Columna de Opinión: El Abrazo que unió a México
Acatempan, 10 de febrero de 1821 — Bajo un cielo claro y la mirada expectante de los
pobladores, Vicente Guerrero y Agustín de Iturbide han sellado un acuerdo histórico
que podría cambiar el destino de la nación. En un simbólico encuentro conocido como
el Abrazo de Acatempan, ambos líderes dejaron atrás sus diferencias para unir fuerzas
en pro de la independencia de México.
El significado de este momento no puede ser subestimado. Por un lado, Guerrero,
emblema de la resistencia insurgente, ha combatido durante años en condiciones
adversas por una causa que parecía, a veces, perdida. Por otro, Iturbide, antiguo
enemigo de los insurgentes, ha dado un giro inesperado al unirse al movimiento
independentista tras años al servicio de la corona española. Este gesto, cargado de
pragmatismo político, ha desatado polémica entre quienes cuestionan sus
motivaciones, pero también ha generado esperanza entre aquellos que ven en esta
alianza el principio del fin del dominio colonial.
El Abrazo de Acatempan no solo marca un pacto militar; simboliza una nueva etapa en
la lucha por la emancipación, una en la que se prioriza la unión por encima de las
diferencias ideológicas. Este encuentro dio pie al Plan de Iguala, firmado días después,
que establece los principios de independencia, unión y religión como las bases del
futuro de México.
Sin embargo, no todo es celebración. La historia juzgará si este abrazo fue un acto
genuino de reconciliación o una maniobra estratégica de Iturbide para consolidar su
poder. Por ahora, el pueblo se aferra a la esperanza de que esta unión sea el preludio
de la tan anhelada libertad.
Hoy, México avanza hacia la consumación de su independencia. Pero queda la
pregunta: ¿será esta alianza suficiente para construir un país verdaderamente unido?
Solo el tiempo lo dirá, mientras las voces de la insurgencia y el eco de los campos de
batalla se transforman en el grito de una nación que busca nacer.