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Cuento de los Tres Enanitos y la Reina

La historia narra la vida de dos hijas de un viudo y una viuda que se casan, pero la madrastra odia a su hijastra y la somete a crueles pruebas. La hijastra, ayudada por tres enanitos, se vuelve cada vez más hermosa y rica, mientras que la hermanastra, por su codicia y maldad, sufre terribles consecuencias. Finalmente, el Rey se enamora de la hijastra, quien se convierte en reina, y la madrastra recibe su merecido por sus acciones malvadas.
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Cuento de los Tres Enanitos y la Reina

La historia narra la vida de dos hijas de un viudo y una viuda que se casan, pero la madrastra odia a su hijastra y la somete a crueles pruebas. La hijastra, ayudada por tres enanitos, se vuelve cada vez más hermosa y rica, mientras que la hermanastra, por su codicia y maldad, sufre terribles consecuencias. Finalmente, el Rey se enamora de la hijastra, quien se convierte en reina, y la madrastra recibe su merecido por sus acciones malvadas.
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Los tres enanitos del bosque

____________________________
Hermanos Grimm
[Link]
Éranse un hombre que había perdido a su
mujer, y una mujer a quien se le había muerto
el marido. El hombre tenía una hija, y la mujer,
otra. Las muchachas se conocían y salían de
paseo juntas; de vuelta solían pasar un rato en
casa de la mujer.
Un día, ésta dijo a la hija del viudo:
—Di a tu padre que me gustaría casarme con
él. Entonces tú te lavarías todas las mañanas
con leche y beberías vino; en cambio, mi hija se
lavaría con agua, y agua solamente bebería.
De vuelta a su casa, la niña repitió a su padre lo
que le había dicho la mujer. Dijo el hombre:
—¿Qué debo hacer? El matrimonio es un gozo,
pero también un tormento. Al fin, no sabiendo
qué partido tomar, quitóse un zapato y dijo:
—Coge este zapato, que tiene un agujero en la
suela, llévalo al desván, cuélgalo del clavo
grande y échale agua dentro. Si retiene el agua,
me casaré con la mujer; pero si el agua se sale,
no me casaré.
Cumplió la muchacha lo que le había mandado
su padre; pero el agua hinchó el cuero y cerró
el agujero, y la bota quedó llena hasta el borde.
La niña fue a contar a su padre lo ocurrido.
Subió éste al desván, y viendo que su hija había
dicho la verdad, se dirigió a casa de la viuda
para pedirla en matrimonio, y se celebró la
boda.
A la mañana siguiente, al levantarse las dos
muchachas, la hija del hombre encontró
preparada leche para lavarse y vino para
beber, mientras que la otra no tenía sino agua
para lavarse y para beber. Al día siguiente
encontraron agua para lavarse y agua para
beber, tanto la hija de la mujer como la del
hombre. Y a la tercera mañana, la hija del
hombre encontró agua para lavarse y para
beber, y la hija de la mujer, leche para lavarse y
vino para beber; y así continuaron las cosas en
adelante.
La mujer odiaba a su hijastra mortalmente e
ideaba todas las tretas para tratarla peor cada
día. Además, sentía envidia de ella porque era
hermosa y amable, mientras que su hija era fea
y repugnante.
Un día de invierno, en que estaban nevados el
monte y el valle, la mujer confeccionó un
vestido de papel y, llamando a su hijastra, le
dijo:
—Toma, ponte este vestido y vete al bosque a
llenarme este cesto de fresas, que hoy me
apetece comerlas.
—¡Santo Dios! —exclamó la muchacha—. Pero
si en invierno no hay fresas; la tierra está
helada y la nieve lo cubre todo. ¿Y por qué
debo ir vestida de papel? Afuera hace un frío
que hiela el aliento; el viento se entrará por el
papel, y los espinos me lo desgarrarán.
—¿Habráse visto descaro? —exclamó la
madrastra—. ¡Sal en seguida y no vuelvas si no
traes el cesto lleno de fresas!
Y le dio un mendrugo de pan seco, diciéndole:
—Es tu comida de todo el día.
Pensaba la mala bruja: «Se va a morir de frío y
hambre, y jamás volveré a verla».
La niña, que era obediente, se puso el vestido
de papel y salió al campo con la cestita. Hasta
donde alcanzaba la vista todo era nieve; no
asomaba ni una brizna de hierba.
Al llegar al bosque descubrió una casita, con
tres enanitos que miraban por la ventana. Les
dio los buenos días y llamó discretamente a la
puerta. Ellos la invitaron a entrar, y la
muchacha se sentó en el banco, al lado del
fuego, para calentarse y comer su desayuno.
Los hombrecillos suplicaron:
—¡Danos un poco!
—Con mucho gusto —respondió ella.
Y, partiendo su mendrugo de pan, les ofreció la
mitad. Preguntáronle entonces los enanitos:
—¿Qué buscas en el bosque, con tanto frío y
con este vestido tan delgado?
—¡Ay! —respondió ella—, tengo que llenar
este cesto de fresas, y no puedo volver a casa
hasta que lo haya conseguido.
Terminado su pedazo de pan, los enanitos le
dieron una escoba y le dijeron:
—Ve a barrer la nieve de la puerta trasera.
Al quedarse solos, los hombrecillos celebraron
consejo:
—¿Qué podríamos regalarle, puesto que es tan
buena y juiciosa y ha repartido su pan con
nosotros? —dijo el primero—. Pues yo le
concedo que sea más bella cada día.
El segundo:
—Pues yo, que le caiga una moneda de oro de
la boca por cada palabra que pronuncie.
Y el tercero:
—Yo haré que venga un rey y la tome por
esposa.
Mientras tanto, la muchacha, cumpliendo el
encargo de los enanitos, barría la nieve
acumulada detrás de la casa. Y, ¿qué creéis que
encontró? Pues unas magníficas fresas
maduras, rojas, que asomaban por entre la
nieve.
Muy contenta, llenó la cestita y, después de
dar las gracias a los enanitos y estrecharles la
mano, dirigióse a su casa para llevar a su
madrastra lo que le había encargado.
Al entrar y decir «buenas noches», cayéronle
de la boca dos monedas de oro. Púsose
entonces a contar lo que le había sucedido en
el bosque, y he aquí que a cada palabra le iban
cayendo monedas de la boca, de manera que al
poco rato todo el suelo estaba lleno de ellas.
—¡Qué petulancia! —exclamó la
hermanastra—. ¡Tirar así el dinero!
Mas por dentro sentía una gran envidia, y
quiso también salir al bosque a buscar fresas.
Su madre se oponía:
—No, hijita, hace muy mal tiempo y podrías
enfriarte.
Mas como ella insistiera y no la dejara en paz
cedió al fin, le cosió un espléndido abrigo de
pieles y, después de proveerla de bollos con
mantequilla y pasteles, la dejó marchar.
La muchacha se fue al bosque, encaminándose
directamente a la casita. Vio a los tres enanitos
asomados a la ventana, pero ella no los saludó
y, sin preocuparse de ellos ni dirigirles la
palabra siquiera, penetró en la habitación, se
acomodó junto a la lumbre y empezó a
comerse sus bollos y pasteles.
—Danos un poco —pidiéronle los enanitos.
Pero ella respondió:
—No tengo bastante para mí, ¿cómo voy a
repartirlo con vosotros? Terminado que hubo
de comer, dijéronle los enanitos:
—Ahí tienes una escoba, ve a barrer afuera,
frente a la puerta de atrás.
—Barred vosotros —replicó ella—, que yo no
soy vuestra criada.
Viendo que no hacían ademán de regalarle
nada, salió afuera, y entonces los enanitos
celebraron un nuevo consejo:
—¿Qué le daremos, ya que es tan grosera y
tiene un corazón tan codicioso que no quiere
desprenderse de nada? —dijo el primero—. Yo
haré que cada día se vuelva más fea.
Y el segundo:
—Pues yo, que a cada palabra que pronuncie le
salte un sapo de la boca. Y el tercero:
—Yo la condeno a morir de mala muerte.
La muchacha estuvo buscando fresas afuera,
pero no halló ninguna y regresó malhumorada
a su casa. Al abrir la boca para contar a su
madre lo que le había ocurrido en el bosque,
he aquí que a cada palabra le saltaba un sapo,
por lo que todos se apartaron de ella
asqueados.
Ello no hizo más que aumentar el odio de la
madrastra; sólo pensaba en los medios para
atormentar a la hija de su marido, cuya belleza
era mayor cada día. Finalmente, cogió un
caldero y lo puso al fuego para cocer lino. Una
vez cocido, lo colgó del hombro de su hijastra,
dio a ésta un hacha y le mandó que fuese al río
helado, abriera un agujero en el hielo y
aclarase el lino. La muchacha, obediente,
dirigióse al río y se puso a golpear el hielo para
agujerearlo.
En eso estaba cuando pasó por allí una
espléndida carroza en la que viajaba el Rey.
Éste mandó detener el coche y preguntó:
—Hija mía, ¿quién eres y qué haces?
—Soy una pobre muchacha y estoy aclarando
este lino.
El Rey, compadecido y viéndola tan hermosa, le
dijo:
—¿Quieres venirte conmigo?
—¡Oh sí, con toda mi alma! —respondió ella,
contenta de poder librarse de su madrastra y
su hermanastra.
Montó, pues, en la carroza al lado del Rey y,
una vez en la Corte, celebróse la boda con gran
pompa y esplendor, tal como los enanitos del
bosque habían dispuesto para la muchacha.
Al año, la joven reina dio a luz un hijo, y la
madrastra, a cuyos oídos habían llegado las
noticias de la suerte de la niña, encaminóse al
palacio acompañada de su hija, con el pretexto
de hacerle una visita.
Como fuera que el Rey había salido y nadie se
hallaba presente, la malvada mujer agarró a la
Reina por la cabeza mientras su hija la cogía
por los pies y, sacándola de la cama, la
arrojaron por la ventana a un río que pasaba
por debajo. Luego, la vieja metió a su horrible
hija en la cama y la cubrió hasta la cabeza con
las sábanas.
Al regresar el Rey e intentar hablar con su
esposa, detúvole la vieja:
—¡Silencio, silencio! Ahora no; está con un
gran sudor, dejadla tranquila por hoy. El Rey,
no recelando nada malo, se retiró. Volvió al día
siguiente y se puso a hablar a su esposa. Al
responderle la otra, a cada palabra le saltaba
un sapo, cuando antes lo que caían siempre
eran monedas de oro. Al preguntar el Rey qué
significaba aquello, la madrastra dijo que era
debido a lo mucho que había sudado, y que
pronto le pasaría.
Aquella noche, empero, el pinche de cocina vio
un pato que entraba nadando por el sumidero
y que decía: «Rey, ¿qué estás haciendo?¿Velas
o estás durmiendo?»
Y, no recibiendo respuesta alguna, prosiguió:
«¿Y qué hace mi gente?»
A lo que respondió el pinche de cocina:
«Duerme profundamente.»
Siguió el otro preguntando: «¿Y qué hace mi
hijito?»
Contestó el cocinero: «Está en su cuna
dormidito.»
Tomando entonces la figura de la Reina, subió
a su habitación y le dio de mamar; luego le
mulló la camita y, recobrando su anterior
forma de pato, marchóse nuevamente
nadando por el sumidero.
Las dos noches siguientes volvió a presentarse
el pato, y a la tercera dijo al pinche de cocina:
—Ve a decir al Rey que coja la espada, salga al
umbral y la blanda por tres veces encima de mi
cabeza.
Así lo hizo el criado, y el Rey, saliendo armado
con su espada, la blandió por tres veces sobre
aquel espíritu, y he aquí que a la tercera
levantóse ante él su esposa, bella, viva y sana
como antes.
El Rey sintió en su corazón una gran alegría;
pero guardó a la Reina oculta en un aposento
hasta el domingo, día señalado para el bautizo
de su hijo.
Ya celebrada la ceremonia, preguntó:
—¿Qué se merece una persona que saca a otra
de la cama y la arroja al agua?
—Pues, cuando menos —respondió la vieja—,
que la metan en un tonel erizado de clavos
puntiagudos y, desde la cima del monte, lo
echen a rodar hasta el río.
A lo que replicó el Rey:
—Has pronunciado tu propia sentencia.
Y, mandando traer un tonel como ella había
dicho, hizo meter en él a la vieja y a su hija y,
después de clavar el fondo, lo hizo soltar por la
ladera, por la que bajó rodando y dando
tumbos hasta el río.

FIN

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