Homilía Inmaculada Concepción: Queridos hermanos, Hoy
celebramos la Fiesta de la Inmaculada Concepción de la
Virgen María, un misterio profundo que ilumina el corazón
de nuestra fe. Este día no solo nos invita a honrar a María
como la Madre de Jesús, sino a contemplar el plan de
salvación que Dios ha tejido a lo largo de toda la historia
humana. Las lecturas de hoy nos ofrecen un gran fresco de la
Historia de la Salvación, desde la creación hasta el
cumplimiento de los tiempos en Cristo.
1. El comienzo de la historia humana (Génesis 3, 9-15, 20)
En el relato del Génesis, vemos el inicio de la tragedia
humana: la caída de Adán y Eva. Dios había creado al
hombre y a la mujer en su imagen y semejanza, pero al ceder
a la tentación de la serpiente, ellos desobedecen a Dios y se
apartan del camino de la vida. La consecuencia es el pecado,
la separación de la bondad y la justicia que Dios había
dispuesto para ellos.
Pero incluso en este momento de desesperación, Dios da una
promesa de esperanza: “Pondré enemistad entre ti (la
serpiente) y la mujer, entre tu descendencia y su
descendencia; ella te aplastará la cabeza cuando tú le hieras
en el talón”. Esta es la primera promesa de salvación, donde
Dios nos muestra que de una mujer, la Virgen María, nacerá
el Salvador que destruirá el poder del mal.
Los paralelos y contrastes entre el relato del Génesis y el del
Evangelio de hoy son sorprendentes. En el primer caso está
la serpiente que engaña; en el segundo está el ángel de Dios
que trae el mensaje de salvación. En el primer caso está la
maldición, en el segundo la bendición. En el primer caso hay
miedo y autojustificación; en el segundo hay confianza y
entrega.
2. La elección eterna (Efesios 1, 3-12)
En la carta a los Efesios, San Pablo nos recuerda que Dios
nos eligió en Cristo desde antes de la creación del mundo
para ser santos e irreprochables ante Él. Aquí descubrimos
algo maravilloso: Dios tenía un plan de salvación para la
humanidad desde siempre, un plan que no se detiene ante la
caída de Adán y Eva, sino que sigue adelante con la elección
de María para ser la Madre del Salvador. Ella, en su pureza y
en su total adhesión al plan de Dios, es el modelo perfecto de
lo que significa ser elegidos por Dios. La Inmaculada
Concepción es precisamente el momento en que María,
desde su concepción, es preservada del pecado original para
cumplir con su misión de ser la madre de Jesús.
3. El sí de María (Lucas 1, 26-38)
En el Evangelio de Lucas, el ángel Gabriel visita a María
para anunciarle que será la madre del Salvador. El contraste
con el relato del Génesis es asombroso. En el Génesis, la
mujer, Eva, cede ante la tentación y cae en la desobediencia;
pero en el Evangelio, María responde con fe, confianza y
entrega total a la voluntad de Dios: "He aquí la esclava del
Señor; hágase en mí según tu palabra".
María, como la nueva Eva, se convierte en el instrumento de
la restauración de la humanidad. Su respuesta al ángel no es
solo la aceptación de un destino, sino la manifestación de su
total colaboración con el plan divino de redención. Ella, con
su “sí”, comienza la obra de la salvación al permitir que el
Verbo de Dios se haga carne en su seno.
4. La victoria de la Vida (Reflexión final)
Como hemos escuchado, en el Génesis, Dios habla de la
enemistad entre la mujer y la serpiente, una enemistad que,
en la figura de María, se convierte en victoria. María, en su
Inmaculada Concepción, es la mujer en la que se cumple
la promesa de que la Vida vencerá a la muerte. Ella, al ser
preservada del pecado desde su concepción, se convierte en
la madre de la Vida misma, Jesucristo, quien vencerá la
muerte para siempre.
Hoy celebramos la victoria de la vida sobre la muerte, la
victoria de la fidelidad sobre la traición. La historia de la
salvación comienza con la caída de Adán y Eva, pero su
restauración se da a través de una mujer: María, la
Inmaculada, quien, al ser preservada del pecado original, es
la primera en recibir, de manera perfecta, el don de la gracia
de Dios. Su vida, libre de pecado, es la preparación perfecta
para ser la madre de Aquel que es la Vida.
5. El misterio de nuestra salvación
Pero este misterio no es solo de María; es nuestro misterio
también. Todos estamos llamados a ser como María, a ser
receptivos a la gracia de Dios, a decir “sí” a su voluntad, a
colaborar con su plan de salvación. La victoria de la vida
sobre la muerte que celebramos en María se extiende a toda
la humanidad. Cada uno de nosotros está llamado a vivir la
vida nueva que Cristo vino a traer, una vida que vence al mal,
al pecado y a la muerte.
Conclusión: La victoria de la Vida
Hoy, al celebrar la Inmaculada Concepción de María,
celebramos la victoria de la vida que empieza en ella y se
extiende a todos nosotros. En su pureza y obediencia, María
nos muestra el camino para ser fieles al plan de Dios, para
decir “sí” a su llamado y permitir que la Vida misma habite
en nosotros. Que este día nos inspire a vivir en esa misma
fidelidad, confiando en que, al igual que María, somos
llamados a ser instrumentos de la salvación de Dios para el
mundo. Amén.
Oración de Consagración a la Virgen María en la Fiesta de la Inmaculada Concepción
Madre Inmaculada, hoy, en la celebración de tu Concepción sin mancha,
me acerco a ti con humildad y amor, reconociendo en ti el don más
grande de Dios, quien te eligió desde el principio para ser la Madre del
Salvador.
Como en el jardín del Edén, cuando la humanidad, a través de Adán y
Eva, cayó en el pecado, Dios ya pronunció su promesa de salvación:
«Pongo hostilidad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y su
descendencia; esta te aplastará la cabeza». Tú, María, eres la mujer que,
en tu pureza y fidelidad, aplastaste la cabeza de la serpiente, al aceptar
generosamente el plan divino para la redención del mundo.
Hoy te consagro mi vida y mi corazón. Te ofrezco todo lo que soy y todo
lo que tengo, para que me guíes en el camino de la santidad, así como tú
lo hiciste, siempre fiel al plan de Dios. Tú que, llena de gracia, aceptaste
ser la Madre de Jesús, ayúdame a abrir mi corazón al Señor con la misma
disposición y obediencia.
Te encomiendo mis dudas, mis temores y mis fallos, confiando en que
como el apóstol San Pablo oraba por los Filipenses, también tú intercedes
ante el Señor para que mi amor crezca cada día, para que mis actos sean
frutos de justicia, para gloria y alabanza de Dios.
María, Madre mía, acoge esta oración y consagración. Guíame siempre
hacia tu Hijo, Jesús, mi Salvador. Que con tu intercesión pueda también
yo vivir en plena comunión con Dios, esperando con esperanza el Día de
Cristo, limpio e irreprochable, lleno de frutos de justicia.
¡Ave María, Inmaculada Concepción, Reina de la Paz! Amén.