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ANTOLOGIA

El documento presenta una antología de leyendas prehispánicas y cuentos fantásticos, destacando deidades como Chaac, el dios maya del agua, y Coatlicue, la diosa azteca de la vida y la muerte. También se incluyen leyendas populares como La Llorona, La Mulata de Córdoba y El Callejón del Beso, que reflejan la fusión de creencias indígenas y elementos coloniales. Finalmente, se narra un cuento sobre un jaguar y su interacción con unos monos, que resalta la importancia de la naturaleza y la sabiduría divina.
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ANTOLOGIA

El documento presenta una antología de leyendas prehispánicas y cuentos fantásticos, destacando deidades como Chaac, el dios maya del agua, y Coatlicue, la diosa azteca de la vida y la muerte. También se incluyen leyendas populares como La Llorona, La Mulata de Córdoba y El Callejón del Beso, que reflejan la fusión de creencias indígenas y elementos coloniales. Finalmente, se narra un cuento sobre un jaguar y su interacción con unos monos, que resalta la importancia de la naturaleza y la sabiduría divina.
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ANTOLOGÍA

ALUMNO:
ALESSANDRO LARA AREVALO

GRADO Y GRUPO:
1° “D”

MATERIA:
ESPAÑOL
Leyendas
Prehispánicas
Chaac, La Sacralidad del Agua Chaac

El Dios todopoderoso del agua de la cultura maya, una deidad cuyo poder era
controlar la lluvia, los truenos y los relámpagos, con su escudo controlaba el agua
y con sus hachas los truenos y los relámpagos, también se dice que es el guardián
protector de la entrada al inframundo, tiene mucha importancia a la carencia de
grandes fuentes fluviales en la península de Yucatán. Chaac era representado
como una especie de reptil, parecido a una salamandra o lagartija, con una larga
trompa que apuntaba hacia arriba, unos colmillos curvos hacia abajo y se veía
como un hombre viejo. Cabe destacar, que Chaac no es considerado una deidad
única, sino más bien son 4 dioses, cada uno representando uno de los puntos
cardinales, siendo una deidad cuádruple, cada uno era un señor de un punto
cardinal, caracterizado por un color y por un ave: Chaac Xib Chaac el cual es el
Chaac del Este, simbolizado por un faisán rojo; Sac Xib Chaac el cual es el Chaac
del Norte, simbolizado por una paloma blanca; Ek Xib Chaac el cual es el Chaac
del Oeste, simbolizado por un cuervo negro; Kan Xib Chaac amarillo el cual es el
Chaac del Sur, simbolizado por el águila amarilla. Chaac era muy bondadoso,
dador de vida y agua, con la cual, los campesinos podían cultivar y obtener buen
maíz. Por algo había sido quien enseñara la agricultura a los seres humanos. Para
que el Dios prodigase sus bondades había que tenerlo contento; se le celebraba
una gran fiesta en el noveno mes llamado Chen esta fiesta recibía el nombre de
ocná, que en su traducción significa renovación del templo o entrar a la casa. Este
Dios era venerado por la mayor parte de la península de Yucatán y un ser que hoy
en día es adorado por los pueblos ya que se le relaciona con la buena cosecha la
cual se llama “Ceremonia de la abundancia”, se realiza en los meses de Marzo a
Maya, con el objetivo de pedir las lluvias para acabar con la sequía en las milpas a
pesar de los años la ceremonia sigue 15 siendo autentica, conservando su
originalidad prehispánica, la ceremonia consiste en llevar ofrendas a un altar, entre
las ofrendas están gallinas, masa, granos de maíz y Balché (licor maya), con la
cual se genera comida como Col (caldo de pollo con verduras y masa), así como
pibes los cuales son ofrecidos al dios.
Coatlicue Coatlicue
Fue una diosa peculiar, diferente a otras deidades, ya que la apariencia de está
además de ser horrible también era espeluznante. El significado de Coatlicue es
“falda de serpientes” la cual portaba la diosa además de un collar hecho con
corazones. Representa a la vida y la muerte, y a su vez, extrapolada a la
naturaleza de nuestro día a día; por ejemplo, la capacidad que tiene el planeta
tierra para que en él se desarrolle vida, pero al mismo tiempo es el planeta quien
con desastres naturales provoca la muerte. Coatlicue también ha sido relacionada
en varios relatos con la luna, la cual, cada que tiene una lucha contra el sol y este
se acerca a ella, la luna pierde tomando un color negro (los eclipses) todo esto
representado en una escultura que, además de lo ya mencionado, es una
escultura sin cabeza sin cabeza. El pueblo azteca la llegó a identificar
perfectamente como la madre de Huitzilopochtli, su último pero no único hijo,
mismo que la defendió de atrocidades que sus hermanos pensaban en hacerle.
Ella representa a una madre abnegada, temerosa de las acciones de hijos
malagradecidos, pero siempre dispuesta a dedicar su vida a ellos; probablemente
sea la causa por la que muchas madre se identificaban con ellas, congruentes al
amor indescriptible que representa el de una madre ante sus hijos, producto de
sus entrañas. No hay que dejarnos engañar por la figura materna solamente, pues
a pesar de representar la madre de las deidades aztecas, también la
representaban con rasgos de depredador, pues consideraban que se alimentaba
de los cuerpos sin vida de los humanos, y para tenerla en paz y contenta, requería
múltiples sacrificios humanos, saciando una sed inexplicable de sangre.
El Colibrí

Los mayas más viejos y sabios cuentan que los dioses crearon todas las cosas de
la Tierra; a cada animal, cada árbol y cada piedra le encargaron un trabajo en
específico. Pero, cuando ya habían terminado, notaron que no había nadie
encargado de llevar los deseos y los pensamientos de un lado a otro. Como ya no
tenían barro ni maíz para hacer otro animal, tomaron una piedra de jade y tallaron
una flecha. Era una flecha muy chiquita. Cuando estuvo lista, soplaron sobre ella y
la flechita salió volando. Ya no era una simple flechita, porque estaba viva. Los
dioses, habían hecho un colibrí, tan frágil y tan ligero, que podía acercarse a las
flores más delicadas sin mover uno solo de sus pétalos. Sus plumas brillaban bajo
el sol como gotas de lluvia y reflejaban todos los colores. Entonces, los hombres
trataron de atrapar al pájaro precioso para adornarse con sus plumitas. Los dioses
se enojaron y ordenaron: —si alguien lo atrapa, el colibrí morirá. Es por eso que
nunca nadie ha visto un colibrí en una jaula ni en la mano de un hombre. Así, el
misterioso y delicado pajarillo pudo hacer tranquilo su trabajo: llevar de aquí para
allá los pensamientos de los hombres. Si te desean un bien, él te trae el deseo; si
te desean un mal, él también te lo trae. Si un colibrí vuela alrededor de tu cabeza,
no lo toques. Él tomará tu deseo y lo llevará a los otros; piensa bien y desea
cosas buenas para todos. Por algo pasa el colibrí por tu camino; puede ser por
bien o… puede ser por mal.

EDITORES: Argel Alejandro Donat González / Ilse Rivas Torres / Cesar de la Rosa
Enríquez / Rita María Antonia Ferrari Marchioni
La Llorona: El Llanto Eterno

Una de las leyendas más conocidas de la época colonial es la de La Llorona. Esta


historia, que ha sido contada en diversas versiones a lo largo de los siglos, narra
la tragedia de una mujer que, tras perder a sus hijos, vaga por las calles llorando y
buscando sus almas. Se dice que La Llorona era una indígena de gran belleza que
se enamoró de un español. Producto de este amor nacieron dos hijos. Sin
embargo, al ser abandonada por su amante, en un arrebato de locura y
desesperación, ahogó a sus hijos en un río y luego se suicidó. Su espíritu,
atrapado entre el dolor y la culpa, quedó condenado a vagar eternamente, llorando
por sus hijos perdidos.

Esta leyenda, aunque tiene sus raíces en el periodo prehispánico, se consolidó


durante la época colonial, simbolizando la fusión de creencias indígenas con
elementos de la religión católica traída por los españoles. La figura de La Llorona
ha sido interpretada como una metáfora de la madre tierra, la mujer indígena y la
pérdida de la identidad cultural tras la conquista.

La Mulata de Córdoba: Magia y Herejía


Otra leyenda fascinante es la de La Mulata de Córdoba, una historia que mezcla
elementos de misterio, magia y rebelión. Según el relato, en la ciudad de Córdoba,
Veracruz, vivía una hermosa mujer mestiza conocida como La Mulata. Su belleza
era tal que despertaba tanto admiración como envidia. Se decía que poseía
conocimientos de hierbas y remedios, y algunos la acusaban de practicar brujería.

Un día, un hombre celoso, al no ser correspondido por La Mulata, decidió


vengarse. La acusó de hechicería, y fue llevada ante la Inquisición. En su celda,
La Mulata pidió un pedazo de carbón y dibujó un barco en la pared. Para sorpresa
de todos, el barco cobró vida y La Mulata subió a bordo, desapareciendo para
siempre. Esta leyenda ilustra la tensión entre la superstición, el poder eclesiástico
y la resistencia a la opresión colonial.

El Callejón del Beso: Amor y Tragedia


En la ciudad de Guanajuato, el Callejón del Beso es escenario de una de las
leyendas románticas más populares de México. Este estrecho callejón, donde los
balcones de las casas casi se tocan, fue testigo de un amor prohibido. Según la
leyenda, una joven llamada Ana se enamoró de un minero pobre llamado Carlos.
El padre de Ana, al descubrir el romance, la encerró en su habitación,
prohibiéndole ver a Carlos.

Desesperado, Carlos alquiló una habitación en la casa de enfrente y, desde su


balcón, se comunicaba con Ana. Una noche, mientras los amantes se daban un
último beso, el padre de Ana irrumpió en la habitación y, en un arrebato de furia, la
apuñaló. Carlos, horrorizado, sólo pudo besar la mano de Ana una última vez
antes de que ella muriera. La leyenda sostiene que las parejas que se besan en el
tercer escalón del callejón tendrán siete años de felicidad.
CUENTO
S
CUENTOS FANTASTICOS
Las manchas del jaguar
Portada » Cuentos cortos » Populares » Las manchas del jaguar

Cuento Las manchas del jaguar: adaptación de una leyenda de la cultura


Maya.

Cuenta una antigua leyenda que hace miles de años, cuando todavía no existía
el ser humano, hubo un jaguar al que sucedió algo muy especial. ¿Quieres
conocer su historia?

Parece ser que el animal era plenamente feliz porque estaba en buena forma
física, tenía alimentos de sobra a su alcance, y se llevaba estupendamente con
el resto de animales; además, se sentía agradecido por poder despertarse cada
mañana en uno de los lugares más hermosos que uno podía imaginar: la
maravillosa península del Yucatán.

Como a todo buen felino le encantaba pasear por el bosque envuelto en la


oscuridad de la noche y escalar la montaña durante el día, pero sin lugar a
dudas su afición favorita era lamer su propio pelaje, tan amarillo y brillante
como el mismísimo sol. Para él era fundamental mantenerlo limpio, no solo
para sentirse más guapo y aseado, sino también porque era consciente de que
suscitaba una enorme admiración. Sí, presumía un poco de pelo rubio, ¡pero es
que se sentía tan orgulloso de él que no lo podía evitar!

Una tarde de verano estaba dormitando bajo un árbol de aguacate cuando de


repente se sobresaltó al escuchar unos ruidos rarísimos sobre su cabeza.

– ¿Qué ha sido eso?… ¿Quién anda por ahí perturbando el descanso de los
demás?

Miró hacia arriba y contempló extrañado que las ramas se agitaban y parecían
chillar. Abrió sus grandes ojos y al enfocar la mirada descubrió que se trataba
de tres monos que, para entretenerse, estaban compitiendo a ver quién
arrancaba más frutos maduros en menos tiempo.

Entre sorprendido y enfadado les gritó:

– ¡Un respeto, por favor! ¿No veis que estoy durmiendo la siesta justo aquí
abajo? ¡Dejad ese estúpido juego de una vez!

Los monos estaban pasándoselo tan bien, venga a reír y a saltar de una rama a
otra, que no le hicieron ni caso. De hecho, empezaron a lanzar aguacates al
aire para ver cómo se despedazaban y lo salpicaban todo al chocar contra el
suelo. ¡Les parecía un juego divertidísimo!

El jaguar, que ya tenía una edad en la que no soportaba ese tipo de tonterías,
empezó a perder la paciencia. Muy serio, se puso a cuatro patas, levantó la
cabeza, y rugiendo les enseñó los colmillos a ver si se daban por aludidos.
Nada, como si no existiera.

– ¡Estoy harto de tanto alboroto y de que desperdiciéis la comida de esa


manera! ¡Poned fin a la juerga o tendréis que véroslas conmigo!

Por increíble que parezca ninguna amenaza surtió efecto y los monos siguieron
a lo suyo. Por poco tiempo, eso sí, pues la mala suerte quiso que uno de los
aguacates se estrellara en el lomo del jaguar. El golpe fue intenso y se retorció
de dolor.

– ¡Ay, ay, menudo porrazo me habéis dado con uno de esos malditos
aguacates!

Se palpó y notó que la zona se estaba inflamando, pero lo más grave fue
comprobar cómo la pulpa se desparramaba por su pelo como si fuera manteca,
formando un asqueroso pegote verde. El presumido felino se puso, nunca
mejor dicho, hecho una fiera.

– No… no… no puede ser… ¡Acabáis de destrozar mi bello y sedoso pelaje


dorado, panda de inútiles!… ¡¿Quién ha sido el culpable?!

El mono que tenía las orejas más puntiagudas puso tal cara de pánico que él
solito se delató; el jaguar, con los nervios a flor de piel, reaccionó como suelen
hacer los jaguares cuando se enfadan de verdad: pegó un salto gigantesco, y
cuando estuvo a la altura del insolente animal, levantó la pata derecha y le
asestó un zarpazo en la barriga. La víctima chilló de dolor, pero por suerte la
herida era poco profunda y pudo salvar el pellejo.

Para no tentar más a la suerte, propuso la retirada inmediata a sus


compañeros.

– ¡Chicos, rápido, debemos irnos!… ¡Hay que escapar antes de que acabe con
nosotros!

¡Dicho y hecho! Los tres amigos bajaron del árbol y huyeron despavoridos
campos a través. Lejos del peligro, el mono herido dijo a los otros dos:

– Sé que el jaguar no merecía recibir un golpe con el aguacate y que ensucié


su lindo pelo, pero no hubo mala intención por mi parte. ¡Le di sin querer y
mirad lo que me ha hecho!
El mono mostró las marcas largas y ensangrentadas que las garras habían
dejado sobre su piel.

– ¡No os podéis imaginar lo mucho que duele y escuece!… Sinceramente, creo


que esto no se puede quedar así. Lo mejor es que vayamos a ver a Yum Kaax.
¡Él sabrá darnos el mejor de los consejos!

Yum Kaax, dios protector de las plantas y los animales, vivía en la montaña y
era muy querido por su bondad, sabiduría y amabilidad. Recibió a los tres
monitos con un sonrisa, los brazos abiertos y luciendo en la cabeza su
característico tocado con forma de mazorca de maíz.

– Bienvenidos a mi hogar. ¿En qué puedo ayudaros?

El mono que había tenido la idea de solicitar audiencia a la divinidad se


disculpó.

– Señor, perdone que le molestemos a estas horas, pero hemos tenido un


grave encontronazo con un jaguar.

– Está bien, tranquilos, contadme lo sucedido.

El trío fue detallando la desagradable situación que había vivido minutos antes.
Nada más terminar, el joven dios, ya sin la sonrisa en la boca, resolvió:

– Tengo que deciros que vuestro comportamiento ha sido penoso. ¡No se


puede molestar a los demás mientras duermen, y por supuesto, tampoco es
ético desperdiciar los aguacates que nos regala la tierra!… ¿Acaso no os han
enseñado que está muy mal despilfarrar la comida?

Los monos agacharon la cabeza avergonzados. Yum Kaax continuó con la


reprimenda.
– Para que aprendáis la lección, durante dos meses vais a trabajar para mí
limpiando los campos y recogiendo parte de la cosecha de cereal. ¡Este año
estamos desbordados y toda ayuda es poca!

Los tres amigos abrieron la boca para protestar, pero el dios no les dejó.

– ¡No admito quejas! Creo que será una buena forma de que vosotros también
maduréis… ¡como los aguacates! ¡Ja ja ja!

Los monos no pillaron la gracia y solo el dios se rio de su propio chiste.

– Madurar… Aguacates… ¡Bah, ya veo que no lo habéis entendido! En fin,


sigamos con el tema que nos ocupa.

Se quedó unos segundos pensativos y decidió el castigo para el felino.

– Dejaré que volváis a subir al árbol y le lancéis unos cuantos aguacates al


lomo. Esta vez, gracias a mis poderes mágicos, no le servirá de nada limpiarse
y quedará marcado para siempre. Pagará por lo que ha hecho y de paso
aprenderá a ser menos engreído.

El dios tomó aire e hizo una advertencia:

– Debo deciros que hay dos normas que deberéis respetar a toda costa: la
primera, lanzar los aguacates con cuidado para no hacerle daño.

Los tres monos dijeron que sí con la cabeza.

– Y la segunda, deben ser aguacates muy maduros, de los que ya no se


pueden comer porque están muy blandos y oscuros, a punto de pudrirse. No le
causaréis dolor, pero su pelo quedará manchado de por vida porque lo decido
yo.

Los monos aceptaron las condiciones y tras dar las gracias a Yum Kaax se
fueron directos al árbol de aguacate. Al llegar comprobaron que el jaguar había
ido a bañarse al río, por lo que aprovecharon su ausencia para ocultarse entre
las ramas. Desde allí le vieron regresar, de nuevo con el pelo reluciente,
dispuesto a continuar su plácida siesta.

El mono de orejas puntiagudas, que era el que dirigía la operación, susurró a


sus colegas:

– Ahí viene… ¡Preparemos el arsenal!

El jaguar, totalmente ajeno a lo que le esperaba, se acostó sobre la hierba y se


durmió. En cuanto escucharon los resoplidos, los tres primates cogieron varios
aguacates blandengues, que por cierto ya olían bastante mal, y se los lanzaron
sin contemplaciones. El atacado se despertó al momento y horrorizado
comprobó cómo un montón de pulpa negra y viscosa llenaba de manchas su
finísimo y precioso pelaje.

– ¡¿Pero qué está pasando?!… ¿Quién me ataca?… ¡¿Qué es esta porquería?!

El jefecillo, satisfecho con el resultado, se asomó entre las hojas y gritó:

– Cumplimos órdenes del dios Yum Kaax. A partir de ahora, tú y descendientes


luciréis motas oscuras hasta el fin de los tiempos. Para ti, se acabó el presumir.

El jaguar corrió a lavarse al rio, mas por mucho que se puso a remojo, las
manchas no se disolvieron. Cuando salió del agua empezó a llorar de pura
tristeza y no tuvo más remedio que aceptar el castigo impuesto por el dios.

Desde ese día, los monos tienen prohibido jugar a guerras de aguacates y
todos los jaguares tienen manchas.
La esmeralda encantada
Portada » Cuento s cortos » La
esmeralda encantada

Érase una vez un niño


que todos los días, al volver
de la escuela,
jugaba en el bosque que
había cerca de su casa.

Allí se entretenía

observando insectos con una pequeña lupa, trepando por los árboles en busca

de hojas con formas raras o escogiendo flores hermosas para llevar a su

mamá.

Un día de otoño, bajo un árbol frondoso que proyectaba una sombra muy

alargada, descubrió una fila de setas y enseguida notó que algo se movía sobre

ellas. Cuando se acercó vio que sobre cada una había un gnomo ¡Sí, un gnomo
de esos de los que tanto se habla en los cuentos y que a veces pensamos que

no existen!

Se frotó los ojos para comprobar que no estaba soñando. No, estaba bien

despierto y los gnomos seguían allí, mirándole con ojos curiosos y una pícara

sonrisa.

Como parecían amigables se puso a charlar con ellos y se convirtieron en muy

buenos amigos. Desde entonces cada tarde el pequeño regresaba a casa lo

antes posible, cogía la merienda, y se iba corriendo al árbol bajo el que vivían
esos pequeñajos tan divertidos que le contaban emocionantes historias del

bosque ¡Jamás contó a nadie su secreto!

Pasaron los meses y llegó el crudo invierno. La nieve lo cubrió todo y el niño

tuvo que dejar de ver a sus queridos gnomos porque sus padres no le dejaban

salir a jugar afuera ¡Hacía demasiado frío y podía resfriarse!

– “¡Qué pena no poder visitar a mis amiguitos hasta que vuelva la primavera!

Espero que no les falte comida y puedan resguardarse en algún sitio calentito

hasta que llegue el buen tiempo…”

Uno de esos días fríos y ventosos su padre le pidió que le acompañara a

buscar leña.

– Hijo, ponte el abrigo, las botas de piel y la bufanda que vamos a buscar algo

de madera ¡Abrígate bien!

Tomaron el camino del bosque y casualmente se detuvieron junto al árbol de

los gnomos.

– ¡Este árbol es perfecto para talar!

El niño, horrorizado, juntó las palmas de las manos y le rogó que no lo hiciera.

– ¡No, papá, no! Es mi árbol favorito y aquí viven unos amigos míos.

El padre se rio pensando que su hijo tenía demasiada imaginación.

– ¡Ja, ja, ja! ¿Unos amigos tuyos viven este árbol?… Bueno, bueno, está bien,

pero con una condición: a partir de ahora serás tú quien se encargue de

recoger a diario un poco leña para para la chimenea ¿de acuerdo?

– ¡Sí, papá, te lo prometo, yo me ocuparé!


El niño respiró aliviado y por supuesto cumplió su promesa. Sin demostrar

pereza alguna, todas las tardes después de hacer los deberes dedicaba un

rato de su tiempo a recoger troncos y ramas en torno a la casa que luego su

mamá echaba al fuego.

Un día, por fin, los rayos de sol empezaron a calentar la tierra con fuerza. La

nieve se deshizo y los alegres trinos de los pajarillos volvieron a escucharse

entre los árboles ¡La primavera había llegado y con ella el momento que

nuestro protagonista había estado esperando con tanto anhelo! Nada más

terminar las clases, atravesó el bosque a toda velocidad para reencontrarse con

sus amigos los gnomos. Allí estaban todos juntos y sonrientes esperando su

regreso.

El más anciano se acercó a él de un saltito y le dijo:

– Bienvenido, amigo ¡El invierno ha sido muy largo y teníamos muchas ganas

de verte!

– ¡Yo también a vosotros! ¡Estoy deseando que me contéis nuevas historias!

– ¿Sí? Pues voy a contarte una ahora mismo…

– ¡Qué bien, empieza por favor!

– Nos hemos enterado de que un amigo nuestro ha trabajado todo el invierno

recogiendo leña para que su padre no talara el árbol donde vivimos.

– Eh… Sí, bueno… ¡ese amigo soy yo!

El gnomo se rio.
– ¡Ja, ja, ja! Sí, lo sabemos. Es lo más bonito que nadie ha hecho jamás por

nosotros y queremos agradecértelo ¡Eres un niño maravilloso y un amigo de

verdad!

El ser diminuto metió la mano derecha en el bolsillo trasero de su pantalón rojo.

– Toma esta esmeralda. Aunque parezca una piedra como cualquier otra es

una piedra mágica. Si te la cuelgas al cuello y la llevas siempre contigo te traerá

suerte y fortuna. Tendrás dinero, salud y amor para siempre.

El niño sonrió y obediente se colocó la esmeralda atada a una cuerda como si

fuera un collar.

– Gracias, amigos, muchas gracias ¡Jamás me la quitaré!

– Te lo mereces por ser tan bueno y generoso.

¡Los gnomos tenían razón! La vida sonrió al hijo del leñador y con el paso de

los años se convirtió en un joven guapo, sano y afortunado en el amor ¡La

piedra era un verdadero talismán! Pero lo más bonito de todo fue que continuó

visitando a sus mejores amigos sin que nadie se enterara ¡Seguía siendo su

más preciado secreto!

El verano que cumplió veinte años la comarca sufrió una fuerte sequía. Los

campesinos estaban desesperados porque la tierra se resquebrajaba, el grano

no crecía y los animales se morían de sed. La situación era terrible y a todo el

mundo le iba mal menos a él, siempre protegido por la esmeralda mágica.

A pesar de su buena suerte, se sentía fatal por sus vecinos.

– “Es muy triste la situación que está viviendo toda esta gente. Tengo que

hacer algo, pero… ¿cómo podría ayudar?”


De repente, se le ocurrió una idea.

– Ya lo tengo… ¡Puedo vender la esmeralda mágica! La suerte pasará a otra

persona, pero al menos me darán un buen dinero para comprar víveres y

auxiliar a los más necesitados.

Así lo pensó y así lo hizo. Al día siguiente fue a la ciudad más cercana y

encontró un señor muy rico que le pagó cien monedas de oro, una auténtica

fortuna, por la esmeralda de la suerte.

Con el dinero en la mano se fue inmediatamente a un almacén, compró sacos

de alimentos, los metió en un carromato y regresó al pueblo. Por la noche, de

incógnito, fue dejando un saco en la puerta de cada familia. Cuando los vecinos

se levantaron al amanecer se llevaron una increíble sorpresa ¡Alguien les había

regalado comida para un mes! Todos se preguntaban quién habría sido la

persona que les había salvado la vida, pero no encontraron respuesta.

Esa misma tarde el chico acudió al bosque para reunirse con sus amigos. Por

primera vez en muchos años iba triste porque sentía que les debía una

explicación: había prometido no quitarse jamás la esmeralda del cuello y en

cambio… ¡la había vendido!

Cabizbajo lo confesó todo:

– Amigos, tengo que deciros algo que no os va a gustar: he vendido la

esmeralda que me regalasteis cuando era niño.

El gnomo anciano puso cara de disgusto.

– ¿Qué? ¿Cómo has podido hacerlo? ¡Nos prometiste llevarla siempre contigo!

El joven se sentía fatal.


– Sé que lo prometí y que gracias a ella he tenido una vida fantástica, pero no

podía soportar ver cómo mis vecinos lo pasaban mal. La sequía ha arrasado los

campos este verano y las familias estaban desesperadas. Quería ayudar y

decidí vender la esmeralda para comprar alimentos ¡Siento decepcionaros y

haber faltado a mi palabra!

El chico derramó una lágrima esperando una buena reprimenda de sus amigos

pero ¡por supuesto que los gnomos no se enfadaron! Todo lo contrario: lo

comprendieron todo y se sintieron muy orgullosos de la inmensa generosidad

que su amigo humano guardaba en el corazón.

El más anciano volvió a hablar en nombre de todos.

– Te has convertido en un gran hombre y nos sentimos felices de ser tus

amigos. Has pensado en los demás antes que en ti mismo y eso te honra.

Igual que aquel lejano día de primavera, metió la mano derecha en el bolsillo

trasero de su pantalón rojo.

– Ten, este pañuelo es para ti. No tiene ningún valor y tampoco tiene poderes,

pero queremos que lo luzcas en el mismo lugar donde llevabas la esmeralda,


atado a tu cuello. Cada vez que lo mires te recordará lo importante que es

seguir siendo bueno y generoso el resto de tu vida.

El joven se puso el pañuelo, sonrió, y abrazó uno a uno a sus maravillosos e

inseparables amigos secretos.


CUENTOS DE CIENCIA FICCIÓN
 BlogEl secreto de Saúl

Portada » Cuentos cortos » El secreto de Saúl

Cuento El secreto de Saúl: cuento original de Cristina R. Lomba.

Un cuento intrigante para niños fantasiosos

Saúl era un niño que vivía rodeado de comodidades y privilegios. Su padre era
un experto cirujano y su madre una escritora de éxito, así que la familia residía
en una enorme casa con jardín, piscina y un garaje en el que dormían dos
coches de alta gama. A sus once años no le faltaba de nada: vestía a la última
moda, tenía un cuarto privado repleto de juegos, y en la pared de su dormitorio
colgaba una televisión tan grande que más bien parecía una pantalla de cine.

A pesar de su gran fortuna, Saúl se pasaba el día con el ceño fruncido y


mostrando una actitud tan apática que daba la sensación de estar enfadado
con el mundo. Últimamente no soportaba madrugar y odiaba tener que ir al
colegio cinco días por semana, sobre todo porque su profesor le parecía un
señor insoportable y cada vez hablaba menos con sus compañeros de aula.
¿Para qué fingir que sus temas de conversación le parecían interesantes?…
Por si esto fuera poco, ni una sola asignatura atraía su atención. Malgastaba el
tiempo mirando a las musarañas y abriendo la boca para soltar ruidosos
bostezos cada dos por tres.

Si hacía buen tiempo, cuando a las tres terminaba la jornada escolar, Saúl
cruzaba la calle cargado con su mochila y caminaba un corto trecho hasta
llegar al Parque de los Almendros. Era su lugar favorito para desconectar de los
problemas de matemáticas y la larga lista de capitales de países que le
obligaban a memorizar. Una vez allí, solía sentarse en un banco de madera
desde el cual podía contemplar una panorámica preciosa de la arboleda y del
lago con forma de corazón donde siempre chapoteaban unas cuantas familias
de patitos.

Sucedió que, una de esas tardes, se acercó a su banco habitual, tomó asiento,
y al mirar al frente descubrió que a pocos metros habían colocado una estatua
de mármol blanco. Le llamó mucho la atención, pues representaba la figura de
un niño de su edad, descalzo y cubierto de harapos, que parecía mirarle
fijamente.

– ¡Qué estatua tan deprimente! Podían haber puesto la figura de un príncipe o


una diosa romana en vez de la de un andrajoso mendigo.

Según pronunció estas palabras, escuchó una voz infantil.

– ¿De verdad crees que solo soy un trozo de piedra al que un escultor ha dado
forma?

Saúl dio un respingo y su corazón empezó a latir a toda velocidad. Tras unos
segundos de desconcierto, se abanicó con la palma de la mano y trató de
recomponerse. ¡El calor de esos primeros días de verano le estaba haciendo
delirar!

– ¡Qué susto! Por un momento pensé que la estatua me estaba hablando.


¡Será mejor que me vaya!

Se estaba poniendo en pie cuando volvió a escuchar la misma voz.

– Sí, te hablaba a ti. ¡Aguarda, por favor!

Saúl miró de izquierda a derecha por si algún paseante había oído lo mismo
que él, pero sorprendentemente nadie parecía percatarse de nada.

Atemorizado, anduvo unos pasos y se situó junto a la escultura anclada al


pequeño pedestal. A simple vista calculó que el chico de piedra tenía su misma
edad y estatura, pero cuando lo miró con más detenimiento se estremeció
porque se parecía muchísimo a él: la misma forma ovalada del rostro, los ojos
rasgados, la nariz respingona heredada de su abuelo… ¡Era una réplica casi
perfecta de sí mismo!

– ¡¿Pero qué está pasando aquí?!

Se le ocurrió que quizá todo era parte de un programa de televisión de esos


que gastan bromas pesadas a la gente que va tan tranquila por la calle, así que
se fijó en los árboles cercanos por si entre las ramas localizaba alguna cámara
oculta. No vio nada extraño y se le erizó la piel. La situación comenzaba a
producirle pavor.

– No te preocupes, no estás loco. Por increíble que parezca, me estoy


comunicando contigo y solamente tú puedes escucharme. Tócame, que te
prometo que soy completamente inofensiva.

Saúl obedeció. Aparentemente la estatua era como otra cualquiera: dura, fría e
impasible, pero la escuchaba hablar como si fuera un humano de carne y
hueso. ¿Cómo era posible? ¿Utilizaba un sistema de telepatía? ¿Alguien la
dirigía desde una torre de control? ¡Estaba tan perplejo que ya no era capaz de
distinguir si las palabras le entraban por las orejas o iban directamente a su
cerebro!

– ¿Quién eres?… ¿Quién te ha fabricado y por qué te pareces a mí?

– La historia es muy larga de contar, pero para resumir te diré que soy el
resultado de un impresionante experimento científico.

A Saúl empezaron a temblarle las piernas como flanes y se puso tan nervioso
que creyó que iba a desmayarse.

– ¿Un experimento? ¿Cómo esos que salen en las pelis de ciencia ficción?

– ¡Exacto, has dado en el clavo!

Su cara se desencajó y notó que el sudor le caía a chorros por el cuello.

– No tienes nada que temer; lo entenderás en cuanto te lo explique.

– ¡Pues no sé a qué estás esperando!

– Un grupo de expertos lleva años trabajando en un importante centro de


investigación de esta ciudad con un objetivo: lograr que todos los niños que
viven aquí sean felices.

Saúl suspiró profundamente.

– ¡Ah, vale, eso no parece peligroso!

– No, no lo es, pero se requieren muchos años de trabajo para desarrollar un


proyecto tan complejo.

– ¡Ah! ¿Sí?
– ¡Ni te lo imaginas! Han colaborado decenas de especialistas y se ha invertido
muchísimo dinero en la tecnología más avanzada que existe. Por suerte, todo
ha salido a las mil maravillas y los resultados están siendo inmejorables.

A Saúl la historia le sonaba a pura fantasía, pero estaba tan intrigado que no
podía dejar de escucharla.

– Lo primero que han tenido que hacer es instalar un sistema de radares


especiales en todos los barrios de la ciudad.

– ¿Radares?… ¿Para qué?

– Para detectar las emociones de las personas desde que nacen hasta el día
que comienzan su vida adulta, es decir, durante toda la infancia y adolescencia.
Si algún radar registra que algún niño o joven necesita ayuda, el centro de
investigación pone en marcha el Plan de Rescate Emocional.

– ¿El plan de rescate qué?

– De rescate emocional. No te preocupes, se trata de algo muy sencillo:


estudian el problema para saber por qué es infeliz, y el laboratorio diseña un
tratamiento a medida para acabar con su tristeza.

Saúl estaba completamente alucinado, como si estuviera dentro de una película


futurista o se hubiera adelantado quinientos años en el tiempo.

– ¿Y qué es lo que hacen exactamente? ¿Te pinchan con jeringas gigantes?


¿Te meten en cabinas para recibir ondas de choque? ¿Te rodean la cabeza
con cables y te conectan a un generador eléctrico?

– ¡Ja, ja, ja! ¡Qué va! ¡Menudas ocurrencias tienes! Los métodos para sanar
emociones son muy variados y ninguno duele ni nada parecido. En tu caso, han
decidido fabricar una estatua con tus rasgos utilizando una impresora 3D y un
dispositivo de sonido de última generación. O sea… ¡yo!
Saúl se sintió ofendido.

– ¿En mi caso? ¿Qué quieres decir con eso?

– Pues que he venido para ayudarte. ¡Me han diseñado exclusivamente para ti!

– ¡¿Qué?!

– Lo que oyes. Estoy aquí para tener una charla contigo porque soy tu medicina
emocional.

El chaval se indignó, y con cierto desprecio, miró a la estatua de arriba abajo.

– ¡Qué bobadas dices, yo no necesito ayuda! Además, tú no eres mi otro yo.


Vale, te pareces a mí físicamente, pero vas con ropa vieja, no llevas zapatos…

La estatua puso en marcha el tratamiento especial, que como ya habrás


adivinado, consistía en hacerle pensar.

– Sí, tienes razón. Soy una versión un poco diferente de ti. Digamos que
represento lo que podrías haber sido tú si no hubieras nacido en una familia
rica y de buena posición. ¿Alguna vez has pensado cómo sería vivir en un
barrio pobre, en una casa sin agua ni calefacción? ¿Te imaginas tu vida sin
chocolate, sin tu reproductor de audio digital o sin esas zapatillas tan modernas
que calzas?

Saúl fue sincero.

– No, la verdad es que no.

– Pues muchos chicos de tu edad viven con muy poco, yo diría que con casi
nada, en muchísimos lugares del mundo. De hecho, no hace falta salir de
nuestra ciudad para encontrarlos.

El muchacho se encogió de hombros.


– Ya, pero yo no tengo la culpa de eso.

La estatua le dio la razón.

– ¡Desde luego que no! Nadie elige dónde nace y hay personas con más suerte
que otras desde la cuna, pero todos tenemos la capacidad de cambiar ciertas
cosas haciendo un pequeño esfuerzo.

– Ya, bueno, si tú lo dices…

– Nuestros radares han detectado que tú, teniéndolo todo, padeces una gran
insatisfacción.

Saúl sintió mucho agobio, pero el chico de piedra fue contundente.

– Sé sincero contigo mismo: tienes tanto que te sientes abrumado y no disfrutas


de casi nada. Deberías ser muy feliz y, sin embargo, te pasas el día
refunfuñando y comportándote de manera inapropiada.

Por alguna razón, el niño tuvo ganas de desahogarse con ese extraño
compañero de conversación.

– Sí, últimamente todo me aburre y no me apetece hacer nada.

– ¡Bravo, reconocerlo ya es un paso! ¿Por qué crees que te sucede algo así?

– No lo sé, de verdad que no lo sé.

– Estás afligido, desganado, y estar mal contigo mismo también te aleja de la


gente. Sé que ya no te queda más que un buen amigo.

Saúl estaba a punto de echarse a llorar.

– Sí, se llama Jorge, pero no le veo mucho últimamente. No me extraña, a


veces resulto insoportable.
– ¿Ves cómo van saliendo las cosas? Tú lo que necesitas es recobrar la ilusión.
Cierra los ojos y, durante unos segundos, piensa en algo que te haría feliz.

El niño obedeció y se puso a reflexionar.

– Pues me conformaría con menos cosas materiales a cambio de estar más


con Jorge, como en los viejos tiempos.

La estatua verificó todos los datos recibidos, activó su chip solucionador de


problemas y, automáticamente, obtuvo una receta personalizada para Saúl:

– Mi propuesta es la siguiente: ¿Por qué no sugieres a tu amigo que te ayude a


seleccionar todos esos juguetes que ya no usas? Seguro que la mayoría están
casi nuevos y otros niños los podrán aprovechar. Cuando hayáis llenado unas
cuantas bolsas, tus padres te recomendarán a dónde llevarlos. ¡Esa
experiencia hará que te sientas muchísimo mejor contigo mismo y te enseñará
a valorar lo que tienes!

– No es mala idea…

– ¡Misión cumplida! Hasta siempre, mi querido doble humano.

Y, de repente, sucedió algo asombroso: la estatua, que hasta ese momento no


se había movido porque lógicamente las estatuas nunca se mueven, le guiñó
un ojo y se esfumó. Despareció de su vista como si jamás hubiera existido.

A Saúl casi se le corta la respiración. Allí estaba él, parado en medio del
parque, preguntándose si todo había sido un sueño, una alucinación, o
simplemente se estaba volviendo majareta. En cualquier caso, tuvo la
sensación de que en su interior algo había cambiado, como si se hubiera
encendido una lucecita al final de un oscuro túnel.

Se fue corriendo a casa, llamó por teléfono a su amigo Jorge y le contó lo que
tenía pensado hacer.
– ¿Te apetece ayudarme, amigo?

– ¡Cuenta conmigo, voy para allá!

Media hora después, los dos niños se pusieron a abrir armarios y a seleccionar
muñecos, juegos, puzles… Un montón de cosas más que llevaban años
olvidadas en los cajones. Lo metieron todo en bolsas y después fueron al
porche de la entrada. Saúl quería pedir consejo a su padre.

– Papá, quiero donar muchos de mis juguetes. ¿Podrías acercarnos a algún


lugar donde los necesiten de verdad?

El hombre, que estaba tumbado en una hamaca leyendo una novela, respondió
entusiasmado:

– ¡Claro que sí! Conozco el sitio perfecto.

Echó un vistazo a su reloj de muñeca.

– Si mis cálculos no fallan, ahora mismo está abierto. Creo que nos dará
tiempo. ¡Vamos!

Se dieron prisa en cargar el maletero del coche y acudieron a la sede de una


ONG que se dedicaba a recoger juguetes de segunda mano. Germán, el
director, les recibió con los brazos abiertos.

– ¡Gracias por vuestra visita! Es fantástico que vengáis a conocer nuestras


instalaciones y que tengáis tantas ganas de aportar vuestro granito de arena.

Saúl estaba contentísimo.

– Mi amigo Jorge y yo hemos juntado más de treinta juguetes y mogollón de


libros, pero me gustaría saber cuál será su destino.

Germán, encantado, se lo aclaró:


– Una parte se repartirá por diferentes hospitales para que los niños enfermos
puedan entretenerse durante el tiempo que estén ingresados. ¡No os imagináis
cuánto les beneficia y ayuda a superar los malos momentos!

Saúl y Jorge aplaudieron entusiasmados.

– Y la otra se regalará a familias desfavorecidas que no tienen suficiente dinero


para comprar a sus hijos ni un simple muñeco de trapo. Para muchos pequeños
recibir uno de estos juguetes será uno de los días más emocionantes de su
vida, os lo aseguro.

Saúl tuvo que hacer un gran esfuerzo para no ponerse a llorar, desbordado por
la emoción.

– ¡Por favor, por favor, llévaselos cuanto antes!

Germán se rio.

– ¡No te preocupes! Mañana mismo una furgoneta de la organización se


encargará de que todos lleguen a su destino en perfectas condiciones.

Saúl y Jorge se abrazaron. Acababan de hacer algo realmente bonito por los
demás y los dos sintieron que ese acto reforzaba su amistad.

– Gracias por tu ayuda, Jorge. Ha sido genial pasar el día contigo organizando
todo esto.

– ¡De nada, amigo! Si te parece, la semana que viene podrías venir tú a mi


casa y ayudarme a revisar mis cosas. ¡Seguro que conseguiremos llenar
algunas cajas más para traerle a Germán!

– ¡Por supuesto!

Completamente eufóricos se despidieron del director de la ONG, salieron a la


calle y subieron al automóvil aparcado en la puerta. ¡El tiempo había pasado
volando y ya casi era la hora de cenar! Padre e hijo llevaron a Jorge a casa, y
después reanudaron la marcha por las carreteras medio vacías del centro. El
niño, sentado en el asiento de atrás, estaba radiante de felicidad.

– ¿Sabes una cosa, papá?

– Dime, hijo.

– Hoy me he dado cuenta de lo afortunado que soy. No tengo derecho a estar


todo el día quejándome por tonterías.

– Me alegra que digas eso, Saúl. Nunca es tarde para pararse a valorar las
cosas que de verdad merecen la pena, y lo bonito que es ser solidario con los
que menos tienen.

– Creo que de mayor quiero ser como Germán. ¡A partir de mañana estudiaré
mucho y algún día haré algo grande por los demás!

– Eso es fantástico, cariño. Aún eres pequeño, pero a lo largo de los años irás
descubriendo tu vocación; si al final te decides por una profesión que sirva para
mejorar el mundo, tu madre y yo nos sentiremos muy orgullosos.

De camino al hogar pasaron por delante del Parque de los Almendros. Saúl
acercó su carita al cristal de la ventanilla y, a pesar de que estaba
anocheciendo, distinguió su banco favorito, la gran arboleda y el brillo del lago
al fondo. Sin retirar la mirada, preguntó a su padre:

– Papá, ¿piensas que hoy en día existen radares potentes que controlan las
mentes de los humanos?

– ¡¿Pero qué dices?! ¿Te encuentras bien?

– ¡Lo digo en serio! ¿Crees posible que los habitantes de esta ciudad seamos
parte de un gigantesco experimento científico?
El hombre se partió de risa.

– ¡Ja, ja, ja! ¡Ay, hijo, qué cosas tan raras se te pasan por la cabeza! ¡Creo que
deberías ver más documentales de historia y menos cine fantástico!

A Saúl se le escapó una sonrisilla y, en ese mismo instante, decidió que


guardaría su pequeño gran secreto el resto de su vida.
Ernestus, el robot filosófico

Portada » Cuentos cortos » Ernestus, el robot filosófico

Cuento Ernestus, el robot filosófico.

Esta historia viene de un país lejano, más allá e la Galaxia Centuria Laudi
489, pasando por el cinturón de Orión, incluso más lejos del mar de asteroides
de plata, en la inmensa oscuridad de la garganta del cráter Mobidub74, había
una civilización ancestral que habitaba esas tierras desde los orígenes del
universo. Su era nombre Modernia.

Allí había muy buenos artesanos, expertos en la fabricación de magníficas


baterías llenas de energía.Todo transcurría sin problemas en Modernia, todos
los días los artesanos se levantaban, construían nuevas baterías y todas las
noches las colocaban con orgullo en sus tiendas.

Un día, sin embargo, surgió un problema: los habitantes tenían tantas baterías
que ni siquiera sabían dónde ponerlas… ¡los almacenes estaban llenos y, lo
que es más triste, no había nadie con quien compartir toda esa energía!
Pensaron y repensaron, finalmente tuvieron una gran idea: ¡construir robots
para usar esas baterías!

En poco tiempo, robots de todo tipo y carácter comenzaron a vagar por


Modernia: había robots larguiruchos llenos de muelles, pequeños robots
regordetes con muchas luces, rebots de varias manos, otros tenían dos
cabezas, algunos andaban muy deprisa, otros volaban…
Más que nada en el mundo, a los robots les encantaban las baterías eléctricas,
sobretodo las que se fabricaban en Modernia. Les daba la fuerza para caminar,
hablar y pensar, en resumen, les dieron la energía para vivir. Para los robots,
nada era mejor que una batería nueva, porque cuanto más nueva era la
batería, más energía podían recibir. Era como la comida para los humanos.

Los artesanos, que respetaban y querían mucho a sus amigos robots, siempre
trataron de mejorar la calidad de las baterías que fabricaban, convencidos
de que apreciaban esa atención y que de alguna manera los robots algún día
se la devolverían.

Pero, en realidad, los robots sólo estaban allí porque necesitaban las baterías
para vivir, les daba igual dónde o cómo conseguirlas….

Las baterías, almacenadas en los depósitos, estaban disponibles para todos los
robots que pudieran recogerlas por sí mismos. Los robots sólo necesitaban una
batería para vivir, y si se pasaban de glotones y trataban de conectarse a dos,
podían estropearse y fundirse los plomos. Por eso había un gran letrero en la
pared del almacén que decía: «¡No te pongas más de una! ¡Podrías hacerte
daño!».

Un robot llamado «Notesacias» fue una vez al depósito debido a su


incapacidad para conformarse con las baterías que usaba. Había leído esa
advertencia muchas veces pero, desde hacía algún tiempo, había empezado a
pensar que los artesanos tenían que ser algo tacaños y que, sólo por esta
razón, no permitían que los robots llevaran más de una batería. Ese día había
decidido no obedecer más la señal: así que miró a su alrededor y cuando nadie
lo vio, cogió dos baterías, las instaló y… ¡PUM! ¡Todos los circuitos se
fundieron!

Cuando los otros robots encontraron a su compañero en ese estado,


inmediatamente comenzaron a rebelarse: «¡Los artesanos lo hicieron a
propósito! ¡Le dieron una batería en mal estado!
Sólo un robot, llamado «Ernestus», defendió a los habitantes de la ciudad:
«Ellos no son los culpables, el culpable fue el robot Notesacias que se colocó
dos baterías y ahora tendrá que ir al mecánico a que le arreglen por completo.

Pero aunque Ernestus tenía razón, la gran mayoría de robots estaba enfadada
y no era capaz de entrar en razón. Sus discos duros estaban echando chispas.

Después de este acontecimiento, la vida de los habitantes de la ciudad cambió


rápidamente. Los robots se volvieron antipáticos y maleducados y los artesanos
sufrían de ese comportamiento injusto. Los robots les decían: «¡Fuera de la
ciudad, eres un inútil! ¡No te necesitamos!».

Sus cerebros de tostadora no entendían que sin el trabajo de los artesanos,


ninguno de los robots habría sobrevivido todo este tiempo. No se daban cuenta
de que sus baterías eran hechas por las manos de esos hombres bajitos de
barbas blanca y esas mujeres de estrafalarios peinados.

Ernestus, que era sin duda el robot más inteligente y bueno de la


galaxia, siempre pensaba ayudar a los demás, sin importar si eran humanos o
robots. Así que encontró una solución para evitar que los malos humos de los
robots hicieran daño a los artesanos.
Como era un robot filosófico, encontró las palabras perfectas para convencer a
las dos partes.
Les propuso a los artesanos irse a otro lugar, para demostrar a los robots que
les necesitaban. Para ello, llenaron todas las baterías que había en Modernia
en un almacén, y sobre ese almacén pusieron un gran faro de rayos láser. Si en
algún momento, los robots querían que los artesanos volvieran a la ciudad, solo
bastaría con encender aquella luz.

Los artesanos entendieron perfectamente el plan de Ernestus, se montaron en


sus motos espaciales…

Y se fueron…

Al ver desaparecer en el infinito horizonte del Universo a los artesanos, los


robots estallaron de júbilo. Pensaron que tenían razón, ya que ellos habían
ganado la discusión, y que por pegar gritos y hacerse las víctimas de los
artesanos, estos habían sido vencidos y ahora todo Modernia era suyo, repleto
de jugosas baterías, sin reglas estúpidas de cuántas se podían un robot
conectar.

Todo parecía salir victorioso para los robots, mientras tanto,


Ernestus aguardaba en lo alto de la torre de luz, sobre el almacén de
baterías.

Allí pudo ver cómo poco a poco las despensas se iban agotando, y el almacén
cada vez estaba más vacío.

Pasaron los años, en los que Ernestus se dedicó a reparar a los robots que
quedaban dañados por tratar de conectarse varias baterías. Mientras tanto, el
resto de la población robótica seguía disfrutando de su triunfo sobro los
artesanos, creían que todo este tiempo sin necesitarles, afianzaba más todavía,
que ellos tenían razón.

Además, pensaban que el incidente que sufrió Notesacias era evidentemente


causado por los artesanos, porque…

¿Cómo era posible que ningún otro robot hubiera sufrido otro percance
similar?
La respuesta, era sencilla. Ernestus se encargaba de recoger a los robots
cuando por avaricia, se fundían los circuitos al conectarse varias baterías.
Después los reparaba en lo alto de su torre de luz, les explicaba que había
sucedido y ellos entendían que estaban enormemente equivocados.

Como Ernestus era muy sabio y paciente, les convencía para que se quedaran
en la torre con ellos, que no volvieran a salir de ella y que esperaran
pacientemente junto a él.

Así fueron pasando los días, los meses, los años. Llegó un momento en que
casi había la misma cantidad de robots en Modernia que en la torre de
Ernestus.

Y por fin, la última batería se agotó… El almacén había quedado vacío.

Fue entonces cuando cundió el pánico entre los habitantes robóticos de


Modernia, que comenzaron a gritar y a corres despavoridos por todo el país
«¿Qué hacemos ahora?» «No quedan baterías»

Con ello, lo que consiguieron fue agotar la energía que les quedaba y uno a
uno se fueron apagando todos los robots de Modernia, para siempre…

¿Todos?

No, Ernestus y sus aliados, aguardaban este día escondidos en su torre de luz.

Uno a uno, fueron conectándose a los enchufes de la torre, para así poder
cargar la batería central del foco. Pasadas unas horas, el rayo láser atravesaba
la galaxia en busca de los Artesanos nómadas que habían estado vagando con
sus motos por todo el Universo desde entonces.

Cuando vieron a lo lejos el destello de luz, no tuvieron que mediar palabra entre
ellos. Todos comprendieron que el plan de Ernestus había funcionado a la
perfección y volvieron corriendo a Modernia.
Al llegar, el panorama era desolador, cientos y cientos de robots sin batería,
tirados por la calle.

Poco a poco, los robots que se habían quedado con Ernestus, los artesanos y
el propio Ernestus, recargaron las baterías de todos los habitantes de
Modernia… Que entonces comprendieron lo que Ernestus les quería decir
hacía tiempo atrás.

Todos entendieron que los artesanos eran inocentes, y que demás eran los que
les permitían seguir viviendo en Modernia. Los robots juraron lealtad y amistad
a los artesanos de por vida y desde entonces, reina la paz y la armonía en
aquel remoto país, que desde ese día, cambió su nombre por el de «Ernestus»
en honor al sabio robot filosófico que les cambió la vida.
CUENTOS POLICIACOS

La muerte del obispo

En la comisaría principal de la pequeña ciudad de Torreroca, a la detective


Piñango le llegó la noticia de una muerte que había conmocionado a gran parte de
la ciudad. El obispo de la Basílica Mayor de la ciudad había muerto en extrañas
circunstancias.

El padre Henry era muy querido por la comunidad. Los miembros de esta
destacaban sus constantes labores altruistas en pro de la población, además de
su capacidad para integrar las distintas creencias del pueblo.

La detective Piñango recibió el informe de la autopsia, que indicó que el padre


Henry había muerto súbitamente, pero que no había indicios de asesinato. Este
informe lo firmó la forense Montejo, reconocida profesional de gran prestigio en
Torreroca.

Sin embargo, Piñango desconfiaba.

―¿Qué crees tú, González? ―preguntaba la detective a su compañero de


labores.

―En efecto detective, hay algo que suena raro.

Piñango y González acordaron entonces trasladarse hasta la casa parroquial,


donde residía el sacerdote. Aunque no tenían una orden judicial para entrar, los
policías se entrometieron en el hogar.

―¿Qué son todas estas figuras, Piñango? ―preguntó González, incrédulo de lo


que veía.

―Sin lugar a dudas, son imágenes budistas. Buda está en todas partes ―
contestó.

―¿Pero el padre Henry no era católico? ―cuestionó González.

―Eso tenía entendido.

A la detective Piñango le pareció sumamente sospechosa la presencia de un


pequeño frasco al lado de la cama del párroco. En el envoltorio decía que eran
unas gotas de sándalo.

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Piñango se llevó el frasco para analizarlo en la comisaría. Los resultados fueron


inconfundibles: lo que contenía el frasco era arsénico, ¿pero quién podría haber
asesinado al padre Henry? Todas las dudas recayeron en la comunidad budista de
Torreroca.
Piñango y González se acercaron a la tienda de productos budistas que se
encuentra diagonal a la plaza Mayor.

Cuando entraron, la dependienta se metió en la parte trasera a buscar algo, pero


no regresó. Piñango se dio cuenta y salió a la calle, donde comenzó una
persecución

―¡Detente! ¡No tienes escapatoria! ―gritó. En cuestión de minutos logró capturar


a la encargada.

La mujer que atendía la tienda budista respondía al nombre de Clara Luisa


Hernández. Rápidamente, después de su detención, confesó su crimen.

Resulta que Clara Luisa, mujer casada, mantenía una relación sentimental con el
padre Henry. Este le comunicó que ya no quería seguir con la misma y ella decidió
asesinarlo.
La manzana asesina

Érase una vez, un pequeño pueblo llamado San


Pedro de los Vinos. En él, la comisaría de su
pequeño cuerpo de policía se encontraba de
luto, pues recientemente había fallecido el
comisario jefe, Ernesto Perales.

Aunque era un hombre mayor, su muerte


sorprendió a muchos, lo que hizo que el dolor
se embargara mucho más. Pero la oficial de policía Alicia Contreras no se creía el
cuento de que había muerto durmiendo en su hogar, tranquilamente.

―Yo no me creo esa versión ―decía Alicia a sus compañeros.

―Era un hombre mayor. Tiene a su familia, le debemos respeto a su memoria y


su descanso Alicia ―le replicó Daniela, una de las compañeras.

Sin embargo, otra oficial, Carmen Rangel, escuchaba con cierto interés las teorías
de su compañera Alicia. A ella, tampoco le parecía muy correcto el relato de la
muerte del comisario Perales. Ambas se dispusieron a hablar con la forense
encargada, que no tuvo problema en, antes de que el cuerpo fuese enterado,
hacerle una autopsia.

Cuando esta autopsia fue realizada, se llevaron una gran sorpresa. Aunque el
comisario Perales era un ávido consumidor de manzanas, la sorpresa fue que en
su estómago tenía manzanas, pero envenenadas con cianuro, ¿pero quién era la
Blancanieves de esta historia?

― ¿Pero quién lo ha matado? ―preguntó Carmen, exaltada.

―Yo creo saberlo.

Recientemente, Daniela había tenido un hijo. Ella nunca dijo quién era el padre, ni
tampoco fue un tema de importancia.

Algunos de los compañeros, habían afirmado que su hijo tenía un gran parecido al
comisario Perales, algo que habían tomado como una cortesía.

―¡Has sido tú quien le ha matado! ―le gritó Alicia a Daniela. Esta última, sacó su
arma y sin mediar tintas le disparó, sin conseguir matarla. Los demás compañeros
le dispararon a Daniela, que después de ser detenida y llevada al hospital, confesó
su crimen pasional.
CUENTOS DE SUSPENSO
Una Sombra en la Niebla

Por: María Teresa Di Dio

En medio de una carretera escarchada,


cubierta de una densa neblina, el automóvil
mantenía una velocidad constante, ¡Era una
noche un poco extraña!

Tan solo faltaban unos días para el


cumpleaños de su madre y él debía hacer un viaje de negocios. Esperaba
regresar pronto para reunirse con su familia.
La luna apenas se distinguía detrás de la bruma, era un punto difuso que dejaba
entrever las sombras fantasmagóricas de algunos árboles, sin hojas, cuyas ramas
retorcidas se asemejaban a largos brazos extendidos al cielo, que a su vez
perseguían la ruta.

Otro recodo, y allí en medio de la ruta una sombra, que le obligó a clavar los
frenos.

La sombra se elevó rápidamente a una velocidad increíble.

Después de unos minutos, creyó ver otra vez algo suspendido sobre los árboles.
Pero no había nada, tan solo su imaginación o su cansancio.

Estaba agotado y decidió que era un buen momento para descansar un poco,
quizás hasta el amanecer, el sueño llegó pronto y con pesadillas.

Poco tiempo después aún de noche un ruido muy fuerte lo despierta, un destello
blanco ilumina la parte frontal del automóvil, dejando un rastro de luz detrás de sí.

Una nave en forma de platillo acaba de posarse frente a él, un instante y Dani se
encuentra dentro de la nave, que se eleva rápido hacia el espacio.

Cuando despierta se da cuenta que han pasado varios días, se encuentra en un


bosque verde y se ven montañas a lo lejos.

Comienza a caminar -“¿Dónde estoy? ¿Qué lugar? ¿Qué país?”

Más tarde llega a un claro y la aurora boreal lo sorprende, sabe que no está al sur
de América, dónde él vive.

Lo que le preocupa es cómo regresará a su casa, sin dinero, ni papeles y


documentos que están en su automóvil.

No habían pasado muchas horas cuando ve un poblado, comienza acercarse y las


personas lo miran extrañados, además no las entiende, hablan otro idioma.
Dani está asustado, hambriento, con frio y sueño.

Cuando ya las fuerzas lo abandonan, algo le llama la atención, un local donde hay
comida y personas adentro charlando en las mesas.

Al entrar pregunta en voz alta: “¿Alguien habla castellano?”.

Varios son los que gruñen y se ríen…

Pero no se rinde, sigue insistiendo aún a costa de las risas que provoca:
“¿portugués?”

Una persona le responde y casi se desmaya al saber que se encontraba


en Finlandia.

Pasaron los días, y muy pronto se adaptó al lugar…

Una noche que salía de su refugio, la sombra con destellos de luz blanca, avanzó
nuevamente sobre su cabeza y en un segundo se encontró en su auto
nuevamente. Muy asustado por lo sucedido, ahora pensaba que simplemente fue
un mal sueño, puso el auto en marcha.

¿Cuánto había pasado desde que le pareció estar en Finlandia?

Le pareció tan real, condujo hasta llegar a su casa.

A la mañana siguiente seguía pensando en lo ocurrido.

¡Pero el almanaque decía que era día 24 de marzo! y él había salido el día 9 de
marzo, ¿qué había pasado? ¿Por qué no recordaba nada?

Dos días después suena el teléfono:

– Hola ¿Estoy hablando a la casa de Daniel?

– Si…
– Llamo desde Finlandia, soy su amigo portugués, no me dijo que regresaba a su
país.

Aterrado no supo qué contestar. ¡Al fin no lo había soñado!

Le dio las gracias y le contestó que algún día regresaría.

Sin poder creer lo que había pasado, se dedico a llamar a su familia para reunirse
en esa fecha tan especial para él, el cumpleaños de su madre, con abuelos tíos,
hermanos y sus padres.

Y… no se le ocurrió contar lo sucedido, tan solo les dijo que su trabajo lo había
mantenido de viaje varios días.

La cena fue muy linda junto a la familia, y los regalos que los niños abrían,
haciendo un gran lio de cintas y papeles.

Daniel sigue sin entender, pero algún día sabrá la


verdad…

El espanto de la sábana

Por: Tatiana Martinez Vásquez

Hace muchos años, cuando


el pueblo de El Socorro era
un pueblo pequeño, cuando
sólo había caminos, las
casas quedaban muy
distantes, el medio de
transporte eran caballos,
burros y mulas, cuando no
existían los teléfonos, ni computadoras, ni electricidad…ocurrió lo que les voy a
contar…

En uno de los ranchos vivía Doña Simona, era una mujer viuda, no era tan vieja,
pero todo el mundo por respeto le decían Doña. No llegaba a cincuenta años, pero
el sufrimiento y las penurias sufridas desde su viudez le llenaron de nieve su
cabellera y las telarañas del tiempo se iban apoderando de su blanco rostro. Sus
manos estaban llenas de callos como las de un hombre y generalmente sus uñas
ennegrecidas por el carbón de la leña.

Una mañana Doña Simona no se sintió bien, sentía dolor en las articulaciones y
sus ojos calientes producto de la fiebre. Con mucha dificultad se sentó en su
chinchorro y llamó con voz muy débil a su hijo:

– Melquiades ven acá. Pero nadie respondió a su llamado. Nuevamente le llamó y


se escuchó una voz entre chillona y ronca:

– Ya voy ma´! Era la voz de un adolescente refunfuñón y holgazán. Melquiades


era el único hijo de Doña Simona, quien fue criado a toda leche, como decía mi
abuela, como el niño consentido. Doña Simona lo tuvo ya a los treinta y pico. Tres
años después falleció su marido y desde ese momento fue padre y madre.

-Anda a buscar leña mijo, es que me duele mucho el cuerpo, creo que tengo los
huesos enfermos porque me duelen y tengo fiebre. Anda mijo para hacerte unas
arepitas y frijoles. Yo no tengo hambre.

– El muchacho se levantó de mala gana profiriendo palabrotas y con total desgano


se lavó los dientes y se cambió la ropa sin bañarse. Agarró su resortera, que en mi
llano le dicen “China” y se puso un sombrero de cogollo, caminó lentamente, abrió
el tranquero que daba hacia el potrero, vio las vacas junto a sus becerros, ya que
nadie las ordeñó y se fue de mala gana, sin cerrar el tranquero. Solo pensaba en
voz alta:

– Si claro, hoy si amaneció enferma, debe ser pura flojera.


Caminó y caminó, pero no encontraba leña, solo pasto seco, unas matas de maíz
secas en el suelo y mucho polvo. Pasaba cerca de un gran árbol de Apamate
cuando algo venía volando, con un chillido y rasguñó su cabeza. El muchacho
trató de defenderse pero un segundo ataque lo hizo correr. Era un par de torditos
que anidaban en el árbol, tenían sus polluelos y simplemente los defendían de
cualquier transeúnte.

El muchacho metió la mano en su bolsillo buscando su resortera, se agachó y


agarró varias piedras, las guardó en su bolsillo y sin ninguna compasión, lanzó
una piedra a uno de los pajaritos, quien al recibir una pedrada en su cabeza cayó
al suelo aleteando.

Recargó su resortera nuevamente y con una puntería infalible acabó con la vida
del otro pajarito, dejando en orfandad a los pichones quienes sin comer, morirían
en menos de dos días.

Sin el menor remordimiento siguió caminando, cerca de una gran ceiba escuchó
un sonido como el de una gallina con sus pollitos, se desvió de su camino y ahí se
veía la gallina casi corriendo. Melquiades pensó en agarrarla y llevársela con los
pollitos, pero no cargaba saco, ni guaral para amarrarlos. Mientras caminaba
detrás de la gallina y sus pollitos se iba alejando del camino. Ya su paciencia se
estaba agotando, el calor le hizo sudar y nada que alcanzaba a los animales.

Entre el calor y la obstinación, Melquiades se había adentrado en una sabana


amplia y desconocida. Al no lograr su objetivo, tomó una determinación, con
malicia se detuvo y la gallina se escondió detrás de un arbusto de chaparros, sacó
su resortera dispuesto a ponerle fin a la gallina con sus pollitos. Se acercó
sigilosamente hacia el arbusto apuntando al sitio donde estaba la gallina, pero
detrás del arbusto no había nada.

Repentinamente una polvareda se acercaba hacia el arbusto, pero Melquiades no


veía nada.
El corazón de Melquiades latía fuertemente y comenzó a temblar, algo venía entre
la polvareda y unos mugidos que parecían hacer eco en la nada, pues solo se veía
polvo y más polvo. Un gran golpe recibió Melquiades por su espalda y cayó al
suelo. Pero eso sólo era el comienzo de la gran paliza que recibiría Melquiades.
No pudo levantarse, comenzó a sentir el golpe de unos cascos en su espalda,
piernas y cabeza. Una y otra vez Melquiades fue azotado, mientras pedía auxilio.
Comenzó a llamar a su madre y recordó que ésta no podría ayudarle, estaba
enferma y muy lejos. Recordó que había dudado de la enfermedad de su madre y
pidió perdón en voz alta, como si quien le estuviese azotando era su madre. Una
vez más gritó:

– Perdóname Diosito por dudar de mi madre! Perdóname Diosito por matar a los
animalitos!

Melquiades dejó de sentir aquellos cascos sobre él, aunque había un fuerte olor a
azufre y un gran silencio. Con el cuerpo magullado y adolorido se levantó a duras
penas y caminó lentamente viendo para todos lados. Estaba perdido en una
sabana, solo y con miedo. Trató de orientarse y vio a lo lejos el gran Apamate
donde terminó con la vida de los pajaritos. Apresuró el paso y volvió al camino. Allí
vio el nido y los pajaritos yacían en el suelo. Una lágrima se asomó y sintió
remordimiento. Subió al árbol y agarró los pichones aun sin plumas, los metió
entre su sombrero maltrecho y regresó a casa entre llanto, miedo, remordimiento y
totalmente magullado.

Su madre al verlo, como pudo, se levantó a abrazar a su hijo y rompió en llanto,


pensando que alguien le había dado una golpiza. Melquiades estaba sucio,
rasguñado y olía muy mal. Le contó a su madre lo ocurrido y ella le dijo que ese
era El Espanto de la Sabana, quien azota a los muchachos desobedientes y
malcriados, a los hombres infieles y a la gente con malas intenciones.

Melquiades le pidió perdón a su madre, recogió leña cerca del patio y prometió
nunca más usar su resortera, ni hacer daño a los animales. Alimentó a los
polluelos hasta que pudieron volar y se fueron.
Han pasado muchos años y Melquiades aún recuerda El espanto de la Sabana.
Es un buen hijo y padre ejemplar, tiene cuatro hijos, dos niñas y dos niños a
quienes les ha contado lo que le ocurrió cuando era adolescente. Cuida de su
madre, su esposa, sus hijos y vive en paz con la naturaleza.

FABULA
S
FABULASSOBRE AMISTAD

La paloma y la hormiga. Fábula corta con moraleja para los niños

Casi muriéndose de sed, una hormiga bajó corriendo a un arroyo y arrastrada por
la corriente, se encontró a punto de morir ahogada.

Una paloma que se encontraba en una rama cercana observó la emergencia;


desprendiendo del árbol una ramita, la arrojó a la corriente, montó encima a la
hormiga y la salvó.
La hormiga, muy agradecida, aseguró a su nueva amiga que si tenía ocasión
le devolvería el favor, aunque siendo tan pequeña no sabía cómo podría serle útil
a la paloma.

Al poco tiempo, un cazador de pájaros se alistó para cazar a la paloma. La


hormiga, que se encontraba cerca, al ver la emergencia lo picó en el talón
haciéndole soltar su arma.

El instante fue aprovechado por la paloma para levantar el vuelo, y así la hormiga
pudo devolver el favor a su amiga.

Los dos amigos - Fábula sobre la verdadera amistad para niños

En el
mundo en que vivimos la verdadera amistad no es frecuente. Muchas personas
egoístas olvidan que la felicidad está en el amor desinteresado que brindamos a
los demás.
Esta historia se refiere a dos amigos verdaderos. Todo lo que era de uno era
también del otro; se apreciaban, se respetaban y vivían en perfecta armonía.

Una noche, uno de los amigos despertó sobresaltado. Saltó de la cama, se vistió
apresuradamente y se dirigió a la casa del otro. Al llegar, golpeó ruidosamente y
todos se despertaron. Los criados le abrieron la puerta, asustados, y él entró en la
residencia. El dueño de la casa, que lo esperaba con una bolsa de dinero en una
mano y su espada en la otra, le dijo:

- Amigo mío: sé que no eres hombre de salir corriendo en plena noche sin ningún
motivo. Si viniste a mi casa es porque algo grave te sucede. Si perdiste dinero en
el juego, aquí tienes, tómalo. Y si tuviste un altercado y necesitas ayuda para
enfrentar a los que te persiguen, juntos pelearemos. Ya sabes que puedes contar
conmigo para todo.

El visitante respondió:

- Mucho agradezco tus generosos ofrecimientos, pero no estoy aquí por ninguno
de esos motivos. Estaba durmiendo tranquilamente cuando soñé que estabas
intranquilo y triste, que la angustia te dominaba y que me necesitabas a tu lado. La
pesadilla me preocupó y por eso vine a tu casa a estas horas. No podía estar
seguro de que te encontrabas bien y tuve que comprobarlo por mí mismo.

Así actúa un verdadero amigo. No espera que su compañero acuda a él sino que,
cuando supone que algo le sucede, corre a ofrecerle su ayuda.

Moraleja: La amistad es eso: estar atento a las necesidades del otro y tratar de
ayudar a solucionarlas, ser leal y generoso y compartir no sólo las alegrías sino
también los pesares.
El asno y su mal compañero. Fábulas para niños

Un caballo joven y desconsiderado caminaba felizmente junto a un asno viejo, que


iba muy cargado por los fardos y que había cargado su amo sobre su lomo. El
asno, muy fatigado, imploró ayuda a su compañero, y este le dijo:
- Te pido, amigo, que me ayudes a cargar la mitad de lo que llevo encima, para ti
sería como un juego, en cambio para mi sería un enorme servicio, ya que siento
que estoy a punto de desmayarme.

Pero el caballo se negó a prestarle ayuda, riéndose del burro. Continuaron


caminando, hasta que el asno no aguanto más y cayó desfallecido.

Al ver esto, el caballo se dio cuenta de lo mal que había actuado y ahora el amo,
quitó toda la carga que transportaba el burro y la colocó encima de él.

Moraleja: Es preciso ayudarse mutuamente, porque si falta tu compañero su


carga terminara en tu espalda.

FABULASSOBRE SOLIDARIDAD

El caballo y el asno. Fábula sobre la solidaridad

Un caballo y un asno vivían en una granja y compartían, durante años, el mismo


establo, comida y trabajo que consistía en llevar fardos de heno al mercado de la
ciudad. Todos los días practicaban la misma rutina y seguían por una carretera de
tierra llevados por su dueño hasta la ciudad.
Un día, sin darse cuenta, el dueño puso más carga a la espalda del asno que a la
espalda del caballo. En las primeras horas nadie se dio cuenta del error del dueño,
pero con el pasar del tiempo, el asno empezó a sentirse muy cansado y agotado.
El asno empezó a sudar, a sentirse mareado, y sus patas empezaban a temblar.

Cuando el asno ya no podía más, se paró y pidió a su amigo caballo:

- Amigo, creo que nuestro dueño se equivocó y puso más carga a mi espalda que
en la tuya. Estoy agotado y ya no puedo seguir, ¿será que podrías ayudarme a
llevar algo de mi carga?

El caballo haciéndose el sordo no dijo nada al asno. Le miró y siguió por la


carretera como si nada hubiera pasado.

Minutos más tarde, el asno, con cara de pánico y visiblemente decaído, se


desplomó al suelo, víctima de una tremenda fatiga, y acabó muriéndose allí
mismo.

El dueño, apenado y disgustado por lo que había pasado con su asno, tomó una
decisión. Echó toda la carga que llevaba el asno encima del caballo. Y el caballo,
profundamente arrepentido y suspirando, dijo:

- ¡Qué mala suerte tengo! ¡Por no haber querido cargar con un ligero fardo ahora
tengo que cargar con todo!

MORALEJA: Cada vez que no tiendes tu mano para ayudar a tu prójimo que
honestamente te lo pide, sin que lo notes en ese momento, en realidad te estás
perjudicando a ti mismo.
Fábula Quiero salvar a mi abuelo

Una fábula original que nos muestra que el amor es inmenso y que no hay edad
para tomar decisiones que demuestran cuándo amamos sin medida a otra
persona. Habla de la ayuda que somos capaces de prestar cuando el amor es
quien nos guía.
Mejores regalos para tus seres queridos

Una familia muy adinerada se encontraba muy afligida. Todo el tiempo su dinero
había resuelto todos sus problemas. Nunca habían tenido que esperar por nada,
todo lo compraban. Pero ese día, el mayor de todos los miembros de la familia
había tenido que ser ingresado a una clínica de emergencia.

El médico había indicado que el millonario Sr. Tenía una falla renal que solo podía
ser resuelta con un trasplante de riñón. Todos pensaron ¿cuánto podía costar un
riñón? Pero se sintieron perdidos al darse cuenta que no era legal comprar un
riñón y que el abuelo tendría que esperar a que apareciera un donante.

El médico les había dado otra opción. Hacer análisis a todos los miembros de la
familia para ver si alguno era compatible y podía ser el donador. Sin pensarlo
mucho, los adultos de la familia se realizaron los exámenes. Pero para decepción
de todos, ninguno era compatible.

El tiempo corría, el abuelo agravaba y la familia estaba cada vez más triste. De
pronto cuando ya las esperanzas se acababan entro a la habitación, el nieto
adolescente del adinerado señor. Venía acompañado del médico.
Sin emitir palabra se acercó a su madre abrazándola y les dijo a todos.

– Yo quiero salvar a mi abuelo.

Todos se quedaron muy confundidos.

– ¿De qué hablas? Tú no te realizaste los análisis, estás muy joven aún- Dijo su
madre-.

El chico estiró una carpeta a su madre, donde aparecía el resultado de los análisis
que decían que el si era compatible.

– Le pedí al Dr. Que los hiciera y soy compatible. Amo a mi abuelo, por favor,
déjenme salvarlo, tengo miedo, pero no es más grande que el amor que siento por
él.

Mejores regalos para tus seres queridos


Los padres no pudieron negarse y el adolescente salvó la vida de su adorado
abuelo.

Moraleja: El amor aleja los temores y nos hace sentir capaces de mover
montañas.
Fábula El hormiguero y el conejo

En un frondoso bosque en el que varias especies compartían hogar, había un


hormiguero en el que las pequeñas hormigas se disponían a reunir comida para el
invierno. Mientras eso sucedía, dos juguetones conejos pasaban
En un frondoso bosque en el que varias especies compartían hogar, había un
hormiguero en el que las pequeñas hormigas se disponían a reunir comida para el
invierno. Mientras eso sucedía, dos juguetones conejos pasaban por los
alrededores: iban y venían corriendo hasta que uno de ellos pasó sobre el
hormiguero destruyendo parte de él. Al darse cuenta de lo que había hecho, el
conejo volvió a donde las hormigas y les dijo:
—Lo siento mucho, la próxima vez tendré más cuidado.
—Si de verdad lo sientes, ayúdanos a reparar el daño; aún tenemos mucho
trabajo —replicaron las hormigas y el conejo accedió.
Días después, el conejo volvió a pasar corriendo por las cercanías, pero esta vez
porque era perseguido por un depredador de la zona. Cuando las hormigas se
dieron cuenta de esto, decidieron ayudar al conejo como éste lo había hecho
previamente; todas ellas treparon en el puma que la seguía dejándole ronchas en
todo el cuerpo, por lo que el animal tuvo que retirarse a sanar sus picaduras.
Moraleja: procura reparar tus errores y no dejar enemigos en el camino

FABULASSOBRE HONESTIDAD

Una fantástica fábula sobre la honestidad para niños: ‘La zorra y el leñador’

‘La zorra y el leñador’, una fábula sobre la honestidad


Unos cazadores perseguían a una pequeña zorra, que asustada, llegó
corriendo hasta una zona del bosque en donde trabajaba un leñador. La zorra, al
ver al leñador, le pidió ayuda:

– Por favor, leñador, escóndeme en tu cabaña. Me persiguen unos cazadores.


¿Puedes ayudarme?

-Claro que sí, dijo asombrado el leñador- y abrió la puerta de su cabaña para que
la zorra pudiera entrar.

Entonces llegaron los cazadores, y al ver al leñador, le preguntaron:

– Perdone usted, buen hombre… ¿no habrá visto por casualidad un zorro
corriendo por aquí?

Y el leñador contestó:

– ¿Un zorro? Pues no, la verdad…

Sin embargo, mientras decía esto, señalaba con la mano a su cabaña, indicando
con gestos a los cazadores que se encontraba allí. Pero los cazadores no
entendieron muy bien qué quería decir con la mano, así que continuaron su
camino y se alejaron, mientras que la zorra, que lo había visto todo a través de
una rendija, salió de la cabaña y se puso a andar en la dirección contraria a la que
habían tomado los hombres.

– ¡Eh, zorra!- dijo entonces el leñador- ¿No me vas a dar las gracias por haberte
ayudado?

La zorra, un tanto apenada, se dio la vuelta y contestó:

– Si tus manos hubieran obedecido a tus palabras, te las daría.


Moraleja: «Cuidado: no siempre los actos acompañan a las palabras«

(‘La zorra y el leñador’ – Esopo)

Fábula corta de La oveja negra de Italo Calvino para niños

Érase una vez un pequeño pueblo en el que


todos sus habitantes eran ladrones.

Todas y cada una de las familias salían


cada noche a hurtadillas de su casa para robar en el hogar de alguno de sus
vecinos. Abrían con fuerza una de las ventanas o puertas, entraban con su saco
al hombro y se llevaban todo lo que encontraban: tanto comida como objetos que
les apetecía tener.
Una vez terminada su labor como ladrones, volvían a sus casas con su botín.
Pero, también cada noche, ¡se encontraban que en sus casas también habían
entrado a robar! Otro vecino se había colado en su hogar dejándolo
completamente vacío.

¡Qué situación tan curiosa la que tenían en este pueblo! A pesar de que todos los
vecinos se atracaban los unos a los otros, se habían acostumbrado a vivir
así: robándose y dejándose robar. Así cada noche. Vivían en un perfecto
equilibrio, con el que todos estaban de acuerdo y todos tenían lo que necesitaban
para comer y vivir: lo justo, ni mucho, ni poco. Nadie era rico ni pobre.

Esto ocurrió hasta que un hombre honesto y bondadoso se mudó al pueblo de


los ladrones. Él no quería participar de los robos a sus vecinos, por lo que por las
noches se quedaba en su casa descansando o practicando alguno de sus
hobbies, mientras el resto de sus compañeros salía a hurtar. ¡Sin duda, él era la
oveja negra del pueblo!

¡Qué mala suerte y qué injusticia para los habitantes del pueblo! Como el hombre
honesto no salía de su casa, no podían entrar a robarle. Y, por lo tanto, cada
noche una familia se quedaba sin poder conseguir comida. Esto hizo que los
vecinos se enfadaran mucho con él. ¿Quién se creía que era aquel hombre para
romper el equilibrio que tan felices les hacía?

A pesar de que el hombre actuaba de buen corazón, su decisión de no robar


provocaba que uno de sus vecinos no pudiera comer esa noche. Estaba
perjudicando a sus amigos.

El hombre entendió que, aunque él no quisiera robar, debía dejar que sus
vecinos entraran en su casa. De esa forma, nadie pasaría hambre. Por eso, a
partir de ese día, el hombre bueno salía todas las noches de su hogar para dar un
paseo y que así pudieran robarle.
¡Pero surgió otro problema! Como el hombre bueno no quería robar a sus vecinos,
cada noche había una familia que se libraba de los robos. Esto hacía que
acumularan lo que ya tenían y lo que habían robado. ¡Eso era mucho! Y con el
tiempo, estas familias se fueron haciendo cada vez más ricas y avariciosas…
hasta que decidieron que ya no querían que otros robaran sus cosas. ¡Vuelta a los
problemas!

Pero, además, el hombre honesto se vio en apuros. Como él no quería robar, pero
cada noche entraban en su casa, llegó un momento en el que quedó sin
pertenencias: no tenía absolutamente nada. Esto no solo provocaba que pasara
hambre, sino que también la familia que esa noche le tocaba entrar en su hogar,
se iba con las manos vacías y no tenía nada que comer.

¡Menudo lío tenían los vecinos de este pueblo! El equilibrio que antes les hacía
felices, al robarse los unos a los otros. Y con él, habían llegado los problemas.
Pero, ¿cuál era la situación más justa y apropiada? ¿Seguir robando o ser
honestos?

- Moraleja de la fábula: A veces, los problemas surgen de donde menos te lo


esperas, incluso cuando actuamos con la mejor intención para resolver una
situación que parecía inapropiada.

El honrado leñador
Érase una vez un leñador que a diario cortaba leña en el bosque para sostener a
su familia.
Un atardecer, mientras cortaba un árbol en la orilla del río, el hacha resbaló de sus
manos y cayó al agua. Desesperado, el leñador se sentó a llorar por su hacha
perdida.
En ese instante, apareció una ninfa frente a él y le preguntó por qué lloraba.
Cuando escuchó lo sucedido, sintió mucha lástima por el leñador.
—Espérame aquí buen hombre, creo que puedo ayudarte —dijo la ninfa.
Entonces, se zambulló en el río y sacó del agua un hacha de oro, se la mostró al
leñador y le preguntó:
—¿Es esta tu hacha?
—No lo es —dijo el leñador.
Por segunda vez se sumergió la ninfa en el río, para reaparecer con un hacha de
plata.
—¿Es esta tu hacha? —preguntó la ninfa.
—No lo es —dijo el leñador nuevamente.
Entonces, la ninfa entró por tercera vez en el agua trayendo el hacha perdida.
—¿Es esta tu hacha?
—¡Oh, gracias! ¡Esa es mi hacha! —dijo el leñador llorando de alegría.
La ninfa estaba tan complacida con la honestidad del leñador que le regaló las
hachas de oro y plata.
Moraleja: Aquel que prefiere la honradez a la mentira, siempre será gan

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