Juventudes2-final.
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www.flacsoandes.edu.ec
Mauro Cerbino
coordinador
Volumen I
Más allá de las pandillas:
violencias, juventudes y resistencias
en el mundo globalizado
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© De la presente edición:
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ISBN: 978-9978-67-296-9
Cuidado de la edición: Santiago Rubio Casanova
Diseño de portada e interiores: Antonio Mena
Imprenta: Crearimagen
Quito, Ecuador, 2011
1ª. edición: septiembre de 2011
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Índice
Presentación . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 7
Introducción
Desencajamiento y crítica del conocimiento sobre jóvenes . . . . . . . . . 9
Mauro Cerbino (Coord.)
Anatomising Gang Talk . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 25
Simon Hallsworth
Jóvenes víctimas de violencias y pandillas, claves
de intelección para una aproximación crítica . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 47
Mauro Cerbino
Identificaciones de guerra. Rituales de hermandad
entre jóvenes delincuentes en la Argentina contemporánea . . . . . . . . 73
Alejandro Isla
De las pandillas a la cárcel: vivencias de la detención . . . . . . . . . . . . . 93
Cristina Oddone y Luca Queirolo Palmas
The different faces of Russian street gangs .................... 121
Svetlana Stephenson
‘Cocaine Queens?’: the transnational transfer
of anti-feminist backlash . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 153
Jennifer Fleetwood
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Las normas del crimen y los jóvenes
de San Pablo (portugués) . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 177
Marisa Feffermann
Glocalidades, deseos legítimos e ilegítimos:
el gran Torino y la Virgen de los Sicarios . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 197
José Antonio Figueroa
La Mara como ejercicio de contrapoder . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 211
Hugo César Moreno Hernández
El éxito de las pandillas. El fracaso del periodismo .............. 235
José Luis Sanz
Contenido del DVD
Conferencias magistrales de:
- Teresa Caldeira, Universidad de Berkeley, California, USA.
- Jeff Ferrell, University of Texas at Austin, USA.
- José Manuel Valenzuela, El Colegio de la Frontera Norte, Tijuana, México
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Jóvenes víctimas de violencias
y pandillas, claves de intelección
para una aproximación crítica
Mauro Cerbino*
Introducción
De modo dominante la opinión pública, fuertemente estimulada por de-
terminadas representaciones mediáticas sobre la violencia e incluso por
algunos enunciados académicos, atribuye a los jóvenes la responsabilidad
de muchos de los actos violentos, especialmente en los países de Latino-
américa en los que hay una inmigración latinoamericana considerable,
reproduciendo con ello modelos de oposición binaria entre agresores y
víctimas. Dentro de dicho esquema, los jóvenes son vistos factualmente
como portadores de violencia, en particular cuando se trata de organiza-
ciones de tipo pandilleril. Se inscribe en esta postura un caso ya ejemplar:
la acción de las maras centroamericanas, quienes darían cuenta de los altí-
simos niveles de crueldad que involucran las acciones protagonizadas por
grupos de jóvenes, que evidencian, de este modo, su supuesta desadapta-
ción social.
Además de tematizar una perspectiva que cuestione los postulados que
cimentan la opinión pública dominante respecto a los vínculos entre jóve-
nes y violencia, mostrando sus inconsistencias, en el presente trabajo
avanzamos un conjunto de reflexiones conceptuales tendientes a mostrar
a las pandillas juveniles como objeto de una doble violencia estatal (insti-
* Doctor en Antropología Urbana por la Universidad Rovira i Virgili de España; profesor inves-
tigador y director de la revista Íconos de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales
(FLACSO), Sede Ecuador.
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Mauro Cerbino
tucional y moral). Se trata de superar los modelos de oposición binaria
que invisibilizan los lugares y las condiciones donde las violencias se per-
siguen incesantemente unas a otras, dibujando un círculo que hace invia-
ble el establecimiento de esa oposición. Igualmente, problemáticas son las
dos caras de la misma moneda, y ambas deben ser, de forma indistinta,
consideradas conceptualmente y prevenidas desde las políticas estatales.
Ahí donde un sujeto o un colectivo actúan como agresor o victimario,
también está inscrito el signo contrario: el ser víctima, a su vez, de otra
violencia que muchas veces permanece oculta o se pretende inexistente.
Por supuesto, estas afirmaciones no apelan a la ausencia de responsabili-
dad de quienes cometen actos de violencia, ni tampoco a la aplicación de
atenuantes, lo que sostenemos es que la reflexión sobre tal problemática
no ha sido suficientemente elaborada: es imprescindible repensar la vio-
lencia juvenil y pandilleril inserta en el círculo de las violencias, como un
modo para problematizar la distinción entre víctimas y victimarios.
En este sentido, el texto que sigue propone una reflexión sobre la vio-
lencia pandilleril, su naturaleza compleja y sus características más impor-
tantes. Para ello, problematizamos el tema de la responsabilidad de las
acciones violentas de los jóvenes, los modelos de relacionamiento con el
otro, y las condiciones de posibilidad de emergencia y mantenimiento de
las acciones violentas, entendidas desde la consideración de problemas
sociales estructurales que son de tipo cultural, social, económico y fami-
liar. Dichas discusiones se inscriben en la perspectiva macro de un esque-
ma circular de las violencias que, sin duda, permite complejizar seriamen-
te la temática.
Violencia pandilleril
La literatura sobre jóvenes ha ido construyendo cada vez más, agendas de
investigación en las que la problemática de la violencia ha ido ocupando
un lugar central. Así, frente a los ámbitos de análisis tradicionales, tales
como empleo, educación, salud y más recientemente, culturas e identida-
des juveniles, la violencia ha ganado terreno, instituyéndose como un
objeto de análisis específico. En particular, la violencia pandilleril ha sido
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Jóvenes víctimas de violencias y pandillas
uno de los temas a los que se han dedicado numerosos esfuerzos en dis-
tintas latitudes.
Según la mayoría de los estudios consultados, el ‘espectro’ de la violen-
cia juvenil protagonizada por pandillas recorre prácticamente toda
América Latina y, además, estaría en ascenso1. Existen publicaciones de
organismos internacionales o adscritos a gobiernos de la región, como el
Informe de 2005 de la Oficina en Washington para Asuntos Latinoame-
ricanos (WOLA, 2006), el cual señala: “La actividad criminal de estas
pandillas juveniles asola a las comunidades y algunas de estas pandillas
bien podrían estar a punto de embarcarse en el crimen organizado”
(Thale, 2005: 1).
En otros casos, se afirma que la acción violenta de las pandillas repre-
senta una real amenaza para la seguridad nacional de los países donde
operan (Santacruz Giralt et al., 2001; Rodríguez, 2006; CEPAL, 2008).
La problemática de la violencia ligada a la acción pandilleril encuentra
especial atención en varios estudios realizados en Centroamérica acerca
del fenómeno de las maras, siendo la Mara Salvatrucha (M13) y la Mara
Barrio 18 las que se enfrentan en todos los países de la subregión, a excep-
ción de Costa Rica y Nicaragua, país este último donde, sin embargo, se
registra presencia de pandillerismo juvenil.
Nos centramos en las consideraciones contenidas en una publicación
dada a conocer en México (ITAM, 2006), dividida para cada país centro-
americano, en la que se señala en sus conclusiones que, si bien la violen-
cia pandilleril es un problema común en todos los países, no existen estu-
dios que profundicen sobre el significado y las formas de la violencia y las
cambiantes condiciones de su constante transformación. Se hace hincapié
en constatar que las políticas y acciones represivas de ‘mano dura’ de los
gobiernos centroamericanos no solo no han disminuido la violencia juve-
nil, sino que han agravado la situación en dos sentidos: primero, porque,
encarcelando a miles de jóvenes sospechosos de pertenecer a las maras,
han permitido que éstas consoliden su papel como organización que pro-
tege a los sujetos juveniles hasta proyectarse como una verdadera instan-
1 Para Centroamérica, véase Aguilar y Carranza (2008), Acevedo (2008), Cruz (2005; 2006),
Guobaud (2007), Gaborit (2005), Rubio (2006), Fournier (2000), para toda la región: BID
(2006), wola (2006) y Concha-Eastman (2000).
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cia capaz de operar por medio de redes de apoyo y socorro. En segundo
lugar, las políticas represivas han tenido una directa incidencia en el recru-
decimiento de la violencia juvenil intra e interpandillas, además de la vio-
lencia hacia los jóvenes por parte de las autoridades de gobierno marcada
por los abusos policiales. En dicho estudio se problematiza la violencia ju-
venil de las pandillas, relacionándola con las violencias políticas, las gue-
rras civiles y conflictos militares suscitados en los países centroamericanos
en los años ochenta y noventa2. No se trata solo de la relación directa en-
tre estos hechos y las fuertes oleadas migratorias hacia Estados Unidos, en
las que miles de jóvenes centroamericanos experimentan sus primeros
contactos con pandillas latinas en ese territorio, especialmente en Los Án-
geles. Se muestra también cómo las guerras y los conflictos internos han
creado un ambiente propicio para el ejercicio de la violencia pandilleril en
esos países (Martel, 2007; Nateras, 2007; Cruz, 2005).
En este punto, cabe subrayar que la generación de las mencionadas
políticas de ‘mano dura’ tiene como cimiento conceptual la perspectiva
que concibe a los jóvenes únicamente como autores de acciones violentas.
Dicha mirada responde, en parte, a la tradición de estudios de gangs, de
cuño norteamericano, basada fundamentalmente en una “perspectiva pa-
tológica y desviacionista”3, que interpreta el fenómeno de las pandillas
como organizaciones que se dedican principalmente a actividades ilícitas,
criminales y violentas (Hall, 1997; para una revisión crítica de estas pos-
turas ver Brotherton y Barrios, 20044). Catalogar a los grupos juveniles de
pandillas como desviados es un modo para esconder las desigualdades de
las ciudades contemporáneas, así como los aspectos culturales que confi-
guran la acción social que desempeñan los diversos grupos juveniles
(Venkatesh, 2003).
Recién con las investigaciones de la denominada “Escuela de Chi-
cago”, asistimos a una importante revisión de la perspectiva desviacionis-
2 Un interesante estudio realizado sobre las sociedades marcadas por el posconflicto y su vincula-
ción con el deterioro de la democracia, como escenario para pensar el surgimiento de pandillas
juveniles violentas, se encuentra en Wielandt (2005).
3 Sus orígenes se remontan a la criminología de comienzo del siglo XX en los Estados Unidos.
4 Brotherton y Barrios en el libro ALKQN (2004) tratan, precisamente, de deshacerse de esta tra-
dición criminológica presente en los EEUU, y que enmarcan en una ciencia social positivista,
asumiendo de modo crítico una perspectiva de “criminología cultural”.
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ta, que incluye un viraje hacia una aproximación interpretativa basada en
la constatación de que las bandas juveniles se articulan alrededor de un
espacio de creación cultural en los intersticios de la sociedad. (Thrasher,
1927; Whyte, 1943). Thrasher enfatiza la formación espontánea que carac-
terizaría a estas organizaciones, aunque luego, en su definición ya clásica,
señala un conjunto de tipos de comportamientos que las van estructuran-
do por medio, sobre todo, del conflicto en las áreas intersticiales de las
grandes urbes (Feixa, 1998). Por su parte Whyte, por medio de un con-
junto de sólidas investigaciones, en términos de trabajo de campo y obser-
vación participante con miembros de bandas, va desarrollando aún más la
idea según la cual las organizaciones juveniles forman sus propias socieda-
des relativamente independientes de la influencia de los mayores, y que la
naturaleza del grupo no es prioritariamente delincuencial sino de solida-
ridad comunitaria (Whyte, 1943).
Pese a estos aportes, terminologías como comportamientos desviados,
destructivos o antisociales, aún están presentes en la tradición norteameri-
cana de estudios de street gangs, de la que, se han apropiado, entre otras,
instituciones policiales como el FBI, para el cual el combate a las pandi-
llas supone estrategias y acciones similares a las que se realizan en contra
de las organizaciones criminales no juveniles.
Ahora bien, nos interesa problematizar las tensiones entre lo indivi-
dual y lo colectivo en cuanto a la violencia pandilleril. Retomando deta-
lladamente el trabajo realizado por Carlos Mario Perea en el conjunto de
investigaciones del mencionado proyecto del WOLA, allí se establece que
el ejercicio de la violencia pandilleril responde a necesidades, tanto de tipo
individual como colectivo. En el caso de las pandillas mexicanas, lo que
prima en la administración de la violencia es la dimensión colectiva; es
decir, no está permitido y se castiga el acto violento (sobre todo el asesi-
nato) que no sea por motivos ligados a la acción grupal, y el castigo puede
ser la expulsión. Perea establece una diferencia con las agrupaciones pan-
dilleras de Colombia, argumentando que entre éstas no solo está permiti-
do el uso de la violencia para fines personales, sino que, incluso, represen-
ta una condición para el ascenso en el grupo. Cabe señalar que, en ambos
casos, se intenta concebir la violencia pandilleril a partir de una especie de
‘economía del acto violento’, ya que éste representa un recurso y una
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inversión con los que se puede alcanzar una mejor posición dentro del
grupo o, cuando es mal empleado, determinar la salida del miembro que
no ha respetado el código colectivo que establece claramente las reglas que
permiten su utilización.
Aquí cabe la siguiente pregunta: ¿qué significa plantear esta discusión
en términos de una economía del acto violento? Fundamentalmente,
implica apartarse de aquellas aproximaciones conceptuales que tienden a
naturalizar la violencia juvenil, estableciendo una asociación directa entre
la edad y el comportamiento violento, y que no tienen en debida consi-
deración las condiciones históricas de mediano y largo aliento que estruc-
turan la vida nacional de los países o de los lugares –barrios, comunida-
des y ciudades– donde operan las pandillas. También significa ubicar el
problema de la violencia en un contexto más amplio que en la exclusiva
esfera de la moral, teniendo en cuenta que el recurso de la violencia es
algo que se sitúa fuera de una distinción simple y dicotómica entre quie-
nes serían potenciales portadores y quienes no, entre ‘malos’ y ‘buenos’,
entre ‘víctimas’ y ‘victimarios’.
De allí que el desafío es repensar la violencia juvenil no como expre-
sión de comportamientos desviados de la norma social establecida o como
signos de una patología juvenil sino, más bien, como el terreno en el que
muchos jóvenes encuentran lo mismo que aquellos que no recurren a ella:
el reconocimiento en un espacio social altamente competitivo y conflicti-
vo, como el que plantea la modernidad contemporánea (Santacruz y
Concha, 2001; Perea, 2006; Cerbino, 2006).
Violencia, responsabilidad y respeto
En la misma línea, se trata de pensar el problema de la responsabilidad de
los actos violentos de sujetos juveniles, ya no en términos puramente indi-
viduales, sino desde la perspectiva de la co-responsabilidad social e indi-
vidual, simultáneamente. Veamos de qué se trata.
Es bien conocida la polémica tesis sostenida por Arendt (2005) –quien
realizó por encargo del semanario estadounidense The New Yorker la co-
bertura del juicio en contra del ex-militar nazi Adolf Eichmann en Jeru-
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salén–, cuando señaló que la actuación de este criminal, lejos de ser enten-
dida como la manifestación demoníaca y especialmente malvada de un
sujeto cuyo comportamiento sería excepcional, debía ser reconducida a la
aplicación mecánica e irreflexiva de procedimientos burocráticos y admi-
nistrativos ya establecidos. A esto Arendt llama la banalidad del mal, cuya
implicación principal es que no se puede atribuir la responsabilidad a una
persona –Eichmann– por los hechos cometidos, dado que ‘simplemente’
cumplía de modo normal con una rutina asignada y ordenada, lo que le
imposibilitaba saber que, en efecto, estaba obrando mal. De este modo,
según Arendt, el criminal difícilmente podía sentirse responsable por los
actos cometidos.
Al analizar los distintos modos en que los miembros de grupos pandi-
lleros ejercen la violencia, como producto de una estructura basada en re-
laciones verticales y jerárquicas, es posible rastrear una cierta dimensión
de la banalidad del mal: en el funcionamiento del grupo pandillero, el
hecho de acatar cualquier tipo de orden que un superior imparta, hace
razonable pensar en una escasa responsabilidad del que, en nombre de
aquella orden, comete un acto violento. En muchas ocasiones (como en
el caso de las pandillas juveniles de México según Perea, 2006), la actua-
ción individual no consensuada es considerada atentatoria a la integridad
del grupo, y por otra parte, la decisión que el grupo o su líder tome en
cuanto a la necesidad de cumplir una ‘misión’ que involucra el uso de la
violencia, hace muy difícil que exista un margen para desatender esa deci-
sión. La presión del grupo (la fidelidad, la pertenencia o la hombría), y la
sanción prevista para el ‘desertor’ (tildado de cobarde y el sometimiento a
castigos corporales) son tan intensas que la misión ha de llevarse a cabo
sin titubeos. Dichas consideraciones ponen al descubierto que, junto con
la cuestión de la responsabilidad individual del sujeto pandillero, se abre
otra problemática, la de la corresponsabilidad del grupo o del entorno
más amplio5.
5 En este sentido, conviene mencionar que esta suerte de dilución de la responsabilidad indivi-
dual cuando el acto violento ha sido ordenado por un superior jerárquico no se ha limitado,
en el contexto latinoamericano, al debate sobre organizaciones pandilleras y, por el contrario,
fue esgrimida por miembros de las fuerzas armadas como argumento justificatorio de críme-
nes contra la humanidad perpetrados durante las dictaduras que gobernaron los países del
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En la mayoría de los países latinoamericanos, se han puesto en marcha
Códigos de la Niñez y la Adolescencia inspirados en la Convención de los
Derechos del Niño aprobada por la ONU en 1989 y suscrita por casi
todos los países de la región a excepción de los EEUU. La Convención, y
por ende sus códigos, pasan de considerar a niños y adolescentes como ob-
jetos de tutela a reconocerlos como sujetos de plenos derechos. El cambio de
perspectiva supuso el abandono de la doctrina denominada “situación
irregular”, con la que juristas, sociólogos y, en general, propulsores de la
acción de “los salvadores del niño” se referían a las circunstancias de peli-
gros materiales y morales producidas por las sociedades modernas, cada
vez más urbanas e industrializadas (Platt, 1982: 31). En base a esta doc-
trina, niños y adolescentes eran tratados como si fueran naturalmente
dependientes de las instancias adultas de control, y considerados como
individuos inmersos en situaciones de vulnerabilidad y riesgo, potenciales
generadores de peligro para sí mismos y para el resto de la sociedad. En
consecuencia, requerían de constante vigilancia y protección, aunque fue-
se en contra de su propia voluntad.
Una de las más importantes consecuencias de la transformación radi-
cal que significó el abandono de la doctrina de la situación irregular, es la
que tiene que ver con la distinción entre inimputabilidad penal y respon-
sabilidad ante la ley. Ser responsable significa que el adolescente es consi-
derado como alguien con capacidad suficiente para reflexionar sobre sus
actos y, por lo tanto, para responder por ellos. Por medio de actos de
habla, con los cuales el sujeto adolescente expresa las ideas que ha podido
elaborar en torno a un determinado acontecimiento en el que participó,
es que se despliegan sus capacidades de reflexión/responsabilidad. Todo
acto de habla se compone por un modo propio y particular de generarlo
y por una dimensión colectiva que lo atraviesa y lo enmarca. No es solo
la persona la que habla, lo hace también y por su intermedio, el entorno
social en el que esa persona se desenvuelve. Por ello, el problema de la res-
ponsabilidad no puede ser considerado exclusivamente un asunto indivi-
dual, que es, a nuestro parecer, el modo como lo conciben los Códigos,
Cono Sur en la década del 70. Recordemos que, en el caso de Argentina, el argumento se
encarnó en la denominada “Ley de Obediencia Debida” que, hasta su derogación en el año
2004, impidió el juzgamiento de cientos de militares genocidas.
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siendo la co-responsabilidad –social e individual a la vez– una dimensión
que debería ser contemplada: es imprescindible situar la responsabilidad
del sujeto juvenil a la luz de condiciones colectivas6.
Judith Butler, reflexionando sobre los acontecimientos del 11 de sep-
tiembre de 2001, se pregunta precisamente sobre la relación entre respon-
sabilidad individual y condiciones globales que dan forma a esa responsa-
bilidad. Algunos de sus interrogantes resultan particularmente interesan-
tes para nuestro caso: “¿[d]e qué modo la violencia radical se vuelve una
opción, cómo es que para algunos se presenta como la única opción via-
ble, bajo ciertas condiciones globales? ¿A qué tipo de violaciones respon-
den? ¿Y por medio de qué recursos?”. Butler advierte que no se trata de
desresponsabilizar al individuo atribuyendo las culpas a las condiciones.
Afirma que: “[m]ás bien se trata de volver a pensar la relación entre con-
diciones y actos”. Y prosigue: “nuestros actos no son autosuficientes, sino
condicionados. Actuaron sobre nosotros al mismo tiempo que actuamos,
y nuestra ‘responsabilidad’ descansa sobre la articulación de ambos”
(Butler, 2006: 40-41).
Ahora bien, llegados a este punto, buscamos recalcar otro elemento
que tiene que ver con la construcción del ‘respeto’. Se trata de un compo-
nente destacado en el trabajo de Perea, como dimensión fuertemente aso-
ciada al ejercicio de la violencia pandilleril. Por una parte, se observa la
necesidad de sostener lo que los mismos jóvenes llaman el respeto y, por la
otra, lo que opera es un cierto manejo del miedo. También resulta útil
subrayar la reflexión en torno a la relación entre violencia juvenil y nive-
les de cohesión social que se observa en los lugares de México donde actú-
an las pandillas.
El respeto es el valor más apetecido por el grupo –señala Perea (2006);
véase también Bourgois (2003)– porque representa el ‘termómetro’ con el
que se mide la relación con las otras pandillas y su propia supervivencia y,
además, es el mecanismo que permite obtener el reconocimiento interno
entre los demás integrantes del grupo. La reflexión de Perea apunta a ubi-
car la noción de respeto de los jóvenes pandilleros en una dimensión más
6 Ésta es una consideración fundamental que se desprende de la perspectiva ecológica aplicada al
análisis social. Una revisión general de esta perspectiva se encuentra en Musita et al. al (2004).
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amplia, en el sentido que suelen otorgarle los sectores populares. En éstos,
el respeto es lo que garantiza la convivencia, porque la existencia de todos
los días depende, en buena medida, de saber respetar a los demás, espe-
cialmente en ámbitos de precariedad social.
Al contrario, en dichos ámbitos sociales, entre los miembros de los
grupos pandilleros, se exige reconocimiento por medio de lo que desig-
nan como ‘respeto’, no para su integridad o dignidad, sino para demos-
trar su capacidad de violencia o brutalidad. De este modo, la noción de
‘respeto’ adquiere, por las evidencias empíricas que los relatos de miem-
bros de pandillas realizan, algunos matices que tienden a problematizar su
concepción tradicional, relacionada con el intercambio, la reciprocidad y
el reconocimiento mutuos. Sennett (2003: 13) señala que: “la sociedad
tiene una idea dominante: la de que tratándonos unos a otros como igua-
les afirmamos el respeto mutuo”. Sin embargo, es irreal pensar que existe
una estructura social de igualdad, la consecuencia de ello, siguiendo a
Sennett (2003), es que en la búsqueda del respeto, la debilidad no tiene
lugar. Se puede considerar que el significante ‘respeto’, utilizado por los
pandilleros, apunta a definir una acción de compensación. La que se da
por un permanente vacío de respeto padecido a lo largo de sus vidas tem-
pranas: el no respeto de sus padres hacia ellos (la indiferencia, la escasez
de afectos); el no respeto y no reconocimiento de empleadores u otros ha-
cia sus padres (relaciones de explotación o de inferiorización) y el no res-
peto de los otros estamentos de la sociedad hacia los jóvenes (miradas
estigmatizantes hacia los jóvenes populares, la falta de reconocimiento
como actores y como sujetos que no caben en la rígida escala de niveles
sociales).
Con la falta de respeto, afirma Sennett, no se reconoce a la persona que
es objeto de aquélla, y esto hace que se vuelva invisible como un ser huma-
no integral y que, de ahí, su presencia no importe. Por su parte, Bauman
señala claramente: “[c]ada vez que se plantea la cuestión del ‘reconoci-
miento’, es porque ciertas categorías de personas se consideran relativa-
mente desprovistas de él y juzgan a esto como una injusticia” (2001: 78).
En investigaciones anteriores (Cerbino, 2006), hemos abordado el
problema de la envidia –en el sentido precisamente de invidencia– como
uno de los factores desencadenantes de la búsqueda de respeto por parte
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de los pandilleros. La necesidad de compensación de esta invisibilidad
ciertamente no se traduce en una medida proporcional, lo que significa
que las respuestas frente a la invisibilidad asumen el carácter de una exa-
geración en relación con lo que se quiere corregir, que es la falta de respe-
to. La humillación del ‘otro’ pandillero, del enemigo o de quien pueda
resultar ‘objeto’ para la afirmación y supremacía, es el signo evidente de
esa exageración que, como tal, no es proporcional ni a la reparación ni a
la compensación. Por lo tanto, el ‘respeto’, mercancía altamente codicia-
da entre los miembros de las pandillas, se pensaría como la metáfora más
significativa de las condiciones de desigualdad estructurales de la socie-
dad, y también como el síntoma de una incapacidad: la de los sujetos
juveniles, de procesar por otros medios la falta de reconocimiento. Sabe-
mos, desde el psicoanálisis y antes, a partir de las reflexiones de Hegel so-
bre la dialéctica del amo-esclavo, que la búsqueda del reconocimiento es
una cuestión fundamental para todo ser humano. Una lectura que sinte-
tiza ambas perspectivas es la que afirma que nunca obtendremos un reco-
nocimiento pleno, alcanzable por medio del cumplimiento, asimismo de
una identidad plena con nosotros mismos en la victoria frente a un ene-
migo, porque la victoria es el momento de una pérdida mayor: la de la
conciencia de un auto-bloqueo presente en uno mismo, que funciona
como “la externalización de una autonegatividad que ningún ‘otro’ puede
hacer desaparecer” (Zizek, 1990: 260).
El recurso de la violencia en las pandillas, utilizado para actos diversos
que van desde el robo y el asalto a la pelea callejera y el asesinato, tiene
que comprenderse a partir de que los jóvenes pandilleros aplican un com-
plejo mecanismo imaginario-simbólico que sostiene el ‘tipo’ de afirma-
ción necesaria para dar sentido a su acción y, por supuesto, a su existen-
cia. Es bajo el “régimen de la visibilidad”7, como una de las condiciones
constitutivas de la modernidad, que se estructura para el sujeto un modo
de ser a través del ‘ser visto’, del goce escópico que lo alimenta. Esto obli-
ga, de alguna manera, a que los sujetos contemporáneos sostengan una
lucha permanente para proyectarse por medio de su visibilidad. De esta
7 Según Rancière (2000), un régimen de visibilidad es la capacidad de ver y decir, se refiere a la
relación entre poder y condiciones de producción, en función de la exposición.
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lucha no escapan los mundos juveniles, por el contrario, encontramos en
éstos los signos de su radical agudización, envueltos como están en una
corriente dirigida por el mercado del consumo, el cual, como afirma
Young (2003: 25), promete “no meramente la satisfacción de deseos in-
mediatos, sino también la generación de esa expresión característica de
finales del siglo XX –estilos de vida.
Ahora bien, la mayoría de los jóvenes, organizados o no en colectivos y
también de manera individual, actúan a través de complejos ámbitos ima-
ginarios, sostenidos a partir de la apropiación de bienes simbólicos que cir-
culan, sobre todo, en los medios de comunicación y que representan la
materia prima para las adscripciones identitarias, la afirmación y la diferen-
ciación social. A través del concepto de socioestética, Rosana Reguillo
(2000) avanza el tema, proponiendo que la misma opera como un elemen-
to importante de las culturas juveniles en la construcción de la identidad
relacional (igualdad + diferencia). Sin embargo, para ‘otros’ jóvenes, aque-
llos que forman parte de las pandillas, esa apropiación de bienes simbóli-
cos queda subsumida a un uso abultadamente imaginario de la relación con
el ‘otro’, dado que lo que se vuelve imprescindible para la acción pandille-
ra es la construcción de una escena conflictiva en la que las prácticas de la
confrontación, sobre todo con otras pandillas, asumen el significado de
una afirmación de superioridad que es posible, en la medida en que el otro
es inferiorizable. Dada la naturaleza relacional de las construcciones iden-
titarias entre los jóvenes pandilleros, el respeto hacia el otro para hacerse
efectivo en la relación entre dos pares o dos pandillas requeriría de apelar
a un tercer elemento que trascienda a ambos; es decir, a los posicionamien-
tos imaginarios y parciales que atañen a cada pandilla, el cual sería la con-
dición necesaria para hacer factible y establecer un vínculo social en la dife-
rencia. Constatamos que ese tercer elemento no se apela, por lo cual el res-
peto se da en el enfrentamiento entre dos. El dispositivo de apelación a un
tercer elemento queda desactivado. Esto se traduce en un encapsulamiento
imaginario de la diferencia, que termina por echar las bases de una autoex-
clusión que, a su vez, reduce todas las posibles relaciones sociales a una
única relación conflictiva con la ‘otra’ pandilla.
En la mayoría de literatura existente sobre organizaciones pandilleras,
es posible advertir con claridad cómo la acción violenta se limita básica-
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mente a la disputa entre dos pandillas: la violencia, entendida como el uso
de la fuerza física, representa la puesta en escena de ese abultamiento de
la condición imaginaria de relacionamiento con el otro. Las formas que
asume esta condición son consecuencia de una serie de factores sociales,
culturales y económicos que se observan en los momentos actuales en las
sociedades contemporáneas y no solo latinoamericanas. En palabras de
Young:
a estos jóvenes se les prohíbe la entrada a la pista de competición de la so-
ciedad meritocrática; sin embargo, se quedan pegados a la pantalla de sus
televisores y a los otros medios de comunicación que seductoramente pre-
sentan los espléndidos premios de una sociedad adinerada. Ante esta nega-
tiva a ser reconocidos, los hombres jóvenes recurren, en todas partes del
mundo, a lo que debe ser casi una ley criminológica universal, es decir, a la
creación de culturas del machismo, a la movilización de uno de sus pocos
recursos, cuales son la fuerza física, la formación de bandas y la defensa de
sus propias zonas. Ya que otros les deniegan el respeto, crean una subcultu-
ra que gira alrededor del poder masculino y el “respeto” (2003: 29).
De este modo, es posible hablar de una especie de ‘tribalización’ de los
grupos pandilleros, siendo radicales tanto el desconocimiento del otro co-
mo su configuración exclusivamente como enemigo (Martín-Baró,
2003), cuya existencia y significado es la de ser solo el medio para la afir-
mación de uno8. La consecuencia es que, muy lejos de ser una impugna-
ción del orden constituido, se reproduce y da continuidad a un sistema
dominante cuya supremacía actual, en palabras de Kaminsky (2000:
169), se sostiene en “la estrategia política de la exacerbación individualis-
ta, en el primado de las entidades atomísticas y sus identidades”; lo que se
corta brutalmente son los “entres”. O en la reflexión de Bauman (2004:
18-19), cuando afirma que el sistema dominante tiene cabida en la mo-
dernidad que se anuncia como un proceso civilizador que, sin embargo,
funciona como un proceso de civilización de un tipo de hombre que
8 Martín-Baró (2003: 143) señala que el ‘enemigo’ es el estereotipo por excelencia en las situacio-
nes de polarización social: “El estereotipo del enemigo puede desempeñar un papel significati-
vo en el desarrollo de un conflicto, en la medida en que contribuye a endurecer la polarización
y a bloquear los mecanismos de comprensión y acercamiento entre los rivales”.
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implica la incapacitación forzosa de otro y que promueve un modelo de
funcionamiento de las relaciones sociales basado sobre la coerción. El au-
tor argumenta en torno al supuesto proceso civilizador de la modernidad
lo siguiente:
La modernidad se legitima a sí misma como un ‘proceso civilizador’, un
proceso continuo que consiste en convertir lo áspero en suave, lo cruel en
benigno, lo basto en refinado. Sin embargo, como en la mayoría de las
legitimaciones, esto es más un anuncio que una presentación de la reali-
dad. En cualquier caso, esconde tanto como revela. Y lo que se oculta es
que solo por medio de la coacción que perpetran pueden las agencias de
la modernidad mantener a raya la coerción que han jurado aniquilar; que
el proceso civilizador de un hombre es la incapacitación forzosa de otro.
El proceso civilizador no es una cuestión de desarraigo, sino de redistribu-
ción de la violencia (2004: 18-19).
Este modelo tiene que ver, entre otros planteamientos, con lo que
Connell (1987) define como el discurso de la masculinidad hegemónica.
Un discurso que articula y da sentido (de modo exclusivo) a las prácticas
y usos lingüísticos que demuestran tener coraje, virilidad, valentía, respe-
to y honor. Respeto y virilidad remiten a un discurso autoritario, domi-
nante en la mayoría de los países latinoamericanos, que hace de las tradi-
cionales oposiciones binarias fuerte/débil, grande/pequeño, superior/in-
ferior, dominante/dominado, las categorías en las que se sustenta. En au-
sencia de capacidades de aplicación de otros recursos simbólicos y de
apropiadas condiciones estructurales en los territorios en los que actúan
las pandillas, es a través de la violencia, hablada y practicada, como los jó-
venes pandilleros obtienen un lugar prominente, el ejercicio de un poder
que afianza la posición y el liderazgo al interior de estos grupos. Hacer
‘carrera’ y escalar hacia puestos de mando depende así de la demostración
constante de saber defender a los otros miembros –lo que es posible por
medio de la capacidad de reacción y de pelea– y la demostración de saber
armar la ‘bronca’ (el choque, la gresca) buscándola y haciéndola posible
provocando a otra pandilla o simplemente en los actos de agresión a tran-
seúntes en la calle.
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La valentía y la hombría plasmadas en actos violentos en los que siem-
pre existe un otro como objeto y víctima, se configura también en el uso
de un lenguaje (y una coba) que se inscribe en el mismo marco valorati-
vo, como lo señala también Alonso Salazar, refiriéndose al caso de pandi-
llas en Colombia, donde el “parlache” es un “lenguaje que no es gratuito,
sino portador de una axiología donde la agresión y la desvalorización del
otro están en un lugar de preeminencia” (1998: 124).
Las organizaciones pandilleras inscriben su acción en un “afuera simbó-
lico” y un desbande imaginario cuando, a nivel de la sociedad o de la nación
en su conjunto, se han deteriorado los dispositivos culturales que garanti-
zan la cohesión o el lazo social. A partir de este deterioro, se producen nue-
vas formas de guetización, como consecuencia del desmembramiento social
y, a su vez, aparece el debilitamiento de estrategias de convivencia. En pala-
bras de Bauman: “[c]uanto más tiempo permanecemos en un medio uni-
forme […], más probabilidades hay de que ‘desaprendamos’ el arte de lle-
gar a fórmulas conciliatorias y a un modus convivendi” (2006: 34).
Si observamos bien, se trata de uno de los argumentos más sólidos
para concebir a la organización pandilleril como una estructura ‘neotri-
bal’, la cual no es más que un síntoma evidente de la descomposición
social que en su conjunto padecen las sociedades contemporáneas, las
cuales fosilizan las diferencias, las separan y las vuelven inconciliables.
Algunos investigadores resaltan el carácter evolutivo hacia manifes-
taciones de violencia de las organizaciones pandilleras, siendo que en
un inicio funcionan como un grupo de amigos y un dispositivo de inte-
gración social al barrio (Rocha, 2006), como una organización de tipo
fraternal que brinda a sus miembros autonomía respecto de la autori-
dad adulta (Goubaud, 2008), o como la conformación de grupos juve-
niles que sobrevivían en las marginalidades de las grandes ciudades
(Cruz, 2005).
Según estos autores, la evolución hacia el recurso de la violencia y a la
acción delictiva se debe, entre otras causas, a una mayor jerarquización y
consolidación de la estructura organizativa, como consecuencia de las
medidas represivas adoptadas por los gobiernos centroamericanos, una
cada vez mayor clausura identitaria relacionada con el control de un terri-
torio claramente delimitado, como el del barrio y, especialmente, la reite-
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rada incapacidad de los gobiernos para pensar políticas públicas dirigidas
hacia la juventud en general.
Recluida en la delimitación del barrio, la pandilla opera por medio de
demostraciones de fuerza y ofrece así un espacio de protección hacia las
amenazas que provienen de otros barrios en los que actúan otras pandillas.
Se instaura de este modo un mecanismo por el cual “la existencia de pan-
dillas en otros barrios es un aliciente para tener una pandilla en el propio
barrio” (Rocha, 2006: 6); de ahí que la actitud de los moradores de estos
barrios sea ambigua hacia el pandillerismo: “muchos habitantes de los ba-
rrios solo perciben a los pandilleros externos como dañinos” (Rocha, 2006:
6). Los barrios a los que se refiere Rocha son los que pertenecen a las zonas
urbano-marginales de Managua, en Nicaragua; uno de éstos, llamado Re-
parto Shick, se describe como un gigantesco conglomerado de barrios
donde viven más de cuarenta mil habitantes, como consecuencia de suce-
sivas migraciones que llevaron a la gente a luchar para conseguir los servi-
cios básicos. Ello se cumplió gracias a las luchas encabezadas por líderes
comunitarios que en el pasado hicieron posible obtener la dotación de luz
y agua, calles asfaltadas, escuelas y otras infraestructuras para el barrio.
Sin embargo, en la actualidad, los líderes han desaparecido y no han
podido ser reemplazados por otros, debido a que como señala Rocha:
“[n]o es época de luchas comunitarias, sino del cada quien por su cacas-
te. Los sueños actuales tienen una dimensión más diminuta e individual”
(Rocha, 2006: 6). Reparto Shick es un barrio dormitorio y dominio de
desempleados, donde la única sociabilidad o presencia pública colectiva
que marca la vida es la de las sectas religiosas o la de la pandilla, ambas
actúan excluyendo, habiendo sido excluidas, y ambas recurren a la cons-
trucción de identidades primarias, significados y códigos morales propios.
La descripción de este barrio de Managua nos obliga a reflexionar so-
bre la relación existente entre un conjunto de condiciones de vida de los
barrios (más allá de los aspectos ligados a las desigualdades económicas) y
la constitución de pandillas juveniles. Se trata de condiciones que mues-
tran el fracaso de los dispositivos que posibilitan el mantenimiento del te-
jido social y la reproducción de la vida en comunidad, basada en reglas de
respeto mutuo y reciprocidad. Esos dispositivos son de naturaleza social,
cultural y psicológica, y para citar algunos haremos referencia a, 1) las for-
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mas rituales de convivencia, como las actividades sociales públicas y de
vecindad que convocan a la colectividad y la hacen partícipe de la cons-
trucción del tejido social; 2) la presencia de referentes claros, distribuidos
en el territorio, que permiten las prácticas cotidianas del ocio, de la recre-
ación y del tiempo libre y que cumplen con la función de aglutinantes de
las agrupaciones juveniles; y 3) las formas inhibitorias de tipo moral que
operan como amortiguadores ante situaciones conflictivas y posibilitan el
autocontrol porque canalizan las tensiones por medio de la aplicación de
otras modalidades de actuación (no violentas), que de este modo termi-
nan por sublimar esas tensiones.
Bourdieu (1999), reflexionando sobre lo que denomina “efectos de
lugar” y sobre los “suburbios problemáticos”, advierte que “las evidencias
más sorprendentes y las experiencias más dramáticas” que ahí se viven o
se ven, tienen su origen en un lugar completamente distinto, son lugares
que se definen por una ausencia: “esencialmente, la del Estado y todo lo
que se deriva de éste, la policía, la escuela, las instituciones sanitarias, las
asociaciones, etcétera” (1999: 119. Cursivas en el original).
Las consecuencias de esta ausencia se reflejan en las modalidades de
circulación de capital simbólico y su aprovechamiento para la reproduc-
ción social. Por medio de una comparación, no solo física ni solo econó-
mica entre el “barrio elegante” y el “barrio estigmatizado” (el del subur-
bio), Bourdieu hace notar que, en el primer caso, se trata de un barrio
que, funciona como un “club fundado en la exclusión activa de las perso-
nas indeseables, consagra simbólicamente a cada uno de sus habitantes”,
en cuanto al barrio estigmatizado, éste “degrada simbólicamente a quie-
nes lo habitan, los cuales, a cambio, hacen lo mismo con él, ya que al estar
privados de todas las cartas de triunfo necesarias para participar en los
diferentes juegos sociales, no comparten sino su común excomunión”
(Bourdieu, 1999: 124).
Estas reflexiones ponen al descubierto que las condiciones sociales del
barrio generan una conflictividad interna, que a su vez da lugar a mani-
festaciones violentas de grupos pandilleros, ante lo cual cabe decir que
esas condiciones sociales las causan factores que no se ubican en el mismo
contexto barrial y que se originan en la incapacidad de las administracio-
nes públicas de dotar a los barrios periféricos de condiciones adecuadas.
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De ahí que “es indispensable reubicar el Estado y el destino de un ba-
rrio (sea aristocrático o desheredado, noble o infame) en la serie diacróni-
ca de las transformaciones históricas de las cuales es expresión material,
transformaciones que jamás hallarán su fuente y su principio en el seno
del barrio en cuestión” (Wäcquant, 2007: 22. Cursivas en el original).
La circularidad de las violencias
Actualmente, entre los investigadores de la violencia juvenil y el pandille-
rismo existe cierto acuerdo interpretativo en torno a la necesidad de ins-
cribir tales fenómenos dentro de los procesos históricos de mediano y
largo aliento, en los contextos públicos relacionados con los ámbitos cul-
turales, sociales y económicos, así como en el contexto privado de la fami-
lia en cada país. De los modos como se han concebido y puesto en mar-
cha los proyectos de nación, construyendo estos contextos y ámbitos que
organizan la reproducción de la vida de los sujetos juveniles, dependerá
en última instancia la emergencia, consolidación y los niveles de violen-
cia relacionados con el pandillerismo.
Masculinidad hegemónica, ausencia de espacios lúdicos de recreación,
debilitamiento de la función simbólica de los ritos de cohesión, son algu-
nos elementos que asoman en el ámbito de lo cultural. Inseguridad y con-
flictos, riesgos de disolución del lazo social como deriva de la ausencia de
referentes colectivos en el espacio público y su privatización, barrios que
demuestran no ser aptos para la vida porque están desprovistos de infra-
estructura básica, son elementos que problematizan lo social. Desempleo,
subempleo y precariedad laboral, empobrecimiento, falta de oportunida-
des laborales, contradicción entre poder adquisitivo y ampliación del con-
sumo, tienen que ver con lo económico.
Y, finalmente, en el ámbito de la familia, se observa la crisis que ésta
atraviesa como núcleo primordial de distribución de afectos, de sociali-
zación básica, de seguridad yóica, de atribución de roles y del ejercicio
diario de violencia simbólica y psicológica (inferiorización del sujeto
adolescente y juvenil), así como física. Sintéticamente, se afirmaría que
la acción de las organizaciones pandilleriles responde a un conjunto de
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condiciones que hacen de la marginación social, económica y simbólica
su terreno más fértil.
Es menester explicar las diferentes formas de violencias ubicándolas en
un esquema circular: las que se ejercen desde arriba (desde una estructu-
ra social desigual) y desde abajo (reacción de los sectores populares a esta
estructura) (Wäcquant, 2007) y, por el otro, debido a la ausencia de
‘amortiguadores’ que son posibles y se activan cuando los sujetos tienen
un capital social y simbólico9 lo ‘suficientemente’ grande. La utilización
de estos capitales dependerá, sin embargo, de que exista un ambiente en
el cual estén garantizadas la circulación de recursos y las condiciones es-
tructurales apropiadas que tiendan a institucionalizarlos. De lo contrario,
como señala Wäcquant: “[e]n un universo de recursos básicos y con una
alta densidad de predadores sociales, la confianza no está para nada asegu-
rada, de manera que todos deben cuidarse de la violencia, al mismo tiem-
po que estar listos a valerse de ella en cualquier momento” (2007: 90. Las
cursivas son mías). De ahí que el empleo de la violencia o su padecimien-
to resulten ser las dos caras de la misma moneda.
Siguiendo a Bourdieu, el círculo de las violencias puede ser represen-
tado como la expresión de la violencia inerte de las estructuras económi-
cas y mecanismos sociales transmitidos por la violencia activa de la gente,
la cual se ejerce cada día en las familias, fábricas, talleres, bancos, oficinas,
comisarías de policía, cárceles, incluso hospitales y escuelas, esta violencia
cotidiana es, en última instancia, el producto de aquella violencia inerte.
De ahí que Bourdieu hable de una ley de conservación de la violencia,
con la que se entendería que, debido a que toda violencia se paga, hay que
evitar sembrarla (citado por Bourgois, 2005). Bourgois nos da más ele-
mentos para pensar el círculo de la violencia, los cuales nos permiten afir-
mar que los actos de violencia no pueden ni deben ser considerados bajo
la simple óptica de la responsabilidad personal de quien los comete, ya
que son reconducibles a condiciones estructurales que hay que tomar en
9 Bourdieu y Wäcquant (1995: 82) definen como capital social la suma de los recursos, actuales
o potenciales, correspondientes a un individuo o grupo, en virtud de que éstos poseen una red
duradera de relaciones, conocimientos y reconocimientos mutuos más o menos institucionali-
zados, esto es, la suma de los capitales y poderes que semejante red puede movilizar.
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cuenta (Martín-Baró 2003)10. Bourgois establece una tipología de la vio-
lencia mediante la cual distingue entre violencia política (la que adminis-
tran las autoridades oficiales o su oposición), violencia estructural (en tér-
minos de desigualdad de condiciones políticas y económicas), violencia
simbólica (las humillaciones y la inferiorización sistemática) y, finalmen-
te, la violencia cotidiana (la que se expresa en los entornos microinterac-
cionales de la familia o del barrio). Cada vez que hablamos de violencia,
deberíamos hacer el esfuerzo de ubicar el tema en el cruce posible de estas
cuatro tipologías, y no reducirla a una sola causa como a menudo se hace
cuando, por ejemplo, se indica a la pobreza como única causa11. De acuer-
do con Zizek, el problema que se nos presenta es que, mirando de frente
a las manifestaciones de la violencia, al horror que nos produce y a la pie-
dad que nos suscitan las víctimas, tendemos a perder la capacidad de pen-
sar más a fondo lo que él define como una tipología de la “violencia invi-
sible”. Ésta contempla especialmente las formas de violencia objetiva y sis-
témica, o sea, el modo “catastrófico del funcionamiento bien aceitado de
nuestros sistemas económicos y políticos” (Zizek, 2007: 8. La traducción
es mía), y que impide que el lugar de observación de las violencias (sub-
jetiva y objetiva) sea el mismo, puesto que la primera de éstas se observa
como si se diera en el vacío de la otra.
Alonso Salazar (1998: 163), citando un trabajo de investigación reali-
zado por Ugalde en algunos barrios de Caracas, señala: “como en un cír-
culo vicioso, la violencia finalmente es la respuesta a la falta de esperanzas
en la vida, que se produce precisamente por la violencia de la que se es
objeto, casi da lo mismo vivir que morir, se acorta la distancia entre las
polaridades, y la violencia y la muerte, en tanto definen el modo de vivir,
establecen toda una cultura de la muerte”.
10 Pienso que puede entenderse también como violencia estructural el contexto subyacente a la
producción de lo que Martín-Baró (2003) denomina trauma social, para referirse a las implica-
ciones no exclusivamente individuales sino, más bien, colectivas de situaciones de guerra o con-
flictividad prolongadas como las que se presentaron en los años ochenta en El Salvador, y que
han terminado por constituir lo que el autor llama normal anormalidad; sobre el trauma, retor-
naré a propósito de los tatuajes faciales.
11 Amartya Sen (2007) alerta en contra, precisamente, de la visión simplista de lo que define
como reduccionismo económico por medio del cual se asocia la violencia con la pobreza de
manera lineal.
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En una entrevista realizada a un miembro de una pandilla ecuatoria-
na hace algunos años, éste se refirió a que siempre asomaba en él la ima-
gen de su muerte, “ahí botado en la calle como un perro”, decía, y, sin
embargo, con los hermanitos a su alrededor para enterrarlo con los hono-
res del grupo. La incorporación de que la muerte, como una posibilidad
nada remota, siendo más bien cotidiana, es una condición que dice mu-
cho de cómo el uso de la violencia se ha interiorizado en las agrupaciones
pandilleriles y de que se borra una distinción clara entre ser victimario o
víctima de ésta.
Por su parte, Reguillo habla de una especie de “transferencia” de res-
ponsabilidades cuando se trata la violencia sin tener en cuenta los contex-
tos sociopolíticos en los que se despliega, haciendo aparecer a los jóvenes,
especialmente a los de sectores marginales, como los responsables directos
de la inseguridad en las ciudades. La investigadora mexicana, además,
capta muy bien la relación entre condiciones de marginación y exclusión
en las que están inmersos muchos jóvenes de las periferias de las ciudades
latinoamericanas y el ejercicio de la violencia. En este sentido, advierte:
“La marginalidad y la exclusión son condiciones que se aprenden, se vuel-
ven piel, se hacen conducta y ésta es una violencia mayor” (1995: 72).
Llegados a este punto, a modo de cierre, es plausible sostener que las
interpretaciones efectuadas en torno a la problemática de la violencia de
tipo pandilleril juvenil tienden a concentrarse en las acciones violentas
protagonizadas por estos grupos y a invisibilizar, al tiempo, la existencia
de las violencias institucionales de las que son objeto estos mismos jóve-
nes. Esta mirada parcializada es posible en la medida en que ha sido inca-
paz de incluir una reflexión sobre lo que aquí hemos denominado como
círculo de las violencias, de las cuales la de tipo pandilleril es una expresión
más, cuyo tratamiento, desde la perspectiva analizada en este texto, per-
mite romper o complejizar la oposición binaria y mutuamente excluyen-
te de agresores y víctimas de las violencias. Estas reflexiones tal vez reper-
cutirían profundamente en las políticas de juventud en Latinoamérica y
podrían subvertir las visiones ya anquilosadas e impotentes que insisten
en justificar la aplicación de ulteriores medidas represivas en los sectores
juveniles de extracción popular que reiteradamente han sido objeto de
políticas excluyentes.
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Lo que vislumbramos con claridad es que nos enfrentamos a una esce-
na en la que priman los elementos de una profunda injusticia, que por
momentos parecería apoyarse en la búsqueda de una venganza hacia esos
jóvenes, quienes con sus manifestaciones estético-políticas, como los
tatuajes (de cuerpo y rostro), han osado desafiar el ‘orden impuesto’. Di-
chos jóvenes son parte de la producción de un residuo más (Bauman,
2005) de los actuales ordenamientos sociales, los mismos que necesitan de
aquéllos para seguir funcionando como lo han hecho hasta ahora. Habrá
que descifrar con mayor pregnancia empírica los dispositivos funcionales
de la economía política de esos ordenamientos sociales y su relación con
el significado de la acción del Estado, su naturaleza, las transformaciones
o reiteraciones que lo caracterizan en la actualidad, para seguir dando
cuenta de en qué modos se despliegan las violencias institucionales.
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