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“El nombre De la Rosa”

1986

Planteamiento sonoro
(Dossier de sonido)
El nombre de la rosa
Adaptación cinematográ ca de la
novela homónima del famoso escritor
italiano Umberto Eco, ambientado en
el turbulento ambiente religioso del
siglo XIV, donde se narra la
investigación que realizan fray
Guillermo de Baskerville (monje
franciscano y antiguo inquisidor) y su
pupilo Adso de Melk (también de la
misma orden) alrededor de una
misteriosa serie de crímenes que
suceden en una abadía de la Orden
de San Benito situada en el norte de Italia.

La película se centra más en la recreación de la atmósfera gótica, la descripción de la


corrupción de la sociedad medieval y la trama policíaca.

La música fue compuesta por James Horner, el cual, había alcanzado cierta fama gracias
a su participación en la segunda y tercera parte de "Star Trek", "Cocoon" y "Límite 48
Horas".James Horner creó una banda sonora utilizando casi en su totalidad la electrónica,
debido a que en la década de los 80 prácticamente toda la música se creaba con
sintetizadores, lo cual le afectó de lleno al desarrollar este proyecto.

El resultado fue, una música que pretende re ejar el aire viciado del convento y la
peligrosa trama que hay detrás de las extrañas muertes de monjes. Si bien, es
conveniente resaltar ciertos aspectos generales de la , como por ejemplo, el uso excesivo
en una misma pieza de los samplers de cuerda, llegando a saturar o eclipsar al resto de
instrumentos ( también electrónicos ) a los que recurre. Otro ejemplo sería, el interesante
uso que da a los coros eclesiásticos con el canto gregoriano, lo cual da un apropiado aire
“religioso” a la música.
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Desarrollo de la película

Con la pantalla en negro, una voz en o nos avisa de que va a narrar los hechos
acaecidos en su juventud, hacia nales del año del Señor de 1327 (hacia mediados de
siglo la peste reduce a la mitad la población europea; será preciso hacer frente a la
epidemia y, de paso, combatir otra peste, la herejía), en una remota abadía, cuyo nombre
pre ere omitir, del recóndito norte de Italia. Aparecen los títulos de crédito y planos del
acercamiento- llegada a la abadía mientras suena el tema principal, donde sobresalen
unas notas de cymbalion que serán repetidas durante toda este tema sobre una base de
notas largas y misteriosa de las cuerdas con unos planos espaciales de narración donde
aparecen el sonido de las mulas mientras se dirigen a la abadía, riachuelo, pájaros o el
ladrido de un perro.

Con los ojos de los protagonistas, maestro y discípulo, empezamos a conocer la


abadía, vista por los viajeros en planos contrapicados (algunos subjetivos: vemos lo que
ven los personajes) que subrayan el carácter imponente, sobrecogedor, del edi cio y su
torre. El poder de la abadía se remarca todavía más con un plano cenital de los dos
personajes protagonistas. La voz en off acompaña su llegada y comenta el desasosiego
experimentado al cruzar aquellos muros. Un nuevo plano picado nos remite a la
perspectiva de una ventana, desde la que un monje observa a los recién llegados. Se
trata del abad, y expresa cierta inquietud ante lo que ellos puedan averiguar. Otro
enigmático monje se encuentra en la celda, se trata del venerable Jorge, un monje
anciano y ciego. Mientras se adentran en la abadía suena el viento en primer plano junta
a un pequeño fragmento de una melodía que nos recuerda a la música eclesiástica para
realzar y hacer más creíble la época en segundo plano.

La siguiente secuencia se dedica a la presentación de fray Guillermo de Baskerville


(será el abad quien pronuncie su nombre por primera vez), a quien su discípulo Adso
llama “maestro”. Los rasgos que se nos muestran de él son la perspicacia, el sentido de
la observación (sin conocer la abadía indica a Adso dónde pude satisfacer una necesidad
siológica inaplazable), y un interés intelectual más propios de un astrólogo que de un
monje (perceptible en los objetos e instrumentos que trae y que oculta cuidadosamente
al abad: astrolabio, lentes). Por las palabras del abad sabemos que Guillermo es un fraile
franciscano. En esa conversación, fray Guillermo da una nueva prueba de su perspicacia:
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ha advertido, en el cementerio, huellas de un enterramiento reciente, y lamenta la muerte
de algún monje. En este momento seguimos con un plano espacial de narración con
sonido del viento que a medida que avanza la escena pasa a un segundo plano y El
graznido de un cuervo en primer plano. En el momento en que fray Guillermo advierte al
abad la muerte de algún monje aparece un sonido de gong para enfatizar la sorpresa del
abad. El abad, desconcertado, cuenta al franciscano, en primer plano, la muerte de
Adelmo de Otranto, un joven ilustrador cuyo cadáver apareció horriblemente mutilado.
Entre tanto ha llegado Adso, satisfecho, y fray Guillermo lo presenta como “su novicio”,
(aspirante a entrar en una orden religiosa). El abad parece inquieto por las consecuencias
de lo sucedido entre sus monjes: agitación, zozobra, desasosiego espiritual, sospechas
de la presencia del maligno en la abadía. Todo ello podría aconsejar la intervención de la
Santa Inquisición, y fray Guillermo responde que ya no se dedica a tales asuntos (lo cual
suscita algunas preguntas sobre su pasado, interrogantes que, por ahora, quedan sin
respuesta).

La escena anterior continúa con el sacri cio de un cerdo, sin transición o fundido
que alerte al espectador, (sirven a modo de transición , en todo caso, los chillidos
desesperados del animal). Sigue la presentación de Ubertino da Casale, uno de los jefes
espirituales de los franciscanos, cuyo libro sobre la pobreza del clero “no ha sido bien
acogido en los palacios papales”. Tras nuevas alusiones a las “desgracias” pasadas de
Guillermo, Ubertino da su propia explicación de lo que sucede en la abadía: “el diablo
está arrojando hermosos muchachos por las ventanas”, “había algo femenino, diabólico,
en ese joven que murió”. Hasta el momento, esta escena no va acompañada de música
pero si existen el sonido de los pasos con eco al adentrarse en la iglesia. Seguimos con
el sonido del viento y los graznidos de los cuervos. La cámara muestra el impacto que las
palabras del franciscano producen en el joven Adso, algo que fray Guillermo intentará
después contrarrestar: “no debemos dejarnos in uir por rumores irracionales sobre el
Anticristo, es mejor ejercitar la mente para resolver el misterio”.

La siguiente secuencia comienza con los campesinos entregando sus diezmos al


monasterio, que, a su vez, les hace entrega de la basura, unos restos de comida que se
disputan los miserables (entre ellos, una joven que se ja en Adso, momento en el que
vuelve a aparecer melodía con guitarra para enfatizar el descubrimiento del amor) . Tras
una breve intervención de la voz en o que recuerda a los maestros de fray Guillermo
(Aristóteles, los lósofos griegos, la lógica) vemos al personaje en acción: sus
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investigaciones indican que Adelmo no cayó desde la torre, y que además no cayó, sino
que saltó, es decir, se suicidó. Sus observaciones concluyen con una frase que resulta
conocida: “es elemental”. Todo esta escena, adornada o enfatizado por el sonido del
viento, los pájaros en el bosque y los animales que van apareciendo en escena como por
ejemplo los perros.

Los monjes se reúnen a comer y la cámara nos ofrece un plano general del
refectorio. Comen en silencio en tanto que uno de ellos lee textos en latín: un plano
signi cativo nos lo muestra mojando el dedo en la boca antes de pasar la página.
Cuando lee el pasaje según el cual el monje “no debe reír, pues únicamente el tonto alza
su voz con risas”, el venerable Jorge corrobora esas palabras con golpes en la mesa. La
cámara también nos ha revelado cómo Berengario, el ayudante del bibliotecario, se ja
en Adso. En sus palabras, el abad ha vuelto a referirse al pasado de fray Guillermo, en el
que tuvo “onerosos empeños”.

Es de noche, pero no todos duermen en la abadía: Jorge escucha los textos que
otro monje le lee, Berengario se agela y fray Guillermo lo escucha mientras intenta
calmar a Adso (tiene pesadillas: sueña con la bestia, el Anticristo), un tercero lee y ríe
despreocupadamente en el scriptorium (el lugar de trabajo de los investigadores:
copistas, traductores, ilustradores, miniaturistas); también él se lleva repetidamente el
dedo a la lengua antes de pasar las hojas. Vuelven a sonar el viento, los animales en
segundo plano y la música de violines mientras hablan para realzar sus pensamientos y
describir lo que está pasando en escena.

Al amanecer suenan las campanas con un plano general del mismo mientras
suena el viento, hallamos de nuevo a los monjes reunidos en el coro, rezando y cantando
gregoriano. Pero la oración es interrumpida por una nueva “calamitá”. Ha sido
encontrado el cadáver de Venancio, el traductor de griego, dedicado a las obras de
Aristóteles, el mismo que leía y reía la noche anterior en el scriptorium. La música
reaparece para enfatizar la desgracia. Ubertino reaparece para recordar las señales del
Anticristo: las trompetas y otros signos apocalípticos. Sus palabras encienden los ánimos
de los atribulados monjes: “no desaprovechéis los últimos días”. El viento sigue
apareciendo en segundo plano durante toda la escena a intermitencias y posteriormente
sonido de tormenta para acrecentar la sensación de la llegada del apocalipsis.
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Durante el reconocimiento del cadáver fray Guillermo pregunta al hermano
Severino, responsable del herbolario, por el uso del arsénico en la abadía mientras se
oyen las campanas y el sonido de algo hirviendo en el fuego. Sigue un plano detalle del
dedo índice de la mano derecha manchado. En su respuesta, Severino hace veladas
alusiones al contacto homosexual entre los monjes. Entre tanto, Adso contempla la
portada De la Iglesia suena el viento, el graznido de los cuervos y otros pájaros; al
traspasar el umbral, se halla rodeado de esculturas sobrecogedoras y guras alegóricas
que decoran arcos, columnas y capiteles. Tales guras, entre lo macabro y lo deforme,
parecen cercar a Adso mediante travellings de acercamiento laterales y posteriores. La
escena se cierra con un plano cenital que sirve para mostrar la llegada de una sombra.
Sigue un primer plano del novicio, inquieto por lo que ve pero ignorante de que no está
solo. El siguiente plano, magistral, convierte la sombra anterior en silueta, que se adivina
deforme, repugnante. Vuelve a aparecer algo de música pero en esta ocasión como un
plano de intención Cuando habla se expresa “en todas las lenguas y en ninguna”, ni
habla en latín (la lengua que usaban los hombres cultos de la abadía) ni en la lengua
vulgar de la zona. La de Salvatore, el monje jorobado, era una lengua propia, formada
con jirones de lenguas de los lugares donde había estado, una verdadera “torre de
Babel”: “¡Penitenciágite!”

Penitenciágite será una palabra clave. El término, creación de Salvatore a partir de


la expresión latina penitentiam agite (haced penitencia), delata su pasado herético
dulcinista, y él mismo, consciente de que se ha puesto en evidencia, intenta en vano
ocultar su error. Penitenciágite era “el grito de guerra de los dulcinistas”, los seguidores
de Dulcino, fundador de los Hermanos Apostólicos; enfrentado a la jerarquía de la Iglesia,
defendió la pobreza frente a la acumulación de bienes y murió en la hoguera en 1307. Su
vida y su muerte se reconstruyen en varios pasajes de la novela de Eco. La profunda
crisis religiosa del siglo XIV es uno de los aspectos centrales de esta obra poliédrica: en
el contexto de cisma de Occidente asistimos al traslado de la sede papal a Aviñón, al
enfrentamiento entre órdenes religiosas (franciscanos –fray Guillermo- frente a dominicos
–Bernardo Güi-), a las herejías medievales y a los encendidos debates sobre la pobreza
de la Iglesia y sus ministros. Además: la presencia y los métodos de la Santa Inquisición,
la superstición apocalíptica con tintes milenaristas (cercanos a los postulados de Dulcino)
y la relajación de costumbres entre los monjes. En n, fray Guillermo explica a Adso que
había una diferencia entre los franciscanos y los dulcinistas: ambos eran seguidores de la
pobreza de Cristo, pero los segundos ejercían la violencia, mataban a los ricos.
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Maestro y discípulo retoman la investigación: un primer plano nos enseña la huella
de una suela en la nieve (“el suelo nevado es el pergamino donde el criminal escribe su
autógrafo”, dice fray Guillermo) mientras caminan se une una música penetrante rico en
cuerdas graves para denotar el hallazgo de las pisadas con el viento y los pájaros en
segundo plano. En el scriptorium, el detective solicita ver el lugar de trabajo de los dos
difuntos música con violines sigue el bajo muy presente con el sonido de contrabajo y
añade voces al tema. Allí recurre a sus lentes, sus ojos de cristal, para analizar las
miniaturas de Adelmo: “un asno enseña las escrituras a los obispos” (algo que vemos a
través de un plano subjetivo desde las propias lentes), “el papa es un zorro y el abad un
mono”. Fray Guillermo concluye que Adelmo tenía un osado talento para las imágenes
cómicas. Pero las risas de un monje a causa del miedo de Berengario a los roedores
provocan la irrupción airada de Jorge; el venerable, irritado, reitera que “un monje no
debe reír”, aunque en la orden franciscana “la risa se contempla con indulgencia”. E
insiste: “la risa es un viento diabólico que deforma las facciones y hace que los hombres
parezcan monos”. Fray Guillermo responde, en este improvisado debate que escuchan
atentamente todos los monjes del scriptorium, que la risa es “un atributo humano”;
“como el pecado”, responde de inmediato el venerable. “Cristo nunca rió”, añade
rotundo, pero el emático detective responde que “hasta los santos se valían del humor
para ridiculizar a los enemigos de la fe”, y cita el libro segundo de la Poética
de Aristóteles, donde se habla del humor como instrumento de la verdad. La mención
del libro aristotélico alerta al anciano Jorge y logra que los atentos monjes se oculten en
sus puestos. El venerable estalla de ira: esa obra “nunca fue escrita”. Fray Guillermo se
disculpa y se dirige a la mesa del traductor de griego pero Berengario se adelanta y le
impide inspeccionarla. Al salir, el franciscano se pregunta dónde están los libros que
precisan para su trabajo estos investigadores. Sonido del bastón del anciano Jorge y de
los pasos con eco para recrear un ambiente espacial de grandes y al salir se vuelve a
ambientar el exterior con el viento y los cuervos.

De nuevo es de noche, y, otra vez, no todos duermen en la abadía, de nuevo el


sonido del viento y el sonido de la apertura y la cerradura de la puerta que da acceso al
scriptorium junto con la voz en o de Adso. El hermano Remigio ha facilitado a fray
Guillermo el acceso al scriptorium (como parte del trato para guardar silencio ante el
abad sobre el pasado herético de Salvatore). Otro abre la compuerta por donde se suelta
la basura y entra una joven, invade un silencio sepulcral que sólo se interrumpe por el
sonido del viendo, aullidos de un lobo, perros ladrando,…... Berengario lee en el
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scriptorium, escucha ruidos y se oculta. Fray Guillermo y Adso inspeccionan la mesa del
traductor y hallan unas anotaciones en griego escritas con zumo de limón en un trozo de
pergamino vuelve a aparecer el tema principal, donde vuelven a sobresalir unas notas de
cymbalion , pero Berengario se las ingenia para distraerlos y llevarse el libro que leía junto
con las lentes del detective arrojando un martillo al suelo. Éstos se separan para
perseguirlo (vuelve el tema principal con el cymbalion para enfatizar la persecusión): Adso
entra en la cocina en busca de fuego (su farol se ha apagado) pero encuentra otro fuego
inesperado; Berengario ha ido al laboratorio de Severino, el herbolario, donde esconde el
libro y coge un tarro de hierbas, pues sufre fuertes dolores (él también mojó su dedo en
saliva para pasar las páginas del libro). El montaje en paralelo nos devuelve a la cocina,
donde Adso descubre a la joven campesina. La voz en o , Adso anciano, nos la describe
con comparaciones tomadas del Cantar de los Cantares: “embrujadora como la luna,
radiante como el sol…”mientras suenan las llamas del fuego. Entre tanto, fray Guillermo
ha obtenido información de Salvatore, al que ha encontrado en el cementerio entre
roedores suena el viento entre tanto silencio. En la cocina Adso y su maestro se
reencuentran, el primero aún aturdido por su encuentro sexual con la campesina, a la que
el segundo ha vista salir precipitadamente dejando abandonado un corazón de buey:
“alguno de los monjes se lo daría a esa muchacha a cambio de sus favores”, sentencia el
detective. Poco después, en su celda, Adso confía lo sucedido a fray Guillermo, quien
concluye de inmediato que su joven novicio está enamorado (los síntomas son
inequívocos: desea el bien de la joven, que sea feliz, salvarla de la pobreza) suena música
para reforzar y enfatizar el amor. El maestro recuerda entonces algunos pasajes del
Antiguo Testamento que constituyen una muestra acabada de la misoginia medieval: “La
mujer se apodera de la preciosa alma del hombre”. Con todo, el maestro dulci ca tales
juicios: le cuesta comprender que Dios haya introducido en la creación un ser tan
inmundo sin dotarlo de alguna virtud.

Los franciscanos llegan para el debate, pero su llegada es saludada por oscuros
nubarrones en el horizonte. El abad los recibe.

El cadáver de Berengario es encontrado en las pocilgas, ahogado. También


aparecen allí las lentes de fray Guillermo. Y en la suela del zapato del ahogado podemos
reconocer una huella similar en la nieve. En el reconocimiento del cadáver el detective se
ja en que Berengario era zurdo, aunque Severino apunta en otra dirección: “era invertido
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en muchos sentidos”. Sendos planos detalle nos muestran las manchas en el dedo y en
la lengua.

El fraile-detective se entrevista con el abad y explica con detalle lo sucedido en la


abadía: Berengario se sentía atraído por los jóvenes bellos; cuando Adelmo quiso leer un
libro prohibido, Berengario le facilitó la clave cifrada en un trozo de pergamino a cambio
de caricias antinaturales. Adelmo se prestó pero después se arrepintió y vagó por el
cementerio donde halló a Venancio, le entregó el pergamino con la clave, subió a la torre
(no la de la biblioteca) y se suicidó. Hubo un testigo: el jorobado. Venancio encontró el
libro, lo leyó y murió con una mancha negra en el dedo. Berengario, el ayudante del
bibliotecario, encontró el cadáver y lo arrastró hasta las pocilgas para desviar de sí las
sospechas. Pero el libro quedó en la mesa del traductor, Berengario lo leyó, sufrió fuertes
dolores y murió ahogado. La clave de todo, subraya el detective, es un libro que mata, un
libro prohibido, un libro espiritualmente peligroso. Por ello, fray Guillermo solicita al abad
acceso a un terreno prohibido, la biblioteca. Visualmente, la explicación va acompañada
de breves ashbacks que muestran lo sucedido al espectador. La escena resume la
investigación anterior y ofrece la clave del enigma, pero retrasa la resolución nal,
porque, a la poca con anza que el abad muestra en las palabras de fray Guillermo se une
la llegada de la delegación papal y, con ella, de la Inquisición, con Bernardo Güi al frente
(un personaje histórico, Bernardo Guidoni, religioso dominico e inquisidor).

Durante el rezo, Adso y fray Guillermo descubren la entrada secreta que usa
Malaquías, el bibliotecario, para ir y venir de la biblioteca. No tardarán en explorarla: una
trampilla oculta bajo un altar, unos oscuros túneles que albergan un osario en los
cimientos de la enigmática torre. Al n, será un roedor quien los conduzca a la biblioteca.
Una vez allí, fray Guillermo da rienda suelta a su satisfacción intelectual: “estamos en una
de las mayores bibliotecas de toda la cristiandad”. Ambos se separan, Adso se pierde y
fray Guillermo comprende que está en un laberinto (la gura del monje ciego, el venerable
Jorge, trae a la memoria inevitablemente a otro ciego famoso, Jorge Luis Borges, uno de
cuyos relatos, La biblioteca de Babel, tiene semejanzas con esta otra biblioteca
laberíntica y con espejos). Tras sortear algunas trampas, intentan, en vano descifrar las
instrucciones del traductor. Entre tanto, han llegado la delegación papal y el inquisidor
Güi. Merece la pena detenerse en la presentación del dominico: lo vemos en un
imponente contrapicado, bajar de la carreta, de espaldas, y saludar al abad. Todo ello
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sugiere al espectador el poder desmedido del recién llegado. Aún tardaremos en ver su
cara, y cuando la veamos, en la secuencia siguiente (tras un incendio en los establos, Güi
detiene a la joven campesina y a Salvatore, a los que encuentra con un gallo y un gato
negros, dispuestos, según él, para el culto al diablo, signos inequívocos de la presencia
del maligno en la abadía), encontraremos un rostro duro, implacable, pétreo, el rostro de
un desalmado. “Un monje seducido, ritos satánicos”, truena el inquisidor mientras que en
el cielo estalla la tormenta.
De nuevo en la celda, Adso reprocha a su maestro que haya guardado silencio: la
joven no pretendía practicar la brujería, sino comer. Entonces fray Guillermo revela, al n,
los detalles de su pasado que había mantenido ocultos: él también fue inquisidor (al
comienzo, cuando la Inquisición orientaba, no castigaba), pero le tocó presidir el juicio de
un hombre que había traducido un libro del griego que se oponía a las Sagradas
Escrituras, lo absolvió pero fue denunciado por ello, acusado de herejía; fue encarcelado,
torturado, y se retractó, en tanto que aquel hombre murió en la hoguera.

Mientras el inquisidor da comienzo a su duro trabajo con el interrogatorio y


posterior tortura de Salvatore, llegan los enviados papales al debate (un plano nos
muestra a los campesinos empujando el carruaje, re ejo del orden social de la época).
Cuando apenas ha comenzado la controversia: “¿era Cristo dueño de las ropas que
llevaba?”, “¿la Iglesia debe ser pobre?”, el hermano Severino avisa a fray Guillermo de
que ha encontrado el libro en su herbolario, adonde regresa para encontrar la muerte.
Otro monje, Malaquías, según sabremos enseguida (plano detalle de su pie
ensangrentado), descarga sobre él una esfera armilar y se lleva el libro. Los
acontecimientos se precipitan: el hermano Remigio, responsable de la despensa (cillerero
del monasterio) recibe el aviso de que Salvatore ha confesado su pasado herético
dulcinista e intenta huir, pero es detenido. El debate se enciende y es interrumpido por el
inquisidor: ha sido encontrado el cadáver de Severino (que no tiene los dedos
manchados). “Alguien ha buscado en dirección equivocada”, dice Güi en alusión a fray
Guillermo.

Un primer plano de Güi, amenazante, da paso al juicio. El abad y fray Guillermo


son llamados a ejercer de jueces (aunque con limitaciones: quien se atreva a cuestionar
el veredicto de un inquisidor puede ser acusado deherejía). Llamado a declarar, Remigio
desata su ira contra la abadía: “en doce años no he hecho otra cosa que llenarme la
barriga y cubrirme de vileza”. Su intervención es una andanada contra el sistema feudal
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que reproduce la propia abadía (jerarquizada de acuerdo con la procedencia de los
monjes, su educación y la función que desempañan en su interior; en cuanto a la relación
con el pueblo, baste recordar la entrega de diezmos y primicias o la necesidad de
prostituirse por hambre). Entre tanto, Adso pide un milagro a la Virgen.

En su veredicto, Bernardo Güi declara culpables a los tres reos. Remigio, sin
embargo, insiste en que él no ha matado al herbolario, a Severino. El abad con rma la
sentencia, pero fray Guillermo corrobora lo dicho por Remigio: “él no es culpable de los
crímenes de la abadía”. Sin embargo, ante la amenaza de la tortura, Remigio confesará lo
que haga falta: “estaba poseído por el diablo”. El inquisidor dicta la última palabra: fray
Guillermo deberá acompañarlo a Aviñón a con rmar la sentencia ante el papa. Los
franciscanos se marchan apesadumbrados mientras comienzan a levantarse las piras
para las hogueras.

Reunidos en el coro, los monjes escuchan unas signi cativas palabras del
venerable Jorge: la razón de ser de la abadía es la preservación del saber, no la
investigación, porque “no existe progreso en la historia del saber, sino una continua y
sublime recapitulación”. Pero una nueva muerte interrumpe al venerable: Malaquías,
también con el dedo y la lengua manchados. Fray Guillermo y Adso se precipitan camino
de la torre, y el inquisidor ordena buscar al detective. Anochece.
En adelante, el montaje en paralelo nos mostrará lo que sucede dentro de la torre
(fray Guillermo ha logrado descifrar la clave del traductor) y fuera de ella (la procesión de
los condenados a la hoguera). En la torre, un plano subjetivo nos muestra el acceso de
fray Guillermo y Adso al lugar donde los espera el anciano Jorge, que se reconoce
vencido y les entrega el libro que buscan: “la que probablemente es la única copia
existente del segundo libro de la Poética de Aristóteles”. Fray Guillermo se apresta a
hojearlo, aunque se protege con un guante de sus páginas envenenadas con arsénico.
Consciente de que ha sido descubierto, Jorge huye llevándose el libro. En el exterior, los
condenados son atados a las piras y embadurnados. En la torre, Jorge explica las
razones de su odio a la risa: “la risa mata el miedo, y sin él no puede haber fe”, “sin
miedo al diablo, ya no hay necesidad de Dios”; por ello, ese libro no debe ser leído, y
ahora la sella con si vida, se lo come mientras que un incendio se desata en la biblioteca
al mismo tiempo que se prenden las piras. El incendio en la torre atrae la atención de los
monjes, que abandonan el lugar de la ejecución, circunstancia que aprovechan los
campesinos para salvar a la joven. El resto es un ejercicio de justicia poética: Jorge
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muere abrasado y el inquisidor encuentra una muerte atroz cuando intenta huir; fray
Guillermo logra sobrevivir al incendio de la torre, y la abandona, junto con los roedores,
cargado de libros.

En la última secuencia, los protagonistas se marchan de la abadía. La joven


campesina espera a Adso en el camino y el joven duda: unos intensos primeros planos
muestran la fuerza de los vínculos que se han creado entre ambos. Adso decide seguir a
su maestro. Cierra el relato la voz en o del comienzo, la del Adso anciano, que con esa
que jamás dejó de soñar con aquella muchacha, el único amor terrenal de su vida, del
que nunca supo su nombre.

Como conclusión a modo de resumen decir que en toda la película predominan los
planos espaciales de narración, sonido del viento, pájaros, perros, el crujir de zapatos al
caminar, un incendio, etc… Esos mismos sonidos aparecen en diferentes planos, en
ocasiones los podemos en contrario en primer plano, coordinados en planos generales
de la abadía o del amanecer o incluso en segundo plano mientras suena la música.
Además la música creada para la película se usa para enfatizar y enriquecer las escenas
de intriga como por ejemplo en el momento que aparecen los asesinados, cuando fray
Guillermo hace algún descubrimiento como cuando descubre donde están los libros
aunque suena con un remarcado estilo folk, en las escenas en que Adso aparece
enamorado de la campesina. Aparecen también efectos especiales para recrear los
movimientos de los personajes como por ejemplo como suenan los pasos al bajar
escaleras, el movimiento de los candelabros al intentar iluminar algo. También podemos
decir que en realidad, muchos de estos sonidos los podríamos de nir como ambientales
ya que nos ayudan a situarnos en un espacio.
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