Poesía Bucólica del Siglo XVIII
Poesía Bucólica del Siglo XVIII
Textos Tema 2
SIGLO XVIII
El Marañón tragante
más grato que la guinda si madura,
el color rozagante
¡Oh, Adonis! en lo pálido figura:
árbol ¡oh, maravilla!
que echa el fruto después de la semilla.
La Guanábana enorme
que agobia el tronco con el dulce peso,
cuya fruta disforme
a los rústicos sirve de embeleso,
un corazón figura
y al hombre da vigor con su frescura.
Misterioso el Caimito,
con los rayos de Cintio reluciente,
en todo su circuito
morado y verde, el fruto hace patente,
cuyo tronco lozano
ofrece en cada hoja un busto a Jano.
La Papaya sabrosa
al melón en su forma parecida,
pero más generosa
para volver la vacilante vida
al ético achacoso,
árbol al apetito provechoso.
El célebre Aguacate
que aborrece al principio el europeo,
y aunque jamás lo cate
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con el verdor seduce su deseo,
y halla un fruto exquisito
si lo mezcla con sal el apetito.
La Jagua sustanciosa
con el queso cuajado de la leche
es aún más deliciosa
que la amarga aceituna en escabeche;
no se prefiere el óleo que difunde
porque acá la manteca lo confunde.
El Mamey Celebrado
por ser ambos en la especie, uno amarillo
y el otro colorado,
en el sabor mejor es que el membrillo,
y en los rigores de la estiva seca
la blanda fruta del Mamón manteca.
El Mamoncillo tierno
a las mujeres y a los niños grato:
y pasado el invierno
topo de los frutales el Boniato,
y el sabroso ciruelo que sin hoja
amarillo o morado el feto arroja.
El Níspero apiñado
por la copia del fruto y de la hoja,
en más supremo grado
que las que el Marzo con crueldad despoja,
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árbol que, madurando, pende y cría
dulcísimos racimos de ambrosia.
El Plátano frondoso…
pero ¡Oh Musa! qué fruto ha dado el orbe
como aquel prodigioso
que todo el gremio vegetal absorbe.
Al maná milagroso parecido,
verde o seco del hombre apetecido.
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en el florido templo de Amaltea,
para ilustrar sus aras.
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en mil trinados y festivos coros
su mérito proclaman.
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perlas nevadas, ígneos topacios,
y en que tienes volcada la urna de oro,
de ondas de plata siempre rebosando;
Si las sencillas ninfas argentinas
contigo temerosas profugaron
y el peine de carey allí escondieron
con que pulsan y sacan sones blandos
en liras de cristal, de cuerdas de oro,
que os envidian las Deas del Parnaso;
Desciende ya dejando la corona
de juncos retorcidos, y dejando
la banda de silvestre camalote,
pues que ya el ardimento provocado
del heroico español, cambiando el oro
por el bronce marcial, te allana el paso,
y para el arduo, intrépido combate,
Carlos presta el valor, Jove los rayos.
Cerquen tu augusta frente alegres lirios
y coronen la popa de tu carro,
las ninfas te acompañen adornadas
de guirnaldas, de aroma y amaranto,
y altos himnos entonen, con que avisen
tu tránsito los Dioses tributarios.
El Paraguay, el Uruguay lo sepan,
y se apresuren próvidos y urbanos
a salirte al camino, y a porfía,
te paren en distancia los caballos
que del mar Patagónico trajeron;
los que ya zambullendo, ya nadando,
ostentan su vigor, que mientras llegan
lindos Zéfiros tengan enfrenados.
Baja con majestad, reconociendo
de tus playas los bosques y los antros.
Extiéndete anchuroso, y tus vertientes,
dando socorro a sedientos campos
den idea cabal de tu grandeza.
No quede seno que a tu excelsa mano
deudor no se confiese. Tú las sales
derrites y tú eleva los extractos
de fecundos aceites; tú introduces
el humor nutritivo, y suavizando
el árido terrón, haces que admita
de calor y humedad fermentos caros.
Ceres de confesar no se desdeña
que a tu grandeza debe sus ornatos.
No el ronco caracol, la cornucopia,
sirviendo de clarín, venga anunciando
tu llegada feliz. Acá tu hijos,
hijos en que te gozas, y que a cargo
pusiste de unos hijos tutelares
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que por divisa la bondad tomaron,
Zéfiros halagüeños por honrarte,
bullen y te preparan sin descanso
perfumados altares, en que brilla
la industria popular, triunfales arcos
en que las artes liberales lucen,
y enjambre vistosísimo de naos,
de incorruptible leño, que es don tuyo,
con banderolas de colores varios
aguardándote está. Tú con pala
de plata, las arenas dispersando
su curso facilita. La gran corte
en grande gala espera. Ya lo sabios,
de tu dichoso arribo se prometen
muchos conocimientos más exactos
de la admirable historia de tus reinos,
y los laureados jóvenes, con cantos
dulcísimos de pura poesía
que tus melifluas ninfas enseñaron
aspiran a grabar tu excelso nombre,
para siempre, del Pindo en los peñascos,
donde hoy más se cantan tus virtudes
y no las iras del furioso Janto.
Ven sacro río, para dar impulso
al inspirador ardor; bajo tu amparo
corran como tus aguas nuestros versos,
llevarás guarnecidos de diamantes.
No quedarás sin premio (premio santo!);
y de rojos rubíes, dos retratos,
dos rostros divinales, que conmueven;
uno de Luisa es, otro de Carlos.
ves ahí, que tan magnífico ornamento
transformará en un templo tu palacio;
ves ahí para las ninfas argentinas,
y su dulce cantar, asuntos gratos.
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II. LA PROSA NEOCLÁSICA
Estoy en esta parte tan distante de la común opinión, que por lo que mira a lo
substancial, tengo por casi imperceptible la desigualdad que hay de unas Naciones a
otras en orden al uso del discurso. Lo cual no de otro modo puedo justificar mejor que
mostrando que aquellas Naciones, que comúnmente están reputadas por rudas, o
bárbaras, no ceden en ingenio, y algunas acaso exceden a las que se juzgan más cultas.
(...)
El concepto que desde el primer descubrimiento de la América se hizo de sus
habitadores, y aún hoy dura entre la plebe, es, que aquella gente, no tanto se gobierna por
razón, cuanto por instinto, como si alguna Circe, peregrinando por aquellos vastos Países,
hubiese transformado todos los hombres en bestias. Con todo sobran testimonios de que
su capacidad en nada es inferior a la nuestra. El Ilustrísimo Señor Palafox no se contenta
con la igualdad; pues en el Memorial que presentó al Rey en favor de aquellos vasallos,
intitulado Retrato natural de los Indios, dice que nos exceden. Allí cuenta de un Indio que
conoció su Ilustrísima, a quien llamaban Seis oficios, porque otros tantos sabía con
perfección. De otro que aprendió el de Organero en cinco, o seis días, sólo con observar
las operaciones del Maestro, sin que este le diese documento alguno. De otro que en
quince días se hizo Organista. Allí refiere también la exquisita sutileza conque un Indio
recobró el caballo, que acababa de robarle un Español. Aseguraba este, reconvenido por
la Justicia, que el caballo era suyo había muchos años. El Indio no tenía testigo alguno
del robo. Viéndose en este estrecho, prontamente echó su capa sobre los ojos del caballo,
y volviéndose al Español, le dijo, que ya que tanto tiempo había era dueño del caballo, no
podía menos de saber de qué ojo era tuerto; así que lo dijese: el Español, sorprendido, y
turbado, a Dios, y a dicha, respondió que del derecho. Entonces el Indio, quitando la capa
mostró al Juez, y a todos los asistentes, que el caballo no era tuerto, ni de uno, ni de otro
ojo; y convencido el Español del robo, se le restituyó el caballo al Indio.
Apenas los Españoles, debajo de la conducta de Cortés, entraron en la América, cuando
tuvieron muchas ocasiones de conocer que aquellos naturales eran de la misma especie
que ellos, e hijos del mismo padre. Léense en la Historia de la Conquista de México
estratagemas militares de aquella gente nada inferiores a las de Cartagineses, Griego, y
Romanos. Muchos han observado que los criollos, o hijos de Españoles que nacen en
aquella tierra, son de más viveza, o agilidad intelectual, que los que produce España, a lo
que añaden otros que aquellos ingenios, así como amanecen más temprano, también se
anochecen más presto; no sé que esté justificado.
Es discurrir groseramente hacer bajo concepto de la capacidad de los Indios, porque al
principio daban pedazos de oro por cuentas de vidrio. Más rudo es que ellos quien por
esto los juzga rudos. Si se mira sin prevención, más hermoso es el vidrio que el oro; y en
lo que se busca para ostentación, y adorno, en igualdad de hermosura siempre se prefiere
lo más raro. No hacían, pues, en esto los Americanos otra cosa que lo que hace todo el
mundo. Tenían oro, y no vidrio: por eso era entre ellos, y con razón, más digna alhaja de
una Princesa un pequeño collar de cuentas de vidrio, que una gran cadena de oro. Un
diamante, si se atiende al uso necesario, es igualmente útil que una cuenta de vidrio: si a
la hermosura, no es mucho el exceso. Con todo, los Asiáticos venden por millones de
oro a los Europeos un diamante que pesa dos onzas. ¿Por qué esto, sino porque son
rarísimos? Los habitadores de la Isla Formosa estimaban más el azófar que el oro, porque
tenían más oro que azófar, hasta que los Holandeses les dieron a conocer la grande
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estimación que en las demás regiones se hacía de aquel metal. Si en todo el mundo hubiese
más oro que azófar, en todo el mundo sería preferible este metal a aquel. Aportando el
año de 1605 el Almirante Holandés Cornelio Matelief al Cabo de Buena Esperanza, le
dieron aquellos Africanos treinta y ocho carneros, y dos vacas por un poco de hierro, que
no valía de veinte sueldos arriba; y lo bueno es, que quedaron igualmente satisfechos de
que habían engañado a los Holandeses, que estos de que habían engañado a los Africanos.
Tenían sobra de ganado, y falta de hierro. Si acá hubiese la misma sobra, y la misma falta,
se compraría el hierro al mismo precio.
El Padre Lafitau, Misionero jesuita, que trató mucho tiempo aquellos Pueblos de la
América Septentrional, a quienes por estar reputados por más bárbaros que los demás
llaman Salvajes, encarece en gran manera su gobierno, y policía, comparándolos en todo
con los antiguos Lacedemonios. Es también (lo que se admirará más) gran panegirista de
su elocuencia: llegando a decir que hay tal cual entre ellos, cuyas oraciones pueden correr
parejas, y aun acaso exceder a las de Cicerón, y Demóstenes. En las memorias de Trevoux
(año de 1724 art. 106) se halla la relación del Padre Lafitau. Puede ser que en esto haya
algo de hipérbole; pero no tiene duda que se hace muy diferente juicio de las cosas
miradas de cerca que de lejos.
Lo que testifica el Padre Chome de la Lengua de los Guaraníes, Nación de la América
Meridional, donde ejercitó el ministerio de Misionero, creo infiere más que mediana
capacidad en aquella gente. «Confiésoos (dice) que después que me hice algo capaz de
los misterios de esta Lengua, me admiré de hallar en ella tanta majestad, y energía. Cada
palabra es una definición exacta de la cosa que quiere exprimir, y da una idea clara, y
distinta de ella». Añade luego, que no cede en nobleza y armonía a ninguno de los Idiomas
que él había aprendido en Europa.
Padece nuestra vista intelectual el mismo defecto que la corpórea, en representar las
cosas distantes menores de lo que son. No hay hombre por gigante que sea, que a mucha
distancia no parezca pigmeo. Lo mismo que pasa en el tamaño de los cuerpos, sucede en
la estatura de las almas. En aquellas Naciones que están muy remotas de la nuestra, se
nos figuran los hombres tan pequeños en línea de hombres, que apenas llegan a racionales.
Si los considerásemos de cerca, haríamos otro juicio.
Benito Jerónimo Feijoo, Teatro crítico universal, Tomo cuarto, Discurso sexto,
“Españoles americanos”
1. Una pluma destinada a impugnar errores comunes, nunca se empleará más bien, que
cuando la persuasión vulgar que va a destruir, es perjudicial e injuriosa a alguna
República, ó cúmulo de individuos que hagan cuerpo considerable en ella. Así como es
inclinación de las almas más viles deteriorar la opinión del próximo, es ocupación
dignísima de genios nobles defender su honor, y desvanecer la calumnia.
2. Habiendo yo tocado en el segundo Tomo, Discurso XV, núm. 21, la opinión común de
que los Criollos ó hijos de Españoles que nacen en la América, así como les amanece más
temprano que a los de acá el discurso, también pierden el uso de él más temprano; un
Caballero de ilustre sangre, de alta discreción, de superior juicio, de inviolable veracidad,
y de una erudición verdaderamente portentosa en todo género de noticias (entretanto que
no le nombre no tendrá en este elogio que reprender la prudencia, ni que morder la
envidia), me avisó que esta opinión común debía comprenderse entre los
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errores comunes, proponiéndome tan concluyentes pruebas contra ella, que si añado
algunas de mi reflexión, noticia, y lectura, será, no porque aquellas no sobren para el
desengaño, sino para dar alguna extensión al presente Discurso, en el cual pretendo
desterrar una opinión tan injuriosa a tantos Españoles (algunos de alto mérito), que la
transmigración de sus padres ó abuelos hizo nacer debajo del Cielo Americano.
3. Ciertamente que esta materia da motivo para admirar la facilidad con que se introducen
los errores populares, y la tenacidad con que se mantienen, aun cuando son contrarios a
las luces más evidentes. Que en un rincón del mundo, cual es el que yo habito y otros
semejantes, donde apenas se ve jamás un Español nacido en la América, reine la opinión
de que en éstos se anticipa la decrepitez a la edad decrépita, no hay que extrañar; pero que
en la Corte misma, donde se ven y han visto siempre desde casi dos siglos a esta parte,
Criollos que en la edad septuagenaria han mantenido cabal el juicio, subsista el mismo
engaño, es cosa de grande admiración. En este asunto no cabe otra prueba que la
experiencia. Esta ésta abiertamente declarada contra la común opinión, como se verá
luego en los ejemplares que alegaré, eligiendo algunos más insignes, y omitiendo muchos
más que han llegado a mi noticia, y no logran igual lugar en la estimación pública.
Prólogo
Así como los escritores graves, por ejemplo, el Plomo, y aun los leves, v.g., el
Corcho, dirigen sus dilatados prólogos a los hombres sabios, prudentes y piadosos, acaso
por libertarse de sus críticas, yo dirijo el mío, porque soy peje entre dos aguas, esto es, ni
tan pesado como los unos ni tan liviano como los otros, a la gente que por vulgaridad
llaman de la Hampa o Cáscara amarga, ya sean de espada, carabina y pistolas, ya de bolas,
guampar y lazo. Hablo finalmente con los cansados, sedientos y empolvados caminantes,
deteniéndolos un corto espacio.
A modo de epitafio,
de sepulcro, panteón o cenotafio.
No porque mi principal fin se dirija a los señores caminantes, dejaré de hablar una
u otra vez con los poltrones de ejercicio sedentario, y en particular con los de allende el
mar, por lo que suplico a los señores de aquende disimulen todas aquellas especies que se
podían omitir, por notorias en el reino.
Eslo también en él, que los cholos respetamos a los españoles, como a hijos del
Sol, y así no tengo valor (aunque descendiente de sangre real, por línea tan recta como la
del Arco Iris) a tratar a mis lectores con la llaneza que acostumbran los más despreciables
escribientes, por lo que cuando no viene a pelo lo de señores o caballeros, pongo una V
para que cada uno se dé a sí mismo el tratamiento que le correspondiere o el que fuere de
su fantasía.
Esto supuesto, señores empolvados, sedientos o cansados, sabrán que los correos y
mansiones o postas son tan antiguos como el mundo, porque, en mi concepto, son de
institución natural, y convendrán conmigo todos los que quisieren hacer alguna reflexión.
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He visto en la corte de Madrid que algunas personas se admiraban de la grandeza de
nuestro Monarca, porque cuando pasaba a los Sitios Reales llevaba su primer Secretario
de Estado, a su estribo, dos correos que llaman de gabinete, preparados para hacer
cualquier viaje impensado e importante a los intereses de la Corona. A estos genios
espantadizos, por nuevos y bisoños en el gran mundo, les decía el visitador que el rey era
un pobre caballero, porque cualquier dama cortejante y cortejada en la Corte, y al respecto
en otras ciudades grandes, tenía una docena, a lo menos, de correos y postas, y que no
había señora limeña que no despachase al día tres o cuatro extraordinarios a la casa de
sus parientes y conocidos, sólo con el fin de saber si habían pasado bien la noche, si al
niño le habían brotado los dientes o si a la ama se le había secado la leche, y otras
impertinencias. Cierta señorita, añadió, que viviendo en la calle de las Aldabas, encargó a
un cortejante que vivía de la otra banda del puente, que, de camino y al retirarse a su casa,
diese un recado de su parte al General de los Barbones y otro al prior de Monserrate, y
que, sin perder camino, pasase a la última huerta, que está en los callejones de
Matamandinga, y le trajese un tulipán, porque sólo allí los había excelentes (...).
Las postas de celeridad, en rigor, no son más que desde Buenos Aires a Jujuy,
porque se hacen a caballo y en país llano; todo lo demás de este gran virreinato se camina
en mulas, por lo general malas y mañosas, que es lo mismo que andar a gatas. Sin
embargo, pudiera llegar una noticia de Lima a Buenos Aires, que dista novecientas
cuarenta y seis leguas, en menos de treinta días, si se acortaran las carreras, porque un
solo hombre no puede hacer jornadas sin dormir y descansar, arriba de tres días. La carrera
mayor y más penosa fuera la de Lima a Huamanga, pero, con la buena paga a correos y
maestros de postas, se haría asequible, y mucho más la de allí al Cuzco, a La Paz y Potosí.
La de esta villa hasta Jujuy, y la de esta ciudad a la de San Miguel de Tucumán son algo
más dudosas por lo dilatado de ellas, y contingencias de las crecientes de los ríos en que
no hay puentes, y algunos trozos de camino algo molestos.
Sin embargo de que la mayor parte de las mansiones son groseras y los bagajes
malos, en ninguna parte del mundo es más útil que en ésta caminar por las postas. Algunos
tucumanes usan de mulas propias principalmente para las sillas. Éstas, aunque sean
sobresalientes, no aguantan arriba de dos o tres jornadas seguidas, de a diez leguas cada
una, porque en muchas partes no tienen qué comer y se ven precisados a echarlas al pasto
en distancia, adonde las estropean o roban. Otros prefieren caminar con harrieros por los
despoblados, fiados en las provisiones que llevan y buenos toldos para guarecerse por las
noches, y que al mismo tiempo cuidan sus mercaderías y dan providencias para el tránsito
de ríos y laderas peligrosas (...).
De este modo se hacen tolerables los dilatados viajes. El que quisiere caminar más
haga lo que cierto pasajero ejecutó con un indio guía. En la primera cruz que encontró
hizo su adoración y echó su traguito y dio otro al indio que iba harreándole una carguita y
l[e] hizo doblar el paso. Llegó a otra cruz, que regularmente están éstas en los trivios o
altos de las cuestas. Luego que divisó la segunda cruz y se acercó a ella dijo al español:
caimi-cruz, y detuvo un rato la mula de carga hasta que el español bebió y le dio el
segundo trago; llegó, finalmente, a una pampa dilatada de casi cuatro leguas, y viéndose
algo fatigado a la mitad de ella, dijo el indio: español, caimi-cruz. Se quitó el sombrero
para adorarla y dar un beso al porito, pero no vio semejante cruz, por lo que se vio
precisado a preguntar al indio: ¿adónde estaba la cruz, que no la divisaba? El indio se
limpió el sudor del rostro con su mano derecha, y con toda seriedad levantó los brazos en
alto y dijo: caimi, señor. El español, que era buen hombre, celebró tanto las astucias del
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indio que le dobló la ración, y el indio quedó tan agradecido que, luego que llegó al tambo,
refirió a los otros mitayos la bondad del español, y al día siguiente disputaron todos sobre
quién le había de acompañar (...).
Yo soy indio neto, salvo las trampas de mi madre, de que no salgo porfiador. Dos
primas mías collas conservan la virginidad a su pesar en un convento del Cuzco, en donde
las mantiene el rey nuestro señor. Yo me hallo en ánimo de pretender la plaza de perrero
de la catedral del Cuzco, para gozar inmunidad eclesiástica, y para lo que me servirá de
mucho mérito el haber escrito este itinerario, que, aunque en Dios y en conciencia lo
formé con ayuda de vecinos que a ratos ociosos me soplaban a la oreja, y cierto fraile de
San Juan de Dios, que me encajó la introducción y latines, tengo a lo menos mucha parte
en haber perifraseado lo que me decía el visitador en pocas palabras. Imitando el estilo de
éste, mezclé algunas jocosidades para entretenimiento de los caminantes, para quienes
particularmente escribí. Me hago cargo de que lo substancial de mi itinerario se podía
reducir a cien hojas de octavo. En menos de la cuarta parte le extractó el visitador, como
se puede ver de mi letra en el borrador que para en su poder, pero este género de relaciones
sucintas no instruyen al público, que no ha visto aquellos dilatados países, en que es
preciso darse por entendido de lo que en si contienen, sin faltar a la verdad. El Cosmógrafo
Mayor del Reino, doctor don Cosme Bueno, al fin de sus Pronósticos Anuales, tiene dada
una idea general del reino, procediendo por obispados. Obra verdaderamente muy útil y
necesaria para formar una completa historia de este vasto virreinato.
XXII-Fiesta sagrada
La gran fiesta de Dios da principio en todo el mundo católico en el mes de junio y
se concl[u]ye en su octava. En el pueblo más pobre de toda España y las Indias se celebran
estos días con seriedad jocosa. La seriedad se observa en las iglesias, al tiempo de
celebrarse los divinos oficios, y asimismo en las procesiones, que acompañan con ricos
ornamentos los señores capitulares eclesiásticos, siguiendo las sagradas religiones, con los
distintivos de sus grados e insignias del Santo Tribunal de la Inquisición. Sigue el Cabildo
Secular y toda la nobleza con sus mejores trajes. Estas tres dobladas filas llevan sus cirios
encendidos, de la más rica cera, y observan una seriedad correspondiente. Carga la
sagrada custodia el obispo, o deán por justo impedimento, y las varas del palio o dosel las
dirigen los eclesiásticos más dignos, y en algunas partes los seculares. En el centro de
estas tres filas van, a corta distancia, varios sacerdotes incensando al Señor, y las devotas
damas, desde sus balcones arrojan [s]ahumadas, flores y aguas olorosas, en obsequio del
Santo de los santos. Todas las calles por donde pasa están toldadas, y los balcones, puertas
y ventanas colgados de los más ricos paramentos las paredes llenas de pinturas, y espejos
los más exquisitos, y a cortos trechos unos altares suntuosos, en donde hace mansión el
obispo y deposita la sagrada custodia, para que se hinquen y adoren al Señor mientras los
sacerdotes cantan sus preces, a que acompaña el público, según su modo de explicarse,
aunque devoto y edificante. De suerte que todo el tránsito de la procesión es un altar
continuado, y hasta el fin de las primeras tres filas, una seriedad y silencio en que sólo se
oyen las divinas alabanzas.
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es por su naturaleza. Sus principales adornos son de plata maciza, que alquilan a varios
mestizos, que tienen en este trato su utilidad, como en los lienzos, espejos, láminas y
cornucopias. La tarasca y gigantones, cuando no tengan conexión con los ritos de la
Iglesia Católica, están aprobados con el uso común de las ciudades y villas más
autorizadas de España, porque contribuyen a la alegría del pueblo, en obsequio de la gran
fiesta. Ésta, en El Cuzco, se repite por los indios en todas sus parroquias, a cuya grandeza
concurren todos recíprocamente y hasta los españoles ven con complacencia en sus
barrios estas fiestas qué particularmente hacen los indios, con un regocijo sobrenatural.
Tarde primera
Español. Hace pocos años, que con la ocasión de vivir en una Población chichimeca, me
intimé con un viejo Cacique, Cristiano, y de buenas intenciones, y tratando esta misma
materia, me manifestó un cuadernillo, que se compondría de 50 a 60 hojas, y en él
estampadas unas figuras tan horribles, que creyendo fueran algunos embelesos de sus
hechicerías y supersticiones, me conturbé de tal modo, que el reposado Anciano,
conociendo mi inquietud y sobresalto, con disimulado gracejo me dijo: Aquí tiene, Señor
Gachupín, las principales oraciones del Catecismo: hícele instancia porque me explicara
el sentido de aquellos monstruosos figurones; y correspondiendo a mis deseos, comenzó
por el Padre Nuestro, cuyos primeros rasgos eran unos monillos abrazados de un
venerable Anciano, en demostración de rogar y pedir, pisando un campo azul éste, y
aquellos un lienzo poblado de árboles etc. y replicándole que porqué usaban de aquellas
asquerosas figuras en cosas tan sagradas, se volvió a sonreír, diciéndome: Señor mío, el
que nunca vio ni conoció las letras del A. B. C. no será culpado en juzgarlas por palillos
de tinta, o pequeñuelos monstruos que forma la travesura. Fuera de que semejantes
figuras, digo retratos, no dejan de decir alguna proporción con sus originales. Éstos fueron
unos robos que los primeros Católicos hicieron a mis Antiguos, con el laudable fin de que
los Neófitos y recién convertidos aprendieran con más facilidad los primeros rudimentos
de la Fe Católica; valiéndose de estas antiguas letras indianas aun los venerables Ministros
evangélicos, como se lee de los Padres Sahgún, Benavente, y otros.
Lo cierto es, que si aquellos celosos Obreros de la Religión hubieran dejado correr
éstas o semejantes señales y caracteres en los principios de la Conquista, no padeceríamos
los Indios los desprecios de la ignorancia, barbarie, y brutalismo que nos imputan; pero
sin luz de éstos, y creyendo que aquellas pinturas eran efecto de la idolatría que
profesaban, quemaron unas, y condenaron otras al vituperio; con cuyo motivo los que las
poseían, intimidados de la pena, procuraron por no sufrir el castigo, esconderlas de la vista
de aquellos, que después con el conocimiento de los idiomas, símbolos, y jeroglíficos,
pudieran haber formado considerables volúmenes de una Historia amena, y digna del
aprecio. Como se prueba: pues por uno u otro documento que hallaron los Escritores de
esta América escondido entre las ruinas del susto y del temor, han ministrado una tal cual
luz de las antigüedades indianas.
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Indio. Muy corrientes fueron esas letras simbólicas en el principio de la Conquista, no
hallando dificultad en entenderlas los que con algún estudio se aplicaban a unirlas.
Muchos fragmentos conservo en mi poder, que podría enseñarle para que se deleitara
algunos ratos, y tomara alguna tintura de los primeros dialectos, y cartilla característica
de mis antiguas Gentes: juzgando este método por más racional que el de otras Naciones,
como las Nacteas, que para establecer sus proyectos, resolver sus ideas, emplazar sus
maquinaciones, y distinguir los tiempos, usaban de unos manojos de varillas, invención
engañosa, y nada segura. Y porque Vm. pueda en poco escribirle a sus Paisanos mucho
de lo que somos y fuimos los Indios, encomiende a la memoria el siguiente
Soneto
Los Indios de este Mundo Americano
son de la humana especie, como todos:
distínguense en los usos y los modos,
porque visten humilde, no profano.
En el color semejan al Gitano,
tienen las propiedades de los Rodos,
propensiones y genio de los Godos,
y el culto y religión a lo Romano.
Por aquestas divisas y señales
ya podrás conocer, sin que te asombres,
que los Indios son gentes, no animales:
y así puedes desde hoy mudarles nombres,
creyendo que los Indios tales cuales
para todo cuanto hay son muy hombres.
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SIGLO XIX
[El 15 de agosto de 1805, desde la cima de una de las colinas que dominan Roma, el
caraqueño Simón Bolívar, con 22 años apenas cumplidos, jura, en presencia de su
maestro Simón Rodríguez, consagrar su vida a la causa de la independencia de
Hispanoamérica]
¿Conque éste es el pueblo de Rómulo y Numa, de los Gracos y los Horacios, de
Augusto y de Nerón, de César y de Bruto, de Tiberio y de Trajano? Aquí todas las
grandezas han tenido su tipo y todas las miserias su cuna. Octavio se disfraza con el manto
de la piedad pública para ocultar la suspicacia de su carácter y sus arrebatos sanguinarios;
Bruto clava el puñal en el corazón de su protector para reemplazar la tiranía de César con
la suya propia; Antonio renuncia los derechos de su gloria para embarcarse en las galeras
de una meretriz; sin proyectos de reforma, Sila degüella a sus compatriotas, y Tiberio,
sombrío como la noche y depravado como el crimen, divide su tiempo entre la
concupiscencia y la matanza. Por un Cincinato hubo cien Caracallas, por un Trajano cien
Calígulas y por un Vespasiano cien Claudios. Este pueblo ha dado para todo: severidad
para los viejos tiempos; austeridad para la República; depravación para los Emperadores;
catacumbas para los cristianos; valor para conquistar el mundo entero; ambición para
convertir todos los Estados de la tierra en arrabales tributarios; mujeres para hacer pasar
las ruedas sacrílegas de su carruaje sobre el tronco destrozado de sus padres; oradores
para conmover, como Cicerón; poetas para seducir con su canto, como Virgilio; satíricos,
como Juvenal y Lucrecio; filósofos débiles, como Séneca; y ciudadanos enteros, como
Catón. Este pueblo ha dado para todo, menos para la causa de la humanidad: Mesalinas
corrompidas, Agripinas sin entrañas, grandes historiadores, naturalistas insignes,
guerreros ilustres, procónsules rapaces, sibaritas desenfrenados, aquilatadas virtudes y
crímenes groseros; pero para la emancipación del espíritu, para la extirpación de las
preocupaciones, para el enaltecimiento del hombre y para la perfectibilidad definitiva de
su sazón, bien poco, por no decir nada. La civilización que ha soplado del Oriente, ha
mostrado aquí todas sus faces, ha hecho ver todos sus elementos; mas en cuanto a resolver
el gran problema del hombre en libertad, parece que el asunto ha sido desconocido y que
el despejo de esa misteriosa incógnita no ha de verificarse sino en el Nuevo Mundo.
¡Juro delante de usted; juro por el Dios de mis padres; juro por ellos; juro por mi honor,
y juro por mi Patria, que no daré descanso a mi brazo, ni reposo a mi alma, hasta que haya
roto las cadenas que nos oprimen por voluntad del poder español!
Yo venía envuelto con un manto del iris, desde donde paga su tributo el caudaloso
Orinoco al dios de las aguas. Había visitado las encantadas fuentes amazónicas, y quise
subir al atalaya del universo. Busqué las huellas de la Condamine y Humboldt; seguílas
audaz, nada me detuvo; llegue a la región glacial; el éter sofocaba mi aliento. Ninguna
planta humana había hollado la corona diamantina que puso las manos de la eternidad
15
sobre las sienes excelsas del denominador de los Andes. Yo me dije: este manto del iris
que me ha servido de estandarte ha recorrido en mis manos regiones infernales, surcado
los ríos y los mares y subido sobre los hombros de los Andes; la tierra se ha allanado a
los pies de Colombia, y el tiempo no ha podido detener la marca de la libertad. Belona ha
sido humillada por el resplandor del iris, ¿y no podré yo trepar sobre los cabellos canosos
del gigante de la tierra? Sí, podré; y arrebatado por la violencia de un espíritu desconocido
para mí que me parecía divino, dejé atrás las huellas de Humboldt empañando los cristales
eternos que circuyen el Chimborazo. Llego, como impulsado por el genio que me
animaba, y desfallezco al tocar con mi cabeza la copa del firmamento; tenía a mis pies los
umbrales del abismo.
Un delirio febril embarga mi mente; me siento como encendido por un fuego extraño y
superior, ERA EL DIOS DE COLOMBIA QUE ME POSEÍA.
De repente se me presenta el Tiempo. Bajo el semblante venerable de un viejo cargado
con los despojos de las edades: ceñudo, inclinado, calvo, rizada la tez, una hoz en la mano
...
"Yo soy el padre de los siglos; soy el arcano de la fama y del secreto; mi madre fue la
eternidad; los límites de mi imperio los señala el infinito; no hay sepulcro para mí, porque
soy más poderoso que la muerte; miro lo pasado; miro lo futuro, y por mi mano pasa lo
presente. ¿Por qué te envaneces, niño o viejo, hombre o héroe? ¿Creéis que es algo
vuestro universo?, ¿que levantaros sobre un átomo de la creación es elevaros?
¿Pensáis que los instantes que llamáis siglos pueden servir de medida a mis arcanos?
¿Imagináis que habéis visto la santa verdad? ¿Suponéis locamente que vuestras acciones
tienen algún precio a mis ojos? Todo es menos que un punto ante la presencia de lo infinito
que es mi hermano".
Sobrecogido de un terror sagrado, ¿cómo ¡oh tiempo! –respondí- no ha de desvanecerse
el mísero mortal que ha subido tan alto? He pasado a todos los hombres en fortuna porque
me he elevado sobre la cabeza de todos. Yo domino la tierra con mis plantas; llego al
eterno con mis manos; siento las presiones infernales bullir bajo mis pasos; estoy mirando
junto a mí rutilantes astros, los soles infinitos; mido sin asombro el espacio que encierra
la materia; y en tu rostro leo la historia de lo pasado y los pensamientos del destino.
Observa, me digo, aprende, conserva en tu mente lo que has visto, dibuja a los ojos de los
semejantes el cuadro del universo físico, del universo moral; no escondas los secretos que
el cielo te ha revelado; di la verdad a los hombres... El fantasma desapareció.
Absorto, yerto, por decirlo así, quedé exánime largo tiempo, tendido sobre aquel inmenso
diamante que me servía de lecho. En fin, la tremenda voz, la tremenda voz de Colombia
me grita. Resucito, me incorporo, abro con mis propias manos mis pesados párpados;
vuelvo a ser hombre y escribo este DELIRIO.
Sensible, como debo, al interés que usted ha querido tomar por la suerte de mi
patria, afligiéndose con ella por los tormentos que padece, desde su descubrimiento
16
hasta estos últimos periodos por parte de sus destructores los españoles, no siento menos
el comprometimiento en que me ponen las solícitas demandas que usted me hace sobre
los objetos más importantes de la política americana. Así, me encuentro en un conflicto,
entre el deseo de corresponder a la confianza con que usted me favorece y el impedimento
de satisfacerla, tanto por la falta de documentos y libros cuanto por los limitados
conocimientos que poseo de un país tan inmenso, variado y desconocido como el Nuevo
Mundo.
«Tres siglos ha -dice usted- que empezaron las barbaridades que los españoles
cometieron en el grande hemisferio de Colón». Barbaridades que la presente edad ha
rechazado como fabulosas, porque parecen superiores a la perversidad humana; y jamás
serían creídas por los críticos modernos si constantes y repetidos documentos no
testificasen estas infaustas verdades. El filantrópico obispo de Chiapas, el apóstol de la
América, Las Casas, ha dejado a la posteridad una breve relación de ellas, extractadas de
las sumarias que siguieron en Sevilla a los conquistadores, con el testimonio de cuantas
personas respetables había entonces en el Nuevo Mundo, y con los procesos mismos que
los tiranos se hicieron entre sí, como consta por los más sublimes historiadores de aquel
tiempo. Todos los imparciales han hecho justicia al celo, verdad y virtudes de aquel amigo
de la humanidad, que con tanto fervor y firmeza denunció ante su gobierno y
contemporáneos los actos más horrorosos de un frenesí sanguinario.
¡Con cuánta emoción de gratitud leo el pasaje de la carta de usted en que me dice
que espera que «los sucesos que siguieron entonces a las armas españolas acompañen
ahora a las de sus contrarios, los muy oprimidos americanos meridionales»! Yo tomo esta
esperanza por una predicción, si la justicia decide las contiendas de los hombres. El suceso
coronará nuestros esfuerzos porque el destino de la América se ha fijado
irrevocablemente; el lazo que la unía a la España está cortado; la opinión era toda su
fuerza; por ella se estrechaban mutuamente las partes de aquella inmensa monarquía; lo
que antes las enlazaba, ya las divide; más grande es el odio que nos ha inspirado la
Península, que el mar que nos separa de ella; menos difícil es unir los dos continentes que
reconciliar los espíritus de ambos países. El hábito a la obediencia; un comercio de
intereses, de luces, de religión; una recíproca benevolencia, una tierna solicitud por la
cuna y la gloria de nuestros padres; en fin, todo lo que formaba nuestra esperanza nos
venía de España. De aquí nacía un principio de adhesión que parecía eterno, no obstante
que la conducta de nuestros dominadores relajaba esta simpatía, o, por mejor decir, este
17
apego forzado por el imperio de la dominación. Al presente sucede lo contrario: la muerte,
el deshonor, cuanto es nocivo, nos amenaza y tememos; todo lo sufrimos de esa
desnaturalizada madrastra. El velo se ha rasgado, ya hemos visto la luz y se nos quiere
volver a las tinieblas; se han roto las cadenas; ya hemos sido libres y nuestros enemigos
pretenden de nuevo esclavizarnos. Por lo tanto, la América combate con despecho, y rara
vez la desesperación no ha arrastrado tras sí la victoria (...).
¡Qué! ¿Está la Europa sorda al clamor de su propio interés? ¿No tiene ya ojos para ver
la justicia? ¿Tanto se ha endurecido, para ser de este modo insensible? Estas cuestiones,
cuanto más lo medito, más me confunden; llego a pensar que se aspira a que desaparezca
la América; pero es imposible, porque toda la Europa no es España. ¡Qué demencia la de
nuestra enemiga, pretender reconquistar la América, sin marina, sin tesoro y casi sin
soldados! Pues los que tiene, apenas son bastantes para retener a su propio pueblo en una
violenta obediencia y defenderse de sus vecinos. Por otra parte,
¿podrá esta nación hacer el comercio exclusivo de la mitad del mundo, sin manufacturas,
sin producciones territoriales, sin artes, sin ciencias, sin política? Lograda que fuese esta
loca empresa; y suponiendo más aún, lograda la pacificación, los hijos de los actuales
americanos, unidos con los de los europeos reconquistadores, ¿no volverían a formar
dentro de veinte años los mismos patrióticos designios que ahora se están combatiendo?
(...).
Todavía es más difícil presentir la suerte futura del Nuevo Mundo, establecer
principios sobre su política y casi profetizar la naturaleza del gobierno que llegará a
adoptar. Toda idea relativa al porvenir de este país me parece aventurada. ¿Se pudo prever
cuando el género humano se hallaba en su infancia, rodeado de tanta incertidumbre,
ignorancia y error, cuál sería el régimen que abrazaría para su conservación? ¿Quién se
habría atrevido a decir: tal nación será república o monarquía, ésta será pequeña, aquélla
grande? En mi concepto, ésta es la imagen de nuestra
18
situación. Nosotros somos un pequeño género humano; poseemos un mundo aparte,
cercado por dilatados mares, nuevo en casi todas las artes y ciencias aunque en cierto
modo viejo en los usos de la sociedad civil. Yo considero el estado actual de la América,
como cuando desplomado el Imperio Romano cada desmembración formó un sistema
político, conforme a sus intereses y situación o siguiendo la ambición particular de
algunos jefes, familias o corporaciones; con esta notable diferencia, que aquellos
miembros dispersos volvían a restablecer sus antiguas naciones con las alteraciones que
exigían las cosas o los sucesos; mas nosotros, que apenas conservamos vestigios de lo que
en otro tiempo fue, y que por otra parte no somos indios ni europeos, sino una especie
media entre los legítimos propietarios del país y los usurpadores españoles: en suma,
siendo nosotros americanos por nacimiento y nuestros derechos los de Europa, tenemos
que disputar estos a los del país y que mantenernos en el contra la invasión de los
invasores; así nos hallamos en el caso más extraordinario y complicado; no obstante que
es una especie de adivinación indicar cuál será el resultado de la línea de política que la
América siga, me atrevo a aventurar algunas conjeturas, que, desde luego, caracterizo de
arbitrarias, dictadas por un deseo racional y no por un raciocinio probable.
¡Cuán diferente era entre nosotros! Se nos vejaba con una conducta que además
de privarnos de los derechos que nos correspondían, nos dejaba en una especie de infancia
permanente con respecto a las transacciones públicas (...). Estábamos (...) abstraídos, y
digámoslo así, ausentes del universo en cuanto es relativo a la ciencia del gobierno y
administración del estado. Jamás éramos virreyes ni gobernadores, sino por causas muy
extraordinarias; arzobispos y obispos pocas veces; diplomáticos nunca; militares, sólo en
calidad de subalternos; nobles, sin privilegios reales; no éramos, en fin, ni magistrados,
ni financistas y casi ni aun comerciantes: todo en contravención directa de nuestras
instituciones (...).
De cuanto he referido será fácil colegir que la América no estaba preparada para
desprenderse de la metrópoli, como súbitamente sucedió, por el efecto de las ilegítimas
cesiones de Bayona y por la inicua guerra que la Regencia nos declaró, sin derecho
19
alguno para ello, no sólo por la falta de justicia, sino también de legitimidad. Sobre la
naturaleza de los gobiernos españoles, sus decretos conminatorios y hostiles, y el curso
entero de su desesperada conducta hay escritos, del mayor mérito, en el periódico «El
Español» cuyo autor es el señor Blanco; y estando allí esta parte de nuestra historia muy
bien tratada, me limito a indicarlo.
Los americanos han subido de repente y sin los conocimientos previos, y, lo que
es más sensible, sin la práctica de los negocios públicos, a representar en la escena del
mundo las eminentes dignidades de legisladores, magistrados, administradores del erario,
diplomáticos, generales y cuantas autoridades supremas y subalternas forman la jerarquía
de un estado organizado con regularidad.
Cuando las águilas francesas sólo respetaron los muros de la ciudad de Cádiz, y
con su vuelo arrollaron los frágiles gobiernos de la Península, entonces quedamos en la
orfandad. Ya antes habíamos sido entregados a la merced de un usurpador extranjero;
después, lisonjeados con la justicia que se nos debía y con esperanzas halagüeñas siempre
burladas; por último, inciertos sobre nuestro destino futuro, y amenazados por la
anarquía, a causa de la falta de un gobierno legítimo, justo y liberal, nos precipitamos en
el caos de la revolución. En el primer momento sólo se cuidó de proveer a la seguridad
interior, contra los enemigos que encerraba nuestro seno. Luego se extendió a la seguridad
exterior; se establecieron autoridades que sustituimos a las que acabábamos de deponer,
encargadas de dirigir el curso de nuestra revolución, y de aprovechar la coyuntura feliz
en que nos fuese posible fundar un gobierno constitucional, digno del presente siglo y
adecuado a nuestra situación (...).
Yo deseo más que otro alguno ver formar en América la más grande nación del
mundo, menos por su extensión y riquezas que por su libertad y gloria. Aunque aspiro a
la perfección del gobierno de mi patria, no puedo persuadirme que el Nuevo Mundo sea
por el momento regido por una gran república; como es imposible, no me atrevo a
desearlo, y menos deseo una monarquía universal de América, porque este proyecto, sin
ser útil, es también imposible. Los abusos que actualmente existen no se reformarían y
nuestra regeneración sería infructuosa. Los estados americanos han menester de los
cuidados de gobiernos paternales que curen las llagas y las heridas del despotismo y la
guerra. La metrópoli, por ejemplo, sería México, que es la única que puede serlo por su
poder intrínseco, sin el cual no hay metrópoli. Supongamos que fuese el istmo de Panamá,
punto céntrico para todos los extremos de este vasto continente, ¿no continuarían estos en
la languidez y aun en el desorden actual? Para que un solo gobierno dé vida, anime, ponga
en acción todos los resortes de la prosperidad pública, corrija, ilustre y perfeccione al
Nuevo Mundo, sería necesario que tuviese las facultades de un Dios, y cuando menos las
luces y virtudes de todos los hombres.
20
No convengo en el sistema federal entre los populares y representativos, por ser
demasiado perfecto y exigir virtudes y talentos políticos muy superiores a los nuestros;
por igual razón rehúso la monarquía mixta de aristocracia y democracia, que tanta fortuna
y esplendor ha procurado a la Inglaterra. No siéndonos posible lograr entre las repúblicas
y monarquías lo más perfecto y acabado, evitemos caer en anarquías demagógicas, o en
tiranías monócratas. Busquemos un medio entre extremos opuestos, que nos conducirían
a los mismos escollos, a la infelicidad y al deshonor. Voy a arriesgar el resultado de mis
cavilaciones sobre la suerte futura de la América: no la mejor sino la que sea más
asequible (...).
Es una idea grandiosa pretender formar de todo el Mundo Nuevo una sola nación
con un solo vínculo que ligue sus partes entre sí y con el todo. Ya que tiene un origen,
una lengua, unas costumbres y una religión, debería, por consiguiente, tener un solo
gobierno que confederase los diferentes estados que hayan de formarse; mas no es posible,
porque climas remotos, situaciones diversas, intereses opuestos, caracteres desemejantes,
dividen a la América. ¡Qué bello sería que el Istmo de Panamá fuese para nosotros lo que
el de Corinto para los griegos! (...).
Cuando los sucesos no están asegurados, cuando el estado es débil y cuando las
empresas son remotas, todos los hombres vacilan, las opiniones se dividen, las pasiones
las agitan y los enemigos las animan para triunfar por este fácil medio. Luego que seamos
fuertes, bajo los auspicios de una nación liberal que nos preste su protección, se nos verá
de acuerdo cultivar las virtudes y los talentos que conducen a la gloria; entonces
seguiremos la marcha majestuosa hacia las grandes prosperidades a que esta destinada la
América meridional; entonces las ciencias y las artes que nacieron en el Oriente y han
ilustrado la Europa volarán a Colombia libre, que las convidara con un asilo.
Tales son, señor, las observaciones y pensamientos que tengo el honor de someter
a usted para que los rectifique o deseche, según su mérito, suplicándole se persuada que
me he atrevido a exponerlos, más por no ser descortés, que porque me crea capaz de
ilustrar a usted en la materia.
Soy de usted etc., etc., etc.
Bolívar
21
IV. LA POESÍA PATRIÓTICA
22
CORO
Sean eternos los laureles
que supimos conseguir;
coronados de gloria vivamos,
o juremos con gloria morir.
23
¡El valiente argentino a las armas
corre, ardiendo con brío y valor!
El clarín de la guerra, cual trueno,
en los campos del Sud resonó.
Buenos Aires se pone a la frente
de los pueblos de la ínclita Unión
y con brazos robustos desgarran
al ibérico altivo León.
24
oh, Tucapel, Caupolicán valiente,
cuyos brazos temibles persiguieron
al déspota español con bizarría;
mirad a San Martín que defendiendo
vuestros derechos justos, libre deja
el país más hermoso y más ameno!
El oprimido suelo
mira en fuertes guerreros convertido:
¡Venganza, Eponamón, venganza y guerra!
[...]
Las sombras irritadas
de Tucapel, Caupolicán, Lautaro,
dejaron los patriotas hoy vengadas.
Hoy vuestro nombre caro
llama al hijo de Arauco que la lanza
tiñe en sangre española en la matanza.
25
Y las naciones que fundó tu espada
sacra aureola de perpetua lumbre
a la frente radiosa te ciñeron.
1.
El trueno horrendo que en fragor revienta
y sordo retumbando se dilata
por la inflamada esfera,
al Dios anuncia que en el cielo impera.
Y el rayo que en Junín rompe y ahuyenta
la hispana muchedumbre
que, más feroz que nunca, amenazaba,
a sangre y fuego, eterna servidumbre,
y el canto de victoria
que en ecos mil discurre, ensordeciendo
el hondo valle y enriscada cumbre,
proclaman a Bolívar en la tierra
árbitro de la paz y de la guerra.
Las soberbias pirámides que al cielo
el arte humano osado levantaba
para hablar a los siglos y naciones
-templos do esclavas manos
deificaban en pompa a sus tiranos-,
ludibrio son del tiempo, que con su ala
débil, las toca y las derriba al suelo,
después que en fácil juego el fugaz viento
borró sus mentirosas inscripciones;
y bajo los escombros, confundido
entre la sombra del eterno olvido
-¡oh de ambición y de miseria ejemplo!-
el sacerdote yace, el dios y el templo.
Mas los sublimes montes, cuya frente
a la región etérea se levanta,
que ven las tempestades a su planta
brillar, rugir, romperse, disiparse,
los Andes, las enormes, estupendas
moles sentadas sobre bases de oro,
la tierra con su peso equilibrando,
jamás se moverán. Ellos, burlando
de ajena envidia y del protervo tiempo
la furia y el poder, serán eternos
26
de libertad y de victoria heraldos,
que con eco profundo,
a la postrema edad dirán del mundo:
«Nosotros vimos de Junín el campo,
vimos que al desplegarse
del Perú y de Colombia las banderas,
se turban las legiones altaneras,
huye el fiero español despavorido,
o pide paz rendido.
Venció Bolívar, el Perú fue libre,
y en triunfal pompa Libertad sagrada
en el templo del Sol fue colocada.»
¿Quién me dará templar el voraz fuego
en que ardo todo yo? Trémula, incierta,
torpe la mano va sobre la lira
dando discorde son. ¿Quién me liberta
del dios que me fatiga...?
Siento unas veces la rebelde Musa,
cual bacante en furor, vagar incierta
por medio de las plazas bulliciosas,
o sola por las selvas silenciosas,
o las risueñas playas
que manso lame el caudaloso Guayas;
otras el vuelo arrebatada tiende
sobre los montes, y de allí desciende
al campo de Junín, y ardiendo en ira,
los numerosos escuadrones mira,
que el odiado pendón de España arbolan,
y en cristado morrión y peto armada,
cual amazona fiera,
se mezcla entre las filas la primera
de todos los guerreros,
y a combatir con ellos se adelanta,
triunfa con ellos y sus triunfos canta.
[…]
Sonó su voz: «Peruanos,
mirad allí los duros opresores
de vuestra patria; bravos Colombianos
en cien crudas batallas vencedores,
mirad allí los enemigos fieros
que buscando venís desde Orinoco:
suya es la fuerza y el valor es vuestro,
vuestra será la gloria;
pues lidiar con valor y por la patria
es el mejor presagio de victoria.
Acometed, que siempre
de quien se atreve más el triunfo ha sido;
quien no espera vencer, ya está vencido.»
Dice, y al punto, cual fugaces carros,
que dada la señal, parten y en densos
de arena y polvo torbellinos ruedan,
arden los ejes, se estremece el suelo,
27
estrépito confuso asorda el cielo,
y en medio del afán cada cual teme
que los demás adelantarse puedan:
así los ordenados escuadrones
que del iris reflejan los colores
o la imagen del sol en sus pendones,
se avanzan a la lid. ¡Oh! ¡quién temiera,
quién, que su ímpetu mismo los perdiera!
¡Perderse! no, jamás; que en la pelea
los arrastra y anima e importuna
de Bolívar el genio y la fortuna.
Llama improviso al bravo Necochea,
y mostrándole el campo,
partir, acometer, vencer le manda,
y el guerrero esforzado,
otra vez vencedor, y otra cantado,
dentro en el corazón por patria jura
cumplir la orden fatal, y a la victoria
o a noble y cierta muerte se apresura.
Ya el formidable estruendo
del atambor en uno y otro bando
y el son de las trompetas clamoroso,
y el relinchar del alazán fogoso,
que erguida la cerviz y el ojo ardiendo
en bélico furor, salta impaciente
do más se encruelece la pelea,
y el silbo de las balas, que rasgando
el aire, llevan por doquier la muerte,
y el choque asaz horrendo
de selvas densas de ferradas picas,
y el brillo y estridor de los aceros
que al sol reflectan sanguinosos visos,
y espadas, lanzas, miembros esparcidos
o en torrentes de sangre arrebatados,
y el violento tropel de los guerreros
que más feroces mientras más heridos,
dando y volviendo el golpe redoblado,
mueren, mas no se rinden... todo anuncia
que el momento ha llegado,
en el gran libro del destino escrito,
de la venganza al pueblo americano,
de mengua y de baldón al castellano.
Si el fanatismo con sus furias todas,
hijas del negro averno, me inflamara,
y mi pecho y mi musa enardeciera
en tartáreo furor, del león de España,
al ver dudoso el triunfo, me atreviera
a pintar el rencor y horrible saña.
Ruge atroz, y cobrando
más fuerza en su despecho, se abalanza,
abriéndose ancha calle entre las haces,
por medio el fuego y contrapuestas lanzas;
28
rayos respira, mortandad y estrago,
y sin pararse a devorar la presa,
prosigue en su furor, y en cada huella
deja de negra sangre un hondo lago.
En tanto el Argentino valeroso
recuerda que vencer se le ha mandado,
y no ya cual caudillo, cual soldado
los formidables ímpetus contiene
y uno en contra de ciento se sostiene,
como tigre furiosa
de rabiosos mastines acosada,
que guardan el redil, mata, destroza,
ahuyenta sus contrarios, y aunque herida,
sale con la victoria y con la vida.
Oh capitán valiente,
blasón ilustre de tu ilustre patria,
no morirás, tu nombre eternamente
en nuestros fastos sonará glorioso,
y bellas ninfas de tu Plata undoso
a tu gloria darán sonoro canto
y a tu ingrato destino acerbo llanto.
Ya el intrépido Miller aparece
y el desigual combate restablece.
Bajo su mando ufana
marchar se ve la juventud peruana
ardiente, firme, a perecer resuelta,
si acaso el hado infiel vencer le niega.
En el arduo conflicto opone ciega
a los adversos dardos firmes pechos,
y otro nombre conquista con sus hechos.
¿Son ésos los garzones delicados
entre seda y aromas arrullados?
¿los hijos del placer son esos fieros?
Sí, que los que antes desatar no osaban
los dulces lazos de jazmín y rosa
con que amor y placer los enredaban,
hoy ya con mano fuerte
la cadena quebrantan ponderosa
que ató sus pies, y vuelan denodados
a los campos de muerte y gloria cierta,
apenas la alta fama los despierta
de los guerreros que su cara patria
en tres lustros de sangre libertaron,
y apenas el querido
nombre de libertad su pecho inflama,
y de amor patrio la celeste llama
prende en su corazón adormecido.
Tal el joven Aquiles
que en infame disfraz y en ocio blando
de lánguidos suspiros,
los destinos de Grecia dilatando,
vive cautivo en la beldad de Sciros:
29
los ojos pace en el vistoso alarde
de arreos y de galas femeniles
que de India y Tiro y Menfis opulenta
curiosos mercadantes le encarecen;
mas a su vista apenas resplandecen
pavés, espada y yelmo, que entre gasas
el Itacense astuto le presenta,
pásmase... se recobra, y con violenta
mano el templado acero arrebatando,
rasga y arroja las indignas tocas,
parte, traspasa el mar y en la troyana
arena muerte, asolación, espanto
difunde por doquier; todo le cede...
aun Héctor retrocede...
y cae al fin, y en derredor tres veces
su sangriento cadáver profanado,
al veloz carro atado
del vencedor inexorable y duro,
el polvo barre del sagrado muro.
Ora mi lira resonar debía
del nombre y las hazañas portentosas
de tantos capitanes, que este día
la palma del valor se disputaron
digna de todos... Carvajal... y Silva...
y Suárez... y otros mil...
Mas de improviso
la espada de Bolívar aparece
y a todos los guerreros,
como el sol a los astros, oscurece.
[…]
Crece la confusión, crece el
espanto, y al impulso del aire, que
vibrando sube en clamores y
alaridos lleno,
tremen las cumbres que respeta el trueno.
Y discurriendo el vencedor en tanto
por cimas de cadáveres y heridos,
postra al que huye, perdona a los rendidos
Padre del universo, Sol radioso,
dios del Perú, modera omnipotente
el ardor de tu carro impetuoso,
y no escondas tu luz indeficiente...
Una hora más de luz...
-Pero esta hora
no fue la del destino. El dios oía
el voto de su pueblo; y de la frente
el cerco de diamante desceñía.
En fugaz rayo el horizonte dora,
en mayor disco menos luz ofrece
y veloz tras los Andes se oscurece.
Tendió su manto lóbrego la noche:
y las reliquias del perdido bando,
30
con sus tristes y atónitos caudillos,
corren sin saber dónde, espavoridas,
y de su sombra misma se estremecen;
y al fin en las tinieblas ocultando
su afrenta y su pavor, desaparecen.
¡Victoria por la patria! ¡oh Dios, victoria!
¡Triunfo a Colombia y a Bolívar gloria!
Ya el ronco parche y el clarín sonoro
no a presagiar batalla y muerte suena
ni a enfurecer las almas, mas se estrena
en alentar el bullicioso coro
de vivas y patrióticas canciones.
Arden cien pinos, y a su luz, las sombras
huyeron, cual poco antes desbandadas
huyeron de la espada de Colombia
las vandálicas huestes debeladas.
En torno de la lumbre,
el nombre de Bolívar repitiendo
y las hazañas de tan claro día,
los jefes y la alegre muchedumbre
consumen en acordes libaciones
de Baco y Ceres los celestes dones.
«Victoria, paz -clamaban-,
paz para siempre. Furia de la guerra,
húndete al hondo averno derrocada.
Ya cesa el mal y el llanto de la tierra.
Paz para siempre. La sanguínea espada,
o cubierta de orín ignominioso,
o en el útil arado transformada
nuevas leyes dará. Las varias gentes
del mundo, que a despecho de los cielos
y del ignoto ponto proceloso,
abrió a Colón su audacia o su codicia,
todas ya para siempre recobraron
en Junín libertad, gloria y reposo.»
«Gloria, mas no reposo» -de repente
clamó una voz de lo alto de los cielos-;
y a los ecos los ecos por tres veces
«Gloria, mas no reposo», respondieron.
El suelo tiembla, y cual fulgentes faros,
de los Andes las cúspides ardieron;
y de la noche el pavoroso manto
se transparenta y rásgase y el éter
allá lejos purísimo aparece,
y en rósea luz bañado resplandece.
Cuando improviso, veneranda Sombra,
en faz serena y ademán augusto,
entre cándidas nubes se levanta:
del hombro izquierdo nebuloso manto
pende, y su diestra aéreo cetro rige;
su mirar noble, pero no sañudo;
y nieblas figuraban a su planta
31
penacho, arco, carcaj, flechas y escudo;
una zona de estrellas
glorificaba en derredor su frente
y la borla imperial de ella pendiente.
Miró a Junín, y plácida sonrisa
vagó sobre su faz. «Hijos -decía-
generación del sol afortunada,
que con placer yo puedo llamar mía,
yo soy Huayna-Cápac, soy el postrero
del vástago sagrado;
dichoso rey, mas padre desgraciado.
De esta mansión de paz y luz he visto
correr las tres centurias
de maldición, de sangre y servidumbre
y el imperio regido por las Furias.
No hay punto en estos valles y estos cerros
que no mande tristísimas memorias.
Torrentes mil de sangre se cruzaron
aquí y allí; las tribus numerosas
al ruido del cañón se disiparon,
y los restos mortales de mi gente
aun a las mismas rocas fecundaron.
Más allá un hijo expira entre los hierros
de su sagrada majestad indignos...
Un insolente y vil aventurero
y un iracundo sacerdote fueron
de un poderoso Rey los asesinos...
¡Tantos horrores y maldades tantas
por el oro que hollaban nuestras plantas!
Y mi Huáscar también...
¡Yo no vivía!
Que de vivir, lo juro, bastaría,
sobrara a debelar la hidra española
ésta mi diestra triunfadora, sola.
Y nuestro suelo, que ama sobre todos
el Sol mi padre, en el estrago fiero
no fue, ¡oh dolor!, ni el solo, ni el primero:
que mis caros hermanos
el gran Guatimozín y Motezuma
conmigo el caso acerbo lamentaron
de su nefaria muerte y cautiverio,
y la devastación del grande imperio,
en riqueza y poder igual al mío...
Hoy, con noble desdén, ambos recuerdan
el ultraje inaudito, y entre fiestas
alevosas el dardo prevenido
y el lecho en vivas ascuas encendido.
¡Guerra al usurpador! -¿Qué le debemos?
¿luces, costumbres, religión o leyes...?
¡Si ellos fueron estúpidos, viciosos,
feroces y por fin supersticiosos!
¿Qué religión? ¿la de Jesús?... ¡Blasfemos!
32
Sangre, plomo veloz, cadenas fueron
los sacramentos santos que trajeron.
¡Oh religión! ¡oh fuente pura y santa
de amor y de consuelo para el hombre!
¡cuántos males se hicieron en tu nombre!
¿Y qué lazos de amor...? Por los oficios
de la hospitalidad más generosa
hierros nos dan, por gratitud, suplicios.
Todos, sí, todos; menos uno sólo:
el mártir del amor americano,
de paz, de caridad apóstol santo,
divino Casas, de otra patria digno;
nos amó hasta morir. Por tanto ahora
en el empíreo entre los Incas mora.
En tanto la hora inevitable vino
que con diamante señaló el destino
a la venganza y gloria de mi pueblo:
y se alza el vengador. Desde otros mares,
como sonante tempestad, se acerca,
y fulminó; y del Inca en la Peana,
que el tiempo y un poder furial profana,
cual de un dios irritado en los altares,
las víctimas cayeron a millares.
«¡Oh campos de Junín!... ¡Oh predilecto
Hijo y Amigo y Vengador del Inca!
¡Oh pueblos, que formáis un pueblo sólo
y una familia, y todos sois mis hijos!
vivid, triunfad...»
El Inca esclarecido
iba a seguir, mas de repente queda
en éxtasis profundo embebecido:
atónito, en el cielo
ambos ojos inmóviles ponía,
y en la improvisa inspiración absorto,
la sombra de una estatua parecía.
Cobró la voz al fin. «Pueblos -decía-
la página fatal ante mis ojos
desenvolvió el destino, salpicada
toda en purpúrea sangre, mas en torno
también en bello resplandor bañada.
Jefe de mi nación, nobles guerreros,
oíd cuanto mi oráculo os previene,
y requerid los ínclitos aceros,
y en vez de cantos nueva alarma suene;
que en otros campos de inmortal memoria
la Patria os pide, y el destino os manda
otro afán, nueva lid, mayor victoria.»
Las legiones atónitas oían:
mas luego que se anuncia otro combate,
se alzan, arman, y al orden de batalla
ufanas y prestísimas corrieran
y ya de acometer la voz esperan.
33
Reina el silencio; mas de su alta nube
el Inca exclama: «De ese ardor es digna
la ardua lid que os espera;
ardua, terrible, pero al fin postrera.
Ese adalid vencido
vuela en su fuga a mi sagrada Cuzco,
y en su furia insensata,
gentes, armas, tesoros arrebata,
y a nuevo azar entrega su fortuna;
venganza, indignación, furor le inflaman
y allá en su pecho hirvieron, como fuegos
que de un volcán en las entrañas braman.
Marcha; y el mismo campo donde ciegos
en sangrienta porfía
los primeros tiranos disputaron
cuál de ellos solo dominar debía
-pues el poder y el oro dividido
templar su ardiente fiebre no podía-,
en ese campo, que a discordia ajena
debió su infausto nombre y la cadena
que después arrastró todo el imperio,
allí, no sin misterio,
venganza y gloria nos darán los cielos.
¡Oh valle de Ayacucho bienhadado!
Campo serás de gloria y de venganza...
Mas no sin sangre... ¡Yo me estremeciera
si mi ser inmortal no lo impidiera!
Allí Bolívar en su heroica mente
mayores pensamientos revolviendo,
el nuevo triunfo trazará, y haciendo
de su genio y poder un nuevo ensayo,
al joven Sucre prestará su rayo,
al joven animoso,
a quien del Ecuador montes y ríos
dos veces aclamaron victorioso.
Ya se verá en la frente del guerrero
toda el alma del héroe reflejada,
que él le quiso infundir de una mirada.
Como torrentes desde la alta cumbre
al valle en mil raudales despeñados,
vendrán los hijos de la infanda Iberia,
soberbios en su fiera muchedumbre,
cuando a su encuentro volará impaciente
tu juventud, Colombia belicosa,
y la tuya, ¡oh Perú! de fama ansiosa,
y el caudillo impertérrito a su frente.
¡Atroz, horrendo choque, de azar lleno!
Cual aturde y espanta en su estallido
de hórrida tempestad el postrer trueno.
Arder en fuego el aire,
en humo y polvo oscurecerse el cielo
y, con la sangre en que rebosa el suelo,
34
se verá al Apurímac de repente
embravecer su rápida corriente.
Mientras por sierras y hondos precipicios,
a la hueste enemiga
el impaciente Córdova fatiga,
Córdova, a quien inflama
fuego de edad y amor de patria y fama,
Córdova, en cuyas sienes con bello arte
crecen y se entrelazan
tu mirto, Venus, tus laureles, Marte.
Con su Miller los Húsares recuerdan
el nombre de Junín, Vargas su nombre,
y Vencedor el suyo
con su Lara
en cien hazañas cada cual más clara.
Allá por otra parte,
sereno, pero siempre infatigable,
terrible cual su nombre, batallando
se presenta La Mar,
y se apresura
la tarda rota del protervo bando.
[…]
Las voces, el clamor de los que vencen,
y de Quinó las ásperas montañas
y los cóncavos senos de la tierra
y los ecos sin fin de la ardua sierra,
todos repiten sin cesar: ¡Victoria!
Y las bullentes linfas de Apurímac
a las fugaces linfas de Ucayale
se unen, y unidas, llevan presurosas,
en sonante murmullo y alba espuma,
con palmas en las manos y coronas,
esta nueva feliz al Amazonas.
Y el espléndido rey al punto ordena
a sus delfines, ninfas y sirenas
que, en clamorosos plácidos cantares,
tan gran victoria anuncien a los mares.
¡Salud, oh Vencedor! ¡oh Sucre! vence,
y de nuevo laurel orla tu frente;
alta esperanza de tu insigne patria,
como la palma al margen de un torrente
crece tu nombre..., y sola, en este día
tu gloria, sin Bolívar, brillaría.
Tal se ve Héspero arder en su carrera,
que del nocturno cielo
suyo el imperio sin la luna fuera.
Por las manos de Sucre la Victoria
ciñe a Bolívar lauro inmarcesible.
¡Oh Triunfador! la palma de Ayacucho,
fatiga eterna al bronce de la Fama,
segunda vez Libertador te aclama.
Esta es la hora feliz. Desde aquí empieza
35
la nueva edad al Inca prometida
de libertad, de paz y de grandeza.
Rompiste la cadena aborrecida,
la rebelde serviz hispana hollaste,
grande gloria alcanzaste;
pero mayor te espera, si a mi Pueblo,
así cual a la guerra lo conformas
y a conquistar su libertad le empeñas,
la rara y ardua ciencia
de merecer la paz y vivir libre,
con voz y ejemplo y con poder le enseñas,
Yo con riendas de seda regí el pueblo,
y cual padre le amé, mas no quisiera
que el cetro de los Incas renaciera;
que ya se vio algún Inca, que teniendo
el terrible poder todo en su mano,
comenzó padre y acabó tirano.
Yo fui conquistador, ya me avergüenzo
del glorioso y sangriento ministerio,
pues un conquistador, el más humano,
formar, mas no regir debe un imperio.
Por no trillada senda, de la gloria
al templo vuelas, ínclito Bolívar:
que ese poder tremendo
que te fía
de los Padres el íntegro senado,
si otro tiempo perder a Roma pudo,
en su potente mano
es a la Libertad del Pueblo escudo.
¡Oh Libertad! el Héroe que podía
ser el brazo de Marte sanguinario,
ése es tu sacerdote más celoso,
y el primero que toma el incensario
y a tus aras se inclina silencioso.
¡Oh Libertad! si al pueblo americano
la solemne misión ha dado el cielo
de domeñar el monstruo de la guerra
y dilatar tu imperio soberano
por las regiones todas de la tierra
y por las ondas todas de los mares,
no temas, con este héroe, que algún día
eclipse el ciego error tus resplandores,
superstición profane tus altares,
ni que insulte tu ley la tiranía;
ya tu imperio y tu culto son eternos.
Y cual restauras en su antigua gloria
del santo y poderoso
Pacha-Cámac el templo portentoso,
tiempo vendrá, mi oráculo no miente,
en que darás a pueblos destronados
36
su majestad ingénita y su solio,
animarás las ruinas de Cartago,
relevarás en Grecia el Areópago,
y en la humillada Roma el Capitolio.
Tuya será, Bolívar, esta gloria,
tuya romper el yugo de los reyes
y, a su despecho, entronizar las leyes;
y la discordia en áspides crinada,
por tu brazo en cien nudos aherrojada,
ante los haces santos
confundidas
harás temblar las armas parricidas.
Ya las hondas entrañas de la tierra
en larga vena ofrecen el tesoro
que en ellas guarda el Sol, y nuestros montes
los valles regarán con lava de oro.
Y el Pueblo primogénito dichoso
de Libertad,
que sobre todo tanto
por su poder y gloria se enaltece,
como entre sus estrellas,
la estrella de Virginia resplandece,
nos da el ósculo santo
de amistad fraternal. Y las naciones
del remoto hemisferio celebrado,
al contemplar el vuelo arrebatado
de nuestras musas y artes,
como iguales amigos nos saludan;
con el tridente abriendo la carrera,
la Reina de los mares, la primera.
Será perpetua, ¡oh pueblos! esta gloria
y vuestra libertad incontrastable
contra el poder y liga detestable
de todos los tiranos conjurados
si en lazo federal, de polo a polo,
en la guerra y la paz vivís unidos;
vuestra fuerza es la unión. Unión, ¡oh pueblos!
para ser libres y jamás vencidos.
Esta unión, este lazo poderoso
la gran cadena de los Andes sea,
que en fortísimo enlace, se dilatan
del uno al otro mar. Las tempestades
del cielo ardiendo en fuego se arrebatan,
erupciones volcánicas arrasan
campos, pueblos, vastísimas regiones,
y amenazan horrendas convulsiones
el globo destrozar desde el profundo;
ellos, empero, firmes y serenos
ven el estrago funeral del mundo.
Esta es, Bolívar, aun mayor hazaña
37
que destrozar el férreo cetro a España,
y es digna de ti solo; en tanto, triunfa...
Ya se alzan los magníficos trofeos
y tu nombre, aclamado
por las vecinas y remotas gentes
en lenguas, voces, metros diferentes,
recorrerá la serie de los siglos
en las alas del canto arrebatado
Y en medio del concento numeroso
la voz del Guayas crece
y a las más resonantes enmudece.
Tú la salud y honor de nuestro pueblo
serás viviendo, y Ángel poderoso
que lo proteja, cuando
tarde al empíreo el vuelo arrebatares
y entre los claros Incas
a la diestra de Manco te sentares
Así place al destino, ¡Oh! ved al cóndor,
al peruviano rey del pueblo aerio,
a quien ya cede el águila el imperio,
vedle cuál desplegando en nuevas galas
las espléndidas alas,
sublime a la región del sol se eleva
y el alto augurio que os revelo aprueba.
Marchad, marchad, guerreros,
y apresurad el día de la gloria;
que en la fragosa margen de Apurímac
con palmas os espera la victoria».
Dijo el Inca; y las bóvedas etéreas
de par en par se abrieron,
en viva luz y resplandor brillaron
y en celestiales cantos resonaron.
Era el coro de cándidas Vestales,
las vírgenes del Sol, que rodeando
al Inca como a Sumo Sacerdote,
en gozo santo y ecos virginales
en torno van cantando
del Sol las alabanzas inmortales.
«Alma eterna del mundo,
dios santo del Perú, Padre del Inca,
en tu giro fecundo
gózate sin cesar, Luz bienhechora
viendo ya libre el pueblo que te adora.
La tiniebla de sangre y servidumbre
que ofuscaba la lumbre
de tu radiante faz pura y serena
se disipó, y en cantos se convierte
la querella de muerte
y el ruido antiguo de servil cadena.
Aquí la Libertad buscó un asilo,
38
amable peregrina,
y ya lo encuentra plácido y tranquilo,
y aquí poner la diosa
quiere su templo y ara milagrosa;
aquí olvidada de su cara Helvecia,
se viene a consolar de la ruina
y en todos sus oráculos proclama
que al Madalén y al Rímac bullicioso
ya sobre el Tíber y el Eurotas ama.
¡Oh Padre! ¡oh claro Sol! no desampares
este suelo jamás, ni estos altares.
Tu vivífico ardor todos los seres
anima y reproduce: por ti viven
y acción, salud, placer, beldad reciben.
Tú al labrador despiertas
y a las aves canoras
en tus primeras horas,
y son tuyos sus cantos matinales;
por ti siente el guerrero
en amor patrio enardecida el alma,
y al pie de tu ara rinde placentero
su laurel y su palma,
y tuyos son sus cánticos marciales.
Fecunda, ¡oh Sol! tu tierra,
y los males repara de la guerra.
Da a nuestros campos frutos abundosos,
aunque niegues el brillo a los metales,
da naves a los puertos,
pueblos a los desiertos,
a las armas victoria,
alas al genio y a las Musas gloria.
Dios del Perú, sostén, salva, conforta
el brazo que te venga,
no para nuevas lides sanguinosas,
que miran con horror madres y esposas,
sino para poner a olas civiles
límites ciertos, y que en paz florezcan
de la alma paz los dones soberanos,
y arredre a sediciosos y a tiranos.
Brilla con nueva luz, Rey de los cielos,
brilla con nueva luz en aquel día
del triunfo que magnífica prepara
a su Libertador la patria mía.
¡Pompa digna del Inca y del imperio
que hoy de su ruina a nuevo ser revive!
Abre tus puertas, opulenta Lima,
abate tus murallas y recibe
al noble triunfador que rodeado
de pueblos numerosos, y aclamado
Ángel de la esperanza
39
y Genio de la paz y de la gloria,
en inefable majestad avanza.
[…]
Cierran la Pompa espléndidos trofeos
y por delante en larga serie marchan
humildes confundidos
los pueblos y los jefes ya vencidos:
allá procede el Ástur belicoso,
allí va el Catalán infatigable
y el agreste Celtíbero indomable
y el Cántabro feroz, que a la romana
cadena el cuello sujetó el postrero,
y el Andaluz liviano
y el adusto, severo Castellano;
ya el áureo Tajo cetro y nombre cede,
y las que antes, graciosas
fueron honor del fabuloso suelo,
Ninfas del Tormes y el Genil, en duelo
se esconden silenciosas;
y el grande Betis viendo ya marchita
su sacra oliva, menos orgulloso,
paga su antiguo feudo al mar undoso.
El sol suspenso en la mitad del cielo
aplaudirá esta pompa -¡Oh Sol! ¡oh Padre!
tu luz rompa y disipe
las sombras del antiguo cautiverio,
tu luz nos dé el imperio,
tu luz la libertad nos restituya;
tuya es la tierra y la victoria es tuya».
Cesó el canto; los cielos aplaudieron
y en plácido fulgor resplandecieron.
Todos quedan atónitos; y en tanto
tras la dorada nube el Inca santo
y las santas Vestales se escondieron.
Mas ¿cuál audacia te elevó a los cielos,
humilde musa mía? ¡Oh! no reveles
a los seres mortales
en débil canto, arcanos celestiales.
Y ciñan otros la apolínea rama
y siéntense a la mesa de los dioses,
y los arrulle la parlera fama,
que es la gloria y tormento de la vida;
yo volveré a mi flauta conocida,
libre vagando por el bosque umbrío
de naranjos y opacos tamarindos,
o entre el rosal pintado y oloroso
que matiza la margen de mi río,
o entre risueños campos, do en pomposo
trono piramidal y alta corona,
la piña ostenta el cetro de Pomona,
y me diré feliz si mereciere,
el colgar esta lira en que he cantado
40
en tono menos dino
la gloria y el destino
del venturoso pueblo americano,
yo me diré feliz si mereciere
por premio a mi osadía
una mirada tierna de las Gracias
y el aprecio y amor de mis hermanos,
una sonrisa de la Patria mía,
y el odio y el furor de los tiranos.
Alocución a la poesía
Fragmentos de un poema titulado «América»
I
Divina Poesía,
tú de la soledad habitadora,
a consultar tus cantos enseñada
con el silencio de la selva umbría,
tú a quien la verde gruta fue morada, 5
y el eco de los montes compañía;
tiempo es que dejes ya la culta Europa,
que tu nativa rustiquez desama,
41
y dirijas el vuelo adonde te abre
el mundo de Colón su grande escena. 10
También propicio allí respeta el cielo
la siempre verde rama
con que al valor coronas;
también allí la florecida vega,
el bosque enmarañado, el sesgo río, 15
colores mil a tus pinceles brindan;
y Céfiro revuela entre las rosas;
y fúlgidas estrellas
tachonan la carroza de la noche;
y el rey del cielo entre cortinas bellas 20
de nacaradas nubes se levanta;
y la avecilla en no aprendidos tonos
con dulce pico endechas de amor canta.
42
y las riquezas de los climas todos
América, del Sol joven esposa,
del antiguo Océano hija postrera, 60
en su seno feraz cría y esmera.
43
Cundinamarca; antes que el corvo arado 105
violase el suelo, ni extranjera nave
las apartadas costas visitara.
Aún no aguzado la ambición había
el hierro atroz; aún no degenerado
buscaba el hombre bajo oscuros techos l10
el albergue, que grutas y florestas
saludable le daban y seguro,
sin que señor la tierra conociese,
los campos valla, ni los pueblos muro.
La libertad sin leyes florecía, 115
todo era paz, contento y alegría;
cuando de dichas tantas envidiosa
Huitaca bella, de las aguas diosa,
hinchando el Bogotá, sumerge el valle.
De la gente infeliz parte pequeña 120
asilo halló en los montes;
el abismo voraz sepulta el resto.
Tú cantarás cómo indignó el funesto
estrago de su casi extinta raza
a Nenqueteba, hijo del Sol; que rompe 125
con su cetro divino la enriscada
montaña, y a las ondas abre calle;
el Bogotá, que inmenso lago un día
de cumbre a cumbre dilató su imperio,
de las ya estrechas márgenes, que asalta 130
con vana furia, la prisión desdeña,
y por la brecha hirviendo se despeña.
Tú cantarás cómo a las nuevas gentes
Nenqueteba piadoso leyes y artes
y culto dio; después que a la maligna 135
ninfa mudó en lumbrera de la noche,
y de la luna por la vez primera
surcó el Olimpo el argentado coche.
Ve, pues, ve a celebrar las maravillas
del ecuador: canta el vistoso cielo 140
que de los astros todos los hermosos
coros alegran; donde a un tiempo el vasto
Dragón del norte su dorada espira
desvuelve en torno al luminar inmóvil
que el rumbo al marinero audaz señala, 145
y la paloma cándida de Arauco
en las australes ondas moja el ala.
Si tus colores los más ricos mueles
y tomas el mejor de tus pinceles,
podrás los climas retratar, que entero 150
el vigor guardan genital primero
con que la voz omnipotente, oída
del hondo caos, hinchió la tierra, apenas
sobre su informe faz aparecida,
44
y de verdura la cubrió y de vida. 155
Selvas eternas, ¿quién al vulgo inmenso
que vuestros verdes laberintos puebla,
y en varias formas y estatura y galas
hacer parece alarde de sí mismo,
poner presumirá nombre o guarismo? 160
En densa muchedumbre
ceibas, acacias, mirtos se entretejen,
bejucos, vides, gramas;
las ramas a las ramas,
pugnando por gozar de las felices 165
auras y de la luz, perpetua guerra
hacen, y a las raíces
angosto viene el seno de la tierra.
45
bajo su dulce carga desfallece
el banano, el café el aroma acendra
de sus albos jazmines, y el cacao 205
cuaja en urnas de púrpura su almendra.
...........................
Mas ¡ah! ¿prefieres de la guerra impía
los horrores decir, y al son del parche
que los maternos pechos estremece,
pintar las huestes que furiosas corren 210
a destrucción, y el suelo hinchen de luto?
¡Oh si ofrecieses menos fértil tema
a bélicos cantares, patria mía!
¿Qué ciudad, qué campiña no ha inundado
la sangre de tus hijos y la ibera? 215
¿Qué páramo no dio en humanos miembros
pasto al cóndor? ¿Qué rústicos hogares
salvar su oscuridad pudo a las furias
de la civil discordia embravecida?
Pero no en Roma obró prodigio tanto 220
el amor de la patria, no en la austera
Esparta, no en Numancia generosa;
ni de la historia da página alguna,
Musa, más altos hechos a tu canto.
¿A qué provincia el premio de alabanza, 225
o a qué varón tributarás primero? (...).
46
que de inermes provincias te hizo dueño,
como la aérea fábrica de un sueño
desvanecióse, y nada deja, nada
a tu nación, excepto la vergüenza 565
de los delitos con que fue comprada.
Quien te pone con Alba en paralelo,
¡oh cuánto yerra! En sangre bañó el suelo
de Batavia el ministro de Felipe;
pero si fue crüel y sanguinario, 570
bajo no fue; no acomodando al vario
semblante de los tiempos su semblante,
ya desertor del uno,
ya del otro partido,
sólo el de su interés siguió constante; 575
no alternativamente
fue soldado feroz, patriota falso;
no dio a la inquisición su espada un día,
y por la libertad lidió el siguiente;
ni traficante infame del cadalso, 580
hizo de los indultos granjería.
47
de la dulce tarea, a la colmena;
así el que osare con tan rico asunto
medir las fuerzas, dudará qué nombre
cante primero, qué virtud, qué hazaña; 795
y a quien la lira en él y la voz pruebe,
sólo dado será dejar vencida
de tanto empeño alguna parte breve.
48
Andrés Bello, La agricultura de la zona tórrida (1826)
49
de cuantos concedió bellos presentes
Providencia a las gentes
del ecuador feliz con mano larga. 55
No ya de humanas artes obligado
el premio rinde opimo;
no es a la podadera, no al arado
deudor de su racimo;
escasa industria bástale, cual puede 60
hurtar a sus fatigas mano esclava;
crece veloz, y cuando exhausto acaba,
adulta prole en torno le sucede.
50
los ánimos heroicos denodados
que fundan y sustentan los estados?
¿De la algazara del festín beodo,
o de los coros de liviana danza, 110
la dura juventud saldrá, modesta,
orgullo de la patria, y esperanza?
¿Sabrá con firme pulso
de la severa ley regir el freno;
brillar en torno aceros homicidas 115
en la dudosa lid verá sereno;
o animoso hará frente al genio altivo
del engreído mando en la tribuna,
aquel que ya en la cuna
durmió al arrullo del cantar lascivo, 120
que riza el pelo, y se unge, y se atavía
con femenil esmero,
y en indolente ociosidad el día,
o en criminal lujuria pasa entero?
No así trató la triunfadora Roma 125
las artes de la paz y de la guerra;
antes fió las riendas del estado
a la mano robusta
que tostó el sol y encalleció el arado;
y bajo el techo humoso campesino 130
los hijos educó, que el conjurado
mundo allanaron al valor latino.
¡Oh! ¡los que afortunados poseedores
habéis nacido de la tierra hermosa,
en que reseña hacer de sus favores, 135
como para ganaros y atraeros,
quiso Naturaleza bondadosa!
romped el duro encanto
que os tiene entre murallas prisioneros.
El vulgo de las artes laborioso, 140
el mercader que necesario al lujo
al lujo necesita,
los que anhelando van tras el señuelo
del alto cargo y del honor ruidoso,
la grey de aduladores parásita, 145
gustosos pueblen ese infecto caos;
el campo es vuestra herencia; en él gozaos.
¿Amáis la libertad? El campo habita,
no allá donde el magnate
entre armados satélites se mueve, 150
y de la moda, universal señora,
va la razón al triunfal carro atada,
y a la fortuna la insensata plebe,
y el noble al aura popular adora.
¿O la virtud amáis? ¡Ah, que el retiro, 155
la solitaria calma
en que, juez de sí misma, pasa el alma
a las acciones muestra,
es de la vida la mejor maestra!
¿Buscáis durables goces, 160
felicidad, cuanta es al hombre dada
51
y a su terreno asiento, en que vecina
está la risa al llanto, y siempre, ¡ah! siempre
donde halaga la flor, punza la espina?
Id a gozar la suerte campesina; 165
la regalada paz, que ni rencores
al labrador, ni envidias acibaran;
la cama que mullida le preparan
el contento, el trabajo, el aire puro;
y el sabor de los fáciles manjares, 170
que dispendiosa gula no le aceda;
y el asilo seguro
de sus patrios hogares
que a la salud y al regocijo hospeda.
El aura respirad de la montaña, 175
que vuelve al cuerpo laso
el perdido vigor, que a la enojosa
vejez retarda el paso,
y el rostro a la beldad tiñe de rosa.
¿Es allí menos blanda por ventura 180
de amor la llama, que templó el recato?
¿O menos aficiona la hermosura
que de extranjero ornato
y afeites impostores no se cura?
¿O el corazón escucha indiferente 185
el lenguaje inocente
que los afectos sin disfraz expresa,
y a la intención ajusta la promesa?
No del espejo al importuno ensayo
la risa se compone, el paso, el gesto; 190
ni falta allí carmín al rostro honesto
que la modestia y la salud colora,
ni la mirada que lanzó al soslayo
tímido amor, la senda al alma ignora.
¿Esperaréis que forme 195
más venturosos lazos himeneo,
do el interés barata,
tirano del deseo,
ajena mano y fe por nombre o plata,
que do conforme gusto, edad conforme, 200
y elección libre, y mutuo ardor los ata?
52
en la fresca montaña
el cielo olviden de su madre España;
adorne la ladera
el cafetal; ampare
a la tierna teobroma en la ribera 220
la sombra maternal de su bucare;
aquí el vergel, allá la huerta ría...
¿Es ciego error de ilusa fantasía?
Ya dócil a tu voz, agricultura,
nodriza de las gentes, la caterva 225
servil armada va de corvas hoces.
Mírola ya que invade la espesura
de la floresta opaca; oigo las voces,
siento el rumor confuso; el hierro suena,
los golpes el lejano 230
eco redobla; gime el ceibo anciano,
que a numerosa tropa
largo tiempo fatiga;
batido de cien hachas, se estremece,
estalla al fin, y rinde el ancha copa. 235
Huyó la fiera; deja el caro nido,
deja la prole implume
el ave, y otro bosque no sabido
de los humanos va a buscar doliente...
¿Qué miro? Alto torrente 240
de sonorosa llama
corre, y sobre las áridas rüinas
de la postrada selva se derrama.
El raudo incendio a gran distancia brama,
y el humo en negro remolino sube, 245
aglomerando nube sobre nube.
Ya de lo que antes era
verdor hermoso y fresca lozanía,
sólo difuntos troncos,
sólo cenizas quedan; monumento 250
de la lucha mortal, burla del viento.
Mas al vulgo bravío
de las tupidas plantas montaraces,
sucede ya el fructífero plantío
en muestra ufana de ordenadas haces. 255
Ya ramo a ramo alcanza,
y a los rollizos tallos hurta el día;
ya la primera flor desvuelve el seno,
bello a la vista, alegre a la esperanza;
a la esperanza, que riendo enjuga. 260
del fatigado agricultor la frente,
y allá a lo lejos el opimo fruto,
y la cosecha apañadora pinta,
que lleva de los campos el tributo,
colmado el cesto, y con la falda en cinta, 265
y bajo el peso de los largos bienes
con que al colono acude,
hace crujir los vastos almacenes.
53
mas a merced y a compasión te mueva 270
la gente agricultora
del ecuador, que del desmayo triste
con renovado aliento vuelve ahora,
y tras tanta zozobra, ansia, tumulto,
tantos años de fiera 275
54
que alargar le haga al injuriado hermano,
(¡ensangrento la asaz!) la diestra inerme;
y si la innata mansedumbre duerme, 325
la despierte en el pecho americano.
El corazón lozano
que una feliz oscuridad desdeña,
que en el azar sangriento del combate
alborozado late, 330
y codicioso de poder o fama,
nobles peligros ama;
baldón estime sólo y vituperio
el prez que de la patria no reciba,
la libertad más dulce que el imperio, 335
y más hermosa que el laurel la oliva.
Ciudadano el soldado,
deponga de la guerra la librea;
el ramo de victoria
colgado al ara de la patria sea, 340
y sola adorne al mérito la gloria.
De su trïunfo entonces, Patria mía,
verá la paz el suspirado día;
la paz, a cuya vista el mundo llena
alma, serenidad y regocijo; 345
vuelve alentado el hombre a la faena,
alza el ancla la nave, a las amigas
auras encomendándose animosa,
enjámbrase el taller, hierve el cortijo,
y no basta la hoz a las espigas. 350
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[Link] ORÍGENES DE LA NOVELA
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de los padres de familia indolentes, etc., etc., ¿por qué al momento han de saltar contra
mí los jueces, escribanos, letrados, médicos y demás, diciendo que hablo mal de ellos, o
de sus facultades? Esto será una injusticia y una bobería, pues al que se queja, algo le
duele, y en este caso, mejor es no darse por entendido, que acusarse, sin que haya quien
le pregunte por el pie de que cojea.
Comencé al principio a mezclar en mi obrilla algunas sentencias y versos latinos; y sin
embargo de que los doy traducidos a nuestro idioma, he procurado economizarlos en lo
restante de mi dicha obra; porque pregunté sobre esto al señor Muratori, y me dijo que
los latines son los tropezones de los libros para los que no los entienden.
El método y el estilo que observo en lo que escribo, es el mío natural y el que menos
trabajo me ha costado, satisfecho de que la mejor elocuencia es la que más persuade, y la
que se conforma más naturalmente con la clase de la obra que se trabaja.
No dudo que, así por mi escaso talento como por haber escrito casi currente cálamo,
abundará la presente en mil defectos, que darán materia para ejercitarse la crítica menos
escrupulosa. Si así fuere, yo prometo escuchar a los sabios con resignación,
agradeciéndoles sus lecciones a pesar de mi amor propio, que no quisiera dar obra alguna
que no mereciera las más generales alabanzas; aunque me endulza este sinsabor saber que
pocas obras habrá en el orbe literario que carezcan de lunares en medio de sus más
resplandecientes bellezas. En el astro más luminoso que nos vivifica, encuentran manchas
los astrónomos.
En fin, tengo un consuelo, y es que mis escritos precisamente agradarán a mis hijos
para quienes en primer lugar los trabajé; si a los demás no les acomodare, sentiré que la
obra no corresponda a mis deseos, pudiendo decir a cada uno de mis lectores lo que Ovidio
a su amigo Pisón: «Si mis escritos no merecen tu alabanza, a lo menos yo quise que fueran
dignos de ella.» De esta buena intención me lisonjeo, que no de mi obra.
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máximas en el seno de una religión supersticiosa, que al mismo tiempo lisonjeaba todas
las pasiones. En efecto, al oír a un escritor voluptuoso hablar con elogio de la pureza de
las costumbres, se evidenciará que únicamente la fuerza de la verdad ha podido arrancar
de su boca tan brillante testimonio.» Hasta aquí el célebre autor citado, en el párrafo XX
del prefacio a su libro titulado El fruto de mis lecturas. Ahora digo: si un joven
voluptuoso, o un viejo apelmazado con los vicios ve estos mismos reprendidos, y las
virtudes contrarias elogiadas, no en boca de los Anacoretas y Padres del Yermo, sino en
la de unos hombres sin religión perfecta, sin virtud sólida, y sin la luz del Evangelio,
¿no es preciso que forme un concepto muy ventajoso de las virtudes morales? ¿No es
creíble que se avergüence al ver reprendidos y ridiculizados sus vicios, no ya por los
Pablos, Crisóstomos, Agustinos ni demás padres ni doctores de la iglesia, sino por los
Horacios, Juvenales, Sénecas, Plutarcos y otros ciegos semejantes del paganismo? Y el
amor a la sana moral, o el aborrecimiento al vicio que produzca el testimonio de los
autores gentiles, ¿no debe ser de un interés recomendable, así para los lectores como para
la misma sociedad? A mí a lo menos así me lo parece, y por tanto no he querido omitir
las autoridades de que hablamos.
Capítulo I
Comienza Periquillo escribiendo el motivo que tuvo para dejar a sus hijos estos cuadernos, y
da razón de sus padres, patria, nacimiento y demás ocurrencias de su infancia
Postrado en una cama muchos meses hace, batallando con los médicos y enfermedades,
y esperando con resignación el día en que, cumplido el orden de la Divina Providencia, hayáis de
cerrar mis ojos, queridos hijos míos, he pensado dejaros escritos los nada raros sucesos de mi vida,
para que os sepáis guardar y precaver de muchos de los peligros que amenazan, y aun lastiman al
hombre en el discurso de sus días.
Deseo que en esta lectura aprendáis a desechar muchos errores que notaréis admitidos por
mí y por otros, y que, prevenidos con mis lecciones, no os expongáis a sufrir los malos
tratamientos que yo he sufrido por mi culpa; satisfechos de que mejor es aprovechar el desengaño
en las cabezas ajenas que en la propia.
Os suplico encarecidamente que no os escandalicéis con los extravíos de mi mocedad,
que os contaré sin rebozo, y con bastante confusión; pues mi deseo es instruiros y alejaros de los
escollos donde tantas veces se estrelló mi juventud, y a cuyo mismo peligro quedáis expuestos.
No creáis que la lectura de mi vida os será demasiado fastidiosa, pues como yo sé bien
que la variedad deleita el entendimiento, procuraré evitar aquella monotonía o igualdad de estilo,
que regularmente enfada a los lectores. Así es, que unas veces me advertiréis tan serio y
sentencioso como un Catón, y otras tan trivial y bufón como un Bertoldo. Ya leeréis en mis
discursos, retazos de erudición y rasgos de elocuencia; y ya veréis seguido un estilo popular
mezclado con los refranes y paparruchadas del vulgo.
También os prometo que todo esto será sin afectación ni pedantismo, sino según me
ocurra a la memoria, de donde pasará luego al papel, cuyo método me parece el más análogo con
nuestra natural veleidad.
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Últimamente, os mando y encargo que estos cuadernos no salgan de vuestras manos,
porque no se hagan el objeto de la maledicencia, de los necios o de los inmorales; pero si tenéis
la debilidad de prestarlos alguna vez, os suplico no los prestéis a esos señores, ni a las viejas
hipócritas, ni a los curas interesables, y que saben hacer negocio con sus feligreses vivos y
muertos, ni a los médicos y abogados chapuceros, ni a los escribanos, agentes, relatores y
procuradores ladrones, ni a los comerciantes usureros, ni a los albaceas herederos, ni a los padres
y madres indolentes en la educación de su familia, ni a las beatas necias y supersticiosas, ni a los
jueces venales, ni a los corchetes pícaros, ni a los alcaides tiranos, ni a los poetas y escritores
remendones como yo, ni a los oficiales de la guerra y soldados fanfarrones y hazañeros, ni a los
ricos avaros, necios, soberbios y tiranos de los hombres, ni a los pobres que lo son por flojera,
inutilidad o mala conducta, ni a los mendigos fingidos; ni los prestéis tampoco a las muchachas
que se alquilan, ni a las mozas que se corren, ni a las viejas que se afeitan, ni... pero va larga esta
lista. Basta deciros que no los prestéis ni por un minuto a ninguno de cuantos advirtiereis que les
tocan las generales en lo que leyeren; pues sin embargo de lo que asiento en mi prólogo, al
momento que vean sus interiores retratados por mi pluma, y al punto que lean alguna opinión que
para ellos sea nueva o no conforme con sus extraviadas o depravadas ideas, a ese mismo instante
me calificarán de un necio, harán que se escandalizan de mis discursos, y aun habrá quien pretenda
quizá que soy hereje, y tratará de delatarme por tal, aunque ya esté convertido en polvo. ¡Tanta es
la fuerza de la malicia, de la preocupación o la ignorancia!
Por tanto, o leed para vosotros solos mis cuadernos, o en caso de prestarlos sea únicamente
a los verdaderos hombres de bien, pues éstos, aunque como frágiles yerren o hayan errado,
conocerán el peso de la verdad sin darse por agraviados, advirtiendo que no hablo con ninguno
determinadamente, sino con todos los que traspasan los límites de la justicia; mas a los primeros
(si al fin leyeren mi obra) cuando se incomoden o se burlen de ella, podréis decirles, con
satisfacción de que quedarán corridos: «¿De qué te alteras? ¿Qué mofas, si con distinto nombre
de ti habla la vida de este hombre desreglado?»
Hijos míos, después de mi muerte leeréis por primera vez estos escritos. Dirigid entonces
vuestros votos por mí al trono de las misericordias; escarmentad en mis locuras; no os dejéis
seducir por las falsedades de los hombres; aprended las máximas que os enseño, acordándoos que
las aprendí a costa de muy dolorosas experiencias; jamás alabéis mi obra, pues ha tenido más parte
en ella el deseo de aprovecharos; y empapados en estas consideraciones, comenzad a leer.
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suerte que el niño a quien ha criado una cabra no será mucho que salga demasiado travieso y
saltador como se ha visto; si es cierto esto, digo: que mi primera nodriza era de un genio maldito,
según que yo salí de mal intencionado, y mucho más cuando no fue una sola la que me dio sus
pechos, sino hoy una, mañana otra, pasado mañana otra, y todas, o las más, a cual peores; porque
la que no era borracha, era golosa; la que no era golosa, estaba gálica; la que no tenía este mal,
tenía otro; y la que estaba sana, de repente resultaba en cinta; y esto era por lo que toca a las
enfermedades del cuerpo, que por lo que toca a las del espíritu, rara sería la que estaría aliviada.
Si las madres advirtieran, a lo menos, estas resultas de su abandono, quizá no fueran tan indolentes
con sus hijos.
No sólo consiguieron mis padres hacerme un mal genio con su abandono, sino también
enfermizo con su cuidado. Mis nodrizas comenzaron a debilitar mi salud, y hacerme resabido,
soberbio e impertinente con sus desarreglos y descuidos, y mis padres la acabaron de destruir con
su prolijo y mal entendido cuidado y cariño; porque luego que me quitaron el pecho, que no costó
poco trabajo, se trató de criarme demasiado regalón y delicado; pero siempre sin dirección ni tino.
Es menester que sepáis, hijos míos, (por si no os lo he dicho) que mi padre era de mucho
juicio, nada vulgar, y por lo mismo se oponía a todas las candideces de mi madre; pero algunas
veces, por no decir las más, flaqueaba en cuanto la veía afligirse o incomodarse demasiado, y ésta
fue la causa porque yo me crié entre bien y mal, no sólo con perjuicio de mi educación moral,
sino también de mi constitución física.
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