bajo la mirada y dejo que
mis pensamientos se entrelacen con las imágenes que este establo me
inspira. Veo a Margaret, al caballo Thunder y a un Caleb más joven sentado
en ese tronco, observándola. Y por un momento, siento que soy parte de esa
escena, aunque no lo sea.
—Creo que empiezo a entenderlo. —Mi voz suena más firme
esta vez, como si las piezas estuvieran encajando poco a poco en mi cabeza.
Caleb da un paso hacia adelante y se acerca un poco más.
—¿De verdad?
Asiento, levantando la vista hacia él.
—Sí. Este lugar… no es solo un rancho, ¿verdad? Es más que
eso.
—Mucho más. —Su respuesta es rápida, como si llevara años
esperando que alguien lo comprendiera.
—¿Y qué es? —pregunto, intentando captar el fondo de lo que
siente.
Él se queda en silencio durante un momento, como si estuviera
buscando las palabras adecuadas.
—No es solo el rancho, Grace. Es todo lo que representa para
los que vivimos aquí.
Su respuesta, simple y directa, me deja sin saber qué decir.
Porque, aunque entiendo las palabras, siento que su significado es mucho
más profundo.
—Todo lo que representa… —repito en voz baja, como si
estuviera probando cómo se siente esa frase en mis labios.
Caleb asiente, sin apartar la mirada de mí.
—El esfuerzo, la conexión, las raíces… Margaret lo entendía.
Y aunque no lo parezca, creo que tú también lo estás empezando a entender.
Me quedo quieta, dejando que sus palabras se hundan en mi
interior. Por primera vez en mucho tiempo, siento que estoy cuestionando lo
que siempre he creído importante.
—Tal vez… —empiezo, pero no termino la frase.
—Tal vez ¿qué?
Sus ojos me buscan, como si realmente quisiera saber lo que
estoy pensando.
—Tal vez tenga que replantearme algunas cosas.
Caleb no dice nada, pero la leve sonrisa que aparece en sus
labios me indica que, aunque no lo admita, está satisfecho con mi respuesta.
Me quedo ahí, en el centro del establo, dejando que el viento
juegue con mi pelo y la tierra bajo mis pies me conecte con algo más
grande. Por primera vez desde que llegué aquí, siento que el rancho no es
solo una herencia que tengo que gestionar. Es algo más. Algo que todavía
no entiendo del todo, pero que estoy dispuesta a descubrir. Y mientras Caleb
me observa desde la valla, siento que no estoy sola en este camino. Porque,
aunque no lo diga en voz alta, él está tan involucrado en este
descubrimiento como yo. Y eso hace que todo sea un poco menos aterrador.
Capítulo 10
Caleb

La carta ha llegado esta mañana, entregada por la mano temblorosa de un


chico del pueblo ,que no me miró directamente a los ojos al dármela. La
idea de abrirla me enerva, pero lo hago, porque prefiero saber a qué me
enfrento a vivir con la incertidumbre. El mensaje que encuentro en su
interior es breve y directo. No tiene firma, pero tampoco la necesita. Es
suficiente con las palabras que contienen para encenderme por dentro:
«Las cosas pueden complicarse. Vender sería lo más sensato».
Dejo el papel sobre la mesa de la cocina con un movimiento
brusco. El folio se desliza hasta detenerse junto a la taza de café que Grace
dejó olvidada esta mañana. Me apoyo en el respaldo de la silla, con los
brazos cruzados, mientras repaso las palabras una y otra vez en mi cabeza.
No es solo la amenaza velada, sino que es la confirmación de algo que
llevaba tiempo sospechando. Alguien está detrás de esto, alguien que
conoce los puntos débiles del rancho y está dispuesto a explotarlos. No me
sorprende, pero eso no hace que sea más fácil de digerir.
—¿Otra mala noticia?
La voz de Grace me saca de mis pensamientos y al girarme la
veo apoyada en el marco de la puerta, con el pelo recogido de cualquier
manera y las manos cruzadas delante de ella. Es un gesto casual, pero hay
algo en su expresión que me hace pensar que no está tan cómoda como
aparenta.
—Algo así. —Recojo la carta de la mesa—. Parece que
nuestros amigos del pueblo han decidido que no pueden esperar más.
Grace avanza hacia la mesa y se sienta frente a mí, con la
mirada fija en el papel.
—¿Qué dice?
Le tiendo la carta sin decir nada. Mientras la lee, sus cejas se
fruncen, y puedo ver cómo la misma frustración que me consume a mí
empieza a reflejarse en su cara.
—¿Quién la ha enviado?
—No hay remitente, pero sé de dónde viene. Esto tiene el sello
de los Davies, aunque no lo admitan ni bajo tortura.
Grace deja la carta sobre la mesa con más fuerza de la
necesaria y me mira directamente.
—¿Y qué piensas hacer?
—Lo que llevo haciendo desde que Margaret murió: defender
este lugar con todo lo que tengo.
Mis palabras se me escapan de la garganta en un tono más
duro de lo que pretendía, pero no me disculpo. Grace no me responde de
inmediato. En lugar de eso, baja la mirada hacia la mesa, como si intentara
organizar sus pensamientos.
—No puedes hacerlo solo. —Su voz es firme, pero hay algo
en su tono que me hace mirarla con más atención—. Si ellos están
organizados, tú también deberías estarlo.
—¿Y cómo sugieres que haga eso? —le pregunto cruzándome
de brazos—. No puedo confiar en nadie del pueblo. La mayoría están
demasiado asustados o interesados en ver este lugar caer.
Grace se levanta, plantándose frente a mí con los brazos en
jarras.
—Tienes razón en una cosa: confiar no es fácil. Pero no
puedes seguir viendo enemigos en todas partes. Si realmente quieres
proteger el rancho, necesitas aliados.
—¿Como tú?
La pregunta se queda flotando en el aire y, por un momento,
ninguno de los dos dice nada. Grace sostiene mi mirada sin pestañear y en
sus ojos veo algo que no había notado antes: determinación.
—Sí, como yo.
Sus palabras me toman por sorpresa, pero no dejo que se note.
—¿Por qué te importa tanto? —pregunto, buscando en su
gesto alguna señal de duda.
Grace suspira y aparta la mirada, pero no por mucho tiempo.
Cuando vuelve a mirarme, su expresión es más suave.
—Porque este lugar empieza a parecer como algo más que un
simple trabajo.
No espero esa respuesta y, durante unos segundos, no sé qué
decir. Finalmente, asiento, porque aunque me cueste admitirlo, sé que tiene
razón.
—Está bien. —Extiendo una mano hacia ella y, aunque sus
ojos se agrandan ligeramente, no retrocede—. Si vamos a trabajar juntos,
más vale que estemos de acuerdo.
Grace observa mi mano por un momento antes de estrecharla
con firmeza.
—De acuerdo. Pero si vamos a hacer esto, necesito que
confíes en mí.
—Eso es algo que tendrás que ganarte.
Mi respuesta no parece sorprenderla. Grace sonríe, una sonrisa
breve pero cargada de desafío, como si acabara de aceptar un reto que
estaba esperando.
—Bien. Entonces empecemos.
El resto del día lo pasamos pensando un plan. Decidimos
reforzar las zonas más vulnerables del rancho y contactar con algunos de
los vecinos menos conflictivos para intentar obtener información. Grace
parece más cómoda de lo que esperaba con este tipo de tareas, y aunque
todavía desconfío de sus intenciones, tengo claro tiene talento para
organizarse.
—¿Qué sabes de los Davies? —pregunta mientras revisa la
lista de los materiales que necesitamos comprar—. Si estás tan seguro de
que son ellos, ¿por qué no hablamos directamente?
—Porque no tengo pruebas. Y sin pruebas, lo único que
conseguiré es darles una excusa para atacarme de forma más abierta.
Grace asiente, aunque no parece del todo satisfecha con mi
respuesta.
—Deberías ir al pueblo mañana —dice finalmente—. Habla
con algunos de los comerciantes. Si alguien sabe algo, será cuestión de
tiempo que lo suelten.
La miro, sorprendido por su pragmatismo.
—¿Cómo sabes tanto sobre estas cosas?
Grace se encoge de hombros, pero hay un brillo en sus ojos
que me hace pensar que su respuesta no será tan simple.
—Cuando has pasado suficiente tiempo en sitios donde todo el
mundo parece tener un interés oculto, aprendes a jugar el mismo juego.
No sé qué responder a eso, así que no digo nada. Pero
mientras la observo, moviéndose por la cocina con una determinación que
empieza a resultarme familiar, no puedo evitar pensar que Grace podría ser
más útil de lo que imaginé.
Al final del día, cuando el sol empieza a desaparecer tras las
colinas y el aire fresco se cuela por las rendijas de las ventanas, estoy
sentado en el porche, con la carta de los Davies en una mano y un vaso de
whisky en la otra. Grace aparece a mi lado, con una taza de té en las manos.
No dice nada al principio, simplemente se sienta en una silla junto a la mía
y mira el horizonte.
—¿Crees que lo conseguiremos? —pregunta con la mirada
perdida en el cielo.
—Mientras este lugar siga en pie, es posible.
—Entonces lucharemos —me dice en voz baja, pero hay
una firmeza en ella que me hace creer que, tal vez, no estoy tan solo en esto
como pensaba.
Me quedo en silencio y dejo que lo que acaba de decirme se
asiente dentro de mí. Porque aunque todavía no estoy seguro de si puedo
confiar completamente en Grace, hay algo en ella que me hace querer
intentarlo. Y por ahora, eso es suficiente.

Grace está en el establo cuando llego. Se mueve entre los haces de heno con
ese aire despreocupado que parece llevar a todas partes. Está revisando los
cascos de Lucy, concentrada en su tarea, como si el mundo exterior no
existiera. A pesar de todo lo que está pasando, hay algo en ella que sigue
siendo un misterio para mí.
Me detengo en el marco de la puerta y carraspeo para avisarle
de que estoy aquí. Grace alza la cabeza y me mira por encima del lomo de
Lucy.
—¿Qué quieres? —pregunta, con un tono que no intenta
disimular su desconfianza.
—Hablar.
Suelta un suspiro y deja de lado la herramienta que estaba
usando para limpiar los cascos de la yegua. Se endereza, se cruza de brazos
mientras me observa.
—¿Hablar de qué?
Entro al establo y me detengo a unos pasos de ella, dejando
que mis ojos recorran el lugar. El olor a heno y a madera desgastada
impregna el aire, y los sonidos suaves de los caballos en sus
compartimentos llenan el silencio entre nosotros.
—Creo que deberíamos trabajar juntos.
Grace arquea una ceja, y su expresión es una mezcla sorpresa
y escepticismo.
—¿Perdona?
—Has oído bien. —Me cruzo los brazos, devolviéndole la
mirada—. Esto no es un juego, Grace. Quien esté detrás de los sabotajes no
se va a detener solo porque lo ignoremos. Necesito saber que estás
dispuesta a ayudar.
—¿Y por qué supones que querría hacerlo? —pregunta, con
un tono que roza la burla.
—Porque este lugar también es tu responsabilidad ahora. —Mi
respuesta es directa, sin rodeos, porque sé que no le sirven las sutilezas.
Ella se queda en silencio, mirándome como si intentara
descifrar algo en mi expresión. Finalmente, se aparta de Lucy y da un paso
hacia mí.
—Dices que es mi responsabilidad, pero no me has dejado
hacer mucho desde que llegué. Cada vez que intento implicarme, me has
tratado como si fuera una intrusa.
—Eso es porque no sabía si podía confiar en ti. —Mis
palabras la hacen fruncir el ceño, pero no me detengo—. Ahora lo sé.
Grace suelta una risa breve, sin rastro de humor.
—¿Ah, sí? ¿Y qué ha cambiado?
—Tu reacción a todo esto. —Señalo hacia la entrada del
establo, como si los daños en las vallas y las amenazas pudieran verse desde
aquí—. No has salido corriendo, ni has intentado esquivar el problema. Eso
dice mucho de ti.
Grace me observa en silencio, y puedo ver que mis palabras
han surtido efecto, aunque no quiera admitirlo. Finalmente, cruza los brazos
de nuevo y deja escapar un suspiro.
—Está bien. ¿Qué necesitas?
Su respuesta me toma por sorpresa, aunque intento no
demostrarlo.
—Primero, información. Cualquier cosa que recuerdes de tus
conversaciones con los compradores o con alguien del pueblo que pudiera
parecer… fuera de lugar.
—No puedo decirte mucho, porque la mayoría de las veces, la
gente me trata como si fuera un accesorio más del rancho, alguien que está
aquí solo de paso.
—Entonces esa es nuestra primera ventaja. Si creen que no te
tomas esto en serio, puede que bajen la guardia.
Grace me lanza una mirada que mezcla irritación y
resignación.
—¿Y tú qué vas a hacer? ¿Piensas seguir enfrentándote a todo
el mundo como si fueras un vaquero solitario?
—Es lo que mejor sé hacer.
Ella sacude la cabeza, pero no dice nada más.
—Bien —dice finalmente—. Pero si voy a ayudarte, necesito
que me tengas informada de todo. No quiero enterarme de cosas a medias ni
que me dejes fuera de las decisiones importantes.
—Trato hecho.
Grace me mira como si no terminara de creerse mi respuesta,
pero finalmente asiente.
—De acuerdo. ¿Por dónde empezamos?
—Iremos al pueblo. Necesitamos respuestas, y creo que sé por
dónde empezar a buscarlas.
Grace no parece del todo convencida, pero no protesta.
—Esto va a ser interesante —murmura mientras recoge sus
herramientas y las guarda en una caja junto a la pared.
—Eso espero. —Mis palabras son sinceras, aunque no estoy
seguro de cuánto durará esta tregua entre nosotros.
Mientras salimos del establo, siento que, por primera vez,
estamos avanzando en la misma dirección. No sé si puedo confiar
completamente en ella, pero al menos ahora parece dispuesta a enfrentarse a
lo que sea que nos espera.

El camino hasta el pueblo es un recorrido que he hecho cientos de veces,


pero hoy me parece diferente. Tal vez sea porque tengo a Grace caminando
a mi lado con su mirada atenta al paisaje que nos rodea. No habla mucho
mientras avanzamos, pero puedo notar que su mente trabaja rápido, sin
duda, está dándole vueltas a algo.
Cuando llegamos al primer cruce, se detiene un momento para
mirar a nuestro alrededor.
—¿Por dónde empezamos? —pregunta y noto un leve
nerviosismo en su manera de hablar.
Señalo hacia el centro del pueblo, donde las casas bajas se
agrupan en torno a la plaza.
—Por allí. Hay un par de personas que podrían saber algo,
pero no esperes que sean fáciles de convencer para que te cuenten, siendo
una extraña para ellos.
—No me subestimes. —Grace me lanza una mirada afilada
antes de reanudar la marcha.
En cuanto pisamos el adoquinado de la plaza, siento cómo las
miradas se posan sobre nosotros. Aquí todos nos conocemos y cualquier
novedad es motivo de interés. Grace, vestida de manera informal, pero
claramente distinta al estilo de los locales, no pasa desapercibida. Sin
embargo, ella parece inmune al escrutinio que nos regalan las miradas de
los lugareños y mantiene la cabeza bien alta mientras caminamos.
—Vamos a hablar primero con Dan —le digo señalándole una
pequeña tienda de suministros al otro lado de la plaza—. Suele saber más
de lo que parece.
Grace asiente y se ajusta la chaqueta mientras me sigue.
Encontramos a Dan detrás del mostrador organizando cajas de
herramientas con esa parsimonia que siempre ha tenido. Al verme, levanta
la mirada y sonríe ligeramente.
—Caleb —me saluda con su voz grave y pausada—. Hacía
tiempo que no pasabas por aquí.
—He estado ocupado —le respondo y me apoyo en el
mostrador—. ¿Tienes un minuto?
Dan asiente y se quita los guantes de trabajo.
—Siempre tengo un minuto para ti, muchacho.
Grace se queda un paso detrás de mí, observando en silencio
mientras intercambio un par de comentarios triviales con Dan. Cuando
finalmente cambio de tema, siento su mirada fija en nosotros.
—Escucha, he tenido algunos problemas en el rancho
últimamente —mido el tono de mis palabras, pero le dejo claro que lo que
le estoy comentando es un asunto muy serio—. Sabotajes, daños en las
vallas… cosas que no pasan por accidente, ya sabes…
Dan frunce el ceño y apoya las manos sobre el mostrador.
—¿Sabotajes? Eso suena serio.
—Lo es. Y tengo razones para pensar que alguien del pueblo
podría ser el responsable.
Él guarda silencio durante un momento con gesto pensativo.
—Hay rumores —admite finalmente—, pero nada concreto.
He oído que algunos compradores están más interesados de lo que deberían
en esas tierras. No sería raro que contrataran a alguien para causar
problemas.
—¿Sabes quién podría estar detrás? —insisto, consciente de
que Dan nunca revela todo de golpe.
Él niega con la cabeza, pero hay algo en su gesto que me hace
sospechar que sabe más de lo que dice.
—No puedo señalar a nadie, pero si te soy sincero, Caleb, más
de uno en este pueblo preferiría que el rancho estuviera en otras manos.
Grace da un paso adelante al escucharlo e interviene con voz
firme y directa.
—¿Por qué? ¿Qué ganan con ello?
Dan observa con curiosidad a Grace, como evaluándola.
—Dinero. Siempre es el dinero. Algunos creen que ese terreno
podría ser más valioso en otros usos, y otros simplemente no soportan la
idea de que alguien mantenga algo que ellos no pudieron tener.
Grace asiente lentamente mientras procesa lo que Dan le acaba
de decir.
—Gracias, Dan. —Me despido, y él asiente antes de volver a
su trabajo.
Cuando salimos de la tienda, Grace suelta un suspiro.
—No ha dicho mucho, pero me ha dado la sensación de que
sabe bastante más de lo que nos ha contado.
—Es su estilo. Nunca cuenta todo lo que sabe de una vez, pero
suelta lo suficiente para que valga la pena escucharlo.
Tras la visita a Dan, decidimos pasar por la cafetería, un lugar
donde la mayoría de la gente del pueblo que puede se reúne a media
mañana. El ambiente es acogedor, con el aroma del café y el sonido de las
conversaciones de fondo. Enseguida veo a Betty, la dueña, desde detrás del
mostrador que nos sonríe al vernos entrar, pero su expresión se endurece
ligeramente cuando menciono el motivo de nuestra visita.
—No sé mucho, Caleb, pero he oído a un par de personas
hablar de compradores interesados en el rancho. No sé nombres, pero, por
lo visto, insisten más de lo habitual en su intención de quedarse con esas
tierras.
Grace aprovecha el momento para intervenir en la
conversación
—Betty, ¿sabes algo sobre si Margaret tenía problemas con
vecinos o con posibles compradores del rancho?
Betty duda un instante, pero finalmente asiente.
—Margaret siempre decía que mantener el rancho era una
lucha constante. Algunos vecinos estaban resentidos, porque creían que ella
tenía más de lo que le correspondía. Y los compradores… bueno, siempre
los hay.
Grace sonríe, agradecida.
—Gracias, nos has ayudado mucho —le agradezco con un
asentimiento de cabeza y apretando los labios.
Salimos de la cafetería y cruzamos la plaza en silencio. Grace
parece más relajada ahora.
—Te estás desenvolviendo bien —le digo, sin pensar
demasiado en mis palabras.
Ella se detiene y me mira, sorprendida.
—¿Eso es un cumplido?
—Solo una observación.
Grace sonríe levemente y reanuda la marcha. Cuando
cruzamos la calle hacia la casa de Evelyn Parker, noto que Grace camina a
mi lado con la cabeza alta. Es curioso, pero parece que este pueblo, con
todas sus miradas curiosas y suposiciones, ya no la intimida tanto. Evelyn,
una mujer entrada en años con una lengua afilada como un cuchillo, podría
ser nuestra mejor oportunidad para obtener información concreta. Pero
también es conocida por no regalar información a nadie sin tener un buen
motivo para hacerlo. La verja de su jardín está abierta, como siempre. Las
flores que rodean la entrada añaden un toque de color que contrasta con la
fachada desgastada de la casa. Evelyn está en el porche, sentada en una
mecedora con una taza de té humeante entre las manos. Al vernos, levanta
una ceja y deja la taza en la mesita.
—Vaya, muchacho. No esperaba verte tan pronto otra vez. Y
menos tan bien acompañado —me dice mientras desliza la mirada hacia
Grace, quién, para mi sorpresa, la mira con una sonrisa.
—Buenas, Evelyn —le saludo inclinando ligeramente la
cabeza en señal de saludo—. Necesitamos hablar contigo.
—Eso lo he supuesto al veros entrar en mi jardín sin que te
haya invitado. —Su tono es seco, pero sé que detrás de sus palabras hay una
pizca de curiosidad—. ¿De qué se trata?
Grace se adelanta un poco para ponerse frente a ella mientras
hablamos.
—Queremos saber si has oído algo sobre los compradores
interesados en el rancho.
Evelyn entrecierra los ojos y se apoya en los brazos de la
mecedora.
—¿Por qué me lo preguntas a mí?
—Porque siempre sabes lo que sucede en el pueblo —
responde Grace con tono tranquilo pero directo.
La vieja mecedora cruje cuando Evelyn se inclina hacia
adelante, fijando la vista en ella.
—Tienes agallas, muchacha. —Luego me mira a mí—. ¿De
qué va esto, muchacho?
Suelto un suspiro y me cruzo de brazos.
—Han estado saboteando el rancho, las vallas, los cercados…
Todo apunta a que alguien está intentando presionarnos para que vendamos.
Evelyn se recuesta de nuevo y sus ojos se estrechan mientras
procesa mis palabras.
—Sabía que algo raro estaba pasando, pero no imaginé que
llegarían tan lejos.
—¿Qué sabes? —le pregunta Grace dando un paso hacia
adelante para acercarse más a la anciana.
Evelyn guarda silencio por un momento, observándonos como
si estuviera decidiendo si somos dignos de su confianza o no. Finalmente,
toma aire y se sienta más erguida en la mecedora.
—Hace unas semanas, escuché a un par de hombres hablando
en la cafetería. No dijeron mucho, pero mencionaron a un tal Morgan
Reese.
Ese nombre me golpea como un ladrillazo en la cabeza. Grace
se tensa a mi lado y yo aprieto los dientes.
—Morgan Reese —repito el nombre en voz baja, dejando que
el peso de su significado se asiente.
—¿Quién es? —pregunta Grace, mirando a Evelyn y a mí.
—Es un tiburón inmobiliario —respondo, manteniendo la
mirada fija en Evelyn—. Ha conseguido más terrenos de los que debería, y
no siempre de manera legal.
—Más bien, nunca de manera legal —aclara Evelyn y toma un
pequeño sorbo de su taza de té.
Grace cruza los brazos y frunce el ceño.
—¿Cómo consigue lo que quiere?
—Sobornos, amenazas, sabotajes… —enumera Evelyn con
frialdad, sin apartar la mirada de mí—. No tiene escrúpulos, y nadie en el
pueblo tiene los recursos suficientes para enfrentarse a él.
Grace parece procesar la información, y puedo ver cómo su
postura cambia ligeramente, como si algo dentro de ella hubiera hecho un
clic.
—¿Crees que es él quien está detrás de todo esto? —me
pregunta con un tono más firme que el que ha utilizado hasta ahora.
—Es posible —admito, aunque la rabia empieza a crecer en
mi interior—. Y si lo es, no va a detenerse hasta conseguir lo que quiere.
Evelyn se levanta con un gruñido, apoyándose en la barandilla
del porche.
—Si Morgan Reese está interesado en el rancho, más vale que
tengáis cuidado. Ese hombre nunca juega limpio.
—Gracias por la advertencia —le contesto con tono serio,
pero no puedo ocultar la frustración que siento al saber que estamos
lidiando con alguien como Reese.
Mientras salimos del jardín de Evelyn, Grace se mantiene en
silencio a mi lado. Solo cuando estamos de vuelta en la plaza, lejos de oídos
indiscretos, me habla.
—Esto es más grande de lo que pensaba.
—Lo es —respondo, deteniéndome para mirarla—. Pero si
vamos a enfrentarnos a alguien como Reese, necesito saber que estás
dispuesta a comprometerte.
Grace me devuelve la mirada y, por primera vez desde que
llegó al rancho, veo una convicción real en sus ojos.
—Cuenta conmigo.
Sus palabras son simples, pero me dejan claro que no estoy
solo en esto. Y aunque no lo diga en voz alta, sé que tenerla de mi lado
podría ser la clave para ganar esta batalla.

La tarde cae con un aire fresco que trae consigo una calma engañosa. El
trayecto de regreso al rancho lo hacemos en silencio. Grace camina junto a
mí, con las manos en los bolsillos de su chaqueta y la mirada fija en el
camino de grava que se extiende bajo nuestros pies. Ha sido un día largo y,
aunque no lo diga en voz alta, sé que la conversación con Evelyn le ha dado
mucho en qué pensar.
No esperaba que se implicara tanto, ni que mostrara tanta
curiosidad por lo que está ocurriendo. La Grace que llegó al rancho era una
mujer que parecía hecha para la ciudad, para un mundo de paredes de cristal
y luces brillantes. Ahora, en cambio, verla con las botas cubiertas de polvo
y la cara seria mientras digiere lo que hemos descubierto, me hace
reconsiderar esa primera impresión que tenía de ella.
Cuando llegamos al porche, me detengo un momento para
observar el horizonte. El cielo se va oscureciendo poco a poco, y las
primeras estrellas comienzan a aparecer. Grace también se detiene, pero no
dice nada. Parece absorta en sus propios pensamientos, con los brazos
cruzados como si intentara protegerse de algo más que del frío.
—Gracias por acompañarme hoy —le digo con un tono de voz
que suena más grave de lo que pretendía, pero no me retracto.
Ella me mira, sorprendida al principio, pero luego asiente con
una pequeña sonrisa.
—No esperaba que me dieras las gracias.
—¿Por qué no?
Grace se encoge de hombros y su mirada se desvía hacia el
establo.
—No parecía que confiases en mí cuando esto empezó.
—No lo hacía —le respondo con honestidad, aunque su
expresión no cambia. Me sorprende lo mucho que ha cambiado en tan poco
tiempo.
—Al menos eres sincero —dice con un toque de sarcasmo,
pero hay algo en su tono que lo suaviza.
—Lo soy. Y también lo seré al admitir que no esperaba que te
tomaras esto tan en serio. —Me cruzo los brazos, observándola con
atención.
Grace me devuelve la mirada y por un instante parece que está
pensando qué decir, aunque finalmente, respira hondo y da un paso hacia
mí.
—Tal vez no soy quien tú creías.
Sus palabras son simples, pero me impacta. Noto cómo la
firmeza en su voz es real, algo que viene de un lugar profundo. Y me doy
cuenta de que tiene razón. Grace no es solo una mujer de ciudad, que ha
terminado aquí por accidente, es algo más, alguien a quien todavía estoy
descubriendo.
—De eso estoy empezando a darme cuenta —respondo,
dejando que una sonrisa, pequeña pero sincera, se dibuje en mis labios.
Grace no me dice nada más. Solo asiente y me devuelve la
sonrisa, antes de girarse hacia la puerta de la casa. La sigo, sabiendo que el
día ha terminado, pero también que, en algún punto del camino, hemos
empezado a caminar juntos.
Capítulo 11
Grace

He elegido un vestido sencillo, de algodón ligero, que cae por encima de


mis rodillas y se adapta a mi cintura lo justo para no parecer demasiado
formal. No quiero destacar, pero al mismo tiempo no me apetece tampoco
pasar desapercibida. Me he recogido el pelo en un moño flojo, dejando caer
algunos mechones sueltos, y unos pendientes pequeños completan el
conjunto.
Al llegar a la plaza del pueblo, el bullicio es casi abrumador.
Las bombillas que cuelgan sobre nuestras cabezas lanzan una luz cálida que
parece suavizar todo a su paso: las caras de los vecinos, las mesas llenas de
platos caseros, incluso las risas parecen más acogedoras bajo esa luz. Me
detengo al borde del camino, observando la escena como si fuera una
espectadora en lugar de alguien que viene a disfrutar de la fiesta.
—Vaya… no esperaba verte así.
La voz de Caleb a mi lado me sobresalta. Cuando me giro para
mirarlo, noto que sus ojos recorren mi atuendo con una mezcla de sorpresa
y algo más. No es descarado, pero hay algo en su expresión que me hace
sentir un calor que me sube por el cuello.
—¿Así cómo? —pregunto, intentando sonar casual, aunque no
puedo evitar que mi tono lleve un toque de desafío.
—Normal. —Sonríe ligeramente, como si le divirtiera mi
reacción—. Quiero decir, más... del pueblo.
—Bueno, es un baile rural, no una gala en la ciudad. Me
parecía lo apropiado —le digo y levanto la barbilla, intentando recuperar
algo de terreno.
Caleb asiente, pero no dice nada más. Sin embargo, su mirada
sigue fija en mí un poco más de lo que esperaba, y puedo sentir cómo
algunos vecinos nos observan desde sus mesas o mientras pasan con platos
de comida en las manos. Es una sensación extraña.
Una mujer mayor que no reconozco pasa cerca de nosotros y
le lanza a Caleb una mirada cómplice antes de dirigirme una sonrisa cálida.
—Qué guapa estás esta noche, Grace. —Su voz es amable,
pero hay algo en su tono que me hace pensar que no esperaba decírmelo.
—Gracias. —Sonrío, aunque no estoy segura de cómo
reaccionar.
Cuando la mujer se aleja, miro a Caleb, esperando algún
comentario, pero él sigue con esa expresión tranquila, como si disfrutara de
mi incomodidad.
—¿Vamos? —pregunta finalmente, señalando hacia el centro
de la plaza, donde la música ya ha comenzado a sonar.
—Claro.
Mientras caminamos entre las mesas y los grupos de vecinos,
noto cómo las miradas se posan en nosotros, o más bien, en mí. No es
incómodo, exactamente, pero tampoco es algo a lo que esté acostumbrada.
Algunos murmuran entre ellos, y otros simplemente me miran con
curiosidad, como si intentaran decidir qué papel juego en este lugar.
—¿Siempre es así? —pregunto en voz baja, inclinándome
hacia Caleb.
—¿El qué?
—Que todo el mundo te observe como si fueras la novedad de
la noche.
—No. —Su respuesta es rápida, pero la sonrisa que asoma en
la comisura de sus labios me dice que sabe exactamente a qué me refiero—.
Solo cuando haces que se fijen en ti.
—No estoy intentando llamar la atención.
—Pues lo estás haciendo.
Me detengo un momento, dispuesta a responderle, pero él ya
está caminando hacia una mesa donde un grupo de vecinos está reunido,
saludándolos con un gesto de la mano. Lo sigo, intentando ignorar el calor
que siento en las mejillas.
Una vez junto a la mesa, Caleb se presenta y me introduce
como la sobrina nieta de Margaret. Los vecinos son amables, aunque
reservados al principio, pero poco a poco las sonrisas se vuelven más
sinceras y las bromas comienzan a fluir.
La música cambia y varias parejas se levantan para bailar.
Caleb me lanza una mirada que no puedo interpretar del todo antes de
volverse hacia los vecinos.
—¿Os importa si os la robo un momento? —pregunta, con esa
mezcla de seguridad y humildad que parece funcionarle siempre.
—Por supuesto que no. —Una de las mujeres ríe, lanzándome
una mirada cómplice—. Cuídala bien.
Antes de que pueda protestar, Caleb ya me está guiando hacia
la pista improvisada en el centro de la plaza.
—¿Qué haces? —le susurro, intentando no tropezar con las
piedras sueltas del camino.
—Llevarte a bailar. ¿No es eso lo que se hace en un baile?
—No sé bailar.
—¿Quieres que lo crea?
—No lo hago bien.
—No hace falta hacerlo bien. Solo sigue el ritmo.
Me detengo en el borde de la pista, mirando a las parejas que
se mueven con una coordinación que parece imposible de replicar. Caleb se
da cuenta de mi vacilación y me tiende una mano, con una sonrisa tranquila.
—Confía en mí.
Dudo un momento más antes de colocar mi mano en la suya.
Sus dedos son firmes pero suaves, y cuando me guía al centro de la pista,
siento como si el mundo se hubiera reducido a este pequeño espacio entre
nosotros. La música comienza y Caleb me guía con una facilidad que casi
me hace olvidar mis inseguridades. Sus movimientos son seguros y aunque
tropiezo un par de veces, él lo disimula tan bien que apenas lo noto.
—¿Ves? No es tan difícil. —Su voz es baja, apenas un
murmullo entre la música y las risas que nos rodean.
—No esperaba que fueras tan buen bailarín.
—Hay muchas cosas que no esperas de mí.
Su respuesta me toma por sorpresa, pero no digo nada. En
lugar de eso, me concentro en sus ojos, en la forma en que brillan bajo las
luces, como si estuviera disfrutando de este momento. La canción termina,
y cuando me suelta, siento una mezcla extraña de alivio y desilusión. Pero
antes de que pueda procesarlo, otra canción comienza, esta vez con un
ritmo más animado, y Caleb me lanza una mirada que me hace reír.
—¿Otra?
—¿Por qué no? —responde y ahora soy yo quien lo guía de
vuelta a la pista.
Mientras bailamos, me doy cuenta de que, por primera vez en
mucho tiempo, no estoy pensando en lo que viene después. Estoy aquí, en
este momento, y eso es suficiente.

La plaza está iluminada con hileras de bombillas que cuelgan de poste a


poste, creando un techo de luces cálidas bajo el que las sombras de la gente
se mueven al compás de la música. Es como si todo el pueblo se hubiera
reunido aquí esta noche. Familias enteras, parejas jóvenes, ancianos
sentados en bancos de madera observando el bullicio con sonrisas
nostálgicas.
Cuando era niña, mi tía Margaret organizaba pequeños bailes
en el rancho durante el verano. No era nada tan elaborado como esto, pero
recuerdo cómo me enseñaba a dar vueltas al ritmo de la música, siempre
con una paciencia infinita, mientras yo tropezaba con mis propios pies.
«Bailar es como escuchar con el cuerpo, Grace», solía decirme.
—¿Estás bien? —La voz de Caleb me saca de mi
ensimismamiento. Me doy cuenta de que me he quedado parada,
contemplando la plaza como si fuera un escenario y no un lugar lleno de
personas reales.
—Sí, solo… miraba.
Él asiente, aunque no parece convencido con mi explicación, y
señala hacia un puesto de bebidas en el extremo opuesto.
—Voy a por algo de beber. Quédate aquí si quieres. No
tardaré.
Antes de que pueda responder, desaparece entre la multitud y
me deja sola en medio de un mar de desconocidos. Respiro hondo y doy un
par de pasos hacia el centro de la plaza, intentando no parecer tan perdida
como me siento. Una mujer mayor, con el pelo recogido en un moño y un
vestido de flores, que parece sacado de otra época, se acerca a mí con una
sonrisa amable.
—Eres Grace, ¿verdad? —me pregunta, sujetando una bandeja
con galletas caseras.
—Sí —le digo intentando sonar más segura de lo que
realmente me siento—. ¿Nos conocemos?
—Oh, no, querida, pero aquí todos sabemos quién eres. —Su
risa es suave, casi maternal—. Margaret hablaba mucho de ti.
Algo en sus palabras me provoca una punzada en el pecho,
pero consigo devolverle la sonrisa.
—Gracias… Es un placer estar aquí.
La mujer asiente y me ofrece una galleta, que acepto más por
cortesía que por hambre. Cuando Caleb regresa a mi lado, la mujer ya se ha
alejado de nosotros.
—¿Qué opinas del pueblo? —me pregunta, apoyándose contra
una valla de madera mientras me mira a los ojos.
—Es… diferente a lo que estoy acostumbrada, pero tiene su
encanto. —Le devuelvo la mirada, consciente de que hay algo más detrás
de su pregunta.
Asiente lentamente, como si mi respuesta le confirmara algo
que ya sospechaba.
—La gente aquí puede ser difícil, pero también son leales. Si
consigues ganarte su confianza, estarán contigo pase lo que pase.
—¿Y crees que yo podría conseguirlo?
—Creo que ya lo estás haciendo.
Sus palabras me sorprenden y, por un momento, no sé qué
responder. Antes de que pueda decir algo, un hombre mayor se acerca a
nosotros y da una palmada en el hombro a Caleb.
—Hace tiempo que no te veía por aquí, muchacho.
—Buenas, Henry. —Caleb le devuelve el saludo con una
sonrisa—. ¿Cómo va todo?
—Como siempre —Henry lanza una mirada curiosa hacia mí
antes de volver a Caleb—. Pero he oído algunas cosas sobre el rancho. ¿Es
cierto que estás teniendo problemas?
Caleb asiente y su expresión se vuelve más seria.
—Es cierto. Pero estamos trabajando para solucionarlo.
Henry asiente lentamente, escuchando lo que Caleb le cuenta.
—Si necesitas algo, ya sabes dónde encontrarme.
—Gracias, Henry. Lo tendré en cuenta.
El hombre se despide con un leve gesto y desaparece entre la
multitud. Caleb me mira, y puedo ver en sus ojos que la conversación le ha
dejado pensativo.
—¿Esto es lo normal? —pregunto, señalando hacia donde
Henry se aleja.
—¿El qué?
—Que la gente venga a ti como si tuvieras todas las
respuestas.
Caleb se ríe, pero no hay humor en su expresión.
—Forma parte de vivir aquí. Cuando Margaret murió, la gente
empezó a verme como el que debía encargarse de todo lo relacionado con el
rancho.
—Y tú lo aceptaste.
—No he tenido otra opción —me responde encogiéndose de
hombros. Lo miro, intentando descifrar lo que no me está diciendo, pero
antes de que pueda preguntar, empieza a sonar otra canción y la plaza
vuelve a llenarse de parejas bailando.
—¿Bailamos? —pregunta Caleb, extendiéndome una mano
con una sonrisa que, por primera vez, parece completamente sincera.
—¿Por qué no? —respondo, sorprendiéndome a mí misma con
la naturalidad de mi respuesta.
Y mientras volvemos a la pista, con las luces brillando sobre
nuestras cabezas y la música marcando el ritmo de nuestros pasos, siento
que, tal vez, este lugar no es tan distinto a mí como creía.

Las conversaciones se mezclan con la música y crean un murmullo


constante que flota sobre la plaza iluminada por guirnaldas de luces. Estoy
cerca de una de las mesas dispuestas alrededor de la pista, con un vaso de
limonada casi vacío entre las manos, cuando escucho un comentario que me
pone en alerta.
—Dicen que alguien está ayudando desde dentro. —La voz,
algo ronca, pertenece a un hombre mayor que está de pie junto a un grupo
de tres personas. No los reconozco, pero su tono conspirativo capta toda mi
atención.
Finjo estar concentrada en mi vaso, mientras me acerco
disimuladamente al grupo para escuchar mejor lo que dicen.
—¿Desde dentro del rancho? —pregunta una mujer que
parece un poco más joven, con un pañuelo atado al cuello.
—Eso parece. —El hombre se inclina hacia delante, como si
fuera a revelar un secreto—. Y quién me lo ha contado, lo sabe de primera
mano. Esos compradores tienen ojos y oídos en todas partes.
—¿Y qué se supone que están buscando? —interviene un
tercer hombre, con un tono escéptico.
—Lo que todos sabemos. Las tierras. Si consiguen lo que
quieren, este pueblo no será el mismo.
El grupo guarda silencio por un momento, y aprovecho para
dar otro paso hacia ellos, cuidando que mis botas no hagan ruido sobre las
piedras de la plaza.
—¿Y nadie sabe quién podría ser? —pregunta la mujer con
una mezcla de inquietud y curiosidad en su voz.
—No. Pero cualquiera que haya hablado con ellos podría ser
cómplice, aunque no lo sepa. —El hombre mayor se encoge de hombros,
como si esa fuera la conclusión más obvia.
Me quedo quieta, intentando procesar lo que acabo de
escuchar. No sé si puedo confiar en la precisión de lo que dicen, pero las
palabras alguien desde dentro resuenan en mi cabeza con demasiada
claridad.
—¿Grace? —La voz de Caleb me hace dar un respingo, y me
giro rápidamente para encontrarlo a unos pasos de mí.
—Solo estaba… —busco una excusa, pero él no parece
dispuesto a aceptarla.
—Escuchando. —Completa la frase por mí, y hay algo en su
tono que no me permite negarlo.
—¿Sabías que hay rumores de que alguien podría estar
ayudando a los compradores desde dentro del pueblo? —le pregunto en voz
baja, acercándome a él para evitar que el grupo nos escuche.
—He oído cosas parecidas. —Su mandíbula se tensa, y su
mirada se endurece, mientras pasa de mí al grupo que está a unos metros—.
Pero no he encontrado nada concreto, que me señale que eso es cierto.
—Esto es importante. Si alguien del pueblo o del rancho está
colaborando con ellos, tenemos que averiguarlo.
Él asiente, aunque sigue sin mirarme. Sus ojos verdes están
fijos en el grupo, como si intentara descifrar algo en su lenguaje corporal.
—No podemos enfrentarnos directamente a quie n sea que
les está ayudando, porque si es culpable, se cerrará en banda.
—Entonces, ¿qué hacemos? —pregunto, sintiendo cómo la
frustración empieza a instalarse en mi pecho.
Él se gira hacia mí, con expresión más relajada, aunque sus
palabras están cargadas de una seriedad que no pasa desapercibida.
—Seguir escuchando e investigando.
—¿Y si tienen razón? —insisto, sin poder evitar que mi voz
suene más apremiante de lo que pretendía—. ¿Y si alguien del pueblo está
saboteando el rancho?
—Entonces lo sabremos. Pero, por ahora, lo mejor que
podemos hacer es no levantar sospechas.
Su respuesta no me satisface del todo, pero sé que tiene razón.
No podemos permitirnos dar un paso en falso y que todo se vaya al traste.
—¿Quieres bailar otra vez? —pregunta de repente, rompiendo
la tensión que se había acumulado entre nosotros.
—¿Qué?
—Si te quedas aquí con esa expresión de conspiración en la
cara, todos van a notar que pasa algo. —Se encoge de hombros, como si
fuera la cosa más sencilla del mundo—. Un baile más. Piensa en ello como
una manera de pasar desapercibida.
No puedo evitar sonreír ante su lógica.
—Muy bien, pero solo porque insistes.
—Por supuesto —me responde con una sonrisa divertida.
Cuando me lleva de vuelta a la pista, intento dejar de lado lo
que acabo de escuchar, al menos por un momento. Pero mientras seguimos
el ritmo de la música, me vienen a la cabeza las palabras de ese hombre:
Desde dentro. Si hay algo de verdad en eso, no solo el rancho está en
peligro, sino toda esta nueva forma vida que he empezado a vivir aquí.

Cuando la fiesta acaba, regresamos al rancho. Caleb camina a mi lado, con


las manos en los bolsillos y la mirada fija en el sendero que se abre paso
bajo nuestros pies. La música del baile todavía resuena en mi cabeza,
aunque ahora parece un eco lejano, como un recuerdo que empieza a
desvanecerse. Intento concentrarme en cualquier cosa que no sea lo que ha
pasado en la pista de baile: el calor de sus manos, la intensidad de su mirada
o cómo el mundo ha parecido desaparecer mientras me guiaba entre las
parejas. Pero es inútil. Todo en Caleb parece ocupar más espacio del que
debería en mis pensamientos.
—¿Cansada? —pregunta de repente, sacándome de mis
pensamientos.
—Un poco. Ha sido una noche… intensa.
Él asiente sin mirarme, pero hay algo en su expresión que me
hace pensar que tampoco está tan tranquilo como aparenta.
El rancho aparece ante nosotros, envuelto en la penumbra de
la noche. Las luces de la casa principal iluminan suavemente el porche,
creando una atmósfera que, por alguna razón, me parece más acogedora de
lo habitual. Caleb sube los escalones primero y se detiene junto a la puerta,
girándose para mirarme.
—¿Te ha servido la noche? —pregunta, apoyándose en la
barandilla.
—¿Servirme? —repito, sin saber exactamente a qué se refiere.
—Para conocer mejor a la gente del pueblo. Para… encajar.
Sus palabras me desconciertan, aunque no estoy segura de por
qué.
—No sé si encajar es la palabra adecuada. Pero sí, creo que ha
sido útil —le digo con sinceridad, aunque recuerdo las conversaciones que
escuché y cómo esas palabras siguen rondando mi mente.
Caleb asiente, pero no dice nada más.
—Gracias por acompañarme. —Rompo la tensión, aunque mi
voz suena más suave de lo que pretendía.
—No ha sido tan malo, ¿verdad? —Su sonrisa es apenas
perceptible, pero está ahí, como si disfrutara viendo mi reacción.
—No, no ha sido tan malo.
Nos quedamos bajo las luces del porche, sin decir nada más.
El aire de la noche es fresco, y el sonido de los grillos llena el espacio entre
nosotros. Por un momento, me permito observarlo. Hay algo en la forma en
que se apoya en la barandilla, con la camisa ligeramente arrugada y el
cabello algo despeinado, que me resulta demasiado… natural. Como si él
fuera parte del rancho, de este lugar, de una manera que yo nunca podré
serlo.
—Grace.
Su voz me saca de mis pensamientos y cuando levanto la
mirada, me doy cuenta de que está mucho más cerca de lo que esperaba. No
sé cómo, pero en algún momento ha cruzado el espacio que nos separaba, y
ahora está a pocos centímetros de mí.
—¿Qué?
Él no me responde de inmediato. Sus ojos, tan verdes como las
colinas que rodean el rancho, están fijos en los míos, y siento que todo mi
cuerpo se tensa bajo su mirada.
—Nada. —Finalmente, sacude la cabeza y da un paso atrás,
como si acabara de decidir algo en el último segundo.
El alivio y la decepción se mezclan en mi interior de una
manera que no entiendo del todo.
—Es tarde. Será mejor que entremos.
—Claro. —Su voz es baja, casi un susurro y me pregunto si
también está intentando procesar lo que acaba de pasar.
Subo los últimos escalones y me detengo junto a la puerta.
Miro hacia atrás y lo veo todavía apoyado en la barandilla, con la mirada
perdida en el horizonte.
—Buenas noches, Caleb.
—Que descanses, Grace.
Entro en la casa y cierro la puerta detrás de mí. El calor del
interior me envuelve, pero no consigue disipar el nudo que siento en el
pecho. Apoyo la espalda contra la puerta y respiro hondo, intentando calmar
la confusión que me invade.
—¿Qué estoy haciendo aquí?
La pregunta sale de mis labios antes de que pueda evitarlo, y
resuena en el silencio de la casa como si buscara una respuesta que no
tengo. Porque, por mucho que intente negarlo, sé que esta noche ha
cambiado algo. No sé qué, pero lo ha hecho. Y eso, en el fondo, me asusta.
Capítulo 12
Caleb
Estoy en el establo, revisando los alrededores, cuando algo en el suelo
llama mi atención. Me agacho, y ahí están: unas huellas profundas en el
barro, que no deberían estar ahí. No son de un caballo, ni de ninguno de los
perros del rancho. Son de botas, pero no de las mías, y mucho menos de las
de Grace, porque son demasiado grandes y recientes. Mientras sigo el
rastro, se me hace un nudo en el estómago y aprieto la mandíbula. Las
marcas serpentean alrededor del establo, pasan junto a las vallas, que
reparamos hace poco, y terminan en el sendero que lleva hasta una zona del
bosque cercana. Me detengo, miro hacia los árboles y aprieto los puños.
Alguien ha estado aquí, probablemente esta noche. Mientras dormíamos.
—¿Qué haces aquí tan temprano? —La voz de Grace me
sobresalta, pero no levanto la mirada de las huellas. Ella aparece por mi
lado, con el pelo recogido de cualquier manera y una chaqueta que parece
un par de tallas más grande que la suya.
—Mira esto. —Señalo el suelo sin darle más explicaciones.
Se agacha a mi lado y frunce el ceño al inspeccionar las
marcas. Su expresión pasa de la curiosidad a la preocupación en cuestión de
segundos.
—¿Son recientes? —pregunta, sin apartar la mirada del rastro.
—Demasiado. —Me enderezo y cruzo los brazos—. No son
nuestras, eso lo tengo claro.
Ella se levanta también y se abraza a sí misma para protegerse
del frío matutino. Durante un momento, ninguno de los dos decimos nada,
porque ambos continuamos observando las huellas como si pudieran
hablarnos.
—Esto no es fortuito —me dice con tono firme y casi
desafiante.
—Lo sé —le respondo con la sensación de que sus palabras
solo me confirman lo que yo ya tenía claro. Pero escucharlo de sus labios
solo me ha ayudado a creerlo con más seguridad.
—Tenemos que seguirlas —suelta de repente y empieza a
caminar hacia el bosque, pero la detengo agarrándola suavemente del brazo.
—No tan rápido. Si alguien ha estado aquí esta noche, puede
que aún esté cerca. No sabemos a qué nos enfrentamos, así que más vale
que seamos cautelosos.
Ella se gira hacia mí y me mira con una mezcla de
determinación y rabia contenida.
—Por eso mismo hay que hacer algo. No podemos quedarnos
de brazos cruzados mientras juegan con nosotros.
—Grace, no es tan simple como coger una linterna y seguir un
rastro. Esto es serio.
—¿Crees que no lo sé? —me interrumpe, con una fuerza en la
voz que no esperaba. Se cruza de brazos y me sostiene la mirada como si
desafiara mi autoridad—. No soy una niña perdida en medio del campo sin
saber qué hacer. Estoy aquí para ayudarte, pero no puedo hacerlo si me
dejas fuera de todo.
Sus palabras me golpean como un puñetazo en el estómago,
por lo que espiro hondo, intentando mantener la calma.
—Está bien —le digo y asiento, mientras miro hacia el bosque
y luego de nuevo a las huellas que hay en el barro—. Pero lo haremos a mi
manera. Si vemos algo extraño, volvemos. No pienso arriesgarme más de lo
necesario. —Ella asiente, aunque todavía veo la tensión en sus gestos.
Seguimos el rastro con cuidado. Nos mantenemos en silencio.
Grace camina detrás de mí, con paso firme, y cuando me detengo para
inspeccionar una huella más marcada junto al tronco de un árbol, ella se
acerca, para evaluarla con la misma atención que yo.
—¿Crees que es uno de los que querrían hacerse con el
rancho? —pregunta en voz baja.
—Es posible. —Me levanto y me limpio las manos en los
vaqueros—. Pero no sé qué quieren conseguir con esto —añado negando
con la cabeza.
—Intimidarnos —me responde inclinándose contra un árbol
cercano y me mira con seriedad—. Hacernos sentir que no puedes proteger
lo que es nuestro.
Sus palabras tienen sentido, pero que alguien haya llegado tan
cerca sin que lo notemos, me preocupa y mucho.
—Esto no puede volver a ocurrir —digo de forma tajante y
con la voz más grave de lo que pretendía, pero ella no parece impresionada.
—Entonces hay que reforzar la seguridad. Cámaras, luces,
pondremos lo que haga falta.
—Eso cuesta dinero.
—Y perder el rancho costará más.
La franqueza de Grace me desarma, pero también me hace
darme cuenta de algo: está implicada en esto mucho más de lo que
esperaba. Durante semanas he dudado de ella, me he preguntado si tenía
algún interés oculto. Pero aquí está, hablando con la misma pasión que yo
sobre cómo proteger este lugar.
—No entiendo por qué te importa tanto —le suelto negando
con la cabeza.
Grace se queda quieta, con los ojos clavados en el suelo. Por
un momento pienso que no va a responderme, pero entonces alza la mirada,
y su expresión me deja claro que no está fingiendo.
—Porque este lugar es algo más que un trabajo.
Sus palabras me dejan sin respuesta, así que asiento y vuelvo
la mirada hacia el bosque.
—Vamos a volver. Tenemos que pensar qué hacer a
continuación.
Al llegar al rancho, ambos estamos cubiertos de polvo y con
las botas manchadas de barro, pero eso ahora no nos importa. Grace se
dirige directamente al establo, y la sigo, sintiendo que algo ha cambiado
entre nosotros. Tal vez sea el hecho de que por primera vez hemos actuado
como un equipo o, tal vez, sea algo más profundo, algo que no quiero
nombrar todavía. Ella empieza a revisar las herramientas, mientras yo me
apoyo en la pared y la observo.
—¿Qué? —pregunta sin levantar la mirada.
—Nada. Solo estaba pensando que no eres lo que esperaba.
Grace levanta la cabeza, con una ceja arqueada y una sonrisa
que no sé si es de desafío o de complicidad.
—Tú tampoco —me responde con una media sonrisa que me
desarma.
El rancho está en calma, pero mi cabeza no deja de dar vueltas. Después de
inspeccionar el establo y las huellas, algo dentro de mí me dice que necesito
espacio para ordenar mis pensamientos. Sin duda, todo esto es solo el
principio de algo mucho más grande. Observo a Grace, que sigue trasteando
con las herramientas como si estuviera buscando algo que hacer para
calmarse.
—Ven conmigo —le digo en un tono que no admite réplica,
aunque intento no sonar demasiado brusco.
Grace alza la mirada, sorprendida, pero no me cuestiona. Se
quita los guantes y me sigue en silencio mientras salimos del establo y
cruzamos el patio.
—¿A dónde vamos? —me pregunta con un tono más curioso
que desconfiado.
—Hay un lugar que quiero enseñarte.
El sendero que tomo es nuevo para ella. Apenas se distingue
entre la hierba alta, pero mis botas conocen el camino de memoria. Cuando
hemos avanzado un buen tramo empiezo a notar la curiosidad de Grace
transformarse en algo más. Me sigue en silencio, pero puedo sentir cómo
sus ojos se detienen en cada detalle: en los árboles que se alzan a ambos
lados, en el sonido del agua en algún punto lejano, en el viento que mueve
las ramas… Cuando llegamos al lugar, me detengo y dejo que el paisaje
hable por sí solo. Es un rincón escondido del rancho, un pequeño claro
junto a un arroyo que serpentea entre las piedras. Hay un viejo tronco caído,
que suelo usar como banco, y la sombra de los árboles crea un refugio
natural, que siempre me ha ayudado a pensar. Grace se queda quieta,
mirando a su alrededor con expresión de admiración ante lo que tiene frente
a ella.
—Es… precioso —Susurra como si tuviera miedo de romper
la paz del lugar.
—Vengo aquí cuando necesito pensar. O cuando necesito…
escapar.
Me siento en el tronco, dejando espacio a mi lado por si ella
decide unirse. Al principio, parece indecisa, pero finalmente se sienta junto
a mí, aunque mantiene una pequeña distancia entre nosotros.
—¿Hace cuánto tiempo que vienes aquí? —me pregunta,
observando el arroyo, que refleja el cielo gris.
—Desde siempre. Mi hermano y yo solíamos venir cuando
éramos niños. —Las palabras salen antes de que pueda detenerlas, y noto
cómo Grace me mira de reojo, esperando a que continúe contándole.
No hablo de él a menudo. No porque quiera olvidarlo, sino
porque recordarlo siempre me duele mucho. Pero aquí, con Grace sentada
en silencio y el sonido del agua de fondo, siento que puedo hablar con total
libertad sin miedo a sentirme juzgado.
—Se llamaba Ethan. Era tres años mayor que yo, pero siempre
actuaba como si fuéramos de la misma edad. —Sonrío, aunque recordarle
me duele—. Era el mejor de los dos. El más valiente, el más listo… el más
todo.
Grace no dice nada, solo me escucha con atención.
—Murió hace seis años en un accidente de coche. Fue rápido,
al menos eso me dijeron.
—Lo siento mucho, Caleb —me responde con voz es suave.
—Gracias. —Respiro hondo y miro hacia el arroyo, dejando
que el pasado se mezcle con el presente por un momento—. Cuando murió,
pensé que el rancho se vendría abajo. Ethan era quien mantenía todo en
marcha. Yo solo lo seguía… Pero , después de aquello… tuve que aprender
rápido.
Grace baja la vista, como si intentara procesar lo que acabo de
contarle.
—¿Por eso cargas con todo tú solo?
La pregunta me toma por sorpresa, pero tiene sentido.
—Supongo que sí. Si no lo hago yo, ¿quién lo haría?
—No puedes hacerlo todo tú. —Grace se gira hacia mí, y su
expresión es tan seria que me obliga a mirarla—. Necesitas confiar en
alguien más. No puedes seguir cargando con todo tú solo, es demasiado.
Su voz tiene un tono que no había oído antes. No es solo
preocupación, es algo más, algo que me hace sentir como si, por primera
vez, alguien estuviera de mi lado y dispuesto a echarme una mano.
—¿Y tú? —pregunto, antes de darme cuenta—. ¿Eres esa
persona?
—Eso depende de ti.
Nos quedamos en silencio, el tipo de silencio que no resulta
incómodo, sino necesario. Miro el arroyo y vuelvo la mirada hacia ella. Por
primera vez, veo a Grace de una manera diferente. No como alguien que ha
llegado aquí por accidente, sino como alguien que quizás pueda ser parte de
esto.
—Gracias por escuchar mi historia —Mis palabras suenan
torpes, pero son sinceras.
—Gracias por abrirte y contármela —me responde y sus ojos
se encuentran con los míos y, durante un instante, siento que hay algo más
en el aire, algo que ninguno de los dos está dispuesto a nombrar todavía.
El sonido del agua sigue llenando el espacio entre nosotros
mientras la tarde empieza a apagarse, pero sé que algo ha cambiado. No sé
exactamente qué, pero lo siento dentro de mí, como un pequeño destello de
luz en medio de tanta incertidumbre.

Regresamos del claro del bosque al corazón del rancho con más preguntas
que respuestas, pero algo ha cambiado entre ella y yo. Siento que la barrera
entre nosotros se ha hecho más pequeña, aunque todavía queda mucho por
resolver. Al llegar al establo, el aire huele a heno húmedo y a tierra revuelta.
Un par de caballos relinchan en la distancia, inquietos por algo que no sé
qué es, pero que no me gusta.
—Necesitamos actuar ya —digo, sin rodeos, mientras abro la
puerta del granero y dejo entrar a Grace. Ella me sigue con paso firme,
como si este lugar ya le resultara familiar, y no algo temporal en su vida.
—¿Tienes algo en mente? —pregunta, deteniéndose junto a la
mesa de trabajo. Sus ojos recorren las herramientas, las cuerdas y los clavos
como si estuviera organizando mentalmente el siguiente movimiento.
—Sí, pero esto no es algo que pueda hacer solo. —Cojo una
caja de herramientas y la dejo sobre la mesa, abriéndola con un chasquido
seco—. Vamos a reforzar más extensión de vallas esta misma tarde. Y
luego, instalaremos algo que haga ruido por si alguien vuelve a merodear
por aquí.
Grace arquea una ceja y cruza los brazos.
—¿Algo que haga ruido? ¿Como qué?
—Campanas, latas, lo que sea. Algo que al menos nos dé
tiempo de reaccionar. —Levanto la mirada y me doy cuenta de que su
expresión no es de burla, sino de auténtico interés—. Es rudimentario, pero
efectivo —le aclaro encogiéndome de hombros.
—Vale, me apunto. Pero… eso es solo el principio, ¿no?
Asiento despacio. No me gusta admitirlo, pero tiene razón.
—Lo más importante es averiguar quién está detrás. Si
seguimos así, solo estaremos reaccionando, nunca podremos avanzarnos a
los ataques.
Grace se inclina hacia delante, apoyando las manos en la
mesa, y su mirada se encuentra con la mía.
—Entonces, necesitamos pruebas. Algo que podamos usar
para desenmascarar a quien esté haciendo esto.
—Exacto. —Me dejo caer en una de las sillas viejas que hay
junto a la pared, rascándome la barba mientras pienso—. He estado dándole
vueltas. Hay un par de vecinos en el pueblo que podrían saber más de lo
que dicen. Si alguien está ayudando a los compradores, seguro que han
notado algo.
—¿Dan y Evelyn? —pregunta Grace, con un brillo en la
mirada.
—Sí. Dan escucha más de lo que parece y Evelyn… bueno,
ella tiene ojos en todas partes. Si alguien sabe algo más de lo que nos han
contado, son ellos.
Grace asiente y coge una libreta que hay sobre la mesa. Saca
un bolígrafo de su bolsillo y empieza a anotar, como si necesitara poner en
orden sus ideas. La veo escribir con precisión, mordiendo ligeramente su
labio inferior, concentrada en cada palabra.
—Primero, reforzar las vallas —dice, más para sí misma que
para mí—. Luego, recolectar información en el pueblo. ¿Qué más?
—Montar guardias nocturnas. No podemos permitirnos otro
ataque sin estar preparados.
Grace levanta la mirada y me mira fijamente.
—¿Turnos?
—Sí. Tú y yo. Nadie más.
No sé si lo que veo en su rostro es sorpresa o aprobación, pero
no protesta. Al contrario, parece más decidida que antes.
—De acuerdo. —Escribe algo más y luego cierra la libreta de
golpe—. Si vamos a hacer esto, necesitamos un plan claro. Y, Caleb, no me
trates como una aficionada. Sé que no llevo toda la vida aquí, pero quiero
ayudar de verdad.
—Lo sé. —le respondo y mis palabras suenan sinceras incluso
para mí. Y es que, después de lo que ha demostrado hasta ahora, sería
absurdo no contar con ella—. Pero esto no va solo de querer ayudar. Va de
estar dispuesta a ensuciarte las manos y tomar decisiones difíciles.
—¿Y crees que no soy capaz?
—Creo que lo estás demostrando poco a poco.
Grace no aparta la mirada y, por un instante, el aire entre
nosotros parece cargado de algo más que palabras. Finalmente, toma aire y
se endereza.
—Bien. Empecemos entonces.
Le explico cómo quiero reforzar las vallas. Ella me escucha
con atención y, para mi sorpresa, incluso añade ideas que yo no había
pensado. Mientras trabajamos, noto cómo se mueve con más confianza,
como si este lugar estuviera empezando a formar parte de ella tanto como
ella de él.
Cuando salimos al campo, el sol está alto y el cielo, despejado.
Grace lleva un martillo y una bolsa de clavos, y yo llevo varias tablas que
hemos encontrado en el granero. Nos dirigimos a las zonas más débiles del
perímetro, esas que alguien pudo haber aprovechado para entrar anoche.
—Esto está peor de lo que pensaba —murmura Grace,
examinando una valla rota con el ceño fruncido—. Parece que alguien hizo
esto a propósito.
—Lo hicieron. —Me agacho para colocar una de las tablas
mientras ella sostiene otra en su lugar—. Esto no es solo casualidad. Están
probando nuestros límites, viendo hasta dónde pueden llegar antes de que
reaccionemos.
—Pues están a punto de descubrirlo —me dice y al escucharla
sonrío ante su tono. Es como si ya hubiera asumido que esto también es su
pelea, y esa idea me da más fuerza de la que esperaba.

Un rato después, Grace está inclinada sobre la mesa del granero, revisando
una lista de materiales que no sabía que habíamos acumulado en tan poco
tiempo. Su pelo, que se le ha soltado parcialmente de la coleta, se mueve
cada vez que lleva un lápiz a la boca, mordisqueando el extremo mientras
parece debatirse sobre algo en su cabeza. No sé qué me impresiona más: su
capacidad para concentrarse a pesar del caos que nos rodea o el hecho de
que esté aquí, en este rancho, actuando como si siempre hubiera sido parte
de él.
—Podemos usar estos clavos —dice, sin levantar la mirada—,
pero la madera no va a aguantar mucho tiempo si seguimos parcheando con
lo que tenemos.
—Tienes razón —respondo, apoyándome en el marco de la
puerta mientras observo cómo escribe algo más en su libreta.
—Podría preguntar en el pueblo si alguien tiene madera de
sobra o vendería algo a buen precio. —Se gira para mirarme, con el lápiz
todavía en la mano, y sus ojos tienen esa expresión que empieza a serme
familiar: un equilibrio entre duda y seguridad que me hace querer creer en
ella más de lo que debería.
—Eso será más complicado de lo que crees —le digo, dejando
caer los brazos a los costados mientras camino hacia la mesa—. La gente
aquí no regala nada, y menos cuando hay rumores de que el rancho está en
problemas.
—No tiene por qué ser un regalo. Si lo planteamos como un
intercambio… quizás podamos convencer a alguien. —Deja el lápiz sobre
la mesa y me mira directamente—. ¿O prefieres seguir haciendo esto con lo
que encontremos por ahí?
Su voz no es desafiante, pero tampoco está dispuesta a ceder, y
eso me saca una media sonrisa.
—¿Qué? —pregunta, frunciendo el ceño.
—Nada. —Niego con la cabeza y me apoyo en la mesa,
observándola con más detenimiento. Grace tiene algo que no sé aún
demasiado bien qué es, pero es una especie de fuerza que surge cuando
menos lo espero. Me ha pillado desprevenido más veces de las que estoy
dispuesto a admitir.
Ella suspira y vuelve a la lista.
—No tienes que estar de acuerdo conmigo, pero al menos
podrías intentarlo.
—Lo haré —le aseguro, y la sorpresa en su gesto me confirma
que no esperaba esa respuesta tan directa.
Poco después, salimos del granero cargados con herramientas
y algunas tablas que he encontrado en el almacén. La tarde empieza a
enfriarse, y el viento trae consigo ese olor terroso que siempre anuncia
lluvia. Grace camina delante de mí, con pasos firmes, como si cada
movimiento fuera parte de un plan que no ha compartido conmigo todavía.
Llegamos a una de las vallas más alejadas, esa que esta
mañana encontramos rota y con huellas cerca del perímetro. Los caballos de
este lado del rancho están inquietos, moviéndose de un lado a otro como si
sintieran que algo sigue acechando.
—¿Crees que volverán? —pregunta Grace, dejando caer las
tablas al suelo y ajustándose los guantes.
—Siempre vuelven —respondo, recogiendo un martillo y un
puñado de clavos—. La pregunta es cuándo y por dónde.
Ella asiente y se agacha para sostener una de las tablas contra
el poste de la valla. Me arrodillo frente a ella y empiezo a clavar, el golpe
metálico del martillo es lo único que se oye a nuestro alrededor.
—No esperaba que te quedaras tanto tiempo —digo, después
de un rato.
Grace me mira con curiosidad, pero no dice nada en un primer
momento. Cuando finalmente responde, lo hace con una sonrisa casi
imperceptible.
—Tal vez yo tampoco lo esperaba.
Sus palabras son sinceras y eso me desarma. Me concentro en
el trabajo, pero mi cabeza sigue repasando lo que acaba de decir. Cuando
terminamos con la valla, el sol está cayendo, tiñendo el cielo con tonos
apagados que presagian la lluvia. Grace recoge las herramientas y las
guarda en una bolsa mientras yo reviso los postes, asegurándome de que
todo esté en su sitio.
—Esto debería aguantar unos días, al menos. —Se limpia las
manos en los vaqueros y se cruza de brazos, observando nuestro trabajo con
una mezcla de cansancio y satisfacción.
—Has hecho un buen trabajo —le digo, sin pensar demasiado
en mis palabras, pero sabiendo que las siento.
—Gracias. Aunque no creo que los saboteadores se den por
vencidos tan fácilmente.
—No, no lo harán —admito—. Pero al menos ahora estamos
un paso por delante de ellos.
Grace se queda en silencio, mirando más allá de las colinas
como si intentara imaginar lo que vendrá después. Su perfil, iluminado por
la última luz del día, tiene algo que me resulta extrañamente familiar, como
si la conociera desde antes de que llegara al rancho.
—Pensé que solo estabas aquí para salir corriendo —digo
finalmente.
Ella se gira para mirarme, y su sonrisa tiene algo de tristeza,
pero también de resolución.
—Tal vez yo también lo pensaba al principio.
Hemos pasado horas trabajando, reforzando vallas y hablando
de lo que necesitamos hacer a continuación. Grace se esfuerza sin quejarse
y cuando finalmente terminamos, ambos estamos cubiertos de polvo y
sudor, pero satisfechos con el progreso.
—No ha quedado tan mal. —Grace se aparta un mechón de
pelo que se le ha pegado a la frente y contempla nuestro trabajo con una
sonrisa cansada.
Poco después, volvemos al granero para guardar las
herramientas, y mientras lo hacemos, se me ocurre una idea.
—Hay algo más que quiero hacer.
—¿Qué?
—Instalar cámaras. No es lo ideal, pero si conseguimos
capturar algo o a alguien, tendremos pruebas sólidas.
—¿Cámaras? —Grace arquea una ceja, pero no parece
rechazar la idea—. ¿Tienes alguna?
—No, pero sé dónde conseguirlas.
—Entonces, hazlo. Y rápido —Su respuesta es directa y al
escucharla, siento una extraña mezcla de admiración y gratitud hacia ella.
Grace no solo está ayudando, está tomando la iniciativa, y eso lo valoro
mucho.
Mientras cierro la puerta del granero y nos dirigimos hacia la
casa, pienso en lo mucho que ha cambiado desde que llegó. Y en lo mucho
que ha cambiado todo desde que decidí confiar en ella.
Capítulo 13
Grace
El aire de la noche está impregnado del aroma a tierra húmeda y a madera
recién trabajada. Tras un día agotador de refuerzo de vallas, Caleb y yo nos
hemos refugiado en un rincón del rancho que parece haberse creado
únicamente para momentos como este. El cielo, despejado y profundo, está
salpicado de estrellas que parpadean como si supieran que las estamos
mirando. Es un espectáculo hipnótico, uno que no necesita palabras para ser
apreciado.
Caleb se ha sentado en un tronco caído que parece haberse
convertido en su refugio personal. Yo, en cambio, he optado por sentarme
en el suelo, con una manta que tomé del establo extendida debajo de mí. El
frescor de la noche es un contraste bienvenido tras el calor abrasador del
día. Respiro hondo, dejando que el aire puro llene mis pulmones, y me
sorprendo al notar lo diferente que me siento en este momento, respecto a
cuando llegué. No sé si es el rancho, el trabajo físico o Caleb. Pero algo en
mí está cambiando.
—Pareces más tranquila que esta mañana —dice Caleb con
ese tono grave y sereno, que parece encajar perfectamente con la atmósfera
de este lugar.
—Supongo que lo estoy —le respondo y levanto la mirada
hacia él y me encuentro con sus ojos verdes, que parecen más suaves bajo la
luz de la luna—. Aunque eso no significa que no esté agotada.
Él sonríe, una sonrisa apenas perceptible, pero que ilumina su
rostro de una forma que me hace imposible apartar la mirada.
—El trabajo físico tiene esa ventaja. Te deja sin energía para
preocuparte por cosas que no puedes controlar.
—¿Eso es lo que haces? ¿Trabajas hasta no poder pensar en
nada más? —pregunto, apoyando las manos en la manta para inclinarme un
poco hacia delante.
—A veces. —Su mirada se pierde en el horizonte por un
momento antes de volver a mí—. Pero no siempre funciona.
Hay algo en su tono que me hace pensar que está hablando de
algo más, que no ha compartido aún conmigo, pero no quiero presionarlo.
En lugar de eso, dejo que el silencio vuelva a instalarse entre nosotros de
forma natural.
—¿Qué significa este lugar para ti? —pregunto finalmente,
rompiendo la calma con una pregunta que ha estado rondando mi cabeza
desde que llegué aquí.
Caleb se queda quieto, como si estuviera sopesando su
respuesta. Luego suelta un suspiro y se inclina hacia delante, apoyando los
codos en las rodillas.
—Es todo lo que tengo. —Sus palabras son simples, pero
están cargadas de una emoción que me hace sentir un nudo en la garganta
—. El rancho, aunque nunca fuimos sus dueños, es un lugar donde ha
estado en mi familia durante generaciones. Mi abuelo lo construyó con sus
propias manos, y mi padre lo amplió. Siempre hemos sido la mano derecha
del dueño, como yo lo fuí para Margaret—. Debe ser una carga, ¿no? —
pregunto, y me doy cuenta de que mi voz suena más suave de lo habitual.
—Sí, a veces lo es —Asiente, con una expresión pensativa—.
Pero también es un honor. Es como si ellos todavía estuvieran aquí, como si
todo lo que hicieron siguiera vivo a través de esto.
Lo observo mientras habla, notando cómo su rostro se relaja al
recordar, pero también cómo se tensa al pensar en lo que está en juego. Es
la primera vez que lo veo así, tan abierto y vulnerable, y eso me hace sentir
una oleada de respeto hacia él.
—Entiendo por qué es tan importante para ti protegerlo —digo
y sé que mis palabras son sinceras.
—¿Y tú? —me pregunta de repente, girándose hacia mí—.
¿Qué significa este lugar para ti?
La pregunta me toma por sorpresa y no sé qué decirle como
respuesta. Podría decirle que para mí esto no es más que solo un trabajo,
que vine aquí para ganar algo de dinero y escapar de mis propios
problemas, pero eso ya no sería del todo cierto. Además, yo tengo mi vida
lejos de aquí…
—No lo sé —admito finalmente—. Cuando llegué, no pensaba
que me quedaría más de unas semanas. Pero ahora…
Dejo que la frase quede en el aire, incapaz de terminarla
porque ni yo misma sé cómo hacerlo.
—El rancho tiene siempre te acaba atrapando aunque no
quieras —Su voz es casi un susurro, como si estuviera hablando tanto para
sí mismo como para mí—. Te obliga a enfrentarte a cosas que no sabías que
estaban ahí.
Sus palabras resuenan en mi interior de una forma que no
esperaba. Miro hacia el cielo, buscando respuestas entre las estrellas, pero
lo único que encuentro es la certeza de que tiene razón. Este lugar me está
obligando a enfrentarme a cosas que llevaba años evitando.
Caleb se recuesta ligeramente contra el tronco, con la mirada
fija en el horizonte. Su presencia es tranquilizadora, sólida. Por un
momento, me permito simplemente estar ahí, compartiendo el silencio con
él.
El sonido del viento moviendo las ramas de los árboles llena el
espacio entre nosotros, y siento que este momento, simple y sincero, es más
importante de lo que podría haber imaginado.
—Grace. —Su voz interrumpe mis pensamientos, y cuando lo
miro, hay algo en sus ojos que no había visto antes.
—¿Qué?
—Gracias por quedarte. —Sus palabras son simples, pero su
significado es mucho más profundo.
—Gracias por dejar que me quede—respondo, con una
sonrisa.
Y en ese instante, bajo las estrellas, siento que este lugar, este
momento, es exactamente donde quiero estar.

Sigo sentada sobre una manta, abrazando mis rodillas mientras contemplo
las estrellas que brillan como pequeños faros en el cielo oscuro. Cada vez
que dejo que mi mente divague, se encuentra con la misma pregunta: ¿qué
estoy haciendo aquí?
Caleb ha vuelto a recostarse en el tronco caído. Sus ojos miran
al cielo, pero sé que su cabeza está lejos, probablemente repasando todo lo
que ha pasado en el rancho en los últimos días. Tiene esa manera de
ausentarse sin desaparecer del todo, de estar presente mientras lidia con un
millón de pensamientos. Respiro hondo y decido que es el momento de
hablar. No suelo hacerlo, pero algo en esta noche, en este lugar, me hace
sentir que puedo.
—Nueva York no es tan perfecta como crees —empiezo, sin
mirarle directamente.
Caleb baja la mirada del cielo y me observa en silencio.
Espero algún comentario, una pregunta quizá, pero no dice nada. Solo
espera, como si supiera que necesito espacio para continuar.
—Cuando vine aquí, lo hice porque… no sabía qué más hacer.
Mi vida allí era complicada... Mi trabajo, mi relación, todo. —La voz me
tiembla al recordar los días tan oscuros que me tocó vivir antes de llegar al
rancho—. Pensaba que aquí estaría sola, que tendría tiempo para pensar,
pero no contaba con que este lugar me obligaría a enfrentarme a cosas que
ni siquiera sabía que tenía dentro mí.
—¿Cómo era tu vida antes de llegar aquí? —pregunta Caleb,
con un tono tranquilo que me sorprende. No hay juicio en su voz, solo
interés.
—Superficial —respondo con una sonrisa amarga—. Todo
giraba en torno a las apariencias. Mi trabajo como decoradora de interiores
me mantenía ocupada, pero también atrapada en un mundo de clientes
exigentes y colegas que solo valoraban lo material. Y mi pareja… bueno,
eso fue otro desastre.
—¿Qué pasó?
Sus palabras no son un empujón, sino una invitación y, por
primera vez, siento que puedo hablar sin temor a ser juzgada.
—Descubrí que me engañaba. No con una desconocida, sino
con alguien a quien yo consideraba una amiga. Fue como si todo lo que
creía tener se desmoronara en un instante. —Miro hacia el arroyo, incapaz
de encontrar la valentía para mirarle a los ojos—. Después de eso, ya no
podía quedarme allí. Cada rincón de la ciudad me recordaba lo que había
perdido y lo que no podría recuperar por mucho que me esforzase.
Cuando acabo mi frase, me quedo en silencio, pero cuando
alzo la mirada, encuentro a Caleb mirándome con una intensidad que me
desarma.
—No te imagino siendo alguien superficial. —Sus palabras
me sorprenden.
—Tal vez porque ya no soy la misma —respondo, casi en un
susurro—. Este lugar me está cambiando. Tú me estás cambiando.
No sé por qué he dicho eso último, pero en cuanto las palabras
salen de mi boca, siento que no podría haber dicho otra cosa. Caleb no
aparta la mirada de mí, pero tampoco me responde. El silencio que se
instala entre nosotros es diferente esta vez, más denso, más cargado de
significado.
—No eres la única que ha tenido que empezar de nuevo —
dice finalmente, con la voz grave y pausada—. Perder a mi hermano fue…
como perder una parte de mí. Durante mucho tiempo no supe cómo seguir
adelante. Pensé en marcharme el rancho, dejar todo atrás, pero algo en este
lugar me retenía. Supongo que sabía que, si me iba, estaría renunciando a
más que a un pedazo de tierra.
—¿Y ahora? —pregunto, incapaz de contenerme—. ¿Sigues
sintiéndote atrapado aquí?
Él niega con la cabeza, despacio.
—No. Ahora siento que este lugar es lo único que me
mantiene firme. Pero también sé que no puedo hacerlo solo.
Sus palabras resuenan en mi interior y siento que este
momento y esta conversación, es más importante de lo que había
imaginado.
Dejo que mis ojos vuelvan a las estrellas, intentando ordenar
mis pensamientos. Las palabras de Caleb me han hecho replantearme
muchas cosas, pero antes de que pueda procesarlas del todo, siento un
contacto cálido en mi mano. Caleb ha colocado su mano sobre la mía,
despacio, como si temiera que fuera a retirarme. Pero no lo hago. Al
contrario, dejo que el calor de su piel se mezcle con el mío, y por un
momento, todo lo demás desaparece.
No decimos nada. No hace falta.
Miro nuestras manos, entrelazadas de una manera, que me
parece tan natural como respirar. La fuerza de sus dedos contrasta con la
suavidad con la que me sostiene, y eso me dice más sobre él que cualquier
palabra que pueda decirme.
—Grace. —Su voz es baja, casi un susurro, y cuando le miro,
sus ojos están fijos en los míos—. Gracias por confiar en mí.
Quiero responderle, pero las palabras no salen de mi garganta.
Solo asiento, porque sé que, si intento hablar, mi voz me traicionará.
La noche continúa envolviéndonos en su tranquilidad, y
mientras seguimos sentados bajo las estrellas, siento que algo ha cambiado.
No sé si es Caleb, yo o el rancho, pero lo que sí sé es que este momento es
el inicio de algo.

Las estrellas parecen haber intensificado su brillo, como si fueran


conscientes de que están siendo testigos de algo importante. Caleb y yo
seguimos sentados en silencio, envueltos en esa tranquilidad que solo existe
en lugares como este, donde el tiempo parece detenerse y las palabras
sobran. Él no ha soltado mi mano. Su contacto es firme pero no invasivo,
sino es una especie de anclaje que me mantiene aquí, en este momento,
cuando una parte de mí aún intenta huir de lo que siento. Sus dedos,
callosos por el trabajo, rozan los míos, y ese pequeño gesto me llega al
corazón.
—Tal vez este lugar no necesita cambiar tanto como pensaba
—murmura de repente, su voz baja, casi absorbida por el murmullo del
arroyo cercano.
Le miro, sorprendida por sus palabras. No sé si se refiere al
rancho o a sí mismo, pero algo en su tono me hace pensar que no es solo
una reflexión casual. Caleb no suele mostrar vulnerabilidad; siempre parece
tener todo bajo control, aunque yo ya he empezado a ver las grietas en esa
armadura.
—¿Qué quieres decir? —pregunto, con cuidado de no romper
la frágil atmósfera que nos rodea.
Él se gira hacia mí, y su mirada se clava en la mía con una
intensidad que me hace olvidar cómo respirar por un instante.
—Cuando llegaste, pensé que eras solo una forastera que no
encajaría aquí. Pero ahora… —Se detiene, como si buscara las palabras
adecuadas—. Ahora empiezo a darme cuenta de que este lugar puede darte
algo que ni siquiera sabías que necesitabas.
Su sinceridad me golpea con fuerza. No porque sea una
declaración grandiosa, sino porque es simple y, a la vez, devastadora. Siento
que mis propios muros, esos que he levantado con tanto cuidado desde que
llegué, empiezan a tambalearse.
Desvío la mirada hacia el rancho, apenas visible a lo lejos, sus
contornos difuminados bajo la luz de la luna. La casa principal, el establo,
los campos que parecen extenderse hasta el infinito… Todo ello me resulta
al mismo tiempo extraño y familiar, como si formara parte de mí sin que me
diera cuenta.
—¿Es posible que este sea mi hogar después de todo? —me
sorprendo pensando, aunque no estoy segura de querer escuchar la
respuesta.
El silencio entre nosotros vuelve a llenarse con el sonido del
agua y el susurro del viento. Finalmente, me atrevo a mirarle de
nuevo. Caleb sigue observándome, con esa expresión tranquila pero alerta,
que parece decir que está dispuesto a esperar lo que haga falta para que yo
encuentre las palabras.
—No sé qué estoy haciendo aquí. —Las palabras salen antes
de que pueda detenerlas, y cuando lo hago, siento que mi voz tiembla más
de lo que esperaba—. Este lugar, tú… nada de esto estaba en mis planes.
—A veces los mejores planes son los que no hacemos.
Su respuesta me descoloca y me tranquiliza al mismo tiempo.
Porque tiene razón, aunque me cueste admitirlo. Desde que llegué aquí,
todo ha sido una improvisación constante, un salto al vacío sin red. Pero,
por alguna razón, siento que no estoy cayendo, sino aprendiendo a volar.
Me doy cuenta de que sigo sosteniendo su mano, y él tampoco
parece tener intención de soltarme. Hay algo en ese contacto, en su calidez,
que me hace sentir más segura de lo que he estado en mucho tiempo.
—No sé si estoy preparada para esto —susurro, más para mí
misma que para él.
—Nadie lo está al principio. —Su voz tiene un matiz de
comprensión que me sorprende, como si entendiera exactamente a qué me
refiero—. Pero eso no significa que no valga la pena intentarlo.
Le miro de nuevo y esta vez no aparto la mirada. Hay algo en
sus ojos, en su manera de mirarme, que me hace pensar que, tal vez, no
estoy tan sola como creía. El aire nocturno nos envuelve, y mientras sigo
sentada junto a Caleb, siento que algo ha cambiado. No sé si es en él, en mí
o en el rancho, pero lo que sí sé es que no me asusta lo que sea que venga
después.
Capítulo 14
Caleb
El sobre descansa sobre la mesa de la cocina como si pesara una tonelada.
Lo miro durante unos segundos antes de acercarme. Las esquinas están un
poco desgastadas, como si hubieran pasado por muchas manos antes de
llegar aquí, pero el logotipo del banco es inconfundible. No necesito abrirlo
para saber lo que dice. Lo sé porque llevo meses esperando este momento
con una mezcla de resignación y miedo. Al final, cojo el sobre y lo abro con
cuidado. El papel dentro es delgado, pero las palabras impresas sobre él
pesan como un martillo golpeando mi pecho.
«Confirmación de subasta».
La deuda ha alcanzado su límite y no hay más prórrogas. El
rancho, el trabajo de toda una vida, de varias generaciones, se pondrá a la
venta si no encuentro una solución inmediata.
Me dejo caer en la silla más cercana, con el papel todavía en la mano. Los
números me bailan delante de los ojos. No soy ajeno a las dificultades, pero
esto es diferente. Esto es el fin. En ese momento, el aire parece volverse
más espeso, más difícil de respirar. Acaricio el borde de la mesa con los
dedos, como si al tocar la madera pudiera encontrar una respuesta. Aquí, en
esta cocina, mi madre, que también hacía de cocinera en esta casa, aunque
no era la nuestra, solía servirnos la cena después de largas jornadas en el
campo. Aquí mi padre me enseñó a llevar las cuentas, a mantener la calma
cuando las cosas se torcían. ¿Qué pensarían si vieran lo que he permitido
que ocurra?
El crujido del suelo detrás de mí me saca de mis
pensamientos. Me giro y me encuentro a Grace observándome desde el
umbral. Lleva una camisa que le queda grande y las mangas están
remangadas de forma desigual, como si se hubiera vestido deprisa. Tiene
una expresión curiosa, aunque sus ojos parecen estudiar cada uno de mis
gestos.
—¿Todo bien? —me pregunta, con un tono que intenta sonar
casual, pero que no consigue ocultar del todo la preocupación que
transmite.
Doblo la carta en cuatro y la guardo en el bolsillo trasero de
mis vaqueros antes de levantarme.
—Sí, claro —respondo, demasiado rápido.
Grace arquea una ceja y cruza los brazos frente a su pecho. Es
un gesto sutil, pero suficiente para decirme que no se ha creído ni una
palabra.
—¿Seguro? Porque pareces a punto de morder a alguien.
Intento sonreír, pero el gesto me sale demasiado tenso,
forzado.
—Solo estoy cansado. Ha sido un día largo —digo soltando un
resoplido.
Ella no dice nada durante unos segundos, pero tampoco se
mueve. Su mirada me atraviesa como si pudiera leer todo lo que estoy
intentando ocultar. Finalmente, suspira y se acerca a la mesa, dejando caer
un manojo de llaves junto a la jarra de agua.
—He revisado las vallas del este. Parecen estar bien por ahora,
aunque hay un par de postes que necesitarán refuerzos pronto.
—Gracias. —Es todo lo que consigo decir.
Grace se sienta frente a mí y apoya los codos en la mesa,
descansando la barbilla sobre las manos. Sus ojos, azules e inquisitivos, me
estudian con detenimiento.
—¿Qué es lo que no me estás contando? —me pregunta
finalmente.
Su pregunta me pilla por sorpresa, aunque no debería. Grace
no es el tipo de persona que deja pasar las cosas. Lo he aprendido durante el
tiempo que lleva aquí. Pero esto... esto es diferente. ¿Cómo se supone que
le debo explicar que todo por lo que hemos estado trabajando podría
desaparecer en cuestión de semanas? Que sus esfuerzos, su tiempo y, su
implicación, podrían no significar nada al final.
—Nada que no pueda gestionar —respondo, intentando sonar
convincente.
Ella inclina la cabeza ligeramente, como si estuviera
evaluando mis palabras. Sé que no está satisfecha con mi respuesta, pero,
para mi sorpresa, no insiste. En lugar de eso, asiente lentamente y se
levanta.
—Bueno, si decides que necesitas ayuda, aquí estoy.
Sus palabras, simples y directas, me dejan sin saber qué decir.
La sigo con la mirada mientras sale de la cocina, dejándome solo con el
silencio y el peso de la carta en mi bolsillo.

El resto del día pasa en un borrón de tareas mecánicas en el rancho. Ordeno


herramientas, reparo una zona del establo que llevaba semanas necesitando
atención y alimento a los caballos. Todo lo hago con un único propósito:
mantener mi mente ocupada. Pero no importa cuánto intente distraerme, las
palabras de la carta siguen resonando en mi cabeza una y otra vez, como en
bucle.
Al atardecer, me siento en el porche, con una taza de café, que
ya se ha quedado frío, en la mano. El horizonte está teñido de tonos rosados
y grises, y el aire tiene ese aroma terroso que siempre precede a la lluvia.
Me inclino contra el poste de madera, mirando los campos que se extienden
ante mí. Este lugar lo es todo para mí. Es más que un trozo de tierra. Es
historia, es familia y es hogar. ¿Cómo se supone que me voy a permitir
perderlo?
—No estás bien.
La voz de Grace me saca de mis pensamientos. Me giro y la
encuentro de pie a pocos metros de mí, con los brazos cruzados y una
expresión que mezcla preocupación e impaciencia.
—¿Otra vez con eso? —respondo, intentando bromear.
—Sí, otra vez con eso. —Da un paso hacia mí con sus ojos
fijos en los míos—. Caleb, si hay algo de lo que me he dado cuenta desde
que estoy aquí, es que no sabes cuándo pedir ayuda. Y me parece que este
es uno de esos momentos.
—Grace, no...
—No, no me digas que estás bien, porque no lo estás. Lo sé
porque he visto esa mirada antes. La llevabas cuando encontramos esas
huellas cerca del establo. Es como si estuvieras esperando a que el suelo se
desmorone bajo tus pies.
Sus palabras me golpean más fuerte de lo que esperaba. No
porque sean agresivas, sino porque tiene toda la razón. Grace tiene esa
habilidad de ver más allá de lo que digo, de leer entre líneas. Y eso, por
alguna razón, me desconcierta.
—No quiero que te preocupes por eso —digo finalmente,
bajando la mirada hacia el suelo.
—Ya me preocupo. —Su respuesta es inmediata, contundente—. Así que,
¿por qué no me cuentas qué está sucediendo?
El silencio se instala entre nosotros de nuevo, pero esta vez no
es cómodo, sino que está lleno de palabras no dichas. Finalmente, suspiro y
me paso una mano por el pelo.
—El banco ha enviado una carta. —Las palabras se escapan
de entre mis labios antes de que pueda detenerlas—. Dicen que la subasta
del rancho es inminente. Si no encuentro una solución pronto, el rancho
estará perdido.
Grace parpadea, como si no estuviera segura de haber oído
bien. Su expresión cambia rápidamente de sorpresa a algo que no puedo
identificar del todo. Finalmente, asiente y se acerca un poco más.
—Pero… ¿Cómo? ¿Por qué no me lo has dicho antes?
—Porque no quería preocuparte también con esto. No es tu
problema.
—¿No es mi problema? —Su voz se eleva ligeramente, pero
no de forma agresiva, sino incrédula—. Te recuerdo que la tía Margaret me
dejó el rancho. Que tú hayas crecido y trabajado aquí durante tu vida no te
hace responsable de todos sus problemas. Así que, por favor, deja de
intentar encargarte de todo tú solo.
Sus palabras me desarman. Durante tanto tiempo he llevado
esta carga solo, creyendo que era mi responsabilidad, que nadie más
entendería lo que significa. Pero aquí está Grace, mirándome con una
mezcla de frustración y determinación que no esperaba.
—Vale —digo finalmente, con un suspiro—. Hablaremos de
esto. Pero no ahora. Necesito un poco de tiempo para ordenar mis ideas.
Grace me observa durante unos segundos antes de asentir.
—De acuerdo. Pero no lo dejes demasiado tiempo.

El día comienza con el sonido del gallo y un cielo que promete lluvia en
cualquier momento. Me levanto antes del amanecer, como siempre, pero
esta vez no es el trabajo lo que ocupa mi mente, sino la sensación de estar
corriendo contra el reloj. El sobre con la carta del banco sigue escondido en
el bolsillo de mis vaqueros, como si pudiera evitar que su contenido sea real
solo por mantenerlo fuera de la vista. Pero cada segundo que pasa me
recuerda que no hay tiempo que perder.
Empiezo por el establo, alimentando a los caballos antes de
pasar al campo donde el ganado espera. Las tareas se acumulan rápido, y el
peso de la responsabilidad parece más grande que nunca. Mientras lanzo
pacas de heno desde el camión, mi mente no deja de valorar posibilidades.
Vender algo del ganado podría ser una solución temporal, pero no sería
suficiente. Reforzar las vallas para evitar más sabotajes también es
prioritario, pero eso tampoco paga las facturas. Cada tarea parece un
esfuerzo en vano, como intentar tapar un agujero en un barco que se hunde.
Grace aparece mientras estoy ajustando una de las correas del
arado. Lleva el pelo recogido en una coleta y sus manos están manchadas
de tierra. Está claro que ya lleva horas trabajando.
—¿Ya has empezado sin mí? —pregunta, dejando un cubo
junto a la cerca y cruzándose de brazos.
—No hay tiempo que perder —respondo sin mirarla,
concentrado en asegurar la correa.
Ella me observa en silencio durante unos segundos, suficiente
para que sienta su mirada quemándome la nuca. Finalmente, se acerca y se
apoya en el poste junto a mí.
—¿Qué pasa, Caleb? —Su tono es directo, pero no agresivo.
—Nada de lo que no pueda encargarme —miento, ajustando la
correa un poco más de lo necesario.
Grace suspira, y puedo sentir cómo evalúa sus siguientes
palabras antes de decirlas.
—Llevas días actuando como si el mundo se te estuviera cayendo encima.
Y no me vengas con el cuento de que todo está bien, porque no me lo creo.
Dejo escapar un suspiro y me giro para mirarla. Sus ojos azules están fijos
en mí, llenos de preocupación.
—Grace, no es nada. Solo que tengo muchas cosas en la
cabeza.
—Eso ya lo veo. Pero, ¿por qué no me lo cuentas? Estoy aquí
para ayudarte, ¿recuerdas?
Su insistencia me desarma más de lo que quiero admitir. Pero,
¿cómo explicarle que estoy intentando salvar algo que parece insalvable?
Que cada decisión que tomo parece empujarme un paso más cerca del
abismo.
—Esto no es algo que puedas solucionar con un par de buenas
ideas —digo finalmente, con un tono más brusco del que pretendía.
Ella frunce el ceño, pero no se aparta. Al contrario, parece más
decidida a sacar la verdad de mí.
—Entonces dímelo y déjame decidir por mí misma si puedo
ayudar o no.
Su respuesta me deja sin palabras por un momento. Grace
siempre ha sido directa, pero esta vez hay algo más en su voz, algo que me
hace sentir que realmente le importa. Pero, aun así, no puedo cargarla con
esto también.
—De verdad, Grace, estoy bien. Solo necesito concentrarme
en sacar adelante las tareas de hoy. —Intento sonar convincente, pero
incluso yo noto lo débil que suena mi excusa.
Ella me observa durante unos segundos más antes de asentir,
aunque no parece convencida. Luego recoge el cubo que había dejado en el
suelo y se dirige hacia el establo.
—Como quieras, Caleb. Pero no te sorprendas si vuelvo a
preguntarte más tarde.
La veo alejarse, y no puedo evitar sentir una mezcla de alivio
y frustración. Por un lado, estoy agradecido de que no haya insistido más.
Pero por otro, sé que esto no se ha terminado. Grace no es del tipo de
personas que se rinde fácilmente, y tarde o temprano tendré que
enfrentarme a la verdad, tanto con ella como conmigo mismo.
El resto de la mañana pasa en un borrón de tareas que hago
casi de forma automática. Cada paso y decisión están motivados por la
necesidad de encontrar soluciones rápidas, pero ninguna parece suficiente.
Cuando el sol está en lo más alto, decido tomar un descanso en el porche.
Me siento en una de las sillas de madera, con un vaso de agua en la mano, y
dejo que mi mente repase todas las posibilidades. Vender maquinaria,
reducir gastos, buscar un préstamo más... pero ninguna opción parece
viable. Cuando más pedido estoy en mis pensamientos, Grace aparece de
nuevo, esta vez con un cuaderno en la mano. Lo deja sobre la mesa y se
sienta frente a mí, cruzando las piernas.
—He estado haciendo números —dice, sin preámbulos—. Si
reducimos los gastos en alimentación del ganado y vendemos un par de
caballos, podríamos ganar algo de tiempo.
La miro con sorpresa. No esperaba que estuviera tan metida en
esto, pero al mismo tiempo, no puedo evitar sentir una punzada de culpa.
Ella no debería estar preocupándose por esto. No es su batalla.
—No hace falta que hagas esto, Grace.
—Claro que hace falta. —Su tono es firme, pero no agresivo
—. Caleb, estoy aquí porque quiero estarlo. No porque tenga que hacerlo.
Así que deja de intentar manejarlo todo tú solo y déjame ayudarte.
Sus palabras me golpean con más fuerza de lo que esperaba.
Durante tanto tiempo he llevado esta carga solo, creyendo que era mi
responsabilidad y nada más. Pero aquí está Grace, dispuesta a compartirla,
incluso cuando no tiene ninguna obligación de hacerlo y podría vender todo
esto y olvidarse de los problemas.
—Vale —digo finalmente, con un suspiro—. Pero esto no es
solo cuestión de números. Hay más en juego de lo que parece.
Grace me observa en silencio, como si esperara que continúe.
Pero no estoy seguro de estar listo para decirle todo todavía. No cuando ni
siquiera sé si puedo arreglarlo.

La lluvia ligera que empezó hace un rato ha dejado un rastro de humedad en


las calles del pueblo. El aire huele a tierra mojada y madera vieja, un aroma
familiar que debería tranquilizarme, pero que hoy me pesa como una carga.
Bajo de la camioneta y cierro la puerta con más fuerza de la necesaria,
como si así pudiera liberar algo de la tensión que llevo acumulada. Las
fachadas desgastadas de los edificios que flanquean la calle principal
parecen observarme en silencio, testigos indiferentes de mi creciente
desesperación.
He venido hasta aquí con un propósito claro, aunque no estoy
seguro de que tenga sentido. Cada paso que doy me acerca más al lugar
donde la realidad de las dificultades de este pueblo me golpeará de lleno.
Las personas que viven aquí no tienen más que yo y, aun así, estoy
dispuesto a pedirles algo que probablemente no puedan darme. El sonido de
mis botas sobre el empedrado resuena en la calle vacía. Es temprano, pero
algunos comercios han comenzado a abrir. El herrero está trabajando ya en
su taller, y puedo oír el martilleo constante desde lejos. No me detengo. Mi
primer destino es la oficina de Dan, un hombre que conoce cada rincón de
este pueblo y, si alguien puede orientarme, es él.
Empujo la puerta de su despacho, una construcción sencilla
con paredes de madera y una estufa que chisporrotea en una esquina. Dan
levanta la mirada desde el escritorio, donde un montón de papeles
desordenados parecen haberse adueñado de su espacio.
—Caleb. —Me saluda con un movimiento de cabeza, dejando
el bolígrafo a un lado—. ¿Qué te trae por aquí tan temprano?
—Necesito hablar contigo. —Cierro la puerta tras de mí y
avanzo hacia él, sintiendo cómo el calor de la estufa contrasta con el frío
que traía de fuera.
Dan me estudia un momento antes de señalar una silla frente a
su escritorio. Me siento, consciente de que el simple hecho de estar aquí ya
es una declaración de que las cosas no van bien.
—Adelante —dice, entrelazando las manos sobre la mesa—.
¿Qué necesitas?
—Voy a ser directo. —Apoyo los codos en las rodillas y me
inclino hacia él—. El rancho está en problemas. El banco… —Respiro
hondo, el nudo en mi garganta haciéndose más grande—. El banco está
presionando, y no sé cuánto tiempo más podré mantener todo en pie.
Dan no parece sorprendido, pero hay algo en su mirada que
me dice que entiende la gravedad de lo que le estoy diciendo. Asiente
lentamente, como si estuviera sopesando sus palabras antes de responder.
—No eres el único. Este pueblo entero está pasando por
tiempos difíciles. —Su tono no es indiferente, pero tampoco ofrece
esperanza.
—Lo sé. —Aprieto las manos con fuerza, sintiendo la piel
áspera de mis palmas contra mis dedos—. Pero necesito encontrar una
forma de salir adelante, aunque sea temporalmente. Pensé que tal vez
conocieras a alguien que pudiera… no sé, invertir, ayudar de alguna
manera.
Dan suspira y se reclina en su silla, mirando por la ventana
hacia la calle desierta. Se toma un momento antes de responder.
—La verdad… no sé quién podría hacerlo. La mayoría de los
granjeros y comerciantes aquí están tan apretados como tú. Si acaso, más.
—Hace una pausa y me mira de nuevo—. Pero puedo preguntarle a Evelyn.
Si alguien sabe de posibles oportunidades, es ella.
Evelyn. Por supuesto. La mujer que parece tener ojos y oídos
en cada rincón de este pueblo. No es exactamente alguien en quien confíe
plenamente, pero en este momento no estoy en posición de descartar
opciones.
—Te agradecería si pudieras hacerlo. —Me pongo de pie.
—Lo haré, Caleb. Pero no te hagas muchas ilusiones. —Dan
se levanta también y me acompaña hasta la puerta—. Este pueblo no tiene
mucho para dar, pero, si necesitas algo más, sabes dónde encontrarme.
Asiento y salgo al aire frío de la mañana, con la sensación de
que este primer intento no ha sido más que un recordatorio de lo
complicado que es todo. Pero no he terminado. Mi siguiente parada es la
tienda de Evelyn.

El tintineo de la campana sobre la puerta anuncia mi entrada a la tienda. El


lugar es un caos organizado, con estanterías llenas de productos que van
desde clavos oxidados hasta frascos de conservas caseras. Detrás del
mostrador, Evelyn me saluda con una sonrisa.
—Vaya, Caleb, qué sorpresa verte por aquí —me dice dejando lo que está
haciendo y se apoya en el mostrador—. ¿Qué necesitas?
Me acerco, consciente de que no tengo tiempo para irme
rodeos.
—Evelyn, estoy buscando posibles compradores o inversores
interesados en ganado o maquinaria. Algo que pueda ayudarme a salir del
apuro en el que estoy metido.
Ella alza una ceja, interesada pero no sorprendida. Evelyn
siempre ha tenido un talento para anticiparse a las necesidades de los
demás, aunque sea solo para mantener su posición como la que sabe más en
el pueblo.
—Hmm. Déjame pensar. —Se lleva una mano al mentón y
mira hacia el techo, como si buscara entre las posibilidades que guarda en
su mente—. Hace poco escuché que los Grayson estaban buscando ampliar
su rebaño. Podría preguntarles si estarían interesados en comprar algunas de
tus cabezas de ganado.
—Eso sería un comienzo. —Cruzo los brazos, intentando no
mostrar demasiada emoción. No quiero parecer desesperado, aunque lo
esté.
—También podrías hablar con los Stokes. Ellos siempre están
buscando maquinaria usada. Si tienes algo que puedas vender, tal vez estén
interesados.
—Gracias, te agradezco cualquier ayuda que puedas darme. —
Mi tono es sincero, aunque no puedo evitar sentir que cada solución que me
ofrece es como poner un parche sobre una herida profunda.
Ella asiente y me sonríe, pero hay algo en su expresión que me
hace pensar que sabe más de lo que está diciendo. Sin embargo, no estoy en
posición de presionar. Ahora mismo, cualquier posibilidad es mejor que
ninguna.
Salgo de la tienda con una lista mental de personas a las que
contactar y un peso un poco más ligero sobre mis hombros, aunque todavía
lejos de desaparecer. El camino de regreso a la camioneta me da tiempo
para pensar sobre lo que acaba de pasar. Estas pequeñas oportunidades
pueden ser el comienzo de algo, pero aún siento que estoy peleando una
batalla que no puedo ganar solo. Cuando me subo a la camioneta y
enciendo el motor, mi mente ya está trabajando en los próximos pasos. No
puedo rendirme, no todavía. Por el rancho, por mi familia, y, de alguna
manera, también por Grace. Ella merece algo mejor que este caos, y yo
tengo que encontrar la manera de dárselo.
El camino de regreso al rancho es más pesado de lo que
esperaba. Las palabras de Dan y Evelyn siguen dando vueltas dentro de mi
cabeza, pero ninguna me da una solución real. Intento concentrarme en el
sonido del motor, en las vibraciones del volante bajo mis manos y en
cualquier cosa que me distraiga de la incertidumbre que se agarra a mi
pecho con fuerza. Pero no sirve de nada. Cada kilómetro que recorro me
acerca más a la realidad de que, por mucho que lo intente, estoy perdiendo
esta batalla.
Al llegar al rancho, la primera imagen que veo es a Grace, de
pie junto al granero. Su postura es tensa, con los brazos cruzados y los
labios apretados en una fina línea que deja entrever que lleva un rato
esperándome. El viento alborota su pelo de forma desordenada, y aunque
parece tranquila a simple vista, conozco esa mirada. Ha notado que algo va
mal.
Aparco la camioneta y apago el motor. Respiro hondo antes de
bajar y me preparo para lo inevitable. No he decidido aún cómo abordar
esto, pero Grace no me va a dar mucho margen.
—¿Dónde has estado? —pregunta en cuanto pongo un pie en
el suelo. Su tono no es acusatorio, pero está cargado de preocupación.
—En el pueblo —respondo, sin darle más detalles mientras
cierro la puerta de la camioneta.
—¿Buscando qué? —Se acerca, y puedo sentir el peso de su
mirada fija en mí.
—Soluciones. —Me paso una mano por el pelo y evito mirarla
directamente.
—¿Soluciones para qué, Caleb? —Su voz se suaviza, pero no
por ello deja de ser insistente.
—Grace, no es el momento —le digo, intentando zanjar el
tema antes de que se salga de control. Pero ella no se mueve, ni me deja
pasar, y su expresión me dice que no piensa rendirse hasta obtener una
respuesta.
—Llevo días notando que estás tenso, más de lo habitual. —
Da un paso hacia mí, obligándome a mirarla— ¿De qué sirve que esté aquí
si no confías en mí?
Sus palabras me golpean de una forma que no esperaba. Tiene
razón. Durante semanas me he esforzado en cargar con todo yo solo, pero
ahora que ella está aquí, que me ha demostrado que puedo contar con ella,
sigo comportándome como si esto fuera solo mi pelea. Su mirada me
desarma.
—Está bien. —Respiro hondo y aparto la vista, mirando hacia
el horizonte como si las palabras que voy a decir fueran menos dolorosas si
no tengo que enfrentarme a sus ojos—. He ido a buscar posibles inversores
al pueblo para vender el ganado o parte de la maquinaria para cubrir parte
de la deuda.
El silencio que sigue es tan denso que parece detener el tiempo. Me
atrevo a mirarla, y lo que veo en su rostro me parte en dos. No hay sorpresa,
no del todo, pero sí una mezcla de incredulidad y algo que parece un atisbo
de miedo.
Grace se queda callada, mirándome como si intentara procesar
lo que acabo de decir. Pero en lugar de eso, da un paso hacia mí, acortando
la distancia que nos separa.
—¿Por qué no me lo has dicho antes? —Su tono no es
acusador, pero hay algo en él que me hace sentir aún más pequeño.
—Porque no quería meterte en esto. —La miro directamente,
intentando transmitirle lo que siento—. Este es mi problema, Grace. Mi
carga. No quería arrastrarte a esto.
—Pero yo estoy aquí. —Su voz se eleva un poco, no con
enfado, sino con una intensidad que me deja claro que no piensa dejarme
salir de esta tan fácilmente—. Si crees que puedes cargar con todo esto tú
solo, estás equivocado. No puedes salvar el rancho sin ayuda. Y no pienso
quedarme de brazos cruzados mientras te destruyes intentando hacerlo.
Además, te recuerdo que, si alguien es la responsable del rancho soy yo,
Sus palabras, tan firmes y llenas de convicción, me dejan sin
respuesta. No sé cómo reaccionar a alguien que no solo está dispuesto a
quedarse, sino que insiste en pelear esta batalla conmigo.
—Grace, esto no es justo para ti. —Mi voz se rompe un poco al
decirlo, porque sé que, por mucho que lo intente, no puedo protegerla de
todo lo que está pasando—. Podrías marcharte, volver a tu vida, y nadie te
culparía por hacerlo.
—¿Marcharme? —Sus labios se curvan en una sonrisa amarga
mientras sacude la cabeza—. ¿Crees que soy de las que huyen cuando las
cosas se ponen difíciles?
La sinceridad en su voz me deja sin aliento. Grace no es solo
una mujer fuerte, es alguien que ha decidido que este lugar, este caos,
merece su esfuerzo. No sé en qué momento pasó de ser una forastera a
convertirse en alguien que parece pertenecer a este rancho más que yo.
—No pienso rendirme, Caleb. —Da un paso más, tan cerca
ahora que puedo sentir el calor que emana de su cuerpo—. Y tampoco
pienso dejar que lo hagas tú.
La intensidad en su mirada, la forma en que sus palabras
resuenan en el aire, me hacen sentir algo que no había sentido en mucho
tiempo: esperanza. No sé si es suficiente para cambiar el destino del rancho,
pero por primera vez en semanas, siento que Grace no solo está aquí, está
conmigo. Y eso lo cambia todo.
La propuesta de Grace me pilla completamente desprevenido. La escucho
mientras detalla su plan con una seguridad que parece haber estado
trabajando en ello durante días, aunque sé que lo acaba de improvisar. Su
voz está cargada de energía, y sus ojos brillan con una mezcla de
entusiasmo y convicción que no había visto en mucho tiempo. No sé si es
esa pasión lo que me hace considerar su idea o si simplemente estoy tan
agotado que estoy dispuesto a intentarlo todo.
—Un evento en el rancho —repito, todavía intentando
asimilarlo—. ¿Y qué se supone que vamos a hacer exactamente?
Grace se cruza de brazos y me mira con esa expresión que
utiliza cuando cree tener todas las respuestas. Se inclina ligeramente hacia
delante, como si fuera a convencerme con fuerza de voluntad.
—Podemos organizar una jornada comunitaria. Mostrar a la
gente lo que significa este lugar, lo que representa para todos. Invitar a las
familias, hacer actividades con los caballos, ofrecer comida casera… algo
que conecte a las personas con el rancho. —Hace una pausa para evaluar mi
reacción, pero yo sigo en silencio—. Podríamos recaudar fondos a través de
donaciones, incluso vender entradas para algunas actividades.
—¿Entradas? —arqueo una ceja, intentando no sonar
demasiado cínico—. Grace, esto no es una feria.
—No, no lo es —admite, inclinando un poco la cabeza—.
Pero si no hacemos algo, no quedará nada por lo que luchar. La gente
necesita ver lo que este lugar significa, no solo para ti, sino para todos. Este
rancho no es solo tuyo, tú y tu familia os habéis dejado la vida aquí
trabajando, Caleb, pero nunca habéis sido los dueños, aunque lo hubiérais
merecido. Además, este rancho también es un símbolo de este pueblo,
aunque algunos lo hayan olvidado.
Sus palabras se clavan en mi pecho, no porque no las haya
pensado antes, sino porque escucharla decirlo en voz alta me obliga a darme
cuenta de lo que significan. Respiro hondo y me paso una mano por la nuca,
intentando ordenar mis pensamientos. La idea, por descabellada que
parezca, tiene sentido. Pero eso no significa que sea fácil de aceptar.
—Grace… no sé si esto funcionará. —Me apoyo en el borde
de la mesa del granero y la miro con sinceridad—. No es tan simple como
atraer a la gente hasta aquí. Las cosas van mal para todos. ¿Por qué iban a
preocuparse por nosotros cuando tienen sus propios problemas?
Ella no se inmuta. Da un paso hacia mí y me mira
directamente, con una intensidad que parece traspasar todas mis defensas.
—Porque este lugar les importa. Porque si se pierde, será una
pérdida para todos, aunque no lo vean ahora. —Hace una pausa, dejando
que sus palabras se asienten—. Y porque yo creo en esto. Creo en ti.
Esas últimas palabras me golpean más fuerte de lo que
esperaba. No sé si es la forma en que las dice o el hecho de que, después de
todo lo que le he contado, después de haberle mostrado mis peores miedos,
sigue aquí, plantada frente a mí, dispuesta a pelear por algo que ni siquiera
es suyo.
—¿Y si fracasa? —pregunto en voz baja, incapaz de ocultar el
peso de mi escepticismo.
—Entonces habremos intentado todo lo posible. —Su
respuesta es inmediata, sin vacilaciones—. Pero si no lo intentamos, ya
habremos perdido.
La convicción en su voz, la manera en que se mantiene firme a
pesar de mi resistencia, me hace sentir algo que no sentía desde hace mucho
tiempo: una chispa de esperanza. No sé si su plan funcionará, pero verla tan
comprometida con esto, tan decidida a intentarlo, me hace pensar que tal
vez haya una posibilidad de conseguirlo.
—De acuerdo —cedo finalmente, dejando escapar un suspiro
que parece llevarse parte de mi frustración—. Haremos el evento.
La sonrisa que se dibuja en su rostro me desarma por
completo. No es una sonrisa de triunfo, sino de algo mucho más profundo,
como si mi aceptación confirmara algo que ella ya sabía. Grace asiente,
como si acabara de ganar una pequeña batalla, pero no pierde el tiempo
celebrándolo.
—Perfecto. Necesitaremos ayuda para organizarlo. Puedo
hablar con Evelyn y Dan. Seguro que conocen a gente dispuesta a
colaborar. Y podemos utilizar las redes sociales para difundirlo. Hay
muchas maneras de hacerlo. Solo tenemos que ser creativos —me dice con
seguridad.
Mientras, yo la escucho hablar, enumerando ideas y posibles
soluciones, y siento una extraña mezcla de admiración y alivio. Grace no
solo está comprometida con este lugar, está decidida a salvarlo, y eso me da
una fuerza que no sabía que necesitaba. Mientras se aleja para empezar a
trabajar en los detalles, me quedo allí, apoyado en la mesa, observándola.
Su energía, su pasión, su fe me hace verla de una manera que no había
considerado antes. Tal vez esté más comprometida con esto de lo que
esperaba y, por primera vez en semanas, me permito creer que, tal vez, no
todo está perdido.
Capítulo 15
Grace
El papel sobre la mesa está lleno de notas y garabatos, con listas de cosas
por hacer que parecen multiplicarse cada vez que las reviso. Me apoyo en el
respaldo de la silla y suelto un largo suspiro. Esto es más complicado de lo
que imaginaba.
Por primera vez en años, siento que tengo algo que ofrecer a
los demás, que puede marcar la diferencia. Sin embargo, la idea de que todo
esto dependa de mí me asusta. Organizar un evento como este no solo es un
desafío logístico, sino también personal. Si fracaso, no solo perderemos una
oportunidad crucial para salvar el rancho, sino que también significará que
no soy capaz de hacer algo realmente importante.
El aroma del café recién hecho llena la cocina, pero no
consigue calmarme. Me levanto para servirme una taza y, mientras lo hago,
intento ordenar mis pensamientos. La gente necesita ver que este rancho es
más que un pedazo de tierra.
—¿Ya estás en marcha? —La voz de Caleb me sorprende,
interrumpiendo mis pensamientos.
Me giro y lo veo en el umbral de la puerta, con las manos en
los bolsillos y esa expresión tranquila que parece no alterarse nunca, aunque
sé que por dentro está tan nervioso y preocupado como yo.
—Más bien intento no perder la cabeza —respondo, alzando
la taza como si fuera un brindis.
—¿Qué necesitas? —Su tono es serio, pero hay algo en sus
ojos que me dice que está dispuesto a ayudarme.
Dejo la taza en la encimera y cojo mi cuaderno de la mesa.
—Necesito que alguien hable con Dan y Evelyn. Ellos pueden
ayudarnos a atraer a más gente. También hay que organizar los puestos y
decidir cómo repartimos las actividades.
Caleb asiente, como siempre, sin dudar ni cuestionar.
—Yo me encargo de Dan. Evelyn está en el pueblo y puedo
pasar a hablar con ella después.
—Gracias. —Le miro, agradecida por su apoyo, pero también
consciente de que este evento no es solo mío, sino también lo es de él, de
los dos.

El día avanza entre idas y venidas, con vecinos que empiezan a llegar al
rancho para ofrecer su ayuda. Cada pequeño gesto me llena de un
optimismo que intento mantener a raya, porque sé que aún queda mucho
por hacer.
Evelyn llega con una caja llena de tarros de conservas y tartas,
mientras Dan aparece cargando mesas plegables en su viejo camión. Ambos
se ponen manos a la obra sin necesidad de instrucciones, como si este
evento fuera tan importante para ellos como lo es para Caleb y para mí.
—¿Dónde quieres que coloque esto? —pregunta Evelyn,
señalando la caja cargada hasta arriba que acaba de dejar junto a sus pies.
—Cerca del establo. Allí estará la zona de comida.
Ella asiente y se marcha, dejando tras de sí el aroma dulce de
las tartas que trae consigo. La sigo con la mirada durante un momento,
pensando en lo que significa que esta gente haya decidido apostar por
nosotros, por el rancho.
—Todo va cogiendo forma —dice Caleb a mi lado.
—Eso parece —le respondo regalándole una sonrisa y él me
observa con esa mirada intensa que parece capaz de derribar cualquier
barrera.
—Lo estás haciendo muy bien.
Sus palabras me calan hondo y aunque sé que no necesito su
aprobación, escucharle decir eso hace que sienta que, tal vez, todo este
trabajo tiene sentido.
Las horas parecen comprimirse mientras intento coordinar
todo lo que implica organizar este evento. El cuaderno que llevo en la mano
está lleno de notas, tachones y esquemas improvisados. Cada vez que
soluciono un problema, surgen dos más. Pero, aunque el estrés me tensa los
hombros, no puedo evitar sentirme orgullosa de lo que estamos logrando.
Evelyn y Dan se han volcado de lleno, aportando más de lo
que esperaba. Los voluntarios han comenzado a llegar con cajas, mesas
plegables y una actitud que mezcla entusiasmo y escepticismo. Algunos,
especialmente los más mayores, me lanzan miradas que no sé cómo
interpretar. ¿Desconfianza? ¿Curiosidad? Puede que ambas cosas.
—¿Estás segura de que va a venir gente? —pregunta Martha,
una mujer mayor que ha vivido en el pueblo toda su vida, mientras
despliega un mantel sobre una mesa de madera. Su tono no es descortés,
pero la duda es evidente.
—Lo estoy —le respondo intentando parecer más segura de lo
que me siento.
Ella me observa durante un momento y luego asiente, como si
hubiera decidido darme el beneficio de la duda, aunque no todos son tan
fáciles de convencer.
Mientras organizo la zona donde estarán los caballos, oigo un
murmullo de voces entre dos hombres que han venido a ayudar con las
vallas.
—No sé si esto servirá de mucho —dice uno, apoyado en su
pala.
—Pero al menos lo intenta. —El otro se encoge de hombros,
aunque su tono no es del todo alentador.
Intento no dejar que sus palabras me afecten, pero es difícil
ignorarlas. He aprendido que, en este lugar, las acciones valen más que las
palabras, y todavía tengo mucho que demostrar.
—¿Necesitas ayuda con eso? —La voz profunda de Caleb me
saca de mis pensamientos.
Está de pie a unos metros de mí, con las manos en los bolsillos
y una expresión que mezcla cansancio y nervios.
—Estoy bien —respondo con una sonrisa rápida, aunque no
estoy segura de que sea del todo verdad.
Él no insiste. Simplemente asiente y se queda ahí,
observándome durante unos segundos más antes de volver a su tarea. Me
desconcierta lo mucho que su presencia consigue calmarme, incluso cuando
no dice nada.
Me detengo un momento junto a la mesa de Evelyn, que está
colocando con esmero los tarros de conservas.
—Esto está quedando mejor de lo que imaginaba —comenta,
mientras ajusta la etiqueta de uno de los tarros.
—Gracias a todos vosotros. —Le devuelvo una sonrisa
sincera.
—Grace, la gente lo nota. —Su tono es más serio ahora—. Tu
esfuerzo, quiero decir. Eso importa.
No sé qué responderle. Tal vez porque no estoy acostumbrada
a que me digan algo así. Me limito a asentir y a retomar el trabajo,
agradecida por sus palabras, aunque no me permitan relajarme.
Los caballos están listos, el equipo de sonido está instalado y
las mesas de comida empiezan a llenarse. Cada pequeño detalle es una
batalla ganada, aunque la guerra aún no ha terminado.
—¿Qué pasa? —le pregunto a Caleb, que se acerca hasta
donde estoy con un par de herramientas en la mano.
—Nada, solo que... estás llevando todo esto mucho mejor de
lo que esperaba. —Lo dice con ese tono serio que hace que cualquier
cumplido suyo parezca más valioso.
—¿Esperabas que me derrumbara? —bromeo.
—Tal vez. —Sonríe, aunque sus ojos siguen fijos en los míos,
y algo en ellos hace que me falte un poco el aire.
—Bueno, no pienso hacerlo —le respondo encogiéndome de
hombros y mi respuesta suena más desafiante de lo que pretendía.
—Eso ya lo he notado.
Se queda junto a mí y mirándome un segundo más, como si
quisiera decir algo más, pero al final se da la vuelta y camina hacia el
establo. Su figura se aleja bajo la luz tenue de la tarde, y me quedo
mirándole, preguntándome qué estará pasando por su cabeza.

El cansancio se instala en mis músculos, pero me niego a ceder. Porque este


lugar se merece cada esfuerzo y cada gota de sudor.
La actividad en el rancho es un torbellino. Mientras coordino
detalles, parece que todo el mundo tiene algo que decir o preguntar, y cada
pequeño imprevisto amenaza con convertirse en un problema mayor. Pero
me aferro a la idea de que, si sigo adelante, todo encajará al final.
—¿Grace? ¿Dónde quieres que coloquemos estas mesas? —
pregunta uno de los voluntarios, cargando con una pila de madera
desgastada que se tambalea peligrosamente.
—Cerca del establo, pero asegúrate de que estén niveladas —
respondo mientras hojeo las notas del cuaderno que he llevado a todas
partes como si fuera mi salvavidas.
—¡Entendido!
Me giro para supervisar cómo avanza la instalación del
pequeño escenario que hemos improvisado, pero antes de que pueda
acercarme, Caleb aparece frente a mí. Lleva una gorra de béisbol calada
hasta las cejas y una expresión que no augura nada bueno.
—La manguera de agua no llega hasta el corral de los ponis.
Si los niños van a montar, necesitamos una solución para rellenar el
bebedero —dice con su tono habitual, directo y sin adornos.
—Pues encuentra otra manguera o lleva agua con cubos —
respondo sin levantar la vista de mi cuaderno.
—¿Cubos? ¿En serio? —replica arqueando una ceja, como si
lo que acabo de decir fuera una ofensa personal.
—Sí, Caleb, cubos. —Levanto la mirada, intentando mantener
la calma—. Hay al menos tres junto al granero. No es tan complicado.
Él resopla, negando con la cabeza, pero no discute más. En
lugar de eso, se aleja, murmurando algo que no alcanzo a escuchar del todo,
aunque no necesito ser un genio para saber que lo que dice no es
precisamente un elogio. No puedo evitar sentir una mezcla de irritación y
ternura. Caleb está acostumbrado a hacerlo todo a su manera, y este caos
organizado le está sacando de sus casillas tanto como a mí. Pero lo cierto es
que, aunque nuestras discusiones sean inevitables, saber que está aquí
dispuesto a hacer lo que haga falta, me reconforta.

Mientras organizamos los adornos para el área de los caballos, Caleb y yo


terminamos trabajando codo con codo. Su camisa de cuadros está
remangada hasta los codos, y el sudor le perla la frente. Aunque trato de
concentrarme en mi tarea, me resulta difícil ignorar lo bien que se
desenvuelve en este tipo de situaciones.
—¿Piensas seguir mirándome o vas a ayudarme con esta
cuerda? —pregunta sin mirarme, pero con una sonrisa apenas perceptible en
los labios.
—Estaba mirando si lo hacías bien. —Le lanzo una cuerda,
que él atrapa al vuelo con una facilidad irritante.
—Seguro que piensas eso —me responde con un tono
desenfadado, pero sus palabras llevan consigo una especie de camaradería
que me hace sentir cómoda. A pesar de los roces, hay momentos como este
que me recuerdan por qué estamos en esto juntos.
—¿Siempre tienes que llevarme la contraria? —le pregunto
mientras ajusto el nudo de otra cuerda.
—¿Siempre tienes que planearlo todo hasta el último detalle?
Le miro con incredulidad y luego no puedo evitar reírme.
—Si no lo hiciera, esto sería un desastre sin saber por dónde
empezar.
—¿Eso crees? —dice con una sonrisa que, aunque contenida,
no disimula su diversión.
—Lo sé —Le respondo y le devuelvo la sonrisa, notando
cómo la tensión de antes se disuelve.
Por unos segundos, el tiempo parece detenerse. Caleb sostiene la cuerda en
una mano, pero su mirada está fija en mí. Es un momento fugaz, uno que
ninguno de los dos parece querer romper. Pero entonces, una de las
voluntarias nos llama desde el otro extremo del campo, y esa sensación
parece como si nunca hubiera existido.

Más tarde, mientras reviso los carteles que hemos colocado cerca de la
entrada, Caleb se acerca con una botella de agua y me la ofrece sin decir
nada.
—Gracias —le respondo agradecida, porque hace rato que
tengo la garganta seca.
—Estás trabajando demasiado.
—¿Y tú no? —pregunto con una sonrisa cansada.
Él se encoge de hombros, como si su esfuerzo fuera algo
insignificante.
—Estoy acostumbrado. Tú, en cambio, pareces una loca con
esa libreta y esos zapatos que no son para el campo.
—Son perfectamente funcionales —respondo, mirando mis
zapatillas cubiertas de polvo.
—Claro. —Su tono es burlón, pero sus ojos tienen un brillo
que no sé cómo interpretar.
—Caleb, si vas a molestarme, al menos haz algo útil mientras
lo haces.
—Eso intento, pero parece que tienes todo bajo control.
Sus palabras me toman por sorpresa, no por lo que dice, sino
por cómo lo dice. Es un cumplido, aunque envuelto en su típica brusquedad.
Y, por alguna razón, me hace sentir que, tal vez, no estoy tan fuera de lugar
como pensé al principio.
A medida que el día avanza, los pequeños roces entre Caleb y
yo parecen disminuir, sustituidos por una sincronía que no sé en qué
momento hemos alcanzado. Aunque nuestras personalidades choquen de
vez en cuando, hay algo en nuestra forma de trabajar juntos que, de algún
modo, funciona.
—Grace. —Su voz me detiene mientras estoy revisando la
lista de actividades.
—¿Qué pasa ahora?
—Nada. Solo quería decirte que estás haciendo un buen
trabajo.
Me quedo mirándole, sorprendida por su sinceridad. Caleb no
es de los que regalan cumplidos, y eso hace que sus palabras sean aún más
importantes para mí.
—Gracias —le respondo y él asiente y vuelve al trabajo,
dejándome con una sensación extraña en el pecho, una mezcla de orgullo y
algo más que ahora mismo no puedo pararme a analizar, porque todavía
queda mucho por hacer.

El día del evento empieza con un ajetreo que parece no darnos tregua. Los
voluntarios van y vienen, cargando mesas, decoraciones y herramientas,
mientras intento mantener la calma y coordinar cada detalle. La brisa fresca
de la mañana acaricia mi cara, aunque apenas la noto. Mi atención está
puesta en los mensajes que no dejan de llegar a mi móvil y en las voces que
me llaman desde distintos rincones del rancho.
—Grace, el proveedor de bebidas no ha llegado todavía —me
dice Evelyn con gesto preocupado.
—¿Cómo que no ha llegado? —le pregunto deteniéndome en
seco.
—Llevo una hora intentando contactar con ellos, pero no
responden.
Cierro los ojos un segundo, intentando ordenar mis
pensamientos e intento mantener la calma, que tanto necesito para que todo
esto salga bien.
—Está bien. Vamos a ver qué podemos hacer. —Miro a mi
alrededor, buscando a alguien que pueda ayudar, pero antes de que pueda
reaccionar, una voz grave y segura me interrumpe.
—¿Qué pasa? —Caleb se acerca con una expresión de calma
que a veces roza la exasperación.
—El proveedor de bebidas no ha aparecido —respondo, sin
intentar suavizar el problema.
Él asiente, como si ya estuviera trazando un plan en su cabeza.
—Déjalo en mis manos.
—¿Qué? No tienes que hacerlo tú.
—Grace, relájate. —Me lanza una mirada directa, tan firme
que no deja espacio para protestas—. Ve a ocuparte del resto. Yo me
encargo de esto.
Quiero discutir, pero hay algo en su actitud que me desarma.
Asiento con cierta reticencia y lo observo alejarse hacia la camioneta.
El tiempo pasa, y la tensión en mi pecho no disminuye. Me
esfuerzo por concentrarme en los otros preparativos, supervisando las áreas
de actividades para los niños y revisando la disposición de las mesas de
comida. Pero mi cabeza sigue volviendo una y otra vez al problema de las
bebidas.
—Grace, las primeras familias están empezando a llegar —me
dice una de las voluntarias con una sonrisa nerviosa.
—Perfecto. Asegurémonos de que todo esté listo para
recibirlas.
Hago un esfuerzo por mostrarme segura de que todo saldrá
bien, aunque por dentro soy un manojo de nervios. Mientras doy
instrucciones, el ruido de un motor me hace girar la cabeza.
Caleb está aparcando la camioneta cerca del granero, y en la
parte trasera puedo ver varias cajas apiladas. Bajo corriendo para
encontrarle descargando con la ayuda de un par de vecinos.
—¿Cómo lo has hecho? —pregunto, incrédula.
—Hablé con los McAllister. Resulta que tenían un lote de
bebidas para un evento que se canceló. Les he convencido de que nos lo
presten.
—¿Convencido? —arqueo una ceja, sospechando que hay
algo más que no me está contando.
Él se encoge de hombros, esquivando mi mirada.
—Les prometí que les devolveríamos el favor. Ya pensaremos
cómo.
Por un momento, no sé qué decir. Caleb no solo ha
solucionado el problema, lo ha hecho de una manera que refuerza ese
sentimiento que crece en mí desde que empezamos a trabajar juntos: puedo
confiar en él.
—Gracias. De verdad.
Él se detiene, mirándome con una expresión que mezcla
orgullo y una pizca de diversión.
—Solo estoy haciendo mi parte. No te creas que todo el mérito
es tuyo —bromea y yo le sonrío.

Las horas pasan, y el rancho cobra vida. Las risas de los niños llenan el aire
mientras montan a los ponis, y el aroma de la comida casera se mezcla con
el del heno fresco. Todo empieza a encajar, como si el caos de la mañana
hubiera sido solo una prueba más de que este lugar tiene algo especial.
Caleb y yo nos cruzamos varias veces durante el evento, cada uno ocupado
en su parte del trabajo, pero siempre con una breve mirada o un comentario
rápido que me recuerda que estamos en esto juntos.
Cuando finalmente encuentro un momento para parar, me
apoyo en una valla y observo cómo la gente disfruta. La satisfacción de ver
el rancho lleno de vida es inmensa, pero también lo es la gratitud que siento
hacia Caleb, porque tengo la certeza de que sin él este día habría sido
mucho más difícil.
—¿Ya te estás escaqueando? —su voz suena a mi lado, y
cuando giro la cabeza, está allí, con una botella de agua en la mano y una
media sonrisa.
—Estoy descansando, me lo he ganado, ¿no crees? —
respondo, sonriendo también.
—Eso no lo discuto —me dice mientras me da una botella de
agua y la acepto, sintiendo el frescor del plástico contra mis dedos. Nos
quedamos en silencio por un momento, observando el panorama.
—Lo has hecho bien, Grace. —Su tono es sincero, y cuando le
miro, encuentro en sus ojos algo que no esperaba: orgullo.
—No podría haberlo hecho sin ti.
Él niega con la cabeza, como si no quisiera aceptar el
cumplido, pero sé que lo aprecia.
—Este rancho significa mucho para ti, ¿verdad? —pregunto,
sintiendo la necesidad de entender mejor lo que pasa por su mente.
—Demasiado —Su respuesta es breve, pero cargada de
significado.
Asiento, porque entiendo lo que quiere decir, aunque no lo
haya expresado con muchas palabras. Este lugar tiene una forma de
atraparte, de hacerte sentir que formas parte de algo más grande.
—Entonces sigamos luchando por él —le digo con tono firme.
Caleb me mira, y en su expresión hay algo que parece
agradecer no solo mis palabras, sino mi presencia.
—¡A sus órdenes! —suelta y ambos nos reímos.

El aire fresco de la noche comienza a envolver el rancho mientras el evento


llega a su fin. Las luces de las guirnaldas colocadas en los postes parpadean
suavemente, iluminando los rostros cansados pero sonrientes de los
voluntarios y los vecinos.
Estoy agotada. Mis pies laten con un dolor constante y mis
manos están ásperas de cargar cajas y apretar nudos, pero, en el fondo, me
siento realmente bien. Por primera vez en mucho tiempo, he hecho algo que
va mucho allá de mis propios problemas.
—Grace, ¿todo bien? —La voz de Caleb me saca de mis
pensamientos.
—Sí, solo… estoy intentando procesar todo esto —le digo
observando a nuestro alrededor.
Caleb se acerca y se apoya en la barandilla junto a mí,
observando en silencio. Su perfil bajo las luces me parece más relajado que
de costumbre, aunque aún lo noto preocupado.
—Ha salido mejor de lo que esperaba —me dice con
sinceridad y alivio.
—Pero no ha sido suficiente —respondo, casi en un susurro.
Sus ojos verdes se fijan en mí, serios pero cálidos.
—Grace, esto no es solo cuestión de números. Lo que has
conseguido hoy es más grande que eso.
Quiero discutir, decirle que los números importan, que sin
ellos no hay futuro para el rancho. Pero algo en su mirada me detiene.
Caleb no es de los que dicen cumplidos al azar.

El recuento de las donaciones y los ingresos de las actividades lo hemos


hecho en una pequeña mesa improvisada cerca del granero. Evelyn y Dan
han estado conmigo durante la última hora, ayudando a contar billetes y
monedas mientras yo intento mantener la compostura.
—No está mal, pero tampoco es lo que esperábamos —dice
Dan, entregándome un papel con la cifra final.
Lo miro, intentando procesar el número que no llega a cubrir
ni la mitad de lo necesario. El nudo en mi estómago se aprieta, pero me
obligo a mantener el tipo.
—Es un comienzo —respondo, esforzándome por sonar
positiva.
—Un buen comienzo —añade Evelyn, con una sonrisa que
pretende infundirme ánimo—. Esto ha unido a la gente del pueblo de una
forma que no veía desde hace años.
—Sí, pero aún falta mucho por hacer.
Evelyn asiente, pero su sonrisa no se desvanece.
—Tienes razón, Grace. Pero lo importante es que la gente está
contigo. Eso es algo que no se puede comprar con dinero.
Mientras se alejan para seguir recogiendo, me quedo sola con
mis pensamientos. La sensación de éxito parcial es extraña, como si
estuviera atrapada entre el alivio de haber hecho algo importante, pero a la
vez sentir que no ha sido suficiente.

La gente del pueblo empieza a despedirse poco a poco, dejando el rancho


en un estado de calma que contrasta con el bullicio del día. Algunos se
acercan para felicitarme, otros para ofrecer su apoyo en el futuro.
—Gracias por esto, Grace. Hacía falta algo así en el pueblo —
me dice una mujer mayor, apretándome la mano con fuerza antes de
marcharse.
Esas pequeñas muestras de gratitud me llenan de calidez, pero
también de una responsabilidad que pesa más de lo que esperaba. Estas
personas confían en mí, en Caleb y en este lugar, y no quiero fallarles.
Cuando el último vecino se marcha, me encuentro junto a
Caleb, observando cómo las luces se reflejan en el suelo húmedo. Está
cargando unas mesas en la camioneta, y me acerco para ayudarle.
—No hace falta que lo hagas tú solo —le digo mientras tomo
un extremo de la mesa.
—Podría decir lo mismo de ti —responde con una sonrisa.
—¿Sabes? A pesar de todo, ha sido un buen día —añado
mientras seguimos trabajando.
—Ha sido más que eso —responde, enderezándose y
limpiándose las manos en los vaqueros—. Ha sido el principio de algo.
Sus palabras resuenan en mi interior. Caleb tiene razón,
aunque no me atrevo a decírselo en voz alta. Este día no es el final de la
lucha, pero tampoco es un fracaso. Es un punto de partida.

Al final de la noche, estoy de pie junto al porche, con una taza de té caliente
entre las manos. El aire fresco me envuelve y las estrellas brillan con
claridad en el cielo. Caleb se une a mí, con una taza de café que humea en
la oscuridad.
—¿Qué piensas? —me pregunta con un tono tranquilo que me
invita a abrirme.
—Pienso que tal vez esté encontrando mi lugar —Las palabras
salen antes de que pueda detenerlas, pero no las retiro.
Él asiente, como si entendiera perfectamente lo que quiero
decir.
—Este lugar te atrapa y no te deja escapar nunca más,
¿verdad?
—Sí, pero creo que no es solo el lugar.
Capítulo 16
Caleb
Apoyo las manos en la encimera de la cocina, intentando calmar la furia
que arde en mi pecho. Los números están ahí, fríos y claros. No cuadran.
No tiene sentido que, con toda la gente que vino, apenas hayamos
alcanzado lo justo para cubrir los gastos. Pero lo peor no son los números.
Es lo que Evelyn me ha contado.
—¿Estás segura de lo que dices? —le he preguntado,
intentando mantener la calma.
Ella ha asentido, preocupada.
—Alguien ha ido diciendo por ahí que el evento es una
pérdida de tiempo y que el rancho ya está perdido.
El estómago se me revuelve al recordar sus palabras. Por lo
visto, alguien ha hecho todo lo que ha podido para que el evento no fuera
tan bien como debería haber ido y eso no lo puedo tolerar.

Me paso la mano por el pelo, un gesto automático que no sirve para aliviar
la tensión. Si alguien quiere enfrentarse a mí, que lo haga de cara, pero
esto… esto es cobardía. Salgo de la cocina y cruzo el porche. Grace está al
final del camino, hablando con Evelyn sobre las tareas de limpieza. Aunque
me gustaría contárselo, sé que esta no es su lucha. Ella ha hecho más de lo
que nadie esperaba y eso ya es más que suficiente. Este pueblo tiene sus
códigos, y lidiar con esto es asunto mío.
El camino hacia el pueblo me resulta más largo de lo habitual.
Mis pensamientos se arremolinan, mezclando sospechas y nombres en una
espiral que amenaza con consumir mi paciencia. ¿Quién podría haber hecho
algo así? ¿Dan, que siempre se ha mostrado dispuesto a ayudar, aunque
nunca con demasiada convicción? ¿Martha, con su lengua afilada y su
constante escepticismo? O quizás alguien más, alguien que se oculta detrás
de una sonrisa mientras nos clava el puñal por la espalda.
Al llegar al bar del pueblo, me detengo un momento en la
puerta y respiro hondo antes de entrar. El ambiente dentro es el de siempre:
murmullos, vasos que chocan, el aroma a madera gastada y a cerveza
rancia. Pero hoy todo me parece más turbio. Me acerco a la barra y saludo a
Tom, el dueño, que me mira con una ceja arqueada.
—¿Qué te trae por aquí tan temprano? —pregunta mientras
limpia un vaso con un trapo que ha visto mejores días.
—Necesito hablar con Dan. ¿Ha estado por aquí?
Tom señala con la cabeza hacia una mesa en la esquina. Dan
está allí, con su sombrero ladeado y una cerveza en la mano. Se inclina
hacia otro hombre, hablando en voz baja. Me acerco y al verme, ambos
enderezan la espalda como si los hubiera pillado haciendo algo que no
debían.
—Dan, necesitamos hablar —le digo, directo al grano.
El hombre frunce el ceño y se levanta, indicándome que lo
siga fuera. Al cruzar la puerta, me apoyo en la barandilla del porche y lo
miro fijamente.
—¿Sabes algo sobre lo que pasó en el evento?
Él me devuelve la mirada, con esa expresión de falsa
inocencia que siempre me ha puesto de los nervios.
—¿Qué quieres decir?
—Sabes exactamente a qué me refiero. Alguien estuvo
saboteándonos, hablando mal del rancho y asegurándose de que el evento
no funcionara tan bien como debería. ¿Fuiste tú?
Dan retrocede un paso, levantando las manos.
—¿Estás loco? Yo no tengo nada que ver con eso.
—¿Entonces quién ha sido? —pregunto, acercándome un poco
más a él y sin preocuparme por suavizar mi tono.
—No lo sé, Caleb. Pero puedo decirte que no todo el mundo
está contento con lo que estás haciendo.
Esa frase me golpea más fuerte de lo que esperaba, pero me
cruzo de brazos, tratando de mantener la calma.
—¿Por qué?
Dan me observa durante unos segundos antes de responder.
—Algunos piensan que estás perdiendo el tiempo. Que el
rancho ya no tiene salvación y que deberías dejarlo ir.
Quiero gritarle, pero las palabras se me atragantan. ¿Cómo
pueden pensar eso? Este lugar no es solo mío, es parte del pueblo, de
nuestra historia. Si lo pierdo, no seré el único que saldrá perdiendo. Sin
decir nada más, me giro y me alejo, dejando a Dan en el porche. Su actitud
me molesta, pero no estoy seguro de si tiene algo que ver con el sabotaje o
si simplemente es uno de los muchos que ya han tirado la toalla.
De vuelta al rancho, el aire frío de la tarde empieza a calmar
mi mente, pero la rabia sigue ahí, latente. Grace me está esperando en el
porche, con los brazos cruzados y expresión preocupada.
—¿Dónde has estado? —pregunta mientras subo los
escalones.
—Hablando con Dan. —La miro, sabiendo que no le va a
gustar lo que voy a decir—. Alguien intentó sabotear el evento desde
dentro.
Su expresión cambia en un instante, y el brillo de sus ojos
refleja la misma rabia que siento yo.
—¿Qué?
—Evelyn me lo ha contado. Por lo visto, alguien estuvo
hablando en contra del evento, diciendo que no valía la pena y que el
rancho estaba perdido.
Grace se queda callada durante un momento, procesando mis
palabras. Luego niega con la cabeza, con los labios apretados.
—Esto no puede quedarse así.
—Por supuesto que no —respondo con firmeza—. Pero
necesito hacerlo a mi manera.
—Caleb, esto nos afecta a los dos. No puedes simplemente
decidir que vas a solucionarlo solo.
La miro, admirando su valentía, aunque con la certeza de que
este no es su lugar.
—Grace, esto es algo del pueblo. Y en este pueblo, hay cosas
que no se resuelven con una libreta y una sonrisa.
Ella da un paso hacia mí, con el gesto serio.
—Y en este rancho, hay cosas que no se resuelven con rabia y
cabezonería.
Me quedo mirándola, sin saber qué responder. Grace tiene una
forma de desarmarme que nadie más tiene, pero esta vez no puedo ceder.
—Déjame hacer esto a mi manera, Grace. Por favor.
Ella suspira, pero asiente, aunque su expresión me dice que no
está del todo convencida.
Mientras el sol comienza a esconderse detrás de las montañas,
me apoyo en la barandilla del porche y observo el horizonte. No sé quién
está detrás de esto, pero voy a averiguarlo. Y cuando lo haga, se van a
arrepentir de haber subestimado lo que soy capaz de hacer por este lugar.

El chirrido de la puerta al abrirse me saca de mis pensamientos. Un hombre


entra en el despacho improvisado del rancho como si el mundo le
perteneciera. Alto, con el traje perfectamente planchado y un maletín de
cuero brillante en la mano, parece fuera de lugar entre las paredes de
madera gastadas y el suelo cubierto de polvo. No necesito preguntar quién
es. Reconozco su rostro de las reuniones con el banco y los abogados. Es
uno de ellos, de los que llevan meses acechando el rancho como si fuera un
animal herido listo para ser cazado.
—Señor Warner —dice, alzando una ceja como si no supiera
ya mi nombre. Su voz es suave, calculada. Todo en él parece medido al
milímetro, diseñado para desarmar a la gente antes de que puedan siquiera
reaccionar.
—¿Qué quiere? —pregunto sin rodeos, cruzándome de brazos
frente a él.
El hombre me dedica una sonrisa tensa. Deja el maletín sobre
la mesa y lo abre con calma, como si tuviera todo el tiempo del mundo.
Cuando lo hace, saca un sobre blanco y lo coloca frente a mí.
—Le traigo una oferta. Una muy generosa, si se me permite
decirlo.
No toco el sobre. Ni siquiera lo miro.
—No estoy interesado.
—Quizás debería mirarla primero. —Su tono es firme, pero no
agresivo. Está acostumbrado a negociar y a ganar, por lo que cree que todo
el mundo tiene un precio.
—No necesito mirarla. El rancho no está en venta.
Cierra el maletín con un clic preciso y cruza las manos sobre
él, inclinándose ligeramente hacia mí.
—Entiendo que tenga un fuerte apego por este lugar, pero no
estamos hablando de emociones, señor Warner. Estamos hablando de
negocios.
—Para usted, tal vez. Para mí, esto es mi hogar.
Por un momento, su expresión se endurece, por lo visto no
está acostumbrado a que le lleven la contraria. Se endereza y vuelve a
mirarme, como si intentara calibrar mi determinación.
—Hogar o no, todo el mundo tiene un límite. Y nosotros
estamos dispuestos a ofrecerle una solución a sus problemas.
—¿Una solución? —repito con una risa amarga—. ¿Cree que
vendiendo este lugar va a resolver algo?
—Resolverá la deuda, le dará un colchón económico para
empezar de nuevo y, lo más importante, pondrá fin a este estrés innecesario
¿Le parece poco?
Cada palabra que dice solo consigue irritarme más. ¿Estrés
innecesario? Este hombre no tiene ni idea de lo que significa luchar por
algo más grande que uno mismo.
—El rancho no está a la venta —repito con firmeza, clavando
la mirada en sus ojos.
Él suspira, como si estuviera tratando con un niño testarudo.
Abre el maletín de nuevo y saca un documento que deja caer sobre la mesa.
—Al menos tómese el tiempo de leerlo.
No respondo. Dejo que sus palabras floten en el aire mientras
me inclino hacia delante y cojo el documento. Lo abro y empiezo a leer,
aunque ya sé lo que voy a encontrar. La cifra es generosa. Muy generosa.
Suficiente para pagar todas las deudas del rancho, comprar una casa en
cualquier lugar y vivir cómodamente durante años. Pero mientras leo, mi
mandíbula se tensa más con cada línea.
—¿Esto incluye la cláusula de que no puedo quedarme en la
propiedad? —pregunto sin apartar la vista del papel.
—Es una medida estándar. Necesitamos asegurarnos de que la
transición sea limpia y sin conflictos.
Levanto la mirada y lo miro directamente a los ojos.
—No hay nada limpio en esto.
—Señor Warner… —comienza, pero le corto antes de que
pueda continuar.
—No. Y ahora, si ha terminado, le agradecería que se marche.
Se levanta despacio, recogiendo sus cosas con la misma calma
calculada con la que ha llegado hace un rato.
—Tómese su tiempo para pensarlo. Esta oferta no estará sobre
la mesa para siempre —me dice justo después de ponerse en pie.
No le respondo. Lo sigo con la mirada mientras se dirige hacia
la puerta y desaparece, dejando tras de sí un aire cargado de tensión.
Cuando estoy seguro de que se ha ido, arrugo el documento entre las manos
y lo tiro al suelo hecho una bola. La tentación está ahí, por supuesto.
Cualquier hombre con algo de sentido común aceptaría. Pero yo no soy
cualquier hombre, y esto no se trata solo de dinero.
Me agacho y recojo el papel arrugado del suelo y lo lanzo al
fuego de la chimenea. Mientras las llamas lo consumen, siento una mezcla
de alivio y rabia. Alivio por saber que no voy a ceder, y rabia por lo que
significa esta oferta: que los buitres están más cerca de lo que pensaba.
Apoyo las manos en la mesa, respirando profundamente para
calmar la tormenta que se ha desatado en mi interior. No puedo dejar que
me venza. No ahora.
—¿Todo bien? —La voz de Grace me sorprende desde la
puerta.
Me giro para mirarla y la veo de pie, con el ceño fruncido y
los brazos cruzados, claramente preocupada.
—¿Qué ha pasado? —pregunta, dando un paso hacia mí.
—Nada de lo que no pueda encargarme.
Su mirada se endurece. No es tonta, y sé que no va a dejarlo
pasar tan fácilmente.
—¿Quién era ese hombre?
—Alguien que cree que puede comprar este lugar como si
fuera un pedazo de tierra más.
Grace se acerca un poco más, mirándome fijamente.
—¿Y tú qué crees?
—Creo que voy a luchar por esto hasta el final.
Ella asiente, aunque su expresión sigue siendo seria.
—No estás solo en esto, Caleb.
Quiero decirle que lo sé, que su apoyo significa mucho para
mí. Pero en este momento, mis emociones están demasiado fuera de
control, y no puedo permitirme mostrar ninguna debilidad.
—Gracias —le respondo y ella me observa durante un
segundo más antes de girarse y salir de la habitación, dejándome con mis
pensamientos.
Miro hacia la chimenea, donde las cenizas del documento
todavía arden suavemente. No sé quién está detrás de esto, pero una cosa
está clara: no me voy a rendir.

Grace está en el granero, moviendo pacas de heno con ímpetu. Tiene la


mandíbula tensa y los hombros rígidos. Respiro hondo antes de acercarme
hasta donde está y me detengo a unos pasos de ella, sabiendo que las
palabras que estoy a punto de decirle no le van a sentar bien. Pero no puedo
seguir guardándomelo. La conversación con ese hombre de esta mañana
todavía me quema por dentro, y no tiene sentido cargar con esto solo.
—Grace.
Ella se gira, con un mechón de cabello pegado a la frente por
el sudor. Su expresión cambia en cuanto me ve, como si intuyera que no
traigo buenas noticias.
—¿Qué sucede? —me pregunta, dejando caer el heno que
lleva en las manos.
Me paso una mano por la nuca, buscando las palabras
adecuadas. Nunca he sido bueno para esto.
—Esta mañana ha venido alguien del pueblo. Uno de los compradores.
Su ceño se frunce al instante al escucharme.
—Sí, me lo has dicho ¿Qué quería?
—Me ha hecho una oferta. Una de esas que suenan demasiado
buenas para ser verdad.
Grace se queda en silencio, pero puedo ver el torbellino en sus
ojos. Es como si estuviera procesando cada palabra, intentando encontrarle
sentido a algo que no lo tiene.
—¿La has aceptado? —me pregunta con tono frío.
—Claro que no —respondo rápido.
Ella asiente, aunque no parece convencida.
—Entonces, ¿por qué no me lo has contado antes?
—Porque no quería preocuparte. Bastante tienes ya.
Grace se cruza de brazos, mirándome como si hubiera dicho
algo absurdo.
—¿Preocuparme? Caleb, esto no es solo tuyo.
—Lo sé, pero…
—No. No lo sabes. Porque si lo supieras, me habrías contado
lo de esa oferta en cuanto pasó.
—No quería preocuparte más con todo esto esto —repito,
aunque tengo la sensación que lo que acabo de decirle suena más como una
excusa.
—¿Preocuparme más? Caleb, ya estoy hasta el cuello. Estoy
aquí contigo, ¿recuerdas?
Me quedo callado, porque no sé qué responder. Grace da un
paso hacia mí, y su mirada se clava en la mía como un cuchillo.
—¿Sabes lo que me duele de todo esto? —me pregunta con la
voz temblorosa—. Que no confíes en mí lo suficiente como para compartir
estas cosas.
—Eso no es cierto.
—¿Ah, no? Entonces explícame por qué has creído que podías
tomar esta decisión tú solo.
—No he tomado ninguna decisión —replico, empezando a
perder la paciencia.
—Tampoco me has dado la oportunidad de formar parte de
ella. ¿Te acuerdas que yo soy la dueña de todo esto? Aunque tu familia y tú
hayáis estado aquí desde siempre…
El silencio que sigue es tan espeso que apenas puedo respirar.
Grace me mira como si estuviera esperando algo, pero no sé qué quiere de
mí.
—Grace…
—¿Qué? —me corta, y ahora su tono es más duro.
—Estoy intentando hacer lo mejor para los dos.
Ella suelta una risa amarga, negando con la cabeza.
—¿Para los dos? No parece que sea algo para los dos. Parece
como si estuvieras cargando con todo tú solo, porque crees que eres el único
que puede hacerlo.
—Tal vez porque desde que no está ni mi hermano ni
Margaret he sido yo quien ha tenido que hacerlo.
Mis palabras salen antes de que pueda detenerlas y, en cuanto
lo hago, me arrepiento.
—Eso no es justo —me responde con amargura.
—¿No es justo? Grace, tú no entiendes lo que significa vivir
arrastrando el peso de este lugar. Cada día me levanto sabiendo que, si algo
sale mal, todo se derrumba.
—¿Y crees que a mí no me sucede lo mismo? —pregunta, y
ahora sí levanta la voz—. Estoy aquí, luchando contigo, intentando
demostrarle a todo el mundo que este lugar merece la pena. Pero si tú no
crees que puedo hacerlo, entonces…
—No es eso.
—¿No? Porque parece exactamente eso. Parece que no confías
en mí.
Sus palabras me golpean en el pecho, pero no quiero ceder. No
puedo.
—Si no estás dispuesta a quedarte para siempre, tal vez no
deberías opinar.
Al escucharme, Grace se queda completamente inmóvil, como
si mis palabras la hubieran congelado. Luego, lentamente, asiente.
—Entendido.
—Grace…
—No. —Levanta una mano, deteniéndome—. Ya has dicho lo
que piensas.
Se da la vuelta antes de que pueda detenerla y sale del granero,
dejándome solo con mi rabia y mi culpa. Me apoyo contra la pared y me
paso las manos por el pelo. Quiero ir tras ella, explicarle que no he querido
decir eso, que esas palabras han salido de mi garganta en el calor del
momento. Pero no lo hago. Porque parte de mí sabe que, aunque mis
palabras no han estado bien, hay algo de verdad en ellas, porque todavía no
ha decidido si se va a quedar, y eso me aterra.
Capítulo 17
Grace
El rancho está en calma, demasiado en calma. Después de la discusión con
Caleb, cada rincón parece vacío. Yo me he refugiado en mi habitación,
incapaz de enfrentarme a más miradas o palabras que no sé cómo
interpretar. Me siento en la cama, cruzando las piernas bajo el peso del
edredón, y saco la carta de la tía Margaret de mi bolso. La doblo y desdoblo
entre los dedos, como si el papel pudiera responderme sin necesidad de que
lea las palabras. Mi tía abuela siempre tuvo esa manera de decir justo lo que
no quería escuchar, pero que necesitaba. Respiro hondo y, finalmente, abro
la carta. Las palabras aparecen ante mí, escritas con esa caligrafía elegante
que siempre me recordará a ella.
«Querida Grace,»
Cierro los ojos un momento antes de seguir leyendo.
«Sé que tienes tus dudas. Siempre has sido fuerte y testaruda,
cualidades que admiro, aunque sé que a veces te hacen tropezar más de lo
necesario. Este rancho no es solo una propiedad, ni siquiera un legado. Es
un lugar que tiene vida propia. Un lugar que crea conexiones, aunque no te
des cuenta al principio. Es donde las personas aprenden a confiar unas en
otras y, más importante aún, donde aprenden a confiar en sí mismas. Te lo
dejo porque creo en ti, Grace. Porque sé que puedes descubrir algo aquí
que no encontrarás en ningún otro lugar. Pero también porque creo que, en
el fondo, lo necesitas tanto como este rancho te necesita a ti».
Esas palabras me llegan al corazón. Me cuesta respirar por un
instante, como si la tía Margaret me estuviera observando desde algún
rincón de esta casa, juzgando cada decisión que he tomado desde que
llegué.
«Sé que no será fácil. Habrá días en los que querrás salir
corriendo, pero si te quedas, si luchas, descubrirás que lo más valioso en
esta vida no es lo que poseemos, sino lo que somos capaces de construir
con otros».
El nudo en mi garganta es casi insoportable. Paso los dedos
por la última línea, como si pudiera absorber su significado a través del
tacto.
«No estás sola, Grace. Nunca lo estarás si decides abrirte a
este lugar y a las personas que lo hacen especial».
Doblo la carta con cuidado y la meto dentro del sobre de
nuevo. Mis ojos están empañados, pero no permito que las lágrimas se
escapen de ellos. Lo último que necesito ahora es que alguien entre y me
vea llorar. Bajo la mirada a mis manos, manchadas de polvo y con pequeñas
rozaduras por el trabajo de los últimos días. Mi reflejo en el espejo del otro
lado de la habitación me devuelve una imagen que no reconozco del todo:
una mujer con el cabello despeinado y los ojos hinchados, pero que, de
algún modo, parece más viva de lo que ha estado en mucho tiempo.
Decidir quedarme aquí no es solo una cuestión práctica. Es
emocional, y eso me asusta. Desde que llegué, he intentado mantener cierta
distancia, como si con eso pudiera protegerme de lo que este lugar despierta
en mí. Pero la tía Margaret tenía razón. Este sitio crea conexiones, aunque
sean complicadas y duelan, de las que es complicado deshacerse. Caleb es
parte de esas conexiones, aunque ahora mismo desearía poder odiarle un
poco. Su insistencia en cargar con todo él solo me irrita, pero también
entiendo de dónde viene. Lo que me enfurece no es su forma de actuar, sino
lo mucho que me importa. No puedo culparle por temer que me marche.
Después de todo, esa posibilidad ha estado rondando mi cabeza desde que
tuvimos aquella discusión en el granero. Pero cada vez que pienso en hacer
las maletas y volver a Nueva York, algo me detiene. Sin duda, ese algo es el
rancho, sí, pero también Caleb.

Decido salir de mi habitación y buscar a Evelyn. La encuentro en la cocina,


recogiendo tarros de conservas y utensilios de la fiesta. Me detengo en el
umbral, observándola en silencio antes de hablar.
—¿Necesitas ayuda? —pregunto, cruzando los brazos para
disimular mi incomodidad.
Evelyn levanta la mirada y me sonríe, aunque veo un
cansancio en sus ojos que no puede ocultar.
—Siempre viene bien unas manos extras.
Cruzo la habitación y empiezo a meter los tarros en cajas. El
silencio entre nosotras no es incómodo, pero sé que Evelyn puede sentir que
algo me ronda la cabeza.
—¿Sabías que mi tía abuela creía que este lugar era mágico?
—pregunto de repente, sin mirarla.
Evelyn se detiene, con un tarro en la mano, y me mira.
—Ella siempre veía más allá de lo que otros podían ver. Para
ella, este rancho era mucho más que una propiedad. Era su forma de
mantenernos unidos.
—¿Crees que tenía razón?
—Lo creo —responde con una firmeza que me sorprende—.
Pero también creo que esa magia solo funciona si tú crees en ella.
Sus palabras me dejan pensativa. A veces, parece que Evelyn
conoce este lugar mejor de lo que yo podría llegar a hacerlo.
—Grace, este sitio tiene una forma de sacar lo mejor y lo peor
de la gente. Te pone a prueba, pero también te recompensa si decides
quedarte.
No respondo. En lugar de eso, me concentro en cerrar las cajas
y apilarlas junto a la puerta. Pero las palabras de Evelyn se quedan conmigo
y se unen a las que he leído hace un rato en la carta de la tía Margaret.

Al caer la tarde, encuentro a Caleb en el porche sentado en los escalones,


con los codos apoyados en las rodillas y la mirada perdida en el horizonte.
Me acerco despacio hasta él, sin saber muy bien qué decirle.
—¿Puedo sentarme?
Él asiente sin mirarme, y me siento a su lado, dejando un
pequeño espacio entre nosotros.
—He leído la carta de la tía Margaret —digo al cabo de un
rato.
Eso llama su atención y gira la cabeza hacia mí, con el ceño
fruncido.
—¿Y qué decía?
—Que este lugar crea conexiones. Que tiene vida propia.
Caleb suelta un leve suspiro, volviendo la vista al horizonte.
—Ella siempre fue buena con las palabras.
—Sí, y creo que tenía razón.
El silencio entre nosotros es tenso, pero no incómodo. Hasta
que finalmente, soy yo quien rompe la calma del momento.
—Caleb, siento lo que te dije. No tenía derecho a hablarte así.
Él me mira, y durante un instante se mantiene en silencio.
—No ha sido solo cosa tuya. Yo tampoco he sido justo
contigo.
Asiento, aceptando sus palabras.
—No quiero irme. Pero necesito saber que cuentas conmigo
para hacer esto.
—No voy a mentirte, Grace, va a ser difícil. Pero si estás
dispuesta a quedarte, prometo que no volveré a apartarte de nada.
Nos miramos en silencio y, por primera vez desde nuestra
pelea, siento que estamos de acuerdo. El rancho no será fácil de salvar, pero
tal vez lo que realmente importa no es el destino, sino el camino que
recorremos para llegar allí.

El aroma del heno fresco me envuelve en cuanto entro en el establo. La


penumbra del lugar rota solo por las débiles luces que cuelgan del techo, me
da una sensación de calma que no he sentido en todo el día. Pero esa calma
desaparece en cuanto veo a Caleb junto al corral de los caballos, hablando
en voz baja con un hombre que no reconozco. Está vestido con su camisa de
cuadros y sus inseparables vaqueros y con las mangas remangadas hasta los
codos. Sin embargo, hay algo en la rigidez de sus hombros que me pone en
alerta. Me acerco despacio, intentando entender qué está pasando.
—Es un buen caballo, Caleb. Pero ya sabes cómo está el
mercado ahora mismo —dice el desconocido, con un tono que mezcla
simpatía y negocios.
—Merece más de lo que me estás ofreciendo —responde
Caleb cruzándose de brazos.
Me detengo en seco, lo suficientemente cerca como para
escuchar lo que dicen sin interrumpir. La tensión en su voz es palpable, pero
lo que más me impacta es la escena: están observando a uno de los caballos
del corral, un hermoso ejemplar de pelaje negro brillante, como si fuera un
producto en un escaparate.
—No puedo subir mi oferta. Es esto o nada —insiste el
hombre, encogiéndose de hombros.
Caleb baja la cabeza y veo cómo aprieta las mandíbulas.
—Está bien. Haz los preparativos —dice al fin, en un tono
bajo que casi no reconozco.
El hombre asiente y se dirige hacia la salida del establo.
Espero unos segundos antes de acercarme, dándole tiempo para reaccionar.
—¿Qué estás haciendo? —pregunto finalmente, y mi voz
suena más firme de lo que esperaba.
Caleb levanta la cabeza y me mira. Sus ojos verdes, que
normalmente transmiten fuerza, ahora parecen apagados.
—Haciendo lo que tengo que hacer —responde, sin intentar
justificar nada más.
—¿Vas a vender a tus caballos? —miro al animal negro que
sigue en el corral, ajeno a la situación.
—No quiero hacerlo. Pero no tenemos muchas opciones.
Necesitamos el dinero.
—¿Y este en concreto? —pregunto, señalando al caballo.
—Se llama Midnight. Lo tengo desde que era un potro.
La crudeza de su confesión me golpea con fuerza. Caleb
siempre ha sido reservado con sus emociones, pero ver cómo se obliga a
desprenderse de algo tan importante me duele mucho.
—Debe de ser como parte de tu familia —murmuro, casi para
mí misma.
Él asiente, pero no dice nada. Su silencio es más elocuente que
cualquier palabra.
—Caleb…
—No me lo pongas más difícil —me corta, y aunque su tono
no es brusco, hay algo en su voz que me hace dar un paso atrás.
Lo observo mientras se acerca hasta el box, acaricia el cuello
de Midnight y le susurra algo que no alcanzo a oír. La conexión entre ellos
es evidente y se me hace un nudo en el estómago. Caleb está dispuesto a
sacrificar una parte de sí mismo para mantener este lugar a flote. Y yo…
¿qué estoy dispuesta a hacer?
Paso la tarde dando vueltas por la casa, incapaz de
concentrarme en nada. La imagen de Caleb en el establo no se borra de mi
cabeza y cada vez que cierro los ojos, veo la tristeza en su mirada. Esa
mirada que intentó ocultarme. Me detengo frente a la cómoda de mi
habitación y abro el cajón superior. Aquí tengo guardadas las pocas cosas
valiosas que traje conmigo desde Nueva York. Entre ellas, un joyero que
perteneció a mi madre y que contiene piezas que he acumulado a lo largo de
los años: collares, pulseras, anillos… Todo adquirido en una vida que ahora
parece que le pertenece a otra persona y que nunca fue mía.
Saco el joyero y lo coloco sobre la cama. Abro la tapa con
cuidado y el brillo de las piezas me ciega por un momento. Cada objeto
tiene su historia, pero al observarlos, no siento el apego que solía tenerles.
Estas joyas son símbolos de una vida que ya no existe, una vida llena de
apariencias, de compromisos vacíos y de una búsqueda constante de algo
que nunca llegó. Tomo un collar de oro que me regalaron en mi último
cumpleaños en Nueva York. Es hermoso, pero mientras lo sostengo, me doy
cuenta de que nunca lo he usado. Lo devuelvo al joyero y saco una pulsera
de eslabones de plata, un regalo de un exnovio que nunca entendió quién
era realmente. Respiro hondo y cierro la tapa del joyero con el
convencimiento de que no necesito nada de esto. No aquí, no ahora. Si
Caleb puede desprenderse de algo tan importante como sus caballos, yo
también puedo hacerlo de estas joyas.
Al día siguiente, voy al pueblo con mi joyero bajo el brazo.
Evelyn, que me ve salir, me pregunta a dónde voy, pero no le doy detalles.
No porque quiera ocultárselo, sino porque todavía estoy procesando mi
decisión.
Cuando llego al pueblo, entro en una joyería del centro y coloco la caja
sobre el mostrador. El dueño, un hombre mayor con gafas redondas, me
saluda con una sonrisa amable.
—¿En qué puedo ayudarla? —pregunta, observándome con
curiosidad.
—Quiero vender estas piezas —respondo, abriendo la tapa del
joyero.
Él se inclina para examinar el contenido, ajustándose las gafas
mientras murmura algo para sí mismo.
—Tiene cosas muy bonitas aquí. Algunas de estas piezas son
bastante valiosas. ¿Está segura de que quiere venderlas?
—Sí —respondo sin titubear.
El hombre me mira, como si estuviera esperando que diga algo
más, pero no lo hago. No necesito justificar mi decisión ante nadie.
Después de un rato, el joyero me entrega un papel con una
cifra escrita a mano. La cantidad es mayor de lo que esperaba, pero no lo
suficiente como para salvar el rancho. Aun así, es un comienzo.
—Acepto —le digo y firmo el documento que me extiende.
Mientras el hombre cuenta los billetes y me entrega el dinero,
siento una extraña mezcla de alivio y nostalgia. Estas joyas ya no tienen un
lugar en mi vida, pero saber que su venta puede ayudar al rancho y también
a Caleb les da un nuevo significado.
Regreso al rancho al anochecer. Caleb está en el porche, con
una taza de café en la mano, mirando el horizonte. Me detengo a unos
metros de él, observándole en silencio antes de acercarme.
—¿Todo bien? —me pregunta cuando me ve.
—Sí —le respondo y me siento a su lado. Saco el sobre con el
dinero de mi bolso y se lo tiendo.
—¿Qué es esto?
—Es para el rancho.
Caleb frunce el ceño, mirando el sobre como si fuera una
bomba a punto de explotar.
—No puedo aceptar esto.
—Sí, sí que puedes. Y lo vas a hacer —respondo con firmeza.
—¿De dónde has sacado este dinero?
—He vendido cosas que ya no necesito. Joyas, accesorios…
Nada que tenga valor aquí, ni que ya necesite.
Él me mira con incredulidad.
—Grace…
—No me des las gracias —le corto antes de que pueda decir
nada—. No es un sacrificio. Es una elección.

El aire del establo tiene un olor penetrante, mezcla de heno y tierra húmeda.
Caleb se inclina junto a una pila de sacos, revisando las cuentas que hemos
anotado en una libreta. Los números, crueles y definitivos, parecen
mirarnos desde la página como un recordatorio constante de lo que nos
falta. Lo observo en silencio durante unos instantes, notando cómo la
tensión se dibuja en sus hombros.
—¿Cuánto falta ahora? —le pregunto.
Caleb levanta la mirada hacia mí, con el ceño fruncido, como
si no supiera cómo decirme lo que ya sé.
—Demasiado —me responde volviendo a mirar la libreta—.
Hemos conseguido algo con las ventas de los caballos y el dinero que
trajiste, pero no alcanza.
Me acerco y me siento en un taburete junto a él. Mis manos
descansan en mi regazo, pero mi cabeza sigue lejos de encontrar descanso.
Hay tantas cosas en juego que resulta difícil saber por dónde empezar.
—Entonces tenemos que seguir intentándolo —digo con más
firmeza de la que esperaba encontrar en mi voz.
Él me lanza una mirada breve, una mezcla de gratitud y
agotamiento.
—Tú no tienes por qué seguir haciendo esto.
—Claro que sí. Estoy aquí, ¿no? Esto también es mi problema.
Caleb suspira, cierra la libreta y se frota las sienes. Parece
cansado, no solo físicamente, sino como si cada decisión lo desgastara un
poco más.
—Mañana puedo ir al pueblo otra vez —sugiero, intentando
que mi tono suene práctico—. Tal vez podamos vender algunas cosas más.
—Grace… —me dice y aunque voz suena suave, hay una
advertencia en ella.
—Sé lo que vas a decir —le interrumpo—, pero no voy a
quedarme de brazos cruzados.
—No todo el mundo en el pueblo está dispuesto a ayudar —
me responde, dejando caer las palabras con pesadez.
—Eso lo sé. Pero también sé que algunos sí lo están. Y si
podemos aprovechar esas conexiones, tal vez podamos sacar algo más.
Caleb me observa durante unos instantes y, ahora, sus ojos
verdes, normalmente tan duros, parecen buscar algo en los míos. No sé si es
aprobación, comprensión o simple cansancio, pero lo dejo mirar.
—Está bien —dice al fin—. Mañana iremos juntos.
Su respuesta me sorprende, pero no dejo que lo note. Es raro
que Caleb acepte ayuda, y mucho menos que la pida, pero algo ha
cambiado. Quizá ha empezado a darse cuenta de que no puede hacerlo todo
solo.
El día siguiente comienza temprano, con el sonido de los
gallos y el aire frío de la mañana pegándose a mi piel. Caleb ya está en el
granero cuando llego, revisando la mercancía que vamos a llevar al pueblo.
—¿Listo? —pregunto, intentando sonar más animada de lo
que me siento.
—Todo lo que puedo estarlo —responde, sin levantar la
mirada de los sacos que está apilando.
El trayecto al pueblo es silencioso, pero no incómodo. Caleb
conduce con la mirada fija en la carretera, mientras yo repaso mentalmente
lo que tenemos que hacer. Al llegar, el bullicio del mercado nos envuelve de
inmediato. Las voces, los colores y los olores crean un contraste con la
tranquilidad del rancho, que me resulta casi abrumador.
—¿Por dónde empezamos? —pregunto, mirando las hileras de
puestos y la gente que se mueve entre ellos.
—Hablaremos con los de siempre —responde Caleb, tomando
una de las cajas del remolque—. Si no conseguimos nada nuevo, al menos
podemos reforzar lo que ya tenemos.
Asiento y cojo otra caja, siguiéndolo a través del mercado. La
gente nos saluda al pasar, algunos con sonrisas amables, otros con miradas
que intentan ocultar su escepticismo.
El primer puesto al que nos acercamos es el de Evelyn, quien
nos recibe con su habitual entusiasmo.
—¡Grace, Caleb! ¿Qué os trae por aquí tan temprano? —nos
pregunta Evelyn desde su puesto.
—Tenemos algunas cosas para vender —responde Caleb,
dejando la caja sobre el mostrador.
Evelyn examina el contenido con atención, moviendo la
cabeza de vez en cuando.
—Puedo quedarme con esto y esto —dice, señalando un par
de sacos de grano y unas herramientas—. No es mucho, pero ayudaré en lo
que pueda.
—Gracias —le respondo con una sonrisa sincera.
El resto del día transcurre en una mezcla de negociaciones,
conversaciones y momentos de frustración. Algunos vendedores se
muestran dispuestos a colaborar, mientras que otros apenas disimulan su
desinterés. A pesar de todo, logramos reunir una cantidad decente de dinero
al final de la jornada. De vuelta en el rancho, Caleb y yo nos sentamos en la
mesa de la cocina con el dinero que hemos conseguido. Lo contamos en
silencio.
—¿Cuánto tenemos ahora? —pregunto cuando terminamos.
Caleb anota la cifra en su libreta y la compara con los números
anteriores.
—No es suficiente —responde, cerrando la libreta con un
suspiro—. Pero estamos más cerca.
—Eso es algo —le respondo intentando mantener el
optimismo.
—No es suficiente —repite y esta vez el tono de su voz es más
duro.
Lo miro, queriendo decir algo que lo reconforte, pero no
encuentro las palabras adecuadas. Caleb lleva demasiado tiempo cargando
con esta lucha y, aunque intento ayudar, sé que él sigue sintiendo que todo
depende de él.
—Vamos a encontrar la manera —digo al fin, con la esperanza
de que mis palabras tengan algún efecto.
Él me mira durante un largo momento, como si estuviera
evaluando mi sinceridad, hasta que finalmente, asiente.
—Eso espero.
Ambos nos quedamos en silencio y pensativos. Sabemos que el tiempo se
acaba, pero ninguno quiere admitirlo en voz alta. Lo único que podemos
hacer es seguir adelante y confiar en que nuestras acciones, por pequeñas
que sean, servirán para algo.

La tarde avanza lenta, dejando en el ambiente un silencio roto únicamente


por los suaves relinchos de los caballos y el crujir de la paja bajo mis pies
en el establo. Caleb está de espaldas, acariciando la crin de uno de los
caballos que va a vender. Es su favorito, lo sé porque me lo dijo en una de
esas conversaciones inesperadas que mantenemos en las noches tranquilas,
cuando ambos bajamos la guardia. Lo observo durante unos segundos, sin
atreverme a interrumpirle. Sus hombros, normalmente firmes y erguidos,
ahora parecen soportar el peso de algo más grande que él mismo. Se inclina
ligeramente hacia el animal, susurrándole palabras que no logro escuchar.
—¿Estás bien? —le pregunto al fin.
Caleb se gira lentamente hacia mí con una expresión en la cara
que parece estar entre la rabia y el agotamiento.
—No, no lo estoy —responde, sin rodeos.
Doy un paso hacia él, intentando que mi presencia le transmita
algo de consuelo. Su mano todavía descansa sobre el cuello del caballo,
pero sus dedos se han quedado inmóviles.
—¿De verdad tienes que venderlo? —le pregunto en voz baja.
—No queda otra opción —responde, clavando sus ojos en los
míos y en su mirada veo una mezcla de dureza y vulnerabilidad, que me
hace querer abrazarlo y gritarle a partes iguales.
—Es más que un caballo para ti —insisto, acercándome un
poco más a él.
—Lo sé. —Su voz suena áspera, casi rota. Luego aparta la
mirada, como si no pudiera soportar lo que acaba de admitir.
Quiero decir algo, cualquier cosa que alivie la carga que lleva
encima, pero mis palabras no parecen suficientes. En su lugar, levanto una
mano y la poso suavemente sobre su brazo. Caleb no se mueve, pero
tampoco me aparta. Es un gesto pequeño, pero que significa mucho.
—Esto no puede seguir así —le digo después de dejar escapar
un suspiro.
Él asiente, pero no responde y su silencio me resulta tan
elocuente como sus palabras. El resto del día lo pasamos trabajando juntos,
buscando soluciones para conseguir más dinero. Mientras organizamos el
inventario, Caleb y yo caemos en un ritmo sincronizado que, aunque
improvisado, funciona sorprendentemente bien. Cada vez que nuestras
miradas se cruzan, hay un entendimiento tácito entre los dos, una promesa
no dicha de que, pase lo que pase, estaremos ahí el uno para el otro.
Cuando la noche cae, nos sentamos en el porche, mirando las
estrellas que comienzan a aparecer en el cielo. El silencio entre nosotros no
es incómodo. Es el tipo de silencio que habla por sí mismo, lleno de todo lo
que hemos compartido durante el día y de lo que aún queda por venir.
—¿Crees que podremos hacerlo? —pregunto finalmente,
rompiendo la calma.
Caleb no responde de inmediato. En su lugar, toma mi mano
entre las suyas y la aprieta suavemente.
—Sí. Lo haremos.
Capítulo 18
Grace
El día se ha alargado más de lo que imaginaba, y mis músculos lo sienten.
Aunque el cansancio es evidente, una extraña calma me envuelve mientras
cruzo el patio del rancho en dirección al establo. La brisa nocturna acaricia
mi cara y se lleva consigo el sudor y la tensión acumulados tras horas de
trabajo. Caleb está sentado junto al abrevadero, con una pierna apoyada
sobre la otra y la mirada fija en el cielo.
No hay necesidad de preguntar si puedo acompañarle.
Simplemente me siento a su lado, dejando entre nosotros ese espacio que
siempre parece llenarse de cosas que no nos atrevemos a decir. Alzo la
mirada hacia el cielo y veo cómo las estrellas se despliegan sobre nuestras
cabezas, más brillantes de lo que jamás las había visto en Nueva York.
Aquí, lejos de las luces y el ruido de la ciudad, el cielo parece infinito.
—Es impresionante —murmuro.
—Sí que lo es —responde Caleb, sin apartar la vista del
firmamento—. Es fácil olvidarse de todo cuando miras algo así.
Su voz tiene un tono diferente esta noche, más suave y menos
contenido. Me giro hacia él, intentando descifrar lo que pasa por su cabeza.
Su perfil se recorta contra el horizonte, la mandíbula tensa pero relajada al
mismo tiempo. Es curioso cómo Caleb siempre parece llevar el peso del
mundo sobre sus hombros, pero bajo esta luz tenue, hay algo en él que le
hace parecer vulnerable.
—¿Pasabas mucho tiempo aquí con tu familia? —pregunto
con cuidado, intentando no invadir su espacio, pero al mismo tiempo
deseando saber más sobre él.
Caleb asiente, sin apartar la mirada del cielo.
—Mi madre solía traerme aquí cuando era niño. Me enseñó a
distinguir las constelaciones. Decía que si te pierdes, solo tienes que mirar
arriba para encontrar el camino.
Su confesión me pilla por sorpresa, y no puedo evitar sentir
una punzada de curiosidad mezclada con algo más profundo.
—Parece que era una mujer sabia —comento, esperando que
siga hablando.
—Sí, lo era —me responde y hace una pausa, como si eligiera
cuidadosamente las palabras—. Pero también era terca, como mi padre.
Este rancho era su vida, y nos enseñó a mi hermano y a mí a quererlo de la
misma manera.
Hay algo en su tono que me hace dudar si debería preguntar
más, pero mi impulso por entenderle es más fuerte.
—¿Nunca pensaste en irte de aquí? —al escuchar mi pregunta,
sus ojos verdes, tan intensos como siempre, se clavan en los míos, y siento
que la distancia entre nosotros se reduce, aunque ninguno de los dos se haya
movido.
—Muchas veces. Pero siempre supe que, aunque me fuera,
una parte de mí se quedaría aquí. Este lugar es más que una casa o un
trabajo. Es... —Hace una pausa, buscando la palabra adecuada—. Es todo lo
que soy.
No sé qué responderle. Hay una sinceridad en sus palabras que
me deja sin aliento. Por un momento, me pregunto cómo sería tener algo en
mi vida que significara tanto mí.
—Debe ser difícil llevar todo esto solo —murmuro, casi para
mí misma.
—Lo es…—me responde encogiéndose de hombros. Su
respuesta es directa, sin dramatismo ni autocompasión. Es simplemente un
hecho. Pero algo en su tono me dice que, aunque lo acepta, eso no significa
que no le pese.
—¿Nunca has pensado en compartir esa carga con alguien?
La pregunta sale de mis labios antes de que pueda detenerme,
y al instante me arrepiento. Pero Caleb no se muestra sorprendido. Al
contrario, su expresión se suaviza ligeramente, como si la idea le hiciera
gracia.
—No es tan fácil como parece.
—¿Por qué no? —insisto, sintiendo que estoy pisando terreno
peligroso, pero soy incapaz de detenerme.
Él suelta un leve suspiro y se pasa una mano por el pelo, un
gesto que he aprendido a reconocer como señal de que está intentando
ordenar sus pensamientos.
—Porque este lugar exige mucho. Y no todo el mundo está
dispuesto a darlo.
Sus palabras, aunque no parecen dirigidas a mí, me golpean
con fuerza. Me quedo en silencio, mirando de nuevo las estrellas,
intentando encontrar algo que decir.
—Yo tampoco pensé que me quedaría aquí tanto tiempo —
confieso, más para llenar el vacío que para compartir algo personal.
—¿Y ahora? —pregunta Caleb, sin apartar la mirada de mí.
No sé cómo responderle. Hay una parte de mí que quiere
decirle que me iré, que esto no es para mí. Pero sería una mentira. Porque,
aunque no quiero admitirlo, hay algo en este lugar y en este hombre, que
me hace querer quedarme.
—No lo sé.
Es una respuesta sencilla, pero parece suficiente para Caleb.
Se limita a asentir, como si entendiera lo que no estoy diciendo. El silencio
vuelve a instalarse entre nosotros, pero esta vez, no es incómodo. Es el tipo
de silencio que permite que las cosas importantes se asienten, que da
espacio para que las palabras no dichas encuentren su lugar.
—Gracias por quedarte hasta ahora —dice Caleb de repente, y
su voz es tan baja que casi no la escucho.
Le miro, sorprendida por su sinceridad.
—No tienes que agradecérmelo.
—Sí que tengo que hacerlo —insiste, mirándome directamente
a los ojos—. No sé cómo habría llegado hasta aquí sin ti.
Sus palabras me desarman, pero no sé qué decir. Así que
simplemente le devuelvo la mirada, dejando que mis ojos le digan lo que
mis labios no pueden.
Y en ese momento, bajo las estrellas y con el mundo reducido
a este pequeño rincón del rancho, siento que algo ha cambiado entre
nosotros.
Caleb permanece en silencio a mi lado, pero no es un silencio
vacío. Es el tipo de pausa que te permite pensar, sentir e incluso escuchar tu
propio corazón. Miro las estrellas, intentando encontrar la valentía para
hablar. Hay tantas cosas que nunca he dicho en voz alta, tantos sentimientos
que he escondido incluso de mí misma, que no sé por dónde empezar.
—¿Sabes? —digo al fin, rompiendo la calma con un hilo de
voz—. Siempre pensé que mi vida en Nueva York era todo lo que había
deseado.
Caleb me mira de reojo, pero no dice nada. Su atención está en
mí, y eso me empuja a continuar.
—Tenía un buen trabajo, amigos, fiestas… Todo lo que
debería haberme hecho feliz. Pero, en realidad, no lo era.
No suelo hablar de estas cosas con nadie, y mucho menos con
un hombre que, hasta hace unas semanas, era un completo desconocido.
Pero aquí, bajo este cielo infinito, algo en mí parece diferente.
—¿Por qué? —pregunta Caleb con suavidad, como si temiera
asustarme.
Suelto una risa amarga y sacudo la cabeza.
—Porque todo era fachada. Una rutina de apariencias en la
que cada decisión parecía diseñada para impresionar a los demás. Los
eventos de gala, los vestidos de diseñador, los brindis con champán… Todo
eso estaba tan vacío como el apartamento en el que vivía.
—No lo parecía cuando llegaste aquí —comenta él, ladeando
la cabeza—. Parecías segura, como si lo tuvieras todo bajo control.
—Esa es la cuestión, ¿no? —respondo, alzando la mirada
hacia él. Sus ojos verdes me observan con intensidad, pero no veo juicio en
ellos, solo curiosidad—. Siempre he sido buena aparentando. Es más fácil
sonreír y fingir que todo va bien, que admitir que estás rota por dentro.
Las palabras salen más rápido de lo que esperaba, pero no
quiero detenerme. No esta vez.
—Supongo que lo que me asusta es darme cuenta de que, tal
vez, no sé quién soy realmente.
Caleb se inclina ligeramente hacia mí, apoyando los codos en
las rodillas, pero su mirada nunca se aparta de la mía.
—Eso no es algo que esperaría escuchar de ti.
—¿Por qué?
—Porque das la impresión de ser fuerte y de saber lo que
quieres. —Hace una pausa, como si buscara las palabras adecuadas—. Pero
supongo que, a veces, la fuerza también está en admitir que no tienes todas
las respuestas.
Sus palabras me golpean en la boca del estómago. Es extraño
escuchar algo tan honesto y directo, y darme cuenta de que tiene razón.
—Siempre he intentado demostrar que puedo hacerlo todo
sola —admito, desviando la mirada hacia mis manos, que están
entrelazadas en mi regazo—. Pero aquí… aquí me siento diferente.
—¿Diferente cómo?
—Como si no tuviera que demostrar nada.
Caleb no dice nada, pero puedo sentir su mirada en mí.
—¿Por qué me estás contando todo esto? —me pregunta
finalmente con un tono bajo y grave en la voz.
—Porque creo que tú lo entiendes.
Su expresión cambia ligeramente, como si no supiera si
sentirse halagado o apenado por mis palabras. Pero no responde, al menos
no de inmediato. En lugar de eso, se recuesta ligeramente hacia atrás y deja
escapar un largo suspiro.
—Nunca he sido bueno hablando de mí mismo —confiesa,
casi en un susurro.
—No lo parece —le digo, esbozando una sonrisa tenue.
—Bueno, contigo es diferente.
Mi corazón da un vuelco, pero trato de no darle demasiada
importancia. Aun así, sus palabras se quedan conmigo, flotando en el aire
mientras las estrellas brillan sobre nosotros.
De repente, siento su mano rozar la mía. Es un gesto tan sutil
que casi lo paso por alto, pero cuando sus dedos se entrelazan con los míos,
mi respiración se detiene. No hay palabras, ni necesidad de ellas. El calor
de su piel contra la mía es suficiente para llenar el silencio con algo más
profundo, algo que no sé cómo describir. Miro nuestras manos, juntas en
ese espacio pequeño pero significativo, y luego alzo la mirada hacia él.
Caleb sigue mirando al cielo, como si nada hubiera cambiado, pero hay una
rigidez en su mandíbula que delata lo contrario.
—Gracias —susurro, sin saber exactamente por qué lo digo.
Él gira la cabeza hacia mí, y sus ojos verdes, tan intensos
como siempre, se clavan en los míos.
—¿Por qué?
—Por escucharme y entenderme.
Caleb no responde, pero la leve presión de su mano sobre la
mía me dice que no hace falta. Por primera vez en mucho tiempo, siento
que estoy exactamente donde debería estar. Y aunque no tengo todas las
respuestas, esta noche, bajo las estrellas y con Caleb a mi lado, sé que estoy
empezando a encontrarlas.

El aire de la noche es fresco, cargado de una calma que solo se encuentra en


lugares como este. El rancho parece estar dormido bajo el cielo despejado,
pero aquí, sentados en este viejo banco junto al porche, todo está vivo.
Caleb está a mi lado, en silencio, mirando hacia la oscuridad. Por un
momento, solo escuchamos el murmullo lejano de los grillos y el crujido de
la madera bajo nuestros pies. Hay algo en la tranquilidad del lugar que
invita a hablar, pero las palabras parecen demasiado grandes para romper
este momento.
—¿Sabes? —murmura Caleb, sin apartar la vista del horizonte
—. Siempre pensé que este lugar necesitaba algo más para ser perfecto.
Su voz tiene un tono reflexivo, casi resignado, y no puedo
evitar mirarle con curiosidad.
—¿Algo más? —repito, alentándole a continuar.
—Una expansión, mejoras… Cambios que lo hicieran más
moderno, más competitivo. Pero últimamente, empiezo a pensar que lo
estaba viendo mal.
Sus palabras flotan en el aire, llenas de una melancolía que
parece ajena a él. Caleb siempre ha sido práctico, casi inquebrantable, pero
esta noche hay algo distinto en su tono, como si estuviera dejando entrever
una parte de sí mismo que rara vez muestra.
—¿Qué te ha hecho cambiar de opinión? —pregunto con
suavidad, temiendo que mi voz pueda romper la magia del momento.
Él se inclina hacia delante, apoyando los codos en las rodillas
y entrelazando las manos. Sus dedos se mueven con un nerviosismo
contenido, un gesto que no le había visto antes.
—Tú.
La palabra cae como una piedra en el agua frente a mí,
creando ondas que se expanden en mi interior. Mi corazón late más rápido,
pero intento mantener la calma, fingir que no me afecta tanto como lo hace.
—¿Yo? —logro decir, aunque mi voz suena más débil de lo
que esperaba.
Caleb asiente, girando la cabeza para mirarme. Sus ojos verdes
brillan bajo la tenue luz de las estrellas, y en ellos veo una mezcla de
sinceridad y algo más profundo, algo que no sé si estoy preparada para
identificar.
—Has llegado aquí y has visto este lugar con otros ojos. Has
trabajado, te has esforzado y, de alguna manera, me has hecho darme cuenta
de que tal vez no todo necesita cambiar.
Mis manos descansan sobre mi regazo, pero siento la
necesidad de moverlas, de hacer algo para disipar la tensión que empieza a
crecer entre nosotros.
—No creo que sea yo quien haya cambiado nada, Caleb. Este
lugar siempre ha sido especial. Solo necesitabas recordarlo.
Él sonríe, una de esas sonrisas pequeñas y casi imperceptibles
que aparecen cuando no está seguro de si debería mostrarlas.
—Tal vez este lugar no necesita cambiar tanto como pensaba
—murmura, más para sí mismo que para mí.
Hay algo en su voz que me desarma, algo que atraviesa las
barreras que he construido a mi alrededor desde que llegué aquí. Miro hacia
el rancho, a la silueta de los establos y los campos que se pierden en la
oscuridad, y siento una calidez inesperada creciendo en mi pecho.
—¿Es posible que este sea mi hogar después de todo? —
pienso en silencio, dejando que la idea se asiente en mi mente.
La posibilidad me asusta y me reconforta a partes iguales, pero
mientras estoy aquí, junto a Caleb, siento que tal vez no es tan descabellado
como parecía al principio. Tal vez, después de todo, este lugar no solo está
cambiando él, sino también a mí.
Capítulo 19
Grace
Camino despacio por el sendero que lleva al granero, dejando que cada paso
se hunda ligeramente en la tierra. El aire fresco de la mañana acaricia mi
piel, mientras observo el cielo despejado y sereno. Hoy me siento diferente,
como si me hubiera quitado un gran peso de encima durante la noche.
Decidir quedarme aquí no ha sido algo que entrara en mis planes cuando
vine hasta aquí. Cuando llegué, este lugar era una carga más, una obligación
que no había pedido. Pero ahora, mientras observo cómo la luz del sol
acaricia los campos y cómo el rancho despierta con los sonidos de los
animales, siento que algo ha cambiado dentro de mí. Wild Creek no es solo
una propiedad o una herencia. Es vida. Es historia. Y de algún modo, ahora
siento que es también mi historia.
Me detengo un momento frente al granero y apoyo la mano en
el marco de madera. El sonido de Caleb dentro, moviendo sacos y dando
instrucciones a los chicos que trabajan con él, me llega claro y firme. Cierro
los ojos y respiro hondo antes de entrar.
—¿Ya estás despierta? —pregunta Caleb en cuanto me ve, con
una leve sonrisa que apenas suaviza el cansancio en su rostro.
—Parece que aquí no hay tiempo para dormir demasiado.
—No, no lo hay. —Se limpia las manos en el pantalón
vaquero y me observa durante unos segundos, como si intentara adivinar
qué estoy pensando.
—Quiero hablar contigo.
Sus cejas se alzan, pero no dice nada. Solo asiente y deja lo
que estaba haciendo para centrarse en mí.
—He estado pensando… —Empiezo, aunque no sé muy bien
cómo expresar todo lo que pasa por mi mente—. Creo que quiero quedarme
aquí.
Al escuchar lo que acabo de decirle, Caleb me mira fijamente,
como si no estuviera seguro de haberme escuchado bien.
—¿Qué?
—Quiero quedarme. De forma permanente.
Él no me responde de inmediato. Sus ojos verdes, tan intensos
y siempre tan difíciles de leer, me sostienen la mirada. Luego, da un paso
hacia mí y se cruza de brazos.
—¿Estás segura?
—Más de lo que he estado de cualquier otra cosa en mucho
tiempo. —Mi voz suena firme, y me sorprende lo cierto que es.
Caleb inclina la cabeza ligeramente, evaluándome.
—Esto no va a ser fácil. —Su tono no es brusco, pero hay una
advertencia clara en él—. Esto no es Nueva York. Aquí no hay fiestas ni
comodidades. Lo que hay es trabajo duro, días largos y noches en las que te
preguntarás si vale la pena todo el esfuerzo.
—Lo sé.
—¿De verdad?
—Sí, Caleb. Lo sé. —Doy un paso hacia él, reduciendo la
distancia que nos separa—. Pero también sé que este lugar me hace sentir
algo que nunca he sentido antes. Y no quiero perderlo.
Por un momento, parece que va a decir algo, pero se detiene.
Asiente una vez, como aceptando mi decisión, aunque todavía hay algo de
duda en sus ojos.
—Está bien. Pero si decides quedarte, será bajo una condición.
—¿Condición?
—Que no intentes cargar con todo tú sola. Aquí no hay
espacio para mártires.
—¿Y tú puedes cumplir con esa misma condición? —replico,
alzando una ceja.
La sorpresa en su rostro dura solo un segundo antes de
transformarse en una leve sonrisa.
—Tocado, has dado en el clavo.
No puedo evitar sonreír, pero rápidamente me pongo seria de
nuevo.
—Hablo en serio, Caleb. Quiero formar parte de esto, de
verdad. Quiero ayudarte a sacar este lugar adelante.
Él asiente, pero su expresión es más reflexiva que antes.
—No sé qué he hecho para merecer que alguien como tú
quiera quedarse aquí.
—A veces, no se trata de merecer —le digo casi en un susurro
—. A veces, solo se trata de encontrar el lugar al que perteneces.
El silencio vuelve a instalarse entre nosotros, pero esta vez
está cargado de algo diferente. Algo que no necesitamos decir, pero que
ambos sabemos que existe.
La tarde pasa en un torbellino de actividad. Voy a visitar a
Evelyn para organizar el inventario de los suministros, algo que hace mucho
tiempo que necesitábamos hacer. Aunque la tarea es tediosa, siento una
extraña satisfacción al marcar cada artículo en la lista y ver cómo todo
empieza a tomar forma.
—Nunca pensé que te adaptarías tan rápido a este lugar —
comenta Evelyn mientras coloca una caja del estante superior.
—¿Eso pensabas?
—Al principio, sí. Pero ahora… ahora parece que hayas vivido
aquí desde siempre.
Su comentario me deja pensativa. Tal vez tenga razón. Tal vez
este lugar siempre estuvo esperándome, incluso cuando yo no lo sabía.
Al caer la noche, me encuentro de nuevo en el porche junto a
Caleb. La luna ilumina los campos, dándoles un brillo suave y etéreo. Él me
mira, y en sus ojos veo algo que nunca había visto: esperanza.
—Vamos a hacerlo funcionar. Este lugar… lo vamos a sacar
adelante.
—Juntos.
Esa palabra, tan sencilla, parece envolvernos a ambos. Juntos.
Por primera vez, siento que no estoy sola. Que este lugar no solo es un
hogar, sino también un nuevo comienzo.

Caminar por el patio del rancho a primera hora de la mañana tiene algo
especial. Los sonidos del lugar se despiertan poco a poco: los caballos
relinchan suavemente en los establos, los gallos cantan en la distancia y la
madera del porche cruje bajo mis pasos. En este momento, el aire huele a
tierra mojada y a promesa, como si el día guardase un secreto que solo
desvelará con el tiempo.
Caleb ya está en el granero, claro. Siempre lo está. Al
acercarme, escucho su voz, grave y segura, dando indicaciones a uno de los
chicos que lo ayuda con los caballos. Me detengo antes de entrar,
permitiéndome observar la escena a través de la puerta entreabierta. Está
inclinado sobre un saco de pienso, ajustando el cierre con la misma
precisión que pone en todo lo que hace. Aunque lleva meses cargando con
el peso de este lugar, hay algo en su postura y en su forma de moverse, que
me transmite una calma que envidio.
—¿Piensas quedarte ahí todo el día o vas a ayudarme? —me
pregunta sin mirarme, con ese tono que no sé si es serio o burlón.
Sonrío, cruzando el umbral con las manos en los bolsillos.
—Depende. ¿Qué necesitas?
—De momento, que me ayudes a pensar. —Se endereza y se
gira hacia mí, limpiándose las manos en el pantalón. Su camisa está
ligeramente desabrochada por el calor, y el sombrero que lleva ladeado le
da un aire despreocupado que contrasta con la intensidad de su mirada.
—Eso suena complicado. ¿De qué se trata?
—De todo esto. —Hace un gesto amplio con el brazo,
abarcando el granero, el rancho, todo—. Si queremos que esto funcione, no
basta con seguir como hasta ahora. Necesitamos pensar a lo grande.
—¿A lo grande? —repito, intentando seguirle el ritmo.
—Turismo rural, Grace. —Me mira como si acabara de
pronunciar las palabras mágicas—. Abrir el rancho a la gente. Hacer que
vean lo que nosotros vemos aquí.
La idea me pilla por sorpresa, pero cuanto más pienso en ella,
más sentido tiene.
—¿Estás diciendo que quieres convertir este lugar en un
destino turístico?
—Exactamente. —Cruza los brazos, apoyándose en uno de los
postes del granero—. No es algo que podamos hacer de la noche a la
mañana, pero si lo planeamos bien, podría ser nuestra oportunidad para salir
adelante.
La pasión en su voz es contagiosa y, antes de darme cuenta, ya
estoy imaginando cómo podría ser todo. Las cabañas, los paseos a caballo,
las noches bajo las estrellas…
—Podría funcionar —admito, mirándole con una sonrisa—.
Pero necesitará mucho trabajo.
—Por eso estás aquí, ¿no? Para trabajar.
No puedo evitar reírme ante su respuesta. Caleb siempre ha
tenido una forma peculiar de convencerme de las cosas, y esta vez no es
diferente.
—Vale, ¿por dónde empezamos?
—Primero, tenemos que hacer una lista de lo que necesitamos.
Luego, involucrar a la gente del pueblo. Esto no podemos hacerlo solos.
—Eso será lo más difícil —murmuro, más para mí que para él.
Pero Caleb niega con la cabeza, confiado.
—Te sorprenderías. Este lugar significa tanto para ellos como
para nosotros. Solo tenemos que demostrarles que merece la pena.
A medida que avanzamos con los preparativos, me doy cuenta
de que Caleb tenía razón. La gente del pueblo, que al principio me miraba
con recelo, ha empezado a acercarse, ofreciendo su ayuda de maneras que
jamás habría imaginado.
—Grace, podríamos usar mis caballos para las rutas —me dice
Evelyn una tarde, mientras carga una caja de herramientas en el remolque.
—¿Estás segura?
—Por supuesto. Además, me vendría bien que se movieran
más. Los animales también necesitan sentirse útiles.
Su respuesta me hace sonreír. Evelyn siempre ha tenido esa
forma práctica de ver las cosas, pero ahora noto algo más en su tono: una
chispa de entusiasmo que no estaba allí antes.
Y no es la única. En los días siguientes, otros vecinos se
acercan con ideas y propuestas. Algunos ofrecen madera para construir las
cabañas, otros sugieren recetas tradicionales para incluir en el menú que
queremos preparar para los huéspedes. Incluso Martha, la dueña de la
cafetería del pueblo, me entrega un cuaderno lleno de notas con sus mejores
postres, diciendo que siempre había querido compartirlos con más gente.
Es como si, de repente, el rancho se hubiera convertido en el
centro de algo más grande. Algo que va más allá de Caleb y de mí.
Una tarde, mientras estoy organizando las herramientas con
Evelyn, Caleb aparece con un mapa enrollado bajo el brazo.
—He encontrado esto en el desván. Es un mapa antiguo del
rancho.
Lo desenrolla sobre la mesa y todos nos inclinamos para verlo
mejor. Las líneas, dibujadas a mano con tinta desvaída, muestran cada
rincón de la propiedad, desde los campos hasta los bosques y los arroyos
que atraviesan el terreno.
—Podríamos usar esto para planificar las rutas —sugiere
Caleb, señalando algunos puntos en el mapa—. Y aquí podríamos construir
las cabañas.
La emoción en su voz es palpable y su entusiasmo acaba
contagiándome.
—Es perfecto —digo, mirando el mapa con ojos nuevos—.
Esto nos dará una idea clara de todo lo que podemos hacer.
Caleb asiente, pero luego levanta la vista hacia mí, y en su
mirada hay algo más que gratitud.
—No podría hacerlo sin ti.
—Claro que podrías. Pero sería mucho más aburrido —
respondo con una sonrisa.
Él niega con la cabeza, aunque sus labios se curvan en una
mueca que parece contener una risa.
—Siempre tienes que tener la última palabra, ¿verdad?
—Siempre.
Esa noche, mientras reviso nuestras notas y planifico los
próximos pasos, siento una calidez en el pecho que no había sentido en
mucho tiempo. Este lugar, estas personas… están empezando a convertirse
en algo más que un proyecto. Están empezando a convertirse en mi hogar y
eso me hace sentirme feliz, más que nunca.

El sonido de los grillos y el susurro del viento entre los árboles nos
envuelven mientras Caleb y yo nos sentamos en el porche, con las piernas
estiradas sobre los escalones de madera. La noche es fresca, y el cielo,
despejado, parece más inmenso que nunca. Todo a nuestro alrededor invita
a hablar, a deshacerse de las palabras que tantas veces hemos guardado para
nosotros mismos.
No sé si es el ambiente, el cansancio compartido después de
tantos días de trabajo o simplemente que ya no puedo seguir callando. Pero
esta noche, siento que algo debe cambiar entre nosotros.
—Parece que hemos sobrevivido a otra jornada —comento
antes de dar un sorbo a mi taza de té.
Caleb se gira hacia mí, apoyando un codo en su rodilla. Su
mirada es serena, pero sus ojos verdes tienen ese brillo que siempre parece
ver más allá de lo evidente.
—Sobrevivir se nos da bien. Pero no sé si eso es suficiente.
Su respuesta me sorprende. Caleb no es de los que expresan lo
que sienten sin rodeos, y estas palabras, aunque sencillas, me parecen una
confesión.
—¿Por qué dices eso?
Él aparta la mirada hacia el horizonte, donde las sombras de
los establos se mezclan con la oscuridad del campo.
—Porque no quiero que esto sea solo sobrevivir. Quiero más.
Mi corazón late con fuerza, y no estoy segura de si es por lo
que dice o por la forma en que lo dice, tan directo y al mismo tiempo
vulnerable.
—¿A qué te refieres exactamente? —pregunto, intentando que
mi voz no tiemble.
Caleb se toma su tiempo antes de responder, como si estuviera
reuniendo el valor necesario para decir algo importante.
—A ti, Grace. A nosotros.
La taza que tengo entre las de repente me parece demasiado
frágil. Bajo la mirada hacia el líquido humeante, intentando procesar sus
palabras.
—No sé si hay un nosotros, Caleb —respondo al fin, con un
hilo de voz.
Él se inclina hacia delante, acercándose lo justo para mirarme
directamente a los ojos.
—Claro que lo hay. No sé desde cuándo, ni cómo empezó,
pero lo hay. Y lo sabes.
Sus palabras son un golpe directo a mis defensas y, por un
momento, me siento como una niña atrapada en medio de una tormenta.
Pero no quiero huir. No esta vez.
—Es complicado —murmuro, sin atreverme a mirarle a los
ojos.
—Todo lo que merece la pena lo es.
Su respuesta me desarma. Levanto la vista y lo encuentro
mirándome con una intensidad que hace que el resto del mundo
desaparezca.
—Caleb… yo… —Las palabras se atascan en mi garganta, y
me doy cuenta de que lo que más miedo me da no es lo que siento por él,
sino lo que significa aceptarlo.
—No tienes que decir nada ahora —me interrumpe con
suavidad, como si supiera exactamente lo que pasa por mi cabeza—. Pero
quiero que sepas lo que siento.
El silencio que sigue no es incómodo. Es el tipo de pausa que
permite que las emociones se asienten y que las palabras encuentren su
lugar.
—No sé cómo hacer esto —admito al fin, con una sinceridad
que me sorprende tanto a mí como a él.
Caleb sonríe, una de esas sonrisas pequeñas y auténticas que
rara vez muestra.
—Yo tampoco. Pero estoy dispuesto a intentarlo, si tú también
lo estás.
Sus palabras son una promesa, y algo en mí sabe que es
sincera.
—¿Y si no funciona? —pregunto, incapaz de ocultar mis
miedos.
—Entonces sabremos que lo intentamos. Pero si no lo
hacemos, siempre nos quedará la duda.
Es tan típico de Caleb decir algo que parece sencillo, pero que
lleva consigo una verdad enorme. Le miro y en sus ojos veo algo que me da
fuerzas, algo que me dice que, tal vez, no todo tiene que ser tan complicado.
—Vale —respondo al fin, con un suspiro que parece aliviar
años de dudas—. Intentémoslo.
Caleb asiente y en ese gesto veo una mezcla de alivio y
determinación. Luego, sin decir nada más, se inclina hacia mí y toma mi
mano. Su tacto es cálido, firme, y me transmite una seguridad que nunca
creí necesitar tanto.
—Gracias —dice en voz baja.
—¿Por qué me das las gracias?
—Por no rendirte conmigo.
Su respuesta me deja sin palabras y, por un instante, todo lo
que puedo hacer es mirarle, sintiendo que este momento, aquí y ahora, es el
comienzo de algo que llevaba mucho tiempo esperando.

Un rato después, mientras los grillos cantan como si tuvieran un concierto


que ofrecer y el viento acaricia los árboles. Caleb está frente a mí, con esa
calma que siempre parece cubrirle como un manto, pero esta vez hay algo
diferente en sus ojos.
—No sé qué haría sin este lugar —dice Caleb, rompiendo el
silencio, con la vista fija en algún punto lejano.
—¿Te refieres al rancho? —pregunto, aunque sé la respuesta.
Él asiente y se gira hacia mí.
—Es más que un trozo de tierra. Aquí es donde crecí y donde
entendí qué significaba luchar por algo.
Me inclino ligeramente hacia delante, apoyando los codos en
las rodillas. Sus palabras me alcanzan de una manera que no esperaba,
removiendo algo que he tratado de ignorar desde que llegué aquí.
—Y, sin embargo, me dejaste entrar en todo esto —murmuro,
más para mí que para él.
Caleb me observa con expresión suave pero seria.
—Dejé entrar a alguien que no sabía que necesitaba.
Su sinceridad me golpea, y siento una mezcla de nerviosismo
y calidez que sube por mi pecho.
—No sé si merezco tanto —respondo, con un leve temblor en
la voz.
—Lo mereces, Grace. Este lugar te ha aceptado como parte de
él, y yo también.
Por un momento, el peso de sus palabras me deja sin aire. Sus
ojos verdes me miran como si pudieran ver dentro de mí, como si
entendieran cada parte rota y cada duda que llevo conmigo.
—No imaginaba que acabaría aquí —confieso, intentando
aligerar la conversación, aunque mi voz no puede ocultar del todo el nudo
de mi garganta—. Pero lo cierto es que no quiero irme.
Caleb sonríe, una sonrisa pequeña, pero llena de significado.
—Entonces quédate, para siempre…
La simplicidad de su respuesta me desarma. Pero hay algo en su tono, en la
manera en que lo dice, que me da fuerzas para ser honesta.
—Tengo miedo de no estar a la altura.
Él se incorpora, quedando a mi nivel, y toma mi mano entre
las suyas. Sus dedos son firmes, cálidos, y la conexión me llena de una
energía que no sabía que necesitaba.
—Grace, no tienes que hacerlo sola. Este lugar siempre fue mi
hogar, pero ahora es nuestro.
La palabra nuestro resuena en mi cabeza, encendiendo una
chispa que ilumina todos los rincones oscuros de mis dudas. Le miro,
intentando encontrar las palabras adecuadas, pero todo lo que sale de mis
labios es lo que siento con cada fibra de mi ser.
—No quiero estar en ningún otro lugar.
Mis palabras se quedan flotando entre nosotros, y Caleb me
mira como si hubiera estado esperando escucharlas desde el momento en
que nos conocimos. Sin decir nada más, me envuelve en un abrazo que
parece sellar algo más grande que nosotros mismos.
Capítulo 20
Caleb
El sonido del martillo golpeando la madera marca el final de un largo día.
Estoy terminando de asegurar los últimos listones de la cerca junto al
granero, cuando levanto la mirada y la veo. Grace está en el campo, cerca
del establo, con las mangas remangadas y el pelo recogido en un moño
desordenado. Lleva puesta una camiseta que alguna vez fue blanca, ahora
salpicada de polvo y esfuerzo, y unos vaqueros desgastados que se ciñen a
sus caderas de una manera que no debería notar, pero lo hago. Está de
espaldas a mí, inclinada sobre un montón de sacos que intenta apilar en el
remolque, y me detengo un momento para observarla. Su risa flota en el
aire mientras conversa con Evelyn, y me doy cuenta de que esa mujer que
llegó al rancho con tacones y una mirada que podía congelar el tiempo,
ahora es una parte esencial de este lugar. Y, aunque me cueste admitirlo,
también lo es de mí.
Grace ha cambiado tanto desde que llegó desde Nueva York,
pero lo que más me sorprende es lo mucho que me ha cambiado a mí. No es
algo que pueda explicar con facilidad. Solo sé que, cada vez que me
detengo a mirarla, siento que este lugar es más mi hogar que nunca. Dejo
las herramientas y me apoyo en la cerca, cruzando los brazos mientras la
observo. Hay algo en su forma de moverse, en la manera en que arruga la
nariz cuando algo no sale como esperaba, que me obliga a quedarme quieto.
Ha transformado este rancho de una manera que yo nunca habría llegado a
imaginar. No solo con sus ideas, que han traído una bocanada de aire fresco,
sino también con su presencia, que se ha infiltrado en cada rincón, incluso
en esos lugares de mi vida que pensaba cerrados para siempre.
Grace termina de apilar los sacos y se estira con un gesto que
me saca una media sonrisa. No puede verme desde donde estoy, pero algo
en su expresión me hace querer acercarme. Y entonces me doy cuenta de
que quiero hacer algo especial por ella. No porque lo espere, sino porque lo
merece.
La noche cae sobre el rancho, envolviendo los campos y los establos en una
quietud que solo se rompe por el canto de los grillos. Estoy en el mirador,
donde he estado organizando todo lo que necesito para esta cena desde hace
un rato. La mesa es pequeña, apenas un par de velas encendidas y una
manta doblada sobre el respaldo de la silla de Grace. Nada demasiado
elaborado, pero suficiente para lo que quiero decirle.
El aire es fresco, y la brisa que viene desde el río hace que las
llamas parpadeen levemente. He preparado una cena sencilla: una cazuela
de estofado caliente que Evelyn insistió en que era perfecta para la ocasión,
pan recién horneado y una botella de vino que encontré en el fondo de la
despensa. No soy un experto en gestos románticos, pero esta noche no se
trata de quedar bien, se trata de nosotros.
Mientras termino de colocar los cubiertos, escucho el crujir de
la grava bajo unos pasos. Me giro y la veo venir desde la casa, con las
manos en los bolsillos de su chaqueta y una expresión de curiosidad que
hace que todo este esfuerzo valga la pena.
—¿Qué es esto? —pregunta al llegar, mirando la mesa con una
mezcla de sorpresa y emoción contenida.
—Es para ti. Bueno, para nosotros. —Hago un gesto hacia las
sillas, tratando de parecer más tranquilo de lo que realmente estoy.
Grace me observa con esos ojos que siempre parecen ver más
allá de lo que digo. Por un momento, temo que vaya a bromear o a restarle
importancia, pero en lugar de eso, me sonríe.
—Es precioso, pero no tenías que hacer nada de esto.
—Quería hacerlo. —Mi respuesta es directa, casi brusca, pero
sé que ella entiende lo que intento decir.
La ayudo a sentarse, asegurándome de que la manta quede
sobre su regazo, y luego tomo asiento frente a ella. La luz de las velas
ilumina su rostro de una manera que hace que todo parezca más íntimo y
real.
—Espero que te guste. No es nada del otro mundo.
—Es perfecto. —Su tono es suave, pero hay algo en su voz
que me dice que realmente lo piensa.
La conversación fluye con facilidad mientras cenamos. Grace
me cuenta cómo Evelyn ha convencido a medio pueblo de colaborar en
nuestros planes para el rancho, y no dejo sonreír al imaginar la
determinación de esa mujer.
—¿Sabes que quiere que instalemos una pequeña tienda de
recuerdos? —dice Grace, llevándose una cucharada de estofado a los labios.
—¿Recuerdos? —repito, arqueando una ceja.
—Sí. Dice que los turistas siempre quieren llevarse algo.
Llaveros, camisetas… esas cosas.
—No veo a Evelyn diseñando camisetas.
Grace se ríe y ese sonido es como un bálsamo para todo lo que
ha sido este año.
—Ni yo. Pero tiene razón. Podría funcionar.
Me apoyo en el respaldo de la silla, observándola mientras
sigue hablando. Su entusiasmo es contagios y, por un momento, dejo que su
voz me envuelva y que su presencia lo llene todo.
—¿Qué pasa? —pregunta de repente, notando que no he dicho
nada en un rato.
—Nada. Solo te estaba escuchando.
Ella ladea la cabeza, desconfiada, pero no insiste. En lugar de
eso, se inclina hacia delante, apoyando los codos en la mesa.
—Tienes esa mirada que pones cuando estás a punto de decir
algo importante.
Al escucharla, sonrío. Grace siempre ha tenido una habilidad
especial para leerme, incluso cuando no quiero que lo haga.
—Solo estaba pensando… —Empiezo, pero las palabras no
parecen suficientes para lo que quiero expresar. Respiro hondo y me obligo
a continuar—. Nunca pensé que alguien pudiera entrar aquí y cambiarlo
todo… menos aún cambiarme a mí.
Grace se queda en silencio y, por un momento, temo haber
dicho demasiado. Pero entonces, su expresión cambia. Hay ternura en sus
ojos, algo que nunca he visto antes, y su sonrisa, aunque pequeña, es
suficiente para calmar todas mis dudas.
—Tú tampoco eres lo que esperaba encontrar, Caleb. —Su voz
es baja, casi un susurro, pero cada palabra me llega clara como el agua—.
Pero aquí estoy.
Nos quedamos mirándonos durante lo que parece una
eternidad. No hace falta decir más. Todo lo que importa está en el espacio
que compartimos, en las miradas que se cruzan y en las cosas que no
necesitamos poner en palabras.
La brisa se ha hecho más fría, pero no me importa. Me inclino
hacia delante, apoyando los codos en la mesa y buscando su mirada.
—Grace, no sé cómo hemos llegado hasta aquí, pero lo que sí
sé es que no quiero que esto termine.
Ella parpadea, sorprendida, y sus labios se separan
ligeramente como si estuviera a punto de decir algo. Pero en lugar de
hablar, se limita a asentir.
—Tampoco yo —responde al fin, y en sus palabras hay una
honestidad que me desarma.
Algo en mí se libera en ese momento. Me inclino sobre la
mesa, acortando la distancia que nos separa, y busco sus ojos antes de hacer
nada más. Grace me mira, y en su expresión hay algo que me da el último
empujón que necesito.
—¿Puedo? —pregunto en un susurro, aunque la respuesta ya
está clara en sus ojos.
Ella no responde con palabras. Simplemente asiente, y ese
pequeño gesto es suficiente para borrar todas las dudas. Acorto la distancia
entre nosotros y la beso. El beso empieza con suavidad, pero pronto la
intensidad crece, arrastrándonos a un lugar donde solo existimos ella y yo.
Grace, con sus manos aferradas a mi camisa, parece tan perdida como yo en
este momento. Es como si cada roce de sus labios apagara todas las dudas y
encendiera algo que llevaba demasiado tiempo dormido. Cuando deslizo
mis manos por su cintura, siento cómo su respiración se entrecorta. Su
cuerpo se arquea hacia mí con una necesidad que no necesito que exprese
con palabras. Me inclino un poco más, apoyándome en una de mis manos
mientras la otra se posa en su mejilla, acariciándola con la yema de los
dedos.
—Grace… —susurro contra sus labios, pero ella no me deja continuar.
Me besa de nuevo, esta vez con más urgencia, como si no quisiera que el
momento se escapara. Su piel es cálida bajo mis manos, y el sonido de su
risa es suave cuando nuestras narices chocan accidentalmente y me desarma
por completo.
—¿Qué? —pregunto, sonriendo también.
—Nada —responde, mirándome con esos ojos que siempre
parecen guardar secretos—. Solo que esto parece un sueño.
Me inclino hacia ella, deteniéndome a escasos centímetros de
sus labios.
—No lo es.
Grace tiembla ligeramente cuando deslizo mis dedos por su
brazo, encontrando su mano y entrelazándola con la mía. Sin apartar la
mirada, la guío hacia la manta que había extendido en el suelo. Me arrodillo
a su lado, con cuidado, dándole espacio para decidir.
Ella no duda. Se tumba de espaldas, con el cabello extendido
como una corona sobre la tela, y me mira con una mezcla de confianza y
vulnerabilidad, que me hace sentirme más humano de lo que había sido en
años.
—Estás preciosa —le digo, porque es verdad.
Grace sonríe, pero no dice nada. En lugar de eso, alza los
brazos y me atrae hacia ella, eliminando la poca distancia que aún queda
entre nosotros. Sus manos recorren mi espalda, deslizándose por el tejido de
mi camisa hasta encontrar el borde y tirar de ella hacia arriba. El aire fresco
de la noche roza mi piel cuando me la quito, pero no me importa. Lo único
que ahora me importa es Grace, su respiración entrecortada, el leve sonrojo
en sus mejillas y el modo en que sus dedos trazan caminos invisibles sobre
mi pecho.
—Eres fuerte —susurra, como si estuviera hablando consigo
misma.
—Y tú eres todo lo que no sabía que necesitaba.
Mis palabras la hacen temblar, o tal vez sea el frío. Cojo la
manta que había traído y la extiendo sobre nosotros, asegurándome de que
esté cómoda antes de inclinarme de nuevo para besarla. Este beso es
diferente. Más lento y profundo. Es como si cada movimiento hablara por
nosotros, diciendo todas las cosas que aún no hemos dicho en voz alta.
Mis manos recorren su cuerpo con cuidado, tomando su cintura, su cadera,
y deteniéndose en cada curva como si quisiera memorizarla. Grace cierra
los ojos y se deja llevar, confiando en mí de una manera que nunca había
experimentado con nadie más.
—Caleb… —susurra, y el sonido de mi nombre en sus labios
es suficiente para hacerme perder el control.
La noche nos envuelve, haciendo que todo parezca más íntimo
y nuestro. El cielo estrellado es el único testigo de lo que compartimos y
siento que el mundo ha desaparecido, dejándonos solos en este pequeño
rincón del rancho.
Grace me mira, con el pelo revuelto y una expresión que
mezcla deseo y ternura. Me inclino sobre ella, apoyando mi peso en un
codo mientras con la otra mano acaricio su mejilla.
—¿Estás bien? —le pregunto, buscando su mirada.
Ella asiente, con una sonrisa que me hace sentir como si
estuviera tocando el cielo.
—Estoy más que bien.
Sus palabras me llenan de una calidez que no había sentido
antes. Me inclino para besarla de nuevo, dejando que mis labios hablen por
mí. Es un beso lento, lleno de promesas que aún no hemos formulado pero
que sabemos que existen. Ella me rodea el cuello con sus brazos y nos
besamos de nuevo. Después empiezo a besar su cuello, mientras desciendo
por su escote, ese que tantas veces he mirado de manera disimulada.
Desciendo hasta sus pechos y los descubro del encaje que los cubren. Lamo
sus pezones erectos y suaves, mientras ella suspira y emite pequeños jadeos
que acaban enloqueciéndome. Sigo descendiendo bajo la manta hasta llegar
al botón de sus vaqueros. Le desabrocho los pantalones mientras sigo
repartiendo besos por su abdomen y luego sigo descendiendo por sus ingles
y sus muslos mientras le quito los tejanos y las botas. Tener a Grace en
braguitas frente a mí, aunque estemos bajo esta manta para resguardarnos
del frío parece un sueño hecho realidad. Un sueño muy caliente que hace
que mi sexo esté a punto de estallar. Bajo con mi boca de nuevo hasta su
ombligo y desciendo por su pubis suave y sin pelo. Aparto sus braguitas con
mis dedos y hundo mi lengua entre sus pliegues. Está muy mojada y tiene
un sabor delicioso. Muevo mi lengua con fruición y juego con mis dedos en
su entrada. Es muy estrecha, por lo que debo hacerlo con cuidado. Grace
enloquece y pierde sus dedos en mi pelo. Su respiración cada vez está más
agitada hasta que acaba arqueando la espalda y gritando de placer. Cuando
su respiración empieza a acompasarse, me pongo coloco de manera más
cómoda entre sus piernas y tomando mi erección con una de mis manos,
entro poco a poco en ella. Grace me mira a los ojos mientras me abro
camino entre sus pliegues. Gime de placer al notar el grosor de mi polla
rotunda y yo tengo que hacer verdaderos esfuerzos para autocontrolarme.
Sé que debo ser cuidadoso al principio para que su cuerpo se vaya abriendo
poco a poco. Finalmente, cuando me he clavado en ella de forma profunda
empiezo a moverme de manera acompasada, ella gime enloquecida y
vuelve a estallar de placer. La dejo que disfrute y cuando siento que su
respiración se acompasa, la abrazo y sin salirme de ella, me giro sobre la
manta y me pongo de espaldas con ella encima.
—Cabálgame, nena —le ordeno y ella empieza a moverse de
manera deliciosa ensartada en mí.
Desde mi posición agarro sus pechos, suaves y grandes y
pellizco sus pezones que siguen erectos. Después, desciendo mis manos por
sus costados hasta llegar a sus redondeadas caderas y permito que ella tome
el control de las acometidas. Desde esta posición, siento como mi polla está
totalmente dentro de ella y eso me enloquece tanto que poco después acabo
estallando de placer y vaciándome por completo dentro de ella mientras
grito su nombre entre jadeos de puro éxtasis.
Cuando todo termina, nos quedamos tumbados sobre la manta,
con nuestros cuerpos entrelazados y la respiración aún descontrolada. El
frío de la noche comienza a calar, pero no me importa. La abrazo,
asegurándome de que esté cubierta, y ella apoya la cabeza en mi pecho,
escuchando los latidos de mi corazón.
—Esto es solo el principio, Grace —le digo y ella levanta la
cabeza para mirarme, con una sonrisa que podría iluminar todo el rancho.
—No quiero que sea otra cosa.
Sus palabras son una promesa, y en su mirada veo algo que no
había visto en nadie más: confianza, esperanza, y un amor que apenas
comienza a florecer. La abrazo con más fuerza, dejando que el momento se
quede con nosotros un poco más.
Mientras el viento susurra entre los árboles y las estrellas
parpadean en el cielo, sé con certeza que esta noche no es solo un paso más.
Es el comienzo de algo que cambiará nuestras vidas para siempre.
Capítulo 21
Grace
Mientras camino hacia el granero, repasando mentalmente la lista de tareas,
me doy cuenta de lo mucho que ha cambiado mi perspectiva del rancho
desde que llegué. Ahora, en lugar de ser un lugar donde cumplir una
obligación familiar, Wild Creek se ha convertido en un proyecto de vida. Y
Caleb… Bueno, Caleb no es solo una parte del rancho; ahora es una parte
de mí que no sabía que necesitaba, pero que estoy muy feliz de haber
encontrado en el camino.
Hoy toca reparar la cerca norte, una de las más antiguas y
desgastadas del rancho. Aunque no lo admito en voz alta, siempre he odiado
estas tareas físicas. Mi mundo en Nueva York era muy distinto, pero aquí,
con las manos llenas de tierra y el sudor resbalando por mi frente, siento
una extraña satisfacción.
Al llegar al lugar donde Caleb ya está trabajando, me detengo
un momento para observarle. Lleva una camiseta gris que se adhiere a su
cuerpo por el calor. Sus brazos se mueven con precisión mientras clava un
poste en el suelo y, por un instante, olvido que estoy aquí para trabajar. Hay
algo en él, en su concentración, en la forma en que su pelo se despeina
ligeramente con la brisa, que hace que mi cuerpo se despierte solo con verlo
e incluso solo con imaginarlo.
—¿Vas a quedarte ahí todo el día o has venido a trabajar? —
me pregunta con voz grave, pero con ese tono burlón que le caracteriza.
—Estaba pensando en supervisarte —respondo, tratando de
sonar despreocupada mientras me acerco con las manos en la cintura.
—¿Supervisarme? —Deja el martillo a un lado y se apoya en
el poste recién clavado—. ¿Y qué tal voy, jefa?
—Aceptable —le respondo alzando una ceja, intentando
mantener el tipo mientras él me observa con esa media sonrisa que siempre
me descoloca.
Caleb se ríe suavemente y me tiende el martillo.
—Entonces demuéstrame cómo se hace.
Tomo la herramienta con más seguridad de la que siento y me
acerco al poste siguiente. Los pasos de Caleb me siguen, y aunque no le
veo, puedo sentir su presencia detrás de mí. Cuando intento alinear el clavo
con la madera, mis manos tiemblan ligeramente.
—Es más difícil de lo que parece —murmuro, sabiendo que
no puedo hacer un buen trabajo con él observándome tan de cerca.
—Déjame ayudarte —me dice casi al oído y antes de que
pueda decir nada, siento cómo sus manos grandes y firmes se colocan sobre
las mías.
El calor de su contacto me recorre como una descarga
eléctrica. Caleb está tan cerca que puedo sentir el roce de su pecho contra
mi espalda, y su respiración roza mi oído cuando dice:
—Así —me susurra y, con un movimiento suave, guía mis
manos para colocar el clavo en el lugar correcto y levantar el martillo con
fuerza y precisión.
No estoy segura de si es el sol, el esfuerzo o la cercanía de su
cuerpo, lo que hace que mi respiración se acelere, pero cuando inclino la
cabeza hacia un lado y nuestras miradas se cruzan, todo lo demás
desaparece.
—Grace… —susurra mi nombre, y hay algo en su tono que
hace que el mundo se detenga.
—¿Qué? —le contesto con mi voz es apenas un murmullo,
como si temiera romper el hechizo.
Caleb no me responde con palabras. En lugar de eso, sus
manos se deslizan hasta mi cintura, girándome hacia él con suavidad, pero
con una firmeza que no me deja lugar a dudas. Antes de que pueda pensar
en lo que está pasando, sus labios están sobre los míos. Nuestro beso es
intenso y lleno de una pasión que parece haber estado contenida durante
demasiado tiempo. Sus manos me sostienen con fuerza, como si temiera
que me pueda escapar, y yo me aferro a su camisa, necesitando algo a lo
que agarrarme mientras el suelo parece desvanecerse bajo mis pies. Cuando
se separa, solo lo suficiente para que nuestras miradas se encuentren, me
doy cuenta de que estoy jadeando. Caleb me observa con una mezcla de
deseo y algo más profundo, algo que me hace sentir completamente
desnuda ante él, incluso con la ropa puesta.
—Deberíamos… —empiezo a decir, aunque no tengo ni idea
de cómo terminar esa frase.
—No, no deberíamos —me interrumpe con una sonrisa
traviesa antes de besarme de nuevo.
El trabajo queda olvidado, mientras nos dejamos llevar por el
momento. El calor del día, la madera áspera contra mi espalda cuando
Caleb me apoya suavemente contra el poste, el sabor salado de su piel
cuando mis labios rozan su cuello… Todo se mezcla en una maraña de
sensaciones que me hacen olvidar cualquier preocupación. Cuando
finalmente nos separamos, ambos estamos despeinados y con las
respiraciones entrecortadas. Caleb se pasa una mano por el pelo, que ahora
está más desordenado que nunca, y me mira con una expresión que mezcla
diversión y seriedad.
—Creo que deberíamos volver al trabajo antes de que alguien
venga a supervisarnos de verdad.
Asiento, aunque todavía me tiemblan las piernas.
—Buena idea.
Pero mientras retomamos nuestras tareas, no puedo evitar
mirarle de reojo y sonreír. Porque, aunque el rancho necesita que nos
concentremos en nuestro trabajo, hay algo entre nosotros que no podemos
hacer como si no existiera. La tensión entre Caleb y yo siempre ha estado
ahí, como una cuerda tensa que amenaza con romperse en cualquier
momento. Y ahora que finalmente nos hemos permitido ceder a ella, siento
que no hay vuelta atrás.
El día avanza sin tregua, y aunque las tareas son
interminables, disfruto de trabajar mano a mano con él. Además, nos
compenetramos muy bien, parece que hayamos trabajado juntos como si
hubiéramos hecho esto toda la vida. Entre golpes de martillo y risas, el
rancho parece cobrar una nueva energía, y yo… Bueno, yo me siento más
conectada con este lugar y con Caleb de lo que jamás habría imaginado.
—¿Crees que el rancho estará listo para recibir a los turistas en
dos meses? —le pregunto mientras descanso un momento, apoyada en el
mango de una pala.
Caleb, que está ajustando un poste cercano, levanta la mirada
con una sonrisa ladeada.
—Claro que sí. —Se limpia las manos en los vaqueros y
camina hacia mí con esa calma que siempre parece acompañarle—. Sobre
todo, porque no pienso dejar que te rindas.
—¿Rendirme? —arqueo una ceja, fingiendo ofenderme—.
¿Has visto quién está haciendo todo el trabajo pesado?
Él se ríe, y el sonido, bajo y grave, me recorre la espalda como
una caricia.
—Sí, sí. La ciudadana de Nueva York que antes no sabía ni
distinguir un martillo de un destornillador ahora cree que manda en el
rancho.
—Quizá no lo crea. Quizá lo haga.
Mis palabras parecen divertirle más de lo esperado, y antes de
que pueda responder, Caleb extiende una mano hacia mí.
—Ven conmigo. Quiero enseñarte algo.
—¿Ahora? —le contesto a la vez que señalo el montón de
herramientas a medio usar.
—No van a irse a ningún sitio. —Hace un gesto con la cabeza,
indicándome que le siga—. Prometo que merece la pena.
Su expresión me intriga, así que dejo la pala a un lado y
camino tras él. Nos dirigimos al establo, donde el olor a heno y madera me
envuelve de inmediato. Caleb se detiene frente a un compartimento y me
mira con una mezcla de emoción y seriedad que me descoloca.
—Quiero que conozcas a alguien.
Empuja la puerta del establo, revelando a un caballo marrón
oscuro con una crin brillante que cae en ondas perfectas sobre su cuello. El
animal levanta la cabeza al oírnos, y sus ojos grandes y curiosos se fijan en
mí.
—Se llama Shadow —dice Caleb, entrando en el
compartimento con movimientos lentos y seguros—. Tiene potencial, pero
necesita confianza.
—¿De dónde ha salido?
—Es del hermano de Evelyn, me pidió tenerla en esta cuadra
durante unos meses.
—Es precioso —le digo observando al animal.
Me quedo junto a la puerta, contemplando cómo Caleb
acaricia el cuello del caballo con movimientos suaves y calculados. Hay
algo en su manera de interactuar con el caballo que me atrapa. Es como si
hablara un idioma distinto, uno que yo no entiendo, pero que él domina a la
perfección.
—¿Quieres intentarlo? —me pregunta de repente, mirándome
por encima del hombro.
—¿Yo?
—Claro. Ven aquí.
Doy un paso hacia adelante con cierta reticencia, y Caleb
sonríe al notar mi nerviosismo.
—No te preocupes. Él puede sentir lo que tú sientes, así que
solo relájate.
Cuando estoy a su lado, Caleb toma mi mano y la coloca sobre
el lomo del caballo. Shadow tiembla ligeramente al principio, pero Caleb
murmura algo en un tono tan bajo que apenas lo entiendo, y el animal se
calma de inmediato.
—¿Ves? No es tan difícil.
—Claro, porque tú estás aquí.
Caleb se ríe y, sin soltar mi mano, guía mis movimientos
mientras acaricio al animal. Su cuerpo está tan cerca del mío que cada vez
que se mueve, siento como una descarga que me recorre la columna. Su
aliento roza mi mejilla cuando habla, y tengo que concentrarme en no
girarme para mirarle directamente.
—Tienes buen instinto. Shadow lo nota.
—¿Eso crees?
—Sí. —Su voz se vuelve más baja, casi un susurro—. Y yo
también.
Antes de que pueda reaccionar, siento el roce de sus labios en
mi cuello. Es un gesto lento y deliberado que me paraliza por completo. La
calidez de su boca contrasta con el aire fresco del establo, y mi piel se eriza
al instante.
—Caleb… —susurro, aunque no sé si estoy intentando
detenerle o animarle a continuar.
—Dime si quieres que me detenga.
Pero no lo hago. No puedo. En lugar de eso, cierro los ojos y
me dejo llevar por la sensación de sus labios, que trazan un camino desde
mi cuello hasta el lóbulo de mi oreja. Su mano, que todavía sostiene la mía
sobre el lomo del caballo, se desliza hacia mi cintura, acercándome aún más
a él.
—Grace… —murmura mi nombre contra mi piel, y la forma
en que lo dice, hace que me tambalee.
—Esto… no está bien. —Las palabras salen con dificultad de
entre mis labios, ahogadas por mi propia respiración entrecortada.
—Pero es tan delicioso...
Caleb me gira suavemente hasta que quedo frente a él. Sus
ojos verdes me buscan, y en ellos encuentro un deseo que refleja el mío.
Antes de que pueda decir nada más, sus labios están sobre los míos. El beso
es profundo y está cargado de una pasión que parece haber estado contenida
durante demasiado tiempo. Mis manos se aferran a su camisa, tirando de él
hacia mí como si temiera que pudiera desaparecer.
El establo, con su luz tenue y su aroma a heno, se convierte en
nuestro pequeño universo. Caleb me empuja contra la pared de madera, y el
sonido del golpe se mezcla con el latido desbocado de mi corazón. Sus
manos recorren mi espalda, deteniéndose justo donde empieza mi cadera, y
el contacto me hace soltar un pequeño gemido que él responde con un
gruñido bajo.
—Grace… —dice mi nombre como una súplica, y sé que
estoy perdida.
La conexión entre nosotros es innegable, y aunque una parte
de mí sabe que deberíamos detenernos, porque no es el momento ni el lugar
adecuado, la otra no puede imaginar un lugar más seguro que sus brazos.
Cuando finalmente nos separamos, ambos estamos jadeando.
Caleb apoya su frente contra la mía, con los ojos cerrados y una sonrisa que
apenas puedo ver pero que siento.
—Shadow nos está mirando —bromea, haciendo que suelte
una risa nerviosa.
—Es un buen testigo. No habla.
—Entonces quizá deberíamos agradecerle que mantenga sus
labios sellados.
Nos reímos, pero el momento es mucho más que eso. Mientras
salimos del establo, con las manos aún entrelazadas, no puedo evitar pensar
que, al final, todo parece encajar. Wild Creek, Caleb, yo… Todo empieza a
parecerme como un destino al que estaba destinada a llegar.
Caminamos hacia la casa tomados de la mano. Cuando llegamos la cocina
está en penumbra, salvo por la tenue luz que entra por la ventana. Caleb
cierra la puerta detrás de nosotros y, en cuanto lo hace, siento como si el
aire se volviera más denso y cargado. Me giro hacia él, incapaz de ocultar la
sonrisa que me asoma en mis labios. Está despeinado, con restos de heno en
el pelo y la camisa medio desabrochada. Es la imagen perfecta del caos
contenido, y no sé qué parte de él me atrae más, si el hombre que dirige el
rancho con firmeza o el que se ríe de sí mismo cuando las cosas no salen
como esperaba.
—¿Qué pasa? —pregunta, con un tono que mezcla curiosidad
y diversión.
—Nada. —Doy un paso hacia él, sin apartar la mirada de sus
ojos verdes—. Solo que no te imagino en una oficina.
—¿No?
—No. Encerrado entre cuatro paredes, con un traje y una
corbata… No. —Mi sonrisa se amplía, y sé que mis palabras le están
provocando, pero no me importa.
—¿Y cómo me imaginas?
—Así —respondo, dejando que mi mirada
recorra su rostro y su cuerpo, hasta detenerse en sus manos, fuertes y
curtidas por el trabajo diario—. Justo como estás ahora.
Él se acerca, cerrando el espacio entre nosotros en un par de pasos. Su
proximidad hace que mi respiración se acelere, y cuando su mano se posa
en mi cintura, sé que no hay vuelta atrás.
—¿Así? —murmura, inclinándose lo justo para que sus labios
rocen mi oído.
—Exactamente así.
Mi respuesta es casi un susurro, pero parece ser que eso es
justo lo que necesita. Antes de que pueda decir algo más, Caleb me atrae
hacia él y sus labios encuentran los míos en un beso que me deja sin aliento.
Su boca es cálida, exigente, y el modo en que su cuerpo se amolda al mío
me hace olvidar dónde estamos y hasta quién soy. Me olvido de todo
excepto de él.
Sus manos recorren mi espalda, firmes pero delicadas, y siento
cómo me apoya contra el borde de la mesa sin romper nuestro beso. Su
intensidad me desarma, y cuando sus dedos se enredan en mi pelo se escapa
de entre mis labios un gemido.
—Grace… —susurra mi nombre con una mezcla de deseo y
ternura que me hace temblar.
No le respondo con palabras. En lugar de eso, deslizo mis
manos por su pecho, sintiendo la calidez de su piel a través de la tela de su
camisa. Cuando llego a los botones, los desabrocho con una torpeza que lo
hace sonreír, pero no me detengo. Necesito sentirle, tenerle cerca, notar el
contacto de su piel con la mía.
La camisa cae al suelo, y mis dedos trazan caminos por su
piel, explorando cada músculo, cada cicatriz, como si fueran un mapa que
solo yo pudiera leer. Caleb me levanta con facilidad y me sienta sobre la
mesa, que hay en la cocina, y su cuerpo se interpone entre mis piernas con
una naturalidad que hace que todo parezca inevitable.
—Eres increíble —me dice, apartándome un mechón de pelo
de la cara antes de besarme de nuevo, esta vez con más calma, como si
quisiera saborear cada segundo en el que nuestras bocas y nuestras lenguas
se tocan.
El calor de su cuerpo se mezcla con el mío, y cuando sus
labios abandonan los míos para descender por mi cuello, apenas puedo
contener el gemido que escapa de mi garganta. Sus manos, que antes
sostenían mi cintura, ahora se deslizan por mis muslos, provocando un
cosquilleo que me hace arquear la espalda.
—Caleb… —murmuro, aunque no sé exactamente qué quiero
decir.
Él levanta la cabeza y sus ojos verdes me atrapan como lo
hacen siempre, con una intensidad que me deja sin palabras.
—Dime si quieres que pare.
—No lo hagas.
Mi respuesta es inmediata y Caleb sonríe antes de inclinarse
para besarme de nuevo. Sus manos encuentran el borde de mi camiseta y la
levantan con cuidado, dejándome expuesta al aire fresco de la cocina.
Cuando sus labios descienden por mi clavícula hasta llegar a mis pechos,
cierro los ojos y dejo que las sensaciones me invadan. La mesa emite un
leve crujido bajo nosotros, pero el sonido se pierde en la maraña de
sensaciones que me atraviesan. No hay nada más allá de Caleb y de lo que
está sucediendo entre nosotros. Sus manos, grandes y firmes, recorren mi
cuerpo como si quisieran memorizar cada centímetro de mi piel. El calor de
su piel contra la mía crea un contraste perfecto con el frescor de la cocina, y
la mezcla consigue estremecerme. Sus labios encuentran los míos de nuevo,
pero esta vez no hay prisa, solo un deseo profundo y contenido que se libera
en cada uno de nuestros besos. Caleb mueve las caderas con una precisión
que me hace perder el control. Es una mezcla de urgencia y delicadeza,
como si quisiera devorarme y protegerme al mismo tiempo. Mi cuerpo
reacciona a él de una manera que nunca había sentido. Cada roce y cada
movimiento parece estar diseñado para deshacerme por completo y, al
mismo tiempo, hacerme sentir entera, como si me reconstruyera con sus
caricias. Sus manos bajan por mi cintura, deteniéndose un momento en mis
caderas antes de seguir su camino por mis muslos. Me arqueo hacia él,
buscando más, necesitando más, mientras mis dedos se aferran a sus
hombros. El sonido de mi respiración entrecortada lo llena todo,
mezclándose con los gemidos graves que se escapan de su garganta.
Cuando sus labios abandonan los míos para perderse por mi cuello, siento
un escalofrío que me recorre desde la nuca hasta los pies. Caleb no deja un
centímetro sin cubrir con sus deliciosos labios. Su boca me recorre con una
lentitud tortuosa, dejando un rastro de calor y necesidad en su camino. Se
detiene un momento en mi clavícula y la muerde con suavidad antes de
seguir descendiendo. Su lengua roza mi piel como una caricia, y el temblor
que provoca en mí le arranca una sonrisa.
—Eres preciosa, Grace —murmura contra mi piel con la voz
ronca y cargada de deseo.
Quiero responderle, pero mis palabras no encuentran salida.
Mis manos exploran su espalda, recorriendo la curva de sus hombros y la
línea de sus músculos, que se tensan bajo mis caricias. Caleb se detiene un
momento, levantando la cabeza para mirarme. Sus ojos, color esmeralda y
llenos de emociones se clavan en los míos. El mundo se detiene en ese
instante, reducido a la conexión entre nosotros.
—Grace… —susurra mi nombre antes de volver a inclinarse
sobre mí.
La intensidad crece con cada movimiento de su cuerpo, con
cada roce que envuelve todos mis sentidos. Mis piernas se entrelazan con
las suyas, buscando acercarme más a él, aunque ya no quede espacio entre
nosotros. Siento su peso, su calor, su fuerza, y no quiero que nada de esto
termine. La mesa cruje de nuevo, pero esta vez Caleb se detiene. Coloca
una mano a un lado de mi cabeza, sosteniéndose con cuidado para no cargar
todo su peso sobre mí, mientras sus labios buscan los míos de nuevo. Hay
una ternura en su mirada que contrasta con la intensidad de sus
movimientos, y eso hace que mi pecho se llene de algo más profundo que el
deseo.
Las caricias, besos y movimientos de nuestros cuerpos se convierten en una
conversación sin palabras, un lenguaje que solo nosotros entendemos. Caleb
me lleva al límite de todo lo que soy, guiándome con una precisión que me
deja sin aliento. Es como si supiera exactamente lo que necesito, incluso
antes de que lo descubra yo misma. Nos arrancamos la ropa el uno al otro y
cuando me tiene totalmente desnuda y expuesta ante él, me vuelve a sentar
en la mesa de la cocina y me abre las piernas para arrodillarse frente a mí y
devorar mi sexo con su boca. Tiene una lengua hábil y deliciosa, que me
arranca jadeos de placer descontrolados. Cuando estoy a punto de estallar
de placer siento como me introduce un par de dedos y juega dentro de mí
consiguiendo que enloquezca y que estalle en un profundo y arrollador
orgasmo. Cuando he acabado, me toma en brazos y camina con decisión
hasta el salón, donde me deja sobre la alfombra frente a la chimenea
encendida. Cuando noto el roce de la alfombra debajo de mi cuerpo, me
incorporo antes de que él se tumbe y me coloco de rodillas frente a él. Lo
observo desde esta posición y él me dedica una sonrisa pícara cuando ve
cómo agarro su tremenda polla erecta y empiezo a jugar con mi lengua a lo
largo de toda su longitud. La lamo con fruición sin dejar de mirarle,
mientras con una de mis manos acaricio sus huevos grandes y llenos. Con la
mano que me queda libre agarro su verga por la base e introduzco su glande
en mi boca. Tiene un miembro muy grueso, por lo que tengo que abrir la
boca bastante. No puedo introducirme todo su sexo, a pesar de que su
glande alcanza mi garganta. Caleb echa la cabeza hacia atrás mientras
disfruta del placer que le regalo. Me coge el pelo con una mano, enrollando
mi melena alrededor de su puño, mientras yo le devoro con ansia. Lamo sus
huevos mientras con mi mano sigo bombeando su polla erecta y enorme,
hasta que no puede resistir más y me toma en brazos. Yo me agarro con las
piernas a la altura de su cintura y él se las apaña para agarrar su erección y
penetrarme mientras yo me agarro a él. Me penetra con fuerza e intensidad.
Me mira a los ojos fijamente fuera de sí y dominado por completo por el
placer. De mi garganta escapan profundos jadeos que acaban convirtiéndose
en gemidos de placer al volver estallar en otro orgasmo. Al verme invadida
por el placer que me provoca, Caleb acaba explotando dentro de mí
llenándose con su leche caliente y deliciosa.
Cuando finalmente alcanzamos el clímax juntos, siento como si el mundo
entero se hubiera detenido. Mientras escucho sus gemidos junto a mi oído,
una oleada de sensaciones me recorre como un río desbordado. El sonido de
su nombre escapa de mis labios, mezclándose con el suyo, que murmura el
mío con una intensidad que me envuelve por completo. El aire parece
cargado de electricidad mientras ambos recuperamos el aliento. Caleb
apoya su frente en la mía, con los ojos cerrados y una sonrisa que refleja
todo lo que acabo de sentir. Mi pecho sube y baja con rapidez, pero no me
importa. En este momento, no hay nada más que Caleb, yo, y el silencio
cargado de significados que compartimos.
Nos quedamos en silencio durante un rato, con su respiración
aún mezclándose con la mía. Caleb apoya la frente contra la mía, y su
sonrisa me hace sentir más viva de lo que he estado en mucho tiempo.
—Si esto es trabajar juntos, no me importa ensuciarme las
manos —le digo con un tono juguetón.
Caleb se ríe, un sonido bajo y cálido que llena el salón.
—Eres todo lo que siempre he querido, Grace… aunque no lo
supiera.
Sus palabras me desarman, y cuando me besa de nuevo, sé que
no podría estar en ningún otro lugar que no fuera este, con él, bajo el techo
de un rancho que ahora no tengo la menor duda que se ha convertido en mi
hogar.
Capítulo 22
Caleb
Desde que nos avisaron de la nueva oferta que unos posibles compradores
habían hecho por el rancho, el tiempo parece haberse congelado. Wild Creek
siempre ha sido mi hogar. La idea de perderlo no solo me resulta
insoportable, sino que amenaza con desmoronar el futuro que empezábamos
a construir Grace y yo.
Grace está en el salón del rancho, sentada frente al portátil con
el ceño fruncido mientras revisa los correos que nos enviaron los
proveedores. Lleva el pelo recogido en un moño despeinado y las gafas que
lleva para leer le dan un aire de concentración que me deja embobado. Yo
estoy junto a la mesa, rodeado de papeles, facturas y contratos que llevamos
horas analizando. Cada detalle y cada pequeño hallazgo nos acerca un poco
más a desmontar la estrategia de esos supuestos compradores, que parecen
estar dispuestos a cualquier cosa para hacerse con Wild Creek.
—Mira esto —dice Grace de repente, señalando la pantalla.
Me acerco y leo por encima de su hombro. Es un intercambio
de correos entre uno de nuestros proveedores habituales y un intermediario
que, según parece, intentó bloquear nuestras entregas de materiales.
—¿Cómo has encontrado esto?
Grace se gira hacia mí, y veo tanto cansancio en su gesto que
hace que mi preocupación crezca.
—Hice algunas preguntas a nuestros contactos después de que
el último pedido llegara tarde. Uno de ellos sospechaba que alguien estaba
interfiriendo, y me envió estos correos como prueba.
Asiento, orgulloso por la capacidad de Grace para resolver los
problemas, para ver más allá de lo evidente y encontrar la solución donde
otros solo ven obstáculos.
—Esto es justo lo que necesitábamos —digo, mientras tomo
una captura de pantalla y la guardo en la carpeta que estamos preparando
para el banco.
Grace suspira y se recuesta en la silla, masajeándose el puente
de la nariz. La observo durante un momento, viendo cómo el cansancio
empieza a pasarle factura.
—Deberías descansar un poco —le digo, apoyando una mano
en su hombro.
Ella sacude la cabeza y me lanza una mirada que ya conozco
demasiado bien.
—Ahora no tenemos tiempo para descansar.
—Grace…
—No. —Se incorpora y me señala con el dedo, aunque hay
una pequeña sonrisa en su cara que suaviza sus palabras—. Sabes que tengo
razón.
Sonrío al escucharla. Grace tiene esa habilidad para
desafiarme y, al mismo tiempo, recordarme por qué la quiero tanto.
Seguimos trabajando durante horas, revisando cada
documento, correo y registro que pueda ayudarnos a demostrar lo que está
pasando. Grace y yo somos un equipo, y aunque estamos muy preocupados,
también tenemos momentos en los que nuestras miradas se cruzan y una
sonrisa fugaz lo dice todo.
Finalmente, cuando el reloj marca más de la medianoche,
Grace cierra el portátil y se estira con un suspiro.
—Creo que tenemos suficiente por hoy —dice, aunque su tono
indica que sigue repasando mentalmente todo lo que queda por hacer.
Asiento y recojo los papeles esparcidos por la mesa.
—Mañana llevaremos todo esto al banco y veremos qué pasa.
Grace se acerca y coloca una mano en mi brazo.
—Haremos que funcione. Lo tengo claro.
Sus palabras, simples pero sinceras, calman el nudo en mi
estómago.
—Sí, lo haremos.

La casa está en silencio cuando cierro la puerta de mi habitación. La tensión


del día sigue pesando sobre mis hombros, y por un momento dejo caer la
frente contra la madera, intentando ordenar el caos en mi cabeza. Todo
depende de mañana. Las pruebas que Grace y yo hemos recopilado tienen
que ser suficientes para convencer al banco de que rechace la oferta. Pero
incluso con todo el esfuerzo que hemos hecho hay una parte de mí que
continúa intranquila y expectante a lo que pueda pasar
Me giro y me quito la camisa, dejando que el aire fresco alivie
el calor acumulado en mi piel. Lanzo un hondo suspiro y observo la cama
deshecha y la lámpara encendida junto a ella, preguntándome si alguna vez
conseguiré dormir tranquilo de nuevo
El sonido de unos pasos ligeros me saca de mis pensamientos.
Levanto la mirada justo a tiempo para ver a Grace en el umbral de la puerta.
Lleva una camiseta que le queda grande y unos pantalones cortos que dejan
al descubierto sus piernas. Sus ojos están cansados, pero también hay algo
en ellos que me detiene, una chispa de decisión que no he visto antes.
—¿Puedo pasar? —pregunta con suavidad y aunque su tono es
tranquilo, sé que no se trata de una simple pregunta.
—Siempre puedes.
Grace cierra la puerta detrás de ella y se acerca, sin apartar la
mirada de la mía. Hay un momento de silencio, y luego, como si no pudiera
contenerlo más, empieza a hablar.
—Sé que sientes la sensación de que todo recae sobre ti, pero
no estás solo. Estoy contigo en esto, ¿vale? Pase lo que pase, vamos a hacer
lo posible porque Wild Creek continúe siendo nuestro.
Sus palabras me golpean con una fuerza que no esperaba.
Desde que todo esto empezó, he estado cargando con el peso de proteger el
rancho y a Grace, como si todo dependiera únicamente de mí. Pero ella
tiene razón. No estoy solo.
—Lo sé —respondo finalmente, y mi voz suena más grave de
lo habitual—. Pero a veces siento que si fallo…
—No vas a fallar —me interrumpe, acercándose hasta que está
justo frente a mí—. No podemos fallar porque no lo vamos a permitir.
Grace coloca una mano en mi pecho, justo sobre mi corazón, y
el contacto es suficiente para que todo el peso que siento se reduzca un
poco.
—Eres increíble —murmuro, atrapado por la intensidad de su
mirada.
—Y tú eres más fuerte de lo que crees.
No sé quién se mueve primero, si ella o yo, pero en un instante
nuestros labios se encuentran. El beso es suave al principio, un roce cargado
de emociones no dichas, pero pronto la intensidad crece. La abrazo y mis
manos se deslizan por su cintura, acercándola más a mí, mientras las suyas
se aferran a mis hombros como si quisiera asegurarse de que no voy a
desaparecer.
—Grace… —susurro contra sus labios, pero ella no me deja
terminar.
—No pienses, Caleb. Solo… siente.
Sus palabras se convierten en una orden que sigo sin dudar. La
levanto en brazos con facilidad y la llevo hasta la cama, donde la deposito
con cuidado. La luz de la lámpara ilumina su cara y me detengo un
momento para observarla. Hay algo en la forma en que me mira, en la
confianza y el deseo que veo en sus ojos, que me hace sentir que soy capaz
de cualquier cosa.
Grace se incorpora ligeramente, apoyando las manos en mi
pecho para empujarme hasta que quedo sentado en el borde de la cama. Sus
piernas rodean mi cintura, y cuando me besa de nuevo, todo pensamiento
racional desaparece. Mis manos recorren su espalda, deslizando la tela de su
camiseta hacia arriba hasta que puedo quitársela. Su piel está cálida bajo
mis dedos, y cuando mi boca encuentra el camino hasta su cuello, escucho
el gemido suave que escapa de sus labios.
—Caleb…
El sonido de mi nombre en su voz me desarma por completo.
Me inclino hacia atrás, llevándola conmigo hasta que quedamos tumbados
sobre la cama. Su cabello se extiende como un halo dorado sobre la
almohada, y su risa suave cuando nuestras miradas se cruzan me llena de
una calidez que no había sentido en días.
—Eres preciosa —le digo en apenas un susurro.
Grace sonríe, esa sonrisa que siempre logra calmarme y
enloquecerme al mismo tiempo. Mis labios vuelven a encontrar los suyos, y
esta vez no hay prisa, solo una necesidad profunda de conectar y de
recordarnos a través de cada caricia que esto es real.
Mis manos recorren su piel con una mezcla de devoción y hambre,
memorizando cada curva y cada estremecimiento que le provoca mi
contacto. La calidez de su cuerpo bajo mis dedos es un contraste perfecto
con el aire fresco que se filtra desde la ventana entreabierta. Me detengo un
instante, admirando cómo sus ojos se oscurecen por el deseo, reflejando la
misma necesidad que arde dentro de mí. Grace arquea la espalda cuando
mis labios rozan su cuello, un movimiento instintivo que me invita a seguir
explorándola. Su aliento cálido se mezcla con mi nombre en un susurro
cargado de deseo, y eso me enciende aún más. Su piel es suave bajo mis
labios y el sabor de ella es como un ancla que me recuerda que aquí, en este
momento, no existe nada más, solo ella y yo, nosotros.
Mis manos se deslizan desde su cintura hasta sus muslos,
donde me detengo un instante para disfrutar de la textura de su piel. Ella me
busca con una urgencia que no intenta ocultar, y sus dedos se enredan en mi
pelo, tirando ligeramente, como si necesitara algo a lo que aferrarse. Sus
movimientos son una mezcla de entrega y provocación, y su cuerpo
responde al mío con una sincronía que me hace perder el control.
Cuando nuestros cuerpos desnudos, finalmente se encuentran, el calor que
nos envuelve lo consume todo. Grace deja escapar un jadeo profundo al
sentirme como me hundo en ella, penetrándola poco a poco y de forma
profunda. Cierro los ojos un instante, dejándome llevar por la sensación de
tenerla así, completamente mía. Sus piernas me rodean con fuerza,
acercándonos aún más, y nuestros cuerpos se mueven en un ritmo que
hemos aprendido juntos, perfeccionado con cada encuentro, cada caricia,
cada beso. Entro y salgo de ella con ansia contenida, esforzándome por
controlar mis ganas de explotar en su interior. Me recreo en el tacto de sus
paredes húmedas, calientes y apretadas alrededor de mi sexo.
—Caleb… —murmura mi nombre entre gemidos, y el sonido
es suficiente para hacerme perder cualquier noción de contención.
Mi boca encuentra la suya en un beso que no deja espacio para dudas. Es
intenso, desesperado, como si quisiéramos fundirnos el uno en el otro y
borrar cualquier distancia que pudiera existir entre nosotros. Su lengua se
entrelaza con la mía, y nuestras respiraciones se mezclan en un torbellino de
pasión que parece no tener fin. Mi mano sube por su espalda, trazando un
camino que la hace arquearse aún más hacia mí. La forma en que su cuerpo
responde al mío es hipnotizante, y cada movimiento suyo me acerca más al
borde de lo soportable. Su piel está cubierta de una fina capa de sudor, y el
brillo en sus ojos me dice que está tan perdida en esto como yo.
—Eres increíble —le susurro contra los labios antes de besarla
de nuevo.
Grace me responde hundiendo sus uñas en mis hombros, arrancándome un
gemido bajo que parece satisfacerla, porque sonríe, aunque esa sonrisa
desaparece rápidamente cuando me muevo dentro de ella con una
intensidad renovada. Nuestros cuerpos se encuentran una y otra vez,
llevando la tensión entre nosotros a un punto de ruptura que es tan delicioso
como insoportable. Grace se aferra a mí como si estuviera al borde de un
precipicio, y yo me dejo consumir por la sensación de tenerla tan cerca, tan
conectada conmigo. Ella se deja llevar y explota de placer. Las
contracciones de su vagina alrededor de mi verga me hacen vaciarme dentro
de ella de forma intensa y profunda. Alcanzamos el clímax juntos, en una
explosión de sensaciones que hace que el mundo desaparezca. En este
momento, no existen bancos, ni compradores, ni problemas. Solo estamos
nosotros, compartiendo un momento que lo abarca todo, un instante que
queda grabado en mi memoria como uno de los más reales y puros de mi
vida.
Grace descansa su frente contra mi pecho, con su respiración
aún descontrolada, y yo paso mis dedos por su pelo, sin querer romper el
hechizo de este momento. La sostengo contra mí, sintiendo cómo su
corazón late al mismo ritmo que el mío, y sé, con una certeza
inquebrantable, que mientras estemos juntos, podemos superar cualquier
cosa.
Al final, cuando el silencio regresa y nuestras respiraciones se
mezclan, me siento realmente en paz. Grace se acurruca a mi lado, con la
cabeza apoyada en mi pecho y una mano descansando sobre mi corazón.
—Esto es lo que importa —murmura, y aunque su voz es
suave, sus palabras resuenan en mi interior con fuerza.
La abrazo con más fuerza, disfrutando de este momento.
Porque tiene razón. Pase lo que pase mañana, lo único que realmente
importa es que estamos juntos.
—Gracias, Grace —susurro, sabiendo que esas dos palabras
no son suficientes, pero esperando que entienda lo mucho que significan.
Ella no responde con palabras, solo se acerca más a mí, y en
ese gesto simple encuentro todo el consuelo que necesito.

Hoy me he despertado muy temprano, pero no podía estar más en la cama.


Así que me he levantado y me he dado una larga ducha. Ahora, estoy frente
al espejo del baño. Me miro y me ajusto el cuello de la camisa. Es una de
esas pocas ocasiones en las que dejo de lado los vaqueros y las botas. Grace
insistió en que diéramos buena imagen frente a los representantes del
banco. Aunque me siento algo fuera de lugar con esta ropa, entiendo lo
importante que es. Bajo las escaleras y encuentro a Grace esperándome en
el salón. Lleva un traje sencillo pero elegante y está tan guapísima como
siempre. Tiene entre las manos una carpeta gruesa, llena de las pruebas que
hemos conseguido tras días de trabajo.
—¿Lista? —pregunto mientras me acerco.
—Siempre —responde con una leve sonrisa. Pero puedo ver
en sus ojos la misma inquietud que siento yo.
Nos dirigimos al banco en silencio, cada uno inmerso en sus
pensamientos. Cuando llegamos, las puertas de cristal reflejan nuestras
figuras. Grace se detiene un momento, toma aire profundamente y me mira.
—Pase lo que pase ahí dentro, lo hemos hecho todo juntos. —
Sus palabras son un recordatorio, que me devuelve al presente.
—Y eso no cambiará.
Entramos con paso firme. El director del banco, un hombre de
mediana edad con gafas nos recibe en la sala de reuniones. A su lado hay
dos representantes de la empresa que quiere hacerse con el rancho. Uno de
ellos, un hombre mayor de traje oscuro, parece especialmente seguro de sí
mismo. La otra, una mujer con un aire frío y calculador, no tarda en
mirarnos de arriba abajo como si ya hubiera ganado.
Grace y yo tomamos asiento frente a ellos. La carpeta con
nuestras pruebas reposa en la mesa como un arma cargada y preparada para
disparar en cuanto lo necesitemos
—Señor Warner, señorita Montgomery —empieza el director
del banco, con un tono diplomático—. Gracias por venir. Como saben,
estamos aquí para discutir la oferta presentada por la empresa Crescent
Holdings.
El hombre del traje oscuro interviene de inmediato.
—Nuestra propuesta no solo cubre la deuda del rancho, sino
que también garantiza una inversión que podría beneficiar a todo el pueblo.
—¿A costa de destruirlo? —respondo, sin poder contenerme.
Mi tono es firme, pero no agresivo. Quiero que entiendan que no vamos a
retroceder.
Grace coloca una mano en mi brazo, un gesto discreto pero
suficiente para recordarme que debemos jugar bien nuestras cartas.
—Tenemos pruebas que demuestran que Crescent Holdings no
tiene interés en beneficiar al pueblo—dice Grace con calma—. De hecho,
sus acciones recientes indican todo lo contrario.
Abro la carpeta y saco los documentos que hemos recopilado.
Fotografías, correos electrónicos y declaraciones de empleados locales que
han sufrido sabotajes. Cada pieza es una evidencia sólida que desmonta las
intenciones de Crescent Holdings. La mujer frunce el ceño al ver los
papeles que les ponemos delante.
—Esto no prueba nada más allá de rumores y suposiciones —
dice, intentando sonar indiferente.
—Todo está documentado y corroborado por fuentes fiables.
No son rumores, son hechos. —insiste Grace, que no se deja intimidar por
ella.
Me inclino hacia delante, apoyando los brazos sobre la mesa.
—Este rancho ha sido parte de esta comunidad durante
generaciones. No es solo tierra, es el hogar de muchas personas. Su
propuesta puede sonar atractiva sobre el papel, pero todos sabemos lo que
sucede cuando una empresa como la suya entra en juego. Destruyen lo que
tocan.
El silencio que sigue a mi intervención es tenso. El director
del banco revisa los documentos con atención, pasando las páginas una a
una.
—Esto cambia las cosas —dice finalmente, levantando la
mirada hacia los representantes de Crescent Holdings—. Necesitamos
tiempo para evaluar esta información.
—No hace falta tiempo —interviene Grace, con una seguridad
que incluso me sorprende—. Las pruebas hablan por sí solas. Y si eso no es
suficiente, hay algo más.
Saca un USB de su bolso y lo coloca sobre la mesa.
—Aquí hay grabaciones que muestran intentos de
intimidación hacia algunos de los empleados del rancho.
El hombre del traje oscuro pierde la compostura por un
instante.
—Esto es inadmisible —protesta, aunque su tono revela
nerviosismo.
—Lo que es inadmisible es lo que ustedes han estado haciendo
—respondo con dureza.
El director del banco observa la escena con expresión seria.
—Creo que ya hemos escuchado suficiente. Necesitamos
deliberar antes de tomar una decisión definitiva.
Grace y yo nos levantamos y dejamos los documentos sobre la
mesa. Mientras salimos de la sala, siento cómo la tensión de mis hombros
disminuye ligeramente. Grace camina junto a mí, con la cabeza alta y la
misma determinación que ha mantenido desde el principio.

—Hicimos lo correcto —dice Grace de regreso al rancho en la


camioneta.
—Lo sé. Pero aún no ha terminado.
Ella me mira de reojo, con una pequeña sonrisa.
—No importa lo que decidan. Nosotros no vamos a rendirnos.
Asiento, porque sé que tiene razón. Pase lo que pase, vamos a
seguir luchando por Wild Creek.

El sol a través de la ventana de la cocina. Grace está junto a la encimera,


concentrada en la taza de café que sostiene entre las manos. Tiene el ceño
ligeramente fruncido, como si intentara proyectar en su mente el resultado
de esta mañana. La observo desde la puerta, tomándome un momento para
recordar lo lejos que hemos llegado juntos.
—¿Te queda algo de café? —pregunto, poniéndome a su lado.
Ella levanta la mirada y esboza una pequeña sonrisa.
—Queda en la cafetera. Sírvete.
Me acerco, me pongo una taza y me apoyo en la encimera
junto a Grace.
—Hoy es el día —digo, como si necesitara recordárnoslo a
ambos.
—Sí, hoy es el día —repite, casi en un susurro.

En la sala de reuniones del banco, el ambiente es tenso. Grace y yo estamos


sentados uno al lado del otro frente al director del banco y los dos
representantes de Crescent Holdings. Han pasado horas desde que dejamos
nuestras pruebas sobre la mesa y expusimos todo lo que teníamos. Ahora
todo depende de ellos.
—Tras revisar la documentación y considerar los intereses de
todas las partes implicadas —comienza diciendo el director del banco,
ajustándose las gafas—, hemos llegado a una decisión.
Grace aprieta mi mano debajo de la mesa. Siento la fuerza en
su gesto, y la devuelvo, como si ambos nos ancláramos al otro para
mantenernos en pie.
—La oferta de Crescent Holdings ha sido rechazada, por lo
que el rancho Wild Creek no cambiará de manos.
Por un momento, siento que no he oído bien. Pero cuando
interpreto el mensaje que he escuchado, una ola de alivio me recorre. Grace
suelta el aire que había estado conteniendo, y cuando la miro, sus ojos
brillan por la emoción contenida.
—Eso no es posible —protesta el hombre del traje oscuro,
poniéndose de pie.
—Lo hemos decidido así —responde el director del banco con
un tono firme—. Y es nuestra última palabra.
—Aún no hemos dicho la última palabra —nos escupe la
mujer mirándonos con una mirada tan fría como el hielo.
Ambos salen de la sala con paso firme, dejando tras de sí un
rastro de tensión que tarda en disiparse. Grace y yo permanecemos sentados
mientras el director se levanta, recoge sus papeles y nos dedica una breve
sonrisa.
—Buena suerte con el rancho, señores.
Cuando se marcha, nos quedamos en silencio, pero los dos nos
miramos de reojo.
—Lo hemos conseguido —susurra Grace, como si no
terminara de creérselo.
—Lo hemos conseguido —repito, girándome hacia ella.

De camino al rancho, el día parece más luminoso, aunque sé que es solo la


sensación de alivio que me invade. Grace está junto a mí, con la vista fija en
el horizonte. No hablamos, pero no hace falta. Todo está dicho. Cuando
llegamos, detengo el coche frente a la entrada y apago el motor. Grace me
mira y sus ojos brillantes y una sonrisa que lo dicen todo.
—Esto es solo el principio de algo mucho más grande —le
digo, tomando su mano entre las mías.
Ella asiente y, por primera vez en días, siento que el futuro de
Wild Creek está asegurado.
Capítulo 23
Grace
El olor a heno fresco y a tierra mojada envuelve el aire mientras paseo por
los establos. Apoyo una mano en la puerta del box donde Shadow descansa
tranquilo y el suave resoplido del caballo me arranca una sonrisa. Le
acaricio el hocico y me detengo un momento, dejando que mi cabeza
divague. En este preciso instante, sé con absoluta claridad que no hay otro
lugar en el mundo donde me gustaría estar. Ni otro hombre con el que
compartir mi vida. Caleb no solo ha cambiado mi mundo; lo ha
reconstruido pieza a pieza hasta convertirlo en algo completamente nuevo.
Respiro hondo, sintiendo en mi pecho la certeza de que quiero pasar el resto
de mi vida con él.
Salgo del establo con pasos firmes en dirección a casa.
Cuando llego, me siento a la mesa de la cocina con una taza de café en las
manos. El calor se extiende por mis dedos, mientras intento organizar mis
pensamientos. La idea que ha estado rondando mi cabeza desde hace
semanas finalmente está tomando forma. Me gustaría preparar algo especial
para Caleb, que le muestre cuánto significa para mí. Así que abro mi libreta
y comienzo a anotar ideas. No quiero algo ostentoso. Caleb no es un
hombre que aprecie los gestos grandilocuentes. Lo que realmente le importa
son los detalles, las pequeñas cosas que significan algo para nosotros.
—¿Qué haces? —su voz profunda me sobresalta, haciéndome
cerrar la libreta de golpe.
Le miro desde la cocina mientras entra, con la camisa de
cuadros remangada y las botas cubiertas de polvo. Su expresión curiosa está
teñida de una leve sonrisa.
—Nada importante. —Intento sonar despreocupada, aunque su
astuta mirada me hace sentir como si me hubiera pillado tramando algo.
—¿Nada importante? —Se acerca a la mesa, dejando caer un
guante de trabajo en el respaldo de una silla—. ¿Seguro? —insiste con
sonrisa pícara.
—Es una sorpresa. —Le devuelvo la sonrisa mientras deslizo
la libreta hacia el borde de la mesa, fuera de su alcance.
Caleb arquea una ceja, esa expresión suya que mezcla
diversión y desafío y se inclina hacia mí, apoyando las manos en la mesa,
tan cerca que el calor de su cuerpo parece envolverme.
—Sabes que no soy muy paciente con las sorpresas.
—Pues esta vez vas a tener que serlo. —Le doy un suave
empujón en el pecho para apartarle.
Él se ríe, ese sonido grave que siempre consigue alterar mi
corazón. Antes de que pueda decir algo más, toma una galleta del tarro
sobre la encimera y me lanza una mirada que parece decir esto no ha
terminado.
—Voy a revisar la cerca del sur. ¿Te apuntas?
—Tengo cosas que hacer. —Mi respuesta es más ambigua de
lo que debería, pero no quiero darle pistas.
Él asiente, aunque sus ojos verdes me estudian con atención,
como si intentara descifrarme. Finalmente, se gira hacia la puerta y, cuando
desaparece, suelto un suspiro de alivio.

Pasado el mediodía, el rancho está en completo silencio. Aprovecho para


bajar al cobertizo y revisar algunos detalles de mi plan. En mi cabeza, todo
encaja perfectamente, aunque sé que cuando lo lleve a cabo será otro
asunto. Mientras busco en una de las cajas, oigo pasos en la puerta.
—¿Grace? —La voz de Caleb resuena desde la entrada, y mi
corazón da un salto.
—¡Aquí! —intento sonar casual, aunque mi tono traiciona mi
nerviosismo.
Cuando aparece, tiene el ceño ligeramente fruncido, pero su
expresión se relaja al verme rodeada de herramientas y restos de madera.
—¿Qué haces?
—Un proyecto personal. —Le sonrío, pero su mirada se
mantiene fija en las cajas y los papeles dispersos a mi alrededor.
—Parece más que eso.
—¿Siempre tienes que cuestionarlo todo?
Se ríe entre dientes y se cruza de brazos, apoyándose en el
marco de la puerta. Su camisa, abierta en el cuello, deja entrever la piel
bronceada por el sol, y tengo que apartar la mirada para no quedarme
embobada.
—No me lo pongas tan fácil. Sabes que soy curioso por
naturaleza.
—Y testarudo. —Cruzo los brazos en un gesto que pretende
ser desafiante, pero que no hace más que arrancarle otra sonrisa.
—Está bien. No preguntaré más. Por ahora.
Antes de que pueda responder, Caleb se acerca y me besa
suavemente en la frente. Es un gesto tan inesperado que me deja sin
palabras. Cuando se aleja, sus ojos verdes brillan con una mezcla de ternura
y algo más profundo que no logro descifrar.
—Vuelvo en un rato —me advierte con tono casual, aunque
hay algo en su mirada que me hace pensar que él también tiene algo en
mente.

Esa noche, después de la cena, Caleb se acerca con una botella de vino y
dos copas. La luz suave de la lámpara sobre la mesa crea una atmósfera
íntima que parece cargada de significados ocultos.
—¿Celebramos algo? —pregunto mientras él llena las copas y
me tiende una.
—Podría ser. —Su respuesta es tan ambigua como la sonrisa
que se dibuja en sus labios.
Nos sentamos en el sofá y durante un rato hablamos de cosas
triviales: el estado del rancho, los caballos, el tiempo. Pero noto que hay
una tensión en el aire, una sensación de que ambos estamos guardándonos
algo. Finalmente, Caleb deja su copa sobre la mesa y se vuelve hacia mí
con una expresión seria.
—Grace, hay algo que quiero decirte.
Mi corazón late con fuerza mientras él toma mi mano. Su
mirada, intensa y sincera, parece atravesarme.
—Desde que llegaste al rancho, todo ha cambiado. Lo que
para mí antes era solo trabajo y rutina, ahora tiene un propósito. Tú me das
algo que no sabía que necesitaba.
—Caleb…
—Déjame terminar. —Su voz es firme, pero llena de emoción.
Se aclara la garganta antes de seguir hablando—. Quiero que te quedes
aquí, conmigo, no como algo temporal, sino como mi compañera, mi todo.
Mis ojos se llenan de lágrimas mientras escucho sus palabras.
Por un instante, no sé qué decir.
—No sé cómo lo haces, pero siempre logras adelantarte a mis
planes.
Su ceño se frunce ligeramente, confundido al escuchar lo que
acabo de decirle,
—¿Qué quieres decir?
Sonrío mientras me inclino hacia la mesita y saco de mi
bolsillo un pequeño objeto envuelto en tela. Lo despliego con cuidado,
revelando un sencillo colgante de plata con una inscripción grabada:
«Nuestro hogar».
—Quería darte esto como una forma de decirte que no pienso
ir a ninguna parte.
La expresión de Caleb pasa de la sorpresa a una felicidad tan
pura que hace que mi corazón lata desbocado en medio de mi pecho.
—Grace… —susurra y, antes de que pueda decir algo más, me
besa con una pasión que lo dice todo sin necesidad de utilizar palabras.
Cuando finalmente nos separamos, susurra contra mis labios:
—Esto es solo el principio de algo mucho más grande.
Y en ese momento, sé que tiene razón.

El viento suave del atardecer acaricia mi cara mientras subimos por el


sendero que lleva al mirador. Caleb va delante de mí, con una linterna en
una mano y la otra descansando casualmente en su bolsillo trasero. Su
silueta recortada contra el cielo me hace sonreír. Incluso en los momentos
más simples, consigue llenarlo todo con su presencia.
—¿Puedes decirme de una vez a dónde me llevas? —le
pregunto, fingiendo un tono de fastidio, aunque mi curiosidad me delata.
—Tendrás que esperar un poco más —me insiste con su voz,
profunda y tranquila, que tiene ese toque de misterio que siempre me
desarma.
Al llegar a la cima, la vista me deja sin palabras. El rancho se
extiende como una postal iluminada por las luces que hemos instalado
recientemente. A lo lejos, los establos, la casa y los prados parecen formar
un cuadro perfecto. Caleb se detiene junto al borde del mirador y me tiende
la mano.
—Ven aquí.
Sus dedos se entrelazan con los míos mientras me guía hacia
una manta extendida en el suelo. Hay una pequeña cesta con una botella de
vino, copas y una vela que parpadea con la brisa. Todo está preparado con
un cuidado que no esperaba de él.
—¿Qué es todo esto? —pregunto, dejando caer mi bolso a un
lado mientras me siento sobre la manta.
—Algo que quería hacer desde hace tiempo.
Su respuesta es tan sencilla que me atrapa. Caleb se sienta a
mi lado y abre la botella con movimientos hábiles. Me ofrece una copa y
alza la suya en un brindis silencioso.
—¿Por qué brindamos?
—Por nosotros.
Las palabras son simples, pero el modo en que las dice las
llena de significado. Chocamos nuestras copas, y el sonido del cristal se
pierde en el aire fresco de la noche.

Después de unos minutos, Caleb se inclina hacia atrás, apoyándose en sus


codos, y me observa con una mirada que hace que el corazón me dé un
vuelco.
—Grace… Hay algo que quiero decirte.
La seriedad de su tono hace que me enderece. Él se incorpora
despacio y busca algo en el bolsillo interior de su chaqueta. Mi respiración
se detiene cuando veo que saca una pequeña caja de terciopelo.
—Esto… —Empieza a hablar, pero se detiene un segundo,
como si estuviera buscando las palabras exactas—. Esto perteneció a
Margaret. Ella me lo dio hace años y me dijo que lo guardara hasta
encontrar a la mujer con la que quisiera pasar el resto de mi vida.
Mis ojos se llenan de lágrimas antes de que termine la frase.
Caleb abre la caja, revelando un anillo sencillo pero hermoso, de oro blanco
y con un pequeño diamante en el centro.
—Grace, desde que llegaste, todo ha cambiado para mí. Has
hecho que este lugar cobre vida de un modo que no podía ni siquiera
imaginar. Me has dado más de lo que nunca podría haber pedido nunca, y
quiero pasar cada día asegurándome de que sientas lo mismo.
Sus ojos verdes, llenos de emoción, buscan los míos mientras
me tiende el anillo.
—¿Te casarías conmigo?
Las lágrimas caen por mis mejillas antes de que pueda
responder. Me llevo una mano a la boca, incapaz de hablar durante unos
segundos que me parecen eternos. Finalmente, logro asentir y susurro:
—Sí.
La sonrisa que ilumina el rostro de Caleb en ese momento es
algo que jamás olvidaré. Con cuidado, toma mi mano y desliza el anillo en
mi dedo. La calidez de su toque y la ternura con la que lo hace me hacen
sentir que el mundo entero se detiene.

No sé quién se mueve primero, pero en un instante, sus labios están sobre


los míos. El beso es profundo, lleno de una pasión que parece querer decir
todo lo que las palabras no pueden expresar. Mis manos se deslizan por su
cuello, aferrándome a él como si temiera que este momento pudiera
desvanecerse.
Caleb me sostiene con firmeza, su cuerpo pegado al mío
mientras el viento nos rodea. El frío de la noche desaparece con el calor que
compartimos. Es un beso que lo abarca todo, que sella un futuro que ya no
parece incierto. Cuando nos separamos, susurra contra mis labios:
—No sé cómo he tenido tanta suerte.
—La misma que yo —le respondo justo antes de darle otro
beso.

El trayecto de regreso a la casa es silencioso, pero no incómodo. Camino de


la mano de Caleb, sintiendo cómo sus dedos, entrelazados con los míos,
emiten una calidez que va más allá del contacto físico. Cada pocos pasos,
me lanza una mirada que está cargada de algo más profundo que las
palabras. Siento una mezcla de emociones revoloteando en mi pecho:
felicidad, nerviosismo y euforia.
Cuando llegamos a la puerta, Caleb la abre para mí, haciendo
una leve reverencia con un gesto juguetón.
—Después de ti, futura señora…
No termina la frase, pero su sonrisa me lo dice todo. Río
suavemente y cruzo el umbral mientras mi corazón late con fuerza.
—¿Siempre eres tan caballeroso? —pregunto, girándome para
mirarle mientras cierra la puerta detrás de nosotros.
—Solo cuando estoy profundamente enamorado.
Sus palabras me paralizan por un segundo. Caleb rara vez es
tan directo con sus emociones, y el impacto de lo que me acaba de decir, me
golpea de lleno. Antes de que pueda responder, sus brazos me rodean con
una seguridad que hace que el resto del mundo desaparezca.
—Grace… —susurra contra mi pelo—. No sabes lo feliz que
me haces.
Lo miro, perdiéndome en la intensidad de sus ojos verdes y, en
ese instante, sé que Caleb es mi hogar, mi refugio y mi futuro.
Antes de que pueda darme cuenta, sus labios están sobre los
míos. El beso es dulce al principio, casi tímido, como si estuviéramos
descubriendo algo nuevo pese a todo lo que ya hemos compartido. Pero
pronto la intensidad crece, y sus manos se deslizan por mi espalda,
acercándome más a él.
—Te quiero tanto… —murmura entre beso y beso con la voz
ronca y cargada de emoción.
Mis dedos se enredan en su pelo, mientras aumenta el calor
entre nosotros. Caleb me levanta con facilidad, como si no pesara nada, y
me lleva escaleras arriba sin apartar la mirada de la mía. Cada paso que da
parece acercarnos más a algo que trasciende lo físico.
—¿Estás segura? —pregunta cuando llegamos al dormitorio
con tono suave pero cargado de deseo.
Asiento sin vacilar.
—Más que nunca.
Caleb me deposita con cuidado en la cama, sus movimientos
deliberados y llenos de ternura. Se inclina sobre mí, sus manos acariciando
mi rostro como si fuera algo frágil y valioso.
—Eres todo lo que siempre deseé. Todo lo que no sabía que
necesitaba.
Sus palabras me llenan de una calidez totalmente nueva para
mí. Lo atraigo hacia mí, buscando sus labios de nuevo, mientras mis manos
exploran la musculatura de su espalda. Sus caricias son lentas, estudiadas,
como si quisiera memorizar cada centímetro de mi piel. La ropa desaparece
entre susurros y miradas cargadas de intención, y el frío de la habitación
contrasta con el calor que emana de nuestros cuerpos.
Cuando sus labios descienden por mi cuello hasta mi
clavícula, un suspiro escapa de mis labios. Caleb se detiene, levantando la
mirada hacia mí, y sus ojos reflejan algo tan profundo que hace que mis
dedos se aferren a sus hombros.
—Eres preciosa… —dice, y la sinceridad en su voz me deja
sin aliento.
Se toma su tiempo, para explorar mi cuerpo con una devoción
que me hace sentir como si fuera lo único que le importa en el mundo. Sus
labios dejan un rastro de calor allá donde rozan mi piel, y sus manos
recorren mis caderas con una delicadeza que contrasta con la fuerza de su
agarre.
—Caleb… —murmuro, y mi voz tiembla con una mezcla de
deseo y emoción.
Él responde inclinándose para besarme de nuevo, profundo,
intenso, como si quisiera fundirse conmigo y poco a poco me va quitando la
ropa y él hace lo mismo después con la suya. Cuando estamos los dos
completamente desnudos, Caleb se tumba a mi lado, me rodea con sus
brazos y yo me recuesto en su pecho. Su corazón late con fuerza y yo me
acerco hasta su boca para besarle. Él, aprovechando que estoy sobre su
pecho, me mueve para que me tumbe sobre él. Notar el contacto de su
cuerpo grande y fuerte contra el mío me excita sobre manera, por lo que no
dudo en moverme para sentarme a horcajadas sobre él. Una vez así, agarro
su erección con las manos y le masturbo. Él me mira con una sonrisa pícara
y levanta las manos para pellizcarme los pezones, como sabe que me gusta.
Yo le miro a los ojos y me pongo en cuclillas. Sin dejar de agarrar su sexo,
me levanto un poco hasta colocar su glande mojado y suave en mi entrada
para después empezar a descender sobre él. Mis paredes se adaptan a su
grosor según su tremenda erección me penetra. Poco a poco desciendo
sobre ella hasta que consigo que entre por completo. Una vez empalada por
él lo miro a los ojos y empiezo a mover las caderas suavemente de lado a
lado, sin quitar profundidad a su estocada. Caleb sin dejar de mirarme se
muerde el labio inferior y lanza un hondo suspiro. Sé que lo que le estoy
haciendo le enloquece. Desciende sus manos desde mis pechos hasta mi
cintura y me levanta un poco para conseguir dejar algo de espacio entre
nuestros cuerpos para poder ser él quién moviéndose desde abajo marque el
ritmo de las estocadas. Le sonrío pícara y le dejo hacer. A Caleb le gusta ser
el dominante, por lo que poco después se las apaña para tumbarme sobre la
cama y agarrar mis piernas para ponérselas a los lados del cuello y
penetrarme con un ritmo endiablado. Es tal la profundidad de sus estocadas,
que exploto de placer instantes después. Entre jadeos pronuncio su nombre,
algo que lo enloquece y acaba corriéndose de forma explosiva lanzando un
hondo gemido desde lo más profundo de su garganta. Mi cuerpo se arquea
bajo el suyo, y su nombre escapa de mis labios como un suspiro mientras
trato de recuperar el resuello. Cuando todo acaba, nos quedamos abrazados,
mientras el ritmo de nuestras respiraciones vuelven poco a poco a la
normalidad, mientras el silencio de la habitación nos envuelve. Caleb apoya
su frente contra la mía con los ojos cerrados y una sonrisa suave en sus
labios.

La habitación está en calma. La única iluminación proviene del fuego que


Caleb encendió antes. Su calor se mezcla con el que aún nos envuelve a los
dos, tumbados entre las sábanas desordenadas. Apoyo mi cabeza en su
pecho y siento el ritmo constante de su corazón bajo mi mejilla. Es un
sonido que me llena de paz, como si estuviera sintonizado con el mío. Caleb
juega distraídamente con mi pelo, y esa caricia, tan sencilla pero llena de
afecto, consigue que mi cuerpo se relaje aún más.
—¿Sabes? —empieza a decir con un tono tranquilo, pero
cargado de emoción—. Nunca imaginé que pudiera tener algo como esto.
Tú…
Levanto la mirada para encontrarme con sus ojos, que están
fijos en el techo, pero su brillo refleja algo profundo, como si estuviera
repasando cada paso que nos ha traído hasta aquí.
—¿Yo qué? —le animo con una sonrisa tímida en los labios.
—Tú haces que todo tenga sentido. El rancho, mi vida…
Incluso las cosas que pensaba que estaban rotas, ahora parece que encajan.
Sus palabras me llegan al corazón de una manera que no
esperaba. Me incorporo ligeramente, apoyándome en mi codo para mirarle
mejor. Mis dedos trazan círculos suaves en su pecho, un gesto inconsciente
que parece ayudarme a ordenar las emociones que me invaden.
—Yo también lo siento así —respondo, con la voz apenas por
encima de un susurro—. Cuando llegué aquí, estaba perdida. Pensaba que
no había lugar para mí en este mundo, pero tú… —Me detengo un
momento, intentando encontrar las palabras adecuadas—. Tú me has
enseñado que este lugar, este rancho, no es solo tierra y madera. Es un
hogar. Nuestro hogar.
Caleb se incorpora un poco, apoyándose en el codo opuesto al
mío, y su mano se desliza hasta mi mejilla. Su contacto es cálido, firme,
como si quisiera asegurarse de que entiendo todo lo que siente por mí.
—Entonces vamos a construirlo juntos. Quiero que sea
nuestro.
Su propuesta me toma por sorpresa, aunque en el fondo siento
que siempre lo he sabido. Él no es el tipo de hombre que se guarda nada
para sí mismo cuando se trata de alguien a quien ama.
—¿Qué significa eso exactamente? —pregunto, con una ceja
arqueada y una sonrisa juguetona que ilumina su rostro.
—Significa que no tomaremos decisiones importantes sin
consultarnos. Que tus ideas tendrán el mismo peso que las mías. Que si
quieres añadir un gallinero al lado del establo o plantar un huerto detrás de
la casa, yo estaré ahí contigo, aunque no tenga ni idea de cómo hacerlo.
Río suavemente y ese sonido parece aliviar la pequeña tensión
que quedaba en el aire.
—¿Y si quiero pintar la casa de rosa?
—Entonces supongo que tendré que acostumbrarme a vivir en
una casa rosa.
Su respuesta, tan sincera y sin una pizca de sarcasmo, hace
que mi corazón dé un vuelco. Me inclino para besarle, y el gesto es más que
un simple contacto de labios. Es una forma de decirle que estoy dispuesta a
recorrer este camino con él, pase lo que pase.
—¿Qué es lo que más deseas para el futuro? —me pregunta
sin dejar de acariciarme.
La pregunta me toma por sorpresa. Nunca me había detenido a
pensar en ello de forma tan directa. Pero ahora, con él frente a mí, la
respuesta me surge de forma más clara de lo que esperaba.
—Quiero que este lugar prospere. Quiero que el rancho sea un
hogar para nosotros, para nuestra familia. Quiero sentir que todo lo que
hacemos aquí importa, no solo para nosotros, sino también para los demás.
Caleb asiente lentamente, como si estuviera memorizando
cada una de mis palabras.
—¿Y tú? —le pregunto, porque quiero saber si nuestros
sueños van en la misma dirección.
—Quiero lo mismo, Grace. Pero, sobre todo, quiero que tú
seas feliz. Deseo que cuando te despiertes cada mañana, sientas que tomaste
la decisión correcta al quedarte aquí.
—Caleb, ya lo siento así —le respondo mirándole a los ojos.
Su expresión cambia, pasando de la seriedad a una sonrisa que
ilumina su cara de una manera que me deja sin aliento.

Empezamos a hablar de todo lo que queremos hacer. Desde cómo mejorar


las instalaciones del rancho para que sea más eficiente, hasta pequeñas
cosas como añadir más flores al jardín delantero o construir una caseta para
los perros.
—También deberíamos organizar algo para atraer más turistas.
Tal vez rutas a caballo o actividades para familias —sugiero, emocionada
con la idea.
—¿Y qué tal una pequeña cabaña para los que quieran
quedarse más de un día? —añade Caleb, mientras sus dedos juegan
distraídamente con los míos.
La conversación fluye con una facilidad que me sorprende.
Cada idea que proponemos parece encajar con la otra, como si ya
lleváramos años trabajando juntos en este proyecto.
En algún momento, Caleb se queda en silencio. Su mirada se
pierde un momento, y cuando vuelve a encontrar la mía, hay algo nuevo en
sus ojos.
—Grace, hay algo que quiero que sepas.
—Dime.
—Nunca imaginé que alguien como tú llegaría a mi vida.
Siempre pensé que estaría solo, que este lugar sería lo único que tendría.
Pero tú… Tú cambiaste todo.
Le interrumpo con un beso, porque no hay palabras suficientes
para responder a lo que acaba de decir.
—Tú eres mi hogar, Caleb —le digo cuando nos separamos, y
sé que esas palabras son todo lo que él necesita oír.
Su sonrisa es la respuesta perfecta, y cuando me atrae hacia él
de nuevo, sé que estamos construyendo algo que durará para siempre.
Capítulo 24
Caleb
6 meses después
El sonido de los caballos en el establo es lo primero que oigo al amanecer,
una sinfonía familiar que esta mañana me sabe distinta. No hay rutina hoy.
Ni madrugones silenciosos, ni paseos solitarios mientras preparo la jornada.
Hoy es el día. Respiro hondo, dejando que el aire fresco de las montañas me
llene los pulmones. Mientras me dirijo hacia la casa, las primeras luces del
rancho iluminan los detalles que hemos trabajado durante los últimos
meses. Desde los establos renovados hasta el pequeño jardín lleno de flores
que Grace plantó con sus propias manos, todo tiene algo de ella, algo
nuestro.
Al entrar en la cocina, el aroma a café recién hecho me recibe.
Grace está allí, de espaldas a mí, poniendo algo sobre la mesa. Lleva uno de
esos vestidos que tanto me gustan, sencillos pero que siempre consiguen
realzar su figura de una forma que me distrae más de lo que debería.
—¿Ya te has puesto a trabajar? —pregunto mientras me acerco
a ella.
Se gira con una sonrisa, y veo que está terminando de colocar
las etiquetas en unos tarros de mermelada casera que ha preparado para
vender en la tienda del rancho.
—Alguien tiene que asegurarse de que todo esté perfecto para
los visitantes —me dice girándose hacia mí para mirarme y, en ese instante,
veo un brillo en sus ojos que delata la mezcla de nervios y emoción que
compartimos.
La rodeo por la cintura y la atraigo hacia mí.
—Todo está perfecto porque tú estás aquí —le respondo y ella
me dedica una sonrisa, que me recuerda por qué estoy tan enamorado de
ella.
—¿Estás listo para la gran inauguración? —pregunta
apoyando las manos en mi pecho.
—Totalmente preparado. Aunque si alguien me dice que
quiere pintar algo de rosa, no sé si lo aguantaré…—bromeo y Grace se ríe y
me da un golpecito en el hombro antes de volver a lo suyo.
Mientras ella termina de ultimar los detalles, voy al establo
para revisar los caballos que estarán en las primeras rutas. Shadow está
inquieto, como si supiera que hoy es un día especial. Le acaricio el hocico,
susurrándole palabras tranquilizadoras, y recuerdo todas las veces que este
lugar me pareció una carga imposible de llevar. Ahora no puedo imaginar
mi vida lejos de aquí, ni lejos de ella.
El bullicio de los primeros visitantes comienza a llenar el
ambiente a media mañana. Familias con niños, parejas jóvenes y algunos
vecinos curiosos se reúnen en el patio principal, admirando las
instalaciones. Los nuevos carteles que Grace diseñó destacan en cada
esquina, indicando rutas, actividades y, por supuesto, la tienda de Wild
Creek.
Grace aparece junto a mí con una carpeta en la mano y con
gesto concentrado.
—Los guías ya están preparados, y las primeras reservas para
las cabañas las confirmaron ayer por la noche —informa, como si estuviera
supervisando un evento corporativo.
—¿Y tú? —le pregunto con una ceja arqueada—. ¿Te has
tomado un respiro en algún momento?
—Eso no entra en mis planes hoy —responde con una sonrisa
divertida.
La tomo del brazo antes de que pueda alejarse para continuar
con su ritmo incansable de trabajo.
—Cariño, lo hemos conseguido. Tómate un momento para
disfrutarlo —le digo y ella e detiene, sorprendida, y su expresión se suaviza.
—Tienes razón. Este lugar no sería lo que es sin ti.
—Sin nosotros.
La conversación se interrumpe cuando uno de los guías se
acerca para pedir instrucciones, y Grace, como siempre, se lanza a
resolverlo todo.
A medida que avanza el día, cada rincón del rancho cobra
vida. Los niños corren entre los establos, emocionados por la oportunidad
de montar a caballo. Los adultos pasean por los senderos, disfrutando de las
vistas. Incluso los animales parecen contagiados por la energía del día.
Grace y yo nos cruzamos varias veces mientras atendemos a
los visitantes, y cada vez que nuestras miradas se encuentran, siento ese
tirón en el pecho que nunca desaparece.
En un momento de calma, me acerco a ella y le ofrezco un
vaso de limonada.
—¿Qué opinas? —le pregunto mientras me apoyo en la
barandilla junto a ella.
Ella observa el panorama que nos rodea con una sonrisa
satisfecha.
—Creo que es incluso mejor de lo que había imaginado.
—Y esto es solo el principio —añado y ella me mira y veo
cómo sus ojos brillan de felicidad—. ¿Crees que tu tía Margaret estaría
orgullosa? —le pregunto en voz baja y mirando al horizonte, se toma un
momento para responder.
—Creo que estaría encantada de ver lo que hemos hecho con
Wild Creek. Pero estaría aún más orgullosa de saber que he encontrado a
alguien que quiere construir algo aquí conmigo. Y estaría tan feliz como yo
al saber que ese alguien eres tú, Caleb Warner.
Ante lo que acabo de escuchar de labios de Grace no puedo hacer nada más
que rodearla con mis brazos y darle uno de nuestros besos, de esos que
despiertan el cuerpo y alimentan el alma.

Unas horas más tarde, el bullicio del rancho continúa, sigue lleno de risas y
voces emocionadas que parecen contagiarlo todo. Los caballos,
normalmente tranquilos y ajenos al ajetreo humano, están más inquietos de
lo habitual. Desde donde estoy, veo a Grace junto a un grupo de visitantes
en el corral. Habla con entusiasmo, sus gestos amplios y expresivos. Los
niños la rodean, fascinados por cada palabra que sale de su boca.
Cuando termino con los caballos, camino hacia ella. Aunque
hay gente a nuestro alrededor, mi atención está fija en Grace. Lleva una
camisa de lino que se ajusta perfectamente a su figura y un sombrero de
paja que cubre parte de su pelo, pero no lo suficiente como para ocultar los
mechones sueltos que el viento juega a despeinar.
—¿Cómo va todo por aquí? —pregunto al acercarme,
apoyando un brazo en la valla del corral.
Ella gira la cabeza y me dedica una sonrisa de esas que
parecen iluminarlo todo.
—Los niños están encantados. Shadow es el más popular del
día.
—Siempre lo es —le respondo mientras observo las caras de
entusiasmo de los pequeños al ver a los caballos.
—¿Tú cómo lo llevas? —me pregunta ella.
—Bien, aunque me vendría bien un descanso.
—¿Un descanso?
—Bueno, tal vez un descanso no sea lo que necesito
exactamente.
Antes de que pueda responder, me inclino hacia ella y la beso.
Es un gesto breve, pero cargado de intención. Siento cómo su respiración se
entrecorta un instante antes de corresponderme.
—Caleb… —susurra cuando nos separamos con la voz un
poco temblorosa.
—Solo quería recordarte lo mucho que te amo. —Mis palabras
son sinceras, y veo cómo el rubor sube por sus mejillas.
—Y yo a ti. —Me aprieta la mano un segundo antes de
volverse hacia los niños—. Pero ahora tengo trabajo que hacer —me dice
justo antes de regresar con el grupo y yo la observo incapaz de apartar los
ojos de ella.
Las horas pasan entre paseos a caballo, charlas con los
visitantes y momentos fugaces que comparto con Grace mientras ambos
intentamos mantenerlo todo bajo control. La gente ha respondido mejor de
lo que esperaba. Vecinos que hacía años que no veía han venido con sus
familias, algunos incluso nos han traído regalos para celebrar la
inauguración.
—Esto es impresionante, Caleb —dice Sam, uno de los
vecinos—. Este lugar siempre ha sido especial, pero lo que habéis hecho
aquí es increíble.
—Gracias, Sam. No habría sido posible sin Grace.
Él asiente con una sonrisa cálida asoma en su rostro.
—Es una mujer especial. Cuidarla es lo más importante que
puedes hacer.
Miro hacia donde está ella, ayudando a una familia a sacar
fotos junto a los caballos, y sé que Sam tiene razón.
—Eso pienso hacer —respondo con firmeza.
Por la tarde, organizamos una comida al aire libre en el patio
principal. Las mesas están decoradas con sencillez, pero con gusto, flores
silvestres en pequeños jarrones y manteles de cuadros que Grace eligió
personalmente. El aroma de la barbacoa llena el aire, y las risas de los niños
se mezclan con la música en vivo que un grupo local. Grace se sienta a mi
lado cuando finalmente conseguimos un momento para nosotros. Tiene el
pelo un poco revuelto por el viento y una expresión cansada, pero feliz.
—Esto es mejor de lo que imaginé —dice mientras observa a
los invitados.
—Es todo gracias a ti.
Ella me mira con incredulidad.
—Eso no es cierto. Esto es nuestro.
—Lo sé, pero tú has hecho que cobre vida.
Grace toma mi mano por debajo de la mesa, su contacto es
suave, pero firme, como todo en ella.
—Caleb, este lugar no sería nada sin ti.
Antes de que pueda responder, un grupo de vecinos se acerca
para felicitarnos, y el momento se rompe, pero la calidez de sus palabras se
queda conmigo.
Cuando el sol comienza a ponerse, la multitud empieza a
dispersarse. Grace y yo permanecemos en el patio, observando cómo las
luces de guirnalda iluminan el espacio con un brillo cálido.
—¿Cómo te sientes? —pregunta apoyándose en mi hombro.
—Cansado, pero feliz.
Ella sonríe, y sé que siente lo mismo.
Mientras el silencio del rancho regresa poco a poco, nos
quedamos allí, juntos, con la certeza de que este día es el inicio de algo
grande.

El crepúsculo se cierne sobre el rancho, tiñendo el cielo de una tonalidad


que nunca sé cómo describir, pero que siempre consigue detenerme un
momento. Es el final de un día largo, pero gratificante. La última furgoneta
de visitantes cruza la entrada principal, dejando tras de sí un eco de risas y
voces emocionadas.
Me giro hacia la casa y la veo. Grace está en el porche,
recostada contra la barandilla, con los brazos cruzados y la mirada perdida
en el horizonte. La luz tenue de las bombillas que cuelgan a lo largo del
tejado le dibuja un halo suave. Por un instante, me quedo inmóvil, dejando
que la calma del momento se asiente.
Subo los escalones del porche con pasos firmes, pero
silenciosos, queriendo alargar este instante unos segundos más. Al llegar
junto a ella, apoyo un brazo en la barandilla y dejo que el aire fresco de la
noche llene mis pulmones.
—¿En qué piensas? —pregunto mientras mis ojos siguen la
dirección de los suyos.
Grace me lanza una mirada rápida antes de volver a fijarse en
el horizonte.
—En lo lejos que hemos llegado.
—¿«Hemos»? —repito con un toque de humor, aunque lo que
siento es admiración—. Todo esto es gracias a ti, Grace.
Ella frunce el ceño ligeramente, girándose hacia mí.
—Eso no es cierto, Caleb. Esto lo hemos hecho juntos.
La intensidad de sus palabras me desarma y, por un momento
me quedo sin saber qué responder. Grace siempre ha tenido ese efecto en
mí: me hace querer ser mejor.
—Tal vez tengas razón —cedo con una media sonrisa.
Ella me devuelve el gesto y suelta un leve suspiro, apoyándose
más en la barandilla. La brisa nocturna juega con un mechón de su pelo, y
sin pensarlo demasiado, lo aparto de su rostro con la yema de mis dedos.
—¿Cansada? —pregunto, dejando mi mano en su mejilla un
poco más de lo necesario.
—Un poco, pero es ese cansancio bueno, el que te hace sentir
que todo ha valido la pena.
Asiento, porque sé exactamente a lo que se refiere.
Nos quedamos en silencio durante un rato, observando cómo
las luces del rancho se reflejan en las ventanas de los establos. La calma
después de la tormenta, pienso. Este lugar, que antes era solo una sucesión
de tareas interminables, ahora respira vida.
—¿Sabes? —empieza Grace, con ese tono que usa cuando está
a punto de decir algo importante—. Cuando llegué aquí, no esperaba
encontrar nada de esto.
—¿Esto te refieres al rancho o a mí?
Ella se ríe suavemente y me da un suave golpe en el brazo.
—Me refiero a todo. Este lugar, tú… Es más de lo que podría
haber imaginado.
La miro, intentando encontrar las palabras adecuadas, pero
ella se adelanta.
—Cuando pienso en todo lo que hemos hecho, siento que este
es el lugar al que pertenezco.
Sus palabras me llegan al corazón con una fuerza que no
esperaba. Grace no es de las que dicen cosas por decir, y escucharla hablar
así hace que algo en mi pecho se hinche.
—Y yo no puedo imaginar este lugar sin ti —respondo con un
tono de voz más serio de lo que pretendía.
Ella me mira, y veo cómo sus ojos brillan bajo la luz tenue.
Hay algo en ellos que me hace querer decirle todo lo que siento, aunque no
sea el mejor con las palabras.
—Gracias —murmuro después de un momento.
—¿Por qué?
—Por todo. Por creer en mí, en este lugar, incluso cuando yo
ni siquiera me atrevía a hacerlo.
Grace se inclina hacia mí y apoya su cabeza en mi hombro.
Mis dedos se deslizan por su pelo, y me quedo así, disfrutando de la calma
que solo ella puede traerme. Después de un rato, Grace se incorpora y se
sienta en el balancín del porche, invitándome a acompañarla. Me dejo caer
a su lado, el mueble cruje bajo nuestro peso, pero es un sonido
reconfortante, familiar.
—¿Qué crees que nos deparará el futuro?
—Creo que lo que sea, lo viviremos juntos.
Grace sonríe y entrelaza sus dedos con los míos.
—¿Sabes lo que más me gusta de ti?
—Mi increíble habilidad para domar caballos —bromeo.
Ella sacude la cabeza, riéndose.
—Eso está bien, pero no. Lo que más me gusta de ti es que
siempre me haces sentir segura. Como si, pase lo que pase, todo estará bien
si estamos juntos.
Sus palabras me llegan al corazón de una manera que no
esperaba. Me inclino hacia ella y le doy un beso.
—Siempre estaré aquí para ti, cariño. Siempre.
El aire de la noche se enfría, pero ninguno de los dos parece
tener prisa por moverse. El rancho está en silencio ahora, salvo por los
sonidos ocasionales de los animales y el susurro del viento entre los árboles.
Grace apoya su cabeza en mi pecho, y siento cómo su respiración se hace
más lenta, más profunda.
—Hoy ha sido un buen día —murmura, con los ojos cerrados.
—El mejor —respondo, porque no puedo imaginar nada mejor
que esto: estar aquí, con ella, en el lugar que ahora llamamos nuestro hogar.
Capítulo 25
Grace
El atardecer tiñe el cielo con matices suaves mientras Caleb y yo
cabalgamos por los senderos del rancho. Caleb no dice adónde vamos, pero
la expresión tranquila en su rostro me hace confiar en que ha planeado algo
especial.
—¿Puedo saber cuál es el plan? —pregunto con una sonrisa
que él no ve, pero seguro adivina en mi tono.
—Solo disfruta del paseo —responde sin girarse, con esa
seguridad que parece tan natural en él.
El sendero nos lleva entre campos abiertos y zonas arboladas
donde las sombras se alargan con la caída de la tarde. El sonido de los
cascos sobre la tierra, mezclado con el canto ocasional de algún pájaro, crea
una banda sonora perfecta. No necesito saber nuestro destino para sentir
que este momento ya es perfecto. Cuando Caleb finalmente se detiene,
estamos en una pequeña colina que ofrece una vista panorámica del rancho.
Las luces comienzan a encenderse en la distancia, creando pequeños puntos
brillantes que destacan contra el paisaje cada vez más oscuro. Me bajo del
caballo con su ayuda mientras mis pies tocan el suelo.
—Es precioso —susurro mientras recorro con la mirada el
valle que se extiende ante nosotros.
—Quería traerte aquí porque este lugar siempre me ha
ayudado a pensar. Pero ahora no quiero que este sitio sea solo para mí.
Ahora todo esto es nuestro —me responde.
Me acerco a él y apoyo mi cabeza en su hombro. Caleb pasa
un brazo alrededor de mi cintura, atrayéndome un poco más hacia él.
—Gracias por esto —le digo finalmente, porque sé que ha
pensado en cada detalle, incluso si no lo dice.
Caleb solo sonríe y aprieta un poco más su abrazo.

La noche ya ha caído cuando llegamos de vuelta al rancho. Las luces del


establo están encendidas, proyectando un resplandor cálido que se refleja en
las paredes de madera. Caleb desmonta primero y me ayuda a bajar con sus
manos firmes y cálidas en mi cintura. Por un momento, nuestras miradas se
encuentran bajo la tenue luz, y siento cómo una corriente eléctrica pasa
entre nosotros.
—Vamos al granero —dice de repente, con un brillo en los
ojos que me hace sonreír.
—¿No tenemos suficiente trabajo durante el día como para
venir aquí por la noche? —pregunto con un tono juguetón, aunque le sigo
sin dudarlo.
Al entrar, el aroma familiar de la madera y el heno me
envuelve, mezclándose con la calidez que Caleb siempre lleva consigo. Él
cierra la puerta detrás de nosotros, y el espacio se sumerge en una penumbra
que no es incómoda, sino íntima.
—Siempre te quejas de que no descansamos, pero yo creo que
no sabes desconectar del todo —dice mientras se acerca, con la voz baja y
cargada de intención.
—¿Ah, sí? ¿Y qué sugieres?
En lugar de responder, Caleb acorta la distancia entre nosotros.
Su mano se posa en mi mejilla, y su pulgar traza un círculo suave sobre mi
piel antes de inclinarse y besarme. Es un beso lento, profundo, como si
quisiera tomarse su tiempo para explorar cada rincón de mí.
Mis manos encuentran su camino hacia su pecho, sintiendo la fuerza bajo la
camisa de algodón. Caleb me atrae más hacia él y el resto del mundo
desaparece en ese momento. No hay caballos, ni tareas pendientes, ni
preocupaciones. Solo estamos nosotros, envueltos en una conexión que va
más allá de lo físico.
—Grace… —murmura contra mis labios.
Caleb me sostiene la mirada, su respiración cada vez más
pesada mientras su mano se desliza por mi brazo hasta entrelazar sus dedos
con los míos. No necesitamos hablar. Hay algo en el aire, un entendimiento
que va más allá de las palabras. Con un suave tirón, me atrae hacia él, y
nuestros labios se encuentran en un beso profundo, lento al principio, pero
que pronto se vuelve más exigente. Mis manos suben por su pecho, notando
el calor que irradia incluso a través de la tela de su camisa, hasta que llego a
su cuello, acariciando la curva donde la piel se vuelve más sensible.
—Grace… —susurra contra mi boca, con un tono cargado de un deseo que
hace que todo mi cuerpo reaccione.
Él toma el control, como siempre lo hace, con esa mezcla de
fuerza y delicadeza que me vuelve loca. Sus manos grandes y seguras
recorren mis caderas mientras me guía hacia una pila de heno al fondo del
granero. El ambiente aquí es diferente. La penumbra suave, el aroma a
madera y a paja seca, y el leve crujido de las vigas al asentarse bajo el peso
del viento exterior crean una atmósfera íntima. El contraste entre la textura
áspera del heno bajo mis dedos y la suavidad de las caricias de Caleb me
pone la piel de gallina. Él se detiene un momento, y recorre mi cara con su
mirada como si estuviera memorizando cada detalle. Luego, sin apartar los
ojos de mí, comienza a desabrochar los botones de mi camisa, uno a uno,
dejando que sus dedos rocen mi piel.
—Eres preciosa —murmura y consigue que mis mejillas se
calienten tanto como el resto de mi cuerpo.
Mis manos no tardan en encontrar el borde de su camisa, y la
deslizo sobre sus hombros, revelando su torso definido por años de trabajo
en el rancho. Caleb siempre ha tenido una presencia imponente, pero aquí,
bajo esta luz tenue y rodeados de la esencia misma del rancho, parece más
grande y fuerte. Me inclino hacia él y dejo un rastro de besos por su cuello
y su pecho, disfrutando de cómo su respiración se acelera bajo mis labios.
—Me vuelves loco—dice con una intensidad que hace que
todo dentro de mí se encienda.
Con un movimiento firme pero delicado, me tumba sobre la
pila de heno, cuidando cada uno de sus movimientos como si estuviera
manejando algo frágil y valioso. El contraste entre el heno bajo mi espalda
y sus manos cálidas recorriendo mi piel me hace arquearme hacia él,
buscando más. Sus labios encuentran los míos de nuevo, hambrientos,
mientras sus manos exploran mi cintura, mis muslos, cada rincón de mi
cuerpo.
El granero, normalmente lleno de actividad durante el día,
ahora es nuestro refugio. Los ruidos habituales han dado paso al silencio,
interrumpido solo por nuestras respiraciones y los sonidos de nuestras
caricias. Caleb se detiene un instante para mirarme y con una sonrisa pícara,
mi ropa desaparece poco a poco bajo sus manos expertas, y pronto me
encuentro desnuda ante él. No hay lugar para la vergüenza, no con Caleb.
Bajo su mirada, me siento segura, deseada y adorada. Sus labios siguen el
camino que sus manos han marcado antes, explorando cada curva y cada
recoveco de mi cuerpo, hasta que cada centímetro de mí está encendido
bajo su contacto.
Cuando él también se libera de su ropa, dejo que mis manos
exploren cada músculo de su espalda y cada línea de su cuerpo, que parece
hecho para encajar con el mío. Caleb se coloca sobre mí, apoyándose en sus
brazos para no aplastarme, pero dejando que su cuerpo roce el mío lo
suficiente como para hacerme suspirar. El primer contacto es lento, casi
reverente. Sus caderas se mueven con una suavidad que contrasta con la
fuerza que siempre lleva consigo. Siento cómo mi cuerpo se adapta a su
erección y cómo cada movimiento suyo encuentra una respuesta en mí. Es
un ritmo que solo nosotros conocemos, una danza que hemos perfeccionado
juntos.
—Dime si necesitas que pare —me susurra con voz ronca.
—No pares nunca—le respondo invadida por el placer de
sentir sus estocadas profundas y contundentes.
Caleb inclina la cabeza y entierra el rostro en el hueco de mi
cuello mientras su cuerpo se mueve con más intensidad. Mis manos se
aferran a sus hombros, necesitando algo a lo que anclarme mientras las olas
de placer comienzan a invadir mi interior. Los sonidos de nuestras
respiraciones, de nuestras voces llamándose mutuamente, llenan el granero.
Sus movimientos se vuelven más rápidos, más profundos, pero siempre
manteniendo esa mezcla de pasión y ternura que define todo lo que
compartimos. Cuando finalmente alcanzamos el clímax juntos, siento como
si el mundo entero se detuviera por un instante, como si no existiera nada
más que este momento, este lugar y este hombre que amo con todo lo que
soy. Grito su nombre entre los estertores de placer, mientras él se vacía
dentro de mí llenándome con su deliciosa semilla.
Cuando acabamos, nos quedamos allí, enredados el uno en el
otro, mientras el silencio vuelve a asentarse sobre nosotros. Caleb me
abraza y yo apoyo mi cabeza en su pecho, escuchando los latidos de su
corazón que comienzan a ralentizarse.
—Esto… tú y yo… —empieza a decir, pero parece que no
encuentra las palabras adecuadas.
—Lo sé —respondo, porque no hay necesidad de explicar lo
que compartimos. Lo siento en cada caricia, en cada mirada y en cada
respiración compartida.
El granero se convierte en nuestro santuario, el lugar donde
todo lo que somos y todo lo que queremos se encuentran en perfecta
armonía. Caleb levanta la cabeza y me mira con una sonrisa suave en los
labios.
—¿Estás bien? —pregunta con tono preocupado, algo que me
hace sonreír.
—Más que bien —respondo, y le atraigo hacia mí para darle
un beso, sabiendo que este momento es solo una muestra de lo que nos
espera en la vida que tenemos por delante.

La luz suave de la lámpara del salón baña el espacio. Caleb y yo estamos


sentados en el sofá, con una taza de té cada uno entre las manos y frente a la
chimenea encendida, aunque todavía con las mejillas enrojecidas por el frío
del exterior. Es un momento tranquilo después de un día lleno de actividad,
un remanso de paz en nuestra rutina diaria.
Él se inclina hacia atrás, apoyando el brazo en el respaldo
mientras me observa con una expresión que mezcla satisfacción y algo que
no consigo descifrar. Siento su mirada incluso cuando no la busco, pero en
lugar de ponerme nerviosa, me da una extraña sensación de seguridad.
—¿En qué piensas? —le pregunto y noto cómo sus labios se
curvan en una sonrisa lenta.
—En nosotros. En todo lo que hemos conseguido y en lo que
aún está por venir.
Sus palabras me calan más de lo que esperaba y dejo la taza en
la mesa para girarme hacia él. Caleb no es de hablar mucho sobre el futuro;
prefiere centrarse en el presente y en las cosas que puede controlar. Que
ahora lo haga me hace darme cuenta de lo importante que es para él este
momento.
—¿Y qué crees que está por venir? —pregunto, sabiendo que
la respuesta probablemente ya la he imaginado en más de una ocasión.
—Muchas cosas. Quiero que este rancho sea más que un lugar
donde vivir. Quiero que sea un hogar para nosotros y, quizá, algún día, para
una familia.
Mi corazón da un vuelco, y sé que lo nota porque sus ojos
verdes brillan con una intensidad que atrapa toda mi atención.
—¿Una familia? —repito, intentando mantener la compostura,
aunque por dentro estoy a punto de estallar de emoción.
Caleb asiente lentamente.
—Sí. Pero no solo eso. He estado pensando en cómo podemos
hacer que Wild Creek sea algo más grande. Abrirlo a más gente, tal vez
crear más actividades que atraigan a más familias, rutas especiales, incluso
talleres sobre el cuidado de caballos.
Mientras habla, siento que su entusiasmo empieza a
contagiarme. Su visión va más allá de lo que yo había imaginado, y la idea
de construir algo juntos, tanto en el rancho como en nuestra vida, me llena
de ilusión.
—Podríamos incluir un pequeño café junto a la tienda. Sé que
a muchos visitantes les encantaría tomarse algo después de las rutas —
añado, dejándome llevar por la conversación.
—Eso suena bien —responde, y su sonrisa se amplía mientras
continúa mirándome.
—Y tal vez unas cabañas más grandes, para familias que
quieran quedarse unos días.
—Eso también me gusta. Pero creo que lo que más me gusta
es que estás soñando conmigo.
Me quedo en silencio un momento, procesando sus palabras.
Caleb se inclina hacia adelante y toma mi mano.
—Cariño, lo que hemos construido aquí es solo el principio.
No sé qué haría sin ti, pero lo que sí sé es que no quiero averiguarlo —me
dice justo antes de darme un beso.
Mi pecho se llena de una mezcla de felicidad y vértigo, y
cuando lo miro a los ojos, sé que él siente lo mismo.
—Yo tampoco puedo imaginar estar en otro lugar que no sea
aquí, contigo —le digo, con la voz un poco más baja de lo habitual.
Caleb me atrae hacia él, y me encuentro acurrucada contra su
pecho, escuchando el ritmo constante de su corazón.
—¿Sabes lo que más me gusta de todo esto? —pregunta
después de un rato.
—¿Qué?
—Que no podría pedir nada más que lo que ya tengo.
Sus palabras, simples pero llenas de significado, hacen que
todo lo demás desaparezca. En ese momento, sé con absoluta certeza que
este es el lugar donde pertenezco y que Caleb es y siempre será, mi hogar.
Epílogo
Grace
Un año después
Un suave murmullo de voces llega desde el exterior, intercalado con las
risas de los niños que corren por el patio del rancho. Estoy sentada en el
porche, con una mano descansando en mi vientre y la otra sosteniendo un
vaso de limonada que Caleb preparó para mí esta mañana. El aire fresco de
primavera acaricia mi piel mientras miro el paisaje que se extiende ante mí,
un cuadro vivo que no ha dejado de maravillarme desde el día en que llegué
aquí.
El rancho está lleno de actividad. Las nuevas cabañas que construimos para
los visitantes están ocupadas, y el bullicio de familias disfrutando de las
rutas a caballo se mezcla con el sonido de los cascos golpeando la tierra.
Todo esto es fruto de meses de trabajo, de días interminables y de noches
llenas de conversaciones sobre sueños compartidos. Ahora, cada rincón del
rancho refleja nuestra visión y nuestra vida.
—¿Qué haces ahí tan sola? —La voz grave de Caleb me hace
sonreír antes de girarme para mirarle.
Está apoyado en el marco de la puerta, con la camisa
remangada y sus habituales vaqueros desgastados. Aunque parece relajado,
no puede disimular la preocupación que le asoma en los ojos cada vez que
me mira.
—Observando cómo nuestro hogar cobra vida —le respondo,
alzando mi vaso como un brindis improvisado.
Caleb se sienta a mi lado en el balancín. Pasa un brazo por
detrás de mí, y su mano descansa en mi hombro con un gesto protector.
—¿Te encuentras bien? —pregunta mientras su mirada baja
hasta mi vientre, que ahora alberga al pequeño milagro que ha cambiado
nuestra vida.
—Perfectamente. Aunque a veces tengo la impresión de que
este bebé tiene más energía que todos los caballos del rancho juntos.
Caleb suelta una carcajada, ese sonido profundo y cálido que
siempre consigue derretirme. Su otra mano se desliza hacia mi abdomen, y
sus dedos trazan pequeños círculos en la tela de mi vestido.
—Va a ser un pequeño guerrero o guerrera, como su madre —
dice con orgullo.
—O un pequeño testarudo, como su padre —le replico,
alzando una ceja, aunque no puedo evitar sonreír.
El brillo en sus ojos mientras me mira me hace olvidar
cualquier incomodidad. No hay nada que no haría por este hombre ni por
nuestra familia.
Por la tarde, decidimos dar un paseo juntos. Caleb insiste en
que no haga ningún esfuerzo, así que montamos en un pequeño carruaje que
construyó especialmente para ocasiones como esta. Mientras el caballo
avanza a paso lento, el paisaje a nuestro alrededor parece sacado de un
sueño. Los campos están en plena floración, y el cielo, despejado, refleja el
azul sereno que siempre me transmite paz.
—¿Recuerdas la primera vez que me llevaste a dar un paseo a
caballo? —le pregunto, apoyando la cabeza en su hombro.
—Por supuesto. Te quejaste de la silla durante todo el trayecto,
pero al final no querías bajarte del caballo.
—Eso no es cierto.
—¿No? —pregunta con una sonrisa traviesa—. Tengo muy
buena memoria, cariño.
Le golpeo suavemente en el brazo, y él se ríe antes de darme
un beso en los labios.
—Es increíble todo lo que ha cambiado desde entonces —
susurro después de un momento, dejando que mis ojos recorran el
horizonte.
—Sí. Y todo para mejor.
Su voz, tan firme y llena de convicción, me llena de calidez.
Caleb siempre ha tenido esa capacidad de hacerme sentir que todo es
posible.
Al caer la noche, nos sentamos en el porche con una taza de té
cada uno. Caleb está inquieto, moviendo el pie sin parar.
—¿Qué te preocupa? —le pregunto, inclinándome hacia él.
—Nada. Bueno, en realidad, todo. Quiero asegurarme de que
no te falte nada, de que este bebé llegue a un mundo donde tenga todo lo
que necesita.
—Caleb… —Tomo su mano y entrelazo mis dedos con los
suyos—. Estamos construyendo eso juntos, cada día. Y con tenernos a
nosotros, ya lo tenemos todo.
Él me mira como si mis palabras fueran lo único que
necesitara oír. Luego asiente y me atrae hacia él, apoyando mi cabeza en su
pecho.
—¿Sabes lo que más espero? —pregunta después de un rato.
—¿Qué?
—Ver a nuestro hijo o hija corriendo por aquí, ayudándonos en
el rancho, creciendo con todo esto como parte de su vida.
Cierro los ojos, imaginando esa escena, y siento una punzada
de felicidad que me hace sonreír.
—Yo también lo espero y contigo a mi lado —respondo con
una sonrisa.
—Sí, juntos para siempre —me dice apretando mi mano
mientras nos besamos.
Nota de la autora
Querida lectora,

Si has llegado hasta aquí, quiero darte las gracias de todo corazón por

acompañarme en este viaje a través de las montañas de Colorado y por vivir

junto a Grace y Caleb su historia de amor en Pasión en Wild Creek.

Cada página de esta historia está escrita con ilusión, pensando en compartir
contigo momentos llenos de emociones, pasión y paisajes que te transporten

a otro lugar.

Tu opinión es muy importante para mí. Así que, por favor, si esta historia te

ha hecho soñar, emocionarte o simplemente pasar un buen rato, te


agradecería muchísimo que dejaras tu reseña en Amazon. No importa si es

breve, porque cada una de tus palabras cuentan y marcan una gran
diferencia. Las reseñas no solo me ayudan a que más personas descubran

mis libros, sino que también me animan a seguir creando nuevas historias
como esta.

Gracias por ser parte de este viaje. Espero que volvamos a encontrarnos
muy pronto, en Wild Creek o en cualquier otro lugar donde la magia de los

cowboys y el amor nos lleve.

Con cariño,

Valerie Nash
Mis otras novelas
Además de Pasión en Wild Creek, también he publicado Un cowboy bajo la

nieve. Te invito a descubrir esta historia y, para que te animes a conocerla,


te dejo las primeras páginas para que puedas leerlas:

Un cowboy bajo la nieve


Serie Cowboys de Colorado, 1

Prólogo

Clara

La cafetería está llena, como de costumbre a estas horas. El tintineo de las


cucharillas contra las tazas se mezcla con el murmullo de conversaciones

cruzadas. Un grupo de turistas se agolpa junto a la barra, señalando los


pasteles tras el cristal, mientras una camarera intenta explicarles en un

inglés atropellado qué es cada uno. A mi alrededor, parejas, amigos y


solitarios ocupan cada mesa, algunos enfrascados en sus móviles y otros en

debates apasionados.

Afuera, Madrid ya se ha vestido de Navidad, aunque el

calendario diga otra cosa. Faltan casi dos meses para Nochebuena, pero las
luces adornan las calles como si mañana fuese 24 de diciembre. Desde mi
rincón junto a la ventana, veo a un hombre disfrazado de Papá Noel,

repartiendo folletos frente a una tienda de electrodomésticos. El sonido de

los villancicos llega amortiguado hasta aquí, mezclándose con el bullicio

del tráfico.
Llevo casi una hora sentada en esta mesa, con la misma taza

de café enfriándose entre mis manos. Frente a mí, un sobre. No lo abro, no

porque no sepa lo que contiene, sino porque el peso de las decisiones

pendientes que contiene me oprime el pecho.

El sobre no tiene nada especial. Es de esos blancos con bordes


azulados que usan las gestorías y los despachos de abogados. Sin embargo,

su contenido es cualquier cosa menos rutinario. Cuando lo recibí hace una

semana, pensé que era un error. Pero el nombre en la carta no dejaba lugar a

dudas: Clara Montoro. Yo.

Una herencia. Un rancho en Colorado.

Mis labios se curvan en una sonrisa irónica. Si esto fuese una

película, ahora sería el momento en que el protagonista se lanza a la


aventura y descubre que la vida tiene giros inesperados que la llevan a la
felicidad. Pero no estamos en una película, y lo único que siento es una

mezcla de incredulidad y algo que no puedo definir, porque no tengo ni idea

de lo que es.
Mis dedos rozan el sobre mientras mis pensamientos vagan.

Mi abuelo materno, un hombre al que apenas conocí, decidió dejarme su

rancho al otro lado del Atlántico. Silver Pines, lo llaman. Un nombre

bonito, aunque vete tú a saber lo que significa en realidad. Para mí, ese

hombre siempre fue una sombra, alguien que abandonó a mi abuela y a mi

madre cuando más lo necesitaban.


Mi madre nunca quiso hablar de él. Cuando le preguntaba, se

limitaba a sacudir la cabeza y cambiar de tema. «No vale la pena remover el

pasado», solía decir, pero la tensión en su voz siempre la traicionaba. Mi

abuela era menos discreta. «Era un egoísta», decía con amargura, «un

hombre que puso sus sueños por encima de su familia».

Cierro los ojos y respiro hondo. El problema es que ahora ese

egoísta me ha dejado su rancho. Una propiedad en medio de Colorado, un

lugar que apenas puedo situar en el mapa, y que ahora está a mi nombre.

El café ya está frío, pero le doy un sorbo de todas formas.


Necesito algo que me despierte, aunque sea el sabor amargo de este

espresso olvidado. Miro de nuevo por la ventana. La Navidad temprana


inunda las calles con un brillo que parece forzado. Madrid nunca se detiene,

siempre está en movimiento, siempre avanzando, y yo me siento estancada.

Hace meses que mi negocio de decoración de interiores quedó reducido a

cenizas. Todo empezó como un sueño: mi pequeño estudio, mis clientes


fieles, proyectos que llenaban mis días y mi cuenta bancaria. Pero entonces

llegó ese cliente, uno que prometía ser mi gran oportunidad. Invertí tiempo,

dinero y energía en su proyecto, solo para descubrir, demasiado tarde, que

había desaparecido dejándome con una factura de miles de euros por pagar.

El fracaso dejó una marca en mí. Desde entonces, he estado

sobreviviendo a base de trabajos pequeños y un orgullo maltrecho. Y como

si eso no fuese suficiente, mi vida sentimental decidió añadir un toque extra

de dramatismo al guion.

La imagen de Jaime besando a su secretaria en el despacho se

graba en mi mente con una nitidez que preferiría no tener. No fue solo el
acto en sí, sino la humillación, la traición que convirtió a mi relación en un

cliché de novela barata.

«Perdóname, Clara. Fue un error». Esa fue su defensa. Un

error. Como si todo se pudiera resumir en una palabra tan vacía. Sacudo la

cabeza, apartando ese recuerdo. No merece más espacio en mi día. Lo que

importa ahora está frente a mí, en este sobre. Aunque también podría

quedarme en Madrid y aceptar la oferta de trabajo de un antiguo cliente que


insiste en que mi talento no debe desperdiciarse. Lo mejor es que es una

opción segura, una que me mantendría en esta ciudad que amo y odio al
mismo tiempo. Pero entonces, cada esquina, cada café y cada rincón

seguirían recordándome lo que perdí.


Miro el sobre una vez más y suelto un suspiro. La idea de

Colorado, de ese rancho desconocido, me intriga tanto como me aterra.

¿Qué sé yo de ranchos? Nada. Absolutamente nada. Pero quizás eso sea lo

que necesito: un cambio radical, algo que me saque de esta monotonía gris

que me envuelve desde hace meses.

Mis dedos teclean en mi móvil antes de que pueda detenerme.

«Vuelos a Denver desde Madrid». La búsqueda arroja resultados al instante.

Uno de ellos, sale mañana. No es caro… No me lo pienso demasiado y lo

reservo.

El ruido de la cafetería parece desvanecerse por un instante.

Afuera, las luces navideñas brillan con una intensidad que ahora parece

menos artificial. Hay algo en este impulso que me da una sensación de

vértigo, pero también de alivio.

Recojo mis cosas y salgo al frío de la tarde. Madrid sigue

latiendo a mi alrededor: los coches, las voces, las luces y ese Papa Noel de

disfraz maltrecho. Camino sin un rumbo claro, dejando que el aire frío

despeje mi mente.
De vuelta en casa, abro la maleta y empiezo a meter cosas.

Ropa cómoda, un par de libros, mi portátil. No sé cuánto tiempo estaré

fuera, pero tampoco quiero pensar demasiado en ello.


Antes de acostarme, abro el correo y repaso los documentos

que me enviaron los abogados. La carta de mi abuelo está ahí, breve y

directa. No hay disculpas, ni explicaciones, solo un traspaso de

responsabilidades. Por alguna razón, esa frialdad me duele más de lo que

esperaba, pero prefiero no darle vueltas. Así que compruebo que he puesto

el despertador y silencio mi teléfono antes de ponerlo boca abajo sobre la

mesita de noche.

Por la mañana, el aeropuerto bulle con una energía que no consigo

compartir. Las colas interminables en los mostradores de facturación, los

anuncios constantes por megafonía y el ir y venir de pasajeros con maletas

parecen formar parte de un caos organizado. Miro a mi alrededor mientras

me acerco al control de seguridad, intentando encontrar algún sentido a

todo este movimiento frenético. Hay familias discutiendo sobre qué puerta

es la correcta, parejas abrazándose con promesas susurradas al oído, y

viajeros solitarios con auriculares puestos, aislados en su propio mundo.

La fila para pasar el control es larga. Mientras avanzo a paso

lento, abro mi bolso y me doy cuenta de que mis dedos encuentran el sobre

antes que cualquier otra cosa. Lo saco casi sin pensar, sosteniéndolo entre

mis manos como si fuese algo más que un simple conjunto de papeles. La
textura áspera del papel contra mi piel es un recordatorio constante de lo

que estoy a punto de hacer.

¿Por qué no puedo dejarlo en la maleta? Lo miro y me

sorprende la forma en que parece haberse convertido en un ancla y, al

mismo tiempo, en un símbolo de todo lo desconocido que me espera. Paso

los dedos por el borde cerrado, casi como si acariciarlo pudiera darme

respuestas a las preguntas que me niego a formular.

Superado el control, camino hacia la puerta de embarque con


paso lento. El ambiente no cambia. Más voces, más movimiento y más
anuncios de vuelos que salen con retraso. Me detengo frente a una pequeña

cafetería, pero descarto la idea de pedir algo. El nudo que siento en mi


estómago hace imposible que piense en comida.

Finalmente, me siento en una de las incómodas sillas de


plástico de la sala de espera. Frente a mí, una familia con dos niños

pequeños intenta mantenerlos entretenidos. Ellos juegan con coches de


juguete mientras los padres comparten una mirada exasperada. Me pregunto

si ese tipo de rutina frenética es lo que me espera si decido quedarme en


Madrid y aceptar la oferta de trabajo. Un día tras otro lleno de obligaciones
previsibles, donde cada decisión ya está tomada antes incluso de que llegue

el momento.
Miro el panel que anuncia mi vuelo y siento un cosquilleo de

ansiedad cuando veo que faltan apenas treinta minutos para el embarque.
Mi mano derecha sigue sosteniendo el sobre, y me doy cuenta de que lo he

apretado tanto que las esquinas se han marcado en mis dedos.


Un aviso por megafonía anuncia que podemos embarcar, y mi

cuerpo responde antes de que mi mente lo procese del todo. Me levanto, me


ajusto el bolso al hombro y me dirijo hacia la fila que empieza a formarse.

El sobre, ahora arrugado, permanece firme en mi mano, como si


deshacerme de él no fuera una opción.

Dentro del avión, busco mi asiento junto a la ventanilla y


coloco el bolso debajo del asiento delantero. El sobre sigue conmigo, como

si temiera que, de dejarlo fuera de mi alcance, toda esta decisión se


desmoronase. Me acomodo en la estrecha butaca y cierro el cinturón

alrededor de mi cuerpo con un clic que parece más definitivo de lo que


debería.

Cuando el avión comienza a moverse por la pista, miro por la


pequeña ventanilla. Madrid, mi hogar desde siempre, se extiende bajo un
cielo gris. Las luces navideñas que tanto esfuerzo había puesto en ignorar

ahora parecen difusas, como si el avión ya estuviera borrando mi conexión


con ellas.
El rugido de los motores llena el espacio, y mi estómago se
retuerce al sentir el empuje del despegue. A medida que el avión se eleva, la

ciudad empieza a desaparecer, sustituida por un manto de nubes blancas que


se extienden hasta donde alcanza la vista.

Apoyo la cabeza contra el cristal frío y dejo que un suspiro


escape de mis labios. Por primera vez en días, el constante murmullo de
dudas en mi cabeza parece acallarse. La sensación de vértigo sigue ahí, pero

también hay algo más: una calma inesperada, como si al abandonar el suelo
hubiese soltado parte del peso que me arrastraba hacia abajo.

No miro hacia adelante con claridad, pero tampoco siento la


necesidad de hacerlo. El futuro sigue siendo incierto, un terreno que no

puedo controlar ni prever. Y, sin embargo, aquí estoy, volando hacia lo


desconocido, con un sobre en la mano y una mezcla de miedo y esperanza

que no consigo definir.


Cierro los ojos mientras las palabras de mi abuelo, esas que he

leído tantas veces en su carta, regresan a mi mente: «Silver Pines es tuyo


ahora, Clara. Haz con él lo que creas mejor». No sé lo que eso significa aún,
pero por primera vez en mucho tiempo, siento que quiero descubrirlo.

Capítulo 1

Clara
El avión toca tierra con un leve temblor que sacude mi estómago, aunque
no estoy segura de si es por el aterrizaje o por los nervios que llevo

acumulando desde que salí de Madrid. A través de la pequeña ventanilla,


Denver aparece cubierta por una capa de nieve que parece no tener fin.

Blancura inmaculada, árboles desnudos y un cielo gris que presiona el


horizonte como una losa de cemento.

El frío me da la bienvenida nada más cruzar las puertas del


aeropuerto. Es un aire seco que corta la piel y parece atravesar incluso el

abrigo más grueso. Cargo con mi maleta hasta el mostrador de alquiler de


coches, intentando recordar si alguna vez había sentido un frío tan intenso.

La respuesta es no.
—¿Primera vez en Denver? —me pregunta la mujer que

atiende el mostrador.
Asiento con una sonrisa educada mientras le paso mi carné de

conducir, esperando que lo acepte. No tengo ganas de charla, no después de


diez horas de vuelo y un cruce de miradas hostiles con el oficial de aduanas
que parecía convencido de que iba a traficar con algo.
—Va a conducir hasta Snowridge —dice más como una
afirmación que como una pregunta mientras teclea algo en el ordenador—.

Tenga cuidado con las carreteras. Dicen que habrá tormenta de nieve esta
noche.
«Genial», pienso mientras guardo las llaves del coche en el

bolso. No sabía que llegar hasta Silver Pines implicaba aventurarse en


medio de una tormenta de nieve. Pero ya estoy aquí, y volver atrás no es

una opción.
La carretera parece interminable, un camino que serpentea
entre montañas cubiertas de nieve y bosques que se extienden hasta donde

alcanza la vista. El paisaje tiene algo de hipnótico, casi surrealista, como si


hubiese sido creado por un artista con predilección por el blanco y el gris.

Aunque intento concentrarme en la carretera, mi mente divaga


constantemente hacia lo que me espera al final del trayecto.

Cuando el GPS anuncia que he llegado, lo primero que noto es


el silencio. No hay coches, ni voces, ni siquiera el murmullo de ramas

agitadas por el viento. Solo el crujido de mis botas al pisar la nieve mientras
me acerco a la casa principal.

La tormenta ya ha empezado, aunque de momento solo son


ráfagas de viento que levantan pequeños torbellinos de nieve alrededor de

los árboles. La casa está ahí, frente a mí, como un gigante dormido cubierto
por un manto de polvo y abandono. Es hermosa, no puedo negarlo. Con sus
vigas de madera oscura y su porche amplio, parece sacada de un catálogo

navideño. Pero el descuido es evidente: la pintura está desconchada, el


porche cruje bajo mis pies y las ventanas parecen haber perdido su brillo

hace décadas.
—Desde luego, tú y yo no tenemos nada en común —

murmuro mientras observo la casa con ojos de decoradora. Mi abuelo, al


parecer, no compartía mi obsesión por los detalles.

Con un suspiro, me acerco al porche y trato de abrir la puerta principal. El


pomo está helado, tanto que me duele al tocarlo con los dedos desnudos.

Intento girarlo, pero está atascado. Lo intento de nuevo, esta vez con más
fuerza, pero no hay manera. Frustrada, miro a mi alrededor buscando algo

con lo que romper la capa de hielo que parece sellar la cerradura.


Finalmente, después de lo que parecen siglos, consigo abrir la

puerta con un empujón que me hace perder el equilibrio. Entro


tambaleándome en un espacio oscuro y helado, y lo primero que noto es el

olor: una mezcla de polvo, madera vieja y abandono.


—Genial, Clara. Bienvenida a Silver Pines.
Dejo mi maleta junto a la puerta y busco algo para iluminar la

estancia. Encuentro una lámpara de queroseno sobre una mesa, y después


de varios intentos logro encenderla. La luz es tenue, apenas suficiente para

revelar un salón amplio con muebles cubiertos por sábanas y un suelo de


madera que cruje bajo mis pies.
No tengo tiempo de explorar más. Un golpe fuerte en la puerta
me hace dar un salto y casi dejar caer la lámpara. El sonido se repite, esta

vez más insistente, y mi corazón empieza a latir con fuerza. ¿Quién puede
ser? ¿Un vecino? ¿Alguien perdido? O quizás... alguien con intenciones
menos amables. Respiro hondo, intentando calmarme, y camino hacia la

puerta con pasos vacilantes. La abro con cautela, esperando encontrarme


con una cara amable. Lo que veo en su lugar es un hombre. Un hombre alto,

con botas cubiertas de nieve, un sombrero de vaquero inclinado sobre el


rostro y una expresión que podría congelar incluso la tormenta que ruge

afuera.
—¿Tú quién eres? —pregunta sin preámbulos. Su voz es

grave y con un deje que delata su origen local.


—Yo... Soy Clara Montoro. La nueva dueña de Silver Pines —

respondo, intentando sonar más segura de lo que me siento.


El hombre me observa de arriba abajo, como si estuviese
evaluando si soy real o algún tipo de broma. Finalmente, entra sin esperar a

que le invite, dejando un rastro de nieve en el suelo tras él.


—Luke Callahan. Encargado del rancho —dice, cerrando la
puerta de un portazo que resuena en toda la casa.
—Ah, claro. Encantada.
Mi intento de ser cordial no parece impresionar a Luke, que se
quita el sombrero y lo sacude antes de mirarme con los ojos entrecerrados.
—Así que eres la nieta del viejo Henry. —No lo dice como

una pregunta, sino más bien como una acusación.


—Sí, eso parece.
—No pareces el tipo de persona que sabe manejar un rancho.
Su comentario me pilla desprevenida, pero en lugar de

enfadarme, me cruzo de brazos y lo miro directamente a los ojos.


—Y tú no pareces del tipo de persona que sabe tratar con
gente.
Por un instante, parece sorprendido por mi respuesta, pero esa

sorpresa se desvanece rápidamente, reemplazada por una media sonrisa que


no logro descifrar.
—Bueno, al menos sabes hablar inglés. Pensé que tendría que
explicarte todo con dibujitos.
Sus palabras me irritan, pero decido no darle el gusto de

mostrarlo.
—Qué considerado por tu parte.
Luke da un paso hacia mí, y de repente la sala parece mucho
más pequeña. Su presencia es imponente, casi intimidante, pero hay algo en

su mirada que me intriga tanto como me molesta.


—No durarás aquí más de dos días.
Su declaración, tan directa como todo lo demás que ha dicho,
me enciende.

—¿Eso crees?
—Lo sé.
Y con eso, se pone el sombrero de nuevo y se dirige a la
puerta. No me da tiempo a responder antes de que desaparezca en la

tormenta, dejando tras de sí un silencio que parece aún más pesado que
antes.
Me quedo en el salón, temblando de frío y de furia.
—Pues ya veremos, Luke Callahan. Ya veremos.

Capítulo 2

Luke

El viento ruge alrededor del granero con una furia que parece desafiar todo
a su paso. Su aullido se cuela entre las grietas de la madera y choca con las
puertas como si intentara derribarlas. Afuera, la nieve cae con una

intensidad abrumadora, convirtiendo el paisaje en una extensión infinita de


blanco que borra cualquier rastro de color o vida. Cada copo se une al
siguiente, cubriendo todo con una capa gruesa que pesa sobre los árboles,
los tejados y hasta sobre los viejos cercados que delimitan las praderas. Es
un espectáculo tan bello como hostil, una muestra de lo que este lugar

puede ofrecer: grandeza y crudeza en partes iguales.


Dentro, el contraste es palpable. Aunque el aire sigue siendo
frío, el aliento cálido de los caballos crea una atmósfera más llevadera. El
olor a heno seco y a madera vieja llena el espacio, envolviéndome en una

sensación de familiaridad que no encuentro en ningún otro lugar. Este


granero no es solo un refugio para los animales, es también un recordatorio
constante de lo que significa trabajar para mantener algo vivo, algo que
tiene raíces más profundas que las de cualquier árbol que rodee Silver

Pines.
Mientras ajusto una manta sobre el lomo de uno de los
caballos, mis manos se mueven casi por instinto, revisando cada detalle
como he hecho miles de veces. Es un trabajo que nunca acaba, pero no lo
cambiaría por nada. Cada hebilla que cierro y cada cerrojo que refuerzo me

recuerda que este lugar es más que un simple rancho. Es mi hogar. No es


perfecto, ni mucho menos. Las paredes tienen cicatrices de tormentas
pasadas, los establos necesitan reparaciones constantes y siempre hay algo
que hacer, pero cada imperfección lleva la huella de mi padre y de cada

sacrificio que hizo para mantener Silver Pines en pie.


Todo aquí tiene un significado. El crujido de las tablas bajo
mis botas, el sonido rítmico de los caballos al mover sus patas sobre el

suelo cubierto de paja e incluso las corrientes de aire, que se cuelan por las
rendijas, son parte de algo más grande, algo que llevo en las venas. Este
rancho no es solo tierra o madera, es la suma de recuerdos, trabajo duro y
las horas interminables que he invertido en él desde que me dejó a cargo.

Aquí no hay nada que no haya ganado con esfuerzo, y por eso todo me
pertenece de una forma que nadie podría entender.

No me gusta el cambio. Nunca me ha gustado. Cambiar significa


arriesgarse, abrir la puerta a lo desconocido, y en mi experiencia, lo
desconocido siempre acaba siendo un desastre. Es por eso que, cuando esa

mujer apareció en la puerta esta tarde, mi primera reacción fue querer


largarme. Clara Montoro, la nieta del viejo Henry, una completa extraña que
ahora se supone que manda aquí.
Ajusto el cierre de una de las puertas del establo, que el viento
no para de sacudir, y maldigo en voz baja. Henry nunca fue un santo, pero

al menos entendía lo que significaba Silver Pines. Sabía lo que costaba


mantenerlo. Y ahora, se lo deja a una mujer que parece más preparada para
posar en una revista, que para limpiar estiércol o soportar un invierno aquí.
No puedo quitarme de la cabeza la imagen de ella en el salón.

Es menuda, aunque camina como si fuese más alta, con un aire de ciudad
que se ve a la legua. Todo en ella grita que no pertenece a este lugar: su
ropa impecable, su piel pálida y, sobre todo, esa forma de mirarme, como si
ya me hubiera catalogado.

«Soy Clara Montoro. La nueva dueña de Silver Pines». Sus


palabras aún resuenan en mi cabeza, tan seguras como si ella tuviera alguna
idea de lo que significa ser dueña de este sitio.
—¿Qué sabrás tú de Silver Pines? —murmuro mientras reviso
la cerradura de uno de los corrales.

Desde la ventana del granero, puedo ver la casa principal, una


sombra oscura entre la nieve. Las luces de dentro apenas iluminan los
alrededores, pero algo me llama la atención: la figura de Clara, luchando
con la puerta del porche que el viento parece decidido a arrancar de sus

goznes.
No puedo evitar observarla durante unos segundos. Lleva una
chaqueta que claramente no está hecha para este tipo de clima y sus
movimientos son torpes, como si no supiera por dónde empezar. Me cruzo
de brazos y la miro desde la distancia, dejando que una sonrisa amarga se

asome a mis labios.


—Mira tú qué sorpresa —murmuro—. La niña de ciudad no

sabe cerrar una puerta.


Sin embargo, hay algo en su expresión que me detiene. A
pesar de su torpeza, sigue intentando cerrar la puerta, luchando contra el
viento que casi la tira al suelo. Se agacha, tira, empuja, y aunque cada

movimiento parece más inútil que el anterior, no se rinde.


Resoplo y aparto la mirada, volviendo a centrarme en mi
trabajo. Es inútil pensar en eso. Por mucho que pueda admirar su... empeño,
eso no cambia el hecho de que ella es un peligro para este lugar.

He visto lo que pasa cuando alguien que no entiende Silver


Pines intenta meter mano en él. Una decisión equivocada, una venta
apresurada, y este rancho podría terminar siendo un complejo turístico o
una urbanización de lujo. Todo por un puñado de dólares que

probablemente ni necesite.
Los caballos relinchan suavemente, inquietos por la tormenta.
Camino entre ellos, dándoles unas palmadas en los flancos y revisando que
tengan suficiente agua y comida. Maverick, el viejo caballo que fue de mi
padre, levanta la cabeza y me mira con esos ojos tranquilos que siempre

parecen saber más de lo que debería saber un animal.


—No te preocupes, chico. Aquí no cambiará nada. No lo
permitiré.
Sin embargo, la imagen de Clara vuelve a mi mente sin
quererlo. Recuerdo cómo me ha respondido antes, con esa mirada
desafiante y no me invade una sensación de respeto mezclada con irritación.
¿Cómo una mujer que parece tan fuera de lugar puede tener ese carácter?

Me acerco a la ventana del granero otra vez, más por impulso


que por curiosidad, y la veo sentarse en los escalones del porche después de
finalmente lograr cerrar la puerta. Su cabello está despeinado por el viento,
y parece estar hablando consigo misma mientras frota sus manos contra sus
piernas, intentando entrar en calor.

Una parte de mí quiere ignorarla, seguir con lo mío y dejar que


descubra por su cuenta lo duro que es este lugar. Pero otra parte, una que no
quiero admitir que existe, siente un leve tirón de algo que podría ser
simpatía.

—Tiene agallas, eso no se puede negar.


Maverick resopla detrás de mí, como si estuviera comentando
lo que acabo de murmurar y suelto un suspiro. No significa nada. Tener
agallas no es suficiente para sobrevivir aquí y mucho menos para dirigir un
rancho como Silver Pines.

Recojo mis herramientas y me aseguro de que todo está en su


lugar antes de cerrar el granero. Afuera, el viento corta como una navaja y
el frío se mete por el cuello de mi chaqueta. Mientras camino de vuelta a la
casa principal, siento el peso de todo lo que podría salir mal con esta mujer
aquí.
Antes de entrar, echo un último vistazo a las montañas que
rodean el rancho. A pesar de la tormenta, hay una belleza en ellas que nunca

deja de impresionarme. Este lugar es más que un pedazo de tierra; es mi


vida, mi refugio y no pienso dejar que nadie lo arruine.
Subo los escalones del porche y me detengo al ver la luz de la
sala principal encendida. Clara sigue ahí, probablemente pensando que ha

ganado la primera batalla. Pero esto no es una batalla, es una guerra, y yo


pienso ganar. Mientras abro la puerta y el calor de la casa me envuelve, una
única certeza cruza mi mente: puede que Clara Montoro tenga más agallas
de las que aparenta, pero eso no significa que vaya a quedarse.

Capítulo 3

Clara

Al despertar, parece que el mundo entero ha decidido transformarse. Donde


anoche había un vendaval furioso que hacía vibrar las ventanas y el rugido
del viento llenaba cada rincón de la casa, ahora solo hay un silencio

absoluto. Me acerco a la ventana del dormitorio, donde los cristales están


empañados por el contraste entre el calor de la casa y el frío que reina fuera.
Limpio un pequeño círculo con la palma de la mano y descubro un paisaje
que parece sacado de una postal invernal: todo está cubierto por un manto
blanco que brilla con una pureza casi irreal. La nieve ha borrado cualquier

rastro de huellas o de vida y ha creado una extensión inmaculada que se


pierde en el horizonte.
Decido salir al porche y sentir el aire fresco en mi rostro,
aunque sé que es una decisión poco sensata con el abrigo tan ligero que
llevo. En cuanto abro la puerta, un frío seco y cortante me recibe,

obligándome a ajustar el cuello del abrigo alrededor de mi garganta.


Respiro hondo y el aire helado se cuela en mis pulmones, dejándome una
sensación punzante, como si miles de agujas invisibles se clavaran en mi
pecho.

La tormenta se ha llevado consigo no solo el ruido, sino


también cualquier indicio de caos. Todo parece suspendido, inmóvil, como
si el tiempo hubiera decidido detenerse para contemplar la belleza de este
instante. Los árboles que rodean la casa están cubiertos de nieve, sus ramas

desnudas sostienen pequeños montículos blancos que parecen demasiado


frágiles para permanecer allí. Los cercados del rancho, que anoche parecían
tambalearse bajo el embate del viento, ahora están firmes y decorados con
una capa de nieve que se acumula sobre la madera desgastada.
Me detengo en el borde del porche, con las manos metidas en
los bolsillos, y dejo que mis ojos se pierdan en las montañas que se alzan a
lo lejos. Su imponente silueta se dibuja contra un cielo claro pero opaco, un

gris uniforme que refleja la blancura del paisaje. El viento de la noche


anterior, que parecía querer arrancar la casa de sus cimientos, ahora solo es
un susurro lejano, como un recuerdo que se desvanece.
A pesar del frío que se filtra a través de mi ropa, me quedo

unos minutos más, absorbiendo cada detalle de esta escena. Hay algo
profundamente tranquilizador en este silencio, en este instante donde todo
parece estar en equilibrio. Pero también hay algo inquietante, como si la
nieve hubiese enterrado no solo el caos, sino también cualquier rastro de

vida.
Luke aparece desde el granero, caminando con pasos firmes
que dejan huellas profundas en la nieve. Su chaqueta de cuero parece
diseñada para resistir cualquier inclemencia, y su sombrero proyecta una
sombra que oculta parte de su expresión. Lleva una cuerda en la mano, y

detrás de él camina un caballo marrón, enorme y robusto, con la melena


despeinada por el viento.
—Espero que estés lista —dice sin preámbulos, deteniéndose
frente a mí.
—¿Lista para qué? —pregunto, aunque ya sospecho la respuesta.
Luke alza una ceja y hace un gesto hacia el caballo.

—Silver Pines no se gestiona desde un despacho ni con


papeles. Vas a aprender a montar.
Intento no mostrar mi sorpresa. No esperaba que empezara tan
pronto con esta especie de entrenamiento de supervivencia, pero tampoco
voy a darle la satisfacción de parecer que su propuesta me ha intimidado.

—De acuerdo. ¿Qué tengo que hacer?


Luke me observa de arriba abajo, deteniéndose en mis botas,
claramente inapropiadas para el terreno, y en mi abrigo, más elegante que
funcional. Niega con la cabeza.

—Primero, intentar no caerte.


El sarcasmo en su voz me irrita, pero no le respondo. En su
lugar, me acerco al caballo, intentando recordar alguna de las pocas veces
que he visto montar a alguien. Extiendo una mano hacia el animal, que gira

su enorme cabeza para mirarme. Sus ojos oscuros me observan con una
mezcla de curiosidad y paciencia, y de repente me siento como una niña
pequeña intentando impresionar a un adulto que sabe que no va a
conseguirlo.
—Se llama Rusty —dice Luke, colocándose a mi lado—. No

muerde, pero tampoco le gustan los movimientos bruscos.


Rusty mueve una oreja en mi dirección, y aprovecho para
acariciarle el hocico. Su piel es áspera y cálida bajo mis dedos, y eso me da

un poco de confianza.
—Bien, ahora pon un pie en el estribo y súbete. Yo sostendré
las riendas.
Respiro hondo y hago lo que me dice, aunque no es tan fácil

como parece. La silla de montar está más alta de lo que imaginaba, y mis
intentos de impulsarme son torpes y poco elegantes. Luke no dice nada,
pero siento su mirada fija en mí, cargada de ese juicio silencioso que
empieza a ser habitual.

—Vamos, no tenemos todo el día —gruñe al cabo de un rato.


Frustrada, hago un esfuerzo mayor y, con algo de suerte,
consigo subir. El mundo desde aquí arriba parece diferente, más inestable.
Rusty se mueve ligeramente, y yo me agarro con fuerza a las riendas, como
si mi vida dependiera de ello.

—No tires tan fuerte —dice Luke, poniéndose delante de mí


—. No es un coche, no necesitas controlar cada movimiento. Relájate.
—¿Relajarme? —respondo, sin poder evitar la ironía—. Estoy
a punto de caerme, y tú me dices que me relaje.

Luke suspira y da un paso atrás, cruzándose de brazos.


—Si te caes, te levantas. Así es como se aprende.
La indiferencia en su tono me enfurece, pero no respondo.

Intento seguir sus instrucciones mientras Rusty da sus primeros pasos. El


movimiento del animal es más fluido de lo que esperaba, aunque sigue
siendo extraño. Mis piernas parecen no encontrar la posición adecuada, y
siento que me tambaleo con cada paso del caballo.
—Endereza la espalda —ordena Luke desde el suelo,
caminando junto a nosotros—. Si sigues encorvada, Rusty pensará que no

sabes lo que haces.

—No sé lo que hago —murmuro, pero enderezo la espalda de


todos modos.

Los minutos pasan y, aunque sigo sintiéndome como una


marioneta mal manejada, empiezo a entender el ritmo del movimiento del

animal. Luke me da indicaciones con su voz firme, corrigiendo cada

pequeño error con una paciencia que no sabía que tenía.


—Muy bien, ahora tira ligeramente de las riendas para que se

detenga.

Obedezco y, para mi sorpresa, Rusty se detiene. Me giro hacia


Luke con una pequeña sonrisa de triunfo, pero él solo asiente.

—No está mal para ser tu primer día.


Antes de que pueda responder, Rusty se mueve de nuevo, esta

vez sin previo aviso. Intento sujetarme, pero pierdo el equilibrio y, en un


segundo, estoy en el suelo. La nieve amortigua la caída, pero el golpe es

suficiente para dejarme sin aliento.


—¿Estás bien? —Luke se acerca rápidamente con una

expresión en su cara más seria de lo habitual.

—Sí, creo que sí —respondo, aunque me siento más humillada


que otra cosa.

Luke me ofrece una mano y, aunque mi orgullo me dice que

no la acepte, la tomo. Su agarre es firme y cuando me levanta, nuestros ojos


se encuentran por un breve instante. Hay algo en su mirada que no consigo

identificar, quizás una mezcla de irritación y... ¿preocupación?


—Te lo dije —dice finalmente, rompiendo el momento—. Te

levantas y vuelves a intentarlo.

—Eso haré —le respondo tratando de no mostrar el más


mínimo fastidio.

Rusty me mira desde su posición, como si estuviera evaluando


si merezco una segunda oportunidad. Decidida a no rendirme, me acerco de

nuevo al caballo y, esta vez, subo con menos torpeza. La lección continúa y,
aunque me caigo una vez más, consigo terminar montando sin perder el
equilibrio. Al final, cuando Luke me ayuda a desmontar, hay una ligera

curva en sus labios, casi una sonrisa.


—No lo has hecho tan mal —dice, y su voz tiene un tono más
suave que antes.

—¿Eso es un cumplido? —pregunto, arqueando una ceja.

—No te emociones.
Mientras camino de vuelta a la casa, siento su mirada en mi

espalda. Es una sensación extraña, pero en lugar de incomodarme, me da


fuerzas. Puede que Luke Callahan piense que no soy capaz, pero voy a

demostrarle que se equivoca. Silver Pines puede que no sea mi hogar

todavía, pero pienso ganarme el derecho a llamarlo así.

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