EL ANUNCIO DEL REINO DE DIOS
El Bautismo de Jesús
El comienzo de la vida pública de Jesús es su bautismo por Juan en el Jordán.
Juan proclamaba "un bautismo de conversión para el perdón de los pecados".
Una multitud de pecadores, publicanos y soldados, fariseos y saduceos y
prostitutas viene a hacerse bautizar por él. "Entonces aparece Jesús". El
Bautista duda. Jesús insiste y recibe el bautismo. Entonces el Espíritu Santo,
en forma de paloma, viene sobre Jesús, y la voz del cielo proclama que él es
"mi Hijo amado". Es la manifestación ("Epifanía") de Jesús como Mesías de
Israel e Hijo de Dios (CCE 535)
Su misión de Siervo doliente
El bautismo de Jesús es, por su parte, la aceptación y la inauguración de su
misión de Siervo doliente. Se deja contar entre los pecadores; es ya "el
Cordero de Dios que quita el pecado del mundo"; anticipa ya el "bautismo" de
su muerte sangrienta. Viene ya a "cumplir toda justicia" (Mt 3, 15), es decir, se
somete enteramente a la voluntad de su Padre: por amor acepta el bautismo de
muerte para la remisión de nuestros pecados. A esta aceptación responde la
voz del Padre que pone toda su complacencia en su Hijo (Lc 3, 22) [CCE 536]
El preludio de la nueva creación
El Espíritu que Jesús posee en plenitud desde su concepción viene a "posarse"
sobre él. De él manará este Espíritu para toda la humanidad. En su bautismo,
"se abrieron los cielos" (Mt 3, 16) que el pecado de Adán había cerrado; y las
aguas fueron santificadas por el descenso de Jesús y del Espíritu como
preludio de la nueva creación [CCE 536]
Las tentaciones de Jesús
Los evangelios hablan de un tiempo de soledad de Jesús en el desierto
inmediatamente después de su bautismo por Juan: "Impulsado por el Espíritu"
al desierto, Jesús permanece allí sin comer durante cuarenta días; vive entre
los animales y los ángeles le servían (cf. Mc1, 12-13). Al final de este tiempo,
Satanás le tienta tres veces tratando de poner a prueba su actitud filial hacia
Dios. Jesús rechaza estos ataques que recapitulan las tentaciones de Adán en
el Paraíso y las de Israel en el desierto, y el diablo se aleja de él "hasta el
tiempo determinado" (Lc 4, 13) [CCE 538]
Jesús vence al diablo
Los evangelistas indican el sentido salvífico de este acontecimiento misterioso.
Jesús es el nuevo Adán que permaneció fiel allí donde el primero sucumbió a la
tentación. Cristo se revela como el Siervo de Dios totalmente obediente a la
voluntad divina… La tentación de Jesús manifiesta la manera que tiene de ser
Mesías el Hijo de Dios, en oposición a la que le propone Satanás y a la que los
hombres le quieren atribuir (cf Mt 16, 21-23). Por eso Cristo ha vencido al
Tentador [CCE 539-540]
"El Reino de Dios está cerca"
"Después que Juan fue preso, marchó Jesús a Galilea; y proclamaba la Buena
Nueva de Dios: El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca;
convertíos y creed en la Buena Nueva" (Mc 1, 15). "Cristo, por tanto, para
hacer la voluntad del Padre, inauguró en la tierra el Reino de los cielos" (LG 3).
Pues bien, la voluntad del Padre es "elevar a los hombres a la participación de
la vida divina" (LG 2). Lo hace reuniendo a los hombres en torno a su Hijo,
Jesucristo. Esta reunión es la Iglesia, que es sobre la tierra "el germen y el
comienzo de este Reino" (LG 5) [CCE 541]
La “familia de Dios”
Cristo es el corazón mismo de esta reunión de los hombres como "familia de
Dios". Los convoca en torno a él por su palabra, por sus señales que
manifiestan el Reino de Dios, por el envío de sus discípulos. Sobre todo, él
realizará la venida de su Reino por medio del gran Misterio de su Pascua: su
muerte en la Cruz y su Resurrección. "Cuando yo sea levantado de la tierra,
atraeré a todos hacia mí" (Jn 12, 32). A esta unión con Cristo están llamados
todos los hombres (LG 3) [CCE 542]
El anuncio del Reino
Todos los hombres están llamados a entrar en el Reino. Anunciado en primer
lugar a los hijos de Israel (cf. Mt 10, 5-7), este reino mesiánico está destinado a
acoger a los hombres de todas las naciones. Para entrar en él, es necesario
acoger la palabra de Jesús: «La palabra de Dios se compara a una semilla
sembrada en el campo: los que escuchan con fe y se unen al pequeño rebaño
de Cristo han acogido el Reino; después la semilla, por sí misma, germina y
crece hasta el tiempo de la siega» (LG 5) [CCE 543]
Un Reino para los pobres y los pequeños
El Reino pertenece a los pobres y a los pequeños, es decir, a los que lo acogen
con un corazón humilde. Jesús fue enviado para "anunciar la Buena Nueva a
los pobres". Los declara bienaventurados porque de "ellos es el Reino de los
cielos" (Mt 5, 3); a los "pequeños" es a quienes el Padre se ha dignado revelar
las cosas que ha ocultado a los sabios y prudentes (cf. Mt 11, 25) [CCE 544]
Jesús se identifica con los pobres
Jesús, desde el pesebre hasta la cruz comparte la vida de los pobres; conoce
el hambre (cf. Mc 2, 23-26), la sed (cf. Jn 4,6-7) y la privación (cf. Lc 9, 58). Aún
más: se identifica con los pobres de todas clases y hace del amor activo hacia
ellos la condición para entrar en su Reino (cf. Mt 25, 31-46).
La invitación a la conversión
Jesús invita a los pecadores al banquete del Reino: "No he venido a llamar a
justos sino a pecadores" (Mc 2, 17). Les invita a la conversión, sin la cual no se
puede entrar en el Reino, pero les muestra de palabra y con hechos la
misericordia sin límites de su Padre hacia ellos (cf. Lc 15, 11-32) y la inmensa
"alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta" (Lc 15, 7) [CCE 545]
La llamada al banquete del Reino
Jesús llama a entrar en el Reino a través de las parábolas, rasgo típico de su
enseñanza (cf. Mc 4, 33-34). Por medio de ellas invita al banquete del Reino
(cf. Mt 22, 1-14), pero exige también una elección radical para alcanzar el
Reino, es necesario darlo todo (cf. Mt 13, 44-45); las palabras no bastan, hacen
falta obras (cf. Mt 21, 28-32) [CCE 546]
Una enseñanza en parábolas
Las parábolas son como un espejo para el hombre: ¿acoge la palabra como un
suelo duro o como una buena tierra (cf. Mt 13, 3-9)? ¿Qué hace con los
talentos recibidos (cf. Mt 25, 14-30)? Jesús y la presencia del Reino en este
mundo están secretamente en el corazón de las parábolas. Es preciso entrar
en el Reino, es decir, hacerse discípulo de Cristo para "conocer los Misterios
del Reino de los cielos" (Mt 13, 11). Para los que están "fuera" (Mc 4, 11), la
enseñanza de las parábolas es algo enigmático (cf. Mt 13, 10-15) [CCE 546]
El anuncio del Reinado de Dios
Primeramente, hay que tener en cuenta una importante observación lingüística:
la raíz hebrea “malkut ” significa —como también la palabra griega “basiléia”—
el ejercicio de la soberanía, el ser soberano del rey. No se habla de un «reino»
futuro o todavía por instaurar, sino de la soberanía de Dios sobre el mundo,
que de un modo nuevo se hace realidad en la historia. Podemos decirlo de un
modo más explícito: hablando del Reino de Dios, Jesús anuncia simplemente a
Dios, es decir, al Dios vivo, que es capaz de actuar en el mundo y en la historia
de un modo concreto, y precisamente ahora lo está haciendo. Nos dice: Dios
existe. Y además: Dios es realmente Dios, es decir, tiene en sus manos los
hilos del mundo. En este sentido, el mensaje de Jesús resulta muy sencillo,
enteramente teocéntrico. El aspecto nuevo y totalmente específico de su
mensaje consiste en que Él nos dice: Dios actúa ahora; ésta es la hora en que
Dios, de una manera que supera cualquier modalidad precedente, se
manifiesta en la historia como su verdadero Señor, como el Dios vivo. En este
sentido, la traducción «Reino de Dios» es inadecuada, sería mejor hablar del
«ser soberano de Dios» o del reinado de Dios.
Pero ahora debemos intentar precisar algo más el contenido del mensaje de
Jesús sobre el «reino» desde el punto de vista de su contexto histórico. El
anuncio de la soberanía de Dios se funda —como todo el mensaje de Jesús—
en el Antiguo Testamento, que Él lee en su movimiento progresivo que va
desde los comienzos con Abraham hasta su hora como una totalidad, y que —
precisamente cuando se capta la globalidad de este movimiento— lleva
directamente a Jesús. El judío devoto reza diariamente el Shemá Israel:
«Escucha, Israel: El Señor nuestro Dios es solamente uno. Amarás al Señor tu
Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas.» (Dt 6, 4;
11, 13). El rezo de esta oración se interpretaba como el cargar con el yugo de
la soberanía de Dios: no se trata sólo de palabras; quien la recita acepta el
señorío de Dios que, de este modo, a través de la acción del orante, entra en el
mundo, llevado también por él y determinando a través de la oración su modo
de vivir, su vida diaria; es decir, se hace presente en ese lugar del mundo.
El mensaje de Jesús acerca del reino recoge afirmaciones que expresan la
escasa importancia de este reino en la historia: es como un grano de mostaza,
la más pequeña de todas las semillas. Es como la levadura, una parte muy
pequeña en comparación con toda la masa, pero determinante para el
resultado final. Se compara repetidamente con la simiente que se echa en la
tierra y allí sufre distintas suertes: la picotean los pájaros, la ahogan las zarzas
o madura y da mucho fruto. Otra parábola habla de que la semilla del reino
crece, pero un enemigo sembró en medio de ella cizaña que creció junto al
trigo y sólo al final se la aparta (cf. Mt 13, 24-30).
Otro aspecto de esta misteriosa realidad de la «soberanía de Dios» aparece
cuando Jesús la compara con un tesoro enterrado en el campo. Quien lo
encuentra lo vuelve a enterrar y vende todo lo que tiene para poder comprar el
campo, y así quedarse con el tesoro que puede satisfacer todos sus deseos. Una
parábola paralela es la de la perla preciosa: quien la encuentra también vende
todo para hacerse con ese bien, que vale más que todos los demás (cf. Mt 13,
44ss).
Veamos con más detalle al menos un texto como ejemplo de la dificultad de
entender el mensaje de Jesús, siempre tan lleno de claves secretas. Lucas 17,
20s nos dice: «A unos fariseos que le preguntaban cuándo iba a llegar el Reino
de Dios, Jesús les contestó: "El Reino de Dios no viene aparatosamente, ni
dirán “está aquí” o “está allí”; porque mirad, el Reino de Dios está en medio de
vosotros». El reino no consiste simplemente en la presencia física de Jesús,
sino en su obrar en el Espíritu Santo. En este sentido, el reino de Dios se hace
presente aquí y ahora, “se acerca, en Él y a través de Él. La nueva proximidad
del reino de la que habla Jesús, y cuya proclamación es lo distintivo de su
mensaje, esa proximidad del todo nueva reside en Él mismo. A través de su
presencia y su actividad, Dios entra en la historia aquí y ahora de un modo
totalmente nuevo, como Aquel que obra. Por eso ahora «se ha cumplido el
plazo» (Mc 1,15); por eso ahora es, de modo singular, el tiempo de la
conversión y el arrepentimiento, pero también el tiempo del júbilo, pues en
Jesús Dios viene a nuestro encuentro. En Él ahora es Dios quien actúa y reina,
reina al modo divino, es decir, sin poder terrenal, a través del amor que llega
«hasta el extremo» (Jn 13, 1), hasta la cruz.
En resumen, lo que Jesús llama “Reino de Dios” o “reinado de Dios” es
sumamente complejo y sólo aceptando todo el conjunto podemos acercarnos a
su mensaje y dejarnos guiar por él. Jesús habla siempre como el Hijo, que en
el fondo de su mensaje está siempre la relación entre Padre e Hijo. En este
sentido, Dios ocupa siempre el centro de su predicación; pero precisamente
porque el mismo Jesús es Dios, el Hijo, toda su predicación es un anuncio de
su misterio, es cristología; es decir, es un discurso sobre la presencia de Dios
en su obrar y en su ser. Éste es el aspecto que exige una decisión y cómo, por
ello, lo que conduce a la cruz y a la resurrección.