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Sueños de Ruta: Viaje en Bicicleta

El libro 'Sueños de ruta' de Facundo Othatceguy narra la experiencia de dos soñadores que, tras renunciar a sus trabajos, emprenden un viaje en bicicleta desde Ushuaia hasta La Quiaca. A través de crónicas de viaje, reflexionan sobre la libertad, el encuentro con personas y la conexión con la naturaleza, mientras comparten sus desafíos y aprendizajes. La obra invita a los lectores a creer en sus sueños y a explorar el mundo a su propio ritmo.

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Sueños de Ruta: Viaje en Bicicleta

El libro 'Sueños de ruta' de Facundo Othatceguy narra la experiencia de dos soñadores que, tras renunciar a sus trabajos, emprenden un viaje en bicicleta desde Ushuaia hasta La Quiaca. A través de crónicas de viaje, reflexionan sobre la libertad, el encuentro con personas y la conexión con la naturaleza, mientras comparten sus desafíos y aprendizajes. La obra invita a los lectores a creer en sus sueños y a explorar el mundo a su propio ritmo.

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Othatceguy, Facundo

Sueños de ruta / Facundo Othatceguy. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de


Buenos Aires : Facundo Othatceguy, 2016.
138 p. ; 15 x 11 cm.

ISBN 978-987-42-2719-5

1. Libro de Historias de Viaje. 2. Sueños. 3. Crónica de Viajes. I. Título.


CDD 910.4

Edición y corrección: Clara López Colmano / @cpunk_


Diseño de tapa: Juan Martín Domínguez / [Link]@[Link]
Diseño de interior: Laura Guelfi
Fotografías: Laura Guelfi y Facundo Othatceguy / [Link]

Primera edición: Diciembre 2016

© 2016 Facundo Othatceguy


info@[Link]
ISBN 978-987-42-2719-5

Impreso en Argentina. Printed in Argentina.

Todos los derechos reservados. Esta publicacion no puede ser reproducida,


almacenada o trasmitida por ningun medio sin permiso del autor.
“Al soñador que todos llevamos dentro.”
PRÓLOGO
Somos Facu y Lau. Cansados de la vida citadina y las nueve
horas de oficina, renunciamos a nuestros trabajos y nos fuimos de
viaje en bicicleta. Dejamos el departamento, vendimos todas nuestras
pertenencias y fuimos en busca de nuestro sueño: viajar.
En los meses previos a salir nos cruzamos con un libro que nos
enseñó a creer en los sueños. Un libro de dos soñadores como nosotros,
que se lanzaron a la ruta hace 15 años y aún hoy siguen viajando.
Cuando terminamos de escribir nuestro propio libro, se nos
ocurrió que eran ellos los más indicados para escribir el prólogo. Así
que desde Europa y vía mail nos mandaron estas hermosas palabras
que dan inicio a esta aventura.

Detente…y elévate. Elévate tan alto como puedas, ¿cómo te ves?


¿Te ves en el lugar que querés estar?
¿Te ves con quien te quisieras ver? ¿Te ves haciendo lo que querés?
Detente… ¡detenlo todo!
Empieza nuevamente, empieza de cero, pero esta vez a TU ritmo, en TU
camino.
¿Se puede? ¡Claro que sí!
Eres un ser tan especial que eres capaz de todo.
Como maravilloso ejemplo dos soñadores nos comparten su experiencia.
Ellos lo hicieron, ellos lograron darle sentido a la vida.
Con muy poco de lo material y muchas ganas, demostraron que… ¡sí se
puede!
Llegar al día en donde nos volvamos a elevar…y así, poder vernos en ese
lugar, con esa persona, haciendo lo que siempre quisimos hacer.

Con cariño para Facu y Lau. Familia Zapp – Atrapa tu sueño.

6
RUTA DE VIAJE
DE USHUAIA A LA QUIACA

7
LA QUIACA

HUMAHUACA
TILCARA
PURMAMARCA

SALTA

CAFAYATE

TAFÍ DEL VALLE

BELÉN

CHILECITO
VILLA UNIÓN

SAN JUAN
CÓRDOBA

SAN JAVIER UMEPAY


SAN FELIPE USPALLATA MERLO
VALPARAISO / MENDOZA
VIÑA DEL MAR
SANTO DOMINGO SANTIAGO

PICHILEMU SAN RAFAEL

CONSTITUCIÓN
CHANCO
CAUQUENES
TOMÉ
CONCEPCIÓN

PUERTO TEMUCO
SAAVEDRA
PUCÓN
JUNÍN DE LOS ANDES
SAN MARTÍN DE LOS ANDES

8
VILLA LA ANGOSTURA

BARILOCHE

EL BOLSÓN
LAGO PUELO
CHOLILA

TREVELIN
FUTALEUFÚ

PUYUHUAPI

COYHAIQUE

CHILE CHICO
PUERTO GUADAL
PUERTO BERTRAND
COCHRANE
BAJO CARACOLES

EL CHALTÉN

EL CALAFATE

RÍO GALLEGOS

CABO VÍRGENES

SAN SEBASTIÁN
RÍO GRANDE

TOLHUIN
USHUAIA

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EL ENCUENTRO
Pensamos mucho en cómo arrancar el libro. ¿Qué se cuenta
primero? Decidimos optar por lo más simple: el encuentro. Queremos
que este libro sea eso, un encuentro, como esos que nos suceden en la
ruta cuando paramos en algún costado y alguien se nos acerca a saludar,
o cuando se hace tarde y golpeamos la puerta de una casa para ver si
tienen un lugarcito para armar la carpa… Un verdadero encuentro
entre dos locos soñadores aventureros y vos que estás leyendo.
Así arranca este viaje literario, con un compendio de las típicas
preguntas que vienen a calmar las dudas más urgentes de todos
aquellos que nos cruzamos en el camino.

¿De dónde arrancaron?


De Ushuaia. Eso decimos rápidamente, pero cuando hay tiempo
para desarrollar, contamos toda la historia. Que antes de ir a Ushuaia
estuvimos tres meses en Córdoba. Dos de esos meses vivimos en
una comunidad, Umepay (dejamos un capítulo aparte para eso) y el
otro mes estuvimos pedaleando por las sierras cordobesas; de hecho,
cometimos la locura de atravesarlas.

¿Cuánto tiempo llevan de viaje?


Estamos viajando desde el 29 de junio de 2015.

¿Para dónde van?


La verdad es que no sabemos, nos gusta lo que hacemos y queremos
seguir viajando. Arrancamos de la ciudad más austral de mundo,
Ushuaia, así que por el momento, sólo decimos que vamos a donde
nos lleve el corazón.

¿Hasta cuándo?
Tampoco sabemos, lo que sí podemos decir es que además de viajar,
conocer gente y lugares, estamos buscando un lugar para vivir. Así que

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vamos atentos imaginando y fantaseando qué forma tomaría nuestra
vida en cada lugar por el que pasamos.

¿Qué dice la familia?


Tenemos la suerte y la alegría de que siempre nos apoyaran en esta
decisión. Con los miedos típicos que se pueden tener, que en algún
punto, son los que también teníamos nosotros antes de salir de viaje:
dónde van a dormir, la inseguridad, los camiones en la ruta, qué hacer
si alguno se enferma…

¿Qué hacían antes de salir de viaje?


Trabajamos en agencias de publicidad. Un trabajo, a grandes rasgos,
de oficina, frente a una computadora, mandando mails, hablando por
teléfono, discutiendo, asistiendo a reuniones. En fin, no suena muy
inspirador. Pero también, tuvo sus momentos buenos, gracias a eso
nos conocimos con Lau.

¿Les pasó algo malo viajando?


No. Sólo tuvimos una caída en un tramo de la Carretera Austral.
Algunos raspones, pero nada grave. ¡Un tropezón no es caída!

¿Cómo hacen con la plata?


Lo primero que hicimos fue vender todas nuestras pertenencias de
la vida citadina, inclúyase: muebles, electrodomésticos, ropa, tuppers,
guitarras, vasos, sillas, tenedores, bah, tampoco teníamos tantas cosas,
pero había que desocupar el departamento que alquilábamos así que
vendimos todo, todo, todo.
Con lo recaudado compramos las bicis, carpa, bolsas de dormir,
básicamente, todo lo que necesitábamos. Y además, nos quedó algo de
plata para vivir los primeros meses.
También, recaudamos plata a través de un divertido video que podés
ver en: [Link]/suenosderuta
Y seguimos solventando el viaje: vendiendo comida en las plazas,

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pasando música en bares, con aportes de amigos, familiares y
seguidores de nuestra aventura.
Los gastos de un viaje pueden resumirse en tres simples ítems:
movilidad, alojamiento y comida. Nosotros no gastamos en movilidad,
viajamos en bici. Tratamos de no gastar en hospedaje. Y sólo queda la
comida, para lo cual también, necesitamos muy poco. Promedio de
gasto diario por persona: tres dólares.

¿Dónde duermen?
La mayor parte de las veces en casas de gente que nos hospeda, ya sea
porque nos invitan o porque buscamos alojamiento gratuito a través
de redes sociales como [Link] o [Link].
org. Estas páginas de Internet te permiten buscar un lugar en el
mundo, el que quieras, y te muestra si en ese lugar hay usuarios
ofreciendo hospedaje. Para nosotros fue una gran herramienta de viaje
ya que no sólo nos permitió hospedaje gratuito, sino que también, nos
facilitó salir del circuito turístico habitual y conocer muchos lugares a
través de la gente que los habita. En muchas partes del relato se van a
encontrar que hacemos mención a estar forma de conseguir hospedaje,
ya sea a través de palabras como couchsurfing o su abreviación couch.
Cuando son distancias largas y no tenemos ninguna casa a la que llegar,
dormimos en la ruta, preferentemente, golpeamos alguna tranquera y
pedimos permiso para armar la carpa en los campos. Ni una sola vez
nos dijeron que no, es más, siempre nos ofrecen comida y nos invitan
a pasar a la casa para compartir con ellos. Las menos veces y es lo que
menos nos gusta, armamos la carpa al costado de la ruta, entre los
árboles.

¿Qué comen? ¿Dónde cocinan?


Nuestro tiempo durante el viaje se divide en dos. Cuando estamos en
la bici y pasamos el día pedaleando y hacemos noche en algún costado
de la ruta. Y por otro lado, cuando paramos en casas de gente que tiene
la amabilidad de hospedarnos.

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En una casa cocinamos con todo lo que tenemos a nuestra disposición,
siempre y cuando sea vegetariano, esa es nuestra forma de alimentarnos.
Si estamos en la ruta, solemos cocinar previamente, algunas cosas antes
de salir a pedalear, como arroz integral y legumbres (lentejas, arvejas,
porotos), papas, cebollas y alguna verdurita más para comer al medio
día. A la noche prendemos fuego o usamos nuestro calentador (es
de metal y funciona con alcohol de botiquín). Cocinamos polenta o
fideos que se hacen rápido. Para el desayuno llevamos fruta, avena, pan
y nuestro querido e infaltable mate.

¿Cómo los trata la gente?


Bárbaro. Nos gustan los paisajes lindos, claro que sí, pero más mágico
aún es el encuentro con el otro. Antes de salir leíamos o escuchábamos
experiencias de otros viajeros y siempre resaltaban la amabilidad de las
personas, que no hay que tener miedo, que siempre te dan una mano,
que te sorprenden. Desde el primer día de viaje lo confirmamos, la
gente es increíble y siempre está dispuesta a ayudar.

¿Los respetan en la ruta?


Mucho. Los autos, camiones, camionetas, tractores, motos y, en
general, todos tratan de correrse y pasarnos lo más lejos posible si es
que pueden. Y además, siempre están presentes los saludos de la gente
que cruzamos, bocinazos de aliento, pulgares arriba, puños de fuerza.
Es muy gratificante lo que se genera en la ruta.

¿Pesan mucho las bicis?


Pesan, pero antes de empezar el viaje pensamos que iban a pesar más.
Por otro lado, fuimos dejando peso y viajando cada vez más livianos.
La bici junto con el equipaje debe pesar unos 35 kilos.

¿Cuántos kilómetros hacen por día?


Depende del camino, pero entre 60 y 100 kilómetros diarios. No
solemos pedalear todos los días, si no que pedaleamos un par de días

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hasta llegar a un punto, descansamos unos días y volvemos a salir a la
ruta.

¿Hacen todo el camino en bici?


No, cuando hay mucho viento, llueve o las cosas se ponen difíciles
pedimos ayuda. Hacemos dedo a alguna camioneta/combi/camión o
cualquier vehículo donde entren las dos bicis junto a todo el equipaje.
No tenemos problema, la gente siempre nos levanta, nuestro promedio
de espera es de 20 minutos.

¿Por qué la bici?


Por el romanticismo que encierra el hecho de moverse con la propia
energía. Porque nos encanta pedalear, ir a una velocidad que te permite
ver, conectar y apreciar cosas de los lugares que por la rapidez y el
encierro de otros medios de transporte pasarías de largo. Porque es
económico. Porque no contamina el medio ambiente. Y porque no
hace ruido, ¿alguna vez se percataron cómo el ruido de un motor tiene
la capacidad de destruir el encanto de un lugar?

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EL INICIO
Todo arranca con una idea, queríamos viajar. Eso estaba claro y
desde hace mucho tiempo. El cómo apareció después: la bici. Nos
habíamos cruzado en Internet con otros viajeros que utilizaban la bici
como medio de transporte, era simple, económico y eso nos gustaba.
Teníamos que hacer muchas cosas antes de arrancar el viaje, la lista
inicial decía algo como:
- Renunciar a nuestros trabajos.
- Dejar el departamento que alquilábamos. Y antes de eso, vaciarlo.
- Conseguir las bicis y todo lo necesario para irnos de viaje con
ellas: alforjas para llevar el equipaje, carpa, bolsas de dormir, marmita,
aislantes...y muchas cosas más.
- Conseguir el dinero para financiar todo lo anterior y al menos
para uno o dos meses del viaje.
Renunciar a nuestros trabajos fue genial, tener la satisfacción de
volver a ser dueños de nuestro tiempo. Es bastante vertiginoso a la
vez, porque de repente te ves con nueve horas más en tu día, tiempo
disponible para hacer lo que quieras, para tomar tus propias decisiones.
Horas que se llenan de pensamientos, planteos existenciales, ideas,
sueños, embrollos mentales de no acabar. Por suerte teníamos muchas
cosas que hacer para ese entonces. Eso nos ayudó a frenar todo ese
tráfico mental que a veces marea.
Dejar nuestra casa fue una gran aventura. Aunque alquilábamos,
la sentíamos como propia, nuestro hogar. Teníamos que vender todo
lo que había adentro: nuestra cama, nuestros muebles, nuestros platos,
nuestra ropa, nuestros libros, nuestros cubiertos y hasta nuestros
tuppers. Fue linda la experiencia de soltar todas nuestras pertenencias,
pensamos que iba a ser más traumático, pero fue liberador. Dejamos
de estar atados a lo que teníamos y nos prepararnos para ir en busca de
lo que realmente somos. El dinero recaudado nos venía bárbaro para
nuestro plan.
En fin, ya no teníamos ni casa ni pertenencias, y todavía no nos

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íbamos de viaje, faltaba conseguir todo el equipamiento. Así que
nos fuimos a vivir dos meses a la casa de los papas de Lau. Fue un
lindo tiempo, lleno de cenas familiares, mates y muchas despedidas:
despedidas sorpresa, despedidas organizadas, despedidas improvisadas,
en fin, muchas despedidas.

Nací y crecí en Moreno, gran Buenos Aires. Por ese entonces, cuando
tenía unos 10 años, yo tenía una bici pero mis viejos no me dejaban
salir sólo a la calle. Tendrían sus razones, pero en ese momento no las
comprendía. Por esto mi pedaleo callejero quedaba relegado a los días
domingos, único día que mi viejo tenía libre y me podía acompañar. Las
salidas eran cortas y siempre me quedaba con ganas de más, aun así las
disfrutaba muchísimo, salíamos temprano, a eso de las 8 de la mañana,
mi viejo con la excusa de ir a comprar el diario y yo de pedalear un poco.
Para mí la bici era libertad, la capacidad de romper con las limitaciones
físicas de mis 10 años, de ir más rápido que mi viejo, de ir más rápido
que un perro con el que me batía a duelo en alguna carrera, de ir más
rápido que algún auto que frenaba obligado por una loma de burro, para
mí la bicicleta era el mejor día de la semana. La vida pasó y un día dejé
de salir, no recuerdo porqué, si mi viejo ya no salió a comprar más el
diario, si la bici me quedaba chica, si me había llegado la adolescencia y
los domingos no podía levantarme tan temprano. La cosa es que los años
siguieron pasando y esa idea loca de libertad asociada a la bicicleta no
había muerto, sino que se quedó madurando en algún lugar, resistiendo,
incrementándose ante cada adversidad que la vida adulta me proponía.
Y un día, con ese vértigo que tienen las revelaciones, apareció la respuesta,
dejar la ciudad, el tránsito, la hora pico, el subte, el bondi, la oficina, las
camisas, los zapatos y tomar el rumbo de mi vida. Y qué mejor forma de
hacerlo que en una bicicleta.

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Y acá estamos, casi por analogía con la misma sensación de ese chico
de 10 años que fui. Él aprendiendo a andar en bici, saliendo a la calle.
Yo con 26 años, también aprendiendo a pedalear, porque no es tan simple
como parece. Los dos con ese mismo anhelo de libertad, uno queriendo que
llegara el domingo y el otro, buscando que todos los días lo sean.

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EL PLAN DE VIAJE
Queríamos salir de Ushuaia, pero estábamos en julio y era una
locura llegar allá en pleno invierno. Así que decidimos pasar el
invierno en Córdoba y esperar la primavera para volar con nuestras
bicis a Ushuaia. En Córdoba íbamos a estar tres meses. Dos de esos
meses nos íbamos a instalar en Umepay, una comunidad retirada en las
sierras, y el mes restante comenzaríamos la travesía en bicicleta; la idea
era pedalear por las sierras. Un poco para conocer, y otro poco para
probar las bicis y entrenar las piernas.
Después de Córdoba teníamos que volver a Buenos Aires (el avión
salía de ahí), embalar nuestras bicis y volar a Ushuaia. Una vez en
Ushuaia la idea era recorrer toda la Argentina, de sur a norte, primero
por la RN 3 que comienza en Ushuaia y cruza toda la isla de Tierra
del Fuego, y luego, por la RN 40 que cruza toda la parte continental
de Argentina, desde Cabo Vírgenes hasta la Quiaca. En total: 5121
kilómetros.
Muy lindo y preciso parecía el plan, pero si hay algo que fuimos
conociendo de nosotros mismos durante el viaje, es que no nos quedan
bien los planes. Nos gusta cambiar, improvisar y dejarnos llevar por lo
que nos está pasando en el momento presente. Y esa ruta inicial, tan
perfecta que recorría toda la Argentina de sur a norte se transformó en
una zigzagueante aventura entre Argentina y Chile.

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SALIR DE LA CIUDAD
Teníamos que llegar a Córdoba, pero no queríamos pedalear los
800 kilómetros que nos separaban desde Buenos Aires. Decidimos
pedir ayuda, alguien que nos acercara un poco. Hicimos un pedido
por Facebook, una suerte de dedo virtual. Tenía que ser una camioneta
o algo más grande en donde entraran las bicis, todo nuestro equipaje y
nosotros dos. Rulo, un amigo que iba en la misma dirección, se ofreció
a llevarnos. Y así arrancó la aventura.
Nos adelantó unos 700 kilómetros y algo que nos hubiera llevado
al menos 10 días de pedaleo, se resumió a 10 horas de charla en su
camioneta, mates y buena música. Nos dejó a unos 100 kilómetros de
la comunidad. La idea era hacer ese tramo en dos días de pedaleo, 50
kilómetros cada día, algo tranqui, para arrancar.
La cosa es que hasta el momento nunca habíamos probado las
bicis con todo el equipaje, las habíamos presentado con toda la carga
en el living de la casa de los papas de Lau, pero no habíamos hecho ni
un metro de pedaleo. Así que ahí estábamos, Rulo había continuado
su camino y nosotros quedamos armando nuestras bicis y todo el
equipaje al costado de la ruta: alforjas delanteras, alforjas traseras,
bolsa, bolso, bolsito, guitarra, ufff, cómo pesa esto... ¡Y salimos!
Los primeros 1.000 metros fueron musicalizados con las carcajadas
de Lau que no paró de reírse al ver que yo no podía mantener el
equilibrio con todo el peso que llevaba. Iba avanzado cual “flancito”
por la ruta. Lau lloraba de la risa y yo también lloraba mientras trataba
de mantener el equilibrio. Por suerte, la primera casa donde íbamos
a pasar la primera noche del viaje, estaba muy cerca de donde nos
habían dejado. Tras recorrer unos pocos kilómetros, llegamos a lo de
Pocho y Juli.
Al día siguiente nos esperaban unos 40 kilómetros de pedaleo para
llegar a Santa Rosa, en donde nos iba a recibir en su casa una pareja
que habíamos contactado por Internet a través de Warm Showers. Esa
misma mañana nos llamaron por teléfono y nos dijeron que habían

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tenido un inconveniente y se habían ido para Buenos Aires. Pero que
no importaba, que nos habían dejado la llave debajo de una maceta,
que vayamos y nos quedemos el tiempo que necesitáramos y luego
dejáramos la llave en el mismo lugar.
Y así fue, nos quedamos solo una noche, la casa era su hogar y
nos abrieron las puertas sin conocernos. Nosotros veníamos con todos
nuestros miedos y desconfianzas, producto de vivir en una ciudad que
amanece en estado de alerta. Y el camino se encargó de mostrarnos de
forma muy contundente, en el segundo día de viaje, que debíamos
empezar a confiar en esa magia de la que todos los viajeros hablan.

Si te digo “Alfred” seguramente, aparezca en tu imaginación cuanto


menos un mayordomo inglés. Lejos de eso, nuestro Alfred tenía una barba
tupida, ropa de civil y tonada cordobesa. Uno de los tantos personajes
del camino, había salido con su bici desde Río Cuarto y había llegado a
Costa Rica. Todo en el lapso de seis meses. Ahora estaba en Villa Rumipal,
tomando mate con nosotros en la casa de Pocho y Juli.
Nosotros recién iniciados en el ciclo turismo, empezamos a arrojarle
las preguntas típicas: ¿Dónde dormías? ¿Cómo haciste con la plata? ¿Te
pasó algo feo?
Y con una tranquilidad, y ahora sí podemos decirlo, de mayordomo
inglés, se detuvo en la última pregunta y nos contó que en todo el viaje sólo
una vez le habían robado…
Estaba cruzando la frontera de Bolivia con Perú y le pidió a un auto
si lo llevaba unos kilómetros, dentro del móvil además del conductor había
otras dos personas. Una vez terminado el recorrido le pidieron plata por
haberlo llevado, él se disculpa diciendo que no tenía nada de dinero.
Entonces, se pusieron insistentes y le dijeron que algo les tenía que dar. En
eso uno le arrebató la carpa, y tirón va, tirón viene, decidió bajarse del

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auto con menos equipaje del que llevaba al subirse.
El punto es que una vez que terminó de contar la historia, agregó un
reflexión que hasta el día de hoy, nos sirve de herramienta en nuestro viaje
y en la vida en general.
En palabras de Alfred: “¿Por qué me pasó eso? ¿En qué estaba
pensando? ¿Cómo me estaba sintiendo por esos días? ¿Qué energía estaba
transmitiendo? Porque en los seis meses de viaje pasé por muchos lugares
peligrosos, aún más que esa frontera, y aún así nunca pasó nada. Entonces,
debe ser algo que yo mismo había generado, en ese momento, en ese lugar.
Todavía hoy me pregunto qué fue.”
Con Alfred compartimos muy poco, al otro día ya nos estábamos
despidiendo, pero esas palabras hicieron implosión en nosotros. Nos
dejaron pensando. Todo el día, toda la semana, todo el mes. Y ahora sí, va
la segunda parte de esta historia y donde toda esta voltereta de palabras
toma sentido.
Siguiendo con el cuestionario filosófico de Alfred, empecé a tratar de
recordar en qué andaba, qué me estaba pasando las únicas dos veces que
me robaron, que fueron en un lapso de 30 días: tenía 21 años, aún vivía
con mis viejos, ya con inminentes ganas de mudarme, discutía bastante,
no estaba de acuerdo con muchas de las cosas que pensaban, no me sentía
cómodo. Pero sobre todo, y particularmente en esa época de mi vida, me
sentía inseguro. Y ahí fue donde me robaron, no en cualquier lugar, si no
en el lugar en el que yo había perdido mi seguridad, cerca de mi casa. Y
para reafirmar la teoría, o mejor dicho el pensamiento filosófico de Alfred,
no me habían robado una, sino dos veces.
Llamalo causalidad, frecuencia vibratoria, aura, halo energético, ley
de atracción, pero nunca lo llames azar. Porque si de algo estoy seguro, es
que cada uno crea su propia realidad. Y que cada una de las cosas que
pasan a nuestro alrededor empieza a suceder antes, en mayor o menor
medida, dentro de nosotros.

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INTERNADOS EN
LAS SIERRAS CORDOBESAS
Umepay es producto del sueño de un grupo de amigos, que en
busca de tranquilidad y una mejor calidad de vida, se fueron a vivir
en medio de las sierras cordobesas. Nosotros nos fuimos a pasar los
primeros dos meses de nuestra aventura ahí, como una forma de
desconectarnos de la ciudad.
Arreglamos hacer un voluntariado y a cambio de unas horas
de trabajo nos dieron alojamiento y comida. Hicimos tareas muy
simples y esenciales como cocinar, limpiar y prender fuego. A medida
que fueron pasando las semanas nos fuimos enamorando del lugar,
dormíamos a unos pocos metros del río, tan cerca que se podía
escuchar el ruido del agua. Estábamos rodeados de un pasaje tan bello,
que era imposible no levantarse cada mañana con una sonrisa.
Durante ese tiempo participamos de muchas de las actividades
que se realizaban en Umepay. Lau se inició en Reiki, participamos de
talleres de yoga, talleres de cocina, aprendimos a meditar, cocinamos
para más de 70 personas, formamos un coro, hicimos fogones y
muchos amigos, caminatas por las sierras, nos conectamos con
nosotros mismos y nos preparamos de alguna u otra forma para el
gran camino que teníamos por delante.
Vivimos dos meses muy intensos y la despedida no fue fácil. Nos
sentíamos como en casa, habíamos generado lazos muy fuertes y ahora
teníamos que soltarlos para seguir con la aventura. Además del apego
sentimental, habíamos elegido continuar nuestro viaje cruzando las
sierras cordobesas, teníamos que atravesar un cordón montañoso que
tiene unos 2.500 metros de altura.
Nos esperaba una enorme travesía, ya que elegimos irnos por un
camino alternativo y no por el que habíamos llegado. Teníamos que
cruzar un río con nuestras bicis y todo el equipaje, luego de eso nos
esperaban unos 60 kilómetros en subida, por un camino que en los
primeros kilómetros era tan solo una huella de animales. Seguido de

22
un ripio en pésimo estado, todo esto en constante subida y por un
camino en el que no pasaba un alma. ¿El objetivo? Cruzar las sierras
cordobesas y llegar a Merlo, Provincia de San Luis.

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AL LADO DEL CAMINO
Durante los meses anteriores a salir de viaje, uno de los
pensamientos que constantemente nos invadía era cómo iba a ser
esa primera noche en la que durmiéramos en el medio de la nada.
En ese momento en que armáramos nuestra carpita al costado del
camino. Y automáticamente, surgían una inmensidad de preguntas y
preocupaciones: ¿Qué hacemos con las bicis (en la carpa no entran)?
¿Las atamos? ¿Vamos a poder dormir? ¿Los ruidos? ¿Y si se nos aparece
alguien?
Eran cerca de las 6 de la tarde, Umepay había quedado unos
cuantos kilómetros atrás, no había ninguna casa alrededor, y en todo
el día, sólo habíamos cruzado una moto. Aún teníamos dos horas de
luz, pero ya era hora de ir pensando en dónde íbamos a dormir.
Comenzamos a pedalear despacito mirando para todos lados,
buscando agua y un lugar plano para armar la carpa. Finalmente,
apareció. Había que alejarse unos 100 metros del camino, bajar una
pequeña pendiente y llegar al costado de un arroyo.
Armamos la carpita, metimos todo nuestro equipaje adentro, las
bicis afuera, bien atadas y tapadas con una lonita. Mientras caía la
noche, cocinamos unos fideos y cenamos bajo la luz de una linterna y
un cielo explotado de estrellas.
Antes de dormirnos se cruzaron los miedos típicos, la noche en
la que tanto habíamos estado pensando, esa primera noche, había
llegado. Por el camino en el cual veníamos no había pasado nadie en
todo el día. Estábamos realmente en el medio de la nada. Nos metimos
en la carpa, y a pesar del ruido de los grillos y una vaca que andaba
dando vueltas, conseguimos dormir. Estábamos tan cansados que no
fue gran cosa.
La mañana siguiente nos sentíamos todopoderosos, habíamos
superado uno de los grandes miedos del viaje: dormir en el medio de
la nada. Ahora, el día estaba soleado y los pajaritos cantaban ¿Qué más
podíamos pedir? Habíamos salido de la ciudad, de la rutina, de nuestra

24
zona de confort. Ni siquiera sabíamos qué día de la semana era, pero
sabíamos que iba a ser uno grandioso.
Seguimos camino a Luthi, el único pueblo que íbamos a cruzar
en todo el trayecto y del que nos habían dicho que podíamos dormir
en la escuela. El día se hizo largo, porque los caminos no estaban
señalizados, apenas eran huellas de auto, y nos perdimos. Hicimos
como cinco kilómetros para otro lado y en subida, ufff durísimo. Pero
bueno, después de preguntarle a la única persona que cruzamos en el
día, finalmente, nos encaminamos hacia Luthi. Ya era tarde y se estaba
nublando mucho. Creíamos estar a unos 10 kilómetros, dudando entre
parar y armar la carpa al costado del camino o arriesgarnos a llegar
a la escuela y que nos agarre la tormenta camino al pueblo. Bueno,
seguimos pedaleando, el cielo estaba negro, habían pasado uno 40
minutos y aun no llegábamos, hasta que empezó a llover, no mucho,
pero mojaba, seguimos pedaleando, cada vez más rápido, hasta que a
lo lejos divisamos un río y tras el río: Luthi, un pueblo de no más de
50 personas.
Empezamos a cruzar por su única calle. Todo se resumía en cuatro
casas, el cuartel de policía y una escuela. Había un hombre parado en
la puerta de una de las casas y le preguntamos si se podía dormir en
la escuela. Nos dijo que estaba cerrada, pero que podíamos armar la
carpa en su jardín o ¡mejor aún!, podíamos armarla en una casa de
su propiedad que no estaba en uso. Estaba vacía y sin agua, pero nos
servía de refugio para no mojarnos.
Ahí pasamos la noche, nuestro anfitrión nos convidó agua caliente
y luz de su generador a nafta, ya que a Luthi no llega el tendido
eléctrico. Al otro día nos levantamos y vimos al dueño de la casa, pero
uniformado, ¡era el comisario del pueblo! Un genio.
El día estaba espectacular, chau nubes, chau lluvia, chau mala
onda climática, ¡a pedalear! Salimos motivados, con buen ritmo, pero
a los cinco kilómetros apareció una cuesta imposible. Nos bajamos de
las bicis y a empujar, un sol calcinante, tremendo calor. ¿Se volvería a
nublar?

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Estábamos en una de esas cuestas interminables cuando vimos que
a lo lejos se acercaba una camioneta muy cargada. Nos alcanza y frena
unos metros antes, era Alfred, el ciclista que nos habíamos encontrado
la primera noche del viaje ¿se acuerdan? Sí, el que fue de Córdoba a
Costa Rica en bicicleta. Estaba ahí, en el medio de la nada. Pensamos
en que nos llevaría, pero se estaba mudando y la camioneta estaba
tan llena que no entraba un alfiler. De todas maneras, verlo nos llenó
de energía, como una señal del universo justo cuando estábamos por
revolear las bicis.
Ese día volvimos a acampar al costado del camino. Esta vez
no encontramos un lugar tan lindo como la primera noche, pero
estábamos tan cansados que lo único que queríamos era acostarnos.
Así que armamos campamento, tomamos unos mates con pancito y
a dormir.
Era el cuarto día de pedaleo, ya estábamos muertos, desmoralizados,
aburridos, lo único que queríamos era llegar. El último trayecto era el
más empinado, se había levantado viento en contra y era imposible
pedalear. De la única forma que lográbamos avanzar era empujando
nuestras bicis.
Estábamos decididos a hacer uso del auto stop, el tema es que
los poquísimos autos que pasaban iban para el otro lado. Además,
tenía que ser una camioneta grande, para nosotros, las bicis y todo el
equipaje. En eso pasa una camioneta, roja, doble cabina, con la caja
vacía, ideal..., pero iba para el otro lado.
Seguimos empujando, 10, 15, 20 minutos más, resignados,
apretando los dientes, con viento, mirando el suelo y masticando
tierra. Y en eso, escuchamos por detrás, el ruido de una camioneta
que se para al lado nuestro. Era la misma de antes, pero ahora iba en
nuestra dirección. Una ventanilla se baja y desde adentro nos dicen:
“Chicos: ¿los llevamos?”. Así, sin más, sin hacer ninguna seña, ni
mover un dedo, ni una mirada, la ayuda llegó, como leyendo nuestros
pensamientos, ahí estaban nuestros salvadores.
Era una pareja de rosarinos que andaba de vacaciones. Habían

26
salido a pasear, pero cuando nos vieron en el camino (ellos iban en
dirección contraria) se quedaron preocupados y decidieron pegar la
vuelta. Así que ahí estábamos, con uno de los tantos padres y madres
del camino, tomando mate y refugiados del viento en la camioneta.
Charla va, charla viene, les contamos que somos veganos y ellos, que
son carniceros… Esas lindas paradojas del camino.

UMEPAY
Provincia de Córdoba

Merlo
Provincia de San Luis

*Mapa de la Argentina con ampliación en el lugar donde cruzamos las sierras.

27
IDAS Y VUELTAS:
ENTRE SAN LUIS, CÓRDOBA Y BUENOS AIRES

Una de las premisas del viaje fue no gastar en hospedaje y la


cumplimos bastante. Sin embargo, después de cuatro días de aventuras
por las sierras, sin bañarnos y muertos de cansancio, al llegar a San Luis
fuimos directo a un camping.
Como queríamos quedarnos unos días más en la ciudad, pero sin
seguir pagando por alojamiento, comenzamos con exhaustivos pedidos
por Internet. Y apareció Lorena. Nos pusimos en contacto y después
de un par de mensajes nos enteramos que vivía a la vuelta del camping
en donde estábamos. Ella no iba a estar el fin de semana, así que nos
dio las llaves de su casa y dejó todo a nuestra entera disposición, como
si nos conociera de toda la vida. A su regreso compartimos un día de
paseo y nos llevó a ver uno de los mejores atardeceres del viaje.
Salimos de la Provincia de San Luis y volvimos a Córdoba, donde
estuvimos tres semanas recorriendo distintos pueblos serranos: Mina
Clavero, Cura Brochero, Nono, Villa Las Rosas y San Javier. Fueron
unas semanas muy agradables, casi unas vacaciones. Las distancias
entre pueblo y pueblo eran cortas, en todos los lugares conseguimos
hospedaje: amigos, conocidos y algunas invitaciones que recibimos
por nuestra página de Internet.
Nos habíamos demorado más de la cuenta paseando por Córdoba
y nos corría el reloj ya que nuestro avión a Ushuaia salía de Buenos
Aires en una semana. El desafío era volver rápido a Buenos Aires:
nos separaban 700 kilómetros y no queríamos volver pedaleando, y
además, no había tiempo. Teníamos que conseguir alguien que nos
llevara a nosotros, a las bicis, el equipaje y todo esto tenía que ser
gratis.
Después de reiterados pedidos por Internet, mails, llamados,
mensajes a amigos/conocidos, conseguimos que nos llevaran a nosotros
pero desde Córdoba Capital. Todavía faltaba conseguir transporte
para nuestras bicis. Nos dieron el contacto de un camión que viajaba

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con materiales de construcción a Buenos Aires y que cuando había
lugar llevaba cosas. Así que hacia allá fuimos y por unos poquísimos
pesos mandamos nuestras bicis, sin desarmarlas, con todas las alforjas
puestas, acompañadas por una millonada de ladrillos.
Sólo quedaba ir a Córdoba Capital desde San Javier, facilongo.
Así que nos tomamos un micro y hacia allá fuimos. La cosa es que
llegamos a destino ya de noche y las personas que nos iban a llevar
salían al otro día. Así que nuevamente, ahí estábamos, pidiendo por
Facebook que alguien nos hospedara por una noche en la gran ciudad.
Así apareció Maxi, que no sólo nos recibió, sino que nos fue a buscar
a la terminal, nos invitó a cenar y al despedirnos por la mañana nos
regaló un libro. ¡Gracias Maxi, gracias universo!
Fue chocante el encuentro con Buenos Aires, porque habíamos
estado dos meses en una comunidad, en la que ni siquiera habíamos
manejado dinero y después de eso, un mes recorriendo pueblitos muy
pequeños. Y repentinamente, entramos en la ciudad de la furia.
Es increíble cómo el hombre se acostumbra y desacostumbra
con facilidad; vivimos toda nuestra vida en Buenos Aires, pero haber
estado tan sólo tres meses en la tranquilidad de las sierras cordobesas
nos habían hecho olvidar la intensidad del ritmo citadino. Una tarde
caminábamos con Lau por la Avenida Cabildo y Juramento, y de
repente se frena y me dice: “En estos 100 metros vimos más gente que
en los tres meses que estuvimos en Córdoba”.

Vivimos creyendo que nuestra realidad es la normalidad, pero sólo


basta con distanciarnos un poco para ver que es sólo una forma de vivir,
una muy chiquita, y que hay tantas realidades como lugares y personas que
habitan en ellos.

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LLEGAR AL FIN DEL MUNDO
Los extremos suelen ser un ejercicio de imaginación. Antes de
conocerla, Ushuaia era eso, un extremo, una ciudad imaginaria, llena
de nieve y lejana, la más distante hacia el sur. Fue así como, sentado
en el avión a punto de despegar, me puse los auriculares y comenzó a
sonar “Vuelta por el universo”… La piel se me puso de gallina y sentí
que la aventura estaba comenzando.
Llegamos a Ushuaia con dos cajas enormes, adentro estaban las
bicis. Un hombre del aeropuerto nos dijo que podíamos armar las
bicis en un rincón. Al parecer, Ushuaia estaba acostumbrada a recibir
viajeros. Una amiga de Lau que estaba viviendo allí nos pasó a buscar
por el aeropuerto, así que cargamos nuestras cajas en la camioneta de
Dani y nos fuimos sin revelar la identidad de nuestras bicis.
En Ushuaia nos recibió Toto y su hermosa familia, que nos hicieron
sentir como en casa. A Toto lo conocimos a través de nuestra página
de Internet; le interesó nuestra aventura porque él también estaba
planificando un viaje en bici con su novia. En un acto de afectuoso
recibimiento nos dejó su pequeñísima cabaña y se fue a dormir al
living de la casa de sus suegros. Y digo pequeñísima porque la cabaña
había sido una casita de juego, de esas que los padres construyen para
que jueguen sus hijos. Ahora acondicionada para vivir, tenía una
habitación en la que solo entraba una cama y una mínima cocinita,
todo acomodado en unos escasos tres metros cuadrados. Y aunque la
cabaña era pequeña, la vista era inmensa, en plena montaña, rodeada
de nieve, con un panorama de toda la ciudad y el canal Beagle.
Ushuaia nos dejó maravillados, tal como imaginábamos. Vimos
nevar y nos enterramos en la nieve, pedaleamos hasta el Parque
Nacional Tierra del Fuego y acampamos con Toto. Nos quedamos una
semana y la vivimos muy intensamente. Ahí estábamos, en esa ciudad
en la cual estuvimos pensando por meses, empezando la aventura y
viviendo nuestro sueño.

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Miramos alrededor y vemos muchos pájaros, será por el aire puro, el
bosque, las montañas, el mar. Será por todo eso junto, que eligieron este
lugar. Hay muchos, de diferentes formas y tamaños. Algunos descansan sin
aparentes ganas de despegar, otros calientan sus alas para dejarse arrastrar
por una ráfaga de viento que vendrá, otros ya están en pleno vuelo cortando
el frío con sus alas y algunos ya vienen de regreso, listos para aterrizar. Pero
si hay algo que los identifica a todos es que tienen una capacidad innata,
son pájaros y, como nosotros, tienen el don de poder volar.

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PUENTE JUSTICIA
Todo muy lindo, teníamos nuestras bicis, nuestro equipamiento,
lo habíamos estado usando en nuestros paseos por Ushuaia, pero
faltaba lo más importante, comenzar a subir, por ese largo camino que
según lo planeado iba a finalizar en aproximadamente, un año en La
Quiaca, el punto más al norte de la Argentina.
Ushuaia está literalmente, rodeada de cordillera: para donde mires
hay montañas. Así que nuestro primer desafío era cruzarlas a través del
Paso Garibaldi. Saliendo de Ushuaia nos encontramos con Tom, un
ciclo viajero australiano que iba en nuestra misma dirección, pero él
tenía planeado llegar hasta Canadá.
Compartimos el día de pedaleo con Tom y más adelante, se nos
sumó su amigo Jessie que venía un poco retrasado, pero nos alcanzó
en el mirador del paso Garibaldi. Ese día acampamos todos juntos
frente a una laguna y compartimos un vinito mientras atardecía, con la
sensación de que el viaje había comenzado de la mejor manera.
Al otro día continuamos el camino, pero solos. Tom y Jessie
habían salido temprano. Tras bordear el inmenso lago Fagnano
llegamos a Tolhuin. Resulta que en Tolhuin hay una panadería que
hace muchos años aloja ciclistas… Sí, sí, una panadería. Se llama “La
Unión”. Nosotros no fuimos a dormir ahí, pero la persona que nos
hospedó había trabajado en la panadería por muchos años y una vez
que cambió su trabajo adoptó el hábito de alojar viajeros, pero en su
casa.
Saliendo de Tolhuin nuestro próximo destino era Río Grande, una
ciudad industrial de la provincia de Tierra del Fuego. Nos separaban
110 kilómetros de pedaleo y decidimos hacerlo en dos días. En Río
Grande nos esperaba Nancy en su casa, pero no teníamos donde
pasar la primera noche, así que íbamos a tener que improvisar algo al
costado de la ruta.
Nos habían tirado el dato de que podíamos armar la carpa en
“Puente Justicia”, un parador libre al costado de la ruta donde la gente

32
iba a pasar el día. Quedaba a mitad de camino entre Tolhuin y Río
Grande, así que sonaba bien.
Llegamos a eso de las cinco de la tarde, era domingo y el Día
de la Madre. El lugar estaba lleno de autos, humo, fogatas, parrillas
por todas partes, música fuerte, partiditos de fútbol y algún que otro
borracho. De entrada el lugar no nos causó buena impresión, pero con
el correr de las horas la gente empezó a irse y nosotros empezamos a
darle forma a la idea de quedarnos a dormir ahí.
En sí el parador no era más que un pequeño arroyo, una explanada
y unas pequeñas colinas. Decidimos subir para ver si nos sentíamos más
tranquilos y seguros ahí. Costó subir con las bicis, pero efectivamente,
estaba mucho más tranquilo. Decidimos meternos un poco adentro
del bosque, para no quedar tan a la vista con la carpa. Nos alejamos
de la gente, pero estar ahí también daba un poco de miedo: era gris,
estaba castigado y venido a menos, con muchos árboles caídos.
En fin, armamos la carpa, desparramamos nuestros implementos
de cocina y empezamos a preparar algo para comer. En eso, vemos que
sale de entre los árboles un tipo muy sospechoso, medio borracho,
medio drogado y viene hacia nosotros, sí, ¡hacia nosotros! En medio
de este bosque tenebroso… La cosa es que nos advierte que tengamos
cuidado, que en el bosque andaba un gendarme loco, que estaba
armado y que corría a la gente que acampaba por la zona. Hablaba
rápido y con los ojos desorbitados; en un rapto de lucidez nos dice:
“Ustedes estarán pensando: ¿qué me viene a advertir este flaco? que
da más miedo que el gendarme”. ¡Exacto! Eso estábamos pensando.
Bueno, pero no se lo dijimos. Continuó con las advertencias y
finalmente, se fue medio tambaleando.
Miedo, miedo, miedo. ¿Qué hacemos? ¿Nos vamos? No, imposible,
ya se está haciendo de noche. Nos calmamos, nos empezamos a
dar seguridad: “No pasa nada”, “Estamos en Tierra del Fuego”…
Se estaban apaciguando nuestros ánimos cuando a lo lejos diviso al
gendarme viniendo hacia nosotros. Lau no lo vio porque estaba de
espaldas, entonces le dije: “Viene le gendarme, quedate tranquila,
hablo yo”.
33
Si el tipo anterior tenía cara de loco, éste era asesino serial. Con
uniforme de gendarme, pero venido a menos, el uniforme y sus dientes.
Se le habían caído unos cuantos. Estaba armado. Nos empieza a decir
que él era el encargado de cuidar la zona, que no podíamos hacer
fuego ni recoger madera (le señalamos nuestro calentador a alcohol),
que no podíamos comer animales porque estaban afectados por una
enfermedad que era mortal. Así comenzó un relato surrealista en el
que nos contó cómo se habían topado con la “supuesta enfermedad”
y cómo protegernos de ella.
Las advertencias continuaron, nos dijo que por la zona había
“sujetos alcoholizados”, pero que él estaba para cuidar el lugar, así
que no teníamos que tener miedo: “Ehhhh, ¡vos nos das más miedo!”
(obvio que sólo lo pensamos). En eso saca el arma (nosotros ya
estábamos pálidos) y nos dice: “No se preocupen, ya no funciona, pero
la tengo para asustar”. Se ganó un poco de mi confianza con ese acto de
sinceridad, así que empecé a hacerle preguntas. Poco a poco la charla
se fue haciendo más amigable y recuperamos el color en nuestras caras.
Nos contó que había sido gendarme, pero que estaba retirado y
como le gustaba vivir en el bosque había arreglado con la gendarmería
de Tolhuin para instalarse por la zona y cuidarla. Vivía en una casa
abandonada que estaba al costado de la ruta y tenía un radio para
reportar cualquier incidente que hubiese por la zona, aunque nos
dijo que no tenía batería. Fuimos entrando en confianza y después de
una media hora de charla ya estábamos un poco más tranquilos. Nos
terminó diciendo que ante cualquier inconveniente lo busquemos en
su casa.
Fue una noche larga, pero el cansancio ayudó a que nos pudiéramos
dormir. Al otro día nos levantamos con un día soleado que nos devolvió
la tranquilidad. Desayunamos y partimos para Río Grande, con una
de las anécdotas más perturbadoras y bizarras del viaje.

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RIO GRANDE
Río Grande es una ciudad industrial, sin mucho que ofrecer a los
fines turísticos, bastante ventosa y gris. Sin embargo, conocimos a
Nancy, una viajera cincuentona, que nos recibió en su casa de la mejor
manera. Nos contó de sus aventuras y las de los viajeros que pasaron
por su casa, ya que hospeda gente desde hace más de quince años.
Nuestra historia quedó pequeña al lado de las que habían pasado por
ahí, una de ellas era la de un sudafricano que había recorrido de Alaska
a Ushuaia ¡caminando!
Nos fuimos de Río Grande con viento en contra, como siempre.
La ruta era un desierto y la vegetación se había acabado. La parte
norte de la isla de Tierra del Fuego es inhóspita. Tras 80 kilómetros
de pedaleo llegamos a San Sebastián, la frontera entre la Argentina y
Chile. Sabíamos que se podía dormir en el puesto fronterizo, pero para
nuestra sorpresa fue mucho más que eso. Había ducha caliente y una
habitación con cocina en la que podíamos pasar la noche, ¡un lujo!
La isla de Tierra del Fuego tiene dos partes, una argentina y
otra chilena. Para salir de la isla y llegar a la parte continental de la
Argentina hay que pasar por Chile. Nos separaban 300 kilómetros
desde la frontera en San Sebastián hasta la próxima ciudad argentina:
Río Gallegos. El camino era de ripio, había mucho viento, un paisaje
desolador y además, teníamos que cruzar en barcaza el Estrecho de
Magallanes. Así que aprovechando que estábamos en la frontera y
había muchos camiones parados, decidimos preguntar si nos llevaban.
Así fue como conocimos a Sergio, un camionero que no dudó en
hacerlo. Compartimos mates y muchas anécdotas ruteras. Tras unas
cinco horas de un camino en pésimo estado y un cruce en barco de
por medio, nos dejó en la ciudad de Río Gallegos, Provincia de Santa
Cruz. Y ahí empieza otra historia.

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LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ
La verdad es que nosotros dijimos que íbamos a hacer la Ruta
Nacional 40 en bici, pero más allá de esa especie de declaración
napoleónica, no sabíamos nada del camino. Desconocíamos que
saliendo de Ushuaia y de toda la Isla de Tierra del Fuego nos esperaba
la enorme Santa Cruz, una provincia inhóspita, con distancias
enormes entre pueblo y pueblo, algunas de casi 300 kilómetros y con el
agregado del viento que hacía imposible y frustrante el pedaleo. Como
agravante, nos enteramos que octubre, el mes en el que estábamos, era
el mes de vientos más fuertes del año.
Todo eso fue una gran sorpresa, motivo de muchas charlas, nos
sentíamos incómodos con el viaje, con las bicis. Era desalentador tratar
de pedalear y no avanzar, el viento siempre era en contra, el paisaje
desolador, desértico, sin árboles y gris.
A duras penas y con ayuda de una camioneta que nos llevó la
mitad del camino, pudimos llegar al punto inicial de la RN 40 en
Cabo Vírgenes. La Armada Argentina nos dio un lugar para dormir,
ya que en ese punto del país no habita nadie más que ellos, Prefectura
y algunos pingüinos.
Después de esa pequeña travesía de tres días nos devolvimos a
la ciudad de Río Gallegos, donde estábamos parando inicialmente.
Tomamos valor y al día siguiente salimos a la ruta con viento en contra
rumbo al Calafate. Teníamos una semana de pedaleo, por una ruta
llena de camiones y con un viento que no nos dejaba ni subirnos a
las bicis.
Estábamos desesperados, queríamos salir de ese lugar.
Necesitábamos paisajes lindos, lagos, ríos, montañas, esto estaba muy
lejos de lo imaginado.
Decidimos hacer dedo, el viaje no se trataba de una proeza física,
no teníamos que demostrarle nada a nadie, la idea era pasarla bien
y para eso teníamos que salir de ese lugar. Empezamos a armar un
mate para calentarnos durante la espera y antes de terminar de cebar el

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segundo ya habíamos conseguido aventón.
Nuestro salvador se llamaba Edu, un cuarentón, ciclista, ex
mochilero, viajero de la vida, ahora chofer de una combi que hacía
viajes entre Río Gallegos, Calafate y Chaltén. Metimos las bicis en el
pasillo de la combi y el viaje cambió radicalmente. Estábamos con el
ánimo por el suelo y en unos minutos pasamos de ser castigados por
el viento a estar tomando mates, sentaditos, calentitos, escuchando
música y con un fantástico conductor, un motivador nato, que con
sus relatos no hacía más que levantarnos la energía, las ganas de seguir
viajando y de no bajar los brazos.
Nos dejó en un lugar que él definía como el paraíso: El Chaltén.
El lugar que nos devolvió las ganas de viajar, con la imponente vista
del cerro Fitz Roy, su infinidad de senderos de trekking, lagos, lagunas,
glaciares, su pueblito de construcciones cuidadas y pintorescas, sus
calles transitadas por mochileros de todas las edades y partes del
mundo fueron una inyección de ánimo.
Pero en el tremendo aventón que nos había dado Edu, habíamos
dejado atrás al Calafate. No queríamos perdernos el Glaciar Perito
Moreno, pero tampoco queríamos volver a pedalear para atrás 250
kilómetros. Así que decidimos dejar nuestras bicis en El Chaltén,
conseguir una mochila e irnos al Calafate a dedo.
Así que ahí estábamos, probando suerte nuevamente, al costado de
la ruta, esta vez no como ciclistas si no como mochileros. No pasaban
muchos autos, ya que El Chaltén es un lugar terminal, es decir que no
queda de camino a ningún sitio, los autos se tienen que desviar 100
kilómetros de la Ruta 40 para ir y el camino termina ahí.
Después de media hora sin suerte aparecen a nuestro encuentro
dos mochileros españoles, ahora éramos cuatro haciendo dedo. Por
respeto o código mochilero que desconocemos, se pusieron detrás de
nosotros, pero sin dejar de comentar entre ellos que les tocaba una
larga espera ya que nos tenían que levantar primero a nosotros y
después a ellos.
Pasaron 20 minutos más, en total 50 minutos y un transfer vacío

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nos levantó: ¿hacia dónde iba? ¡Hacia el Calafate! Ya que estábamos le
preguntamos si podía llevar a unos mochileros españoles que estaban
haciendo dedo más adelante y voilá, ¡nos llevó a todos!
Llegamos al Calafate y como nos habían comentado de un
refugio de montaña que albergaba viajeros, hacia allá fuimos. Para
nuestra sorpresa el lugar se había incendiado unos días atrás. Así que
nos quedamos sin alojamiento en uno de los lugares más caros de la
Argentina. Buscamos campings, pero eran bastante caros, así que nos
pusimos a buscar alojamiento por couchsurfing, ya habíamos probado
suerte unos días antes, pero como Calafate es un lugar muy turístico
no encontramos nada. Lau, obstinada, empezó a buscar nuevamente,
envió tan solo una solicitud y en menos de cinco minutos nos contestó
Carlos: nos podía alojar y si esperábamos, en veinte minutos nos
pasaba a buscar por donde estábamos.
Carlos se había separado de su mujer y había quedado viviendo
en una casa que le resultaba muy grande, por eso decidió hospedar a
viajeros. De hecho, cuando llegamos a su casa ya había otros cuatro
mochileros: Paulo de Colombia, Linda de México y dos francesas.
Al otro día llegaron una pareja de australianos y la casa de Carlos se
transformó en una suerte de hostel.
Cocinamos juntos y nos llevó de paseo al Glaciar Perito Moreno
y a otros lugares menos turísticos. Nos terminamos quedando cinco
días y para terminar de coronar la historia, Carlos se iba a pasar un
fin de semana al Chaltén, así que nos llevó en su auto al reencuentro
con nuestras bicis. ¡Ni siquiera tuvimos que hacer dedo para regresar!
Salimos del Chaltén, ahora sí con nuestras bicis y rumbo hacia
el norte. Nos tocó un día sin viento y muy contentos aprovechamos
algunas bajadas. A los 55 kilómetros decidimos parar gracias a unas
gotas que empezaron a caer. Buscamos un lindo lugar al costado de la
ruta, en frente del lago Viedma y armamos nuestra casa-carpa.
Amanecimos con una vista impresionante, desayunamos y otra vez
a la ruta. Llegamos a Tres Lagos a las cuatro de la tarde, con la cara
estirada del viento que nos agarró de frente en los últimos kilómetros.

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Frenamos en una estación de servicio familiar, sobre la Ruta 40, antes
de llegar al pueblo:
- Hola, estamos viajando en bici -como si no se dieran cuenta-,
¿sabes de algún lugar para armar la carpa?
- Si, ármenla acá atrás, en nuestro patio.
¡Bingo! Con electricidad y todo. Pasamos una hermosa noche.
Nos levantamos tempranito, sin nubes y sin viento, desarmamos, y a
la ruta. Pero primero, paso obligado por el almacén del pueblo para
comprar algunos víveres.
- Chicos acá abre todo a las 10:30/11:00hs
- ¡¿Qué?! Se nos hace tardísimo y tenemos que comprar sí o sí
porque más adelante no hay nada por unos cuantos kilómetros.
Mientras Lau charlaba con dos uruguayos que iban viajando hace
un año en motorhome con sus dos hijos desde Estados Unidos, yo
pedía en una casa pan y alcohol para cocinar.
Terminamos saliendo cerca del mediodía a la ruta, ¿y quién
aparece? ¡El viento! Y en contra, como siempre. Íbamos a 8 kilómetros
por hora, esforzándonos. Tratamos de resistir, hasta que no aguantamos
más. ¡Ya fue! Momento de hacer dedo. Pero no pasaba nadie. Era un
tramo desolado de la ruta que pocos eligen porque tiene partes de
ripio.
Después de un largo rato pasaron dos camionetas, pero no
frenaron. Nos sentamos, esperamos, jugamos a tirar piedras, tomamos
mate, tocamos la guitarra, cantamos, nos aburrimos y decidimos
caminar con las bicis. Cinco minutos después vemos una camioneta,
estiramos el brazo y para. Era una pareja de alemanes que iban hasta
Bajo Caracoles y al día siguiente a Chile, a la Carretera Austral. Bueno,
hasta Bajo Caracoles vamos, por el momento. Hicimos unos cuantos
kilómetros con ellos, salteamos el ripio y como la Ruta 40 por esos
pagos no es muy interesante, nos vino bárbaro.
Llegamos al pueblo de aproximadamente 20 habitantes y fuimos
directo a la comisaría a preguntar si nos dejaban armar la carpa. Nuestro
día de suerte continuó. Nos dieron una casita vacía con ducha, agua

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caliente y colchones. ¡Gol de media cancha para Facu y Lau!
Pasamos una noche muy cómoda, tanto que se despertaron los
sueños… Soñé toda la noche con la Carretera Austral, en Chile.
Muchos viajeros que nos habíamos cruzado en el camino nos habían
recomendado ir a conocerla, pero inicialmente, descartamos esa
posibilidad. Pero esa noche volvió a aparecer, así que ni bien me
desperté, se lo conté a Lau.
Las ganas de conocer ese lugar se volvieron a activar, lo volvimos a
pensar, pero esta vez desde el corazón. Había que escuchar las señales
que nos mandaba el universo así que, decidimos ir, pero primero
queríamos hablar con la pareja de alemanes, ver si nos llevaban a
nosotros y a las bicis, y conseguir plata chilena porque no teníamos
un peso.
Nos cruzamos a los alemanes en el multirrubro que funcionaba
como hotel/almacén/gasolinera que había en Bajo Caracoles y les
contamos nuestra idea. Sin dudarlo, aceptaron. Cargamos nuestras
bicis y bártulos en la camioneta. Otra vez a la ruta, 90 kilómetros
de ripio y paisajes increíbles hasta la frontera. Después de otros
60 kilómetros de más ripio y paisajes increíbles nos dejaron en
la intersección con la Carretera Austral, íbamos para direcciones
diferentes, nosotros a Cochrane (18 kilómetros al sur) en busca de
un cajero para sacar dinero, ellos hacia el norte donde no hay cajeros
por unos cuantos kilómetros más. Después de una emblemática foto
grupal, nos despedimos.
Eran las dos de la tarde, almorzamos al costado de la ruta y
emprendimos el viaje. A pocos kilómetros nos sorprende el río Baker,
con su inexplicable agua turquesa. Hermoso le queda chico, un paisaje
infernal, inimaginable. Después de unos 8 kilómetros vemos una
bajada al río y hacia allá fuimos. Desde que vimos esa maravilla de
la naturaleza en lo único que pensábamos era en hundir nuestros pies
en él y sentirnos parte de esa inmensidad. Ahí terminamos nuestro
día, no sólo mojando las patas, también nos regalamos pasar la noche
escuchando su sonido, cenando con la luz de un fueguito mirando las

40
estrellas de ese espectacular cielo de la Patagonia chilena, confirmando
que cuando uno hace lo que le dice el corazón está en el camino
correcto.
El camino nos habla, sólo hay que saber interpretar las señales.
Nada es casualidad, todo tiene una razón de ser, solo hay que estar
abierto para darse cuenta. Si no hubiese habido viento, no hubiéramos
hecho dedo y conocido a los alemanes que iban a Chile. Si nos hubiera
levantado otra camioneta, el destino podría haber sido otro. Si no
hubiésemos escuchado mi sueño, no habríamos llegado al mismísimo
paraíso: la Carretera Austral.

Pedir ayuda es un encuentro, un encuentro de dos universos y mientras


más desconocida y diferente sea la persona a la que le pedís ayuda, más
espectacular puede ser ese encuentro. Ahora: ¡qué difícil es pedir ayuda!
Desde pequeños nos enseñan a no pedir ayuda, a ser lo más
autosuficientes posible. Ya de grandes nos da terror pedir ayuda y si nos
quieren ayudar, nos cuesta horrores aceptarla. Y en estos tiempos donde
preferimos buscar una dirección en el celular, antes que parar a alguien en
la calle y preguntarle, todo se vuelve más extremo aún.
Uno de los grandes regalos de viajar es exponerte a situaciones que
superan tu autosuficiencia, que te obligan a atravesar las paredes de tu
universo y adentrarte en el fantástico universo de los otros. Y como además
estás de viaje, esos universos no son los de tus familiares, tus amigos, la
gente de tu barrio, la de tu ciudad. No, no. Son universos diferentes, muy
diferentes, y qué hay más rico y jugoso que ese encuentro.
El universo de un oficinista que nunca había salido de la ciudad más
de 15 días al año para irse de vacaciones:
- Con el universo de un señor de 70 años que cuando te ve armando
la carpa bajo la lluvia, te invita a la casa.

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- Con el universo de un camionero que adoptó su vehículo como hogar,
y que ha manejado tanto que ya no se puede bajar de su amado Scania.
- Con el universo de un cura que te recibe en la iglesia y te tira un
colchón al lado del altar para que puedas descansar.
- Con el universo de una pareja de abuelos campesinos en el sur de la
Patagonia chilena.
- Con el universo de un policía de investigaciones especiales.
- ¡Con el universo de otros viajeros!
Qué más rico, delicioso, explosivo, enriquecedor que esos encuentros. Y
eso es precisamente lo que pasa cuando empezamos a pedir ayuda.

42
CARRETERA AUSTRAL
PARTE I

Ya nos sentíamos parte de ese paraíso, después de regalarnos esa


noche frente al Río Baker, salimos a la ruta rumbo a nuestra parada
obligada en el cajero. Llegamos a Cochrane, el primer pueblo que
conocimos de la Carretera Austral. Íbamos a quedarnos sólo una
tarde, para sacar plata y hacer esos trámites necesarios cuando uno
cruza a otro país. El banco no quería entregarnos plata, se nos hizo
tarde y decidimos acampar a unos cinco kilómetros de ahí, en el Río
Cochrane. Nos habían dicho que era un lugar lindo y tranquilo para
armar la carpa.
Nos perdimos y terminamos en la puerta de una casa, golpeamos
las manos y salió un señor y su perro a nuestro encuentro.
- Hola, estábamos buscando un lugar para tirar la carpa. ¿Podemos
armarla acá?
- No hay problema, pueden hacerlo detrás de esa lomada, hay un
lugar llanito donde pueden quedarse. El único problema es el perro,
es bastante molesto.
- Jaja, no pasa nada, parece simpático el amigo. ¡Muchas gracias!
Armamos la carpa y empezaron a caer unas gotas, pero seguía
habiendo sol, miramos al cielo y vimos aparecer un hermoso arcoíris.
Cuánto hacía que no veíamos uno, ¡qué maravilloso que es viajar!
Al otro día pensábamos irnos de Cochrane, pero como la plaza
tenía Internet, hicimos una parada. Habíamos publicado en nuestra
página de nuestro repentino viaje a Chile y teníamos mensajes de
gente que nos invitaba a su casa para darnos una ducha, alojarnos o
simplemente, compartir unos mates. Y uno de los lugares en donde
habíamos conseguido alojamiento era justamente, Cochrane.
Esa estadía nos dio la oportunidad de conocer y compartir con una
hermosa familia chilena, una de las tantas familias que nos abrieron las
puertas de sus hogares. Ellos eran Lenin, Angélica y su hijo Luis.
Vimos fútbol, tomamos mates, charlamos por horas y les hicimos
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pizza vegana, que por suerte ¡les encantó! Tengo que decir que soy
fanático de los dulces caseros y para coronar la estadía, nos regalaron
un kilo de mermelada de damasco hecha por Angélica, riquísima.
Fue fantástico, de repente nos vimos a nosotros mismos en Chile,
del otro lado de la Cordillera de los Andes, lejos de casa, pero como
en casa. Para colmo, cuando nos estábamos despidiendo, ya en la
vereda y con todas las bicis cargadas, Lenin, el padre, hablando en
representación de toda la familia, nos tiró un flechazo de amor, una
sucesión de palabras que llevamos atesorada en nuestra memoria. Nos
dijo que siempre se iban a acordar de nosotros, porque habíamos sido
los primeros viajeros que habían dejado entrar a su hogar.
Volvimos a la ruta, salimos tarde porque amaneció lloviendo y
tuvimos que esperar a que parara. Aún así, nada nos borraba la sonrisa
de la cara. Nos cruzamos con otros viajeros en bici, compartimos
experiencias, y después de una subida no tan empinada, pero
interminablemente larga, decidimos parar. Buscamos un lugar que nos
inspirara, al costadito de la ruta y armamos campamento. Fue una
tarde hermosa, pero a la noche refrescó y nos despertamos con la carpa
escarchada. Además, estaban empezando a caer algunas gotas -¿Qué
hacemos? ¿Esperamos? ¿Salimos así? ¿Hacemos dedo?- Llovía bastante,
nos faltaban 30 kilómetros para el próximo pueblo y no pasaban
muchos autos. Decidimos armar las bicis y salir a la ruta a probar
suerte con el dedo. Y sorprendentemente, la primera camioneta que
pasó, frenó y subimos. Fueron aproximadamente unos 40 segundos de
espera, el auto-stop más rápido del mundo.
Nos dejaron en Puerto Bertrand, con bastante lluvia. Nos
acercamos al único almacén que había para comprar algo de comida
y preguntamos dónde podíamos armar la carpa para refugiarnos de la
lluvia. Nos dijeron que acampemos debajo de unos manzanos, frente
al lago (el pueblo está frente al lago que lleva el mismo nombre, Lago
Bertrand). Armamos la carpa, que ya estaba húmeda de la mañana,
y entramos para no mojarnos. Hicimos algo de comer y a dormir la
siesta, con la lluvia no nos quedaban muchas alternativas. Pero gracias

44
a dios o al universo, apareció Raúl.
Raúl es uno de los 45 habitantes de Puerto Bertrand. Estábamos
preparándonos mentalmente para lo que iba a ser una noche fría y
húmeda y este señor nos invitó a su casa. Nos dijo que en ese preciso
momento se estaba yendo a hacer unos mandados, pero que en menos
de dos horas volvía.
Nos despertamos de la siesta sobre un pasto húmedo y lleno de
montículos, seguía lloviendo. Si no aparecía Raúl íbamos a pasar una
noche difícil. Ansiosos, lo seguimos esperando. Nos había dicho que
creía llegar cerca de las seis de la tarde y a las seis y un minuto llegó.
Escuchamos una camioneta y efectivamente, era él. Pasamos a su casa,
prendimos fuego en la cocina económica, tomamos mates y cocinamos
un rico pancito.
Raúl coronó la tarde con sus historias de la Patagonia chilena,
nacido y crecido en Puerto Bertrand, un pueblito de cuento, una
perla de la Patagonia con un lago azul índigo, rodeado de montañas
boscosas y nevadas. Raúl, un abuelito sureño, nos tomó cariño y nos
invitó a quedarnos un par de días, estaba haciendo mucho frío, y a la
mañana siguiente comenzó a nevar, así que nos vino bárbaro.
El segundo día de estar en su casa coincidió con un partido de
fútbol de Argentina. Raúl tenía televisión, pero en su servidor de cable
no daban el partido, así que nos sugirió que diéramos una recorrida
por el pueblo y miráramos los techos para ver quién tenía la antena
de cable de la empresa que transmitía el partido de Argentina. Y que
cuando la encontráramos simplemente, le golpeáramos la puerta y le
dijéramos si nos dejaban verlo. Así fue que con timidez, salimos al
encuentro de una casa donde ver el partido. Nos parecía raro tocar la
puerta de un desconocido y sin más pedirle que nos dejara pasar a ver
dos horas de fútbol, pero si Raúl lo decía con tanta normalidad, así de
simple tenía que ser.
Después de caminar las cuatro cuadras que resumían al pueblo,
encontramos una antena en una casa linda, también con vista al lago.
Tocamos la puerta y salió una señora, le conté que éramos viajeros

45
y todo lo que le tenía que contar, argentinos, con ganas de ver el
partido… Y para mi sorpresa, la señora nos invitó a pasar sin dudarlo.
En menos de un minuto estábamos viendo el partido en el living de
su casa, sentados en el sillón, calentitos. Y para colmo nos dijo que
se tenía que ir, así que nos quedamos en su casa, con su hijo de doce
años mirando una partidazo de Argentina. Y digo partidazo no por el
despliegue futbolístico, sino por el despliegue de confianza y amor que
vivimos en nuestro paso por Puerto Bertrand.

46
CARRETERA AUSTRAL
PARTE II
El próximo destino fue Puerto Guadal, donde habíamos hablado
con alguien para que nos hospede, pero no le habíamos confirmado
la fecha. Preguntamos por Alfonso a una señora que caminaba por
la calle y nos indicó que era profesor de la escuela, así que lo fuimos
a buscar hasta el salón de clase. Nos recibió de la mejor manera. Él
trabaja con chicos con capacidades especiales, una persona llena
de proyectos, de ideas, de ganas de cosas nuevas. Además, al ser
vegetariano nos facilitó el tema culinario y pudimos compartir muchas
cosas con él. Aprendimos de Alfonso, de su perseverancia y ganas de
ir para adelante. Nos quedamos una noche más de lo previsto, nos
presentó a sus amigos, fuimos de paseo al Lago General Carrera. Hace
un buen rato que nos estábamos rodeados de gente de nuestra edad,
nos sentimos entre amigos y eso hizo difícil la despedida. Pero el viaje
seguía y un nuevo pueblo, Chile Chico, nos estaba esperando.
Volvimos a la ruta, ripio, subidas, bajadas, lagos, montañas, picos
nevados, árboles, sol, calorcito, hasta nos encontramos con un cartel
que decía: “Vive la vida”. El paraíso en su mayor esplendor nos estaba
agasajando y nosotros le pagábamos con una sonrisa de oreja a oreja.
Decidimos parar a acampar en una casita que divisamos a lo lejos. Nos
acercamos y preguntamos si podíamos armar la carpa, nos dieron agua
caliente, tortas fritas y después de unos mates, nos fuimos a dormir a
nuestra pequeña mansión.
Pasamos una buena noche, al otro día tempranito salimos otra
vez a la ruta. Anduvimos un rato y el paisaje cambió, el camino se
puso difícil. Aunque la vista panorámica al Lago General Carrera nos
mantenía ocupados. Chile y Argentina comparten este lago y es el
segundo lago más grande de Latinoamérica.
No pasaba ningún auto, sólo algunos camiones que estaban
trabajando en mejorar el camino. Paramos a almorzar al lado de un
río, cansados, sin mucha esperanza de seguir porque se había levantado

47
viento (se nota que nos acercábamos a Argentina ¡Ja!). Paré la única
camioneta que pasó en todo el día, Lau estaba en el río lavándose la
cara y las manos. Y aunque en la camioneta venían muy cargados,
insistieron en que subamos, que nos llevaban. Le pegué el grito a Lau
para que se acercara y así fue como conocimos a Anita y a Alfredo,
nuestros padres chilenos. Ellos estaban de vacaciones y al día siguiente
cruzaban en barcaza el lago e iban para Coyhaique, nuestro próximo
destino. Se ofrecieron a llevarnos, lo pensamos unos segundos y
aceptamos. Veníamos atrasados y queríamos llegar a San Martín de los
Andes para pasar fin de año con el hermano de Lau que desde hacía
unos meses vivía ahí.
Anita y Alfredo nos dejaron en la entrada de Chile Chico y ahí nos
contactamos con Ángela, que nos estaba esperando para recibirnos en
su casa, y no sólo eso: ¡nos estaba esperando con comida vegana! Ella es
vegetariana y su compañera de casa, María José ¡es vegana! Qué alegría
enorme que nos recibieran así. Pasamos la tarde y la mañana siguiente
con ellas: cocinamos, compartimos recetas, charlas profundas y hasta
jugamos a analizarnos los sueños.
Al día siguiente fuimos al reencuentro de Anita y Alfredo con
quienes íbamos a cruzar en barco el Lago General Carrera. Fueron dos
horas de navegación, en un día soleado, hermoso, charlando con ellos,
compartiendo historias. Ambos eran muy simpáticos y Alfredo nos
hacía reír con sus chistes. Ya habíamos entrado en confianza y se me
ocurre preguntarle de qué trabajaba. De repente Alfredo se puso serio y
nos dice que era el Jefe Regional de la PDI (Policía de Investigaciones),
entonces Lau se empieza a reír pensando que era otro de sus chistes, él
nos decía que efectivamente ese era su trabajo, pero Lau no le creía y
se seguía riendo. Hasta que interfirió Anita y nos dijo que era cierto.
Después de un momento acalorado y que Lau se pusiera más colorada
de lo que es, todos nos reímos y seguimos disfrutando del hermoso
paseo en el lago.
Llegamos a Puerto Ibáñez. Bajamos las bicis de la barcaza y las
subimos a la camioneta de Anita y Alfredo. Otras dos horas de ruta,

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donde la naturaleza nos regaló un Huemul, ¡al fin vimos un huemul!, lo
habíamos esperado tanto y ahí apareció, en la ruta, sobre la montaña,
que belleza.
Llegamos a Coyhaique, ¡y nada de dejarnos en la entrada de la
ciudad! Se preocuparon de llevarnos hasta la casa en la que íbamos a
hospedarnos. Nos dejaron en lo de nuestro nuevo anfitrión: David.
En su casa nos reencontramos con Angélica, la mujer de Cochrane,
la que nos dijo que nunca se iba a olvidar de nosotros porque éramos
los primeros viajeros que había recibido en su hogar. Era la cuñada de
David y la vida nos volvía a regalar un momento con ella.
Pasamos casi una semana en Coyhaique, en la casa de David,
descansando de las bicis. Armamos un pequeña rutina, por la mañana
nos levantábamos, armábamos un mate y compartíamos prolongadas
charlas con nuestro anfitrión, charlas de la vida, sin ningún tema en
particular, hablando de todo y nada al mismo tiempo. Por la tarde
salíamos a recorrer la ciudad, la más grande que encontramos en la
Carretera Austral, 50.000 habitantes.
Uno de esos días fuimos de visita a la casa de Anita y Alfredo, nos
invitaron a almorzar a su casa y conocimos a su hija Francisca. Me
acuerdo de ese almuerzo como si fuera ayer, del olor de la comida,
del amor incondicional que giraba en torno a esa mesa familiar,
nosotros y ellos, unos completos desconocidos hacía unos días atrás
y en ese momento, en ese maravilloso almuerzo, vibrábamos como
si nos conociéramos de toda la vida. Me acuerdo que se acercaba la
hora de la despedida y yo no me quería ir, soñaba con que esa escena,
ese momento, durara para siempre. Antes de irnos nos dieron unos
regalos, unas delicias veganas que habían comprado especialmente
para nosotros y que coronaron una tarde que nos llenó el alma.

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Cuando el viento y las subidas te atacan, te desmoraliza, insultás
y empezás a pensar: “¿Para qué?”, “Podría estar en mi casa calentito, o
viajar en auto”, y miles de otras posibilidades que no son las que estás
viviendo y creés que serían mejores.
Después, llegás, terminás, lo lográs y la satisfacción es tan grande que
te olvidas de todas esas posibles alternativas y como diría Gustavo Cerati:
“Al final hay recompensa”. Te encontrás instalándote para pasar la noche
en un lugar diferente al del día anterior, en un lugar inimaginable, bajo
las estrellas, al lado de un arroyo, en medio de la nada, en la casa del
policía del pueblo con cuatro casas, en la casa de una conocida de un
conocido, en la casa de dos campesinos que te convidan un almuerzo y te
reciben como si fueran tus padres. Conocés otras historias, compartís, te
abrís un poco más, te dejás ayudar, estás en soledad, aprendés, crecés.
Viajando todos los días son diferentes, a cada minuto te esperan nuevas
aventuras, cada día es un improvisado universo de sensaciones. Cada paso
que das es el principio de algo nuevo. Y es ahí cuando te das cuenta que sin
ese camino difícil, sin ese viento y sin esas subidas no hubieses disfrutado
todo eso. Que lo bueno y lo malo tienen una razón de ser. O mejor aún,
que aquello bueno y aquello malo es simplemente…un punto de vista.

50
CARRETERA AUSTRAL
PARTE III
Nos preparábamos para salir de la casa de David en Coyhaique,
después de unos mates prolongados nos dimos cuenta que mi bici
estaba pinchada, así que paramos la marcha, volvimos a entrar las bicis
y con mate en mano me puse a arreglar la pinchadura. Nos atrasamos
un poco, pero no importó mucho, salimos al medio día, con algo
viento y una llovizna leve.
Un poco cansados por el viento, decidimos parar a almorzar
antes de una gran subida que divisamos a lo lejos. Armamos picnic al
costadito de la ruta, comimos algo, se nos pasó la molestia y encaramos
la gran subida. Llegamos a la cima, donde había un mirador, nos
quedamos un rato contemplando la ciudad de Coyhaique y sus
montañas.
Lo que parecía que iba a ser un día duro por el comienzo ventoso,
lluvioso y empinado, se transformó en unos de los mejores días de ruta
que tuvimos. Un paisaje increíble que nos dejó maravillados: cascadas,
saltos, ríos, hasta pasamos por un túnel que atraviesa la montaña.
Cuando se largó a llover un poco más fuerte y el viento también
se puso más furioso, ya pronto a empezar a oscurecer, decidimos parar,
encontramos una casa, nos arrimamos y preguntamos si podíamos
armar ahí la carpa. Pasamos una primera noche muy buena, sin frío,
con un poco de lluvia, pero muy llevadera. Además, nos convidaron
un pan calentito que estaba riquísimo.
Al siguiente día volvimos a la ruta. Estaba medio feo, lloviznaba
de a ratos, pero nosotros seguíamos adelante porque estábamos
pedaleando en un lugar de cuentos. Nos cruzamos con una pareja de
bici viajeros de ojos rasgados, venían bajando desde Canadá. Habían
empezado su viaje hacía 18 meses y ahí estaban, apurados para llegar a
Coyhaique porque no tenían mucha comida.
Llegamos a Villa Maniguales, compramos algunas cosas en
el almacén para el siguiente tramo y seguimos unos kilómetros

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más, buscando algún lugar lindo para armar la carpa. Como no
encontrábamos nada, le preguntamos a un campesino que pasaba y
nos dijo que cuando terminaba la curva había un lugar que podíamos
preguntar. Fuimos hacia allá, golpeamos las palmas, gritamos,
pensábamos que no había nadie, nos estábamos por ir cuando apareció
un hombre que nos dijo que ahí no podía dejarnos acampar, pero que
a unos 3 kilómetros había un lago y ahí un lugar para acampar. Ya
cansados, sin muchas ganas de seguir pedaleando, seguimos porque
3 kilómetros no era nada. Pasamos los 3 kilómetros, los 4, los 5 y
recién a los 7 kilómetros apareció el lago y un cartel que indicaba:
“Camping”. Era una casa, con un espacio hermoso a la orilla del
lago, con mesitas y todo para acampar. La tranquera estaba cerrada
con candado y nadie respondió nuestro llamado. Así que seguimos
unos metros más y encontramos un lugar despejado, con el alambrado
medio roto y un fogoncito. Ahí armamos nuestra carpa, cocinamos
algo rico, y descansamos para continuar la pedaleada al día siguiente.
Nuevamente, amanecimos con un día nublado y lluvioso, pero
nada nos detuvo para prender un fueguito matutino, calentar agua
para el mate y hacer nuestro “Rustico del Valle”, unas tostaditas de
polenta y azúcar que inventamos en el viaje cuando estábamos por
Córdoba. Desayunamos, desarmamos campamento, alistamos las bicis
y a pedalear.
Después de hacer unos cuantos kilómetros nos sorprendió una
gran bajada. Siempre tratamos de ir juntos y cuando el que va adelante
deja de ver al otro, frena y lo espera. Esta bajada tenía muchas curvas
y yo iba adelante. Visualicé un puente hermoso y paré a sacar una
foto porque el lugar era una combinación hermosa de río, bosque y
montañas de fondo. Y seguido a eso sucedió una hermosa combinación
de desencuentros. Mientras escribo esto me río, porque la verdad de
lo que pasó no la sabe ni Lau hasta el momento, así que la va a leer
en el libro.
Yo bajé muy tranquilo, me tomé mi tiempo para sacar un par
de fotos, estaba al lado del camino y supuse que Lau me iba a ver

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cuándo pasara por el puente. Sucede que mientras sacaba las fotos
llegó un micro, un contingente de japoneses que se pusieron a sacar
fotos, conmigo y con la bici, yo estaba en mi salsa, hablando un torpe
inglés con mis amigos japoneses. En eso miro el camino y veo que Lau
pasa rapidísimo, sigue bajando, sin frenar en el puente. Cómo estaba
estacionado el colectivo y yo quedé atrás, no pudo ver que me había
detenido.
Así que ahí pude imaginar toda la situación, el desencuentro:
Lau pedaleando rápido para alcanzarme pensando que le llevaba la
delantera y yo siguiéndola desde atrás, todo como en una interminable
coreografía de locos.
Dejé a los japoneses a la mitad de las fotos, agarré la bici y salí
disparado. Lau iba rapidísimo y no podía alcanzarla, así hicimos unos
5 kilómetros, a una velocidad que nunca habíamos ido, ella tratando
de alcanzarme y yo, a ella. Una tragicomedia que después de más de
media hora de mutua persecución terminó cuando Lau se decidió a
parar, agotada. Y ahí fue cuando llegué yo, agotado, y vi la cara de
enojo, las lágrimas, todo junto homogeneizado en una expresión
de incertidumbre total. Le expliqué lo que había pasado, así que la
angustia se transformó en risa.
Esa noche terminamos contando la anécdota en la casa Marta y
Evaristo (pero sin contar que me quedé como 10 minutos sacándome
fotos y charlando con los japoneses, de eso se está enterando ahora
Lau, espero no se enoje), un ranchito anaranjado, metido para adentro
del campo. Golpeamos las palmas y salió Evaristo. Nos recibió muy
amablemente y nos dijo que tenía un espacio especialmente preparado
para que acamparan los viajeros. Era un espacio hermoso, con lugar
para hacer fueguito, mesita y baño. Después de armar campamento
nos invitó a tomar unos mates a su casa. Ahí estaba Marta, su mujer,
tomamos mate y charlamos mucho con fueguito encendido y calor
de hogar.
Marta y Evaristo se habían ido a vivir al campo en busca de
tranquilidad. Hace 15 años que estaban viviendo allí y recibían a

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todo aquel que pasaba en busca de un espacio para dormir. Fueron
muy amables con nosotros, necesitábamos ese calor familiar después
de tantos días en la ruta. Nos invitaron a tomar mates a la mañana
siguiente, así que ahí estábamos bien tempranito. Tomando mate y
haciendo pancito para el camino. Nos despedimos y salimos a la ruta.
Sabíamos que nos quedaban 18 kilómetros de pavimento y que
también, tendríamos que enfrentar la cuesta de Queulat, la cuesta de
ripio más famosa de la Carretera Austral. Nos habían hablado mucho
de ella y estábamos ansiosos por el desafío.
Seguíamos en el pavimento, frenamos a llenar nuestras botellas
de agua en un chorrillo y vimos pasar dos ciclistas, sin peso, para el
lado contrario. Al ratito pasó otro y frenó para charlar. Era de Estados
Unidos y nos contó que estaba con un grupo de 45 ciclistas que venían
bajando desde Cartagena, Colombia. Su destino era Ushuaia, todo
en un lapso de cinco meses y medio. Sí, lo que leíste, en ese tiempo
todos esos kilómetros. Pero sin peso, porque pertenecían a un tour y
tenían un auto de apoyo que les llevaba el equipaje, les cocinaba, y
les preparaba el campamento para que descansaran. A partir de ahí
nos fuimos cruzando a todos ellos, de diferentes tamaños, género y
nacionalidades, cada cual a su ritmo.
Encaramos el ripio y se vino la famosa Cuesta del Queulat.
Un cartel con un autito para arriba nos indicaba que teníamos 2
kilómetros de una empinadísima subida. Nos pusimos los auriculares,
música motivadora y empujamos las bicis. Subimos despacio, con
paciencia, sonriendo y escuchando unos buenos temas.
Después de una hora llegamos a lo que supuestamente era la cima,
contentos, a los gritos. Decidimos almorzar ahí para descansar un
poco. Cuando volvimos a subirnos a las bicis y empezamos a andar,
nos dimos cuenta que la subida continuaba. Ya con un poco menos de
sonrisa seguimos pedaleando y después de varios minutos llegamos a la
cima. Y llegó lo más lindo: la bajada. El camino se iba volviendo cada
vez más angosto debido a la intensa vegetación de una de las zonas
más húmedas de la Patagonia Chilena, estábamos en la mismísima

54
Selva Valdiviana. Fue una de las bajadas más divertidas que tuvimos,
6 kilómetros de curvas y contra curvas, una montaña rusa al natural.
Cuando llegamos al final de la bajada nos encontramos con cuatro
cicloviajeros, tres franceses y una brasilera. Charlamos un rato, ellos se
estaban preparando para subir lo que nosotros acabábamos de bajar.
Esa bajada fue mágica, nos dio una energía y un poder sobrenatural,
empezamos a pedalear y no podíamos parar, teníamos una sonrisa
imborrable.
Con esa alegría contagiosa, a los 3 kilómetros nos encontramos
con un cicloviajero de avanzada edad, un francés, nos preguntó si
habíamos visto a otros dos franceses más adelante. Se puso contento
porque le contamos que los habíamos cruzado hacía muy poco.
Seguimos nuestra ruta, empoderados y entusiasmados, avanzando
hasta que se hizo tarde y nos pusimos a buscar un lugar para acampar.
No había muchos lugares disponibles así que decidimos meternos
entre unos árboles al costado del camino.
A la mañana siguiente decidimos desarmar rápidamente el
campamento e ir en busca de un lugar más lindo para desayunar.
Encontramos un hermoso espacio frente a un lago. De repente pasó
otro cicloviajero que iba en la dirección inversa (si, la Carretera Austral
está llena de gente viajando sobre dos ruedas). Nuevamente francés, de
aproximadamente 70 años, viajando solo, desde Centroamérica y con
un increible ritmo de diez horas diarias de pedaleo.
Seguimos disfrutando del camino hasta que llegamos al pueblo.
Fuimos directo a la plaza. El contacto que teníamos para alojarnos
en Puyuhuapi no apareció, así que compramos algo para comer y
decidimos seguir camino. Pero antes hicimos una relajante siesta en
el pasto de la plaza.
Después de varios kilómetros de ripio, llegó el añorado pavimento.
La Junta, el próximo pueblo, estaba muy cerca. Vimos una casa muy
linda, con muchas plantas y una huerta grande. Golpeamos las palmas
y preguntamos si podíamos acampar ahí. Un amable señor nos enseñó
el lugar, con baño y todo, al lado de un arroyo, al costado de su casa.

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Nos dijo que cobraba por el espacio y nosotros le contamos nuestra
situación de viajeros. Sin problema nos dejó acampar gratis. Cocinamos
un guisito y nos quedamos contemplando un cielo completamente
estrellado musicalizado por el sonido del arroyo.
La mañana siguiente estaba completamente soleada, por primera
vez en días. Salimos a la ruta cerca del mediodía, teníamos unos 15
kilómetros de asfalto hasta La Junta. Llegamos al pueblo y fuimos
directo a la plaza, nos encanta conocer las plazas de todos los pueblos.
Hicimos picnic con Internet incluido, un lujo de las plazas chilenas,
casi todas comparten wifi.
Faltaban unos 15 kilómetros para llegar a Santa Lucía, el camino
era en bajada y muy difícil, ya estábamos cansados y en vez de
detenernos a recuperar fuerza y concentración, decidimos seguir. Unos
10 kilómetros antes de llegar yo estaba muy cansado, pensé en varias
oportunidades en que teníamos que parar, pero las ganas de llegar
fueron más. Lau iba adelante y el camino seguía empeorando. Íbamos
bajando intensamente, apretando los frenos para reducir la velocidad
y en un momento me distraje, no recuerdo con qué, pero fueron unos
segundos en los que perdí la concentración y perdí el control de la bici.
Iba a unos 30 kilómetros por hora, la bici comenzó a derrapar y no
tuve más alternativa que tirarme. Rodé un par de metros por el suelo,
me golpeé la cabeza y todo el cuerpo contra el suelo. La bici quedó
como a cinco metros, pinchada y con una de las alforjas destruida.
Lo primero que hice fue levantarme, rápido. Y toqué cada una
de mis extremidades, como supervisando que todo estuviera en su
lugar. Por suerte no había fracturas, sólo raspones y un pequeño mareo
producto del golpe en la cabeza. Después fui a ver la bici que estaba
toda llena de barro y la alforja que se había roto en sus agarres al
portaequipajes. Mientras levantaba la bici apareció Lau asustada, quería
saber como me encontraba. Le dije que bien, pero en ese momento
sentí que me dolía todo, estaba raspado y me sangraban las heridas.
Fui hasta un arroyo a lavarme y tranquilizarme un poco. Después de
varios minutos enjuagándome las heridas me calmé un poco y se me

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fue la bronca que tenía. El tema era la alforja rota, teníamos que atarla
de alguna manera. Con unas sogas y un par de precintos la pudimos
enganchar precariamente y seguimos viaje.
Después de un buen rato pedaleando llegamos al ansiado
pavimento y ahí volvimos a respirar. Estábamos cansados, estresados y
bastante ofuscados con el episodio de la caída, así que decidimos parar.
Hicimos unos metros y vimos una carpa armada detrás de una casa
que parecía abandonada. Nos acercamos y eran dos cicloviajeras, por
supuesto acampamos con ellas.
Amanecí con mucho dolor en las heridas, por el roce nocturno
con la bolsa de dormir. Desayunamos rápido y salimos a la ruta
acompañados de un calor sorprendente. Había más subidas que de
costumbre y parábamos cada cinco minutos a refrescarnos en algún
arroyo. Decidimos almorzar algo al costado de un río. Aprovechamos
a mojarnos los pies y casi todo el cuerpo. Seguimos camino, despacito
por la agobiante temperaura, y por fin llegamos a Villa Santa Lucía,
agotados.
Teníamos como 80 kilómetros de ripio hasta Futaleufú, en pésimo
estado y con muchísimas subidas. Yo no me sentía bien, no había
terminado de procesar la caída y además, andábamos con una alforja
atada con soga. Decidimos hacer dedo, necesitábamos descansar
bastante y en Futaleufú teníamos confirmada una casa donde nos iban
a recibir.
Esperamos cerca de una hora al costado del camino, al resguardo
de una pequeña sombra, luchando con una horda de tábanos que nos
querían picar. Al rato pasó una pequeña motorhome, de una familia
de franceses. No estaban seguros de que entraran nuestras bicis, pero
las hicimos entrar, medios apretujados, los dos hijos, los dos padres, las
dos bicis, las alforjas y nosotros. Fuimos despacio porque el ripio no
era muy bueno, con mucho calor y las ventanas cerradas por la tierra,
tardamos como dos horas en llegar.
Arribamos a nuestro último destino en Chile, al menos así lo
creíamos en ese momento: Futaleufú, el pueblo donde está el paso

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fronterizo que nos iba a devolver a nuestro país, al hermoso pueblo de
Trevelin, Chubut, en Argentina.

En 1967 un equipo de científicos liderado por Stephenson realizó el


siguiente experimento: encerraron a cinco monos en una jaula, en cuyo
centro situaron una escalera con unas apetitosas bananas en lo más alto.
El mono más despabilado y rápido enseguida se aventuró a subir los
peldaños para hacerse con el botín. En ese mismo instante, los científicos
rociaron al resto de los monos, que estaban en el suelo, con chorros de
agua helada. Al cabo de poco tiempo, los monos dedujeron que cada vez
que uno de ellos subía por las bananas, los que quedaban abajo recibían,
como castigo, el chorro de agua fría. Como resultado del aprendizaje,
cada vez que alguno hacía el ademán de subir por la escalera, el resto
se lanzaba encima del aventurero y se ensañaban con él para disuadirle
de que llevase a cabo su hazaña. Con el tiempo, ninguno de los monos
se atrevía a subir la escalera, a pesar de la tentación de las bananas. En
ese momento, los científicos decidieron cambiar a uno de los monos. El
recién llegado, al ver las fantásticas frutas, se dispuso a subir la escalera.
El resto de los monos lo bajaron rápidamente, propinándole una buena
paliza. Después de intentarlo en otras ocasiones y recibir golpes una y
otra vez, el nuevo integrante del grupo cesó en su empeño, pese a que
nunca entendió el porqué de los castigos. Un segundo mono fue sustituido,
y ocurrió exactamente lo mismo. En esta ocasión, el primer sustituto se
apuntó con entusiasmo a propinarle la paliza al novato. Los científicos
fueron cambiando uno a uno a los monos hasta que no quedó ninguno de
los originales. Cinco monos que habían cejado en su empeño de subir a por
las bananas, y que además golpearían al que se atreviese a ir a por ellas, a
pesar de no haber recibido jamás un chorro de agua fría.”
Este experimento hace que nos preguntemos: ¿a cuántas bananas

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estaremos renunciando por seguir cargando con creencias antiguas? ¿A
cuántos sueños estaremos renunciando?
Hoy puede ser un día como todos o el día en que vayas por esas
bananas, y aunque tu contexto y tus miedos te digan lo contrario, las
bananas siempre estuvieron ahí para ser tomadas.

¡SI SE PUEDE!
- Se puede cambiar de trabajo.
- Se puede viajar.
- Se puede encontrar el amor.
- Se puede tener más tiempo con los amigos y la familia.
- Se puede vivir mejor, ser más felices.
- Se puede soñar y cumplir los sueños.

Te lo dicen dos soñadores que están viviendo su propia aventura.

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VOLVER A CASA
Argentina nos recibió de la mejor manera. Después de unos 60
kilómetros que separan Futaleufú (Chile), de Trevelin (Argentina),
llegamos a la casa de Hernán, un contacto de Couchsurfing. Hernán
vive a las afueras de Trevelin camino al Parque Nacional los Alerces,
en un campito lleno de árboles y con una casa muy linda: perro, gato,
gallinas y hasta un invernadero en plena Patagonia.
Estábamos cortando unas lechugas en el invernadero para la cena
y nos comentó que él tenía todo el equipamiento para salir de viaje en
bici. Nos miramos con Lau y le dijimos: ¡nos vamos mañana! Empezó
con las excusas, pero después de insistir un poco y darle forma al
prematuro plan, acordamos que salíamos en dos días. Le dimos un
changüí para organizar la casa, avisarle a su novia que estaba de viaje
y arreglar con el vecino para que alimentara al perro y a las gallinas.
El plan era seguir subiendo, pero por dentro del Parque Nacional
los Alerces, que tiene un camino interno, de ripio, pero muy pintoresco.
Atravesarlo por completo, acampando una noche en el medio, para
finalmente salir y llegar a Cholila, donde nos iba a recibir el cura de
una iglesia donde podíamos dormir.
Hernán estaba fuera de estado, pero su motivación era tan grande
que nos llevaba la delantera en muchas de las cuestas. El parque estuvo
increíble, uno de los más lindos de la Patagonia argentina. Acampamos,
hicimos fogón y cocinamos frente al lago.
Al otro día, casi llegando a Cholila, Hernán (un poco prejuicioso
con ir a dormir a la iglesia) nos dice que nos invitaba a un hostel, que
estábamos cansados y muchas cosas más. Pero nosotros insistimos en
ir, tenía que vivir la experiencia completa del cicloviajero, dormir en
donde se puede y conocer a la gente de cada lugar, nada de ir por ahí
como un turista.
Así que nos metimos derechito en la iglesia. Nos recibió Adam,
un cura polaco con el que Hernán hizo migas al instante, ya que los
dos eran fanáticos de la pesca con mosca. También, estaban parando

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en la iglesia dos cicloviajeros del País Vasco, así que cocinamos algo e
hicimos una buena comilona con cerveza, vinito y anécdotas incluidas.
¡Chau prejuicios! Iglesia 1 - Hostel 0. La pasamos bárbaro.
Nos despedimos de Hernán. Él aprovechó que los vascos iban
hacia el sur y se volvíó con ellos a su casa. Nosotros seguimos subiendo,
el próximo destino era El Bolsón.
La noche nos agarró por el Hoyo, una localidad cercana al Bolsón.
Preguntamos en la policía si nos dejaban armar la carpa, pero no nos
dieron ni bola. Así que seguimos unos kilómetros más, estábamos
agotados, se venía la noche y encima estábamos subiendo una cuesta.
Esos momentos en los que querés revolear la bici y se te cruzan todas
las clásicas preguntas: ¿Qué hago acá? ¿Quién me mandó? Podría estar
en mi casa calentito mirando la tele…
Terminamos de subir una cuesta, el pueblito había quedado atrás,
y divisamos una casa solita en la cima de una montaña. Estaba a unos
cien metros de la ruta, así que me acerqué hasta donde el alambrado
me dejó y empecé a gritar. Una nenita me vio y salió corriendo.
Unos segundos después apareció Pato: pelo largo, rastas, barbudo. Se
acercó hasta donde estábamos, le comentamos el viaje que estábamos
haciendo y no dudó en invitarnos a pasar. Él también había ido de
Ushuaia a la Quiaca en bicicleta cuando tenía veinte años.
Es increíble cómo suceden las cosas cuando uno está alineado en
el camino de los sueños, conectado con los deseos más profundos.
Podríamos haber parado a preguntar en muchos otros lugares, pero
tocamos exactamente la puerta de una persona que había hecho el
mismo viaje que nosotros.
Al día siguiente salimos para El Bolsón donde comenzó una
seguidilla de encuentros con familiares y amigos de la infancia. En
medio del camino entre Lago Puelo y El Bolsón, nos esperaban María
Luz y Sergio, una pareja de tucumanos que decidieron cambiar el
clima subtropical del norte por la nieve, las montañas y los lagos del
sur, para que él pueda estudiar la carrera que quería.
Unas horas después de nuestra llegada, íbamos a encontrarnos con

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Cin y Mati, dos amigos míos de la infancia. Este momento lo había
estado esperando desde hace algunas semanas, mucha organización y
coordinación lo hicieron posible. Armaron su carpa en el jardín de Luz
y Sergio y ahí pasamos unas hermosas vacaciones todos juntos.
Nuestro próximo destino era Bariloche, ya entrando en terreno
conocido, pero que diferente es mirarlo desde la bici. El Parque
Nacional Nahuel Huapi es un espectáculo, te recibe una impresionante
cuesta de 15 km, agotadora, pero hermosa, tres lagos uno al lado del
otro: Lago Guillelmo, Lago Mascari y Lago Gutiérrez; en un camino
repleto de lupines y flores amarillas que nos perfumaron cada pedaleo.
Además de todos estos regalos que nos daba el paisaje, venía uno aún
mayor, en Bariloche nos esperaba Majo, amiga de la infancia de Lau,
que vive ahí desde hace ya varios años. Vive con su novio Dani, en
una casa con mucho espacio, así que pasamos unos días rodeados de
amistad, charlas y mucha comodidad.
Se acercaban las fiestas, y uno de nuestros sueños era experimentar
pasar Navidad con una familia desconocida. Ninguno de los dos lo había
hecho antes así que nos parecía una buena oportunidad. Contactamos
a una familia de Villa la Angostura que recibe cicloviajeros y sin
dudarlo aceptaron nuestra propuesta de pasar Navidad todos juntos.
El 23 de diciembre llegamos a su casa, nos acomodamos y preparamos
todo para la nochebuena. Los padres eran de Buenos Aires y hace
muchos años decidieron vivir ahí, donde criaron a sus hijos. Todos
juntos pasamos una hermosa Navidad, llena de amor familiar.
Al otro día, cerca del almuerzo, encaramos el camino de los Siete
Lagos. El 26 de diciembre Lau cumplía años y su deseo era pasarlo
en un camping a orillas de un lago junto con su hermano, cuñada y
sobrino que viven en San Martín de los Andes. Y así fue.
El camino de los Siete Lagos es la mismísima Ruta 40 que en
110 kilómetros atraviesa Siete Lagos patagónicos: Espejo, Correntoso,
Escondido, Villarino, Falkner, Machónico y Lácar.
Después de todo ese deleite de naturaleza llegamos a San Martín
de los Andes, dónde nos encontrábamos con toda la familia de Lau y

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algunos amigos para pasar año nuevo y unas espectaculares vacaciones.
En San Martín hicimos la mayor parada del viaje, exactamente
un mes. Un mes en el que pasamos fin de año en familia, conocimos
infinidad de lagos, salimos a vender comida a la plaza (hicimos
nuestros primeros pesos en el camino), pasamos música en bares, nos
divertimos mucho, nos sentimos muy cómodos y fuimos generando
una pequeña rutina, una mini vida que estando en familia no tardó en
tomar forma. Todo eso hizo un poco difícil volver a salir a la ruta, fue
una gran despedida y el comienzo de una nueva etapa del viaje.

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CRUCE DE LOS ANDES
Así que ahí estábamos, pedaleando nuevamente rumbo a Chile,
con el viento secando las lágrimas que nos había dejado la despedida.
Elegimos el paso Mamuil Malal, donde poco a poco fue apareciendo
el volcán Lanín, destacando en la cordillera por su imponente altura
y su pico nevado. Acampamos antes de salir de Argentina, al costado
de un río, dentro del Parque Nacional Lanín. Al otro día hicimos los
kilómetros que nos faltaban, salimos de Argentina y entramos a Chile
nuevamente.
El día de pedaleo fue espectacular, en bajada y con un paisaje
demoledor: lagos, ríos, montañas, cascadas y muchos árboles, evidencia
fehaciente de que habíamos entrado en tierra chilena. Estábamos
bajando y en la dirección inversa (subiendo), vemos a otro cicloviajero.
Era un polaco al que no le entendimos mucho, pero intercambiamos
información de la ruta y antes de irnos nos pasó el contacto de una
chica que alojaba viajeros en Villarrica (unos 100 kilómetros más
adelante).
Esa noche dormimos al costado de la ruta, le preguntamos a una
familia si podíamos armar la carpa en su campo y como siempre,
ningún problema. Al otro día llegamos a Pucón, con casi 35 grados de
térmica y fuimos derecho a refrescarnos al lago. Ya más relajados en la
playa y a la sombra de un arbolito empezamos a pedir ayuda por todos
los medios disponibles para conseguir un lugar donde dormir. Pucón
nos había encantado y queríamos quedarnos un par de días, pero
al ser un lugar turístico es difícil quedarse sin pagar por hospedaje.
Después de un par de horas aparecieron nuestros salvadores, nuestra
familia chilena: Anita y Alfredo. Ellos tenían unos amigos que
estaban en Pucón, ya habían hablado y no tenían problema en que
nos quedáramos un par de días en su casa. Pero con la condición de
que nos portáramos bien, porque quien nos iba a alojar era el ex Jefe
Nacional de la PDI (Policía de Investigaciones de Chile).
Eran Marcos y Carmen Gloria, unos genios. Pasamos dos días

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Cruce de las sierras de Córdoba, Argentina.
Cabo Vírgenes, Santa Cruz, Argentina.
Glaciar Perito Moreno, Santa Cruz, Argentina.

Tres Lagos, Santa Cruz, Argentina.


Carretera Austral, XI Región, Chile.

Carretera Austral, XI Región, Chile.


Camino de los Siete Lagos, Neuquén, Argentina.

Parque Nacional Lanín, Neuquén, Argentina.


Pichilemu, VI Región, Chile.

Ruta de Pichilemu a Santo Domingo, VI Región, Chile.


Cordillera de los Andes, Paso internacional Los Libertadores, Chile.

Quebrada de Humahuaca, Jujuy, Argentina.


La Quiaca, Jujuy, Argentina.
con ellos, con Carmen Gloria compartimos una tarde de playa y
hasta salimos a pedalear un rato. Quedamos enamorados de Pucón:
sus playas, la temperatura del lago y el volcán Villarrica de fondo
coronando una auténtica postal de viaje.
De Pucón nos fuimos para Villarrica, que estaba a 35 kilómetros,
a probar suerte con el contacto que nos había pasado el polaco en
la ruta, y efectivamente nos recibieron sin ningún problema. Así que
también pasamos una linda estadía en Villarrica, que está ubicada a
orillas del lago pero en el extremo inverso a Pucón.
Saliendo de Villarrica nos esperaban 90 kilómetros de pedaleo para
llegar a Temuco (245.347 habitantes), la primera ciudad que íbamos
a cruzar en mucho tiempo, todo un desafío. Nuevamente, Anita y
Alfredo, nuestros salvadores en esta etapa del viaje, nos daban una
mano. En Temuco vivía Vero, la hermana de Anita y ella nos estaba
esperando junto a toda su familia.
Pasamos una maravillosa estadía en Temuco, a las afueras de la
ciudad, en una especie de campiña, llena de frutales, con una familia
hermosa. Cocinamos, tocamos la guitarra, tomamos mucho mate,
probamos las famosas humitas chilenas y paseamos por la ciudad.
Nos sentimos tan cómodos con esta familia que nos costó
arrancar. Muchos viajeros nos habían advertido de esto: las constantes
despedidas. Se vive muy intensamente en el viaje y las relaciones
vibran con la misma intensidad, se generan lazos muy fuertes en dos o
tres días, pero el viaje continúa y hay que llenarse de valor para poder
seguir camino.
Salimos de Temuco rumbo a Puerto Saavedra, estábamos motivados
con ver el océano Pacífico, nos separaban unos 80 kilómetros. En
Puerto Saavedra nos iba a recibir Alfonso, una persona que habíamos
contactado por couchsurfing. El camino fue muy entretenido y
arbolado, bordeando un río que en algún momento teníamos que
cruzar. Alfonso nos había dicho que llegando a la desembocadura en
el mar había una balsa municipal que te cruzaba gratis, así que hacia
allá fuimos. Llegamos muertos a Nehuentúe, el último pueblito en el

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que teníamos que tomarnos la balsa, resulta que el pueblo estaba de
fiesta y como estaban preparando unos fuegos artificiales a orillas del
río, la balsa no iba a funcionar hasta el día siguiente. Nuestra cara se
transformó, teníamos una cama calentita esperándonos al otro lado del
río, pero no había forma de cruzarlo. Estábamos muertos, ya se estaba
haciendo de noche y no teníamos lugar para dormir. Respiré profundo
y le dije a Lau, que estaba más enojada que yo, que nos acercáramos
a la fiesta y preguntáramos si se podía armar la carpa en algún lugar
del pueblo.
Estaba lleno de gente, muchos puestos con comida, artesanos y un
escenario donde tocaba una banda, hacia allá fuimos. Nos paramos a
ver la banda y en menos de 10 segundos se acercan dos personas y nos
empezaron a preguntar por las bicis, el viaje…lo típico. Así que charla
va, charla viene, le contamos lo que nos había pasado y nos invitaron
a la casa, no tenían camas de más pero podíamos armar la carpa, había
lugar de sobra. Delfín y su tío, nuestros salvadores, nos invitaron a
comer unas sopaipillas (una comida típica chilena de harina y zapallo),
así que estacionamos nuestras bicis, nos sentamos en una mesa frente
al escenario y pasamos una linda noche de música, mates y amigos.
Para coronar la velada pudimos disfrutar del espectáculo de fuegos
artificiales, esos odiosos fuegos que en un principio nos habían dejado
sin una cama, ahora eran los que nos permitieron hacer nuevos amigos.
La hospitalidad no terminó ahí, al día siguiente desayunamos con
la familia de Delfín, salimos a pasear en bici, probamos el tradicional
mote con huesillo chileno y finalmente, vimos el océano Pacífico. Esa
misma tarde cruzamos el río, la balsa estaba en funcionamiento así
que nos fuimos para Puerto Saavedra a encontrarnos con Alfonso y
descansar un buen rato.

74
Llegás a un pueblito desconocido y una persona completamente
desconocida, en unos pocos minutos, tras entablar una mínima charla,
pasa a ser parte del viaje. Se preocupa por tu próximo destino, quiere que
estés bien alimentado, te invita una comida, te pregunta si tenés frío, si
querés sentarte, si está rica la comida, se preocupa y está pendiente de
que estés lo más cómodo posible. Quiere que de su pueblo, de ese mínimo
y hermoso pueblo en la costa del Pacífico de Chile te lleves la mejor de las
experiencias. Eso sólo puede llamarse humanidad.

75
LA MAGIA DEL CAMINO
Estábamos llegando a Concepción en Chile, unos 50 kilómetros
antes comienza la autopista, no era una buena idea meterse ahí con las
bicis, pero no había alternativa. Así que nos calzamos nuestros chalecos
refractantes y comenzamos a pedalear en la banquina o (berma como
le dicen en Chile). Había muchos camiones, avanzábamos lento y
se estaba poniendo peligroso. Así que decidimos hacer uso del auto
stop, más bien conocido como dedo. Pero en una autopista, con todos
yendo tan rápido la veíamos difícil. Con el agravante de que tenemos
dos bicis enormes, llenas de bolsos. Hicimos una especie de pedido al
universo, nos agarramos de las manos (un poco en chiste un poco en
serio) y comenzamos con el dedo. Habrán pasado uno 5 minutos, los
autos iban muy rápido, y una camioneta que venía a no menos de 120
kilómetros clava el freno, nos adelantó porque no alcanzó a parar del
todo, hace marcha atrás y nos dice: chicos, ¿los llevamos?
Al volante estaba Saúl, un genio cósmico, lleno de energía. No le
bastó con salvarnos las papas en la autopista si no que quería llevarnos
exactamente hasta dónde íbamos. En el camino nos pasamos porque
nosotros no sabíamos bien la dirección, “No importa, ¡volvemos!”,
dice Saúl. El chiste de volver tomó más de 40 minutos (y además él
después tenía que ir en la dirección inversa), y mientras su teléfono
sonaba con llamadas de trabajo, Saúl indiferente a eso, nos preguntaba
por el viaje, la locura de la bici, por Argentina, se lo veía vivo, feliz,
disfrutando el momento presente.
Esas cosas te llenan de energía, que un completo desconocido te
levante en una autopista, con las dos bicis, que nos lleve hasta el lugar
exacto a dónde íbamos, que destine una hora de su día para darte una
mano, que además te deje su teléfono y te diga antes de irse yo vivo
acá, llámenme para lo que necesiten, ¡Las 24 horas!
Esa es la magia del camino.
Saúl nos dejó en Concepción, en la casa de Alfredo y Anita, otra
vez nuestra familia chilena al rescate. Ellos no estaban pero nos recibió

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Francisca, su hija, de la mejor manera. Pasamos unos días estupendos
con Francisca y su hermano Alfredito, muy cómodos y en familia,
salimos de paseo, fuimos a la playa (estábamos a cinco minutos) y
conocimos la ciudad, la segunda más grande de Chile.

No sé si es casualidad, causalidad, anecdótico, paradójico, coincidencia


o incidencia pero elegimos un lugar que se llama Concepción para empezar
a escribir el libro. Bueno, a escribir, a ordenar ideas, a juntar pedacitos de
párrafos escritos y diseminados entre el celular, la computadora, cuadernos
y alguna anécdota rondando en la cabeza.
Sentado en el living de una casa, que es como mi casa, porque desde
que salimos de viaje estar en casa es estar en una casa ajena pero sentirla
como propia, todo gracias al calor de todas aquellas personas que nos
reciben.
Muchos pensarán que la mayor parte de nuestro viaje dormimos en
carpa, desprovistos de toda comodidad, parte del sacrificio que implica
vivir viajando. Pero la verdad es que somos bastante hogareños. Nos
gustaba pasar tiempo en nuestra casa de Saavedra y tratamos de no perder
eso durante el viaje. La mayor parte de las veces dormimos en casas, ya
sea de gente que nos invita o de contacto que generamos. Nos quedamos
unos días, cocinamos, miramos películas, nos duchamos, hacemos todas
esas cosas que hacen a la comodidad de un hogar.
Y como si el calor del hogar fuera poco el camino nos regala el enorme
cariño de las personas, de las familias que nos reciben y que pasan a ser
parte de nuestra familia. Relaciones que se generan en dos o tres días de
compartir y que tienen la fortaleza de años. En el camino aparecen abuelas
que nos cuidan, madres que se preocupan, padres compañeros, hermanos
que nos entusiasman y nos motivan a seguir con esta enorme aventura.

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En fin, viajar y hacerlo en bici tiene sus sacrificios y su cuota de
esfuerzo, cómo todo lo que nos apasiona hacer, pero cada uno puede darle
la forma que mejor le resulte y encontrar en el camino todo aquello que
necesita para ser feliz, ya sea un hogar, una familia o el simple hecho de
sentirse acompañado.

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QUE LOS CUMPLAS FELIZ
Habíamos hecho una gran parada en Concepción, la segunda
ciudad más grande de Chile. Teníamos ganas de seguir viaje, pero
faltaban dos días para mi cumpleaños y no sabíamos si quedarnos
en Concepción, donde ya estábamos cómodos y en familia, o seguir
camino y dejar que la ruta nos sorprendiera.
Optamos por la segunda opción y un día antes de mi cumpleaños
nos subimos a la bici y encaramos los 40 kilómetros que nos separaban
de Tomé, un pueblo a las costas del Pacífico donde nos parecía un
buen lugar para recibir mis 27 años. Ese mismo día nos pusimos en
contacto con Jekar, un couch que nos iba a recibir en su casa. Así
que una vez entrando al pueblo le pegamos un llamado y nos fue a
buscar a la costanera de Tomé. Ya con verlo venir nos dimos cuenta
de que era un buen anfitrión, relajado, en traje de baño y ojotas nos
dió la bienvenida. Camino a su casa nos cuenta sus planes para la
tarde, a los cuales nos sumamos entusiasmados. Después de dejar las
bicis y acomodarnos en su casa nos fuimos con sus amigos a pasar la
tarde a la playa, clavamos las sombrillas porque el sol quemaba y entre
mate, cervezas, cartas, anécdotas y mucha risa empezaba la previa de
mi cumpleaños. Estaba atardeciendo en las costas del Pacífico y Jekar
propone entre sus amigos hacer una fiesta en su casa porque después de
la medianoche era mi cumpleaños. Así que fluyendo y sin planearlo ya
tenía el festejo armado, con amigos, esos que se generan en los viajes,
relaciones intensas y fugases, sin tiempo para juicios o valoraciones,
sólo para ser nosotros mismos.
Fiesta en la casa de Jekar, sin palabras, la pasamos bárbaro: música,
anécdotas, risas y más risas. Y cómo si fuera poco, antes de que se
termine la fiesta Jekar propone: “Mañana sigue el festejo, día de playa
en El Túnel”. El Túnel era efectivamente eso, un túnel por donde
pasaba el tren hace unos 20 años atrás, ahora fuera de funcionamiento
servía a fines recreativos para atravesar la montaña de un lado al otro.
Sólo se podía llegar caminando o en bici, así que optamos por la

79
segunda opción. Después de unos 5 kilómetros desde Tomé llegamos
a la playa, un lugar paradisíaco, arena blanca, agua cristalina, si omitías
su temperatura (¡congelada!), estabas en el Caribe. La que no estaba
congelada era la cerveza que llevamos, así que no se nos ocurrió mejor
idea que enterrarla en la arena donde llegaban las olas para que se fuera
enfriando. Estábamos tomando sol, ya habíamos clavado la sombrilla y
Jekar nos contaba que la playa era hermosa, pero que en todo el verano
no se había metido al mar por la temperatura, entonces es cuando muy
a lo lejos vemos, ya bastante adentro del mar, cómo a 50 metros, la
bolsa en la que estaban las latas de cerveza, flotando. Jekar ni lo pensó
y salió corriendo, se tiró al mar y sin parar de nadar ida y vuelta trajo
las latas ¡estaban todas! El héroe de la tarde, llegó con las latas y todos
nos abrazamos en un festejo similar a si hubiéramos ganado la Copa
del Mundo. Esas cosas simples y profundas que te dan los viajes, lo
importante no eran las latas, ni la playa, ni el mar, lo importante era
lo que estaba transcurriendo en ese momento único e infinito, eso se
llamaba amistad.

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BIEN UNIVERSAL
Salimos de Tomé al otro día, en un estado de éxtasis, iluminados
por lo maravilloso que había sido el fin de semana de mi cumpleaños.
Teníamos mucho que pedalear y la mayor parte iba a ser en subida.
Fue un día largo, caluroso, con unas cuestas interminables entre las
montañas, nos teníamos que bajar de las bicis porque las subidas eran
muy empinadas, estuvimos a punto de hacer dedo varias veces, pero
finalmente tomamos ritmo y pudimos avanzar unos 60 kilómetros.
Ya estábamos buscando un lugar para dormir, algún campito
donde tirar la carpa, pero donde estábamos no había nada, así que
decidimos subir una cuesta más y ver qué pasaba más adelante. Como
era la última del día no quería empujar la bici así que me paré arriba
y haciendo todo el esfuerzo que podía empecé a subir, a 8 kilómetros
por hora. Cuando estaba terminando de subir escucho que me gritan
desde adentro de un campo, bien lejos, cómo a 200 metros. Me bajé
de la bici y devolví el saludo, pero ahí me di cuenta que me estaban
llamando. A todo esto Lau venía atrás, aún no había terminado la
cuesta. Esperé a que llegara y juntos fuimos al encuentro con esta
familia que nos llamaba. Llegamos y nos ofrecieron algo fresco para
tomar y apaciguar los 30 grados de temperatura, nos invitaron a
tomar once (esa fantástica merienda/cena que hacen los chilenos),
nos invitaron a dormir, tenían una habitación para nosotros, nos
duchamos, nos lavaron la ropa ¿qué más se puede pedir? Una familia
hermosa, la magia del camino, la bondad, que ante todas las cosas es
un bien universal.

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CUANDO PASE EL TEMBLOR
Al otro día salimos temprano, nos separaban 80 kilómetros
de Cauquenes, donde nos esperaba Pancho. Hacía el mismo calor
insoportable que el día anterior ¡o más! Habíamos hecho 60 kilómetros
pero estábamos muertos, así que lo llamamos a Pancho y le contamos
la situación. Sin dudarlo, nos vino a buscar en su camioneta y en
menos de media hora ya estábamos con él, charlando, intercambiando
anécdotas, pero lo más importante...con aire acondicionado.
Pancho recién volvía de Brasil, había estado tres meses de viaje y
para juntar un poco de plata le había alquilado su casa a un conocido
durante su estadía en el país carioca. Así que de la mejor manera,
Pancho nos recibió en la casa de su mamá. Nos presentó a su familia, a
sus amigos, nos llevó de paseo a lugares por los que no íbamos a pasar
y fue en uno de esos paseos que nos contó una de las historias más
fuertes del viaje.
Nosotros veníamos pedaleando hace más de 400 kilómetros por las
costas del Pacífico, nos habíamos enterado de que en muchos lugares
habían sufrido las consecuencias del terremoto del 2010, pero sobre
todo las consecuencia que dejó el posterior tsunami. Sin embargo, la
historia que nos contó Pancho fue en primera persona y fue en ese
entonces cuando dimensionamos la magnitud de la catástrofe.
Cauquenes, donde vive Pancho, está a unos 50 kilómetros del mar,
está lejos de ser alcanzado por un posible tsunami. Sin embargo, él
había alquilado una casa en la playa con sus amigos, para pasar el fin
de semana. La noche del tsunami, Pancho estaba en el balcón de la
casa, que daba al mar, estaba tan contento por estar en ese lugar con
amigos, que se le ocurre llamar a su mamá, que en ese momento estaba
en Valparaíso, para poder compartir con ella. Le cuenta que se había
ido a la playa con amigos, que habían alquilado una casa hermosa, la
que estaba más cerca del mar (exacamente 20 metros), la que tenía
mejor vista, le cuenta que estaba feliz.
Esa madrugada, a las 3 de la mañana Chile fue azotado con un

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terremoto de 8.8 puntos en la escala de Richter, terremoto que además
generó un Tsunami, media hora más tarde, sobre mucho pueblos de las
costas del Pacífico. Para darse una idea de la magnitud, el sismo chileno
fue 31 veces más fuerte y liberó cerca de 178 veces más energía que el
devastador terremoto de Haití ocurrido el mes anterior, y la energía
liberada es cercana a 100.000 bombas atómicas como la liberada en
Hiroshima en 1945. El sismo es considerado como el tercero más
fuerte en la historia del país y el octavo más fuerte registrado por la
humanidad. Ahí, en el epicentro mismo de la tragedia, estaba Pancho.
El terremoto encontró a Pancho y algunos de sus amigos
despiertos, después de dos minutos de sacudidas. La voz de que había
que salir corriendo hacia el cerro empezó a resonar en el pueblo. Así
que hacia allá fueron, en busca de un lugar alto antes de que llegara
el tsunami. Y efectivamente, Pancho nos cuenta que una vez en el
cerro escucha el ruido más horrendo que sintió en su vida. Fueron tres
olas y sólo se podía escucharlas porque la noche estaba oscura y no se
veía nada. Después de muchas horas de incertidumbre, ya entrada la
claridad de la mañana y retirado el mar, bajaron para encontrarse con
lo evidente: el desastre.
Para darnos una idea de la magnitud de la fuerza del mar, Pancho
nos cuenta que cuando fueron en busca de la casa en la que estaban,
había desaparecido por completo, pero que el piso de arriba de la
casa estaba a 100 metros de donde estaban los cimientos y que estaba
intacto. Que su celular (obviamente sin señal), estaba apoyado en la
mesa de luz, tal cual él lo había dejado y que todas las cosas estaban
secas. Es decir que el agua había arrancado la planta alta y la había
depositado entera en otro lugar.
Pancho estaba bien y sus amigos también. Pero es ahí cuando
empiezan a desarrollarse muchas historias, intensas y angustiantes. Las
historias de los desencuentros, de la incomunicación. La familia de
Pancho estaba a 400 kilómetros de distancia, sin electricidad ni líneas
de celulares disponibles era imposible la comunicación. Las rutas
estaban cortadas y algunos puentes se habían derrumbado. Durante

83
48 horas la mamá de Pancho pensó que su hijo estaba muerto. Pienso
en la cantidad de desencuentros, de historias detrás del desastre y se
me pone la piel de gallina.
Cómo si la historia de Pancho no fuera suficiente, unos kilómetros
más adelante llegamos a Chanco donde nos recibió Karina. Una
arquitecta que con motivo de los seis años que se cumplían del
terremoto del 2010, nos invitó a participar de un mural de tierra
que iba a ilustrar la reconstrucción del pueblo después del terremoto.
Chanco era principalmente, un pueblo de casas de barro y tras el
terremoto gran parte de esas casas quedaron destruidas. Fue por esos
días que conocimos la historia de Rubén y Eugenia que vivieron
durante toda su vida en una casa de barro y que unas semanas antes
del terremoto decidieron mudarse un poco más cerca del pueblo. Se
salvaron de quedar aplastados ya que su antigua casa se derrumbó
totalmente.
Y fue así como seguimos avanzando, entre historias conmovedoras,
por momentos increíbles, pero sobre todo reales y cercanas. Historias
que nos fueron introduciendo en la tragedia de un país, pero que a
pesar de todo el sufrimiento que causó, forma parte de su identidad
cultural. De esa personalidad chilena, aguerrida, optimista, aferrada a
la vida y a la esperanza.
De Chanco nos fuimos a Constitución. Donde nos recibieron
Gabriela y Jorge, con tanto cariño que nos hicieron sentir parte de
la familia. Compartimos desayunos, almuerzos, onces y muchas
charlas, y fue en una de esas charlas donde Jorge nos cuenta que en
Constitución después del tsunami había tres olores: el olor apescado
podrido, porque una vez que retrocedió el mar los jardines de las casas,
las calles, la plaza, todo estaba lleno de peces muertos. El olor a asado,
porque como no había luz ni gas, había que cocinar toda la carne que
había y la única forma era asándola al fuego. Y por último el olor a
gente muerta.
Cuando le pregunté a Jorge por qué seguía viviendo en el mismo
lugar de la tragedia, volviendo a invertir su tiempo, dinero, vida y

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esfuerzo en volver a reconstruir su casa, sabiendo que podía volver a
repetirse el fenómeno, me respondió que no se puede vivir y planificar
una vida pensando que algo malo va a suceder.
Salimos de Constitución y viajamos durante muchos kilómetros
bordeando el océano pacífico. Muy cerca del mar. El olor de la sal,
la niebla y la humedad les daban un aspecto de cuento a todos los
pueblitos que fuimos cruzando a lo largo de la jornada. Cerca de las
cuatro de tarde se nos terminó el camino costero y para seguir había
que meterse por un camino interno que atravesaba una montaña.
Ripio, en subida y al final del día, una combinación mortal. Aún así
algo nos dijo que teníamos que seguir.
La subida era tan empinada que nos tuvimos que bajar a empujar
las bicis. Hacía tiempo que no nos sucedía eso y nos retrotrajo al
principio del viaje, cuando empujábamos las bicis todo el tiempo.
Fueron como 10 kilómetros de intermitente subida, por momentos
intentábamos pedalear, pero la fuerza en las piernas duraba poco y
volvíamos a bajar.
Empezamos a alejarnos del mar, el olor a sal y la niebla fueron
desapareciendo. Detrás de esas nubes grises que nos habían
acompañado todo el día nació un sol enorme y dorado que se filtraba
entre los árboles del bosque de pinos que estábamos atravesando. El
paisaje cambió radicalmente, y nuestro ánimo también. Nos volvimos
a motivar y tras otra hora de pedaleo llegamos a la cima.
Entre toda la euforia de la subida se nos hicieron las siete de
la tarde y nos encontramos sin lugar para dormir y casi oscuras.
Estábamos en medio de un inmenso bosque y no había ninguna casa
alrededor en kilómetros. Muy a lo lejos visualizamos una especie de
torre de control y fuimos hacia ahí. Al llegar nos encontramos con
un portón, por detrás un puesto de vigilancia y una pequeña casita.
Golpeamos las manos y salió un señor, le contamos nuestra situación y
sin problemas nos dejó pasar. Esa noche acampamos al lado de lo que
era un puesto de control de incendios forestales. El señor y su mujer
nos invitaron a cenar en su casa, no tenían muchas provisiones pero

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querían compartirlas con nosotros. Nos dijeron algo como: “Aunque
tengamos una sola pieza de pan, la vamos a partir en cuatro”.
Al otro día desayunamos juntos, cuando entramos a su pequeña
casita la señora estaba amasando pan que compartimos en el desayuno
y nos regalaron para el viaje.

Cuando arrancamos nuestro viaje sabíamos de esa supuesta “Magia


del Camino” de la que todos los viajeros hablaban, pero aún así éramos
presos de nuestros miedos y desconfianza citadina. Tal es así que compramos
una cadena antes de salir de viaje, la cadena más grande que encontramos,
para atar nuestras bicis y sentirnos seguros. Era ridículamente pesada, al
principio del viaje la usamos un par de veces, pero nos dimos cuenta con
el pasar de los días que no hacía falta, o simplemente nos quitamos este
pánico citadino, estábamos viajando por pueblos muy tranquilos, donde
la gente dejaba las bicis sin atar y no tenía sentido llevar tanto peso. Así
que devolvimos la cadena a Buenos Aires y nos sacamos ese peso de encima,
no sólo el de la cadena que eran como 5 kilos, sino el peso de vivir en la
desconfianza. De pensar que el otro nos va a cagar, de que todos nos van a
cagar. Vivir así pesa y pesa mucho, pensar todo el tiempo en que algo malo
nos puede pasar, en el por las dudas, vivir así nos roba la vida.

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PICHILEMU
Por nuestro estilo de viaje y por nuestro acotado presupuesto
nunca habíamos dormido en un hostel, ya íbamos más de medio año
de viaje y nuestros espacios para pernoctar se reducían a: casas, la carpa,
puestos fronterizos, una iglesia, un cuartel de la Armada Argentina,
pero nunca un hostel. Sin embargo teníamos la invitación de un chico
que tenía un hostel en Pichilemu y nos regalaba la estadía.
Pichilemu es un pueblo costero, pero a diferencia del resto de los
pueblos que habíamos cruzado, Pichilemu tenía surfers. Al parecer es
uno de los lugares con mejores olas del mundo. Así que ahí estábamos
en el hostel, rodeados de surfers y energía aventurera.
Una tarde fuimos a ver de qué se trataba todo eso del surf, así
que nos acercamos a Punta de Lobos, la playa donde están las olas
más grandes de Latinoamérica y ahí fue cuando vimos uno de los
mejores espectáculos del viaje. En el mar había unos 200 surfers, todos
profesionales y con traje de neopreno, porque el mar estaba helado. Las
olas tenían unos 6 ó 7 metros y estos tipos las montaban como si fuera
un juego de niños, cómo si el agua y la tabla fueran una continuación
de su cuerpo. Era gente que venía de todo el mundo en busca de esas
olas, gente que había viajado mucho para estar exactamente en ese
lugar, en ese instante único, surfeando esas olas que además de ser
gigantes eran un sinónimo de libertad.
Salimos de Pichilemu entusiasmados, porque a 120 kilómetros
estaba Santo Domingo, en ese lugar nos íbamos a encontrar con Tute
(hermano de Lau) y su novia Rocío. ¿Motivo? Bueno, además de que
siempre es lindo encontrarse con la familia, nos habían invitado a
un casamiento. Invitado es una forma de decir, la verdad es que el
hermano de Lau, tenía un amigo argentino, que estaba de novio con
una chilena y se casaban en Chile, y sucede la hermosa sincronía de
que estábamos cerca del lugar donde se iban a casar, así que a pesar de
no conocer tanto a los enamorados, fuimos invitados al festejo.

87
LITUECHE
Pero aún faltaban 15 días para el casamiento y el encuentro
con el hermano de Lau. Por lo pronto estábamos pedaleando desde
Pichilemu a Santo Domingo, pero como caía la tarde y nos quedaban
unos 50 kilómetros para llegar, decidimos preguntar en algún campo
si nos dejaban armar la carpita y pasar la noche. En uno de los campos
al costado de la ruta había una familia construyendo una casa, así que
me acerqué y le pregunté si podíamos armar la carpa. Como siempre,
no tuvieron problema. Nos contaron que ellos estaban de vacaciones,
eran oriundos de Santiago (Capital de Chile) y estaban aprovechando
esos días libres para armarse una casa de fin de semana en el campo.
Durante esos días estaban durmiendo en un campamento que habían
armado en la parte trasera del campo, tenían unas carpas gigantes
donde montaron una cocina y dos habitaciones. Como una de las
habitaciones estaba libre, nos ofrecieron usarla, así que esa noche
dormimos en un carpón de lujo, con colchones incluidos. También,
nos invitaron a cenar con vinito de por medio y a la mañana siguiente,
desayunamos juntos cual familia de vacaciones.
Tras una mañana de pedaleo en una ruta campechana, rodeados
de viñedos y plantaciones de paltas, llegamos a Santo Domingo. Nos
recibió una familia hermosa, que además de alojarnos unos días en su
hogar, nos guardó las bicis y nuestro equipaje por unos cuantos días.
¿Motivo? Faltaban diez días para el casamiento y el encuentro con el
hermano de Lau en Santo Domingo, así que aprovechamos ese tiempo
para irnos de visita a la gran ciudad de Chile: Santiago. Santiago era
un lugar por el cual, siguiendo nuestro recorrido natural en bici, no
íbamos a pasar. Así que teniendo este lapso de tiempo de diez días para
el casamiento, transformamos la espera en oportunidad.

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EL CAMINO DE SANTIAGO
Las semanas previas a nuestra estadía en Santiago de Chile, cuando
nos estábamos acercando, empezamos a escuchar voces que nos decían
que no fuéramos a la gran ciudad. Que era peligrosa, que nos iban a
robar, que nos podía chocar un auto y muchas otras advertencias. Por
suerte no hicimos caso a todo eso y fuimos.
Después de dejar nuestras bicis estacionadas en Santo Domingo,
salimos en busca de la gran ciudad. Más de 100 kilómetros nos
separaban. Salimos a la ruta con nuestras mochilas, cambiamos la
fuerza de nuestras piernas por la confianza en nuestros pulgares.
Íbamos camino a un punto seguro para hacer dedo, pero no
hizo falta llegar hasta ahí, porque sin hacer ningún tipo de señal una
camioneta se paró al lado nuestro y se ofreció llevarnos unos cuantos
kilómetros. Bajamos en la intersección de la ruta que iba a Santiago;
aún incrédulos de nuestra suerte, levantamos el pulgar y el primer
camión que pasó, frenó y nos levantó: ¡nos llevó hasta Santiago!
Nos tomamos el metro y cómo lagartijas subterráneas de ciudad
llegamos a nuestro destino. Nos esperaba Max, el couch que habíamos
contactado por Internet. Tardamos poco en hacer buenas migas:
salimos a turistear por la ciudad, anduvimos en bici, nos metimos a
la pileta en plena metrópoli (¡hace cuánto no nos metíamos a una
pileta!).
También salimos a correr por la ciudad, pero no de la forma
tradicional, sino que hidratándonos con cerveza, esas cosas raras
y divertidas que se hacen en las ciudades: así fue como conocimos
el Chile BeerRun. En fin, la excusa para hacer más amigos. Ahí lo
conocimos a Rupert, un alemán que también estaba de paso por
Santiago. Una vez terminada la carrera, junto a él y a Max nos fuimos
a recorrer la ciudad en bicicleta.
Nos reencontramos con esos amigos que hicimos durante el
viaje: nos volvimos a encontrar con Raúl (que habíamos conocido en
Chanco) y su novia que nos llevaron a ver una exquisita banda de jazz

89
con vinito y cena de por medio. Y también, con Lincoln, un brasilero
que conocimos en Calafate, con el que compartimos un almuerzo en
Santiago y que ya se ganó un lugar en nuestros corazones.
Los últimos días lo conocimos a José (cariñosamente, “El Negro”),
que también nos alojó un par de días en Santiago. Salimos a bicicletear
un largo rato, pasamos horas tirados en alguna plaza filosofando de
la vida y nos invitó a tomar una rica cerveza artesanal. Conocimos
a varios de sus amigos, un grupo hermoso, con el cual volvimos a
encontrarnos al día siguiente.
Santiago nos sorprendió, encontramos una ciudad hermosa,
con conductores respetuosos, llena de bicis y espacios verdes.
Hicimos muchos amigos y agradecemos no haber hecho caso a las
recomendaciones. Y con esto no queremos minimizar las advertencias,
ni negar lo obvio, sabemos que estadísticamente, las ciudades son más
peligrosas que los pueblos pequeños o lugares con menor acumulación
de habitantes. Aún así, creemos que cuando alguien te da un consejo
lo hace bajo su experiencia de vida. Sus miedos son sus miedos y no
los tuyos. Uno no puede ir por la vida absorbiendo los miedos ajenos.
Como una vez escuché “Detrás del miedo, está la libertad”.

Estoy en el piso 18 de un edificio en Santiago, desayunando en la casa


de un couch que como tantos en el viaje nos recibió en su hogar, y casi sin
conocernos nos dio un lugar para dormir, las llaves de su casa y su entera
confianza.
De eso se trata, de confiar. De confiar en el otro, y de confiar en
nuestras capacidades personales, en que esas capacidades personales van
a salvarnos, en primera instancia a nosotros mismos y por consecuencia,
indefectiblemente, van a salvar al mundo.
Me doy cuenta de que la revolución invisible ya empezó y empezó

90
hace tiempo. La revolución invisible, a diferencia de todas las revoluciones
conocidas, no es un movimiento de masas. Es un movimiento personal,
del orden interno. En el que cada persona, en mayor o menor medida,
quiebra con su mandato social, con el statu quo, su deber ser familiar, y
va en búsqueda de aquello que lo hace feliz, que lo hacer vivir mejor y en
armonía con sigo mismo.
La revolución invisible puede tomar la forma que uno quiera:
alimentarse mejor, andar en bici, cambiar de trabajo, cambiar de
profesión, crear algo, salir de viaje, separar la basura, perdonar, aceitar
las relaciones familiares, volver a conectarse con viejos amigos. Es todo
aquello que cambiamos para ir en búsqueda de una armonía interior, un
bienestar personal con nosotros mismos y por consecuencia, con nuestro
entorno.
Esa revolución no se comunica en el diario, ni en la tele, ni en la
radio, esa revolución es interior, pero aún así se transmite. Estar alineado,
en bienestar, en equilibrio, indefectiblemente se contagia. Pudimos
experimentarlo en carne propia. Cuando empezamos a planificar el viaje
con Lau y contamos a nuestra familia y amigos que íbamos a ir por nuestros
sueños, al tiempo, empezamos a notar cambios en nuestro entorno. Amigos
que renunciaron al trabajo que tanto los hacía renegar, un hermano que
se fue a vivir con su familia a un lugar más tranquilo lejos de la ciudad,
una hermana que empezó a proyectar una vida en el medio de las sierras,
también lejos del ruido citadino. O personas que simplemente, nos escriben
y nos hacen saber que vernos motivados, en busca de lo que realmente nos
hace felices, los ayuda a tomar esa decisión de cambio que hace rato viene
resonando en sus vidas.
Aún en el balcón del piso 18, vuelvo a mirar a Santiago, una
verdadera ciudad, y pienso que en este preciso momento, sin que nadie lo
sepa, despacio, constante e indefectiblemente, la revolución invisible está
sucediendo.

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RUMBO A VALPARAISO
Si antes del viaje me hubieran dicho que cinco meses después de
salir de Ushuaia íbamos a estar en Chile, en las costas del Océano
Pacífico, en la playa, en familia y en un casamiento, no lo hubiéramos
creído. Sin embargo, eso fue exactamente lo que pasó.
Nos encontramos con el hermano de Lau y su novia en Santiago.
Juntos fuimos a Santo Domingo, en busca de las bicis y del casamiento.
Pasamos un fin de semana espectacular: mar, playa, fiesta, familia…
¿Qué más podíamos pedir? ¿Cómo transmitir tanta alegría en palabras?
De Santo Domingo nos fuimos a Cartagena, cerquita, 30
kilómetros. La verdad es que entre la ida y vuelta a Santiago de Chile
y el casamiento habíamos estado diez días sin pedalear y no queríamos
arrancar con grandes distancias. Además, nos esperaba Kike, en una
hermosa casa con vista al mar. Nos quedamos dos días descansando
y contemplando el mar desde el jardín de la casa. Si mirabas con
atención a lo lejos, como siguiendo la línea de la playa hacia el norte, se
vislumbraba la imponente Valparaíso y justamente, hacia allá íbamos.
Saliendo de Cartagena nos separaban 100 kilómetros hasta
Valparaíso, sabíamos que posiblemente no íbamos a llegar en un día,
porque el camino no era plano y hacer 100 kilómetros en montaña
para nosotros resultaba imposible, al menos por el momento. Así que
después de salir de Cartagena, pedalear unos 70 kilómetros, pasar
una infinidad de pueblos costeros, cruzar la cordillera de la costa
y llegar a las inmediaciones de Valparaíso, nos encontramos con la
autopista. Quedaban unos 30 kilómetros para llegar a nuestro destino,
que en verdad no era Valparaíso, si no Viña del Mar que está al lado.
Estábamos muertos y además, pedalear en una autopista no era de
nuesro agrado. Tampoco es fácil hacer dedo ahí, los autos van muy
rápido y es raro que paren, además estábamos muy cerca de la ciudad
y eso siempre genera cierta desconfianza. Sin embargo, ahí estábamos.
Apoyamos las bicis al guardarraíl y levantamos nuestros pulgares,
como siempre la magia del camino hizo que todo pronóstico negativo

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se desplomara ante la bondad humana. En menos de 20 minutos una
especia de ambulancia venida a menos frenó y nos levantó.
Tanto Valparaíso como Viña del Mar son ciudades muy grandes,
llenas de cerros donde es muy fácil perderse. Se estaba haciendo de
noche y nosotros no sabíamos dónde nos iba a dejar nuestro salvador.
Nos daba un poco de miedo tener que volver a pedalear de noche en
una ciudad tan grande. Y acá viene nuevamente la magia del camino,
nuestro amable conductor iba a media cuadra del lugar al que íbamos
nosotros. ¡Sí! ¡Media cuadra! En una ciudad gigante, de millones de
habitantes, con kilómetros y kilómetros de extensión, resulta que
nuestro conductor, la persona que nos levantó en la autopista iba a 50
metros de donde nosotros íbamos: casualidad, causalidad, conexión
universal, llamalo como quieras, pero te aseguro que cuando estás en
el camino del corazón, en el camino de los sueños, estas cosas pasan
todo el tiempo.
Nos habían comentado en reiteradas oportunidades que Viña
del Mar estaba lleno de argentinos, pero hasta que no lo vimos no lo
creímos. ¡Está lleno! Nunca vimos tantas patentes argentinas. Y cómo
la gente de Viña está acostumbrada a interactuar con argentinos, te
reconocen la tonada al instante. Pasamos unos días muy lindos, nos
recibió Carlos en su pequeño, pero muy cálido departamento. Y es más,
el fin de semana se tenía que ir, así que nos quedamos de dueños por
un par de días. Esa tardecita de viernes, después de que Carlos se fue y
con toda confianza nos dejó su casa y hasta incluso nos ofreció dormir
en su habitación, esa tardecita me fui al balcón del departamento que
estaba ubicado en el piso 13, con una cerveza en la mano y una vista
de la ciudad por delante, pensé en la abundancia del viaje. Teníamos el
mínimo presupuesto, estábamos viajando prácticamente sin dinero y
de alguna u otra manera siempre terminábamos en lugares hermosos,
con gente hermosa, siempre dispuesta y encantada de darnos una
mano.
Durante nuestra estadía en Viña nos tomamos un colectivo y
nos fuimos a recorrer Valparaíso. Nos encontramos con una ciudad

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encriptada, llena de recovecos, callecitas, escaleras, pasillos, todo bajo
el efecto de los grafitis y el arte urbano. Una ciudad llena de música,
de pintura, de ferias, de colores, una ciudad hermosa y muy, pero muy
fotogénica.

94
EL GRAN DESAFÍO
Salimos de Viña del Mar con una sola idea, una idea de 3.200
metros de altura, se llamaba Paso Libertadores y era el paso fronterizo
que habíamos elegido para volver a casa, para cruzar esa inmensa y
hermosa Cordillera de los Andes que divide Chile y Argentina.
Desde Viña del Mar, teníamos al menos tres días de pedaleo hasta
la frontera, la primer noche nos recibió Diego y su familia en La Cruz,
algo así como “La Capital Mundial de la Palta”. En La Cruz hay tantas
paltas que hasta el logotipo de la municipalidad es una palta. Hay
paltas en las calles, en la veredas, en la plaza, en todos lados ¡casi nos
volvemos locos de la emoción!
En la casa de nuestro anfitrión había tres paltos, así que además
de recibirnos de la mejor manera y cenar en familia, nos regalaron un
montón de paltas que nos duraron hasta llegar a la Argentina.
Después de una jornada de pedaleo por autopista llegamos a San
Felipe, donde nos recibió Cristian. Pero esta vez nuestro anfitrión no
fue el protagonista de nuestra estadía, si no que tuvimos una sorpresa,
pero para eso hay que hacer un paréntesis.
Resulta que en Chile, más precisamente en Santiago, se realizaba
el Foro Mundial de la Bicicleta. Es por eso que muchos ciclistas de
diferentes países se organizaron en grupos y salieron rumbo al Foro.
Varios de esos grupos salieron desde Argentina y tras varios días de
pedaleo y un cruce de cordillera de por medio llegaron a destino. Pero
uno de esos viajeros después de cruzar la cordillera se había separado
de su grupo, se había enfermado y había llegado a San Felipe.
Nosotros nunca lo habíamos visto pero nos había mandado
algunos mensajes por nuestra página de Facebook. Ahora nos había
llamado al celular, nos había contado su situación y quería encontrarse
en una plaza. Nosotros estábamos cómodos en la casa de nuestro
anfitrión, ya eran cerca de las siete de la tarde y no nos queríamos
mover. Queríamos invitarlo a la casa en la que estábamos, pero como
no lo conocíamos nos resultaba incomodo meter a un extraño. En una

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encrucijada moral y después de discutirlo un poco con Lau decidimos
que teníamos que ayudarlo. Así que le preguntamos a Cristian si
podíamos invitarlo a tomar unos mates, pero le aclaramos que no lo
conocíamos. Cristian aceptó y no solo eso, sino que fue a buscarlo a
la plaza.
Una vez sentado en la mesa Emiliano nos contó su historia. Habían
tenido algunas diferencias con su grupo y por eso se había separado. Ya
entrada la noche se lo veía medio caído y tenía algo de fiebre. Cristian,
nuestro anfitrión, lo invitó a dormir a su casa. Y como al día siguiente
Emiliano tenía que pedalear otros 100 kilómetros para llegar al Foro y
no estaba en condiciones para hacerlo, Cristian que también tenía que
ir para Santiago se ofreció a llevarlo, a Emiliano y a su bici.
Todo salió perfecto, ayudamos a un viajero en un momento
difícil y pudimos devolver un poquito de todo ese amor que nosotros
recibimos en el viaje. Ayuda de todas esas personas que nos cruzamos,
que nos abrazan y confían en nosotros como si fuéramos parte de su
familia.
Nos fuimos de San Felipe sabiendo que se venía un día de pedaleo
intenso, nos acercábamos a la frontera y el camino se había vuelto un
constante acenso. Estábamos motivadísimos con el que parecía uno
de los mayores desafíos del viaje, cruzar la Cordillera de los Andes por
uno de los pasos fronterizos más altos, el paso Libertadores.
Ya entrada la tarde pinché una de las ruedas, siempre da bronca
pinchar porque es algo que no te esperas, una pausa que siempre
aparece en momentos de intensidad. Nos pusimos a arreglar la
pinchadura y nos dimos cuenta que justo en frente nuestro había un
árbol de duraznos, así que la tragedia se trasformó en merienda.
Muchas veces me pregunto por qué pinchamos, hemos hecho
tramos de mil kilómetros sin ningún problema y otras veces que
pinchamos dos o tres veces en un mismo día. Creo que hay cierta
responsabilidad personal en las pinchaduras, no es simplemente
una cuestión azarosa del camino. Si no más bien una acción a nivel
inconsciente, como si una parte nuestra estuviera pidiendo parar a
respirar un rato.
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Después de esta volada seudo-filosófica y de la merienda con
duraznos seguimos camino unos kilómetros más, pero como se venía
la noche decidimos preguntar en una especie de hostería si nos dejaban
armar la carpa. Salió una señora a nuestro encuentro y nos dijo que no
había problema, que podíamos armarla y nos señala un lugar bastante
feo, lleno de piedras y medio barroso. Por el contrario, en otra parte del
terreno había un lugar con pasto, debajo de un árbol y al costado de
un arroyo. Entonces le pregunté si podíamos armarla en ese lugar y me
dice que en verdad no había problema, pero que en ese lugar a la noche
aparecía un chancho salvaje y se tiraba a dormir, es por eso que no
nos había ofrecido ese espacio, pero que si no teníamos problema con
los chanchos podíamos armar la carpa. Para mis adentros pensé “¿qué
puede hacer un chanchito?” y le dijimos que no teníamos problema.
La señora se fue, armamos la carpa, cenamos, cayó la noche y nos
acostamos a dormir. En un momento de la madrugada me despiertan
unos ruidos, se sentía que estaban hurgando entre nuestras bicis y ahí
me acordé que había dejado fruta y que seguramente había aparecido
nuestro amigo: el chancho. Me levante, salí de la carpa y me encontré
con el chancho más grande, negro y peludo que vi en mi vida. Yo no
les tengo miedo a los animales de granja pero este chancho era de otro
planeta. Se estaba por comer nuestra fruta así que tomé valor y lo
encaré, hice un par de pasos y ni se inmuto, tuve que estar bien cerca
para que retrocediera. Agarre la fruta y me fui a dormir.
Como no me saqué la ropa después de espantar al chancho y me
había metido vestido a la bolsa de dormir, me dio mucho calor. Así
que saqué la mitad del cuerpo afuera de la bolsa y seguí durmiendo. En
una de esas siento que algo me hace cosquillas, me estaban chupando
el pié ¡era el chancho! Tiro una patada karateka y escucho un grito
ahogado: ¡ahhhhhhhhhhhhhh! Resulta que estaba soñando y la patada
se la había dado a Lau, me quería matar.
Bueno, como pude seguí durmiendo y al ratito siento que algo me
estaba olfateando la cara, esta vez no era un sueño, el chancho estaba
oliendo la fruta a través de la carpa. Le pegué un manotazo a la pared
de la carpa y salió asustado. A esa altura ya no me podía dormir y para
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colmo el árbol que estaba justo arriba de nuestra carpa era de higos, y
el chancho se puso a comerlos durante toda la noche.
Después de una larguísima noche y un buen desayuno nos
preparamos para uno de los días más intensos del viaje. Nos separaban
unos 30 kilómetros para el punto más alto del cruce cordillerano y los
últimos 10 de esos kilómetros eran los famosos caracoles.
Esos primeros 20 kilómetros fueron intensos, una subida constante
e interminable. Pero estábamos tan ansiosos por llegar a los caracoles
que se nos pasaron volando. Paramos a almorzar unos kilómetros antes
y a eso de las dos de la tarde los encontramos. Eran imponentes, más
de 30 curvas y contra curvas por las que bajaban autos y camiones.
Sorprendentemente pedaleamos casi todo el trayecto, sólo tuvimos
que bajarnos y empujar nuestras bicis en dos de las curvas, el resto
lo pudimos pedalear. Estábamos motivadísimos por la inmensidad de
nuestra hazaña, por los conductores que se paraban a sacarnos fotos
y los camioneros que nos tocaban bocina. Qué maravilla cruzar los
Andes en bici, que experiencia fantástica, inspiradora e inolvidable.
El objetivo del día era terminar los caracoles y llegar al Hotel
Portillo, donde había una Laguna y nos habían dicho que podíamos
armar la carpa. A eso de las 7 de la tarde, después de atravesar algo
más de 30 curvas y contra curvas llegamos. Estábamos antojados de
pan con dulce, teníamos el dulce pero nos faltaba el pan. Así que se
me ocurrió ir a pedir pan al hotel. Entramos y después de contarle que
veníamos en bici nos invitaron a merendar. Así que el humilde pan
con dulce se transformó en una merienda continental. Además nos
invitaron a desayunar a la mañana siguiente.
Con la panza llena y felices por el agasajo nos fuimos a armar
la carpa frente a la laguna, con un cielo naranja sobre un espejo de
agua que nos hizo sentir infinitos. Al día siguiente tras pasar el control
fronterizo y volver a la Argentina nos esperaba lo más lindo: la bajada.

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TODO LO QUE SUBE BAJA
Nos levantamos tempranito y salimos rumbo a la frontera. Después
del papeleo, que nunca es muy exigente gracias a las bicis, comenzó la
bajada. Eran noventa kilómetros de pleno descenso. El primer tramo
fue puro disfrute, desde la ruta pudimos ver el pico nevado del mítico
Aconcagua y unos kilómetros más adelante nos encontramos con
el Puente del Inca, una formación mineral multicolor. Estaba todo
perfecto: el paisaje, la ruta y el día soleado. Hasta que después de
almorzar pasaron tres cosas: se acabó la banquina, se levantó viento en
contra y empezaron a circular muchos camiones por la ruta. Así que
los últimos 30 kilómetros que nos faltaban para llegar a Uspallata se
hicieron interminables. La bajada ya no se disfrutaba porque el viento
nos frenaba y además no nos dejaba escuchar si venían camiones
por detrás, con lo cual había que estar muy atento. En la última
hora habíamos avanzado sólo 10 kilómetros, faltaban 20 y se hacían
interminables. Pensamos que no íbamos a llegar a Uspallata, Lau no
pudo más y se puso a llorar, estábamos cerca, pero avanzábamos lento
y se acercaba la noche. Los dos teníamos una sensación de impotencia,
habíamos estado subiendo durante tres días la Cordillera de los Andes
y ahora el viento no nos dejaba disfrutar la bajada, esa bajada que nos
habíamos ganado se había transformado en sufrimiento. Estuvimos
a punto de hacer dedo, pero no queríamos perder merito, el cruce
Cordillerano era nuestro primer desafío físico del viaje y queríamos
que fuera completo. Fueron casi dos horas en las que avanzamos muy
lento, resistiendo los embates del viento y los camiones, pedaleando
al límite, con las ruedas y la mirada incrustada a la línea blanca del
asfalto. Después de casi dos horas entre montañas y una vegetación
prácticamente nula el viento cedió y divisamos a lo lejos una gran
arboleda infectada de amarillo, era Uspallata, tierra mendocina
que nos recibía con su mejor postal otoñal. Emocionados por la
recompensa del paisaje y la sensación de satisfacción que nos generaba
haber cruzado la Cordillera de los Andes volvieron a caer lágrimas,
pero esta vez fueron de felicidad.
99
HOGAR DULCE HOGAR
Saliendo de Uspallata todo parecía estar a nuestro favor. Mendoza,
la tierra del sol y del buen vino, cumplía la primera parte de su
promesa. Pero después de pedalear unas horas aparecieron las nubes y
el viento en contra, parecía que estábamos viviendo la misma película
del día anterior. Como no queríamos pasar por lo mismo decidimos
parar en: Potrerillos. Bajamos hasta el pueblo para encontrarnos un
hermoso lago azul. El día seguía empeorando y parecía que iba a
llover. “Argentina, ¿por qué nos recibís así?” no podía dejar de pensar
en eso. Nos habíamos ido a Chile para evitar el viento de Neuquén y
Mendoza, y apenas cruzamos la Cordillera otra vez nos atacaba con
mayor hostilidad, como si hubiese estado esperando por nosotros.
Salimos de Potrerillos nerviosos, si bien no había llovido el cielo
seguía nublado y se volvía más oscuro en la dirección en la que íbamos.
El objetivo del día era llegar a Luján de Cuyo, donde nos esperaba
Francisco, un amigo que habíamos hecho gracias a nuestra página
de Facebook. Nos separaban unos 70 kilómetros y a medida que
avanzábamos nos metíamos en la tormenta. El cielo estaba totalmente
negro y nos tuvimos que abrigar porque hacía mucho frío. Yo seguía
pensando: “¿por qué mierda volvimos a cruzar a Argentina?” y casi
contestando a mis palabras empezó a llover. Llovía mucho, de frente,
no se veía nada, era la peor lluvia de todo el viaje. El camino estaba
resbaloso y era peligroso intentar pedalear. Quisimos refugiarnos pero
estábamos en el medio de la nada, ni un árbol. Decidimos hacer dedo
pero había tanta niebla que no se veía a más de cinco metros. Los
autos que pasaban no nos veían y seguían de largo. Nos pusimos los
chalecos refractantes y seguimos probando suerte, pasaron 10, 15, 20
minutos y nada. Hacía mucho frío y estábamos todos mojados, por
primera vez en el viaje me estaba desesperando. Sentía que Argentina,
mi país, mi casa, me estaba dando la espalda, era algo personal. Con
Lau nos miramos las caras todas chorreadas de agua, nos agarramos las
manos y en una especie de pedido cósmico levantamos los brazos, no

100
era la primera vez que lo hacíamos y era nuestra última carta. Entonces
aparece a lo lejos un colectivo de línea, esos que llevan pasajeros de
pueblo a pueblo, de corta distancia. Le hicimos dedo y siguió de
largo, pero no bajamos los brazos y seguimos agitando nuestro
pulgares, como mirándole la espalda, y ya a casi 100 metros de donde
estábamos pegó la frenada. Tiré la bici y salí corriendo. Me abrió la
puerta, el chofer y todos los pasajeros me miraron como si viniera de
otro planeta, estaba todo embarrado, empapado y casi sin aliento. Le
pregunté si podíamos meter las bicis, me dijo que sí pero en el baúl. El
chofer se bajó a ayudarnos y uno de los pasajeros también, estuvimos
como 15 minutos tratando de meter las bicis en el baúl del colectivo,
finalmente pudimos, quedó medio abierto y con una rueda afuera pero
no me importaba, ese colectivo nos iba a sacar de la tormenta y no
pensaba perdérmelo por nada, aunque perdiéramos una bici.
Una vez adentro pagamos boleto como cualquier pasajero y después
de unos 40 minutos ya estábamos en Luján de Cuyo. El colectivo nos
dejó a unos 20 minutos de pedaleo de la casa de Francisco, así que
tuvimos que volver a pedalear bajo la lluvia pero esta vez ya no había
viento, ni niebla, ni hacía frío y el camino era plano.
Tocamos el timbre de la casa de Francisco en un estado deplorable,
nunca habíamos estado tan sucios en todo el viaje, nos daba vergüenza
llegar tan sucios a una casa. Nunca viajábamos así, siempre estábamos
presentables, peinados, éramos viajeros que no parecían viajeros,
pero esta vez parecíamos salidos de una alcantarilla. Por suerte poco
le importó a nuestro anfitrión y su familia que nos recibieron con
abrazos, el almuerzo y lo más importante: una ducha caliente.
Necesitábamos calor de hogar, habíamos vuelto a Argentina y por
primera vez en los últimos tres días nos sentimos como en casa. Nos
calzamos las pantuflas, comimos riquísimo, hicimos una sobremesa
eterna seguida de tortafritas y un millón de mates.

101
LA GRAN MENDOZA
Siempre se nos hizo difícil entrar pedaleando a las ciudades. Hay
que estar muy atento a los autos, camiones, motos, peatones, otras
bicis. Y todo eso sumado al exceso de información que proponen
las grandes urbes: la publicidad, los vendedores ambulantes y todo
aquello que genera ruido y agota la mente. La gente vive a otro ritmo
y de alguna manera siempre nos terminamos acelerando.
Con ese desafío salimos de Luján de Cuyo y de a poco nos fuimos
adentrando en la gran ciudad, Mendoza capital. Nos íbamos a alojar
en la casa de Meli, una amiga de Lau que vivía a unas cuadras de
la plaza principal. Así que atravesamos gran parte de la ciudad por
ciclovía, una jornada de pedaleo diferente. Cambiamos la atención en
los camiones por la de los semáforos. No fueron muchos kilómetros,
15 ó 20, pero los hicimos muy despacito para no entrar en el ritmo
citadino.
Pasamos unos días muy tranquilos con Meli, recorrimos la ciudad
y turisteamos un buen rato. Pero nos había quedado pendiente
conocer la Ciudad de San Rafael, tierra natal del abuelo de Lau. Está
a unos 200 kilómetros de Mendoza Capital y si queríamos conocerla
teníamos que retroceder ya que estaba hacia el sur. Decidimos que no
queríamos pedalear en dirección inversa, así que nuevamente optamos
por la opción de hacer dedo. Le pedimos una mochila prestada a Meli,
le preguntamos si podíamos dejar las bicis estacionadas en su casa
y nos preparamos para salir. Pero la verdad es que nos daba mucha
fiaca salir a hacer dedo en plena ciudad y eso nos tenía trabados para
arrancar la travesía. La noche anterior a salir para San Rafael me acordé
que había visto una foto en Facebook de unos amigos que estaban de
vacaciones recorriendo Mendoza en casa rodante.
Automáticamente, les escribimos preguntándoles si ya habían
ido o pensaban ir a San Rafael y… ¡Voilá! De un momento a otro
conseguimos transporte y amigos para compartir el viaje: Pocho y Juli.
(aquella pareja que nos había recibido en su casa al principio del viaje).

102
A la mañana siguiente nos pasaron a buscar por la casa de Meli ¡qué
nivel! Y nos fuimos para San Rafael, despacito y sin apuro, tomando
mates y poniéndonos al día con nuestras vidas.
Como la estábamos pasando tan bien camino a San Rafael y no
queríamos separarnos de nuestros amigos se nos ocurrió preguntarle
a la persona que no iba a alojar, en una hermosa finca, si en vez de
dos podíamos ser cuatro. Con preguntar no perdíamos nada. Además
Pocho y Juli llevaban su casita a cuestas, sólo necesitaban un lugar
para estacionarla. Mati, nuestro anfitrión, estuvo de acuerdo. Así que
pasamos un fin de semana espectacular entre amigos. Tan cómodos
estábamos que los primeros dos días no nos movimos de la finca:
mucho sol, mucha charla y mucho vino.
No nos queríamos ir sin conocer alguna de las bellezas de San
Rafael así que armamos una vianda, desenganchamos la casa rodante
del auto y nos fuimos de travesía al Cañón del Atuel. El día estaba
espectacular y después una hora de ruta llegamos a la entrada del
Cañón. Desplegamos una lonita, nos tiramos a almorzar frente a un
hermoso lago y fuimos viendo como muy de a poco se iba formando
una tormenta arriba nuestro. Para cuando terminamos de almorzar
el cielo estaba negro, eso nos dejaba dos opciones: volver por la
ruta asfaltada que habíamos ido y perdernos gran parte del cañón o
meternos adentro por un camino tierra y montaña que podía ponerse
muy feo si se largaba a llover. Elegimos las segunda opción...y llovió.
Teníamos unos 50 kilómetros por delante hasta volver a zona
segura. El camino iba por dentro del cañón y el hecho de que estuviera
lloviendo, además de hacerlo muy difícil, le daba un aspecto fabuloso
al paisaje. La lluvia era suave pero constante y con el paso de los
minutos empezó a formarse barro. El auto comenzó a danzar. De un
lado teníamos una pared montañosa y del otro la cornisa. Nosotros
adentro nos hacíamos los distraídos y hablábamos de cosas triviales. A
medida que empeoraba el camino más nos esforzábamos por mantener
la conversación, el objetivo era resistir en la banalidad y no entrar en
pánico. El plan venía funcionando perfectamente hasta que en un

103
momento vimos un derrumbe en la montaña, empezaron a caer un
montón de piedras, algunas chiquitas y otras bastante grandes, pasaron
por atrás, por adelante, por arriba del auto, pegaron en los vidrios,
en la parte delantera, en el techo: frenamos. Un silencio eclesiástico
sucedió la escena. Bajamos. El auto se veía bastante bien: vidrios sanos,
puertas sanas, paragolpes…un poco roto. Respiramos, nos miramos
las caras, nos calmamos mutuamente, nos abrazamos y subimos al
auto. La travesía se había vuelto muy intensa, pero el paisaje era tan
hermoso que justificaba cada músculo tensionado: un río azul, decenas
de cascadas que se habían formado con la lluvia, la inmensidad de
estar adentro del cañón y la magia de compartir todo eso con amigos.
Después de casi tres horas, finalmente llegamos al asfalto. Un gran
suspiro al unísono era el aviso de que estábamos a salvo. Hicimos
mate, sacamos galletitas, pusimos música y dejamos atrás una de las
mayores aventuras del viaje.

Mientras escribo pienso en lo lindo y lo bien que nos salieron las


cosas en el viaje. Lleno de encuentros con amigos, con familia, con gente
hermosa del camino. Por momentos parece increíble que las cosas salgan
tan bien o haya tanta sincronía en los acontecimientos, pero así es cuando
uno persigue sus sueños, los hechos suceden y todo aquello que parecía
inalcanzable se vuelve posible.

104
AQUELLAS COSAS DE LA CIUDAD
El fin de semana estuvo increíble pero teníamos que volver a
buscar las bicis y continuar con el viaje. Nuestros amigos, Pocho y
Juli, seguían otro camino y no podían regresarnos a Mendoza Capital.
Ahora sí, íbamos a tener que hacer uso de nuestros pulgares. Salimos
a hacer dedo a una ruta interna de San Rafael y en menos de dos
minutos nos levantó una señora que llevaba a sus hijas a la escuela.
Después de cinco kilómetros nos dejó en la ruta principal, en donde
pasaban los autos que iban hacia nuestro destino. La señora siguió su
camino y yo me fui inmediatamente a buscar un arbolito porque tenía
muchas ganas de hacer pis. Estaba en pleno trámite cuando un auto
frena al costado de la ruta y nos pregunta si queríamos viajar con él.
¡Increíble! Ni siquiera hicimos dedo, estuvimos menos de 15 segundos
y ya teníamos transporte. Tuve que cortar el chorro, pero eso es lo de
menos.
Todo venía perfecto. Nuestro chofer era un sesentón, muy
amable y simpático. Le explicamos que íbamos en busca de nuestras
bicis para seguir rumbo hacia el norte. Por su parte él nos contó de
su vida, era oriundo de San Rafael y se dirigía a unos 15 kilómetros
antes de Mendoza Capital. Nos dijo que nos iba a dejar en un lugar
donde paraban colectivos de corta distancia y que podíamos tomar
cualquiera que pasara.
Después de dos horas intensas de anécdotas llegamos a destino,
cómo estábamos en una autopista y no había margen para detenerse
mucho tiempo todo sucedió rápido: agarramos las mochilas, nos
saludamos, bajamos y nuestro chofer siguió su rumbo.
Entonces fue cuando inmediatamente, parados al costado de la
autopista, con nuestras mochilitas y nuestras caras de viajeros inocentes,
nos dimos cuenta que estábamos en un lugar peligroso. El lugar se veía
peligroso, los barrios alrededor de la autopista se veían peligrosos, la
gente que pasaba se veía peligrosa. Por primera vez en el viaje nos
sentíamos inseguros. Como agravante los colectivos que pasaban no

105
frenaban, tampoco había una parada a la vista. Empezamos a hacer
dedo a los autos, pero parecía que aceleraban más al vernos “¡Hey!
Somos mochileros, no terroristas”. Arriba nuestro había un puente
peatonal para cruzar la autopista y una señora que nos ve tratando
de hacer dedo nos grita que no nos iban a frenar porque el lugar en
el que estábamos era muy peligroso y los autos tenían miedo que les
robaran. “¡Noooooo! Sospecha confirmada, tenemos que salir de acá”.
Además de asustarnos más de lo que estábamos, la señora nos indicó
donde paraban los colectivos, teníamos que entrar al barrio y caminar
unas tres cuadras. Yo ya había entrado en pánico. Casi corriendo y
agarrándola a Lau para que hiciera lo mismo nos metimos en el barrio.
Como no habíamos entendido bien las indicaciones de la señora,
frenamos a preguntar en una especie de almacén. Nos atendió una
chica de unos 15 años, que nos dijo que efectivamente, la parada
estaba a la vuelta, pero que no fueramos ahí porque siempre había un
grupo de chicos armados. “¡Ay, la puta madre!”. Automáticamente, le
pregunté si nos podía llamar un taxi, quería quedarme refugiado en el
local y no volver a salir a la calle. Pero la chica me dijo que no entraban
taxis porque el barrio era muy…PELIGROSO. Yo ya estaba pálido
y lo único que quería era salir de ahí, no podía parar de pensar que
hacía 15 minutos estábamos tomando mates en el auto, riéndonos,
escuchando música y de repente todo se había transformado. Salió una
señora de atrás del mostrador del almacén, era la madre de la chica,
nos tranquilizó y nos dio otro panorama de la situación. Nos dijo que
caminemos otras dos cuadras hasta la parada de colectivos que estaba
frente a una escuela, donde siempre había gente esperando y que nos
quedemos con ellos. Efectivamente, seguimos su consejo y dos cuadras
después estábamos esperando el colectivo al lado de una simpática
maestra de primaria. Era bajita y desgarbada, pero nos quedamos a
su lado como si fuera Arnold Schwarzenegger, de alguna manera nos
sentíamos más seguros. Fueron los diez minutos más largos de mi vida,
hasta que finalmente, llegó el colectivo. Nunca saludé a un chofer con
tanto entusiasmo y alegría. Me volvió el alma al cuerpo, recupere el

106
color y lo que parecía el fin de nuestras pertenencias, se transformó en
una divertida anécdota de viaje.
Puede parecer exagerado el miedo que nos generó el lugar,
pero para no dejar lugar a duda después de salir de ese mal trago le
contamos a toda persona que nos cruzábamos de nuestra aventura y
todos coincidieron en que nos habíamos salvado de milagro.
Nos reencontramos con nuestras bicis y descansamos un par de
días más en la casa de la amiga de Lau. El próximo destino era San
Juan Capital y teníamos unos 200 kilómetros de ruta prácticamente
inhóspitos por delante.

107
SAN JUAN
En general se nos hizo fácil encontrar alojamiento en las ciudades,
algún amigo, conocido o conocido de conocido. Pero particularmente,
en San Juan no encontramos a nadie. Como no queríamos perdernos
de conocer la ciudad empezamos a preguntarle a cada persona que
nos cruzábamos si conocía alguien que nos pudiera alojar: publicamos
en Facebook, mandamos mails y todo aquel recurso que estuviese a
nuestro alcance. Y después de un par de días de buscar finalmente,
apareció una pareja de sanjuaninos que se ofreció a recibirnos en su
casa.
Salimos de Mendoza un poco asustados por el episodio anterior,
pedaleando rápido y sin detenernos. Nos es fácil salir de una ciudad
tan grande, así que tuvimos que avanzar unos 30 kilómetros para
encontrar tranquilidad. La ruta se fue despoblando hasta quedar sólo
campos y montaña. En el camino nos encontramos con un francés
que iba en dirección opuesta, venía de Alaska y tenía pensado llegar a
Ushuaia en pleno invierno. Aún no sabíamos dónde íbamos a dormir,
así que le preguntamos dónde había acampado. Nos dijo que a unos
40 kilómetros de donde estábamos había un puesto de vialidad, un
grupo de gente que estaba arreglando la ruta y te dejaban acampar
con ellos.
Nos despedimos de nuestro amigo francés y después de pedalear
unos 40 kilómetros vimos que el puesto no aparecía. Estábamos muy
cansados, habíamos pedaleado unos 90 kilómetros durante todo el
día y además, estaba empezando a oscurecer. Seguimos pedaleando
hasta llegar a unas construcciones, un par de casas y un galpón grande.
Golpeamos las manos y salieron unos perros a ladrarnos. Refugiados
detrás de las bicis seguimos insistiendo con las palmas hasta que
finalmente, salió un señor, bastante dormido y enojado nos dijo que
no podíamos armar la carpa ahí. Le preguntamos si más adelante había
algo más y nos dijo que a unos 20 kilómetros había un puesto de
vialidad. Se hacía de noche, así que nos subimos a nuestras bicis y

108
empezamos a pedalear. Estábamos muertos, pero por suerte la ruta
era bastante plana y después de unos 15 kilómetros y de superar la
marca de 100 kilómetros diarios llegamos al puesto de vialidad. Que
además de eso era un refugio para camioneros, viajeros, o todo aquel
que necesitara descansar al costado de la ruta. Tenía un pequeño
quincho, dos parrillas, mesas y hasta una alacena con provisiones.
Armamos la carpa bajo techo y compartimos unos mates con la
gente de vialidad, que amablemente nos ofreció usar la cocina de su
casa rodante. Cenamos y nos fuimos a dormir tempranito, pero no
sin antes contemplar un cielo explotado de estrellas. Mendoza había
quedado atrás.
Llegando a San Juan empezamos a acelerarnos, a pedalear más
rápido, esperando encontrarnos con una ciudad parecida a Mendoza:
enorme. Pero a medida que nos fuimos adentrando nos dimos cuenta
que en nada se parecían. Más pequeña, menos tráfico, gente muy
tranquila que se frenaba y tomaba una pausa para preguntarnos por
las bicis. Le preguntamos a un señor por la dirección a la que íbamos
y como él también estaba en bici, amablemente nos acompañó un par
de cuadras indicándonos el camino. Así fue como llegamos a la casa de
Seba y Ale. Dos anfitriones de lujo que hicieron que nuestro recuerdo
de San Juan fuera uno de los más hermosos y placenteros.

109
No puedo dejar de pensar en lo afortunados que somos de que tantas
personas nos hayan abierto las puertas de su casa. Porque cuando llegamos,
no llegamos a un hotel, llegamos a un hogar. Te reciben con todo el afecto
que tienen para dar: te convidan un mate, una mermelada casera, una
ducha caliente, te preparan la cama y tantas otras cosas que hacen que tu
estadía en el lugar sea mágica. Nosotros tratamos de devolver un poco de
todo ese amor y por las noches solemos preparar la cena, el momento de las
anécdotas, de las preguntas, nuestras y de ellos. Así es como descubrimos las
maravillas de cada lugar por el que pasamos. Los paisajes van y vienen,
las personas son únicas.

110
VILLA UNIÓN
Casi como un juego de palabras Villa Unión, en La Rioja, era
el punto elegido para reencontrarnos con los papas de Lau. Salimos
entusiasmados desde San Juan, nos separaban tres días de pedaleo.
La primera noche paramos en un puesto de vialidad a la entrada
de Huaco, intermedio entre San Juan y Villa Unión. Para nuestra
sorpresa nos dijeron que no podíamos acampar ahí, insistimos un
poco, pero no hubo caso. Un poco enojados nos fuimos pedaleando
despacito mientras entrabamos al pueblo. Fue así como nos cruzamos
el “Monumento al Ciclista” en la entrada de Huaco. Nos sacamos un
par de fotos vimos que estaba firmado por la Asociación de Ciclistas
de Huaco, ¡listo! Ahí es donde teníamos que ir. Seguimos hasta un
almacén que estaba en la esquina y preguntamos por la Asociación.
El almacenero nos dijo que no tenían un lugar físico pero nos
indicó donde vivía uno de los fundadores. Hacia allá salimos, eran
unas 30 cuadras desde donde estábamos, no nos habían pasado
una dirección exacta sino características de cómo era la casa. Nos
acercamos bastante con las indicaciones, pero llegó un punto en que
nos perdimos. Entonces, paré a preguntarles a dos señores que estaban
charlando en una esquina. ¿Y quién era uno de ellos? La persona que
estábamos buscando. Le contamos nuestra situación y aceptó alojarnos
entusiasmado. Así que nos bajamos de las bicis y fuimos caminando
hasta su casa, donde nos convidaron pan casero y una ducha caliente.
Como habíamos pedaleado bastante los últimos días, íbamos a
llegar dos días antes a Villa Unión, así que necesitábamos alojamiento
hasta que llegaran los papás de Lau. Desde la casa de nuestro amigo
ciclista nos fuimos a buscar Internet a algún lugar del pueblo. Fuimos a
preguntar a la escuela y además de convidarnos Internet nos invitaron
desayunar con los chicos té y galletas ¡Un lujo! Tuvimos suerte con la
búsqueda de alojamiento en Villa Unión y en menos de media hora
conseguimos a alguien. Así que esa misma mañana salimos a la ruta
con la panza llena y una sonrisa de oreja a oreja.

111
Nos quedaban unos 130 kilómetros y no íbamos a hacerlos en un
día, así que optamos por parar en un pueblo intermedio. Estábamos
entrando cuando escuchamos que nos gritan desde atrás. Era un ciclista
canadiense que nos habíamos cruzado unos días atrás, pero como él
pedaleaba más rápido que nosotros, después de almorzar juntos se nos
adelantó. Resulta que ese mismo día se perdió y avanzó unos 100
kilómetros en otra dirección. Es por eso que ahora nos encontrábamos
nuevamente. En pocos minutos ya éramos amigos, así que fuimos a
comprar unas provisiones y nos sentamos a merendar en la plaza. Nos
contó de Canadá y de su aventura. Como la merienda nos quedó corta
decidimos que teníamos que acampar juntos. Salimos del pueblo y
nos metimos nuevamente a la ruta, después de dos o tres kilómetros
ya estábamos nuevamente en el medio de la nada. Aprovechando que
no había alambrados nos adentramos unos 300 metros en el campo
y armamos campamento bajo un cielo estrellado y con luna llena. Al
día siguiente, pedaleamos juntos hasta Villa Unión, llegamos cerca del
mediodía y con motivo de la inminente despedida armamos un nuevo
picnic en la plaza con aceitunas y vinito riojano incluido.
En Villa Unión nos recibieron Martín y sus hijos, en donde
pasamos dos días de puro descanso hasta que llegaron los papás de
Lau y nos mudamos a la cabaña que habían alquilado. El reencuentro
fue muy emotivo, pasamos una semana familiar: cocinamos, hicimos
mucha sobremesa, vimos películas, fútbol y conocimos muchos lugares
que no estaban en nuestros planes.
La bici es un medio de transporte mágico, pero a veces limitado
cuando tenés que desviarte de tu camino más de 100 kilómetros para
ver un lugar. Tomar esos desvíos implica tres o cuatro días más de
viaje teniendo en cuenta que hay que ir y volver. Estar en auto con los
papás de Lau nos permitió conocer el Parque Nacional Talampaya, el
Valle de la Luna y la fabulosa Laguna Brava. Lugares muy bellos que
compartidos en familia se volvieron maravillosos.

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DE PUEBLO EN PUEBLO
El próximo destino era Chilecito y para llegar teníamos que
atravesar la Cuesta de Miranda, un ascenso a 2.300 metros, el más alto
desde el Paso Libertadores. Tras una semana de comilonas familiares
y de movernos a todas partes en auto nos costó mucho arrancar. El
primer día pudimos avanzar sólo 40 kilómetros. Como no había
ningún pueblo cerca nos metimos campo adentro y armamos la carpa
entre las montañas.
Al día siguiente estábamos más enérgicos y encaramos la cuesta
con tenacidad, 10 kilómetros de pura subida. Tardamos casi dos horas
en hacer el ascenso entre las paradas para las fotos y los mates obligados
entre tan inmenso y bello paisaje.
Finalmente llegamos a Chilecito, dónde nos recibió Chami, un
amante de la bici que hace unos años pedaleó de Ushuaia – Chilecito.
Intercambiamos mates y anécdotas que nos hicieron recordar aquellos
primeros meses del viaje en que recién arrancábamos y las enormes
distancias de la Patagonia nos daban vértigo.
Salimos de Chilecito temprano, teníamos 105 kilómetros por
delante hasta San Blas de los Sauces, ¡faaa, más de dos maratones,
estamos hechos unos ciclistas! El camino premia el esfuerzo, en la
mitad del trayecto nos encontramos con un simpático francés que
venía viajando desde Alaska, siempre hay alguien más loco.
Llegamos a San Blas de los Sauces, teníamos el dato de un chico
que alojaba ciclistas, pero no nos habíamos podido comunicar por
teléfono, tampoco teníamos la dirección exacta, solo que vivía cerca
de una plaza. Así que fuimos hasta la plaza, casi arrastrándonos del
cansancio y le preguntamos al primero que se nos cruzó por nuestro
posible anfitrión: “¿Conocés a un tal Nando?” Sí, vive acá a la vuelta.
¡Voilá! Eso sí que es magia. Fuimos a la puerta de la casa, nos sacamos
los guantes de ciclista para poder aplaudir y tras el cuarto plaf plaf plaf
plaf, sale Nando, medido despeinado y con un poco de resaca siestera.
Al ver las bicis se le ilumina la cara. Listo, a los cinco minutos ya

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éramos los mejores amigos: nos preparó una habitación, cocinamos,
cenamos, tomamos fernet y compartimos infinidad de anécdotas.
Al día siguiente, nos esperaban otros 110 kilómetros y un cambio
de provincia. Catamarca era la puerta de ingreso al emblemático Norte
Argentino, la última etapa de este viaje. Antes de irnos a dormir, en un
acuerdo tácito, nos miramos a los ojos sabiendo que nos quedaba por
delante una nueva y gran aventura.

114
LLEGAR AL NORTE
Salimos de Chilecito y después de 110 kilómetros llegamos a Belén,
Catamarca. Sin mucho que ver durante el trayecto, nos pusimos los
auriculares y musicalizamos la pedaleada. Llegamos muertos, pero con
el pecho bien inflado de haber avanzado 225 kilómetros en dos días.
¿La recompensa? Belén, con su hermosa plaza, el río y las montañas.
El trayecto siguió con una noche de acampe en las termas de
Hualfin y otra en Talacasto, donde acomodamos la carpa al lado de
la iglesia del pueblo. Seguimos pedaleando con tanta intensidad que
volvimos a cambiar de provincia. Tucumán y su pintoresca Amaichá
del Valle nos recibieron de la mejor manera. Nos sentamos a tomar
mates en la plaza y después de un rato se nos acercó Luís, quién
después de conocer nuestra aventura nos contó que tenía un hostel y
nos regaló una noche de hospedaje.
Mirá que serás chiquita Tucumán, que al otro día, tras pedalear
unos 30 kilómetros ya estábamos entrando en tierra salteña. Las
montañas empezaron a estrechar el camino y dieron paso a una ruta
adornada por viñas y bodegas, que no eran más que el tentempié de
una hermosa estadía en Cafayate.
Cafayate nos dejó boquiabiertos, con la elegancia de sus viñas, sus
pintorescas bodegas y una placita de ensueño. Esta vez no conseguimos
quien nos recibiera, así que muy tranquilos desplegamos nuestra
lonita en la plaza y tomamos unos mates. No faltaron los curiosos
que preguntan por el viaje y las bicis. También, se nos acercaron los
“ofrecedores” como esos que te invitan a pasar a comer a un restaurant,
pero en este caso te ofrecen un hostel/camping, así que tras escuchar
un par de ofertas nos decidimos por un hostel que nos cobraba muy
poco por armar la carpa en su jardín trasero. Más que jardín era una
hermosa viña con las montañas de fondo, ¡un lujo!
Después de dos días de descanso en Cafayate conocimos a Mati,
quien nos invitó a su casa que estaba a 10 kilómetro del pueblo. De
familia de productores de vino, tuvimos la suerte de conocer una

115
bodega de la mano sus dueños.
Al día siguiente retomamos viaje, cambiamos la Ruta 40 por la 68,
que en su primer tramo nos esperaba con la Quebrada de las Conchas:
un río que se abre paso entre las montañas, dejando unos paisajes y
formaciones rocosas de otro planeta. La primera formación, era “Los
Castillos”, esta formación tenía la particularidad de estar al otro lado
del río, a diferencia del resto de las formaciones que íbamos a cruzar.
A mí no me bastaba con verla de lejos, así que la convencí a Lau que
cruzáramos. No separaban unos 800 metros en los que teníamos que
pasar por una inmensidad de espinillos y después atravesar el rio, todo
eso con las bicis cargadas al hombro. Primero tratamos de meter las
bicis por el lecho de un arroyo seco que estaba despejado de espinas,
pero a los pocos metros se hizo imposible seguir avanzando.
Así que discusión va, discusión viene decidimos volver para atrás a
una estancia que se veía a lo lejos, la idea era dejarles las bicis, preparar
una mochila y hacer una caminata más livianos hacia “Los Castillos”.
Encaramos hacia la estancia, primero volviendo por la ruta, luego nos
metimos en la entrada de ripio y avanzamos unos mil metros para
darnos cuenta que el puente que cruzaba el río (la estancia estaba del
otro lado) se había caído. Así que ahí estábamos nuevamente, varados
con las bicis, en plena indecisión. Y para colmo, ahora viéndola más
de cerca, la estancia parecía abandonada. Yo tomé fuerzas, me saque
las zapatillas, le dije a Lau que me esperara y me mandé a cruzar el río.
Era bajito, pero medio pantanoso, así que con mucho cuidado llegué a
la otra orilla, seguí caminando unos 300 metros hasta una tranquera y
empecé a aplaudir, luego a gritar, hasta que por allá lejos apareció una
especie de casero, muy amable que me dijo que podía dejar las bicis
cerca de su ranchito. Así que la fui a buscar a Lau, volvimos a cruzar el
río, esta vez con las bicis, cruzamos la segunda tranquera y para nuestra
sorpresa el señor no estaba, gritamos y aplaudimos pero no aparecía, así
que respetuosamente me empecé a acercar a su casita y a medida que
me acercaba seguía gritando pero nadie salía, ya a unos 10 metros de
la casa se notaba que había una tele prendida con el volumen bastante

116
fuerte, así que me acerqué más aun y pegué el grito más fuerte que
pude y automáticamente se escuchó un ladrido, de un perro grande,
muy grande y con cara de malo, me empezó a correr y como veía
que me iba alcanzar salté un alambrado y me metí entre unas espinas,
el perro era malo pero no loco así que se quedó ladrándome desde
lejos, yo pálido y todo pinchado. Atrás del perro venía el dueño, el
señor con el que había hablado, me dice: “Menos mal que te metiste
ahí porque éste muerde”. El esfuerzo valió la pena y la caminata por
dentro de los castillos fue maravillosa. Nos encontramos con unos
túneles inmensos de roca rojiza, carcomida por el viento, que le dieron
un toque surrealista al paseo.
Después de un par de horas de caminatas volvimos a buscar las
bicis y repetir la misma travesía de entrada pero a la inversa. Cruzar
alambrados, cruzar el río, y hacer un buen trecho por un camino de
ripio hasta llegar a la ruta. Cuando finalmente estábamos llegando al
asfalto todos embarrados, vemos que frena un micro turístico y bajan
un montón de chinos, que nos sacaron más fotos a nosotros que a La
Quebrada de las Conchas.
Como se nos había hecho bastante tarde, avanzamos un par de
kilómetros más hasta llegar a él único kiosco/bar/restaurant que hay
en toda la quebrada. Ya prácticamente a oscuras le golpeamos la puerta
y salió un señor que tras una mínima charla nos dejó armar la carpa en
la galería de su casa, nos invitó a cocinar adentro y nos hizo compañía
durante la cena.
La mañana siguiente nos levantamos muy temprano, sabíamos que
cerca del mediodía iba a levantarse viento. Amanecimos prácticamente
de noche y tras desarmar la carpa y desayunar una banana arrancamos
con el pedaleo. Poco a poco comenzó a aclarar y el color naranja del
amanecer, junto a los rojizos de la quebrada, hicieron estallar el cielo.
Llegamos primeros a una de las formaciones rocosas más importantes
de la Quebrada: El Anfiteatro, un lugar emblemático y con una
acústica natural increíble, donde muchos cantantes y bandas han
ido a interpretar sus canciones. Aprovechamos para tomar un buen

117
desayuno a solas y jugar con la hermosa sonoridad del lugar.
Saliendo de la Quebrada el paisaje comenzó a teñirse de verde,
fueron quedando atrás los monótonos rojizos y comenzó a aparecer
una vegetación abundante, casi selvática. Tras un pequeño desvío del
camino llegamos a Alemanía, un pueblito de diez familias por donde
alguna vez paso el tren. Hoy la estación funciona como almacén, bar
y museo. Hermoso, hermoso, hermoso, bajamos al encuentro del río,
a unos pocos metros del pueblo, agua cristalina y templada, ¡chapuzón
se ha dicho! Conocimos otros viajeros que estaban en la misma, a la
tarde ya éramos amigos, a la noche familia: así de intensas y fugases son
las relaciones en el viaje.
A la mañana siguiente salimos para Salta Capital, tras dos días de
pedaleo por un camino que se ponía cada vez más verde llegamos a la
gran ciudad del norte, un poco agitados por el barullo citadino, pero
todo sucumbió tras llegar a la plaza central que más que plaza es un
obra de arte.
Llegamos antes de lo pensado, así que nos sentamos en un
banquito a esperar a Lucas, quién nos iba a recibir en su casa. En esas
tres horas de espera no faltaron los curiosos que siempre preguntan por
las bicis. Primero, se nos acercó un policía uniformado muy simpático,
que además de batallarnos con preguntas sobre el viaje nos contó de su
propia aventura, de su viaje en moto y su recorrido por Latinoamérica.
También, nos contó que hizo una prueba de viajar en bici, pero como
no tenía cambios/velocidades se le hizo muy difícil y volvió a su primer
amor, la moto. Nosotros también le hicimos preguntas, elogiamos la
plaza y fue ahí cuando la conversación tomó otro giro. Nos empezó
a contar que antes la plaza era diferente, pero que hace un tiempo
habían empezado a poner cámaras de seguridad por todas partes,
mucha policía y habían prohibido a los artesanos y el arte callejero.
Para nuestro amigo policía era una buena política ya que mantenía
“limpia” a la plaza y el turismo podía moverse con mayor tranquilidad.
Y paradójicamente, después de esa charla que había tomado un giro
político, se acercó a nosotros un artesano malabarista y fue así como

118
conocimos la otra cara de la historia. Nos contó que era de Buenos
Aires y venía viajando hace más de cinco años haciendo artesanías y
esporádicamente malabares. Pero que en Salta se le había hecho muy
difícil por las razones que antes había expuesto el policía. Nos contó
que el entendía algunas de las razones, pero que callejero o no ellos
hacían arte y reprimirlo era una decisión retrógrada. En lo práctico lo
que sucedía era que todos los artistas callejeros y artesanos se juntaban
en la pérgola de la plaza, el único lugar en el que los dejaban estar, un
divertido y musical espacio de resistencia y liberación. Así fue como
el Norte, desde el mínimo espacio del banco de una plaza, empezaba a
mostrarnos sus múltiples realidades.
Por último, se nos acercó una señora risueña que andaba de turista.
Muy alegremente nos pidió tomarse una foto con nosotros y las bicis.
Para ella todo era hermoso, no conocía ni al policía ni al artesano. La
plaza no era un espacio de resistencia y liberación, sino simplemente
una plaza de las tantas que había visto durante sus vacaciones. Y
nosotros éramos dos locos que andaban viajando en bici.
Finalmente, llegó Lucas, quién nos alojó en su casa y no sólo eso,
nos dejó su habitación y durmió en un colchoncito en el living, esos
repetidos gestos de amabilidad que nos regaló el viaje. Lucas, oriundo
de Salta Capital, conocedor de la zona, amante de la naturaleza y de
las caminatas al aire libre nos llevó a pasear a la Quebrada de San
Lorenzo. Nos tomamos un colectivo en la puerta de su casa, en pleno
microcentro de la ciudad y tras 20 minutos de viaje nos dejó en el
medio de la selva.
Esa magia salteña de poder pasar en pocos minutos de un universo
a otro conquistó nuestros corazones. Nos enamoramos de una ciudad
bendecida, rodeada de cerros, ríos, lagos y bosques en donde todo es
posible.
Salimos de Salta por una hermosa ciclovía, que nos ahorró el estrés
citadino y en pocos minutos nos sacó del centro y nos metió en la
puerta de ingreso a un viejo camino de cornisa que une Salta con Jujuy.
Partimos sin imaginarnos que nos esperaba un camino mágico.

119
Para ahorrarnos el estrés citadino tomamos una ciclovía que atravesaba
toda la ciudad y en pocos minutos nos sacó del centro y nos metió en
el camino de cornisa.
El primer tramo se nos dificultó mucho, el día estaba nublado y
a medida que ingresábamos el camino se iba poniendo más húmedo.
Además, por primera vez en el viaje, me sentía afiebrado. Pedaleamos
unos 25 kilómetros y ya no podía más. El camino era estrecho y no
había lugares para armar la carpa, pero después de pedalear unos
kilómetros vimos un viejo cartel que decía: camping 1.000 metros.
Había que tomar un desvío en bajada pronunciada, eso implicaba que
si el lugar ya no existía íbamos a tener que volver a subir. Decidimos
arriesgarnos y llegamos a un lugar en el que parecía no haber nadie.
Después de golpear las manos por un buen rato apareció un señor que
después de negociar unos minutos nos dejó acampar y usar el baño por
una mínima contribución.
El descanso me hizo muy bien, al día siguiente ya estaba repuesto
y enérgico. Nos esperaba una larga subida hasta llegar al punto más
alto del camino de cornisa. Tomamos un pequeño desvío para entrar al
único pueblo del camino y aprovisionarnos para los próximos dos días
de viaje. Un poco más cargados encaramos la cuesta que poco a poco se
iba poniendo más empinada y selvática. Comenzó a llover, pero como
el camino nos tenía entusiasmados seguimos pedaleando.
Nos habían dicho que a lo largo del camino íbamos a cruzarnos
con tres embalses, que le daban forma a tres hermosos lagos. El
primero fue Campo Alegre, su nombre surge a razón de que en la
zona crecen cucumelos, un hongo alucinógeno que entre otras cosas
produce risa. Sin embargo ese fenómeno sucede en el verano gracias al
calor y las constantes precipitaciones. Eso no quitó que estuviéramos
atentos para ver si nos cruzábamos con alguno.
Ya casi llegando al punto más alto del camino el paisaje se abrió y
apareció otro imponente lago, rodeado de una vegetación muy tupida,
que por un momento nos transportó nuevamente a la Patagonia, a esos
bellos recuerdos de cuando recién comenzábamos el viaje. Estábamos

120
frente al dique Las Maderas.
Prácticamente sin energías, pero sabiendo que en pocos kilómetros
comenzaba la bajada, seguimos pedaleando. Nos habían recomendado
que acampáramos en el último de los embalses: La Ciénaga.
Cerca del mediodía llegamos al punto más alto del camino. La
llovizna continuaba, pero como la vegetación era tan tupida, nos
manteníamos secos. Paramos para almorzar y contemplar un paisaje,
que a pesar de las condiciones climáticas, nos mantenía anonadados.
Nos sentamos bajo un árbol inmenso que no dejaba pasar el agua y nos
vimos rodeados de infinidad de plantas, colores, pájaros y aromas que
se volvían más intensos gracias a la lluvia.
Después de recuperar fuerzas vino lo más hermoso: la bajada. Una
pendiente empinadísima, repleta de curvas y contra curvas al borde
de un estrecho camino de cornisa que nos ponía la piel de gallina.
Nosotros dos, en nuestras bicis, en solitario, bajo la lluvia, aventureros,
locos y felices.
Llegamos al último de los diques: La Ciénaga, ya en tierra Jujeña.
Después de desviarnos del camino nos acercamos a una posible zona
de acampe, pero no nos terminaba de convencer. También había
un camping privado con una imponente vista al lago, así que nos
acercamos para charlar con el dueño. Como el día estaba nublado y
no había nadie acampando, negociamos el precio y por primera vez en
el viaje pagamos dos días seguidos por hospedaje. Después de armar
la carpa, hacer fuego y ver el atardecer nos olvidamos rápidamente del
dinero y nos encontrarnos frente a la inmensidad de un paisaje que se
grabó en nuestros corazones.
Al día siguiente salimos muy temprano, habíamos decidido que
no íbamos a entrar en la capital Jujeña, íbamos a bordearla por fuera
para no entrar nuevamente en el ruido citadino. Y eso nos dejaba un
largo día de pedaleo. Como agravante, después de un par de horas de
pedaleo, Lau se indispuso.
Durante el viaje contemplamos esos días al mes en que Lau
necesita parar, son dos o tres días en los que ambos nos relajamos,

121
aprovechamos para descansar y estar con nosotros mismos. Sin
embargo en esta oportunidad, quizás por la intensidad con la que
veníamos pedaleando, nos olvidamos completamente. Y de repente, en
mitad de la mañana, Lau empezó a tener dolores de ovarios y a sentirse
sin fuerzas. Quedaban muchos kilómetros por delante si queríamos
esquivar la ciudad o de lo contrario íbamos a tener que entrar.
Decidimos continuar, pero el camino era muy difícil. Para esquivar
la ciudad teníamos que ir por una autopista que la bordeada, el camino
era en subida, pasaban muchos camiones y prácticamente no había
banquina. Lau estaba sin fuerza y a pesar de que trataba de motivarla
se le hacía muy difícil pedalear.
Debido a la situación crítica hicimos una parada adelantada para
almorzar. Bajamos de la autopista y fuimos a una especie de almacén
que estaba a pocos metros. Compramos un poco de pan para comer
con unas paltas que traíamos con nosotros. Le preguntamos a la señora
si podíamos sentarnos a comer en la galería y muy amablemente nos
dijo que sí. Nos regaló unos tomates y después de un rato de estar
sentados comiendo, empezamos a sentir olor a fritura. Lau me dijo
“qué ganas de comer unas papas fritas” y a los pocos minutos salió la
señora con un cono repleto de papas para nosotros.
Un poco por el ibuprofeno que se había tomado y otro poco por
el gesto de amor que nos dio esa señora en el momento indicado, Lau
empezó a sentirse mejor. Decidimos continuar camino y tras un largo
trecho en subida salimos de la ciudad y llegamos a la entrada de un
pequeño pueblo. Nuevamente apareció un camping al costado de la
ruta y sin dudarlo hacia allá fuimos.
Al día siguiente, Lau estaba mucho mejor. Eso hizo que nos
enfocáramos en nuestra economía de viaje. Habíamos pagado por
hospedaje tres días seguidos, algo impensado para nosotros. Pero de
alguna manera las cosas se habían dado así y teníamos que transitarlo.
La realidad es que no quedaban muchos kilómetros para terminar el
viaje, pero tampoco nos quedaba mucho dinero. Con esa preocupación
a cuestas continuamos camino, pero la subida en caracol que nos

122
encontramos después de almorzar nos hizo olvidar de todo, estábamos
subiendo abruptamente, a punto de entrar en la famosa Quebrada de
Humahuaca.

Viajar es un ejercicio de liberación. Nos permite romper con nuestra


realidad cotidiana e ir al encuentro de la infinidad de realidades que
habitan este mundo. Es una técnica expansiva, que resquebraja nuestras
limitaciones mentales. Pone en jaque nuestros hábitos, nos abstrae de la
rutina y nos enfrenta a nuevas situaciones. Nos obliga a conectar con el
otro y con nosotros mismos, encendiendo nuestra capacidad intuitiva.

123
LA QUEBRADA DE HUMAHUACA
Entramos a la Quebrada de Humahuaca por Purmamarca,
llegamos tarde y con el sol apagándose. La primera postal fue el Cerro
de los Siete Colores, un arcoíris de piedra que a través de sus capas
geológicas pone en evidencia el paso del tiempo y el bello milagro de
la naturaleza. De a poco fuimos acercándonos al centro del pueblo,
por calles de tierra y construcciones de barro que parecían una
continuación vertical del suelo. Muchos turistas y muchos locales, un
abrupto contraste que se fue intensificando hasta llegar a la placita del
centro, donde toda transacción parecía posible. Decenas de puestos
y puesteros adornaban la plaza con la infinidad de colores de sus
artesanías.
Nos sentamos a tomar unos mates, una pausa para contemplar el
lugar. Sin darnos cuenta empezó a oscurecer, las calles se pusieron frías
y nosotros sin lugar donde dormir. La escena de los días anteriores
parecía repetirse y la única alternativa posible era salir en busca de un
camping. Preguntamos en dos campings y eran carísimos. No habían
advertido de los precios elevados que íbamos a encontrar durante toda
la Quebrada de Humahuaca, producto de un prominente turismo
internacional.
Ya estaba oscuro, nosotros sin alojamiento y la gente que nos
paraba entusiasmada a preguntarnos por las bicis y el viaje. Nosotros
queríamos encontrar un lugar, pero a medida que avanzábamos por las
calles más nos frenaban y bombardeaban los turistas con preguntas.
Un señor nos retuvo como 10 minutos en una esquina, pero gracias
a ese señor se nos acercaron dos españoles que al vernos con las bicis
y con cara de perdidos nos preguntaron si necesitábamos un camping
económico. Después de intercambiar un par de palabras y de sus
reiteradas advertencias acerca de lo hippie que era el camping al que
nos iban a llevar…fuimos. Caminamos como 500 metros hasta que
se acabaron las calles, subimos una escalera, seguimos caminando,
bajamos otra escalera, atravesamos un terreno baldío y una cancha

124
de futbol, todo esto bajo la luz de una luna llena que comenzaba a
asomarse. Saltamos un alambrado y después de atravesar una huerta
llegamos al camping. Costaba 30 pesos por persona, pero arreglamos a
50 por los dos. Por otros 10 pesos nos sumamos a una cena comunitaria
que además, venía con postre.
A la mañana siguiente, después de una pequeña caminata por el
Cerro de los Siete Colores, continuamos viaje. El próximo destino era
Tilcara y si bien estaba sólo a 30 kilómetros, se nos hizo agotador. Los
casi tres mil metros de altura en los que estábamos se hacían notar,
nos faltaba el aire y nos costaba recuperarnos tras las subidas. Aun así
estábamos motivados por que después de varios días de no conseguir
quien nos hospede, en Tilcara nos esperaba Santi, una persona que
habíamos contactado por medio de Internet.
Cuatro días seguidos de dormir en carpa, la altura, la lluvia y
pedalear sólo cuesta arriba hicieron que llegáramos a Tilcara agotados.
El camino aprieta pero no ahorca. Santi nos recibió de la mejor
manera, nos tenía una habitación preparada, cama de dos plazas,
sábanas limpias y puso todo su amor para que nos sintiéramos como
en casa.
Nos pensábamos quedar una noche, pero nos sentimos tan
cómodos que nos quedamos tres. Cocinamos, miramos películas,
lavamos la ropa, limpiamos las bicis y paseamos por una colorida
y patriota Tilcara que festejaba el 25 de mayo. Sus calles llenas de
banderas blancas y celestes, sus desfiles escolares, sus guirnaldas y los
vendedores callejeros con las típicas comidas argentinas sellaron una
hermosa postal de Tilcara en nuestros corazones.

125
Casualidades o causalidades que suceden en el orden de nuestra
existencia bajo el proceder de un mecanismo preciso e invisible: encuentros,
apariciones, revelaciones, magia e instinto. Hechos y acontecimientos, a
veces grandes y otras veces simplemente pequeños detalles que embellecen
nuestro día y nos sacan una sonrisa. Tal es así que mientras estoy escribiendo
el libro, en el momento en que escribo “Quebrada de Humahuaca”, en
la lista de temas que estaba escuchando comienza a sonar un charango
interpretando una tonada norteña. Por curiosidad detuve la escritura, me
fije el nombre de la canción y para mi sorpresa, se llamaba “El regreso”.

126
HACIA EL PUNTO MÁS ALTO
Unos días antes de terminar el viaje, en medio de la Quebrada
de Humahuaca. La sensación de regreso se apoderó de nosotros. No
sabíamos cómo íbamos a volver a casa cuando llegáramos a La Quiaca,
casi dos mil kilómetros nos separaban de Buenos Aires. Teníamos que
volver con las bicis y mucho equipaje. Y todo eso, en lo posible, tenía
que ser gratis. En Tilcara, el hermano de Lau nos llamó por teléfono
para avisarnos que había conseguido un camión que podía llevarnos,
pero había que volver a Salta, unos 400 kilómetros más al sur de La
Quiaca. Otro detalle era que el camión salía en cinco días, así que
entramos repentinamente en una cuenta regresiva, en la que teníamos
que llegar a La Quiaca y volver a Salta rápidamente, y era físicamente
imposible recorrer esa distancia en bicicleta y en cinco días.
Decidimos partir rápidamente para Humahuaca, pueblo que da
nombre a la Quebrada. Casi una pequeña ciudad, entramos a conocer
un poco y aprovisionarnos para continuar camino. En la plaza nos
bombardearon los turistas con fotos y preguntas acerca del viaje.
Fuimos famosos por unos minutos.
Seguimos viaje, aún sabiendo que era tarde y mientras
continuáramos subiendo, más fría iba a ser la noche. Dejamos los 3.000
metros de Humahuaca y ascendimos a más de 3.500, casi llegando al
punto más alto: Tres Cruces. Ya habíamos salido de la quebrada. El sol
bajó rápido y el frío se hizo insoportable. Buscamos un lugar reparado
donde armar la carpa, pero no había ninguna casa a nuestro alrededor.
Avanzamos algunos kilómetros pero se veía cada vez más desolado,
buscamos algún árbol pero la planta más alta tenía 20 centímetros.
Ya estaba oscuro, estábamos a punto de armar la carpa en pleno
descampado y a último momento vimos una luz y hacia allá fuimos.
Creímos que era una casa, pero era un santuario de San Expedito al
costado de la ruta. Nos acercamos y abrimos la puerta, adentro nos
encontramos una habitación llena de velas rojas y estampitas.
Estaba muy calentito y por un momento pensamos dormir adentro,

127
pero había una energía tan fuerte que decidimos armar la carpa afuera.
Aprovechamos la pared de la parte trasera de la habitación. Cortaba el
viento y eso ayudaba bastante.
Cenamos algo rápido adentro de la carpa y nos preparamos para
dormir. De repente escuchamos unos ruidos, un auto freno y las voces
de unos hombres empezaron a escucharse cada vez más cerca de la
carpa. Si bien tuvimos algo de miedo, ya no éramos los mismos de
hace ocho meses atrás cuando salimos de Ushuaia. Los kilómetros
recorridos nos habían enseñado una y otra vez a creer en la magia
del camino. Salimos y nos encontramos con dos amables personas
paradas al lado de la carpa. Nos contaron que ellos eran los encargados
de cuidar el santuario y pensaron que lo estaban saqueando. Nos
preguntaron si estábamos bien y si necesitábamos algo. Después de
una brevísima charla, porque hacía un frío inexplicable, siguieron
su camino. Nosotros nos fuimos a dormir pero antes pusimos el
despertador, sabíamos que cerca del mediodía iba a levantarse viento y
teníamos que aprovechar la mañana para pedalear y salir de uno de los
lugares más inhóspitos y fríos del viaje.
A las 5:30 de la mañana sonó el despertador. Desarmamos la carpa
y guardamos rápidamente nuestras cosas. Teníamos puesta toda la
ropa que llevábamos, remeras térmicas, buzos, camperas, doble capa
de guantes y aun así el frío era insoportable. Las botellas de agua que
siempre llevamos con nosotros estaban completamente congeladas,
duras como una piedra. Miré la temperatura en el celular y marcaba
-15 grados. En ningún momento de todo el viaje habíamos estado
expuestos a temperaturas tan bajas, incluso habíamos acampado en
la nieve en la Patagonia, pero esto era sencillamente paralizante. Sin
pensarlo demasiado nos subimos a las bicis y salimos a pedalear bajo
un cielo totalmente estrellado y que lejos estaba de dar muestras de
amanecer. Era una postal surrealista, que nunca habíamos vivido en
el viaje. Pedaleando a oscuras, bajo la pequeña luz de una linterna,
esforzándonos por seguir la línea blanca que marcaba la ruta,
moviendo las manos y los pies para que no se nos congelaran. Cada 20

128
minutos cruzábamos algún auto, siempre en dirección contraria, que
nos miraba como si fuéramos un espejismo. Era inimaginable ver a dos
personas pedaleando en ese lugar y a esa hora.
Pedaleamos casi dos horas y el sol aún estaba lejos de aparecer.
El cielo recién comenzaba a aclarar. Estábamos agotados y aun no
habíamos llegado al punto más alto del camino. Necesitábamos parar,
pero era una locura detenerse con tan baja temperatura. Casi como
un milagro visualizamos un pequeño ranchito de adobe al costado
del camino, estaba abandonado y nos metimos adentro. Fue increíble
el abrupto cambio de temperatura, debe ser el frío que teníamos
afuera, pero por dentro la construcción parecía tener calefacción. Nos
sentamos en el suelo, calentamos agua y un pan que ya tenía un par
de días. Hicimos mate y tomamos uno de los mejores desayunos de
mi vida.
Esperamos a que amaneciera. Las luces del sol empezaron a
filtrarse por la única ventana del rancho y ahí fue cuando vimos que las
bicis estaban pinchadas. El camino de la ruta al rancho estaba repleto
de espinillos, en la oscuridad no lo habíamos notado y ahora teníamos
que emparchar.
Tardamos en reparar las ruedas, volvimos a salir a la ruta como
una hora después. Por suerte el sol pegaba duro y si bien hacía frio, ya
no eran las temperaturas bajo cero de horas atrás. Además, al contrario
del pronóstico que había arrojado nuestro celular el día anterior, no se
había levantado viento.
Llegamos a Tres Cruces y estallamos de felicidad. Era el punto más
alto de la ruta y era el punto más alto en el que habíamos estado en
todo nuestro recorrido: 3.700 metros de altura sobre el nivel del mar.
Ni en el cruce de los Andes habíamos estado a tanta altura. Habíamos
llegado hasta ahí, juntos, con nuestras bicis, con la energía de nuestras
piernas y la fortaleza de nuestros corazones.
Después de las fotos, los besos y los abrazos, comenzamos una
intermitente bajada hasta Abra Pampa, también llamada “La Siberia
Argentina”, el último pueblo antes de llegar a La Quiaca. Llegamos a

129
la hora de la siesta y encontramos un pueblo fantasma. En la plaza no
había un alma. Sin dudarlo fuimos en busca del único hostel que había,
necesitábamos una habitación, un lugar calentito. Nos separaban
pocos kilómetros de La Quiaca y queríamos estar bien descansado
para pedalearlos. Ese día dormimos en la humilde habitación de una
pensión, pero con el cansancio que llevábamos nos parecía el lugar más
cómodo del mundo. Nos acostamos a las siete de la tarde y dormimos
como trece horas. Al otro día estábamos nuevos, entusiasmados por el
que creíamos iba a ser el último día de pedaleo.
El camino que nos separaba de La Quiaca era una interminable
recta de 70 kilómetros, un camino plano a 3.500 metros de altura sobre
el nivel del mar. Fueron kilómetros ansiosos y reflexivos. Estábamos
por concretar un objetivo, porque el sueño ya estaba cumplido.
Habíamos salido de la ciudad, habíamos dejado nuestros trabajos
y la comodidad de una casa. Habíamos salido de viaje, habíamos
superado nuestros miedos, habíamos experimentado la amabilidad de
cada una de las personas que nos cruzamos en el camino, habíamos
aprendido a improvisar, a vivir en el presente, cada día, como si fuera
único.

130
EL REGRESO
Llegamos a La Quiaca, reímos, nos abrazamos y lloramos de
felicidad. Lo primero que hicimos fue sacarnos una foto con el cartel
que decía la distancia que había hasta Ushuaia: 5.121 kilómetros.
Era una distancia ficticia, imaginaria, un simple dato de color para
dimensionar el enorme país que tenemos. Nosotros habíamos cruzado
a Chile dos veces y eso había extendido nuestro recorrido a más de
7.500 kilómetros. Por otro lado, también habíamos hecho dedo en
varias oportunidades y eso reducía los kilómetros pedaleados. Sin
embargo, surgió una casualidad hermosa, esas que adornan el camino y
lo hacen mágico. Mientras nos estábamos sacando la foto con el cartel,
a Lau se le ocurre mirar la distancia que marcaba el cuentakilómetros
de la bici e increíblemente decía: 5.121 kilómetros, la misma distancia
que decía el cartel.
Después de toda esa euforia nos dimos cuenta de que nos
queríamos ir. La Quiaca era una meta, un objetivo, un acuerdo que
representaba que había terminado, nada más y nada menos. La Quiaca
no tenía ningún atractivo turístico. Como buena ciudad fronteriza era
desordenada, llena de movimiento, de mercancías y bastante sucia.
Fuimos a un bar y nos sentarnos a brindar por el enorme logro
realizado. Después de un largo rato de festejo caminamos hasta la
terminal de ómnibus y sacamos pasaje para volver a Salta. Le aclaramos
y le re-aclaramos al vendedor que teníamos dos bicis y un montón
de equipaje. Sabíamos que en general los choferes de los micros son
bastante celosos de las bicicletas y no les gusta llevarlas como equipaje
regular, siempre ponen problemas y se resisten a cargarlas.
Después de cuatro interminables horas de espera en la terminal
de ómnibus de La Quiaca, llegó el micro. Nos acercamos, paramos
a un costado con nuestras bicis, se bajá el chofer, pone cara de malo,
nos mira fijamente y lo primero que dice es “esas bicis no viajan”.
Inmediatamente fuimos a buscar al amable vendedor al que le
compramos los pasajes, por suerte aún estaba. Para nuestra sorpresa se

131
puso la situación al hombro y nos defendió a muerte. Después de una
acalorada charla con el conductor lo convenció de llevar las bicis, sin
siquiera tener que desarmarlas, un ídolo.
Así fue como después de cinco horas de viaje arribamos por
segunda vez a Salta Capital. Eran cerca de las seis de la mañana y
tuvimos que esperar a que aclarara para buscar un hostel. Conseguimos
uno bastante económico, era sólo una noche, así que no nos hicimos
mucho problema. Aprovechamos para descansar y prepararnos para
los dos días de viaje que nos esperaban en el camión de Salta a Buenos
Aires. Tratamos de achicar al máximo el equipaje y cocinamos algunas
cosas para comer durante el camino. Dejamos todo preparado,
le avisamos a nuestra familia del inminente regreso y nos fuimos a
dormir tempranito.
Al otro día, ya a punto de salir, suena el teléfono: el camión se
había retrasado. Por el momento no iba a salir. Nos desesperamos, ya
nos imaginábamos en Buenos Aires, con nuestros amigos, con nuestra
familia, y de repente todo se ponía en suspenso.
A media mañana los planetas se alinearon y todo tomó un giro
repentino. Nos confirmaron que el camión iba a salir, pero al día
siguiente. Y lo que parecía iba a ser una espera interminable en una
ciudad en la que ya no queríamos estar, se transformó en una hermosa
concatenación de acontecimientos. Después de dar aviso en nuestra
página que nuestro regreso se iba a demorar un par de días y que
estábamos varados en Salta, nos llegaron una infinidad de invitaciones
de personas que se ofrecían a hospedarnos.
Esa misma mañana se comunicaron con nosotros de una radio
salteña, el programa era al mediodía y sin dudarlo salimos para el
estudio que estaba a pocas cuadras. La entrevista estuvo fantástica,
hablamos de la epopeya realizada y de muchas cosas más. Recibimos
llamados de los oyentes que nos seguían invitando a sus hogares y
también el llamado del dueño de un restaurant vegano de la zona que
nos invitaba a almorzar. Salimos del programa y fuimos a disfrutar una
de las mejores comidas del viaje.

132
Durante el almuerzo nos invitaron a un temazcal. Yo no sabía ni
de qué se trataba, pero como todo nos venía saliendo bárbaro, sin
preguntar demasiado, aceptamos la invitación. Nos pasaron a buscar
por donde estábamos y después de 20 minutos de viaje llegamos a
San Lorenzo. Unos días atrás habíamos estado en La Quebrada de
San Lorenzo, pero esta vez fuimos a una casa particular. Era un lugar
hermoso, con un gran parque repleto de árboles. Poco a poco nos
fuimos acercando a un sector en el cual había gente reunida alrededor
de un fuego. Entramos en confianza, la gente era muy amable, pero yo
todavía no me hacía una idea de la ceremonia. Y es entonces cuando le
pregunto al que parecía ser el dueño de la casa de que se trataba todo.
Antes de describir lo que sucedió a continuación debo remontarme
un par de años atrás y contar parte de mi historial psíquico-clínico. Sé
que el relato está tomando un giro bastante brusco, pero no se asusten.
Tres o cuatro años antes del viaje, yo era un bicho de ciudad
promedio: trabajaba en una oficina, esperaba ansiosamente los fines
de semana y me iba de vacaciones 15 días al año. Comía, respiraba,
dormía, disfrutaba, me aburría y en general vivía mí vida en un estado
de inconciencia, a la par de una enorme y homogénea masa que habita
en las ciudades. Sin embargo, algo se había empezado a romper en
mí, y aunque me esforzaba por ignorarlo mi cuerpo empezaba a decir
basta. Comencé a tener pequeños ataques de ansiedad, que poco a
poco se fueron agudizando hasta convertirse en pánico. Ir al trabajo y
subirme al colectivo se transformaba en una epopeya, no soportaba la
acumulación de la gente, la falta de aire. Había empezado a esquivar
las grandes avenidas y estaba sacando músculos en las piernas por
querer evitar los ascensores.
Mi cuerpo, mi alma y mi espíritu me estaban avisando a gritos que
cambiara el camino, que cambiara la forma, que por primera vez en
la vida me empezara a reconocer, a escuchar. Que saliera en busca de
la vida, de mi vida, la que en algún momento sin darme cuenta había
dejado en suspenso.
Así que ahí estaba, tres o cuatro años después, frente al fuego y

133
con un montón de desconocidos a mi alrededor. A punto de entrar al
temazcal. Para que se den una idea rápida, un temazcal es una especie
de sauna, pero rústico. En este caso, el lugar al que íbamos a entrar
era una pequeña carpa hecha de telas y palos, de dos metros por dos
metros y el piso era simplemente de tierra. La ceremonia consistía en
calentar por varias horas en el fuego un conjunto de piedras y meternos
junto a ellas adentro de la carpa. Eran 15 los presentes y todos íbamos
a entrar al temazcal. En mi cabeza se hacía físicamente imposible que
todo eso sucediera en un espacio tan reducido.
Antes de ingresar estaba pálido, muerto de miedo. Me estaba
metiendo en la boca del lobo, en el peor de los padecimientos al que se
puede exponer a una persona con ataques de pánico. Un lugar chiquito,
oscuro, repleto de gente y con un calor insoportable. Increíblemente
esta ceremonia había aparecido frente a mí como un desafío, como
la prueba fehaciente de que haber cambiado mi estilo de vida e ir en
busca de mis sueños me había sanado.
Finalmente, llegó el momento de ingresar. Abrieron la puerta de la
carpa, era tan pequeña que había que entrar gateando. El lugar estaba
repleto de gente, pegados cuerpo a cuerpo, sin espacio para movernos. Se
me empezaron a acelerar las pulsaciones y ni siquiera habían ingresado
las piedras. Aunque el espacio aún estaba frío, podía sentir como mi
corazón se alborotaba por la simple acumulación de personas. Poco a
poco fueron ingresando las rocas, las depositaban en el centro, en un
pozo, estaban al rojo vivo y el lugar comenzó a calentarse. Entraron
unas diez piedras y dos tachos llenos de agua caliente. Cerraron la
puerta de la carpa y el lugar quedó completamente oscuro. Poco a
poco fueron tirando agua sobre las piedras, estallaba en forma de vapor
y volvía insoportable el calor del ambiente. Estaba en el mismísimo
infierno. En un ínfimo espacio en un remoto pueblo de la Provincia
de Salta, me estaba viendo cara a cara con cada uno de mis miedos.
Respiraba profundo y sentía como el aire me quemaba por dentro.
El tiempo había perdido su forma lineal, se evaporaba junto al agua
que impactaba cada vez más fuerte sobre las piedras. La temperatura

134
del ambiente me derretía, sentí que me estaba por desmayar y en ese
entonces alguien me agarró la cabeza y apoyó mi cara contra el suelo.
Permanecí así durante toda la ceremonia, respirando directamente de
la tierra, en una profunda conexión con la naturaleza.
Después de una hora o quinientas, el temazcal terminó. La
diferencia de temperatura entre el interior de la carpa y el afuera,
hizo que pasara de un estado de trance a un estado de éxtasis. Había
sobrevivido y ya no estoy hablando de la ceremonia, si no del viaje.
Habíamos salido en busca de nuestros sueños y estábamos vivos, más
vivos que nunca.
Al día siguiente, sentado al lado del Javier, el camionero que nos
estaba trayendo de Salta a Buenos Aires, me percaté que las montañas
estaban desapareciendo. Íbamos entrando en Santiago del Estero y la
llanura invadía el paisaje, habíamos estado un año entero rodeados de
montañas, de Cordillera de los Andes, de terrenos alborotados y de
repente todo se volvía horizontal, se hacía pampa, esa pampa en la que
nací y crecí, ahora me parecía extraña e infinita.
Eso mismo había hecho el viaje en el orden de nuestras vidas,
lo simple y cotidiano se volvía cuestionable. Esta aventura de más
de 7.500 kilómetros había transformado en extraño todo aquello
que siempre nos pareció normal. Nuestra vida dejaba de ser una
proyección, un plan preciso, y se convertía en una aventura llena de
sueños y posibilidades. Un terreno desconocido, un nuevo camino sin
explorar. La miré a Lau, mientras dormía tranquilamente, en el asiento
trasero del camión, todo estaba en calma, nosotros estábamos en
calma. Respiré profundo y sentí que la vida había vuelto a comenzar.

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ÁNGELES DEL CAMINO
Todas estas personas estuvieron en nuestro camino, dándonos
una mano gigante de diferentes formas; gracias a ellos este viaje pudo
hacerse realidad, y son parte de nuestro camino.

Lili y George, Euse y Jorge; Fer Rubino; Lu Nies; Juan y Marien;


Angie y Lean; Barbie y Juan; Clari; Fito, Pau y Otto; Herno; Bea; Carlos;
Adri; Ana B.; Tute y Ro; Silvia y Enrique; Gonza; Fede S.; Poli; Agus;
Dani Reta; Pao, Fede, Lean y Ale; Graciela; Pri; Moni; Caro, Jota y Mora;
Anderson; Gas y Vero; July; Gabi; Elenco Mucho Ruido y Pocas Nueces:
Euge, Rami y Sofi, Pedro, Rosa, Susy, Lu, Fausto, Migue, Mario, Leo, Ivi,
Guille, Vivi, Jorge, Anita, Ludmi, Cecilia Maresca; Cami, Diego y Mati;
Hilda; Rulo; Umepay: Mati, Juli y Vicente; Damo, Nati y Nina; Cristal;
Caro, Ger, Luna y Gina; Magda; Juan Ma, Vale y Luchi; Ana, Ade y
Aloe; Pau; Lau y Facu; Vale, Diego y Bauti; Gastón y Coni; Jere, Mica
y Kimi; Nacho; Rober y Pichi; Estefi; Hugo y Mari; Roman; Gera; Ro
Peralta; Norma; Lucas y Gilda; Mara y Vicente; Mauro; Ensalada Verde:
Sebas; Candi; Karina; Emi; Joaco; Emi, Cande, Lu y Fede; Lucas y Lili;
Pocho y July; Alfred; Emi de Venzo; Luis y Nelly; Bicicletería Lucas; Lore;
Roque y Erica; Pablo y Pau de Camping El Bosque; Santi, Luz, Fran y
Jachu; Juan Godoy; Maxi y Fran Atencio (Arte Animal); Limbano; Dani
Carrizo; Sr. Gomez; Fabrizio; Pro Bikes; Mati y Mili de Nómada; Dany
Alvarado; Toto, Nestor, Gladys, Oriana y Edgardo; Andrea Centurion y su
hermosa familia; Jesse y Tom; Restaurant Villa Marina; Natu, Eze, Agus y
Cami; Gendarme del Puente Justicia; David, aventón de camioneta a Río
Grande; Nancy y Alicia; Gendarmería del Paso Fronterizo San Sebastián;
Sergio, nuestro amigo camionero; Daniel; Victor; los chicos de La Armada
de Cabo Vírgenes; Edu; Roxana; Carlos Benavidez; Estacion de Servicio de
3 Lagos; Policia de Bajo Caracoles; Armin e Iris; Leni y Angélica; Tomás;
Raúl; La Leti; Alfonso, Perla y Nati; Alfredo, Anita y Francis; Ángela y
María José; David; Evaristo y Marta; Agustín y Cintia; Hernán; Adam;
Pato y Paula; Luz y Sergio; Cin y Mati; José; Majo y Dany; Ana, Ignacio y

136
familia; Camping 7 Lagos; Pato, Edgardo, Cristina, José, Emi, los veganos
Angie y su novio; Toda la gente que nos dio una mano en la plaza de San
Martín de los Andes; José Carlos; Carmen Gloria y Marcos; Pamela, Juan
Carlos y Mamá; Pato, Carlos, Nico, Camilo, la Abuelita Viole y toda
la familia de Temuco; Delfín y su familia; Alfonso y su familia; Mario;
Juanita y su familia; Saúl y Bernie; Francisca y Alfredito; Jekar, Jhona,
Paula, La Oso, Felo, Queño y Paty; Jacob, Eugenia, Rubén, Patricia,
Paz y Francisca; Pancho, Lilian y Mariela; Karina, Maria, Carmen,
Raúl, Caro, Consu, Saba, Bernardo y Juan Ignacio; Gaby y Jorge; María
Eugenia y Andrés; José Luis y Bernardo; Nelson, Juan y Sol; Marcela,
Roberto y Anibal; Max y sus amigos; El Negro y sus amigos; Loreto; Kike;
Carlos; Diego, Matias y su familia; Cristian; Francisco, Leticia y sus
hermosos hijos; Kevin y Leti; Melanie; Ivan; Seba y Ale; Renaud; Ángel;
Nando; Mati; Luis; Lucas; Santi; Macarena; Javier; Fer, Rocio y Luna.

Y día a día siguen apareciendo más y más ángeles en nuestro


camino de los sueños.

137

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