ANTOLOGIA
ANTOLOGIA
ALUMNO:
ALESSANDRO LARA AREVALO
GRADO Y GRUPO:
1° “D”
MATERIA:
ESPAÑOL
Leyendas
Prehispánicas
Chaac, La Sacralidad del Agua Chaac
El Dios todopoderoso del agua de la cultura maya, una deidad cuyo poder era
controlar la lluvia, los truenos y los relámpagos, con su escudo controlaba el agua
y con sus hachas los truenos y los relámpagos, también se dice que es el guardián
protector de la entrada al inframundo, tiene mucha importancia a la carencia de
grandes fuentes fluviales en la península de Yucatán. Chaac era representado
como una especie de reptil, parecido a una salamandra o lagartija, con una larga
trompa que apuntaba hacia arriba, unos colmillos curvos hacia abajo y se veía
como un hombre viejo. Cabe destacar, que Chaac no es considerado una deidad
única, sino más bien son 4 dioses, cada uno representando uno de los puntos
cardinales, siendo una deidad cuádruple, cada uno era un señor de un punto
cardinal, caracterizado por un color y por un ave: Chaac Xib Chaac el cual es el
Chaac del Este, simbolizado por un faisán rojo; Sac Xib Chaac el cual es el Chaac
del Norte, simbolizado por una paloma blanca; Ek Xib Chaac el cual es el Chaac
del Oeste, simbolizado por un cuervo negro; Kan Xib Chaac amarillo el cual es el
Chaac del Sur, simbolizado por el águila amarilla. Chaac era muy bondadoso,
dador de vida y agua, con la cual, los campesinos podían cultivar y obtener buen
maíz. Por algo había sido quien enseñara la agricultura a los seres humanos. Para
que el Dios prodigase sus bondades había que tenerlo contento; se le celebraba
una gran fiesta en el noveno mes llamado Chen esta fiesta recibía el nombre de
ocná, que en su traducción significa renovación del templo o entrar a la casa. Este
Dios era venerado por la mayor parte de la península de Yucatán y un ser que hoy
en día es adorado por los pueblos ya que se le relaciona con la buena cosecha la
cual se llama “Ceremonia de la abundancia”, se realiza en los meses de Marzo a
Maya, con el objetivo de pedir las lluvias para acabar con la sequía en las milpas a
pesar de los años la ceremonia sigue 15 siendo autentica, conservando su
originalidad prehispánica, la ceremonia consiste en llevar ofrendas a un altar, entre
las ofrendas están gallinas, masa, granos de maíz y Balché (licor maya), con la
cual se genera comida como Col (caldo de pollo con verduras y masa), así como
pibes los cuales son ofrecidos al dios.
Coatlicue Coatlicue
Fue una diosa peculiar, diferente a otras deidades, ya que la apariencia de está
además de ser horrible también era espeluznante. El significado de Coatlicue es
“falda de serpientes” la cual portaba la diosa además de un collar hecho con
corazones. Representa a la vida y la muerte, y a su vez, extrapolada a la
naturaleza de nuestro día a día; por ejemplo, la capacidad que tiene el planeta
tierra para que en él se desarrolle vida, pero al mismo tiempo es el planeta quien
con desastres naturales provoca la muerte. Coatlicue también ha sido relacionada
en varios relatos con la luna, la cual, cada que tiene una lucha contra el sol y este
se acerca a ella, la luna pierde tomando un color negro (los eclipses) todo esto
representado en una escultura que, además de lo ya mencionado, es una
escultura sin cabeza sin cabeza. El pueblo azteca la llegó a identificar
perfectamente como la madre de Huitzilopochtli, su último pero no único hijo,
mismo que la defendió de atrocidades que sus hermanos pensaban en hacerle.
Ella representa a una madre abnegada, temerosa de las acciones de hijos
malagradecidos, pero siempre dispuesta a dedicar su vida a ellos; probablemente
sea la causa por la que muchas madre se identificaban con ellas, congruentes al
amor indescriptible que representa el de una madre ante sus hijos, producto de
sus entrañas. No hay que dejarnos engañar por la figura materna solamente, pues
a pesar de representar la madre de las deidades aztecas, también la
representaban con rasgos de depredador, pues consideraban que se alimentaba
de los cuerpos sin vida de los humanos, y para tenerla en paz y contenta, requería
múltiples sacrificios humanos, saciando una sed inexplicable de sangre.
El Colibrí
Los mayas más viejos y sabios cuentan que los dioses crearon todas las cosas de
la Tierra; a cada animal, cada árbol y cada piedra le encargaron un trabajo en
específico. Pero, cuando ya habían terminado, notaron que no había nadie
encargado de llevar los deseos y los pensamientos de un lado a otro. Como ya no
tenían barro ni maíz para hacer otro animal, tomaron una piedra de jade y tallaron
una flecha. Era una flecha muy chiquita. Cuando estuvo lista, soplaron sobre ella y
la flechita salió volando. Ya no era una simple flechita, porque estaba viva. Los
dioses, habían hecho un colibrí, tan frágil y tan ligero, que podía acercarse a las
flores más delicadas sin mover uno solo de sus pétalos. Sus plumas brillaban bajo
el sol como gotas de lluvia y reflejaban todos los colores. Entonces, los hombres
trataron de atrapar al pájaro precioso para adornarse con sus plumitas. Los dioses
se enojaron y ordenaron: —si alguien lo atrapa, el colibrí morirá. Es por eso que
nunca nadie ha visto un colibrí en una jaula ni en la mano de un hombre. Así, el
misterioso y delicado pajarillo pudo hacer tranquilo su trabajo: llevar de aquí para
allá los pensamientos de los hombres. Si te desean un bien, él te trae el deseo; si
te desean un mal, él también te lo trae. Si un colibrí vuela alrededor de tu cabeza,
no lo toques. Él tomará tu deseo y lo llevará a los otros; piensa bien y desea
cosas buenas para todos. Por algo pasa el colibrí por tu camino; puede ser por
bien o… puede ser por mal.
EDITORES: Argel Alejandro Donat González / Ilse Rivas Torres / Cesar de la Rosa
Enríquez / Rita María Antonia Ferrari Marchioni
La Llorona: El Llanto Eterno
Cuenta una antigua leyenda que hace miles de años, cuando todavía no existía
el ser humano, hubo un jaguar al que sucedió algo muy especial. ¿Quieres
conocer su historia?
Parece ser que el animal era plenamente feliz porque estaba en buena forma
física, tenía alimentos de sobra a su alcance, y se llevaba estupendamente con
el resto de animales; además, se sentía agradecido por poder despertarse cada
mañana en uno de los lugares más hermosos que uno podía imaginar: la
maravillosa península del Yucatán.
– ¿Qué ha sido eso?… ¿Quién anda por ahí perturbando el descanso de los
demás?
Miró hacia arriba y contempló extrañado que las ramas se agitaban y parecían
chillar. Abrió sus grandes ojos y al enfocar la mirada descubrió que se trataba
de tres monos que, para entretenerse, estaban compitiendo a ver quién
arrancaba más frutos maduros en menos tiempo.
– ¡Un respeto, por favor! ¿No veis que estoy durmiendo la siesta justo aquí
abajo? ¡Dejad ese estúpido juego de una vez!
Los monos estaban pasándoselo tan bien, venga a reír y a saltar de una rama a
otra, que no le hicieron ni caso. De hecho, empezaron a lanzar aguacates al
aire para ver cómo se despedazaban y lo salpicaban todo al chocar contra el
suelo. ¡Les parecía un juego divertidísimo!
El jaguar, que ya tenía una edad en la que no soportaba ese tipo de tonterías,
empezó a perder la paciencia. Muy serio, se puso a cuatro patas, levantó la
cabeza, y rugiendo les enseñó los colmillos a ver si se daban por aludidos.
Nada, como si no existiera.
Por increíble que parezca ninguna amenaza surtió efecto y los monos siguieron
a lo suyo. Por poco tiempo, eso sí, pues la mala suerte quiso que uno de los
aguacates se estrellara en el lomo del jaguar. El golpe fue intenso y se retorció
de dolor.
– ¡Ay, ay, menudo porrazo me habéis dado con uno de esos malditos
aguacates!
Se palpó y notó que la zona se estaba inflamando, pero lo más grave fue
comprobar cómo la pulpa se desparramaba por su pelo como si fuera manteca,
formando un asqueroso pegote verde. El presumido felino se puso, nunca
mejor dicho, hecho una fiera.
El mono que tenía las orejas más puntiagudas puso tal cara de pánico que él
solito se delató; el jaguar, con los nervios a flor de piel, reaccionó como suelen
hacer los jaguares cuando se enfadan de verdad: pegó un salto gigantesco, y
cuando estuvo a la altura del insolente animal, levantó la pata derecha y le
asestó un zarpazo en la barriga. La víctima chilló de dolor, pero por suerte la
herida era poco profunda y pudo salvar el pellejo.
– ¡Chicos, rápido, debemos irnos!… ¡Hay que escapar antes de que acabe con
nosotros!
¡Dicho y hecho! Los tres amigos bajaron del árbol y huyeron despavoridos
campos a través. Lejos del peligro, el mono herido dijo a los otros dos:
Yum Kaax, dios protector de las plantas y los animales, vivía en la montaña y
era muy querido por su bondad, sabiduría y amabilidad. Recibió a los tres
monitos con un sonrisa, los brazos abiertos y luciendo en la cabeza su
característico tocado con forma de mazorca de maíz.
El trío fue detallando la desagradable situación que había vivido minutos antes.
Nada más terminar, el joven dios, ya sin la sonrisa en la boca, resolvió:
Los tres amigos abrieron la boca para protestar, pero el dios no les dejó.
– ¡No admito quejas! Creo que será una buena forma de que vosotros también
maduréis… ¡como los aguacates! ¡Ja ja ja!
– Debo deciros que hay dos normas que deberéis respetar a toda costa: la
primera, lanzar los aguacates con cuidado para no hacerle daño.
Los monos aceptaron las condiciones y tras dar las gracias a Yum Kaax se
fueron directos al árbol de aguacate. Al llegar comprobaron que el jaguar había
ido a bañarse al río, por lo que aprovecharon su ausencia para ocultarse entre
las ramas. Desde allí le vieron regresar, de nuevo con el pelo reluciente,
dispuesto a continuar su plácida siesta.
El jaguar corrió a lavarse al rio, mas por mucho que se puso a remojo, las
manchas no se disolvieron. Cuando salió del agua empezó a llorar de pura
tristeza y no tuvo más remedio que aceptar el castigo impuesto por el dios.
Desde ese día, los monos tienen prohibido jugar a guerras de aguacates y
todos los jaguares tienen manchas.
La esmeralda encantada
Portada » Cuento s cortos » La
esmeralda encantada
Allí se entretenía
observando insectos con una pequeña lupa, trepando por los árboles en busca
mamá.
Un día de otoño, bajo un árbol frondoso que proyectaba una sombra muy
alargada, descubrió una fila de setas y enseguida notó que algo se movía sobre
ellas. Cuando se acercó vio que sobre cada una había un gnomo ¡Sí, un gnomo
de esos de los que tanto se habla en los cuentos y que a veces pensamos que
no existen!
Se frotó los ojos para comprobar que no estaba soñando. No, estaba bien
despierto y los gnomos seguían allí, mirándole con ojos curiosos y una pícara
sonrisa.
antes posible, cogía la merienda, y se iba corriendo al árbol bajo el que vivían
esos pequeñajos tan divertidos que le contaban emocionantes historias del
Pasaron los meses y llegó el crudo invierno. La nieve lo cubrió todo y el niño
tuvo que dejar de ver a sus queridos gnomos porque sus padres no le dejaban
– “¡Qué pena no poder visitar a mis amiguitos hasta que vuelva la primavera!
Espero que no les falte comida y puedan resguardarse en algún sitio calentito
buscar leña.
– Hijo, ponte el abrigo, las botas de piel y la bufanda que vamos a buscar algo
los gnomos.
El niño, horrorizado, juntó las palmas de las manos y le rogó que no lo hiciera.
– ¡No, papá, no! Es mi árbol favorito y aquí viven unos amigos míos.
– ¡Ja, ja, ja! ¿Unos amigos tuyos viven este árbol?… Bueno, bueno, está bien,
pereza alguna, todas las tardes después de hacer los deberes dedicaba un
Un día, por fin, los rayos de sol empezaron a calentar la tierra con fuerza. La
entre los árboles ¡La primavera había llegado y con ella el momento que
nuestro protagonista había estado esperando con tanto anhelo! Nada más
terminar las clases, atravesó el bosque a toda velocidad para reencontrarse con
sus amigos los gnomos. Allí estaban todos juntos y sonrientes esperando su
regreso.
– Bienvenido, amigo ¡El invierno ha sido muy largo y teníamos muchas ganas
de verte!
El gnomo se rio.
– ¡Ja, ja, ja! Sí, lo sabemos. Es lo más bonito que nadie ha hecho jamás por
verdad!
– Toma esta esmeralda. Aunque parezca una piedra como cualquier otra es
fuera un collar.
¡Los gnomos tenían razón! La vida sonrió al hijo del leñador y con el paso de
piedra era un verdadero talismán! Pero lo más bonito de todo fue que continuó
visitando a sus mejores amigos sin que nadie se enterara ¡Seguía siendo su
El verano que cumplió veinte años la comarca sufrió una fuerte sequía. Los
mundo le iba mal menos a él, siempre protegido por la esmeralda mágica.
– “Es muy triste la situación que está viviendo toda esta gente. Tengo que
Así lo pensó y así lo hizo. Al día siguiente fue a la ciudad más cercana y
encontró un señor muy rico que le pagó cien monedas de oro, una auténtica
incógnito, fue dejando un saco en la puerta de cada familia. Cuando los vecinos
Esa misma tarde el chico acudió al bosque para reunirse con sus amigos. Por
primera vez en muchos años iba triste porque sentía que les debía una
– ¿Qué? ¿Cómo has podido hacerlo? ¡Nos prometiste llevarla siempre contigo!
podía soportar ver cómo mis vecinos lo pasaban mal. La sequía ha arrasado los
El chico derramó una lágrima esperando una buena reprimenda de sus amigos
amigos. Has pensado en los demás antes que en ti mismo y eso te honra.
Igual que aquel lejano día de primavera, metió la mano derecha en el bolsillo
– Ten, este pañuelo es para ti. No tiene ningún valor y tampoco tiene poderes,
Saúl era un niño que vivía rodeado de comodidades y privilegios. Su padre era
un experto cirujano y su madre una escritora de éxito, así que la familia residía
en una enorme casa con jardín, piscina y un garaje en el que dormían dos
coches de alta gama. A sus once años no le faltaba de nada: vestía a la última
moda, tenía un cuarto privado repleto de juegos, y en la pared de su dormitorio
colgaba una televisión tan grande que más bien parecía una pantalla de cine.
Si hacía buen tiempo, cuando a las tres terminaba la jornada escolar, Saúl
cruzaba la calle cargado con su mochila y caminaba un corto trecho hasta
llegar al Parque de los Almendros. Era su lugar favorito para desconectar de los
problemas de matemáticas y la larga lista de capitales de países que le
obligaban a memorizar. Una vez allí, solía sentarse en un banco de madera
desde el cual podía contemplar una panorámica preciosa de la arboleda y del
lago con forma de corazón donde siempre chapoteaban unas cuantas familias
de patitos.
Sucedió que, una de esas tardes, se acercó a su banco habitual, tomó asiento,
y al mirar al frente descubrió que a pocos metros habían colocado una estatua
de mármol blanco. Le llamó mucho la atención, pues representaba la figura de
un niño de su edad, descalzo y cubierto de harapos, que parecía mirarle
fijamente.
– ¿De verdad crees que solo soy un trozo de piedra al que un escultor ha dado
forma?
Saúl dio un respingo y su corazón empezó a latir a toda velocidad. Tras unos
segundos de desconcierto, se abanicó con la palma de la mano y trató de
recomponerse. ¡El calor de esos primeros días de verano le estaba haciendo
delirar!
Saúl miró de izquierda a derecha por si algún paseante había oído lo mismo
que él, pero sorprendentemente nadie parecía percatarse de nada.
Saúl obedeció. Aparentemente la estatua era como otra cualquiera: dura, fría e
impasible, pero la escuchaba hablar como si fuera un humano de carne y
hueso. ¿Cómo era posible? ¿Utilizaba un sistema de telepatía? ¿Alguien la
dirigía desde una torre de control? ¡Estaba tan perplejo que ya no era capaz de
distinguir si las palabras le entraban por las orejas o iban directamente a su
cerebro!
– La historia es muy larga de contar, pero para resumir te diré que soy el
resultado de un impresionante experimento científico.
A Saúl empezaron a temblarle las piernas como flanes y se puso tan nervioso
que creyó que iba a desmayarse.
– ¿Un experimento? ¿Cómo esos que salen en las pelis de ciencia ficción?
– ¡Ah! ¿Sí?
– ¡Ni te lo imaginas! Han colaborado decenas de especialistas y se ha invertido
muchísimo dinero en la tecnología más avanzada que existe. Por suerte, todo
ha salido a las mil maravillas y los resultados están siendo inmejorables.
A Saúl la historia le sonaba a pura fantasía, pero estaba tan intrigado que no
podía dejar de escucharla.
– Para detectar las emociones de las personas desde que nacen hasta el día
que comienzan su vida adulta, es decir, durante toda la infancia y adolescencia.
Si algún radar registra que algún niño o joven necesita ayuda, el centro de
investigación pone en marcha el Plan de Rescate Emocional.
– ¡Ja, ja, ja! ¡Qué va! ¡Menudas ocurrencias tienes! Los métodos para sanar
emociones son muy variados y ninguno duele ni nada parecido. En tu caso, han
decidido fabricar una estatua con tus rasgos utilizando una impresora 3D y un
dispositivo de sonido de última generación. O sea… ¡yo!
Saúl se sintió ofendido.
– Pues que he venido para ayudarte. ¡Me han diseñado exclusivamente para ti!
– ¡¿Qué?!
– Lo que oyes. Estoy aquí para tener una charla contigo porque soy tu medicina
emocional.
– Sí, tienes razón. Soy una versión un poco diferente de ti. Digamos que
represento lo que podrías haber sido tú si no hubieras nacido en una familia
rica y de buena posición. ¿Alguna vez has pensado cómo sería vivir en un
barrio pobre, en una casa sin agua ni calefacción? ¿Te imaginas tu vida sin
chocolate, sin tu reproductor de audio digital o sin esas zapatillas tan modernas
que calzas?
– Pues muchos chicos de tu edad viven con muy poco, yo diría que con casi
nada, en muchísimos lugares del mundo. De hecho, no hace falta salir de
nuestra ciudad para encontrarlos.
– ¡Desde luego que no! Nadie elige dónde nace y hay personas con más suerte
que otras desde la cuna, pero todos tenemos la capacidad de cambiar ciertas
cosas haciendo un pequeño esfuerzo.
– Nuestros radares han detectado que tú, teniéndolo todo, padeces una gran
insatisfacción.
Por alguna razón, el niño tuvo ganas de desahogarse con ese extraño
compañero de conversación.
– ¡Bravo, reconocerlo ya es un paso! ¿Por qué crees que te sucede algo así?
– No es mala idea…
A Saúl casi se le corta la respiración. Allí estaba él, parado en medio del
parque, preguntándose si todo había sido un sueño, una alucinación, o
simplemente se estaba volviendo majareta. En cualquier caso, tuvo la
sensación de que en su interior algo había cambiado, como si se hubiera
encendido una lucecita al final de un oscuro túnel.
Se fue corriendo a casa, llamó por teléfono a su amigo Jorge y le contó lo que
tenía pensado hacer.
– ¿Te apetece ayudarme, amigo?
Media hora después, los dos niños se pusieron a abrir armarios y a seleccionar
muñecos, juegos, puzles… Un montón de cosas más que llevaban años
olvidadas en los cajones. Lo metieron todo en bolsas y después fueron al
porche de la entrada. Saúl quería pedir consejo a su padre.
El hombre, que estaba tumbado en una hamaca leyendo una novela, respondió
entusiasmado:
– Si mis cálculos no fallan, ahora mismo está abierto. Creo que nos dará
tiempo. ¡Vamos!
Saúl tuvo que hacer un gran esfuerzo para no ponerse a llorar, desbordado por
la emoción.
Germán se rio.
Saúl y Jorge se abrazaron. Acababan de hacer algo realmente bonito por los
demás y los dos sintieron que ese acto reforzaba su amistad.
– Gracias por tu ayuda, Jorge. Ha sido genial pasar el día contigo organizando
todo esto.
– ¡Por supuesto!
– Dime, hijo.
– Me alegra que digas eso, Saúl. Nunca es tarde para pararse a valorar las
cosas que de verdad merecen la pena, y lo bonito que es ser solidario con los
que menos tienen.
– Creo que de mayor quiero ser como Germán. ¡A partir de mañana estudiaré
mucho y algún día haré algo grande por los demás!
– Eso es fantástico, cariño. Aún eres pequeño, pero a lo largo de los años irás
descubriendo tu vocación; si al final te decides por una profesión que sirva para
mejorar el mundo, tu madre y yo nos sentiremos muy orgullosos.
De camino al hogar pasaron por delante del Parque de los Almendros. Saúl
acercó su carita al cristal de la ventanilla y, a pesar de que estaba
anocheciendo, distinguió su banco favorito, la gran arboleda y el brillo del lago
al fondo. Sin retirar la mirada, preguntó a su padre:
– Papá, ¿piensas que hoy en día existen radares potentes que controlan las
mentes de los humanos?
– ¡Lo digo en serio! ¿Crees posible que los habitantes de esta ciudad seamos
parte de un gigantesco experimento científico?
El hombre se partió de risa.
– ¡Ja, ja, ja! ¡Ay, hijo, qué cosas tan raras se te pasan por la cabeza! ¡Creo que
deberías ver más documentales de historia y menos cine fantástico!
Esta historia viene de un país lejano, más allá e la Galaxia Centuria Laudi
489, pasando por el cinturón de Orión, incluso más lejos del mar de asteroides
de plata, en la inmensa oscuridad de la garganta del cráter Mobidub74, había
una civilización ancestral que habitaba esas tierras desde los orígenes del
universo. Su era nombre Modernia.
Un día, sin embargo, surgió un problema: los habitantes tenían tantas baterías
que ni siquiera sabían dónde ponerlas… ¡los almacenes estaban llenos y, lo
que es más triste, no había nadie con quien compartir toda esa energía!
Pensaron y repensaron, finalmente tuvieron una gran idea: ¡construir robots
para usar esas baterías!
Los artesanos, que respetaban y querían mucho a sus amigos robots, siempre
trataron de mejorar la calidad de las baterías que fabricaban, convencidos
de que apreciaban esa atención y que de alguna manera los robots algún día
se la devolverían.
Pero, en realidad, los robots sólo estaban allí porque necesitaban las baterías
para vivir, les daba igual dónde o cómo conseguirlas….
Las baterías, almacenadas en los depósitos, estaban disponibles para todos los
robots que pudieran recogerlas por sí mismos. Los robots sólo necesitaban una
batería para vivir, y si se pasaban de glotones y trataban de conectarse a dos,
podían estropearse y fundirse los plomos. Por eso había un gran letrero en la
pared del almacén que decía: «¡No te pongas más de una! ¡Podrías hacerte
daño!».
Pero aunque Ernestus tenía razón, la gran mayoría de robots estaba enfadada
y no era capaz de entrar en razón. Sus discos duros estaban echando chispas.
Y se fueron…
Allí pudo ver cómo poco a poco las despensas se iban agotando, y el almacén
cada vez estaba más vacío.
Pasaron los años, en los que Ernestus se dedicó a reparar a los robots que
quedaban dañados por tratar de conectarse varias baterías. Mientras tanto, el
resto de la población robótica seguía disfrutando de su triunfo sobro los
artesanos, creían que todo este tiempo sin necesitarles, afianzaba más todavía,
que ellos tenían razón.
¿Cómo era posible que ningún otro robot hubiera sufrido otro percance
similar?
La respuesta, era sencilla. Ernestus se encargaba de recoger a los robots
cuando por avaricia, se fundían los circuitos al conectarse varias baterías.
Después los reparaba en lo alto de su torre de luz, les explicaba que había
sucedido y ellos entendían que estaban enormemente equivocados.
Como Ernestus era muy sabio y paciente, les convencía para que se quedaran
en la torre con ellos, que no volvieran a salir de ella y que esperaran
pacientemente junto a él.
Así fueron pasando los días, los meses, los años. Llegó un momento en que
casi había la misma cantidad de robots en Modernia que en la torre de
Ernestus.
Con ello, lo que consiguieron fue agotar la energía que les quedaba y uno a
uno se fueron apagando todos los robots de Modernia, para siempre…
¿Todos?
No, Ernestus y sus aliados, aguardaban este día escondidos en su torre de luz.
Uno a uno, fueron conectándose a los enchufes de la torre, para así poder
cargar la batería central del foco. Pasadas unas horas, el rayo láser atravesaba
la galaxia en busca de los Artesanos nómadas que habían estado vagando con
sus motos por todo el Universo desde entonces.
Cuando vieron a lo lejos el destello de luz, no tuvieron que mediar palabra entre
ellos. Todos comprendieron que el plan de Ernestus había funcionado a la
perfección y volvieron corriendo a Modernia.
Al llegar, el panorama era desolador, cientos y cientos de robots sin batería,
tirados por la calle.
Poco a poco, los robots que se habían quedado con Ernestus, los artesanos y
el propio Ernestus, recargaron las baterías de todos los habitantes de
Modernia… Que entonces comprendieron lo que Ernestus les quería decir
hacía tiempo atrás.
Todos entendieron que los artesanos eran inocentes, y que demás eran los que
les permitían seguir viviendo en Modernia. Los robots juraron lealtad y amistad
a los artesanos de por vida y desde entonces, reina la paz y la armonía en
aquel remoto país, que desde ese día, cambió su nombre por el de «Ernestus»
en honor al sabio robot filosófico que les cambió la vida.
CUENTOS POLICIACOS
El padre Henry era muy querido por la comunidad. Los miembros de esta
destacaban sus constantes labores altruistas en pro de la población, además de
su capacidad para integrar las distintas creencias del pueblo.
―Sin lugar a dudas, son imágenes budistas. Buda está en todas partes ―
contestó.
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Resulta que Clara Luisa, mujer casada, mantenía una relación sentimental con el
padre Henry. Este le comunicó que ya no quería seguir con la misma y ella decidió
asesinarlo.
La manzana asesina
Sin embargo, otra oficial, Carmen Rangel, escuchaba con cierto interés las teorías
de su compañera Alicia. A ella, tampoco le parecía muy correcto el relato de la
muerte del comisario Perales. Ambas se dispusieron a hablar con la forense
encargada, que no tuvo problema en, antes de que el cuerpo fuese enterado,
hacerle una autopsia.
Cuando esta autopsia fue realizada, se llevaron una gran sorpresa. Aunque el
comisario Perales era un ávido consumidor de manzanas, la sorpresa fue que en
su estómago tenía manzanas, pero envenenadas con cianuro, ¿pero quién era la
Blancanieves de esta historia?
Recientemente, Daniela había tenido un hijo. Ella nunca dijo quién era el padre, ni
tampoco fue un tema de importancia.
Algunos de los compañeros, habían afirmado que su hijo tenía un gran parecido al
comisario Perales, algo que habían tomado como una cortesía.
―¡Has sido tú quien le ha matado! ―le gritó Alicia a Daniela. Esta última, sacó su
arma y sin mediar tintas le disparó, sin conseguir matarla. Los demás compañeros
le dispararon a Daniela, que después de ser detenida y llevada al hospital, confesó
su crimen pasional.
CUENTOS DE SUSPENSO
Una Sombra en la Niebla
Otro recodo, y allí en medio de la ruta una sombra, que le obligó a clavar los
frenos.
Después de unos minutos, creyó ver otra vez algo suspendido sobre los árboles.
Pero no había nada, tan solo su imaginación o su cansancio.
Estaba agotado y decidió que era un buen momento para descansar un poco,
quizás hasta el amanecer, el sueño llegó pronto y con pesadillas.
Poco tiempo después aún de noche un ruido muy fuerte lo despierta, un destello
blanco ilumina la parte frontal del automóvil, dejando un rastro de luz detrás de sí.
Una nave en forma de platillo acaba de posarse frente a él, un instante y Dani se
encuentra dentro de la nave, que se eleva rápido hacia el espacio.
Más tarde llega a un claro y la aurora boreal lo sorprende, sabe que no está al sur
de América, dónde él vive.
Cuando ya las fuerzas lo abandonan, algo le llama la atención, un local donde hay
comida y personas adentro charlando en las mesas.
Pero no se rinde, sigue insistiendo aún a costa de las risas que provoca:
“¿portugués?”
Una noche que salía de su refugio, la sombra con destellos de luz blanca, avanzó
nuevamente sobre su cabeza y en un segundo se encontró en su auto
nuevamente. Muy asustado por lo sucedido, ahora pensaba que simplemente fue
un mal sueño, puso el auto en marcha.
¡Pero el almanaque decía que era día 24 de marzo! y él había salido el día 9 de
marzo, ¿qué había pasado? ¿Por qué no recordaba nada?
– Si…
– Llamo desde Finlandia, soy su amigo portugués, no me dijo que regresaba a su
país.
Sin poder creer lo que había pasado, se dedico a llamar a su familia para reunirse
en esa fecha tan especial para él, el cumpleaños de su madre, con abuelos tíos,
hermanos y sus padres.
Y… no se le ocurrió contar lo sucedido, tan solo les dijo que su trabajo lo había
mantenido de viaje varios días.
La cena fue muy linda junto a la familia, y los regalos que los niños abrían,
haciendo un gran lio de cintas y papeles.
El espanto de la sábana
En uno de los ranchos vivía Doña Simona, era una mujer viuda, no era tan vieja,
pero todo el mundo por respeto le decían Doña. No llegaba a cincuenta años, pero
el sufrimiento y las penurias sufridas desde su viudez le llenaron de nieve su
cabellera y las telarañas del tiempo se iban apoderando de su blanco rostro. Sus
manos estaban llenas de callos como las de un hombre y generalmente sus uñas
ennegrecidas por el carbón de la leña.
Una mañana Doña Simona no se sintió bien, sentía dolor en las articulaciones y
sus ojos calientes producto de la fiebre. Con mucha dificultad se sentó en su
chinchorro y llamó con voz muy débil a su hijo:
-Anda a buscar leña mijo, es que me duele mucho el cuerpo, creo que tengo los
huesos enfermos porque me duelen y tengo fiebre. Anda mijo para hacerte unas
arepitas y frijoles. Yo no tengo hambre.
Recargó su resortera nuevamente y con una puntería infalible acabó con la vida
del otro pajarito, dejando en orfandad a los pichones quienes sin comer, morirían
en menos de dos días.
Sin el menor remordimiento siguió caminando, cerca de una gran ceiba escuchó
un sonido como el de una gallina con sus pollitos, se desvió de su camino y ahí se
veía la gallina casi corriendo. Melquiades pensó en agarrarla y llevársela con los
pollitos, pero no cargaba saco, ni guaral para amarrarlos. Mientras caminaba
detrás de la gallina y sus pollitos se iba alejando del camino. Ya su paciencia se
estaba agotando, el calor le hizo sudar y nada que alcanzaba a los animales.
– Perdóname Diosito por dudar de mi madre! Perdóname Diosito por matar a los
animalitos!
Melquiades dejó de sentir aquellos cascos sobre él, aunque había un fuerte olor a
azufre y un gran silencio. Con el cuerpo magullado y adolorido se levantó a duras
penas y caminó lentamente viendo para todos lados. Estaba perdido en una
sabana, solo y con miedo. Trató de orientarse y vio a lo lejos el gran Apamate
donde terminó con la vida de los pajaritos. Apresuró el paso y volvió al camino. Allí
vio el nido y los pajaritos yacían en el suelo. Una lágrima se asomó y sintió
remordimiento. Subió al árbol y agarró los pichones aun sin plumas, los metió
entre su sombrero maltrecho y regresó a casa entre llanto, miedo, remordimiento y
totalmente magullado.
Melquiades le pidió perdón a su madre, recogió leña cerca del patio y prometió
nunca más usar su resortera, ni hacer daño a los animales. Alimentó a los
polluelos hasta que pudieron volar y se fueron.
Han pasado muchos años y Melquiades aún recuerda El espanto de la Sabana.
Es un buen hijo y padre ejemplar, tiene cuatro hijos, dos niñas y dos niños a
quienes les ha contado lo que le ocurrió cuando era adolescente. Cuida de su
madre, su esposa, sus hijos y vive en paz con la naturaleza.
FABULA
S
FABULASSOBRE AMISTAD
Casi muriéndose de sed, una hormiga bajó corriendo a un arroyo y arrastrada por
la corriente, se encontró a punto de morir ahogada.
El instante fue aprovechado por la paloma para levantar el vuelo, y así la hormiga
pudo devolver el favor a su amiga.
En el
mundo en que vivimos la verdadera amistad no es frecuente. Muchas personas
egoístas olvidan que la felicidad está en el amor desinteresado que brindamos a
los demás.
Esta historia se refiere a dos amigos verdaderos. Todo lo que era de uno era
también del otro; se apreciaban, se respetaban y vivían en perfecta armonía.
Una noche, uno de los amigos despertó sobresaltado. Saltó de la cama, se vistió
apresuradamente y se dirigió a la casa del otro. Al llegar, golpeó ruidosamente y
todos se despertaron. Los criados le abrieron la puerta, asustados, y él entró en la
residencia. El dueño de la casa, que lo esperaba con una bolsa de dinero en una
mano y su espada en la otra, le dijo:
- Amigo mío: sé que no eres hombre de salir corriendo en plena noche sin ningún
motivo. Si viniste a mi casa es porque algo grave te sucede. Si perdiste dinero en
el juego, aquí tienes, tómalo. Y si tuviste un altercado y necesitas ayuda para
enfrentar a los que te persiguen, juntos pelearemos. Ya sabes que puedes contar
conmigo para todo.
El visitante respondió:
- Mucho agradezco tus generosos ofrecimientos, pero no estoy aquí por ninguno
de esos motivos. Estaba durmiendo tranquilamente cuando soñé que estabas
intranquilo y triste, que la angustia te dominaba y que me necesitabas a tu lado. La
pesadilla me preocupó y por eso vine a tu casa a estas horas. No podía estar
seguro de que te encontrabas bien y tuve que comprobarlo por mí mismo.
Así actúa un verdadero amigo. No espera que su compañero acuda a él sino que,
cuando supone que algo le sucede, corre a ofrecerle su ayuda.
Moraleja: La amistad es eso: estar atento a las necesidades del otro y tratar de
ayudar a solucionarlas, ser leal y generoso y compartir no sólo las alegrías sino
también los pesares.
El asno y su mal compañero. Fábulas para niños
Al ver esto, el caballo se dio cuenta de lo mal que había actuado y ahora el amo,
quitó toda la carga que transportaba el burro y la colocó encima de él.
FABULASSOBRE SOLIDARIDAD
- Amigo, creo que nuestro dueño se equivocó y puso más carga a mi espalda que
en la tuya. Estoy agotado y ya no puedo seguir, ¿será que podrías ayudarme a
llevar algo de mi carga?
El dueño, apenado y disgustado por lo que había pasado con su asno, tomó una
decisión. Echó toda la carga que llevaba el asno encima del caballo. Y el caballo,
profundamente arrepentido y suspirando, dijo:
- ¡Qué mala suerte tengo! ¡Por no haber querido cargar con un ligero fardo ahora
tengo que cargar con todo!
MORALEJA: Cada vez que no tiendes tu mano para ayudar a tu prójimo que
honestamente te lo pide, sin que lo notes en ese momento, en realidad te estás
perjudicando a ti mismo.
Fábula Quiero salvar a mi abuelo
Una fábula original que nos muestra que el amor es inmenso y que no hay edad
para tomar decisiones que demuestran cuándo amamos sin medida a otra
persona. Habla de la ayuda que somos capaces de prestar cuando el amor es
quien nos guía.
Mejores regalos para tus seres queridos
Una familia muy adinerada se encontraba muy afligida. Todo el tiempo su dinero
había resuelto todos sus problemas. Nunca habían tenido que esperar por nada,
todo lo compraban. Pero ese día, el mayor de todos los miembros de la familia
había tenido que ser ingresado a una clínica de emergencia.
El médico había indicado que el millonario Sr. Tenía una falla renal que solo podía
ser resuelta con un trasplante de riñón. Todos pensaron ¿cuánto podía costar un
riñón? Pero se sintieron perdidos al darse cuenta que no era legal comprar un
riñón y que el abuelo tendría que esperar a que apareciera un donante.
El médico les había dado otra opción. Hacer análisis a todos los miembros de la
familia para ver si alguno era compatible y podía ser el donador. Sin pensarlo
mucho, los adultos de la familia se realizaron los exámenes. Pero para decepción
de todos, ninguno era compatible.
El tiempo corría, el abuelo agravaba y la familia estaba cada vez más triste. De
pronto cuando ya las esperanzas se acababan entro a la habitación, el nieto
adolescente del adinerado señor. Venía acompañado del médico.
Sin emitir palabra se acercó a su madre abrazándola y les dijo a todos.
– ¿De qué hablas? Tú no te realizaste los análisis, estás muy joven aún- Dijo su
madre-.
El chico estiró una carpeta a su madre, donde aparecía el resultado de los análisis
que decían que el si era compatible.
– Le pedí al Dr. Que los hiciera y soy compatible. Amo a mi abuelo, por favor,
déjenme salvarlo, tengo miedo, pero no es más grande que el amor que siento por
él.
Moraleja: El amor aleja los temores y nos hace sentir capaces de mover
montañas.
Fábula El hormiguero y el conejo
FABULASSOBRE HONESTIDAD
Una fantástica fábula sobre la honestidad para niños: ‘La zorra y el leñador’
-Claro que sí, dijo asombrado el leñador- y abrió la puerta de su cabaña para que
la zorra pudiera entrar.
– Perdone usted, buen hombre… ¿no habrá visto por casualidad un zorro
corriendo por aquí?
Y el leñador contestó:
Sin embargo, mientras decía esto, señalaba con la mano a su cabaña, indicando
con gestos a los cazadores que se encontraba allí. Pero los cazadores no
entendieron muy bien qué quería decir con la mano, así que continuaron su
camino y se alejaron, mientras que la zorra, que lo había visto todo a través de
una rendija, salió de la cabaña y se puso a andar en la dirección contraria a la que
habían tomado los hombres.
– ¡Eh, zorra!- dijo entonces el leñador- ¿No me vas a dar las gracias por haberte
ayudado?
¡Qué situación tan curiosa la que tenían en este pueblo! A pesar de que todos los
vecinos se atracaban los unos a los otros, se habían acostumbrado a vivir
así: robándose y dejándose robar. Así cada noche. Vivían en un perfecto
equilibrio, con el que todos estaban de acuerdo y todos tenían lo que necesitaban
para comer y vivir: lo justo, ni mucho, ni poco. Nadie era rico ni pobre.
¡Qué mala suerte y qué injusticia para los habitantes del pueblo! Como el hombre
honesto no salía de su casa, no podían entrar a robarle. Y, por lo tanto, cada
noche una familia se quedaba sin poder conseguir comida. Esto hizo que los
vecinos se enfadaran mucho con él. ¿Quién se creía que era aquel hombre para
romper el equilibrio que tan felices les hacía?
El hombre entendió que, aunque él no quisiera robar, debía dejar que sus
vecinos entraran en su casa. De esa forma, nadie pasaría hambre. Por eso, a
partir de ese día, el hombre bueno salía todas las noches de su hogar para dar un
paseo y que así pudieran robarle.
¡Pero surgió otro problema! Como el hombre bueno no quería robar a sus vecinos,
cada noche había una familia que se libraba de los robos. Esto hacía que
acumularan lo que ya tenían y lo que habían robado. ¡Eso era mucho! Y con el
tiempo, estas familias se fueron haciendo cada vez más ricas y avariciosas…
hasta que decidieron que ya no querían que otros robaran sus cosas. ¡Vuelta a los
problemas!
Pero, además, el hombre honesto se vio en apuros. Como él no quería robar, pero
cada noche entraban en su casa, llegó un momento en el que quedó sin
pertenencias: no tenía absolutamente nada. Esto no solo provocaba que pasara
hambre, sino que también la familia que esa noche le tocaba entrar en su hogar,
se iba con las manos vacías y no tenía nada que comer.
¡Menudo lío tenían los vecinos de este pueblo! El equilibrio que antes les hacía
felices, al robarse los unos a los otros. Y con él, habían llegado los problemas.
Pero, ¿cuál era la situación más justa y apropiada? ¿Seguir robando o ser
honestos?
El honrado leñador
Érase una vez un leñador que a diario cortaba leña en el bosque para sostener a
su familia.
Un atardecer, mientras cortaba un árbol en la orilla del río, el hacha resbaló de sus
manos y cayó al agua. Desesperado, el leñador se sentó a llorar por su hacha
perdida.
En ese instante, apareció una ninfa frente a él y le preguntó por qué lloraba.
Cuando escuchó lo sucedido, sintió mucha lástima por el leñador.
—Espérame aquí buen hombre, creo que puedo ayudarte —dijo la ninfa.
Entonces, se zambulló en el río y sacó del agua un hacha de oro, se la mostró al
leñador y le preguntó:
—¿Es esta tu hacha?
—No lo es —dijo el leñador.
Por segunda vez se sumergió la ninfa en el río, para reaparecer con un hacha de
plata.
—¿Es esta tu hacha? —preguntó la ninfa.
—No lo es —dijo el leñador nuevamente.
Entonces, la ninfa entró por tercera vez en el agua trayendo el hacha perdida.
—¿Es esta tu hacha?
—¡Oh, gracias! ¡Esa es mi hacha! —dijo el leñador llorando de alegría.
La ninfa estaba tan complacida con la honestidad del leñador que le regaló las
hachas de oro y plata.
Moraleja: Aquel que prefiere la honradez a la mentira, siempre será gan