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Paternain Alejandro - Los Fuegos Del Sacramento

La novela narra una intensa historia de amor ambientada en el verano de 1680, cuando los portugueses llegaron al río Plata para fundar la Colonia del Sacramento. A través de la memoria del protagonista, un anciano que recuerda su juventud, se evoca la figura heroica de Joanna Galvão y los acontecimientos que rodearon esa época. La obra combina elementos de ficción con datos históricos, ofreciendo una visión imaginativa de los eventos que marcaron la fundación de la colonia.

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Paternain Alejandro - Los Fuegos Del Sacramento

La novela narra una intensa historia de amor ambientada en el verano de 1680, cuando los portugueses llegaron al río Plata para fundar la Colonia del Sacramento. A través de la memoria del protagonista, un anciano que recuerda su juventud, se evoca la figura heroica de Joanna Galvão y los acontecimientos que rodearon esa época. La obra combina elementos de ficción con datos históricos, ofreciendo una visión imaginativa de los eventos que marcaron la fundación de la colonia.

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Annotation

Una gran historia de amor recorre las páginas de esta novela: una pasión arrolladora que
comenzó el mismo día de aquel verano en que los portugueses arribaron a la
desembocadura del río Plata para fundar la Colonia del Sacramento. El protagonista ahora,
viejo, ante un fogón, bebiendo y añorando, evoca, a través de los sucesos de aquel lejano
1680, la figura heroica de Joanna Galvão. Nota
1. Resplandores del veranoIIIIII
2. Seis palmos bajo tierraIIIIIIIV
3. Adiós a los barcosIIIIIIIV
4. Espías lejanos y cercanosIIIIIIIVV
5. La bajada de los tres milIIIIII
6. Joanna, ¿sola?IIIIIIIVVVI
7. Embajadores del inviernoIIIIIIIV
8. En un día que haga claroIIIIIIIV
9. Los fuegos encendidosIIIIII
10. El puñal del guaraníIIIIIIIVV
11. La grímpola rojaIIIIIIIVV
12. Como una leonaIIIIIIIV
13. El fin de un senderoIIIIII
14. EpílogoIII
ALEJANDRO PATERNAIN

Los fuegos del Sacramento

ALFAGUARA

© 1998, Alejandro Paternain


© De esta edición:
2000, Grupo Santillana de Ediciones, S. A.
Torrelaguna, 60. 28043 Madrid
Teléfono 91 744 90 60
Telefax 91 744 92 24
[Link]
• Aguilar, Altea, Taurus, Alfaguara S. A.
Beazley 3860. 1437 Buenos Aires
ISBN: 84-204-7874-1
Impreso en España — Princed in Spain
Nota
He basado este texto en el trabajo de Luis Enrique Azarola Gil
La epopeya de Manuel Lobo. Es la mejor y más completa
investigación que he leído sobre la fundación de la Colonia del
Sacramento. Omito la mención de las restantes lecturas: cansar
al lector, o abusar de él, sería imperdonable. He dado curso, con
amplitud y libertad, a las prerrogativas de la invención
novelesca. Nada hubiese ganado revisando archivos brasileños y
portugueses, salvo seguir el mismo camino que ya recorrió, con
felicidad y pericia, Azarola Gil. Mi propósito fue hacer obra de
imaginación, con asistencia de datos históricos. Los hechos
pudieron ocurrir de modo distinto al que presento aquí. ¿Cómo
saberlo? Tomándose el trabajo de imaginar. Entonces tampoco
habría verdadera Historia, sino novela. Otra novela.
A.P.
1. Resplandores del verano

¿Fuegos? ¿Llamar así a estas llamas sin alma? ¿Fuegos de verdad? Padecí
otros que hubieran hecho santiguarse a todos los diablos. Me los
encendieron los ojos de dos muchachas que cayeron por San Gabriel en el
verano del ochenta, hace cuatro décadas, para quemar hasta la raíz mi
voluntad y convertirme en hoguera de antojos. El verano, de arriba abajo,
era fuego; y había fuego en el cielo, que despedía calores de infierno; en el
agua, que reflejaba al cielo abrasador y que se estaba muy quieta, como sin
ganas de nada; en el aire, tan quieto como el agua. Y respirando a duras
penas esos aires, acelerados los pulsos, yo, con mis dieciocho años que eran
puro fuego y que precisaban muy poco para inflamar medio mundo. Estaba
sentado en la proa del patache, rodeando con mis muslos la base del
bauprés, como si jinetease. A popa, ambas manos en la caña del gobernalle,
Roque, mi patrón, inmóvil, igual que el aire y las aguas, descabezando
algún sueño, la barba sobre el pecho. Cualquier malintencionado hubiera
podido voltearlo tocándolo apenas con la punta del dedo. Un chapuzón
machazo, un viaje veloz hasta el fondo, sin despertar, con sus pecados por
lastre. Pero a bordo nadie le acompañaba, salvo yo, y a edad tan temprana,
¿quién lleva veneno en la sangre? Solo fuego y del mejor. Roque, o don
Misterio, como le decía con el pensamiento, sin despegar los labios, tendría
sus cuentas pendientes. Conmigo, sin embargo, una malva. Si yo no hubiese
soltado un grito, hubiese él seguido de largo, impulsado por la marea,
sudando bajo la canícula, roncando como un justo. Y se habría perdido el
espectáculo. Escenario hermoso todo el año, pero en verano, especial. Había
bajante y yo hubiera jurado que el sol, hirviendo las aguas, las evaporaba
dejando al desnudo los roquedales de tierra firme y los de las islas. La de
San Gabriel era como joya. Nunca la había visto tan hermosa y brillante.
¿Nunca? ¿Cuántos nunca cabían en mi existencia? Al fin de cuentas, no
había visto tantas islas, ni tanto mundo, y mis pocos años me hacían torpe
para las comparaciones. Había vivido como jugando, obedeciendo a Roque
y mirando las cosas con sus ojos. Esa vez, sin embargo, me pareció la isla
una maravilla y también la península, sin nadie encima, ni siquiera
ñandúes o merodeadores en busca de leña. Contemplé la costa con cariño;
repetí el avistamiento y el cariño viboreó en ardor, asunto explicable por la
fogata que llevaba adentro. Pero no imaginaba que estaba ojeando por
última vez las tierras y los roquedales a salvo de pobladores, de caseríos, de
empalizadas, de cañones. Entre las islas y la península, reposadas como
otras tantas peñas, arriadas las velas, largado ya el anclerío, dos
embarcaciones de alto bordo, y otras dos más pequeñas acompañadas por
una sumaca, se hallaban ahí, al alcance de la mano, fondeadas con
naturalidad, muy a sus anchas, con la calma de las gentes que arriban a sus
casas. Me vinieron ganas de aplaudir y de chillar en son de bienvenida,
fuesen quienes fuesen los tripulantes y así hubiesen nacido en las comarcas
sin males y sin memorias. No sé si grité con fuerza o si di apenas una voz
ligera, brotada de mi sorpresa y de mi arrebato. Lo cierto es que Roque alzó
la cabeza, parpadeó y se puso a observar la flota fondeada. En mi vida había
visto tanto barco junto y se entiende, por ser un recién salido del cascarón.
Pero Roque, cincuentón largo, tendría que albergar en la sesera más de una
escena semejante. Su cara, sin embargo, se encendió de tal modo que no
atiné a decidir qué era más extraordinario, si su semblante o las naves
ancladas, de las cuales empezaban a separarse botes y lanchas con rumbo a
tierra firme. Brillaban los cañones de bronce que asomaban por las portas;
brillaban los remos batiendo las aguas pulidas; brillaban las puntas de las
lanzas y las ropas y los sombreros, y creo que hasta los piojos de los
grumetes brillaban como diamantes, como si el fuego, empavesado con los
resplandores del verano, luciese por todos lados. Pero mucho más brillaban,
hasta cortarme el aliento, los ojos de Roque, yendo de las embarcaciones a
los botes y deteniéndose después en los pabellones que languidecían en las
astas de los alcázares de popa. Alargó su mano derecha hacia el traperío
medio muerto por la avaricia de los vientos y se puso a decirme vaya a
saberse qué. Yo no lo oía, ésa es la verdad. El brillo de sus ojos me había
encandilado. Durante unos momentos nada existió para mí, salvo las
llamaradas de don Misterio. Ardía en ellas la codicia y algo más; el regocijo
y más todavía: desquite, satisfacción, orgullo, esperanza. ¿Fuegos, ahora?
Fuegos los de antes. Y que nadie me lo discuta.
II

Roque mandaba y yo, amén. Desde que tuve esta nariz entre mis ojos,
anduve trajinando con él, criado por él y tan adoctrinado por él como la
indiada guaraní por los padres de la Compañía. Me enseñó los trucos de
navegar y las artes del cabotaje. Su fuerte era el negocio. Día y noche
negociaba sin importarle bandera. Los dignatarios de Buenos Aires le
tomaron ojeriza, pero sólo al principio. Después le dejaron hacer, porque el
trasiego de mercadería daba buen provecho a justos y pecadores. ¿Qué
bonaerense pondría cara de vinagre delante de telas ricas, herramientas y
otras yerbas logradas a precios bajísimos gracias a quien las traía de manos
inglesas, holandesas, francesas? Varias veces me habló de los viajeros
portugueses, los cuales, en realidad, zarpaban de las costas de Brasil. Y yo,
como siempre, amén. Me daba lo mismo que viniesen del Brasil o de
cualquier parte; yo, en lo mío, en mis laboreos con drizas y escotas. Otras
veces me habló de que los portugueses llegarían un día para tomarse en
serio el negocio y plantarse en las orillas de la banda norte del Plata. La
bahía de Maldonado era paraje codiciado y también Montevideo, con abrigo
de primera. Y en ese día de enero de 1680 se presentaron, dueños de una
flota como Dios manda, atiborrados sus barcos de bastimentos, sacos de
harina y mandioca, tirantes y caballos, negros esclavos y gente
matrimoniada. Recuperado de mi encandilamiento, atendí a su labia.
Quería que yo reparase en los trapos flácidos que eran los pabellones de
Portugal. Me hacía ver, en los cascos sucios, en las jarcias cansadas, en las
bordas faltas de barniz, la largura de un viaje de padre y señor mío que
había arrancado de Río de Janeiro y de la isla de Santa Catalina. Llevaba la
cuenta de los botes que iban y venían y me obligaba a observar cómo se
reunía el gentío en la orilla descargando bultos y acarreándolos tierra
adentro. Arrimó cuanto pudo el patache a la costa. Nos sabíamos de
memoria el paraje. No había peligro de un choque contra las piedras ni de
embicar en fondo arenoso. Me ordenó soltar el anclote, dejó el timón, se me
acercó, me pasó un brazo por los hombros y se puso a decirme que aquel
desembarco daba vuelta y media a las anteriores intentonas y los lusitanos
tenían hígados de leones y garras de águila mora para presentarse de ese
modo, con tanto aparato, tan completa la flota, tan dispuesto el ánimo. Me
dio luego un tirón de orejas anunciándome que estábamos frente a una
poblada con todas las de la ley, con sus ordenados, sus escribanos, sus
tesoreros, y que en pocas semanas vería el caserío, el humo de los fogones,
las ropas recién lavadas y tendidas, los bastiones, las empalizadas y el foso,
las piezas de artillería con sus artilleros prontos para un lance y a los
sargentos y maestres alertas, mientras dentro del recinto amurallado
crecería la población y daría frutos jugosos el negocio. El de los lusos y el
del exaltado don Roque. Y todo ese apresto, con fundación sacramentada, ¡a
sólo ocho leguas de Buenos Aires! La rabia española también crecería y
sería de ver qué harían el gobernador y sus cabildantes, cómo les escaldaría
ese fuego, con qué aguas benditas calmarían la soflama de esa cuña.
Cuando el ajetreo de botes, barcas y lanchones se transformaba en tráfico
espeso, me hizo levar el anclote; y aprovechando un reflujo favorable y el
viento escaso que se largó de tierra, viento caliente como brasa, molesto
como nube de tábanos, nos acercamos a los barcos. ¿Recelos? Nunca los
despertaríamos. ¿Por qué temer a un patache con dos sujetos a bordo? Los
lusitanos se habían metido en el Plata como quien se cuela en su cueva sin
que los distrajesen siquiera las alborotadas gaviotas. Se me hacía palmario
que habían navegado desde el océano libres de trabas, felices al no toparse
con obstáculos, a pesar de las aguas taimadas que escondían bancos
peligrosos. No padecieron con la oposición de los españoles, descuidados en
la vigilancia o muy pobres para ponerla en obra. Reía mi patrón
imaginando a los bonaerenses durmiendo la siesta canicular ajenos al
descaro con que les entraban en su república, precisamente, los ajenos. O
peor que eso: los rivales a muerte desde tiempos muy viejos. Descaro,
astucia, frescura: quien pueda, emboque con la palabra justa. Proveníamos
de la boca del Paraná y habíamos costeado la banda oriental perezosamente,
en recuento y ordenamiento de mercaderías. Si nos hubiese empujado la
prisa, tal vez habríamos visto la flota en arribada desde el este. Roque
notaba que los portugueses llevarían fondeados varias horas. Con pachorra
de príncipes, se dedicaban al desembarco como si en esa zona no hubiera
más nada que ellos, el calor del sol y la serenidad del ambiente. Mientras
avanzábamos muy despacio, se complacía en deslumbrarme con sus saberes
y en fanfarronear con sus noticias. Yo prefería pescar los ruidos y las voces
de los barcos, bien visibles ya, balanceándose levemente, mostrando sus
tablazones enchastradas por el sarro marino y despidiendo olores a guisos
en los que abundaban la coliflor y el garbanzo, a excrementos de caballos,
de cerdos, de gallinas, a humos de los fogones en los que cocerían panes
para remediar el hambre de los que a esas horas, en tierra, cavaban hoyos
donde asentar ranchos y empalizadas.
Me atrajo la arboladura de la nave más grande. Hecha con maderas
nuevas, tenía soberbia figura, altanera como pescuezo de garza. Toda la
nave lucía novedosa. No haría ni cinco meses que había zafado del astillero.
Los mástiles eran de árboles del Brasil, no me engañaba. Aunque pichón
todavía, había puesto ojos y manos muchas veces en troncos similares,
duros como corazón de forajido. Aun así, mástiles y vergas venían
castigados, hartos de soportar las furias del océano y las ventoleras
traidoras de la desembocadura del Plata. Bajé la vista y me demoré en el
castillo de proa y en la regala que corría desde el trinquete al mayor. El
patache cabeceaba en deriva a cincuenta varas de aquel barcazo robusto,
luego a cuarenta, al fin a treinta o menos. Roque maniobró el timón y se
propuso rodear la nave dejándose ir con indolencia hacia la popa del
armatoste. Procuraba prosear con algún marinero o con algún peón o
grumete, para entrar en confianza y ganar tiempo. Se defendía muy bien
con la lengua portuguesa. En eso, como en tantas cosas, me aventajaba y
era más suelto, a pesar de que nací oyendo la cháchara de los lusos. Estoy
seguro de que habría saludado con un discurso al mismísimo jefe de la flota,
si hubiese tenido éste la ocurrencia de asomarse a la barandilla del alcázar
para agradecernos la recepción. También yo me emperraba en descubrir,
fuese quien fuese la sabandija atrevida. Me lo figuraba con patas largas
como aguará, colmillos de jaguar, ojos saltones a lo yacaré y con una gorra
de pieles coronándolo en vulgar señorío. Pero nada vi, ni la más triste rata.
El patache se deslizaba con lentitud fastidiosa y yo entretenía mí
impaciencia haciendo correr los ojos desde la cofa del mesana hasta la
barandilla del castillo, cuando de pronto, a través de un cartacho de la
barandilla, vi un movimiento extraño, distinguí colores fuertes, telas
satinadas, señas, manos, caras asombradas o risueñas que concentraban,
para espolearme, los resplandores del verano.
III
A través de las aberturas de los cartachos, o sobresaliendo un
palmo por sobre la barandilla, vi un racimo de caras renegridas
como carbones. Las frentes relucían al sol, el blanco de los ojos
más blanco que nunca, igual que la blancura de los dientes.
Ninguna de esas esclavas pasaría de los quince. Pensándolo bien,
luego de tantos y tantos inviernos, repasando a solas con mi
alma lo que ocurrió entonces en San Gabriel, juraría que las
negritas de servicio estaban entre los diez y los doce. Muy
agrandadas, eso sí. El calor de sus tierras, las necesidades o las
artes del demonio les hacen pegar estirones de apuro; y los años
que tarda cualquier blanca en ser mujer son recorridos por estas
tiznaditas en pocas semanas. El patache, para mi alegría, se
mostraba más lerdo que de ordinario. Pude contemplar a mis
anchas a las esclavas, devolverles sonrisas y gestos, prometerles
a puro grito, en un portugués quebrado por las risas, que no me
iría de allí sin robarme a la más cariñosa. O a más de una. Me
tenía mucha estima y fiaba ciegamente en mis hazañas de mozo.
Retrucaban con picardía las oscuras, poniéndome en claro cómo
les había incomodado la travesía, el encierro, el empacho de
adorar durante meses las mismas estampas. Iba yo a soltarles
picardías de mayor calibre, pero me contuve. El ramillete de
flores negras se abrió para que luciese, en repentino contraste,
una cara blanca que me dejó sin habla. La cara estaba
enmarcada por una melena castaña, lacia, libre, que tapaba una
parte de la frente. La dueña de esa cara andaría pareja en edad
con las esclavas. En estas latitudes, donde las mujeres escasean,
o las esconden, o están acollaradas y con amo, o pisan la
treintena rodeadas de crios, dar de golpe con una criatura así
derretía las piedras. ¿Bonita? ¿Qué sabía yo a qué se llamaba
bonita? Quedé como pichón ante la culebra, comparación
desgraciada porque la que me paralizaba nada tenía en común
con esos bichos de pésima fama. Yo, al menos, nunca había visto
sonreír a las culebras; y la recién aparecida sonreía con toda la
inocencia y la limpieza que quepa imaginar. Sonreía al verme, al
ver a Roque, al patache, a las aguas, por mal color que tuviesen,
barrosas, tapadas, con reflejos herrumbrosos. Y esparciendo
una mirada benevolente, sonreía a la tierra que se extendía ante
ella, como si el destino acabase de regalársela. Lo bueno dura
poco, ¿quién lo ignora? La sonrisa se me escondió de golpe, al
desaparecer, tras el coro de esclavas, la linda sonriente.
Apartando a unas, poniendo detrás de sí a la otra, con propósito
de escudarla, se apersonó, más alta que todas, una figura que ni
el mejor de mis sueños hubiese concebido. Por su traperío
comprendí que era dama de quilates subidos, con cargo de
mandar. Llevaba bien sujeto el pelo, monterilla de pluma,
cadena al cuello, con medalla refulgente, jubón de tafetán doble
y camisa de blancura tal que deslucía la blancura de los dientes
de las esclavas y la piel de la muchachita a la que mantenía a sus
espaldas, con miedo quizá de que yo la comiese con los ojos. A
ninguna otra hubiese comido, salvo a esa señora talluda,
encopetada, firme. Parecía un mástil. Sólo veía un cuarto de
mujer, por taparme el resto la barandilla y por no coincidir
ningún cartacho con el lugar que ella ocupaba. Pero es así este
negocio. La imaginación trabaja y toda nuestra sangre, según
me sucedía en aquellos momentos, corre como fuego y nos hace
antorcha. Yo era muchacho, pero no bruto. Me daba cuenta de
que la dama en cuestión tendría, por fuerza, quien la amparase
y que ese sujeto no militaba en la marinería ni entre los
escribanos. De sargento o capitán no bajaba. La mujer refleja a
su varón; y aquélla, sólo con plantársenos junto a la barandilla,
capitaneaba, señoreaba y decía con su empaque, cosidos los
labios: «El que venga por mí es hombre muerto». Mayor que yo,
ni por pienso. La habrían parido dos o tres años antes que a la
muchachita que, permaneciendo a su zaga, se asomó sin dejar de
sonreír, hasta que al fin, enlazando sus brazos al cuello de la
copetuda, la arrastró alegremente castillo adentro, hacia las
cámaras, donde hubiese dado yo media vida por seguirlas. Miré
a Roque y temblé. Si yo canjeaba media vida, él la regalaba
entera. El fuego del verano, todo junto, apretado como haz de
relámpagos, bullía en sus ojos. No alcancé a distinguir cuál de
las dos blancas provocaba tamaña chamusquina. Las morenas
quedaban fuera del asunto. Tanto él como yo solíamos paladear
esos platos en los arrabales bonaerenses. Pero las dos
muchachas, de buena cuna, bien criadas, habían resplandecido
en el alcázar como presas codiciadas desde que uno abre los ojos
a la luz. Hizo Roque un gesto que no descifré. ¿Pretendía
repartir de antemano los trofeos, dejando para mi juventud a la
flor todavía en pimpollo? Me encalabriné, me enfurecí, trabajé a
bordo de mala gana. Negándome a una prematura derrota, se
rebeló mi mocedad y se me clavó entre ceja y ceja la dama de la
monterilla. ¡Locuras, por todos los diablos! Fiebres del verano
que nos empujan hacia las prendas con dueño, a las hembras de
otra nación, a los espejismos y a los despeñaderos. En tierra
firme se animaba la gente lusitana, habría población muy
pronto, reyes, regentes, gobernadores y maestres de campo se
trenzarían en rugidora trifulca ante nuestros ojos; y mientras se
armaba la tormenta y amagaban los truenos de la pólvora,
teníamos él y yo los corazones a punto de invasión, sin
parapetos, sin defensas, pero colmados de furor por echar mano
a las dagas y arrojarnos de cabeza a la riña y al saqueo.
2. Seis palmos bajo tierra

¿Quién entiende este mundo? ¿Quién sabe del otro? Y de esta vida de
perros, ¿quién me ladra? Piénselo, capitán, los incendios de la orilla de
enfrente están aún muy fresquitos, si me permite hablar así, muy en
capullo; y aunque se deshojarán sin sustos grandes, hará usted bien en
esperar. Tres o cuatro jornadas, con sus noches respectivas, ¿qué son?
Acomódese a gusto y diga a sus hombres que se arrimen. Hay sitio para
todos, donde comen dos comen tres más. Son buenos mocitos, callados como
tumbas. Si se cansan de oír a este viejo, pueden apartarse un poco para
escapar a la luz del fogón, roncar, y que Dios los bendiga. Sí, yo los he visto.
Pichones a medio emplumar, ¿perderían el sueño por saber qué pasó en San
Gabriel hace tantos lustros y a veinticinco leguas al sur de donde estamos
ahora? Meta otro leño, capitán, la noche apenas empieza, esta isla es
segura, es abrigada, es tranquila, salvo tábanos de día, mosquitos de noche.
Pero vivo a lo rey, tengo mi bote a resguardo, lo cuido y lo mimo, es el único
personaje que me acompaña, cruzo hasta una orilla o hasta la otra cuando
se me antoja. Quiero decir que las crecientes no me hacen temblar la barba.
Para ser sincero, salgo de aquí en ocasiones contadas, si veo que han de
vadear los viajeros y las patrullas. Y cuando algún tonsurado lleva los
viáticos, ¿cómo no dar una remada en favor del moribundo? Los caballos
no importan. Se los deja para que engorden o para el charrúa. ¿No hicieron
ustedes así? Ya toparán en la banda opuesta con otros nativos que venderán
crinudos por un mosquete, un frasco de pólvora, una bolsa con balas. No
hay razón para volver a casa con carga pesada. Bien mirado el asunto, ¿qué
necesito? Comida me dan los ríos, el Negro que viene a morir a estos
parajes y el Uruguay que arrastra todo lo que encuentra. Trapos,
aguardiente, harina, me llegan por manos de la indiada reducida o de algún
caminador de esos que nunca se cansan, que saben mercar en la Colonia y
que se conduelen de un viejo, de un lobito de río achacoso que pasa sus
últimas horas con el rosario de los recuerdos dando vueltas dentro de su
cabeza. La Colonia, ¡válgame el cielo!, ¿en qué se ha convertido? Me dicen
que está cada día más grande, más blanca, más zorra y más peleona y que
disputa pulgada a pulgada con Buenos Aires por el dominio de los ríos, de
las islas, de los canales. Balazos, cuchilladas, sangre de cristianos y de
indios acristianados chorreando al cuete para que volviera, otra vez, al
buche de los portugueses. ¿Lo ve? ¿Quién entiende este mundo, capitán?
¡Cómo es eso! ¿No es, entonces, capitán? ¿Sargento? De acuerdo, le creo y
le pido disculpas. Me escucha con tanta atención, recoge mis recuerdos con
aire tan serio que le he encajado sobre los hombros, a pesar de que aún es
mozo, todo un capitanato. Pero si anduvo entreverado, como me informa y
no tengo por qué dudar, con los hombres de don Bruno que dejaron a los
franceses en calzoncillos y a su jefe el bandido y brujo Moró viendo crecer
los matorrales desde abajo, yo lo hubiera subido de sargento a capitán en
una santiguada. Mire, empecé a largarle mis recuerdos de puro agradecido,
por pagar en especie. Escuché su historia como embobado. ¡Irse al este,
hasta aquella lejura, a las soledades de Castillos Grandes, ponerse arma en
mano, cargar y triunfar! No es moco de pavo, hay que tener pulmones. Los
suyos, según me dijo, se llenaron con el humo de los cueros quemados que
había robado el francés. Desde ese día, hará... ¿cuánto?, ¿tres, cuatro
semanas?, le cobró mucho respeto al fuego; y como ahora, de retorno a su
Santa Fe, donde lo esperan el calor del hogar, una cuja tibia y en la cuja,
mujer recién matrimoniada, no se fía de chamusquinas, inflamaciones ni
chisperíos. Créame, las fogatas de la orilla vecina no son el fin del mundo.
Hallarán ustedes camino abierto a través del monte carbonizado y
regresarán como entre estufas riéndose de este invierno del carajo. Créame,
además, otra cosa: al hablar de fuegos, abrí el espiche de mi memoria. En
ella todavía dan candela llamaradas que, con su perdón y sin ánimo de
medir sus tiempos con los míos, son capaces de hacer estallar los hornos del
infierno. Para ese entonces, usted no saltaba todavía en la panza de su
madre y ya en estas regiones se tiraban a matar los representantes de las
testas coronadas. Me gustan su celo, su trabajo y su sacrificio para echar al
francés. Y más me gusta que quiera saber de mi boca cómo arrancó el
barullo con el portugués, que es el porfiado, el que pesa de veras y el que de
veras, ¡por todos los diablos!, sigue dando de comer a muchos. ¿Ve ese
leño? Alcáncemelo y que los santos lo premien por ayudar a un viejo. Los
que caminamos con un pie en el hoyo sólo necesitamos que nos traigan
calor, porque se enfrían nuestras venas, y que nos oigan como está haciendo
usted, porque la mucha soledad y el mucho silencio no nos dejan entender si
aún vivimos. Lo repito: entender, ¿con qué tripas? Ayer fui fuego tremendo;
hoy me vuelvo escarcha; mañana no arderé ni tendré frío. Tierra encima y
después, nada.
II

Me pongo lúgubre, tomo las cosas a la tremenda. Pasa así con los viejos,
sargento, tendrá que aguantarme. Déle sin asco al aguardiente, ¿para qué
soy dueño de casa? El año entero en soledad y cuando alguien me visita,
¿habría de mantenerle seco el garguero?
Fíjese entre quiénes estoy: el bicherío zumbador, que nunca descansa;
alguna culebra que se escapa entre los pastizales, con miedo de mi persona;
los árboles, el ramaje, el viento; el olor de las humaredas durante las
quemazones y el de las flores que se abren y se pavonean durante meses; los
gritos del hornero y el revoloteo de los patos al despuntar la mañana y caer
la tarde; el rezongo del agua, siempre con apuro de llegar a la
desembocadura, como si olvidase lo pronto del llegar. ¿Con qué ánimos
empinar el codo? Hay otra compañía, se lo confieso, pero ya no traga saliva.
Está a cuarenta pasos de aquí, bajo seis palmos de tierra. Con piedras de la
orilla sujeté los terrones, hace muchos años. Clavé una rama derechita,
cortada y desbastada a faconazos. Cada tanto renuevo la rama, para evitar
sequedades y vejeces. Flores, ni por broma. Han de vivir donde nacieron.
¿Cruz? Otro aparato inútil. Cruz de sobra lleva uno sobre el lomo. Lo
necesario, lo piadoso, lo limpio es ir todos los días hasta ese montón de
tierra y piedra y pensar. Como quien cava y busca. Pensar hacia lo hondo,
tratar de palpar raíces de fuego, evitar a puro pensamiento que ese fuego se
apague. Otro trago, ¿verdad que no se niega? Quede tranquilo, no voy a
reanudar mi relato revolviendo terrones, a lo vizcacha, después de haber
pintado las linduras que alegraban el alcázar de popa y de haber dejado al
aire las figuras como un dibujante que se ufana de sus retratos. La gente se
echa a dormir para siempre donde lo pilla el sueño grande, que no pide
permiso. Usted es conocedor. En estas inmensidades, cerca de los ríos, en
los montes, entre las sierras, hay dormideros de esa clase. He visto más de
uno, siempre de aparcero de Roque. Cuando él los encontraba, paraba la
marcha, sin afligirle la prisa. En verdad, sobran los dedos de una mano
para apuntar las veces en que caminó con prisa. De ordinario su paso era
reposado. Según él, se debía a su condición de navegador, oficio que pide
viajar en consonancia con los vientos, un día soplando con frescura y al
otro, calma fatal. Si toca andar por ríos, charcos o lagunones y no sirve la
vela, hay que apelar al remo. Y el que quiera remar atorado está perdido.
Gran parte de las enseñanzas de Roque corrieron en ese rumbo. Pero para
mí, muy en mis adentros, sospecho que disimulaba su torpeza al montar. Lo
hacía, cómo no, aunque de tarde en tarde, obligado. De tal maestro, tal
aprendiz. En tierras del caballo, fui jinete deslucido. Antes que empuñara
riendas aprendí a tironear cabos. Roque me instruyó desde muy muchacho;
y todo lo indispensable para hacer andar botes, pataches o sumacas, de él
me vino. Daba gusto mirarlo maniobrar al timón, avanzar con viento de
proa, corretear sobre el oleaje, hecho estaca, sin que las salpicaduras le
sacasen roncha. Recuerdo su estampa cuando timoneaba con sudestadas o
pamperos. Imagen imborrable, como imborrables son su cara ensombrecida
al descubrir una tumba, y su cuerpo al apearse, doblarse, arrodillarse y
permanecer inmóvil. ¿Piensa usted que rezaba? Juro por el aguardiente,
santo para mí, que no rezaba, aunque oraciones sabía. Nunca vi que se
santiguara. Pensaba, eso es lo cierto. En qué, tampoco me lo confió. Los
durmientes bajo tierra le eran tan ajenos como para usted los mandamases
de Portugal. Sin embargo, ponía su sesera a trabajar y yo, dócil para
aprender, me dedicaba a imitarlo. ¿Qué quedaba a un huérfano, a un
desamparado, con madre muerta junto con mi hermana en un mal parto y
padre que se fue a Río Grande prometiendo volver al mes? La promesa
quedó sin cumplir y yo bajo el ala de un hombre que decía llamarse Roque,
con el alma llena de recovecos, de lengua educada, experto en muchos
renglones, desde las propiedades de los yuyos para curar el riñón, la tripa o
la fiebre, hasta la madera con que debía construirse una embarcación. Era
diestro asimismo para contrabandear. Cursé esa escuela, claro que sí, y no
me arrepiento. Es profesión de todos, o casi. Y Roque la cumplía a lo grande
y a lo guapo. Un tero para esconder los huevos; un tigre para defenderlos.
Tardaba en enfurecerse pero una vez encorajinado, pobre quien se pusiese
al alcance de su faca, que manejaba como un corambrero, o a tiro de su
mosquete, que metía una bala entre los ojos desde cuarenta varas. A su
paso, las patrullas se hacían las desentendidas; y las naciones indias lo
trataban bien, cada una según sus leyes. El charrúa mercaba por señas, sin
abrir la boca, y vigilaba nuestros acercamientos al español, con quien
siempre ha vivido agriado; y el tape reducido, a espaldas de los padres,
entraba con nosotros en trueques con mucho lengüeteo y modales suaves,
quejándosenos de las canalladas de los bandeirantes y poniendo bajo el
amparo de mi patrón a un lote de indiecitas. Al despuntarme la barba y
otras cosas, gocé fiesta sabrosa cuantas veces hubo amparo. Nunca
mezquinó Roque los repartos. Se mostraba equitativo y si soplaban vientos
favorables, se las daba de dadivoso. ¡Quién hubiera adivinado su entraña de
piedra en enero de 1680, frente a San Gabriel, época y lugar en que los
diablos untaron nuestros hocicos con la miel de las muchachas blancas!
Roque vivía contento conmigo. Decía que para ayudante nadie como yo.
Cobrándome afición, me enseñó algo más que el laboreo de velas y el tino
en las remadas. Me reveló los nombres de ciertas estrellas, el vaivén de las
mareas, el mirar de las gentes, ya fuesen cristianos o infieles, las lenguas de
los guaraníes y lusos, las artimañas de unos y otros. Si no me enseñó a leer
fue porque no tuvo cómo. Pero él leía de corrido, sin mover un dedo ni
descoser los labios, que es como leen los letrados, según descubrí con los
años, y los padres de la Compañía, de quienes no precisaba él hablar para
que yo comprendiese que los admiraba y los temía al mismo tiempo. Con los
trajines y con las leguas escuché rumores de que en su juventud había
estado ligado a la Compañía. Por qué cortó lazos, sólo él sabría. No se lo
hubiese preguntado ni bajo tormento. Una vez que me animé a hacer de
preguntón recibí un sosegate que me bastó. Además de sus ligazones con los
misioneros, había pasajes oscuros de su vida que me picaneaban. Tras
muchos rodeos, bien sobada la lengua, declaré mi asombro porque nunca
hubiese mentado mujer propia, con sacramento o sin él, ni algún crío que
podría, tal vez, tener mis años. ¡Ojalá me hubiese tragado un yacaré!
Estábamos en una playa del Plata, el patache fondeado a la vista, el bote
auxiliar sobre la arena, cerca de la orilla; y delante de nosotros, asándose
en un espetón, un trozo de carne fresca comprada al indiaje, leña dura
ardiendo que era un contento y troncos apilados con los que manteníamos
la lumbre. Se puso en pie de un salto, volteó de un manotazo el espetón, y
me miró como para achicharrarme. Y antes de que atrapase un leño y lo
partiese en mi cabeza, eché a correr y me guarecí en los arenales. Volví al
rato, dispuesto a pedirle perdón. Pero lo vi con semblante tan enfurruñado
que sin decir esta boca es mía, pasé el resto de la jornada como en
penitencia, cuidándome de algún leñazo y con la barriga chiflándome de
hambre. Es recuerdo amargo, roe mi memoria. Quisiera olvidar sus ojos
rabiosos, sus manos blandiendo un leño, su bronca contra un muchachito
deslenguado y torpe. Pudo hundirme la mollera, como cualquier padre
fuera de sus casillas. Eso era para mí: padre, y si me apura un poco, madre.
De no haberme tirado un cabo, la correntada de la orfandad me habría
arrastrado al desastre. Prefiero verlo al timón o cavilando junto a un
enterradero. Por una razón o por otra, él se mostraba de ley para con el
hombre y la mujer que me dieron la vida. La suerte de ella y de la criaturita
recién nacida lo golpearon con fuerza. Lo adiviné porque nunca me habló
de esa desgracia. Vivía desvelado por sacar de mí un mocetón de provecho;
y el provecho consistía para él en que no volviese la cabeza ni mirase al
pasado. Hacia adelante, siempre hacia adelante: así me hacía vivir. Atienda
usted, amigo sargento, en qué me he convertido: un bicho siempre de cara
al pasado, contando sucedidos de hace una barbaridad de años. Es oficio de
viejos, dirá usted. Y tendrá razón. Vamos, la noche está todita entera todavía
y el aguardiente abunda. Déle con fe al trago mientras me escucha. Es el
único peaje que le cobro.
III

Crecí enlazado a él, manso, como cachorro que agacha las orejas y se
conforma con sobras. Yo tenía más que sobras. Compartía sus beneficios y,
si examino fríamente el caso, quien chupaba más beneficios era yo porque
aprendía a ganarme la vida. Dígame si hay plata que pague ese aprendizaje.
¿Nada me faltaba? Tal vez sí, pero no me daba cuenta. Me faltaba libertad,
y estando cerca la hora en que tendría que volar con mis alas, empezaba a
sentir rebeldías en la bodega de mi alma. Obedecía, pero me preguntaba por
qué; me daba órdenes, y yo pensaba hasta cuándo; me tenía en su mano, y
yo quería saber en qué momento podría quebrarle la voluntad. Si gusta
añadir estos fuegos a los hervores del verano del ochenta en San Gabriel,
puede hacerlo. Se suman con naturalidad y es probable que ayudasen al
incendio salvaje sufrido por mí al arrimarnos a los barcos portugueses.
Antes de poner Roque un pie sobre la cubierta del luso, ya me bullía el ansia
ciega de emanciparme. Mi patrón trepó en solitario por la escala que le
tendieron desde la borda, luego de indicarme que mantuviese vigilado el
patache y que atendiese al timón para no chocar contra el casco del barco
fondeado. Recomendación sin sustancia. Aquellas gentes no venían con
intenciones de robar pataches y tal vez les preocupaban más los mosquitos
que los caboteadores. Las aguas, además, estaban muy sosegadas. Casi no
había reflujo y pensar en un choque resultaba ridículo; cuando mucho un
topetazo; ni tanto, un roce, un beso diría yo. Amadrinar me resultó lo más
fácil del mundo. Y una vez concluida la maniobra, no me lancé escala
arriba como un curioso desaforado. Corrí a la cámara de popa, un
habitáculo a salvo de mojaduras durante las travesías, me quité las ropas de
trabajo, enjugué con un pañuelo el sudor de mi frente, de mi pecho y de mis
axilas, me puse otra camisa, otro pantalón y los zapatos que había comprado
hacía un año a un marinero inglés cuyo capitán traficaba con cueros, y tras
asomarme a la borda para mirarme en el espejo de las aguas, trepé,
tembloroso, enardecido, por la escala. Subí despacio, orgulloso. Roque
había abordado el barco con sus trapos de fajina, sudoroso y hediendo. Yo
lo hacía adornado como para una fiesta, reforzada mi juventud con telas
reservadas para las grandes ocasiones. Ganaría de mano por sorpresa,
descontando que, en cuanto me echasen el ojo las mozas extranjeras, me
rodearían, admiradas de mi estampa y de mi dominio de su propia lengua.
Nadie había en el sector de la cubierta en que desemboqué. Anduve con
paso vacilante unas varas hacia popa; luego, otras tantas hacia proa. Al
rato, emergiendo de una escotilla, apareció un grumete con bultos al
hombro, más joven que yo. Me saludó mecánicamente, como si me
conociera o no hiciese caso de mi presencia, dejó el bulto junto con otros
apoyándolo en el barandal y sin decir palabra desapareció por la escotilla.
Si algo había, era mucho trajín en el sollado y en el castillo de proa y
también en el alcázar. De este último salían voces, risas, exclamaciones,
ruidos de fardos arrojados al suelo, preguntas, órdenes. Por la puerta de
babor, en la banda opuesta a la cual me hallaba, irrumpieron varios
suboficiales, en camisa, con aire de haber trabajado durante horas, pero
alegre el ánimo, charlando, riendo y pasándome por alto, como si no me
viesen o como sí tuviesen mi presencia a bordo como el hecho más regular
del mundo. Me acerqué lentamente al portalón para escabullirme por la
escala si se hacía indispensable. Sentía un afán muy fuerte por permanecer;
al mismo tiempo, me zarandeaban los impulsos por hacerme humo. Al fin,
me quedé sin dar bordadas. Ningún tripulante se distraería ante un
muchacho al que habrían catalogado, desde mucho antes, como el peoncito
del patrón que en esos momentos lengüeteaba con los oficiales dentro del
alcázar. La voz de Roque, en su portugués bien aprendido y vibrante, me
llegó como un puazo traidor. Se carcajeaba, vivaba al regente don Pedro,
adulaba y expandía zalamerías con tanta desfachatez que, de haber sido yo
un vergonzoso, me habría tirado por la borda. Por fortuna, la vergüenza
jamás me escoció. Fue el único fuego que no me achicharró la sangre. De
espaldas a la amurada, simulando calma, cruzado de brazos y confiado en
mi empaque, paré la oreja. Buscaba el vocerío de las hembras, el parloteo de
cotorras —para mí de ángeles— que habría de provenir de los
compartimentos del alcázar, las burlas ante la mala catadura del patrón del
patache, las preguntas insolentes acerca del rapaz que había saludado con
tan buena cara. Sólo escuché voces hombrunas y un odioso entrechocar de
copas. El puazo traidor se me clavaba en las carnes.
IV

Pero el puazo se transformó en bofetón. Por la puerta de babor


salió una fila compuesta por oficiales, un par de prelados,
comerciantes, hombres de calzón corto. Detrás, Roque, tan
cambiado que me costó reconocerlo. También él traía calzón
corto, camisa blanca, bordada, y completaba sus arreos con
casaca verdeoscura, botas cortas, chapeo en la mano, listo para
poner y quitar en señal de reverencia en cuanto irrumpiesen en
cubierta maestres de campo, capitanes, damas. ¡Granuja de los
diablos! ¡Cómo me aventajaba y me agarraba dormido! Siempre
lo tuve por astuto y no había barco en el que diligenciase sin
provecho. Pero siempre lo hacía conmigo, no como entonces, en
contra de mí. Le había alcanzado el tiempo para parlamentar,
elegir, comprar, mudarse y hasta mirarse en algún espejo de las
cámaras. Con qué mañas se agenció aquellas ropas flamantes
venidas sin estrenar desde los telares lisboetas, nunca lo
descubrí. Tampoco noté si me había visto o si me pasaba por
alto con desprecio mayúsculo. El arte del disimulo era el pan y
era la sal en nuestro oficio, según me había adoctrinado. Pero
jamás imaginé que habría de darme tanta rabia. ¿Qué hacer,
salvo tragarme el fastidio? De golpe se abrió la otra puerta, la de
estribor, sobre la banda en que me hallaba. ¡Cómo brincó mi
corazón y con cuánta fuerza se me pegó al paladar la lengua!
Igual que una bandada de gaviotines revoloteando alborotados
en la orilla por la presencia de un buscador de huevos, así se
dejó ver el tropel de servidoras negras, entre las que había
varias de esas mulatas graciosas que sólo empolla el Brasil.
Intenté adelantarme, extender los brazos, saludar con las finezas
tantas veces oídas de labios de Roque. Temblé a pesar del calor o
por culpa de él. Hay fuegos que se pasan de tales y se vuelven
como heladas del invierno. Detrás del grupo de esclavas brillaba
la rapaza que yo había ojeado desde el patache. Cuando el grupo
—movedizo, casi bailarín, alegre por la conclusión del viaje— se
abrió, vislumbré a la muchacha de cuerpo entero. Me pareció
más alta. Sencilla de vestimenta, cuyas prendas eran todas
blancas; aun así, la blancura de su piel, con ciertos tintes
rosados, fulguraba sin empañarse. La miré con fijeza, tal vez
sonreí, tal vez pensé en decir algo. Pero mis ojos buscaban más
allá de la muchacha, quien se me antojaba embajadora de la
otra, de la que contaba más años, más desparpajo y más poder.
Al menos sobre mi ánima, pues sentía que no era bocado para
olvidarle el sabor en un castañeteo. Mi búsqueda terminó de
mala manera. O ni siquiera comenzó. Revoleando el chapeo,
inclinándose como si tuviera espinazo de mimbre, Roque se me
interpuso, parloteó con las esclavas, halagó a la muchacha y se
metió a hacer lo que yo: buscar a la otra. Comprendí que ella al
fin trasponía la puerta no porque la viese con claridad, pues las
anchas espaldas de Roque estorbaban arteramente, sino por el
flujo y reflujo de aquella marejada. Los varones, con Roque a la
cabeza, moscardonearon en torno a la recién aparecida, de
quien mis ojos, atónitos y enojados, sólo podían pescar una
mano alzada para arreglarse el pelo sin necesidad, ya que no
había viento, o los flancos de su saya, bien luciente, amplia, con
basculaciones como de campana. Pero los moscardones no
tienen mucho porvenir en cuanto zumba el abejorro, dueño de
las flores. Y aquella flor, tan entrevista como deseada, tenía
dueño. Asomándose en la toldilla en compañía de un cincuentón
con perfil realengo, delgado, demacrado y grave, señoreó la
cubierta un hombrazo de veinticinco primaveras, coleto de piel
de ante, tahalí escarlata, espada de las que se desenvainan con
facilidad, botas hasta la rodilla. Llevaba la cabeza descubierta y
su melena castaña, revuelta con arte, caía sobre sus hombros.
Mientras el señorón adusto se aferraba a la barandilla, sin
moverse, el de la espada bajó por la escalerilla, pisó la cubierta
taconeando fuerte, le abrieron calle las negras y las mulatas, se
esparcieron los moscardones, llegó hasta la dama principal, le
pasó un brazo por el talle, estrechándola y besándola como
enamorado consentido o como esposo querendón. Y ambas cosas
era el caballero, surgido como pesadilla de lo escondido del
barco. Su grado, capitán de caballos; su nombre, Manoel
Galvão; su valía y su honra, la confianza absoluta del jefe; su
gloria, su propia esposa, llamada Joanna. No le hace si conocí
tales títulos allí mismo, sufriendo, con el corazón arrugado como
saco vacío, o si me fui enterando con los días, tranco a tranco.
Usted, sargento, no merece que me las dé de contador sapiente y,
por sapiente, demorado. ¿Para qué los jugueteos? En la soledad
de esta isla, recién plantada la noche, no hay razón para muchas
vueltas. Sí peco por algo, será por puntilloso, por machacar, por
mentar otra vez al cincuentón que abandoné con las manos
sobre la barandilla. Logró rara fama en estos parajes, en Buenos
Aires y más allá. Era jefe supremo de la expedición. Le habían
nombrado Maestre de Campo con poderes cabales para fundar,
fortificar y poblar. Traía un pasado que daba repeluznos,
amasado con sangre, guerras, cercos, emboscadas. Manoel Lobo
le decían, hombre con el organismo minado por la enfermedad,
con el espíritu endurecido, templado por los tajos y la pólvora,
voluntarioso y terco como vizcaíno. Hay portugueses así. Y son
de temer. Antes de que Roque pudiese reponerse, tascando el
freno pálido de envidia, observando cómo el capitán amarraba
la hermosa barca que él creyó al garete, Lobo impartió una
orden. Las mujeres fincarían en la nave hasta que se levantasen
en tierra firme los ranchos apropiados y se completasen las
fortificaciones, la empalizada y el foso. A bordo quedaría
guardia armada. El capitán Galvão la comandaría. ¿Cree si le
digo que la orden me dio gusto? Me apartaba por el momento
del lote bonito, pero también apartaba a Roque. Me lamía por
dentro adelantando nuestra charla en el patache, donde lo
acribillaría a preguntas saboreando la sarta de explicaciones
ingeniosas y de inventos con que procuraría envolverme. Al
mismo tiempo, me abrasó un odio repentino al verlo darse
vuelta en el aire como torta saltando de la sartén, con mucha
rapidez. Obstruido su camino hacia Joanna, obsequió a la
rapaza de blanco sus cortesías. Sólo entonces reparé en que la
muchacha ya no mostraba su larga melena suelta, sino que la
había recogido con ese yeito que Dios regaló a todas desde el
vientre de sus madres. Fue rasgo que me sedujo, lo digo sin
ahorrar saliva, y que me provocó un sacudón de los bravos. Era
moza libre, hasta un ciego lo advertía. Disputársela a Roque
sería empresa cantada para mis ansias de cortar por las mías.
¡Engaño de juventud! Para no ser menos que Lobo, también
Roque sentenció su orden. La expedición entera acataba al jefe;
y yo habría de plegarme a los dictados del mío. Con seguridad
irritante, sin consideración alguna, me mandó volver al patache
y mantenerme fondeado a vista de tierra hasta que me llegasen
sus nuevas instrucciones. Acompañaría él a la gente de Lobo,
ofrecería servicios y examinaría las maneras de que todos
salieran beneficiados. Dejaba ir a la deriva mi tutoría para
ceñirse como rival de cabo en cabo. Aliado con los fundadores,
andaría al husmo de las prendas; y yo, desde fuera,
hinchándome de rencor, atosigándome con el desespero, me
haría enemigo de la fundación. De retorno en el detestado
patache, rogué a los santos del cielo para que se descolgase gente
armada de cualquier cuadrante, del infierno, de la indiada o de
los distraídos y tardineros bonaerenses.
3. Adiós a los barcos

Rogar es un decir. Quien suplica ha de apoyar el alma en algo firme, en


una creencia siempre a flote. Y yo andaba a los bandazos. Amanecía picado
por la curiosidad queriendo saber qué ocurría en la nave capitana, cuándo
desembarcarían las mujeres, cómo encerraría Lobo su manada en la punta
de San Gabriel. Al anochecer me adormecía cebando odios. En ciertas
horas, sólo habitaba mi cabeza la figura de Joanna, asociada al calor y al
fuego; más tarde, ponía el pensamiento en la otra moza, a quien imaginaba
hermana, sobrina o prima de la mujer de Galvão. Me inundaban los deseos
o me dejaban en seco, como en bajante penosa. ¿Vaivén de juventud? No
únicamente. La vida entera se nos pasa en ese juego. Una mañana el mundo
está repleto de flores, de colores apetitosos, de buen ver, de ganas de reír.
Pero no ha llegado aún la noche y quedan apenas un bulto, una osamenta,
unas cenizas bajo seis palmos de tierra. Da para enloquecer, como
enloquecía yo de guardia en el patache, yéndome de golpe hasta Joanna, un
bien ajeno, y hallándome, también de golpe, esperanzado con Irene. ¿Cómo
averigüé su nombre? Al principio resonó Irene; con las horas y los días
repicó otro. Más rarezas no podía haber en aquel mundo y en todos los
mundos. Un mocetón sirve para algo mientras obedece a medias. Sin
picardías ni desacatos, ¿qué valen los pocos años? Debía estar a las órdenes,
fondeado sin remedio, aguardando las decisiones o los caprichos de mi
patrón. Durante el día yo era modelo de disciplina. Ojeaba cada tanto hacia
la costa, por si Roque me enviaba señales. Por la noche, encendía un fanal
de posición. En caso de que Roque resolviese mensajearme en horario de
lechuzas, la luz le diría que yo permanecía a bordo, como secuaz leal.
Además del bote auxiliar, llevado de a rastras en las singladuras y con el
que mi patrón había viajado a tierra, teníamos un chinchorro bien trincado
en el pañol de popa. Gracias a esa hermosura hallé respiros. Con rapidez,
en silencio, a lo diestro, resucitaba al chinchorro, lo abordaba, remaba
fuerte mientras mi corazón apuraba el paso y me llegaba hasta la nave
portuguesa. Eran excursiones cuidadosas, no tengo por qué subrayarlo.
Asimismo eran breves, para no dar ocasión a la mala suerte y a un reclamo
nocturno del patrón. Poca cosa, pensará, pero no disponía de mejor
remedio. Elegía horas apropiadas, cuando en la nave aún no había silencio
completo, o cuando, antes de la amanecida, se reanudaban las diligencias y
los trajines. Tenía dos aliados formidables: mi osadía y el calor. Este último,
sobre todo, favorecía mis arrimadas. ¿Quién duerme de corrido en las
cámaras cuando el verano aprieta? Más de una vez, manos que yo hubiera
bendecido sacaban hamacas a la cubierta y enganchándolas a la amurada,
las destinaban al reposo de la gente insomne. Hube de bendecir mucho más.
A mi estrella, en primer término; al sueño espantadizo que levantaba de las
hamacas a unas figuras graciosas; a esas mismas figuras que sentían
compasión o curiosidad por el visitante que desafiaba la noche, el río, la
guardia, con tal de pasar breves ratos cerca de aquellas por quienes
tampoco él dormía. Es así de simple, no hay que gastarse en dibujos. Yo las
buscaba y ellas a mí. No sostengo que Joanna procediese de ese modo, ni
que compareciese con regularidad en la borda para mirar las aguas y la
noche fingiendo matar el tiempo. Los taconeos del capitán Galvão, quien se
paseaba por la cámara o la toldilla, me anunciaban su disposición de matar,
y no exactamente el tiempo. Nunca viví tropiezos por ese lado; y si alguna
vez creí vislumbrar a Joanna, lo achaco a mis ansias o a las penumbras. La
mocita, en cambio, se hizo visible en más de una oportunidad, escoltada por
esclavas cuyas frentes sudadas y retintas recogían los reflejos de los fanales.
De una de estas personas recibí, tras preguntar yo, de pie en el chinchorro,
estirándome cuanto me daban los huesos, el nombre de la agraciada.
«Irene», escuché, notando que una figura se destacaba por la blancura,
fuese ésta del cuello y los brazos desnudos o de las vestiduras, y que se
movía inquieta, amortiguando la risa. A la noche siguiente, bien sujetos los
remos dentro del chinchorro, vi tan sólo a una esclava acodada en la borda.
Susurré inquiriendo dónde estaba a mocinha. Pero debió sonar mal mi
portugués o la interrogada trabucó los sonidos, pues me respondió con otra
pregunta: «¿Arminia?». Y al cabo agregó: «Hoy no. ¿Mañana? Tal vez...».
Remé de vuelta hacia el patache, frustrado y confuso. Podía suceder que la
dueña de tanta blancura llevase dos nombres, aunque quizá una de las
oscuras, llamada Arminia, entrometiéndose, buscase guerra particular
conmigo. Al mismo tiempo, era probable que me tomasen el pelo
mañosamente. Durante tres noches seguidas practiqué mis navegaciones sin
que criatura viviente asomase por la borda. Sospeché que ya habría
ocurrido el desembarco, pero a la cuarta vez descarté la sospecha. Por una
de las ventanas del alcázar, ubicada sobre el espejo de popa, se escapaba
una luz, encubierta a medias por un paño de tejido fino. No lograba yo ver
hacia adentro pero una silueta, por lo pronto, se dibujaba en el lienzo. Mis
ojos no se engañaban; mis deseos tampoco. La silueta esbozada era de
mujer, bien madurada y mejor provista. Yo estaba a punto de hervir y
carbonizar el chinchorro. Se trataba de Joanna, porque las proporciones, el
movimiento de los brazos quitándose las ropas, la apostura de la cabeza,
girando a izquierda y a derecha con orgullo, sólo habían de pertenecer a la
Galvão. Ninguna tendría, frente a ella, ni para empezar. Lo que empezaba,
en cambio, era el baile en el interior de la cámara. Escuché el taconeo del
capitán y reconocí enseguida su traza, que invadía por completo la
superficie del lienzo. En pocos instantes, los perfiles desaparecieron pero
nadie perdió el resuello por apagar la candela. Importarían un bledo al
capitán los merodeadores. Serían grumetes aislados y zonzos como yo, ¿por
qué molestarse? Sentí murmullos, risas contenidas, palabras entrecortadas
pronunciadas en un portugués muy cerrado para mí. Comencé a alejarme
dando remadas con fuerza, soliviantado, como con fiebre. No me cuidé de
hacer ruido. Si los lusos se daban el lujo de parecer sordos, ¿por qué iba yo
a emperrarme con melindres? Tanto en la capitana como en el resto de la
flota pernoctaban todos con tranquilidad pasmosa. También en tierra, la
gente de pico y pala roncaría a pierna suelta, soñando con que esa comarca
les pertenecía, como les pertenecían los barcos, las aguas, los pastizales
vecinos, las armas, los bastimentos. Y las mujeres. Envidiándoles el dormir,
preparé mi cena en el patache. Quien no pegaría un ojo sería yo, para
rumiar en vigilia mi despique. Los portugueses podrán madrugar. Pero por
uno que madrugase, habría otro que no se acostaría. Y ése ganaría la
partida.
II

Rompió al fin el alba de un día que sobrenada para siempre en mi


memoria. Las remadas nocturnas en el chinchorro fueron riesgosas,
preñadas de dificultades. Locuras, qué diantre. Pero lo que hice en esa
mañana, mientras el sol nacía, fue mucho más allá de cualquier locura
ordinaria. Recuerdo las bandadas de pájaros que manchaban el cielo; la
mansedumbre de las aguas, tan quietas y lisas que daban ganas de echarse a
caminar sobre ellas; las primeras señas de vida en tierra, el humo que
brotaba de los fogones, las voces que llegaban a través de un aire tan en paz
como las aguas; y el cañonazo que estalló a bordo de la capitana. Un solo
disparo. De aviso, era evidente. Con pólvora, nada más. Enseguida, dos
lanchas fueron arriadas. Y en cuanto tocaron agua y quedaron junto a la
banda de estribor, abrieron el portalón y largaron la escala. Varias personas
bajaron, ayudadas por la marinería. Percibí con nitidez voceríos y carcajeos.
No necesitaba siquiera insistir con el catalejo, que manteníamos a bordo,
para entender. El portugués desembarcaba a sus mujeres. El campo
fortificado se convertía con ellas en población. Sumando familias a la plaza
fuerte, aquella maquinaria hincaba garfios sobre la tierra y se asentaba con
todo el peso de la vida. Después, ¿qué Cristo la arrancaría? Mi apostadero
era soberbio para bombeos. Fondeado el patache de popa a la costa sur, a
un cuarto de milla de un arenal extendido entre dos pedregales, el sol
naciente me daba una buena mano. La capitana había largado el ancla
entre la isla grande y la punta de San Gabriel; el resto de la flota, más al
oeste, en el abrigo entre la punta y los barrancos. Por lo tanto, yo avistaba
con el sol a favor; y la gente de la capitana y la de las lanchas tendrían que
soportar el sol en contra, en esos momentos justo encima del horizonte, si
querían ojear hacia el punto en que me hallaba. Yo seguía muy a gusto los
desplazamientos de los lusos, quienes no se percatarían de mi presencia.
Con el sol lastimando los ojos, ¿quién lleva cuenta de un remero solitario
que abandona un inofensivo patache y se dirige a una playita entre
pedregales? Como lo oye: también yo desembarqué. Iba como potro en celo
detrás de las hembras alzadas. Es probable que las lusas no estuvieran
alzadas o que lo disimulasen. Pero que yo ardía en celo, téngalo por cierto.
El celo me hizo manotear el chinchorro; el celo empujó mis remadas; el celo
me dio atrevimiento para trazar un plan, tan impulsivo como descabellado.
Seguiría a prudente distancia los pasos de los ocupantes de las lanchas; me
apersonaría en el momento oportuno y trataría de colarme tras la
empalizada para disputar a Roque, arma en mano si era necesario, la
posesión de las prendas. Con ser mucho, el celo sin embargo no me
mareaba. Había tenido la precaución de llevar al cinto, en vaina de cuero,
un espadón corto, al que solemos llamar facón, derecho como conciencia
inocente, filoso como un deseo. Y tras colocar el chinchorro boca abajo,
entre las piedras, a salvo de las crecientes, tapándolo con pastos y arena, le
había dicho adiós como a un amigo querido. Por cachorro que uno sea, no
se olvidan las cautelas aprendidas ni se descuida la retirada. Por allí cerca,
en algún paraje ignorado por mí, habría escondido Roque el bote. Y nada
lamenté más, le garanto, que no poder en esa mañana dar con aquella
embarcación, reventarla a patadas y aislar del patache a mi amo. El sol,
alzándose, seguía en mi ayuda. Lo tenía en la nuca y me iluminaba una
buena parte del poblado y del campo, ya limpio y arramblado en torno a las
estacas de la empalizada naciente. Divisé el cortejo de guardias y marineros
rodeando a las mujeres en camino hacia la entrada principal del cerco. Por
los destellos, supuse que allí habrían puesto algunas piezas de bronce. Muy
poco más lograba avistar, salvo las manchas de las gentes, el perfil de la
empalizada, las columnas de humo que asomaban por detrás. Me mantuve
alejado, a cubierto en un pastizal donde crecían, entreverados, chañares y
espinas de la cruz. De estas últimas me cuidaba mucho. Unas diablas.
Lastiman feamente, sacan sangre, dura el dolor días y noches. Igual que
con las damas y las damiselas. ¡Pobre de mí! Puros cuidados ante el
espinerío y un descuido bruto de mis riñones. Cuando sentí el pincho, ya no
hubo caso. Tres o cuatro sombras, dibujadas por el sol mañanero,
apareciendo desde mi zaga, se alargaban sobre los pastos, mientras me
tanteaba los lomos la punta de una cuchilla.
III

Me retuvieron durante largo rato, hasta que se cansaron de atrepellarme a


pura pregunta. Eran cinco individuos que se decían pacíficos vecinos de
Buenos Aires y tal vez lo fueran, aunque dentro de sus casas, porque en el
descampado, tras sorprenderme y atraparme como patrulla veterana, no
envainaron sus facas en todo el tiempo que duró el interrogatorio. No
siendo yo portugués ni corambrero, les llamaba la atención mi bombeo y mi
soledad. A duras penas tragaron mi confesión, a pesar de que yo juraba ser
marinero del patrón Roque, un comerciante de cabotaje tan honrado y
pacífico como mis apresadores. Callé mis propósitos; el corazón no se abre
así nomás. Pero me costó hacerles entender cómo Roque y yo nos
separamos y por qué tan sólo mi amo había obtenido buen trato con los
fundadores y me había dejado de guardia en ese paraje, ya que nada había
para guardar, ni siquiera el patache pues la gente lusitana no tenía ninguna
intención de robo. De robo menor, se comprende. El mayúsculo ya estaba
hecho. Un robo con todos los fueros, si cabe, muy formal, sin que faltaran,
para hurtar estas tierras, hombres de las tres armas, oidores, tesoreros,
eclesiásticos, constructores, albañiles, labriegos... «Y mujeres», añadí, de
modo alocado y estúpido. Sacaron ellos la punta del ovillo de mi corazón,
hicieron guiñadas, sonrieron y por fin envainaron. Insistieron en ser
habitantes del arrabal de Buenos Aires que habían llegado a San Gabriel en
busca de leña, abundante y muy buena. Hacían la provisión con
regularidad, cada cinco o seis semanas. Y calientes sus picos,
devolviéndome el facón que habían incautado por las dudas, relataron cómo
habían arribado, tras largo viaje en carros, a orillas del Uruguay a la altura
de la isla del Juncal. Cruzaron en balsas con varios carros y recorrieron las
doce o trece leguas que separan aquel lugar de la punta de San Gabriel
hallando a su paso las tierras tan despobladas como siempre. Pero su
asombro fue enorme al divisar la punta cercada y fortificada, y los mástiles
de la flota en los ancladeros. Se aproximaron con tiento, adivinando que
una corona extranjera había asentado sus reales en el mismísimo frente de
Buenos Aires; y al revisar la situación, se desayunaron: el enredador
portugués robaba el paraje, la punta, la ensenada, las islas, la leña.
Aseguraron que ya no podrían ellos llenar sus carros con la necesaria
carga, como solían hacer. Los nuevos dueños tenían tanta rapacidad como
rapidez. La empalizada, hecha con leña de primera, lo demostraba. Uno de
mis apresadores, alto, flaco y muy barbado, de cuarenta años y que llevaba
la voz cantante, dijo que los portugueses habían desembarcado para
quedarse. Argumentó que nadie viaja desde lejos con dos navios de alto
bordo, dos bergantines y una sumaca por el gusto de merendar en San
Gabriel y tomarse los vientos al otro día. Habían tropezado con un grupo de
leñadores de la expedición, quienes trabajaban confiados, canturreando,
como si estuviesen en sus haciendas. Los bonaerenses les recriminaron
tanta frescura, «¡desfachatez, muchacho!», gritaba el de las barbas. Pero
los portugueses, que andaban desarmados, abrieron los ojos en señal de
sorpresa y dijeron que jamás se les pasó por la cabeza gestionar ante nadie,
salvo ante el Maestre de Campo, Manoel Lobo, su señor y su jefe. «¿En
nossas terras?», repetían sin que les temblaran los labios. Estaban
convencidos de que habían puesto las patas donde les correspondía. San
Gabriel perteneció desde los tiempos de Adán y Eva al regente de Portugal.
Era tan de ellos como los suelos de Alemtejo o los de Río Grande. Los
cortadores y leñadores de Lobo ofrecieron vender leña a sus colegas
bonaerenses; y hasta estipularon precios y se batieron el parche porfiando
en que no había venta sino regalo. Sus colegas bonaerenses les habían
resultado simpáticos. Querían tenerlos por hermanos. Tanto ellos como su
jefe no deseaban otra cosa sino el mejor trato con los vecinos. Lobo los
había instruido con sólida política y abundantes miramientos. Y no cesaban
de repetir «irmãos, irmãos». ¿Qué habrían ganado los castellanos
arremetiendo contra unos hermanos que el mar, de golpe y porrazo, les
había arrastrado hasta sus barbas? Respondieron con aspereza, eso sí; y
cada leñador bonaerense sacó afuera más espinas que las matas de la cruz.
Tras separarse de los lusitanos, hicieron consejo entre ellos. Se caía de su
peso que ni Garro, el gobernador de Buenos Aires, ni el cabildo, estaban al
tanto; que las patrullas, si las hubo, equivocaron las huellas o se perdieron
por los campos de la banda oriental detrás del rastro de los corambreros;
que todos se habían engañado, excediéndose en la confianza; y que si
ningún miembro de la autoridad había cumplido con la obligación de
avisar, ellos lo harían. El barbudo me miró con enardecida fijeza. Y yo
atrapé al voleo su intención. El camino más corto y más veloz hacia Buenos
Aires tenía un nombre: el patache. Ponderó su proa afilada, su ligereza, su
línea marinera, aunque quizá no lo había visto aún. Alabó mi pericia con
las velas, halagó mi sangre, brotada en esta tierra, me pasó la mano por el
lomo sin escrúpulos. Y sobando con su mano rugosa y encallecida de
leñador el mango de su cuchilla, determinó, sin afligirse por medir mi
voluntad, que yo cruzaría el Plata y chillaría ante el vizcaíno Garro como
gaviota despavorida o como tero ante el intruso que amaga pisotear el nido.
No chillaría solo. «Un tero no hace alarma», sentenció. Irían conmigo él y
dos de sus compañeros. De marinar sabían poco. Pero como compañeros
serían más que buenos. Me ayudarían para que el rumbo no se desviase ni
un negro de uña y reforzarían mi grito de alarma.
IV

Me quedé sin tiempo para demoras o excusas y se vinieron al


suelo los propósitos de apersonarme en la Colonia do
Sacramento, como llamaban los lusos a aquella población, para
cambiar miradas, palabras y regalos con quienes ya pesaban en
mi vida con la fuerza del embrujo. Había que abordar de apuro
el patache y timonearlo hasta Buenos Aires. El futuro se me
desvaneció de un modo injusto. Y cavilando en esa injusticia de
la suerte, obedecí. La operación se enlenteció al principio. Me
rompí el espinazo en más de un viaje con el chinchorro porque
dentro del frágil artefacto, que más parecía pelota que barca en
serio, cabían apenas dos hombres. Y como el único que remaba
a derechas era yo, eché los bofes trasladando al barbudo
primero y a cada uno de los dos escoltas después. Ni frailes
descalzos habrían persuadido al barbudo de que viajase sólo
conmigo. Tal vez desconfiaba por demás; tal vez me
sobrestimaba. Izada la mayor, destrincado el timón y a punto de
levar el anclote, paré. Mediaba la tarde; todavía quedaban
varias horas de luz; entraba febrero y el verano apretaba. Se
había largado una brisa próspera desde el oeste. Yo navegaría
de bolina. Pero quien deseara aproar hacia el este lo haría
empopado, como en viaje de gloria. Y en aquel fondeadero de
San Gabriel había capitanes y pilotos que no pasarían por alto la
ocasión. Intrigado yo, con las manos todavía sobre el cabo del
anclote, y atónitos los leñadores, quienes miraban sin creer,
vimos izarse los velámenes de los navios de alto bordo. Poco
después, tras montar la punta, pasaban muy campantes los dos
pingües. En cada cubierta había ajetreo, sombreros en alto en
señal de saludo, gallardetes que alcanzaban los topes.
Únicamente la sumaca faltó al desfile. La reservaría Lobo para
casos de apremio. Porque ni yo ni nadie admitíamos engaños: la
flota lusitana partía y no en son de paseo, sino con ánimo
patente de recorrer el Plata, desembocar en el océano y no
arriar trapo hasta las costas de Brasil. Conocía de memoria los
adioses marineros como para comprender sin esfuerzo que los
barcos portugueses se despedían. ¿Para siempre? ¡Quién podía
establecerlo! En más de una noche de palique me había contado
Roque episodios semejantes. Conquistadores que incendiaban
sus naves; filibusteros que hundían las suyas para alardear de
valentones; exploradores que desarbolaban a hachazo limpio, al
faltarles leña, acosados por el frío, los salvajes, las fieras. Y
siempre me habían sonado a leyendas de otros tiempos. Pero
comprobar con mis ojos cómo se despegaba Lobo de sus
embarcaciones me puso la carne de gallina y dejó mudos a mis
nuevos tripulantes. El luso no necesitaba alardear; nadie
imaginaba fugas tumultuosas ni rebeldías dentro de la Colonia.
O el Maestre de Campo tenía una calma que rebasaba cualquier
previsión, o estaba de veras seguro de que había arribado bajo el
amparo de leyes todopoderosas. Fundar la Colonia do
Sacramento habría sido para él como coser y cantar. Lo más
natural y fácil del mundo. Sin embargo, ¿por qué los
bastimentos, los soldados, las piezas de artillería? Pólvora, al
menos, sobraba. Levadas las anclas de los dos navios y puesta la
flota para recibir la brisa de popa, retumbaron desde la Colonia,
a intervalos regulares, cuatro cañonazos, uno por cada barco.
Los habitantes de la población despedían a las naves de modo
altanero. Tenían con qué retrucar a los insolentes del futuro, si
es que ocurrían insolencias o había futuro sin mansedumbre.
Mis compañeros se regocijaron pensando en que tal vez Lobo,
levantada su factoría, se iría con la música a otra parte. Nada les
dije. Habiendo visto a Lobo una sola vez, me había bastado para
calibrar que el Maestre no era hombre de abandonar su
empresa. Dejé que se embobasen con la idea de que el jefe
portugués, a esas horas, estaría brindando por el éxito de la
Colonia en su cámara de la capitana; y les hice ver que dar el
patache a la vela, delante de la flota extranjera, sería la peor de
las zonceras. Aguardamos hasta que se nos vino el atardecer.
Para no retrasar el aviso, deberíamos navegar a media claridad,
o sin ella, ya entrada la noche. Los puse entre la espada y la
pared. Si zarpábamos al alba, podríamos llegar fiambres y
perdernos la probable recompensa, no muy grande dada la
mano estrecha de Garro. Si navegábamos de noche, yo gozaría
oyendo el castañetear de dientes de aquellos sujetos guapos sólo
de día y en tierra firme. Tragándose resquemores, convinieron
con lo que yo proponía. Fueron dignos de verse, amigo, muy
quietitos en un rincón del patache, callados como troncos, sin
putear siquiera por las salpicaduras que yo propiciaba largando
todo el trapo y haciendo escorar al patache. La luz del fanal
parecía alma en pena en medio de la semipenumbra vespertina
que convertía el cielo y las aguas en una cobija oscura que
empezaba a rodearnos. Levado el anclote, bien cazada la escota
de la mayor, bajo mi brazo la caña del timón, sucedió un hecho
que completó las andanzas de la jornada. Yo había insinuado
que sería provechoso dar lugar al regreso de Roque, persona
curtida en lances semejantes. Lo indiqué adrede, para tantear
todos los cabos. Pero fuese por la prisa, fuese porque no querían
tratos con el patrón, los bonaerenses desecharon cualquier
espera. Y yo, sin responder, poniendo cara de contrariedad,
pero muy alegre bajo capa, les llevé el apunte. Ya aprestado el
patache según dije, oí gritos que provenían de la orilla. Mis
cálculos no habían fallado. Corriendo desde la población,
desalentado y furioso, Roque se desgañitaba pidiendo por todos
los santos que el patache no zarpase. Alternaba ruegos con
insultos y chillaba para que me dejase de bromas pesadas y
fondease de una buena vez. Sentí impulsos de reír y de burlarme
y lo desprecié por iluso. Que rajase el aire con su vociferar: el
patache zarparía. Los leñeros, que no eran sordos, también
oyeron. Pero como desconocían la voz de Roque, traté con
descaro de enturbiar las aguas, diciéndoles que el gritón sería un
vagabundo, un mal entretenido, alguien que habría servido al
portugués y que ahora, arrepentido, intentaba desandar camino.
Era mitad verdad, mitad mentira, con lo que yo jaraneaba y
entreveraba la baraja. Que me creyeran o no me importó un
carajo. Mantuve el timón, cacé con más fuerza la escota y logré
una maniobra hermosa y violenta, algo así como un planeo de
gaviota fanfarrona y satisfecha volando en curva. Los de la leña,
desprevenidos, cayeron y rodaron hasta el pie del mástil. Yo, en
tanto, miré hacia la orilla. El sol, en declive, dio de lleno por
unos instantes sobre la figura empequeñecida y blanquecina de
Roque, el cual agitaba los brazos y corría de un lado al otro por
la playa. «Ahí te pudras», pensé. Y volviendo la vista a la proa,
eché leña a mi particular hoguera. Al íntimo resplandor se
agitaron las figuras de Joanna y de Irene, o de Arminia, si es que
también así le decían. Ya dominaba una, ya la otra. A veces
brillaban juntas y juntas las dejaba. ¿Para qué separarlas si no
se estorbaban? Conduje la travesía consintiendo en que tales
pensamientos se agitasen hasta volvérseme permanentes, sin
miedo de que me enloquecieran, proseando con ellos,
perdiéndome en ellos, atado a ellos hasta que el destino quisiera.
En tamaña insania juraba ante mí mismo que retornaría a la
Colonia con gente armada, que forzaríamos el cerco, que
arrojaríamos al agua a los lusos y que yo saldría con bonitas
presas entre las uñas. Y si tenía que regresar solo desde Buenos
Aires, me daría igual. No habría capitanes ni artilleros que me
atajasen ni ordenanzas que mereciesen respeto. A tanto llegaba
mi fuego, cebado por la imaginación y avivado por la ausencia.
4. Espías lejanos y cercanos

Sólo dos días permanecí en Buenos Aires. No aguanté la lentitud de los


trámites, la indolencia de muchos y el desconcierto de todos. Era de cajón
que ni los leñadores ni yo hablaríamos en presencia de Garro. Nuestros
informes siguieron caminos llenos de volteretas y paradas. Apelamos a un
oficial del puerto; éste se dirigió a un cabildante, el cabildante interpeló a
un escribano, el escribano a un secretario de José de Garro, caballero de la
orden de Santiago, gobernador y capitán general de las provincias del Plata.
Nuestros testimonios no alcanzaron el rango de novedad, pero rindieron. Al
menos confirmaban viejas sospechas, rumores y palabrerío acerca de las
maquinaciones portuguesas. Cada funcionario de la escala gubernamental
alzaba los brazos y, gimiendo con parejo desconsuelo, deploraba la carencia
de una flota de guerra o, siquiera, de una flota patrulladora. Vivían
enmarañados en una tela de quejas, desazones y planes, hechos, deshechos
y rehechos con penosa inseguridad. Además de barcos, escaseaban los
hombres y el dinero. ¡Portugueses aprovechadores! Me costó despegarme de
los leñeros, crecidos en confianza y pensándose medio dueños del patache.
Los planté al fin, en una esquina, a lo bruto, dejándolos con la palabra en la
boca, y corrí hacia el atracadero. No me había costado, en cambio, pegarme
a un nuevo compañero, por lo cual yo no correría solo. Era mozo atildado,
de rara flacura, con cara de necesitar muchas cosas, entre ellas un trabajo
capaz de nutrir su orgullo. Porque lo tenía, y nada chico. Me di cuenta al
momento, cuando lo descubrí sentado sobre un montón de cueros liados con
cáñamo, una pierna cruzada sobre la otra y, apoyado en el ángulo de la
pierna, un cartapacio con hojas en las cuales dibujaba. Se complacía en
reproducir siluetas portuarias, pasteleras encanecidas con cesta al brazo,
marineros en espera, bebiendo con disimulo o sin él, lanchones y barcas,
aguas y nubes. Le hablé y me respondió con pausas, sin quitar los ojos de
las formas que copiaba. Llegado de su Galicia natal hacía pocas semanas,
aspiró a cabo de milicias y terminó renegando de Garro y de su fibra
guipuzcoana. «Gente terca», murmuró, «todavía no aprendió a gobernar en
tierras nuevas». Resumí la situación de San Gabriel, le anuncié que yo
saldría en misión particular hacia esos parajes, porque los lusos podrían
trancar mi industria —pesca, compra y venta y labores afines— y que en
principio no me parecía mal colaborar para convencer al intruso de que
volviese por donde había venido. Continuó dibujando, sin responderme. Lo
piqué pintándole un porvenir en el cual, conservando sus labores sobre el
papel, podría conquistar en la acción alguna plaza de miliciano, un
reconocimiento de méritos, un bautismo en riesgos y sacrificios. ¿No sería
eso, por los diablos, un papel mejor? A nadie debía él rendir cuentas. Había
recalado en estas provincias como llovido del cielo. Ni padre, ni madre, ni
perro que le ladrase. Le daba lo mismo dibujar en la atmósfera espesa, llena
de olores a pescado, a brea, a cueros frescos del puerto bonaerense, que
hacerlo bajo los cielos de las islas, o en las costas orientales, donde también
podía haber olor a cueros pero entreverado con el de las arenas húmedas,
los montes florecidos, los yuyales. Tragó lo de los montes florecidos. Su
saber de estas latitudes era pobre todavía; y no reparaba en que, corriendo
febrero, nos resbalábamos hacia el otoño. Las flores perfumadas, por lo
tanto, se abrirían únicamente en su magín o en su recordada y lejana
Galicia. Como nada tenía para perder en peregrinaciones, convino en
acompañarme. Mantuvo su empaque, su aire ligeramente despectivo, sus
gestos de «estoy aquí arriba; tú, allí abajo». Persuadido de que los días
venideros domarían sus corcovos sin que me tomase el trabajo de amansarlo
con bozal y rienda, no le hice caso, encogiéndome de hombros cuantas veces
fue oportuno. Con sólo ojear el patache, saltar a él y refistolearlo, empezó a
desinflarse. Vi un chispazo de contento en sus ojos y, por sobre todo,
expresión de confianza. Al desamarrar, ya lo había enterado de cuanto
debía comprender. Iríamos en misión de bombeo y de traslado de mensajes
si se daba el caso. Pero lo principal era apoyar al piquete que Garro había
destacado con el fin de acopiar el mayor número posible de informes. Había
yo tenido tiempo de averiguar tales designios. Mis horas en Buenos Aires
fueron pocas pero como no me he chupado el dedo nunca, logré ponerme al
tanto. Cuatro soldados del presidio bonaerense marcharían hasta el río Las
Conchas. Allí se meterían en una canoa para enfilar hacia la reducción de
Santo Domingo de Soriano. Los comandaría un individuo fiel, de agallas y
muy prudente. Su rango, alférez. Su nombre, Cristóbal de León. Desde el
patache daríamos a de León una mano en el cruce o algo más. Podríamos
adelantarnos, traerle nuevas, allanarle los senderos tratando con los indios
díscolos y hasta distraer a las avanzadas de la Colonia del Sacramento. Al
mismo tiempo, durante las horas de espera, junto al fuego en la orilla o
dentro de nuestra embarcación fondeada, yo hablaría con Baltasar, mi
compañero, grabando a pura palabra las imágenes que cargaba en mi alma.
Tal vez él consiguiese estampas que me consolasen de las ausencias. ¿Quién
sabía? Quizá con un poco de fortuna el propio Baltasar, cuyo tinte de
alcurnia no despertaría recelos, se acercaba a la Colonia, daba algunos
pasos por sus callejas y sacaba del natural los retratos que yo tanto deseaba.
II

Una quimera tamañaza, más grande que la mar océano. El alférez de León
era zorro corrido y no metía la pata en cualquier terreno. Aceptó mi
concurso después de preguntarme, a boca de jarro, qué había sido de mi
patrón. Me caló de entrada, por lo cual sólo me atreví a mentir a medias. Le
respondí que mi patrón había quedado encerrado en la Colonia, en manos
portuguesas, con peligros para su salud. «¿Por quién querrán cambiarlo?»,
rezongó al fin. Lo hizo con tanta sorna que me obligó a callar y a cuidar en
lo sucesivo mis inventos. Baltasar no levantó sospechas. De León lo vio
como muchacho desorientado, muy sobre sí, es cierto, aunque voluntarioso
para aprender. Conmigo se había mostrado tenaz, sin reculadas cuando
teníamos trabajo a bordo, dócil a mi doctrina de que para sentar plaza en
milicias debemos endurecer la osamenta. Según el alférez, podría prestar
servicio valioso si lograba dibujar la disposición de las fortificaciones
portuguesas. Me llené de contento saboreando esa posible misión. Dibujaría
el galaico no sólo perfiles de los bastiones sino los de Joanna, cada día más
codiciada, y de Irene, quien no era para despreciar. Infeliz modo el mío de
ponerme contento. Sin darme cuenta de que Baltasar también era joven y de
que ardería en fuegos semejantes a los míos, ponía en su hocico el husmo de
las presas. Al principio le pedí retratos en el aire, con el único modelo de
mis charlas. Habíamos arribado a Santo Domingo de Soriano, donde se
advertía el bullebulle levantado por la poblada portuguesa. Mientras de
León diligenciaba el espionaje apalabrando indios baqueanos y ladinos,
indispensables en estas maniobras, y acomodando lo pertinente a la
manutención de sus cuatro soldados y de él mismo (Baltasar se arreglaba
conmigo gracias a mis artes de pescador), me puse a cuchichear al oído del
dibujante. Aproveché las noches, antes de nuestras dormidas, y no fui
tacaño en elogios ni en admiraciones. Así pude ver, a la luz de un fogón
languideciente, cómo surgía primero un rostro, después el otro. El que
representaba a Joanna se parecía bastante a la mujer de mis recuerdos;
pero los trazos con que quiso retratar a Irene resultaron desdichados. Quedó
en el papel una muchacheja esmirriada, rígida como un remo, con el pelo
como un sauce, sin interés ni gracia. Le rogué una repetición cambiando el
nombre de la dibujada y llamándola Arminia. Salió peor el remedio que la
enfermedad. Hice pelotillas con los dos papeles que representaban a Irene y
a Arminia, los tiré a los rescoldos y me quedé con el de Joanna. Mucho no
duraría el mentado papel, dadas nuestras vidas a salto de mata, las
humedades, las asoleadas y cosas así. Pero yo no estaba para reparar en
melindres. Me aferraba de la idea de que los fuegos, hermosuras y deseos
serían para siempre. Y a la torcida ilusión de que tras los vistazos al pobre
retrato sería cada vez más mía la mujer ajena. Esperó de León en Santo
Domingo trece días, tiempo que demoró el río Uruguay en calmar sus
enojos y sus olas. Los baqueanos pedidos por el alférez al corregidor y al
doctrinante, quienes cortaban maderas bastante lejos, ya habían llegado.
Mas los caballos solicitados, en número de treinta, no pudieron cruzar hasta
que se aquietaron las correntadas. Al decimocuarto día partió de León
rumbo al sur, al frente de sus soldados, de tres indios baqueanos y de una
recua de veintiséis baguales. Dejaba cuatro en Santo Domingo por
precaución. A último momento, incorporó a Baltasar, dándole órdenes con
sequedad, como para probar su temple y recordándole que portara los
trebejos de dibujar. Se despidió de mí con la misma sequedad. Presumía que
yo habría de sostenerme allí, clavado, papando moscas. Pero ¡qué diantres!,
don Cristóbal se equivocaba.
III

Tenía yo mi modo de anticiparme en arribar al objetivo y de retornar a


tiempo para aguardar con cara de santo al alférez. Estaba claro que él no
costearía el Uruguay, que vadearía ríos y arroyos, que daría rodeos, que
tardaría, que avanzaría con mil precauciones. Su encomienda era espiar y
no hay espionaje si no se va con pies de plomo, pasito a paso en cada
jornada. Yo tenía el patache, los días de febrero me traían buenos vientos,
mi camino era bastante derecho, y sólo debía evitar dos contras: una, no ser
avistado por el propio de León ni por sus baqueanos, cosa muy difícil debido
a los rodeos, a las tardanzas y a su trayectoria tierra adentro; la otra, no ser
avistado desde las fortificaciones, punto, ése sí, probable. No obstante, sin
flota, los portugueses no me echarían la zarpa. Llegado el momento, me
arrimaría a la punta de San Gabriel por la noche. Me verían si eran brujos.
Conchabé a un indio curtido, ofreciéndole paga en especies: un cuchillo,
una sierra, aparejos de pesca, invalorables para él y abundantes en los
pañoles del patache. Pertenecían a Roque, pero el indio no tenía por qué
saberlo. Estaba cargado de años y de penas, bien se notaba. Aun así,
conservaba firme el pulso, limpia la vista y sana la memoria de la zona. Le
adiviné un pasado amargo, padecido a manos de los sanguinarios
bandeirantes. Sus ojos, chicos y renegridos, chispearon en cuanto le aclaré
que iríamos en disfavor de la Colonia portuguesa. Nada me dijo y nada le
pregunté. Era callado como piedra de laguna. Cuando zarpamos, me reí
para mi camisa pensando en que Cristóbal de León había dejado en Santo
Domingo a un guía de fiar. Las estrellas se ponían de mi parte. Sí, mi
amigo, todo mi espionaje —cercano y alocado— anduvo al amparo de mis
estrellas buenas. No miento si afirmo que fue, hasta entonces, mi viaje más
feliz. Nunca soporté vientos de proa, ni en sentido real ni en el figurado.
Fue traslado corto, con mucha fortuna. Me dejaba llevar por el impulso y
¿quién no apechuga con peligros mortales una y diez veces con tal de
olfatear a la mujer que le ganó el sueño de las noches y los días? Arribamos
libres de estorbos a las cercanías de la Colonia, desembarcamos sin que nos
avistasen, caminamos sin oposición. Dejé al indio en mi espera, refugiado
en una zanja, y me encaminé como un alucinado a los asentamientos.
Entraba la noche. En el aire flotaban olores a plantas, a humedad del río y
de las arenas, a vapores de las cocinas y, sin miedo a exagerar, a interior de
ranchos recién construidos. En resumen, olorcito a reposo y a dormir
acompañado, lo más grato que pueda haber. Ladraban perros dentro de la
empalizada, cuya mancha negruzca se alzó ante mí de golpe. Con una mano
tanteaba mi facón, con la otra los palos a pique. No me cuidaba de los
portugueses, gente buena para mí hasta ese entonces, sino de las
apariciones fantasmales de Roque, a quien, a lo largo de nuestras travesías,
había visto vagando por las costas como una fantasma. El cacho de
empalizada que toqué me pareció firme. Si Garro y sus hombres habrían de
guiarse por mis informes pensarían que el luso les había plantado un fortín
de marca mayor. Como el ambiente se hallaba en calma y no tropecé con
centinelas ni caté bocas de fuego por ese lado, que era uno de los tres que
daban directamente a las aguas, creí a mi vez que los pobladores no
esperaban arremetidas castellanas. Por un rato me sentí viviendo en una
tierra donde cada hijo de madre hacía su voluntad sin molestar al vecino y
donde habría lugar, comida, agua y abrigo para cualquiera. Colarme en el
recinto, ni con ayuda de santos milagreros. Siempre fui orillero, mi vida no
es otra cosa. Estaba dispuesto a dar vuelta por las orillas hasta que aclarase
y se volviese mocita la madrugada. Cielo de amanecer y piel de muchacha,
¿no son lo mismo? Pero si usted piensa que mis pasos en la noche no tenían
guía, hace mal. Y si estima que metía mi cabeza en la boca de Lobo como un
angelito, hace peor. Alocado, sí; desquiciado, no. Tenía mi guía particular:
mi nariz. Jamás me embretó en picadas falsas. Ya le menté los olores
nocturnos, aunque callé uno: el de mujer. Lo percibía de lejos, sin
engañarme. Distinguía edades, colores de piel, aromas, catingas. Ha habido
—y hay— baqueanos de pastos y yuyos; yo, de hembras. Nadie sabe cuánta
satisfacción la mía al distinguir ese rastro en aquella noche, solitario frente
a la nueva población, en medio de una calma que presagiaba vendavales. Le
soy sincero: junto con el tufito delicioso a faldas luengas, a melenas
encrespadas, a perfumes de ultramar, me acarició la oreja el murmullo
ansiado. Risas apagadas, secreteos, algún gritito, ¡el paraíso hecho música!
Después, al cabo de andar entre pedregales, remojando a menudo los
tobillos en los charcos que la última crecida había dejado por aquí y por
allá, el destello de un farol. ¿Vio usted cómo el perfume no me había
descarriado? Adiviné enseguida: un grupo de muchachas, pescando,
aprovechaba la noche de febrero. Me hice chiquito, anduve en cuatro patas,
me aproximé por detrás. El farol iluminaba la escena a mi gusto. Tres
mulatas secundaban a una mujer principal en el trabajo de cebar anzuelos,
arrojar líneas y recobrarlas en cuanto hubiese picada segura. Las vi de
espaldas y me conservé a la zaga, sin hacer ruido. Por su porte y sus ropas,
la comandanta del grupo era, con toda su figura airosa, la capitana. Así
como le digo. Allí estaba Joanna, con faldas sencillas y una camisa blanca y
holgada que resaltaba en la noche como el pecho de una gaviota. ¡Suerte
prodigiosa! Sí hay un dios que teja con tan soberana mano las casualidades,
que me lo traigan y yo lo adoraré por toda la eternidad. Más resaltaba, si
cabe, la piel de sus hombros, que la camisa descubría, y la de su nuca,
liberada de la melena crespa, renegrida, sujeta sobre la cabeza con un
peinetón. Anduve unos cuantos pasos hacia el grupo. Que me oyeran no me
pesó. Cobijado por la noche, me tomarían por alguien salido de la
empalizada dispuesto a ofrecer compañía o ayuda. Pero yo me movía
dispuesto a dar otra cosa y la di. En estos lances, como en la guerra, la
sorpresa es lo más fuerte. Moró, el francés, si pudiera hablar, concordaría
conmigo, ¿no cree usted? Alentado por la noche bendita, viví una dicha
inolvidable y, tras cartón, nunca encaré tan de cerca a la huesuda. Como
halconcito que se descuelga sobre una culebra, así volé hasta un hombro de
Joanna, donde estampé un beso con alma ardiente y corazón hambriento.
Hasta esa noche no había paladeado fruta tan en sazón, tan sabrosa ni de
tan rara propiedad, porque al tiempo que saciaba mi apetito lo agrandaba
como el pampero a las velas cuando llega de popa. Permítame demorarme
en el episodio. Más lo repaso, más me maravilla a través de los años. Es mi
manera de combatir el olvido y de hacer, de un instante rapidísimo, todo un
mundo. La culebra con que el halcón se engolosinó tenía vida de sobra,
igual agilidad y juventud y colmillo venenoso en forma de puñalito cuya
punta brilló en la noche a dos gemes de mi pecho. El instinto o el hábito de
esquivar botavaras traicioneras me salvaron. Hubo chillidos, voces
escandalizadas, un revuelo endemoniado. Zafé de allí con el pellejo sin
agujeros escudándome en esa misma sorpresa con que había arremetido.
Salté de piedra en piedra, corrí como un venado hasta la zanja donde me
aguardaba el indio, volamos de estampida sin mirar para atrás. Abrevio y
me pongo a bordo, con el indio, tripulando el patache que nos llevaría
intactos a Santo Domingo. Apuro el tranco pues su cara me dice que no me
cree o que lo hace a medias. Una lástima, lo siento. Ha de ser por mi torpeza
de cuentero o por su dureza de oído, dañado tal vez en el combate contra
Moró allá por Castillos Grandes. Pero le ruego, al menos, que me crea esto:
mientras el patache rumbeaba al río Uruguay para remontarlo, confiado yo
en el ojo alerta del indio durante la noche —son de cuidar los canales, las
islas, los escollos—, me puse a mirar el retrato a la luz del fanal. El rostro
de la Joanna verdadera me pareció enérgico, poderoso en su hermosura,
marcado por el azoramiento, la indignación y el placer. ¿Dónde existirían
artificios para copiarlo? Doblé con parsimonia el papel. ¿Por qué tirarlo al
agua? Lo guardé en la faltriquera de cuero con que siempre navegaba. Me
ayudaría a recordar, siquiera por contraste. Siendo tan poco, era mejor que
nada.
IV

El otoño me fondeó en Santo Domingo, con las únicas compañías de


Baltasar, emperrado en sonsacarme cuentos para mejorar el retrato de
Joanna, y del indio curtido, que se había aquerenciado, conforme con la
espera. Cristóbal de León, más sus soldados y baqueanos, se habían hecho
humo hacía algunas semanas. Una vez ante Garro, el alférez informaría,
cumplidor, diligente, prolijo. Si lo recuerdo todavía, ha de ser por su
honestidad —a la legua se notaba que era incapaz de embustes— y por su
tolerancia. Conmigo la tuvo y en buena hora. Recién retornado de su
espionaje, cuando yo llevaba en Santo Domingo un rato largo, le bastó
mirarme de arriba abajo para entender mi correría por Colonia. Empezó por
recomendarme, con sorna, que limpiase el casco del patache, pues se le veía
sucio a fuerza de tantas singladuras y fondeadas. Después, a solas,
acercando su boca a mi oreja, pronosticó un avance portugués contra Santo
Domingo para castigar al atrevido que arrastraba el ala a sus mujeres. «Ni
salvajes ni cristianos consienten que les codicien las hembras», susurró
convencido. «En esos casos, los responsables pagan. Ojo avizor,
muchacho.» Tras despedirse, se retiró. Y no volví a verlo. Quedé con el
ánimo en sombras, temiendo que el pronóstico del alférez se cumpliera, sin
atinar qué partido elegir. ¿Ponerme a salvo, remachando mi calaverada? Ya
estaba bastante lejos de la Colonia y mis ardores no permitirían aumentar
las distancias. Por fortuna Baltasar era de charla fácil. De su boca escuché
el relato de la expedición, los vaivenes del espionaje y la levantada del velo
de aquel misterio. Baltasar confesó que ni él ni expedicionario alguno
pudieron entrar en la Colonia ni acercarse como habrían deseado. Me
alegré, no lo niego. Baltasar, hasta el momento, no me había aventajado. Yo
sí y mucho. De su relato salió un lío de idas y venidas, de retrasos y cautelas
tan pacientes como graciosos. En cierto momento se me antojó asunto de
leyenda, semejante al hablar de tantos hombres que vagan campo afuera y
que se complacen en embaucar al costero y al marinador. Lo mismo hacía
Roque si le tocaba el turno; y al fin, partida en tablas. Quizá Baltasar ponía
mucho de su propia sesera. Pero no teniendo herramientas para medirlo, me
limité a recibir su perorata sin cortarle el chorro. Luego que el alférez de
León puso rienda al sur, buscó el paraje al que llaman Punta Gorda. Tardó
seis días en alcanzarlo; y tras rebasarlo, cumplidas las dos leguas de
camino, dio con un río caudaloso. Para vadearlo debió internarse tres
leguas hasta descubrir paso. Desanduvo terreno hacia la costa y cruzó tres o
cuatro arroyos. Cada cruce le exigió apartarse media legua. Pero con
tenacidad notable, prosiguió la marcha y arribó al río San Francisco. Fue
momento propicio. Había bajamar y pudo vadear las aguas por la playa en
que ese río desemboca. El siguiente río, el San Juan, se le hizo difícil. Llegó
la pleamar, creció el curso, hubo de costear cinco leguas tierra adentro sin
hallar paso. Retrocedió hasta la desembocadura y vio que el río estaba
crecido todavía. «¡En mi vida imaginé tierras y aguadas tan llenas de trabas
y tan libres de cristianos, solitarias a más no poder!», comentó Baltasar
cobrando resuello. En la boca del San Juan estuvo detenido el alférez un día
entero, en espera de que sobreviniese la bajamar. Calmoso, precavido hasta
cuando roncaba, sin desanimarse, bien provistas aún las faltriqueras y
apelando a la habilidad cazadora y pescadora de sus indios reducidos,
despachó a dos de éstos para que cruzasen el río. ¿Cómo? Pues como Dios
les enseñó, es decir, a nado. No iba a ser don Cristóbal el que se remojase la
rabadilla. Allá fueron ambos nativos, revoleando brazos y piernas y
cortando la correntada que era un contento. Al día siguiente, miércoles
veintiuno de febrero, amaneció con cara apacible y con aguas muy bajas.
Decidió cruzar de León con su gente y se puso a andar hacia donde los dos
indios, a pie, habrían ido a parar. ¡Prodigios de la suerte! Halló el alférez a
los nadadores y caminadores y halló más. Los dos comisionados,
comportándose con celo elogiable, venían en busca de su jefe para contarle
cómo habían visto fogones y rastros de cabalgaduras, o sea, huellas de
cascos y sobre todo montones de bosta. Fijando la vista tierra adentro
habían ojeado «algunos bultos que les parecieron eran de gente», según
palabras de los reducidos. Lleno de alborozo, marchó el alférez con su gente
completa hasta el lugar indicado. Reconoció por una parte, luego por otra,
sudó, se cansó y por último maldijo. No vio alma, ni cristiana ni infiel, en
todo el espacio a su alrededor. Los bultos eran tan sólo avestruces y
venados.
V

La torrentera de Baltasar merecía un dique. Para no meter sin


testigos cuchara en esa olla, toleré aquel fluir. Pero ante usted,
sargento, me permito achicar. De León encaró en persona los
trabajos y tras refugiarse en un montecito de las barrancas
próximas a San Gabriel, pues en ese punto se hallaban, divisó
una embarcación muy chica, una sumaca tal vez, fondeada.
Antes de ponerse el sol despachó a pie a tres indios baqueanos
para que investigasen la playa hacia el sureste. En tanto, él y sus
hombres avanzaron a caballo en la misma dirección. Oyó rumor
de gente, avistó fogones y en total silencio, a distancia de dos
cuadras, observó durante hora y media. Los fogones ocupaban
un espacio como de cinco cuadras. Concluyó su avistada a las
dos de la mañana, se reencontró con los tres indios al otro día,
junto a un arroyo convenido. Comparecieron en un caballo dos
de los nativos y dijeron que habían querido atrapar dos caballos
de los portugueses, pero uno escapó. Estuvieron a punto de
colarse en el poblado. Sólo vieron ranchos con numerosas
herramientas dentro y como ladraron fuerte los perros, se
largaron. No fue en balde la aventura. Habían reconocido zanjas
para las fortificaciones, de sesenta pasos en cuadro. Tres lienzos
ya estaban señalados y varias zanjas se encontraban a medio
abrir. Más lejos toparon con cimientos para una casa grande y
con ranchos también grandes. Dentro de uno de éstos colgaba
una campana. De tanto en tanto salía de un rancho un hombre,
daba varias vueltas y se metía luego en otro rancho. El hombre
no llevaba armas ni herramientas. Los indios no averiguaron
quién era ni qué hacía. La noche caía y el poblado se mostraba
apacible, recién establecido y con las tareas de construcción de
las defensas en sus comienzos. Baltasar bosquejó planos y líneas
a la buena de Dios, con sus papeles estropeados por las
andanzas, los calores y las mojaduras, a la mala luz de un fogón
escondido entre malezas, espantándose los mosquitos y
guiándose por lo que soltaban los indios. No era mucho, pero
bastaba. Cristóbal de León estimó cumplida la faena y ordenó el
regreso. Si Baltasar creía que en esas misiones menudeaban
lances, cuchilladas, tiros, acechanzas y trampas, se llevó flor de
chasco. Abundaron incomodidades, cansancio, sed y ronchas. El
viaje de vuelta fue tan pesaroso y dilatado como el de ida.
Cristóbal había tenido mano firme para evitar deslices. Parecía
adivinar las ganas de Baltasar de presentarse de rondón entre
los ranchos para hacer retratos de mujeres al natural y aun para
conseguir algo mejor de los modelos. No lo descuidó ni un solo
momento. Libre ya del alférez, holgándose con mi compañía y
con la del indio taciturno, quería hacerme creer que su única
inquietud eran las fortificaciones portuguesas y la forma en que
los bonaerenses podrían frenar de raíz los trabajos. Cacareaba,
orgulloso, con la utilidad de sus croquis y me ponía al tanto,
como si se tratase de un hallazgo personal, de las últimas
medidas de Garro. Moviendo la pluma como un poseso, a pura
carta, el gobernador había pedido a Corrientes ochenta
hombres; a Santa Fe, cincuenta con trescientos caballos; a
Tucumán trescientos combatientes que mantendría en reserva
en la desguarnecida Buenos Aires. Con un centenar de soldados
de aquel presidio, bien entrenados y equipados, sumaría más de
doscientos hombres. «Pocos aún», me advirtió Baltasar,
doctoreando, como si yo fuese bobo. «Los portugueses han de
llegar a setecientos, entre gente de armas y de labor. Pero habrá
más, muchos más contra ellos.» Y como quien descubre la carta
más difícil, hinchado como pelota, me comunicó una noticia
cuya fuerza era capaz de poner el cuero de gallina al más
templado. En su furor epistolar, Garro había exigido un auxilio
formidable. Escribió al padre Cristóbal Altamirano, superior de
las doctrinas del Paraná, ordenándole que, en cuanto viese esa
carta, alistase tres mil indios. Que los armase y pertrechase
según su juicio. Que despachase con ellos a dos religiosos porque
no perdiesen de vista a sus padres espirituales. Que además de ir
bien armados, habrían de robustecerse con la fe católica. Que se
reunieran en Santo Domingo, donde convergerían los otros
contingentes para quedar todos al mando del Maestre de Campo
Antonio Vera y Muxica, hombre experto, pausado, sesentón.
Que así serían tres mil doscientos cincuenta combatientes y
cuatro mil caballos. ¡Y que temblase el intruso! Todos
temblaríamos. Yo me puse a rezar por Roque, quien debía
hallarse aún en la Colonia, según mi estima. Y por mi destino,
para que me dejase poner mano en Joanna, en Irene, o en la que
el cielo decretase, y sacar sin daño, de entre la tormenta que se
venía al galope, a quienes yo ansiaba cada día más por bravias,
por distintas, por esquivas.
5. La bajada de los tres mil
I

¿Ha visto cómo engruesa un río durante los aguaceros? De una orilla y
otra le llegan los arroyos, los cañadones, los cursos menores, las lagunas
que también desaguan. Con cada corriente, la riada madre agranda su
caudal, se extiende por los esteros, cubre los montes y brama entre oleadas
barrosas arrastrando islotes, troncos, vacunos y yeguarizos muertos,
horcones de ranchos, canoas y lanchas vacías, a punto de irse a pique. Del
mismo modo, con puntualidad, bajaron de norte a sur, desde las misiones,
los guaraníes que Garro pidió. Todos vinieron armados, guiados por los
padres, la mitad a caballo, la otra mitad a pie, en número de tres mil,
siguiendo los crucifijos plateados que relumbraban junto a las orillas y
cantando salmos en su lengua musical y dulce. Igual que las hormigas
cuando salen al sol desde sus múltiples agujeros, atraídas por el tufo de un
ternero mamón que agoniza bajo la canícula en un arenal, porque su madre
fue muerta por el jaguar, así los doctrinados emergían de los caseríos, del
borde de las selvas, de los campos cultivados, de las islas, de los breñales, de
las callejas de sus reducciones, alentados por el tañir de las campanas, por
las voces de las mujeres y de los niños, por los ecos del litoral donde se
espantaban los pájaros y rezongaban los vientos. Bajaron del Itapú ciento
noventa hombres sanos, robustos, jóvenes, apenas muchachos varios de
ellos; de Candelaria, dos veces cien; de Santa Ana, de Loreto, de San
Ignacio, más de trescientos; de Corpus, de San Carlos, de San José,
callados, el oído puesto en las vibraciones de los montes costeros, doscientos
cincuenta; de San Miguel y de Santa María quinientos bien contados; de
Concepción, de San Nicolás, de Santo Tomé, casi ochocientos; de Mártires,
ochenta, enseñados y obedientes; de San Javier ciento sesenta y otros tantos
de Asunción. Revoloteaban los pájaros viendo aquel pasar y aquel juntarse
de los batallones; y revoloteaban las cartas de Garro quien, escribiendo sin
parar, con la tozudez de su raza, pedía armas y dinero a Lima y al Paraguay.
También llegarían esas armas y esos dineros. Pero ningún reducido había
dejado sus casas con las manos vacías. Con celo ferviente, como cuando
impartían doctrina, fiscalizaron los padres el avance; y no permitieron que
indio alguno fuese rémora para los demás. Cada cual portó un arma, vieja o
nueva, de manejo complicado o de uso según sus costumbres. Los de a
caballo calzaron espuelas, se calaron capacetes, embrazaron adargas,
blandieron lanzas y empuñaron macanas. Y trotando en los bañados o
galopando en los llanos, hicieron la tropa de caballería más extraordinaria
que hayan contemplado los siglos. La crencha al viento, el mirar fiero,
rezando al Cristo redentor y a los genios de sus selvas, parecían soldados
brotados, a un tiempo, de estas soledades americanas y de los cuarteles de
Europa. Pero si la caballería obligaba al respeto, la infantería ganaba sin
duda admiración por lo abigarrado de su armamento y por el coraje de
medir a pie las leguas que iban desde las reducciones hasta la Colonia
lusitana. Cada infante llevó flechas y arcos, piedras y macanas, machetes y
rodelas. ¿Débiles trastos para afrontar la artillería? En apariencia, nada
más. Sigo opinando que la flecha se mete donde una bala choca; y que no
hay modo de parar la piedra que soltó de cerca el hondazo. Nunca fui amigo
de la chispa ni de la pólvora. Que me den hoja de acero y verán. Llegué a
ser diestro con el arma blanca, tal vez en demasía, de lo cual aún hoy me
arrepiento. Pero los tiempos cambian una barbaridad y si el enemigo aprieta
el gatillo sería tonto no contestarle con la misma canción. Había indios
experimentados en el manejo del mosquetón o del arcabuz, respondones al
propósito de los padres, quienes se empeñaron en que dieciséis guaraníes de
cada reducción fueran mosqueteros. Era de ver a esos tapes cargando ocho
varas de cuerda para mechas, un frasco de pólvora, una bolsa para las balas
y el arma, terrible y larga, a la bandolera. Los bosques, de miedo, habrán
achicado sus árboles; y el pajarerío y cuanta sabandija rondaba por allí se
habrán guarecido en los chilcales, en las cuevas o debajo de las piedras. El
orden en el reparto tuvo la rigidez del más irreprochable de los ejércitos. Los
flecheros transportaron, por cabeza, dos arcos de excelentes maderas,
cuatro cuerdas y treinta flechas. A los pedreros, cincuenta por batallón,
correspondieron treinta piedras y doce hondas. Si fracasaba la pedrea,
echarían mano a un cuchillo afilado y a una macana durísima; y ya podían
encomendarse a Dios o al Diablo los infelices que pretendiesen hombrear
sus arremetidas. Cien infantes formaron compañía; cada compañía
respondió a un capitán; cada capitán contó con un alférez y dos sargentos.
Para aliviar la marcha, no faltaron cajas de guerra, marcadoras del paso, y
banderas de lienzo pintado, guías en las caminatas y en los ataques. Las
compañías montadas se agruparon con sólo medio centenar de jinetes cada
una, con capitán respectivo y tenientes. Y las órdenes y las voces de aliento
correrían a cargo de los hombres que hincharían los mofletes soplando
chirimías, impertinentes como zumbar de mosquitos, o clarines aulladores
con que los cristianos impulsan carnicerías al son de la música mientras
tapan, de paso, el grito del infiel.
II
Daban ganas de vivar el paso de los escuadrones. Los ojos se complacían
observando los atuendos diversos, los colores de las ropas y de las banderas,
con matices de azul, de rojo, de verde profundo, de castaño, de índigo, de
negro. Cualquiera hubiera aplaudido viendo con qué rigor lucían los
oficiales unas mismas insignias. Jinetas, los capitanes; venablos, los
alféreces; alabardas, los sargentos. Los capitanes de a caballo ostentaban
hachuelas; los tenientes, espadas o alfanjes desnudos. Abundaban los
pífanos o flautas con los cuales festejarían los indios sus descansos o se
incitarían para la pelea. Compañías y batallones bajaron escoltados por
recuas de mulas, con enjalmas y bastos, que transportaban maíz, trigo
tostado hecho harina, frijoles, sacos rellenos de bizcochos, docenas de
arrobas de yerba por cada centuria india. Más atrás, en calculada distancia,
se movían los enfermeros conduciendo del cabestro los matalotes en cuyos
lomos reposaban, bien empaquetados y liados, las ventosas, las lancetas, los
paños para hilas y vendas, la sal, los cuchillos para foguear, el azufre, el
ajo, la piedra de San Pablo, la miel de abejas, las hamacas para los que
sufriesen dolencias o heridas en combate. La gente de caballería disfrutaba
de privilegios: a cada jinete se asignaban tres cabalgaduras, una mula y dos
caballos. Los herrajes habían sido forjados en los pueblos; y con los mismos
hierros señalaron los sacos de comida junto al nombre de las reducciones de
donde provenían. Cada padre confeccionó listas con los apelativos de los
indios bajo sus enseñanzas; cada lista fue entregada al padre cuidador de
todos los indios, de capitán a asistente. Nada ni nadie escapó de la
administración de los iñiguistas. Muchos bajaron hacia el sur por tierra;
otros tantos lo hicieron por los ríos, hasta colmar el Uruguay en alucinantes
desplazamientos. Aquéllos levantaron polvo con los cascos herrados de sus
cabalgaduras o con los pies descalzos y callosos; éstos se deslizaron en
canoas y en grandes balsas haciendo chasquear los remos en la superficie.
Se les oyó avanzar antes de que se los viese. Dio para estimar que eran miles
de cabezas de ganado en movimiento lento o una nación entera discurriendo
por el río, a favor de la corriente, para huir de plagas, de pestes o de
incursiones de bandeirantes esclavizadores. Aguantaron soles y chubascos,
tábanos y mosquitos; atravesaron zanjones y terrenos lodosos, llanos y
cardales; se apañaron para vadear aguadas profundas y para sustituir a los
animales cansados o atormentados por el bicherío; llevaron a tierra las
balsas que pedían reparación; convirtieron en leña las inservibles y aun
fabricaron balsas nuevas, más pequeñas y livianas; se ingeniaron para
pescar, para atrapar huevos de los nidales ribereños, para descolgar panales
sin miedo de las avispas. Paraban al anochecer, dormían pocas horas donde
los sorprendiese el descanso, arrancaban al despuntar la aurora. Antes de
cerrar los párpados, rezaban y cantaban en coro; al despertar se
santiguaban, tragaban un desayuno frugal y daban gracias a Dios y a todos
los santos, sin olvidarse de ninguno. Durante días y días resonó por montes
y esteros, por ríos, arroyos y humedales, el vocerío litúrgico al ponerse el sol
y al asomarse de nuevo a la madrugada siguiente. Aquella fila se extendió a
lo largo de leguas y leguas con estremecimientos de serpiente gigante en
procura de la madriguera repleta de crías. Cualquiera hubiese querido ser
carancho o águila mora para ojear la bajada planeando en lo alto. Antes de
salir hubo confesión general. Enseguida, los indios comulgaron. Ninguno
partió en ayunas de ese pan. Cumplieron con los preceptos y prepararon sus
conciencias. ¿Quién de ellos tenía asegurado el regreso? Más de un infante
ganaría, por sobresueldo, una andanada; más de un jinete caería de su
cabalgadura con el pecho atravesado por una pica lusitana o con el cráneo
deshecho por las descargas de la mosquetería. No pocos se irían al otro
barrio comidos por las fiebres, por las ponzoñas de los alimentos
corrompidos o por la dolida añoranza de las mujeres afincadas tan lejos, en
las semivacías reducciones. Fue bueno entonces sentir sobre sus crismas
alguna gota de agua bendita y en sus lenguas el contacto insípido y ligero de
las hostias. Si habían de morir, ¿qué tenía de malo precaverse? Revolví una
y mil veces, a través de los años, qué razones o qué cuentos existían para
ponerse en trance de regar las tierras de San Gabriel con su sangre. Y al fin
me dije, recogiendo el parecer de los baqueanos en el tremendal de la vida,
que empujaba al guaraní un odio viejo hacia el portugués, a quien
hermanaba con los paulistas, con los mamelucos, con los bandeirantes. Con
eso, para comprender, basta. Ignoro si tenían mentas de qué hombre los
mandaba al matadero. Porque Garro en Buenos Aires, y Antonio Vera y
Muxica, general en jefe de Santo Domingo, eran brazos ejecutores de una
voluntad que sostenía corona realenga. Yo había oído hablar poco sobre el
Rey de las Españas; los indios, sin duda, menos que yo. Pero si hubiesen
sabido esa poquedad, se habrían hecho cruces. Me habían pintado al tal
Rey, a don Carlos II, como un flojo, un babieca, un calzonudo manejado
por curas de alma negra, secretarios de intención tuerta y validos
tramposos. Vivía el mentecato de miedo en miedo, recelando embrujos y
gualichos detrás de cada puerta y aun debajo de los pollerones del mujererío
de su séquito. Estaba enfermo, quién lo negaba. Tenía el seso revirado, creía
en maldiciones y en aparecidos. En la corte, en el reino y en sus posesiones
ultramarinas, coincidían todos en llamarlo por un solo nombre: el
Hechizado.
III

Con sesenta otoños a cuestas, Antonio de Vera y Muxica esperó


el invierno en Santo Domingo. Su semblante tranquilizaba; y
aunque parecía abuelo cachaciento, de los que sirven para
repartir golosinas, tenía historial de guerrero con los atributos
bien puestos. Ocurría que, de apuros, nada. Le repugnaban las
prisas. De haber sido por él, habría logrado acuerdo pacífico con
Lobo, a condición de que el portugués cediese y se marchase.
Pero ¿cómo convencerlo de que se había aposentado donde no
debía? ¿Rogándole, juntas las manos, baja la frente, que por
favor no siguiera jodiendo? Vera y Muxica organizó con
sabiduría el vasto campamento. Equilibró las fuerzas, porque los
doscientos soldados españoles, entre los que militaban criollos,
sintieron al principio el cimbronazo de la tropa jesuítica.
Después fueron entrando en vereda, y si al ver al indiaje se
preguntaron cómo se movería esa multitud al atacar, pasados los
días notaron la intención del jefe: meter miedo al luso,
apabullarlo con sólo desfilar. Vera y Muxica apostaba por una
parada. Digo más: deseaba eso, mucho pífano, mucho pingollo,
mucha caja, templada o no, mucho vocerío, mucha fuerza para
llenar el ojo. Y poco y nada de mosquetazos y de pedradas. Un
sesentón ya no tiene fuegos sino cenizas. Los primeros días
fueron de combinaciones acertadas, de órdenes justas, de que no
faltaran panes a nadie, de que no hubiera robos, o que hubiera
los menos posibles, que no cundieran pestes, envidias,
empinadas de codo, puñaladas a la sombra. No me registraron
como miliciano; tampoco a Baltasar ni al indio viejo, para
fastidio del dibujador y encogimiento de hombros del tape. Fui
mozo de mensajerías; ellos dos, mis tripulantes; y el patache,
flete para los chasques por agua. Flete en barbecho, por las
dudas, porque jamás me lonjearon con trabajos ni me atoraron
con comisiones. Me veían de reojo. Ni confiaban demasiado ni
me gruñían con desconfianza. Era como si yo no pesase en aquel
mundo. Como el campamento se había desparramado hacia los
cuatro puntos cardinales, a veces llevaba, de un extremo al otro
de la ribera, herramientas, leña, tientos, sacos de harina, hasta
peines para sacar piojos, porque los había y en grande. Armas,
ni por equivocación. A lo sumo, mandatos bobos, por escrito,
algo así: «No dejen pasar día sin alguna maniobra», «que la
tropa tenga ración equitativa», «que soplen fuerte en los
clarines, de mañana, porque hay compañías de sueño pesado».
Todos los papeles lucían la firma del Maestre de Campo. ¿Cómo
lo supe? ¿Acaso desplegaban el papelerío en mis narices? Los
llevaban los oficiales, como es de rigor. Me fui enterando con
tardanza, atando hilos, escuchando a muchos sabedores. Los
años tienen eso y nadie podría zurcir historias si no misturase en
el mismo puchero lo que vio y vivió con lo que le contaron.
¿Cree que hice leguas de arriba abajo mirando pasar a los tres
mil o que en algún momento los conté? Atienda, mi amigo: lo
que ahora voy a decirle no ocurrió delante de estos ojos que
pronto se comerá la tierra, pero lo largo igual, hace al caso. Para
ese tiempo, yo no vagaba ya por el campamento. ¿Por dónde,
entonces? Pues por donde no debía. Vera y Muxica tenía
instrucciones de Garro, bien escritas y numeradas en diecisiete
capítulos, donde se había previsto cuanto cabía, desde
congraciarse con los charrúas, no fuese que el luso los ganase
con dádivas o tretas, hasta premiar a los desertores del enemigo
y echar el lazo a sus espías. Pero no fue el único lector ni
escribidor. El otro Maestre de Campo, el que se había encerrado
en la Colonia, también contrajo la misma manía. Con más
entusiasmo si cabe y con descaro que todavía hoy me arde,
mandó carta a Garro para reclamarle por ciertos prisioneros y
poner en limpio si estaban en guerra o en paz; al obispo de
Buenos Aires, recordándole —mientras lo amenazaba con
quemazones desatadas— que en su condición de clérigo debía
pregonar la paz y prohibir hostilidades y tiranías; y al cabildo
de Buenos Aires, repitiéndole que San Gabriel era propiedad de
Portugal y que él no podía desamparar el paraje sin orden de su
príncipe. Hubo otra carta a Garro en la cual, insistiendo con lo
de los fuegos, decía que «de esta pequeña centella se ha de
levantar un gran incendio». Pero el destino quería arrojar leña y
alzar hasta el cielo las llamaradas. Garro contestó que él no
hacía la guerra, que sólo se defendía; el obispo dijo que España
había estado en posesión de las tierras desde cien años bien
cumplidos y que el gobernador se preparaba para una justa
defensa. El cabildo respondió en términos parecidos y el tironeo
se acrecentó. Era lo que más complacía a Lobo, quien venía
dilatando los tiempos con la guerrilla zumbona de sus escritos.
Semanas antes de hacer llover sobre Buenos Aires las flechas
incendiarias de sus misivas, había ensayado otra artimaña que
alteró el latir de muchos corazones. El mío entre ellos, porque
conocí dicho intento muy de cerca, en cuanto traspuse la
empalizada y me planté, con temeridad inaudita, en la tierra que
dominaba el lusitano.
6. Joanna, ¿sola?

Verano terco como Lobo; verano enfermizo, como el Hechizado; verano


estirado, siempre con fiebre, como Garro atado a su bufete leyendo cartas,
escribiendo respuestas, repartiendo órdenes a todos los vientos. No había
caso: el verano no quería morir, pasaba fronteras, invadía, acorralaba al
otoño. A todos comía la quemazón, salvo a Vera y Muxica, el único de seso
frío, incapaz de avanzar un paso sin tantear a fondo dónde pondría el pie. A
todos enardecía aquella canícula, en todos ponía ganas de embestir, de
porfiar, de pelear de palabra y de obra, de afilar cuchillas, de alzar
parapetos, de ir por las buenas o por las malas, de convertir las chispas en
fogatas que metiesen miedo. ¿No iba yo a perder la chaveta? No habían
terminado aún de llegar las compañías indias, cuando ya se adivinaba que
la ociosidad escarbaría las conciencias en el campamento. La localidad de
Santo Domingo estaba venida a menos; su iglesia era pobre y desvencijada;
el rancherío, un montoncito de techos pajizos; los habitantes, un
franciscano, un administrador, un puñado de indios que no hacían liga con
nadie, ni con guaraníes ni, mucho menos, con charrúas. De pronto, la
oleada de soldados, oficiales, armas, bastimentos, caballos. Hubo mentas de
que la caballada alcanzaba a cuatro mil. Un disparate, algo así como un
terremoto. Las tiendas y los toldos cubrieron un gran espacio. Los corrales
rodearon las tiendas; y como no llovía, había siempre una polvareda acre,
que nos ensuciaba las narices con olor a bosta y al sudor de los brutos y nos
irritaba la garganta. Disciplina y organización, sin reparos. Pero ¿qué había
para hacer? Ejercicios, misas, rezos, músicas: ¿ocupaban por entero a tres
mil doscientas cabezas? Se rumoreó que varios indios salían del
campamento por las noches, a las calladas, burlando las guardias o
entendiéndose con ellas, para trabar contacto con los portugueses de la
Colonia, quienes hacían también prolongadas salidas en dirección al norte.
Unos y otros comerciarían. Los indios darían carne fresca; los lusos,
aguardiente, cuchillos, mantas, semillas, gorros de lana. Y llegó a decirse
que muchos reducidos cambiarían caballos por alojamiento. No me hable de
los desertores. Siempre los hubo. Yo mismo y Roque, mi patrón, habíamos
medrado en ese juego. Por dura que fuese la mano de Vera y Muxica, no
impediría trasiegos, negocios clandestinos, escapadas y pérdidas de ganado
y caballadas. No había maldad ni afanes traidores. La gente no es tan mala
como la pintan, es débil, tiene aflojadas, pero paremos ahí. Había ocio: ¿qué
mejor explicación? No comprobé negocios ni pasadas. Nada me iba en
averiguar. Comprobé en cambio que la insidia de la ociosidad, ganándome
de mano, me ensartó indefenso y serpenteó hasta mi alma. Allí dentro armó
la de Dios es Cristo. Su más valiosa aliada es la memoria; y como tuve —y
tengo memoría como para veinte dicho sin vanidad—, mi recordadero
dibujó con más habilidad que Baltasar. Y con mayor precisión. Cuál fue el
dibujo, no hay para qué vocearlo. Fue Joanna, la de la falda sencilla y la
blusa suelta, la de los hombros al aire en medio de la noche, la que estaba
sobre las piedras chatas de la orilla, con su cortejo garrulero, sus empeños
de pesca, su inocencia y su imprevisión, sin sospechar que habría de ser ella
la carnada para mis labios. ¿Dibujos, dije? ¡Qué tenían que hacer los
dibujos si no valían para mi memoria convertida en horno! Yo ambulaba o
haraganeaba por los arrabales del campamento con la trompa echando
fuego sólo de recordar el beso robado. Me animaría a asegurar que la cara y
aun la silueta de Joanna se me borraban mientras persistía el sabor del
pedacito de piel que besé. Maldije a menudo no haber aplicado un
mordiscón, no haber gustado como Dios manda aquella presa. Me
quedaban apenas el regusto en los labios, el perfume, la suavidad, el
ligerísimo sudorcito porque, a pesar de la noche, no aflojaba el calor. Bien
mirado el caso, pienso que mi memoria no estaba en mi boca sino en mis
narices. Aquel perfume me persiguió de sol a sol y de sombra a sombra. Si
busco compararlo con algo, me hallo hecho un zoquete. Sería suficiente con
señalar que la mujer de dieciocho años despide un perfume que con nada se
confunde. Hay que arrojar al diablo flores, frutas, aires mañaneros. Nada
sirve, qué carajo. Y hay que aliviarse de pensamientos pretenciosos. ¿Todas
las muchachas han de oler como Joanna en la noche, junto al agua, atenta
al pique? Yo qué sé. ¿Quién tuvo la suerte de besarlas a todas? Tres o
cuatro y ya es mucho. Pero le juro que el perfume de marras era el de
Joanna y nada más que el de ella. Me desespero en evocarlo ahora y me
desesperaba en tales tiempos. Y ni ayer ni hoy logro decirme cómo era, salvo
que ahí estaba, pegado a mis narices como el bicherío al casco de una
embarcación. Llegué a pensar que ella misma se hallaba conmigo, que iba
conmigo adonde yo fuera, que me rodeaba como si tuviera brazos. Andaba
hecho potro, con las narices agrandadas persiguiendo el olor de la yegua
por lejos que la yegua esté. En sueños, Joanna me visitaba; al abrir los ojos
por la mañana, mi primer pensamiento volaba como flecha hacia ella; al
cerrarlos, después de un día entre evocaciones alegres y dolidas, repetía su
nombre como en oración. Despierto, no levantaba una rama, no escuchaba
gritar al hornero, no raspaba con mi cuchillo el hueso de la carne asada sin
entablar con Joanna paliques sobre asaduras, horneros y ramas. Inventaba
como los locos y es probable que lo estuviera. De su voz, poco había
retenido. Pero me importaba un chifle. Me ponía en su lugar y así me
clavaba más a fondo el estoque. Le hablaba de mí y ella me devolvía la
gentileza contándome dónde había nacido, por qué se había embarcado en
la expedición. Imaginaba paseos junto al río. Yo le revelaba los nombres de
plantas y pájaros, como si los conociera, y ella me preguntaba cuanta
zoncera el espíritu inflamado de un mocetón se siente obligado a encajar en
la parla de la mocita. No imaginaba, por superstición tal vez, cómo se salta
la empalizada de las lenguas. Daba yo por cierto que ella había tenido
maestros para viajar conociendo el castellano; y me veía lenguaraz a todo
trapo, capaz de hablar a calzón quitado hasta con San Pedro. Tampoco
imaginaba el viento de proa: la presencia del capitán Galvão, la ligadura
sacramentada. Fabriqué a mi paladar una Joanna libre; y por debajo de mi
conciencia regenteadora sentía la molestia de este estribillo: «Joanna no
está sola». Era la punta agudísima del cuchillo de aquella mujer, que yo me
empacaba en no percibir. Tantas jornadas de haraganería empollaron en mi
interior caprichos, delirios, ilusiones y ese hervidero de ansias que sentimos
por primera vez en la vida. Un mar encrespado que nunca se atravesó: la
mano no atina a cazar escotas ni a filar drizas ni a empuñar como se debe el
pinzote. Dicen quienes son corridos que un pelo de la entrepierna de una
mujer tira más que una yunta de bueyes. Para mí, no son corridos sino
extraviados. No hace falta avanzar tanto. Tira igual o quizá más el pelo de
la nuca, sobre todo si está bien recogido. En mi atropellada yo había sentido
el roce del pelo de Joanna. Y su recuerdo, sumado al del perfume, tiró con
fuerza tremenda. Me despertó con brutalidad, me mostró qué triste papel era
el mío, consumiéndome pensativo y me arrancó del campamento. Si me
estaqueaba a mí mismo, moriría sin pena ni gloria. Si cruzaba la empalizada
y me allegaba a Joanna, podrían también, con gran pena, estaquearme.
Pero ganaría, siquiera por un rato, la gloria.
II

Me fui en una madrugada lerda, con nublazones, brisas perezosas, piar


cansino de golondrinas en retirada. A nadie movería un pelo mi falta y
menos que a nadie, al Maestre Vera y Muxica: con tanto individuo bajo su
mando, ¿qué contaba un lobito de río, un mandadero sin emplumar, un
tarambana sin instrucción de armas? El patache quedaría; y quedarían
enganchados al barco Baltasar y el indio viejo. Desde hacía días, el tape me
tenía bien medido, aunque calló, como siempre. Al partir, hallé las tres
mulas que yo quería para monta y carga, sacos con tortas de maíz,
bizcochos, carne seca y salada, enseres de pesca, una manta. Agua me
sobraría. Viajando por tierra, toparía con ríos, arroyos, lagunas y charcos.
La excursión del alférez de León, relatada por Baltasar, me había avispado.
Podía andar solo, dar a mi gusto el rodeo que planeaba y caer en la Colonia
desde el oeste, sin que me tomasen por enviado de Santo Domingo.
Únicamente mi chifladura de muchacho se atrevió a desafiar tanta
dificultad. Primero, me saldrían los lusos, con sus desconfianzas y sus
interrogatorios; después, las vigilancias, con disimulo o sin él; luego la furia
de Roque, si es que aún tragaba saliva detrás de la empalizada. Pero antes
que nada, había que llegar a la Colonia. Debí orientarme por el sol durante
el día y por las estrellas en la noche. Si se atravesaban nublazones, me
encomendaba al instinto, a mi buena estrella, a los santos milagreros, tal
como había hecho en más de una ocasión, cuando las nieblas nos
sorprendían a bordo en plena marinada. Por suerte no se levantaron nieblas
ni me castigaron lluvias malas, de las que duran dos o tres días. Algún
chubasco, y al cabo otra vez sol y cielo limpio. Me castigaban los calores y
me sofocaba la manta, de la cual no me desprendía por ser barrera contra
tábanos y mosquitos. Me hartaban las mulas, llenas de mañas y tan lentas
que hubieran sido buenas sólo para traer a la vieja de la guadaña. Me
atormentaban la soledad de las praderas y los vericuetos de lomas y
cuchillas, donde podían atrincherarse charrúas o minuanes y darme la
sorpresa que de veras temía. Me aguijoneaban mis pensamientos peleando
dentro de mi cráneo, chillando por un lado para que me volviera y
zumbando por otro recordándome a Joanna. Dormía tras atar con firmeza a
las mulas, cerca de alguna aguada, comiendo poco, bebiendo mucho y
orinando con frecuencia, como un viejo, por el agua que tragaba y por los
nervios que no me dejaban en paz ni dormido. En ningún momento temí
perderme. El que ha navegado tiene una aguja o flecha imantada clavada
en el pecho. La mía no se estorbaba, por suerte, con la otra, metida también
en mis carnes y llagándome sin misericordia. Si algo temí, fueron flechas
muy distintas. Nunca supe que los infieles carnearan cristianos por placer
sino para defender sus territorios. Y como sólo ellos deciden cuáles son, mi
marcha podría irritarlos en cualquier momento. Algunas veces anduvieron
rondándome, bombeando mis desplazamientos, escondidos sus caballos en
hondonadas. Yo adivinaba sus bombeadas al notar revuelos de pájaros
sobre los pajonales o los temblores de los pastizales cuando no había viento.
De no ser por el susto, que me secaba la boca, me hubiera dado risa el
cuidado de aquellos individuos en hacerse invisibles. No sé qué podían
recelar, salvo que sus narices atraparan al vuelo mi hedentina a deseos de
hembra y eso les repugnase, tomándome por zorrillo con dos patas.
Quedarían en eso porque me dejaban pasar. En viaje tan penoso, en el cual
todo era sorpresa, tuve un día la sorpresa mayor. No vino de afuera. Nació
de mis adentros. Para que los sustos no me subiesen el corazón al garguero,
descubrí una medicina: implorar a una santa o a un ángel. Tendría cara,
cuerpo y ropas de mujer conocida. Ángeles machos, se los regalo. Una santa
de carne y hueso, ¿no sería lo mejor? Pero no acudió a mi mente Joanna,
por grande que sea esta rareza. ¿Quién desentraña nuestras almas? En las
soledades, por las noches, oyendo el chirriar de los grillos o el garganteo de
las ranas, entraba en mi corazón sin que nadie la llamase, la otra
muchacha, Irene o Arminia. ¡Era para darse de cabeza contra una piedra!
Allí, con su figura delgada, con una cadena dorada muy fina al cuello y una
medalla muy chica sobre el pecho, más suelto el pelo y más largo que
nunca, sonriendo como si estuviésemos en el paraíso, se me aparecía la
mocita. Y entonces no había más ángel que ella. Quise pensar que los
calores, el desierto, los miedos, el cansancio y la falta de conversación me
habían enfermado. Cerrar el paso a la aparecida, imposible. Con cada
jornada, se me volvía más cercana, más verdadera y más silenciosa.
Sonriente, siempre, pero sin decir palabra. ¿Me había olvidado de Joanna?
Cuando en un atardecer divisé, hacia el poniente, los humos del poblado de
San Gabriel, me sentí distinto, como si hubiesen corrido por mí los años con
velocidad aterradora, con una añoranza angustiosa de besar los hombros de
Irene, de hundir mis narices en su pelo sedoso y de ser yo su protegido.
Bellaquerías de los deseos, dirá usted. Diga lo que se le antoje; yo era un
árbol sacudido un día por un viento y al otro por el contrario. Me detuve,
decidido a pasar la última noche al raso y entrar en la Colonia a derechas,
es decir, durante el día. Cuando me recordé, ya había salido el sol. Vi
claramente la empalizada, el brillo de los bronces de las baterías, los humos
nacientes para cocinar los desayunos. Y volvieron a inundarme las ganas de
Joanna, su perfume, su desafiante carnadura de mujer, sin velos
angelicales, fuerte y aguda, como la punta de su puñal al brillar una noche
tan cerca de mi pellejo. Eché a andar a pie, llevando las mulas a la rastra,
sereno, ya sin miedos, la mirada fija en el perfil de la empalizada. Por eso
no vi un bulto al borde del sendero que, recién abierto, conducía al poblado.
Las mulas pararon de golpe y yo también. Era el cuerpo de un hombre,
tendido de flanco, un brazo bajo la cabeza. Me atraganté. Hallar un finado
en ese paraje era lo único que me faltaba. Observé más de cerca. Tendría
muy poco rato de muerto. Todavía el mosquerío no le zumbaba encima.
III

Necesitó muy poco para resucitar. Los sonidos de mis pasos y las pisadas
cautelosas de las mulas lo recobraron haciéndolo incorporar a medias, la
espalda apenas alzada, los codos clavados en tierra para sostener el cuerpo.
Admiré su sueño liviano, su cara amistosa, su expresión libre de sobresaltos
y ojerizas, su modo particular de adormilarse sobre los pastos, al lado del
sendero, sin temor de alimañas, de infieles o de patrullas. Me saludó en
portugués; le respondí en castellano. Se alegró replicándome en mi lengua y
yo lo imité sacando a relucir mis habilidades como lenguaraz. Echó el torso
hacia adelante doblando las piernas, cruzándolas, respirando hondamente y
desperezándose, al tiempo que me invitaba a tomar resuello, porque veía que
yo tenía muchas leguas al hombro. Después de tantas jornadas en soledad
era bueno oír la voz de un prójimo. Orillaría los cuarenta años. Tenía
cuerpo magro, calvicie pronunciada, respirar calmoso. Esto último me
impresionó, tanto como su dormida al raso, al comenzar la mañana,
bastante lejos de la población. Armas no portaba, por lo menos a la vista.
Me felicité por haber viajado sin otros chismes dañinos que mi querida faca,
celosamente guardada en vaina de cuero, bajo mi camisa. Me miró con
displicencia, a medias soñoliento, respirando con fuerza pero sin agitación
ni prisa. Parecía agradecer al aire de la mañana, al sol naciente y a mi
presencia. No sentí temores por interrogatorios ni por averiguaciones a
quemarropa. Vestía como si fuese labriego o artesano. Tal vez había
trabajado a bordo en fajinas de carpintería y se hallaba en esos momentos
aligerado de labores. Sin que yo se lo preguntase, me dijo su nombre y el de
su tierra. «Pedro Ferreira Cabral», habló, restregándose la cara, «del
Alemtejo». Y se puso a observarme, aguardando mi correspondencia.
¿Mentirle de primera, a lo bruto? No había por qué. Si quería entrar en la
Colonia, mi único salvoconducto era revelar algo parecido a la verdad.
Cualquier embuste grosero habría sido desmentido por mis mulas, mi carga,
mis ropas. Dije mi nombre y mi oficio; resumí mis vagabundeos y puse en el
tapete mi propósito confesable: hallar a mi patrón, de quien los
contratiempos me habían separado. «A estas horas debe maldecirme,
arrepentido de haberme criado y creyéndome desertor o ladrón.» Lo
inconfesable, por ser tal, quedó sepultado en mi pecho. Los asuntos de
hombre adentro siempre se callan y ni ante los del Santo Oficio se revelan.
Pedro Ferreira me miró, muy sereno. Más que mirarme, me registraba,
esforzándose por recordar. Le relaté el episodio de los leñadores y mi
zarpada con el patache. Una sombra pasó por su frente, ancha y llena de
arrugas profundas, como las que suelen mostrar los bebedores después de
largos meses a bordo. Argumenté que me habían forzado a navegar, a poner
proa a Buenos Aires, a servir en la mensajería por la cual Garro tuvo
confirmación del asentamiento de Lobo. Sin dejar de mirarme, respondió
que ni Lobo ni el último peón de la Colonia perdían el sueño por avisos ni
por confirmación alguna, que los pobladores juraban haber puesto el pie en
tierras del regente portugués, que estaban donde correspondía y donde
tratados y leyes los amparaban, y que no ladrarían ni erizarían el pelo ante
nadie que visitase la nueva Colonia en son de paz. «Así sean el mismísimo
maese Garro o tú, rapaz», concluyó. «¿La paz con todos? Dios lo quiera»,
comentó después de una honda aspiración. Y extendiendo un brazo hacia la
Colonia, dijo en voz muy baja que a pesar de los deseos pacíficos, se
respiraba tras la empalizada un aire malsano. «Veneno, mucho veneno»,
repetía, «mucha terquedad, no me gusta, no nací para empuñar con una
mano la azada y con la otra el mosquete». Mantuvo silencio, restregando
nuevamente su cara. Yo me holgaba por haber tropezado con alguien de
trato tan apacible y llano. Y como si hubiera adivinado mis pensamientos,
alzó los brazos, miró hacia el cielo y exclamó: «¡Por los clavos de Cristo,
qué vueltas da la vida!». Encarándome, dijo que yo era rapaz de mucha
suerte, un muchacho afortunado en un mundo tan grande como aquél. Sólo
así explicaba que no me hubiera plantado la zarpa encima quien había
salido de la Colonia hacía pocos días largando fuego por los ojos y jurando
castigar al ingrato ladroncito, al mocoso traidor que lo había dejado varado
allí tras robar su patache. «Roque...» dejé escapar en un ronquido, como si
me hubiera atontado la noticia. «El mismo», prosiguió, «o seor Roque».,
como le llamaron las autoridades y el vecindario desde que se molestó en
saludar nuestra bandera a bordo de la capitana. Me contó en pocas palabras
cómo o seor Roque había conquistado la confianza del jefe, de los oficiales,
de muchas gentes y sobre todo de los que pensaban vivir por sus manos y
con trabajos del comercio. Ofreció su experiencia y su embarcación para ir
y venir a Buenos Aires y colocar allí a precios inmejorables las mercaderías
enviadas desde Brasil. No dejó puerta sin tocar ni conciencia sin halagar.
Muy pronto lo tuvieron por amigo de la empresa lusitana. El se tenía por
amigo de todos, hablaba a favor de la gente de esta banda y de la otra,
explicaba que las autoridades bonaerenses sufrían la rigidez de las normas
castellanas y declaraba que los pobladores deberían entenderse por debajo
de normas y de leyes —o por encima, según corrigió— y que sólo así
progresarían y aplacarían enconos. Fue prudente, mostró flexibilidad, supo
contener a tiempo algunos fervores. Alabar a Manoel Lobo, por ejemplo, a
quien congratulaba por la elección de San Gabriel pero sin los elogios
excesivos que proferían los allegados al Maestre. No quiso prebendas ni
distinciones. Cuando mucho, igualdad; y si había un poquito menos de
igualdad para con su persona, mejor. «Un diablo para hacerse el chico»,
observó Pedro Ferreira sonriendo con picardía indulgente. Sólo pifió Roque
en un punto: el enojo grande, sin duda desmedido, al verse abandonado por
su rapaz. «¡Lo crié como a un hijo!», gritaba, «pero hoy, como si fuese
cuervo, me saca los ojos». A nadie agradó su fiereza, intempestiva y fea de
ver. Y menos su decidida rabia al trasponer un día la empalizada y salir
provisto de dos buenas cabalgaduras, arrojando humo por las orejas,
bramando con afán vengativo. «Supuse que se plegaría al buen proceder»,
indicó Pedro, «quiero decir, a los fueros de la justicia. De no ser así, ¿por
qué tomarse tanto trabajo en fundar poblaciones? Quien funda, mete iglesia
y tribunal de justicia antes que nada. Pero o seor Roque lo olvidó». No hubo
quien amagase, siquiera, disuadirlo. Ciertas gentes habían empezado a
mirarlo con resabio. Hombre que rebasa la cincuentena ha de cuidar mucho
de sí. Nunca dio pie para la queja, es cierto, pero las maledicencias se abren
camino y enchastran los nombres más limpios. ¿Quién hubiera metido en
las murmuraciones el nombre de Joanna? Sin embargo, así ocurrió, a pesar
de que es modelo de honra y de entereza y de que la gente se mira en ella.
Despierta admiración y orgullo. Si faltasen Lobo, quien anda con achaques
serios, o la mano derecha de Lobo, el capitán Galvão, esa hembra tan pura y
altiva y tan fiel como enérgica suplantaría a los dos, comandaría la plaza y
muchos aplaudirían. Manoel Galvão se atuvo a su ley, y aceptando la
embajada, deshizo la madeja sin ruido. Conocía de qué forma preservaría
Joanna su honra sin más armas que sus derechos, a los que haría valer por
sí misma. Y daba por sentado que Roque no era ese bárbaro para el cual ver
una mujer es desearla y desearla es atraparla como si fuese herramienta o
mueble. Vivimos en regiones inhóspitas, no hechas todavía a los fueros, está
claro. Pero hacer prevalecer la prudencia y la confianza es el modo mejor de
acallar ruindades de las lenguas ociosas. Yo escuchaba a Pedro sin
despegar los labios, tragando saliva, arrepentido a medias por haber llegado
hasta allí y a medias acicateado por la Joanna que veía alzarse de sus
palabras. También reconocí que se trataba de su personal versión y que
podría haber hecho en sus dichos una pintura que no correspondiese
exactamente con la realidad. Por último, me convidó a entrar en la Colonia
en su compañía, me prometió agua y comida y me ofreció su rancho para
pernoctar mientras durase mi visita. Me aconsejó no huir de Roque sino
aguardarlo. Era seguro que volvería a verlo pues existía más de un motivo
para su regreso. Entonces se desataría el embrollo. De no haber solución
con seso, la vara del magistrado intervendría. «Quien confiesa su falta y
busca conciliación o perdones tiene enderezado el pleito», observó con
convicción. Emprendimos la marcha preguntando y respondiendo
alternativamente. Yo deseaba más que nunca ver a Joanna, siquiera a
distancia. Pero más que nunca la temía, sabiendo que, en efecto, había
quedado sola.
IV

Desperté en el rancho cuando ya se habían ido Pedro y la tarde. Muy


grande era el silencio. La llama de una vela me permitió examinar el
interior. Más que rancho, era madriguera: techo pajizo puesto a la buena de
Dios, muretes de adobe levantados de apuro, aberturas por donde pasaban
las ráfagas que soplaban desde el Plata. En un rincón, aperos de labranza.
En otro, sacos desmoronados, con harina a medio consumir. En el centro,
un taburete desvencijado. En un ángulo, jergas que hacían las veces de
camastro donde Pedro sabría roncar. Yo había dormido sobre sacos rellenos
de paja. Doy fe de que era buen lecho o de que yo traía los huesos molidos
pues mi dormir fue corrido y profundo. Recordé que bajé los párpados
cuando Pedro todavía me hablaba. Perdí la parte final de su cuento, pero
guardé limpiamente lo que antecedía. Historia para golpear la conciencia y
hacer caer la mandíbula. Estuve a punto de rogar a Pedro que callase, que
reservase aquella sarta de extravagancias para otras orejas. Hubiera sido no
sólo descortesía sino tontería de bulto. Pocas horas después yo comprobaría
cuanto me dijo. Se trataba de un ejemplo de desparpajo, de ingenuidad o de
provocación maliciosa que hizo vibrar a toda la Colonia. El Maestre de
Campo Manoel Lobo había alcanzado un extremo muy difícil de empardar.
Encastillado en su cámara de la nave capitana, pasó un largo rato
garabateando un papel. Era una nueva misiva que pensaba remitir al
gobernador José de Garro. Entre el «Señor mío» inaugural y el «Dios
guarde la persona de Vuestra Señoría muchos años» con que cerraba su
misiva, Lobo revelaba el nombre de los recaderos y el propósito de la
embajada. No eran segundones, había nombres de cresta levantada:
Feliciano da Silva y Antonio Fernández Poderoso, capitanes de mar y
guerra, más el padre Manoel Poderoso, superior de los jesuítas lusos. Al
frente iría el capitán de caballos coraza Manoel Galvão. ¿Podía Garro
imaginar gente más encumbrada? Había más de un propósito. Desde el dar
curso a la cortesía, «porque los actos corteses no son contra las órdenes de
los príncipes» tal cual declaraba Lobo día tras día, besar las manos de los
dignatarios bonaerenses y recabar nuevas de la salud del gobernador, hasta
solicitar socorros de bastimentos. ¡Socorros de Buenos Aires! Lobo
describía el estado de muchas gentes de la Colonia y las penurias de varias
familias, no hechas a las privaciones ni a los regímenes con provisiones de
viaje. Faltaban alimentos o no los tenían en la cantidad deseada. Los
paladares ya no soportaban la mandioca del Brasil y anhelaban comidas de
buen sabor, como las había en abundancia en la capital de la gobernación.
El capitán Galvão portaba una memoria por escrito de cuántos bastimentos
pedía la Colonia y que se solventarían con dinero o mediante el trueque. Los
pobladores del Sacramento poseían herramientas y objetos similares que,
como nadie ignoraba, escaseaban en Buenos Aires. Lobo agradecería esos
servicios y los pagaría con los favores que Garro y su pueblo merecían.
Antes de estampar su rúbrica, Lobo porfió en sus cortesías con un «Muy
cautivo de Vuestra Señoría», dejó secar la tinta, plegó el papel, y tras sellar
el pliego lo puso en manos de Manoel Galvão. Autorizada la partida, los
embajadores peticionantes zarparon hacia su destino en una lancha. «De
eso hace muy pocas horas», me había indicado Pedro Ferreira mientras yo
cabeceaba rindiéndome a la somnolencia. Al despertar y hallarme solo, di
por seguro que Pedro recorría el poblado en busca de noticias acerca de la
embajada. También daba por seguro que mi anfitrión no se hartaba con
mandioca ni se ilusionaba con socorros de quienes ponían en pie de guerra
contra la Colonia a más de tres mil hombres. No esperé mucho. Al volver,
Pedro se interesó por mi persona, bromeó amenazándome con bizcochos de
mandioca y me dijo, muy a las claras, que hasta el momento nadie tenía
noticias de la embajada. «Verás qué porrazo cuando las tengamos», me
advirtió. Luego de algunos circunloquios, puras formalidades y respetos,
declaró a calzón quitado que la petición de socorro era un desatino. «¿Por
qué mojar la oreja de Garro?», preguntó con fastidio. Y sin esperar
respuesta, agregó: «Pasaremos por estúpidos o por desfachatados. Ya nadie
desconoce las intenciones de Buenos Aires. Nos quieren ver a pie por esas
praderas de Dios, rumbo al Brasil, con nuestros petates al hombro y con
nuestra mandioca». Cenamos con avidez pero sin calma. Pesaban en ambos
la furia creciente de los castellanos y la indiada que se agrupaba en el norte,
armada y queriendo desquites. ¿Sobre esa hoguera soplaba Lobo sus
insolencias? Para dar sabor y alegría a la cena, sacó Pedro una botella de
vino y un cuenco de madera. Bebimos unos ligeros sorbos, por turno, yo
primero en calidad de huésped; y calentados apenas nuestros gargueros,
escondió enseguida el vino y me convidó a salir para ver la noche y cómo
dormía el poblado, feliz al parecer y ajeno al día de mañana. No nos
apartamos del rancho más de cinco o seis pasos. La noche era serena y
transparente. Si el poblado dormía, sólo los ángeles lo sabrían. No vi luces
sino las manchas de la achaparrada silueta del rancherío y de la
empalizada. Las gentes podrían roncar a pierna suelta o asomarse para
disfrutar del sosiego nocturno, como nosotros. Yo percibía el rumor de las
aguas lamiendo las piedras de las riberas y los pasos de los centinelas que
recorrían el espacio entre la empalizada y los primeros ranchos. Me hubiera
gustado curiosear y descubrir cómo se levantaban las viviendas, qué
fortificaciones había, cómo trazaban las calles. «Mañana temprano, con las
primeras luces, las verás», me dijo Pedro. Se refería, por supuesto, a la
población. Pero me estremecí, porque me había puesto a pensar en Joanna,
en que su capitán no se hallaba dentro del recinto, en que ella estaba sola.
¿Dónde dormiría? ¿Muy cerca, tal vez? Todo quedaba cerca, tan chica era
la Colonia, tan reducido aquel recinto. Creía soñar, me costaba hacerme
cargo de que Joanna era mi vecina, sentía golpear con fuerza mi corazón.
Pedro me aconsejó aprovechar las horas del reposo para poder madrugar.
Iríamos al oficio de la misa y me presentaría a las autoridades, todo bajo su
responsabilidad de hospedero. Ya vería yo que la hospitalidad no se había
olvidado allí, por más que se respirasen presagios hostiles. Para ser veraz,
no había olido aún el aire malsano del que Pedro una vez me habló. Había
olor a trabajo, a cansancio, a rancho y a fogones, pero nada más. O yo
padecía el influjo de Lobo, ahuyentando esperanzado los espectros de la
sangre y del fuego, o ardía enteramente por causa de Joanna, con la ilusión
perturbadora de verla otra vez a la plena luz del día.
V

Sufrí una jornada de incomodidades, con el corazón en la garganta,


preguntándome de repente, en ciertos momentos, qué hacía allí. Por la
mañana, durante la misa, me entreveré con esclavos y con artesanos; al
mediodía, vagué por las callejas, alerta el oído al palique de los colonos,
cerrada mi boca, encubriendo mi desconfianza con una capa de cortedad.
Llegada la tarde, temí el interrogatorio de algún sargento. Estaba dispuesto
a repetirles una sola canción: trabajé con o seor Roque, me separaron de él
los prepotentes castellanos, crucé a Buenos Aires apresado por leñadores. Al
fin volé, vagué, vine. Sentía mucho miedo de que me arrancasen cuanto
había visto en Santo Domingo. Roque era maestro en el arte del fingimiento,
facultad que le sobraba, pero no a mí. Eché de menos a don Misterio y
hubiera deseado que a cambio de unos bofetones me asistiese en el trance.
Comuniqué a Pedro mi temor y éste, callado por un rato, restregándose la
cara según su hábito, me dijo por último, con mucho aparato, que no
tendría nada que temer siempre y cuando me aviniese a residir en la
Colonia, a trabajar como cualquier hijo de vecino, a criar raíces y a
comportarme. Quise saber cómo podría ser útil, siendo mi oficio el de
navegador y habiéndose quedado sin naves la Colonia. Me miró con
mansedumbre y declaró que yo era mozo de buenos modales, con bastante
instrucción. Podría prestar servicios en el quehacer de una familia, la cual,
por estimar a Roque, me facilitaría las cosas y me ampararía. Le recordé
que mi patrón me había pintado con encono diciendo pestes de mí.
«También eso se allanará», replicó, «no ha sido para tanto». Averigüé por
la familia y me respondió, muy convencido: «Es de vara alta; su cabeza, en
estos momentos, es una mujer, doña Joanna, la esposa del capitán Galvão».
Si la tierra se hubiera abierto a mis pies, no me habría estremecido tanto.
Más que la tierra, se me ofrecía el cielo, y con él todas las maravillas tras las
cuales peregrinaba hechizado, igual que el Rey de las Españas. Volaron mis
temores, se templó mi ánimo, renació mi orgullo, volvió a encenderse mi
locura. No me acoquinó el posible retorno de Roque. Capearía temporales
por ese cuadrante y lo haría muy gustoso, pareciéndome ínfimo el precio del
privilegio que mi buena suerte me permitía gozar. Ni por asomo consideré
posible que Pedro me hiciese falsía vendiendo solapadamente cuanto le
había confiado mi atolondramiento. Tenía por imposible una zancadilla
suya. Le había notado temperamento mal avenido con los lusos y con los
castellanos y deseos de paz muy fuertes. O era un desertor en potencia o yo
nada había aprendido todavía. Tampoco tuve en cuenta al capitán, cuya
vuelta juzgué remota. Mi hechizo vencía cualquier barrera y enderezaba por
los atajos más increíbles. Vería a Joanna, ¿qué más podía pedir? Por unas
horas siquiera estaría sola. Y me preparé para el encuentro.
VI

Pedro me guió hasta un rancho bien construido, grande, con


esclavos carpiendo la tierra que lo circundaba. Tras batir
palmas mi guía, apareció una mocita, esclava también. Quizá
estuvo presente cuando subí a bordo de la capitana en
seguimiento de Roque. No la reconocí y ella, a mí, tampoco. Tras
ella salieron otras esclavas, intrigadas por el ruido que hacía
Pedro, quien, viendo aparecer a Joanna dijo muy pulidamente:
«Ha vuelto el hijo pródigo». Qué hijo era yo, sépalo el diablo. Y
qué había prodigado, salvo deseos y delirios, díganlo también los
secuaces de Satanás. Yo sólo prodigaba, en esa tarde de
buenaventura, miradas atraídas por Joanna. Vestía con
simplicidad, como de entre casa, delantal sobre la saya, blusa
cerrada, de mangas hasta las muñecas, pulcramente recogido el
pelo. Entonces hubo dentro de mí una cerrazón acongojante.
Sospeché que Joanna advertiría en el acto al atrevido aquel, al
descomedido que le estampó un beso en un hombro, al cachafaz
que quebrantó la calma de la pesca nocturna. Me aferré con
desesperación a mi estrella y a la esperanza de que mi figura y
mis facciones hubiesen sido enmascaradas por la noche
cómplice. Pero si yo había vislumbrado la expresión de Joanna,
¿cómo apostar a que ella no hubiese hecho lo mismo? Traté de
descubrir el puñal esgrimido entonces y únicamente vi su talla
de mujer espléndida, patrona de su hogar, sin arma alguna,
vacías las manos y el mirar como siempre, escrutador y altanero.
Cruzaron palabras Pedro y Joanna sin que yo atendiese, absorto
como me hallaba, derribado mi coraje, como un reo que
aguarda sentencia. Por un instante, Joanna apretó sus labios con
fuerza y me echó un vistazo de la cabeza a los pies mientras sus
ojos despedían un fulgor como el de estas llamas con que ahora
nos calentamos las manos. Pedro proseguía con sus parlamentos,
describiéndome tal vez. Y Joanna no cesaba de ojear mi
estampa. Era evidente que trataba de recordar. A la luz
declinante de la tarde su cara pasaba de la claridad a la sombra
y retornaba enseguida a la claridad, conteniendo una sonrisa en
la que yo intentaba atisbar el indulto. Tuve la sensación de que
expulsaría del umbral de su puerta a Pedro, por haberle traído a
un rapaz indigno y de que alertaría a los esclavos para que me
pusiesen en poder de la guardia. «¿Grumete de don Roque?»,
preguntó sorpresivamente, con voz susurrante que me sonó a
música bien templada. Retrocedí un par de pasos. Fue uno de
esos movimientos que se hacen por instinto, por precaución o
porque sí, porque uno no es capaz de dominarse. Al recular
tropecé con alguien. Torcí el cuello y ¡por el Cristo santo y
crucificado por nuestras torpezas! El cielo que yo creía abierto
por obra de Joanna se abrió de veras pero gracias al rostro de
quien, a partir de ese instante, dio vuelta mi pobre vida como se
da vuelta un guante, una media, qué sé yo. Ponga usted en ese
rostro, si le dan los hígados, ingenuidad, complacencia, deseos de
asistir, reconocimiento, promesas y mucho más. Rostro de
muchacha, para qué demorar el caso. Rostro cuyos ojos,
entrecerrados, y cuyos labios, a punto de sonreír, me decían sin
palabras «¿Qué miedo es el tuyo?, estoy aquí para valerte». El
rostro de Irene, o de Arminia, fronterizo aún entre la niña y la
mujer, blanco como queso recién cuajado, suelto el pelo cuyo
color, a la media luz del atardecer, resplandecía con negrura
brillante y contrastaba con el tinte lechoso del cuello y de ese
pedacito de piel en torno a las orejas que yo hubiese besado con
la conciencia limpia, sabedor de que nada habría robado.
Apresando una de mis manos con las suyas, Irene me saludó y se
puso a reír y a decir, avanzando un paso y colocándose delante
de mí, que era bueno hallar en el poblado al rapaz amigo.
Volteretas de este mundo, caprichos del destino, astucias de una
pichona en quien apenas despuntaba el plumaje, generosidad de
la que llevaba grabada a fuego en su memoria mi figura. No
miento si digo que Joanna quedó escondida tras el perfume de
Irene, porque lo tenía, ¡qué demonios! y era tan suave y a la vez
tan entrador que yo me hallaba ante ese aroma tan desnudo
como cuando mi madre me parió. Para ser sincero, no conservo
huellas claras de los momentos que siguieron. Dedicándome una
mirada como para incendiar todo un monte, Joanna me asignó
una doble tarea: una, colaborar con el quehacer de obtener leña
y acarrearla, profesión que me sería familiar por haberla
desempeñado en mis travesías de cabotaje; la otra, instruir a
Irene, a los esclavos y a ella misma, en asuntos de estas comarcas
que les aprovechasen para hacer sus vidas en la Colonia, según
proyectaban hacerlo cuantos la poblasen y cuantos irían
llegando con el pasar de los meses. Menos experimentado que
Roque, supliría cabalmente su ausencia por haber nacido
también en el país. ¿Sinceridad o finalidad artera de contar con
un informante? No pude resolverlo. El primer quehacer me
emparejaría con los esclavos. El segundo me convertiría en
esclavo de Irene. Labor dichosa, aunque de extremo cuidado.
Con dureza, con voz clara y alta, Joanna me encomendó a quien
era, según aclaró, su muy amada prima. «Pagarás con tu cabeza
cualquier rasguño que ella sufra», anunció. Desde entonces
disfruté de la compañía de Irene, aunque por cuentagotas; y
desde lejos, de la visión de Joanna. Complicado paraíso al que
muy pronto arribarían el capitán Galvão y mi patrón con
mensajes sombríos y vaticinios flamígeros.
7. Embajadores del invierno

Que el verano muriese poco podía escocerme. No llevaba cuenta exacta de


las estaciones. Tanto valían para mí unas como otras. Aprovechaba a fondo
la tibieza que aún difundían los aires y si entraba el otoño, que lo hiciese a
sus anchas. Los días eran de cielo azul parejo; las noches, con estrellas que
brillaban como nunca. Mis momentos con Irene resultaban escasos, breves,
vigilados. La advertencia con que Joanna había sofrenado mis instintos
golpeteaba en mi cabeza. Cuando disponía de un rato en el rancho, los ojos
atentos de la capitana me llamaban a sosiego. Irene me hablaba, me
preguntaba acerca de mis días pasados en navegaciones, se arrimaba con
naturalidad; y en cuanto los ojos de Joanna miraban hacia otro lado, me
daba un beso fugaz en la cara o si yo me hallaba sentado en un taburete
bajo, reparando alguna herramienta, pelando frutas o pelando la pava, me
besaba en la nuca y se alejaba entre risas. Vestía por lo común ropas
livianas, a veces semitransparentes. Y yo agradecía al noble otoño por la
tibieza que derrochaba y al sol tan poderoso que me dejaba entrever,
mirando contra la luz, las formas de Irene. De Arminia, nada. Una vez quise
saber de su boca si tenía un segundo nombre. Me miró, sorprendida, me
acarició el pelo sin reparar si Joanna fiscalizaba o si las esclavas
registraban la escena, y movió la cabeza en señal de negación. Después, de
pie los dos en el umbral, recostada ella contra uno de los palos que
encuadraban la entrada, explicó que algunas morenas la llamaban Menina
y que de ahí vendría mi confusión. Yo me embelesaba oyéndola. Tenía
mucho yeito para la prosa y habilidad para ese juego de envites en que se
esgrimen preguntas y réplicas como estiletes. Pero como el fuego —igual
que el diablo— nunca duerme, se me avivaban las ganas de besar sus labios
proseadores y graciosos. Si tan feliz me hacían sólo con hablar, imaginaba
qué felicidad sin orillas conocería al besarlos. Busqué la ocasión y por
gentileza del destino no tuve que rebuscar en exceso: ella no ahorraba
asistencia. Una mañana, ya alto el sol, de camino hacia la ribera pedregosa
que daba al sur, donde el aire era más fresco, lejos del lugar en que me
entrometí la noche de la pesca, nos detuvimos delante de la empalizada. Dos
esclavas que nos acompañaban a distancia tuvieron la bondad de frenar sus
pasos y ponerse a revolver entre los yuyos fingiendo haber perdido no sé
qué. Rebasar la empalizada era ejercicio con sus requisitos: trepar, voltear
una pierna, luego la otra y caer enseguida al lado opuesto. Me hice el
hombrecito, me creí obligado a enseñar el paso a criatura tan delicada y —
según mi juicio— frágil. Pero andaba yo muy escaso de juicio porque Irene,
sin perder delicadeza, no se mostró nada frágil. Más liviana y más ágil que
yo, menos torpe además, porque el deseo me volvía temblón, alivió mi
torpeza, me desatascó de entre las maderas y dio conmigo al fin, del otro
lado, abrazándome con brío. Si hubiese desperdiciado la ocasión para el
beso que me quemaba desde hacía varios días, habría merecido que me
arrojasen al río con una piedra atada al pescuezo. Otro beso al gollete, ¿o
me va a decir que no? Retemplará nuestras fuerzas y nos permitirá volver al
lado de adentro de la empalizada. Fuera quedarán el rumor de las aguas, el
aire húmedo, los besos de ayer. El corazón me golpea de través y los
recuerdos, con aguardiente o sin ella, me empañan los ojos. Viejo ya, ¿cree
que no afloran los fuegos? Me gusta fijar la memoria en un atardecer de
quietud presagiadora, al socaire del rancho, encendido ya el fogón sobre el
cual las ollas despedían olor a cocciones sabrosas. Cuatro o cinco esclavas
alegraron la muerte majestuosa del sol cantando y acompasándose con
entrechocar de manos. Irene abandonó la rueda, se metió corriendo en el
rancho y salió portando un pandero con sonajas alrededor. Se unió al coro,
batió el pandero, cascabeleó las sonajas y cantó como una calandria. Si digo
cuánto tiempo estuve oyendo, fijos mis ojos en Irene y en sus labios
cantarinos, sintiendo el calor de las brasas, mentiría. No reparé en el pasar
de las horas. Todo se me volvía brasa, rescoldo que enrojecía al más leve
soplo, incluso la figura de Joanna, que no arriaba velas dentro de mí.
Ocurría tal cual, sería insensatez ocultarlo. Irene me caldeaba y Joanna
persistía bajo las cenizas. Concluida la cena, apagados el fogón, los cantos,
el resonar del pandero, mientras abrazaba a Irene con el pretexto de
agradecerle la algazara, se nos juntó Joanna. No interrumpió el abrazo ni se
gastó en preámbulos. Con llaneza, con voz bien medida, nos amonestó:
«Para el mes que viene, el padre Manoel los matrimoniará». Dicho eso, se
apartó y entró en el rancho. Pasé la noche sin dormir. Creo que Irene
tampoco durmió. Me costaba un disparate verme como marido. Al mismo
tiempo, ¿cómo pensar que Irene, con catorce años recién cumplidos, habría
de convertirse en mi esposa, por más bendiciones y sacramentos que
mediasen? De pronto tomé conciencia del mundo que hervía más allá de la
empalizada, del ejército de Vera y Muxica agazapado en Santo Domingo, de
las iras de Buenos Aires, de las diecisiete piezas de artillería que defendían
bastiones y parapetos. Pedro había visto a derechas: yo hundiría mis raíces
en la Colonia. El azar me ligaba a una hermosa muchacha, ya no quedaba
manera de volverme atrás y desamarrar. Me lastimaría mucho menos
desertar de un ejército que de una mujer. Volví a pensar en Joanna y me
encontré con una inesperada verdad: ella me había inflamado, ella me
había atraído, ella me echaba dogales y me auguraba sacramentos. Por ella
crecía mi dicha con más empuje que el de un incendio. Con tales
inquietudes me revolví en mis jergas el resto de la noche hasta el amanecer;
aclarado apenas el cielo por levante, rompieron los clarines y percutieron
bien templadas las cajas. Volvía de Buenos Aires el capitán Galvão.
II

De un extremo al otro se estremeció la Colonia: la misión de Galvão había


concluido en fracaso. El capitán presentó a Lobo la carta de Garro con
negativa rotunda al pedido de bastimentos y con reconvenciones firmísimas.
El gobernador bonaerense repetía intimaciones, sacaba a luz derechos de
posesión sobre las tierras de San Gabriel, recordaba de mil modos que los
portugueses debían irse, preguntaba con acidez por qué demoraban el
desalojo. Sus gestiones sólo cesarían una vez lograda la liberación de sus
tierras. Por las buenas o por las malas. Salimos todos a recorrer callejas y
callejones. Vi a los soldados calzando los arreos de guerra, formando bajo
las órdenes de los sargentos, empuñando mosquetes, corriendo hacia las
baterías, trasladando balas y sacos de pólvora. En una esquina oí hablar de
que Garro ponía en pie de lucha las guardias de todos los presidios; en otra
escuché rumores acerca de una flota castellana que no tardaría en arribar
para cañonear a la población. Los más jóvenes decían que la gobernación
entera de Buenos Aires, con auxilios de Lima y del Paraguay, arremetería
contra las setecientas almas de la Colonia y despellejaría con saña, sin dar
cuartel. Para el mediodía, nadie quedaba en ayunas. La alianza de los
bonaerenses con los indios reducidos corría de boca en boca. Y enseguida
los tres mil guaraníes fueron cinco mil, o más, y los cuatro mil caballos
sumaron el doble. Parecía que escucháramos, con miedo y desazón, el
estruendo de los cascos sobre llanos y lomas en torno a la península.
Muchos predecían que las caballadas embestirían contra el cerco de palos,
que derribarían los bastiones, que aplastarían la iglesia que era tan sólo un
rancho levantado de apuro, y los demás ranchos, más blandengues aun, y
que triturarían los cráneos de los hombres, de mujeres, de muchachos. Y de
muchachas. Corrí hasta donde había dejado a Irene. La hallé a la sombra
del rancho grande, en compañía de las morenas y de las mulatas, olvidadas
de cantos, músicas y repiquetear de panderos. Irene temblaba; y creyendo
que le haría bien el sol, la llevé de una mano, apretándosela con fuerza,
hasta donde el terreno estuviese libre de sombras. Pero los temblores no
paraban, porque el aire, cuya crudeza comprobé entonces, había refrescado
mucho. El otoño entraba con pie ligero. Había numerosas gotas de rocío en
los pastos y humedad sobre el techo y las paredes. Las mujeres se cubrían
con mantas y chaquetas y yo me eché sobre los hombros el cobertor con que
Irene se abrigaba durante las noches. No recuerdo si estaba tibio todavía.
Quise sentirlo así y me arrebujé pegando mis narices al cobertor. Si faltaba
tibieza, sobraba perfume, el de Irene, imposible de definir, con mucho de
yuyales, de flores, de piel recién lavada. No voy a hablar de perfume de
princesa; no estoy en edad para esas fintas ni para envolverme con
embustes. Sólo diré una cosa: era perfume de muchacha y pobre del que no
lo haya conocido.
III

La abracé con fervor, en un abrazo largo, apretado, como para siempre.


Abrazaba por ganas, por voluntad, por no saber contenerme ni quererlo.
También, por imitación. Había visto el abrazo entre Joanna y Manoel y la
sangre se me había arremolinado. Fue abrazo a plena luz, como el de dos
desesperados que no se hubieran visto en un siglo. De miradas
relampagueantes no puedo hablar: Joanna cerraba los ojos, el capitán me
daba las espaldas. Quedaron así un rato, muy quietos, sin hablar. Añoré a
Irene con furia, aunque la tuviese a escasas varas. Al mazo se fueron
recelos, malas nuevas, contratiempos. Se borraron las amenazas, las armas
que empezaban a desnudar los bonaerenses, las hondas y las macanas de los
guaraníes, la riada de sus batallones. Quedó en el aire, frenada, la flecha
cuya punta tal vez andaba en mi busca, aguzada y carnicera. Amenguaron
los rumores, las órdenes, las corridas de bastión en bastión, los relinchos,
las chácharas de los artesanos, de las esclavas, de Joanna y su Manoel; y
hasta el piar de los gorriones y el alboroto de horneros y benteveos se
aplacó. Los días de otoño recuperaron su calma, su nacer y morir con
suavidad. Creo que incluso la voz de Irene se amortiguó o se escondió bajo
el tamborileo de nuestros pulsos, como fuego bajo las cenizas. Al menos, no
recuerdo palabras, suyas o mías, dignas de ponerles marca. Nada nos
dijimos acerca del porvenir ni de los planes que Joanna maquinaba para
nosotros. Nada acerca de la sorpresa o el fastidio que pudo provocar mi
presencia entre los jóvenes del poblado. Más de uno habría disparado su
dardo hacia la muchacha blanca y pelilarga. Y al comprobar que les habían
hurtado el blanco, sentirían despecho. Un mozalbete que no era luso ni
había abierto los ojos en el Brasil; un don nadie, que no tenía más oficio
que la vagancia del mercader ni otra patria salvo un patache caboteador que
habría varado en algún seno de los ríos, se metía con mirada de cachafaz en
el poblado y sonsacaba los favores de la prima del capitán. Reales o
infundadas, tales sensaciones me molestaron en más de una ocasión. Y no
hubiera encontrado paz si no hubiese intercedido Manoel Galvão, quien,
por gracia de Joanna, me aceptó. Hablar conmigo, lo que se dice hablar, en
ningún momento. Le daban mucho trabajo las tormentas que se avecinaban
y las velas de capa con las cuales arrostrar la arrumazón. Me dedicó una
sola ojeada. Digo mal; no me la dedicó, me chicoteó con ella, y punto en
boca. Iba yo en compañía de Irene. Habíamos estado, curiosa coincidencia,
pescando desde las piedras orilleras, escoltados por las esclavas infaltables,
no todas cómplices de la flamante pareja. Yo caminaba pegado a la
muchacha, con una de mis manos descansando sobre uno de sus hombros,
como si fuese hermano, o padre, o algo parecido. Galvão venía en sentido
contrario, no sé adonde. Paró un instante, me encaró sin chistar y reanudó
su marcha. Pero tuve de sobra para digerir durante el resto del día. Leí en
su mirada la copia exacta de lo que en forma expresa me había comunicado
Joanna: «Un solo rasguño en la piel de Irene y te parto el alma de un
hachazo». Bendije al cielo por tener la precaución de que los besos no
dejasen rastros. Al mismo tiempo, ¿había ruindad en besar? Nada malo
podría transmitir a Irene, ni siquiera una enseñanza que la perjudicase,
porque el enseñado era yo y ella, la maestra. ¡San Gabriel glorioso y cuanto
santo quepa invocar, con qué arte enseñan ellas! Desde el vientre de sus
madres andan sabiendo, sin necesidad de varones que las adiestren. Nos
dan veinte vueltas y nos ganan por varias leguas. Deslumbramiento mayor,
¿con quién vivirlo? Era Irene tan buena maestra que jamás me hizo notar
mi ignorancia ni me avergonzó aleccionándome. El mundo cambiaba para
mí con sus besos, la tierra ardía y los fuegos brillaban y crepitaban por
todas partes. Se acortaban los días, crecían las sombras, palidecían los soles,
llegaba el invierno, amanecían con escarcha los pastos, llovía con
frecuencia y yo, como si estallase la primavera. Pero el invierno, recién
comenzado, envió su embajador. Quiero decir que Roque entró un día de
rondón en el poblado. Con él volvieron el frío, los cielos nubosos, el
castañetear de dientes, las ansias temblonas de apegarme más que nunca a
los rescoldos o a Irene.
IV

Mi primer impulso fue esconderme. El segundo, maldecirme


por zopenco. ¿Cómo esconderme? ¿Entre los rescoldos? ¿Tras
las faldas de Irene? Joanna me puso sin demora ante mi patrón
y resultó palmario que sólo la franqueza de hembra tan derecha
domesticó los rencores del recién llegado. También quedó en
limpio que Roque no habría de descargar sus rabias entre gentes
principales. Haciendo un gran esfuerzo, se limitó a regañarme, a
sonreír ladeado, a mirarme de reojo, a tolerar sin comentarios
los argumentos con que disculpé malamente mi conducta. Lo
rodeaban los vecinos, el capitán quería enterarse de las nuevas
que corrían, y Lobo, a través de sus escribanos, lo sometía a
largas requisitorias. No le restaba tiempo para ocuparse de su
criado y protegido. Al fin, la indulgencia le daba tinte de pecho
magnánimo, aunque no lograse disfrazar sus gestos de
perdonavidas. Lamentaba de dientes para afuera haber perdido
el patache, quién diría, una barca con la que trabajó tantos años,
un buen casco, nunca tendría otro igual, pero a quién culpar
salvo a las cochinadas de la suerte puerca. Y al tarambana infiel,
al mocetón desordenado de su ayudante. Pero bajo cuerda me
mandaba señales de que no tragaba mis declaraciones y de que
columbraba la verdad. Joanna lo llamó a capítulo mostrándole
que, según soplaban los vientos malos de Buenos Aires,
lamentaríamos todos en la Colonia pérdidas mayores y más
gravosas. De todas las noticias aportadas por Roque, la que de
veras dolía se resumía en pocas palabras: Vera y Muxica había
ordenado el avance. Los tres mil guaraníes, los doscientos
castellanos y la numerosa caballada habían echado el pie
adelante. Se vaciaba el campamento de Santo Domingo, bajaba
el ejército desde el norte, temblaba la tierra y pronto plantarían
sus reales a la vista las columnas hostiles. Y únicamente Dios
sabría si la empalizada y los cañones las detendrían. Garro
apremiaba con instrucciones y misivas a Vera y Muxica: los
portugueses tenían que irse. Vera y Muxica bombardeaba a
Lobo con nuevas misivas: habría guerra si no se abandonaba
San Gabriel. No fue secreto para nadie que Vera y Muxica
detestaba las clarinadas ordenando el degüello. Daba largas al
caso, quería desplegar su fuerza enorme con la finalidad de
meter miedo, insistía en un arreglo pacífico. O tramaba algo
igualmente demoledor: estrechar el cerco, mantenerlo a macha
martillo, cortar comunicaciones y doblegar por hambre. El
fantasma de la hambruna azotó los ánimos de cuantos habitaban
en la Colonia. Recontaron las provisiones: darían para dos o tres
meses. Acopiarían legumbres de los huertos situados fuera de la
empalizada. Revisaron los sacos de harina y mandioca: durarían
veinte días. Cocieron en los hornos bizcochos y galletas y los
almacenaron: ¿hasta cuándo habría que mascar esas durezas?
Tarde o temprano el hambre se colaría a través de la
empalizada, golpearía en cada rancho, debilitaría a los soldados,
atormentaría a los artesanos y a sus familias. Encerraron en
corrales a los caballos, tantearon sus lomos y sus flancos: no
sería mucha esa carne para los futuros sitiados. Y cuando el
hambre retorciese las entrañas, se extendería la sed y tras la sed
arribarían la mugre, los piojos y otras plagas, las pestes, la
sequedad de las bocas, las grietas de los labios, los vómitos, las
fiebres. En los charcos formados por las lluvias se juntarían los
sedientos abriéndose camino a codazos o a palos. Quien
guardase botijos con agua sin dar de beber a los angustiados
recibiría castigos severos. El hurto, el engaño y el crimen harían
su obra día tras día. Pasados los meses, muchos beberían su
orina; por último, la sangre de los caballos o la del prójimo. Y ya
nadie reconocería a su madre ni a su padre. Vera y Muxica no
contaría con aliados mejores. Por orden del capitán Galvão, los
vecinos acumularon en el terreno frontero a la iglesia
herramientas, cuchillos, frascos con aguardiente, prendedores,
brazaletes, adornos de buen metal o de chafalonía que las
mujeres —de grado o por la fuerza— cedieron. Hicieron
depósito con todo eso y esperaron. Yo me preguntaba qué fin
perseguían los jefes. Por boca del propio Roque tuve la
respuesta. Me aclaró que estaban instruyendo grupos de tres o
cuatro vecinos para hacer salidas en caso de asedio; que los
jesuítas de la Colonia los respaldaban; que buscarían contacto
con las partidas guaraníes de avanzada; que aprenderían varias
palabras de su lengua; que les ofrecerían objetos de los retenidos
en depósito; que ganarían las voluntades de los reducidos; y que
por manos de éstos entrarían en la empalizada yeguarizos y
vacunos. Vale decir carne fresca. Desde que el mundo es mundo
han ocurrido deserciones, deslealtades, ventas clandestinas o
trueques en los andurriales de cada plaza sitiada. Ni Lobo ni su
estado mayor cerraban los ojos ante el odio guaraní por los
paulistas y los bandeirantes. Pero no hay odio que dure cien
años ni que alcance a una nación entera. La necesidad no
perdona: sitiados y sitiadores sufrirían carencias y ya
caminarían unos y otros para socorrerlas. ¿Eran acaso
incorruptibles los reducidos? Una veintena de infieles, que no
convivían con guaraníes ni con charrúas, se había arrimado
hacía escasas horas. Mercaron un caballo y tres vacas a cambio
de cuchillos y sartas de cuentas. No representaba un tesoro, pero
por algún lado revienta el grano, más valen migajas que nada y
lo que hoy es semilla mañana será árbol. No pasaba atardecer
sin que yo advirtiese cómo aumentaba el depósito. Con los
nuevos amaneceres, se afirmaban por ese lado las esperanzas.
Otros auxilios vendrían del bando hostigador. También de allí
llegarían tentaciones y hasta allí se largaría algún morador,
harto de ver en la empalizada la reja de una prisión. Nunca
descubrí si las autoridades lo habían previsto. Pero que varios
pusieron pies en polvorosa está fuera de toda duda. La escapada
de uno de estos hombres me tocó muy de cerca, no por
inesperada, sino por perder a un amigo cuya compañía había
aceitado tantas aguas revueltas. Pedro Ferreira Cabral, en una
madrugada gélida, bajo amenaza de chubascos, desertó. La
noche anterior me había estado diciendo que no hallaba motivos
para aguantar combates con sus añadidos de sufrimiento y
brutalidad. No quería pelear contra el Rey de Castilla, por estar
las coronas en paz. Anhelaba que se le diese pasaje para ir a su
tierra, confiado en que los castellanos tratan bien a los que salen
de un cerco por voluntad, sin que nada ni nadie obligue.
Tapándose casi toda la cara con ambas manos y dejando libre la
boca, me juró que tampoco empuñaría armas contra su
príncipe, el regente. Descubrió después su cara murmurando
que sobre estas tierras habían llovido muchas desgracias que
acarrearían otras peores y más grandes. Fue lo último que
escuché de su boca. Cuando al siguiente día la guardia
comprobó su falta, avisó al capitán Galvão, quien se
ensombreció porque por esa vía se iban, sin duda, informes que
el enemigo aprovecharía. Hizo un ademán de resignación,
comentó que Ferreira Cabral, como hombre de paz que era, se
convertiría en estorbo en cuanto hablaran los cañones, que era
de más valor perderlo que encontrarlo y marchó a sus negocios.
Transcurrió una semana sin novedades. Y cuando muchos
suponían que Vera y Muxica no emprendería acciones de temer,
oímos en una madrugada, tan inhóspita y fría como la de la
deserción de Pedro, un vocerío y un golpear de cascos sobre la
tierra que nos estrujó la garganta. Reunidos de apuro junto a la
empalizada, atisbando los oficiales con sus catalejos, observando
los subalternos a simple vista, confirmaron unos y otros que
Vera y Muxica no había amenazado en vano. Extendiéndose de
norte a sur, aislando la península, dejando a las gentes del
poblado con las aguas a sus espaldas y con las lanzas y los
mosquetes sitiadores ante sus pechos, más de tres mil infantes y
jinetes declaraban entre alaridos, blandir de chuzas y macanas,
ondear de banderas y resonar de pífanos y cajas templadas a
guerra, que los fuegos de la carga y del combate se
desencadenarían sobre la Colonia.
8. En un día que haga claro

Llovió durante toda la noche y siguió lloviendo hasta bien entrado el día.
Algunos techos cedieron y dejaron pasar heladas gotas. Las calles eran
como arroyos que corrían turbios arrastrando leños, haces de paja, frutas.
Tiritábamos, con las narices y las manos frías y los pies humedecidos.
Dentro de los ranchos, ¿quién encendía fuego? El brasero más modesto
hubiese llenado los interiores de humo pues era imposible lograr ventilación
a través de las puertas. ¿Quitar maderas o cueros, o abrirlos apenas? Los
chubascos, entrando, habrían convertido la tierra en lodazales; y las ropas
de muda, las jergas, las cujas, empapadas, habrían hecho de cada rancho
un lugar para volverse loco. Cuando cerca del mediodía escampó, me largué
hasta la parte de la empalizada que daba a tierra firme. Varios oficiales me
habían antecedido. Entre ellos se hallaba el capitán Galvão departiendo con
Roque, señalando hacia los barrancos del norte y hacia las lomas que se
veían al este. Persistía una llovizna maldita que impedía claridad en los
avistamientos. A pesar de esa traba, el más distraído habría notado una
fuerte agitación en el campamento de Vera y Muxica. Iban de un lado al
otro tropillas arreadas por indios; se agrupaban más allá los infantes,
comandados por sus sargentos; cargaban los peones fardos en los lomos de
las mulas, mientras en un flanco los asistentes desmontaban las tiendas. Y
sobre jefes, soldados y animales caía, monótona y gélida, la llovizna. A
través de aquella cortina grisácea, silenciosa, como venida de otro mundo,
oíamos en jirones, con altibajos, los gritos, los relinchos, los chasquidos. O
los castellanos mudaban de posición, en busca de mejores apostaderos, o
había sonado la desgraciada hora del ataque. Comunicó Galvão la noticia a
un cabo; corrió el cabo hacia el interior del pueblo, para enterar a Lobo;
volvió el cabo acompañado de dos sargentos y un teniente de artillería,
observaron los recién llegados, pegando el ojo a sus catalejos, se dirigieron
a Galvão e hicieron un aparte con él. Todos los demás aguardamos, mudos
y quietos, pero con la sangre al galope. Ordenó Galvão alerta general y
exhortó a cuantos pudieran oírlo que se preparasen para la defensa. Cabos
y sargentos chapotearon entre los ranchos llamando al arma. Acudieron los
artilleros a sus piezas, ensillaron los de caballería por si era necesaria una
salida. Oficiaron de peones y recaderos los más jóvenes. Y varias mujeres,
guiadas por el cirujano, prepararon hilas, vendas, ungüentos y cordiales.
Roque fue comisionado por Galvão para custodia de nuestros dos ranchos;
y presumo que, si por un lado mi patrón se hallaría en seguridad, por otro
recibía una muestra de mezquina confianza. Estaba yo seguro de que él
hubiera aspirado a más. Escoltar a Joanna, por ejemplo. Muy pronto
entendí que Joanna sabría cuidarse sola. En cierto momento en que la
población se había volcado a la empalizada, deseosa por averiguar en qué
paraba el alboroto de los castellanos y qué tripa se les rompía, semidesiertas
las calles y los callejones, vacíos los ranchos, me entretuve en pasear con
Irene, apoyando con más calor que nunca mi brazo sobre sus hombros.
Galvão me había repetido que yo sería responsable por ella; y como no tenía
instrucción de combate, mi puesto se hallaba junto a la muchacha. Bien
pudo el capitán ahorrar exhortos. ¿Pensó que habría de separarme de
Irene? Los aprestos defensivos, la bulla, el lucir de las armas me habían
inflamado más que nunca. Buscaba a mi amiga y enamorada con un ansia
desconocida y en ella ocurría otro tanto, según el entusiasmo con que
pegaba mi cuerpo al suyo y el gusto con que se dejaba enlazar por la cintura
para saltar sobre los charcos, como si no pudiese hacerlo por sí misma. El
cielo permanecía nublado; la llovizna no aflojaba; infantes y jinetes se
revolvían en procura de alcanzar posiciones defensivas; la Colonia hervía
de voces, plegarias, órdenes, miedos y zozobras. Y ella reía como han de reír
los ángeles, si los hay, al observar desde lo alto los disparates de los hombres
aquí abajo. Le provocaba una risa especial, cargada de nervios por
supuesto, cada uno de mis intentos por besarle una mejilla o la nuca,
descubierta por traer el pelo recogido. Sólo paró de reír cuando llegamos a
la puerta del rancho grande y leyó en mis ojos el afán por colarme y hallar
en el interior el refugio para dar vida al único fuego al que ninguna llovizna
apaga. Nos detuvimos en el umbral. Un cuero de vacuno tapaba el hueco de
la puerta. Intenté apresurar la entrada empujando suavemente el cuerpo de
Irene, paralizado, tembloroso. Las ropas, con la humedad, se adherían a sus
espaldas y a su cintura y toda ella despedía un olor nuevo en el que se
mezclaban su transpiración y el vaho ligerísimo de los paños mojados. No
pude dar un paso más. Desde adentro nos llegó el siseo de un acero que
alguien desenvainaba. Pretendió ella retroceder pero se lo impedí. Moviendo
con precaución el cuero, escudriñé el interior. Lo que vi era digno de
compartirse. Induciendo a Irene para que también espiase, vimos una
escena que nos pasmó. En medio del rancho, de espaldas a la puerta,
calzadas altas botas de cuero, metida en un par de pantalones amplios,
cubierto el torso con una casaca, portando un tahalí que le atravesaba en
diagonal las espaldas, Joanna blandía un pesado alfanje y hacía tintinear la
vaina contra una de sus piernas. Tres o cuatro veces cortó el aire con tajos
vehementes; otras tantas zumbó el acero en el interior hogareño y cálido del
rancho. Varias veces envainó y desenvainó, empeñada en adquirir destreza y
rapidez. No logré ver su cara; vi nada más que su puño cerrado gobernando
el arma con movimientos bruscos, resueltos, veloces. Perplejos, azorados,
nos retiramos como si hubiésemos descubierto en desatención al ángel que
guarda —según doctrina de Roque— las puertas del paraíso. Volvimos a la
llovizna, al charco, al barro, sintiéndonos, sin necesidad de confidencias,
como si hubiésemos consumado una extraña profanación.
II

Estalló un trueno. Irene pasó uno de sus brazos en torno a mi cintura. Un


segundo trueno, anunciado por un relámpago que viboreó en la nublazón,
hacia el sur, la hizo apretarse contra mí. Vagamos entre los ranchos sin
saber adonde ir y sin inquietarnos por la llovizna. Irene se había alterado.
Nada me dijo acerca de su prima. Nada le pregunté. Había huido su risa, no
se atrevía a mirarme, bajaba la cabeza al oír los truenos, se santiguaba ante
la luz de los relámpagos. Arreció al fin la lluvia y no teniendo dónde
guarecernos, entramos en la iglesia. El interior, casi en penumbras. Un
velón sobre el altar luchaba por esparcir claridad. El altar estaba hecho de
toscas maderas pintadas; las imágenes, que apenas se insinuaban, no
podían ocultar su pobreza. La iglesia era un rancho algo más grande que
los demás, pero austero como las restantes viviendas. Tres o cuatro sombras,
cerca del altar, rezaban o meditaban o imploraban socorro. Con cada
resplandor del relampagueo se santiguaban frenéticamente. Irene
permanecía apretada junto a mí, acurrucándose y susurrando. Al principio
no descifré el sentido de esos susurros. O no me animé: tal vez fuese yo el
cobarde. Luego de unos reparadores momentos, en que nos dimos calor uno
al otro, empecé a comprender. Irene interpretaba cuanto sucedía como
presagios. Eran presagio la lluvia, el frío, los temblores. Eran presagio los
relámpagos y eran presagio doloroso los truenos, a los que respetaba con un
miedo como el del venado al sentir el himplar de los jaguares. Decía que en
los cielos ya se habían entablado combates entre los ángeles buenos y los
ángeles malos. Los relámpagos, a los que llamaba lampos, eran luces de la
Virgen María para que los buenos se guiasen en la pelea. Volvió la cara
hacia mí y quedó contemplándome con asombro. Murmuró que en los
tiempos en que hay lucha arriba, nadie debe tener un solo pensamiento de
maldad en las entrañas, porque entonces se condenaría para toda la
eternidad. Creí soñar, tan lejana y distinta se me antojó la criatura con cuya
tibieza me confortaba y cuyas manos no hubiese soltado aunque irrumpiese
en la iglesia el ejército de los bonaerenses. Mis pensamientos de fuego me
daban gran trabajo. Había imaginado que el cura aparecía de repente, que
yo le pedía que nos casase allí mismo, sin perder más tiempo, que se nos
venían encima las ganas de ayuntarnos, junto con los descalabros del
ataque castellano y guaraní, y que debía otorgarnos, como deber de
cristiano, un rinconcito donde disfrutar de nuestros derechos de marido y
mujer. Pero como la risa no volvía a los labios de Irene y sus susurros
porfiaban con extravagancias, con creencias que me acosaban los sesos, con
todo un mundo de leyendas, cuentos y divagaciones, mi imaginación fogosa
se replegó hasta ser, allá en los fondos de mi alma encelada, una minúscula
brasa. Paró la lluvia y salimos. Las nubes se desgarraban mórbidas por un
pampero que se había puesto a castigar con furia. Irene se estremeció al
sentir la ventolera; y yo agradecí a tan recio viento por obligarla a no
separarse de mí y a colocarla bajo mi brazo, con la cabeza recostada sobre
mi pecho, como un pichón asustado cuando le sacuden el nido. Sin alzar la
cabeza, me preguntó de dónde venía el viento. Le respondí; y levantando ella
la vista, exclamó afligida que no era por gusto que el viento llegaba desde
Buenos Aires, porque de allá nos atropellarían las desgracias. Después me
confió que las tierras del Brasil son más suaves, que allá no soplan vientos
malignos. Le contesté que siempre nos parece más bondadoso el suelo donde
nacimos. Me sorprendió al aclararme que no había nacido en el Brasil, sino
en los arrabales de Lisboa, de donde la sacaron cuando aún no sabía
caminar. Pero desde entonces siempre había vivido en Río de Janeiro, muy
cerca de la bahía. «Lugar bonito de veras», agregó. Le dije bromeando que
si estaba arrepentida o si añoraba, podía irse. Nadie la retendría contra su
parecer. Entonces me estrechó con ardor. Casi limpio el cielo por obra del
pampero, luciendo a retazos un azul profundo y llegando hasta la empapada
tierra los rayos del sol invernal, asomó a la vez para mí otra fuente de calor
y regocijo. Quiero decir que Irene volvió a reír. Y yo volveré a decirle,
sargento, que lo bueno dura lo que un suspiro, y aun menos. Mucho menos,
bese de nuevo el gollete o páseme la botella, que me encargaré de besarla, es
la única boca que los años no me prohiben besar. La risa de Irene fue un
chispazo, un lampo, un instante de hermosura. Sus labios quedaron como
congelados. Sus ojos se llenaron de pavor y todo su cuerpo se crispó en un
arrechucho. Acabábamos de dar vuelta en torno a un grupo de ranchos;
desembocábamos en la calle principal. Y delante de nuestra senda, receloso
el mirar, embarrados y greñudos, al hombro los ponchos, pendientes de sus
cinturas tientos y lazos enrollados, tres indios nos cerraban el paso como
traídos por el pampero o llovidos del infierno.
III

Retrocedimos con presteza, entre sudores, a pesar de la refrescada. Los tres


indios eran no sólo reducidos sino de las fuerzas de Vera y Muxica, no me
engañaba. Con esos arreos y esas trazas había visto centenares en Santo
Domingo. Creí que había llegado el día del juicio para la Colonia, que los
guaraníes habían entrado con ánimos de incendiar, saquear, violar, y que
deberíamos en escasos minutos rendir el alma ante los verdugos. Pero al ver
en otras callejas más indios, que discurrían sin escándalo en medio de los
pobladores, y al toparme con un nuevo puñado en la empalizada, muy cerca
del portón principal, sin que los infantes de la guardia apuntasen sus
mosquetes ni diesen muestras de hostilidad, recobré el resuello. También
Irene se calmó, lo cual me dio campo para meterme en averiguaciones. Los
indios, en número de veinte, se habían acercado a la plaza en son de
comercio. Traían caballos y carne fresca, pero no armas, pues no se les
hubiese consentido. Esperaban llevarse varias varas de bayeta, frascos con
aguardiente y tabaco. Esperaban también medicinas, pues algunos venían
con fiebres debido a la crudeza con que los había castigado el invierno, tan
lejos de sus poblaciones misioneras. Hubo quienes, tomándolos por espías,
aconsejaron apresarlos y darles tormento. Y hubo otros, más cautos o más
curtidos, que no tragaron esa pildora. Espiar y al mismo tiempo abastecer
no figuraba en ninguna cartilla de tácticas sitiadoras. Pagar precio tan alto
por informes que se obtendrían de balde con un jeme de astucia no se le
habría ocurrido a nadie, salvo al chiflado que, mientras sitia por hambre, da
de comer al sitiado. Tuvo desertores el portugués; los tendría el español.
Lobo era de este parecer. Me acerqué a los indios sin Irene, quien quedó
bombeando al amparo de la esquina de un rancho. No crucé palabra con
ellos. Los noté abatidos, cubiertos de costras, empeñados en retornar a sus
pueblos, sin saber qué camino seguir. Lobo no los retuvo, pero ellos no se
pusieron en marcha. Descontaban que los bonaerenses los someterían a
juicio de guerra. Ni a caballo ni a pie lograrían escabullirse. Por agua,
tampoco. Los portugueses no contaban más que con tres lanchas que
retendrían a toda costa. Lobo previo las cosas. Los indios disminuirían el
castigo si pasaban a los españoles informes sobre las defensas portuguesas;
y si desembuchaban cuanto conocían de las fuerzas atacantes, quizá hallase
la divina providencia, para ellos, un modo seguro de ver de nuevo a sus
familias. Así supo el Maestre de Campo a cuántos hombres capitaneaba
Vera y Muxica; cómo organizaba la tropa en batallones y compañías; en
qué caballada se apoyaban; qué armas de fuego acarreaban y cuáles eran
las blancas y las arrojadizas y de qué calidad. Completó la efigie de Vera y
Muxica que había comenzado a dibujarse semanas atrás. Le conoció como
hombre de espíritu rígido, guerrero de los buenos, jefe con mucha autoridad
pero nada partidario de carnicerías. Sólo por rarezas de la suerte acometería
a ciegas. Sería dichoso si lograba componenda pacífica. Más dichoso fue
Lobo cuando los reducidos le revelaron qué significaban los movimientos
del campo español. Vera y Muxica, quien no desmentía su paciencia ni su
tino, retiraba el grueso del ejército hasta la horqueta del río San Juan. Allí
tendría abrigo y, por sobre todo, distancia. Evitaría más deserciones, su peor
enemigo hasta ese día. Con dos compañías apostadas a la vista de la
Colonia, mantendría vigilancia. Si los portugueses aventuraban una salida,
ambos cuerpos los contendrían y darían tiempo para que el ejército, a
marchas forzadas, acudiese para aplastar al raso a los aventurados. O
desventurados. El sitio no cedía. Por el contrario, se afirmaba. En ese
entonces llegué a estar muy próximo a Lobo. Me asustó su aire de hombre
enfermo, que se sostenía en pie con esfuerzo y revisaba las defensas con
lentitud. Como Irene, tras el topetazo con los indios, se había puesto
inquieta y no paraba, yendo de aquí para allá, sin encontrar conformidad en
ningún lugar, y como yo casi no me despegaba de su lado, di con el Maestre
de Campo al pie de una batería. Envolvía su cuerpo con gruesa capa de
lana, cubría su cabeza con un gorro de fieltro y no llevaba armas. A la vista,
se descuenta, pues jamás olvidaba su daga de misericordia ni su peto de
cuero, que no se quitaba ni siquiera para dormir. Semblante de buenas
dormidas no tenía. Rostro enjuto, mejillas pálidas y mal rasuradas, mirada
pesarosa y sombría. Respiraba con fatiga y por momentos sus pasos
vacilaban. Pero ningún poblador hubiese aceptado otro Maestre. Su madre
lo había parido para guerrear y mandar; y a pesar de su apariencia enteca y
de la certeza que teníamos de que su organismo era roído por una
enfermedad, su presencia nos confortaba. Mientras él viviera y rigiera, nos
sentiríamos a salvo tras la empalizada. No recuerdo si lo vi en nuevas
circunstancias. Para mí, Lobo fue, de una vez y para siempre, el hombre
enigmático y tenaz que contemplé al pie de la batería, mientras los oficiales
le aportaban informes. Irene me tenía bien tomado de la mano, con temor
sin duda de que me atacasen impulsos guerreros y pidiese armas, o de que
desertase como Pedro Ferreira. Juro ante los santos del cielo que no cruzó
por mi alma el latigazo de la deserción. En cuanto a impulsos guerreros,
según y conforme. Tomé conciencia de mi portuguesismo, por así decir,
aunque no era tal. Me jugaba en defensa de la Colonia no porque me
enamorase bandera alguna, sino porque no existían para mí otras banderas
salvo las faldas. ¿Principios? ¿Partidismos ante una guerra en ciernes? Este
pecador que soy no los sintió en su larga vida. Obedecía los mandatos de la
entrepierna y con Irene al lado imposible dudar o desconocer dónde estaba
la razón por la que daría, sin ascos, hasta la última gota de mi sangre.
IV

Aquellos indios desaparecieron no sé cómo, arrastrándose o


braceando, por tierra, por agua, por el aire. Otros se acercaron;
y como nunca lo hicieron con las manos vacías, obtuvieron
ingreso. Galvão tronaba alborozado y pronosticaba que si
podían aguantar el invierno, los enemigos verían adelgazar sus
tropas y corrompérseles los ánimos. Con cada arrimada, se
sumaban noticias; con cada noticia, nos llenábamos de
pesadumbre o de júbilo, en oscilaciones violentas que nos
transformaban en gentes irritables, impacientes, sujetas a la
rabia, a la incertidumbre, a la esperanza renacida o a la
desesperación. Apurados por los preparativos, no teníamos
manera de llevar cuenta esmerada de los rumores que
penetraban la empalizada ni de separar los falsos de los
verdaderos. Resumo y agrego, rememoro y complemento:
algunas cosas las conocí en el poblado, yendo y viniendo sin
perder pisada a Irene o ambulando con ella cosida a mis talones.
Otras, mucho después, con los años. ¿Acaso proceden de modo
distinto quienes tejen historias? Si contase inventos, otro gallo
cantaría. Pero digo lo cierto, digo «así ocurrió», no voy a
dármelas de sabelotodo. No piense usted que soy un dios.
Atiéndame y verá qué salsa se cocinaba. Vera y Muxica convocó
a junta de guerra. Oyó los juicios de sus oficiales. Habló con los
capitanes indios y consultó a los padres. Luego de discutir, el
paciente jefe envió —para no variar de estilo— misiva al
gobernador Garro. Pedía instrucciones y las recibió: «Expulse a
los intrusos del modo que sea». Si dilataba los plazos, arribarían
refuerzos. Y entonces, ¿cómo reconquistar San Gabriel? Dio
órdenes a sus jefes; las órdenes pasaron a los sargentos; de éstos,
a los cabos. Minutos después, tres mil doscientos combatientes
afilaron los aceros, tensaron los arcos, ensillaron, cargaron las
mulas con pólvora y balas, y esperaron que don Antonio,
desenvainando, señalase con la punta de su espada el camino
hacia la Colonia. Pero antes, el bueno de don Antonio haría otro
intento de negociación. Fue intento fuerte, apremiante, como de
quien comanda una mesnada varias veces superior. Proponía, en
el haz, trato y parlamento. Mas en el envés había, bien armado y
con toda la barba, un ultimátum. «Si a puestas de sol no tuviere
ejecución lo referido» (el desalojo inmediato) «o no se me
respondiese, decidirá la suerte con el llamado a las armas».
Joanna repetía esas palabras a la puerta del rancho grande. Las
había oído de Galvão, y Galvão, sin duda, de Lobo. El capitán no
se hallaba en el lugar mientras Joanna hablaba. Rodeábamos a
la capitana las esclavas, dos muchachejos que solían traer
pescado, Roque y yo. Irene no había querido salir del rancho en
ese día. Joanna mantenía ceñido el tahalí con su larga espada
desde el amanecer hasta el anochecer. Vestía a lo hombre y
llevaba bajo el jubón un peto de ante, que le molestaba dada la
frecuencia con que rascaba sus axilas y los resoplidos de fastidio
que soltaba por las narices, sin abrir la boca. No acierto a decir
si la veíamos resplandeciente o apetitosa o simplemente digna de
compasiva admiración. Había un eco desfalleciente en sus
palabras, a pesar del encono, tal vez impuesto por voluntad para
evitar que nuestros ánimos cayesen. Le dolía andar lejos de su
capitán, yo lo notaba fácilmente, aunque pretendiese disimular.
¡Cómo revivió esa tarde cuando llegó de sorpresa Galvão,
arrebujado en su capa, descubierta la cabeza, la espada
envainada debajo del brazo, sonriendo como sin ganas! Se
adelantó para abrazarlo, sin dar tiempo para que dejase el
capitán la espada en un rincón, se aliviase de la capa y
extendiese las manos heladas hacia el braserillo que había junto
a la puerta, del lado de afuera. Pasaba en un santiamén de la
figura guerrera, con arranques de mandoneadora, a la hembra
ferviente que no vive un segundo sin pensar en su varón y sin
poder contener el afán por los besos y los abrazos. Puso una
esclava una olla con agua sobre el brasero y enseguida entramos
todos. Galvão venía con hambre, con sed, con preocupación.
Nada había tardado Lobo en responder a Vera y Muxica. No se
desviaba una pulgada de sus convicciones: estas tierras de San
Gabriel y muchas más pertenecían a la corona de Portugal. Ni
Cristo le hubiese desviado de ese punto. Hacía lo que su príncipe
le mandaba y todo lo que se hacía se encaminaba sin hostilidades
ni violencia. Concluía alentando a Vera y Muxica para que
llevase a cabo lo que fuere servido, «que para todo me ha de
hallar prontísimo y para servirle con particular gusto». Galvão
repetía estas frases con energía, con garbo, como si las hubiese
escrito un mozo cuchillero, iracundo y desafiante. Yo
comprendía que el capitán trataba de contagiarnos coraje y
orgullo y que Lobo, a quien la enfermedad cercaba de modo
contumaz, debió apelar a toda su integridad y a toda su
clarividencia para dar con una fórmula de tan reñidora cortesía.
Ha corrido mucha agua desde entonces. Cesaron unos
gobernadores y arribaron otros. He sabido de muertes,
atropellos, cañoneos, destripamientos. He envejecido dando
vueltas y más vueltas por estas regiones. Pero no tropecé con
nadie con la hidalguía de Lobo ni con los cojones tan bien
puestos. ¿Gusta otro trago? Vamos a entonarnos, porque se
viene el barullo gordo y algo más que barullo. Era la noche del
veintiuno de julio del año tremendo del ochenta, en la que
reventó una tormenta como yo, al menos, nunca había
soportado. Temblaron la tierra y el cielo por obra de los
truenos; brillaron los relámpagos; y antes del aguacero, los
vientos azotaron el poblado y destrozaron techos y
sobrecargaron de pesares a los vecinos. Galvão salió de
estampida, tras arrebujarse con su capa y manotear la espada.
Quería fiscalizar las caballerizas y dar fe de que los brutos
estaban sujetos. Joanna también se cubrió con una capa rústica,
que usaba durante las tormentas, y avisándome con un ademán
para que la acompañara, corrió conmigo hasta la puerta
principal de la empalizada. Los centinelas, al reconocerla, nos
dejaban pasar. Yo suponía que ella no tendría sosiego si no
examinaba con sus propios ojos los cierres de la puerta, los
bastiones laderos, el orden y la vigilancia que el personal
artillero mantenía. Me halagaba sobremanera el hecho de que
hubiese preferido mi compañía en lugar de la de Roque. Entre la
luz de los relámpagos y los remolinos de polvo levantados por el
viento, divisamos las hogueras que encerraban, desde un punto
al otro de las costas, la península y el poblado. Más de tres mil
hombres habían retornado desde el río San Juan y acampaban a
un par de tiros de mosquete. En sus torbellinos, el viento nos
acercaba relinchos, voces, cantos. En más de un momento
creímos oír alaridos de desafío. Joanna me decía, pegando su
boca a mi oreja, que nada temía, que los quinientos soldados de
Lobo eran combatientes de primera, que cada vecino y aun cada
hembra sabría atizar hachazos contra el indiaje y el puñado de
bonaerenses que iba con la gente de los padres. Confiaba en los
diecisiete cañones, una mitad de hierro, la otra, de bronce, y
tenía fe ciega en los caballos coraza capitaneados por su marido.
Su voz empezó a flaquear hasta que calló. Durante largo rato
mantuvo el silencio, apoyada en los palos, sin quitar los ojos de
los fogones enemigos. Las numerosas hogueras parecían estrellas
diseminadas por la tierra y si Irene hubiese estado con nosotros,
habría dicho que eran astros caídos, ángeles malos dispuestos a
pregonar ruina, desolación y muerte. Pero Irene había
permanecido dentro del rancho grande, bien tapada por un par
de mantas, durmiendo o quizá esperando nuestro retorno para
cerrar los ojos. Quebró Joanna su silencio diciéndome con qué
ansias deseaba que la tormenta no cediese, que se arrastrase a lo
largo de los días, que no hubiese tregua en los cielos. Con la voz
a punto de quebrársele, habló del odio que sentía por la
serenidad de los aires, por el firmamento luciendo con todas sus
luminarias, por la calma de las aguas y de los campos. Ésa sería
jornada sangrienta para la Colonia. Porque los españoles sólo
aguardaban el buen tiempo para lanzar al ataque, uno tras otro,
sus batallones tupidos. Garro había instruido a Vera y Muxica
con precisión. La acometida empezaría, según le había escrito,
«en un día que haga claro». Mientras la tormenta durase, nos
cobijaría y nos permitiría vivir. Y en el primer día de bonanza,
en el temible día en que hiciese claro, quedaríamos
desprotegidos, a la intemperie, como nidal puesto al descubierto
por el sol. Pretexté que me dolía pasar tanto rato lejos de Irene,
lo cual era cierto. Pero más me dolía, en esas circunstancias,
presenciar los padecimientos de quien hubiera yo esperado, poco
antes, dureza y corazón bizarro.
9. Los fuegos encendidos

Castigó el temporal hasta el dos de agosto, inundaron las lluvias los lugares
bajos del poblado, atronaron las olas batiendo los predregales de la costa
sur. Dejamos de ver las islas, de tan densos que caían los chubascos y de tan
espesa que se tornaba la niebla durante las encalmadas. A partir del día tres
aflojó el mal tiempo, pararon los vientos y ya no escuchamos el repiqueteo
de la lluvia sobre los techos pajizos. Por las noches percibimos el chirrido de
los grillos y el croar lejano de las ranas, quejidos monótonos que obraban
en muchos como aliados para el dormir profundo. En mí, por el contrario.
Permanecía desvelado gran parte de la noche, harto de las voces del saperío,
y me adormecía de madrugada para levantarme transcurridas tres
miserables horas, muerto de cansancio, con expectativas acongojantes como
propina. Así derivé a la alborada del seis de agosto. ¡Quién pudiera echar al
olvido esa jornada! El silencio me sobresaltó. Un silencio insidioso, pesado
como piedra de sepulcro, amargo como amorío contrariado. No me di
cuenta de qué hora era. Por las hendijas de la puerta, a la que habíamos
tapado con tablas, no distinguí claridades. Tiré a un lado la cobija, me
incorporé y me acerqué a tientas a la puerta. Con cuidado enorme descorrí
las tablas, empeñado en no despertar a nadie. Yo habitaba un rancho chico,
contiguo al que ocupaban Joanna, Manoel, Irene y las esclavas y donde
almorzábamos y cenábamos. Compartía el ranchito con Roque y con los
muchachos recaderos y pescadores. Quebrarles el sueño hubiera sido
injusto. El silencio era tan grande que presagiaba un día trabajoso. Quienes
estaban destinados a la fajina merecían descanso prolongado. Como yo, al
igual que mis compañeros, dormía vestido, sólo necesité echarme sobre los
hombros una capa marinera que me había regalado Joanna y que me instó
a usar mientras Irene no tejiese otra. Asomé la cabeza fuera del rancho. El
aire gélido cortaba. Alcé parte de la capa para proteger mi sesera y salí,
sorprendido por la honda quietud del ambiente. Una claridad levísima,
transparente como la conciencia de Irene, se esbozaba por levante. Pensé en
la muchacha. De buena gana me habría deslizado hasta el rancho grande
para penetrar a pie quedo y ganarme bajo las cobijas junto al cuerpo que mi
sangre, a todas horas, deseaba. Pero muy cerca de la puerta, por el lado de
adentro, atravesado sobre unas jergas, acostumbraba yacer, en vigilancia,
dormido sólo a medias, un esclavo negro, cincuentón, fiel y corpulento.
Nadie entraría allí impunemente. Caminé despacio, apretando las
mandíbulas para evitar el castañeteo de dientes. Crucé la calle principal,
dejé atrás la iglesia, muda y desierta, y enderecé hacia el norte de la
península, donde la empalizada era más baja. Llegado, apoyé mis manos en
las maderas y las retiré enseguida porque me helaron las palmas. Me
pareció que era un frío como de muerte y descubrí vaticinios fatídicos por
todas partes. El cielo, clareando, se me antojó agüero fúnebre, como si Irene
me hubiese contagiado. El mar, en calma absoluta en la rinconada que
forma la península con los barrancos y las playas que corren hacia el norte,
semejaba una superficie de hielo, implacable y triste. Y un hornero, que
gritó en la puerta del nido sin que yo lo viese, me hizo sentir su voz como
clarín soplado por trompeteros de la muerte. Recorrí con la vista el extenso
paraje. Desplegados en semicírculo, divisé fuegos amortiguados, tenues
luminarias de hogueras que suelen dejarse extinguir en las amanecidas. Me
satisfizo comprobar fuegos todavía encendidos. El campamento continuaba
ocupado. Los guaraníes descansarían. Los doscientos españoles estarían
dentro de sus tiendas. Mosquetes, espadas, broqueles y lanzas despedirían
tanto frío como las maderas de la empalizada. Ninguna mano, incluso
enguantada, disfrutaría empuñando armas. Por detrás de las tiendas se
levantaba un vaho blanquecino que se perdía en lo alto formando nubecitas.
Allí se agolparía la caballada; allí los cuatro mil brutos rumiarían sus
piensos y resoplarían molestos por la frialdad de la noche que se iba,
deseosos de la luz del día que avanzaba. Caballada quieta no era amenaza.
Yo había oído, de labios de Galvão, que la empalizada no resistiría una
embestida de los cuatro mil caballos lanzados al galope y que en ello
estribaba el poderío más temible del ejército hispanoguaraní. Por tal razón,
al imaginarlos detrás de las tiendas y al columbrar los fuegos encendidos,
respiré con alivio. No habría asalto en las próximas horas. Un ingenuo, es
lo más suave que puedo decir. O un ignorante, lo mismo da. Los caballos
estaban donde yo suponía; los fuegos encendidos brillaban en la aurora y
habían brillado durante toda la noche; el campamento no había sido
levantado. Pero entre las tiendas sólo restaba una guardia reducida. El
ejército era un gran ausente. ¿Por dónde andaba, cielo santo? Volví a mi
rancho en paz conmigo mismo, resuelto a comunicar mi paz a los recaderos,
a Roque, al capitán, a Joanna y sobre todo a Irene, para disipar sus
aprensiones. En mi atolondramiento, en mi inexperiencia, olvidaba las
palabras de Joanna: «Atacarán en un día que haga claro». Y ese día había
amanecido más claro que ninguno.
II

Dos bondades tienen el pasado y las historias: son asunto de palabras y


éstas consienten que volemos de un campo al otro sin salvoconductos. Usted
es mi amigo, ya que me escucha. Y a un amigo no se le condena a
encerronas. No lo voy a tener todo el trayecto en el amarradero de la
población. Echemos más tragos, cobremos empuje. Y salgamos. Veremos a
Antonio Vera y Muxica, armado de punta en blanco, como para una fiesta.
Peto y espalda de acero, botas altas, daga y pistola al cinto. En lugar de
espada, bastón de mando. Cubre su cabeza con un sombrero negro, de alas
anchas, coronado por altas plumas blancas, para que sus hombres no lo
pierdan de vista en los entreveros. Está al habla con los oficiales de su
estado mayor y con los principales de los indios. Ha decidido comenzar la
carga según preveían con espanto los portugueses: mandando adelante a la
caballada. Picarían los ijares, lonjearían las ancas, azuzarían revoleando
capas y ponchos, y cuando pasasen del trote al galope, dos columnas indias,
las más aguerridas, correrían detrás para que los caballos no parasen. Muy
poco podrían los cañones lusos. Tras la primera andanada, demorados aún
los artilleros con la recarga, chocaría el caballaje contra la empalizada, la
rompería con sus pechos, abriría brechas y rodeando el cuadrilátero
fortificado que hacía las veces de ciudadela, arrollaría a los defensores y se
derramaría como torrente por el poblado esparciendo confusión, miedo y
quebrantamiento de huesos. Calla Vera y Muxica. Vociferan sus hombres.
Desenvainan algunos, en señal de aprobación. Arrojan otros sus sombreros
al aire. Es el mediodía del cinco de agosto. El sol asoma entre nubes ligeras.
Hace mucho frío. Castellanos y bonaerenses quedan de golpe en silencio.
Vera y Muxica no ha hecho ademanes; su cara se ensombrece, eso es todo.
Contempla con zozobra a los jefes indios. Los ojos de los indios también
están ensombrecidos. Su jefe hablará. Le llaman los cristianos Ignacio
Amandaú. Es cacique respetado y obedecido por su pueblo. Vera y Muxica
lo ha hecho sargento mayor. Amandaú es mucho más que sargento. Tiene
años de cacicato, años de conocimientos, un tiempo muy largo de sabiduría.
Encara a don Antonio, alza luego la cabeza, mira durante un rato hacia el
cielo, mueve sus labios como si rezase. Al Cristo de la cruz sangrienta, a los
espíritus de las riberas o a los ayacuás endiablados: sólo él lo sabe. Nadie se
lo preguntaría. Endereza el cuello, mira al Maestre de Campo entornando
los párpados y niega después con la cabeza, varias veces. Se oyen todavía
algunos murmullos y él nada dirá mientras no haya silencio absoluto. Sin
levantar la voz comienza su discurso. Lamenta tener que contestar a don
Antonio con una negativa. Y más lamenta verse obligado a enseñar artes de
guerra a un caudillo cuya edad se cuenta por los dedos de ambas manos
movidas seis veces. Enviar delante la caballada sería error gravísimo. Hace
silencio Amandaú, esperando la voz del Maestre. Hace silencio el Maestre,
invitando al cacique para que pase adelante. Todo parece fácil, prosigue
Amandaú, todo suena bien en las palabras. Pero en el campo de guerra
habrá realidades amargas. No es sensato despreciar a la artillería
portuguesa ni a las balas de sus mosquetes. Artilleros y mosqueteros
dispararán a cubierto, tendrán a sus espaldas ayudantes que les entreguen
otras armas ya cargadas y que recarguen a su vez. No habrá una sola
andanada, el hierro y la metralla desgarrarán los pechos, los cuellos, los
flancos de los caballos. Caerán muchos de los delanteros, trabarán la
galopada de los restantes y habrá algo peor: se empavorecerá la manada
entera. No existirá poder en el mundo que los sujete ni que los fuerce a
avanzar. Se arremolinarán, echarán atrás las orejas, relincharán con
fiereza, dilatarán las narices, como enloquecidos, y volviendo grupas,
desandarán camino porque en la estrechez de la península no hallarán por
dónde huir. Y es sabido que el caballo no se tira así nomás a los pedregales
ni a las aguas que baten entre las peñas. Los cuatro mil embestirán contra
nuestra vanguardia; y tras pasarle por encima se meterán, ya en cuña, ya
como masa extendida por todo el frente, entre las filas castellanas. Así sólo
conseguiremos lo contrario de lo que buscamos. El portugués rabiará de
alegría sintiéndose en salvo y viendo cómo la gigantesca caballada se
convierte en tu enemiga, Maestre. Responde Vera y Muxica con viveza, saca
a relucir su baquía, alega que en estas tierras las caballadas, por sí mismas,
han demostrado eficacia. «No irán montados», asegura, «no sacrificaré
jinetes». «Pero sacrificarás a mi gente», protesta Amandaú. Su voz ahora
gana en potencia. Su gesto se reviste de dolor. Sus ojos relampaguean
anunciando rebeldía. Habrá mortandad enorme para los guerreros de su
pueblo. Los tres mil guaraníes, al avanzar tras la caballada, recibirán el
retroceso de los animales desbocados y empujados por el espanto. No
tendrán los hombres tiempo de huir ni forma de esquivar la atropellada. Los
cascos de nuestros caballos reventarán los cráneos, aplastarán los
costillares y romperán los miembros de centenares de reducidos. El dolor y
la contrariedad añadirán miedo sobre miedo; en breve rato la fuerza
combinada del español y del guaraní sufrirá heridas difíciles de curar; y nos
rematarán los lusos en cuanto hagan una salida. ¿Qué puede alegar el
Maestre? Se toma su tiempo, hunde la barba en el pecho, mide el discurso
del cacique y pesa cada una de sus palabras. Dos o tres oficiales se le
acercan. Tienen apretadas las mandíbulas. Si se les deja hablar pedirán
castigo para Ignacio Amandaú o se manifestarán a favor de no mudar en
nada el plan de ataque. Vera y Muxica, conociéndolos, ataja sus ímpetus.
Ordena al cacique mantener la caballada detrás de las tiendas, con
custodias. Dice a sus oficiales que los fuegos permanecerán encendidos.
Caballos y hogueras en sus lugares, como es norma, engañarán a los
ojeadores portugueses. La gente de Manoel Lobo no sospechará. El ejército
bonaerense arrancará por la madrugada, pues todo indica que hará un día
claro. Divididos en tres columnas, guaraníes y castellanos avanzarán hacia
la Colonia. Nadie soplará un pífano ni sonará una caja. Cada cual sujetará
sus armas para evitar chasquidos. Se marchará en formación de guerra y en
el silencio más estricto. Las partidas de vanguardia, ligeras y con arma
blanca, se deslizarán hasta el foso para sorprender a los centinelas, sobre
los cuales pesará todavía el último sueño. Será en verdad el último: los
guaraníes de las avanzadas los degollarán, según estilan, sin ruido alguno.
Y cuando suene un mosquetazo, disparado por orden del Maestre, la fuerza
se lanzará al ataque. Pero nunca antes.
III
La vida entera cabe en diez minutos: no sé quién lo dijo, pero
debió ser sabio. O merecí serlo yo, pues tras volver desde la
empalizada y recalar otra vez en los ranchos, pensé que el rollo
me sobraba y que sobraba a todos. Por afuera apretaba el perro
destino; dentro de mí clareaba un centro de calma. Era centro
mentiroso, cómo dudarlo; sin embargo, yo soñaba en paz, y con
la paz. Estábamos encerrados por una hueste aguerrida;
teníamos por tierra bloqueado el camino; por mar, tres o cuatro
lanchas y otras tantas canoas eran motivo de desazón. En caso
de apuro extremo, ¿cuántos huirían? Eso me pesa ahora; en
aquellos días mis ilusiones esfumaban el contorno y me
arrastraban a creer que tales momentos eran eternos o poco
menos. Mi patrón, a quien veía espaciadamente, había logrado
reparar nada más que dos lanchas y una canoa, según me
informaron los recaderos, y no había dispuesto de tiempo para
construir, en sociedad con los ingenieros portugueses, el navio
cuyo porte hubiese alimentado esperanzas. Don Misterio serviría
para guiar por los canales, y entre las islas, a quienes
correspondiese el regalo de la fuga. Varias familias confiaban en
su fama de baqueano de los ríos. Una de esas familias era la del
capitán Galvão. Y como yo andaba de agregado con esa gente,
confiaba también. De encontrar una explicación para mi sentir
en la madrugada del seis de agosto, ha de ser por esa vía. Y si no
cabe una vida en diez minutos, cabe el pensar de cada cual.
Cuando llegué a los ranchos, hallé mucha gente de pie. Roque,
los recaderos, tres esclavas y Joanna daban vueltas, hablaban en
voz baja, iban hasta el centro de la calle, ojeaban con la
respiración agitada. El capitán ya no estaba allí. Había salido
antes del alba para ponerse al frente de sus caballos coraza, de
acuerdo con lo que juzgué al principio, o para asistir a Manoel
Lobo, quien no tenía fuerzas para dejar el lecho, de tanto que su
enfermedad lo mortificaba. Así consideraba Roque la situación.
Me lo dijo mientras aguardábamos el desayuno en el rancho
grande, las manos bajo los sobacos para calentárselas. Por orden
de Joanna, dos esclavas prepararon un cocido acompañándolo
de bizcochos y galletas. Comimos todos juntos, en torno a la
mesa que había en el ambiente principal del rancho. Una
abertura baja, que obligaba a inclinar la cabeza al pasar,
comunicaba dicho ambiente con el recinto donde las mujeres
dormían. Yo sentí provenir de allí la respiración fuerte y
pausada de Irene. ¡Criatura venturosa! ¿Quién tan bruto como
para traerla a la realidad? Roque me enturbiaba aquel respirar
hablando cerca de mi oreja, masticando y tragando con prisa.
Carecían de novedad para mí sus dichos, aunque él opinase al
revés. Los centinelas también habían visto los fuegos encendidos
y el vaho de las caballadas: habría jornada de sosiego. Muchas
cosas más me decía, con el fin de matar el tiempo, sin desvelarse
porque yo le entendiese a las claras. Su atención estaba clavada
en Joanna. Espié cómo la observaba y me asomé a su alma.
Disimularía frente al mundo entero, pero no frente a mí.
Mientras Joanna se llevaba un bizcocho a la boca e hincaba sus
dientes fuertes, parejos y blancos y miraba al vacío con aire
distante, Roque urdía una historia muda invadiendo el futuro.
Allí morarían Joanna y él. Lejos, o bajo tierra, quedaría el
capitán; dispersos los mozos y mozas y también yo. Remontarían
el Uruguay en una canoa. Roque tendría puesta una camisa
desgarrada en partes, con manchas de sangre, y una manta que
había tejido Joanna. A su vez, Joanna dormitaría tumbada en el
fondo de la canoa, revuelto el pelo, tiznada la cara por la
pólvora, ensangrentadas las manos. Junto a ella, el tahalí, el
cinto, la espada envainada. Roque alargaría un brazo, atraparía
el arma y los arreos sin hacer ruido y amagaría tirarlos al agua.
Iría mediada la tarde invernal. En breve anochecería. Por fin
Roque conservaría la espada, en algún momento sería necesaria.
La mantendría lejos de Joanna. Todo sería suyo: la canoa, las
provisiones —no se largaría a remar sin atender el estómago—,
las armas blancas y las de fuego, pues no le faltarían pistola,
pólvora y balines. Y suya, gracias a Dios y a la santísima Virgen,
mujer tan joven, tan de armas llevar, tan sin nadie la pobre, qué
suerte malvada la de algunas criaturas, un día disfrutan de un
tesoro y al otro, en plena indigencia, sin un ratón que las
acompañe, salvo el hábil canoero, el avisado entrecano, el
sabedor de ríos, entradas, escondrijos, isletas y montes ribereños
donde no los hallarían castellanos ni lusos ni reducidos; ni los
padres de la Compañía, a quienes no escapaba la más delgada
sombra de pecado. Durante años había visto a Roque pescando o
armando trampas. En la mesa, echando el desayuno a bodegas,
tenía la misma expresión. Inmovilidad de serpiente, cautela de
jaguar, terquedad de nutria, ojo carnicero, como de comadreja.
A veces adoptaba semblante de querubín, tratando de pactar
con su conciencia; otras, ponía cara de indiferente, encogiendo
apenas los hombros, en señal de que se consideraba libre de
culpa. No hay voluntad que se alce contra las fatalidades. En
tanto hubiese paz, o se arribase a un acuerdo entre los
representantes de las dos coronas, él se afincaría en la Colonia y
esperaría. Tan viejo no era, Joanna se volvería más apetecible
con los años, se hastiaría de ese vivir remanido, ya habría
trampas y anzuelos adecuados, tiempo al tiempo. Y si sonaba
trompa de guerra, sería como pescar en río revuelto. Nada
robaría él; nadie le recriminaría nada. Un salvador sólo cosecha
gratitud, quien rescata aspira a la recompensa. Es ley de esta
vida. Me brotó de las entrañas un fervor canalla. Quise que el
guerrear nos cazase allí mismo para ponerme en el lugar de
Roque. Antes le clavaría la faca entre las costillas y dejaría el
acero en la herida estremeciéndose por los estertores. Cualquier
trifulca vale en caso de cobrar deudas y de cerrar cuentas. Como
en un relámpago pasó por mi cabeza el pensamiento de
adueñarme de una Joanna tal cual se hallaba en la cabecera de
la mesa: masticando y sorbiendo con leves ruidos, el pelo con
soltura mañanera, los ojos vagabundos, húmedos por los deseos
incumplidos, pesados los párpados, mojado el bozo por el cocido
tibio, pidiendo con recato besos o mordidas. En algún rincón,
oculta aún por las sombras, estaría su espada. Yo también sabía
remar y navegar en canoa, yo también conocía deltas y
riachuelos, y pescaría y cazaría tan en regla como cualquier hijo
de su madre. Sólo no conocería culpas: no se habían inventado
para mí. Callado Roque desde hacía rato, concluíamos el
desayuno como si nos hubiésemos tragado a un mismo tiempo
los bizcochos y las lenguas. Tuve campo para imaginar a mis
anchas. Roque, en sus fabulaciones, reservaba una parte para el
deleite del día de mañana. Yo jugaba en una sola mano todas
mis cartas. Aunque el invierno castigaba, fabriqué para mi uso
exclusivo un día de verano, abrasador; un arroyo sombreado
hasta la mitad por los árboles del monte; una canoa —la mía—
atracada bajo las sombras; y en la canoa Joanna y yo
espantándonos los tábanos, sudando como potros,
arrancándonos el uno al otro las ropas, que habrían de ser
poquísimas, y zambullendo con estrépito. Después, los juegos en
el agua, el temor simulado por los yacarés, el abrazo largo,
apretado, sin hacer pie, sosteniendo a Joanna por las nalgas,
rodeando ella mi cintura con sus piernas y los besos con sabor a
piel empapada y a deseo bellaco, sin acordarnos que tendríamos
para nosotros, entero, ese día de verano, creyendo que sí
demorábamos un segundo los besos, los abrazos, el
ayuntamiento, se abriría en nuestras vidas solitarias alguna
puerta extraña por la que entrarían fantasmas, acusaciones,
fuegos de otro mundo, sacramentos. No fue extraña la puerta
que se abrió, sino la del rancho, la que nos separaba, con sus
tablas, del frío de una madrugada que pugnaba todavía por
aclarar. Cobré conciencia de la oscuridad y del frío cuando una
mano enérgica descorrió las tablas. El capitán Galvão apareció,
tiritando, pálido, apresurado, escoltado por dos guardias que se
detuvieron en el umbral. Dijo que nadie debía seguir holgando,
por cansado que se hallase, que la hora del desayuno había
pasado, que nos conminaba a no distraernos y a vigilar con los
ojos bien abiertos y el oído atento. Desde ese momento él era el
jefe supremo de las fuerzas de la Colonia por haberse agravado
Lobo. Mandó a las mujeres que rezasen por el Maestre y a los
hombres que saliesen para cumplir cada cual con su trabajo.
Enseguida se rectificó y dispuso que Roque permaneciese
conmigo en los ranchos, provistos él y yo de armas blancas,
como centinelas de los bienes y de las señoras. No necesitó
aclarar que pagaríamos con la vida el más ruin descuido: se leía
en su cara. Dejó sobre la mesa una pistola y pólvora, aunque no
dejó balas. «En caso de peligro», avisó, «harán un tiro de salva
como señal». Joanna corrió al rincón donde descansaban el
tahalí y la espada. Manoel Galvão la observó sin decir nada. Y
antes de que su mujer calzase el arma, partió seguido por los
guardias, por los recaderos, que iban de mala gana, con migajas
de bizcochos sobre los pechos, y por los esclavos. Quedamos de
pie, sin saber de qué hablar. Joanna apoyaba una mano sobre la
mesa, cerca de la pistola. Con rapidez, sin que yo lo notase,
había calzado altas botas y se había puesto un peto de cuero y
sobre el peto una chaqueta que abotonó con igual velocidad. Su
espada, pendiendo de un flanco, tintineaba en la vaina. Retiró la
mano de la mesa, alzó los brazos y empezó a recogerse el pelo
hasta hacer un moño o rodete sobre su cabeza, ligado por una
trencilla dorada. Luego sus manos juguetearon con un sombrero
de ala chica, levantada por delante. En brevísimos segundos, se
habían hundido el día de verano, la canoa, el hombre y la mujer
que la tripulaban, los abrazos y los cuerpos desnudos. Y emergía
otra mujer, más alta a fuerza de orgullo, de miedo doblegado, de
empeño defensivo que tenía mucho de fuerza agresora. Pero
como la imaginación no afloja ni en los trances más negros, seguí
fabricando otra Joanna sobre la que tenía delante. Se me antojó
hembra sin edad, o con una edad tan abultada que me resultó
más hacedero verla fuera del tiempo ordinario. Me sentí polluelo
o aguilucho en busca de las plumas de aquella águila madre. La
hubiera abrazado igualmente, pero para rogarle protección.
Con una mano hubiera acariciado la piel de su cara expectante,
sólo por comprobar si era cierto que no le nacerían barbas de
patrona belicosa. Con la otra mano hubiera descargado un revés
de facón contra Roque. Su codicia cazadora y sus tramoyas
proseguían hirviendo en el misterio de su intimidad. Estaba yo
seguro de que en ningún momento se le ocurriría ver en Joanna
la protección que mis flaquezas, mi inocencia o mis pocos años
reclamaban sin que sintiese un cacho de vergüenza. Sentí al fin
vergüenza, pero por obra de quien había yo olvidado sin
disculpas. Envuelta en una manta de lana, somnolienta aún, con
el pelo que caía por fuera de la manta, atravesó Irene la puerta
baja y quedó de pie, junto a la mesa, flanqueando a su prima,
acongojada y trémula. Mi vida pegó otro respingo. Ante mí se
hallaba la criatura por la cual mis días de verano, mis
zambullidas junto a Joanna y mis propósitos criminales se
disipaban y volaban como plumas de un nido de palomas
asaltado por un águila. Me sentí, de nuevo, muy machito,
acaricié el mango del facón, me acerqué a Irene, la abracé y dejé
que su cabeza, de una tibieza que me confortó y de un perfume a
sueño, a paz, a guarida bien caldeada, se apoyase en mi hombro.
Iba a murmurarle zonceras, a preguntarle, desacatando órdenes
del capitán, si quería comer alguna cosa, cuando retumbó en el
ambiente tranquilo de esa madrugada en que hacía claro, muy
cerca de la empalizada, nítido y estremecedor, el disparo de un
mosquete.
10. El puñal del guaraní

Siguió un silencio que nos aterró. Temblaron las mujeres en torno a


Joanna, quien aguzaba el oído en espera de nuevas detonaciones. Y no sé
qué helaba con más rigor sus almitas, si el sobresalto del estampido o el
pesado silencio, como de camposanto, durante el cual, azorados, sujetamos
la respiración. Miré a Roque y reviví con dolor los momentos en que nos
deteníamos junto a los enterraderos donde yacían sabe Dios quiénes.
Podrían soplar los vientos o ronronear las aguas. Yo nada escuchaba, como
no fuese el silencio del descanso eterno o de la eterna condena, que eran
para mí lo mismo y lo son todavía. Cuánto duró el silencio, dígalo el diablo.
Tal vez haya sido ésa la eternidad que conocí. Nada me gustó, qué carajo.
Desde que el estampido del mosquete se disolvió en ecos de fea catadura,
había creído percibir, con ese oído fuera de lo común que nos crece en los
peligros, una especie de rumor asordinado. Tenía mucha semejanza con el
ruido del oleaje lejano, con los gemidos de los montes azotados por los
pamperos, con los gritos de troperos y changadores misturados con un
mugir creciente. Hasta que por fin estalló. Fue, en verdad, gritería
espantosa resonando por la empalizada. Había escuchado muchas veces
aullar a los indios de distintas naciones cuando, enardecidos por licores que
preparan sus mujeres, bailaban hasta caer como fardos. Pero en la Colonia
bramaron todas las gargantas, las bárbaras y las que no se tenían por tales.
Si los guaraníes acristianados llevaban la voz cantante, no me atrevería a
sostenerlo. Quizá era su grito de guerra menos frecuente el que difundían
en momentos de solemnidad mayúscula y que yo ignoraba. O el desahogo de
su intención vengativa, la explosión de su odio al luso. Un solo punto saqué
en limpio: amén de las gargantas guaraníes, gritaban también las
castellanas y las de los defensores de la plaza, quienes corrían a las baterías,
a los bastiones, a los parapetos y que empezaron a reclamar la presencia de
los que, dentro de los ranchos, se refugiaban para rezar sintiéndose
incapaces de manejar armas. Retumbaron cinco o seis cañonazos. Por sus
ecos distantes, debían de ser las piezas que defendían la ciudadela. Tras los
cañones, golpeteó, disperso aún, sin concierto de unidad, el fuego de los
mosquetes. Volvimos a escuchar carreras, pisadas en tumulto, claras voces
de mando los guardias, a los cuales imaginé cansados, ansiosos por el
relevo, en espera impaciente de la infantería, hartos de aguantar la noche
en vela, ateridos y hambrientos. Entonces una andanada hizo temblar el
suelo. El temblor se comunicó a los palos del rancho, a los horcones, a las
paredes de adobe, al techo de paja. Incluso la mesa se estremeció. Recuerdo
como si fuese ahora que la pistola saltó como cachorro que siente lastimada
su nariz por una espina. Los diecisiete cañones de la plaza habrían
disparado a un tiempo y con terrible eficacia. No se había apagado aún el
estruendo, cuando se alzaron, sobrecogiéndonos, chillidos de dolor y de
espanto, maldiciones y alaridos, un revoltijo de ayes y una lluvia de
pedradas desatada como respuesta de rabiosa impotencia. Algunas piedras,
redondas, bien pulidas como sólo los indios tienen cuajo para alisar,
rodaron dentro del poblado y llegaron, ya sin fuerzas, mansitas como
palomas, hasta el umbral del rancho. Roque y yo manoteamos tres o cuatro
y buscamos bandas de cuero para inventarnos hondas caseras. Arrojarlas a
mano limpia, de dónde. Pesaban bastante, no irían muy lejos y a nadie
romperían las costillas. Pero en esos momentos con qué hacer hondas
resultó empresa fallida. Sin pedir permiso —el barullo, los cañonazos y la
mosquetería excusaban cortesías— entré en el dormitorio de las mujeres. Si
ellas, atribuladas, no atinaban a hallar bandas, tiras o tientos o lo que fuere,
yo, a quien no dolían prendas, me juzgué en condiciones de hacerlo. En
torno del rancho, por las calles inmediatas, y sin duda por todo el poblado,
pasaban jinetes, emprendían carreras peones y esclavos, discurrían hombres
y mujeres sumando al vociferar de los oficiales gritos roncos o agudos,
imploraciones, llamamientos de amigos, de hermanos, de hijos a través de
los cuales me llegaban, cada vez más nutridos, más persistentes, más
enconados, los disparos de mosquetes y pistolas y el retumbar de las piezas
ligeras de artillería, en constante cambio de posiciones. La plaza se defendía
encastillada tras los bastiones y la cerca de madera. Pero el ejército atacante
también descargaría sus armas de fuego contra las posiciones portuguesas.
El estruendo invadía el ambiente y percutía en mis oídos. Y el humo de los
disparos estaría elevándose en nubes blanquecinas y espesas hacia el cielo
recién clareado de esa jornada maldita.
II

Aturdido, blasfemando en alta voz, ¿cómo sentir pasos a mis espaldas? Dos
brazos rodearon mi cintura y un cuerpo, que se estremecía con cada
estampido, se pegó a mis ríñones. Percibí calores y olores que no desconocía
y que me supieron a paraíso justo cuando se nos venía encima el infierno.
Me volví tratando de calmar a Irene, pero no hice más que ponerla fuera de
sí. Se quitó la manta, esparció su cabellera por sobre sus hombros con un
brusco movimiento de cabeza, me abrazó y me besó como jamás lo había
hecho. A tirones, con torpeza, llameantes los ojos, que entrecerraba y abría
con desesperación, ardientes los labios, intentó sacarse la larga y gruesa
camisa con la que había dormido. Murmuraba de modo incomprensible y
aunque hubiese aullado no le habría entendido, tan fuerte era el fragor del
combate en que se enzarzarían el grueso del ejército del español y del
guaraní con los hombres que comandaba Galvão. Ningún combatiente
habría enfrentado coyuntura más comprometida que la que yo atravesaba.
Arma en mano y con el enemigo delante, cada hombre sabría que le
quedaban dos caminos: matar o morir. Pero mi enemiga quedaba inerme
ante mí y también yo sentía un deseo feroz de rendirme. Descubrí parte de
su piel, quedaron al aire sus hombros y sus axilas, pobladas de un vello
espeso, sedoso, de un aroma ácido que me atraía, y sus pechos, tan
pequeños, tan nuevos, tan blancos y rosados que, al tiempo que
embelesaban mis ojos, paralizaban mis manos. Ya no era niña; tampoco
mujer cabal, a pesar de que sus abrazos y sus besos pedían un hijo para su
vientre virgen. Vivía en zona fronteriza y de ahí nacían los imanes con que
me ataba a su vida. También yo andaba entre fronteras, las del ardor y el
temor, las del arrebato que atrepella a ciegas y las del piadoso sentimiento
de protección. Podía entrar Joanna y así lo pensé; y aunque era más que
probable, me importó un comino. Tal vez terminase comprendiendo o se
hiciese la desentendida y me ayudase a vestir a su prima, en quien vería lo
que empezó a resultar palmario para mí: Irene sufría el pavor del morir.
Conocía su potencia para dar vida; y en medio del estrago, del cañoneo, de
los gritos de guerra y del gemir de los heridos, su cuerpo y su alma se
rebelaban y se abrazaban a este mundo con energías desmedidas, rebosante
de fiebre, anhelando dejar su rastro en una tierra que se cubriría de olvido
tras la sangre y la muerte, dispuesta a ser mía. Oí de nuevo voces de
hombres que pasaban y repasaban muy cerca del rancho. Eran voces
enronquecidas, animadas sin dudas por el aguardiente y espoleadas por el
impulso homicida. Con Irene entre mis brazos, entendí el motivo profundo
de la pelea, el empuje que arrastró a tantos hacia la península, el bien tras
el cual, con la daga entre los dientes, el gesto enfurecido, el corazón
alborotado, el garguero sediento, se jugaban el cuero y desafiaban las balas
y los mandobles y pugnaban por echar abajo la empalizada. Ella era ese
bien y eran bienes codiciados su prima, las demás mujeres, las esclavas.
Pero Irene, para mí, era también botín, tesoro, templo y sagrario que
defendería aunque dejase en el sitio mi carne en lonjas, mis huesos
blanqueando bajo el sol o lavándose bajo los aguaceros. De dónde saqué
fuerzas para cubrir a la muchacha, lo sabrá algún ángel bueno que tal vez
anduvo por allí, ensordecido por la bulla, la grita, las palabrotas y los
juramentos de quienes no nos dejaríamos robar sin exigir pago doblado.
Sobre su camisa de dormir puse un jubón de cuero, calcé sus pies y protegí
sus piernas con botas altas, le eché mi capa por los hombros, le encasqueté
un sombrero de alas grandes, tapé su cuello y su cara hasta los ojos con un
rebozo, y así disfrazada, hecha un espantajo para los ajenos, la convencí
mediante señas de que debíamos retornar con Joanna y mantenernos muy
juntos a pesar de que los cielos se desplomasen. No logré limpiar de los ojos
de Irene el espanto que la hacía cimbrear como un junco. Muchas veces, al
cazar o pescar, había advertido cómo los animalejos, ensartados en anzuelos
o con una pata en la trampa, se retorcían con desesperación. Había visto los
boqueos lastimosos, los impulsos instintivos por liberarse, el horror ante la
amenaza mortal. Igual impresión, penosa y a la vez misericorde, me invadió
mientras vestía —o envolvía— a Irene, cuyo cuerpo hubiese recubierto con
aquellas armaduras de otros tiempos, de las que Roque me hablaba como si
fuesen fantasías de alguna cabeza delirante. Íbamos a trasponer la puerta
baja cuando un tropel de gente se detuvo ante la entrada del rancho.
Golpearon con los puños, clamaron y rogaron. Al apersonarnos, con mi
brazo rodeando con fuerza la cintura de Irene, vi que Roque descorría las
tablas y franqueaba el paso a los implorantes.
III

Entraron dos mujeres de la edad de Joanna y dos sujetos barbados que


escoltaban a cuatro muchachos, dos hembras y dos varones. Las dos
mujeres, esposas de los barbudos, gimoteaban y hablaban atropelladamente.
Qué decían, nadie comprendía. Pero por sus caras pasaban el ataque recién
desencadenado, los alaridos, las andanadas, el reventón de la angustia que
se fue agrandando en las últimas semanas. Una de las mujeres señalaba la
mano derecha de su hombre, cubierta por un paño ensangrentado. «Tiro de
mosquete», dijo el hombre tratando de quitar importancia a la herida. Quiso
Joanna asistirlo y mudarle el vendaje. «Para qué, ya perdí mi mano y
mucho más», protestó el herido con una mueca mientras escondía su mano
bajo la casaca. Entre sofocos y lloros, las mujeres contaron que sus casas se
levantaban muy cerca de la ciudadela; que los artilleros los expulsaron con
pésimos modales y que con grandes hachas empezaron a derribar y cortar
palos para robustecer las defensas de los bastiones. No valieron ruegos ni
invocaciones al Santísimo Sacramento. Si porfiaban en permanecer,
recibirían castigo de los soldados pagados para defender a las familias y sus
bienes. Apañaron muy pocas cosas y se largaron entre nubes de pólvora,
fogonazos y bramidos mientras oían los crujidos de sus casas cuando las
derruían. Corrieron hacia las viviendas del capitán, seguros de que
hallarían amparo. En el trayecto sintieron silbar las balas sobre sus cabezas.
Uno de los hombres alzó su mano derecha para escudarse. ¡Infeliz! Un
mosquetazo dio de refilón en su mano y la machucó. «Quién diría, entre
cristianos, asesinándose con saña», observó el otro hombre, que no soltaba
las manos de las dos muchachitas. La mujer del herido maldijo al
mosquetero español que mutiló al sostén de su casa y de sus niñas. El
hombre insinuó una sonrisa amarga. No creía él que su heridor hubiese
sido español. «Los indios son más, muchos más», advirtió como si nosotros
no estuviésemos al tanto, «y manejan el mosquete como el mejor soldado».
Sentándose en un banco, apoyada las espaldas contra la pared opuesta a la
entrada, apuntó con su mano sana a la que mantenía oculta y con voz
apagada deslizó un silbante «Cómo duele». En todos, sin duda, dolió aquella
herida. Era la primera sangre que veíamos y las caras se nos habían puesto
blancas como cera de velones. Joanna y las esclavas socorrieron a los
refugiados con lo poco que había: vino para los hombres, galletas para las
mujeres, bizcochos y caldo para los niños, de los cuales ninguno alcanzaba
los ocho años. Joanna se encargó de ellos con solicitud y propósitos de
consolación. Se quitó el tahalí y la espada, para no intimidar a los
desdichados más de lo que ya estaban. Partía el corazón el mirar atribulado
de las cuatro criaturas, quienes giraban los ojos como potrillos atrapados en
los corrales por un incendio. Reconfortados por el vino, que apuraron
alternativamente de un jarro de cobre, los dos hombres se afligían por ser
gente de paz, artesanos de limpias costumbres sin haber empuñado en sus
vidas otra cosa que martillos, azuelas y fuelles. El sano, más suelto de
lengua, se declaró perfecto ignorante en asuntos de armas. «No vinimos con
Lobo para destripar ni para que nos destripen.» Irene y yo los
escuchábamos tras habernos asesorado para ofrecerles más vino y para
invitarles a que lo acompañasen con las galletas que sus mujeres apenas
mordisquearon. El herido era un herrero que hacía al mismo tiempo
trabajos de albañilería y que gustaba seguir las instrucciones del ingeniero
Correia Pinto, el cual convertiría la Colonia en la cuidad más paqueta y
ordenada de estas regiones. Siempre y cuando la plaga de la guerra no
destrozase planes de tan bonito porvenir. «¿Pensaron que habría excursión
sin pontazgo ni alcabalas?» La pregunta partió de un rincón todavía en
penumbra y que Roque había ocupado tras tapiar el hueco de la puerta una
vez que entraron las dos familias. Su voz sonó seca y áspera, como una lija,
y tuvo arrestos para imponerse sobre los estampidos, las vociferaciones, los
relinchos. Nada respondieron los dos hombres. Tal vez no querían alzar la
voz ni arrimarse hasta mi patrón. Tal vez daban por inútil cualquier
respuesta. Una de las mujeres, la esposa del herido, buscó con la mirada a
alguien con quien compartir sus congojas. Y como Joanna y las esclavas se
habían apartado con los niños, sólo halló en la mirada de Irene una
atención compungida, una hospitalidad perpleja y amedrentada. Se le
acercó, movió el rebozo, tomó con ambas manos la cara de la muchacha, la
besó, llorosa, preguntó en un murmullo por qué la habían traído a este
matadero, dijo enseguida que la habrían engañado como a ella y al
desgraciado de su marido, y concluyó aclarando que si alguna vez pensaron
en peleas y en encontronazos, fue con los infieles, gente fiera pero
respetuosa del cañón, y nunca con los castellanos de Buenos Aires,
amamantados por pechos cristianos, bautizados al igual que ellos y
seguidores de una misma fe. Dos golpes fortísimos, seguidos de un agudo
«¡Ah, de la casa!», sonaron desde afuera contra las tablas de la puerta.
IV

«Son muchos, son centenares, son miles, pero de qué les valdrá, vienen sin
concierto, cada cual por su lado, desobedientes, como hordas de brutos.
Nosotros, con cien más, qué digo, con cincuenta y con una fuerza móvil que
tapase las brechas, les daríamos un revolcón como nunca pensaron. Aun
así, los frenamos, den fe a mi palabra, pude ver lo que ocurrió, son unos
crios, unos malos aprendices, unos desordenados. Atiendan: ¿qué
vanguardias son esas que provocan antes de tiempo? ¿Y qué oficiales tienen
que no pueden contener a sus hombres? Lanzar un ataque general sólo
porque sonó un mosquetazo equivocado, ¿cuándo se ha visto?» Debíamos
juntarnos con él, tocándolo casi, para poder oírlo por sobre el estruendo
cada vez mayor del combate, muy reñido sin duda frente al foso y en torno
al cuadrilátero de la ciudadela. Hablaba a empellones, desgañitándose,
adelantando las manos en señal de negación. Rehusaba beber caldo y
mucho menos vino; y aunque jadeaba y tenía los labios resecos, no paraba
de contarnos lo que había vivido en las líneas de fuego. Para convencernos
de que no mentía, mostraba sus ropas, sucias de barro y con algunas
manchas de sangre. «De los muchos magullados que ya hay entre los
nuestros», explicó, «pero nadie afloja, ni aflojará. Los echaremos al agua».
Era uno de los recaderos, que había vuelto porque sintió como obligación el
informar. Tendría la misma edad que Irene, pero cuerpo esmirriado,
flacuchón, cargado de espaldas. Sus compañeros, decía, habían obtenido
armas y peleaban. Y él venía para rogar a cuantas personas estuviésemos
con salud —hombres, mujeres, niños— que nos incorporásemos a las líneas
y metiésemos el brazo en plena trifulca. Con un movimiento repentino, sacó
Irene de bajo la capa una mano y oprimió la mía con fuerza. El contacto
sostuvo mi ánimo, que decaía al oír al muchacho. Tras las palabras de éste,
yo presentía que la suerte del combate sería amarga para el portugués. Pero
el muchacho, enardecido, siguió con su relato. «Aún no clareaba», dijo,
«cuando ya el ejército de Vera y Muxica avanzaba hacia nuestro poblado.
Dividido en tres columnas, se movía en silencio, pesadamente, en
formación. Por delante, a un cuarto de legua, iban las partidas de
exploradores y los infantes ligeros desplegados en guerrillas. Sólo había
entre ellos soldados de la nación guaraní. Dos o tres se quitaron las casacas
y los pantalones, sin que les diese un rábano el frío. Quedaron con un
mísero calzoncillo y por todo armamento, faca, cuchillo o puñal. Sus torsos
musculosos brillarían de sudor o por el aceite o la grasa con que se untan
para que los brazos enemigos resbalen en el cuerpo a cuerpo. ¿Eran dos,
eran tres? Dos, nada más, estoy seguro. ¿Acaso son tan corajudos como
nosotros? Dos y con algo de miedo, me parece». «Llevaban orden de atrapar
vivo al centinela más adelantado y arrastrarlo a los pies de Vera y Muxica
para que éste, luego de los azotes de rigor, lo interrogase. Echaron cuerpo a
tierra, se arrastraron sobre los vientres a través de pastizales, yuyos,
pedreríos, sin que les molestasen el suelo helado ni las espinas o los
guijarros. Así son de bestias, se dejan cortar una mano sin pegar un grito.
Ni la boca abren...» «¿Estuviste allí?...» La pregunta, como un latigazo,
partió del rincón desde donde Roque, con mejor oído que nadie, o por leer
en la cara del muchacho, no perdía el sentido de lo que éste decía. Cortó en
seco el recadero su cuento haciendo una mueca de disgusto. «Si no
estuviste», porfió Roque, «si no viste qué clase de hombres arriesgaban sus
huesos, sin luz de amanecer todavía, despreciando la frialdad del aire,
harías bien en meter tus opiniones en un bolsillo. Un pichón como tú
merece palos. No porque mienta, sino porque no sabe hacerlo todavía».
Irene soltó mi mano. El carpintero y el herrero, desencantados, se
apartaron. Sus mujeres se pusieron a rezar. Y Joanna se dirigió a la puerta
principal, quitó una de las tablas y permitió que una bocanada de aire fresco
aliviase el recinto, maloliente y turbio. La puerta daba al poniente, por lo
cual no entraron los rayos del sol. Pero por la abertura pude ver, hacia el
poblado que ocupaba la punta de la península, los techos iluminados por el
sol naciente y el cielo celeste por el que se esparcían nubes de humo y de
polvo. El estruendo penetró también con más violencia. Parecía que los
lusos y los hispanoguaraníes estuviesen moliéndose las costillas a pocas
varas de nuestra habitación. Joanna se paró delante del muchacho, le
acarició la frente, insistió en que comiese una galleta o uno de los bizcochos
que nadie había tocado. Después fue hasta la puerta, la cerró y pasando
junto a Roque dijo, mientras señalaba al recadero: «Es casi un niño. Déjelo
hablar como pueda». Luego, con brusquedad, se calzó el tahalí, ciñó la
espada y agregó: «La hora está muy cerca. Esperaremos unos minutos.
Prepare cada cual las armas que tenga; los que no, sus conciencias. Nos
quedará la iglesia como refugio. Entre tanto, oigamos al muchacho».
V

La voz quebrada, los ojos llorosos, tragando de apuro los restos


de una galleta y arriando su orgullo, confesó el recadero que
había visto muy poco, casi nada en realidad. Que todo lo había
escuchado en los puestos de la segunda línea, entre soldados que
aguardaban sus turnos para remplazar a los combatientes de los
bastiones. Que los soldados también repetían cuanto recogían de
sus oficiales y de sus compañeros, muchos de ellos contusos por
los hondazos y tiznados todos por los fogonazos de los
mosquetes. Que si mentían no lo harían por malicia sino porque
no es posible combatir en un punto y saber qué ocurre en los
restantes. Y que por último, un soldado portugués no miente. A
lo sumo, se equivoca. Calmó el carpintero el disgusto del mocito,
declaramos todos comprender esas cosas —por más que nos
costase— y favorecimos la predilección del relator por cautivar
la atención del prójimo y por oírse sabiéndose hábil con la
lengua. Pegó la hebra con sus indios semidesnudos, exploradores
comisionados para una acción de máximo riesgo. Ya no eran dos
sino un puñado cuyo número no se atrevió a precisar. Tampoco
eran brutos, sino acristianados, con una luz sobrenatural en sus
mentes, lo que los hacía cautelosos y sagaces. Siguieron
moviéndose vientre a tierra sin que brillasen sus cuerpos por la
sencilla razón de que aún no habían asomado las primeras luces,
y mal podría brillar piel alguna en medio de la oscuridad. Que
reptaron con incomodidades tremendas y con dolor no hay por
qué ocultarlo. Mucho menos, el tino con que llegaron sin ruido
hasta el primer centinela. Allí empezó la marimorena. El
centinela, «Dios se haya apiadado de él», repetía, tuvo un
momento negro en su vida. Sucede con cualquier combatiente,
nadie está libre. Puede el cuerpo ser fuerte y recio, pero el alma,
ya sabemos, se resiente con la fatiga. Para su desgracia —y la de
todos—, su alma se adormeció. No debe haber sido sueño
profundo. Sin embargo, bastan un cabeceo, un segundo de
ausencia y la catástrofe sobreviene. Para captar los movimientos
de un indio, incluso en pleno día, es necesario poseer muy sanos
los sentidos y no consentirse el más leve abandono. Nada había
escuchado el centinela; nada había visto. El aire, más helado y
cortante en los momentos previos a la alborada, inducía a
replegarse, a entornar los párpados, a dejar resbalar el
mosquete de entre las manos, a confiar, a soñar quizá con un
caldo y un trozo de carne fresca cocida en una olla humeante. El
indio percibió la respiración acompasada del adormecido, sintió
su olor y el resbalar del mosquete. Se incorporó con rapidez,
desnudó su puñal y asestó en el cuello del centinela un tajo con
certeza terrible. El puñal del guaraní había cortado a un tiempo
el hilo de la vida y la ensoñación del infeliz. Con el arma
empuñada, aguzó el oído. Quería reconocer los movimientos de
sus compañeros y asegurarse de que el otro centinela, que
ocupaba un puesto más retrasado, bastante próximo a la
ciudadela, había sucumbido también por obra de los puñales.
Eliminados esos guardias, la avanzadilla entera se arrimaría a
las defensas, agazapados los hombres, invisibles aún, en espera
de la señal convenida —el mosquetazo que ordenaría Vera y
Muxica— para ser los primeros en arrojarse al ataque y
despejar el paso de los honderos y los flecheros. Coordinación
había; el plan, sencillo y lógico, pondría la plaza en poder del
castellano. Y sería escasa la sangre derramada. Pero donde un
centinela se duerme, surge otro que no se rinde ni ante los
sueños más tentadores. El segundo portugués oyó el golpe del
puñal —no se hallaba, en verdad, tan alejado—, el gemir ronco,
la caída del cuerpo y hasta el borboteo de la sangre. Curtido en
esos lances, no dudó. El enemigo estaba ante las puertas de la
Colonia. Tenía, es natural suponerlo, cargado y cebado el
mosquete. Hizo chispa, encendió la mecha, apretó el gatillo.
Retumbó el disparo y su eco alertó a las restantes guardias, que
custodiaban las piezas de la ciudadela. Dispararon éstas sus
armas y la plaza, de un extremo al otro, entendió el mensaje.
Fueron vanas las puñaladas con que los exploradores, saltando
como jaguares, pretendieron mantener el silencio. Degollaron al
segundo centinela sin que ello evitase las diligencias ni los
aprestos de los artilleros y de los mosqueteros portugueses,
quienes acudían a sus puestos. Se encendieron las mechas,
pasaron de mano en mano las redondas balas hasta meterse por
las bocas en las almas de las piezas. Y aunque los indios
exploradores, con el puñal sangriento desenvainado, y los
hombres de la avanzadilla hubiesen retrocedido para cubrirse
de las andanadas, no habrían logrado éxito al quedarse sin
terreno: su propia vanguardia, encerrándolos, les impidió la
retirada. Vera y Muxica nunca llegó a ordenar el convenido
mosquetazo. Interpretando el disparo del centinela como si fuese
la señal del Maestre, la vanguardia guaraní arremetió con
desaforado celo. Los honderos y los flecheros echaron a correr
hacia el foso dando alaridos, tras ellos siguieron los piqueros y
las compañías provistas de cuchillas y macanas; y enseguida los
grupos escogidos de indios mosqueteros corrieron a su vez
buscando posiciones para extraer la pólvora de los frascos y las
balas de las bolsas de cuero y cargar sus armas. Aventurada de
ese modo la vanguardia, los jinetes espolearon sin dilación, lanza
en ristre, desatendiendo los gritos de los oficiales, quienes pedían
contención y disciplina. Pronto las tres columnas convergieron
como arroyos cuando se desbordan y formaron un torrente en el
que el ejército se comprometió por completo. Y ya no hubo voz
ni autoridad que atajase la arremetida. Con el cielo claro, Vera
y Muxica vio cómo, batallón tras batallón, su fuerza se movía
cada vez con más premura y más saña hacia la plaza. Los meses
de maniobras, de asedio, de idas y venidas en ostentación de
poderío, más la crudeza del invierno, las enfermedades, las
ásperas y largas acampadas, las bajadas por los ríos, habían
convertido a sus hombres en fieras que sólo ansiaban la pelea, el
saqueo, la ganancia, honda o macana en mano, de los bienes que
imaginaban arrebatar tras la empalizada. Calzó su sombrero de
fieltro, ajustó su peto de cuero, desdeñó su bastón de mando, por
ser inútil en tan tremendo revoltijo, desenvainó su espada, vivó a
su rey el Hechizado, sin que lo oyeran, salvo los oficiales que le
rodeaban; y santiguándose y encomendándose a Dios, avanzó
con su ejército, desconcertado, deseoso de comprender quién
guiaba en verdad el intempestivo ataque.
11. La grímpola roja

Los tuvimos junto al rancho pegando alaridos, golpeando la pared ciega


que daba al levante, corriendo en torno hasta amontonarse frente a la
puerta para quebrantar las tablas con sus macanas y los cuentos de sus
lanzas. Saltó hecha astillas media puerta y con la claridad que inundó el
recinto asomaron los rostros convulsionados de dos guaraníes. Chilló Irene,
empavorecida, colocándose a mis espaldas; chillaron las demás mujeres,
agrupándose contra la pared opuesta o escabullándose hacia el dormitorio.
De un mazazo furibundo volaron los guaraníes las maderas que todavía
quedaban enhiestas. Entraron el aire helado, la luz cegadora, el olor a
pólvora, a bosta y a sudor. Antes de que se nos metieran los reducidos, ya
tenía yo desnuda la faca. Roque desenvainó y atrapando con su mano libre
la pistola de señales, la arrojó contra la cabeza del primer indio que
traspasaba el umbral con tanta violencia que el arma, convertida en
proyectil, machucó el cráneo del intruso y lo derribó de espaldas. Fue el
momento esperado. Roque y yo, asestando puntazos, hicimos una salida,
apoyados por el recadero quien, ya por afán de lucirse, ya por miedo, avanzó
con nosotros empuñando una daga que había sabido esconder entre sus
ropas. Luchar dentro del rancho equivalía a que nos lancearan como a
reses. Era forzoso sorprender embistiendo, rechazar a los indios y clamar en
la calle por ayuda. En nada pensé, salvo en Irene. Me ardió el pecho de
coraje y de indignación, y el calor y el olor de la muchacha invadieron mi
alma con más empuje que el que demostraban los guaraníes. ¿Quién dijo
que no se piensa en mujer cuando ronda la guadaña? Yo sólo veía a Irene y
sufría y metía mi cuerpo sin vacilar en medio de la gresca. Me rodeaba la
rabia asesina, por todas partes los hombres se mataban, los aceros
enrojecían; pero yo interpretaba semejante brutalidad como cosa de juego
disparatado, fiesta enloquecida, imaginación o sueño extravagante que se
disiparía en cuanto sintiera sobre mi nuca la respiración de Irene. Moví mi
faca a diestra y siniestra, aticé reveses, atrepellé de punta y hacha, di tajos
en brazos, en hombros, en rostros o en negras melenas que rojeaban en
cuestión de segundos. Roque, a mi lado, no desmentía su experiencia ni su
frialdad en los barullos. Tajo mal dado por mí era enmendado por su faca
corambrera con pericia de cirujano. Tres guaraníes retrocedieron,
ensangrentados y jadeantes. Pero había otros tantos sanos y con
muchísimas ganas de ensartarnos a lanzazos. Allí aprendí qué peligrosa es
la lanza en manos indias, con qué habilidad la manejan, con qué celeridad
la convierten en arma arrojadiza. Uno de ellos, echándose atrás, puso entre
él y yo un buen espacio; y colocando horizontalmente su lanza por sobre su
hombro derecho, calculó por qué parte de mi cuerpo la haría entrar
arrojándola sin que yo le alcanzase con mi corta faca. ¡Cielo santo! Vi la
muerte muy de cerca y quedé alelado, con la cabeza en blanco, sin decidir
qué hacer. Y me hubieran ensartado como a un pez de río si no hubiese
intervenido mi buena estrella. Una daga pasó silbando cerca de mi cabeza y
voló hacia el guaraní que tomaba puntería contra mi humanidad. Enviada
con resolución y un poco al sesgo, la daga hincó su punta en la base del
cuello de mi enemigo, en la zona blanda por sobre la clavícula. Se aflojaron
los miembros del guaraní, boqueó y puso los ojos en blanco; y la temible
lanza resbaló de la mano del guerrero, el cual cayó y quedó tendido con la
daga clavada aún. Detrás de mí resonó un aullido penetrante; y enseguida
alguien se adelantó para recuperar la daga. Era el recadero, enardecido con
el triunfo y, a la vez, desmandado hasta la imprudencia. Pobre muchacho,
habría soñado con ese bautismo, sería sin duda su primera victoria y se
dejaba arrastrar por sus pocos años incautos. Semioculto al principio entre
un nuevo grupo de guaraníes que se acercaban blandiendo macanas, surgió
de improviso un arquero, tensada la cuerda y puesta la flecha. No tuvo
necesidad de afinar la puntería pues disparó de cerca, cuando el recadero se
inclinaba para extraer la daga del cadáver del lancero. El arco dio un
chasquido siniestro, partió la flecha y penetró en el flanco izquierdo de mi
salvador, quien se dobló hacia adelante y cayó extendiendo ambos brazos.
Entre estertores, el desprevenido mocito apresaba con sus manos crispadas
el polvo de la calle. Los que secundaban al arquero se abalanzaron sobre el
muchacho. Roque quiso ahuyentarlos; y sacando a luz todas mis energías,
apoyé su acción, pues el trance era apuradísimo y se nos venían más
reducidos.
II

Un torbellino, un vendaval, un rayo brotado como por magia en un día


despejado y claro. ¿Qué más? Una balumba de tajos, de mandobles, de
bramidos y de insultos se abatió contra los guaraníes que pugnaban por
llevarse el cadáver del recadero como trofeo. Desde adentro del rancho
había salido la furia guerrera haciendo destellar la espada bajo el sol de la
mañana. No hay arma como ésa para obligar a que la indiada entre en
razón. Las de fuego son lentas en la recarga; el caballo vale para el
cristiano y para el infiel; pero la espada hiende, tajea, cercena y abre las
más espantosas heridas. Vi al principio la hoja esgrimida con ambas manos
que subía, bajaba, ofendía de punta, imponía su doble filo y desafiaba
lanzas, macanas y flechas. Después, las dos manos, teñidas de sangre, más
grandes que las de Irene, incansables y ágiles, de nudillos fuertes. Vi
también un cuerpo delgado, libre de capas o rebozos, destocada la cabeza,
con el pelo revuelto cayendo por las espaldas y tapando parte de la cara, la
cual ganaba de ese modo en fiereza. Varias veces me había hablado Roque
de una diosa guerrera de no sé qué pueblos ni de qué tiempos. Minerva le
decían, y gustaba de entrar en combate donde era más reñida la pelea y de
hacerse grande hasta dar con su cabeza en las nubes. Así se me antojó en
aquel momento Joanna, pues no era otra la hembra —o la semidiosa— que
nos sacó del atolladero sorprendiendo a los guaraníes, rechazándolos y
abriendo un ancho claro de modo que pudiésemos rescatar el cuerpo del
recadero. Los indios, sin creer todavía que una mujer los hubiese aporreado,
observaban la escena atónitos. También yo estaba estupefacto, no sólo por
la intervención de Joanna sino porque, al ojear al grupo de los enemigos,
noté la extrema juventud de todos ellos. No serían mayores que el recadero o
que Irene. Tenían cuerpos magros, usaban casacas y pantalones según los
moldes cristianos y conocían bastante la lengua portuguesa. «Mujer
maluca, mujer cuchillera», exclamaban, «mujer de fuego, te mataremos».
Bravata que por fortuna no se cumplió, aunque debimos contener una
nueva arremetida. Pero ahora Roque y yo empuñábamos las lanzas de los
guaraníes; y el carpintero, provisto de un palo, se nos sumó. Ni él quería ser
tildado de cobarde ante ejemplo tan inesperado de valentía, ni tampoco
nosotros, pues persuadimos a los guaraníes de que el rancho no guardaba
presas para ellos. Los perseguimos un buen trecho por la calle, con suerte
favorable, aunque Joanna sufrió una pérdida que deploró largando
palabrotas, secándose el sudor de la cara con las palmas de sus manos,
libres de sangre, y echándose atrás el pelo con bronca, entre resoplidos. Ya
por asestar mandobles con desmedido vigor, ya por cansancio —que es lo
más probable—, la espada había saltado de sus manos mientras corría tras
un indiecito en fuga. Desarmada, vaciló y se detuvo. Otros guaraníes, listos
y resueltos, atraparon el arma y burlándose, huyeron con ella. Fue difícil
consolar a Joanna. El taimado de Roque, de vuelta hacia el rancho, pasó su
brazo en torno de la cintura de la combatiente y así la condujo. Me sonó a
mal agüero la pérdida y me estrujó el corazón saber que los enemigos se
habían apoderado del acero salvador. Pero nada duraron las amarguras. La
gritería y el fragor del combate nos llegaban desde varias partes. Una vez
entrados en la plaza, los guaraníes seguirían fluyendo a través de las
brechas y era seguro de que muchos más, diseminándose por las calles,
pegarían fuego a los techos de paja y nos atraparían como a ratas, en una
desproporción de diez contra uno. Joanna no dejaba de vociferar contra el
destino ni de maldecir porque le hubieran tocado rivales indios. Hubiera
querido tener delante a los castellanos para hacerles recapacitar, luego de
sacudirlos con un buen hachazo, se entiende. Sin decirle una palabra, yo
pensaba que si en lugar de guaraníes hubiésemos enfrentado jinetes de
Corrientes o milicias de Santa Fe, estaríamos abiertos en canal y la hermosa
Joanna rendiría a esas horas su alma ante el señor de las batallas. Pero del
castellano, ni el olor. Nos resultaba tan desconocida todavía su odiada
presencia como la suerte del combate. Suponía Roque que la intrusión de
guaraníes no equivalía a un contraste. En todos los asedios se cuelan
enemigos; y el asediado suele juzgar, por sólo un puñado de intrusos,
catástrofes irremediables. Era forzoso serenarse y procurar noticias. Ambas
cosas me parecieron imposibles. Dentro del rancho había desolación,
lamentos, miedo y estupor. El recadero yacía junto a las patas de la mesa
sobre un charco de sangre. Una huella escarlata señalaba el terreno por
donde habían arrastrado su cadáver. Todos, sin excluir a Irene, se habían
armado con lo primero que hallaron: cuchillos, palos, piedras. Sentí tristeza
ante el espectáculo y una piedad repentina me hizo brotar lágrimas.
Armados tan míseramente, quedaban aún más en claro sus terrores y la
nada que tales objetos representaban. Los infelices temblaban, juntándose;
y los niños se orinaban encima, como cachorros con susto, de pie, mirando
hacia la puerta empavorecidos. Joanna ordenó que tapiásemos el hueco de
la puerta. Volcamos la mesa y la colocamos en el umbral como valladar.
Pusimos encima bancos y taburetes y con cueros, ropas amontonadas y
piedras traídas de afuera, compusimos una especie de parapeto. Luego
distribuyó la exigua fuerza: Roque y el carpintero custodiarían el parapeto y
las mujeres les alcanzarían leños y pedruscos a medida que fuesen
necesarios. Y llamándome aparte, pidió mi ayuda para una operación de
socorro. Sin que nadie, salvo yo, la oyese, me dijo: «No he visto a uno solo
de nuestros soldados. Han de estar atorados, en situación difícil. Trataremos
de avisar al capitán. Sin auxilios, no saldremos de aquí vivos». Mientras yo
revolvía mis sesos imaginando el modo del aviso, entró ella en el dormitorio,
volvió con una grímpola roja en una mano y señalándome una lanza
guaraní que por su peso y tamaño las mujeres no se habían animado a usar
y que en algún momento habían metido el carpintero o el herrero, me indicó
que la levantase. Así lo hice. Entonces ató la grímpola al asta, moviendo sus
sucias manos con destreza, la enrolló en torno del asta y mandó: «Con
fuerza, arriba, a través del techo». Estaba casi pegada a mí; recibí en la cara
su respiración; vi el sudor que mojaba su frente y la pelusa deliciosa de sus
mejillas y de su bozo. Oprimí la lanza con el mismo ímpetu con que hubiese
deseado abrazar su cintura y di un envión. Pero fallé. «Rapaz de merda»,
susurró en mis narices, quemándome con su mirada, «¿qué esperará Irene
del que ni siquiera perfora un techo pajizo?». Espoleado, notando que Irene
no nos perdía pisada, repetí el envión con tanto ímpetu que la punta
atravesó el techo y el cuento del arma quedó varios palmos por encima del
suelo. «¡Que Dios nos ampare!», masculló Joanna. Nuestras esperanzas se
concentraban en la grímpola roja que ya no veíamos y que, desplegándose
con la brisa más ligera, avisaría del peligro a los hombres del capitán.
III

Íbamos flanqueados por lanceros a caballo. Delante, un sargento guiaba.


Cerrando la marcha, en custodia de la retaguardia, el capitán, al hombro la
espada envainada, marchaba a pie tras haber cedido su cabalgadura a
Joanna y a Irene. Otros lanceros también se habían apeado para ahorrar
fatigas a las demás mujeres. Había sido el sargento el primero en avistar la
grímpola roja; y sabedor del significado, taloneó para comunicarse con el
capitán. Los jinetes de Galvão tuvieron trabajos redoblados y aún los tenían.
Por las bocacalles veíamos pasar los caballos coraza galopando en busca de
guaraníes o en su persecución al descubrirlos entre los ranchos o
agazapados tras las cercas, las bateas, las tinajas, los carros desuncidos. Dos
compañías de reducidos, por lo menos, habían rebasado la empalizada por
su parte más baja, en un pasadizo estrecho entre la fortificación y la costa.
El objetivo de los atacantes era arremeter contra los defensores de la
ciudadela pillándolos por la espalda. Para maniobra tan difícil, hubieran
debido mantener formación cerrada; pero el caserío, los cruces de calles y
los lanceros de Galvão, en misión de vigilancia, los dispersaron. Uno de esos
piquetes sueltos había hostigado nuestros ranchos, de donde el capitán y sus
jinetes nos sacaron y nos llevaron lejos, junto con varios vecinos. La zona se
volvía riesgosa en extremo, a pesar de que los guaraníes colados recibían
zurra encarnizada. Galvão intentaba concentrar a la gente de paz y trabajo
en los caseríos cercanos a la punta, a pocas varas del predregal orillero. Por
mar, el castellano no acosaría. Yo caminaba como cosido al caballo que
cargaba con Joanna y con su prima. Desde el lado de tierra, donde estaban
la empalizada y la ciudadela, nos llegaba, fortísimo, el bramar del combate.
Humaredas espesas se alzaban hacia el cielo y los gallardetes, las enseñas y
las puntas aceradas de las picas bullían como marejada en día de tormenta.
Ni el cañón ni el mosquete servían de mucho. Tampoco arcos ni hondas,
mortíferos en escaramuzas y emboscadas pero no durante el choque frontal
de las tropas de línea. Lusos y bonaerenses habían empezado a batirse con
arma blanca. Se me erizó la piel al comprender que los demonios de la
guerra se volcarían a favor de quienes eran más. Mazas, macanas y
puñales, contra daga y espada. Haber perdido la suya afligía a Joanna con
mayor pesadumbre de la que sospeché. Montando a la jineta, igual que
Irene, se dejaba llevar como si con la espada se le hubiese ido la voluntad.
Fruncía el ceño, resoplaba, volvía de tanto en tanto la cabeza, buscando con
la vista al capitán, aguardando con recelo las reconvenciones o
abochornándose de lo que creía debilidad y flojera. Varias veces alcé mis
ojos para mirarla, pero siempre se hizo la distraída, aunque para nada lo
estaba. A menudo se reclinaba, como si desease el respaldo de Irene, quien
montaba a la grupa, rodeando con un brazo la cintura de la capitana y
liberando el otro para que yo me prendiese con fuerza de su mano. Más
fuerza ponía ella, por lo cual me estremecí. Joanna trasuntaba desánimo,
abatimiento, presagios funestos; y de no ser porque todos teníamos los ojos
llorosos, yo hubiera dicho que veía por primera vez las pupilas de la mujer
de Galvão cubiertas de lágrimas. Irene, en cambio, metía miedo. Cabalgaba
como enardecida, giraba la cabeza a lo valiente, con afán de avistar
enemigos y señalarlos, amagaba una sonrisa, tenía la cara sucia, tal vez de
tierra, tal vez de la sangre del recadero, cuyo cuerpo habrían sepultado
junto al rancho los lanceros, si es que la suerte les dio tiempo. Juzgué que
ella sentía orgullo y que lo sentía por mí, por haberme visto pelear como
cachorro de tigre y por tener amartelado a un mocetón de agallas. Juicios
locos, faltos, quién diría, de sano juicio, nacidos en respuesta al horror que
nos rodeaba, al riesgo mortal que nos amenazaba desde todos los ángulos, a
las heridas y a la sangre que habíamos visto y a las que habríamos de ver
todavía. Presunción vanidosa, al imaginar que el corazón de mujer vive por
reflejo, cuando se nos adelanta siempre y brilla por sí mismo y nos moldea
según sus recónditos propósitos. Desembocaron en un cruce tres jinetes a
todo galope. Eran un cabo y dos soldados. Tiraron, enardecidos, de las
riendas, hasta lastimar las bocas y hacer sentar a los caballos, requirieron al
sargento y al capitán y con voces destempladas gritaron: «¡La ciudadela
está cercada! ¡Se nos vienen!». Y picando espuelas arrancaron hacia donde
era más horrísona la lucha. Llegó el capitán, nos agrupó, nos hizo torcer el
rumbo, encareció a los jinetes no desamparar a la gente ni media pulgada y
ordenó repetidas veces, con alarma y con bronca: «¡A la iglesia! ¡A la
iglesia!». Confiaba en que los enemigos, siendo cristianos, respetarían en
sagrado nuestras vidas.
IV

De todos hablé, menos de un personaje al que usted, sargento, por ser


hombre de armas, ha visto la cara más de una vez. Tiene corpachón
horrendo, crece como gigante de pesadilla, paraliza brazos y piernas, nos
chupa el cerebro y la médula y nos tira a un lado como saco inservible.
Estoy nombrando al miedo, espantajo de los nacidos, hambriento de ánimas,
sediento de sudores. Sentí miedo, cómo negarlo. Decir lo contrario sería
fanfarronada imbécil. Mucho miedo, grande y negrazo, bizco y oliendo a
excrementos y orina. En la iglesia, trancada la puerta, a la vista de las
imágenes de santos, de la Virgen, del Crucificado, reventó dentro de mí el
miedo y me hizo temblar y dar diente con diente. Me entraron ganas de
guarecerme bajo las tablas del altar o de encogerme en un rincón, de
taparme la cabeza con las manos y de olvidarme, en espera de que el
temporal de hierro y fuego pasase y se llevase lejos los padecimientos. Pero
la barahúnda no amainaba y la carnicería estaba recién comenzada.
Paredes y techo del endeble rancho que era la iglesia atajarían aguaceros;
no aislaban en cambio del fragor del combate. Hasta nuestros oídos
llegaron con nitidez varios disparos de pistola, órdenes vociferadas con
apremio, toques de clarín que se confundían con el bochinche de los pífanos
y las bocinas de los oficiales guaraníes. Y como un estertor continuo, entre
el chocar de los aceros y los rebotes de las piedras, que volaban por muchas
partes, resonaron las cajas de los reducidos ordenando las maniobras,
conjuntando las filas, empujando a la matanza. Vi rostros compungidos,
aterrados, implorantes. De cuantos estábamos refugiados en la iglesia, sólo
Roque, el carpintero y algunos artesanos encanecidos, hechos a las
dificultades y a las zozobras, se sostenían enteros y trataban de consolar a
los afligidos. Ni siquiera Joanna lograba reavivar su ánimo, yendo de un
lado a otro, parándose junto a un grupo de familias atribuladas, para
reanudar enseguida su desasosegado vaivén. Desde que el capitán Galvão
hubo partido con todos sus hombres tras reagruparlos para espolear hacia
los bastiones asediados, Joanna se había ido apagando como candela en
madrugada, cuando está consumida la cera. Quería reconocer los ruidos,
volvía con frecuencia la cabeza hacia la puerta; y como nada podía
distinguir y se aturdía con las agrias y desacompasadas resonancias, su cara
palidecía, su frente sudaba, sus labios se contraían como si con cada grito o
con cada golpazo se abriesen heridas en sus entrañas. En un momento la
sorprendí observando el acero de Roque, cuya empuñadura sobresalía por
sobre sus ríñones. Y al miedo tremendo que me chicoteaba se agregó una
nueva inquietud. Roque se hallaba a resguardo, quienes le rodeaban eran
gentes amigas; al fin, se descuidaría. Y Joanna, aprovechando, pasaría por
detrás de él, le quitaría la faca, amenazaría con brutalidad, le abrirían las
puertas y correría en seguimiento de su capitán. Vigilarla me pareció un
exceso; prevenir a Roque, una estupidez. Seguir zarandeado por los miedos
me hubiera humillado ante mí mismo hasta lo indecible. De mi estado se
hizo cargo Irene, quien desde la amanecida se había retemplado,
mostrándose perspicaz y sabedora. Me abrazó, me acarició, me habló de
muchas cosas y se empeñó en sonreír. Cuando se volvían atronadores el
barullo y los voceríos, decía ella que eran los soldados de la plaza, los
cuales, rechazando al enemigo y obligándole a tragar polvo, vitoreaban la
acción. Mi oído, habituado al garganteo guaraní, bien notaba que los vítores
no eran portugueses. Es probable que la muchacha tampoco se engañase.
Pero no le daba ascos disfrazar las cosas con tal de enderezar mi espíritu.
Ligado fuertemente a ella con los brazos, procuraba que el latido de la vida,
que en mí se paralizaba, se me contagiase, porque le sobraban deseos de
respirar y de seguir viendo la luz. Otros rezaban a sus santos. Yo, no
teniendo a quién encomendarme, rogaba de ese modo, sintiendo como
bendición el calor de su cuerpo. Pero no hay ruego que prospere en medio
de semejante trance. Las gentes se movían de aquí para allá, escuchando,
preguntando, gimiendo o maldiciendo. Roque se me acercó y tras llevarme
aparte con Irene, me puso al tanto de lo que había oído en un extremo del
recinto, junto al altar. Allí conversaban el capellán y Naper de Lencastre,
hombre del séquito de Lobo, sazonado y prudente, a quien dos cosas
ensombrecían su corazón: una, el estado del Maestre, el cual, no pudiendo
librarse de sus males, permanecía encamado, farfullando entre jadeos, al
oído de sus asistentes, órdenes para que ningún soldado abandonase los
baluartes; la otra, la convicción del jefe —y del propio Naper de
Lencastre— de que si los baluartes y la ciudadela resistían, era sensato
alimentar esperanzas. De lo contrario, no habría fuerzas en la tierra que
evitasen la catástrofe. «La ciudadela es como una roca en medio de un
torrente asustador», dijo Roque que dijo Naper, con palabras sobadas, es
cierto, pero que ayudaban a imaginar. Si hubiese espacio para disparar los
cañones, siguió Roque, habría salvación. La primera oleada de guaraníes se
desbarató a cañonazos cuando los atacantes no tuvieron fortuna al querer
vadear el foso. Vacilaron las compañías de reducidos; los lanceros
retrocedieron y confundieron a los honderos y a los flecheros; y mientras se
reagrupaban y se apoyaban en compañías de refresco, los artilleros
dispusieron de tiempo para recargar. Al caer sobre la empalizada, la
segunda oleada sufrió también una andanada de bala y metralla. Muertos
muchos guaraníes, heridos y maltrechos sus oficiales, retrocedieron
nuevamente, en espera de que Vera y Muxica acaudillase en persona la
arremetida y metiese en la pelea a los jinetes y a los infantes castellanos de
Buenos Aires, de Santa Fe, de Corrientes. Siendo tantos, los guaraníes
probaron en varios puntos la solidez de la empalizada; y a cuchilladas y a
mazazos quebrantaron a los defensores y algunos piquetes penetraron por
varias brechas a la vez. Los portugueses del baluarte, moviéndose para
encarar ese otro frente, que les pinchaba las espaldas desde dentro del
recinto, estaban convencidos de que no habría más asaltos por el lado del
este, pues bastante quehacer tendrían los guaraníes en lamerse las heridas y
en escapar con el rabo entre las piernas. Pura ilusión. Nada se había
decidido aún. Los indios no son amigos de lamer su sangre ni de ablandarse
ni de rendirse, salvo que corten la cabeza a todos de un solo tajo. O que no
tengan cacique digno de ese nombre.
V

Y lo tuvieron. Tal vez haya sido Ignacio Amandaú, tal vez nadie
haya logrado —o querido— conservar su nombre. Pero un
cacique enfurecido, con un descomunal alfanje tinto en sangre,
detuvo a sus hombres, les escupió insultos a la cara, invocó a sus
pueblos, recordó las fechorías de los esclavizadores paulistas,
hirió a los que cedían terreno y forzándolos a largarse en masa
contra la ciudadela y los baluartes, encabezó una carga
arrasadora. Sobrepasaron los guaraníes, una tras otra, las
defensas. Primero, el foso; luego la empalizada; por fin, la
ciudadela, donde también pusieron pie, acuchillaron y
ahuyentaron a los defensores, clavaron varios cañones y se
desbordaron por las calles, entre los primeros rancheríos,
pegando fuego a los techos, apedreando a cuanto infante lusitano
les saliese al paso y gritando que no pararían hasta dar con la
vivienda de Lobo para degollarlo como a un becerro, sobre sus
jergas, sin que valiesen las órdenes de Vera y Muxica, quien
también rebasaba la ciudadela al mando de sus castellanos.
Concluyó Roque su relato, «sin ocultar nada», según insistió,
«porque de nada sirven tapujos en horas como éstas. Limpie
cada uno de nosotros como pueda su conciencia y confiemos,
como confiaba Galvão, en el amparo de la iglesia, pues estamos
en sagrado». Vimos cómo Naper de Lencastre vestía sus arreos
de guerra y aprontaba sus armas. Alguien, desde fuera, forzó la
puerta. Al abrirse, entraron dos soldados portugueses,
desenvainados los aceros, en jirones sus casacas, sucios de tizne y
de barro, para reclamar ayuda. Todos los hombres en edad de
combatir debían salir para contener a los castellanos, que
avanzaban a tambor batiente contra la iglesia y la casa de Lobo.
En la puerta, un cabo daría armas a cada hombre que sólo
contase con sus brazos; y a quienes tuviésemos facas o dagas,
nada se nos daría y deberíamos pelear de todos modos si no
queríamos vernos sometidos a consejo de guerra. Arreados por
los soldados, temerosos de sus aceros tanto o más que de los
hondazos guaraníes, muchos de quienes habían compartido con
nosotros el refugio recibían con pulso temblón, al salir, las
armas prometidas: espadas y venablos. Antes de traspasar la
puerta, miré hondamente los ojos de Roque, de quien no tenía
intención de separarme. El resplandor de los incendios, la
amargura del momento o lo que fuese, llenó mi cabeza con
tantos fantasmas que creí ver en sus ojos imágenes que sin duda
yo llevaba grabadas a fuego en los míos. Joanna e Irene,
alternativamente, brillaron en sus pupilas. Y yo las hubiese
arrancado con las uñas si un grito desgarrador no hubiese sido
proferido en el umbral de la iglesia. Torcí el cuello, a punto de
echar a correr entreverado con la improvisada tropa, y vi a
Irene, chillando y alargando hacia mí sus brazos, mientras
Joanna, para contenerla, empleaba todas sus renacidas fuerzas
de hembra indomable. Algunas mujeres la asistieron; y presa
Irene de ese modo y sin cesar de clamar por mí, se soltó a su vez
Joanna de un empellón, y abriéndose camino a codazos y a
puñetazos, se juntó con nosotros sin más armas que su corazón
generoso, ni más afán que saber de su capitán, quien llevaría la
peor parte del combate hostigado a la vez por los bien armados
castellanos y por los corajudos guaraníes.
12. Como una leona

Tocaban a degüello, redoblaban las cajas misioneras y alentaban los


castellanos a sus piqueros con gritos penetrantes, como si también fuesen
indios. Muchos soldados portugueses habían huido de los baluartes y se
mezclaban con nuestra improvisada y despareja compañía. Joanna detenía
a unos, atrapaba a otros de un brazo, les tironeaba las ropas. Sin dejarlos
mover, les preguntaba por el capitán Galvão. Ninguno dio versiones fiables.
Tal vez combatiese todavía, tal vez hubiese sido apresado, tal vez yacía sobre
el polvo, la sangre, las pavesas, atravesado de parte a parte por la lanza
guaraní. Escuché algo que remachó mi desesperación: de los cuatrocientos
lusitanos en pie de guerra al amanecer, no quedarían sanos ni doscientos. Y
estaba recién nacida la mañana. Habían caído muchos oficiales, los
artilleros se hallaban dispersos tras soportar el apedreo de los honderos, el
ingeniero Correia Pinto no volvería a ver otra amanecida, varias familias
lloraban al padre, al hermano o al hijo muertos o con heridas por las que
harían estragos la fiebre y la gangrena. Ya no se combatía en regla: entre el
caserío unos emprendían fugas, con las caras desencajadas, y otros
perseguían con los filos en alto y enristradas las lanzas. Más de la mitad de
los techos ardían, había hogueras en las esquinas alimentadas por bancos
rotos, artesas, varas y maderas de carros, mesas y sillas extraídas de los
ranchos y arrojadas a las llamas crepitantes en medio de alaridos,
blasfemias y jactancias. Nos movíamos sin concierto, tan pronto en avance,
como si tuviésemos esperanzas de reconquistar la ciudadela, tan pronto en
retroceso, ansiosos por retornar a la iglesia y sintiendo cómo nos hincaba el
diente la incertidumbre. Vapuleados por el oleaje asesino, parecíamos
náufragos que dan manotazos con despavorida ceguera. De cualquier parte
podrían herirnos o matarnos y no era necesario tener al enemigo cara a
cara. Las hondas, los arcos y los mosquetes disparaban de modo furtivo o
azaroso, sin tomar puntería. Piedra, saeta o bala, atravesando sin rumbo los
grupos, volarían enloquecidas para destrozarnos un miembro o clavarse en
nuestros pechos y en nuestras espaldas. El humo se nos metía en las narices
y nos hacía lagrimear. Aquí y allá se elevaban columnas ennegrecidas, en
gruesas espirales que se tocaban en lo alto hasta formar un techo y
enturbiar la luz del sol. Día hermoso, día sereno, pero para los ángeles o las
gaviotas que verían desde arriba las canalladas de los hombres. Para
nosotros era como día nublado. Y sin que supiésemos de qué manera ni de
dónde, se nos plantó delante un batallón guaraní. Apareció en formación,
desnudas las espadas de la fila delantera, levantadas las picas en las
traseras, con las vestimentas enteras y limpias. No había comenzado para
ellos el guerrear y se mostraban impacientes, apretadas las mandíbulas,
espléndidos y bien conjuntados, si es lícito hablar así del enemigo. Dos
oficiales españoles les daban órdenes alternativamente y los guaraníes,
vivando a Cristo y al Hechizado, obedecían, aunque con tibieza. Porque a
quien respondían era a un hombre semicalvo, con casaca negra y una
espada recta, fina, brillante, en la mano izquierda y un crucifijo de metal,
grande como un arma, en la derecha. Roque clavó la vista en el padre de la
Compañía, dilató las narices, como puma al acecho de su presa, cerró el
puño con fuerza en torno al mango de su faca, cuya hoja se irguió, vibrante,
y maldijo con un ronquido. ¿Cargar contra ellos? Un despropósito.
Cerrándonos el paso, sólo nos dejaban como alternativa aguardarlos y
sostener su embestida, si Dios nos ayudaba, o replegarnos sin dispersión,
paso a paso, tratando de no presentarles las espaldas y esquivando la pelea
cuerpo a cuerpo. Si también Dios nos ayudaba. Como Roque no quitaba el
ojo al hombre del crucifijo, descuidó a Joanna, junto a quien se había
desplazado hasta entonces, pues la capitana tenía por toda defensa un
cuchillo de carnicero, viejo y mellado, que alguien le había cedido. Hacía
una extraña figura, rodeada de artesanos con más susto que los ratones y de
soldados exhaustos que vivaban al regente don Pedro y a sus cortesanos
deseándoles largas vidas puesto que las suyas, y las de todos nosotros, en
absoluto pintaban para largo. En el atolondramiento propio de mi mocedad,
acrecentado por circunstancias tan fieras, vi a Joanna indefensa, sin escolta
ni escudo y me puse a su lado, remangado mi brazo derecho por pura
ostentación y revoleando el acero. ¡Memoria de la mujer! Al mirarme,
Joanna recordó y hasta hoy sigo creyendo que se le erizó la piel, y no de
miedo. Recordó al mozo que brotó de la noche, en la orilla durante la pesca,
y estampó más de un beso en su nuca y en sus hombros. Había un
chisporroteo admirable en sus ojos. Si era del caso ir al sacrificio y rendir el
alma en su compañía, lo haría gustoso. Algo me dijo, pero no le oí. Me
acerqué cuanto pude y ella repitió sus palabras: «Rapazinho atrevido e
muito quente», murmuró. «Mas está perdoado.» Quizá no dijo esto último.
Quizá lo imaginé, atenaceado por deseos y por memorias angustiosas. Del
batallón guaraní provino un grito fortísimo: «¡Por Santiago y por España!
¡A ellos!». Los indígenas, disciplinados y armados, como dicen, a la
europea, respondieron al unísono: «¡Por nuestro rey don Carlos!». Y el
batallón entero, seguro de su triunfo, se nos vino encima.
II

Se confiaron en exceso, avanzaron sin desordenarse, prepararon sus armas


con parsimonia y hasta habría elegido cada uno de ellos su blanco,
relamiéndose al vernos acoquinados, con el miedo retratado en nuestras
caras. Y de puro convencidos no vieron la tormenta que los amenazaba de
flanco. Es riesgo cierto en esas trifulcas, donde no se lucha a campo abierto
sino entre ruinas humeantes, pavesas que escaldan, caballos que corretean
medio locos, sin jinetes, callejas por donde puede salir en borbotón una
partida enemiga y cambiar de un saque las tornas. Así ocurrió. Veinte
infantes portugueses, pues no serían más, cayeron de no sé dónde, como
esas ráfagas que soplan en arranque repentino y nos atrapan con todo el
velamen desplegado. Los comandaba el teniente Bartholomeu Sanches
Xara, ardiendo de osadía, impetuoso y hasta yo diría temerario. Frenó al
guaraní, se metió entre sus filas, acuchilló, dispersó. Nunca supe más nada
de aquel hazañoso Bartholomeu. Pero nos libró de un paso amarguísimo y
levantó tanto nuestros ánimos que nos ilusionamos, nos vimos vencedores,
bramamos enardecidos proclamando que la plaza resistiría. En el
entusiasmo, nos separamos, nos entreveramos con los regulares y con los
vecinos a quienes la necesidad había improvisado como combatientes. Dejé
de ver al carpintero y a muchos otros con los que salí de la iglesia. Roque se
me había perdido desde hacía buen rato y también se me perdió Joanna.
Nos movíamos sin saber adonde, embriagados con el empuje que nos
transmitieron los hombres de Bartholomeu. Y yo deseaba que Joanna diese
por fin con el capitán, porque era lo que en verdad ella buscaba, con el
resuello asesino de la tigra a la que robaron los cachorros. Por el descuido
había pagado el batallón guaraní. Por la exaltación pagamos nosotros. No
puedo decir en qué punto ni qué calles se cruzaban, podía ser plazoleta o
suelo arrasado donde ya no había ranchos. Precisarlo o no, da lo mismo.
Fue el fin de nuestra abigarrada y reducida hueste, el fin de las veleidades
de resistencia y el comienzo del dolor y de la humillación. La infantería de
Santa Fe nos batió, nos obligó a retroceder, nos aisló. No era fuerza
numerosa, pero venía comandada con arte por un tal Juan de Aguilera,
capitán inmisericorde. Añoré al guaraní, igualmente bravo pero con menos
trastos defensivos, más al alcance su cuerpo. Traían los santafesinos petos
de cuero, botas y hasta guantes de lo mismo. Pegarles un puntazo con mi
faca era como pretender agujerear por el lomo a un yacaré con cuchillito de
pesca. En cambio ellos abrían tajos de a palmo con sus espadones y de las
heridas de sus alabardas nadie sanaba. Momentos siniestros, momentos que
erizan los pelos, momentos en que vemos cuánta fealdad tiene la muerte si
se arrima demasiado. Nos arrearon a los hachazos y después a simples
gritos y amagos, como cuando ahuyentamos a los perros sin dueño que
rondan de noche por los fogones. Como ramazones sueltas a las que
arrastra de un lado al otro la correntada de un arroyo desbordado, así nos
empujaron los castellanos, a los que se plegaban guaraníes que corrían por
el desquite. O como pajonal al que traga un incendio, del mismo modo nos
derribaban y nos hacían desaparecer, matando, lastimando, apresando. No
sé echar mano de imágenes mejores; apelo a las cosas que he visto en tantos
años, a las crecientes, a las quemazones y las pampereadas con que me he
topado cientos de veces. Aquello daba para llorar a gritos. Perdíamos no
sólo la batalla sino la vergüenza y el honor, si es que en esa mañana
humosa y sangrienta nos quedaba algo parecido al honor. Tuve, a modo de
destello, la sensación de que entre tanta puñalada y tanto hachazo nos
meterían otra vez en la iglesia como a ganado mañero. Me equivoqué de
medio a medio. Habíamos llegado al barrio donde se alzaba la casa de
Manoel Lobo. Se alzaba es mal modo de hablar. Nada se alzaba en la
Colonia, como no fuesen los filos teñidos con sangre lusa y los pendones del
castellano. La casa del jefe mostraba por todas partes las huellas del
vendaval guerrero. Parecía una sumaca desarbolada que se sostiene de
lástima en un mar agitado. Recordé, con velocidad que hoy me parece
inconcebible, muchos momentos de apretura aguantados en el patache
durante las sudestadas del Plata. Y de golpe presencié un hecho
extraordinario, que borró cualquier recuerdo. Por la puerta ante la que se
congregaban esclavos y peones pidiendo cuartel, asomó el Maestre de
Campo, en la mano el acero, en la cara las sombras de la agonía,
tambaleante, sostenido por un negro de su servidumbre. Quería combatir y
se había hecho vestir por su gente, pues no creo que tuviese alientos para
calzarse las botas ni para ceñirse el jubón. La muerte, hasta el momento, lo
había respetado. ¿Para qué ayudarla si ella sola, que puede con todos,
estaba llevándose por las suyas a aquel desahuciado? Pero el guerrear no
repara en fronteras. Usted ya lo sabe; y yo lo aprendí entonces. Una partida
de guaraníes rodeó a Lobo, esgrimiendo armas cortas; y cayendo sobre él
como los perros salvajes sobre la res que acaban de desjarretar los
corambreros, habrían terminado en un suspiro con su existencia. Así son de
atroces las peleas: vuelven carnicero al más bendito. Son, al mismo tiempo,
propiciadoras de sorpresas. Quiero decir, de acciones nobles o, por lo
menos, justas. Un castellano, curtido en lides y en años, se interpuso, espada
en alto, hizo probar la dureza de su filo a más de un guaraní, frenó el
ataque y frustró el homicidio. No salía yo de mi asombro: el salvador de
Lobo era el Maestre de Campo rival, el colega que le había enviado el
ultimátum, el comandante supremo de la fuerza que estaba arrasando la
Colonia que Lobo había fundado. Guiado por la providencia, por el ángel
custodio del enfermo, o por las carambolas de la matanza, Vera y Muxica
llegó en el momento exacto para impedir el sacrificio. Es probable que los
caciques lo maldijesen. Para mi coleto, era hombre de entraña y digno de
alabanza. Un guerrero de otro tiempo. Aunque quizá para Lobo, alguien
que prolongaba su vida penosa y lo convertía en prisionero. Vera y Muxica
salvó a alguien más. Por lo pronto, a mí. Apresado el jefe portugués, se
ablandaron los últimos reductos de resistencia y amainó la ofensiva de
castellanos y guaraníes. Sobrevendría la hora de la persecución, no lo
ignoraba. Pero quedaba tiempo para correr en procura de refugio. Llegué a
la iglesia con el corazón en la boca y el acero envainado, para mover los
miembros con desembarazo durante la carrera. Me recibieron dos noticias
que demolieron mis pocos ánimos. En compañía de algunas familias, había
volado Irene hacia el embarcadero, en busca de cualquier cosa que flotase y
en la que pudiese darse a la fuga. La otra noticia, por horrible, exige un
respiro y nuevo espacio.
III

Me la contó un soldado de los caballos coraza del capitán, sentado en el


suelo terroso, apoyados sus lomos contra la frágil pared de adobe, sobando
con la mano izquierda los faldones de su casaca desgarrada y sucia. Estaba
sin armas, hablaba de cabeza gacha y atrapaba uno de mis brazos con su
mano derecha. Su tono era el vivo trasunto del desconsuelo y mucha su
fuerza al oprimir mi brazo. Se trataba de un mulato nacido —según dijo—
en tierras paulistas pero que nunca había militado con los bandeirantes. Le
gustó la expedición de Lobo, pidió plaza, se la dieron, se embarcó y soñó con
estas tierras de San Gabriel, solitarias, en calma, libres de litigios.
¡Maldición de Judas Tadeo! Haber venido a un paraje soñado para sufrir
por obra del guaraní enardecido, como si él hubiera sido de veras «um
bandeira»: ¿cabía suerte más cochina? Hizo su cuento en pocas palabras.
Creer otra cosa sería desconocer la borrasca que nos zamarreaba. En
trances apurados, el hablar se abrevia. Pero no tengo por qué fingir apuros
en este momento. Me perdonará usted que traslade el cuento del mulato en
otro compás. Quiero evocar redobles fúnebres y ante sonidos de tal metal
cometería sacrilegio si no entrase en demoras. Durante los vaivenes de la
refriega el mulato había perdido de vista a su capitán. Los caballos coraza
se empeñaban en recobrar el baluarte pero fueron desalojados de allí.
Recularon hasta la plaza y también sufrieron el embate combinado de
guaraníes y castellanos. Hasta entonces, el capitán Galvão se había
destacado al frente de sus hombres. Pero a partir del tumulto de la plaza
dejó el mulato de verlo: la dispersión, entre tantos males, no era lo peor. Lo
terrible llegaba de los cuatro costados por culpa de las flechas, de las
piedras, de los venablos arrojados por los indios y por varios oficiales
blancos que los comandaban, y llegaba de los padres que comandaban a los
indios, a los mulatos, a los blancos y a todos. No habría más de tres o cuatro
iñiguistas, de acuerdo con lo que él juraba haber entrevisto. Pero valían por
cuarenta, tanta era la saña que inculcaban en las huestes del Hechizado.
Pensar que esos hombres tenían por misión acristianar, pacificar, dulcificar
costumbres y comprobar cómo azuzaban, cómo proferían amargas arengas,
con qué rigor impedían misericordia aquellos propagadores del Cristo
misericordioso, destrozaba el alma del más pintado guerrero lusitano. Así se
diseminaron los caballos coraza por calles y callejones, por corrales y
ranchos quemados a medias, entre carromatos y caballos y mulas que
corrían desnorteados pegando relinchos y rebuznos como trompetas
sopladas por los espíritus malignos de las selvas. El mulato, sin desearlo, fue
arrastrado hasta las proximidades de la casa de Manoel Lobo y derivó hacia
el espacio que mediaba entre dicha casa y la iglesia, donde se combatía aún
con ardor parejo. Cualquier artefacto valía en la gresca: mosquetes
revoleados por el caño como mazas, horquillas de la paja, cuchillos de
cortar carne, piedras, tierra arrojada a los ojos y hasta puños y dientes.
Debió apearse, pues ya no le servía el caballo. Casi todos los soldados de su
fuerza peleaban desmontados, unos por imposición de los vaivenes, otros
porque habían tenido que echar pie a tierra de apuro, heridos los animales o
muertos de un mazazo en la cabeza. Oyó el mulato que el capitán se sostenía
por allí cerca, encarando un lance bravísimo, del que difícilmente sacase su
cuero sin ojales. Lo buscó, gritó su nombre, aulló, empujó, acuchilló con un
buen alfanje que por fortuna conservaba. No logró acercarse al capitán ni
ver de él más que una espada soberbia, de doble filo, que caía y se alzaba
tinta en sangre. Dudas no le cabían: nadie, en toda la Colonia, empuñaba el
acero con el brío de Manoel Galvão. Y si alguna larva de duda anidaba en
su cabeza de mulato leal, se extinguía enseguida, con la misma rapidez con
que se extinguía el empeño de los defensores de la plaza. Surgió de pronto,
en medio de la turba arremolinada, un claro. En medio del claro, un
hombre. En el pecho y en los brazos del hombre, sangre que manaba de
modo penoso y que brillaba a la luz del día. Costaba reconocer en aquel
combatiente malherido, tambaleante, al capitán Galvão, quien persistía en
repartir reveses, sin importarle ni el número ni la calidad de los enemigos.
Un semicírculo de infantes bonaerenses y santafesinos aprisionaba al
capitán, manteniéndolo aislado dentro de un cerco de hierro. Dos o tres se
adelantaron; y estrechándolo a puntazos, hicieron saltar la espada de sus
manos. Desarmado, puesta la fortuna en su contra, sus enemigos vieron
facilitado el camino para derribarlo a estocadas. Toda guerra es cruel,
quién no lo sabe. El mulato lamentaba no poder auxiliar, porque nadie
hubiera atravesado el semicírculo de los castellanos. Perdió su alfanje en la
intentona y sólo retrocediendo y cubriéndose tras un caballo logró salvarse.
«Mejor hubiera muerto», me dijo, compungido, apretando con más energía
mi brazo. «Más que cruel, la guerra es asesinato, disparate puro, hervidero
de cosas incomprensibles.» Sin aflojar la presión sobre mi brazo, me refirió
que en el momento exacto en que saltaba la espada del capitán, y en que éste
caía tajeado sin compasión, sin un ríndete o un Dios te salve, resonó en el
lugar un grito tremendo de dolor y rabia. Tras el grito, los castellanos vieron
ante sí un nuevo combatiente que, saliendo de entre la muchedumbre, los
tumultos, el semicírculo y los aceros, recogía la espada de Galvão y
reanudaba la lucha con tanto fuego como si dependiese de aquella arma
nuevamente empuñada el destino de la Colonia. Instante de asombro para
todos y de vergüenza para los hombres de un campo y del otro. Quien así
suplantaba al capitán caído era una mujer y no cualquiera de las del
vecindario, sino la esposa del finado, la altiva Joanna. «Había saltado como
una leona», repetía el mulato, alelado todavía por la escena que columbró a
distancia, entre bestias de silla y de tiro y hombres más bestializados que los
empavorecidos animales. Como leona rugió, como leona saltó, como leona
pegó golpazos furibundos con la espada, movida con ambas manos. Y como
leona debieron afrontarla los castellanos, atónitos ante la aparición,
descreídos de tanta arrogancia y de tanto desprecio por la proximidad de la
muerte, a la que parecía reclamar y desafiar a la vez. Si alguien, en cierto
momento, habló de que el enemigo le propuso rendición, ha de ser invento
nacido de parte interesada. El mulato me declaró no haber oído voces de
rendición ni promesas de respetar vida y honor. Sólo escuchó el chasquido
de los aceros, el jadeo de los castellanos y los bramidos de Joanna, llamando
al enemigo para que probase sus mandobles y demostrase verdadera
hombría y supiese que ella, Joanna Galvão, no se rendiría nunca y que
acompañaría a su esposo en la muerte con tanta pasión como lo había
hecho siempre en vida. Admiraba el mulato el coraje de Joanna evocándolo
con los ojos nublados por las lágrimas. Pero no entendía la acción de los
enemigos, ni la carga cerrada que llevaron contra quien era sólo una mujer,
ni las cuchilladas brutales que llovían sobre el cuerpo de la infortunada, ni
de qué estaban hechas aquellas entrañas que no retrocedían ni siquiera
cuando Joanna agonizaba gimiendo como una parturienta. ¿Qué pasó por
sus corazones que no tuvieron forma de contener los brazos, ni de hartarse
de tajear ni de herir de punta aunque viesen a la infeliz ya muerta a pocos
pasos del cadáver del hombre con quien estaba unida en sacramento? Aflojó
la presión de sus dedos, aflojó sus miembros y aflojó también su última
resistencia, pues se puso a llorar como una criatura, maldiciendo entre
hipos la hora en que había nacido, su inutilidad para dar apoyo cuando
tanta falta hizo, el bochorno de conservar la existencia mientras el capitán y
su mujer eran un montón de carne ensangrentada, a los que tal vez
enterrarían entre juramentos y bravatas en algún paraje desconocido, sin
cuidar que mañana escarbasen sus fosas los perros salvajes o las sabandijas
del desierto.
IV
Corrí como exhalación, oyendo todavía detrás de mí los sollozos
del mulato y enderecé hacia el embarcadero. Me había entrado
una ansiedad desaforada por hallar a Irene, porque nada había
para mí, salvo la vida de la muchacha. Era el momento de las
persecuciones y de las matanzas enceguecidas, la hora en que no
hay freno, cuando no valen consideraciones ni ruegos. En mi
cabeza bullían mil voces y recuerdos de amor, de horror y de
sangre. Sin embargo, conocía el terreno, sabía por dónde corría
y esquivaba como un venado cadáveres, armas, maderas,
tizones, fardos y trebejos arrojados por los fugitivos para aliviar
el curso de sus estampidas. Tenía bien grabados en la memoria
el paraje en que Roque había guarecido las lanchas y las canoas
que reparó, así como los senderos para llegar a través de la
empalizada y por sobre los pedregales. Salté en mi carrera por
encima de los cuerpos de soldados, de indios, de niños, de
mujeres. Un instinto incomprensible, terco hasta la locura, me
decía que Irene no podría estar entre estas últimas, que la vida
persistiría en sus pulsos y que si me exigía a fondo en la corrida,
la hallaría a punto de embarcar, o embarcada ya, aunque no
demasiado lejos de la orílla. Nadaría si era preciso, caminaría
por las espaldas del fuego, derribaría a puñetazos una montaña
si se me hubiese interpuesto. No podía el destino encerrar tanta
maldad y yo rogaba a gritos para que tras la muerte de Joanna
no ocurriese desgracia alguna a quien era, saqueada y arruinada
la Colonia, lo único que me quedaba en el mundo.
13. El fin de un sendero

I
Mire esos cielos, mire cómo amanece, primero el rosado, después el celeste
pálido. Es amanecer de invierno, lento, frío y un poco triste. Pero es
amanecer y basta. Es hora buena, hora para vivir de otro modo, para
prometernos ser buenos también, al menos hasta mañana. Demos descanso
a la botella, estiremos las piernas, vayamos a pasear por esta isla para
acercarnos al montón de piedra y tierra apisonada y cavilar un rato. Salvo
regresarse a su mujer, ¿qué otra prisa le corre? La volverá a ver, está más
que claro, es lo mejor que usted puede hacer. En su caso, no lo dudaría.
Volvería contento, con el corazón al galope, me abrazaría con mi otra mitad,
y ya no me arrancarían de allí ni emperadores ni reyes ni maestres con
delirios de fundadores. Me cosería a las faldas de mi bien querida y que
vinieran después corregidores o sargentos a pedir mi concurso. Que digan lo
que quieran, que nos llamen maricas; nosotros, ni mus. A eso llamo
sabiduría. Antes de despedirnos, mientras no arrían sus mozos el trapo del
dormir, viendo la amanecida al lado de este pedacito de tierra que es, en
verdad, mi campo santo, quiero decirle ciertas cosas. Se las debo, me consta.
Gustará conocer en qué paró mi alocada carrera, a quién hallé en el
embarcadero, qué fue de los fugitivos. Les fue mal, se cae de maduro.
Algunas lanchas se habían despegado de la costa y los tripulantes remaban
con vehemencia. Otras no habían logrado zarpar. Los guaraníes, rápidos en
el correr, se anticiparon; y con las macanas, las hachas y los cuentos de las
lanzas rompían las maderas de las embarcaciones, cargadas hasta los topes
por gente implorante. Y allí mismo, en la orilla, amarradas aún, se
desfondaban, se rajaban las tablas y quedaban los fugitivos flotando,
braceando y moviendo las patas como escarabajos caídos al agua cuando
los persiguen las gallinetas. Entonces las lanzas, castigando de punta,
atravesaban pechos y espaldas. Y lo que iniciaba la lanza, lo concluían la
maza y el puñal. Piedras de la orilla, aguas, charcos y maderas rotas se
teñían de sangre y yo sofrenaba a duras penas mi corazón espeluznado
tratando de descubrir por dónde andaría Irene. Las lanchas desamarradas,
las que habían empezado a poner distancia entre sus bordas y la costa, no
tuvieron suerte mejor. Indios y castellanos recién llegados se complacían en
flechar y mosquetear cuanta figura navegase impulsada por los remos. Y
entre los estampidos y los silbidos mortíferos llegaban desde las aguas voces
que rogaban clemencia, ayes y gritos fortísimos. Ni la vista ni el oído me
ayudaban. Al contrario, confundían mi alma, naturalmente atribulada,
apesadumbrada por la búsqueda que se me hacía estéril, y por la carnicería
en la que chapaleaba. Eché de menos la agudeza de mi olfato, tan útil para
husmear hembras en tiempos de paz. Tenía las narices, la garganta y los
pulmones atiborrados de olor a pólvora, a sangre, a excrementos y a vómitos
provocados por la repugnancia y el miedo, a humo de ranchos incendiados y
de fogatas improvisadas por la crudeza saqueadora, más el aroma
penetrante y macabro de la carne achicharrada que iba de un lado al otro
como maldición arrastrada por ráfagas densas. Sólo me quedó un filón del
recuerdo y de él me agarré, como los náufragos baleados y asaeteados a los
trozos flotantes de las lanchas destruidas. Era un recuerdo fresco aún en
medio de la chamusquina y vivo entre tanta muerte. Conservaba mi
memoria los vericuetos de un sendero semisecreto que Roque había
utilizado para llegar hasta donde guarecía una lancha y una canoa,
reparadas como sólo él sabía. Irene conocía el pasaje, por haberlo revelado
el propio Roque, una vez, a ella y a mí. Entré por ese camino corriendo, lo
devoré corriendo y dando vueltas y más vueltas, adaptándome a las curvas,
viboreando, pegando saltos; y no dejé de correr hasta que tuve ante mis pies
el fin del sendero. Lo que allí vi, junto al agua mansa, entre la lancha,
cargada con provisiones, y la canoa, con sus remos ya en los toletes, me
estrujó el corazón de furia, me nubló la vista de odio y llevó mi mano al
puño de la faca, desenvainada en un parpadeo.
II

Entre la lancha y la canoa había un cuerpo tirado, inmóvil. Al lado, de


espaldas a mí, un hombre manoteaba las ropas de quien, insultando y
chillando, pugnaba por liberarse. Entonces se me aclaró el oído. Como en
un chispazo reconocí el acento de Irene; y mi vista, aguzada de pronto como
la del petrel pescador, distinguió por detrás del individuo aún de espaldas,
las ropas de la muchacha, rotas en parte por la fuga y por los tironeos. No
sé si salté o si corrí o si volé. Mi acero me precedía y él también voló y tras él
mi mano y todo el peso de mi cuerpo. En mi vida he pegado un puntazo tan
pujante, tan preciso ni con tantas ganas. La punta entró por la espalda del
apresador y asomó por el pecho. Antes de que el cuerpo cayera ya había
sacado el arma revoleando los ojos en torno por si había más malandrines o
por si algún otro indigno se emboscaba para robarme a Irene. Eso temía,
eso me enardecía, eso incendiaba mi voluntad y mis sentidos, poniendo en
olvido a los dos muertos y empujándome hacia Irene, quien, apartada,
miraba con pavor. Terrible figura haría yo, enfurecido aún y empuñando la
faca ensangrentada, porque la muchacha retrocedió entre ronquidos. La
espantarían mi arma y mi cara y mi traza de endemoniado parido por las
llamaradas del reino de la maldad. Intenté atrapar a Irene de un brazo,
meterme con ella en la canoa, por ser barca liviana y dócil, y desaparecer.
Ni siquiera se me ocurrió mirar a los difuntos, convencido de que serían
guaraníes o bonaerenses y de que habían pagado el precio justo por la
insolencia de alzarse de la Colonia con una riqueza que no había nacido
para ellos. ¿Débil, una mujer? Miente quien eso diga. Irene había sacado,
sin que yo comprendiese de dónde, una fuerza pareja con la mía. Meterla en
la canoa sin su consentimiento sería imposible. Yo sufría por el tiempo que
perdíamos, temiendo que apareciesen los subditos del Hechizado y me
dejasen sin resuello y sin muchacha. Pero más sufría Irene, quien me
señalaba los cadáveres mientras sus pocos años parecían multiplicarse y su
semblante ensombrecerse con los rasgos endurecidos de la mujer madura.
Pensé en el cuento del mulato y en Joanna; y supuse que la fiel y valiente
capitana habría tenido expresión semejante al morir. Mayores congojas
sentí al ver por fin las caras de los dos hombres que yacían tan cerca de mí.
No dejaba Irene de señalarlos, temblando, llevando ambas manos a su
cabeza y revolviéndose el pelo. De uno de ellos sabía muy bien el nombre la
muchacha; del otro, era claro que no. Pero yo sí conocía a entrambos. Uno
era Baltasar, el dibujante metido a combatiente, el que se prendó de los
retratos y el que ardió por los modelos. Un tajo de a palmo le había abierto
la garganta con la justeza con que Roque aplicaba sus golpes mortales. El
otro, el mismísimo Roque, a quien, estando de espaldas y yo sin saber,
atravesé con la fuerza que él me había aconsejado cuando no hay ocasión
de titubeos ni de preguntas.
III

No me dio trabajo liar con un cabo la canoa a la lancha ni poner


ambas embarcaciones en disposición de navegar. Fui remero de
los buenos, no me obligue a repetirlo. Tampoco tuve trabajos
mayores en ocultarme de los mosqueteros ni de los flecheros.
Era ducho en esquivar, en esconderme, en costear guarecido, en
aprovechar las sinuosidades de una ribera donde había crecido
haciendo maniobras similares, en ponerme a buen recaudo a la
hora de los naufragios o de las catástrofes. Mis dos grandes
empresas, las que de veras exigieron emplear a fondo mis
energías, mis habilidades y mis mañas fueron, la primera,
persuadir a Irene para que abordase la lancha, lo cual sucedió al
fin, tal vez porque el miedo no es zonzo. Permanecer en tierra
firme equivalía a que los atacantes nos pillasen para degollarnos.
O tal vez porque empezaba a perdonar mi impulso homicida.
Entre las muchas linduras que ellas poseen, ha de ser la más
hermosa su infinita capacidad de perdón. La otra empresa me
demandó mucho más y terminó poniendo en la barca de mi vida
un lastre que nunca podré tirar por la borda.
14. Epílogo

Era en la lancha como un bulto más, una imagen que parecía tallada en
rica y blanca madera. No tan blanca, vayamos despacio. Los soles, la
intemperie, el recuerdo de los fuegos, las penurias y el cansancio me la
habían puesto algo tiznada, magra, prematuramente marchita. Sobre mí
recaían todos los esfuerzos y aceptaba el peso gustoso, como quien paga un
precio liviano. Remaba de sombra a sombra, pues navegábamos de noche
para evitar la luz que avisase de nuestra presencia a los guaraníes o a las
patrullas de Buenos Aires y de Santa Fe. Jamás le pedí que me ayudase con
el remo. Cuando quisiera hacerlo sería por las suyas, sin que yo dijese nada,
sólo por solidaridad con mis manos hinchadas y mi espinazo dolorido. Iba
conmigo encerrada en un mutismo sepulcral, sin llorar, sin mirar nada
durante los descansos en las riberas de vegetación tan tupida o en islas y en
islotes enmarañados y perdidos entre canales y callejuelas de agua. No
consentía que le alargase mi mano para ayudarla a desembarcar ni para
abordar después. Cuantas veces me le acercaba, sufría sus rechazos y la
esquividad de sus ojos. Dormía ella poco y mal y yo también, con un espacio
entre ambos que se me volvía grande en exceso. Cumplíamos con nuestras
necesidades mediante requisitos enredados, laboriosos y con escrúpulos
tales que, si no hubiésemos soportado circunstancias tan severas, me
habrían dado risa. Las horas más acongojantes eran las del amanecer, a
punto de concluir una singladura, cuando derivábamos en busca del refugio
diurno. Entonces la veía invariablemente acurrucada en la proa, con las
piernas dobladas y los brazos rodeando ambas piernas, inmóvil según solía,
sin soltar un suspiro, como si no respirase. Había que ser muy palurdo para
ignorar cuánto sufría y una bestia cabal para que no sintiese partírseme el
alma viéndola sufrir. Ya no existían Baltasares que hiciesen retratos, pero
Irene encarnaba la imagen de la soledad y ningún dibujante la hubiese
desdeñado por modelo para estampar, al pie del retrato, la leyenda: Sola en
el mundo. Pero ¿a santo de qué la leyenda? Somos muchos los que no
sabemos leer ni queremos aprender a hacerlo. Y viendo a Irene con las
primeras luces, en esa difusa claridad del crepúsculo mañanero, todo hijo
de mujer calibraría el tamaño, el espesor y el metal de aquella soledad. Era
cierto: a nadie tenía en el mundo. Ya no contaría con Joanna ni con el
capitán, ni con las negras ni con las mulatas ni con los recaderos. No habría
vecinos ni guardias, ni altares ni iglesias ni Maestre de Campo. El
infortunado Manoel Lobo, llevado como prisionero a Buenos Aires, moriría
en una prisión de esa ciudad luego de haber quedado retenido dos años en
Córdoba; y su rival José de Garro conocería la humillación. Le acusarían
de cometer demasías, le quitarían la gobernación, pretenderían desterrarlo a
Tucumán hasta que por último le darían como gracia el mando en Chile.
Canalladas de las autoridades españolas por cuyas banderas tanto había
hecho el guipuzcoano. Por fortuna, yo me enteraría mucho después, en
tiempos en que las ingratitudes y las maldades sólo me hacían encoger de
hombros. Asuntos más inmediatos me desvelaban: faltaban a Irene suelo
donde echar raíces y motivos que diesen sentido a su viaje y a su sacrificio
cuando apenas había comenzado a vivir. ¿Quién era yo, al fin, para ella?
Tal vez nadie. Tal vez alguien a quien había cobrado miedo o desprecio, el
instrumento ciego que tejió una madeja de contratiempos, el nefasto
avisador en Buenos Aires de la arribada lusa, el mala cabeza que
contribuyó, sin querer, a las desgracias. En el mejor de los casos, el mozo
listo para administrar las puercas provisiones de la lancha y combinarlas
con lo que pescaba, el bueno en el arte de evitar encuentros, el diligente en
proteger su vida acrecentando su soledad en un territorio poblado
únicamente por pájaros ruidosos, por alimañas furtivas, por serpientes y
yacarés y estremecido durante las noches por los ronquidos del jaguar. El
sabedor del paraje. En esto último acertaba. Yo ponía en obra las
enseñanzas de Roque y me convertía en el perfecto errabundo capaz de
mantenerse por sí mismo. Pescaba, armaba trampas, obtenía leña,
fogoneaba a lo zorro, encubriendo las lumbres a fin de no delatarme, y me
habría sustentado de frutas y raíces en caso de que hubiese desaparecido la
pesca y se hubiesen agotado en la lancha las galletas y la harina.
Navegamos varios días rumbo al norte, por el Uruguay; y sólo cuando
estuve seguro de que no me vendrían peligros de Santo Domingo ni de parte
alguna, y de que aún me hallaba muy lejos de las reducciones jesuíticas,
viré y di bordadas discretas haciéndole la corte al sur pero sin casarme con
ninguna zona de firmeza. Las islas y nada más que las islas comenzaron a
ser mis dominios y a asomar en el horizonte de mi vagabunda existencia
como el único asiento donde anidar y convertir a Irene en mi mujer.
Propósito malogrado al principio. Los días pasaban y pasaban las
respectivas noches y las semanas. Decayó el invierno, se anunció la
primavera y yo soñé con que Irene, quien se avenía a dirigirse a mí con
monosílabos, florecería levantando su condena por el episodio de la orilla
cuando nos fugamos de la Colonia. Jamás le hablé del lance, cuya tétrica
sangre atormentaba mis horas, envenenaba mis pensamientos y remordía mi
conciencia con el más salvaje de los fuegos. Para zafarme de ellos no valía
el doctrinaje de Roque, maestro en subsistir puertas afuera del alma, pero
avaro en aclararme las miserias alma adentro. Me exculpaba aferrándome a
una creencia: Baltasar y Roque habían disputado como toros en celo por la
posesión de Irene y en mi acero fió el destino matar al que había triunfado.
Pudo haber sido al revés y yo hubiera actuado de la misma manera. Sólo vi
predadores, ladrones de faldas, aprovechadores dispuestos a la villanía, uno
de ellos tumbado y el otro en pleno robo. Me arrastró la rabia, me
inflamaron los celos, me envalentonó el aire de matanza que atosigaba a
todos. ¿Cabía otra cosa? ¿Cómo hallar, en medio del fuego, la verdad? Me
llevó tiempo descubrirla.
II

Roque había volado tras los aterrorizados vecinos con quienes huía Irene. En cierto
momento, corriendo como potranca enloquecida, metiéndose en callejas bloqueadas,
escapando de las hogueras, de las gentes con armas o sin ellas que también huían, la
muchacha se sintió apartada de su grupo y arrastrada por una vereda desconocida que se
abría entre matorrales y traspasaba la empalizada por su parte más baja. Roque la llevaba de
una mano prometiéndole una fuga sin tantos riesgos y hablándole a gritos o por señas de las
embarcaciones recién reparadas y aprovisionadas. Más liviana y más ágil que don Misterio,
se adelantó, entró por una curva, se perdió de vista y dio de narices con tres o cuatro
soldados castellanos que patrullaban el paraje en busca de fugitivos. Llevaban el acero
envainado y un botijo que pasaban de mano en mano y del cual bebían. El vino del triunfo
y del pillaje ya empezaba a incubar desvarios. Vieron a la muchacha y se abalanzaron sobre
ella entre risotadas y torpezas. Pero Roque, quien ya se acercaba empuñando el acero, los
rechazó a tajos y reveses, los dispersó, les hizo varias marcas en los brazos y en las
espaldas ganándoles la suerte gracias a su sobriedad, a su carga sorpresiva y a su
resolución. Sólo uno de los castellanos volvió la cara y se animó a resistir. Era un jovencito
bien parecido que miraba a Irene tan hechizado como su Rey y que recibía en la Colonia su
bautismo de fuego. Por mil señas distintas se advertía su rango de novato. Manejaba una
espada cuyo peso sostenían malamente sus dos manos, sudaba en exceso a pesar de la
frialdad de la mañana y retrocedía sin saber qué había tras sus talones. Tal vez una raíz, o el
suelo arenoso y blando, vuelto trampa, tal vez un cabo que salía de la lancha y se anudaba
en una piedra; o tal vez la pericia de Roque, lo cierto es que tropezó, cayó y ya no se
levantó más: un puntazo de don Misterio le había atravesado el corazón. Irene se
tambaleaba, las cosas giraban a su alrededor, sentía mareos y náuseas. Roque evitó que
cayese, la sostuvo por la cintura, procuró calmar sus convulsiones diciéndole que estaban
ya encima de las barcas y que tenían la salvación a su alcance. Pero no hubo salvación para
Roque. A punto de alcanzar las embarcaciones, alguien intervino como relámpago, como
destello surgido del infierno o de las entrañas de la tierra. Un golpe fortísimo, una daga
asesina y Roque volteado sin que dejase oír un grito, desplomado y muerto en un segundo.
Ese alguien era yo. Irene demoró, sin embargo, en reconocerme. Quizá no pudo al principio
admitirlo. Roque la había defendido, Roque la había rescatado, Roque la llevaría en la
lancha, Roque la ampararía y yo me había convertido en el matador de ese hombre. Ni
podía entenderlo ni quería. Cuando me relató su versión del episodio, vivíamos en lo mejor
de una primavera que jamás olvidaré. Alegraban el aire los pájaros, perfumaban los follajes
verdecidos y las flores de los montes orilleros, caldeaba el rumor de los grillos y el
gangoseo de las ranas. Sólo Irene parecía mustia, como si hubiese madurado de golpe. Me
miraba con tanta tristeza que me conmovió, una tristeza compasiva, como para disipar mi
remordimiento y darme a entender que se acercaba el día en que podría verme sin sentir
horror. Yo necesitaba estrujarla entre mis brazos y entibiar mi piel con la tibieza de la suya.
Sentía hambre de ella, como un jaguar en temporada de mala cacería, hambre mordiente, de
colmillo más afilado que mi faca, hambre de juventud, de la que se sufre al alborear la vida
y después, nunca más. ¿Tocarla? Ni loco. Se me había transformado en la criatura más
esquiva, áspera, guarecida en sí misma, como tortuga dentro de su caparazón, defendida
tercamente del colmillo y de la zarpa del jaguar. Hasta que un día... sí, mi amigo, ese día
que esperamos, que también usted espera de mis palabras, llega, cómo dudarlo. Ya se sabe,
la mujer es fuego, el hombre estopa, viene el diablo y sopla. No acertaría a decir quién era
fuego, quién estopa, ni de dónde diablos vino el diablo, si es que vino o si lo hubo. Fue el
día en que yo dejaba de ser muchacho y ella empezaba, de veras, a ser mujer. Me vio
cuando estaba yo en la popa de la lancha, pescando, y la lancha, muy cerca de la orilla,
fondeada con una piedra a modo de potala, para que la corriente, persistente y mansa, no
me arrastrase hasta el medio del río. Aguardando el pique con paciencia de santo,
permanecía muy quieto, muy de cabeza baja, muy de aire meditativo, como quien se
encuentra al lado de una tumba a la orilla de una isla, enterradero más melancólico que el
que usted o yo podamos hallar entre las sierras. Debió ser esa inmovilidad, ese tinte de
desolación, ese grave ensimismamiento los que remolcaron a Irene y me la trajeron llena de
solicitud, como la de quien se mueve para dar de beber al sediento. Se arremangó la falda, o
los jirones que le quedaban, y dejó al aire sus piernas hasta la mitad de los muslos, hundió
sus pies y tobillos en el agua, y pasando una pierna por sobre la borda, luego la otra, entró
en la lancha, la cual se inclinó de una banda y se zarandeó perezosamente, mientras ponía
un brazo sobre mis hombros para quedarse sentada en el banco, pegada a mí, susurrando,
sin ahorrar sus caricias. Pero ni sus piernas eran las que admiré en la Colonia, ni sus manos,
ni su cara sombreada por la amargura y pintada, al mismo tiempo, por la piedad para
domesticar mis remordimientos y por el deseo. Ya no estaba la muchacha ni lo estaría más.
Era la misma Irene, claro que sí, y era otra, moldeada por la irradiación de tantos fuegos
pasados y por la esperanza de los que habríamos de vivir. ¿Acordarme si hubo piques en
esa jornada? Sólo retengo el comienzo de los días felices, para los cuales nadie inventará
historias. Días, semanas, meses, en los que ella confiaba en que tendríamos un crío, según
las faltas cuya notación me comunicaba alegremente, reavivando en parte el rescoldo de su
sonrisa, que no se había apagado del todo. Ella confiaba en que el tiempo del vagar por
canales, riachos e islas terminaría pronto. Volverían las horas buenas, volvería la Colonia a
manos portuguesas, volveríamos nosotros dos a pasearnos por las calles despejadas, a vivir
en algún rancho nuevo y limpio, a dar gracias al cielo y a murmurar una plegaria por el
capitán y por Joanna. A comprender que su prima no había muerto estérilmente. Volvió la
Colonia a la corona de Portugal. Me enteré tarde, en medio de noticias confusas, según
sucede en estas tierras que parecen destinadas a ser hospederas de hombres vagabundos, en
agria soledad. Quienes habían muerto en vano eran los guaraníes que cayeron durante el
ataque, los bonaerenses, los santafesinos y correntinos para los que llegó el último día al
son de las cajas de guerra, de las voces de mando, de los estampidos. En las cortes de
Europa se anuló la victoria; y lo ganado por el acero se perdió por obra de la negociación.
Es cuento viejo, usted ha de conocerlo. Y coincidirá conmigo en que ese juego, con mucho
de burla sangrienta, está condenado a repetirse. Irene soñaba con ese regreso y yo navegaba
complacido por sus ensoñaciones. Pero no habría regreso para ella, mucho menos para mí.
Cuando la plaza fue devuelta al lusitano, hacía rato que yo no navegaba y que las ilusiones
de Irene habían naufragado como cualquier ilusión. Durante una medianoche —¿fin de
primavera, despuntar del verano?— me desperté sobresaltado sintiéndola temblar y
estremecerse. Su frente ardía, la acorralaba la fiebre, la sed empezaba a martirizarla. Con
las luces del amanecer vi su cara sufriente, sus miembros contraídos, sus convulsiones. Pasé
horas acongojado, tratando de saber qué alimaña o qué frutos la habían dañado o qué
culebra la había mordido. No había en su piel seña alguna de colmillo ponzoñoso, sólo un
erizamiento que quebrantaba mi ánimo. A nadie deseo horas así. La atraía hacia mí,
intentaba darle calor, ponía trapos húmedos en su frente, en su cabeza, en su cuello. Daba
friegas en su pecho, en su vientre, en sus muslos, pero nada podía, no tenía manera de
devolverle la energía ni de retener su aliento que se desvanecía minuto a minuto. Alzarla,
llevarla a la lancha, viajar en busca de auxilios hubiera sido acelerar su mal y desembocar
en poblaciones hostiles o vengadoras. Sentía su cuerpo cada vez más frío y sus estertores
más fuertes y angustiosos. La abracé acosado por remordimientos y rencores. Entre todos le
quitábamos la vida, por mis culpas se me iba, por la discordia había entrado el horror en su
sangre, envenenándola y atormentándola. Decidí no soltarla ansiando que su daño se me
contagiase para extinguirnos juntos y desaparecer de la isla, que es esta en la que hablo
ahora y usted escucha. El cielo entero se descargaba contra mí cobrando mi deuda a cambio
de la vida de una inocente. No desanudé mi abrazo ni siquiera cuando advertí su
inmovilidad. Unicamente el frío que ganaba poco a poco su cuerpo me obligó a capitular.
Abrí con mis manos y con mi acero el hoyo de seis palmos de hondura. Jamás tuve noticias
de dónde dormiría tanta gente después de los fuegos perversos de la Colonia: ¿en qué
paraje arrojaron paladas de tierra sobre Joanna?, ¿dónde descansa su capitán?, ¿qué sitios
escondidos son los dormideros de Baltasar y de Roque? No me enteré. Vagué durante años
y siempre, como los pájaros migratorios, volví a este rincón. Todo el largo resto de mis días
fue puro sobrante, existencia de alma en pena, duración como de embrujado, sin nada que
me perteneciera. Sólo estos terrones son de veras míos, y he jurado quedarme al lado de
Irene hasta que caiga el último grano en el reloj de mi vida. Estaré pronto, con mis cuentas
en limpio, para que se encarguen de mí la justicia de los hombres y el Diablo. O Dios, si es
tan bueno como dicen y tanto poder purificador tienen sus fuegos sacramentales.

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