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Cartelera

El documento detalla la importancia de las custodias eucarísticas en Popayán, elaboradas entre los siglos XVII y XIX, que reflejan la fe y riqueza de la comunidad. Se destaca la evolución del estilo de estas custodias, que fusionan elementos indígenas y cristianos, así como la influencia de la riqueza aurífera en la creación de objetos litúrgicos. Además, se menciona la historia de algunas custodias notables y la tradición de orfebrería en la región, que contribuyó a la riqueza del patrimonio artístico religioso.

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El documento detalla la importancia de las custodias eucarísticas en Popayán, elaboradas entre los siglos XVII y XIX, que reflejan la fe y riqueza de la comunidad. Se destaca la evolución del estilo de estas custodias, que fusionan elementos indígenas y cristianos, así como la influencia de la riqueza aurífera en la creación de objetos litúrgicos. Además, se menciona la historia de algunas custodias notables y la tradición de orfebrería en la región, que contribuyó a la riqueza del patrimonio artístico religioso.

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La orfebrería

y el culto eucarístico
De la altura e importancia que adquirió la celebración del Corpus
Christi en Popayán nos han quedado doce custodias preciosas
que fueron elaboradas entre los siglos XVII y XIX y que
son testimonio de muchas circunstancias: la fe del pueblo, la riqueza
de los benefactores, la fastuosidad de la celebración; hoy
se hallan en el Museo de Arte Religioso fundado por el Arzobispo
Miguel Ángel Arce Vivas en 1976 con el fin de salvaguardar
la hermosura y la riqueza del patrimonio artístico de la Arquidiócesis.
Las custodias americanas crearon cualitativamente
un nuevo estilo de expresar y resaltar la belleza del Misterio
Eucarístico demostrando un carácter de discontinuidad con el
estilo tradicional de los ostensorios europeos para la adoración
del Cuerpo Sacramentado de Cristo cuyas expresiones estaban
limitadas a la representación de cimborrios o torres en oro donde
se colocaba el viril con la Sagrada Forma.

El Corpus Christi como fiesta popular se concretó rápidamente


y el gran protagonista fue, y sigue siendo, el “Corpus Domini incruento”
que empezó a ser llevado en las procesiones y expuesto
en las iglesias en ostensorios preciosos que asumieron distintas
formas. Una primera muestra de esta devoción se expresa, por
ejemplo, a través de la “Custodia de Morales” (1617), el ostensorio
del pueblo caucano del mismo nombre, que representa una
especie de transición entre el Renacimiento y el Barroco. Con
probabilidad, como lo refiere Fajardo (2007), podría tratarse de
un relicario que tardíamente fue adaptado como ostensorio y
ello se nota en el espacio dedicado a la exposición de la Sagrada
Forma, más ovalado que circular, como sería apenas normal.
Una mención independiente merece la hermosa custodia llamada del Águila Bicéfala,
que se aparta de los cánones de la época, trabajada en Popayán por los orfebres Antonio
Rodríguez y N. Álvarez en 1673. Fue ostensorio en la Iglesia de San Agustín en esta
ciudad y representa el águila emblemática de la casa de Austria que gobernó en España
hasta 1700. La dinastía de los Habsburgo utilizó el águila de dos cabezas con las
alas extendidas por influencia de los emblemas del Sacro Imperio Romano Germánico
y el ambiente bizantino. Con ojos de antropóloga, Christine Buci-Glucksmann (1997)
anota que en la custodia de la Iglesia de San Agustín más que el águila de la casa de
Habsburgo de España se debe ver el águila de los Andes, “motivo indígena tan antiguo
que se encuentran sus trazos en los nichos arqueológicos de la Sierra Nevada de Santa Marta”
(p.25). Sin embargo, es cuestionable esta insinuación conociendo el contexto de la
época en la que fue trabajada. Sin desmentir completamente esta hipótesis podríamos
decir que recurren en la elaboración de esta custodia al menos tres motivos: el político,
el simbólico religioso y el arcaico indígena o la memoria.

Los religiosos encargados de la evangelización en América, entrando poco a poco a


través de la observación de las costumbres de los nativos, fueron descubriendo que
un signo fuerte en su cultura era el sol que, cristianizándose, sería de gran utilidad en
la evangelización; a ello se sumaba que, como lo recuerda Buci-Glucksmann (1997), “el
trabajo de orfebrería es una tradición indígena que se remonta al siglo VIII antes de
Cristo, porque el oro como el sol tenía una función mágica” (p. 23). De modo que confluyendo
el hecho de una cosmovisión indígena religiosa solar, la constatación de una
riqueza aurífera extraordinaria – solo en Almaguer se extraían más de 30.000 pesos
de oro fino cada año en la segunda mitad del XVIII (Sebastián, 1964) – y la necesidad
de cristianizar una costumbre “pagana”, la fe cristiana en el Nuevo Mundo se volcó
hacia la adoración eucarística utilizando el símbolo solar cristianizado a través de otra
esfera: el pan eucarístico.
Por tal razón aparecen entonces una serie de custodias solares con rayos flameantes
o rectos e incrustaciones de pedrería preciosa que dieron a Popayán nuevos motivos
como ciudad hacia dónde mirar. El sol por ello estará presente en las custodias payanesas
y americanas significando a Cristo, el “sol que nace de lo alto” como lo cantó
Zacarías (Lucas 1, 78). Aparecen entonces las custodias de los templos de San Francisco,
Santo Domingo, La Catedral, El Seminario y la Encarnación, ejemplares que aún
se conservan en el Museo Arquidiocesano de Arte Religioso. Las habrá especiales y
preciosas pensando en las celebraciones solemnes, como lo refiere el padre Bueno de
la custodia de Santo Domingo pues “esta custodia sólo sirve para las cuarenta horas antes
de la cuaresma, para la fiesta del Corpus en esa iglesia, para la del Corazón de Jesús, la fiesta
del Rosario y su octavario” y las hubo más sencillas aunque no menos preciosas para la
adoración eucarística “ordinaria” semanal.

Con relación a la hermosa y mítica custodia antigua de la Catedral, que ya no existe,


pero que fue durante más de un siglo (1758-1869) una de las más preciosas de la ciudad
debemos anotar que fue el Obispo Diego del Corro y Carrascal quien reunió veinticinco
libras de oro y 835 esmeraldas en 1756, provenientes de donaciones sobre todo
de Jacinto de Mosquera y de otros pudientes de la ciudad y a su propia costa mandó
la construcción de la magnífica custodia en Lima a manos de un joyero francés (Bueno,
p. 208). Antonio Nariño en 1814, la quiso para expropiarla pero la habilidad del
sacristán de la Catedral para esconderla le valió un poco más de permanencia en la
ciudad. Libre de las manos del prócer no lo fue de la de los bandidos pues infortunadamente
la custodia fue robada en 1869 y recuperada en parte, pero ya destruida. El
Obispo Carlos Bermúdez vendió los pedazos recuperados y de la magnitud de la obra
nos damos cuenta gracias a la inversión que se logró con la venta de sus restos, que
fueron pocos, pero que dieron lo bastante para comprar una buena custodia, costear
el viaje de los primeros padres vicentinos que vinieron a hacerse cargo del Seminario
en 1871 y también para otras cosas (Ortiz p. 311).
La custodia que no pudo salvarse de las manos de Antonio Nariño fue la de San
Francisco; como lo refiere Fajardo (2009), en el año 1740 el orfebre José de la Iglesia la
trabajó pero en 1814 cayó entre las obras confiscadas y fue despojada de la parte inferior,
la base y el pie, que estaba hecha en oro macizo. El orfebre Paredes construyó el
actual soporte en figura de ángel en 1873 donde el trabajo en oro se complementa con
esmeraldas, rubíes, topacios y diamantes, a más de ricos esmaltes.

A la par de las custodias que servían para la adoración eucarística en tiempos litúrgicos
determinados, la bonanza de metales preciosos en la Provincia de Popayán y la
aparición de todo un gremio de plateros y orfebres a finales del siglo XVII y durante
todo el siglo XVIII hizo que las iglesias, conventos y capillas se proveyeran de artículos
en oro y plata para el culto eucarístico. De allí los cálices y copones de altura,
filigrana y pedrería; los caliceros en plata donde se guardaban éstos; los sagrarios
o tabernáculos, en los que se conservaba la reserva eucarística muchos de ellos con
velos confeccionados en hojilla de plata como el de la Catedral en el siglo XVIII que
contenía hasta 1500 piezas. Con ellos, los limosneros en plata para colectar fondos
para obras pías, las incrustaciones en plata para adornar los misales, las calderetas
para el agua bendita, las navetas del incienso, los incensarios y candelabros todos
finamente trabajados por manos expertas para la amplia demanda de la ciudad y de
toda la vasta gobernación.

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