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Protesta social en Argentina (70-90)

El artículo analiza la evolución de la protesta social en Argentina entre los años 70 y 90, destacando la activación social y política que culminó en las jornadas del 19 y 20 de diciembre de 2001. Se identifican dos 'campos de protesta' distintos: uno surgido tras la caída del peronismo en 1955 y otro que se desarrolló durante la década de 1990 en respuesta a políticas de ajuste y reforma económica. La investigación enfatiza la importancia de entender la protesta social en el contexto de la disputa entre capital y trabajo, así como los procesos históricos que han moldeado la acción colectiva en el país.

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Protesta social en Argentina (70-90)

El artículo analiza la evolución de la protesta social en Argentina entre los años 70 y 90, destacando la activación social y política que culminó en las jornadas del 19 y 20 de diciembre de 2001. Se identifican dos 'campos de protesta' distintos: uno surgido tras la caída del peronismo en 1955 y otro que se desarrolló durante la década de 1990 en respuesta a políticas de ajuste y reforma económica. La investigación enfatiza la importancia de entender la protesta social en el contexto de la disputa entre capital y trabajo, así como los procesos históricos que han moldeado la acción colectiva en el país.

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Viguera, Aníbal; Ramírez, Ana Julia

La protesta social en la Argentina entre


los setenta y los noventa. Actores,
repertorios y horizontes

Matériaux pour l'histoire de notre temps

2016, vol. 1, nro. 81, p. 58-69

Viguera, A.; Ramírez, A. (2016). La protesta social en la Argentina entre los setenta y los
noventa. Actores, repertorios y horizontes. Matériaux pour l'histoire de notre temps, 1 (81),
58-69. En Memoria Académica. Disponible en:
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La protesta social en la Argentina entre los setenta y los noventa.
Actores, repertorios y horizontes 1 .

Ana Julia Ramírez


Aníbal Viguera

Las jornadas del 19 y 20 de diciembre de 2001, que culminaron con la caída del gobierno de
Fernando de la Rúa, constituyen el punto culminante de un proceso de activación social y política
en el que convergieron diversos actores movilizados y reclamos acumulados durante la década de
los 90. Ante la rápida aceleración y una evidente radicalización de sentidos y repertorios, fue difícil
evitar la tentación de comparar esta coyuntura con el proceso de creciente movilización y
radicalización que había caracterizado a la primera mitad de la década del 70. Aunque las
diferencias saltaban rápidamente a la vista, no podía evitarse la sensación de estar ante una nueva
oleada de activación social y política de horizontes inciertos e imprevisibles que remitía a los 70
como el período comparable más cercano. En este artículo nos proponemos reconstruir un
panorama de las formas y sentidos de la protesta social en la Argentina desde los años 70 hasta la
actualidad, intentando poner en perspectiva histórica los hechos más recientes.
Cualquier análisis de la protesta social debe partir sin duda de reconocer que la misma se
explica a partir del conflicto estructural básico de toda sociedad capitalista, la disputa hegemónica
entre capital y trabajo y por extensión entre sectores dominantes y subalternos. Sin embargo, como
han señalado diversos autores, las características, sentidos, y alcances de la acción colectiva de
protesta no pueden explicarse solamente identificando la existencia de “agravios” o demandas; se
requiere en cambio reconstruir el conjunto de procesos, mecanismos, trayectorias e interacciones
que constituyen lo que siguiendo a Auyero, podemos denominar el “campo de protesta” 2 . Creemos
que el concepto, utilizado por Auyero para explicar procesos locales de movilización colectiva,
puede extrapolarse para pensar en la conformación, durante un período determinado, de un “campo
de protesta” a nivel nacional, que en buena medida preside la dinámica que toma la acción colectiva
en el marco de una configuración política específica. En el caso de la Argentina, proponemos un
itinerario de la protesta en el que identificamos dos “campos de protesta” con características
diferentes: uno que se origina a partir de la caída del peronismo en 1955 y toma una forma definida
entre 1966 y 1973, y otro que, tras el abrupto corte que provocó la dictadura militar, se conforma en
torno a los procesos de ajuste y reforma económica que la década de 1990 llevó a su máxima
expresión.

Exclusión política, dictadura y radicalización (1955-1973)

En términos generales, el campo de protesta que se constituyó entre fines de los 60 y


principios de los 70 tuvo como rasgos distintivos: 1) la expansión del espectro de actores
involucrados en prácticas de acción colectiva; 2) la incorporación a los repertorios de acción y
movilización tradicionales de rutinas de acción directa con un alto contenido de violencia; y 3) la
ampliación del horizonte de expectativas que manifestaron los sectores movilizados a medida que
los reclamos sectoriales comenzaron a articularse con propuestas de transformación política y social
de mayor alcance. Este proceso de construcción de un nuevo campo de protesta no se da de manera
lineal ni de un día para el otro: para comprenderlo debemos remontarnos someramente hasta 1955,
ya que es allí donde se originan algunos de los procesos fundamentales que están en la base de la
dirección y de las formas que tomará la acción colectiva desde 1969.

1
Versión en español de: RAMIREZ Ana Julia, VIGUERA Aníbal, « La protestation sociale dans les trois dernières
décennies du XXe siècle. Acteurs, répertoires et horizons », Matériaux pour l’histoire de notre temps, 2006/1 (N° 81),
p. 58-69. DOI : 10.3917/mate.081.0009. URL : [Link]
[Link]
2
Cfr. Auyero, Javier. “Los estallidos en provincia: globalización y conflictos locales”. Punto de Vista, Nº 67, agosto
de 2000, pág. 41.
A partir del derrocamiento de Juan Domingo Perón ocurrido en 1955, la incapacidad de
sucesivos regímenes militares y civiles para estabilizar un orden alternativo al populismo y
reintegrar a las mayorías populares al juego político-electoral, y la incipiente implementación de
políticas económicas de corte desarrollista tendientes a la modernización de la estructura
productiva, lejos de apaciguar agudizaron los conflictos heredados del 55. A ello se suma, durante
los tempranos 60, la expresión autóctona de la cultura juvenil contestataria, que en el contexto de la
proscripción de las mayorías populares y al calor de la Revolución Cubana, tiende a una
radicalización política e ideológica. Al calor de estos procesos algunos sectores ensayaron nuevas
formas de protesta colectiva.
La llamada “Revolución Libertadora” que destituyó a Perón tenia entre sus objetivos
fundamentales implementar un modelo político y económico alternativo al populismo, para lo cual
resultaba indispensable neutralizar la capacidad de acción del movimiento obrero organizado en
tanto columna vertebral del movimiento peronista. A tal efecto, intervino la Confederación General
del Trabajo, proscribió al Partido Justicialista y prohibió por decreto la mera mención oral o escrita
del líder exiliado. En este contexto de desarticulación del movimiento sindical y ataque directo a la
identidad de la clase obrera, grupos aislados de trabajadores iniciaron acciones de resistencia que
consistían fundamentalmente en sabotajes a la producción y el trabajo a desgano –movimiento que
se denominó “Resistencia peronista”-. Si bien esta metodología de lucha comenzó rápidamente a
expandirse entre sectores cada vez más amplios de trabajadores, éstos no lograron organizar una
estructura que dirigiera y sincronizara tales acciones. El pronto proceso de reinstitucionalización del
sistema parlamentario hacia 1958, desarticuló esta forma de protesta. Perón desde el exilio pactó
con el candidato a presidente Arturo Frondizi su apoyo electoral a cambio de la re-legalización de la
estructura sindical y el posterior levantamiento de la proscripción política al Partido Justicialista. El
triunfo de Frondizi y la inmediata normalización de la CGT, en consecuencia, reinstauraron a la
dirigencia sindical de origen peronista en el centro de la lucha corporativa. En tanto presiones en
contrario no permitieron la rehabilitación del Partido Justicialista, el movimiento sindical se
convirtió de hecho en la voz política del peronismo 3 .
Por otra parte, y ligado al proceso de radicalización político-ideológica y al fuerte impacto
producido en nuestro país por la revolución cubana, ya en 1959 surgen las primeras experiencias
aisladas de guerrilla rural en Tucumán, Salta y Catamarca, aunque rápidamente desarticuladas por
las fuerzas de seguridad. Si bien estas primeras experiencias de acción directa serán prontamente
recuperadas por algunos sectores como origen de un proceso revolucionario en la Argentina, lo real
es que, a pesar de ellas, lo que prevaleció durante los tempranos ‘60 fue un campo de protesta
constituido mayoritariamente por obreros y estudiantes, que podríamos definir como tradicional y
fragmentario. Tradicional, porque la estructura, las prácticas y la matriz ideológica que sustentaban
a las organizaciones sindicales y estudiantiles representaban una continuidad respecto de sus
orígenes; y fragmentario, porque sus acciones se limitaban a reclamos sectoriales.
A pesar de ello, la creciente burocratización de las estructuras sindicales, la colaboración de
la dirigencia nacional de la CGT con sectores del poder y su consecuente centralización y
verticalismo, comenzaron a generar fuertes cuestionamientos de parte de sectores sindicales más
combativos aglutinados, sobre todo, en el interior del país. Entre los estudiantes, por su parte,
comenzaron también a tomar cuerpo planteos más ambiciosos que predicaban la ampliación del
horizonte del movimiento estudiantil. La iglesia católica, asimismo, sufría un proceso similar de
cuestionamientos internos por parte de clérigos y laicos que veían en la estructura institucional una
fuerte tendencia hacia el conservadurismo que no respondía a los verdaderos objetivos del
cristianismo; y sectores de la intelectualidad y la militancia política de la izquierda tradicional

3
James, Daniel. Resistencia e integración. El peronismo y la clase trabajadora argentina 1946-1976. Buenos Aires,
Sudamericana, 1990. Torre, Juan Carlos. Los sindicatos en el gobierno, 1973-1976. Buenos Aires, Centro Editor de
América Latina, Biblioteca Política Argentina Nº 30, 1983.
rompían con sus viejas estructuras partidarias profundamente resistentes a replantear sus posturas
antiperonistas y sus posiciones políticas reformistas 4 .
Estas tendencias contestatarias en el corazón mismo de instituciones sociales y políticas de
gran envergadura en la vida nacional van a profundizarse fuertemente a partir de 1966, con el
advenimiento del régimen autoritario de la “Revolución Argentina”. El nuevo régimen dictatorial
presidido por el General Juan Carlos Onganía mostró rápidamente un espíritu profundamente
conservador y autoritario que se expresó contra los partidos políticos que fueron disueltos por
decreto, las universidades nacionales que fueron intervenidas, la producción cultural que fue
fuertemente censurada, y, a pesar del apoyo inicial que le brindó la CGT, también contra el
movimiento sindical, interviniendo las direcciones de varios gremios importantes. Este shock
autoritario va a impactar fuerte y decisivamente en la constitución de un nuevo campo de protesta
que se expresará con cada vez mayor contundencia a partir de 1969. Si en un principio las políticas
autoritarias de la dictadura harán retroceder casi toda manifestación de protesta abierta,
paralelamente también ampliarán el espectro de excluidos políticos, introducirán una cuña profunda
dentro del movimiento sindical, y profundizarán las tendencias hacia la radicalización ideológica y
política sobre todo entre los sectores juveniles. Las políticas económicas del nuevo régimen
dictatorial, por su parte, ahondarán el descontento de los sectores subalternos pero también de
grupos de la elite marginados del nuevo esquema productivo tendiente a la modernización y
transnacionalización de la economía y a la concentración del capital. De esta manera, lejos de sus
pretensiones de lograr reducir el conflicto social y político para imponer un nuevo modelo
económico, la “Revolución Argentina” comenzó rápidamente a ampliar el abanico opositor.
En este nuevo contexto, comenzaron a tomar cuerpo y fuerza nuevas organizaciones que
promovieron vías alternativas de confrontación a las políticas económicas y autoritarias del
gobierno y un cuestionamiento más profundo a la dictadura como régimen político. El movimiento
estudiantil fue el primer núcleo activo de oposición al régimen de Onganía. La resistencia
estudiantil a la intervención de las universidades produjo las primeras movilizaciones callejeras en
las que los enfrentamientos con la policía comenzaron a dejar como saldo un número creciente de
detenidos, heridos, e incluso muertos. En estas luchas, junto a los reclamos por la restitución de la
autonomía universitaria y el aumento del presupuesto para los comedores estudiantiles comenzaron
a aparecer cuestionamientos a las autoridades nacionales e incluso universitarias visualizadas como
“personeros del imperialismo” o representantes de la gran burguesía nacional y transnacional.
En el campo del sindicalismo, la actitud colaboracionista de la burocracia sindical con la
dictadura abrió una importante brecha por donde se coló una nueva dirigencia combativa. Hacia
fines de 1967, en oportunidad de elegir nuevas autoridades nacionales, las representaciones
gremiales sobre todo del interior del país lograron imponer candidatos combativos en la dirección
de la CGT. Los viejos líderes sindicales, con Augusto Vandor a la cabeza, se negaron a reconocer
dicha elección y a partir de 1968 se conformaron dos centrales gremiales. En la tradicional CGT
quedaron nucleados la mayoría de los gremios más importantes dirigidos por los llamados
“participacionistas”, mientras que la nueva CGT de los Argentinos (CGT “A”) venía a representar a
aquellos gremios que propugnaban una democratización de las estructuras sindicales en conjunción
con una mayor oposición a la dictadura -gremios sobre todo del interior y de menor peso político,
pero que sin embargo demostraron una gran capacidad de autonomía e iniciativa- 5 . A tal efecto, la
novedosa central sindical comenzó a promover simultáneamente la descentralización operativa de
los gremios afiliados y la unidad de acción entre ellos y sectores estudiantiles, intelectuales,
religiosos y políticos para “la construcción y coordinación de un bloque de resistencia multisectorial

4
Sarlo, Beatriz. La batalla de las ideas (1943-1973). Buenos Aires, Ariel, 2001. Altamirano, Carlos. Bajo el signo de
las masas (1943-1973). Buenos Aires, Ariel, 2001.
5
James, Daniel. “Sindicatos, burócratas y movilización”. En: James, Daniel, ed. Nueva Historia Argentina. Tomo IX:
Violencia, proscripción y autoritarismo (1955-1976). Buenos Aires, Sudamericana, 2003.
como estrategia de lucha antidictatorial y por la emancipación de los trabajadores” 6 . De este modo,
la convergencia de la lucha de un nuevo sindicalismo combativo con otros sectores radicalizados,
sobre todo con el movimiento estudiantil, comenzó a resquebrajar el “orden” impuesto por las
FFAA desde 1966. La fuerte reactivación de la acción colectiva hacia 1968 ya ponía de manifiesto
los rasgos sobresalientes que caracterizarán al nuevo campo de protesta en desarrollo –un campo
que llamaremos contestatario y tendiente a la articulación de reclamos sectoriales con proyectos
políticos alternativos.
Hacia principios del 69 las movilizaciones obreras y estudiantiles se expandieron por
numerosas ciudades del interior y la ola represiva creció en consecuencia, dejando como saldo
varios muertos. En este marco el gobierno embistió contra algunos derechos laborales que
beneficiaban sobre todo a los trabajadores del interior. La presión de las bases obreras llevó a las
dos centrales sindicales a convocar a un paro nacional conjunto por 24 hs contra la represión y la
política económica del gobierno, que en la ciudad de Córdoba derivó en una insurrección popular
conocida como el “Cordobazo” (29 y 30 de mayo de 1969). La intervención policial en Córdoba
incentivó una escalada de enfrentamientos y reagrupamientos en la que a los sectores obreros
inicialmente movilizados comenzaron a sumarse nuevos contingentes de estudiantes radicalizados y
vecinos cansados del autoritarismo del régimen. Hacia la tarde del 29 el pueblo cordobés había
desbordado a la policía y comenzaba a enfrentarse con el ejército- que no retomó el control total de
la ciudad sino hasta el final del día siguiente. El “Cordobazo” tuvo como resultado inmediato más
de 40 muertos, centenares de heridos, la destrucción de comercios pertenecientes en su mayoría a
compañías extranjeras y la destitución del ministro de economía de la nación y del gobernador de la
provincia de Córdoba, pero más importante aún, esta pueblada marcó el inicio del fin de la
“Revolución Argentina” y el punto de partida de un ciclo de protesta sin precedentes en nuestro
país 7 .
Luego del Cordobazo la protesta popular pasó de una etapa sobre todo defensiva a otra de
fuerte ofensiva 8 . Se desarrolló una ampliación acelerada de nuevos actores y organizaciones
contestatarios y la multiplicación de rutinas de acción directa con un alto contenido de violencia,
cuya expresión más espectacular fue la emergencia en el espacio público de organizaciones armadas
provenientes tanto de la izquierda como del peronismo 9 . Entre mayo de 1969 y 1972 estallaron al
menos 13 insurrecciones en ciudades del interior del país, mejor conocidas como puebladas. En
varias de ellas junto a obreros y estudiantes manifestaban activa y públicamente su repudio al
régimen militar incluso sectores de las elites locales, mientras que en algunas otras, consignas
anticapitalistas y carteles que celebraban a las organizaciones armadas revolucionarias marcaban el
tono sostenido de la protesta 10 . Estas organizaciones, por su parte, comenzaron una escalada de
acciones armadas y adquirieron cada vez mayor predicamento sobre todo entre los sectores

6
Bozza, Juan Alberto. “Resistencia y radicalización. La CGT de los Argentinos, un ámbito de convergencia de la
nueva izquierda”. Ponencia presentada en las IX Jornadas Interescuelas y Departamentos de Historia, Córdoba,
septiembre 2003.
7
Brennan, James P., 1996. El Cordobazo. Las guerras obreras en Córdoba,1955-76. Buenos Aires, Sudamericana.
Gordillo, Mónica. Córdoba en los ‘60: la experiencia del sindicalismo combativo. Córdoba, Dirección General de
Publicaciones de la UNC, 1996. Balbé, Beba y Balbé Beatriz. El ’69. Huelga política de masas. Rosariazo-Cordobazo-
Rosariazo. Buenos Aires, Contrapunto, 1989.
8
Gordillo, Mónica. “Protesta, rebelión y movilización: de la resistencia a la lucha armada, 1955-1973. En: James,
Daniel, ed. Nueva Historia Argentina. Tomo IX: Violencia, proscripción y autoritarismo (1955-1976). Buenos Aires,
Sudamericana, 2003.
9
Tortti, María Cristina. “Protesta social y ‘nueva izquierda’ en la Argentina del Gran Acuerdo Nacional. En:
Pucciarelli, Alfredo, ed. La primacía de la política. Buenos Aires, Eudeba, 1999.
10
Crenzel, Emilio. El Tucumanazo. Tucumán, Universidad Nacional de Tucumán, 1997. Aufgang, Lidia. Las
puebladas. Dos casos de protesta: Cipolletti y Casilda. Buenos Aires, CEAL, 1996. Ramírez, Ana Julia. “Las puebladas
en la Argentina de los ’70: el caso de General Roca, julio 1972”. Ponencia presentada en las Terceras Jornadas de
Sociología de la UNLP, diciembre 2003.
estudiantiles 11 . Las tomas de fábricas y facultades con rehenes pasaron a ser moneda corriente entre
obreros y estudiantes. Sectores obreros de algunas de las industrias de punta y mejor pagos del país
se encolumnaron tras las banderas del clasismo sindical. Organizaciones de familiares en defensa de
los presos políticos y gremiales y nuevas organizaciones sindicales que nucleaban a sectores
profesionales, ahora identificados con su rol de “trabajadores” y en muchos casos con estrechos
lazos con los movimientos revolucionarios, se multiplicaban por todo el país 12 . En este nuevo
campo de protesta, el conflicto tiende a polarizarse entre el pueblo y la dictadura, aunque a esta
dicotomía se le empiezan a superponer, confundiéndose en ocasiones, otras oposiciones acordes con
el tono ideológico general de la época como revolución o reforma, liberación o dependencia,
socialismo o capitalismo.
La expansión acelerada del campo de protesta y la ampliación del horizonte de demandas
comenzaron a producir una profunda incertidumbre entre los sectores gobernantes y grupos de
poder que, tras la destitución de Onganía y del efímero interregno del General Levingston,
decidieron realizar un cambio estratégico de mayor alcance en la política de la Revolución
Argentina. El nuevo presidente, General Alejandro Agustín Lanusse (1971-1973) fue el encargado
de idear el plan político que intentará una retirada airosa del régimen militar. El llamado a un “Gran
Acuerdo Nacional” (mayo 1971) por parte del presidente tenía como objetivo acordar un proceso de
transición democrática con los principales partidos políticos rehabilitados a tal efecto hacia fines de
1971 -incluido el peronismo luego de 18 años de proscripción-, para encauzar la protesta dentro de
los marcos de la contienda electoral y las viejas estructuras partidarias13 . A pesar del buen
recibimiento de la propuesta por parte de la gran mayoría de las dirigencias tradicionales (incluidos
los sindicalistas participacionistas y el propio Perón) y el encauzamiento de la protesta hacia la
contienda electoral, el GAN, sin embargo, no logró desactivar a los sectores movilizados. Al
contrario, la competencia política comenzó a adquirir la forma y el tono prevalecientes dentro del
campo de protesta: la multitud en las calles emergió como una forma fundamental de acumulación
de poder político. Dentro de esta lógica no sorprende que hayan sido los sectores más radicalizados
del peronismo los que, dentro del campo contestatario, hayan logrado mayor predicamento.
Avalados por el pragmatismo de su líder exiliado, por su propia lucha contra la dictadura, y bajo la
consigna “Luche y Vuelve”, la Tendencia Revolucionaria del Peronismo –nucleamiento de las
organizaciones de masas de la Juventud Peronista y cuya línea política era aquella sostenida por su
brazo armado, Montoneros- se transformó entre 1972 y 1973 en referente de los sectores
contestatarios (incluso de sectores de la izquierda no peronistas que veían en su crecimiento la
posibilidad más concreta de comenzar a avanzar por el camino del socialismo).
La Juventud Peronista se convirtió así en un eje capaz de nuclear a la amplia y variada gama
de demandas, aspiraciones y sectores movilizados hacia una alternativa política concreta: la
candidatura de Héctor Cámpora primero y el retorno de Perón después. Ello no significaba, por
supuesto, que todos aquellos que apoyaron esta opción compartieran un mismo proyecto político.
Al contrario, mientras que para los sectores revolucionarios del peronismo el triunfo electoral
significaba el primer paso hacia la “patria socialista”, para muchos otros no peronistas significaba la
única alternativa de pacificación social. Para la gran mayoría de los sectores populares, por su parte,
el triunfo electoral del peronismo significaba la garantía de un nuevo orden idealizado sobre la base
de una particular representación del primer peronismo: distribución más equitativa del ingreso,
respeto y expansión de derechos laborales, fuerte organización sindical de base, y un modelo de
desarrollo en beneficio de un proyecto nacional y popular. En este sentido, la ofensiva de la protesta
no sólo desafiaba la capacidad de maniobra política de los sectores dominantes desde una retórica

11
Gillespie, Richard. Soldados de Perón. Los Montoneros. Buenos Aires, Grijalbo, 1987. Anzorena, Oscar. Tiempo de
violencia y utopía (1966-1976). Buenos Aires, Contrapunto, 1988. Ollier, María Matilde. El fenómeno insurreccional y
la cultura política (1969-1973). Buenos Aires, CEAL, 1986.
12
Chama, Mauricio. “Compromiso político y práctica profesional a principios de los ’70: el caso de la Asociación
Gremial de Abogados”. Sociohistórica, Nº 7, 2000.
13
De Amézola, Gonzalo. “El caso del realismo insuficiente. Lanusse, la Hora del Pueblo y el Gran Acuerdo Nacional”.
En: Pucciarelli, Alfredo, ed. La primacía de la política. Buenos Aires, Eudeba, 1999.
revolucionaria, sino que también implicaba un obstáculo mucho más concreto a sus recurrentes
intentos por afianzar un nuevo modelo de acumulación -tarea en la que venían fracasando desde
1955, y que había generado procesos cuya dirección y desenlace aparecían cada vez más inciertos.
El poco sorpresivo triunfo electoral de Cámpora, con el 49% de los votos, inaugura el tercer
gobierno peronista que asumió el poder en el marco del contexto de fuerzas señalado y de cara a un
campo de protesta todavía fuertemente activado. Si, por una parte, el “Pacto Social”, propiciado por
el gobierno y firmado por los representantes sindicales y empresarios, pretendía marcar el tono de la
futura convivencia económica, la manifestación masiva a Plaza de Mayo el día de la asunción
presidencial (25 de mayo), la liberación de todos los presos políticos y gremiales a causa de la
presión de grupos movilizados frente a las cárceles, y la masiva oleada de tomas que se sucedieron
entre junio y julio de 1973 pretendieron marcar el ritmo de la futura convivencia política. Estas
movilizaciones ponían de manifiesto el alcance del proceso de movilización experimentado durante
la dictadura y el sentido que durante la misma había adquirido el retorno a la democracia. Esta no
significaba el mero retorno al juego electoral y al sistema parlamentario sino también una muy
activa participación de los ciudadanos en la toma de decisiones políticas. Buena parte de las tomas,
por ejemplo, tenían como objetivo desplazar de sus puestos a las personas que habían ejercido los
cargos jerárquicos durante la dictadura en escuelas, hospitales, fábricas, teatros, medios de
comunicación, dependencias del estado, y otros muchos establecimientos- 14 .
A pesar de ello, y en gran medida contra ello, las fuerzas de la derecha peronista retomaron
pronto la iniciativa con el apoyo del propio Perón que, luego de un golpe palaciego que desplazó a
Cámpora, retornó definitivamente al país para hacerse cargo en persona del gobierno. Comienza de
este modo una política de desactivación de los sectores movilizados y desarticulación del campo de
protesta. La creación de estructuras parapoliciales para la persecución y asesinato de dirigentes
políticos y militantes revolucionarios (peronistas y no peronistas) marcó el giro abrupto que tomó el
gobierno, sobre todo luego de la muerte de Perón el 1 de Julio de 1974 y de la asunción de su
vicepresidenta y viuda, Isabel Martínez. El estallido de la crisis del petróleo tiró por la borda los
restos debilitados de un Pacto Social casi imposible desde su origen, mientras las organizaciones
armadas entraban en un proceso de profunda militarización y desarticulación con el conflicto social,
y las distintas fracciones del peronismo se disputaban los pedazos de un gobierno fracturado. Hacia
1975 el intento del ministro Celestino Rodrigo por imponer un plan económico de ajuste hizo
resurgir la protesta obrera. Por primera vez en la historia la CGT organizó un paro general durante
un gobierno Peronista. Como tantas otras veces, sin embargo, la movilización masiva logró la
destitución del ministro. El campo de protesta todavía no había sido totalmente desarticulado 15 .

Genocidio y recuperación democrática (1976-1989)

El golpe militar del 24 de marzo de 1976 tuvo como objetivo fundamental producir una
drástica reversión del nivel y del contenido contestatario que había alcanzado el proceso de
activación y radicalización política que hemos descripto hasta aquí. La feroz represión desatada por
las FFAA, cuyo saldo más trágico fue la detención, tortura y asesinato de alrededor de 30.000
militantes políticos, se proponía una meta mucho más amplia que la de terminar de derrotar a las
organizaciones armadas revolucionarias: se trataba de inclinar decididamente la balanza de fuerzas
a favor de los sectores dominantes de la sociedad, disciplinando a los sectores populares y
particularmente al movimiento obrero organizado, cuya capacidad de veto y de resistencia frente a
las ofensivas empresarias seguía siendo, desde la perspectiva de éstos, un obstáculo para la
acumulación de capital.

14
Nievas, Flabián. “Cámpora: primavera-otoño. Las tomas”. En: Pucciarelli, Alfredo, ed. La primacía de la política.
Buenos Aires, Eudeba, 1999
15
Svampa, Maristella. “El populismo imposible y sus actores, 1973-1976”. En: James, Daniel, ed. Nueva Historia
Argentina. Tomo IX: Violencia, proscripción y autoritarismo (1955-1976). Buenos Aires, Sudamericana, 2003. De Riz,
Liliana, 1981. Retorno y derrumbe: el último gobierno peronista. México, Folios.
Producida la toma del poder por las FFAA, y paralelamente a la escalada represiva, la
proscripción de los partidos políticos, la intervención de los principales sindicatos y la disolución de
la CGT produjeron rápidamente un brutal retroceso en la acción colectiva de protesta. Si bien se
registran numerosos episodios de resistencia focalizados sobre todo en el nivel de fábricas o de
sindicatos locales 16 , en términos generales las estructuras de la movilización política y social
quedaron prácticamente desarticuladas.
En este sentido, la dictadura militar provocó un cambio sustantivo en los patrones,
contenidos y alcances de la acción colectiva de protesta en la Argentina. Cuando ésta comience a
tomar fuerza nuevamente, a partir de 1980-81, el nuevo eje convocante será la oposición al régimen
militar y la búsqueda de un proceso de salida hacia la democracia. Esta convocatoria irá articulando
progresivamente a un conjunto variado de actores y organizaciones, entre ellos los partidos
tradicionales y los sindicatos 17 . Pero sin duda los pioneros en la lucha contra la dictadura fueron los
organismos de defensa de los derechos humanos; ellos fueron, sobre todo, los primeros en darle a la
misma un sentido que iba más allá de la recuperación de la institucionalidad democrática para
incluir decididamente en la agenda el reclamo de esclarecimiento, juicio y castigo de una represión
que lentamente empezaba a visualizarse como un verdadero genocidio. Entre ellos, serían las
Madres de los Desaparecidos las que impulsarían la acción colectiva más contundente y novedosa,
instalando un repertorio que se convertiría en emblemático: las “rondas” en torno a la pirámide de la
Plaza de Mayo, en las que las madres portarían pañuelos blancos alusivos a cada uno de sus hijos
desparecidos (de ahí su denominación como agrupación, “Madres de Plaza de Mayo”) 18 .
El reclamo generalizado por la transición a la democracia incorporaba un sentido que
resultaba novedoso en la trayectoria del sistema político argentino. Si de algún modo la coyuntura
de 1973 también había sido una transición a la democracia, en aquel momento el sentido
predominante no era la recuperación del régimen democrático en tanto que tal, sino la posibilidad
del retorno al poder de un movimiento cuya esperada orientación “nacional y popular” era la
expectativa que tendía a subordinar a otras virtudes más “formales” del sistema constitucional; aun
para los actores movilizados que no apostaban al peronismo lo que estaba en juego era el avance
hacia una transformación revolucionaria de la sociedad y no la vigencia per se de los mecanismos
constitucionales. En 1983, en contraste, la protesta colectiva contra la dictadura emerge dotada de
una direccionalidad mucho más centrada en la recuperación de la posibilidad misma del ejercicio
democrático, con un énfasis quizá inédito en el valor de los mecanismos electorales, las libertades
públicas, la tolerancia política, y la vigencia de los derechos humanos. Sin duda la movilización
contra el régimen militar no estaba exenta de una fuerte crítica a las políticas económicas
implementadas por éste, pero este eje del reclamo aparecía, en un equilibrio inverso al de 1973,
visiblemente subordinado a la expectativa del retorno a la vigencia de la Constitución. En todo caso,
el horizonte de la protesta ya emergía con un perfil visiblemente acotado: democracia y oposición a
las políticas neoliberales, vigencia de la constitución y vuelta a políticas redistributivas,
contrastaban, en tanto ejes articuladores predominantes en la movilización colectiva, con las
dicotomías capitalismo-socialismo, liberación-dependencia, democracia burguesa-revolución que
permeaban –aunque no de manera absoluta ni excluyente- a la protesta de los años 70.
Una vez instalado el gobierno radical presidido por Raúl Alfonsín, los actores políticos
tradicionales y repertorios clásicos como la huelga vuelven a adquirir centralidad en el campo de la
protesta. La CGT se unifica y se constituye en un poderoso aglutinador de protestas sindicales en
una renovada puja por la distribución del ingreso que se agudizará a partir de fines de 1984 en la

16
Pozzi, Pablo. Oposición obrera a la dictadura. Buenos Aires, Contrapunto, 1988.
17
Novaro, Marcos y Vicente Palermo. La dictadura militar 1976/1983. Del golpe de estado a la restauración
democrática. Buenos Aires, Paidós, 2003. Quiroga, Hugo. El tiempo del “Proceso”. Conflictos y coincidencias entre
políticos y militares, 1976-1983. Rosario, Editorial Fundación Ross, 1994.
18
Jelin, Elizabeth. "La política de la memoria: el movimiento de derechos humanos y la construcción democrática en la
Argentina". En AAVV, ed., Juicio, castigo y memorias. Derechos humanos y justicia en la política argentina, Buenos
Aires, Nueva Visión, 1995.
medida en que la presión inflacionaria vaya llevando al nuevo gobierno por la senda del ajuste y de
los acuerdos con los organismos internacionales de crédito. Por su parte, mientras los dos partidos
mayoritarios se abocarán fundamentalmente a la disputa por el espacio electoral y parlamentario, a
la izquierda del espectro político varias agrupaciones –algunas de antigua presencia en el sistema
político- operarán como catalizadoras de la movilización colectiva (Partido Comunista, Movimiento
al Socialismo, Partido Intransigente, Partido Obrero, entre otros).
Dos repertorios clásicos serán los predominantes durante el gobierno de Alfonsín. Por un
lado las huelgas, que canalizan diversos reclamos sectoriales cuyo patrón común es la lucha por
mantener el nivel del salario frente a la inflación y los ajustes; por el otro las movilizaciones
callejeras, con ciertos itinerarios tradicionales propios de cada ciudad, que en Buenos Aires incluye
en casi todos los casos a la Plaza de Mayo y al Congreso Nacional como puntos focales. Muchas de
estas movilizaciones son complementarias de las huelgas sectoriales y no trascienden a los actores
directamente involucrados. Otras en cambio se vuelven más masivas y articulan la presencia
colectiva de actores diversos en torno a clivajes de orden más general. En el plano de la
contestación vinculada a las políticas socioeconómicas, las movilizaciones masivas se producen o
bien en torno a reclamos sectoriales que adquieren una particular repercusión pública como por
ejemplo los de los docentes (con un pico en la “Marcha Blanca” de 1988), o bien cuando –
acompañada o no de una huelga general- la protesta adquiere un tono de rechazo integral a las
políticas gubernamentales y/o a la influencia de los organismos internacionales sobre temas como el
ajuste o la deuda externa.
Otro eje en torno al cual se producirán varios momentos de confluencia de actores colectivos
diversos, aunque particularmente de los organismos de Derechos Humanos y partidos de izquierda,
es el que continúa articulando el reclamo por el juicio y castigo a los militares. En este caso la
protesta seguirá el ritmo que marcan las alternativas de la política gubernamental sobre la cuestión:
si las modalidades y alcances del inicial juicio y condena de las Juntas Militares serán objeto de
discusiones al interior del movimiento por los derechos humanos, el ulterior retroceso hacia leyes
que dejaban impunes a los cuadros intermedios (como las de “Punto Final” y “Obediencia Debida”)
volverá a impulsar el reclamo unánime en torno al tema.

Nuevos horizontes de la protesta: neoliberalismo, exclusión y antipolítica

La dinámica de la protesta conservó durante todo el gobierno de Alfonsín un carácter


fuertemente sectorial, débilmente articulado en torno a algún horizonte que trascendiera la creciente
acumulación de conflictos relacionados con una puja distributiva agudizada en un contexto en el
que la espiral inflacionaria terminaría por presidir los acontecimientos. En efecto, el gobierno no
logró -salvo en acotadas coyunturas- controlar la escalada de precios, y a partir de comienzos de
1989 ésta se aceleró brutalmente desembocando en una situación hiperinflacionaria. Las elecciones
presidenciales de mayo de 1989 realizadas en pleno desborde de las variables económicas dieron el
triunfo al candidato del Partido Justicialista Carlos Menem, a quien Alfonsín entregó el mando
varios meses antes de la fecha prevista para el recambio. Los saqueos a supermercados y comercios
que tuvieron lugar entre mayo y junio de 1989 pueden interpretarse más como una reacción
desesperada de los sectores más vulnerables, que como una forma de acción colectiva de protesta.
El contexto de la asunción de Menem estuvo marcado, entonces, por la fuerte expectativa de que el
nuevo gobierno lograra “poner orden” en las variables económicas. El horizonte de las demandas se
volvía cada vez más inmediato: la búsqueda de la estabilidad económica empezaba a presidir todas
las expectativas, y fue éste sin duda un factor decisivo que le permitió a Menem embarcarse en un
proyecto de ajuste y reforma económica de sesgo neoliberal.
Desde 1991 la política económica de Menem, después de un período de oscilaciones y pocos
logros en materia de lucha antiinflacionaria, encontró un nuevo equilibrio en torno al programa de
reformas implementado por el Ministro de Economía Domingo Cavallo. El “Plan de
Convertibilidad” articuló una serie de medidas de alcance inédito como las privatizaciones, apertura
comercial externa, desregulación de los mercados y ajuste fiscal que logró consolidar por varios
años una situación de inédita estabilidad económica. Pero por debajo de la estabilidad irán
apareciendo los efectos negativos de un proyecto neoliberal que destruía núcleos importantes del
aparato productivo sin reemplazarlos por nuevos focos dinámicos y sostenibles de crecimiento al
mismo tiempo que desmantelaba drásticamente buena parte de las estructuras estatales que
promovían la integración social. El saldo más visible de este proceso será el súbito incremento del
desempleo abierto (que en 1995 arrojaba la inédita proporción del 18%), y el aumento de las formas
precarias de inserción laboral (tanto dentro del ámbito del sector informal como en el del sector
formal). El correlato de esta tendencia al deterioro del mercado de trabajo será el también rápido e
inédito aumento de la pobreza y la indigencia.
En el nuevo contexto generado por las políticas neoliberales, la protesta colectiva irá
convergiendo progresivamente en torno a ciertas pautas que en conjunto terminan por constituir un
nuevo “campo de protesta” muy diferente a aquél de los años 70. En una primera etapa, las acciones
de protesta estuvieron protagonizadas fundamentalmente por distintos sectores que iban resultando
directamente “afectados” por las políticas menemistas: empleados estatales (nacionales o
provinciales), jubilados, docentes, etc. Una todavía frágil articulación discursiva recorría todas estas
protestas sectoriales, y era la que identificaba como responsables a las políticas neoliberales y a sus
impulsores locales o internacionales. Sólo algunos gremios (los de sectores tempranamente
afectados) y los partidos de izquierda participaban de este proceso de generalización del conflicto,
mientras los sindicatos tradicionales y la CGT sostenían una postura de moderada oposición o hasta
de aquiescencia con el gobierno, buscando negociar ciertos aspectos de las reformas laborales y
sindicales 19 . La potencial convergencia de protestas específicas en un proyecto más amplio de
oposición al neoliberalismo se vio obstaculizada en una primera etapa por el “efecto éxito” que
generó la estabilidad alcanzada a partir de 1991 con el Plan de Convertibilidad: frente a la memoria
de la hiperinflación y ante la reaparición del crédito, en buena parte de la sociedad, incluso en
sectores populares, logró imponerse la percepción de que “las cosas estaban mejor” 20 .
Un impulso importante en el camino de la confluencia de las protestas sectoriales lo dio la
constitución, a fines de 1992, de un nuevo conglomerado de sindicatos disidentes de la CGT,
denominado inicialmente “Congreso de Trabajadores Argentinos” y que desde 1996 –con el nombre
de Central de Trabajadores Argentinos- se presenta como una nueva entidad gremial de cúpula;
ésta se planteaba como alternativa no sólo ideológica sino también organizativa a las viejas
burocracias sindicales, intentando con bastante éxito nuclear a todos los sectores –sindicalizados o
no- que estuvieran dispuestos a resistir el programa neoliberal. Ya para entonces la generalización
de los costos del programa de reformas empezaba a hacerse notar de manera más contundente, a la
vez que comenzaba a hacerse sentir el brutal efecto que el mismo provocaba sobre el mercado de
trabajo y sobre la calidad del empleo y los ingresos. La lucha “contra el modelo económico”
comienza a constituirse en el eje articulador de una virtual convergencia de acciones y actores
colectivos. Sin embargo, el resultado inmediatamente visible será el de un rápido aumento de
episodios focalizados de protesta y la emergencia de una multiplicidad de actores colectivos
nucleados en torno a demandas específicas, junto con la incorporación de muchos sindicatos al
campo de la resistencia al modelo económico (otro conjunto de sindicatos disidentes, sin apartarse
de la CGT pero pretendiendo ejercer su misma representatividad, conformó una línea interna dentro
de la misma denominada “Movimiento de Trabajadores Argentinos”).
Entre los episodios que marcarán el tránsito a un nuevo ciclo de protesta se destacan
particularmente una serie de “estallidos” o “puebladas” que se producen en determinadas ciudades o
pueblos del interior del país particularmente afectados, como tales, por las consecuencias del nuevo
modelo económico. Un temprano antecedente es la rebelión que se produjo en 1993 en Santiago del

19
Etchemendy, Sebastián y Vicente Palermo. “Conflicto y concertación. Gobierno, Congreso y organizaciones de
interés en la reforma laboral del primer gobierno de Menem (1989-1995)”. Desarrollo Económico, Nº 148, 1998.
Murillo, María Victoria. “La adaptación del sindicalismo argentino a las reformas de mercado en la primera presidencia
de Menem”. Desarrollo Económico, Nº 147, 1997.
20
Palermo, Vicente. "¿Mejorar para empeorar? La dinámica política de las reformas estructurales argentinas". En
Novaro, Marcos, ed., Entre el abismo y la ilusión. Peronismo, democracia y mercado, Buenos Aires, Norma, 1999.
Estero, donde empleados estatales enfurecidos por el atraso en el pago de sus salarios encabezaron
una protesta que incluyó la quema de varias oficinas gubernamentales y casas de conocidos
funcionarios y políticos 21 . Pero es sobre todo a partir de 1996-1997 –particularmente en las
provincias de Neuquén, Salta y Jujuy- que se suceden varios episodios en los que vastos sectores de
una ciudad o pueblo se unen en una protesta generalizada contra el gobierno local y nacional y la
política económica, apelando de manera sistemática al “corte de ruta” para asegurar su visibilidad y
efecto disruptivo 22 .
En cuanto a la conformación de nuevos actores colectivos de carácter más estable, sin duda
la gran novedad del período es la emergencia de los “movimientos de trabajadores desocupados”,
particularmente en el Gran Buenos Aires y en otros grandes conglomerados urbanos donde se
concentran grandes cantidades de población en situación de desempleo, empleo precario y pobreza.
Los primeros movimientos surgieron en 1997 y desde entonces se han multiplicado, asumiendo
perfiles diferenciados y estrategias políticas diversas. Si su constitución como tales tiene sin duda
que ver con el rápido agravamiento de la situación social durante los noventa, en muchos casos los
“MTD” se conforman a partir de experiencias previas de acción colectiva (como por ejemplo las
tomas de tierra y asentamientos producidos a comienzos de los 80 en zonas del conurbano
bonaerense), y en su emergencia inciden redes sociales y trayectorias militantes que confluyen en
torno a determinados espacios barriales de sociabilidad 23 .
En conjunto, las organizaciones de desocupados conforman analíticamente un “movimiento
social” que comparte algunos rasgos fundamentales. En principio todas las organizaciones han
venido apelando a los “cortes de ruta” (“piquetes”), un repertorio de larga data pero que en los
últimos años cobró una importancia inédita y que a pesar de ser utilizado por diversos actores, ha
quedado identificado básicamente con el movimiento de desocupados; de ahí que se haya
generalizado la denominación de “piqueteros”, utilizada desde los medios de comunicación en un
sentido muchas veces condenatorio (por la “incomodidad” que generan los cortes al resto de los
ciudadanos), pero también reivindicada por los propios protagonistas por referir a una identidad
colectiva que trasciende la condición estructural de desocupación. Por otra parte, más allá de sus
diferencias, las organizaciones de desocupados están atravesadas por la disyuntiva que les impone
la política del gobierno –impulsada justamente desde 1997- de otorgar planes sociales a los
desocupados con la condición de realizar una suerte de contraprestación en trabajos o
emprendimientos productivos. En la medida en que dichos planes son otorgados en principio por los
municipios pero también pueden ser administrados por organizaciones no gubernamentales entre las
que pueden incluirse las organizaciones de desocupados, para estas últimas la cuestión estratégica
de cómo posicionarse frente a estas políticas resulta ineludible. Si bien los planes sociales pueden
significar una “claudicación reformista” para aquellas organizaciones que pretenden encabezar una
lucha que vaya más allá de la búsqueda de una reinserción laboral para sus integrantes, también
pueden ser para ellas una fuente de recursos organizativos para nuclear a potenciales participantes
primero en torno a la lucha por obtener los “planes”, y luego como punto de partida para construir
micro emprendimientos productivos controlados autónomamente. El carácter disruptivo de los
“piqueteros” y sus cortes de ruta se vuelve evidente y dará lugar a no pocos episodios de represión
21
Farinetti, Marina. "Violencia y risa contra la política en el Santiagueñazo. Indagación sobre el significado de una
rebelión popular". Apuntes de Investigación del CECYP, Nº 6, 2000.
22
Auyero, Javier. La protesta. Buenos Aires, Libros del Rojas, 2002. Cotarelo, María Celia. "La protesta en la
Argentina de los '90". Herramienta. Revista de Debate y Crítica Marxista, Nº 12, 2000. Delamata, Gabriela. "De los
estallidos provinciales a la generalización de las protestas en Argentina. Perspectiva y contexto en la significación de las
nuevas protestas". Nueva Sociedad, Nº 182, 2002.
23
Svampa, Maristella y Sebastián Pereyra. Entre la ruta y el barrio. La experiencia de las organizaciones piqueteras.
Buenos Aires, Biblos, 2003. Colectivo Situaciones. “Multiplicidad y contrapoder en la experiencia piquetera”. En:
Colectivo Situaciones. 19 y 20. Apuntes para el nuevo protagonismo social. Buenos Aires, Ediciones De mano en
mano, 2002. Obregón, Martín. “En torno a los orígenes de los movimientos de trabajadores desocupados. Identidad y
cultura política en la zona sur del Gran Buenos Aires”. Ponencia presentada en el Pre-Congreso de la Asociación
Argentina de Estudios del Trabajo, La Plata, julio de 2003. Pinedo, Jerónimo. “¡A mí no me digas enano! La toma de
la parroquia de San Francisco Solano”. Ponencia presentada en las Terceras Jornadas de Sociología de la UNLP, La
Plata, diciembre de 2003.
policial; más allá de sus exigencias puntuales explícitas y de los diversos matices políticos que los
atraviesan, su sola presencia en el escenario político planteó desde un primer momento un claro
desafío al sistema político introduciendo una alta dosis de incertidumbre respecto a la posibilidad de
conservar condiciones de “gobernabilidad”.
Si durante el gobierno de Alfonsín la acción colectiva todavía seguía reproduciendo, aunque
con actores y contenidos reformulados por la dictadura, los viejos patrones de la puja distributiva
por el nivel del ingreso por parte de distintos sectores “incorporados” al sistema económico, a lo
largo de la década del 90 el eje se irá trasladando a una desesperada lucha por recuperar la inclusión
socioeconómica desde el desempleo y la pobreza, o al menos por evitar o compensar una caída que
llega a afectar o amenazar a más del 50% de la población. Precisamente los sectores que
permanecen “integrados” a través de un trabajo formal en el sector privado, sujetos a la amenaza del
desempleo, tienden en este período a tener una muy baja propensión a participar de acciones
colectivas de protesta; es el caso de la mayoría de los sindicatos del sector productivo, o los de las
empresas de servicios privatizadas, que, aunque sometidos a una fuerte reducción de sus ingresos o
a la precarización de sus empleos, se muestran reticentes a poner en juego su situación a través de la
huelga o la protesta. En contraste con los años 70, y debido sin duda al cambio en el contexto
económico general, los que están relativamente “mejor integrados” son ahora los menos
movilizados. En el campo de protesta de los 90, el protagonismo lo tienen los “afectados”
directamente por la exclusión.
Pero los efectos sociales del modelo neoliberal no son los únicos ejes convocantes de la
protesta emergente de los años 90. Casos de impunidad policial, asesinatos no esclarecidos
vinculados a personajes del poder político, las deficiencias en la investigación por los atentados
contra la AMIA y la Embajada de Israel, diversos episodios visibles de corrupción, fueron
provocando al mismo tiempo la emergencia de actores, organizaciones y episodios de protesta que a
pesar de sus diferentes reclamos tendían a confluir en un cuestionamiento del gobierno menemista
en torno al eje que podríamos identificar como de la impunidad/corrupción por parte de poderes
locales o nacionales. Por otra parte, los organismos de derechos humanos, claros actores emergentes
durante la dictadura militar, siguen teniendo una activa presencia en el campo de protesta; aquí cabe
destacar como incorporación novedosa la aparición de la agrupación “H.I.J.O.S.”, formada por los
hijos de los desparecidos, que no sólo supone una nueva generación de familiares directamente
afectados por la represión sino que introduce un nuevo repertorio de protesta, los denominados
“escraches” a los represores. Bajo el lema “si no hay justicia hay escrache”, los Hijos identifican los
domicilios de quienes actuaron como represores durante la dictadura y organizan frente a ellos una
manifestación en la que ponen en evidencia, ante los vecinos del barrio en particular y ante la
sociedad en general, que allí siguen viviendo impunemente personajes que deberían estar
condenados por sus crímenes.
Si por un lado sus reclamos específicos siguen estando centrados en la necesidad de
esclarecer, juzgar y castigar a los militares, la mayoría de estos movimientos han ido incorporando
una demanda general de justicia e inclusión social, y se han plegado al eje de oposición al modelo
económico consolidado durante el menemismo. Es claramente visible aquí cómo el “enmarcado” de
los reclamos específicos se va compenetrando de demandas o agravios generados originalmente en
otros sectores afectados, dando lugar a una progresiva convergencia en la que confluyen
movimientos diversos; en este caso, la sugerida continuidad entre las políticas económicas
menemistas respecto a las de la dictadura tiende un puente entre la cuestión de los derechos
humanos y la de los efectos sociales de las políticas neoliberales, a la vez que resulta natural
integrar a ambas con las críticas a la impunidad-corrupción del gobierno. Esta transversalidad de
demandas y sentidos es visible también en importantes sectores del movimiento estudiantil, que más
allá de movilizarse ante amenazas directas a la estructura de la educación pública y gratuita por
parte del modelo neoliberal, lo hacen al mismo tiempo por los otros issues que hemos venido
identificando. La conmemoración de los 20 años del golpe militar de 1976 dio lugar a
multitudinarias manifestaciones en los principales centros urbanos, revitalizando la cuestión de la
represión pero incluyéndola en ese arco más amplio de acciones colectivas y reclamos que van
constituyendo el nuevo horizonte de la protesta.
La multiplicidad de actores colectivos, nuevos y viejos, emergentes en el conjunto de la
protesta social de los noventa tiende entonces a lograr cierta convergencia en torno al
cuestionamiento del “modelo económico” y del gobierno menemista. Sin embargo, la articulación
política explícita de los diversos actores y reclamos dista de manifestarse a través de un movimiento
político que los contenga a todos en torno a un proyecto alternativo. Sólo en el terreno puramente
electoral, parte de esta confluencia de demandas pudo expresarse en 1999 permitiendo el triunfo de
la “Alianza” entre el Radicalismo y el Frepaso (un nuevo partido de centroizquierda) con la fórmula
presidencial Fernando De la Rúa - Carlos “Chacho” Alvarez; lejos de ofrecer nítidamente un
programa económico distinto al vigente, la coalición parecía sin embargo recoger las demandas de
redistribución del ingreso y transparencia en el gobierno. Pero el estrepitoso fracaso del nuevo
gobierno, que a poco andar comenzó a dar muestras de su falta de voluntad y/o capacidad política
para ofrecer alternativas reales en las distintas cuestiones en juego, significó en los hechos un nuevo
impulso hacia la convergencia de los distintos segmentos de la protesta social. En lo que hace a la
política económica, el gobierno terminó convocando al Ministerio de Economía a Domingo
Cavallo, quien no sólo no pudo mantener bajo control las variables económicas sino que terminó
agravando los efectos ya letales del modelo en vigencia; las protestas recrudecieron y fueron
sumando nuevos contingentes de “afectados”. Cuando hacia fines de 2001 el sistema financiero
amenazaba con colapsar, Cavallo implementó el denominado “corralito”, que congelaba los
depósitos bancarios impidiendo a los ahorristas retirar sus fondos por tiempo indeterminado: esta
medida provocó la ira y la movilización de miles de ahorristas, lanzando al campo de protesta a
sectores medios que hasta entonces no habían formado parte del mainstream de la acción colectiva.
Si el “modelo” de la Convertibilidad aun conservaba algún prestigio, el “sacrificio” de los ahorristas
terminó por liquidarlo definitivamente.
En los ya bien conocidos hechos de diciembre de 2001 se puso de manifiesto que la protesta
social no sólo se había extendido a un amplísimo arco de actores sino que la convergencia en contra
del “modelo” y del “menemismo” había evolucionado hacia un generalizado cuestionamiento a la
clase política en su conjunto. La protesta de los ahorristas apelando a manifestaciones frente a los
bancos y golpeando sus cacerolas, una oleada de saqueos a supermercados y comercios por parte de
sectores empobrecidos del conurbano bonaerense, huelgas y piquetes protagonizados por
trabajadores ocupados y desocupados fueron recalentando el ambiente político durante el mes de
diciembre, a la vez que estas distintas expresiones de descontento se potenciaban mutuamente y
aceleraban un proceso de implícita convergencia esta vez específicamente dirigida contra el
gobierno de De la Rúa y su ministro Cavallo aunque rápidamente convertida en un repudio a la
inmensa mayoría de los políticos, quienes salvo contadas excepciones se vieron súbitamente
impedidos de circular por el espacio público a riesgo de ser objeto de ataques no solamente
verbales. El desencadenante final del estallido generalizado fue el patético mensaje presidencial del
día 19 por la noche, en el que De la Rúa, mostrando que sólo podía ofrecer como respuesta la
represión, anunció el establecimiento del “estado de sitio” en todo el territorio nacional. Lejos de
amedrentar, este mensaje fue respondido por la inmediata salida de miles de vecinos de clases
medias a las calles golpeando sus cacerolas, mientras se organizaban para el día siguiente nuevos
cortes de ruta y manifestaciones que confluyeron sobre la Plaza de Mayo; los enfrentamientos entre
los manifestantes y la policía -que respondió con una salvaje represión- fueron la nota trágica de la
jornada del 20 de diciembre en la que el presidente De la Rúa decidió finalmente presentar su
renuncia y abandonó en helicóptero la Casa de Gobierno.
Este pico de la movilización mantuvo su impulso por algún tiempo, forzando hacia fin de
mes la salida del efímero presidente Rodríguez Sáa e incorporando un nuevo repertorio al campo de
protesta, las “asambleas barriales”, en las que los vecinos comenzaron a reunirse espontáneamente y
continuaron haciéndolo durante meses, discutiendo con perspectivas y matices diversos la necesidad
de construir nuevos mecanismos de representación. En los momentos de auge de la movilización, la
consigna “piquete y cacerola, la lucha es una sola” parecía indicar una unidad entre la protesta de
los sectores medios –afectados por la confiscación de sus ahorros, hartos de la corrupción y de una
política económica que ya recortaba también su propio nivel de consumo- y las demandas de los
que ya estaban claramente sumidos en la pobreza, excluidos de toda posibilidad de tener una fuente
estable de trabajo e ingreso 24 .
La consigna “que se vayan todos”, coreada insistentemente por los protagonistas de las
diversas manifestaciones de diciembre, expresaba la condensación final de todos los reclamos
acumulados, depositando la responsabilidad en el conjunto de “los políticos”. Sin negar la fuerza
disruptiva que tenía en sí misma esta consigna –en tanto ponía al sistema político, y con él al orden
social, ante un cuestionamiento “oceánico” que disparaba una enorme incertidumbre respecto a su
posible recomposición-, al mismo tiempo reflejaba los límites del campo de protesta al no estar
sustentada en una articulación política capaz de tener preparada una alternativa. De hecho, la caída
del gobierno de la Alianza fue “resuelta” por el sistema político dentro de los carriles institucionales
establecidos, y fue el Partido Justicialista el que finalmente logró recomponer (no sin dificultades)
un nuevo equilibrio en el que la protesta volvió a fragmentarse. Como dijimos, el punto álgido de la
movilización colectiva no retrocedió inmediatamente con el recambio de gobierno; durante 2002 y
2003, sin embargo, la protesta social fue cediendo terreno y sobre todo, tendió a diluirse la notable
convergencia a la que se había llegado en diciembre de 2001.
En definitiva, una protesta social creciente que evolucionó fragmentariamente tendió a
confluir en torno a consignas generales pero no a sustentarse en la construcción política efectiva de
una opción alternativa de poder; la propia incapacidad política del gobierno de la Alianza y el
enorme impacto simbólico que significó el haber defraudado bruscamente las expectativas puestas
en el recambio presidencial de 1999 fueron una “oportunidad política” que contribuyó a condensar
en un horizonte común a las distintas expresiones de la movilización colectiva. Dicho horizonte, sin
embargo, no puede sino mostrar sus diferencias si se lo compara con la perspectiva que parecía
presidir al “campo de protesta” de los setenta. El “modelo neoliberal” había desplazado al
“sistema”, la antipolítica reemplazaba a la política revolucionaria; la disputa por el control de los
frutos del crecimiento y del propio proceso productivo encabezada por actores movilizados surgidos
de entre los sectores obreros más integrados, contrasta con la pelea que los más afectados por el
modelo neoliberal están dando para sobrevivir. No es que no haya intentos por encauzar la acción
colectiva actual hacia un horizonte –revolucionario o no- de transformaciones más profundas, ni
que algunas prácticas de, por ejemplo, los movimientos de desocupados encarnen de hecho una
alternativa real frente a las formas de sociabilidad establecidas; sin duda los hay, pero no han
logrado hegemonizar de manera sostenible a la acción colectiva. Atravesando el campo de protesta,
viejas estructuras de dominación asentadas en buena medida en prácticas clientelares siguen
demostrando una notable capacidad para contrarrestar las opciones más disruptivas.
Al momento de escribir estas líneas, el sistema político a través de un viejo actor
“aggiornado” ante las circunstancias, el peronismo, mostraba una notable capacidad para, en torno a
la emergente figura del presidente Kirchner, reencauzar el conflicto social sin haber sin embargo
resuelto los graves problemas sociales que habían exacerbado la movilización durante los noventa.
Disipada la peculiar coyuntura política de 2001, neutralizado el problema de los ahorristas, y
recuperada una cierta estabilidad económica que no deja de ser sin embargo precaria y costosa, los
sectores medios –sin duda alentados por el discurso conservador y centrado en la idea de “orden”
que transmiten los medios de comunicación- parecen volver el eje de sus reclamos hacia los
problemas de la inseguridad urbana y muestran un creciente malhumor frente a las protestas de los
desocupados que interrumpen el tránsito con sus manifestaciones. La movilización que culminó en
diciembre de 2001 dejó sin embargo importantes saldos organizativos y experiencias colectivas
cuya evolución está lejos de ser predecible.

24
Svampa, Maristella. "Las dimensiones de las nuevas protestas sociales". El Rodaballo, Nº 14, 2002.

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