La Casa De Bernarda Alba (Federico García Lorca)
Acto primero
Habitación blanquísima del interior de la casa de Bernarda. Muros gruesos. Puertas en
arco con cortinas de yute rematadas con madroños y volantes. Sillas de anea. Cuadros
con paisajes inverosímiles de ninfas o reyes de leyenda. Es verano. Un gran silencio
umbroso se extiende por la escena. Al levantarse el telón está la escena sola. Se oyen
doblar las campanas.
(Sale la Criada)
Criada: Ya tengo el doble de esas campanas metido entre las sienes.
La Poncia: (Sale comiendo chorizo y pan) Llevan ya más de dos horas de gori-gori. Han
venido curas de todos los pueblos. La iglesia está hermosa. En el primer responso se
desmayó la Magdalena.
Criada: Es la que se queda más sola.
La Poncia: Era la única que quería al padre. ¡Ay! ¡Gracias a Dios que estamos solas un
poquito! Yo he venido a comer.
Criada: ¡Si te viera Bernarda…!
La Poncia: ¡Quisiera que ahora, que no come ella, que todas nos muriéramos de hambre!
¡Mandona! ¡Dominanta! ¡Pero se fastidia! Le he abierto la orza de chorizos.
Criada: (Con tristeza, ansiosa) ¿Por qué no me das para mi niña, Poncia?
La Poncia: Entra y llévate también un puñado de garbanzos. ¡Hoy no se dará cuenta!
Epístola
México a 22 de abril de 2016
Queridos Hijos
Mi querido hijo Emmanuel, desde hacía tiempo que sentía la necesidad de felicitarte y
aconsejarte, a ti y a tu esposa que se acaban de casar.
Hoy empiezan una nueva vida juntos como pareja y como familia, por cuyo motivo tendrán
nuevos retos y responsabilidades que tendrán que compartir, teniendo que soportar
momentos dichosos y momentos agrios, que es lo que es el matrimonio. Pero sé que
sabrán salir adelante trabajando juntos unidos como la familia que recién acaban de
formar
Les saludo a los dos, a ti querido hijo Emmanuel y a ti querida nuera, o mejor dicho, mi
nueva hija Karina, y les deseo que sean felices y dichosos. Saludos y a brazos.
La calle.
Es una calle larga y silenciosa.
Ando en tinieblas y tropiezo y caigo
y me levanto y piso con pies ciegos
las piedras mudas y las hojas secas
y alguien detrás de mí también las pisa:
si me detengo, se detiene;
si corro, corre. Vuelvo el rostro: nadie.
Todo está oscuro y sin salida,
y doy vueltas en esquinas
que dan siempre a la calle
donde nadie me espera ni me sigue,
donde yo sigo a un hombre que tropieza
y se levanta y dice al verme: nadie.
Un hombre entra en una zapatería, y un amable vendedor se le acerca:
- ¿En qué puedo servirle, señor?
- Quisiera un par de zapatos negros como los del escaparate.
- Cómo no, señor. Veamos: el número que busca debe ser... el cuarenta y uno. ¿Verdad?
- No. Quiero un treinta y nueve, por favor.
- Disculpe, señor. Hace veinte años que trabajo en esto y su número debe ser un cuarenta
y uno. Quizás un cuarenta, pero no un treinta y nueve.
- Un treinta y nueve, por favor.
- Disculpe, ¿me permite que le mida el pie?
- Mida lo que quiera, pero yo quiero un par de zapatos del treinta y nueve.
El vendedor saca del cajón ese extraño aparato que usan los vendedores de zapatos para
medir pies y, con satisfacción, proclama «¿Lo ve? Lo que yo decía: ¡un cuarenta y uno!».
- Dígame: ¿quién va a pagar los zapatos, usted o yo?
- Usted.
- Bien. Entonces, ¿me trae un treinta y nueve?
El vendedor, entre resignado y sorprendido, va a buscar el par de zapatos del número
treinta y nueve. Por el camino se da cuenta de lo que ocurre: los zapatos no son para el
hombre, sino que seguramente son para hacer un regalo.
- Señor, aquí los tiene: del treinta y nueve, y negros.
- ¿Me da un calzador?
- ¿Se los va a poner?
- Sí, claro.
- ¿Son para usted?
- ¡Sí! ¿Me trae un calzador?
El calzador es imprescindible para conseguir que ese pie entre en ese zapato. Después
de varios intentos y de ridículas posiciones, el cliente consigue meter todo el pie dentro
del zapato.
Entre ayes y gruñidos camina algunos pasos sobre la alfombra, con creciente dificultad.
- Está bien. Me los llevo.
Al vendedor le duelen sus propios pies sólo de imaginar los dedos del cliente aplastados
dentro de los zapatos del treinta y nueve.
- ¿Se los envuelvo?
- No, gracias. Me los llevo puestos.
El cliente sale de la tienda y camina, como puede, las tres manzanas que le separan de
su trabajo. Trabaja como cajero en un banco.
A las cuatro de la tarde, después de haber pasado más de seis horas de pie dentro de
esos zapatos, su cara está desencajada, tiene los ojos enrojecidos y las lágrimas caen
copiosamente de sus ojos.
Su compañero de la caja de al lado lo ha estado observando toda la tarde y está
preocupado por él.
- ¿Qué te pasa? ¿Te encuentras mal?
- No. Son los zapatos.
- ¿Qué les pasa a los zapatos?
- Me aprietan.
- ¿Qué les ha pasado? ¿Se han mojado?
- No. Son dos números más pequeños que mi pie.
- ¿De quién son?
- Míos.
- No te entiendo. ¿No te duelen los pies?
- Me están matando, los pies.
- ¿Y entonces?
- Te explico -dice, tragando saliva-. Yo no vivo una vida de grandes satisfacciones. En
realidad, en los últimos tiempos, tengo muy pocos momentos agradables.
- ¿Y?
- Me estoy matando con estos zapatos. Sufro terriblemente, es cierto... Pero, dentro de
unas horas, cuando llegue a mi casa y me los quite, ¿imaginas el placer que sentiré?
¡Qué placer, tío! ¡Qué placer!
Confieso que he vivido. Pablo Neruda
Mi gobierno me mandaba a México. Lleno de esa pesadumbre mortal producida por
tantos dolores y desorden, llegué en el año 1940 a respirar en la meseta de Anahuac lo
que Alfonso Reyes ponderaba como la región más transparente del aire.
México, con su nopal y su serpiente; México florido y espinudo, seco y huracanado,
violento de dibujo y de color, violento de erupción y creación, me cubrió con su sortilegio y
su luz sorpresiva. Lo recorrí por años enteros de mercado a mercado. Porque México está
en los mercados. No está en las guturales canciones de las películas, ni en la falsa
charrería de bigote y pistola. México es una tierra de pañolones color carmín y turquesa
fosforescente. México es una tierra de vasijas y cántaros y de frutas partidas bajo un
enjambre de insectos. México es un campo infinito de magüeyes de tinte azul acero y
corona de espinas amarillas.
Todo esto lo dan los mercados más hermosos del mundo. La fruta y la lana, el barro y los
telares, muestran el poderío asombroso de los dedos mexicanos fecundos y eternos.
Crónica de un hecho
La navidad de 1995 ni siquiera me llamó por teléfono. Al parecer mi amiga Lucía estaba
de novia con un chico muy apuesto.
Los años pasaron y yo lamenté su distanciamiento, pero otras amistades llegaron a mi
vida.
Sin embargo, algo iba ocurrir: el 17 de junio de 2000, a las 14:35 horas, Lucía vino a mi
casa como en los viejos tiempos sólo que, en esta ocasión, ella se encontraba
desconsolada ya que su madre estaba a punto de fallecer.
En ese momento todo mi dolor y angustia se esfumó para poder contener su dolor. Ya no
importaba su distancia durante estos años.
Su mamá sufrió una agonía durante casi 4 meses y el 1 de octubre de 2000 fallecía
producto de un cáncer fulminante.
El dolor de Lucía era inmenso, pero estaba contenida y acompañada por todos sus seres
queridos.
Hoy, 15 años después, de aquel acontecimiento puedo decir que Lucía y yo seguimos
siendo muy amigas como cuando venía a jugar por las tardes del año 1990.
Novela
Rafael está en el borde de un gran muro empedrado, moviendo los brazos hacia arriba y
hacia abajo como un pájaro, flexionando las rodillas y aleteando como si fuera a volar,
como si fuera a saltarme encima. No para de hablar. Cada vez que se inclina hacia
delante creo que está por caerse. Juega, hace amagos, retoma el equilibrio, le da a las
alas, se tambalea y parece nuevamente que se cae pero vuelve al centro. Todo es
training, dice. Control. El control se aprende. Aletea más, mueve las caderas, sigue
diciendo. Hay que cerrar los ojos, dice doblando las rodillas, y cerrándolos.
Comienzo a preguntarme cuánto durará la danza, qué clase de tempo es éste. El ritual
comienza a cansarme. Cuando estoy a punto de irme y dejarlo allí, todo se acelera.
Aterriza a mi lado, tan liviano como subió.
–Esta es la universidad de Berkeley. Iu ci at Berkeley.
–Ya me di cuenta.
Luego estamos en el apartamento de María y Roberto, durmiendo en la misma cama con
ellos y rodeados de conejos. A la derecha junto a la ventana, en la esquina, una pila de
ropa sucia de la que nuestros anfitriones van sacando cada día la menos hedionda para
vestirse. Huele a sudor guardado y a marihuana. Al despertarse hay que estar pilas para
no pisar los charcos de orine que han dejado las mascotas. También hay excremento y
comida regados. Días más tarde comienzan a aparecer bolitas marrones entre mi ropa.
Los conejos y sus rastros lo ocupan todo.
El tercer y último recuerdo de esta época es en Indian Rocks. Un parque verde
fosforescente poblado de moles de piedra gris y café, enormes perezas prehistóricas. No
se ve nadie, aparte de los animales de roca helada. No siento las orejas. De la nariz sólo
siento el líquido, las gotas que limpio e intento secar directamente con los dedos en pinza.
Me seco las manos en la lycra. Los bordes de las rocas se dibujan, sus siluetas
contrastan con el cielo eléctrico. Para mantener el calor de las manos hay que moverlas.
Mientras descansamos de cada intento giramos las muñecas hacia un lado y hacia el otro.
Estiramos los antebrazos. Estiramos los dedos y las palmas haciendo una palanca hacia
el suelo con la mano opuesta. Siento los brazos entumecidos. Estirarlos arde. Rafael dice
que dolor es placer y también que su gran sueño es saltar en paracaídas desde El
Capitán. Escalamos los bloques de roca. Estudiamos las rutas más difíciles y nos
ponemos tarea.