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El síntoma, es un pilar clave de la clínica psicoanalítica cuya condición no es acotada ni transparente, siendo su
Estructura la de un mecanismo no sintetizable ni nomenclable
El síntoma se presentaría en la escucha como la emergencia de una conflictividad psíquica de origen sexual, también
como una representación de compromiso entre lo inconciliable de lo reprimido y la vida conciente. Apoyarse en estas
primeras postulaciones le permitió a Freud diferenciar su pensamiento de la psicología y la medicina de su época.
- PRIMERAS FORMULACIONES.
La primera referencia aparece en un artículo de 1888. Según esta lectura el padecimiento histérico compone una
anatomía que no se adecuaba a la conformación del sistema nervioso, sino que este quedaba delimitado según una
concepción vulgar del cuerpo.
En las parálisis histéricas una representación lingüística determinaba que parte del cuerpo afectado quedaba
imposibilitado de entrar en asociación con las demás ideas que constituían el yo. Para acceder a la cura se utilizaba como
método terapéutico la hipnosis, que restablecía bajo su influjo los lazos asociativos de la representación abolida con el
núcleo asociativo perteneciente al yo.
En los primeros trabajos sostiene que los fundamentos de los síntomas histéricos tienen su génesis en el ámbito de la
vida psíquica. También descubre que el uso de la palabra con el paciente se ofrecía como puente terapéutico entre el
fenómeno mórbido y el hecho traumático que le dio origen. Entre el síntoma histérico y un trauma psíquico existían
lazos simbólicos dados por el propio relato del paciente.
Antes de introducir la noción de defensa, el síntoma como expresión psíquica quedaba enmarcado como la tramitación
o la reacción frente a un hecho traumático. La hipnosis, era la herramienta clínica privilegiada.
El histérico padecia de traumas psíquicos reprimidos que permanecían fuera del resto de su vida psíquica, por la acción
del estado hipnoide momentáneamente se daba trámite asociativo al trauma infantil y al síntoma actual.
El histérico padecía según Freud de traumas psíquicos incompletamente abreaccionados. La abreacción era el fenómeno
en donde el recuerdo era despojado de su correspondiente afecto, sucubiendo al olvido en la conciencia y quedando libre
este afecto para ser anexado a otra representación consciente.
En estudios sobre la Histeria encontramos a un Freud esencialmente neurólogo que presenta posiciones que abandona
en 1905. La explicación de una causa psicológica para la neurosis constituyó un principio de diferenciación con Breuer.
La principal divergencia entre ambos se refería al papel cumplido por las pulsiones sexuales en la causación de la
histeria. La etiología sexual de la enfermedad era la condición excluyente en los mecanismos de producción de síntomas
según Freud. El encuentro con un trauma de carácter sexual entrañara la idea de defensa.
Con la explicación de los mecanismos de formación de los síntomas eran introducidos dos factores ecológicos: uno
dinámico, la sobreexcitación de un lugar del cuerpo histérico que era sobreinvestido de afecto, y un factor económico,
el síntoma era el resultado de una transposición, vía conversión, de un volumen de energía no empleado de otro modo.
Freud vislumbra como el juego de fuerzas que suponen la tensión y la descarga en lo psíquico introducen un conflicto
de condición sexual derivado de vivencias sexuales anteriores.
La histeria quedaba definida así como una enfermedad ligada a la sensualidad para cuya cura era necesaria una acción
catártica entendida esta como descarga de tensión. El terapeuta debía explicitar en su acción terapéutica las conexiones
asociativas de los síntomas actuales con el hecho traumático originario.
Cualquiera de las modalidades del proceso defensivo presenta dos polos de conflicto que son siempre los mismos el yo
y la pulsión. El síntoma es la solución de compromiso generada por el mecanismo de defensa iniciado por el yo frente
a una representación inconciliable de carácter sexual. La clave del mecanismo de defensa está en la separación,
consistente en convertir una representación sexual intensa en débil, arrancarle el afecto, la suma de excitación que sobre
ella se establece es desviada en otra dirección a modo de un falso enlace.
La doctrina de la represión, se convertirá a partir de 1915 en el pilar fundamental para el entendimiento de las neurosis,
la meta será el descubrimiento de las represiones.
La defensa histérica volverá inofensiva la representación inconciliable por medio de la conversión en lo corporal. La
neurosis obsesiva desviará el monto de afecto de una representación inconciliable a otra que no lo es, en virtud de este
falso enlace se transforman en representaciones compulsivas. La defensa fóbica traslada la carga de la representación
sexual intolerable a un objeto del mundo exterior.
En la psicosis este mecanismo es de carácter totalmente diferente, se operaría un rechazo (verwerfung) sobre el afecto
junto con la representación Mientras que en la histeria, obsesiones y fobia, el síntoma como solución de compromiso
mantiene la tensión conflictiva que le dio origen. En la psicosis el conflicto no dejará ninguna marca, al ser rechazado
tanto la representación como el afecto.
Hay dos tipos de representaciones: insoportables e inconciliables. Las primeras serían propias del fenómeno psicótico,
ante lo cual el sujeto se comporta como si estas nunca hubieran existido. En cambio la representación inconciliable,
amenazante para el yo del neurótico, permanecería aislada por la represión expresándose en las vías sustitutivas que el
síntoma le brindaría. La propiedad de ser: inconciliable o incompatible, intolerable e insoluble. Lo primero connotaria
la imposibilidad de asociación de estas representaciones, el segundo mostraría su condición de opuestas a toda moral
superyoica que moviliza la represión, y el último, supondría una referencia al problema económico en el que la
representación acumularía de forma excesiva una carga psíquica.
Podemos expresar, si forzamos la idea freudiana, que lo rechazado, lo insoportable, no constituye una realidad. Toda
definición de una realidad en Freud es una realidad psíquica. La alucinación psicótica se presentaría como una reacción
ante lo insoportable, en cambio, el síntoma sería una formación defensiva ante lo intolerable que supondría para el yo
la aparición de una representación sexual.
La separación entre una representación y el monto de afecto, fueron posibles gracias a que ha operado la castración. Con
la articulación del complejo de castración como ordenador del aparato psíquico, se puede establecer los distintos destinos
de la angustia en cada neurosis. La castración es el motor de la defensa, en tanto que es la instancia generadora de los
síntomas histéricos, fóbicos u obsesivos.
La operación sintomática tramita la angustia haciendo de este afecto: un sentimiento de culpa en la neurosis obsesiva,
un dolor en la conversión histérica o un miedo expectante ante el objeto fóbico.
En psiconeurosis de defensa Freud recurre a la técnica de la presión sobre la frente y a la interrogación directa del origen
traumático de la enfermedad se revelaba la presencia de un nuevo obstáculo, la resistencia. Desde un principio se
consideró la interpretación de las resistencias como un fin de la técnica psicoanalítica. A la transferencia se la consideró
en parte como una resistencia, en la medida que reemplaza el recuerdo verbalizado por la repetición actuada. Con el
advenimiento de la segunda tópica freudiana se pone el acento en el análisis de las defensas que serían lo propio del
material reprimido y que diferirían de las resistencias del yo.
Una primera distinción entre defensa y resistencia se establece con la forma longitudinal o radial de la resistencia. La
primera se produciría en el discurso del paciente como obstáculo a la cadena asociativa del proceso analítico, producto
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de los límites morales que el propio yo establece (vergüenza, pudor, asco, etc.). La resistencia radial estaría dada por las
propias condiciones del material patológico cuando el paciente avanza hacia la apertura de estratos más internos. La
resistencia radial instauraría la transferencia con el analista como un síntoma neoproducido, que soportaría el falso
enlace originado en el proceso de defensa y sustituirá el estado neurótico por una neurosis de transferencia.
Las resistencias serían respuestas imaginarias a las intrusiones de lo simbólico, producidas desde el yo y de carácter
transitorio, en cambio las defensas, serían las estructuraciones simbólicas inconscientes más permanentes de la
subjetividad. La fuente de las resistencias estarían en el yo. Las defensas se articularían ante lo invasivo del goce del
Otro, de este lado lo reprimido se anuda y solo insiste en volver a la vida conciente dle sujeto.
- SOBREDETERMINACIÓN Y RETROACCIÓN.
En el discurso del paciente una vez determinado el núcleo patógeno sintomático, la indagación clínica se encuentra con
una gran de proliferación del material, el cual es preciso ordenar según un triple nivel:
"Primero: un ordenamiento lineal cronológico que tiene lugar dentro de cada tema singular.
Segundo: estos temas están estratificados de manera concéntrica en torno al núcleo patógena.
Tercero: el ordenamiento según el contenido de pensamiento inconsciente del paciente”.
Este tercer ordenamiento es el que le da el carácter fundamental al síntoma, ya que siguiendo los hilos lógicos de un
discurso, nos encontramos con la pluralidad de sus factores determinantes. Estos hilos parten de relatos singulares y
cronológicos que tratan de dar cuenta del núcleo patógeno. En este intento de explicación que nos propone el paciente
aparecería este "tercer nivel".
El síntoma se presentaría en su explicitación discursiva como el resultado de varias causas, dándose la circunstancia de
que una o varias causas no aparecerian como suficientes para determinarlo. A este fenómeno se lo denomina
sobredeterminación.
Múltiples elementos inconscientes pueden organizarse en secuencias significativas diferentes, cada una de las cuales, a
un cierto nivel de interpretación, posee su propia coherencia. Freud en "Inhibición, síntoma y angustia", se pregunta si
un hecho arquetípico puede constituir por sí solo el fundamento mismo de la neurosis. Indagación que lo lleva a concluir
que el psicoanálisis dejará siempre insatisfecha esa necesidad de hallar una causa última, unitaria y aprensible de la
condición neurótica.
Se habla del núcleo traumático, pero bajo la condición de que el núcleo no pueda ser dicho. No habría un término único
y definitivo que pueda significar el síntoma. La tarea del analista se establecería en la recomposición de esta organización
ficcional productora de significaciones que no cesa de no inscribirse. La estructuración propia del síntoma indica la
forma paradojal de la sobredeterminación, en tanto que señala la insistencia de lo indeterminado del trauma, al mismo
tiempo que es el seno de todas las determinaciones en su repetición.
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vivencia actual como un segundo momento reinterpreta al primero como traumático, lo reescribe como una
interpretación.
Freud demuestra claramente que no importa la formación síntoma de la que se parta, infaliblemente se termina por llegar
al ámbito de una vivencia sexual infantil anterior, esta es la condición etiológica de todos los síntomas. (Nota al pie: esta
cuestión queda zanjada con el abandono de la teoría de la seducción para explicar la etiología de los síntomas histéricos,
en la que se consideraba la existencia causal de una escena traumática como un hecho real sucedido).
La retroacción que opera en el segundo momento sobre el primero, instituye una pérdida en ese acto de resignificación.
El primer momento es un puro potencial, que se liga a un segundo momento que lo define como traumático. El síntoma,
como tercer momento, sustituye al trauma en esa repetición, tratando de ocultar lo que en el trauma se revela: la falta de
un sentido último en el origen.
El segundo momento es la construcción de una fantasía, como la articulación necesaria entre las impresiones sexuales
infantiles y los síntomas.
La retroacción nos permite comprender la definición del síntoma neurótico como un retorno a un estadio pregenital; la
histeria a uno oral y la neurosis a uno sádico anal.
La construcción de una fantasía le ha permitido al sujeto sustentar su satisfacción pulsional actual a partir de aquellas
marcas pregenitales. Un fracaso pulsional actual haría que un sujeto se retrotraiga por medio del síntoma a una
experiencia anterior, en la que puedo satisfacer la demanda de un Otro primordial que recae sobre un objeto pregenital
específico.
El cumplimiento del deseo en el sueño ombligo de su formación, enmascara el deseo inconsciente. Los deseos
inconscientes permanecen siempre alertas, están a la espera de encontrar un camino transitable para expresarse. A partir
del 1900, el reconocimiento de toda nueva formación del inconsciente: lapsus, olvidos, chistes, negaciones o actos
fallidos, va a cooperar en el tratamiento de los síntomas.
Freud describió una misma trayectoria para el desarrollo de la neurosis, abarcando cuatro tiempos que se pueden
enunciar de esta manera:
La causación de la neurosis se presentaría como el encuentro de dos series temporales: un suceso sexual infantil que
produjo prematuramente una intensa satisfacción y una predisposición hereditaria innata.
“Degeneración hereditaria”, el sistema freudiano reemplaza este término por el de predisposición, la enfermedad
psíquica sólo se desencadenaría si tal predisposición se encontrase con un acontecimiento posterior concomitante.
Lacan, en lugar de la predisposición leemos "constitución sexual (sucesos prehistóricos)". Como lectura posible
propondría la noción de un Otro originario como introductor de un significación sexual. Como el agente simbólico de
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una significación sexual en donde no la había, siendo sus palabras la repetición de sucesos preexistentes al sujeto.
Palabras significantes que interpelan al niño y le demandan responder, en tanto se afilió afectivamente a ese Otro y a su
historia.
La predisposición hereditaria sería aquella demanda del Otro que hubiera recaído sobre el sujeto. Esta se inscribió
producto del desamparo originario del cachorro humano. El grito de un niño no sería solo una reacción instintiva, sino
que desde un principio estaría inserto en una estructuración lingüística que significaría tal necesidad biológica. Las
vicisitudes de su satisfacción dependerán de cómo el Otro es demandado por su propia historia para responderla.
“Conviene recordar que es en la más antigua demanda a donde se produce la identificación primaria, la que se opera por
el poder absoluto materno, a saber aquella que no solo depende del aparato significante para la satisfacción de la
necesidad, sino que la fragmenta, la modela en los desfiladeros de la estructura significante" “Por el intermedio de la
demanda, todo el pasado se entreabre hasta el fondo de la primera infancia. Es por esa vía como puede realizarse la
regresión analítica y como en efecto se presenta".
Toda regresión en el trabajo analítico, no es más, que el retorno en el presente de aquellos significantes usuales de las
demandas del pasado. Las regresiones a una etapa de la organización libidinal ponen de manifiesto la forma en que cada
sujeto se defendió de las demandas del Otro. La regresión operaría como su respuesta neurótica que eclipsaría toda
interrogación deseante actual. El intento de abolición de su deseo por medio de su constante trabajo para hacerse
demandar por otro sería su modo de defensa más propio.
Hay una disyunción entre demanda y deseo que se sostiene con la conformación sintomática. La demanda tiene una
estructura por la cual pido al Otro una respuesta a mi deseo, pero a condición de que no lo haga, pues lo que se demandara
es ser demandado. El Otro no puede decir el nombre de lo que deseo, porque lo que deseo se ubicaría más allá del campo
de los significantes del Otro, en el lugar de su falla. La demanda no recaeria entonces sobre un objeto en particular, sino
sobre el propio sujeto, que buscaría en definitiva ser reconocido en el deseo del Otro.
El continuo desplazamiento de las demandas neuróticas actuaría tapando las aberturas de aquello que deviene del
inconsciente como expresión desfigurada del deseo. En la escena analitica estas se expresarían como un pedido de saber
al analista, velando una corriente amorosa fijada en etapas infantiles. El vínculo transferencia se establecería como el
relevo de frustraciones amorosas anteriores que tenderían a repetirse en la historia del sujeto.
En cuanto un analista responda a lo que él supone una demanda específica en su paciente promoverá la disolución de la
relación transferencial desplazando al síntoma de su lugar de repetición de una frustración amorosa originaria.
Los síntomas neuróticos presentan un enlace estrecho con la vida íntima de los enfermos, en la que se repetirían
determinadas frustraciones sexuales heredadas. La vida sexual adulta de los enfermos estaba íntimamente relacionada a
la vida sexual de sus padres, relación articulada por medio de las fantasías originarias.
La demanda del Otro que introduce la herencia discursiva, plantea la diferencia sexual como un problema a resolver por
el niño. La sexuación del propio cuerpo y de sus relaciones se presentaría como una anticipación en la constitución
subjetiva del niño. Se ve llevado a significar una práctica sobre su cuerpo que anteriormente le ha sido placentera. Se
establece una fijación de la libido cuando esta práctica placentera se transforma en un hecho amenazante para el yo. Esta
circunstancia hace necesario la acción de la represión, que venga en auxilio del niño, para sacarlo de ese estado que es
vivido angustiosamente.
Formalizado el núcleo de la represión sobreviene una etapa de latencia, hasta que el sujeto sea demandado nuevamente,
en otra escena accidental, a tomar una posición sexual en su vida adulta. Lo determinante del episodio traumático es la
demanda sexual del Otro que recae sobre el sujeto, ya sea ese Otro parental en una primera instancia o Otro. partener
sexual, en la segunda.
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La formación de los sueños y los mecanismos del síntoma establecen una misma dinámica; el conflicto entre una moción
inconsciente reprimida que aspira a una satisfacción, y otra moción consciente perteneciente al yo que intenta mantenerla
reprimida. El resultado de este conflicto es una formación de compromiso como expresión incompleta de estas dos
tendencias. El síntoma sustituirá a las fuerzas reprimidas como una formación de compromiso entre las fuerzas
represoras y las reprimidas. Es al mismo tiempo formación reactiva y resguardo contra las fuerzas reprimidas.
El síntoma como una solución de compromiso es una de las primeras ideas que aparecen en los textos freudianos.
Expresa incompletamente el cumplimiento de un deseo en la puja entre la necesidad de satisfacción de la pulsión y la
necesidad de castigo. En el síntoma histérico prevalecerá la tendencia positiva que evidencia más el carácter de
satisfacción sexual, y en la neurosis obsesiva, la tendencia negativa, como el carácter ascético y culposo que demanda
la defensa.
La represión de la representación intolerable para el yo llegaría a ser más lograda en la histeria por medio de su
conversión, aunque es más dificultoso el acceso a la misma por su tenaz exclusión del recuerdo. En la neurosis obsesiva
y la fobia el camino sería más accesible al quedar evidenciado el fracaso de las defensas primarias.
El síntoma sería un símbolo mnémico sustitutivo en un doble sentido: económico, por cuanto aporta una satisfacción
que reemplaza el deseo inconsciente, y simbólico, al ser sustituido el contenido inconsciente por otro según sus líneas
asociativas. Es una formación transaccional o de compromiso, para indicar su condición de resultante de un conflicto
entre mociones contrapuestas. Es una formación sustitutiva cuando se pone el acento en la satisfacción de un deseo
inconsciente. Es una formación reactiva cuando lo que prevalece es el proceso defensivo en juego.
El material reprimido no tendria otra forma de ser reconocido más que por medio de su negación. Las formaciones de
compromiso sólo podían hacerse conscientes siendo negadas.
No se encuentra en análisis ningún “no" a partir del inconsciente, pero el reconocimiento del inconsciente del lado del
yo muestra que el yo es siempre desconocimiento; incluso en el conocimiento se encuentra siempre del lado del yo una
fórmula negativa.
Cada conflicto entre elementos opuestos se resolvería mediante una aufbėbung (abolición), en la cual cada oposición
generaría una nueva idea que simultáneamente anula, conserva y eleva esta oposición a un nivel más alto. Es así como
un deseo reprimido, y su carga libidinal, encontrarian su expresión bajo la forma de una representación irreconocible
pero aceptable a la vida consciente.
Estos puntos que Freud podrían articularse al desarrollo que hemos realizado de los conceptos de demanda y Otro
primordial de la siguiente manera:
1) el síntoma sería el producto de la demanda del Otro primordial.
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2) el síntoma sería una respuesta a tal demanda, por medio de una identificación con el saber fallido de este Otro.
3) la satisfacción del deseo tendería a realizar un más allá de los límites que la demanda instituye.
4) la demanda se cristalizaría en una fantasía que articula la posición del sujeto respecto del Otro y un objeto
pulsional.
5) la demanda determina el campo de lo que será sexualizado.
6) la anticipación de la demanda del Otro, deja una marca trauma rica en el niño.
7) la demanda al permanecer frustrada, exige más represión. y formaciones de compromiso concomitantes.
8) las representaciones son asexuales, pero una vez que son articuladas en la demanda, adquieren su significación
sexual.
Todas las caracterizaciones confluyen en la condición de satisfacción sexual sustitutiva del síntoma.
“Los hombres enferman de neurosis cuando ven denegada la posibilidad de satisfacer su libido, o sea por frustración,
siendo los síntomas un sustituto de la satisfacción denegada”
La frustración de la pulsión se vivencia en las primeras relaciones del niño con su madre, como una exigencia de la
prohibición del incesto. Freud observa que estas frustraciones causarían la neurosis, al mismo tiempo que motorizan la
cura. En "Observaciones sobre el amor de transferencia" Freud recomienda a los analistas frustrar continuamente las
demandas de amor de los pacientes, para permitir que el anhelo persista en ellos, y les sirva de empuje a trabajar y a
realizar cambios en sus acciones. Parte de la técnica sería mantener las demandas del analizante en un estado de
frustración, para hacer lugar a aquello que está más allá de tales demandas, su deseo.
En la evitación de la frustración que propone el síntoma, Freud descubre una nueva propiedad del mismo: “Un síntoma
histérico es la expresión de una fantasía sexual inconsciente masculina, por una parte, y femenina, por la otra”.
Estas dos líneas identificatorias contrarias funcionan como vías paralelas, a las cuales los sujetos acudían para mantener
su resistencia. El neurótico se defendería, por medio de una aparente asexualidad fantaseada, de aquellos personajes que
representan las dos posiciones sexuales de su novela familiar.
La investigación sexual infantil y el apetito de saber introducen una división psíquica, que a posteriori, conduce al
trauma de castración. El síntoma representaría el enigma de la diferencia de los sexos, que Freud caracteriza como el
significado bisexual de los sintomas histéricos, propiedad que es extendida a todo síntoma neurótico. El síntoma
metaforiza la castración, la falta de saber del Otro y del sujeto sobre la diferencia sexual que compondrá lo traumático.
Freud señala que la primacía del falo se debe a que es el representante de esta fuente de saber traumático. La significación
fálica se erige allí donde no se inscribe la diferencia de los sexos. No se trataría entonces de una bisexualidad sino de
una nulisexualidad. Lacan reemplaza la noción de bisexualidad por la de "no hay relación proporción sexual”. El
síntoma, una significación fálica, acaeceria como una aufhebung en este lugar de imposibilidad de una inscripción
acabada de las posiciones sexuales.
Suponer en el sufrimiento de la enfermedad psíquica una forma de satisfacción es una idea revolucionaria que introduce
el psicoanálisis.
La constitución de una neurosis le permitiría a un sujeto encontrar un refugio para su desamparo originario. La pérdida
o separación del Otro que lo ha asistido implicaría un aumento de la tensión, que en algunos casos, ponen al sujeto en
una situación de incapacidad para dominar tales excitaciones. El sentimiento de desamparo constituye el prototipo de
situación traumática en donde el sujeto es desbordado por la angustia.
La enfermedad neurótica presta buenos servicios en la lucha por la reafirmación de sí. Hay una ganancia primaria de la
enfermedad, pues el enfermarse ahorra una operación psíquica, se presenta como la solución económica más cómoda
en caso de conflicto psíquico.
Freud define esta parte de la ganancia de la enfermedad como primaria, de condición interna, psicológica y constante.
También define una ganancia secundaria, proporcionada por factores exteriores, constituido por los privilegios que los
otros disponen para aquel que enferma. Con el tiempo estos factores exteriores devienen en auxilio del afán del yo por
incorporarse al síntoma, y reforzar la fijación de este, para consolidarlo como una inhibición.
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“La satisfacción de este sentimiento inconsciente de culpabilidad es quizá la posición más fuerte de la ventaja de la
enfermedad, o sea de la suma de energías que se rebela contra la curación y no quiere abandonar la enfermedad”.
Este sentimiento de culpabilidad inconsciente es inherente a ciertas estructuras que demuestran una fijación en
posiciones masoquistas primarias, como el resultado de la identificación con una persona que había sido previamente
objeto de una catexis erótica. La reacción terapéutica negativa también aludirá a las resistencias del superyó a la cura.
La constitución del sentimiento de culpa y la necesidad de castigo se explicarían con la formación de la conciencia moral
en el superyo. Esta instancia de la personalidad que Freud describe en la segunda tópica del aparato psíquico es
comparable a la función de un juez o de un censor con respecto al yo, heredero del complejo de Edipo.
“El superyó es para nosotros la representación de todas las restricciones morales, el abogado de toda aspiración a un
perfeccionamiento. El superyó del niño no es constituido, en realidad, conforme al modelo de los padres mismos, sino
al del superyó parental; recibe el mismo contenido, pasando a ser el substrato de la tradición de todas las valoraciones
permanentes que por tal camino se han transmitido a través de las generaciones”
La introyección de esta legalidad sería en la lengua, donde la palabra se funda en su valor simbólico; ley y lenguaje. El
superyó es el discurso del Otro en tanto determinante de una legalidad paradójica: por un lado es formadora de ideales
y habilitadora del deseo, y por otra parte, como un mandato insensato, ciego, de pura imperatividad y tiranía.
El superyó ejerce una violenta coacción del caos pulsional proveniente del ello, el sentimiento de culpa devendría a la
conciencia desexualizando y moralizando tales impulsos. El yo elige la vía del castigo y la desgracia que supone
liberadores, antes que exponerse a la angustia del reconocimiento de la castración del Otro, aún cuando este ocupó una
posición sádico en origen de la vida del sujeto. El reconocimiento del Otro es el primer movimiento que se articula como
salida de lo traumático, el mal encuentro con la sexualidad, él introduce un primer sentido a aquello que no tiene
posibilidad de significación lo insoportable. El superyó protector provee las potencias del destino, preferibles en su alto
costo, antes que un abandono que dejaría al yo sin defensas.
- COMPULSIÓN A REPETIR.
La satisfacción del síntoma soporta una dimensión de goce, un retorno a aquellas primeras satisfacciones de la pulsión
sexual. En esta regresión se aloja la compulsión como una forma más arcaica donde la pulsión no está comandada sólo
por el principio del placer. La fuente de la compulsión a la que obedecen los síntomas aparece descrita en las NO. Una
vez establecida la fijación libidinal de una experiencia primaria, el exceso de placer concomitante es reprimido, para
luego retornas como una obsesión.
La compulsión a la repetición motoriza la insistencia del síntoma, siendo una propiedad extensible a los demás síntomas
neuróticos, como el producto de un goce sexual anticipado al desarrollo del niño. Este goce sexual anticipado asegura
un monto pulsional que se adosará en parte a una representación de la pulsión para inscribirse en el psiquismo.
La compulsión de repetición evidencia que el monto pulsional se ligó parcialmente y la represión solo lo ha aislado,
reencontrándolo en una representación sintomática. La tendencia de las formaciones del inconsciente sería la de volver
siempre a un mismo lugar, el de la frustración pulsional.
La compulsión permite apreciar el lugar del sujeto como efecto de las representaciones incc. que lo destinan a encontrar
su impotencia y su dominio desfalleciente ante el retorno de lo reprimido.
En “Malestar en la cultura” se articula la compulsión a la repetición y el destino, la satisfacción sustitutiva del síntoma
expresaría la necesidad de castigo impuesta por la instancia superyoica al yo, sobre el telón de fondo de la angustia
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originada del desamparo primordial. Las fantasías neuróticas le asignarian una significación de omnipotencia al Otro a
la cual el sujeto debe resignarse creyendo su destino de objeto para ese Otro. Deberá renunciar a su deseo, pues éste
introduce un grado de incertidumbre y sin sentido que le resultaría inconciliable, refugiándose en el sentido de un Otro
gozador.
Lacan ha insistido en que la compulsión a la repetición debe pensarse como insistencia de la cadena significante. Según
él, el significante es el único soporte posible de lo que es originalmente para nosotros la experiencia de la repetición. La
pulsión insistiría en la cadena significante privilegiando toda tarea inconclusa ligada a una frustración originaria de esa
misma tendencia.
Del superyó provienen esas palabras heredadas destinadas a repetirse, y es a pesar y por medio de ellas, que el sujeto es
llamado a representarse en su existencia mortal y sexual. La repetición del síntoma es la señal de la insistencia del incc.
para realizar este llamado. Habría realidad psíquica en la medida en que exista una organización interna opuesta al paso
libre e ilimitado de las fuerzas pulsionales. El incc. sería sede de una insistencia que no se ajustaría al principio del
placer, introduciendo una disimetría repetitiva a la tendencia restitutiva del aparato psíquico.
- FANTASÍA INCONSCIENTE.
En 1908 Freud establecerá una nueva relación para el síntoma. Estos demostraban encontrarse siempre en relación a una
fantasía incc. escenificadora del deseo reprimido.
El empleo del término fantasía en Freud designaría una escena dada en la imaginación del paciente, y dramatizaría un
deseo incc. El sujeto desempeñaría un papel fundamental en estas fantasías, aún cuando no sea evidente su presencia en
ella. Desde el origen del psicoanálisis se le reconoció al síntoma histérico una relación causal con una escena de
seducción infantil. Esta era ejercida por un adulto sobre el niño, dejando profundas huellas traumáticas. En un análisis
posterior tales huellas demostraron ser consecuencia de fantasías incc. elaboradas por los propios pacientes. Los
síntomas no se originarían en hechos objetivos, sino en una dialéctica compleja, en la cual la fantasía desempeñaría un
papel vital.
Es hacia 1915 que Freud empieza a delinear la existencia de una serie de fantasías originarias que serían capaces de
suministrar los fundamentos últimos de los síntomas neuróticos. Se le sumaría a la fantasía de seducción, la de
castración, la de asesinato del padre, la escena primaria o de coito parental y la de retorno al seno materno. Estas fantasías
aportarían una representación a los misterios del origen.
En el incc. no habría representación de la propia condición sexual ni de la propia muerte. En consecuencia, tales enigmas
sólo podrían manifestarse bajo las formas cifradas de las fantasías originarias. Las escenas primarias determinarían un
guión del deseo incc. en el que se asentarían todas las operaciones defensivas que dieron origen a las neurosis.
Un síntoma sería el resultado de la soldadura de dos elementos heterogéneos: un goce autoerótico pulsional proveniente
del propio cuerpo y las representaciones amorosas provenientes del Otro en el exterior. Estos elementos se fusionarían
en la fantasía para “caer juntos” palabra y cuerpo en la causación de un síntoma.
El monto de afecto que compone la “vorstellungs reprasentanz” (representante representativo), puede ser desplazado a
otras representaciones por acción de la represión, siguiendo distintos destinos en cada neurosis. Siguiendo esta ilación
de ideas es ajustado retomar la noción de forclusión lacaniana, para indicar la ausencia de este “caer juntos” en un
momento determinado de la constitución subjetiva como definitorio de una estructuración psicótica. Los fenómenos
psicóticos, como la imposición desde el exterior de aquello forcluido en el interior, serían los efectos en lo real de la
imposibilidad para constituir un síntoma. La psicosis presentifica la ausencia operativa de una soldadura fantasmática
como condición diferencial diagnóstica.
- NEUROSIS DE TRANSFERENCIA.
“El principal recurso para domeñar la compulsión de repetición del paciente, y transformarla en un motivo para el
recordar, reside en el manejo de la transferencia. Volvemos esa compulsión inocua y, más aún, aprovechable si le
concedemos su derecho a ser tolerada en cierto ámbito: le abrimos la transferencia como la palestra donde tiene
permitido desplegarse con una libertad casi total, y donde se le ordena que escenifique para nosotros todo pulsionar
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patógeno que permanezca escondido en la vida anímica del analizado. La transferencia crea así un reino intermedio
entre la enfermedad y la vida, en virtud del cual se cumple el tránsito de aquella a esta”.
Freud consideraba la transferencia amorosa, en un primer momento, como una resistencia en la relación médico-paciente
que impedía la rememoración de los recuerdos reprimidos la cual era necesario destruir. La considera un modo inmediato
de confrontar la historia del paciente con la circunstancia presente de su relación con el analista.
La neurosis del paciente incorporaba a sus síntomas una nueva significación por medio de la relación transferencial: el
analista era considerado en el universo incc. como un nuevo objeto libidinal. El analista quedaba incluido en la estructura
misma del síntoma.
La neurosis de transferencia se ha constituido debido a que toda la producción nueva de la enfermedad se concentra en
un único lugar. La sintomatología abandona su significado originario y se incorpora a la nueva escena transferencial, en
la que el analista como objeto amoroso ocupa sitio central. Freud habla de la neurosis de transferencia como un espacio
del deseo que desempeña la función de una zona intermedia entre la enfermedad y la vida. Un espacio muy frágil que
se abría entre las demandas de amor del paciente y la abstinencia a la sugestión por parte del analista. Para Freud ningún
análisis avanzaba más allá de lo que los complejos y las resistencias del propio analista lo permitiesen.
El analista encarna transitoriamente el objeto del sufrimiento del paciente, debiendo transmutar su valor de goce al de
causa de deseo mediante un corte interpretativo. La interpretación debería trastocar el sentido del síntoma como una
relación preconcebida entre significado y significante. Un paso de sentido, aquello que facilitaría en el paciente un
tránsito subjetivo por todas las significaciones incc. posibles para tal huella significante.
La interpretación no se guiaría por el sentido, como la comprensión, sería una apuesta por la disolución de sus lazos
imaginarios, lazos gozosos, falsos enlaces, en los que el pensamiento sobre el síntoma transita. La interpretación sería
la chance para que la carga concentrada en la representación sintomática sea ligada, y salga a la luz las relaciones
incc. que la ataban. La interpretación resituaría al objeto sintomático actualizando aquella soldadura entre la
representación amorosa y el cuerpo pulsional. La transferencia sería entonces un transporte de afectos que del paciente
van al analista en sustitución del Otro incc.
En la génesis de las inhibiciones la función seguramente habría quedado alterada debido a su excesiva erogeneidad. El
Yo renunciaría a tales capacidades por su intolerable significación sexual, ahorrando realizar nuevas represiones
producto de su conflictividad.
Todas las mociones reprimidas que intervienen en la clínica según Freud serían de un carácter secundario. La angustia
sería un afecto que fue ligado por una represión primitiva, está incorporó a la vida anímica una primera huella de sucesos
infantiles que ejercen una influencia sobre las nuevas situaciones. Las represiones primitivas ocurrieron antes de la
instauración del Superyó y tuvieron su origen en una situación traumática, ejerciendo un polo de atracción de desligadura
y religadura de sus cargas concomitantes.
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Unidad 5
"El yo es una organización, se basa en el libre comercio y en la posibilidad de influjo recíproco entre todos sus
componentes; Su energía desexualizada revela todavía su origen en su aspiración a la ligazón y la unificación, y esta
compulsión a la síntesis aumenta a medida que el yo se desarrolla más vigoroso. Así se comprende que el yo intente,
cancelar la ajenidad y el aislamiento del síntoma, aprovechando toda oportunidad para ligarlo de algún modo”
El Yo se presentaría como la parte organizadora del Ello por medio de la acción de la represión, particularmente de
aquellos impulsos sexuales que amenazarian la integridad desexualizada del yo. Es por ello que el proceso defensivo
iniciado por la represión establece al síntoma como una existencia fuera de la organización del Yo e independiente de
ella. Así el síntoma adquiere la propiedad de "cuerpo extraño" para la percepción consciente del paciente.
Una vez surgido el síntoma y constatada la imposibilidad de suprimirlo podría acaecer, según Freud, un proceso de
"familiarización". Se iniciaría una etapa de adaptación a este nuevo elemento del mundo interior extraño al Yo, de
manera análoga a toda adaptación normal del mundo exterior. He aquí el inicio de una serie de defensas secundarias,
que como desarrollamos inhibirán ciertas funciones, pero también encontrarian una ganancia de la enfermedad. Esta
ganancia de la inhibición tiende a incorporar al síntoma fortaleciendo su fijación y aislamiento. Se establece una
estigmatización del paciente y su enfermedad, que trae consigo algún beneficio en su mundo relacional inmediato,
desresponsabilizandolo de su padecer. Desandar este aspecto de conveniencia del Yo, que transformó un síntoma en una
inhibición, sería una de las más arduas tareas del trabajo analítico.
Freud define a la angustia, como un estado afectivo que ha conservado su carácter de displacer. Descarga y percepción
del afecto diferencian ya la angustia del dolor y la tristeza, como veremos más adelante. La angustia sería la reproducción
de una experiencia que integraba las condiciones de un incremento del estímulo y su descarga por vías determinadas, la
cual daría al displacer de la angustia su carácter específico.
El afecto angustiante surgiría ante la percepción de la ausencia de un objeto de satisfacción específico. La angustia sería
el producto de un desamparo psíquico originario, paralelo al desamparo biológico con el cual nace todo cachorro
humano. La etiología estaría dada por la inmadurez del yo en el momento de su constitución, y no seguiría un prototipo
de trauma originario.
la angustia sería la reacción de peligro ante la pérdida del objeto, pero esto también puede producir tristeza y dolor. La
primera condición de la angustia es la pérdida del objeto amado en el niño. Más tarde, al comprender que el objeto
podría estar se produce el enojo, y así aparece una condición más permanente de la angustia: la falta de cariño. El anhelo
por el retorno del objeto amado y perdido instaurará la reacción de dolor. La tristeza surgirá una vez producida la pérdida
bajo la influencia del examen de la realidad que impone la separación del objeto, puesto que este ya no existe. La tristeza
lleva a cabo la separación.
La angustia se establecería como un afecto con distintas connotaciones según el periodo de la constitución subjetiva en
la que intervenga. Surgirá en los primeros años infantiles, cuando la falta de independencia amenazaba al niño con la
pérdida de su primer objeto amado en la madre. Luego sobrevendrá como afecto señal ante el peligro de castración en
la fase fálica, y posteriormente, como al miedo al superyó durante el periodo de latencia. Todas estas situaciones siempre
subsisten según Freud en la vida adulta, y se puede volver a ellas, como lo demuestran las significaciones encontradas
en los síntomas neuróticos.
La sede de la angustia sería el Yo y es el único que podría sentirla. La fuerza de motivación de la angustia sería
únicamente la castración, ante la cual, el yo inicia los procesos de defensa que conducen a la neurosis.
La angustia sería un afecto derivado del miedo a la castración que en su momento motivó una acción de la represión En
las fobias, histerias de conversión y neurosis obsesivas, el origen lo constituye el complejo de Edipo y las operaciones
subjetivas concomitantes a su disolución. La disolución no supone una solución del conflicto Edípico, sino el
sepultamiento de muchas de sus huellas. El miedo a la castración como retorno de estas huellas sería el motor de la
resistencia del yo, pero sólo en las fobias ese miedo se exterioriza y se confiesa.
Las defensas neuróticas se organizarían alrededor de estos núcleos patógenos. Instituyendo para cada tipo de neurosis
un punto de fijación en la constitución subjetiva donde la angustia de castración fue un afecto concomitante. La histeria
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Unidad 5
retornaría al punto originario de la pérdida de amor del objeto, la fobia a la amenaza de castración en la etapa fálica, y
la neurosis obsesiva se establecería alrededor de los miedos emanados de los mandatos superyoicos durante la latencia.
Como vemos la angustia no es un síntoma en sí, sino que por el contrario, toda formación de síntomas neuróticos es
emprendida con el fin de eludir la angustia. La formación de síntomas se dispondría como un proceso defensivo mas
desarrollado que la fuga primitivamente emprendida por el yo, pues, se interviene en el circuito representacional de la
pulsión modificándolo. Es un lado oculto a nuestra percepción que establecería en el Ello aquellas modificaciones
mediante las cuales se sustraería el Yo al peligro. Pero también, tendría un lado visible que nos muestra lo que se ha
creado en lugar del proceso pulsional influido: la formación sustitutiva.
RESUMEN: El Yo se defiende de una moción pulsional por medio del proceso de la represión. El nuevo curso de la
pulsión va a ser desarrollado bajo la influencia de la compulsión a la repetición. Se seguirá un mismo camino a lo
anteriormente reprimido cuando una nueva circunstancia del sujeto la reactive, como si la situación peligrosa
perdurase aún. Esto nos demuestra que las relaciones son cuantitativas, de monto de afecto pulsional, en lo que atañe
a la conservación de las antiguas situaciones peligrosas, manteniendo las represiones del Yo y encontrando una
continuación de la neurosis infantil. Cuando en una nueva circunstancia el yo advierta el peligro de castración, dará
la señal de angustia e inhibirá la amenaza del ello. En cada tipo de neurosis el miedo a la castración recibirá un objeto
distinto y una expresión disfrazada, que puede ser una conversión en el cuerpo, una idea obsesiva o el miedo a un objeto
exterior.
"En psicoanálisis no se diagnostica por el síntoma, el deseo o el fantasma, ya que ninguno de ellos es, en sí mismo,
histérico, obsesivo u otro; es en la co variancia de todos ellos en lo que se funda el diagnóstico del analista.”
Siguiendo este principio, no postularé al fantasma como el elemento a través del cual se realizará un diagnóstico en el
psicoanálisis. Propongo utilizar el fantasma como la puerta de entrada al grupo mínimo de elementos que en la práctica
psicoanalítica nos sirvan para establecer el sistema elemental de oposiciones que da cuenta de la estructura de la clínica
psicoanalítica.
Si consideramos nuevamente a las estructuras clínicas como el conjunto de los tipos clínicos producidos y establecidos
a partir del encuen tro de un hablanteser con un psicoanalista, producto concebido como "sujeto", resultado del entre
dos de los partenaires de la escena más el en tre-dos de las cadenas significantes y en el marco de las posibilidades
habilitadas por la estructura socio-cultural, entonces cabe considerar a los conceptos fundamentales del psicoanálisis
como los puntos de entrecruzamiento de los caminos de un mapa, como en la ya mencionada Carte du tendre o, más
científicamente, como los nodos del grafo. Dentro de tal mapa o de tal grafo orientado, propongo trabajar considerando
al fantasma y su fórmula como la vía regia del primero o el nodo crucial del segundo.
a) Lo primero que se debe recordar, destacar y subrayar es que, para Lacan, la formula del fantasma se inscribe
totalmente en la lógica de LA DIVISIÓN DEL SUJETO EN EL CAMPO DEL OTRO.
Lacan: "Con respecto al Otro, el sujeto que depende de él se inscribe como un cociente Está marcado por el rasgo unario
del significante en el campo del Otro. Hay, en el sentido de la división, un resto, un residuo. Ese resto, ese Otro último,
ese irracional, esa prueba y única garantía, a fin de cuentas de la alteridad del Otro es el a. "Por eso los dos términos $
y a, el sujeto marcado por la barra del significante y el a minúscula, objeto, residuo de la puesta en condición, si puedo
expresarme así, del Otro, están del mismo lado, el lado objetivo de la barra. ESTÁN AMBOS DEL LADO DEL OTRO,
PUESTO QUE EL FANTASMA, APOYO DE MI DESEO, ESTÁ EN SU TOTALIDAD DEL LADO DEL OTRO. Lo
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Unidad 5
que ahora está de mi lado es lo que me constituye como inconsciente, a saber, A , el Otro en la medida en que yo no lo
alcanzo."
El fantasma, como modalidad de concebir el sostenimiento del deseo implica ya un rechazo del individualismo. En este
sentido, en el mismo año pero en un escrito, Lacan sostiene:
"Deseos [...] los únicos [...] exaltados por hacer manifiesto (...) que el deseo es el deseo del Otro." “Si se nos ha leído
hasta aquí, se sabe que el deseo más exactamente se sostiene gracias a un fantasma uno de cuyos pies por lo menos está
en el Otro, y precisamente el que cuenta, incluso y sobre todo si le ocurre que cojea.”
Así, indudablemente para Lacan, tanto deseo como fantasma deben ser considerados en una relación íntima y esencial
con la instancia del Otro.
b) El fantasma es el SOSTÉN DEL DESEO; de modo que considerar al fantasma es hacer lo propio con el deseo, tal
como Lacan lo inscribe en su grafo: ($ <> a) ← d
La fórmula del fantasma implica la dimensión del deseo. Analizar el fantasma es hacer lo propio con el par o la relación
deseo/fantasma. El deseo, tanto en la clínica psicoanalítica como en la vida de cada uno, es inaccesible si no se lo encara
en su sostén fantasmático, en la medida en que el fantasma provee de la fórmula que se lee: ($ deseo del a)
Caso contrario -sin el apoyo en el fantasma- el deseo opera como "deseo puro" y así, sólo es una pura falta mortificante
que no causa ningún acto.
La lógica del fantasma es la siguiente: cada vez que se padezca una modalidad cualquiera de imaginarizar el fading -
desvanecimiento, eclipse o síncopa- del sujeto ($) frente a (<>), cierta condición de objeto (a). No se dejará de suponer
que eso es lo que se desea, ya que el deseo, estructuralmente hablando, remite al $, lo que significa que nunca se podrá
saber a ciencia cierta qué se desea, en virtud de que el deseo es el movimiento, la búsqueda, causada por pura falta.
Creo estar frente a lo que deseo, ante (la presencia de) aquello que aparenta causar mi división o desfallecimiento. Tanto
los modos del $ como los del a se articulan para cada caso según el contexto determinado por campo del Otro: todos los
ejemplos dados más arriba pertenecen a nuestra lengua, tanto los elegidos para $ como para a.
A la falta se la designa "objeto a causa del deseo" y a todo objeto que represente la condición vinculada con la
imaginarización del fading, "objeto del deseo". Ambos se llaman a debido a que se confunden. Es evidente que, además,
a indica al otro imaginario, el semejante.
c) Desde la primera formulación que hace de la escritura de la fórmula del fantasma, Lacan destaca que ella es
fundamentalmente RELACIONAL;
"Retomaremos esto porque nos conduce al examen de la fórmula del fantasma en tanto que ella es el soporte de una
RELACIÓN ESENCIAL, de una relación pivote, aquélla que intentó promover para ustedes este año en el
funcionamiento del análisis.”
La fórmula del fantasma también la podemos leer así: Uno ($) en relación al (<>) Otro (a).
Ambas, en la medida en que representan lo que parece completar al sujeto, se encuentran relacionadas.
La línea con dos flechas indica el intervalo entre las dos cadenas. La clínica psicoanalítica del intervalo requiere, como
condición mínima, la articulación de al menos dos intervalos. Así, no es suficiente contar con intervalo entre S, y S,; se
requiere también del intervalo operante entre las dos cadenas (además, claro está, del intervalo producido entre
analizante y analista). Tal como se observa en el siguiente esquema, se trata de la articulación de las dos dimensiones
del intervalo:
El intervalo coincide, si pasamos de escritura y de grafos a los términos del psicoanálisis, con el fantasma y el deseo.
Ellos inscriben en el psicoanálisis el intervalo fundamental.
e) La fórmula del fantasma inscribe, además, que en psicoanálisis e PSICOANALIZANTE (EL HABLANTESER
PARA EL CUAL SU LUGAR EN LA ESCENA COINCiDE CON $, TAMBIÉN EN LA RELACIÓN QUE SOSTIENE
CON SU ANALISTA) NO ES TODO SUJETO, o sólo sujeto: también se inscribe en cierta medida como objeto a.
El fantasma el que provee la lógica que fundamenta la posición sexual, ya que establece tanto el tipo o condición del
partenai: re (homosexual, heterosexual, etc.), como de la relación que lo hace "mioh- jeto tanto como el objeto que yo
deseo, como aquello que me complemer ta. Así, entonces, es el fantasma el que hace del deseo a secas (pura falta causal)
un movimiento o una búsqueda fundamentalmente sexual.
La lógica del fantasma hace del deseo un deseo sexual, pero además establece que no hay relación/proporción sexual";
lo que quiere decir que para todo hablanteser faltará el tercer elemento que coherentice y cierre la relación $ y a. Ni el
hijo ni el amor ni la familia, etc. -tal como establece Lacan en su seminario sobre la lógica del fantasma podrán como
elemento tercero, hacer coincidir plenamente al objeto del deseo con el objeto causa del deseo: siempre permanecerá un
resto que hará que el deseo como búsqueda sea indestructible.
a→ ($<>a)
Siempre restará una falta a nivel sexual, no de objeto del deseo o de partenaire, sino de la capacidad de estos últimos
para cancelar la causa. Todo hablanteser requerirá de un cierto a que jamas hallara en en forma completa.
Hablanteser y $ no indican lo mismo. El primero es el "ser" producto del habla, del lenguaje y de lo social que habita
en un cuerpo biológico; y el segundo, el tema o asunto que le compete, aunque sin saberlo, dado que su hábitat es el
lenguaje y el sistema de relaciones sociales. A todo hablanteser se le asocia un sujeto que conoce sólo parcialmente, en
especial debido a que siendo "su" sujeto, se localiza entre él (el hablanteser), su Otro (el sistema de representantes y sus
relaciones o complejo de Edipo) y su A (estructura del lenguaje y orden simbólico). Estos dos últimos son los
constituyentes de lo que Lacan designa "lalengua".
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Unidad 5
Del Edipo: designa al escenario de una generación, que en relación con la anterior presenta a la siguiente un guión que
da cuenta de las posiciones asumidas frente al deseo -¿qué es un hombre?, ¿qué es una mujer?, ¿qué es un padre?, ¿qué
es un hijo? y otras-, fundamentalmente en función de las renuncias.
Hablanteser y "su" sujeto. o sea, entre él y el asunto inconsciente establecido con el Otro y el A y las relaciones entre
éstos. Estos argumentos coherentizan el que en la clínica analitica se puede encontrar que el hablanteser no quiere lo
que el sujeto desea, todo esto en íntima relación con la historia edípica.
c. Neurosis de transferencia.
Se designa "neurosis de transferencia" a la presencia asociada de dos propiedades que se escriben sobre la fórmula del
fantasma. La primera indica que el hablanteser se localiza en la escena del mundo como portando la falla. Así, se verá
llevado a concebirse en una posición equiparable con la del $ de la fórmula del fantasma. De esta forma se genera una
pregunta: ¿dónde más se podría localizar un hablanteser en relación con la fórmula del fantasma? La respuesta es: en
<>, o a o podría tratarse de un caso en que no opera la lógica del fantasma. Más adelante desarrollare una concepción
de la fobia y de la perversión que evitará que se interprete la ultima respuesta como trivial. En la letra de Lacan:
"En el neurótico, el (-ϕ) se desliza bajo la $ del fantasma favoreciendo la imaginación que le es propia, la del yo. Pues
la castración imaginaria el neurótico la ha sufrido en el punto de partida, es ella la que sostiene ese yo fuerte, que es el
suyo, tan fuerte, puede decirse que su nombre propio lo importuna, el neurótico es en el fondo un Sin-Nombre.”
Según Lacan, la neurosis es aquella posición en relación con el Otro en la que la castración imaginaria se desliza del
lado del $. Por otra parte, si se produce la sustitución del objeto del deseo en el fantasma por la demanda del Otro -lo
que expondré unos párrafos más adelante-, la posición producida será "Sin-Nombre" debido a que lo que designa la
condición particular realizada en el campo del Otro, no es el nombre propio civil, sino el Nombre-Propio establecido
por el encuentro del $ y del a. Es la realización del acto del deseo lo que designa al sujeto, aunque ella no sea definitiva
y sólo pueda establecerse retroactivamente.
La posición indicada puede ser ejemplificada así: "No, soy yo el que no puede", o "Es que yo no puedo". No es lo mismo
$ como fading estructural frente a cierto objeto, que ubicarse como $ en el sentido de ser el portador de la falla. Sólo el
segundo caso es el que habilita la neurosis de transferencia (el primero ni siquiera es neurosis). Por lo tanto, esta
localización, la neurótica, como ya se dijo, comprende la asunción de la falla del Otro como propia y no la imposibilidad
de establecer lo que $ quiere decir en cada caso respecto del deseo. Se suele confundir: a) la aşunción como propia de
la falla del Otro histórico -en el escenario de las tres generaciones del Edipo-, con lo real de la división del sujeto; b) la
asunción de la falla del Otro con un entre-dos ineliminable; c) el sentimiento inconsciente de culpa con que el deseo del
hombre es el deseo del Otro.
En la neurosis de transferencia el hablanteser se identifica con él $ en tanto que (-ϕ), o sea, como portador de la falla y
se verifica, además, la sustitución del objeto del deseo por la demanda.
Si hacerse cargo de la falla del Otro fuese designado "amor neurótico”, lo sería porque participa también del movimiento
en el que se sustituye al objeto particular del deseo, el a de ($ <> a) por por la demanda (D) que, cabe explicitar, siempre
es la demanda del Otro. Todo este movimiento puede ser descrito como la renuncia a lo que interpreto como mi deseo,
por motivo de sustituirlo por lo que "estimo"-en su doble sentido- que el Otro demanda.
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Unidad 5
Respecto de la interpretación, o sea, en relación con el hecho de que el hablanteser recibe su propia demanda en forma
invertida desde el Otro, cabe afirmar que en este caso es una demanda que, más que recibida, es asumida como ocupando
el lugar de lo que se interpreta como el objeto del deseo particular.
d. Fantasma Neurotico.
La fórmula del fantasma neurótico es la que se encuentra antes del comienzo de cada psicoanálisis; la de la pulsión, sólo
al final del mismo, cuando adviene y opera la pregunta por la localización del $ en el inconsciente.
La fórmula de la pulsión inscribe lo que en el fin de análisis adviene--siempre y cuando éste recorra todos los pasos
lógicos necesarios-relacionado con la pregunta del analizante por la localización del $ más allá del inconsciente,
entendido este último como el decir o hablar sobre o respecto del Otro (el inconsciente es el discurso sobre el Otro).
Resuelta la fase del análisis en la que se analizan los sentimientos inconscientes de culpa, advienen los textos referidos
a las fallas del Otro, o sea, la cura de la neurosis. Sólo a partir de la salida de la posición sostenida como sentimiento
inconsciente de culpa, el analizante abandona la impotencia amorosamente asumida para pa. sar a analizar la condición
particular y las marcas que le están asociadas a la relación con la pulsión y con la inscripción de S(A) en el más allá del
vela pantalla del fantasma. El intervalo significante será analizado a partir de esta instancia en la medida en que se aloja
en un agujero corporal, asociando la falta estructural a alguna modalidad del objeto a (oral, anal, respira toria, escópica
o invocante) y como falta del A (no del Otro).
En la fórmula del fantasma neurótico ($ <> D) se lee: "Mi impotencia me impide encontrar lo que quiero", que, en
realidad, es lo que demanda del Otro. Sólo por tal motivo puede afirmarse que en la neurosis se que re/demanda que se
demande. "Quiere" y no desea, debido a que $ no inscribe al sujeto dividido, al sujeto del inconsciente, sino a la asunción
de la falla ajena. "Quiere la demanda", justamente es todo lo que se quiso afirmar sobre la neurosis de transferencia,
desde la posición de impotencia se renuncia a lo que desea por amor a la demanda del Otro, que es la forma o intento
de velar su falla.
¿Por qué? Toda falla, especialmente la que interesa (inter-ser) al Otro, es relacional y, fundamentalmente, lo relacional
es fantasmático-desiderativo. Así, la falla del Otro que interesa en la neurosis es una falla vinculada con el deseo, pero
en el sentido de una claudicación o renuncia del Otro al acto desiderativo; la otra, la estructural, se escribe A y enuncia
que existe una falta estructural. En esta posición el hablanteser intentará hacerse cargo de esta falla desiderativa del Otro
histórico, tanto haciéndola propia como intentando encontrar aquello que el Otro demanda, ya que a través de esa
demanda se mantendrá velada la cuestión del deseo, al que el Otro de alguna forma ha renunciado.
La posición neurótica será doblemente sacrificial: se renunciará al objeto del deseo y en su lugar se propondrá satisfacer
la supuesta demanda del Otro que ahora se demanda a su vez.
Las estructuras por estudiar se manifiestan como configuraciones distinguibles, aunque articuladas entre sí.
a. Recorrido de un psicoanálisis.
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Unidad 5
Partiendo de la fórmula del fantasma -lo que equivale a decir: de la relación fantasma/deseo-, pero de aquella que como
($ <> a) sólo operará al final del primer pase del análisis, aquel que consiste en el pasaje de posiciones de la dupla de
partenaires de padeciente a analizante y de posible analista a analista, se puede escribir. con la logica pertinente, la
estructura de las estructuras clínicas psicoanalíticas o del intervalo.
Antes de argumentar sobre esto último, planteó un recorrido lógico para todo análisis:
a) Se consulta en posición de "padeciente": un hablanteser que asume la posición de aquejado y quejoso -dirigiendo la
queja a alguien- por un sufrimiento considerado excesivo e incomprendido. Y se lo hace con un psicoanalista si se
supone que la causa de ese padecer está "en uno mismo", siendo la misma desconocida. Se puede consultar a quien se
oferta en la ciudad como analista en otras posiciones que, entonces, no lo toman como analista sino como psicoterapeuta.
b) A partir del análisis (como resolución, no como mera interpretación) de esta posición -muchos de los casos a los que
se ve enfrentado un psicoanalista en su práctica requieren de un trabajo muy difícil y extenso que consiste en producir
la posición de padeciente, muy rechazada en la actualidad, aun por quienes lo van a ver y consultar es posible pasar a la
posición de analizante, esto es, aquella en la que se ha producido el pasaje desde ($<>D) a ($ <> a), equivalente a afirmar
que se ha dejado caer de la posición de objeto del deseo a la demanda del Otro, y así se abre la posibilidad de obtener
una interpretación de aquél.
c) Desde esta posición se puede producir, si el analizante lo desea y el analista está dispuesto, el último pase, aquel que
a partir de un analizante produce un analista; éste es el fin del análisis, y en él se encuentra como en todo momento un
solo analista: el recién producido y un resto de la operatoria, posición en la que ha quedado el que operó hasta ese
momento como analista.
Tanto la histeria, la obsesión, la fobia y las perversiones pueden caracterizarse por la diferencia entre las fórmulas
respectivas del fantasma, que implican las diferencias coordinadas también a nivel del deseo en función de la relación
con el Otro. Las tres primeras son las modulaciones de ($ <> D) y las últimas se caracterizan por una inversión completa
del funcionamiento de la fórmula fantasmática.
Propongo la escritura sobre la fórmula del fantasma de las posiciones que un hablanteser, cuyo caso quede comprendido
en la lógica de la extracción del objeto a, puede asignarse como el lugar en el que cree estar en las escenas de su interés
(inter-ser) con relación al otro y al Otro, sin olvidar que ellas participan de las ofertas realizadas por los otros y el otro.
Así se obtendrá la siguiente lectura de las estructuras clínicas, según las localizaciones de las funciones en relación con
los términos del fantasma:
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Unidad 5
En todas ellas, la vía del deseo no se encuentra disponible: sólo se abre si opera la fórmula del fantasma que establece
la operación de una pantalla de proyección donde figura algún tipo particular de objeto deseado, pero que también vela
la ficción en juego en el asunto.
se podría definir al "síntoma analítico”-aquel que con estructura de palabra y como único, a diferencia de la pluralidad
de malestares fijos en la vida de alguien, es establecido en la elaboración realizada entre analizante y analista- como
sustituto del verdadero acto: se lo podría designar "falso acto" y deducir de ello los motivos de su repetición.
Como afirmé más arriba, las posiciones y/o relaciones histéricas y obsesivas se caracterizan por el hecho de que el
hablanteser en relación con el Otro se localiza con “$”, las perversiones por una localización en "a" y la fobia se
particulariza por una posición provisoria o inestable que el álgebra lacaniano posibilita escribirla como "en <>".
a) ($ <> a)o sus fórmulas sustitutivas neuróticas-no las perversas-poseen una dirección o sentido, no tan evidente como
podría suponerse, de izquierda a derecha, como sucede en la escritura del español, del francés, etc. Así, no debe olvidarse
que la fórmula ($ <> a) se descifra o se lee de izquierda a derecha:
($ <> a)
→
b) Las relaciones perversas se inscriben o se leen en forma invertida. Contando con el álgebra y la fórmula del fantasma,
Lacan logró aclarar el oscuro valor de lo sostenido mediante el término “negativo” por Freud transformándolo en
“inverso” de la siguiente forma:
($<>a)
←
Las relaciones perversas se caracterizan porque el hablanteser en cuestión y en función del Otro edípico y la relación
establecida, se localiza como a y asigna a su partenaire (a) el lugar $; la flecha de sentido invertido indica la índole de
la relación que se quiere producir.
La perversión implica una relación con el partenaire a en función de cierta relación con el Otro, sólo que no es una
relación transferencial analítica; que se debe distinguir de toda relación con otro al que se respeta por su saber o por
amor.
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Unidad 5
Sostendré que “perversión” en psicoanálisis indica un cierto tipo de relación, y no alguien que sea en sí perverso.
Cuando "goce" entra como concepto nuevo en el psicoanálisis, Lacan -que fue quien lo introdujo- lo definió como
"lugar” y al final de su enseñanza elaboró el problema desde la perspectiva fundamental del "goce del Otro", afirmando
al respecto que "No hay el goce del Otro”. En este caso, el Otro, en tanto que A, también es definido por Lacan como
lugar.
Goce como "[...] la satisfacción de una pulsión,[ ..]", cabe recordar que para él la pulsión se concibe como: a) ($ <> D),
esto es, toda ella en la relación entre el sujeto dividido entre S1, y S2, y la demanda del Otro considerada en su sincronía;
b) que su circuito se despliega en el campo del Otro.
La función del concepto de goce en el psicoanálisis hace referencia fundamentalmente a la lectura de Lacan respecto al
velo que opera en nuestra cultura del A, haciendo hincapié en el cristianismo en el que el hijo padece corporalmente
para garantizar la completud del Dios padre.
Tanto la relación con el Otro y el otro llamada histérica como la obsesiva conforman un par, debido a que son los únicos
casos posibles de relación con el Otro y el otro como localización "en $" o "bajo $". En la primera modalidad se afirma
y se sostiene no sólo la posición en $ sino que además se la acepta y aun podría decirse que se ama tal condición. En la
neurosis obsesiva, se la rechaza, o sea, el hablanteser se localiza en $, se "ve" o se "cree" en $, pero odia o rechaza
encontrarse allí o así. En ambos casos: frente al otro y en relación con la oferta y posición del Otro. Entonces, se puede
distinguir entre las dos neurosis de transferencia, en la medida en que siendo dos posiciones en $ con relación al Otro,
una dice que sí a la barra (l) que cae sobre $ y la otra dice que no. Consecuentemente se puede escribir:
Será en el encuentro con un analista y luego de la puesta en funcionamiento de la relación de palabra, donde se
establecerá si el hablanteser, en su relación con la figura del Otro que es el analista al comienzo del análisis, no sólo se
localiza como $, sino que, además, si lo acepta o lo rechaza. Es posible verse en relación al Otro y su demanda (D) en
posición de $ y querer verse sometido a los efectos de la barra, /, o, mejor dicho, de su imaginarización, u odiarlo; ello
dependerá de las posiciones que asuma el analista a su vez.
e. Elección de neurosis.
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Unidad 5
Las posiciones posibles son ésas y las variaciones también están articuladas entre sí por tal motivo, es posible plantear
la existencia de una estructura: la estructura de las estructuras clínicas.
Los elementos constitutivos de la estructura de la clínica psicoanalítica -las estructuras clínicas- no clasifican a la gente,
dan cuenta de las posibilidades diferenciales recíprocas que el analista puede encontrar en su práctica específica.
La elección es de una posición-relación de las habilitadas por la estructura, A: cada estructura clínica es el conjunto
articulado de las consecuencias de la elección. En este caso "elección" quiere decir que existe una estructura con
elementos distinguibles y limitados.
Respecto del momento inicial en que supuestamente se realizó la elección, es decir, el momento original de lo que suele
llamarse "constitución subjetiva"-en el sentido de estos desarrollos se trataría de la constitución del tema o asunto
particular-, debido a que nos basamos en la noción de estructura, no podemos decir nada. Tal es el precio que se paga
por contratar y apoyarse en la noción de estructura. Si se opera con ello se pierde la posibilidad de establecer origen
centro y destino.
En el psicoanálisis todos los diagnósticos serán retroactivos y se crecerá en forma total de la posibilidad de pronóstico
y prevención.
En el psicoanálisis, más allá de cada caso en su lógica particular, hay algo que se puede establecer sobre las propiedades
estructurales y que, en tanto saber se puede elaborar, establecer y transmitir. Si las estructuras clínicas no son
enfermedades, en el sentido de la medicina, ¿cómo entender que, mediante la utilización del concepto de estructura
clínica -que implica hacer coincidir propiedades y casos, que si bien son relacionales, son cada uno particular-, el
conjunto de características postuladas no coincida con los signos de una enfermedad médica? Es que la noción de
estructura clínica implica un hablanteser y su Otro en el seno de una estructura en la cual todos sus elementos son
covariantes y que sólo se diagnostica bajo transferencia.
En el primer volumen de esta obra propuse distinguir entre "singular" y "particular". Planteé reservar el primer término
para los casos de por ejemplo, psicosis, en los que la solución posible no está determinada por la operatoria de la
legalidad de la metáfora paterna y la extracción del objeto a; el segundo, para los casos comprendidos en este volumen
(histeria, obsesión, fobia y perversiones) para los cuales sostenemos lo particular de cada caso -sin confundirlo con una
posición individualista- juntamente con su articulación a la estructura. Lo histórico es lo particular y lo estructural marca
el límite de las posibilidades de lo histórico, al menos en su posibilidad de análisis, investigación y comunicación.
f. Histeria y obsesión.
Sobre la base de la fórmula del fantasma-deseo se puede inscribir las elecciones fundamentales posibles y sus
consecuencias.
Histeria: Síntoma conversivo- Deseo insatisfecho - Trauma sexual sufrido pasivamente- Etc.
Se considera a la histeria como una relación con el Otro y con el otro. caracterizada por ser transferencial y cuyas
propiedades son elementos de una estructura covariante. No es una entidad que en sí misma posee propiedades idénticas
a sí mismas; de serlo, sería indistinguible de una enfermedad. "Histeria" no clasifica mujeres ni es una enfermedad, o
sea, un conjunto de “datos inmediatos.”
Se cuenta así con una lógica compartida por todas las estructuras clínicas que permite inscribir los elementos que
caracterizan a cada una de ellas en relación con las otras; además, es posible escribir las fórmulas que detallan el conjunto
de las consecuencias lógicas de la elección.
20
Unidad 5
Las fórmulas desarrolladas por Lacan para la histeria y la obsesión, configuradas sobre la base de la del fantasma son:
g. Fobia y perversión.
La fobia, desde una perspectiva, es una neurosis de transferencia y, más desde otra, no lo es. Lo es en la medida en que
en su caso, más que nunca, se verifica la sustitución de a por D -lo que más adelante utilizaré como medio para distinguir
entre objeto fóbico y objeto fetiche- pero también no es una neurosis de transferencia debido a que el hablanteser no se
ve o localiza en relación con el Otro en $, lo que escribo como localización en "<>".
La estructura de las fórmulas que vengo presentando en este capítulo para la fobia y las perversiones no responde a las
fórmulas desarrolladas por Lacan, tal como sí sucede con las fórmulas presentadas arriba para la histeria y la obsesión.
Las fórmulas escritas que propuse según las localizaciones del sujeto en su relación con el Otro -en la sección a de este
mismo capítulo- deben ser consideradas como las fórmulas intermedias que llevan desde la fórmula del fantasma hasta
las fórmulas de cada estructura clínica.
La perversión se inscribe como un sistema de diferencias en relación al sistema Saa'A y a partir de la fórmula del
fantasma (destacado mediante un recuadro de la izquierda).
En relación con la fobia y el caso del pequeño Hans, en las clases 22 y 23 del seminario referido, encontramos:
"Nuestro Juanito, en la creación, el desarrollo y la resolución de su fobia, sólo puede escribirse correctamente como
ecuación a partir de los términos que acabamos de aislar."
Las fórmulas que Lacan desarrollo para las tres instancias indicadas son las siguientes:
21
Unidad 5
A: el Otro simbólico
M: la mamá
M: la abuela paterna
P: la metáfora paterna
I: el caballo, como mediación metafórica
ℿ: las intervenciones del papá según las instrucciones de Freud
a: el otro niño
ϕ: el falo
Como se ve con notable claridad y, aun así, pocas veces acentuado por los comentaristas, en la elaboración de Lacan
"fobia" no se refiere a alguien por ejemplo, el pequeño Hans, de quien se puede decir que, por ejemplo, se ha quedado
fijado en tal etapa de su desarrollo o que le retorna lo reprimido por el concurso de cierta pulsión. Para Lacan la fobia
es el nombre de un amplio sistema de relaciones y de personajes que configuran una verdadera tramoya, la cual recibe
el nombre de "fobia" siempre y cuando haya psicoanálisis, que es el único contexto de establecimiento de tal comedia
o drama de enredos.
Para concluir esta presentación general de las estructuras clínicas comprendidas en el campo del intervalo, cabe hacer
lugar a una posible salvedad. Dada la consulta por un sufrimiento en exceso e incomprendido padecido por alguien, se
opera con tal padecer como producto de un sistema y se opera con él dentro de un sistema: la transferencia.
El psicoanálisis existe como respuesta contraria a la cultura que tiende al individualismo, pero mediante las nociones de
"sujeto" y "Otro" articula en la intervención clínica el padecer particular como producto del sistema de relaciones que,
como un grafo orientado, es encarado desde un punto de vista o nodo. El psicoanálisis articula cierta condición particular
-lo que he llamado "padeciente"- y su comunidad de referencia -el Edipo- lo hace desde la perspectiva de la intervención,
esto es, de una lógica de la "inter-vención", o sea, en la clínica en transferencia, concebida como aquella práctica clínica
en la cual se concede que Ello hable, pagando cada participante con su persona, especialmente el psicoanalista.
Introducción.
De todo lo anterior parece desprenderse que la verdadera fecha de la conferencia fue el 21 de abril de 1896. El presente
trabajo puede considerarse una reproducción ampliada de la primera sección del que lo antecedió, el segundo artículo
sobre las neuropsicosis de defensa (1896b Aquí se ofrecen con más detalle los hallazgos de Freud en torno de las causas
de la histeria, con algún comentario acerca de las dificultades que tuvo que superar para llegar a ellos. Dedica mucho
más espacio (especialmente en la sección II) a las vivencias sexuales infantiles que, según suponía, se hallaban detrás
de los síntomas posteriores. Lo mismo que en los trabajos previos, opina que esas experiencias son invariablemente
provocadas por adultos; la existencia de la sexualidad infantil era todavía cosa del futuro. Hay, sin embargo, una
insinuación (en págs. 212-3) de lo que en Tres ensayos de teoría sexual (1905d), AE, 7, pág. 173, llamaría el carácter
«perverso polimorfo» de la sexualidad infantil.
22
Unidad 5
Entre otros puntos de interés para el estudioso, señalemos la creciente tendencia a preferir las elucidaciones psicológicas
a las neurológicas (pág. 202) y una primera tentativa de resolver el problema de la «elección de neurosis» (págs.217-8),
tema este que retornaría constantemente a la palestra.
Sería deseable que existiria un segundo camino para alcanzar la etiología de la histeria, gracias al cual uno se supiera
menos dependiente de lo que indican los enfermos.
Si de manera más o menos parecida uno quiere hacer hablar a los síntomas de una histeria como testigos de la historia
genética de la enfermedad, deberá partir del sustantivo descubrimiento de Josef Breuer: los síntomas de la histeria
(dejando de lado los estigmas) derivan su determinismo de ciertas vivencias de eficacia traumática que el enfermo ha
tenido, como símbolos mnémicos de las cuales ellos son reproducidos en su vida psíquica. Uno deberá aplicar el
procedimiento de Breuer para reorientar la atención del enfermo desde el síntoma hasta la escena en la cual y por la cual
el síntoma se engendró; y, tras la indicación del enfermo, uno elimina ese síntoma estableciendo, a raíz de la
reproducción de la escena traumática, una rectificación de efecto retardado del decurso psíquico de entonces.
Los análisis emprendidos siguiendo a Breuer parecen abrir al mismo tiempo el acceso hacia las causas de la histeria. Si
aplicamos este análisis a una gran serie de síntomas en numerosas personas, tomaremos noticia de una correspondiente
gran serie de escenas de eficacia traumática. En estas vivencias estuvieron en vigor las causas eficientes de la histeria;
tenemos derecho a esperar, entonces, que por el estudio de las escenas traumáticas averiguaremos qué influjos
produjeron los síntomas histéricos, y de qué modo lo hicieron.
El camino que va de los síntomas de la histeria a la etiología de esta es arduo y pasa por unas conexiones diversas de las
que uno se habría imaginado.
Debemos tener en claro que la reconducción de un síntoma histérico a una escena traumática sólo conlleva una ganancia
para nuestro entendimiento si esa escena satisface dos condiciones: que posea la pertinente idoneidad determinadora y
que se deba reconocerle la necesaria fuerza traumática.
En qué grado cumplen las dos exigencias mencionadas las escenas traumáticas de la histeria, descubiertas por el análisis.
Tropezamos aquí con nuestra primera gran desilusión. Por cierto, algunas veces ocurre que la escena traumática en que
el síntoma se engendró reúne las dos cosas, idoneidad determinadora y fuerza traumática, que nos hacen falta para
entender el síntoma. Pero con más frecuencia, con una frecuencia incomparablemente mayor, hallamos realizada una de
las otras tres posibilidades que tan desfavorables son para nuestro entendimiento: la escena a la cual nos lleva el análisis,
y en que el síntoma apareció por primera vez, no resulta idónea para determinar el síntoma, pues su contenido carece de
todo nexo con la índole de este; o bien la vivencia supuestamente traumática, aun poseyendo un nexo de contenido,
resulta ser una impresión de ordinario inofensiva, que no suele poseer eficacia; o, por último, la «escena traumática»
23
Unidad 5
nos desconcierta en ambos sentidos: aparece inofensiva y también carente de nexo con la especificidad del síntoma
histérico.
Breuer, él —siguiendo a Charcot— suponía que también una vivencia inofensiva puede llegar a ser un trauma y
desplegar fuerza determinadora si afecta a la persona en una particular complexión psíquica, el llamado estado hipnoide.
No obstante, yo hallo que a menudo falta todo asidero para presuponer tales estados hipnoides. Y lo decisivo es que la
doctrina de los estados hipnoides no ayuda en nada para solucionar las otras dificultades.
Reconducciones de la índole descrita, que no conforman a nuestro entendimiento con relación al determinismo ni a la
eficacia traumática, tampoco brindan ganancia terapéutica alguna; el enfermo conserva intactos sus síntomas.
Sabemos ya, por Breuer, que los síntomas histéricos se solucionan cuando desde ellos podemos hallar el camino hasta
el recuerdo de una vivencia traumática. Si ahora el recuerdo descubierto no responde a nuestras expectativas, ¿no será
que es preciso seguir un trecho más por el mismo camino? ¿No será que tras la primera escena traumática se esconde
una segunda que acaso cumplirá mejor nuestras exigencias y cuya reproducción desplegará mayor efecto terapéutico,
de suerte que la escena hallada primero sólo poseería el significado de un eslabón dentro del encadenamiento asociativo?
¿Y no podrá ocurrir que se repita varias veces esta situación, o sea, que se intercalen muchas escenas ineficaces como
unas transiciones necesarias en la reproducción, hasta que uno, desde el síntoma histérico, alcance por fin la escena de
genuina eficacia traumática, la escena satisfactoria en los dos órdenes, el terapéutico y el analítico? Y bien, señores, esta
conjetura es correcta. Toda vez que la escena hallada primero es insatisfactoria, decimos nosotros al enfermo que esta
vivencia no explica nada, pero es fuerza que tras ella se esconda una vivencia anterior más sustantiva; y siguiendo la
misma técnica, guiamos su atención hacia los hilos asociativos que enlazan ambos recuerdos, el hallado y el por hallar.
La continuación del análisis lleva entonces, siempre, a la reproducción de nuevas escenas del carácter esperado.
Es como si la acción conjugada de ambas escenas posibilitara el cumplimiento de nuestros postulados, a saber: la primera
proporciona la fuerza traumática por el terror, y la otra, por su contenido, el efecto determinador.
La cadena asociativa siempre consta de más de dos eslabones; las escenas traumáticas no forman unos nexos simples,
como las cuentas de un collar, sino unos nexos ramificados, al modo de un árbol genealógico, pues a raíz de cada nueva
vivencia entran en vigor dos o más vivencias tempranas, como recuerdos; en resumen: comunicar la resolución de un
solo síntoma en verdad coincide con la tarea de exponer un historial clínico completo.
Pero no omitamos señalar de manera expresa en este punto una tesis que el trabajo analítico a lo largo de estas cadenas
de recuerdos ha proporcionado inesperadamente. Hemos averiguado que ningún síntoma histérico puede surgir de una
vivencia real sola, sino que todas las veces el recuerdo de vivencias anteriores, despertado por vía asociativa, coopera
en la causación del síntoma.
Aquellos raros casos en que el análisis reconduce enseguida el síntoma a una escena traumática de buena idoneidad
determinadora y fuerza traumática, y al tiempo que así lo reconduce lo elimina (lal como lo describe Breuer en el historial
clínico de Anna O.);''' constituirían unas poderosas objeciones contra la validez universal de la tesis que acabo de
formular. Y de hecho así lo parece; no obstante, tengo las más fundadas razones para suponer que aun en esos casos está
presente un encadenamiento de recuerdos eficaces que se remonta mucho más atrás de la escena traumática, por más
que únicamente la reproducción de esta última pueda tener por consecuencia la cancelación del síntoma.
Es realmente sorprendente, opino, que unos síntomas histéricos sólo puedan generarse bajo cooperación de unos
recuerdos, sobre todo si se considera que estos últimos, según todos los enunciados de los enfermos, no habían entrado
en la conciencia en el momento en que el síntoma se presentó por vez primera. Aquí hay tela para muchísimas
reflexiones.
Un caso que ofrece varios síntomas, por medio del análisis se llega, a partir de cada síntoma, a una serie de vivencias
cuyos recuerdos están recíprocamente encadenados en la asociación. Al comienzo, las diversas cadenas de recuerdos
24
Unidad 5
presentan, hacia atrás, unas trayectorias distintas, pero, como ya se indicó, están ramificadas; desde una escena se
alcanzan al mismo tiempo dos o más recuerdos, y, a su vez, de estos parten cadenas colaterales cuyos distintos eslabones
acaso están asociativamente enlazados con eslabones de la cadena principal.
Las cadenas asociativas para los diversos síntomas empiezan a entrar luego en recíprocos vínculos; los árboles
genealógicos se entretejen. A raíz de cierta vivencia de la cadena mnémica, para el vómito por ejemplo, además de los
eslabones retrocedentes de esta cadena fue despertado un recuerdo de otra cadena, que es el fundamento de otro síntoma,
por ejemplo un dolor de cabeza. Por eso aquella vivencia pertenece a las dos series, constituyendo así un punto nodal.
No importa el caso o el síntoma del cual uno haya partido, infaliblemente se termina por llegar al ámbito del vivenciar
sexual. Así se habría descubierto, por vez primera, una condición etiológica de síntomas histéricos.
Si someten al más riguroso examen mi tesis según la cual también la etiología de la histeria residiría en la vida sexual,
ella sale airosa de la prueba, como lo indica el hecho de que en unos dieciocho casos de histeria pude discernir ese nexo
para cada síntoma singular y, toda vez que las circunstancias lo permitieron, corroborarlo con el éxito terapéutico.
En el único intento explicativo para el mecanismo fisiológico y psíquico de la histeria que yo me he podido plasmar
como resumen de mis observaciones, la injerencia de unas fuerzas pulsionales sexuales se me ha convertido en una
premisa indispensable.
Entonces, se llega finalmente, luego de que las cadenas mnémicas han convergido, al ámbito sexual y a unas pocas
vivencias que las más de las veces corresponden a un mismo período de la vida, la pubertad. A partir de estas vivencias
uno debe inferir la etiología de la histeria, y comprender por medio de ellas la génesis de síntomas histéricos. Sin
embargo, aquí se sufre una nueva y grave desilusión. Las vivencias tan laboriosamente halladas, destiladas de todo el
material mnémico, esas vivencias traumáticas que parecen últimas, tienen sin duda en común aquellos dos caracteres —
sexualidad y período de la pubertad—,
pero en lo demás son muy heterogéneas y de valor dispar. En algunos casos, ciertamente, son unas vivencias que es
preciso reconocer como traumas graves y en otros casos, tales vivencias son de una asombrosa nimiedad. Si las vivencias
tanto son graves como banales, si lo que se deja discernir como los traumas últimos de la histeria tanto son experiencias
en el cuerpo propio como impresiones visuales y comunicaciones oídas, acaso nos tiente la interpretación de que las
histéricas son unas criaturas de una constitución particular —probablemente a consecuencia de una disposición heredada
o de una atrofia degenerativa—, en quienes el horror a la sexualidad, que en las personas normales desempeña cierto
papel en la pubertad, se acrecienta hasta lo patológico y se vuelve duradero; serían, en cierta medida, personas que no
pueden responder de manera suficiente en lo psíquico a las demandas de la sexualidad. Es cierto que en esa tesis se
descuidaría la histeria de los varones, pero aun si no mediaran objeciones gruesas como esta, la solución no parece muy
tentadora por sí misma. Con demasiada nitidez se tiene aquí la sensación intelectual de estar frente a algo entendido a
medias, algo que permanece todavía oscuro e incompleto.
Por suerte para nuestro esclarecimiento, algunas de las vivencias sexuales de la pubertad muestran luego una
insuficiencia apta para incitarnos a proseguir el trabajo analítico. Porque sucede que también estas vivencias pueden
carecer de idoneidad determinadora. ¿Qué tal si se dijera que uno debe buscar el determinismo de estos síntomas en
otras vivencias, que se remonten todavía más atrás? Es cierto que así se llega a la época de la niñez temprana, la época
anterior al desarrollo de la vida sexual, lo que parece entrañar una renuncia a la etiología sexual. Pero, ¿no se tiene
derecho a suponer que tampoco en la infancia faltan unas excitaciones sexuales leves, y, más aún, que acaso el posterior
desarrollo sexual está influido de la manera más decisiva por vivencias infantiles? Es que unos influjos nocivos que
afectan al órgano todavía no evolucionado, a la función en proceso de desarrollo, causan asaz a menudo efectos más
serios y duraderos que los que podrían desplegar en la edad madura. Así se ganaría cierta perspectiva de esclarecer como
algo adquirido tempranamente lo que hasta ahora era preciso poner en la cuenta de una predisposición que, empero, la
herencia no volvía inteligible. Y como unas vivencias infantiles de contenido sexual sólo podrían exteriorizar un efecto
psíquico a través de sus huellas mnémicas, ¿no sería este un bienvenido complemento a aquel resultado del análisis
según el cual un síntoma histérico sólo puede nacer con la cooperación de recuerdos?
25
Unidad 5
II
Si tenemos la perseverancia de llegar con el análisis hasta la niñez temprana, hasta el máximo donde llegue la capacidad
de recordar de un ser humano, en todos los casos moveremos a los enfermos a reproducir unas vivencias que por sus
particularidades, así como por sus vínculos con los posteriores síntomas patológicos, deberán considerarse la etiología
buscada de la neurosis. Estas vivencias infantiles son a su vez de contenido sexual, pero de índole mucho más uniforme,
se trata de unas experiencias sexuales en el cuerpo propio, de un comercio sexual.
Tesis: en la base de todo caso de histeria se encuentran una o varias vivencias de experiencia sexual prematura, y
pertenecientes a la tempranisima niñez.
A esto tengo para replicar que los reparos generales a la confiabilidad del método psicoanalítico sólo se podrán apreciar
y descartar cuando se disponga de una exposición completa de su técnica y, sus resultados; pero en cuanto a los reparos
dirigidos a la autenticidad de las escenas sexuales infantiles, ya hoy se los puede aventar con más de un argumento. En
primer lugar, el comportamiento de los enfermos mientras reproducen estas vivencias infantiles es en todos sus aspectos
inconciliable con el supuesto de que las escenas serían algo diverso de una realidad que se siente penosa y se recuerda
muy a disgusto. Antes de la aplicación del análisis, los enfermos nada saben de estas escenas; suelen indignarse si uno
les anuncia el afloramiento de ellas, y sólo en virtud de la más intensa compulsión del tratamiento pueden ser movidos
a embarcarse en su reproducción, padecen las más violentas sensaciones, que los avergüenzan y procuran ocultar,
mientras evocan a la conciencia estas vivencias infantiles, y aun después que tornaron a recorrerlas de tan convincente
modo intentan denegarles creencia, insistiendo en que respecto de ellas no les sobrevino un sentimiento mnémico.
(NOTA agregada en 1924: Todo esto es correcto, pero debe considerarse que en aquella época yo todavía no me había
librado de la sobrestimación de la realidad y el menosprecio por la fantasía.)
Existe, además, toda una serie de otras garantías sobre la realidad objetiva de las escenas sexuales infantiles. Primero,
su uniformidad en ciertos detalles. Segundo, que en ocasiones los enfermos describen como inocentes unos procesos
cuyo significado evidentemente no comprenden, pues de lo contrario por fuerza los espantarían. las escenas infantiles
prueban ser por su contenido unos irrecusables complementos para la ensambladura asociativa y lógica de la neurosis,
y sólo tras su inserción se vuelve el proceso inteligible.
Hay casos en que se obtiene un éxito terapéutico total o parcial sin que se haya debido descender hasta las vivencias
infantiles, y otros en que no se obtiene éxito alguno hasta que el análisis no alcanza su término natural con el
descubrimiento de los traumas más tempranos. Yo opino que en el primer caso no se está a salvo de recidivas; mi
expectativa es que un psicoanálisis completo ha de significar la curación radical de una histeria.
Y tales relaciones infantiles, como enseguida lo oirán ustedes, en modo alguno son raras; muy a menudo sucede que
ambos copartícipes contraen después una neurosis, a pesar de lo cual creo que fue una gran suerte haber conseguido yo
una corroboración objetiva tal en dos casos sobre dieciocho. Una vez fue el hermano varón (que se había mantenido
sano) quien, sin que yo lo exhortara a ello, corroboró, cierto que no las más tempranas vivencias sexuales con su hermana
enferma, pero al menos escenas de esa índole durante la niñez más tardía de ellos, y el hecho de haber mantenido unas
relaciones sexuales que se remontaban más atrás. Y otra vez ocurrió que dos mujeres bajo tratamiento habían mantenido
de niñas comercio sexual con la misma persona masculina, a raíz de lo cual se habían producido algunas escenas a trois.
b. Entonces, en experiencias sexuales de la infancia, consistentes en estimulaciones de los genitales, acciones semejantes
al coito, etc., deben reconocerse en último análisis aquellos traumas de los cuales arrancan tanto la reacción histérica
frente a unas vivencias de la pubertad como el desarrollo de síntomas histéricos. Seguramente se elevarán, desde dos
lados diferentes, dos objeciones opuestas entre sí contra esta tesis. Unos dirán que abusos sexuales de esa índole,
perpetrados contra niños o por niños entre sí, son demasiado raros para que se pudiera abarcar con ellos el
condicionamiento de una neurosis tan frecuente como la histeria. Otros aducirán quizá que tales vivencias son, por el
26
Unidad 5
contrario, muy frecuentes, demasiado como para atribuirles un significado etiológico a su comprobación. Por último se
nos dirá, como poderoso argumento, que en los estratos inferiores de la población la histeria no es sin duda más frecuente
que en los superiores.
Nuestra defensa por lo más fácil. Paréceme cierto que nuestros niños están expuestos a ataques sexuales mucho más a
menudo de lo que uno supondría me enteré por algunos colegas de la existencia de varias publicaciones de pediatras
que se quejan por la frecuencia de prácticas sexuales perpetradas por nodrizas y niñeras aun en lactantes. Habría derecho
a esperar que, incrementada la atención hacia este tema, muy pronto se corroboraría la gran frecuencia de vivencias
sexuales y quehacer sexual en la niñez.
En los dieciocho casos sin excepción (de histeria pura, y de histeria combinada con representaciones obsesivas, seis
hombres y doce mujeres), tomé noticia, como ya he consignado, de tales vivencias sexuales de la infancia. Puedo
clasificar mis casos en tres grupos, de acuerdo con el origen de la estimulación sexual. En el primer grupo se trata de
atentados únicos o al menos de abusos aislados, las más de las veces perpetrados en niñas por adultos extraños a ellas.
Segundo grupo persona adulta cuidadora del niño introdujo al niño en el comercio sexual y mantuvo con él una relación
amorosa formal. Tercero, relaciones infantiles genuinas, vinculos sexuales entre dos niños de sexo diferente, que a
menudo continuaron hasta pasada la pubertad y conllevaron las más persistentes consecuencias para la pareja en
cuestión. En la mayoría de mis casos se averiguó un efecto combinado de dos o más de estas etiologías; en algunos, la
acumulación de vivencias sexuales de diferente origen era directamente asombrosa.
Ahora bien, cuando había una relación entre dos niños, en ciertos casos se consiguió probar que el varón —que por
cierto desempeña aquí el papel agresivo— había sido seducido antes por una persona adulta del sexo femenino, y luego,
bajo la presión de su libido prematuramente despertada y a consecuencia de la compulsión mnémica, buscó repetir en
la niñita justamente las mismas prácticas que había aprendido del adulto, sin emprender él mismo una modificación
autónoma en la variedad del quehacer sexual.
Por lo dicho, me inclino a suponer que sin seducción previa los niños no podrían hallar el camino, hacia unos actos de
agresión sexual. Según eso, el fundamento para la neurosis sería establecido en la infancia siempre por adultos, y los
niños mismos se trasferirían entre sí la predisposición a contraer luego una histeria.
¿Cuáles serán esos otros factores de que ha menester aún la «etiología específica» de la histeria para producir realmente
la neurosis? Por hoy sólo necesito mostrar el punto de contacto donde se articulan ambas partes del tema —etiología
específica y auxiliar—. Sin duda entrará en cuenta un número considerable de factores: la constitución heredada y
personal, la sustantividad interior de las vivencias sexuales infantiles, sobre todo su frecuencia; En la etiología de las
neurosis tienen tanto peso las condiciones cuantitativas como las cualitativas; para que la enfermedad devenga
manifiesta es preciso que sean rebasados ciertos valores de umbral.
Puedo recordarles que hace algunos años señalé un factor hasta ahora poco apreciado, para el cual reclamé el papel
principal en la provocación de la histeria después de la pubertad. Consigné entonces que el estallido de la histeria se
deja reconducir, de manera casi regular, a un conflicto psíquico: una representación inconciliable pone en movimiento
la defensa del yo e invita a la represión. Pero en aquel momento no supe indicar las condiciones bajo las cuales ese afán
defensivo tiene el efecto patológico de esforzar de manera efectiva hacia lo inconsciente el recuerdo penoso para el yo,
y crear en su lugar un síntoma histérico. Hoy lo complemento; La defensa alcanza ese propósito suyo de esforzar fuera
de la conciencia la representación inconciliable cuando en la persona en cuestión, hasta ese momento sana, están
presentes unas escenas sexuales infantiles como recuerdos inconscientes, y cuando la representación que se ha de
reprimir puede entrar en un nexo lógico o asociativo con una de tales vivencias infantiles.
Vivencias sexuales infantiles. En nuestros enfermos esos recuerdos nunca son concientes; y más aún, los curamos de su
histeria mudando en concientes sus recuerdos inconscientes de las escenas infantiles. No importa la sola existencia de
las vivencias sexuales infantiles; cuenta también una condición psicológica. Estas escenas tienen que estar presentes
como recuerdos inconscientes; sólo en la medida misma en que son inconscientes pueden producir y sustentar síntomas
27
Unidad 5
histéricos. Permítanme indicarles sólo la tesis que el análisis nos ha proporcionado como un primer resultado: Los
síntomas histéricos son retoños de unos recuerdos de eficiencia inconsciente.
c. Si sostenemos que unas vivencias sexuales infantiles son la condición básica, la predisposición, por así decir, para la
histeria; que ellas producen los síntomas histéricos, pero no de una manera inmediata, sino que al principio permanecen
ineficientes y sólo cobran eficiencia patógena luego, cuando pasada la pubertad son despertadas como unos recuerdos
inconscientes; si tal sostenemos, pues, estamos obligados a dar razón de las numerosas observaciones que comprueban
la emergencia de una afección histérica ya en la niñez y antes de la pubertad. Pero también esta dificultad se disipa si
consideramos más ceñidamente los datos, obtenidos mediante los análisis, sobre las circunstancias temporales de las
vivencias sexuales infantiles.
Es que entonces uno averigua que en nuestros casos graves la formación de síntomas histéricos empieza, no de manera
excepcional, sino más bien regularmente, con el octavo año, y que las vivencias sexuales, que no exteriorizan ningún
efecto inmediato, todas las veces se remontan más atrás, hasta el tercero o cuarto, o hasta el segundo año de vida. Como
en ningún caso la cadena de las vivencias eficientes se interrumpe con el octavo año, yo tengo que suponer que ese
período de la vida en que se produce el empuje de crecimiento de la segunda dentición forma para la histeria una frontera,
traspuesta la cual su causación se vuelve imposible. Si alguien no tiene unas vivencias sexuales más tempranas, a partir
de ese momento ya no puede quedar predispuesto a la histeria; y quien las tenga, puede desarrollar ya unos síntomas
histéricos.
Así obtenemos una indicación de que cierto estado infantil de las funciones psíquicas, así como del sistema sexual, es
indispensable para que una experiencia sexual sobrevenida en ese período despliegue luego, como recuerdo, un efecto
patógeno. Sin embargo, no me atrevo a pronunciarme con más precisión sobre la naturaleza de este infantilismo psíquico
y su deslinde temporal.
d. A una ulterior objeción acaso podría chocarle que el recuerdo de las vivencias sexuales infantiles hubiera de
exteriorizar un efecto patógeno tan grandioso, cuando el vivenciarlas como tal ha permanecido ineficaz. Es que de hecho
no estamos habituados a que de una imagen mnémica partan unas fuerzas que faltaron a la impresión real. Ninguna de
las escenas posteriores en que se generan los síntomas es la eficiente, y las vivencias genuinamente eficientes no
producen al principio efecto alguno. Es cierto que uno se siente invitado a una síntesis si pasa revista a la serie de
llamativas condiciones de las que hemos llegado a tomar noticia, a saber: para formar un síntoma histérico tiene que
estar presente un afán defensivo contra una representación penosa; además, esta tiene que mostrar un enlace lógico o
asociativo con un recuerdo inconsciente a través de pocos o muchos eslabones, que en ese momento permanecen por
igual inconscientes; por otra parte, aquel recuerdo inconsciente sólo puede ser de contenido sexual, y su contenido es
una vivencia sobrevenida en cierto período infantil; así las cosas, uno no puede dejar de preguntarse: ¿cómo es posible
que este recuerdo de una vivencia en su momento inofensiva exteriorice póstumamente el efecto anormal de guiar un
proceso psíquico, como lo es la defensa, hasta un resultado patológico, mientras a todo esto el recuerdo mismo
permanece inconsciente?
III
Todo caso de histeria muestra unos síntomas cuyo determinismo no proviene de vivencias infantiles, sino de vivencias
posteriores, a menudo recientes. Es cierto que otra parte de los síntomas se remonta a las más tempranas vivencias; son,
por así decir, de la más vieja alcurnia. Entre ellos se cuentan, sobre todo, las tan numerosas y múltiples sensaciones y
parestesias en los genitales y otras partes del cuerpo que simplemente corresponden al contenido de sensación de las
escenas infantiles en una reproducción alucinatoria. Otra serie de fenómenos histéricos frecuentísimos (el tenesmo
vesical, la sensación de defecar, asco a los alimentos, etc) se pudieron distinguir en mis análisis igualmente como
derivados de esas mismas vivencias infantiles, y se explicaron sin trabajo a partir de unas propiedades constantes de
ellas. En efecto, las escenas sexuales infantiles son enojosas propuestas para el sentimiento de un ser humano
sexualmente normal; contienen todos los excesos consabidos entre libertinos e impotentes.
28
Unidad 5
Toda vez que la relación se juega entre dos niños, el carácter de las escenas sexuales sigue siendo empero repelente,
pues en todos los casos supone una seducción previa de uno de los niños por un adulto. Las consecuencias psíquicas de
tales relaciones infantiles son extraordinariamente profundas; las dos personas permanecen para el resto de su vida
enlazadas entre sí por una atadura invisible.
En ocasiones, son circunstancias colaterales de estas escenas sexuales infantiles las que en años posteriores cobran poder
determinador sobre los síntomas de la neurosis.
Suele suceder que la fuerza determinadora de las escenas infantiles se esconde tanto que inevitablemente se la descuidará
en un análisis superficial. En ese caso, uno cree haber hallado la explicación de cierto síntoma en el contenido de una
de las escenas posteriores, y luego, en la trayectoria del trabajo, choca con el mismo contenido en una de las escenas
infantiles, de suerte que en definitiva se ve precisado a decirse que la escena posterior debe su fuerza determinadora de
síntomas a su concordancia con las escenas tempranas. No por eso supondré insignificantes las escenas posteriores; si
mi tarea fuera elucidar ante ustedes las reglas de la formación de síntomas histéricos, tendría que reconocer como una
de esas reglas la siguiente: se escoge como síntoma aquella representación cuyo realce es el efecto conjugado de varios
factores, que es evocada simultáneamente desde diversos lados; es lo que en otro lugar he intentado formular mediante
esta tesis: los síntomas histéricos son sobredeterminados.
Hay sobre todo un hecho capaz de desorientarnos en la inteligencia psicológica de los fenómenos histéricos, un hecho
que parece advertirnos que no hemos de medir con el mismo rasero los actos psíquicos de histéricos y normales. Y es
la desproporción que hallamos en los histéricos entre estímulo psíquicamente excitador y reacción psíquica; lo principal
del fenómeno, la reacción histérica anormal, hipertrófica, admite una explicación diversa, que es sustentada por
numerosos ejemplos tomados del análisis. Y esta explicación reza: La reacción de los histéricos es exagerada solo en
apariencia; tiene que aparecernos así porque nosotros sólo tenemos noticia de una pequeña parte de los motivos de los
cuales brota.
Esta reacción es proporcional al estímulo excitador, vale decir, normal, y psicológicamente entendible. Lo inteligimos
tan pronto como el análisis agrega a los motivos manifiestos, conscientes para el enfermo, aquellos otros que obraban
sin que el enfermo supiera nada de ellos y, por tanto, sin que nos los pudiera comunicar.
No es la última mortificación, mínima en sí, la que produce el ataque de llanto, el estallido de desesperación, el intento
de suicidio, con desprecio por el principio de la proporcionalidad entre el efecto y la causa, sino que esta pequeña
mortificación actual ha despertado y otorgado vigencia a los recuerdos de muchas otras mortificaciones, más tempranas
e intensas, tras los cuales se esconde todavía el recuerdo de una mortificación grave, nunca restañada, que se recibió en
la niñez.
Puntos histerógenos; si ustedes tocan uno de esos lugares singularizados, hacen algo que no se proponían: despiertan un
recuerdo capaz de desencadenar un ataque convulsivo, y como ustedes nada saben de ese eslabón psíquico intermedio,
referirán el ataque, como efecto, directamente al contacto de ustedes como causa. Los enfermos se encuentran en esa
misma ignorancia y por eso caen en errores semejantes: de continuo establecen «enlaces falsos» entre la ocasión última
conciente y el efecto que depende de tantos eslabones intermedios.
La reacción histérica frente a un estímulo psíquico, que ella no es, empero, normal; preguntarán: ¿por qué los sanos se
comportan de otro modo?; Es que se recibe la impresión de que en los histéricos guardan su virtud eficiente todas las
vivencias antiguas frente a las cuales ya a menudo se reaccionó, y se reaccionó tormentosamente; como si estas personas
fueran incapaces de tramitar estímulos psíquicos. Y es así, señores; de hecho es preciso suponer verdadero algo de esa
índole. No olviden que las vivencias antiguas de los histéricos exteriorizan su efecto en una ocasión actual como
recuerdos inconscientes.
29
Unidad 5
Debo declarar que el papel etiológico de las vivencias sexuales infantiles no se limita al campo de la histeria, sino que
de igual manera rige para la asombrosa neurosis de las representaciones obsesivas, y aun quizá para las formas de la
paranoia crónica y otras psicosis funcionales.
La reunión de histeria y representaciones obsesivas bajo el título de «neurosis de defensa». Ahora es preciso agregar —
cosa que en verdad no se habría esperado de manera general— que todos mis casos de neurosis obsesiva permitieron
discernir un trasfondo de síntomas histéricos, las más de las veces sensaciones y dolores, que se remontaban justamente
a las más antiguas vivencias infantiles.
Ante el análisis, las representaciones obsesivas por lo general se desenmascaran como unos encubiertos y mudados
reproches a causa de agresiones sexuales en la infancia; por eso se las encuentra más a menudo en varones que en
mujeres, y en los varones las representaciones obsesivas son más frecuentes que la histeria.
Yo podría inferir de ahí que el carácter de las escenas infantiles, a saber, que se las haya vivenciado con placer o sólo
pasivamente, tiene un influjo que comanda la elección de la posterior neurosis. Pero no me gustaría subestimar el influjo
de la edad a que sobrevienen esas acciones infantiles, y otros factores. Sólo podrá esclarecernos sobre esto el examen
de ulteriores análisis; ahora bien, si se llegan a averiguar los factores que gobiernan la decisión entre las formas posibles
de las neuropsicosis de defensa, otra vez será un problema puramente psicológico conocer el mecanismo en virtud del
cual se plasma cada forma singular.
Introducción.
Estuvo inmerso en un acontecimiento trascendental: su autoanálisis. Iniciado en el verano de 1897, ya lo llevó a los
pocos meses a algunos descubrimientos fundamentales: el abandono de la teoría sobre la etiología traumática de las
neurosis (21 de septiembre. Carta 69), AE, 1, pág. 301; el descubrimiento del complejo de Edipo (15 de octubre. Carta
71), AE, 1, pág. 307; y el gradual reconocimiento de la sexualidad infantil como un hecho normal y universal (p. ej., 14
de noviembre, Carta 75), AE, 1, pág. 312.
De todos estos desarrollos (y de sus concomitantes avances en la comprensión de la psicología de los sueños) apenas si
hay huellas en el presente artículo; y a ello obedecía, sin duda, el desdén que el autor sentía por él.
Pero si en su primera parte el presente trabajo contiene poco más que una reenunciación de las concepciones anteriores
de Freud sobre la etiología de las neurosis, nos ofrece luego, como nuevo elemento, un abordaje de problemas
sociológicos.
Strachey.
-Freud-
Unos factores de la vida sexual constituyen las causas más próximas y de mayor sustantividad práctica en todos los
casos de afección neurótica. Esta doctrina no es enteramente nueva; desde siempre, todos los autores atribuyeron cierta
significatividad a los factores sexuales en la etiología de las neurosis. Quien quiera convencerse de que las neurosis de
sus enfermos realmente se entraman con su vida sexual no podrá evitar el indagarlos por esta última e instarlos a su
veraz esclarecimiento. Pero en esto mismo, se argüirá, radica el peligro para el individuo y para la sociedad. El médico,
oigo decir, no tiene ningún derecho a inmiscuirse en los secretos sexuales de sus pacientes. Se concluirá, entonces, que
es su deber ético mantenerse alejado de todo el asunto sexual.
Si factores de la vida sexual se disciernen real y efectivamente como causas patológicas, averiguar tales factores y
traerlos a colación se convierte, sin más reparos, en un deber del médico. La lesión del pudor en que de ese modo incurre
30
Unidad 5
no es diversa ni más enojosa, se diría, que la inspección de los genitales femeninos por él emprendida para curar una
afección local, a realizar la cual la propia academia lo obliga.
No es cierto que el examen de asuntos sexuales y el ser consabedor de ellos amenace la autoridad del médico frente a
sus pacientes. El médico puede dañar en todos los casos si es torpe e inescrupuloso, y esto es tan válido para los restantes
casos como para la investigación de la vida sexual de sus pacientes. Quien de sí mismo sepa que las revelaciones de la
vida sexual le provocan unas voluptuosas cosquillas en vez de un interés científico, hará bien en mantenerse apartado
del tema de la etiología de las neurosis. Sólo le pediremos que también permanezca ajeno al tratamiento de los
neuróticos.
Tampoco es cierto que los enfermos opongan insuperables obstáculos a una exploración de su vida sexual. Los adultos,
tras breve vacilación, suelen recapacitar con estas palabras: «Pero estoy con el médico, a quien es lícito decirle todo».
El médico experto no enfrenta a sus enfermos sin estar él preparado, y de ordinario no les pedirá esclarecimiento, sino
la mera corroboración de lo que conjetura.
En la pintura de sus síntomas patológicos, que con harta presteza proporcionan, ellos dejan traslucir al mismo tiempo la
noticia sobre los factores sexuales escondidos.
La morfología de las neurosis se traduce con facilidad a etiología, y del discernimiento de esta se infieren, como es
evidente, nuevas indicaciones terapéuticas.
Ahora bien, en cada caso la decisión más sustantiva, que debe tomarse con certeza mediante una evaluación cuidadosa
de los síntomas, atañe a saber si se está frente a los caracteres de una neurastenia o de una psiconeurosis (histeria,
neurosis obsesiva). (Con enorme frecuencia se presentan casos mixtos en que se aúnan signos de la neurastenia con los
de una psiconeurosis; pero reservemos su apreciación para más adelante.) Sólo en las neurastenias el examen de los
enfermos permite descubrir factores etiológicos pertenecientes a la vida sexual; es que aquí, desde luego, ellos son
consabidos para los enfermos y pertenecen al presente o, mejor dicho, al período de la vida que comienza con la
madurez genésica (si bien este deslinde no permite abarcar todos los casos). En las psiconeurosis, ese examen es poco
fructífero; quizá nos anoticie sobre unos factores que es
preciso reconocer como ocasionamientos, que pueden entramarse o no con la vida sexual. A pesar de ello, la etiología
de las psiconeurosis se sitúa siempre en lo sexual. Por un curioso rodeo, del que luego hablaremos, uno puede llegar a
tomar noticia de esa etiología, y a concebir que el enfermo no sepa decirnos nada de ella. Y es que los sucesos e
injerencias que están en la base de toda psiconeurosis no corresponden a la actualidad, sino a una época de la vida del
remoto pasado, por así decir prehistórica, de la primera infancia, y por eso no son consabidos para el enfermo. Este los
ha olvidado.
O sea, hay una etiología sexual en todos los casos de neurosis, pero en las neurastenias ella es de índole actual, y en las
psiconeurosis son factores de naturaleza infantil: he ahí la primera gran oposición en la etiología de las neurosis. Otra
oposición surge si se toma en cuenta un distingo dentro de la sintomatología de la neurastenia como tal. Aquí hallamos,
por un lado, casos en que pasan al primer plano ciertos achaques característicos de la neurastenia, mientras que en otros
casos estos signos quedan relegados, y el cuadro patológico se compone de otros síntomas, todos los cuales permiten
discernir un nexo con el síntoma nuclear de la «angustia». Al primer tipo de neurastenia le he dejado su nombre, pero
al segundo lo he singularizado como «neurosis de angustia». Para nuestros fines, basta poner de relieve que junto con
la diversidad sintomática entre las dos formas corre pareja una diferencia en la etiología. La neurastenia se deja
reconducir siempre a un estado del sistema nervioso como el que se adquiere por una masturbación excesiva o el que
engendran unas frecuentes poluciones; y en la neurosis de angustia generalmente se hallan unos influjos sexuales que
tienen en común el factor de la contención o la satisfacción incompleta. En el breve ensayo donde me empeñe en
introducir la neurosis de angustia, declaré esta fórmula: La angustia es, en general, libido desviada de su empleo.
Cuando en un caso se aúnan síntomas de la neurastenia y de la neurosis de angustia, vale decir, cuando se está frente a
un caso mixto, uno se atiene a la tesis, averiguada por vía empírica, de que una contaminación entre neurosis corresponde
a la acción conjugada de varios factores etiológicos; y siempre halla corroborada esa expectativa. Valdría la pena estudiar
31
Unidad 5
en detalle cuán a menudo estos factores etiológicos se enlazan entre sí orgánicamente en virtud del nexo de los procesos
sexuales.
Si pues, frente al caso, uno diagnostica con certeza una neurosis neurasténica y agrupa sus síntomas de manera correcta,
podrá traducir la sintomatología a una etiología y entonces pedir sin ambages al enfermo la corroboración de las
conjeturas que uno ha hecho. No debe desorientarnos que inicialmente nos contradiga; si uno persevera en lo que ha
inferido e insiste en lo inconmovible de su convencimiento, termina por triunfar sobre toda resistencia. De ese modo,
uno averigua toda clase de cosas sobre la vida sexual de los seres humanos, a punto de poder llenar un libro entero, útil
e instructivo. Pero también aprende a lamentar, en todo sentido, que hoy la ciencia de lo sexual se siga considerando
vergonzosa. Siendo las desviaciones más pequeñas respecto de una vita sexualís normal demasiado frecuentes para que
se pudiera atribuir un valor a su descubrimiento, sólo se habrá de considerar esclarecedora una anormalidad grave y
prolongada en la vida sexual de los pacientes neuróticos.
La apariencia de que existirían, no obstante, «casos negativos» puede generarse también de otra manera. A veces el
examen comprueba una vida sexual normal en personas cuya neurosis, para la observación superficial, se asemeja
realmente mucho a una neurastenia o una neurosis de angustia. Pero una investigación más profunda suele poner en
descubierto el verdadero estado de cosas. Tras esos casos que uno creyó de neurastenia, se esconde una psiconeurosis
(una histeria o una neurosis obsesiva). En particular la histeria, que imita a tantas afecciones orgánicas, puede fácilmente
espejar una de las neurosis actuales.
Opino que a todos los factores etiológicos para la génesis de la neurastenia consabidos por los autores, y probablemente
reconocidos con justicia, se suman los sexuales, que hasta ahora no se habían apreciado lo suficiente. Y, por otra parte,
estimo que estos últimos merecen que se les asigne una posición particular dentro de la serie etiológica." En efecto, sólo
ellos no están ausentes en ningún caso de neurastenia; sólo ellos son capaces de producir la neurosis sin más auxilio, de
suerte que aquellos otros factores parecen quedar rebajados al papel de una etiología auxiliar y suplementaria; y sólo
ellos permiten al médico discernir unos vínculos ciertos entre su diversidad y los múltiples cuadros clínicos.
Las causas sexuales son también las que más asidero ofrecen al médico para su acción terapéutica. La herencia es sin
duda un factor sustantivo toda vez que está presente; permite que sobrevenga un gran efecto patológico donde de
ordinario se produciría uno muy leve. Pero la herencia es inasequible al influjo médico; cada quien trae congénitas sus
inclinaciones patológicas hereditarias, y nada se puede modificar en ello. Y tampoco podemos olvidar que, justamente
en la etiología de las neurastenias, por fuerza hemos de denegar a la herencia el primer rango. La neurastenia (en sus
dos formas) se cuenta entre las afecciones que fácilmente puede adquirir cualquiera, aunque esté exento de lastre
hereditario.
El valor de los influjos agotadores subsiste con la limitación antes indicada; pero por cierto se abusa en exceso del factor
del surmenage, que tan a menudo los médicos indican a sus pacientes como la causa de su neurosis. Es por completo
verdadero que si alguien está predispuesto a la neurastenia por unos influjos sexuales nocivos, soportará mal el trabajo
intelectual y los empeños psíquicos de la vida, pero nadie se volverá neurótico por obra del trabajo o de la irritación
solamente. Antes bien, el trabajo intelectual es un medio protector frente a una eventual afección neurasténica; Los
médicos tendrán que acostumbrarse a dar al funcionario que se ha «agotado» en su oficina, o al ama de casa a quien las
tareas hogareñas se le han vuelto demasiado pesadas, el esclarecimiento de que no han enfermado porque intentarán
cumplir con sus deberes, en verdad livianos para un cerebro civilizado, sino porque entretanto han descuidado y
estropeado groseramente su vida sexual.
Sólo la etiología sexual, además, nos posibilita entender todos los detalles de los historiales clínicos neurasténicos, las
enigmáticas mejorías en medio de la trayectoria de la enfermedad, así como los empeoramientos igualmente
inexplicables que médicos y enfermos suelen relacionar con la terapia emprendida.
La terapia hoy usada para la neurastenia, tal como se la practica quizá de la manera más favorable en los institutos de
cura de aguas, tiene por meta mejorar el estado nervioso mediante dos factores: protegerlo al paciente y fortalecerlo. Yo
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Unidad 5
no sabría objetar otra cosa a esta terapia que su descuido de las condiciones sexuales del caso. Según mi experiencia, es
en extremo deseable que los orientadores médicos de esos institutos tengan suficientemente en claro que no están ante
víctimas de la civilización o de la herencia, sino ante tullidos de la sexualidad. Si tal hicieran, por una parte se explicarían
mejor sus éxitos y sus fracasos, y por la otra obtendrían éxitos nuevos, hasta ahora librados al azar o a la conducta
espontánea del enfermo. Resulta claro entonces que las tareas terapéuticas que la neurastenia requiere deben ser
abordadas, no en los institutos de cura de aguas, sino dentro de las circunstancias vitales de los enfermos.
El médico no habituado a traducir neurastenia a masturbación se explica el estado patológico remitiéndose a lemas como
anemia, alimentación insuficiente, surmenage, etc., y espera que con el empleo de la terapia concebida para tales males
el enfermo ha de curar.
Si el médico supiera que el enfermo ha luchado todo el tiempo con su hábito sexual, sabría arrebatarle su secreto,
desvalorizar a sus ojos la gravedad de este, y apoyarlo en su lucha para deshabituarse; por esa vía se aseguraría el éxito
de la terapia.
Ahora bien, deshabituar de la masturbación es sólo una de las nuevas tareas terapéuticas que impone al médico la
consideración de la etiología sexual, y justamente ella, como cualquier otra deshabituación, parece solucionable sólo en
un sanatorio y bajo permanente vigilancia del médico. Librado a sí mismo, el masturbador suele recaer, a cada
contingencia desazonadora, en la satisfacción que le resulta cómoda. El tratamiento médico no puede proponerse aquí
otra meta que llevar al neurasténico ahora fortalecido a un comercio sexual normal, pues a la necesidad sexual, una vez
despierta y satisfecha durante cierto tiempo, ya no es posible imponerle silencio, sino sólo desplazarla hacia otro camino.
Otra tarea es la que plantea al médico la etiología de la neurosis de angustia, y consiste en mover al enfermo a que
abandone todas las variedades nocivas del comercio sexual y adopte unos vínculos sexuales normales. Como bien se
entiende, ello es deber sobre todo del médico de confianza del enfermo.
Sólo quiero elucidar la mejor postura que podía adoptar frente a este problema un médico que reconociera la etiología
sexual de las neurosis. lo necesario es asistir con consejos médicos a un matrimonio que se propone limitar la
concepción, toda vez que no se quiera dejar a merced de la neurosis a uno de los cónyuges o a ambos.' Es imposible
poner en tela de juicio que prevenciones malthusianas se volverán indispensables alguna vez dentro de un matrimonio.
El médico esclarecido se reservará entonces decidir las condiciones bajo las cuales se justifica el empleo de medidas
anticonceptivas, y entre estas distinguirá las nocivas de las inocuas. Nocivo es todo cuanto estorba que advenga la
satisfacción.
El logro principal que podemos alcanzar en favor de los neurasténicos atañe a la profilaxis. Si la masturbación es la
causa de la neurastenia en la juventud, y luego, por el aminoramiento de la potencia, que ella produce, cobra también
significatividad etiológica para la neurosis de angustia, prevenir la masturbación en ambos sexos es una tarea que merece
más atención de la que se le ha prestado hasta ahora.
Nuestra civilización tiene que aprender a conciliarse con las exigencias de nuestra sexualidad.
El valor de una correcta separación diagnóstica entre las psiconeurosis y la neurastenia se muestra también en que las
primeras reclaman una diversa apreciación práctica y particulares medidas terapéuticas. Las psiconeurosis aparecen bajo
dos clases de condiciones: o de manera autónoma, o a la zaga de las neurosis actuales (neurastenia y neurosis de
angustia). En el segundo caso se está frente a un tipo nuevo, por lo demás muy frecuente, de neurosis mixta. La etiología
de la neurosis actual se ha convertido en etiología auxiliar de la psiconeurosis; el resultado es un cuadro clínico que, por
ejemplo, está dominado por la neurosis de angustia, pero también contiene rasgos de la neurastenia genuina, de la histeria
y de la neurosis obsesiva.
Que la neurosis de angustia se haya acusado hasta volverse predominante prueba que la enfermedad se ha generado bajo
el influjo etiológico de una nocividad sexual actual. Ahora bien, el individuo en cuestión estaba además predispuesto a
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Unidad 5
una o varias psiconeurosis en virtud de una etiología particular, y en algún momento habría contraído una psiconeurosis
espontáneamente o por el agregado de algún otro factor debilitante. Y entonces, la etiología auxiliar que faltaba para la
psiconeurosis fue provista por la etiología actual de la neurosis de angustia.
(Nota: Aunque este concepto es de antigua data, aquí se presenta la expresión por vez primera. El distingo entre las
«neurosis actuales» y las psiconeurosis ya está implícito en la contribución de Freud a Estudios sobre la histeria (1895),
y se lo enuncia con más claridad en el segundo de los trabajos sobre las neuropsicosis de defensa (1896), donde a
aquellas se las denomina «neurosis simples». En esta época, Freud solía designarlas «las neurosis» a secas.)
Para tales casos se ha impuesto, con acierto, la práctica terapéutica de prescindir de los componentes psiconeuróticos en
el cuadro clínico y tratar exclusivamente la neurosis actual. Y en muchísimos casos uno consigue enseñorearse también
de la [psico]neurosis concomitante si contrarresta la neurastenia de manera adecuada. Sin embargo, reclaman
apreciación diversa los casos de psiconeurosis que restan como secuela independiente luego de trascurrida una afección
mixta de neurastenia y psiconeurosis, o que aparecen de manera espontánea. Cuando hablo de aparición «espontánea»
de una psiconeurosis, no quiero decir que en la exploración anamnésica se echaría de menos todo factor etiológico. Sin
embargo, en todos esos casos, sin excepción, se comprueba que la etiología genuina de las psiconeurosis no se sitúa en
tales ocasionamientos; permanece inasible para una anamnesis realizada de la manera habitual.
Como es notorio, esta laguna es la que se ha intentado llenar mediante el supuesto de una predisposición neuropática
particular, que si existiera no dejaría por cierto muchas perspectivas de éxito para una eventual terapia de tales estados
patológicos. La predisposición neuropática misma es concebida como signo de una degeneración general, y así esté
cómodo expediente verbal se usa en demasía contra los pobres enfermos a quienes los médicos son impotentes para
socorrer. La predisposición neuropática existe, en efecto, pero yo dudo de que baste para producir la psiconeurosis. Y
cuestionó, además, que la conjugación de una predisposición neuropática con unas causas ocasionadoras, sobrevenidas
en el curso de la vida, pudiera constituir una etiología suficiente para las psiconeurosis. Se ha ido demasiado lejos en la
reconducción de los destinos patológicos del individuo a las vivencias de sus antepasados, olvidando que entre la
concepción y la madurez vital se extiende un largo y sustantivo trecho, la infancia, en que pueden adquirirse los
gérmenes de una posterior afección. Es lo que de hecho sucede en el caso de las psiconeurosis. Su etiología eficiente
está en vivencias de la infancia, y también aquí ciertamente —y de manera exclusiva—, en impresiones que afectan la
vida sexual. Uno yerra al descuidar por completo la vida sexual de los niños; hasta donde alcanza mi experiencia, ellos
son capaces de todas las operaciones sexuales psíquicas, y de muchas somáticas. Así como no es cierto que los genitales
exteriores y ambas glándulas genésicas constituyan todo el aparato sexual del ser humano, tampoco su vida sexual
empieza sólo con la pubertad. Es verdad, empero, que la organización y el desarrollo de la especie humana aspiran a
evitar un quehacer sexual más vasto en la infancia. A partir de estos nexos acaso se comprenda por qué unas vivencias
sexuales de la infancia forzosamente tendrán un efecto patógeno. Pero sólo en mínima medida despliegan su efecto en
la época en que se producen; mucho más sustantivo es su efecto retardado, que sólo puede sobrevenir en períodos
posteriores de la maduración. Este efecto retardado arranca, como no podría ser de otro modo, de las huellas psíquicas
que las vivencias sexuales infantiles han dejado como secuela. En el intervalo entre vivenciar estas impresiones y su
reproducción (o, más bien, el reforzarse los impulsos libidinosos que de aquellas parten), no sólo el aparato sexual
somático sino también el aparato psíquico ha experimentado una sustantiva plasmación, y por eso a la injerencia de esas
vivencias sexuales tempranas sigue ahora una reacción psíquica anormal: se generan formaciones psicopatológicas.
En estos apuntes, yo sólo podría indicar los principales factores en que se apoya la teoría de las psiconeurosis: el efecto
retardado, el estado infantil del aparato genésico y del instrumento anímico.
Como los fenómenos de las psiconeurosis se generan por el efecto retardado de unas huellas psíquicas inconscientes,
sólo serán asequibles para una psicoterapia que en esto debe transitar otros caminos que los de la sugestión con o sin
hipnosis, únicos hasta ahora recorridos. Basándome en el método «catártico» indicado por J. Breuer, he llegado a
desarrollar casi por completo en los últimos años un procedimiento terapéutico que llamaré «psicoanalítico»; le debo
ya numerosos éxitos, y me es lícito esperar que acrecentaré todavía considerablemente su eficacia. En mis Estudios
sobre la histeria (en colaboración con J. Breuer), publicados en 1895, se dieron las primeras comunicaciones sobre la
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Unidad 5
técnica y el alcance del método. Desde entonces, tengo derecho a aseverarlo, es mucho lo que se lo ha perfeccionado.
Si en ese tiempo nosotros declarábamos con modestia poder abordar sólo la eliminación de síntomas histéricos, no la
curación de la histeria misma, este distingo se me ha revelado después evidentemente vacío, y en consecuencia se me
ha abierto la perspectiva de una curación efectiva de la histeria y de las representaciones obsesivas.
La terapia psicoanalítica no es por el momento de aplicación universal; tengo noticia de las siguientes limitaciones:
Exige cierto grado de madurez e intelección en el enfermo, y por eso es inepta para personas infantiles o adultos
imbéciles o incultos. No sirve para personas demasiado ancianas, pues les demandaría un tiempo excesivo en proporción
al material acumulado, de suerte que la terminación de la cura caería en un período de la vida en que la salud nerviosa
ya deja de tener valor. Por último, sólo es posible cuando el enfermo tiene un estado psíquico normal desde el cual se
pueda dominar el material patológico. Nada se consigue con los recursos del psicoanálisis durante una confusión
histérica, una manía o melancolía interpoladas. Sin embargo, estos casos pueden ser sometidos a nuestro procedimiento
después que con las medidas habituales se han apaciguado los fenómenos tormentosos. En la práctica, los casos de
psiconeurosis tolerarán mejor el método que los casos de crisis agudas, en que el centro de gravedad se sitúa
naturalmente en la rapidez de la tramitación. De ahí que las fobias histéricas y las diversas formas de la neurosis obsesiva
constituyan el más propicio campo de trabajo para esta nueva terapia.
Que el método esté encerrado dentro de esos límites se explica en buena parte por las constelaciones bajo las cuales se
vio precisado a constituirse. Es que mi material son neuróticos crónicos de los estamentos más cultos. Considero muy
posible que se puedan desarrollar procedimientos complementarios para niños y para el público que demanda asistencia
en los hospitales. Tengo que señalar también que hasta ahora he probado mi terapia exclusivamente en casos graves de
histeria y de neurosis obsesiva. Como bien se comprende, un tratamiento nuevo, que reclama muchos sacrificios, sólo
puede contar con aquellos enfermos que ya han ensayado infructuosamente los métodos terapéuticos conocidos o cuyos
estados permiten inferir que nada tendrían que esperar de esas terapias supuestamente más cómodas y breves.
Las dificultades esenciales que todavía hoy se oponen al método terapéutico psicoanalítico no residen en él mismo, sino
en la incomprensión de médicos y legos sobre la esencia de las psiconeurosis.
Sería más digno, y más llevadero para el enfermo que el médico declarara la verdad tal como cotidianamente la conoce:
las psiconeurosis, como género patológico, en modo alguno son afecciones leves. Una vez que una histeria comienza,
nadie puede saber de antemano cuándo terminará. Las más de las veces uno se consuela en vano profetizando: «Algún
día, de pronto, se pasará». Asaz a menudo la curación revela ser un mero pacto de recíproca tolerancia entre lo sano y
lo enfermo del paciente, o sobreviene por el camino de la trasmudación de un síntoma en una fobia. La histeria de la
muchacha soltera, trabajosamente apaciguada, reaparece, tras la breve interrupción que le procuró la dicha conyugal
recién estrenada, en la histeria de la esposa, sólo que ahora es otra persona, el marido, quien por interés propio callará
sobre la afección. Toda vez que a consecuencia de la enfermedad no se llega a una manifiesta incapacidad para existir,
casi nunca faltan los menoscabos al libre despliegue de las fuerzas anímicas. Las representaciones obsesivas retornan
durante toda la vida; las fobias y otras limitaciones de la voluntad no han podido ser influidas hasta ahora por ninguna
terapia. La sinceridad de los médicos y el acatamiento de los legos se establecerán también para las psiconeurosis cuando
se convierta en patrimonio común de los primeros la intelección sobre la esencia de estas afecciones. Su tratamiento
psicoterapéutico radical reclamará siempre una particular instrucción y será incompatible con el ejercicio de otra
actividad médica.
Sobre las trasposiciones de la pulsion, en particulas del erotismo anal. (Freud 1917)
La observación psicoanalítica me sugirió la conjetura de que la coincidencia constante de estas tres cualidades del
carácter: ordenado, ahorrativo y terco, es indicio de un refuerzo de los componentes anal-eróticos en la constitución
sexual de esas personas.
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Unidad 5
Desde entonces se ha generalizado la concepción de que cada una de las tres cualidades, avaricia, minuciosidad pedante
y terquedad, proviene de las fuentes pulsionales del erotismo anal o (dicho de manera más cauta y completa) reciben
poderosos suplementos de esas fuentes.
Algunos años después, extraje la conclusión de que en el desarrollo de la libido humana había que suponer, antes de la
fase del primado genital, una «organización pregenital» en la que el sadismo y el erotismo anal desempeñan los papeles
rectores.
Puede servir como punto de partida de estas elucidaciones la impresión de que en las producciones de lo inconsciente -
ocurrencias, fantasías y síntomas— los conceptos de caca (dinero, regalo), hijo y pene se distinguen con dificultad y
fácilmente son permutados entre sí. Esos elementos a menudo son tratados en lo inconsciente como si fueran
equivalentes entre sí y se pudiera sustituir sin reparo unos por otros.
Esto se aprecia mejor respecto de los vinculos entre «hijo» y «pene». Al hijo y al pene se los llama el “pequeño”. El
lenguaje simbólico suele prescindir de la diferencia entre los sexos. El «pequeño», que originariamente mentaba al
miembro masculino, puede pasar a designar secundariamente el genital femenino.
Si se investiga con la suficiente profundidad la neurosis de una mujer, no es raro toparse con el deseo reprimido de
poseer un pene como el varón. Un fracaso accidental en su vida como mujer, que en sí mismo es hartas veces
consecuencia de una fuerte disposición masculina, ha reactivado este deseo infantil y lo ha hecho convertirse, por el
reflujo de la libido, en el principal portador de los síntomas neuróticos. En otras mujeres no se registra en absoluto este
deseo del pene; su lugar está ocupado por el deseo del hijo, cuya frustración en su vida puede desencadenar la neurosis.
En otras mujeres, aún, se averigua que ambos deseos estuvieron presentes en la infancia y se relevaron el uno al otro.
Primero quisieron tener un pene como el varón y en una época posterior, siempre dentro de la infancia, apareció en su
reemplazo el deseo de tener un hijo. Uno no puede rechazar la impresión de que factores accidentales de la vida infantil
son los responsables de esta diversidad.
El destino que experimenta ese deseo infantil del pene cuando en la vida posterior están ausentes las condiciones de las
neurosis. Se muda entonces en el deseo del varón; el varón es aceptado como un apéndice del pene. Mediante esa
mudanza, una moción contraria a la función sexual femenina se convierte en una favorable a ella. De ese modo se
posibilita a esas mujeres una vida amorosa según el tipo masculino del amor de objeto, que puede afirmarse junto al
genuinamente femenino, derivado del narcisismo. Ya hemos dicho que en otros casos es sólo el hijo el que produce el
paso del amor narcisista de sí mismo al amor de objeto. Por consiguiente, también en este punto el hijo puede ser
subrogado por el pene.
El valor del proceso descrito reside en que trasporta hasta la feminidad un fragmento de la masculinidad narcisista de la
joven y así lo vuelve inocuo para la función sexual femenina. Por otro camino, también un sector del erotismo de la fase
pregenital deviene idóneo para ser aplicado en la fase del primado genital. El hijo es considerado por cierto como
“Lumpf” (véase el análisis del pequeño Hans), como algo que se desprende del cuerpo por el intestino; así, un monto de
investidura libidinosa aplicado al contenido del intestino puede extenderse al niño nacido a través de él. Un testimonio
lingüístico de esta identidad entre hijo y caca es el giro «recibir de regalo un hijo». En efecto, la caca es el primer regalo,
una parte de su cuerpo de la que el lactante sólo se separa a instancias de la persona amada y con la que le testimonia
también su ternura sin que se lo pida, pues en general no empuerca a personas ajenas. En torno de la defecación se
presenta para el niño una primera decisión entre la actitud narcisista y la del amor de objeto. O bien entrega obediente
la caca, la «sacrifica» al amor, o la retiene para la satisfacción autoerótica o, más tarde, para afirmar su propia voluntad.
Con esta última decisión queda constituido el desafío (terquedad) que nace, pues, de una porfía narcisista en el erotismo
anal.
Entonces, una parte del interés por la caca se continúa en el interés por el dinero; otra parte se trasporta al deseo del hijo.
Ahora bien, en este último coinciden una moción anal-erótica y una moción genital (envidia del pene). Pero el pene
posee también una significatividad anal-erótica independiente del interés infantil. El bolo fecal es por así decir el primer
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Unidad 5
pene, y la mucosa excitada es la del recto. Hay personas cuyo erotismo-anal ha permanecido intenso e inmudado hasta
la epoca de la pubertad. En otros —neuróticos obsesivos— se puede tener noticia del resultado de una degradación
regresiva de la organización genilal. Se exterioriza en que toda clase de fantasías originariainente de concepción genital
se trasladan a lo anal, el pene es sustituido por el palo de caca, la vagina por el intestino.
Cuando el interés por la caca retrocede de manera normal, la analogía orgánica aquí expuesta hace que aquel se trasfiera
al pene. Si luego en la investigación sexual se averigua que el hijo ha nacido del intestino, él pasara a ser el principal
heredero del erotismo anal, pero el predecesor del hijo había sido el pene, tanto en este como en aquel sentido.
Del erotismo anal surge, en un empleo narcisista, el desafío como una reacción sustantiva del yo contra reclamos de los
otros; el interés volcado a la caca traspasa a interés por el regalo y luego por el dinero. Con el advenimiento del pene
nace en la niñita la envidia del pene, que luego se traspone en deseo del varón como portador del pene. Antes, todavía,
el deseo del pene se ha mudado en deseo del hijo, o este último ha reemplazado a aquel. Una analogía orgánica entre
pene e hijo (línea de puntos) se expresa mediante la posesión de un símbolo común a ambos (el «pequeño»). Luego, del
deseo del hijo un camino adecuado a la ratio (línea doble) conduce al deseo del varón.
Otra pieza de este nexo se discierne con mayor nitidez en el varón. Se establece cuando la investigación sexual del niño
lo ha puesto en conocimiento de la falta de pene en la mujer. Así, el pene es discernido como algo separable del cuerpo
y entra en analogía con la caca, que fue el primer trozo de lo corporal al que se debió renunciar. De ese modo el viejo
desafío anal entra en la constitución del complejo de castración.
Cuando aparece el hijo, la investigación sexual lo discierne como «Lumpf» y lo inviste con un potente interés, anal-
erótico. El deseo del hijo recibe un segundo complemento de la misma fuente cuando la experiencia social enseña que
el hijo puede concebirse como prueba de amor, como regalo. Los tres, columna de caca, pene e hijo, son cuerpos sólidos
que al penetrar o salir excitan un tubo de mucosa (el recto y la vagina). De ese estado de cosas, la investigación sexual
infantil sólo puede llegar a saber que el hijo sigue el mismo camino que la columna de heces; por regla general, ella no
llega a descubrir la función del pene.
1.Introducción y antecedentes.
37
Unidad 5
Freud lo considera un acto sintomático, sostiene que tienen un significado, un sentido, una intención. Dos registros en
la interpretación. El primero el del significado, se relaciona con el contenido de la interpretación. La segunda parte de
la interpretación asociación con un deseo inconsciente. Los síntomas son formaciones que están más cerca de un acto
que de un sueño. Para referirse al primer registro usa el sentido del síntoma o significación. Para el segundo registro lo
llama la intención o propósito. Los actos sintomáticos poseen un móvil, un sentido y una intención.
Freud entonces, al acto sintomático de los pacientes que dejan la puerta abierta, lo interpreta, ya que les adjudica un
significado y una intención. Quise detenerme en esto para subrayar la importancia decisiva que le otorga al segundo
paso de la interpretación: Freud responde considerando un acto que, por más inadvertido e inconsciente que sea, no deja
de ser una ofensa, y el hace lo que corresponde en ese caso.
El diagnóstico diferencial.
Hasta ese momento han aclarado que: la paciente sabía que el anónimo era falso, también su idea, y además sabía que
ella lo había provocado. Todo esto indicaba que la idea de la infidelidad surgia de un deseo que tenía previo a este
episodio.
El segundo paso de la interpretación, cuál es el deseo que sostiene la idea delirante y desencadena el síntoma.
Freud concluye que el sentido del síntoma, ubicándonos en el segundo registro, no es otro que el de justificar sus propios
deseos de infidelidad. Este es entonces el sentido del síntoma, la intención o el propósito del síntoma.
La obsesión como entidad clínica no tiene la antigüedad de la histeria. La psiquiatría había comenzado a construir esta
entidad apenas unas décadas antes de Freud y fue introducida en la nosología como “locura de duda” y “delirio del
tacto”, con una descripción de los síntomas, destacando ,además de las ideas y los actos compulsivos, la duda, el estado
de irresolución que será considerado fundamental.
Lo fundamental en lo inventado por Freud es haber reunido en un mismo grupo nosológico la neurosis obsesiva y la
histeria. Lo que es decisivo subrayar para entender la originalidad freudiana, es que Janet nunca llega a formular la
distinción psicosis-neurosis (y su categoría psicastenia reúne tanto neurosis como psicosis), y además, tampoco propone
una diferencia entre neurosis y neuropsicosis.
Freu no se limita a poner en un mismo grupo estas dos entidades, sino que lo opone al grupo de las neurosis. Postula
que son de la misma naturaleza psíquica y que tienen un mecanismo común.
“Neurosis obsesiva”, la nominacion y justificación de esta nueva denominación constituye la invención de Freud.
La oposición cuerpo-mente, soma-psique, es una oposición prefreudiana, y sobre ella la psiquiatría ubicaba la diferencia
entre neurosis-psicosis. Por el contrario, Freud reúne en el mismo grupo -Neuropsicosis primero, psiconeurosis después-
la histeria y la obsesión.
La oposición psicoanalítica neurosis-psicosis no está constituida sobre la oposición cuerpo-mente, de allí que la veremos
reaparecer dentro de cada una de esas dos categorías clínicas, es decir, dentro de las psiconeurosis de transferencia: en
el caso de histeria los síntomas se manifiestan en el cuerpo (conversión) y en el de la neurosis obsesiva en la mente,
pero esto ocurre dentro del mismo grupo. De un modo análogo, dentro del grupo de psicosis, ya que la paranoia se
desarrolla fundamentalmente en el registro de lo mental y la esquizofrenia es el cuerpo el que está afectado. Si vemos
reaparecer esa oposición, es siempre secundaria al eje fundamental que es la diferencia neurosis-psicosis.
38
Unidad 5
Es indudable en este punto donde se ubica la originalidad freudiana, es enunciar una afirmación que va en contra de
todas las ideas psiquiátricas de su época.
Freud puede hacer esta agrupación original que le permite ir más allá de la oposición cuerpo-mente. No agrupa solamente
a partir de una descripción de los síntomas, por los síndromes, a partir de lo observable, de lo que se puede describir de
la conducta de un sujeto, sino porque para él, esta nosología no es meramente una descripción de síntomas, sino que
implica además una articulación con la terapia psicoanalítica y un postulado sobre el mecanismo de formación de los
síntomas. De aquí que, con el nombre de neurosis de transferencia, la histeria y la neurosis obsesiva (más tarde la fobia
o histeria de angustia) conformen el grupo de neurosis susceptibles de ser abordadas por el tratamiento psicoanalítico.
Freud “La histeria y la neurosis obsesiva forman el primer grupo de los grupos de neurosis por mi estudiadas.”
Se ve bien como Freud insiste desde el primer momento de su obra en que los dos movimientos son simultáneos y
solidarios, que:
1. extraer la obsesión desde el vago campo de la psicosis para reconocerla como neuropsicosis, es necesario para
2. extraer la histeria del campo de las neurosis y diferenciarla, como neuropsicosis ella también, de la neurastenia.
Ya vimos que cuando Freud crea el cuadro de la neurosis de angustia -otra originalidad freudiana en cuestiones de
nosología- en pocos años es introducida en Francia. Y que su descripción es reconocible aún hoy en el DSM IV. Las
ideas de Freud se difunden rápidamente, solo que, y esto es lo decisivo, despojadas de sus hipótesis psicoanalíticas.
La lección de Kraepelin.
Dos puntos:
● Kraepelin puede ubicar en 1905 la histeria y la obsesión como “miembros de la misma familia”, aunque esta
expresión relativa al parentesco familiar sea totalmente ambigua y
● Aun así no la llama neurosis sino que conservaba el nombre de “locura” obsesiva.
He aquí una observación que contiene la mayor parte de los rasgos con que Freud construirá su caracterización del
síntoma obsesivo y los mecanismos que le dan origen, lo mantienen y lo desarrollan. El ril intento de lucha del sujeto
para sustraerse a ese goce, componente de lo que goce, el esté Freud llamará "tentación" y también los reproches a que
dan origen, nociones freudianas que iremos localizando y delimitando en el recorrido que iniciaremos la clase próxima
por algunos de sus textos sobre la neurosis obsesiva.
Kraepelin, “Un síntoma único, por especial que sea, no autoriza nunca a plantear un diagnóstico; una concepción exacta
de una afección no puede basarse más que en el estudio del cuadro clínico.”
Regla que se ubica en contradicción con nuestra perspectiva estructural, la del fenómeno elemental: cuando se reconoce
en él claramente la estructura, es suficiente un solo fenómeno.
Freud advierte que cuando la neurosis obsesiva presenta un franco predominio de la culpabilidad y de los reproches y
permanece velado el componente de satisfacción pulsional, puede ser confundida con depresión o melancolía.
Kreapelin cuando sea consultado por el Hombre de los lobos, diagnosticara psicosis maniaco-depresiva.
¿Que hacían los psiquiatras con esa acumulacion de saber? Con esa enorme construcción de saberes las indicaciones
terapéuticas son las siguientes:
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Unidad 5
"Del valor clínico de la observación se deduce fácilmente la terapéutica. Contrariamente a lo que dijimos del primer
paciente, la internación, el alejamiento de la familia, la vigilancia en cuanto al suici dio, el reposo en la cama, son los
puntos de primera importancia. Además, conviene dedicar una gran atención al estado de la nutrición y también al sueño.
Se puede igualmente utilizar algunos se dantes, y la asociación de opio con un poco de bromuro me parece
suficientemente adecuada".
Para terminar esta referencia a Kraepelin, es interesante incluir algunos comentarios formulados por Lacan en su
Seminario 5 que resultan pertinentes para el caso de esta paciente. Allí Lacan se pregunta si el hecho tan frecuente de
que la figura de Cristo surja en las imágenes sexuales que conforman el síntoma en la neurosis obsesiva, es contingente
o responde a una necesidad estructural de esta neurosis. En un sujeto formado en la religión cristiana, se entiende. Si se
tratara de un musulmán podría ocurrir que el "pen- samiento del síntoma", si se me permite esta expresión para ser breve,
consis tiera en un versículo del Corán.
En este caso, Lacan critica la interpretación formulada por el analista, quien confunde el querer incorporar un pene con
querer ser un hombre. Si esta mujer quiere tener un pene, dice Lacan, e imagina conseguir uno, que no es cualquiera
sino el de Cristo, no es porque ese sea el falo por excelencia, es porque Cristo mismo es el falo en la medida en que,
como dice el evangelio, es el verbo hecho carne. Ese síntoma obsesivo "sabe", contiene el saber de que el falo no es
cuestión de anatomía sino de relación con el lenguaje. No se trata de una contingencia entonces la referencia a Cristo,
sino de una de las imaginarizaciones posibles de un hecho estructural. En el Seminario 5, Lacan no ha construido todavía
su noción de objeto (a), y por lo tanto tampoco -por lo menos explícitamente su propuesta de que el final del análisis no
coincide con la angustia de castración: el rechazo de la femineidad en el hombre y la envidia del pene en mujer. De
todos modos ni esto, ni sus comentarios sobre ese caso de neurosis obsesiva, ni las nociones sobre la estructura obsesiva
que allí utiliza, hubieran sido posibles sin la elaboración freudiana de la neurosis obsesiva y el retorno a Freud y a la
lectura de sus textos que recorreremos a continuación.
Carácter y neurosis.
Porque para Freud son dos nociones diferentes, y aún contrapuestas. Recién en el texto de 1913: La disposición a la
neurosis obsesiva, la organización sádico-anal será postulada como predisposición común, tanto para la neurosis
obsesiva como para el llamado carácter anal. Pero esto no autoriza a confundir una cosa con la otra, el carácter con la
neurosis.
El hecho de que los fenómenos neuróticos, o psicóticos, se planteen no sólo singularmente sino en la intimidad de cada
sujeto, no quiere decir que no tengan un valor público, o que no haya una conexión con lo que de una manera amplia
podemos llamar lo social. Algunos creen que el consultorio del psicoanalista es un lugar de aislamiento donde el
practicante se desconecta de los problemas sociales. Por el contrario, es un lugar privilegiado donde, una perspectiva
muy definida, se amplifican y se presentan de una manera manifiesta conflictos y efectos subjetivos que reflejan lo
esencial de lo que está ocurriendo en la época.
Pero si nos ubicamos en la perspectiva descriptiva, vemos que el síntoma singular de este sujeto puede considerarse
también como un toma de ese grupo. Esto no es válido solo para las neurosis sino también para las psicosis. En los
síntomas de las psicosis encontramos las problemáticas que corresponden a un escenario social más amplio.
Es el texto fundador de la comunidad nosológica entre histeria y la neurosis obsesiva. Un mecanismo psíquico de
formación de los síntomas común a estas diversas formas, “defensa.”
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Unidad 5
Cuestiones principales:
● Agrupamiento nosológico. (aún utiliza fobias y representaciones compulsivas, cambiará en 1895, en el artículo
sobre neurosis de angustia.) Freud ya utiliza aquí el término neurosis como abreviatura de neuropsicosis.
En cuanto al mecanismo de formación de síntoma conviene dividirlo en dos puntos: la predisposición y el síntoma
propiamente dicho.
● La predisposición. La primera fase, consiste en una disociación de la conciencia. Esta caracterización proviene
de la psiquiatría de su época. Lo original de Freud es afirmar que se trata de una operación y no de un estado,
del efecto de una operación, oponerse a la teoría de la degeneración como etiología de la neurosis. Si esta
disociación no es un rasgo primario debe explicarse entonces de donde proviene.
Freud propone que surge como efecto de un acto de voluntad y agrega que produce una consecuencia que es
distinta de su propósito inicial. Ante una representación inconciliable que suscita un afecto penoso, el sujeto
decide olvidar. (Acto previo)
a. La tarea de considerar como non arrivé la representación inconciliable es imposible porque tanto la
representación como el afecto a ella asociado no pueden ser borrados.
b. Hay un equivalente que puede sustituir parcialmente esa tarea imposible el intento de debilitar la
representación separándola de su afecto.
c. La representación así debilitada queda excluida del trabajo de asociación con otras ideas, conformando
de este modo, el núcleo de un segundo grupo psíquico.
d. Se ha generado así un nuevo problema: qué hacer con el afecto, con la suma de excitación ahora libre.
Hasta aquí el mecanismo de formación del síntoma es idéntico para la histeria y las obsesiones. Sus
diferencias se explican por dos diferentes modos en el empleo de esta excitación.
e. En la histeria, la suma de excitación se traslada al cuerpo. Esta operación es denominada "conversión"
y da cuenta de la formación de los síntomas corporales en la histeria.
f. En la neurosis obsesiva, el afecto permanece en lo psíquico y por un falso enlace es asociado con otras
representaciones que, por esta razón, se transforman en representaciones obsesivas. La ventaja obtenida
es menor que la que se logra por vía de la conversión.
Pero si recordamos la definición del mecanismo de conversión tal como lo trata Freud en el texto de las diferencias de
las parálisis motoras orgánicas e histéricas, al aclarar que, si se trata de la parálisis del brazo, lo que está efectivamente
en juego es la representación del brazo, se puede entonces considerar que el mecanismo de conversión, la transposición
de la excitación a lo corporal, no es sino una forma especial de un falso enlace del afecto con otra representación.
Freud dos años más tarde “Nuevas puntualizaciones sobre la neuropsicosis de defensa.” Sería injusto afirmar que el
primero es metapsicológico y el segundo clínico, ya que sabemos hasta qué punto metapsicología y clínica resultan
permanentemente conjugadas en la obra de Freud.
El trauma está constituido en dos tiempos. Primera experiencia infantil que no tiene todavía un significado sexual.
Segundo tiempo, ya en la pubertad, cuando se produce la maduración sexual, este primer acontecimiento es
resignificado.
N.O:-Actividad
H:-Pasividad
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Unidad 5
Podemos hacer una articulación que, sin duda, es una lectura desde una cierta perspectiva y, por lo tanto, una
interpretación, pero que ayuda a entender lo que Freud está proponiendo al afirmar que toda experiencia de actividad
sexual, de acción placentera, por prematura que sea, "presupone siempre una vivencia de seducción", es decir una
experiencia en la que el sujeto es pasivo, es objeto de la seducción del otro. Podemos hacer corresponder esta experiencia
delimitada por Freud con lo que Lacan llama el encuentro del sujeto con el deseo del Otro: el momento en que el sujeto
entra como objeto, en un principio ambiguo y enigmático, en el circuito del deseo del Otro. Esta experiencia es siempre
traumática y origina angustia.
Un poco más tarde Freud abandona esta teoría de la etiología traumática de las neurosis. La fantasía pasa a ocupar el
primer plano, y junto con el deseo, las fantasías de deseo, constituyen en el sistema freudiano la realidad psíquica. Más
que abandono es una generalización de la teoría traumática. El momento del encuentro con el deseo del Otro es un
momento traumático necesario, determinado estructuralmente, aunque en cada sujeto resulte modulado por las
vicisitudes singulares de su historia. Una necesidad estructural con la cual se ubica la noción de fantasías originarias.
En el historial del Hombre de las ratas la reconocemos en la afirmación de que la neurosis obsesiva es un dialecto de
histeria. Hacia el final de su obra, en Inhibición, síntoma y angustia, va a decir, habiendo ya propuesto la teoría sobre el
desarrollo libidinal (otras organizaciones libidinales anteriores a la organización genital), proporciona una teoría
etiológica algo distinta a la que encontramos en los textos de las neuropsicosis. Para dar cuenta de la neurosis obsesiva
usa la nocion de regresión: una regresión desde la organización genital a la organización anal. En ese momento
encontramos la misma referencia formulada en otros términos: una neurosis obsesiva comienza en forma de histeria a
partir de la regresión se transforma en neurosis obsesiva. De una u otra manera, a lo largo de su obra, Freud mantiene la
hipótesis de una relación entre N.O. e H. En cada momento de su obra la N.O. es una forma clínica dependiente de la
H, la H es primaria, la N.O. es secundaria a la H.
En el texto del Hombre de las ratas, esta relación se expresa en términos estructurales: la neurosis obsesiva es un dialecto,
es una forma, es una variedad de histeria. En los textos de las neuropsicosis, la formulación toma un aspecto evolutivo
que es más bien aparente. Este "en el fondo" no autoriza solamente una lectura cronológica. La última formulación, la
de Inhibición, síntoma y angustia, está expresada en términos de desarrollo. Aún así conviene advertir la paradoja: se
trata de una evolución que consiste en una regresión.
Lo importante es tener en cuenta que para Freud la neurosis obsesiva es una variedad de la histeria, una forma de histeria
que evolucionó de distinta manera. En la nosología freudiana, las oposiciones entre los grandes grupos nosológicos que
la componen son de un tipo diferente a las que se dan en el interior de esos grupos.
Esencia y mecanismo.
Freud: "La esencia de la neurosis obsesiva puede encerrarse en una breve fórmula: las representaciones obsesivas son
reproches transformados de retorno de la represión y referentes siempre a un acto sexual de la niñez ejecutado con
placer..."
Primer momento: Infancia, Freud la caracteriza como inmoralidad infantil. Momento donde ocurren las experiencias
sexuales infantiles.
Este primer periodo contiene dos tiempos, el de las experiencias activas y el de las experiencias pasivas. Hay que
subrayar que, si bien Freud atribuye a las experiencias activas los reproches posteriores, no deja de notar que lo que dará
origen a que el recuerdo de esas experiencias sea reprimido, el factor eficaz en la represión, son las primeras, las
experiencias pasivas. Si bien los reproches se dirigen específicamente a las experiencias activas, sin embargo son las
pasivas las que proveen las condiciones para que sea posible la represión posterior. El segundo período, siguiendo ahora
los dos momentos de la etiología traumática, corresponde al período de la maduración sexual, que constituye el segundo
tiempo del trauma, en el que se resignifican las primeras experiencias infantiles y es allí, dice Freud, donde se enlaza un
42
Unidad 5
reproche al recuerdo de aquellas experiencias sexuales, a partir de lo cual estos recuerdos, estas representaciones, son
reprimidos.
En este período pueden surgir otros síntomas que Freud llama síntomas primarios de defensa. El reproche no es un
síntoma, ya que este proviene de un retorno de lo reprimido, el reproche es lo que va a ser objeto de la represión. Pero
surgen, ya en este momento, unos primeros síntomas, de otro tipo, que Freud llama síntomas de defensa; ¿Qué quiere
decir esto? Son formaciones que se construyen para apoyar y consolidar represión. Considera como síntomas primarios
de defensa el surgimiento de escrúpulos, de vergüenza, o de desconfianza. Surgimiento entonces, que tiene la función
de apoyar y mantener la represión. Por eso no son síntomas propiamente dichos, síntomas de lo reprimido, sino sintomas
de la defensa. El término freudiano es "síntomas primarios de defensa".
El momento de la enfermedad está constituido también por tres periodos. Primero, el retorno de los recuerdos reprimidos
y de las representaciones asociadas a estos recuerdos, “fracaso de la defensa”. Lo que retorna, agrega Freud, puede ser
tanto el recuerdo de las experiencias sexuales reprimidas como los reproches que el sujeto había construido en relación
con ellas, pero con una característica determinada, y aquí nos encontramos ya con la noción específicamente freudiana
de síntoma: que recuerdos y reproches, cuando retornan, lo hacen de una manera deformada, sujetos a una serie de
alteraciones por las cuales ya no son reconocibles. Tanto los recuerdos como los reproches pasan a la conciencia, dice
Freud, pero no sin antes sufrir grandes alteraciones, grandes deformaciones, por lo que son denominadas con el término
"formaciones de compromiso". La represión, si bien ha fracasado, sigue operando.
La variedad clínica.
Hay un tercer periodo en ese momento, pero no está incluido en esta altura.
Freud, distingue y pasa a describir tres formas diferentes de N.O., que no son todavía lo que hemos llamado variedades
clínicas. Sobre estas tres formas luego montará las variedades clínicas.
43
Unidad 5
La primera y la segunda forma se distinguen en función de que lo que pasa a la conciencia, es decir, lo reprimido que
retorna deformadamente, sea el recuerdo o el reproche. Freud afirma que hay una forma -la más típica- en la cual el
síntoma obsesivo propiamente dicho, corresponde al recuerdo de la experiencia sexual infantil, por supuesto que de una
manera alterada, deformada. Aclara que en este caso la deformación se cumple a través de dos vías diferentes, tanto por
la sustitución de algo pasado por algo actual: la sustitución del recuerdo infantil por un recuerdo reciente, como por la
sustitución de lo sexual por algo análogo no sexual. (Cualquier idea puede servir como materia de una representación
obsesiva.)
Entonces, el carácter obsesivo de una representación, la hace obsesiva, no tiene que ver con su contenido, sino con su
origen en tanto proviene de la represión, del retorno de lo reprimido. Esto es lo que determina su carácter: que tengan
un curso psíquico forzoso. Esto implica que, si bien se trata de una representación consciente, se comporta como si fuera
inconsciente, de un modo que no es controlable por la conciencia.
No solo se deforma el contenido representacional del reproche sino también el afecto. Este puede resultar transformado
en cualquier afecto displaciente. Puede ser transformado en vergüenza, en miedo hipocondríaco, en miedo social, en
miedo religioso, etc.
Las dos primeras formas de síntomas que son retornos deformados de lo reprimido -sean recuerdos, sean reproches-,
son calificadas como formacion de transacción. En este párrafo, Freud las llama también con un término que luego usará
en los textos de la metapsicología: "ramificaciones del inconsciente” a veces traducido como "retoños del inconsciente".
Sobre este término, Lacan construirá el de "formaciones del inconsciente".
Junto a estas ramificaciones del inconsciente, a estos retornos deformados de lo reprimido, se van agregando otros
síntomas de naturaleza diferente, que no son -por lo menos en un primer momento- sintomas propiamente dichos (en el
sentido de formaciones de transacción como retorno de lo reprimido), a los cuales Freud denomina, por analogia con
los síntomas primarios de defensa, defensa secundaria. Esta defensa secundaria está conformada por medidas
preventivas que van surgiendo con el propósito de debilitar los síntomas propiamente dichos. De tener éxito estas
medidas preventivas, podría generarse otro período de salud aparente. Pero a esta altura del proceso, lo más probable es
que estas formaciones que surgieron como medidas preventivas, pasen luego a sustituir a la obsesión, es decir, que
adquieren un carácter compulsivo los procedimientos que inicialmente surgieron para evitar la compulsión. Esto es lo
que Freud considera la tercera forma de la neurosis obsesiva, donde la obsesión es transferida, trasladada a las medidas
preventivas.
Actos que Freud denomina “actos obsesivos”, “prácticas obsesivas” o “acciones obsesivas.” Describe también distintas
modalidades o caminos de estas medidas preventivas que luego se convierten en compulsivas: el intento de desviar la
idea obsesiva hacia otras ideas, el intento de elaborar las representaciones obsesivas a través de procedimientos lógicos.
Esto suele dar como resultado lo que Freud llama la compulsión a pensar. Con este término no está describiendo la
representación obsesiva misma sino la medida preventiva cuando se ha convertido en compulsiva. Otra variedad es la
que llama manía de duda. Son entonces diferentes formas en que estas medidas preventivas son aptas, están listas para
transformarse en actos obsesivos que pueden tener distintos significados y que Freud pasa a enumerar. Mencionó
algunos rápidamente: pueden ser actos de penitencia, actos de preservación, fobias de todas las clase, miedo a delatarse,
acciones de aturdimiento para alejar la idea obsesiva.
¿Qué encontramos en la clínica de esta neurosis? Podemos encontrar que un sujeto evoluciona de la primera a la segunda
forma, o bien a una formación mixta de la primera con la segunda. O casos en que el sujeto evoluciona de la primera o
segunda formas a la tercera. Pero también encontramos neurosis obsesivas que oscilan entre unas y otras, es decir, que
periódicamente se vuelcan a los síntomas de retorno o a las medidas preventivas. Y más sorprendente es que Freud
reconoce que existen variedades en que se pasa de un salto directamente a la tercera forma, es decir que se trata de una
variedad clínica en la cual no existen representaciones compulsivas, y que suelen ser los casos más graves que conducen
o a la fijación de ceremoniales compulsivos, o a un estado de duda generalizado, o a un estilo de vida estrafalario
condicionado por todo tipo de fobias.
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Unidad 5
Puedo insistir nuevamente, apoyado ahora en este texto de Freud, en recomendar que no intenten construir un "tipo"
obsesivo. No existe la neurosis obsesiva típica, lo que hay son enormes variaciones en las que se reconocen los rasgos
que definen una estructura obsesiva, de la que, además, recordemos que no es independiente, sino que está en relación
con la estructura histérica.
El sujeto no cree en el contenido de su representación pero igualmente se le impone. Es algo análogo a lo que decimos
del delirio, su carácter de delirio no proviene de que sea razonable o no, verdadero o falso. El carácter obsesivo tampoco
proviene de la intensidad, dice Freud. Su carácter compulsivo, esencial, radica en que la representación no puede ser
resuelta.
El carácter esencial de la compulsión, reside entonces en que no puede ser resuelta/disuelta por la actividad psíquica
consciente, y esto no tiene nada que ver con la creencia de que sea verdadera o falsa, ni con la intensidad, ni tampoco
con que la idea sea más o menos clara, agrega Freud. Su carácter, insiste, reside en su causa. Lo que la convierte en
inatacable por los medios de los que dispone la conciencia, los recursos del sistema consciente, es su fuente: la represión
y el retorno de lo reprimido, su conexión con los recuerdos infantiles reprimidos.
Del lado de la teoría tenemos una unidad, del lado de la clínica, una gran variedad. Hay una esencia y un mecanismo
único de la neurosis obsesiva, según los términos con que Freud se expresa en el texto que estamos comentando, que
sirven, no para reducir la clínica a una forma única, típica, sino para reconocer una misma estructura en fenomenologías
muy diferentes. Esta es la conclusión principal que quiero destacar, por la importancia que adquiere para nuestra materia
y porque condiciona una determinada modalidad del acto diagnóstico.
3. Continuación y ampliación.
Freud mismo lo dice en su introducción al historial del Hombre de las ratas -uno de los textos principales de esta etapa-
, sus indicaciones están destinadas a continuar y ampliar mis primeros estudios sobre la materia, publicados en el año
1896".
Entre esas ampliaciones se debe mencionar, en primer término, la elabora ción sobre la función paterna en la neurosis
obsesiva o, como Freud la llamaba por esa época: el complejo paterno, que se introduce en el historial mencionado y
que encuentra su continuación en otro gran texto de este período que es Tótem y tabú. En segundo lugar, debemos llamar
la atención sobre la diversificación de las formaciones obsesivas consideradas en este período. Lo que en el momento
inicial eran fundamentalmente las representaciones y actos compulsivos como sustitutos de recuerdos y reproches, ahora
se refractan en deseos, temores, tentaciones, impulsos, cavilaciones, dudas, mandatos, prohibiciones. En tercer lugar,
nos ocuparemos de la elaboración sobre un tipo especial de actos compulsivos, los ceremoniales, que son objeto de un
estudio particularizado. Finalmente, incluiremos algunas considera ciones sobre la relación de la neurosis obsesiva con
el carácter anal, cuestión ya introducida en los apartados anteriores.
La neurosis infantil.
La fase infantiles entendida por Freud como una verdadera neurosis. A veces desapercibida, o revelada solo por
pequeños indicios, reconstruida desde la experiencia analitica. En otros casos se manifiesta más francamente,
continuidad en la vida adulta, sin un periodo intermedio de salud aparente.
Hombre de las ratas, neurosis de la infancia de este paciente, incluye tanto un imponente pulsional sexual (el placer de
ver), el deseo intenso de ver desnudas a mujeres (no tiene todavía un carácter obsesivo) y un temor supersticioso, ya
obsesivo, que suceda algo terrible (la muerte del padre) y que origina impulsos a hacer algo para impedirlo.
Incluye, además, una formación delirante (los padres sabrían sus pensamientos porque él los habría declarado sin oirlos
el mismo)
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Unidad 5
La función paterna.
El componente que, en cambio, permanece reprimido es la hostilidad hacia el padre. Lo que se presenta conscientemente
como temor, su muerte, se deriva del deseo, ahora inconsciente, que alguna vez efectivamente tuvo en la infancia,
originado en el carácter perturbador de la figura paterna en relación con la sexualidad.
Las conclusiones de Freud en este caso que pueden generalizarse para la neurosis obsesiva: 1- el conflicto fundamental
está ubicado entre la apetencia pulsional sexual y el padre, 2- la función paterna es identificada como perturbadora del
goce sexual, 3- la consecuente hostilidad que surge en el sujeto hacia el padre corre paralela al amor que siente por él.
Schreber, en cuyo delirio se traduce claramente que el padre, en vez de cumplir el papel de perturbador sexual, promueve
la satisfacción de la exigencia de la pulsión.
“El padre aparece en estas vivencias infantiles como perturbador de la satisfacción sexual buscada por el niño,
generalmente autoerótica. En el desenlace del delirio de Schreber, la tendencia sexual infantil alcanza un triunfo
definitivo: la voluptuosidad se hace piadosa, y Dios mismo (el padre) la exige al enfermo,"
La subsistencia simultánea de amor y odio es denominada por Freud, ambivalencia, y en el capítulo de consideraciones
teóricas con que concluye el historial del Hombre de las ratas es postulada como uno de los caracteres más importantes
de la neurosis obsesiva.
A tal punto resulta decisiva, en la perspectiva freudiana, el conflicto de ambivalencia entre el amor y el odio hacia el
padre en la neurosis obsesiva, que termina por ser ubicado en la base de la duda compulsiva y de la irresolución
característica de la posición del obsesivo y considerado en última instancia como su fuente.
El texto de Tótem y tabú, escrito unos años más tarde, se ubica en continuidad con las elaboraciones freudianas del
historial del Hombre de las ratas, no solo porque el tabú es abordado como si fuera de igual naturaleza que los mandatos
y prohibiciones obsesivas, sino porque el animismo y la magia son equiparados con la omnipotencia del pensamiento
en la neurosis obsesiva. Pero además, por la teoría de la horda primitiva en la que reencontramos la ambivalencia del
complejo paterno reconocida como característica del obsesivo: por una parte, el parricidio con que los hijos ponen fin a
la exclusión impuesta por el padre originario, violento y odiado, que los aparta del acceso a las mujeres pero, por otra
parte, también admirado y amado, por lo cual tras eliminarlo e identificarse con él, se abrieron paso las mociones tiernas,
eI arrepentimiento, que hicieron que el amor hacia el padre muerto se volviera más fuerte que mientras vivía, y que
funcionan como fuente del sentimiento de culpabilidad y de la deuda.
Como se ve, es una generalización de la constelación obsesiva que ahora tiene valor para la constitución de cualquier
sujeto. Lacan la considerará una teoría, como tal, obsesiva, manifestación de la estructura obsesiva de Freud mismo.
La definición de las representaciones obsesivas en los estudios de 1896, donde eran consideradas como recuerdos y
reproches deformados, le parece ahora a Freud, en este período intermedio, excesivamente simple y sobre todo
unificadora, por lo cual se propone reconocer otras formaciones a la vez que precisar mejor sus caracteres generales.
Así extiende y enriquece en mucho el reconocimiento clínico. También distingue mejor las diversas técnicas de
deformación que se ponen en juego en las formaciones obsesivas, entre ellas la deformación por elisión. De este modo
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explora más detenidamente impulsos y tentaciones, los mandamientos y prohibiciones obsesivas -que la mayor parte de
las veces muestran ser compulsiones protectoras-, la compulsión a contar, las acciones en dos tiempos en que el segundo
anula el primero, el pensar obsesivo y los delirios, las fórmulas protectoras, las supersticiones y la omnipotencia del
pensamiento, las fantasías y la conciencia de culpabilidad, la incertidumbre y la duda en sus relaciones con la realidad,
el aturdimiento y la compulsión a comprender.
También estudia diversos componentes pulsionales, tales como la pulsión de ver y la pulsión de saber, los componentes
sádicos de la sexualidad, pero concluye que "lo característico de esta neurosis [obsesiva], aquello que la distingue de la
histeria, no ha de buscarse en la vida pulsional, sino en las circunstancias psicológicas". Esta caracterización se verá
modificada poco tiempo después. Como se ve, el texto del historial del Hombre de las ratas transformó en mucho los
límites del caso del que se ocupa y constituye una amplia reformulación de la elaboración de la neurosis obsesiva.
Freud dice:
“Las personas que realizan actos obsesivos, o que desarrollan ceremoniales pertenecen (...) a una unidad clínica especial
designada habitualmente con el nombre de neurosis obsesiva".
El término carácter obsesivo, Freud dice, que este rasgo distintivo forma parte de otras entidades clínicas.
En el texto que estamos examinando Freud denuncia, no tanto una simplificación, sino una reducción, la de hacer
equivaler la compleja trama de nociones que construyó para dar cuenta de la neurosis obsesiva, identificarla, reducirla
a un único rasgo, el carácter obsesivo. Haciendo de él además un uso meramente descriptivo, a la manera de la
psiquiatría. Hay que decir que no solo los psiquiatras usaron de este modo las nociones freudianas, sino también muchos
psicoanalistas.
Comparemos esto con los textos anteriores a 1900, donde Freud afirmaba con cierta seguridad conocer el mecanismo
distintivo de la neurosis obsesiva y titulaba "esencia de la neurosis obsesiva". Ahora nos encontramos con esta otra
afirmación "que no se ha logrado descubrir el carácter distintivo de la neurosis obsesiva". Hacia el final de su obra, en
Inhibición, síntoma y angustia, encontraremos nuevamente párrafos de esta índole, donde Freud afirma no poder dar
cuenta de la especificidad de la neurosis obsesiva.
Son una clase particular de acciones obsesivas, pequeñas maniobras que son puestas en práctica siempre de la misma
forma. Ante la suspensión del acto surge la angustia (ISA).
Freud introduce una propuesta metodológica, "el equivalente del acto obsesivo". "...el desarrollo del ceremonial puede
describirse exponiendo la serie de aquellas reglas no escritas a las que el acto debe ajustarse fielmente." Es decir, los
ceremoniales se enlazan con mandatos y prohibiciones que están en juego aunque no estén enunciados. La prohibición
resulta desplegada en una serie que va desde la inhibición total del acto, en un extremo, a la de ponerse ciertos
impedimentos, o a la realización de la actividad siempre que se ajuste a ciertas reglas.
Estos ceremoniales son interpretables, tienen un significado, el cual, a su vez, se distingue de su sentido.
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Unidad 5
La distinción de los dos registros de la interpretación, uno que lleva desde el sueño manifiesto al pensamiento del sueño,
y el otro, desde ese pensamiento al deseo que está puesto en juego.
Es importante mantener siempre la distinción entre los dos niveles de la interpretación, uno, el significado, otro, el que
Freud llama la intención del sujeto o el sentido.
Cuando abandona la teoría traumática la conciencia de culpabilidad no depende de hechos sino de los deseos y fantasías.
Una conciencia de culpabilidad inconsciente.
Lo que anteriormente se proponía como etiología traumática, como hechos efectivamente ocurridos, ahora se plantea en
términos de una teoría de la sexualidad infantil compuesta por pulsiones sujetas a la acción de represión. Se trata de la
represión de algunos componentes parciales de la pulsión sexual. El hecho de estar reprimidos no impide que dejen de
tener efectos, uno de los cuales es que el sujeto percibe este impulso reprimido, insatisfecho, como una tentación. La
noción de tentación es otra noción freudiana que adquiere mucha importancia como componente de la estructura
obsesiva.
A su vez esta tentación provoca una expectativa angustiosa y aparecen así ciertos elementos secundarios para mantener
la represión: además de las prohibiciones, la amenaza de castigo en la cual se origina la conciencia de culpabilidad. La
propuesta freudiana ligada a la noción de tentación se deriva de la hipótesis de que el inconsciente no distingue el deseo
fantaseado del deseo realizado. Por lo tanto el sujeto se hace apto para la culpa aun cuando esa pulsión permanezca
reprimida. O se traduce también por la expectativa angustiosa de desgracias o hechos lamentables que sobrevendrían si
se cede a la tentación. Estos hechos desgraciados, cuya ocurrencia se teme, quedan a su vez asociados a la necesidad de
castigo y a la conciencia de culpabilidad. Esta manera en que Freud da cuenta metapsicológicamente de la etiología y
el mecanismo de la neurosis obsesiva, constituye uno de los principales cambios de este periodo con respecto a los textos
anteriores, y abren el camino a cómo serán presentadas estas cuestiones en el historial del Hombre de las ratas.
Con respecto a la histeria, donde el mecanismo de la represión funciona de una manera más eficaz que en la neurosis
obsesiva y de allí la amnesia que la caracteriza. Es muy diferente en el obsesivo debe utilizar continuamente medidas
accesorias para apoyar el proceso de presión.
En relación con esta característica, antes de terminar este artículo. Freud retoma algunas distinciones introducidas
anteriormente, y propone que los ceremoniales obsesivos surgen como medidas de protección contra la tentación, pero
también como protección contra la culpa y contra las desgracias que pueden llegar a ocurrir, es decir el sentido de la
idea de protección es doble. Y cuando esto no resulta suficiente, se llega directamente a la prohibición, lo cual implica
alejarse de toda situación que pueda dar lugar a la tentación.
Encontramos así una de las nociones que desarrollará Lacan en su elaboración de la neurosis obsesiva, al formular la
estructura del deseo en esta neurosis como un deseo imposible. Nociones freudianas como las recién mencionadas son
las que sirven de punto de partida a la noción del deseo como imposible: tal como lo dice Freud que muestra cómo el
obsesivo necesita ir creando medidas que lo alejen cada vez más de las situaciones en que se ponga en juego su deseo.
Que es muy diferente a lo que ocurre en el deseo de la histeria.
Freud no deja de acentuar, como lo hizo en 1896, que estos actos que comenzaron como una protección, y que luego
fueron sustituidos por prohibiciones, son actos transaccionales donde, simultáneamente con el impedimento, se expresa
la satisfacción de una manera deformada.
El sadismo es ubicado por Freud, en este texto, como un desarrollo de la pulsión de aprehensión y está relacionado con
el carácter activo que mantiene como característica de la neurosis obsesiva. Ubica también su desarrollo, notemos de
qué manera tan peculiar, en las vicisitudes de otro componente de la pulsión que denomina la pulsión de saber. El
instinto de saber es propuesto por Freud, en este texto, como un desarrollo de la pulsión de aprehensión sádica.
Primera, las relaciones y oposiciones entre neurosis y carácter, ya introducidas en una clase anterior. Segunda, la noción
de analidad. Porque esta misma organización pregenital, segun lo que ya anticipamos, se ubica en la etiologia del
llamado caracter anal. Esto no quiere decir que haya una equivalencia entre caracter anal y neurosis obsesiva.
“...en el caracter falta algo peculiar al mecanismo de las neurosis que es el fracaso de la represion y el retorno de lo
reprimido.”
La duda, otro síntoma freudiano de la N.O., es también un producto de transacción, entre deseo de saber y el rechazo a
saber.
Ademas del sadismo, hay un segundo componente en esta organizacion pregenital, es el erotismo anal.
De una manera breve, ya que estos temas van a ser desarrollados en otras clases, abordemos una primera ubicación sobre
el modo en que Lacan retoma estas nociones freudianas. Transmito un esquema que, como todo esquema, tiene que ser
usado con cuidado. Dos clásicas distinciones lacanianas: en primer lugar, entre demanda y deseo. Esto nos remite a lo
que es la demanda del Otro y lo que es el deseo del Otro. Es decir, la demanda del Otro, aquello que es pedido de manera
explícita por el Otro. El Otro pide con palabras, es decir con significantes. Por el contrario, el deseo, si bien está
articulado con la demanda, siempre escapa a la cadena del significante, el deseo es aquello que nunca puede ser
totalmente atrapado por el significante. El deseo del Otro siempre permanece como algo enigmático. Montada sobre
esta distinción, establece otra distinción que es la distinción del sujeto y del Otro.
Sobre esta doble distinción, Lacan ubica los objetos de las pulsiones parciales en términos freudianos. Formas del objeto
(a) es su enseñanza: el objeto oral, objeto anal, objero mirada, objeto voz.
Es anal especificamente aquel objeto sobre el que recae el pedido del Otro, la demanda del Otro.
¿Qué es regalo entonces? Es el objeto que se da al Otro. Pero en el caso especial de la analidad -y es algo que resultará
esencial en la estructura del deseo en la neurosis obsesiva- es regalo en tanto es el objeto del pedido del Otro, el objeto
que el otro demanda. Su donación implica una renuncia, la renuncia a un goce autoerótico. Es la temática freudiana de
la educación esfinteriana a través de la cual las heces pasan a ser este objeto que es pedido, demandado por la madre,
pero pedido en determinadas condiciones, es el objeto que debe ser entregado, debe ser cedido, pero no en cualquier
momento y en cualquier lugar, sino en ciertas condiciones de lugar y tiempo. Condiciones que implican exigencias
grandes para un chico que está accediendo a su control de esfínteres.
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Esta cuestión del objeto anal como objeto de la demanda del Otro, asume para Lacan, el valor de una característica
general de las neurosis. Por lo problemático que resulta el deseo para los neuróticos, surge el intento de reducir el deseo
del Otro sustituyéndolo por la demanda del Otro. Esta característica está acentuada en la neurosis obsesiva. Por eso
Lacan llegará a decir que el obsesivo intenta ubicar en el lugar del objeto del deseo, el objeto de la demanda del Otro.
Más todavía, ubicar como objeto del deseo la demanda misma del Otro: quiere que el Otro le pida y cree que el Otro
pide. Para no enfrentarse con el deseo del Otro que encierra un enigma, que angustia, el recurso, la maniobra del obsesivo
es tratar de reducir ese enigmático deseo del Otro a la demanda del Otro, a lo que el Otro pide con sus palabras, evitando
de ese modo preguntarse qué es lo que desea. Trata de eliminar ese trasfondo de deseo que hay en la demanda y reducir
el deseo exactamente a lo que el Otro pide. En la defecación se plantea para el niño una primera decisión entre la posición
narcisista y el amor de objeto.
La satisfacción autoerótica se lee desde Lacan como goce. La cuestión del goce en el obsesivo, una acentuación del goce
autoerótico en comparación con la histérica que, por el contrario, se mantienen su deseo insatisfecho conectada con el
deseo del Otro. Más, es a este deseo del Otro al que mantiene como insatisfecho, y allí la cuestión del goce planteada
en otros términos, más como goce de la privación.
Freud considera que la neurosis obsesiva es un ejemplo más puro de neurosis que la histeria. Ha ubicado la neurosis
obsesiva como paradigma de las neurosis.
Se encuentra a continuación una síntesis de la semiología freudiana de la neurosis obsesiva en la que reúne lo que había
desarrollado en sus textos anteriores. Lo sintetiza de esta manera:
"...los enfermos de neurosis obsesiva muestran generalmente las siguientes manifestaciones: experimentan impulsos
extraños a su personalidad, se ven obligados a realizar actos cuya ejecución no les proporciona placer ninguno pero a
los cuales no pueden sustraerse y su pensamiento se halla invariablemente fijo a ideas ajenas a su interés normal. Tales
ideas que denominamos representaciones obsesivas o compulsivas pueden carecer por sí mismas de todo sentido o ser
tan solo indiferentes pero lo más frecuente es que sean totalmente absurdas. De todos modos, cualquiera sea el carácter
que presenten, constituyen siempre el punto de partida de una intensa actividad intelectual que agota al enfermo, el cual
se ve constreñido contra toda la corriente de su voluntad a cavilar incesantemente en derredor de tales ideas como si se
tratase de sus asuntos personales más importantes...".
Es decir que en este momento, Freud distribuye y clasifica los síntomas obsesivos en tres categorías: impulsos, actos y
representaciones. Ya hemos visto cómo se ocupa extensamente de las representaciones obsesivas y de los actos.
Lección 17: “los impulsos que el enfermo experimenta pueden presentar en ocasiones un carácter infantil y desatinado,
pero la mayor parte de las veces poseen un contenido temeroso sintiéndose el enfermo incitado a cometer graves
crímenes de los que huye horrorizado defendiéndose contra la tentación por medio de toda clase de prohibiciones,
renuncias y limitaciones..."
Recordarán el impulso de cortarse con la navaja de afeitar. Cuando Freud lo analiza describe la formacion de sintoma
en tres tiempos. El primero la fantasía de matar a esa vieja. El segundo un acto punitivo. El tercer tiempo en lugar de
matar a la vieja, hacerse objeto de ese impulso.
Podemos recordar aquí una de las lecciones en la cual Kraepelin intentaba distinguir estas compulsiones obsesivas de la
categoría psiquiátrica de las impulsiones, y entonces decía que en la idea compulsiva se trataba más del temor del sujeto
a realizar ese acto que de la impulsión a realizarlo.
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Agrega que, de todas maneras, esto no nos sirve para contribuir al alivio del paciente, porque en realidad él mismo es el
primero en darse cuenta de estas cosas ya que dice Freud, los sujetos obsesivos presentan una perfecta lucidez y
comparten totalmente nuestra opinión sobre sus síntomas obsesivos, solo que no pueden hacer nada con ellos.
"Esta capacidad de desplazamiento de los síntomas desde su forma primitiva a otra muy alejada y diferente constituye
uno de los principales caracteres de la neurosis obsesiva".
Carácter entonces que contribuye a hacer más extensa la variedad clínica de su presentación. Freud agrega a continuación
algo que podemos considerar una cuarta categoría semiológica, que es la de la duda y la indecisión.
Freud llama indecisión será retomado por Lacan como procrastinación. Lacan destaca la continua postergación en el
obsesivo de sus actos.
De modo que, mientras el significado del síntoma este en la escena en la cual la paciente intenta que permanezcan
separados padre y madre, en lo que llamamos el sentido del síntoma y el sentido de la neurosis, encontramos el propósito,
la intención de no casarse para permanecer junto a sus padres.
Teoría traumática.
El síntoma es transformado por el análisis, por la cura. Podemos ir más allá y decir que es constituido en la cura. Hay
un comienzo aparente del análisis y un comienzo verdadero del análisis. Este comienzo verdadero implica la constitución
del síntoma en los dos registros que hemos distinguido, el del significado y el del sentido, pero más específicamente el
segundo, la intención, la tendencia del síntoma. En este segundo registro encontramos los factores que determinan la
dependencia del sujeto con sus síntomas.
4. La culminación de la elaboración freudiana.
Última etapa de la obra de Freud, a partir de 1921 “Más allá del principio de placer.”, en la cual construye una segunda
teoría de las pulsiones y también introduce cambios en su teoría de la angustia; modificaciones todas que conducen a
ubicar la castración y la angustia de castración en el centro de la producción neurótica. Su elaboración de la N.O. en esta
etapa, contenida fundamentalmente en el texto de 1926 ISA. Avanza especialmente en el examen de la diacronía de esta
neurosis y también estudia detalladamente algunos de sus mecanismos.
Síntoma y angustia.
Freud termina por ubicar metapsicologicamente la angustia como el motor o la iniciación de todo síntoma neurótico,
reconoce clínicamente que hay muchas neurosis en que no se advierten manifestaciones de angustia. En la N.O.la
articulación entre angustia y síntoma aparece con mayor claridad, los síntomas constituyen medidas protectoras que
evitan el desarrollo de angustia.
Angustia y fobias.
Freud a las fobias en su nosología, constituyen la forma neurótica en que la angustia se encuentra en primer plano y de
manera manifiesta. En “más allá del principio del placer”, la fobia como un modo de transformar la angustia en miedo,
es decir, el intento de darle a la angustia un objeto preciso, frente al cual se desencadene el afecto de la angustia.
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“las fobias tan afines a las histerias de conversión que nos hemos creído autorizados a agregarlas a ellas bajo el nombre
especial de ‘histerias de angustia'.”
Esta es la ubicación final que da Freud a las fobias en su nosología, las considera una forma de histeria y, de este modo,
la histeria queda constituida con dos formas, las fobias, por una parte, o histerias de angustia, y las que podríamos llamar
historias propiamente dichas, que en la clasificación son denominadas histerias de conversión.
Freud clasifica la diversidad de los síntomas obsesivos en dos categorías opuestas. Denomina a unos, negativos, y a los
otros, positivos. Estos últimos se refieren a las satisfacciones sustitutivas simbólicamente disfrazadas. Los síntomas de
naturaleza negativa abarcan las prohibiciones, las medidas preventivas, las penitencias.
Que los síntomas aparezcan divididos en estos dos tipo, constituye un rasgo específico de la N.O., ya que, en general,
lo que caracteriza el síntoma es la inclinación a reunir, amalgamar, superponer estas dos tendencias opuestas: la
satisfacción y la represión de esta satisfacción. La tendencia del síntoma es la de reunir, amalgamar, satisfacción y
represión, tendencia que se expresa claramente en el hecho de que se obtenga una satisfacción, pero deformada.
La característica específica de la N.O., en cambio, es que no siempre estas dos tendencias aparecen reunidas en los
síntomas, sino que hay algunos de ellos en los que predomina la satisfacción y otros que queden solamente al servicio
de la defensa. Freud denominó dos tiempos, primero uno que acentúa la satisfacción, y luego un segundo expresa la
prohibición o la anulación.
La neurosis obsesiva comienza como una histeria, por lo tanto sus componentes iniciales se ubican en la organización
fálica y genital de la libido, pero más tarde se produce una regresión a la organización libidinal previa, centrada alrededor
de los impulsos anales y sádicos.
La angustia de castración.
Freud dice que la severidad del superyo en la N.O. no es sino la expresión del sadismo pulsional.
“...podemos limitarnos a reconocer simplemente que en la neurosis obsesiva se constituye un superyó de extraordinaria
severidad y podemos pensar que el rasgo fundamental de esta afección es la regresión de la libido e intentar relacionar
con ella esté indicado carácter del superyó. En realidad el superyó, que procede del ello, no puede sustraerse a la
regresión y a la disociación de las pulsiones en el ello. No es pues de admirar que en la neurosis obsesiva llegue el
superyó a ser más duro, severo y cruel que en un desarrollo normal”.
Encontramos así, la última manera en que Freud da cuenta de la estructura y funcionamiento de la neurosis obsesiva, y
de la formación y el sentido de sus síntomas.
"...el superyó se conduce respecto al yo como si no hubiese tenido efecto represión alguna y trata al yo con arreglo a
esta hipótesis, el yo por un lado que se sabe inocente experimenta por otro un sentimiento de culpabilidad".
Que la culpabilidad no se manifieste no quiere decir que no exista. Podemos ubicar sus sustitutos, Freud lo dice con
toda claridad:
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“...existen también neurosis obsesivas exentas de toda conciencia de culpabilidad en las que a nuestro juicio el yo se ha
evitado la percepción de culpabilidad por medio de una serie de síntomas y restricciones encaminados al autocastigo..."
Podremos reconocer en los síntomas el sentido de castigo, pero no la vivencia de culpabilidad, que debe ser inferida a
partir de aquel sentido. El castigo es el efecto, o si se prefiere, el sustituto de la culpabilidad. La culpabilidad es un
componente esencial en la estructura de la neurosis obsesiva.
Cuanto más avanzada la neurosis, más predomina el componente de la satisfacción pulsional y menos el de la defensa.
La misma defensa se sexualiza y pasa a ponerse al servicio de la satisfacción pulsional. El componente de goce
autoerótico es el que en definitiva se muestra más eficaz en la neurosis obsesiva, a diferencia de la histeria. Freud termina
con una descripción de lo que puede denominarse, tomando prestado ese término a la psiquiatría, el estadio terminal de
la neurosis obsesiva.
“...un yo exteriormente restringido que se ve impulsado a buscar sus satisfacciones en los síntomas es el resultado de
este proceso que se acerca cada vez más al fracaso completo de la tendencia defensiva inicial".
En el capítulo VI de Inhibición, síntoma y angustia, dedicado también a la neurosis obsesiva, Freud introduce lo que
podemos llamar dos mecanismos, o procedimientos, o estrategias, dos técnicas a las que considera auxiliares de la
represión: la primera, la de borrar lo sucedido y la segunda, la del aislamiento. La introducción de este tema surge en
conexión con la cuestión de las diferentes modalidades que toma la represión en la histeria y en la neurosis obsesiva.
Como el efecto de la represión es más marcado en la histeria que en la neurosis obsesiva, esta utiliza una variedad de
estrategias que permiten lograr y mantener aquellos efectos con recursos adicionales.
“Anular lo acontecido" Esta tarea que se propone el obsesivo, obviamente es imposible. Esta imposibilidad es la
condición misma -desde el primer texto sobre las neuropsicosis- de existir el mecanismo de la defensa: una vez que se
ha producido la huella mnemica es imposible eliminarla. Ni siquiera la represión, para Freud la más efectiva de las
defensas, podría alcanzar el propósito. Freud la clasifica de magia negativa (suprimir el suceso mismo).
La segunda técnica auxiliar examinada por Freud es el aislamiento. La podríamos llamar motriz negativa porque se trata
justamente de no realizar ninguna acción. Se separa lo que tendría que unirse por asociación, se la entiende claramente
cuando se la compara con la represión de la histeria y la amnesia que es su consecuencia.
Se trata entonces, de obtener un resultado semejante al de la represión, y en gran parte se logra, porque la impresión no
solo queda aislada sino que "tampoco resulta reproducida en el curso del pensamiento". La asociación libre, prescripta
por la regla fundamental de la técnica psicoanalítica, se orienta en el sentido exactamente contrario. (Tabú del contacto)
Las condiciones del entorno cultural determinan cambios en la forma de manifestación de las neurosis, pero no
necesariamente en su estructura.
Posfreudianos tomaron como eje en la dirección de la cura, la agresividad del obsesivo y su supuesta homosexualidad.
En las generaciones posteriores, especialmente en el psicoanálisis francés, se puso el acento en ciertas fantasías orales
a través de las cuales se concebía la cura del obsesivo girando alrededor de la fantasía de incorporación del pene del
analista. Son diferentes maneras de alejarse de la enseñanza de Freud y, muchas de ellas, usando la letra misma de Freud.
Lacan subraya esta manera tan particular: tomar los términos de Freud y usarlos para decir exactamente lo contrario.
Klein
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Unidad 5
Si tuviera que señalar cuál de sus nociones está en el origen de tal desviación, apuntaría sin duda al deslizamiento en la
noción misma de obsesión desde una formación patológica a un proceso normalizador. Y la extensión de las llamadas
tendencias obsesivas a una gama muy amplia de conductas y procesos. Estamos aquí a mucha distancia de la obsesión
como síntoma, es decir, como retorno de los reprimido. Freud ubica la obsesión en el registro de las vicisitudes de la
pulsión, Klein en el de las vicisitudes de la angustia.
"Psicología del yo", transforman las nociones freudianas para adaptarlas al conductismo imperante. Hacen equivaler los
términos neurosis obsesiva y conducta obsesiva. Dentro de los "Desórdenes de conducta", etapa intermedia hacía la
noción de "trastorno" que está en los DSM.
La neurosis de transferencia es definida como "la conducta desordenada en el tratamiento". Desde los síntomas a los
rasgos de carácter.
El riesgo de psicotizacion.
En cuanto al llamado riesgo de psicotización, en la medida en que el análisis podía poner en movimiento y desestabilizar
el conjunto de las defensas, entonces se consideraba que existía el riesgo de que surgieran las partes psicóticas latentes.
Era considerado un riesgo importante en la cura de un obsesivo. ¿Qué podemos decir de esto? Para ubicarnos
correctamente en relación con esta cuestión, debemos distinguir dos hechos clínicos de naturaleza bien diferente.
En primer lugar, los casos en que se trata efectivamente de una neurosis obsesiva. En esos casos la crisis y
desestabilización constituyen un episodio en el progreso de la cura de la neurosis, un momento de desorganización e
intensa angustia que no hay que confundir con una crisis psicótica. No existe el riesgo de psicotización. Hay otros
riesgos, entre ellos el hecho de que el paciente no tolere la experiencia e interrumpa el tratamiento. Pero este es un riesgo
que forma parte de cualquier cura y que el psicoanalista debe saber cómo regular. Un obsesivo nunca produce una crisis
psicótica.
En segundo lugar, conviene saber que hay variedades de estructuras psicóticas que muchos psicoanalistas no han
aprendido a reconocer, por lo cual las confunden con neurosis obsesivas. Debe tenerse en cuenta que en el psicoanálisis
norteamericano, la paranoia ha desaparecido prácticamente de la nomenclatura y que, en consecuencia, algunos de esos
casos corresponden efectivamente a estructuras esquizofrénicas; pero otros constituyen variedades de paranoia.
Reconocer una psicosis no desencadenada, un obsesivo que se psicotizo; indica un error diagnóstico del analista que lo
tomó en análisis y confundió una estructura psicótica que se presentaba con ciertas características llamadas obsesivas
con una neurosis obsesiva.
6. La elaboración lacaniana.
Abordaremos ahora la enseñanza de Lacan que acentúa la oposición freudiana neurosis-psicosis hasta convertirla en
excluyente.
La enseñanza de J. Lacan se presenta desde su inicio con el propósito de inducir un retorno a los conceptos freudianos.
En el tema que nos ocupa, este propósito se traduce en la recuperación de las que Lacan llama, a partir de su Seminario
4, las estructuras freudianas: perversión, psicosis y neurosis y, dentro de esta, fundamentalmente la histeria y la neurosis
obsesiva. El término estructura, en este caso, condensa varios sentidos. Por una parte, designa que no se trata del nivel
descriptivo de la clínica; por otra, asume las connotaciones que este término recibió desde el estructuralismo. Es decir,
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Unidad 5
incluye la referencia a la estructura de la palabra y del lenguaje y, en especial, al ser presentadas como estructuras
subjetivas, implica que el sujeto resulta un efecto de esa estructura y de sus diferentes componentes (cadena significante,
demanda, deseo, pulsión, goce, fantasma, defensa, etc.). Más tarde, el acento en la lingüística que caracteriza la primera
parte de la enseñanza de Lacan, será desplazado hacia la lógica y la topología y, por lo tanto, la estructura resultará
definida en función de las nociones de estas dos disciplinas.
Vemos entonces que el retorno a Freud y a sus conceptos no implica volver a los enunciados de los conceptos freudianos
y simplemente repetirlos, si no que supone una elaboración y una transformación a partir de nuevos conceptos y teorías.
Entre ellos, fundamentalmente la instancia de la subjetividad, que no existe en el pensamiento freudiano. No es lo mismo
plantear las cosas en términos de aparato psíquico que en términos de estructura de la subjetividad. Es una modificación
de los conceptos de Freud que, en lugar de destacar la instancia del yo, como vimos que hicieron algunas corrientes
psicoanalíticas posfreudianas, pone el acento, sobre todo al comienzo de su enseñanza, la instancia del sujeto. En esta
perspectiva, entonces, esas diversas estructuras clínicas son concebidas como diferentes modos de constitución del
sujeto, diferentes modos de ser sujeto e implican distintas posiciones del sujeto en relación con los diferentes
componentes de la estructura.
Diagnosticar una estructura psicótica, no es equivalente a diagnosticar psicosis, diagnosticar estructura obsesiva, no es
equivalente a diagnosticar neurosis obsesiva. Aunque la neurosis no se haya desencadenado (desde su posición
estructural, y por lo tanto sincrónica, Lacan recupera la perspectiva diacrónica de Freud), de todos modos podemos
reconocer la posición obsesiva de un sujeto a través de múltiples índices. Por ejemplo, por la forma de respuesta a las
demandas del Otro, por la modalidad de su deseo, etc. Es decir, que el término estructura subjetiva no sustituye el
término neurosis, ni tampoco el de carácter.
La extensión del concepto de síntoma es muy amplia, sobre todo en la primera parte de su enseñanza en que se aplica
a cualquier manifestación de la subjetividad: todo lo que es interpretable es tratado como un síntoma. Y en este sentido,
Lacan no retrocede ni ante la conducta: hay conductas obsesivas por ejemplo, las azañas o proezas, que son analizadas
como síntomas.
La diversidad clínica de la neurosis obsesiva, cuestión que, como vimos, constituye un rasgo fundamental de la posición
freudiana en este tema, vuelve a ocupar el primer plano en la elaboración lacaniana. Retornar a Freud implica, en la
clínica, también volver a sus historias, lectura que Lacan no dejó de hacer en ningún momento hasta el final de su
enseñanza. Como joven psiquiatra, en su tesis de doctorado sobre la paranoia, usó el método de exponer detalladamente
un caso para que sirviera como paradigma de una entidad clínica. Allí se ocupó de la paranoia de autopunición en una
paciente a la que llamó Aimèe. Después, cuando se volvió freudiano, puso en ese lugar a los historiales de Freud, hizo
de Dora el paradigma de la histeria, promovió el historial del Hombre de las ratas.
Dos clínicas en la enseñanza de lacan, momento inicial y final. (Nota: Hay una primera clínica, al comienzo de su
enseñanza, que produce un retorno a las estructuras freudianas: neurosis, psicosis, perversión. Es una clínica de las
modalidades del deseo y de las estructuras subjetivas. Pero Lacan transforma sus categorías clínicas al final de su
enseñanza. Junto con una nueva concepción del síntoma se introduce la diferenciación entre sintoma y "sinthome" y, de
este modo, se bosqueja una clínica de los goces y los tipos de sintoma. El propósito del seminario es examinar las
principales referencias que definen y caracterizan este segundo estado de la clínica de Lacan, indagar sus relaciones con
la primera “clínica freudiana", explorar sus alcances y plantear algunas cuestiones y problemas que surgen de su
aplicación. Como se ve, en este punto de partida que delimita dos clínicas en la obra de Lacan, llamamos a la primera,
una clínica del deseo; a la segunda, del goce-para destacar un rasgo característico que pueda definir a cada una. La
primera, del deseo, es una clínica del sujeto. Es decir: deseo insatisfecho, imposible, prevenido: en definitiva son
modalidades de constitución y funcionamiento del sujeto, modos de ser sujeto. La otra, del goce, es una clínica del
síntoma en el sentido y definición que asume este concepto en la última parte de la obra de Lacan. Decimos que la del
deseo es una clínica del sujeto, pero podríamos decir también que es una clínica del Otro, puesto que el deseo se plantea
siempre como social. La primera es una clínica social -podríamos decir-, ya que el Otro forma parte de la estructura del
deseo, que es siempre el deseo del Otro. En la otra clínica, por el contrario, el síntoma no es social, es autista. Y esto es
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Unidad 5
lo que lleva a Lacan a distinguir síntoma de sinthome, entendiendo anudamiento por sinthome, entonces, que el síntoma
esté puesto en una función de que articula el goce autista en la relación con el Otro.)
Presentaré un primer momento, que se extiende fundamentalmente a lo largo de seis primeros seminarios, cuyo eje se
apoya en la relación del sujeto con el Otro. Luego, un segundo momento, a la altura del Seminario 10, construido dedor
del concepto de objeto y del fantasma.
Se ve la persistencia de Lacan en destacar la exterioridad del significante y su estructura. El lenguaje está presentado
como algo que, desde fuera del cuerpo, viene a recortarlo, a producir en él un efecto de corte. En el caso del hombre,
sin embargo, por ser un animal captado por esta estructura del lenguaje, exterior a lo viviente, esta estructura es
responsable de las modalidades específicas que toma el pensamiento en el hombre y de las consecuencias en el cuerpo.
Esta estructura del lenguaje y la manera en que recorta el cuerpo no tienen que ver con la anatomía, como lo hemos
visto en los textos iniciales de Freud sobre su primera nosología.
Lacan, al igual que Freud, ubica la neurosis obsesiva en continuidad con la histeria. En el caso de la histeria, la estructura
del lenguaje es ubicada como recortando el cuerpo, y en el obsesivo produciendo el pensamiento como elemento extraño,
parásito hasta cierto punto. El término cizalla -que es una poderosa tijera usada para cortar metales se aplica tanto al
instrumento como al producto -es la tijera que corta la plancha de metal, pero son también las cortaduras o fragmentos
que resultan- e indica muy claramente el modo en que Lacan concibe el lenguaje y sus consecuencias de corte.
El hombre concibe el pensamiento. Pero se condensa también otro significado del término "embarazo", que otorga otra
característica al pensamiento, esta característica de exterioridad, de extraño, de algo Otro, puesta en primer plano en el
caso de la estructura obsesiva, pensamiento del que el alma se embaraza, no sabe qué hacer. Finalmente, "embarazo"
significa también impedimento, dificultad, obstáculo, y es el término con que Lacan designa la máxima dificultad del
sujeto -cuando se ocupa de las articulaciones entre inhibición y angustia-, el punto extremo de su tachadura, de su
borramiento de sujeto ($).
Los primeros seminarios corresponden al momento en que Lacan introduce, en la lectura de Freud, la perspectiva
estructuralista de F. de Saussure, reproduciendo en el psicoanálisis un movimiento semejante al que produjo Lévi-
Strauss con su antropología estructural. De este modo, incorpora la distinción entre lenguaje y habla (palabra), el
significado como efecto de la relación entre significantes. Desarrolla los conceptos de metáfora y metonimia, los cuales
resultan decisivos para la formulación de la metáfora paterna, específica de las estructuras neuróticas.
La relación del sujeto con el otro en su doble vertiente: imaginaria (con el otro, el semejante) y simbólica (con el Otro,
lugar de la palabra). Estructura representada gráficamente en el esquema L, donde esos dos ejes, imaginario y simbólico,
se entrecruzan.
En este modelo como instrumento, se introduce y analiza la dialéctica necesidad, la demanda y el deseo. El registro
simbólico impone al sujeto a satisfacer sus necesidades, dirigirse al otro con un pedido que no puede formular sino con
significantes. En esto consiste la demanda, que no puede formularse sino con los significantes que existen previamente
en el Otro. El que el sujeto dependa del Otro tanto para satisfacer la necesidad misma como para disponer de los
significantes de la demanda. La respuesta del otro aun en el caso de aceptación, se produce siempre sobre el fondo de la
posibilidad de su rechazo. De este modo, el Otro, y sobre todo la madre quien en primer término ocupa ese lugar, queda
ubicado en una posición omnipotente, en el lugar del amo que puede aceptar o rechazar la demanda del sujeto. De aquí
que esta se duplique: más allá de cada demanda particular y en cada una de ellas, el sujeto demanda la buena disposición
de la voluntad del Otro, esto es, la demanda de amor.
56
Unidad 5
A su vez, como los significantes de la demanda nunca coinciden exactamente con la singularidad de una necesidad, la
frustración de la necesidad se impone por estructura. Aunque el sujeto interpreta que proviene de la respuesta del Otro:
cree que este se rehúsa a satisfacerla. Lacan destaca el término freudiano Versagung, que ha sido traducido por
frustración, como si solo refiriera a la necesidad misma que queda insatisfecha, y que deja de lado mención del sagen,
del decir, quien por la omnipotencia supuesta originalmente parece como el que rehúsa dar la satisfacción. Surge así el
deseo, que representa el intento de recuperar la singularidad perdida de la necesidad, en su pasaje a través del significante
de la demanda. El deseo no coincide con el significante, siempre lo desborda, se ubica entre sus intervalos y, sobre todo,
en el intervalo que hay entre los dos niveles de la demanda: el deseo está más allá de cada demanda particular, pero más
acá de la demanda de amor.
De este modo, a partir de esta red conceptual que apenas he esbozado brevemente, la estructura obsesiva es presentada
por Lacan, en este período, en términos de la demanda y del deseo en la relación del sujeto con el otro y con el Otro.
Por ejemplo, la destructividad del obsesivo, no es un impulso en bruto para destruir al otro, sino que está formulada
verbalmente, articulada en un anhelo de muerte. Se trata del deseo de la muerte del otro, y aun de la demanda de muerte
del Otro.
De este modo, la ambivalencia obsesiva queda planteada, en términos de demanda, como una demanda de muerte del
Otro y una demanda de amor que va en el sentido exactamente contrario, ya que el amor tiene el efecto de hacer existir
al Otro. Esto es lo que Lacan llamará, en el Seminario 5, el callejón sin salida de la estructura obsesiva: es irresoluble;
en la medida en que se trata de dos términos contradictorios se impone la lógica de la imposibilidad, la satisfacción de
uno impide el cumplimiento del otro.
Esta imposibilidad en el registro de la demanda se reencuentra también en el deseo del obsesivo cuando desea la muerte
del otro, ya que se dirige a deseo al Otro pero, estructuralmente, requiere del lugar del Otro para sostenerse como deseo.
Finalmente, se expresa también en el modo de pedir del obsesivo, que resulta insoportable para el otro.
La dialéctica hegeliana.
Lacan analizó la relación del obsesivo con el otro en términos de la dialéctica hegeliana del amo y del esclavo. ¿Qué
espera el obsesivo? La muerte del amo. ¿De qué le sirve esta espera? Se interpone entre él y la muerte. “Precisamente
el obsesivo no asume su ser-para-la muerte, está en suspenso. Esto es lo que hay que mostrarle".
Aquí, este anhelo de muerte se combina con la posición temporal del obsesivo: la espera y la postergación. El obsesivo
encuentra en el Otro a su amo como un esclavo, vive esperando su muerte. Cultiva la creencia, ilusoria, de que, cuando
el otro muera, podrá vivir de otra manera, o mejor, podrá comenzar a vivir. Estas indicaciones de Lacan se refieren a la
posición del sujeto en la estructura, pero sirven también en el nivel más raso de la clínica. El obsesivo que anhela la
muerte de su mujer para empezar a disfrutar la vida, o el hijo obsesivo que fantasea todo lo que podrá hacer después de
la muerte del padre. Esta posición de espera es una coartada del obsesivo para no comprometerse con su deseo. Atribuye
al Otro el impedimento de su conducta, para desligarse así de su responsabilidad en la vida. Se protege en esa creencia
para no correr riesgos y, en especial, el del deseo. El obsesivo evita el acto, determinado por el deseo. Tenemos aquí,
traducida en términos de intersubjetividad, la tesis freudiana, formulada en términos metapsicológicos, de que la
desviación hacia el pensamiento del gasto de energía destinado al actuar, constituye la esencia de la obsesión.
Creer que el impedimento proviene del Otro, no es el único medio que usa el obsesivo como coartada ante el deseo.
También usa la creencia en su propia impotencia. Aunque resulte objeto de sus quejas y lamentos, el obsesivo cultiva
su impotencia, cree que no puede, para postergar su deseo, o para evitar encontrarse con el deseo del otro. Y cuando
este deseo es el deseo del Otro sexo, cultiva la sospecha de su homosexualidad. Las fantasías de homosexualidad en el
obsesivo son siempre coartadas para aliviarse de la angustia en el encuentro con el deseo del otro en las relaciones con
el Otro sexo.
Otra manera de evitar el deseo del Otro, es reducir el deseo a la demanda. En cualquiera de las formas de la demanda:
pedido, orden, exhortación, autorización, prohibición, etc. De aquí que el obsesivo viva pidiendo permiso y haciéndose
autorizar por el Otro. O a la inversa, espera sus prohibiciones. Se hace pedir por el otro y se ocupa en satisfacer la
demanda del Otro. Al obsesivo le encanta que le pidan, dice Lacan. Son distintas maneras de hacer existir o sostener al
Otro.
Hacerse prohibir es otra manera de reducir el disco a la demanda, y de tener un Otro consistente. El obsesivo hace de la
prohibición misma el objeto de su deseo. De este modo, resulta un deseo cuyo cumplimiento es imposible, pero no
extinguido. Es su modalidad de sostener el deseo: un deseo a distancia para que ese deseo subsista.
"El obsesivo resuelve la cuestión de la evanescencia de su deseo produciendo un deseo prohibido. Se lo hace sostener
por el Otro, precisamente mediante la prohibición del Otro".
La demanda de muerte, que está en el horizonte de toda demanda del obsesivo, constituye para el sujeto, dijimos, un
callejón sin salida, porque su realización implicaría la destrucción del Otro que, como es el lugar necesario para articular
cualquier demanda, resulta imperioso mantener. Esto da origen a una de las normas de la ambivalencia que consiste en
el movimiento de oscilación entre un extremo y el otro. Entre ambos, se encuentra el deseo, anulado, pero cuyo lugar
sostiene. Esta oscilación en la demanda se reproduce también en el deseo. Cada vez que el sujeto obsesivo se acerca al
objeto de su deseo, este se esfuma. Hay una baja de la tensión libidinal, dice Lacan usando términos de Freud.
Nunca puede acercarse a lo que quiere porque, si se acerca, ya no lo quiere. Para evitar el deseo del Otro (que, por
desear, es un Otro inconsistente, que no es amo de sí mismo, no se puede ser amo del deseo) el obsesivo, dijimos, busca
reducirlo a la demanda. Pero también puede ir más lejos e intentar matar ese deseo, hacer que el otro deje de desear,
experiencia a la que puede acceder cualquiera que haya ocupado durante cierto tiempo el lugar de pareja de un sujeto
obsesivo.
Hay otros dos recursos para sostener al Otro de la demanda en la estructura obsesiva, el desafío y el regalo. Ambos
contribuyen a darle consistencia. El regalo, un don del sujeto al Otro, se ubica en el centro de las conductas oblativas
del obsesivo. (Freud, las heces)
En cuanto al desafío, se relaciona con una conducta delimitada por Lacan como característica del obsesivo, la hazaña o
proeza, en la cual se detiene para analizar la estructura que la distingue. Querer hacer algo fuera de lo común que quede
registrado. Se requiere un rival, un semejante, pero no es suficiente. Para ganar un desafío hace falta alguien que registre
y de la garantía del testimonio. El obsesivo se pone toda clase de tareas duras, agotadoras, que habitualmente consigue
llevar a cabo con éxito. Pero lo que está en juego no es la satisfacción en su realización misma, sino el premio, el
permiso, el reconocimiento del Otro.
Ya Freud señalaba que en estos casos el valor erótico surgía del destinatario, ¿a quién está dirigida esa proeza? En el
análisis de la estructura de la hazaña no conviene dejarse encandilar por la existencia del rival imaginario que, en
definitiva no es el que cuenta, sino que hay que localizar al Otro, el tercero, aquel para quien el sujeto actúa y al que,
como espectador invisible, le ha sido adjudicado el papel de contar, de registrar el récord.
Hay en la hazaña del obsesivo algo que permanece siempre irremediablemente ficticio, porque la muerte, quiero decir
aquello en lo que se encuentra el verdadero peligro, no reside en el adversario a quien él parece desafiar sino ciertamente
en otra parte. Está precisamente en aquel testigo invisible, aquel Otro que está ahí como espectador, el que cuenta los
tantos [...]. Este es el que hay que preservar a toda costa, el lugar donde se registra la hazaña, donde se inscribe su
historia.
A partir del Seminario 7 y, sobre todo a medida que analiza cada vez con más detenimiento la teoría freuna del parricidio
original, concluirá que en el obsesivo se compaginan y bien el deseo de muerte y el amor hacia el padre, ya que este
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Unidad 5
funciona muy bien en esa estructura como padre muerto. La muerte del padre no implica su destrucción, sino su triunfo
póstumo, según el mito freudiano de la horda primitiva, la instauración de su ley, su eternización. De aqui que Lacan
termine por considerar este mito como característico de la estructura obsesiva. También se ve aducido a distinguir mejor
el significante del nombre del padre (es del padre muerto), del padre real que sostiene la función paterna.
El esquema L, representativo del momento de su enseñanza que nos ocupa: el eje imaginario, en el que se ubican las
relaciones narcisistas del yo y del ideal del yo, y el eje simbólico, donde se localiza la relación del sujeto con la palabra
del Otro. El ideal del yo es una instancia simbólica, pero íntimamente solidaria con lo imaginario al cual sostiene: por
eso Lacan ubica en el eje imaginario sus relaciones con la organización narcisista del yo.
Por una parte, hay una cadena que no es de puros acontecimientos, ya que estos también forman parte de los relatos
familiares acerca del padre. Una cadena de las palabras, la llama Lacan, que se ubica en el eje simbólico: remite, por
una parte, a la falta de fe que presidió el matrimonio de su padre (que hace resonancia en el plan matrimonial
desencadenante de la neurosis), y por otra, al abuso de confianza con el camarada militar con quien el padre quedó en
deuda por el dinero prestado y no devuelto (que hace eco en las vicisitudes de la imposibilidad del pago de los quevedos).
Ambas, como mito individual, forman parte del texto del gran delirio de las ratas con que el sujeto llega a la consulta de
Freud.
Pero esta cadena no es toda la estructura de la neurosis obsesiva, ya que existe también el eje imaginario en el que se
reconocen las figuras idealizadas del padre y de la mujer, amados y odiados. Es decir que aquella cadena se cruza "con
la trama de los fantasmas donde se conjugan, en una pareja de imágenes narcisistas, la sombra de su padre muerto y el
ideal de la dama de sus pensamientos".
De este modo, Lacan puede localizar con precisión cómo opera la interpretación de Freud, dónde interviene y cuáles
son sus efectos. Afirma que apunta a la cadena simbólica y, al deshacer su eficacia, obtiene el resultado de hacer caer la
trama imaginaria de la neurosis.
Insatisfacción imposibilidad son dos características estructurales del deseo que resultan acentuadas de modo diferente
en las dos posiciones neuróticas: en la histérica, para sostener el deseo, el sujeto cultiva la insatisfacción, especialmente
en el deseo del otro; en la obsesiva se apoya en la imposibilidad misma del deseo. Asimismo, mientras el histérico
acentúa el lugar del Otro como lugar del deseo, el obsesivo promueve la relación con el objeto como condición absoluta
del deseo.
En primer lugar, esto indica que en la histeria, el sujeto se acerca, busca, produce situaciones en que su deseo se pone
en juego. Siempre en relación con algún Otro porque el deseo es siempre del deseo del Otro. La manera de mantener y
estimular el deseo es justamente a través de su insatisfacción, y por lo tanto se trata también de la insatisfacción del
deseo del Otro.
La imposibilidad, en cambio, implica como consecuencia el alejamiento de esos lugares, momentos y situaciones en
que el deseo está en juego. En primer lugar, se verifica en relación con los obstáculos que genera la neurosis obsesiva,
se lo ve muy claramente en las neurosis obsesivas avanzadas, en sus graves restricciones que llegan hasta la paralización.
Pero también forman parte de la vida cotidiana de cualquier obsesivo, cuya trama está armada con limitaciones,
obstáculos, estorbos, postergaciones, sea que el sujeto sufra por ellas, o que pasen totalmente inadvertidas. Pero sobre
todo conviene entender la imposibilidad en el sentido lógico. Esto es muy distinto a la insatisfacción de la histérica. La
imposibilidad apunta siempre a lo real.
La histeria acentúa la vertiente del deseo, que es el deseo como deseo del Otro. La neurosis obsesiva acentúa la otra
vertiente del deseo, la vertiente del objeto, del fantasma. En el obsesivo queda puesta en primer plano (al revés de la
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Unidad 5
histeria donde el deseo es el deseo del Otro) la oposición del deseo del sujeto con el deseo del Otro. Podemos hablar de
un oposicionismo específicamente obsesivo en el sentido de que el obsesivo hace del objeto de su deseo una condición
absoluta que se la impone al Otro. (ejemplo de como los niños piden las cosas) Ya tempranamente en su enseñanza,
Lacan definió que el deseo transforma la incondicionalidad de la demanda en condición absoluta. Lo que en los primeros
seminarios fue localizado de esta manera, como condición absoluta, será el lugar donde Lacan ubicará ulteriormente el
objeto (a) como causa del deseo. De allí entonces que, mientras el histérico acentúa el lugar del Otro como lugar del
deseo, el obsesivo acentúe el objeto como causa del deseo.
Vivir en un mundo hecho con significantes, tiene que ver con los actos: no hay otro cumplimiento del deseo, el
cumplimiento del deseo es siempre cumplimiento en los actos. Es por esto entonces que otra perspectiva en la cual
abordar la imposibilidad del deseo en el obsesivo es la de la evitación del acto, su continua postergación.
Hay que tener en cuenta que el momento del acto coincide con la desaparicion del sujeto -de eclipse, o de fading del
sujeto, dice Lacan- y su transformación. Hay un sujeto anterior al acto y un sujeto posterior al acto, un sujeto
transformado por su acto, el sujeto posterior al acto no es el mismo que el precedente. Entre ese antes y el después
ubicamos un hiato, un momento de pasaje, el acto mismo, el momento en que el sujeto no está, porque está totalmente
determinado por su acto. La manera más radical de acentuar la imposibilidad del deseo la de cultivar la indeterminación
del sujeto, y esto es lo que hace el obsesivo bajo distintas formas más o menos disimuladas: no estar nunca en el lugar
que tiene que estar, o estar en varios lugares para no estar en ninguno.
Hay dos clases del Seminario 3. Las psicosis en que la exploración de Lacan recae en la pregunta del obsesivo y en la
pregunta de la histérica. Cuando Lacan dice las preguntas del sujeto, las preguntas del obsesivo, las preguntas de la
histérica, en un sentido estricto esto está referido al síntoma. Es en el síntoma en su interpretación, donde veremos surgir
esta pregunta del sujeto. No necesariamente es una pregunta a cielo abierto. Aunque a veces aparece de manera
manifiesta, siempre que se la sepa reconocer. No necesariamente van a encontrar que el obsesivo hace la pregunta por
el ser. Sin embargo se presenta de maneras que son reconocibles. “tengo que ser esto o otro”. Esta cuestión se reviste
también con la idea de encontrar su verdadero ser, ¿cuál es mi verdadero ser? La articulación estructural de estas
preguntas; es decir que no resulta arbitrario que surgen estas y no otras, debido a lo que él llama dos fallas del
significante. Hay dos fallas allí, dos imposibilidades en el significante.
Hasta aquí nos detuvimos en un momento de la enseñanza de Lacan que la elaboración de la neurosis obsesiva se
desarrollaba en el interior de estructura significante de la subjetividad. Más adelante en su enseñanza, Lacan transforma
su teoría y construye nuevos conceptos, entre ellos el de ese otro efecto mayor de la estructura del lenguaje, que no es
el sujeto sino el objeto, definido como el resto irreductible a los significantes del Otro, llamado, por él, objeto (a). A
partir de esta construcción, Lacan explora de una manera nueva la relación entre el sujeto y el objeto que se expresa en
la estructura del fantasma.
El momento inicial de la enseñanza de Lacan, donde están en primer plano las relaciones del sujeto con el otro en su
doble vertiente, imaginaria y simbólica, se prestaba mejor para la exploración del deseo en la histeria, por que el sujeto
histérico sostiene su deseo en una identificación imaginaria con otro y, además, el objeto de su deseo no es un objeto
sino el deseo mismo del Otro. En la estructura obsesiva, por el contrario, ya lo vimos, el deseo del Otro es justamente
lo que resulta evitado. El deseo obsesivo para sostenerse se apoya en un objeto y en el fantasma. El síntoma obsesivo,
en este sentido, permite investigar, mejor que el síntoma histérico, la función del objeto (a) como causa del deseo.
La angustia surge ante el deseo del Otro, ligada a que "no sé qué objeto soy para el Otro". Lacan explora las diferentes
formas del objeto (a): oral, anal, fálica, escópica e invocante, como cinco escalones o niveles de constitución del deseo
en la relación con el Otro. Solo desde el cuarto nivel, donde el objeto se presenta en la forma de objeto mirada, se da
plenamente que el deseo es el deseo del Otro.
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Unidad 5
El objeto anal.
Ya desde el Seminario 5, la característica del deseo obsesivo fue presentada también bajo la forma de la oblatividad en
la medida en que el objeto anal asume, desde Freud, el significado de regalo: es lo que se da, el don. El Seminario 10
desarrolla el fundamento de esta posición. El excremento se introduce en la subjetivación fundamentalmente por
intermedio de la demanda del Otro, en la medida en que queda ubicado como el objeto especial que es pedido por la
madre. Y no en cualquier condición sino con ciertas exigencias en cuanto a las circunstancias de lugar y de tiempo. Es
susceptible de adquirir la función de don por que se puede cortar y separar del cuerpo. Es un objeto valioso, y su entrega,
en las condiciones adecuadas, es festejada y reconocida por el Otro. Pero es, al mismo tiempo, un objeto despreciable
se rechaza y se tira, un desecho.
Esta oposición funda ya una primera oscilación del sujeto entre dos extremos. El objeto anal es el primer soporte de la
subjetivación porque es aquello por lo cual el sujeto es requerido a manifestarse como sujeto, es decir, que tiene que
entregar lo que es como resto irreductible a lo simbólico. Pero, para darlo en las condiciones adecuadas, tiene que
comenzar por retenerlo, contra la acción de la necesidad y del goce de expulsarlo. La forma plena del diseo en el nivel
anal, surge como deseo de retener, y está ligada inicialmente a la inhibición de la función corporal y del goce que esta
implica.
Reconocemos esta marca en los deseos del obsesivo que se manifiestan siempre en alguna forma de inhibición y como
defensa en relación con el goce. Pero sobre todo hay que destacar, para entender mejor el deseo obsesivo, la estructura
de este nivel anal de constitución del deseo y su retorcimiento tan especial, que radica en que aquí, el objeto se convierte
en causa de un deseo que se vuelve contra la función que produjo ese objeto.
En el tercer nivel, fálico, el objeto es negativo, refiere a una hiancia o agujero central que separa, a nivel sexual, el deseo
del goce, en la forma de angustia de castración. En este nivel, a diferencia del nivel anal, no hay nada que pueda funcionar
como objeto de un don. Sin embargo, en el caso de la estructura obsesiva hay algo que retiene al sujeto en el borde del
agujero de la castración, y entonces el objeto anal funciona como tapón y se ofrece como don. De aquí que la oblatividad
en la relación entre los sexos resulta ser un fantasma obsesivo, al igual que las elaboraciones posfreudianas sobre el
amor genital como forma suprema del don, las cuales constituyen una metáfora proveniente de la esfera anal.
"Y aquí penetramos el origen de lo que podría denominarse fantasma analítico de oblatividad. Ya dije y repetí que este
es un fantasma obsesivo. Porque, por supuesto, todo el mundo querría que la unión ge nital fuese un don: yo me doy, tu
te das, nosotros nos damos. Por desdicha, en un acto genital copulatorio, por exitoso que puedan imaginarlo, no hay
huellas de don. Precisamente, solo hay don allí donde siempre se lo observó: a nivel anal, en la medida en que aquí se
perfila, se yergue algo que precisamente en este nivel está destinado a satisfacer, a detener al sujeto en la realización de
la abertura (blance), del agujero central que a nivel genital impide captar nada que pueda funcionar como objeto de don".
Este mismo desplazamiento del objeto anal como don, para detener al sujeto antes de la angustia de castración, se
produce en la estructura obsesiva también en el nivel escópico bajo la forma de la imagen. Si el amor toma para el
obsesivo esa forma exaltada de amor idealizado que representa una negación de su deseo, es porque él cree que lo que
se ama de él es su imagen, que la da al otro.
“Todo lo que acabamos de decir acerca de la función de (a) como objeto de don, destinado a retener al sujeto en el borde
del agujero de la castración, podemos trasladarlo a la imagen. Y aquí interviene la ambigüedad, señalada en todas las
observaciones de sujetos obsesivos, de la función del amor. ¿Qué es ese amor idealizado que hallamos tanto en el
Hombre de las ratas como en el Hombre de los lobos, así como roda observación de un obsesivo? [...]. Con todo, si el
amor cobra para él semejantes formas de lazo exaltado es porque lo que el obsesivo entiende que uno ama es una cierta
imagen de él. A su vez entiende que esa imagen él la da al otro, al punto de imaginar que si esa imagen viniera a faltar
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Unidad 5
el otro ya no sabía de qué agarrarse. Este es el fundamento de lo que en otra parte llamé la dimensión altruista de este
amor mítico basado en una mitica oblatividad".
El quinto nivel de constitución del deseo se relaciona en la estructura obsesiva con el sadismo, cuyo objeto es la voz.
De este modo, los dos compo ates pulsionales que Freud conjugó en la organización sádico-anal, y que unas
orientaciones posfreudianas reunieron como agresividad, en la enseñaza de Lacan resultan separados en diferentes
niveles de constitución del deseo, en relación con formas diferentes del objeto. La clínica de Lacan prosigue su desarrollo
con la construcción del objeto (a), ya no como causa del deseo sino como plus de goce,
Si bien existen antecedentes de esta entidad clínica desde los comienzos de la psiquiatría llamada clásica, especialmente
en la escuela francesa -locura de duda con delirio del tacto-, recién en el momento de su culminación, hacia el final del
siglo XIX y comienzos del XX, surgen estudios sistemáticos y mas exhaustivos sobre su conformación y sus diferentes
formas. Sin embargo, fue Freud el creador de la concepción de mayor originalidad, y riqueza conceptual y clínica, y
quien le dio el nombre de neurosis obsesiva y desarrolló en diferentes etapas,y a lo largo de toda su obra una teoría muy
elaborada, centrada alrededor, no del síntoma en su sentido descriptivo sino de los procesos de su formación o
construcción. De este modo, la neurosis obsesiva, al igual que las otras categorías clínicas inducidas por Freud y
utilizadas en la clínica psicoanalítica, no se define solamente por la descripción de un grupo de síntomas, sino que se
compone de un conjunto de variables que articulan su etiología, las situaciones desencadenantes, mecanismos de
defensa, fijaciones pulsionales y fantasías, para mencionar las principales, con las que da cuenta de su naturaleza, formas
clínicas, estadios de su desarrollo y también de la problema su tratamiento.
El abordaje freudiano de la neurosis obsesiva es uno de los ejemplos de una clínica diacrónica. La neurosis obsesiva
como entidad clínica freudiana, se despliega en una secuencia temporal que va desde la neurosis infantil, pasando por
el periodo de normalidad aparente, hasta el desencadenamiento y desarrollo posterior de la neurosis. Secuencia que
implica diferentes tipos de síntomas según cada una de las etapas, síntomas primarios de defensa, síntomas propiamente
dichos, síntomas secundarios de defensa, síntomas en que la defensa se sexualiza. De este modo, a través de itinerarios
que suceden pero que también se bifurcan, se constituyen formas clínicas muy diferentes entre sí, que Freud subraya,
destacando la diversidad clínica de las formas de la neurosis obsesiva. En el sistema freudiano no solo la histeria se
despliega a través de una multiplicidad de síntomas muy diferentes. También ocurre que un obsesivo no se parece en
nada a otro obsesivo.
Esta concepción diacrónica en la clínica prevalece también en la enseñanza de Lacan que también insiste una y otra vez
en destacar los amplios márgenes de las variedades clínicas de la neurosis obsesiva, tal como fue construida en la
elaboración freudiana. De esta manera, se opone a la fijeza o tipicidad con que terminó por ser concebida en los
desarrollos de los posfreudianos y en la psiquiatria, en especial por resultar confundida con lo que Freud había delimitado
como carácter anal. La diversidad clínica de la neurosis obsesiva resulta más acentuada todavía en la elaboración de
Lacan por el hecho de concebir las estructuras freudianas: perversión, neurosis y psicosis, no solo como formas
patológicas sino como diferentes modos de constitución de la subjetividad. En esta perspectiva resulta esencial una
estructura definida por la posición del sujeto, la relación con el Otro, las modalidades del deseo, la función del fantasma,
la relación con el goce.
De este modo, la construcción freudiana y lacaniana puede reconocer la posición obsesiva de un sujeto en fenómenos
muy diversos, que no implican, necesariamente, la sintomatología de una neurosis desencadenada y desarrollada. Pero,
sobre todo, se oponen muy tajantemente a la posibilidad de conformar un "tipo" obsesivo en el sentido descriptivo. Esta
oposición es determinante en el momento de comparar las categorías clínicas de Freud y de Lacan con las de otras
orientaciones psicoanalíticas, especialmente del psicoanálisis norteamericano, y también con algunos sistemas
psiquiátricos actuales.
Estos sistemas, herederos de la desconfianza de la psiquiatría clásica hacia los conceptos teóricos, han terminado por
prescindir del concepto de neurosis, para atenerse a una metodología descriptiva de síndromes o conjuntos de síntomas
con la denominación de trastornos que implican un retorno a la clínica sincrónica. De este modo, se ha extendido el uso
de la categoría del TOC (Trastorno Obsesivo Compulsivo, F42) que se aleja de la concepción freudiana, no sólo por su
carácter descriptivo, sino que, por el modo en que define las obsesiones y las compulsiones, muchas veces se termina
por incluir dentro de este trastorno entidades clínicas que desde un punto de vista psicoanalítico, aunque también de la
psiquiatria clásica, resultan heterogéneas con la neurosis obsesiva e incluyen en algunos casos ciertas formas de psicosis.
Tanto el CIE 10 como el DSM IV distinguen explícitamente los trastornos obsesivos de los fenómenos de automatismo
mental al aclarar "la persona reconoce que estos pensamientos, impulsos o imágenes obsesivas son el producto de su
mente (y no vienen impuestos como en la inserción del pensamiento)". Sin embargo, quienes proponen esas
superposiciones no pueden ser calificados de practicantes poco expertos, y muchas veces, ocupan un lugar destacado en
el sostenimiento de esos sistemas. Es necesario concluir que el TOC coincide sólo parcialmente en su cuadro clínico
con la neurosis obsesiva.
Esta confusión se agrava más todavía cuando se diagnostica en el eje II trastorno obsesivo-compulsivo de la personalidad
(F60.5), categoría que reúne: rasgos de lo que la teoría freudiana denomina carácter anal (preocupación por el orden,
perfeccionismo, terquedad, rigidez, etc), concepto diferente del de neurosis obsesiva, y que, tal como se define en el
DSM IV у expresado de una manera poco rigurosa, termina por incluir cierto tipo de psicosis paranoicas. Finalmente,
la presencia de rituales en la esquizofrenia, reconocidos desde larga data y diferenciados nítidamente de los rituales
obsesivos en la semiología psicoanalítica y psiquiátrica, induce también frecuentemente el diagnóstico de TOC.
Para introducir estos Estudios Lacanianos sobre la fobia, deseamos situar la fobia clínicamente y reconocer los trazos
que podrían ser específicos de esta neurosis. En efecto, sabemos que los síntomas fóbicos son frecuentes, multiformes
y que pueden pertenecer tanto al desarrollo normal como a los diferentes campos de la patología. ¿Podemos entonces
especificar la fobia como una entidad clínica en sí misma? Entidad clínica que testimoniaría de una organización
psíquica singular, así como Freud ha podido ponerla al día, distinguiendo la neurosis fóbica de las neurosis histérica y
obsesiva.
Al aislar la fobia, Freud descubrió y fundó el rol organizador del complejo de Edipo y de la castración. Hizo de la fobia
la neurosis edípica por excelencia.
"La fobia de la gallina” se convirtió en la observación más célebre de esta recopilación gracias al comentario que Lacan
hace en el seminario De un otro al Otro (1969). Notemos que Hélène Deutsch señala muy finamente las relaciones entre
fobia e histeria, fobia y obsesión y que ella sitúa la fobia como "intermediaria" entre la histeria y la perversión. De esta
manera relata la cura de una paciente fóbica por el advenimiento de crisis histéricas típicas (como era común todavía en
esa época).
En el seminario La Relación de Objeto (56-57), Lacan estudia la fobia y retoma paso a paso la observación princeps de
Hans (Freud, 1909). En esta época, Lacan parece reconocer la especificidad de la fobia, que él caracteriza aislando el
"significante fóbico" -el caballo para Hans- que se singulariza por ser "el significante que hace todo", "el significante
opaco que comanda toda una serie de significaciones (que Lacan desarrolla ampliamente) y que regula las relaciones de
Hans con el mundo. Así, "el caballo tiene una función de significante", "es una metáfora", porque sobreviene allí donde
era esperado el padre real. Esta metáfora introduce a Hans en la castración, esta operación simbólica gracias a la cual el
niño puede simbolizar lo Real del goce fálico que hace irrupción entonces. Lacan define muy precisamente la función
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Unidad 5
del significante főbico como la suplencia simbólica de la carencia del padre y al mismo tiempo, introduce las tres
instancias, Real, Simbólico, Imaginario de la función paterna.
Lacan, luego de Freud, reafirma el rol fundamental del complejo de castración: de esta manera, la angustia de la fobia,
es la angustia de castración. En este texto, Lacan hace de la fobia "un equivalente del mito", una solución a un "momento
de paso", "paso de la relación imaginaria con la madre alrededor del falo, al juego de la castración en la relación con el
padre". Pero, para Hans, Lacan observa que este paso por la fobia se singulariza por una identificación femenina que
signa el fracaso de la transmisión de la castración de padre en hijo, es decir, el fracaso de esta segunda identificación al
padre del mismo sexo que constituye el modelo, el yo ideal del sujeto. En este punto de su demostración, el objeto fóbico
puesto en función de significante, testimonia del llamado al Nombre del Padre y al padre imaginario para suplir la crisis,
para organizar la subjetividad nueva del sujeto engendrada por la crisis edípica. De esta manera, Lacan reconoce la
función de la fobia como la solución a momentos de paso, cuyo Edipo constituye el modelo y el prototipo de todos los
que vengan luego. Tal definición permite comprender por qué la fobia surge más particularmente en "estadíos de
metamorfosis libidinal" (Edipo-adolescencia-maternidad) cuando hay intrusión del goce, irrupción de lo real sexual,
pero también en momentos de crisis subjetiva del sujeto que no son necesariamente crisis de maduración.
En el seminario "La Relación de Objeto", como también en los textos de Freud (en particular ISA), la distinción entre
fobia e histeria sigue siendo delicada y problemática. Si bien, gracias a la fobia, Freud elabora una revisión teórica,
Lacan la utiliza como plataforma.
Lacan volverá poco sobre la fobia, sólo en el seminario de 1963 único "El Nombre del Padre", en el cual desliza una
fórmula enigmática: "no es verdad que el animal aparezca como metáfora del padre a nivel de la fobia, la fobia no es
más que un retorno.” Esta formulación extraña reabre brutalmente la cuestión de la fobia. Pero es en el seminario De un
otro al Otro, del 69, que Lacan retoma su elaboración sobre la fobia y concluye.
"Justamente no se puede ver ahí una entidad clínica, sino más bien una placa giratoria, algo que debe ser elucidado en
sus relaciones, con las que gira comúnmente, a saber los dos grandes órdenes de la neurosis, la histeria y la obsesión,
pero también en la unión que realiza con la perversión". Insiste y repite: "no se trata de algo aislable del punto de vista
clínico sino más bien de una figura clínicamente ilustrada de una manera patente sin duda, pero en contextos
infinitamente diversos".
Quise introducir en mi título la cita de un paciente fóbico que banalizaba las cosas que evitaba y la restricción en sus
movimientos diciendo: "Tengo el gusto por la habitación". Esta formulación tiene el mérito de dar cuenta de este punto
último de reclusión por el cual el fóbico se encuentra limitado a su domicilio. Este paciente, escritor agorafóbico, que
hablaba del "gusto por la habitación" ya no podía ni salir de su casa, ni responder el teléfono, ni mirar un plato cocinado,
sin ser presa de angustia o vértigo. En su casa, con su amigo (único acompañante posible) estaba bien y podía entonces,
por el milagro de su escritura, revivir a su madre: cada personaje creado era un fragmento de su madre, un trozo de su
discurso.
En las formas graves de la fobia, la habitación es el lugar terminal al que el fóbico, como si fuera un gran discapacitado,
se encuentra condenado. Por otra parte, esta reclusión última y la dificultad en mantenerla, pueden llevarlo a ver un
analista.
Vamos a tratar de especificar la fobia del adulto distinguiendo dos planos: el de la fenomenología y el del discurso.
-Enfoque fenomenologico.-
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Unidad 5
Nuestra hipótesis es que la fobia constituye un empleo radical de los límites del espacio y del cuerpo. El espacio y el
cuerpo son puestos a prueba en un momento de precipitación del tiempo (un tiempo de crisis) en el que surge la llamarada
de la fobia.
El espacio del fóbico está estructurado, organizado por hitos, límites, que representan objetos o situaciones fobógenos.
Estos objetos tienen como función, como Freud nos lo indica, actuar como "señal de angustia", desencadenar la fuga
(como la fuga ante un peligro externo); todo peligro interno, pulsional, puede ser relacionado con un peligro externo así
como lo explica Freud en Inhibición, síntoma y angustia. De esta manera el espacio va a estar circunscripto por los
rodeos que el sujeto emprende para escapar a la angustia.
Notemos que nunca es un único objeto el que sostiene el rol de hito, de puesto avanzado, sino una serie de objetos que
se inducen unos a otros. El objeto fobígeno marca “un umbral”, hace seña (signo) al sujeto.
¿De qué es signo?, ¿de la angustia?, ¿de lo Real? Si la angustia no existe sin objeto, como lo enuncia Lacan traduciendo
a Freud literalmente (Inhibición, Síntoma y Angustia Addenda B), entonces el objeto fobígeno vendría a designar el
"no-sin" es decir, el lugar de la falta.
"Es -dice Lacan- el instrumento para ocultar, para tapar la angustia fundamental del sujeto". El objeto fobígeno
testimonia de un surgimiento de lo Real, imposible de simbolizar (siempre es la intrusión del Goce sexual) y entonces -
este Real- no puede ser representado de otra manera que no sea el desvío de lo imaginario: es el tigre de papel, como lo
nombra Lacan: "Para colmar algo que no puede resolverse a nivel del sujeto, a nivel de la angustia intolerable, el sujeto
no tiene otro recurso más que fomentarse el miedo de un tigre de papel". Este "tigre de papel" proviene al principio de
la imaginarización de lo Real, pero es también y sobre todo simbólico, ya que da miedo, ya que está aislado por la mirada
(es el armario, el blasón) porque tiene una función de significante, es también una tentativa de simbolización de lo Real,
¿Cuál es el lazo del objeto al significante? ¿Se puede determinar para cada sujeto lo que sería el significante fóbico?.
Estas preguntas quedan abiertas.
Ciertamente podemos establecer la lista de los objetos fobigenos, pero lo que importa es su encadenamiento, la manera
en que están asociados para demarcar el espacio.
Este encadenamiento de objetos fobigenos, que es también encadenamiento de significantes, realiza un verdadero
jalonamiento del terreno. De esta manera, el fóbico organiza el espacio según una topografía privada cuyo término
último es el domicilio, incluso la habitación. Este jalonamiento del espacio restringe de manera implacable al sujeto a
no poder circular más que alrededor de su domicilio, dentro de límites prescriptos con una frontera que no se debe pasar,
límites que pueden mantenerse o reducirse brutalmente. Un acompañante puede modificar el espacio, tornarse
practicable. Pero ocurre también que nadie pueda sostener más este rol, es decir, venir a situarse en esta relación a - a';
relación imaginaria del sujeto con su semejante y que nadie lo quiera lo suficiente como para ocupar este lugar.
El cuerpo se pone en juego por la angustia con diferentes grados de intensidad entre la angustia simple, la que el
evitamiento logra taponar, y la crisis de pánico que es una verdadera puesta en suspenso de la existencia.
La Angustia, es lo que el sujeto trata de evitar poniendo en su lugar los objetos que vienen, diremos nosotros, a ordenar
lo Real, organizando el espacio. La Angustia, es lo que surge en las manifestaciones somáticas que someten brutalmente
el cuerpo, lo invaden. "No se pertenece más”. “El cuerpo le escapa”. El cuerpo ya no es más que un organismo
amenazado de muerte inminente, de desaparición; los trastornos físicos lo asaltan: taquicardia enloquecedora, sudores,
opresión, dificultades respiratorias, vértigos, sensación de desmoronarse, de vaciarse, del suelo que desaparece, puede
ser la pérdida radical del equilibrio, de los cimientos, de lo que lo hacía sostenerse.
Este cuerpo del que la angustia se apodera está reducido a no ser más que un organismo, un organismo librado a las
funciones vitales, puestas de alguna manera al descubierto; es un organismo brutalmente desprovisto de este "Umvelt",
de este halo que constituye el Umvelt que lo hacía sostenerse. Esto traduce -según nuestra opinión- la pérdida brutal de
la dimensión de lo Imaginario. El cuerpo proviene de la dimensión de lo Imaginario porque no está constituido solamente
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Unidad 5
por este organismo, por este "real" del organismo, pero también porque se completa con un Umvelt, es decir con una
imagen, la imagen especular que organiza el narcisismo; esta imagen especular "que ejerce una función decisiva" sobre
lo que ocurre con el organismo, es cuestionada, ella misma, en la fobia. Según nuestro entender, esta caída de la
dimensión de lo imaginario -que hace sostenerse al cuerpo del sujeto- es la que está en juego en la angustia.
Lacan utiliza a propósito de la fobia el término de "significante devorante''.(Seminario "El Nombre del Padre"): "En la
angustia, el objeto cae. Este objeto de la caída está en una determinada relación con el mundo para el cual se aprehende
para el sujeto el deseo del Otro. Esto es lo que explica la función del objeto oral, el objeto oral, el seno que introduce en
la demanda el Otro, Esta demanda que dibuja detrás de un velo lo que es el deseo de la madre." Esta predominancia de
la oralidad va a la par de la ausencia de vida sexual: abstinencia, incluso impotencia de la que el sujeto fóbico, por otra
parte, no se queja.
Nos proponemos definir la fobia como una puesta en juego de los límites del espacio y del cuerpo y del lazo íntimo que
los une, es decir la Mirada. Christiane Lacôte estudiará la mirada y el goce de la fobia. Se podría decir también que se
trata de una dialéctica del Afuera y del Adentro, de lo interior y de lo exterior que la Mirada organiza. La fobia encuentra
su paroxismo (estalla, como se dice) cuando los evitamientos caen, ya no bastan para garantizar el espacio, cuando el
cuerpo amenazado de aniquilamiento es llevado hacia un límite, que es como poner en suspensión la Existencia. Es
hasta ese punto que la fobia nos aparece como entidad, neurosis completa, lo que no tiene nada que ver con las
expresiones fóbicas que se pueden encontrar en diferentes estructuras.
Notemos que las diferentes tentativas de tratamiento del enfermo fóbico intentan actuar ya sea sobre el espacio,
enseñándole a franquear los límites; son las terapias de descondicionamiento de aprendizaje; ya sea sobre el cuerpo por
el uso de medicamentos y de técnicas corporales.
Estas respuestas parciales -que decimos que son eficaces- no ponen fin a todas las fobias, puesto que justamente
podemos encontrar pacientes en el après-coup de estos tratamientos, cuando su efecto está agotado.
Me parece esencial subrayar un punto: si bien el paciente fóbico describe con cuidado lo que experimenta, si bien asocia
fácilmente, establece lazos, relaciones entre sus angustias y angustias de la infancia (se encuentran en efecto
regularmente fobias de la infancia - y frecuentemente el primer gran acceso de angustia tuvo lugar en la infancia como
Freud nos indica), si bien el discurso es cómodo, se somete al juego del significante, al placer de la palabra (recordemos
a Hans), su discurso sin embargo es notable: no se siente ni lesionado, ni relegado, ni amenazado por los otros. No está
perseguido. Los pequeños otros, sus semejantes no son ni cuestionados, ni invocados, en la génesis de lo que él siente.
No es la culpa de nadie. El solo está comprometido en esta vía. Asunto privado que nadie puede comprender, que la
Razón, su razón no puede explicar. Hay aquí un efecto de algo oculto, inexplicable, de radicalmente Otro que está en
juego. ¿No es de lo Real que se trata aquí?.
El fóbico no está en exilio del mundo, no se construye una carrera de víctima. Aquí está, en un lugar único (y para una
paciente se trataba de ser la única - la última - sobre todo no "ser dos"), porque no está atrapado en la dialéctica
imaginaria, la del "o yo o el otro".
Diremos que la ausencia de semejante que él pueda reconocer como tal, a quien pueda identificarse, es lo que hace la
especificidad del discurso del fóbico. Con una reserva: la del acompañante, de la o de las personas privilegiadas que
pueden todavía establecer con él esta relación a-a'. El acompañante se inscribe entonces como otro él mismo, un doble
- "es una pareja muy avenida" nos dice Melman. Y conocemos la tiranía que el fóbico puede ejercer sobre su entorno
para que éste le asegure esta permanencia de la imagen especular i(a) que justamente vacila para él (el marido de una
paciente fóbica debe levantarse al mismo tiempo que ella, debe en todo momento poder ser captado por la mirada de su
esposa, si no es la angustia para ella, el aniquilamiento y es él quien viene a consultar).
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Unidad 5
Insistamos en este punto sobre la importancia de la mirada, este objeto a, definido por Lacan. La mirada del fóbico capta
el objeto y no se reconoce en el otro, el pequeño otro, su semejante. ¿La Mirada del fóbico puede captar su imagen en
la del semejante, o solamente la abertura del Otro que el objeto vendría entonces a recubrir? Es un punto extremadamente
crucial en el tratamiento de las fobias.
Si las coordenadas imaginarias del yo se desmoronan, a falta de poder reconocer semejantes para venir a sostenerlas,
¿qué queda? La imagen del semejante (a), la del espejo, no está entonces investida por la libido del sujeto, y no queda
más que el cuerpo propio, el organismo, sobre el cual toda la libido puede entonces estar investida, y los objetos. Esta
disolución de lo imaginario que es también disolución del yo, trae aparejado este investimiento de la libido a nivel del
cuerpo propio. Esta suspensión de la Exsistencia, este desvanecimiento del sujeto que realiza la angustia ¿no es entonces
este goce del cuerpo propio este goce objetivo - que caracteriza el goce del Otro?
Pero esta angustia - "lo que no engaña"- ¿de qué es signo? ¿Es el signo del deseo del Otro? que queda por descifrar, que
remite siempre a este gran Otro arcaico que fue encarnado por la madre. Y, a falta de semejante, el fóbico se encuentra
de alguna manera constreñido a un encuentro con el Otro, de quien ignora los propósitos. ¿Es la angustia el signo de lo
Real?
"Aquello de lo que el sujeto está afectado por la angustia, es del deseo del Otro", repite Lacan. Este deseo del Otro, es
precisamente el enigma planteado al fóbico.
Notemos que para la histérica, el deseo del Otro no provoca gran desasosiego: hay una seguridad sobre lo que desea el
Otro, sobre el lugar que asigna al sujeto. Por supuesto, este lugar no es el correcto: ya sea porque no es digno, "no está
a la altura", ya sea porque la distribución ha sido mala y no es ese lugar el que le corresponde. De esta manera, en la
histeria, no se trata de Espacio sino de lugar.
En lo que respecta al discurso del paciente fóbico, observemos una vez más la importancia de la madre, incluso de la
muerte de la madre y de la culpabilidad inmensa ligada a esta muerte.
En todas las observaciones de Hélène Deutsch la fobia está puesta en relación con el odio y el amor por la madre, las
pulsiones agresivas con respecto a la madre se encuentran sobrecompensadas por el amor y una solicitud demasiado
grande hacia ella.
Esta consideración confirma este punto donde Lacan sitúa la aparición de la fobia, en este paso del juego imaginario del
niño, de la madre y del falo, a la relación con el padre por la vía de la castración. Es decir, a un momento propicio para
lo que será tal vez su estructura neurosis o psicosis, como lo va a abordar C. Calligaris, pero también a ese momento de
duda entre Goce del Otro (del lado materno en la identificación al falo) y el Goce fálico como ganancia de la castración.
La Angustia sobrevendría entonces en el momento de la tentativa de escapada del espacio materno, hacia lo que sería el
orden fálico. La angustia vendría de alguna manera a sancionar toda tentativa de paso por la castración paterna y llevaría
al sujeto a la madre, este Otro arcaico.
Estas consideraciones clínicas no van sin consecuencias. Se puede entonces pensar el tratamiento de la fobia como una
manera de restituir lo semejante, una relación a-a' dialectizada por un gran Otro. La neurosis de transferencia podría ser
seguramente una vía, incluso un modo de cura.
"No es verdad que el animal aparece como metáfora del padre a nivel de la fobia. La fobia no es más que un retorno".
Lacan nos invita así en este único seminario de los "Nombres del Padre" a una revisión de nuestras concepciones sobre
la fobia, rechaza la hipótesis de una metáfora paterna y de una suplencia simbólica. Se trata de un retorno, dice, retorno
que podemos tal vez entender como un retomo al texto de Tótem y Tabú, donde Freud, insistiendo sobre el hecho que
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Unidad 5
el totem era el padre que había que tomar a la letra, no podía dejar de reconocer en las zoofobias este retorno infantil al
totemismo al menos en algunos de sus rasgos.
La introducción del objeto a, y más particularmente su articulación con el Otro, pone en evidencia el desafío verdadero
del límite en lo Imaginario y lo Simbólico y lleva a Lacan a formular una nueva teoría de la fobia cuya función es la "de
sustituir al objeto de angustia un significante que da miedo"; introduce la fobia no ya como una entidad clínica sino
como "placa giratoria" que hay que encarar en sus relaciones con eso hacia lo cual ella gira, es decir, más frecuentemente
la histeria y la neurosis obsesiva e igualmente en sus relaciones con la estructura de la perversión.
Me pareció que la lectura de una fobia de las arañas podía hacerse partiendo de estos puntos.
Caso:
Siempre tuvo miedo de las arañas y este miedo se transmitió como la anamnesis nos lo dice a menudo en las fobias, de
madre a hija. Era su abuela materna la que tenía una fobia de las arañas, su madre les temía menos, y no sería arriesgado
pensar que su madre se había casado con su padre por su nombre. El análisis reveló sin embargo el momento más preciso
de paso del temor bastante banal de las arañas a una fobia. En el momento de su adolescencia, en vacaciones, mientras
que el padre proseguía su trabajo en el extranjero, su madre conoce a un hombre por quien tiene algunos sentimientos y
ella misma inaugura su vida amorosa. Esta aventura inscribía para la madre una desunión que existía ya entre ella y su
marido. Para la joven, caſa mal, como ella lo cuenta, porque para ella, cae en efecto un significante - (la mujer tirada/la
araña, palabra despectiva utilizada corrientemente por el padre). Esta palabra superyoica evoca enseguida la posibilidad
de una represión y la aparición de algunas manifestaciones histéricas pero una fobia nace y me parece muy importante
aclarar por qué.
Teme sobre todo a la mygale, las arañas gordas y bellas que cabalgan y, silenciosas, pueden caerle encima. Tiene miedo
pues de la "araña sobre-yo" (super-yo) y de la araña que aflora. Temida y admirada, la araña es portadora de un fantasma
de seducción y de una amenaza.
La fobia surge siempre en el nacimiento del deseo, en el momento en que el sujeto como sexuado debe comprometerse
en una formulación fálica de la falta.
En el encuentro amoroso, en el encuentro con un joven surge un real, el pene de la pareja que no puede ser reordenado
más que en una nueva configuración simbólica, lo que vuelve a la introducción de este real sexual en un nuevo espacio
de goce.
Este paso necesita la intervención del significante paterno en tanto que opera esta vectorización fálica y social del objeto
a, del objeto del fantasma y autentifica en esta significación fálica la imagen como tal. En este espejo, segundo pues, el
sujeto se constituye como otro imaginario de la misma manera que su semejante. El reconocimiento del semejante es
posible allí no como doble sino como otro y precisamente como rival, lo que por supuesto posiciona lo que está en juego.
Este reconocimiento del semejante como otro y rival es rechazado por el sujeto en la fobia, revelando este punto de
angustia del sujeto en los albores del deseo -allí donde precisamente surge la falta masiva, totalizante, pesada de la
desaparición de la madre.
Es lo que viene a significarle la madre en este momento en que justamente, al debutar su vida amorosa, la palabra paterna
debía operar. El Otro severo pues allí, sin límite, incastrable. Ni el padre, ni la madre de hecho están en condiciones de
sostener la ley.
"Eramos dos las que nos separábamos de mi padre", decía ella. No se trata de histeria: ella no viene a tomar el lugar
dejado al lado del padre, ni tampoco a jugarse en un entre dos neurótico;
Muralla para el sujeto o respuesta a una amenaza de hundimiento, la fobia realiza una alteridad radical señalada por el
objeto fóbico constituido como punto límite. Esta alteridad es salvadora también ante el desmoronamiento imaginario,
la desaparición de la imagen especular que mantiene la diferencia yo-no yo.
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Unidad 5
La pequeña araña, es ella por supuesto, es así como ella se reconoce en la imagen y por su nombre en su filiación. Es
ella imaginariamente precisamente en este punto en que se tejen dos registros, el Simbólico y el Imaginario, donde
aparece que la relación especular depende del hecho que el sujeto se constituya en el lugar del Otro.
Estos dos términos no están en el mismo registro de significación, pertenecen a dos espejos distintos La relación entre
i(a) hija araña y (a) la hija arrastrada, el objeto, es insoportable. La instancia especular aquí se ha desmoronado. Perdió
todo reconocimiento en una imagen, en su semejante - no será más semejante a los otros, a las otras mujeres.
La fórmula lanzada entonces se acerca al hallazgo, "no soy yo, es la araña". Es la araña la que la salva, es el lobo el que
la salva - de alguna manera es ella en tanto que radicalmente Otro.
En el rechazo de faltar al Otro, de estar perdido por la madre y el evitamiento de un cuestionamiento del objeto que era
para ella, de una división, se encuentra realizada una alteridad radical, un lugar Otro sostenido por este único significante.
"La araña me representa" decía esta paciente. No se trata de un yo proyectado, la instancia yoica, la trama de lo
imaginario se disolvió. La Araña es el sujeto. El saber en tanto que sexual es rechazado, representado por este
significante emblema, el objeto fóbico, la araña.
La puesta "fuera de sexo" fóbico, este no-compromiso en este "concierto" fálico que no fue elegido se comprenderia así:
- la desaparición de la imagen que se perfila en su forma y sus normas, la imagen del cuerpo en su función seductora y
en su trama de placer que instaura el juego sexual y amoroso como juego de semblant, semblant de hom bre, semblant
de mujer.
- el rechazo en esta alteridad, encarnada por el objeto fóbico de este saber que la diferencia de los sexos no es más que
un hecho del lenguaje inscripto en el lugar del Otro. El permanecerá callado, quedará secreto en el silencio de la
animalidad.
Es a nivel del animal de una animalidad absoluta y muda que se plantea el enigma de la sexualidad o más bien de ésta
contenida en sus términos extremos, los de lo vivo, magnificada en los que se podría llamar "machedad" o "hembredad"
Este rechazo da cuenta de la dificultad que encontramos en el diálogo con un fóbico y lleva a plantear la pregunta: ¿a
quién se dirige uno? ¿cómo alcanzar al sujeto?
Esta alteridad así constituida determina pues dos espacios disjuntos: el de la araña y el del espacio materno.
Este espacio de la Araña, este espacio Otro deviene de alguna manera real, ahuecado por esa mirada por ese punto que
es una araña, por ese aguje ro aspirante. Es delimitado, fortificado por el miedo que suscita.
El encuentro, el acercamiento de la araña desencadenaba en esta paciente una sintomatología ruidosa que pone de
manifiesto la pérdida de identidad y de la unidad corporal y testimonia de la desaparición de este imaginario especular.
La sola presencia del marido o de la hermana - ellos dos precisamente podían calmarla. Esto conduce a pensar que la
persona corientemente llamada el objeto contrafóbico sería la real encamación de esta imagen de la semejante, imagen
desvanecida que le permitiría franquear la zona descubierta, allí donde la identidad puede serle preguntada fuera de la
zona protegida matena.
Lo fóbico no está en el deseo. Queda sin embargo en la ley. Es esa la vertiente paterna del objeto fóbico a considerar,
de la araña "superyo" portadora de enseñas paternas (el nombre).
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Unidad 5
Lacan nos dice que el objeto fóbico no es la metáfora paterna, se trata de un retorno (cf.Totem). No hay sustitución de
un significante por otro, es un retorno que es posible entender como retorno de una identificación, identificación
primordial de la figura del ancestro, de ese padre original, de ese significante fundador de la familia que representa la
paternidad, no en todos sus atributos sino en su función de clasificación, en el sentido en que uno es águilä, araña, buitre,
en el sentido de ese primer ordenamiento del mundo. El padre se sostiene en esto - no es el operador de la distribución
de los goces - ya no hace más la diferencia. Hay retomo del padre a este nivel primordial. En este sentido, podemos
hablar en la fobia de una resignificantización del Nombre del Padre. Este retorno es también el recuerdo de la falta
trágica y de la primera alianza con algo de otro orden; testimonio de la exterioridad fundamental de lo Simbólico con
relación al hombre.
Es posible pues considerar el objeto fóbico, la araña en su complejidad, es decir en su vertiente del significante paterno
y en su vertiente objetal (la arrastrada araña) como una escritura arcaica del fantasma. Su erección de alguna manera,
resultaría del adosamiento de un sujeto marcado por la ley primordial, representado y ya no eclipsado y del objeto cuyo
deslizamiento se revela imposible de allí en más.
Formulemos ahora la estrategia de la Araña. Al objeto de angustia en tanto que se constituye, se ubica a nivel del espejo,
a la imposible simbolización de la falta en una significación fálica, el fóbico sustituye el miedo. Por medio de este
artificio, por este objeto, este significante representado, conserva, nos dice Lacan, el menor anclaje de su ser para no
estar a la deriva del capricho materno. Este miedo tiene una función aseguradora y tiene efecto valorizador. La araña es
una señal, un límite; fuera de este punto, la castración no se plantea -es evitada. En este reducto protegido puede seguir
siendo el héroe de su madre que salva hermanos y hermanas.
En esta contaminación del espacio está su manera de tratar con lo real. Pero antes de abordar esta cuestión, ¿cómo
debemos comprender entonces esta victoria sobre la fobia y la castración cuando ella sube a caballo? A caballo, olvida
todo lo que hay alrededor de ella, ya no siente más angustia, la felicidad, "estoy colmada", precisa. Existe en la
domesticación de este animal la más bella conquista del hombre, la contención ya evocada de la cuestión del sexo y del
otro. Tener entre sus piernas el caballo, órgano y objeto a la vez, tenerlo bajo su bota le da seguridad en un dominio de
la animalidad posiblemente escabroso. Se mantiene por esta toma arcaica de este lado y se sostiene; allí reside la
felicidad, de la que puede decir que la colma y borra toda angustia - colmo del colmo.
Hay en la fobia una reconstrucción del mundo a partir de la Araña. En esta función límite, la araña puntúa la relación
con el mundo, la estampilla de alguna manera, la animaliza.
Se puede reconocer, en estos puntos, su manera de tratar con lo real. El agujero que corrientemente viene a velar lo
imaginario del fantasma y que para ella aparece bajo su forma bruta o bien la extrañedad de un objeto que su mirada no
había detectado la primera vez, ella lo imaginariza - ubica la araña; hace de la araña este objeto, para retomar el término
de Lacan, este objeto casi arbitrario.
Esta imaginarización de lo real se reconoce también en esta queja de que darse sobre una imagen de no poder despegarse
de una impresión, de ligar recuerdos y, más precisamente, en esta imposibilidad de realizar un presente sin pasar por un
recuerdo imagen del presente.
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