Empirismo
I. Francis Bacon
Francis Bacon revolucionó el pensamiento científico durante los siglos XVI y XVII desde su
Londres natal. Durante su vida (1561-1626), la forma de entender el mundo estaba
cambiando: se pasaba de simplemente estudiar textos antiguos a querer investigar la
naturaleza directamente. En este contexto, Bacon propuso algo revolucionario: todo
conocimiento debe partir de la experiencia y la observación directa.
En su obra más importante, "Novum Organum", Bacon planteó la necesidad de separar la
ciencia de la religión. Aunque respetaba las enseñanzas de la Iglesia, insistía en que la ciencia
necesitaba su propio camino para avanzar. Esta separación permitiría investigar el mundo
natural sin restricciones, algo fundamental para el desarrollo científico.
Bacon identificó varios obstáculos mentales que llamó "ídolos", que impedían a las personas
ver la realidad claramente. Los seres humanos, señalaba, tendemos a sacar conclusiones
apresuradas, nos aferramos a nuestras creencias previas, nos dejamos influir por las
opiniones populares y seguimos sin cuestionar las teorías establecidas. Para hacer buena
ciencia, decía, había que superar estas barreras.
El mayor cambio que propuso fue en el método científico. Hasta entonces, los científicos
seguían el método aristotélico: partían de ideas generales para explicar casos particulares.
Bacon propuso lo contrario: estudiar primero casos específicos para descubrir patrones
generales. Este nuevo método inductivo transformó la manera de hacer ciencia, enfatizando la
importancia de la experimentación práctica sobre la simple teorización.
Su famosa frase "el conocimiento es poder" resumía su visión: entender el mundo nos permite
hacer cosas antes imposibles. Gracias a su influencia, la ciencia se volvió más práctica y
experimental, sentando las bases de la investigación moderna que conocemos hoy. Aunque
estos cambios fueron graduales, marcaron el inicio de una nueva era en el pensamiento
científico.
II. John Locke
John Locke (1632-1704) fue un filósofo inglés fundamental en el desarrollo del empirismo y el
liberalismo político. Su pensamiento se inscribe en el contexto de la Revolución Gloriosa, que
marcó el fin del absolutismo en Inglaterra. Influenciado por la lectura de El discurso del
método de Descartes, aunque con conclusiones distintas, Locke cuestionó cómo el ser humano
adquiere conocimiento, formulando una teoría basada en la experiencia sensible. Entre sus
obras más importantes destacan Ensayo sobre la tolerancia, Ensayo sobre el entendimiento
humano y Tratados sobre el gobierno civil, textos clave para comprender su pensamiento
filosófico y político.
Desde el punto de vista epistemológico, Locke se preguntó no cómo son las cosas en sí mismas,
sino cómo podemos conocerlas. Su respuesta radica en la experiencia: el conocimiento no es
innato, sino que se construye a partir de los sentidos. Para él, la mente humana al nacer es una
"tábula rasa", un papel en blanco que se llena con la experiencia. Rechazó la existencia de ideas
innatas, argumentando que si estas existieran, todos los seres humanos compartirían el mismo
conocimiento desde el nacimiento, lo cual no ocurre.
Locke clasificó las ideas en dos categorías: simples y complejas. Las ideas simples provienen
directamente de los sentidos, como los colores, los olores o los sonidos. En este caso, la mente
es pasiva y solo recibe la información del mundo exterior. Las ideas complejas surgen cuando la
mente combina ideas simples y les da un significado global, como ocurre al percibir un bosque o
una canción.
Asimismo, distinguió entre cualidades primarias y secundarias de los objetos. Las cualidades
primarias son objetivas y existen realmente en las cosas, como la forma o el movimiento. En
cambio, las cualidades secundarias dependen de nuestra percepción, como el color o el sabor,
lo que significa que no están en el objeto en sí, sino en nuestra mente. Para Locke, la idea de
sustancia es una construcción mental que surge de la combinación de ideas simples, lo que lo
distancia de filósofos como Aristóteles y Descartes, quienes consideraban que la sustancia
existía externamente, con independencia del sujeto.
En el ámbito político, Locke desarrolló una teoría que transformó la concepción del poder y
sentó las bases del liberalismo. Su pensamiento se enmarca dentro del pactismo o
contractualismo, una corriente que sostiene que la sociedad surge a partir de un pacto entre
los individuos. Antes de la sociedad organizada, los seres humanos vivían en un estado de
naturaleza, donde poseían derechos, pero carecían de una autoridad que los protegiera.
A diferencia de Thomas Hobbes, quien defendía que los individuos debían renunciar a todos
sus derechos en favor de un soberano absoluto para garantizar la paz, Locke sostenía que los
ciudadanos solo ceden una parte de sus derechos, pero conservan tres fundamentales: vida,
libertad y propiedad. Estos derechos son inalienables, es decir, no pueden ser eliminados ni
siquiera por decisión propia, ya que forman parte de la naturaleza humana.
Sin embargo, poseer derechos no garantiza que sean respetados, por lo que el Estado tiene la
función de protegerlos. Pero, a diferencia del absolutismo, Locke argumentó que el poder del
gobierno debe estar limitado y controlado. Para evitar abusos, propuso la división de poderes,
estableciendo que el poder legislativo (parlamento) y el ejecutivo (gobierno) deben estar
separados, de manera que ninguno pueda imponerse sobre el otro. Esta idea sería
posteriormente ampliada por Montesquieu con la incorporación del poder judicial.
Las ideas de Locke dieron origen al liberalismo político, una doctrina que defiende la mínima
intervención del Estado en la vida de los ciudadanos. Sin embargo, este modelo también tuvo
consecuencias en el ámbito económico, ya que llevó al liberalismo económico, formulado por
Adam Smith, basado en la libre competencia sin regulaciones estatales. En su versión más
extrema, este sistema permitió la explotación laboral, pues al no existir intervención del
Estado, los trabajadores podían ser sometidos a condiciones injustas bajo el argumento de la
libertad contractual.
Históricamente, el pensamiento de Locke tuvo un impacto profundo, influyendo en la
Revolución Francesa, la independencia de Estados Unidos y la creación de las primeras
constituciones liberales. Su teoría del conocimiento sentó las bases del empirismo, mientras
que su propuesta política ayudó a consolidar la democracia moderna. Gracias a su legado,
conceptos como la separación de poderes, los derechos fundamentales y la soberanía
limitada del Estado continúan siendo principios esenciales en las sociedades actuales.
III. David Hume
David Hume (1711-1776) fue un filósofo escocés de la Ilustración que llevó el empirismo al
extremo, cuestionando la idea de que podemos conocer con certeza las causas de los hechos
(crítica al principio de causalidad). Aunque en su época no tuvo mucho reconocimiento, sus
ideas influyeron en filósofos como Kant, quien afirmó que Hume lo "despertó de su sueño
dogmático". Sus obras más importantes son Tratado de la naturaleza humana e Investigación sobre
el entendimiento humano.
Para Hume, todo lo que sabemos proviene de la experiencia y se divide en impresiones (lo que
sentimos o percibimos en el momento) e ideas (los recuerdos de esas impresiones, que son más
débiles). Solo podemos estar seguros de lo que experimentamos en el presente, lo que
significa que no podemos tener certeza sobre el futuro. Por ejemplo, aunque siempre hayamos
visto caer los objetos al suelo, no podemos estar completamente seguros de que lo seguirán
haciendo, porque nunca vemos la "fuerza" que los hace caer, solo observamos que ocurre
repetidamente.
Según Hume, la creencia en la causalidad (que una cosa provoca otra) no es un conocimiento
seguro, sino solo un hábito de nuestra mente, basado en la costumbre. Esto significa que la
ciencia, aunque útil, no puede garantizar verdades absolutas, porque se apoya en este
principio incierto.
Su pensamiento nos lleva al escepticismo, ya que solo conocemos lo que percibimos
directamente (fenomenismo), sin garantía de que sea una verdad universal. Frente a esto, el
dogmatismo racionalista cree que la razón puede darnos un conocimiento absoluto, lo que
Hume rechaza.
A pesar de sus dudas sobre el conocimiento, Hume recomienda vivir con normalidad, sin
obsesionarse con estas cuestiones. Su filosofía marcó un antes y un después en la historia del
pensamiento, poniendo en duda las bases de la ciencia y el conocimiento humano.