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FILOSOFIA

El documento explora la naturaleza humana, enfatizando su teleología y el desarrollo hacia la perfección como un fin natural. Se discuten las dificultades conceptuales del dualismo y el historicismo, argumentando que la naturaleza y la libertad son inseparables en el ser humano. Además, se establece que la ética es intrínseca a la naturaleza humana, guiando la libertad hacia la realización de sus fines y el desarrollo personal.

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El documento explora la naturaleza humana, enfatizando su teleología y el desarrollo hacia la perfección como un fin natural. Se discuten las dificultades conceptuales del dualismo y el historicismo, argumentando que la naturaleza y la libertad son inseparables en el ser humano. Además, se establece que la ética es intrínseca a la naturaleza humana, guiando la libertad hacia la realización de sus fines y el desarrollo personal.

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 La naturaleza humana. Una síntesis

La naturaleza humana. Una síntesis


Jaime Montoya

La pregunta qué es el hombre busca aquello que todos tenemos en común. A esto se le
suele llamar esencia o naturaleza. El debate acerca de qué es la "naturaleza humana" (y si
realmente existe) ha dado lugar a interpretaciones tan variadas y a polémicas que se hace
preciso esclarecer los conceptos de naturaleza en general, y naturaleza humana en
particular.

LA TELEOLOGÍA NATURAL

Una de las características de los seres vivos es la tendencia a crecer y desarrollarse hasta
alcanzar su fin y perfección. Eso coincide con la idea de bien: el bien es aquello que es
conveniente para cada cosa porque la lleva a su plenitud. El bien tiene carácter de fin,
significa perfección.
La naturaleza del hombre es precisamente la condición del despliegue hacia su bien final,
que constituye su perfección. La naturaleza está en el punto de partida, pero a la vez es la
causa del dinamismo biográfico. Si el hombre busca la perfección, si en él hay un anhelo,
una inquietud de ser más, es precisamente porque por naturaleza está hecho para ese
crecimiento. Por eso, en el mundo clásico, a la naturaleza se la ha llamado también
principio de operaciones. De este modo, la naturaleza de todos los seres, y especialmente
del hombre, tiene carácter final, teleológico.

Desde el racionalismo y el vitalismo se interpreta que la "teleología" es algo extraño a las


cosas, impuesto, violentándolas. Mas no es así. En los seres hay una teleología para el
despliegue y desarrollo de las propias tendencias hasta perfeccionarlas. La teleología de un
ser es su dirección hacia la plenitud de la que es capaz. Parte del hecho de que existe un
orden en el universo.

Ese orden es un orden dinámico. Esto es especialmente claro en el caso de los seres vivos:
su plenitud se alcanza con el crecimiento. El orden significa armonía y belleza, plenitud y
perfección de las cosas. Por eso se puede decir que lo más importante en el hombre y en
genera e los seres naturales son los fines, es decir, aquellos objetivos hacia los cuales
tiende y se inclina. El hombre, por naturaleza, ha nacido para lo excelente. Y eso no está
dado en el punto de partida más que como inclinación natural. Dar cuenta de esa
inclinación es una tarea de la cual cada uno es, en último extremo, el responsable.

‘DIFICULTADES’ DEL CONCEPTO DE NATURALEZA HUMANA

Para entender correctamente qué es el hombre y qué es la naturaleza humana es


importante evitar, de nuevo, la tentación del dualismo. Sería dualismo, en efecto, pensar
que en el hombre hay una naturaleza abstracta, intemporal, estática y dada, cuando
resulta que somos seres concretos, históricos, en unas determinadas circunstancias que
continuamente están en variación.

Pero también sería parcial el modelo historicista o relativista, según el cual el hombre varía
en cada época, cada cultura, etc. No habría una naturaleza humana, sino diversidad de
seres humanos en relación a los cuales los bienes del hombre, los fines, la moralidad, etc.,
variarían, no siendo ningún sistema mejor o peor que su contrario.

Tan reduccionista es el modelo racionalista, que pretende hacer una ciencia exacta del
hombre, como el historicista o relativismo cultural. Para unos, la naturaleza humana está,
por así decir, por encima del tiempo y del espacio, imperturbable. Para otros, no existe,
sino lo que existe son los individuos concretos. Ambas posturas nos abren al conflicto
entre naturaleza y libertad: ¿es la nuestra una naturaleza libre?, ¿cabe libertad si resulta
que se impone una naturaleza dada?, ¿no supone la libertad que la realidad humana debe
ser creada por cada hombre?, ¿hay un conflicto entre naturaleza y libertad?

Esta discusión se agudiza en Europa en torno a 1800, y ha sido frecuente en algunas


escuelas científicas y filosóficas modernas, para las cuales, el hombre o es materia
evolucionada, o es una libertad desarraigada que se enfrenta a la naturaleza al tener el
deber de construirse su propia esencia. La pregunta ¿qué es el hombre? se contesta
diciendo: es su historia. Y de ese modo lo universal pierde su valor.

El hombre tiene una dimensión intemporal y otra temporal, y no podemos prescindir de


ninguna de las dos. Los modelos explicativos anteriores tienden a afirmar uno de los dos
polos en detrimento del otro.

Pero naturaleza y libertad, en el hombre, no pueden separarse.

LOS FINES DE LA NATURALEZA HUMANA

¿Qué es lo natural en el hombre? Lo que le es propio, el desarrollo de sus capacidades. Ese


desarrollo se dirige a conseguir lo que es objeto de esas facultades. Lo natural y propio del
hombre es alcanzar su fin. Y el fin del hombre es perfeccionar al máximo sus capacidades,
en especial las superiores (inteligencia y voluntad, alcanzando la verdad y el bien). La
inteligencia busca el conocimiento de la realidad. Cuando lo logra, alcanza la verdad, que
es el bien propio de la inteligencia: abrirse a lo real. Y de este modo, querer
lo verdaderamente bueno es ejercer la voluntad perfeccionándola.
Lo natural en el hombre, como en todos los demás seres es algo hacia lo cual nos
dirigimos. Este fin no se puede entender de un modo cronológico (pues, en ese caso, sólo
tendrían verdadera naturaleza humana los hombres que alcanzaran una determinada
perfección y edad; los niños, fetos, ancianos, enfermos mentales, etc., o no habrían
alcanzado esa naturaleza o la habrían perdido). No se dice fin en sentido cronológico sino
de un modo más hondo radical: el fin del hombre es la verdad y el bien porque, de hecho,
ya desde el inicio de su existencia (y desde que empieza a ejercer operaciones de un modo
más visible) anhela alcanzar la verdad y lograr el bien, y por eso mismo se mueve hacia
ellos desarrollando su historia personal. Es decir, por naturaleza se posee desde el
principio el fin que a la vez (históricamente, o por razón) estructura la tensión de esa
búsqueda en que consiste nuestra existencia.
La pregunta ¿qué es el hombre? se transforma en esta otra: ¿eres capaz de llegar a ser
aquello a lo que, desde el inicio de tu existir, estás llamado? La naturaleza se trasciende a sí
misma en el hombre, "el hombre supera infinitamente al hombre" (Pascal). La naturaleza
humana es autotrascendencia, apertura, actividad y posesión de aquellos fines que le son
propios: el hombre sólo es él mismo cuando va más allá de lo que es, pero que se le
presenta como la única posibilidad adecuada a la riqueza de su apertura, de su proyecto.
Renunciar a ello sería renunciar a la grandeza de la vocación que todo hombre tiene por
naturaleza o –como afirma la teología-, sería renunciar a la llamada que Dios ha hecho "a
cada" hombre (persona). "La realidad humana sólo está incoativamente dada".

LA NATURALEZA HUMANA Y LA ÉTICA

La naturaleza humana incita a alcanzar el fin que le es más propio, a no conformarse, es


una tensión, un anhelo de perfección, de excelencia. "Hombre, atrévete a ser quien eres"
(Píndaro), sería el compromiso que plantea la capacidad de acción del
hombre. Atreverse indica que depende de una decisión de la voluntad personal: el hombre
en este sentido es una tarea para sí mismo, en sus manos está el acertar o el fracasar.

Justamente se puede hablar de vidas fracasadas si resulta que ya está inscrita en toda
existencia la posibilidad de lo mejor. De no ser así, a lo sumo podría decirse que hay
distintas opciones, más o menos atractivas pero igualmente válidas. De ese modo, ser
justo o injusto, virtuoso o vicioso, dependería de una decisión emocional, pero no habría
diferencia de valor entre esas dos actitudes. Pero la verdad es que eso no es así: el justo
atrae, el malvado repele.

Pero centremos la atención sobre esa idea: el hombre es libre. ¿De qué modo va a influir
este hecho en la acción de la persona?

Por un lado, el bien y la verdad sólo se pueden alcanzar libremente. Nadie que no quiera
puede llegar a ellos a base de forzarle. Al final, la decisión de respetar el bien de otros
depende no tanto de los argumentos racionales que se nos den, como de la propia
decisión de respetar. Si tuviéramos que convencer a alguien de la conveniencia de no
maltratar a sus padres estaríamos tratando con un hombre bestial, y lo mejor sería
cuidarse de que nos atacara también a nosotros. No atender a razones es una de las
posibilidades a las que nos abre nuestro libre albedrío, pero no es lo que caracteriza al
verdadero comportamiento libre, que es aquél que obra el bien voluntariamente.

Además, no está asegurado de antemano alcanzar el propio bien ni la verdad. Los fines de
la naturaleza humana vienen exigidos (se anhelan, se buscan) pero se pueden conseguir o
no. Depende de la libertad, de que yo lo decida y lo consiga o no. Como decía Albert
Camus: "el hombre es la única criatura que se niega a ser lo que ella es".
Los modos concretos de alcanzar la verdad y el bien no están dados de antemano, porque
es la libertad quien tiene que elegirlos. Está dado el fin general de la naturaleza humana
(felicidad, perfección), pero no los medios que conducen en cada caso a esos fines. Es
decir, hay muchísimo que inventar, que decidir, a lo que aventurarse. La orientación
general está dada por nuestra naturaleza, pero ésta necesita que la persona elija los fines
secundarios y los medios y los lleve a efecto.

Y dado que no está asegurado que alcancemos los fines naturales del hombre, la
naturaleza humana tiene unas referencias orientativas para la libertad; es decir, tiene
unas normas, unas leyes que le permiten encauzar (libremente) el cumplimiento de ese
anhelo constitutivo. Si se cumple lo indicado en ellas estaremos un poco más cerca del
objetivo. Si no se cumple, nos alejaremos de él. Estamos hablando del deber moral.

La primera de las normas de esta guía de la naturaleza humana tradicionalmente se ha


formulado así: "Haz el bien y evita el mal". No un bien y un mal externos y extraños a
nosotros, sino nuestro mejor bien, evitando lo que nos daña: hacer el bien y evitar el mal
es una invitación positiva a que cada uno haga de sí mismo el mejor de los proyectos
posibles. Eso son las normas morales, el deber, que tienen como fin establecer unos
cauces para que la libertad elija de tal modo que desarrolle adecuadamente los fines y
tendencias naturales. La Ética estudia cómo y de qué modo son obligatorias las normas
morales, y cuáles son en concreto esas normas o leyes.

Esas normas tampoco se cumplen necesariamente, sino solamente si uno quiere. Pero
están ahí porque la realidad humana está ahí, y "tiene sus leyes", sus caminos. Y es que el
desarrollo de la persona y el logro de sus fines naturales tienen un carácter moral, ético. La
ética es algo intrínseco a la persona, a su educación, y a su desarrollo natural. Es el criterio
de uso de la libertad.

Por tanto, no cabe entender la ética como un "reglamento" que venga a molestar a los que
viven según les apetece. Sin ética no hay desarrollo humano de la persona, ni armonía del
alma.

A poco que se considere quién es el hombre, enseguida surge la evidencia de que, por ser
persona, es necesariamente ético: "a ética es aquel modo de usar el propio tiempo y la
libertad según el cual el hombre crece como un ser completo. La naturaleza humana se
realiza y perfecciona mediante decisiones libres, que nos hacen mejores porque
desarrollan nuestras capacidades. El hombre, o es ético, o no es hombre.

Los hábitos modifican al sujeto que los adquiere, modulando su naturaleza de una
determinada manera. La naturaleza humana se perfecciona con los hábitos positivos o
virtudes, porque hacen más fácil alcanzar los fines del hombre y permanecer en ellos. Está
claro también que el hombre se perfecciona a sí mismo adquiriéndolos: es entonces "un
perfeccionador perfectible": perfecciona al mundo, da finalidades a las cosas al tenerlas, y
actuando se perfecciona a sí mismo.

Podemos definir al hombre como un ser intrínsecamente perfectible. De todos modos


todavía es una respuesta demasiado abstracta. Por ejemplo, el bien y la verdad nosotros
los encarnamos siempre en los valores y modelos: nadie actúa "por el bien", sino porque
le gusta el vino, el fútbol, una persona a la que quiere o la música rock. Por tanto, si
queremos ver lo que el hombre es a la luz de lo que puede y debe llegar a ser, es preciso
aprender de quien nos ha precedido en la virtud. Además, la fe nos asegura que en Cristo,
hombre perfecto, el ser humano se descubre plenamente a sí mismo.

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