Resumen Melanie Klein
Melanie Klein fue una de las voces más originales y
controvertidas del psicoanálisis del siglo XX. Su trabajo no
solo amplió las bases establecidas por Sigmund Freud, sino
que desafió paradigmas al centrarse en la mente infantil y en
las dinámicas emocionales primitivas. Aunque su nombre a
menudo se vincula a la teoría de las relaciones objetales, su
legado abarca innovaciones técnicas y conceptuales que
transformaron la práctica clínica. Este ensayo explora su
biografía, sus aportes teóricos y las diferencias clave entre su
enfoque y el psicoanálisis freudiano clásico.
Nacida en Viena en 1882 como Melanie Reizes, su vida
estuvo marcada por la adversidad desde la infancia. La
muerte de su hermana Sidonie, cuando Klein tenía cuatro
años, dejó una huella profunda en su psique, alimentando
posteriormente su interés por la ansiedad y la pérdida. Su
relación con su hermano Emmanuel, quien la introdujo al
mundo intelectual, también fue crucial, pero su fallecimiento
prematuro sumió a Klein en una culpa que más tarde
reflejaría en sus estudios sobre la posición depresiva.
Su matrimonio con Arthur Klein a los 21 años la alejó
temporalmente de sus aspiraciones académicas, pero tras
una crisis personal y depresiones recurrentes, encontró en el
psicoanálisis una vía de escape. Con el apoyo de figuras
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como Sándor Ferenczi y Karl Abraham, inició su formación en
Berlín. Sin embargo, fue en Londres, donde se estableció en
1926, donde desarrolló sus ideas más revolucionarias,
enfrentando resistencias incluso dentro de su propia familia:
su hija Melitta Schmideberg se convirtió en una de sus
críticas más feroces.
Klein propuso que, desde el nacimiento, los bebés
interactúan con "objetos" parciales —como el pecho materno
—, proyectando en ellos emociones intensas. Estos objetos se
dividen en "buenos" (gratificantes) y "malos" (frustrantes),
una dinámica que estructura la psique. A diferencia de Freud,
quien priorizaba las pulsiones biológicas (sexualidad y
agresión), Klein insistió en que las fantasías inconscientes —
no siempre vinculadas a experiencias reales— moldean la
percepción del mundo. Para ella, incluso un bebé hambriento
que llora no solo expresa una necesidad física, sino una
fantasía de ataque y destrucción hacia el "pecho malo".
En la posición esquizo-paranoide, típica de los primeros
meses de vida, el bebé fragmenta la realidad en extremos: lo
idealmente bueno y lo persecutorio. Esta división, según
Klein, es un mecanismo de defensa para manejar la angustia
ante la dependencia. Posteriormente, en la posición
depresiva, el niño comienza a integrar la ambivalencia:
reconoce que la madre es un "objeto total", capaz de
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provocar amor y odio simultáneamente. Este salto genera
culpa y el impulso de reparar el daño imaginado, un concepto
ausente en la teoría freudiana, más centrada en la resolución
del complejo de Edipo que en la integración emocional.
Klein revolucionó la cronología freudiana al situar el complejo
de Edipo en el primer año de vida, mucho antes de lo
planteado por Freud. Argumentó que los bebés ya fantasean
con la relación entre los padres, imaginando escenas de
unión y rivalidad. Además, propuso que el superyó —la voz
moral interna— no surge tras el Edipo, como sostenía Freud,
sino desde el nacimiento, asociado a la culpa primitiva por
fantasías agresivas hacia los padres.
Klein desafió la idea freudiana de que el análisis infantil era
imposible debido a la falta de lenguaje. Desarrolló la técnica
del juego, interpretando los juguetes y las actuaciones de los
niños como símbolos de sus conflictos internos. Mientras
Freud trabajaba con adultos que reconstruían su niñez
mediante la palabra, Klein observaba directamente las
ansiedades infantiles, como el miedo a ser devorado o
abandonado, expresadas en juegos con muñecos o dibujos.
Freud atribuía los trastornos mentales a la represión de
deseos sexuales inconscientes, especialmente tras el
complejo de Edipo. Klein, en cambio, situó el núcleo del
conflicto en las primeras relaciones objetales y en la
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incapacidad de integrar amor y odio hacia las figuras
parentales. Para ella, la patología no era solo resultado de
pulsiones reprimidas, sino de fijaciones en la posición
esquizo-paranoide o depresiva.
Mientras Freud destacaba la represión y la sublimación, Klein
identificó mecanismos más primitivos, como la escisión, la
proyeccióny la identificación proyectiva. Estos conceptos
ampliaron el entendimiento de trastornos graves como la
psicosis, poco explorados por Freud.
Aunque ambos aceptaron la existencia de una pulsión de
muerte, Freud la consideró secundaria frente a la libido. Klein,
en cambio, le dio un papel central: para ella, la agresión es
constitutiva de la psique desde el inicio, visible en fantasías
infantiles de destrucción y en la envidia del pecho materno.
Esto la llevó a interpretar comportamientos como la crueldad
o la manipulación no como fallas morales, sino como
derivados de ansiedades tempranas no resueltas.
Las teorías de Klein dividieron al movimiento psicoanalítico.
Anna Freud, hija de Sigmund, criticó su método por
considerar invasiva la interpretación directa de las fantasías
infantiles. Sin embargo, su escuela influyó en pensadores
como Donald Winnicott y Wilfred Bion, quienes integraron sus
ideas sobre la contención emocional y las ansiedades
primitivas.
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