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Inventar El Libro01

Juan Villoro explora la idea de inventar el libro en una sociedad avanzada tecnológicamente pero sin imprenta, sugiriendo que su llegada sería vista como una superación de la computadora. El libro transformaría la experiencia de lectura al asociarse con el tacto y la portabilidad, fomentando nuevas costumbres y coleccionismo. Además, destaca la singularidad del libro como un objeto personal y dedicado, en contraste con la indiferencia hacia las pantallas digitales.

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Inventar El Libro01

Juan Villoro explora la idea de inventar el libro en una sociedad avanzada tecnológicamente pero sin imprenta, sugiriendo que su llegada sería vista como una superación de la computadora. El libro transformaría la experiencia de lectura al asociarse con el tacto y la portabilidad, fomentando nuevas costumbres y coleccionismo. Además, destaca la singularidad del libro como un objeto personal y dedicado, en contraste con la indiferencia hacia las pantallas digitales.

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Inventar el Libro

Juan Villoro

¿Qué tan novedoso debe ser un invento? La importancia de un producto suele


depender de su capacidad de sustituir a otro. La tecnología necesita contrastes;
sus aportaciones se miden en relación con lo que había antes. El inventor es el
hombre que llega después.

Lo nuevo existe en serie: es la última parte de una secuencia, requiere de


algo que lo anteceda. Esto lleva a una pregunta: ¿podemos inventar hacia atrás? ¿Qué
pasa si le asignamos otro orden a la historia de la técnica?

Imaginemos una sociedad con escritura y alta tecnología, pero sin imprenta.
Un mundo donde se lee en pantallas y se dispone de muy diversos soportes
electrónicos. Abundan los receptores de textos e incluso se han diseñado pastillas
con resúmenes de libros y métodos hipnóticos para absorber documentos. Esa
civilización ha transitado de la escritura en arcilla a los procesadores de palabras
sin pasar por el papel impreso.

¿Qué sucedería si ahí se inventara el libro? Sería visto como una superación
de la computadora, no sólo por el prestigio de lo nuevo, sino por los asombros que
provocaría su llegada.

Los irrenunciables beneficios de la computación no se verían amenazados


por el nuevo producto, pero la gente, tan veleidosa y afecta a comparar peras con
manzanas, celebraría la ultramodernidad del libro.

Después de años ante las pantallas, se dispondría de un objeto que se abre al


modo de una ventana o una puerta. Un aparato para entrar en él.

Por primera vez el conocimiento se asociaría con el tacto y con la ley de


gravedad. El invento aportaría las inauditas sensaciones de lo que sólo funciona
mientras se sopesa y acaricia. La lectura se transformaría en una experiencia física.
Con el papel en las manos, el lector advertiría que las palabras pesan y que pueden
hacerlo de distintos modos.

La condición portátil del libro cambiaría las costumbres. Habría lectores en


los autobuses y en el metro, a los que se les pasaría la parada por ir absortos en las
páginas (así descubrirían que no hay medio de transporte más poderoso que un libro).

La variedad de ediciones fomentaría el coleccionismo; los pretenciosos


podrían encuadernar volúmenes que no han leído y los cazadores de rarezas
podrían buscar títulos esquivos y acaso inexistentes. Sólo los tradicionalistas
extrañarían la primitiva edad en que se leía en pantalla.

En su variante de bolsillo, el libro entraría en la ropa y sería llevado a todas


partes. Esta ubicuidad fomentaría prácticas escatológicas en las que no nos
detendremos. Baste decir que acompañaría a quienes necesitaran de distracción para
ir al baño. Las más curiosas consecuencias del invento tardarían algún tiempo en
advertirse. Una de ellas está al margen de la ciencia y la comprobación empírica, pero
sin duda existe. El libro se mueve solo. Lo dejas en el escritorio y aparece en el buró;
lo colocas en la repisa de los poetas románticos y emerge en un coloquio de
helenistas. Las bibliotecas no conocen el sosiego.

El hecho de que incluso los tomos pesados se desplacen sin ser vistos
representaría un misterio menor, como el de los calcetines a los que se les pierde
un par en el camino a la azotea, si no fuera porque los libros se mueven por una
causa: buscan a sus lectores o se apartan de ellos. Hay que merecerlos. El password
de un libro es el deseo de adentrarse en él.

Las pantallas son magníficas, pero les somos indiferentes. En cambio, los
libros nos eligen o repudian.

Otras virtudes serían menos esotéricas. ¡Qué descanso disponer de una


tecnología definitiva! El sistema operativo de un libro no debe ser actualizado. Su
tipografía es constante. Eso sí: su mensaje cambia con el tiempo y se presta a
nuevas interpretaciones.

Para quienes vivimos en tristes ciudades en las que se va la luz, el libro


representa un motor de búsqueda que no requiere de pilas ni electricidad.

Qué alegrías aportaría el inesperado invento del libro en una comunidad


electrónica. Después de décadas de entender el conocimiento como un acervo
interconectado, un sistema de redes, se descubriría la individualidad. Cada libro
contiene a una persona. No se trata de un soporte indiferenciado, un depósito donde
se pueden borrar o agregar textos, sino de un espacio irrepetible. Llevarse un libro
de vacaciones significaría empacar a un sueco intenso o a una ceremoniosa japonesa.

Con el advenimiento del libro, la gente se singularizaría de diversos modos.


Esto tendría que ver con los plurales contenidos y la manera de leerlos, pero también
con el diseño. Los fetichistas podrían satisfacer anhelos que desconocían.

¿Hasta dónde podemos apropiarnos de un artefacto? El libro es el único


aparato que se inventó para ser dedicado, ya sea por los autores o por quienes lo
regalan. Qué extraño sería instalar un programa de Word dedicado con cariño a la
esposa de Bill Gates. En cambio, el libro llegó para ser firmado y para escribir un deseo
en la primera página.

Las novedades deslumbran a la gente. El libro ya cambió al mundo. Si se


inventara hoy, sería mejor.

Fuente: [Link] villoro/

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