"Dos Lágrimas"
Había una vez, en un pequeño pueblo en las colinas, dos jóvenes llamados Clara y
Esteban. Su amor había sido como un río tranquilo, que fluía con suavidad, lleno de
promesas y esperanza. Habían crecido juntos, compartiendo cada risa, cada suspiro,
cada historia. Desde niños, siempre fueron inseparables, como si el destino les hubiera
tejido en un mismo hilo. El sol de la tarde nunca brillaba tan fuerte cuando ellos no
estaban juntos, y las estrellas parecían brillar más intensamente cuando se encontraban
bajo el cielo nocturno, de la mano.
Clara era una chica dulce, de ojos grandes y cabellos oscuros como la noche, siempre
sonriente, siempre llena de vida. Esteban, por su parte, era un joven de alma tranquila y
cálida, con una mirada profunda que reflejaba sus sentimientos. Juntos, parecían
invencibles, como si nada pudiera separarlos.
Sin embargo, como sucede con todas las historias, el tiempo trae consigo cambios
inevitables. Una tarde de otoño, cuando las hojas caían lentamente de los árboles, Clara
comenzó a sentirse extraña. La energía que siempre la había acompañado se fue
desvaneciendo poco a poco. Los días pasaban y Clara ya no tenía la misma vitalidad de
antes. Se cansaba rápidamente, y sus sonrisas parecían forzadas. Al principio, Esteban
pensó que solo era el agotamiento del trabajo en el campo, pero pronto se dio cuenta de
que algo más estaba sucediendo.
Un día, Clara fue al médico. Esteban la acompañó, preocupado pero sin comprender aún
la magnitud de lo que estaba por venir. El diagnóstico fue devastador: Clara tenía una
enfermedad rara, una enfermedad que la debilitaba lentamente y que no tenía cura. Los
médicos le dijeron que no quedaba mucho tiempo.
El mundo de Esteban se vino abajo. No podía imaginar un futuro sin Clara a su lado. La
tristeza y la impotencia lo ahogaban, pero Clara, aunque débil, seguía sonriendo. No
quería que Esteban la viera quebrada, no quería que él la viera como una carga. Siempre
había sido su apoyo, su refugio, y aunque su cuerpo ya no respondía como antes, ella lo
amaba con todo su ser.
Con el paso de las semanas, Clara se fue alejando cada vez más del mundo que conocía.
Su energía desaparecía, y su risa, la que había sido el sol de Esteban, se tornó en un
susurro. Pero aún en sus últimos días, Clara seguía siendo la misma chica valiente,
aquella que le había enseñado a Esteban a ver la belleza en lo sencillo.
Una noche, cuando la luna iluminaba suavemente el campo donde solían caminar
juntos, Clara, en su lecho de enfermedad, miró a Esteban y le sonrió débilmente.
—Esteban, te amo con toda mi alma —dijo, con voz quebrada por la fatiga. —
Prometeme algo, por favor.
Esteban, con los ojos llenos de lágrimas, se inclinó cerca de ella.
—Lo que sea, Clara. Te lo prometo.
—Prometeme que vivirás, que seguirás adelante, aunque yo no esté aquí. No quiero que
me recuerdes con tristeza, quiero que sigas viviendo como siempre lo soñamos, sin que
mi ausencia te detenga.
Las lágrimas de Esteban cayeron sobre la almohada, pero intentó sonreír, intentando
cumplir con el deseo de Clara.
—Te prometo que lo haré, pero no sé cómo viviré sin ti.
Clara le acarició la mejilla con la poca fuerza que le quedaba y cerró los ojos por un
momento. Cuando los abrió de nuevo, su mirada estaba serena, como si ya hubiera
hecho las paces con todo lo que estaba por venir.
Al día siguiente, Clara cerró los ojos para siempre, dejando a Esteban con el corazón
roto, pero también con un amor eterno que jamás podría olvidar.
Los días que siguieron fueron los más oscuros de la vida de Esteban. La casa que
compartieron, el campo que recorrían juntos, todo se llenó de vacío. Nada parecía tener
sentido sin ella. La tristeza lo consumía, y aunque intentó seguir adelante por el bien de
su promesa, todo lo que hacía lo recordaba a Clara.
Una tarde, mientras caminaba por el campo donde tantas veces había estado con ella,
Esteban se detuvo en el mismo lugar donde solían sentarse, bajo un árbol viejo. Miró al
horizonte, buscando consuelo en las mismas vistas que Clara solía admirar. Fue allí
donde las lágrimas cayeron con fuerza, como si su corazón estuviera finalmente
desbordándose.
Pero, entre esas lágrimas, una figura apareció ante él. No era Clara, claro, pero sentía su
presencia. Era como si el viento, el sol, la tierra misma lo rodearan, como si Clara no lo
hubiera dejado nunca. Esteban cerró los ojos y dejó que las lágrimas continuaran su
curso, pero al final, cuando ya no pudo llorar más, levantó la vista al cielo y susurró:
—Te prometí que seguiría adelante, Clara. Lo haré. Aunque siempre te extrañaré,
siempre te amaré, viviré por los dos.
Las dos lágrimas que cayeron en ese campo, una por la pérdida y otra por el amor eterno
que sentía, se unieron en el viento, llevándose consigo la tristeza, pero también la
promesa de que el amor nunca muere. Aunque Clara ya no estaba allí, su recuerdo
siempre viviría en Esteban, y él, con el tiempo, aprendería a vivir con ese amor que
jamás se desvanecería.
Y así, las dos lágrimas de Esteban, una de tristeza y la otra de amor, se unieron con el
viento, recordándole al mundo que el amor, aunque se pierda, nunca desaparece por
completo.