“Separados de mí nada podéis hacer” (Juan 15:4-5)
“Permaneced en mí, y yo en vosotros”
(Jn 15:4) “Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el
pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece
en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí.”
El Señor no está hablando aquí de su venida a los
discípulos para vivir en ellos, tal como había hecho en el
capítulo anterior. Aquí ya se da por realizada esa unión, de
tal manera que la exhortación ahora es a permanecer en
ella. Por lo tanto, no vamos a encontrar aquí ninguna
explicación de cómo se llega a realizar esta unión inicial
con Cristo cuando nos convertimos en pámpanos de la vid,
lo que vamos a ver no trata sobre la salvación eterna del
alma, sino sobre el secreto para una vida espiritual
fructífera.
Ahora bien, está claro que la exhortación a permanecer en
él implica una responsabilidad por nuestra parte; no todo lo
hace el Señor. Así que encontramos aquí un llamamiento a
la vigilancia, para que en ningún momento la experiencia
de comunión con el Señor se vea interrumpida, porque sólo
si permanecemos en él, su poder espiritual fluirá a través
de nosotros haciendo la maravilla de producir fruto en
nosotros.
1. ¿Qué significa permanecer en Cristo?
En una ocasión anterior el Señor había hablado en unos
términos parecidos:
(Jn 8:31-32) “Dijo entonces Jesús a los judíos que habían
creído en él: Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis
verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la
verdad os hará libres.”
Probablemente no nos equivocamos si decimos que
“permanecer en Cristo” es equivalente a “permanecer en su
Palabra”.
(1 Jn 3:24) “Y el que guarda sus mandamientos, permanece en
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Dios, y Dios en él. Y en esto sabemos que él permanece en
nosotros, por el Espíritu que nos ha dado.”
Ahora bien, permanecer en la Palabra de Cristo implica
mucho más que la mera aceptación intelectual de ciertas
doctrinas cristianas; implica también el cumplimiento
práctico de sus demandas, confiar en sus promesas,
adoptar su visión del propósito de la vida humana en las
decisiones que tomamos, depender de él y confiar en que
suplirá todo lo que necesitemos para dar fruto para su
gloria. Implica ser sostenidos por él para lograr sus
propósitos, ser leales y fieles a sus principios, ser fervientes
en la comunión con el Señor por medio de la oración,
participar con devoción en la adoración y el trabajo en la
Iglesia de Cristo junto a los otros miembros…
Y no olvidemos que esto no es presentado aquí como una
opción, sino como un mandato.
2. “Y yo en vosotros”
Por parte de Cristo hay un compromiso inalterable de estar
con los creyentes. La comunión con él nunca se verá rota
por su lado. Pero no sólo eso, él quiere llegar a tener una
comunión más profunda e íntima de la que había tenido
con sus discípulos, como luego va a explicar. Quería ir más
allá de la relación entre un maestro y su discípulo, para
compartir su vida y amistad.
Esta permanencia de su parte implica el suministro del
constante flujo de su gracia que nos proporciona todo lo
necesario para nuestro alimento espiritual y la capacidad
para producir fruto.
3. ¿Cómo permanecer en Cristo?
Una vez que estamos unidos a la Vid, sólo necesitamos
seguir disfrutando de toda su vitalidad por medio de la
permanencia en ella. No debemos movernos de allí. Eso
implica renunciar constantemente a todo mérito propio, a
toda sabiduría propia, a toda voluntad y fuerzas propias,
con el fin de apropiarnos de Cristo, la fuente inagotable de
vida espiritual.
Para mantener una auténtica vida espiritual en el mundo,
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los creyentes han de permanecer unidos íntimamente a
Cristo. Esto requerirá una fe activa que se manifestará por
medio de la meditación en la Palabra, la oración, la
limpieza constante por medio de la confesión, el testimonio
a otros, la comunión con los hermanos… Esto implica un
esfuerzo por nuestra parte, porque de otro modo, la
corriente de este mundo nos arrastrará en la dirección
contraria.
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“El pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no
permanece en la vid”
Resulta obvio que un pámpano no puede producir uvas si
no está bien conectado a la vid, y de la misma manera,
tampoco el creyente puede llevar fruto si no está
vitalmente unido a Cristo. De esta estrecha unión depende
la vida, la fuerza, el vigor, la lozanía y la fertilidad del
creyente. De otro modo, separados de Cristo los creyentes
se marchitan y se secan, puesto que no tienen en sí
mismos los recursos necesarios para vivir, y mucho menos
para producir fruto. Por lo tanto, nuestra dependencia de
Cristo debe ser total y absoluta.
Ahora bien, en la experiencia cristiana sabemos que es
difícil permanecer en Cristo. Somos tentados
constantemente a abandonar esta unión y dependencia de
él. Algunas veces nuestro necio corazón nos engaña
haciéndonos creer que por nosotros mismos podemos
hacer las cosas. En otras ocasiones, el diablo nos tienta
sugiriéndonos que Cristo y su Palabra no son suficientes
para garantizar nuestro progreso espiritual.
Encontramos un caso muy claro de esto último en la iglesia
de Colosas. Pablo les escribió una carta en la que comenzó
recordándoles cómo la palabra verdadera del Evangelio
había llegado hasta ellos y llevaba fruto y crecía también
en ellos (Col 1:5-6). Pero después de eso, habían entrado en
la iglesia algunas personas que les enseñaban que Cristo y
su Evangelio podían ser suficientes como comienzo de su
experiencia espiritual, pero que si deseaban progresar
espiritualmente, necesitarían otras prácticas mas
avanzadas. Evidentemente, el apóstol estaba muy
preocupado por estas corrientes de pensamiento que
estaban entrando en la iglesia en Colosas, porque sabía
que no eran verdades reveladas por Dios, sino
simplemente “filosofías y huecas sutilezas, según las tradiciones
de los hombres, conforme a los rudimentos del mundo” (Col 2:8).
¿En qué consistían estas “técnicas avanzadas” que
promovían los falsos enseñadores en Colosas y contra las
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que el apóstol les advirtió tan seriamente?
•
Algunos abogaban por leyes relacionadas con la
comida, las ceremonias religiosas, días especiales del
año y los días de reposo (Col 2:16).
•
Otros enfatizaban una serie de técnicas para inducir
visiones y experiencias extracorporales, con la promesa
de que por estos medios podrían contactar con
ángeles, e incluso lograr una visión directa de Dios (Col
2:18-19).
•
Entre las recetas propuestas para avanzar en la vida
espiritual estaba también el ascetismo y los esfuerzos
por someter los malos deseos mediante la auto
imposición de castigos severos y dolorosos (Col 2:20-
23).
Pablo les dijo que no necesitaban de ninguna de estas
cosas para alcanzar la plenitud de la vida espiritual, y les
señaló nuevamente a Cristo, donde “están escondidos todos
los tesoros de la sabiduría y del conocimiento” (Col 2:3), “Porque
en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad, y vosotros
estáis completos en él, que es la cabeza de todo principado y
potestad” (Col 2:9-10).
Pero todas estas cosas que los falsos maestros estaban
intentando introducir en la iglesia en Colosas, no sólo eran
innecesarias, sino que también eran técnicas peligrosas
que les llevarían a la pobreza, e incluso a un desastre
espiritual en sus vidas. Así que la exhortación del apóstol
fue: “Por tanto, de la manera que habéis recibido al Señor
Jesucristo, andad en él; arraigados y sobreedificados en él, y
confirmados en la fe, así como habéis sido enseñados, abundando
en acciones de gracias” (Col 2:6-7). O lo que es lo mismo, en
palabras del Señor Jesucristo: “Permaneced en mí, y yo en
vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si
no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis
en mí” (Jn 15:4).
Muchas veces los cristianos viven vidas estériles, y buscan
fórmulas para solucionar ese problema. Con frecuencia
vuelven a aplicar los viejos métodos que el apóstol Pablo
condenó, en lugar de rastrear la razón de su esterilidad
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hasta la fuente correcta: la falta de una comunión
adecuada con Cristo a la luz de la Palabra.
Cuando el creyente permanece en Cristo, como el
pámpano que permanece en la vid, entonces se cumplirá lo
dicho por el salmista:
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(Sal 92:12-15) “El justo florecerá como la palmera; crecerá como
cedro en el Líbano. Plantados en la casa de Jehová, en los
atrios de nuestro Dios florecerán. Aun en la vejez fructificarán;
estarán vigorosos y verdes, para anunciar que Jehová mi
fortaleza es recto, y que en él no hay injusticia.”
“Yo soy la vid, vosotros los pámpanos”
(Jn 15:5) “Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que
permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque
separados de mí nada podéis hacer.”
Hasta ahora hemos entendido la alegoría del Señor
asumiendo que los pámpanos que llevan fruto son los
creyentes. Aquí vemos confirmada esta identidad: “Yo soy la
vida, vosotros los pámpanos”.
Esta es una importante afirmación. Recordemos que en el
pasado Israel había sido la vid de Dios, pero ahora se
introduce un cambio significativo, de tal manera que el
lugar que los creyentes ocupamos es el de pámpanos. Esto
implica que no podemos vivir, pensar o actuar de manera
independiente de la Vid, ni tampoco pensar que es en
conexión a nosotros en donde se encuentra la vida. Cada
persona deberá estar en Cristo si desea disfrutar de esa
vida, no en alguna iglesia.
“El que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto”
Cuando se cumplen todas las condiciones expresadas
anteriormente (permanencia en Cristo y limpieza por la
Palabra), entonces la vida del creyente no puede dejar de
ser productiva. Sólo tenemos que reflexionar en quién es la
Vid de la que se nos está hablando: el gran Yo soy
Todopoderoso.
La otra cara de esta verdad es que cuando no hay fruto del
Espíritu, entonces hay que cuestionar seriamente que el
pámpano esté unido a la vid, porque la verdadera gracia de
Dios nunca está inactiva. Nunca se adormece ni está
ociosa, sino que “lleva mucho fruto”.
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Pero para esto es necesario que haya una unión vital con
Cristo: “el que permanece en mí y yo en él”. Este tipo de unión
quedó bien explicada por el Señor en:
(Jn 6:56) “El que come mi carne y bebe mi sangre, en mí
permanece, y yo en él.”
Algunos han interpretado que esto se refiere a participar
del pan y del vino en la santa cena, pero si observamos con
atención el contexto de ese pasaje, veremos que el Señor
no estaba instaurando allí ninguna ceremonia, sino que
estaba hablando de la estrecha unión que se produce entre
Cristo y el creyente por medio de la fe. En ese caso usa una
ilustración que todos entendemos con facilidad: de la
misma manera que cuando comemos o bebemos algo, a
las pocas horas se ha producido un proceso de asimilación
que hace que eso forme parte inseparable de nuestro
organismo, así debe ser también nuestra unión con Cristo
cuando creemos en él.
“Porque separados de mí nada podéis hacer”
Un pámpano separado de la vid no sirve para nada. Como
madera, carece de valor por ser muy ligera y porosa.
Cualquier cosa que se intentara construir con ella pronto se
rompería, porque es una madera con muchos nudos y
retorcida, que una vez cortada sólo sirve para arder,
aunque ni siquiera para eso es buena, porque se quema
rápidamente. El profeta Ezequiel lo describió
perfectamente:
(Ez 15:1-4) “Vino a mí palabra de Jehová, diciendo: Hijo de
hombre, ¿qué es la madera de la vid más que cualquier otra
madera? ¿Qué es el sarmiento entre los árboles del bosque?
¿Tomarán de ella madera para hacer alguna obra? ¿Tomarán
de ella una estaca para colgar en ella alguna cosa? He aquí, es
puesta en el fuego para ser consumida; sus dos extremos
consumió el fuego, y la parte de en medio se quemó; ¿servirá
para obra alguna?”
Del mismo modo que los pámpanos no tienen vida propia
una vez que están apartados de la vid, así ocurre también
con los creyentes. Toda su vida, fuerza y valor se
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encuentran en su unión con Cristo. Es una ilusión pensar
que el creyente puede tener vida propia.
Por lo tanto, separados de Cristo seremos incapaces de
llevar algún fruto digno de Dios. Podremos esforzarnos en
hacer muchas cosas para el Señor, pero no tendrán valor, y
finalmente serán quemadas el día del juicio en el Tribunal
de Cristo. Recordemos las palabras del apóstol Pablo:
(1 Co 3:11-15) “Porque nadie puede poner otro fundamento
que el que está puesto, el cual es Jesucristo. Y si sobre este
fundamento alguno edificare oro, plata, piedras preciosas,
madera, heno, hojarasca, la obra de cada uno se hará
manifiesta; porque el día la declarará, pues por el fuego será
revelada; y la obra de cada uno cuál sea, el fuego la probará. Si
permaneciere la obra de alguno que sobreedificó, recibirá
recompensa. Si la obra de alguno se quemare, él sufrirá
pérdida, si bien él mismo será salvo, aunque así como por
fuego.”
La “madera, el heno y la hojarasca” serán quemadas y no
perdurarán, porque no fueron producidas como resultado
de la relación con Jesucristo. De esto se deduce que sí
podemos hacer muchas cosas sin Cristo, pero ninguna
que le agrade. Puede haber mucho activismo e idealismo,
pero si no se deriva y se dirige a Cristo, no provienen de la
nueva vida que él nos da, y por lo tanto, no perdurará.
Claro que podemos hacer muchas cosas sin Cristo. Una
persona puede ser un inventor que haga cosas para que la
vida humana sea más fácil o segura; puede ser un escritor
que ilumine o entretenga a la gente; puede ser un
trabajador social que se ocupe de proyectos que ayuden a
personas necesitadas; podemos crear una familia y
preparar hijos para que tengan un futuro en la vida;
podemos recaudar grandes cantidades de dinero para
promover causas justas en este mundo… podemos hacer
muchas cosas sin ser cristianos, pero ninguna de ellas será
un fruto espiritual agradable a Dios. Y es triste decirlo, pero
ninguna de esas cosas se perpetuará en la eternidad.
Cristo es el fundamento que hace que cualquier esfuerzo
humano, por pequeño que sea, llegue a ser permanente y
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glorifique a Dios.
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Este versículo nos debe llevar a la desconfianza en
nuestras propias capacidades y a confiar por completo en
la suficiencia del Señor. Como diría el apóstol: “Todo lo
puedo en Cristo que me fortalece” (Fil 4:13). Puedo hacer todas
las cosas en Cristo, pero separado de él no puedo hacer
nada.
Encontramos una bella ilustración práctica de este principio
en el último capítulo de este evangelio (Jn 21:1-8). Los
discípulos, desanimados después de todo lo que había
pasado, volvieron a su antigua ocupación de pescadores,
pero después de una dura noche de trabajo, “no pescaron
nada”. Fue entonces cuando Jesús se apareció a ellos y les
dio instrucciones. Ellos le obedecieron, y en poco tiempo
había ciento cincuenta y tres grandes peces en sus redes.
Fue una experiencia que nunca olvidarían: “sin mí nada
podéis hacer”.
Del mismo modo que Cristo es el que nos salva por su
gracia, cuando se trata de dar fruto para su gloria una vez
que ya somos creyentes, el principio sigue siendo el
mismo; tiene que ser una obra de él en nosotros. Aunque
haya otros que puedan cooperar externamente, sólo Dios
puede hacer crecer el fruto en nosotros. Como reconocía
Pablo: “Yo planté, Apolos regó; pero el crecimiento lo ha dado
Dios” (1 Co 3:6).
En todo esto Cristo se presenta una vez más como nuestro
ejemplo supremo. Recordemos cuando él decía: “No puedo
yo hacer nada por mí mismo” (Jn 5:30); “el Padre que mora en mí,
él hace las obras” (Jn 14:10). ¡Qué gran ejemplo nos ha dado
Cristo!
Claro está que esto puede ser mal interpretado. Quizá
algunos piensen que puesto que Cristo va a producir la
santidad en nosotros, podemos usar esto como una excusa
para la indolencia o el descuido en la vida espiritual. Pero
debemos recordar que hay una parte que cada creyente
debe hacer: “permanecer en él”. Esa es nuestra
responsabilidad.
Y esta dependencia la necesitaremos durante toda nuestra
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vida. Nunca llegará el día cuando hayamos recibido tanto
conocimiento, tanta fuerza, tanta gracia, que ya podamos
actuar eficazmente por nuestra cuenta, prescindiendo
de Cristo. Aunque lamentablemente, con demasiada
frecuencia parece que vivimos así. ¡Hay de aquellos
creyentes que “viven de las rentas” de lo que hicieron en el
pasado!
Los creyentes que llevan mucho tiempo en los caminos del
Señor siempre están expuestos al peligro de pararse a
considerar el fruto que Cristo ha conseguido a través de
ellos en algún momento, y en lugar de darle la gloria al
Señor, caer en la tentación de admirar el fruto producido,
quedarse con la gloria que sólo le corresponde a él, y
pensar que ya han hecho suficiente.
Notemos también la forma en la que Cristo se presenta
aquí: “Separados de mí, nada podéis hacer”. Queda claro que él
no es una opción entre otras muchas. Cristo es la única
fuente de fuerza espiritual.
Y por último, una aclaración. Agustín de Hipona deducía de
este pasaje la entera incapacidad moral del hombre para el
bien, pero esta conclusión no responde al tema que Cristo
está tratando en estos versículos. Él no aborda aquí la
cuestión de la capacidad moral del hombre natural para
hacer el bien, sino de la fecundidad del creyente cuando es
dejado a sus propias fuerzas. Por lo tanto, este “nada podéis
hacer”, se refiere a todo lo que tiene que ver con la
extensión del reino de Dios y su glorificación.
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