0% encontró este documento útil (0 votos)
19 vistas46 páginas

POEMAS

El documento presenta una serie de poemas y biografías de diversos autores, incluyendo obras de Rubén Darío y Medardo Ángel Silva, que exploran temas como la juventud, el amor, la vida y la muerte. A través de un lenguaje lírico y emotivo, los poemas reflejan la complejidad de las emociones humanas y la búsqueda de significado en la existencia. Además, se menciona la influencia de la naturaleza y el entorno en la identidad del ser humano.

Cargado por

darioatamaint3
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
19 vistas46 páginas

POEMAS

El documento presenta una serie de poemas y biografías de diversos autores, incluyendo obras de Rubén Darío y Medardo Ángel Silva, que exploran temas como la juventud, el amor, la vida y la muerte. A través de un lenguaje lírico y emotivo, los poemas reflejan la complejidad de las emociones humanas y la búsqueda de significado en la existencia. Además, se menciona la influencia de la naturaleza y el entorno en la identidad del ser humano.

Cargado por

darioatamaint3
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

UNIDAD EDUCATIVA FISCOMISIONAL

´´RIO SANTIAGO´´

Nombre: Daniela Atamaint

Docente: Lic. Irma Benavides


Fecha: 29/01/2024
Tema: Poemas y biografías

Lengua
y
Literatura

Año Lectivo
2024-2025
Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro...
y a veces lloro sin querer...

Plural ha sido la celeste


historia de mi corazón.
Era una dulce niña, en este
mundo de duelo y de aflicción.

Miraba como el alba pura;


sonreía como una flor.
Era su cabellera obscura
hecha de noche y de dolor.

Yo era tímido como un niño.


Ella, naturalmente, fue,
para mi amor hecho de armiño,
Herodías y Salomé...

Juventud, divino tesoro,


¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro...
y a veces lloro sin querer...

Y más consoladora y más


halagadora y expresiva,
la otra fue más sensitiva
cual no pensé encontrar jamás.

Pues a su continua ternura


una pasión violenta unía.
En un peplo de gasa pura
una bacante se envolvía...

En sus brazos tomó mi ensueño


y lo arrulló como a un bebé...
Y te mató, triste y pequeño,
falto de luz, falto de fe...
Juventud, divino tesoro,
¡te fuiste para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro...
y a veces lloro sin querer...

Otra juzgó que era mi boca


el estuche de su pasión;
y que me roería, loca,
con sus dientes el corazón.

Poniendo en un amor de exceso


la mira de su voluntad,
mientras eran abrazo y beso
síntesis de la eternidad;

y de nuestra carne ligera


imaginar siempre un Edén,
sin pensar que la Primavera
y la carne acaban también...

Juventud, divino tesoro,


¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro...
y a veces lloro sin querer.

¡Y las demás! En tantos climas,


en tantas tierras siempre son,
si no pretextos de mis rimas
fantasmas de mi corazón.

En vano busqué a la princesa


que estaba triste de esperar.
La vida es dura. Amarga y pesa.
¡Ya no hay princesa que cantar!

Mas a pesar del tiempo terco,


mi sed de amor no tiene fin;
con el cabello gris, me acerco
a los rosales del jardín...

Juventud, divino tesoro,


¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro...
y a veces lloro sin querer...
¡Mas es mía el Alba de oro!
LO FALTAL- RUBEN DARIO

Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo,


y más la piedra dura porque esa ya no siente,
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.

Ser y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,


y el temor de haber sido y un futuro terror...
Y el espanto seguro de estar mañana muerto,
y sufrir por la vida y por la sombra y por

lo que no conocemos y apenas sospechamos,


y la carne que tienta con sus frescos racimos,
y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,

¡y no saber adónde vamos,


ni de dónde venimos!...
Prosas profanas- Rubén Dario

Era un aire suave...

Era un aire suave, de pausados giros; el hada Harmonía ritmaba


sus vuelos; e iban frases vagas y tenues suspiros entre los sollozos
de los violoncelos.

Sobre la terraza, junto a los ramajes, 5 diríase un trémolo de liras


eolias cuando acariciaban los sedosos trajes sobre el tallo erguidas
las blancas magnolias.

La marquesa Eulalia risas y desvíos daba a un tiempo mismo para


dos rivales, 10 el vizconde rubio de los desafíos y el abate joven de
los madrigales.

Cerca, coronado con hojas de viña, reía en su máscara Término


barbudo, y, como un efebo que fuese una niña, 15 mostraba una
Diana su mármol desnudo.

Y bajo un boscaje del amor palestra, sobre rico zócalo al modo de


Jonia, con un candelabro prendido en la diestra volaba el Mercurio
de Juan de Bolonia. 20

La orquesta perlaba sus mágicas notas, un coro de sones alados se


oía; galantes pavanas, fugaces gavotas cantaban los dulces
violines de Hungría.
Al oír las quejas de sus caballeros 25 ríe, ríe, ríe la divina Eulalia,
pues son su tesoro las flechas de Eros, el cinto de Cipria, la rueca
de Onfalia.

¡Ay de quien sus mieles y frases recoja! ¡Ay de quien del canto de
su amor se fíe! 30 Con sus ojos lindos y su boca roja, la divina
Eulalia ríe, ríe, ríe.

Tiene azules ojos, es maligna y bella; cuando mira vierte viva luz
extraña: se asoma a sus húmedas pupilas de estrella 35 el alma
del rubio cristal de Champaña.

Es noche de fiesta, y el baile de trajes ostenta su gloria de triunfos


mundanos. La divina Eulalia, vestida de encajes, una flor destroza
con sus tersas manos. 40

El teclado harmónico de su risa fina a la alegre música de un


pájaro iguala, con los staccati de una bailarina y las locas fugas de
una colegiala.

¡Amoroso pájaro que trinos exhala 45 bajo el ala a veces ocultando


el pico; que desdenes rudos lanza bajo el ala, bajo el ala aleve del
leve abanico!

Cuando a medianoche sus notas arranque y en arpegios áureos


gima Filomela, 50 y el ebúrneo cisne, sobre el quieto estanque
como blanca góndola imprima su estela,
la marquesa alegre llegará al boscaje, boscaje que cubre la amable
glorieta, donde han de estrecharla los brazos de un paje, 55 que
siendo su paje será su poeta.

Al compás de un canto de artista de Italia que en la brisa errante la


orquesta deslíe, junto a los rivales la divina Eulalia la divina Eulalia,
ríe, ríe, ríe. 60

¿Fue acaso en el tiempo del rey Luis de Francia, sol con corte de
astros, en campos de azur? ¿Cuando los alcázares llenó de
fragancia la regia y pomposa rosa Pompadour?

¿Fue cuando la bella su falda cogía 65 con dedos de ninfa, bailando


el minué, y de los compases el ritmo seguía sobre el tacón rojo,
lindo y leve el pie?

¿O cuando pastoras de floridos valles ornaban con cintas sus albos


corderos, 70 y oían, divinas Tirsis de Versalles, las declaraciones
de sus caballeros?

¿Fue en ese buen tiempo de duques pastores, de amantes


princesas y tiernos galanes, cuando entre sonrisas y perlas y flores
75 iban las casacas de los chambelanes?

¿Fue acaso en el Norte o en el Mediodía? Yo el tiempo y el día y el


país ignoro, pero sé que Eulalia ríe todavía, ¡y es cruel y eterna su
risa de oro! 80 (1893)
EL ALMA EN LOS LABIOS
Medardo Ángel Silva

A mi amada

Cuando de nuestro amor la llama apasionada


dentro tu pecho amante contemple ya extinguida,
ya que solo por ti la vida me es amada,
el día en que me faltes, me arrancaré la vida.
Porque mi pensamiento, lleno de este cariño,
que en una hora feliz me hiciera esclavo tuyo.
Lejos de tus pupilas es triste como un niño
que se duerme, soñando en tu acento de arrullo.
Para envolverte en besos quisiera ser el viento
y quisiera ser todo lo que tu mano toca;
ser tu sonrisa, ser hasta tu mismo aliento
para poder estar más cerca de tu boca.
Vivo de tu palabra y eternamente espero
llamarte mía como quien espera un tesoro.
lejos de ti comprendo lo mucho que te quiero
y, besando tus cartas, ingenuamente lloro.
Perdona que no tenga palabras con que pueda
decirte la inefable pasión que me devora;
para expresar mi amor solamente me queda
rasgarme el pecho, Amada, y en tus manos de seda
¡dejar mi palpitante corazón que te adora!
Aniversario
Medardo Ángel Silva

Hoy cumpliré veinte años. Amargura sin nombre


de dejar de ser niño y empezar a ser hombre;
de razonar con lógica y proceder según
los Sanchos, profesores del sentido común.
Me son duros mis años y apenas si son veinte-
ahora se envejece tan prematuramente;
se vive tan de prisa, pronto se va tan lejos
que repentinamente nos encontramos viejos
en frente de las sombras, de espaldas a la aurora
y solos con la esfinge siempre interrogadora.
¡Oh madrugadas rosas, olientes a campiña
y a flor virgen; entonces estaba el alma niña
y el canto de la boca fluía de repente
y el reír sin motivo era cosa corriente!
Iba a la escuela por el más largo camino
tras dejar soñoliento la sábana de lino
y la cama bien tibia, cuyo recuerdo halaga
sólo al pensarlo ahora; aquel San Luis Gonzaga
de pupilas azules y rubia cabellera
que velaba los sueños desde la cabecera.
Aunque íbamos despacio, al fin la callejuela
acababa y estábamos enfrente de la escuela
con el “Mantilla” bien oculto bajo el brazo
y haciendo en el umbral mucho más lento el paso,
y entonces era el ver la calle más bonita,
más de oro el sol, más fresca la alegre mañanita.
Y después, en el aula con qué mirada inquieta
se observaban las huellas rojas de la palmeta
sonriendo, no sin cierto medroso escalofrío,
de la calva del dómine y su ceño sombrío.
Pero, ¿quién atendía a las explicaciones?
Hay tanto que observar en los negros rincones
y, además, es mejor contemplar los gorriones
en los nidos, seguir el áureo derrotero
de un rayito de sol o el girar bullanguero
de un insecto vestido de seda rubia o una
mosca de vellos de oro y alas de color de luna.
El sol es el amigo más bueno de la infancia;
nos miente tantas cosas bellas a la distancia,
tiene un brillar tan lindo de onza nueva! Reparte
tan bien su oro que nadie se queda sin su parte;
y por él no atendíamos a las explicaciones.
Ese brujo Aladino evocaba visiones
de las mil y una noches -de las mil maravillas-
y beodas de sueño nuestras almas sencillas
sin pensar, extendían sus manos suplicantes
como quien busca a tientas puñados de brillantes.
Oh, los líricos tiempos de la gorra y la blusa
y de la cabellera rebelde que rehúsa
la armonía de aquellos peinados maternales,
cuando íbamos vestidos de ropa nueva a Misa
dominical, y pese a los serios rituales,
al ver al monaguillo soltábamos la risa.
Oh, los juegos con novias de traje a las rodillas,
los besos inocentes que se dan a hurtadillas
a la bebé amorosa de diez o doce años,
y los sedeños roces de los rizos castaños
y las rimas primeras y las cartas primeras
que motivan insomnios y producen ojeras.
¡Adolescencia mía! te llevas tantas cosas,
¡que dudo si ha de darme la juventud más rosas!,
¡y siento como nunca la tristeza sin nombre,
de dejar de ser niño y empezar a ser hombre!
Hoy no es la adolescente mirada y risa franca
sino el cansado gesto de precoz amargura,
y está el alma, que fuera una paloma blanca,
triste de tantos sueños y de tanta lectura…!

Lugar de origen
Jorge Carrera Andrade

Yo vengo de la tierra donde la chirimoya,


talega de brocado, con su envoltura impide
que gotee el dulzor de su nieve redonda,
y donde el aguacate de verde piel pulida
en su clausura oval, en secreto elabora
su sustancia de flores, de venas y de climas.
Tierra que nutre pájaros aprendices de idiomas,
plantas que dan, cocidas, la muerte o el amor
o la magia del sueño, o la fuerza dichosa,
animalitos tiernos de alimento y pereza,
insectillos de carne vegetal y de música
o de luz mineral o pétalos que vuelan.
Capulí —a cereza del indio interandino—,
codorniz, armadillo cazador, dura penca
al fuego condenada o a ser red o vestido,
eucalipto de ramas como sartas de peces
—soldado de salud con su armadura de hojas,
que despliega en el aire su batallar celeste—
son los mansos aliados del hombre de la tierra
de donde vengo, libre, con mi lección de vientos
y mi carga de pájaros de universales lenguas.
Hombre planetario

Por Jorge Carrera Andrade


I

Salgo a la calle como cada día.

Fantasma entre las casas me pregunto

el color de la hora, el rostro incierto

del azul que me mira

hasta arder en su fuego más recóndito.

La ciudad me cautiva, red de piedra.

Las calles me persiguen,

se congregan en torno

de las plazas de sol, grandes tambores

forrados con la piel

de cordero del cielo.

¿Soy ese hombre que mira desde el puente

los relumbres del río

vitrina de las nubes?


Fui Ulises, Parsifal,

Hamlet y Segismundo y muchos otros

antes de ser el personaje adusto

con un gabán de viento que atraviesa

el teatro de la calle.

II

Camino, mas no avanzo.

Mis pasos me conducen a la nada

por una calle, tumba de hojas secas

o sucesión de puertas condenadas.

¿Soy esa sombra sola

que aparece de pronto sobre el vidrio

de los escaparates?

¿O aquel hombre que pasa

y que entra siempre por la misma puerta?

Me reconozco en todos, pero nunca

me encuentro en donde estoy. No voy conmigo


sino muy pocas veces, a escondidas.

Me busco casi siempre sin hallarme

y mis monedas cuento a medianoche.

¿Malbaraté el caudal de mi existencia?

¿Dilapidé mi oro? Nada importa:

se pasa sin pagar al fin del viaje

la invisible frontera.

III

Lunes, puntual obrero, me visitas

con tu faz de domingo ya difunto

pero en verdad más martes que otro día.

El miércoles y el jueves son gemelos

perdidos en el fondo de ese túnel

con un rumor de ruedas y vajilla,

con pasos y con lluvia

que conduce hasta el viernes, puerta falsa

por donde llega el sábado


cómplice disfrazado de domingo,

inspector de las cuentas semanales

y también de caminos y jardines,

siempre dispuesto a levantarse tarde,

a recoger el sol sobre una silla

y a cerrar una puerta hacia el pasado.

IV

¿Soy sólo un rostro, un nombre

un mecanismo oscuro y misterioso

que responde a la planta y al lucero?

Yo sé que este armatoste de cal viva

con ropaje de polvo

que marca mi presencia entre los hombres

me acompaña de paso, ya que un día

irá a habitar el vacío

de mí bajo la tierra.

¿Qué mueve al mecanismo transitorio?


Soy sólo un visitante

y creo ser el dueño de casa de mi cuerpo,

nocturna madriguera iluminada

por un fulgor eterno.

Eternidad, te busco en cada cosa:

en la piedra quemada por los siglos

en el árbol que muere y que renace,

en el río que corre

sin volver atrás nunca.

Eternidad, te busco en el espacio,

en el cielo nocturno donde boga

el luminoso enjambre,

en el alba que vuelve

todos los días a la misma hora.

Eternidad, te busco en el minuto

disfrazado de pájaro
pero que es gota de agua

que cae y se renueva

sin extinguirse nunca.

Eternidad: tus signos me rodean

mas yo soy transitorio,

un simple pasajero del planeta.

VI

Tiempo cósmico, reinas

sin fin, omnipresente

pulpo gris

sin ayer ni mañana, siempre ahora,

dormido en el espacio.

Tu masa no se mide por minutos,

por horas o por días.

No eres el caracol

enrollado, cautivo

en el reloj del hombre.


Yo te mido mejor, oh inmensurable,

por amarguras o por alegrías

y por silencios o por soledades

de sesenta suspiros cada una.

Yo viví sesenta años en un día

y en una hora de amor

sesenta eternidades.

VII

Amor es más que la sabiduría:

es la resurrección, vida segunda.

El ser que ama revive

o vive doblemente.

El amor es resumen de la tierra,

es luz, música, sueño

y fruta material

que gustamos con todos los sentidos.

¡Oh mujer que penetras en mis venas


como el cielo en los ríos!

Tu cuerpo es un país de leche y miel

que recorro sediento.

Me abrevo en tu semblante de agua fresca,

de arroyo primigenio

en mi jornada ardiente hacia el origen

del manantial perdido.

Minero del amor, cavo sin tregua

hasta hallar el filón del infinito.

VIII

Eva en el siglo veinte va calzada

de cuero de la sierpe fabulosa

y viste cada día

de un color diferente.

Acude al paraíso en automóvil,

mas no puede ocultar bajo la máscara

su identidad celeste.
Aprende los oficios de los hombres.

Cuida su corazón en una jaula

con flores, hijos, pájaros.

Imprime en vacaciones

la forma de su cuerpo

en la grama o la arena.

En su bolso de espejos

con el leve pañuelo de heliotropo

guarda las llaves de las siete puertas

del paraíso humano,

paraíso privado con teléfono,

máquina de lavar hojas de parra,

televisión azul como la luna

y refrigeradora con manzanas.

IX

Hombres, mujeres jóvenes

dentro de una vitrina


con adornos de plantas

se sientan y sonríen,

se miran, examinan sus vestidos,

cambian palabras de humo,

saborean el tiempo en rebanadas

o por cucharaditas deleitosas.

Deshojan un bostezo entre los dedos.

Un arbusto de caucho aspira el humo

y se cree en el trópico.

Inadvertido, entra en la vitrina

el poniente vestido de amarillo.

Salid, hombres, mujeres, a la calle:

sobre el asfalto expira una paloma

atropellada por un automóvil.

Mienten Juan el Obeso, José el Calvo,

Francisco el Tartamudo,
mienten el flaco, el grande, mienten todos,

hablan con dulce voz, siempre sonríen

mientras arman sus redes en la sombra

para atrapar a su víctima

por algunas monedas.

La amistad, el amor, el cielo mismo

falsificado en píldoras

pesan en su balanza fraudulenta

para ganar, multiplicar sus bienes

y ser los potentados de este mundo,

fantasmas que recorren sus palacios

de salones inmensos con alfombras

y retratos al óleo

en donde la humedad vierte su lágrima.

XI

Loor a Mister Húntington —filántropo

nacido en el país de las manzanas,


las antiguas Misiones coloniales

y las rojas ardillas—

que legó su fortuna

para que los granjeros de su pueblo

pudieran admirar los manuscritos

de Cabeza de Vaca, navegante,

descubridor de Texas,

señor del cacto y de la arena cálida.

Contra las pobres flechas de los indios

luchó con su arcabuz y su armadura

y lanzó su caballo de batalla

contra los pies desnudos.

Conquistador de polvo: yo bendigo

al pueblo de las flechas.

XII

Gloria a los fabricantes de automóviles

que han poblado el planeta


de rodantes alcobas,

salones, catafalcos

a plazos, camarines de amuletos

y flores, donde viaja

la vanidad inflada de los dueños,

¡oh amos de la prisa, los que arrancan

de su sueño a los árboles!

Gloria a los inventores

de la Gran Vitamina Universal

para aliviar los males de la tierra.

(¿Qué haré yo sin mi angustia metafísica,

sin mi dolencia azul? ¿Qué harán los hombres

cuando ya nada sientan, mecanismos

perfectos, uniformes?)

XIII

Los artefactos, las perfectas máquinas,

el autómata de ojo de luz verde,


¿igualan por lo menos a una abeja

dotada de reflejos naturales

que conoce el secreto

del mundo de las plantas

y se dirige sola en el espacio

a buscar material entre las flores

para su azucarada, sutil fábrica?

Todo puede crear la humana ciencia

menos ese resorte del instinto

o de la voluntad, menos la vida.

Inventor de las máquinas volantes

quiere el hombre viajar hacia los astros,

crear nuevos satélites celestes

y disparar cohetes a la luna

sin haber descifrado el gran enigma

del oscuro planeta en que vivimos.

Yo intento comprender los movimientos


de plantas y animales y me digo:

por ahora me basta con la tierra.

XIV

¡Escuchad cómo estallan las corolas!

La abeja celestina

les entrega mensajes fecundantes.

Los vegetales reptan enlazados,

se alzan hacia la luz

con idéntica angustia

a extasiarse en el reino de los pájaros.

Picos y alas protegen las semillas

del asalto mortal de los insectos.

Y la vida perdura

desde la nube al fondo de los mares

en donde el pez humilde,

hermano mutilado,

pordiosero del agua


agita sus harapos.

Seres elementales, plantas, piedras,

animalillos libres y perfectos:

fragmentos nada más del puro cántico

total del universo.

XV

¿Dónde se encuentra, rosa,

tu máquina secreta

que te forma y enciende, brasa viva

del carbón de la sombra

y te impulsa a lo alto

a expresar en carmín y terciopelo

tu gozo de vivir sobre la tierra?

¿Qué oculto motor verde,

qué eje te redondea, fuego cóncavo,

breve nido de llamas?

¿Qué vienes a decir con tantos labios?


¿Eres sólo una boca del misterio

que intenta pronunciar una palabra

nunca oída hasta ahora

para cambiar el curso de este mundo?

¿O eres acaso el beso de la tierra

a todo lo que vive,

prueba de amor de un día

a las cosas oscuras

devoradas a medias por la muerte?

XVI

Soy hombre, mineral y planta a un tiempo,

relieve del planeta, pez del aire,

un ser terrestre en suma.

Árbol del Amazonas mis arterias,

mi frente de París, ojos del trópico,

mi lengua americana y española,

hombros de Nueva York y de Moscú,


pero fija, invisible

mi raíz en el suelo equinoccial

nutriéndose del agua de los ríos

y de la sangre verde que circula

por el frágil, alado cuerpecillo

del loro, profesor de ortología,

del saltamontes y del colibrí,

mis ínfimos aliados naturales.

XVII

Oh, fábula moderna: los soldados

de plomo de los cuentos infantiles

cobran vida, se animan

y crecen, crecen, crecen,

hasta llegar a ser de más tamaño

que los hombres. Intentan

disparar con sus manos el relámpago

para encerrar el alba en una cárcel,


descolgar las estrellas

para adornar los hombros

y acudir al banquete de la noche.

Invaden por millares los jardines

y con oscuras máquinas de muerte

exterminan el verde de este mundo

cubriéndolo de ruinas,

de víctimas o estatuas

del Hombre Fusilado

en mangas de camisa.

XVIII

Juan Cordero, varón de miel oscura,

pecho de cuero, entraña enternecida,

capitán de los surcos

y maestro de escuela de los pájaros,

yaces sin vida cerca de tu casa,

como un saco de paja y de ceniza,


un saco agujereado

que el rocío humedece con sus lágrimas.

¿Qué crimen cometiste? Sólo un grito:

«Vivan los pueblos libres». Los soldados

dispararon sus armas

sobre ti, Juan Cordero y tus hermanos,

incendiaron las trojes

y arrasaron la tierra de tus padres.

(Dios estaba escondido en una granja

y contempló en silencio

el sacrificio de los inocentes

y su mundo en escombros).

XIX

Vendrá un día más puro que los otros:

estallará la paz sobre la tierra

como un sol de cristal. Un fulgor nuevo

envolverá las cosas.


Los hombres cantarán en los caminos

libres ya de la muerte solapada.

El trigo crecerá sobre los restos

de las armas destruidas

y nadie verterá

la sangre de su hermano.

El mundo será entonces de las fuentes

y las espigas que impondrán su imperio

de abundancia y frescura sin fronteras.

Los ancianos tan solo, en el domingo

de su vida apacible

esperarán la muerte,

la muerte natural, fin de jornada,

paisaje más hermoso que el poniente.

XX

Yo soy el habitante de las piedras

sin memoria, con sed de sombra verde,


yo soy el ciudadano de cien pueblos

y de las prodigiosas Capitales,

el Hombre Planetario,

tripulante de todas las ventanas

de la tierra aturdida de motores.

Soy el hombre de Tokio que se nutre

de bambú y pececillos,

el minero de Europa

hermano de la noche,

el labrador del Congo y de la arena,

el pescador de ostiones polinesios,

soy el indio de América, el mestizo,

el amarillo, el negro,

y soy los demás hombres del planeta.

Sobre mi corazón firman los pueblos

un tratado de paz hasta la muerte.


Jorge Carrera Andrade (1959)
Biografías

Paul Verlaine

(Metz, 1844 - París, 1896) Poeta francés. Considerado el maestro del decadentismo y principal
precursor del simbolismo, es, en realidad, el único poeta francés que merece el epíteto de
«impresionista» y, junto con Victor Hugo, el mayor poeta lírico francés del siglo XIX. En 1851 su
familia se instaló en París, donde Verlaine trabajó como escribiente en el ayuntamiento (1864). En
1866 publicó su primer libro, Poemas saturnianos, que revela la influencia de Charles Baudelaire,
al que siguieron Fiestas galantes (1869), en el que describe un universo irreal a lo Watteau, y La
buena canción (1870).
Después de una crisis producida por el amor no correspondido que le inspiró su prima Élise
Moncomble, halló una efímera estabilidad en su matrimonio con Mathilde Mauté (1870), disuelto
a raíz de sus relaciones, a partir de 1871, con Arthur Rimbaud, con quien viajó a Bélgica y a Gran
Bretaña (1872-1873). El 10 de julio de 1873, en Bruselas, hirió de bala a Rimbaud, quien le había
amenazado con abandonarle. Condenado a dos años de prisión, salió de la cárcel después de
recobrar la fe.
Su etapa de madurez se inicia con la publicación de Romanzas sin palabras (1874), que revela una
poética nueva, basada en la música del verso, y expresa su desgarramiento, dividido entre
Rimbaud y Mathilde. Tras una última riña con Rimbaud en Stuttgart, regresó a Gran Bretaña
(1875), donde se dedicó a la enseñanza hasta que regresó a Francia (1877). Después de una
recaída en el alcoholismo, volvió a Gran Bretaña con su alumno favorito, Lucien Létinois (1879-
1880).
En 1881 publicó Cordura, poemario de inspiración religiosa, y en 1883, tras la muerte de Létinois,
llevó en Coulommes una vida escandalosa. De este período data la publicación de Los poetas
malditos (1884), en que dio a conocer a Rimbaud, Tristán Corbière y Stéphane Mallarmé, y Antaño
y ahora (1884). Tras una nueva estancia en la cárcel por haber intentado estrangular a su madre
hallándose bajo los efectos del alcohol, pasó a residir definitivamente en París (1885), donde fue a
menudo hospitalizado.
Aparte de obras en prosa, como Mis hospitales (1892), de su producción de esta última etapa
destacan algunas obras poéticas de tema religioso (Amor, 1888; Liturgias íntimas, 1892) y de tema
erótico (Paralelamente, 1889; Mujeres, 1890; Canciones para ella, 1891; Odas en su
honor, 1893; Elegías, 1893; En los limbos, 1894). En sus últimos años gozó de gran prestigio
literario (dio conferencias en Bélgica y Gran Bretaña y fue elegido «Príncipe de los poetas» en
1894), lo que contrasta con la miseria y el estado de degradación en que vivía.

Charles Baudelaire

(París, 1821 - 1867) Poeta francés, uno de los máximos exponentes del simbolismo, considerado a

menudo el iniciador de la poesía moderna. Hijo del ex sacerdote Joseph-François Baudelaire y de

Caroline Dufayis, nació en París el 9 de abril de 1821. Su padre murió el 10 de febrero de 1827 y su

madre se casó al año siguiente con el militar Jacques Aupick; Baudelaire nunca aceptó a su

padrastro, y los conflictos familiares se transformaron en una constante de su infancia y

adolescencia. En 1831 se trasladó junto a su familia a Lyon y en 1832 ingresó en el Colegio Real,

donde estudió hasta 1836, año en que regresaron a París. Continuó sus estudios en el Liceo Louis-

le-Grand y fue expulsado por indisciplina en 1839. Más tarde se matriculó en la Facultad de

Derecho de la Universidad de París, y se introdujo en la vida bohemia, conociendo a autores

como Gérard de Nerval y Honoré de Balzac, y a poetas jóvenes del Barrio Latino. En esa época de

diversión también conoció a Sarah "Louchette", prostituta que inspiró algunos de sus poemas y le

contagió la sífilis, enfermedad que años más tarde terminaría con su vida. Su padre adoptivo, el

comandante Aupick, descontento con la vida liberal y a menudo libertina que llevaba el joven

Baudelaire, lo envió a un largo viaje con el objeto de alejarlo de sus nuevos hábitos. Embarcó el 9

de junio de 1841 rumbo a la India, pero luego de una escala en la isla Mauricio, regresó a Francia,

se instaló de nuevo en la capital y volvió a sus antiguas costumbres desordenadas. Siguió

frecuentando los círculos literarios y artísticos y escandalizó a todo París con sus relaciones con

Jeanne Duval, la hermosa mulata que le inspiraría algunas de sus más brillantes y controvertidas

poesías. Como ya era mayor de edad, reclamó la herencia paterna, pero su vida de dandy le hizo

dilapidar la mitad de su herencia, lo que indujo a sus padres a convocar un consejo de familia para

imponerle un tutor judicial que controlara sus bienes. El 21 de septiembre de 1844 la familia
designó un notario para administrar su patrimonio y le asignó una pequeña renta mensual,

situación que profundizó sus conflictos familiares. Gustave Bourdin, en la edición de Le Figaro del 5

de julio, lo consideró un libro "lleno de monstruosidades", y once días después la justicia ordenó el

secuestro de la edición y el proceso al autor y al editor, quienes el 20 de agosto comparecieron

ante la Sala Sexta del Tribunal del Sena bajo el cargo de «ofensas a la moral pública y las buenas

costumbres». Sin embargo, ni la orden de suprimir seis de los poemas del volumen ni la multa de

trescientos francos que le fue impuesta impidieron la reedición de la obra en 1861. En esta nueva

versión aparecieron, además, unos treinta y cinco textos inéditos. El mismo año de la publicación

de Las flores del mal, e insistiendo en la misma materia, Baudelaire emprendió la creación de

los Pequeños poemas en prosa, editados en versión íntegra en 1869 (en 1864, Le Figaro había

publicado algunos textos bajo el título de El spleen de París). En esta época también vieron la luz

los Paraísos artificiales (1858-1860), en los cuales se percibe una notable influencia de Thomas de

Quincey; el estudio Richard Wagner et Tannhäuser à Paris, aparecido en la Revue européenne en

1861; y El pintor de la vida moderna, un artículo sobre Constantin Guys publicado por Le Figaro en

1863. Pronunció una serie de conferencias en Bélgica (1864), adonde viajó con la intención de

publicar sus obras completas, aunque el proyecto naufragó muy pronto por falta de editor, lo que

lo desanimó sensiblemente en los meses siguientes. La sífilis que padecía le causó un primer

conato de parálisis (1865), y los síntomas de afasia y hemiplejía, que arrastraría hasta su muerte,

aparecieron con violencia en marzo de 1866, cuando sufrió un ataque en la iglesia de Saint Loup de

Namur. Trasladado urgentemente por su madre a una clínica de París, permaneció sin habla pero

lúcido hasta su fallecimiento, en agosto del año siguiente. Su epistolario se publicó en 1872,

los Journaux intimes (que incluyen Cohetes y Mi corazón al desnudo), en 1909; y la primera edición

de sus obras completas, en 1939. Charles Baudelaire es considerado el padre, o, mejor dicho, el

gran profeta, de la poesía moderna.


Arthur Rimbaud

(Charleville, Francia, 1854 - Marsella, id., 1891) Poeta francés, uno de los máximos representantes
del simbolismo, tendencia dominante en la segunda mitad del siglo XIX que suele señalarse como
el inicio de la lírica contemporánea. A pesar de su efímera carrera literaria (escribió su último libro
a los veinte años), la importancia de su obra es equiparable a la de los otros grandes nombres de
esta corriente: Charles Baudelaire, Stéphane Mallarmé y Paul Verlaine, poeta este último con
quien mantuvo una atormentada relación. Los padres de Rimbaud se separaron en 1860, y el
pequeño Arthur fue educado por su madre, una mujer autoritaria. Destacó pronto en el colegio de
Charleville por su precocidad. En septiembre de 1870 se fugó de casa por vez primera y fue
detenido por los soldados prusianos en una estación de París. Entre las dos fugas había empezado
a escribir un libro destinado a Paul Demeny, pariente de su profesor y poeta reconocido en París.
Cuando regresó a Charleville en el invierno de 1870-1871, su colegio había sido convertido en
hospital militar. Huyó a París en febrero y fue testigo de los disturbios provocados por la amnistía
decretada por el gobierno de Versalles. Volvió con su familia en marzo, en plena Comuna, y
publicó la famosa Carta del vidente. Auténtico credo estético, la Carta del vidente definía al poeta
del futuro como un «ladrón de fuego» que busca la alquimia verbal y lo desconocido a través de
un «largo, inmenso y razonado desarreglo de todos los sentidos». En julio de 1873, Verlaine, el
«desgraciado hermano» de Rimbaud, huyó a Bruselas; pretendía enrolarse con los carlistas, o
suicidarse. Llamó a Rimbaud, éste acudió a su lado y volvieron las disputas. Llevado por su carácter
depresivo, y sospechando que iba a ser abandonado pronto, Verlaine disparó a Rimbaud y lo hirió,
por lo que fue arrestado y encarcelado. Mientras se recuperaba en sus Ardenas natales, Arthur
Rimbaud terminó el libro autobiográfico Una estancia en el infierno, donde relataba su historia y
daba cuenta de su rebeldía adolescente. Luego, gracias a su madre, publicó Alquimia del verbo,
pero la obra no fue distribuida (Rimbaud dejó una copia en la prisión para Verlaine, y repartió
otros pocos ejemplares entre sus amigos). Regresó a Londres, acompañado por el también
poeta Germain Nouveau, en 1874, y preparó su última obra, Las iluminaciones, cerca de cincuenta
poemas en prosa que proyectan sucesivos universos y proponen una nueva definición del hombre
y del amor. Después de este libro, escrito a los veinte años, Arthur Rimbaud abandonó
definitivamente la literatura. La segunda parte de la vida de Rimbaud fue una especie de caos
aventurero. Empezó como preceptor en Stuttgart, se alistó (y desertó luego) en el ejército colonial
holandés y viajó en dos ocasiones a Chipre (1879 y 1880). Después de distintas escalas en el Mar
Rojo, se instaló en Adén y más tarde en Harar (Etiopía). Se dedicó al comercio de marfil, café, oro o
cualquier producto que consiguiera por el trueque de alguna mercancía europea; también envió
informes a la Sociedad Francesa de Geografía. En 1885 volvió a Adén y vendió armas. Atravesó el
desierto de Danakil y se tomó un tiempo de descanso en Egipto. Por último regresó a Harar, donde
prosperaban sus negocios. En 1891, aquejado de fuertes dolores en la pierna derecha, volvió a
Francia, donde le fue amputada; murió poco después en un hospital de Marsella.

Para mí tu recuerdo
de Arturo Borja

Para mí tu recuerdo es hoy como una sombra


del fantasma que dimos el nombre de adorada
Yo fui bueno contigo. Tu desdén no me asombra,
pues no me debes nada, ni te reprocho nada.

Yo fui bueno contigo como una flor. Un día


del jardín en que solo soñaba me arrancaste;
te di todo el perfume de mi melancolía,
y como quien no hiciera ningún mal me dejaste

No te reprocho nada, o a lo más mi tristeza,


esta tristeza enorme que me quita la vida,
que me asemeja a un pobre moribundo que reza
a la Virgen pidiendo que le cure la herida.
En el blanco cementerio
de Arturo Borja

Para Carmen Rosa

En el blanco cementerio
fue la cita. Tú viniste
toda dulzura y misterio,
delicadamente triste

Tu voz fina y temblorosa


se deshojó en el ambiente
como si fuera una rosa
que se muere lentamente

Íbamos por la avenida


llena de cruces y flores
como sombras de ultravida
que renuevan sus amores.

Tus labios revoloteaban


como una mariposa,
y sus llamas inquietaban
mi delectación morosa.

Yo estaba loco, tú loca,


y sangraron de pasión
mi corazón y tu boca
roja, como un corazón.

La tarde iba ya cayendo;


tuviste miedo y llorando
yo te dije:– Estoy muriendo
porque tú me estás matando.

En el blanco cementerio
fue la cita. Tú te fuiste
dejándome en el misterio
como nadie, solo y triste.

DE AQUEL AMOR LEJANO


Ibas sobre la nave como una
sentimental princesa desterrada
que lamentase, triste y olvidada,
la volubilidad de la fortuna.

Con nostalgia de amor en la mirada


y palores cromáticos de luna,
pasabas largas horas en alguna
divagación romántica y alada.

Y a la luz del crepúsculo en derrota,


evocabas quizá la primavera
de nuestro amor ¡tan dulce y tan remota!

Y tu recuerdo ¡oh pálida viajera!


Se perdió, con la última gaviota
que llegó sollozando a mi ribera...
Autor del poema: Ernesto Noboa y Caamaño

LUNA DE ALDEA
Dulces juegos infantiles
en la plaza de la aldea,
bajo la luz de la luna,
sobre la alfombra de tierra.

Ellos y ellas, en un coro


alegres saltan y juegan;
ellos les buscan las manos
y ellas se dejan cogerlas.
Sopla cadenciosa y suave
la brisa de primavera
trayendo el agreste aroma
de las cercanas praderas.

¡Dulces juegos infantiles,


voces claras y sedeñas!
Una risa fresca y pura
se junta a otra pura y fresca.

Y en un rincón apartado
quizás una amante pareja
se inicia en el sufrimiento
con la caricia primera.

En la mitad de la plaza
hay una fuente de piedra
donde se baña la luna
como para ahogar su pena.

Vibra en la copa del aire


el son frágil de las cuerdas
de una guitarra cascada
y una voz que canturrea:

“La Virgen de los Dolores


vio mis lágrimas primeras;
yo le regalaba flores
para que tú me quisieras.”

¡Dulces juegos infantiles,


voces claras y sedeñas,
y almas sencillas que lloran
por una esperanza muerta!

Suenan once campanadas


en el reloj de la iglesia,
la voz doliente se apaga,
los juegos alegres cesan.

Por la blancura apacible


de las angostas callejas,
ellos y ellas, de las manos,
a los hogares regresan.

Y en el silencio dormido
sobre la plaza desierta,
sólo la fuente y la luna
siguen rimando sus penas
Autor del poema: Ernesto Noboa y Caamaño

Emoción vesperal
A Manuel Arteta; como un hermano

Hay tardes en las que uno desearía

embarcarse y partir sin rumbo cierto,

y, silenciosamente, de algún puerto,

irse alejando mientras muere el día;

Emprender una larga travesía

y perderse después en un desierto

y misterioso mar, no descubierto

por ningún navegante todavía.


Aunque uno sepa que hasta los remotos

confines de los piélagos ignotos

le seguirá el cortejo de sus penas,

y que, al desvanecerse el espejismo,

desde las glaucas ondas del abismo

le tentarán las últimas sirenas.

RETORNO
Llegó de lejano país
El compañero,
Que vimos partir del país
Un mes de Enero.

Conversa afectuoso y está


Encanecido,
Al lado del piano, que está
Dado al olvido.

¿Por qué su sonrisa infeliz


Al sol que muere?
Nos calla que ha sido infeliz,
¿Ya no nos quiere...?

El viento deshoja el jardín


Hoy mustio y viejo,
Y él ve amarillear el jardín
En el espejo.
Autor del poema: Humberto Fierro
LA TRISTEZA DEL ANGELUS
En la puerta de piedra que le musgo lento cubre
he descansado viendo que se deshoja el día,
en las puertas de piedra de donde a fin de Octubre
veíamos Ponientes de equívoca alegría.

He aguardado el Angelus que su sonrisa abría


para Nuestra Señora la eterna Poesía.
Y he sentido el perfume silvestre, como antes
en el paisaje humilde que Mollet firmaría,
y mi corazón y mi alma delirantes
se dan sin condiciones a la melancolía…

A la melancolía, que invita a esta hora


a oír largamente el agua y el ruiseñor que llora.
Autor del poema: Humberto Fierro

También podría gustarte