Jubileo 2025: “Peregrinos de Esperanza”
Campaña del Enfermo: “En esperanza fuimos salvados” (Rom 8,24).
Temas preparados por la Delegación Episcopal de Pastoral de la Salud de la Archidiócesis
de Madrid
Jubileo 2025: “Peregrinos de Esperanza” Campaña del Enfermo: “En esperanza fuimos salvados”
VIII Anclados en la esperanza
Oración
Padre que estás en el cielo,
despierta en nosotros la bienaventurada esperanza
en la venida de tu Reino.
La gracia del Jubileo
reavive en nosotros, Peregrinos de Esperanza,
el anhelo de los bienes celestiales
y derrame en el mundo entero
la alegría y la paz
de nuestro Redentor.
A ti, Dios bendito eternamente,
sea la alabanza y la gloria por los siglos.
Amén.
(De la oración del Papa Francisco para el Jubileo 2025).
1. Textos bíblicos
1. “Tened ceñidas vuestras cinturas y encendidas las lámparas, y estad como quienes
aguardan a su amo cuando vuelve de las nupcias, para abrirle al instante en cuanto
venga y llame. Dichosos aquellos siervos a los que al volver su amo los encuentre
vigilando. En verdad os digo que se ceñirá la cintura, les hará sentar a la mesa y
acercándose les servirá. Y si viniese en la segunda vigilia o en la tercera, y los
encontrase así, dichosos ellos. Sabed esto: si el dueño de la casa conociera a qué hora
va a llegar el ladrón, no permitiría que se horadase su casa. Vosotros estad también
preparados, porque a la hora que menos penséis vendrá el Hijo del Hombre” (Lc 12-
35-40).
2. “Justificados, por tanto, por la fe, estamos en paz con Dios por medio de nuestro Señor
Jesucristo, por quien también tenemos acceso en virtud de la fe a esta gracia en la que
permanecemos, y nos gloriamos apoyados en la esperanza de la gloria de Dios” (Rm 5,
1-2).
3. “Vigilad, estad firmes en la fe, sed fuertes, tened ánimo; todas vuestras obras hacedlas
en la caridad” (1 Cor 16, 13-14).
4. “Y, por tanto, la promesa viene de la fe, para que, en virtud de la gracia, sea firme la
promesa para toda la descendencia: no sólo para los que proceden de la Ley, sino
también para los que proceden de la fe de Abrahán, que es padre de todos nosotros
—conforme está escrito: Te he constituido padre de muchos pueblos—, delante de
Aquél a quien creyó, Dios, que da la vida a los muertos y llama a las cosas que no
existen como si ya existieran. Él, esperando contra toda esperanza, creyó que llegaría
a ser padre de muchos pueblos conforme está dicho: Así será tu descendencia. Y no
desfalleció en la fe al considerar que su propio cuerpo estaba ya sin vigor, al ser casi
centenario, y que también el vientre de Sara era estéril. Ante la promesa de Dios no
titubeó con incredulidad, sino que fue fortalecido por la fe, dando gloria a Dios,
plenamente convencido de que Él es poderoso para cumplir lo que había prometido”
(Rm 4, 16-21).
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2. Ideas para la reflexión1
1. Para vivir anclados en la esperanza hemos de poner el corazón en la gran esperanza.
“A la esperanza en un Señor de la vida que con su Palabra ha creado el mundo y
conduce nuestras existencias, se contrapone la confianza en ídolos mudos. Las
ideologías con sus afirmaciones de absoluto, las riquezas —y esto es un gran ídolo—,
el poder y el éxito, la vanidad, con su ilusión de eternidad y de omnipotencias, valores
como la belleza física y la salud, cuando se convierten en ídolos a los que sacrificar
cualquier cosa, son todo realidades que confunden la mente y el corazón, y en vez de
favorecer la vida conducen a la muerte.” (Audiencia, 11-I.2017).
2. “La esperanza, junto con la fe y la caridad, forman el tríptico de las “virtudes
teologales”, que expresan la esencia de la vida cristiana (cf. 1 Co 13,13; 1 Ts 1,3). En su
dinamismo inseparable, la esperanza es la que, por así decirlo, señala la orientación,
indica la dirección y la finalidad de la existencia cristiana. Por eso el apóstol Pablo nos
invita a “alegrarnos en la esperanza, a ser pacientes en la tribulación y perseverantes
en la oración” (cf. Rm 12,12). Sí, necesitamos que “sobreabunde la esperanza” (cf. Rm
15,13) para testimoniar de manera creíble y atrayente la fe y el amor que llevamos en
el corazón; para que la fe sea gozosa y la caridad entusiasta; para que cada uno sea
capaz de dar, aunque sea una sonrisa, un gesto de amistad, una mirada fraterna, una
escucha sincera, un servicio gratuito, sabiendo que, en el Espíritu de Jesús, esto puede
convertirse en una semilla fecunda de esperanza para quien lo recibe. Pero ¿cuál es el
fundamento de nuestra espera? Para comprenderlo es bueno que nos detengamos en
las razones de nuestra esperanza (cf. 1 P 3,15)” (Bula 18).
3. “Es allí, en el Calvario, donde Jesús tiene la última cita con un pecador, para abrirle
también las puertas de su reino. Esto es interesante: es la única vez que la palabra
«paraíso» aparece en los evangelios. Jesús se lo promete a un «pobre diablo» que
sobre la madera de la cruz tuvo el coraje de dirigirle la más humilde de las peticiones:
«acuérdate de mí cuando vengas con tu reino» (Lucas 23, 42). No tenía buenas obras
que hacer valer, no tenía nada, pero se confía a Jesús, a quien reconoce como inocente,
bueno, tan diverso de él (v. 41). Aquella palabra de humilde arrepentimiento fue
suficiente para tocar el corazón de Jesús (…) Si creemos esto, la muerte deja de darnos
miedo y podemos también esperar partir de este mundo de forma serena, con tanta
confianza. Quien ha conocido a Jesús ya no teme nada. Y podremos repetir también
nosotros las palabras del viejo Simeón, también él bendecido por el encuentro con
Cristo, después de una vida entera consumada en la espera: «Ahora, Señor, puedes,
según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz, porque han visto mis ojos tu
salvación» (Lucas 2, 29-30)” (Audiencia, 25-X-2017).
4. “Sólo la gran esperanza-certeza de que, a pesar de todas las frustraciones, mi vida
personal y la historia en su conjunto están custodiadas por el poder indestructible del
Amor y que, gracias al cual, tienen para él sentido e importancia, sólo una esperanza
así puede en ese caso dar todavía ánimo para actuar y continuar” (SpS, 36).
1Abreviaturas:
SpS: Benedicto XVI, Encíclica “Spe salvi”.
Audiencia: Catequesis sobre la esperanza del Papa Francisco en las Audiencia,s Generales del 7 de diciembre de
2016 al 25 de octubre de 2017.
Carta: Carta del Papa Francisco para el Jubileo 2025 a Monseñor Rino Fisichella, Presidente del Pontificio
Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización.
Bula: Papa Francisco, Bula de Convocación del Jubileo, “Spes non confundit”.
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5. “La gran esperanza está enraizada en la fe, y precisamente por esto es capaz de ir más
allá de toda esperanza. Sí, porque no se funda en nuestra palabra, sino sobre la Palabra
de Dios. También en este sentido, entonces, estamos llamados a seguir el ejemplo de
Abraham, el cual, aun frente a la evidencia de una realidad que parece destinada a la
muerte, se fía de Dios, «con pleno convencimiento de que poderoso es Dios para
cumplir lo prometido» (Romanos 4, 21) (…) Una esperanza fundada en la promesa que
desde el punto de vista humano parece incierta e imprevisible, pero que no
desaparece ni siquiera ante la muerte, cuando quien promete es el Dios de la
Resurrección y de la vida. ¡Esto no lo promete uno cualquiera! Quien promete es el
Dios de la Resurrección y de la vida. Queridos hermanos y hermanas, pidamos hoy al
Señor la gracia de permanecer firmes no tanto en nuestras seguridades, nuestras
capacidades, sino en la esperanza que brota de la promesa de Dios, como verdaderos
hijos de Abraham” (Audiencia, 29-III-2017).
6. “La esperanza, en efecto, «es la virtud teologal por la que aspiramos (…) a la vida eterna
como felicidad nuestra» (Catecismo de la Iglesia Católica 1817). El Concilio Ecuménico
Vaticano II afirma: «Cuando (…) faltan ese fundamento divino y esa esperanza de la
vida eterna, la dignidad humana sufre lesiones gravísimas —es lo que hoy con
frecuencia sucede—, y los enigmas de la vida y de la muerte, de la culpa y del dolor,
quedan sin solucionar, llevando no raramente al hombre a la desesperación»
(Gaudium st spes 21). Nosotros, en cambio, en virtud de la esperanza en la que hemos
sido salvados, mirando al tiempo que pasa, tenemos la certeza de que la historia de la
humanidad y la de cada uno de nosotros no se dirigen hacia un punto ciego o un
abismo oscuro, sino que se orientan al encuentro con el Señor de la gloria. Vivamos
por tanto en la espera de su venida y en la esperanza de vivir para siempre en Él. Es
con este espíritu que hacemos nuestra la ardiente invocación de los primeros
cristianos, con la que termina la Sagrada Escritura: «¡Ven, Señor Jesús!» (Ap 22,20)”
(Bula 19).
7. “Pero es importante que tal esperanza sea puesta de nuevo en lo que verdaderamente
puede ayudar a vivir y a dar sentido a nuestra existencia. Es por esto que la Sagrada
Escritura nos pone en guardia contra las falsas esperanzas que el mundo nos presenta,
desenmascarando su inutilidad y mostrando la insensatez. Y lo hace de varias formas,
pero sobre todo denunciando la falsedad de los ídolos en los que el hombre está
continuamente tentado de poner su confianza, haciéndoles el objeto de su esperanza.
(…). Yo me fío de Dios, pero la situación es un poco fea y yo necesito de una certeza un
poco más concreta. ¡Y allí está el peligro! Y entonces estamos tentados de buscar
consuelos también efímeros, que parecen llenar el vacío de la soledad y calmar el
cansancio del creer. (…) Una vez, en Buenos Aires, tenía que ir de una iglesia a otra, mil
metros, más o menos. Y lo hice, caminando. Había un parque en medio, y en el parque
había pequeñas mesas, pero muchas, muchas, donde estaban sentados los videntes.
Estaba lleno de gente, que también hacía cola. Tú le dabas la mano y él empezaba,
pero el discurso era siempre el mismo: hay una mujer en tu vida, hay una sombra que
viene, pero todo irá bien… Y después pagabas. ¿Y esto te da seguridad? Es la seguridad
de una —permitidme la palabra— de una estupidez. Ir al vidente o a la vidente que
leen las cartas: ¡esto es un ídolo! Esto es un ídolo, y cuando nosotros estamos muy
apegados: compramos falsas esperanzas. Mientras que de la que es la esperanza de la
gratuidad, que nos ha traído Jesucristo, gratuitamente dando la vida por nosotros, de
esa a veces no nos fiamos tanto.” (Audiencia, 11-I-2017).
8. “Jesús muerto y resucitado es el centro de nuestra fe. (…). El amor del Padre lo resucitó
con la fuerza del Espíritu, haciendo de su humanidad la primicia de la eternidad para
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nuestra salvación. La esperanza cristiana consiste precisamente en esto: ante la
muerte, donde parece que todo acaba, se recibe la certeza de que, gracias a Cristo, a
su gracia, que nos ha sido comunicada en el Bautismo, «la vida no termina, sino que se
transforma» (Misal Romano, Prefacio de difuntos I) para siempre. En el Bautismo, en
efecto, sepultados con Cristo, recibimos en Él resucitado el don de una vida nueva, que
derriba el muro de la muerte, haciendo de ella un pasaje hacia la eternidad. (…) Y si
bien, frente a la muerte —dolorosa separación que nos obliga a dejar a nuestros seres
más queridos— no cabe discurso alguno, el Jubileo nos ofrecerá la oportunidad de
redescubrir, con inmensa gratitud, el don de esa vida nueva recibida en el Bautismo,
capaz de transfigurar su dramaticidad (…). Esta es la meta a la que tendemos en
nuestra peregrinación terrena (cf. Rm 6,22)” (Bula 20).
9. “Mientras nos acercamos al Jubileo, volvamos a la Sagrada Escritura y sintamos
dirigidas a nosotros estas palabras: «Nosotros, los que acudimos a él, nos sentimos
poderosamente estimulados a aferrarnos a la esperanza que se nos ofrece. Esta
esperanza que nosotros tenemos es como un ancla del alma, sólida y firme, que
penetra más allá del velo, allí mismo donde Jesús entró por nosotros, como precursor»
(Hb 6,18-20). Es una invitación fuerte a no perder nunca la esperanza que nos ha sido
dada, a abrazarla encontrando refugio en Dios” (Bula 22).
10. “La imagen del ancla es sugestiva para comprender la estabilidad y la seguridad que
poseemos si nos encomendamos al Señor Jesús, aun en medio de las aguas agitadas
de la vida. Las tempestades nunca podrán prevalecer, porque estamos anclados en la
esperanza de la gracia, que nos hace capaces de vivir en Cristo superando el pecado,
el miedo y la muerte. Esta esperanza, mucho más grande que las satisfacciones de cada
día y que las mejoras de las condiciones de vida, nos transporta más allá de las pruebas
y nos exhorta a caminar sin perder de vista la grandeza de la meta a la que hemos sido
llamados, el cielo” (Bula 22).
3. Para la reflexión en grupo
1. Comentar qué nos ha sugerido la lectura de estos textos pontificios.
2. Cómo podemos vivir anclados en la esperanza.
3. Cómo discernir las falsas esperanzas de la gran esperanza a la que estamos llamados.
4. Por qué es importante vivir anclados en la esperanza de que “la vida no termina, sino
que se transforma”.