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Historia de los Patriarcas Bíblicos

El documento presenta un análisis de la historia de los patriarcas en la tradición judía, comenzando con Abraham y su llamado a formar un nuevo pueblo en Canaán. Se destacan las experiencias de fe y mediación de los patriarcas, como Isaac, Jacob y José, y cómo sus vidas reflejan la relación con Dios y las promesas divinas. Además, se exploran las contradicciones y virtudes de cada patriarca, así como su impacto en la formación del pueblo de Israel.
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Historia de los Patriarcas Bíblicos

El documento presenta un análisis de la historia de los patriarcas en la tradición judía, comenzando con Abraham y su llamado a formar un nuevo pueblo en Canaán. Se destacan las experiencias de fe y mediación de los patriarcas, como Isaac, Jacob y José, y cómo sus vidas reflejan la relación con Dios y las promesas divinas. Además, se exploran las contradicciones y virtudes de cada patriarca, así como su impacto en la formación del pueblo de Israel.
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Escuela de Formación Teológica Iglesia Cristiana

Evangélica Asamblea de Dios (EFTADDM).


Las 7 leyes de la Eseñanza,
Realizado por: Ana Muñoz, Pedro Morales y Hanny Urdaneta.

PRESENTACION

La historia judía empezó hace unos 4.000 años (siglo XVII AEC) con los patriarcas:
Abraham, su hijo Isaac, su nieto Jacob y su hijo Jose. Documentos descubiertos en
Mesopotamia, que se remontan a los años 2000-1500 AEC, corroboran aspectos de su
estilo de vida nómade, descrito en la Biblia. El Libro del Génesis relata cómo Abraham fue
llamado desde Ur de los caldeos a Canaán para formar un nuevo pueblo con la creencia
en Un Dios. Cuando el hambre azotó Canaán, Jacob (Israel), sus doce hijos y sus familias
se establecieron en Egipto, donde sus descendientes fueron sometidos a la esclavitud y
obligados a realizar trabajos forzados. Tal cual la profecía entregada por Dios.

Los Patriarcas son padres en la fe. Lo que caracteriza a los Patriarcas es su fe, al
grado que los clanes que dirigían compartían su fe en el Dios del Patriarca, de manera
que el Dios de éste pasaba a ser el Dios de todo el clan. Así, es natural que en la Biblia
encontremos los títulos “Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob”.

Como verdaderos semi-nómadas aspiraban a aquellos bienes que podían


responder a sus necesidades básicas:

-la tierra que diera reposo a su caminar y asegurara su sobrevivencia;

-descendencia, que diera seguridad y continuidad al plan del Patriarca;

-bendición, que diera confianza de contar con Dios;

En su caminar, desde Ur, llegan finalmente a Canaán, donde se aposentan,


reconocen que el Señor les da esa tierra y hacen propio a ese Dios, al que llaman con el
nombre de él, que significa simplemente Dios. La grandeza de Abraham, Isaac, Jacob y
José fue su fe, por eso se nos presentan como padres del pueblo creyente.

a) Experiencia en Dios: Abraham era un hombre sin futuro. Su vida carecía de seguridad y
posibilidad de desarrollo ya que no tenía tierra donde instalarse ni descendencia que lo
prolongase. En esas circunstancias concretas Dios se le revela como le viviente, el
protector de su clan, el que quiere su salvación. En suma, el Dios de Abraham es el Dios
del clan.

b) Mediación: Abraham y los demás patriarcas, son los elegidos, los depositarios del plan
o proyecto de Dios a realizarse. Dios no les dio una realidad concreta y presente, sino que
se la prometió para el futuro. Los patriarcas tuvieron confianza en Dios. Esto fue lo que
dio sentido y plenitud a sus vidas. Su fe les dio dinamismo para ponerse en camino a
realizar las promesas que Dios les había hecho: una descendencia numerosa, una tierra
fecunda que mana leche y miel, la bendición continua de Dios.

c) Actitud vital: Ante esta experiencia de Dios y ante estas promesas que Dios hace, los
patriarcas y sus familias responden con la fe. En efecto, la mejor actitud para relacionarse
con Dios que promete es la fe en Él y en sus promesas.
PRINCIPALES PATRIARCAS

ISAAC: `hará reír, hijo de Abraham, hermanastro de Ismael y padre de Jacob y Esaú. El
nacimiento de Isaac fue prometido por Dios (Gén. 17, 19 y 21) a Abraham y a su esposa
Sara. Los acontecimientos de la vida de Isaac son relatados en el libro del Génesis desde
el capítulo 21 al 28.

El relato dominante en la narración, que constituye uno de los episodios más


conocidos de la Biblia, es la del proyectado sacrificio de Isaac (Gén. 22). Según esta
historia, Dios quiso probar la fe de Abraham ordenándole que sacrificara a su amado hijo.
En último momento, tras quedar Dios convencido de la incondicional obediencia de
ambos, padre e hijo, aceptó un carnero en lugar del joven. Se cree que este relato
expresa el rechazo de los hebreos a los sacrificios humanos, practicados por las naciones
vecinas. En la sinagoga actual, el carnero es recordado en el ritual de soplar el shofar, o
cuerno de carnero, durante los días Solemnes del judaísmo: Rosh Ha-shaná y Yom Kipur.

El Nuevo Testamento alude a Isaac como precursor de Cristo y de la Iglesia (Gál.


3,16; 4,21-31); la obediencia de Isaac a su padre, hasta el punto de estar dispuesto a la
inmolación, se asocia con la de Cristo (Heb. 11,17-19). Estos temas fueron desarrollados
por varios de los autores patrísticos e Isaac aparece con frecuencia en el arte cristiano, en
concreto, asociado a la eucaristía. Los arqueólogos y demás científicos bíblicos han
trazado similitudes entre la narración bíblica de Isaac y la historia de las tribus semitas. Se
considera que Abraham constituye el tronco nómada del que surgieron las tribus hebreas
e idumeas. Isaac representaría entonces a las tribus que se unieron para constituir la
confederación hebrea y obedecer a Dios, Yahvé, una deidad tribal, en origen.

JACOB: Abrahán y Sara tuvieron un hijo: Isaac. Cuando Isaac tenía cuarenta años se
casó con Rebeca con la que tuvo dos hijos: Esaú y Jacob. Según narra la Escritura, los
dos hermanos, estando aún en el seno materno, comenzaron a pelearse: el primero en
nacer fue Esaú, y el segundo, Jacob; pero Jacob, nació agarrando con fuerza el talón de
su hermano Esaú (Gn 25,19-26). La descripción de la lucha de los dos niños en el seno
materno, simboliza, en el lenguaje bíblico, los conflictos que surcarían la vida de los dos
hermanos.

El mayor, Esaú, gozaba del derecho de primogenitura; es decir, era el heredero


legítimo de todos los bienes familiares. Sin embargo, un día, Esaú llegó a casa famélico y
vendió su primogenitura a Jacob, a cambio de un plato de lentejas (Gn 25,27-34). Más
tarde, cuando Isaac era mayor decidió entregar los bienes de la familia a Esaú, por ser el
hijo mayor; pues Isaac ignoraba que Esaú había vendido la primogenitura a Jacob.

Rebeca, madre de Esaú y Jacob, disfrazó a Jacob y urdió la intriga para que el hijo
menor recibiera la bendición paterna y, con ello, heredara el patrimonio familiar. De ese
modo, Jacob recibió la bendición que correspondía a Esaú, y se hizo con todos los bienes
de la familia (Gn 27).

Esaú, indignado, quiso matar a Jacob; y Jacob, para salvar la vida tuvo que huir a casa
de su tío Labán. De camino hacia casa de Labán, Jacob pernoctó en Betel. Allí tuvo un
sueño: vio un escalera por la que subían y bajaban ángeles (Gn 28). El sueño de Jacob
indica, en el lenguaje del AT, que, a pesar del pecado de Jacob, la usurpación de la
primogenitura de Esaú, el Señor no abandonó al patriarca, sino que continuó
acompañándolo. Llegado a casa de Labán se casó con sus dos hijas: Lía y Raquel. Y
siguiendo las costumbres antiguas también se unió a las criadas de sus esposas: Zilpá y
Balá. Con esas cuatro mujeres tuvo doce hijos y una hija. Cada uno de los hijos es el
ancestro de cada una de las tribus de Israel (Gn 29-30).

Cuenta la Escritura que Jacob se cansó de trabajar como pastor para su tío Labán,
quien le había explotado y engañado sobremanera, y decidió abandonarlo. Cuando se fue
de casa de Labán, utilizando un procedimiento ingenioso pero fraudulento, Jacob se llevó
gran parte de los rebaños de su tío, en restitución de la opresión que había sifrido por
parte de Labán (Gn 31).

Jacob emprendió el regreso hacia Palestina, pero, durante la noche, después de


atravesar el río Yarboc, se quedó solo. Junto a los vados del Yarboc, luchó toda la noche
con un ángel. El ángel le hirió en el muslo y, acto seguido le cambió el nombre. Le dijo “en
lugar de llamarte Jacob, te llamarás Israel” (Gn 32). El combate con el ángel tiene un
significado profundo; es el modo que tiene el AT para explicar cómo Jacob pidió perdón al
Señor por todos sus pecados; y como signo de su conversión, el Señor cambió el nombre
al patriarca. Antes de llegar a casa, Jacob se reconcilió con su hermano Esaú, y para
obtener el perdón, colmó a su hermano de riquezas (Gn 33).

La vida de Jacob refleja una contradicción. Por un lado fue el hombre que supo
encontrarse con Dios; y por otro su vida estuvo teñida por la trampa: usurpó la
primogenitura de Esaú, y se apropió de los rebaños de Labán. Sin embargo fue capaz de
pedir perdón al hermano que había ofendido; y, no puede negarse, que trabajo mucho a
favor de su tío Labán.

Las contradicciones de la vida de Jacob se reflejan en el significado de su nombre. El


nombre del patriarca adquiere un significado doble. Por una parte, la palabra “Jacob”
significa, seguramente, “Dios siempre protege”, y, ciertamente el patriarca gozó de la
protección divina durante toda su vida. Por otra parte, el término Jacob oculta una raíz
hebrea que significa “el tramposo”; evidentemente algunos pasajes de la vida de Jacob le
presentan como un tramposo. La vida de Jacob es el reflejo de toda vida humana, una
mezcla de pecado y gracia; pero lo grandeza de Jacob estriba en su capacidad de pedir
perdón al hermano que había ofendido.

JOSÉ: Según el relato, fue uno de los doce hijos de Jacob. Había nacido de Raquel, la
esposa amada de Jacob y era el hijo preferido de su padre; sus hermanos, nacidos de
Lea o de las concubinas de Jacob, lo envidiaban por eso, al punto de venderlo como
esclavo. Fue llevado a Egipto donde, después de ser acusado injustamente de adulterio
por su dueña, estuvo en prisión. Al interpretar un sueño profético del Faraón, fue liberado
y elevado a la categoría de chaty. En tiempos de hambruna salvó al pueblo egipcio e hizo
entrar en el país a su familia, perdonó a sus hermanos y les otorgó el país de Gosén,
donde se convertirían en el pueblo de Israel.

Sus hijos Efraín y Manasés, nacidos de la egipcia Asenat, constituyeron dos de las doce
tribus de Israel, conocidas como Casa de José, que son las más importantes del Reino de
Israel y ancestros de los actuales samaritanos. José es visto entre los musulmanes como
un profeta de Dios.
VIAJES DE LOS PATRIARCAS

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