Cholo Ashco
JORGE ICAZA
Bajo la figura de Cholo Ascho se hallaba profundamente
escondido Andrés Guamán. Sin ser un acertijo, aquella
personalidad, tarda e inofensiva para todas las gentes del
pueblo, agitaba en el subsuelo del inconsciente un mundo
oscuro, cruel y hasta violento. La torpeza de aquel cholo,
y su humildad en el trabajo —en el sinnúmero de trabajos
por donde le arrastró la mala fortuna—, sin abrirle posi-
bilidades de compasión y consoladora esperanza, le deja-
ron siempre plantado frente a una gama de delitos absur-
dos —de delitos que deseaba cometer para vengarse, pero
que en realidad no eran suyos—, los cuales, por ley habili-
dosa de la honradez y la justicia del medio campesino, si-
tuábanle en el despido violento o en el comentario burlón.
Todo empezó desde la infancia. Quizás desde que el
maestro, un viejo de estampas terroríficas —con seis meses
de retraso en el cobro de los sueldos—, lo expulsó a patadas
de la escuela como a perro de huasipungo — ashco de indio
O tal vez antes, cuando la madre, una chola vivandera de la
feria: «Longo vago... Mal amansado... ¡Cholo Ashco!».
Aquel insulto creció con raíces amargas, con sabor de
venganza, deformando lo bueno, lo noble y alegre de Andrés
muchacho. Podía morir. Con curiosidad de gran inocencia
observó de reojo los dos huecos redondos, negros, que le
apuntaban. Pero felizmente en sus juegos de la calle —a los
soldados, a la guerra— murió y mató muchas veces. Incré-
dulo y confiado a la vez, bajó la cabeza buscando escamo-
tear lo inoportuno de una sonrisa. «No le diré... no le diré
aun cuando me mate», pensó.
—¿Te callas?
—.
—¿No quieres pedirme perdón arrastrándote de rodi-
las? ¡No quieres pedirme perdón como a taita Diosito?
—¿No. no...?
-...
Sonó un disparo. El eco huyó por la ventana —por donde
in duda también se fue el tiro— por la ventanita pegada al
echo, sin vidrios, de luz medrosa. Al orillarse el espanto en
ulso enloquecido, surgió ilesa la testarudez del pequeño. Todo
ra broma para él. Los azotes ardíanle como sinapismo en las
spaldas, en el pecho, en la cara, en los brazos, y sin embargo
guantaba heroicamente. Inmóvil junto a la pared, agravando
an su silencio la posibilidad de un futuro lleno de absurdo,
vó, como si le llegase de lejos, la súplica de la madre:
—Arrodillate, no más, hijito... Pídele perdón como a
Lita Dios... Eso le gusta... Evitaaa.
—Evita una desgracia... no te pongas así como mudo,
›mo un palo... ¡Por caridad, guagüitooo!
La intervención de la mujer llenó de gratitud al hom-
re —solo hasta entonces, en su descabellado a f á n ,
al hombre que en alianza de planes secretos, con la vo;
femenina, respondió mentalmente: «Yo le haré bajar e
pico... esta vez apuntaré más cerca... mucho más cerca
junto a las orejas del bandido... que reviente del susto..
¡Que me pida perdón!».
—¡Que me diga taitita Diosito! ¡Que me ponga las ma
nos, que se arrastre a mis pies! — concluyó Andrés Guamá:
a gritos, llorando. Y sin saber lo que hacía, sin mirar a don
de, apretó el gatillo.
El eco del disparo, con todo su escándalo, se clavó er
una manchita de sangre, en una manchita de sangre que
floreció sobre la camisa, en el pecho del guambra Juan.
—Guagua... guaguaaa —murmuró la madre con voi
que trataba de despertar al hijo, el cual se contrajo en mue
ca dolorosa, y lánguidamente resbaló, arrimándose a la pa-
red, hasta quedar postrado de rodillas.
—¡Así, así, carajo! —concluyó el hombre ebrio de sa-
tisfacción malsana, cansado como un dios victorioso. Por
desgracia, la víctima no pudo poner en ruego las manos, no
pudo gritar la alabanza, ni pudo arrastrarse hasta los pies
del verdugo. Cayó pesadamente al suelo.
—¡Muerto! ¡No... no...! —vociferó la madre apoderán-
dose del cuerpo agónico del pequeño.
—Muerto... -murmuró a media voz el hombre con la
mueca que caracterizaba la máxima desventura de su tipis-
mo de Cholo Ashco.
de culpas imprevistas y despidos violentos —estrangulad
siempre por su cobardía sudorosa de perfil lánguido en la m
rada y en los labios, por su imposibilidad para la defensa, pr
su torpeza involuntaria—, tuvo que soportar de nuevo —
napismo en vieja llaga— el sobrenombre en tono vejatorio: vejar maltatr
—¡Cholo Ashco!
«¡No... no...!»
—¡Inútil! ¡Manavali! ¡Perro de indio!
«¡No. No quiero... No quiero!»
—¡Fuera, carajo! ¡Ashco entrometido, sarnoso!
«¡No! ¡Por caridad! ¡Por taita Dios! ¡Por lo que más m
quieran en la vida!».
—¡Fuera.. fuera de aquí, Cholo Ashco...!
«¡Soy sordo! Tengo las orejas tapadas. ¡Soy sordo! Ji..
ji... ]1».
Tiempos malos para Andrés. Errabundo, desorientado
no sabía qué hacer, qué decir. Derribábase sobre la maleza
de los potreros, cara al cielo. Abrazaba a los árboles coma
a buenos amigos. Corría por los chaquiñanes hasta cae:
anhs anie
cansado y acezante a la orilla de algún arroyo. A veces, sin
atreverse a encarar el porvenir de turbios desprecios que
le acechaban fuera del hogar, permanecía tendido en el ca-
mastro, soportando la transformación absurda de Tomasa,
que, acurrucada frente a las escasas candelas del brasero,
monologaba en voz baja siguiendo su antigua costumbre,
con la diferencia sensible de que en los primeros años del
matrimonio no maldecía, ni se rascaba la cabeza, ni insul-
taba sin motivo a las cosas. Envuelto en una sensación de
absurdo, Andrés fingía indiferencia. Al principio —quizás
por sorpresa defensiva— se abismaba en la impresión del
refunfuñar cuotidiano de la mujer. Pero un día oyó clara-
mente, con una claridad que agitó su turbio mundo interior:
—¡Ashco... Ashco...!
«¡También aquí! ¡Eso no, carajo!».
-¡Manavali! ¡Cholo inútil sin calé! jAshCol
«Ella se atreve. ¡Ella... la güiñachishca... La rogadora...
depectuo
La puerca!».
A pesar del íntimo coraje, amargo y tembloroso, Andrés
callaba con esa maestría endurecida por la costumbre. Pero
en el fondo de su imposibilidad hermética, espiaba con re-
celo las reacciones del hijo, el cual, ajeno a la tragedia de los
mayores, entreteníase debajo de la mesa, o tras del baúl, o
entre las herramientas amontonadas por los rincones, en-
tablando —para su gusto y exclusividad— diálogos inefa-
bles con cuanto trapo, palo viejo, basura, se enrolaba en su
fantástica juguetería.
«No debe oír... él no debe darse cuenta de mi realidad...
de mi cholo ashco... ¡Jamás! ¡Su sonrisa llena de amor y de
respeto para mí! ¡El único! ¡El único que debe creer...! ¡Es
urgente! ¡Urgenteee...! ¡Mi hijo... Mi hijo....», pensaba An-
drés en tales circunstancias con desesperación de lágrimas
inoportunas. Pero a medida que crecía el muchacho, cre-
cían también —en audacia, en tono, en claridad— las que-
jas de la madre contra el atolondrado marido:
—Los ashcos de los huasipungos por lo menos ladran a
los viajeros, a los ladrones... ¿Qué amparo has de ser para
nosotros? ¿De qué te sirven, entiende, la humildad y el
silencio cuando de todas partes te echan como a perro?
¿De qué... de qué? ¿Honrado? ¿Trabajador? Jajajay! En es-
tos tiempos eso no sirve para defendernos del hambre,
de la calumnia, de la burla, de nada mismo... Bien me de
cía, alma bendita, mama Carmen: «Guambra carishina, ng
te cases con pendejo, con shunsho, que ni a Dios ni al diabl,
da provecho». Y yo, bruta, agarrar la primera porquería cor
calzones, el primer monigote que me hizo señas. ¿Para qué
Pregunten. ¿Para qué? Para andar como mendiga... para ve
a mi guagua flaco como cuy tierno... Sin ropita... Sin zapa
tos... Mal educado...
Con patético afán de excitar y abrir el silencio infran
queable del cholo, Tomasa agarraba al hijo, le zarandeaba a
más no poder junto a la muda actitud de Andrés, gritando:
-;Ve. Veee..!
La ineficacia de la indignación postraba a la mujer en
llanto histérico, mientras el pequeño, sacudido y maltre-
cho, observaba de reojo, con curiosidad retadora, al hom•
bre. ¡Al hombre verdugo!
Andrés, desde entonces descubrió -con dolor de alum•
bramiento— algo cruel e insidioso en las miradas del
muchacho. Todas sus esperanzas, todos sus ensueños in-
confesables, reproducidos y hasta exaltados con diabólica
precisión en el cachorro traicionero, burlábanse de él con
desprecio, con odio. Cada vez que tal cosa sucedía, una risa
anacrónica, de tono sarcástico y lágrimas reprimidas se
mroprodo
desbordaba, al parecer inopinadamente, por las comisuras
de los labios babosos, por lo inconforme de las pupilas tris-
tes del Cholo Ashco. De inmediato, con impertinencia vio-
lenta, automática, la mujer intervenía:
—¿Qué estás pensando, ve? ¡Algo malo ha de ser! ¿Qué?
¡Hablá! ¿De nuestra desgracia? ¿De nuestra miseria? Como
un idiota, como un ashco sin corazón, sin entrañas...
mano por la nariz humedecida, y rehuía la respuesta tirán-
dose de bruces en el camastro o huyendo de la casa. ¿Qué
podía entender ella de las bromas pesadas, estúpidas, que a
cada instante le salían al paso?
***
A partir de aquella amarga verdad, Andrés andaba
como desaparecido, en trance de fuga. Nada sustentaba sus
pasos, nada le parecía real y posible. Una tarde, cansado de
tanto buscar, sin suerte como de costumbre, se acercó junto
al negocio de mama Lucrecia -corredor abierto al camino
con ventas sobre el poyo—. La vieja sonrió de inmediato al
posible cliente, pero como el cholo se limitara a pedirle un
sitio en el rústico banco de la vereda que adornaba la casa,
ella, con mueca despectiva —la que todos usaban para él—
accedió de mala gana. Al sentarse a la sombra y mirar en
su torno, el cholo Guamán creyó descubrir una esperanza
jamás percibida, largamente ansiada, algo que parecía equi-
librar su timidez y mala fortuna. Pero todo se deshizo en
la certeza de su despreciable condición. Aquel juego íntimo
—consuelo fugaz de la fantasía— en vez de aclarar la figura
abatida del hombre subrayó los rasgos grises de la sospecha
y de la venganza. Un deseo extraño de quedarse en el puesto,
de morir donde estaba, lo retuvo en abuso de hospitalidad.
Mama Lucrecia, celosa e impaciente por la presencia inútil de
aquel espantajo, intervino con gritos y palabrotas:
—¡Vea, hombre! ¿Espera quedarse sentado como preña-
da hasta la noche? ¡Fuera... fuera de aquí!
—Es que...
—Nada de ponerse como perro bravo. ¡No faltó más! N
los indios quieren descansar con semejante ashco... ¡Fuer
he dicho...!
Sin ser nuevo aquel trato para él, Andrés Guamán sin
tió como dientes rabiosos las palabras de la vieja, y en s
estado de vergüenza corrió hasta el refugio maldito de s
cuarto, donde la mujer, sin dar tregua al desconcierto di
hombre, habló con inaudito tono de queja contra el hijo:
—¡Bl guambra...! ¡El guambra que ha salido como el ta
ta! ¡Ashco sin dueño! ¡Ashcooo!
—Sí. igualito a vos, veee... No obedece a nadie. ¡A na
die! Se hace el shunsho y el inocente cuando le pregunto.
los vecinos se quejan... Hasta ratero se ha vuelto, ve. ¿
quién puedo pedir para que me ayude? Ave María, ¿a quié
vuelvo mis ojos?
—Le han visto entrar en la casa del compadre Rafico.
Le han visto que se llevaba una paila... Una paila! ¿Ahor
qué haremos? ¿Qué? No quiere avisar... igualito al tait:
¡Ashco manavali!
Con sorpresa de puerta que se abre sola, de voz que lleg
de lejos en ascenso continuo, Andrés sacudió su marasmo :
miró de reojo al muchacho tras la reja de los dedos crispado:
que sostenían su actitud habitual, cabizbaja e indiferente. E
guambra Juan, acurrucado en un rincón, acechaba la escena
de los padres con temor, entre risueño y taimado, «me despre•
cia como todos... me desprecia a pesar de quererlo tanto...»
se dijo Guamán y en su entender momentáneo
prisma de la transferencia inevitable, vio y entendió —como
en los sueños en que uno se ve y se entiende— que el silencio
del pequeño era el suyo, que la forma de mirar —mezcla de
vergüenza y resentimiento— era la suya, que en los ojos, que
en los labios, que en el temblor de las manos estaba él, él con
su dimensión espiritual y física. Algo con sabor de celo y de
venganza circuló atropelladamente por su sangre, algo que
despertó en él un extraño coraje, el mismo que debían sentir
los capataces, los mayordomos, los dueños de taller, los jefes
en general, cuando él —Cholo Ashco— les planteaba el teore-
ma de su desgracia, de su torpeza, de su testarudez y tenían
que echarle a patadas. En despertar de crueldades primitivas,
lleno de impulsos insospechados, creyó que debía herir para
herirse; flagelar para flagelarse. Y como el pequeño era la
prolongación viva de su carne, de sus huesos, de su morbosa
timidez, de su pesada vergüenza, ciego de cólera azotó al mu-
chacho al ritmo ciego de los mismos insultos y de las mismas
maldiciones con las que las gentes, todas las gentes, envile-
cieron su existencia.
—¡No! ¡No, taitico! ¡No, por Dios! ¡Nooo! —protestó el
guambra Juan a los primeros latigazos, más de sorpresa
que de dolor.
—¡Ashco bandido! ¡Manavali! ¡Ashco! ¡Ladrón, carajo!
{Toma..Toma..!
Ante la furia desatada del cholo —en ascenso diabóli-
co—, la mujer trató de defender al hijo, pero un empellón
inusitado, violento, la arrojó sobre el montón de herramien-
tas viejas, postrándola de espanto en un silencio de temor
que en vez de extinguir la cólera del cholo exaltó en él una
especie de hombría palpitante.
—¡Ayayay... ayayay...! ¡No así, taitico... no así, bonito.
¡Ayayay... ayayay..! -gritó el muchacho sintiéndose perdi
do, con pánico verdaderamente animal.
—¡Toma para que aprendas! ¡Toma para que te compon
gas! ¡Guambra ashco! ¡Manavali! ¡Ashcooo!
—¡Perdón. perdón, taitico! —suplicó el muchach,
arrastrándose de rodillas hasta los pies del cholo.
—¡loma, carajo... toma!
—¡Taitiquito.. Bonitico... Taita Diositico..!
Era tarde para perdonar. Los rencores almacenados se des.
bordaron, crecieron con bilis para borrar los propios fantasmas
—¡loma...toma...! -continuó gritando Andrés en la
medida que azotaba y desentumecía su torpeza, su paráli-
sis, su habitual silencio.
—¡laita Diosito! -clamó el guambra Juan con insis-
tencia enternecida en mocos, lágrimas y babas, repitiendo
sin reparos la devoción del penitente ante el Ser Supremo.
—¡loma...toma...!
—¡laita Diositoooo...!
En su estiramiento, en su elevación incontrolable, el
Cholo Ashco alcanzó a comprobar dos realidades inusita-
das: que la mujer —lengua caliente hasta las brasas del ve-
neno— había cerrado la boca en el duelo de espanto, y que
el hijo —testarudez de burla e indiferencia— se arrastraba
a sus pies arrepentido.
-Toma... toma...!
—jPerdón.. perdón, taita Diosito...! ¡Taita Diositoooo..!
-insistió el muchacho como si cooperase en el juego dia-
bólico que exaltaba el dios embrionario que dormía desde
Siemnre en el regazo del hombre envilecido
Cuando dejó de flagelar —acezando de amargo orgu-
llo— y se reintegró a su asiento, Andrés Guamán sintió
que el mundo de sus tinieblas le alumbraba con una luz té-
trica, con una esperanza superior a sus fuerzas. «Taita Dio-
sito... soy taita Diosito... Ji, ji, ji», pensó, saboreando con
orgullo criminal el llanto entrecortado del hijo y el temor
silencioso de la mujer.
***
Al siguiente día, Andrés Guamán amaneció inundado de
pena, una pena agarrada a la borrachera de su transforma-
ción, a la borrachera de la víspera donde perdió algo de su
ser, algo modelado en años de silencio para uso personal. Se
creía otro, integro, posible. Había echado a patadas —él tam-
bién— de su contradictoria vida familiar al Cholo Ashco.
Con lucidez y anhelos nuevos se aventuró en busca de traba-
jo. Domaría a gritos, por el simple hecho de haber renacido, a
los patronos, a los maestros de taller, a los sobrestantes, a los
mayordomos. Y su voz se hizo alta y grosera al pedir.
Fue enorme la sorpresa de la gente. Todos creyeron,
con regocijos de sarcasmo y violencia, que el cholo infeliz
estaba loco.
—Hecho el gallo... Ji, ji, j1.
—Cuando siempre fue cobarde y nos produjo repugnan-
cia con su figura, con el rabo entre las piernas.
—Suplicando.
—Corriendo.
-Llorando.
—Como perro escaldado.
—Como perro de indio.
—¡Cholo Ashcooo!
—¿Por qué de pronto se puso así?
-¿Qué comió?
—¿Qué vio?
—¿Qué le dio?
—¿Por qué... por qué...?
La falta de explicación, palpable en la quiebra de lo hal.
tual, agravó más y más la tragedia grotesca en la que se d
batía Andrés, pero desde entonces, a pesar de la desilusió
del choque con la verdad del pueblo, todas las contradicci
nes, todos los vejámenes, todos los insultos, se le hiciero
llevaderos en el equilibrio de los pocos minutos de «tait
Diosito» que le propinaba el terror del pequeño flageladi
Salida dolorosa y momentánea que muchas veces lo oblig
a inventar motivos, a esconder cosas, a estallar inopinadi
mente a favor de la escena melodramática.
—Ha desaparecido el dinero... ¡Mi dinero!
-No.
—El guambra... ¡El guambra, carajo!
—No he visto, taitico... No he visto...
—¿Dónde está? ¿Dónde...?
—¡No, taitico!
—¡Ladrón! ¡Bandido! ¡Toma! ¡Toma!
-¡Perdón, taita... taita Diosito! ¡Taita Diositooo!
Al ritmo del látigo todo se transformaba. La queja taima-
da de la mujer, en éxtasis de veneración. El rencor hipócrita
del muchacho, en arrastre de rodillas, en lágrimas, en m a n o s
puestas, en temblores de suplica y alabanza. Mágica escena
que exaltaba el placer del Cholo Ashco a costa de su propio
dolor —flagelo en la carne del hijo—. Su emoción extraor-
dinaria, única, redimíale de todas las amarguras cotidianas.
Por desgracia, las cosas tomaron un camino inesperado
desde el momento en que el muchacho comprendió la injusti-
cia, la descabellada maldad de su «taita Diosito». En su difu-
so intuir, advirtió el pequeño que sus gritos y sus mil formas
de humillación y terror al látigo alimentaban el deleite del
verdugo. Y un día, adelantándose a la madurez, la corrup-
ción de su alma infantil en venganza sutil de hombre, se dijo:
«¿Por qué al taita Ashco... por qué?» y se juró soportar el do-
lor en silencio, suprimir los gritos. Propósito que le fue muy
difícil cumplir al principio. Ardía el látigo más que la vengan-
za, más que el despertar de sus malos instintos, pero poco a
poco fue dominando sus espasmos histéricos, tragándose los
gritos, endureciendo su piel con odio.
Aquella indiferencia, aquel desprecio por el dolor que
empezó resistiendo el primer latigazo, y luego el segundo,
y el tercero, y el cuarto, sin troncharse en quejas y humilla-
ciones, inquietó a la madre.
—Está curtido el pobre guambra... Curtido hasta dar
pena. Ya no siente... Ya no... Parece un muerto mi guagua.
La figura escuálida, impasible, del pequeño ante la ur-
gencia balsámica de los azotes del Cholo Ashco, caía de ro-
dillas solamente cuando la furia del verdugo lograba hume-
decer el látigo en sangre.
Pero Andrés Guamán llegó a su refugio más envilecido
que de ordinario. El pueblo, un coro de endemoniadas gen-
tes, extremando el desprecio y la burla, se había reído de él.
Alguien lo había tirado al suelo, y alguien le había dado de
puntapiés. Lo salvaje que el cholerío ejercitó aquella ocasión
le ardía en todo el cuerpo, en las piernas, en el vientre, en I
cara, en las manos...
—Carajo. Carajo —murmuró al entrar en la vivienda e
Cholo Ashco, aprestándose ciegamente a lavar con el terro,
con las súplicas del hijo, todas las tinieblas de sus rencore;
Se apoderó del látigo, y sin justificar su actitud, sin ningú
pretexto, flageló al muchacho.
—Toma. Toma.. ¡Guambra bandido! ¡Ashcooo...!
—¿Por qué? ¿Por qué? —intervino Tomasa arrebatad;
por el coraje justiciero.
-¡Silencio! —ordenó el hombre listo a saltar con crimi
nal propósito contra la intrusa.
El grito, feroz como un empellón, como una bofetada
trochó a la mujer en llanto sobre el camastro. De i n m e
diato, sin perder tiempo, Andrés se volvió hacia el hijc
que, pálido y desafiante, permanecía erguido en mitac
del cuarto.
—¿Y ahora? ¿Y ahora, carajo? ¡Longo bandido! - c o n t i
nuó el cholo metiendo el látigo en las narices del pequeño.
Se abrió una pausa llena de malos presagios. La mujer
refrenó por breves instantes la impertinencia de sus lágri-
mas, y el guambra Juan, pálido de coraje, se aferró ciega-
m e n t e a un mutismo burlón.
—¿No respondes? ¿No? ¡Toma... toma, carajo!
-..
—¡Toma, toma, bandido!
El muchacho, sin perder su tétrico silencio, retrocedió
acosado por la furia del flagelador. Dio la espalda
por vencer que exaltaba la vileza del alma retorcida del cho-
lo. «No le diré... no le diré aun cuando me mate..», pensó el
pequeño mordiendo heroicamente sus quejas.
¡Toma, ashco! ¡Ashcooo! —insistió el hombre el insulto
de su destino a la víctima.
¡Toma...!
-Carajo.. Carajooo... —murmuró Andrés en fatiga de
perro cansado, mientras esforzaba sin tino el poder decli-
nante del látigo.
Con mudez embotellada en actitud vengativa —deses-
peración y pánico para el verdugo—, el guambra Juan cre-
cía en su silencio. Crecía, hierático y amenazante como un
solemne
idolillo de piedra.
—¡Toma...!
-...
—¡Toma, por taita Dios, por bandido! ¡Toma... toma...
—insistió Guamán declinando su fiereza y empapando a la
vez sus palabras en tono de súplica.
—¿Por qué? Ya no puedo más. ¡Curtidooo!
-...
Al sentir el fracaso, Andrés cayó en babosidad irritante
de lamentaciones y ruegos, al parecer inopinados. Se halla-
ba roto, vencido por su única esperanza, y no obstante se
aferraba a ella.
—¿Por qué no me dices nada? ¿Por qué no me pides per-
dón, guambra? Un rato... un ratito no más...
—Un ratito quiero verte arrastrándote en el suelo.
¡Unito no más!
—¡Puesto las manos de rodillas como penitente ant
Dios! ¡Toma...toma...!
—¡Yo soy tu taita Dios! Te puedo perdonar, guambra.
pero habla... ¡Habla!
«Aun cuando me mate», insistió mentalmente el mi
chacho, «no me duele, ya no me duele nada. ¡Cholo Ashco!
— Toma...Toma... Yo soy tu taita Dios.
—¿No? ¿Qué... qué...?
-...
—¡Malo.. corrompido... sin entrañas para el pobre taita..
-¡Toma, toma, carajo, para que te quedes como muert
mismo!
«Como muerto mismo», repitió la madre, observande
paralizada de angustia, a través de sus lágrimas, la figur.
silenciosa y testaruda del hijo.
En aquel momento, Andrés Guamán, como enloqueci
do, soltó el látigo, buscó por los rincones, se apoderó febril
mente de su vieja carabina, y cargándola con dos balas griti
en tono de desafío, plantándose frente al muchacho:
—¡Veremos quién puede, carajo!
—.
—De rodillas o te mato, guambra.
Un gemido como de terror y de queja dejó escapar la
mujer, un gemido que desconcertó con fugaz sospecha al
muchacho. Podía morir. Con curiosidad de gran inocencia
observó de reojo los dos huecos redondos, negros, que le
apuntaban. Pero felizmente en sus juegos de la calle —a los
soldados, a la guerra— murió y mató muchas veces. Incré-
dulo y confiado a la vez, bajó la cabeza buscando escamo-
tear lo inoportuno de una sonrisa. «No le diré... no le diré
aun cuando me mate», pensó.
—¿Te callas?
—.
—¿No quieres pedirme perdón arrastrándote de rodi-
las? ¡No quieres pedirme perdón como a taita Diosito?
—¿No. no...?
-...
Sonó un disparo. El eco huyó por la ventana —por donde
in duda también se fue el tiro— por la ventanita pegada al
echo, sin vidrios, de luz medrosa. Al orillarse el espanto en
ulso enloquecido, surgió ilesa la testarudez del pequeño. Todo
ra broma para él. Los azotes ardíanle como sinapismo en las
spaldas, en el pecho, en la cara, en los brazos, y sin embargo
guantaba heroicamente. Inmóvil junto a la pared, agravando
an su silencio la posibilidad de un futuro lleno de absurdo,
vó, como si le llegase de lejos, la súplica de la madre:
—Arrodillate, no más, hijito... Pídele perdón como a
Lita Dios... Eso le gusta... Evitaaa.
—Evita una desgracia... no te pongas así como mudo,
›mo un palo... ¡Por caridad, guagüitooo!
La intervención de la mujer llenó de gratitud al hom-
re —solo hasta entonces, en su descabellado a f á n
al hombre que en alianza de planes secretos, con la vo;
femenina, respondió mentalmente: «Yo le haré bajar e
pico... esta vez apuntaré más cerca... mucho más cerca
junto a las orejas del bandido... que reviente del susto..
¡Que me pida perdón!».
—¡Que me diga taitita Diosito! ¡Que me ponga las ma
nos, que se arrastre a mis pies! — concluyó Andrés Guamá:
a gritos, llorando. Y sin saber lo que hacía, sin mirar a don
de, apretó el gatillo.
El eco del disparo, con todo su escándalo, se clavó er
una manchita de sangre, en una manchita de sangre que
floreció sobre la camisa, en el pecho del guambra Juan.
—Guagua... guaguaaa —murmuró la madre con voi
que trataba de despertar al hijo, el cual se contrajo en mue
ca dolorosa, y lánguidamente resbaló, arrimándose a la pa-
red, hasta quedar postrado de rodillas.
—¡Así, así, carajo! —concluyó el hombre ebrio de sa-
tisfacción malsana, cansado como un dios victorioso. Por
desgracia, la víctima no pudo poner en ruego las manos, no
pudo gritar la alabanza, ni pudo arrastrarse hasta los pies
del verdugo. Cayó pesadamente al suelo.
—¡Muerto! ¡No... no...! —vociferó la madre apoderán-
dose del cuerpo agónico del pequeño.
—Muerto... -murmuró a media voz el hombre con la
mueca que caracterizaba la máxima desventura de su tipis-
mo de Cholo Ashco.