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Suenos de Bronce 3

El documento presenta 'Sueños de bronce', una novela de Camilla Läckberg que combina elementos de thriller psicológico y empoderamiento femenino. La historia sigue a Faye, quien enfrenta el regreso de su padre, un peligroso criminal, mientras lucha por proteger a sus seres queridos y su imperio empresarial. La obra es la tercera entrega de la serie protagonizada por Faye y ha sido aclamada por la crítica por su intriga y desarrollo de personajes.

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Suenos de Bronce 3

El documento presenta 'Sueños de bronce', una novela de Camilla Läckberg que combina elementos de thriller psicológico y empoderamiento femenino. La historia sigue a Faye, quien enfrenta el regreso de su padre, un peligroso criminal, mientras lucha por proteger a sus seres queridos y su imperio empresarial. La obra es la tercera entrega de la serie protagonizada por Faye y ha sido aclamada por la crítica por su intriga y desarrollo de personajes.

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SELLO PLANETA

COLECCIÓN
FORMATO 15 x 23 cm
RÚSTICA

SERVICIO
«Una mezcla fantástica de Big Little Lies
y Perdida. Un thriller muy original re- 4
pleto de sexo, secretos y escándalos.» CORRECCIÓN: PRIMERAS

CAMILLA LÄCKBERG SUEÑOS DE BRONCE


Kirkus Reviews CAMILLA LÄCKBERG publicó en 2002
su primera novela, La princesa de hielo, DISEÑO 18/12
«Un viaje oscuro y deliciosamente sexy.» ambientada en Fjällbacka, la región coste-
Los Angeles Times ra de la que es originaria. Debido a su gran REALIZACIÓN
éxito, abandonó su carrera como economis-
«Atrapa desde el principio y te lleva a los ta y se convirtió en la escritora de novelas EDICIÓN
lugares más oscuros de la psique huma- de misterio que siempre soñó ser. Desde
na.» The Sunday Times entonces, ha tenido una trayectoria fulgu-
rante y ha superado los treinta y nueve CORRECCIÓN: SEGUNDAS
millones de ejemplares vendidos en más de
«Ingenio femenino en su máxima expre-
setenta países. DISEÑO
sión.» Bohusläningen
Además de su celebrada serie Fjällbacka,
REALIZACIÓN
«Läckberg se supera a sí misma con esta compuesta hasta el momento por doce en-
deliciosa historia de venganza y refuerza tregas, es también autora de las novelas
su posición como reina de la novela negra Mujeres que no perdonan (Planeta, 2020) y CARACTERÍSTICAS
en Escandinavia.» Publishers Weekly Verdad o reto (Planeta, 2023). Con el reco-
nocido mentalista y experto mundial en IMPRESIÓN
«Totalmente fascinante.» Booklist lenguaje corporal Henrik Fexeus ha escrito
El mentalista (Planeta, 2022), La secta (Pla-
neta, 2023) y El espejismo (Planeta, 2024),
«Inteligente, implacable… Una novela Faye siempre ha vivido huyendo, en una batalla constante por una trilogía que se ha convertido en un
de empoderamiento femenino y triunfo romper con un pasado que amenaza con destruir todo cuanto nuevo fenómeno editorial internacional, PAPEL
sobre el patriarcado.» The New York ama, y cuando por fin siente que puede dejar de luchar, de pron- aclamada por los lectores y por la crítica.
Times Book Review to se ve amenazada por la única persona en el mundo capaz de PLASTIFÍCADO Brillante
Camilla Läckberg ha sido reconocida con
vencerla: su propio padre, que se ha fugado de la cárcel en la que el premio Mujer del Año en Suecia, los
«Para devorar de una sola sentada.» Real UVI
cumplía condena. Ahora Faye tendrá que enfrentarse a sus ma- premios Folket y el SKTF a Mejor Autora
Simple
yores miedos para plantarle cara: no es solo ella la que está en del año, el Gran Premio de Literatura Po-
RELIEVE SI
peligro, también sus seres queridos y su imperio, Revenge. Ade- licíaca de Francia y el People’s Literature
«Un suspense psicológico hábilmente
más, la policía de Estocolmo sigue sus pasos muy de cerca, por Award, entre otros.
trazado. El atractivo de esta serie prota- BAJORRELIEVE
gonizada por Faye radica en la ambigüe- lo que deberá planificar la venganza final con sumo cuidado. Y,
Tras Una jaula de oro y Alas
dad moral de su heroína.» The Washing- en esta ocasión, tendrá que prestar especial atención a un perso- de plata, Sueños de bronce es la
SUEÑOS DE BRONCE
STAMPING
ton Post naje misterioso, una mujer de oscuro pasado y gran determinación tercera y última entrega de la serie
que opera entre las sombras y puede llegar a arrebatárselo todo. protagonizada por su icónico FORRO TAPA
personaje Faye.
UNA MUJER TRAICIONADA LUCHA HASTA EL FINAL
10362352 Diseño de la cubierta: Planeta Arte & Diseño,
Diagonal, 662, 08034 Barcelona basado en un diseño original de Henrik Walse GUARDAS
Fotografía de la cubierta: © Viktor Sjödin
www.editorialplaneta.es Fotografía de la autora: © Magnus Ragnvid
9 788408 298823
www.planetadelibros.com
INSTRUCCIONES ESPECIALES

100 mm 152 mm R 21 mm 152 mm 100 mm


CAMILLA LÄCKBERG

SUEÑOS DE BRONCE

Traducción de Claudia Conde

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Título original: Drömmar av brons

© Camilla Läckberg, 2024


Publicado por acuerdo con Nordin Agency AB, Suecia
© por la traducción, Claudia Conde, 2025
© Editorial Planeta, S. A., 2025
Avda. Diagonal, 662-664, 08034 Barcelona (España)
www.editorialplaneta.es
www.planetadelibros.com

Primera edición: febrero de 2025


ISBN: 978-84-08-29882-3
Depósito legal: B. 1.027-2025
Composición: Realización Planeta
Impresión y encuadernación: Liberdúplex, S. L.
Printed in Spain - Impreso en España

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Desde su suite en el Grand Hotel, Faye observaba la bahía.
En los muelles frente al palacio real, pululaban pequeños
grupos de paseantes ligeros de ropa. Se apoyó la mano so-
bre el pecho y sintió el corazón palpitante. ¿Alguna vez se
le había acelerado tanto?
Cuando llamaron a la puerta, se sobresaltó.
—¡¿Quién es?! —gritó.
La voz que le respondió fue tan débil que no pudo reco-
nocerla.
La necesidad de volver a preguntar agudizó su ansie-
dad.
—Alice —repitió una voz familiar, y Faye suspiró.
Fue tal su alivio que estuvo a punto de echarse a llorar.
Abrió la puerta con manos temblorosas.
Su amiga, que además era una de las principales socias
de Revenge, su empresa, entró en la suite y empezó a reco-
rrerla.
—¿De modo que así viven los ricos?
—Tú tampoco vives en una pocilga, Alice.
Faye logró forzar una breve carcajada, aunque su cora-
zón seguía acelerado.

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—¿Es esta la suite donde suelen alojarse Madonna y
Beyoncé? —inquirió Alice, mientras se dejaba caer en uno
de los grandes sofás—. ¿O hay otra todavía más lujosa?
—No, es esta.
Faye extendió la mano hacia la cafetera plateada, detrás
de una gran bandeja llena de delicias para el desayuno.
—Entonces ¿estoy respirando ahora restos de su ADN
o...? —comentó Alice con devoción.
Faye se obligó a reír una vez más.
—Supongo que la ventilación los habrá hecho desapa-
recer hace tiempo. Y espero que también se hayan perdido
las últimas trazas de sus fluidos corporales. Tendrás que
conformarte con mis esporas.
Le tendió a Alice un café en taza de porcelana, mientras
señalaba con expresión interrogativa la jarra de leche.
Alice negó con la cabeza.
—No, gracias. Me gusta el café solo. Negro y fuerte,
como mi actual amante.
Faye esbozó una sonrisa y se acomodó en el sillón fren-
te a Alice, después de servirse también una taza.
—No creo que sea muy políticamente correcto eso que
acabas de decir... —observó.
Su socia se encogió de hombros. Después de su trau-
mático divorcio con Henrik, le importaba muy poco lo
que pensaran los demás acerca de sus decisiones vitales.
—¿Por qué querías que nos viéramos aquí y no en la
oficina? ¿Y por qué estás en un hotel en lugar de en tu
casa?
Como de costumbre, Alice no se había andado con ro-
deos.
Faye bajó la vista y se miró las manos. No quería mez-

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clar a sus seres queridos en sus preocupaciones, pero sabía
por experiencia que estar sola no la hacía más fuerte.
—Anoche, cuando estábamos en el Riche, vi a mi pa-
dre. Se detuvo delante de la ventana, se me quedó mirando
un momento y después se marchó.
Se estremeció al recordar la mirada feroz de su padre, la
misma que la había atormentado durante toda su infancia,
porque sabía que esa forma de mirar presagiaba un castigo
para ella o para su madre.
Alice apoyó la taza de café sobre el platillo, producien-
do un fuerte tintineo.
—¿Estás segura?
Faye asintió.
—Completamente.
—Ya decía yo que te había pasado algo. De repente te
quedaste callada y te fuiste. A Ylva también le resultó ex-
traño.
—Sí, debería hablar con ella.
Su mirada se encontró con la de Alice.
—Al llegar a casa —prosiguió—, vi marcas en la puerta
del piso, como si hubieran intentado forzarla. Por eso de-
cidí venir a este hotel, y aquí estoy.
—¡Dios mío! —Alice apoyó una mano sobre la de
Faye—. ¿Qué vas a hacer con el viaje a Italia?
A Faye se le hizo un nudo en la garganta al pensar en la
preciosa casa de Ravi, donde su hija y su madre la estaban
esperando.
—Lo cancelaré. No puedo arriesgarme a conducir a mi
padre adonde están ellas. Sabe que están vivas. Ayer me
enseñó una foto de ambas que yo le había dado a Jack an-
tes de... su muerte. Debieron de mantenerse en contacto

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incluso después de su fuga del traslado de presos. Supongo
que Jack le dio la foto a mi padre y ahora..., no sé. Pero
necesito encontrar otro lugar donde vivir. Una casa con
jardín. Salvo cuando me alojé con Kerstin, nunca he vivido
en una casa desde mi regreso a Estocolmo. Tiene que ser
algo que mi padre no se espere.
—¿No estarías más segura en el centro de la ciudad?
¿En un apartamento?
Faye negó con la cabeza.
—Demasiado movimiento de gente que entra y sale.
Una casa es más fácil de controlar y vigilar.
—Dime si puedo hacer algo por ti —dijo Alice, mien-
tras se ponía de pie para servirse más café.
—Seguramente necesitaré tu ayuda, pero antes tendré
que resolver yo sola algunos asuntos.
—¿De verdad crees que se atrevería a hacerte algo a ti?
Por lo visto, ha conseguido huir. ¿No sería más sensato
que se mantuviera al margen y te dejara en paz?
Faye negó con la cabeza.
—No. Lo conozco bien. Vendrá a por mí. ¿Por qué otra
razón iba a enseñarme la foto? Tengo que estar preparada.
Se le puso la piel de gallina, como si una corriente fría
se hubiera colado en la elegante habitación de hotel.
—¿Qué quieres hacer con la presentación? ¿La pospo-
nemos?
—No. Encontraré la manera. Hemos trabajado dema-
siado para arriesgarlo todo ahora, aplazando la presenta-
ción. Si conquistamos el mercado de Estados Unidos, si-
tuaremos a Revenge en la cima del sector de la belleza. Las
dos lo sabemos, y no voy a permitir que mi padre se inter-
ponga en nuestro camino.

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Faye se rodeó el torso con los brazos. ¿Sería el aire
acondicionado?
—Pero quería pedirte que adoptes más medidas de se-
guridad en la oficina —prosiguió—. Tendré que ir dentro
de poco, quizá esta misma tarde.
—Lo haré de inmediato.
Alice se levantó y abrazó con fuerza a su amiga.
Faye notó el familiar aroma a Chanel N.º 5. A su socia
siempre le había gustado lo clásico.
Cuando la puerta se cerró tras ella, Faye se dirigió al
dormitorio y, tras un instante de duda, buscó el teléfono.
Odiaba tener que mentir a su hija. A su madre debería de-
cirle la verdad, pues conocía mejor que nadie el peligro
que representaba su exmarido y no habría sido justo ocul-
tarle los hechos.
Con un suspiro, inició una videollamada. Se le encogió
el corazón cuando apareció en la pantalla el bonito rostro
de su hija.
—¡Mamá! ¿Cuándo vuelves? Te he hecho un dibujo, ya
verás. Te lo daré cuando vengas.
—Eres un amor, cariñito. No te imaginas cuánto te
echo de menos, pero todavía falta un poco para que mamá
regrese a casa. Tengo que quedarme un tiempo más en Es-
tocolmo, para resolver varios asuntos de trabajo.
La mirada de decepción de Julienne le resultó triste-
mente familiar. Había vuelto a incumplir una promesa.
Notó que su hija se esforzaba por parecer despreocupada,
y eso le dolió todavía más.
Julienne se encogió de hombros.
—No pasa nada. Lo entiendo.
—¿Cómo estás?

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—Yo estoy bien, pero tú querrás hablar con la abuela,
como siempre, ¿no?
—Oh, Julienne, lo siento. En este momento tengo que
hablar de algo muy importante con tu abuela, pero la
próxima vez...
—Sí, claro...
El rostro de Julienne desapareció de la pantalla, susti-
tuido por una sucesión de paredes en tonos claros y mue-
bles oscuros, mientras la niña se desplazaba por la casa.
—¡Abuela! —llamó.
Entonces Faye vio la cara de su madre.
—¿Puedes alejarte un poco? —le dijo en voz baja.
Su madre asintió, y Faye la siguió a través de la pantalla
de su móvil mientras subía al piso de arriba.
—¿Qué ha pasado? —preguntó su madre, ligeramente
sin aliento después de subir la escalera—. No me asustes.
Faye respiró hondo.
—Ayer lo vi. Vi a papá. Creo que ha intentado forzar la
puerta de mi apartamento.
Notó que a su madre se le cortaba el aliento.
—¿Viste a Gösta? ¿Estás segura?
Alice le había hecho la misma pregunta y tuvo que dar
la misma respuesta.
—Del todo. Y sabe que estáis vivas. Por eso he cancela-
do el viaje. Es imposible que sepa lo de la casa de Ravi,
pero no quiero llevarlo hasta allí, si me está vigilando.
Sintió que las lágrimas le quemaban detrás de los pár-
pados, pero las contuvo.
—Ten mucho cuidado a partir de ahora. Por supuesto,
aumentaré de inmediato las medidas de seguridad. No
quiero correr riesgos.

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—¿Dónde estás ahora?
La voz de su madre sonaba entrecortada y el móvil le
temblaba en la mano. El padre de Faye obraba ese efecto.
Despertaba en ellas un terror profundo y primitivo. Las
dos sabían de qué era capaz y cuánta maldad albergaba en
su interior.
—En el Grand Hotel. Pero estoy buscando otro lugar
más seguro donde vivir.
—Cuídate mucho —le dijo su madre en voz baja.
Faye se limitó a asentir.
No podía dejar que el miedo la dominara. Se negaba a
concederle a su padre ese poder. Tenía que mantener la
sangre fría para planear el siguiente paso. Su padre era un
prófugo, un delincuente sobre el que pesaba una orden de
busca y captura, y eso suponía cierta ventaja para ella.
—Cuida de Julienne. Os quiero mucho —dijo final-
mente, antes de terminar la llamada.
Se quedó sentada en la cama. Después de todo lo suce-
dido en los últimos años, estaba cansada de luchar. Sin
embargo, no le quedaba otra. Tendría que presentar bata-
lla por su vida y la de su familia. Le vino a la mente la foto-
grafía que Jack había visto y se había llevado. Era la única
foto de su madre con Julienne, y echaba mucho de menos
poder mirarla. La había tomado ella, en una playa de Sici-
lia, y aún podía visualizar a Julienne, acurrucada en el re-
gazo de su abuela, con su larga melena rubia enmarañada
después de bañarse en el mar, mirando a la cámara. Ahora
esa foto la tenía su padre.
Estaba dispuesta a pelear por ellas dos hasta la última
gota de sangre.
Volvió a coger el móvil e hizo una búsqueda de agen-

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cias inmobiliarias en Estocolmo. El primer resultado era
una agencia claramente orientada a la clientela más exclu-
siva. Llamó al teléfono indicado y enseguida le respondió
una voz masculina.
—Hola, quiero comprar una casa —se apresuró a de-
cirle Faye.
—¡Perfecto! Le paso a uno de nuestros agentes.
Mientras esperaba, Faye cogió un vaso de la mesilla y
bebió un sorbo de agua mineral, para quitarse el regusto
amargo del café.
—Aquí Peter Bladh, ¿en qué puedo ayudarla?
A juzgar por el ruido de fondo, el hombre parecía estar
circulando en un coche.
—Me llamo Faye Adelheim y quiero comprar una casa
lo antes posible. Necesito que esté cerca de la costa, a no más
de media hora del centro de Estocolmo. El precio no me
importa.
Tras un breve silencio confuso, llegó la respuesta.
—Mmm... Creo que tengo una propiedad que podría
gustarle —dijo—. Está en Lidingö, al lado de la costa. El
precio de salida es...
—Ya le he dicho que no me importa el precio —lo inte-
rrumpió Faye—. ¿Cuándo puedo ir a verla?
—¿Dónde se encuentra usted? —preguntó el agente.
Faye tenía que comportarse con normalidad, sin de-
mostrar ansiedad. En algún momento llegaría el ataque de
su padre y debía estar preparada.
—Me alojo en el Grand Hotel.
—Puedo pasar a recogerla dentro de veinte minutos.
Solo necesito ir a la oficina para buscar las llaves y los có-
digos de la casa.

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—Perfecto.
Tras poner fin a la llamada, Faye se dirigió a la ducha.
Tenía mucho que hacer. Pensaba proteger a su familia cos-
tara lo que costase.

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La casa había sido construida cinco años antes por encar-
go de un multimillonario sueco, que poco después se había
casado, había vendido su participación en una conocida
empresa financiera y se había trasladado a Nueva York.
Mirando a su alrededor, Faye se dijo que el hombre tenía
muy buen gusto para la decoración, pese a dedicarse a las
finanzas, aunque también era posible que no hubiese teni-
do nada que ver con el interiorismo. El mobiliario por sí
solo valía unos cuantos millones de coronas. Era lujoso sin
caer en la vulgaridad. Faye podía imaginarse fácilmente
viviendo en esa casa.
Un alto muro rodeaba la parcela. El portón eléctrico se
abrió sin ruido cuando llegaron a bordo del descapotable
del agente. La casa tenía tres plantas y estaba situada en un
extremo de la isla de Lidingö. La fachada trasera, acristala-
da por completo, ofrecía amplias vistas de la bahía, ade-
más de dominar una extensión de césped bien cuidado,
una amplia piscina y una playa de arena.
Peter, el agente inmobiliario, se quedó en un segundo
plano junto al amplio ventanal, mientras Faye inspeccio-
naba la finca a toda prisa. Una pequeña embarcación de

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recreo pasó frente a ellos y su estela hizo ondular el agua
de la orilla.
—No se ve nada desde el exterior. Las ventanas están
diseñadas de tal manera que la visión hacia fuera es total,
pero no se ve nada hacia dentro.
—¿Como en una sala de interrogatorios?
Peter se echó a reír. Una agradable sonrisa simétrica le
iluminó el rostro. Sus dientes eran blancos y regulares.
—Sí, así es. Como en una sala de interrogatorios.
Faye se acercó y percibió su perfume. Tenía unos trein-
ta años. Era alto, con el ondulado pelo castaño peinado
hacia un lado. Era evidente que visitaba con frecuencia el
gimnasio. La trataba con amabilidad, pero sin fanfarrone-
ría, y con confianza, sin llegar al descaro. Ella se había sen-
tido atraída nada más verlo, y el viaje en coche hasta allí le
había resultado en cierto modo agradable.
Daba toda la sensación de estar libre, sin pareja. En
cualquier caso, no llevaba anillo de casado y vestía con un
gusto claramente masculino, sin que se evidenciara en nin-
gún caso la mano de una mujer.
—El sistema de seguridad es de primera categoría: cá-
maras de vigilancia y alarmas electrónicas con conexión
directa a Walding Security. Para el actual propietario, la
seguridad es fundamental. Estocolmo ya no es lo que era.
No sé si lo sabe, pero hay bandas de criminales que se es-
pecializan en este tipo de propiedades y no se detienen
ante nada. Hay que protegerse.
Faye asintió mientras echaba una mirada a los pectora-
les del agente, que se perfilaban bajo la ceñida camisa.
Tuvo que hacer un esfuerzo para no relamerse.
No le preocupaban las bandas de ladrones, sino su

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padre. Ningún sistema de alarmas del mundo sería sufi-
ciente para detenerlo si decidía ir a buscarla. Una de las
pocas veces que su madre había intentado dejarlo y se
había marchado a una pensión con Sebastian y con ella,
tardó apenas unas horas en presentarse y aporrear la
puerta. Era como un sabueso. Los encontraba siempre.
Pero un buen sistema de seguridad podía servir para ga-
nar tiempo.
—¿Qué le parece? —preguntó Peter, tras medio minu-
to de silencio.
Ella asintió brevemente.
—¿Hay algún otro interesado?
—Martin Lorentzon estuvo ayer aquí, visitando la pro-
piedad.
Faye sabía que el cofundador de Spotify tenía los bolsi-
llos llenos tras su enorme éxito, por lo que debía decidirse
cuanto antes.
La casa era perfecta. No podía ser más segura, estaba
cerca de la ciudad y al mismo tiempo le ofrecía la esfera de
privacidad que le hacía falta. No habría vecinos curiosos
que se inmiscuyeran en sus asuntos, a diferencia de lo que
sucedía cada vez con más frecuencia en Östermalm. En
otros tiempos, no se habría sentido capaz de vivir en el
ambiente reservado e impersonal de Lidingö, pero ahora
era justo lo que necesitaba. Podría organizar un estricto
sistema de seguridad en torno a la finca que en la ciudad
habría sido imposible.
—Estoy dispuesta a añadir cinco millones al precio de
venta si puedo mudarme ahora mismo.
—Creo que no habrá ningún problema. Si me permite,
llamaré al propietario.

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El agente bajó la escalera y la dejó sola. Segundos des-
pués, lo vio aparecer sobre el césped, delante de la playa,
con el teléfono apoyado en la mejilla. Faye se lo quedó mi-
rando, segura de que él no podría verla a través de la ven-
tana.
Sintió un escalofrío. La aparición de su padre le había
hecho cambiar de planes. Había dejado de ser dueña de la
situación, y eso tenía que cambiar. Debía recuperar el con-
trol, y para ello tenía que relajarse.
Apoyó una mano sobre el cristal, mientras se deslizaba
la otra por debajo de las bragas. Ya estaba húmeda. Empe-
zó a acariciarse, con la vista fija en Peter, en su cuerpo fir-
me y su actitud confiada. Podía imaginarse la musculatura
del pecho y la suavidad de su piel, seguramente depilada.
Los pezones pequeños y duros. Le costó muy poco alcan-
zar el orgasmo. Se mordió los labios y sofocó el gemido
que quería brotarle de la garganta, cerrando los ojos mien-
tras todo su cuerpo se estremecía.
Poco después, se alisó la ropa y se sentó en uno de los
sofás color crema. El pulso le había vuelto a la normalidad.
Sacó la polvera Revenge del bolso Birkin de Hermès y se
arregló el maquillaje, mirándose al pequeño espejo. Luego
abrió la cremallera del bolsillo interior del bolso y sacó la
cadena con el medallón de plata, que guardaba allí desde
que había perdido la otra foto. Abrió el medallón y contem-
pló la preciosa fotografía en la que aparecía ella con Julienne
muy pequeña. Se la había hecho la fotógrafa Kate Gabor.
Le encantaba esa foto.
Al cabo de unos minutos oyó a Peter que subía la esca-
lera, por lo que cerró precipitadamente el medallón y se
guardó el collar en el bolso.

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El agente se detuvo ante ella.
—Perdón por haber tardado tanto.
Faye sonrió.
—No me ha parecido mucho tiempo. Estaba disfrutan-
do de las vistas.
Dejó que su mirada recorriera el cuerpo de Peter.
El agente carraspeó. Un ligero rubor se extendió por
sus bronceadas mejillas.
—Acabo de hablar con el propietario. Ha aceptado la
oferta. Cuando su esposa se ha enterado de que la compra-
dora era usted, ha quedado encantada. Me ha pedido que
le transmita que es muy fan de sus productos. Siempre usa
Revenge.
—Una mujer con buen gusto.
Faye se puso de pie y Peter le indicó con la mano que
pasara delante de él para salir de la casa. Mientras el agen-
te tecleaba el código para volver a conectar la alarma, ella
se dirigió al coche, se sentó y se colocó las gafas de sol, que
hasta ese momento había llevado sobre la cabeza. Después
Peter se puso al volante y accionó el mando a distancia del
portón.
Al salir, Faye contempló por el retrovisor la casa que
acababa de comprar. En otra realidad, Julienne habría
podido mudarse allí con ella, pero eso ahora era imposi-
ble. Ante los ojos del mundo, Julienne estaba muerta. Por
momentos, ella también lo creía. Interpretaba tan bien
el papel que la sola idea le producía una intensa tris-
teza.
No había tenido opción. Las imágenes que había visto
en el ordenador de Jack eran terribles. Había expuesto a
Julienne a los peores horrores. Se había visto obligada a

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alejar a la niña de su padre y a asegurarse de que no volvie-
ra a tocarla. La mentira era esencial para proteger su vida,
y Faye esperaba ser capaz de mantenerla indefinidamente,
aunque a veces su peso fuera abrumador.

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