EL PADRE Y LAS DOS HIJAS
Había una vez un hombre que tenía dos hijas. Meses atrás, las dos jovencitas se
habían ido del hogar familiar para iniciar una nueva vida.
La mayor, contrajo matrimonio con un joven hortelano. Juntos trabajaban día y noche
en su huerto, donde cultivaban todo tipo de frutas y verduras que, cada mañana,
vendían en el mercado del pueblo. La más pequeña, en cambio, se casó con un
hombre que tenía un negocio bien distinto, pues era fabricante de ladrillos.
Una tarde, el padre se animó a dar un largo paseo y de paso, visitar a sus queridas
hijas para saber de ellas. Primero, acudió a casa de la que vivía en el campo.
– ¡Hola, mi niña! Vengo a ver qué tal te van las cosas.
– Muy bien, papá. Estoy muy enamorada de mi esposo y soy muy feliz con mi nueva
vida.
– ¡Me alegro mucho por ti, hija mía!
– Sólo tengo un deseo que me inquieta: que todos los días llueva para que las plantas
y los árboles crezcan con abundante agua y jamás nos falte fruta y verdura para
vender.
El padre se despidió pensando que ojalá se cumpliera su deseo y, sin prisa, se dirigió a
casa de su otra hija.
l padre pensó que ojalá se cumpliera también el deseo de su hija pequeña, pero en
seguida cayó en la cuenta de que, si se cumplía lo que una quería, perjudicaría a la
otra, y al revés sucedería lo mismo.
Caminó despacio y, mirando al cielo, exclamó desconcertado:
– Si una quiere que llueva y la otra no, como padre ¿qué debo desear yo?
La pregunta que se hizo no tenía respuesta. Llegó a la conclusión de que a menudo,
el destino es quien tiene la última palabra.
Moraleja: es imposible tratar de complacer a todo el mundo.
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LOS DOS AMIGOS Y EL OSO
Dos hombres que se consideraban buenos amigos paseaban un día por la montaña. Iban
charlando tan animadamente que no se dieron cuenta de que un gran oso se les
acercaba. Antes de que pudieran reaccionar, se plantó frente a ellos, a menos de tres
metros.
Horrorizado, uno de los hombres corrió al árbol más cercano y, de un brinco, alcanzó
una rama bastante resistente por la que trepó a toda velocidad hasta ponerse a salvo.
Al otro no le dio tiempo a escapar y se tumbó en el suelo haciéndose el muerto. Era su
única opción y, si salía mal, estaba acabado.
El hombre subido al árbol observaba a su amigo quieto como una estatua y no se
atrevía a bajar a ayudarle. Confiaba en que tuviera buena suerte y el plan le saliera
bien.
El oso se acercó al pobre infeliz que estaba tirado en la hierba y comenzó a olfatearle.
Le dio con la pata en un costado y vio que no se movía. Tampoco abría los ojos y su
respiración era muy débil. El animal le escudriñó minuciosamente durante un buen rato
y al final, desilusionado, pensó que estaba más muerto que vivo y se alejó de allí con
aire indiferente.
Cuando el amigo cobarde comprobó que ya no había peligro alguno, bajó del árbol y
corrió a abrazar a su amigo.
-¡Amigo, qué susto he pasado! ¿Estás bien? ¿Te ha hecho algún daño ese oso
entrometido? – preguntó sofocado.
El hombre, sudoroso y aun temblando por el miedo que había pasado, le respondió
con claridad.
– Por suerte, estoy bien. Y digo por suerte porque he estado a punto de morir a causa
de ese oso. Pensé que eras mi amigo, pero en cuanto viste el peligro saliste corriendo
a salvarte tú y a mí me abandonaste a mi suerte. A partir de ahora, cada uno irá por su
lado, porque yo ya no confío en ti.
Y así fue cómo un susto tan grande sirvió para demostrar que no siempre las
amistades son lo que parecen.
Moraleja: La amistad se demuestra en lo bueno y en lo malo. Si alguien a quien
consideras tu amigo te abandona en un momento de peligro o en que necesitas ayuda,
no confíes demasiado en él porque probablemente, no es un amigo de verdad.
LA GARZA REAL
Un fresco día de verano, una elegante garza real salió de entre los juncos y se fue a
pasear ¡Era un día perfecto para dar una vuelta y ver el hermoso paisaje!
Se acercó a la laguna y vio un pez que le llamó la atención. Era una carpa que
jugueteaba alegremente entre las aguas.
– ¡Uhmmm! ¡Es una presa grande y sería muy fácil para mí atraparla! – pensó la garza
– ¡Pero no!… Ahora no tengo apetito así que cuando me entre hambre, volveré a por
ella.
La garza siguió su camino. Se entretuvo charlando con otras aves que se fue
encontrando y más tarde se sentó un ratito a descansar. Sin darse cuenta, habían
pasado tres horas y de repente, sintió ganas de comer.
– ¡Volveré a por la carpa y me la zamparé de un bocado! – se dijo a sí misma la garza.
Regresó a la laguna pero la carpa ya no estaba ¡Su deliciosa comida había
desaparecido y ya no tenía nada que llevarse a la boca!
Cuando se alejaba del lugar, vio unos peces que nadaban tranquilos.
– ¡Puaj! – exclamó con asco la garza – Son simples tencas. Podría atraparlas en un
periquete con mi largo pico, pero no me apetecen nada. Me gusta comer cosas
exquisitas y no esos pececitos sin sabor y ásperos como un trapo.
Siguió observando la laguna y ante sus ojos apareció un pez pequeñajo y larguirucho
con manchas oscuras en el lomo. Era un gobio.
– ¡Qué mala suerte! – se quejó la garza – No me gustan las tencas pero los gobios me
gustan menos todavía. Me niego a pescar ese animalucho de aspecto tan asqueroso.
Mi delicado paladar se merece algo mucho mejor.
La garza era tan soberbia que ningún pez de los que veía era de su gusto.
Lamentándose, buscó aquí y allá alguno que fuera un bocado delicioso, pero no hubo
suerte. Llegó un momento en que tenía tanta hambre que decidió conformarse con la
primera cosa comestible que encontrara… Y eso fue un blando y pegajoso gusano.
– ¡Ay, madre mía! – dijo la garza a punto de vomitar – No me queda más remedio que
tragarme este bicho horripilante. Pero es que estoy desfallecida y necesito comer lo
que sea.
Y así fue cómo la exigente garza de pico fino, tuvo que dejar a un lado su actitud
caprichosa y conformarse con un plato más humilde que, aunque no era de su agrado,
le alimentó y sació su apetito.
Moraleja: muchas veces queremos tener sólo lo mejor y despreciamos cosas más
sencillas pero que pueden ser igual de valiosas
EL BURRO Y EL LOBO
Había una vez un burro que se encontraba en el campo feliz, comiendo hierba a sus
anchas y paseando tranquilamente bajo el cálido sol de primavera. De repente, le
pareció ver que había un lobo escondido entre los matorrales con cara de malas
intenciones.
¡Seguro que iba a por él! ¡Tenía que escapar! El pobre borrico sabía que tenía pocas
posibilidades de huir. No había lugar donde esconderse y si echaba a correr, el lobo
que era más rápido le atraparía. Tampoco podía rebuznar para pedir auxilio porque
estaba demasiado lejos de la aldea y nadie le oiría.
Desesperado comenzó a pensar en una solución rápida que pudiera sacarle de aquel
apuro. El lobo estaba cada vez más cerca y no le quedaba mucho tiempo.
– ¡Sí, eso es! – pensó el burrito – Fingiré que me he clavado una espina y engañaré al
lobo.
Y tal como se le ocurrió, empezó a andar muy despacito y a cojear, poniendo cara de
dolor y emitiendo pequeños quejidos. Cuando el lobo se plantó frente a él enseñando
los colmillos y con las garras en alto dispuesto a atacar, el burro mantuvo la calma y
siguió con su actuación.
– ¡Ay, qué bien que haya aparecido, señor lobo! He tenido un accidente y sólo alguien
tan inteligente como usted podría ayudarme.
El lobo se sintió halagado y bajó la guardia.
– ¿En qué puedo ayudarte? – dijo el lobo, creyéndose sobradamente preparado.
– ¡Fíjese qué mala suerte! – lloriqueó el burro – Iba despistado y me he clavado una
espina en una de las patas traseras. Me duele tanto que no puedo ni andar.
Al lobo le pareció que no pasaba nada por echarle un cable al burro. Se lo iba a comer
de todas maneras y estando herido no podría escapar de sus fauces.
– Está bien… Veré qué puedo hacer. Levanta la pata.
El lobo se colocó detrás del burro y se agachó. No había rastro de la astilla por ninguna
parte.
– ¡No veo nada! – le dijo el lobo al burro.
– Sí, fíjate bien… Está justo en el centro de mi pezuña. ¡Ay cómo duele! Acércate más
para verla con claridad.
¡El lobo cayó en la trampa! En cuanto pegó sus ojos a la pezuña, el burro le dio una
enorme coz en el hocico y salió pitando a refugiarse en la granja de su dueño. El lobo
se quedó malherido en el suelo y con cinco dientes rotos por la patada.
¡Qué estúpido se sintió! Creyéndose más listo que nadie, fue engañado por un simple
burro.
– ¡Me lo merezco porque sin tener ni idea, me lancé a ser curandero!
Moraleja: cada uno tiene que dedicarse a lo suyo y no tratar de hacer cosas que no
sabe. Como dice el refrán: ¡zapatero a tus zapatos!
EL MONO Y LAS LENTEJAS
Cuenta una antigua historia que una vez un hombre iba cargado con un gran saco de
lentejas. Caminaba a paso ligero porque necesitaba estar antes del mediodía en el pueblo
vecino. Tenía que vender la legumbre al mejor postor, y si se daba prisa y cerraba un
buen trato, estaría de vuelta antes del anochecer. Atravesó calles y plazas, dejó atrás la
muralla de la ciudad y se adentró en el bosque. Anduvo durante un par de horas y llegó
un momento en que se sintió agotado.
Como hacía calor y todavía le quedaba un buen trecho por recorrer, decidió pararse a
descansar. Se quitó el abrigo, dejó el saco de lentejas en el suelo y se tumbó bajo la
sombra de los árboles. Pronto le venció el sueño y sus ronquidos llamaron la atención
de un monito que andaba por allí, saltando de rama en rama.
El animal, fisgón por naturaleza, sintió curiosidad por ver qué llevaba el hombre en el
saco. Dio unos cuantos brincos y se plantó a su lado, procurando no hacer ruido. Con
mucho sigilo, tiró de la cuerda que lo ataba y metió la mano.
¡Qué suerte! ¡El saco estaba llenito de lentejas! A ese mono en particular le
encantaban. Cogió un buen puñado y sin ni siquiera detenerse a cerrar la gran bolsa
de cuero, subió al árbol para poder comérselas una a una.
Estaba a punto de dar cuenta del rico manjar cuando de repente, una lentejita se le
cayó de las manos y rebotando fue a parar al suelo.
¡Qué rabia le dio! ¡Con lo que le gustaban, no podía permitir que una se desperdiciara
tontamente! Gruñendo, descendió a toda velocidad del árbol para recuperarla.
Por las prisas, el atolondrado macaco se enredó las patas en una rama enroscada en
espiral e inició una caída que le pareció eterna. Intentó agarrarse como pudo, pero el
tortazo fue inevitable. No sólo se dio un buen golpe, sino que todas las lentejas que
llevaba en el puño se desparramaron por la hierba y desaparecieron de su vista.
Miró a su alrededor, pero el dueño del saco había retomado su camino y ya no estaba.
¿Sabéis lo que pensó el monito? Pues que no había merecido la pena arriesgarse por
una lenteja. Se dio cuenta de que, por culpa de esa torpeza, ahora tenía más hambre y
encima, se había ganado un buen chichón.
Moraleja: A veces tenemos cosas seguras pero, por querer tener más, lo arriesgamos
todo y nos quedamos sin nada. Ten siempre en cuenta, como dice el famoso refrán, que
la avaricia rompe el saco.