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EDUCACIÓN, HOMBRE Y SOCIEDAD
Escrito
Dayana María Domínguez Araujo
Jader José Álvarez Santos
Trabajo presentado como requisito de Ética, Educación y Sociedad
V semestre
Docente
Asdrúbal Antonio Atencia Andrade
Magíster en Educación
Corporación Universitaria del Caribe – CECAR
Facultad de Humanidades y Educación
Programa de Licenciatura en Lingüística y Literatura
Ética, Educación y Sociedad
Sincelejo
2024
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EDUCACIÓN, HOMBRE Y SOCIEDAD
El hombre, la educación y la sociedad: un tejido complejo
La relación entre el hombre, la educación, y la sociedad constituye un entramado
histórico altamente complicado cuyo desarrollo ha cambiado a lo largo de los siglos. Desde las
primeras comunidades humanas establecidas y, por ende, las primeras formas de civilización, la
educación ha desempeñado un papel crucial en la transmisión de conocimientos, valores y
tradiciones que configuran la individualidad humana. Hasta cierto punto, los imaginarios
mencionados anteriormente han cambiado, con el fin de formar nuevas formas y variaciones de
la sociedad. Si bien se ha reconocido que la educación es un “motor” del progreso y
apalancamiento del crecimiento humano, también ha sido objeto de interpretaciones muy
diferentes y polémicas.
En la actualidad, la educación es considerada como un derecho humano básico y bien
público, es decir, todos y cada uno tienen derecho a recibir una educación de calidad. No
obstante, los imaginarios sociales acerca del impacto de esta en la formación de la vida de los
individuos son múltiples y contradictorios. Por un lado, la educación ha sido concebida como un
medio de movilidad social, desarrollo personal y un requisito previo para la dependencia
económica. Por otro lado, la educación ha sido constantemente criticada como un sistema
diseñado para reproducir desigualdades socio-políticas y control social. Las contradicciones de
los imaginarios reflejan la poliparadigmalidad de las sociedades contemporáneas, y es que,
aunque la educación debería ser un proceso de transformación social, destinado a desarrollar la
identificación de valores personales y permitir que los individuos sean capaces de contribuir a la
sociedad positivamente, se ha encargado de proliferar prejuicios, estereotipos y paradigmas que
perviven incluso hoy en día.
El imaginario acerca de la relación entre el hombre y la sociedad ha sido fuertemente
influenciado por las teorías pedagógicas y las corrientes filosóficas hegemónicas en cada época.
Durante la modernidad, la educación era entendida como un proceso de socialización para
formar ciudadanos responsables y productivos que pudieran aportar al progreso de la nación. La
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escuela, por lo tanto, cumplía la función de ser un espacio de homogeneización y asimilación
cultural, donde los sujetos debían ser formateados de acuerdo a los valores y normas socialmente
establecidas. Sin embargo, a partir de la segunda mitad del siglo XX, otras corrientes
pedagógicas empezaron a tomar fuerza cuestionando el modelo tradicional enarbolando
concepciones como la educación libertaria, la autonomía escolar, el respeto a la diversidad
cultural, el enfoque en la libertad del alumno y el aprendizaje significativo. En este escenario, la
educación dejó de ser meramente transmisiva para convertirse en un proceso de construcción
subjetiva y social, posicionando al individuo como un sujeto activo y crítico que puede ser un
agente de cambio, capaz de transformar su entorno y construir un futuro más justo y equitativo.
Desde esta perspectiva, la educación se transformó en un instrumento de emancipación y lucha
contra las desigualdades, debido a que el ser humano no es solamente un organismo viviente
biológico, sino que también es un ser con emociones, pensamientos y una vida social activa.
Por supuesto, esta es la imagen idealizada del proceso educativo, que perdió su conexión
con la realidad hace mucho. De hecho, la educación es más contradictoria y compleja de lo que
parece. A pesar de los logros teóricos y metodológicos, las escuelas continúan perpetuando las
desigualdades sociales, más aún, en algunos aspectos, el fenómeno solo se ha agravado. Esta
sociedad se manifiesta como la representación de un LEGOS, es decir, compuesta por un millón
de personas diferentes, algunas con privilegios, otras con limitaciones, con lazos viejos y nuevos,
con pocos puntos ciegos y un flujo de experiencia pasada. La cultura desempeña un papel
fundamental en la realización de la identidad personal y, a su vez, proporciona la base para la
transmisión y proliferación de tesoros comunes de conocimiento que definen la existencia social
y el lugar de la educación en ella. La diversidad y la riqueza de la cultura contemporánea
presentan una novedad brillante y un desafío, pero, al mismo tiempo, se asocia con problemas
como la desigualdad, el subdesarrollo y la inclusión insuficiente. El acceso a la educación de
calidad sigue siendo desigual y los derechos a las oportunidades de desarrollo profesional y
personal difieren significativamente en función de la competencia, el nivel social y el género,
etc. Además, la educación ha sido objeto de diversas reformas y reestructuraciones que, en
algunos casos, han generado confusión y desorientación tanto entre los docentes como entre los
estudiantes.
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En la sociedad en la que vivo, la educación es valorada como un bien preciado y un
derecho fundamental. Sin embargo, existe una gran diversidad de opiniones sobre su papel y su
impacto en la vida de las personas. Por un lado, se reconoce su importancia como la brújula que
guía al individuo a través de la complejidad de la sociedad, siendo el faro que ilumina el camino
hacia el conocimiento, la comprensión y el crecimiento personal, fomentando el pensamiento
crítico, la creatividad y la capacidad de resolver problemas. La educación es fundamental, debido
a que permite acceder a una inmensa cantidad de información y ampliar constantemente el
conocimiento.
En el ámbito social, la educación posibilita a las personas desarrollar sus talentos y
contribuir al bienestar común, ya que una sociedad educada es una sociedad más justa, equitativa
y próspera. Además, esta desempeña un papel fundamental en la construcción de identidades
individuales y colectivas. A través de la educación, las personas aprenden a conocerse a sí
mismas, a relacionarse con los demás y a comprender el mundo que las rodea. La educación
también es un factor clave para el desarrollo económico y social de un país, ya que permite
formar ciudadanos críticos, creativos y capaces de enfrentar los desafíos del futuro.
En conclusión, la relación entre el hombre, la educación y la sociedad es un tema
complejo y multifacético que requiere una reflexión constante. Es necesario construir una
educación que sea inclusiva, equitativa y de calidad, que promueva el desarrollo integral de las
personas y que contribuya a la construcción de una sociedad más justa y sostenible.