En los ojos de un perro
Ana se despertó una mañana sintiéndose extraña. Sus ojos veían el mundo desde una
perspectiva más baja, y cuando intentó moverse, notó que su cuerpo no respondía como
siempre. Intentó gritar, pero de su boca solo salió un ladrido agudo que la hizo retroceder,
asustada.
Intentó correr hacia el espejo, pero sus piernas, ahora patas, la tambalearon. Al fin logró verse:
era un perro. Su pelaje dorado reflejaba la luz matutina y sus ojos brillaban de pánico. No
entendía qué estaba pasando, pero sabía que esa criatura en el espejo era ella.
Cuando escuchó los pasos de su madre en el pasillo, corrió hacia la puerta y trató de llamar su
atención. Su madre abrió la puerta y al verla, soltó un grito.
—¿Qué hace este perro aquí? —gritó, empujándola fuera del cuarto.
Ana trató de seguirla, intentando desesperadamente comunicarse, pero su madre no la
escuchaba, solo veía un perro extraño dentro de su casa. Sin entender, la mujer cerró la puerta
y se alejó, mientras Ana aullaba con desesperación.
Las horas pasaron, y el mundo de Ana se tornó en una mezcla de sonidos y olores que no
podía controlar. Sintió hambre, pero no sabía cómo pedir comida. Todo lo que podía hacer era
observar, ladrar y esperar a que alguien entendiera.
En la tarde, su familia notó su ausencia. Su madre, preocupada, llamó a la policía para
reportarla como desaparecida. Describió a su hija: “Catorce años, cabello largo y castaño, lleva
una camiseta azul.” Los agentes tomaron nota mientras Ana, el perro que había sido una niña,
los miraba con tristeza desde el rincón de la sala.
La búsqueda se intensificó. Los vecinos se unieron, pegando carteles con la foto de Ana en las
esquinas. Su madre lloraba desconsolada cada noche, pensando en lo peor. Nadie podía
imaginar que la niña perdida estaba justo allí, atrapada en el cuerpo de un animal que solo
podía observar cómo su vida se desvanecía.
Los días pasaron y Ana comenzó a resignarse. Ya no trataba de ladrar desesperadamente ni
de buscar ayuda. Comenzó a aceptar su nueva naturaleza, descubriendo que podía correr más
rápido, escuchar sonidos que antes no notaba y que los olores se habían vuelto complejos y
ricos. Sin embargo, la tristeza no la abandonaba. Ver el dolor de su familia la carcomía.
Una noche, mientras la familia cenaba en silencio, su hermano menor, Tomás, notó algo en los
ojos del perro. Se acercó y la miró fijamente.
—Este perro tiene los ojos de Ana —dijo, su voz temblorosa.
Todos lo miraron incrédulos, pero cuando su madre se acercó, vio lo que Tomás decía. Había
algo en la mirada de ese perro que la hacía recordar a su hija. Era como si esos ojos quisieran
decirle algo.
Lágrimas llenaron los ojos de la madre, y, por un breve momento, el vínculo entre madre e hija
trascendió la lógica. Ella abrazó al perro con fuerza, mientras Ana deseaba poder hablarle,
decirle que estaba ahí, que nunca se había ido.
Con el tiempo, la familia se adaptó a la presencia del perro. Aunque seguían buscando a Ana,
había una tristeza permanente en la casa. Nadie entendía realmente por qué habían decidido
quedarse con ese perro callejero que parecía tan fuera de lugar, pero había algo en su
presencia que los consolaba.
Ana, mientras tanto, aprendió a aceptar su nuevo mundo. Nunca dejó de extrañar su vida
anterior, pero encontró una nueva forma de amar a su familia, con el afecto y la lealtad simple
de un perro. Aunque sus manos se habían convertido en patas y su voz en ladridos, su esencia
seguía intacta.
Cada noche, se acostaba a los pies de su madre, sintiendo que, aunque su cuerpo había
cambiado, el amor entre ellas jamás se había perdido del todo.
Los días se convirtieron en semanas, y luego en meses. La búsqueda de Ana se desvaneció
con el tiempo, convirtiéndose en un caso sin resolver. Nadie sabía qué había ocurrido con la
niña, pero para su familia, el perro que ahora vivía con ellos les traía un consuelo inesperado,
como si, en algún rincón de su corazón, supieran la verdad.
Ana nunca recuperó su forma humana, pero encontró una manera de vivir su nueva existencia.
Aceptó el silencio de su nueva voz y el calor de la compañía. Quizás no podía ser la hija que
una vez fue, pero seguía siendo parte de la familia. Y en su nueva forma, seguía amando y
siendo amada, con la pureza que solo un perro puede ofrecer.