Caminar, en el contexto del mundo contemporáneo, podría suponer una forma de nostalgia o de resistencia.
Los
senderistas, por ejemplo, son individuos singulares que aceptan pasar horas o días fuera de su automóvil para
aventurarse corporalmente en la desnudez del mundo. La marcha es entonces el triunfo del cuerpo, con
tonalidades diferentes según el grado de libertad del senderista. Es asimismo propicia al desarrollo de una filosofía
elemental de la existencia basada en una serie de pequeñas cosas; conduce durante un instante a que el viajero
se interrogue acerca de sí mismo, acerca de su relación con la naturaleza o con los otros, a que medite, también,
sobre un buen número de cuestiones inesperadas. El vagar parece un anacronismo en un mundo en el que reina
el hombre apresurado - disfrute del tiempo, del lugar, la marcha es una huida, una forma de darle esquinazo a la
modernidad -. Un atajo en el ritmo desenfrenado de nuestras vidas, una manera adecuada de tomar distancia.
Le Breton, D. (2000). Elogio del Caminar. Siruela.
Los primeros pasos tienen la ligereza del sueño: el hombre camina en el filo de su deseo, con la cabeza llena de
imágenes, disponible, sin conocer aún la fatiga que le espera de aquí a pocas horas. «Desde este instante - dice
Victor Segalen -, puedo mantener que lo real imaginado es terrible, el mayor de los espantos. Nada sobrepasa el
terror de un sueño que tuve aquella noche, víspera de la partida. Debo pues despertarme de un golpe: ya estoy
en marcha» (Segalen, 1993, 22). Pero partir no es suficiente, pues hay que preparar bien el viaje y no sobrestimar
nuestras fuerzas. El entusiasmo de los primeros días pronto se reduce a unas proporciones más adecuadas, una
vez terminadas ya esas aceleraciones repentinas propias de un estado afectivo vagabundo cuando este es dejado
en libertad. Habrá que caminar horas o días, o semanas, hasta aprender por fin a andar derecho y a un ritmo
regular.
Le Breton, D. (2000). Elogio del Caminar. Siruela.
La lluvia es una de las preocupaciones mayores del caminante, sobre todo si el calzado no es resistente. "La
exposición a la humedad es la cruz del caminante, su primer paso en la senda de la abnegación" (Fisset, 2010,
49). Es imposible detenerse e n el borde del camino, a menos que se encuentre un abrigo. A veces la nieve es
otro obstáculo a la progresión, pero ocurre que esos momentos son recuerdos deslumbrantes.
Le Breton, D. (2014). Caminar: Elogio de los caminos y de la lentitud.
El camino es una cicatriz de tierra en medio del mundo vegetal o mineral que a menudo es indiferente al paso del
ser humano. El suelo pisado por una miríada de pasos impresos en un instante es una marca de humanidad: los
pies que lo recorren no tienen la agresividad del neumático - que arrasa sin contemplaciones todo lo que se cruza
en su camino e imprime en la tierra la herida de su paso - ni la imperceptibilidad del rastro dejado por los animales.
Le Breton, D. (2000). Elogio del Caminar. Siruela.
Breve descanso junto a un pequeño bosque. Puedo ver el valle, tomo un atajo sobre praderas mojadas que hacen
ruido a masticación; acá la ruta da una amplia curva. Eso sí que fue una tormenta de nieve; ahora todo vuelve a
tranquilizarse, de a poco me voy secando.
Ay, es un camino tan duro, y el viento que pega con la nieve ardiente directo en la cara, completamente horizontal.
En general es en subida, pero también en bajada duele todo. Hago salto con esquíes, me recuesto sobre la
tormenta, bien inclina- do hacia adelante, los espectadores a mi alrededor son un bosque, solidificadas estatuas
de sal, el bosque abre la boca. Vuelo y vuelo y no paro. Ey, gritan ellos, ¿y ese por qué no para? Pienso que es
mejor seguir volando antes de que se den cuenta de que mis piernas están tan rotas y rígidas que cuando aterrice
se van a desmigajar como cal. No dejes que se note nada, seguí volando.
Herzog, W. (2016). Del caminar sobre hielo. Entropia.
Pero hay fuerzas más insidiosas dirigidas contra el tiempo, el espacio y la voluntad de caminar, y contra la versión
de la humanidad que dicho acto encarna. Una de ellas es la saturación de lo que llamo «el tiempo entremedio», el
tiempo que toma caminar hacia o desde un lugar, de callejear, de hacer trámites. Ese tiempo ha sido despreciado
como un escombro, reducido, y lo que queda de él copado con audífonos que tocan música o teléfonos móviles
que transmiten conversaciones. La misma habilidad para apreciar este tiempo libre, la utilidad de lo inútil, parece
evaporarse, como lo hace la apreciación del estar fuera –incluso fuera de lo familiar; las conversaciones por
teléfonos móviles parecen servir como una barrera contra la soledad, el silencio y los encuentros con lo
desconocido.
Solnit, R. (2015) Wanderlust. Una historia del caminar. Hueders.
Al caminar, la mente y el cuerpo pueden trabajar en conjunto, de modo que el pensamiento se vuelve un acto casi
físico, rítmico (hasta ahí llega la división cartesiana mente/cuerpo). Tanto la espiritualidad como la sexualidad tienen
relación con el caminar; los grandes caminantes suelen moverse del mismo modo por lugares urbanos y rurales; e
incluso el pasado y el presente se reúnen cuando caminas como lo hicieron los antiguos o revives algún evento de
la historia o de tu propia vida al desandar su ruta. Y cada caminata se mueve por el espacio como una hebra por el
tejido, zurciéndolo en una experiencia continua –tan diferente al modo en que el viaje aéreo corta en trozos el
tiempo y el espacio, como lo hacen también los autos y los trenes. Es esta continuidad una de las cosas que creo
perdimos en la era industrial, pero podemos elegir reclamarla, una y otra vez, y algunas personas lo hacen. Los
campos y las calles están esperando.
Solnit, R. (2015) Wanderlust. Una historia del caminar. Hueders.