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Vas A Ser Suya

El documento es un fragmento de una novela titulada 'Vas a ser Suya', que sigue la historia de Carlota, una joven española que se muda a Australia y enfrenta desafíos en su vida amorosa y social. A medida que se adapta a su nuevo entorno, se encuentra con un grupo de hombres atractivos y poderosos, conocidos como Los Morgan, que despiertan su curiosidad y temor. La narrativa explora temas de identidad, relaciones y el deseo de vivir aventuras más allá de la rutina diaria.
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
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Vas A Ser Suya

El documento es un fragmento de una novela titulada 'Vas a ser Suya', que sigue la historia de Carlota, una joven española que se muda a Australia y enfrenta desafíos en su vida amorosa y social. A medida que se adapta a su nuevo entorno, se encuentra con un grupo de hombres atractivos y poderosos, conocidos como Los Morgan, que despiertan su curiosidad y temor. La narrativa explora temas de identidad, relaciones y el deseo de vivir aventuras más allá de la rutina diaria.
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Árbol genealógico

“No es quien te roba el corazón,

sino quien te hace sentir que lo tienes de vuelta”.

Pablo Neruda.
Este libro no podrá ser reproducido, distribuido o realizar cualquier transformación de la obra
ni total ni parcialmente, sin el previo aviso del autor. Todos los derechos reservados.
Los nombres, personajes, lugares y sucesos que aparecen son ficticios. Cualquier parecido con
la realidad es mera coincidencia. Los fragmentos de canción que aparecen se han utilizado para
darle más realismo a la historia, sin intención alguna de plagio.

Titulo original: Vas a ser Suya

Copyright ©Anny Peterson, mayo 2024

Diseño de la portada: @Lady_fucsia

Ilustración de portada: Adela Aragón @adela_argn_art


ÍNDICE

1. VIAJE AL CENTRO DE LA TIERRA


2. EL QUIJOTE
3. 20.000 LEGUAS DE VIAJE SUBMARINO
4. EL ALQUIMISTA
5. EL PADRINO
6. LA DIVINA COMEDIA
7. LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ
8. ALICIA EN EL PAÍS DE LAS MARAVILLAS
9. ALGUIEN QUE NO SOY
10. UN MUNDO FELIZ
11. LA HIPÓTESIS DEL AMOR
12. EL MAGO DE OZ
13. CREPÚSCULO
14. UN CUENTO PERFECTO
15. EL PERFUME
16. LA SOMBRA DEL VIENTO
17. ROMEO Y JULIETA
18. LOLITA
19. LA TELARAÑA DE CARLOTA
20. EL GRAN GATSBY
21. UGLY LOVE
22. EL RETRATO DE DORIAN GRAY
23. VAS A SER MÍA
24. EL VIEJO Y EL MAR
25. EL GUARDIÁN ENTRE EL CENTENO
26. PÍDEME LO QUE QUIERAS
27. ODISEA
28. A TRES METROS SOBRE EL CIELO
29. CRIMEN Y CASTIGO
30. EL PRINCIPITO
31. CIEN AÑOS DE SOLEDAD
32. EL ARTE DE ENGAÑAR AL KARMA
33. VERITY
34. EL CÓDIGO DA VINCI
35. TODA LA VERDAD DE MIS MENTIRAS
36. LOS RENGLONES TORCIDOS DE DIOS

MIS LIBROS
SOBRE EL AUTOR
1
VIAJE AL CENTRO DE LA TIERRA
“Mi corazón es el único que late en este mundo despoblado”
Julio Verne

Hola, me llamo Carlota, pero deberían llamarme Murphy porque ese patrón de pesimismo
universal que reza que «si algo puede salir mal, saldrá mal», me representa totalmente.
Haga lo que haga, todo acaba torciéndose en mi vida. Y no es una cuestión de suerte, sino de
probabilidad. ¡Estoy gafada!
Lo digo a nivel general, aunque la parte amorosa se lleva la palma. Tengo el gusto atrofiado
para los hombres, solo me gustan los complicados, a poder ser, con problemitas. La gente
demasiado feliz me da mala espina. No me la creo. Porque al final del día todos luchamos contra
nuestros demonios. Y si no los tienes, es que eres tú.
Ahora bien, hay quien se busca problemas, como una servidora…
Seguramente me merezca todo lo que me pasa por ser una de esas almas ingenuas que confía
demasiado en la bondad de los demás, sobre todo si el sujeto es guapísimo. Esos son mi
debilidad.
Mi tendencia a complacer a todo el mundo tampoco ayuda, a menudo tengo la horrible
sensación de que la gente se aprovecha de mí, pero hace poco tomé una decisión vital, de esas de
la hostia, y me prometí a mí misma que iba a empezar a vivir de verdad. Me dije que ya era hora
de embarcarme en una auténtica aventura más allá de las páginas de las novelas románticas en
las que me gusta evadirme. ¡Se está tan bien entre crushes y finales felices…!
Pero esto es el mundo real y aquí nadie te regala nada, en todo caso, hace «colaboraciones». Y
en eso el universo es tu mejor aliado.
En estos tiempos, si crees en el destino estás perdido, no obstante debes estar atento a las
señales. Que las hay. Porque si no captas que tu vida está a punto de dar el vuelco más
emocionante, brutal y aterrador que podrías desear cuando, al salir del trabajo, tres maromos, a
cuál más atractivo, están esperándote apoyados en tu Hyundai de tercera mano, es que estás
ciega.
¿Qué quieren de mí? No tengo ni idea. Pero aquí están. La santísima trinidad de la universidad
de Brisbane. Los Peaky Blinders del condado. Los Lanister, si esto fuese Juego de Tronos.
Perdonad mi «serieadicción», prometo mantenerla a raya.
En realidad, a ellos los llaman Los Morgan. Todos lo son, uno hasta intercambió los apellidos
de sus padres para serlo, y jamás pensé que pudieran necesitar algo de una simple mortal como
yo. Pero lejos de sentir un saludable miedo, me puede la curiosidad. Así de aburrida estoy.
¿Cómo no?
Desde que llegué a Byron Bay me he sentido INVISIBLE.
En Madrid tenía a mi grupo de amigas inseparables desde los seis años, todas superfans de los
dibujos chibi. Nos hacíamos llamar Las Unimals, mitad unicornias mitad animales. Mi mejor
amiga Claudia y yo ya apuntábamos maneras al elegir ser la «zorrita» y la «conejita», aunque
Valeria e Iris no se quedaron atrás apostando por definirse como una perra y una gata en celo.
Estudiábamos en un colegio público de los suburbios de la gran ciudad y os aseguro que era
completamente feliz en mi miseria.
Tenía planeado el resto de mi vida sin necesidad de grandes lujos, me bastaba con encontrar el
amor. Para mí, lo más valioso del mundo.
Empezaría compartiendo piso con mis amigas mientras estudiaba un módulo de formación
profesional de auxiliar de laboratorio. La química era mi mundo. Me encantaba mezclar
sustancias y analizar sus reacciones. Mi padre me inculcó ese gusanillo compartiendo conmigo
su pasión por la cocina; porque el arte de guisar es pura química. La serie Cocina con Química lo
confirma. ¿La habéis visto? Sorry, me centro.
Su maestría con los fogones hizo que terminara trabajando en uno de los mejores hoteles del
centro, y un buen día, un huésped preguntó personalmente por el artífice del mejor bacalao al pil
pil que había probado en su vida.
Esa misma noche, mi padre llegó a casa con una oferta de trabajo irrechazable bajo el brazo y
mi llorera descomunal no se hizo esperar.
—¡No quiero mudarme a la otra punta del mundo!
—Es una gran oportunidad, Carlota…
—¡Pues id vosotros! ¡Yo tengo mi vida aquí! ¡Ya soy casi mayor de edad y quiero quedarme
con mis amigas! Trabajaré y estudiaré a la vez. ¡Ese siempre ha sido mi plan!
—El señor Ferguson me ha ofrecido pagarte los estudios en la universidad de Brisbane. ¡Es
una gran oportunidad para ti!
—¡Por mí puede metérsela por el…!
—¡Carlota…!
—¡Quiero quedarme aquí!
—Hija… —intervino mi madre—. Harás nuevas amistades en Australia, ¡y a tus amigas no
vas a perderlas! Al final, cada una hará su vida. La etapa colegial ha terminado y todo va a
cambiar.
—¡Pero no puedo alejarme tanto de ellas! —exclamé angustiada.
—Y nosotros no podemos vivir tan lejos de ti —replicó con tristeza—. Vas a venir. La
decisión está tomada. Todavía eres menor.
¡Maldita fuera por haber nacido a final de año!
El berrinche me duró semanas. Hasta se me pasó por la cabeza escaparme de casa, pero
siempre había sido una buena chica y no tuve el valor de darle ese disgusto a mis padres. Soy una
blanda Estoy en ello…
Al parecer, el nuevo jefe de mi padre era un ricachón australiano que buscaba un chef español
para que le cocinase tanto en su mansión como en su yate de recreo. Pagaba muy bien, pero vivir
en un pueblo tan turístico y lleno de famosos como Byron Bay era más caro de lo esperado. Lo
que compensaba la oferta, además de un entorno que parecía el paraíso, era que iba a pagarme
los estudios en una prestigiosa institución que me abriría muchas puertas el día de mañana, y más
con una media de sobresaliente como la mía.
Nunca le di mucha importancia a mis buenas notas porque tenía facilidad para el estudio, con
leerlo una vez, ya retenía hasta el último detalle. No tardé en llamar la atención de los profesores.
Esa faceta ayudó a magnificar mi tara social por ser la nueva, la lista, la española y la diferente…
Y sin verlo venir, me colgaron la etiqueta de empollona aburrida y pedante.
Intenté acercarme a un par de grupos de chicas, ¡juro que lo intenté!, pero no salió bien. Yo
me mostraba simpática, pero allí todo el mundo parecía tener un flow lugareño del que yo
carecía. Era como vivir en el mundo de Barbie y ser la rara con el pelo cortado a jirones y la cara
pintarrajeada de boli.
Hice amigos, no penséis mal, pero eran alumnos que dedicaban mucho tiempo a estudiar para
alcanzar sus brillantes resultados, y cuando descansaban, se ponían a jugar al Minecraft en línea
con gente de otros rincones del planeta.
Lo tenía crudo para echarme novio. Los Kens no me querían, y mi cabeza no era lo
suficientemente cuadrada como para interesar a los gamers. El único al que llamé la atención fue
a un profesor que me doblaba la edad y con el que flipé cuando vi que enrollaba uno de mis
mechones de pelo en su dedo mientras observaba mi boca con deseo.
Todo mi cuerpo se electrificó al darme cuenta de lo que pretendía. Era un hombre bastante
atractivo al que idolatraba, y cuando atrapó mis labios, le continué el beso sin pensar. Por poco
exploto allí mismo. Después de ese arrebato, tan inevitable como inocente, se me cortaba la
respiración cada vez que me miraba en clase explicando la lección. Y probablemente la cosa
hubiera ido a más si no llego a enterarme de que estaba casado y esperando su segundo hijo.
Murphy no falla… El cabrón me puso un ocho con cinco en el examen final con la única
intención de que fuera a su despacho a reclamar la nota. Estaba claro que quería volver a estar a
solas conmigo, pero no acudí. Lo dejé pasar y me olvidé de él. Ya encontraría otra distracción
masculina menos inmoral.
En casa seguíamos necesitando dinero. Mi madre tenía experiencia como dependienta en
España, pero no entendía ni papa de inglés, lo cual era un hándicap para conseguir empleo en
aquel lugar. También lo era su edad; las agencias demandaban a chicas cada vez más jóvenes
para cubrir servicios y la aportación económica de mi madre se redujo a plantar un tenderete
improvisado en la entrada de la playa para vender collares artesanales a los turistas. Siempre se le
dieron bien las manualidades.
Por mi parte, servir bebidas en el pub más cool del pueblo era mi único aliciente social, pero
con Kitty y Mandy detrás de la barra, yo era, como he dicho, prácticamente invisible.
No podía competir con unas gemelas de pelo rubio platino, cuerpo escultural y las tetas más
grandes que sus cerebros. A su lado, las mías, que no son pequeñas, parecían desinfladas. O
quizá solo estaban deprimidas por que nadie las tocase…
La hostelería me volvió más irónica de lo habitual, mientras que ellas desprendían tan buen
rollo que parecía que iban todo el día colocadas.
Recuerda: desconfía de esa gente. No hay un yin sin un yang. Si te pasas de listo, tarde o
temprano, una turbulencia kármica te pone en tu lugar. Y la mía son LOS MORGAN apoyados en
mi coche. ¡Al fin el universo me recompensa!
—¿Eres Charlotte? —me pregunta el líder.
Ah, que no lo he dicho. En Australia soy Charlotte, no Carlota. Me lo cambié por si era un
problema de pronunciación. Pero no. Me ignoran igual.
Su inglés es perfecto. Pero les he oído hablar español entre ellos y lo prefiero.
—Podéis llamarme Carlota. Soy española.
Disfruto de su cara de estupefacción en contrapunto con la cara que han traído de pagados de
sí mismos. Pero tampoco me sorprende, en la universidad los perseguían como si fueran Beatles.
No había chica que no quisiera trepar por ese árbol genealógico… Los tres están rematadamente
buenos y son ricos, pero la cosa no termina en una belleza clásica y coches caros, está conjugada
con una actitud arrolladora que denota que pueden conseguir cualquier cosa que deseen. Lo que
sea… Sobre todo él, Lucas Morgan.
Nadie osa llamarle por su nombre real, todo el mundo recurre a su apellido para referirse a él,
Morgan, como si fuera un estandarte. Uno al que no te conviene cabrear si no quieres ser víctima
de un desequilibrio cósmico la mar de espeluznante.
No sé cómo explicar lo poderosos que son. Cuando llegan a un bar, si su mesa habitual está
ocupada, la gente se levanta para cedérsela. Nadie quiere problemas con ellos.
Y no es que sean tipos peligrosos, es que no puedes dejar de mirarlos como si fueran un
accidente de la naturaleza.
Antes de continuar hablando, me pregunto si lamentaré haberlos conocido. Temo que
supongan una debacle en mi vida que ni la Ley de Murphy sea capaz de soportar, pero algo me
dice que no voy a poder resistirme a lo que quieren de mí por muy loco, sucio o peligroso que
sea.
—¿En qué puedo ayudaros?
2
EL QUIJOTE
“La virtud es más perseguida por los malos que amada por los buenos.”
Miguel de Cervantes

Los tres me clavan la mirada y no me cago encima de milagro. No estoy preparada para tanta
atención masculina de golpe.
—Un pajarito nos ha chivado que eres la alumna de química más brillante que ha pisado la
universidad de Brisbane.
Habla Morgan. Su tono mafioso me hace tragar saliva.
Que lleva la voz cantante no es ningún secreto. Es el mayor de los tres y el que tiene la mirada
más sabia y perspicaz. Súmale un tupé de anuncio que no le despeinan ni las olas y una
mandíbula marcada y simétrica que te hace babear, pero sin duda, lo más interesante de su cara
son sus cejas, que prometen graves represalias si no satisfaces todos sus oscuros deseos.
¡Uf! Su aura de malote atormentado es absolutamente irresistible.
Su hermano Aitor, el rubio de su derecha, tiene una expresión más dulce. Me recuerda a Jude
Law de jovencito; misma mirada traviesa con una desbordante carga sexual. Es el relaciones
púbicas, ¡digo! públicas del grupo. En principio, el más accesible y sonriente de los tres. Pero
también es el más esnob. Le gusta vestir bien y beber en recipientes de cristal. O en su defecto,
sobre superficies carnales…
Y luego está Lenny, el primo callado y serio. Creo que jamás le he visto sonreír. Y mira que
los he observado horas desde detrás de la barra en El Capitán Nemo, el bar donde trabajo.
Lenny es «el sicario» del grupo; un tipo con malas pulgas. Con su más de metro noventa
resulta una fuerza imparable cuando se enfada, que es a menudo. Y en esos casos, no suele hacer
rehenes.
He oído historias sobre él que no me he creído porque no pueden ser ciertas. Ni hablar. Su
mirada es la más fiera y aterradora de todas. Pero su boca, esa que dicen que no usa desde hace
años, al menos para hablar, es la más expresiva. Parece la de un perro a punto de morderte.
Sonrío con nerviosismo para aligerar el ambiente. Ahora mismo no sé a cuál de los tres
mataría, me follaría o me casaría con él, pero estoy más tensa que el Quijote en un parque eólico.
Quizá tenga algo que ver que «el sicario» esté dándole un detallado repaso a mi anatomía
como si escuchar que soy una sabionda le pusiera a tono.
—Han exagerado. No soy para tanto —digo echando balones fuera.
—Necesitamos al mejor químico de por aquí y nos han dicho que eres tú —insiste Morgan.
—¿Quién os ha dicho eso? Todavía no tengo el título. Solo soy una novata…
—Una novata que está a punto de ganar la Beca Williams.
¿Cómo sabe eso? Aún no se ha hecho público el fallo del tribunal, aunque a mí ya me han
avisado de extranjis. Estar haciendo las prácticas de laboratorio en el AIMS (Australian Institute
for Marine Science) tiene sus ventajas. El edificio que tengo a mi espalda es una auténtica pasada
desde un punto de vista tecnológico y ofrece un programa de estudios carísimo muy interesante.
Por suerte, algunos másteres están becados.
—¿Para qué necesitáis un químico? —pregunto suspicaz.
—Para un experimento un poco delicado… Pero te pagaremos bien.
Qué mal ha sonado eso. Siempre he pensado que detrás de toda fortuna se esconde un delito y
aquí está la confirmación.
—¿En qué consiste ese experimento?
—En sintetizar una sustancia natural que hemos descubierto.
—¿Qué sustancia?
—No podemos darte más información hasta que no accedas a ser parte del equipo y firmes un
contrato de confidencialidad.
—¿Con qué fin queréis sintetizarla?
—Eso no es de tu incumbencia…
«Respuesta incorrecta, matón de pacotilla», pienso molesta, pero me muerdo la lengua.
—Lo siento, pero no quiero meterme en líos —murmuro apocada.
—Oh, pero ya estás en uno —replica Morgan.
El silencio que le sigue no me gusta nada, y menos cuando Lenny se cruza de brazos como si
no pensara levantar el culo de mi Hyundai hasta que no acepte el encargo.
—Chicos, chicos… —intercede Aitor, conciliador—. Carlota, querida, ¡tú eres científica!
Debería ilusionarte participar en un proyecto de este calibre. ¡Se trata de un descubrimiento
único!
—Gracias, pero no quiero formar parte de nada ilegal.
—¡No lo es! —replica ultrajado—. Al menos, no todavía… Solo queremos que lo analices en
el laboratorio para saber su composición. Lucas, deberíamos contarle la verdad —dice girándose
hacia su hermano—. Tiene razón en que, dicho así, suena todo muy turbio.
«¡Por fin alguien con un poco de sentido común!», aunque espero que no piense que me he
creído que quieren limitarse solo a saber eso.
Morgan me mira y yo a él. Ambos somos conscientes de que me late el corazón a mil por hora
y de que si pudiera, ahora mismo echaría a correr.
—Está bien, cuéntaselo —accede aburrido, cruzándose de brazos y recostándose en mi coche,
imitando a Lenny. Viéndolos así, es evidente que son familia. ¡Una familia de mafiosos!
—Verás… —comienza Aitor afable—. Una tarde, haciendo surf…
Desconecto por un momento al recordar que también son los reyes de la playa. ¡Cómo no!
Vivir en Byron Bay y no hacer surf es como subsistir en el planeta tierra sin respirar oxígeno.
Hasta yo tengo una tabla que ha tocado tres veces el agua. Si no la tienes, lo huelen y te echan un
maleficio.
El trío calavera suele competir en todos los campeonatos de la isla. Las malas lenguas dicen
que Morgan rechazó un contrato profesional porque no le era rentable. Al parecer, aspira a
hacerse más rico que su papaíto. Se rumorea que media comarca es suya en la sombra.
—… y entonces lo encontramos en una roca.
—¿Qué encontrasteis? —pregunto volviendo a la conversación.
—No fue así, joder. ¡Eso fue después! —se queja Morgan. Entonces Lenny le toca el brazo
para llamar su atención y junta los dedos de las manos haciendo un círculo.
—Exacto, fue la noche de la superluna —recuerda Morgan—. Había una claridad excepcional
y se nos ocurrió ir a surfear.
—¿Fuisteis a surfear de noche? —pregunto atónita.
—Sí, ¿por qué?
—¡A esa hora desayunan los tiburones!
—Había buenas olas —dice encogiéndose de hombros—. La cosa es que de pronto apareció
un arcoíris lunar. Nunca había visto ninguno y quería echarle una foto. Pero cuando fui a por mi
móvil, que estaba en una mochila que había dejado en las rocas, me resbalé…
—Se metió una hostia de cuidado —esclarece Aitor con saña.
—La piedra resbalaba más que el puto jabón —masculla Morgan—. Y me hice un rasguño en
la rodilla.
—A los diez minutos empezó a decir cosas raras —repone Aitor—. Tuvimos que sacarlo del
agua porque no coordinaba y no dejaba de decir gilipolleces sin sentido sobre una chica a la
que…
—Tor… —Lo frena Morgan con una mirada amenazante. El aludido pone los ojos en blanco
—. Había algo resbaladizo en la roca, pero pensaba que era aceite o petróleo porque tenía esa
misma refracción de colores. Al principio no le di importancia, pero al limpiarme la herida debió
de colarse en mi torrente sanguíneo y… Creemos que podría ser un alucinógeno natural.
—¿Creéis? Puede que fuera algo que comiste ese día o alguna medicación.
—No. Porque volví otro día para confirmarlo…
—¿Volviste? —pregunta Aitor extrañado—. ¿Por qué te lo callaste?
Morgan guarda silencio y me mira para que siga hablando yo.
—Y queréis que lo analice para ver si se puede comercializar, ¿no?
Lo veo sonreír como si le divirtiera mi astucia.
—Chica lista. Pero primero queremos saber qué es exactamente.
—Pueden ser residuos de algas tóxicas que trae la marea.
—O quizá hemos descubierto una forma inocua de colocarse gratis —bromea Aitor—.
Piénsalo, podríamos estar salvando al mundo de las drogas malas.
—De las drogas solo se salva quien decide no probarlas. Y las más mortíferas son el alcohol y
el tabaco —rezongo cruzándome de brazos.
—Admite que te intriga un poco todo esto —me provoca Aitor.
¡Pues claro que me intriga!, pero prefiero hacerme el harakiri que meterme en algo así con
ellos.
—Sigo pensando que yo no soy la persona adecuada para ayudaros.
—Eres la persona perfecta —replica Morgan—. Nadie sospechará de ti. Y ya es tarde para
echarte atrás, sabes demasiado. Solo te queda decidir si quieres hacer esto por las buenas o por
las malas.
Mis ojos saltones proclaman que me asusta verme acorralada por la dislexia moral de Los
Morgan. Siendo camarera, escucho un montón de cosas sobre ellos. Que dejaron a un tío solo
con seis dientes, que quemaron el coche de un profesor, que a un chaval le metieron una
armónica por el culo… Esa es la que no me creí. ¿Acaso es posible? ¿Cómo lo hicieron?, y por
otro lado, ¿quién se inventaría algo así?
Sea como sea, los he visto envueltos en bastantes peleas, sin ir más lejos, la semana pasada
protagonizaron una trifulca en la que vino hasta la policía. Aun así, me intriga pensar que sus
vidas son un completo misterio para mí. Lo único que sé es que cuanto más te juntas con ellos,
más difícil es regresar después a una vida tranquila.
—No podéis obligarme —digo amparándome en el sentido común—. Dejad de actuar como si
esto fuese una película de gánsteres…
De repente, se echan a reír a coro y me enfado. ¡Son odiosos!
Sobre todo porque da gusto verles tan jocosos. Su sonrisa hace que quieras caerles bien.
Menudo superpoder es ese…
—No te preocupes —dice Morgan burlón—. Nadie va a ponerte una pistola en la cabeza si eso
es lo que te preocupa, pero si no cooperas, puedes ir olvidándote de la Beca Williams…
Frunzo el ceño. ¿Qué poder tiene él para quitármela?
—¿Acaso estás en disposición de decidir a quién se la dan?
—Los hermanos Williams son íntimos amigos de mis padres, y a mí, en concreto, me adoran.
Puedo convencerles de que no te la den citando cierto affaire con cierto profesor…
Abro los ojos como platos. ¡¿Cómo puede saberlo?!
—¡No hubo ningún affaire! —exclamo acorralada. Y acto seguido me arrepiento de haberle
gritado.
Morgan chasquea la lengua.
—Te recomiendo que no me pongas a prueba, no me gustaría que te quedaras sin tu beca. Solo
tienes que analizar esta muestra. —Se saca algo del bolsillo y me lo enseña. Parece un frasco
cilíndrico de cristal con un poco de musgo—. Lo que hagamos después con ella es asunto
nuestro…
—¿Puedo pensármelo? —digo ignorando su ofrecimiento. Aunque me muera por arrancársela
de la mano.
—En realidad, no.
—Por supuesto que sí —Le lleva la contraria Aitor. Sin duda es el poli bueno y se nota que le
encanta desafiar al dragón malo—. Apúntate mi teléfono y me escribes cuando tengas una
respuesta.
—Tienes 24 horas —advierte Morgan seco.
Aprieto los dientes mientras anoto el móvil de Aitor con desgana. Lucas Morgan está a punto
de pasar a formar parte de mi lista negra de niñatos engreídos. Si no lo ha hecho ya es porque
creo que su bordería es solo una pose y que hay una razón oculta para todo esto. Algunos lo
temen, otros le envidian, pero muchos lo veneran, y no es por ser precisamente un capullo. Tiene
fama de ser un chico juicioso.
—Vámonos —barrunta abatido comenzando a andar hacia su Toyota. Es evidente que algo le
carcome y eso eleva su atractivo sexual a la décima potencia.
«Keep Calm y respira hondo, pequeña». Prueba superada. Apenas…
Los veo subirse a una pickup roja de cuatro puertas con un gran cajón hueco atrás para
trasladar mercancías. Es gigantesca, mega alta y tiene tracción a las cuatro ruedas; no pueden
llamar más la atención. Es como llevar una maldita diana en la espalda… Una con la que nadie
se atreve a jugar.
De pronto, Lenny, me echa una última mirada antes de subirse. No habla, pero no veas cómo
mira… Casi puedo sentir cómo me atraviesa físicamente, y de pronto, medio sonríe.
WHAT?!
¡¿De qué se ríe?! Esa sonrisa torcida es capaz de matarte de anticipación, de intriga ¡y de
hype!, porque, o bien se está riendo de mí o es que le chiflo. No hay más. Y eso me pone
nerviosa.
«Razona, bonita, no te dejes llevar por tus hormonas».
Quizá le ha hecho gracia mi look de científica loca. Mi pelo color paja está recogido hacia
atrás en una coleta baja. Llevo unas gafas de pasta lilas y un jersey de punto fino gris con el
cuello redondo. No soy precisamente su tipo. He visto a las chicas con las que se enrolla y no
tienen pinta de empollonas. Al contrario. Tienen pinta de saltarse las clases para meterle la
lengua hasta donde sea necesario…
El acelerón que pega el coche hace que me retumbe el esternón.
Sé que muchas matarían por acercarse a Los Morgan con cualquier pretexto, pero ahora
mismo, a mí solo me interesa que no destrocen lo único que tengo, mi prestigio académico. Y
quizá también necesite saciar un poco ¡mi complejo de Panoramix!
¿Recordáis al druida de los cómics de Astérix y Obélix? ¿Ese que se pasaba el día preparando
pócimas en su marmita? ¡Esa soy yo soy! Para eso he nacido. Experimentar con sustancias
desconocidas es mi mayor obsesión. Y tener la oportunidad de analizar una, me motiva
muchísimo.
Tampoco es que tenga alternativa; necesito esa maldita beca. Pero sobre todo, necesito que
nadie sepa lo que ocurrió entre el profesor Kingsley y yo. ¿Qué pensaría mi jefe Dani de mí?
Siempre he pensado que conseguí este trabajo como si fuera un maldito pago por ese beso
robado a traición.
¡Malditos Morgan! ¿Cómo lo han sabido? ¿Lo sabrá más gente? Hashtag memuero.
Me subo al coche con un cabreo del quince y arranco con rapidez. Tengo que descansar un
poco antes de ir esta noche a trabajar al bar. Porque lo que hago en el AIMS son prácticas no
remuneradas y necesito la pasta.
Trece minutos después, estoy tumbada en mi cama, pero soy incapaz de dormir. No me quito
de la cabeza a los dichosos Morgan.
En el fondo, algo me dice que no es buena idea mezclarme con ellos. Yo soy una ciudadana
ejemplar que no hace locuras y busco un amor para toda la vida, no como ellos, que cada noche
están con una distinta y están como chotas.
Me meto en la conversación con Aitor para cotillear su foto de perfil y me encuentro una
estampa mortal. Sale apoyado de lado sobre una cama esponjosa, con sus incitantes ojos azules,
su dorado pelo de león y un jersey atado al cuello como si fuera un santo. Todo en él es grácil y
elegante. Parece inofensivo. Y ahí está precisamente el peligro. Por algo lo llaman
«Desvirgator».
La primera vez que lo oí solté tal carcajada que la gente que lo dijo en la barra se me quedó
mirando mosqueada. Pedí perdón y me fui con la sonrisa en la boca. Me lo imaginaba diciendo
«¡Volveré…!» y me partía de risa. Esa misma noche soñé que follaba con él y me desperté
sofocada. Ahí ya no me hizo tanta gracia. Hablo en serio al decir que tengo muy mala suerte con
los hombres. Debería hacérmelo mirar…
He estado a punto de perder la virginidad varias veces, pero a mis veintidós ya me he dado por
vencida. Según la sociedad, voy tarde, pero decidí enterrar el tema como si no existiera,
amparándome en que algo no tiene importancia si no se la das, pero… la verdad es que estoy
cansada de mi vida tal y como es. Llevo demasiado tiempo esperando ese cambio a mejor.
Procurando no meter la pata y hacer siempre lo correcto. Pero si sigo así, moriré de aburrimiento.
«Contad conmigo», le escribo a Aitor dentro de su conversación.
No tarda nada en ponerse en línea y contestar.
«¡Genial! Esta noche te llevaremos la muestra al Capitán Nemo».
Automáticamente la adrenalina atraviesa mi pecho como si acabara de lanzarme desde un
avión. ¡Esto mola!
Me he lanzado sin la certeza de si se abrirá o no el paracaídas en el último momento. O quizá
me esté tirando sin él.
3
20.000 LEGUAS DE VIAJE SUBMARINO
“Las grandes aventuras comienzan con un pequeño paso fuera de la zona de confort.”
Julio Verne

Cuando entro al pub, todavía no hay nadie. Me gusta llegar pronto.


—¡Charlotte! —me saluda el capitán sonriente—. Ven rápido. Hay que descargar los sacos de
hielo picado para la noche del granizado y meterlo en las máquinas.
En realidad, se llama George, pero todo el mundo lo llama capitán, aunque tenga menos de
lobo de mar que yo. Nada como ponerle un nombre pegadizo a tu bar. El Capitán Nemo es el
antagonista en la novela de Julio Verne 20.000 Leguas de viaje submarino, un personaje
desgraciado y obsesionado con hundir buques ingleses. Ya ves tú…
—Voy.
Paso por su lado y, tras esquivar con acierto un pequeño banco de metal que es el culpable de
la mitad de mis moratones, llego a mi taquilla. La combinación es 1618. El número áureo
(1,618), también llamado número de Dios. Suelo usarlo para todas mis contraseñas. Es una
proporción numérica que se repite en muchas figuras geométricas de la naturaleza, desde pétalos
de flores al caparazón de los caracoles. No quiero aburriros con esto, pero estas mierdas me
fascinan. Resulta que esta proporción concreta se repite sin cesar a lo largo y ancho del planeta.
¡Es como si el mismísimo universo te estuviera mandando una señal gigantesca! Una
combinación secreta que todavía no sabemos qué abre… Por lo pronto, mi taquilla.
Me enfundo la camiseta oficial del pub. Es negra y de tirantes anchos, con el logo en amarillo
fosforito. Me queda enorme porque me dieron la talla M de hombre, así que tengo que llevar otra
debajo de licra para que no se me vean las lorzas. De mujer solo les quedaba la talla XS con
ombligo al aire, y que yo sepa, todavía no soy una morcilla.
Dejo mi bolso dentro y me reúno con el equipo en la parte de atrás.
Hoy es uno de esos días en los que terminaré con agujetas fijo. El local va a llenarse hasta la
bandera. En estas noches temáticas ya es tradición que la gente acabe a cuatro patas y el suelo del
bar lleno de serrín. Bar de día, zoológico de noche.
Sobre las nueve, levanto la mirada y veo que Los Morgan están acomodados en su mesa
habitual. Está situada al fondo del local, en el punto más alejado de la salida. Siempre he pensado
que si hubiera un incendio, no saldrían vivos. Menuda pérdida…
Han venido acompañados por varios amigos y un par de chicas que no conozco. Como ya se
han tirado a todas las que les gustan de aquí, las traen de fuera.
En el intervalo de un minuto los tres han detectado mi posición. Podría acostumbrarme a esta
sensación… Pero es Aitor el que, finalmente, se acerca a la barra para hablar conmigo.
—Hola, preciosa —me saluda truhan.
—Hola, precioso.
Se le escapa una risa. Me da envidia la gente a la que todo le hace gracia. Gracia espontánea,
no ese histrionismo impuesto que fingen algunos.
—¿Qué granizado dirías que me pega más? —pregunta juguetón.
Hay cinco tipos y sé perfectamente cuál prefiere él.
—¿Esto es un examen? —lo vacilo sin dejar de trabajar.
—Sí. A ver si lo adivinas…
Su cara transmite diversión a raudales. ¡Qué envidia, de verdad! Ser el típico que siempre ve el
vaso medio lleno, el que le saca el lado bueno a cualquier situación horrible. Pero no es oro todo
lo que reluce en Aitor Morgan. A simple vista, parece más insumergible que el Titanic, pero
todos sabemos cómo terminó ese famoso barco.
—Siempre pides el Sex on the beach, pero tú eres más de Pink Lady: ginebra con sandía.
Pone una cara extraña pero divertida.
—¿Por qué piensas eso?
—Porque el vodka es demasiado áspero para tu paladar sibarita… Eres dulce por fuera, pero
amargo por dentro. La ginebra te pega más.
La sonrisa que me dedica me incinera las bragas. De pronto, me ofrece la mano, como si
quisiera que se la agarrara, y me quedo cortada. Al menos una docena de ojos nos miran y sé que
después me harán preguntas al respecto.
Cuando se la estrecho, besa mis nudillos, galán, y me pongo roja como un tomate. ¡Acaba de
recordarme a DiCaprio justo antes de volver a tercera clase! Y al igual que él, siento que
aprovecha para pasarme algo, afianzándolo en mi mano y que lo retenga.
—No te arrepentirás… —dice sin más—. Analízala y mañana nos vemos en el mismo sitio a
la misma hora.
Se va sin dejar que responda y me guardo el tubo con disimulo. ¡Esta gente vive en una eterna
película de Martin Scorsese!
No me ha dado tiempo de advertirle que sería mejor analizar una muestra fresca, no una que
lleva más de 24 horas fuera de su hábitat y le esperan otras cuatro horas en mi bolsillo pegado al
calor de mi piel.
Me excuso para ir al servicio y mandarle un mensaje a Aitor.
Sin esperar respuesta, vuelvo a salir a la barra antes de que el capitán me eche la bronca por
desaparecer estando a tope.
Mis amigas Ava y Madison, me saludan desde lejos porque saben que en días así es mejor no
venir a distraerme. Las tres compartimos un grupo de mensajes llamado Frikitas. Porque nos
hicimos amigas a raíz de compartir muchos frikismos televisivos, el más hardcore por la serie
Crónicas Vampíricas. Y no la superamos. Pero también por otras muchas series actuales y libros
de moda. Nos gusta fangirlear a tope sobre cualquier cosa.
Me sorprende que hayan traído a sus maridos; casi nunca se dejan caer por aquí. Pero hoy es
un Nemo’s day; un acontecimiento que ocurre los jueves, cuando el capitán ofrece un producto
exclusivo fuera de carta. La idea de los granizados tiene mucho tirón.
Ha venido hasta la reina de Saba, alias Freya. La chica más guapa y especial del pueblo, esa
no tiene flow tiene ultraflow, que es otro nivel. Sale con el que fue el quarterback más cañón de
la universidad de Melbourne, un tío que es, además de buen estudiante, un sujeto que todavía va
a la iglesia con sus padres los domingos. Ya sabéis lo que opino de quien ofrece ese tipo de
estampita perfecta…, luego es gente que está demasiado cómoda con un hacha cerca.
Ella es la clásica chica encantadora a la que resulta imposible odiar. Es respetuosa, humilde,
preciosa… en fin, que me la tiraba hasta yo. Cualquier hetero en un radio de veinte metros no
puede disimular que se siente atraído por ella. Todos menos uno… Lucas Morgan. ¡Tachán!
No es que yo ande buscando chismes, lo juro, es que desde mi privilegiada posición oigo y
veo muchas cosas, y sé de buena tinta que Morgan la ignora con dolor. De hecho, me he fijado
en que hace verdaderos esfuerzos por no mirarla. Excepto cuando canta, ahí tiene permiso y se
pone las botas. Todavía no os he hablado del Nemo’s day Karaoke, pero todo llegará. La cosa es
que siempre me he preguntado qué habría ocurrido entre ellos en el pasado para mantener esa
dinámica tan esquiva, pero por mucho que he indagado, nadie parece saberlo.
En todos estos años, nunca los he visto interactuar, y estoy segura de que mucha gente pagaría
por verlo. Son tan… ¡contradictoriamente afines! Ella es la niña buena y él, el chico malo.
¡BUAAAH! Vale, ya paro. Demasiadas novelas románticas de enemies… Pero ¿lo son o no? Lo
único que tengo claro es que pasó algo muy chungo entre ellos.
Una hora después, Lenny y Morgan se marchan sin ni siquiera mirarme. El único que se queda
es Aitor, sorbiendo su granizado de Pink Lady, que sí me mira fijamente. Consulto el teléfono
por intuición y descubro un mensaje suyo.
Vuelvo al aseo para leerlo en condiciones. ¿Mi vida va a ser así a partir de ahora? Es decir,
¿van a volverme loca? Porque no sé si esto está pagado… ¡Por cierto! ¡Ni siquiera me han dicho
cuánto van a pagarme! ¡Soy imbécil…! Y totalmente transparente, porque ese es el mayor
indicativo de que haría esto gratis. Admito que no puede interesarme más realizar este
experimento. ¡Me explota la cabeza! Es como estar viviendo la vida de otra persona. Una molona
y peligrosa.
Leo el mensaje:
«Han ido a por una muestra fresca. Te la darán al final de tu turno».
¡¿Han ido ahora a por ella?! ¿Y cómo piensan recogerla?
Escribo con celeridad.
«Que la recojan con guantes y una espátula de plástico estéril y lo metan en un frasco también
estéril de boca ancha con tapón de rosca. Pueden comprarlo en una farmacia».
Me tildarán de peñazo, pero ya que lo hacen, que lo hagan bien.
Al salir de nuevo a la barra lo acoso a miradas hasta que me mira y le señalo el móvil. Cuando
lo revisa, hace una llamada y respiro tranquila. Qué estrés de vida, ¿no? Pfff…
Lo siento por ellos, pero salgo más tarde que nunca y apestando a desinfectante. Me despido
de mis compañeros y localizo la pickup roja al final de la calle, cerca de mi coche. Me asomo a la
ventanilla del conductor, esperando encontrarme con los tres Morgan comprimidos dentro, y la
garganta se me cierra al comprobar que solo está Lenny.
¡Co-ño…!
No sé ni cómo consigo soltar un «Hola» desconcertado.
Por supuesto, él no contesta. Solo alarga la mano y me tiende un recipiente de plástico
parecido al de las muestras de orina.
—Vale. Gracias…
Nos mantenemos la mirada sin saber qué más decir. Los segundos caen a plomo y me siento
tonta. Él tiene ese gran toque problemático lleno de misterio, pero yo parezco una gilipollas
expectante.
—Bueno, hasta mañana —me despido sin esperar respuesta.
Entonces chasquea los dedos para captar mi atención y coge su móvil para ofrecérmelo. No
entiendo nada… ¿Me lo está regalando? Quizá sea un adelanto… es un iPhone muy chupi.
La pantalla muestra el teclado numérico de marcación de llamada y lo miro confusa. Él alza
las cejas. ¿A quién diablos quiere que llame?
Entonces me señala y vuelve a señalar la pantalla, e hiperventilo al entender que… ¡quiere mi
móvil!
Es triste que lo diga, pero puede que esto sea lo más romántico que he vivido en mucho
tiempo.
—¿Quieres que anote mi número? —pregunto derretida.
Él asiente y obedezco intentando disimular que me siento halagada. Podía habérselo pedido a
Aitor, pero hoy en día dar tu número es algo muy personal. Un gran paso. Contactas por redes
sociales en todo caso.
—Listo…
Nada más devolvérselo, tira el móvil encima del asiento del copiloto y arranca el coche
largándose sin despedirse. ¡Maldita sea! ¡Ni me ha mirado! Qué romántico todo…
Vuelvo a mi coche arrastrando los pies y me marcho. Estoy molida.
Llego a casa pensando que Lenny no me ha hecho ninguna perdida. Por lo tanto, él tiene mi
teléfono, pero yo el suyo no. ¿Para qué lo querrá?
Al revisar mis mensajes veo que tengo un par nuevos. Uno es del capitán y otro de Frikitas, el
grupo que tengo con Ava y Madi.
Primero consulto el wasap de mi jefe.
«Hola, Charlotte, te escribo porque he visto que Aitor Morgan se acercaba a la barra a tontear
contigo y después que alguien te esperaba a la salida. ¿Va todo bien? Solo quería asegurarme. Ya
sabes que si tienes algún problema, puedes contar conmigo».
Sonrío y pongo los ojos en blanco. Extiende su vena paternalista a todos los trabajadores
porque nos saca veinte años, pero he percibido un ramalazo de celos. No sé qué me ven los
millennials cuarentones… Debería haber nacido en esa generación, porque en la Z soy una
inadaptada.
Que conste que el capitán nunca ha intentado nada conmigo, pero capto que tiene cierta
debilidad por mí. Esas cosas se notan. La mayoría de los hombres mandan señales cuando les
gusta una chica. Sus pupilas se dilatan, se les bloquea el cerebro por momentos y no aguantan la
mirada demasiado tiempo, pero la prueba definitiva es que se ablandan. Y con él lo he sentido en
muchísimas ocasiones.
Por suerte, en tres años, hemos mantenido las distancias sin mayor problema. Ya sabéis, donde
tengas la olla, que no te metan la… No quiero quedarme sin trabajo. Ni sin poder venir a este
bar, que es el centro neurálgico de la juventud del pueblo.
«No te preocupes, todo está bien», contesto con un emoticono feliz.
Procedo a leer el chat de mis amigas Frikitas.
«¿Por qué te ha besado la mano Aitor Morgan? ¡Ya estás contándonoslo, perra!».
«¡Eso! ¿Qué te ha dicho? Y no te laves esa mano nunca más. Úsala bien sabiendo que sus
labios han estado ahí».
Suelto una risotada. ¡Son más bobas!
¿Qué puedo decir? Mi madre tenía razón en una cosa, haría amigas nuevas, pero no en la
universidad, sino fuera de ella. Como he dicho, no sé por qué encajo mejor con la gente mayor
que yo, y no es que Madi y Ava sean muy maduras, entre las dos no llegan a quince años, pero
oficialmente están en la treintena y casadas.
Las conocí porque da la casualidad de que Ava trabaja en la tienda de golosinas del pueblo y
yo soy su mejor clienta. Justificaba mis atracones de chuches con los maratones de la serie
Crónicas Vampíricas que me pegaba los fines de semana, y al final, empezó a verla conmigo.
Por otro lado, Madison trabaja en mi escuela de buceo favorita. Aquí el buceo es como una
religión. Y aunque era un poco escéptica al principio, cuando lo probé me maravilló. Y de tanto
volver, nos hicimos amigas.
Contesto en el chat.
«No hay nada que contar. Solo me estaba vacilando. No soy su tipo».
Ni el suyo ni el de ninguno de Los Morgan. No hay más que ver a las chicas con las que se
relacionan. Esas también son otro nivel. Yo ni siquiera estoy en el ranking.
Pero cada loco con su tema… Yo me entretengo pensando en qué tipo de alga me encontraré
al analizarlo mañana, porque no creo que sea nueva. ¿O sí? ¡Igual le ponen mi nombre a una
toxina mortal! ¡Qué ilu! Aunque sería más apropiado llamarla Morgan. Porque ellos sí que son
mortales…
Dijeron que solo querían saber lo que era, pero una vez lo sepan, querrán más. No creo que
pueda pegar ojo esta noche sin saber cuál será el siguiente paso.
4
EL ALQUIMISTA

“La posibilidad de hacer realidad un sueño es justamente lo que vuelve la vida interesante”
Paulo Coelho

Cuando salgo del AIMS, compruebo que Los Morgan son más puntuales que un reloj suizo. Los
encuentro apoyados en mi coche, está claro que se han propuesto joderme el chasis…
—¿Os podéis levantar de ahí, por favor? No sois peso pluma.
Me atrevo a decirlo porque ahora mismo son como perros. Tengo algo que ellos quieren y
permanecen atentos a todos mis movimientos. Porque sí, he tenido éxito analizando la sustancia
y sin duda han olido que traigo información golosa.
Sonrío cuando obedecen con rapidez y me miran fijamente.
«Buenos chicos…».
Mola sentir que ahora mismo harían cualquier cosa que les pidiera y disfruto por un instante
de mi momento de gloria.
—¿Qué has averiguado? —pregunta Morgan ansioso.
—Es un hongo.
—¿Un hongo?
—Un microhongo alucinógeno.
—¡Mola! —celebra Aitor feliz—. ¿Hay setas alucinógenas en el mar? Pensaba que solo
estaban en los bosques…
—Los hongos marinos viven en diversos ambientes del océano y se distribuyen desde la costa
hasta las grandes profundidades. Se cree que el 98% de ellos permanecen sin identificar. No hay
nada sobre esta especie en concreto.
—¿Dices que no está registrado en ninguna parte? —pregunta Morgan con interés.
—Que yo sepa no.
—¡Toma! —vuelve a gritar Aitor eufórico.
—No es tan extraño. Todos los días se descubren nuevas especies marinas. El 95% de los
océanos permanecen sin explorar.
—Suenas como la Wikipedia, ¿sabes? —ríe Aitor, pero no suena a burla, sino a cumplido.
De pronto, Lenny fija toda su atención en mí y me pongo nerviosa. Aunque no diga nada, algo
me hace estar atenta a todos sus gestos. Hashtag AtracciónFatal.
Será que no me fío de él. ¿Vosotros le quitaríais los ojos de encima a un tiburón mientras os
estáis bañando? El tío incluso lleva una camiseta blanca con un triángulo amarillo en el que pone
Warning. Si eso no es sinceridad, no sé lo que es…
Cuando nuestros ojos coinciden, aparto la mirada con rapidez y me llamo al orden para
continuar con mi perorata científica.
—Se dice que el reciente aumento de la temperatura de los océanos está provocando la
proliferación de algas y hongos venenosos para el ser humano. En los últimos años se ha
multiplicado la población de diatomeas, cuyos mucílagos hacen crecer estos hongos en las
piedras.
—Me suena todo a chino —dice Morgan—. Ve al grano, ¿qué sustancia química contienen?
—Un compuesto parecido a la psilocibina.
—¿Qué es eso? Y lo más importante, ¿es potencialmente mortal?
—Es una sustancia presente en hongos que suelen estar a más de mil metros de altura sobre el
nivel de mar, por eso es sorprendente. Podría ser una mutación acuática o una nueva especie…
—¿Y cómo es de nociva para el ser humano?
—Posee unas bacterias que pueden alterar el sistema nervioso. Experimentación de imágenes
y sonidos distorsionados o perder el sentido del tiempo y el espacio. Las personas que están en
contacto con la sustancia pueden sufrir episodios emocionales intensos que van desde la felicidad
al terror, pasando por la frustración, la tristeza…
—Es justo lo que me pasó a mí. Fue una flipada.
—Y las flipadas pueden ser peligrosas, respondiendo a tu pregunta.
—¿Y no podría regularse la dosis para evitar esto?
—Quizá… La cantidad ingerida tiene un papel fundamental en el nivel de intoxicación, así
como la concentración de la misma, la edad del sujeto, la biología, el sexo, la personalidad, el
entorno…
—Como todas las drogas —señala Aitor—. ¿Pero podría ser mortal en dosis descontroladas?
Ya sabes, por sobredosis, por ejemplo.
—No sé… Necesitaría hacer más pruebas. La manera más sencilla y rápida de comprobarlo es
probándolo en animales. Una vivisección.
Se crea un silencio. Parecen algo chafados. Igual son animalistas…
—En todo caso —continúo—, se parece mucho químicamente a la estructura molecular de la
psilocibina y esa sustancia está en boga en la medicina últimamente. Se dice que le está ganando
la partida a los antidepresivos.
—¿Qué significa eso? —pregunta Aitor confundido.
—Que, igual que las setas alucinógenas, es capaz de provocar cambios en la forma en la que
una persona percibe la realidad. Por eso se está haciendo fuerte en el campo de la salud mental.
Se sabe que la psilocibina tiene un bajo nivel de toxicidad y bajo potencial para causar incidentes
mortales en sí misma. Sin embargo, tomarla sin supervisión tiene sus riesgos…
—¿Como cuáles?
—Psicosis, ansiedad, pánico y paranoia extremas… Puede que incluso tendencias suicidas por
culpa de alucinaciones. Ha habido casos…
—¿Y regulando la dosis podrían minimizarse esos riesgos?
—Podría intentarlo, pero es muy subjetivo. A cada persona le afecta de una manera distinta.
—Y… ¿es de las que crea mucha dependencia? —pregunta Morgan. Su tono ha variado a uno
más amable. Ya no va de malote conmigo.
—Las investigaciones realizadas hasta la fecha sobre la psilocibina sugieren que no suele
inducir a la adicción, pero sabré más cuando haga ensayos con ella.
—No sé si os estáis dando cuenta de lo que tenemos entre manos —opina Aitor alucinado—.
Esto ya no trata solo de pagar una deuda, sino de comercializar una medicina que cure
enfermedades mentales a nivel mundial.
—Mis jefes se dedican a eso —señalo—. A sintetizar medicamentos y vender las patentes a
grandes farmacéuticas para que los desarrollen. La última que vendieron fue por más de 500
millones de dólares…
Los tres me miran con la cara desencajada.
Además de Murphy, también podéis llamarme «Bocazas». Aunque no soy la única, Aitor ha
mencionado algo de una deuda. ¿Ese es el motivo por el que quieren hacer esto?
—Gracias por la información —dice Morgan—. Pero seguro que eso de las patentes lleva
mucho tiempo y nosotros no lo tenemos.
—Por la deuda —digo sin temor a equivocarme.
Morgan mira fatal a Aitor por irse de la lengua. Este baja la cabeza.
—Eso no te incumbe… —responde mirando al suelo. Es obvio que no quiere ser brusco
conmigo porque me necesitan. Y eso me da permiso para serlo a mí.
—Si necesitáis que os sintetice la sustancia, me incumbe. Quiero saber dónde me estoy
metiendo…
Morgan me clava la mirada enfurruñado y se la mantengo con firmeza. Solo espero que no
note que me están temblando las rodillas. Tiene unos ojos tan penetrantes… Todo él tiene pinta
de serlo. Hashtag PenetranteAtope.
—Le debemos dinero a tu jefe —revela de pronto—. Si quieres saber por qué, pregúntaselo a
él, aunque yo no te lo aconsejo…
Quiero insistir en ello, pero la sorpresa me ha dejado paralizada. Y muy preocupada. ¿El
capitán? No lo entiendo. ¿Por qué se lo deben?
—¿Qué necesitarías para hacer los ensayos? —pregunta Morgan con más suavidad—. Si
haces una lista, lo tendrás todo dispuesto para esta misma noche.
—Esta noche trabajo —le recuerdo con aspereza. A ver si ahora se cree que mi vida va a
detenerse por ellos…
—¿Después del trabajo?
—¿Y cuándo descanso? Entre semana estoy aquí y por las tardes ayudo a mi madre. Los fines
de semana curro en el pub por las noches.
—Ayer fue jueves —inquiere Aitor.
—También trabajo los Nemo’s days.
—La noche es joven, sales a las 3, ¿no? —dice Morgan. Abro la boca para quejarme, pero
sigue hablando—. Vamos a contrarreloj. ¿No quieres ganarte un dinerillo extra?
—¡Si no tenéis dinero! —exclamo sin pensar. ¡Ay, Dios…!—. Quiero decir… Lo debéis… —
y de pronto caigo—. ¿Es mucho?
Morgan y Aitor no saben dónde meterse, el único de los tres que mantiene la calma es Lenny,
que me mira torciendo la cabeza curioso. Cumple todos los cánones de asesino en serie.
—Tú eres una inversión, Charlotte. Te pagaremos seis mil dólares funcione o no. Solo por tu
tiempo y tu silencio. Pero si se te ocurre decírselo a alguien…
—Joder —Me sujeto la cabeza. Sus amenazas denotan lo mucho que hay en juego para ellos y
siento que están depositando demasiada fe en mí. La verdad es que deberle dinero al capitán no
suena nada bien. Es padre de todos, pero su verdadero hijo es su empresa. Y por su empresa MA-
TA.
A la mierda… ¡Ahora tengo que ayudarles me guste o no!
—Has dicho de empezar esta noche, ¿dónde lo haríamos?
Morgan me mira agradecido y se moja los labios para contener la emoción ante mi luz verde.
Es increíble captar su interés así. Satisfacerle te hace sentir importante.
—No tenéis que pagarme por ahora —digo de pronto—. No diré nada. Y si lo consigo, ya
hablaremos de mi porcentaje…
Los tres se quedan en silencio sin saber qué decir. Seguramente no recuerden ni cómo se dan
las gracias.
—El plan es montar un mini laboratorio en el sótano de nuestra casa —explica Morgan.
—Como en la serie Breaking Bad —añade Aitor divertido.
—¿Sabéis cómo acaba esa serie? —digo con ironía.
—Esto es diferente —defiende Morgan—. En cuanto saldemos la deuda, dejaremos de
hacerlo. Y pondremos la sustancia en manos de tus jefes. ¿Te parece bien?
Levanto una ceja. ¿Desde cuándo la avaricia no rompe el saco?
—¿Por qué me miras así? —pregunta extrañado.
—Porque nadie en su sano juicio renunciaría a ganar dinero fácil.
—No es mi idea de futuro prometedor montarme un negocio ilegal —replica Morgan—. Pero
esto es una emergencia. Y todo el mundo se salta ciertos límites cuando la cosa se pone fea.
«¿Fea?», repetiría perpleja, pero me quedo muda. Como Lenny.
¿Qué le dejó a él sin palabras? Me lo pregunté la primera vez que supe que no era de
nacimiento. Me pone muy nerviosa que no hable. Porque sí mira y juzga. Y me intriga saber lo
que piensa. Pero algo me dice que es mejor que no indague en sus vidas ni en lo que se traen
entre manos.
La cuestión es… ¿estoy segura de querer meterme en esto? ¡Estamos hablando de diseñar y
distribuir una droga! Pero a la vez me pica mucho la curiosidad por investigar la sustancia.
Podría ser algo innovador a nivel químico, y como he dicho, tampoco tengo mucha alternativa.
Lo harán conmigo o sin mí. Pueden joderme la vida si no colaboro.
Tomo una decisión. Pero hay que atar los cabos sueltos.
—Ayer dijiste que soy perfecta porque pasaría desapercibida, pero te equivocas. El capitán ya
me ha preguntado qué lío me traigo con vosotros, mis amigas también, y si voy a entrar y a salir
de vuestra casa varias veces voy a necesitar una explicación plausible.
—Es verdad —coincide Aitor—. La gente vive muy pendiente de nosotros porque les aburre
su vida. Ayer, por besarte la mano, un puñado de personas me preguntaron si hemos follado. Lo
siento, pero no se me ocurrió otra forma de pasarte la muestra.
—Es buena idea… —dice Morgan pensativo, como si estuviera manteniendo una
conversación paralela consigo mismo—. ¿Y si dices que vienes a nuestra casa a follar?
Abro mucho los ojos.
—¡¿PERDÓN…?!
—¿Qué hay más creíble que eso?
Los miro de hito en hito, sin saber si sentirme ultrajada o halagada. ¡Esto es muy fuerte!
¿Habla en serio?
—¿Bromeas…? ¡Nadie se lo va a creer! —chillo, para mi desgracia.
—¿Por qué no?
Morgan arruga el ceño y juro por Dios que me dan ganas de abrazarlo. ¡¿Dónde coño está la
cámara oculta?!
Hablando de cámaras, en este edificio tan cool hay unas cuantas por aquí fuera. Y aquí trabaja
gente muy avispada… Algunos hasta leen la mente, como «Mobydick». Es como llaman a mi
jefe, Dani, una de las personas más especiales que he conocido. El día que vino a buscarme
personalmente a la universidad me replanteé mi vida entera.
—Charlotte tiene razón… —concuerda Aitor—. A la gente le extrañará que una chica tan lista
se nos acerque.
Soy incapaz de retener una carcajada. ¡Esto es demasiado!
Que los tres me miren confusos todavía me provoca más risas.
—¡Madre mía! ¡¿Sois tontos o qué?! —sonrío desquiciada—. ¡Nunca me acercaría porque soy
fea y vosotros guapos! ¡Yo soy rara y vosotros guays! ¡Por eso nadie se lo creerá! ¡Porque yo soy
una marginada y vosotros los puñeteros reyes del baile, joder!
Se hace un silencio tenso.
—¿Lo somos? —pregunta Morgan por lo bajo a Aitor.
—Que yo sepa no.
—¿Tú qué piensas? —consulta a Lenny. Y resopla un «Ni de coña».
Después me miran como si fuera extraterrestre.
Son lerdos, de verdad. ¡Lo digo de corazón! Muy guapos pero lerdos.
—¡Tengo una idea! —exclama Morgan con renovada esperanza. Pero ahora mismo no doy un
duro por su materia gris—. ¿Sabéis con quién encajaría de puta madre «C»? ¡Con Lenny!
Mi cerebro es incapaz de asimilar esas palabras. Ninguna de ellas.
Primero por lo de «C». ¿Va por mí? ¿Esa C es de Carlota? Porque solo con eso ya podría
desmayarme. ¡Ha sonado a que ya soy parte de la banda! Pero luego ha soltado lo de Lenny, y
ya, colapso total…
¿Yo con Lenny? ¡Por Dios!
Mis ojos vuelan hacia los del susodicho y caen presa de su oscura mirada. Siento que me arde
hasta la orina. ¡¿Cómo puede ser tan…?! Pff.
—Pensadlo bien —continúa Morgan—. Si decimos que Charlotte está saliendo con Lenny,
nadie se atreverá a cuestionarlo. ¡Y puede colar porque los dos son unos empollones!
¡¿Lenny es un empollón?! ¿Desde cuándo? Sé que está en mi curso, pero sus notas no
destacan. Nunca le he visto en la biblioteca. ¡Si fuera uno de nosotros, lo sabría!
—Podría funcionar… —opina Aitor—. Los cerebritos se entienden.
—¿Lenny es un cerebrito? —pregunto desconcertada.
—Se saltó dos cursos en el colegio. Empezó la universidad con dieciséis… Tiene dos años
menos que tú, C.
Mi boca se abre sola. ¡¡No es posible…!! Lo miro alucinada. No parece más joven que yo. Lo
que parece es que puede mandarme de un puñetazo a la semana que viene.
—¿Y por qué no saca mejores notas? —discurro. Lenny me clava una mirada intimidante. Le
he ofendido. Genial…
—Le bajan la nota porque no va a clase ni hace los trabajos. Trabaja de cortafuegos para
Google y no tiene tiempo para nada más.
¿Es informático? No tiene pinta… Más bien tiene pinta de venir de darle una paliza a alguien
en un sótano.
—Cuadra perfecto —decide Aitor—. ¿Por qué no ibais a congeniar?
«¡¿Porque no estoy buena?!», me gustaría haber gritado. Pero un ser superior me ha agarrado
la lengua. Creo que lo llaman Ego.
—¿Tú qué dices, Lenny? —Le pregunta Morgan a su primo.
La respiración se me corta de golpe cuando me observa fijamente. «Chaval, sería un muy mal
momento para volver a hablar y decir que no». Sin embargo, se encoge de hombros y resopla con
suavidad.
—Eso es un sí —traduce Aitor.
—¡Listo! —Da una palmada Morgan—. Esta noche Lenny te recogerá al terminar tu turno y te
traerá a casa como si fueras su ligue.
—¿Y mi opinión no cuenta para nada? —digo indignada.
Los tres me miran sin comprender. ¡Y eso es justo lo que me molesta! ¿Cómo voy a explicar
yo que estoy saliendo con Lenny?
—¿Te parece mal? —pregunta Morgan—. El tío es un genio y es guapete —Le coge el
mentón como si fuera un caballo de subasta. Lenny hace un gesto brusco para que deje de
tocarle.
¡A eso me refiero! ¡Gracias! ¿No se dan cuenta de que es un ser indomable y de que yo no soy
precisamente una amazona?
Los tres me miran esperando una respuesta. Creo que acabo de meterme en un buen lío.
5
EL PADRINO
“Le haré una oferta que no podrá rechazar”
Mario Puzo

La chica se muerde los labios.


—¿Cuál es el problema? —pregunto. Aunque ya sé la respuesta.
Ella tenía una vida tranquila, y ahora nos ha conocido y se la vamos a joder. Solo espero poder
recompensárselo en el futuro.
El día que llegó a mis oídos que era un genio, empecé a observarla. Sabía que servía copas en
el Capitán Nemo y me di cuenta, por cómo trataba a los demás, de que era una de esas personas
bondadosas que haría cualquier cosa que le pidieras. La mayoría de la gente va a su rollo, paga
sus problemas con los demás y huye de complicarse la vida, pero ella no; Charlotte es una luz en
la oscuridad. Por eso Dani la fichó.
Dani es una de las personas que más admiro en el mundo. Es uno de los mejores amigos de mi
padre y el jefe de Charlotte en el AIMS. Yo no diría que es superdotado, más bien, divergente…
Su hipersensibilidad con el entorno natural lo convierte en un ser evolucionado según Darwin.
Lo de estar mimetizado con cada átomo, lo hace muy especial.
Pero a lo que iba… Lo último que deseo es apagar la luz de Charlotte, porque la gente como
ella es la esperanza del mundo, lo que sobran son tíasbuenas frívolas que solo les importa su
aspecto y lo fuerte que les folles para incrementar su amor propio. Sin embargo, C es un alma
pura. Una que no sabe cómo expresar con tacto que alguien como Lenny jamás podría
enamorarla.
—Es que… —empieza renqueante—. Mis amigas me conocen bastante bien y no creo que se
crean… Mmm…
—¿…lo que has visto en él? —la ayuda a terminar la frase Aitor. Otro buen samaritano. Uno
muy cabrón—. ¿Acaso no te parece guapo?
¿Veis?
—¡No es eso! —exclama ella agobiada con la cara roja. Omito una sonrisa.
—Entonces, ¿qué pasa?
Charlotte y Lenny se miran de nuevo y siento que la tensión está provocando daños
irreversibles en nuestros órganos internos.
—¡Es que no pegamos ni con cola! Él es… y yo….
—Puede que no peguéis —le concedo—. Pero vuestros cerebros sí, y eso es algo que la gente
puede entender. El amor es ciego y la belleza está en el interior. ¿Es así? —cuchicheo con Aitor.
—Sí.
—Pues eso. Los genios os comprendéis entre vosotros. No hay nada más atractivo que la
inteligencia, ¿verdad, Lenny?
Vuelven a mirarse con tanta intensidad que casi se me pone dura.
¿Cómo sería un polvo entre la Bella sabelotodo y el muy Bestia…?
«No vayas por ahí», o empezaré a verlo todo rojo-Japón-sake-wasabi.
—Ayudaría que esta noche te pusieras algo de escote —sugiere Aitor. No es un cabrón… ¡Es
un cabronazo!
—¡No pienso hacerlo! —exclama ella enfadada—. ¿No se supone que se ha enamorado de mi
inteligencia?
—Sí, claro, pero las manos siempre van al pan…
—Aitor… —lo corrijo, aunque por dentro me esté partiendo de risa—. No le hagas caso, C, el
escote no es necesario. La historia de los empollones se vende sola —zanjo.
—O puedes contarle a tus amigas que le mide veinticinco centímetros —insiste mi hermano
—. Ya verás como no les extraña…
Ella abre mucho los ojos y empieza a hiperventilar. Me divierte verla mirar a todas partes en
busca de oxígeno, pero pongo fin a su agonía diciendo:
—Manda una lista con todo lo que necesites a Aitor. Esta noche haremos el paripé para que
quede creíble que te vienes a nuestra casa después del trabajo y así podrás empezar con los
ensayos.
—¿Hasta qué hora tendré que estar allí?
—¿Qué te parece hasta las seis de la mañana? Más o menos será cuando termine la fiesta…
—¡¿Qué fiesta?!
—La que vamos a montar en casa. La tenemos programada desde hace semanas y ahora no
podemos anularla, pero tranquila, no te molestaremos. Nos vemos esta noche. ¡Vámonos, chicos!
—Pero… —La oigo protestar.
Ya no me vuelvo. Si lo hiciera, se cabrearía fijo al ver mi sonrisa, y suficiente movida voy a
tener ahora con Lenny en el coche…
Hace años que dejó de hablar de la noche a la mañana; ahora solo gruñe, y ha desarrollado un
nuevo lenguaje de bufidos que he logrado catalogar en «Que te den por culo», «Ni de coña» y
«Solo por ser tú». Antes era un tipo simpático. Me refiero a antes de toparse con un tío en plena
noche en el interior de su casa, apuntando a sus padres con una Glock 45. Los psicólogos no
dieron con la solución a su mutismo, pero yo confío en que algún día volverá a hablar. De
momento, se hace entender con miradas asesinas.
Me subo al vehículo y arranco en cuanto los demás están a bordo.
Percibo la mirada de mi primo, sentado a mi lado, clavada en mi cara.
—No me mires así —murmuro culpable—. Era la mejor solución.
Resoplido de «Que te den por culo».
—Funcionará. Aitor es un bocazas y todo el mundo sabe que yo ahora estoy con Livy.
Oigo un golpe en el salpicadero. No me hace falta mirarle para saber lo que quiere decir. Lo
oigo como si lo dijese.
Ese golpe significa «¡¿Y yo qué?! También estoy con Pam».
—Lo de Pam no es nada serio —alego—. De hecho, se sorprendería si volvieras a llamarla.
Empezar algo serio con Charlotte tiene mucho más sentido para ti.
Resopla un «Ni de coña».
Me muerdo una sonrisa en los labios por su mutua tozudez. Me corto. Si me la ve, es capaz de
darme un puñetazo mortal.
Lo veo escribir en su teléfono. Solo lo hace cuando no le queda más remedio. No creáis que
mantiene largas conversaciones con nosotros vía WhatsApp. Es más, cuando lo usa, suele poner
solo una palabra.
Miro a Aitor por el retrovisor y lo veo consultando su móvil.
—«Paripé» —me traslada.
—¿Que qué paripé tendrás que hacer esta noche en el bar?
Lenny asiente.
—El justo y necesario.
—Sí, tío, no te extralimites con la pobre Charlotte, a ver si se va a enamorar de ti de verdad…
Esas palabras me dan una idea.
—Escuchadme bien los dos. Ahora C es una de nosotros. Lo que la hace intocable. Os prohibo
que intentéis nada con ella. ¿Me habéis entendido?
—Eso, tú conviértela en algo prohibido…
—Si me entero de que os la estáis beneficiando, os la corto, lo digo en serio.
—Uh… ¿detecto cierto interés en ella, L? ¿La quieres para ti?
—No. Es que nos va a ayudar y lo último que quiero es joderla. Así que no lo hagáis
vosotros…
—No joder con ella. Lo anoto por si se me olvida.
—Que no se te olvide, hermanito. Además, se supone que está con Lenny.
—¿Y eso no debería darle derecho a…?
—No acabes esa frase —lo corto raudo—. Dejadla en paz. Tiene trabajo.
Lenny agarra su teléfono y escribe de nuevo. Se me queda mirando y espero a que Aitor me lo
diga.
—«¿No voy a poder follar con nadie?» —verbaliza la queja—. ¡Guau, una frase muy larga
para ser tú! Por sexo tenía que ser.
—Con nadie —contesto a su pregunta. Lenny suelta el bufido de que me den por culo—. Por
si no te acuerdas, estamos metidos en esto por ti, así que tienes que apechugar con esto…
—No se lo restriegues al pobre —dice Aitor.
—No era mi intención…
—¡Me refiero a que en mucho tiempo no va a catar ni muslo ni pechuga! ¡¡Au!! —grita
cuando Lenny echa el brazo hacia atrás y deja caer un puño sobre su rodilla con fuerza—.
¡Mamón, va a salirme un moratón de la hostia! —Se frota con ganas—. ¡Y la semana que viene
pensaba estrenar mis bermudas burdeos!
—Así irás a juego —me burlo. Lenny sonríe, pero sigue enfurruñado.
—Será por poco tiempo… Y merecerá la pena, ya verás.
Resoplido de «Por ser tú».
Pero todo esto no es por mí, sino por él, como he dicho.
La semana pasada el angelito la lio parda en el local del capitán.
Hace años que sospecho que el propietario utiliza su negocio como tapadera para blanquear el
dinero que gana distribuyendo droga; para mí, salta a la vista que vive muy por encima de sus
posibilidades.
En realidad, es un mero intermediario entre los que la venden y los que la compran, y, por si
no lo sabíais, el distribuidor es quién más dinero se lleva en cualquier negocio.
Esa fatídica noche, Kali y sus amigos nos buscaron las cosquillas.
Qué mal me ha caído siempre ese chico… Precisamente es el hijo de Dani. Su otro padre es un
famoso ex jugador de futbol. ¿Cómo puede ser Kali tan gilipollas teniendo los padres más guays
del mundo?
Dani tiene más tatuajes y piercings que nadie que haya visto en mi vida y es un tipo profundo
e inteligente. Al contrario que su hijo, que no puede ser más Negro-Mordor-cianuro-chapapote.
Lo adoptaron en Etiopía en unas condiciones de pobreza extremas y lejos de sentirse «diferente»,
aquí se creyó el puto Baltasar…
Nunca lo hemos tragado. De pequeños, compartimos infinidad de comidas, quedadas y
cumpleaños, hasta que nuestros padres se dieron cuenta de que siempre terminábamos
peleándonos.
Pero lo peor llegó en la pubertad con tanta hormona desatada y tantas miraditas hacia mis
hermanas y a mi prima Luz. Queríamos partirle la sonrisa de imbécil que ponía cada vez que les
guiñaba un ojo y ellas suspiraban.
—Seguro que la tiene enorme siendo negro —apostaba Luz.
—Tiene un cuerpazo de infarto… Pura potencia —fantaseaba Cora.
—Todo lo que tiene de fuerte, lo tiene de idiota —renegaba Lía.
Su animadversión por él no pasó desapercibida para Kali y su pasatiempo favorito era hundir
su autoestima mientras intentaba ligarse a Cora y a Luz. Así, de paso, nos molestaba a todos.
Ya os contaré, pero fue el culpable directo o indirecto de destrozar a mi familia. Es cierto que
las cosas ya estaban tensas y extrañas, pero la intervención de Kali terminó de joderlo todo. Y
según mi padre, me correspondía a mí haberlo evitado. ¡A mí! No pude flipar más… Siempre me
hacía responsable de todo por ser el mayor. Pero mejor voy a dejar este tema para más
adelante…
Os contaba que la semana pasada, el imbécil de Kali originó una pelea con Lenny en el
Capitán Nemo. Sabe muy bien cómo provocarle.
—Los Morgan han llegado, el nivel de glamour acaba de caer considerablemente —le oímos
decir cuando entramos por la puerta.
Su grupo siempre se sienta en la mesa más cercana a la salida.
Lenny se paró y se le quedó mirando con desprecio.
—¿Tienes algo que decir? ¿El gato que se comió tu lengua te la ha devuelto? —se burló Kali.
Lenny se acercó a él, y Kali, prácticamente del mismo tamaño, se le encaró encantado. Era el
único que se atrevía a hacerlo. Su superioridad física lo avalaba. Y su locura también. Eran dos
bombas de relojería…
—¿Has pensado en comprarte una sonrisa? Igual te arreglaría esa cara de amargado que tienes
siempre… —formuló Kali.
—Lenny, déjalo… —Le dije largándome y confiando en que siguiera mi ejemplo. Era la única
baza que tenía. No darle importancia a su numerito.
—Ignóralo —musitó Aitor—. Es justo lo que quiere, tu atención —Lo instó a seguir, pero
Lenny no tenía intención de marcharse sin más.
Alzó la mano y volcó la jarra de cerveza que estaba bebiendo Kali, el cual se apartó de golpe
para no mancharse.
—¡¿Tú eres tonto o qué te pasa?! —protestó enfadado.
—¡Uy, qué torpe eres, Lenny! —clamó Aitor teatral—. ¡Kitty, cielo, ¿puedes venir a limpiar
esto, preciosa?! —llamó a una camarera.
Para entonces, entre la nariz de Kali y la de Lenny solo había tres centímetros.
—Chicos, parad —Vi que intervenía Freya entonces.
Freya. Freya. Freya… No había querido ni mirarla al pasar. Había captado su presencia de
lejos, tan perfecta y angelical como siempre, al lado del anormal de su novio Christopher.
Los padres de Kali, después de lo que ocurrió en la Navidad de mis diecisiete y sabiendo que
yo iría a la Universidad de Brisbane, decidieron mandar a Kali a la Universidad de Melbourne,
para no toparnos en el Campus. Allí Kali entró en el equipo de fútbol australiano, que es una
mezcla entre el fútbol español y el rugby, y conoció a Christopher Hewitt. Digamos que se
juntaron el hambre con las ganas de comer… Kali era un lobo, pero Chris era mucho más
peligroso. Porque lucía una espléndida piel de cordero.
—Se merece que le rompas el puto vaso en la cabeza —masculló el figura. Él nunca hacía
nada, pero dirigía a sus esbirros.
Kali fue a coger el vaso para cumplir sus órdenes, y por suerte, se le resbaló de la mano y cayó
al suelo rompiéndose en mil pedazos.
—Trae también el recogedor, Kitty —dijo Aitor aliviado—, tenemos a otro torpe por aquí…
—La gente se rio y la furia en la mirada de Kali aumentó.
No tardó en coger un cristal puntiagudo y amenazar a Lenny.
—Si quieres te hago la sonrisa del Joker, así sonreirías siempre…
En ese momento, llegaron Cora y Lía, y Kali soltó el cristal al momento, como si se hubiera
desconectado de una maldad a control remoto con la que hubiera perdido la conexión al instante.
—¡Hola! —saludó mi hermana sonriente—. Uy, ¿qué ha pasado aquí? —dijo observando el
suelo asqueada.
—Se ha caído una copa —contestó Kali sumiso y luego la besó recreándose un poco en ello.
La camarera apareció con la fregona.
—Vaya… Gracias, Kitty. —Le dejó espacio Cora.
Aitor aprovechó para empujar a Lenny lejos de ellos y salvar la situación, pero las miradas de
rencor no pararon de sucederse en toda la noche anunciando que aquello no había terminado. De
alguna forma, todos sabíamos que las caricias femeninas de última hora quedarían relegadas por
puñetazos masculinos.
Kali estaba especialmente cariñoso con Cora, como si lo que fuera a ocurrir pudiera apartarlo
de ella y estuviera aprovechando hasta el último minuto. Yo me puse de espaldas para no ver
cómo le metía la lengua hasta la campanilla, pero Lenny no perdió detalle y fue tragándose todas
las miradas lascivas y fanfarronas de su adversario.
Mi primo siempre había sido muy protector con Cora porque era la pequeña de la familia y
porque se parecía mucho a su madre de niña.
Cuando Lenny se levantó en busca de Pam, se encontró con Kali a solas en medio del local.
Fue una de esas coincidencias cósmicas que no deberían pasar nunca, pero así fue.
—¿De caza, mudito? —provocó Kali—. Si no te conociera, diría que verme devorar a tu
prima, te ha dado hambre. No te culpo. Está casi tan buena como tu madre…
Lenny achicó los ojos. No había vuelta atrás.
—No me mires así, tío, sabes tan bien como yo que mis primeras pajas fueron pensando en tu
vieja. Y Cora es su viva imagen…
Primer empujón. Violento. Agresivo. Inhumano.
—No me toques, joder. No quiero que se me pegue tu trastorno del habla.
Me levanté porque vi que el enfrentamiento era inminente.
—De momento, me conformo con Cora, pero algún día tu madre se subirá a esta —susurró
agarrándose la polla—. Y disfrutará como nunca lo hizo con tu padre. Será algo prodigioso.
Además, desde que está soltera es presa fácil… Seguro que está cachonda.
Estaba a punto de llegar a ellos cuando Lenny le dio tal cabezazo a Kali que pensaba que lo
había matado allí mismo. Cayó al suelo, llevándose las manos a la cara. En cinco segundos, todo
estaba lleno de sangre y la gente se apelotonó horrorizada.
—¡Hijo de puta…!
Le había roto la nariz y no era capaz de levantarse del suelo. Quise ayudarlo, pero era más
importante retener a Lenny que ya volvía a por él. Lo agarré, y Kali aprovechó para ponerse de
pie y volver a encararlo.
—¡Puto loco! ¡¿No sabes entender una broma o qué!?
Se agarraron de nuevo.
—¡¡LENNY, QUIETO!! ¡Suéltalo! —grité.
Al ver que no podía con él, algunos amigos me ayudaron, agarrándolo de los brazos para
reducirlo.
Entonces, Kali rompió una botella de cristal contra una mesa para defenderse.
—Te voy a hacer sangrar, cabrón… ¡Alguien tiene que enseñarte que no puedes ir por ahí
abusando de la fuerza bruta!
Lenny estaba indefenso porque lo teníamos sujeto y no me quedó más remedio que
interponerme. ¿Y si no llego a hacerlo? ¿Quién era el loco allí?
Agarré la muñeca de Kali para impedir el desastre.
—¿Qué coño crees que estás haciendo? —mascullé alucinado.
—Ojo por ojo… —musitó Kali.
Retorcí con fuerza su antebrazo hasta que soltó el cristal y gruñó.
—¡No te metas, Morgan! ¡Esto no va contigo!
—Claro que va conmigo. Es mi primo.
—Ese salvaje no es humano. Acabará en la cárcel y tú con él.
—Y tú acabarás muerto —Me salió del alma decir.
El problema es que mucha gente lo escuchó. Pero no era una amenaza, solo algo que creía
firmemente porque los bocazas como él, tarde o temprano, acaban así cuando se cruzan con
quien no deben.
—Suéltalo, Morgan —dijo una voz autoritaria. Era Christopher, alias el diablo con voz de
profeta—. Quítale las manos de encima…
Le empujé para alejarlo de mí y sentí a Lenny dispuesto a mi espalda.
—Hay que ver cómo os gusta ser el centro de atención…
—Si le pusieras bozal a tu perro, esto no pasaría —contesté locuaz.
Chris sonrió con inquina.
—Me tienes un poquito harto, Morgan…
—Yo, sin embargo, nunca pienso en ti.
—Lo dudo mucho. Voy por delante de ti en la mayoría de las clasificaciones de surf…
—No en todas. Y tampoco me quita el sueño. No quiero dedicarme a eso profesionalmente.
—¿Y por qué compites conmigo por el patrocinio de Rip Curl?
—Ventajas sociales… ¿Has visto a las chicas de Rip Curl?
—No. Yo ya tengo a la mejor chica del mundo —se pavoneó.
—Mejor. Más para mí…
Su sonrisa denotó que quería chulearse de que su harén no se limitaba solo a Freya, pero se
calló. Ese tío era escoria. No la merecía. Pero ella ya no era asunto mío.
La cosa podía haberse complicado por las ganas que nos teníamos desde hacía demasiado
tiempo, pero Freya, Cora y todas sus amigas no tardaron en aparecer en escena.
—¡¿Qué te ha pasado?! —gritó Cora al ver a Kali ensangrentado.
Se preocupó por su cara y volvió a mirarme con odio.
—¡Basta, Lucas! ¡Dejadlos en paz de una vez!
—Marchaos los dos ahora mismo —apareció el capitán señalando a Kali y a Lenny—. Y no
volváis a pisar mi local hasta la semana que viene, a ver si se os deshinchan un poco los huevos.
¡Largo!
En ese momento, la policía entró en el bar y ordenó a todo el mundo que nadie se moviese. El
capitán desobedeció desapareciendo con sigilo.
—¿Qué está pasando aquí? —bramó un agente—. Nos han llamado.
—¡Que este puto engendro me ha atacado! —explicó Kali furioso—. Debería estar en un
centro. ¡Es un peligro para la sociedad! —Lenny se lanzó a por él empeorando las cosas.
—¡Ponedle una camisa de fuerza ya! —remató Kali—. Pronto empezará a salirle espuma por
la boca…
Lenny se enfureció entre mis brazos, dándole la razón. La cosa pintaba mal. Caqui-
Albuquerque-mierda-
—¿Quieres calmarte de una jodida vez? —musité en su oído ejerciendo fuerza mientras el
policía nos miraba mosqueado.
—Suéltalo, chico —me ordenó para ponerle a prueba. Si atacaba, lo detendría en el acto. Y si
le hacían pruebas psicológicas en comisaría y no las pasaba, quizá ya no volvería a casa.
—Por favor, Lenny, voy a soltarte —murmuré acojonado. Pero no quería porque notaba que
seguía haciendo fuerza contra mí para liberarse. No sabía qué coño le habría dicho Kali, pero
nunca lo había visto así.
—Bob… —intervino Freya de pronto, llamando al policía por su nombre de pila. Su padre
tenía muy buena relación con las fuerzas de seguridad del pueblo. Y todos sabían que ella era la
niña de sus ojos—. Yo lo he visto todo, en realidad, no ha pasado nada. Al principio de la tarde
han tirado un vaso sin querer y se han ido calentando durante el resto de la noche, pero George
acaba de echarlos del local y ya se iban.
Ella me miró señalando que nos fuéramos rápido y me llevé a Lenny de allí casi a rastras. No
tuve oportunidad de darle las gracias, pero ese gesto no dejó de dar vueltas en mi cabeza durante
toda la madrugada. Freya me había mirado. Me había hablado sin palabras.
Horas después, logramos sonsacarle a Lenny que Kali se había metido con su madre. Kali
sabía muy bien que ese era un tema tabú para él. Mis tíos Luk y Ani se divorciaron a raíz de un
ataque a mano armada que sucedió en su casa cuando Lenny tenía diez años. Y no me extrañó,
porque lo que ocurrió fue muy grave y nunca se perdonaron que Lenny no hubiera vuelto a
hablar desde entonces.
La misma noche de la pelea llamaron a la puerta de nuestra casa a las tres y media de la
mañana y nos sorprendió ver que era el capitán.
Le dejamos pasar y nos contó una historia que nos dejó helados.
—Tengo un problema, chicos. Y si yo tengo un problema, vosotros también, porque esto ha
sido culpa vuestra. Suya, de hecho —Señaló a Lenny—. Habéis atraído a la policía al pub el peor
día posible… Teníamos un cargamento recién llegado de cuatro kilos de cocaína que debíamos
distribuir mañana y hemos tenido que tirarlos por el retrete para no terminar todos en prisión. Me
debéis setenta mil dólares.
—¡¿QUÉ?! ¿Pero por qué la has tirado? ¡No han registrado el local!
—No podía arriesgarme, muchas veces lo hacen. Y si tu primo no se hubiera puesto tan
violento, nadie habría llamado a la policía. La responsabilidad es vuestra. He convencido a Kali
para que no presente cargos. Lo ha dejado hecho un cuadro…
Aitor y yo nos miramos asustados. Ni me molesté en buscar la de Lenny, porque su mirada ya
andaría perdida intentando gestionar la que acababa de caernos encima por su pronto asesino.
—No tenemos el dinero —admití.
—Pues pedídselo a vuestros padres o pedid un crédito, no es mi problema. Yo tengo que pagar
a gente muy chunga a final de mes si no quiero que me maten y si les cuento lo que ha pasado, se
nos cepillarán a todos.
—Págales tú y te juro que te lo devolveremos poco a poco —sugerí.
—Ni hablar. Pero hay otra posible salida…
—¿Cuál? —pregunté con avidez.
—Denunciar a Lenny por romperme algo del bar y que me lo pague el seguro. Pero el chaval
tendría que responder ante los loqueros y algo me dice que no saldría bien parado…
—Esa no es una opción —contesté enseguida.
—Bien, pues necesito la pasta en un mes, que es cuando se supone que vendrán a por ella tras
venderlo todo. Si se enteran de lo que ha pasado, estamos bien jodidos.
No dormí en toda la noche pensando en una posible solución, pero todos los caminos
conducían a que necesitábamos más droga para reponer la perdida. Y si no había, ¡tendríamos
que inventárnosla! Entonces recordé lo ocurrido la noche de la superluna.
La idea había vuelto a mi mente en varias ocasiones. No pensando en hacer negocio, sino en
volver a experimentar lo que sentí, de ahí mi reincidencia. Fue un viaje muy catártico para mí.
Un antes y un después.
Según la película Del Revés, nuestra mente es un gran archivador lleno de bolas de colores en
las que guardamos los recuerdos. Con el tiempo, muchos van perdiendo nitidez y color hasta que
se apagan y caen en el olvido definitivamente. Y los míos con Freya eran una mancha borrosa
enterrada en el fondo de mi alma, pero esa sustancia me sumió en un estado onírico que me hizo
rememorar escenas y sentimientos con una nitidez sorprendente.
Freya y yo de la mano.
Freya y yo juntando nuestros labios.
Freya y yo encerrados en un armario a oscuras.
Sintiendo algo que no quería seguir ignorando por más tiempo.
6
LA DIVINA COMEDIA
“Debes aquí dejar todo recelo,
debes dar muerte aquí a tu cobardía"
Dante Alighierie

«Mantén la calma, Carlo», pienso cuando los veo aparecer en el pub.


Lo confieso: estoy histérica. Necesito que alguien me explique en qué consiste exactamente el
paripé que vamos a montar para que se crean que Lenny y yo tenemos algo.
¿No irá a besarme o algo así…? Porque creo que me desmayaría de la impresión… Estoy muy
oxidada en cuanto a relaciones. Y desde luego, no estoy preparada para capear a un toro bravo.
Les he mandado una lista de los artículos que necesito para empezar a trabajar, pero no sé si
les habrá dado tiempo a conseguirlo todo. ¿Cómo será el laboratorio? ¿Me van a tener
encadenada a su sótano?
Necesito alguna prueba de vida por si terminan secuestrándome.
Cojo mi móvil y les saco una foto a Los Morgan de extranjis; medidas desesperadas. Mis
amigas tienen que saber con quién estoy por si desaparezco.
Tecleo rápido:
«Si no me encontráis, me tienen ellos. Son Los Morgan».
Vuelvo a guardarme el teléfono en el pantalón y sonrío pensando en las posibles respuestas a
ese mensaje. Ayyy, si no fuera por estas cosas, ¿qué sentido tendría vivir?
Es noche de viernes y transcurre con relativa normalidad, al menos hasta que Aitor me hace un
gesto para que vaya a su mesa. ¡Pero si están con más gente! Tom y Jerry se sientan con ellos.
Podéis reíros, yo también lo hice cuando me enteré de cómo se llamaban. Tom Willis y Jerry
Brown. Cuando están todos juntos, los llamo la pandilla Goofy.
Yo no suelo salir de la barra. Preparo los pedidos junto con otros camareros y Kitty y Mandy
se encargan de llevarlos a las mesas y de atenderlas, pero si estoy parada, puedo salir a recoger
vasos y a limpiar. Y en cuanto tengo oportunidad, me escapo para ir a su mesa.
¿Tenéis idea de la cantidad de veces que he fantaseado con acercarme a ellos así? Solo por
curiosidad. Solo para que me miraran una vez y sentir que existo por un momento.
—Hola, guapa —me saluda Aitor.
—Hola, guapo.
Sonríe. No falla. Miro a Morgan y después a Lenny; este último levanta la mano a modo de
saludo con más amabilidad de lo habitual.
—Hola… —musito cohibida.
Nos mantenemos la mirada y Tom y Jerry flipan en 4D. Bienvenidos a mi vida…
Lenny pide que me acerque a él y obedezco temblando, parece que quiere mostrarme algo en
la pantalla de su móvil.
«Sonríe y asiente», leo. Y obedezco como una idiota.
Él hace lo mismo y vuelve a escribir.
«Dime que Vale».
—Vale —pronuncio con falsedad. Y él hace el símbolo de «Ok» juntando dos dedos, como si
estuviésemos debajo del agua. Viene muy a cuento porque siento que me estoy ahogando.
Vuelve a escribir en su móvil a la velocidad de la luz y lo leo aunque las letras me bailen un
poco de los nervios.
«Despídete de mí, y antes de meterte en la barra, vuelve a mirarme».
—De acuerdo, hasta luego…
Empiezo a andar y casi puedo sentir su mirada clavada en mi culo. Como me ha dicho, en el
último momento me vuelvo para mirarle y encuentro sus ojos taladrándome con una expresión
que me deja sin aliento. ¿Cómo puede fingir tan bien que desea hacerme un montón de
guarrerías? Para rematar, me guiña un ojo y no me desmayo de milagro.
¿Por qué se me acelera el pulso sabiendo que es todo mentira?
Porque es un Morgan. Y porque tiene un morbazo que no puede con él. Es un tío peligroso que
me hace casito. Blanco y en botella.
Deben de pensar que soy una actriz de la leche, porque lo de mirar al suelo acalorada me ha
quedado supernatural. ¡Qué subidón! ¡Así que esto es lo que se siente cuando un Morgan te
pretende!
—¡Charlotte! —me asaltan Kitty y Mandy entusiasmadas desde fuera de la barra—. ¡¿Qué
hacías en la mesa de Los Morgan?! ¡¿Qué te ha dicho Lenny?!
La que pregunta es Mandy. Dato curioso: el año pasado se dio el filetazo con él y no entiende
la lógica aplastante de la comparación entre nosotras.
—Solo me estaba enseñando un trabajo con el que le he ayudado en la universidad —me
invento.
—¿Hay algo entre vosotros? ¡He visto que te guiñaba un ojo!
—De momento, somos solo amigos…
—¡¿Como que de momento?! —gritan excitadas—. ¡Cuéntanos!
Me encojo de hombros, haciéndome la interesante, y me tiro a la piscina con un salto mortal.
Está visto que no sé gestionar un poquito de atención. Me convierto en una kamikaze.
—La verdad es que creo que siente algo por mí… —digo coqueta.
—¡¡UH!! —chillan a la vez—. ¡¿Cómo lo sabes?!
—No sé, pero me ha invitado luego a su casa para enseñarme más trabajos suyos…
—¡No seas ingenua, Char! ¡Ese se te quiere trabajar a ti! —ríe Kitty.
¿Ahora soy “Char”? Mi flow ha subido misteriosamente.
—Disfruta del momento —me felicita Mandy recelosa—. Ese tío es un portento en la cama,
pero no te hagas ilusiones, no suele repetir.
—A no ser que se enamore —contraataco ufana.
—¡Los tíos como él no se enamoran! Y menos de alguien como tú…
Esa frase me hace girar la cabeza cual niña del exorcista.
¡Hija de perra! Por primera vez en mi vida siento deseos de venganza. Por todas las veces que
me han pisado y los años que me han ninguneado. Por las Mandys del mundo que se mofan de
las Charlotte con inquina. Los Morgan, al fin y al cabo, se estaban aprovechando de mí, y yo
también puedo sacar algo a cambio: ¡callar a estas cabronas!
—Espera y verás… —digo dejándolas con la palabra en la boca.
Una garra desconocida me posee y le mando un mensaje a Aitor.
«Hay que hacer más paripé. Dile a Lenny que venga a la barra y deje claro que está muy
interesado en mí».
¡Se van a cagar!
No quiero ni mirarle. Confío en él.
Cuando a los cinco minutos, veo que se levanta y se acerca, el corazón se me desboca. ¿Qué
leches va a hacer?
Llega a la barra y me señala uno de los granizados. El de mojito. Cuando se lo pongo, me
enseña el móvil.
«Acércate, voy a decirte algo al oído».
La sorpresa me atraviesa entera. ¿Va a… hablar? Se toma su tiempo en beber un sorbo del
líquido helado
Y se abalanza sobre la barra para reunirse conmigo en el medio. Al juntar nuestras cabezas, lo
bien que huele me deja noqueada, pero estoy mucho más pendiente de tener el privilegio de
escuchar algo de sus labios por primera vez. Lo que sea… Con que la gente piense que lo ha
hecho, ya será para flipar.
Sus labios se acercan a mi oreja y se los tapa con una mano para que nadie vea cómo me
cuenta el secreto mejor guardado de Byron. Casi puedo sentir cómo la gente guarda silencio para
poder escucharlo también. Su otra mano sujeta mi barbilla para sentir mi escalofrío cuando…
lame el lóbulo de mi oreja.
¡POR DIOS!
El contacto de su lengua en esa zona tan sensible me deja loca, y para rematar su dedo roza mi
labio inferior trasladando la sensación a mi boca. Como si estuviera marcando el próximo
destino de su lengua.
¡MAMÁÁÁ!
Su sonrisa de macarra no se hace esperar ante mis ojos abiertos y mi rubor desmedido.
Después se aleja indolente con una promesa en la mirada. ¡Creo que me está entrando fiebre!
Intento guardar la compostura al escuchar la ola de habladurías y cuchicheos que se levanta.
Kitty y Mandy, que no han perdido detalle de la erótica escena dada su cercanía, me miran con la
bocaza bien abierta.
Juro que no me he sentido más poderosa en toda mi vida.
Mi ranking social acaba de dispararse hasta el cielo. Solo por eso, ya ha merecido la pena
conocer a Los Morgan.

Se me hace eterno hasta la hora del cierre. Ha sido una de esas noches en las que mucha gente
ha aguantado hasta que los hemos echado del local para limpiar. ¿De qué van? Es como si todo
el mundo estuviera a la expectativa de… ¡de mí y de Lenny! Casi me he arrepentido de no
haberme puesto escote…
Es broma. Odiaría que pensasen que le intereso por ese motivo. Lo único divertido de todo
esto es que la gente se rompa la cabeza intentando averiguar qué ha visto él en mí. ¡Ja! De hecho,
mañana, igual ni me ducho.
Cuando por fin salgo a la calle, encuentro a más gente que nunca. Es cierto que hace buena
temperatura, pero la intuición me dice que esto es por el paripé de la barra y siento una presión
inusual en el estómago.
Antes de abandonar el local, Lenny me ha dicho adiós con la mano y me ha enseñado el
teléfono para avisar de que me había escrito. Estoy segura de que todo el mundo lo ha visto.
Localizo a Los Morgan en un lateral con sus amigos y leo el móvil.
«Al salir, ven a buscarme y déjate llevar», pone simplemente. Lo grabo en mis contactos. Por
fin se ha dignado a darme su teléfono. Seguro que chuparme la oreja le ha parecido lo
suficientemente personal para dar ese paso.
El cuerpo empieza a temblarme de puro nerviosismo. ¿Qué tiene pensado hacer? ¡Si me dejo
llevar termino embarazada!
Avanzo hacia Lenny con dudas. Estar apoyado en la pared le hace parecer menos alto e
intimidante que nunca. Y que sonría de medio lado cuando me ve, ya ni os cuento.
Se queda quieto, como si deseara que me acerque a él. Lo hago con violentas palpitaciones
rebotando en mi esternón y pidiendo perdón bajito para atravesar la barrera humana que nos
separa.
—Hola… —digo cortada cuando llego hasta él.
Su expresión de suficiencia me desarma por completo y alucino cuando me agarra y me
empotra contra su cuerpo para observarme más de cerca.
¡Está a punto de darme un puñetero infarto!
El corazón me retumba con tanta fuerza que soy incapaz de oír nada. O quizá es que el gentío
se ha callado de golpe porque está tan alucinado como yo. Sus ojos me acarician con una dulzura
inusitada y bajan hasta mi boca anhelantes. Jadeo ligeramente cuando veo que se humedece los
labios. ¡¿LO VA A HACER?!
Ni siquiera respiro. Mis ojos caen hasta su boca esperando el atrevimiento y cuando parece
que nos estamos juntando, se incorpora y se despide de sus amigos con un silbido típico en él. Es
como un siseo suave.
El resto de la gente disimula cuando se adueña de mi mano y me veo arrastrada hacia el
Toyota rojo. Caminaría con más dignidad, pero tengo que cargar con la certeza de que en breves
momentos voy a estar a solas con él.
Abre el coche y me ofrece la mano para ayudarme a subir a ese mastodonte con ruedas.
—Gracias… —musito.
Se sube él también y echa mano de su teléfono para escribir.
«¿Ha sido suficiente?».
—Sí… Creo que sí —¿Bromea? ¡Ha sido lo más heavy que ha pasado por aquí en años!
«Parecías tensa», escribe.
¡Ja! ¡Estaba más tensa que el monitor de natación de Los Gremlins!
«¿Pensabas que iba a besarte?», leo a continuación.
El corazón se me obtura. ¿Qué he hecho yo para merecer esto?
—Bueno… —carraspeo—. No sabía muy bien lo que ibas a hacer…
Vuelve a señalar el móvil. Misma pregunta. ¡Maldito sea!
—Por un momento lo he creído, pero esperaba que no lo hicieras…
Me mira inquisitivo como si supiera que estoy mintiendo. ¡Qué harta estoy de los detectores
de mentiras humanos! ¿Cómo lo hacen?
Lo veo escribir de nuevo y me lo muestra.
«¿Me hubieras continuado el beso?».
¡Por el amor de Dios!
Menos mal que no habla, porque no sé ni qué contestarle. ¿Qué hago, Súper? ¡¿Me mato?!
—Supongo que sí —admito—. Por no echar a perder la tapadera…
Teclea despacio esta vez.
«Gracias por tu ayuda».
Le mantengo la mirada y el ambiente se vuelve irrespirable cuando pienso «Podrías
agradecérmelo con un beso». Ese pensamiento hace que deje de mirarle y me acomode en mi
asiento.
—De nada…
Morgan me impone, pero lo de Lenny es otro nivel. «Cuidado con lo que deseas, pequeña
Carlota…». Si me besara, creo que me moriría.
Arranca el coche y abandonamos el lugar. Durante el trayecto, reviso mi móvil y veo que
tengo un mensaje de Aitor informándome de que enseguida vendrán. También hay algo en el
chat de las Unimals.
«¡Madre mía, nena, vaya tres ejemplares! ¡Dales mi número! ¡Yo quiero que me secuestren
también!», pone Valeria.
«¡¿Pero a dónde vas tú con esos especímenes? Si me dices que a montarte un cuarteto, me
muero de envidia», advierte Claudia.
Suelto una risita y Lenny me mira extrañado. Jamás verá esto.
«¿Quién es el alto? Tiene cara de cabrón», quiere saber Iris.
«Se llama Lenny y no habla desde hace años».
«¡Joder, el hombre perfecto!», contesta, y vuelvo a reírme bajito.
Pero me surge una duda, ¿Lenny no puede hablar o no quiere?
Escribo que las echo de menos y que se diviertan y guardo el móvil.
Poco después, llegamos a la casa y no creáis que me la enseña o tiene en cuenta que es la
primera vez que la veo; me deja tirada en el recibidor con la boca abierta sin poder creer lo que
estoy viendo.
Toda la propiedad es espectacular. Es una casa unifamiliar con jardín hecha de materiales de
primera calidad, con amplios espacios y decorada con muy buen gusto. No parece una casa de
estudiantes, no hasta que Lenny enciende la música y unas luces de colores en el salón. Me fijo
en que tienen instalada una pequeña barra con un grifo de cerveza. Vaya nivel…
Reconozco los primeros acordes de la canción de TRUSTFALL de Pink y me sorprende porque
es una de mis cantantes favoritas. Hay varios sofás y una improvisada pista de baile donde
normalmente iría una mesa con sillas.
Lenny se mueve rápido para prepararlo todo. Parece que ha acondicionado una fiesta en
tiempo récord mil veces.
Me llama con un chasquido de dedos para que me acerque a la barra y saca un par de vasos
con hielos. Me señala.
—No quiero beber nada.
Vuelve a señalarme, insistente.
—¿Tenéis naranjada?
No contesta, solo rebusca en el cajón frigorífico y cuando la encuentra, le quita la chapa y me
la sirve. Pink hace preguntas:

¿Se nos acaba el tiempo?


¿Nos estamos escondiendo de la luz?
¿Estamos demasiado asustados para luchar
por lo que queremos esta noche?

«Quizá por eso no habla. Porque está demasiado asustado», pienso mientras bebo del vaso que
me ofrece.
Cuando lo apoyo, él lo coge y me indica que le siga hasta una puerta oculta bajo las escaleras.
Al abrirla, veo que hay más escaleras que probablemente se dirijan hacia una muerte segura, pero
me lanzo tras él sin pensar.
Al llegar, me quedo boquiabierta. Es un espacio bastante grande donde han montado una
especie de carpa de plástico cuadrada transparente con su propia extracción de aire. ¡Han
pensando en todo! Es un auténtico laboratorio ambulante.
—¡Qué maravilla! —exclamo al ver que dentro hay más artilugios de los que pedí.
Lenny llama mi atención sobre una especie de nevera negra.
—¡Anda! —digo con sorpresa al ver que hay un buen montón de sustancia con la que trabajar
mantenida en unas condiciones de humedad óptimas. Al parecer han hecho los deberes.
Lenny me enseña su móvil. «Revísalo. ¿Falta algo?».
Lo estudio detenidamente, pero como he dicho, hay incluso más cosas de las necesarias para
hacer una primera incursión. ¡Me han traído hasta una bata blanca! Qué graciosos.
—Está bien —Sonrío. Porque ahora mismo me siento como en casa.
Lenny teclea «Te dejo a tu rollo. Lucas bajará luego».
—De acuerdo. Y gracias por…
«¿Lamerme la oreja? ¿Hacerle pensar a todo el mundo que me has dicho algo? ¿La cara que
han puesto Kitty, Mandy y y todo el mundo fuera?»
—Por la naranjada…
Él asiente y se va. Y yo me recreo en cómo lo hace. Bonita percha…
Cuando desaparece puedo respirar hondo por fin.
Son las tres y pico de la mañana, pero estoy más despejada que si fueran las siete de la tarde,
será porque estoy a punto de hacer lo que más me gusta en el mundo: mezclar, separar, añadir,
neutralizar y crear un nuevo compuesto que podría hacer historia en la medicina y cambiar mi
suerte, por fin.
Lo que no calculo es que quizá sea a peor.
7
LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ
“Algún día la besaré y a usted le agradará. Pero ahora no. Le ruego que no sea tan
impaciente.”
Margaret Mitchell

Bajo del coche incluso antes de que Jerry haya parado.


La idea de que Lenny y Charlotte estén solos no me gusta nada. Lo he visto muy metido en el
papel y no quiero que la asuste. Mi primo no es precisamente Míster Delicado.
Accedo al jardín delantero y escucho la música desde fuera. ¿La habrá acorralado ya contra
algún mueble? Al entrar me encuentro a Lenny en la cocina cortando limones.
—¿Dónde está? —pregunto con el corazón en un puño—. ¿Se ha marchado?
Él niega con la cabeza y señala hacia el suelo.
—¿La has enterrado?
Sonríe ante mi broma y respiro aliviado. Está en el sótano.
—Espero que la hayas tratado bien. No podemos perderla.
Se señala a sí mismo y hace el símbolo de Ok, pero no me creo ni una palabra, o sea, gesto.
Me he fijado en cómo la mira y según su historial de búsquedas porno las empollonas le ponen
más de lo que le gustaría admitir.
No me juzguéis. Lo revisé para ver si había estado buscado información sobre el suicidio o
cómo llevarlo a cabo. Lenny me preocupa desde hace un tiempo. Es una de esas personas que
viven pensando que no merecen respirar. Todavía no ha superado lo que pasó…
—Voy a verla —me despido, poniendo rumbo a las escaleras—. No dejéis entrar a más de
treinta personas. Y Lenny…, avisa de que nadie suba a la parte de arriba de la casa.
Asiente y me voy. Necesito que este descabellado plan funcione antes de que mi mundo se
venga abajo. O el de Lenny. Él es mi excusa. Mi buena razón. La verdadera es que estoy
evitando tomar las riendas de mi patética vida desde hace tiempo.
—Eh, hola —saludo a C—. ¿Cómo vas?
—Acabo de empezar —contesta totalmente equipada con guantes, gafas transparentes y la
bata, como si la sustancia fuera letal.
—¿Cuál es el plan? ¿Qué vas a hacer?
—Sinceramente, experimentar un poco con ella. Voy a probar de todo. Intentaré hacer té como
si fuera una planta. Intentaré secarla para triturarla hasta hacerla polvo. La meteré en gasolina y
luego en ácido sulfúrico para reducirla a lo más esencial y volveré a mezclarlo con agua para
separar las partículas. Probatinas de químico loco…
—¿Y cuándo crees que sabrás algo? —pregunto ansioso.
Me mira con fastidio.
—Estas cosas necesitan su tiempo. No es un proceso instantáneo. Dejaré varias mezclas
preparadas esta noche y mañana podré analizarlas.
—Vale…
No quiero presionarla, pero no olvido que el capitán me ha mirado en el bar y se ha tocado el
reloj recordándome que el tiempo corre.
—¿Por qué le debéis dinero al capitán? —me pregunta de pronto.
—Es mejor que no lo sepas…
—¿Por qué?
—Porque cuanto menos sepas, más a salvo estarás…
—Ya estoy metida de lleno, ¿no te parece? Tengo la sensación de que de mí depende algo
muy gordo y me inquieta no saber lo que es. La información es poder, y sin ella, estoy
desprotegida.
Suspiro con pesar porque razón no le falta.
—¿Recuerdas la pelea de la semana pasada, cuando vino la policía al pub?
—Claro, Kali sigue teniendo la cara morada.
—Pues el capitán tenía un alijo de coca en el almacén y se deshicieron de él por si había una
redada. Y ahora se lo debemos.
Su desconcierto me dice que no estaba al tanto de las actividades ilegales de su jefe. Me
sorprende que no lo supiera trabajando allí.
—¿Y os culpa a vosotros?
—A Lenny. Y si no le pagamos, puede meterse en problemas serios.
—¿Por qué no le pedís el dinero a vuestros padres? Son ricos…
—Nuestra relación con ellos es un poco complicada —Por decirlo suavemente…
No sé cuántas veces me habrá repetido mi padre eso de que soy el mayor y debo dar ejemplo.
No llevó demasiado bien mi fase de delincuente juvenil: apuestas deportivas, tráfico de
exámenes, carnets de conducir falsos… Todo antes de los dieciséis. Se le caía la cara de
vergüenza cada vez que aparecía con la policía en casa.
—¡¿Por qué eres así?! ¡¿Acaso te he criado para que lo seas?! —me gritaba desquiciado.
Después se pasaba las manos por el pelo como si sufriese por algo que yo desconocía. Me
parecía un exagerado. ¡Solo me estaba divirtiendo! Saltarme la ley era un reto para mí.
—Se le pasará, está en la época rebelde… —le decía mi madre para calmarlo cuando los
espiaba después.
Lo admito, me gusta espiar. Si pudiera tener un poder no sería volar o convertir objetos en oro,
sería leer la mente, porque, como bien ha dicho C, la información es poder.
—Puede que se le pase o puede que vaya a más. Admítelo, Mía, nuestro hijo no tiene el perfil
de un chico tranquilo con un trabajo normal que no se mete en problemas. ¡Él es el problema!
—No puedes culparle, tu sangre corre por sus venas…
—No digas eso.
—Me refiero a que está condenado a ser especial, como tú.
—Ese ha sido siempre mi mayor temor. Sentir que yo lo he condenado a esto… Que es así por
mí…
—¡No digas eso! Tiene toda la vida por delante para corregirse.
—Yo a su edad no era así, Mía. No hacía esas cosas. ¡Cumplía las normas! Solo las rompí
cuando me vi obligado. ¡Me vi obligado!
—No te tortures. Quizá haya nacido para cambiar las normas…
—Ya es tarde para eso. El mundo se va a la mierda sin remisión, y con esa actitud
pendenciera, a nuestro hijo lo masticará y nos escupirá sus restos a la cara. Eso pasará. Ya lo
verás…
—Kai… —Le acarició la nuca y se apoyó en su hombro—. Yo confío en él porque es un
pedacito de ti y de mí juntos. Y eso no puede ser malo…
—Pues hasta ahora no lo ha demostrado —dijo desabrido.
Tras escuchar eso, estaba decidido a superar todas sus expectativas. Mi padre, para mí, era
como un dios. Es más, hasta que empezaron a gustarme las chicas, lo consideraba mi alma
gemela. Uno de los mejores recuerdos de mi niñez era dar largos paseos por la playa con él hasta
los seis o siente años. Mis hermanas todavía eran muy pequeñas y Aitor un vago, y conseguía
esos pequeños momentos de intimidad con él donde me contaba todo tipo de historias increíbles
que yo absorbía sin pestañear. Me hablaba de tú a tú. De lo que le gustaba. De lo que le dolía.
Era mi mejor amigo… Me hizo sentir que me quería más que a nadie en el mundo. Y le creí.
Con el tiempo me tocó compartirlo más, pero no le guardé rencor. Era quien más tiempo había
disfrutado a solas con él y teníamos una conexión especial. Pero todo acaba… No recuerdo él día
exacto en que dejó de mirarme con orgullo, supongo que fue poco a poco, trastada a trastada.
Pero sí recuerdo el día que él me decepcionó a mí por completo.
Fue el 27 de mayo. Lo tengo grabado en la memoria.
A raíz del ataque en casa de mi tío Luk, el ambiente en la familia Morgan se desestabilizó. Mi
tía Ani estuvo en el hospital. Lenny dejó de ser Lenny, y algunos indeseables empezaron a
tocarle los cojones… No pude callarme. Debía hacernos respetar. Y cuando el director llamó a
mi padre para contarle lo ocurrido, me cayó una bronca de espanto.
Me esperaba un «Bien hecho, hijo, así me gusta, defendiendo a la familia», no oír que le había
decepcionado cuando más me necesitaba. Ese día desmitifiqué a mi padre y mi dolor desembocó
en un cúmulo de decepciones extra para él. A partir de ahí, todo fue cuesta abajo entre nosotros.
El tiempo pasó. Y aunque mi periplo universitario nos mantuvo a distancia y más a raya
nuestros roces, desde que terminé la carrera de Dirección de Empresas hace dos años, me
recrimina no estar haciendo nada con mi vida.
Pero nada más lejos, solo estoy tejiendo mi estrategia en la sombra hasta que Lenny mejore.
Todavía me necesita. Si no fuera por Aitor y por mí, probablemente, ya estaría muerto.
—Bueno, me subo a la fiesta —informo a Charlotte volviendo al presente—. Cuando termines
de hacer las mezclas, puedes irte.
—Gracias, amo.
Su sarcasmo me hace sonreír. Y veo que ella también lo hace. Se ha adaptado tan fácilmente a
pesar de todo que me sorprende.
—Charlotte…
—Qué —contesta sin mirarme.
—Gracias por hacer esto por nosotros.
—No me las des. Me has amenazado con quitarme la beca, ¿recuerdas?
—Me vi obligado —digo con culpabilidad—. Sabía que no saltarías de alegría por ayudarnos.
—Y estabas en lo cierto. Pero me gustaría saber una cosa —me mira preocupada—. ¿Cómo
supiste lo de mi supuesto affaire? Porque es mentira. No hubo nada entre nosotros. ¿Quién te lo
contó?
—Lo escuché por casualidad.
—¿Dónde?
—En una conversación privada. No debes preocuparte por eso…
—¡Claro que me preocupa! ¿Quién más lo sabe, Morgan?
—Nadie más, confía en mí. Ni siquiera yo lo sabía a ciencia cierta, solo lo sospechaba.
Escuché al profesor Kingsley hablar de ti con Dani en la puerta de su casa; es mi vecino. Te puso
por las nubes y juró que si tuvieras unos años más…, bueno, ya sabes…
Charlotte me mira alucinada.
—¡¿Me lo lanzaste a la cara sin saber si era cierto o no?!
—Me arriesgué por pura intuición.
—Madre mía… —farfulla avergonzada. Y por momentos, enfadada.
—Tranquila, no voy a decir nada.
—¡Es que no pasó nada! —exclama cabreada.
—No creo que estés así por «nada»… —señalo.
—Solo me besó una vez… —confiesa—. Y a las horas descubrí que estaba casado y a punto
de ser padre. Nunca volví a estar a solas con él. ¡Lo juro!
—Y te creo. Pero si esto saliese a la luz, sería tu palabra contra la suya…
Me mira horrorizada. Siempre es duro darse cuenta de que la vida es injusta. Pero cuanto antes
lo sepa, mejor.
—¡Serás…! —evita insultarme con un bufido—. Tienes suerte de que todo esto suponga un
reto profesional para mí, ¡porque si no, te dejaba tirado ahora mismo!
—Y también vamos a pagarte, no lo olvides —Señalé temeroso.
—Esto es increíble… —murmura irritada.
—Te pido disculpas por amenazarte con ese tema…, porque ahora que te conozco mejor, sé
que harías cualquier cosa por ayudar a alguien que te necesita. Tengo claro que eres una buena
chica, C.
Me mira como si acabara de quedarse desnuda delante de mí.
¿Va a llorar? Dios…, ¡qué mal se me dan estas cosas!
—Bueno… —me despido atribulado—. Te dejo seguir con lo tuyo. Y lo dicho: cuando
quieras, Lenny te llevará a por tu coche. Aunque no estaría mal que antes te dejaras ver un poco
en la fiesta con él…
—¡¿Algo más?! —replica cabreada.
Trago saliva y me voy antes de que se largue de verdad. Si supiera lo agradecido que le estoy,
no se enfadaría tanto. Lo fuerte es que creo que lee en mis ojos que le daría hasta mi alma a
cambio de que esto salga bien.
Subo y rezo para que Livy haya llegado ya, necesito dejar la mente en blanco y relajarme un
poco. La casa se ha llenado de gente en cero coma y todos me saludan al pasar por su lado. La
busco en la lejanía y, como si lo hubiera invocado, veo a Livy esperándome en un lateral.
Verla siempre me pone de buen humor. Es una jodida obra de arte andante, y no lo digo solo
por sus curvas perfectamente acentuadas en mis zonas favoritas, sino porque su piel está cubierta
de ilustraciones guapísimas. Es tatuadora.
Tiene el pelo rojizo y largo y lo lleva rizado en una coleta alta con varios mechones rozándole
la cara. Es una tía espectacular.
Cuando me ve, su mirada se torna seductora cuando lee en la mía que la necesito a muerte.
Al llegar a su lado, invado su espacio vital, acercándola a mi cuerpo y le hablo a cinco
centímetros de la boca, sin llegar a besarla.
—Hola…
—Hola…
Me gusta retrasar la gratificación y surfear en el preludio amoroso.
—¿Qué tal el día? —me pregunta coqueta.
—Regular, pero la noche acaba de mejorar bastante…
Sonríe arqueándose contra mí y aprovecho para oler y besar su delicioso cuello.
Se echa hacia atrás para mirarme a los ojos y leo en los suyos que ya siente algo especial por
mí. Suele disimularlo bien y controlarse, pero hacerte la dura, no significa que lo seas. Los ojos
son el espejo del alma.
—¿Quieres tomar algo antes de ir a…?
Su respuesta es besarme con un ímpetu desconocido. Le continúo el morreo porque mi cuerpo
está a favor.
—Imagino que eso es un no —musito lascivo en su boca. Es tarde, ¿por qué posponer lo
inevitable?
He dicho que nadie subiera, pero nosotros sí vamos a hacerlo.
Localizo a Aitor hablando con un grupo de gente, pero no veo a Lenny por ninguna parte.
¿Dónde se habrá metido? Espero que no esté haciendo de las suyas… porque se supone que
acaba de iniciar una relación con C.
Mientras subo las escaleras con Livy de la mano, le envío un mensaje con la otra.
«¿Dónde estás? No pueden verte con ninguna que no sea Charlotte, y cuando quiera irse a
casa, llévala a por su coche».
Llego a mi habitación y me olvido de ellos. Toca centrarme un poco en mí. Y como mucho, en
Livy. Freya sobra. Pero los flashes de su recuerdo siguen bombardeando mi cerebro a diario. Son
como un cáncer que va destruyendo células sanas cada día, y yo no quiero enfermar, aunque
resulta tan inevitable como lo que está a punto de suceder en mi cama.
Livy deja caer su vestido al suelo y se tumba sobre el colchón para recibirme. En un segundo
estoy avanzando hacia ella sin camiseta y con los vaqueros a medio desabrochar. Su mirada
recorriendo mi cuerpo me pone a tono. No tiene nada que ver con cómo me miraba Freya de
niña, pero es justo lo que busco. Señalar esa diferencia.
Tengo una foto grabada en mi mente, de los dos sobre una hamaca a la tierna edad de dos
años, y ambos llevamos un chupete en la boca.
Aitor y yo jugábamos mucho con ella cuando solo existíamos los tres; ella es hija única.
Me tiendo sobre Livy y el contacto de nuestra piel es opuesto a cuando todavía tocaba
cualquier parte de Freya sin ningún tipo de pudor, a los seis o siete años. Cuando se me sentaba
encima y ninguna parte de mí reaccionaba a la suavidad de su piel o a su olor.
Beso a Livy a conciencia suplicándole a un poder superior que aparte a Freya de mi mente.
Pero no puedo. La droga también me hizo recordar sus labios. Sus «muak» sonoros e infantiles
lanzados al aire al despedirse o sus picos de un nanosegundo para que nuestros padres se rieran y
dijeran que éramos supermonos. Hay varias fotos que lo avalan. Hay bodas falsas grabadas en
vídeo. Hay… tardes en la playa con diez años, bañándonos durante horas mecidos por las olas
con nuestras tablas de goma. Hay bocadillos gigantes devorados por el hambre después y risas
quitándole migas de la comisura de la boca.
El gemido de Livy me trae de vuelta a la realidad. Menos mal… Y me sorprendo con los
dedos ya dentro de ella, por eso gime tanto.
Su incursión a mi ropa interior no se hace esperar y me dejo llevar por el placer que me
proporcionan sus caricias. Freya y yo nunca llegamos tan lejos.
En la preadolescencia todo empezó a darnos vergüenza. Nos sentíamos muy observados por
amigos, adultos, por nuestros hermanos, primos y la jodida playa entera… Seguíamos haciendo
muchas cosas juntos, pero empezamos a ser más discretos y distantes. En mi cabeza éramos
novios, aunque no hiciéramos nada que lo avalara físicamente, excepto un par de besos rápidos
cuando coincidíamos a solas jugando al escondite por las noches o intercambiando cartas por San
Valentín, pero poco a poco dejamos de hacerlo. Y no fue por ningún motivo en concreto, fue la
vida. Cuanto más mayores éramos, más obligaciones y actividades extraescolares teníamos y ya
apenas nos veíamos. Los fines de semana empezamos a quedar cada uno con su grupo de amigos
y los cambios físicos de la pubertad nos convirtieron en otras personas. Dejamos de ser unos
niños y el permiso para tocarnos caducó, pero nos seguíamos saludando y sonriendo al vernos.
Desabrocho el sujetador de Livy con ansiedad. Tiene cierre delantero, lo que facilita las cosas
para atacar sus pechos en cuanto quedan expuestos a mi boca.
Joder, sus pechos… Los de Freya, digo. ¿Dónde habían estado toda mi vida? La curiosidad de
cómo serían al desnudo casi me vuelve loco a los quince. Intentaba no mirarla directamente por
si me dejaba ciego, porque con lo ocre-soleado-bombón-Maldivas que estaba, parecía posible.
Desde los catorce habían sido habituales los comentarios tipo: «Qué guapa está Freya, ¿no?».
«¿Vas a pedirle salir? ¡Seguro que te dice que sí!». Pero… ¿y si decía que no? Estaba
convencido de que me moriría si me rechazaba y prefería limitar los riesgos.
Entonces alguien se me adelantó… Un gilipollas de otra clase le pidió salir y ella contestó que
sí. Fue como una patada en las pelotas con una fuerza ultrasónica.
Cuando escuché el rumor de que se habían enrollado en una fiesta, me hice el duro, pero por
dentro me enfadé. Deseaba demostrarle que yo era mejor elección. Que era más guay. Y las
acepciones de «guay» a esas edades son realmente peligrosas… Así empecé a darle disgustos a
mi padre.
El problema fue que Freya no hizo caso a mis alardes de rebeldía, pero mi popularidad entre
las chicas se hizo viral enseguida.
No conocía la fiebre que puede provocar un bad boy y me dediqué a bordar el papel a la
perfección. ¿Ella tenía novio? Pues yo tendría mil amigas con derecho a roce. Y de tanto roce, la
herida dejó de escocer. Aunque nunca del todo. Además, empecé a cogerle gusto a eso de
llevarles la contraria a nuestros padres cuando les oía decir «¡qué pena, si parecían el uno para el
otro!». No, gracias. No me gustaba ser un pronóstico cantado.
Dio la casualidad de que, por aquella época, tuvo lugar el ataque en casa de Lenny y se me
juntó todo.
Fue un golpe tremendo para toda la familia. En ese momento no supe medir la magnitud de lo
sucedido, pero sentía que ocurría algo muy grave. Nunca había visto a mis padres y a mis tíos tan
nerviosos y cabreados. Y no lo disimulaban. Era como si hubiesen olvidado que estábamos
delante…
Fue la primera vez que tuve que ser un hombre y encargarme de los más pequeños. Mi madre
me lo pidió encarecidamente entre lágrimas. Estaba tan acojonado que no hice preguntas, pero la
incertidumbre me comía.
Lenny, con diez años, se había quedado traumatizado y nadie parecía preocuparse por él. Al
parecer, había cosas más urgentes que atender. Lía tenía doce y estaba muy asustada. Y Aitor,
con catorce, me ayudó muchísimo a mantener la normalidad con sus bromas y juegos, mientras
les hacíamos el desayuno y los llevábamos al colegio. Tuvimos que seguir con nuestras vidas
solos porque mi padre y mi tío desaparecieron del mapa durante semanas. Se esfumaron. Y mi
madre no daba abasto con mi tía Ani en el hospital y los negocios. No podía creerlo. ¿A dónde
coño habían ido los hombres?
Mi vida quedó en un segundo plano durante un tiempo. Y de pronto, me enteré de que «el
gilipollas» había dejado a Freya tras conseguir que se acostara con él.
Juro que se me cruzaron los cables.
Ni siquiera lo pensé. Lo busqué por todo el pueblo, y cuando lo tuve delante, le di una paliza
brutal. Nunca había golpeado a nadie con tanta saña. Mis amigos y los suyos tuvieron que
separarme de él.
Dejé que todo el mundo pensara que era por celos, pero lo cierto es que fue rabia pura. Hacia
mi padre, por dejarnos tirados. Hacia mi tío, por abandonar a su hijo trastornado y a su mujer en
el hospital. Hacia los asaltantes por entrar a robar al azar en esa casa en concreto. O eso creía
yo… que había sido mala suerte. La cosa es que el gilipollas pagó por todo ello y jamás me
arrepentí. Lo de Freya había sido la gota que había colmado el vaso del fin de la vida perfecta
que podía haber tenido y acababan de arrebatarme. Mi madre tuvo que lidiar con la denuncia que
me cayó. Aunque al final, desapareció de forma mágica.
Freya también vino a buscarme y se enfrentó a mí en público.
—¡¿QUÉ HAS HECHO, LUCAS?! —exclamó indignada. No entendía su enfado, si la había
defendido.
—Era un gilipollas.
—¡Eso no te da derecho a golpearle así! ¡Eres un animal! ¡Cuando veo en lo que te has
convertido me avergüenzo de haberte querido alguna vez!
—Por suerte ya no lo haces —mascullé dolido.
—Por Dios… ¡¿Pensabas que esto serviría de algo?! Por favor, dime que no lo has hecho por
mí. No me cargues con esa responsabilidad. ¡Porque yo no te he pedido que me salves de nada!
Me quedé callado, aceptando el dolor de lo inaceptable que le parecía que siguiera sintiendo
algo por ella después de tanto tiempo.
—¡Contesta! —exigió decepcionada.
—No lo he hecho por ti, ¿vale? No quiero nada contigo. Y menos ahora que ya no…
Vi perfectamente cómo el dolor atravesó su cara sin piedad y cómo juró que nunca me
perdonaría haber dicho eso. Se había entregado a otro cuando era mía. Y por eso lo hice. Fue mi
forma de autocastigarme, y de cerrar, de una vez por todas y para siempre, un ciclo fallido en mi
vida.
Cuesta creerlo, pero lejos de sentirme mal, me sentí liberado. Supongo que porque en ese
momento tenía muchos problemas familiares y no podía cargar también con los sentimentales.
Fue mi forma de perder lastre. De centrarme en mis hermanos y en Lenny y olvidarme de mí
mismo. Por eso ahora no sé ni quién cojones soy.
Un par de semanas después, mi padre y mi tío Luk volvieron a casa. Y por supuesto, los espié
a destajo para enterarme de lo que había sucedido. Pero lo que descubrí fue más de lo que pude
soportar…
—Tengo miedo, Kai… —musitó mi madre.
—No lo tengas. Te juro que ya está todo solucionado.
—¿Seguro que nadie te ha visto? ¡Se supone que estás muerto…!
—Nadie. De verdad.
—Dejé atrás a mi familia para vivir tranquilos aquí, y ahora pasa esto…
—Mía, te juro que no hemos dejado ningún cabo suelto esta vez…
—¡¿De verdad, papá?! —irrumpí furioso en la habitación—. ¿Qué coño significa eso? ¡¿Qué
habéis estado haciendo tanto tiempo fuera?!
—Lucas…
—¡Toda la vida acusándome de que soy un delincuente… ¿y resulta que tú la liaste tan parda
que tuviste que fingir tu propia muerte?! —Le di una patada a la puerta y me fui rabioso.
—¡Lucas, espera! ¡Puedo explicártelo!
Me alcanzaron en el pasillo.
—¡No quiero oír nada! ¡Me basta con saber que el ataque a la casa del tío Luk ha sido una
venganza por una vida anterior de chanchullos!
—¡Baja la voz! —rogó mi madre—. ¡Piensa en tus hermanos!
Me serené, pero me encaré con mi padre para hablarle despacio y susurrante, dotando mi
discurso de más crudeza y dolor si cabía.
—Eres un hipócrita… Me hiciste sentir mal por protagonizar delitos de poca monta y resulta
que tú estás hasta el cuello.
—¡Precisamente! ¡No quería que te pasase lo mismo que a mí! —exclamó mi padre afectado.
Pero vio en mi mirada que había perdido mi respeto y que ya nunca lo vería de la misma forma.
—Cuándo te darás cuenta, papá… ¡Yo no soy como tú! Yo nunca dejaría tirada a mi familia
en el peor momento de sus vidas…
Me fui de su vista y esa noche me dormí llorando. Sentía que toda mi existencia, mi familia, y
mis mejores recuerdos habían sido una mentira. Y no quería saber la verdad porque solo me
haría más daño.
Seguí con mi vida, renegando de mi padre, y haciendo de las mías. Pero al año siguiente, a mis
diecisiete, estalló una bomba nuclear en las entrañas de Los Morgan cuando echaron a mi primo
Marco de la familia. Él era el único pilar masculino que me quedaba en pie. Me había apoyado
mucho en él en el último año y perderlo fue un palo.
Estaba furioso. Tan furioso que convencí a mi madre para emanciparme en cuanto cumplí los
dieciocho.
Mi padre no puso pegas porque la situación en casa era insostenible; la hostilidad que se
respiraba no era la mejor para mis hermanas. Aitor no tardó en venirse a vivir conmigo un año
después, cuando él empezó la universidad. Y creo que Lenny utilizó su potencial de altas
capacidades para unirse a nosotros al tercer año.
Nuestros padres agradecían que estuviéramos los tres juntos y cerca de ellos, porque bien
podríamos habernos fugado y no vuelto a vernos el pelo en su jodida vida.
—¡Joder, me corro! —grita Livy excitada. Y la creo, porque he debido de darle bastante fuerte
recordando toda esa rabia. De hecho, estoy a punto de explotar yo también y lo hago confiando
en que me he puesto un condón porque ha sido un polvo de lo más automático. Tampoco creo
que Livy me hubiera permitido hacerlo sin. No es tonta.
Gruño alto cuando el placer me sostiene durante unos segundos en otro plano vital y mi mente
se queda en blanco por fin.

Me gustan los sábados. Siento que el sol brilla con más fuerza.
En la pickup se escucha un silencio cómodo en el que los tres estamos perdidos en nuestros
pensamientos. Será que hay mucho que rememorar de la fiesta de anoche, después de la
aparición estelar de Charlotte en el salón completamente colocada… ¡Qué tía!
Sonrío sin poder evitarlo.
Es de lo que no hay… Nos ha conquistado a todos en tiempo récord.
Ahora mismo nos dirigimos a la comida familiar semanal que entraba dentro del trato por
emanciparnos a gastos pagados, mientras estudiábamos: alquiler, comida, coches, una pagüita
aparte para el vicio… Pero yo mismo cerré el grifo ante el primer comentario sarcástico de mi
padre sobre si pensaba vivir de gorra para siempre al terminar la carrera. Sé que lo dijo para
motivarme y que me lanzara de cabeza al mundo laboral, pero no pensaba darle esa
satisfacción… No necesitaba su ayuda ni su aprobación. Haría lo que yo quisiera, cuando
quisiera.
Hace años que trasladamos estas comidas al sábado porque los domingos no había dios que se
levantara de la cama. Y lo digo también por los mayores y las juergas que se corren a sus
cincuenta y tantos.
Aparco en la verja de la entrada y en ese momento sale de su casa el padre de Freya. Cuando
nos ve, sube la cabeza a modo de saludo y se monta en su coche.
Siempre me ha parecido un tipo legal… Y más cuando, semanas después de la paliza al
gilipollas, nos cruzamos un día como hoy, donde yo entraba y él salía, y, en vez de subirse a su
vehículo, me llamó:
—Lucas…
No contesté nada. Solo lo miré sorprendido de que me hablara.
—Solo quería darte las gracias… —dijo simplemente.
—¿Por qué? —pregunté perdido.
—Tú sabes por qué.
Después, se subió al coche y se fue sin decir ni adiós.
Yo no me moví del sitio hasta que entendí a qué se refería. Por hacer justicia con quién había
mancillado a su hijita… De pronto entendí que fue él, con sus contactos en la policía, el que
consiguió que retiraran la denuncia.
—De nada… —murmuré agradecido..
Ese comentario fue la único conmiseración que tuve por todo lo que había acontecido en mi
vida. Y me bastó. A veces un pequeño triunfo lo compensa todo. Y más viniendo de un tío que
una vez me pilló en una situación más que comprometida con su hija… Ejem, desnudos.
Respiro hondo y me centro en el maldito y complicado presente.
Ha llegado la hora de enfrentarme a mi infierno semanal. Una comida con Los Morgan…
8
ALICIA EN EL PAÍS DE LAS MARAVILLAS
“Creo que estás completamente loco.
Pero te diré un secreto: las mejores personas lo están”
Lewis Carroll

Me despierto y me alegro de no estar en casa de los p*tos Morgan.


De hecho, necesito alejarme de ellos todo lo que pueda después de lo que pasó ayer… ¡Qué
horror! Podría haber muerto de vergüenza.
Andaba yo recogiendo mis pociones mágicas en el laboratorio para volver a casita, cuando mi
torpeza innata me llevó a romper un carísimo tubo de ensayo con tan mala pata que laceró mi
piel y empecé a sangrar.
La retarder que hay en mí se llevó el dedo a la boca sin pensar y al notar un sabor extraño,
retuve la saliva conmocionada.
—¡¡Mmm!!
Además de la sangre, saboreé la sustancia alucinógena con la que había estado trabajando toda
la noche y quise morirme. ¡Era mi fin!
Tenía prisa por escupirla y lo hice en el suelo. Tarde pero efectivo. Me limité a limpiarlo con
papel mientras el miedo se apoderaba de mí.
«¿Y si la sustancia ya había afectado a mi organismo?». Era una posibilidad. No conocía su
radio de acción. Ni la cantidad ingerida.
«¿Y si empiezo a flipar bajo el techo de Los Morgan y la monto?»
Pero si me iba, podía estrellarme con el coche de camino a casa. Fue como tener que decidir
entre cortarte un brazo o una pierna, ¡ninguna me convencía, la verdad!
Consulté el reloj. Eran las cuatro de la mañana y había calibrado que el efecto podía durar
entre seis y ocho horas. Debía salir pitando para llegar a mi casa cuanto antes. Quién sabía cómo
reaccionaría a esa maldita toxina…
Tenía algo de tiempo hasta que empezara a hacerme efecto, según explicó Morgan cuando él
la consumió accidentalmente en la playa.
Saqué mi móvil y escribí en el chat de mis amigas españolas.
«¡Me he drogado sin querer en casa de los maromos y creo que esto no va a acabar bien!
MAÑANA OS CUENTO».
Subí las escaleras a toda prisa en busca de Lenny. Necesitaba que me llevase a por mi coche
urgentemente y sin preguntas.
Me interné en la fiesta donde la música sonaba a todo volumen y lo busqué por todas partes,
pero aquello era Sodoma y Gomorra.
Había gente bailando a lo Dirty Dancing. Me los quedé mirando en plan Hashtag
TrajeUnaSandía.
Había gente bebiendo por un embudo boca abajo y otros animando, me lo ofrecieron y negué
vehemente con la cabeza.
Había peña en la piscina exterior a un paso de practicar aquasex…
Y había un Aitor devorando a alguien contra una pared. ¡A un tío! Había escuchado que Aitor
era bisexual, pero yo solo lo había visto con chicas. A pesar de mi mente abierta, me chocó
observarlo. Me dio tanto morbo que fui incapaz de apartar la vista. ¡Por el amor de Dios!
—Charlotte —me llamó alguien desde unos sofás superpoblados.
Seguí la voz y me llevó hasta Morgan. Al parecer presidía una especie de convención de
guapos o algo así, porque vaya espectáculo.
—Lenny bajará enseguida —me informó—. Hacedle sitio, chicos. Estos son mi amigos del
surf. Chicos, ella es Charlotte, la chica de Lenny.
Saludaron y me dejaron un hueco para sentarme, pero yo lo único que quería era largarme. Lo
vi mandar un mensaje y volvió a mirarme.
—¿Quieres beber algo?
—No, no. Yo… tengo que irme ya.
Morgan se levantó y me llevó hasta la barra.
—Ya he avisado a Lenny. ¿Seguro que no quieres tomar nada? ¿Cómo te ha ido con eso?
—Bien, pero ahora tengo prisa, yo… —No quería decírselo, pero…
—¿Qué te pasa? —preguntó preocupado.
—Me he cortado —confesé—. Mientras manipulaba la sustancia…
—¿CÓMO…?
—Y la he tenido en la boca. No sé cuánta. Pero creo que voy a empezar a flipar en breve y
estoy muy asustada.
—¡Charlotte! ¡¿Te unes a nosotros?! —gritó Aitor llegando a mi lado. Al parecer, él también
había tomado algo y estaba falsamente feliz.
—Tú tranquila —me consoló Morgan. Pero sonaba preocupado.
—¿En cuánto tiempo te hizo efecto a ti?
—En poco. Muy poco… No puedes irte ahora, sería arriesgado.
Algo me acarició la espalda y Lenny apareció a mi lado como por arte de magia. Sabía que
debíamos fingir estar juntos, pero a mí solo me salía gritarle que nos fuéramos lo antes posible.
¡No tenía tiempo de paripés!
Sin esperarlo, una ola de su olor corporal invadió mis fosas nasales. ¡Joder…! Había percibido
lo bien que olía en las distancias cortas fuera del pub. Era una esencia increíble que solo notabas
muy de cerca.
De pronto, me sorprendí olfateando su cuello. Juro que no pude evitarlo. Él me aferró de la
cintura pensando que le estaba siguiendo el juego y al sentirlo me eché tan rápido hacia atrás que
si no llega a cogerme, me hubiera caído. ¡¿Qué leches estaba haciendo?! ¡¿Le había olido?!
Sí, baby, y me empezaba a parecer genial.
Poco a poco dejé de oírme chillar barbaridades para imbuirme en un estado de completo relax.
De hecho, me agarré más a él y le sonreí feliciana.
—¿Por qué eres tan guapo? —solté a bocajarro—. Mírate…
Presioné su mejilla con un dedo, flipadísima, demostrando mi imperiosa necesidad de ahondar
en ese hoyuelo desde que lo conocí.
Lenny evitó mi toque y me rodeó para quedarse abrazado a mi espalda. Parecía un gesto
cariñoso, pero sabía que intentaba retenerme en la camisa de fuerza imaginaria que eran sus
brazos y me entró la risa.
Me quedé sin fuerzas y resbalé hacia abajo como si mis piernas se estuvieran derritiendo.
«¡Qué divertido!». Lenny me sujetó para impedir que terminara espachurrada en el suelo.
Debí empezar a preocuparme cuando vi que Aitor y Morgan me miraban con una cara extraña,
pero qué va, estaba la mar de feliz sintiéndome así de desinhibida.
Giré la cabeza hacia Lenny y le dije en tono meloso:
—Me debes un beso, malo. Estás hecho un calienta-bragas, ¿lo sabías? Mira que lamerme la
oreja…
Su cara de pasmo fue tan graciosa que volví a explotar de risa. ¿De verdad acababa de decirle
eso? Que se joda. Era la verdad. Era malo.
De pronto, sentí que volaba y fue genial. Al parecer, me estaban trasladando a algún lugar por
el aire. Me acomodé, rodeándole la cintura con las piernas y me quedé agarrada a su cuello como
un koala.
—¡Madre mía, qué bien hueles! —exclamé alucinada—. ¿Te lo han dicho alguna vez? Seguro
que alguna Mandy de la vida a las que te tiras te lo habrá dicho. ¡Es increíble…! ¿Qué colonia
usas? —Aspiré su aroma como una puta loca y sentí que todo mi cuerpo rebotaba en algo blando.
El sofá.
—Charlotte, ¿estás bien? —preguntó Morgan inquieto tocándome la frente.
—No tan bien como tú, chato… —dije palmeándole la cara—. No se puede ser tan guapo,
coño —Le empujé la barbilla.
—¿Qué has tomado, Char? —preguntó Aitor divertido.
—¡¿No es evidente?! ¡Es la sustancia nueva!
—Me he cortado —Les enseñé el dedo, consternada.
—Mierda, Charlotte… —lamentó Morgan.
Lo miré con ternura. ¿Se estaba preocupando por mí? ¡Qué cosa más mona, por favor!
—¿Qué hacemos con ella? —inquirió Aitor—. No podemos llevarla a su casa en este estado…
—Claro que no. Tiene que quedarse aquí.
—¿La llevamos a la cama?
—¡Sí, Aitor! ¡Hazme tuya! —grité abriendo las piernas de golpe.
Lo vi reírse y Morgan se pasó una mano por la cara antes de cerrármelas de nuevo.
Lenny llamó la atención de sus primos y se señaló a sí mismo. ¿Iba a encargarse de mí? ¡Oy,
oy, oy, oy! No sabía si aplaudir o esconderme.
Señaló hacia la parte de arriba de la casa.
—Está en pleno subidón, no aguantará ni un minuto ahí arriba —opinó Aitor—. Lo mejor para
paliar los efectos de la droga es que beba.
—Hay que mantenerla vigilada en todo momento —señaló Morgan.
—¿A quién? —pregunté con secretismo.
Aitor volvió a reírse.
—¿Qué quieres beber, Char? —me preguntó risueño.
—Nada. Yo no bebo.
—¿Nunca?
—Casi nunca. No me gusta el alcohol. Está asqueroso.
—¿Y si te preparo algo sin alcohol?
—¡Vale!
Aitor se fue a la barra y yo insistí en que quería escuchar más canciones de Pink.
—¡La de Fucking perfect! ¡Esa me encanta!
Lenny la puso para mí y empezó a sonar.
Me puse de pie de un salto y me subí a una mesita baja. Dios… Ojalá no lo hubiera hecho,
porque creo que empecé a cantar con una mano en el pecho como si fuera el maldito himno
nacional.
Decidido… Nunca más saldré de mi casa.

Tomé el camino equivocado una o dos veces


Cavé mi salida con sangre y fuego
Malas decisiones, todo bien,
Bienvenidos a mi estúpida vida

—Es tal cuál mi vida —farfullé sincera.


—¿Por qué lo dices? —preguntó Morgan con interés.
—Me arrancaron de los brazos de mis amigas, que eran como mis hermanas, y me trajeron a
Byron Bay a la fuerza. Yo no quería. Cuando llegué aquí me sentí un bicho raro. No tenía
amigos ni novio ¡ni nada! Y por mucho que lo intenté, no encontré a un maldito ser humano
decente en este paraje tropical…
Aitor llegó con una copa de color rosa y se la arranqué de la mano para darle varios tragos
seguidos.
—¡Está delicioso! ¿Seguro que no lleva alcohol?
—Qué va… —Sonrió malicioso.
Solo paré de beber para cantar el estribillo a pleno pulmón:

¡Hermosa, hermosa, por favor!


Nunca, nunca te sientas menos que jodidamente perfecta

¡Hermosa, hermosa, por favor!


Si alguna vez sientes que no eres nadie
Tú eres jodidamente perfecta para mí

Los tres me miraron ojipláticos. Y también unas cuatro o cinco personas que lo presenciaron
todo. Menos mal que nadie lo grabó.
De pronto, Aitor se puso de pie y empezó a cantar conmigo para compartir el ridículo y me
pareció un gesto superbonito. Fue como si entendiera que sentía cada palabra de lo que estaba
cantando. Se definía a sí mismo como un chico superficial, pero era altamente empático. Captó
perfectamente que me había sentido menos que nada muchas veces durante los últimos cuatro
años. No podía creer que lo estuviera confesando de una forma tan abierta delante de ellos.
Me terminé la copa rápido y le pedí otra.
—Esta mierda entra bien. ¿Qué lleva? —pregunté a Aitor. Al hacerlo vi sonreír a Morgan.
—¿De qué te ríes? —le pregunté divertida.
—De que creo que no eres tan buena chica como yo pensaba…
—Igual es que me he cansado de serlo —dije chulita.
—No te lances. Seguro que mañana lo ves todo de otra forma.
Por supuesto que lo veía de otra forma. ¡LO VEÍA MUY NEGRO!
Qué puñetera vergüenza, de verdad. Lo peor estaba por llegar…
—Lleva vodka, zumo de naranja y granadina —contestó Aitor.
—¡¿Vodka?!
—Tú eres de vodka, pequeña. Eres una chica dura donde las haya.
—¿Yo? ¡Si soy el puñetero Stitch!
—Eres más dura de lo que crees —replicó con una sonrisa.
—Estoy con Aitor —secundó Morgan—. Tienes que serlo para haberte juntado con
nosotros…
—No es para tanto. Os juntáis con chicas todo el tiempo. Por cierto, ¿dónde están vuestras
pibitas?
—La mía se ha ido a casa. Mañana trabajaba temprano en su local de tatuajes.
—¡Ay! ¡Quiero un tatuaje!
—Mejor consúltalo con la almohada…
—¿Y tu cita, Aitor? —pregunté a traición. Ese chico tan mono no dejaba de mirarle
mendigando atención—. Creo que te está esperando…
—Que espere, ahora mismo te prefiero a ti —contestó seductor.
—¡Ay! ¡Calla, que me enamoro! —exclamé emocionada. Y solo con el tono cómico demostré
que para mí Aitor ya era casa. Lugar seguro. Sin complicaciones amorosas.
Morgan y él se habían relajado conmigo, pero Lenny permanecía serio y no me quitaba la
vista de encima.
—Responded a una cosa, ¿por qué Lenny no habla? —dije de pronto. Ahí me di cuenta de lo
peligrosa que era esa sustancia en realidad. Porque en circunstancias normales jamás hubiera
preguntado algo así. El ambiente se tornó serio al momento.
—Nunca hablamos de ello —contestó Morgan—. Hicimos el pacto de no contárselo a nadie.
—¡Venga ya! ¡Aitor, dímelo! —le rogué mimosa—. ¡Si lo supiera, quizá podría ayudarlo! ¿No
os gustaría que volviera a hablar?
—No insistas —zanjó Aitor circunspecto.
—¿Y si lo adivino? —dije con guasa.
Los tres se miraron entre sí.
—Es imposible —apostó Morgan.
—Olvidáis que soy megalista —musité con retintín y me erguí, sentándome sobre mis talones
—. Veamos… Tiene que ser algo con lo que se sintiera más desprotegido que nunca, y solo hay
una cosa capaz de hacerte sentir así cuando eres un niño: que le pase algo a tu madre.
La cara que pusieron no dejó lugar a dudas. Había acertado. Y que Lenny se levantara y se
fuera molesto, me lo confirmó.
—¡No te vayas! ¡Lo siento mucho! —aullé. Pero no volvió—. Decidme que no está muerta…
—No está muerta —aclaró Aitor—. Pero no vuelvas a mencionar el tema, por favor.
—Es la droga la que habla —lo justificó Morgan.
—Lo siento, es que… ¿Cómo podéis soportar que no hable? ¡Lleva demasiado tiempo así!
¿No lo ha visto ningún psicólogo?
—Muchos, pero no sirvió de nada. Lenny es muy cabezota.
—¿Adónde ha ido?
—Creo que a su habitación.
—¡Oh! ¡Yo quiero ver vuestras habitaciones! —grité, abandonando el sofá de un salto. A los
hermanos Morgan no les quedó más remedio que seguirme escaleras arriba mientras yo seguía
bebiendo de mi copa.
Era como si no tuviera obstáculos ni sentido común. Solo deseos que cumplir. Y en ese
momento quería ver el interior de sus aposentos.
Entré en el primero y entendí al momento que era la habitación de un tipo duro. Era oscura y
enigmática, con pinceladas de madera noble y cuero. Tenía una enorme cama en el centro con un
espejo en el techo.
Lo señalé muerta de risa.
—¡¿Por qué no me sorprende que tengas eso ahí, Morgan?! ¿Es para saciar tu alma voyeur o lo
usas para masturbarte con tu reflejo? Porque tampoco me extrañaría nada…
No vi la cara que puso, menos mal. Me estaba fijando en las paredes e intentando extraer algo
de información sobre él, pero era como un jodido búnker. Estaba todo oculto. ¿Por qué? Aquel
era su espacio más personal y no había pistas sobre su persona. Solo había un póster colonizando
la pared con un surfista cogiendo una ola. Entonces me fijé mejor y… ¡el surfista era él!
—¡Caray! ¡¿Eres tú, Mor?!
«Sí, joder, creo que dije Mor». Pfff…
—El mismo.
—Vaya… —Era lo único enmarcado en toda la maldita habitación. Y algo me decía que tenía
un significado oculto. No tenía pinta de ser un narcisista. Aún así dije—: ¿Te gustaría ser modelo
de marcas de surf?
—Qué va.
—¿Y tampoco surfista profesional?
—No…
—Entonces, ¿qué quieres hacer con tu vida?
—Empiezas a sonar como mi padre… —masculló.
—Lo siento. Es chocante que alguien como tú no tenga claro que quiera dominar el mundo —
dije sin dejar de husmear cada rincón. Nada. No había ni una hoja de papel borrador, ropa sucia o
cualquier cosa que hubiera tenido entre manos hacía poco. Solo ese maldito póster. Era
desesperante.
—¿A qué te refieres con «alguien como yo»?
—Ya sabes… Tan perfecto.
Soltó una risita como si hubiese contado un chiste malo.
—Estoy muy lejos de ser perfecto, créeme…
—Mejor. Porque lo perfecto aburre. Los defectos son lo que más mola de una persona. Y
dicho esto, me piro a otra habitación más humana y expresiva. Aquí todo está escondido. ¡Deja
de esconderte!
Me escabullí y entré en la siguiente puerta. Aquel espacio era mucho más luminoso,
desinhibido y lleno de color. Incluso había flores combinadas a juego con las cortinas. ¡No podía
ser de otro que de Aitor!
Vi que una sombra me seguía y estaba segura de que era él.
—¡Qué bonita! ¡Parece un spa!
—Gracias. Estoy pensando en colocar una fuente tibetana en la entrada.
Me doblé de risa y él conmigo. Tenía la sensación de que Aitor había consumido lo mismo
que yo, pero creo que lo suyo era genético.
En contrapunto a la habitación de Morgan, esta no escondía nada. Al revés. Lo tenía todo a la
vista. La ropa que se había probado antes de salir sobre una silla, miles de notas recordatorias,
una colonia sin el tapón y un espejo gigante en la pared. La cama no tenía nada que envidiarle a
la de su hermano, y estaba perfectamente hecha, como si esperara un huésped.
—¿Qué conclusiones extraes de mi habitación? —me preguntó con pitorreo—. Sé buena. A
Lucas le has hecho polvo…
—Que eres un fashion victim.
—¡Culpable! —Sonrió con orgullo.
—Y que no eres el típico hombre…
—¿Y cómo son los hombres típicos, según tu opinión de experta?
Sonreí a su burla. ¿Tan evidente era que no me comía un rosco?
—¿Quieres la verdad? —dije juguetona—. Quizá duela…
—Por favor —suplicó como lo haría un amante de los latigazos.
—Este espacio es precioso, pero no es original. Es decir, ¡no eres tú! Dentro de ti hay mucha
más complejidad y potencial, pero lo ocultas. Estás tan escondido como Morgan bajo todo lo que
te gustaría ser y todavía no eres…
Su sonrisa se esfumó, igual que yo, porque estaba decidida a encontrar la habitación que más
intrigada me tenía. La de Lenny.
Me vi entrando a un tercer dormitorio sola. Ni Aitor ni Lucas me seguían ya. Dentro encontré
a Lenny tumbado en la cama con la espalda en la pared.
En su cuarto no había ningún espejo. Sobre su inmensa cama de 2x2 metros se alzaba un
estantería tan plagada de libros que apenas se veía de qué color estaba pintada la pared. En la de
enfrente había un armario empotrado y un televisor de plasma; y al fondo, descansaba un
escritorio contra la ventana con un ordenador de mesa enorme y una silla ergonómica como la de
los gamers.
Lenny me miró como si no entendiera mi presencia allí.
—Perdón… Venía a pedirte disculpas por lo de tu madre.
No dejé que contestara nada y exclamé:
—¡Hala, cuántos libros! ¿Los has leído todos? —Asintió—. Va a ser verdad eso de que eres
un cerebrito…
Se encogió de hombros y de pronto vi que sus ojos se perdían en mi camiseta como si se
estuviera preguntando cómo serían mis tetas.
—Son normales, no te pierdes nada —dije levantándome un segundo la prenda y dejando que
viera mi 95B. Caminé hasta su ordenador, y al tocar el ratón, la pantalla se encendió
automáticamente mostrando una página abierta en la que había mucha información sobre mí.
¡Sobre mí! Incluso estaban mis calificaciones escolares. ¿Cómo las había conseguido?
Un segundo después, tenía a Lenny al lado. Había brincado desde la cama para apagar la
pantalla con la mano, pero ya era demasiado tarde. Lo había visto todo.
—¿Me has buscado en internet? —pregunté asombrada.
No contestó. Solo empezó a empujarme hacia la salida.
—Espera, ¡no he terminado de investigar tu habitación! —Forcejeé.
Me bloqueó el paso y me hizo un gesto con la cabeza que significaba que me largara.
—¡Soy tu chica, no puedes echarme! —Le esquivé y me lancé sobre la cama—. ¡Wow! ¡Qué
cómoda es! ¿Qué marca de colchón usas? —cuestioné asombrada recostándome mejor sobre la
almohada.
En ese momento, Aitor y Morgan entraron en la habitación.
—¿Cómo haces para que caigan en tu cama a los dos segundos, tío? —bromeó Aitor con
guasa.
—Está claro que las droga —señaló Morgan. Pero yo ya no oía ni veía nada. Había cerrado los
ojos y no era capaz de volver a despegarlos. No sé si fue la esponjosa almohada, la firmeza del
colchón o el narcótico olor de las sábanas, pero me quedé dormida.
Cuando desperté lo hice de golpe. Había tenido unos sueños muy extraños donde me convertía
en vampiro. Noté que el colchón se hundía porque alguien acababa de levantarse de mi lado.
Lenny se plantó frente a mí, pero mi vista fue a parar a un bulto enorme marcándose en su
pantalón de chandal. Hablamos de un tamaño olímpico… Cuando pude desviar la vista de
semejante Bratwurst, capté un Ok a modo de pregunta en sus dedos.
—Estoy bien —contesté aturdida y me incorporé para comprobarlo. Tenía un horrible dolor de
cabeza. Anoté mentalmente reducir los efectos secundarios no deseados de la sustancia, como la
cefalea.
Vi en su despertador que eran las siete de la mañana, pero él no tenía cara de sueño. ¿Habría
estado despierto todo ese tiempo? Me fijé en que había un libro en su mesilla con un
marcapáginas embebido.
Volvió a mostrarme su teléfono.
«Te llevaré a casa».
—Sí, por favor.
Me sentí tonta al darme cuenta de que no había sido una pregunta. Quería que me fuera. No le
pregunté, pero seguro que Aitor y Morgan ya estaban dormidos y él no podía hacerlo conmigo
estorbando en su cama. Ni con esa salchicha entre sus piernas…
Va a quedar fatal que cuente esto, pero tengo una pequeña fijación con las… con los… ¡con
eso! El atributo masculino me crea mucha expectación porque mis amigas siempre hablaban de
tamaños, grosores, sabores, y un sinfín de características más, y yo nunca podía opinar porque…,
aunque las había manoseado, nunca había visto una bien de cerca. Ni me la había metido en la
boca. ¡Ya está! ¡Lo he dicho!
Sé que no debería lloriquear por eso, pero yo lo comparo a comer picante o a tocar el fuego.
Algo, que, tras hacerlo me horrorizará, pero ahora mismo me pueden más las ganas de
experimentarlo que las consecuencias. Supongo que ansío sentir el poder de tener lo más valioso
para un hombre a merced de mis fauces.
Y ahora, corramos un tupido velo con unicornios, por favor.
Busqué mi bolso por toda la casa y vi que lo había dejado abandonado en la barra de bar del
salón. ¡Había estado allí solo todo aquel tiempo! ¡Qué locura! Pero no creo que nadie se
atreviera a robar nada en esa casa.
Salimos del chalet en silencio. No quedaba un alma en la fiesta.
—¿Puedes dejarme en el Capitán Nemo? Mi coche está allí.
Lenny escribió un mensaje de texto.
«¿Estás bien para conducir?».
—Creo que sí…
Frunció los labios y volvió a teclear.
«Morgan me ha dicho que te lleve a casa. Mejor no arriesgarnos».
—Pero mañana no tendré coche para ir a trabajar…
Se señaló el pecho y luego su móvil. Es decir, que le avisara y él vendría a recogerme para
llevarme.
—De acuerdo —contesté rendida. No quería discutir. Y quizá no estaba tan bien como creía.
Todavía tenía flashes extraños de lo que había soñado. Además de los vampiros, aparecían mis
padres discutiendo por vivir en Byron. Yo llorando por sentirme sola y actos eróticos no
deseados con cierto profesor.
Lenny arrancó el coche y viajamos bajo la preciosa luz del alba en un silencio muy agradable.
Sentí que me miraba varias veces, como si estuviera preocupado por mí. Añadí otra nota mental
sobre la extraña melancolía que sentía. Debía preguntar a Morgan si era cosa mía o él también la
había experimentado, porque de ser así, lo anotaría como posible efecto secundario.
Cuando llegamos a mi casa, Lenny esperó a que me apeara del coche, pero las piernas no me
respondían. Era como si me pesaran una tonelada y me temblaran. Abrí la puerta y las apoyé en
el suelo. Traté de ponerme de pie, pero me hormigueaban, tenía sudores fríos y estaba mareada.
Inspiré hondo para no vomitar ni desmayarme.
Cuando lo escuché bajar del coche, cerré los ojos avergonzada. Segundos después, chasqueó
los dedos delante de mí para que le mirara.
—Estoy un poco mareada —confesé.
Sentir sus manos sobre mi cuerpo sirvió para activarme de golpe. Me puso de pie cargando mi
peso sobre él y me alejó de la puerta para cerrarla. Era tan alto que tenía que agacharse bastante
para alcanzar mi estatura de hobbit.
En la entrada de mi casa, le di las gracias y busqué las llaves en mi bolso. Quería que se fuera
ya, pero cuando la abrí, entró conmigo y no dije nada, solo le indiqué dónde estaba mi
habitación.
Jamás hubiese imaginado que habría un Morgan bajo mi techo. Quería quedármelo como si
fuera un gnomo de jardín. Pronto pudo comprobar que mi casa no tenía tanto glamour como su
chalet de lujo.
Le señalé la puerta del fondo y nos internamos en mi cuarto.
—Gracias… —musité cuando me dejó sobre la cama.
Lejos de mirarme o contestar, se tomó su tiempo para observar mi estantería llena de libros, mi
corcho lleno de recuerdos y fotos de mis amigas españolas, mi colección de peluches, mis
Funkos, mis tropecientos objetos de Stitch y mi escritorio coronado con un puzzle de la tabla
periódica.
Sus ojos volvieron a mí con más interés. Era como si no quisiera irse, o como si esperara algo
a cambio de haberme traído. ¿Qué sería?
—Gracias por traerme —vocalicé. Él asintió levemente y se quedó quieto en vez de decirme
adiós con la mano y desaparecer.
¿Quería un striptease o qué?
Bueno, otro, porque acababa de recordar que le había enseñado fugazmente mi delantera.
También le había llamado calienta-bragas y había insinuado que estaba traumatizado por su
madre. Pfff…
Quizá lo que esperaba era una disculpa.
—Siento mucho todo lo que he dicho y hecho esta noche… Te juro que no era yo misma.
Estoy muy avergonzada…
Para mi sorpresa, se sentó a mi lado en la cama y sacó su teléfono.
«No hablo porque no puedo», leí acongojada. ¿Qué…? ¿No podía?
Siguió escribiendo despacio, no con su velocidad habitual.
«Si lo intentara, no podría… Solo me saldría gritar».
Una fuerza invisible me comprimió el corazón. ¿Por eso no hablaba? ¿Porque se pondría a
gritar como un energúmeno?
De pronto, le entendí muy bien, porque sumida en la tristeza que arrastraba, no fui capaz de
contestarle nada. Si lo hubiera hecho, me hubiera puesto a llorar. Y me pareció tan triste…
Qué curiosas son las reacciones del cuerpo, porque quise decirle que lo sentía, quise abrazarle,
quise darle las gracias por contármelo y consolarle, pero solo me salió agarrarle del cuello y
besarle.
Tardó segundo y medio en apartar la boca.
Eso es un segundo más de lo que se tarda en huir instintivamente de algo que repudias. Y ese
jodido segundo entre la sorpresa inicial y el efecto de separarse de mí lo cambió todo entre
nosotros. Ese segundo de duda. De amnistía. De absolución…
Se levantó atribulado y se fue sin mirarme y sin decir nada. Yo sí murmuré un «lo siento» en
nombre de todas mis cagadas estelares hasta la fecha. ¡Rip, Rip, hurra! Porque acababa de
enterrarme a mí misma con ese beso. No tenía intención de volver a verlos jamás.
Mis ganas locas… Cuando dan las cinco de la tarde, mi pie no deja de golpear contra el suelo
porque entro a trabajar a las siete y no tengo coche. ¡Maldita sea! ¡Soy una desgraciada!
Además, estaría bien poder ir a revisar las mezclas al laboratorio Morgan y hacer otras nuevas
para ver su evolución de madrugada.
Me lo pienso, y al final, escribo a Lenny con toda la vergüenza que es capaz de soportar un ser
vivo. No doy un duro por que venga a por mí después de mi paso en falso. ¿Por qué coño lo
hice?
9
ALGUIEN QUE NO SOY
“Eres joven para quedarte esperando a que la vida suceda”
Elisabeth Benavent

Espero a mi chofer fuera de casa, no quiero que mi madre lo vea.


Mi padre trabaja en el yate todo el fin de semana y me apena dejar sola a mi madre cuando él
no está, pero lo entiende. Necesitamos el dinero que consigo en el pub para suplir el que ella no
aporta. Es una realidad. Y hasta que deje de estar de prácticas en el AIMS con Dani, no podré
dejar de ser camarera y tener los fines de semana libres.
La pickup roja aparece por mi calle y mi corazón se salta un latido.
Keep calm… Nada de lo que hice ayer cuenta, ¡estaba colocada!
Pero lo hice, joder. Rocé sus labios con los míos, y por suerte, dejé la lengua quieta, pero me
lancé a la boca de alguien que acababa de confesarme algo muy íntimo, mostrándose vulnerable.
¡¿Qué clase de salida soy?! Una virgen de veintidós años, supongo.
Antes de salir me he dado ánimos en el espejo. «¡Vamos, Carlo! ¡Tú puedes con esto!». Dicen
que lo que no te mata, te hace más fuerte. Si es cierto, estoy a tres problemas de convertirme en
Hércules.
El vehículo se detiene y lo rodeo para subirme. Siento sus ojos abrasadores sobre mí, pero me
esfuerzo por mantener una respiración pausada. No hay dolor.
Me subo con una amplia zancada y cierro la puerta de golpe.
—Hola… —musito sin mirarle.
Sé que él me observa, pero no sé a dónde mira exactamente, si a mis labios infractores, a mis
tetas sin push up o a mis ojos esquivos.
De pronto, siento que me toca el muslo y doy un brinco ridículo. Al mirarle, el símbolo de Ok
me está esperando a modo de pregunta.
—Sí, sí, todo bien… —balbuceo nerviosa—. Quiero… Me gustaría pasar un momento por el
laboratorio para comprobar un par de cosas antes de ir al pub. Tengo que ver cómo van las
muestras que dejé ayer.
Arranca sin decir nada; el chico es obediencia pura.
Superamos los primeros minutos en un silencio extraño hasta que para en un semáforo y
vuelve a mirarme.
Yo no muevo ni un músculo, como si fuera un tiranosaurio rex y no pudiera verme si me
mantengo estática. Fijo la vista al frente.
Oigo un chasquido de dedos y lo miro con miedo.
¿Miedo de qué? No lo sé. De que se ría de mí por haberle besado o de que quiera repetir por
despertar a una bestia dormida. ¡Boom!
«¿Seguro que estás bien?», evoca de nuevo el Ok con los dedos.
—Solo un poco avergonzada —respondo con sinceridad—. Ayer hice y dije cosas que no
quería… Por eso necesito dosificar bien la sustancia, para que la gente que la tome no se
arrepienta tanto a la mañana siguiente…
Lo veo escribir en su móvil.
«Ayer yo también hice cosas que no debía». Al leerlo mi cara se congestiona como si fuese a
explotar. ¿Se refiere al beso? Está claro que no deseaba juntar nuestras mucosas. ¿O se refiere a
algo que me hizo mientras estaba dormida en su cama? ¡Ay, mi madre!
«Mis primos dicen que estuviste muy graciosa», teclea veloz.
Sus primos, ya…
—¿Y tú qué piensas? —Me atrevo a preguntar.
Desde que conozco a estos chicos he perdido tres kilos solo de los nervios. Y las
conversaciones a solas con Lenny son de las que más queman.
Se toma su tiempo para escribir la respuesta y me siento como si fuera a ponerme nota. ¿Por
qué me importa tanto lo que piense este…? No sé ni cómo denominarlo. Pero es nadie para mí.
«Yo opino que eres MUY PELIGROSA», gira la pantalla, burlón.
—¡¿Yo?! ¡¿Por qué?! —Y no puedo evitar sonreír.
Si él supiera lo inofensiva que soy… Le besé porque no me atrevía a abrazarlo, no porque
quisiera comerle la polla.
—Lo peligroso es esa sustancia —subrayo—. Provoca cambios emocionales intensos, además
de estupor y sueños extraños mezclados con recuerdos. Debo equilibrarla para que eso no
suceda.
Asiente y no decimos nada más hasta llegar a su casa.
Una vez en el recibidor, Lenny silba de esa forma especial para avisar a sus primos y Morgan
no tarda en aparecer por la barandilla del piso superior sin camiseta y con una cinta en la cabeza.
—¿Charlotte? ¿Qué haces aquí?
—He venido a ver cómo va la sustancia… —digo sin pensar.
—¿Así llamas a Lenny ahora? —inquiere otra voz vacilona por detrás de Morgan. Es Aitor—.
Mi primo nos ha contado lo de anoche…
Me quedo muerta. ¡¿Se lo ha contado?! Lenny chasquea la lengua al ver mi expresión
descolocada.
—¿No lo recuerda? —pregunta Aitor.
¡Muy buena idea, colega! No. No me acuerdo de nada. ¡Es perfecto!
—¿A qué te refieres? —Me hago la tonta.
«¡Bien salvado, nena!», dirían mis amigas.
Lenny chasquea los dedos con enfado para decirle a Aitor que corte el rollo y señala la puerta
de acceso al laboratorio y luego su reloj.
El aludido pone los ojos en blanco y Morgan baja las escaleras con lo que parece un pantalón
de capoeira negro y… nada más. Esa imagen hace que se me trabe la lengua.
—¿Cómo te encuentras? ¿Estás bien? —me pregunta atento.
—Sí, bueno… —jadeo—. Tengo dolor de cabeza y flojera muscular. Una cosa, ¿cómo te
sentiste tú cuando pasaron los efectos de la sustancia? ¿Estabas anímicamente mal?
—Sí, tuve un pequeño bajón.
—Que todavía le dura —comenta Aitor—. Aunque ese es su estado natural… Tiene como un
millón de problemas, el pobrecillo.
—Sí, y tú eres uno de ellos —replica mordaz.
—¡Anda ya! —ríe Aitor—. ¡Si yo soy tu mejor escudo para tu problema número uno: papá!
—Cierra la bocaza. Vamos, Char… Bajemos. Quiero saber cuál es el siguiente paso. Me
interesa mucho.
Veo que Lenny se marcha a la cocina y Aitor le sigue. Yo me quedo con las ganas de
preguntarle qué les ha contado Lenny exactamente, porque no creo que Morgan saque el tema.
Ayer en su habitación descubrí que es la discreción personificada.
—Siento que anoche te intoxicaras… —murmura Morgan.
—Yo más. No me hago responsable de lo que dije o hice, va en serio.
—Tranquila. Solo dijiste la verdad. En realidad, estabas más lúcida que nunca…
—Lo del bajón anímico me preocupa. Podría tener repercusiones psicológicas extremas para
quien esté ya un poco deprimido de por sí.
—¿Podría revertirse ese efecto disminuyendo la dosis?
—Más bien añadiendo algo para contrarrestarlo —rumio—. Porque la sustancia no es
alucinógena, es decir, lo que evoca no es imaginario, sino algo muy real que está en el
subconsciente…
Nos miramos sabiendo que ambos guardamos secretos que nos remueven. ¿Cuáles serán los
suyos?
—Por eso quería venir —continuo—. Necesito hacer nuevas mezclas y añadidos, y se tarda
horas en comprobar las reacciones. Viniendo ahora, voy a ahorrar tiempo para esta noche.
—Me alegro de que todavía no nos hayas mandado a la mierda…
Me giro sorprendida.
—¿Cómo iba a hacerlo? No tengo escapatoria…
—¿De verdad crees que te hubiera jodido la beca?
—Tu fama te precede, Morgan. No eres precisamente un santo…
—Yo no hago daño a quien no se lo merece —sentencia locuaz.
—Entonces, ¿te consideras el antihéroe que ayuda a otros haciendo el mal?
—No. Supongo que solo soy un camorrista rebelde…
«Uno muy guapo», quiero añadir. Y más con su aura depresiva bien latente. Me gustaría
animarle y no sé cómo. Por norma general, no me gusta ver sufrir a nadie. Pero a ellos, menos. Y
no sé por qué.
—Estamos haciendo esto por Lenny —le recuerdo.
—¿Crees que funcionará? Es decir, ¿crees que podrás producir una sustancia que guste a la
gente y no sea demasiado dañina?
—Buena no va a ser…
—Lo sé, pero hay un montón de cosas insalubres por ahí, como los ganchitos y las chucherías.
Eso es veneno puro para el organismo.
Abro la boca ultrajada.
—¡No te atrevas a meterte con mis drogas!
Morgan sonríe de medio lado. Mi reputación también me precede.
—Ya te he visto atracando media tienda alguna vez… Tranquila, de algo hay que morir, ¿no?
—¡Cállate! ¡No son veneno! —Me río.
Él hace lo mismo y suspira. Me pregunto con qué pesar carga su pobre corazón, porque es
evidente que le preocupa algo. O alguien.
—Gracias por tu ayuda, C. Por venir ahora a revisarlo y por…
—Deja de darme las gracias —le ordeno prestando atención a los compuestos que dejé
reposando ayer—. Si no quisiera, no lo haría. ¿Entendido?
—Vale… Pero quiero protegerte. —Se saca un móvil del bolsillo y me lo tiende—. A partir de
ahora, no uses tu teléfono habitual para comunicarte con nosotros. Usa este. Si nos pillan, no
quiero que te salpique.
Es un iPhone nuevo último modelo. ¡UN PUÑETERO IPHONE!
—Te dejo trabajar —Se despide.
Lo enciendo alucinada y veo sus tres números registrados con sus iniciales M, A y L. Sabía yo
que eran el MAL… Pero sonrío enternecida. Ahora sí que somos el equipo Tulipán.
Mi mente huye de los guapísimos y enigmáticos Morgan y me centro en «mi criatura», que me
resulta igual de fascinante.
Más de una hora después, suena mi alarma. ¡Argh! ¡Tengo que irme a trabajar! Lo recojo todo
y subo, mientras consulto mi teléfono. Mi madre me ha llamado tres veces y luego me ha escrito
un mensaje.
«¡Adivina! ¡Tengo una entrevista de trabajo! No entiendo cómo ni por qué, ¡pero me da igual!
Es en la tienda de fotografía del pueblo. He quedado en un rato. Iré dando un paseo. ¡Aún no me
lo creo! ¡Deséame suerte!».
Sonrio automáticamente. Ojalá le salga bien, aunque es probable que la hayan confundido
conmigo si han tirado de currículums de hace años, porque yo lo eché en todas partes.
Los busco por la casa y no los encuentro. Se escucha música arriba.
—¿Hola? Tengo que irme…
Pero es obvio que no me oyen. Me resisto a subir al piso superior, es su área privada, pero,
¿qué más da? Ya lo hice ayer.
Subo por las escaleras y escucho la música cada vez más alta. Suena la mítica canción de
Hombres G, No te escaparás.
Avanzo despacio en busca de vida humana y los encuentro a los tres en el baño frente al
espejo gigante. Cada uno haciendo una cosa distinta. Morgan peinándose, Aitor echándose
desodorante y Lenny afeitándose. Los tres sin camiseta. ¡¡¡MIS OJOS!!!
Pero no puedo apartar la vista. Mi boca se abre sola al ser testigo de cómo siguen el ritmo de
la música y tararean.

Porque hoy…
Hoy no te escaparás.
Cuenta con que es posible que no puedas volver a andar…
He esperado toda la semana,
Pa' verte desnuda dentro de mi cama
Y hoy, hoy no te escaparás.

La escena me golpea el cerebelo de tal forma que sé que nunca conoceré a nadie que pueda
igualarlos. ¡Me han dejado traumatizada de por vida! Hay cosas que los ojos de una mujer jamás
deberían ver, ¡y esta es una de ellas! La parte más humana, impresionante e increíblemente
inolvidable de Los Morgan.
De pronto, los tres giran la cabeza y mis ovarios explotan.
—Entro a las siete —balbuceo todavía en shock.
Lenny se señala y vuelvo a recordar mis labios sobre los suyos. ¡Qué cagada!
¿En qué leches estaba pensando? ¡Es el puñetero Lenny Morgan!
Pasa por mi lado en busca de una camiseta y miro al suelo.
Aguanto el bochorno de que me lleve hasta el trabajo sin decir nada por el camino. Si lo
hiciera, le preguntaría por qué coño ha contado que le besé. ¡Si fue sin querer y bajo los efectos
de una droga!
Lo dejamos en una mirada, un alzamiento de cejas y un adiós por mi parte. Nunca había tenido
tanta prisa por entrar a trabajar.

Sobre las nueve y media Los Morgan se acomodan en su rincón. Vienen acompañados por
Tom y Jerry, y quince minutos después aparecen sus hermanas. No me pilla por sorpresa; nunca
faltan a la noche de Karaoke mensual y suelen sentarse con ellos.
En un momento dado, Morgan me hace un gesto para que vaya. ¡Tengo complejo de chucho!
Solo me falta acudir meneando la cola.
Me persono renuente porque Cora, la reina de las animadoras, siempre me ha dado mal rollo;
siento que somos de especies distintas. Y Lía Morgan siempre me ha dado miedito; tiene fama de
ser brusca. En eso se parece a Lenny… En ellos florece la mala leche de la familia.
—Hola —murmuro cortada. Todos me miran. Yupiii…
—Chicos, esta es Charlotte, la chica de Lenny —dice Morgan.
—No me creo nada —contesta Lía mirándome de arriba abajo con sospecha. Tiene el pelo
oscuro. No se parece en nada a sus hermanos rubios—. Cielo, parpadea dos veces si estás aquí en
contra de tu voluntad…
Mi reacción es sonreír y parpadear dos veces de forma exagerada.
—¡Lo sabía! —celebra. Cuando está de humor no da tanto mal rollo.
Miro a Lenny sin saber qué hacer y lo pillo mirándome fijamente. Es increíble lo bien que
finge que le gusto delante de los demás.
Me llama con la mano para que me acerque a él y me hace un hueco a su lado sugiriendo que
me siente. En teoría no puedo, pero me entra curiosidad por saber qué va a hacer…
Sin perder tiempo, se sumerge en mi pelo y me planta un beso en el cuello. ¡POR FAVOR…!
Al menos no me ha lamido esta vez.
Intento disimular mi turbación, pero creo que todo el mundo se ha dado cuenta de cómo se me
ha disparado el corazón.
Sonrío apocada, asimilando que el simple roce de sus labios me ha puesto a cien. ¿Soy yo o
esto se está complicando por momentos?
Una cosa es que me aproveche de su popularidad para escalar en el ranking social y otra cosa
es que empiece a pillarme como una imbécil.
—Pero… ¿estáis saliendo? —pregunta Cora molesta—. No lo pillo. Tú solo estás con chicas
de una noche…
Observo a la pequeña de Los Morgan y juraría que he percibido celos en su voz.
—¡Pero ahora se ha enamorado! —dice Lía por él—. Es normal que no entiendas el concepto,
hermana. Para ti los hombres son de usar y tirar, pero un día respetarás a uno lo suficiente para
llamarlo novio.
—No creo que ninguno esté jamás a la altura —responde cortante.
—Y mientras, pierdes el tiempo con el más gilipollas en siete pueblos a la redonda.
—Kali no es gilipollas.
—Discrepo —carraspea Morgan incisivo.
—A ti todos los que me meten la polla te lo parecen, Lucas.
—¿Cuántas veces tenemos que decirte que no uses ese termino en nuestra presencia? —la riñe
Aitor. Y me sorprende. No le pega nada esa pose de hermano mayor—. Preferimos pensar que
no sabes ni lo que son.
—Polla, polla, polla —repite ella solo por joder—. Y la de Kali es la hostia, por cierto.
—¡Vale ya! ¡Aj! ¡Cállate! —gritan todos Los Morgan a la vez entremezclados.
Cora sonríe y yo hago lo mismo. Me ha recordado un poco a mi amiga Iris. Pero cuando
nuestras miradas se cruzan, sus ojos se entrecierran con rencor. Es oficial. No le caigo bien.
Tampoco sé de qué me sorprendo, suelo repeler a las divas.
Me levanto, disculpándome.
—Debo volver al trabajo antes de que el capitán me diga algo.
Miro a Lenny y él a mí. Latido, stop, latido. Y me voy.
—¡Guau, Lenny, parece que le gustas mucho! —oigo decir a Lía.
—No te pega nada —opina Cora.
—Déjala en paz, es una buena chica —sale en mi defensa Morgan.
—¡Por eso mismo! ¿Qué pinta con él? ¡Y ni siquiera es guapa!
Me giro sin poder evitarlo y veo que Lenny le hace un gesto con las manos. Cruza dos dedos
el uno sobre el otro y la señala.
—Más que tú —traduce Aitor.
Cora se levanta enfadada y apoya las manos en la mesa.
—Para mentir, mejor que no hables —masculla irritada. Y se va en busca de Kali.
Lenny aprieta la mandíbula al verla alejarse y después me mira. Yo aparto la mirada rápido y
sigo andando. ¿Qué mosca les ha picado? Para empezar, yo no soy más guapa que Cora. Nadie lo
es. Puede que Freya, a la que abraza en este mismo momento, se le acerque. Acto seguido, cae
sobre el regazo de su no-novio y empieza a darle un morreo de la leche. Kali nunca me ha
despertado simpatía. Hashtag Chuloredomado.
Toda la mesa de los Goofys observa a Cora, que parece actuar como una actriz porno porque
sabe que tiene su público. Cada uno de ellos la mira con una expresión diferente:
Morgan con ganas de que vuelva a tener seis años.
Lía con asco y… algo más.
Lenny con arrepentimiento y miedo.
Aitor enfadado.
—Charlotte… —dice una voz a mi lado. Es el capitán. ¡Pillada!
—¿Sí?
—Te he visto sentada en la mesa de Los Morgan…
Uf… ¿es que no me quita la vista de encima ni un segundo?
—Y se rumorea que ayer te fuiste a casa con Lenny… ¿Es verdad?
¿Desde cuándo hay que dar explicaciones a tu jefe de con quién te vas o te dejas de ir a casa,
fuera del horario laboral? Pero no puedo contestarle una bordería, necesito el empleo.
—Sí. Tuvimos que hacer juntos un trabajo en la universidad y… bueno, a raíz de eso, nos
gustamos. Es muy listo.
—Y peligroso —repone él preocupado.
—¿Por qué lo dices?
—Ese chico tiene graves problemas de autocontrol… Me da miedo que te haga daño.
—Con las chicas no es así. Pregúntaselo a Mandy, ha estado con él.
—Bueno, si necesitas cualquier cosa…
—Te lo diré, sí. Muchas gracias.
—Ten mucho cuidado, Charlotte. No me gusta…
—Lo tendré. Tranquilo.
—Y no te sientes con ellos en tus horas de trabajo.
—Solo ha sido un momento. No volverá a suceder.
—Bien…
O eso espero, porque no respondo de mí si vuelve a besarme el cuello.
Sirvo las últimas copas mientras hacen las pruebas de sonido y de luces de última hora. El
ambiente crepita de expectación por la primera actuación de la noche de karaoke.
Hay varios instrumentos y algunas personas se prestan a tocar. Lenny suele ofrecerse con la
guitarra y todas las féminas del local suspiran por él al ver cómo se entrega a la música. Es cierto
eso de que amansa a las fieras, porque toca de una forma que no deja indiferente a nadie. ¿Cómo
puede alguien tan bruto tener tanta destreza? Es un misterio. Uno muy morboso que te incita a
preguntarte si lo tocará todo igual de bien…
Me rayo pensando en detalles tontos como:
¿Qué ha querido decir Lenny cuando ha escrito que «anoche él también hizo cosas que no
debía»? ¿Hablaba del beso o de otra cosa?
Cuando las luces se apagan, saco mi móvil del bolsillo y escribo a Aitor sin poder refrenarme.
«¿Qué os ha contado Lenny de anoche exactamente?», tecleo deprisa y vuelvo a guardarlo.
Soy incapaz de ver si lo está leyendo o no. Durante las actuaciones el bar se queda en penumbra
y solo se ilumina el escenario que tenemos en uno de los laterales del local.
La guitarra eléctrica empieza a sonar y levanto la cabeza de golpe. Ver a Lenny sobre el
escenario rasgando las cuerdas nunca me había impactado tanto. De pronto, tengo la necesidad
de que me arranque a mí melodías que jamás soñé con entonar.
Mi móvil vibra en mi culo haciéndome cosquillas. ¡Todavía no puedo creer que tenga un
iPhone acariciando mis posaderas!
«Cuando te quedaste dormida, volvimos a la fiesta, pero Lenny se quedó contigo, leyendo.
Más tarde pasamos a veros y te encontramos amarrada a su pecho. Nos reímos mucho de él».
¿Amarrada a dónde…? ¡TIERRA, TRÁGAME!
«¿Por qué os reísteis?».
«Por su flamante tienda de campaña, claro…».
¿Su qué…? DIOS SANTO.
La voz de Freya parte el aire y me salva de desmayarme.
«¡Ni lo pienses!», me digo a mí misma. Ese manubrio no se alzó en mi honor. ¡A Lenny le
pongo -3! Pero supongo que si una chica se arrima a él en la cama, pasa lo que pasa. ¿Verdad?
¡¿VERDAD…?!
Esto de sentir que necesito alcohol para soportar mi existencia es totalmente nuevo para mí.
Freya canta Payphone de Maroon 5 mientras Lenny sigue acariciando la guitarra con maestría.
Su forma de seguir los acordes con la cabeza hace que se me llene la boca de saliva. ¡La leche…!
¡Es urgente que me centre y deje de ver unicornios donde no los hay!
Busco a Aitor con la mirada en la mesa de Los Morgan porque, conociéndole, seguramente
solo me esté tomando el pelo con lo de la tienda de campaña, pero a quien me encuentro sin
poder apartar la vista del escenario es a Lucas. Digo, a Morgan, joder. Yo no tengo derecho a
llamarle así, pero como no paro de oírlo, al final, se me pega.
Ya he mencionado con anterioridad su obsesión por observar a Freya mientras canta, pero esta
vez hay algo distinto en su mirada; parece preocupado. Culpable. Ansioso. ¿Qué le ocurre?
Analizo la letra de lo que está diciendo Freya, que también lo mira con cierta intensidad, y
alucino con el mensaje subliminal escondido en la canción.
¿Dónde están los viejos tiempos, cariño?
¿Dónde están los planes que hicimos para los dos?
Sí, sé que es difícil recordar las personas que solíamos ser
Y es todavía más difícil asimilar que ya no estás a mi lado.

Veo que Morgan baja la cabeza, sobrepasado.


¡¿Qué diablos pasó entre ellos?! Tengo que averiguarlo.
10
UN MUNDO FELIZ
“Las palabras pueden ser como rayos x,
si las usas correctamente: atraviesan cualquier cosa”
Aldous Huxley

P
¿ or qué ha elegido justo esta canción? ¿Pretende matarme?
Quizá lo que ha pasado esta mañana haya tenido algo que ver…
Como he dicho, cada sábado vamos a comer a casa de mis padres y alguna vez me he cruzado
con Freya, pero nunca hablamos. JAMÁS.
Cada vez que mis ojos se encuentran con los suyos, procuro no mirarla más de medio segundo.
Es como un mecanismo de defensa. Pero hoy ha sido distinto. Hoy, cuando estábamos cruzando
el jardín, Freya ha salido corriendo de su casa, supongo que para ver si todavía podía alcanzar a
su padre, y ha frenado en seco al ver que ya se había marchado.
Entonces nos ha visto en el jardín de al lado, a escasos metros, y algo ha pasado.
Aitor y Lenny ni se han inmutado al verla y han seguido su camino, pero yo le he mantenido la
mirada durante tres segundos enteros y luego he soltado un temeroso e impulsivo «Hola».
Al oírme, Lenny y Aitor se han detenido extrañados. Ella ha flipado a todo color. Y yo todavía
más. Pero ha conseguido responderme otro débil «hola».
He mirado a unos y a otros porque he sentido que mis piernas no tenían intención de ir a
ninguna parte y he dicho:
—Chicos, id entrando, ahora voy…
Se han mirado perplejos y han puesto pies en polvorosa al captar que quería que
desaparecieran ipso facto.
Se me ha hecho un mundo volver a mirarla y admitir que aquello estaba pasando.
—Solo quería… darte las gracias.
—¿A mí? ¿Por qué? —ha balbuceado.
—Por lo de la semana pasada. La pelea en el bar… Por intervenir cuando llegó la policía.
—Ah… ya. No fue nada.
—¿Por qué lo hiciste?
Es una duda que me ha carcomido durante días. En realidad, desde que hace meses la droga
me hizo revivir algunos detalles de nuestro pasado, no he dejado de pensar en ella. Y ahora todo
es distinto. Todo vuelve a importarme. Y no podía dejar pasar ese gesto sin decirle nada. Quería
saber por qué. Como si en sus motivos pudiera encontrar una explicación a lo que me estaba
pasando.
—Vi que la cosa podía complicarse y decidí intervenir —explica.
—Pues… gracias. De verdad. Lenny estaba fuera de sí aquel día.
—¿Ya está bien?
—Todo lo bien que puede estar —he dicho echando balones fuera.
—¿Y tú, cómo estás?
Seguramente ha sido pura cortesía, pero me ha chocado la pregunta. ¿Desde cuándo le importa
a ella cómo estoy?
—Estoy… —Me he quedado en blanco. Y cuando eso me pasa, suelo optar por la verdad—.
Tengo algunos problemas ahora mismo…
—¡Freya! —Han gritado desde su casa.
—Pues espero que se solucionen pronto —ha dicho caminando hacia atrás—. Tengo que irme.
—Sí, yo también…
Nos hemos mirado como si no quisiéramos despedirnos.
—Gracias otra vez —he dicho.
—Por nada…
No han sido sus palabras, sino su mirada lo que ha encendido algo dentro de mí. Una
querencia nueva. O antigua. No lo sé.
Parecía estar preguntándose a qué venía mi cambio de actitud, pero ni yo mismo lo sé. Solo sé
que no quiero que siga siendo una desconocida para mí.
Cuando he entrado en casa, he escuchado la clásica algarabía de una comida familiar de Los
Morgan. Sobre todo desde que mi tío Mak se mudó a Australia. Menos mal que lo hizo, si no, las
cosas hubieran ido a peor.
Se trasladaron un año después del ataque en casa de mi tío Luk. Mi tía Mei traspasó su
restaurante La Ola Dorada y se mudaron aquí para ayudar a los padres de Lenny a superar el
percance.
—¿Dónde está el maestro de las olas?
Mi tío Mak me ha espachurrado contra su pecho de acero. Odio que haga eso. Creo que sigue
pensando que tengo doce años.
—Bien… —He luchado por librarme de su amarre. Es un enfermo de las pesas y sigue
estando fuerte a su edad. Tengo muy claro que podría tumbarme si quisiera. Fue GEO en su
juventud, igual que mi tío Luk. A veces me pregunto cómo consiguió pasar las entrevistas
personales con su vena de payaso incurable.
—Te veo serio —ha dicho guasón—. ¿Las chicas no te tratan bien?
—La verdad es que no —he bromeado con la verdad—. Son un jodido quebradero de cabeza.
—Uy, eso solo puede significar una cosa, que es la adecuada —Me ha guiñado un ojo—. Para
mí no fue un problema hasta que conocí a tu tía Mei. Por lo demás, ¿qué tal? ¿Cómo vas con…
tus cosas?
He levantado una ceja ante esa pausa.
—¿Te envía mi padre a preguntarlo?
—Eh, conmigo no te pongas a la defensiva, chaval… Solo me preocupo por ti.
—Te has delatado. Esa es su frase más manida —Le he esquivado.
—¡No le digas que lo he admitido!
—¡Cariñooo! —Me he cruzado con mi madre en el salón y me ha abrazado después de dejar
unos platos de comida sobre la mesa. Ella es lo único que echo de menos de esta casa. Su sonrisa
eterna rosa-neón-torrijas-Singapur—. Estás muy delgado. ¿Es que no comes bien?
—Como bien, mamá.
—Entonces es que no eres feliz. ¡¿Por qué no eres feliz?! ¿A quién tengo que matar?
Sonrío indulgente por sus buenas intenciones asesinas.
—Soy feliz —He mentido.
—Qué suerte —He oído una voz detrás de mí. Me he girado y he visto a mi tío Luk. Que me
ha mirado escaneándome—. Lástima que tus ojos digan lo contrario. —Y se ha ido.
Con razón no quiero ir a esa casa de locos los sábados. Demasiadas dagas por el aire en todas
direcciones. ¡Qué cansinos!
Me he acercado al sofá donde estaban Cora, Luz y Lenny. Aitor debía andar en el piso de
arriba, en su antigua habitación, como Lía, que siempre baja en el último momento porque no le
gusta socializar. En eso nos parecemos. Pero a quien más me parezco de la familia es a mi primo
Marco, aunque no tengamos sangre en común. Lo echo tanto de menos… Su abandono fue un
duro golpe. Y como la culpable de que no esté aquí es mi prima Luz, admito que le tengo un
poco de manía.
—¿Qué tal, Lucas? —me pregunta la susodicha, acercándose a darme un beso.
—Bien… —murmuro poniendo la cara sin devolvérselo—. ¿Y tú?
—Harta de viajar de aquí para allá. Quiero buscar algo más permanente…
—¿Vas a comprarte un piso en Nueva York o en Londres?
—No. Me quedaré en Madrid. He conocido a alguien allí…
Levanto las cejas incrédulo. ¿Quién puede haber mejor que Marco?
—Voy a casarme —dice de pronto—. Lo anunciaré en la comida.
El impacto es demencial. La sustancia también removió viejos recuerdos y sentimientos de
cuando expulsaron a Marco de la familia. Es como si lo tuviera reciente aunque hayan pasado
años.
—¿No la felicitas? —dice Cora maliciosa. Porque sabe que no puedo celebrar ese hecho. No
sabiendo lo que sufrió Marco por enamorarse de su hermanastra y pagar las consecuencias.
—Sí, perdona… Felicidades.
—Gracias…
—¡Cuéntame más cosas sobre él! —exclama Cora—. ¿Es alto? ¿Es guapo?
—¿Tú qué crees? —Sonríe Luz presuntuosa. Eso se da por hecho, claro, porque ella es
modelo. Y de las importantes. Ha trabajado para firmas de ropa famosas y salido en la portada de
varias revistas de prestigio. La última vez que ojeé su Instagram tenía más de un millón de
seguidores y no creo que tarden mucho en promocionarla como actriz para alguna serie de moda
que la mande al estrellato. Dicen que el mundo necesita una nueva Megan Fox.
Su belleza es espectacular, pero para mí es como una hermana. Bueno, es mi prima. «Aunque
eso en esta familia no significa mucho», pienso viendo cómo Cora le acaricia el pelo a Lenny
cariñosa. Me choca que siempre haya estado colada por él y que no lo esconda. Cora tiene su
propio mundo interior. Le importa un carajo que sean primos carnales. Él es su titular. Los
demás tíos son solo suplentes. Y Lenny se culpa por ello.
Cuando sucedió el ataque, con diez años, comenzó a obsesionarse con proteger a Cora.
Supongo que porque no pudo proteger a su madre y el parecido era aplastante. Y Cora…,
empezó a desarrollar sentimientos amparados en su irracional proteccionismo. Lo malo es que
cualquiera le quita la idea a la niña más terca del mundo…
Cuando mi padre ha aparecido en el salón me ha mirado fijamente. Solo a mí. Como si tuviera
la culpa de todos los males del mundo.
Mi reacción ha sido ponerme de pie para que no pareciera que me amedrentaba ante él.
Aunque lo haga. Y mucho. Soy como Simba en presencia de Mufasa.
—Buenas… —Ha dicho intentando sonar cercano y natural. Pero nuestro feeling es
inexistente. Todavía no he olvidado nuestra última discusión sobre mi futuro. Al parecer es un
delito que todavía esté decidiendo qué hacer. Cree que soy un «nini» que cualquier día tomará el
camino fácil de la delincuencia. Pero es solo que no quiero dedicarme a algo que no me llene. No
quiero ser un empleado más. Quiero emprender. Ser mi propio jefe. Convertirme en el dueño de
una jodida multinacional, pero estoy en ello. Empezar está siendo duro.
—¿Participarás en el Campeonato de Surf de Rip Curl Pro la semana que viene?
—Sí… —«Pero no vengas a verlo, por favor, me pones nervioso».
Es un acontecimiento muy prestigioso que forma parte del circuito mundial de la World Surf
League. Me clasifiqué de milagro y probaré suerte.
—Al menos, haces algo de deporte —ha apostillado mi padre.
«Al menos». Ya… Primer cuchillo en la espalda. Don’t worry. Tenía hueco para más. He
suspirado cansado.
—¿Va todo bien? —ha preguntado enigmático.
No sé quiénes son sus fuentes, pero sé que las tiene. Mi padre no da puntada sin hilo. El
problema es que no sabía a cuál de todos los siniestros de mi vida se refería así que contesté:
—Sí, todo bien.
—¿Qué tal con esa chica? La de la tienda de tatuajes.
Yo no le he hablado de ella, ¿y tú? Pero el reino es suyo hasta donde baña la luz.
—Bien…
—Podrías traerla algún día. Si estáis juntos, es bienvenida.
—Tampoco es nada serio.
—Ya, bueno… ¿Qué lo es en tu vida, no?
Segunda banderilla. Ha sido soportable. Todo en orden.
—Voy a por algo de beber —he mascullado.
—Si bebierais menos, no os buscaríais tantos problemas…
Ahí estaba.
Os juro que no se puede tener una conversación normal con él. Son todo ataques o
advertencias para que te arrepientas de cada segundo de tu jodida vida, pero en ese momento no
estaba por la labor de explicarle que nuestras peleas no son porque vayamos ciegos, sino porque
hay mucho gilipollas suelto… Además, acababa de hablar con Freya por primera vez en AÑOS y
había sido increíble. Bonito. Milagroso. Correcto. ¿Por qué no lo habría intentado antes?
La respuesta es sencilla y complicada a la vez. Lo que sucedió entre nosotros fue horrible. Y
no hablo de que su primer amor fuera otro y compartiera con él momentos que ya nunca
recuperaríamos, hablo de cómo dejé que el tiempo pasara sin pedirle disculpas por una frase que
le dije en un mal momento de mi vida. Hablo de lo que ocurrió un año después en la fiesta de fin
de curso del instituto…
Freya no tenía novio. La perseguían muchos, pero decía que quería centrarse en sus estudios.
Yo saltaba de una chica a otra, y empezaba a pensar seriamente que sería un buen sexólogo.
Había empezado a fumar de todo y tenía prisa por enfrascarme en la vida universitaria, pero la
fiesta de fin de curso prometía y estaba eufórico. No la que se hizo en el gimnasio a puertas
abiertas, donde estuvimos más tiempo fuera fumando que dentro, tirando de petaca, sino a la que
acudimos después en una propiedad privada de lujo.
Un grupo selecto del curso recibió una invitación secreta, y el resto, se enteró y se coló,
convirtiéndolo en un auténtico fiestón.
Mirases a donde mirases la gente estaba desmadrada. Creo que tuvo mucho que ver que
fuéramos todos medio desnudos, porque el dress code obligatorio era ir de hawaiano.
Recuerdo que ese día Freya estaba para comérsela. Hacía calor y llevaba una falda de paja, un
bikini y una flor blanca en la cabeza. Nos habíamos mirado un par de veces más de la cuenta y
me estaba poniendo como loco. A mitad de la noche, Aitor me convenció para participar en el
juego más morboso del momento.
No recuerdo las normas, pero si perdías, te obligaban a estar cinco minutos encerrado con
alguien en un armario minúsculo lleno de cachivaches.
Podía ser muy agobiante, sobre todo si te tocaba con alguien al que preferirías tener lejos, de
lo contrario… podía ser muy sexi.
Los chismosos procuraron que Freya y yo termináramos en ese armario juntos.
Al principio lo celebré, no podía creer mi suerte, pero el subidón se desinfló un poco al notar
su actitud fría, como si tuviera las cosas muy claras respecto a nosotros.
No es que yo tuviera esperanzas de nada, pero al menos era una buena oportunidad para hablar
de una vez por todas.
El portazo sonó fuerte al encerrarnos y nos quedamos en silencio y a oscuras. No veía
absolutamente nada, pero la escuchaba respirar.
Estábamos a unos dos palmos, unos cuarenta centímetros, y con cada segundo que pasaba
privado de mis sentidos captaba mejor cada ligero movimiento, palpitación, respiración y
parpadeo de ella.
Lo pensé mucho y decidí que sería mejor dejarle empezar a ella. Seguramente me echaría la
bronca por ser un descarriado, me preguntaría por mis notas o si iba en serio con alguna chica.
Incluso podría preguntarme por mis hermanas o Luz, pero no dijo nada y yo tampoco. Solo intuí
cómo se cruzaba de brazos en un símbolo claro de cerrarse en banda y apoyaba el hombro en un
lateral. Yo también me apoyé atrás, derrumbado por el clamor de su mutismo.
Hay silencios que dicen mucho más que las palabras.
Hay silencios que envían mensajes más atronadores que un grito y a mí el suyo me llegó alto y
claro. No tenía nada que decirme, ya no le importaba. Los suspiros pesarosos lo confirmaron por
nosotros. Fue tan violento y tenso. Pero sobre todo, fue triste. Estuve a punto de pronunciar un
«Lo siento». Por todo. Por haber llegado a una situación así cuando habíamos compartido tantos
días soleados, risas y caricias desde niños. Fue un episodio horrible. Peor que un simple adiós.
Fue como no decir adiós y largarte igualmente. Dramático.
En ese momento entendí mejor a Lenny. Era increíble que el dolor más intenso pudiera
ocultarse tras el silencio más profundo. Pero era muy real.
Cuando nos abrieron la puerta salimos de allí sin mirarnos y todo el mundo preguntó si nos
habíamos enrollado o qué había ocurrido. Por mi parte, me bebí un litro de lo primero que pillé,
prácticamente de un trago, antes de buscar algo más fuerte que me hiciera olvidarla para siempre,
como era su deseo. Pero no sería tan fácil. Así que simplemente la bloqueé. La enterré. Eche
tierra, mujeres, alcohol y experiencias encima de nuestra relación y aquella fue la última vez que
«hablamos». No hemos vuelto a hacerlo hasta esta mañana cuando le he dado las gracias, aunque
hubiese sido mejor el «Lo siento» que todavía tenía clavado en alguna parte de mí.
Lo único que hemos hecho estos años es mirarnos mientras ella canta. Y no solo porque cante
de la hostia, sino porque me gustaba pensar que elegía las canciones para mandarme mensajes y
decirme lo que nunca pudo en ese armario. Eso es algo que nos pasa a todos, pensar que las
canciones hablan de nosotros, de nuestras vidas. Pero la de hoy me ha matado lentamente.

¿Dónde están los viejos tiempos?


¿Dónde están los planes que hicimos para los dos?
Es difícil recordar las personas que solíamos ser…
Cuando termina la canción todo el mundo aplaude con fuerza; no es para menos, es realmente
buena. Pero yo prefiero beber porque estoy a punto de hacer una locura.
Me levanto cuando encienden las luces y aprovecho que la multitud se desplaza al baño, a la
barra o a fumar fuera para cruzarme en la trayectoria del camino de Freya volviendo del
escenario a su mesa.
Cuando se topa conmigo y ve que pretendo abordarla se sorprende. Ya somos dos.
—Hola… Has… Has estado bestial ahí arriba —digo con cautela.
—Gracias —responde asustada. Y mira alrededor como si temiera que un meteorito fuera a
impactar contra la tierra de un momento a otro. ¿Por qué iba a hablarle sino?
—Tengo curiosidad… ¿te has presentado alguna vez a algún casting para uno de esos
programas de la tele? La voz o alguno parecido…
Su sonrisa me golpea como si fuera la onda expansiva de una detonación. Llevo tanto tiempo
privándome de ella que no recordaba que fuera tan brutal. Se me corta hasta la respiración.
—¡No!, nunca lo he hecho. Esto es solo un hobby…
—Pues podrías probar…
Se encoge de hombros, encantada con la idea de que lo vea loable. Que nos estemos sonriendo
es un espectáculo en sí mismo, o eso debe de pensar la gente que está cuchicheando asombrada
al verlo.
—Bueno, voy a beber algo… —dice avistando su mesa, donde el ceño fruncido de su novio ya
la espera.
—Sí, yo también iba a pedir —Señalo la barra.
—Adiós…
—Adiós.
Me apoyo en la tarima disimulando que me muero por ver cómo se va y decido concedérmelo
porque me he prometido no volver a pasar de ella nunca más. La visión de su culo asesina a
varias de mis neuronas. Hasta nunca…
Su encuentro con Christopher no es agradable. La está esperando de pie, como un jodido
acosador, para pedirle explicaciones de por qué habla conmigo. Ella le quita importancia
mientras alcanza su bebida.
Joder, qué sonrisa me ha lanzado… Y él va y se la borra.
—¿Te estás ocupando del asunto, Morgan? —me dice una voz desde el otro lado de la barra.
Es el capitán. Y sé a qué asunto se refiere.
—Sí. Estoy en ello…
—Bien, porque el tiempo apremia y te veo un poco distraído.
Achico los ojos.
—¿Por qué lo dices?
El capitán resopla.
—Por nada… Pero antes de meterte en más líos, soluciona los viejos, por favor. —Mira hacia
Freya y comprendo la indirecta. Más que nada porque Christopher sigue mirándome
enfurruñado. ¿Qué clase de problema tiene ese tío en la cabeza? No he conocido a nadie más
competitivo en mi vida, y voy a tener que aguantarlo también en el campeonato de surf de la
semana que viene. Su sola presencia sería un buen motivo para no ir.
—No te preocupes. Voy a conseguirlo —lo tranquilizo.
—¿Cómo, Morgan? Cuéntame cuál es tu plan. Porque esto nos concierne a todos y hace días
que no duermo por las noches.
—Me he informado para mover por aquí una nueva droga asiática. Quiero darla a conocer en
el Festival de primavera del jueves que viene. Si todo va bien, cubriré la deuda en poco tiempo.
—¿Y si va mal? —pregunta temeroso.
Lo miro con fijeza.
—Irá bien.
—Tienes mucha confianza en ti mismo.
—Es lo único que tengo.
En ese momento, aparece Charlotte, como si fuera mi salvadora.
—¿Te pongo algo de beber?
—Sí, por favor. Una cerveza.
—Marchando —Me sonríe.
Miro al capitán y veo que duda en si decirme algo o no.
—Dile a tu primo que cuidadito con Charlotte, es una buena chica.
—Creo que es ella la que debería tener cuidado con mi primo. Al parecer «esa buena chica» va
rompiendo corazones de todas las edades, ¿no es así? Que tengas una buena noche —Le digo
cuando veo que C trae mi cerveza. La cojo y me marcho.
Vuelvo a mirar a Freya sin poder evitarlo. Se ha convertido en algo jodidamente adictivo. Pero
lo que veo me disgusta. Christopher la está besando como si no hubiera un mañana y ella parece
algo forzada a ello.
Empino la botella y bebo varios tragos. Sigue siendo un gran día.

Esperamos a que C salga del trabajo para irnos juntos a casa. Freya y su novio se han ido hace
una hora; no quiero saber a dónde ni en qué postura terminarán, pero aquí la gente sigue muy
interesada en saber si Lenny repetirá con Charlotte por segunda noche consecutiva.
Al cabrón se le da muy bien disimular sus sentimientos, pero creo que Charlotte le gusta de
verdad. Lo de pillarlo ayer empalmado fue graciosísimo, sobre todo cuando nos hizo el gesto de
que iba a cortarnos el cuello mientras Aitor y yo nos moríamos de risa en silencio por sacarle una
foto.
Lenny tiene mucha experiencia en terreno sexual, y de normal, no se empalmaría por el hecho
de que una chica corriente, totalmente vestida, lo abrace por encima de la ropa, pero le debe de
gustar mucho porque sus fantasías le jugaron una mala pasada.
Charlotte sale y nos busca como ayer.
Hemos decidido que ellos dos se vayan en el coche de ella, y Aitor y yo en el Toyota, pero de
pronto nos llaman para decirnos que el coche de C no arranca y terminan subiéndose al nuestro
en la parte de atrás.
—¡Lo que faltaba! —berrea ella—. Quedarme sin coche ahora…
—No te preocupes, mientras trabajes para nosotros, tendrás a tu chofer particular —comento
arrancando y señalando a mi primo.
—No puedo depender de Lenny para todo, tendré que arreglarlo. Pero a ver cómo lo pago…
—Te lo pagaremos nosotros.
—Ni hablar…
—No seas cabezota, Char. Tú procura tener la droga lista para el jueves que viene. Habrá
veinte mil personas en el Blues Fest. Si pudiésemos moverla por ahí, sería perfecto.
—Nunca he ido. ¿Tenéis entradas? Son carísimas…
—Las conseguiremos. ¿Cuatro años viviendo aquí y nunca has ido?
—¿Con quién? ¿Sola? La gente que conozco nunca va a nada…
—Pues este año vas a ir —sentencio.
—No, gracias. Paso de acabar como ayer…
—¿Cómo acabaste ayer? —se burla Aitor—. ¿Pegada a Lenny?
—Ayer hice el ridículo —dice abochornada.
—¡Si estuviste genial! —exclama Aitor—. Tú te vienes. Ahora eres la novia de Lenny, no
puedes faltar. Y mis hermanas también vendrán.
Veo que va a protestar y me adelanto.
—¿No quieres ver cómo triunfa tu creación? —La provoco.
—Sí, claro… Y por cierto, habrá que ponerle un nombre, ¿no?
—Pensemos algo rápido ahora —propongo.
—A mí solo se me ocurren cosas malas… —dice la pobre Charlotte.
—Tiene que ser algo guay —comenta Aitor—. Original. Seductor…
—¿Qué tal «vergüenza ajena»? —propone C, chistosa.
—Remember… —La llamaría yo.
—La gente se droga para olvidar, no para recordar —apunta Aitor—. Pero me gusta lo de que
sea solo una palabra.
—Insisto con «suicidio social» —musita C. Y hasta Lenny lucha por no sonreír. Esa chica le
mola. Nunca le hace gracia ninguna.
De pronto, escribe algo en su móvil y le indica a Charlotte que lo mire. Flipo con que se lo
envíe a ella y no a Aitor. Aquí hay tomatazo…
Charlotte consulta la pantalla y todos permanecemos expectantes.
—Moonbow —formula con afecto—. ¿El arcoíris lunar?
Lenny asiente y a ella le titilan los ojos.
—Me encanta… —digo arrastrando la voz.
—Suena bien —opina Aitor.
—¿Tú qué dices, Char? ¿Lo tenemos?
Permanecemos atentos a su veredicto mientras mira a Lenny de una forma especial.
—Me gusta mucho… —confiesa. Y todos sabemos que no se refiere al nombre.
11
LA HIPÓTESIS DEL AMOR
“Cualquier rumor sobre mi vida amorosa se difundirá a una velocidad directamente
proporcional a mi deseo de mantener dicho rumor en secreto.”
Ali Hazelwood

Como aborrezco la falsa sensación de que algo va a mejor cuando está a punto de empeorar. ¡Es
odiosa!
El sábado logré extraer un modelo preliminar de la sustancia y brindamos por ello a falta de
algunas matizaciones. Lenny bajó al laboratorio, alegando que le interesaba observar el proceso,
y al terminar, me acompañó a casa y no hubo beso dramático de despedida. Tampoco mensajes.
Solo un «Nos vemos» random que sonó muy bien.
El domingo me lo pasé tirada en la cama; necesitaba reponer fuerzas por tantas emociones.
Mis amigas españolas me torpedearon a mensajes y no se creyeron ni la mitad de lo que les
conté. Lógico. Lo del viernes fue demasiado bochornoso para ser real. Pero hoy lunes, nada más
pisar el AIMS, he tenido una epifanía.
Ni siquiera había entrado por la puerta, seguía en el patio, mirando una de las cámaras del
recinto que enfocaba hacia el lugar donde Los Morgan y yo habíamos estado hablando el primer
día, y he tenido un mal presagio.
He recordado que el mes pasado, cuando faltó material del almacén, revisaron las grabaciones
para averiguar quién lo había sacado del edificio y cuándo. Y este pueblo es demasiado pequeño
—y Los Morgan demasiado famosos— como para dejar al azar una grabación en la que salimos
hablando cuando yo todavía no era novia de Lenny. ¡Debíamos borrar esos vídeos!
He vuelto a mi coche para mandarle un audio de auxilio a Aitor desde mi nuevo móvil espía,
quizá solo buscaba una excusa para estrenarlo, y después se lo he reenviado a Lenny porque él es
el informático experto en burlar sistemas de seguridad y bases de datos.
«No puedo acceder. Necesito hacerlo desde dentro», ha contestado.
«Pues ven a verme y te hago una visita privada a las instalaciones».
Juro que ha sonado mucho menos porno en mi cabeza.
«Voy».
Ojo, que su respuesta también puede malinterpretarse como un «¡Voy corriendo! ¡Me muero
por verte, Charlotte!». ¿O no?
Me he puesto a trabajar para no estar pendiente de su llegada y Lenny ha aparecido
convenientemente a la hora del almuerzo.
Acudo a recepción para recogerle y me recibe con media sonrisa entre un «me alegro de verte»
y «eres una neurótica» que hacen que me tiemble todo.
Le hago una escueta ruta por las diferentes zonas del lugar y él lo observa todo como si le
interesase de verdad, sobre todo la zona del estanque donde tenemos las muestras vivas que
vamos recogiendo del océano. Este chico podría haber sido actor porque disimula la mar de bien
que no está haciendo todo esto por compromiso. Nadie nos está observando, no debería mirarme
como si se muriera por lamerme el labio inferior.
«Cambia de mirada o cambia de ojos, porque me estás poniendo nerviosa…», intento
transmitirle. Sin embargo, digo:
—Espero que no haya interrumpido tu trabajo al llamarte.
Niega con la cabeza, quitándole importancia, y está tan guapo con el reflejo azulado del agua
que ofrece esta zona recóndita del acuario que no puedo dejar de mirarle. Lleva una de sus
sudaderas de capucha, a pesar de que empieza a hacer calor, y me dan ganas de arrancársela y
ver qué esconde debajo. ¿Qué me pasa?
Pues que esa maldita sustancia ha desatado mi libido. Llevo días inquiera. Es como si hubiera
despertado una sensación que creía dormida y ahora mi cuerpo actúa como si tuviera fiebre.
Sobre todo cuando él está cerca y me mira de esa forma tan…PENEtrante.
Señala los tanques y me enseña dos Ok con las manos.
—¿Te gusta?—deduzco.
Él asiente embelesado, como si no se refiriera a los depósitos. O quizá es mi mente
calenturienta. Necesito desarrollar un antídoto contra esa cosa… Necesito volver a la normalidad
de mis bragas secas.
Vuelve a mirarme más segundos de la cuenta y empiezo a ponerme nerviosa de verdad cuando
se humedece el labio inferior. Si fuera una chica normal de las que se merecen cosas buenas en la
vida, se cumpliría mi deseo de que me aprisionara contra una de las paredes del tanque y me
besara arrebatado. ¡La situación lo pide a gritos! Nuestras miradas ardientes, nuestras bocas
salivando… la naturaleza manda. Pero siendo mi suerte la que es, solo me enseña su móvil.
«Llévame a la sala de seguridad».
—Suele haber un guardia vigilando. ¿Qué vas a hacer?
Vuelve a enseñarme el móvil. Mismo mensaje. Esta vez con una expresión más confiada que
transmite que no le haga perder el tiempo con mi ignorancia de muggle.
Le muestro el camino, y cuando estamos a punto de llegar, Dani nos sorprende, arruinando
nuestros planes. Y para mi sorpresa, viene acompañado de… ¡el profesor Kingsley!
—Buenos días, Carlota.
Él siempre me llama por mi nombre español. Le gusta más.
—Hola —respondo cortada.
—Estaba enseñándole un nuevo proyecto al profesor Kingsley.
Intento sonreír para ocultar mi incomodidad ante su mirada hambrienta. Lenny, sin embargo,
no intenta ocultar que le cae mal con una mueca despectiva. Nunca había agradecido tanto que
no hablara.
—Mi amigo ha venido a recopilar información para un trabajo… —Señalo a Lenny.
—¿Un trabajo sobre qué? —quiere saber el profesor. Supongo que para burlarse de él porque
le está mirando fatal.
—Será sobre seguridad informática, ¿no, Lenny? —se adelanta Dani. ¡Claro, joder! No había
caído en que se conocen…
Mi chico ficticio asiente.
—Este chico es un lince en lo suyo —Le explica al profesor—. Y es el archienemigo de mi
hijo. La semana pasada le rompió la nariz…
A pesar de estar acostumbrada al poco filtro de Dani, abro mucho los ojos. ¡Lo sabe! Por
supuesto. Dani parece saberlo todo siempre, lo que es increíble es que, siendo así, se mantenga
en ese estado zen.
—¿La nariz? —repite el profesor.
—Cosas de críos —murmura Dani—. Beben demasiado, hay chicas de por medio, y ya
sabes… Nos ha pasado a todos.
—Entiendo… por eso las mujeres listas prefieren a los hombres más maduros —dice con una
sonrisa arrogante. Y al hacerlo repara en mi boca, como si se estuviera jactando de que un día la
colonizó.
La incomodidad me come y Lenny se remueve con ganas de atizarle. Lo cojo del brazo.
—Bueno…, nosotros nos vamos, luego nos vemos.
—Estaremos en la cafetería al terminar la visita, por si queréis seguir charlando y contarnos
qué está comprobando Lenny con más detalle —dice Dani perspicaz.
Cuando desaparecen, resoplo nerviosa.
—Mierda, joder… —mascullo—. No quería que Dani te viera aquí. ¡Es demasiado listo!
Seguro que sabe que no necesitas hacer ningún trabajo. ¡Pensará que tramamos algo, seguro!
Lenny chasquea los dedos para que le mire y se señala a sí mismo.
—¿Te encargas tú? Lo siento, pero está en juego mi puesto aquí y conociéndole va a querer
analizar el motivo de tu visita. Ya lo has oído, eres el ARCHIENEMIGO de su hijo… ¡de su
hijo!
Siento que me coge la mano y me la acaricia para tranquilizarme.
Mis terminaciones nerviosas se ponen de pie cuando lo veo escribir en su móvil sin soltármela.
«Tengo un plan. ¿Confías en mí? Es listo, sí, pero yo lo soy más».
Subo las cejas, incrédula, y se me bajan las bragas, derretida.
Mi Aladdín particular vuelve a teclear.
«¿Hay algún plano del centro en alguna parte?».
Lo arrastro hasta un punto de información cercano que muestra un panel con las plantas del
edificio y dónde estás exactamente.
Lenny estudia el camino desde la sala de seguridad a la cafetería. ¿Qué pretende?
Sin perder un momento, tira de mí y me lleva frente a la puerta de la sala de seguridad y me
indica que quiere entrar. Antes me muestra el móvil.
«Dile lo mismo que a Dani, que vengo a ver cómo es la instalación del sistema de seguridad y
qué programa usan».
Cuando nos adentramos en la estancia, ocurre algo rarísimo.
—Hola, Cliff —lo saludo. Es un hombre serio y grande que odia que lo molesten.
—Charlotte. Buenos días.
—Vengo con un alumno de la universidad de Brisbane que estudia sistemas de seguridad. Está
haciendo un trabajo y quiere saber qué tipo de protecciones se usan en un sitio como este.
Lo mira extrañado de que no diga ni una palabra.
—Es mudo —explico con naturalidad.
—Ah… Pues… que eche un vistazo, a ver si se entera de algo. La empresa encargada lo
maneja on line y lo manipulan a distancia. Yo solo vigilo las cámaras in situ por si salta alguna
alarma.
Lenny se acerca y le enseña el pulgar arriba. Husmea por su cuenta los monitores y teclea un
par de códigos que le ofrecen información cifrada que ninguno entendemos. Cliff pone cara de
que no se fía mucho de lo que está haciendo y yo sonrío para disimular.
—¿Dani o John saben que estáis aquí? —pregunta extrañado.
—¡Sí, claro! Dani nos ha dado permiso —medio miento.
—Ah… Bien —respira aliviado.
Lenny no tarda en comprobar un par de cosas más y me indica que ha terminado.
«¿De verdad? ¡Si no has borrado nada!», intento decirle con los ojos.
Junta las manos para darle las gracias a Cliff y nos despedimos de él.
Cuando salimos, no me da tiempo a preguntarle nada, me coge de la mano y me arrastra
rápido, dando una vuelta de lo más extraña, hacia la puerta de la cafetería.
—¡¿Qué ocurre?! ¡¿A dónde me llevas?!
Me presiona la mano en respuesta para repetirme que confíe en él. Me impresiona lo bien que
se hace entender sin decir nada.
Llegamos a la puerta acristalada del bar para el staff y las visitas y busca a alguien dentro. La
comprobación termina rápido.
Mira hacia el pasillo, después la hora y luego a mí.
—¿Qué está pasando? —pregunto confundida.
Lo noto nervioso, como si acabara de activar una bomba. Y con él todo es posible… ¿Vamos a
saltar por los aires?
Me dice que espere con la mano y me mira fijamente. Tiene los ojos más expresivos que he
visto en mi vida. Nunca lo había mirado tan taxativamente y me transmite una intencionalidad
apabullante de que tengo que cooperar con él. Que un tío así te pida ayuda hace que todos tus
poros comiencen a gritar como si necesitases darle lo que quiere, aunque te dé miedo.
Su vista resbala por mi ropa como si me sobrase. Llevo unos vaqueros claros y una camiseta
de algodón rosa con el cuello redondo. Mi maquillaje es apenas perceptible y llevo el pelo atado
con mi clásica coleta baja, pero no puedo evitar sentir que me está imaginando desnuda.
De repente, se acerca más a mí y trago saliva. Que pose la vista en mis labios y se humedezca
los suyos, me corta la respiración.
¿Qué coño…?
En un segundo, estoy acorralada contra la pared y no entiendo nada, pero su vehemente
mirada me atrapa de tal manera que no reacciono, bastante tengo con seguir respirando.
Alza la mano para devolver un mechón de pelo que tenía fuera de sitio y aprovecha para
acariciarme el cuello con los dedos y agarrarme del cuello. ¡Me estoy muriendo!
Dudo que mi corazón aguante esta tensión mucho más tiempo. Su pulgar acaricia mi barbilla,
como si estuviera estudiando cómo encajar nuestras bocas, pero no lo hace. ¡¿A qué leches
espera?!
Me mira a los ojos de nuevo y, por primera vez, le hablo sin hablar.
«Hazlo».
Su respuesta es dejar caer sus labios sobre los míos con una suavidad tan exquisita que no
puedo hacer otra cosa que acogerlos.
El roce casual de nuestras lenguas calientes envía un impulso eléctrico a todas mis
terminaciones nerviosas. ¿Cómo puede besar tan bien alguien tan bruto? Su reacción ante mi
sabor es incrustarse más en mi boca y en mi cuerpo, aumentando el ímpetu de sus movimientos.
¡Dios santo…!, empiezo a entender muchas cosas de su reputación sexual.
Ahonda su lengua en mi boca con una avaricia que me deja loca. Su forma de avasallar mi
mandíbula me hace levitar. Yo ni siquiera puedo tocarle. Soy toda suya. Como un juguete roto
con el que una fiera se entretiene con total tranquilidad.
—Y por fin, la cafetería… —oigo decir a Dani, saliendo de la conexión con el pasillo—. ¡Oh,
vaya…! —carraspea apocado.
Lenny detiene el beso y se aparta de mí, medio mareado.
Yo me bloqueo al instante. Entre el subidón del beso y la vergüenza suprema que estoy
sintiendo, me quedo inmóvil. Y más con los suspicaces ojos del profesor Kingsley sacando
conclusiones precipitadas.
Quiero decir algo, pero no me salen las palabras. Solo queda aguantar el chaparrón de mi jefe
por mi impúdico comportamiento. Sin embargo, Dani sonríe de medio lado y murmura un «hasta
luego, parejita», mientras le aguanta la puerta al profesor para que entre en la cafetería. Este
último parece pasmado. Su cara es la de un niño al que le han quitado su juguete preferido.
Que se joda. Se lo tiene merecido.
Cuando nos dejan solos, Lenny comienza a andar hacia la salida sin esperarme. ¡La madre que
lo parió! ¡Tiene la inteligencia emocional de un zapato!
Acelero el paso hasta alcanzarle.
—¿Lo has hecho a propósito?
Me siento estúpida nada más preguntarlo. ¡¿Por qué coño iba a besarte si no, lerdi?! ¡¿Porque
le gustas?! ¡No seas boba!
Él escribe en su teléfono sin dejar de caminar. Parece algo alterado. No me mira y casi mejor,
porque soy transparente y, aunque ya debe estar acostumbrado a lo que provocan sus besos, se
nota que estoy más cachonda que Bella en Eclipse, disputándose el amor de un hombre lobo y un
vampiro cañón. Mi cuerpo no sabe esconder mi atracción: palpitaciones, rubor, salivación
excesiva por todas partes…
Lenny me muestra el teléfono de nuevo.
«Dani ya tiene sus respuestas. No husmeará más».
Muy listo. Ahora resulta que Lenny no ha venido a borrar vídeos, sino a morrearme.
—¿Qué hay de los vídeos? ¿Los has borrado?
No contesta. Solo se detiene frente a la sala de seguridad, saca su teléfono y entra en una
aplicación que detecta las IP más cercanas.
Cuando la tiene, hace el símbolo de Ok, como si con eso fuera suficiente, y después, pone
rumbo a la salida. ¡¿En serio?!
¿Así de fácil? ¿No va a decirme nada sobre lo que acaba de pasar? ¡Menuda máquina sin
sentimientos! Yo todavía me estoy recuperando de esa debacle salivar.
Ha sido…
¡HA SIDO…!
Una mentira. Una basada en hechos reales.
Me gusta Lenny. Se siente. Es lo que hay. Me pone. Me intriga. Y me vuelve loca. No es que
lo ame con todo mi ser, ¡so caballo!, pero no cabe duda de que podría llevarme a la locura sexual
si quisiera con esa pedazo de anaconda que he sentido bajo sus pantalones.
Y quizá todo esto forma parte del maléfico plan para comercializar Moonbow, pero… ¡¿tiene
que ser tan intensito conmigo?! ¡Buf!
Lo sigo hasta el exterior porque no se detiene ni a decirme adiós en la recepción.
Solo cuando empieza a bajar los escalones, se gira, cayendo en la cuenta de que tiene que
despedirse de mí. ¿Hola? Si cuando digo que soy invisible…
Me mira serio. Ya no hay sonrisas para mí.
—Adiós… —digo sintiéndome menos que nada por pi elevado a la enésima vez en mi vida.
Soy incapaz de descifrar su mirada, pero hay aprensión en ella. Parece resentido, como si
mirase algo precioso que jamás podrá tener. Y de pronto, su vista sube hasta localizar la cámara
que nos está enfocando desde el lateral del edificio. Casi puedo ver cómo su mente se salta todas
las restricciones que le estaban frenando y…
Se acerca en un arrebato violento y vuelve a besarme con pasión.
Mis neuronas explotan al sentir de nuevo su sabor en mi boca. Lo agarro instintivamente de la
ropa para evitar que se aleje de mí de nuevo y él me agarra la cabeza.
Sus labios arrasan los míos dos o tres veces antes de separarse lentamente, como si le costara
un mundo dejar de besarme.
No sé por qué me siento incapaz de soltarle. Él apoya su frente en la mía y me obliga a
liberarle de mi amarre.
Lo veo irse mirando al suelo y sin mirar a atrás. No me desmayo, porque me están grabando.
¿Qué coño acaba de pasar?
Creo que tenemos que «hablar» y no era un chiste fácil. Sea lo que sea «esto», no entraba en
los planes.

—¡¿Cómo que te ha besado?! —pregunta Claudia en la llamada a cuatro que efectúo en mi


hora de la siesta.
—Dos veces. Y sin avisar. ¡Y luego actúa como si yo tuviera la culpa!
—¿No te ha vuelto a escribir en todo el día? —indaga Val.
—No.
—Qué cabrón… —declara Iris—. Apunta. Es de los que tira la piedra y esconde la mano.
—¡Ya te digo! Está muy tranquilo con el pretexto de que lo ha hecho como tapadera, pero…
joder, ¡vaya besos!
—No se lo cree ni él —opina Clau—. No se hubiera entregado tanto.
—A ver, que igual yo me he flipado un poco y para él, besarme, ha sido como bajar a que el
perro eche una meada, pero…
—¿Te has hecho pis encima, perri?
—¡Pues casi!
Nos carcajeamos. Y las echo tanto de menos que me duele.
—Con esta clase de tíos solo se puede hacer una cosa —dice Val.
—¿A qué clase de tíos te refieres?
—A los que no admiten que les gusta alguien. A los que se enfadan cuando sienten algo.
—Es él. Ahora mismo creo que me odia…
—Ni de coña. En todo caso odia que seas su debilidad. Debes ser fuerte y pagarle con su
misma moneda, Carlo.
—¿Y cuándo se cobra? ¡Porque a mí no me ha dado lo mío…!
Volvemos a reírnos.
—Ponle tan cachondo que no pueda soportarlo —aconseja Iris.
Sí, claro… ¡Qué fácil!, con mi superatractivo de stitch.
—¡Yo no sé hacer eso! Lo máximo que voy a conseguir es que un perro se me enganche en la
pierna y lloriquee.
—Has dicho que en el estanque te echaba miraditas, ¿no? —Val.
—Sí, sin duda. Es tan cabrón que me dan ganas de cogerlo y…
—Pues hazlo, tía —sentencia Claudia—. Cógelo. Donde las dan, las toman, y lo tienes a
huevo si estáis fingiendo ser pareja. Haz como él. Sóbale todo lo que quieras con la excusa de
que estás disimulando. Se va a cagar…
—Joder, ¡me parece increíble que me esté planteando hacer eso! ¡Es Lenny Morgan! Es como
el Aníbal Lecter de aquí…
Todas se ríen.
—¡No seas exagerada!
—Os juro que tiene pinta de desayunarse los sesos de la gente.
—Pero te gusta —me acusa Claudia.
—Sí… Es como mi fantasía de gustarle a un ser paranormal peligroso, borde y letal, que siente
una extraña debilidad por mí.
—Es tu momento, Carlo. Imagínate lo que sería follarte a tío así…
—Buf… —Me abanico nerviosa—. Podría ser lo más. Y tendríais que ver lo listo que es…
¡Su cerebro es como un ordenador de la NASA! Me observa como si apreciara mis habilidades, y
a veces sonríe contra su voluntad cuando digo una Carlotada…
—Tú no te encariñes demasiado con nada de minga para arriba —aconseja Val—. Todos los
halagos que sean de minga para abajo, ¿ok? Un tío como él, destrozará todo lo que pille, hasta tu
alma, si le dejas.
—Voy a morirme —auguro tapándome la cara—. Es un demonio que besa como un dios…
—Pues se va a enterar… Mantennos informadas.
—Lo haré… Os quiero. Adiós.
Estoy a punto de escribir un mensaje al innombrable para que venga a buscarme, cuando veo
que un número nuevo me ha escrito a mi móvil espía.
«Soy Lucas. Iré a buscarte sobre las seis, ¿te parece bien? Hay mucho que hacer antes del
jueves».
Primer punto del día: ¡¿cómo que Lucas?! ¿Me deja llamarlo así? ¡Eso es como un ascenso!
La verdad es que no me imagino llamándolo así. Sería demasiado para mi body.
Segundo punto: ¿va a venir él? ¿Qué pasa, que mi chofer no quiere verme más de lo
estrictamente necesario? Anotado…
Y tercero… No hay tercero. ¡¿Por qué no quiere verme, joder?!
Ayer me besó en plan Romeo hashtag «¿Pecado de mis labios? Devuélveme mi pecado». ¿Y
ahora deja de ser mi chofer porque se siente incómodo? ¡No es justo!
«Vale. A las seis», tecleo frustrada.
Todo esto es culpa suya. No debería haberme besado así…
Va a ser una semana muy larga y muy dura. Más o menos como su tienda de campaña cuando
me arrimé a dormir en su pecho. ¡Maldito Lenny!
12
EL MAGO DE OZ
“La mejor manera de lograr lo imposible es creer que es posible”
L. Frank Baum

El día ha llegado y nos lo jugamos todo al negro, nunca mejor dicho.


Han sido tres días muy intensos de trabajo y creo que a Lenny y a Charlotte les han venido
bien para olvidar lo que ocurrió en el instituto marítimo. Bueno, lo que Lenny nos contó que
ocurrió, según su versión de humano sin corazón, que en realidad siente demasiado.
Apareció en casa muy alterado y, siendo de tan pocas palabras, no entendimos nada de nada,
pero estaba afectado.
La distancia que ha marcado estos días con C ha sido de gran ayuda para él, pero sobre todo
para ella, porque permitió que su sangre volviera a fluir por sus venas con normalidad, en vez de
tenerla toda apelotonada en un punto femenino muy concreto de su anatomía.
Como decía, que se hayan tomado un respiro el uno del otro ha funcionado, porque Charlotte
ha tenido unas ideas muy top que pueden ser clave para que el Moonbow se venda bien en el
festival.
Por ejemplo, el color.
Ha conseguido producir un líquido negro en el que brillan los colores del arcoíris. ¡Es bestial!
Parece petróleo con su típica capa iridiscente, donde la diferente densidad de las capas provoca
que cada longitud de onda (o color) sufra una ligera variación y se vea esa dispersión óptica tan
chula. El nombre le va que ni pintado. Es el arcoíris en la noche.
Después, el sabor, le ha añadido aroma concentrado de cola y fresa. ¡Y ahora sabe al mítico
helado de Drácula que comía cuando era niño!
Y lo mejor es que se le ocurrió meter el líquido en una de sus golosinas favoritas. Dijo que
necesitaba un compartimento seco y estanco en el que la sustancia mantuviera sus propiedades
naturales, y según ella, dentro de una mora de colorines resultaba perfecto. Aitor se ofreció a
probarlo como conejillo de indias.
—Debería probarlo yo —me anticipé—. Para ver la diferencia con la anterior.
—Tú no, hermano. Una dosis más y empezarás a oler los colores…
«CABRÓN». Siempre se metía con mi melancolía. ¡Pero era genética!
—¿A qué viene eso?
—Desde que la probaste, estás haciendo cosas muy raras…
—No sé a qué te refieres…
—¿No lo sabes? Has vuelto a hablar con Freya, por ejemplo…
—¿Y?
—¿A santo de qué?
—De que nos salvó el culo el día del incidente con la poli, ¿te parece poco?
—Pues sí… Creo que hay otro motivo oculto.
—No empieces.
—¡Chicos, basta! —nos cortó Charlotte—. También podría probarlo yo, para ver la diferencia
con la primera vez…
Lenny negó con un dedo, veloz. Como si tuviera derecho a decidir por ella porque fuera de su
propiedad. Estaba visto que no sabía disimular más allá de cierto punto. Esa chica le importaba
mucho.
—¿Quieres hacerlo tú? —propuso Aitor a Lenny.
—¡No! —exclamamos Charlotte y yo a la vez. Lo cual quedó raro—. Eso no tendría sentido…
—intenté subsanar. Lenny debía permanecer alejado de cualquier droga dura por su bien y el de
los demás…
—Conseguidme una cobaya y lo probaré en ella —dijo C.
—¿Y qué coño te va a contar un conejo de su experiencia? —Aitor.
—¡Mucho! Leeré sus constantes, le haré análisis de sangre… No soy tonta. Puedo sacar
mucha información sin que el sujeto diga una sola palabra…
Al decirlo, Lenny y ella se miraron, como si estuviera hablando de su mutismo. Las indirectas
que producía su ingenio eran latigazos.
—Lo probaré yo y punto —zanjé nervioso—. Es lo más rápido.
—¡Yo también quiero probarlo! —se quejó Aitor.
—¡Tú eres un vicioso! —lo acusó ella, divertida.
—Eso siempre… —Ni que lo jure…
Para llevar a cabo el experimento elegimos un bar de la playa. Pensamos que estar encerrados
en casa, sin estímulos reales, no sería efectivo, y entre semana solía haber happy hour en algunos
garitos durante la puesta de sol. Queríamos comprobar si nos daba por hacer locuras o
conservábamos un mínimo de sentido común. Si pasaba algo, Lenny tendría radio de acción para
frenarnos.
—No noto nada —susurró Aitor diez minutos después—. Pero la mora estaba buena.
—Espera un poco. Ya no es tan inmediato. Sigue bebiendo —dijo C.
Pasamos otros diez minutos en silencio donde ella trataba de esquivar las fulminantes miradas
de Lenny. ¿No podía disimular un poco su fascinación?
No, no podía. Porque esa tarde a Charlotte le había dado por iniciar una estrategia de
seducción con él vistiendo algo más insinuante como sugirió Aitor en su día. Nada exagerado.
Llevaba un vestido blanco de tirantes con el escote en forma de pico. Iba con su clásica coleta y
los labios pintados de rojo. Estaba guapa. Daban ganas de borrárselo para dejar rastro del delito.
—¿Tú cómo vas, Morgan? —me preguntó impaciente.
—No siento nada… —respondí sincero.
—¿En serio? —Se vino abajo—. Igual me he pasado con la cantidad de escopolamina.
Mierda…
—No. Digo que no siento nada literamente… No me siento el cuerpo ni las manos ni la
cabeza… Estoy como flotando.
—¡¿Qué?!
—Es la hostia… Me siento como un fantasma.
No me había dado cuenta hasta ese momento de que no me sentía. Igual que cuando no eres
consciente de que tu vida va genial.
Lenny y ella se miraron alarmados por primera vez sin indirectas de por medio. Solo les había
costado treinta y una horas…
Lenny le escribió algo en su móvil y ella lo trasladó entre risas.
—Eso no cuenta, Morgan, ¡tú siempre has sido un poco fantasma!
Empecé a reírme más de lo normal. Comprobado, estaba colocado. ¡Funcionaba! Una ola de
alegría arrasó mi torrente sanguíneo y todavía me alegré más. Necesitaba que el Moonbow fuera
un éxito.
—C, llevo queriendo decirte una cosa desde el otro día —empecé.
—¡Ah, no! ¡Ni se te ocurra! ¡Te lo prohibo! —gritó ella divertida.
Sabía que le preocupaba que esa sustancia fuese el maldito suero de la verdad. Te deshinibía
hasta un punto preocupante donde te atrevías a hacer y decir cosas que jamás te plantearías por…
el qué dirán, una malinterpretación o simple educación. ¡Pero eso podía ser para bien!
—Dijiste que eras fea y rara, pero no es cierto. Eres la puta bomba —Le cogí la mano y se la
besé. Luego empecé a observar sus dedos con interés. Salían chispas de color lila de ellos. Era
bonito.
—Añadiré ceguera transitoria como efecto secundario… —bromeó.
—Tiene razón, Char. Yo te follaba —añadió Aitor lascivo.
—¡Os queréis callar! —gritó sonrojada. Pero al ver que Lenny sonreía ufano me tranquilicé,
porque bien podía haberle soltado una hostia como un piano. En vez de eso, volvió a enseñarle
su teléfono.
—¡¿QUÉ?! —se carcajeó ella abriendo mucho los ojos.
—¡Dice que no cuenta viniendo de alguien que se folla a la fruta!
Esa frase hizo que Lenny y yo empezáramos a troncharnos de risa como nunca, y más cuando
Aitor afirmó que era mucho mejor que hacerlo con algunos humanos.
—¡Probadlo si no me creéis…!
—¡Pero con quién has follado tú! —grité al borde del ataque.
Charlotte no estaba drogada, pero se lo estaba pasando igual de bien oyendo anécdotas y
compartiendo el grado de confianza que nos unía. No solíamos dejar que nadie lo presenciara
nunca. La gente nos miraba extrañada, pero me daba igual. Fue divertido hasta que Aitor
preguntó con malicia:
—¿Tú no crees que Charlotte sea guapa, Lenny?
El aludido asintió despacio, como si temiera lo próximo que fuese a decir el loco de la colina.
—¿No te la follarías? Con lo que te gustó besarla…
La frase me paró el corazón. La reacción del aludido podía ser nefasta. La de Charlotte fue
quedarse blanca.
Lenny miraba a Aitor con una templanza pasivo agresiva brutal. Conocía esa expresión en su
cara. Era la calma antes de la tormenta.
—Aquí nadie va a follarse a nadie —corté la tensión.
—Te equivocas, yo voy a mojar hoy —dijo Aitor levantándose con una mirada hambrienta—.
Y que conste que lo hago solo como documentación del efecto de la droga al practicar el sexo.
—Oteó el bar y fichó a alguien a lo lejos—. Ahí está Pam… ¿No te importa, verdad, Lenny? Tú
ahora estás con Marilyn Monroe… —Señaló a C.
La vergüenza la comió viva y Lenny apretó los dientes por ello. No tardó en teclear un
mensaje con odio para Aitor.
Este consultó su teléfono y sonrió perverso.
—Vas a meterme tal hostia que igual hasta ganas un peluche —leyó divertido—. Perfecto, así
se lo regalas a Charlotte. Yo me piro, chicos.
—No te vayas, Tor —supliqué—. Esto es importante…
—Ya ha pasado una hora, este es el cuelgue máximo que va a alcanzar el Moonbow y mi
veredicto es que mola, doctora —miró a Charlotte—. Te pone de buen humor, te da confianza, es
analgésico… Me recuerda a estar borracho, pero sin el horrible hándicap de la pérdida de
equilibrio y el arrastrar las palabras al hablar. Lo que no sé es si estar cachondo es otro síntoma o
lo provoca la tensión sexual que se respira en esta mesa…
No podía creer que hubiera dicho eso y se hubiera largado. ¡La pobre Charlotte no sabía dónde
meterse! Lenny apretó los puños.
—Lo que queda claro es que tomándola, se pierde la vergüenza de decir cualquier cosa sin
fundamento —comentó ella abochornada.
—Sé por dónde vas, pero perder la vergüenza no es ponerte en peligro —expuse—. Estamos
bien. No estoy intentando desafiar los límites del universo ni tengo distorsiones visuales chungas
como la última vez. La has mejorado mucho.
—He intentado calibrar la dosis para que eso no suceda, pero Aitor ha sido bastante temerario
tocándole las narices a Lenny…
—Aitor es así de normal. Está medio loco… Y sabe que Lenny nunca le haría nada.
Justo cuando mi hermano cruzaba la puerta, Freya entró en el bar acompañada de unas cuantas
amigas, entre ellas, mi hermana Cora. Sabía que iban juntas a baile moderno. Montaban
coreografías y las invitaban a exhibiciones estatales. Todas las integrantes eran guapas, delgadas
y con estilo. Me chocaba que no hubiera nadie que rompiera la estética. ¿Es que no había chicas
normales que quisieran apuntarse? Quizá las había y no lo hacían por el complejo que les
creaban. Esas cosas no me gustaban. A mi hermana Lía también le gustaba bailar y ni se
planteaba meterse ahí.
—¿Por qué no? —le pregunté un día confundido—. Te encantaría.
—Es normal que no lo entiendas. Tú vives al otro lado del paredón.
—Pues salta el puto muro y listo…
—Me fusilarían igualmente. La sociedad no quiere ver cuerpos no normativos exhibiéndose.
—La sociedad me la pela.
—Nadie quiere verme bailar, Lucas…
—Yo sí. Y muchos otros también.
—Sí, para reírse de mí.
—Te equivocas, joder.
—Lo que tú digas, bonito…
Mi hermana Lía es así. Su inseguridad por no haber sido bendecida con lo que ella llama los
genes Morgan siempre la ha amargado. Es morena, de complexión grande y reina en un país
llamado Pasivo Agresivo. No le basta con que mi padre la adore por recordarle a su abuela
materna; siempre está de malhumor. Una vez traté de explicarle que una gran personalidad puede
eclipsar cualquier medida y su contestación me dejó temblando.
—Claro, hermanito… Por eso te gusta tanto Freya, ¿no?, por su increíble personalidad…
No creo que supiera cuánto me perturbó semejante acusación.
—A mí no me gusta Freya —contesté obstinado. Y ella sonrió de forma despectiva, como si
todo el mundo supiera algo que yo no.
Por eso cuando vi que un Aitor, hasta el culo de Moonbow, la saludaba jovial al verla, quise
morirme.
Freya pareció sorprendida por el recibimiento, pero le correspondió sonriendo afectuosa. El
muy chiflado le dijo algo al oído y ella se giró hacia donde estábamos nosotros para encontrarse
con tres miradas desorbitadas. Aparté la vista deseando fundirme con la mesa.
«Lo mato…».
Lo siguiente que sentí fue a Lenny pellizcándome la pierna y oí que Charlotte mascullaba:
«¡Que viene, que viene, que viene…!». Mi cara de estupefacción cuando la vi viniendo hacia
donde estábamos no tuvo precio.
Contuve un grito y me prohibí ponerme de pie de forma acelerada.
—Hola… —saludó ella amable y algo cortada.
—Hola —jadeé mirándola como si fuera una puñetera aparición. Llevaba uno de esos
conjuntos supersexis de top corto y malla a juego.
—Aitor me ha dicho que quieres decirme algo…
—¡¿Yo?! ¿El qué?
—No lo sé… —Sonrió divertida—. ¿Tienes algo que decirme?
Se hizo un silencio en el que todo el planeta contuvo la respiración. Si buscábamos una prueba
de si la droga era peligrosa, aquí estaba la respuesta. Sentí que todo dependía de cómo contestara
a esa pregunta, pero juro que era incapaz de mentirle. ¡No quería! Me sentía tan bien.
—Yo… Bueno… quizá…
«¡Respuesta incorrecta, idiota!».
Lenny golpeó la mesa para llamar la atención de Freya. Primero negó con la cabeza y luego
intentó explicar con gestos que Aitor estaba loco y que yo no tenía nada que decirle. Después
miró a Charlotte en busca de ayuda.
—Ha sido un malentendido —explico ella—. Aitor está borracho…
—En realidad, sí quiero decirle algo —salté en un estado de ensoñación en el que me
imaginaba quitándole ese increíble top que le hacía unas tetas alucinantes.
Charlotte sonrió con nerviosismo y Lenny me transmitió con la mirada que estaba a punto de
cagarla a lo grande. Pero no podían culparme. La franja de piel existente entre el top y las mallas
ajustadas se estaba llevando todo mi raciocinio. Tan atlética. Tan suave. Tan…
—¡Primero una pregunta! —exclamó Charlotte intentando retrasar el apocalipsis—. ¿A qué te
dedicas, Freya? ¿Eres cantante profesional?
Ella se echó a reír de una forma encantadora. Quería esa risa en mi boca en cuanto fuera
posible, gracias.
—¡No! —contestó vergonzosa—. Cantar no me da de comer. En realidad, soy publicista. Me
dedico al marketing.
—¿En serio? —musité alucinado—. Pues menuda cantante se está perdiendo el mundo.
—No te creas… Soy mejor publicista.
—Entonces serás buenísima…
Nos mantuvimos la mirada y temí decir algo inapropiado. Era tan…
—Y dime, Freya, ¿te interesaría un contrato para cantar una noche a la semana en el Capitán
Nemo? —Se inventó C. Ya empezaba a conocer un poco sus tonos—. George me dijo que te lo
preguntase. Podrías cantar varias canciones en un pase privado, no solo una.
La sorpresa barrió su preciosa cara, pero al final, negó pudorosa.
—No soy tan buena como para que me paguen por ello. ¡Solo es un hobby! Me conformo con
cantar las noches de micro abierto en el capitán y en las localidades vecinas, pero gracias por la
oferta.
De repente, Cora apareció a su lado con mala cara. Observó la situación y se quedó mirando a
Lenny que le hizo un gesto con los ojos que ella cazó al vuelo. Venía a decir que se la llevase de
allí ipso facto. Buena idea, aunque yo no quería que se fuera.
—Vamos, Frey, deja de perder el tiempo con estos idiotas…
—Idiota, tú —repliqué.
—Morgan… —advirtió Charlotte.
—Morgan, ella.
—¿Ves como es idiota? —declaró Cora.
Freya sonrió azorada.
—Bueno… Que lo paséis bien —Y al decirlo me miró con una caída de pestañas que me
conquistó por completo. Joder…
¡Prueba superada! A duras penas…
Cuando se fue, perdí la mirada en su culo perfecto y Lenny me puso una mano en los ojos para
que saliera de ese trance mortal.
Me hizo un gesto indicando que debíamos irnos de allí.
—Si me levanto ahora, todo el mundo flipará con el bazuca que tengo entre las piernas… —
avisé sincero.
—¡Por Dios, Morgan! —exclamó Charlotte escandalizada—. ¿Eres consciente de que no
podemos comercializar esto?
—¿Por qué no?
—¡Porque has estado a punto de meter la pata con Freya! ¡El Moonbow hace que se pierdan
todos los filtros!
—Mejor. Aunque no se pierden del todo, te lo aseguro, me he callado muchísimas cosas…
«¿Como qué?», me preguntó Lenny con un gesto de cabeza. Me pareció que quería aprovechar
para sacarme información sobre Freya porque este era un tema del que nunca quería hablar.
—Quería preguntarle si se había hecho daño…
—¿Daño, cuándo? —cuestionó C.
—Al caer del puto cielo… Porque es un jodido ángel.
Lenny y Charlotte se miraron y empezaron a reírse. Me gustó verles en ese plan. Tenían más
en común de lo que pensaban. El humor, por ejemplo, pero Lenny lo había desterrado de su vida.
Nunca le había visto esa complicidad con nadie que no fuésemos Aitor o yo. Char había
conseguido burlar sus barreras de una forma inexplicable.
—Va en serio, chicos, no podemos comercializar esto —formuló preocupada.
Lenny le preguntó un por qué con un leve movimiento de cabeza.
—¡Porque le arruinaríamos la vida a la gente! Tanta sinceridad no es buena…
Lenny escribió en su teléfono y ella lo miró de hito en hito.
—Claro que estoy harta de tanta hipocresía… ¡Sobre todo de la tuya!
Subí las cejas alucinado. ¿A qué había venido eso? Pero a Lenny no pareció extrañarle su
reacción. Imaginé que hablaban del beso que se dieron en el AIMS y que fue un antes y un
después en su dinámica.
—Esto es demasiado peligroso, Morgan… ¡Imagínate a todo el mundo en este plan! ¡Sería el
caos!
—Es embarazoso —le concedí—. Pero ¿peligroso? No distorsionas la realidad y te pones a
saltar desde balcones. Al revés, lo ves todo más claro que nunca ¡y mola!
No parecía convencida. Supongo que no quería ser la responsable de destrozar tantas vidas por
hablar de más. Lenny volvió a escribir en su teléfono y se lo mostró. ¡No podía resistirse!
Charlotte lo leyó y lo miró extrañada.
—¿Cómo lo sabes?
Él la señaló y ella puso cara de querer matarlo.
Ese era mi primo, un derroche de virtudes y cariño.
La miró muy seguro de sí mismo dándole un minucioso repaso a su modelito sugerente como
si fuese la «prueba A» en un juicio de seducción contra él.
Creo que acababa de insinuarle que estaba loquita por sus huesos.
—¿Qué te ha escrito? —pregunté temeroso ante su silencio atroz.
—Gilipolleces —contestó ella picada. Lenny sonrió presuntuoso.
La cara de Charlotte puso a Dios por testigo de que tarde o temprano se arrepentiría de sus
palabras. Y sentí hasta pena por él, porque ese numerito para reafirmarse, solo porque Aitor le
había ridiculizado ante ella, iba a salirle caro.
—Vámonos ya —dijo Charlotte enfadada—. Hay que empezar a inyectar el Moonbow en las
malditas moras.
—¿Has cambiado de opinión? —le pregunté—. ¿Ya lo ves claro?
—Depende de ti —Plantó los brazos en jarras—. ¿Qué leches le hubieras dicho a Freya si no
te hubiésemos parado? Dime la verdad.
Me lo pensé durante un instante. No era fácil contestar a eso sin preocuparla más.
—Nada, no iba a decirle nada.
—Pero has dicho que…
—He dicho que quería, no que fuera a hacerlo —puntualicé.
—¡¿Pero qué le hubieras dicho?! —me presionó. Y Lenny permaneció atento como si quisiera
saberlo más que nadie.
—Le hubiera dicho que todavía no estaba lista para oírlo… —me sinceré.
—¡Por Dios! —Se tapó la cara espantada—. Vámonos ya, anda. Y por tu bien, no vuelvas a
tomar Moonbow o te arrepentirás, Mor…
Me gustó que me llamara así. Nadie lo hacía. Y algo me decía que ella nunca se sentiría
cómoda llamándome Lucas, pero no quería renunciar a su confianza conmigo.
Y con respecto a lo de arrepentirme…, estaba harto de engañarme. El Moonbow no era mortal,
solo decía la verdad. Y la verdad te hará libre, ¿no? Lo que no te cuentan es que antes te hará
miserable… Porque la verdad duele. Pero duele una vez. La mentira duele siempre.
Al día siguiente, tuvimos una resaca bastante decente.
Lo más significativo fue que Aitor estuvo especialmente amable con Lenny, porque lamentaba
haberse ido de la lengua con Charlotte.
A mí todavía me duraba el shock de que Freya se hubiera acercado a hablar con nosotros y
también culpaba a Aitor de ello.
—¡Te juro que yo no le dije que tenías algo que decirle!
—¡Pues es lo que dijo!
—¡Me entendería mal! ¡Solo le dije dónde estabas!
—¡¿Y por qué coño hiciste eso?!
—¡Para que estuviera informada!
—¡Joder, Aitor…!
—No le busquéis tres pies al gato —se metió Char—. El Moonbow no concede deseos, te hace
hacer cosas aleatorias e inexplicables.
Al decirlo miró a Lenny con un «¿Te queda claro?». Pero él bostezó.
—Morgan, una pregunta, ¿a cuánto vamos a vender las moras? —quiso saber Charlotte.
—A veinte dólares cada una.
—¿Y cuántas moras vamos a darle al capitán mañana?
—Dos mil. A ver qué tal funcionan… Si se venden bien, habrá que fabricar más, porque
tendremos que darle un 15% de las ganancias al capitán solo por distribuirla…
—¿Un 15%? —se quejó Aitor—. ¡Eso es muchísimo!
—Necesitamos sus canales de distribución. Los consumidores ya saben a quién pedirle el vicio
y les ofrecerán probar Moonbow por el precio de lanzamiento. Esperemos que se corra la voz y
después quieran más.
—Dos mil son muchas —opinó Charlotte asustada.
—En el Blues Festival habrá mucha gente. De hecho, ojalá pudiéramos producir más, pero no
nos da tiempo. Solo somos cuatro inyectando el líquido en las moras. No podemos confiar en
nadie más para esto.
—Vale… —Se mordió los labios.
Creo que en ese instante se hizo cargo de la aplastante confianza que estábamos depositando
en ella. Podía jodernos la vida si quería. Por eso miré a Lenny avisándolo de que por favor
domara sus bajos instintos con Charlotte, porque podían salirnos muy caros.
«No puede pasar nada entre vosotros», le transmití.
«Lo tengo controlado», me contestó con los ojos. Pero por su forma de mirarla, lo tenía tan
controlado como Superman a ese mineral precioso y magnético capaz de debilitar sus
indestructibles poderes.
13
CREPÚSCULO
“Y así el león se enamoró de la oveja”
Seanan McGuire

Es jueves y llevo todo el día histérica.


Ni siquiera he sido capaz de echarme mi habitual siesta reparadora.
Los Morgan no me han escrito para decirme a qué hora me recogerán para ir al recinto donde
se celebra el dichoso Blues Festival.
Puede que se hayan olvidado de mí, ahora que ya no me necesitan.
Por mi parte, llevo todo el día temblando; me siento una criminal. No quiero saber cómo ni
cuándo le han hecho llegar las moras al capitán, pero supongo que ya estarán en manos de sus
distribuidores.
«Olvida la logística», me riño. No es cosa mía y es mejor no saberlo. Solo rezo para que al
final de la noche no me sienta mal conmigo misma… O al menos, peor de lo que ya me siento,
porque la situación con Lenny se ha enrarecido aún más en las últimas 24 horas por culpa de los
embarazosos comentarios de Aitor. Alguien debería graparle la boca a ese chico.
¿Le dijo Lenny que le gustó besarme o era una apreciación suya?
De pronto, me llama un número de teléfono que no tengo registrado y dudo entre si cogerlo o
no. Desde que me he vuelto narco, soy una paranoica.
—¿Sí?
—¿Charlotte?
—Sí…
—Mi hermano me ha dado tu número. Soy Lía. Lía Morgan.
Abro los ojos espantada. ¡La borde morena! ¿Qué hermano habrá sido el sádico de darle mi
teléfono? Y lo más importante, ¡¿para qué?!
—Aitor me ha dicho que no sueles ir a las fiestas de la universidad.
—Ah, no… No suelo. —«De hecho, no he ido a ninguna».
—Creo que ha pensado que necesitarías ayuda para vestirte.
—¿Vestirme?
—Sí. Por si no lo sabes, un festival es una jungla del Prêt-à-porter. El año pasado fue peor
que Coachella y no creo que quieras desentonar…
No entendí la frase con tanto nombre. ¿Desentonar con qué?
—He pensado que podrías venir a mi casa a la PRE.
—¿La PRE? ¿Qué es eso?
—La PREfiesta. Mis amigas y yo nos vestimos y arreglamos juntas mientras bebemos. Es
como un ritual.
Me quedo en blanco. ¿Con «mis amigas» se refiere a Cora? Uf…
—Esto… No hace falta, en serio. Me pondré cualquier cosa…
—Aitor dice que te debe una. Y yo se la debo a él. Así que ven, por favor.
¿Cómo que me debe una? ¡¿Por qué?!
—Además eres la novia de Lenny. ¡Ya eres como de la familia!
—Es que creo que a Cora no le caigo demasiado bien —me sincero.
—¡Claro que no! ¡Está colada por Lenny desde que era una cría!
—Mmm… ¿No son primos?
—Sí, sabe que no pueden estar juntos y todo el rollo, pero dice que no puede evitarlo. Lo suyo
es obsesión.
—Pero si está con Kali…
—Mi hermana está cada día con uno diferente y sufre en silencio porque su corazón está
ocupado. Y como Lenny tampoco se centraba en nadie, ella mantenía la esperanza. Pero creo que
tu existencia puede ayudarla a asimilar que debe quitarse a Lenny de la cabeza ya. Creo que
hacéis muy buena pareja, en serio…
JODER…
Siento unas ganas irresistibles de decirle que nuestra relación es más falsa que un euro de
madera, pero, por suerte, puedo contenerme. Ventajas de no haber tomado Moonbow.
—Vale… Iré. ¿Le digo a Morgan que voy a tu casa, entonces?
—No, ya aviso yo a mi hermano. Ven a las seis y media.
—¿Y la entrada? Yo no tengo.
—Yo me encargo de todo. Tú trae pantalones cortos blancos y unos botines. ¡Hasta luego!
Me quedo con el teléfono en la oreja aunque ya me haya colgado.
¿Dónde me estoy metiendo?
A las seis y media estoy llamando al timbre de la mansión de Los Morgan, porque eso no es
una casa cualquiera, es como un palacete.
Me abre la puerta Kai Morgan, el padre y tío de todos esos dioses a los que estoy ayudando,
creo que voy a apodarle Odín. Verle con sus hijos deja claro de dónde han salido los genes de los
tíos más buenos que he visto en mi vida. Es el típico madurito potente que sabes que tuvo una
juventud salvaje, y cuando ves a su mujer, terminas de entender que fue el rey del baile de su
promoción.
—Hola… Charlotte, ¿verdad?
—Sí.
—Pasa y sube, las chicas te están esperando…
—Gracias.
Me parece increíble que me cause la misma sensación que su hijo. Su mirada es astuta y que
se interese por ti lo más mínimo te hace sentir importante. Puedo leer que guarda un montón de
secretos en sus ojos, y que es un tipo legal.
—Dani me ha hablado muy bien de ti. Dice que eres una chica fascinante. A ver si se les pega
algo de ti a mi hijos…
Me quedo como si acabaran de darme un premio que no esperaba. No sé ni qué decir.
—Es usted muy amable…
—No me trates de usted, por favor. Todavía no asimilo que mis hijos tengan veintitantos… Yo
sigo sintiéndome igual de joven.
Sonrío ante su sinceridad. Tiene una sonrisa juguetona bajo todo ese palpable sufrimiento
vital.
—Me encanta trabajar con Dani —suscribo—. ¿Sois amigos?
—Sí. Y me contó que Lenny estuvo el otro día en el AIMS…
Su mirada se vuelve pícara. ¡Por el amor de Dios! ¡Seguro que le contó lo del beso! Su mueca
de diversión lo deja muy claro.
—Ah, ¿sí? Qué bien…
—Lo dicho. Creo que vas a ser una buena influencia para ellos…
—Gracias, Señor Morgan. —Si él supiera…
—Llámame Kai.
—De acuerdo… Voy a subir.
—Pasadlo bien esta noche. Id con cuidado.
—Sí, señor. ¡Kai…! ¡Adiós!
Subo las escaleras sin saber a dónde ir. ¡Esto es más grande que el palacio de Buckingham!
Hay muchas puertas para elegir. Ni que fuera el ministerio del tiempo…
Al final sigo la música de Dua Lipa que sale de una de ellas y llamo.
Lía me abre la puerta con una gran sonrisa. No sabía que tuviera tantos dientes… Como
siempre la veo enfadada.
—¡Por fin! ¡Pasa!
Dentro hay al menos cinco chicas. ¿Qué tipo de aquelarre es este?
Entre la música, el olor a maquillaje y perfume, los muffins de colores y las botellas de
champán rosado, parece una despedida de soltera.
—Estas son Freya, Megan y Amber. A Cora ya la conoces, y ya sabes que yo soy Lía. Chicas,
¡esta es Charlotte!
—Hola —saludan algunas. Yo respondo de la misma forma.
—Ya la conocen, Li —dice Cora—. Lleva años sirviéndonos copas en el Capitán Nemo.
¿Me conocen? Primera noticia…
—Ya, pero esto era una presentación oficial. Hacedle sitio, chicas.
Me siento con un nudo en el estómago esperando que alguien haga la pregunta más obvia.
«¿Por qué has venido?». «¿Qué pintas aquí?». Y yo soy la primera interesada en la respuesta, en
serio.
—Estábamos decidiendo si repetir de vaqueras, de ibicencas, de hippies o marcarnos un trendy
con joyas XXL y calcetines largos —explica Lía.
No tengo otra opción que reírme como si acabara de contar un chiste, pero todas me miran
serias. Vaya… ¡a mí me lo ha parecido!
Eso hace que las cinco al completo estudien mi look. ¡Mierda!
Vaqueros cortos con una camiseta blanca sin mangas, pelo suelto y unos botines negros que no
me había vuelto a poner desde los quince.
—No sé qué ha visto Lenny en ti… —masculla Cora hiriente.
—Cooora, no empieces, por favor —Lía.
—¿Cómo os conocisteis Lenny y tú? —pregunta Megan. Es una chica que siempre veo con el
grupo de Christopher y Kali.
—¿Te pidió salir? —Quiere saber Amber.
Trago saliva. No sabía que esto se convertiría en un interrogatorio sobre Lenny…
—Somos compañeros de clase en la universidad —digo sin más.
—Él no va a clase —replica Cora extrañada.
—Me pidió ayuda para hacer un trabajo.
—Él no necesita ayuda de nadie. Es muy listo.
—Pero yo lo soy más —sentencio con una chulería que no sé de dónde sale. La adrenalina
chisporrotea en mis venas, pero parece que a Cora le vale.
—Centrémonos en la moda —interrumpe Freya. Y la miro dándole las gracias—. Ir de blanco
siempre es buena opción. O de vaquero.
—¡O de negro! —sugiere Lía.
—Voto combinar los tres colores —propone Amber. Y me siento aliviada, porque son justo
los que llevo. Uno de cada. ¡Salvada!
—Mejor ir cada una de un color. Unas de blanco, otras de negro, otras de vaquero… ¡y todas
con sombreros de cowboy! —propone Cora—. ¡Yo me pido de vaquero! Me he comprado un
corpiño precioso para la ocasión.
—Pues yo de blanco —dice Freya—. Me apetece outfit ibicenco.
—Y yo de negro —deduce Lía—. Es mi color.
—Yo de blanco contigo, Freya —se anima Megan.
—Yo de vaquera —se suma Amber—. Ya me había hecho a la idea.
Todas me miran para ver qué digo justo cuando estoy bebiendo de mi copa. Lo alargo un poco
más por si el alcohol me da lucidez, pero no funciona, así que digo:
—Si esperáis que participe en una conversación sobre ropa, lo lleváis claro… Lo mío son las
bacterias y los protozoos. Os puedo decir cuál me parece más mono.
Todas se echan a reír y yo con ellas.
—¡Me meo contigo! —dice Amber.
—¡Hablo en serio! Si queréis hablar de enlaces covalentes, soy vuestra chica, para todo lo
demás, ¡mastercard! —Continúo la broma. Y todavía se ríen más alto.
—¡Ahora entiendo lo que ha visto en ti! —exclama Lía—. ¡Eres muy graciosa!
Volvemos a reírnos y Freya me mira como si entendiera que yo me río por no llorar. Está bien
no sentirse una incomprendida para variar.
—Tranquila, Charlotte, tú irás de negro conmigo —me rescata Lía.
—Pero no he traído nada negro…
—Podemos prestarte ropa —dice de pronto Cora. Y me sorprende el ofrecimiento. La veo
abrir el armario y sacar unas cuantas prendas negras—. Pruébatelas.
—Gracias… —farfullo conmocionada. ¿Ahora es maja?
Una vez vestidas, se dedican bastante rato a elegir complementos, algo que yo no habría
adivinado en la vida.
Termino con cinco collares encima, cuatro pulseras y un cinturón de tachuelas. ¡¿Quién
diablos soy?! Pero me gusta. Es una de esas veces que descubres que necesitabas algo que no
sabías que existía.
¿Es posible que con todo esto encima me sienta distinta y a la vez más yo misma que nunca?
Cora me ha dejado unos pantalones cortos negros de cintura alta con hilos colgando que jamás
habría mirado dos veces en cualquier tienda. La camiseta a juego es sencilla, negra, de tirantes
finos y sin nada de escote, cosa que me alivia. Simplemente es muy corta y muestra parte de mi
estómago sin llegar a insinuar ni ombligo ni canalillo. ¡Perfecto! Me siento cómoda y sexi.
La fase final es el maquillaje. Freya y yo coincidimos en el espejo.
—Tú primero —le concedo.
—Gracias —Sonríe. Y me dan ganas de preguntarle sobre Morgan, pero sé que no debo
hacerlo. Tengo un plan mejor…
—¿Cuánto llevas saliendo con Christopher? —la interrogo.
—Dos años o así.
—Ah, vaya… Es bastante.
—Sí, lo conocí el verano que terminamos la universidad. Kali me invitó al partido final del
campeonato de fútbol y me lo presentó.
—Qué bien… ¿Y ya vivís juntos?
—No. Él tiene su propia casa, pero yo voy y vengo de la suya a la de mis padres. Todavía no
tengo un trabajo estable. De momento, soy freelance.
—Poco a poco…
—Sí. Sé que tú trabajas con mi tío Dani —dice impresionada.
—Es el mejor.
—Y van a darte una beca para un máster, ¿no? Felicidades.
—Gracias —digo vergonzosa. ¿Dani se dedica a hablar de mí en sus ratos libres o qué?
—Qué envidia sana. En un par de años estarás superbién colocada.
—Y tú en un par de años podrías estar triunfando en televisión, según Morgan.
Ella se echa a reír. Cebo echado.
—No le hagas caso, siempre ha sido un idealista…
—Creía que no os conocíais mucho —comento—. Nunca os he visto hablar —Ella me mira
contrita—. Lo siento, ¿he dicho algo que no debía? Vine a vivir aquí hace cuatro años y no sé
nada de nadie.
Ella lo da por bueno y se relaja.
—Antes éramos buenos amigos… cuando éramos niños.
—¿Y ahora ya no?
—Ahora… no lo sé. Pero hemos estado muchos años sin hablarnos.
Un POR QUÉ gigante se me dibuja en la cara, pero opto por callar. He sido hábil para llevarla
al punto donde quería, y una vez aquí, me rajo. ¡Soy penosa!
—Y ahora, de repente, os volvéis a hablar… ¿cómo es eso?
—Si te digo la verdad no tengo ni idea —dice aplicándose colorete.
—¿A ti te gustaría recuperar su amistad? —pregunto como quien no quiere la cosa.
No responde con la excusa de estar pintándose los labios. Pero sé que he cruzado la línea.
—Ya estoy —murmura mirándose una última vez—. Te toca.
Nos cambiamos de sitio y creo que se acabó la conversación, pero se queda a mi lado e intento
disimular mi alegría echándome rímel.
—La verdad es que no sé si podemos ser amigos dado nuestro historial… —confiesa de
pronto. ¡TOMA YA!
Procuro no mostrar sorpresa ni parecer ansiosa por saber qué historial es ese. Sé que soy una
privilegiada solo por estar manteniendo esta conversación. ¡Esto es el Santo Grial de las
conversaciones de Byron Bay!
—¿Por qué lo dices? ¿Habéis salido juntos?
—No —contesta atribulada—. Pero hubo una época en la que todo el mundo esperaba que lo
hiciéramos… Pero no sucedió y el momento pasó, ¿sabes?
—Ajá… —Hago un esfuerzo por mantener mis ojos a un tamaño normal. Si los tuviera tan
abiertos como deseo, se cerraría en banda.
—Después, todo se complicó, y ahora… ahora llevamos años en tierra de nadie.
—¿Y eso te preocupa? —me atrevo a preguntar.
Ella me mira como si acabara de corroborar lo lista que soy. Porque esa es la pregunta del
millón.
—No me preocupa, es solo que… quiero saber por qué ahora.
—Igual es mejor que no lo sepas —digo enigmática. Ella me mira confundida—. Puede que
no estés preparada para saberlo…
Siento que las palabras de Morgan impactan en ella como un meteorito y me propongo
pintarme los labios de rojo diablesa. Pero justo cuando voy a hacerlo, ella detiene mi mano.
—Prueba con este mejor… —Me da uno suyo de otro color.
—Oh. Gracias. —Lo aplico.
—Y si quieres, te hago una raya del ojo que te quedará genial.
—Soy toda tuya —Sonrío agradecida.
El resultado es tan espectacular que no puedo dejar de mirarme al espejo. ¡Es un genio! En el
último momento se pegan perlas de colores adhesivas en la cara y admito que quedan de
maravilla para la ocasión.
—No estás mal… —dice Cora cuando me ve al ir a salir de casa. Y se posiciona como el
mejor cumplido que me han echado en toda mi vida, viniendo de una enemiga mortal. Le gusta
Lenny… ¿quién puede culparla?
Lía se pone al volante de un coche de siete plazas, y cuando vamos a arrancar, llega su madre
con otro utilitario.
—¡Hola, chicas! ¿Os vais al festival? —pregunta alegre—. ¡Oh, Dios mío! ¡Estáis todas
guapísimas!
—Ya lo sabemos, mamá, tenemos espejos —dice Cora irónica.
—¡Pasadlo muy bien! ¡Y no os quedéis solas! Hay mucho baboso suelto por ahí. Y si tenéis
algún problema, ¡un rodillazo en los huevos siempre es muy efectivo! —grita animada.
—Vale, mamá… Tranquila. Hasta mañana.
Arrancamos y Lía pone la canción de Pa’ tipos como tú a tope y todas se ponen a cantar sin
pudor. Yo solo sonrío. Hacía tanto que no vivía un momento así que ya casi había olvidado lo
que se siente. La melancolía se me agarra al pecho y soy incapaz de cantar. Solo sé que ahora
mismo podría llorar y que tengo que darle las gracias a Aitor.
Cuando llegamos a la explanada del concierto, la cantidad de coches que hay en los
alrededores ya nos da una pista de lo que nos espera.
Ver la multitud de gente que tendríamos que atravesar hasta llegar al escenario hace que las
dos mil moras de colores que hemos preparado me parezcan una cantidad irrisoria para las almas
aquí presentes que aman sentir la música techno mientras cualquier tipo de sustancia ilegal fluye
por sus venas.
Lía me coloca una pulsera en la mano cuando vamos a pasar los controles y no me rayo
preguntándome de dónde ha salido y quién la ha pagado. Ventajas del champán.
Al entrar, el ambiente, la música, la gente, se te agarra a las tripas y te eleva a un estado del
que no quieres regresar. Es como estar en otro mundo siendo otra persona.
Acudimos a una carpa donde Christopher y sus amigos nos esperan.
—¡Guau! ¡Han llegado las chicas más guapas de Byron Bay! —exclama haciendo que Freya
aterrice en sus brazos para besarse.
Aparto la vista porque hay algo que me escama en ese chico. No me gusta su forma de tocarla.
Apesta a territorialidad en vez de a veneración, y ella parece no darse cuenta de nada.
Me fijo en que Kali y Cora no se besan de entrada, solo se saludan. Ahora entiendo que en su
pacto no está implícito y que solo sucede cuando ella quiere. De momento le hará sufrir. Es su
juego, dada la mirada desesperada de él.
—Eres Afrodita —expone babeando a mares. Pero pronto pasea la mirada también por las
demás—. Cuanto guapo subido por aquí… —dice en general. Él tampoco está mal con una
camiseta negra sin mangas, aunque todavía tiene marcas de guerra en la cara de su fractura de
nariz.
De pronto tropieza con Lía.
—Mira por dónde vas —le dice ella.
—O igual eres tú, que estás todo el tiempo en todas partes a la vez.
—Eso es el título de una película —intercedo yo, antes de que se pongan a discutir. Entre ellos
siempre saltan chispas.
—¿Por qué habéis traído a la camarera? —dice con desprecio.
—Ahora es de la familia, es la novia de Lenny.
Su mirada cambia al escuchar ese nombre.
—No puedo decir que sea un placer conocerte…
—No le hagas caso —dice Lía asqueada.
—Alguna tara debes de tener para estar con un tío como ese…
—¡Tara la tuya! —espeta ella.
—¡¿Qué he hecho ahora?!
—¿Existir?
Se miran como si tuvieran ganas de enzarzarse. ¿Les va la marcha?
—¿Por qué no vamos a buscar a tus hermanos? —le digo a Lía.
—Sí, mejor… ¿Amber, te vienes con nosotras?
—Voy.
No entiendo por qué, pero me parece genial.
—Bueno, hasta otra —digo en general. Freya me dice adiós con la mano y una sonrisa
cómplice. Es realmente especial. Como una flor en una pradera llena de cactus.
—¿Dónde están Los Morgan? —pregunto a Lía—. Digo, los chicos.
—Al otro lado. ¿Estás nerviosa por ver a Lenny? —Me pregunta con retintín.
—¿Por qué? —digo temerosa.
—Porque cuando te vea así vestida se va a volver loco. Ahora eres como una Cora que sí
puede comerse…
Esa frase hace que me rechinen los dientes. ¿Qué está insinuando?
—¿Crees que a Lenny le gusta Cora? —pregunto sin dejar de andar.
—Solo digo que Cora no se ha sacado de la manga esa fijación que tiene por él. ¡La sacó de su
obsesión por ella! Siempre la ha tratado de un modo especial, y a veces me pregunto si tiene
problemas de intimidad por el mismo motivo que ella… Pero ahora que está contigo estoy
empezando a creer que la ha superado.
No sé cómo tomármelo. Solo puedo pensar en que sus besos del otro día no pueden estar
vacíos de sentimiento. ¿O sí? ¿Y si lleva días evitándome para evitar que me enamore de él?
¡Necesito respuestas!
Cuando por fin los diviso a lo lejos, me sube un ardor por el pecho que no es ni medio normal.
¡Por el amor de…!
Son una estampa excepcional que afectaría por igual a fans y a enemigos. La dimensión de su
grandeza es inabarcable viéndolos vestidos en plan grunge. Se nota que han venido a por todas.
Morgan lleva una camiseta con estampado de camuflaje militar en distintos tonos de azules
que le queda brutal. Es de tirantes anchos, holgada, y la combina con un pantalón negro con un
millón de rotos. Pero lo que hace que no puedas con tu vida es un pañuelo azul con estampado
paisley que lleva atado al cuello. Ese hombre no es un ser terrenal…
Aitor viste un pantalón negro tobillero gracias al cual luce unas converse negras con calaveras
blancas. Su camiseta, blanca con estrellas negras pintadas a brochazos, no deja lugar a dudas de
que él tiene una desde que nació. El complemento que aplasta tus neuronas son unas gafas de sol
de aviador con las que sería imposible decirle que no si te pidiera las bragas.
Y por último, Lenny…
No estaba preparada para verlo así. Desde luego, parece que ha puesto toda la carne en el
asador con el modelito. Y menuda carne… Lleva una camisa blanca, totalmente abierta, con tres
o cuatro cadenas colgadas del cuello a distintas alturas. Sus pectorales te trasladan directamente a
vivir la sensación del segundo día de dieta extrema…
Unos vaqueros deslavados y el flequillo hacia arriba a lo Edward Cullen terminan de matarme.
El aguijón letal es que me mire como el vampiro mira a la chica la primera vez que entra en
clase…, como si le doliese verme y no poder saltar sobre mí para devorarme. ¡Guau!
—Hola, chicos —saluda Lía tan campante. Yo no puedo. Sus looks me han dejado sin
palabras.
—¡Eh, por fin! —exclama Morgan al vernos—. ¿Qué tal ha ido?
—Muy bien. Aquí la traigo, sana y salva —Me señala.
Los tres Morgan me miran a discreción. «Sé fuerte, nena», oigo en estéreo a mis amiguis
españolas. «Es la hora. Demuestra lo que vales».
Dicen que no hay mayor aprendizaje que el ejemplo, y yo acabo de tener varios sobre cómo es
el reencuentro de una chica con su novio en una fiesta cuando acaba de ponerse guapa para él.
Me acerco a Lenny con expresión coqueta y mis manos sortean su camisa abierta
adentrándome por los laterales para acariciar la piel de su cintura. Su cuerpo reacciona a mi
toque con un espasmo y bordeo la cinturilla de su pantalón hasta agarrar la zona delantera.
Lo acerco a mí para obligarlo a bajar su boca hasta la mía, y en el último momento, la esquivo
y le dejo un beso húmedo en el cuello.
—Hola, cariño —murmuro en su trapecio.
Al olerle, no me desmayo de milagro. Su esencia es más fuerte que nunca con tanta piel al
descubierto. La boca se me hace agua y trago saliva antes de girarme hacia el resto, quedándome
embebida en sus brazos.
—Hola a todos —saludo pizpireta.
Las caras de Morgan y Aitor son indescifrables.
A Lenny no me hace falta vérsela, me basta con oírle jadear a mi espalda, intentando no rozar
su erección contra mi culo en pompa. Pero es tarde, ya la he notado. Y me froto contra ella para
que lo sepa.
¡BOOM!
Al momento lleva una de sus enormes manos hasta la piel desnuda de mi tripa y me retiene
contra él, depositando un beso en mi hombro.
Por suerte, Amber saluda a Tommy con un beso apoteósico demostrando que es lo normal
cuando saludas a tu ligue. De ahí la explicación de que haya venido con nosotras.
—Qué asco dais… —suelta Lía aburrida—. Bueno, yo me voy.
—Quédate un rato —le ofrece Morgan.
—No. Tengo que volver con Cora. Tiene el día muy putón…
—Tienes que dejar de vivir a su sombra —advierte Aitor.
—Y tú tienes que dejar de ser un puto bocazas. Luego nos vemos… Adiós, Charlotte. Si te
cansas de estos imbéciles, ya sabes donde estamos.
—Muchas gracias —Sonrío ufana—. Por todo. De verdad..
—De algo —dice mirando a Aitor subiendo las cejas.
En cuanto da media vuelta, me despego de Lenny al momento y voy en busca de Aitor, que ya
viene a darme explicaciones.
—¿Vas a contarme a qué ha venido la encerrona de la PRE?
—¡Ostras, Charlotte…, estás impresionante! —dice sin embargo.
—Contesta a la pregunta. ¿Por qué dice Lía que me debes una?
—Luego hablamos —murmura con disimulo.
—¡No! ¡Quiero saberlo ahora! ¿Sabes que hasta las cinco de la tarde pensaba que os habíais
olvidado de mí?
Morgan y Aitor me miran culpables.
—¿Cómo vamos a olvidarnos de ti si eres la artífice de todo esto? —expone Morgan incrédulo
—. Queríamos… darte una sorpresa.
—¿Qué sorpresa?
Me giro hacia Lenny y sus ojos me taladran con un deseo oscuro.
—Cuando te drogaste accidentalmente dijiste que echabas de menos a tus amigas y te hemos
conseguido unas nuevas —dice Aitor.
—¡Ah, qué fácil! —Me cruzo de brazos, enfadada.
—¿Es que no lo has pasado bien?
El silencio otorga, pero…
—Ha sido bastante violento colarme en su fiesta…
—Pues ha merecido la pena —silba echándome un vistazo—. Estás buenísima…
—Freya también estaba —digo mirando a Morgan. Y veo cómo se le dilatan las pupilas—.
Hemos estado hablando de ti, que lo sepas.
—¿De mí?
—Sí. —Me hago la interesante—. Y también he conocido a vuestro padre, es muy agradable.
—Será contigo… —murmura Morgan.
—Es igual de metomentodo que tú —alego.
—Char… solo queríamos ayudarte, en serio.
—¿Acaso os he pedido ayuda? —digo a la defensiva.
—¿Le dieron a tu madre el trabajo en la tienda de fotografía? —pregunta Morgan.
Y de repente caigo.
—¿¡Eso también habéis sido vosotros!?
Los veo encogerse de hombros cohibidos.
—Mencionaste algo cuando ibas colocada… —explica Aitor.
—Madre mía… —Me sujeto la cabeza.
De pronto, Lenny aparece a mi lado y me pone su móvil delante.
«No te estamos pagando y queríamos recompensarte de alguna forma todo lo que has hecho
con Moonbow. Te estamos muy agradecidos».
Al leerlo me cuesta mantener mi pose colérica.
—Bueno, venga, vamos a brindar… Pero no volváis a pasar así de mí. Pensaba que ya era
historia…
—Estás loca si crees que vas a librarte de nosotros —Sonríe Morgan.
—¿Qué quieres beber? —pregunta Aitor servicial.
—Algo que esté bueno, como lo del otro día.
Desaparece en busca de bebida y Morgan me mira con cariño.
—Lo siento si hemos metido la pata. Somos muy malos dando sorpresas… Espero que la
venta de hoy vaya bien y podamos pagarte.
—No hay prisa por eso. Y… me lo he pasado bien con las chicas —admito—. Gracias. Y
gracias por lo de mi madre. Significa mucho para mí…
—Se lo merece por haberte parido.
Nos sonreímos y me dan ganas de abrazarlo, pero mis ojos se van hacia Lenny y parte del
enfado vuelve. ¿Por qué leches está tan bueno? Me gustaría abofetearlo por atraerme tanto. Él sí
me ha estado evitando a propósito después de besarme como lo hizo.
Respiro hondo para tolerar su presencia sin camiseta.
—Ahora vuelvo —dice Morgan como si Lenny le hubiese pedido que se fuera por detrás de
mí.
Lo ignoro mientras escribe en su teléfono algo para mí. Desde que le he olido, varios
flashbacks del beso han vuelto en tropel a mi mente para follarme el cerebro. Esos labios. Su
lengua. La despedida en el AIMS y su dolorosa ausencia al día siguiente…
Me pasa el teléfono para que lo lea.
«Esa ropa es de Cora, ¿no? ¿Se ha portado bien contigo?».
Lo miro a los ojos, rabiosa. Así que se ha dado cuenta…
—Genial… Solo me ha dicho que no entiende qué ves en mí.
Vuelve a escribir.
«Lo siento».
¿Siente lo que me ha dicho o siente no ver nada en mí? ¡ARGH!
Vuelve a teclear.
«Esta farsa acabará pronto».
¿FARSA?
Juro que voy a hacer que se arrepienta de esas palabras…
14
UN CUENTO PERFECTO
“ Tú ya me quieres, pero aún no te has dado cuenta”
Elisabeth Benavent

Me voy a la barra en busca de Aitor. Me apetece beber algo de un trago. Nada va a joderme la
noche. Estoy deslumbrante.
—¿Qué me has pedido? —le pregunto a su espalda.
—Lo mismo del otro día. Toma, pequeña, disfruta —Me acerca un vaso de medio litro y me
sabe a gloria cuando lo pruebo.
—¿Por qué me debías un favor? Habla —digo insistente.
Aitor resopla.
—Por lo de Lenny…
—¿Qué de Lenny? —Arrugo las cejas, interesada.
—Cuando nos contó lo que había pasado en el AIMS le estuve vacilando con que le gustabas
mucho y eso provocó que pasase de ti todos estos días —dice culpable.
—¿Por qué le vacilaste? ¿Qué os dijo?
—Estaba muy cabreado. Dijo que no quería volver a besarte…
Esa información me arranca el corazón de cuajo.
—Pero es mentira, Char… Lo conozco muy bien. No quería volver a hacerlo porque le gustas
demasiado.
Mis ojos empiezan a humedecerse contra mi voluntad. No puedo evitar sentirme mal, pero me
prohibo llorar por lo más sagrado.
—Yo no le gusto, le gusta Cora…
—¡¿Qué?! ¡A Lenny no le gusta Cora!
—Lía me lo ha contado todo —Bebo de nuevo para evitar el llanto.
—Lía no tiene ni puta idea… —dice enfadado—. No entiende nada. Era demasiado pequeña
para darse cuenta de lo que pasó…
Nos miramos a los ojos y puede leer en los míos la pregunta, pero se la hago igualmente.
—¿Qué leches pasó?
—No puedo contártelo, en serio…
Y al decirlo parece lamentarlo de verás.
—¿Te das cuenta de que Lenny nunca podrá tener una relación verdaderamente íntima con
nadie que no sepa lo que le ocurrió? ¡Ese secreto lo mantiene exiliado del mundo!
En su mirada se posa la culpabilidad, pero niega con la cabeza.
—Lo único que puedo decirte es que Lía se equivoca y que a Lenny le gustas de verdad. Tú
verás lo que haces con esa información. Pero hay otras formas de llegar a él que no son
conociendo su historia.
—¿Como cuál?
—Con sexo —dice tranquilamente.
Aprovecha mi estupefacción para controlar si Lenny nos mira. Y… ¡bingo! Nos tiene
localizados; debemos disimular y rápido. Pero esa última frase me ha dejado fuera de juego.
¿Cómo que con sexo?
No sé qué significa, pero me giro con la copa en la mano y le doy la espalda a Aitor. Siento
que se pega a mí para susurrar algo más:
—Lenny inhibe severamente todo tipo de emociones…, así mantiene a raya sus reacciones
desmedidas. Lo único que deja pasar con más fluidez es la atracción sexual. Para él el sexo es un
desahogo, pero siempre sin sentimientos. Contigo sería distinto y creo que podrías abrir un grieta
en su automatismo impenetrable. Si a ti también te gusta, no pierdes nada por intentarlo. Por
cierto, le gustan las tías que se depilan enteras…
Tras soltar esa perla, bueno ESAS PERLAS, pasa de largo dejándome con un palmo de
narices y le ofrece una de las copas a Lenny. ¡Será posible…! ¡Pues yo soy el puñetero
Amazonas, sorry, baby!
Pero lo que ha dicho antes de eso, me ha dejado de piedra. Su jerga filosófica me ha hecho
pensar que no sé nada de él. ¿Ese discurso tan profundo ha salido de Aitor? ¿Qué ha estudiado
exactamente? ¡Tengo que averiguarlo!
Me centro en pasarlo bien y en no terminar esta noche llorando. Para ello me pido dos o tres
vasos más de vodka con naranja bien cargado de granadina. No sé cómo he podido vivir tanto
tiempo sin ese líquido rojizo.
Cuando cae la noche se junta más gente a nosotros. El ambiente festivo ayuda. Hay ratos en
que me lo paso genial, pero a cierta hora la gente se pone retozona y ejem… Morgan se enrolla
con una tal Livy, la chica más tatuada del mundo, y me cae bien al momento porque me recuerda
a Dani, pero a la vez me acuerdo de Freya y quiero gritarle «¡Flush, bicho!».
Se me hace cuesta arriba que Lenny y yo estemos tan alejados. Sus ojos me descubren
mirándole cada dos por tres. ¿O soy yo la que le pillo a él buscándome? Sea como sea, esta
guerra de miradas resulta insoportable con las palabras de Aitor dando vueltas en mi cabeza.
«Lía no sabe lo que pasó». ¿Pero qué coño pasó? ¿Por qué Lenny es tan hermético? ¿Por qué
le sale gritar en vez de hablar? ¿Por qué me obsesiona tanto con la cantidad de tíos random que
tengo alrededor?
En un momento dado de la noche, Morgan se me acerca.
—Me acaba de llegar información fresca de Moonbow —susurra eufórico—. El capitán dice
que se está vendiendo bien. ¡Algunos de sus camellos ya se han quedado sin existencias!
—¡¿En serio?!
—Sí. A la gente le gusta probar cosas nuevas, la pregunta es si querrán repetir…
—Yo, desde luego, no —digo divertida.
—En realidad estamos traficando con algo muy potente, C: con la verdad. Y todo el mundo
quiere saber la verdad…
—Pero no todos están preparados para oírla, según tú.
—Cierto.
—Yo quiero oír la verdad sobre Lenny —me atrevo a decir—. Igual le inyecto un poco de
Moonbow para que la suelte. ¿Qué crees que pasaría?
—Nada bueno —dice preocupado.
—¿Por qué?
—No creo que le sentara bien hacer una profunda introspección de los recuerdos del pasado y
sus emociones reprimidas…
—¡O puede que sí!
—No, Charlotte, lo que le pasó fue horrible. Debería olvidarlo…
—¿Crees que algún día lo olvidará?
—No. Nunca —sentencia.
—Entonces debería enfrentarse a ello y resolverlo, ¿no crees?
—No se puede. Es muy complicado. Él cree que mató a su hermano y nunca se lo perdonará.
—¡¿CÓMO?! —exclamo anonadada.
Ni en un millón de años hubiera esperado que fuera algo así.
—Joder… —Cierra los ojos con fuerza—. No le digas que te lo he dicho, por favor. Me
mataría.
—Por Dios, Lucas…
—Olvídalo, por favor —me suplica—. Fue hace muchísimo tiempo. Hay algunas verdades
que es mejor no mencionar. Haz un esfuerzo por olvidarlo. Vamos a disfrutar de esta noche,
¿vale?
Le hago caso e intento distraerme, pero necesito beber más. Y necesito reírme o me pondré
triste. ¿Su hermano murió?
Busco a Aitor por la fiesta y me lo encuentro tan perjudicado como yo.
—¡Char…! —Me abraza ensalzando nuestra amistad.
—Tengo una pregunta para ti.
—Solo espero que no sea sobre Lenny…
—No. Es una pregunta sobre sexo.
—¡Dispara!
—Dijiste que tienes experiencia con fruta… —Me mira alucinado—. Y yo también. Yo una
vez le hice una mamada a un plátano…
Empieza a descojonarse vivo y yo me uno a él.
—¡No te rías! ¡Estaba ensayando para ver hasta dónde me cabía algo!
—¡No sigas! —Se troncha de risa—. ¡Que me vas a matarrrr!
—Ahora en serio. Quiero saber cómo se hace. Quiero impresionar.
—¿A quién? —Se mofa. Y después me acaricia la cara—. Escúchame atentamente, pequeña…
Se me pasa el tiempo volando hablando con él y riéndonos juntos. Después se une Jerry y
comenzamos a hablar sobre la universidad. Me divierto burlándonos de profesores y exagero un
poco la gracia que me hace porque Lenny no nos quita ojo de encima. ¿Está celoso?
Coqueteo con Jerry cuando comenta que estoy muy cambiada.
—De veras, no tienes nada que ver con la chica que creía que eras.
—¿Y cómo creías que era? —pregunto juguetona.
—Pues… aburrida, sosa, pedante, frígida…
—¡Jerry, que te embalas! —me río, apoyándome en su hombro.
De pronto, Lenny aparece a nuestro lado y Jerry se queda tieso.
—Buenas.… —lo saluda apocado.
—Hola, cielo, ¿te diviertes? —Le pregunto feliciana.
Lenny me mira como si estuviera rasgando la palabra «cielo» con los dientes. Yo sonrío.
Estoy bolinga y eso ayuda a que me dé igual.
Me hace una señal para que «hablemos» en privado y le sigo.
Un segundo después, me está mostrando su teléfono y le cojo la mano para que todo deje de
dar vueltas.
«¿Puedes dejar de tontear con todo el mundo? No me apetece dejar sin dientes a alguien esta
noche».
Nada más leerlo, me entra un ataque de risa.
—¡Solo me estoy divirtiendo! ¿Te suena lo que es? Cuando tus labios hacen así —intento
dibujarle una sonrisa.
Aparta la cara y vuelve a escribir.
«Deberías estar conmigo». ¡Uh…! Alzo las cejas.
Él rectifica el texto.
«Se supone que estás conmigo». Ah… Las bajo desilusionada.
—Contigo me aburro. ¡No podemos hablar…!
«Hablemos así. ¿De qué hablabas con Jer que fuera tan gracioso?».
—De la universidad. De los profesores. ¿Tú tuviste al señor Wilson?
Asiente.
—¡Menudo personaje! —exclamo recordándolo—. ¡Un día vino con una gallina a clase y nos
dijo que era su cena, pero que le había empezado a caer bien y no quería comérsela! —Yo me
parto y él ofrece media sonrisa. Algo es algo.
Teclea. Teclea. Teclea. ¡Tarda más que nunca!
«El profesor Kingsley, sin embargo, es un gilipollas engreído. Por eso te besé en el AIMS,
aparte de lo de Dani. Quería joderle después de su comentario de mierda que iba claramente
dirigido hacia ti».
Tras leerlo lo miro con fijeza.
—Ay, gracias…. —empiezo a decir—. Gracias por hacer el tremendo esfuerzo de besarme
para joderle. Te lo agradezco mucho. Debió de ser horrible para ti…
Me mira contrariado al notar mi sarcasmo.
«Se lo merecía», escribe.
—Oh, gracias, mi salvador —sigo con el teatro. Él se pone serio.
«No deberías haberle besado de entrada. Era tu profesor», escribe con inquina.
—No debería besar a mucha gente, pero lo hago —digo enfadada recordando que no quiere
volver a besarme—. Voy a por más bebida.
De pronto, me detiene. Señala el vaso y niega con el dedo.
Lo traduzco como un «No deberías beber más».
—Que yo sepa no eres mi padre. ¡Y estamos de celebración!
Me marcho y no miro atrás. No aguanto su vena celosa y tampoco la protectora. ¿Por qué no
me deja en paz si no le intereso?
En la barra me encuentro con Livy y Morgan como si fueran dos babosas en primavera.
Quiero que dejen de besarse porque están a un paso del «Vámonos a un sitio más privado».
De pronto, veo que Freya los está observando. Ella y su grupo están pidiendo bebida en la
barra de al lado y carraspeo para cortar el beso.
—Holiii. Quiero bebida —susurro en la oreja de Morgan como una pequeña tocapelotas.
Antes me ha dicho que no pagara ni una copa en toda la noche, que se las pidiera a cualquiera
de los tres y me invitarían a todo.
—Voy al baño —le dice Livy—. Y luego, ¿nos vamos…?
Él asiente, todavía obnubilado, y centra la vista en mí.
—¿No había otro Morgan más cercano para pagártela? —barrunta.
—Quiero saber una cosa: ¿a ti te gusta mucho Livy? Porque la estabas besando con mucha
emoción y… o sea, ¿sientes cosas guays por ella o puedes besar así a cualquiera sin sentir nada?
La duda es legítima. Es para una amiga…
—No sé. Será que estoy contento. Se ha vendido todo el Moonbow y me han dicho que
quieren más…
—¡¿De verdad?! —exclamo emocionada—. ¡Qué alegría!
Lo abrazo en plena exaltación de la amistad.
¡Yo, abrazando a Lucas Morgan! ¡Quién me ha visto y quién me ve!
—Siento haberte cortado el rollo, es que… Freya te estaba mirando y…
Lo veo sufrir un cortocircuito y reiniciar su cabeza.
—¿Dónde está? —pregunta interesado con disimulo.
—A tus nueve menos cuarto.
Gira la cabeza discreto y al verla tan cerca maldice en voz baja. Cómo le entiendo. Está
guapísima de vaquera, y cuando sus miradas se encuentran, un hada revive en alguna parte.
—Acompáñame… —Me coge de la mano y se acerca a ella.
—¡Hola!
—¡Hola! —responde Freya con una sonrisa magnificada. Otra que ha bebido bastante—.
¡¿Qué tal lo estáis pasando?! —dice mirándome un segundo a mí y tres a él. ¡Nunca antes me
habían usado de carabina!
—¡Bien! ¡¿Tú qué tal vas?!
—¡Genial!
Hablamos casi gritando porque aquí hay mucho ruido.
—¡¿Te gusta esta música?! —Quiere saber Morgan.
—¡No mucho! ¡Pero el ambiente es bueno!
—Tú sí que estás buena…
—¡¿Qué?!
—¡Que sí que es bueno, sí!
—¡Ah! Ya… ¡¿Vais a volver mañana o pasado?!
Él se acerca más a su oreja para decirle:
—No creo. El sábado por la mañana empieza el campeonato de surf y no quiero ir con resaca.
—Ah, sí. Chris también está convocado.
—Mi amor… —Aparece su novio de pronto, y le lanza una mirada a Morgan que no se la
desearía a nadie—. ¿Te está molestando?
—¡No! Le estaba diciendo que competirás en Gold Coast el sábado.
—¿Y tenías que decírselo desde tan cerca? —Sonríe molesto—. Perdona, es que desde mi
perspectiva parecía otra cosa…
—Aquí hay mucho ruido —se excusa ella.
—Es que este no es sitio para hablar, ¿verdad, Morgan? Aquí todas las conversaciones acaban
en lo mismo… Si no, mira a tu hermana…
Señala a Cora, colgada del cuello de Kali, rendida a su lengua.
Busco a Lía con la mirada y veo que está en nuestro lado hablando con Amber.
—Chris, déjalo. No pasa nada —dice Freya subrayando mi presencia.
El aludido repara en mí.
—¿Y tú, dónde has dejado a tu novio? —Lo busca entre la gente—. ¡Ah! Veo que también
está “hablando” con alguien… —Hace las comillas en el aire—. Yo me daría prisa en volver,
Pam no es de las que pierde el tiempo…
Me giro y veo a Lenny con una chica amarrada a su cuello.
¿Excuse me? ¿Esa no se ha enterado de que tiene novia nueva?
Él parece rehuirla, y mi cabreo aumenta por segundos ante su insistencia. «No es no» para
todos.
—Perdonad… —digo alejándome de ellos.
—¡Charlotte, espera! —grita Morgan y siento que me persigue, lo que se traduce en que todas
las miradas del universo deben estar puestas sobre nosotros, por lo que me giro de golpe.
—Vuelve a la barra o Livy no te encontrará. Pero Morgan… No sé qué haces con ella si en
realidad te gusta otra —Le lanzo la indirecta—. Y por lo que me ha dicho, creo que tienes
posibilidades con ella.
—Es más complicado de lo que parece…
—Siempre lo es —Miro a Lenny achicando los ojos—. Me voy.
—¿Qué vas a hacer? —pregunta preocupado por mi avanzado estado de ebriedad.
—Lo que debo. Y por cierto, mañana hay que fabricar más Moonbow para traerlo el sábado.
—Sería lo ideal, pero ¿cuándo lo harás? Mañana por la mañana trabajas en el AIMS y por la
tarde en el pub. Además, tendrás una resaca horrible y…
—Chorradas. Hay que hacer más como sea. Puedo decir que estoy enferma y no acudir al
AIMS. Puedo dormir en vuestra casa hoy y empezar mañana temprano a producir.
Me mira como si no supiera lo que ha hecho para merecerme.
—Bien… Vale. Pero deja ya de beber o mañana no podrás ni con tu alma —dice preocupado.
Lo abrazo por ser como es y le digo al oído que todo va a salir bien.
Pongo rumbo a Lenny y lo que veo me deja petrificada. Él sostiene las manos de ella, muerta
de risa, intentando tocarle el paquete.
Intento imaginar la situación a la inversa y me da mucho coraje.
¡Para que luego digan que no existe el acoso en sentido contrario! Se acerca a él prometiendo
que le hará disfrutar mucho si se deja y no me queda más remedio que intervenir sin ningún tipo
de educación.
Llego a su lado y se quedan quietos cuando me ven muy sonriente.
¿Habéis oído eso de «Perro ladrador, poco mordedor»?
Significa que si quieres acojonar a alguien de verdad, deja el enfado al margen y hazlo con una
sonrisa. Siempre funciona.
Como era de esperar, Pam retrocede ante mi comportamiento anormal sin tener que usar los
gritos ni la violencia con su pelo…
—Mi amor —digo acariciando los hombros de Lenny—. ¿Dónde estabas? Te había perdido.
Él me acoge en sus brazos al momento y lo agarro de la camisa para que baje sus labios hasta
los míos.
Esta vez abro la boca para recibir su lengua que no duda en enroscarse con la mía con
virulencia.
Tuerzo la cabeza profundizando el beso y mis manos suben hasta su nuca para agarrarlo con
más énfasis. Un gemido furtivo escapa de su boca y pienso que si es lista, ya se habrá marchado.
De pronto, el deseo toma el control dejando atrás la puesta en escena. Lenny estrecha su
abrazo y no deja de besarme entregado a la causa. ¡Me cago en todo! ¡¿Dónde aprendió a besar
así?! ¡Es adictivo!
Agarro su cara con fuerza y él la mía como si estuviésemos buscando una explicación a lo
bien que nos saben nuestros labios. No podemos parar. Estamos enloquecidos.
Y entonces me acuerdo. Oh, sí… La venganza es toda mía.
Me aparto de su boca, pero sigue reteniéndome contra él como si no admitiera que tiene que
dejarme ir.
—De nada… —susurro ufana—. Ahora yo soy tu salvadora.
Consigo separarme un poco, pero no somos capaces de mantener la compostura. Sigue
agarrándome para no perder el contacto conmigo.
Por un momento lo veo mover los labios y pienso que va a decir algo. Pero se calla y la
presión en mi brazo incrementa por segundos.
—Me estás haciendo daño… —lo aviso. Y me suelta de golpe, asustado, para luego marcharse
sobrepasado en dirección contraria.
¿Qué le ocurre?
Me preocupo y le sigo. En su estado podría pelearse con cualquiera a quien empujara
accidentalmente al pasar.
—¡Lenny, para! —le grito, pero no parece oírme y sigue andando.
Antes de que llegue a las vallas del recinto, corro para plantarme delante de él y se detiene en
seco. Eso me hace sentir que jamás me haría daño conscientemente.
—¿Qué te pasa?
Aparta la mirada para que no lea nada en ella. Su camisa sigue abierta, mostrando su torso
desnudo y sus músculos marcados bajo una extraña tensión.
—Dime qué te pasa… —insisto cuando intenta volver a irse.
¿Y si Aitor tiene razón? ¿Y si no quiere sentir nada y por eso huye?
Se mueve de nuevo y lo agarro de la camisa.
—¡Para, por favor! ¡Dime algo!
Bufa enfadado y entonces le abrazo con fuerza.
—No huyas… —digo contra su pecho.
Pego la oreja a su piel y siento el retumbar de su corazón acelerado. Lo miro, pero él no lo
hace. No quiere sentir que me importa.
—Mírame —Le pido, teniéndolo totalmente agarrado. No obedece—. Mírame, por favor… —
suplico sollozante.
Resopla hastiado y obedece como si no pudiera negármelo otra vez.
Con mi cara mirando hacia arriba y la suya hacia abajo, me doy cuenta de que no soporto que
quiera alejarse de mí.
—Bésame —musito codiciando sus labios.
Él me mira serio, pero no se mueve. Ya no huye.
—Hazlo —exijo—. Hazlo si es lo que deseas. No te resistas más.
Un segundo después, su boca está sobre la mía, besándome a un ritmo más lento y profundo
que antes. Es la primera vez que nos saboreamos de verdad. Solo por nosotros y por nadie más.
Sin testigos.
No me creo que esté pasando esto, pero no quiero que se detenga por nada del mundo.
¿Cómo se ha colado en mi corazón sin decir una sola palabra? Se trata de un sentimiento
invisible e insonoro patente en su forma de besarme que expresa mucho más de lo que puedo
asimilar.
Me lleva contra la valla y me clava todo su cuerpo, aprisionándome. Su respiración
entrecortada me pone a cien cuando deja de besarme para mirar hacia abajo. Mete una de sus
grandes manos por debajo de mi top con una determinación pasmosa y cuando roza mi pezón
con fruición entiendo que ha conseguido deslizarse también por debajo del sujetador.
La expresión de su boca entreabierta al acariciarlo es irresistible; puedo notar que mi
entrepierna se inunda rápidamente de excitación. Lo amarro de la cinturilla del pantalón para
incrustarlo justo donde necesito. Él gruñe enardecido y lleva su mano hasta el vértice de mis
piernas para presionar en la diana incluso por encima de la ropa. Esto es demencial y quiero que
lo sea también para él.
Sumerjo la mano en sus pantalones para alcanzar su erección y su gemido me advierte que se
necesita una licencia especial para manejar ese tipo de explosivos. Si toda esa TNT detona dentro
de ti, te destroza viva.
Vuelve a besarme con ímpetu, desquitándose contra la sensación de habérselo negado a sí
mismo durante varios días. Sentir su deseo es lo más embriagador que he sentido, por no decir la
hostia.
Nunca había experimentado una felicidad tan pura y virgen. Sin defectos. Por un mísero
instante todo es perfecto. Nuestras lenguas trenzadas. La calidez de nuestros cuerpos unidos. Los
sonidos que emergen de su boca. Absolutamente todo.
La sensación muere cuando se detiene, apoyando su frente en la mía y jadeando en mi boca.
De pronto, lo veo negar con la cabeza y me suelta para pasarse las dos manos por el pelo.
—¿No, qué? —pregunto narcotizada. Yo sigo flotando. Pero me imagino lo peor cuando lo
veo cerrar los ojos con fuerza y frotarse la cara.
Después, saca su teléfono y escribe.
«No podemos hacer esto», leo.
—¿Por qué no? —Tarde, chaval, ¡ya está hecho! No hay vuelta atrás.
«Es una mala idea», teclea.
—Yo no lo creo —digo acercándome de nuevo a él y acariciando su nariz con la mía. Necesito
volver a sentir su ansia. Su anhelo. A él.
Pero se aparta de mí y vuelve a escribir.
«Morgan dijo que eras intocable», leo. Y frunzo el ceño.
—¿Acaso es tu dueño?
Chasquea la lengua y me coge de la mano para volver a la carpa, pero freno mis pasos.
—¿Lo dices en serio? ¡¿Vas a dejarme con este calentón?!
Él suspira y se recoloca el paquete. Al menos no estoy sola en esto.
—No lo entiendo… —digo decepcionada—. Está claro que te gusto. Y tú a mí, ¿por qué soy
intocable?
«Porque no terminaría bien», me muestra con tristeza en sus ojos.
—¡¿Por qué?!
Se encoge de hombros y el mundo se desestabiliza bajo mis pies.
—Dime por qué —exijo seria. Lo veo teclear.
«Porque soy peligroso», leo en su pantalla.
No puedo creer que haya escrito eso. Estoy tan impactada que no puedo moverme cuando veo
que él empieza a caminar hacia la carpa.
Me siento fatal por pensar que él se ve así.
«Mató a su hermano y no se perdonará jamás», ha dicho Morgan. Pero Aitor tenía razón, por
un momento me he colado por una rendija sexual, y no pienso darme por vencida con él. No por
mi calentón o por lo que empiezo a sentir, sino porque Lenny se merece redención. Lleva mucho
tiempo sufriendo en silencio, nunca mejor dicho.
Cuando entro en la carpa, Aitor me sale al paso.
—¿Estás bien? —pregunta preocupado.
—Sí. ¿Dónde está Lenny?
—Se ha ido al coche. Me ha dicho que no le sigas. ¿Qué ha pasado?
—Dice que no puede liarse conmigo porque es peligroso.
Nada más decirlo, me desmorono. Retengo las ganas de llorar, pero mi mirada se llena de agua
y Aitor me consuela en un abrazo.
—Tranquila. Dale tiempo. Debes tener paciencia… Lenny no es una persona normal.
—¡¿Y quién coño es normal?! —exclamo—. ¿Tú? ¿Yo? ¿Morgan? ¡A mí me gusta como es!
¡Todo él! Pero no quiere abrirse conmigo.
—Lenny es la persona más cabezota que he conocido. Ni siquiera los psicólogos pudieron con
él. Siempre he pensado que necesita algo más fuerte para hacer «clic».
—¿Algo como qué?
—Como el amor —dice con certeza—. Nada es más potente que el amor. Ni las drogas, ni la
verdad, ni las tragedias. Ten paciencia, ¿vale?
Inspiro hondo para recomponerme. La paciencia nunca ha sido mi fuerte.
—Morgan ya se ha ido y me ha dicho que duermes en nuestra casa.
—Sí…
—Lenny ha dicho que esperará en el coche hasta que queramos marcharnos, pero yo creo que
es mejor que nos vayamos ya si mañana queremos trabajar con el Moonbow.
—Sí.
—Vale, pero primero tranquilízate y vamos a por una botella de agua.
—Me gusta tu yo mandón y serio —murmuro abatida. Él sonríe.
—A mí me gusta tu personalidad juerguista de zorra pendenciera. No sabía que la tuvieras.
—Yo tampoco.
15
EL PERFUME
“El perfume era lo que impulsaba a los cuerpos a correr en círculos, a procrear y a montarse
unos sobre otros”
Patrick Süskind

Anoche, cuando Aitor, Lenny y Charlotte llegaron a casa noté en la mirada transparente de mi
hermano que había sucedido algo raro.
Que Lenny huyese como un rayo escaleras arriba también me dio una pista. Y la cara de
desolación de Charlotte terminó de confirmarlo.
«Dios…». Qué amarillo-GatoNegro-mollejas-Rusia lo vi todo.
Pero no todo había ido mal ese jueves. El polvo con Livy fue de los mejores que recuerdo
hasta la fecha. Captar de nuevo el olor de Freya a una distancia tan íntima me provocó la mejor
erección de mi vida. Había desterrado de mi sistema esa fragancia y volver a evocarla me
trasladó a un tiempo en el que todavía veneraba a mi padre y me enorgullecía de ser su hijo. Un
estado de felicidad impagable del que gozaba antes de que todo se fuera a la mierda. Fue tan
revigorizante recordarlo, que…
Otra cosa buena de la noche había sido el SOLD OUT de Moonbow.
El capitán estaba contento y eso era bueno para todos. Había hecho sus cuentas y, después de
cobrarme el 15% por la distribución, me había hecho saber que treinta y cuatro mil dólares de la
deuda habían sido amortizados adecuadamente. Era su forma de señalar que no íbamos a ver ni
un duro de los cuarenta mil dólares íntegros obtenidos esa noche gracias a Moonbow. No me dio
opción a pagarle veinticuatro y quedarnos con diez mil. Daba igual si los necesitábamos para
cubrir gastos o para pagar a Charlotte. Estábamos jodidos…
Lo bueno es que ella misma me había insistido para fabricar más. Y si repetíamos el éxito de
la noche anterior, la totalidad de la deuda sería saldada en tiempo récord.
—¿Qué ha pasado, C? ¿Por qué tienes esa cara? —le pregunté cuando se quedó de pie en el
recibidor.
Ella negó con la cabeza reticente a decírmelo. Supongo que Lenny había sacado mi nombre a
colación y no quería que me enterara.
Fui hacia ella, y cuando vi el miedo a que insistiera en su mirada, no lo hice.
—Te daré un ibuprofeno para la resaca. Ven, te indico dónde está la habitación de invitados…
—Gracias —musitó.
—No. Gracias a ti —dije apretándole la mano con afecto—. Si la noche del sábado vendemos
lo mismo que hoy, todo habrá terminado.
—Vale… —dijo con voz temblorosa. Como si eso supusiera algo horrible, como alejarse de
Lenny para siempre.
Quise decirle algo más, pero prefería hablar con mi primo primero.
Cuando fui a verle pasado un rato, lo encontré en la cama con la cabeza bajo la almohada.
Cuando hacía eso era mala señal. Simbolizaba que quería desaparecer del mundo y me aterraban
esos sentimientos tan negativos.
Si Lenny probara Moonbow, o cualquier otra droga dura, sería fatal. Su mente y su voz se
bloquearon por un motivo y desbloquearlos sin cuidado podía ser peligroso. El problema es que
el amor es la droga más dura de todas…, por eso no quería que pasase nada entre ellos. Pero fue
inevitable.
Cogí lo necesario y salí de casa en busca de más sustancia fresca extraída de las rocas. Me
daba miedo que desapareciese de la noche a la mañana.

Durante el viernes, Charlotte trabaja a destajo en el laboratorio. Quiero ayudarla, pero dice que
en esta fase no puedo y que prefiere estar sola y no tener público. Ninguno…
Lenny no sale de su cuarto en todo el día, y cuando se acerca la hora de llevar a Charlotte al
Capitán Nemo, me digo que ya basta y entro a ponerle las pilas.
—Lenny, Charlotte tiene que irse al pub. ¿La puedes llevar tú?
Me mira adivinando mis intenciones como si las tuviera escritas en la cara.
Niega con un dedo.
—¿Por qué no?
Se lleva un dedo a la sien y se da unos golpecitos que significan «piénsalo un poco» o quizá
«ya lo sabes».
—¿Me vas a contar qué pasó ayer? —digo harto.
Separa las manos en el aire para comunicar que «Nada».
—Nada, mis cojones. No soy tonto. Sé que os liasteis…
Ignora mis palabras sin confirmarlas ni desmentirlas.
—Te dije que no la disgustaras, Lenny… La necesitamos.
Se besa dos dedos y los lleva hasta su corazón jurando que no volverá a tocarla nunca más.
—¿No vas a volver a tocarla?
Asiente convencido.
—¿Y si necesito que lo hagas? —digo de pronto—. ¿Y si quiero que la toques como ella
quiera…?
Su cara empieza a agrietarse y niega despacio con la cabeza.
—Esto es serio, Lenny, no hay lugar para niñerías de colegio. El capitán se ha quedado toda la
pasta de la primera tirada y no tenemos dinero para pagar a Charlotte todavía. Las amenazas ya
no sirven y no podemos permitir que nos abandone, debemos tenerla contenta… Quiero que le
des lo que quiera. ¿Podrás hacerlo?
Él parece pensárselo.
—Si no sientes nada por ella, no te será difícil —lo pincho.
Por fin, asiente como diciendo «Vale, lo haré».
—¿Lo harás?
Vuelve a asentir despacio.
—Bien. ¿Puedes llevarla, por favor?
Lenny se obliga a moverse, y de pronto, cambia de opinión y escribe en su teléfono durante un
rato. Me parece extraño que lo haga, conmigo casi nunca lo necesita. Nos entendemos muy bien.
«¿Por qué no le dices a Charlotte que no vaya a trabajar hoy? No habrá casi nadie. Ya ha dicho
en el trabajo que está enferma, que lo mantenga ahora. Así podemos fabricar más Moonbow para
vender mañana».
—Buena idea… —Su coeficiente no está de adorno bajo ese pelo tan bonito—. Voy a
decírselo. Pero esta noche, a la hora que ella quiera, la llevarás a casa. ¿Estamos?
Asiente con obediencia y respiro tranquilo.
Parezco su jefe, lo sé, pero no puedo dejar que se le vaya la olla. Ni permitir que huya de lo
que le está cambiando tanto. Hacía mucho que no veíamos avances tan significativos en su
conducta y no quiero que se rinda ahora. Lo hablo con Aitor y piensa lo mismo.
—¿Te has dado cuenta del cambio que ha pegado Lenny?
—Sí… —contesta serio—. Se ha puto pillado por Charlotte.
—Necesito que les salga bien. Le dije que era intocable para que se soltase más con ella, y
ahora acabo de decirle lo contrario porque a veces es demasiado literal. Pero no sé si la estoy
cagando…
—No le confundas, eso es peor. Hay que dejar que tome sus propias decisiones. Lenny no se
fía de sus sentimientos, son demasiado confusos y grandilocuentes, y no sabe manejarlos.
—¡Por eso quiero ayudarle!
—No te metas, Lucas. No hace falta. El amor lo conquista todo, aunque no queramos.
A las doce de la noche obligo a Charlotte a irse a su casa, no quiero que sus padres denuncien
su desaparición. Hemos hecho lo que hemos podido; otras mil quinientas moras.
Ahora necesito prepararme para mañana, porque va a ser un día importante. Y no me refiero a
la competición de surf. Nadie me cree cuando digo que no busco ser profesional, pero sí me
interesa el negocio. En Australia mueve mucho dinero, y desde que el surf es deporte olímpico,
le veo futuro empresarial.
Me gustaría crear una marca nueva que se posicione como un referente en el mercado, con su
pertinente equipamiento deportivo, línea de ropa e incluso su propia bebida isotónica. Podríamos
celebrar campeonatos que sirvieran de filtro previo a las olimpiadas, como hace Rip Curl. Y para
eso necesitaba estar metido en el mundillo, conocer las olas, conocer a gente influyente en los
medios y meter una buena inyección de dinero caído del cielo. O del mar…

Ya es sábado, y Aitor, Lenny y yo llegamos a la playa temprano para ayudar con la


organización; así es como surgen los contactos y te ven.
Nos posicionamos en un lugar privilegiado y observo el mar. Me preocupaba un poco el viento
porque normalmente este evento se realiza en Bells Beach, pero este año lo celebran en Gold
Coast por problemas de residuos plásticos de un cargamento que cayó al mar la semana pasada;
todavía lo están limpiando. Comento esto porque Bells Beach está a diecisiete horas en coche de
Byron Bay y Gold Coast a una… y me aterra que toda mi maldita familia se presente aquí y me
gafe.
Poco a poco empiezan a llegar competidores y la playa se llena de amigos y parientes
interesados. Incluidos los míos…
Chasqueo la lengua y sigo socializando con diversos patrocinadores. Me gusta ver cómo se
organizan y tomar nota de lo que considero útil.
Al rato, me citan en la carpa de Rip Curl, la más grande de todas, y cuando entro veo que
Christopher ya está allí.
Su físico de capitán América le precede, es alto y le debe toda su musculatura al fútbol. Yo
estoy tonificado, pero no tengo pinta de cagar cadenas.
—Lucas, Christopher, acercaos, quería hablar con vosotros —nos dice el representante de
marketing de la empresa.
Mantengo la respiración. Me gustaría formar parte de su promoción.
—Nos interesáis los dos, pero ahora mismo solo tenemos espacio para uno en nuestra próxima
campaña. Intentar luciros hoy para obtener buenas fotos, las mejores serán las que usemos. No
quiero que haya mal rollo. Juego limpio y a disfrutar, ¿vale? Os diremos algo a lo largo de la
semana.
—De acuerdo —contestamos a la par.
Cuando salimos de la carpa me espero un comentario impertinente por su parte. Sé que no
puede resistirse.
—¿Listo para que te machaque?
Ahí está. Es tan predecible, el pobre.
—No me preocupa ganar, ya te lo he dicho mil veces.
—Es verdad, ¿tú vienes por las chicas, no?
—Entre otras cosas…
—Pues ten cuidado y no te distraigas, hoy hace mucho viento.
—Descuida. Lo tendré.
—Y si no te importa, céntrate en las solteras y deja de perseguir a mi novia.
Subo las cejas.
—No la estoy persiguiendo.
—Ah, ¿no?
—No. Solo somos amigos.
—Me da igual. Aléjate de ella.
—¿No puede tener amigos? ¿Todo bien por el país de la inseguridad?
—Te la estás jugando, Morgan… Y no merece la pena.
—¿No la merece? —me encaro con él.
—Ya tiene muchos amigos, no necesita más.
—Tú llevas en su vida dos años, yo la conozco desde que nació. Y si ahora hemos
reconectado, te aguantas.
Lo veo sonreír como si le hicieran gracia mis esperanzas frente a él en cualquier ámbito.
—Ándate con ojo, Morgan. Te estoy vigilando.
—Y yo a ti —le digo mientras se va.
—Eh, ¿qué ha sido eso? —me pregunta Aitor llegando a mi lado.
—Un festival de masculinidad tóxica. ¿Qué pasa?
—Mamá y papá me han pedido que te busque. Quieren saludarte.
Resoplo y nos acercamos a la carpa de la escuela de buceo Blue Days. Si no lo hago ahora,
luego será más difícil y tengo que cumplir con ellos. Solo de pensar en la de veces que tendré
que dar las gracias, me horroriza. Esa palabra y yo no nos llevamos bien… No me gusta deberle
nada a nadie.
De camino por la arena, localizo a Freya y a sus amigas a un lado. Nuestras miradas se cruzan
y le hago un gesto con la mano a modo de saludo. Ella me lo devuelve.
Seguramente no signifique nada, pero para mí es la leche, porque hasta hace nada algo así era
impensable, y que ella esté tan receptiva, de algún modo, hace que vuelva a tener fe en cualquier
cosa. Y me parece una sensación única.
—¡Hola, cariño! —exclama mi madre y me besa, achuchándome.
Mi padre me acaricia con los ojos, sin llegar a tocarme. Solo dice:
—¿Todo bien? ¿Te sientes preparado? —«¿Preparado para qué?», me gustaría contestar, pero
respondo afirmativamente con convicción.
Saludo a mis tíos Mei, Mak y Luk, abrazándolos a la vez.
—¡Vas a arrasar! —me anima Mak.
—Deja el listón de la familia bien alto —dice Luk.
¿No se dan cuenta de que ese tipo de comentarios me inducen un miedo a decepcionar
apabullante? Compito constantemente con un listón que para mí está por los suelos y para ellos
en el cielo. ¿Quién lo puso ahí? ¿Qué han hecho para merecerlo?
—Lo intentaré…
—Hazlo o no lo hagas, pero no lo intentes —oigo que dice una voz.
Me giro y veo a Dani, acompañado de su marido Iker.
—¡Hola! —Lo abrazo con fuerza. Tenemos muy buena relación desde siempre, y más desde
que me enseñó a bucear. A Aitor nunca le ha gustado el mar y mis hermanas eran demasiado
pequeñas para aprender, pero yo le cogí el gusto rápido y terminó llevándome con él en salidas
fuera del centro de buceo. Eran salidas laborales donde recogía muestras para su trabajo en el
AIMS.
Con el paso de los años, le he acompañado en expediciones marinas más profundas de nivel
experto, hasta llegar a ser uno de sus buceadores en nómina.
—Mucha suerte, chaval. A por todas.
—Gracias… —contesto de corazón.
—Lo vas a petar —añade su marido. Como deportista de élite que fue, sé que es
decepcionante que Kali no muestre interés por los deportes. Ni siquiera por el fútbol. Sin
embargo, Lenny, Aitor y yo participábamos en todos los torneos de playa que organizaba y su
hijo empezó a cogernos manía al ver lo bien que nos llevábamos. Por eso pude pedirle el favor a
Iker de que empleara a la madre de Charlotte en su tienda. Harían cualquier cosa por mí.
—¡Buenos días! —Aparece la susodicha de pronto—. ¡Ya estoy aquí!
Nunca he hablado con la madre de Charlotte, pero la conozco de verla en la playa vendiendo
bisutería. Esto es un pueblo pequeño. Y ellas son como dos gotas de agua, mismo pelo rubio y
ojos verdes.
—¡Llegas en el mejor momento, Susan! —la saluda Iker efusivo—. ¿Has traído la réflex?
—¡Sí! Y voy a intentar dar lo mejor de mí. Lo prometo.
—Recuerda todo lo que te he enseñado.
—¡Sí, sí! ¡He estado practicando! Gracias por la oportunidad.
Iker y yo nos miramos cómplices y veo a Charlotte detrás de ella.
—Mamá, este es Lucas Morgan. Lucas, esta es mi madre.
—¡Encantada! Me llamo Susana, pero aquí todos me llaman Susan. Uh, ¿participas en el
campeonato? —dice al verme con el neopreno.
—Sí.
—¡Pues que vaya muy bien!
—Muchas gracias —Sonrío. Está tan loca como su hija.
—¿Qué tal la resaca? —cuchicheo con C—. ¿Has podido descansar?
—Sí… —contesta tocándome la espalda agradecida.
—Entonces, ¿vosotros dos estáis saliendo? —pregunta Iker perdido.
—No —le aclara Dani—. Charlotte sale con Lenny.
—¡Sabía que ayer no estabas en casa de ninguna amiga! —exclama su madre de repente,
acusándola con el dedo.
Charlotte abre mucho los ojos y se pone roja.
—¿Por qué me mientes? Ya tienes una edad, Carlota. ¡Si duermes en casa de un chico, puedes
decírmelo!
—¡Mamá…! —masculla avergonzada—. Delante de la gente, no.
—¿Quién es ese tal Lenny?
—Está allí —Lo señala Dani divertido. Está hablando con su madre en un lugar más apartado.
Desde que mi tía Ani y mi tío Luk se separaron mantienen las distancias cuando la familia se
reúne. Me da mucha lástima que sea así, pero es lo que hay.
—¡Preséntamelo! —pide Susan pegándole en el brazo a su hija. Comprobado. Son igual de
cómicas.
—Ahora no, mamá…
—¿Por qué no? —digo yo canalla—. Ven conmigo, Susan…
Oigo que Charlotte nos sigue, maldiciendo en voz baja, cuando la arrastro hasta Lenny, al cual
le cambia la cara cuando une los puntos y empieza a comprender la que se avecina. Soy incapaz
de ocultar mi diversión. Estas cosas molan.
—Tía Ani, te presento a Susan, la madre de la novia de Lenny.
Mi tía abre los ojos de par en par. No es la típica adulta que sepa guardar las apariencias. Es
muy Cora. O Cora muy ella. No saben fingir corrección y siempre van directas al grano con todo.
—¿Tienes novia? —pregunta a su hijo antes de nada.
Lenny y Charlotte se miran apurados y después a mí con sus peores deseos. Al final, él asiente
renqueante.
—¡Encantada! —grita la madre de Char, plantándole dos besos a Lenny y después a mi tía,
que sigue sin reaccionar. Creo que no termina de creérselo.
—Mamá, relaja… —murmura C—. Hola. Soy Charlotte. Encantada.
Hay un impasse maligno y Lenny no tiene más remedio que ponerle el brazo por encima para
que mi tía se lo crea y reaccione.
—Hola… —dice pasmada. Vuelve a mirarlos y después a mí—. Lo siento, no sabía nada…
Me ha pillado por sorpresa.
—A mí también —se suma Susan—. Lo estaban ocultando y no sé por qué, ¡hacéis muy buena
pareja!
Los aludidos muestran una incomodidad encantadora.
—No lo ocultábamos, es que llevamos poco… —explica Charlotte—. En fin, ha sido un
placer. Luego nos vemos —se despide de su novio, llevándose a su madre casi a rastras.
Lenny no tarda ni dos segundos en darme un puñetazo en el hombro a modo de castigo. Eso sí
ha merecido la pena…
—¿Quién es esa chica? —pregunta mi tía.
—Es muy maja —contesto yo por él—. Y muy lista. Trabaja con Dani en el AIMS. Es
química.
—¿Ah, sí?
—Sí y es encantadora. Está ablandando a este cafre de aquí, ¿verdad, primo?
Lenny me mira con odio. En el fondo, me quiere.
—Me alegro de que tengas a alguien —musita su madre. Y la tristeza que desprende su voz
por su situación sentimental destroza a Lenny. Siempre se ha sentido culpable de que sus padres
se separasen.
—¡Chicos, venid…! —nos llama Charlotte desde lejos. Y vemos que se están juntando para
que su madre tome una fotografía grupal con la cámara profesional de Iker. Freya también ha
acudido. E incluso veo a Kali, rechistando al lado de sus padres.
Nos acercamos despacio. ¿Qué pretenden? Debe ser cosa de Iker…
—Tú ponte con tus padres —me ordena Charlotte. Y me suena a venganza—. Vosotros dos
ahí —Le señala a Lenny un hueco al lado de su padre. Mi tía Ani no avanza cuando mi tío Luk
engancha su mirada llena de ansiedad—. ¡Venga, vamos! ¡Esta luz es perfecta para la foto! —les
mete prisa Susan.
Nos colocamos mirando al frente y Char se une a Lenny y a sus padres en el último momento,
terminando de meter a mi tía Ani en su lugar, al lado de su ex.
—¡SONREÍD A LA DE TRES! —grita Susan—. ¡Una!, ¡dos! y ¡tres!
La foto captura el instante y el grupo se deshace rápido. Justo en ese momento, se levanta una
ráfaga de aire fuerte y la gente chilla porque algunas prendas salen volando, entre ellas, la
pashmina de mi tía Ani que Luk atrapa con destreza antes de que se la lleve el viento.
—Gracias… —musita ella al entregársela.
—De nada. ¿Te has enterado de eso? —Luk señala a Lenny y a Charlotte que están luchando
con su vestido para que deje de atacarla. Ella blasfema histérica y él la ayuda con una sonrisa en
la boca.
—Sí y me parece increíble —responde Ani.
—Hacía mucho que no lo veía sonreír así…
—Lo sé…
Tanto mis padres, como mis vecinos, como cualquier viandante de la zona se hace eco de que
lo verdaderamente increíble es que ellos dos estén hablando. Y no podía ser de otra cosa que del
hijo de ambos.
—Kai dice que es una buena chica… —comenta Luk.
—Sí. Espero que les vaya muy bien.
—Y yo… —musita pensativo.
Es una situación extraña porque ninguno de los dos ha vuelto a rehacer su vida con otra
persona. Lo sabríamos. En el pueblo cualquier escarceo sale a la luz a la mínima. Pero a la vez,
tampoco están juntos.
Lenny los mira impactado, rezando para que nadie ose interrumpir esa conversación.
—Bueno, tengo que irme… —digo al viento—. Va a empezar ya.
—¡Mucha suerte, cariño! —exclama mi madre.
—¡Tú puedes! ¡Vamos! —gritan varios.
—Gracias —Por sexta vez.
—Te estaremos observando —advierte mi padre.
—Eso suena amenazante, pero vale… —le vacilo.
—Hazlo lo mejor que puedas —repone.
—Siempre lo hago.
—¿De veras? —contesta con inquina.
Pongo los ojos en blanco y me voy. Espera mucho de mí, pero yo no espero nada de él. Solo
reproches.
Al pasar por el lado de Freya, nos miramos y articula un «Suerte» que escucho débilmente.
Susurro un «Gracias» sin llegar a pararme y soy consciente de que todo el mundo, everybody, ha
sido testigo de esa breve interacción. He oído la exclamación sorda de mi madre en estéreo y sé
que no tardará nada en abordar a Emma para cotillear.
La competición comienza y todo el público está atento a los primeros pases. Hay buenas olas y
me apetece mucho surfearlas. Lo que me sobra es hacerlo delante de tanta gente.
¿Os he dicho ya que no me gusta que me presionen?
Pero es mi momento. Es ahora o nunca. Se clasificarán los cuatro primeros puestos. Los tres
primeros suelen ser para gente que se dedica a esto exclusivamente, pero que un amateur se
coloque en cuarta o quinta posición es una promesa… y Christopher y yo rivalizamos por esas
posiciones.
Aitor pasa del surf y Lenny tiene prohibido participar en cualquier deporte competitivo por sus
ataques de ira. Lo que le viene bien es la música. Se defiende con muchos instrumentos. Y antes
de que le dejasen venir a vivir con nosotros, me acompañaba a la playa a diario cuando yo venía
a practicar porque decía que me echaba de menos.
Él se quedaba sentado en la arena oyendo música o tocando la armónica, su instrumento de
viento favorito, y un día, unos chavales de otro pueblo, empezaron a meterse con él.
Vi de lejos que lo estaban molestando y empecé a remar hacia tierra para volver, pero llegué
tarde. Al parecer Lenny les había avisado de que le dejasen en paz. Incluso les escribió un
mensaje advirtiendo que si no paraban, iba a meterles la armónica por el culo y… al mostrarles la
pantalla, cometieron el terrible error de quitarle el móvil y comenzar a pasárselo entre ellos.
Voy a ahorraros los detalles por el bien de los aprensivos, pero la broma se tradujo en once
centímetros de acero inoxidable alojados en el orificio rectal de un tío entonando el Do Mayor…
Por suerte, Lenny todavía tenía diecisiete y, a pesar de su cuadro clínico, todo quedó en un
«accidente doméstico» muy escatológico.
En ese momento me di cuenta de que Lenny no controlaba en absoluto sus reacciones
desmedidas. Y que algún día podrían traernos un disgusto. No podía separarme de él para nada.
Me concentro y entro en el mar, es el turno de mi grupo. Dejan para el final de la mañana a los
que solemos hacer las mejores marcas.
El agua está buena y me siento distinto que otra veces. Más yo. Más en equilibrio con el
universo. Dicen que si lo estás en tu interior, logras estarlo también con la naturaleza.
Comienzo a remar para coger la ola y me pongo de pie en la tabla con habilidad. Voy más
rápido de lo normal porque la ola se levanta de golpe en una sección perfecta, creando una
pendiente óptima para disfrutarla.
Me agacho para mantener la estabilidad y rozo la pared con la mano. Ni soñando podía haber
deseando una ola tan buena. Va rompiendo justo a mi lado creando un arco precioso y perfecto
por encima de mí.
Salgo de la ola con una sonrisa y oigo la ovación del público enardecido. Ha sido increíble y
mi puntuación es más alta que nunca.
El siguiente en hacerlo es Christopher que también hace un buen ejercicio, pero el mío ha
obtenido mejor puntuación. Y al verlo, permanece crispado, esperando la segunda ola del pase.
En un momento dado, se coloca a mi lado.
—Lo has hecho muy bien, Morgan —dice amigable.
—Gracias… —respondo seco. No me fío de él. Es un capullo integral y siempre lo será.
—Pero por muy bien que lo hagas, yo siempre voy a ir por delante…
Me quedo callado. No voy a entrar en su juego. Estoy muy zen y sé que solo pretende
desestabilizarme.
—Como cuando me follé a la tía con la que estabas el otro día, ¿Livy? Sí, ese era su nombre.
Hace unos tres años me la cepillé con ganas. Es la fantasía malota de cualquier tío. Ese pendiente
en el clítoris… Uf.
Trago saliva al entender que es cierto. No pasa nada. Yo no la conocía y el mundo es un
pañuelo.
—Recuerda, todo lo que desees, yo lo habré tenido antes y mejor.
Me arde el pecho al deducir que ahora habla de Freya. Maldito sea… Que me toque ya,
joder…
Una frase me quema en la lengua. Si ella supiera lo imbécil que es…
«Cállate, Lucas», me ruego. Pero su sonrisa lasciva me hace perder los papeles.
—Antes de que acabe el mes, Freya habrá cortado contigo. Recuerda mis palabras…
Remo para intentar coger una ola y perderle de vista. Pero me sigue. Seguramente quiera
hacerme perder puntuación, le gusta hacerlo.
En este tipo de competiciones no hay turnos predefinidos y no se establece un límite claro
entre prioridad y preferencia. Por eso las interferencias están a la orden del día.
Las normas dicen que un surfista tendrá preferencia sobre el resto cuando se encuentre en
posición interior de la ola, con una salvedad, que otro surfista se ponga de pie antes desde el line
up y le gane la posición. En caso de no ceder la ola y reducir el potencial de su ejercicio, será
penalizado en su puntuación final.
Christopher se coloca en una posición óptima para fastidiarme cualquier ola buena que yo
quiera coger, pero opto por engañarle con una para que se deslice primero y salirme a tiempo de
ella.
Es arriesgado, porque si te arrastra, cuenta como caída. Pero lo hago y me sale bien. Cuando
se da cuenta de mi jugada, lo oigo gritar.
De pronto, viene una preciosidad por el horizonte e intento cogerla con serias esperanzas de
colarme entre los tres primeros puestos si es tan buena como preveo.
Me deslizo por ella haciendo cabriolas y quiebros perfectos con la tabla. Al ser una ola menos
brusca que la anterior, permite lucirse un poco más y siento que estoy dando un espectáculo
único, pero de pronto encuentro un surfista parado en mitad de la manga al que fácilmente podría
degollar. ¡Es Christopher!
En momentos así, el ego, el odio y la toxicidad abandonan mi cuerpo y procedo a bajar hasta
la base de la ola para evitar un accidente.
Acaba de arrebatarme la oportunidad de mi vida.
16
LA SOMBRA DEL VIENTO
“Si nadie se acuerda de ti, no existes”
Carlos Ruíz Zafón

Oigo que el público abuchea y me preocupo.


Creo que van a penalizar a Christopher por no haberse apartado con rapidez al caerse de la ola
para dejarle un recorrido limpio al siguiente, que ha resultado ser Morgan.
Sigo sin acostumbrarme a llamarlo así, pero hace mucho que me prohibí a mí misma volver a
pensar en él como Lucas. Ese era otro.
Siento una impotencia terrible cuando aparece una baja puntuación en la pantalla por no haber
podido terminar el resto de la manga. Lo más probable es que le dejen repetir si ha habido una
infracción, pero es difícil que vuelva a salirle tan bien como esta.
Nunca había surfeado así; llevo muchos años observándole. Yo nunca he dejado de mirarle. Él
a mí sí…
Me acerco a la orilla cuando los dos salen del agua porque me temo lo peor.
—¡¿Qué cojones hacías, Chris?! ¡¿Quieres morir?! —espeta Aitor apareciendo de la nada.
—¡No he podido evitarlo!
—¡Y una mierda! —grita enfadado. Permanece al lado de Morgan, que tiene la cabeza gacha y
no mira a nadie.
Siempre me ha fascinado su pundonor. Sin duda, Aitor dice todo lo que él está pensando, pero
él opta por el decoro. Esa templanza es algo que siempre he admirado de él.
—¡Lo has hecho a propósito!
—Déjalo, Aitor… —murmura Morgan.
—¡No quiero dejarlo! ¡Acaba de joderte la clasificación!
—Da igual.
—¡No puede darte igual, joder! Papá tiene razón, ¡no luchas por nada! ¡No te esfuerzas!
La mirada que le lanza hace que Aitor se calle de golpe y se le bajen los humos. Luego mira a
Christopher y también se achanta.
—Lo siento, no pensé que la trayectoria de la ola me cogería…
—A ver qué dicen los jueces… Yo no puedo saberlo.
—Dirán que lo repitas. Otra cosa es que seas capaz… —masculla.
—¡Yo lo mato! —clama Aitor, abalanzándose sobre él, pero Morgan lo retiene con un solo
brazo y le dice que se calme.
Pronto aparece uno de los jueces y Christopher pone empeño en defender que no ha sido culpa
suya. A Morgan le ofrecen repetir la ola.
—La sanción debería ser mayor —intercede Aitor—. ¡Lo ha hecho a posta! Es un
comportamiento totalmente antideportivo. ¡Expúlsenlo!
—¡Eso no es cierto! —grita Christopher.
—Si no destapa este juego sucio, me encargaré personalmente de hacer ruido en su nombre —
amenaza Aitor—. Hay testigos. Todo el mundo lo ha visto, y perderá credibilidad como juez
frente a muchos.
El hombre parece pensárselo por un instante.
—No ha nadado hacia ninguna parte para quitarse de en medio —insiste Aitor—. ¡Le estaba
esperando!
—¡Después de la caída estaba aturdido! —explica Chris, pero ha sonado muy falso. Tiene
muy mal perder. Suele pasarle a quien ha sido una estrella en otros tiempos, pero soy consciente
de que intenta lidiar con ello día a día.
—Vamos a hacer una cosa —propone el juez—. Un juicio justo instantáneo. Preguntaré a tres
espectadores al azar qué opinan y esto se zanjará aquí y ahora. ¿Entendido?
Aitor asiente y el juez señala al chico de salvamento que, sin duda, tenía una buena
panorámica desde su posición.
—¿Qué opinas tú?
—Está claro que lo ha hecho a propósito —dice indiferente.
Un bullicio asegura que no todo el mundo está de acuerdo con eso.
—¿Y tú? —Señala a otro.
—¡Ha sido muy rápido! ¡No le ha dado tiempo de apartarse!
Con esa opinión hay todavía más abucheos. Pero no es un buen testigo porque es uno de los
mejores amigos de Chris.
—¿Qué piensas tú? —me pregunta directamente.
Se hace un silencio y todo el mundo me mira. En las caras de algunos noto que no cuentan con
que apoye la causa al ser la novia de quien soy. Descubro la impotencia en la cara de Aitor, que
está a punto de señalar que no es justo porque soy su chica, pero que opte por callar como si
tuviera esperanza en mi integridad, me gusta mucho.
Miro a Morgan. Me sostiene una desgarradora mirada durante unos segundos y la aparta
enseguida con resignación.
Abro la boca para responder y lo dilato en el tiempo cuando veo la súplica en los ojos de
Chris. Esta claro que no confía en mi apoyo porque sabe que suelo estar a favor de la verdad.
—El reglamento dice que hay que nadar hacia la orilla en dirección perpendicular en cuanto te
caes, por tu seguridad y la de los demás, y Christopher no lo ha hecho…
Una exclamación de sorpresa recorre el ambiente. Se escuchan toda clase de susurros.
Christopher no disimula su profunda decepción y Morgan… Morgan levanta la vista lleno de
incredulidad y profundo agradecimiento.
—Queda claro. Así pues, Christopher Hewitt queda expulsado de la competición. Lucas
Morgan repetirá su segunda ola. ¡Dispérsense!
Se arma un buen revuelo, pero la gente obedece.
Chris viene hacia mí, pero pasa de largo, rozándome el brazo, en dirección a los vestuarios. Le
sigo porque no quiero que pague con otro su enfado conmigo. Quiero calmarle y hacerle entrar
en razón como otras veces.
Me interno en el vestuario y veo que estamos solos.
Se sienta en el banquillo, humillado, y mira hacia abajo.
—Lo siento… —formulo cohibida. Porque es la verdad.
—Tranquila… Tenías razón. No sé qué mosca me ha picado en el mar… Bueno sí, que
Morgan me saca de quicio y me ha provocado para llevar nuestra rivalidad hasta un territorio
sagrado para mí, el deporte.
—¿Qué te ha dicho? —pregunto interesada. Me siento a su lado y le acaricio la espalda.
—Cosas horribles… sobre ti.
—¿Sobre mí?
—Sí. Desde esa maldita pelea en el pub donde expulsaron a Kali y a Lenny, me la tiene
jurada. Y está claro que va a por lo que más daño puede hacerme: alejarte de mí.
—¿Por qué dices eso?
—Su plan ya está en marcha. Ha vuelto a hablar contigo por un motivo muy concreto, y justo
antes de que me lanzara a coger mi ola, se ha puesto a mi lado, flotando en su tabla, y me ha
dicho que antes de que termine el mes te habrá follado en todas las posturas que se le ocurran…
Me quedo boquiabierta.
No me imagino a Morgan diciendo algo así, aunque ha cambiado mucho y sé que puede ser
letal. Me lo imagino follando en plan castigador y sudoroso y la visión hace que se me ericen las
entrañas.
—Entonces he cogido la ola, y solo de imaginarlo, me he caído. Él sí que lo ha hecho a
propósito. Y se merecía que le jodiera la carrera…
—No puedes dejar que nadie te provoque con eso. Porque no depende de él, sino de mí.
—He visto cómo le miras… —dice dolido.
—No le miro de ninguna forma. Morgan y yo nos conocemos desde niños y tenemos nuestra
historia. Pero fue hace mucho tiempo, y ya no somos esas personas.
—No quiero perderte, Freya. Eres lo más especial que tengo en mi vida…
Me junto a él y le acaricio. Él también es importante para mí, me rescató de un letargo que
duró años. Me sacó del estado lúgubre en el que me imbuyó Lucas. Bueno, y Steve… mi primer
novio.
Cuando digo que Morgan y yo antes éramos otros es totalmente cierto. A los diez años nos
consideraban unos torbellinos. No me extrañaba que nuestros padres se hicieran ilusiones.
Vivíamos el uno para el otro.
Lucas era demasiado infantil emocionalmente para darse cuenta, pero yo veía claro que había
algo especial entre nosotros. Nuestra relación todavía no estaba sexualizada, mantenía la esencia
pura del amor. Esa sensación de querer estar juntos sin saber por qué.
Pero un día, el sueño terminó. Morgan era muy popular y conocía a mucha gente; le surgían
planes continuamente con otras personas.
Quizá para él la separación fue paulatina, pero yo sentía que me lo arrancaban de las manos
cada vez que me sustituía por otro plan.
Cuanto más se alejaba de mí, más soñaba yo con que volviera, y pronto la pubertad se nos
echó encima. Él era el protagonista de todos mis pensamientos sobre amor y futuro. Cuando mis
amigas hablaban de chicos y las más lanzadas cuchicheaban sobre cómo sería perder la
virginidad, yo no podía pensar en nadie que no fuera él.
Siempre deseé que fuésemos la primera vez del otro. ¿Es que él no lo había pensado nunca?
Mis primos Kali, Enzo y Hugo chuleaban de que ya se hacían pajas y Morgan era mayor que
ellos. Pensé que quizá a los chicos de su edad les gustaran las mujeres más mayores, las que
veían en el porno, porque las de mi edad éramos inaccesibles.
¿Qué otra explicación podía haber para pasar así de mí?
A los quince me cansé de esperar y quise tomar cartas en el asunto.
Había un chico en mi cole que decía estar loco por mí, y cuando eres una mendiga del amor,
cualquier cosa te sube la moral.
Me pidió salir y contesté que sí con la secreta intención de que Morgan reaccionara al ver que
iba a perderme definitivamente. Quise darle celos para que viniera a reclamar lo que era suyo,
pero en vez de eso, empezó a liarse con mil chicas. Decir que me hundí en la miseria sería
quedarme muy corta. Steve se encargó de lamerme las heridas y más cosas…
No entendí qué hice mal ni por qué dejó de quererme, pero con el tiempo, me convencí de que
nunca lo hizo. No como yo a él.
Intenté olvidarlo, pasar página y seguir con mi vida, y me lo puso fácil porque en esa época
Lucas desapareció de la vida pública.
Mis padres me contaron que había ocurrido una desgracia en su familia. Que por culpa de un
robo, habían disparado a su tía Ani. Y fue cuando entendí de golpe que yo ya no era nadie para
él. Que ya no se colaría por mi ventana como hacía cuando éramos pequeños cuando tenía algún
problema o estaba triste. Ya no contaba conmigo.
Esa primavera decidí cerrar mi ciclo vital con él. Y no había mejor forma que conseguirlo que
acostándome con Steve, que llevaba meses insistiendo, limitándonos al petting. Quería dejar
atrás ese estúpido sueño infantil de que Lucas fuera el primero para mí.
Y lo hice. Me despedí de mi niñez con dolor y sangre. Con lo que no contaba es con que Steve
me dejara una semana después y Morgan reaccionara dándole una paliza de muerte.
Todo el mundo empezó a decir que eran celos porque Lucas todavía me quería y esa idea me
cabreó mucho. Entonces, ¿por qué me había ninguneado todo aquel tiempo llevándome a tomar
esa mala decisión?
Había pagado caro su descuido.
Para colmo, cuando fui a pedirle explicaciones, me aseguró que no lo había hecho porque
sintiera nada por mí, al revés, me despreciaba.
Que Steve y Lucas me rechazaran fue un punto de inflexión en mi vida. Me culpé. Empecé a
dejar de quererme y a sentir que nunca sería suficiente para nadie, e intenté ser la chica perfecta
por miedo a que los chicos acabaran cansándose de mí con el tiempo. Y por el camino, renuncié
a mí misma.
Me metí en el coro del instituto y me refugié en la música. Retomé los estudios en serio, que
los había dejado de lado, y logré terminar el instituto con unas notabas increíbles. Cosa que
pareció tranquilizar a mis padres. Y poco a poco, se consolidó la «Freya perfecta», siempre
agradable y acatando normas. Pero en la fiesta de fin de curso me vi encerrada en un armario
oscuro con el nuevo Morgan y por poco vomito de puros nervios. Lo que ocurrió, o más bien, lo
que no ocurrió, me confirmó que nunca sería suficiente para él.
Esperaba que me pidiera perdón. Que se sincerase. Que se rebajara a admitir que me había
echado mucho de menos y me abrazase. Que me contara todo lo que había sufrido con su
familia, porque hacía poco que habían tenido otro problema grave con su primo Marco, un chico
muy majo, cinco años mayor que nosotros, al que sus tíos Mak y Mei adoptaron cuando solo
tenía cuatro años. Luego tuvieron a Luz, que era de mi edad. Y cada vez que visitaban Australia,
me lo pasaba pipa con ellos, pero viviendo en España nuestra relación era muy intermitente.
Cuando Luz se mudó a Byron a los dieciséis, no coincidimos mucho en el instituto porque ella
no quiso estudiar más allá de la enseñanza obligatoria. Pronto comenzó a viajar por todo el
mundo para ser modelo y no llegamos a consolidar nuestra amistad, pero todavía tenemos buena
relación.
Volviendo a ese maldito armario, esperé, esperé y esperé, pero cuando vi que Lucas no tenía
intención de usar la lengua para nada —y menos para hacer lo que todo el mundo hacía allí
dentro— fue una hecatombe emocional de proporciones épicas.
Su cercanía y su olor me afectaron a niveles preocupantes, tanto física como mentalmente.
Fueron cinco minutos frenéticos. Mi cuerpo burbujeaba ansiando su toque de cualquier forma, y
en cuanto se cumplió el tiempo, salí disparada sin mirar atrás.
—¿Estás bien? —me preguntó una amiga cuando logré recuperarme.
—Sí… —contesté. Pero no lo estaba.
El reglamento de la fiesta era acudir con ropa de baño y yo no podía dejar de pensar en la
última vez que lo vi así en una de nuestras travesuras. Debíamos de tener diez años, ni siquiera
los once.
—Tenemos que quedar esta noche —le propuse con secretismo.
—¿Dónde? —preguntó él con ganas de acatar mis deseos.
—En mi piscina. He visto a mis padres bañarse por la noche y dicen que es una sensación
indescriptible. ¿Te apuntas?
—¡Claro que me apunto!
—Pero creo que el truco está en que se bañan desnudos… —Me reí.
—¡¿Desnudos?!
—Sí. ¿Te atreves o te da vergüenza? Yo voy a hacerlo igualmente.
Él se lo pensó manteniéndome la mirada con confianza.
—Yo me atrevo si tú te atreves.
—Hecho. Quedamos a las doce.
Como siempre, Lucas saltó la valla de nuestro jardín con agilidad y me encontró esperándole
sentada en una hamaca.
Estaba nerviosa. Más por la adrenalina de que nos pillasen que por otra cosa. Al final,
confiaba en que el agua y la noche tapasen mis vergüenzas. Y pensándolo en frío, no tenía
especial interés por su pito ni problema en que él se fijara en mi inexistente pecho, era la
emoción de hacer algo prohibido y la ilusión de que se arriesgase conmigo.
Nos metimos en el agua intentando no hacer ruido, pero no dejábamos de reírnos bajito. Una
vez dentro, me quité el bañador y lo dejé en el bordillo lejos de él. Él hizo lo mismo y
empezamos a nadar.
—¡Mola mucho! —opiné alucinada como si fuera la gran cosa.
—¡Es increíble! —dijo él disfrutando de no sentir la engorrosa tela pegada a su piel.
—Esto es genial —musité acercándome a él.
—Tus ideas siempre son geniales. Tú eres genial…
—Gracias por venir. Pensaba que no te atreverías.
—¿Por qué?
Me encogí de hombros.
—Porque es una locura. Pero las cosas que nunca olvidas siempre lo son. Y yo jamás olvidaré
esto.
—Yo tampoco…
En medio de esa mirada nos pillaron. Mis padres nos sorprendieron y sus caras al ver que
estábamos desnudos fueron un poema.
—¡¿Qué estabais haciendo?! —preguntó mi padre alucinado.
—¡Nada! ¡Solo queríamos ver cómo era bañarse de noche sin bañador! Cuando mamá y tú lo
hacéis, soléis gritar de gusto.
Mis padres se miraron aterrados. Hasta años después no entendí el verdadero significado de
por qué les gustaba tanto…
—¡Emma, trae unas toallas!
Mi madre fue a por ellas y nos envolvieron al salir del agua.
—Lo siento, Jon. Ha sido culpa mía —dijo Lucas.
—No vuelvas a colarte así en nuestra casa. ¡A las casas se entra por la puerta!
—Sí, señor…
Siempre me he preguntado si ese fue el punto de no retorno para nuestro distanciamiento. Por
eso intenté reprimir mis ideas locas y convertirme en una chica de bien. Siendo yo misma había
salido escaldada, y con el tiempo, sentí que mi reputación iba cambiando.
Y entonces apareció Christopher. Él era un modelo ejemplar: buen estudiante, gran deportista
y encima estaba buenísimo. Fue muy fácil enamorarse de él. Bueno… no sé si estoy enamorada.
Creo que nunca más volveré a estarlo de nadie. En ese sentido, estoy estropeada. Pero me daba
tanta seguridad estar con él… Sentía que ser su novia me sumaba los puntos necesarios para ser
aceptada. La vida con él era más fácil. Me dejaba llevar y no tenía que luchar por demostrar
nada, el mundo entero me quería sin esfuerzo y estar con él tenía mucho que ver.
Chris busca mis labios y los besa suavemente.
—Me voy a ir. No estoy de humor para quedarme. ¿Vendrás esta noche a casa? —dice
suplicante.
—Iba a quedarme en Gold Coast con unas amigas. Hoy es noche de micro abierto en el Pink
Flamingo, ¿recuerdas?
—Es verdad. No me acordaba…
—Si estás cansado, no hace falta que vengas.
—Pero quería estar contigo. Hoy me haces falta…
—Puedo ir cuando termine. A última hora.
—Vale, entra con tu llave y me despiertas.
—Odio despertarte cuando duermes —Sonrío.
—Pues te esperaré despierto.
—No. Tú descansa. Me meteré en tu cama y te abrazaré.
—Bien. Ahí es donde te quiero, pegada a mí. —Vuelve a rozarme los labios y me dice que se
va a la ducha. Sé que va a tardar, porque ahí es donde lucha contra sus demonios y hoy le llevará
un buen rato ahogarlos a todos.
Salgo del vestuario para seguir viendo el campeonato. Observo en las puntuaciones que
Morgan ha conseguido buena puntuación en su nueva ola, pero es una pena, porque la de antes
tenía un potencial que podía haberle puesto por delante en el podio.
Como con mis amigas en los puestos de la playa mientras la competición continúa. Termina
bastante tarde y, aunque quiero felicitar a Lucas por conseguir el tercer puesto de hoy, veo que
está liado hablando con el patrocinador de Rip Curl para una colaboración. Me alegro por él.
Me despido de mi familia y me cambio de ropa en los vestuarios para ir a cenar algo con
Megan antes de ir al Flamingo a las once. Es una discoteca muy exclusiva en la que suele haber
gente a partir de la una de la madrugada, pero a veces, cuando hay un evento importante en la
ciudad, hacen este tipo de cosas un par de horas antes para amenizar las horas en las que está más
vacío.
Llegamos pronto y conseguimos un buen sitio cerca del escenario; apenas hay gente. Mejor.
En realidad solo canto para oírme de vez en cuando a mí misma. Es donde me permito expresar
mis emociones con la excusa de estar interpretando la canción. Y me ayuda mucho.
Me da tiempo de tomarme un mojito antes de salir a cantar. Hay un par de actuaciones flojas
al principio, así que salgo con menos miedo a no dar la talla. Como poco los igualaré. Y de
repente lo veo…
Mi corazón da un vuelco dentro de mi caja torácica. ¡Es Lucas…!, digo, Morgan, sentado en
una mesa solo, mirándome fijamente.
Carraspeo y cojo el micro. ¿Qué diablos hace aquí?
Los primeros acordes de I won’t give up de Jason Mraz empiezan a sonar. He elegido esta
canción porque llevo días acordándome de ella y al empezar a cantarla me doy cuenta de que
tiene todo que ver con él.
No puedo creer que esté aquí…

Cuando te miro a los ojos es como ver el cielo estrellado


Sostienen tantas cosas…
Y al igual que las viejas estrellas
Veo que has llegado muy lejos para estar justo donde estás.
¿Qué edad tiene tu alma ahora?
No me rendiré con nosotros, incluso si los cielos se tornan tormentosos.
Te estoy dando todo mi amor, todavía estoy mirando hacia arriba.

Como no puedo dejar de mirarle, Megan se gira para comprobar si me he quedado bizca o hay
alguien. Su cara de asombro es catastrófica.
Cuando termino de cantar, aplauden hasta los camareros.
Bajo arrastrando mi habitual sonrojo y voy directa a por mi copa.
—Ahora vengo… —le digo a Megan. No quiero dejarla sola mucho rato, pero tengo que
acercarme a Morgan.
Cuando llego a su mesa, me sonríe de medio lado, travieso, y no me sorprende, porque su
presencia aquí implica muchas cosas de dudosa honorabilidad. La primera es que quizá
Christopher tenga razón…
No puedo evitar sentir un calor indescriptible en mi vientre.
17
ROMEO Y JULIETA
“Aún no han bebido cien palabras tuyas mis oídos y ya te reconozco”
William Shakespeare

Mezclo los últimos componentes del Moonbow y resoplo cansada.


Son las once de la noche y ha sido un día de playa agotador.
Nota mental: no juntar a mi madre con Los Morgan nunca más.
Me hubiera gustado irme a casa y morirme en mi cama, pero no caería esa breva. Ayer, el
idiota de Morgan, fue en busca de más sustancia y recogió muchísima. Demasiada. Creo que le
daba miedo que se acabase o desapareciera. Y si no la sintetizaba hoy, se iba a estropear, y no
podía permitirlo.
Me ha dicho que no me moleste, pero al final le he convencido.
—Char, ya conseguiremos más… Necesitas descansar.
—¡No podemos desperdiciarla! —he susurrado—. No me cuesta nada ir después del trabajo a
tu casa y dejar las mezclas preparadas.
—Es que no sé si voy a estar… —ha confesado por fin—. Tengo planes. Y creo que Aitor
también va a salir esta noche.
—¿Y Lenny?
—No lo sé, pero no creo que salga por ahí sin mí…
—Pues le diré que iré al terminar mi turno en el Capitán Nemo.
—Charlotte… —lamenta—. No es justo que tú estés trabajando mientras nosotros estamos de
fiesta. Y yo tengo un compromiso ineludible…
Lo he mirado suspicaz. ¿Qué sería eso tan importante? Ha sonado a que hay una chica de por
medio, pero hay cosas más imperantes.
—Mañana es el último día del festival y todavía le debes dinero al capitán. Esto no ha
terminado.
Morgan ha asentido, atendiendo a razones.
—¿Cuánto le debes?
—Eso no…
—¡¿Cuánto, Morgan?!
—Le debíamos setenta mil. Pero por distribuirla nos cobra un 15%. Si hoy se vende bien, con
veinte mil más cubriríamos gastos, la deuda y tu parte.
Hago el cálculo mental.
—O sea, que tengo que hacer mil moras más por lo menos.
—Exacto —ha dicho con dolor—. Pero no tiene por qué ser hoy. Todavía tengo que quedarme
un rato por aquí y luego tengo que ir a un sitio… Tú ve a descansar. No puedo pedirte que lo
hagas…
—No me lo estás pidiendo.
Me ha mirado como si no supiera qué hacer conmigo y he sonreído. Es lo mejor en estos
casos.
—Ya no sé cómo darte las gracias… —ha dicho derrotado.
—Pues no lo hagas. Le has conseguido un trabajo a mi madre y está encantada con sus jefes,
estamos en paz.
—Me ha parecido encantadora.
—Tu familia también es genial… Incluso tu padre.
Ha puesto los ojos en blanco.
—¿Por qué os lleváis mal? No lo entiendo.
—Es largo de contar…
—Pues abrevia.
—Digamos que tiene unas expectativas irreales conmigo. Siempre me está presionando para
que haga algo importante con mi vida.
—¿Y tú prefieres ser uno más? Porque eso no te pega nada.
—No, pero cuando lo haga, lo haré a mi manera y en el momento adecuado —ha dicho
enigmático.
—Sabía que tenías algo en mente. ¿Qué es?
—¿Lo sabías? Apenas me conoces…
—No, pero lo veo en tu esencia. Eres un líder y un emprendedor nato, fíjate en Moonbow…
—Mi padre me mataría si supiera lo de Moonbow… No es algo de lo que me sienta orgulloso.
Tengo otros planes.
—¿Cuáles?
Se ha pensado si decírmelo o no. Y la simple duda ya ha sido un abrazo. He entendido que era
algo muy importante para él. Algo que no está a simple vista en su vida o en su habitación. ¿O
sí…?
—Tiene que ver con el surf, ¿verdad? —He probado suerte.
La sonrisa que se le ha dibujado ha sido una caricia en sí misma.
—¿Nadie te ha dicho que ser tan lista puede causarte problemas?
—Nop. —He vuelto a sonreír. Y él se ha contagiado de mí.
—Lo que quiero hacer es complicado. Lleva su tiempo y se necesita una gran inversión, pero
sobre todo, muchos contactos en el mundo del surf. Me gustaría crear una marca nueva que fuera
un futuro estandarte, como lo es Rip Curl o QuickSilver ahora mismo…
—¿Y por qué no le pides ayuda a tu padre si tantas ganas tiene de que hagas algo con tu vida?
—Porque quiero conseguirlo por mí mismo… Él no cree en mí y… quiero demostrarle que
puedo hacerlo sin él.
—Eso es muy respetable —he dicho con admiración.
Y no puedo explicarlo, pero he sido testigo de cómo algo dentro de él hacía clic al sentir mi
apoyo incondicional.
—Sería muy fácil fabricar más Moonbow y sacar algo de dinero —ha musitado cohibido—,
pero sé que a la larga me arrepentiría. No quiero construir así mi vida. Quiero conseguirlo
legalmente, si no jamás me sentiré orgulloso de mí mismo… Haz mil moras más para pagar la
deuda y se acabó.
Mi sonrisa le ha indicado que estaba de acuerdo con él.
—Cuenta con ello —Le he apretado la mano—. Y para que lo sepas, a día de hoy, ya puedes
sentirte muy orgulloso de ti mismo.
Se le ha nublado la vista y ha consultado la hora para disimularlo, pero no ha servido de nada.
Sé que Lenny también ha captado su emoción, porque lleva todo el día muy pendiente de mí.
No es que esté loco de amor, es que he sido la responsable de echar una cuerda al pozo oscuro
sin fondo en el que parecía estar la relación de sus padres. Parecían fascinados de que su hijo
estuviera enamorado y querían conocerme mejor.
—¿Por qué no quedamos los cuatro a comer algún día de la semana que viene? —He
propuesto en nuestra segunda conversación. Las caras de los tres han sido de órdago. Admito que
me he divertido—. Así me conocéis mejor…
—Por mí, sí —Ha contestado Luk en una tensión controlada.
Lenny le ha acariciado la mano a su madre, ansioso, para que acepte.
—Bueno, vale… —ha cedido ella por fin. ¡Ha sido un momentazo! Todo el mundo parecía
estar pendiente y después todas las miradas han ido a parar a mí con agradecimiento infinito.
Mola sentir que haces algo bien por una vez.
—Te escribiré cuando termine esta noche —le he dicho a Morgan—. Tú escríbeme para
informarme de cómo van las ventas de hoy.
—Hecho. Y tú prométeme que mañana domingo estarás todo el día tirada en la cama.
Me ve como a su mascota, pero es jodidamente adorable que quiera cuidar de mí.
—Te lo prometo —He sonreído—. Dile a Lenny que me abra la puerta de casa cuando vaya a
las tres de la mañana. ¡Adiós!
He buscado a mi madre, le he arrancado la réflex de las manos, y hemos vuelto a Byron
pisando el acelerador a tope.
A las siete entraba en el pub, arrastrando los pies y mi alma.
Por suerte, no había casi nadie. Todo el mundo se había acercado a ver el campeonato a Gold
Coast y muchos aprovecharían para salir por allí después. Había ambientazo.
El capitán ha estado muy atento conmigo, preocupándose por mi salud, pero yo ya no lo veo
de la misma forma. Y no es que esté haciendo nada distinto que no hagan Los Morgan, como es
vender sustancias ilegales, la diferencia radica en que él se está lucrando de ello y Los Morgan
no.
He hecho mis cuentas mientras conducía, mi mente es así, y con las cifras que me ha dado,
mis jefecillos no se han embolsado ni un duro en sus arcas. No solo es que Morgan no quiera
sacar más dinero para financiar su querida marca de surf, es que ni siquiera está haciendo esto
por él, sino por su primo.
—Charlotte, ¿seguro que ya estás del todo curada? —me ha preguntado el capitán.
—Más o menos…
—No tienes muy buena cara.
—Estoy cansada —admito—. He tenido que acompañar a mi madre a Gold Coast porque tenía
que hacer un reportaje fotográfico del campeonato, pero en cuanto descanse un poco, estaré bien.
—Dime una cosa, ¿sigues saliendo con Lenny Morgan?
¿Por qué tiene tanto interés en mi vida personal?
—Sí…
—¿Y dónde está ahora?
—Ocupado… Tampoco es que nos veamos todos los días.
—Entonces, ¿esta noche estás libre?
¡¿Pero adónde iba tan lanzado?! Basta con que a una chica la codicien Los Morgan, para que
todo el mundo se interese por ella…
—No. Iré a su casa cuando salga de aquí.
—Mmh…
—¿Qué? —he preguntado al ver su mueca crítica.
—Que yo no me quedaría en casa descansando mientras mi chica, medio enferma, está
haciendo de tripas corazón aquí. Y menos si esa chica fueses tú, Charlotte…
No correspondo a su mirada seductora y le quito importancia.
—El Blue Fest lo dejó agotado —lo justifico.
—Ya… —«O es que ya pasa de ti», he oído en su silencio.
Pero yo sí que he pasado del capitán y me he puesto a trabajar.
Si él supiera la movida que hay entre nosotros… Aunque he notado que hoy Lenny ha vuelto a
ablandarse por el tema de sus padres y también gracias a mis magníficas gafadas…
La primera, cuando el vestido se me ha volado y todo el mundo me ha visto las bragas. Él ha
intentado ayudarme, pero ha sido aún peor, porque me ha toqueteado mucho los muslos y… solo
recordar lo que sentí en el festival con sus manos sobre mí, me he puesto enferma.
A partir de ahí, he intentado ignorarle durante toda la jornada. He estado bastante rato con Lía
y hasta Kai Morgan me ha secuestrado un rato para charlar.
La verdad es que me ha servido de mucha ayuda, porque mis verdaderos interrogantes del día
han sido los padres de Lenny. Creía firmemente que en su extraña dinámica se escondía parte de
los problemas de mi novio ficticio, y/o, amante a tiempo parcial.
—Hola, Charlotte —me ha abordado Kai.
—Hola, Señor Morgan…
—Te dije que me llamaras Kai.
—Perdón. Kai.
—Hola —Ha sonreído satisfecho. Tiene la misma sonrisa enigmática que Lucas. Ha sido un
dejà vu total—. Oye, ¿puedes decirle a tu madre que me guarde una de las fotos generales que ha
echado? Ha sido una fantasía. No contaba con tener una fotografía en la que estuviéramos toda la
familia nunca más…
Sus melancólicas palabras han llamado mi atención.
—Y menos con Ani y Luk el uno al lado del otro, gracias por obligarlos.
—Son los padres de Lenny, tenían que ponerse así…
—Ya… tenían que «muchas cosas», pero con ellos todo es difícil. Bueno, mi hermana es
difícil; Luk ya lo sabía cuando se casó con ella. Te cuento todo esto porque Lenny es igual que
ella y espero que tengas paciencia con él. En el fondo, es un gran chico…
—¿Por qué dices que Ani es difícil?
—Siempre ha tenido problemas para gestionar sus emociones… Cuando mis padres murieron
en un accidente, ella tenía dieciséis años y tuvo un bloqueo emocional de nivel dos. No dejó de
hablar, pero se sumió en una especie de hibernación extraña durante años. Los médicos dijeron
que era un mecanismo de defensa frente a una situación que la desbordó.
—¿Y cómo superó ese bloqueo? —he preguntado interesada. Quizá eso le sirviera a Lenny
también.
—Luk la ayudó a desbloquearse. Se enamoraron y… lo superó. Por eso me comporto como un
psicópata contigo, porque tengo la esperanza de que a Lenny le pase algo parecido.
Bingo. Ahí me ha demostrado que es un tipo listo. Y brutalmente sincero. Ya sé de dónde lo
ha sacado Aitor.
—Lenny nunca se había interesado así por una chica. Le he observado y creo que le gustas
mucho…
«¡Si yo te contase, pájaro!, he sonreído taimada.
«Le gusto hasta que tu hijo le ordena que no le guste», me he callado. Ese es el punto. Vamos,
una barbaridad… Hashtag IronicMod.
Yo no puedo salvar a nadie, y menos, sin saber qué le ha pasado. No puedo llegar a él sin esa
información y el sexo no es el camino. Cada vez que nos besamos se aleja más y más de mí.
Quizá la solución sea ser solo amigos.
—Yo también he visto cómo se miran los padres de Lenny y no entiendo cómo han podido
distanciarse tanto…
—Porque les duele estar juntos —ha confesado—. Perdieron un bebé que estaban esperando y
eso hizo mella. No hay dolor más grande que perder a un hijo…
Y lo ha dicho de una forma tan sentida que he tenido que cambiar de tema. Pero he podido
sacar conclusiones. Ese era el hermano que murió. ¡Ni siquiera había nacido! ¿Por qué Lenny
creía que él lo había matado?

Estaba tan sumida en mis pensamientos que no he visto entrar a Lenny en el pub hasta que lo
he tenido delante.
—¿Qué haces aquí? —he dicho abriendo mucho los ojos.
Me ha enseñado la pantalla de su teléfono directamente. Y lo primero que he visto es que eran
las diez de la noche. Todavía…
«Finge que estás mala y nos vamos». Ni hola ni pollas. Nunca mejor dicho…
—Tengo que trabajar.
Sus dedos han tecleado rápidos. «Apenas hay trabajo y estás muerta».
—No necesito que vengas a rescatarme. Iré luego, ¿de acuerdo?
Ha exhalado un suspiro y me ha señalado el grifo de cerveza, a la vez que levantaba un dedo.
Quería una.
Se la he servido y ha tomado asiento en la barra. Parecía agotado.
He torcido la cabeza con pena. ¿Por qué se quedaba aquí?
—¿Por qué no te vas?
Se ha puesto a teclear con pereza.
«Me estaba quedando dormido en casa. Y no puedo estar durmiendo mientras tú estás aquí,
sufriendo cada minuto».
—No estoy sufriendo cada minuto.
«Pues tienes una cara…».
—Gracias, majete…
Se ha puesto a teclear de nuevo con media sonrisa. Esperaba que me dijera que aún con pinta
de zombi me follaba, pero no caería esa breva. No me folló el otro día vestida de Cora, me va a
follar ahora en plan The Walking Dead…
«Quiero que finjas encontrarte mal. Irnos a casa para que hagas lo que tengas que hacer con la
sustancia y nos podamos ir a la cama».
He parpadeado payasa.
—¿Ahora quieres irte a la cama conmigo? Decídete de una vez…
Ha cerrado los ojos, hastiado. No estaba de humor ni para bromear.
El capitán no ha tardado en acercarse a nosotros.
—¡Caramba! Al final Romeo ha venido —se ha mofado—. Has hecho bien, Lenny, esta chica
lo vale.
Cuando lo he visto tecleando algo me ha dado pánico. Poco después, se lo ha enseñado y el
capitán me ha mirado extrañado.
—¿No me has dicho que te encontrabas bien?
He mirado a Lenny y la súplica en sus ojos me ha persuadido.
—Sí, bueno… Puedo aguantar, pero estoy regular. Supongo que no estoy recuperada del todo.
Lenny le ha vuelto a mostrar el teléfono, insistente.
—Marchaos —ha resuelto el capitán entonces.
—¿Cómo…? Pero si…
—Esto está muerto, Charlotte. Si a las doce sigue así, cerraré por hoy. Está claro que todo el
mundo se ha quedado en Gold Coast. Descansa y termina de curarte.
—¡Gracias! —he dicho agradecida.
Nos hemos desplazado a casa de Los Morgan en coches distintos, porque el plan era hacer las
mezclas y marcharme a la mía rapidito.
En cuanto hemos llegado, me ha preguntado si quería cenar algo y le he dicho que no, aunque
tenía un poco de hambre. Pero más prisa.
«¿Has cenado algo en el bar?», me ha escrito.
—No, pero no quiero nada. Solo hacer las mezclas e irme…
Me he bajado al laboratorio y aquí estoy, a punto de terminar.
¿Me estoy muriendo? Sí.
¿Estoy contenta? También.
Porque he podido salvar la sustancia, Lenny está misteriosamente «majo», y en media hora
estaré soñando con los angelitos en mi cama, en vez de estar en el pub aguantando borrachos y
limpiando.
Mientras recojo todo con cuidado mi tripa ruge desesperada. Tengo gusa, pero he conseguido
sintetizar Moonbow para inyectar en las mil moras para mañana. Algunas se me han caído al
suelo porque no doy más de mí, pero las he apartado, no iba a ser tan ruin de vender algo que
está sucio, pero tengo tanta hambre que soplo un poco y me meto una en la boca. ¡Me encantan
estas moras! Saben a…
¡COLA CON FRESA!
¡¿Cuándo?! ¡¿Cómo?! ¡¿Dónde?¡ ¡¿Por qué?!
¿Cómo es posible? ¡Si estas no llevaban Moonbow!
Entonces recuerdo que en la tanda de ayer había un par que parecían estar pinchadas porque
goteaban y también las retiré… ¡Y las he debido de mezclar con las normales que se han caído al
suelo ahora! ¡NOOOOO…!
Las tiro todas a la basura y me largo. ¡Esto me pasa por cerdícola!
Subo a toda prisa las escaleras y el aroma a pizza me paraliza por un momento. Oh, my god…!
Keep Calm! Tengo tiempo. El efecto ya no es tan inmediato como antaño. Y además es mucho
más suave que la otra vez. ¡Disimula, joder…!
Avanzo hacia el salón con toda la solemnidad que puedo y encuentro a Lenny en el sofá con
dos pizzas enormes frente a él. Menuda imagen… Mi cuerpo empieza a generar babas por todas
partes.
Él me mira sorprendido y empieza a hacer gestos. Se señala a él, las escaleras abajo, luego a
mí. A las pizzas… Y después hace el gesto de comer.
Intento traducirlo:
—¿Ibas a ir a buscarme por si quería comer algo?
Asiente complacido de que lo haya descifrado.
«Qué detalle… pero tengo que irme con urgencia porque me he tragado una mora maldita»,
pienso sonriendo falsamente.
—No me apetece, gracias. Me voy. Estoy cansada. ¡Adiós!
Lo digo todo de carrerilla y me doy la vuelta, pero no he dado ni tres pasos cuando escucho
unas palmadas en el aire.
Me giro y Lenny me mira con cara de perrito abandonado. ¡No vale!
Mi tripa vuelve a tronar y él lee el apuro en mi mirada. Al momento entiende que tengo
hambre, pero que quiero irme.
Me dice que espere. Señala la pizza, luego a mí y la levanta insinuando que me la lleve.
—No la quiero, de verdad…
Resopla enfadado y saca su móvil. Tras escribir, lo sostiene en alto para que lea algo en él. Me
acerco resignada.
«La he pedido para ti. Llévatela. Entiendo que no quieras quedarte conmigo».
¡Me cago en todo!
—No es que no quiera quedarme, y sí que tengo hambre, pero me he comido una mora con
Moonbow ¡y necesito irme de aquí antes de que me haga efecto!
Él abre mucho los ojos y me pregunta a su manera cómo es posible.
—¡Ha sido sin querer! Pero tengo tiempo. Tardará en hacer efecto.
Lenny se pone de pie y me bloquea el paso negando con la cabeza.
¿Me está secuestrando? ¡Porque ese es mi argumento favorito en las novelas de Dark
Romance!
—Estoy bien —lo tranquilizo—. Si me voy ya, no habrá problema.
Vuelve a negar. Y se queda inmóvil. Ay mi madre…
Escribe en su teléfono.
«Tienes dos opciones: 1)Quedarte a dormir en la habitación de invitados, cosa que ni a tu
madre le sorprendería, o 2)Dejar que te lleve yo».
—Vale, llévame tú.
Le da vueltas a su dedo. Señala la pizza. Y muestra un pulgar abajo.
«Lo haré en cuanto me coma la pizza. Si no, se va a estropear».
—¡Pero no tengo tiempo de esperar!
Él asiente y marca un diez con los dedos.
«Tardo diez minutos», traduzco. Y con la mandíbula que se gasta no me extraña un pelo. Si
come igual que besa, tardará siete…
El olor que desprende la comida por el ambiente lleva rato volviéndome loca. ¿Tengo diez
minutos? Puede que sí…
—Está bien. Date prisa. Y dame mi maldita pizza…
Lenny sonríe y comemos como si nunca lo hubiéramos hecho. Solo son de jamón y queso,
¡pero me sabe a gloria!
En un momento dado, se levanta a por bebida y me trae una naranjada sin preguntar nada. Lo
recuerda.
—Gracias…
«Gracias a ti por lo de mis padres», escribe. «Llevaban años sin hablarse así y gracias a ti han
vuelto a hacerlo».
—¿Años? ¿Cómo es posible? ¿No se hablaban?
«Apenas un hola y un adiós. Mantenían las distancias, pero tú las has acortado de nuevo. Y lo
de quedar a comer ha sido magistral… Te lo agradezco. Cuando los he visto hablar casi me
muero. Y todo ha sido gracias a ti».
—El viento también ha cooperado —digo divertida.
Asiente. Y escribe.
«Al viento también le estoy agradecido. Sobre todo porque me ha dejado verte las bragas…
Eran muy bonitas. Y muy amarillas».
Me echo a reír y me sonrojo entera.
—Dios…, ¿llevaba las amarillas? Vale. Con razón me han perseguido esas gaviotas… ¡Llamo
a la mala suerte!
Él sonríe al recordar el episodio. Ha sido mortal. Uno de tantos lances humillantes que me
pasan a diario. Lo mío es un suma y sigue. Después de comer un bocadillo de uno de los
chiringuitos de la playa, me apetecía un gofre del puesto del paseo de postre. Les he pedido extra
de chocolate, ejem… Y cuando he vuelto a las carpas, unas hijas de perra con alas que no
dejaban de decir «Mío, mío, mío», refiriéndose a mi gofre, me han atacado en una secuencia
digna de Los Pájaros de Hitchcock.
Me he caído al suelo y he empezado a pelearme con ellas para defender mi tesoro, pero al final
me lo han robado entre tres. Lo peor es que he terminado de arena y chocolate hasta las cejas. Lo
mejor, que Lenny me ha ayudado a ponerme de pie y a limpiarme, todo con una sonrisa preciosa.
Y lo más hardcore ha sido cuando me ha quitado un poco de chocolate de la comisura de la boca
y se lo ha comido.
He creído morir. He creído derretirme. De hecho, he tenido que ir a darme una ducha fría y ya
no he vuelto a acercarme a él en todo el día.
Tiene toda la razón: Lenny es peligroso. Te hace odiarlo y desearlo con la misma fuerza y eso
no puede ser bueno para mi cortisol, la hormona del estrés.
Ahora mismo me mira como si me debiera la misma vida.
«No atraes a la mala suerte. Nosotros tenemos suerte de tenerte».
Tras leerlo, me mantiene la mirada. No sé qué le pasa, ¡pero está demasiado majo! Y no sé si
podemos permitirnos esta dinámica. Porque si seguimos tirando de esa cuerda, al final, se
romperá. Y en ese momento, nuestros labios estarán unidos de nuevo. Es pura física. Y también
química. Y yo sé un rato de química… Aquí y ahora prácticamente se mastica.
Vuelve a escribir.
«Quería pedirte perdón por lo que pasó en el festival… Había bebido mucho y se me fue de las
manos».
Alucino pepinillos de que saque el tema y de que le eche la culpa al alcohol porque en el
AIMS no estaba borracho y también hubo fuegos artificiales.
—¿Así que solo te gusto cuando vas borracho? —lo pico.
Niega con la cabeza y se afana en escribir.
«Me gustas todo el tiempo. Y cada vez más…».
¡Pum! Si has oído ese ruido, es porque la situación ha dado un vuelco. Hasta aquí he llegado…
¡Adiós, mundo! Porque siento que va a pasar… Estoy a punto de acostarme con Lenny Morgan.
18
LOLITA
“Nos enamoramos simultáneamente, de una manera frenética, impúdica, agonizante”
Vladimir Nabokov

Su confesión me deja muda. ¿Que le gusto cada vez más? My god…


Nos miramos sintiendo que estamos demasiado lejos para gustarnos tanto. Lo veo tragar saliva
y vuelve a escribir en su teléfono.
«Pero… aunque me gustes, da igual. Para nosotros has sido una bendición y no quiero
estropear las cosas contigo», leo alelada.
No reacciono. A mí ya me da igual si es invierno, verano, si nieva o hace sol. Le gusto a
Lenny Morgan, punto pelota. Al maldito Lenny Morgan… Y eso es algo que me llevaré a la
tumba.
Vuelvo a releer el mensaje para centrarme.
—¿Por qué iban a estropearse las cosas? —pregunto confusa.
Quiero llegar al quid de la cuestión. Me mola lo maduros y sinceros que estamos siendo. Esto
no tiene nada que ver con no dirigirme la palabra durante todo el viernes. Algo ha cambiado y
me muero por saber qué es.
«Pueden estropearse porque yo no soy muy normal».
Cierto. Normal no es. ¡Es único en su especie! Una en extinción.
«Y tú eres demasiado buena chica», añade.
—¿Demasiado? —repito dolida—. Entiendo… Solo te ponen las malas pécoras, ¿no?
Sonríe y teclea de nuevo.
«No. Tú me pones muchísimo más que cualquiera».
¡Dios bendito! ¡Ahí está otra vez! Esto de que vaya «a saco, Paco» es nuevo.
La mirada que nos echamos hace que me arda el culo como a una perra en celo. ¿O es el
maldito Moonbow? ¡Ay, Señor! ¿Él lo habrá tomado? Porque vamos, se está luciendo…
«No quiero que te enfades conmigo y que te perdamos por mi culpa», me enseña.
Esa frase me empaña el corazón. ¿No quiere perderme? Ois…
—No vais a perderme ni voy a enfadarme —digo calmada—. ¿Por qué piensas eso?
«Muchas chicas se enfadan conmigo».
—¿Por qué?
«Porque estoy mal hecho».
—¿La tienes torcida?
Su carcajada no se hace esperar. El precioso soniquete que lanza me hace alucinar en colores.
Ha sido tan… ¡normal! Hasta él parece sorprendido de ello.
Vuelve a teclear con media sonrisa. Pero a medida que escribe se va evaporando de su boca.
«Yo no soy como los demás. Suelo bloquear mis sentimientos. Solo quiero follar y ya está. Sin
complicaciones», me mira culpable.
—Eso he oído, que follas de lujo. Y llega la pobre Carlota dispuesta a catar tus dotes y me
quedo sin saber si es verdad porque soy «demasiado» buena chica. ¿No es irónico? He intentado
ser mala, pero se me da de pena…
Sonríe de nuevo y automáticamente babeo. Me gusta verle sonreír. Cuando está tan accesible
como ahora, todos mis orificios lo lloran desesperados. Y mataría, MATARÍA, por volver a
escuchar como se troncha de risa contra el eco de este salón.
—Es mi destino. ¡Qué le voy a hacer! Tengo muy mala suerte con los hombres —expongo
cómica—. Una vez mi perro mordió en el culo a un tío que estaba encima de mí porque
confundió mis gemidos con gritos de ayuda. Nunca volvió…
Lenny suelta otra risita musical. ¡Conseguido!
—A otro le quité los calzoncillos con tanta pasión que su piercing se quedó enganchado a la
tela y… bueno, necesitó cirugía y nunca me enseñó cómo le quedó.
Lo veo taparse la cara con un cojín para que no le vea reírse.
—Y otro… —continúo, porque tengo para dar y regalar. Mis amigas lo llaman «Problemas del
directo», yo lo llamo «Murphy ataca de nuevo»—. Estaba yo, supercachonda, deseando que me
la metiera hasta el fondo, y de repente, me pidió si podía observar la foto de su difunta abuela
mientras empujaba —digo asqueada—. Y una tiene sus límites… El mío son las fantasías con la
tercera edad.
Lo escucho mondarse de risa, y al mirarme, descubro que tiene los ojos vidriosos. ¿Va a
llorar? Así que no siente como los demás… Ajá.
—Yo sí que no soy normal —alego—. A mí me gustaría ser como todas esas tías a las que
quieren devorar sin importar si son sensibles o no. Pero supongo que no soy tan deseable…
De pronto, se levanta y se sienta a mi lado.
El mero hecho de que invada mi espacio vital me invita a humedecerme los labios. Todos
ellos. Él registra el gesto y escribe en su teléfono prácticamente sin dejar de mirarme.
«Tú eres mucho mejor que todas esas chicas. Nunca lo dudes».
Al leerlo se me empañan los ojos sin poder evitarlo. ¡Putos traumas de mierda! Seguro que
ellas no se ponen a llorar a la mínima…
¡Qué mal!
Lenny me mira como si quisiera aliviar mi aflicción y no pudiera.
No necesito palmaditas en la espalda. Llega un momento en el que deja de ser verdad eso de
que te espera algo mejor.
—Tranquilo, estoy bien… —Intento sonreír—. ¿Podemos irnos ya? —Me levanto rauda. Lo
último que quiero es que me bese por pena.
Me dirijo a la salida y noto que me sigue veloz. Cuando estoy abriendo la puerta, sus manos
caen sobre la hoja con fuerza, cerrándola de golpe, dejándolas apoyadas a ambos lados de mi
cabeza.
Sentirlo pegado a mi espalda hace que me recorra un escalofrío. Sumerge su nariz en mi pelo
como lo haría un depredador en busca de algo muy concreto de su víctima: su punto débil. Ese
que hará que se me doblen las rodillas y no pueda huir de él.
De pronto, sus labios absorben el lóbulo de mi oreja haciendo que me dé un espasmo brutal. Y
ya soy SUYA.

Solo cuando el oxígeno se cuela de nuevo en mis pulmones puedo volver a pensar. Me besa el
cuello con afán y sus grandes manos empiezan a magrear mi cuerpo con intención de
demostrarme algo. Que me desea. Igual que a todas esas chicas, o puede que incluso más.
Exhalo al sentir que las yemas de sus dedos burlan la tela de mi camiseta para acariciar la piel
de mi tripa y dejo de ser yo para convertirme en una sustancia que se derrite en sus manos.
No tarda nada en girarme para besarme en la boca. Subo las manos hasta su pelo para
profundizar en ella y no tarda en aplastarme contra la puerta con su portentoso cuerpo hasta
sostenerme casi en el aire.
A ver quién nos despega ahora de aquí… Solo quiero que me desnude y me folle sin
preámbulos, joder… ¡Eso me encantaría!
Tampoco me importaría que rompiera mi ropa y se introdujera entre mis piernas sin preguntar.
Sin permiso. Por pura necesidad. 100% deseo, cero instrospección. Como a él le gusta. Y sería la
leche porque sabría que está haciendo justo lo que quiere. Lo que necesita. Lo que dejamos a
medias la otra noche…
Sigue besándome a medida que se incrusta más en mi cuerpo. Mi entrepierna va a morir
quemada. O ahogada. Las dos peores muertes a la vez, pero hoy sí NECESITO una petite mort.
O una grande, mejor.
Como si no pesara nada, me traslada hasta el sofá de un bandazo. Caemos juntos contra lo
blando y sigue besándome con afición.
Su lengua es todo lo que una vez soñé: ser devorada por un tío al que jamás imaginé que
podría gustarle.
Sus habilidosas manos no te dejan más opciones que entregarte. Que dejarte hacer. Que
desconectar y disfrutar. ¡Oh, dios…!
¿Y su verga…? Madre mía. Es algo omnipresente cuando te besa, porque te la clava y necesito
vérsela con urgencia de cerca. Tanto que igual me la trago…
Su mano resbala por mi vientre hasta sumergirse en mi ropa interior. Su sorpresa es mayúscula
cuando nota una suavidad inequívoca… Me he depilado entera.
Me mira alucinado. Sobrepasado. Fracturado…
«Sí, nene, soy un puto delfín».
Su cara sufre una transformación muy sensual. Sus ojos se oscurecen y me mira como si su
venganza fuese a caer sobre mí por ser tan sexi. ¡Quiero gritar!
Sus dedos se hunden en mi coño con fuerza, provocándome un gemido gutural. Gimo
sobrecogida y vuelve a besarme lascivo, pero con mis necesarios jadeos se vuelve misión
imposible. Me observa mientras me toca con más diligencia, y me excita mucho ver cómo se
relaja la expresión de su rictus cuando resbala por mi abundante humedad. Me muero al verlo
trabajar sobre mí como lo hace con su guitarra, exigiendo más y más de mi cuerpo, a medida que
sube de tono.
Nunca me habían masturbado así. La mayoría jugueteaba con mi botoncillo superficialmente,
pero Lenny me maneja como si supiera exactamente qué hacer para que la sensación se agudice
más con cada roce. ¡Me voy a morir!
De repente, arrastra mis pantalones hacia abajo con tanta fuerza que se lleva por delante todo
lo necesario para dejarme desnuda y enterrar su boca en mi…. ¡¡DIOSSSS!!
Mi cuerpo convulsiona ante su brutal ataque. Siento tanta presión en ese punto que la
sensación de estar a punto de correrme se mantiene en cada segundo, con cada lengüetazo que
siento.
Ya no me importa nada ni nadie, solo quiero llegar a la tierra prometida y le agarro del pelo
para que lo sepa.
Sin esperarlo, sube su mano por mi vientre y consigue colarse por debajo de mi sujetador para
arrasar mis principios y mis pezones. Siempre los he tenido sensibles, y en el momento en que su
otra mano se suicida por mi monte de Venus para encontrarse con su lengua e introducirse
profundamente dentro de mí, me sobreviene un orgasmo como no lo he sentido en mi vida.
—¡Ah! ¡Jooo-deeeer!
Todo mi cuerpo convulsiona bajo su toque y me evado del mundo por unos instantes.
No puedo imaginarme nada mejor que esto.
Ha sido tan él…
Ha sido… tan «justo lo que me hace sentir» que lo flipo durante unos segundos más.
—Madre mía... —jadeo desmadejada en el sofá semidesnuda, mientras él se aleja de mí. Ya no
me mira.
¡Ah, no! EL señor esquivo no va a volver. No antes de que cumpla con mi destino.
Me incorporo para impedirle que se levante del sofá y obligo a su culo a que tome asiento
mientras yo me pongo de rodillas en el suelo.
Me mira preguntándose qué pretendo hacer.
—Me toca a mí —digo abriéndole las piernas.
Me impone mucho la forma en que me mira cuando le desabrocho el pantalón, es como si
esperase que lo hiciera mal porque pensase que tengo poca experiencia. Lo que no sabe es que no
tengo ninguna y eso es lo que lo hace especial, según Aitor.
Le abro la bragueta y me encuentro con un calzoncillo elástico negro. Milagrosamente no
siento vergüenza, ni pudor, ni filtros… Sin duda, esto es obra del Moonbow. Ni corta ni
perezosa, me inclino para besar su bajo vientre, justo en la línea donde la goma de su ropa
interior termina. Él se estremece de gusto.
Escucho que su respiración se acelera cuando voy dejando pequeños besos por el lugar donde
voy retirando la goma de sus calzoncillos, pero sin llegar a bajárselos todavía.
Sus músculos soportan una tensión sin precedentes. Está durísimo.
Acaricio su erección por encima de la tela y un espasmo no tarda en atravesarle. ¡Le gusta! Ha
llegado el momento…
Libero su miembro y lo observo con la boca abierta. Creo que es lo más increíble que he visto
en mi vida. Lo miro a los ojos mientras me acerco a él y, sin apartar la mirada, le doy un
lametazo en la punta.
Lo escucho gemir aturdido y sonrío al recordar los trucos que me dio Aitor. «Deja que se
acumule un poco de saliva en tu boca y flipará cuando la acojas en ella».
Cuando me siento lista, escondo los dientes y trato de guarecerla en mi cavidad. Jamás pensé
que esto podría excitarme tanto.
Su bramido de rendición al degustarlo no podría sonar mejor. Es un sufrimiento lleno de
placer que nunca había escuchado antes. Tan distinto al femenino. Tan personal de Lenny…
La satisfacción por cumplir un deseo se refleja en mi dedicación y provoca que se vuelva loco.
Su mano me acaricia el pelo como si estuviera comprobando si esto es real, y solo por fastidiar,
incremento el ritmo y la profundidad de mis acometidas.
Lo oigo resollar con algo parecido a la desesperación. Por fin he aprendido a ser mala y lo
tengo donde quiero. Es un ejemplar tan perfecto que necesito alojarlo en mi interior con urgencia
para que me arranque todo el placer que pueda.
Como si me leyese la mente, me frena para evitar que la fiesta termine aquí, y en dos
maniobras, terminamos tumbados en el sofá, besándonos, con nuestras manos haciendo estragos
en los atributos del otro. Esto es el paraíso. Nos aceleramos rápidamente y entiendo que, si
seguimos así, vamos a durar menos que un caramelo en la puerta de un colegio.
—Métemela —suplico soez—. Hazlo ya…
Mi forma de decirlo, clara y exigente, hace que no se lo piense mucho. Ninguno lo hacemos,
pasamos hasta del condón, necesitamos tanto esa conexión que lo demás no importa. Se coloca
encima de mí, dispuesto a embestirme, y cuando siento su punta roma rozando mi entrada, no
puedo creerlo.
—¡Por fin! —Lloriqueo—. Voy a perderla de una vez…
Espero ansiosa que su barra de acero me abrase al atravesarme entera, pero no llega. Lenny
permanece inmóvil sobre mí con la cara desencajada.
Le doy unos segundos más, ¿a qué coño espera? Abro los ojos.
—¿Qué pasa? —pregunto extrañada.
Lo veo mirar hacia los lados buscando algo. ¿No estará buscando motivos para no hacerlo?
¡Porque me muero!
Al final, retrocede lentamente y se la guarda de nuevo.
—¡¿Qué haces?! ¡Vuelve!
Se queda a un metro de mí y me hace señas, nervioso.
«Tú… no… ¿círculo y dedo dentro? ¿Follar?».
—¡Sí, sí que quiero! —le grito creyendo que es un malentendido.
Él niega con la cabeza enérgico. Parece realmente angustiado. Pero sigue empalmado y con la
respiración acelerada. Gesticula de nuevo.
«¿Yo… no… circulo y dedo?». Es una pregunta.
No repito sus palabras en voz alta. No quiero. Acabo de descifrarlo.
Él se desespera y alcanza su teléfono, que está en sus pantalones en el suelo.
«¿Eres virgen?», teclea.
Lo miro entre enfadada y dolida.
—¿Y qué pasa si lo soy?
Él se tapa los ojos con la mano como si fuera una tragedia griega.
Después resopla y empieza a vestirse.
—¡¿QUÉ HACES?! —me quejo.
Niega con la cabeza despacio, como si lo sintiera en el alma.
Algo pesado me arrastra hasta lo que me parece el fondo del mar. Es mi corazón llenándose de
plomo y hundiéndome sin remedio.
—No, por favor… —suplico llorosa—. Otra vez no…
Él vuelve a escribir desolado.
«¿Y todas esas veces graciosas que me has contado antes? ¿Eran mentira?».
—¡No! ¡Esos fueron mis intentos fallidos! ¡Y este es el cuarto…! No me lo puedo creer… —
Me llevo las manos a la cara desolada. Sigo desnuda, pero me da igual. Lo pienso en serio, ¡estoy
gafada! Nunca pasará. ¡NUNCA! Ahora lo veo claro… Será que no me lo merezco. Que no soy
digna.
«No puedes perder tu virginidad conmigo», leo en la pantalla que me pone debajo.
—¡Ni contigo ni con nadie…! —clamo enfadada.
Comienza a escribir de nuevo y se lo arrebato de la mano.
—¡Deja ya el puto móvil! —Lo lanzo lejos y me voy a medio vestir.
Estoy harta. ¡Para un tío que me gustaba…! ¡Y no es más que otro gilipollas! Él me sigue y se
planta delante de mí.
—¡QUÍTATE DE EN MEDIO! —exclamo cabreada—. ¡Quiero irme de aquí y no volver
nunca más!
Él intenta pararme sin hacerme daño. Empiezo a flaquear al notar su agobio. ¿Por qué quiere
que me quede? ¿No me ha humillado ya lo suficiente?
—¡Suéltame! ¡Lo has estropeado todo! —sollozo—. ¡Nunca me habían hecho sentir tan poca
cosa! ¡¡QUITA!!
Lo empujo con fuerza y me deja salir de la casa. Digo me deja, porque con su fuerza y su
altura, podría habérmelo impedido. Lo oigo gruñir y emprenderla contra la verja a patadas.
El sonido de su furia me pone los pelos de punta, pero mi pecho se resiente dolorido y salto
por encima del miedo. La cólera me domina.
Saco las llaves del coche y me subo. No siento los efectos de la droga. Veo bien. De hecho,
veo perfectamente cómo se planta delante de mi coche para no dejar que arranque.
Mi respuesta es encender el motor y hacerlo rugir. ¿Tan loco está?
Se pone a teclear en su teléfono, pero no estoy dispuesta a esperar.
Doy marcha atrás para esquivarle y se pega de nuevo a mi morro. Da un golpe en el capó y
gesticula que espere y que lea el mensaje.
Termina y lo leo a través de la ventana.
«Esta no podía ser tu primera vez».
—¡¿Por qué no?!
«Morgan me pidió que te tuviera contenta hasta que te pagásemos».
Meto marcha atrás y doy un acelerón. Giro el volante 360 grados y me largo en dirección
contraria. La calle tiene dos salidas, y nuestra relación solo una: directa a la mierda.
¿Cómo se atreve a desdecirse así de sus sentimientos? Pensaba que había admitido que le
gustaba y ahora resulta que ¿solo era una compensación por los servicios prestados?
Que le den. Si pretende romper mi amor propio no lo va a conseguir. Mi dignidad es como
Fluber. Una cosa verde viscosa que se recompone en cada golpe, sobre todo si viene por parte de
un hipócrita redomado.
Llego a casa sin problemas y dos minutos después estoy encerrada en mi habitación, abrazada
a mi almohada y llorando desconsolada.
Es lo que ocurre cuando te haces ilusiones y se te rompen. Cuando te engañan. Cuando abusan
de tus emociones.
No sé si es por la droga, que lo magnifica todo, pero siento un dolor desconocido arañándome
el corazón.
No es como cuando te lo rompen y sabes que se recuperará con un mes de escayola, es como
si le hubiese prendido fuego y no fuera a dejar de doler hasta que todo se reduzca a cenizas y se
las lleve el viento.
Jamás había odiado a nadie hasta ahora. Pero los odio. ¡Odio a Los Morgan!
19
LA TELARAÑA DE CARLOTA
“La madurez es saber que en algún momento la vida te romperá el corazón y aprender a vivir
con la cicatriz”
Elwyn Brooks White

M
« e cago en mi puta vida…», pienso sentado en el porche.
Se lo advertí. Y el que avisa no es traidor. Vi que la decepcionaría desde el principio de los
tiempos, joder. Desde que la conocimos y leí en sus ojos qué tipo de persona era…
Una de esas a las que les sorprende la amabilidad de los demás como si no la mereciera. De
esas que se disculpan continuamente aunque no hayan hecho nada mal. Una que no sabe recibir
cumplidos sin sentirse incómoda. De las que nunca piden ayuda, pero se desviven por ayudar a
los demás…
Una buena persona que no encaja en un mundo tan cruel. Y mucho menos, conmigo.
Carlota es una chica frágil, tierna y encantadora que no se merece que se aprovechen de ella,
por mucho que la desee.
Veo llegar un coche. Es Lucas. De puta madre…
No quiero que me pregunte ni que lea en mi cara que estoy fatal, pero no tengo fuerza para
levantarme. Estoy hundido. Y ahora mismo debería estar hundiéndome en ella aceptando que
tengo el infierno ganado. Pero no he podido hacerlo. ¡No podía!
Lucas entrecierra ligeramente los ojos al verme.
—Hola… —dice extrañado.
Muevo la cabeza a modo de saludo.
—¿Qué haces aquí fuera?
Me encojo de hombros resignado.
—¿Charlotte ya se ha ido?
Asiento, procurando no hacer ningún gesto que delate mi disgusto, pero es en vano.
—¿Va todo bien?
Él inspecciona mi cara con dudas y vuelvo a asentir, pero no me cree. Es demasiado listo. Y
me tiene tan estudiado que lo que a otro se le pasaría, a él no.
—¿Qué ha pasado? —pregunta dándolo por hecho.
Niego con la cabeza derrotado.
—Voy a enterarme de todas formas, Lenny. Cuéntamelo. ¿Ha podido sintetizar más mezcla?
Asiento.
—¿Y después…? ¿La has llevado a casa?
No me queda más remedio que teclear en el teléfono.
«Después se ha ido. Para no volver...».
Lucas me mira preocupado. Apenas puedo mantenerle la mirada. Ha sido muy doloroso verla
sufrir. Pero después hubiera sido peor. Cuando se hubiera hecho ilusiones de verdad conmigo por
haber sido «el primero». Eso nunca se olvida. Ahora solo seré el gilipollas que no la merecía. Y
ella tendrá una historia normal y feliz con algún iluminado que vea en ella lo mismo que yo.
—¿Estás bien? —se preocupa Lucas.
Mi respuesta es apoyar la frente en mis antebrazos. No quiero que sea testigo de cómo mis
ojos se humedecen. Estoy desolado. ¡¿Por qué me tiene que salir todo mal siempre?!
—Eh… —se preocupa, sentándose a mi lado. Noto que me pone una mano en el hombro y me
lo acaricia—. Cuéntame qué ha pasado. ¿Por qué dices que no va a volver?
No quiero hablar con él ahora. Ni con nadie. Por eso me quedo quieto y callado, como hago
desde que tenía diez años ante una situación que me supera. Sé que no va a forzarme.
Lucas siempre ha sido respetuoso con mi sufrimiento. Sabe cuándo dejarme tranquilo y no
presionarme. Por eso siempre me he sentido seguro a su lado. Es mi ejemplo a seguir, pero me
falta su templanza.
—Quiero ayudarte —oigo entonces. Y eso todavía me da más ganas de llorar. Él fue el único
que me ayudó cuando sucedió todo… Nadie más se preocupó por mi mutismo, por eso siempre
estaré en deuda con él. Es ese tipo de persona a la que sientes que le debes algo solo por quererte.
Me doy tiempo para serenarme y él no insiste. Pero me acompaña.
Cuando puedo, cojo el teléfono y le cuento, a grandes rasgos, sin mencionar cuál ha sido el
verdadero motivo para detener lo que hubiera resultado una catástrofe épica.
—Y se ha enfadado —termina por mí.
Asiento.
«Haga lo que haga, todas terminan enfadándose», escribo.
—¿Y por qué no has podido hacerlo? —pregunta perdido.
No soy un chismoso, pero me gustaría gritarle: ¡Porque era virgen! ¡Virgen! ¡VIRGEN,
JODER!
De pronto, siento la necesidad de contárselo y que me entienda. Que me diga que he hecho lo
correcto. Lo más honorable. Solo así tendré esperanzas de salvar mi amistad con ella, porque la
necesito más que nunca. Ella es la clave para salvar a mis padres. Se supone que hemos quedado
para comer esta semana… La luz que Charlotte ha encendido entre ellos no puede apagarse con
la noticia de que hemos «cortado».
Mierda ya… ¿Por qué no se la he metido hasta el fondo y punto?
Respiro hondo y confieso, por el bien de mi cordura.
«Era virgen, tío… Y no podía hacerle eso. No se lo merece».
Cuando Lucas lo lee abre los ojos sorprendido, pero le dura poco.
«¡Dime que lo entiendes!», le ruego con la mirada.
La suya se desvía asumiendo lo que significa. Pensando en su primera vez. En la mía. En lo
poco trascendentales que fueron esas chicas en concreto, pero lo importante que fue el hecho
para nosotros.
El miedo atenaza mi garganta al intuir su opinión. ¿La he cagado?
Lo miro con temor a lo siguiente que dirá, porque puede hundirme todavía más en la
oscuridad.
—¿Y qué si era virgen?
En cuanto lo pronuncia, cierro los ojos con fuerza. ¡Era lo peor que podía decirme!
Lo dicho… Me cago en mi puta vida.
—¿Cuál es el problema? —insiste—. No se me ocurre nadie mejor que tú para que la pierda.
Le gustas mucho. Y sería algo especial…
Me levanto y entro en casa. Soy incapaz de soportar la verdad.
Soy incapaz de admitir que no ha sido por ella, sino por mí. No estaba listo para compartir un
momento tan íntimo. Hubiera sido como dejar que se marcara a fuego en mi piel para siempre.
¡¿Estamos locos o qué?!
No habría sido especial, habría sido demasiado especial. Mi jodida primera vez sintiendo algo
real por alguien… Y me he acojonado vivo.
No quiero sufrir.
No quiero volver a sufrir por nada ni por nadie.
No puedo permitírmelo…
Me tumbo en la cama con el teléfono en la mano y tecleo algo sin poder evitarlo. Soy tan
imbécil que apenas me soporto.
«¿Has llegado bien a casa?», envío.
«Por favor, contéstame. Lo siento mucho».
Pasan dos minutos eternos y compruebo que no lo lee. ¡No lo lee!
«Si no me contestas, tendré que ir a comprobarlo en persona». No es una amenaza, pero todo
en mi boca suena a una. Por eso no hablo.
Se acabó…
Me visto y bajo las escaleras con intención de coger una de las motos y plantarme en su casa.
Solo quiero comprobar que no se ha estampado contra alguna palmera.
—¿A dónde vas? —me intercepta Lucas. Quiero contestar que a donde me da la puta gana,
pero me controlo y le enseño cinco dedos.
«Vuelvo en cinco».
—¿Vas a ver a Charlotte?
Asiento y él me mira como si no le pareciese buena idea. No me jodas… Escribo rápido.
«Ha vuelto a tomar Moonbow accidentalmente y quiero comprobar que ha llegado bien a
casa».
—¡¿Qué?! ¿Otra vez?
Asiento. Su torpeza es parte intrínseca de su encanto.
—Joder… Pues no te preocupes, está bien. Acaba de escribirme…
Lo miro con dolor y le pregunto con los ojos qué le ha puesto.
—Me ha dicho que ha podido sintetizar lo necesario para hacer mil moras más y que solo
faltaría rellenarlas mañana para que estén listas.
Le hago un gesto con las manos de «¿Algo más?», y veo que traga saliva como hace cuando
no quiere darme malas noticias.
—Me ha dicho que se despide. Y que no quiere que le paguemos nada… ni con dinero ni con
carne. ¡¿Qué coño le has dicho exactamente, Lenny?!
Cierro los ojos afligido. Escribo con dificultad.
«La verdad. Que no se merecía perder su virginidad con alguien que solo se estaba acostando
con ella por tenerla contenta…».
—¡Joder! —exclama Lucas contrariado. Y me sorprende porque no suele perder los nervios.
Debe estar realmente enfadado—. Vas a arreglar esto, Lenny, aunque sea lo último que hagas…
«¡Tú me pediste que la tuviera contenta! Pero no iba a follármela tratándose de su primera vez.
¡Ni siquiera yo soy tan cabrón!».
—¡Lo que eres es un imbécil! ¡Solo te dije eso para darte una excusa! ¡Porque sabía que lo
estabas deseando y no te lo permitías!
Mis ojos se abren como platos.
¿Yo, deseándolo? No sabe lo que dice… ¡También me gustaría saber qué se siente al tirarte de
un doceavo piso, pero no lo hago! No quiero diñarla. Y nada me da más pánico que Charlotte
escarbe en mi alma en busca de sonrisas. O en busca de cariño. O peor aún, ¡de amor! No quiero
que nadie espere nada de mí porque todo lo que toco lo jodo.
Me doy la vuelta y huyo escaleras arriba.
—¡¡Lenny!! —grita Lucas airado.
Me giro hacia él, sorprendido. Sus ojos desprenden decepción. A lo largo de estos años
siempre me ha tratado bien. Solo me ha hablado mal cuando sufría episodios de autodestrucción.
Ni siquiera me echó la bronca por el altercado del pub cuando nos metimos en el lío de la deuda.
—Ya no puedo callarme… —empieza harto—. Sabía que algún día llegaría este momento.
Que alguien te haría sentir algo nuevo que clasificarías como peligroso e intentarías evitarlo a
toda costa, pero no voy a dejar que lo sabotees…
Resoplo inquieto. «Que te den por culo».
—Deja de negarlo. Quedas como un gilipollas. ¿Sabes por qué tus padres volvieron a
hablarse? No fue por ella, sino por ti. Por cómo te vieron interactuar con Charlotte. Esa chica es
especial. Con ella eres tú mismo. Te persuade, aunque no quieras. Y no voy a dejar que lo jodas
por miedo…
Me muerdo los labios con fuerza. ¡No es miedo, es…!
Escribo sintiendo calor en mis ojos. La ira surca mis venas dispuesta a hacerme sobrevivir a
esta sensación de inseguridad y pánico.
«No estoy bien, ya lo sabes. Y si me dejo llevar, la joderé a ella».
Lo lee y me mira enfadado.
—Ya la has jodido, Lenny. A veces no se puede evitar hacer daño y la solución no es que
desaparezcas o te calles. A veces la única salida es pedir perdón…
Tecleo con la mirada borrosa.
«Hay cosas imperdonables».
—Te equivocas. El perdón es el arma más poderosa del ser humano. Y si algún día quieres
volver a ser feliz, tendrás que perdonarte a ti mismo.
Niego con la cabeza. Y él me agarra de la nuca para hablarme cerca.
—Quién es incapaz de perdonar, es incapaz de amar, Lenny… Y no amar nada, es como estar
muerto.
Se va dejándome con la palabra en la boca. Bueno, con mi silencio.
Me vuelvo a la cama, irritado, y dejo mi móvil en la mesilla después de mirarlo un buen rato
deseando que me conteste. No sucede.
Cuando por fin apago la luz después de un jodido día eterno, ella vuelve a mi mente. Su coño
perfecto, sus gemidos celestiales, todas las sensaciones que he experimentado besándola de
nuevo…
He sabido que su boca estaría en la mía desde que la he visto llegar con ese horrible vestido a
la playa. Porque, a pesar de él, la deseaba con una fuerza sobrehumana. Y cuando las gaviotas la
han atacado, la he deseado más todavía. Me la hubiera comido entera, con arena incluida, solo
por hacerme sonreír de esa forma. No hay nadie igual que ella. NADIE.
Empezó siendo un maldito medio para un fin: fabricar la droga. De hecho, tardé en
preguntarme si tenía tetas.
Le pedí el teléfono para poder comunicarme con ella si hacía falta, y que se sonrojara me
pareció de lo más predecible. Todas las buenas chicas sueñan con que un chico malo las empotre
contra algo. Es una fantasía recurrente. Y cuanto más loco esté el tío, mejor. Por eso nunca me
han faltado candidatas a pesar de mi historial, al revés, era gracias a él; yo no soy ningún adonis
como mis primos.
La primera vez que la traje a casa y me pidió una naranjada, me dieron ganas de echarme a
reír. Cuando empezó la fiesta, emigré a mi habitación para que la gente pensara que estábamos
juntos mientras ella trabajaba en el laboratorio y aproveché para buscar información sobre su
vida. Lo que encontré fue todavía más predecible. Pero de pronto, Lucas me escribió para que
bajara porque Charlotte se había drogado y… a partir de ahí, todo cambió.
¡Estaba como una puta cabra!
Y no lo digo por su instinto de zorra incurable, sino porque se atrevió a preguntar por qué no
hablaba como si nada. O más bien, como si le importase…
«Si lo supiera, quizá podría ayudarle», pronunció. Y no entendí por qué. ¿Era un reto personal
de sabelotodo o…? ¡O nada! Cuando adivinó que tenía que ver con mi madre, escapé de allí.
¡Maldita friki!
Pero aparece en mi habitación y me enseña esas tetas en las que no había pensado nunca y me
pilla stalkeando su vida en internet. Luego se duerme en mi cama ¡y me pillan empalmado! El
principio del fin…
Llevaba una camiseta de licra y se arrimó a mí. Yo no hice nada. Solo mirar hacia abajo y ver
un profundo canalillo de lo más jugoso. Además olía genial. ¡Pero eso fue todo! Yo no tuve la
culpa de que, al acompañarla a casa, atrapara mi boca con la suya. ¡Pero qué cojones…!
Ahí deduje que estaba pirada de verdad…. Y también que sabía muy bien. Solo eso. Hay gente
que sabe mal, y era un plus si alguna vez se diera el caso de que tuviera que besarla. Si se
diera…
La cosa es que se dio. Pfff…
Hasta que nos cruzamos con el cabrón de Kingsley en el AIMS, me había conformado con
besar su cuello en el Capitán Nemo, constatando que olía tan bien como recordaba. Era lo
máximo que iba a permitirme después de que los mamones de mis primos se cachondearan de mí
por empalmarme con ella. Foto incluida.
Les dije que les follasen y ellos señalaron, muertos de risa, que eso era justo lo que quería mi
polla. JA. JA. Me mondo…
No fantaseaba con follármela. De verdad que no. No me la imaginaba agarrándola por detrás
mientras absorbía mis implacables embestidas. Esas estaban destinadas a chicas con mucha
experiencia que buscaban explorar su placer. Carlota nunca me montaría a lo bestia mientras yo
manoseaba sus curvas. A ella le pegaban más los misioneros con te quieros, un clásico de las
películas románticas más empalagosas. Yo no era su hombre. Punto.
Admito que mientras me enseñaba las instalaciones del AIMS con un orgullo encantador
estaba preciosa y deseé saborear su lengua para asegurarme de que sabía tan bien como olía.
Pero me corté. Entonces el cabrón de Kingsley entró en escena y quise vengarme. Lucas me
había contado la versión de Carlota de su affaire y me pareció un tipo odioso.
Ese morreo fue por un bien común. Primero, para convencer a Dani de que había ido allí como
excusa para verla; y segundo, para darle una lección a ese degenerado. Pero la lección me la llevé
yo cuando me costó un esfuerzo bestial apartar mi boca de la suya. Me hubiera quedado horas
jugueteando con su lengua. Saboreando ese aroma de chica lista y jodidamente salida. Buf… No
esperaba que estuviera tan receptiva a mis lametazos. Que el beso fuera tan libidinoso. Había
chicas que eran como besar un cartón de leche, pero Charlotte tenía una carga sexual alta y
nuestra química hizo reacción al instante.
Intenté alejarme rápido de ella. La atracción que sentía era demasiado potente y ya no había
excusa. Bueno…, no hubo excusa hasta que la hubo. La cámara de vigilancia del exterior…
Me lancé a por ella para volver a degustar su sabor como si fuera un maldito vampiro. Que me
sujetara para que no huyera, me volvió todavía más loco, pero por suerte, me fui antes de hacer
algo de lo que me arrepintiera. ¡Nos estaban grabando!
Esos días intenté alejarme de ella todo lo que pude. Le dije a Morgan que no la llevaría al
trabajo más y lo presioné para que pagara el arreglo de su coche lo antes posible. Les dije que no
quería tener que volver a besarla por nada del mundo, pero no contaba con que el mamón de
Aitor me jodería la vida, dejando que Cora y Lía la vistieran para el festival…
Me cago en todo. ¡Por poco me desmayo al verla!
Encima, con su numerito de seducción, volvió a ponérmela dura. Estaba desesperado. Para
colmo, Carlota no dejó de beber y de bromear con todo el mundo, menos conmigo. No
estábamos defendiendo bien el papel de parejita. Intenté razonar con ella, pero estaba picada por
haberla ignorado después de besarla en el AIMS.
¿Qué esperaba? ¿Perdernos en una espiral de lujuria cuando Morgan me había advertido que
ni se nos ocurriese putearla? Debía ir con pies de plomo. Aquello no podía acabar bien de
ninguna manera.
Charlotte parecía haber hecho muy buenas migas con Aitor y Lucas, pero a mí no se me daba
bien ser amigo de nadie. De mí solo podía tener una cosa y me la habían prohibido
explícitamente. No sabía cómo acercarme más a ella sin usar el filtro sexual.
Pero entonces me salvó de la cansina de Pam. Llegó, me metió la lengua hasta la campanilla y
el alcohol hizo el resto. Llevaba toda la noche huyendo de lo inevitable, pero todo el mundo tiene
un límite….
Besarla y estamparla contra la valla fue la mejor recompensa después de días estando a dieta
de ella.
La voz de Lucas en mi cabeza diciéndome que Moonbow se estaba vendiendo bien y que si
Charlotte producía más, podríamos conseguir pagar la deuda a tiempo, me hizo frenar. Pero juro
que es lo más duro que he tenido que hacer desde hacía mucho tiempo.
Quise creer que lo hacía por su bien, pero…
Después, mi primo, me pidió que la complaciera sexualmente, y todavía me acojoné más. ¿Y
si probaba sus mieles y luego no podía parar?
Al día siguiente fue el Campeonato de Surf de Rip Curl Pro y ya he dicho que fue una tortura
verla en la playa con ese ridículo vestido. Pero lo fue todavía más cerciorarme de que adoraba
cada una de sus ridiculeces…
Lo que logró con mis padres fueron palabras mayores. Claro que iba a follármela para
compensárselo. ¡Para compensarle TODA SU JODIDA EXISTENCIA! Nos había ayudado tanto
con el Moonbow y tenía tantas ganas de quitarme el jodido calentón que llevábamos días
arrastrando que me lancé. Pero al confesarme que era virgen, me he sentido un cabrón interesado
y egoísta. Un desgraciado sin escrúpulos que no miraba por ella, sino por mi hambre de ella.
No se merecía un polvo cerdo en un sofá como primera vez. Ni hablar. Pero ignoraba que
fuera a enfadarse tanto. Que hubiera tenido cuatro intentos fallidos y que la hubiera hecho sentir
despreciada.
Ahora no sé qué hacer. Cada vez me siento peor.
Porque necesito que me perdone y que venga a comer con mis padres para que avancen hacia
una solución.
Podría rogárselo… Pero pensará que eso es lo único que me importa.
Podría sobornarla. Pero ya ha dicho que no quiere el dinero.
¡Maldita sea! ¿Qué hago? ¡Hacerme el pasmarote no va a funcionar!
Me remuevo inquieto y pienso en pedir ayuda. Quizá Aitor sepa cómo convencerla. Es con el
único que no está enfadada.

A la mañana siguiente, no amanecemos hasta las tres de la tarde. Han sido días muy intensos a
todos los niveles.
Me paseo por la cocina y veo que alguien ha metido una lasaña enorme en el horno. Nos las
dan nuestras madres para que congelemos. Son las mejores… No como ellos, que no hacen nada
para merecer nuestro respeto.
Salgo al jardín y encuentro a Aitor tumbado en una colchoneta en la piscina con unas gafas de
sol y los pies en el agua. Está inmóvil. Parece dormido.
—Hombre… el destructor de mundos —dice de pronto.
Levanto una ceja. ¿Qué tiene que ver Oppenheimer con todo esto?
Me señalo a modo de pregunta.
—Sí, tú. Me he enterado de que has alejado a Charlotte de nuestras vidas para siempre. Tu
polla es como la bomba atómica, campeón…
Le enseño el dedo corazón y sonríe.
—¿Quieres que te enseñe cómo usarlo para complacer a una chica?
Me doy por vencido y huyo. Hablaré con él cuando vuelva arrastrándose por ser tan capullo.
Cualquiera diría que está estudiando un máster para ser un puto mediador social.
Lo escucho zambullirse y aparece en la cocina a los diez minutos cuando Lucas y yo nos
disponemos a comer. Lleva el pelo mojado y su mirada sigue siendo la de un canalla al que no le
importa nada. Así está de feliz.
—¡¿Qué tal, chicos?! —saluda sonriente.
—No tan bien como tú —contesta Lucas. Yo ni le miro.
—¿Queréis saber en quién me metí anoche? —dice con picardía, subiendo las cejas. Desde
que ha vuelto a Australia, está sexualmente imparable. Me pregunto si no será su propia terapia
para no recordar por qué se fue.
—No quiero saberlo —dice Lucas y yo niego efusivo con la cabeza.
—¡Qué sosos sois! ¡Comentar la jugada al día siguiente es lo mejor de salir de fiesta! ¿Estáis
listos? Estuve con… HUGO.
Lucas y yo nos miramos anonadados. Será una puta broma…
—¿Hugo… Hugo?
—Hugo. Hugo —confirma con tranquilidad. Lucas respira hastiado.
—Creía que ibas a dejar en paz a esa familia…
—Fue él quien me buscó. Supongo que necesitaba reconquistar mi culo… Ya sabéis la extraña
rivalidad que existe entre los gemelos.
Me mojo los labios alucinado. ¡Y lo cuenta tan campante!
—Los tíos Luk y Mak te dejaron bien claro que no volvieras a acercarte a ellos —dice Lucas
serio.
—Y no lo he hecho. Me lo encontré por casualidad en una de esas fiestas a oscuras. Nos vimos
al entrar y el tío me buscó para coincidir. Fue la hostia… Está como un toro porque quiere ser
bombero, y al parecer, seguía un poco enfadado conmigo. No veáis qué polvazo…
—No vuelvas a meterte en eso, Aitor —advierte su hermano—. No quiero que vuelvas a
desaparecer otra vez…
—Hugo no es un problema. Nunca hubo nada real entre nosotros.
—Eso decía Lenny y ahora hemos perdido a Charlotte.
Alzo las cejas hacia «Judas». ¡¿Y ese ataque gratuito?! Aitor me mira feliz de que la pelota
haya caído en mi tejado.
—¿Has pensado qué vas a hacer para solucionarlo? —increpa Lucas.
Me encojo de hombros y señalo a Aitor.
—¿Yo qué? —Sonríe con guasa—. ¿Crees que te voy a solucionar la papeleta, colega? No
cuentes con ello. Es tu chorbita, no la mía.
Cojo mi móvil y escribo.
«Si voy yo, no va a querer hablar conmigo».
—Al menos deberías intentarlo —replica al leerlo. Y Lucas me gira la mano para leerlo él
también.
—Tenéis que volver a hablar y pronto. ¿Y la comida con tus padres?
Tecleo con rapidez.
«Si le saco ese tema, todavía se cabreará más. Pensará que soy un interesado de mierda».
Ambos lo leen.
—La verdad es que lo tienes fatal —opina Aitor indolente—. Eres único haciendo desprecios
sexuales, primo…
«No la desprecié, la respeté», le planto la pantalla en la cara con agresividad.
—¡Oye, relaja! Menos mal que no te gusta, ¿eh? Qué valor tienes…
Fantaseo con asfixiarlo lentamente.
—No le menciones lo de tus padres —aconseja Lucas—. Intenta empezar algo con ella. Esta
vez de verdad.
«Yo no quiero salir con ella», escribo.
Los hermanos se miran. ¿Por qué se miran así?
—¿Por qué no? —pregunta Aitor verbalizando lo que Lucas piensa.
Les hago un gesto de extrañeza para tratarlos de locos.
—Entonces, ¿no te importará que yo salga con ella? —vacila Aitor—. Ya sabes cuánto me
gustan las vírgenes… y te prometo que le daré una primera vez memorable y perfecta. Como tú
quieres que tenga.
Intento controlar mi mirada de odio porque sé que es un truco.
Lucas me mira con atención para intervenir si le suelto la hostia que me muero por darle, pero
respiro profundamente y me contengo.
Al final, no digo nada y me voy a mi habitación. Huyo de la confrontación. Pero espero que
fuera eso, una puñetera broma, porque si me entero de que Aitor la toca, no podrá comer sólido
en un mes.
20
EL GRAN GATSBY
“No hay fuego ni frío que pueda desafiar a lo que un hombre guarda entre los fantasmas de
su corazón”
F. Scott Fitzgerald

El jueves por la noche, cuando entro en el Capitán Nemo con Aitor y Lenny, vamos directos
a saludar a Charlotte en la barra.
La tensión puede cortarse con un cuchillo después de una semana muy entretenida de
telenovela rosa. O más bien fucsia-tequila-ostras-París.
Finalmente, convencí a Lenny para que fuera a ver a Charlotte esa misma tarde de domingo.
Le recomendé que fuera sincero con ella, que pidiese perdón de parte de todos, y que,
personalmente, le confesara que tenía mil mierdas en la cabeza que le impedían tener una
relación seria con ella e intentaba ahorrarle el disgusto.
No sirvió de nada porque no le concedió audiencia.
Había dejado dicho a su madre que, si aparecía alguien con el apellido Morgan, le mandara de
vuelta por donde había venido.
Muy hábil lo de vetarnos a todos a la vez.
Pero Lenny no se dio por vencido.
El lunes apareció a mediodía a la salida de su trabajo y por cómo nos transcribió el encuentro,
debió de ser más o menos así:
Ella, al verlo, lo ignoró. Pasó de largo hasta su coche y él le impidió abrir la puerta hasta que
le escuchase, lo que la hizo resoplar hastiada.
—Esto es acoso —soltó. No sin razón.
Él le plantó el móvil delante de la cara para que lo leyera.
«Solo quiero pedirte perdón».
—Perdonado. Ahora deja que me vaya, por favor.
Lo hizo sin poner resistencia. Cosa que a ella le pareció extraña.
Al día siguiente, volvió a hacer lo mismo. La esperó, y al verle, puso mala cara. Esa vez, pasó
de largo, se subió al coche sin problema y lo dejó allí tirado sin decirle nada. Era un puto genio
porque, cuando repitió la jugada el tercer día, ella estaba mucho más apaciguada. Y también algo
halagada. El que la sigue, la consigue, dicen.
Esa vez la esperó al lado de su coche, con el móvil en alto para que lo leyera si quería.
Charlotte estaba decidida a pasar de largo, pero, en el último momento, en vez de abrir la puerta
del coche, volvió sobre sus pasos y lo leyó.
«Por favor, perdóname. Fui un imbécil».
—Sí que lo fuiste —replicó ella desabrida—. Te perdono, ¿vale? Olvídalo ya. No vuelvas por
aquí, por favor… —dijo con un deje triste.
Él la frenó con delicadeza y volvió a señalar el móvil. Misma frase.
Ella lo miró con intensidad.
—Me hiciste daño, ¿sabes?
Él se presionó el corazón para decir «Lo siento» y tecleó.
«Te dije que no era normal».
—¿Sabes? Eres más normal de lo que crees —dijo ella con inquina—. Yo pensaba que eras
especial, pero eres igual que todos los demás.
Él negó lentamente con la cabeza.
—Sí, ya lo sé… Sé que te pasó algo muy fuerte de pequeño, pero no te engañes, sientes igual
que todos los demás. Puede que incluso más. Pareces muy duro por fuera, pero seguramente solo
tengas miedo de que alguien te rompa por dentro porque, en lo que a emociones se refiere, eres
terriblemente frágil.
Su cara debió de ser un cuadro.
—Yo, sin embargo, parezco frágil, pero soy más dura de lo que crees. Con cada vergüenza,
humillación y desprecio me hago más fuerte, y algún día conseguiré ser feliz. Así que te
perdono, Lenny. Olvidémoslo todo. Solo quiero seguir con mi vida…
Él la miró conmocionado y empezó a escribir algo en su teléfono. Iba a apelar a su bondad
explicándole que con su ayuda quizá podría salvar el matrimonio de sus padres, pero al final, se
echó atrás y se despidió de ella con un gesto mustio.
La cara de Charlotte debió de ser otro cuadro.
Y hoy es jueves…
Sabíamos que Charlotte vendría a trabajar porque es un Nemo’s day. Es noche temática de
Bar Coyote. Las chicas se visten de vaqueras sexis y cada media hora bailan una canción sobre la
barra. Char está muy guapa con un sombrero blanco, una camisa de cuadros rosa, atada en la
cintura, un pantalón corto deshilachado y unas botas de ante marrón.
Si Lenny no deja de mirarla pronto como si se estuviera muriendo, todo el mundo se dará
cuenta de que han cortado, y hemos venido para convencerla de que siga con la mentira un día
más, porque Lenny ha quedado mañana con sus padres para comer como si no hubiera pasado
nada entre ellos. Menudo marrón…
Por mi parte, he seguido yendo todos los días al campeonato y no se me está dando mal del
todo. Lo más interesante es que he conseguido el patrocinio de Rip Curl y es una experiencia
muy enriquecedora de cara a ser yo el que lo haga el día de mañana con otros chavales.
El capitán se nos acerca con cara de ansiedad. Es una mueca muy distinta a la del lunes,
cuando nos recibió con una sonrisa de oreja a oreja y nos dijo que la deuda había sido saldada,
además de hacerle ganar unos cuantos miles de regalo extra.
—¡Mis queridos Morgan, estáis invitados a un trago! —nos saludó—. El negocio ha sido un
éxito. De hecho, tengo algo para vosotros…
Fue a buscar un sobre y me lo entregó. Ponía «6000» en boli. Qué cutre. Era lo que sobró tras
saldarlo todo. Justo la parte de Charlotte.
—Bueno, ¿podrás traerme otras cuatro mil moras para el jueves que viene?
—¿Qué? —Me quedé perplejo—. No… no pensaba pedir más… La deuda está saldada. El
festival ha terminado.
—¡Pero está el campeonato de surf! Hay mucha afluencia de gente en Gold Coast, y créeme,
este finde querrán más Moonbow. ¡Esta es tu oportunidad, Morgan! Pide más y haced algo de
dinero para vosotros.
—Tengo que hablar con mis socios… —carraspeé.
—¿Quiénes son? —preguntó con avidez.
—No puedo decírtelo. Están de paso en el país. Me lo ofrecieron como algo puntual. No sé si
les interesará…
—¡Seguro que sí! Consúltalo y rápido.
—Está bien… —contesté. Pero tenía muy claro que no íbamos a continuar con aquello.
Pagaría a Charlotte y se acabó.
Al día siguiente, el capitán se presentó en nuestra casa a las diez de la noche. Al parecer había
venido por la tarde y no nos había encontrado.
—¿Os lo habéis pensado ya?
Su insistencia me alarmó.
—Sí, y no vamos a hacerlo, George.
—¡¿Cómo que no?! ¡¿Pero estáis locos?! ¿Sabéis la de pasta que podríais ganar?
—No nos interesa —zanjé con dureza. Consideraba que no tenía que darle más explicaciones
que esa.
—Pero… ¿Habéis hablado con el proveedor? Porque si vosotros no queréis, podéis pasarme su
contacto y hablar yo con él. Comprendo que os queráis mantener al margen, pero…
—Nos dijo que no le pasásemos su contacto a nadie —me inventé.
—¿Y cómo lo conseguiste tú?
—Vino una vez de vacaciones aquí y coincidimos. Son asiáticos…
Él nos miró como si algo no le encajase.
—Vuelve a pensártelo, Morgan. En un fin de semana, podríais conseguir un buen pellizco y
luego dejarlo.
Su cara de desquiciado me hizo sentir incómodo.
—Me lo voy a pensar… —dije para darme tiempo.
—Hazlo, por Dios… Sería una locura no aprovechar este tirón, aunque solo sea una semana
más.
Nos costó echarlo. Y cuando por fin cerré la puerta, Aitor preguntó:
—¿Vamos a hacerlo?
—No —respondí con seguridad.
—¿Estás seguro?
—Sí. Ese mundo es venenoso, Tor. Lo hemos hecho por un motivo muy concreto y ya está
muerto y enterrado. ¿Es que no recordáis todo lo que nos contó Marco cuando lo echaron de la
familia? Estos temas son peliagudos. Hemos jugado con fuego y no nos hemos quemado.
Dejémoslo así…
—Está bien.
Lenny también asintió, e hizo una C con la mano y luego negó.
—Exacto. También debemos proteger a Charlotte. Ella es la que sabe cómo fabricar el
Moonbow, y si continuamos con esto, el capitán u otra persona podría querer dar con ella. Esto
ha sido algo temporal. ¿Estamos todos de acuerdo?
Ambos asintieron. Y ahora que el capitán nos mira con una cara de ansiedad que me da yuyu,
sé que hemos hecho lo correcto.
—Hola, chicos… Charlotte, vete a atender a esos de ahí —Señala otra zona de la barra, con
intención de mandarla lejos para hablar.
Ella se va encantada de perdernos de vista, no sin antes mirarme de forma penetrante.
«Sí, pequeña, tenemos que hablar», le transmito con la mirada.
En cuanto desaparece, el capitán nos mira esperanzado.
—Decidme que habéis cambiado de opinión…
—No, lo siento. Mis proveedores me han dicho que no quieren tratar con nadie más. Les he
dado tu nombre y tu teléfono. Te llamarán si cambian de opinión.
—Mierda… —masculla preocupado—. Esto se va a poner feo…
—¿Por qué? —pregunto inquieto.
—Yo no soy el único interesado en comercializar Moonbow. Unos tipos chungos me han
pedido nombres y no quiero tener que dar los vuestros, preferiría manteneros al margen… —dice
como si fuésemos estúpidos y no pilláramos una amenaza encubierta—. Pero si no podéis darme
ningún contacto, terminarán presionándome para que hable…
Intento disimular mi alucine al percibir su coacción.
Veo que Lenny cierra los puños y Aitor aprieta la mandíbula. Menos mal que les he dicho que
mantuvieran la boca cerrada durante esta conversación.
Respiro profundamente y hago como que me lo pienso.
—Te diré un nombre, pero no ha salido de nosotros. ¿De acuerdo?
—¡Hecho! —exclama contento.
—Lo llaman Micho… Es el enlace directo con el que toma las decisiones de distribución. El
tío es griego.
—¿Griego?
—Sí, pero se defiende con el inglés.
—De acuerdo. ¡Gracias!
Nos vamos a nuestra mesa habitual con tranquilidad.
—¿Micho? ¿En serio? —susurra Aitor.
—Calla… —mascullo.
—¿No había otro nombre?
—Que te calles.
—¿Por qué no has usado Señor Smith? Ese nunca falla…
Me paso una mano por el pelo. A veces desearía que volviera a irse con Marco a España y que
lo aguantara él un ratito.
De pronto, Christopher y sus amigos entran en el pub. Los que faltaban…
Cualquier excusa es buena para joderme el campeonato, y cuando se enteró de que el sábado
había ido a ver a Freya cantar al Flamingo le faltó tiempo para venir a cantarme las cuarenta en
las olas del domingo por la tarde.
—Morgan —me llamó a lo lejos.
Venía un ejército de tíos detrás, más cuadrados que los actores de Pressing Catch, como si
fueran a darme de puñetazos uno detrás de otro. Pero estábamos en mitad de la playa, con
público, jueces, periodistas, publicistas, gente influyente… no podían hacerme nada. Solo
intimidarme. Y ni eso se les dio bien.
—Hola, Chris —saludé tranquilo—. ¿No te habían expulsado?
—No vengo por el campeonato, sino a pedirte explicaciones.
—¿De qué? —me hice el tonto. Pero su vena hinchada del cuello tenía nombre propio. Freya.
—Te dije que dejaras en paz a mi novia…
Arrugué el ceño.
—No te sigo…
—Ayer te vieron en el Pink Flamingo con ella.
—Fui por mi cuenta y dio la casualidad de que ella estaba allí.
—¿Por qué hablaste con ella? —dijo amenazante cerca de mi cara.
—Yo hablo con quien me da la gana —Mantuve mi posición.
—Te dije lo que ocurriría si no la dejabas en paz…
—No te consideraba un celoso patológico, Chris. ¿Sabe Freya que estás aquí amenazando a un
tío solo por saludarla en un bar?
—No fue solo eso. ¡La cogiste de la mano! —se encabronó—. Aléjate de ella, Morgan, si
no…
—¿Si no, qué? —pregunté desafiante. No creí que se atreviera a amenazarme en público.
—Si no, tú y yo, tendremos más que palabras…
—¿Tanto miedo tienes de que te la robe?
—Con tus malas artes, sí.
—Mis artes son espectaculares… —Sonreí lobuno—. Quizá por eso estás tan acojonado.
—Tú sigue así, Morgan… Luego no te sorprendas si te metes en problemas —Se fue antes de
que los de salvamento vinieran a echarlo.
—¡El problema lo tienes tú, Chris, y un día te explotará en la cara!
Cuando dije eso, vi a mi tío Mak entre la gente de brazos cruzados.
Su gesto serio me asustó. Mak siempre estaba de cachondeo, pero en ese momento parecía una
roca sin sentimientos analizando la situación fríamente.
No se acercó a mí, pero sabía que en algún momento me sacaría el tema. ¿Qué quería que
hiciera, que me quedara callado y acobardado?
Era libre de hablar con Freya y me daba igual a quién pusiera nervioso, ¡solo estábamos
hablando! ¿Acaso no podíamos? ¿Por qué?
Joder… lo que seguía a ese «Porque» me gustaba demasiado…
Ir a verla fue una decisión de última hora. Escuché por casualidad a su padre despidiéndose de
Dani y diciéndole que Freya se quedaba en Golden Coast porque cantaba a las 23h en el Pink
Flamingo.
La bombilla se me encendió al instante. Tenía que ir. Christopher ya había vuelto a Byron y
seguramente estaría sola. Era mi oportunidad. Solo por ver la cara que puso cuando me vio desde
el escenario, mereció la pena.
Oírla cantar fue mejor que una mamada. Sobre todo esa canción en la que entonó que «no se
rendiría con nosotros» mirándome a los ojos. Fue como una señal, porque yo tampoco pensaba
renunciar a ella.
Al terminar, la poca gente que había, aplaudió con ahínco. ¿Por qué no se daba cuenta de lo
buena que era?
Se acercó a su amiga para decirle algo y beber un poco de su copa, y cuando vi que venía
hacia mí, empezó a palpitarme rápido el corazón. No tuve más remedio que sonreír cuando me
miró como si estar allí fuese una travesura de las nuestras.
—¿Qué diablos haces aquí?
—¡Anda, Freya! ¡Qué casualidad! —contesté con guasa.
—Sí, ya… —Sonrió un poco.
—He escuchado a tu padre decirle a Dani que vendrías aquí.
—¿Y por qué has venido?
—Para oírte cantar.
—Eso es de locos… —masculló.
—No creo que a nadie se lo parezca. Tienes una voz increíble.
—Gracias —contestó contrita—. Estoy con Megan —La señaló.
—Me alegro por ella —pestañeé despacio.
—¿Puedes dejar de hablar como un vampiro?
—¿Qué? —Me reí.
—¡Sí! ¡Estás hablando como Brad Pitt en Entrevista con el vampiro!
—No la he visto.
—¿No? Es un peliculón. Mi madre la ve una vez al año y yo me la trago con ella.
—¿Te acuerdas de cuando veíamos películas juntos? —dije melancólico.
—Sí, tu madre nos hacía palomitas con polvos de queso.
—Los buenos tiempos…
—¿A qué viene todo esto? —preguntó perdiendo la paciencia.
—¿A qué te refieres?
—¡A esto! —Nos señaló—. A hablarme ahora de repente después de tantos años… A
seguirme hasta aquí. ¿Formo parte de alguna especie de vendetta contra Christopher? ¿Es eso?
Me dolió que dijera eso. Como si no encontrara otro motivo. ¿Tan poco se valoraba?
—Chris no tiene nada que ver —remarqué—. ¿Por qué lo piensas?
—Porque me ha dicho que le has amenazado con…
Arrugué el ceño.
—¿Con qué?
—Con follarme —soltó con valentía. Y juro que ese verbo en su boca, lejos de enfadarme por
la acusación, me excitó.
En mi mente Freya seguía siendo una niña. Alguien que perdió la virginidad con la vista fija
en el techo, aguantando estoicamente cinco o seis embestidas de un imbécil antes de que se
corriera. Nunca la imaginé siendo sucia en el sexo… Pero si lo pensaba bien, era la misma niña
que una vez quiso bañarse conmigo desnuda en su piscina.
Tragué saliva al imaginarla desatada. De pronto, ardía en deseo.
—Yo no he dicho eso —pude formular—. Le he dicho que si no dejaba de ser tan capullo, te
perdería pronto.
—¿Qué te importa a ti si me pierde o no?
—Puede que me importe… —me sinceré.
—¿Por qué? —preguntó casi con miedo.
Nos mantuvimos la mirada durante escasos segundos. Me sorprendía que hubiéramos llegado
tan rápido a ese punto clave. Pero esto no iba de mí, sino de ella.
—Porque la verdad es que no te merece, Freya.
Ella tragó saliva, afectada por mis palabras.
—Lo que me merezco es poder elegir con quién quiero estar. No soy una pelota que os podáis
pasar entre vosotros, ¿sabes?
—¡Claro que no! —dije avergonzado—. Solo quiero demostrarte que es un capullo integral,
luego ya, tú decides. ¿Estás muy enamorada de él?
—Esa pregunta es muy personal —susurró abochornada.
—Necesito saber qué nivel de ceguera tienes con él.
Eso la hizo reír. Y me sonó tan bien… A verde-NuevaZelanda-hielo-menta.
—Chris es un encanto conmigo —dijo ella—. Siempre lo ha sido. Y es un chico centrado y
responsable. Trabaja mucho.
—Vale. Más o menos estás en un 80%. Trabajaremos en ello…
—¡Lucas! —me riñó como lo hacía antes. Mismo tono. Mi sonrisa se amplificó al evocarlo—.
Deja de bromear, que al final me buscas un problema…
—¿Soy un problema para ti? —pregunté perspicaz.
Fue una pregunta muy sugerente. Nuestros ojos aprovecharon para acariciarse durante unos
segundos eternos. Hacía tanto que no nos lo permitíamos que ese simple hecho ya fue una
infidelidad.
Ella apartó la vista, atormentada, como si hubiera llegado a la misma conclusión que yo.
—Ahora mismo solo eres un recuerdo del pasado… —musitó.
—No quiero ser solo un recuerdo. Quiero que seamos amigos.
Nada más decirlo, sentí el vértigo. Ese mismo vértigo que llevaba acechándome toda la vida
con ella. ¿Y si respondía que no?
—Amigos… —repitió pensativa. Era consciente de que había muchos troncos mojados sobre
nuestra amistad, y eso no prende por mucho fuego que sientas.
—Pero antes de nada, me gustaría pedirte perdón —empecé.
—¿Perdón por qué?
—Por el pasado. Por… alejarme de ti. Por obviarte. Por perderte…
Entonces hizo algo que me sorprendió. Se sentó a mi mesa, muy cerca de mí y me miró
fijamente. Sus ojos tenían un brillo especial mientras reunía fuerzas para decir:
—¿Por qué lo hiciste?
El dolor que se filtró en su voz me abrumó.
—Bueno, espera… He esperado muchos años para hacerte esta pregunta. Más bien sería: ¿Por
qué dejé de importarte? Quiero saberlo.
La magnitud de su dolor al decir eso me golpeó como una bola de demolición. ¿Tanto daño le
había hecho? Ella nunca dejó de importarme, aunque admito que lo intenté con todas mis
fuerzas…
Ser consciente de lo que supuso para ella me hizo posar una mano sobre la suya.
—No tengo una respuesta fácil —dije con sinceridad—. Solo puedo decirte que nunca quise
hacerte daño… pero ya veo que te lo hice.
—Lo que más me dolía era pensar que no me echabas de menos.
Intenté rebuscar en mi interior las respuestas que quería, pero estaban enterradas muy abajo.
En una quietud aislada que no debía ser perturbada. En el cementerio de la culpabilidad. Pero no
las encontré porque las razones ya no estaban ahí, solo sus tumbas.
Mi mano abandonó la suya. Sentía que no tenía derecho a tocarla.
—A cierta edad empecé a sentirme presionado por lo nuestro —rescaté de mi subconsciente
—. Era más fácil para mí evitarte que enfrentarlo. A los quince, comenzaron mis problemas
familiares, y no podía cargar con ninguno más. Y tú eras uno de ellos…
—¿Por qué yo era un problema para ti?
—Tenía miedo de que me rechazaras si te pedía salir.
—¿Por qué pensaste que lo haría?
—No lo sé… Era un chaval al que reñían constantemente por meterme en líos y supongo que
no me creía suficiente para ti.
—Pues te equivocabas… —contestó temblorosa.
Nos miramos de nuevo. No podía creer que nos hubiéramos confesado todo eso en menos de
diez minutos de conversación a solas.
—¿Por qué no me dijiste nada en aquel armario oscuro? —lamentó.
—Estaba esperando a que me increparas por mi comportamiento…
—Y yo esperaba una disculpa por lo que me dijiste cuando pegaste a Steve…
Cerré los ojos arrepentido.
—Sé que ha pasado mucho tiempo, pero te la ofrezco ahora —dije mirándola con el corazón
en la mano—. Ese comentario fue imperdonable por mi parte. Lo siento mucho.
—Acepto tus disculpas… —respondió cohibida—. Bueno… tengo que irme ya —farfulló
nerviosa, poniéndose de pie. No la culpaba, el rumbo de la conversación se había vuelto doloroso
y peligroso.
—¿Vas a pensarte lo de ser amigos? —pregunté antes de que se fuera.
Ella titubeó.
—Sí, lo pensaré…
—No sé cómo andas de trabajo, pero estaré toda la semana por aquí en el campeonato de surf.
Si somos amigos, podrías venir a verme algún día… —lancé el órdago.
—Lo tendré en cuenta. —Tragó saliva.
Pero al día siguiente, el que apareció por la playa fue su novio, para montarme el pollo que os
he contado antes.
La cosa pintaba mal. Por suerte, esta mañana de jueves, Freya ha aparecido en Gold Coast.
Sola.
Cuando la he visto, me he quedado embobado mirándola. Juro que la he visto venir a cámara
lenta hacia mí. Estaba tan guapa que dolía mirarla.
—Hola… —ha dicho apocada.
—Eh… ¡Has venido! ¿Estás sola?
—Sí. Te deseo mucha suerte hoy… El mar está un poco revuelto.
—Gracias…
Ha sido una conversación de mierda, pero la que han mantenido nuestras miradas ha sido
mucho más interesante. ¡Ha venido!
¿Significaba eso que quería ser mi amiga?
Y ahora lo peliagudo… ¿de verdad podríamos serlo? Porque me ha visto mirarle los labios y
ha tenido que ver que me moría por besarla.
—Morgan, ¿puedes venir un momento para ver qué maqueta te gusta más? —Me ha llamado
uno de los publicistas.
—Sí, claro —He mirado a Freya. No quería separarme de ella—. ¿Te vienes? Me encantaría
saber tu opinión profesional…
—Vale —Ha sonreído.
Nos han hecho pasar donde tenían los equipos fotográficos y nos han enseñado unas cuantas
instantáneas.
—¿Qué te parecen?
—Son geniales… —he musitado al verme en las olas.
—Esta está muy bien —ha dicho Freya señalando una—. La marca se lee bien, se pueden
poner letras arriba y abajo, y la luz es buena.
—Es en la que estábamos pensando —confiesa el publicista.
—Pues concuerdo.
—¿Te gusta alguna más? —ha preguntado curioso.
Ella ha observado varias imágenes tan detenidamente que me he sentido desnudo.
—Esta tiene potencial —ha opinado—. Cambiándole el color del bañador, y saturando el color
del mar en azul claro, podría valer…
El chico ha sonreído complacido.
—Tienes buen ojo.
—Trabaja en marketing —he señalado—. Por eso la he traído.
—¿Para quién trabajas? —ha preguntado el chico interesado.
—Eh, bueno… para varias empresas. Soy freelance.
—¿Estás en LinkedIn? Quizá nos interese tu perfil.
—¡Sí! Puedo pasarte mi currículo si me das un email…
—Claro. A este mismo —Le ha dado una tarjeta personal. En un evento como este hay que
tenerlas a mano. Anotado.
Freya me ha mirado alucinada y después hemos salido de la carpa.
—¡No me lo puedo creer! —ha gritado exaltada—. ¡Gracias!
Iba a abrazarme, pero se ha frenado. Todavía no estábamos listos para traspasar la barrera de
lo físico. Sería un shock.
—Me alegro de que hayan visto tu potencial. Por eso te he dicho que vinieras…
—¡Si no sabías cómo se me daba la publicidad! —Se ha carcajeado.
—No me hace falta. Es evidente que lo haces todo bien.
—Eso no es verdad. También meto la pata, como todo el mundo.
—Para mí eres perfecta…
¡Menudo patinazo! Se ha mordido los labios, incómoda.
—Solo tienes una pequeña tara —me he burlado para quitarle hierro. Y me ha mirado
intrigada—. No sabes reconocer a un amigo cuando lo tienes delante…
Y llamadme loco, pero su forma de sonreír ha denotado que jamás podremos ser solo amigos.
21
UGLY LOVE
“El amor es una mentira. Te promete el mundo y luego te destroza el corazón”
Colleen Hoover

— Deja de mirarla, tío —me avisa Aitor.


Pero no puedo. Las vaqueras son mi perdición. Y ese pantalón corto le queda demasiado
bien… por no hablar del sombrero cowboy y las botas altas. Le haría de todo solo con esas dos
cosas puestas.
Desvío la vista de Charlotte y me centro en Lucas. Está pendiente de que Christopher y sus
amigos acaban de entrar. Odio el revuelo que arman siempre con las chicas, más que nada
porque Cora suele estar implicada. Y también Freya.
Las aguas están caldeadas entre Chris y Morgan, y parece que se chulean a propósito para que
les partamos la cara. Ganas no me faltan. Me apetece una sesión de calabozo…
—Tranquilito… —me advierte Lucas—. Hoy tienes una misión.
Sí, convencer a Charlotte de que salve el matrimonio de mis padres.
¡Qué fácil, ¿verdad?!
Sobre todo porque no pienso pedírselo. Me niego. Suficiente ha hecho ya por nosotros. Y ella
ha cobrado solo desprecio por mi parte.
—Iré a hablar con Charlotte dentro de un rato —informa Morgan—. Quiero que coja el
dinero.
Asiento. Yo NECESITO que coja ese dinero. Se lo debemos. Es otro de los motivos por los
que no puedo pedirle nada más.
De pronto, suben el volumen de la música y algunas chicas se suben a la barra. Me fijo en que
Charlotte lo hace, obligada por el capitán, y me dan ganas de ahorcarlo cuando la mira con
lujuria al empezar a moverse un poco.
Me mira cohibida y la indefensión que veo en sus ojos me pone enfermo, así que aparto la
mirada para que no se sienta aún más observada.
—Qué buena está Charlotte así vestida —barrunta Aitor.
En ese momento, uno de los camareros nos sirve las bebidas y se la quito de la mano para
empezar a beber y no asesinarlo por decir eso.
—Uy, cuánta sed tienes, primo… —se mofa Aitor.
—Para ya —lo riñe Lucas—. ¿Podrás controlarte mientras yo voy a hablar con C? Lo último
que necesitamos es otra pelea aquí…
—Seré bueno, papi —dice el diablo en persona.
Aitor siempre ha tenido dos caras, la insufrible y la inteligente. Y cuando se juntan ambas es
realmente demoledor.
—Ahora vuelvo —Se levanta Lucas. Y rezo. Rezo todo lo que sé para que haga su magia y la
convenza.
Espera a que las chicas terminen su baile y aborda a Charlotte. Habla con ella durante unos
minutos y vuelve con nosotros.
El cabrón se toma su tiempo para beber antes de contarnos el veredicto.
—Lo hará —anuncia sin más.
—¡Si es que es un sol! —certifica Aitor embelesado.
Chasqueo los dedos para saber qué han hablado exactamente.
—Me ha dicho que estará en el restaurante a las dos.
Solo eso. Puta discreción. ¡Empiezo a pensar que le gusta hacerme sufrir! Saco mi teléfono y
escribo un mensaje.
«¿Qué le has dicho exactamente y qué más te ha dicho ella?».
—Nada. Le he explicado que esto era importante para nuestra familia en general y que tú no
querías pedírselo.
Me muerdo los labios.
«¿Algo más?».
—No. Bueno… Le he dicho que el sábado era tu cumpleaños, y que daremos una fiesta
especial en casa a la que mucha gente asistirá.
«¿Va a venir?», pregunto esperanzado.
—No cuentes con ello —murmura Aitor como si fuera una maldita bola del 8.
Miro a Lucas para que me saque de dudas.
—Ha declinado la invitación —musita atribulado—. Lo siento. Pero todavía puede cambiar de
opinión. A ver cómo va la comida… Igual si la invitas tú directamente, viene.
No vendrá. Va a la comida porque a saber qué carta ha jugado Lucas, pero a mí no quiere ni
verme.
Escribo en el móvil.
«¿Ha aceptado el dinero?».
—Tampoco… Es muy cabezota. No sé a quién me recuerda…
Palmeo la mesa enfadado y la miro. Vale…, justo me está mirando.
Carlota sigue a lo suyo y no le quito la vista de encima para comprobar si me mira unos
segundos después. ¡Bingo! Joder… Dice muy poco de mí que ahora mismo me muera por
acercarme a ella y besarla, ¿verdad?
Es lo único que podría hacer, porque no tengo nada que decirle. Ya le dije que lo sentía, pero
no se me va esta maldita sensación del pecho.
—Olvídala, primo —aconseja Aitor—. Deberías emborracharte…
—No, mejor que no beba. No quiero salir de aquí esposados.
—Qué poca fe…
—Ninguna —repone Lucas.
Pronto llegan nuestros amigos para animar el ambiente. Al final se unen Cora, Lía y Amber.
Esta última se lio con Tom después de que yo la rechazara varias veces, pero sigue mirándome
como si fuera comestible.
Cora se sienta a mi lado.
—¿Cómo estás? —pregunta apoyando la barbilla en mi hombro.
Le enseño el pulgar arriba y me lo agarra juguetona con sus manitas.
Poco a poco ha aprendido a no sobarme tanto. Hubo una época en la que tenía que frenarla,
pero siempre con cariño. En realidad, me gusta sentirla cerca para poder protegerla de todo.
Lucas me dijo una vez que mi fijación causaba un efecto incestuoso en ella y me pidió que la
ignorara, pero no puedo hacerlo. Algo dentro de mí me obliga a querer mantenerla a salvo a toda
costa.
—¿Seguro que estás bien? Pareces inquieto por algo.
Niego con la cabeza. No quiero que piense que estoy celoso por el numerito porno que acaba
de montar con Kali. Ese tío es escoria. Y no por magrearla de ese modo en público, sino porque
es una mala persona que no tiene compasión. Y me mata que Carlota pueda pensar lo mismo de
mí.
Bebo, bebo y vuelvo a beber como los putos peces en el río.
Las chicas vuelven a bailar, cada vez son más las que se animan víctimas de la inhibición del
alcohol. Incluso Freya sube arrastrada por sus amigas y nadie quiere perderse sus sensuales
movimientos. Pero yo me los pierdo, porque no puedo apartar la vista de otra persona… Del
sinuoso balanceo de sus caderas y de sus hombros. De su sonrisa tímida y tentadora.
Por Dios… ¡Creo que alguien ahí arriba quiere acabar conmigo!
Nuestros ojos coinciden por un momento y esta vez, lejos de renegar de mí, parecen decir «no
sabes lo que te has perdido, chaval».
El ambiente se va animando cada vez más al ritmo de una conocida canción country que todas
bailan a la vez. Mucha gente se acerca a la barra para corearlas y bailar también. Aitor es uno de
ellos. Una vez le dije que no me gustaba Beyoncé y estuvo sin hablarme una semana.
Lucas se acerca a la barra atraído por el show, y sobre todo, por la luz que desprende Freya, en
lo que bautizo como un extraño ritual de apareamiento especialmente escenificado para él. Ya no
se molesta en disimular su atracción.
Me pego a él para cubrirle las espaldas porque no me gusta cómo lo mira Christopher desde
que ha llegado.
La canción termina por todo lo alto y la gente vitorea. Las bailarinas bajan de la tarima y no
puedo evitar seguir a Carlota con la mirada. Está punto de meterse en la barra, donde Lía está
apoyada, y algo parece detenerla en seco. Algo no, alguien… Kali.
Cruzan un par de frases, y de pronto, ocurre algo muy extraño. Charlotte coge la bebida de Lía
y se la echa a la cara a Kali con fuerza.
Dejo a Lucas desprotegido y me acerco rápido a donde está Carlota porque no me fío de la
reacción del energúmeno de Kali, y efectivamente, se lanza contra mi chica con rabia. Pero antes
de que pueda alcanzarla, Lía lo manda lejos de ella de un empujón. ¡Menos mal!
—¡No me toques, puta gorda! —oigo que clama Kali enfadado—. ¡Esta chiflada me ha puesto
perdido!
Cuando llego a su lado, me interpongo entre ellos justo a tiempo.
—El que faltaba… —sonríe Kali con falsedad—. Los locos se juntan, ya lo pillo. Menudo
desperdicio, guapa…
—¡¿Cómo puedes ser tan gilipollas?! —grita Charlotte.
—De gili, nada, de polla, un metro. Cuando quieras te la meto.
Le empujo sin contemplaciones.
—¡Lenny, no! —Me agarra Carlota.
—Uy, que se pone celosón… —Vuelve a mofarse Kali. Está más borracho que otras veces y
veo que no sería una pelea justa.
—Le diré al capitán que lo eche.
—Que echen a Godzilla, mejor —alega Kali señalando a Lía.
—¡Eres odioso! —grita mi chica escandalizada. Disfruto de encerrarla entre mis brazos
cuando quiere volver a atacar a Kali.
—¡¿Qué coño pasa ahora?! —aparece Christopher—. ¿No puedes dejar de liarla ni un solo
día, Lenny?
—¡Ha sido Kali! —lo acusa Lía.
—Qué raro, tú siempre cerca… Kal, deberías dejar que te la chupe de una vez, para acabar con
su agonía —masculla malicioso.
Los ojos de Charlotte casi se salen de sus órbitas. Al parecer no conocía la cara B de
Christopher, el cabrón sabe esconderla muy bien, sobre todo delante de Freya. Pero cuando no
está, es otra persona.
Lía, sin embargo, está acostumbra a estos imbéciles superficiales. La mayor parte del tiempo
no le hace falta oírles para saber con exactitud lo que piensan de ella.
Se escucha el familiar bullicio de otra pelea en la parte opuesta del local; consecuencias
habituales de que las chicas se disfracen de vaqueras sexis.
Localizo a Lucas y a Aitor cerca del tumulto. Me fijo en que Lucas desplaza a Freya cuando
están a punto de golpearla.
«¿Estás bien?», leo en sus labios al sujetarla.
Su cara de susto y la forma en la que se agarra a Lucas manifiestan que no ha estado mejor en
su puta vida.
—¡¡FREYA!! —ruge Christopher al verlos juntos, y emprende una carrera hacia ellos
bordeando la barra, como si fuese a descuartizar a Lucas solo por tocarla.
El tío derriba a cualquiera que se interponga en su camino como si estuviera jugando a los
bolos; si no lo detengo, será un choque de trenes.
Charlotte me mira asustada previendo lo mismo que yo.
Me adentro en la barra, para cruzar en diagonal, y saltar por encima de ella justo a tiempo para
placar a Christopher antes de que llegue a Lucas. Ni siquiera le ha dado tiempo de ver quién le ha
golpeado. Hay demasiada gente alrededor.
Lucas lo ve todo y se separa de Freya al instante.
—¡Freya! —brama Christopher levantándose como un resorte—. ¡¿Estás bien, cariño?!
—¡Sí, tranquilo!
Chris mira a Lucas con odio.
—Vámonos de aquí antes de que venga la policía —dice acuciante y se la lleva de forma
brusca «por su seguridad». Nótese la ironía.
Ella se ve arrastrada de malas maneras y se gira para mirar a Lucas.
—Gracias… —parece vocalizar.
Se quedan mirándose como dos cachorros a los que acaban de separar de su madre y
desaparece. ¿Qué hostias pasa entre estos dos?
—Vámonos nosotros también —me suplica Lucas. Pero me da miedo dejar a Carlota sola con
el loco de Kali en esas condiciones.
Escribo en mi teléfono.
«Mándale un mensaje a Dani y que vengan a por Kali», le imploro.
No entiende por qué lo digo, pero lo hace sin preguntar al ver mi mirada de preocupación.

Al llegar a casa, no estoy tranquilo. Es la una, a Carlota todavía le quedan un par de horas para
salir. Tengo fuertes tentaciones de volver al pub, pero sé que Lucas no lo aprobaría…
Cuando mi mente me lleva por derroteros peligrosos, siempre me ayuda pensar qué haría él.
Así es como sé lo mal que estoy en realidad. Mi «Simon dice» particular suele llevarle a menudo
la contraria a mi instinto kamikaze.
Cojo el teléfono y escribo a C con la esperanza de que me conteste.
«¿Todo bien por ahí? ¿Kali ya se ha ido?».
Tarda diez minutos en verlo y contestar.
«Sí. Tranquilo, estoy con Aitor».
¿AITOR? ¿El mismo que ha dejado caer que Charlotte estaba buenísima esta noche? ¿El
mismo que se ofreció a darle una primera vez memorable? Estrujo el teléfono y lo lanzo contra la
pared sin pensar.
¡¡Crash!!
Mierda, ya me he cargado otro…
Como se le ocurra ligársela, no respondo de mí.

Llevo desde las dos menos diez en la puerta de mi restaurante favorito. Hacía tiempo que no
estaba tan nervioso. No solo por Carlota, sino por estar con mis padres. Encima, los tres juntos.
Suelo esquivarlos, esa es la verdad. Sus vanos intentos por curarme siempre me han hecho
sufrir. Tengo la creencia de que no son capaces de encontrarse el uno al otro debido a la
culpabilidad que sienten por mí, y si, por un momento, se permitieran pensar que estoy
mejorando, quizá ellos también lo harían. Juntos.
Cuando veo llegar a Carlota con su coche y aparcar, se me acelera el corazón. ¿Cómo puede
llevar tantos años cerca de mí y no haberme fijado antes en ella?
Lleva una falda larga de flores blancas y negras con una camiseta sin mangas negra. El pelo
recogido y gafas de sol. Está impresionante. Parece una estrella de cine con resaca.
—Hola —saluda con cierta indiferencia, subiéndose las gafas al pelo.
Su expresión no es la de siempre, es más dura, dejando claro que la Charlotte amigable, solo
reservada para gente que le cae bien, se ha quedado en casa.
Alzo la mano y luego las junto para darle las gracias por venir.
—Lo hago por tus padres —expone ella.
Vuelvo a repetir el gesto y ella evita mi mirada arrepentida.
«Están a punto de llegar», escribo en mi teléfono.
—Bien…
Mi necesidad por tocarla es tan grande que me lanzo a la piscina.
«Estaría bien que nos encontraran acaramelados», sugiero. Ella me mira extrañada y destapa
mi farol.
—¿Desde cuándo tú eres así?
Muy cierto. Y me gustaría contestarle: «desde que siento que esta es la última vez que podré
sentirte cerca». Sin embargo, escribo:
«De eso se trata, de hacerles pensar que tú me has cambiado».
—El amor no cambia a las personas, solo los devuelve a su ser original. Las mentiras que se
cuenta la gente para ocultar la verdad, eso es lo que hay que cambiar.
Tiene tanta razón que mando a mis mentiras lejos y a mis ganas de ella más cerca, arrimándola
a mí sin contemplaciones.
Ella se sobresalta al encontrarse de pronto a cinco centímetros de mi cara.
—¿Ya están aquí? ¿Los ves? —susurra con disimulo.
Sonrío porque no tengo ni idea de si andan cerca o no, pero asiento para que se relaje.
Sondeo sus ojos y me deja ver de nuevo a su verdadero yo. Echaba tanto de menos esa
vulnerabilidad que acaricio su mejilla y le abro lentamente la boca con el pulgar para rozar la
silueta de sus labios. Carlota nunca lo admitiría, pero en mis manos se vuelve una marioneta con
las terminaciones nerviosas a flor de piel.
No puedo más y encajo nuestras bocas como un auténtico lunático. Seguro que a Lucas le
parecería un egoísta manipulador, pero él no tiene mi necesidad acuciante por saborearla.
Sentir que se derrite en mis labios es la mejor sensación del mundo.
Poco después, alguien carraspea y maldigo mentalmente. Giro la cabeza y veo a mi padre. Está
solo.
Carlota sale del trance como puede y reacciona.
—¡Hola! —exclama algo avergonzada. Y puede que un poco enfadada por ceder a mis
caprichos. Yo no puedo estar más contento.
—Hola… —contesta mi padre mirándonos enigmático.
Odio que haga eso. Es analítico de nacimiento. Siempre tratando de leer algo en mis ojos, en
mis gestos, o en la ropa que he elegido. No sabe dejarse al geo que lleva dentro en casa. Su
mente es incansable. Solo se pone en blanco cuando… —Mi padre desvía la vista hacia la lejanía
y se le dilatan las pupilas al máximo— cuando ve a mi madre.
A veces me sorprende cuánto se parece a Cora; en una versión adulta y algo más melancólica.
La abrazo con cuidado cuando llega, como suelo hacer desde que casi la pierdo. Ella me sonríe
con dulzura y se le corta un poco la respiración cuando ve a mi padre. ¿Por qué no están juntos si
se provocan esto?
Tras los saludos iniciales, entramos en el restaurante.
Observo a Carlota embelesado mientras parlotea con mis padres sobre su trabajo en el AIMS,
la universidad, su vida en España y sobre todo, cuando admite que ya me había echado el ojo
desde detrás de la barra del Capitán Nemo. ¿Será cierto?
Aprovecho para sacar un tema nostálgico.
«¿Sabías que ese pub lo construyeron mis padres?», le muestro.
—¡¿No me digas?! ¡Si todavía lo tuvierais, trabajaría para vosotros! ¿Por qué lo traspasasteis?
Ambos desvían la mirada. Pero es mi padre quien contesta:
—Después del allanamiento no teníamos la cabeza para nada…
El ambiente se tensa a pasos agigantados. ¡Mierda! ¡No quería sacar ese tema por nada del
mundo! Solo pensarlo me pone enfermo.
De pronto, se escucha el sonido de una explosión y me pongo de pie de un salto. A la vez, mi
padre se abalanza sobre mi madre, con una mano en su tripa y Carlota nos mira alucinada cuando
nos damos cuenta de que solo ha sido el tapón de una botella de champán.
La vergüenza me aprisiona y necesito desaparecer.
—Perdona… —musita mi padre abochornado por el gesto protector hacia mi madre. Al dejar
de tocarla, ella le mira con un cariño especial.
—No pasa nada… —susurra agradecida.
Al menos ha salido algo bueno de mi principio de infarto.
Gesticulo para informar de que voy al baño. No puedo ni mirar a la cara a Charlotte. Es
demasiado lista.
Ahora sabe que fue un allanamiento.
Sabe que mi madre salió herida. En su tripa concretamente…
Y ha visto que a mí me asustan las explosiones.
No tardará ni medio segundo en sumar dos y dos. Y cuando lo haga… tendré que confesarle
que soy un asesino.
22
EL RETRATO DE DORIAN GRAY
“Es la confesión, no el sacerdote, quien da la absolución”
Oscar Wilde

Me mojo la cara y me miro al espejo. Mi corazón sigue desbocado por un puto tapón de corcho.
Es lo que pasa cuando con diez años empuñas un arma y disparas, que no te esperas el
estallido, el retroceso, el sonido atroz que atraviesa tus tímpanos dejándote sordo. Y mucho
menos, te esperas ver sangre. Mucha sangre. Y a tu madre en el suelo junto a su agresor.
—¡¡ANIII!! —gritó mi padre. Pero lo oí más bajo de lo normal.
La separó de su asaltante y presionó la herida.
—¡No, no, no…! —maldijo en voz baja.
Cuando me miró, con la cara desencajada, el miedo que vi en sus ojos hizo que la pistola se
me cayera de la mano.
—¡Lenny, ve a por mi móvil! ¡DATE PRISA! ¡Llama al tío Mak!
Me costó moverme. No quería dejar de oír lo que le decía mi madre.
—Vamos, pequeña, aguanta… Todo va a ir bien. Eres fuerte…
—El bebé… —la escuché balbucear.
—No hables. Tranquila. Respira, por favor… Sigue respirando…
Encontré el teléfono en la mesilla de noche y seleccioné a Mak en Favoritos.
Me lo puse en la oreja, pero no oía nada.
—¿Luk…? ¿Luk? —escuché muy bajito—. ¿Ocurre algo…?
No fui capaz de contestar. No quería contarle lo que había hecho.
Volví al salón y vi que mi padre vociferaba algo. En ese momento todavía tenía la esperanza
de que todo fuese una maldita pesadilla.
Fue una de esas noches en las que llevaba un rato intentando dormirme en diferentes posturas,
y entonces escuché unas voces.
—¡Por favor, espera! ¡Hablemos! —oí que decía mi padre nervioso.
—Aquí las órdenes las doy yo —contestó otra voz masculina—. Levantaos y caminad hasta el
salón. Ni se te ocurra hacer nada extraño, listillo, o disparo a bocajarro.
Los escuché andar por el pasillo y también a mi madre llorando bajito.
—¿Pensabas que podías salirte con la tuya, madero de mierda? —dijo el hombre desabrido—.
¿Que podías jubilarte anticipadamente en un paraje tropical con un pibonazo, después del
destrozo que dejaste?
—Lleguemos a un acuerdo. Dime qué quieres y te lo daré.
—¡Me debes una vida…! Y creo que voy a empezar a disfrutar de la tuya en este mismo
momento…
Mi madre chilló cuando la cogió por el pelo y la dobló con violencia sobre la isla de la cocina.
Solo llevaba una camiseta grande y ancha de mi padre que le quedaba larga, y al someterla, su
tanga quedó al descubierto.
Ella se resistió y él quiso impedirlo, pero aquel hombre empuñó su pistola a un palmo de la
cara de mi padre.
—No des un paso más o aprieto el gatillo —amenazó—. Y tú, putita, abre las piernas si no
quieres que lo salpique todo con sus sesos y después te mate a ti.
Al escuchar eso, pensé en la pistola que guardaba mi padre en su lugar secreto. Si la tuviera,
quizá podría amenazar al hombre malo con ella.
Fui a cogerla, sigiloso, y la cargué, igual que hacía en el juego de Call of Duty.
—¡Luk, no! —oí gritar a mi madre. Mi padre rugió. Parecía a punto de hacer una locura y
saltar sobre el malo.
—¡Retrocede, cabrón! —le espetó—. O perderás la vida y se la meteré igualmente contigo
muerto en el suelo.
Se había desabrochado el pantalón y las bragas de mi madre habían desaparecido. Estaba
seguro de que mi padre no podría controlarse mucho más y temí que en cualquier momento le
disparara.
—Tranquilo, Ayala… Con lo buena que está, será muy rápido, lo prometo, y luego
hablaremos de compensaciones…
Vi a aquel hombre pegarse más a la espalda de mi madre y supe que mi padre no iba a permitir
que la violara, así que alcé la pistola y disparé.
Hay que ver cómo puede cambiar la vida en un segundo…
A partir del estruendo, todo ocurrió a cámara lenta. Mi padre saltó sobre el asaltante sin pensar
y le arrebató el arma, después le dio un golpe en la cara que lo dejó inconsciente, todo en un
silencio inusitado porque yo había dejado de oír. Solo escuchaba un pitido molesto en el oído
izquierdo. Arrastré lesiones auditivas durante mucho tiempo. No dejé de oír del todo, pero lo
escuchaba muy bajo, no obstante, leí los labios de mi padre al decir «¡Busca mi móvil!», y logré
llevarle el terminal.
—¡Mak, nos han atacado! ¡Ani está herida! ¡Llama a una ambulancia y ven rápido, por favor!
—barbotó acelerado.
Cuando me arrodillé junto a mi madre, me asusté mucho al verla cubierta de sangre. No
entendía nada. ¡Yo había disparado al malo!, que yacía en el suelo inmóvil, como dormido.
Mi madre me miró con lágrimas en los ojos. Estaba rígida y temblaba de frío. Recuerdo verla
perder el conocimiento y pensar que acababa de morirse.
Quise gritar, como lo estaba haciendo mi padre. Pero yo no podía.
—¡Ani! ¡Despierta, despierta…! ¡No te vayas!
El sufrimiento de mi padre me impactó muchísimo, siempre lo había visto como alguien fuerte
y confiado, y me sentí más desprotegido que en toda mi vida. Estaba seguro de que iban a
castigarme por coger el arma y disparar a mi madre. Pero hicieron algo peor. Dejaron de
quererme. Y de quererse entre ellos.
Pasaba el tiempo con Lía y Cora, sumido en mi arrepentimiento. Esta última dormía abrazada
a mí porque su madre le había dicho que me cuidara.
Me preguntaban sin cesar qué había ocurrido exactamente y si estaba bien. La policía me
obligó a recrear mis pasos. Un montón de médicos hablaron conmigo y se dieron cuenta de mi
traumatismo acústico. Eso provocó que me aislara del mundo. Y cuando recuperé el oído, fingí
que no lo había hecho. Estaba cómodo en esa paz. Las veces que estuve a punto de hablar
también estuve a punto de perder los nervios. Tendía a llorar, a golpearme la cabeza contra el
suelo o a pelearme con alguien porque la culpa de lo que había hecho me quemaba.
Mi madre sobrevivió; mi hermano no nato no tuvo tanta suerte… Acababan de decirnos el
sexo la semana anterior y me habían dejado elegir el nombre. Neo, como el de Matrix. Pero él no
pudo esquivar esa bala como hacía el protagonista de la película…

Me seco la cara y resoplo angustiado.


Vuelvo a la mesa y el panorama que me encuentro es muy distinto al que había cuando me he
ido.
—¡Entonces sostuvo el conejo en alto y dijo: ¿Cuándo nos lo comemos?! —Mi padre rompe a
reír y mi madre lo acompaña. Carlota me mira sibilina con un «De nada» en la mirada.
«Gracias, joder…», intento transmitirle. Parece haber nacido para hacer que se nos olviden las
cosas malas.
Hago un gesto para preguntar de qué hablan.
—De tu octavo cumpleaños, cuando te regalamos a Chispita y te lo querías comer al ajillo a la
primera de cambio.
Vuelven a reírse y yo sonrío de medio lado.
«Me encanta el conejo», escribo para que lo lean todos.
«Ya lo sabes…», añado solo para Carlota.
Su sonrojo sí que me divierte.
—Hijo —empieza mi madre—. Sé que por la noche vais a hacer una gran fiesta por tu
cumpleaños, pero ¿por qué no has invitado a Charlotte a la comida familiar?
Nos miramos cohibidos. ¿De qué van? Vale que estamos fingiendo, pero si esto fuera real
sería un poco pronto para meterla en casa.
Escribo en mi móvil.
«Llevamos por tiempo, no la agobiéis», lee mi padre.
—Que lo decida ella. ¿Charlotte, quieres venir a mediodía a la comida familiar? Después
iremos todos juntos a ver el campeonato.
—¿Dónde es? —pregunta ella.
—En casa de Kai —aclara mi padre—. En las nuestras no cabemos todos. La casa de Kai y
Mía es como nuestro centro neurálgico. A mí me encantaría que vinieras, la verdad —Y su tono
suplicante se capta.
Miro a Carlota transmitiéndole que no está obligada y ella se lo piensa.
—De acuerdo. Iré…
—¡Bien! —exclaman mis padres y se miran risueños. Y no puedo explicar cómo me siento. Es
como llorar por dentro. Pero de alegría.
No puedo evitar acariciar la mano que Carlota tiene encima de la mesa, como agradecimiento,
y entrelazar mis dedos con los suyos. Puedo sentir la emoción que nos recorre al imaginar lo que
sentirían nuestros cuerpos al mezclarse de la misma forma desnudos.
—Me alegra veros tan bien… —comenta mi madre ilusionada.
Pero yo sí que me alegro de verla así a ella y me pregunto si Lucas no tiene razón al decir que
podría intentarlo en serio con Charlotte. En momentos así lo creo de verdad, pero duran muy
poco. Tarde o temprano, todos mis problemas mentales salen a relucir.
Al finalizar, pedimos la cuenta y salimos del restaurante.
—Bueno… —empieza mi madre. Nos besa a Charlotte y a mí, y cuando llega a mi padre y
hace el amago de querer despedirse de él sin saber cómo, el corazón me da un vuelco. Y creo que
a mi padre otro, porque se sorprende y se deja besar en la mejilla, extasiado.
—Hasta mañana… —musita aturdido.
Mi madre huye ruborizada con un movimiento patentado que yo he heredado y no podemos
evitar mirar al alelado de mi padre con picardía.
—¡Qué! —se queja azorado.
—Nada, nada… —sonríe Carlota—. Ha sido una comida estupenda.
—Tú sí que eres estupenda —Le besa la mano—. Divertíos, chicos. Nos vemos mañana. Yo
tengo cosas que hacer… —Se va veloz, hacia el mismo lugar por donde ha desaparecido mi
madre, imagino que para alcanzarla. ¡Guau!
Charlotte y yo nos miramos con una sonrisa. Le hago el signo de darle las gracias.
—No ha sido nada… —dice enternecida—. Lo siento, no he podido declinar la invitación de
la comida de cumpleaños, estaban tan felices. Pero la semana que viene tendrás que decirles que
hemos roto.
No asiento porque no pienso cortar con ella. Así que la miro fijamente y escribo.
«Confío en que la reconciliación sea este fin de semana».
—Ojalá —musita soñadora. Luego mira alrededor con ansiedad—. Bueno, yo me marcho…
La cojo de la mano para que espere un momento y me mira con esos ojazos verdes que ahora
mismo podrían ponerme de rodillas. Al principio pensaba que eran color miel, pero dependiendo
de la luz son claramente verdes.
Quiero decirle un montón de cosas, pero no me apetece escribirlas, y creo que pueden
resumirse muy bien con un abrazo.
La estrecho con fuerza y ella se queda muy quieta, como ha hecho mi padre con mi madre. Es
lo que ocurre cuando una persona tan arisca y complicada como nosotros demuestra cariño, que
el gesto vale por tres.
Cuando por fin posa sus manos sobre mí, deseo que no me suelte nunca. Ya no puedo
controlar mis sentimientos. ¡Quiero estar con ella!
No sé cómo transmitirle lo que significa para mí, hace mucho que perdí las palabras, pero
cuando intenta separarse de mi amarre, la retengo contra mi cuerpo. Quizá no pueda hablar, pero
sigo teniendo boca.
Acuno su cara con delicadeza y provoco que nuestros labios se encuentren. La beso despacio,
con toda la ternura de la que soy capaz, y puedo sentir cómo la adrenalina surca nuestras venas al
unísono. Es un subidón sin igual. Pero de pronto me frena y deja de besarme.
—Lenny… —susurra incómoda.
No, por favor, Dios… no me quites las cosas bonitas que tengo.
Vuelvo a besarla con desesperación y ella me corresponde de forma magistral, demostrando
que también siente algo importante por mí.
—Lenny… —se detiene de nuevo—. Tenemos que hablar. Yo no…
Me rindo y la llevo hasta un banco en el que podré usar el móvil.
«Yo no quiero cortar», escribo sin más. Y parece alucinada al leerlo.
—Si es por tus padres, tranquilo, haré lo que haga falta para…
Cierro los ojos, torturado. Piensa que lo digo para que me ayude.
Vuelvo a escribir. Tampoco es que sea un puto Shakespeare…
«Me he portado muy mal contigo y sé que te va a costar creerme, pero me gustas de verdad».
—No ha cambiado nada desde el fin de semana pasado… —musita.
«Estaba hecho un lío y no quería admitir lo que siento por ti. Pero quiero estar contigo».
Nos miramos y percibo que la tengo casi convencida. Acaricio su mano y su mirada se
ablanda. Cuando veo que se humedece los labios, me lo tomo como una invitación perfecta para
encajar nuestras bocas.
Este es mi idioma. Hablar no tiene sentido, rozar nuestras lenguas dice muchísimo más. ¿Qué
significa que quiera hacerlo durante horas?
—Para, por favor… —gime excitada—. No quiero que me nubles el juicio con sexo. Tenías
razón… Yo necesito más. Al principio era solo atracción física. Si me hubieras follado contra esa
valla en el festival, hubiera podido soportar tu abandono, pero cada día vas calando más hondo
en mí y…
La señalo y luego a mi pecho. Todo sin soltar su mano. «Y tú a mí».
—Ya no me basta con tener tu cuerpo, también quiero tu corazón.
Levanto un ceja. ¿Ese vertedero?
«¿Qué quieres exactamente de mí?», escribo.
—Tu confianza. Solo así podré alcanzarte cuando huyas en dirección contraria. Porque sé que
lo harás…
Me gustaría decirle que yo suelo huir de conversaciones como esta, pero parece una condición
indispensable para estar con ella y me quedo.
«Yo confío en ti», tecleo.
—Entonces cuéntame lo que ocurrió la noche del allanamiento —me pide solemne.
Uf. Eso no… ¡Lo que quieras, menos eso!
Niego con la cabeza. No quiero que piense lo peor de mí. Que me vea como yo me veo…
—Tus padres han dado por hecho que lo sabía… —señala—. Y cuando te has ido al baño…
Me levanto de golpe. No quiero oírlo.
No quiero saber qué le han dicho o lo que sabe.
—¡Lenny! —me sigue—. No soy tonta, puedo imaginármelo, pero quiero que me lo cuentes
tú. Quiero saber por qué te culpas…
Huyo de esa pregunta. Y cada paso que doy lejos de su boca es una puñalada en mi corazón.
Ella me alcanza para frenarme.
—Toda la gente que te quiere sabe lo que pasó. Si quieres que me crea que sientes algo
especial por mí, si quieres estar conmigo, necesito que me lo cuentes…
Vuelvo a negar con la cabeza y los ojos se me humedecen. ¿Por qué me hace esto? ¿No se da
cuenta de que roto no sirvo para nada?
Ver cómo su mirada va perdiendo la esperanza es desolador.
—¡Más o menos ya lo sé! —solloza—. Confía en mí, por favor…
Vuelvo a negar. Si Charlotte descubre lo peor de mi vida, la luz con la que me mira se apagará
para siempre. Será como perderla.
Tecleo en el móvil.
«Lo siento. No puedo».
Sus ojos amenazan llanto.
—Yo también lo siento… Lo nuestro podría haber sido muy especial.
Intento besarla para demostrarle que ya lo es, pero se aparta.
—No voy a conformarme con ser una más de tus conquistas… Ya no.
23
VAS A SER MÍA
“Si un ser vivo no valora su existencia,
está abocado al fracaso”
Anny Peterson

Suena el despertador y maldigo que se avecine otro sábado matador. Tenía que haber cogido el
maldito dinero del Moonbow para dejar de trabajar en el Capitán Nemo.
Aun sin él, mi madre me lo sugirió ayer.
—¡Así podrás concentrarte en los exámenes finales! Luego te tomas el verano libre y en
septiembre empiezas a trabajar en nómina en el AIMS. Dani está deseando hacerte un contrato
en condiciones.
—Lo pensaré —respondí.
Pero ayer era ayer y hoy es hoy.
Ayer Lenny me besó como si fuera lo único que le importara en la vida y hoy mi mundo
apesta porque volvió a demostrarme que no soy lo suficientemente buena para dejarme entrar en
su interior.
Me rindo. Ya está… Estoy harta de que me haga sentir mal.
Deseo que le vaya bien y todo eso. Algún día hará muy feliz a una chica… después de hacer
muy rico a algún psicólogo.
Debería aceptar la oferta de Aitor. Y no me refiero a la de poner celoso a Lenny haciéndole
pensar que voy a perder mi virginidad con él, sino a hacerlo de verdad. ¿Por qué no? Lo adoro. Y
adoro nuestras conversaciones picantes.
—¿Harías eso por mí? —Sonreí cuando Lenny y Morgan se fueron del bar Coyote tras la
pelea. Aitor se quedó conmigo. No sé si para vigilarme o porque es el ser más morboso de la
tierra. Puede que las dos cosas, porque su dualidad con la responsabilidad me tiene muy
sorprendida.
—¿Poner celoso a Lenny? ¡Pues claro que lo haría! Por ti aguantaría todos los puñetazos que
quisiera darme, sobre todo si lo compensas con caricias…
—Dime una cosa, ¿alguna vez hablas en serio?
—Alguna que otra. —Sonrió enigmático.
—Aitor…
—¡Ahora hablo en serio! Te debemos mucho, Char, pero también lo haría por él. Desde que
volví a Australia no he hecho otra cosa que intentar que Lenny espabile… Me gustaría centrarme
en mis cosas, pero siento que él no avanza y me preocupa. Está a punto de terminar la
universidad y no podemos seguir siendo sus niñeras.
—¿Y tu plan es que lo sea yo?
Hizo una mueca chistosa.
—Pretendo que sea feliz. ¡Que se lo permita! Porque hace mucho que no lo es. Por no
permitirse, no se permite ni hablar… Estoy harto de eso.
—Yo creo que algún día hablará —me aventuré.
—Sí, cuando no le quede más remedio… Pero igual hay que ayudarle un poco. Ya no sé que
pensar… —El Aitor serio y confidente me gustaba tanto o más que el fiestero y socarrón.
—Has dicho que has vuelto a Australia, ¿dónde estabas?
—Estudiando en Oxford.
—¡Caramba!
—No alucines. En realidad, fue un castigo. La lie un poco parda en mi segundo año de carrera
aquí y mis padres me mandaron fuera…
—¿Parda, cuánto?
—Tanto como casarme por despecho…
Mis ojos se abrieron como platos y él movió la mano quitándole importancia.
—Olvídalo. El caso está cerrado. No me apetece revivirlo.
—¿Quién era ella? Bueno… ¿fue con una chica?
—Buena pregunta. —Subió las cejas vacilón.
—Odio que siempre me dejes a medias.
—Solo en las conversaciones, nena… —Me guiñó un ojo.
Nos reímos y le serví otra copa para que olvidase lo que fuera que hubiera recordado, porque
se le había cambiado la cara. ¿Ponía divorciado en su estado civil?
—¿Qué estudiaste?
—Ciencias Sociales y Humanidades.
Eso tenía mucho sentido con su forma de hablar y de sentir. Con la seria, al menos. Escondía
un fondo muy interesante debajo de todo ese cachondeo y brilli brilli. Empezaba a vislumbrarlo.
—Lenny me ha escrito —le comuniqué al consultar mi móvil—. Está preocupado por mí.
—Dile que no lo haga, que estás con Desvirgator —sonrió tunante.
Qué tío… Sólo él era capaz de protegerme y ponerle celoso a la vez.
Era un buen plan el de los celos, pero hoy lo veo todo de otra forma.
Quizá Lenny quiera follarme, pero no quiere que sea su novia. Una de verdad. Parte de su
vida. Él tenía razón desde el principio. Me follará, me enamoraré de él y luego me dejará y me
enfadaré. Así que mejor ni me planteo meterme en ese berenjenal.
Lo de tener que ir a su cumpleaños me toca bastante la moral, pero lo haré por Luk y Ani. Se
merecen ser felices después de tanto tiempo.
Me estiro. Es tarde. He dormido un montón. Pero me da tiempo a ducharme tranquilamente y
a lavarme el pelo antes de dirigirme a la mansión Morgan. Tampoco voy a ir superarreglada…
Pantalón blanco, blusa de rayas azules y blancas y zapatos rojos con bolso a juego que pretendo
robarle a mi madre porque soy un desastre.
En lo único que me tomo mi tiempo es en el pelo. Lo llevaré suelto.
Vuelvo a rasurarme contra mi voluntad; nadie te advierte de lo que pica en cuanto empieza a
crecer y paso de tener la necesidad de rascarme en un día como hoy. Con la suerte que tengo, me
pillarán: Lenny, sus padres y hasta el cura del pueblo.
Me doy el último toque mágico antes de salir de casa aplicándome un pintalabios rojo
permanente que me regalaron mis amigas que nunca he usado. Iba a escribirles el otro día para
decirles que CASI pierdo la virginidad por cuarta vez, pero no quería escuchar sus carcajadas
desde aquí. Pronto les escribiré, y será para contarles que la maldición se ha roto junto con mi
himen.
No usaré a Aitor porque echaría de menos su nariz perfecta. Pero lo haré con cualquiera que se
me ponga a tiro esta noche en la fiesta. Se acabó el problema.
Salgo a la calle y reviso el móvil para ver si Lenny me ha escrito algo más, aparte de su último
mensaje «Te recojo a la 13.30h».
Antes de eso me preguntó: «¿Vas a venir al cumpleaños?». Me di un par de horas para
contestarle. Ahora soy malota. Pero al final, tras mucho pensarlo, le puse que sí. Soy una blanda,
pero mucha gente dice que ese es precisamente mi punto fuerte.
Y Lenny, otra cosa no, pero puntual es un rato, y lo certifico cuando la pickup roja aparece por
mi calle.
Estoy orgullosa de mí porque ya no tengo escalofríos al verla. Los Morgan me han hecho más
dura. En algo se tiene que notar que he sido narco.
Se detiene frente a mí y me monto sin inspirar hondo. ¡Ole yo!
—Hola —formulo sin apenas mirarle. Es lo mejor. Por que lo poco que he visto me ha
producido una descarga en la entrepierna. Pantalón corto blanco y camisa remangada a rayas
blancas y azules. Genial…, parecemos siameses. Lo que me ha perturbado es que lleva hasta tres
botones desabrochados y pueden verse un par de cadenas largas colgadas de su cuello. Deberían
prohibírselas a los cabrones…
Pasamos diez minutos en silencio. ¿Así de aburrido es ser él? Enciendo la radio y siento que
me mira. En un semáforo coge el móvil y escribe. Pero no hago ademán de mirarlo. Él tampoco
insiste.
Cuando llegamos a la casa, mi propio mutismo me asfixia. ¿Cómo puede vivir tan pendiente
de estar callado todo el tiempo? Es agotador.
Al apearnos del vehículo delante de la casa, veo que Freya está cruzando el jardín de al lado.
Parece que va arreglada para ir a algún sitio a comer.
—¡Hola! —la saludo jovial.
—Hola —Sonríe—. Feliz cumpleaños, Lenny.
Él hace un gesto con la cabeza.
—¿Te vas a comer por ahí? —cotilleo.
—Sí. Como con mi familia en Golden Coast. Por la tarde quieren ver la semifinal del
campeonato de surf.
—¡Pues no vemos allí!
De pronto, Lenny le enseña el móvil y ella hace un gesto agridulce.
—Me encantaría, pero no puedo ir a tu fiesta. Christopher tiene una en otro sitio y voy a
acompañarle.
—Qué pena —opino de corazón—. La de Lenny va a estar bien, ¡es de neón y transparencias!
—Qué guay. Seguro que lo pasáis genial… Bueno, tengo que irme.
—Nos vemos.
Antes de que podamos llamar al timbre, la puerta de la casa se abre y aparece Morgan con
prisa.
—¡Freya! —la llama como si estuviera esperando a que saliera de su casa para abordarla. Pasa
por nuestro lado y va a su encuentro.
Optamos por no quedarnos mirando y nos adentramos en la casa.
—Bienvenidos —saluda Kai al vernos. Y no pierde detalle de que su hijo está hablando con
Freya al entornar la puerta—. Feliz cumpleaños, chaval… —Espachurra a Lenny con un brazo
—. Pasad, ¿qué quieres beber?
Qué buena idea, joder.
—¿Qué hay que lleve alcohol? —pregunto ansiosa. Lenny me mira extrañado, pero Kai
sonríe.
—Me gusta cómo piensas. ¡Tenemos de todo!
—Algo dulce.
—¿Un tinto de verano?
—¡Me vale!
—Seguidme —ordena yendo hacia el jardín.
Nunca había visto esta zona y me parece espectacular. Enorme, lujosa, con una piscina y
varios sofás donde aguardan el resto de los invitados. Uf…
—¡Familia, mirad quién ha llegado, el cumpleañero y su novia!
—¡HOLA! —gritan todos a la vez—. ¡Felicidades! ¡Feliz cumpleaños!
Nos quedamos pasmados cuando vienen todos a abrazarnos como si fuera la hora del abrazo
de los Trolls. Miro a Lenny al borde del colapso, transmitiéndole que esto se nos ha ido de las
manos y que más vale que vayamos preparando el terreno para cortar ya. Porque el próximo
sábado son capaces de esperarnos con un caminito de pétalos para realizar una ceremonia civil en
el jardín.
—Luz, esta es Charlotte —nos presenta Lía—. La que el otro día le echó la bebida por encima
a Kali cuando se metió conmigo.
—¿Eres tú? Ya me caes bien.
—Eh… Bueno, yo… —balbuceo mirando a sus padres. Dos morenazos guapísimos, los
artífices de haber fabricado semejante afrodita. Porque madre mía… ¡Qué guapa es!
—Luz es modelo —explica Lía—. No vayas a pensar que es una persona normal, de las que
sudan y se tiran pedos.
—¡Sí que me tiro pedos! —Se ríe—. El próximo lo capturo en un bote y te lo regalo para tu
cumpleaños.
Las dos se parten de risa y yo con ellas. ¡Son la caña! Me recuerdan a mis amigas de Madrid.
—Esta es de las nuestras —Me constriñe con un brazo Lía—. Te lo digo yo. La puta ama…
—Para aguantar a Lenny tiene que serlo —barrunta Aitor, acercándose a mí. Me da un abrazo
estratosférico, que dura demasiado, y prefiero no verle la cara a Lenny cuando me suelta—. Es la
mejor. De hecho, estoy pensando en robársela a mi primo…
Me guiña un ojo de follador implacable y se aleja. Sonrío avergonzada. Los padres de Lenny
también me abrazan con cariño y empiezo a sentirme mal de verdad. ¡Por favor, que se líen
pronto!
Dos personas que se hacen el mismo tatuaje en el antebrazo deben terminar juntas. Por favor y
Gracias.
Nos dejan un hueco en el sofá para que nos sentemos y siguen charlando como si nada.
Morgan aparece y se une a las risas. Quitando el roce entre su padre y él, son una familia muy
bien avenida. Me parto de risa con Mak, ¡es un cachondo!, y obliga al resto a mimetizarse con
sus bromas. Desde luego, conmigo funciona.
—Cuéntanos, Charlotte, ¿Lenny es capaz de ponerse romántico o es tan duro como parece? —
bromea Mak.
—Lenny está duro todo el tiempo… —contesto sincera. Y todos explotan de risa. Entonces me
doy cuenta de lo que he dicho y me muero de vergüenza. ¡Me refería a su carácter, no a su…!
—¡Damos fe! —ríe Aitor. Morgan se descojona de risa.
El único que no se ríe ya sabéis quién es. Y yo me pongo roja. El martirio solo acaba de
empezar.
—¡Cuéntanos más, Charlotte! —increpa Aitor.
—Tú cállate, no vaya a empezar yo a hablar de ti… —mascullo.
—¿Qué chismes sabes sobre Aitor? —pregunta Mak divertido.
—Nada, nada…
—¡Yo quiero saberlo! ¡Y yo! —Se escuchan opiniones.
—¡Vamos, habla! —me instiga Mak.
—Si te refieres a mis aventuras amorosas con la fruta, lo sabe todo el mundo —dice Aitor tan
pacho.
—De hecho, nos obligó a dejar de comer fruta en esta casa —añade su madre asqueada. Y
todos se mueren de risa y hacen bromas.
Aitor se acerca a Lenny y susurra:
—A Charlotte también le pone la fruta, ¿sabes?
¡Que alguien le grape la boca a ese Morgan! Le lanzo una mirada asesina y Lenny me mira
subiendo las cejas. Disimulo como puedo.
A la hora de comer, ocupamos la mesa alargada que hay dentro de la casa. Está perfectamente
montada con tres copas y seis cubiertos para cada comensal. Espero que no haya caracoles de
comer. Nadie habla, solo confirman lo bueno que está todo con onomatopeyas.
En un momento dado, se forman los típicos grupitos para hablar con el de enfrente y el de al
lado, por suerte para mí son Luz, Lía y Cora.
—¿Qué vais a hacer esta noche? —pregunta Luz.
—Ir a la fiesta de Lenny —responde Cora—. Y buscar a un tío cañón que me quite las
telarañas.
—¡Si tú no tienes telarañas! —replica Lía.
—¿Sigues liándote con el estúpido de Kali? —cuestiona Luz.
—¿Quién…? ¡Ah!, yo le llamo 23 centímetros —Sonríe canalla.
—Lo que quieras, pero no deja de ser un niñato —opina Luz—. Deberíais salir por Gold
Coast, allí seguro que hay hombres de verdad.
—¿Te refieres a viejos de treinta y muchos? —se burla Cora.
—Me refiero a hombres centrados en la vida y con más experiencia que te llevan a cenar a
sitios con clase —replica Luz.
—¿Esos que te invitan para obtener algo a cambio? —la pica Lía.
—No, a los que valoran lo que tienen al lado… —repone Luz.
—Prima, sabemos que todos los hombres besan el suelo que pisas, pero las simples mortales
como yo preferimos ir a fiestas de neón, para ver si con la luz negra esa engaño a alguien para
que se lo monte conmigo.
Me carcajeo.
—¡Yo me sumo a tu plan! —digo sin pensar. Y las cinco me miran extrañadas. Digo, las
tres… ¡Puto vino!
—¿Qué pasa, que Lenny no te deja satisfecha? —dice Cora maliciosa.
¡Pillada! ¿Qué lleva este tinto de verano, Moonbow?
Pienso algo rápido para salirme por la tangente.
—A ver…, 20 centímetros tiene sus más y sus menos —respondo en bajito. Lía y Luz se
echan a reír.
—¿Qué quieres decir con eso? —pregunta Cora a la defensiva.
—Pues que a Lenny no siempre le apetece… Por eso tenemos pareja abierta.
—¡¿CÓMO?! —exclama Lía alucinada—. ¡¿Lenny, pareja abierta?!
—Qué modernos… —opina Luz subiendo las cejas.
Juro que sonaba mejor en mi cabeza…
—¿De qué habláis? —aparece Mak, alcahuete. Con la excusa de ir a por más vino, se ha
acercado por detrás como un tiburón oliendo algo jugoso. Su vena juguetona me recuerda a
Aitor.
—No digas nada, tío Mak —empieza Cora con secretismo—, pero Lenny y Charlotte tienen
pareja abierta porque al parecer él no cubre toda su demanda sexual.
«¡La madre que la parió…!», me atraganto.
Me tapo la boca. Voy a ir al infierno por… ¡decir la verdad!
Mak me mira consternado, y me veo en la obligación de aclarar:
—Era una broma… Lenny satisface totalmente mi… mi… eso.
El bochorno me incinera cuando pone cara de captar que hay algo de verdad en lo que digo.
¡¿Por qué sonríe pillo?! Mierda…
—Bueno, cielo, el sexo es muy mental… A veces, si no tienes un buen día, puede repercutir y
tener problemas de… ya sabes…
«¡No, no quiero saberlo!», lloriqueo por dentro.
—No se lo tengas en cuenta —añade—. Ya te lo compensará otro día.
—¡Que no tenemos ningún problema! —mascullo por lo bajo, roja como un tomate. Y Lía y
Cora se parten de risa por todo lo alto.
—¿Qué es eso tan gracioso? —pregunta Ani desde lejos.
—No quieras saberlo, tía Ani —vocifera Cora divertida—. ¡Están hablando de la eficiencia
sexual de tu hijo!
—Mientras sea para bien…
¿Alguien ha muerto de vergüenza? Porque igual soy la primera…
Tengo dos opciones, hacerme la zarigüeya muerta o la sorda. Y para lo primero ya es tarde, así
que me concentro en hacer como que pasaba por aquí y coger un hermoso espárrago de una de
las fuentes. Hago malabarismos para llevarlo hasta mi plato con dos cubiertos y la mala suerte
quiere que se me doble y la punta choque contra la porcelana, haciendo que se deconstruya un
poco. Lo levanto en el aire para atraparlo con la boca y de pronto, capto un silencio extraño.
Miro a los lados y descubro que todos me están mirando. Suelto el espárrago despacio para
decir:
—A todo el mundo se le cae alguna vez…
La carcajada es tan monumental que me sorprendo. ¡¿Qué he dicho?!
Las risotadas se suceden, e incluso Ani y Luk comparten risitas.
El único que se sostiene la nariz con la cara arrugada es Lenny.
Dios… ¡debería dejar de ser yo misma!, y aprender a ser una mala pécora de esas guays.
—Te juro que no entiendo qué ve en ella —le dice Cora a Luz.
—¡Que es supergraciosa! —contesta Lía—. Y muy lista. Yo la quiero en mi equipo cuando
juguemos.
¿Jugar a qué?
Antes lo pregunto, antes montan una partida del nuevo Trivial. A Lenny y a mí nos meten en
equipos opuestos y los quesitos se suceden incapaces de desempatar. La rivalidad crece cada
minuto que pasa.
—¿Por qué no hacemos una ronda de cinco preguntas solo para ellos dos? Si no, el juego se va
a eternizar…
—Que gane quien más coeficiente intelectual tenga y se acabó.
—¿Cuánto tenéis? —pregunta Aitor.
Los dos guardamos silencio.
—¡Lenny se saltó dos cursos!, por algo será —lo defiende Cora.
—Charlotte saca mejores notas —revela Aitor.
—¡Lenny trabaja para Google! O sea, ¡Google vino a buscarlo!
—Y a Charlotte fue a buscarla el mismísimo Dani antes de que terminara la carrera —repone
Morgan.
—Ahí es nada… —murmura Kai.
No sé por qué este tema me hace sentir incómoda y Lenny me lo nota en la cara. Es como si
fuera a demostrar quién de los dos tiene razón en no dar su brazo a torcer en nuestra relación.
Miro a Morgan suplicando que lo deje.
—Podríais hacer un test de internet ahora —propone Kai.
—Imposible —Me niego—. Esos test no son fiables, los buenos son multidisciplinarios y
llevan horas.
—Me encanta cuando empieza a hablar como la Wikipedia —ríe Aitor.
—Pues haced unas tarjetas del trivial —propone Luk—. El que primero falle, gana el otro
equipo.
Lenny resopla disgustado y me mira como si no pudiera negarse.
—¡De alguna forma hay que terminar el juego! —Se queja Mak.
—Lo importante es participar —dice Mei.
—¡Los huevos!
—Mía, cariño, pásame el taco de preguntas —dice Kai—. Y ven a recitarlas subida a mis
rodillas.
—¿No os llega con cuatro hijos? —dice Ani—. ¿Queréis tener otro?
Los mayores se parten de risa. Y los anfitriones no tardan en estar el uno sobre el otro. Qué
envidia dan.
—¿Y qué gana el que gane? —pregunta Mía expectante.
—Yo me conformaría con un beso tuyo —susurra Kai en su oído.
—Pues yo prefiero un Vale que ponga «Yo tenía razón y tú no» —sonríe ella.
Kai la besa embelesado, como si estuviera acostumbrado a sus ideas locas.
Lo preparan todo para la ronda final. Y me concentro como nunca para ganar ese Vale
imaginario. No lo hagáis en casa. Las rivalidades solo llevan a… ¡que gane el mejor!
Al final Lenny falla y me siento hasta mal cuando todo el mundo aplaude y lo celebra. Sobre
todo cuando Lenny se levanta de la mesa con intención de marcharse. ¿A dónde va?
Todo el mundo se pone serio. No sé si tiene mal perder o le pasa algo. Me siento idiota al
darme cuenta de que no le conozco en absoluto y no hay nada peor que estar en la misma
habitación con alguien que lo es todo para ti y sentir que un océano os separa.
Aunque parece ser la tónica general de la mesa.
Antes de marcharse, Lenny señala el móvil de Aitor. Este lo coge para trasladar lo que quiere
decir y me veo aguantando la respiración.
«Que quede claro que yo soy mucho más listo que Carlota… Al fin y al cabo, conseguí que
saliera conmigo, ¿no?», lee Aitor.
Sin verlo venir, Lenny me besa la mano y se marcha bajo dos o tres suspiros femeninos.
No sé por qué me afecta tanto ese gesto si no estamos saliendo de verdad. Creo que me ha
dejado loca escuchar ese «Carlota». Ha sido tan personal… Como si fuera el único que realmente
ve cómo soy.
Cuando tarda en volver, decido escribirle un mensaje y me encuentro con uno suyo sin leer de
la 13:40. Es el que me ha escrito en el coche viniendo hacia aquí.
Cuando lo leo, se me cae el alma a los pies.
«Eres la mejor novia ficticia que alguien podría desear».
Empiezo a encontrarme mal de verdad por tratarlo así el día de su cumpleaños y por haberle
condenado a ser el blanco de todas las burlas sexuales durante la comida.
Me levanto y todos me miran.
—Iré a ver si Lenny necesita algo…
Cuando llego a la cocina me lo encuentro haciéndose otro café.
—¿Estás bien?
Él asiente débilmente.
—Oye, lo siento mucho…
Me mira y me pregunta el qué.
—Todo el día de hoy. Las risas a tu costa… Te juro que no lo he hecho a propósito.
Él le quita importancia con un gesto. Pero ahora veo que la tiene. Es su día y yo no he hecho
otra cosa que ridiculizarle.
—No soy la mejor novia ficticia que alguien podría desear —le muestro el teléfono—. ¡Soy un
desastre…!
Que no lo rebata me hace pupita. Pero, al final, escribe en su móvil.
«Con lo de la pareja abierta, te has pasado. Yo nunca haría eso…».
—¡Lo he dicho en broma!
«Y lo del espárrago como alegoría de mi polla ha sido mortal».
—¡No lo he planeado! —digo culpable—. ¡Lo siento!
«Da igual. Pero que sepas que van a estar años riéndose de mí».
—No lo permitiré. ¡Puedo solucionarlo!
Él niega con la cabeza, rogándome que no haga nada más. Pero lo ignoro y empiezo mi show.
Hago ruido de cacharros y digo con voz sensual:
—No, Lenny, aquí no… Mmmh…
Lo veo abrir mucho los ojos y empiezo a abrazarme a mí misma y acariciarme mientras
empiezo a rebotar contra los armarios yo sola.
—¡No seas bobo! ¡Lo he dicho en broma! ¡Oh…, cariño!
Él viene hacia mí disparado para frenarme y hacerme callar, lo cual hace que rebotemos más
contra unos platos y gima contra su mano.
Consigo librarme de ella y suelto:
—¡Oh, Dios, sí…!
Vuelve a taparme la boca y siento que está tentado de hablar para decirme que me calle y que
pare.
Yo vuelvo a gemir de gusto teatralizando aún más mis movimientos para crear un movimiento
rítmico sospechoso.
De pronto, caigo en que debería ponerle un poco de carmín en la boca. Si te besas con fuerza,
por muy permanente que sea, se nota.
Me acerco sensual a su labios para distraerle y noto que su amarre desfallece por la esperanza
de que me entregue. Le beso con fuerza y sin lengua, sujetando su cabeza, y alucina a todo color.
—¡Madre mía…! —exclamo agotada—. ¡Ha sido increíble, cariño!
Aprovecho su desconcierto para revolverle el pelo y desabrocharle un par de botones. Después
lo empujo fuera de la cocina y espero.
Salgo veinte segundos después, toda despeluchada. Todos me miran como si no dieran crédito.
Sobre todo sus padres y Cora. Si fuera realmente su novia, jamás hubiera hecho algo así. Pero
esta familia es extraña y la mayoría no puede ocultar su diversión. Se ha notado mucho que era
todo mentira y que lo he hecho para salvar su hombría.
—¿Alguien quiere café? A Lenny le sale como a nadie —digo con segundas. Y las risas están
servidas.
Miró a Mak y le saco la lengua con la intención de que se tronche. Pero lejos de tomárselo a
guasa, asiente encantado de ver cómo Lenny se rinde a la evidencia y termina riéndose también.
La sensación se contagia en todos Los Morgan y me alegro de que este maldito despropósito
haya servido para algo.
24
EL VIEJO Y EL MAR
“Nadie, jamás, está solo en el mar”
Ernest Hemingway

Me adentro en el mar.
No sé cómo he llegado a las Semifinales del campeonato, pero aquí estoy. Supongo que no
tener a Christopher cerca, tocándome los huevos, ha ayudado.
Para ser sincero creo que mi suerte cambió el día que volví a hablar con Freya en el jardín de
su casa. No quiero ponerme místico, pero a partir de ese momento todo me empezó a salir
extrañamente bien.
Hablar con ella en el Pink Flamingo fue mucho más propicio de lo que esperaba. Y esa misma
noche le escribí un mensaje. No podía creer que nuestro chat estuviera tan vacío. Lo último que
había en él eran un par de condolencias por el ataque de mis tíos y otra por lo ocurrido con
Marco un par de años después. En ambas me preguntaba si podía hacer algo por mí y obtuvo mi
silencio por respuesta. ¿Cómo había podido ser tan gilipollas?
«No recordaba lo fácil que es hablar contigo. Buenas noches», tecleé.
«Yo no lo había olvidado. Gracias por la sinceridad. Buenas noches».
Cada frase que decía se me clavaba como una aguja de acupuntura para arreglar una parte
concreta de mi alma.
Su cara de felicidad cuando le dio sus datos al publicista de Rip Curl fue de las mejores
casualidades que me habían pasado en años. Fue el puto destino. La demostración de que,
cuando algo es bueno, florece contra viento y marea. Y nosotros, juntos, levantábamos una onda
beneficiosa para el universo que podía notar vibrando en mis venas. Por eso, a pesar de que
Christopher se estaba poniendo cada vez más nervioso, no podía dejar de interactuar con ella
cuando la veía.
Y si la veía vestida de vaquera sexi, mucho menos… Pfff.
Me dirigí a la barra en la que estaba subida como si fuera una rata y ella el jodido flautista de
Hamelin con unas piernas primorosas. Que me sonriera mientras se contoneaba fue un chute de
adrenalina sin precedentes. Ni siquiera me preocupé por dónde estaba Chris, mirar es gratis, y
muchos tíos, además de mí, estaban disfrutando de su esplendor.
Milagrosamente, cuando bajó, pude hablar con ella unos instantes antes de que estallara una
pelea cerca.
—¡Hola!
—¡Hola! —exclamó sonriente.
—Necesito pedirte un favor…
—Verás… —contestó divertida.
—Que vengas mañana a verme surfear otra vez. ¡Es que hoy me has dado mucha suerte!
—¿Ahora soy tu amuleto? —dijo con guasa.
—Justo. Eres como ese calcetín sucio que no quiero quitarme por si pierdo.
Ella se rio de forma exagerada. Llevábamos horas bebiendo y se notaba. Compartir esa
dinámica estaba siendo lo mejor de mi día, pero duró muy poco. Se desató la pelea y pudimos
apartarnos de milagro. Freya trastabilló y la cogí al vuelo.
—¡¿Estás bien?!
El toque duró solo unos segundos, pero fue suficiente para sentir cómo nuestros cuerpos
reaccionaban al contacto del otro. Fuimos dos imanes que ya no querían separarse atraídos por
un campo magnético desconocido. Mejor que una descarga con desfibrilador. Pura vida.
Por eso fue tan duro ver a Lenny bloqueando a Chris y entender que tenía que soltarla ipso
facto.
Se la llevó de allí casi a rastras con una brusquedad que no me gustó un pelo.
No era broma lo que le dije en el Flamingo. Quería liberarla de ese gilipollas porque rayaba en
lo tóxico y seguro que no era el único que veía esas banderas rojas. Odiaría que le pasara algo.
Suficientes disgustos le habían dado ya los hombres en su vida.
Me dolían las manos por escribirle otro mensaje. Por preguntarle si estaba bien o necesitaba
algo. Pero no lo hice porque, tal y como estaba Chris, podía buscarle más problemas. El tío no
había dejado de mirarme buscando camorra desde que pisó el Capitán Nemo. Y lo último que
quería era deberle otros setenta mil al capitán por daños y perjuicios. La última vez que pasó
también era jueves. Día de recogida de cargamento.
Recé para que el viernes Freya apareciera en la playa por la tarde. Se esperaba mar de fondo
con olas ordenadas que romperían con fuerza en un periodo alto. Los períodos altos conseguían
unas olas de mayor tamaño del esperado. Era todo un espectáculo. Poca gente sabe que las olas
nacen en mar abierto, a una distancia considerable de donde rompen, a raíz de una borrasca o una
tormenta. Después atraviesan el océano para terminar chocando contra tu tabla y darte un viaje
inolvidable. Nuevamente, el destino.
No localizar a Freya entre la gente me dejó un poco desalentado. Yo había acudido solo.
Lenny no pudo porque tenía la comida con sus padres y Charlotte, y Aitor estaba ocupado
encargándose de la fiesta de cumpleaños que le íbamos a montar a Lenny el sábado. Su idea de
neones y luz negra molaba mucho, pero requería cierta logística.
No obstante, al ser viernes, había mucho más público que otros días y me convencí de que
Freya estaba allí, aunque no la hubiera visto.
Los que sí estaban eran mi padre y mis tíos. Y los cabrones no me habían dicho nada. Si salía
mal, juzgarían mi fracaso en primera línea, pero no quería contarles que en ese campeonato ya
había ganado al conseguir varios contratos comerciales y un par de contactos cruciales. Se lo
contaría cuando mi triunfo fuera una realidad. No quería que se metieran por medio ni que
hablasen con nadie para ayudarme.
Tanto me concentré para dar lo mejor de mí que me colé en Semifinales.
Al ver el marcador final, muchos aldeanos locales me ovacionaron. Y el trío calavera saltó a la
arena para felicitarme.
—¡Bien hecho, campeón! —gritó Mak abrazándome con fuerza.
—Eres un crack —certificó Luk, mesándome el hombro.
Miré a mi padre, esperando sus palabras de aliento, y como siempre, se dio importancia antes
de concederme un «Has estado bien».
—Gracias…
—Pero mañana tienes que estar mejor.
Por supuesto… para él nunca nada de lo que hacía era suficiente. ¿Qué esperaba, que brincara
de emoción por algo menos que la excelencia? Y una vez conseguida, me metería más presión
para mantenerla.
—Tampoco me va la vida en ello —expuse.
—Quizá ese sea el problema… —murmuró él.
—¡Morgan, estás que te sales! —me gritaron unos chavales más jóvenes al pasar por mi lado.
Les sonreí. Al final había sido un gran día y no quería que mi padre me lo estropeara con su
perorata de «yo tuve que sacar a mi familia adelante. Tú lo tienes todo y no lo aprovechas». Pero
tenerlo todo no vale cuando te hacen sentir constantemente que debes algo a cambio.
—Si no te gusta lo que ves, no vengas más, papá… Estoy harto de ser una decepción para ti.
—Yo también.
—Pues vale… —Me iba a ir cuando mi tío Luk me hizo una señal extraña con los ojos. Seguí
la dirección y vi a Freya, esperando a un lado para hablar conmigo.
El suelo desapareció bajo mis pies. ¡Había venido!
—Esfumaos —susurré a mi tío Mak al pasar por su lado en dirección a ella.
—Eh… Has venido —dije sorprendido.
—¿Por qué te crees que te has clasificado? —Sonrió con picardía.
—Gracias… De verdad…
—Y mañana tendré que volver si quieres tener alguna oportunidad de llegar a la final —
bromeó resignada.
Me mordí los labios con una mezcla de ilusión y nervios.
—¿Estás sola? —Sonó desesperado, pero, si lo estaba, se me ocurrían un par de locuras…
Como volver a tocarnos, por ejemplo.
—No. Chris y unos amigos me están esperando fuera…
—Ah, ¿y te ha dejado venir a hablar conmigo? —dije sarcástico—. Porque ayer reaccionó
fatal cuando impedí que te golpearan…
—Anoche estaba borracho y con el alcohol su temperamento empeora, pero no es tan malo, de
verdad.
¿Que no es tan malo? Me equivocaba. Estaba en un 110% de ceguera, y seguro que anoche se
la había metido hasta la médula a lo bestia y por eso hoy estaba más calmadito…
Tragué saliva para deshacerme de esa imagen. No quería acusarla de ser una víctima de
violencia de género, pero hablaba como una al excusar esos comportamientos inaceptables. Por
asumirlos y someterse.
—¿Dónde están Aitor y Lenny? —preguntó extrañada. Le informé de sus paraderos y salió a
colación el tema de la fiesta—. Sería genial que vinieras… Tus amigas vendrán, y Cora y Lía…
Si no es tan malo, podrías proponerle que te pasarás un rato. Si te da permiso —la piqué.
—No tengo que pedirle permiso para nada. Él no me manda.
En ese momento quise preguntarle si de verdad ella quería irse anoche del Capitán Nemo o se
vio brutalmente arrastrada por él. Hay una delgada línea entre elegir lo que queremos y hacer lo
que a tu pareja le gustaría.
—Pues propónselo —la reté—. Va a ser un fiestón y me encantaría que vinieras…
—¿Livy no va a ir? —preguntó de pronto.
Que pronunciara esas palabras me dejó en shock. ¿Qué le importaba a ella si Livy venía o no?
Ahí estaba la cosa, ¡le importaba!
El corazón empezó a bombearme con fuerza en el pecho.
—Todavía no lo sé… Depende…
—¿De qué?
—De ti.
HOS-TIAS…. Eso sí era meterse en aguas profundas. Nuestra amistad tenía pinta de ser muy
corta si los astros se alineaban para juntarnos en una fiesta con luz negra. La oscuridad nos debía
una…
Nos mantuvimos la mirada durante unos segundos.
—Ya te diré algo —formuló, huyendo de una anticipación aplastante. Por la noche tuve que
tomarme un relajante muscular para poder pegar ojo. Y esta mañana, como buen felino
agazapado en la sabana, he esperado a que saliera de casa para abordarla.
—¡Freya! —La he llamado para que no se fuera. No es mi estilo perseguir a la gente, pero con
ella hago una excepción. Le debo años de ignorarla a propósito.
—Hola —ha saludado cohibida. Sus ojos han viajado por mi ropa y los míos por la suya. Los
dos íbamos vestidos de domingo, aunque sea sábado. Yo con camisa blanca de lino y pantalón
beis y ella con un vestido ibicenco que no me importaría arrancarle a bocados.
—¿Cómo estás?
—Bien… Voy a comer con mis padres y luego al campeonato.
—Genial… ¿Y esta noche?
Su incomodidad ha sido patente. Algo ha pasado.
—Chris tiene una fiesta a la que no puede faltar en la otra punta de la ciudad y… tengo que ir
con él.
—Ah… —he dicho desilusionado. El precioso día soleado que estaba haciendo se ha nublado
de repente.
—Pero si quiere irse pronto a casa, yo acudiré a vuestra fiesta… Sea la hora que sea.
Su mirada me ha atravesado como si al otro lado de esa posibilidad estuviera el Nirvana. O la
Libertad.
—Te mueres por verme con transparencias, ¿no? —He bromeado.
Ella se ha reído con soltura.
—En realidad me muero por contarte la oferta de trabajo que me ha llegado de Rip Curl… —
ha dicho enigmática caminando hacia atrás con una sonrisa.
—¡¿Qué?! ¡Cuéntamelo ahora!
—No puedo, tengo que irme o llegaré tarde.
—Pues llega tarde, pero llega… —Le he devuelto una mirada intensa—. Me refiero a esta
noche. Te estaré esperando…
—Vale…
El agua salada me salpica en la cara y empiezo a remar para situarme en una buena zona para
deslizarme por la cresta de la ola. Hoy hay swells poderosos, eso son ondulaciones grandes y
definidas de mar de fondo en los que la ola se dobla y crea tubos preciosos. Es mi oportunidad
para meterme en la final.
Veo la ocasión y la cojo. Como voy a hacer con Freya. Hay cosas que solo pasan una vez en la
vida y me da igual que tenga novio.
Al final no he avisado a Livy para vernos esta noche. De hecho, llevo días sin llamarla y no se
ha parado el mundo. Sin embargo, no he conseguido ver a Freya entre tanta gente en la playa y
me está costando hasta respirar. Aunque sepa que está y que me está mirando.
Me pongo de pie en la tabla e intento lucirme como si de esto dependiera que esta noche su
boca termine en la mía.
Y siendo así, intento ejecutar un Aéreo deslizándome por la pared de la ola y saltando por
encima de su cresta. A la vez hago un Kick Flip, que consiste en girar la tabla de forma lateral en
el aire. Es una maniobra que requiere mucha destreza, pero la clavo. Ni yo mismo me lo creo…
Me animo a dar un buen espectáculo a riesgo de caerme y quedarme fuera de la final, pero es
ahora o nunca.
A pesar de estar cogiendo demasiada velocidad, me saco de la manga un Cut back, que no es
otra cosa que un quiebro de 180 grados en el que debes volver atrás por un momento, para luego
escapar rápido de la rompiente de la ola. Yyyy… ¡Lo consigo!
Me emociono tanto que hago un Reentry, es decir, misma maniobra, pero desde la cima de la
ola, para después bajar a la base y continuar surfeando hasta coger la posición adecuada para
efectuar uno de los movimientos más atractivos y apreciados por los fotógrafos por su gran
impacto visual. Surfear el Tubo dentro de la propia ola.
Si intentara repetir todo esto no me saldría igual en la vida…
Finalizo con un Layback, que no hace falta ni que os cuente lo que es, pero queda de 10, y así
lo marca mi puntuación. Que no es un diez, porque nunca lo conceden, pero es la más alta de
todo el campeonato hasta la fecha. 9.2.
Si me lo juran, no me lo creo.
Salgo del agua con una plaza asegurada para la final y hay tanta gente felicitándome que no
veo a casi nadie conocido. Varios medios me abordan para entrevistarme y los atiendo con
humildad, señalando que ha sido un golpe de suerte. Pero esa explicación no les convence.
—¡¿Cómo lo has hecho?!
—¡¿Dónde entrenas?!
—¡¿De dónde has sacado esa nueva energía?!
—No sé… Será que estoy enamorado —digo vacilón.
Se oyen gritos femeninos y me echan muchas fotos. Demasiadas. Y veo muy claro que no
estoy hecho para esto.
Cuando por fin me reúno con la familia, todos me felicitan, incluido mi padre.
—Sabía que podías —susurra al abrazarme. Hoy sí me lo merezco. Esta es su normalidad.
Hacer algo extraordinario que jamás se repetirá.
—Ha sido suerte.
—La suerte no existe, hijo.
—Si tú lo dices…
Lenny y Aitor me felicitan a su manera, con puñetazos y pequeñas torturas. Cuando llega el
turno de Charlotte, me da un abrazo inmenso.
—Ha sido una pasada —musita emocionada.
—Lo que ha sido es un milagro… —Me separo comedido.
—Da igual, ¡esto va a abrirte muchas puertas para tu empresa!
Mi padre gira la cabeza al oírlo y noto que estaba poniendo la oreja.
—Guárdame el secreto… —susurro en voz baja a Charlotte.
—Descuida. Yo me voy a ir a trabajar ya, pero cuando salga a las tres, iré a la fiesta y querré
brindar contigo por un futuro prometedor.
De pronto, sonrío malicioso y busco a alguien entre la gente.
—¡Lía, Cora, venid! —las llamo.
Se presentan raudas.
—¿Sí, mi amo? —contesta Cora con humor.
—¿Puede Charlotte unirse a vuestra PRE de esta noche?
—¡Pues claro! —aplaude Lía.
—Si no hay más remedio… —murmura Cora.
—¿Qué dices, Mor? ¡No puedo! ¡Yo trabajo!
—Llama a tu madre. Creo que ha hablado con el capitán. Ayer fue tu último día en el pub.
—¡¿Perdón…?!
—Le ha explicado que quiere que estés concentrada para los exámenes finales y que en tres
meses te espera un trabajo en el AIMS.
—¡Pero…! ¡Necesito el dinero!
—No lo necesitas, porque acabas de cobrar el apoyo estudiantil que le prestaste a Lenny
durante el semestre pasado para mejorar sus notas. ¿Pensabas que no íbamos a pagarte porque al
final os habéis hecho novios? Es lo justo, Charlotte. Y no admito discusión.
Me mira anonadada y yo sonrío displicente. Seguramente esté acordándose de todos mis
antepasados, pero se merece hasta el último centavo.
—Pero Lucas… —balbucea incrédula—. ¡¿Cómo se te ocurre?!
—¿Me has llamado Lucas? —digo siniestro. Y ella se tapa la boca.
—¡Perdón!
—¡No te disculpes! —la riñe Lía—. Yo lo llamo pedo.
Suelto una carcajada.
—Tranquilo, esta noche se viene a la PRE —decide Cora—. Me conviene que esté increíble
para que esa pareja esté tan abierta que nunca vuelvan a juntarse.
—Perfecto —Sonrío manipulador.
—¡Se te va la olla! —jura Charlotte.
Me despido con una sonrisa traviesa para ir a saludar a mis vecinos Dani, Iker, Jon, Emma,
que andan por aquí. Incluso están Guille y Laura, la hermana de Dani. A ellos los vemos poco
porque están medio año de gira promocionando los libros de ella por todo el mundo, y a sus
hijos, Hugo y Enzo, menos; nos han prohibido volver a molestarlos desde que Aitor tuvo aquella
movida con ellos. Son gemelos y son… En fin, da igual. Lo único que lamento es que Freya no
esté aquí con ellos. ¿Dónde se habrá metido?
La que de repente aparece de la nada es Livy. Dios…
La saludo con amabilidad, pero algo distante. No quiero darle falsas esperanzas. No tenemos
ningún compromiso. Nos llamamos cuando nos apetece estar juntos, pero todavía no ha llegado
el momento en que uno de los dos decline las invitaciones esporádicas.
—Hola. ¿Puedo preguntarte algo…?
—Claro.
—He oído lo que has dicho sobre… que estás enamorado —dice con cautela, pero con una
expresión que denota miedo o preocupación, y un «no me rompas el corazón, por favor».
Mierda…
—Ah, ¡eso! Lo he dicho en broma…
—Eso me ha parecido, sí…
—Tranquila, no planeo pedirte matrimonio —bromeo con la verdad.
—Y… ¿tienes planes para esta noche?
La pregunta me transfigura la cara.
—Eh… Sí, bueno, tengo un compromiso familiar.
—La fiesta de Lenny —menciona directa.
—Sí… Es su cumpleaños, así que…
—Así que ya tienes a otra en mente —deduce apocada.
—Liv… Dijimos que sin condiciones. Solo diversión, ¿recuerdas?
—Lo sé, y… no te estoy echando nada en cara, de verdad, es solo que… es difícil liarse
contigo y no empezar a sentir algo por ti. Tenlo en cuenta para tus futuras conquistas. O para la
chica con la que te estés liando ahora.
—No estoy con nadie.
—Todavía —adivina—. Pero hay un proyecto. Y es importante —dice pensativa—. Puede que
sí estés enamorado después de todo…
—No. Solo… Me gusta. Hay una gran diferencia.
—Lo sé. La cosa es, ¿la sabes tú? Porque la mayoría de la gente las confunde.
El dolor de sus ojos rebota en mi cara ante el silencio.
—Liv, eres una chica genial, en serio, pero…
—No hagas eso —me corta—. No lo empeores. Por lo menos déjame odiarte. —Y se va con la
mirada húmeda.
Me paso una mano por el pelo. ¡Qué mal se me da esto!
Claro que sé la diferencia entre que te guste alguien y estar enamorado. No es una cuestión
solo de intensidad, porque eso puede ser variable según muchos factores, yo hablo de detalles
concretos como el nivel de compromiso o el grado de atracción física.
Para empezar, cuando te gusta alguien no conoces sus defectos, más bien tiendes a idealizarlo
y, lo poco que ves, ya te fascina. Pero cuando te enamoras, lo haces hasta de los defectos, o
incluso de ellos.
Si te gusta alguien, la atracción física te domina de una forma superficial e irracional, pero si
te enamoras, te subyuga a un deseo más profundo y genuino de simplemente querer estar cerca
de esa persona, en roce constante, aunque sea sin hacer nada muy erótico.
Un «me gustas» es inofensivo. No hace daño y facilita la conexión que acompaña al flirteo,
pero un «te quiero» moviliza emociones mucho más trascendentes y lacerantes. Un «te quiero»
es mucho más serio y peligroso. Porque entran en juego valores intelectuales y emocionales que,
cuando fallan, sufres a una escala mucho mayor.
Cuando quieres a alguien lo quieres sabiendo que no es perfecto. Y yo sé que Freya no lo es.
Si no, estaría aquí en vez de darle el gusto a su novio de no venir a felicitarme en persona.
¿Habrán discutido por la fiesta de Lenny?
No puedo evitar preocuparme por ella.
No puedo evitar quererla, joder.

A las dos de la mañana, me vibra el culo. Es un mensaje, no es que esté disfrutando de uno de
esos vibradores anales que tanto le gustan a la gente.
Apenas veo nada en la penumbra lila que provoca la luz negra de la fiesta. Me veo las manos
porque las llevo pintadas de color verde neón. Igual que mis pectorales amarillos, que se
distinguen a través de mi camiseta negra de rejilla sin mangas.
Flipo cuando veo que el mensaje es de Freya.
«Chris se va a casa. ¿Puedes venir a buscarme? Estoy en Holly, 41».
25
EL GUARDIAN ENTRE EL CENTENO
“No sé qué quiero hacer exactamente con mi vida,
excepto que quiero hacer algo grande.”
Connie Willis

Aireo el Macallan en mi vaso. Humphrey Bogart tenía razón, el whisky nunca te falla.
Bebo un sorbo y saboreo el mejor líquido dorado del mundo.
—¿En qué piensas? —quiere saber Mak.
Su mente sigue tan inquieta como siempre. O quizá es que quiere mantenerse distraído para no
pensar en su propia vida.
—En Lucas…
—El monotema —replica Luk desabrido—. ¿Por qué no te prohibí llamar a tu primogénito
como yo? Estoy todo el puto día confundiéndome. ¿Estabas pensando en mí o en él?
—En ti, cabrón, y en lo que estabas haciendo anoche con mi hermana en The Mez Club…
—¿Cómo te has enterado? —Sonríe perverso.
—La duda ofende. Yo me entero de todo.
—Solo la invité a un cóctel, puto entrometido.
—¿Y a unas ostras? —Lo vacila Mak.
—La duda ofende…
Los tres sonreímos porque sabemos lo que eso significa. Es como cuando una mujer acude
depilada a un cita. Nadie come ostras sin aprovecharse después de su empuje afrodisíaco.
Tomo aire, aliviado. Al menos algo está saliendo bien. Y todo es gracias a esa chica,
Charlotte. Si Dani la quiere a su lado es por algo.
—¿Y hoy no vais a quedar? —cotilleo.
—Hemos estado casi todo el día juntos… Y no quiero presionarla. Mejor afianzar los avances.
Solo espero que me esté echando de menos la mitad de lo que yo a ella. Además, quería celebrar
los veintiuno de mi hijo justo así —Levanta su copa—. Rodeado de gente que es aún peor padre
que yo. Os doy las gracias, chicos.
—Qué subnormal… —Mak le lanza la caja de tabaco y Luk se ríe.
Y hacía tanto que no veía esa sonrisa que me reconforta. Nuestros hijos son otro tema…
—Lenny se ha buscado a una chica diez —opino.
—¡Ya lo creo! —secunda Mak—. ¡Esa Charlotte es un fichaje de primera! Hoy en la comida
no me he podido reír más con ella…
—Es una fuera de serie —tercia Luk—. Y a Lenny le gusta mucho. Es como un milagro…
—¿A qué te refieres? Porque Lenny se tira todo lo que pilla… —dice Mak—. Es tan
insaciable como lo eras tú a su edad.
—Pero está distinto. Es como si de pronto le importara algo o alguien que no sea él mismo o
su polla. Y eso es nuevo. Podría mejorar…
—Y eso hace que Ani y tú volváis a estar cachondos —deduce Mak.
—Al final te voy a tirar al agua —Señala la piscina.
—Mejor te tiro yo a ti y lo convertimos en un jacuzzi, porque estás que ardes, chaval…
Los dos se parten, y cuando ven que no me río, se ponen serios.
—¿Qué estabas pensando sobre Lucas? —pregunta su tocayo.
—En que se ha metido en La Final. Y eso es algo bueno…
—Él no parecía muy entusiasmado —opina Mak—. No es como cuando ha visto a Freya, por
ejemplo…
—Si le interesase algo la mitad que ella, podría llegar a Presidente… —mascullo—. Ese tema
también me preocupa…
—Cada semana te preocupa una cosa distinta con él —señala Luk—. ¿Por qué no te relajas un
poco?
—Porque tengo un mal presentimiento.
—No empieces… —se queja Mak—. Cada vez que dices eso, pasa algo malo. Deberías poner
un negocio on line de cartas del tarot…
—Tú mismo lo dijiste. Ese tal Chris lo tiene entre ceja y ceja por lo de Freya, y me preocupa
que en cualquier momento pase algo que le joda la vida, como me pasó a mí…
—Estás traumatizado con eso —chasquea la lengua Mak—. ¡Los chicos están bien! Más que
bien. Tienen los problemas normales de críos que se han criado entre algodones, pero no andan
con malas compañías, no se chutan drogas duras ni han dejado embarazada a ninguna chica, cosa
que me extraña, porque están más tiempo sin pantalones que con ellos…
—¡Déjalos disfrutar! —sonríe Luk—. Todavía les queda media vida para alcanzar tus
andanzas sexuales.
—Calla, joder, tengo suerte si mojo una vez a la semana…
—¿Quieres que te cuente cuánto llevaba yo sin mojar desde ayer?
—No, gracias. No tenía planeado llorar esta noche…
Ambos se sonríen nostálgicos. Sé que están pensando en los miles de polvos que han echado
juntos, pero no revueltos. Todavía no he olvidado que la última chica que compartieron fue…
No. En realidad, no lo hicieron. Creo que esa fue la primera vez que se dieron cuenta de que
habían perdido «su conexión» por el verdadero amor de su vida.
Yo sigo dándole vueltas a mi mal augurio.
Lo único que siempre he querido es que nuestros hijos tengan una vida tranquila, como la que
yo no pude tener. Y me he esforzado mucho por que así sea. Todavía recuerdo mis primeros años
en la universidad, cuando mis padres aún vivían y todo era fácil y perfecto. Pero mi hijo no tiene
cara de sentirse así y eso me inquieta. Es como si hubiera heredado mi maldita melancolía y
tuviese que cargar con una enfermedad mortal para la que no tengo cura.
Cora y Lía tienen el coraje de mis hermanas. Y Aitor, aunque ha tenido lo suyo, tiene el humor
de su madre, pero Lucas… Lucas es como yo. Mente rápida pero con templanza. Un
proteccionismo innato y también un corazón capaz de sentirlo todo a niveles supersónicos. Tanto
lo bueno, como lo malo…
Mi única finalidad en la vida es que sea feliz, pero no sé qué quiere ni cómo conectar con él.
Estoy perdido. Por eso soy tan duro, solo intento aplicar lo único que funcionó conmigo…
Un día cualquiera, estando más perdido que él si cabe, un cura macarra vino a visitarme a la
cárcel y me hizo reaccionar a base de desprecios. Nada motiva más que luchar por algo que te
dicen que no eres capaz de conseguir, pero con Lucas no funciona. Provocarle lo aleja cada vez
más de mí y de todo lo que le importa.
¿Es culpa mía? ¿Le he protegido demasiado? ¿Me he pasado de controlador y ahora la
inseguridad le impide tomar las riendas de su vida? ¿O vive tan cómodo que no tiene necesidades
ni motivaciones?
¡Con su edad yo acababa de montar La Marca de Caín, por el amor de Dios! Pero lo hice
porque la vida me iba en ello… A veces me pregunto dónde estaría si hubiera seguido viviendo
tranquilamente con todo tipo de lujos como él… ¿Dónde hubiera terminado? ¿Sería feliz
teniendo tanto tiempo que perder?
Que la respuesta sea «No» me perturba mucho. Porque significa que él no será feliz ni
encontrará su camino hasta que se meta en un buen lío. Uno que inconscientemente su alma, su
sangre y su legado anda buscando sin descanso.
Me recorre un escalofrío.
Luk me llama entrometido, pero no lo soy. Solo soy un padre muerto de miedo, esperando a
que mi hijo meta la pata hasta el fondo y no sea demasiado tarde para salvarle.
26
PÍDEME LO QUE QUIERAS
“Él siempre encuentra la manera de cruzar su mirada con la mía”
Megan Maxwell

— No sé por qué he venido —mascullo. ¡Maldita fiesta!


—Porque tenías que venir —contesta Lía—. Es el cumple de tu novio ficticio…
Resoplo ante su sarcasmo. Sí. Lo sabe…
Me han obligado a confesarlo cuando he ido a esa trampa mortal llamada PRE-fiesta, donde te
atiborran de un champán peleón más barato y eficaz que el mismo Moonbow. ¿Por qué soy tan
débil?
Cuando Morgan me ha comunicado en el campeonato que ayer fue mi último día de trabajo en
el Capitán Nemo he querido matarlo. Estaba muy cabreada. Y a la vez conmovida, con un
agradecimiento infinito hacia él por darme el empujón que necesitaba. ¿Por qué es así?
Uf, no estoy para preguntas inexplicables del universo. Me basta con mi duda existencial de
«¿Por qué me enamoro de tíos raritos?» O peor, ¿por qué le quiero por todo lo que debería
odiarle?
En casa de las Morgan, han puesto música, han sacado canapés para cenar y han corrido ríos
de alcohol dulce. Se parecía mucho al paraíso.
Estaban todas menos Freya, pero no he querido preguntar por su ausencia, porque algo me
decía que sería remover malos rollos.
Nos hemos muerto de risa recordando momentos estelares de la comida familiar.
—¿Cómo se os ocurre poneros a follar en la cocina? ¡Se oía todo!
—¿De veras? —he dicho taimada—. ¿Qué puedo decir? ¡Es un machote…!
—Alucino —ha opinado Amber—. Qué envidia…
—Y tanto —ha murmurado Cora—. Venga, ¿cómo vestimos a Charlotte para que se lo monte
esta noche con otro tío que no sea Lenny, él se enfade y corten por fin? —Ha planteado cómica.
No he tenido más remedio que echarme a reír. Pero en realidad me ha dado un poco de pena.
Tiene tan asumida la imposibilidad de su amor, y aún así, ahí sigue. ¿Por qué?
—No te preocupes, Cora. En realidad ya hemos cortado —He revelado. Y todas me han
mirado sorprendidas.
—La semana pasada —He aclarado—. Pero hemos decidido continuar la farsa porque sus
padres han empezado a hablar y habíamos quedado a comer. Ojalá solucionen sus problemas…
Las chicas me han mirado sorprendidas.
—Y tú… ¿has seguido fingiendo por él? —ha preguntado Cora fascinada.
—Sí, bueno… Por sus padres. Y por toda la familia… Lo de la cocina ha sido mentira. Solo
quería salvar su hombría después de tantas bromas sexuales en la comida… ¿Siempre sois así?
—Sí —contestan al unísono las Morgan. Y yo sonrío. La verdad es que me he divertido un
montón, pero…
—Se lo debía —añado—. ¡Y teníais que haber visto su cara mientras lo escenificaba, parecía
que iba a desmayarse!
Las risas han sido descomunales.
—Así que es cierto que quiero liarme con otro; él no quiere estar conmigo… No en serio.
Ayer me lo dejó muy claro…
Las Morgan se miran entre ellas captando mi amargura.
—Eso ya lo veremos… —masculla Cora decidida—. Cuando te vea esta noche, deseará no
haber nacido —dice vengativa.
¿Os he hablado de lo que pienso de Cora? Es jodidamente sorprendente… Su bipolaridad
empática me tiene alucinada. Tan pronto te desprecia como se preocupa por ti. Su sinceridad
aplastante, lejos de rozar la mala educación, me parece valerosa. ¡Es como si estuviera todo el
día colocada de Moonbow! Debe ser alucinante decir lo que piensas siempre, no tener secretos,
pero… ¿seguro que no tiene ninguno?
No queráis saber cómo me visten… Parezco Lady Gaga con una crisis de ansiedad por no ser
original. Como no encuentran nada muy sexi y transparente, que se dice pronto, deciden
ponerme una falda negra y pintarme —PINTARME— una camiseta rosa neón en la piel y
ponerme dos cruces de cinta aislante negra en los pezones. ¿Hola? No sé cómo me he dejado
convencer…
—Llegarás con chaqueta, y una vez dentro de la casa, ¡la camiseta brillará un montón!, irás
más tapada que nadie.
He accedido porque solo pensaba en llegar a la fiesta y beber. Y eso me ha preocupado.
¿Desde cuándo uso el alcohol para afrontar los problemas de mi vida? Es casi como
automedicarse para relajar los nervios y cambiar de estado de ánimo.
Me da miedo pensar lo fácil que es caer en la dependencia de algo disfrazado como terapia
para la ansiedad y el estrés y me acojona que se convierta en una necesidad. Me pregunto si
mucha gente no es justo eso lo que teme del amor: sentirse dependiente. Como Lenny, sin ir más
lejos.
Su fragilidad emocional es tal que no quiere aventurarse a meterse en algo que podría terminar
necesitando como una medicina. ¡Es muy fuerte! Pero el amor es pura química al principio. Una
que difícilmente puedes controlar en tu organismo porque modifica la composición química de tu
cerebro.
—Tómate otro —me ofrece Cora. Cojo el chupito, porque a veces, solo a veces, hay que hacer
lo que quieres y no lo que debes.
—Eres una tía cojonuda —le digo—. Un poco intrusiva. Pero molas.
—Nunca me habían llamado eso.
—Pues lo eres. Para bien y para mal.
—Otra que habla en clave… Encajarás bien en esta familia.
Me da otro y me lo bebo de un trago. Un extraño sabor tropical estalla en mi boca.
—Hay que encontrar a Aitor para que nos ayude —me dice.
¿Ayudar a qué? No hay nada que pueda hacer para que olvide la mirada que me ha echado
Lenny al verme llegar. Me ha rajado con ella, de arriba abajo, con un descaro abismal, sin
disimular cuánto le gustaba lo que veía.
No he podido hacer otra cosa que sonrojarme. Y pensar en un plan maestro para volar su
resistencia y recordarle que no va a tocarme hasta que se abra a mí. ¿Cómo? Con celos. Y como
no quería poner en peligro de muerte a ningún chaval inocente, han pensado en Aitor.
—Seguro que a mi hermano no le importa —dice Cora.
—¡Si ya me lo ofreció! Aitor sabe que estamos fingiendo.
—Perfecto.
Cuando el susodicho ha aparecido de a «saber dónde y con quién», nos ha saludado animado.
—¡¿Qué pasa, bellas?!
—Pasa que tienes que empezar a tontear con Charlotte ya mismo —le dice Lía—. Hablad de
cosas divertidas y poneros un poco sobones. Nunca falla. Nosotras nos vamos.
—No voy a tener que fingir mucho, estás espectacular… —dice sensual.
Lo miro con una sonrisa pícara torciendo la cabeza.
—Aitor, sé realista. Tú y yo no tenemos química sexual.
—Perdona, pero yo tengo química sexual hasta con un calabacín. SOBRE TODO, con un
calabacín… —dice subiendo las cejas lascivo.
—¡Cállate! —Nos reímos.
—¿Por qué necesitas mi ayuda? ¿No os lo habéis montado antes en la cocina?
—No. Solo era un truco…
—Pues yo me he puesto cachondo.
—A ti te ponen cachondo hasta los peluches.
—Solo los ultrasuaves…
Vuelvo a reír. Sé que está de broma. Pero también sé que si el sexo fuera comida, Aitor sería
obeso.
Lo importante es que Lenny no nos quita ojo de encima.
Todavía no tiene intención de abandonar su grupo para venir a reclamarme, pero ya nos
controla cual ave de rapiña.
—Eres tan especial, Char… —musita Aitor acariciando mi cara y cerniéndonos contra la
pared que está a mi espalda. Me quedo sin respiración al verme acorralada por sus ojos felinos.
¿Cómo he llegado hasta aquí? ¿Y cómo puede ser tan endiabladamente encantador?
—Eso es justo lo que Lenny teme de ti… Lo especial que eres.
¿Me teme? ¡Si soy un Stitch de la vida!
—No entiendo por qué eso es malo.
—Porque podrías volverle más loco de lo que ya está… —al decir eso me mira los labios y se
crea un momento tenso. Parece tan real que necesito que alguien me confirme que todo esto es
un montaje.
Lleva una camiseta de manga corta de malla fina con un precioso reflejo iridiscente morado y
un pantalón corto dorado. Este tío es lo más.
De pronto, su lengua roza mínimamente mi labio superior, dejando suspendida una invitación
en el aire.
Mi corazón se para. Directamente. Acaba de dejar en mis manos la decisión de continuar…
Pero ahora mismo temo por su vida. Y por la mía. Me gustaría poder romper con todo.
Demostrarle a Lenny que retirándose no se consiguen las cosas, sino luchando por ellas. Yo no
puedo hacer más.
De pronto, una presencia nos amenaza. Es una sombra. La última que ves antes de morir.
Lenny.
Sostiene su móvil a nuestro lado con un «Tenemos que hablar», en pantalla.
Aitor sonríe satisfecho al leerlo y retira su asedio. Lenny le ignora; sus ojos suplicantes están
fijos en los míos esperando una respuesta.
—Vale… —musito cohibida.
Lenny agarra mi mano y tira de mí hasta la zona de la entrada. ¿A que me echa de su fiesta?
Su mano arde al hacer contacto con la piel de mi muñeca. En el último momento, gira para subir
las escaleras conmigo y mi corazón palpita frenético cuando veo que me lleva a su habitación.
Un vez dentro, enciende unas luces tenues secundarias y se queda apoyado en la puerta
mirándome con una expresión en la cara de lo más aterradora. Es como si no pensara dejarme
salir de aquí nunca más.
—¿Qué quieres? —pregunto nerviosa.
Su pecho sube y baja del esfuerzo por contener «lo que quiere».
Me quedo quieta cuando lo veo venir hacia mí para reclamar mi boca con el movimiento más
lascivo que he visto jamás. ¡Por Dios…! No puedo hacer otra cosa que dejar que me devore unos
instantes, como a un cervatillo que asume su final ante una pantera.
Me absorbe de una forma que no puedo rechazar. Siempre he deseado que me besen así, como
si la vida le fuera en ello.
Espero a que suelte mi boca, porque sabe que necesito respirar, y cuando se sumerge en mi
cuello, hablo.
—Lenny… —jadeo sobrepasada. Pero vuelve a mi boca con vehemencia para no dejarme
hablar. La alternativa de dejarme llevar es muy tentadora, pero lo primero es lo primero. Esta era
justo la reacción que estaba buscando, y tengo más claro que nunca que no me basta.
—Has dicho que querías hablar —lo freno, apartándome de él, y huyo hasta el escritorio del
fondo porque no me fío de sus fauces.
Él observa mi cuerpo con voracidad hasta llegar a mis ojos.
—Escribe —le ordeno—. ¿Qué querías decirme?
Él obedece y me lo enseña.
«No puedes estar con Aitor. Ni con nadie. Solo conmigo».
Alzo las cejas, alucinada. Mal empezamos… Dando órdenes.
«O me moriré», añade afligido. Genial… ¿Amenazas de suicidio?
Mi instinto me clava esas banderas rojas como si fuesen banderillas.
—Podías haber sido tú —digo enfadada—, pero no te importo lo suficiente como para dejarme
conocerte, así que no me vengas con que vas a morirte ni mierdas parecidas… Y mucho menos
me digas lo que puedo hacer y lo que no. Soy libre.
Lenny se acerca a mí despacio, con arrepentimiento. Sus ojos traslucen rendición, así como la
convicción de que no merece nada bueno que le pase.
A esta distancia, soy consciente de cómo traga saliva afligido y no me aparto cuando junta su
frente con la mía y cierra los ojos. Me da miedo que se esté despidiendo de mí.
Siempre espero que, en momentos tan tensos e íntimos como este, de pronto diga algo y me
demuestre que soy especial para él. Es como si quisiera hacerlo. Pero nunca sucede. Siempre
termina tecleando en su móvil.
«No quería contártelo porque no quería que pensaras mal de mí», leo, «Soy un asesino,
Carlota…».
—No. No lo eres —protesto veloz.
«Le disparé al hombre que entró en nuestra casa. Cogí el arma de mi padre y le disparé por la
espalda. Casi mato a mi madre porque la bala la atravesó a ella también».
—¡Fue en defensa propia! —señalo al entender lo que ocurrió.
«Mi madre estaba embarazada de tres meses y medio. Perdió a mi hermano».
—Fue un accidente… —sollozo acariciándole la cara. Pero él se aleja de mi toque como si no
mereciera ninguna compasión.
Continua escribiendo.
«Eso dicen los psicólogos. Pero LO HICE. No existe por mi culpa».
—Quizá tus padres tampoco estuvieran aquí, ni tú mismo, si no llegas a intervenir. Hiciste lo
que creíste mejor…
«Mis padres me odian desde ese mismo momento».
—Eso no es cierto —digo rotunda. Intento volver a consolarle, pero no hay suerte. Se desplaza
para sentarse en la cama, mirando al frente y yo lo hago a su lado, girada hacia él.
Aitor tenía razón, solo está cómodo con el contacto cuando hay algo sexual implícito en el
toque.
«Les jodí la vida», teclea apesadumbrado.
Desde esta posición leo bien la pantalla y él sigue escribiendo.
«Mi madre no pudo tener más hijos, y el que tenían, ya no era un niño normal. El suceso me
dejó mudo. Mi padre se culpó tanto que desapareció durante un tiempo, y ya nunca volvieron a
ser los mismos. Tengo derecho a odiarme a mí mismo», me muestra bajando la cabeza.
Lo acaricio con sensualidad para que no huya de mí.
—Puedes odiarte, si quieres, pero no decidir que los demás lo hagamos también —musito en
su cuello. Después se lo beso, rozando su nuca con lascivia. De eso no se aparta. ¡Este es el
camino!—. Toda tu familia estaba sentenciada, Lenny… —susurro acariciándole la tripa y subo
por su barbilla con un reguero de pequeños besos que buscan su boca—. Para mí fuiste un héroe.
Él se funde con mis labios en un beso lento y decadente.
—Seas lo que seas, te deseo —hablo sobre su boca—. ¿Puedes entender eso?
Su respiración cambia cuando siente que he posado mi mano en el bulto de sus pantalones. Me
mira como si ya no pudiera resistirse más y se lo pongo fácil.
—Quería acostarme contigo antes de saber todo esto, pero ahora quiero hacerlo más todavía.
Ya hemos sufrido bastante, ¿no te parece?
Su respuesta es besarme con un hambre y unas ganas desmesuradas. Su mano va a parar a mi
muslo y empieza a subir, a medida que nosotros empezamos a descender hacia su colchón. Es
maravilloso.
Me agarra por el cuello con un gesto brusco de sometimiento que me vuelve loca, haciéndome
entender que va a tocar todo lo que es suyo.
Mi coño se licúa al momento. Y cuando introduce los dedos me encuentra encharcada por él.
Por su forma de tocarme, como si ya nadie pudiera impedir que me folle como siempre ha
querido, ni siquiera yo. Su actitud es clara. De aquí ya no salgo hasta que me haga SUYA. Y eso
no puede ponerme más a cien.
Mi humedad es exagerada ahora y su respiración cambia al entender el baño que le espera a su
polla.
Mi traviesa mano palpa su extrema dureza sintiendo que está a punto de explotar. Parece tan
afectado como yo de saber que por fin va a pasar.
No puedo creerlo…
Acabo de contárselo ¡y aún así quiere estar conmigo! ¿Qué problema tiene en la cabeza? ¿Y
cómo que «más todavía»? ¿Le ponen los psicópatas o qué?
Hace ademán de querer que me quite el pantalón y le facilito la maniobra. No estoy en
disposición de negarle nada. Yo le desabrocho la falda y hago que desaparezca. Su cuerpo me
resulta tan apetecible que salivo. Desde que la he visto llegar, he empezado a pensar
barbaridades. Me daba puto igual todo. Iba a meterme en su cuerpo aunque fuera lo último que
hiciera.
Su cuerpo hipersensible absorbe mis caricias con una receptividad devastadora. Podría
correrme solo de verla arquearse ante mi toque.
—Quiero que nos desnudemos por completo —me pide.
Dicho y hecho, sus deseos son órdenes para mí, pero en cuanto la tenga desnuda en mi cama,
ya no habrá vuelta atrás. La combinación de sentimientos, deseo y piel será demasiado para mí e
igual tengo una crisis, pero me arriesgaré.
Mis dedos se internan en ella con la misma desesperación que arrastran todos los apéndices de
mi cuerpo, que gima de esa forma tan sensual y natural me hace soltar un taco en forma de
resoplido.
Está tan preparada para mí que estoy a punto de perder la razón. Necesito perderme en su
cuerpo definitivamente.
La beso con los labios entreabiertos disfrutando de su jugosidad y se me termina de derretir el
cerebro. No puedo más. Mis dedos la sumen en un incontrolable frenesí y hago que se retuerza
de placer.
—Oh, Dios… —gime alucinada. Quiero que se corra ahora, porque después le tocará sufrir…
Y eso me mata.
Este era otro de los motivos por el que me eché atrás el otro día. Ya he causado suficiente
daño a los demás como para seguir infligiéndolo gratuitamente. Pero al parecer privarle de ello
fue aún más doloroso.
La oigo gritar surcando un orgasmo olímpico y no me sorprende. Es lo que tienen tantos días
de caricias y besos preliminares. Me da pánico enfrentarme a lo que sentiré cuando me corra
dentro de ella, porque me he estado reservando y la deseo como nunca he deseado a nadie. Con
todas mis fuerzas. Y son muchas.
Sigo acariciándola despacio mientras vuelve a la realidad. Cuando lo consigue, me mira
embelesada con una confianza ciega.
—Ven conmigo… —me pide llevándome hasta la almohada. En esta posición cabemos mejor.
Me agarra del cuello para atraerme hacia su boca y disfruto como un loco de sentirla tan
entregada. Nos besamos durante varios minutos disfrutando el uno del otro. Me quedaría horas
así, no tengo ninguna prisa por hacerlo. Y me parece la prueba definitiva de que ella no es una
más.
Tira de mi cuerpo para que me coloque sobre ella, pero se lo impido. Quiero hacer esto bien,
no que sea un trámite para terminar lo antes posible. Cojo mi móvil, aunque quede fatal, y lo
dejo cerca por si necesito decirle algo más tarde… que seguro.
Lo guardo en mi mano y me tumbo a su lado, haciendo que nuestros cuerpos desnudos se
entrelacen. Joder… ¿Quién iba a imaginar que no habría nada mejor que su sedosa piel
envolviendo la mía? En el sexo que yo practico me centro en conectar puntos muy concretos de
sendas anatomías, pero ahora mismo necesito sentir y conocer cada maldito centímetro cuadrado
de su piel.
Ella se estremece al sentir mi ruda erección contra su vientre. Si supiera cuánto ardo por
sumergirme en ella, no volvería a dudar de su atractivo. Eso no quita para que siga pensando que
se merece algo mejor que yo. Ese pensamiento me hace mirarla a los ojos con dudas, pero en los
suyos descubro una inocencia tan dulce que me deja sin palabras ni voluntad para volver a
frenarlo. Ella quiere que sea yo. Y yo ya no puedo negarle nada.
Me tiene completa y absolutamente roto después del numerito que ha montado en casa de mi
tío Kai. No la conozco muy bien, pero sé que nunca he conocido a nadie como ella, ¡es un
cúmulo de contradicciones! Su apasionada ingenuidad, su osada mojigatería, su incontrolable
curiosidad… Me tiene tan fascinado que me asusta. Y a mi familia todavía más. Es tope
tenebroso todo…
Y por casualidades del destino, parece que yo también le gusto. O eso declara la leve sonrisa
que desborda ahora mismo por sus ojos.
Vuelvo a besarla, incapaz de rechazar la dulzura que me ofrece y la oigo suspirar en mi boca
cuando la venero con mis labios.
—Hazme el amor… —me implora—. Enséñame cómo puede ser…
Sus palabras me atraviesan como una lanza, porque yo no sé hacer el amor, yo soy un jodido
Sex-machine, frío como el acero, y esto me supera por momentos. Siento que la voy a cagar.
Siempre lo hago.
La situación me obliga a acomodarme entre sus piernas como requiere la ocasión. Yo jamás
hago el misionero, y menos, para empezar. Pero nunca he estado con una virgen y quizá sea lo
idóneo. Me preocupa decepcionarla y que luego se arrepienta… Me preocupa mi reacción. Me
preocupa no controlar en absoluto la grandiosidad de lo que estoy sintiendo.
Las cimas de sus turgentes pechos rozan mis pectorales poniéndome la piel de gallina y siento
la necesidad de besárselos y acunarlos con mis manos y mi boca.
Gime cuando atrapo su duro pezón mientras le apreto el pecho con todo el cuidado que puedo,
pero estoy al límite, y a duras penas controlo la presión. Charlotte agoniza ante la placentera
fricción que le ofrezco. Estoy tan emocionado que la punta roma de mi polla encuentra sin
proponérselo el vértice de sus piernas y lo roza a modo de tentativa. Ella se arquea ofreciéndome
su busto para degustarlo mejor. Y yo agonizo porque sus tetas no son de este mundo… Podría
correrme solo con esta imagen, y de repente, me acuerdo del condón. ¡¿A dónde ibas sin él,
loco?!
Me aparto de ella para coger uno de mi mesilla y me lo pongo de rodillas. Cuando veo todo el
calor y la humedad que me espera cuando veo sus piernas abiertas, me pongo nervioso y no atino
con el puto profiláctico. ¡Me va a dar algo…!
—Te deseo tanto… —la oigo decir y mi raciocinio se apaga.
Solo puedo acomodarme en su suavidad de nuevo y encajar nuestros sexos como si fuera un
jodido mandato de la naturaleza.
Me cuesta un mundo no hundirme hasta el fondo en ella y penetrar solo unos centímetros,
sobre todo cuando ella eleva sus caderas facilitándome el camino, pero me retiro a tiempo.
—Sh… —la apaciguo. Si lo hacemos bruscamente verá las estrellas.
Ella alucina ante mi onomatopeya; es el primer sonido real que me arranca, además de mi
abrupta carcajada del otro día.
La beso en los labios y me obligo a escribir en el teléfono.
«Con cuidado. Te va a doler».
—No te preocupes por eso…
Su mirada capta que no me convence.
—Te necesito ya… —confiesa—. Siento un horrible vacío dentro de mí. Y quiero que tú lo
llenes. Solo tú…
Que se remueva hace que mi miembro entre un poco más en ella, hasta el límite de la famosa
barrera. Jadeamos abrumados ante la intimidad suprema del momento.
—Te juro que no me importa el dolor… Hazlo ya…
Pero a mí sí me importa y la beso lentamente, pidiéndole perdón.
—Por favor… —musita con sus ojos dilatados de deseo.
La crudeza con la que me lo suplica me deja mudo. Mucho más de lo que estoy. Esto no es
ningún favor, y si lo fuera, yo sería quien tendría que darle las gracias a ella. Porque es una
diosa.
De repente, veo claro lo que tengo que hacer. Voy a hacerle daño, pero intentaré
compensárselo con creces después.
Me zambullo en su interior, apretando los dientes ante el sublime placer que experimento y me
adentro centímetro a centímetro dentro de su perfecto cuerpo. Sentir que se queda sin respiración
me tortura, pero me quedo quieto, dándole tiempo a que se acostumbre a mi tamaño.
Quiero preguntarle si está bien, pero estoy encajado en su cuello y la rigidez de mi cuerpo me
impide mirarla. O quizá sea mi mirada húmeda incapaz de esconder mis emociones.
Vuelvo a moverme con cuidado e intentamos acomodar nuestros cuerpos a la nueva
normalidad. Es un jodido baile desacompasado en el que me siento un primerizo inexperto.
De pronto, gime bajito, dando a entender que el roce empieza a gustarle y me lo confirma que
intente acudir al empuje de mi cuerpo con el suyo.
Esa luz verde me da confianza para hacer lo que estaba deseando hacer, inmovilizar sus
caderas con mano firme y enseñarle cómo puede ser el sexo cuando alguien te quiere follar a
conciencia con todo su ser.
La embisto rítmicamente con profundos envites para empezar, incrementando la presión de las
penetraciones poco a poco. Sus gemidos se convierten en un lamento placentero que me lleva al
límite por la autenticidad y la honestidad que destilan. Pensar en que otro pudiera estar
disfrutando de esto, me da un coraje que se transmite en la brusquedad de mis movimientos.
—¡Oh, Dios…! —gimotea meciéndose en la cresta de la ola.
Y la entiendo muy bien. La sensación es demasiado increíble. Vamos directos a estrellarnos
contra el paroxismo del placer y la liberación promete ser épica.
Que me clave las uñas en los hombros hace que empiece a bombear con más fuerza y rapidez.
Si no me conociera, diría que estoy a punto de perder el control.
Nuestra unión es tan perfecta que el placer me ciega y rezo para que esté disfrutando al menos
la mitad de lo que lo estoy haciendo yo.
De pronto, la escucho gritar y siento que el estrecho cuerpo de Carlota se contrae alrededor de
mi miembro, apresándolo en un férreo amarre y exprimiéndolo de una forma magistral.
Bautizo ese orgasmo como el mejor de mi existencia y me derrumbo sobre ella totalmente
arrollado por mis sentimientos.
Permanecemos un tiempo callados, bueno, yo llevo diez años así, pero nuestras respiraciones
aceleradas son lo único que se escucha.
Me encantaría decirle que no había experimentado nada igual en mi puñetera vida. Ha sido
muy diferente… La sinceridad a la hora de dar y recibir el placer lo ha cambiado todo. Lo que
hemos hecho no tiene nada que ver con el sexo que yo conozco. Ha sido muchísimo mejor. Algo
épico.
Me hago a un lado para dejar de aplastarla y nuestras miradas coinciden jadeantes sobre el
colchón.
—Gracias… —formula ella con la sonrisa más preciosa del mundo.
Niego con el dedo. Me señalo y luego a ella. «No, yo te las doy a ti».
La veo estirarse de pura satisfacción y me doy cuenta de que me ha conquistado a todos los
niveles, porque en lo único que puedo pensar ahora mismo es en repetir y después dormirme
enredado en su cuerpo. Y yo nunca, NUNCA, quiero repetir con nadie. Mucho menos, dormir.
Ese pensamiento me aterra.
Y me aterra aún más pensar que con ella repetiría durante el resto de mi vida.
27
ODISEA
“Los dioses protegen a aquellos que son valientes y justos”
Homero

Llego a la dirección que Freya me ha dado y me doy cuenta de que es uno de los chalets más
exclusivos de la zona sur de Byron. Aparco fuera, en la calle, y escribo a Freya para que salga.
«Entra a buscarme, por favor», contesta al momento. Y me resulta extraño. Se supone que es
mejor que no me vean. ¿Por qué no sale ella?
No sé si es que he visto demasiadas series, pero todo esto me huele a trampa. Una broma de
Christopher y sus amigos para vacilarme quizá, pero si lo es, vale la pena que pique y asuman las
consecuencias… La primera, que Freya vea lo imbécil que es su novio.
Me miro la ropa y resoplo. No voy muy elegante, parece que me he escapado del circo. Llevo
rayas de neón pintadas en la cara y en el cuerpo, pero decido adentrarme en la propiedad. Me
sorprende que la verja está sospechosamente abierta.
Al acercarme a la casa, oír la música y ver a más gente me tranquilizo un poco. Hay testigos.
Pero el tipo de gente que me encuentro no es la que esperaba. La mayoría son empresarios de
más de cuarenta años y las chicas que veo parecen elegidas por catálogo.
—Morgan… —me saluda Christopher con cara seria.
Si la cosa pintaba mal, ahora peor. Porque no parece sorprendido de verme. Y ni rastro de
Freya.
—Te estaba esperando.
—¿Dónde está Freya? —pregunto preocupado.
—En el salón de arriba, ven conmigo.
No entiendo nada, pero prefiero no hacer preguntas y seguirle. Tengo la sensación de que voy
a tener respuestas muy pronto.
Arriba no nos espera Freya, sino tres tipos con trajes oscuros y cara seria, además del capitán,
que me mira con cierta culpabilidad.
¿Qué coño está pasando?
—¿Qué es esto, George? —pregunto extrañado.
—Buenas noches, señor Morgan —dice el mayor de todos. Un tío con fuertes reminiscencias
al padrino, el capo por definición. Pero venido a menos y entrado en años—. Soy el señor
Smith…
Levanto una ceja. ¿Es una puñetera broma?
—¿Qué quieren? —pregunto confundido.
—Queremos que nos digas quién fabrica Moonbow. Lo hemos analizado y no sabemos qué es
exactamente —explica el señor Smith.
—Ya le dije al capitán que no estoy autorizado para dar esa información —contesto tranquilo.
—Ya, pero si no nos lo dices, Freya morirá.
—¿Cómo?
Miro a Christopher, parece impasible ante la información.
—¿Dónde está Freya? —pregunto inquieto.
—En el cuarto de al lado, durmiendo. Al parecer ha consumido más Moonbow del
recomendable y, a no se que sepamos lo que lleva, no podremos salvarla.
¿Pero esta gente piensa que soy gilipollas o qué? El Moonbow tiene caducidad. Y no queda.
Aunque quedara, ya no haría efecto.
—¿Se trata de una broma, Chris?
—Te aseguro que no —Sonríe el hombre mayor sin ganas.
Es el único que habla, los otros deben de ser sus guardaespaldas. O sicarios. O las dos cosas.
—La semana pasada me hiciste perder mucho dinero, chico. Todo el mundo prefería probar
Moonbow que consumir mi coca. Además, se vendió más cantidad si cabe, y en este negocio,
tienes que adaptarte o morir, ¿lo pillas? Morir…
¿Me está amenazando o se hace gracia a sí mismo? O las dos cosas.
Es tan surrealista que esbozo una ligera sonrisa, pero se me borra cuando uno de los sicarios se
retira la chaqueta y me enseña su arma metida en una guantera bajo la axila.
—Yo no sé quién fabrica Moonbow —aclaro—. ¡Yo no sé nada!
—Entonces tu amiguita morirá.
Al escuchar eso, miro a Chris.
—Diles lo que sabes, Morgan —me ordena—. ¿A quién llamarías para preguntar qué hacer
con una sobredosis?
—¿Cuántas moras se ha comido? —pregunto.
—Un montón. Y si la llevamos al hospital no sabrán qué ha tomado.
—Con un lavado de estómago bastará —digo—. O que le inyecten naloxona para bloquear los
efectos del opioide.
—El chico nos ha salido listo —murmura molesto el supuesto señor Smith—. Me estás
haciendo perder un tiempo valioso, ¿sabes? O nos dices ahora mismo la composición o matamos
a la chica.
—¿Por qué no deja de decir eso? —protesta Christopher molesto.
—Max, pégale un tiro a esa zorra —ordena al tío de la pistola.
Veo que se levanta, y antes de que yo intervenga, lo hace George.
—Esperad, joder… —Se pone de pie—. No lo compliquéis. Por favor, Morgan, hijo, diles lo
que quieren saber y ya está…
Un poco sobreactuado lo del papel de poli bueno. Pero no me engaña. Quiere saberlo tanto
como ellos. Estoy aquí por su culpa.
—¡Yo no sé nada! —digo enfadado—. Ellos son los que contactan conmigo a través de un
número desconocido.
—¿Y quién te suministra la droga a ti para dársela al capitán? —pregunta el mandamás—.
¡¿Por qué usarte a ti de intermediario?
—Precisamente para evitar esta situación —digo mordaz—. Ellos no quieren que nadie como
usted los localice. Conmigo muere el rastro. Me da igual con qué me amenacéis, si hablo, ellos
me matarán igualmente.
El ambiente se tensa al entender que voy a cooperar.
—Última oportunidad, o nos lo dices, o la chica morirá.
El capitán me mira preocupado. La situación se torna crítica.
—Pues que muera —digo tranquilo.
En cuanto lo oye, Christopher estalla.
—¡¿Qué dices, gilipollas?! ¡Esta gente va en serio, Morgan! ¡Guárdate tus bravuconadas,
joder!
—¿No decías que le importaba la chica? —masculla el señor Smith.
—¡Sí, pero ya veo que no! —clama Chris malhumorado.
—Ella no es asunto mío —replico quitándola del foco de interés—. Pero si Freya aparece
muerta, la policía se lo tomará como algo personal. Todos los polis del condado le deben favores
a su padre…
—Eso es cierto —avala Christopher con esperanza. Noto su miedo.
—Apúntale a él —dice entonces el Señor Smith señalándome.
Su perro guardián obedece.
Jamás me habían apuntado con un arma y no es agradable.
—Si me disparáis, perderéis todo contacto con los asiáticos —digo con una templanza que no
siento. Pienso en lo doloroso que debe de ser recibir un disparo y me acuerdo de mi tía Ani… Y
de mi tío Luk. Ambos lo han sufrido y los dejó en cama durante un tiempo.
—¡Déjate de hostias ya, Morgan! —grita el capitán—. ¡Esos asiáticos no existen!
Un escalofrío me recorre la espalda. Mi cara de «¿Cómo puede saberlo?» me delata. Pero
espero a que se explique.
—¿Si hablas, te matarán? —se burla—. ¿Y cómo es que no te matan por no querer continuar
con un negocio que es un filón? ¡Eso no tiene sentido! ¿Y por qué el primer día, cuando se
vendió todo, te sorprendió y dijiste que podríais fabricar más para el día siguiente? ¿Cómo
contactaste con ellos esa vez, si tú no puedes llamarles? ¿Sabes lo que creo, Lucas? ¡Que
mientes! Que sabes muy bien de dónde sale la droga y cómo conseguir más rápidamente.
Me quedo bloqueado sin poder defenderme de esas acusaciones. He cometido varios errores y
no sé cómo salir de esta.
—Mata a la chica —dice el viejo obstinado. ¡Parece el puto vecino raro de la serie Friends!
Ese que estaba obsesionado con los gatos. En este caso, con Freya.
—Un momento… —irrumpe Christopher—. ¿Me dejáis hablar con él a solas, por favor? Sé
que puedo convencerle.
—Id ahí detrás —le ordena el capitán.
Christopher me escolta hasta el final de la sala. Está muy preocupado.
—Morgan, joder, ¡esto es muy serio! —susurra enérgico.
—¿Se puede saber qué coño pintas tú aquí con esta gente, Chris? ¿Cómo se te ocurre traer a
Freya a un lugar como este?
—¡Eso no importa ahora!
—¡Pues yo creo que es lo único importante!
—No he tenido elección, ¿vale? —dice sincero—. Trabajo para el capitán desde hace años,
como distribuidor, ¡¿cómo crees que he podido pagar mi casa?! —susurra.
—Joder… —Me pellizco la nariz.
—Morgan, esta gente es peligrosa. George sabe que tienes debilidad por Freya y me obligó a
traerla para presionarte. No sé qué tienes que ver con el Moonbow, pero por favor…
—No quiero tener nada que ver con eso nunca más.
—¡Pues diles lo que sabes y desaparece! ¡A ellos no les interesas tú, ni Freya! Si a ti no te
interesa, traspasa la información y te dejarán en paz.
Me lo pienso un momento. Lo que dice tiene lógica. Mi deuda está saldada, no le debo nada a
nadie. Quería llevar la sustancia al AIMS para que la estudiaran. Pero si quieren seguir traficando
con ella, que lo hagan. Solo les pido que no cuenten conmigo.
—De acuerdo —accedo—. Les diré lo que sé.
—Bien. Y Morgan… Si te dejan irte, insiste en llevarte a Freya de aquí, por favor —dice
preocupado.
Frunzo el ceño. ¿Cómo que «si me dejan irme»?
—Vale —digo extrañado. Sus palabras me hacen pensar que Chris está acojonado de verdad.
Me pregunto qué habrá visto ya…
Volvemos con los demás y el hombre mayor me mira cansado.
—Yo fabriqué el Moonbow —confieso de pronto—. Contraté a un químico que sintetizó la
sustancia, pero les diré de dónde saqué la materia prima.
—Ahora empezamos a entendernos —Sonríe el anciano.
—Si se lo digo, se olvidarán de mí y yo de ustedes. No quiero tener nada que ver con esto.
—¿Por qué no lo has dicho desde el principio? —rezonga el capitán.
—Porque no quería tener esta puta conversación ni que nadie lo supiera. Solo quería olvidarlo.
—Dínoslo y podrás olvidarlo todo… —me asegura el señor Smith. Pero algo en su tono hace
que no le crea.
—Aquí yo pongo las condiciones —me planto.
—¿Cuánto quieres?
—No quiero dinero, solo vuestra palabra de honor de que me dejaréis en paz, y a Freya
también.
—La tienes. Danos la información ya.
—Primero quiero ver a Freya. ¿Dónde está?
—Max, llévalo a verla —accede el hombre.
Efectivamente, está dormida en la habitación de al lado. Lleva una falda blanca bastante corta
y un top transparente negro, con los hombros al descubierto, donde se oscurece una banda negra
alrededor del pecho. No sé qué le habrán dado, pero no es Moonbow.
—Christopher —lo llamo—. Cógela en brazos.
Ninguno de los mafiosos se atreve a llevarme la contraria.
—Sígueme cuando me vaya y la metes en mi coche.
Él me mira, agradecido, y asiente con su novia en brazos.
—Habla ya, chaval… —me mete prisa el viejo.
—Os diré dónde encontrar la sustancia alucinógena, y justo después, haré un directo desde mi
cuenta de Instagram enfocándome la cara y con el localizador activado, por si se os ocurre
jugármela… Nuestra relación con este tema termina aquí —digo mirando al capitán—. ¿Trato
hecho?
—Hecho —contesta el señor Smith.
—¿Conocéis la playa de los surfistas, Tallow Beach?
—Sí.
—En el lado sur de Cape Byron se extienden unas rocas hacia el mar. A veces las cubre la
marea, allí es dónde la recojo. En el musgo de esas rocas está la sustancia. Un día me apoyé en
ellas, me corté y tuve alucinaciones. Así la descubrí.
—Increíble… —susurra el capitán.
—Ya estoy en directo —les enseño el móvil—. Adiós, señores… Chris, vámonos.
Abandonamos la casa con una rigidez extraña y lo guío hasta mi coche para que deposite a
Freya en la parte de atrás.
—Cuida de ella —me pide—. Acompáñala a casa cuando despierte.
—¿Por qué no vienes con nosotros? —le ofrezco.
—No puedo. Tengo que volver… Estaré bien. Ella no recordará nada. Yo no le contaré nada
de ti ni tú de mí. Los dos tenemos demasiado que perder. ¿De acuerdo?
—De acuerdo…
No decimos nada más. No somos amigos. Pero esta noche hemos tenido que cooperar para
salir ilesos de una situación chunga.
No la llevo a su casa, primero tengo que asegurarme de que está bien. La llevo a la mía. La
fiesta neón continúa y quiero que Charlotte me ayude.
Al aparcar frente a mi casa, me quito la camiseta y la cubro un poco con ella. No quiero que
nadie la reconozca.
Consigo burlar a los curiosos y subo a mi habitación con ella en brazos para dejarla sobre la
cama. Parece profundamente dormida.
Intento colocarle mejor la ropa; ese conjunto no fue diseñado para estar tumbada y que no se
te vea nada…
Recupero mi camiseta, si es que puede llamarse así, y me fijo en que la habitación de Lenny
está cerrada a cal y canto. ¿Estará dentro? Escribo a Charlotte, esperando que no se haya
marchado todavía.
«¿Sigues en la fiesta? Te necesito. ¿Puedes venir a mi habitación?».
Me quedo en el umbral de la puerta, custodiando a mi prisionera, y un minuto después, la
puerta de Lenny se abre y aparece Charlotte con mi primo detrás, con una cara de haber echado
el mejor polvo de todos los tiempos. Siempre he tenido un don para saber cuándo alguien ha
practicado sexo. Lo bueno, que nadie podrá nunca ponerme los cuernos. Lo malo, que lo detecto
hasta en mis padres.
—Hola… —saluda Charlotte cortada.
Mi vista va del uno al otro. No hay duda. Han follado. ¡Por fin!
—Hola parejita… —digo sin temor a equivocarme.
—Me has escrito —señala Char.
—Sí, venid, por favor.
Los hago entrar a mi habitación y les cuento todo lo acontecido con detalle.
—No me lo puedo creer… —musita ella con la boca abierta—. ¡Menos mal que he dejado de
trabajar para el capitán!
Lenny acaricia su espalda con un gesto íntimo tan poco habitual en él que me quedo
maravillado.
—No sé qué ha tomado —digo preocupado—. ¿Puedes traer algo del laboratorio para
despertarla? ¿Como unas sales o algo así?
—¡Buena idea! Tengo amoniaco abajo. ¡Ahora vuelvo!
Se ausenta con rapidez y Lenny sigue su estela hasta que desaparece. Cuando vuelve a
mirarme yo estoy sonriendo con guasa.
—Vaya, vaya… alguien ya no es viiirgeeen —me aventuro.
Su respuesta es enseñarme el dedo corazón y después pasar de mí.
—Me alegro por vosotros… No la pierdas. Esa chica es increíble.
Lenny suspira en plan «Por ser tú». Después señala la cama donde está Freya y me encojo de
hombros. No sé qué le diré cuando despierte. Seguramente ni siquiera fuera ella quien me envió
el mensaje desde la fiesta. Habrá sido Chris y después lo habrá borrado. Como si lo viera… Soy
carnaza de series, ya lo he dicho.
Veo que Lenny está escribiendo algo en su teléfono.
«No me fío de Christopher», me enseña.
—Yo tampoco. Pero tiene mucho por lo que callar… Han dicho que me dejarían en paz. Ya
tienen lo que quieren.
«Sí, pero ahora nuestra identidad se ha desvelado. Somos vulnerables. Pueden chantajearnos
con eso».
—Lo sé… Pero no podía hacer otra cosa. Y si Freya se entera, la perderé.
Charlotte aparece con «la cura» en la mano y una sonrisa. Es de esas personas que cuando
está, todo es menos malo. De alguna forma, da seguridad. Por eso es perfecta para Lenny. Es
justo lo que necesita.
Me aparto y rezo para que funcione la mezcla que trae.
Al inhalarlo, Freya tiene un espasmo y abre los ojos con dificultad sin reconocer dónde está.
Nos mira confusa, con la cara arrugada.
—¿Qué hacéis vosotros aquí? —pregunta medio grogui.
—Estás en mi casa.
—¿Qué…?
Observa alrededor, asustada, y de pronto, es consciente de que la falda se le ha subido mucho
y su tripa está al descubierto.
—¿Dónde está Chris? —pregunta desamparada.
—Se ha quedado en la otra fiesta… Me ha dicho que cuide de ti y que te lleve a casa.
—¿Qué me ha pasado?
—¿Cómo estás? ¿Te encuentras bien?
—Tengo dolor de cabeza. Y hambre. Mucha hambre.
—¿Qué te apetece comer?
Me mira con sospecha. Es obvio que está incómoda.
—Nada. ¿Puedes llevarme a casa?
—Claro… En cuanto te encuentres mejor. Chris me ha contado que habías ingerido algo por
accidente y te habías quedado dormida.
—¿Por accidente?
—En esas fiestas hay mucho cafre… —apostilla Charlotte—. Si te han visto sola en algún
momento, han podido metértelo en la bebida.
—¿Y Chris se ha quedado en la fiesta? ¿Por qué te ha llamado a ti?
Los tres guardamos silencio incapaces de contestar esas preguntas.
—Dijo que tenía que quedarse por trabajo, por eso me ha llamado. Me ha dicho que te trajera
con tus amigas y te llevara a casa cuando quisieras. Y eso estoy haciendo…
—¿Te apetece una pizza? —propone Charlotte sentándose a su lado—. Yo también tengo
mucha hambre, la verdad… No sé por qué…
Hay un cruce de miradas sugerente entre Lenny y ella. ¡Uno que ojalá no hubiera entendido!
—Cualquier cosa estará bien —responde Freya —. Voy a escribir a Chris...
Charlotte coge el relevo de asistente de Freya y se ofrece para acompañarla al baño. Me quedo
sin saber si Chris le contesta.
De pronto, aparece Aitor.
—¿Qué hacéis aquí? ¡La fiesta está que arde! —Mira a Lenny—. ¿Y tú qué? ¿Ya has apagado
tu fuego? —se mofa de él—. ¿Le ha gustado a Charlotte tu manguera?
Lenny pone los ojos en blanco y cierra los puños para no atacarlo.
—Uy, qué dócil estás, primito… —Sonríe lascivo—. Eso es un sí.
—«Cualquier día te dejo sin dientes» —dice Aitor leyendo la pantalla de Lenny. Y se
carcajea.
—¡Ni de coña! ¡Si me adoras!
«Ahora mismo me caes muy mal».
—¡Pero si gracias a mí has movido el culo!
«Mantén tu lengua alejada de Charlotte», lee Aitor risueño.
—No prometo nada… Disfruta de tu momento, seguro que acabas pifiándola con ella —dice
vacilón.
Charlotte y Freya vuelven del baño, y Aitor, que a saber lo que habrá tomado por ahí, destensa
el ambiente con su alegría. También es una de esas personas vitamina que te hacen sentir que
todo va a salir bien, aunque no diga más que sandeces. En el fondo ha demostrado ser muy
inteligente y nunca va desencaminado en sus locas cábalas.
—¡¿Vamos a permitir que algo así nos joda la noche?! ¡No! —exclama animado—. Mis
hermanas están abajo. Y Charlotte ya ha terminado de montárselo con Eduardo Manostijeras.
¡Ahora toca diversión!
Hasta a mí se me escapa la risa. A todos, menos a Lenny, claro.
Aitor siempre está intentando que deje atrás su pose de «No encajo en el mundo, mis manos
son armas, y mi pelo, demasiado alborotado».
Dicen que el humor lo cura todo. O al menos, lo alivia.
Después de llevarla a la cocina para comer algo, convencemos a Freya de que se quede un rato
con sus amigas, pero a pesar de todo, todavía hay cierto nerviosismo en su mirada.
—Cuando quieras irte, te acompañaré —le digo con amabilidad—. ¿Seguro que te encuentras
bien?
—Sí, sí… Solo estoy un poco plof. No es así cómo imaginaba que acabaría la noche.
Me mira con pena y siento que lo dice por… nosotros.
—Yo tampoco —digo trascendental. Si hubiera venido a la fiesta de Lenny desde el principio,
nada de esto hubiera pasado. Y seguramente ahora mismo estaríamos…
Me lo quito de la cabeza. Las cosas se han complicado mucho desde hace un par de horas.
Tengo las manos atadas ahora mismo… y los labios también.
Le aconsejo que no beba mucho y yo tampoco lo hago. Me dedico a estar con mis amigos y a
vigilar a Freya desde la distancia. Sus ojos también me controlan. Aitor ha vuelto a desaparecer.
Lo único bueno de la noche es la increíble complicidad entre Lenny y Charlotte.
Se lanzan miraditas constantes mientras habla con mis hermanas que parecen avasallarle a
preguntas. Mola que sea todo tan real. En un momento dado, Lenny se acerca a ellas y le da un
beso en el cuello a su chica, para arrastrarla hasta uno de los sofás. La obliga a sentarse sobre su
muslo y empiezan a darse el lotazo a lo grande. Qué puta envidia. Ojalá pudiera hacer lo mismo
con alguien por quien siento algo parecido…
Menos de una hora después, Freya me hace una señal a lo lejos y me falta tiempo para acudir a
su llamada.
—Creo que me voy a ir… —me informa.
—Vale. Lo que quieras. Te llevo.
Mientras se despide de sus amigas, me doy cuenta de que Lenny y Charlotte ya no están en el
sofá, seguro que vuelven a estar arriba. Y tampoco localizo a Aitor. Es decir, que vamos a dejar
la casa sin anfitrión, porque yo me tengo que ir sí o sí. Llevo deseando estar a solas con ella
desde que me he levantado esta mañana de la cama.
La ayudo a subir a la pickup roja, labor complicada con esa minifalda, y emprendemos
camino.
—¿Estás bien?
—Sí… —responde contrita.
Vuelvo a mirarla porque no lo parece. Algo le pasa. Se lo noto.
—¿Tú estás bien? —pregunta enigmática.
Me callo porque no puedo ser sincero y decirle lo mucho que me jode que esta noche haya
terminado con este ambiente fúnebre.
—Sí —Uno igual de falso que el suyo. Triste. Apagado. Sin vida.
—Sigo sin entender por qué te ha llamado a ti… —barrunta—. Ni siquiera me ha dejado ir a
felicitarte esta tarde por conseguir colarte en la final de mañana… y me pasa algo y te llama. No
tiene sentido.
—¿No te ha dejado? —repito, señalando la injusticia.
—No, ayer discutimos cuando le dije que quería acudir a la fiesta de Lenny.
—¿Discutisteis…? —murmuro para que siga hablando.
—Sí… Últimamente está muy nervioso y preocupado.
—¿Por qué?
—Porque piensa que me estoy enamorando de ti.
28
A TRES METROS SOBRE EL CIELO
“Nadie puede amar como amamos nosotros, nadie sufre como sufrimos nosotros”
Federico Moccia

Tenía que decirlo. No pienso pegarme otros diez años silenciando mis sentimientos. Tenemos
un problema entre manos e ignorarlo no va a hacer que desaparezca. Los fantasmas solo se van
cuando les plantas cara y averiguas sus asuntos sin resolver.
Morgan guarda silencio. Pero sé que no tardará mucho en decir:
—¿Es cierto?
La pelota está en mi tejado. Pero no es tan sencillo porque:
—No. No lo estoy.
Noto cómo traga saliva ante mi respuesta. ¿Qué esperaba? El enamoramiento es otra cosa.
¡Esto es más bien una puñetera tortura!
Llegamos a nuestro barrio y aparca frente a mi casa, me pongo nerviosa cuando apaga el
motor y no nos movemos. Mientras permanezcamos en el coche, seremos invisibles, pero este
espacio es demasiado pequeño para que me mire como lo está haciendo. Y lo grave es que llevo
años deseando que me mire así.
—Quiero ser sincero contigo… —empieza a decir sin mirarme—. Yo… sí siento algo por ti.
Mi boca se abre sola. ¡Esto no está pasando!
—Pero tú ya lo sabías —continúa—. Las chicas sabéis esas cosas. Incluso Livy lo ha intuido
sin tener ni idea de quién eras.
La tensión del momento me deja sin palabras. Una cosa es desear que sienta algo y otra muy
distinta oírselo decir. Lo veía tan imposible que no me he planteado qué querría yo, si llegara el
momento.
—Y Chris también lo sabe, por eso está como está, pero yo no puedo evitar sentirme así…
Estoy tan en shock que no sé ni qué decir. Mi mente no deja de hacer preguntas sin respuesta.
¿Por qué ahora? ¡¿Por qué no antes?! ¿Qué hago si me besa? Mi corazón se queja, ríe, llora de
alegría y de tristeza y patalea con una actitud totalmente infantil. Menos mal que no está al
mando aquí… Todavía.
—¿Por qué ahora? —acierto a decir—. ¿Sabes cuánto tiempo he esperado a que te dieses
cuenta de lo que podría haber entre nosotros?
—Sí… y lo siento —dice atormentado—. No sé explicarte por qué.
—No es verdad —digo enfadada—. ¡Tienes que saberlo! Que os salvara aquel día de la policía
no es suficiente. Sé que hay más. Y esa ocultación, unida a tu rivalidad con Chris, me hacen
desconfiar de ti.
—Puedes confiar en mí. Yo nunca te haría daño.
—¡Ya me lo estás haciendo! —digo sulfurada—. ¿Que Chris te ha llamado? ¡Siento que me
estáis tomando el pelo…! ¿Qué me ocultáis?
—¡Nada!
—Muy bien. —Me bajo del coche cabreada—. Gracias por traerme, ya nos veremos.
—¡Freya, espera…! —Se baja él del coche también y me sigue. Pero yo no me detengo.
—¡De acuerdo! ¡Te diré qué ha cambiado…!
Esas palabras consiguen que frene en seco y me gire justo antes de entrar en mi jardín.
La ansiedad con la que me mira hace que me hierva la sangre.
—A ver… —dice reorganizando sus ideas—. Nunca me han gustado las drogas; no me sientan
bien, soy demasiado neurótico para disfrutarlas. Pero hace meses consumí una sustancia
alucinógena por accidente que me desordenó la cabeza por completo. Comenzó a abrir cajones
de recuerdos que tenía enterrados y me hizo recordar muchas cosas… A ti, entre ellas.
—¡Vaya, que suerte he tenido! —digo con sarcasmo.
—No es tan sencillo… La droga viajó por mi subconsciente haciéndome entender que llevaba
mucho tiempo mal. Me sentía vacío. Y tu espacio es el único que encontró lleno de todo lo que
me faltaba.
Nunca me habían dicho nada tan bonito.
—Reviví muchas escenas juntos, de críos, y me vi a mí mismo siendo como quiero ser, no
como soy.
¡¿Y espera que no le bese después de decir eso?! Al momento recuerdo a Chris y me duele el
estómago. ¿Qué voy a hacer?
—Algo dentro de mí me empujó a hablar contigo de nuevo, y desde que lo hice… —Se queda
callado.
—Sigue… —suplico—. Desde que lo hiciste ¿qué?
—Mi vida ha mejorado ostensiblemente —musita melancólico—. Incluso teniendo novio,
incluso sin poder tocarte en absoluto… El mero hecho de que me sonrías ya me hace sentir mejor
conmigo mismo.
Los ojos se me empañan. Porque yo he sentido exactamente lo mismo desde que volvió a
hablarme. Es una sensación completamente nueva. O vieja, empolvada y rajada, pero viva, que
ha hecho que ponga en perspectiva todo lo demás.
—Mi intención era que fuésemos amigos… —dice entonces.
—Pero no podemos —termino por él.
Si vamos a ser sinceros, mejor cuanto antes.
Los segundos se suceden en silencio porque no hay palabras para rebatir esa verdad, ni
instrucciones para solucionarla.
—¡Es una mierda! —exclamo enfadada—. Es injusto…
—Deberíamos poder —señala él—. Somos adultos, ¿no?
—¡E inteligentes!
—En teoría… —bromea—. Pero en la práctica fallamos.
—Bueno, todavía no hemos hecho nada —digo temblorosa.
—Habla por ti. Yo estoy haciendo grandes esfuerzos por no besarte.
El corazón comienza a palpitarme frenético, y la mirada que me echa no ayuda a calmarlo. ¿Si
ahora mismo pusiera una mano en su pecho sentiría los atronadores latidos de su corazón?
Necesito respuestas. Necesito saber si esto es verdad o…
Me acerco a él y cuelo, con total desfachatez, mi mano por el lateral de la seudocamiseta
agujereada que lleva.
La palma de mi mano, tan inofensiva y pequeña sobre sus definidos pectorales de Superman,
parece afectarle como si fuera de Kryptonita. Su torso retumba más de lo que cabría esperar y mi
respiración se acelera cuando coloca su mano sobre la mía y la aplasta un poco más para que lo
sienta bien.
Nuestros ojos se engarzan sabiendo que la verdad está ahí.
De pronto, se lleva mi mano con él, entrando en mi propiedad, y se dirige a un lateral de la
casa. Justo hacia el pasillo de tres metros que se crea entre mi casa y la suya. A estas horas está
bañada en una penumbra espesa donde apenas se diferencia el blanco de los ojos.
—¿Qué haces…?
—Demostrar una teoría —contesta con determinación.
Me empuja suavemente hasta que apoyo la espalda en la fachada y se coloca frente a mí a
unos veinte centímetros de distancia. En nuestras miradas hay unas veinte mil dudas y anhelos
sin resolver.
—¿Era esta la distancia a la que estábamos en ese armario aquella vez? —pregunta
concentrado.
—Creo que sí, pero ¿qué tiene eso que ver con…?
—Dani me preguntó una vez sobre nosotros… —empieza—. Fue poco después de lo del
armario. Esa Navidad sucedió todo el follón de Marco y yo me apoyé mucho en él porque estaba
perdido en cuanto a referentes masculinos…
—¿Y te preguntó por nosotros?
—Sí…
—¿Qué te dijo exactamente?
—Ya sabes cómo es… Sus conversaciones te arrancan el corazón con pura retórica biológica.
—Lo sé muy bien —Sonrío.
—Me dijo que tú estabas soltera, que yo también y que no entendía por qué no estábamos
juntos…
—Joder… Tan sutil como él solo. ¿Y qué le dijiste? —pregunto con el corazón en un puño.
Dani siempre haciendo las preguntas más obvias que nadie se atreve a formular.
—Lo vacilé, claro —escucho una sonrisa en su voz, porque apenas puedo verla—. Le dije que
había cosas que escapaban a su mente privilegiada y me replicó que siempre había visto señales
que indicaban que éramos el uno para el otro…
¡LA MADRE QUE LO PARIÓ! Gracias, tío Dani…
—¿Señales?, repetí, ¿quieres señales? Porque yo tengo muchas que te cerrarían la boca de un
plumazo, señor «la naturaleza es sabia». ¿Como cuál?, me preguntó él. Y le conté que habíamos
estado en un armario a oscuras durante cinco minutos a menos de veinte centímetros y ni el
universo, la química o la naturaleza nos habían empujado a hacer nada…
—¿Y qué contestó a eso?
—El tío estuvo como un minuto mirándome en silencio. Y Dios sabe que lo adoro por tomarse
su tiempo y estudiar mi caso concreto, pero al final, lo único que dijo fue: «No he dicho nada», e
hizo el gesto de cerrarse la boca con llave.
Esta vez soy yo la que se queda callada. Y triste.
—Ese silencio me dejó claras muchas cosas, Freya… —musita dolido. Y de pronto, siento su
voz tan cercana que me asusto.
Me asusta lo mucho que me atrae su presencia. Ya no su cara, sus bíceps, su mirada, sus
labios… ¡ÉL! Saber que es él y que podría tenerle de un momento a otro sobre mí, anula por
completo mi fuerza de voluntad.
—Voy a darnos otros cinco minutos… —murmura con la voz ronca.
El corazón comienza a palpitarme por todas partes, incluso entre las piernas. ¿Acaso tiene idea
de la cantidad de sueños húmedos que he tenido imaginando continuaciones alternativas en ese
armario? Para mí, hubiera sido una primera vez perfecta. Con él, a los diecisiete. Empotrándome
con toda su fuerza contra uno de los laterales, sostenida en el aire con sus manos en mis nalgas,
clavándose en mí con una desesperación enfermiza…
—Yo no voy a hacer nada —promete, pero en realidad está cada vez más pegado a mí. Ya
estamos a diez centímetros, no a veinte.
Mi respiración se acelera al percibir la suya sobre mí. Estoy a un paso de empezar a jadear
como un perro.
—Me refiero a que no voy a besarte, pero sí… quiero tocarte. —Sus palabras me excitan como
nunca. ¿Dónde va a tocarme?—. Como se tocan los amigos… Tenemos que poder soportar eso
al menos, si no…
Me agarra de los brazos y desliza sus manos hacia abajo con una suave caricia, dejando una
estela de deseo que no soy capaz de gestionar. El roce no termina ahí, sino que continúa hasta
mis manos y las acuna con una delicadeza que me obliga a respirar por la boca en vez de por la
nariz. Sus dedos arrullan los míos, encandilándolos para que se separen y poder entrecruzarlos
con los suyos. La sensación es tan demoledora que me escucho gemir.
Para colmo, alza una de mis manos hasta su boca y la besa con languidez.
Mi sorpresa no le detiene. Besa la otra, con un leve roce de sus labios contra mis nudillos que
me hace fantasear a tope con delinearlos con mi lengua. ¡Esto es inhumano!
Cierro los ojos para soportar lo que me provoca, pero soy incapaz de frenarlo. Devuelve la
mano a su sitio, solo para acercarse a mi cuerpo y rozar su mejilla con la mía.
—Este es un saludo habitual entre amigos en España… —Cambia de mejilla y se queda
inmóvil. El estremecimiento al sentir su piel es tan brutal que apoyo las manos en sus hombros
para que no vuelva a separarse de mí. De pronto me abraza la cintura, como si fuésemos a bailar.
Mala idea… El baile conduce al sexo. Al sexo sucio. Dirty Dancing.
—¿Soy yo o esto no está funcionando? —musita aprovechando para adaptarse más a mi
cuerpo.
La imagen de nosotros teniendo sexo me tritura el cerebro y siento que no puedo seguir
existiendo si no le beso. Esa Freya a la que se le daba bien negarse lo que siempre ha deseado ha
desaparecido. Desde que volvió a hablarme, soy otra persona.
Solo tengo que girar la cara para encontrarme sus labios y perderme para siempre, pero él nota
que no me atrevo. A esta distancia se nota todo. Hasta mis poros chillando de frustración y de
deseo.
Se desencaja de mí para mirarme, y se queda a dos centímetros de mis labios, haciendo que
tiemble de anticipación.
—Malas noticias… Creo que no voy a poder mantener mi promesa.
Los mira como si fueran el cadalso y un segundo después, cierra la distancia entre ellos.
La suavidad con la que se apodera de mi boca hace que me derrita al instante. Su lengua
caliente encuentra la mía y me consumo viva. Me olvido de todo y decido disfrutar de ese primer
beso que siempre nos debimos. La ejecución es tan perfecta, jugosa y caliente que me abruma.
Me aferro a su pelo, haciendo que mi dedos se sumerjan entre sus dorados mechones y
profundizamos los lametazos.
Su reacción es emitir un sonido ronco que eleva el beso a un nivel más lascivo,
aprisionándome contra la pared con su cuerpo y provocando que nuestros pechos se toquen.
Nunca había besado a alguien con tanta intensidad, pero llevo toda la vida esperando este
momento. Lo amarro con más ímpetu, temerosa de perderlo de nuevo y de olvidar lo que se
siente estando en los brazos del primer chico al que quise y siempre querré. Pase lo que pase.
Esa realidad me aplasta el corazón y mis manos surcan la piel desnuda de sus flancos en busca
del botón de su pantalón.
Al sentirlo, deja de besarme, alucinado, sin dar crédito a lo que pretendo hacer. Pero no he
tenido nada más claro en mi vida. Hay trenes que solo pasan una vez, y si por circunstancias de
la vida pasan una segunda, no puedes dejarlos escapar.
De un tirón le desabrocho los tres botones que conforman su bragueta y veo en el brillo de su
mirada que está tomando una decisión vital. Sentirlo tan quieto me llena de adrenalina, porque sé
que solo es la calma que precede a la tormenta. Que él no tenía pensado llegar tan lejos, pero que
la inmortalidad nos espera al otro lado de este instante.
Cae sobre mí, volviéndose loco al comprender dónde acabamos de meternos… o más bien
dónde se va a meter él. Me besa sobrepasado y su mano viaja abrasando el interior de mi pierna
hasta llegar a su destino: Aqualandia.
Gime al descubrir lo lista que estoy ya para él.
¿Le sorprende?, llevo años esperando este momento. Y sentir que su lado más primitivo se
muere por poseerme me pone como loca.
Cuelo la mano en su ropa interior y comprimo su erección con fuerza.
—Joder… —gruñe excitado.
Él también esta listo. Más que listo. Su envergadura hace que mi entrepierna chille por tenerlo
dentro llenándome una y otra vez. Su dureza y su humedad me chivan que lo está deseando tanto
como yo.
Me penetra profundamente con un dedo fantaseando con cómo será cuando lo haga él. Su otra
mano presiona mi cintura, midiendo la manejabilidad de mi pequeño y flexible cuerpo.
—Hazlo ya —le ordeno excitada.
Me mira como si no me reconociera, y a la vez, como si siempre hubiera deseado que fuese así
en estos menesteres.
Me sube la falda y me arranca las bragas de un zarpazo. Ahora nos vamos entendiendo…
Me alza una rodilla bien arriba, abriéndome para él, y se pega a mí, jadeando en mi boca,
dispuesto a entrar en mi cuerpo echando la puerta abajo.
Nos besamos extasiados mientras libera su miembro y se agacha para conseguir abrirse paso
en mi carne de un empellón.
Ahogo un grito al sentirme atravesada por él. El placer que siento es indescriptible. No puedo
imaginar nada mejor.
Lucas me eleva en el aire, colocando los brazos por debajo de mis rodillas, y apoyándolos en
la pared, mientras se sumerge varias veces en mí, soportando el mayor deleite de nuestras vidas.
Esto es demasiado. Tan abierta, tan profundo… No soy capaz de manejar tanto placer.
Es todo tan porno que no puedo ni pensar. Descubrir esta faceta de él es excitante. Nunca me
había sentido tan compenetrada con nadie. De algún modo, sabía que su forma de hacer el amor
sería alucinante, sublime, ¡única! Porque así es él. Su entrega me hace sentir importante, deseada,
especial.
—Eres tan preciosa —gime en mi oído—. Me vuelves loco…
Si él supiera lo que siento cuando dilata mi carne con tanto sentimiento, le daría miedo. A mí
me lo da.
Como si me hubiera escuchado, empieza a embestir con más brío y no puedo evitar
precipitarme por el barranco de un orgasmo enloquecedor. Las violentas oleadas de placer me
despojan del control de mi cuerpo, espoleándome sin compasión.
—¡Lucaaas…! —imploro. Pero él no ceja en su empeño por llevarme a un lugar en el que
nunca he estado. Uno en el que podría llorar de felicidad por sentir esto con ÉL.
Sus músculos se tensan, listo para dejarse llevar o para apartarse de mí y terminar fuera, y
digo:
—Córrete dentro. Tomo la píldora.
La confesión le arranca un gemido que culmina con un extraordinario grito sordo de lo más
erótico.
El final es tan memorable que no tengo palabras. El silencio y la calma nos envuelven y odio
pensar que nuestros cuerpos van a desconectarse. No quiero.
Me besa el hombro con suavidad, reacio a abandonar mi contacto, y antes de hacerlo, me mira
y volvemos a besarnos despacio, como si no fuera a hacerlo nunca más.
La separación es como despertar de un sueño fantástico. El mundo real me golpea con toda la
fuerza de su verdad. «Tienes novio, Freya… ¿cómo has podido?».
—Ha superado totalmente mis expectativas… —musita él.
—Para mí también… —confieso. Pero eso no quita que esté mal.
Me despego de él y empezamos a vestirnos. Bueno, yo estoy vestida, pero recupero mis bragas
rotas del suelo mientras él se coloca la ropa.
—¿Qué vamos a hacer ahora? —pregunta confuso.
—¿A qué te refieres?
—A Christopher… ¿hablarás con él mañana?
La sola idea de que se entere me provoca náuseas.
—¿Mañana? No sé… Ya veré.
—¿Vas a esperar? Es decir, ¿vas a seguir besándolo en la boca como si nada después de lo que
hemos hecho…?
—Es una situación delicada… Tengo que encontrar el momento.
—Pero será pronto, ¿no?
—Sí… No sé cuándo, pero se lo contaré. Eso seguro.
—Pero vas a… ¿romper con él, no?
—¡No lo sé! —exclamo nerviosa—. No me presiones, por favor…
—Joder… Dime que no acabas de… —Se calla y se frota la cara.
—¿De qué?
—De saciar una fantasía, tacharla de tu lista y seguir con tu vida.
—¿Tengo que decidirlo ahora?
—Dios mío… —musita desolado. Y se larga, saliendo de la oscuridad para cruzar mi jardín.
—¡Lucas, espera! —exclamo bajito.
¡Mierda, joder! ¿Qué acaba de pasar? ¡Yo no quería esto…!
¿De verdad cree que todo es tan fácil? ¿Tan blanco o negro? Me parece una actitud muy
inmadura. Podría ponerse en mi lugar.
¿Debo dejar todo mi mundo y la seguridad que tengo con Chris, por él? Un tío que, igual que
acaba de largarse ahora mismo sin decir nada, se largó de mi vida sin mirar atrás? ¡¿Qué clase de
estúpida sería?!
—Lucas, por favor… —Lo agarro de la camiseta y él se detiene, negándose a mirarme
—Acabo de correrme dentro de ti, Freya… —sentencia dolido—. Sin protección. Porque voy
a muerte contigo. ¿Y tú te lo tienes que pensar?
Me quedo sin palabras.
—¡Solo quiero hacer las cosas bien! —digo asustada.
—Ya es un poco tarde para eso, ¿no crees? Pero no te preocupes, te guardaré el secreto.
Espero que seas muy feliz…
Lo veo marcharse con el corazón roto.
Yo solo quería… no ser egoísta con nadie. Pero acabo de darme cuenta de una cosa: la justicia
no existe. Siempre, siempre, hay alguien que pierde o sufre. En última instancia, tú, para que no
lo hagan los demás.
Intento respirar hondo.
Esta situación me viene muy grande, pero no me arrepiento de nada. Quería hacerlo, eso es un
hecho, y Chris lo sabía. Negarlo o esconderse no sirve de nada. ¿Lo correcto hubiera sido cortar
con él antes de dar rienda suelta a la pasión? Claro. Pero la gente comete errores todos los días.
Tomamos atajos a diario para suavizar las represalias de lo que deseamos. Para mí una
infidelidad es mantener una mentira en el tiempo y hacer como si nada, es decir, engañar al otro
haciéndole pensar que todo va bien. Tener sexo un minuto antes o después de cortar con tu
pareja, me parece irrelevante. Sé que para otros no. Que algunos imaginan un tratado real del
siglo cuarto en su corazón, firmado con tinta imborrable, y hasta que no se rompe, cualquier
escarceo es un atentado contra su honor. Pero seamos realistas, el respeto se pierde mucho antes
de traspasar la línea de lo físico.
El problema real —y por desgracia, humano— llega cuando no tienes claro a quién prefieres o
qué es lo que más te conviene.
Christofer está mucho más centrado. Tiene un trabajo estable y es más maduro. Lucas no tiene
una proyección laboral clara, solo va de fiesta en fiesta y de chica en chica. Y su tendencia a huir
de mí es legendaria…
Tengo miedo. Miedo de apostar por algo, terminar sufriendo muchísimo más, y al final,
quedarme sin nada. Dicen que madurar es elegir. Y elegir es renunciar a algo que quieres por
algo que necesitas o te conviene más. Madurar es pensar primero en tu seguridad. Y Lucas me da
muchas cosas, pero ahora mismo, seguridad no.

Entro en casa y después de una visita al baño, me meto en la cama.


Una vez a oscuras, escribo a Lucas.
«No te enfades, por favor. Dame tiempo. Eres muy importante para mí».
Y también escribo a Chris.
«Ya estoy en la cama. ¿Dónde estás tú?».
Se pone en línea y me contesta.
«Volviendo a casa. Mañana te llamo. Te quiero»
Le contesto con otro «Te quiero», porque sé que si no, se rayará. Además ponerlo no es
mentir. Yo quiero a Christopher, pero lo que siento por Lucas es muy especial… Y mucho más
después de esta noche.
Compartir ese momento con él ha sido lo más increíble que me ha pasado nunca. Nos lo
debíamos, sea lo que sea lo que pase después, estaba escrito en las estrellas. Y me entristece que
considere que tachar algo de una lista vital sea malo, porque es superimportante.
Chris no estaba en mi maldita lista. No es algo que lamentaría si nunca hacía. Entiendo el
dilema de responsabilidad afectiva que hay detrás de todo esto, pero yo les quiero. ¡Les quiero a
los dos! Y les quiero bien, no pretendo reírme de nadie.
Quiero pensar que tarde o temprano, las cosas se solucionarán solas. Y si la solución pasa por
arriesgarme a no estar con ninguno de ellos hasta que me aclare, así será.
Me duermo pensando en eso y hecha un mar de dudas.
Toc, toc, toc.
La puerta de mi cuarto se abre y mi madre aparece con un semblante extraño. Debe acercarse
el fin del mundo, si osa importunarme un domingo. Sabe que soy un lirón. Y cuando me acuesto
tarde, mucho más. Y si encima he practicado sexo, ya ni te cuento… Aunque eso ella no lo sabe.
—¿Freya…?
—Qué… —contesto escondiéndome bajo la almohada.
—Levántate hija. Ha ocurrido algo…
—¿El qué?
—Vístete y sal al salón. La policía está aquí.
Al escuchar eso, la miro extrañada. ¿La policía?
Su cara es un compendio de emociones. Todas malas.
—¿Qué ha pasado, mamá?
—Ellos te lo dirán. Vístete y sal, ¿vale?
—¡Pero mamá…! —Se va sin que pueda sonsacarle nada.
Hago lo que me ha pedido y me peino un poco en el espejo de mi armario. ¿Qué diablos habrá
pasado?
Cuando salgo y veo a seis policías, me asusto. ¿Por qué hay tantos?
—Freya, ven, siéntate, hija… —dice mi madre consternada.
—¿Qué ha ocurrido? —pregunto mirando a todo el mundo.
A muchos los conozco de toda la vida. Lo que más mala espina me da es la cara de mi padre.
No está serio o enfadado, como casi siempre, es peor, está preocupado y eso me asusta.
—¿Qué pasa?
Cuando me siento, mi padre se acerca y se agacha a mi lado.
—Cariño… —empieza sentido—. Han encontrado el cuerpo sin vida de Christopher esta
mañana en la playa…
—¿QUÉ…?
—Lucas Morgan está detenido.
29
CRIMEN Y CASTIGO
“No hay camino hacia el bien que no esté lleno de caídas”
F.M. Dostoyevski

Estar detenido no es plato de buen gusto.


La presunción de inocencia es un mito, en cuanto te esposan, eres culpable hasta que se
demuestre lo contrario.
—Señor Morgan, tiene derecho a hacer una llamada.
Solo un número. Sesenta segundos. Al menos, si no quiero que la rastreen.
¿A quién llamo? Esto es serio, me acusan de asesinato.
Cualquiera en mi situación llamaría a sus padres, pero la relación con los míos es complicada
y la consabida mirada de decepción de mi padre me calará hasta los huesos en cuanto se entere
de todo. Por otra parte, esta llamada podría salvar una vida. Todavía no es demasiado tarde para
C…
Levanto un dedo para marcar. Apenas me sé un puñado de números de memoria, pero el de
ella es uno de ellos, no me preguntéis por qué. Supongo que sabía que algún día lo necesitaría.
Espero los tonos con verdadero pánico. Como no conteste…
—¿Sí?
—Escúchame atentamente… —digo con intensidad.
—¿Morgan, eres tú?
—Sí. Tengo poco tiempo. Estoy en comisaría. Me han detenido.
—¡¿QUÉ?! ¡¿POR QUÉ?!
—No importa. Corres peligro… Aléjate de nosotros o irán a por ti. ¿Me has entendido?
—¡¿A por mí?! ¡¿Quién?!
—No hay tiempo para explicaciones. Solo sé que yo no soy el verdadero objetivo, lo eres tú.
Rompe con todo y sigue con tu vida hasta que neutralicemos la amenaza.
—¡¿Qué amenaza?!
—Tengo que colgar. Júrame que me harás caso, por favor. Recuerda mis palabras exactas.
—¡Pero Morgan…!
—Destruye ESE teléfono ahora mismo y desaparece. Pero antes, desmantela todo… Todo
rastro tuyo de mi casa. ¿Entiendes lo que digo?
—¡Me estás asustando! ¡¿Qué ha pasado?! ¡¿De qué se te acusa?!
—¡Maldita sea! ¡¿Quieres morir?! —Hay un silencio en la línea—. ¡Pues obedece! —Cuelgo
antes de rebasar el límite de tiempo y me froto la cara, alterado.
Ni yo mismo me lo creo, pero, por una vez en mi vida, he hecho lo correcto. Yo ya estoy
perdido, pero no quiero involucrar a nadie más. Toca aguantar las represalias. Lidiar con esto no
va a ser fácil.
¿Qué pensará Freya cuando se entere? No quiero ni pensarlo. Todo cuadra perfectamente y la
policía ya me trata como a un asesino.
—¿Qué hacía junto al cadáver de Christopher Hewitt?
—¡Se lo he dicho siete veces! Me mandó un mensaje para que acudiera a la playa y cuando
llegué, lo encontré muerto. ¡Me han tendido una trampa!
—¿Quién?
—Los tipos para los que trabajaba.
—¿Y por qué querrían hacer eso?
Ese era el quid de la cuestión. ¿Por qué encajarme un muerto si ya les había dicho todo lo que
querían saber? ¿Por qué no matarme a mí directamente?, es en lo único que he pensado en las
últimas horas y he llegado a la conclusión de que me quieren vivo.
Hasta que no logren comercializar el Moonbow, no se desharán de mí. Porque sé demasiado y
me quieren controlado.
Cuando Chris me escribió el mensaje para quedar estaba en el coche, volviendo a casa, con la
cabeza hecha un lío y el corazón destrozado. Estar con Freya fue como subir a la luna y luego
caer en picado hacia la Tierra. Un hostión tremendo. Sus dudas se me clavaron en el corazón
como una jodida estaca afilada. Y cuando leí el mensaje de Chris, no me lo pensé y acudí a esa
maldita playa.
«Tenemos que hablar de Freya. Quiero zanjarlo de una vez por todas. Estoy en el mirador de
Pass».
¿Por qué coño iría a ese recóndito lugar en plena noche?
¿Por qué no pensé que podía ser una trampa?
¿Por qué no lo grabé todo desde el instante en el que me mandó el mensaje hasta que llegué
allí?
Porque no somos máquinas, joder. Somos personas con sentimientos y los míos estaban muy
heridos.
—Lo harían para cargarme el muerto a mí. Saben que Chris y yo no nos llevamos muy bien…
Hay un móvil amoroso, todo les cuadra. ¡Pero yo no he sido, joder!
—¿Sabes qué creo yo? Que quedasteis, la conversación se complicó, lo rajaste, escondiste el
cuchillo y llamaste a la policía como si te lo hubieses encontrado muerto.
—¡NO! —grito enfadado—. ¡No fue así!
—Esos ataques de ira son la prueba A. Lo estamos grabando todo.
—¡Esto no es un ataque de ira, es una injusticia!
—Ya están registrando los alrededores con un detector de metales para encontrar el cuchillo o
la navaja que usaste. No creo que te diera tiempo a esconderlo muy lejos.
—¡Yo no hice nada!
—Será mejor que no sigas hablando, chico, necesitas un abogado.
—¡¿Por qué no trabajáis en la posibilidad de que diga la verdad y buscáis al verdadero
culpable?! ¡Hay un asesino suelto por ahí!
—Te fuiste de casa de Freya muy enfadado, ¿no? O eso pone ella en su mensaje.
—Christopher me dijo que la llevase a casa. ¡Ya se lo he contado todo! Estábamos los tres en
el chalet que les he indicado y Chris se quedó allí con gente que tenía muy mala pinta. Al vernos
discutir por ella se darían cuenta de que podían cargarme con su muerte a mí. ¡¿No lo ven?!
—Lo investigaremos, chico. No te preocupes.
—¿Cómo no voy a preocuparme? —digo sosteniéndome la cabeza—. Imagínese que está en
mi situación y es inocente. ¿Cómo estaría?
—Llorando. Estaría llorando y rezando.
Sus palabras me dan escalofríos. ¿Tan mal lo ve?
Me dejan encerrado en una habitación de interrogatorios totalmente blanca durante un tiempo
indefinido. Me gusta el thriller. Sé que lo hacen para volverme loco, preguntándome una y otra
vez lo mismo de formas distintas, por si cambio de versión. Es lo típico. Con lo que no contaba
es con el estado de nervios, incomprensión y desesperación en el que te sumergen. Estoy tan
cansado que podría desmayarme. No he dormido en toda la noche.
—Tus padres están aquí. Han venido con tu abogado.
¿Quién los ha avisado? Me trasladan hasta otra habitación más civilizada, con una ventana y
distintos colores, donde me esperan mis progenitores con un hombre que no conozco.
—¡Hijo! —exclama mi madre al verme. Odio oírla tan preocupada. Ella suele ser un duende
feliz del bosque, y ahora mismo, su lenguaje corporal me dice que está sufriendo porque quiere
abrazarme y no nos dejan—. ¡No te preocupes, cariño, todo se va a solucionar!
Tomo asiento y el abogado empieza a hablar para presentarse. Pero yo solo puedo mirar a mi
padre. Enfrentarme a lo inevitable, aunque apenas me queden fuerzas para soportar a otra
persona que no me cree. Pero en su mirada hay una expresión desconocida. Está serio y
comedido como de costumbre, pero sus ojos me dicen que tiene un plan.
Me escucha atentamente, sin interrumpirme en ningún momento cuando el abogado me pide
que le cuente CON TODO LUJO DE DETALLES lo que hice desde que terminó el campeonato
el día anterior.
Lo hago, aunque saltándome algunas partes, obviamente… Y al hacerlo, es como si mi padre,
estuviera rellenando los huecos con tanta facilidad como si lo hubiera vivido él mismo.
Su habitual cara de desconfianza hace mella en mi ánimo en los momentos clave, pero me
mira como si fuera a matar a alguien cuando digo:
—Yo no lo hice. LO JURO POR DIOS…
Mi voz tiembla en la última sílaba y mi cara se congestiona. Es como si acabara de darme
cuenta de que Christopher ha muerto. HA MUERTO. Ya no está. Su vida ha acabado. Y la mía
también.
Mis ojos abnegados en lágrimas me traicionan y trato de respirar hondo para frenarlas.
—Lo solucionaremos —dice entonces mi padre con una convicción que me sorprende. ¿Cómo
coño va a solucionarlo?
—Decidle a Aitor que llame a Marco —les pido.
—¿A Marco?
—Sí, lo quiero aquí. Confío en él. Es un policía en activo que trabaja en estupefacientes.
—No creo que venga…
—Decídselo a Aitor. A él le hará caso. Y necesito ver a Lenny cuanto antes.
—¿Para qué? —indaga mi padre. Sabe que hay muchas cosas que no les estoy contando.
—Quiero hablar con él.
—No es momento para tener secretos, hijo —advierte mi padre.
—Toda la información puede ser crucial —presiona el abogado.
—¡Solo quiero verle! Estaba haciendo muchos progresos y sé que todo esto va a afectarle
mucho. Que venga cuanto antes.
—Están a punto de cumplirse las ocho horas de detención —alega el abogado—. Hay que
tomar una decisión. El juez ha impuesto una fianza de un millón a espera de juicio rápido.
—La pagaremos —dice mi padre sin pestañear.
—Ni de coña —me opongo.
—¿Cómo que no?
—No la paguéis.
—¡No vamos a dejarte aquí! —exclama mi padre sulfurado. Su mirada está inyectada en
sangre—. Un hijo mío no va a pasar la noche en la cárcel…
Mi madre posa las manos sobre él con una dulzura extraña y susurra un «Tranquilo…», apenas
audible.
—No me llevarán a la cárcel, me dejarán aquí, al menos, tres días.
—Voy a pagarlo —sentencia endiablado—. ¡¿Para qué coño está el dinero si no?! O dejas tu
orgullo fuera de esto o lo pagarás caro… —susurra afectado—. Sé de lo que hablo… Por favor…
Te ruego que…
—Papá… —lo freno calmado. Él me mira con ansiedad, como si estar encerrado fuera lo peor
que pudiera pasarme—. Quiero quedarme.
—¡¿Por qué?!
—Porque ahora mismo estoy más seguro dentro que fuera…
Los tres me miran anonadados.
Mi padre se lleva las manos a la cara para cubrirse la nariz y la boca con ellas. Se levanta y da
vueltas por la habitación como un tigre enjaulado, pensando en mil cosas a la vez. Ni siquiera mi
madre quiere interrumpirle.
—Entonces, ¿rechazamos la fianza? —pregunta el abogado.
—Sí —zanjo con rapidez—. Además, es una barbaridad de dinero.
—Es alta, sí. No esperan que la paguéis. Necesitan tiempo para recabar datos y pruebas.
Mi padre se queda apoyado en la ventana, sombrío y hundido, como si acabara de recibir la
peor noticia del mundo.
Mi madre se acerca a él por detrás y lo abraza con cuidado, como si entendiera su dolor a la
perfección.
—No va a pasarle nada… —susurra en voz baja.
¿Por qué actúa como si esto le estuviera pasando a él en vez de a mí?
Mi padres se marchan y tardan un rato en bajarme a los calabozos. No dejo de pensar en Aitor
y en Lenny, en su seguridad porque, de alguna forma, están implicados en todo esto conmigo.
Pero ellos no han visto a esos hombres. No podrían identificarlos. Yo sí.
También temo por Charlotte. No quiero que descubran que ella es la química que ha
confeccionado Moonbow. Necesito decirle a Lenny que monten uno de sus paripés públicos en
los que corten con una gran discusión y ella se aleje de nosotros hasta que pase la tormenta.
También pienso en Freya. Supongo que la han interrogado. ¿Habrá contado lo que ocurrió
entre nosotros cuando la llevé a casa? Porque yo no lo he hecho. Y no solo porque ese acto me
incrimina todavía más, sino porque ella cargaría con la infidelidad a un muerto de por vida. Esto
es un pueblo pequeño. No quiero que le salpiquen nuestros asuntos turbios.
Sea como sea, tras los recientes acontecimientos, lo nuestro está sentenciado. No querrá ni
verme, devorada por la culpabilidad de estar llegando al orgasmo a la vez que Chris exhalaba su
último aliento. Eso sin contar que, como suele ocurrir, su subconsciente busque un culpable para
soportar mejor su dolor y piense que soy un asesino tan obsesionado con ella que he eliminado a
mi rival de un navajazo en el cuello.
Había tanta sangre cuando llegué junto a Chris… Estaba pálido, con los ojos cerrados y la
boca abierta. No lo toqué, hasta ahí me dio el cerebro, pero era muy reciente. Todavía no
mostraba rigor mortis o rigidez cadavérica.
En ese momento, no pude pensar racionalmente. Solo quería huir, como cualquier animal ante
un peligro. Pero me acordé de su mensaje y supe que podrían comprobar el GPS de mi coche y
del suyo. Todo eso sumado a nuestra conocida rivalidad me hicieron pensar que lo mejor sería
actuar como la persona inocente que era y llamar a la policía. Cualquier otra cosa, complicaría
mi defensa.
Cuando llegó la patrulla, les expliqué que me había citado aquí con él y que lo había
encontrado muerto. Evidentemente, me hicieron acompañarles a comisaría «para declarar». Y
ahora soy alguien cuya libertad vale un millón de dólares.

Me meten en una celda y apenas duermo a intervalos. Intento forzarme a ello porque estoy
muy cansado, pero es difícil sabiendo que esto no ha hecho más que empezar.
Me parece que pasa una eternidad hasta que, al día siguiente, creo, me hacen pasar a una
habitación en la que Lenny me espera.
Su expresión compungida no dista mucho a la que ha tenido los últimos diez años, pero su
preocupación por mí es mucho más patente.
Levanta la mano para saludarme.
—Hola… —Tomo asiento frente a él. Veo que hay papel y lápiz encima de la mesa. Le habrán
quitado el móvil al pasar, y como no habla, le han dado medios para que podamos comunicarnos.
Es perfecto.
«¿Estás bien?», me dice por gestos.
—Sí. No te preocupes. Quería verte para tranquilizarte —le digo mirándole fijamente para que
entienda que no es eso lo que quiero. Y veo que lo capta a la perfección—. ¿Dónde estabas
cuando me detuvieron? —le pregunto enigmático.
Él escribe en el papel.
«Estaba delante cuando llamaste a C. Hicimos todo lo que dijiste. La poli vino a registrar la
casa. C se lo llevó todo en su coche antes».
—Bien —formulo satisfecho—. Todo va bien, sí… Seguro que encuentran al verdadero
culpable… Ya verás. Tú no te preocupes…
Cojo la hoja y escribo lo más rápido que puedo y en clave, mientras le digo que tiene que estar
tranquilo hasta que todo se solucione. No dejo de escribir a toda velocidad, con mala letra,
mientras dejo que lo lea sobre la marcha antes de que alguien entre a detenernos.
«Cortad en público HOY. Hackea nube móvil Chris. Dile a Freya que yo no he sido. Comete
este papel AHORA».
Lenny arranca lo que hemos escrito y se lo mete en la boca sin pensar.
Un policía entra en la sala y me encojo de hombros con inocencia.
—A veces hace estas cosas… —explico—. ¿Ha oído hablar del trastorno de la pica? También
le gusta comer tierra.
Lenny mira al agente con un rictus imperturbable mientras mastica. A veces no sé si es buen
actor o es que está completamente loco.
—Mejor me lo llevo, a ver si se va a atragantar y me meto en un lío.
Va a coger el resto del papel y Lenny lo atrapa con sus dedos. Hay un forcejeo y el agente se
pone nervioso.
—Yo que usted, no le quitaría su comida… —murmuro.
Lenny le mantiene la mirada como un auténtico asesino en serie. Es un cabrón. No estoy para
risas, pero las ganas de sonreír viajan por mi cara sin poder evitarlo. Finalmente el agente se
rinde.
Y deja que Lenny escriba algo.
«Todo va a salir bien», leo. Su mirada desprende un apoyo incondicional y las ganas de llorar
aparecen de nuevo en mis ojos.
—Sí… —musito.
«Marco está en camino».
—Bien. Contádselo todo.
«¿Todo?».
—Sí —digo sin dudar.
Si hay alguien en el que confíe en este mundo es en él. Me refiero a que pondría mi vida en
sus manos sin pensarlo un instante. Hace un año que no nos vemos, desde que lo visité en España
cuando Aitor todavía vivía allí. Pero con él no hay protocolos. Podría llamarle ahora mismo y no
decirle ni hola y vendría en el primer vuelo. Es de esas personas que sabes que nunca te fallarán.
Y esas se cuentan con los dedos de una mano.
—¿Cómo está Freya? —pregunto afligido.
Lenny escribe atribulado.
«No sale de su casa. Está muy afectada».
—Ve a verla, por favor. O que vaya Aitor. Dile que lo encontré muerto. Cuéntale lo que os
conté a vosotros la noche de la fiesta…
«Ok. Pero creo que no quiere ver a nadie».
La culpabilidad atraviesa mi cara y Lenny la capta al vuelo. Creo que capta que la jodimos a lo
grande cuando la acompañé a casa… tanto en sentido figurado como en el literal.
Si está tan mal, seguramente termine contando nuestro escarceo o el secreto terminará
asfixiándola. Y terminará enterándose everybody.
Suspiro con esfuerzo.
—Ojalá Marco venga pronto… Averigua quién lleva la investigación y que contacte con él.
Llevadle al Capitán Nemo a tomar algo, le gustará el antro… —digo levantando las cejas para
enfatizar que es clave que investigue al capitán. Estoy seguro de que él sabe algo, pero
mencionárselo a la policía solo le haría cubrirse las espaldas y huir.
Esos hijos de puta confían en mi silencio, porque si caen ellos, caemos todos. Además no
puedo mencionarles sin hablar de Moonbow.
Y lo último que quiero es que mis padres se enteren de eso.
Nunca se recuperarían de una decepción así. Ellos son antidroga.
30
EL PRINCIPITO
“Al primer amor se le quiere más, al resto, se le quiere mejor”
Antoine de Saint-Exupéry

Consulto la hora malhumorado. Odio esperar.


Y menos en el único lugar del mundo en el que es imposible ligar: la terminal de Llegadas del
aeropuerto de Brisbane.
Debe de triangularse con los monolitos de la Isla de Pascua y las Fosas Marianas porque la
frecuencia de mi atractivo sexual aquí se pierde. O quizá es que, desde que mi hermano está
detenido, mi flow social ha caído en picado.
No estoy preocupado, Lucas es inocente. Mucho postureo de malote, pero luego es más bueno
que Lassie. Tarde o temprano, lo soltarán, no existe el crimen perfecto desde que vivimos en un
jodido Gran Hermano mundial gracias a los móviles. Pero necesito que Marco lo solucione antes
de que se me gangrene la polla por no usarla… Hace tanto, que ya se me ha olvidado cómo se
hace una paja.
Empieza a salir la gente proveniente del vuelo y Marco aparece de los últimos con su habitual
porte policial. No sé cómo lo hace, pero se le nota en la cara que va armado. Por eso le sugerí
que se tatuara un «¡Cuidadito, con lo que haces!», en el dedo del gatillo. Le quedaría genial…
Su forma de vestir mejoró un poco cuando estuve viviendo con él, básicamente por no oírme,
pero se nota a la legua que es el típico hetero extremo que solo conoce la existencia de los tres
colores básicos y sus mezclas hasta siete.
Si le mencionas el verde menta, el añil o el lila, te mira como si tuvieras una enfermedad
contagiosa.
—Aitor… —dice como si acabara de llegar al frente de una batalla.
—¡Dame un abrazo, hombre! —Lo estrecho fuerte sonriente. Disfruto de los dos segundos que
dura hasta que me aleja de él.
—Ya veo que no has perdido tu buen humor a pesar de que tu hermano esté imputado de
asesinato…
—Pues no. Confío en tu coco. Vámonos de este lugar maldito… —susurro buscando señales
de vudú por el suelo.
Nos subimos en el Toyota y no espera ni un minuto a interrogarme. Lo lleva en la sangre.
—Cuéntamelo todo —dice sacando un bloc de notas.
—¿Qué coño es esa cosa?
—Mi libreta.
—¡¿Tu qué?! ¿No usas el bloc de notas del móvil?
—Prefiero escribirlo. Los móviles son para llamar.
—Cuando todo esto termine, te ayudaré a construir una máquina del tiempo para volver a tu
época, bonito…
—Esto es serio, Aitor. Por favor, dime todo lo que sepas.
—Antes cuéntame un poco qué tal estás tú —digo renqueante.
Levanta una ceja perspicaz.
—O sea que os habéis metido en un buen lío, ¿no?
Por eso le hemos llamado. ¡Es más listo que el hambre! Siempre va un paso por delante con
sus deducciones legendarias.
—No diré nada sin mi abogado delante —bromeo—. Con lo estricto que eres, me enchironas
tú mismo…
—Yo también cometo errores… —Y sé que habla del motivo por el que tiene cara de culo
desde que ha pisado territorio australiano. Le trae malos recuerdos. Echo mucho de menos al
Marco bromista. Ese se parecía más a mí y a Mak. Pero desde que sucedió aquello es un
torturado de la vida más, como Lenny, Lucas, mi tío Kai y mi tío Luk. Y como mi tío Mak y
Marco se encuentren, seré minoría absoluta.
Lo que nadie sabe es que Marco hubiese terminado huyendo igualmente, pero le echaron
antes.
—Me acojona contártelo —admito—. Deja que lleguemos a Byron para que Lenny esté
delante y toda la bronca no recaiga sobre mí…
—Déjate de gilipolleces. Tenemos hora y media por delante y vamos contrarreloj. Podrían
procesarle en cualquier momento y luego nos costará mucho más sacarlo. Tenemos 72 horas para
aportar pruebas de que no fue él. Habla YA.
—De acuerdo. Pero me obligarás a contarte un bombazo sobre Luz para que todo lo demás no
te parezca tan malo…
—¿Que se casa? Ya lo sé…
—¿¡Por qué lo sabes todo siempre!? Maldito Sherlock Holmes… ¿Cómo te has enterado?
—Por amigos comunes.
—¿Y el tío sigue vivo? Me sorprende…
—Olvida a Luz y habla de una vez.
Se lo cuento lo mejor que puedo, intercalando frases cortas entre sus imprecaciones y
resoplidos.
—Caso resuelto, ¡SOIS IDIOTAS! Esto es lo que llaman Selección Natural… —Se coge el
puente de la nariz.
—No teníamos alternativa.
—¡Y un huevo! ¡Claro que la teníais! Podíais haberme llamado antes de hacer nada.
—Nos lo hubieras impedido.
—¡Pues claro que sí! ¡Os hubiera dado el dinero yo mismo! Después habría venido de
vacaciones aquí y hubiera empapelado a ese gilipollas del Capitán Nemo.
—Eso hubiera estado mejor, sí…

—Los mayores siempre temieron que repitierais sus pasos… —murmura—. Y por fin ha
llegado el día…
—¿Qué pasos? ¿De qué hablas? ¡El único que has seguido sus pasos eres tú, que te has hecho
poli como ellos…!
Chasquea la lengua.
—Eso es simplificar muchísimo las cosas…
—Sabemos que eran geos, que participaron en operaciones de crimen organizado, y que por
eso asaltaron la casa del tío Luk hace años…
—Eso solo es la punta del iceberg. Pero bueno, el caso es que habéis llamado la atención de
los narcos y no va a ser fácil que se olviden de vosotros…
—Ya les hemos dado el Moonbow. ¿Qué más quieren?
Se queda callado. Y me entra el canguelo.
—Dime las fechas exactas. ¿Cuándo fue la pelea en el pub con Kali? ¿Quiénes participaron?
¿Cuándo empezasteis a comercializar la droga?
Tras responder a un sinfín de preguntas, llegamos a comisaría. No tenemos mucha fe en que
nos dejen ver a Lucas sin cita previa, pero Marco quiere averiguar quién lleva el caso para saber
a quién informar si descubre algo por su cuenta. Con sus credenciales por delante, claro.
—Enseguida aviso a quien lo lleva —me dice un agente.
—Gracias —Sonrío encantado. Adoro a los tíos de uniforme.
Aprovecho para deleitarme la vista cuando, de pronto, aparece…
¿De todas las comisarías que hay en el estado de Nueva Gales del Sur Enzo tenía que trabajar
en esta? Puta casualidad…
Al verme, pone la clásica cara de fastidio. Está guapísimo, el cabrón.
Me quedo parado sin mover ni un músculo. Marco lo reconoce y arruga las cejas. Y cuando
mira hacia mí, me descubre disecado y decide reaccionar.
—¡Enzo…! ¡No sabía que trabajabas aquí! —Queda claro que yo tampoco—. Al final
conseguiste ser poli, ¿eh? ¡Felicidades!
—Gracias —responde indolente—. ¿Qué haces tú aquí? ¿Has vuelto?
Y no me extraña que le sorprenda. Él fue testigo de la que se lio en nuestra casa esa
nochevieja… Fue una fiesta conjunta con nuestros vecinos. La última en común, de hecho. Puto
Kali…
—No, no, solo estoy de paso. He venido por lo de Lucas… Quería hablar con el inspector que
está llevando la investigación.
—Es mi jefe, Jeremy Hanks. Yo soy su adjunto…
—Ah, fantástico. Voy a estar unos días por aquí, echando un vistazo, si averiguo algo que sea
interesante, sabré a quién decírselo.
—De acuerdo —contesta sin desviar los ojos de él.
—Oye… ¿podemos verle? A Lucas…
—Si no estáis en la lista…
—Por favor… Acabo de aterrizar. Llevo veinticuatro horas metido en un avión solo para verle.
Lo vemos dudar y de pronto, me mira. Uf. Mejor no. Está claro que me odia…
—Si lo consigo, solo podría pasar uno —advierte.
—Pasaré yo —se adelanta Marco—. Por favor, haz lo que puedas.
—Lo intentaré…
Se va, y Marco se gira hacia mí.
—¿No sabías que trabajaba aquí?
—¿Te parece esta la cara de alguien que lo sabía? —Me señalo.
—Joder… ¿Qué coño has hecho desde que has vuelto?
—Follar, ir de fiesta, traficar, un poco de todo…
Marco mira hacia arriba y sisea que estamos en una comisaría.
—Si me deja entrar, compórtate —me advierte.
—¿Qué significa eso?
—Que no hables con nadie. Márcate un Lenny. ¿De acuerdo?
—Uy, yo no sé hacer eso. Si me quedara callado, me saldrían subtítulos.
—No la líes —masculla cuando vemos volver a Enzo. Hacía casi tres años que no lo veía y el
tiempo le ha tratado muy bien. Está aún más cañón, si eso es posible. Su hermano Hugo está muy
cachas, pero Enzo está hecho de otra pasta… Lo sé muy bien. Los he degustado a los dos…
—Puedes verle, pero solo cinco minutos —le dice a Marco.
—¡Genial! Mil gracias.
—Ve por aquel pasillo. Y entra en la sala dos. Enseguida lo subirán.
—¡Gracias, de verdad!
Marco se marcha y Enzo me mira, pero me ignora rápido. Todavía no me creo cómo llena esa
camisa azul de manga corta de oficial, con ribetes, escudos cosidos y unos tentadores botones
minúsculos que me gustaría arrancarle con los dientes.
Seguro que entrena con su hermano. Menudo sandwich haría con ellos…
—Te veo bien, Zo…
—Ni se te ocurra llamarme así. Si pudiera, te echaría de aquí —masculla—. Y si me entero de
que vuelves a hablar con mi hermano…
—No es que habláramos mucho, ya sabes, solo jadeamos.
Cierra los ojos, asqueado.
—¿No nos has jodido ya suficiente?
—Al parecer Hugo no tuvo suficiente. Cuando quise darme cuenta, me la estaba comiendo.
Cosas que pasan… —Me encojo de hombros. Lo pienso de verdad. No todo en esta vida es
premeditado. Esta conversación es un ejemplo. Yo estaba intentando no meterme en líos, ¡en
serio!, me ha hablado él. ¡Anda, vuelvo a ser irresistible! ¡Yuju!
—No te acerques a mi familia —sentencia.
—¡Yo no hago nada! Sois como polillas atraídas por mi luz.
—Más bien como moscas atraídas por la mierda.
—¿Por fin admites que te atraigo? Felicidades, solo te ha costado tres años.
—Tuve mi fase heterocuriosa, nada más… Ahora estoy felizmente casado.
—¡¿Perdona?! ¿A quién has engañado para formar una familia mientras flirteas con todo rabo
viviente?
—Yo no flirteo con nadie.
—Eso decías siempre… Hasta que me comiste la boca. Un pelín agresivo, pero brutal. De los
mejores polvos que he echado…
—Eso forma parte del pasado. Ahora soy otro.
—Un hombre casado, sí. ¿Te dan una chapita cuando pasas a formar parte de ese club? Porque
a mí no me la dieron…
—Lo tuyo fue una pantomima. Lo anularon todo.
—Y lo tuyo lo anularán si no te la follas pronto. Tápale los ojos e imagíname a mí, terminarás
en un pis pas…
Sus puños se cierran como si quisiera partirme la cara. O el culo. ¡Ay, por Dios, no me hagas
ilusiones…!
—Sal y espera fuera, hazme el favor —masculla molesto.
—Tu autocontrol brilla por su ausencia. ¿Cómo pasaste el examen psicológico para ser poli?
—Será que no estabas en el continente cuando lo hice. ¡Largo!
—No puedes echarme, soy un civil. Uno muy guapo.
—Vete o les diré que me has escupido y te pasarás el día detenido.
—Uh, ¿no te gusta que te escupan? A mí sí —digo lascivo.
—Estás fatal… —musita y desaparece.
—¡Sí, lo estoy! —admito. No sé callarme. Nunca he sabido.
Espero unos minutos y Marco sale a mi encuentro con mala cara.
—¿Cómo ha ido?
—¿Tú qué crees? Está desmoralizado y le he cantado las cuarenta. Hay que darse prisa. Me ha
dicho que Lenny ha venido esta mañana y le ha dado instrucciones.
—¿Qué tipo de instrucciones?
—Vámonos, hablamos por el camino.
Al salir de la comisaría nos encontramos de frente con mi padre y mis tíos. Cuando Marco y
Mak se ven, la tierra deja de girar. Los demás ponemos cara de que nuestro avión se va a
estrellar.
MAY DAY! MAY DAY!
Mi primo aparta la mirada incapaz de mantenérsela después de ocho años sin verle.
—Marco… —susurra Mak sobrepasado.
El aludido no dice nada, solo pivota incómodo.
—Te espero en el coche —susurra, echando a andar.
—Espera, Marco… —suplica Mak apesadumbrado.
—MARCO —pronuncia mi padre. Y detiene sus pasos por arte de magia.
Bueno, no es magia, es que nos han criado para entender que cuando el patriarca de la familia
modula ese tono, todo el mundo debe ponerse firme, y Marco no es inmune a ello. El único
inmune al Alfa es mi hermano Lucas... Al parecer, entre Alfas, el rollo no funciona.
Marco gira sobre sí mismo con lentitud y mira a mi padre.
—Gracias por venir… Lucas insistió mucho en ello.
—Lo que sea por él.
Mi tío Luk se acerca a Marco y lo abraza sin poder evitarlo. Y creo que lo hace por Mak, para
transmitírselo de su parte. A veces no sabemos dónde empieza uno y termina el otro.
Es un momento muy incómodo porque Marco no coopera mucho. Mi tío Mak se agarra los
brazos con nerviosismo, como si fuera él.
—Estás hecho un hombre… —le dice Luk—. Me dicen que te va muy bien en el cuerpo.
—No me quejo.
—Lucas está en un buen lío —expone mi padre—. Me refiero a… más allá de la imputación
de asesinato.
—Lo sé…
—¿Qué te han contado? Necesito saberlo, Marco.
—No necesitas saberlo.
—Es mi hijo —repone atormentado—. Por favor, Marco, esto no es un puto juego...
—Lo sé. Dame un día de margen para hacer mis comprobaciones. Cuando sepa algo más, te lo
diré. Ellos me han contado lo que creen saber, pero la realidad puede ser bien distinta…
Y con ese alegato, se mete a los mayores en el bolsillo y se va.
Mak se mesa el pelo reprimiendo las ganas de correr hacia él y tocarlo. Finalmente, se frota la
cara y Luk va a consolarlo. Pero antes de que pueda hacerlo, huye hacia la puerta de la comisaría
y casi se pega con ella para entrar.
Siempre me ha puesto los pelos de punta verlo así. Sin bromear. Dominado por sus demonios
y haciendo honor a su nombre, «Mako». Dicen que también era de gatillo rápido cuando era geo,
igual que su vástago.
Mi tío Álvaro, alias Mak, no es el padre de Marco, lo adoptó a los cuatro años. Siempre se han
adorado mutuamente. Según mi primo, era el mejor padre del mundo, hasta que dejó de serlo…
De la noche a la mañana no quiso volver a verlo nunca más. Traición, lo llamó… Un par de años
después, Mak intentó solucionar las cosas instigado por mi tía Mei, pero Marco no quiso saber
nada de nadie. Hablaba por teléfono de vez en cuando con mi tía Mei para contarle cómo le iba y
poco más. Del resto, los únicos que manteníamos contacto con él éramos Lucas y yo.
—¿Cuánto vas a quedarte? —pregunta mi tío Luk a Marco.
—Lo que sea necesario.
—Gracias… —musita Kai agracecido. Y le ofrece la mano.
Él la mira, pero no se la coge.
—De nada —dice simplemente—. Vámonos, Tor.
A ninguno nos sorprende su gesto. Para Marco fue Kai el que, en última instancia, destrozó su
vida, tal y como la conocía. Fue sin querer, pero lo hizo. Y no estaba listo para perdonarle.
—Oye, tío Luk —pregunto curioso—. Tú seguro que lo sabes, ¿con quién está casado Enzo, el
hijo de Guille y Laura?
Me mira extrañado.
—¿No lo sabes?
—No…
—No se lo digas —barrunta mi padre azorado.
—¿Por qué? ¡¿Quién es?! ¡Ahora necesito saberlo!
—Con Ruby —contesta mi tío—. Se casó con Ruby.
—¿CÓMO…? —Me quedo clavado.
—No tengo todo el día… —me dice Marco desde el coche.
—Mantente alejado de ellos, Aitor —advierte mi padre.
Me muevo para subirme a la pickup todavía anonadado.
¿Con Ruby? ¿En serio? No puede ser…
—¿Qué te pasa? —me pregunta Marco cuando me ve idiotizado.
—Acabo de enterarme de que Enzo está casado con Ruby.
—¡No jodas…!
—Ya ves…
—¿Esa no es la tía con la que te casaste tú?
—La misma.
Pone los ojos en blanco.
—Ni en Juego de Tronos se ve lo que pasa aquí…
31
CIEN AÑOS DE SOLEDAD
“Tenía la rara virtud de no existir por completo, sino en el momento oportuno”
Grabriel García Márquez

A
—¿ dónde vamos? —pregunta Aitor al salir del parking.
—A casa de Freya.
—Dicen que no quiere hablar con nadie.
—Conmigo querrá.
—Me fascina tu seguridad en ti mismo —replica burlón—. Acabas de llegar. No tienes ni puta
idea del percal que se traen entre ellos, pero das por hecho que a ti te escuchará… Acojonante.
—Freya es otra víctima de esta situación. Y las víctimas quieren hablar aunque digan que no.
Es lo que más desean. Y yo sé cómo hacerlas hablar.
—Claro que lo sabes, joder. Tú siempre sabes qué decir y también cuándo callarte. No como
yo. Por cierto…, ¿hacía cuánto que no veías a Mak?
—¿Por qué preguntas, si ya lo sabes...?
—¡Es que no puedo creer que no os hayáis dicho nada! ¡Es tu padre!
—No es mi padre.
—Que tengáis sangre en común, o no, es lo de menos.
—Ese fue justo el problema. Gracias por recordármelo.
—Nooo… —susurra compungido—. Lo siento... Yo…
—No quiero hablar de ello —digo indolente—. Olvídalo. Yo lo he hecho.
¿A que me sale de puta madre decirlo? Lo repito: «Lo he olvidado». Y estoy muy orgulloso de
mí. ¡Estoy curado! Curado de cómo he gestionado el espanto que supuso todo aquello. Soy un
jodido muro impenetrable, ver a Mak no me ha afectado en absoluto. Aunque estaba mayor, más
de lo que recordaba… Supongo que los disgustos envejecen bastante. Y yo le di el peor de su
vida.
—Perdona, soy un bocazas —murmura Aitor—. Lo mío es diarrea verbal, en serio, ¡le he
acabado diciendo a Enzo que me pone que me escupan! Soy un desastre… —Se tapa la cara.
—Tiene que haber de todo en el mundo…
Me mira tan indignado que no me queda más remedio que sonreír de medio lado. Aitor
siempre ha tenido el superpoder de divertirme. Y eso no es fácil en mí. Ya no.
—¡Una sonrisa! ¡Marco is back! —exclama triunfante. Será un bocazas, pero creo que es muy
consciente de lo que provoca en mí. Y también en los demás. Hay personas que te hace creer que
todo es posible.
—Háblame de Christopher —me reconduzco—. Hazme un resumen.
Me preparo para uno de sus soliloquios brutales. Iba en serio. Si no hubiera habido un Aitor en
el mundo, habrían tenido que inventarlo.
Carraspea y se prepara para decir:
—Imagínate a Satán reencarnado en el cuerpo de Ken, ¿vale? Siendo el líder de una banda de
anormales, siendo el novio perfectamente celoso y tóxico de Freya, y un capullo integral de
marca registrada. Todo legal.
Lucho por no volver a sonreír.
—¿A qué se dedicaba?
—Trabajaba con su padre en su funeraria.
—¿No jodas?
—Sí, y en sus ratos libres, distribuía sustancias ilegales, al parecer...
—¿Quiénes eran sus amigos?
—Uno de los mejores era Kali, el hijo de Dani e Iker.
—No me digas más… —digo chasqueando la lengua.
—Dios los cría y ellos se juntan.
—Joder… ¿Freya está ciega? La tenía por una chica lista…
—Chris era bastante listo; la tenía bien engañada. En el fondo creo que estaba muy enamorado
de ella, porque cuando Lucas y Freya empezaron a ser amigos, comenzó a loquear y a ponerse
muy celoso.
—Y no iba desencaminado… Anoche Lucas y Freya follaron.
Veo que Aitor deja de prestar atención a la carretera más tiempo del recomendable.
—¡¿PERDONA…?!
—Nos vamos a matar —Señalo tranquilamente la calzada.
Da un volantazo y corrige el rumbo.
—¿Pero qué me estás contando…?
—Lo que oyes. Pero no quiere que se sepa, así que no digas nada. Por ella, pero sobre todo por
él. Me ha dicho que después discutieron y se fue de su casa. Debe de estar muy asustada.
—¡JO-DER! —exclama Tor anonadado—. ¡¿No te parece fortísimo?!
—Fortísimo es que sigas vivo con lo mal que conduces…
—¡Lo digo en serio! ¡Tienen una historia muy jodida!
—Pues acaban de batir su propio récord… Esta tarde iremos al Capitán Nemo. ¿Está abierto
los lunes?
—Abre todos los días y cierra cuando quiere.
—Como buena tapadera para blanquear dinero. Si le meto una auditoría, ya es nuestro. Seguro
que sus cifras están infladísimas.
Aitor detiene el coche delante de la casa de Kai y me recorre un escalofrío al verla. Una cosa
es construir un muro a diez mil kilómetros para no sentir nada y otra volver al lugar de los
hechos. Los malos recuerdos me queman en la boca del estómago como si fueran ácido sulfúrico.
Nos desviamos hacia el porche de la casa de al lado y llamamos al timbre. Emma, la madre de
Freya, nos abre la puerta. Siempre he adorado a esa mujer. Abogada. Irónica y un pelo precioso.
—Hola, Aitor… ¡Y Marco! —exclama reconociéndome.
—Hola. Cuánto tiempo, Emma… No te pregunto cómo estás porque me lo imagino. He
venido para ayudar en el caso de Christopher…
—¡Pasad, pasad! Estamos muy impactados… Freya está fatal.
—Ya sé que no quiere hablar con nadie, pero necesito verla.
—A nosotros no nos dice nada y declina ver a casi todo el mundo.
—Dile que ha venido a hablar con ella un policía.
—¿Cómo está Lucas? —pregunta de pronto Emma preocupada. Es la empatía personificada.
—Asustado —contesto con tiento.
—Avisaré a las chicas de que estáis aquí.
¿Las chicas?
Emma se ausenta durante un minuto y vuelve acompañada por…
«Me cago en la puta…».
Veo a Luz y el corazón se me para al momento. Ninguno de mis músculos coopera para huir,
aun sintiendo que su sola presencia puede matarme.
Ella me mira boquiabierta.
—¿Marco…?
Intento que mi cuerpo vuelva a respirar por sí mismo, pero me manda a la mierda. Quiero
recordarle que solo es mi hermana, pero no cuela. Si lo fuera, mi vida no habría sido un jodido
infierno…
Cuando ella nació, yo tenía cinco años y fue el mejor regalo que pudieron hacerme mis padres.
Bueno, mis padres adoptivos, Mak y Mei. Ellos estaban preocupados por cómo aceptaría a un
nuevo miembro en la familia, siendo además, consanguíneo, pero en cuanto la vi, tan pequeña y
bonita, me robó el corazón.
Parecía tan frágil e indefensa, que estuve bien atento a cada centímetro que creció desde que
nació. Me dejaron darle de comer sentado en un sofá. Jugar con ella tirado en el suelo cuando
todavía ni siquiera gateaba y dejaba que me tirase del pelo todo lo que quisiera a pesar de no
controlar su fuerza ultrasónica de bebé. Me tenía a sus pies. A sus putos pies, joder…
A los tres, a los cuatro, a sus cinco años… Era mi alegría de vivir.
Se convirtió en una niña preciosa y buena, como mi madre Mei. Eran clavaditas. Pelo negro y
ojos azules… pero su piel era algo más morena, como la de mi padre. Imaginaos… La perfecta
unificación de mis dos personas favoritas en el mundo se fraguó en ella. Era para morirse.
Jamás tuvimos una sola pelea mientras fue una niña. Su dulzura y su belleza me derretían a la
mínima. A veces la reñía cuando hacía una trastada, pero con una sonrisa que evidenciaba que
siempre se saldría con la suya conmigo. Los hermanos de sangre suelen pelearse violentamente a
todas horas, sean del sexo que sean, pero nosotros no, eso debería haberme dado una pista de lo
que más tarde sucedería.
No era una niña difícil, solía atender a razones cuando se las dabas, pero todo cambió cuando
entró en la pubertad y empezó a cambiar.
La primera vez que vi algo extraño en su forma de mirarme tenía solo once años. Yo vivía con
normalidad mis dieciséis y me encontraba hablando cariñosamente con una chica a la salida de
nuestro colegio.
De pronto, apareció ella y se nos quedó mirando con una expresión rara en la cara.
—¡Bicho, te estaba esperando! —exclamé al verla—. Vámonos ya.
Pero mi amiga no me dejó marcharme sin cogerme de la camiseta y acercarme a sus labios. Le
di un beso corto y discreto, porque sabía que mi hermana nos estaba mirando, y susurré un
«luego te llamo» muy prometedor a la vez que le guiñaba un ojo.
Lu, como más tarde se hizo llamar, se pasó todo el camino contestándome con monosílabos a
preguntas normales de cada día. «¿Qué tal en clase? ¿Qué has comido? ¿Alguna novedad?»
Hasta que me cansé de sus respuestas rancias y pregunté: ¿te pasa algo?
—¿Quién era esa? —contestó a mi cuestión deteniendo sus pasos.
—¿Quién?
—Esa chica que te ha besado en la boca.
—Ah, es María, una amiga…
—¿Sois novios? —preguntó con el ceño fruncido. Su aversión me pilló tan desprevenido que
no supe reaccionar.
—¡Nooo!, solo somos amigos… —Con derechos.
—¿Debería besar en la boca a todos mis amigos?
—No —contesté tajante. Demasiado tajante me temo—. Todavía eres joven. Eso se hace de
mayor, y solo con los amigos especiales.
—Hay chicas de mi clase que ya tienen novio y sé lo que hacen…
—Pobrecillas… —dije con verdadera lástima. Quería alargar lo máximo posible su entrada en
la madurez, y me marqué un farol.
—¿Por qué? —preguntó confusa.
—Porque cuando tienes novio, tienes que salir con él todos los fines de semana, en vez de
quedarte en casa con tu familia y tus amigas haciendo cosas mucho más divertidas. Por eso no
quiero ser novio de María, ¡porque me perdería un montón de cosas chulas!
—Estar en casa es aburrido… —formuló ella pasota.
—No cuando han venido los primos de Australia…
—¡¿Qué?! —Sus ojos se llenaron de felicidad.
—¡Como lo oyes! ¡Están esperándonos! ¡Y se quedan toda la semana!
—¡Yupiii! —Me abrazó. Y volvió a ser la de siempre.
Pero los años fueron pasando y mi niña empezó a mutar a “Lu”.
Si a los dieciocho no me hubiera ido a estudiar fuera, creo que podríamos haber encarrilado
nuestra relación, pero de sus trece a sus diecisiete nos vimos muy poco —algún fin de semana
cuando yo volvía a casa y en fiestas de guardar—, por eso nuestro vínculo fraternal se fue
enfriando lentamente. Transformándose. Igual que ella… No fui consciente de que la pequeñaja
era una crisálida esperando su gran momento para salir al mundo y deslumbrarnos a todos.
Lo último que recuerdo de la niña que fue es que me reía a carcajadas cuando la pillaba
bailando sexi mientras se miraba al espejo y cantaba; me hacía mucha gracia que se moviera tan
sensualmente cuando ni siquiera sabía lo que significaba. Pero, poco a poco, se volvió más
recelosa de su intimidad, más intrigante, más interesante, y aunque coincidiéramos, apenas
interactuábamos más allá de un saludo y preguntar un «qué tal» vacío.
Dejé de conocerla, así de claro. Y perdí su confianza.
Nos dábamos un abrazo de despedida los domingos y hasta la próxima. Pero cuando regresé a
casa al terminar la universidad, me encontré a una mujer que había crecido diez centímetros y
adelgazado siete kilos. Era un bellezón de casi, CASI, dieciocho años muy consciente de que
torturaba a los pobres imbéciles de su curso que deberían estar concentrados en los estudios en
vez de en sus vertiginosas curvas.
Había florecido y de qué manera. Ya no me salía llamarla «bicho» ni tomarle el pelo. Era una
jodida mariposa monarca y ella lo sabía.
Empezó a comportarse de otra forma al darse cuenta del efecto que producía en todo el
mundo, algo lógico y normal después de que dos agencias de modelos le hubiesen ofrecido
ficharla prometiéndole que podría ser la nueva Adriana Lima.
Todos sus movimientos se volvieron estudiados y provocativos. O era la sensación que me
daba a mis efervescentes veintidós…
Cada vez que me miraba con esos ojazos azules, me ardía el pecho y se me endurecían los
huevos contra mi voluntad. Lo odiaba. Me sentía un depravado, pero juro que se me insinuaba.
No eran imaginaciones.
Haceos cargo de cómo me sentía, ¡yo tiraba sus pañales llenos de caca a la basura, por el amor
de Dios! Y no quería pensar en ella de esa forma. ¡Era mi hermana! Salvo que… no lo era. Y lo
peor de todo es que notaba que ella no quería serlo. Había renunciado a eso desde muy pequeña,
¿cómo no me di cuenta cuando me pedía que jugáramos a casarnos? ¡Qué imbécil había sido!
—¿Me pones crema? —me pedía sin pestañear a los pies de la piscina de nuestro jardín.
Yo apretaba los dientes y cedía porque… ¿qué iba a decirle? «No, gracias, no me quiero
empalmar». Tampoco me daba opciones. Antes de contestar, ya se había desabrochado el biquini
y girado de espaldas.
—Dame un poco de masaje, de paso… —sugería cuando empezaba a extendérsela deseando
usar solo los codos.
Y la muy sádica, se ponía a gemir bajito y a contorsionarse.
—Deja de hacer eso… —le advertí una vez.
—Es que me encanta que me toques…
Y así empezó todo. Su burda seducción conmigo cada día iba un paso más lejos.
Su punto fuerte era su mirada. Me lo decía todo con los ojos. Me morreaba, me empujaba
contra una pared, se quitaba la ropa y me ofrecía su cuerpo en llamas, todo mientras masticaba
los cereales del desayuno delante de mí.
Antes de salir de fiesta, siempre venía a despedirse de mí, estuviera donde estuviera, con un
«¿estoy guapa?», a lo que yo contestaba: «más que ninguna». Después me dejaba impresos sus
labios, generalmente de rojo Ferrari o fucsia Hot passion, cerca de la comisura de la boca y el
miedo me atenazaba la garganta. Sobre todo, por lo reacio que era a limpiarme su huella.
Su olor era otro de los grandes problemas con los que lidiaba a diario. Era jodidamente
adictivo. Olía a cóctel tropical. Cada vez que pasaba por mi lado, mi boca generaba saliva a
mansalva recordándome que quería comérmela. Y tenía que vivir con eso.
Pasaron seis meses en los que me pajeé más que en toda mi vida. Ya casi me había
acostumbrado a la sensación cuando, un día, nuestros padres salieron a cenar y la pillé
morreándose con un tío en el sofá del salón. Esa imagen me quemó las retinas.
Su forma de agarrarle del cuello, de meterle la lengua, su escote generoso e hinchado
aplastado contra su esternón… No pude soportarlo. No quería sentir eso, pero ya no lo
controlaba en absoluto.
Me puse como loco al imaginarlos llegando más lejos. A él introduciendo un dedo en su
interior, cerrando sus labios sobre sus pezones y escuchando sus gemidos, y se me cortocircuitó
el cerebro. Creo que hasta le rompí la camiseta al chaval cuando lo agarré para echarlo de nuestra
casa. Huelga decir que ella se enfadó bastante.
—¡¿Te crees mi padre?! ¡Pasa de mí! —chilló furiosa.
—¡Ese tío quería aprovecharse de ti!
—¡No es cierto, yo quería que me hiciera de todo!
—¿Y tenía que ser en el sofá donde yo me tumbo todas las noches? ¡Ten un poco de respeto!
—¡Tenlo tú! ¡Me has estropeado mi cita del viernes! ¡Cómprate una vida!
—Esto es increíble…
—¿Sabes lo que te pasa? ¡Que estás celoso! —contraatacó.
Escuchar la verdad me dolió, pero jamás lo admitiría.
—¿De qué vas? —repliqué agresivo—. ¿Te crees una de esas tías que pone cachondo a todo el
mundo o qué?
—No, Marco, la que está cachonda soy yo. ¡Y ahora tengo que solucionarlo sola!
¡Muchísimas gracias!
Se encerró en el baño dando un portazo.
¿Había dicho «cachonda»?
Empecé a sudar y me enclaustré en mi habitación sobrepasado. Si hubiera tenido cadenas, las
habría cruzado sobre la puerta. Eso habría impedido que ella viniera más tarde y se tumbara en
mi cama en plena oscuridad.
—Lo siento… —susurró arrepentida—. Es que…
—No pasa nada…
Pero sí que pasaba. Era verano y hacía calor. Mi ventana estaba abierta de par en par y yo no
llevaba camiseta. Ella se había enfundado un pantalón corto y un top de licra con el que enseñaba
su ombligo perfecto… Por suerte, tenía su precioso y abundante pelo oscuro recogido en un
moño, ¿lo malo? Que eso le dejaba el cuello despejado, exhibiendo sus sensuales hombros y sus
increíbles clavículas… ¿He dicho ya que hacía calor?
—¿Por qué no sales un viernes? —me preguntó de pronto.
—Siento haberte estropeado el plan… —contesté—. No salgo porque necesito ahorrar. Y
pensar.
—¿En qué?
—En lo que voy a hacer con el resto de mi vida. No hay trabajo de lo mío y no puedo seguir
aquí, chupando del bote… Me siento mal.
—Es tu casa.
—El año que viene tú te irás a la universidad y Mak y Mei se merecen quedarse solos y no
preocuparse por nadie más… Tengo que comprarme una vida —Sonreí parafraseándola—. Quizá
irme al extranjero… Aún no lo sé.
—¡Yo no quiero que te vayas! —exclamó pegándose a mi cuerpo y escondiéndose en mi
pecho. Sus dedos empezaron a deslizarse por mis pectorales con suavidad.
«Ignóralos… No están ahí», me dije, aguantando la respiración.
—¿Has pensado ya en lo que quieres estudiar? —la interrogué.
—Cualquier cosa… Solo voy a ir a la universidad por las fiestas —rio maliciosa—. Y para
cazar a un marido rico que me mantenga.
—Eso no lo digas ni en broma —la reñí clavándole los dedos en el costado para que se doblara
de risa. Sabía que estaba de broma, pero...
Ella se incorporó y me miró coqueta sacando pecho. Era deliciosa.
—¿No crees que soy lo suficientemente guapa para conseguir a uno de esos que me pague
todos mis caprichos? —dijo soltándose el pelo, haciendo que bañara su cara, su piel y todo lo
que abarcó su extrema longitud.
Me quedé sin aliento de lo apetecible que estaba. En ese momento me pregunté si todo el
mundo sería tan consciente de su belleza como yo. O si lo era ella. A raíz de su comentario
supuse que sí, por eso quise dejarle clara una cosa.
—Luz, lo mejor de ti está aquí —le toqué la frente.
—¿No me ves guapa? —dijo deprimida bajando la cabeza.
—Eh, mírame —Le subí la barbilla con un dedo—, eres la chica más preciosa que existe,
siempre te lo he dicho.
Nos mantuvimos la mirada. Quería que me creyera y que nunca dudara de eso, aunque puede
que tanto énfasis la confundiera…
—¿Y por qué nunca intentas nada conmigo? —musitó con valentía.
Mi cara se descompuso y sentí un dolor agudo en el estómago. No entendía por qué no explotó
el mundo cuando se atrevió a decir eso.
—Eres mi hermana… —musité anonadado.
—No es cierto… Nos hemos criado juntos, pero yo siempre te he querido, Marco.
—Yo también, pero…
—Me refería a que siempre te he deseado —corrigió, esperando escuchar lo mismo de mí.
Abrí la boca para increparla, pero no salió ningún sonido, ese era el nivel de bochorno. La
verdad me estaba ahogando. Porque yo nunca había pensado en ella de esa manera, pero
últimamente no podía controlarme.
—Oye…, ni siquiera deberíamos estar teniendo esta conversación.
—Ya no soy una niña —me recordó con osadía. Y de repente, se quitó el top con un
movimiento rápido.
Aviso: no llevaba sujetador… Su pecho perfecto y terso sobresalía de su cuerpo como la
jodida cúpula del Taj Mahal, presumiendo de una redondez sobrecogedora.
No pude reaccionar a esa visión, me quedé catatónico, esperando a estallar en mil pedazos,
pero ella avanzó hacia mí y, cuando me eché hacia atrás para evitarlo, terminó tumbada sobre mi
cuerpo.
Cuando sus pezones rozaron los míos, creí desmayarme. Ella aprovechó el momento para
cogerme del cuello y vencerme a peso dejándose caer a mi lado en el colchón, mientras acercaba
su boca a la mía.
Su lengua arrasó mis principios y juro que no pude apartarme porque todo mi cuerpo sufrió
una tremenda descarga eléctrica cuando nuestras lenguas se tocaron.
Su sabor lo poseyó todo. Me despojó del control por completo. Mis labios iban por su cuenta.
Mi polla, tres cuartos de lo mismo.
—Esto ya está mejor… —musitó palpando mi dureza por encima del pantalón de mi pijama.
Acto seguido la agarró con fuerza.
—¡Joder…! —jadeé desde un lugar muy lejano, a muchas capas de profundidad, con mi
testosterona bailando el Flying Free de Pont Aeri.
Me calló con su boca para que no pudiera replicar nada y cogió mi mano para introducirla en
su pantalón corto.
Debería haberla detenido. Ojalá lo hubiera hecho, porque ella misma deslizó mis dedos en su
resbaladiza humedad y otra descarga eléctrica apagó la luz de mi raciocinio.
Su lengua, su humedad y la presión de su mano firme debilitó con rapidez mi fuerza de
voluntad. Y cuando comenzó a bombear mi polla a un ritmo sensual, entré en éxtasis sin poder
articular palabra. Hacía demasiado que nadie me tocaba así… Tuvo que ser eso. Porque si no, no
me explico que mi cuerpo reaccionara cogiendo el relevo para arrancarle gemidos guturales que
se me grabaron a fuego en el hipotálamo hasta que se deshizo en mi mano entre alaridos de
placer.
No me juzguéis, fue como tratar de detener una ola a punto de romperte encima. Solo puedes
dejar que te arrase e intentar buscar de nuevo la superficie sin saber dónde está la tierra o el cielo.
No volví a tener un orgasmo tan intenso como ese ni a sentir tanto desprecio por mí mismo
jamás.
Cuando todo acabó, la vi sonreír ilusionada y se me partió el alma.
—Ha sido genial… —murmuró vergonzosa.
—Ha sido un error —la corregí, abrumado—. Esto no debería haber pasado, Luz…
Su cara se bañó en una gélida seriedad.
—¡Si lo estabas deseando! —me acusó, herida—. ¡Di la verdad!
Quizá una parte de mí, una que tenía enterrada viva en alguna parte, se hubiera atrevido a
fantasear con ello, pero YO no. La persona que era y la que quería ser, jamás se hubiesen
permitido hacer algo así.
—Mierda… —mascullé con un hilo de voz, levantándome de la cama—. Será mejor que lo
olvidemos todo…
Cuando se movió ni se molestó en ponerse el top, parecía muy cómoda con su cuerpo desnudo
delante de mí. Se levantó del colchón muy enfadada y justo antes de abandonar la habitación,
dijo:
—No te equivoques, esto no vas a olvidarlo en tu puta vida, chaval.
Y qué razón tenía.
Diez días fueron los que aguanté en esa casa antes de intentar hacerme el harakiri. Busqué un
piso compartido y me puse a trabajar de lo primero que encontré. A mis padres les pareció una
idea genial. Era como si asumiesen que un día yo volaría del nido y no volvería. Como si no les
debiera un mínimo de apego y, ahogado en culpabilidad, me fui con la horrible sensación de
haber sido excluido de sus vidas.
Puede que gracias a mi marcha, Mak y Mei decidieran traspasar por fin el negocio, pedir la
jubilación anticipada y mudarse a Byron Bay, junto a toda la familia.
Eso me vino bien porque yo me quedé en España. No volví a ver a Luz hasta que llegó el frío,
meses después, en Navidad. Mis padres me rogaron que cruzara el mundo y me reuniera con
ellos. Solíamos ir siempre en esas fechas para ver a mis tíos, ya que allí era pleno verano y lo
pasábamos siempre genial.
No pude negarme. Los echaba mucho de menos y me apetecía ver a mis primos, Aitor, Lucas
y Lenny.
Pero ese viaje fue una jodida mala idea… fue el que puso el punto y final a mi vida con Los
Morgan.
32
EL ARTE DE ENGAÑAR AL KARMA
“Cualquier querer, por breve que sea, es querer. Y vale la pena”
Elisabeth Benavent

Soy de esas personas que tienen que pagar cada gramo de suerte con cinco de penurias. Mi
Karma está estropeado.
¿Cómo si no, podía explicarse que me hubiera dejado disfrutar solo seis horas de felicidad?
¡Las tengo contadas! Desde que Lenny me dijo «Tenemos que hablar» hasta que sonó la llamada
que me hizo Morgan desde la cárcel.
Esa llamada me dejó fatal. ¡¿Cómo se atrevía a colgarme así?!
Miré el teléfono alucinada, sin terminar de creer lo que había escuchado, y acto seguido lo
lancé contra el suelo con tanta fuerza que estalló en mil pedazos.
—¡NO! —lamenté al instante, agachándome a llorarlo.
Cualquiera lo haría al ver morir a su iPhone. ¡Nuestra conexión 5G era amor verdadero!
Desde que conocí a Los Morgan no hacía más que tomar malas decisiones.
«Van a por ti», recordé. Y lo dijo con tanta convicción que me acojoné viva. Morgan no suele
equivocarse en estas cosas, muy a mi pesar…
Me moví rápido analizando los 360º que me rodeaban y vi a Lenny con cara de estupefacción.
«¡Charlotte, piensa!», pero al momento me convertí en una crisis nerviosa con piernas. Lenny
intentó calmarme, pero quería saber todo lo que me había dicho Morgan. Cuando se lo conté, me
dolió el corazón al ver la cara que puso.
«¿De qué se le acusa?», escribió inquieto.
—No lo sé, pero si está detenido, la policía no tardará en venir. ¡Hay que recogerlo todo! ¡Si
encuentran el laboratorio estamos vendidos! ¡Por eso me ha llamado a mí!
Nos pusimos en marcha. Lo único que podía hacer sin echarme a temblar era seguir las
órdenes de Lucas.
Nos vestimos. Porque estábamos desnudos; ni un jodido beso de buenos días me llevé de
recuerdo. Y bajamos al laboratorio a toda prisa.
Por suerte, había recogido y empaquetado todo la semana anterior, pero teníamos que sacarlo
todo de allí en tiempo récord.
Me subí al coche a toda prisa y me hizo una señal para que me fuera.
Obedecí sin pensar.
No hubo tiempo ni para un último beso. Y yo lo necesitaba tanto...
«Aléjate de nosotros hasta que pase el peligro», había dicho Morgan.
Acabábamos de empezar a disfrutar, ¿y ya teníamos que alejarnos?
Un segundo después de tener ese pensamiento me puse a llorar mientras conducía. No lo
recomiendo. No se ve nada. Me aparté las lágrimas a manotazos mientras pensaba adónde
dirigirme para deshacerme de las pruebas. No podía llevarlo a mi casa, no debía encontrarlo
nadie.
Conduje hasta el pueblo de al lado y lo tiré todo en un contenedor. Incluso el precioso iPhone
de reserva que Lenny había pateado para rematarlo. Después me fui a casa a seguir llorando. No
podía creer que Lucas estuviera detenido; pensaba que solo era cuestión de tiempo que el resto
acabáramos entre rejas.
Al entrar en casa, me topé con mi madre.
—Oh, cariño… Veo que ya te has enterado…
—¿De qué? —pregunté perdida.
—Del chico que han encontrado muerto en la playa. ¿Lo conocías?
—¿Muerto? ¿Qué dices? —balbuceé ojiplática.
—Un tal Christopher.
Nada más oírlo, me quedé en shock. «Morgan detenido…».
—Si no es por eso, ¿por qué lloras?
—Porque… he discutido con Lenny… —dije deprisa.
—Ay, lo siento mucho… No te preocupes, ya os arreglaréis.
—No sé, mamá… —farfullé colapsada. El llanto volvía. ¿Habían detenido a Morgan por la
muerte de Christopher?
—¿Quieres que te prepare una infusión?
—No, no quiero nada —sollocé—. Solo quiero estar sola.
Me encerré en mi habitación y así es como me sentí, más sola que nunca. No podía hablar con
nadie de aquello. De mis sentimientos. Estaba enamorada hasta las trancas y muerta de miedo
por lo que se nos venía encima. Morgan me había dicho que tenía que alejarme de ellos, de
Lenny…, y hacer mi vida como si nada, para que los tipos de anoche no fueran también a por mí.
¡Pero yo lo único que quería era estar con ellos! Porque ya eran parte de mi vida. La más
importante. Se habían colado en ese ranking por la puerta grande.
No quería preocupar a mis amigas ni involucrarlas en ese lío. Estaba sola.
No salí de mi cuarto en todo el domingo. Y hoy por la mañana, lunes, he ido a trabajar al
AIMS con una cara terrible. Dani me ha visto y me ha parado.
—¿Va todo bien, Charlotte?
—Sí, sí…
—Uy, repetición de síes... Mala señal. ¿Seguro que estás bien?
—Lenny y yo hemos discutido…, las aguas están revueltas en casa de Los Morgan con todo lo
que ha pasado.
—Me he enterado. Si quieres vete a casa…
—Prefiero estar aquí —he farfullado con los ojos brillantes.
Él me ha mirado compasivo y me ha dicho que me fuera cuando quisiera, pero menos mal que
no lo he hecho, porque a media mañana, me han avisado de que tenía una llamada. Alguien
preguntaba por mí.
Al principio me he acojonado. «¡¿Y si los malos me han localizado?!». Pero entonces he caído
en la cuenta de que sería alguien que sabía que no podía usar mi móvil. ¡Lenny! He corrido hasta
recepción y lo he cogido.
—¿Sí?
—Char…
—¡Aitor…!
—Hola. Te estoy llamando desde una cabina. ¿Cómo estás?
—Fatal —he declarado. Para qué mentir.
—Me lo imagino… Esto es una locura, pero vamos a solucionarlo, tranquila. Mi primo Marco
está a punto de llegar. Voy a ir a recogerlo al aeropuerto ahora. Él nos ayudará.
—¿Y yo qué hago? —he preguntado afligida.
—Morgan ha dicho que tienes que cortar con Lenny públicamente. Solo así dejarán de
vincularte con nosotros.
—Le he dicho a mi madre que ayer discutimos.
—Bien. Pero hay que hacerlo público. Que lo vea todo el mundo. Y con «todo el mundo» me
refiero al capitán.
—¿Cómo y cuándo?
—Esta tarde iremos al pub. Puedes aparecer por allí. Le das una bofetada a Lenny, le gritas
que es un cerdo y te vas. Con eso, bastará.
—¿A qué hora?
—Sobre las ocho. Y Charlotte… Confía en mí, todo se va a solucionar, ¿vale?
—Vale… —he gemido sin convicción.
—Yo estoy muy tranquilo, de verdad, es solo cuestión de tiempo.
—Está bien…
—Nos vemos a las ocho.
Y llevo todo el día esperando, o más bien, desesperando, para que dé esa hora, acudir al
Capitán Nemo y volver a verlos.
Cuando entro, los localizo en su mesa habitual. Ver que Lenny está bien me calma al
momento. También localizo a Ava: la he persuadido para quedar conmigo mediante varios gifs
sobre «muriciones», un botón de drama on, y el clásico «No puerro más», con una carita triste
dibujada en un simpático puerro. Cuando veo una bolsa de golosinas gigante sobre la mesa, la
miro con veneración y la abrazo sentida.
—¿Te han dicho alguna vez que eres la mejor?
—A todas horas —contesta con guasa—. ¿Cómo estás?
—Destrozada —confieso con crudeza. Porque una cosa es que te deje tu novio, pero querer
estar juntos y no poder, es muchísimo peor.
—Cuéntamelo todo. ¿Quieres que le dé dos hostias a ese gilipollas?
—Tranquila, voy a dárselas yo…
—Tienes todo mi apoyo.
—Vale, pero primero voy al baño, ¿vale?
—Te espero.
Respiro hondo y comienzo mi paripé. Me propongo pasar cerca de la mesa de Los Morgan. Sé
que ellos esperan que acuda allí y monte un numerito horrible, pero ¿cómo voy a hacerlo si
cuando los ojos de Lenny y los míos coinciden se besan descontroladamente? Me resulta
imposible tratarlo mal ahora mismo, ¡nos debemos mucho amor todavía!, y se me ocurre un plan
mejor...
Espero que mirarle con suspicacia le haya entregado el mensaje claro de «Sígueme». Y si no,
confío en su capacidad para leer mentes.
Le espero, nerviosa, en el cruce de los baños y el almacén, y al poco rato, lo veo aparecer.
¡Menos mal! Si la ansiedad fuera sólida, nos habría aplastado a los dos.
Lo agarro y lo conduzco al vestuario de las taquillas con rapidez.
Antes de que cierre la puerta, nuestras bocas se juntan como dos imanes en un arrebato tan
fiero que hace que nos golpeemos contra todo lo que hay en esa minúscula habitación. Hoy me
dan igual los moratones. Besarle es como sumergirme en aguas termales en medio de un paraje
helado.
Su sabor, sus sonidos… Nuestras lenguas devorándose sin control es lo más maravilloso que
he sentido.
En esta fase, el amor es como una droga dura; te lo dice un químico. Nuestro cerebro nos
inunda de dopamina con cada roce que nos prodigamos. La sensación es tan bestia que me
pregunto cómo he podido vivir sin besarle hasta ahora. O cómo sobreviviré el día que no pueda
hacerlo más.
—No sabes lo mal que he estado en las últimas 24 horas… —musito en su boca,
manteniéndolo cerca de mí—. Necesitaba estar contigo.
Él vuelve a invadir mi boca con una necesidad demencial queriendo demostrarme que siente
lo mismo. ¡Para qué va a hablar si no le hace falta!
—No quiero pegarte, ¡solo quiero besarte…! —declaro apasionada.
Volvemos a degustarnos con ganas y se frena para cogerme la cara y apoyar su frente sobre la
mía. Finalmente se separa y escribe en su teléfono.
«Es necesario. Ya casi lo tenemos».
—¿Qué tenéis?
«La prueba de que Morgan no lo hizo».
—¿En serio? —celebro.
«Pero tú sigues sin estar a salvo. Tienes que desvincularte de nosotros. Que todos nos vean
cortar».
—¿Durante cuánto tiempo? —pregunto pesarosa.
«Hasta que Marco los atrape y ya no sean una amenaza».
—¡Eso puede llevarle meses!
Lenny niega con la cabeza y me frota los brazos. Mi Aladdín quiere que confíe en él.
Vuelve a acariciarme la cara y a besarme con una dulzura que me desarma por completo. Los
besos se vuelven más ardientes, y en un momento dado, me muerde el labio inferior y lo arrastra
lentamente con sensualidad evidenciando que recuerda lo que sentimos juntos.
¡Me dan ganas de tirármelo aquí mismo!
La adrenalina, el peligro y el miedo se arremolinan dentro de mí. ¿Y si algo sale mal…? ¿Y si
nos meten en la cárcel…? ¿Y si…?
Empiezo a besarle desaforadamente y lo empujo contra la banqueta de metal hasta que lo
siento en ella. Él me agarra, obligándome a caer sobre él y encajándome a horcajadas sobre su
cuerpo.
No dejamos de besarnos en ningún momento, cegados por la pasión. Nuestras respiraciones
aceleradas hablan por nosotros; jamás pensé que podría sonar tan lasciva, pero con él lo hago.
—Pase lo que pase ahí fuera —jadeo—. Quiero que sepas que te quiero…
Me mira, pausado, como si creyera que no entiendo la verdadera importancia de esas palabras.
Como si lo hubiera dicho a la ligera, casi como una frase hecha.
—¡Lo digo en serio! Sé que no es racional, que apenas nos conocemos, pero me obsesiona tu
forma de ser. Cada gesto que haces, cada palabra que escribes, tu forma de mirarme… no sé
explicarlo mejor.
Me mira como si quisiera creerme, pero sigo sin convencerle.
—Necesito estar cerca de ti de forma enfermiza… —musito sincera—. Te necesito… Te elijo.
Te quiero...
Su expresión se suaviza y vuelve a juntar su frente con la mía. Entonces abre la boca, como si
quisiera decir algo. Se la humedece, preparándose para ello y lo intenta de nuevo. La tensión en
el ambiente crece cuando siento que intenta decirme que él también me quiere, y me da lástima
cuando lo veo luchar contra lo que sea que retiene su voz dentro de él.
Al final, resopla frustrado y me abraza con fuerza, como si quisiera que entendiera lo mucho
que significo para él, aunque no pueda escucharlo.
No nos merecemos esto, joder… ¡Nada de esto!
Volvemos a besarnos, conmocionados, y nos perdemos el uno en el otro de forma
irremediable. No sé cómo aparta sus pantalones, pero sí soy consciente de cómo aparta mis
braguitas para introducirse en mí. Gimo cuando su dureza me empala por completo.
—Dios…
Jadeo en su boca sin dejar de movernos. Ambos queremos grabar este momento a fuego para
no olvidarlo nunca. Yo no lo haré, porque nunca he sido más feliz sabiendo que estoy todo lo
cerca que puedo de él. Lo tengo jodidamente dentro. De mi alma y de mi cuerpo.
Nos movemos a un ritmo sensual y profundo, sin prisa, pero sin pausa, como si no
quisiéramos que terminara nunca. Aun así lo veo hacer esfuerzos para soportar lo que está
sintiendo. Yo tampoco soy capaz de manejar la tensión que se arremolina en mi entrepierna. Soy
como una cuerda a punto de partirse al descubrir que la segunda vez es mil veces mejor que la
primera. Lo siento tan enterrado en mí que no podría parar ni aunque el capitán abriera la puerta
y nos pillara de lleno. Ni hablar.
Me acelero, perdida en el éxtasis, y él gruñe opinando que estoy loca. Y puede que lo esté,
porque noto que quiere apartarme al llegar a su límite y se lo impido ejerciendo más presión y
velocidad sobre su miembro hasta que lo arrastro conmigo para explotar juntos en un orgasmo
que pasará a la historia como algo único e inigualable.
No puedo evitar sentirme triste al terminar.
—Y ahora tenemos que cortar —digo con sarcasmo, levantándome.
Curiosamente no comenta nada por lo que acabamos de hacer, pero parece pensativo.
Conociéndole, estará calculando el día de mi ovulación basándose en mi temperatura corporal.
—Mejor sal tú primero —le digo.
Él me mira por última vez, diciéndome un montón de cosas con los ojos, pero ninguna es «te
quiero», «ha sido bestial» o «me vuelves loco». Algo le pasa…
Me mira los labios y creo que va a besarme para decirme adiós, pero se va antes de que pueda
facilitárselo.
Me da miedo pensar que ningún tío me hará sentir lo mismo que él. Una mezcla de pasión,
aventura y peligro que te consume viva.
Espero un poco para salir y entro en el baño para lavarme las manos.
Cojo fuerzas y me dirijo a su mesa. Hay un chico con ellos que no conozco, parece algo
mayor, tendrá unos treinta, ese debe de ser el famoso Marco.
—Sabía que no podía confiar en ti… ¡Eres un cerdo! —Le cruzo la cara con toda la rabia que
siento ante la situación que estamos viviendo.
Todo el mundo se queda alucinado ante semejante guantazo. Incluidos nosotros. Alucino al
pensar que no he medido la fuerza y recordar que Lenny no responde bien a la violencia.
Se respira miedo en el silencio que precede a lo que Lenny tarda en volver a colocar su cara
recta y mirarme fijamente.
Su expresión es inhumana y me asusto cuando se pone de pie y resopla furioso.
Aitor se levanta preocupado para pararlo. Sabe que no puede tocarle en estos momentos, pero
intenta bloquear su ira.
—Lenny, quieto… ¿qué haces? —masculla.
Todo el bar está en vilo mientras coge su copa y bebe lo que le queda para después tirarla al
suelo con un gran estruendo.
Si alguien no estaba mirando, acaba de hacerlo.
El gesto es un mensaje claro de probLennys y el vaso es una alegoría de nuestra relación. Por
último, me mira con desprecio, cruza los brazos con el símbolo universal de «que te den por
culo» y se marcha del local airado.
Aitor me mira desconcertado y yo intento recuperar la respiración. ¡Y el óscar es para….! ¿O
iba en serio? ¿Por qué he tenido que pegarle tan fuerte?
Vuelvo a la mesa de Ava, que me espera igual de sorprendida que todos y me siento.
—¡Joder, tía…! ¡Vaya hostia! Pensaba que te mataba aquí mismo...
—Le he dado demasiado fuerte… —digo culpable.
—¡Qué va! Para él tus manitas de gnomo son como un pellizco. ¡No siente nada!
Pero sí que siente. Lo siente todo. Y me doy cuenta de que no sabe manejarlo, como me dijo
Aitor.
No creo que tenga aptitudes ocultas como actor, su reacción ha sido demasiado real y obedece
por completo a un episodio de meltdown del espectro autista. He estado leyendo sobre ello desde
que Aitor lo mencionó.
Una sobreestimulación sensorial previa unida a la frustración que arrastra estos días pueden
derivar en una pérdida de control temporal y en ataques de ira con agresión. Él no lo controla. Y
sin duda, ese bofetón ha sido el detonante.
La mitad de los presentes estaba esperando que se convirtiera en hombre lobo, pero solo
necesita ayuda y cariño para domar su trastorno. Aunque para ello se tiene que dejar ayudar.
—Deberías olvidarle. Seguro que el sexo es fantástico con esa potencia sin control, pero un
chico así no te conviene… ¿Sabes lo que creo que te hace falta?
—¿Qué?
—¡La temporada tres de las Chicas Gilmore!
Y puede que sea lo mejor… Sumergirme en mis queridas series unos días y dejar de pensar en
él. Todo va a ir bien… No ha logrado murmurar que me quería, pero lo ha intentado, estoy
segura.
Ya llegará nuestro momento.
33
VERITY
“Gracias por aceptar la oscuridad en las personas de la misma manera que aceptas su luz”
Colleen Hoover

J
— oder… ¿esa es la novia de Lenny? —pregunto impactado.
—Era… —contesta Aitor.
—Menudas hostias pega, ¿no?
—Es española.
—Ah, ya decía yo…
—Voy a ir a buscar a Lenny. Es un maldito escapista…
—No vayas. No le hacéis ningún favor yendo detrás de él cuando se larga así. Está muy
acostumbrado a que lo tengáis en palmitas. Dale tiempo, volverá él solo.
—Necesita apoyo cuando tiene una de sus crisis.
—No podéis protegerle del mundo eternamente. No le dejáis madurar. Para él sois mamá y
papá y se lo permitís todo.
Aitor me mira con la boca abierta.
—¿Te das cuenta del daño que nos hiciste yéndote de nuestras vidas? —me acusa entonces.
Pensaba que tardaría más en sacar el maldito tema—. ¡Te necesitábamos más que nunca, Marco!
Y seguimos necesitándote. Contigo aquí todo es más fácil…
—¿Tengo cara de niñera?
—No quería decírtelo, pero sí. De una muy sexi.
—Lenny solo tiene veinte años y su situación tiene un pase, pero tú con veinticuatro y Lucas
con veinticinco, ya podríais haber aprendido, y sin embargo, mira la que habéis liado…
—Se podía haber liado mucho más si no hubiésemos sido mamá y papá con Lenny, porque fue
una de sus constantes peleas con Kali lo que nos metió en este follón. Si no llegamos a pararlo,
aparte de la nariz, le hubiera roto la columna vertebral, y ahora mismo estaría con una camisa de
fuerza en un frenopático.
—¿Por qué se pelearon exactamente?
—Yo qué sé… Ese día le dijo algo que lo cabreó un montón. Pero te puedo asegurar que si te
hubieses quedado con nosotros, ahora serías poli aquí y nadie nos tosería… ergo, todo es culpa
tuya.
Por supuesto… Eso siempre. Dos no se enrollan si uno no quiere, y encontrarme con Luz en
casa de Freya ha sido superior a mis fuerzas.
—¿Dónde se ha metido el capitán? —digo cambiando de tema.
No he venido a remover el pasado ni a que me echen la bronca. Cuando tuve que acoger a
Aitor en mi casa hace dos años, también le faltó tiempo para echarme la culpa de lo que le había
pasado.
—¡¿Yo te dije que te casaras con la novia del tío que te gustaba?!
—¡Si no te hubieras ido, me habrías quitado la idea de la cabeza!
—¡Pues haberme llamado! ¡Siempre lo hacéis cuando ya estáis de mierda hasta el cuello! ¿Por
qué se hacen cosas incluso sabiendo que están mal? Me lo pregunto a diario…
Y sí, me refería a Luz. Les perdonaba todas sus cafradas porque yo hice la más imperdonable
de todas… y cuando Mak se enteró… No quiero ni recordarlo.
¿Luz pensaba que sería vernos y ponernos a charlar como si nada?
—No sé dónde está el capitán —responde Aitor—. Creo que todavía no ha llegado. Pero
vendrá. ¿Qué vas a decirle?
—Nada. Solo quiero ver qué te dice él a ti sobre Lucas.
—Muy listo…
—Pregúntale si le vio la noche del asesinato y qué hizo él después.
—No sé si me lo dirá.
—Ahí está la cosa. Si no quiere que lo sepas, te mandará a la mierda, pero si ha pensado en
una coartada te la dirá encantado.
—Das asco… —dice con media sonrisa. A la que yo me uno.
—Cuando venga, vas directo a hablar con él. Yo me quedaré cerca, no se acordará de mí.
Métele caña, Tor…, como tú sabes hacerlo.
Media hora después, el capitán aparece por estribor y lo abordamos.
—Capitán… —lo intercepta Aitor.
—Ah, hola… ¿Cómo vas, chaval? ¿Cómo está tu hermano?
—Cabreado. Dice que él no ha sido. Estoy intentando clarificar qué ocurrió esa noche. ¿Tú
viste si se peleó con Chris en aquella fiesta?
—No. Allí no pasó nada. Les vi de refilón hablando… Lo único que sé es que al final Lucas se
fue con Freya y Christopher se quedó.
—¿No volviste a ver a mi hermano en toda la noche? ¿Tú te fuiste pronto?
—¡No, yo me quedé en la fiesta hasta tarde! Me fui de los últimos, cuando ya casi había
amanecido. Y al volver a casa, me encontré con los coches patrulla en la playa, habían
encontrado el cuerpo.
—¿Estuviste todo el tiempo en la fiesta?
—Así es, un par de chicas pueden certificarlo, tú ya me entiendes…
El capitán sonríe y Aitor asiente.
—Os tengo aprecio, chicos, por eso creo que lo mejor que podría hacer tu hermano es
reconocer que los celos le cegaron y se le fue la mano. Con buena conducta, en pocos años, será
libre.
Aitor contiene el impulso de atizarle como un campeón.
—Él dice que lo encontró muerto…
—Eso no se puede demostrar, y tarde o temprano, encontrarán el arma del crimen.
—Si la encuentran, mejor, porque con la tecnología de hoy en día verán que las huellas no
coinciden con las de Lucas. Puede que incluso el propio Chris lo hiciera para incriminarle y
lanzara el cuchillo al mar antes de desangrarse.
—¡Eso es una locura! —exclama horrorizado.
—Sea como sea, le tendieron una trampa y, tarde o temprano —lo imita—, la verdad saldrá a
la luz.
—Ojalá… —contesta contrito—. Os deseo mucha suerte.
—Yo a ti también, comercializando Moonbow. Lucas no quería seguir, pero yo sí. ¿Habrá
stock este fin de semana? Me muero por más.
—No sé, porque están teniendo problemas para sintetizarlo… Oye, ¿tú no sabrás a qué
químico contrató tu hermano?
—Ni idea… Creo que era un tío de Golden Coast. Un cerebrito…
—¿Sabes su nombre completo? Solo sabemos que empieza por C.
—Para nosotros también era solo C…
—Vale. Por cierto, si te interesa, puedo meterte como distribuidor. Ahora que Chris no está,
me sobra un hueco…
Aitor guarda silencio, reprimiendo su mala leche.
—Me tienta…, pero no quiero acabar como él.
—Ha muerto por amor —sentencia—. El amor es lo más peligroso que hay. Hasta luego,
chaval…
Espero un rato para girarme, pero no hace falta. Aitor se coloca a mi lado con disimulo y
pregunta:
—¿Qué te ha parecido?
—Un puto gilipollas —contesto raudo—. Tengo ganas de echarle el negocio abajo.
—¿Y por qué no lo haces ya?
—Porque puede sernos útil.
—Das mucho asco…
De pronto, Aitor recibe un mensaje.
—Es Lenny, dice que se va a casa a seguir intentando hackear el móvil de Christopher.
—Bien. Nosotros iremos a buscar a Kali. ¿Dónde puede estar?
—Ni idea. Su mejor amigo ha muerto.
—Vamos a su casa.
—No creo que esté allí.
—¿Por qué?
—Porque no se lleva muy allá con sus padres. Son igual de agobiantes que los míos.
—¿Por qué aquí todo el mundo tiene una movida disfuncional con sus viejos?
—A mí no me mires. Yo no la tengo.
—Me pregunto por qué. Eres un puto desastre. Pero te dejan tranquilo. ¿Cómo lo haces?
—Se llama tener mano izquierda.
—Se llama ser el niño bonito. Vámonos, anda. Hay que encontrar a Kali…
—¿Y cómo vamos a hacerlo, Sherlock?
—A ver… ¿tiene alguna chica por ahí?
—No quieras saberlo…
—¿Es Lía?
—¡¿Qué?! ¿Cómo que Lía? ¡Es Cora!
—¿Cora?
—Sí. Están todo el día como conejos…
—Como tú, entonces.
—Sí, pero ellos se usan mutuamente de pelota antiestrés…
—Escribe a tu hermana. Pregúntale dónde está.
Lo hace y Cora contesta enseguida.
—Está a punto de entrar en su clase de baile. No están juntos.
Chasqueo la lengua.
—Escribe a Lía. Pregúntale si hoy ha visto a Kali.
Aitor resopla, pero obedece. Tomo un trago de la cerveza que me queda.
—No me lo puedo creer… —musita Aitor mirando su teléfono.
—¿Qué?
—El año pasado, en la universidad, Lía fomentó una iniciativa parecida al Teléfono de la
Esperanza en España, es decir, asistencia psicológica urgente a través del teléfono las 24 horas
para emergencias de salud mental para jóvenes. Lo llamó Green phone. Es anónimo y gratuito, y
dice que Kali acaba de llamarle desde el mirador donde encontraron a Christopher muerto y dice
que amenaza con tirarse. Ella está yendo hacia allí. ¡Me ha dicho que vayamos!
—Vamos.
Me bebo el último trago y lo empujo hacia la salida.
—Joder… —Camina perplejo—. ¿Cómo coño lo has sabido? —Pongo los ojos en blanco—.
¡Dime cómo lo has sabido!
Estos críos van a acabar conmigo…
En los diez minutos hasta la maldita playa The Pass no ha dejado de preguntarme por qué he
sabido que encontraría a Kali con Lía. Pero no tengo una explicación fácil. Son corazonadas que
me vienen. Gestos. Miradas. E igual que sabía que algún día Lucas y Freya acabarían follando,
siempre supe que Kali, a pesar de tontear con todas, la que más le perturbaba era precisamente la
que pasaba de él.
Yo lo llamo «complejo de Dios».
Que el poder corrompe al más beato es un hecho, y un niño que pasó de no tener nada a
tenerlo todo, incluido un padre futbolista estrella del deporte, perdió muy pronto la perspectiva
de la realidad.
Su excesiva confianza en sí mismo siempre llamó mi atención. Era como si no entendiera que
no pudiera gustarle a alguien. Y menos, a alguien como Lía, a la cual veía en inferioridad física.
Pero el pobre no contaba con lo excitante que puede ser la inteligencia, el sarcasmo, y el eterno
cliché de enemies to lovers.
La muerte de su amigo, el cual, según Aitor, era el otro rey del mambo del lugar, le ha dado un
baño de humildad que le ha dejado con una hipotermia alucinante. Y el único calor real que el
conoce es…
—¡Ahí está Lía!
Va caminando por la arena, unos ochocientos metros por delante de nosotros, en dirección al
mirador. Intenta correr, pero no está en forma. Parece agotada.
—¡Vamos! —Echo a correr.
—¡Espera a que me descalce, no quiero joder mis zapatillas nuevas!
No le espero. No son las zapatillas, sino las ganas que tiene de ver muerto al hijo de los
vecinos. Aunque seguro que no más que yo…
Puede que yo apretara el botón rojo que hizo que mi vida saltara por los aires, pero Kali me lo
colocó delante con intención y alevosía.
Cuando llego a la roca que sostiene el mirador, subo las escaleras de dos en dos. Otra cosa no,
pero deporte hago, y me acaba de sentar de maravilla la carrera; tenía el culo plano después de
tanto avión.
La situación que me encuentro no es buena. Kali está subido a la barandilla del mirador, si se
cae desde ahí, no lo cuenta. Y decido dejar que Lía haga su trabajo antes de intervenir en escena,
quedándome detrás de una roca cercana. Yo no soy un buen negociador. No tengo empatía,
paciencia ni compasión por nadie. Ni siquiera conmigo mismo.
—¡Kali, por favor…! ¡Bájate de ahí y hablemos!
—¡¿Qué cojones haces tú aquí?! ¡VETE AHORA MISMO!
—Era yo… La del Green Phone era yo. Me has llamado.
—Me cago en todo… ¡Vaya suerte la mía!
—¡Te vas a matar! ¡BÁJATE!
—¡Igual es lo que quiero, jodida inútil! ¡¿No lo has pensado?! ¡Lárgate y olvida todo lo que te
he dicho!
—No voy a olvidarlo y tú tampoco deberías.
Se quedan en silencio. El momento es crítico. ¿En qué estará pensando ese chaval?
—Kali, por favor… —farfulla Lía.
—¡¿Por qué sigues aquí?! ¡Te he dicho que te vayas, zorra! ¡Gorda de mierda! ¡Olvídame!
No doy crédito a los insultos que le lanza. Y aún menos, que ella ni se inmute, como si
estuviera acostumbrada a que la trate así. Pero lo más sorprendente es que tras decirlos, él rompa
a llorar de tal forma, que se agache y se sujete a la barandilla con las dos manos.
Lía no se mueve ante su llanto. Se nota que quiere ir hacia él y aprovechar esa postura
vulnerable, pero se contiene y lo deja desahogarse, sabiendo que está seguro mientras se siga
agarrando así.
—Siento mucho lo de Chris… —murmura ella.
—No hables de él. A ti no te importaba una mierda.
—Es verdad. Pero tú sí me importas, Kali.
—Que te jodan…
—Ojalá, pero nadie quiere joder conmigo… Nadie que me guste, al menos, y no me verás
tirándome de un mirador. Tienes muchas cosas por las que vivir. Y Chris no era una de ellas.
—Te equivocas. Era el único que me entendía… —solloza.
—No es cierto. Te decía lo que querías oír, como a todos.
—Chris era un buen tío…
—Todos lo somos en algunos momentos. Hasta tú.
—Él era el mejor…
—Pues entonces, hónrale. Ve a su entierro. No le robes protagonismo con tu muerte. Siempre
podrás venir otro día y tirarte, pero le debes al menos ir a su funeral. Él querría que fueras.
—No puedo más, llevo dos días sin dormir…
—Lo sé. Me lo has dicho por teléfono… Por eso no piensas con claridad. Yo puedo ayudarte.
—No voy tomar ninguna pastilla…
—Olvida eso. Es mucho mejor una botella de anís enterita. Sé que te encanta, y en un par de
horas, dormirás como un lirón.
Se acerca lentamente a él para enseñarle una cosa.
—Toma —le ofrece un billete de veinte—. Invito yo. Puedes ir a comprarla ahora mismo.
Mañana lo verás todo de otra forma. Baja, por favor…
Alarga su otra mano en el aire para que la coja y él la mira…
Trago saliva, porque parece pensárselo. ¡Venga, tío!
—Por favor… —repite ella.
Al final, agarra su mano y lo ayuda a bajarse. Le deja un momento para que asimile lo que
podía haber pasado. Ella se queda bloqueando la barandilla; habría sido una gran poli.
—Dame la pasta —le dice él entonces. Se la da y caminan hacia mí.
—Joder… —Se escucha a Aitor llegando, y justo nos encontramos los cuatro—. ¿No decían
que el sexo es deporte? Pues no funciona… ¡No estoy nada en forma! —gime Aitor.
—¿Qué hacéis vosotros aquí? —pregunta Kali.
—Eso —dice Lía haciéndonos una señal con los ojos.
—Acabo de llegar y quería ver el mirador. He venido a ayudar a mi primo Lucas, le han
acusado de un asesinato que no ha cometido.
—Es cierto, no ha sido él —dice de pronto Kali.
Aitor, Lía y yo nos miramos pasmados ante la importancia de esa declaración.
—¿Tú sabes quién ha sido?
—No voy a decir nada, no quiero manchar su nombre.
—Nosotros creemos que fueron los tíos para los que trabajaba —digo para que hable—.
Sabemos que era camello.
—No digáis nada —dice feroz—. Nadie en su vida sabía que distribuía, ni sus padres, ni su
novia, ni sus amigos de bien… solo yo. Solía fingir que se la pillaba a su chico de confianza
cuando alguien le pedía, pero era él mismo. Sé que vosotros estáis detrás de Moonbow, así que
tenéis mucho que callar.
—¿¡CÓMO!? —dice Lía asombrada.
—Gracias, tío… —murmura Aitor—. Mi hermana no lo sabía.
—Papá os va a matar.
—No, porque vas a mantener la boca cerrada.
—Estás loco si crees que no va a enterarse… —dice Lía—. Lo sabe todo. ¡Todo!
—¡¿Qué dices?! ¡Si está medio chocho! —replica Aitor.
—Contádselo por las buenas, antes de que se entere por las malas.
—Creo que ya son malas.
—Pueden ser peores… —contesto yo.
—Ahora todo tiene sentido para mí —dice Lía pensativa—. Y papá no tardará en adivinarlo.
Solo hay que observar a Charlotte y Lenny para darse cuenta de que son un fake date de manual.
¡Están fingiendo! Nos contó que era química y esa misma noche apareció una droga nueva…
—¡¿Es Charlotte quién os lo ha estado fabricando?! —dice Kali anonadado—. ¡Si es la pupila
de mi padre! No deja de hablar de ella. La quiere más que a mí…
—¡Mierda, Lía! —exclama Aitor alarmado. Y le planta cara a Kali—. Te juro que como se lo
cuentes a alguien, te mataré con mis propias manos.
—Wow, amenazas veladas —dice él burlón.
—¡Hablo en serio! ¡Para qué le has salvado, Lía! ¡¡Joder!! ¡Charlotte no puede salir
perjudicada! Prácticamente la obligamos a hacerlo amenazándola con quitarle la Beca Williams.
¡No te atrevas a joderla!
—La jodería encantado, está bien buena…
—Dios santo… —Se coge la nariz Aitor—. Marco, lo mejor será arrojarlo ahora mismo por el
puto mirador.
—Ya no me apetece morir, gracias. Esto se ha vuelto interesante…
—¡Yo lo mato! —grita Aitor. Y me interpongo entre él y Kali. Hasta que lo empujo con
fuerza y le digo que pare.
—Kali…, necesitamos que nos ayudes a una cosa…
—¿Yo? A mí dejadme en paz. Suficiente tengo con lo mío.
Emprende camino y lo freno empujándolo suavemente del pecho.
—Lía acaba de salvarte la vida… Le debes una.
—No me debe nada —repone ella.
—Solo quiero saber una cosa… —expongo. Y me quedo callado.
—¿El qué? —pregunta intrigado. No falla.
—¿Alguna vez, Christopher o el capitán, te han pedido que hagas algo extraño?
—¿Cómo qué?
—Me refiero a un favor. Como… provocar una pelea.
La cara que pone ya me da muchas pistas de la respuesta. Y que no lo niegue, también. Las
personas como él no acostumbran a mentir, más bien son de las que usan la verdad como arma
arrojadiza.
—¿Fue esa noche? ¿La que te rompió la nariz?
—¿Cómo lo sabes? —pregunta perplejo.
—No te molestes, no te lo va a decir —contesta Aitor desabrido—. ¿Por qué le dirían que la
provocase?
—Porque querían culparos de haber tenido que deshacerse del alijo de coca, pero no era cierto.
Se lo inventaron todo… Solo querían sacaros pasta.
Aitor mira a Kali con los ojos muy abiertos.
—¡¿Es eso cierto?!
—¡Yo no sé nada…! —Se remueve Kali, intentando huir.
—¡Serás cabrón! —Lo coge de la camiseta—. ¡Tú lo sabías!
—¡Yo no sabía nada! ¡Solo me dijeron que provocara la pelea! ¡Yo no me meto en sus
tejemanejes de drogas!
Los separo cada uno a su rincón.
—¿Y por qué piensas que a Chris lo han matado los tíos para los que trabajaba?
Eso hace que se calle y lo recuerde todo, pero es reticente a hablar.
—Díselo, Kali —interviene Lía—. ¿No quieres que paguen por ello?
—La última semana Christopher estaba más nervioso de lo habitual. A raíz de lo del
Moonbow, sus jefes le estaban presionando para que le sonsacara a Lucas de dónde la sacaba, ya
que él no quería seguir vendiéndola. Pero les dijo que se llevaban a matar por culpa de su novia y
que no tenía forma de saberlo. Al final, le hicieron una encerrona en la fiesta.
—¿Cómo sabes lo de la encerrona?
—Porque yo quería salir con Chris, pero me dijo que tenía algo que hacer. Me ofreció ir con él
y le dije que no. Me cuido mucho de mezclarme con ese tipo de gente. No soy estúpido…
—Lucas finalmente les dijo de dónde sacaba el Moonbow —dice Aitor—. ¿Si ya tenían lo que
querían, por qué mataron a Christopher?
Todos nos quedamos en silencio y me miran.
—No tengo ni idea… —respondo—. Pero lo averiguaremos.
—Yo me piro —se despide Kali. Nadie hace nada por impedírselo.
—Kali… —Lo llamo, preocupado. Tarda en girarse y lo hace de mala gana—. Esos hombres
han matado a Christopher. Si te vas de la lengua con lo de Charlotte, la estarás sentenciando a
muerte. Piénsate muy bien si quieres vivir con eso…
Se gira y se va sin decir nada.
—No le contéis a Lenny que Kali sabe lo de Charlotte —dice Aitor—. Se volverá loco. ¿Has
oído, Lía?
—Yo no voy a decir nada.
Me giro hacia ella y la observo con admiración.
—Lo has hecho francamente bien con Kali. Estoy impresionado…
—Gracias. Es lo único que se me da bien. Para el resto de las cosas soy basura blanca…
Que use ese término tan despectivo y concreto llama mi atención. Se empezó a usar en
Estados Unidos para denominar a las personas que, a pesar de haber nacido en un país rico lleno
de posibilidades y de «ser blancos» (dato importante), eran marginadas socialmente debido a su
bajo nivel cultural y económico. ¿Por qué lo habrá dicho? ¿Tendrá algo que ver con que Kali sea
negro? ¿Por qué deja que le hable así?
—Ni siquiera te ha dado las gracias… —Niego con la cabeza.
—Kali no da las gracias desde que tenía siete años.
—Pues yo creo que tiene mucho que agradecer. Es un tío con suerte.
—Él no cree en la suerte —replica Lía.
—Se nota que lo conoces bien…
Mi comentario la incomoda notablemente.
—Bueno, yo me voy —Se despide ella.
—¿A dónde vamos ahora nosotros? —pregunta Aitor agotado.
—A tu casa. A ver cómo va Lenny con ese hackeo. Necesitamos saber qué hizo exactamente
Christopher el resto de la noche en que lo mataron.
34
EL CÓDIGO DA VINCI
“El hombre llega mucho más lejos para evitar lo que teme, que para alcanzar lo que desea.”
Dan Brown

Oigo que Aitor y Marco entran en casa y preguntan por mí, ¡como si fuera a contestarles!
¿Cómo esperan que hable, cuando ni siquiera he podido decirle a Charlotte que yo también la
quiero? Soy patético.
Todavía no me creo lo que ha sucedido en ese vestuario… Ha sido como un milagro. La
respuesta a todas mis plegarias. Una tanda de besos hambrientos, volver a sentirla, y
prácticamente obligarme a correrme dentro sin condón. Sentir que se volvía completamente loca
me ha gustado mucho. ¿Será verdad que me quiere?
Ni siquiera le he dado un beso de despedida…
Juro que estaba esperando el momento en que te despiertas de golpe y entiendes que todo ha
sido un sueño. Un puto sueño… Porque eso es lo que ha sido. Hasta que la hostia que me ha
dado me ha traído de vuelta a la realidad de golpe y porrazo. Y la realidad era que estábamos
cortando. ¿Era para cabrearse o no?
—Hola, ¿cómo vas? —pregunta Marco entrando en mi habitación.
Le enseño el pulgar arriba.
«¿Habéis descubierto algo?», les escribo en mi móvil.
—Vas a flipar… —contesta Aitor al leerlo. Y empiezan a contarme desde la conversación con
el capitán hasta el encuentro con Kali.
Saber que provocó la pelea a propósito me pone muy furioso, pero procuro respirar hondo.
—¿Y tú cómo vas? ¿Hay avances?
Les señalo la pantalla y pueden ver como una app intenta descifrar la contraseña para
conseguir entrar en su cuenta de iCloud. Le queda un 20%.
Me la han pasado unos hackers obsesionados con encontrar sutiles fallos de software en las
diferentes marcas de teléfono, lo que permite introducirse en él y acceder a todos los datos del
dispositivo.
Pronto me dejará extraer fotos, últimas ubicaciones GPS, mensajes de señal y todo lo que
había en el teléfono hasta que se apagó. Basta con conocer el modelo exacto de terminal, y todo
el mundo estaba al tanto de que Christopher estrenaba el nuevo iPhone cada año; el antiguo lo
regalaba creyéndose Robin Hood.
De pronto, Marco ojea su móvil, pero pasa de él. Seguimos hablando, y poco después,
empieza a sonar el de Aitor.
—Es mi madre. Dime mamá —contesta al momento.
—¿Estás con Marco? —Lo tiene tan alto que se escucha todo.
—¿Tú qué crees?
—¡A mí no me respondas con evasivas! Utiliza el Sí y el No.
—Seee, mamá…
—¡¿Y por qué no le coge el teléfono a Mei?!
Aitor se separa el teléfono del oído por los gritos.
—Estoy trabajando —murmura Marco en respuesta.
—Dice que está trabajando —traslada Aitor.
El pobre se pasa la vida trasladando frases de los demás. Menos mal que le gusta hablar más
que a un taxista.
—¡Dile que se ponga ahora mismo!
—Toma, tío… Toda tuya.
Marco coge el teléfono de mala gana.
—¿Sí?
—Que sea la última vez que vienes a Byron y no me avisas de que estás aquí —dice Mei con
seriedad.
—Lo siento, pensaba llamarte… Pero llevo todo el día centrado en el tema de Lucas, vamos a
contrarreloj.
—¡Todo verdad! —grita Aitor por detrás.
—Ven esta noche a casa, te haré algo de cenar y charlaremos…
—Mejor quedamos a cenar por ahí, tú y yo…
—¡Yo también quiero verte! —grita Mía por detrás y le coge el móvil a Mei—. Estoy muy
preocupada por Lucas. Por favor, Marco, ¡necesitamos saber qué has averiguado! ¿Por qué no os
venís los tres a cenar a casa? ¡Aitor, convénceles, cariño! No habrá padres ni hermanas, ¡solo
madres!
—Yo estoy convencido, mami —musita Aitor—. Pero estos dos no.
—No admito un no por respuesta, Lenny —añade mi madre por detrás—. Quiero saber qué ha
pasado con Charlotte esta tarde. Me han llegado rumores horribles…
Marco tapa el auricular y dice: Yo paso de ir. Yo también niego.
—¿Por qué? —pregunta Aitor irritado.
—Porque seguro que es una trampa y luego aparecen todos. Id vosotros… —dice Marco.
Ambos me miran y señalo el ordenador. «Yo me quedo hasta que esto esté listo», significa mi
gesto.
Aitor le coge el teléfono a Marco.
—Mamá, hoy es mal día, pero iremos mañana, ¿de acuerdo?
—¡Yo no quiero esperar! —se oye a Mei—. ¡¿Sabes hace cuánto que no veo a Marco?! ¡Y
Mak y Luz ya le han visto! ¡Soy una pringada! ¡La única que no tiene culpa de nada se queda sin
verle!
Miro a Marco perplejo. «¿Has visto a Luz? ¡¿Cuándo?!». Él hace como que no ha leído eso en
mis ojos.
—¡Si no venís, iremos nosotras con la cena! —amenaza mi madre.
—¡Eso! —añade mi tía Mía.
—Os llamo en diez minutos —Cuelga Aitor.

Yo muestro mi teléfono a Marco porque ya he escrito un «¿Cuándo has visto a Luz?».


—En casa de Freya —contesta renqueante—. Estaba allí cuando hemos ido a verla…
Abro las manos preguntando cómo ha ido.
—Ha sido horrible —dice Aitor por él—. Más inesperado que contar hasta diez y que te
suelten una hostia en el ocho.
Vuelvo a abrir las manos insistiendo en que quiero más detalles.
—No ha pasado nada —rezonga Marco—. Ha dicho «¡Oh, ¿eres tú?», y yo, «sí». «¿Qué haces
aquí?». «He venido a ayudar a Lucas». Y fin.
—La pobre se pensaba que venía a verla a ella —aventura Aitor.
—No pensaba eso… —Pero la contundencia de Marco le delata.
Muevo la mano para obtener más información.
—¡Nada más!
—Se ha colado en la habitación de Freya y Luz ha esperado hasta que ha salido —añade Aitor.
Trisco los dedos un par de veces y Marco resopla.
—Al salir, ella ha dicho «¿Podemos hablar?», y le he dicho que no. Fin de la conversación.
Levanto las cejas alucinado y miro a Aitor.
—En realidad, ha dicho «Mejor no», y ella no ha insistido. Marco ya estaba fuera de la casa
cuando Luz se ha tenido que sentar en el sofá y Emma le ha dado agua. Esa mujer es un
encanto…
Escribo en mi teléfono.
«¿Por qué no has querido hablar con ella?», lee irritado en voz alta.
—Por el mismo motivo por el que tú no hablas, ¿te vale? ¿Podemos dejar ya el temita, por
favor? Queda solo un ocho por ciento —Señala el monitor.
Aitor me mira apesadumbrado y niega con la cabeza.
No creo que el motivo de mi mutismo sea el mismo… ¿o sí?
Lo mío es un miedo desconocido que me paraliza las cuerdas vocales. Cuando tenía diez años
tomé una decisión: coger un arma. Y luego otra: disparar. Y se me quitaron las ganas de volver a
decidir nada en mi puta vida…
Opté por callar cuando todo el mundo me hacía preguntas a las que no sabía contestar. Y otras
veces, aunque quería, no podía. Como me ha pasado hoy con Charlotte. Un pánico extraño me
gana la batalla y algo dentro de mí me dice lo mismo que Marco: «Mejor no».
Observo la pantalla y veo que solo queda un uno por ciento.
Chasqueo los dedos para llamar la atención de los demás y esperamos atentamente a que se
abra la carpeta y nos deje navegar por el dispositivo de Christopher.
Diez segundos después, nos deja acceder y doy una palmada en el aire de puro júbilo.
—Ostras… —murmura Aitor—. ¡Eres un genio, primo!
—Busca el recorrido GPS. ¿A dónde fue? —dice Marco con avidez.
Entro en el sistema y nos lleva un rato comprobar que estuvo casi toda la noche en la fiesta del
chalet al que fue Lucas a por Freya.
—Aquí está —señala Marco—. A las cuatro y veinte cambiaron las coordenadas. Iría de la
casa al lugar de la muerte. Llegó a las cuatro treinta y dos. Ve a mensajes y comprueba a qué
hora le mandó el mensaje a Lucas para que acudiera allí.
Lo señalo cuando lo encuentro.
—¡A las cuatro y cincuenta! ¿Qué hizo tanto rato en el mirador? Me apuesto el cuello a que no
estaba solo.
—¿Por qué no? Yo me pego horas solo con el móvil.
—¿Christopher no tendría un Apple Watch, no? —dice de pronto.
—Con lo pijo que era, seguro. Pero quizá no lo llevase puesto.
—Búscalo. Si lo llevaba, nos dará el momento exacto de la muerte. Esos relojes miden la
frecuencia cardíaca de quien lo lleva.
Nos miramos entre todos y lo intento. Pero el sistema pone pegas.
—Busca las últimas fotos —sugiere Marco.
Entro y vemos que lo último que hay es un video de las cuatro y media de la mañana. Está
oscuro.
Le doy al play y se abre una ventana en la que se percibe el movimiento de alguien subiendo
unas escaleras… ¡Parecen las del mirador! Después vuelve a verse negro, pero se sigue
escuchando algo.
—Esto no me parece buena idea —se oye decir a Chris.
—Es la única forma de demostrarnos tu fidelidad. Mándale un mensaje a Morgan, y cuando
venga, te deshaces de él…
—¡No es necesario matar a nadie! —exclama nervioso—. ¡Yo no voy a decir nada y él
tampoco!
—No podemos arriesgarnos. Sabéis demasiado.
—Te dije que no lo haría, Clif —masculla alguien—. Pasemos al plan B…
—¿Qué plan B? —pregunta Christopher con desconfianza en la voz.
—¡Este…!
Se escucha un sonido extraño. Como un gorgoteo.
—Apartaos. No le toquéis —murmura alguien.
A continuación, se escucha un golpetazo. Seguramente contra el suelo. Se oye un roce más
fuerte y poco después, la imagen se corta. Como si lo último que hubiera hecho Chris fuera…
—¡Apagó el teléfono! —dilucida Marco alucinado.
Lo señalo para decir que es justo lo que estaba pensando yo. Muy listo… Así no podrían
borrar el vídeo. Lo pondría a grabar porque no se fiaba de ellos.
Escribo este último pensamiento en el teléfono para que lo lean.
—Claro —confirma Aitor—. No creo que pensase que lo fueran a matar, pero lo grabó para
poder alegar que le habían obligado a asesinar a Lucas. Hacer que intentaran cambiar de opinión
le costó la vida…
—No lo tengo tan claro —rumia Marco—. Quién haya sido tenía planeado matar a Chris en el
mirador desde el principio…
No sé cómo lo hace, pero siempre ve más allá de lo que parece.
—¿Por qué piensas eso?
—Porque están teniendo problemas para sintetizar el Moonbow y seguirán buscando al
químico como locos. Les interesa que Lucas esté vivo hasta que den con la fórmula correcta.
—¡Tenemos que ir con esto a la policía! —exclama Aitor—. ¡Este vídeo exculpa a Lucas por
completo!
—No podemos —lo frena Marco—. Tenemos que esperar a que ellos lo descubran por sí
mismos. Si saben que hemos accedido al teléfono de Chris podrían invalidar el vídeo como
prueba.
—Al menos tengo que decírselo a mis padres —suplica Aitor—. ¡Están muy preocupados!
—Y a Freya… —añade Marco—. Creo que piensa que lo hizo él.
Arrugo el ceño y escribo en mi teléfono.
«¿Eso te dijo cuando fuiste a verla?», le pregunto por texto.
—Tenía dudas.
Meneo la cabeza extrañado. Imposible…
—Es que te has perdido un pequeño gran detalle —comenta Aitor—. La noche del asesinato…
—Hace el gesto de meter el dedo en el círculo.
—¡Te dije que no dijeras nada! —Le abronca Marco.
—¡Y no lo he dicho! ¡¿Me has oído decirlo?!
Marco se coge el puente de la nariz como si no supiera qué hacer con él, pero yo no puedo ni
parpadear. ¡Freya y Lucas…! No. Puedo. Creerlo…
—¡Gracias! —Me señala Aitor—. ¡Esa es la expresión que buscaba! No estoy loco, ese polvo
tiene más importancia que la caída del muro de Berlín…
Me froto la cara y Marco nos mira como si no lo comprendiera.
«Si hubieras estado aquí los últimos siete años, lo entenderías», le escribo.
—No empieces tú también… —Se levanta Marco.
—Quiero enseñarle esto a mi padre —expone Aitor—. Tiene que saberlo. ¿Por qué no vamos
a cenar allí y lo hablamos todo en familia?
Marco pone mala cara.
—Id vosotros y contádselo, pero que no hagan nada al respecto.
—¿Vas a dejarnos tirados otra vez?
Marco y Aitor se miran con fijeza.
—Ignora a Mak, si quieres. Pero el resto no tenemos la culpa de nada. ¿No quieres ver a tu
madre?
—No es mi madre…
—¡Lo era, joder! ¡A todos los efectos, hasta que renunciaste a ella!
—¡¡Pues ya no quiero que lo sea!! —grita Marco con dolor.
—¿Por qué no?
Lo veo apoyarse en la jamba de la puerta y tarda en contestar.
—Porque entonces Luz también es mi hermana a todos los efectos —Nos quedamos helados
—. Y no quiero ser ESE TÍO… No quise serlo más. Ni vuestro primo. Ni nada de nada. Porque
eso me convertiría en un puto monstruo…
—¡Nadie piensa eso!
—Mak, sí.
—¡Pero ya no! —declara Aitor—. Luz se ha convertido en una mujer preciosa y viajada que
ha estado con muchos tíos, ya no es una menor virgen…
Marco cierra los ojos recordando lo que fue.
—Luz nunca fue tu hermana —subraya Aitor—. Estabas imprimado con ella, como en la peli
de Crepúsculo. ¿La has visto?
—No…
—Esa donde un licántropo no puede evitar enamorarse de un bebé que justo iban a matar
porque es medio vampiro…
Le hago a Aitor el gesto de que corte el rollo, haciendo que me corto el cuello. Se calla de
golpe.
—Eso suena fatal… —opina Marco.
—Olvídalo —musita Aitor—. ¡Céntrate en el resto de la familia! ¡Llevas aquí menos de un día
y Lucas ya tiene medio culo fuera de la cárcel! Ese es el nivel… Y los demás también nos
merecemos un poco de tu atención, no solo él.
Marco intenta mostrarse impasible, pero sé que por dentro está librando una dura batalla. La
de saberse querido y no creer que lo merezca. Conozco esa sensación.
Cojo mi teléfono y tecleo algo para él.
«Ya te has castigado suficiente».
Sus ojos centellean al mirarme y me observa reflexivo.
—¿Y tú no? —replica pertinaz.
Sus palabras burbujean en mis recuerdos.
¿Culparme? Sí. ¿Castigarme? No creo…
Niego con la cabeza y escribo. «Yo no me castigo».
—El silencio es una forma de violencia, Lenny —dice Marco taxativo—. Dejar de hablar a
alguien se considera una agresión emocional. Y tú te lo impusiste con diez años como castigo
por lo que hiciste, porque no tenías otros recursos psicológicos para hacer frente a la situación.
Trago saliva incómodo. Siento fuertes deseos de levantarme e irme, pero me quedo. Quiero
escuchar lo que piensa Marco. Tiene pinta de controlar del tema.
—Lo creáis o no, llevo seis meses yendo a terapia —admite.
—No sabes cómo me alegro… —musita Aitor con orgullo.
—Lo necesitaba, ya no me soportaba… Allí me hicieron entender que me estaba maltratando a
mí mismo. Y tu caso no difiere mucho del mío. El silencio fue tu forma de negarte a ser víctima,
te considerabas verdugo. Fue tu forma de demostrar que no merecías respeto ni afecto. El
silencio es un comportamiento pasivo-agresivo que solo busca humillar al culpable… No es que
no quisieras hablar, es que no querías que los demás te hablasen ni te mirasen ni te quisieran. Sé
de lo que hablo… Yo me sentí igual.
Me llevo las manos a la cara. No quiero seguir hablando de esto… Pero me quedo. Me callo.
Y escucho.
—Si algo he aprendido de todas esas sesiones es que el silencio no ayuda a hacer desaparecer
los problemas, al contrario, los fortalece. La mejor manera de atajarlos es hablar de ellos, aunque
cueste. Tu silencio es una barrera emocional, Lenny, y si no haces un esfuerzo por quitarla,
acabarás dudando de tu validez como persona, de tu realidad e incluso de tu identidad, y
terminarás sumido en una confusión emocional que derivará en… —No llega a pronunciarlo. Esa
idea que tantas veces ha pasado por mi mente como remedio para dejar de sufrir—. Lo mejor es
que elijas a alguien, aunque sea una sola persona en el universo, y vuelques en ella todo tu dolor.
Y esa rubia cabreada de mano suelta me parece una buena opción…
—Si pega así, imagínate cómo debe cascarla… —dice Aitor soñador.
Y contra todo pronóstico, suelto una carcajada que les contagia.
—¡Lo digo en serio! —se desternilla Aitor.
Más que las virtudes de Carlota y su mano, creo que estamos todos muy aliviados por lo que
hemos descubierto esta tarde.
—Lo dicho, Marco —sentencia Aitor—. Quédate un mes y haznos un favor a todos, anda…
Voy a llamar a mi madre para decirles que vamos para allá con noticias frescas. Me muero por
contárselo todo. Además, paso de que vengan aquí, no hay un solo mueble en el que no haya
practicado el sexo.
—Yo voy a ducharme —comenta Marco—. Apesto a cuatrocientos pasajeros respirando a la
vez en una cabina presurizada.
Yo tardo unos diez minutos en poder moverme. No dejo de pensar en todo lo que ha dicho
Marco. Y en Charlotte, mi rubia de mano larga.
Quiero escribirle un mensaje, pero sé que no puedo. Una forma segura de comunicarnos con
ella es llamar desde una cabina a su trabajo, pero qué le diría, si no puedo hablar.
Me tapo la cara con la almohada. No soporto estar incomunicado con ella. Necesito encontrar
una solución.

Poco menos de una hora después, partimos hacia la casa de mis tíos Kai y Mía. Marco no está
muy convencido. Y ha subrayado tres veces que le recuerde a Mei, que sobre todo, no quiere ver
a Luz. Lógico…
Cuando entramos en la casa gracias a las llaves de Aitor, Marco lo hace en último lugar, sin
saber muy bien a qué atenerse. Desde luego, no se espera que la loca de mi tía Mía salga de la
nada, dándonos un susto de muerte.
—¡¿Qué buenas nos traéis?! —pregunta ansiosa.
—¿Crees que somos los Reyes Magos? —responde Aitor.
—¡No estoy para bromas!
—Son buenas noticias, mamá.
—¡Gracias a Dios…! ¡KAI! —Lo llama histérica. Y se va corriendo.
—Veo que tu madre no ha cambiado mucho —masculla Marco.
—Nada de nada.
Nos adentramos en la terraza y encontramos a Los Tres Reyes allí. Es como llaman a veces
nuestras madres a nuestros padres. Menuda encerrona… Marco tenía razón, para variar. ¿La
tendrá también conmigo? ¿Me estoy maltratando? Me cuesta verlo de ese modo porque a mí el
silencio siempre me ha tranquilizado. Lo utilizo como una advertencia conmigo mismo, en plan:
«La próxima vez te lo pensarás dos veces antes de cagarla». ¿Eso está mal? ¿Está mal que le
tenga pánico a volver a hacerle daño a alguien?
La noche que le rompí la nariz a Kali me asusté muchísimo. Me dejé llevar por la ira y debería
haber terminado esposado. Eso hubiese sido lo justo. En su lugar, me sentí fatal por cargarnos
con una deuda que Lucas tuvo que capear. ¿Cómo no iba a odiarme a mí mismo, si jodía a todo
el que se preocupaba por mí? Pero esta tarde me he enterado de que fue todo un montaje y me
siento… raro. Distinto. Por primera vez, entre que Charlotte ha dejado, con total confianza, que
termine dentro de ella sin protección, y Marco me ha dicho que llevo años maltratándome a base
de silencio, no pienso tan mal de mí.
Kai se pone de pie al vernos. Parece ansioso.
—Gracias por venir… —saluda a Marco, cogiéndole la mano y apretándosela con las dos
suyas.
El aludido se deja y toma asiento donde le indica, mirando a todas partes menos a Mak, que lo
mira como mirarías una tanda de penaltis.
Se nota que a los dos los han apaciguado para que toleren la presencia del otro sin saltar en
esta situación especial. Algo es algo.
—Contadnos. ¿Qué habéis encontrado? —pregunta Kai directo. Su mujer se apoya en él con
nerviosismo.
—Tenemos la prueba definitiva para sacar a Lucas de la cárcel —dice Marco distante.
Todos lo miran atónitos manteniendo la respiración.
—¿Lo dices en serio? —balbucea Kai.
—Os lo dije —sonríe mi padre satisfecho—. Es tan bueno como lo era Mako… mismo olfato
implacable.
Marco y su padre comparten una mirada sin poder evitarlo. Marco la desvía con rapidez y se
muerde los labios.
—¿Qué habéis tenido que hacer? —pregunta Mak—. Porque sé que cumpliendo la ley no se
puede llegar muy lejos, y menos, tan pronto.
Les contamos nuestro día, esquivando algunos pelos y señales, como polvos fortuitos, intentos
de suicidio y la existencia de Moonbow. Y todos flipan cuando les enseñamos el vídeo de Chris.
Nunca había visto a Kai tan aliviado. Ni tan preocupado…
En sus ojos se refleja una certeza. La de que sabe que hay más, mucho más que no les estamos
contando. Pero supongo que antes de someternos a un tercer grado, quiere sacar a Lucas de la
cárcel.
Después, su ira caerá sobre nosotros. Lo presiento.
35
TODA LA VERDAD DE MIS MENTIRAS
“No hay vergüenza en retirase de una guerra en la que, batalla tras batalla, siempre
empatas”
Elisabet Benavent

Apesar de que Lucas tenga que dormir otra noche en el calabozo, hacía tiempo que no me sentía
tan feliz. No confundir «ser feliz» con «estar feliz», lo primero es un mito.
Creo que si alguien fuera absolutamente feliz, sería un desgraciado.
Creo que tener sueños sin cumplir nos da un propósito. Que nos gusta vanagloriarnos de
nuestra capacidad para afrontar problemas. Y creo que estar flotando en una roca en mitad del
espacio ya es como para estar contento…
Pero si te dan un bonus extra, la partida es más emocionante.
Y eso es Marco para mí. No bromeo cuando digo que el hecho de que esté aquí marca la
diferencia. Si pude volver a Australia tan pronto después de mi «tropiezo» fue, en parte, gracias a
él. Porque me ayudó a superarlo de una manera brillante.
Se le da bien ver la paja en el ojo ajeno con el fin de solucionar problemas. Y lo hace aunque
esté desfallecido, como ahora mismo. Lo he calculado y lleva 36 horas sin dormir.
Después del atracón que se ha metido por la comida que han traído mi tía Ani y mi tía Mei, es
totalmente comprensible. Siempre me ha gustado cómo los mayores cuidan los unos de los otros,
porque saben que si no llegan a montar esta reunión, mis padres no habrían ni cenado. Se habrían
dedicado a abrazarse en el sofá, muertos de preocupación, esperando noticias de Lucas. Pero para
esto sirve la familia, para paliar los momentos duros y recordarte que no estás solo.
Marco y Mei han tenido un reencuentro muy emotivo. Mi tío Mak ha tenido que ausentarse
justo después, porque al parecer, se le había metido todo el océano en el ojo. Supongo que se
siente culpable por loquear cuando Marco le robó la virginidad a su hijita cual vikingo
sanguinario. En esta misma casa, además…
Y hablando de la reina de Roma, Luz aparece en el jardín sobre las diez de la noche.
Todo el mundo se queda en silencio porque no la esperábamos. De hecho, le he recalcado a mi
madre que su ausencia era un requisito indispensable para que Marco cruzara el atrio de esta
casa.
—Hola… Vaya, ¿qué me he perdido? —dice extrañada cuando ve a tanta gente, comida y
bebida. La respuesta se hace evidente cuando localiza a Marco—. Me ha parecido raro que no
estuvierais en casa y he venido por si había noticias nuevas del caso —explica a la multitud.
—Bueno, yo… tengo que irme —dice Marco poniéndose de pie.
—¡Por favor, quédate un poco más! —suplica mi madre—. ¡Aún no he sacado todos los
postres!
—Estoy llenísimo, en serio, no me cabe nada más.
—Pero…
—Mamá, ¿no ves que está a punto de desmayarse? —le digo con cariño para suavizar la
situación.
Todos miran a Marco preocupados, incluidos Mak y Luz.
—Estoy bien… —aclara abochornado.
—No lo está —revoco—. Contacté con él el domingo a la una de la madrugada, hora
española. Cogió un avión a las seis y tardó veintiuna horas en llegar aquí. Desde que le he
recogido en el aeropuerto esta mañana, no hemos parado, y ahora que le habéis cebado de
comida deliciosa, se desmayará si no se va ya.
—¡Ve a descansar! ¡Sube a la cama! ¡Ven a casa! —Todos los adultos hablan a la vez, menos
Mak, que pone cara de que la culpabilidad está adentrándose en su culo. Me río de él.
—Sois muy amables, pero será mejor que me vaya… —dice Marco.
Lenny levanta su uno noventa del sofá y chasquea los dedos, indicando que él mismo lo
llevará a casa. Su forma de voltear las llaves del coche en su dedo denota que está nervioso.
¿Qué le pasa? Hace eso cuando está ansioso por algo. Algo rubio y patoso de ojos verdes…
—Mañana iré a hablar con los padres de Christopher —informa Kai—. Y después iremos a
comisaría a sacar a Lucas.
—Llamadnos cuando os digan algo —contesto uniéndome a la estampida de Lenny y Marco
—. Acudiremos allí.
—¿Estás seguro de que eso es lo mejor? —le pregunta Marco, que insistía en dejar que la
policía lo descubriera por sí misma.
—Será lo más rápido. Les diré a sus padres que accedan desde su ordenador para comprobarlo
y retirarán los cargos enseguida.
—De acuerdo. Hasta mañana. —Marco pasa raudo al lado de Luz, sin mirarla, buscando la
salida como si no pudiera seguir respirando el mismo aire que ella por más tiempo.
Seguimos a Marco. Pero Luz también. Y nos adelanta.
—Marco, espera… —Lo alcanza en la entrada.
Marco abre la puerta de la casa igualmente.
—Por favor… escucha…
Él se detiene y mira al suelo.
—¿Qué quieres?
—Quiero que puedas mirarme a la cara y decirme hola. Solo eso.
Lenny y yo permanecemos inmóviles. Ya es tarde para huir y dejarles solos. Marco levanta la
vista y la observa con toda la templanza que puede. Los segundos caen a plomo y tenemos que
acordarnos de respirar y de pensar que el cielo no se está cayendo.
—Hola… —formula por fin.
—Hola… —responde ella satisfecha. Es como si pensara que con solo mirarla ya le tendría de
nuevo donde quiere.
—¿Quieres algo más? —dice él con dureza.
—No. Con eso me basta. Por ahora…
Marco sale por la puerta sin un adiós, perdiéndose en la oscuridad.
Le seguimos y nos subimos en la pickup en silencio. No nos atrevemos a decir nada, pero no
hace falta. Habla él.
—Sabía que esto pasaría… ¡Por eso no quería venir! En cuanto mañana saquen a Lucas de la
cárcel, volveré a España.
—¡No puedes! ¡Todavía tienes que enchironar al capitán y hacer que detengan a los que
mataron a Christopher!
—Vuestros padres se encargarán de eso. Mañana tenéis que contarles todo lo del Moonbow.
Necesitan saberlo.
—Lucas no querrá. Antes muerto que admitir ante mi padre lo que ha hecho… Su obsesión
con el tráfico de drogas es legendario.
—Pues se lo diré yo —amenaza.
Lenny y yo nos miramos asustados. Veo a mi primo negar con el dedo, supongo que pensando
en preservar la inocencia de Charlotte.
—Si alguien se entera de que Charlotte nos ha ayudado en esto… Si llega a oídos de Dani, por
ejemplo…
—Eso tendríais que haberlo pensado antes de pedírselo —dice irritado recostándose contra la
ventana—. Ahora corre peligro. Y todos vosotros. No solo Lucas. Vuestros padres tienen que
estar prevenidos. Ellos sabrán exactamente qué hacer…
No entendemos por qué lo dice, pero se nota que se está quedando traspuesto por momentos y
lo dejo pasar. No podemos pedirle más por hoy. Y sé que yo no voy a convencerlo porque ahora
mismo está en modo «soy una roca». Pero confío en que Lucas le haga entrar en razón.

A la mañana siguiente, todo sucede como predijo mi padre. Tras un acalorado diálogo con los
padres de Christopher, los convence para acceder a su nube y demostrar que Lucas no ha sido.
Como señaló Marco, el Apple Watch registró una bajada del ritmo cardíaco a una hora en la
que Lucas todavía no había podido llegar al lugar del crimen, según el mensaje. Ni siquiera les
hace falta ver el vídeo. Y mejor que no lo hayan visto…
Aún teniendo la prueba en la mano, tramitar la absolución de Lucas es costoso y lento. Nos
pasamos el día en comisaría. Marco se queda en casa a la espera de noticias, pero la
desesperación empieza a hacer mella en mi padre por la tarde.
—¿A qué coño esperan para sacarlo? —vocea.
De pronto, veo a Enzo cruzar el vestíbulo de la entrada y algo dentro de mí me impulsa a
interceptarle.
—¡Enzo…, espera!
Cuando me ve, pone los ojos en blanco y me evita.
—Acosar a un policía es un delito grave.
—No quiero molestarte, yo… Estamos pendientes de sacar a Lucas. ¿Puedes averiguar cómo
va la cosa? Llevamos aquí todo el día…
—No estás en disposición de pedir favores, ¿no crees?
—Te lo suplico… —digo serio, mirándolo a los ojos. Y en los suyos descubro una debilidad
extraña al verme tan vulnerable.
Tarda un poco en poner orden entre sus ganas de estrangularme y su juramento ante la ley de
ayudar a los demás.
—Veré qué puedo hacer…
—Gracias. Muchas gracias…
—Solo estoy haciendo mi trabajo —murmura al irse.
Pero no es cierto. No quiere admitir que va a hacer algo por mí. Supongo que no me lo
merezco después de todo, pero… no «todo» fue malo. Hubo partes buenas. Algunas geniales. Y
otras, las más brutales y morbosas de mi vida… Es el resultado de que te asolen sentimientos que
sabes que no te convienen, y aun así, sigas adelante, disfrutando como un loco de cada caricia
prohibida. ¿Heterocurioso? Y un huevo…
¿Qué vida le espera si le da la espalda a lo que es? ¿Y a Ruby? ¿Es justo para ella descubrir
dentro de quince años que su relación es una farsa?
Enzo tarda quince minutos en volver y va directo a mi padre para trasladarle sus
averiguaciones. Muy bonito… Ya es marca registrada de la casa lo de esquivarme.
Me acerco a ellos para escuchar.
—Ya están con ello. En media hora o así, lo sacarán.
—Muchas gracias, Enzo —responde como si fuera el Mesías. Luk y Mak también le dan la
mano y lo agarran del hombro. Le preguntan por su trayectoria en el cuerpo y le felicitan por sus
méritos.
Al despedirse, me ven esperándole y todos me gritan con los ojos que no le diga nada
inapropiado. Cómo me jode tener que callarme.
Cuando Enzo se gira y me ve, decide no decir nada y pasar de largo.
—Gracias… —murmuro solamente. Y sé que me ha oído.
Miro a mis tíos y a mi padre que siguen mirándome.
—Déjalo tranquilo —me advierte Mak por los tres.
Levanto las manos con inocencia y vuelvo a observar a Enzo. Menudo culo tiene… Y menuda
espalda. Y brazos. Cuando un tío así, tan hetero, te aprisiona para devorarte contra su voluntad
de hierro es una sensación única. Joder… ahí sí que te sientes vivo. Y correcto. Y… Vale,
decidido: necesito que me haga suyo otra vez.
Cuando Lucas aparece, se viven momentos emocionantes. Los mayores lo achuchan
diciéndole que ya pasó. Y las madres se vuelcan con él, haciendo que se muestre algo más
cariñoso, pero solo se relaja de verdad cuando nos abraza a Lenny y a mí a la vez. Solo entonces
lo escucho respirar profundamente y soltar el aire. Cuando se recobra para hablar dice:
—¿Dónde está Marco?
—En casa, esperándote.
—Vámonos de aquí…
Mi padre y mis tíos nos escoltan con su coche hasta nuestro chalet como si nos fuera a pasar
algo por el camino. Las madres se ausentan sospechosamente y me huele a que ha sido a petición
de Kai Alfa.
Aprovechamos el trayecto a casa para contarle a Lucas que Kali nos aseguró que lo de la
deuda fue un montaje. La información lo deja sin palabras… y con más venganza en los ojos de
la que le he visto nunca. Y eso es mucho decir. Lucas no es follonero, pero sí justiciero. Que se
lo digan al ex de Freya. Marvel se ha perdido a un gran Vengador con él.
Los tres reyes se cuelan en nuestro territorio sin ser invitados, y no les echamos, pero flota en
el ambiente el recordatorio de que tienen la entrada vetada desde siempre.
Presencian cómo Lucas y Marco se abrazan al verse. Es un momento extraño y algo triste ver
cómo mi hermano se queda abrazado a él con fuerza como no lo ha hecho con mi padre.
Le da las gracias, sentido, y anuncia que necesita ducharse y comer algo antes de nada.
No sé muy bien lo que significa ese «nada», pero me da vértigo.
Lenny se centra en prepararle algo suculento de comer y Marco se ausenta del salón para no
quedarse a solas con los mayores. O con Mak, que no deja de mirarle dándole opción a entablar
una conversación que Marco se niega a tener. El ambiente está enrarecido. Se acerca el momento
de la verdad.
Cuando Lucas aparece, le hacen sitio en el sofá y comienza a degustar los tentempiés que hay
sobre la mesa baja. Yo me quedo de pie porque estoy demasiado nervioso. No me gusta sentirme
acorralado.
—No quiero ser borde, pero… —empieza Lucas—. ¿Por qué seguís aquí? Estoy bien. Todo
está resuelto…
—No todo está resuelto —contesta nuestro padre—. Dijiste que estabas más seguro dentro que
fuera. ¿Por qué? Hemos visto el vídeo, ¿por qué esos tíos te querían muerto, hijo?
—No lo querían muerto —aclara Marco—. Arrastraron a Chris hasta la marisma con esa
excusa, pero a ellos no les conviene que Lucas muera hasta que no tengan el Moonbow…
Se hace un silencio horrible y preocupante. Lucas cierra los ojos como si le acabara de dar una
dolorosa puñalada en la espalda. A mí se me para el corazón.
—¿Qué es eso de Moonbow? —pregunta mi padre interesado.
—La droga experimental que tus hijos han comercializado…
Mi padre nos mira prometiendo que nos matará él mismo.
—¡No fue así! ¡No lo cuentes así, joder! —exclamo en mi defensa.
—¡Pues cuéntalo tú! —vocea Marco.
—¿Cómo se te ocurre decírselo? —musita Lucas, decepcionado.
—Porque tienen que saber dónde os habéis metido.
—No les incumbe.
—¡Necesitáis ayuda! ¡Esto os viene muy grande!
—¡Por eso te hemos llamado a ti! ¡No queríamos meterles a ellos!—dice agarrándose el
puente de la nariz.
—Nadie mejor que ellos para ayudaros —sentencia Marco—. Nos dan mil vueltas en estos
temas… No sabéis de lo que son capaces…
Lenny, Lucas y yo nos miramos sin entender nada. ¡¿Por qué no entiende que no queremos la
ayuda de nuestros papaítos?!
—¿Qué cojones es el Moonbow? —exige mi padre cabreado. Y se me pone la carne de
gallina.
—Una noche, por casualidad, descubrimos una sustancia en la playa… —comienza Lucas. Lo
cuenta todo, incluido lo de la pelea y el alijo de coca. La deuda del capitán…
—Y ayer supimos por Kali que todo era mentira. Solo querían sacarnos dinero…
Mi padre y mis tíos se miran entre ellos y oigo que se crujen los nudillos. Esto no me gusta…
—Solo fue una solución temporal para un problema puntual —expone Lucas—, pero no
sacamos ningún beneficio de ello —remarca—. Solo cobraron ellos y el químico que nos ayudó
a sintetizarla…
—Dios… —musita Kai, mareado—. Decidme que ese químico no es Charlotte…
El silencio otorga su acertado razonamiento y se sujeta la frente, desolado. El corazón me late
a mil por hora.
—¿Sabéis lo que habéis hecho? —dice desabrido—. ¡Acabáis de joderle la vida…!
Lenny da un golpe sobre la mesa a modo de queja y mi padre lo mira disgustado.
—¿Nunca habéis sido pareja?
Mi tío Luk mira a Lenny con atención. Él se apresura a escribir en su teléfono y Mak lo lee.
«La quiero. Es real», verbaliza. Y su mirada es fiera denotando cuánto le importa esa chica y lo
mucho que le revienta pensar que han podido ponerla en peligro.
Lucas toma la palabra.
—Charlotte está a salvo. Ayer usé la llamada desde la cárcel para advertirle que cortara toda
comunicación con nosotros porque podrían buscarla. Por la tarde fingieron que rompían delante
de todo el mundo.
Mi padre se levanta, furioso, y empieza a dar vueltas, como siempre hace para evitar explotar.
Aun así…
—¡¿Os dais cuenta del peligro que habéis corrido todos?! —nos grita—. ¡¿Y si llegan a estar
esperándote en el mirador, Lucas?! —Se agarra la cabeza imaginando lo peor.
Mak coge el relevo.
—Tranquilízate, Kai. Tu hijo está bien.
—Descubriremos quiénes son esos tíos —murmura Luk calculador.
—El capitán puede llevarnos hasta ellos —remata Marco.
—¿Para qué? —pregunto asustado—. ¿Qué vais a hacer?
Se miran entre ellos y ponen cara de circunstancia. ¿Soy el único que no entiende nada? Lenny
se une a mi causa, pero mi hermano pone cara de imaginárselo.
—Hora de confesar —dice Marco indolente mirando a los adultos—. Aquí, o nos mojamos
todos, o no funciona. Chicos, ¿recordáis el ataque en casa de Luk y Ani? ¿Cómo olvidarlo,
verdad, Lenny? ¿Y recordáis que se ausentaron durante semanas después? Pues se fueron a
resolver el problema a su manera…
—Marco… —advierte mi padre.
—Tienen que saberlo. Contadles a cuánta gente os habéis cargado a lo largo de vuestra vida…
Los miro alucinado. ¿Se refiere a… matar a sangre fría?
Busco una cara amiga que flipe conmigo, pero Lenny baja la cabeza como si pensara que él
también es un asesino y Lucas pone cara de que ya lo sabía. Mi padre lo mira como si ya supiera
que él lo sabía, ergo, ¡soy el colgao de la familia!
—¿De qué coño estáis hablando? —verbalizo cabreado.
—¡No lo cuentes así, joder! —se queja mi padre esta vez.
—¡Pues cuéntalo tú! —repite Marco—. Pero cuéntaselo todo de una vez por todas. Que
traficaste a los veinte con coca, que estuviste en la cárcel cuatro años, que fue Mak quien te
encerró…
—¡¡¿QUÉ?!! ¡¿Cómo que estuviste en la cárcel?! ¡¿Tú traficabas?!
El caos de frases se expande por el salón como si fuera pólvora. Los ojos desorbitados de
Lucas me dicen que volvemos a estar en igualdad de condiciones. No tenía ni puta idea de nada.
Lenny mira a Mak sin dar crédito por lo que acaba de oír. ¿Él detuvo a mi padre?
—¡CALLAOS YA! —grita el Alfa. Y se hace el silencio—. Os lo contaremos todo desde el
principio. Pero eso es el pasado, y a mí me interesa mucho más el presente…
—¡Pues a mí no! —exclama Lucas enfadado—. Todo este tiempo dándotelas de ser
perfecto… —dice conmocionado.
Mi padre se acerca a él y se agacha a su lado.
—Lucas, mírame… ¡Mírame! —Él obedece—. Cuando mis padres murieron en un accidente
descubrí que tenían deudas. ¡Necesitaba el dinero! Era el mayor de cuatro hermanos y no sabía
qué hacer. Mak me siguió el rastro y terminé en la cárcel.
—¡¿Cómo pudiste?! —exclama mirando a Mak.
—No nos conocíamos —explica mi padre—. Pero prefiero haber estado todos esos años
encerrado que no haberle conocido nunca…
Esas palabras hacen que las piezas del puzzle empiecen a encajar. Esa amistad. Esa confianza.
Nunca me han parecido normales entre dos cuñados corrientes.
—En la cárcel hice un trato con un capo muy importante que tenía mucha información y al
salir me embarqué en una operación policial que duró años… Debía infiltrarme como uno de los
mayores narcos del Campo de Gibraltar. Era muy peligroso y le pedí a vuestros padres que
dejaran el geo y fueran mis guardaespaldas… —dice mirando a Lenny y a Marco.
Mak y Marco se miran soportando la dolorosa sensación de que hace mucho que no son padre
e hijo.
—Fueron muchos años —señala Marco—. Y para sobrevivir tuvieron que mimetizarse mucho
con ese papel. Eran criminales. Y dueños de La marca de Caín, un club de alterne superelitista,
lleno de prostitutas de lujo y salas swinger, que vosotros siempre habéis conocido como… el
restaurante de La Ola Dorada.
—¡No te creo! —exclamo alucinado—. ¡Si son unos puretas!
—¿Nos ha llamado puretas? —pregunta Mak a Luk.
—Eso creo.
—De puretas nada, Aitor —dice mi padre—. Antes de conocer a mis hermanas, Luk y Mak
siempre compartían a sus chicas… Es decir, en la misma cama, a la vez.
—¡¡ANDA YA!! ¡¿QUÉ?!—gritamos Lucas y yo. Lenny no parpadea.
—Tío… —se queja Luk a Kai.
—Si estamos contando todo, se cuenta todo —replica mi padre con media sonrisa.
—Estoy flipando… —musito perplejo—. ¿Y tú qué hacías, papá?
—No quieras saberlo… —masculla Mak divertido—. Tenía una sala dorada con una K
enorme en la pared. Su top tres eran los columpios, los pianos y atar a chicas a cruces de San
Andrés…
—¡MAK!
—¿No íbamos a contarlo todo?
Miro a mi padre extasiado. ¡Por fin una explicación a mi ninfomanía!
De pronto, Lenny enseña su teléfono y leo lo que pone.
—«¿De verdad habéis matado a gente?».
—A gente peligrosa —contesta su padre serio—. Mak y yo fuimos adiestrados para eso en el
GEO. Y Kai…, antes de entrar en la cárcel era un niño mimado y popular como vosotros, pero
salió de allí siendo alguien mucho más duro…
Mi padre pierde la vista como si estuviera recordando atrocidades. Todo el mundo dice que me
parezco mucho a él cuando era joven, y solo de imaginar lo que me pasaría a mí si entrase en la
cárcel ahora, con mi edad y con mi físico, se me encoge el estómago… Trago saliva al entender
el alcance de lo que vivió allí.
—No necesitamos vuestra ayuda —dice mi hermano terco.
—Si pensáis por un momento que vamos a dejaros solos en esto, estáis muy equivocados…
No dejaremos que nadie más salga herido —contesta Luk mirando a Lenny.
Ambos comparten una mirada recordando a Neo. «Nadie más».
—Exacto. Terminaremos con el problema antes de que os alcance, chavales —simplifica Mak.
—¿Qué vais a hacer? —pregunto asustado.
—Algo que hasta un niño de diez años es capaz de entender —dice mi padre—: defendernos.
Hiciste lo correcto la noche del asalto, Lenny —dice mirándole fijamente—. No dejes que nadie
te diga lo contrario nunca. No todo el mundo tiene el valor de hacer lo que hay que hacer.
Lenny baja la mirada recordando las consecuencias y al momento se pone de pie dispuesto a
abandonar el salón, pero Marco lo agarra con fuerza para impedírselo.
—¡No te vayas! ¡Enfréntate a la verdad, joder! ¡Ya es hora…!
Todos alucinan por el forcejeo. Luk está a punto de intervenir al ver que Lenny no quiere
quedarse.
—¡Basta! —Lo frena Marco—. ¡Parad ya de darle la puta razón! ¡No te contengas, Lenny!
¡Dinos cómo te sentiste! ¡Grítalo si hace falta, pero no te lo calles más!
Mi primo lucha por deshacerse de él para huir. Marco es algo más bajo que él, pero además de
su experiencia como policía, le saca diez años de complexión atlética. Lenny da bandazos al
sentirse aprisionado y empieza a gruñir como un animal.
Los mayores se ponen de pie, alertados. Solo Lucas permanece sentado, como si supiera que
Marco se propone algo con esto.
—¡Grita, Lenny! ¡Grita lo que sientes! ¡¿Qué piensas de que tu padre tuviera enemigos y tú
pagaras las consecuencias?! ¡Y tu madre! ¡Y tu hermano!
Lenny profiere un grito inhumano que nos deja a todos petrificados. La situación es espantosa
y cada vez más brusca. Mis tíos temen que se hagan daño y se acercan a ellos para custodiarlos,
pero sin impedir que Lenny siga expresándose.
—¡¿Cómo te sienta no poder ver a tu novia y oír que le has jodido la vida?! —insiste Marco
—. No eres mejor que tu padre, ¿sabes? ¿Qué harás si le pegan un tiro?
Lenny estalla con un grito dantesco y consigue librarse de Marco. Escapa deprisa hacia su
habitación y Marco jadea por el esfuerzo. Todos le miran como si estuviera loco.
—Bueno, yo ya he terminado aquí —resuella—. Voy a cerrar el billete de vuelta a España…
Nadie lo frena cuando desaparece. Yo quiero que se quede, pero ahora mismo no encuentro
palabras para convencerle. Estamos a años luz de ser gente normal, con una vida normal, que la
valora y la disfruta.
Lucas parece ensimismado. Necesita asimilar todo lo que ha ocurrido y pensar sin reproches ni
acusaciones. Solo así podrá volver a ser el líder que necesitamos. Pero nuestro padre no parece
dispuesto a dejarnos tranquilos y se sienta a su lado en el sofá.
—Lo único que quiero es que estéis fuera de peligro —le dice.
—Estaremos bien, ¿vale? Iros ya…
—Sabía que solo era cuestión de tiempo hasta que todo se complicara con Freya…
—¿Qué pasa con ella? —dice Lucas haciéndose el loco.
—Yo no sé qué pasa con ella…, pero si te importa lo más mínimo, tienes que dejarla en paz.
Al menos hasta que todo esto termine…
—Y si la quieres de verdad, la dejarás para siempre —añade Luk angustiado—. O terminarán
usándola en tu contra y pagando ella y tus hijos por tus mierdas. Os espero fuera…
Lo vemos abandonar la casa alicaído. El histerismo de Lenny lo ha sumido de nuevo en un
pozo de culpabilidad. Está claro que el punto débil de un narco es su familia. Lo de «dejarla para
siempre» es porque cree que solo así la protegerá de posibles represalias en el futuro. Quizá
cuando ambos tengan un hijo de diez años al que traumaticen sin remisión.
—Ya veré lo que hago, papá. Pero no quiero que vosotros hagáis nada —musita Lucas.
—Haremos lo que tengamos que hacer —sentencia Mak serio—. Te garantizo que el capitán
no va a irse de rositas por inventarse esa deuda… Vámonos, Kai.
—De momento, no salgais de casa, Lucas…
—Y vosotros no hagáis nada —le repite—. No necesito tu ayuda…
—Deberías habérmela pedido desde el principio, joder.
—A ti nadie te ayudó, ¿no?
—Y así me fue… Ojalá alguien lo hubiera hecho. Tienes que dejar el orgullo atrás, hijo.
Estamos aquí para que os apoyéis en nosotros.
—Lo tengo todo controlado…
—Si sigues apartándome, la vida te atropellará y no podré hacer nada por impedirlo.
—He conseguido salir de la cárcel sin ti, ¿no? Estoy bien…
—¿Y dónde estabas el día de la Final del campeonato de surf? Porque se disputó sin ti. El
mundo no se detuvo…
—¡Me importa una mierda ese puto campeonato!
—Y Freya, ¿tampoco te importa?
—Vete de una vez —musita dolido—. No quiero que te metas en mi vida. Ya soy adulto.
Mi padre se mueve, decidido a marcharse, pero antes me mira y veo exactamente cómo se
siente: yo no le preocupo. Ni Lía ni Cora… Porque el día que necesitemos ayuda, acudiremos a
Lucas. Pero si él no está para atendernos, nos quedaremos desamparados. Lo sé porque es justo
como me siento ahora mismo al verlo tan hecho polvo en este sofá.
Cuando nos quedamos solos, me siento con él.
—¿Te puedes creer lo que nos han contado los mayores? ¡Papá estuvo en la cárcel y regentó
un club swinger!
—Me cuesta mucho creerlo… Y tampoco puedo imaginarlos matando a nadie. Pero, sea
como sea, ya no son esos tíos…
—Desde luego, el tío Luk y Mak ya no se montan tríos —me mofo.
—¡Eso casi ha sido lo más fuerte…! —ríe Lucas entre dientes—. El año pasado les oí decir
que el sexo en los cincuenta es mucho más excitante… porque nunca sabían si iban a tener un
orgasmo, un infarto o un calambre.
Sonreímos. Pero nos dura poco.
—Me preocupa Lenny… —comento en voz alta—. No poder ver a Charlotte le está afectando
mucho.
—Encontraremos una solución —dice convencido. Y esa simple frase, en ese tono, ya me
tranquiliza más de lo que puedo abarcar.
—Me alegro de que hayas vuelto… ¿Tú estás bien?
—Sí, solo cansado.
—Pues ve a descansar. Mañana nos espera un día duro.
—¿Por qué?
—Por el entierro de Christopher… Todo el pueblo irá al cementerio.
—¿Crees que debo ir? Después de todo lo que ha pasado…
—A estas horas ya se habrá corrido la voz de que eres inocente. Si vamos, se reforzará mejor
la idea. Tu fuiste la persona que le encontró, no puedes desentenderte ahora…
—Vale, vale.
—Pero entiendo que sea duro. Por lo que ocurrió con Freya esa misma noche… ¿Quieres
hablarlo?
—No. Ella no estaba convencida de dejarle… Lo nuestro solo fue…
—¿Eso te dijo?
—Tenía dudas. Discutimos y después Chris murió. Imagínate cómo estará…
—Tienes que hablar con ella.
—No querrá ni verme. Y ya has oído lo que acaban de decirme papá y Luk…
—No les hagas caso. Freya y tú teníais una historia mucho antes de que apareciera
Christopher. No es culpa vuestra que haya muerto…
—No estoy tan seguro de eso…
—Él sabía dónde se metía —digo con frialdad. Aunque no deje de parecerme injusto y
horroroso lo que le ha pasado.
—Se metió en lo mismo que nosotros, Aitor.
—Pero nosotros quisimos dejarlo.
—Quizá él también quería. Lo vi muy asustado aquella noche. Le dije que se viniera con
nosotros en coche… ¿Por qué no lo hizo? Tuvo la oportunidad de escapar. Igual tuvo miedo…
—Yo tengo miedo ahora —confieso.
Lucas agarra mi mano.
—No te preocupes. No dejaré que os pase nada a ninguno. Que hagan lo que quieran conmigo,
pero a vosotros no van a tocaros.
¿Esa es su solución? ¿Sacrificarse él llegado el caso? ¿Y todo por no pedirle ayuda al narco de
nuestro padre?
Ahora, más que nunca, creo que necesita que lo salven.
36
LOS RENGLONES TORCIDOS DE DIOS
“La voz que sonó una vez no se pierde para siempre”
Torcuato Luca de Tena

— Cuando muera, quiero que me entierren aquí —le digo a Aitor.


—¿Quieres joderme el día? —contesta desajustándose el cuello de su camisa. Eso le pasa por
no asumir su talla y creerse modelo.
Va muy elegante. Demasiado. Aquí la gente no se arregla tanto para estas cosas, precisamente
por el paraje. Las lápidas están en pequeños senderos naturales de césped que se abren en medio
del bosque. En este lugar se respira verdadera paz.
Pero yo no quiero paz, quiero guerra. Desde que salí y pude tomar conciencia de todo lo
acontecido, lleva fraguándose dentro de mí un deseo de venganza que se hace más grande a cada
minuto que pasa.
Chris está muerto. Igual que lo mío con Freya. Y solo sé que alguien va a pagar por ello.
A pesar de haber sido declarado inocente, mucha gente me mira como si no debiera estar ahí.
Éramos enemigos. Pero en el último momento, intentó impedir que me mataran. Y eso le honra.
Aitor piensa que fue para salvar su propio culo, pero bien podría haber accedido sin más. Si
hubiera sabido lo que acababa de hacer con su novia, seguro que lo habría hecho sin pestañear…
Es un entierro multitudinario. No solo por la popularidad de Chris, sino porque sus padres
conocen a muchísima gente a raíz del negocio familiar. Prácticamente tienen el monopolio del
condado en lo que a funerarias se refiere. Y hoy no han reparado en gastos.
Mi familia se queda en un lateral, dejando paso a los más allegados en las primeras filas.
Que se respete ese orden de estatus y cercanía, me permite localizar fácilmente a Freya. Está
en segunda línea, con toda su familia, apoyada en un conmocionado Kali.
Trago saliva impresionado al ver su demacrada cara. Se nota que no ha dejado de llorar en tres
días, y no creo que fuera por mí y lo mal que me he sentido en la cárcel. Ha sido como una
tortura, pero sé que no tengo derecho a quejarme mientras el féretro de Chris se abre camino
entre la gente a la porte de cinco hombres.
Me invade una náusea al pensar que este podría ser mi entierro y que Freya no estaría llorando
de ese modo ni tampoco en segunda fila. Quizá ni siquiera hubiera asistido si el capitán no
hubiera ordenado provocar esa pelea con Kali…
—Queridos hermanos, estamos hoy aquí reunidos para darle el último adiós a Christopher
Hewitt…
Miro alrededor y veo que mi padre me está mirando con la misma cara que si estuviera oyendo
que el adiós era para Lucas Morgan.
Vuelvo a tragar saliva. Me estoy sintiendo peor por momentos…
Paseo la vista en busca de más distracciones y veo que Lenny tampoco está atento al falso
discurso del cura, que asegura que Chris era un buen chico y un ejemplo a seguir. Espero que
nadie diga eso de mí. Es más, les obligaré a escribir un panegírico con mis peores defectos y la
parte positiva de que yo ya no esté presente. Eso estaría bien…
Siempre he sido de pensar que no hay mal que por bien no venga. Y no lo digo por Chris en
concreto, ni por ninguna muerte inocente de gente buena, sino porque me consuela creer que
cuando se cierra una puerta de un buen portazo, se abre una triste ventana de rendijas. Que el
karma y no Dios aprieta, pero no ahoga. Que la vida compensa los momentos malos con otros
extraordinarios… Por eso me da pánico pensar en la que me espera para compensar lo que sentí
al acostarme con Freya la otra noche…
Creo que no compensaré esa sensación ni en siete vidas. Fue como volver a nacer. Como
resetear mi cerebro de pensamientos mezquinos, de miedos y de inseguridades. Fue como
empezar a creer que todo es posible. Recuperar esa ilusión, ese empuje… para después
quitármelo de un puñetazo al terminar. O más bien, de una paliza, cuando me quitaron el móvil y
me invitaron a subirme amablemente en la parte de atrás de un coche patrulla.
Veo que Lenny busca a alguien entre la gente; supongo que será a Charlotte. Le ayudo a
buscarla al pensar que no estará en una fila privilegiada, pero no la veo por ninguna parte. A
quien sí localizo es a su madre, en la otra punta del sendero. Y se la señalo a Lenny para que la
vea.
Él frunce el ceño y escribe en su teléfono.
«Necesito verla», leo.
Seguimos buscándola sin éxito y deduzco que quizá no haya venido. Puede que esté asustada u
odie los entierros. Eso le pega mucho.
Cuando termina la ceremonia, le pido a Lía que intercepte a la madre de Charlotte y le
pregunte por ella. Nosotros tenemos demasiadas miradas encima…
Intentamos hacer tiempo hasta que Lía regrese con la información y siento que mis padres no
dejan de mirarme. Cada vez queda menos gente en la explanada y empieza a volverme loco el
ruido que hacen los operarios al empezar a echar tierra sobre el ataúd de Christopher. ¿Dónde
leches se ha metido Lía...?
Nuestros vecinos deciden abandonar el lugar porque seguro que Freya y Kali tampoco
soportan ese maldito sonido. Es jodidamente grotesco. Demasiado real y duro. Hace que me
recorran escalofríos.
Dani se para a saludar a mi padre, mientras Kali sigue caminando cobijado bajo el brazo de su
otro padre, Iker.
En ese momento, Lía aparece con la madre de Charlotte. Su rostro muestra preocupación.
—¿Charlotte no está con vosotros? —pregunta mirándonos a Lenny y a mí.
—No…
—¡¿Y dónde está?! —exclama extrañada—. Daba por hecho que os habíais reconciliado
porque no ha venido a dormir.
Se crea un silencio inquietante. Mi padre y Dani se callan para prestar atención a nuestra
conversación.
—Quizá se fue a casa de su amiga, esa con la que estuvo en el bar ayer —sugiere Aitor.
—¿Ha ido a trabajar esta mañana? —le pregunto a Dani.
—No —contesta—. Pero no me ha extrañado porque ayer la vi muy mal y le dije que se fuera
a casa si estaba indispuesta…
—¡Charlotte no faltaría al trabajo ni aunque se estuviera muriendo! —clama su madre
asustada—. Y menos, sin avisar.
Un nerviosismo extraño colapsa el ambiente.
—¡¿La has llamado al móvil?! —pregunto con pánico en la voz. Un pánico que viaja hasta
Freya y sus padres, e Iker y Kali, y hace que al oírme detengan sus pasos un poco más allá y se
giren.
—¡Claro que la he llamado! ¡Varias veces! ¡Pero me sale apagado!
—Dios mío… —musita Aitor en voz baja. Al oírle tengo un mal presentimiento. Uno fatal.
—¿Dios mío qué? —exijo severo—. ¡Aitor, habla!
Mi tono exacerbado lo paraliza. Mira hacia los lados, sintiéndose observado por todo el mundo
y su vista registra a un Lenny que no se atreve ni a respirar. Cuando vuelve a mí, veo terror en su
mirada.
—¡¿Qué pasa, Aitor?! —lo presiono.
—Hay algo que no os he contado… —dice por fin—. Le dije a Marco que no os lo dijera
porque… no quería preocuparos.
—¿Qué es? —pregunto acojonado. Todos lo miramos expectante.
Él se moja los labios, atolondrado.
—Quizá no sea nada, pero Kali sabía lo de Charlotte —musita acusador—. Lo que la unía a
nosotros...
—¿Qué...? ¡¿Cómo lo sabía?!
—Nos oyó decirlo. Y ahora Charlotte ha desaparecido… ¿Y si se la han llevado, Lucas?
La sola idea cae sobre nosotros como una avalancha de nieve virgen. Al menos sobre todos los
que comprenden de qué hablamos.
De pronto, Lenny sale disparado. No nos da tiempo a reaccionar cuando vemos que va directo
hacia Kali. Ni siquiera su padre es capaz de impedir que el huracán Lenny le arranque a su hijo
de las manos, lo tire al suelo y caiga sobre él, comenzando a presionarle el cuello con fuerza.
Mi tío Luk y yo somos los primeros en reaccionar para ir a separarlos, pero a pocos metros
algo nos paraliza como si acabaran de inyectarnos un dardo tranquilizante.
Es la voz de Lenny, gritando:
—¡¡¿DÓNDEEE ESTÁÁÁ?!!
El sonido viaja a cámara lenta por nuestros tímpanos haciéndonos caer en una secuencia irreal.
¡Es imposible…!
Iker y Jon agarran a Lenny con fuerza de los brazos para que suelte el cuello de Kali. Mi padre
y Dani llegan para ayudarlos, porque Lenny sigue luchando como un pez fuera del agua.
—¡¿DÓNDE ESTÁ?! ¡¿DÓNDE ESTÁÁÁ?! —repite como un loco.
Kali comienza a toser, dolorido, y a decir que está bien.
Me abro paso entre los aspavientos de Lenny para cogerle la cara:
—¡Para de una vez! ¡Lenny! ¡Lenny…! ¡Vamos a encontrarla! ¡Te juro que vamos a
encontrarla!
Mi primo se queda inmóvil, resoplando como un animal al que están torturando. Aflojo el
amarre, pero no le suelto. Todavía no me creo que haya hablado. Su voz no es para nada como la
recordaba. Es mucho más ronca y varonil.
—Has hablado… —murmullo con orgullo olvidando el drama por un momento.
Él reacciona como si no se hubiera dado cuenta. Mi tío Luk sigue en el suelo, conmocionado y
con los ojos llenos de lágrimas. No es para menos. Diez años sin oír a su hijo, creyendo que su
pasado lo había mutilado de por vida.
Puto Marco… Es una pena que no esté aquí para presenciar lo que ayer activó y hoy ha
detonado. Es un maldito genio. Decido que no podemos dejar que se vaya. Su lugar está aquí,
con nosotros. Ahora más que nunca.
—¡¿Dónde está mi hija?! —pregunta la madre de Charlotte a Kali.
—No lo sé… —contesta dolorido.
—¡Eres el único, aparte de nosotros, que lo sabía! —lo acusa Aitor.
—¡Yo no he dicho nada a nadie!
—Quizá ella se lo haya dicho a alguien —sale Lía en su defensa—. Puede que alguien haya
atado cabos…
—¿Cabos de qué? ¡¿Quiénes?! —pregunta Dani confuso—. ¿Alguien va a contarme de qué va
todo esto?
Nadie contesta.
—No abras la boca, Kali. Recuerda las palabras de Marco —advierte Aitor intimidante.
Cuando quiere es un buen matón.
—Tenemos que irnos... —musita mi padre activándose—. ¿Mak…?
Con solo pronunciar su nombre, lo tiene al lado al instante. Increíble… Con un gesto le indica
que tienen que recoger a Luk del suelo y largarse cuanto antes.
—¡Kai, ¿qué está pasando?! —pregunta Dani mientras se marchan, sosteniendo a Luk como si
fuera un herido de guerra.
—¡Nada! ¡Cosas de familia! ¡Ya sabes...!
—¡¿Y por qué tu sobrino casi ahoga a mi hijo?!
—¡No sé, pero seguramente se lo mereciera!
—También es verdad… ¿Qué has hecho esta vez, Kali? —le pregunta aburrido.
La mueca de Kali me recuerda mucho a una mía. ¡¿Es que todos los padres son iguales?! Pero
algo en sus ojos me dice que no miente. Al parecer, la muerte de Christofer ha fundido sus
fusibles malignos.
—Yo no he sido —certifica como si pudiera leerme la mente.
—¿Aitor…? —pronuncio. Y en nada lo tengo al lado. Señalo a Lenny y me ayuda a
desincrustarlo del amarre de Iker y Jon.
—Vamos, Lenny… La encontraremos —lo insto a andar.
Al pasar por el lado de Freya y su madre, nuestros ojos coinciden por un momento. Parece
sobrecogida por la escena que acaba de presenciar. O por volver a toparse conmigo después de
pensar que era un asesino…
Quiero decirle algo, un «lo siento» aunque sea, pero la idea de que hayan secuestrado a
Charlotte por mi culpa atenaza mi garganta haciendo que las palabras de mi padre cobren más
sentido que nunca.
«Si te importa, déjala en paz».
Desvío la mirada al suelo y paso de largo. Me convenzo de que es mejor así… Mejor para ella
y para todos, porque todavía me duelen sus dudas después de compartir lo que para mí fue lo
mejor que me ha pasado en la vida. Pero a la vez tengo la desagradable sensación de que me
arrepentiré. De que mi silencio frío ahora pondrá el último clavo en el ataúd de nuestro amor.
Descanse en paz, como Chris.
Al llegar al aparcamiento, nos miramos entre todos.
Ani abraza a su hijo con fuerza, acariciándole la cara como si fuera un milagro andante. El
médico les dijo que si alguna vez hablaba, no le presionaran e hicieran como si nada para no
volver a abrumarlo, pero es difícil no reaccionar.
Mi padre lleva a un aparte a mi madre y hablan muy cerca, entre murmullos. Los veo besarse
con un pico sentido y creo que él le dice algo como «Confía en mí». ¿Porqué no alejó a mi madre
y yo tengo que alejar a Freya? Es injusto.
Mi madre nos besa a Aitor y a mí, y sorprendentemente, me dice en un arrullo «Confío en ti».
Valga la redundancia...
Después, las mujeres se van y siento que tengo que decir algo. Porque creo que es hora de
agachar la cabeza. No por mí. Sino por Lenny y por Charlotte.
—Papá…
—¿Sí?
—Por favor… Tenéis que ayudarnos a encontrar a Charlotte.
Lenny lo mira suplicante.
—Si a mi hijo le importa tanto esa chica como para hablar, hay que rescatarla… —subraya
Luk.
—Por supuesto —tercia Mak.
—Tenemos que organizarnos —sentencia mi padre—. Nos reuniremos en vuestra casa en
veinte minutos. Trazaremos un radio de acción aproximado. No han podido ir muy lejos si la
sustancia está en Byron. Aitor, localiza a su amiga y pregúntale a qué hora se separaron y dónde.
—Sé dónde encontrarla. Es Ava, la de la tienda de golosinas.
—Bien. Tenemos que rastrear el teléfono de Charlotte.
—Si saben lo que se hacen, se habrán deshecho de él —apunta Mak.
—Sí, pero quiero saber dónde se perdió la señal. Tenemos acceso a las cámaras de tráfico y de
la calle principal del pueblo. En cuanto tengamos la matrícula del vehículo que se la llevó, todo
será más fácil.
Me cuesta disimular que no estoy impresionado. Me siento como un crío asustando cuando me
alivia horrores que hayan tomado el control de la situación.
Me reconforta ver que Lenny y Aitor están igual de pasmados que yo. Estos sí parecen los tíos
de los que nos hablaron ayer…
—Como le pase algo a Charlotte… —balbucea Aitor aterrado. La cara de Lenny preescribe lo
mismo.
—Tranquilos, la necesitan viva hasta que les enseñe cómo confeccionar el Moonbow… —dice
Luk—. ¿Cuánto tardaba Charlotte en fabricarlo más o menos?
—Unas catorce horas —respondo—. Pero seguramente pueda alargarlo un poco más
haciéndolo despacio…
Mi padre consulta la hora.
—Bien. Tenemos unas siete horas para localizarla.
—Buah, eso está chupao —vacila Mak.
—A mí me sobra la mitad del tiempo —replica Luk chulito.
—Te apuesto lo que quieras a que la encuentro antes que tú —lo pica Mak divertido.
—Acepto... Estás tan oxidado que igual te encuentra ella a ti antes.
Mak se carcajea y ninguno de los tres podemos creer lo que vemos. ¡¿Están bromeando?! ¡¿En
serio?! Que mi padre sonría como si fuese su pan de cada día me alucina aún más. ¡¿Quiénes son
estos tíos?!
—¿Y qué pasará una vez la encontremos? —pregunto yendo un paso más allá. Porque todo lo
que han dicho me parece viable, pero después…, ¿qué pasará?
—Que lamentarán habérsela llevado —sentencia mi padre inflexible—. Nos vemos en quince
minutos en la base.
—¡¿Qué base?!
—Vuestra casa.
—¿A dónde vais ahora? —pregunta Aitor desamparado.
—A por armas —contesta mi padre como si nada.
Los tres nos quedamos boquiabiertos. ¿Ha dicho… «armas»?
¡¿Qué coño está pasando?!
—Id rastreando su teléfono… —se despiden—. Lenny, ¿podrás hacerlo desde tu ordenador?
Mi primo asiente, pero mi padre se lo pierde porque justo no lo mira y se marcha hacia su
coche.
—No te he oído, chico… —dice girando la cabeza.
—Sí… —se esfuerza en decir Lenny.
Los tres reyes se detienen abruptamente y se giran a la vez.
Mak y mi padre con dos sonrisas brutales, y Luk con una mano en el pecho y la mirada
desencajada.
Aitor y yo también lo miramos asombrados.
—Bienvenido, campeón… —murmura mi padre encantado.
—Disimula, tío… —cuchichea Mak empujando a Luk.
—Pero… ¡¿lo has oído?!
—Sí… Haz como si nada… —dice con secretismo—. No montes un show o podría perder la
voz de nuevo. Ten paciencia…
Pero lo siento, yo no tengo de eso. Miro a Lenny, que al parecer está alucinando consigo
mismo, y lo abrazo con fuerza, agradecido por devolverme la fe en esa maldita rendija que
siempre se abre en los peores momentos.
Lo que no esperaba es que al otro lado estuvieran mi padre y mis tíos dispuestos a volarles la
cabeza a cualquiera que quiera jodernos. ¡Están más locos que nosotros!
Mi corazón crepita.
Me siento raro, porque, aun con todo, tengo ganas de llorar, pero de alegría. Y es una
sensación que no puedo explicar.
Quizá sea que, por primera vez en mi vida, empiezo a entender lo que significa ser un Morgan.
Pero algo me dice que todavía nos queda mucho por aprender y que esto no ha hecho más que
empezar.

CONTINUARÁ...
AGRADECIMIENTOS

Por motivos técnicos tengo poco espacio para los agradecimientos así que voy a ir muy al
grano esta vez.
GRACIAS, GRACIAS, GRACIAS INFINITAS.
Por leer mis libros, por disfrutarlos, por entusiasmaros conmigo, por el apoyo, por los «aisss»,
por la ilusión que me hacéis sentir cada día, por hacerme vivir esta historia de una forma tan
especial.
Por las ganas, por los ánimos, por vuestro cariño. Sois geniales.
No puedo explicar con palabras lo que ha supuesto para mí este libro, hay que sentirlo. Y yo lo
he sentido como un principio de algo épico. Como la transformación de una crisálida que
aguardaba en su funda de seda y que está a punto de echar a volar y enseñar de lo que es capaz al
mundo. ¡AYYY!

Voy a mencionar muy rápido a la gente que ha hecho posible esta aventura:

Irene, @ladyromantikbook, en menudos embolados te meto, amiga. Y qué paciencia tienes…


Gracias por soportarme, así de claro. Gracias por tu bondad, por tus ideas estelares y por hacer
que se me ocurran a mí mientras hablamos. Si un día no hablo contigo, me faltas. Así es cómo te
quiero.

Bego Pérez, de mi vida y de mi corazón. Siempre grito a los cuatro vientos todo lo que me
aportas siempre, pero con este libro me he dado cuenta de que me he quedado muy corta todas
las veces. No sé de dónde has sacado tu don para rescatar el alma de los libros, pero no me faltes
nunca. Mil gracias por seguir a mi lado. Por las risas, y por permitirme crear algo extraordinario
de la nada.

También quiero dar las gracias a Eli de @Elipr y no solo por leerte el libro con tus ojillos de
águila, sino por la motivación que me das cada día con tu acoso y derribo a imágenes de los
musos jaja Gracia por vivirlo tanto y compartir este disfrute conmigo.

Y como siempre mi primita Ana Galarraga, eres una máquina y no tengo más que decir. Te
has ganado, mínimo, una sesión de botox.

Y no puedo olvidarme de Alma S.C., lo pongo así para que nadie me la quite. Tienes un don
increíble. Sé que salvas vidas a diario, pero quiero darte las gracias por salvármela a mí de
nuevo.

Y ahora, vosotrxs, mis Fuxias, mi familia cibernética que me fabrica sonrisas a diario. Gracias
por ser la gasolina que necesito para continuar en marcha. Mil gracias a:

@yaii_books25, @gabrente, @laurelleeyescribe, @africa_cantero @la.peluteca, @read_j.t.mary,


@pilarsanabria_, @sanemade, @beatriz_jipu, @viki.hdez, @leerconthea, @minedreadings,
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Y si me dejo a alguien, perdonadme, por favor. Me hace mucha ilusión que estéis aquí. Un
fuerte abrazo, Anny.
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Sobre el autor

Anny Peterson nació en Barcelona en 1983. Estudió Arquitectura e hizo un Master en


Marketing, Publicidad y Diseño Gráfico. Actualmente, vive con sus hijas y su pareja en
Zaragoza.
Lectora acérrima del género romántico. Adicta a series y películas. Adicta a la salsa boloñesa
y a la CocaCola Zero.

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