Existen regiones de la Tierra que son conocidas por su particular riqueza en
fósiles; por ejemplo, las pizarras de Burgess Shale en la Columbia Británica de
Canadá,5 la caliza de Solnhofen o los estratos ricos en dinosaurios de la
Patagonia.
En España, destacan Atapuerca y Las Hoyas. El primero es un rico yacimiento del
Pleistoceno donde se han encontrado, entre otros,
abundantes fósiles de homínidos. El segundo es conocido por la presencia de
Iberomesornis.
Tronco petrificado de Araucarioxylon arizonicum. Los materiales originales han sido
sustituidos por otros minerales, sin perder la
estructura.
Los lugares que hacen posible una preservación excepcional (incluso a veces
conservando señales de tejidos blandos) son conocidos
como Lagerstätten (lugares de descanso o almacenamiento, en alemán).
Los minerales son compuestos químicos, como la calcita (carbonato de calcio), que
estaban disueltos en el agua. El paso por
la arena o el lodo que contenían los caracoles o los huesos y los minerales se
depositaron en los espacios de su estructura.
Por eso los fósiles son tan pesados. Otros fósiles pueden haber perdido todas las
marcas de su estructura original. Por ejemplo, una
concha de caracol originalmente de calcita puede disolverse totalmente después de
quedar enterrada. La impresión que queda en
la roca puede llenarse con otro material y formar una réplica exacta de la concha.
En otros casos, la concha se disuelve y tan
solo queda el hueso en la piedra, una especie de molde que los paleontólogos pueden
llenar con yeso para descubrir la forma del resto.
Desde un punto de vista práctico distinguimos:
nanofósiles (visibles al microscopio electrónico).
microfósiles (visibles al microscopio óptico).
macrofósiles o megafósiles (aquellos que vemos a simple vista).
Los fósiles por lo general solo muestran las partes duras del animal o planta: el
tronco de un árbol, el caparazón de un caracol o
los huesos de un dinosaurio o un pez. Algunos fósiles son más completos: registran
una mayor cantidad de información paleobiológica.
Si una planta o animal queda enterrado en un tipo especial de lodo que no contenga
oxígeno, algunas de las partes blandas también
pueden llegar a conservarse como fósiles.