Antonio Machado PAU 2024 Javier Cabrera Santana
“A un olmo seco”, de Antonio Machado
Al olmo viejo, hendido por el rayo
y en su mitad podrido,
con las lluvias de abril y el sol de mayo,
algunas hojas verdes le han salido.
¡El olmo centenario en la colina
que lame el Duero! Un musgo amarillento
le mancha la corteza blanquecina
al tronco carcomido y polvoriento.
No será, cual los álamos cantores
que guardan el camino y la ribera
habitado de pardos ruiseñores.
Ejército de hormigas en hilera
va trepando por él, y en sus entrañas
urden sus telas grises las arañas.
Antes que te derribe, olmo del Duero,
con su hacha el leñador, y el carpintero derribe / convierta / carro /
Aliteración
te convierta en melena de campana, carreta / rojo / ardas / torbellino /
lanza de carro o yugo de carreta; sierras / barracas
antes que rojo, en el hogar, mañana,
Locución adverbial Antes que…
ardas de alguna mísera caseta,
al borde de un camino; Al olmo viejo, hendido por el
Hipérbaton
antes que te descuaje un torbellino rayo / y en su mitad podrido, /
y tronche el soplo de las sierras blancas; con las lluvias de abril y el sol de
mayo, / algunas hojas verdes le
antes que el río hasta la mar te empuje
han salido.
por valles y barrancas,
olmo, quiero anotar en mi cartera Metonimia Mi corazón espera / también,
la gracia de tu rama verdecida. hacia la luz y hacia la vida, / otro
milagro de la primavera.
Mi corazón espera
también, hacia la luz y hacia la vida,
otro milagro de la primavera.
(Soria, 1912)
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Antonio Machado PAU 2024 Javier Cabrera Santana
[Contextualización del autor y la obra en su época y movimiento. Contextualización de la obra en
la producción del autor y relación del texto seleccionado con dicha obra]
“A un olmo seco” es uno de los poemas más conocidos de Antonio Machado y se encuentra
incluido en una de sus obras más representativas: Campos de Castilla.
Antonio Machado nace en Sevilla, en 1875, en el seno de una familia de intelectuales
liberales y republicanos; pasa su juventud en Madrid y viaja en más de una ocasión a París
(recordemos que se ganaría la vida como profesor de Francés en Enseñanzas Medias). Los
fundamentos morales de su personalidad analítica y progresista se verían reforzados durante los años
de estudio en la Institución Libre de Enseñanza. En octubre de 1907 comienza a impartir clases en el
instituto de Soria. Luego lo haría en Baeza, Segovia y Madrid. En la ciudad de Soria, donde se
identifica con el paisaje castellano, conoce a Leonor Izquierdo, con quien se casará y a quien dedicará
parte de su producción poética. La prematura muerte de Leonor, en 1912, lo sume en una profunda
depresión y prácticamente lo obliga a trasladarse a Baeza. Más adelante, en Segovia, conoce a
“Guiomar” (nombre en clave con que se refiere a la poeta Pilar Valderrama), que le inspirará
hermosos versos. Por último, Machado participa en las actividades culturales de la Segunda
República, y durante la Guerra Civil se muestra contrario a la causa de los rebeldes fascistas, motivo
por el cual, en enero de 1939, antes de la derrota final, se exilia y muere en el pueblecito francés de
Collioure.
Comúnmente asociado a la estética renovadora del Modernismo y a la mentalidad reformista
y crítica de la Generación del 98 (hondamente preocupada –en parte debido a la influencia del
regeneracionismo– por España y su difícil situación económico-social), es uno de los poetas más
influyentes en la nuestra lengua en el siglo XX. Junto a Juan Ramón Jiménez, representa el punto más
alto en la poesía de los inicios de siglo.
Como poeta, Antonio Machado presenta diversas etapas y aborda distintos temas. En su
primer libro, Soledades, Galerías y otros poemas (1907), encontramos poemas en la línea del
Modernismo simbolista. En ellos trata los temas del paso del tiempo, la melancolía, Dios y, sobre
todo, la muerte, una constante en el conjunto de su obra. Destacan, además, algunos símbolos, como
la tarde o la fuente, que representan su concepto del tiempo.
Campos de Castilla es una obra posterior, de 1912. Por entonces, Antonio Machado vive en
Soria, donde se casa con Leonor tras un corto noviazgo. En 1912, casi a la vez que se publica este
libro, enferma y muere Leonor. A continuación, Machado se traslada a trabajar como profesor en
Baeza, donde amplía Campos de Castilla con poemas dedicados a su esposa fallecida (la edición
definitiva, ampliada, es de 1917).
Campos de Castilla aborda los temas anteriormente citados, a los que se unen el del dolor por
la muerte de su mujer; asimismo, hay poemas en los que toca el tema de Castilla como representación
de España; otros son de índole filosófica o religiosa; otros ofrecen reflexiones generales sobre la
condición humana, y, finalmente, otros analizan la identidad colectiva y los rasgos más genuinos de
los españoles desde una perspectiva crítica (denuncia del atraso y la pobreza de la España de su
tiempo). En cualquier caso, hay que considerar que a estas alturas, en la época en que se compone esta
obra, Machado ha evolucionado como poeta, alejándose de la corriente literaria del Modernismo para
acercarse a cierto realismo muy del gusto de la Generación del 98.
El poema que tratamos de comentar toma la referencia del paisaje real castellano, como
sucede a menudo en Campos de Castilla, para extraer lecturas metafóricas o simbólicas sobre la
condición humana.
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[Análisis de los temas presentes en el texto, así como de las ideas del autor]
En este poema Machado canta a ese “milagro de la primavera” que se manifiesta en la “rama
verdecida” de un carcomido “olmo centenario”. Hay quien piensa que la esperanza a la que alude en
los últimos versos tiene que ver con el deseo de una mejoría en el delicado estado de salud de Leonor,
por entonces gravemente enferma (el poema está fechado el 4 de mayo de 1912 y Leonor muere el 1
de agosto de ese mismo año).
Aun así, creemos más acertada otra visión, otra explicación del tema, más orientada a la
persona del poeta que a la de su mujer: la sorpresa que produce el ver de pronto “algunas hojas
verdes” en ese podrido “olmo viejo”, así como la urgencia por anotar, antes de que el árbol
desaparezca, “la gracia” de esa rama, parece ser un revulsivo para el ánimo maltrecho de un hombre
apenado que se siente mayor, al borde de la decrepitud y el derrumbe. El poeta, identificado con el
olmo viejo, se emociona al comprobar que de alguna u otra forma se puede producir un rebrote de
vida en medio de la ruina. Por ello, la parte final del poema se centra en la primera persona de
singular. El corazón del poeta busca ese “milagro de la primavera”. Así pues, en el poema se ha
producido una identificación entre el olmo y el corazón del poeta, gracias precisamente al valor que
adquiere el adverbio también.
La primavera simboliza todo proceso de reconstrucción, de superación de embates en la vida.
Esas hojas verdes representan la esperanza frente al poder corrosivo del paso del tiempo. El proceso
cíclico de la Naturaleza se presenta como una sorprendente fuerza de cambio y, como tal, trasciende
del plano físico al espiritual para ayudar al poeta a consolidar el concepto de esperanza. Todo esto
concuerda con algunas de las líneas básicas que definen Campos de Castilla: Machado demuestra
aquí, más que en ninguna otra de sus obras, que en efecto sentía más amor y admiración por la
naturaleza que por el arte, hasta el punto de que la contemplación del paisaje –según propias palabras–
podía ayudarlo a “meditar sobre los enigmas del hombre y del mundo”. Téngase en cuenta que
Machado se veía a sí mismo como un hombre marcado por el dolor, la duda, la sensación de fracaso,
la abulia y la nostalgia del pasado.
Cabe diferenciar en el poema tres partes: en la primera, que llega hasta el verso decimocuarto,
se describe el estado y el entorno del olmo, se alude a la aparición de las hojas nuevas y se le compara
con otra especie, la de los álamos; en la segunda, que ocupa casi todo el resto del poema, se expresa el
deseo de dejar constancia escrita de la maravillosa aparición de esas hojas entre tanta podredumbre;
en la tercera, que se corresponde con los tres últimos versos, se proyecta la luz de la esperanza.
[Justificación del carácter literario del texto: recursos estilísticos, simbología, género, elementos
métricos y de estrofa, relaciones con la tendencia o movimiento literario]
No cabe duda de que estamos ante un texto muy trabajado, con abundancia de recursos
estilísticos que le proporcionan una extraordinaria calidad literaria. Veamos algunos casos de las
figuras de repetición: hay aliteración cuando se repite el fonema /r/ entre los versos 15 y 25 (“derribe”,
“convierta”, “carro”, “carreta”, “rojo”, “ardas”, “torbellino”, “sierras”, “barrancas”), para incidir en la
sensación de desagradable desgarro que le espera al árbol después de que den cuenta de él los
leñadores y los carpinteros.
Por otro lado, no es banal el hecho de que la locución adverbial antes que se repita cuatro
veces (vv. 15, 19, 22 y 24), para crear un efecto de anáfora y paralelismo. Así se incide en los
diferentes destinos del olmo, a quien se dirige el yo poético para recordarle que el tiempo pasa de
manera inexorable (sin duda nos encontramos ante el uso del tópico tempus fugit, que expresa la idea
de que hay que aprovechar el tiempo, porque se va volando).
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Asimismo, en esta parte del poema, se repiten estructuras bimembres (“melena de campana”,
“lanza de carro” o “yugo de carreta”) para hacer referencia a los posibles usos nobles de la madera.
También hay figuras estilísticas de otra índole. Por ejemplo, vemos el uso del hipérbaton, con
la alteración del orden natural de las palabras en la frase, al comienzo del poema (vv. 1-4) y en el
tramo final (vv. 15-27). Por otro lado, en los últimos versos (28-30) hay una metonimia en tanto que
con “mi corazón” se refiere a su alma, a sus sentimientos, a él mismo como persona (se menciona una
parte para referirse al todo).
Encontramos simbologías que provienen de la tradición literaria más arraigada: la imagen
final empleada por el yo poético recuerda la alegoría presente en algunas de las coplas de Jorge
Manrique para referirse a la vida como un río que nos conduce al mar, que es el morir: “antes que el
río hasta la mar te empuje / por valles y barrancas” (vv. 24 y 25). En general, además, el olmo seco
representa la caducidad y la ramita reverdecida, en cambio, simboliza el renacer continuo de la vida.
Todos estos rasgos demuestran que el texto es un poema y que por tanto pertenece al género
de la Lírica. A primera vista se aprecia la función poética en tanto que está escrito en verso y
exterioriza los sentimientos y emociones del yo poético; de ahí que, al mismo tiempo, destaque la
función expresiva, remarcada con el uso de la primera persona del verbo (“quiero”, v. 26), así como
del determinante posesivo “mi” (v. 26 y 28).
Puesto que en este poema se combinan aleatoriamente versos heptasílabos y endecasílabos
que riman a gusto del poeta, podemos decir que estamos ante una silva, estrofa clásica que admite
incluso la posibilidad de que algún verso quede suelto –sin rima–, cosa que ocurre aquí (v. 24). La
rima es consonante y se va alternando, excepto en algunos pares de versos (por ejemplo, vv. 13-14).
Así pues, el ritmo del poema se obtiene a través del acento en la penúltima sílaba de cada
verso, la combinación de versos heptasílabos y endecasílabos, la rima consonante y casi siempre
alterna, y, como ya vimos antes, el uso de figuras literarias basadas en la repetición de diferentes
aspectos fonéticos (aliteración), morfosintácticos (paralelismos, anáforas…) y léxico-semánticos
(recurrencias léxicas y semánticas).
En suma, la denominación Generación del 98 alude a un grupo de escritores que, en su
juventud, proclamaron la necesidad de una regeneración social, cultural y estética en España. Partían
de la actitud crítica, se centraban en la reflexión sobre la sociedad española –interesándose
especialmente por Castilla– y reflejaban el pesimismo existencial y el subjetivismo característico de la
época (crisis del positivismo). Pues bien, en el poema está presente esto último, además bajo la
influencia del paisaje castellano, que es un referente fundamental para todos los autores del 98.
Además, encontramos la sobriedad del lenguaje, propia de los componentes de esta generación, así
como la elegancia expresiva, la importancia de la descripción y la honda expresividad de una emoción
sincera y contenida, sin artificios banales (nada que ver con el sentimentalismo fácil). Otro rasgo
noventayochista presente en “A un olmo seco” es el uso de una métrica tradicional, también
característica del 98.
[Relación de la obra con el tema]
[Exposición y argumentación del alumno a partir del tema propuesto]
[Conclusión y cierre textual]