0% encontró este documento útil (0 votos)
34 vistas10 páginas

Ritual de protección y recuerdos familiares

El documento narra la historia de una familia marcada por la tragedia, comenzando con la muerte del padre y la depresión de la madre, mientras el hermano mayor, Ricardo, se convierte en el pilar de la familia. A medida que Ricardo sufre de una enfermedad devastadora, el dolor y la pérdida se intensifican, culminando en su muerte, lo que deja a la madre en un estado de duelo profundo y al narrador con un sentimiento de desesperanza. La historia explora temas de amor, pérdida y la lucha por seguir adelante en medio del sufrimiento familiar.

Cargado por

PlichieNg
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
34 vistas10 páginas

Ritual de protección y recuerdos familiares

El documento narra la historia de una familia marcada por la tragedia, comenzando con la muerte del padre y la depresión de la madre, mientras el hermano mayor, Ricardo, se convierte en el pilar de la familia. A medida que Ricardo sufre de una enfermedad devastadora, el dolor y la pérdida se intensifican, culminando en su muerte, lo que deja a la madre en un estado de duelo profundo y al narrador con un sentimiento de desesperanza. La historia explora temas de amor, pérdida y la lucha por seguir adelante en medio del sufrimiento familiar.

Cargado por

PlichieNg
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

In tenebris, ubi daemonia latitant,

Nos congregamus ad vinculum sacrum creare.


Audite verba nostra, o potentes custodes,
Et daemones hos in aeternum ligate.

Repetite post me: "Daemonia, recedite!"

Per sanguinem et animam, per noctem et diem,


In hoc loco, nullum malum habitabit.
Daemonia, recedite! (audiencia repite: "Daemonia, recedite!")
Per verba sacra et potentia antiqua,
Daemonia, recedite! (audiencia repite: "Daemonia, recedite!")

In nomine antiquae sapientiae,


Daemonia, recedite! (audiencia repite: "Daemonia, recedite!")
Sigillum hoc sit nostra defensio,
Daemonia, recedite! (audiencia repite: "Daemonia, recedite!")

In nomine lucis et veritatis,


Custodes sacri, audite nos.
Protegite nos ab obscuris lóbregis,
Et da nobis fortitudinem ad resistendum.

Repetite post me: "Lóbregi, recedite!"

Daemonia tenebrarum, recedite!


Lóbregi, recedite! (audiencia repite: "Lóbregi, recedite!")
Per verba sacra et potentia antiqua,
Lóbregi, recedite! (audiencia repite: "Lóbregi, recedite!")
per septemus potentis! , per septemus dominis!
Lóbregi recedite! (audiencia repite: "Lóbregi, recedite!")
pro antiqua lucis fraternitate!
Lobregi recedite, lobregi recedite!
Sim uru! Sim Uru!
lux aeterna vobiscum.
CAPÍTULO I

Sucedió hace mucho tiempo ya; hace años, después de haber muerto mi hermano mayor.
En ese entonces, mi madre había caído en una profunda crisis depresiva. Ella no quería estar en la
casa, ya que, como saben, las casas donde han pasado tantas cosas, traen muchos recuerdos. Esas
sombras del pasado, hacían que la tristeza la oprimiese como aquellos reptiles constrictores que
habitan las selvas más inhóspitas.

Nuestro padre era una escoria, según mi hermano Ricardo. Yo nunca lo conocí. Ricardo
siempre hablaba de él con una mezcla de miedo, tristeza y odio. Me contó cómo, en una ocasión,
mi padre llegó drogado y ebrio de la calle. Era un viernes 13. En un arrebato de ira, golpeó
salvajemente a Ricardo y, con un machete, le cortó los dedos de la mano derecha. Ricardo tenía
unos 13 años y yo aún estaba en el vientre de mi madre. Los vecinos irrumpieron en la casa al
escuchar los gritos de mi madre. Para entonces, nuestro padre ya había huido por la puerta
trasera. Encontraron a mi madre presionando la mano de Ricardo, ambos empapados en sangre y
en estado de shock.

Me contaba, que él y mi madre, tenían que dormir tras la puerta de la casa, ya que
estaban los dos solos. Lo hacían por precaución, dado que era un lugar peligroso, plagado de
asesinos, rateros y violadores. Era una de las ciudades más violentas del país, donde parecía no
haber ley. Una mañana, me cuenta Ricardo, tocaron la puerta de la casa para dar una noticia… mi
padre, quien se había ido de la casa por varios meses desde el incidente, estaba a cinco cuadras de
la casa, donde quedaba el cine Paramount. Estaba allí, su cuerpo sin vida con rigor mortis, una
jeringa vacía en su mano y al lado, una botella de ginebra por la mitad.

Ricardo fue solo a buscar el cuerpo de nuestro padre. Comenzó a arrastrarlo desde ese
lugar, sacando fuerzas de donde no las tenía. A cada metro que arrastraba el cadáver,
descansaba un rato y a su alrededor sólo escuchaba burlas de la gente diciendo: “ahí va… el hijo
de ese pobre diablo”. Nadie se detuvo a ayudarlo; porque, mi padre, era un sujeto odiado en la
ciudad. Hasta mi hermano lo odiaba, pero era su padre y sentía que debía hacer algo por él. Sería
entonces, el último favor que le haría. Ricardo era así: siempre ayudó a mi padre a cambio de
insultos, a cambio de menosprecio, a cambio de incontables abusos, a cambio de ver destrozada a
nuestra madre; a cambio de nada.

Siempre recuerdo a mi hermano como alguien jovial, a pesar de él haber vivido tantas
dificultades en aquel tiempo junto a mi madre. Era como un padre para mí. Recuerdo que
jugábamos en la hacienda; en aquella casa antigua de mi abuelo. Solíamos saltar unas inmensas
rocas que estaban esparcidas por un terreno inmenso debido a las crecidas del río. Más allá de
ese lugar, mi abuelo tenía hectáreas sembradas de café bajo la sombra de una espesa fronda de
ceibas, bucares, mangles y robles, ya que, el café no debe recibir tanto sol. Cuando íbamos a ese
lugar, se podían ver matices entre sombras y halos de luz, que daban cierta sensación de
inquietud y una especie de escalofrío recorría tu cuerpo. Sentías como si algo allí, te observara.

Como dato curioso, las aves dejaban de cantar en ese ominoso lugar y todo se sumergía
en un silencio… anormal, diría yo: “casi sepulcral”. El tiempo allí parecía detenerse. De repente,
ese silencio era interrumpido por el alarido de los cerdos sacrificados en el matadero que yacía a
lo lejos del sembradío. Luego se escuchaban tambores que provenían de un albergue misterioso.
Ese sonido de los tambores difuminaba los alaridos de las bestias. Justo en ese momento, mi
hermano me sorprendía con un pequeño empujón y un grito similar al de las desafortunadas
criaturas. Eso, estimados amigos, era para morirse. En medio de nuestra travesura, Ricardo sintió
una picadura, posiblemente, de alguna avispa. Fue un instante fugaz, pero supongo que era
karma, por pretender asustarme. Me reí de su cara confusa y asustada. Ese lugar era inmenso, con
una vegetación variada. Aunque impregnado de misterios, también irradiaba una sublimidad casi
divina. Se podía ver orquídeas, líquenes en los árboles, de aquellos que llaman “barba de viejo”.
Hacía un frío que calaba hasta los huesos. En las madrugadas se formaba una neblina muy, muy
espesa.

Al regresar a la casa de la hacienda, recuerdo que mi abuelo llamó a Ricardo aparte con un
gesto furioso, muy serio y preocupado. Logré escuchar a lo lejos un fuerte sermón de parte de mi
abuelo diciéndole, que por ningún motivo, debía llevarme a ese sitio. Eso me llamó mucho la
atención y me llenó de mucha curiosidad. Y se me hacía más extraño porque, mi abuelo, solía ser
un sujeto muy jocoso y agradable. Obviamente, allí había algo; algo que debíamos evitar a toda
costa. Mi abuelo venía de una tradición telemita. En su enorme biblioteca tenía muchos tomos de
esoterismo con autores como Aleister Crowley, Eliphas Levi, Madame Blavatsky, Cagliostro, entre
otros. Su mirada era profunda como dos abismos, sus cejas eran muy abundantes y tenía escasa
cabellera. Detestaba que le tomaran fotos. Decía que, eso era para la gente vanidosa sin nada que
hacer. Ricardo siempre lo remedaba y eso me resultaba muy divertido. Mi hermano, sin embargo,
quería muchísimo a mi abuelo, ya que era para él su verdadero padre. Era, pues, quien lo había
criado como su propio hijo. Ricardo lo llamaba: “Pabuelo”.

Pabuelo, mandó a preparar un gran banquete y unió varias mesas. En esa alargada mesa
había de todo. Lo que más abundaba era jamón, carne de cerdo hecha chicharrón. El mejor café
del país, con un aroma exquisito, vinos de la mejor cosecha. Mucha comida típica de la región. Allí
conversamos todos con mi abuelo. Sus chistes eran para morirse de la risa. Sus ocurrencias, sus
gestos, sus historias de terror eran excepcionales. Una de las cosas que más recuerdo de mi
abuelo era su gran elocuencia, sus solemnes discursos y esa facilidad para envolverte, para
persuadirte. No por nada era uno de los mejores abogados de ese entonces. Los peones también
estaban sentados con nosotros, ya que, mi abuelo decía que también pertenecían a la familia. Y
realmente era así. Ellos eran como nuestros tíos y sus hijos como nuestros primos, con quienes
solíamos jugar. Fueron momentos muy felices que anhelo con todas mis fuerzas.
Pasaron años desde aquel entonces y mi hermano contrajo una extraña enfermedad
similar a la lepra. Los médicos sugirieron aislarlo. Al parecer, era úlcera de baruli, sin embargo, la
enfermedad era más agresiva y despiadada. Las yagas eran profundas y purulentas. Podíamos
observar los huesos de Ricardo a través de ellas. Era angustiante ver ese sufrimiento, cómo caían
los pedazos de carne, aparentemente muerta. Mi madre vivía en constante zozobra. Finalmente,
mi hermano fue trasladado a la hacienda de mi abuelo y pasaría el resto de sus días en el antiguo
matadero, que lo transformaron en una confortable habitación para él. Mi abuelo se encargó de
Ricardo hasta lo último.

La agonía de Ricardo era un calvario para él y para nosotros también. Ya que, en cada
punzada de la tajante enfermedad, él llamaba a mi madre. Aquellos dolores eran tan agudos, que
podían escucharse los gritos de mi amado hermano a distancia. Y a cada grito, desgarraba el
corazón de mi madre y el mío. A cada grito, sentía desesperación y que perdía a Ricardo. A cada
grito, yo perdía mi esperanza y maldecía al destino. Además, jamás nos dejaron acercarnos a él.
Jamás pude ver de nuevo a mi hermano. Jamás pudimos otra vez verlo sonreír. Sólo me venían
variados recuerdos de remota alegría jugando junto a él: en la hacienda de mi abuelo. Y eso fue lo
único que quedó de él para nosotros; sólo las memorias. Juré cumplir nuestra promesa, proteger
por encima de todo a nuestra madre, si algún día, él no estuviera con nosotros.

Un cinco de abril, mi abuelo estaba destrozado cuando nos notificó la muerte de mi


hermano y era de comprenderse. Él entró como en una especie de demencia momentánea,
obviamente, por la gran pérdida. Comenzó a balbucear reiterada y frenéticamente: _ se lo
llevaron. Se lo llevaron ¡Ellos se lo llevaron! Se lo llevaron… Luego, se desplomó en sus rodillas
llorando inconsolablemente; pero a la vez, riendo a carcajadas sarcásticas. Yo no entendía nada;
nada en lo absoluto. Sólo supuse después que, fue un delirio provocado por el dolor de perder a
quien para él, era su hijo. Fue la impotencia de no poder haber hecho nada por su amado
Ricardo. De alguna manera, ese dolor, esa tristeza inefable y furia, me contagiaron. Ese día llovió
a cántaros, como si los ángeles estuvieran llorando y la furia del mismísimo Zeus se manifestaba
en el firmamento.

Ricardo ahora era libre. Era libre, de aquel terrible martirio. Y nosotros: mi madre, mi
abuelo y yo, sentimos también esa liberación. Pasaron tres años y mi madre no salía del duelo.
Yo sufría al verla así: cada vez más demacrada. Al parecer, ese profundo dolor la hacía envejecer
más rápido. Cada hora dolía y el reloj de la casa se erigía como un demonio; y sentí, que ya nada
sería igual. Mamá enmudeció; no quiso hablar más. No quería ni comer. Ella fue perdiendo sus
facultades con el pasar del tiempo: ya no escuchaba bien, ya no recordaba algunas cosas, e
incluso, a veces ni me reconocía. Mi presagio se hacía cada vez una realidad: nada… ya nada sería
igual.

Yo ya estaba exhausto y me recosté un rato en mi cama. De inmediato me quedé


dormido profundamente. Comencé a soñar con la hacienda. Estaba con Ricardo y nuestro
caballo. Todo estaba tal cual como si fuera real: las rocas, los árboles, los líquenes y un caminito
de piedras por donde comenzamos a caminar. Estábamos hablando de algo importante. Por un
instante volteé a ver una roca con un altar extraño lleno de símbolos. Cuando iba de nuevo a
hablar con Ricardo, él ya no estaba. Me estaba diciendo que debía seguir adelante, hacia donde
estaba un muñón de un viejo árbol gigantesco, el cual habían talado. Seguí, y allí en el muñón
estaba mi viejita sentada.

Tomé su mano y sentí esa sensación indescriptible de acercarme a lo que más amas en
este mundo, una mezcla de confianza y confort que solo ella podía brindarme. Pero en sus ojos, vi
una tristeza tan profunda que parecía no tener fin.

—Hola, chiquito —me dijo con una voz suave y quebrada—. ¿Te quieres quedar un rato
aquí conmigo? Mira, mira a las aves con su cría aprendiendo a volar. Se parece a ti.

Su voz temblaba, y cada palabra era un eco de su dolor. Sentí un nudo en la garganta, pero
traté de mantener la calma.

—Hijo… quédate… No te vayas. No me dejes sola. Tengo que decirte algo.

La miré, tratando de contener las lágrimas que amenazaban con desbordarse. Su mano
temblaba en la mía, y su mirada se clavó en la mía con una intensidad que nunca había visto antes.

—Christofer, sigue adelante, hijo mío. No te rindas. Sé fuerte. Cumple con tus metas y sé
íntegro, honrado. Te dejaré a cargo de las cosas que faltan por hacer. Cuando yo ya no hable, tan
solo mírame… mírame con el centro de tu ser, tu corazón, porque él leerá mis gestos.

Esas palabras se clavaron en mi alma como dagas, cada una de ellas cargada de un peso
que apenas podía soportar. Sentí que el mundo se desmoronaba a mí alrededor, y sólo pude
preguntarle entre lágrimas, con una voz rota por la desesperación:

— ¿Tú te estás despidiendo de mí?

En ese instante, desperté de aquel sueño, con el corazón latiendo desbocado y las lágrimas
corriendo por mi rostro. La realidad me golpeó con una fuerza brutal, y supe que, aunque fuera
solo un sueño, las palabras de mi madre seguirían resonando en mi corazón para siempre. Sentía
un intenso dolor de ansiedad en mi pecho. Realmente, estaba aterrado por la funesta idea de
perder lo único que me quedaba en esta vida. Ese dolor se acumuló en mi garganta, no aguanté y
comencé a llorar en la fosca soledad de mi cuarto. Traté de contenerme, porque, mi abuelo
siempre me decía que los hombres no deberían llorar. En ese sueño, yo… era un niño, tan sólo un
niño. Lloraba porque, ella era lo único que tenía. El único amor sincero y genuino. Me levanté de
la cama ipso facto. Fui al cuarto de mi madre. Me acosté a su lado. Sin querer, la desperté y me
acarició la mejilla tocando la humedad de mi rostro. Me dijo que todo estaría bien, que no se iba
de este mundo aún. Por alguna razón desconocida, ella supo de mi aciaga angustia.

Me pidió que la acobijara, porque tenía frío. Salí de su cuarto para dejarla dormir en paz.
Fui al patio a contemplar el cielo y fumar un cigarrillo. Veía a las aves nocturnas lanzar agüeros
con sus sobrecogedores graznidos. Mi abuelo siempre contaba esa historia: aves que vaticinaban
la muerte de algún ser querido. Ellas eran enviadas por sus amos, criaturas abisales que estaban
más allá del pensamiento lógico, más allá de las leyes de la física y moraban en otro plano
desconocido por la ciencia convencional. Una vez, él nos invitó a su biblioteca atiborrada de
textos con temas de nigromancia, alquimia, dioses egipcios, esoterismo, ciencias ocultas o
desconocidas, libros con sigilos y grimorios.

Mi abuelo nos contó sobre ese plano el cual tenía su propia fauna y flora distinta a la del
plano físico. Ese lugar estaba habitado por seres dantescos y algunos seres de luz. El ser humano
allí poseía otro cuerpo con órganos distintos a los ya conocidos. También era dueño de otros
sentidos. Vi unas ilustraciones en uno de esos libros donde mostraban al ser humano con extraños
órganos. Pero no lograba entender nada, ya que estaba explicado con símbolos de una lengua
extraña, tal vez muy antigua. O, ¿acaso, estaba encriptado en una lengua inventada por alguna
secta? También me llamó la atención otros dibujos de unas criaturas extrañas que jamás había
visto en mi vida. Me contó también mi abuelo, que la tribu maya se fue a ese plano y que por ello
nunca pudieron ser encontrados en el plano físico.

En aquel tiempo, cuando era niño, recuerdo, que el pueblo donde estaba la hacienda, fue
escenario de algo realmente abominable. Ese recuerdo me viene por retazos. Los niños eran
raptados, supuestamente, por traficantes de órganos. Claro, era un pueblo tan remoto al que
nadie prestaba atención y era más fácil llevarse a infantes campesinos de familias humildes.
Supongo, por sentido común, que detrás de tal abyección estaba alguien que ostentaba de un
gran poder. Los niños desaparecían sin pista alguna. La policía de esa región “nunca pudo resolver
ese caso”. Por ello, mi abuelo era tan sobreprotector con nosotros y siempre, siempre
sermoneaba a Ricardo cuando se iba conmigo al sembradío.

Y, fue ese mismo año cuando comenzó todo: el pueblo sufrió la epidemia de esa extraña
enfermedad. Los primeros síntomas eran una anemia crónica y pérdida de la masa muscular. La
hemoglobina bajaba a cifras alarmantes. Luego comenzaban a aparecer las llagas, para terminar
de una manera horrenda, así como mi hermano. Las personas eran aisladas y nunca se volvía a
saber de ellas. En el albergue donde los aislaban se solían escuchar gritos desgarradores y
lamentos sobrecogedores. La primera llaga, por regla, solía aparecer en el pecho o en la boca del
estómago; es decir, en el plexo solar. En los peores casos se lograba ver los órganos internos.
Cuando ese era el caso, no había nada que hacer. La persona moría de inmediato.

Mi remembranza se vio irrumpida por un estruendo proveniente del cuarto de mi madre.


Rápidamente, corrí a ver qué había sucedido. Encontré a mi madre tirada en el suelo quejándose
de un fuerte dolor. De inmediato, llamé a la ambulancia, pero el silencio del otro lado de la línea
era tan abismal como el vacío que sentía en mi pecho. Desesperado, corrí a casa de los vecinos, y
uno de ellos, con una expresión de pavor en su rostro, me ayudó a llevar a mi madre al hospital.
Durante el trayecto, mi mente estaba sumida en un torbellino de pensamientos caóticos, y un
miedo ancestral se apoderaba de mí ser, como si las sombras mismas del pasado se cernieran
sobre nosotros.
Al llegar al hospital, el personal médico nos recibió con una urgencia casi espectral.
Mientras los médicos examinaban a mi madre, uno de ellos, con una voz que resonaba como un
eco en una caverna olvidada, se acercó a mí y me explicó que había sufrido una fractura pélvica.
Sentí un nudo en la garganta al escuchar esas palabras, como si un demonio invisible me
estrangulara, pero traté de mantener la compostura. “Vamos a hacer todo lo posible por
ayudarla,” dijo el médico. Su voz: un susurro tranquilizador en medio de la tormenta. Asentí,
agradecido por su apoyo, pero no podía evitar sentirme abrumado por la magnitud de la situación,
como si estuviera atrapado en un sueño febril del que no podía despertar.

Mientras aguardaba en la sala de espera, mis pensamientos se sumergieron en los oscuros


abismos de mi memoria, evocando los recuerdos de mi infancia en la hacienda, los momentos
felices con Ricardo y mi madre. Me di cuenta de que, a pesar de todo el dolor y la pérdida, debía
ser fuerte por ella, tal como me había pedido en mi sueño, como un faro en la tempestad, guiando
mi camino a través de la oscuridad insondable.

Cuando finalmente le dieron de alta a mi madre, los médicos nos recomendaron a mi tía y
a mí, que no la lleváramos de vuelta a la casa. Cada rincón, cada sombra, cada susurro en esas
paredes le recordaban a mi hermano Ricardo, su hijo, y temían que esos recuerdos la sumieran
aún más en la desesperación. Nos aconsejaron buscar un lugar alejado, un lugar donde pudiera
encontrar algo de paz. Mi tía sugirió la hacienda de mi abuelo. Aunque yo no estaba tan
convencido, no podía negar que aquel lugar, con sus vastos campos y susurros de tiempos felices,
podría ofrecerle un respiro a mi madre.

Me la entregaron en una silla de ruedas, su figura frágil y abatida parecía un espectro de lo


que alguna vez fue. La depresión le había hecho salir canas, arrugas y ojeras. Cada día que pasaba,
veía cómo la tristeza se apoderaba de mi madre, transformándola en una sombra de lo que alguna
vez fue. Sus ojos, que antes brillaban con una luz cálida y amorosa, ahora estaban apagados,
hundidos en un mar de dolor y desesperanza. Las arrugas en su rostro no eran solo marcas del
tiempo, sino cicatrices de una vida llena de sufrimiento y pérdida.

Recuerdo las noches en las que me sentaba a su lado, sosteniendo su mano mientras ella
lloraba en silencio. Sentía su dolor como si fuera mío, una conexión tan profunda que a veces me
costaba respirar. Quería consolarla, decirle que todo estaría bien, pero las palabras se quedaban
atrapadas en mi garganta, ahogadas por la impotencia. Mi madre siempre fue mi refugio, mi roca
en medio de la tormenta. Cuando era niño, ella me abrazaba y me susurraba cuentos al oído,
historias de tierras lejanas que me hacían olvidar la cotidianidad de la realidad. Ahora, era mi
turno de ser fuerte por ella, de devolverle un poco del amor y la protección que siempre me
brindó.

Cada vez que la veía luchar contra sus demonios internos, sentía una mezcla de tristeza y
admiración. Admiración por su valentía, por su capacidad de seguir adelante a pesar de todo. Pero
también tristeza, porque sabía que no podía aliviar su sufrimiento, que no podía devolverle la
felicidad que tanto merecía. Había momentos en los que me sentía abrumado por la
desesperación, momentos en los que quería gritar al cielo y pedir una tregua para mi madre. Pero
en esos momentos, recordaba sus palabras, sus enseñanzas sobre la importancia de la esperanza y
la resiliencia. Y así, me aferraba a la esperanza, a la idea de que algún día, de alguna manera, ella
encontraría la paz que tanto anhelaba.

Ver a mi madre en esa silla de ruedas, frágil y vulnerable, me rompía el corazón. Pero
también me llenaba de determinación. Sabía que debía ser fuerte por ella, que debía encontrar la
manera de hacerla sonreír de nuevo, aunque fuera sólo por un instante. Porque, al final del día, el
amor de un hijo hacia su madre es un lazo indestructible, una fuerza que trasciende en el tiempo y
el espacio, y que nos impulsa a seguir adelante, incluso en los momentos más oscuros.

El viaje a la hacienda fue largo y silencioso, cada kilómetro recorrido parecía alejarnos más
de la realidad y adentrarnos en un mundo de sombras y recuerdos. Al principio, nos reconfortaba
la idea de que, al dejar la ciudad atrás, también dejábamos atrás el sufrimiento y la tristeza que
nos habían perseguido. Sin embargo, a medida que avanzábamos, una sensación inquietante
comenzó a apoderarse de nosotros, como si el mismo aire se volviera más denso y cargado de
presagios oscuros.

Los primeros signos de cambio fueron sutiles. Los árboles a lo largo del camino, que al
principio parecían ofrecer un refugio acogedor, comenzaron a proyectar sombras más largas y
oscuras. Las hojas, antes verdes y vibrantes, adquirieron un tono más apagado, como si la vida
misma se estuviera desvaneciendo lentamente. El cielo, que había estado despejado, se cubrió de
nubes grises que parecían presagiar una tormenta inminente. El viento, antes suave, se convirtió
en un susurro inquietante que traía consigo ecos de tiempos pasados.

A medida que nos adentrábamos más en el campo, el paisaje se volvía cada vez más
desolado. Las casas que bordeaban la carretera estaban abandonadas, sus ventanas rotas y vacías,
eran como ojos que nos observaban con una mirada acusadora. El silencio se hacía más profundo,
roto solo por el crujido de las hojas secas bajo las ruedas del carro y el ocasional graznido de un
ave solitaria, que parecía seguirnos como un presagio de lo que estaba por venir.

Al llegar al pueblo cercano a la hacienda, la transformación era completa. Lo que alguna


vez fue un lugar vibrante y lleno de vida, ahora se asemejaba a un pueblo fantasma. Las calles
estaban desiertas, y las pocas personas que vimos se movían como sombras, sus rostros marcados
por la desesperanza y el miedo. Era como si una maldición invisible hubiera caído sobre el lugar,
drenando toda la vitalidad y dejando solo un cascarón vacío.

Finalmente, la casa de la hacienda apareció ante nosotros, imponente y con su


majestuosidad victoriana como siempre, pero también cargada de una atmósfera ominosa. Los
muros de piedra, cubiertos de musgo y enredaderas, parecían susurrar secretos oscuros, y las
ventanas, veladas por cortinas pesadas, ocultaban misterios insondables. Al cruzar el umbral, sentí
un escalofrío recorrer mi espalda, como si los fantasmas del pasado nos dieran la bienvenida a su
morada eterna…

Sentí unas palmadas en mi espalda y me desperté en los brazos de mi tía. Levanté la


mirada y vi el carro con mi madre en la entrada de la hacienda. De inmediato volteé hacia la casa
y, todo estaba como siempre. Mi tía me bajo de sus brazos y me pidió la ayudara con mi madre.
Yo estaba muy confundido. Hace un momento me bajé de una camioneta y ahora… ¿esto? Lo
más sorprendente era que la casa… ahora era tan reluciente y con la buena vibra que la
caracterizaba. Supuse entonces que, ¿todo había sido un mal sueño? Nada era lo que parecía. No
le di más vueltas al asunto y ayudé a mi tía con mi madre. Pues, tenía que bajar la silla de ruedas
que estaba en la maleta del carro, para luego subir a mi madre y llevarla a la casa.

También podría gustarte