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Fábulas con Moraleja para Niños

El documento presenta una colección de fábulas que transmiten lecciones morales sobre la vida, la autoestima y la importancia de la introspección. A través de historias de un maestro zen, un elefante ansioso, ranas, y otros personajes, se enfatiza la necesidad de reflexionar sobre nuestras acciones y pensamientos. Cada fábula concluye con una moraleja que invita a la autoevaluación y a la comprensión de las dinámicas interpersonales.

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Fábulas con Moraleja para Niños

El documento presenta una colección de fábulas que transmiten lecciones morales sobre la vida, la autoestima y la importancia de la introspección. A través de historias de un maestro zen, un elefante ansioso, ranas, y otros personajes, se enfatiza la necesidad de reflexionar sobre nuestras acciones y pensamientos. Cada fábula concluye con una moraleja que invita a la autoevaluación y a la comprensión de las dinámicas interpersonales.

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1.

El origen del Ruido

Cuentan que hace mucho existió en un lugar de la extensa China un maestro zen muy valorado y querido
por todos. El hombre era un sabio al que muchos pedían consejos. Su fama se extendió tanto que no
tardaron en llegar discípulos de todos los rincones del país.
Al principio el sabio estaba encantado con poder ayudar a los jóvenes aprendices, así que su fama aumentó
más y más, hasta tal punto, que él mismo tuvo que comenzar a escoger a los que serían sus discípulos, ya
que no podía atender a todos.
Pero el tiempo pasó deprisa y el sabio envejeció. El maestro comenzó a cambiar de actitud, y su trato se
volvió duro y arisco.
Los jóvenes aprendices que acudían a él, abandonaban aquel lugar un tanto sorprendidos por el trato
recibido por el maestro. Y la fama de dulce y maravilloso maestro zen se transformó entonces en una
creciente fama de sabio arisco e intratable.
Los discípulos comenzaron a buscar otro maestro y poco a poco, el famoso sabio zen se quedó solo. Se
dedicó entonces al cuidado de su jardín y a sus reflexiones en soledad.
Pero un día, un joven aprendiz, que había oído hablar tan bien hacía tiempo de este maestro, sorprendido por
todo lo que se decía ahora de él, decidió ir él mismo y comprobarlo en persona. Y, a pesar de las
advertencias de todos acerca de su mal carácter, el joven quiso conocer al anciano.
El chico llegó hasta la casa del maestro y llamó a su puerta. Nadie salió a abrirle. Pero vio que había una
vela encendida, así que imaginó que el maestro estaba dentro. Volvió a llamar, y nada… Miró por una
rendija y observó que el jardín estaba perfectamente cuidado:
– No puede estar enfermo- pensó.
Así que decidió esperar en la puerta a que le abrieran.
El pobre aprendiz pasó toda la noche a la intemperie. A la mañana siguiente, el anciano abrió la puerta y le
dejó entrar a regañadientes.
El anciano dijo al joven que se sentara, y al hacerlo, le gritó:
– ¡Siéntate bien, con dignidad y no encorvado, estúpido!
El discípulo se sintió algo ofendido, pero le hizo caso y se sentó más erguido. Después, el anciano llegó con
una tetera repleta de té recién hecho. ¡Olía fenomenal! Se sirvió la bebida en una taza, y al observar que el
joven no paraba de mirar, le preguntó:
– ¿Quieres té?
El joven asintió, pero cuando el anciano sirvió el té en otra taza, se la tiró a la cara al joven discípulo. El
chico no podía creer lo que estaba pasando, y dijo algo enfadado:
– ¿De verdad? ¿Es así como tratas a las visitas?
El anciano entonces cerró los ojos y empezó a meditar. Y el chico decidió hacer lo mismo. Pero entonces
sintió una sonora bofetada y el joven abrió los ojos aún dolorido:
– Y bien- dijo entonces el maestro zen- ¿De dónde crees que nació el ruido de esta bofetada? ¿De la mano o
de la mejilla?
El chico se quedó pensando y contestó:
– De mi mente, maestro. El ruido ha nacido de mis pensamientos y emociones, y partieron de mi mente.
El anciano sonrió y dijo:
– Por fin: eras el discípulo que estaba esperando.
Desde entonces, el anciano trató muy bien al joven discípulo, y él aprendió tanto, que se convirtió en el
maestro más venerado y sabio de todos.
Moraleja: ‘Más allá de las apariencias, debemos buscar el origen del ruido en nuestro interior’
2. El elefante que perdió su anillo de boda

Una fábula sobre la ansiedad


Cuenta una historia muy antigua una fábula acerca de algo que le sucedió a un joven elefante. El elefante era
grande, apuesto y muy inteligente, pero no encontraba pareja, y veía con cierta tristeza cómo el resto de
sus compañeros iban formando una familia, mientras él continuaba solo.
Pero un día, su manada se encontró con otra manada de elefantes, entre los cuales, había una linda elefanta
soltera, que enseguida se fijó en él.
Ambos comenzaron a jugar y a dar largos paseos por la selva. Les gustaban las mismas cosas y reían sin
parar. Se divertían y no podían dejar de verse. Hasta que se dieron cuenta de que estaban perdidamente
enamorados.
Así que el elefante, sin dudarlo, le pidió matrimonio a la elefanta.
¡Menuda alegría se dieron las dos manadas de elefantes! ¡Hacía mucho que no se celebraba una boda! Así
que organizaron el evento con muchísima ilusión. Mientras unos preparaban el banquete, otros comenzaron
a construir el lugar en donde se celebraría el enlace.
Algunas elefantas se reunieron para preparar el ajuar, y ayudaron a la elefanta a buscar unos elegantes
adornos de novia.
Los elefantes acompañaron al novio a encargar las alianzas. El encargado de hacerlas sería un primo del
novio, que era un excelente orfebre.
Todo marchaba muy bien. Todo parecía encajar. El elefante y la elefanta estaban felices.
Pero llegó el día de la recogida de los anillos. Justo el día anterior al enlace. Eran unas alianzas preciosas,
increíbles. Únicas. Con el nombre de ambos elefantes grabados en el interior. El elefante se los colocó en la
trompa para llevárselos y se fue muy contento. No había visto nunca unos anillos tan bonitos.
Pero justo antes de llegar al río, en la orilla, el elefante tropezó con una piedra, y cayó de forma estrepitosa
al agua. El pobre animal se llevó un buen susto y un gran golpe, pero consiguió levantarse. Y al ponerse de
pie, comprobó para su desgracia, que uno de los anillos de boda se había caído al agua.
El elefante se puso muy nervioso, sentía que su corazón se iba a escapar del pecho.¡No podía controlarlo! Y
se puso a escarbar con las patas, con la trompa, a dar vueltas en círculo… El agua se enturbió por la arena
que levantaba con las patas y el elefante no podía ver nada. ¡No podía encontrar el anillo!
Un búho, que había visto todo desde la rama de su árbol, le dijo:
– ¡Tranquilo! ¡Para!
Pero el elefante no podía oír nada. Estaba tan nervioso, sentía tal ansiedad, que no era capaz de escuchar,
solo podía pensar en que no daría tiempo a hacer un anillo nuevo, y que su novia se disgustaría
muchísimo al enterarse de lo que había pasado.
Entonces, el búho aterrizó sobre el elefante y le volvió a decir:
– ¡Para! ¡Tranquilízate!
Y el elefante se dio cuenta de que el búho le estaba hablando. Y decidió escuchar, porque sabía que el búho
era uno de los animales más sabios del lugar.
– Estás tan nervioso que no dejas de excavar en la arena. Levantas tierra y ésta enturbia el agua- dijo el
búho-. Lo que tienes que hacer es quedarte quieto, muy quieto, esperar y observar.
El elefante hizo lo que el búho le dijo. Al fin se tranquilizó, y la tierra comenzó a depositarse en el fondo del
río. El agua se calmó y algo en el fondo comenzó a brillar con nitidez. ¡Era el anillo de boda!
– ¡Oh, muchas gracias, búho! ¡Muchísimas gracias por tu consejo!- dijo emocionado el elefante.
La boda se pudo celebrar, sin más sobresaltos. El búho hizo de padrino de honor y los elefantes se dieron
el sí quiero, alianzas incluidas, ante la emoción y felicidad del resto. Y el elefante, por su parte, aprendió
una sabia lección.
Moraleja: «Cuando las aguas turbias no te dejen ver el fondo del río, no te muevas: espera a que la tierra se
pose y el agua vuelva a mostrarse cristalina».
3. La rana sorda.

Una fantástica fábula sobre la autoestima


Un día un grupo de ranas caminaba por un bosque cuando dos de ellas
cayeron en un pozo muy profundo. Las demás ranas se reunieron alrededor y
vieron que no podían rescatarlas. ¡Era demasiado profundo!

Las dos ranas, movidas por un impulso de supervivencia, comenzaron a saltar,


intentando salir del agujero, pero el resto de ranas les gritaban desde arriba:

– ¡No insistáis! ¡No podréis salir nunca! ¡Dejadlo!

Las dos ranas siguieron saltando, aunque una de ellas comenzó a desanimarse cada
vez más…

– ¡No saltéis más! – gritaban aún más fuerte sus compañeras- ¡No podéis salir!
¡Asumid vuestro destino!
Las ranas gritaban y hacían gestos con los brazos para que las ranas se dejaran morir
sin más. Y una de ellas, al final cedió y cayó al suelo, en donde al fin murió.

Sin embargo, la otra rana seguía saltando cada vez más, con más fuerza, con más
intensidad… y en uno de sus grandes saltos, consiguió alcanzar el borde del
agujero y salir al exterior.

Las demás ranas la miraron boquiabiertas, sin saber qué decir. Estaban realmente
sorprendidas de que aquella rana hubiera conseguido salir del agujero, a pesar de que
todas le decían que lo dejara…

– ¿Cómo es que has conseguido salir?- le preguntó una de ellas- ¿No escuchabas
cómo te decíamos que pararas?

Y la rana, se encogió de hombros, les hizo señas para explicar que era sorda, y les dijo
con signos que quería darles las gracias por haber confiado en ella. La pobre rana
sorda se pensaba que en lugar de decir que parara, le estaban dando ánimos para
que consiguiera salir.

Moraleja: ‘Las palabras de motivación son como motores que te ayudan a conseguir
un objetivo. Confía en ti y antes de derrumbarte, piensa en tus inmensas posibilidades
para alcanzar la meta’.

4. La sospecha

Una fantástica fábula china


Un día, un hombre perdió su hacha, y empezó a sospechar del hijo de
su vecino. Todo en él le indicaba que se trataba del ladrón: observó la
forma de caminar del muchacho (y le pareció que, efectivamente, andaba
como un ladrón); observó su forma de hablar (y pensó que hablaba igual
que un ladrón); y observó minuciosamente sus gestos… No tenía ninguna
duda: ¡eran los gestos de un ladrón!

Pero días después, encontró su hacha tirada en el valle. Y al regresar


a su casa, comenzó a observar que el hijo de su vecino realmente no
tenía ninguna pinta de ladrón.

Moraleja: «Muchas veces vemos lo que queremos ver y emitimos un


juicio sin saber».
5. Demasiados senderos

Una fábula china sobre el exceso de tareas


Hace muchos años, un humilde ganadero chino perdió una oveja, y
pidió a todos los vecinos que le ayudaran a encontrarla, incluido el
sirviente de Zang Yi, un maestro muy famoso del lugar al que acudían
cada año muchos estudiantes.
El maestro, le preguntó:
– ¿Tantas personas necesitas para encontrar la oveja?
– Sí, y muchas más… porque en la montaña hay muchos senderos, y
no sé por cuál se habrá ido mi oveja…
El maestro asintió y se retiró. Esa misma noche regresaron todos después
de una intensa búsqueda, y Zang Yi, salió presuroso a preguntar:
– ¿Y qué? ¿Encontraste la oveja?- le dijo a su vecino.
– No, que va… No la encontramos- respondió él, muy triste.
– ¿Y por qué no la encontrasteis?- preguntó de nuevo el maestro.
– Porque son demasiados senderos…Y uno conduce a otro. Imposible
encontrar mi oveja.- respondió el hombre.
Desde ese instante, el sabio Zang Yi se mostró muy pensativo y hasta
dejó de sonreír. No quería hablar con nadie. Solo estaba centrado en sus
meditaciones.
Uno de sus discípulos, extrañado, acudió a ver a otro maestro para
contarle lo que le pasaba a Zang Yi.
– No habla, ni sonríe…solo está pensando todo el día…
– Cuando hay demasiados senderos, un hombre no puede encontrar su
oveja- respondió este sabio- Y cuando un estudiante se dedica a
demasiadas cosas, pierde su ruta y malgasta su tiempo. Siendo
discípulo del mejor maestro, usted parece que no aprende nada…
Moraleja: «Cuando en tu camino te dedicas a demasiadas cosas, puede
que no encuentres lo que buscas».

6. El hombre y la piedra

Un día, Esopo le pidió a uno de sus esclavos que fuera a los baños
públicos para ver si había mucha gente. El muchacho obedeció y se
dirigió hacia los baños, pero se dio cuenta de que en la entrada había
una piedra con la que todos tropezaban al intentar entrar en los baños.

Uno a uno, al chocar con la piedra, se daban la vuelta. Pero entonces vio
que una de las personas, antes de entrar, de pronto miró al suelo, se
agachó y retiró la piedra para no tropezar. La dejó lejos, en una
esquina, para que ninguno más se cayera.

El esclavo entró entonces en los baños y echó un vistazo. Al regresar,


Esopo le preguntó:

– Y bien, ¿había mucha gente?

Y él contestó:

– Hummm…. No, solo una persona.

Moraleja: «Antes de dar la vuelta ante el primer obstáculo que


encuentres, utiliza la inteligencia para seguir adelante»
7. Las dos cabras

Dos cabras paseaban por un monte dividido por un río. Ambas


habían dejado sus rebaños porque querían explorar mundo. Solo que una
de las cabras estaba a un lado del río y la otra justo en el lado contrario.

El río podía cruzarse por un tronco que lo atravesaba de parte a


parte. Este tronco unía las dos colinas.

Las dos cabras decidieron pasar al mismo tiempo por el viejo tronco, con
la mala fortuna de encontrarse justo en el medio. Entonces, se
miraron desafiantes:

– ¡Aparta de mi camino, cabra! ¡Tengo que pasar y yo soy más fuerte!


– dijo una de las cabras.
– ¿Por qué tengo que apartarme yo?- contestó impasible la otra cabra- No
eres más fuerte. Ni por supuesto, tampoco eres más terca que yo.
– Si no te apartas, no podremos pasar ninguna- Le dijo entonces la
primera cabra.
– Pues por eso, lo mismo digo, así que más vale que te apartes de mi
camino– contestó testaruda la otra cabra.
– Te he dicho que no… ¡déjame pasar!
– ¡Pasaré yo antes!
– ¡Que no!
– ¡Aparta ya de una vez!
– No y no. Aparta tú.
Así estuvieron un buen rato las dos cabras testarudas, sin ceder
ninguna de ellas ni un poquito. Al final, cansadas, las dos intentaron
pasar a la fuerza, golpeando a la otra con los cuernos. Y como las dos
tenían la misma fuerza, acabaron cayendo al río.
Las cabras fueron arrastradas por la corriente del río y nunca
nadie más las volvió a ver.

Moraleja: «Más vale ceder en el momento justo antes de acabar


perdiendo una gran oportunidad. La terquedad no es buena consejera».

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