Sombra de Marfil
Maldito sea el fruto de tu vientre…
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Ahí estaba, corriendo con un peso muerto en mis brazos, que me miraba
agonizante y suplicante, deseando perecer en paz, con las mejillas
húmedas. Ya no había nada que hacer; ninguno de los dos fue lo
suficientemente inteligente para evitarlo. Fuimos dos impulsivos, y ahora
lamento no haberme mordido la lengua…
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Era una calurosa noche, casi mortal para una pobre mujer en pleno parto.
La fuerza de la mujer morena para dar a luz algo maldito; una vergüenza
tener que darle de pecho a un niño de tez blanca, con pestañas largas y
maravillosos ojos que brillaban igual de dorados como sol de Kinich-Ahau.
Pero no era más que un pensamiento castigado, creer que la belleza blanca
era digna de admiración. La partera, una de las mujeres experimentadas en
ser madres, tenía las manos duras y callosas, con seis o más hijos
protegiendo a su familia de los parásitos blancos. Miro a los ojos de la recién
madre, quien veía con pena a la pobre criatura llorando por hambre.
– Lo bendijo con el resplandor del sol, pero su condición lo destina al reino
de Ah Puch.
Apenas había cesado el llanto cuando la madre, con la mirada agachada por
la vergüenza, le dio de pecho. El padre, que tanto ansiaba ver el fruto de la
madre, entró deslizando a un lado la tela del Tipi. Al ver al niño blanco,
encontró una excusa para huir, y jamás se le volvió a ver, ya no conservaba
ninguna esperanza. Nunca volvería por ellos…
Fue así como mi madre acudió al sacerdote, en busca de un consejo. Era
bruto e injusto que un recién nacido fuese a morir. El sacerdote dijo
exactamente lo mismo que la partera: “Bendito, irradiando luz… sin
embargo, oculto estará mejor.” Ahora he crecido sano y salvo, gracias a la
bondad del anciano y me he convertido en un hombre fuerte y bello, aunque
yo solo encuentro mi belleza al contemplarme a mí mismo en el lago que
frecuento del bosque sintiéndome solo, cuando hablo y sin ninguna
devolución. Sin embargo, era mejor que la repulsión de la tribu. Desde que
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era niño, anhelaba recibir el mismo entrenamiento militar para convertirme
en un guerrero fuerte y dejar de ser la carga para mi pobre madre.
Pero fue una de las primeras palizas que recibí. Un hombre mastodóntico,
cuya enorme silueta era difícil de ignorar, fue claro al decirme que me veía
demasiado flaco para ser un hombre como ellos. Me echaron, sin dejar
pasar la oportunidad de golpearme. No intentaban matarme, solo
advertirme para la próxima que intentara unirme a los Holcattes. No los
odio, me dan risa. Todos ellos acabaran muertos algún día, sea por alguna
peste que traigan los extranjeros o asesinados en las sangrientas guerras
por estos mismos.
Y pensaba en la muerte, en cómo se vería o si siquiera existía un reino
adónde iban los guerreros. Pero yo no era uno, solo era una vergüenza.
Supuse que las vergüenzas no iban a ningún lado, se quedaban vagando
como almas impuras, viéndolo todo. Aun estando vivo, así me sentía de
todas formas, viendo a los demás convivir plenamente. Evitaba a mi madre
a toda costa; así era mejor para ambos. Si ella no me veía, se sentía mejor
consigo misma. Me iba casi todas las mañanas y solo aparecía en las noches
para dormir y comer. Si nos veíamos, no nos hablábamos; ella evitaba
verme, ya no me interesaba ganarme su afecto. A pesar de eso, había
noches donde soñaba con que mis brazos fueran más canela y mi cabello,
de la noche a la mañana, se volviera azabache.
A pesar de mis tontas esperanzas, cada mañana veía mis brazos y huía de
casa, robaba la manzana más roja de los manzanos y me escondía entre
unas rocas a la orilla del lago; me gustaba la corriente de agua acariciando
mis pies. Era la compañía perfecta, y los destellos de luz filtrándose atreves
de las hojas verdes de la primavera complementaban el escenario. Tenía la
manzana en mi regazo, con los parpados cayendo por la bruma matutina.
Esa tranquilidad se vio interrumpida por un crujido agudo, el de una ramita
frágil y seca. Me levanté desesperado buscando el origen del sonido, con el
corazón acelerado, busque alguna silueta a la vista. No fue más que el
sonido, seguido por el leve temblar de un arbusto. No dudé en acercarme,
separando las hojas del arbusto tembloroso para encontrarme con la mirada
más dulce, de ojos marrones y brillantes, y una piel morena que, sin
embargo, era más pálida que otras jóvenes de la tribu.
Antes de que esta belleza, de pechos descubiertos y un collar de piedras
sagradas adornando su cuello, pudiera escapar de su escondite, la agarré
del brazo con firmeza, sin intención de lastimarla. Con palabras calmadas
intente hablar con ella, fue inútil.
– ¿Qué haces ahí escondida?... – pregunte. Ella no contesto.
– ¿Al menos me dirás tu nombre? – Volví a preguntar. Tampoco recibí
respuesta, solo me miraba a los ojos, después sus hombros se encogieron.
Quizás avergonzada de espiar a alguien; era inofensiva. La solté y me senté
a su lado. Tal vez había venido por curiosidad a ver al demonio blanco. Tuve
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un intento vago de empezar una conversación, pero era inútil, ella solo
movía ligeramente sus labios, sin decir nada, luego se retractaba.
Nos quedamos en silencio, aun que yo tenía muchas ganas de hablar con
alguien, lamentablemente ella no lo hacía. La veía algo angustiada,
sintiéndose ahogada. Lo suponía, ya que no sabía que realmente sentía;
quizás miedo de mí. Vi una flor silvestre, de pétalos lilas y blancos en su
centro, la arranque de su lugar, ofreciéndola como una ofrenda, ella la miro
con ternura, a la chiquitita flor entre sus blanquecinos dedos. Todavía me
preguntaba sobre porque se veía como los extranjeros, esta tenía algunas
pocas pestañas doradas, y oculto en su pelo, unos mechones dorados.
Cuando ella se dio cuenta que la miraba furtivamente, enseguida sus ojos
cayeron sobre sus rodillas, abrazándose a sí misma. No debí haberla mirado
sin su consentimiento. Yo también me limite a decir algo, volviendo a mirar
al vacio entre los árboles. Cuando sentí una caricia sobre mi cabello, eran
sus manos. Tocando y trenzando mi cabello en pequeñas trenzas, como las
suyas. Me sentí muy feliz y le dedique una sonrisa. Ella hizo lo mismo, pero
su timidez la limitaba a mirarme poco a los ojos. No me importaba ya; su
compañía era lo único que quería.