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Sinodalidad en la Iglesia: Conversión y Misión

El documento de la Comisión Teológica Internacional describe la sinodalidad como una dimensión esencial de la vida y misión de la Iglesia, que implica caminar juntos y participar activamente en la comunidad. Se enfatiza la necesidad de una conversión pastoral que fomente la colaboración y la corresponsabilidad entre todos los miembros de la Iglesia, superando paradigmas tradicionales. Además, se destaca la importancia de la escucha, el diálogo y el discernimiento comunitario como elementos clave para vivir la espiritualidad de comunión y llevar a cabo la misión evangelizadora.

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Sinodalidad en la Iglesia: Conversión y Misión

El documento de la Comisión Teológica Internacional describe la sinodalidad como una dimensión esencial de la vida y misión de la Iglesia, que implica caminar juntos y participar activamente en la comunidad. Se enfatiza la necesidad de una conversión pastoral que fomente la colaboración y la corresponsabilidad entre todos los miembros de la Iglesia, superando paradigmas tradicionales. Además, se destaca la importancia de la escucha, el diálogo y el discernimiento comunitario como elementos clave para vivir la espiritualidad de comunión y llevar a cabo la misión evangelizadora.

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El Documento de la Comisión Teológica Internacional “La sinodalidad en la vida y la misión de la Iglesia”,

en el párrafo 70, afirma lo siguiente:

“En síntesis…se puede esbozar una descripción articulada de la sinodalidad como dimensión constitutiva
de la Iglesia.

a) La sinodalidad designa ante todo el estilo peculiar que califica la vida y la misión de la Iglesia
expresando su naturaleza como el caminar juntos y el reunirse en asamblea del Pueblo de Dios convocado
por el Señor Jesús en la fuerza del Espíritu Santo para anunciar el Evangelio. Debe expresarse en el modo
ordinario de vivir y obrar de la Iglesia. Este modus vivendi et operandi se realiza mediante la escucha
comunitaria de la Palabra y la celebración de la Eucaristía, la fraternidad de la comunión y la
corresponsabilidad y participación de todo el Pueblo de Dios, en sus diferentes niveles y en la distinción de
los diversos ministerios y roles, en su vida y en su misión.

b) La sinodalidad designa además, en un sentido más específico y determinado desde el punto de vista
teológico y canónico, aquellas estructuras y aquellos procesos eclesiales en los que la naturaleza sinodal de
la Iglesia se expresa en nivel institucional, en modo análogo, en los varios niveles de su realización: local,
regional, universal. Estas estructuras y procesos están al servicio del discernimiento de la autoridad de la
Iglesia, llamada a indicar, escuchando al Espíritu Santo, la dirección que se debe seguir.

c) La sinodalidad designa, por último, la realización puntual de aquellos acontecimientos sinodales en los
que la Iglesia es convocada por la autoridad competente y según específicos procedimientos determinados
por la disciplina eclesiástica, involucrando de modos diversos, a nivel local, regional y universal, a todo el
Pueblo de Dios bajo la presidencia de los Obispos en comunión colegial y jerárquica con el Obispo de
Roma, para discernir su camino y cuestiones particulares, y para asumir decisiones y orientaciones con el
fin de llevar a cabo su misión evangelizadora.”

CAPÍTULO 4

LA CONVERSIÓN PARA UNA SINODALIDAD RENOVADA

103. La sinodalidad está ordenada a animar la vida y la misión evangelizadora de la Iglesia


en unión y bajo la guía del Señor Jesús que prometió: «donde dos o tres están reunidos en mi
nombre, Yo estoy en medio de ellos» (Mt 18,20), «Miren, Yo estoy con ustedes hasta el fin del
mundo» (Mt 28,20). La renovación sinodal de la Iglesia pasa indudablemente a través de la
revitalización de las estructuras sinodales, pero ante todo se expresa en la respuesta a la
gratuita llamada de Dios a vivir como su Pueblo que camina en la historia hacia la
consumación del Reino. En este capítulo se destacan algunas expresiones específicas de esta
respuesta: la formación para la espiritualidad de comunión y la práctica de la escucha, del
diálogo y del discernimiento comunitario; la relevancia para el camino ecuménico y para
una diakonía profética en la construcción de un ethos social fraterno, solidario e inclusivo.

4.1 Para la renovación sinodal de la vida y de la misión de la Iglesia

104. «Toda la renovación de la Iglesia consiste esencialmente en el aumento de la fidelidad a


su vocación»[130]. Por lo tanto, en el cumplimiento de su misión, la Iglesia está llamada a una
constante conversión que es también una «conversión pastoral y misionera», consistente en
una renovación de mentalidad, de actitudes, de prácticas y de estructuras, para ser cada vez
más fiel a su vocación[131]. Una mentalidad eclesial plasmada por la conciencia sinodal
acoge gozosamente y promueve la gracia en virtud de la cual todos los Bautizados son
habilitados y llamados a ser discípulos misioneros. El gran desafío para la conversión pastoral
que hoy se le presenta a la vida de la Iglesia es intensificar la mutua colaboración de todos en
el testimonio evangelizador a partir de los dones y de los roles de cada uno, sin clericalizar a
los laicos y sin secularizar a los clérigos, evitando en todo caso la tentación de «un excesivo
clericalismo que mantiene a los fieles laicos al margen de las decisiones»[132].
105. La conversión pastoral para la puesta en práctica de la sinodalidad exige que se superen
algunos paradigmas, todavía frecuentemente presentes en la cultura eclesiástica, porque
expresan una comprensión de la Iglesia no renovada por la eclesiología de comunión. Entre
ellos: la concentración de la responsabilidad de la misión en el ministerio de los Pastores; el
insuficiente aprecio de la vida consagrada y de los dones carismáticos; la escasa valoración
del aporte específico cualificado, en su ámbito de competencia, de los fieles laicos, y entre
ellos, de las mujeres.

106. En la perspectiva de la comunión y de la puesta en acto de la sinodalidad, se pueden


señalar algunas líneas fundamentales de orientación en la acción pastoral:

a. la activación, a partir de la Iglesia particular y en todos los niveles, de la circularidad entre


el ministerio de los Pastores, la participación y corresponsabilidad de los laicos, los
impulsos provenientes de los dones carismáticos según la circularidad dinámica entre “uno”,
“algunos” y “todos”;

b. la integración entre el ejercicio de la colegialidad de los Pastores y la sinodalidad vivida por


todo el Pueblo de Dios como expresión de la comunión entre las Iglesias particulares en la
Iglesia universal;

c. el ejercicio del ministerio petrino de unidad y de guía de la Iglesia universal por parte del
Obispo de Roma en la comunión con todas las Iglesias particulares, en sinergia con el
ministerio colegial de los Obispos y el camino sinodal del Pueblo de Dios;

d. la apertura de la Iglesia católica hacia las otras Iglesias y Comunidades eclesiales en el


compromiso irreversible de caminar juntos hacia la plena unidad en la diversidad reconciliada
de las respectivas tradiciones;

e. la diaconía social y el diálogo constructivo con los hombres y las mujeres de las diversas
confesiones religiosas y convicciones para realizar juntos una cultura del encuentro.

4.2. La espiritualidad de la comunión y la formación para la vida sinodal

107. El ethos de la Iglesia Pueblo de Dios convocado por el Padre y guiado por el Espíritu
Santo para formar en Cristo «un sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima
con Dios y de la unidad de todo el género humano»[133] sale de sí mismo y se alimenta de la
conversión personal a la espiritualidad de comunión[134]. Todos los miembros de la Iglesia
están llamados a acogerla como don y compromiso del Espíritu que se ejercita en la docilidad
a sus impulsos, para educarse a vivir en la comunión la gracia recibida en el Bautismo y
llevada a cumplimiento por la Eucaristía: el tránsito pascual del “yo” entendido de manera
individualista al “nosotros” eclesial, en el que cada “yo”, estando revestido de Cristo (cfr. Gál
2,20), vive y camina con los hermanos y las hermanas como sujeto responsable y activo en la
única misión del Pueblo de Dios.

De aquí brota la exigencia de que la Iglesia llegue a ser «la casa y la escuela de la
comunión»[135]. Sin conversión del corazón y de la mente, y sin un adiestramiento ascético
en la acogida y la escucha recíproca, de muy poco servirían los mecanismos exteriores de
comunión, que podrían hasta transformarse en simples máscaras sin corazón ni rostro. «Así
como la prudencia jurídica, poniendo reglas precisas para la participación, manifiesta la
estructura jerárquica de la Iglesia y evita tentaciones de arbitrariedad y pretensiones
injustificadas, la espiritualidad de la comunión da un alma a la estructura institucional, con
una llamada a la confianza y apertura que responde plenamente a la dignidad y
responsabilidad de cada miembro del Pueblo de Dios»[136].

108. Las mismas disposiciones que se requieren para vivir y madurar el sensus fidei, con el
que están marcados todos los creyentes, se requieren para ejercerlo en el camino sinodal. Se
trata de un punto esencial en la formación del espíritu sinodal, desde el momento que
estamos viviendo en un ambiente cultural en el que las exigencias del Evangelio y también
las virtudes humanas a menudo no son objeto de aprecio y de educación adecuada[137].
Entre estas disposiciones conviene recordar: la participación en la vida de la Iglesia centrada
en la Eucaristía y en el Sacramento de la Reconciliación; el ejercicio de la escucha de la
Palabra de Dios para entrar en diálogo con ella y traducirla en actos de la vida; la adhesión al
Magisterio en sus enseñanzas de fe y moral; la conciencia de que unos son miembros de los
otros como Cuerpo de Cristo y de ser enviados a los hermanos, comenzando por los más
pobres y marginados. Se trata de comportamientos compendiados en la fórmula sentire cum
Ecclesia: este «sentir, experimentar y percibir en armonía con la Iglesia» que «une a todos los
miembros del Pueblo de Dios en su peregrinación» y es «la clave de su “caminar
juntos”»[138]. Concretamente, se trata de hacer emerger la espiritualidad de comunión
«como principio educativo en todos los lugares donde se forma el hombre y el cristiano,
donde se educan los ministros del altar, las personas consagradas y los agentes pastorales,
donde se construyen las familias y las comunidades»[139].

109. La asamblea eucarística es la fuente y el paradigma de la espiritualidad de comunión. En


ella se manifiestan los elementos específicos de la vida cristiana destinados a plasmar
el affectus sinodalis.

a. La invocación de la Trinidad. La asamblea eucarística comienza con la invocación de la


Santísima Trinidad. Convocada por el Padre, en virtud de la Eucaristía, la Iglesia llega a ser,
con la efusión del Espíritu Santo, el sacramento viviente de Cristo: «Donde están dos o más
reunidos en mi Nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (cfr. Mt 18,19). La unidad de la
Santísima Trinidad en la comunión de las tres divinas Personas se manifiesta en la comunidad
cristiana llamada a vivir «la unión… en la verdad y en la caridad»[140], mediante el ejercicio
de los respectivos dones y carismas recibidos del Espíritu Santo, en vista del bien común.

b. La reconciliación. La asamblea eucarística propicia la comunión mediante la


reconciliación con Dios y con los hermanos. La confessio peccati celebra el amor
misericordioso del Padre y expresa la voluntad de no seguir el camino de la división causada
por el pecado, sino el de la unidad: «Si cuando presentas tu ofrenda ante el altar te acuerdas
de que tu hermano tiene algo contra ti, deberás ir a reconciliarte primero con tu hermano;
después presenta tu ofrenda» (Mt 5,23-24). Los acontecimientos sinodales implican el
reconocimiento de las propias fragilidades y el pedido recíproco del perdón. La reconciliación
es el camino para vivir la nueva evangelización.

c. La escucha de la Palabra de Dios. En la asamblea eucarística se escucha la Palabra para


recibir el mensaje e iluminar con él el camino. Se aprende a escuchar la voz de Dios
meditando la Escritura, especialmente el Evangelio, celebrando los Sacramentos, sobre todo
la Eucaristía, acogiendo a los hermanos, en especial a los pobres. El que ejerce el ministerio
pastoral y está llamado a partir el pan de la Palabra junto con el Pan eucarístico, debe
conocer la vida de la comunidad para comunicar el mensaje de Dios en la circunstancia y en
la hora en que ella vive. La estructura dialógica de la liturgia eucarística es el paradigma del
discernimiento comunitario: antes de escucharse unos a otros, los discípulos deben escuchar
la Palabra.

d. La comunión. La Eucaristía «crea comunión y propicia la comunión» con Dios y con los
hermanos[141]. Originada en Cristo mediante el Espíritu Santo, la comunión es participada
por hombres y mujeres que, teniendo la misma dignidad de Bautizados, reciben del Padre y
ejercen con responsabilidad diversas vocaciones –que tienen como fuente el Bautismo, la
Confirmación, el Orden sagrado y dones específicos del Espíritu Santo– para formar con la
multitud de los miembros un solo Cuerpo. La rica y libre convergencia de esta pluralidad en la
unidad es lo que se activa en los acontecimientos sinodales.

e. La misión. Ite, missa est. La comunión realizada por la Eucaristía impulsa hacia la misión.
El que participa del Cuerpo de Cristo está llamado a compartir la alegre experiencia con
todos. Cada acontecimiento sinodal estimula a la Iglesia para que salga del campamento (cfr.
Heb 13,13) para llevar a Cristo a los hombres que esperan su salvación. San Agustín afirma
que debemos «tener un solo corazón y una sola alma en el camino hacia Dios»[142]. La
unidad de la comunidad no es verdadera sin este télos interior que la guía a lo largo de los
senderos del tiempo hacia la meta escatológica de «Dios todo en todos» (cfr. 1 Cor 15,28). Es
necesario dejarse interpelar siempre por la pregunta: ¿Cómo podemos ser verdaderamente
Iglesia sinodal si no vivimos “en salida” hacia todos para ir juntos hacia Dios?

4.3. La escucha y el diálogo para el discernimiento comunitario

110. La vida sinodal de la Iglesia se realiza gracias a una efectiva comunicación de fe, vida y
compromiso misionero puesta en acción entre todos sus miembros. En ella se manifiesta
la communio sanctorum que vive de la oración, se alimenta de los Sacramentos, florece en el
amor recíproco y hacia todos, crece en la participación de alegrías y pruebas de la Esposa de
Cristo. En el camino sinodal la comunicación está llamada a explicitarse mediante la escucha
comunitaria de la Palabra de Dios para conocer «lo que el Espíritu dice a las Iglesias»
(Ap 2,29). «Una Iglesia sinodal es una Iglesia que escucha (…) Pueblo fiel, Colegio episcopal,
Obispo de Roma: cada uno escuchando a los otros; y todos escuchando al Espíritu
Santo»[143].

111. El diálogo sinodal implica valor tanto en el hablar como en el escuchar. No se trata de
trabarse en un debate en el que un interlocutor intenta imponerse sobre los otros o de refutar
sus posiciones con argumentos contundentes, sino de expresar con respeto cuanto, en
conciencia, se percibe que ha sido sugerido por el Espíritu Santo como útil en vista del
discernimiento comunitario, al mismo tiempo que abierto a cuanto, en las posiciones de los
otros, es sugerido por el mismo Espíritu «para el bien común» (cfr. 1 Cor 12,7).

El criterio según el cual «la unidad prevalece sobre el conflicto» vale en forma específica para
el ejercicio del diálogo, para tratar la diversidad de opiniones y de experiencias, para
aprender «un modo de hacer la historia, en un ámbito viviente donde los conflictos, las
tensiones y los opuestos pueden alcanzar una unidad pluriforme que engendra nueva vida»,
haciendo posible el desarrollo de «una comunión en las diferencias»[144]. En efecto, el
diálogo ofrece la oportunidad de adquirir nuevas perspectivas y nuevos puntos de vista para
iluminar el examen del tema que se está tratando.

Se trata de ejercitar «un modo relacional de ver el mundo, que se convierte en conocimiento
compartido, visión en la visión de otro o visión común de todas las cosas»[145]. Para el
Beato Pablo VI el verdadero diálogo es «un arte de comunicación espiritual»[146] que exige
actitudes específicas: el amor, el respeto, la confianza y la prudencia[147], «El clima del
diálogo es la amistad. Más todavía, es servicio»[148]. Como subraya Benedicto XVI: «la
verdades “lógos”que crea“diá-logos” y, por tanto, comunicación y comunión»[149].

112. Una actitud esencial en el diálogo sinodal es la humildad, que propicia la obediencia de
cada uno a la voluntad de Dios y la recíproca obediencia en Cristo[150]. El apóstol Pablo, en
la carta a los Filipenses, ilustra el significado y la dinámica en relación con la vida de
comunión como «tener el mismo sentir (φρόνησης), el mismo amor (ἁγάπη), siendo una sola
alma y pensando lo mismo» (2,2). Él tiene en cuenta las dos tentaciones que socavan las
bases de la vida de la comunidad: el espíritu de partido (ἐριθεία) y la vanagloria (κενοδοξία)
(2,3a). Se debe tener, en cambio, la actitud de humildad (ταπεινοφροσύνῃ): sea considerando
a los demás como superiores a sí mismo, sea poniendo en primer lugar el bien y los intereses
comunes (2,3b-4). Pablo remite todo a Aquel en quien por la fe ellos forman comunidad:
«piensen y realicen entre ustedes lo que (hay) también en Cristo Jesús» (2,5). La φρόνησης de
los discípulos debe ser la que se recibe del Padre en el «estar en Cristo». La kenosis de Cristo
(2,7-10) es la forma radical de su obediencia al Padre y para los discípulos es la llamada a
sentir, pensar y discernir juntos, con humildad, la voluntad de Dios en el seguimiento del
Maestro y Señor.

113. El ejercicio del discernimiento está en el centro de los procesos y acontecimientos


sinodales. Así ha sucedido siempre en la vida sinodal de la Iglesia. La eclesiología de
comunión es la específica espiritualidad y praxis que involucrando en la misión a todo el
Pueblo de Dios, hacen que «hoy sea más necesario que nunca (…) educarse en los principios
y métodos de un discernimiento no sólo personal sino también comunitario» [151]. Se trata de
determinar y recorrer como Iglesia, mediante la interpretación teologal de los signos de los
tiempos bajo la guía del Espíritu Santo, el camino a seguir en el servicio del designio de Dios
escatológicamente realizado en Cristo[152] que se debe actualizar en cada kairós de la
historia[153]. El discernimiento comunitario permite descubrir una llamada que Dios hace oír
en una situación histórica determinada[154].

114. El discernimiento comunitario implica la escucha atenta y valiente de los «gemidos del
Espíritu» (cfr. Rom 8,26) que se abren camino a través del grito, explícito o también mudo,
que brota del Pueblo de Dios: «escucha de Dios, hasta escuchar con él el clamor del pueblo;
escucha del pueblo, hasta respirar en él la voluntad a la que Dios nos llama» [155]. Los
discípulos de Cristo deben ser «contemplativos de la Palabra y también contemplativos del
pueblo»[156]. El discernimiento se debe realizar en un espacio de oración, de meditación, de
reflexión y del estudio necesario para escuchar la voz del Espíritu; mediante un diálogo
sincero, sereno y objetivo con los hermanos y las hermanas, atendiendo a las experiencias y
problemas reales de cada comunidad y de cada situación; en el intercambio de los dones y en
la convergencia de todas las energías en vista a la edificación del Cuerpo de Cristo y del
anuncio del Evangelio; en el crisol de la purificación de los afectos y pensamientos que
permite entender la voluntad del Señor; en la búsqueda de la liberación evangélica de
cualquier obstáculo que pueda impedir la apertura al Espíritu.

4.4. Sinodalidad y camino ecuménico

115. El Concilio Vaticano II enseña que la Iglesia católica, en la que subsiste la Iglesia una y
universal de Cristo[157], se reconoce unida por muchas razones con todos los
bautizados[158] y que «el Espíritu de Cristo no ha rehusado servirse de ellas (las diversas
Iglesias y Comunidades eclesiales) como medios de salvación, cuya virtud deriva de la misma
plenitud de la gracia y de la verdad que se confió a la Iglesia»[159]. De aquí se origina el
compromiso de los fieles católicos de caminar junto con los otros cristianos hacia la unidad
plena y visible en la presencia del Señor Crucificado y Resucitado: el único que puede suturar
las heridas infligidas a su Cuerpo a lo largo de la historia y de reconciliar con el don del
Espíritu las diferencias según la verdad en el amor.

El compromiso ecuménico recorre un camino que involucra a todo el Pueblo de Dios y exige la
conversión del corazón y la apertura recíproca para derribar los muros de desconfianza que
desde siglos separan a los cristianos entre ellos, para descubrir, compartir y gozar de las
muchas riquezas que nos unen como dones del único Señor en virtud del único Bautismo:
desde la oración hasta la escucha de la Palabra y a la experiencia del recíproco amor en
Cristo, desde el testimonio del Evangelio al servicio de los pobres y marginados, desde el
compromiso por una vida social justa y solidaria a aquel por la paz y el bien común.

116. Se debe constatar con alegría el hecho que el diálogo ecuménico ha llegado en estos
años a reconocer en la sinodalidad una dimensión reveladora de la naturaleza de la Iglesia y
constitutiva de su unidad en la multiplicidad de sus expresiones. Se trata de la convergencia
en la noción de la Iglesia como koinonía, que se realiza en cada Iglesia local y en su relación
con las otras Iglesias, mediante específicas estructuras y procesos sinodales.

En el diálogo entre la Iglesia católica y la Iglesia ortodoxa, el reciente Documento de


Chieti afirma que la comunión eclesial, hundiendo sus raíces en la Santísima Trinidad[160], ha
desarrollado en el primer milenio, en Oriente y en Occidente, «estructuras de sinodalidad
inseparablemente ligadas con el primado»[161], cuya herencia teológica y canónica
«constituye la referencia necesaria (...) para curar la herida de su división al comienzo del
tercer milenio»[162].

El documento de Fe y Constitución del Consejo Mundial de Iglesias The Church. Towards a


Common Vision subraya que «bajo la guía del Espíritu Santo, toda la Iglesia es
sinodal/conciliar, en todos los niveles de la vida eclesial: local, regional y universal. La
sinodalidad o conciliaridad refleja el misterio de la vida trinitaria de Dios, y las estructuras de
la Iglesia la expresan con el fin de realizar la vita de la comunidad como comunión»[163].

117. El consenso en esta visión de la Iglesia permite focalizar la atención, con serenidad y
objetividad, sobre los importantes nudos teológicos que aún quedan por desatar. Se trata, en
primer lugar, de la cuestión que concierne a la relación entre la participación en la vida
sinodal de todos los bautizados, en los que el Espíritu de Cristo suscita y alimenta el sensus
fidei y la consiguiente competencia y responsabilidad en el discernimiento de la misión, y la
autoridad propia de los Pastores, derivada de un específico carisma conferido
sacramentalmente; y, en segundo lugar, de la interpretación de la comunión entre las Iglesias
locales y la Iglesia universal expresada mediante la comunión entre sus Pastores con el
Obispo de Roma, con la determinación de cuanto pertenece a la legítima pluralidad de las
formas en las que se expresa la fe en las diversas culturas y de cuanto pertenece a su
identidad perenne y a su unidad católica.

En este contexto, la actuación de la vida sinodal y la profundización de su significado


teológico constituyen un desafío y una oportunidad de gran relieve en la prosecución del
camino ecuménico. En efecto, es en el horizonte de la sinodalidad que, con fidelidad creativa
al depositum fidei y en coherencia con el criterio de la hierarchia veritatum[164], es
promisorio aquel «intercambio de dones» con el que es posible enriquecerse mutuamente en
el camino hacia la unidad como armonía reconciliada de las inagotables riquezas del misterio
di Cristo que se reflejan en la belleza del rostro de la Iglesia.

4.5. Sinodalidad y diaconía social

118. El Pueblo de Dios camina en la historia para compartir con todos la levadura, la sal, la
luz del Evangelio. Por eso, «La evangelización también implica un camino de diálogo»[165] en
compañía con hermanos y hermanas de las diversas religiones, convicciones y culturas que
buscan la verdad y se empeñan en construir la justicia, para abrir el corazón y la mente de
todos con el fin de que reconozcan la presencia de Cristo que camina a nuestro lado. Las
iniciativas de encuentro, diálogo y colaboración se acreditan como etapas preciosas en esta
peregrinación común y el camino sinodal del Pueblo de Dios se revela como escuela de vida
para adquirir el ethos necesario para practicar el diálogo con todos, sin irenismos ni
compromisos. Hoy, que la toma de conciencia de la interdependencia entre los pueblos obliga
a pensar el mundo como la casa común, la Iglesia está llamada a manifestar que la
catolicidad que la cualifica y la sinodalidad en la que se expresa son fermento de unidad en la
diversidad y de comunión en la libertad. Esta es una contribución de relieve fundamental que
la vida y la conversión sinodal del Pueblo de Dios puede ofrecer para la promoción de una
cultura del encuentro y de la solidaridad, del respeto y del diálogo, de la inclusión y de la
integración, de la gratitud y de la gratuidad.

119. La vida sinodal de la Iglesia se ofrece, en particular, como diaconía en la promoción de


una vida social, económica y política de los pueblos bajo el signo de la justicia, la solidaridad y
la paz. «Dios, en Cristo, no redime solamente la persona individual, sino también las
relaciones sociales entre los hombres»[166]. La práctica del diálogo y la búsqueda de
soluciones compartidas y eficaces en quien se empeña en construir la paz y la justicia son una
absoluta prioridad en una situación de crisis estructural de los procedimientos de
participación democrática y de desconfianza en sus principios y valores inspirativos, por el
peligro de que se deriven en autoritarismo y tecnocracia. En este contexto, hay un
compromiso prioritario y un criterio en cada acción social del Pueblo de Dios: es el imperativo
de «escuchartanto el clamor de la tierra como el clamor de los pobres» [167], reclamando con
urgencia, en la determinación de las opciones y proyectos de la sociedad, el puesto y el rol
privilegiado de los pobres, la destinación universal de los bienes, el primado de la solidaridad,
el cuidado de la casa común.

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