HOMERO: La Odisea, «Canto IX».
Cuando así hube hablado subí a la nave y ordené a los compañeros que me siguieran y desataran las
amarras. Ellos se embarcaron al instante y, sentándose por orden en los bancos, comenzaron a batir con los remos el
espumoso mar. Y tan pronto como llegamos a dicha tierra, que estaba próxima, vimos en uno de los extremos y casi
tocando al mar una excelsa gruta a la cual daban sombra algunos laureles. En ella reposaban muchos hatos de ovejas
y de cabras y en contorno había una alta cerca labrada con piedras profundamente hundidas, grandes pinos y encinas
de elevada copa. Allí moraba un varón gigantesco, solitario, que entendía en apacentar rebaños lejos de los demás
hombres, sin tratarse con nadie, y, apartado de todos, ocupaba su ánimo en cosas inicuas. Era un monstruo horrible y
no se asemejaba a los hombres que viven de pan, sino a una selvosa cima que entre altos montes se presentase aislada
de las demás cumbres.
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Así le dije. El Cíclope, con ánimo cruel, no me dio respuesta; pero, levantándose de súbito, echó mano a los
compañeros, agarró a dos y, cual si fuesen cachorrillos los arrojó a tierra con tamaña violencia que sus sesos se
esparcieron por el suelo empapando la tierra. De contado despedazó los miembros, se aparejó una cena y se puso a
comer como montaraz león, no dejando ni los intestinos, ni la carne, ni los medulosos huesos. Nosotros
contemplábamos aquel horrible espectáculo con lágrimas en los ojos, alzando nuestras manos a Zeus, pues la
desesperación se había señoreado de nuestro ánimo. El Cíclope, tan pronto como hubo llenado su enorme vientre,
devorando carne humana y bebiendo encima leche sola, se acostó en la gruta tendiéndose en medio de las ovejas.
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Entonces formé en mi magnánimo corazón el propósito de acercarme a él y, sacando la aguda espada que
colgaba de mi muslo, herirle el pecho donde las entrañas rodean el hígado, palpándolo previamente; mas otra
consideración me contuvo. Habríamos, en efecto, perecido allí de espantosa muerte, a causa de no poder apartar con
nuestras manos la pesada roca que el Cíclope colocó en la alta entrada. Y así, dando suspiros, aguardamos que
apareciera la divina Aurora.
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Cuando se descubrió la hija de la mañana, Eos de rosáceos dedos, el Cíclope encendió fuego y ordeñó las
gordas ovejas, todo como debe hacerse, y a cada una le puso su recental. Acabadas con prontitud tales faenas, echó
mano a otros dos de los míos, y con ellos se preparó el desayuno.
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En acabando de comer sacó de la cueva los pingües ganados, removiendo con facilidad la enorme roca de la
puerta; pero al instante la volvió a colocar, del mismo modo que si a un carcaj le pusiera su tapa.
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Mientras el Cíclope aguijaba con gran estrépito sus pingües rebaños hacia el monte, yo me quedé
meditando siniestras trazas, por si de algún modo pudiese vengarme y Atenea me otorgara la victoria.
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Al fin me pareció que la mejor resolución sería la siguiente. Echada en el suelo del establo se veía una gran
clava de olivo verde que el Cíclope había cortado para llevarla cuando se secase. Nosotros, al contemplarla, la
comparábamos con el mástil de una negra y ancha nave de veinte bancos de remeros, de una nave de transporte
amplia, de las que recorren el dilatado abismo del mar: tan larga y tan gruesa se nos presentó a la vista. Me acerqué a
ella y corté una estaca como de una braza, que di a los compañeros, mandándoles que la puliesen. No bien la dejaron
lisa, agucé uno de sus cabos, la endurecí, pasándola por el ardiente fuego y la oculté cuidadosamente debajo del
abundante estiércol esparcido por la gruta. Ordené entonces que se eligieran por suerte los que conmigo deberían
atreverse a levantar la estaca y clavarla en el ojo del Cíclope cuando el dulce sueño le rindiese. Les cayó la suerte a
los cuatro que yo mismo hubiera escogido en tal ocasión y me junté con ellos formando el quinto.
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Por la tarde volvió el Cíclope con el rebaño de hermoso vellón, que venía de pacer, e hizo entrar en la
espaciosa gruta a todas las pingües reses, sin dejar a ninguna fuera del recinto, ya porque sospechase algo, ya porque
algún dios se lo aconsejara. Cerró la puerta con la gran piedra que llevó a pulso, se sentó, ordeñó las ovejas y las
baladoras cabras, todo como debe hacerse, y a cada una le puso su recental.
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Acabadas con prontitud tales cosas, agarró a otros dos de mis amigos y con ellos se aparejó la cena.
Entonces me llegué al Cíclope, y teniendo en la mano una copa de negro vino, le hablé de esta manera:
—Toma, Cíclope, bebe vino, ya que comiste carne humana, a fin de que sepas qué bebida se guardaba en
nuestro buque. Te lo traía para ofrecer una libación en el caso de que te apiadases de mí y me enviaras a mi casa, pero
tú te enfureces de intolerable modo. ¡Cruel! ¿Cómo vendrá en lo sucesivo ninguno de los muchos hombres que
existen, si no te portas como debieras?
Así le dije. Tomó el vino y se lo bebió. Y le gustó tanto el dulce licor que me pidió más:
—Dame de buen grado más vino y hazme saber inmediatamente tu nombre para que te ofrezca un don
hospitalario con el cual huelgues. Pues también a los Cíclopes la fértil tierra les produce vino en gruesos racimos que
crecen con la lluvia enviada por Zeus; mas esto se compone de ambrosía y néctar.
Así habló, y volví a servirle el negro vino: tres veces se lo presenté y tres veces bebió incautamente. Y
cuando los vapores del vino envolvieron la mente del Cíclope, le dije con suaves palabras:
—¡Cíclope! Preguntas cuál es mi nombre ilustre y voy a decírtelo, pero dame el presente de hospitalidad
que me has prometido. Mi nombre es Nadie, y Nadie me llaman mi madre, mi padre y mis compañeros todos.
Así le hablé y enseguida me respondió con ánimo cruel:
—A «Nadie» me lo comeré al último, después de sus compañeros, y a todos los demás antes que a él: tal
será el don hospitalario que te ofrezca.
Dijo, se tiró hacia atrás y cayó de espaldas. Así echado, dobló la gruesa cerviz y le venció el sueño, que
todo lo rinde. Le salía de la garganta el vino con pedazos de carne humana y eructaba por estar cargado de vino.
Entonces metí la estaca debajo del abundante rescoldo para calentarla y animé con mis palabras a todos los
compañeros, no fuera que alguno, poseído de miedo, se retirase. Mas cuando la estaca de olivo, con ser verde, estaba
a punto de arder y resplandecía terriblemente, fui y la saqué del fuego, y me rodearon mis compañeros, pues sin duda
una deidad nos infundió gran valor. Ellos, tomando la estaca de olivo, la clavaron por la aguzada punta en el ojo del
Cíclope, y yo, alzándome y haciendo fuerza desde arriba, la hacía girar. Como cuando un hombre taladra con el
barreno el mástil de un navío, otros lo mueven por debajo con una correa, que asen por ambas extremidades, y aquél
da vueltas continuamente: así nosotros, asiendo la estaca de ígnea punta, la hacíamos girar en el ojo del Cíclope y la
sangre brotaba alrededor del ardiente palo. Al arder la pupila, el ardoroso vapor le quemó párpados y cejas, y las
raíces crepitaban por la acción del fuego. Así como el broncista, para dar el temple que es la fuerza del hierro,
sumerge en agua fría una gran hacha o la garlopa que rechina grandemente, de igual manera rechinaba el ojo del
Cíclope en torno de la estaca de olivo. Dio el Cíclope un fuerte y horrendo gemido, retumbó la roca, y nosotros,
amedrentados, huimos prestamente.
Entonces él se arrancó la estaca, toda manchada de sangre, la arrojó furioso lejos de sí y se puso a llamar
con altos gritos a los Cíclopes que habitaban a su alrededor, dentro de cuevas, en los ventosos promontorios. En
oyendo sus voces, acudieron muchos, quién por un lado y quién por otro, y parándose junto a la cueva, le preguntaron
qué le angustiaba:
—¿Por qué tan enojado, oh Polifemo, gritas de semejante modo en la divina noche, despertándonos a
todos? ¿Acaso algún mortal se lleva tus ovejas mal de tu grado o, por ventura, alguien te está matando con engaño o
con fuerza?
Y les respondió desde la cueva el robusto Polifemo:
—¡Oh, amigos! «Nadie» me mata con engaño, no con fuerza.
Y ellos le contestaron con estas aladas palabras:
—Pues si nadie te hace fuerza, ya que estás solo, no es posible evitar la enfermedad que envía el gran Zeus,
pero al menos ruega a tu padre, el soberano Poseidón.
Apenas acabaron de hablar se fueron todos, y yo me reí en mi corazón de cómo mi nombre y mi excelente
artificio les había engañado. El Cíclope, gimiendo por los grandes dolores que padecía, anduvo a tientas, quitó el
peñasco de la puerta y se sentó a la entrada, tendiendo los brazos por si lograba echar mano a alguien que saliera con
las ovejas. ¡Tan estúpido esperaba que yo fuese!
1. Este texto pertenece a uno de los textos fundacionales de la épica griega, La Odisea. Investigue en internet
y realice una breve reseña del argumento general de la obra y de su importancia literaria junto a La Ilíada.
2. Resumen del Canto IX de La Odisea.
3. Análisis estructural del fragmento: comente la localización del Canto IX en la estructura de La Odisea y, a
continuación, realice la división estructural del mismo según el esquema aristotélico “planteamiento – nudo
– desenlace”.
4. Análisis del personaje de Ulises frente a Aquiles, el protagonista de La Ilíada. Caracterización del héroe en
el Canto IX.