DESCARTES (texto 1) Discurso del método, Parte II.
Por todo lo cual, pensé que había que buscar algún otro método que juntase las
ventajas de esos tres, excluyendo sus defectos. Y como la multitud de leyes sirve muy a
menudo de disculpa a los vicios, siendo un Estado mucho mejor regido cuando hay
pocas, pero muy estrictamente observadas, así también, en lugar del gran número de
preceptos que encierra la lógica, creí que me bastarían los cuatro siguientes, supuesto
que tomase una firme y constante resolución de no dejar de observarlos una vez
siquiera.
Fue el primero, no admitir como verdadera cosa alguna, como no supiese con
evidencia que lo es; es decir, evitar cuidadosamente la precipitación y la prevención, y
no comprender en mis juicios nada más que lo que se presentase tan clara y
distintamente a mi espíritu, que no hubiese ninguna ocasión de ponerlo en duda.
El segundo, dividir cada una de las dificultades que examinare, en cuantas
partes fuera posible y en cuantas requiriese su mejor solución.
El tercero, conducir ordenadamente mis pensamientos, empezando por los
objetos más simples y más fáciles de conocer, para ir ascendiendo poco a poco,
gradualmente, hasta el conocimiento de los más compuestos, e incluso suponiendo un
orden entre los que no se preceden naturalmente.
Y el último, hacer en todos unos recuentos tan integrales y unas revisiones tan
generales, que llegase a estar seguro de no omitir nada.
Esas largas series de trabadas razones muy plausibles y fáciles, que los
geómetras acostumbran emplear, para llegar a sus más difíciles demostraciones, me
habían dado ocasión de imaginar que todas las cosas, de que el hombre puede adquirir
conocimiento, se siguen unas de otras en igual manera, y que, con sólo abstenerse de
admitir como verdadera una que no lo sea y guardar siempre el orden necesario para
deducirlas unas de las otras, no puede haber ninguna, por lejos que se halle situada o
por oculta que esté, que no se llegue a alcanzar y descubrir. Y no me cansé mucho en
buscar por cuáles era preciso comenzar, pues ya sabía que por las más simples y fáciles
de conocer; y considerando que, entre todos los que hasta ahora han investigado la
verdad en las ciencias, sólo los matemáticos han podido encontrar algunas
demostraciones, esto es, algunas razones ciertas y evidentes, no dudaba de que había
que empezar por las mismas que ellos han examinado (...).
DESCARTES (texto 2) Meditaciones metafísicas, Meditación Segunda.
Supongo, pues, que todas las cosas que veo son falsas; estoy persuadido de que
nada de lo que mi memoria, llena de mentiras, me representa, ha existido jamás; pienso
que no tengo sentidos; creo que el cuerpo, la figura, la extensión, el movimiento y el
lugar son ficciones de mi espíritu.
¿Qué, pues, podrá estimarse verdadero? Acaso nada más sino esto: que nada hay cierto en el
mundo.
Pero ¿qué sé yo si no habrá otra cosa diferente de las que acabo de juzgar inciertas
y de la que no pueda caber duda alguna? ¿No habrá algún Dios o alguna otra potencia que
ponga estos pensamientos en mi espíritu? No es necesario; pues quizá soy yo capaz de
producirlos por mí mismo. Y yo, al menos, ¿no soy algo? Pero ya he negado que tenga yo
sentido ni cuerpo alguno. Vacilo, sin embargo; pues ¿qué se sigue de aquí? ¿Soy yo tan
dependiente del cuerpo y de los sentidos que, sin ellos, no pueda ser?
Pero ya estoy persuadido de que no hay nada en el mundo: ni cielos, ni tierra, ni
espíritus, ni cuerpos; ¿estaré, pues, persuadido también de que yo no soy? Ni mucho
menos; si he llegado a persuadirme de algo o solamente si he pensado alguna cosa, es sin
duda porque yo era. Pero hay cierto burlador muy poderoso y astuto que dedica su
industria toda a engañarme siempre. No cabe, pues, duda alguna de que yo soy, puesto
que me engaña y, por mucho que me engañe, nunca conseguirá hacer que yo no sea nada,
mientras yo esté pensando que soy algo. De suerte que, habiéndolo pensado bien y
habiendo examinado cuidadosamente todo, hay que concluir por último y tener por
constante que la proposición siguiente: “yo soy, yo existo”, es necesariamente verdadera,
mientras la estoy pronunciando o concibiendo en mi espíritu.
DESCARTES (texto 3) Discurso del Método, Parte IV
Después de lo cual, hube de reflexionar que, puesto que yo dudaba, no era mi ser
enteramente perfecto, pues veía claramente que hay más perfección en conocer que en dudar; y
se me ocurrió entonces indagar por dónde había yo aprendido a pensar en algo más perfecto que
yo; y conocí evidentemente que debía de ser por alguna naturaleza que fuese efectivamente más
perfecta. En lo que se refiere a los pensamientos, que en mí estaban, de varias cosas exteriores a
mí, como son el cielo, la tierra, la luz, el calor y otros muchos, no me preocupaba mucho el
saber de dónde procedían, porque, no viendo en esos pensamientos nada que me pareciese
hacerlos superiores a mí, podía creer que, si eran verdaderos, eran unas dependencias de mi
naturaleza, en cuanto que ésta posee alguna perfección, y si no lo eran, procedían de la nada, es
decir, estaban en mí, porque hay defecto en mí.
Pero no podía suceder otro tanto con la idea de un ser más perfecto que mi ser, pues era
cosa manifiestamente imposible que la tal idea procediese de la nada; y como no hay menor
repugnancia en pensar que lo más perfecto sea consecuencia y dependencia de lo menos
perfecto que en pensar que de nada provenga algo, no podía tampoco proceder de mí mismo; de
suerte que sólo quedaba que hubiese sido puesta en mí por una naturaleza verdaderamente más
perfecta que soy yo, y poseedora inclusive de todas las perfecciones de que yo pudiera tener
idea; esto es, para explicarlo en una palabra, por Dios.
A esto añadí que, supuesto que yo conocía algunas perfecciones que me faltaban, no era
yo el único ser que existiese (aquí, si lo permitís, haré uso libremente de los términos de la
escuela), sino que era absolutamente necesario que hubiese algún otro ser más perfecto de quien
yo dependiese y de quien hubiese adquirido todo cuanto yo poseía; pues si yo fuera solo e
independiente de cualquier otro ser, de tal suerte que de mí mismo procediese lo poco en que
participaba del Ser perfecto, hubiera podido tener por mí mismo también, por idéntica razón,
todo lo demás que yo sabía faltarme, y ser, por lo tanto, yo infinito, eterno, inmutable,
omnisciente, omnipotente y, en fin, poseer todas las perfecciones que podía advertir en Dios.