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Géneros Literarios en Chile

El documento analiza la evolución de los estudios literarios en Chile desde la década de 1960, destacando la jerarquización de géneros literarios y la exclusión de géneros no ficticios durante la dictadura. A partir de la década de 1990, se produce un cambio significativo con la inclusión de géneros referenciales, impulsado por académicos que regresaron del exilio. El libro 'Estéticas de la intimidad' representa un hito en el estudio de estos géneros, abordando la intimidad y la identidad del sujeto en un contexto globalizado.

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Géneros Literarios en Chile

El documento analiza la evolución de los estudios literarios en Chile desde la década de 1960, destacando la jerarquización de géneros literarios y la exclusión de géneros no ficticios durante la dictadura. A partir de la década de 1990, se produce un cambio significativo con la inclusión de géneros referenciales, impulsado por académicos que regresaron del exilio. El libro 'Estéticas de la intimidad' representa un hito en el estudio de estos géneros, abordando la intimidad y la identidad del sujeto en un contexto globalizado.

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K E M Y O Y A R Z Ú N

Campo abierto
Géneros referenciales: identidad y comunidad1

Leonidas Morales T.2

En la década de 1960, en las universidades chilenas donde


se enseñaba y estudiaba la literatura, los géneros del discurso
estaban todavía sometidos a un paradigma teórico que no sólo
los distinguía como clases de discurso, sino que también intro-
ducía jerarquizaciones entre ellos. Quienes éramos estudiantes
de literatura en la universidad de esos años no esperábamos, por
ejemplo, que la malla curricular incluyera un curso sobre diario
íntimo, o sobre la carta, o la autobiografía. Ni los estudiantes ni
los profesores contemplaban semejante posibilidad. La literatura
propiamente tal, la digna de enseñarse e investigarse en el medio
académico, se identificaba de manera excluyente con los géneros
de ficción: novelas, poemas, dramas. En una clase o en un texto
crítico en torno a obras literarias “de verdad”, los géneros no fic-
cionales sólo tenían derecho a figurar como fuentes de informa-
ción complementaria.
Dentro de ese marco discriminador y jerarquizador, la prác-
tica de los estudios literarios, vía enseñanza o investigación, se
daba sin embargo articulada a un corpus de conceptos teóricos
y operativos mucho menos rígido, mucho más abierto e inclusi-
vo. Era un corpus donde convivían modelos conceptuales pro-
venientes de variados frentes: desde modelos que venían de la
lingüística saussuriana, de las investigaciones desarrolladas den-
tro de los grupos del formalismo ruso (las de Roman Jakobson
entre ellas), de los trabajos de la “nueva crítica” en lengua ingle-
sa (como los de Wellek y Warren), hasta los seductores modelos
ofrecidos por la antropología de Claude Lévi-Strauss y por el
pensamiento marxista contemporáneo (el de Lukacs, el de Sartre,
el de Goldman). Es decir, el texto literario-ficcional, cualquiera
fuese su género específico, podía ser sometido a una lectura que
privilegiara sus “estructuras” internas (“intrínsecas”, se decía
igualmente), o, también, a otra lectura que buscara en la ficción
las formas literarias de una iluminación del mundo histórico,

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tensionando así las relaciones del texto ficcional con el mundo
social. Esta libertad teórica y crítica de los estudios literarios en
las universidades chilenas de la década de 1960, duró hasta 1973,
es decir, hasta el Golpe Militar.
En efecto, durante la larga dictadura que el Golpe militar
inaugura, los estudios literarios en las universidades chilenas
prolongan sin modificaciones el mismo paradigma teórico dis-
criminador y jerarquizador de los géneros del discurso. En otras
palabras, seguían siendo los géneros de ficción los digno de ense-
ñarse e investigarse como literatura. Pero con una diferencia sus-
tancial: se termina con la libertad para optar por tal o cual de los
modelos conceptuales que estaban hasta entonces disponibles,
y los estudios literarios comienzan a recluirse en el interior de
modelos conceptuales “estructuralistas”. A recluirse y a asfixiar-
se, porque se trataba de un estructuralismo aséptico, formalista
en el peor sentido. Al margen de que algunos lo asumieran con
gusto y otros de modo más bien forzado, se trataba, en cualquier
caso, de modelos funcionales a la ideología de la dictadura, o que
proporcionaban una cobertura dentro de una sociedad cautiva,
recorrida por el miedo, censurada y autocensurada. Las conse-
cuencias fueron una enseñanza y una investigación desvitaliza-
das, de escasa o nula importancia como producción de sentido
crítico.
La situación descrita se mantiene hasta el fin de la dictadu-
ra en 1989 y el inicio de ese extraño período que, con no poco
humor negro, se ha llamado “transición a la democracia”. A lo
largo de la década de 1990 se produce efectivamente un cam-
bio drástico en el paradigma teórico de los estudios literarios:
los géneros discursivos hasta entonces excluidos como objetos
legítimos de la enseñanza y la investigación literarias en los es-
pacios académicos, o sea, los géneros de no ficción, o “referen-
ciales” como prefiero llamarlos, en vez de “menores” (el térmi-
no usado por Deleuze y Guattari, que introduce en español una
connotación despectiva), comienzan de pronto a ingresar como
temas de cursos y seminarios, de investigaciones y publicacio-
nes. Pero el cambio no lo precipitaron los profesores que venían
de los tiempos de la dictadura, sino que se originó en la gestión
de profesores que habían “retornado” al país después de años de
exilio, algunos en Europa, o en Estados Unidos, o en otros paí-
ses latinoamericanos, que mantuvieron un contacto vivo con el

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desarrollo de la literatura y el pensamiento modernos, y que vol-
vieron con percepciones o miradas, diversas en cada caso, pero
que respondían a las nuevas condiciones sociales, políticas y cul-
turales que, desde la década del 80, empezaban a generalizarse
en el mundo, es decir, esas a las que nos referimos en términos de
globalización o posmodernidad.
Soy uno de esos retornados. Y creo haber sido el primero,
desde la Universidad de Chile y desde la primera mitad de la dé-
cada de 1990, en abrir el paradigma teórico heredado dando cur-
sos de pre y postgrado, o dirigiendo tesis, o publicando ensayos
y libros sobre los géneros excluidos del campo de la literatura
por su índole no ficticia, específicamente sobre géneros como la
carta, el diario íntimo, la autobiografía, legitimando su condición
de géneros auténticamente “literarios”. Las autoras de tres de los
ensayos incluidos en el libro que estamos presentando han sido
precisamente alumnas mías en el postgrado de la Universidad
de Chile (Patricia Espinoza, Lorena Amaro, Francisca Lange).
Agrego un detalle vinculante con una palabra del título del libro
editado por Lorena, la palabra “intimidad”: en 1995, en el pró-
logo a mi edición crítica del Diario íntimo de Luis Oyarzún, me
refería a géneros como el diario íntimo, la carta y la autobiografía
llamándolos justamente “géneros de la intimidad”. Ahora bien, e
insistiendo en el cambio mencionado, la apertura del paradigma
teórico operado desde la Universidad de Chile adquiriría pronto,
en esa misma Universidad, mayor fuerza y arraigo (en la medida
en que se dispondrá de un soporte institucional) con el trabajo
de Kemy Oyarzún, que concluye en la creación del Centro de
Estudios de Género y Cultura en América Latina, y con el trabajo
paralelo de Grinor Rojo, que concluye a su vez en la creación del
Centro de Estudios Culturales Latinoamericanos.
El libro editado por Lorena Amaro, si lo leemos desde una
perspectiva chilena, y más allá de que algunos de sus colabo-
radores hayan venido de otros países, se inscribe pues en el ho-
rizonte de los estudios literarios tal como acabo de reseñarlo a
través de sus peripecias desde la década de 1960. Pero algo más
quiero aún precisar. Dentro de ese horizonte, este libro, Estéticas
de la intimidad, representa, a mi modo de ver, un acontecimiento
que necesita destacarse: en Chile, y dentro del universo de los gé-
neros “referenciales”, es el primer libro de autoría colectiva de-
dicado enteramente al estudio del grupo de géneros asociados a

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la “intimidad” de un sujeto enunciante, que también suele ser la
intimidad de una “memoria”, es decir, la intimidad de un sujeto
que se enuncia a sí mismo como figura de un tiempo biográfico
e histórico.
¿Sobre qué ejes críticos articular una presentación del libro
Estéticas de la intimidad, una presentación que se atenga a una
economía de escasez y que, además, sea útil para quien tenga
que leerla? Esa fue por supuesto mi pregunta inicial. Y entonces
pensé en dos ejes posibles. Uno, el que acabo de poner a la vista,
es decir: proyectar este libro sobre la historia de los estudios li-
terarios chilenos de las últimas décadas, para fijar dentro de esa
historia aquellos aspectos que parecen ser parte de sus supuestos,
o de sus condicionantes desde el punto de vista del paradigma
teórico. El segundo eje crítico de mi presentación, en el que voy
a detenerme a continuación, al revés del primero, retira el libro
que presentamos de los límites estrictos de una historia local y lo
abre en cambio a un horizonte histórico más vasto e inclusivo, el
de nuestros tiempos globalizados o posmodernos, tan llenos de
pulsiones que terminan derribándose sobre sí mismas, que no
son todavía las pulsiones de un futuro que no dé por cerrada,
peor aún, por “realizada”, la esperanza de un enriquecimiento
de nuestro destino propiamente humano. Se trata de un pliegue
específico, pero fundamental, de ese horizonte histórico globali-
zado como horizonte de sentido. Un pliegue implicado en todo
el libro que presentamos, en cada uno de los textos que lo cons-
tituyen. Implicado: comprometido en silencio. Pero en este caso
hablo de un silencio como condición de posibilidad, sin el cual
los textos mismos no habrían podido hablar: existir.
Sin desmentir lo afirmado acerca de esa implicación general,
metodológicamente sin embargo me aprovecharé, para partir, de
uno de esos textos en particular. La razón: hay en él unas pregun-
tas que me sirven para entrar al pliegue del horizonte implícito
anunciado. Es el texto de Leonor Arfuch, “Intimo, privado, bio-
gráfico: espacios del yo en la cultura contemporánea”. Con cier-
ta perplejidad por el hecho de encontrarse ante una verdadera
avalancha de escrituras y lecturas en torno al yo y su intimidad,
una de las marcas distintivas de nuestra modernidad “tardía”,
de nuestra contemporaneidad “cultural”, Arfuch se pregunta:
“¿Qué pasión anima, desde la autoría, al develamiento, a “la
aparición”, tangible o intangible, como diría Hannah Arendt, de

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esas huellas del yo: escrituras, imágenes, objetos, atmósferas? ¿A
qué obedece, desde la recepción, tal obsesión por las vidas de los
otros, por las historias singulares, las vivencias, los rasgos de la
persona –en política, ya más importantes que las plataformas o
las pautas programáticas? ¿Por qué el cuerpo, la voz, la palabra
“propia” –ese imaginario de la “presencia”–, conservan todavía
su aura de autenticidad, a pesar de tantas mediaciones?”
A estas preguntas quisiera agregar un hecho, también con-
temporáneo, observado dentro de un campo de reflexión vecino,
el de la sociología. En uno de sus últimos libros, Zygmunt Bau-
man3 llamaba la atención del lector acerca de la repentina abun-
dancia de publicaciones sobre el tema de la “comunidad”, y se-
ñalaba la década de 1980 como frontera. Conocemos muchos de
los nombres de los autores de esas publicaciones, cuyas prácticas
profesionales cubren un vasto territorio, desde la filosofía a la
historiografía, pasando por la sociología y la antropología. Entre
quienes han escrito y publicado sobre el tema de la comunidad,
nos son familiares, por ejemplo, los nombres de Benedict Ander-
son, Jean-Luc Nancy, Maurice Blanchot, Giorgio Agamben.
¿Qué relación habría entre las preguntas de Arfuch y el he-
cho observado por Bauman, es decir, entre, por una parte, la “pa-
sión” por las escrituras y lecturas del yo, de su intimidad, de su
cuerpo, de su identidad, y, por otra, la proliferación discursiva
sobre la temática de la comunidad? Intentaré una respuesta. Por
lo pronto, una constatación obvia: si esa pasión y esta prolife-
ración han podido darse, no es desde luego gracias a un azar,
sino, para empezar, gracias a una repentina puesta en visibilidad
tanto del yo (del sujeto) como de la comunidad en cuanto ob-
jetos de esa inusitada producción de escritura. Ahora bien, con
algunos ensayos de Walter Benjamin, escritos en la década de
1930, hemos aprendido que las cosas no se dejan ver en cualquier
momento, porque sí, caprichosamente. No. Por el contrario, exis-
te lo que podríamos llamar, siguiendo la reflexión benjaminia-
na, condiciones de visibilidad de las cosas. ¿Cuáles serían? Las
cosas, en el mundo moderno, en la historia de la modernidad,
sólo se dejan ver de verdad, plenamente, incitadora, nostálgica
o inquietantemente, cuando comienzan a retirarse del escenario
histórico, no por sí mismas sino expulsadas por la “maquina”
moderna, en otras palabras, por la máquina de la mercancía, de
su lógica y su cultura. Es largo el listado de las cosas que han

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emprendido su retirada, y dejándose ver en el momento de su
ocaso, de su pérdida. El mismo Benjamin habló del “aura” y de
la “experiencia”4. Más tarde, ya en los tiempos de la globaliza-
ción, Foucault hablará de la pérdida de la locura “como imagen
viva de la razón”, retirada de la cotidianeidad y encerrada en los
psiquiátricos5, y Baudrillard, a su vez, nos dirá que el sexo, como
domicilio del erotismo, de la “seducción”, ha iniciado también el
camino de su pérdida, de su desaparición6.
En nuestro caso, estamos ante fenómenos de visibilidad si-
milar, pero sin duda más extrema todavía. La globalización de
la mercancía y su imperio ha terminado por barrer, o poner en
cuarentena, o condenar por anticipado, las sobrevivencias co-
munitarias, acelerando incluso el proceso de desintegración de
ese simulacro burgués de comunidad, de origen decimonónico,
que fue la “nación” como “comunidad imaginada”. No es casual
pues que los estudios culturales en nuestras universidades, desde
su formato estadounidense, hayan puesto de moda, incluso a nivel
ya de jerga, el prefijo “post”, desde luego el de la “post-nación”.
Como vimos, el mismo proceso de la globalización ha llevado,
simultáneamente, a un extremo de visibilidad otras pérdidas en
otras zonas de la realidad cultural actual. Pero aparte de las ya
citadas, nos interesa aquí la que ponen en escena los textos del
libro que presentamos, Estéticas de la intimidad. Es la zona del su-
jeto. ¿Qué ha pasado? ¿Por qué la “pasión” por las escrituras del
yo, de su intimidad, de su identidad? O también, ¿por qué esta
extrema y repentina visibilidad del sujeto y su yo para esas es-
crituras? Es que el sujeto también se nos va. Sin comunidad don-
de inscribirse, sin historia que lo ponga en juego como figura del
tiempo, sin utopía que lo invite a apostarse o a arriesgarse, y sin el
erotismo que pueda glorificar su cuerpo, el sujeto, su yo, su iden-
tidad, pierden las condiciones de su existencia. Se retiran pues.
Pero no diría que las escrituras del yo y su intimidad, o sobre
el yo y sobre su intimidad, sean sólo testimonios de una pérdida.
Creo que las mejores de estas escrituras, y me gusta pensar que
el libro Estéticas de la intimidad transita de alguna manera en esta
dirección, son un gesto de resistencia y, también, elaboraciones
que pueden hablar de otro tiempo, de uno por venir, de uno que
necesitamos con urgencia, de uno que reinstale una esperanza. En
1952, Violeta Parra decía: “El folklor es un cadáver”. Pero no se
limitó a dar testimonio de una desaparición. Con las formas, los

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materiales, los ritmos y colores de ese cadáver, armó una pro-
puesta musical y poética que sigue viva, desgarradamente, sí,
pero también esperanzadoramente. ¿Acaso no podría ser Violeta
Parra un modelo para nuestra reflexión en torno a las escrituras
del yo, del sujeto, de su memoria, de su identidad?

Notas

1 El siguiente texto fue leído el 18 de noviembre de 2009, en el Instituto de


Estética de la Universidad Católica de Chile, Santiago, como parte de la
presentación del libro Estéticas de la intimidad, editado por Lorena Amaro
(Santiago, LOM Ediciones, 2009).
2 Doctorado en Filosofía con mención en literatura. Profesor de literatura
chilena e hispanoamericana en universidades de chile, Estados Unidos y
Venezuela; enseña actualmente en la Universidad de Chile.
3 Zygmunt Bauman, Comunidad. En busca de seguridad en un mundo hostil.
Traducción de Jesús Alborés. Madrid: Siglo XXI de España Editores, 2008
(3ª ed.).
4 Ver Walter Benjamin, “La obra de arte en la época de su reproductibilidad
técnica” y “Experiencia y pobreza”, en Discursos interrumpidos I. Traduc-
ción de Jesús Aguirre. Buenos Aires: Taurus, 1989.
5 Michel Foucault. “La locura, la ausencia de obra”, en Entre filosofía y litera-
tura. Traducción de Miguel Morey. Barcelona: Ediciones Paidós, 1999.
6 Jean Baudrillard. De la seducción. Traducción de Elena Benarroch. Madrid:
Ediciones Cátedra, 1994 (6ª ed.).

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