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Reinado de Carlos IV y Guerra de Independencia

El reinado de Carlos IV estuvo marcado por la influencia de Manuel Godoy y la participación de España en las Guerras de Coalición, culminando en la Guerra de la Independencia tras las abdicaciones de Bayona que llevaron a José I al trono. Las Cortes de Cádiz redactaron la Constitución de 1812, que abolió el Antiguo Régimen y estableció principios liberales, aunque la oposición y la represión de Fernando VII llevaron a un retorno al absolutismo. Simultáneamente, las colonias americanas iniciaron su proceso de independencia, impulsadas por el descontento criollo y las ideas ilustradas.

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Reinado de Carlos IV y Guerra de Independencia

El reinado de Carlos IV estuvo marcado por la influencia de Manuel Godoy y la participación de España en las Guerras de Coalición, culminando en la Guerra de la Independencia tras las abdicaciones de Bayona que llevaron a José I al trono. Las Cortes de Cádiz redactaron la Constitución de 1812, que abolió el Antiguo Régimen y estableció principios liberales, aunque la oposición y la represión de Fernando VII llevaron a un retorno al absolutismo. Simultáneamente, las colonias americanas iniciaron su proceso de independencia, impulsadas por el descontento criollo y las ideas ilustradas.

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4.1. El reinado de Carlos IV. La Guerra de la Independencia.

Carlos IV subió al trono en 1788; en un primer momento mantuvo como primer


ministro a Floridablanca, pero por influencia de la reina Mª Luisa de Parma, Manuel
Godoy, un joven guardia de Corps, ascendió al cargo de primer ministro, siendo el
verdadero gobernante de España de 1792 hasta el final del reinado.

El inicio de este reinado coincide con la Revolución francesa lo que impulsa un cambio
en la tradicional política de pactos de familia entre España y Francia. Con la Revolución
francesa, España participará, junto con las demás potencias europeas en las Guerras de
Coalición, saliendo derrotada y firmando la Paz Basilea en 1795.

En 1796 se firmó el primer Tratado de San Ildefonso, por el cual España adoptó una
política de colaboración con Francia en contra de Inglaterra, que la llevó a la derrota de
Trafalgar en 1805 y que tuvo dos importantes consecuencias. Por un lado, España
pierde el control del comercio con sus colonias y, por otro, Napoleón emprende el
Bloqueo Continental, controlando todos los puertos europeos.

Paralelamente, la monarquía vivía una situación de desprestigio.


El heredero Fernando, con ayuda de una parte de la aristocracia en contra de la política
reformista de Godoy, conspira para arrebatar el trono a su padre, pero fue descubierto
y sometido al Proceso de El Escorial del cual salió indemne.

En 1807 Godoy firmó con Napoleón el Tratado de Fontainebleau, por el cual se


permitía a las tropas francesas su paso por territorio español para conquistar Portugal,
país aliado de Inglaterra. El objetivo era dividir Portugal en tres partes, de las cuales
una sería un principado bajo el mando de Godoy. Con este pretexto Napoleón dispuso
sus tropas en distintas partes de España. Godoy al comprender el peligro, intentó
trasladar a la familia real a Andalucía para poner rumbo a América, pero en marzo de
1808 estalló el motín de Aranjuez, lugar donde se encontraba la corte. El origen del
motín estaba en el partido que se había formado en torno al príncipe heredero, futuro
Fernando VII. Carlos IV se vio obligado a destituir a Godoy y a abdicar a favor de su
hijo.

Con la excusa de solucionar el enfrentamiento entre Carlos IV y Fernando VII, Napoleón


convoca a ambos en Bayona, donde se producen las abdicaciones de Bayona:
Napoleon convence a Carlos y Fernando para que ambos abdicaran a su favor.

La corona de España recayó en Napoleón, el cual se la cedió a su hermano, José


Bonaparte, que reinaría en España como José I y promulga el Estatuto de Bayona una
carta otorgada, que pretendía modernizar las estructuras políticas españolas tomando
como modelo el sistema francés.

Mientras se producían las abdicaciones de Bayona, Fernando había dejado como


regente a una Junta de Gobierno con el general Murat al frente, con la orden de
obedecer a los franceses. El Consejo de Castilla y el ejército aceptan la situación,
aunque el descontento es cada vez mayor. Napoleón da orden de que la familia real sea
trasladada, el 2 de mayo cuando los últimos miembros iban a ser trasladados se inicia
un motín popular espontáneo en la puerta del Palacio Real. Las tropas francesas
disparan contra el pueblo y el motín se extiende por todo Madrid. El Consejo de
Castilla y la mayor parte del ejército se negaron a seguir la revuelta, pero el cuartel de
la Montaña encabezados por Ruiz, Daoiz y Velarde se subleva con el pueblo. Mal
organizados sufren una dura represión, lo mismo que el resto del pueblo que había
participado (fusilamientos en la Moncloa).

Al conocerse la noticia de las abdicaciones de Bayona y los sucesos de Madrid, se inicia


una lucha por España y por Fernando VII. El Alcalde de Móstoles declara la guerra a
Francia; en el resto de España se forman Juntas locales y provinciales.

El territorio español, queda dividido en dos bandos, lo que hace que este sea un doble
conflicto, una guerra contra el invasor y una guerra civil:
Por un lado, los territorios ocupados por el ejército francés, que contaban con el
apoyo de los afrancesados, juran fidelidad a Jose I, querían una persona fuerte y una
modernización pacífica y gradual. Por otro lado, estaban los patriotas que afirmaban
luchar en nombre de Fernando VII, pero dentro de este bando estaban 3 grupos
ideológicos: los liberales, partidarios de un gobierno constituyente, los absolutistas
quienes querían volver al antiguo régimen y del retorno de Fernando VII como
monarca absoluto, y los reformistas seguidores de ilustrados como Floridablanca y
Jovellanos.

Para controlar la situación, en las zonas no ocupadas se crearon juntas locales


integradas en juntas provinciales que asumieron la autoridad en nombre de Fernando
VII. Los delegados de las juntas provinciales constituyeron, en septiembre de 1808,
bajo la presidencia de Floridablanca, la Junta Central Suprema, que en 1810 ante los
fracasos militares traspasó sus poderes a un Consejo de Regencia que se estableció
en Cádiz.

En agosto de 1808 las tropas de la junta de Sevilla y Cádiz, mandadas por el General
Castaños derrotan a las tropas francesas en la batalla Bailén, lo que tiene una gran
repercusión en Europa pues es la primera derrota de Napoleón. Además los franceses
abandonan Zaragoza (Palafox) y Gerona y José I huye de Madrid.

Las juntas mandan emisarios a Inglaterra para pedir ayuda y el Duque de Wellington
desembarca en Lisboa en 1808, lanzando una ofensiva que obliga a los franceses a
abandonar Portugal.
Ante estos reveses Napoleón llega a la Península con su ejército imperial y se pone al
mando: lleva a cabo una gran ofensiva en el Ebro y avanza hacia Madrid, reponiendo a
José I. Los ingleses son derrotados y se repliegan en Lisboa. En 1810 casi toda la
Península está ocupada por los franceses salvo Lisboa y partes de Galicia y Cádiz.
Ante la imposibilidad de hacer frente al ejército francés comienza la guerra de
guerrillas, conocedores del territorio que actúan por sorpresa, evitando el
enfrentamiento directo (Espoz y Mina y el Empecinado)

En enero de 1812 se inicia la gran ofensiva anglo-hispana-portuguesa, avanzando


hacia Madrid (derrota de Arapiles), que inicia la retirada francesa de Andalucía y de
Madrid.

En 1813 continúa la ofensiva dirigida por Wellington, y tras las victorias de Vitoria y
San Marcial España queda libre de tropas francesas. La guerra continúa meses después
en Francia hasta que Napoleón pide la paz.

A finales de 1813 se firmó el Tratado de Valençay, por el que Napoleón reconocía a


Fernando VII como rey de España.

Las consecuencias de la guerra fueron muchas: descenso demográfico (muertes y


exilio), daños materiales (agricultura, ganadería e industria) y varias ciudades
quedaron reducidas a escombros (Gerona, [Link]án y Zaragoza). Todo esto ayudó
a crear una identidad nacional que se tradujo en un fuerte sentimiento patriota
contra lo francés.
4.2. Las Cortes de Cádiz y la Constitución de 1812.
Las Abdicaciones de Bayona, el establecimiento del Estatuto de Bayona y la elección
de José I como rey de España en julio de 1808, no fueron reconocidos por el pueblo,
que decidió recoger la soberanía perdida, lo que supuso un acto revolucionario.
Para organizar la defensa y mantener el control del Estado, se formó la Junta Suprema
C. en Aranjuez, que gobernó de 1808 a 1810 y dirigió el conflicto contra Francia para lo
cual buscó una alianza con Reino Unido. Sin embargo, ante los fracasos militares, el
poder fue traspasado a un Consejo de Regencia, en 1810, encargado de dirigir la
guerra.

En septiembre de ese mismo año se inauguraron las Cortes de Cádiz, dominadas por el
bando liberal, por el que se convirtieron en la Asamblea Constituyente. No obstante,
en las Cortes existían tres tendencias: los absolutistas (partidarios de la continuidad
del Antiguo Régimen), los reformistas (seguidores de ilustrados como Floridablanca y
Jovellanos), y los liberales ( lucharon por un nuevo sistema con constitución).

Las Cortes de Cádiz iniciaron una serie de reformas que concluyeron con la redacción
de la primera constitución española, el 19 de marzo de 1812 (“La Pepa”). La obra de
las Cortes de Cádiz fue muy transformadora: se puso fin al feudalismo, es decir el
régimen señorial quedó abolido, pero los títulos nobiliarios se convirtieron en
contratos de propiedad particular, por lo que la nobleza mantuvo su poder económico;
se abolió el régimen gremial; se suprimió la Inquisición; se abolieron los privilegios
de la Mesta; y se implementó una tímida desamortización.

En la elaboración de la Carta Magna participaron liberales como Agustín Argüelles y


Diego Muñoz Torrero. Constaba de 384 artículos y cuatro principios fundamentales:

Soberanía nacional (el poder reside en el pueblo, no en el rey), División de poderes


(legislativo cortes unicamerales, el ejecutivo al rey y el judicial a los tribunales de
justicia), Derecho de representación: los diputados representarán a la nación y no a los
estamentos serán elegidos por sufragio universal indirecto, entre todos los hombres
mayores de 25 años), Declaración de derechos (se defenderá el derecho a la
propiedad privada y a la libertad, con más derechos como la libertad de expresión).

Además de estos cuatro principios, la Constitución recogía la proclamación del


catolicismo como la única confesión y crea un nuevo ejército que defendía a la nación
y sustituía al ejército de la monarquía.

Entre los referentes ideológicos es evidente la influencia de la filosofía política de la


Ilustración (Montesquieu, Rousseau, Voltaire ), del sistema parlamentario inglés y del
sistema político de EEUU, de la Escuela Clásica de Adam Smith (desde el punto de
vista económico) y de la teórica política española de Francisco de Vitoria y Francisco
Suárez.

En cuanto a las fuerzas sociales se puede afirmar que el campesinado apenas obtuvo
beneficios con la Constitución aunque participó en la lucha armada. Sin embargo, los
grupos más beneficiados fueron la nobleza terrateniente y la burguesía comercial,
industrial y profesionales liberales.

4.3. El reinado de Fernando VII. La cuestión sucesoria.

El reinado de Fernando VII se puede dividir en tres etapas:

El Sexenio Absolutista (1814-1820):

Durante la Guerra de Independencia, mientras Fernando VII permaneció prisionero en


Francia, se redactó la Constitución de 1812 que acababa con el sistema del Antiguo
Régimen y recortaba ampliamente los poderes del rey.

Cuando Fernando VII, tras su liberación por el Tratado de Valençay, en 1814, llega a
Valencia es recibido por un grupo de militares y diputados absolutistas (llamados
“serviles”) que le entregan el “Manifiesto de los Persas” (un escrito redactado por 69
diputados) donde le animan para que vuelva a instaurar el Antiguo Régimen.
Fernando declaró nula la Constitución (Decreto de 4 de Mayo) y todas las leyes de las
Cortes de Cádiz, restaura las viejas instituciones y comienza la persecución de los
liberales.

Sin embargo, la vuelta al Antiguo Régimen, tal y como pretendían los más
conservadores, ya no era posible, y lo que hizo Fernando fue volver al sistema de
1808, un Despotismo Ilustrado en el que el rey gobernaba con la ayuda de
ministros. Eso provocó el descontento tanto de los absolutistas como de los
liberales.

El descontento del ejército y de los liberales cristalizó en una serie de


pronunciamientos militares, casi una veintena fracasados que intentaban acabar con
el sistema político mediante las armas. Pero en 1820 el coronel Rafael de Riego inicia
un levantamiento en Cabezas de San Juan (Sevilla) en defensa de la Constitución de
1812.

La rebelión se extiende por otras ciudades y Fernando VII se ve obligado a jurar la


Constitución de 1812. Esta victoria supuso la vuelta al régimen de 1812 durante tres
años, en el llamado Trienio Constitucional (1820-23).

Trienio Liberal (1820-23)

Este periodo se caracteriza por la agitación política constante y la oposición al


gobierno liberal. Por un lado estaba el rey, que utilizó todos los recursos disponibles
para poner obstáculos a las reformas liberales y comenzó a pedir secretamente una
intervención extranjera.
Además se crean partidas guerrilleras organizadas por la aristocracia y el clero,
incluso los absolutistas instalan la Regencia de Urgel, que pretendía actuar como
gobierno legítimo durante la “cautividad” del rey por los liberales, finalmente el
ejército la disolvió.

Por otro lado los propios liberales se dividieron en dos grupos enfrentados: los
moderados, o doceañistas, dispuestos a introducir reformas en la constitución que
la hicieran más conservadora y los exaltados o veinteañistas que la querían
mantener y buscaban una política más progresista.

Ante el temor de que la Revolución se extienda al resto de Europa los miembros de


la Santa Alianza (Austria, Prusia, Rusia y Francia) se reúnen en el Congreso de
Verona en 1822 y encargan a Francia enviar un ejército, los “Cien Mil Hijos de San
Luis” dirigidos por el Duque de Angulema. Únicamente Cádiz se opuso mediante las
armas y, tras un bombardeo, se rindió el 1 de octubre. Fernando VII abolió
nuevamente la constitución finalizando con el Trienio.

Década Ominosa (1823-1833)

Fernando VII declaró que, durante esos tres años, había sido prisionero y anuló la
obra reformadora del Trienio. Desde entonces gobernó como rey absoluto,
aunque hacia el final de su reinado tuvo un acercamiento a los liberales, porque
eran los únicos que aceptaban como sucesora a su hija Isabel. Durante este período
hubo tres preocupaciones fundamentales: la represión contra los liberales (que
optaron por huir al Reino Unido), la contracción del gasto público y la restauración
del absolutismo.

El nacimiento de Isabel , en 1830, hija de su cuarta esposa, María Cristina de Borbón


, planteó el problema sucesorio. La Ley Sálica dictada por Felipe V en 1713, que
excluía a las mujeres del trono, fue derogada por Fernando VII mediante la
Pragmática Sanción. Esto dejaba a su hermano, el infante Carlos María Isidro, sin
posibilidades de acceder al trono.

Tras la muerte del rey, Isabel era reconocida como heredera y su madre como
regente. Por su parte, en septiembre de 1833, Carlos marchó al exilio y preparó la
guerra. En el Manifiesto de Abrantes del 1 de octubre llamó a los españoles a la
insurrección.
4.4. El proceso de independencia de las colonias
americanas. El legado español en América.

Paralelamente a todos los acontecimientos ocurridos en España desde 1808, América


empieza y culmina su proceso de independencia.
La sublevación en Iberoamérica será dirigida por los criollos, que apenas eran la quinta
parte de la población, aunque eran el grupo dominante; enriquecidos por el comercio
y sus propiedades territoriales; están descontentos de su situación frente a España,
que seguía manteniendo el monopolio político y económico lo que les impedía el libre
comercio.

Las nuevas ideas ilustradas que se difunden en la segunda mitad del siglo XVIII
avivaron el descontento y difundieron las ideas de libertad, además tenían el ejemplo
de la Independencia de Estados Unidos, país que les apoyaba decididamente.

En 1823 el presidente Monroe, en un famoso discurso, sienta las bases de su política


enunciada en la frase “América para los americanos” (doctrina Monroe).
Sin embargo fue la quiebra de la autoridad española lo que inició el proceso de la
independencia iberoamericana. La derrota de Trafalgar (1805) puso en evidencia la
incapacidad de España como potencia colonial además la flota española había
quedado prácticamente aniquilada. Los sucesos de 1808 en la península iniciaron el
proceso.

En las colonias las autoridades (Virreyes) aceptaron a José I, pero el pueblo se


mantuvo fiel a Fernando VII produciéndose un movimiento similar de juntas locales
que asumieron el
gobierno en nombre de Fernando VII. Pero cuando en 1810 la Junta Central Suprema
se disuelve dando paso al Consejo de Regencia, se inicia el proceso emancipador en
América que proclama la inexistencia de un gobierno en España.
Entre 1810 y 1814 surgen movimientos revolucionarios similares en las colonias: en las
ciudades más importantes se deponen a los Virreyes y a los Capitanes generales,
empiezan las declaraciones de independencia, con el apoyo de EEUU y de Inglaterra,
que mantiene un doble juego ya que ayuda a los peninsulares contra los franceses; Se
convocan Congresos para elaborar Constituciones liberales propias de un régimen
republicano.

En Buenos Aires los criollos deponen al Virrey y crean una junta, con el liderazgo de
San Martín (1810) Los mismos sucesos se reproducen en 1811 en Nueva Granada con
Bolívar, y en otras zonas (salvo en Perú).

Caso especial es el de Nueva España (México), donde la explotación de los indios y


mestizos por los hacendados y propietarios de las minas se produjo un movimiento de
tipo social. Los criollos se aliaron con los peninsulares para aplastar el movimiento.
En 1814, tras el regreso de Fernando VII se mandan tropas al mando de Morillo para
sofocar la sublevación. Consiguen controlar todo el territorio salvo Río de la Plata. Pero
en 1816 nuevamente estalla la sublevación: Bolívar conquista Venezuela y Colombia,
y San Martín desde Buenos Aires cruza los Andes y toma Chile.

Morillo, acorralado, solicita urgentemente el envío de tropas desde España, pero la


sublevación en 1820 de Riego lo impide. Las tropas de Bolívar desde el norte y las de
San Martín desde el sur convergen en Perú derrotando a las tropas españolas en
Ayacucho (1824).

La pérdida de Perú pone fin a la guerra. Toda Sudamérica se independiza formándose


repúblicas que dejaban el poder en manos de la minoría criolla.

Cuando en 1820 en España se impone un gobierno liberal en Nueva España (México),


los criollos optan por el independentismo. Tras un efímero régimen monárquico
(Agustín de Iturbide) en 1824 se proclama una República. A partir de 1820 se
consolidaron los nuevos países americanos, aunque se dieron distintos proyectos de
federación al estilo estadounidense las tendencias regionalistas y las diferencias
marcadas ya por los antiguos virreinatos acabaron imponiéndose. Por otro lado
también comenzó el proceso de influencia económico y político de los EEUU en la
zona.
En España las repercusiones fueron sobre todo económicas:
El comercio con América, una de las principales actividades de la economía española
se redujo en gran medida y afectó especialmente a zonas como Cataluña, que
orientaba gran parte de su producción a la exportación a las colonias. Desapareció
también una fuente importante de ingresos para la Hacienda Real.

Cuando termine el reinado de Fernando VII España de su gran imperio colonial España
sólo conservará las colonias de Cuba, Puerto Rico y Filipinas.
Desde 1492 hasta las primeras décadas del siglo XIX, el legado español en América es
impresionante. A nivel tecnológico fueron numerosas las aportaciones en todos los
ámbitos: agricultura, ganadería, urbanismo, ingeniería, etc. Se introdujeron nuevos
cultivos, como la vid, el olivo, legumbres, arroz; animales para la ganadería como la
vaca, la oveja y el caballo que revolucionó la comunicación; técnicas hidráulicas
(acueducto del Padre Tembleque, Patrimonio de la Humanidad); sistema financiero
(moneda, banca, letras de cambio); ingeniería civil con la construcción de puentes,
carreteras, canales (Camino Real de México a Santa Fe, de 2.500 km, Patrimonio de la
Humanidad); sistema sanitario con el levantamiento de numerosos hospitales como el
Hospital de Jesús, en 1521 que sigue, a día de hoy en funcionamiento. A nivel cultural
la presencia española en América puso en contacto a otras culturas americanas gracias
al comercio hispánico, que hizo que diferentes productos americanos se extendieran
por América (patata, cacahuete, aguacate, vainilla, tomate, caucho, etc...); la pintura y
la música de estilo español, que dio origen a estilos propios hispanoamericanos.
También tuvo un peso fundamental la labor evangelizadora y educadora, evidenciada
en la temprana fundación de escuelas y universidades en suelo americano. Pero, sin
duda, una de las aportaciones más importantes fue la lengua española, hablada en la
actualidad por unos quinientos millones de habitantes de los cuales en torno al 90%
son americanos.
A pesar de la propaganda lanzada contra el modelo colonizador español, en lo que se
conoce como leyenda negra antiespañola, y a diferencia de lo llevado a cabo por otras
potencias europeas a la hora de gestionar su expansión ultramarina, no podemos
olvidar que desde el primer momento tuvo lugar un evidente proceso de mestizaje
entre ambos grupos.

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