Cuento de Papelino
En un lugar como éste, con calles y personas parecidas a las nuestras, vivía un niño muy
especial. En este lugar todos siempre tenían mucho que hacer y nadie se detenía a observar
las cosas extraordinarias que ocurrían a su alrededor, nadie excepto el niño. No veían la
luna gigante que brillaba tanto como el sol. No veían las plantas y animales que los
rodeaban, las flores que tenían o como alimentaban a sus crías. No veían, las costumbres
de los demás, los colores de sus ropas, sus peinados, sus miradas. sus sonrisas. ni siquiera
hablan notado que, años atrás. dos pericos anidaron en los árboles junto al río y que cada
noche cantaban coloridas canciones. Sólo un niño se percataba de estas cosas. un niño
como tú. Así delgadito, moreno, con su pelito lindo como el tuyo. con los ojos abiertos, con
las mismas ganas de conocer el mundo...
Pero debo contarles algo más... ¡Prométanme que no se lo dirán a na- die!... El niño tenía
problemas con su familia porque ellos no lo entendían, lo regañaban y lo ignoraban
mucho...
En una ocasión, en un día gris. sin saber por qué, le prohibieron salir a jugar con sus amigos,
ver la televisión, encender la radio y usar sus juguetes. Corno no tenía nada que hacer y se
aburría, rápidamente, decidió buscar entre sus cosas algo con lo que pudiera entretenerse.
Sólo encontró papel periódico, lápices, plumones, tijeras y cinta adhesiva. El niño se sentía
tan solo que decidió dibujar en el periódico a alguien que le hiciera compañía. Primero,
trazó su silueta con lápiz, cuan- do hubo terminado, la remarcó con un plumón para que no
se borrara. Después, lo recortó para que pudiera mover sus brazos, piernas, saltar y girar.
Finalmente, le puso un nombre para que fuera su amigo. Por alguna razón extraña, el
muñeco de papel se llamó: Papelino. Juntos, él y el niño, se divirtieron tanto que al poco
tiempo se convirtieron en buenos amigos; los mejores amigos.
Cuando sus papás le levantaron el castigo al niño, éste decidió divertirse con su mejor
amigo, Papelino. Pronto se dio cuenta de que era algo complicado jugar con él en la calle;
si le dejaba cerca de la ven- tana, el viento lo tiraba; si lo dejaba cerca de la estufa, corría el
riesgo de quemarse; si lo estrujaba mucho, se arrugaba y podía hasta romperse. Finalmente,
el niño decidió que sería mejor no sacar a Papelino de su habitación. Así que lo dejó sobre
su cama y salió corriendo para jugar con sus otros amigos. Papelino se quedó solo en ese
cuarto, sobre esa cama fría, esas cuatro paredes, esos muebles viejos, en una habitación
sola como la soledad. Cuando Papelino se percató que el niño no jugaría más con él, decidió
mejorar su situación. Bajó de la cama y buscó de- bajo de ella la caja de juguetes donde el
niño guardaba sus regalos. Ahí encontró algunos coches de plástico, unos muñecos, canicas,
un trompo y un yoyo. Intentó jugar con ellos, pero ninguno quiso devenirse con él porque
decían que era demasiado delicado. Papelino se sentía tan triste que se puso a llorar, pero
se dio cuenta de que, entre más lloraba, más daño se causaba. Las lágrimas hacían que su
cuerpo se mojara y se rompiera con facilidad. Se sentía tan triste que pensó escaparse por
la ventana del cuarto, se imaginó corriendo libre por el campo, pero la ventana estaba
cerrada y, por su altura. no veía la forma como alcanzarla. También pensó en colarse por
debajo de la puerta, pero sintió mucha tristeza al imaginar que no volvería a ver a su mejor
amigo, aquel niño que lo había iluminado y recortado, aquel niño que le había dado vida,
aquel niño que lo había abrazado y besado tantas veces...
Después de mucho pensarlo, Papelino decidió decirle a su amigo que no se sentía bien con
su situación y que se marchara a un lugar donde estuviera mejor. El niño vio triste a Papelino
y le preguntó —¿Qué ocurre? —Papelino le dijo que se sentía solo y le comentó lo que
planeaba hacer. El niño comenzó a suplicarle a Papelino que no se fuera, que le diera otra
oportunidad. Trató de explicarle por qué no debía salir del cuarto, pero Papelino no lo
entendía. Intentaron llegar a un acuerdo. Papelino le pidió al niño que se quedara con él en
ese cuarto, como antes lo hacían, como en los viejos buenos tiempos, pero el niño quería
salir a jugar. Los dos se sentían muy tristes y acordaron que al día siguiente tomarían una
decisión.
Mientras todo esto ocurría, la vecinita de al lado, una niña muy tímida, escuchaba toda la
conversación desde aquella ventana por don- de Papelino imaginó escapar. Le sorprendió
mucho darse cuenta de que no era la única que habla creado una amiguita de papel.
AI día siguiente en la escuela, la niña se armó de valor para hablarle al niño. Se acercó a él
a la hora del receso y le dijo con un poco de vergüenza:
—Oye, ayer escuché la plática con tu amigo Papelino y me parece que puedo ayudarte.
—¿Ayudarme?, ¿cómo? —preguntó el niño bastante extrañado y sorprendido. Él nunca
pensó que alguien lo miraba cuando estaba en su cuarto. Su vecinita le sonrió y sacó
cuidadosamente de su bolsillo una muñequita de papel.
—Se llama Papelina —dijo la niña. El niño se sorprendió y alegró de ver que no era el único
que se sentía diferente a los demás. No era el único que veía aquella luna gigante, las
plantas, sus flores, los animales, sus crías. No era el único que veía en los demás las
costumbres, los colores de sus ropas, sus peinados, sus miradas, sus sonrisas. No era el
único que había notado los dos pericos que anidaron en los árboles junto al río y que cada
noche cantaban coloridas canciones.
Los niños pensaron que Papelino y Papelina podrían estar siempre juntos, cuidarse entre sí,
compartir lo que sabían de la vida y aprender cosas nuevas. Por la tarde, los dos niños
acordaron el encuentro entre los muñequitos de papel. En el momento cuando Papelino vio
a la muñequita, sus ojos se abrieron en señal de felicidad y se acercó a conocer a su nueva
amiga. Papelina también se mostró impresionada de saber que existía un ser igual a ella y
lo saludó de vuelta. Los muñequitos de papel se llevaron muy bien y solicitaron estar juntos
para poder hacerse compañía. Papelino y Papelina fueron siempre felices en su mundo de
papel.