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Holocausto Asháninka: Resistencia y Trauma

El documento narra la historia del pueblo asháninka, que ha enfrentado una serie de catástrofes a lo largo de su existencia, incluyendo la violencia del terrorismo en la década de 1980. A través de testimonios de sobrevivientes, se destaca el impacto devastador de Sendero Luminoso en la comunidad, resultando en la pérdida de miles de vidas y el desplazamiento forzado de muchos. La misión Santa Teresita en Puerto Ocopa se presenta como un refugio crucial durante estos tiempos oscuros, ayudando a los asháninkas a sobrevivir y resistir la opresión.

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Holocausto Asháninka: Resistencia y Trauma

El documento narra la historia del pueblo asháninka, que ha enfrentado una serie de catástrofes a lo largo de su existencia, incluyendo la violencia del terrorismo en la década de 1980. A través de testimonios de sobrevivientes, se destaca el impacto devastador de Sendero Luminoso en la comunidad, resultando en la pérdida de miles de vidas y el desplazamiento forzado de muchos. La misión Santa Teresita en Puerto Ocopa se presenta como un refugio crucial durante estos tiempos oscuros, ayudando a los asháninkas a sobrevivir y resistir la opresión.

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HOLOCAUSTO ASHÁNINKA

Por: Mercedes Luna

INDICE
Capítulo 1: Veinte años cautiva...................................................................................................2
Capítulo 2: El Plan Perfecto.......................................................................................................19
Capítulo 3: La marca deshumanizada.........................................................................................31
Capítulo 1: Veinte años cautiva
En inicio de la catástrofe
La segunda semana de agosto del año 2014, en la ruidosa naturaleza de la
selva central, apenas empezaba el día. En la cima de los montes, en la zona de
Kapashi, distrito de Río Tambo, del departamento de Junín, las aves cantaban,
los insectos escarbaban y los vientos soplaban. Eran las cuatro de la mañana y
los animales nocturnos no eran los únicos despiertos. Un grupo de más de
veinte personas apresuraba el ritmo en el campamento, unos apilaban la leña
recién cortada, otros vertían agua en grandes ollas negras donde apenas
flotaban verduras esperando ser sopa y algunos, más, buscaban caracoles y
cualquier ser vivo en movimiento dispuesto a llenar sus vacíos estómagos
Niños, mujeres, hombres y ancianos trabajaban como hormigas cargando hojas
para su hormiguero. Las horas pasaban y se acercaban las seis de la mañana,
ya el infernal sol aparecía derritiendo la voluntad y el pensamiento de aquellos
que aún, con poco aliento, soñaban con su libertad. Mientras el fuego de los
improvisados calderos seguía ardiendo y el agua con verduras burbujeaba con
un hervor sin olor, sin sabor, sin humanidad.
De pronto, un ensordecedor sonido irrumpió en aquel infierno de selva que,
aún, podía expandir más temor. En la cima de ese monte, en Kapashi, sin
embargo, María Chávez, 63 años, en algún momento casada, sin hijos, sin
esposo, sin hermano y sin esperanza, no estaba lista para morir.
Cansada, desnutrida y sin fuerzas se armó de valor y dio los pasos más
rápidos de su vida, esperando que ese sonido ensordecedor de avionetas no
pudiera alcanzarla. Al mismo tiempo, su amiga Lidia la ayudaba dando gritos
de motivación —“¡Corre, María. Si nos encuentran, nos matan!”. —
Lamentablemente, María estaba enferma, sus piernas estaban hinchadas y
entumecidas, sus pies secos y agrietados dibujaban mapas que no llevaban
hacia ningún lugar. Sus rodillas de cristal apenas podían seguir el ritmo de sus
cansados pies, y en su pensamiento rondaba su final.
Sus llorosos ojos miraron cómo Lidia y los otros miembros de la caravana,
- se iban alejando y perdiendo entre los árboles y las palmeras.
Los asháninkas tienen un punto de origen en sus antepasados, la familia
lingüística Arawak. Tres mil años atrás, inicialmente, poseían una expansión
territorial en el curso medio del Río Amazonas, cerca de la ciudad que hoy se
conoce como Manaos, en Brasil. La Base de datos Oficial de Pueblos
Indígenas u Originarios reconoce como actuales lugares de expansión de esta
población a Ayacucho, Cusco, Huánuco, Junín, Loreto, Madre de Dios, Pasco y
Ucayali.
La línea histórica de los asháninkas responde al tan aclamado dicho que los
describen como “sangre de guerreros” o “los que no mueren”. Desde el año
1530 con la llegada de los españoles al territorio peruano, solo sería cuestión
de años para la expansión de la conquista. En 1635 la etapa de conquista daba
sus primeros pasos hacia la entrada del territorio asháninka que se resistía al
proceso de evangelización de los franciscanos. Los levantamientos y
rebeliones de la comunidad no se hicieron esperar, con lanzas, arcos y flechas
dispuestas a alejar a todo invasor, y las muertes de los misioneros no fueron
suficientes para alejar a los evangelizadores. En 1742, apareció Juan Santos
Atahualpa un hombre mestizo e indígena que vestía el cushma, una tradicional
túnica de algodón hilado que usaban varones y mujeres asháninkas, cuya
traducción en la lengua Asháninka es kitsaarentsi (túnica).
Juan Santos Atahualpa logró un éxito en la resistencia de la región y se
convirtió en un símbolo de fortaleza, donde la selva central guardó su
independencia e impidió la expansión de colonizadores hasta mediados del
siglo diecinueve.
La selva central es la cuna de los asháninkas que a lo largo de su historia han
demostrado ser una comunidad que lucha contra la opresión, la invasión y
guarda una resistencia de acero, como ninguna otra comunidad del país. Pero,
absolutamente nada los preparó para afrontar la temible década de 1980 que
desencadenaría una guerra con grupos terroristas que irrumpieron
violentamente en la región como un torpedo que destruye y convierte en
migajas una embarcación.
La Comisión de la Verdad y Reconciliación fue la organización encargada de
recoger todos los pedazos de la inhumana historia, la etapa de violencia, que
azotó a todo el Perú. El conflicto armado llegó a la selva central a inicio de los
ochenta, cuando un grupo del Partido Comunista Peruano Sendero Luminoso
(PCP-SL), huye del contraataque militar de Ayacucho, buscando un nuevo
territorio que doblegar bajo sus temibles garras. Los senderistas tuvieron sus
primeros pasos, junto a algunos colonos (personas de origen andino), en la
región, ingresando por los ríos Apurímac y Ene mientras el grupo Movimiento
Revolucionario Túpac Amaru (MRTA), hacía lo mismo en Oxapampa y
Chanchamayo.
La Provincia de Satipo, en Junín, se había convertido rápidamente en un
albergue de senderistas que comenzaron su campaña proselitista para ejercer
un control sobre los asháninkas. Las convocatorias con autoridades de la zona
no se hicieron esperar, profesores, promotores y ciudadanos asháninkas
mantenían reuniones con senderistas para ser sometidos al adoctrinamiento. El
temor invadió a la población y la valentía se despojó de los cuerpos de aquellos
pobladores que aceptaban doblegados el adoctrinamiento, pues de otro modo
sabían que la suerte no los acompañaría. Para finales de los ochenta, la
campaña se tornaba más agresiva: las ejecuciones, de aquellos que intentaban
huir de la localidad o se rehusaban a ser parte de las filas senderistas, eran
más frecuentes y Sendero Luminoso ya tenía el control absoluto de Puerto
Ocopa, la puerta de entrada al Valle de los ríos Apurimac, Ene y Mantaro,
localidad del distrito de Río Tambo (Junín).
Todo esto, decía el tomo V del Informe Final de la Comisión de la Verdad y
Reconciliación, cuando decidí que sería mi punto de partida para conocer los
efectos que había dejado el terrorismo con su bomba destructiva.
Llegué a Satipo el 06 de Setiembre del 2022 en una cálida y abrasadora
mañana. El recorrido en bus había tardado unas doce horas. Era mi primera
vez en la selva central. Rápidamente abordé un auto, convencida por Raúl, un
jocoso hombre que decía conocer la dirección hacía donde me dirigía.
—¿Vas a la Misión Santa Teresita de Puerto Ocopa donde está el albergue? —
preguntó con cara de conocedor.
—Así es — dije confiada.
De esa forma, abordé su auto y nos dirigimos al deseado destino, después de
todo no me sorprendía que conociera aquella fortaleza de Puerto Ocopa que
llevaba cien años de pie, aguantado un terremoto, los desbordes del río y hasta
al mismísimo Sendero Luminoso. La misión es reconocida por toda la población
asháninka, no solo por la evangelización que ejerce sino por la increíble ayuda
que brindó como resistencia a los terroristas, recogiendo y albergando a los
niños, en su mayoría huérfanos, que huían de los campos de concentración y
de las garras de la violencia.
Aquel día, el auto negro, conducido por Raúl, corría entre peligrosas curvas.
Éramos apenas cuatro pasajeros que ya me prevenían sobre la escasa señal
de la zona si es que quería, contactarme por mi móvil o usar el internet, y sobre
la ausencia de cajeros por sí deseaba sacar dinero. Lo primero me preocupó
enormemente; lo segundo, no. Pero, la belleza inigualable de los paisajes que
pasaban fugazmente por mi ventana recompensaba aquel exabrupto de la
naturaleza. Árboles gigantescos, pájaros volando, casas de madera, niños
bañándose en ríos y unas cuantas motocicletas.
La imponente selva se revelaba, aún con la herida de haber perdido cerca de
cuarenta comunidades asháninkas y de haber sido el escenario de un
holocausto poco reconocido por la prensa. El informe final de la Comisión de la
Verdad y Reconciliación el desplazamiento forzoso de diez mil comuneros y el
secuestro de cinco mil. El aniquilamiento de más del 10% de la población
asháninka, pues para el año 1993 se calculaba que de la presencia de 55 mil
asháninkas, seis mil murieron. A pesar de que aún hay discusión sobre las
cifras exactas de víctimas que dejó el terrorismo en esta región, pues estas
cifras son relativas. Una cosa si es cierta, ninguna otra comunidad, en nuestro
país, había sufrido la crueldad del terrorismo tanto como esta.
Casi una hora más tarde, llegué a Puerto Ocopa bajo un sol que impedía ver el
horizonte de la misión Santa Teresita. Rosa, una hermana joven de la misión
me dio la bienvenida. Vestía una sotana marrón, un velo blanco que cubría
todo su cabello y unos relucientes pies que dejaba ver por sus frescas
sandalias. Un lema característico entre los franciscanos reposaba en la entrada
del patio principal de aquellas viejas pero fuertes columnas: “Paz y bien”.
Lamentablemente, las figuras religiosas de la misión más representativas de la
época de violencia ya descansan en paz. Incluso, la hermana Benita, que
apenas unos años atrás brindó testimonio sobre su labor refugiando a
moribundos niños que escapaban de los montes. A ella también le había
tocado, trabajar junto al icónico padre Teodorico Castillo, el mismísimo que
plantó cara a miembros de Sendero Luminoso cuando quisieron tomar el
control de la misión para obligarlos al adoctrinamiento. De ellos no queda nada,
más que el cariño y el agradecimiento de los asháninkas que sobrevivieron a la
catástrofe.

Un pueblo de sobrevivientes
Santiago Contoricón, exalcalde de Río tambo y actual presidente del Comité de
Auto Defensa (CAD) de Puerto Ocopa, conocía a todos los sobrevivientes del
holocausto, incluyendo a María Chávez, una septuagenaria que actualmente es
la mayor de todos los sobrevivientes en la localidad.
Sentados en medio del patio de la casa misión, que en los años ochenta sirvió
como refugio de cientos de asháninkas, en una calurosa tarde, que se
transformaba en noche, empezamos la conversación.
—Los efectos del terrorismo son irreversibles aquí —dijo mientras señalaba la
habitación donde dormía cuidando a los refugiados.
—¿No te daba temor ser líder y autoridad en los años de violencia? —
pregunté imaginando ya la respuesta.
— Nadie quería ser autoridad y había mil quinientos refugiados por los cuales
debíamos ver — me respondió, al mismo tiempo que servía un vaso de helada
naranjada del jarrón que reposaba sobre la improvisada mesa que las
hermanas de la misión colocaron en el centro del patio.
Bajo la estrellada noche, Santiago recordaba cómo el número de familias
asháninkas se redujo con la presencia de Sendero Luminoso.
— Éramos mil cien familias antes de la llegada de los terroristas, ahora en la
comunidad apenas llegamos a las cincuenta familias — relató con cara de
preocupación. Solo pudimos rescatar a pocas familias. María Chávez es la
única de esos campamentos que se ha quedado en Puerto Ocopa. Los demás
están en Gloriabamba, Puerto Asháninka y Shimabenzo.
Más tarde, el líder asháninka comentaría cómo su familia se vio destruida: sus
hermanos Abel y Carmen murieron a manos de Sendero Luminoso. Unos
minutos después, Santiago sacó su celular que permanecía oculto dentro del
bolsillo de su holgado short blanco. Reprodujo un conocido y antiguo reportaje
donde aparecía Víctor Quispe Palomino, mejor conocido como “Camarada
José”, reconocido como el actual líder del Partido Comunista Peruano Sendero
Luminoso, en mayo del 2009. El video siguió su curso de treinta y cinco
minutos. En medio del reportaje, Santiago hizo una pausa silenciando la
estrellada noche para hacer una confesión.
— Ellos son mis primos de sangre, son los hermanos Benedicto y Valeriano —
exclamó señalando a dos delgados hombres que aparecían, en el reportaje,
cargando una metralleta detrás del camarada José.
Rápidamente comprendí que aquellos primos de Santiago, jamás volverían a
reintegrarse a lo que queda de su familia, pues hoy son parte de la cúpula
senderista al igual que otros tantos asháninkas que fueron adoctrinados o
permanecen, aún, secuestrados, en la cima de los montes, inubicables,
aislados, escondidos, pero activos junto al narcotráfico.
Puerto Ocopa tiene contados kioscos, caminos dibujados, entre las pasturas,
por pisadas de los propios habitantes, infinitas palmeras de cocos e
interminables mosquitos. En la que debería ser la plaza central, observo un
gran grupo de trabajadores con cascos, lentes de seguridad y polos rojos que
cubrean sus brazos para no permitir que el sol infernal deje huellas sobre sus
pieles. Llevan apenas unos meses construyendo lo que será el primer atractivo
para la población, un parque.
Unas gigantescas letras de cemento recién secadas forman la palabra “Puerto
Ocopa”, sin ningún turista rodeándolas para fotografiarse con el pasaje de
fondo. Los caminos lucen vacíos a excepción de los trabajadores. Todos
permanecen ocultos, del feroz sol, en sus casas de madera. Los niños por la
mañana asisten al único colegio, La Inmaculada, cuya directora es miembro de
las religiosas franciscanas. Por las tardes, los niños no juegan con pelotas,
muñecos, bloques, carritos o cualquier otra cosa que parezca habitual en un
momento de recreación infantil. De eso no hay nada.
Ellos prefieren correr a los ríos y adentrarse, sin temor a las dulces y profundas
aguas, para refrescarse como peces en el agua. Permanecen horas hasta que
el sol se oculta tras los lejanos montes y sus pieles se arrugaran como pasas.
Pero, lo que nunca puede faltar, como pan diario en la mesa, es cazar
chicharras. Unos escandalosos insectos que chillan sin cesar de mañana, tarde
y noche y noche, tarde y mañana; poseen una coloración café, negra, verde o
grisácea con unas transparentes y delicadas alas y se posan en lo alto de los
árboles de coco y papaya. Es rutinario observar pequeños niños descalzos
caminando por los senderos de todo Puerto Ocopa, cargando un largo palo de
escoba que lleva, amarrado, en su extremo una botella de gaseosa cortada por
la mitad. Como una especie de canastilla vertical. Este infalible instrumento
sirve para alcanzar y atrapar al ruidoso animal que se posa en los troncos de
los viejos, frondosos y largos árboles.
Todos los asháninkas de la comunidad se conocen y suelen llamarse
cariñosamente como “tíos y tías”, aunque no tengan parentesco familiar. Es
raro observar alguna persona ajena al lugar, pues el turismo no es
precisamente una actividad que se ejerza en Puerto Ocopa. La casa de María
se encuentra adentrada. Los caminos lucen sin nombres e iguales. Solo se
pueden distinguir las casas por los colores, los animales que crían y los árboles
que tienen: de higo, de coco, de mango, de naranja, de plátano y de papaya.
Las frutas caen y llenan los suelos de todos los caminos. Como canicas
apiladas, los cocos van apareciendo a lo largo del trayecto.
De pronto, me cruzo con una mujer que descansaba tranquilamente sobre su
hamaca.
—¿A quién buscas? — me pregunta amablemente.
—A María Chávez ¿La conoces? — respondo rápidamente, esperando su
ayuda. Ella era Herminia, una señora de cabello negro y mediana estatura.
—Te voy a llevar porque te vas a perder aquí — dice, parándose de su hamaca
y colocándose su gorro azul que llevaba el logo del Ministerio de Salud.
Durante el trayecto, Herminia va algunos pasos más adelante contándome un
poco sobre María Chávez.
— Ella hace años la trajeron acá, vive solita y está ya mayorcita — dice
alejando los arbustos que se interponen en el camino.
— Sí, he venido a conocerla, Santiago me habló de ella — le digo tratando de
matar con mi mano los mosquitos que me comen viva hasta que Herminia se
percata del acto.
— Están que te devoran los mosquitos — dice a carcajadas, muerta de risa.
De pronto llegamos, María se encuentra al lado de su casa, sentada sobre una
vieja y cansada silla junto a sus vecinos que le han colocado unas pequeñas
plantas en la espalda para apaciguar el dolor de los años que María carga
sobre sí misma. Todos miraban un destartalado televisor en el que no se ve
nada más que algunas rayas blancas y negras.
María tiene setenta y un años, una cabellera repleta de canos, una mirada triste
y una piel pegajosa. Al pie de su modesta casa, un enorme y telarañoso tronco
hace de asiento para iniciar la conversación. Luego de un fraternal saludo
María con temor acepta la entrevista.
— Yo era feliz antes de que los rojos lleguen — cuenta mientras las gotas de
sudor recorren su viejo rostro. Era enfermera, tenía a mi esposo, nunca tuve
hijos — dice María intentando recordar aquellos años de juventud y
tranquilidad.
María ejerció durante los años ochenta de enfermera. En aquel entonces era
una joven asháninka de veintinueve años, la buscaban para tratar fiebres,
picaduras de insectos, dolores de estómagos y otros males típicos en la selva
central. María había vivido sus primeros años de vida junto a su madre, hasta
que fue llevada a la misión Santa Teresita, en donde le enseñaron a leer y
escribir.
— La hermana Benita, fue una madre para mí. Ella me preparó para ser
esposa y fue mi madrina de unión con mi esposo — dice recordando aquella
época.
A mediados de 1990 María y su esposo fueron avisados por sus vecinos de la
comunidad de la presencia de unos amigos que decían querer mejorar la vida
en la región.
— Ahí vienen los amigos. Vamos con ellos a sus reuniones — relata María
cuando Sendero Luminoso ya tenía a su cúpula infiltrada en toda la localidad.
— Se escuchaba de noche tiroteos. Todas las noches sonaba eso — dice
María al mismo tiempo que sus gallinas se acercan a ella.
Recuerda bien que, un 7 de junio de 1990, el padre Castillo de la misión Santa
Teresita, quién acostumbraba llevar una sotana blanca y un gran sombrero de
paja de palma, se rehusó a colocar una bandera roja que llevaba una hoz y un
martillo. Los vecinos empezaron a desaparecer uno tras uno y eran
desplazados forzosamente a los montes. María tenía un profundo temor, y con
su esposo caminaron por los senderos con la esperanza de llegar al refugio de
la misión Santa Teresita, pero al ser interceptados por los terroristas fueron
llevados hasta una zona conocida como Santa Cruz, donde la esperanza de la
pareja se desvaneció.
— Me engañaron. Me dijeron que iríamos a Santa Cruz para escuchar una
reunión y luego volvería a mi casa en Puerto Ocopa. Yo ya sabía que ellos
desaparecían gente — dice María mientras pronuncia algunas palabras en la
lengua asháninka que no puede traducir al castellano.
— Te alejaron de tu esposo — irrumpe Herminia traduciendo lo que María
quiso decir.
— Sí, eso pues, me alejaron y me quedé sola. A él se lo llevaron a otro lado —
dice María con cara de olvido.
María no quiso ir con los terroristas que eran llamados por algunos como
amigos, ya que prometían dinero u otros bienes para endulzar el pensamiento
de los asháninkas. Frases como “vamos a tomar el poder todos” eran repetidas
como credo religioso por los senderistas. Pasaron los días y María de su hogar
y su esposo, no supo nada jamás.
Durmió los primeros días sobre un lecho de hojas que habían hecho
improvisadamente junto a otras mujeres. Tenía treinta y nueve años y pasaba
sus primeros días en la cima de los montes desconcertada, contra su voluntad
y esperando que aquel terrible episodio acabara pronto.
Pasaron los días y a base de agua sobreviviría hasta que llegaron a lo alto de
los montes de Shikireni a varios días de caminata de Puerto Ocopa. Una vez
ubicados en el lugar en que permanecerían cautivos, los roles eran distribuidos
por mandos de Sendero Luminoso.
— Eran jóvenes y tenían armas, cuchillo y la voz fuerte para hablarnos — dice
María narrando todo lo que vivió en aquellos años de cautiva.
María, no tardó en ser nombrada como “Sanidad” del llamado “Comité
Popular”, pues los lugareños, momentos antes de la designación de roles,
hablaban con los mandos para que sepan que hacía cada integrante del
campamento antes de ser capturados.
La joven María, en aquellos meses de 1990, no quiso cumplir con su rol, pues
sus tareas consistían en curar a mandos senderistas o alimentarlos para
mantenerlos sanos. En un inicio no temía a la muerte, aun así, cumplía forzada
las tareas que le encomendaban los mandos.
— Hierve agua, trae ramas, saca hojas de esta planta, me decían — cuenta
recordando los mandados que hacía para los senderistas.
María había perdido a su esposo, su vida anterior, su libertad y hasta su
nombre.
— Me llamaban Andrea — dice con quebrada voz y mirando el horizonte del
verdoso y alejado monte.
—¿Había niños ahí? — pregunto preocupada.
— Sí, también me encargaba de ellos. Dormíamos con niños en una cabaña
que hicimos nosotros — responde.
María fue convertida en Andrea, el nombre que le dieron los terroristas. A partir
de entonces pasó a ser un personaje enmascarado que cumplía con labores
medicinales para atender la salud de los senderistas.
El día de María comenzaba a las cuatro de la madrugada. T enía que levantarse
cuando los vientos y la humedad del monte se pronunciaban. Una vez de pie
preparaba un remedio natural, hervía camotes y los aplastaba con un tenedor
hasta obtener una masa consistente. Con el estómago gritándole, María tenía
que aguantarse el hambre si quería permanecer con vida.
Sabía que un camote robado era una sentencia de muerte y no estaba
dispuesta a morir. Ignorando su hambre y la furia de su estómago, procedía
con la preparación de aquel remedio que religiosamente hacía todos los días.
Después, mezclaba con raras plantas que le brindaban los encargados de la
cocina y finalmente vertía algunas hierbas aromáticas en la especie de batido
para luego ofrecerlos a los miembros senderistas. Aquel remedio servía para
prevenir la anemia en los guerrilleros, después de todo, necesitaban
mantenerse fuertes para estar de pie en los enfrentamientos con las fuerzas
policiales o militares que les seguían los pasos.
Durante esas primeras horas hasta bien entrada la mañana, los otros comités
de asháninka también realizaban sus labores. Los encargados de la cocina,
prendían leña y ramas de árboles para hacer la olla común. La distinción entre
lo que comían los mandos y lo que comían los cautivos era abismal. Para los
mandos se cocinaba yuca, camote, maíz, plátanos, pescado y hasta, algunas
veces, pedazos de carnes que nadie sabía de donde se conseguían. La
tentación de los cocineros era grande, pues, desde que habían llegado al
campamento de concentración, ningún cautivo había probado más que el
incontrolable olor de todo ese festín de alimentos. Un día, descubrieron a un
muchacho robando una yuca mientras cocinaba para los mandos. María, junto
a los otros cautivos, rápidamente escucharon el llamado del jefe del
campamento que les pedía formar una especie de circunferencia.
— “Hay un ratero aquí que robó comida”— dice María, repitiendo la frase que
pronunció uno de los terroristas en uno de los tantos momentos de tensión en
el campamento.
Después, el senderista llevó de las greñas al hambriento e infortunado hombre, situándolo al
medio, y frente a la mirada paralizada de todos los asháninkas.

— Hoy morirás — dijo el senderista anticipándole, al infortunado hombre, un


trágico e inescapable final. Con un cuchillo, que afilaban diariamente con
piedras de los montes, penetraron el pecho del hombre, puñalada tras
puñalada, profundamente, cortando los tejidos y músculos hasta llegar al
desangrado corazón de la víctima. Un charco de sangre escurrió sobre el
barranco del monte, a causa de los profundos cortes de la víctima, que cayó
sobre la tierra inerte como un pedazo de carne.
Los cautivos asháninkas, sin alma y perplejos, observaron la sangrienta
escena. El mismo y trágico final les esperaba a los que trabajaban lento,
desobedecían, enfermaban, cuchicheaban u ocioseaban. Todos terminaban de
la misma forma: apuñalados por el corazón frente a la mirada perdida de sus
compañeros; para luego ser tirados a la tumba que ellos mismos habían
cavado previamente. Los cuerpos, como costales de papas, uno, tras otro,
llenaban la vacía y hambrienta zanja.
Meses después, en una tarde de agosto de 1990, un segundo grupo de
asháninkas llegó para incorporarse a las filas del campamento, con la intención
de llenar los vacíos de aquellos que pagaron el precio de la desobediencia.
María reconoció a una amiga y vecina de Puerto Ocopa, Dina Vega, que había
sido llevada junto a su pequeña hija Mirla, de apenas seis años. Ambas
formaban parte del nuevo grupo. Pero Mirla no era la única niña que
permanecía en cautiverio. Junto a ella había más pequeños entre hombres y
mujeres que, apenas, llegaban a los cincos años.
Descalzos, con la mirada desorbitada, la mente en blanco y una valentía
escondida bajo el “cushma” (o túnica naranja de los asháninkas, que alguna
vez hicieron frente a la conquista española), escuchaban atentamente las
estruendosas voces que salían de las alimentadas bocas senderistas que
indicaban los puestos que reemplazarían en el infernal lugar.
Dina fue separada de su esposo César Antúnez, quien se encontraba en otro
campo de concentración, así que la pena invadió el débil espíritu de Dina,
quien empezó a cumplir con el trabajo de chacra. En las húmedas y oscuras
tierras de aquel monte, recogía yucas y camotes en un canastón sobre su frágil
espalda. Al mismo tiempo, María Chávez trabajaba preparando baños de
hierbas para los senderistas para luego cuidar a la pequeña Mirla.
La relación entre María, Dina y Mirla empezó a ser cada vez más cercana,
María pasó a tener otro trabajo más que realizar: cuidar de los niños del
campamento que aún no podían visitar la choza donde hipnotizantes maestros
adoctrinaban ideológicamente a los asháninkas.
—Dormía en una choza sobre largas hojas de plantas junto a todos los niños —
dice María recordando aquellas noches que pasaba en desvelo y cautiverio.
Una cosa era cierta: María y los demás secuestrados de este pelotón estaban
olvidados por todo un país, en medio de la nada convirtiéndose en nadie para
una nación que no preguntó o supo de ellos. En 1992, el Perú celebró la
captura de Abimael Guzmán, el cabecilla del Partido Comunista Peruano -
Sendero Luminoso. Un logro importante del Grupo Especial de Inteligencia de
la Policía Nacional del Perú. Pero, faltaba derrotar los comandos de este
campo de concentración que jamás pararon con la ola de violencia, aún con su
líder enjaulado en una prisión de máxima seguridad.
El sol y la luna se ocultaban tras los montes de la selva central innumerables
veces y Dina nunca dejó de aguardar el regreso de César Antúnez con la
esperanza de ser rescatada junto a su hija. María le aconsejaba que aguanten,
pues de otra forma les esperaría la muerte.
Pero el tiempo no perdonaba a Dina; con los años su salud se fue deteriorando.
Se dedicaba a trabajar todos los días de la semana, todas las horas, todos los
minutos. Que años mas tarde le pasaron factura. La mala alimentación, a base
de sopas aguadas de plantas, le empezó a robar la vida. Dina, quien por ese
entonces lucía con los ojos amarillentos y la desteñida piel pegada a sus
delgados huesos. Mirla ya tenía nueve años y comprendía su situación; seguía
al cuidado de María y sabía que la muerte de su madre estaba cerca.
La pequeña Mirla, a la cual le arrebataron la infancia, es ahora era una joven
de treinta y ocho años, de cálida sonrisa, de estatura mediana y algo regordeta.
Le encanta movilizarse sobre su viejo moto triciclo para sentir el refrescante
aire golpeando su rostro. Como María, es otra sobreviviente del holocausto que
ha decido contarme aquel episodió que marcó su vida. Acaba de llegar. Acaba
de llegar a Puerto Ocopa montada sobre su triciclo, con una sonrisa dibujada
en el rostro, dispuesta a resolver todas mis dudas.
— ¿Ese día tu madre murió? —pregunto con pena.
— Sí, creo que tenía anemia —dice mientras se acomoda a sentarse sobre el
asiento de la moto en su triciclo.
— ¿Tu viste que hicieron con ella? —pregunto nuevamente, temiendo la
respuesta.
— No, no sé si la metieron a la zanja o a otro lugar. Nunca la volví a ver hasta
ahora — dice tratando de recordar cómo lucía su madre la última vez que la vio
con vida.
— ¿Quedaste al cuidado de María? —pregunto observando su desencajado
rostro.
— Sí, yo me quedé con ella — dice achinando sus ojos por el penetrante sol.
Aquella tarde de la que habla sucedió en 1994, Mirla se sentía más sola que
nunca, con su madre muerta y su padre lejos sin saber si aún estaba con vida,
se preguntaba si alguna vez volvería a ser feliz o encontrarse con los demás
miembros de su familia. Afortunadamente, no todo era desgracia para la
pequeña Mirla. Apenas unos días después, su padre César, se las ingeniaría
para poder llegar al campamento donde su hija permanecía bajo el cuidado de
María.
Ese día María conversó con César, aprovechando la distracción de los
mandos. Le, contó todo lo que vivieron Dina y Mirla. Pero, apenas un día
después de aquel esperado encuentro, María jamás pudo volver a ver a Mirla y
mucho menos a su padre. Como sí la tierra se los hubiera tragado, María buscó
por todos lados a Mirla, preguntó a todos sus compañeros, pero ellos no daban
respuesta y evitaban conversar con ella por temor a represalias. Ese día María
se inundó en lágrimas y la preocupación invadió su ser. Temía lo peor.

Le robaron la humanidad, pero nunca le fe


En una tarde de noviembre de 1995 María, como de costumbre, apresuraba su
paso , cargando grandes ollas oxidadas para poder hervir agua con hierbas
para los baños de sus captores. Aún cuidaba a otros niños del lugar. Su ropa
cada año estaba más desgastada, su mirada más perdida, luchaba y obedecía
por sobrevivir.
María aún cargaba la poca humanidad que le quedaba sobre sí. Vivía sin vivir,
sentía sin sentir y dormía sin dormir. Las constantes amenazas de los mandos
aún retumbaban en su mente (— ¡No cojas nada! ¡No comas nada! ¡No
escuches nada! —). Cada vez que escuchaba el ruidoso llamado que el viento
arrastraba (¡Andrea!), abruptamente dejaba todo lo que hacía y corría
despavorida ubicando el origen del llamado.
María, no sabía lo que era un gobierno, un Estado, una nación, ni siquiera
sabía lo que era ser libre, ni el motivo por el que se encontraba en ese
campamento, asilada del mundo. Era María y Andrea, Andrea y María. ¿Cómo
alguien puede vivir contra su voluntad en un monte sin que a nadie le importe?
Eso tampoco lo entendía.
He decidido visitar por segunda vez a María. Ahora que me reencuentro con
ella, habla, de su fe, de la misión Santa Teresita de Puerto Ocopa, lugar que
fue su hogar años antes de ser capturada. Me habla de las hermanas
franciscanas y de la labor social que hacían, antes de la llegada de Sendero
Luminoso. La hermana Amalia es a la que más recuerda con nostalgia, pues le
enseñó a cómo ser una buena esposa y una futura madre de hijos, que
afortunadamente jamás llegaron.
En el trayecto al hogar de María estaba, el único centro de estudio superior de
Puerto Ocopa, el Instituto Tecnológico Asháninka. El instituto solo enseñaba
Enfermería y Agropecuaria, de modo que el destino laboral de los asháninkas
solo se limitaba a ser enfermero o agricultor. Una posibilidad que aún a muchos
no les agrada del todo. Prefieren dedicarse solo al cultivo de la yuca, los
camotes o el cacao en sus chacras. Un trabajo que realizan actualmente para
comer, debido a que los tubérculos van de la tierra a sus bocas . No existen
otras actividades económicas de por medio. La vida de esta comunidad se
divide entre su casa, criar animales y la chacra. Algunos con más suerte
pueden tener el lujo de comprarse una moto lineal o un mototaxi para
trabajarla, pues son los únicos medios de transporte que se utilizan en la
ciudad.
Sin embargo, María sí aprovechó la oportunidad de estudiar enfermería en
aquel instituto que recuerda con nostalgia.
— Pasé de enfermera para hacer remedio a los mandos — dice culpándose de
aquellos años.
A María le cuesta recordar los estragos de aquel encarcelamiento que vivió. A
veces le duele contar todo lo que vio, las muertes, los niños que morían por
enfermedades, desnutrición o simplemente porque los mandos así lo
deseaban.
Los años pasaban sobre ella. De su esposo no sabía nada, de Mirla no sabía
nada. Pensaba en cuándo le tocaría a ella su hora. La muerte era un
pensamiento constante que rebotaba en su frágil cabeza. Cuando María
bordeaba los diez años como cautiva en el monte, Lidia llegó. Era una mujer
asháninka que vivía en la comunidad de Gloriabamba, antes de ser capturada
por los senderistas. Ambas compartían la edad de cincuenta años y los anhelos
de que esa pesadilla se terminara. Lidia, al contrario de María, tenía ocho hijos,
pero había llegado solo al lado de la única hija que no le fue arrebatada, una
menor de ocho años. Lidia, desde aquel momento, se convirtió en una
colaboradora más de los mandos. Su principal labor, era la de recolectar
caracoles que se arrastraban a los alrededores de los riachuelos. Ella salía,
cada día, con la esperanza de no ser encontrada comiendo algún caracol, pues
el hambre ganaba a las ganas de vivir. Sigilosamente pudo comer algunos
pares, sin ser descubierta. Pero, María le aconsejó no seguir haciéndolo.
La casa de Lidia está a veinte minutos de Puerto Ocopa en, otra comunidad de
asháninkas y el único medio para llegar es por auto o mototaxi. Herminia es la
sobrina de Lidia y conoce la historia de cerca. Herminia ha aprovechado el
momento para acompañarme a la casa de su tía, pues no la ve desde hace
meses atrás. Antes decide hacer una llamada con el único telefónico que
funciona en medio de la selva: Bitel. Las demás empresas de
telecomunicaciones no asoman, si quiera, sus narices en las lejanías del centro
de la selva, pero también del mundo.
—Tía, quiero ir a visitarte a tu casa. ¿Estás ahí? — pregunta con todo de
preocupación.
— Estoy en mi chacra sacando cacao — responde Lidia al otro lado del
teléfono.
Así que la cita se aplaza para unas horas más tarde, cuando Lidia llegue de su
chacra. A las cuatro de la tarde, todavía el sol calienta las tierras asháninkas y
los escasos vientos huyen. Camino hacia la casa de Herminia. Esta vez
escucho risas y música. Es una hora apropiada para reunirse en familia.
Herminia sale rápidamente de su casa de madera, pintada de celeste y con una
protagónica bandera del Perú que se sostiene sobre una blanca y vieja asta
amarrada en su techo de madera, se pone un gorro y me da un vaso de agua
de cebada helada. El líquido resbala en mi seca garganta.
Durante el camino, espero poder encontrar a Lidia, Gloriabamba está al lado de
la carretera. Un sendero y un letrero avisan que ya me encuentro en el lugar
que ando buscando. Junto a Herminia nos adentramos en medio de la localidad
donde las casas son iguales: pequeñas casas de cemento, con techos
triangulares, dos ventanas, pero esta hasta con lunas, y una puerta bien
estructurada. Es la primera vez que veo casas de material noble y no de
madera.
—Tienen recién un año esas casas. Es lo único que el gobierno dio — dice
Herminia, con el ceño fruncido.
Se quejaba. Del gobierno, de la falta de apoyo, de lo que hicieron, de lo que no
hicieron.
Para Herminia, Gloriabamba no es el único lugar que necesita ayuda. Puerto
Ocopa, Puerto Asháninka y otras comunidades asháninkas también deberían
tener asistencia del Estado. Herminia pertenece al comité de prevención de la
anemia que trabaja en el único Centro de Salud de Puerto Ocopa. Conoce
todas las casas de las madres de familia, y es que diariamente visita a niños
para enseñar a sus madres a darle una vitamina hecha de hierro como medio
preventivo de la anemia y ayuda a otros infortunados con anemia avanzada.
—La anemia es un gran problema en Puerto Ocopa — dice.
De pronto irrumpe en nuestra conversación una septuagenaria con un cabello
frondoso y canoso. Lleva una desgastada cafarena celeste que cubre sus
maltratados brazos y cuello y unas botas de hule embarradas de lodo. En la
espalda carga una canasta de hojas de palmera llena de cacao recién extraído
de los árboles húmedos. Con una sonrisa de dientes faltantes me saluda
alegremente. Está emocionada de que alguien decida verla, y, claro, a su
sobrina Herminia también. Me siento en un banco de madera al pie de la casa
que el gobierno le dio, mientras un pavo negro gluglutea alejándose y
acercándose, acercándose y alejándose. Lidia me hace un pedido especial
antes de iniciar la conversación.
—¿Puedo hablarte en asháninka? —pregunta entusiasmada.
—Por supuesto — le digo imaginándome que sería su sobrina Herminia o su
hermana, también presente, quienes me traducirían lo que diría.
Entonces, una mujer algo mayor y muy parecida a Lidia se sienta junto a ella.
Es su hermana y está dispuesta a traducir todo lo que su Lidia diga.
— ¿Estuviste junto a María Chávez en cautiverio? —pregunto para romper el
hielo.
—Sí, juntas estuvimos en el monte muchos años —contesta la hermana de
Lidia, luego de haber escuchado la respuesta en asháninka.
Pasan las horas y el sol se va ocultando en medio de los cantos de las aves y
los glugluteos del pavo de Lidia que interrumpe la conversación a cada minuto.
En el año 2000, Lidia llegó al campamento de María. Años antes había estado
en otros montes donde sufrió la pérdida de sus siete hijos y la de su esposo.
Fue así que María y Lidia empezaron a motivarse mutuamente, pero con el
correr de los días la salud de María empezó a empeorar.
—María tenía dolor en las rodillas y a veces caminaban lento — dice Lidia, a
través de su hermana recordando aquellos años cautiva .
En algún momento, ambas pensaron en escapar, pero los “rojos”, como los
conoce Lidia, les habían lavado la cabeza con un sinfín de engaños y
amenazas.
— Si te escapas, te matan; y si te encuentran los militares, también te matan ,
nos decían los mandos —Cuenta Lidia, acomodándose sobre su asiento de
madera.
Por aquellos años, algunas personas habían logrado escaparse, pero Lidia
observó cómo los mandos corrían en grupos a buscar a los que faltaban para
regresarlos y, en medio de todos, matarlos a puñaladas.
—Nos obligaban a formarnos alrededor de la persona y nos obligaban a mirar
cómo con puñal de cuchillo le daban en el pecho — recuerda Lidia mientras
con sus manos imita los movimientos que los senderistas hacían para clavar
los filosos y sangrientos puñales.
En la mente de María y Lidia estaba el temor no solo a los terroristas, sino a los
militares, pues diariamente los senderistas les recordaban que los uniformados
las buscaban para matarlas por ser compañeros todos. Este engaño cobraba
vida , cuando el grupo de asháninkas armados iban a emboscadas junto a los
senderistas para matar policías o militares y regresaban con armas.
De este modo, el engaño parecía creíble cuando traían armas de los que
intentaban matarlos. Las reglas que cumplían diariamente eran fundamentales.
—No podíamos cocinar de día, por eso cocinábamos de madrugada. No
podíamos alejarnos, ni meternos en nada — dice Lidia.
Llegado el año 2005, todo empezaría a convertirse para Lidia en una
interminable pesadilla, incluso mucho peor que ser cautiva en medio de la
selva. Se esfuerza en recordar el nombre de su única hija que la acompaño en
el cautiverio, pero no logra conseguirlo. Con el rostro apenado solo recuerda lo
que sucedió con ella en aquel entonces. La hija de Lidia estaba en la etapa de
adolescencia. Había atravesado, toda su infancia en cautiverio junto a su
madre, siendo llevada de un campamento a otro como un animal. Con los
años, la pequeña se había adaptado ese miserable ambiente, sobrevivía igual
que los demás, pero empezó a sentir el gusto del adoctrinamiento. Así, cuando
cumplió trece años, se enamoró de un senderista, pero no de uno cualquiera.
Se enamoró de un alto mando, su captor. Una tarde del 2005, Lidia estaba
preocupada por los comportamientos de su hija, pero poco o nada podía hacer.
Aquella niña, quien alguna vez estuvo en su vientre, se desvinculaba de su
madre. Solía desaparecerse por horas y noches, dejaba de dormir en la
improvisada cabaña junto a su madre. Lidia había escuchado que andaba en
amoríos con un alto cargo y cuando este salió a una emboscada militar, jamás
volvió.
— Le pedí que se quedará conmigo a mi hija, que no vaya a buscarlo, pero
estaba enamorada —dice Lidia recordando aquel fatídico día.
Sin titubear, aquella hija de nombre desconocido, salió iracunda como un
torbellino en busca del amor que se había esfumado en un encuentro de
armas, y jamás volvió al campamento. El amor de madre se desborda en Lidia,
quien aún siente la corazonada de que su hija sigue con vida.
— Como madre siento en mi corazón que ella está viva en algún lugar o en
algún campamento —dice con la voz entristecida, mientras su hermana traduce
sus palabras con una inocultable pena.
Sin hija, sin hijos, sin esposo, sin comida, sin libertad y con mucha miseria,
Lidia sacó fuerzas y continuó con sus labores durante los siguientes años.
María y Lidia se acompañaban mutuamente, a veces lloraban por las noches,
una acción que, aún con toda la humanidad arrancada de sus vidas, les
recordaban que estaban vivas.
Un día de agosto del año 2014, la vida de ambas cambiaría para siempre. La
muerte les respiraría en la nuca. Eran las seis de la mañana, apenas el sol
empezaba a salir entre los montes desvaneciendo la asesina neblina del clima.
Los fuegos de los calderos ardían y los mandos se encontraban
despreocupados, concentrados e insaciables en una emboscada. Lidia
escuchó el sonido de las hélices de tres avionetas que se acercaban al lugar,
mientras sus compañeros gritaban —“¡Apaguen el fuego!” — para no ser
encontrados en el laberinto de árboles.
—! Apúrate María! ¡Corre! — dice Lidia, recordando el día del rescate de María.
Lamentablemente, las malogradas rodillas de María, apenas le permitieron dar
unos cuantos pasos. Así que con la pena encima, pero con las ganas de vivir,
Lidia corrió y dejó a María. Durante la huida, Lidia empezó a correr junto a sus
demás compañeros cautivos con un único pensamiento posible. — “No quiero
que los militares me maten” —.
Sí algo era seguro para Lidia, es que jamás volvería a ver a María.
—Pensé que ella estaba muerta por los militares — dice mientras trae un plato
de coco llenó de masato, una bebida fermentada de yuca y camote que es
utilizada como trago en la selva peruana.
En medio de la oscuridad de la noche, al terminar la entrevista, Lidia insiste en
que beba todo el masato de aquel profundo plato de coco. Agradezco su noble
gesto y tomo la bebida rosada y de sabor agrio. Sí algo me advirtieron en la
misión es que el masato es una forma de celebración y dar buena hospitalidad
al invitado, rechazarlo no solo es un desaire, sino una falta de respeto a su
cultura.
Al caer la noche Puerto Ocopa parece inhabitable como un camino a ciegas,
luce, vacía, oscura y apenas cubierta por el infaltable canto de miles de
chicharras. La luz de la luna y la linterna de teléfono alumbran el camino de
regreso como dos luceros. De las cenizas y escombros que dejaron los
terroristas en Puerto Ocopa, no queda absolutamente nada.
Los sobrevivientes del holocausto junto a sus hijos, nietos y bisnietos
repoblaron la localidad. Ningún extraño puede vivir en Puerto Ocopa, solo
puede ser habitable por los asháninkas, una medida ortodoxa, pero entendible
después de toda la ola de violencia que alguna vez destruyó este lejano y
olvidado lugar.
Por las tardes, los escolares llegan hambrientos a sus casas, vistiendo su
infaltable cushma, algo que usan con mucho orgullo. A veces se escuchan los
dulces cantos de los pequeños en lengua asháninka. No hay mucho que hacer
en Puerto Ocopa más que cazar chicharras, un manjar para las bocas de los
lugareños. Los moribundos insectos sufren la mutilación de sus alas para que
no puedan escaparse, luego les presionan el abdomen tan fuerte que la
corneta que llevan bajo esa ligera piel jamás vuelve a chillar. Posteriormente
son atravesados por ramas, arrancadas de cualquier árbol, para ser
introducidos, como brochetas, al fuego ardiente hasta lograr que cambien la
coloración de su piel oscura hacía un tono café o marrón tostado. No tiene
mucho de especial el sabor, ni tampoco ofrecen mucha carne que masticar,
pero de que el insecto les fascina, les fascina. En una de las tardes en la
misión, me tocó acompañar a la pequeña Janeth de seis años que vive en la
casa hogar Santa Teresita. Ha cazado tres chicharras que no paraban de sonar
y arrastrarse por todo el piso recién aseado.
—¿Quieres probarlas? — me preguntó con voz curiosa y cara de pícara.
—Claro ¡Hay que ver qué de especial tienen! —le dije temerosa.
Rápidamente corrió a la leña encendida de la cocina y tiró las tres chicharras,
aún vivas y moviéndose, dentro del fuego intenso. No esperó más de tres
minutos y las sacó con ayuda de una rama que había encontrado tirada metros
atrás en el patio. Janeth se acercó temerosamente al fuego, estiró su brazo
intentando alcanzar los insectos con la rama y pinchó dos veces sin éxito,
hasta que a la tercera la punta de la rama perforó al insecto tostado.
— ¡Ya está! — exclamó super emocionada, esperando tener mi aprobación una
vez degustado el manjar.
Abrí el animal por la parte superior y encontré una especie de tela blanca que
se dispersaba por toda la pared abdominal, mientras Janeth me indicaba que
se debe comer todo lo de adentro. Saqué aquella masa interior blanquecina y
viscosa, y la comí. El sabor es crujiente y algo insípido, quizás haya faltado
algo de sal, pero a Janeth le encantaba y disfrutaba comiendo estos insectos.
El último día que veo a María, luce preocupada por un dolor de espalda. Tiene
setenta y un años y no cuenta con alguien que pueda ayudarla más que sus
nobles vecinos, que con hierbas tratan de curarle el mal y hacerle compañía.
María aún recuerda el día de su rescate, y de la libertad que disfruta desde
hace ocho años. Durante el trayecto en la avioneta, María pensó algunas veces
que sería tirada desde lo alto. Con el paso de los minutos, se dio cuenta que no
había malas intenciones en los militares que la socorrieron y que parecía que
toda la pesadilla al fin había terminado.
El Diario Oficial El Peruano publicó el 19 de agosto del año 2014 una noticia
con el siguiente titular: “Fuerzas del orden rescatan a nueve rehenes de
terroristas”. En la nota describían el hecho noticioso como una acción a
celebrar. “Operación Esperanza 2014” se llamó el operativo militar, realizado
por la Brigada Especial de Inteligencia, con participación del Ministerio Público,
entre el 7 y 19 de agosto de aquel año. Sobre estos rescates no existe mucha
información oficial, más que artículos publicados en unos contados diarios, y
algunos medios internacionales.
El Ministerio de Defensa, el mismo día del anuncio, publicó las fotos oficiales a
través de su cuenta de Flickr, en las que aparecían los asháninkas rescatados
y llevados a Lima. La avioneta gris y de mediano tamaño en la que María llegó
a la capital era de la Fuerza Aérea Naval. María lucía desconcertada frente a
los flashes y la presencia de la prensa nacional e internacional, que esperaba
cubrir la novedosa noticia. Estaba totalmente distinta a como fue encontrada.
Un buzo azul, unos zapatos negros, una mochila negra y una chompa guinda
era todo lo que le proporcionó el grupo de rescate. Estaba acompañada de
mujeres de la Dirección Contra el Terrorismo de la Policía Nacional del Perú
(DIRCOTE).
María permaneció un año en Lima, internada en el Hospital Loayza, en el
Cercado de Lima, atendida por autoridades del Ministerio de la Mujer. De eso,
no recuerda mucho, a excepción del nombre de una mujer, que la atendió
durante todo su internamiento.
—María Luisa Moyo me iba a ver siempre— dice sin saber si era una
enfermera, una doctora o una autoridad del ministerio o del gobierno.
Lo único que recuerda es que era un ángel. Después de todo lo vivido era
impresionante y escalofriante para ella que alguien se preocupara por su
estado de salud o que se esforzara por sacarla de esa miseria. A pesar de
llevar en su ser la marca de ser asháninka y vivir en una región vulnerable,
desprotegida por el Estado, María aún mantiene la fe intacta.
La última vez que vi a María entraba lentamente una tarde de domingo por la
puerta principal de la capilla de la Misión Santa Teresita de Puerto Ocopa.
Escuchaba atentamente al padre Alberto. No podía arrodillarse en las
plegarías, pero sí bajó la mirada y juntó sus manos de sobreviviente. Se acercó
a recibir la hostia; y, luego, a saludar a las hermanas religiosas. Pero no era la
única. Todos los pobladores de Puerto Ocopa habían asistido autoridades,
niños, señores, señoras, ancianos y demás. Podía parecer una misa más al
caer la tarde en un domingo cualquiera, pero todos estaba ahí por una razón.:
agradecer con fe religiosa el haber sobrevivido a un holocausto.
Capítulo 2: El Plan Perfecto
Una separación dolorosa
Una familiar tarde de julio del año de 1990, el sol se asomaba en el derretido
pueblo de Puerto Ocopa. Sonaban las carcajadas, las bateas de coco
tambaleantes por el exceso de masato y unos mágicos cánticos asháninkas.
César Antúnez Victoria, 28 años, casado, padre de cuatro hijos y el
responsable de esa reunión familiar parecía disfrutar de un día más bajo el
manto de la naturaleza selvática. En compañía de su esposa Dina Vega, quien
cargaba sobre su regazo a su pequeña y última hija Mirla, de apenas cuatro
años. Junto a sus suegros y su hermano Celeste, todos chinos de risa
extasiados de felicidad, gracias a la espumante y fermentada cerveza de yuca.
Horas antes, César y Dina habían enviado a sus otros hijos, Angelica, María y
Esaú a disfrutar y refrescarse en la quebrada que se ubica a unos cuantos
metros de su casa de Shapaja y madera. El día iba viento en popa al compás
de los vivaces cantos de las aves que iban y venían, veían e iban.
Pero, toda esta tranquilidad se vio interrumpida cuando un grupo armado de
cinco personas irrumpió en la comunidad para llamarlos a una reunión que olía
a trampa. César y su familia huyeron de inmediato, pues días antes ya habían
escuchado rumores de forasteros en la zona que buscaban aliarse con
maestros y autoridades de la comunidad. No tomaron nada, ni a sus otros hijos;
y, con lo que llevaban puesto, sus descalzos pies recorrieron rápidamente los
terrosos caminos, a la espera de no ser alcanzados por este grupo de
desconocidos. Pero la huida fue en vano. Como depredadores voraces los
terroristas los acorralaron, cual frágil presa, y fueron reunidos con otros
lugareños para abandonar el pueblo en cenizas.
Pronto César observó una apocalíptico Puerto Ocopa que lucía como si unos
meteoritos se hubieran estrellado en toda la región. Los senderos estaban
quemados, las casas estaban destruidas y los árboles caídos. Un nudo en la
garganta que se expandía por todo el cuerpo de César ahogaba su mente
pensando en sus demás hijos que horas atrás mando al río.
Despojados de familia, comida, hogar y de la comunidad siguieron a paso firme
bajo las órdenes de unas personas que decían ser compañeros y traer mejoras
al olvidado pueblo asháninka. Pero, de eso César Antúnez no entendía nada, ni
siquiera el significado de la palabra compañero. Desconocía quiénes eran y
qué querían. Por un momento imaginó que eran soldados, pero se preguntaba
“¿Por qué no llevan su ropa de siempre?”. Mientras tanto, no dejaba de
avanzar, obligado y sin rumbo conocido, junto a su familia y decenas de
personas atemorizadas, alejándose cada vez más de su pueblo, de sus casas,
de sus vidas. Durante el camino se escuchaban las vivaces voces de los
miembros del grupo de desconocidos, vestidos de civil. Una promesa era la
que más repetían: “Juntos haremos la revolución”.
César, su esposa y su hija estaban reunidos junto a otros nativos de su
comunidad. Podía reconocer a algunos vecinos con los que ahora compartía la
angustia y la desolación de vivir una situación para la que no tenía una
explicación.
Los días pasaban. Al caer la noche, descansaban bajo la vigilancia de los
desconocidos hasta que llegaron a lo alto de los montes en Mapotoa, una zona
de difícil acceso en las entrañas de la selva central. Una vez instalados ahí, las
amenazas no se hicieron esperar.
— Desde ahora nos seguirá y los que no quieran morirán — repetían las voces
de los hombres armados, sembrando miedo en los cautivos.
Las voces también les exigían a construir, con las grandes hojas y ramas
caídas de los árboles, tarimas improvisadas. Una vez cumplida esta tarea,
todos fueron enfilados como hormigas. César permanecía junto a Dina y su
pequeña hija Mirla, sus padres y su cuñado. Pero eso duraría poco. Los
desconocidos los obligarían a separarse, porque permanecer con la familia en
un mismo campamento solo sería una distracción.
Las voces también les exigían a construir, con las grandes hojas y ramas
caídas de los árboles, tarimas improvisadas. Una vez cumplida esta tarea,
todos fueron enfilados como hormigas. César permanecía junto a Dina y su
pequeña hija Mirla, sus padres y su cuñado. Pero eso duraría poco. Los
desconocidos los obligarían a separarse, porque permanecer con la familia en
un mismo campamento solo sería una distracción.
César fue separado de lo que le quedaba de familia. Su esposa y su hija Mirla
fueron desplazadas a otro campamento. Sin saber el destino que les esperaría,
César permaneció junto a su cuñado Celeste. Ambos tuvieron que soportar el
profundo dolor de ser despojados de sus familiares.
¿Cómo podían introducir a una doctrina cargada de violencia a una comunidad
con una cosmovisión distinta y que no entendía la situación?
Después de todo, los asháninkas siempre se habían caracterizado,
históricamente, por ser libres y protectores de sus tierras y ejercer una
conexión con la naturaleza. La tierra de sus ancestros, el lugar que les dio su
hogar, su medicina, su alimento, su recreación y su percepción del mundo.

***
Mientras avanzo por los caminos de la idílica selva de Puerto Ocopa, un cartel,
apoyado sobre las raíces expuestas de un viejo árbol, me recuerda la esencia
de esta comunidad. “Salvaje no es quién vive en la naturaleza, salvaje es quién
la destruye. ¿Tú qué eliges?”.
La tierra fértil es otra las dimensiones valoradas por los asháninkas. Cada
metro de camino tiene un imponente árbol de coco, papaya, mango, naranja o
cualquier jugoso fruto que se pueda imaginar. La hospitalidad del pueblo no
tarda en aparecer en los lugareños que no se molestaban en arrancar aquellos
exquisitos frutos para obsequiar los .
— El coco calma la sed y cura el dengue — dice una señora que observa
apenada la infinidad de picaduras en mis brazos y piernas.
Con machete en mano golpeo con la punta filosa la rocosa fruta agujerando las
dos cortezas del coco.
—Toma todo de la fruta misma se toma — dice
con un castellano sin reglas
mientras me ext iende con su mano el pesado coco.

Así como esos desconocidos que clamaban por una revolución teñida de sangre, e
l dengue también se encargó de diezmar la selva central,
especialmente por el difícil acceso a los servicios de salud. El virus del dengue
es producido por la picadura de mosquito infectado, denominado Aedes
aegypti. Un mosquito sanguinario.
Los casos en la región Jun ín han ido aumentando con los años. Según el
Centro de Epidemiología y Control de Enfermedades , en 2019 se reportaron
481, en 2020 , 4256 , y en 2014 , 4703 casos. Por esta situación la región fue
declarada en emergencia ante el brote de esta letal enfermedad, pues la
mayoría de estos casos se producían en la selva. El clima húmedo y tropical
son favorables para este tipo de enfermedades.
En todo el distrito de Puerto Ocopa solo existe un centro de salud, donde la
mayoría de lugareños acuden por cuestiones extremas . Los problemas de
salud s uelen ser tratados con hierbas y plantas medicinales que la bondadosa
selva provee.
Las calles de Puerto Ocopa no tienen señalizaciones.
Perderse puede ser muy fácil.
Por las tardes, algunas casas de maderas ofrecen bebidas y venta de
algunos abarrotes. No existen mercados, ni centros comerciales. Lo más
cercano es “ La chata”, una estación de gasolina de la empresa Repsol, la única
en todo Puerto Ocopa, que sirve como punto de comercio . Ahí se puede
encontrar restaurantes sin tanta clientela , tienditas y posadas que ofrecen a su
suerte hospedajes con letrinas y camas, algo difícil de encontrar en Puerto
Ocopa.
La casa de Teresa Shiyerí est á a unos escasos kilómetros de este pequeño
punto de comercio. La hermana Glorie de la Misión Santa Teresita, lugar en el
que me alojo, se ha ofreci do a acompañarme en la búsqueda de
una de las
sobreviviente s del holocausto. En el camino , al empezar la charla , su acento
español delata que no es de aquí.
—¿Hermana , de d ónde es usted? — pregunto con curiosidad.
— Soy de África, del Congo — dice con una entrañable sonrisa dibujada en su
rostro.
—¿Cómo llegó hasta la Misión Santa Teresita? — le pregunt o asombrada.
— Hace unos años me mandaron a esta misión y aprendí español —contest a
orgullosa.
Glorie, de apenas veinte años, rizadas pestañas y brillante piel café se
enc uentra a 10, 670 kilómetros del país que la vio nacer , muy lejos de su
familia. Pero, dice que todo eso ha val ido la pena, pues el amor a Dios la llena
por completo.
Glorie conoce a todos los lugareños de Puerto Ocopa, y es que la mayoría
asiste, religiosamente , como pan por la mañana, a todas las misas de los
domingos que ofrece la capilla de la misión. Cuando llegamos a la casa de
Teresa Shiyerí, de inmediato fue reconocida con un fraternal saludo.
—Paz y bien , hermanita —d ice Teresa con una sonrisa de oreja a oreja.
Teresa Shiyeri tiene setenta y dos años, una larga cabellera negra, ojos chinos
y mucho que decir. Su casa está cubierto por un techo de eternit . Es la primera
vez que, en medio de Puerto Ocopa, veo una casa de ladrillos, pero
aún con las paredes
sin empastar y con un vacío cuadrante en el muro que hac e de
ventana.
Teresa logró escap arse de su casa junto a sus hijos cuando escuch ó que los
terroristas habían llegado a la comunidad. Estuvo escondida en los montes
durante meses : desde julio del año 1990 hasta que fue encontrada por los
mandos senderistas.
—Estaba en los montes con mi hija que era inv álida —di ce mientras rec uerda
aquellos años de cautiverio.
Durante ese periodo , Teresa se encontró con César Antúnez . Ambos
permanecieron cautivos en el mismo campamento de concentración, junto a
otros lugareños de la zona. Recuerda haber sido llevada a la fuerza junto a
otros asháninkas hasta Mapotoa, un monte alejado que se acercaba a los
valles del VRAEM1. La dificultad, aún más grande que ser sometida y
obligada a dejar su
hogar, era la compañía de su hija Teresa Margarita, quien tenía en
ese entonces apenas 16 años.
Ella había nacido con un mal congénito que no le permitía caminar . Sus piernas
no ejercían movimientos por sí misma s. Sus hermanos eran los encargados de
cargarla para transportarla de un lugar a otro . Al permanecer unos días en la
cima del monte , los encargos que ejercía su hija eran básicos : desojar hojas,
mirar a los niños del campamento y observar su nuevo hogar.
Permanecieron en este campamento por un año . Luego fueron desplazados
hasta Chiquireni, una comunidad aún más adentrada. Los senderistas
acostumbraban meterse en las entrañas de la selva, de ese modo podían ser
inubicables y mantener bajo un mejor control a sus cautivos . Alejado s del eco
de Puerto Ocopa, era el plan perfecto para adoctrinarlos bajo la ideología del
“Pensamiento Gonzalo”. Los asháninkas no solo eran despojados de su s casa s
y su habita t natural, sino también de su identidad. La incursión de los
senderistas a inicio de los noventa en Puerto Ocopa trajo consigo acciones
como la quema del Registro Civil de la comunidad.

1 Valle de los ríos Apurímac, Ene y Mantaro


Sin hogar, sin identidad y sin humanidad , Teresa vivió durante cuatro años un
infierno que no comprendía. Vio acciones que jamás olvidar á en su vida.
—No comíamos nada . Agüita no más —d ice con el rostro inexpresivo .
—¿Qué cosas hacían para sobrevivir? — le pregunt o, temiendo la respuesta.
—Vi a personas comiendo tierra y hasta su misma ropa —di ce con la mirada
algo vacía.
y un est ómago desatendido genera reacciones iracundas. Un hombre , que no
había comido en días y solo bebía agua, fue encontrado por Teresa
despedazando sus harapos para introducirlos en su boca, el delirio le hacía
imaginar un bocado de alimento. Teresa no lleg ó a esos extremos
, pero se daba cuenta de
que eran pocos los que lograban no perd er la cabeza por
todo lo
que veían.
En el campamento, algunos lugareños no podían aguantar el hambre, Incluso, Teresa cree que
hubo canibalismo. Una temerosa noche de 1992, conciliar el sueño era imposible. La humedad
por las noches penetraba los huesos de Teresa, ella observaba a sus hijos quienes se
encontraban en un sueño de roca, sin siquiera sentir las garras de los despiadados terroristas
que se encontraban aún despiertos como murciélagos en su cueva. Las carcajadas se
escuchaban una tras otra, mientras teresa se asomaba cuidadosamente en la entrada de la
caballa donde dormía.

El olor a leña se esparcía hasta llegar a las narices de Teresa, quién no dejaba
de preguntarse de donde prevenía el olor a cerdo recién cocido. Pues, en el
monte no había de eso nada. Preocupada, recordó que días anteriores había
escuchado algunas personas decir que los cuerpos de las fosas a veces tienen
piezas de piel y carne faltante. Teresa imaginó que esa noche los senderistas
estaban preparando carne humana, pues el olor a chicharrón es inolvidable en
esa temerosa noche.
Pero, ni el canibalismo se compararía con el episodio más duro que le toc
ó vivir
a Teresa fue cuando una pareja de esposos intentaba escapar . Los ojos de los
senderistas advirtieron aquel desafortunado momento.
La pareja de esposos llevaba un beb é , de menos de un año de nacido,
en brazos. En seguida,
los mandos terroristas llamaron a viva voz a todos
— ”vengan todos, hay unos traidores acá ”— . Los gritos esparcie ron el miedo
entre todos , qu ienes ya podían imaginar el fatídico desenlace.
Como demonios infernales, apuñalaron a la pareja de esposos
. Cada una de l
as puñaladas penetraba el desangrado corazón de aquellas
víctimas, m
ientras que otro mando sostenía al beb é, cogiéndolo desde un de los pie
s,
como si se tratara de un pollo ofertado en el mercado.
—¿Quién se hará cargo de este beb é? —grit ó uno de los mandos .
Teresa observaba con temor la escena, al igual que todos . Sabía que no podía
decir nada, aunque por dentro el corazón se le partía al ver la macabra escena.
Así que baj ó la mirada y cerr ó los ojos . No tuvo el valor de observar más, solo
esperaba que todo termin ara pronto. Un minuto después escuch ó un
estruendoso chillido con un crujido sonido en seco, como si golpearan un coco
contra el suelo , que inmediatamente apag ó el berreo del beb é.
Su pequeño cuerpo , había sido lanzado contra un viejo árbol . El sonido
escuch ado por T eresa no había sido más que el frágil cráneo del beb é
estrellado contra la dureza de l tronco de aquel árbol . Luego, sin más, el cuerpo
inerte y desangrado del beb é fue arrojado a la zanja, junto a los cadáveres de
sus padres. Teresa no tuvo el valor de acercarse al inmenso hueco, y esa tarde
no dej ó de pensar en el destrozado cráneo del bebe y su trágica muerte. No
quería terminar como ellos, aún tenía a sus hijos al lado y a su hija que la
necesitaba más que nunca. Sin embargo, tras permanecer cuatro miserables
años en el campamento , Teresa veía c ómo se apagaba la luz de su hija, quien
padecía las consecuencias de la mala alimentación.
A mediados de 1994, la hija de Teresa cumplió veinte años. La jovencita, con
mirada decaída y el cuerpo delgado como un fideo,
era una posible víctima de la
anemia o la desnutrición crónica
y para los altos mandos senderistas eso solo podía significar algo:
se había convertido en una carga pesada .
—Estamos dándole de comer por nada —dijo el jefe senderista de aquel
campamento de concentración , según recuerda Teresa.
De pronto, cogieron a l a joven y la arrastraron al centro del campamento
.T
odos fueron llamados para que observaran lo que iba a suceder.
—No aporta al ejército, no puede caminar, no puede hacer nada, ya no sirve —
dijeron los terroristas.
Aquellas palabras, como lo que ocurriría luego, aún están frescos en la memoria d

De pronto, uno de los senderistas sacó un arma blanca y la acuchill ó en el


estómago, penetrando el vacío órgano . No suficiente con ello,
el asesino con ayuda de sus compañeros
la ahorcaron con sus propias manos para quitarle el
último aliento. Todo esto ante la mirada de su propia madre, quien vio c ómo su
hija se desangraba y caía sobre la tierra, con el escaso fuego apagado. Una
escena que Teresa jamás olvidar á Aún hoy no tiene el cuerpo de su hija, ni
d ónde llorarla, pues permanece en alguna fosa clandestina en Chiquireni.

EL ESCAPE
Puerto Ocopa tiene un pequeño cementerio, en medio de un monte, donde
están apiladas unas cuantas cruces de madera . En ellas apenas se puede leer
el nombre de los sepultados , escritos con el trazo de algún plumón o pintura
oscura. Son afortunados los que pueden tener un espacio ahí, pues son
personas que han fallecido causa de accidentes, enfermedades u cualquier
otra situación que no tenga que ver con la violencia del terrorismo. Las v íctimas
de Sendero Luminoso no han podido tener una sepultura en algún cementerio,
donde sus seres queridos puedan acudir
a dejar unas flores y murmurar una plegaria
. De eso no hay nada . En el año 2016 , apenas se rescataron
veintitrés
cuerpos de lugareños enterrados en once fosas clandestinas ubicadas en la
selva del VRAEM.
Cesar Antúnez tuvo la suerte de no ser una estadística más de las víctimas
mortales en este episodio . Pudo lograr escapar del infierno senderista y hacerle
frente con una heroica acción. La casa de C ésar est á a veinte minutos de
Puerto Ocopa . Vive alejado . Actualmente se dedica a la venta de peces de r ío.
El imponente sol impide que se camine por las tardes . Las personas
permanecen ocultas en sus casas . Los enormes árboles de la selva tratan de
minimizar el calor con las corrientes del aire. La única forma de llegar a la casa
de C ésar es en un medio de transporte . En Puerto Ocopa existen mototaxis,
pero solo para rutas cortas . Los colectivos también son utilizados, aunque
demoran un a hora en aparecer . Resulta más sencillo visitar a la hija de C ésar,
Mirla Ant únez, quién permaneció junto a él en cautiverio.
tiene treinta y seis años, un hijo, un esposo y un espíritu jovial. De grandes
ojos, corpulenta figura y una amable personalidad , se enc uentra en medio d el
taller de mecánica de su esposo, un huaracino que decidió montar
hace algunos años
su negocio en Puerto Ocopa. Mirla acaba de subirse en un
desbaratado y viejo triciclo que maneja con gran precisión. La acompaña su
hermana Angelica, una joven madre de familia que ha llegado junto a su
inseparable perra Azul. Una ve z reunidas nos montamos en el triciclo en
dirección a la casa de su padre, a quién de vez en cuando visitan debido a la
distancia.
En el trayecto se observa n innumerables chacras
arrasadas por el fuego, una actividad que tradiciona
. Las quebradas que se
atraviesan por el camino son infinitas y las mariposas de mil colores que vuelan
alrededor también. Es imposible dejar de admirar la belleza de estos insectos
que se pasean por las chacras y riachuelos.
La familia asháninka se dedica a cultivar varias parcelas familiares que tienen
, cada una de ellas,
una extensión de una hectárea en promedio. Debido a la
baja calidad del suelo y por conocimiento y práctica ancestral, los aháninkas
casi no realizan cultivos intensivos, algo que exigiría una producción para
la voracidad del
mercado. Utilizan mayormente el método de roza y quema. Las
chacras son abandonadas luego de tres o cuatro años de cultivos para que la
tierra se recupere , mientras se ocupa n otras,
lo que garantiza un uso intercalado y sostenible de las parcel
.
El investigador del Centro Amazónico de Antropología y A
una investigación
del derecho Ashaninka y formas tradicionales y actuales de resolución de
conflictos.
Mirla dice que esta práctica es más tradicional que necesaria en la cultura
asháninka. D
e esta forma , creen que la tierra será reformada y
volverá a ser apta
para producir, aunque la producción a nivel local se limite al consumo
familiar.
En tiempos de siembra, las chacras son también el refugio de los nativos.
Se construyen viviendas temporales con techos y vigas hechos con
shapaja, un inmenso árbol de afiladas hojas y ramas .
Unos veinte minutos después de observar este paisaje de campos incinerados y chozas aban
se vislumbra la casa de C ésar, hech a también de shapaja .
El hombre que la habita ha cumplido ya
sesenta años , tiene la piel trigueña,
el
cabello negro y un enorme reloj negro en el brazo derecho.
Cuando César fue secuestrado junto a su esposa, hija y cuñado, perman eció
en cautiverio por cuatro largos años. Sus padres fueron desplazados a otros
campamentos y jamás los volvió a ver. Durante ese tiempo pudo ser testigo de
todas las desgracias que cay eron sobre el pueblo de Puerto Ocopa. Observa
temeroso la cámara que cargo sobre mi hombro y acepta la entrevista y
comienza lanzar sus primeras palabras.
— Cuando murió en el campamento la mam á de mis hijas yo llegu é a tiempo
para ver a Mirla en el otro campamento — di ce al recordar las veces que se
escapaba de sus celadores para visitar a su esposa y a su hija .
Una vez muerta Dina, C ésar s upo que ya era tiempo de escapar, que no
podía permanecer en el mismo lugar . L lo mismo le podría pasar a Mirla, quien
ya tenía ocho años y tendría que afrontar el resto de su vida como huérfana
de madre
.
ó de Mirla durante esos cuatro años y fue quien se encargaría de guard ar las
pertenencias de Dina . Cuando mucho tiempo después se encontró con César ,
le mostró lo conservado en secreto: una ollita quemada,
unas cuantas cucharas y
un conjunto de agujas e hilos que su esposa usaba para crear
algunas piezas textiles .. César le pidió a María que se qued ara con esas cosas
. Tan s
olo tom ó la olla . María no entendió la razón de esa decisión.
Durante los años que estuvo separado en otro campamento,
César se supo ganar
la confianza de los mandos senderistas , que en su mayoría eran
colonos, es decir , oriundos de ciudades de la sierra. Obedec ía todas las
órdenes que le daban . No tocaba nada . No comía lo que no le permitían . No
chismoseaba con nadie. No demoraba con los pedidos ; era rápido y eficaz en
todo lo que le exigían. , En poco tiempo, se convirtió en el ayudante
más cercano
de un o de los mando s militar es .
—Me llamaban Michel —di ce César sobre la nueva identidad que le obligaron a
usar
—¿Te convertiste también en una autoridad? — le pregunt o.
—Sí , andaba con dos mandos , y a veces cuando hacía mis mandados , iba
rápido para así ver a mi familia — rec uer da.
A C ésar le tocaría presenci ar la muerte de muchas personas, pero nunca decía
nada, se mostraba fr ío y calculador. Sabía que esa era la única forma de
ganarse la confianza de los mandos, quienes de a poco le brindaban más
información de la necesaria.
—Sabía qu é iban hacer, las emboscadas, donde estaban los otros
campamentos . Escuchaba todo — cuenta Cesar.

Y cuando dice “todo” se refiere también a lo que decían sobre el poder y la revolución.
Junto a su cuñado Celeste trabajaba día y noche en el campo de
concentración . Siempre a raya. .
Los mandos senderistas confiaban mucho en él. Muy pronto el sacrificio
empezaría a rendir frutos . Un pedido para visitar el
campamento de su esposa era suficiente para poder ir con excusas a verla.
—Yo ya había hecho un plan con mi cuñado para escapar . Cuando llegu é tenía
a dos mandos , a quienes tonteé y me perdieron de vista en el campamento —
recuerda
C ésar .Al llegar, C ésar pudo ver a su hija . No tuvo tiempo de hacer
nada más que conversar a escondida con ella.
La charla duró lo suficiente para contarle que
escaparían junto al tío Celeste, pero le advirtió que nadie más
podía saber de eso, sino morirían.
P ero C ésar no era el único que había ideado un plan de escape.
Días atrás
había visto c ómo alguno de su s compañeros habían logrado escaparse de los
campamentos. La idea no era descabellada.
Solo era cuestión de hacerla realidad. Y eso ocurrió una tarde de junio 1995 .
C ésar ya lo tenía planeado: sin desp edirse de María Chávez , hu iría junto a su
hija Mirla. Primero, era necesario que tomara la delantera ,
y, luego, con un eficaz
silbido dio la señal a su cuñado
para que corriera con su sobrina en brazos
Lo más rápido que pudiera.
Mirla , veintisiete años después de aquel episodio, recuerda aquella fuga como
la acción más peligrosa de su vida.
—Mi tío me carg ó y me llev ó junto a mi pap á — di
ce moviendo lentamente sus sedientos labios.

A lo largo del sector cinco del VRAEM, los senderistas habían


montado
trampas en forma de huecos, repletas de púas y otros objetos punzocortantes
, y cubiertas
por enormes hojas verdes y tierra.
Eran trampas mortales para los desprevenidos. Pero no para
César, quien sabía bien todas las acciones
ordenadas por los
mandos.

Antes del gran escape. César había conseguido un largo y fuerte palo de un robusto árbol del monte. Pront

Así lograron permanecer por cuatro días caminando a paso firme


a través de la espesura de
l a selva, sin caer en alguna letal trampa. Mirla comprendía que lo
que hacían era peligroso y se aguantaba las lágrimas, las noches húmedas y l
ausencia de su madre en todo el camino
—Comíamos mango, naranja, lo que encontrábamos por ahí . También
pescábamos — recuerda Mirla .
Durante esos días, durmieron encima de largas hojas que tendían sobre ramas
caídas a modo de improvisada s tarima s. Por las tardes,
César y su cuñado Celeste
c pescaban ayudándose de ramas que encontraban sobre el suelo . Los
caracoles también fueron bocados para sobrevivir . La olla que
María no sabía por qué
César había decidido llevarse consigo e mpezó a ser usada para
cocinar los pescados de río. Una fogata , que él mismo creaba frotando
algunas secas ramas , proveía el fuego necesario. Eso les permitió
alimentarse bien para continuar su travesía a través de la jungla.
Cumplido el cuarto día, llegaron a un r ío. Allí, Un hombre sobre una balsa
logró divisarlos a lo lejos como fi
Era un
lugareño, quien ya conocía a los que huían de los campamentos senderistas .
Por eso no dudó en ayudarlos. Remó a mano lo más rápido que pudo para
llegar a la orilla del río Perene. Donde se encontraban chorreados, sobre la
abrazadora tierra, César, Mirla y el tío Celeste. En la orilla aquel vecino
entendía la situación y con todos a bordo, remó con fuerza hasta que llegar on
a Puerto Chata donde finalmente desembarcaron, volviendo a pisar la tierra
que los vio nacer. Escapándose del infierno que les quito todo.

LOS RESCATES
Aquellos que no corrían con la suerte de César Antúnez, de conocer la selva y
todas las trampas mortales , podían tener la oportunidad de ser rescatados por
un grupo que llev ó a cabo estas acciones en el año 2014 y 2015. Este grupo de
elite liderado por la Dirección Nacional Contra el Terrorismo (DIRCOTE ) y los
grupos de inteligencia de la Marina y la Fuerza Área eran conocidos como “La
Brigada Lobo”. José Baella Malca era un general
(de qué institución) que dirigía
este grupo por aquellos años.
Baella Malca es un hombre alto, de cabello cenizo y una prominente mirada.
Vestido con un llamativo reloj , camisa azul, lustrados zapatos oscuros y unas
medias geométricas me recib e en la sala de su acogedor y espacioso
departamento en un exclusivo distrito de la ciudad de Lima. Sobre su me sa
reposaba un ejemplar del diario Gestión recién leído y una cargada agenda con
unos cuantos escritos numéricos e ilegibles apuntes. Conoció a María Chávez,
la mujer más longeva de todos los rescatados, en una de las mejores
experiencias que guarda en su memoria.
. Lloraba todo el camino —d ice.
—A ellos le mentían en la cabeza que si la policía o los militares entraban , los
iban a matar, cuando no era así — dice sentado sobre su confortable mueble.
Para el general Baella Malca, Sendero Luminoso arras ó con todos estos
pueblos con el fin de llevar o a los asháninkas a zonas aisladas . El secuestro
les permitía formar el grupo de los “pioneritos”, qu ienes eran considerado s
como el futuro del partido comunista. Los senderistas establecieron una guerra
en el campo y obligaron a los asháninkas a que los acompañ ara n en esta
macabra misión.
—Pasaron penurias. Ellos tenían otro idioma, otra costumbre, otra forma de
pensar o concebir el mundo . No entendían el marxismo, el leninismo y el
pensamiento Gonzalo — dice el general Baella Malca.
Era evidente todo lo mencionado por el general, pero estas personas llevaban
desde 1990 secuestradas, más de veinte años, lejos del Gobierno, lejos de
Lima, lejos de la gente, lejos de la importancia que merecían. Eran ciudadanos
que faltaban, pero nadie decía nada. Hasta que en año 2012 se creó “La
Brigada Lobo”, y posteriormente, durante el Gobierno de Ollanta Humala, se
procedió tardíamente a buscar a los secuestrados.
—¿Por qué demoraron tanto en rescatarlos ? ¿Por qué llegaron más de veinte
años tarde? — le pregunto.
—Demoramos porque aterrizábamos con el helicóptero y todos desaparecían,
huía . Necesitamos una estrategia que tard ó años en crearse.
Para el general Baella Malca , la selva del VRAEM es la más complicada de
todas . Es una selva con profundidades y depresiones. Es accidentada y sobre
todo peligrosa . Se necesitaba colaboradores y conocedores de esta selva . No
era un plan fácil de concretar .
“La Brigada Lobo ”realiz ó un plan que cont ó con la participación de veinte
asháninkas . Entre ellos hubo, incluso, miembros de la comunidad que
luego
fueron nombrados policías por la eficiencia al momento de colaborar. Las
principales barreras para concretar el rescate era la desconfianza que sentía
esta comunidad y el idioma. Así que durante meses se ide ó un plan
con diferentes etapas
.
Primero, se sobrevolaron con helicóptero las zonas del VRAEM con el fin de
divisar algún movimiento de personas ocultas en las entrañas de la salvaje
selva. La peculiar idea del equipo de investigación consistía en arrojar volantes
con frases escritas en asháninka, en papeles de hojas blancas y con legibles
trazos escribían las intenciones de querer rescatarlos y que no teman a las
fuerzas armadas.

Se realizó incursiones a pie para no asustarlos con el ruidoso sonido de los


helicópteros. Con ayuda de los colaboradores asháninkas se recorría los
sectores donde se encontraban la masa cautiva, esquivando todos los peligros
de la selva: trampas, arboles, desniveles, hundimientos, barracos y animales
silvestres. La brigada se mantenía alerta y respaldada por municiones que
esperaban ser usadas. Una vez que se llegaba a un punto cercano de los
campamentos, se dejaban cajas con alimentos y víveres, prendas de vestir y
más volantes con mensajes de ayuda en asháninka. El fin de esta arriesgada
excursión a pie era fidelizar y crear un lazo de fraternidad con los cautivos, para
que así se desmigaje la idea que habían sembrado los terroristas en sus
frágiles mentes: “El ejercito los va matar”.
Subían hacía los montes con los brazos llenos y volvían vacíos. Pero con la
esperanza de obtener una respuesta por parte de los asháninkas. Pasaban
unos meses y se retornaba
Luego, se retornaba a la zona meses después y no encontraban los alimentos,
de modo que “La Brigada Lobo ”esperaba que esta sea la señal de una
aceptación. Se conversaba con los lideres colonos, en el mejor de los casos, y
se llegaba a un acuerdo de entrega.
Una vez ahí se procedía a viajar con helicóptero, aunque muchas veces, a
pesar de las conversaciones e incursiones, la situación se tornaba complicada,
pues huían ante el temor los uniformados.
En el momento del rescate del año 2014, Baella recuerda que aterrizo mirando
la huida de todos los cautivos como ciervos despavoridos ante la presencia de
un depredador. Pero, algunos no corrían lo suficiente como María Chávez. Que
durante el trayecto guardaba un silencio de piedra. El general recuerda este
encuentro como el pasaje más desolador de su vida. La condición en las que
encontró a estas personas no podía ser borrado de su mente. La ropa que
llevaban sobre ellos estaba desgastada, destrozada, apenas se podía divisar el
tipo de prenda que llevaban. La piel llevaba capas de suciedad que impedían
reconocer el rostro de cada asháninka. El deshumanizado lugar donde
dormían, a la intemperie de la selva, sobre la húmeda tierra y con algunas
cuantas hojas que caían y hacían de cama. Como animales en un matadero, se
encontró improvisadas jaulas de troncos y ramas, cuchillos, armas viejas, ollas
viejas con agua y nada de alimentos.
Para Baella, es Estado tiene una gran deuda con ellos, ya no hay una política
unificada que busca establecer de interés nacional el terrorismo y los cautivos.
Hoy la Brigada Lobo ya no existe, y tampoco la posibilidad de poder volver a
reincorporar a la sociedad los infortunados asháninkas que aún perduran en
algún sector del infernal VRAEM.
La labor que realizó la DIRCOTE quedó en el olvido, pocos conocen las
estrategias que tuvieron que realizar. Si algo es cierto es que sin este equipo y
los colaboradores no hubiera sido posible rescatar a los que quedaban de una
comunidad aislada, golpeada y masacrada por el odio y la violencia terrorista.
Capítulo 3: La marca deshumanizada
Si algo sabía antes de llegar a la caótica Selva central, era el terrible daño que
el terrorismo había ocasionado a nuestro país. De hecho, lo más cerca de
Puerto Ocopa que alguna vez había podido estar, fue en la cruda sala de
exposición fotográfica Yuyanapaq que en lengua quechua significa “para
recordar”. Esta sala fotográfica conmemora a través de 250 imágenes el duro
golpe que significó la barbarie en el Perú. Todos estos archivos provienen de
medios de prensa escrita, fotógrafos independientes, agencias de noticias,
ONGs, familias, víctimas y álbumes familiares. La ubicación de esta exposición
es menos compleja y de libre acceso. Es un buen punto de partida para
comenzar a indagar en esta inhumana historia.
El Museo de la Memoria y Derechos Humanos (LUM) es el anfitrión encargado
de esta travesía con una ubicación privilegiada en la calle San Martín, frente a
las pacíficas olas del concurrido circuito de playas de la Costa Verde en el
húmedo distrito de Miraflores. Yuyanapaq muestra una gran sala de blancas y
lisas parades donde reposan imágenes de distintos tamaños y dimensiones, la
mayoría de ellas en blanco y negro. Imágenes reales, crudas, sin censura, sin
límites, sin humanidad.
Entre esos tristes pasillos, un manto de silencio se apodera de la sala y el
impacto en los visitantes es instantáneo. Como un vórtice oscuro capaz de
absorber la valentía e insensibilidad de todo aquel visitante que terminaba con
el rostro desencajado o desalineado.
Una imagen destacaba entre el salvajismo de las demás, del conjunto de
fotografía que relataba la difícil situación que atravesaron los huérfanos que
dejó Sendero Luminoso en su camino. La Misión Santa Teresita de Puerto
Ocopa, histórico recinto y albergue de la selva central que recogía a los
asháninkas que huían del terror, es la gran protagonista de todas estas
imágenes. Niñas cantando, niños bañándose, religiosas atendiéndolos, niños
jugando, todos en un albergue sin padres y sin familia.
Un pequeño niño de seis años de huesuda contextura, con los brazos
extendidos, con unas desnutridas costillas y una prominente marca en el lado
derecho de su rostro, que levantaba ligeramente su labio superior, llamó mi
atención de inmediato. No solo el rostro desfigurado de este niño acaparó mi
mirada, sino el contacto de su mirada ante la cámara observando a todo aquel
que analizara la imagen. La fotografía había sido tomada en 1995 por la
reconocida fotoperiodista Cecilia Larrabure.
De hecho, esta imagen es parte sustancial de su publicación “Ciertos Vacíos”,
un ensayo fotográfico sobre la orfandad, violencia y memoria en el Perú, que se
publicó en el año 2007 y que contó con el generoso auspicio de la UNICEF. El
personaje principal de este ensayo es Lucio Yumikire Maaire y la historia que
describe la periodista en su libro es todavía más dramática y trágica. Lucio se
volvió un símbolo de la violencia en el Lugar de la Memoria, en el Museo de la
Nación y en muchas publicaciones que relatan la barbarie de Sendero
Luminoso. Incluso, si se hace un recorrido por internet para indagar sobre la
violencia del terrorismo, los algoritmos del mundo digital arrojarán las imágenes
de aquel niño con el rostro desfigurado y la mirada enferma del alma.
Hasta ese momento, lo único yo que sabía de Lucio era lo relatado por la
periodista Cecilia Larrabure en su libro a través de sus 66 páginas. “Lucio
Yukimire Maaire pasó sus primeros años viviendo en el monte, bajo el control
de Sendero Luminoso. Al escapar, un mando senderista lo hirió en el rostro con
un machete, cuando intentaba matarlo para que no lo reconociera”. Así tal cual
esta descripción acompaña la famosa imagen, donde páginas más adelante se
narra la evolución de Lucio en su reincorporación social.
En una fotografía del año 2004, Lució hace su segunda aparición luego de
doce años. De 17 años de edad, aún con la prominente marca en el rostro,
descalzo, con holgadas ropas, sentado mientras afila su machete. “(…) Lucio
pasó los cuatros siguientes años bajo el yugo terrorista. Durante su cautiverio,
a los cuatro o cinco años, un mando terrorista, al que Lucio identifica como
Balecho, lo hirió con un machete en el rostro cuando el niño intentaba escapar.
Balecho habría tratado de matarlo para que no lo reconociera. Lucio consiguió
huir y fue rescatado por una patrulla del Ejército, que lo llevó, junto a muchos
otros asháninkas, a la misión Franciscana de Puerto Ocopa. En el orfanato las
monjas que lo cuidaron lo describen como tímido, muy callado y conflictivo”.
Estas líneas acompañan la nueva imagen de Lucio. Unas páginas más
adelante el libro revela a un nuevo personaje, su hermana Aida.
“(…) a un chiquito le hice daño, eso también no sé por qué lo hice, parece que
estoy enfermo para hacerle eso. Le hice daño, pero las cosas malas me entran
en mi cabeza, yo no puedo controlar. Cuando yo estaba aquí en Puerto
Asháninka, un día tomando masato, le pegue a mi hermana”. Así describía
Larrabure más imágenes de un Lucio ya joven donde se evidenciaba un
personaje atormentado por las secuelas de la violencia.
Puerto Ocopa, en la actualidad, cuenta con una pequeña población de 1290
habitantes. Eso haría más fácil la tarea de encontrar a Lucio. Lo único que
tenía de él era esa dramática imagen de blanco y negro guardada en mi
celular. El primer día que llegué a la Misión Santa Teresita de Puerto Ocopa
pregunté a las hermanas Glorie y Rosa por él. Ellas, por desgracia,
desconocían a Lucio. No sabían si estaba muerto, vivo, enfermo o quizás lejos
de la región. Pero las religiosas si conocían a los demás pobladores de la zona
que podían llevarme en el camino correcto.
Los días en la misión franciscana comenzaban con una fuerte campanada, que
era tocada aleatoriamente por algún niño que albergaba la misión. Con un palo
largo, aquel emocionado niño se empinaba, tratando de alcanzar la vieja y
oxidada campana que llevaba de pie cien largos años. Eran las cinco de la
mañana y los más de veinte niños que albergaba la misión ya se encontraban
de pie, listos para bañarse y agradecer a Dios por un nuevo día. Unos se
alistaban para salir a vender pan en un particular carrito blanco con unas
llamativas pintas que ya eran reconocidas por los lugareños. Estos panes eran
realizados religiosamente todos los días por las noches, y por las mañanas ya
estaban listos para ser repartidos.
—Así compramos algunas cosas. También hacemos bisuterías y
manualidades. Los niños son productivos aquí responde la hermana Rosa,
sobre los ingresos que genera la venta de panes, mientras sirve el desayuno.
Antes de dar el primer bocado, las hermanas Rosa y Glorie proceden con una
oración para bendecir los alimentos y procedemos a sentarnos en la cocina
principal de la misión. Los desayunos aquí son contundentes: papas, yucas,
arroz, camote, atún, pollo, huevos, salchichas, avena, mazamorra de plátano y
todo lo que uno se imaginaría comer en un almuerzo citadino. Pero este tipo de
alimentación en la selva central, o al menos en la misión, no es casual.
— Aquí tenemos que desayunar así porque la anemia es fuerte y el dengue
también —dice la hermana Rosa luego de dar un sorbo a su café.
— Hay hermanas que han muerto por el dengue. Hace poco una hermana
murió. No se alimentaba bien — interviene la hermana Glorie con una mueca
de lamento.
Pero la anemia no era el único mal al que se enfrentaban estas religiosas para
perdurar su tarea en la misión. Desastres naturales, terremotos y desbordes de
los ríos cercanos han sido algunas de las más peligrosas situaciones que
muchas de ellas tuvieron que enfrentar. No en vano en la historia de las
hermanas franciscanas de la Inmaculada Concepción hay algunas heroínas
que murieron durante su labor de evangelización y cuidado de los asháninkas.
María Clotilde de Jesús, una hermana que acostumbraba viajar de Satipo a
Puerto Ocopa, rodó por un precipicio y estuvo una noche atrapada sin poder
reaccionar. Si bien fue rescatada con vida, no pudo volver a caminar. Sor
Joaquina de Jesús no tuvo la misma suerte: se ahogó en las aguas del río
Perené al hundirse la canoa cargada de productos que llevaba a la Casa
Misión. Su cadáver fue hallado varios días después del trágico suceso. Junto a
ella también desapareció un niño nativo. Es por ello que muchas veces se dice
que la selva del VRAEM es considerada como la más peligrosa del Perú, pues,
además de su complejidad geográfica, habitan otros males.
Mientras los niños están en la escuela, en la misión aún hay labor que se
pueda realizar. La inmensa dimensión de este espacio es difícil de mantener.
Fundada en 1918 por el misionero franciscano Fray Mariano Uriarte, se
encuentra muy cerca de la desembocadura de los ríos Perené y Panga. La
infraestructura del recinto religioso es de estilo republicano. Ha sufrido
innumerables cambios con el paso de los años. Los arcos de medio punto que
decoran las columnas representan la esencia europea de los Franciscanos.
Uno de los principales lugares de la misión es el convento, construido de
ladrillos con un gigantesco patio que sostiene los cuartos de varones y mujeres.
Del otro lado, hay una construcción de habitaciones donde descansan las
religiosas. Todo esto acompañado de demás salones de entretenimiento,
estudio, juegos y recreación.
Un camino gris de cemento que reposa sobre el verduzco pasto une esta parte
de la misión con una capilla exterior, donde, sin falta, todos los domingos se
realizan misas para el público en general. La capilla tiene un estilo particular:
además de la imagen religiosa del típico cristo crucificado se encuentra la
Virgen María asháninka, una imagen a semejanza de los nativos, de piel
trigueña, cabello oscuro y vestida con la tradicional cushma.
Las hermanas Rosa y Glorie supervisan que todo lugar de la misión esté en
perfectas condiciones. Como el cuidado del jardín botánico, la alimentación de
los dos enormes cerdos que se encuentran en el campo abierto de la misión y
de los dos perros de raza pastor alemán, Chester y Maya, que cuidan la misión
con sus ojos mansos. Los grandes árboles que acompañan la misión en el
huerto también son atendidos por las hermanas y los niños. Era época de
Cacao, así que los frutos del cacao se encontraban desbordando la tierra de la
misión. La tarea era curiosa y simple: se debía consumir el cacao chupándolo,
hasta que la masa dulce y blanquecina desaparezca por completo, de modo
que la semilla se podía poner a secar.
Sí bien en un inicio la misión se había dedicado a recoger huérfanos, víctimas
del terrorismo. Hoy los niños que viven en este lugar ya no son más huérfanos.
La mayoría de ellos terminan en la misión porque sus padres los dejan ahí. Las
razones son infinitas. — Muchos papás tienen muchos hijos y no los pueden
mantener y los dejan aquí. Otros en sus casas no los quieren o no los pueden
mantener —dice la hermana Rosa para explicar la procedencia de los niños
que se encarga de cuidar, educar y amar.
—¿Todos son asháninkas? —pregunto.
—Hay algunos colonos —responde.
Las hermanas no tienen ayuda del gobierno o alguna organización benéfica.
Ellas realizan todo con el apoyo de la misma comunidad religiosa de la
Inmaculada Concepción. Tampoco piden dinero a los padres de los pequeños,
quienes están bajo el cuidado de las hermanas hasta terminar el quinto grado
de secundaria.
Los cuidados que brindan las hermanas a los niños van desde la enseñanza en
la escuela, que, dicho sea de paso, también fue construida y administrada por
las Hermanas Franciscanas de la Inmaculada Concepción; y, además, es el
único colegio de Puerto Ocopa. El cuidado en la salud también es un factor
fundamental. La alimentación es variada y cuentan con un cocinero asháninka
que atiende a los pequeños desde el desayuno, antes de irse a la escuela,
hasta la cena. La evangelización es una línea fundamental en las labores
diarias. La oración y la palabra de Dios es parte innata de los pequeños,
quienes realizan visitas a la capilla y hacen el rezo del rosario. La indumentaria
también es una preocupación en las hermanas, pues en la mayoría de casos
los asháninkas llegan con coloridos vestidos largos para presentarse en
eventos importante de la misión. Pero, lo más importante es el amor y cuidado
que le puedan dar a estos niños.
—Muchas veces me piden prestado el teléfono para llamar a sus mamás
porque ellas no les llaman —dice la hermana Rosa con una tristeza inocultable
en el rostro.
—Hay que estar pendiente de ellos porque algunos son muy traviesos también
—interviene la hermana Glorie.
Ambas consideran que si bien brindan los cuidados y el amor necesario para
estos niños, cuando terminen su estancia en la misión aún seguirán siendo una
preocupación, pues muchos de ellos no son visibilizados en sus casas.
El descuido de algunas familias de la comunidad y el desabandono de sus hijos
también es una problemática en Puerto Ocopa, principalmente por temas
económicos y conflictos de separación de padres es que muchas familias
acuden a la misión en busca de ayuda para que las hermanas se hagan cargo
de mantener a sus hijos, mientras los familiares buscar otros medios para
poder corresponder con sus hijos después de que estos terminen su estancia
en la misión. Pero, en la mayoría de casos no se logra mantener un buen nivel
económico de vida, probablemente el futuro de estos jóvenes asháninkas sea
dedicarse a la chacra, para mantenerse, como se acostumbra en la comunidad.
LA BÚSQUEDA
En una de mis tantas expediciones por la búsqueda de información en la selva,
he vuelto a encontrarme con Herminia, la sobrina de Lidia y quién me
acompaño a Gloriabamba. Esta vez estaba dispuesta ayudarme a ubicar a
Lucio. Es una tarde calurosa. Ella estaba con la piel sudada y los pies
enterrados en la sombra de su hamaca, observa la pantalla de mi celular que
muestra la fotografía de Lucio.
—¿Lo conoces? —pregunto con alguna esperanza de encontrarlo
—Claro, yo lo conozco. Le decíamos el tunchi por su marca —responde
Herminia muerta de risa masticando algunas palabras en asháninka—. El ya
tiene hijos y esposa. No vive aquí, pero conozco a su familiar.
Así, Herminia, luego de pararse de su hamaca, me lleva por los senderos
ardientes de Puerto Ocopa. Caminamos aproximadamente durante unos
quince minutos interminables. Las calles lucen, como acostumbran, vacías.
Todos permanecen lejos del abominable sol.
Tras largos minutos, llegamos a una precaria vivienda hecha de carrizo. Una
mujer de mirada achinada, robusta y cara redonda intercambia palabras en
asháninkas. Una vez más el típico “tío”, como una manera cariñosa de llamarse
entre los asháninkas, forma parte del saludo. Lo único que apenas puedo
entender son las palabras “tía”, “universitaria y “periodista”, palabras que no
tienen una traducción al idioma asháninka. Saludo de inmediato a la robusta
mujer, quien carga un bebe de ocho meses en brazos. —¿Conoces a esta
persona? —le digo, mostrándole la fotografía del niño en la pantalla de mi
celular.
— Sí, es Lucio, mi primo. ¿Esa foto de dónde es? —responde sin quitar la
mirada sorprendida de mi móvil.
—Esta foto está en un museo en Lima. Es parte de una exposición fotográfica.
¿No lo sabías? le digo, al mismo tiempo que trato de entender su sorpresa.
—No sé qué es eso, pero él está en Puerto Asháninka —dice la robusta mujer
mientras intenta sopesar la situación.
Lucio está vivo, pero en un lugar alejado. Herminia me dice que Puerto
Asháninka es de difícil acceso y que la mayoría de rescatados de los
campamentos están ahora ubicados ahí. La única forma de llegar es por vía
fluvial a través de una chalupa, un pequeño bote o un peque que puede ser
propulsado a remo manualmente o a motor. Herminia se muestra temerosa de
acompañarme. Las aguas del río que bordean los distritos de Pangoa y
Mazamari —asegura— son caudalosos y muy peligrosos.
Al día siguiente, acudo a la casa de Angélica Antúnez, una mujer asháninka
que vivió desde 1990 hasta 1997 en la misión Santa Teresita de Puerto Ocopa.
El encuentro con Angélica se ha dado de forma casual y no premeditada.
Resulta que es la hija de Cesar Antúnez y me he cruzado coincidentemente
con ella al tratar de buscar a su padre. La casa de Angélica tiene un llamativo
letrero hecho con pintura: “Menú al paso”. Y, además, es la única que brinda el
servicio de impresión. Tuvo la idea inicial, junto a su prima, de vender menú,
pero no resultó como esperaba. Muchos vecinos no le compraban y otros le
fiaban, razón por la cual su pequeño negocio quebró.
Angélica es una madre de familia soltera que además se responsabiliza de una
sobrina. Sus hijos aún se encuentran en etapa escolar, así que es común verla
en casa todo el día. En nuestro segundo encuentro, luego de haber visitado a
su padre, me confiesa que conoce a Lucio y que se cruzaron durante su
estadía en la misión. Es la hora del almuerzo, aproximadamente las dos de la
tarde. Su hija acaba de llegar a su casa. Su hermana Mirla se ha encargado de
recogerla. Mientras espero para hablar con ella, un sabroso olor se empieza a
esparcir por los calmados aires. Está cocinando pollo frito. Antes de empezar la
charla, sirve unos tres platos sobre su vieja mesa de madera.
—Sírvase señorita, aquí justo he cocinado —dice, Angélica con una sonrisa
dibujada en el rostro.
Nos sentamos en la mesa junto a su pequeña hija de cinco años, quien no deja
de jugar con su perra Azul. Compartíamos el almuerzo. Puedo entonces
comprobar la hospitalidad de la gente en Puerto Ocopa, Según sus creencias,
un buen asháninka está siempre dispuesto a compartir, aún si eres un extraño
o forastero.
Angélica perdió a sus padres la fatídica tarde de agosto de 1990. Ella era
apenas una niña de siete años y cumplía el rol de hermana mayor. Esa tarde
se encontraba en la quebrada bañándose junto a sus dos hermanos menores:
Esaú Antúnez de cinco años y María Antúnez de un añito. Por aquel entonces,
dice que recuerda la presencia del Padre Castillo, quien ya se encontraba
acogiendo a los niños de la zona.
—Me llevaron junto a mis hermanos como militares a la misión —relata
Angélica, al evocar aquella tarde.
—¿Cómo fue el primer día? —le pregunto.
—En un inicio no había hermanas. Todas se habían ido. Solo el Padre Castillo.
Ya luego de años vinieron — dice.
Los primeros años de Angélica en la misión fueron de confusión y mucha
angustia. A pesar de ser una niña, ya había escuchado de todo en la misión.
Religiosos, militares, niños y demás pobladores sabían que un mal llamado
“terrorismo” había irrumpido en la tranquilidad de Puerto Ocopa. Lo que no
entendían eran los motivos detrás de la barbarie.
En ese entonces, la misión estaba dividida por pabellones frente a la actual
capilla. Hoy estos pabellones ya no están ocupados por los actuales niños de la
misión. Los pabellones tenían una habitación general dividida con camas en
filitas como fichas de dominó. Angélica dormía en la misma habitación junto a
sus hermanos, pero en distintas camas. El encargado, según recordaba, en
aquel entonces era el Padre Castillo, quien recorría las instalaciones con
mucha prisa, tratando de atender a los niños que llegaban a la misión.
—Éramos como cincuenta niños. Todos huérfanos sin papas —dice Angélica.
Después de dos años sin saber nada de su padre, en 1992 comenzaron a
llegar las hermanas para encargarse del cuidado de los niños.
—Hermana Benita y Amalia fueron las que estaban ahí. Me atendían y
enseñaban como en el colegio — precisa.
Uno de los obstáculos en ese entonces era el idioma asháninka. Los hermanos
de Angélica solo se comunicaban en ese idioma, mientras que ella dominaba
tanto el castellano como el asháninka. Sin embargo, durante su estadía pudo
adaptarse a su nueva vida. Recuerda que la encargada de la cocina era una
mujer asháninka llamada Herminia, de aproximadamente cincuenta años, de
carácter amigable. Herminia usaba una bicharra, un fogón hecho de adobes
apilados. A pesar de la precariedad el fuego era inmenso y las hambrientas
ollas eran profundamente gigantes. Frejol, yuca, fideo, arroz, a veces pollo y
frutas era la dieta que acompañaba a Angélica en aquellos años.
Una madrugada sin descanso —todos solían permanecer despiertos y alertas
ante cualquier incursión abrupta—, María, la hermana menor de Angélica,
despertó con tos. El pecho le roncaba y al mismo tiempo un agudo silbido
irradiaba del indefenso cuerpo de la pequeña de cuatro años. La hermana
Benita se encargó de curarla, aún cuando el botiquín con remedios y pastillas
era insuficiente. El espacio también había empezado a ser un inconveniente.
Los afortunados varoncitos que iban llegando a la misión tuvieron que construir
nuevas salas para dormir con quincha, un entramado de caña y bambú
recubierto con barro, y carrizo.
La misión se había convertido en una especie de claustro, sin escapatoria y no
era para menos. El lugar tenía que estar vigilado y los niños debían
permanecer dentro de la misión para evitar ser llevados por los senderistas. En
las noches, mientras los ríos corrían, los murciélagos volaban y la luna
alumbraba, la base militar permanecía despierta. Por los corredores de la
misión, era habitual ver a los hombres de verde y rudos botines atravesarse por
los pórticos de las habitaciones. El temor se apoderaba de los frágiles cuerpos
de los huérfanos que, de un día a otro, tuvieron que cambiar su vida para
siempre. Sin saber, siquiera, el destino que tuvieron sus padres, muchos de
ellos jamás volvieron a verlos, ni tuvieron oportunidad de despedirlos. La
esperanza de encontrarlos se esfumaba, cuando los rumores de más muertos
en la zona llegaban a sus oídos. Pero Angélica jamás perdió la esperanza de
que sus padres estuvieran vivos.
— Yo sabía que estaban vivos mi papa y mi mama —dice Angélica, mientras
sacude un cuaderno con el que espera apaciguar su calor.
Por las tardes, se hacía un uso restringido de las energías de la misión, así se
evitaba desabastecimientos de agua o luz. Los niños también cumplían con
labores domésticas y educativas. En las mañanas, los pequeños asháninkas
recibían clases escolares que eran dictadas por las mismas religiosas.
Matemática, comunicación y educación física eran algunos de los cursos que la
misión se encargaba de dictar, tratando de recobrar, en parte, la cotidianidad
en la vida de los huérfanos.
Angélica recuerda que una tarde de junio de 1995, un niño callado y flacucho,
con una visible cicatriz en el rostro, apareció en la misión. Era Lucio que
apareció misteriosamente, parecía haber sobrevivido a un huaico. No tiene
dudas. Días después compartirían algunos pasos por los pabellones de la
misión. Era un niño de pocas palabras, apenas sociable. Prefería aislarse de
los demás y jugar sin compañía. Lucio tenía seis años, cinco años menos que
Angélica.
—Calladito, aislado. No hablaba con nadie —recuerda Angélica.
Lucio solo se comunicaba en asháninka y dormía en el espacio que habían
construido los nuevos niños con caña, barro y carrizo. También participaba de
las clases, aunque asistía muy pocas veces.
—¿Está vivo? —me pregunta Angélica cuando le enseño la foto en la pequeña
pantalla de mi teléfono.
— Sí, está en Puerto Asháninka —le digo.
Angelica quedo sorprendía de aquella reveladora noticia, pensó que Lucio
estaba muerto, pues supo que años más tardes se fue lejos.
Angélica recordó un evento que comprendería luego. La visita del entonces
presidente Alberto Fujimori y la primera dama en el año 1999. Recuerda que
esa tarde en ¿la misión?, todos apuraban el paso para dejar limpio cada rincón
de los pabellones. Las hermanas barrían, las niñas se peinaban, los troncos
viejos se apilaban para alimentar el fogón de la cocina, los hombres de verde
se mantenían alertas esperando la llegada del presidente. Los niños de eso no
entendían nada, solo vieron llegar a un hombre con los ojos achinados,
cabellos oscuros y mediana estatura, acompañado de una mujer de aspecto
físico parecido. Ambos personajes se acercaron a los niños con víveres,
medicina, ropa y unos obsequios que no esperaban: unos instrumentos
musicales para componer una banda.
Era el entonces presidente, Alberto Fujimori, junto a su esposa Susana Higuchi.
Ambos se quedaron durante unos días en la misión, supervisaron la base que
improvisadamente se había armado en la misión y brindaron provisiones a los
que mantenían a salvo de pie aquel golpeado lugar en medio de la selva.
Angélica, comprendería años más tarde, con solo trece años, no entendía que
aquel hombre, que había hecho que todos apresuraran el paso, era el
presidente. La respuesta de Angélica, al igual que los demás asháninkas, sobre
la política o los demás poderes del Estado es casi nula. De eso no conocen
nada. De hecho, no existe mucha información respecto al conocimiento de los
asháninkas frente a las instituciones públicas o del Estado.
Una última encuesta hecha, en el año 2005, por el Área de Gobernabilidad y
Derechos Humanos del Instituto de Defensa Legal (IDL) revela esta
preocupante realidad. El 92% de personas encuestadas en Puerto Ocopa no
saben lo que es el Poder Judicial y el 44% no entiende el significado de la
palabra democracia.
Esta información muestra todas las caras de la exclusión y quizás sea el reflejo
de las consecuencias que dejó la violencia terrorista en la región. Hasta el día
de hoy, muchos de los asháninkas, como Angélica, no entienden el accionar de
Sendero Luminoso, ni la dimensión misma de lo que han ocasionado en Puerto
Ocopa.
Angélica permanecería siete largos años en la misión, hasta cumplir dieciséis
en 1997, a cargo de sus hermanos y sin conocer dónde estaba el cuerpo de su
madre asesinada por los terroristas.
A pesar de todo, recuerda muy bien el día que se reencontró con su padre. Era
una mañana, cerca de las 10, el sol irradiaba con fuerza, quizás como una
premonición de lo que estaba por ocurrir. Una joven Angélica cursaba aún la
primaría y escuchaba atenta la clase de la hermana Analía. Las matemáticas
rondaban en su vaga cabeza hasta que fue irrumpida por una voz cargada de
entusiasmo.
—¡Angélica, ven! Alguien vino a verte —le dijo la hermana Benita.
Con el corazón acelerado y el pulso como un reloj descompuesto, Angélica
aceleró sus pequeños pasos para seguir a la hermana Benita que le llevaba
ventaja en el camino. No imaginaba la sorpresa que le esperaría en el patio.
Percibía que era algo bueno, pero no la dimensión que tenía. De pronto, la
cansada figura de su padre, junto a su Tío Celeste y su pequeña hermana Mirla
aparecieron ante sus ojos Los tres estaban sentados sobre el viejo muro del
patio de la Misión de Puerto Ocopa.
—¡Papá! —retumbó el grito de Angélica.
Padre e hija se abrazaron con desesperación. Siete años separados se
acababan al fin. El Tío Celeste y la pequeña Mirla se unieron al esperado
reencuentro. La hermana Benita, en seguida, atendió y examinó a César
Antúnez, quien presentaba signos de desnutrición y cansancio. Angélica
recuerda que aquel día brindaron atención médica a su papá, al tío Celeste y a
su hermana Mirla. Pero la alegría no podía estar completa sin su mamá. Su
sonrisa, a media asta, la delataba. Esperaba volver a encontrarse con ella,
Pero, de algún modo, sabía que jamás volvería a verla, ni siquiera para
despidirla.
El terrorismo no solo le había arrancado la vida a la madre de Angélica, sino
también a ella.
Una marca en el alma
El viaje a Puerto Asháninka, en busca de Lucio , no hubiera sido posible sin la
compañía de Angélica. Un vecino de ella tenía una chalupa y se había ofrecido
a prestarla con la condición de comprar la gasolina y encontrar a alguien que
nos llevara en ella. Era un sábado por la mañana, antes de dar las seis.
Angélica tocó la puerta de la Misión. Estaba lista para la travesía. El único
detalle es que no había gasolina. Recorrimos todo el Puerto Chata, conocido
como la única zona comercial de Puerto Ocopa, donde está el único grifo del
lugar, una pequeña estación de Repsol. Los trabajadores del grifo dijeron que
había un desabastecimiento en todo Puerto Ocopa. Las opciones eran nulas,
las horas pasaban y Angélica no quería quedarse sin la oportunidad de
encontrar a Lucio. Con un bidón vacío de plástico que encontramos tirado por
un sendero, comenzamos a preguntar a los pobladores de la zona si sabían
dónde encontrar gasolina. Todas las respuestas eran negativas. Hasta que
una vecina nos dijo que la señora Rosa estaba abasteciendo, pero a un precio
muy elevado. La ley de la oferta y la demanda se imponía en Puerto Ocopa.
Cuando llegamos a la casa de la señora Rosa, descubrimos que tenía
guardada en su casa de carrizo un bidón de sesenta litros de gasolina. Cada
galón lo vendía al escandaloso precio de treinta soles, doce soles más que en
la ciudad. Era gasolina traída de Satipo. A pesar de tener ese precio, algunos
cuantos privilegiados dueños de motos lineales eran socorridos por ella ante el
desabastecimiento de gasolina.
La primera tarea estaba cumplida. Apuramos el paso hasta Puerto Chata,
donde un conocido vecino de Celeste nos brindó el servicio de llevarnos hasta
el fin del mundo. La chalupa era de metal y tenía innumerables rajaduras que
estaban cubiertas con bolsas plásticas de colores.
El agua se filtraba penetrando estos viejos plásticos que se acordonaban
intentando cubrir los orificios. De igual forma, subimos confiadas de no morir en
el intento. Angélica, su sobrina, su perra y su pequeña hija se distribuyeron en
los extremos. El trayecto duraría aproximadamente cuarenta minutos. El agua
mojaba mis zapatillas blancas, al mismo tiempo que el vecino que nos
transportaba intentaba incansablemente sacar el agua que se filtraba en el bote
con un pequeño balde.
Lo más preocupante del viaje era la poca profundidad de la embarcación. Las
aguas bailaban al ras de la chalupa. A cada brinco sobre las aguas, el
provocador río nos mojaba sin piedad. Toda esa aventura pasaría a un
segundo plano, una vez que divisamos las primeras aldeas cercanas al río
Perené, Familias enteras vivían en las riberas, pájaros cantaban y volaban por
el profundo horizonte. Hasta que el sol se ocultó, y el frío se apoderó de todo.
Los vientos soplaban con rudeza intentando vulnerar los cuerpos El sonido del
motor, no me permitió escuchar las carcajadas de mis acompañantes.
Luego, de infernales cuarenta minutos, una enorme piedra reposada en el
sendero de un camino decía aquel inolvidable nombre “Lucio Yukimire Maaire”,
una especie de señalización que te da la bienvenida a su hogar.
—Paremos aquí es —le dije al vecino que manejaba el bote.
El aviso fue en vano. Íbamos tan rápido que apenas pudimos parar unos
metros más adelantes. De igual forma, la entrada a Puerto Asháninka no
estaba muy lejos de ese punto.
Al llegar, con dificultad para anclar en la tierra, descendimos del bote. Un grupo
de asháninkas descalzos y observándonos curiosos estaban en el ingreso de la
aldea. Angélica decidió hablarles en su lengua. Les preguntó por Lucio. Ellos
afirmaron con la cabeza, pero Lucio no estaba ahí. Su casa estaba justo en la
piedra que había visto desde la chalupa. Era cierto: Lucio había salido, pero su
hermana Aída se encontraba en la casa. Así que nos acercamos, Aída nos
recibió, como su comunidad, de forma amable.
Mientras esperamos sentados en un tronco de un viejo árbol, nos ofrecieron
pescados recién cocinados, yucas y masato. Aída observó la foto del niño que
alguna vez fue su hermano y comenzó a relatarme algunos episodios de su
vida.
—Yo estuve ahí en el monte —dijo, mientras se limpiaba el rostro con su polo,
dejándome ver una parte de su pezón.
—¿Con quiénes estuviste ahí? —le pregunté, tratando de entender su ilegible
castellano.
—Con mi esposo y mi suegra —respondió remarcando cada sílaba para
entenderla.
Aída no hablaba muy bien el español, así que Angélica tuvo que traducir
algunas de sus respuestas. Ella era madre de una sola hija. Sobrevivió en
cautiverio durante cinco años y luego se escapó junto a su esposo. En su
humilde casa de madera, reposaban ollas negras y quemadas, con
caparazones de caracoles recién absorbidos; en medio de la tierra, un fogón
que ardía para cocinar unas cuantas yucas que habían faltado para acompañar
aquellos desafortunados caracoles.
Después de una hora de espera y conversación, apareció un hombre de treinta
y cinco años con una prominente cicatriz en el rostro y el labio superior derecho
levantándose cada vez que decía una palabra. En un primer momento, Lucio
se mostró escéptico a mi presencia. Decía cosas en asháninka que no podía
entender, pero que afortunadamente Angélica traducía. Luego de explicarle mi
repentina presencia y mostrarle la foto que ya conocía, comprendió mi
intención de saber su historia. Se sentó frente a la casa de su hermana Aída y
comenzó a narrarme todo lo que le había tocado vivir.
—Yo fui criado por mi abuela. Mi mamá se murió cuando era chiquito —dijo sin
perder, contacto visual conmigo.
—¿Cómo fue cuando estuviste en cautiverio? —le pregunté, a la espera de
poder despejar las dudas que ya me había anticipado el libro de Cecilia
Larrabure.
—Nunca estuve secuestrado. A mí me llevaron a la misión. Mi hermana estuvo
sí en el monte —dijo, ante mi desconcierto.
En ese instante no comprendía lo que Lucio quería decirme, hasta que decidí
explicarle lo que yo sabía de él.
—Esta marca no me la hicieron en ningún campamento. Eso es mentira. Lo
juro ante Dios padre que me está viendo —respondió, con los ojos hacía el
cielo y señalando las alturas.
De inmediato, traté de volver a indagar en lo relatado por Lucio. Después de
todo, su versión podía traer consecuencias. ¿Acaso desmentía una historia
conocida por todos aquellos que hemos visto su imagen en el Lugar de la
Memoria y el propio contenido del libro de una fotoperiodista respaldada por
organismos de derechos humanos? Era difícil de creer.
Pero Lucio insistió en su versión. Se puso de pie frente mí y narró que su
verdugo había sido un familiar suyo. Cuando Lucio tenía apenas tres años de
edad, ya andaba corriendo por los senderos de la selva. Se encontraba bajo el
cuidado de su abuela. Pero, un día, su primo unos años mayor, se montó sobre
la cima de una palmera de Shapaja, un árbol que sirve para construir casas. En
ese instante, Lucio sin supervisión de ningún adulto y ante la mirada
desatendida de su primo, que cortaba con machete la copa de una shapaja,
cayó sobre la tierra y un charco de sangre empezó a crecer debajo suyo. Un
tallo filoso de shapaja, dejado por su primo, había atravesado su rostro. Su
primo, al darse cuenta del error que había cometido al cortar con machete, sin
percatarse del pequeño Lucio, corrió a dar aviso a la vieja abuela.
—Mi asesino es este árbol —dijo Lucio, señalando el árbol de shapaja que está
frente a la casa de su hermana.
—Mi hermano sufrió mucho por eso — comentaría Aida, luego del encuentro
con Lucio.
Ambos hermanos aseguraron que aquella característica marca en el rostro no
era más que el producto de un mal cuidado de parte de la abuela de Lucio.
Lucio jamás había sido asechado por un senderista. A partir de irrupción del
terrorismo en Puerto Ocopa, lugar donde Lucio vivía junto a su abuela, fue
llevado a la misión. Pues, su abuela desapareció, probablemente fue asesinada
por los senderistas camino a los montes, ellos creen no saben que sucedió con
ella.
Lucio, a pesar de aquella marca en el rostro, tiene un buen sentido del humor.
Aquella tarde, no dejaba de tomar masato, y jugar junto a sus tres hijos que
estaban de visita en la casa de su tía Aída. Todos ellos se dedican a la chacra.
Los pequeños hijos de Lucio aún van a la primaria.
Luego de aquel encuentro, era imposible dejar de indagar en el caso de Lucio.
Logré comunicarme con la fotoperiodista Cecilia Larrabure un viernes por la
mañana. La recargada agenda de la periodista y su estancia en una zona rural
y lejana impidió que tengamos un contacto físico.
Cecilia recordó que su paso por la selva central le ocasiono conmoción y un
estado de shock. Pues, todo era distinto a Ayacucho, donde ya había estado
fotografiando los efectos del terrorismo en la sierra. En Puerto Ocopa, la gente
era diferente, los niños eran huérfanos, lucían enfermos y el Padre Castillo era
el encargado de agilizar el paso para poder atenderlos. Para Cecilia no fue fácil
estar ahí, especialmente por la peligrosidad del lugar.
—Tenía que cuidar mi pellejo, fui sola pero el Centro Amazónico de
Antropología y Aplicación Práctica (CAAAP) me apoyo— dijo con voz segura.
—¿Encontraste alguna barrera para tener información como el idioma u el
acceso? — pregunto con ansias de saber la respuesta.
— No, a mi me veían como una autoridad, como veían a las hermanas o al
padre castillo y el idioma no fue obstáculo. dijo Cecilia.
De pronto, comentamos sobre Lucio, quien Cecilia dejo de ver en el año 2004,
y quedó sorprendida con hecho de que lo haya encontrado. Esa sorpresa se
esfumo, cuando escucho las declaraciones de Lucio, respecto a su marca en el
rostro y la historia que Cecilia difundió en su libro.
—No se porque dice eso, a mí me dijo que un hombre malo le hizo eso en el
rostro—dijo una sorprendida Cecilia.
El titubeo y sorpresa en Cecilia era notorio, confesó que quien le dio la
información fue primero el Padre Castillo, quien ya no vive para contarlo, luego
aseguró que el mismo Lucio fue quien le dijo eso. El problema era que Cecilia
jamás comprobó la información o aún peor, no tiene ninguna voz grabada de
Lucio con la narración de tal hecho, más que las fotos ya conocidas en su libro.
Desencajada no quería especular las razones por las cual Lucio me dio esas
revelaciones. Inicialmente, antes de darme todos estos intentos de salvación —
“Lo siento mucho es lo que me dijeron” — fueron las primeras palabras que
vocalizo la periodista como rápida respuesta. ¿Qué es lo que sentía Cecilia? Es
algo que no pudo responder. Como última palabra me recomendó comprobar el
hecho a través de un médico cirujano que pueda analizar la cicatriz. Para el
cirujano Roberto Martínez, es difícil evaluar el origen de una cicatriz sin ver al
paciente directamente. Pero, al observar las fotos llega a una conclusión:
—la cicatriz de Lucio es de un accidente por árbol, pues la cicatriz tiene una
forma irregular y no lineal, como debería ser el corte de una Hacha—.
¿Realmente Lucio dice la verdad?, ¿Su caso se pudo aprovechar
mediáticamente? Son preguntas que seguramente retumbarán en muchas
cabezas, especialmente en la mía. Si bien la cicatriz de Lucio es algo que llama
la atención a primera vista y más aún por la trágica historia de una supuesta
agresión por parte de senderistas, la verdadera cicatriz es aún más
perturbadora: una marca invisible sobre él y sobre todos los asháninkas que
han sido golpeados por la violencia terrorista y la indiferencia del Estado.
La barbarie y deshumanización de esta comunidad, va más allá de cicatrices
visibles o dibujadas en el rostro. Familias destruidas, padres, madres e hijos
desaparecidos, huérfanos y cuerpos que ya no se buscan son algunas de las
atrocidades que aún perduran en la lejana memoria de los asháninkas.
De vuelta a Puerto Ocopa, por la tarde, un grupo de militares cruza por mi
camino, montados en una camioneta Hilux donde reposaba una metralleta
sobre una especie de estructura que la sostenía. Angélica asegura que la
aparición de los militares es constante. Cuidan la zona que aún mantiene un
conflicto con los remanentes del terrorismo en el VRAEM. Por si fuera poco,
aún hay más fantasmas y horrores contra los que tienen que luchar los
asháninkas. El terrorismo aún tiene su garra en los montes, con algunos
olvidados que parece que jamás serán rescatados.
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