EL GUSANITO Y LA TORTUGA
Había una vez, una fantástica comarca que se encontraba situada en la profundidad
del bosque , la cual estaba habitada por un sinfín de animales pequeños (Bichos
, roedores y rastreros ) ellos se distinguían por ser gentiles y trabajadores.
También vivía ITO gusanito , quien era un Gusanito medidor muy simpático, alegre
y audaz.
A ITO Gusanito , le gustaba pasear por los límites del bosque , sin embargo,
cuando ITO Gusanito iba en busca de aventuras al bosque, se tardaba mucho
para regresar a casa, porque caminaba muy lentos, pero, ser lento no era razón para
no intentar conocer el mundo.
__ Uno, dos, tres, y sigue la cuenta __ Media ITO Gusanito al avanzar.
Cierto día, ITO Gusanito descubrió una atenta invitación, en al cual se invitaba a
todos los animales a participar en una competencia de carreras, y el ganador sería
nombrado representante de la aldea por un día, y ser nombrado representante, era un
honor que todos admiraban, y pretendían.
Los animales muy animados quisieron participar, aunque pusieron en duda la
participación de ITO Gusanito , porque el gusanito siempre se la pasaba contando sus
pasos, pero al verlo motivado lo observaron intrigados.
_ No me habrán de excluir, aunque soy un gusanito medidor y lento, pero tengo
voluntad __ Dijo ITO muy entusiasta.
__ No por supuesto, mereces consideración y respeto, tu tamaño no significa que no
puedes, querer, es poder __ Añadieron los animales.
_ ¡Oh, genial seré ganador! _ Se dijo ITO
Tuga, Tortuga se encontraba muy cerca de ITO , y escucho su atrevida idea.
_ Pero ¿Participaras? Te ganarán por mucha ventaja _ Señaló Tuga bastante
desanimada.
_ Dijeron que todos, y yo también soy todos _ Indicó ITO Gusanito muy optimista.
Al advertir la voluntad de ITO , la Tortuga se dijo:
__ Si ITO puede, yo también puedo, querer, es poder _ Murmuró Tuga, entonces se
decidió a participar.
Al día siguiente, todos estaban concentrados en la pista de inicio mostrando su mejor
actitud.
El. Sr. Cangrejo dio la voz de arranque.
_ ¡En sus marcas listos fuera! _ Exclamó
Todos los animales llevaban delantera ante ITO Gusanito y Tuga Tortuga.
Aunque, el gusanito y la tortuga se esforzaban, se advertía la gran ventaja, sin
embargo, a mitad de la carrera, la Tortuga ya no podía continuar, y se sentó
jadeando de cansancio, mientras ITO contaba los centímetros de ventaja.
__ ¡Ya no puedo más, me rindo! _ Exclamó la Tortuga.
_ ¡Ánimo! ¡Sigue adelante, tu puedes! Te estoy ganando con diez centímetros _ Dijo
ITO
La Tortuga se motivó ante el entusiasmo de Ito Gusanito.
Así que optimista se propuso terminar la carrera como fuera posible, porque ITO
ponía el ejemplo, ella no debía renunciar.
Pero el camino se hacía cada vez más difícil y muy cansado, la Tortuguita daba lo
mejor de sí, sin embargo, ITO advirtió el cansancio de Tuga, entonces decidió
acompañar su paso.
_<Vamos amiga ya falta poco, ¡yo puedo, tu puedes! Uno, dos, tres, ya casi
llegamos, uno, dos tres al frente la meta __ Señaló ITO Gusanito . Contando los pasos.
El recorrido era difícil, y agotador, pero en compañía y el apoyo del gusanito, la
tortuga volvió a la voluntad, su paso aligeraba, porque contando los pasos la
competencia resultaba más fácil.
__ Uno, dos, tres, adelante, uno, dos, tres vamos tu puedes __ Contaba ITO Gusanito
ITO observó el entusiasmo de Tuga, impulsando su voluntad, se sintió satisfecho
de la respuesta de Tuga.
Finalmente llegaron a la meta, los participantes se asombraron porque de igual manera
ITO y Tuga concluían, fue su seguridad y voluntad que los llevó a la meta.
_ ¡Oh! _ Se escuchó a la multitud
_ ¡Viva! ¡Viva ITO y Tuga! ¡Hurra! _ Gritaron
Los animales no daban crédito a los hechos. Y merecidamente se nombraron a ITO y,
a Tuga ganadores de la carrera, llegaron justo a tiempo, todos admiraron la empatía,
el compañerismo y la solidaridad mostrada por el Gusanito , pero Tuga Tortuga se
rehusó a recibir el triunfo, porque sin duda ITO merecía la medalla de honor , de no
ser por él, no habría llegado a la meta.
_ ¡Viva ITO !_ Exclamó Tuga
ITO se convirtió en un ejemplo de empatía y voluntad que todos quisieron imitar, se
sintió orgulloso portando la banda de honor en jefe de la aldea.
desde ese día ITO fue respetado,admirado y querido,pero sobretodo fue muy feliz.
MORALEJA DE LA HISTORIA
para alcanzar un propósito no importa condición, situación o tamaño, porque el que
tiene un plan puede lograrlo sin encontrar pretextos, porque querer, es poder.
FIN
LA TORTUGA VALIENTE Y LA CORONA MÁGICA
En un bosque encantado, vivía una pequeña tortuga llamada Tilda, que siempre soñaba con ser
una heroína. Aunque era lenta y no muy fuerte, Tilda tenía un corazón lleno de coraje y deseos de
ayudar a los demás.
Un día, mientras caminaba por el bosque, escuchó un sollozo que venía de un lago cercano. Allí,
vio a un hada llorando desesperadamente. "¿Por qué lloras?" preguntó Tilda con suavidad. El hada
explicó que había perdido su corona mágica en las profundidades del lago, y sin ella, no podía
proteger el bosque de los hechizos oscuros.
Tilda, sin pensarlo dos veces, se ofreció a buscar la corona. El hada le advirtió que el lago era muy
profundo y estaba lleno de criaturas misteriosas, pero Tilda no se acobardó. "¡No te preocupes, yo
la encontraré!" exclamó con determinación.
Con mucho esfuerzo, Tilda nadó hacia el fondo del lago. Allí se encontró con un gran pez que
guardaba la corona. "¿Qué haces aquí, pequeña tortuga?" preguntó el pez con voz grave. "Vengo a
recuperar la corona del hada para proteger el bosque," respondió Tilda.
El pez, impresionado por la valentía de la tortuga, le dijo: "Si puedes resolver mi acertijo, te
devolveré la corona." Tilda escuchó atentamente el acertijo del pez: "¿Qué es algo que crece pero
nunca se mueve, y aunque el viento sople, sigue en su lugar?"
Tilda pensó por un momento y luego dijo con una sonrisa: "¡Es un árbol! Aunque crece alto y
fuerte, nunca se mueve de su sitio." El pez, complacido con la respuesta, le entregó la corona
mágica a la pequeña tortuga.
Tilda salió del lago triunfante y le devolvió la corona al hada, quien, agradecida, le otorgó un
hermoso colgante mágico como símbolo de su valentía. Desde ese día, Tilda se convirtió en la
guardiana del bosque, y todos los animales la admiraban por su gran corazón.
Esa noche, mientras las estrellas brillaban en el cielo, el hada le dijo: "Gracias, Tilda, por
enseñarnos que la verdadera valentía no se mide por el tamaño o la fuerza, sino por el amor y el
coraje con los que enfrentamos nuestros miedos."
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Moraleja: La valentía no está en la fuerza física, sino en la capacidad de enfrentar los miedos con el
corazón. 💫
EL PECECITO QUE QUERÍA VOLAR
Había una vez en un tranquilo lago , un pez llamado Pepe.
Pepe tenía un gran sueño: quería volar como los pájaros que veía
cada día sobrevolando el agua. Sus amigos peces se reían de él ,
diciéndole que los peces no vuelan . Pero Pepe no dejó que las palabras
de los demás apagaran su sueño.
Un día, mientras nadaba cerca de la superficie , Pepe vio una libélula
atrapada en una telaraña flotante. Aunque la libélula parecía aterrada,
Pepe se acercó y con mucho cuidado la liberó.
La libélula, agradecida, le dijo a Pepe: “Si algún día necesitas ayuda,
llámame.”
Con el tiempo, Pepe olvidó el incidente. Sin embargo, su deseo de volar
seguía ardiendo en su corazón.
Decidió probar algo diferente: cada vez que un pájaro pasaba volando,
Pepe saltaba fuera del agua para intentar alcanzarlo. No pudo volar,
pero cada salto lo hacía sentir más cerca de su sueño.
Un día, mientras estaba en su habitual rutina de saltos, Pepe quedó
atrapado en una red de pescador . Asustado, recordó a la libélula y gritó
por ayuda. La libélula apareció con sus amigas y entre todas
picotearon la red hasta que Pepe fue liberado.
Aunque Pepe no pudo volar como los pájaros, sus saltos lo hacían
sentir libre, y aprendió que la perseverancia y la ayuda de los amigos
podían llevarlo más allá de lo que imaginaba.
MORALEJA DE LA HISTORIA:
No dejes que las limitaciones o las palabras de los demás apaguen tus
sueños. La perseverancia y la amistad pueden ayudarte a alcanzar lo
inimaginable .
PAQUITO, EL PATITO QUE NO QUERÍA ESTUDIAR
Había una vez un pequeño patito llamado Paquito que vivía en un tranquilo estanque rodeado de
árboles frondosos y flores coloridas. Paquito era un patito curioso, pero tenía un problema: no le
gustaba estudiar. Mientras sus compañeros de la escuela atendían las lecciones de la sabia
maestra Lechuza, Paquito prefería pasar el tiempo jugando videojuegos, saliendo con sus amigos
y haciendo caso omiso a las indicaciones de sus padres.
Sus padres, el Sr. y la Sra. Patas Largas, estaban muy preocupados. Todos los días recibían
recados de la maestra Lechuza, quien les informaba que Paquito no prestaba atención en clase,
no entregaba sus tareas y que, además, estaba juntándose con otros animales que no eran
buena influencia. Paquito andaba con un grupo de amigos como la zorra perezosa, el cuervo
travieso, y el ratón que siempre estaba metido en problemas.
Un día, después de recibir otro recado de la maestra, los padres de Paquito decidieron que ya
era suficiente. Tenían que enseñarle a su hijo una lección de vida, una que nunca olvidaría.
A la mañana siguiente, en lugar de ir a la escuela, los padres de Paquito lo llevaron a un lugar
muy diferente. Primero, lo llevaron a la cárcel de animales. Allí, Paquito vio a varios animales que
habían hecho cosas malas y ahora estaban encerrados. La atmósfera era fría y sombría, y los
animales se veían tristes y arrepentidos. Un viejo lobo que estaba tras las rejas le contó a
Paquito cómo, por no estudiar y tomar malas decisiones, había terminado en la cárcel. El patito
sintió un escalofrío recorrer su espalda.
Después, sus padres lo llevaron a las calles de la ciudad. Allí, Paquito vio a muchos animales
desamparados, buscando comida entre la basura, con miradas tristes y cuerpos cansados. Un
perro callejero le dijo que cuando era joven, también prefería jugar y salir con sus amigos en
lugar de estudiar. Ahora, sin una profesión ni un lugar donde vivir, se arrepentía profundamente.
Paquito no podía creer lo que estaba viendo. Sentía miedo y tristeza al mismo tiempo. Nunca
antes había pensado en las consecuencias de sus acciones. Todo este tiempo, había estado
viviendo en su propio mundo, sin darse cuenta de lo que podría suceder si continuaba por el mal
camino.
Esa noche, al regresar a casa, el patito se acercó a sus padres con lágrimas en los ojos.
- Lo siento mucho, mamá y papá -dijo con la voz entrecortada-. No quiero terminar como esos
animales. Prometo que seré el patito más estudioso, sacaré buenas calificaciones y me
convertiré en un profesional. Quiero hacerlos sentir orgullosos de mí.
Sus padres lo abrazaron con fuerza, sintiéndose aliviados y felices de ver que Paquito finalmente
había comprendido la importancia de estudiar y hacer lo correcto.
Desde ese día, Paquito cambió por completo. Se levantaba temprano para ir a la escuela,
prestaba atención a las lecciones de la maestra Lechuza y, poco a poco, sus calificaciones
comenzaron a mejorar. También se alejó de las malas compañías y empezó a rodearse de
amigos que lo apoyaban en su nuevo camino.
Años después, Paquito se convirtió en un Pato profesional respetado y querido por todos. Y cada
vez que recordaba aquel día en que sus padres le mostraron el mundo real, agradecía haber
aprendido una lección tan valiosa. Sus padres lo amaban y estaban orgullosos de él, y Paquito
siempre les estaría agradecido por haberlo guiado por el buen camino.
Y así, el pequeño patito Paquito que una vez solo quería jugar, se convirtió en un ejemplo de
responsabilidad y esfuerzo para todos los animales del estanque y el bosque Fin.
l Conejito y el Escarabajo Mágico
Había una vez en un hermoso bosque un conejito llamado Lilo. Era alegre ,
travieso y confiaba mucho en sus amigos, especialmente en la ardilla Mily y el
búho Sabino. Ellos siempre lo ayudaban cuando se metía en problemas, y Lilo
estaba seguro de que siempre sería así.
Un día, una fuerte tormenta azotó el bosque. Los árboles temblaban y el río creció
tanto que se llevó el puente que conectaba el lado del bosque donde vivía Lilo con
su madriguera. Asustado y sin saber cómo cruzar de vuelta a su hogar, Lilo corrió a
buscar a Mily .
—¡Mily, Mily! —gritó —. ¡El puente se ha caído y no puedo volver a casa!
Pero Mily estaba ocupada almacenando sus nueces para el invierno y, aunque
quería ayudar, no podía dejar su trabajo.
—Lo siento, Lilo —dijo con un tono apenado—, pero si no termino de recoger mis
nueces, no tendré suficiente comida para el invierno . Tal vez Sabino pueda ayudarte.
Desilusionado , Lilo corrió a ver a Sabino , el sabio búho que vivía en lo alto de un
gran roble .
—¡Sabino , necesito tu ayuda! —exclamó Lilo —. ¡No puedo cruzar el río y Mily
no puede ayudarme!
Sabino bajó su mirada y suspiró .
—Lo lamento, pequeño Lilo , pero con la tormenta , tengo que cuidar mi nido .
Además, el viento es muy fuerte para volar. Quizás puedas encontrar ayuda en otra
parte.
Lilo se sintió solo y preocupado . "¿Quién podrá ayudarme ahora?", pensó. Mientras
caminaba cabizbajo por el bosque , escuchó un suave zumbido a su alrededor. Al
mirar hacia el suelo, vio un pequeño escarabajo verde brillante que movía sus
antenas curiosamente.
—Hola, Lilo —dijo el escarabajo con una voz chispeante—. Pareces triste. ¿Puedo
ayudarte?
Lilo , sorprendido de que un escarabajo tan pequeño le ofreciera ayuda, sonrió con
tristeza .
—No creo que puedas, eres demasiado pequeño para cruzar el río.
Pero el escarabajo no se desanimó.
—A veces, la ayuda llega de donde menos lo esperas —respondió con una sonrisa
traviesa .
El escarabajo agitó sus alas y, para asombro de Lilo , comenzó a brillar con una luz
mágica . De repente, del suelo comenzó a crecer una planta gigante que, como un
puente mágico, se extendió sobre el río, formando una pasarela brillante.
—¡Sube, Lilo ! —dijo el escarabajo —. Esta es mi ayuda.
Asombrado, Lilo cruzó el puente de la planta mágica , y cuando llegó al otro
lado, el escarabajo desapareció en el bosque , tan rápido como había llegado.
Lilo corrió a su madriguera, sano y salvo, pero más importante aún, comprendió algo
muy valioso: no siempre podemos confiar solo en los amigos cercanos, porque la ayuda
puede venir del lugar más inesperado.
Desde aquel día, Lilo trató con amabilidad a todos los habitantes del bosque ,
grandes y pequeños, sabiendo que cada uno tenía algo especial que ofrecer, aunque
no siempre lo pareciera a simple vista.
Ese hermoso bosque siguió lleno de magia e ilusión, donde todos aprendieron a
valorarse unos a otros, porque, en el fondo, nunca se sabe quién puede tenderte la
mano cuando más lo necesitas.
Moraleja: La ayuda puede venir de quien menos lo esperas. Por eso, es importante
tratar bien a todos, ya que incluso los más pequeños o quienes parecen menos
capaces pueden sorprenderte con su generosidad y valentía cuando más los necesitas.
LAS CONEJITAS IRRESPETUOSAS
Había una vez un conejo que se llamaba Serapio. Él vivía en lo más alto
de una montaña con sus nietas Serafina y Séfora.
Serapio era un bueno y muy respetuoso con todos los animales de la
montaña y por ello lo apreciaban mucho. Pero sus nietas eran
diferentes: no sabían lo que era el respeto a los demás.
Serapio siempre pedía disculpas por lo que ellas hacían. Cada vez que ellas
salían a pasear, Serafina se burlaba:
- Pero mira qué fea está esa oveja. Y mira la nariz del toro.
- Sí, mira qué feos son, respondía Séfora delante de los otros animalitos.
Y así se la pasaban molestando a los demás, todos los días.
Un día, cansado el abuelo de la mala conducta de sus nietas (que por
más que les enseñaba, no se corregían), se le ocurrió algo para hacerlas
entender y les dijo:
- Vamos a practicar un juego en el que cada una tendrá un cuaderno. En
él escribiréis la palabra disculpas, cada vez que le faltéis el respeto a
alguien. Ganará la que escriba menos esa palabra.
Y las niñas Séfora y Serafina se animaron con el juego:
- Está bien abuelo , juguemos, respondieron al mismo tiempo.
Cuando Séfora le faltaba el respeto a alguien, Serafina le recordaba el
juego y hacía que escribiera en su cuaderno la palabra disculpas (porque
así Séfora tendría más palabras y perdería el juego).
De igual forma Séfora le recordaba a Serafina cuando le faltaba el respeto
a alguien. Pasaron los días y hartas de escribir, las dos se pusieron a
conversar:
- ¿No sería mejor que ya no le faltemos el respeto a la gente? Así ya no
sería necesario pedir disculpas.
Llegó el momento en que Serapio tuvo que felicitar a ambas porque
ya no tenían quejas de los vecinos.
Les pidió a las conejitas que borraran poco a poco todo lo escrito hasta
que sus cuadernos quedaran como nuevos.
Las conejitas se sintieron muy tristes porque vieron que era imposible
que las hojas del cuaderno quedaran como antes. Se lo contaron al
abuelo y él les dijo:
MORALEJA DE LA HISTORIA
- Del mismo modo queda el corazón de una persona a la que le faltamos
el respeto. Queda marcado y por más que pidamos disculpas, las huellas
no se borran por completo. Por eso debemos respetar a los demás así
como nos gustaría que nos respeten a nosotros.
El árbol que no sabía quién era
Había una vez un jardín muy hermoso en el que crecían todo tipo de árboles
maravillosos.
Algunos daban enormes naranjas llenas de delicioso jugo; otros riquísimas peras que
parecían azucaradas de tan dulces que eran. También había árboles repletos de
dorados melocotones que hacían las delicias de todo aquel que se llevaba uno a la
boca.
Era un jardín excepcional y los frutales se sentían muy felices. No sólo eran árboles
sanos, robustos y bellos, sino que además, producían las mejores frutas que nadie
podía imaginar.
Sólo uno de esos árboles se sentía muy desdichado porque, aunque sus ramas eran
grandes y muy verdes, no daba ningún tipo de fruto. El pobre siempre se quejaba de
su mala suerte.
Amigos, todos vosotros estáis cargaditos de frutas estupendas, pero yo no. Es injusto
y ya no sé qué hacer.
El árbol estaba muy deprimido y todos los días repetía la misma canción. Los demás le
apreciaban mucho e intentaban que recuperara la alegría con palabras de ánimo. El
manzano, por ejemplo, solía hacer hincapié en que lo importante era centrarse en el
problema.
A ver, compañero, si no te concentras, nunca lo conseguirás. Relaja tu mente e intenta
dar manzanas ¡A mí me resulta muy sencillo!
Pero el árbol, por mucho que se quedaba en silencio y trataba de imaginar verdes
manzanas naciendo de sus ramas, no lo conseguía.
Otro que a menudo le consolaba era el mandarino, quien además insistía en que
probara a dar mandarinas.
– A lo mejor te resulta más fácil con las mandarinas ¡Mira cuántas tengo yo! Son más
pequeñas que las manzanas y pesan menos… ¡Venga, haz un esfuerzo a ver si lo
logras!
Nada de nada; el árbol era incapaz y se sentía fatal por ser diferente y poco productivo.
Un mañana un búho le escuchó llorar amargamente y se posó sobre él. Viendo que
sus lágrimas eran tan abundantes que parecían gotas de lluvia, pensó que algo
realmente grave le pasaba. Con mucho respeto, le habló:
– Perdona que te moleste… Mira, yo no sé mucho acerca de los problemas que tenéis
los árboles pero aquí me tienes por si quieres contarme qué te pasa. Soy un animal
muy observador y quizá pueda ayudarte.
El árbol suspiró y confesó al ave cuál era su dolor.
Gracias por interesarte por mí, amigo. Como puedes comprobar en este jardín hay
cientos de árboles, todos bonitos y llenos de frutas increíbles excepto yo… ¿Acaso no
me ves? Todos mis amigos insisten en que intente dar manzanas, peras o
mandarinas, pero no puedo ¡Me siento frustrado y enfadado conmigo mismo por no ser
capaz de crear ni una simple aceituna!
El búho, que era muy sabio comprendió el motivo de su pena y le dijo con firmeza:
– ¿Quieres saber mi opinión sincera? ¡El problema es que no te conoces a ti mismo!
Te pasas el día haciendo lo que los demás quieren que hagas y en cambio no
escuchas tu propia voz interior.
El árbol puso cara de extrañeza.
– ¿Mi voz interior? ¿Qué quieres decir con eso?
– ¡Sí, tu voz interior! Tú la tienes, todos la tenemos, pero debemos aprender a
escucharla. Ella te dirá quién eres tú y cuál es tu función dentro de este planeta.
Espero que medites sobre ello porque ahí está la respuesta.
El búho le guiñó un ojo y sin decir ni una palabra más alzó el vuelo y se perdió en la
lejanía.
El árbol se quedó meditando y decidió seguir el consejo del inteligente búho. Aspiró
profundamente varias veces para liberarse de los pensamientos negativos e intentó
concentrarse en su propia voz interior. Cuando consiguió desconectar su mente de
todo lo que le rodeaba, escuchó al fin una vocecilla dentro de él que le susurró:
Cada uno de nosotros somos lo que somos ¿Cómo pretendes dar peras si no eres un
peral? Tampoco podrás nunca dar manzanas, pues no eres un manzano, ni
mandarinas porque no eres un mandarino. Tú eres un roble y como roble que eres
estás en el mundo para cumplir una misión distinta pero muy importante: acoger a las
aves entre tus enormes ramas y dar sombra a los seres vivos en los días de calor ¡Ah,
y eso no es todo! Tu belleza contribuye a alegrar el paisaje y eres una de las especies
más admiradas por los científicos y botánicos ¿No crees que es suficiente?
En ese momento y después de muchos meses, el árbol triste se alegró. La emoción
recorrió su tronco porque al fin comprendió quién era y que tenía una preciosa y
esencial labor que cumplir dentro de la naturaleza.
Jamás volvió a sentirse peor que los demás y logró ser muy feliz el resto de su larga
vida.
Moraleja: Cada uno de nosotros tenemos unas capacidades diferentes que nos
distinguen de los demás. Trata de conocerte a ti mismo y de sentirte orgulloso de lo
que eres en vez tratar de ser lo que los demás quieren que seas.
El sapo y el ratón
había una vez un sapo al que le encantaba tocar la flauta. Por las noches se subía a una piedra
del campo y, bañado por la luz de la luna, arrancaba hermosas notas a su pequeño
instrumento.
Allí cerquita vivía un ratón al que le molestaba mucho la música. Estaba tan harto, que una
cálida noche de verano decidió poner fin a la situación. Fue en busca del sapo y le amenazó.
¡Oiga, señor sapo! No quiero parecerle maleducado, pero es que me aturde con esas melodías
todas las noches ¡No consigo dormir! ¿Por qué no se va a otro sitio a tocar la flauta? – dijo
gruñendo y con gesto enfadado.
– ¡Usted es un envidioso! – respondió el sapo – ¡Ya le gustaría tocar tan bien como yo!
– ¡De envidia nada! – El ratón empezaba a enfadarse más de la cuenta – Yo no sé nada de
música, pero tengo otras virtudes: corro rapidísimo y me muevo con mucha agilidad por todas
partes, algo que usted, con esas patas tan cortas y la barriga tan inflada, no puede hacer.
Al sapo le pareció fatal lo que le dijo el ratón y decidió darle un escarmiento.
Así que se cree mejor que yo ¿eh?… Muy bien, pues si quiere hacemos una apuesta. Le reto a
correr, pero para que sea más emocionante, lo haremos bajo tierra. Si gana usted, le entregaré
mi flauta, pero si gano yo, tendrá que regalarme su casa, que según he oído por ahí, es
bastante confortable.
El ratón se echó a reír pensando que el sapo era un ser bastante tonto e inconsciente.
– ¡Acepto, acepto! Ganarle es pan comido y cuando tenga esa insoportable flauta en mi poder,
la destrozaré hasta hacerla polvillo. Nos vemos mañana aquí, en cuanto salga el sol.
El sapo se despidió, volvió a su casa y le contó la historia a su mujer. Después, le explicó que
había urdido un plan para ganar al insolente roedor.
– Te diré qué haremos, pero escucha con atención. El ratón y yo saldremos corriendo bajo
tierra desde la roca hasta la meta, situada en el gran árbol que crece junto al trigal.
Tomó aire y continuó.
– Tú te esconderás en un agujero bajo el árbol y cuando veas que el ratón está llegando,
sacarás la cabeza y gritarás “¡He ganado! Todos los sapos somos muy parecidos y el ratón no
se dará cuenta de que, en realidad, eres tú y no yo quien estará en la meta.
– Está bien, querido. Así lo haré – respondió la señora sapo.
Al día siguiente, se reunieron en la roca el sapo y el ratón. Cuando sonó la señal de salida,
ambos se metieron bajo tierra y empezaron a correr. Bueno, no exactamente… El ratón corrió y
corrió a toda velocidad sin mirar atrás, mientras que el sapo simuló que avanzaba un poquito
pero en realidad regresó al punto de partida. Cuando el ratón estaba a punto de llegar al árbol,
la señora sapo sacó la cabeza y gritó:
¡Ya estoy aquí! ¡He ganado!
Al ratón se le desencajó la cara ¿Cómo era posible que el sapo hubiera llegado antes?
– ¿Es usted mago o algo así? ¡Si no lo veo, no lo creo! Está bien: haremos una nueva carrera,
esta vez el camino contrario, de aquí a la roca.
El sapo, que en realidad era la mujer, asintió con la cabeza. Se prepararon para salir, dieron la
señal y el ratón puso todas sus ganas en llegar el primero. Se metió bajo tierra y corrió como un
loco mientras la mujer del sapo se quedaba quieta sin que el ratón, con las prisas, se diera
cuenta de que iba corriendo solo. Cuando faltaba muy poquito para llegar, oyó una voz
proveniente de una cabeza que asomaba junto a la roca.
¡He vuelto a ganar! – gritó el sapo, a punto de reventar de felicidad porque había conseguido
engañar al ratón – ¡Celebraré mi victoria tocando una melodía triunfal!
El sapo comenzó a tocar la flauta dando saltitos de alegría. El ratón se sintió furioso y
humillado. La ira le reconcomía y encima tenía que soportar esa insidiosa música que le
sacaba de quicio. Pronto pasó de la rabia a la tristeza, pues el sapo se apresuró a reclamarle lo
que le debía.
– He ganado la apuesta – comentó el batracio sacudiéndose la tierra de la panza – ¡Me quedo
con tu casa!
El ratón tuvo que asumir que había perdido. Cabizbajo, le dio las llaves y se alejó en busca de
un nuevo hogar. El exceso de confianza en sí mismo le había jugado una mala pasada. Se
prometió que, a partir de entonces, sería más humilde y no despreciaría a aquellos que, en
principio, parecen más débiles.