Querido Ramón,
Antes que nada, quisiera presentarme, pues sería muy grosero de mi parte hablarte
sin siquiera haberme presentado.
Mucho gusto, yo soy María Victoria, una adolescente de 16 años que le teme a la
vida y a la idea de enfrentarse ante el mundo completamente sola, porque de eso se
trata la vida, ¿no? De atreverse a vivirla, así como lo hiciste tú aquel 23 de agosto
de 1968 en la playa de As Furnas, sin saber que a partir de ese momento tu vida
cambiaría por completo (vaya presentación, ¿no crees?)
Estuve leyendo un poco sobre ti, marino y escritor, ¡que interesante! Me dio
curiosidad saber qué escribías por lo que leí el prólogo de tu libro “cartas desde el
infierno”, además de algunos fragmentos en clase de ética (el profesor fue quien nos
comentó sobre tu lucha).
Me atreví incluso a citar el siguiente fragmento: “Si hubiese sido un animal, habría
recibido un trato acorde con los sentimientos humanos más nobles. Me habrían
rematado por que les habría parecido inhumano dejarme en ese estado para el
resto de la vida ¡A veces es mala suerte ser un mono degenerado!” decías en el
segundo párrafo. Tienes razón, el ser humano a veces – por no decir, siempre– es
un completo ignorante, que cree que es bueno porque ayuda en causas que
socialmente son buenas, pero, ¿acaso la tuya no era una de esas? ¿Qué derecho
tenían los demás de tomar las decisiones por ti? ¿Qué derecho tiene la sociedad de
decirnos qué es lo bueno y lo malo para nosotros? Se supone que somos libres, así
como aquel animal que corre libre y sin ataduras por la pradera… pero tristemente,
somos aquel animal encerrado en una jaula, que cada tanto tiene que salir a hacer
acrobacias y otro tipo de actuaciones para divertir a un público. Somos un animal de
circo.
Diría que me parece increíble que apenas hace unos años fue legalizada la
eutanasia en España, pero mentiría. Lo que sí me parece increíble es la capacidad
que tiene la sociedad de influir sobre nosotros, de hacernos tomar decisiones que
no queremos; la capacidad que tienen de afectarnos sin razón alguna. Pero tú no te
dejaste, tu persististe en tu lucha, y no flaqueaste ni por un momento, tenías claro lo
que querías. Ojalá todos tuviéramos esa perseverancia y constancia que mantuviste
tú.
Pienso en ti, en tu historia y la primera palabra que se me viene a la cabeza es
valentía. ¿Por qué? Por dos razones: primero, por aquella misma persistencia que
tuviste por conseguir lo que querías; segundo, el valor de suicidarte y acabar con tu
sufrimiento. Por la última razón, muchos dirían lo contrario, que fuiste un cobarde,
pero, ¿acaso es justo para alguien que no puede hacer nada por su propia cuenta
tener que conservar su vida si así lo desean los demás?
A lo largo de la historia se han llevado demasiadas batallas en busca de la libertad
de cada quien. La libertad del individuo. El aborto, la comunidad LGBTIQ, los
derechos de las mujeres, entre otros. Y este es el momento en que aún no se
aceptan completamente, y es que no entienden que porque algo sea aceptado no
todos tienen que hacerlo o serlo.
No me alcanzan las palabras para contarte todo lo que pienso sobre ti, además, ¿si
te lo digo, te importaría? Lo dudo. Ya tienes suficiente con aquel sufrimiento llamado
vivir, como para andar pensando en el qué dirán.
Me gustaría saber cómo es tu vida ahora, desde donde sea que estés. ¿Era
realmente este tu infierno? ¿Acaso reencarnaste en algún otro ser? ¿Recuerdas
ahora cómo fue tu vida? Tengo muchas preguntas, y cosas por contarte, claro está
si tú me lo permites.
Te deseo una muy buena vida, mejor de la que yo conozco. Y si es posible, nos
hablamos pronto.
Atte: la Victoria que faltó en tu lucha.
P.D: Esta carta está dirigida a alguien que ya no se encuentra aquí, pero que, si
puede de algún modo responder, seguro lo haría. O quizás no.